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María Teresa Gramuglio, “Posiciones de Sur en el espacio literario. Una política de la cultura”, en Sylvia Saítta (directora), El oficio se afirma , tomo 9, Historia de la literatura argentina , Buenos Aires, Emecé, 2004.

Posiciones de Sur en el espacio literario. Una política de la cultura María Teresa Gramuglio

Relatos de orígenes

Existe un relato canónico sobre el origen de la revista Sur . Lo elaboró su fundadora y directora, Victoria Ocampo (1891 1979), en el texto inaugural, “Carta a Waldo Frank”, publicado en el primer número (verano de 1931). Lo repitió en diversas ocasiones, en particular en los números que conmemoraban los aniversarios de la revista, con ligeras variantes y reflexiones complementarias sobre el papel de las minorías selectas en la defensa de la cultura y en la elevación de los estándares literarios. El argumento central es bastante conocido y adquirió cierto halo de “fundación mitológica”: el encuentro providencial del judío americano del norte y la criolla americana del sur, entre las rosas de un jardín de Palermo –continuado luego ante un plato con arvejas en un restaurante de Nueva York–, habría sido el acontecimiento alumbrador de un proyecto destinado a “descubrir América” para los propios americanos y para los europeos cultos en un medio en el que, al parecer, todo estaba por hacerse. La inflexión personal propia de la carta se refuerza con la referencia de Ocampo a “los amigos que están en mi torno [sic] y en quienes tengo confianza”, gracias a cuya ayuda podría asumir la empresa. Son los integrantes de los dos consejos de la revista, uno argentino y otro extranjero, algunos de los cuales escriben en este primer número. Otras cartas de amigos –de Pierre Drieu La Rochelle a los para él desconocidos sudamericanos, de Ricardo Güiraldes a Valéry Larbaud– y la convergencia de las colaboraciones alrededor de temas americanos y

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manifestaciones del arte moderno terminan por conferir a este número inicial un perfil definido y un aire de circuito cerrado, a pesar del cosmopolitismo manifiesto, certificado por la abundancia de comunicaciones cruzadas entre continentes, viajes y traducciones que exhibe el armado del repertorio inicial. 1 Sin embargo, Sur no surgía en un vacío cultural que hubiera sido ajeno a inquietudes similares. Desde los primeros años del siglo varias colecciones, como la Biblioteca de La Nación , alimentaron con traducciones de literatura extranjera circuitos de lectura que se fueron ampliando progresivamente; en las décadas siguientes fueron apareciendo diversas series de folletines y sellos de libros económicos que llegaron a los sectores populares. 2 Al mismo tiempo, nuevas revistas hablaban a las claras de una diversificación de los espacios del campo literario, correlativa, en el circuito de la cultura alta, del crecimiento del público lector que fue uno de los logros de las políticas educativas de las primeras décadas del siglo veinte. Ya en los comienzos de ese proceso había aparecido Nosotros (19071934; 19361943), cuya duración tuvo tan pocos equivalentes. Y los años veinte vieron surgir, entre otras, las dos Proa (19221923; 19241926); Inicial (1923 1926); Valoraciones (La Plata, 19231928); Martín Fierro (segunda época, 1924 1927); Sagitario (La Plata, 19251928); Síntesis (1927 1930), Criterio (1928 y continúa). Algunas de estas publicaciones, como Proa y Martín Fierro , suscribieron proyectos de renovación vanguardista; otras, como Valoraciones y Síntesis , tuvieron propósitos menos estruendosos. Aun aceptando estas diferencias, es evidente que un elenco estable de colaboradores circulaba fluidamente por todas ellas, sin demasiadas soluciones de continuidad: Macedonio Fernández,

* Este trabajo es resultado de un proyecto de investigación radicado en el Instituto de Investigaciones de la Facultad de Humanidades y Artes de la Universidad Nacional de Rosario. Agradezco a los integrantes del mismo, Nora Avaro, Judith Podlubne y Martín Prieto su valiosa colaboración. 1 Para la nómina de los miembros de los consejos y el sumario del primer número ver, entre otros, Eduardo Paz Leston, “El proyecto de la revista Sur en el tomo 4 de la Historia de la literatura argentina , Buenos Aires, CEAL, 1981; Eduardo Romano, “Nace Sur , entre el final de Síntesis y las elecciones de abril de 1930” en Tramas , tomo II, 5, Córdoba, 1996. Para la mayoría de los puntos desarrollados en este capítulo, ver John King, Sur. Estudio de la revista argentina y de su papel en el desarrollo de una cultura. 1931 1970 , México, Fondo de Cultura Económica, 1990. Se trata del más completo de los estudios dedicados a la revista y prácticamente nada parece haber escapado al riguroso escrutinio del autor. 2 Ver Alejandro Eujanián y Alberto Giordano, “Las revistas de izquierda y la función de la literatura:

enseñanza y propaganda”, en María Teresa Gramuglio (directora), El imperio realista , tomo 6 de la Historia crítica de la literatura argentina , Buenos Aires, Emecé, 2002.

