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García Márquez

y el
Grupo de Barranquilla
Germán Vargas

*
*1T J a m o s a adentrarnos en lo que podríamos llamar la
j prehistoria literaria de García Márquez. Es bien sabido
f que el primer cuento de él que apareció publicado fue
La tercera resignación, que fue incluido por Eduardo Zalamea
Borda en la sección uFin de Semana ’ que figuraba en la página
octava del entonces vespertino E l Espectador, de Bogotá. Fue el
13 de septiembre de 1947. Entre ese relato, que ya es interesante,
algo completamente diferente a lo que se escribía entonces en
erm án Vargas C a n tillo
(Barranquiíla, .1929-2001). Periodista, crítico literario y locutor, fue el país y a lo que se escribiría todavía años después, y la primera
miembro fundador del Grupo de Barranquiíla, aunque había nacido novela de García Márquez, La hojarasca, hay dieciocho relatos;
en Bucaramanga, y su cercana amistad con García Márquez queda re­
algunos de ellos nunca publicados en libro. Más de un mes des­
flejada en Cien años de soledad, es uno de los cuatro amigos del último
Buendía. Por otra parte, García Márquez en sus memorias, Vivir para pués se inserta en la misma página el segundo cuento de García
contarla, dice: Márquez. Es Eva está dentro de su gato. El tercero, Tuhal Caín
“ Crítico literario certero y mordaz, con una prosa tan servicial
forja una estrella fue publicado también en la página semanal
que podía convencer al lector de que las cosas sucedían solo porque él
las contaba. Fue uno de los mejores locutores de radio y sin duda el que dirigía Eduardo Zalamea el 17 de enero de 1948.
más culto de aquellos buenos tiempos de oficios nuevos, y un ejemplo Por esa época, Gabriel García, así se le conoció en Barran-
difícil del reportero natural que me habría gustado ser'’ .
quilla cuando estudiaba en el Colegio de San José, era estudian­
Las crónicas de Germ án Vargas sobre su amigo García M árquez
cubren m uy bien casi toda su trayectoria hasta el N obel y la mayor te de derecho de la Universidad Nacional. Ese mismo año del
parte se encuentran en su libro Sobre literatura colombiana (Bogotá, 48, después del asesinato de Gaitán, García Márquez regresó a
Fundación Guberek, 1985). Fue colaborador de E l Heraldo y también
la costa, a Cartagena, donde comenzó su carrera periodística
director de Inravisión, donde creó en la Radio Nacional el programa
D e viva voz con los escritores colombianos. Prologó y recopiló la an­ en el diario E l Universal, en el cual era jefe de redacción Cle­
tología de cuentos La violencia diez veces contada (Ibagué, 1976) y una mente Manuel Zavala, un excelente escritor y escribía notas
selección de la revista Voces, 1917-1920. (Bogotá, Instituto Colom biano
de Cultura, 1977).
[46] GERMÁN VARGAS
García Márquez y el Grupo de Barranquilla [47]

el poeta, novelista y pintor Héctor Rojas Herazo. El grupo lo publiqué al día siguiente en la Jirafa. Ese día nos reímos mu­
completaban allí, entre otros, Ramiro de la Espriella y Gustavo cho. Don Ramón Vinyes me decía que era una desgracia que
Ibarra Merlano. a las reinas de la belleza de la capital les hacían unos discursos
Poco tiempo después llega a Barranquilla. Aquí escribe, estúpidos y grandilocuentes, que toda la prensa reproducía, y
ya despojado de muchas arandelas retóricas, dos de los que son que en cambio había que ir hasta Baranoa para oir por fin una
quizá sus mejores cuentos de la primera época: La noche de los coronación de esa calidad literaria” .
