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THOMAS MERTON

MENSAJE A LOS POETAS

Hermanos, les hablo desde la distancia como quien se encuentra entre ustedes. Mi ausencia no es
sólo consecuencia de acontecimientos ciertos, sino también de ambigüedades.

Aquellos que somos poetas, sabemos que la razón por la cual un poema es creado, no puede ser
descubierta hasta que el poema en sí mismo existe. El motivo que da cuenta de un acto viviente no
se muestra hasta ejecutado el acto mismo.

Nosotros no solemos unirnos en solidaridad por razones pensadas de antemano. La razón de tal
solidaridad se hará presente cuando nos encontremos en medio de contradicciones y
posibilidades.

Nosotros los poetas no forjamos nuestros lazos y certidumbres a partir de nuestra mente. El
Espíritu de Vida, que nos ha traído a cuenta en cercanía, sea de manera presencial o sólo en
acuerdo, hará de nuestro encuentro una epifanía de certidumbres que no hubiésemos podido
conocer en solitario.

La solidaridad entre poetas no está proyectada y unida a convicciones políticas, pues éstas siempre
han sido materia de prejuicios, astucia y planeación estratégica. Sean cuales sean sus fallas, el
poeta no es un sujeto de astucias malintencionadas. Su arte depende de una inocencia germinal,
misma que puede perder al verse inmiscuido en negocios, política, o en formas demasiado
institucionales de vida académica. Estamos confederándonos hoy día para defender nuestra
inocencia.

Toda inocencia es un acto de fe. No me refiero al acuerdo organizado en creencias, sino a toda
convicción personal interior “en espíritu”. Tales convicciones son tan fuertes e innegables como la
vida misma. La solidaridad entre poetas es un hecho tan elemental como el rayo de sol, como las
estaciones del año, como la lluvia. Es una cosa tal que no puede ser organizada premeditadamente
sino que simplemente acontece. Sólo puede ser “recibida” (como un don). Es un don ante el cual
se requiere estar abiertos. Ningún hombre puede planear el hecho de que salga el sol o caiga la
lluvia. El mar sigue siendo húmedo, a pesar de las abstracciones que hagamos de él. Solidaridad no
es colectividad. Los organizadores de la vida colectiva dudarán de la seriedad o la realidad de
nuestra esperanza. Si ellos logran contagiarnos con sus dudas perderemos nuestra inocencia y
solidaridad como consecuencia. La vida colectiva se encuentra regularmente organizada bajo el
presupuesto de la astucia desconfiada y la culpa. La verdadera solidaridad es destrozada por la
habilidad política de poner a un ser humano en contra de otro y por la astucia comercial de estimar
un precio para todos los seres. Sobre tales cálculos ilusorios los hombres construyen un mundo de
valores arbitrarios carentes de vida y significado, llenos de agitación estéril. Poner un hombre en
contra de otro, una vida en contra de otra, un trabajo en contra de otro, e imponer dimensiones de
vida en términos de costo, o privilegio económico y decencia moral, es infectar al mundo entero
con la más profunda duda metafísica. Al dividir los unos contra los otros para propósitos de cálculo,
los seres humanos adquieren, inmediatamente, la mentalidad de objetos de venta en un mercado
esclavizado.

En tal situación no es posible el regocijo, sólo la rabia. Cada ser humano siente la más profunda raíz
de su ser envenenada por la sospecha y el descreimiento. Cada humano experimenta su existencia
más próxima como culpa y traición, y como una posibilidad de muerte: nada más.

Estamos unidos para denunciar la vergüenza y el fraude de todas las mentiras colectivas.

Si es que estamos dispuestos a permanecer unidos contra las falsedades, contra todo poder que
envenena al ser humano, y contra el sujetarnos a los falseamientos de la burocracia, la
comercialización y la policía de Estado, debemos rechazar cualquier identificación precisa.
Debemos rechazar las seducciones de la publicidad. No debemos permitir que se nos ponga a los
unos en contra de los otros. No debemos estar hechos para devorar y desmembrar unos a otros
para el divertimento de su agencia de prensa. No debemos dejar que nos coman en un intento por
saciar su propia insaciable duda. No debemos estar meramente a “favor” de una cosa y en “contra”
de la otra, aún si estamos a favor de “nosotros” y en contra de “ellos”. ¿Quiénes son “ellos”? No
caigamos en la trampa de darles razón de ser al convertirnos en su “oposición”.