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Eduardo González Lanuza, Guillermo de Torre, Jorge Luis Borges, Evar Méndez, Luis Emilio Soto, Roberto M. Ortelli, Alfredo Brandán Caraffa, Carlos Sánchez Viamonte, Francisco Romero, Santiago Ganduglia, Homero Guglielmini, Eduardo Mallea, Leopoldo Marechal, Ernesto Palacio, Francisco Luis Bernárdez, Pedro Henríquez Ureña, Eduardo Bullrich, Alberto Prebisch, Oliverio Girondo. 3 Casi todos estos nombres reaparecerán en Sur . Pero si esto último ha llevado a considerarla como una formación en la que, después del golpe militar de 1930, los vanguardistas de los locos años veinte venían por fin a sentar cabeza, al repasar el elenco se podrá advertir, por un lado, que ni todos eran vanguardistas ni las divisiones fueron tan nítidas; y luego, que animadores conspicuos de las expresiones vanguardistas, como Méndez, Brandán Caraffa e incluso Girondo, cuya presencia fue muy fugaz, no se integraron en Sur . Parecería entonces más acertado considerar que aquella red de publicaciones ofrece, precisamente por sus diferencias, un indicador fiable de la aparición de nuevos protagonistas en los sectores más cultos del campo literario, y es en ese cambio donde deberían verse las condiciones objetivas que hicieron posible el surgimiento de una formación cultural como Sur . Los otros factores indispensables para la existencia y la perduración de la revista serían el dinero y la tenacidad de Victoria Ocampo, que la financió y la dirigió hasta su muerte, en 1979. Otras ausencias, más flagrantes que las de algunos vanguardistas, han llevado a corregir el relato oficial de orígenes y a reconocer la diversidad de las posiciones en el campo literario. El proyecto de revista en que Frank interesó a Ocampo había sido originalmente concebido como un órgano de comprensión y religación de la cultura americana, en el que participarían el peruano José Carlos Mariátegui, director de Amauta, y el editor Samuel Glusberg, quien desde 1925 estaba en contacto con Frank y había sido un promotor infatigable de su exitosa visita a América del Sur en 1929. Por entonces Glusberg trataba además de que Mariátegui se instalara en Buenos Aires. Pero Mariátegui murió en el Perú en 1930, mientras se gestaba Sur , y las diferencias entre Ocampo y Glusberg hicieron que éste quedara finalmente excluido del

3 Ver Héctor R. Lafleur, Sergio D. Provenzano y Fernando P. Alonso, Las revistas literarias argentinas (18931967), Buenos Aires, CEAL, 1968. Esta floración de nuevas revistas se debería comparar con la que se produjo en los años veinte en otros países de América Latina, como México, Cuba, Perú y Brasil, en los que, bajo condiciones educativas y culturales bastante diferentes, surgieron publicaciones y movimientos renovadores con preocupaciones similares acerca de las relaciones entre las culturas americanas y la modernidad europea.

