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El macroeconomista como científico y como ingeniero


N. Gregory Mankiw
Harvard University
Mayo 2006

N. Gregory Mankiw es Profesor de Economía del Robert M. Beren, en la Universidad de


Harvard, Cambridge, MA.
Agradezco a Steven Braun, James Hines, Donald Marron, David Romer, Andrei Shleifer,
Timothy Taylor, Michael Waldman y Noam Yuchtman, sus valiosos comentarios.

A los economistas les gusta desafiar la propuesta del científico. Lo entiendo porque lo
hago a menudo. Cuando enseño a los estudiantes, describo muy cuidadosamente el cam-
po de la economía como una ciencia, de tal modo que ningún estudiante comience el
curso pensando que está embarcado en algún esfuerzo académico pantanoso. A nuestros
colegas del departamento de física de la universidad, les puede parecer divertido que
nosotros los veamos como primos hermanos, pero estamos dispuestos a recordarles a
quien escuche que los economistas formulan sus teorías con precisión matemática, reúne
enorme cantidad de datos a nivel individual y agregado, y aprovecha las técnicas esta-
dísticas más sofisticadas para lograr juicios empíricos que estén libres de prejuicios y de
ideologías (o sea que nos gusta pensar).
Luego de haber pasado los recientes dos años en Washington como consejero económico,
en un momento en el que la economía americana estaba pugnando por salir de una rece-
sión, me recordaron que el subcampo de la macroeconomía no nació como una ciencia
sino más bien como un tipo de ingeniería. Dios puso a los macroeconomistas en la tierra
no para proponer y probar teorías elegantes sino resolver problemas prácticos. Es más,
los problemas que Él nos dio, no eran modestos en dimensión. El problema que dio na-
cimiento a nuestro campo de la Gran Depresión de los años 1930s, fue una recesión eco-
nómica a escala sin precedentes, incluyendo ingresos tan deprimidos y un desempleo tan
prolongado que no es una exageración decir que estaba poniéndose en duda la viabilidad
del sistema capitalista.
Este ensayo ofrece una breve historia de la macroeconomía, junto con una evaluación de
lo que hemos aprendido. Mi premisa es que el campo ha evolucionado a través de los
esfuerzos de dos tipos de macroeconomistas,-aquellos que lo entienden como un tipo de
ingeniería y aquellos a quienes les gustaría se pareciera más a una ciencia. Los ingenie-
ros son antes que nada quienes resuelven problemas. Por el contrario, la meta de los
científicos es entender cómo funciona el mundo. El énfasis de la investigación de los

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Traducción de Juan Carlos Hermida

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macroeconomistas ha variado con el tiempo entre estos dos principios. Mientras los pri-
meros macroeconomistas eran ingenieros que intentaban resolver problemas prácticos,
los macroeconomistas de las últimas décadas han estado más interesados en desarrollar
herramientas analíticas y establecer principios teóricos. Sin embargo, estas herramien-
tas y principios han sido lentos para encontrar su forma en las aplicaciones. Tal como ha
evolucionado el campo de la macroeconomía, un tema recurrente es la interacción entre
científicos e ingenieros, a veces productiva y a veces no. La sustancial desconexión entre
ciencia e ingeniería en la macroeconomía, debe ser un hecho humillante para todos no-
sotros que trabajamos en el campo.
Para evitar cualquier confusión, debo decir en principio que la historia que cuento no
trata de personas buenas y malas. Ni los científicos ni los ingenieros proclaman una ma-
yor honestidad. La historia tampoco trata de profundos pensadores y plomeros incompe-
tentes. Los profesores de ciencia habitualmente no son mejores para resolver problemas
de ingeniería de lo que son los ingenieros para resolver problemas científicos. En ambos
campos, los problemas del filo de la navaja son problemas difíciles, así como algunos son
intelectualmente desafiantes.
Así como el mundial necesita de científicos e ingenieros, los macroeconomistas necesi-
tan de ambas mentalidades. Pero creo que la disciplina avanzaría más fácilmente y de
un modo fructífero si los macroeconomistas tuvieran siempre presente que su campo
tiene un rol dual.

La revolución keynesiana
El término "macroeconomía" apareció por primera vez en la literatura académica en los
años 1940s. Para estar seguro, los temas de la macroeconomía, como ser la inflación, el
desempleo, el crecimiento económico, el ciclo económico, y las políticas monetaria y
fiscal, han intrigado durante mucho tiempo a los economistas. En el siglo dieciocho, por
ejemplo, David Hume (1752) escribió sobre los efectos a corto y a largo plazo de las in-
yecciones de dinero; en muchos aspectos, su análisis pareció considerablemente similar
a lo que uno podría ver en un moderno economista monetario o banquero central. En
1927, Arthur Pigou publicó un libro titulado Fluctuaciones Industriales donde intentó
explicar el ciclo económico. No obstante, el campo de la macroeconomía como un área
distinta y activa de preguntas, se erigió a la sombra de la Gran Depresión. No hay nada
como una crisis para focalizar la mente.
La Gran Depresión tuvo un profundo impacto en aquellos que tuvieron que vivirla. En
1933, la tasa de desempleo americana alcanzó el 25% y el PIB real estuvo 31% por deba-
jo de su nivel de 1929. Todas las subsiguientes fluctuaciones de la economía americana
han sido ondas en un mar tranquilo comparadas con este tsunami. Los ensayos autobio-
gráficos de los prominentes economistas de esa época, como Lawrence Klein, Franco
Modigliani, Paul Samuelson, Robert Solow, y James Tobin, confirman que la Depresión

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fue un suceso motivador en sus importantes carreras (Breit y Hirsch, 2004). La Teoría
General de John Maynard Keynes fue el punto en el que se concentraron las discusiones
profesionales sobre cómo entender estos acontecimientos. Todos estos cinco laureados
con el Nobel, confirman prima facie esta experiencia. Tobin informa la siguientes reac-
ciones en Harvard, donde él era un estudiante a fines de los años 1930s y principios de
los cuarenta: "La facultad senior era en gran parte hostil. … La facultad más junior y los
estudiantes graduados que continuaron con la enseñanza, fueron entusiastas seguidores
del libro de Keynes". Como a menudo ocurre, la joven generación tuvo mayor perspecti-
va que la vieja sobre el impacto las nuevas ideas. Keynes se unió a Marsahll como el
economista citado con mayor frecuencia en los periódicos económicos de los años trein-
ta y fue el segundo que la mayoría citó en los años cuarenta, después de Hicks. (Quandt,
1976). Esta influencia persistió durante muchos años. Keynes figuró como número 14 en
el ranking de citas durante el periodo 1966 a 1986, si bien él falleció dos décadas antes
desde el inicio de dicho período (Garfield, 1990).
La revolución Keynesiana no sólo influyó en la investigación económica sino también en
la pedagogía. El libro de texto clásico de Economía fue el que Samuelson publicó prime-
ro en 1948, y su organización reflejó su percepción de lo que la profesión tenía que
ofrecer al lector independiente. La oferta y demanda, que hoy está en el corazón de
cómo nosotros les enseñamos economía a los principiantes, no se introdujo hasta la pá-
gina 447 de las 608-páginas que tenía el libro. La macroeconomía fue ubicada en primer
lugar e incluyó conceptos tales como el multiplicador de la -política fiscal y la paradoja
del ahorro. Samuelson escribió (en la página 253), "Aunque mucho de este análisis se
debe a un economista inglés, John Maynard Keynes, … hoy sus amplios principios son
aceptados cada vez más por economistas de todas las escuelas de pensamiento".
Cuando un moderno economista lee La Teoría General, la experiencia es tanto de alegría
como de frustración. Por un lado, el libro es el trabajo de una mente brillante que se
aplica a un problema social cuya moneda y magnitud no se pueden cuestionar. Por otro
lado, aunque el libro es extenso en su análisis, parece de algún modo incompleto como
en una cuestión de lógica. Demasiados hilos quedan sueltos. Lo que el lector se sigue
planteando, es precisamente el modelo económico que une todas las piezas.
Poco después que Keynes publicara La Teoría General, una generación de macroecono-
mistas trabajó para responder a esta cuestión convirtiendo su gran visión en un modelo
más simple y más concreto. El primero y más influyente esfuerzo fue el modelo IS-LM
propuesto por John Hicks (1937) a los 33 años de edad. A los 26 años Franco Modigliani
(1944) extendió y explicó luego el modelo más ampliamente. Hasta hoy, el modelo IS-LM
sigue siendo la interpretación de Keynes ofrecida en los libros de texto de macroecono-
mía ampliamente usados a nivel intermedio. Algunos críticos del modelo Keynesiano IS-
LM se quejan de que él simplifica demasiado la visión económica ofrecida por Keynes en
La Teoría General. En cierta medida, esto puede ser verdad. El propósito completo del