Permanezcamos fuera de “sus” categorías y clasificaciones. Es en este sentido que todos somos
monjes: permaneciendo inocentes e invisibles a los publicistas y los burócratas. Ellos no pueden
imaginar siquiera lo que estamos forjando. Ellos nunca se darán cuenta a menos que nos
traicionemos en beneficio de sus intereses, y aún entonces serían incapaces de saberlo.

Ellos no entienden nada que no sean sus propios decretos. Son ellos los artificiosos que urden
palabras en relación a la vida, transfigurándola después conforme a lo que ellos mismos se han
formulado. ¿Cómo podrían confiar en alguien cuando ellos mismo hacen que la vida se proyecte
en falsedades? Son el hombre de negocios y el político, no el poeta, quienes creen devotamente en
“la magia de las palabras”.

Para el poeta no hay necesariamente algo tal como la magia. Está la vida misma con todo su
carácter impredecible y toda su libertad. Toda magia es una despiadada contingencia cifrada en la
predicción, un círculo vicioso, una profecía autocumplida. La Poesía es inocente de predicciones
porque ella misma es el cumplimiento de las predicciones escondidas en la vida cotidiana.

No seamos como aquellos que quisieran hacer que el árbol se engendre primero del fruto y luego
la flor, es la flor la que aparece primero y el fruto después, a su debido tiempo. Tal es el espíritu
poético.

Obedezcamos a la vida, y al Espíritu de Vida que nos llama a ser poetas, entonces cosecharemos
los frutos por los cuales la humanidad padece hambre. Con estos frutos calmaremos los
resentimientos y la ira de los hombres.
Sintámonos orgullosos de no ser médicos brujos, solamente personas ordinarias. Sintámonos
orgullosos de no ser expertos en nada.

Sintámonos orgullosos de las palabras que nos han sido dadas sin razón aparente, sin la intención
de aleccionar a nadie, ni confundir a nadie, ni probar el absurdo de nadie, sino sólo el señalar más
allá de los objetos, hacia el silencio donde nada puede ser dicho.

Nosotros no somos persuasores. Somos los hijos de lo inefable. Somos los ministros del silencio,
aquél necesario para curar a las víctimas del absurdo, quienes yacen agónicas de falso regocijo.
Reconozcámonos entonces por aquello que somos: derviches tocados con un misterioso amor
curativo, que no pueden ser vendidos ni comprados, y a quienes los políticos temen más que a una
revolución violenta.

Somos más fuertes que la bomba de hidrógeno.

Digamos entonces “sí” a nuestra propia nobleza, asumiendo la incertidumbre y objeción propias de
una existencia derviche.

Desde la República de Platón no había lugar para los poetas y los músicos, mucho menos hoy día
para monjes y derviches. En cuanto a los incompetentes Platones que se piensan dueños del
mundo en que vivimos, piensan que podrán seducirnos con banalidades y abstracciones. Sin
embargo podemos eludirlos simplemente con entrar en las aguas del río heracliteano, que no
pueden ser atravesadas dos veces de modo semejante.

Cuando el poeta pone un pie en aquél río fluctuante la poesía en si misma nace fuera de las
resplandecientes aguas. En ese instante único, la verdad se hace manifiesta para aquellos que son
capaces de recibirla.

Nadie podrá llegar a este río a menos que lo haga por su propio pie. No podrá llegar ahí trasladado
por un vehículo.

No podrá entrar al río aquél que lleve puestas las investiduras de lo público y lo colectivo. Tendrá
que sentir el agua correr por su piel desnuda. Tendrá que saber que dicha inmediatez es sólo para
mentes desnudas e inocentes.

Vamos derviches: he aquí el agua de vida. Dancemos en ella.