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proyecto y su figura borrada en la historia oficial de la revista. La nutrida correspondencia entre los cuatro protagonistas da cuenta de los avatares y las disputas de esta etapa inicial. 4 Desde fines de los años diez, Samuel Glusberg venía desplegando una actividad incesante con revistas y editoriales. Su sello más conocido fue B.A.B.E.L., y entre 1921 y 1929 dirigió la revista del mismo nombre. Con el seudónimo de Enrique Espinoza dirigió también Cuadernos literarios de Oriente y Occidente (1927 1928), La vida literaria (1928 1931) y Trapalanda (19321933). Editó libros de Horacio Quiroga, José Pedroni, Leopoldo Lugones, Benito Lynch, Roberto J. Payró y Alfonsina Storni, de los ingleses William Henry Hudson y Robert B. Cunninghame Graham y de autores rusos como Iván Turguéniev. En 1933 publicó en B.A.B.E.L. la primera edición de Radiografía de la pampa . En sus revistas dio a conocer trabajos de Mariátegui y en ellas escribieron Arturo Cancela, Luis Franco, Marcos Victoria, Mario Bravo, Conrado Nalé Roxlo, Carlos Astrada, Luis Alberto Sánchez, junto a algunos de los que participaron en las mencionadas más arriba, como Francisco Romero, Luis Emilio Soto y el infaltable Borges. Fuera de estos últimos, casi ninguno de los escritores que colaboraban en las revistas de Glusberg fue publicado por Sur . Este rápido escrutinio revela una división cierta entre sectores del campo literario, de la que Glusberg parece haber sido consciente, como lo sugiere una de sus cartas a Frank: “Pero yo me quedo con Lugones, Quiroga, Cancela, Martínez Estrada, Gerchunoff, Franco, Romero, Soto, Doll y otros muchachos que trabajan conmigo en L.V.L. y la dejo a Victoria hacer libremente lo que pueda”. La división, a su vez, es uno de los indicadores de la especifidad de Sur como grupo cultural. 5

La problemática americana Resulta por lo menos curioso que el deseo de desentrañar la condición de América apareciera en las páginas inaugurales de Ocampo como un impulso novedoso despertado por la visita iluminadora de Frank, si se recuerda que la preocupación por el destino de la “magna patria” y

4 Para el primer registro de este otro relato de orígenes, ver Jesús Méndez, “The origins of Sur , Argentina’s elite cultural review” en Revista Iberoamericana de Bibliografía , tomo XXI, 1, 1981. Para el más completo, que incluye una rica documentación epistolar, Horacio Tarcus, Mariátegui en la Argentina o las políticas culturales de Samuel Glusberg, Buenos Aires, El cielo por asalto, 2001. 5 Ver H. Tarcus, op. cit.

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sus relaciones con la América del Norte era compartida por muchos intelectuales americanos y

circulaba profusamente por diversas publicaciones y otros foros de difusión. Más que una

estrategia de autopromoción, el borramiento de esos antecedentes parecería un indicio del

poco lugar que hasta entonces habría ocupado esa problemática en los intereses culturales de

los miembros más representativos del grupo Sur . Parece sintomático que Victoria Ocampo,

después de viajar a Europa para poner en marcha el proyecto de la revista, se decidiera por fin a

conocer los Estados Unidos y regresara de allí a Buenos Aires via all America ”, cruzando por el

canal de Panamá y recorriendo en barco la costa del Pacífico.

Un testimonio de alguien social y culturalmente tan afín a Victoria Ocampo como María

Rosa Oliver corroboraría esta hipótesis. Al evocar en sus memorias la figura de Pedro Henríquez

Ureña, Oliver escribe: “Cuando este scholar me hablaba (…) sobre la América nuestra, la sin

nombre apropiado, me parecía que extendía ante mis ojos uno de esos mapas antiguos con

figuritas del reino animal o vegetal, a las cuales ahora él iba agregando escritores, artistas,

monumentos de piedra hasta ese instante por mí ignorados”. La imagen no puede menos que

recordar el mapa con espacios en blanco de Marlowe en El corazón de las tinieblas : América

como una terra incognita . A ese espacio apenas reconocido por los elementos de la naturaleza,

ella iba incorporando trabajosamente las señales de la cultura gracias a la mediación de un

iniciador de privilegio. Poco después llegó Frank, y Oliver recuerda entonces cómo Frank,

Henríquez Ureña y Alfonso Reyes, estos “tres buenos conocedores de América basándose en

datos ignorados por mí hasta ese momento me enteraban de los problemas del continente y

abrían perspectivas nuevas en cuanto a la posible solución de esos problemas”. 6

El dominicano Pedro Henríquez Ureña (18841946), que vivía desde 1924 en la

Argentina, era autor de varios trabajos en los que se revelaba como un buen conocedor de la

cultura americana. 7 En 1926 había dado en Amigos del Arte una conferencia, luego publicada

con el título “El descontento y la promesa”, en la que pasaba revista a las diversas soluciones

propuestas para la literatura de América: hispanizantes, europeizantes, criollistas, indigenistas,

nacionalistas. Y concluía: “Todo aislamiento es ilusorio. (…) No sólo sería ilusorio el aislamiento

,

6 María Rosa Oliver, La vida cotidiana , Buenos Aires, Sudamericana, 1969. 7 La mayoría de ellos confluyó en Seis ensayos en busca de nuestra expresión, Buenos Aires, BABEL, 1928.