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modelo era simplificar una línea argumental que era difícil de seguir de otra manera. La
línea entre simplificar y simplificar demasiado, está a menudo lejos de ser clara.
Mientras teóricos como Hicks y Modigliani estaban desarrollando los modelos Keynesianos
de un modo conveniente para la pizarra del aula, econometristas como Klein estaban
trabajando en modelos más aplicados que pudieran llevarse a los datos y pudieran utili-
zarse para el análisis de las políticas. Con el tiempo, y con la esperanza de volverse más
realistas, los modelos se volvieron más grandes y finalmente incluyeron cientos de varia-
bles y ecuaciones. Por los años sesenta, había muchos modelos compitiendo, cada uno
basado en las propuestas de los prominentes keynesianos de la época, tales como el Mo-
delo de la Wharton asociado a Klein, el DRI (Fuentes de Datos Inc.) modelo asociado con
Otto Eckstein, y el MPS (MIT-Penn-Social Science Research Council) modelo asociado con
Alberto Ando y Modigliani. Estos modelos se usaron ampliamente para el pronóstico y
análisis de políticas. El modelo MPS fue mantenido por la Reserva Federal durante mu-
chos años y se volvería precursor del modelo de FRB/US que todavía hoy se mantiene y
es utilizado por el staff del FED.
Aunque estos modelos difirieron en el detalle, sus similitudes eran más destacables que
sus diferencias. Todos ellos tenían una estructura esencialmente Keynesiana. En la parte
posterior de cada modelo estaba el mismo modelo simple que se enseñaba a los estu-
diantes de la época: una curva IS que relacionaba las condiciones financieras y de políti-
ca fiscal con los componentes de PIB, una curva LM que determinaba las tasa de interés
como el precio de equilibrio entre la oferta y demanda de dinero, y cierto tipo de curva
de Phillips que describía cómo el nivel del precios responde con el tiempo a los cambios
de la economía.
Como una cuestión de la ciencia, La Teoría General tuvo un éxito notable. La revolución
que inspiró atrajo a muchas de las mejores mentes jóvenes de la época. Su prodigioso
provecho ofreció una nueva manera de entender las fluctuaciones económicas de corto
plazo. Reflexionando sobre estos acontecimientos, Samuelson (1988) ofreció un sucinto
resumen: "La revolución Keynesiana fue el suceso más significativo de la ciencia econó-
mica del siglo XX".Esta impresión fue compartida por muchos economistas de su genera-
ción. La revolución Keynesiana todavía no puede entenderse simplemente como un ade-
lanto científico. En gran medida, Keynes y quienes construyeron modelos Keynesianos
tenían la perspectiva de los ingenieros. Ellos estuvieron motivados por los problemas del
mundo real, y una vez que desarrollaron sus teorías, estuvieron ávidos de ponerlas en la
práctica. Hasta su muerte en 1946, el propio Keynes estuvo muy solicitado ofreciendo
asesoramientos en materia política. Del mismo modo también procedieron los primeros
Keynesianos americanos. Tanto a Tobin como Solow y Eckstein, les llevó tiempo desem-
peñar sus actividades académicas durante los años sesenta al trabajar para el Equipo de
Consejeros Económicos. El recorte impositivo de Kennedy que finalmente se postergó

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para 1964, fue en muchos sentidos el resultado directo del incipiente consenso Keyne-
siano y de los modelos que lo representaron.

Los nuevos clásicos


A fines de los años 1960s, comenzaron a aparecer grietas en el consenso general Keyne-
siano que estaba empezando a surgir. Esas grietas, que crecieron a partir de fisuras,
terminaron por desmoronar el acuerdo general macroeconómico de cara al futuro y so-
cavar la confianza en los principales modelos econométricos. En su lugar, habría de
emerger nuevamente una visión más clásica de la economía.
La primera ola de la nueva economía clásica fue el monetarismo, y su defensor más no-
table fue Milton Friedman. El trabajo inicial de Friedman (1957) trató de la hipótesis del
ingreso permanente que no estaba directamente vinculada al dinero o el ciclo económi-
co, sino que tenía certeras implicaciones para la teoría del ciclo económico. Fue, en
parte, un ataque a la función del consumo Keynesiana que mantuvo el fundamento del
multiplicador de la política fiscal que era central en la teoría Keynesiana y en las reglas
de política. Si la propensión marginal a consumir el ingreso transitorio es pequeña, como
sugería la teoría de Friedman, entonces la política fiscal tendría un impacto mucho más
pequeño en el ingreso de equilibrio de lo que muchos Keynesianos creían.
La Historia Monetaria de los Estados Unidos de Friedman y Schwartz (1963) se preocupó
más directamente por el ciclo económico y también resintió el acuerdo general Keyne-
siano. La mayoría de los Keynesianos observaron la economía como inherentemente vo-
látil, constantemente azotada por los cambiantes "espíritus animales" de los inversores.
Friedman y Schwartz sugirieron que la inestabilidad económica no debía buscarse en los
actores privados sino en la política monetaria incompetente. La consecuencia fue que
los encargados de formular políticas deben quedar satisfechos si ellos no hacen daño
siguiendo las simples reglas de la política. Aunque la regla propuesta de Friedman de
crecimiento monetario sostenido en los agregados monetarios tiene pocos adherentes en
la actualidad, fue un temprano precursor del objetivo inflacionario, régimen que ac-
tualmente se aplica en muchos de los bancos centrales del mundo.
La Presidencia de Friedman en la Asociación Económica Americana en 1968, junto con
Phelps (1968), tuvo el propósito de debilitar el eslabón más frágil del modelo Keynesia-
no: el tradeoff de la curva de Phillips entre inflación y desempleo. Por lo menos desde
Samuelson y Solow (1960), alguna clase de curva de Phillips había sido parte del acuerdo
general Keynesiano, aun cuando no estuvo avalada por el propio Keynes. Samuelson y
Solow entendieron la debilidad teórica de este tradeoff, y su ensayo estaba lleno de ad-
vertencias acerca de por qué podrían diferir el tradeoff de corto y largo plazo. Pero la
literatura subsiguiente se olvidó de esas advertencias demasiado rápidamente. La curva
de Phillips proporcionó una forma conveniente de completar el modelo Keynesiano que