alcaravanes y Alguien desordena esas rosas. Era ya 1950, escribía En 1950, cuando en un viaje a Aracataca, que hizo con
su famosísima columna “ La Jirafa” que aparecía diariamente su madre, doña Luisa Santiaga, para vender una casa, fue la
en }El Heraldo y ejercía la jefatura de redacción del semanario primera vez que García Márquez vio el letrero con el nombre
Crónica, que dirigía Alfonso Fuentemayor. Y trabajaba ruda­ de una finca que se llamaba Macondo. Veamos cómo lo relata
mente, después de la medianoche, en una inconmensurable él mismo en una de sus cartas: “ En realidad, ese letrero con el
novela, La casay que nunca terminó ni menos publicó con ese nombre de la finca pienso que seguramente lo vi muchas veces
nombre, pero no cabe duda de que en ella, en lo que llamába­ en mi niñez al pasar en el tren, pero lo había olvidado por com­
mos el mamotreto, estaban quizá un poco en bruto muchos de pleto cuando lo volví a ver en el año 50 y decidí adoptarlo para
los cuentos y algunas de las novelas que asombrarían más tarde mi evocación literaria de Aracataca. Yo supe mucho más tarde
a los lectores y a los críticos. que el macondo es un tipo de árbol en la costa y que todavía
El propio García Márquez recuerda así esos años: “En hoy ignoro de qué árbol se trata; no lo sabría designar. También
Barranquilla yo tenía que escribir mucho. En un día me to­ me enteré mucho más tarde que el macondo es o fue en la costa
caba escribir una jirafa y a veces un editorial además de otra un juego de azar, que se practica con dados” .
nota anónima. Esto me planteaba problemas, a veces. Todo era De regreso a sus viajes, sus cuentos cambiaron en forma
encontrar el tema: una vez que tenía el tema me sentaba a la radical. Entonces ya, a partir de ahí, el pueblo de casi todas sus
máquina y ahí mismo, de un solo jalón, escribía mi jirafa. Esto novelas viene a ser Macondo, con todo su calor y su polvo. Es
lo recuerdo con nostalgia ahora que me cuesta tanto terminar a mediados de 1950 cuando García Márquez se puso a escribir,
una sola página en, a veces, varias semanas de trabajo intenso. ya concretamente, La hojarasca. Cuando estaba apenas en los
Y después salía tan tranquilo a emborracharme por ahí. Es comienzos de la redacción de La hojarasca, un día que llovía
evidente que a veces sentía una terrible desesperación por en­ a torrentes, Alfonso Fuenmayor llamó su atención diciéndole:
contrar un tema para mi jirafa, hasta acudir a la falta de tema “Mire, maestro, qué vaina tan rara” . Y le señaló el extraño efecto
•como tema. Así me servía de cualquier cosa; retomaba textos que hacía la lluvia con la fachada del edificio de enfrente. En
viejos, escritos en Cartagena y editados allí, usaba apuntes que esa fachada habían hecho como llamas de cemento; como la
tenía engavetados, y también fragmentos de lo que había de lluvia era tan fuere, tan violenta, que deformaba los objetos, las
ser un libro, fuera La casa o La hojarasca. Me acuerdo de mis llamas de cemento parecían llamas de verdad, porque la lluvia
“ Palabras a una reina” que leí en el carnaval de Baranoa y que daba la impresión de que se movían.
[48J GERMÁN VARGAS García Márquez y el Grupo de Barranquílla [49]

Hay en la vida digamos literaria de García Márquez un La hojarasca es, desde luego, un libro embrionario, apenas
episodio casi completamente olvidado, y por muchos hasta una promesa, un anticipo de lo que siguió. Pero está pleno de
ignorado. Fue quizá en 1952 cuando García Márquez hizo la drama y de colorido y además rebosante de hechos históricos
adaptación radiofónica de una novela recién publicada en Ba- que servirán de telón de fondo al resto de su obra.
rranquilla, de una narradora barranquillera. El libro se llamaba “Extraños, tortuosos monólogos que giran en torno a un
Se han cerrado los caminos y su autora Olga Salcedo de Medina. cadáver en su féretro evocan la epopeya del auge y la decadencia
La radionovela fue trasmitida, si no estoy mal de recuerdos, por de Macondo reflejada en los destinos de una familia a lo largo
la Emisora Atlántico. Y, de eso si me acuerdo bien, yo fui el de tres generaciones” .
narrador. Los episodios fueron seguidos por los radioescuchas En ella, una novela malograda en parte y con un idioma
con mucho interés. prestado que nunca llega a ser un lenguaje personal, como
En alguna parte, en alguna de las incontables entrevistas apunta Luis Harss, se puede observar ya, muy claramente, cier­
que le han hecho, García Márquez cuenta que a él siempre le ha tas características distintivas del estilo de García Márquez que
interesado la radionovela, y refiere cómo, en uno de sus viajes a tendrán más relieve en obras posteriores. Hay despilfarro pero
Cuba, quiso conocer a Félix B. Caignet, el autor de E l derecho de no hay por qué desesperar. Ya vendrá la economía absoluta. Y
nacer. Lo visitó y le preguntó: “Maestro, dígame a qué atribuye el ésta llega, con su segunda novela, que para mí personalmente
éxito de sus obras” . Y él, ya viejito, le respondió tranquilamente: sigue siendo la mejor de sus obras: E l coronel no tiene quien le
“La gente quiere llorar y yo solamente pongo el pretexto” . escriba.