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la red de las comunicaciones lo impide– sino que tenemos derecho a tomar de Europa todo lo que nos plazca: tenemos derecho a todos los beneficios de la cultura occidental”. 8 Estas ideas, anticipadas en un artículo anterior, “Caminos de nuestra historia literaria”, estaban entonces, por así decirlo, en el aire de los tiempos. Se las puede reconocer en el ensayo de Ernest Ansermet “Los problemas del compositor americano”, publicado en los dos primeros números de Sur , en el que el músico suizo se refería centralmente al problema de la tradición. Afirmaba que mientras los compositores europeos tienen una relación orgánica con sus tradiciones musicales, no ocurría lo mismo con los americanos, para quienes, dado que su civilización es producto de un trasplante, las primitivas músicas indígenas constituyen un mundo tan ajeno que recurrir a él resulta artificioso. Un nacionalismo que pretendiera el predominio de expresiones nacionales como las danzas criollas llevaría a relegar la creación a un folklorismo que la sustraería de la corriente viva de la creación musical. “¡Líbrenos Dios concluía– de las óperas o de los poemas sinfónicos sobre temas indios, realizados con estilo wagneriano!”. Es evidente que algunas premisas de Ansermet son discutibles. Pero también es evidente que sus planteos contienen in nuce algo de lo que después reformuló Borges para la literatura argentina en “El escritor argentino y la tradición”. El pasaje de la perspectiva americana a la nacional fue captado por Oliver, al menos retrospectivamente, en estos términos: “El propósito explícito de la revista era, como después lo escribió Victoria, ‘tratar los problemas que nos conciernen de un modo vital a los americanos’ (…) pero el propósito implícito, quizá recóndito, respondía, según creo, al ansia de saber qué éramos, cómo éramos los argentinos”. Sur realizó esto a su manera, con su apelación a la mirada de los viajeros culturales, con su propósito de funcionar como un puente activo entre las culturas americanas y europeas, con su política de traducciones. En pocas palabras: con su elección por el cosmopolitismo, que terminó privilegiando cuantitativamente la relación con la literatura europea.

8 Valoraciones, tomos 2 3, 6 7, La Plata, agostoseptiembre de 1925. Ver La utopía de América, Biblioteca Ayacucho, Caracas Venezuela, 1978. Sobre Henríquez Ureña, ver Susana Zanetti, “No es olvido” en Punto de vista , año VII, 22, Buenos Aires, diciembre de 1984; Nora Catelli, “La cuestión americana en ‘El escritor argentino y la tradición’” en Punto de Vista, año XXVI, 77, Buenos Aires, diciembre de 2003.

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¿Cómo se manifestó la problemática americana en Sur ? El despliegue inicial fue variado y sus acentos fueron variando con los años. Frank buscó introducir en la etapa de comienzos su visión integradora, que imaginaba fusiones futuras entre la América del Norte y la del Sur para restaurar una armonía destruida por el progreso material, obviando la desigualdad entre ambas y las violencias que una ejercía sobre la otra. 9 Sus artículos en los primeros números anticipan algunos capítulos de América Hispana , el libro que resultó de su gira de 1929. En ese sentido, forman sistema con las reflexiones sobre la cultura americana elaboradas en los ensayos de viajeros europeos que abundaron en la etapa inicial: Ernst Ansermet, Jules Supervielle, Hermann Keyserling, Le Corbusier, Alfred Métraux. La concreción más inmediata de los propósitos de Frank fueron las traducciones y artículos destinados a difundir la literatura y la cultura norteamericanas y los relativamente numerosos dedicados a las de América Latina. Junto a esto, como observó con agudeza Beatriz Sarlo, en estos primeros números se insinúa, en un par de colaboraciones de Alfonso Reyes, otra perspectiva menos optimista y más escéptica, más atenta a “la desigualdad esencial de los americanos respecto de los centros europeos de producción cultural”. 10 Frente a la diversidad de estas aproximaciones, Frank hizo saber a Ocampo, apenas publicados los primeros números, su desacuerdo por la elección de unos colaboradores latinoamericanos que a su juicio no la ponían en contacto “con lo que la América Hispana tiene de bueno”. Vale la pena registrar que, con excepción de Gabriela Mistral y Juan Marinello, prácticamente ninguno de los nombres sugeridos por Frank (Luis Alberto Sánchez, Mariano Azuela, Juan Mañach, José Vasconcelos, Teresa de la Parra) fue tenido en cuenta en Sur . 11