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siempre tenía problemas para explicar por qué los precios fallan para despejar los mer-
cados y cómo se ajusta con el tiempo el nivel del precios.
Friedman argumentó que los tradeoffs entre la inflación y desempleo no se mantendrían
en el largo plazo cuando deben aplicarse los principios clásicos según los cuales el dinero
debe ser neutral. El tradeoff apareció en los datos porque, en el corto plazo, la inflación
a menudo es no anticipada y la inflación no anticipada puede reducir la tasa de desem-
pleo. El particular mecanismo que Friedman sugirió fue la ilusión monetaria por parte de
los trabajadores. Más importante para el desarrollo de macroeconomía fue que Friedman
puso las expectativas en el centro de la escena.
Esto preparó el terreno para la segunda ola en la economía de los nuevos clásicos: la
revolución de las expectativas racionales. En una serie de ensayos muy influyentes, Ro-
bert Lucas amplió el argumento de Friedman. En su "Evaluación de la Política Economé-
trica: Una Crítica", Lucas (1976) argumentó que los principales modelos Keynesianos
eran inútiles para el análisis de las políticas porque no tomaban seriamente las expecta-
tivas y, en consecuencia, las estimaciones empíricas estimadas que conforman estos mo-
delos se invalidarían si se llevaran a cabo las políticas sugeridas por ellos. Lucas (1973)
también propuso una teoría del ciclo económico basada en los supuestos de la informa-
ción imperfecta, expectativas racionales, y en los mercados que se despejan. En esta
teoría, sólo importa la política monetaria si sorprende a las personas y las confunde con
respecto a los precios relativos. Barro (1977) ofreció evidencia de que este modelo era
compatible con las series cronológicas de los EEUU. Sargent y Wallace (1975) señalaron
una importante implicación política: dado que es imposible sorprender sistemáticamente
a las personas racionales, la política monetaria sistemática que apunta a estabilizar la
economía está condenada al fracaso.
La tercera ola de la nueva economía clásica fueron las teorías de ciclo económico real
de Kydland Prescott (1982) y Long Plosser (1983). Al igual que en las teorías de Friedman
y Lucas, aquéllas se construyeron bajo el supuesto que los precios se ajustan de inme-
diato para despejar el mercado, una diferencia radical con respecto a la teoría Keyne-
siana. Pero a diferencia de los nuevos clásicos predecesores, las teorías del ciclo econó-
mico real omitieron el papel de la política monetaria, no anticipada o de cualquier otro
tipo, para explicar las fluctuaciones económicas. El énfasis se puso en el papel de los
shocks tecnológicos aleatorios y la sustitución intertemporal entre el consumo y ocio que
provocaban .estos shocks.
Como resultado de las tres olas de la nueva economía clásica, el campo de la macroeco-
nomía se volvió riguroso en forma creciente y cada vez más atado a las herramientas de
la microeconomía. Los modelos del ciclo económico real eran ejemplos dinámicos espe-
cíficos de la teoría del equilibrio general de Arrow-Debreu. De hecho, éste fue uno de
sus principales aspectos de venta. Con el tiempo, los defensores de esta corriente aban-
donaron el supuesto según el cual el ciclo económico es conducido sólo por aconteci-

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mientos reales en oposición a las fuerzas monetarias, y han comenzado a resaltar las
contribuciones metodológicas de dicha tesis. Hoy en día, muchos macroeconomistas pro-
cedentes de la nueva tradición clásica están felices de reconocer el supuesto Keynesiano
de precios pegajosos siempre que este supuesto sea incorporado en un modelo riguroso
en el que los agentes económicos son racionales y con visión de futuro. Debido a este
cambio de énfasis, la terminología ha evolucionado, y esta clase de trabajos pasa ahora
a menudo por la etiqueta de " dinámico estocástico de equilibrio general ". Pero ya me
estoy ubicando en la vanguardia de la historia.
En el momento en que las tres nuevas olas de la economía clásica se estaban consolidan-
do en los años 1970s y 1980s, uno de sus objetivos era socavar los antiguos modelos ma-
croeconométricos Keynesianos, tanto como una cuestión de ciencia y como una cuestión
de ingeniería. En su artículo "Después de la Macroeconomía Keynesiana", Lucas y Sar-
gent (1979) escribieron "Para la política, el hecho central es que las recomendaciones
Keynesianas de política no tienen ninguna base más sólida que las recomendaciones de
los economistas no keynesianos o, de hecho, no economistas". Si bien Lucas y Sargent
pensaron que la ingeniería Keynesiana estaba basada en ciencia agrietada, sabían que la
nueva escuela clásica (hacia 1979) no tenía un modelo que estuviera listo todavía para
llevar a Washington: "Nosotros consideramos que lo mejor que existe actualmente son
los modelos existentes de equilibrio como buenos prototipos del mejor, modelos que en
el futuro esperamos resulten de utilidad práctica en la formulación de la política". Ellos
también se aventuraron a explicitar que tales modelos estarían disponibles "en diez
años, si somos afortunados". Volveré más adelante sobre la cuestión de si esta perspecti-
va estuvo cerca de lo que ellos habían esperado.
Como estas citas sugieren, aquellos comprometidos en el nuevo movimiento clásico no
se sentían temerosos de sus intenciones o modestos sobre sus logros. Lucas ofreció una
valoración aun más desbocada en un artículo de 1980 titulado "La Muerte de Economía
Keynesiana": "Uno no puede encontrar buenos economistas menores de cuarenta años
que se identifiquen a sí mismos o de su trabajo como 'Keynesiano'. De hecho, la gante se
torna más ofensiva cuando emplea la etiqueta 'Keynesiano'. En los seminarios de investi-
gación, la gente ya no toma más en serio las teorías Keynesianas; la audiencia comienza
a susurrar y a reírse entre los asistentes". Sin embargo, al tiempo que Lucas escribía se-
mejante elogio a la economía Keynesiana, la profesión se disponía a dar la bienvenida a
una generación de "nuevos Keynesianos".