Cuando en 1955, García Márquez publica La hojarasca Y ello a pesar de Cien años de soledad, de E l otoño del p a ­
ocupa un lugar de primerísimo orden en el pequeño mundo triarca. Que son casos aparte. Cosas enteramente diferentes. Y
literario colombiano. Y es así como la segunda edición de esta a pesar también de Crónica de una muerte anunciada.
su primera novela aparece publicada en lo que se llamó el pri­ En E l coronel no tiene quien le escriba, ya García M ár­
mer festival del libro colombiano, a finales de la década del quez se maneja solo. Sabe hacerlo. La precisión, la claridad,
cincuenta. Y en una edición de 250 mil ejemplares en total. Los la reticencia, la economía idiomàtica le tuercen el cuello a la
otros nueve títulos son los siguientes: Reminiscencias de Santafé retórica, “de engañoso plum ajeQ que dijo el poeta. H ay un
y Bogotá, de Cordovez Moure; Sus mejores cuentos, de Tomás halo de cosas apenas sugeridas, de medias luces, de silencios
Carraquilla; Cuatro años a bordo de m í mismo, de Eduardo Z a­ elocuentes, de milagros secretos. Un soplo de misterio recorre
lamea Borda; E l Cristo de espaldas, de Caballero Calderón; Sus este libro prodigioso de apenas 90 páginas. No hay “ lastre” en
mejores prosas, de Hernando Téllez; E l gran Burundún Burundá él. “ El coronel es uno de los grandes personajes de la narrativa
ha muerto, de Jorge Zalamea; E l caballero de E l Dorado, de Ger­ latinoamericana de todas las épocas. Es de los que quedaron
mán Arciniégas; los mejores cuentos colombianos y las mejores siempre fijados en la memoria. No sólo tiene personalidad,
poesías colombianas. Es decir, está ya García Márquez con lo también tiene alma” .
que Agustín Lara llamaría “ la crema de la intelectualidad” . Un crítico europeo señala cómo en las primeras novelas
[50] GERMÁN VARGAS
García Márquez y el Grupo de Barranquilla [51]

de García Márquez “ Los hombres son criaturas caprichosas cribiendo E l Coronel no tiene quien le escriba, recibí en Bogotá
y quiméricas, soñadores -siempre propensos a la ilusión fútil, una carta suya. Me pedía que le consiguiera un memorando
capaces de momentos de grandeza pero fundamentalmente de alguien que supiera de gallos, que le explicara las distintas
débiles y descarriados. Las mujeres, en cambio, suelen ser sóli­ razas y sus propiedades, cómo funcionaban las galleras, en fin
das, sensatas y constantes, modelos de orden y de estabilidad. el mayor número de informaciones concretas sobre el asunto.
Parecen estar mejor adaptadas al mundo, más profundamente La única persona amiga mía que sabía de gallos de pelea, cuyos
arraigadas en su naturaleza, más cerca del centro de la grave­ gallos además yo conocía por haberlos visto en su preparación
dad” . García Márquez lo dice de otro modo: “Mis mujeres son y en sus peleas pues tenía “cuerda” en Soledad, era Quique
masculinas” . O, más bien, son genéricas, como efigies. Él las ve Scopeli. Pero estaba en Cuba, en La Habana, a donde se había
de perfil, y en general son meno complejas que sus hombres, ido a vivir. Le escribí a Quique y la respuesta fue todo tratado
casi abstractas, estáticas. sobre gallos sumamente interesante y completo, que cometí
Resulta curioso esta acotación: en la actualidad, y a partir la estupidez de empacar y remitir de inmediato al novelista
de Cien años de soledad, los editores se pelean por editar libros a París, sin haber tenido la precaución de sacar siquiera una
de García Márquez. Los nuevos y los anteriores. Y hacen tirajes copia. Supe que le fue de mucha utilidad para ambientarse y
descomunales. El contraste es muy grande cuando se recuerdan para ambientar su novela. Pero yo perdí lo que estoy seguro de
las vicisitudes que hubo de pasar para editar La hojarasca y las que hubiera sido un estupendo libro. De gran éxito además,
posteriores cuando casi la totalidad de la edición fue retenida entre los galleros.