La cuestión americana tuvo en los primeros años una presencia visible a pesar del ritmo errático de publicación de la revista, que llegó a interrumpirse por un año. En 1935, sin que

9 Sobre éste y otros aspectos desarrollados en este capítulo, ver María Teresa Gramuglio, “Una década dinámica. Posiciones, transformaciones y debates en la literatura argentina” en Alejandro Cattaruzza (director), Nueva Historia Argentina, tomo VII, Buenos Aires, Sudamericana, 2001. 10 Beatriz Sarlo, “La perspectiva americana en los primeros años de Sur en Punto de Vista , año VI, 17, Buenos Aires, abril julio de 1983. 11 Ver Cristina Iglesia, “Waldo y Victoria en el paraíso americano. Identidades y proyectos culturales en los primeros años de la revista Sur ”, en La violencia del azar , Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica,

2003.

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mediara aviso alguno, Sur se modificó en formato, rebajó su precio e inició la periodicidad mensual que mantuvo regularmente hasta 1951. Poco después de ese giro, las políticas de captación cultural diseñadas por el gobierno norteamericano en el marco de la good neighbor policy y las circunstancias de la lucha contra el nazismo y el fascismo llevaron la veta integradora de Frank a un plano menos visionario y más práctico, una de cuyas concreciones significativas fue la incorporación de Oliver, en 1942, a la Oficina de Coordinación de Asuntos Interamericanos organizada por Nelson Rockefeller. Varios Debates de Sur y algunas intervenciones de Américo Castro y Archibald Mac Leish a principios de los años cuarenta deben ser vistos, sin duda, como un registro palpable de aquella reorientación hacia el panamericanismo inducida desde los centros del poder imperial. En ese marco, la entrada de los Estados Unidos en la guerra europea, a la que en 1941 se dedicó un número titulado “La guerra en América”, dio paso a una nueva efusión de integración americana sustentada en los pilares del apoyo a la causa aliada y el rechazo de los regímenes totalitarios europeos. En 1942, cuando Brasil se incorporó a la contienda, la revista publicó un número enteramente dedicado a la literatura de ese país, titulado “Homenaje a Brasil”. Claramente, la motivación tenía más que ver con las posiciones políticas de Sur que con un interés sostenido por la literatura latinoamericana. La mirada hacia América Latina como problema que había introducido Reyes retornó a Sur unos años después, sin su ironía ni su sobria percepción de los desajustes culturales, en el patetismo de H. A. Murena y en las reflexiones de otros colaboradores menos asiduos, como Rodolfo Kusch y Víctor Massuh. Hay que advertir, sin embargo, que las visiones teluristas y catastrofistas, desde la inaugural de Keyserling hasta las del mismo Murena, nunca encontraron una recepción entusiasta entre los miembros más representativos del grupo Sur . Aquella presencia inicial de la literatura y de las problemáticas culturales latinoamericanas fue declinando, si bien no faltaron, a lo largo de los años, algunos nombres relevantes: en primer lugar, lejos de los enfrentamientos ríspidos que se produjeron con Pablo Neruda, Octavio Paz, pero también, con menos frecuencia, Felisberto Hernández, Sebastián Salazar Bondy, Virgilio Piñera, Severo Sarduy. En 1965, un número dedicado a América Latina pareció de pronto querer recuperar los propósitos iniciales, que la nota introductoria recordaba

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(“América Latina ha sido, pues, una preocupación constante de Sur ”), como si fuera necesario hacerlo para legitimar una reaparición tan masiva. Pero los argumentos con que se presentaba el material trasuntan la incomodidad que provocaban los cambios político culturales que se registraron a partir de la Revolución Cubana y la distancia que se había abierto con las posiciones e intereses de Sur , sobre todo si se recuerdan la ruptura con José Bianco en 1961 a raíz de su decisión de participar en un jurado de Casa de las Américas y el interés ascendente por América Latina y su literatura que distinguió la década del sesenta. El contenido de ese número consistió en un repertorio de temas diversos encargados a intelectuales y escritores sobre la actualidad de sus respectivos países. Aun cuando algunos artículos resultan en verdad interesantes, como el de Augusto Roa Bastos sobre el Paraguay o el de Ángel Rama sobre el periódico uruguayo Marcha , no se advierten ideas rectoras acerca de las cuestiones más relevantes de esos años, fuera de la solución salomónica de publicar un artículo en contra y otro a favor de la situación cultural en Cuba. La debilidad de la propuesta coincidía con el que fue uno de los factores determinantes de la declinación del liderazgo de Sur , cuando las tendencias más renovadoras de la vida literaria del continente se ubicaron en lo que en términos generales se suele llamar cultura de izquierda. Con todo, se debe reconocer que, a pesar de lo poco sostenidos que terminaron siendo estos contactos, Sur fue, según testimonios conocidos, un referente importante para la formación literaria de muchos escritores latinoamericanos, en particular por su política de traducciones, que contribuyó a difundir el conocimiento de las novedades extranjeras entre los lectores de habla castellana.