Los nuevos keynesianos


Los economistas Keynesianos atraídos por el enfoque del ciclo económico, han estado
mucho tiempo disconformes por la cuestión de los microfundamentos. De hecho, en un
artículo escrito por Klein en 1946, uno los primeros en utilizar el término "macroecono-
mía", dice al comenzar: "Muchos de los modelos matemáticos de sistemas económicos

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recientemente construidos, especialmente los de las teorías del ciclo económico, están
muy poco relacionados con el comportamiento de los hogares y las empresas que deben
formar la base de todas las teorías del comportamiento económico". Todos los economis-
tas modernos son clásicos, hasta cierto punto. Todos nosotros enseñamos a nuestros es-
tudiantes sobre la optimización, el equilibrio y la eficiencia del mercado. Ha sido difícil
conciliar estas dos visiones de la economía,-una basada en la mano invisible de Adam
Smith y las curvas de oferta y demanda de Alfred Marshall, la otra basada en el análisis
de Keynes de una economía que padece de insuficiente demanda agregada, haciendo
acuciante la cuestión de su estudio, desde que la macroeconomía comenzó como un
campo separado de estudio.
Los primeros Keynesianos, tales como Samuelson, Modigliani y Tobin, pensaron que habí-
an reconciliado estas visiones en lo que a veces se llama la "síntesis neoclásica keynesia-
na". Estos economistas creyeron que la teoría clásica de Smith y Marshall era correctas
en el largo plazo, pero la mano invisible podría paralizarse en el corto plazo descrito por
Keynes. Importaba el horizonte temporal debido a que algunos precios, en gran parte el
precio del trabajo, se ajustaba perezosamente con el tiempo. Los primeros Keynesianos
creyeron que los modelos clásicos describían el equilibrio hacia el que la economía evo-
lucionaba gradualmente, pero que los modelos Keynesianos ofrecían una mejor descrip-
ción de la economía en cualquier momento del tiempo cuando los precios fueran razo-
nablemente tomados como predeterminados.
La síntesis neoclásico keynesiana es coherente, pero también es vaga e incompleta.
Mientras los nuevos economistas clásicos respondieron a estos defectos rechazando la
síntesis y empezando de nuevo, los nuevos economistas Keynesianos pensaron que había
mucho para preservar. Su meta fue utilizar las herramientas de la microeconomía para
dar mayor precisión al difícil compromiso alcanzado por los primeros Keynesianos. La
síntesis neoclásico keynesiana era como una casa construida en los años 1940s: los nue-
vos clásicos consideraron sus sistemas anticuados y concluyeron que era mejor derribar-
la, mientras que los nuevos Keynesianos admiraban la artesanía del viejo-mundo y la
adoptaron como una oportunidad para la gran rehabilitación.
La primera ola de investigación que puede ser llamado con razón como "nuevo Keynesia-
nismo" es el trabajo sobre el desequilibrio general (Barro y Grossman, 1971; Malinvaud,
1977). Estas teorías apuntaron a utilizar las herramientas del análisis del equilibrio gene-
ral para comprender la asignación de recursos que resulta cuando los mercados no se
despejan. Los salarios y los precios se tomaron como dados. El foco se puso en cómo
influye en los mercados conexos la falla de un mercado que no logra despejarse. Según
estas teorías, la economía puede encontrarse en uno de varios regímenes, dependiendo
que los mercados estén experimentando excesos de oferta o excesos de demanda. El
régimen más interesante, en el sentido de corresponder mejor a lo que observamos du-
rante las recesiones económicas, es el llamado régimen "Keynesiano" en el que tanto el

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mercado de bienes y el mercado de trabajo están exhibiendo excesos de oferta. En el
régimen Keynesiano, el desempleo surge porque la demanda de trabajo es demasiado
baja para asegurar el pleno empleo a los salarios prevalecientes; la demanda de trabajo
es baja porque las empresas no pueden vender todo lo que desean a los precios prevale-
cientes; y la demanda de producto de las empresas es inadecuada debido a que muchos
clientes están desempleados. Las recesiones y depresiones son el resultado de un círculo
vicioso de demanda insuficiente y un estímulo a la demanda puede llevar a cabo su efec-
to multiplicador.
La segunda ola de la nueva investigación Keynesiana apuntó a explorar cómo puede utili-
zarse el concepto de expectativas racionales en modelos sin el supuesto de mercados
que se despejan. En cierta medida, este trabajo fue la respuesta a Sargent y Wallace
acerca de la irrelevancia de la política monetaria sistemática, demostrando cómo la po-
lítica monetaria podría estabilizar la economía, pese a las expectativas racionales (Fis-
cher, 1977). En cierta medida, fue motivada por un deseo de encontrar un modelo empí-
ricamente realista de la dinámica inflacionaria (Taylor, 1980). El talón de Aquiles de
este trabajo era que suponía una forma de contratos de trabajo que, si bien parece jus-
tificable por motivos empíricos, era difícil de cuadrar con los principios microeconómi-
cos.
Debido a que gran parte de la tradición Keynesiana estaba basada en la premisa que
tanto los salarios y precios no despejan los mercados, las investigaciones de la tercera
ola de la nueva investigación Keynesiana se propuso explicar por qué éste era el caso. Se
exploraron varias hipótesis: que las empresas enfrentan "costos de menú" cuando ellas
eligen cambiar sus precios; que las empresas pagan a sus trabajadores "salarios de efi-
ciencia", por encima del nivel que permite despejar el mercado, para aumentar la pro-
ductividad del trabajo; y que los fijadores de precios y salarios se desvían de la raciona-
lidad perfecta. Mankiw (1985) y Akerlof y Yellen (1985) señalaron que cuando las empre-
sas tienen poder en el mercado, hay grandes diferencias entre los cálculos de costo-
beneficio privado y social con respecto a los cálculos del ajuste de precios, por lo que un
precio de equilibrio pegajoso podría ser privadamente racional (o próximo al racional)
mientras que socialmente muy costoso. Blanchard y Kiyotaki (1987) demostraron que
parte de esta divergencia entre los resultados de los incentivos privados y sociales es
consecuencia de una externalidad en la demanda agregada: cuando una empresa rebaja
sus precios, aumentan los saldos monetarios reales y entonces aumenta la demanda de
productos de todas las empresas. Ball y Romer (1990) establecieron que existe fuerte
complementariedad entre las rigideces reales y nominales, de modo que cualquier moti-
vo por evitar cambios en los-precios relativos acentuaría la lentitud de los precios nomi-
nales.
En retrospectiva, estas diversas nuevas contribuciones Keynesianas estaban más relacio-
nadas y eran más complementarias de lo que parecieron en aquél momento, incluso para

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la gente que trabajaron en ellas. Por ejemplo, se tiene la tentación de ver los primeros
trabajos del desequilibrio general como un callejón sin salida a un programa de investi-
gación que sembró las semillas de su propia destrucción por su supuesto de precios pre-
establecidos. Y, de hecho, este trabajo raramente se encuentra en las listas de lecturas
de actualidad. Sin embargo, también uno puede considerarlo como un progreso de las
ideas relacionadas sobre cómo funciona la economía cuando los precios no se mueven en
forma instantánea para equilibrar la oferta y la demanda.
Por ejemplo, existe una interesante relación raramente notada entre la primera y la
tercer ola de la nueva economía Keynesiana. En particular, uno puede ver la tercer ola
como la que establece la centralidad del régimen Keynesiano puesta de relieve en la
primer ola. Cuando las empresas tienen poder de mercado, cobrando sus precios por
encima del costo marginal, ellas siempre quieren vender más a los precios prevalecien-
tes. En cierto sentido, si todas las empresas tienen cierto grado de poder de mercado,
entonces los mercados de bienes están típicamente en una situación de exceso de ofer-
ta. Esta teoría del mercado de bienes a menudo está emparentada con una teoría del
mercado de trabajo con salarios por encima de los salarios de-equilibrio, como en el
modelo de los salarios de eficiencia. En este caso, el régimen "Keynesiano" de exceso
generalizado de oferta no es sólo un resultado posible, sino uno habitual para la econo-
mía.
A mi juicio, estas tres olas de la nueva investigación Keynesiana se suman a una sistema
coherente de teoría microeconómica que contribuyeron al fracaso del funcionamiento de
la mano invisible para los fenómenos macroeconómicos de corto plazo. Comprendemos
cómo interactúan los mercados cuando hay rigideces de precios, el rol que pueden jugar
las expectativas, y los incentivos que enfrentan los fijadores de precios cuando ellos
eligen cambiar o no los precios. Como cuestión de la ciencia, esta investigación resultó
exitosa (aunque, como participante, no puedo pretender ser completamente objetivo).
El trabajo no era revolucionario, pero tampoco estaba intentando serlo. En lugar de ello,
era contrarrevolucionario: su objetivo era defender la esencia de la síntesis neoclásico
keynesiana del nuevo ataque clásico.
¿Fue a su vez este trabajo tan exitoso como una cuestión de ingeniería? ¿Ayudó a divisar
mejores políticas para hacer frente al ciclo económico? El juicio debe ser aquí menos
positivo, un tema al que volveré en breve.
Pero es notable que los nuevos Keynesianos estuvieran, por temperamento, más inclina-
dos a hacerse ingenieros macroeconómicos de lo que son los economistas que trabajan
dentro de la nueva tradición clásica. Entre los líderes de la nueva escuela clásica, ningu-
no (hasta donde yo sé) ha dejado la academia alguna vez para tomar un trabajo desta-
cado en política pública. Por el contrario, el nuevo movimiento Keynesiano, al igual que
la anterior generación de Keynesianos, se colmó de personas que se establecerían unos
años en la torre de marfil para arribar luego a una estadía en la Capital de la Nación.