o embargada por un juez en juicio contra el editor, un judío En 1955, el mismo año de la primera edición de La Lío-
uruguayo llamado Samuel Lisman Baum, por razones que nada jarasca, y cuando García Márquez se encuentra en Europa, en
tenían que ver con la novela. O las enormes dificultades que se el primero de sus viajes que después serían innumerables, en
presentaron para editar E l coronel no tiene quien le escriba, cuyos el número cuatro de la revista Mito, de Jorge Gaitán Durán, se
originales llevé de editorial en editorial de Bogotá para obtener publican las páginas de un relato sencillamente apasionante. Es
en todas la misma repuesta, una vez revisados por sus llamados el Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo. Como en La
“ lectores” editoriales: “ Parece interesante, pero no podemos hojarasca, también en el monólogo el pueblo, o el mundo, que
arriesgarnos. Si usted paga la edición, sí la haremos” . se describe es el de Macondo. Y la narración se hace “desde un
Finalmente, se publicó la breve novela en una de los nú­ nivel interior, subjetivo. Todavía el juvenil novelista está domi­
meros de la revista Mito, de Jorge Gaitán Durán, en 1958. Y tres nado por la palabra. Por las palabras. Y no resulta difícil destacar
años después en 1961, apareció la primera edición en libro. La que Isabel viendo llover en Macondo hacía parte de La hojarasca.
hizo el librero-editor antioqueño Alberto Aguirre. Figuraba en los borradores iniciales de la primera novela” .
H ay una anécdota que puede resultar interesante para Macondo va tomando cada vez más entidad. Ya se puede
algunos y que yo he contado en alguna parte, en no sé qué ver que se trata de un pueblo tropical, de calor sofocante y
escrito. Cuando García Márquez, en París, en 1957, estaba es­ lluvias desorbitadas. Y el lector va conociendo a Macondo, su
*
[52] G ER M Á N . VARGAS García Márquez y el Grupo ¿le Barranquiíla [53]

mundo físico, su paisaje, su clima, más a través del aguacero bio del título pero manteniendo por principio lo relativo a las
que por intermedio de Isabel “Ya Macondo no es solamente palabras empleadas por el novelista.
una iglesia. Es también un tren inmovilizado porque la lluvia El diploma nunca lo entregué a García Márquez sino
ha destruido los rieles. Y un cementerio inundado por las aguas que, en ceremonia especial fue colocado en una de las paredes
que, según los rumores, ha violado las tumbas y arrastra a los de La Cueva. El cheque, claro está fue transferido a Ciudad de
muertos por las calles. Pero en medio de este mundo de lluvia México después de recorrer no pocas entidades bancarias que
está Isabel, en quien alcanza a advertirse una apenas percep­ pretendían que lo remitiera a México para su endoso y devolu­
tible vida subjetiva. Porque la presencia más poderosa en esta ción para convertirlo en pesos que se transformarían luego en
primera imagen de Macondo es la naturaleza. La lluvia es no dólares que se girarían a García Márquez. El criterio práctico de
'sólo un fenómeno natural. Es también un símbolo. Y es la un banco extranjero con sucursal en México facilitó las cosas,
descomposición, la decadencia. El relato describe una realidad por fortuna. Ya que el caso era de urgencia y García Márquez
más física que hum anal necesitaba recibir prontamente ese dinero.
El 24 de diciembre de 1962 se publica la primera edición Nunca olvidaré el asombro con que hube de asistir a
de La mala hora, la obra con la cual García Márquez obtuvo el una sesión solemne, solemnísima de la venerable Academia,
premio nacional de novela establecido por la Esso Colombiana en medio de graves y respetables señores que seguramente no
y respaldado nada menos que por la Academia Colombiana habían leído ni iban a leer nunca La mala hora, y que ignora­
de la Lengua. Hablemos primero del premio y después de la ban olímpicamente quién era ese muchacho a quien se había
funesta edición. declarado novelista laureado. Jamás me sentí más solo, ni más
García Márquez estaba entonces en México y yo vivía abandonado.
en Bogotá. Quizá por esa razón me solicitó que acudiera en ¿Y la edición? Conservo uno de los poquísimos ejempla­
representación suya a recibir el llamado galardón. Este tenía una res en suntuosa pasta española con letras doradas, editado en
parte importante, el jugoso cheque y otra que lo era menos, el Madrid y traducido al español de España por quien sabe cuál
diploma que lo acreditaba como novelista laureado, firmado por “corrector de estilo” que no entendía que se pudiera escribir de
el padre Félix Restrepo, director de la Academia. Porque este manera distinta como lo hacen los académicos peninsulares.