Intelectuales: cultura y política. La problemática americana fue siendo desplazada como centro de interés a medida que la presencia creciente de voces europeas introducía en las páginas de la revista las preocupaciones candentes derivadas de los conflictos de la escena europea. Este desplazamiento contribuyó a la consolidación de otro núcleo temático que sería persistente: el de la responsabilidad de las elites intelectuales (la “inteligencia”, en el léxico más característico de Sur ) ante los problemas

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que planteaba un presente amenazado al mismo tiempo por la masificación de la cultura y por

el avance de los totalitarismos. 12

El tema de la responsabilidad de las elites intelectuales en el mantenimiento de la

cultura tiene en la modernidad una larga historia. Durante el siglo XIX adquirió una flexión

particular en Inglaterra, como consecuencia de los efectos de la Revolución Industrial. En una

tradición crítica que se remonta al primer romanticismo, algunos de cuyos animadores más

conspicuos fueron Samuel T. Coleridge, Percy B. Shelley, Thomas Carlyle y Matthew Arnold, los

intelectuales (que todavía no recibían ese nombre, y que desde los philosophes y los men of

letters a la intelligentsia han sido siempre una categoría de difícil definición) se propusieron

reiteradamente a sí mismos, bajo diversas figuras, como integrantes de una especie de

sacerdocio laico capaz de ejercer un apostolado moral que contrarrestara las fragmentaciones

provocadas en el cuerpo social por el industrialismo. No es posible ignorar la asombrosa

autopromoción que implicaba la propuesta, pero tampoco sería acertado negar una

preocupación auténtica por preservar los valores culturales que se creían amenazados por los

avances del utilitarismo más crudo. Ya en el siglo veinte, esta tradición se reformuló en el clima

de un sentimiento de crisis de la civilización occidental que se instaló en el pensamiento

europeo de entreguerras, una de cuyas preocupaciones más inquietantes llegó a ser la irrupción

de las masas en la vida social. T. S. Eliot, que con su influyente revista The Criterion formaba

parte de la red de publicaciones en las que se continuaba aquella crítica de la cultura iniciada en

el siglo XIX, fue para Victoria Ocampo una importante figura mediadora para la concepción de

las funciones que se requerían de las elites intelectuales. Por eso citó varias veces en Sur las

palabras con que Eliot había anunciado, en 1939, el cierre de su publicación:

En este nada brillante futuro inmediato, y quizá durante mucho tiempo, la continuidad de la cultura habrá de ser mantenida por un muy pequeño número de personas –y no las mejor provistas de ventajas materiales. No serán los grandes órganos de opinión o los viejos periódicos, sino los pequeños y oscuros diarios y revistas (aquellos que son leídos casi exclusivamente por sus propios colaboradores) quienes conserven vivo el pensamiento crítico y alienten a los autores con talento original.

12 Sobre este punto, ver el número 46 (1938), titulado, con claro uso del genitivo subjetivo y objetivo, Defensa de la inteligencia, y el detallado análisis del mismo que realiza Nora Pasternac en Sur, una revista en la tormenta. Los años de formación: (19311944), Buenos Aires, Paradiso, 2002.