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Ejemplos incluyen a Stanley Fischer, Larry Summers, Joseph Stiglitz, Janet Yellen, John
Taylor, Richard Clarida, Ben Bernanke y yo. Los primeros cuatro de estos economistas
llegaron a Washington durante los años Clinton; los últimos cuatro durante los años Bush.
La división de economistas entre nuevos clásicos y nuevos Keynesianos no es, fundamen-
talmente, entre la derecha política y la izquierda política. Es ,en un sentido más amplio,
una división entre los científicos puros y los ingenieros económicos.

Digresión y crítica mordaz


La teoría y empirismo del crecimiento económico a largo-plazo está más allá del alcance
de este ensayo, pero vale la pena destacar que estos temas ocuparon mucho la atención
de los macroeconomistas durante la década de los años 1990s. Este trabajo llamó la
atención sobre las fluctuaciones económicas de corto plazo, alejadas del equilibrio a
largo plazo, que habían dominado el campo de la macroeconomía desde su nacimiento
medio siglo antes.
Existen varias razones para considerar el crecimiento como una importante área de in-
vestigación. En primer lugar, una serie de influyentes ensayos de Paul Romer (1986) y
otros que ofrecieron un nuevo juego de ideas y herramientas para analizar lo que es se-
guramente uno de los temas obligados en economía, la gran brecha entre las naciones
ricas y pobres. En segundo lugar, los nuevos datos entre países que ahora están disponi-
bles permitieron un examen sistemático de la validez de teorías alternativas (Summers y
Heston 1991). En tercer lugar, la economía de los EEUU en los años 1990s estaba expe-
rimentando su expansión más larga de la historia. Al igual que los primeros Keynesianos
fueron atraídos por el campo de estudio, debido a su importancia inmediata para la sa-
lud de la nación, la economía de los años 1990s sugirió a esa generación de estudiantes
que el ciclo económico ya no era de gran importancia práctica.
También existe una cuarta, la razón más molesta por la que emergieron los macroeco-
nomistas de los años 1990s para estudiar el crecimiento a largo plazo en lugar de las
fluctuaciones a corto plazo: la tensión entre el nuevo mundo Keynesiano y el nuevo
mundo clásico. Mientras Lucas, el más importante de los nuevos economistas clásicos,
estaba proclamando que "las personas ya no toman en serio las teorías Keynesianas", los
principales exponentes Keynesianos estaban presentando del mismo modo a sus nuevos
colegas clásicos. En su discurso Presidencial de la AEA, Solow (1980) llamó a los nuevos
economistas clásicos "tontamente restrictivos" para descartar el supuesto de la existen-
cia de rigideces de salarios y precios, y la posibilidad que los mercados no se despejaran.
Él dijo, "recuerdo haber leído una vez que todavía no se entiende cómo la jirafa consi-
gue una adecuada bomba de suministro haciendo que la sangre llegue a su cabeza duran-
te todo el camino; por lo que me es difícil imaginar que alguien concluyera que las jira-
fas no tienen cuellos largos".

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En una entrevista con Arjo Klamer (1984), unos pocos años después, Lucas comentó, "no
creo que Solow, en particular, haya incluso intentado alguna vez hacer frente a cual-
quiera de estas cuestiones, excepto haciendo chistes". En su propia entrevista en el
mismo volumen, Solow explicó su renuencia a comprometerse con los nuevos economis-
tas clásicos: "Suponga que alguien se sienta donde usted está sentado ahora mismo y me
anuncia que es Napoleón Bonaparte. La última cosa que quisiera hacer con él es involu-
crarme en una discusión técnica de las tácticas de caballería en la Batalla de Austerlitz.
Si lo hago, tácitamente me estoy dejando llevar por su juego de que es Napoleón Bona-
parte".
Hasta cierto punto, esta disputa refleja las diferentes perspectivas de los protagonistas
sobre los objetivos del campo. Lucas parece estar quejándose de que Solow no aprecia
el mayor rigor analítico que puede ofrecer la nueva macroeconomía clásica. Solow pare-
ce estar quejándose de que Lucas no aprecia la evidente falta de realismo de sus su-
puestos sobre el despeje del mercado. Cada uno de ellos tiene su punto de vista. Desde
el punto de vista de la ciencia, tiene mucho mayor atractivo el mayor rigor analítico de
los nuevos clásicos. Pero desde el punto de vista de la ingeniería, el costo de este añadi-
do parece ser demasiado rigor a soportar.
Insistiré en la naturaleza de este debate no sólo porque refleja la tensión subyacente
entre científicos e ingenieros, sino también porque ayuda a explicar las decisiones que
habrán de tomar las próximas generaciones de economistas. Llama la atención semejan-
te crítica mordaz entre los gigantes intelectuales (en gran parte a la manera en que los
dueños de un bar se reúnen trabándose en un combate de puños, incitando a los demás a
participar). Pero no fue saludable para el ámbito de la macroeconomía. No es de extra-
ñar que muchos jóvenes economistas evitaran tomar partido en este conflicto, volviendo
su atención fuera de las fluctuaciones económicas y hacia otros temas.

¿Una nueva síntesis o una tregua?


Un viejo adagio sostiene que la ciencia progresa de entierro a entierro. Hoy, con los be-
neficios de mayor expectativa de vida, sería más preciso decir (si no menos cierto) que
la ciencia progresa de jubilación a jubilación. En macroeconomía, a medida que se retira
la generación más antigua de protagonistas o se acerca a la jubilación, es reemplazada
por una generación más joven de macroeconomistas que ha adoptado una cultura de
mayor civilidad. Al mismo tiempo, ha surgido un nuevo consenso general sobre la mejor
manera de entender las fluctuaciones económicas. Marvin Goodfriend y Robert King
(1997) han denominado este consenso "la nueva síntesis neoclásica". Este modelo de sín-
tesis se ha aplicado ampliamente en la investigación de la política monetaria (Clarida,
Gali, y Gertler, 1999, y McCallum y Nelson, 1999). El más extenso tratamiento de esta
nueva síntesis es el monumental tratado (en ambos sentidos de la palabra) de Michael
Woodford (2003).