es otro título de García Márquez que nunca se le ha anotado. Corno era apenas natural, García Márquez repudió esta
El de ser quizá el único novelista titulado por la Academia de primera edición en la que aparecía escribiendo tan castizamen­
la Lengua. Y no hubo, ciertamente, pocos problemas con la te que con seguridad él no entendía una palabra de todo el
lengua, con el lenguaje que utilizaba el escritor en La mala texto.
hora. Y fueron muchas las horas que hube de pasar en lo que García Márquez culpa a Plinio Puleyo Mendoza de haberlo
pudiéramos llamar “cultísima5 conversación con el padre Félix forzado a que abandonara el estilo mítico y encantatorio de La
para concluir transigiendo, de acuerdo, con el autor, en el cam­ hojarasca. Cuenta que le dijo que en plena violencia colombiana
no había derecho a escribir una literatura nostálgica. Que había
[54] GERMÁN VARGAS
García Márquez y el Grupo de Barranquilla [55]

que escribir cosas más comprometidas con el tiempo que está­ pusimos a soñar con hacer cine, Y más precisamente: con hacer
bamos viviendo. Y anota García Márquez: Es que Plinio era un cine en Colombia. Sin embargo, aclara, aunque aparezco en los
terrible estalinista y que sus afirmaciones eran categóricas; él te créditos, nunca participé en la filmación de La langosta azul.
decía esto tiene que ser así y de ahí 110 pasaba. Y García Márquez se interesó también en el fenóme­
El alcalde de La mala hora tiene una base real. Era de un no de la televisión. Y cuando le propusieron adaptar para el
pueblo de Sucre. Dice García Márquez que era pariente de medio televisivo su novela. La mala hora, aceptó gustoso. Y
Mercedes, su mujer. Y que era un verdadero criminal. Quería participó en la versión de su novela, juntamente con Bernar­
matar al papá de Mercedes y éste siempre andaba armado de do Romero Pereiro quien logró con La mala hora una de las
pistola. A veces, para molestarla, García Márquez le recuerda grandes realizaciones nacionales en el importante medio de
que el tipo era de su familia. comunicación.
El propio García Márquez reconoce que La mala hora Fue realizada hace seis años y transmitida en blanco y
es una novela que nunca terminó y estima que es un libro negro, por cuanto entonces no había televisión en colores en
demasiado geométrico para su gusto. Y como el manuscrito Colombia. Pienso que es uno de los grandes logros de la tele­
se quedó en la imprenta de Madrid, hubo de reconstruirlo, visión colombiana y como adaptación de una novela, vigilada
utilizando la edición española y lo que él recordaba. Y dice de cerca por su propio autor, es indudablemente un acierto en
zumbonamente: “A veces restablecí las cosas; otras veces dejé todo sentido. El ambiente, los personajes, el clima de la novela
lo que puso el corrector porque de repente me pareció mejor han sido bien trasladados a la TV.
que mi propio texto” . Pues bien. La transmisión de este primer capítulo provocó
Ya vimos como García Márquez se interesó por tener un revuelo político bastante grande. Al día siguiente, muy tem­
experiencias con la radio cuando hizo la adaptación radial de prano en la mañana, se convocó a una reunión de funcionarios
la novela de Olga Salcedo de Medina. Muchos años más tarde de Inravisión en el despacho del director de Instituto: A mí se
tuvo también interés por escribir para el cine y son varias las me invitó por razones de mi cargo como jefe, entonces, de la
películas en las cuales escribió el guión original o adaptó textos Televisión Educativa y por haber sido hasta hacía poco tiempo,
ajenos para producciones cinematográficas más o menos impor­ miembro del consejo de programación de Inravisión.
tantes. Antes había sido ocasional comentarista de películas y Ya reunidos, se nos informó que había muchas protestas
más tarde, en E l Espectador, columnista especializado de cine. de ciertos sectores políticos que se oponían a que las emisiones
Y García Márquez recuerda en otra de sus cartas: “ El de La mala hora continuaran. Ellos estimaban que se ofendía
que me enseñó mucho sobre cine fue Alvaro Cepeda. Antes a las Fuerzas Armadas y a un respetable partido tradicional
de conocerlo, yo no sabía que lo más importante es el nombre colombiano con las escenas que se habían difundido a través
del director, del último que aparece en los créditos. Para mí el de un medio oficial de comunicación como es la TV. Algunos
cine era una cuestión de actores y se acabó. Alvaro me enseñó funcionarios estaban un poco alterados y aparentemente incli­
muchas cosas cuando regresó de los Estados Unidos. Y nos nados a que se suspendieran las emisiones.