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Las ideas de Eliot, que asocian la categoría de intelectual a las de minoría y elite

espiritual , resuenan a menudo en las palabras de Ocampo, especialmente en los balances de lo

realizado por la revista que practicaba puntualmente en los números de aniversario. En esas

ocasiones estampó las conocidas afirmaciones que tanto han escandalizado a izquierdistas y

populistas:

Esta unión [la del continente americano] existía para nosotros a través de lo que de hecho, y obedeciendo a una ley espiritual, está siempre ligado: una elite de escritores. Aristocracia cuyos miembros tienen siempre estrecho parentesco, como en otros tiempos las familias reinantes. ( Sur , 75, 1940, décimo aniversario)

Sur ha trabajado, durante veinte años, en crear la elite futura No ha tenido otro propósito que el de ofrecer al lector argentino cierta calidad de materia literaria, de acercarlo lo más posible al “nivel de Henry James”. ( Sur , 1929394, 1950, vigésimo aniversario)

Si bien se mira, entre ambas formulaciones se percibe un matiz diferente: de la figura

cerrada de una familia endogámica a la apertura que considera responsabilidad de la minoría

intelectual la educación de un lector que será, a su vez, minoritario. Siguiendo ese hilo, en una

conferencia de 1957 publicada con el título “La misión del intelectual en la comunidad mundial”,

Ocampo volvía una vez más sobre la cuestión de la elite, y definía en términos más precisos la

tarea pedagógica que a su juicio Sur había desarrollado para su formación:

He dicho que Sur se dirigía a una elite. Cuando veo los libros que se venden en las estaciones de los pueblecitos suburbanos y miro, en el tren que me lleva de San Isidro a Retiro, y viceversa, la clase de lecturas en que se engolfan los pasajeros pienso que de veras quien ha aprendido a leer tiene todavía mucho camino que recorrer antes de saber leer. Y que ese saber leer hay que enseñarlo, pues es tan importante como el otro. Tengo entendido que la lucha contra el analfabetismo tiene prioridad en la Unesco. Sur le ha dado prioridad a la lucha contra el otro analfabetismo, el de los que pueden leer y no saben leer.

En esta tarea, proseguía Ocampo, Sur se había empeñado en “construir puentes” y en

“proporcionarles a los sudamericanos la posibilidad de entrar en contacto con las grandes obras

literarias del mundo actual”, poniendo al alcance de una elite de lectores los materiales

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adecuados en la forma adecuada. Una de las formas adecuadas era, para ella, consciente de la condición receptora de la literatura argentina, la buena traducción, una certeza que la llevaba a reivindicar la figura mediadora del traductor: “Entre el lector y esa visión de otros países, otras razas, otras civilizaciones que las grandes obras literarias dan a una elite, está él”. Si se acepta el razonamiento, habría que concluir que la “misión” de la elite intelectual que se perfila en las intervenciones de Ocampo, concebida como la responsabilidad de transmitir las que consideraba las mejores manifestaciones de la cultura contemporánea a quienes no tuvieran acceso a ellas en su lengua original, ofrece la figura paradójica de un elitismo democratizador . Ese punto paradójico, que se sustenta en el reconocimiento de la desigualdad entre el capital literario propio y el de los centros europeos, está en el corazón del controvertido proyecto cultural de Sur . Por eso resulta llamativo que en 1970, tras comprobar que la música culta contemporánea se separaba de la popular, “de ese torrente de canciones y cantantes que promueven delirio en los tumultuosos televidentes y radioescuchas”, Ocampo registre con asombro irritado que “en flagrante contradicción con lo que antecede, el vulgo compra las obras de Cortázar y se pasea con ellas en Torino, en subte o en colectivo”. Porque ese nuevo público socialmente diversificado que ahora leía una nueva literatura latinoamericana que por “su técnica y sus finezas” le parecía destinada a una minoría era, en buena parte, heredero del que Sur contribuyó a formar. La cuestión de las elites y de sus responsabilidades no fue por cierto una preocupación exclusiva de Ocampo. Ya en el primer número de Sur , Alfonso Reyes consideraba que para corregir la falsa imagen de exotismo y pintoresquismo que los europeos asignaban a la literatura hispanoamericana era necesario que “las minorías selectas de América, tan dadas a la literatura de ideas y al lirismo abstracto, hagan el esfuerzo de ir a la literatura de invención, y arrebaten a los ramplones el privilegio de escribir novelas y cuentos regionales”. La función de la elite intelectual se ligaba, en este caso, con la cuestión americana y esbozaba, en otro plano, un programa literario que parece anticiparse a los que muy pronto formularían en Sur un Borges o un Carlos Mastronardi. En otros casos, se ponía en relación con la cuestión de las masas, revelando la impronta de las autoexigencias que José Ortega y Gasset reclamaba a las “minorías rectoras”, tal como lo planteó Francisco Romero en el extenso comentario que dedicó,