12
Al igual que la síntesis neoclásico keynesiana de una generación inmediata anterior, la
nueva síntesis intenta unir las fuerzas de los enfoques competidores que los precedieron.
De los nuevos modelos clásicos, toma las herramientas de la teoría dinámica estocástica
del equilibrio de general. Las preferencias, las restricciones, y la optimización son el
punto de arranque, y el análisis se construye a partir de estos fundamentos microeco-
nómicos. De los nuevos modelos Keynesianos toma las rigideces nominales y las utiliza
para explicar por qué la política monetaria tiene efectos reales en el corto plazo. El en-
foque más común es suponer empresas monopolísticamente competitivas que cambian
los precios sólo en forma intermitente y, a veces, concluyendo en una dinámica de pre-
cios denominada nueva curva de Phillips Keynesiana. El corazón de la síntesis es la visión
de que la economía es un sistema de equilibrio general dinámico que se desvía de un
óptimo de Pareto debido a los precios pegajosos (y tal vez a una variedad de otras im-
perfecciones del mercado).
Es tentador describir la aparición de este acuerdo general como un gran progreso. En
cierto modo, lo es. Pero también hay una manera menos sanguínea de ver la corriente
del actual estado de la obra. Tal vez lo que ha ocurrido no es tanto una síntesis sino una
tregua entre los combatientes intelectuales, seguidos por una retirada de cara salvadora
en ambos lados. Tanto los Nuevos clásicos como los nuevos Keynesianos pueden observar
esta nueva síntesis y exigir un cierto grado de victoria, ignorando la derrota más profun-
da que se encuentra debajo de la superficie.
El corazón de esta nueva síntesis, un sistema de equilibrio general dinámico con rigide-
ces nominales, es precisamente la que uno encuentra en los primeros modelos Keynesia-
nos. Por ejemplo, Hicks propuso el modelo IS-LM en un esfuerzo por poner las ideas de
Keynes en un sistema de equilibrio general. (Recuerde que Hicks ganó el Premio de No-
bel en 1972 juntamente con Kenneth Arrow por las contribuciones a la teoría del equili-
brio general). Klein, Modigliani, y los otros constructores de modelos, estaban intentan-
do llevar ese sistema de equilibrio general a los datos para formular la mejor política. En
gran medida, la nueva síntesis recoge la agenda de investigación que la profesión aban-
donó, en los años setenta, a instancias de los nuevos clásicos.
Con el beneficio de la percepción retrospectiva, está claro que los nuevos economistas
clásicos prometieron más de lo que ellos podían entregar. Su objetivo declarado era
desechar las teorías Keynesianas y reemplazarlas con modelos de mercados que se des-
pejan, los que podrían llevarse en forma convincente a los datos y entonces podrían
usarse para el análisis de la política. Debido a esa orientación, el movimiento fracasó.
En cambio, ellos ayudaron a desarrollar herramientas analíticas que están usándose para
el desarrollo de otra generación de modelos que suponen ahora precios pegajosos y que,
en muchas formas, se parecen a los modelos contra los que estaban haciendo campaña
los nuevos clásicos.

13
Los nuevos Keynesianos pueden exigir aquí un grado de reivindicación. La nueva síntesis
desecha el supuesto de los mercados que se despejan, que Solow denominó "alocada-
mente restrictivo" y que la nueva investigación Keynesiana de precios pegajosos se pro-
puso socavar. Todavía pueden criticarse a los nuevos Keynesianos por haber tomado el
incentivo de los nuevos clásicos y, como resultado, seguir un programa de investigación
que resultó ser demasiado abstracto e insuficientemente práctico. Paul Krugman (2000)
ofrece esta evaluación del nuevo programa de investigación Keynesiano: "Uno puede
explicar ahora cómo podría suceder la pegajosidad de los precios. Pero las predicciones
útiles sobre cuándo sucede y cuándo no es así, o modelos que construyen el menú de
costos en una curva realista de Phillips, sólo parece estar por venir". Incluso como un
defensor de esta línea de trabajo, tengo que admitir que hay algo de verdad en esa valo-
ración.

La visión del Banco Central


Si Dios pusiera a los macroeconomistas en la tierra para resolver problemas prácticos,
entonces San Pedro nos juzgará finalmente por nuestras contribuciones a la ingeniería
económica. Entonces podemos plantear: ¿Los desarrollos en la teoría del ciclo económi-
co de las últimas décadas han dado lugar a mejoras en la formulación de la política eco-
nómica? O, para fijar una meta más modesta, ¿los avances en la ciencia macroeconómica
han alterado la política económica como se analiza y se discute entre los economistas
profesionales que están envueltos en el proceso de la política?
Un lugar para encontrar evidencia y contestar estas preguntas son las atrayentes memo-
rias de un período en el FED de Laurence Meyer. En 1996, Meyer dejó su trabajo como
profesor de economía en la Universidad de Washington y como prominente consultor
económico para servir durante seis años como gobernador de la Reserva Federal. Su libro
proporciona una ventana a cómo los economistas ven sus trabajos en los niveles más
altos de la política monetaria y los enfoques que ellos toman para analizar la economía.
El libro deja al lector con una impresión clara: los recientes desarrollos en la teoría del
ciclo económico, promulgado por los nuevos clásicos y los nuevos Keynesianos, han teni-
do cerca de cero impacto en la práctica política. El análisis de Meyer de las fluctuacio-
nes económicas y la política monetaria es inteligente y diversificada, pero no muestra
ningún rastro de teoría macroeconómica moderna. Parecería casi completamente fami-
liar a alguien que fue adiestrado en la síntesis neoclásica keynesiana que prevaleció al-
rededor de los 1970s y ha ignorado desde entonces la literatura académica. El mundo de
Meyer sería fácil de despedir como anticuado si fuera característico, pero no lo es. Es
típico de los economistas que se han sostenido en la cima posicionándose en los bancos
centrales del mundo.
Está de moda entre los académicos creer que los bancos centrales han estado influen-
ciados fuertemente por la literatura de reglas vs-discreción, particularmente el trabajo