[56] GERMÁN VARGAS Garda Márquez y el Grupo de Barranquilla [57]

Pero resaltó fácil argumentarles que el consejo de pro­ inventado para burlarse de la gente, como lo demostró Alvaro
gramación había aprobado tiempo atrás la idea de adaptar una en una noche de parranda. Había de transcurrir algún tiempo
novela colombiana de mérito a la televisión y que así constaba antes de que Aureliano se diera cuenta de que tanta arbitrarie­
no solamente en las actas del consejo sino en una carta que dad tenía origen en el ejemplo del sabio catalán, para quien la
el consejo había enviado a la programadora aplaudiendo su sabiduría no valía la pena si no era posible servirse de ella para
decisión. Solamente hube de agregar que si los miembros del inventar una manera nueva de preparar los garbanzos” .
consejo, o algunos de ellos, habían probado y aplaudido el O: “ Fue él quien puso de moda las extravagancias que la
proyecto sin haber conocido previamente la novela, ese era otro propietaria celebraba con su sonrisa eterna, sin protestar, sin
problema. Y no pasó nada. crecer en ellas, lo mismo cuando Germán trató de incendiar
En realidad, hay sobradas razones para sostener que Cien la casa para demostrar que no existía, que cuando Alfonso le
años de soledad es la primera obra que García Márquez comenzó torció el pescuezo al loro y lo echó en la olla donde empezaba
a escribir cuando tenía diez y siete años, con el título de La casa a hervir el sancocho de gallina” .
y que abandonó hace bastantes años por parecerle que el célebre O: “ Sentada en el mecedor de bejuco, ella evocaba el pa­
mamotreto de entonces “era un paquete demasiado grande para sado, reconstruía la grandeza y el infortunio de la familia y el
m í” . De la novela original, de aquel mamotreto en bruto se des­ arrasado esplendor de Macondo, mientras Alvaro asustaba a los
prendieron, como cuerpos con vida independiente, personajes, caimanes con sus carcajadas de estrépito, y Alfonso inventaba
ambientes y hechos que conformaron sus otros libros, como la historia truculenta de los alcaravanes que les sacaron los ojos
La hojarasca, E l coronel no tiene quien le escriba, La mala hora a picotazos a cuatro clientes que se portaron mal la semana an­
y algunos de los cuentos de Los funerales de la Mamá Grande. terior y Gabriel estaba en el cuarto de la mulata pensativa que
Y es así como en Cien años de soledad reaparecen personajes y no cobraba el amor con dinero, sino con cartas para un novio
ambientes y referencias a sucesos que ya estaban en sus obras contrabandista que estaba preso ai otro lado del O rinoco..
anteriores. O: “ Germán y Aureliano se hicieron cargo del sabio ca­
Así, en ese rápido muestreo con textos de Cien años de talán. Lo auxiliaron como a un niño, le prendieron los pasajes
soledad: Aquel fatalismo enciclopédico fue el principio de una y los documentos migratorios en los bolsillos con alfileres de
gran amistad. Aureliano siguió reuniéndose todas las tardes nodriza, le hicieron una lista pormenorizada de lo que debía
con los cuatro discutidores, que se llamaban Alvaro, Germán, hacer desde que saliera de Macondo hasta que desembarcara
Alfonso y Gabriel, los primeros y últimos amigos que tuvo en la en Barcelona, pero de todos modos echo a la basura sin darse
vida. Para un hombre como él, encastillado en la realidad escri­ cuenta un pantalón con la mitad de su dinero” .
ta, aquellas sesiones tormentosas que empezaban en la librería O: “ Germán y Aureliano le contestaban las cartas. Escri­
a las seis de la tarde y terminaban en los burdeles al amanecer, bió tantas en los primeros meses que se sentían entonces más
fueron una revelación. No se le había ocurrido pensar hasta cerca de él que cuando estaba en Macondo y casi se aliviaban
entonces que ía literatura fuera el mejor juguete que se había de la rabia de que se hubiera ido” .
[58] GERMÁN VARGAS

O: “Alvaro fue el primero que atendió el consejo de aban­


donar a M acondo... Luego se fueron Alfonso y Germán, un
sábado, con la idea de regresar el lunes, y nunca se volvió a saber
de ellos. Un año después de la partida del sabio catalán, el único
que quedaba en Macondo era Gabriel, todavía al garete..