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precisamente, a La rebelión de las masas en el segundo número: “Las minorías, que tienen a su cargo proponer programas y fines a la mayoría, tienen que comenzar por reformarse ellas mismas ante ese hecho nuevo que es la presencia desconfiada y constante de la muchedumbre”. La función práctica en el mundo social que parece reconocer el llamado de Romero contrasta con la más alta y desligada que les asignaba Leo Ferrero en el número 8, de 1933: las elites, afirmaba Ferrero “elaboran el ideal de una vida superior donde puede el hombre encontrar refugio cuando huye del sufrimiento. (…) El juego político no tiene nada que ver, en cierto sentido, con la actividad invisible y constante de las elites, que se realiza sobre un plano moral y casi metafísico”. Es probable que esta última formulación fuera más afín a las posiciones del grupo Sur , proclive a rechazar toda intervención que significara una caída en el error de las pasiones que Julien Benda denunció en La trahison des clercs . 13 Pero de hecho, la cuestión de los intelectuales tuvo en la revista, como se podrá conjeturar a partir de esta pequeña muestra, una presencia profusa –cuyas variantes, derivadas de la diversidad de los autores que la abordaron, requeriría una exposición minuciosa–, y la gravedad de los sucesos europeos mostró la imposibilidad de mantenerse ajeno a los intensos conflictos que desde los años treinta sacudieron la vida social. De modo que si por un lado Sur siempre asignó a las minorías intelectuales deberes culturales muy precisos, muy pronto tuvo que sumar otros que, fuera cual fuera la dimensión moral con que se los revistiera, no pueden menos que ser llamados políticos . Es sabido que, durante años, aun los mejores trabajos críticos que se escribieron sobre Sur consideraron que la política estuvo expresamente ausente de las páginas de la revista, ignorando la asombrosa cantidad de artículos, notas y hasta ficciones que desde la década del treinta y hasta más allá del fin de la guerra difundieron con persistencia posiciones que expresaban un claro rechazo de

13 Entre 1924 y 1927, Julien Benda (18671952), intelectual francés de origen judío, escribió La trahison des clercs, cuya tesis central impugnaba la entrega de los intelectuales a las pasiones políticas contemporáneas de la raza, la clase y la nación en detrimento de lo que consideraba el deber esencial de consagrarse a la defensa de la justicia y la verdad. Esta posición no le impidió tomar partido cuando lo creyó necesario: fue dreyfusard a fines del siglo XIX y antifascista en el siglo XX. El libro tuvo enorme repercusión en las discusiones acerca del papel de los intelectuales en las modernas sociedades de masas amenazadas por el avance de los regímenes totalitarios. Fue discutido por figuras prominentes como T. S. Eliot, Paul Nizan y JeanPaul Sartre. Hay traducción al castellano: La traición de los intelectuales, Buenos Aires, Emecé, 1974.

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los regímenes totalitarios, especialmente el nazismo, pero también, a pesar de algunas vacilaciones iniciales, el fascismo italiano, el franquismo durante la Guerra Civil española y el comunismo soviético, sin omitir los nacionalismos y el antisemitismo. 14 Esta prédica, que le valió ataques tan conocidos como el de la revista católica Criterio en 1937, sumada al alineamiento decidido con el bando aliado cuando estalló la guerra de 1939, alejaba a Sur de las posiciones oficiales de la jerarquía eclesiástica y del poder político. La gama de tendencias con que se materializó fue muy amplia: desde el pacifismo de Aldous Huxley hasta el personalismo de raíz cristiana introducido por Nicolás Berdiaeff y desarrollado luego por los católicos Jacques Maritain y Emmanuel Mounier, pasando por un puñado de contribuciones que podrían inscribirse en la tradición liberal, como las de Guglielmo Ferrero, Paul Valéry y el mismo Borges. 15 Entre esos materiales están los Debates de Sur . El primero de ellos, realizado en 1936, giró en torno a las ideas expuestas en un artículo de Louis Ollivier publicado en ese mismo año, que presentaba las posiciones de Ordre Nouveau , una agrupación intelectual francesa ligada al personalismo. En 1940, una nota titulada “Debates sobre temas sociológicos” informaba acerca de una serie de reuniones semanales sobre “los problemas creados al individuo en la sociedad moderna” realizadas el año anterior, precisamente el del estallido de la guerra. 16 La enumeración de “las principales cuestiones tratadas” es significativa: “Sociología del clerc. Posibilidad y condiciones de la existencia de un poder