14
de la inconsistencia temporal que comenzó con Kydland y Prescott (1977). A menudo se
vinculan dos cambios institucionales con estas contribuciones académicas: la creciente
independencia de los bancos centrales en países como Nueva Zelanda y la adopción de
objetivos inflacionarios como un régimen de política en muchos bancos centrales alrede-
dor del mundo. A su vez, se vinculan a estos cambios institucionales, mejoras en la polí-
tica monetaria. Según esta línea de argumento, debemos agradecer a Kydland y Prescott
la inflación baja y estable que muchos países han disfrutado durante las últimas dos
décadas.
Esta visión de auto felicitación se encuentra con dos problemas. El primero es que los
cambios institucionales que hemos observado están, en el mejor de los casos, débilmen-
te conectados a los problemas levantados por la literatura teórica. Un banco central
independiente no es igual que un banco central limitado por reglas. La Reserva Federal
americana ha tenido durante mucho tiempo un alto grado de independencia sin com-
prometerse en la vida a una regla política. E incluso el objetivo inflacionario está más
próximo a una declaración de intenciones y a una manera de comunicarse con el público
de que se trata de un compromiso a una regla política. Ben Bernanke (2003) lo ha deno-
minado "discreción restringida".
El segundo, el problema más significativo, es que estos cambios institucionales no se
vinculan necesariamente a las mejoras en la política monetaria de las que hemos dado
testimonio. Laurence Ball y Niamh Sheridan (2005) observaron una muestra grande de
países y demostraron que la adopción de objetivos inflacionarios no ayuda a explicar el
reciente movimiento hacia la baja inflación estable. La política monetaria ha mejorado
tanto en los países que han adoptado objetivos de inflación y en aquellos que no los tie-
nen. Esta mejora mundial en los resultados de la inflación podría ser porque la economía
mundial no ha tenido que tratar con shocks de oferta tan adversos como aquellos que se
experimentaron en los años setenta o porque los banqueros centrales han aprendido de
la experiencia de los años setenta que esa alta inflación debe evitarse continuamente.
Pero la evidencia demuestra que el objetivo inflacionario no es un requisito previo para
la buena la política monetaria.
El Fed de Greenspan es un ejemplo de ello. De acuerdo con Alan Blinder y Ricardo Reis
(2005), Alan Greenspan tiene el legítimo derecho de ser "el más grande banquero central
que se ha visto en la vida". De hecho, por la mejoría de las cuentas, la política moneta-
ria funcionó considerablemente bien bajo su dirección. Sin embargo, lo largo de su pe-
ríodo al timón del FED, Greenspan evitó cualquier anuncio de una regla de política y
valoró la flexibilidad por encima del compromiso. Así es cómo Greenspan (2003) defen-
dió su elección: "Algunos críticos han argumentado que ese enfoque de política es dema-
siado indisciplinado, insensato, aparentemente discrecional, y difícil de explicar. Algu-
nos concluyen que la Reserva Federal debe intentar ser más formal en sus operaciones
vinculando únicamente sus acciones a las prescripciones de la regla de una política for-

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mal. Sin embargo, es sumamente dudoso que cualquier enfoque a lo largo de estas líneas
llevaría a una mejora en el resultado económico. Las reglas son simples por su naturale-
za, y cuando existe una significativa y cambiante incertidumbre en el ambiente econó-
mico, ellas no pueden sustituir paradigmas de administración del riesgo que se satisfa-
cen mejor lejos del político". Aun pese a la aversión de Greenspan a las reglas de políti-
ca, la inflación fue baja y estable durante su mandato como presidente de la Reserva
Federal. Greenspan demuestra, contradiciendo a Kydland y Prescott, que los bancos
centrales pueden producir resultados deseables mientras ejerzan sustanciales poderes
discrecionales.

La visión de la política fiscal


Otro lugar para buscar el impacto práctico de la teoría macroeconómica es el análisis de
la política fiscal. Los recortes impositivos en el 2001 y 2003 ofrecen un buen caso de
estudio, en parte porque ellos son un reciente intento en los principales estímulos fisca-
les para combatir una recesión y en parte porque como presidente del Consejo de
Consejeros Económicos durante dos años, estoy familiarizado con gran parte del análisis
económico que sentó las bases para esta política. Para estar seguro, había muchos moti-
vos para el diseño de la política fiscal de Bush. Por ejemplo, la expansión del crédito a
la niñez, se basa tanto en la política y en la filosofía social como lo fue en la economía.
Pero los economistas del CEA y la Tesorería habían tenido una llegada sustancial en el
desarrollo de la política, por lo que es esclarecedor considerar las herramientas que
ellos introdujeron al trabajo.
El análisis económico del plan impositivo de Bush se hizo con un ojo en el crecimiento a
largo-plazo y un ojo en el ciclo económico a corto plazo. La perspectiva de largo plazo
estaría familiarizada con los estudiantes de finanzas públicas. Significativamente, en el
2003 Bush propuso eliminar la doble imposición a los ingresos procedentes del capital
social. La factura final pasada por el Congreso no logró totalmente esta meta, pero la
sustancial reducción en las tasas del impuesto a los dividendos movidos en la dirección
de una mayor neutralidad fiscal, redujo el sesgo de los dividendos sobre las ganancias
retenidas, y el sesgo sobre el capital social no corporativo. También se trasladó la codi-
ficación de los impuestos más allá en la dirección de los impuestos sobre el consumo en
lugar del ingreso. Esta última meta es consistente con una literatura bien-establecida en
finanzas públicas (por ejemplo, el Diamond y Mirrlees 1971, Atkinson y Stiglitz 1976,
Feldstein 1978, Chamley 1986) y no es particularmente nueva como una materia de teo-
ría económica. Hace tres décadas, Atkinson y Stiglitz señalaron, incluso entonces, "que
existía una habitual presunción a favor del consumo en lugar del impuesto a la renta".
Sin embargo, lo más relevante a este ensayo es el análisis a corto plazo de la política
fiscal. Cuando el presidente George M. Bush asumió el cargo en 2001, la economía se
encaminaba a una recesión después de la explosión de la burbuja bursátil de fines de los

16
años 1990s. Una meta de los recortes del impuesto era estimular la recuperación eco-
nómica y el empleo. Cuando el Presidente Bush firmó la Ley de Reconciliación de 2003
donde se establecía el uso y aumento de impuestos, explicó la política de la siguiente
manera: "Cuando las personas tienen más dinero, ellas pueden gastarlo en bienes y ser-
vicios. Y en nuestra sociedad, cuando ellos demandan un bien o servicio adicional, al-
guien producirá el bien o servicio. Y cuando alguien produce ese bien o servicio, significa
que alguien más probablemente sea capaz de encontrar un trabajo". Esta lógica es quin-
ta esencialmente Keynesiana.
Al Consejo de Asesores Económicos (CEA) le fue encargado cuantificar la medida, pre-
guntándosele cómo afectarían al empleo las desgravaciones fiscales. Respondimos a esta
cuestión utilizando un modelo macroeconométrico básico. El modelo que utilizamos
mientras yo estuve allí fue seguido por los Asesores Macroeconómicos, y provenía de la
empresa de consultoría creada y dirigida por Laurence Meyer antes de llegar a ser un
gobernador de la Reserva Federal. Este modelo estuvo siendo utilizando por el CEA mu-
cho antes que yo llegara como presidente y, de hecho, se había utilizado durante casi
dos décadas bajo las administraciones Republicanas y Demócratas. Sin embargo, la elec-
ción de este modelo en particular no es importante, el modelo de los Asesores Macroe-
conómicos era similar a otros grandes modelos macroeconométricos, como el modelo
FRB/US mantenido por la Reserva Federal. Desde el punto de vista de la historia científi-
ca, estos modelos son los descendientes directos de los primeros esfuerzos de Klein, Mo-
digliani y Eckstein. La investigación de nuevos modelos clásicos y keynesianos han tenido
escasa influencia en la construcción de estos modelos.
El mundo real de la política macroeconómica puede ser desalentador para aquellos de
nosotros que hemos pasado la mayoría de nuestras carreras en el mundo académico. La
triste verdad es que la investigación macroeconómica de los tres últimos decenios ha
tenido poca repercusión en el análisis práctico de la política monetaria o fiscal. La ex-
plicación no es que los economistas en el ámbito de la política son ignorantes de los re-
cientes desarrollos. Todo lo contrario: el personal de la Reserva Federal incluye algunos
de los mejores alumnos del doctorado, y el Consejo de Asesores Económicos bajo las
administraciones Democráticas y Republicanas señala el talento de las principales uni-
versidades de investigación en la cima de la nación. El hecho que la investigación ma-
croeconómica moderna no sea ampliamente utilizada en la práctica política es, prima
facie, una prueba que es de poca utilidad para este propósito. La investigación puede
tener éxito como un aspecto de la ciencia, pero no ha contribuido significativamente a
la ingeniería macroeconómica.

Dentro del salón de clase


Más allá de los corredores del poder en las principales capitales del mundo, hay otro
lugar donde la profesión de la economía intenta vender sus productos a un público más

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amplio, el salón de clases de pregrado. Aquellos de nosotros que regularmente enseñan
a los estudiantes, ven nuestro trabajo como ciudadanos productores que están bien in-
formados sobre los principios de la buena política. Nuestra elección del material está
guiada por lo que nosotros entendemos como importante para la próxima generación de
votantes.
Al igual que los encargados de formular políticas, los estudiantes normalmente tienen
escaso interés en la teoría por la teoría en sí. En cambio, están interesados en entender
cómo funciona el mundo real y cómo la política pública puede mejorar los resultados
económicos. Salvo el estudiante raro que está considerando la posibilidad de la escuela
de postgrado y una carrera académica como economista, el estudiante tiene la perspec-
tiva de un ingeniero más que de un científico. Por consiguiente, es útil tomar nota de lo
que elegimos enseñar a los estudiantes. Y no hay lugar mejor para ver lo que nos ense-
ñan que en el contenido de la mayoría de los libros de texto ampliamente utilizados en
el pregrado.
Por ejemplo, consideremos los libros utilizados para enseñar macroeconomía a nivel in-
termedio. Hace una generación, los tres textos principales para este curso eran los de
Robert Gordon, Robert Hall y John Taylor, y Rudiger Dornbusch y Stanley Fischer. Hoy en
día, los tres más vendidos son los escritos por Olivier Blanchard, Andrew Abel y Ben Ber-
nanke, y el mío. El hilo común es que cada uno de estos seis libros fue escrito al menos
por un economista con entrenamiento del graduado del MIT, una prominente escuela de
ingeniería donde la tradición macroeconómica dominante era la de Samuelson y Solow.
En todos estos libros, la teoría básica enseñada a los estudiantes era alguna versión de la
demanda y oferta agregadas, y la teoría básica de la demanda agregada es el modelo IS-
LM. La misma lección puede obtenerse leyendo los libros de texto ampliamente usados
para el primer nivel de economía: las fluctuaciones económicas a corto plazo se entien-
den mejor usando alguna versión de la síntesis neoclásica-keynesiana.
No pretendo sugerir que la pedagogía se ha estancado a medida que ha evolucionado el
campo. Los libros de texto de hoy ponen mayor énfasis en la teoría monetaria clásica,
los modelos de crecimiento a largo plazo y el papel de las expectativas tal como se plan-
tearon hace treinta años. Existe menos confianza sobre lo que puede lograr la política y
más énfasis en las reglas sobre las políticas monetarias y fiscales discrecionales (pese a
la falta de evidencia sobre la importancia práctica de las reglas de política). Sin embar-
go, con este marco básico los modernos estudiantes aprenden a tener conocimiento del
ciclo económico tal como se familiarizó en la primera generación de Keynesianos.
La excepción que confirma la regla es el texto a nivel intermedio escrito por Robert Ba-
rro, publicado por primera vez en 1984. El libro de Barro proporcionó una introducción
clara y accesible destinada a los estudiantes acerca del nuevo enfoque clásico de la ma-
croeconomía. Si bien fueron incluidos los modelos keynesianos, ellos se trataron breve-
mente y con escaso énfasis al final del libro. Cuando el libro salió, fue recibido con con-

18
siderable atención y elogios. Sin embargo, si bien muchos macroeconomistas que leyeron
el libro de Barro quedaron impresionados por él, muchos menos estudiantes lo eligió
para sus estudios. La nueva revolución clásica que buscó inspirar la pedagogía de Barro
nunca despegó, y el texto de Barro no ofreció competencia significativa frente a los li-
bros de texto dominantes de la época.
Esta falta de revolución en la pedagogía macroeconómica está en marcado contraste a lo
ocurrido hace medio un siglo. Cuando el texto de Samuelson se publicó primero en 1948
con el objetivo de presentar a los estudiantes la revolución Keynesiana, los maestros del
mundo abrazaron el nuevo enfoque rápida y sinceramente. Por el contrario, las ideas de
los nuevos clásicos y los nuevos Keynesianos no han cambiado fundamentalmente la for-
ma en que se enseña la macroeconomía al estudiante de pregrado.

Sin dentista a la vista


John Maynard Keynes (1931) opinó en forma célebre que, "Si los economistas pudiesen
pensar en sí mismos como personas humildes, competentes en un nivel con los dentistas,
serían espléndidos". Él estaba expresando una esperanza de que la ciencia de la macroe-
conomía se desenvolviese de un modo útil y rutinario como el de la ingeniería. En ese
futuro utópico, evitar una recesión sería tan sencillo como rellenar una cavidad.
Los principales desarrollos en macroeconomía académica de las últimas décadas poco se
parecen a la odontología. La Nueva investigación clásica y Keynesiana ha tenido escaso
impacto en los macroeconomistas experimentados que tienen a cargo la tarea práctica
de conducir la política monetaria y fiscal real. También ha tenido escaso impacto en lo
que les dicen los maestros a los futuros votantes sobre la política macroeconómica cuan-
do ellos entran en el aula del estudiante de pregrado. Desde el punto de vista de la in-
geniería macroeconómica, el trabajo de las últimas décadas parece un lamentable giro
equivocado.
Sin embargo, desde la perspectiva más abstracta de la ciencia macroeconómica, este
trabajo puede verse en forma más positiva. Los Nuevos economistas clásicos tuvieron
éxito en mostrar las limitaciones de los grandes modelos macroeconométricos Keynesia-
nos y las recetas de política basadas en estos modelos. Llamaron la atención sobre la
importancia de las expectativas y su efecto para las reglas de la política. Los Nuevos
economistas Keynesianos han proporcionado mejores modelos para explicar por qué los
salarios y los precios no despejan los mercados y, de manera más general, qué tipos de
imperfecciones del mercado son necesarias para dar sentido a corto plazo las fluctuacio-
nes económicas. La tensión entre estas dos visiones, aunque no siempre en derechos
civiles, pudo haber sido productiva, porque la competencia es tan importante para avan-
zar en el campo del desarrollo intelectual como lo es para los resultados del mercado.
Las visiones resultantes están siendo incorporadas en la nueva síntesis que se está des-
arrollando ahora y que, eventualmente en el futuro, se convertirá en la base para la

19
próxima generación de modelos del macroeconométricos. Para aquellos de nosotros inte-
resados en la macroeconomía como ciencia e ingeniería, podemos tomar la reciente apa-
rición de una nueva síntesis como una señal esperanzada en que más progreso puede al-
cazarse en ambos frentes. Al mirar hacia el futuro, en forma humilde y competente, siga
teniendo ideales hacia lo que los macroeconomistas pueden aspirar.

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