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SUPEREMOS LA CULTURA DE LA INTOLERANCIA

Cada vez hay más casos que demuestran que la sociedad soporta cada vez
menos, derivando en hechos trágicos y lamentables

Para Freud los seres humanos podemos ser buenos o malos; la virtud radica en que como
personas actuemos fundados en valores y principios como la honestidad, la sinceridad, y la
transparencia; tener la capacidad y el carácter para decir siempre la verdad, aun cuando esta
implique el rechazo de tus amigos, con quienes hemos construido sentimientos y lazos de
amistad basados en la sinceridad y el respeto, te saquen de sus vidas. La verdad por dolorosa
que sea genera bienestar, alivio y tranquilidad, construye lazos de confianza, afecto y paz entre
las personas.
El engaño y la mentira generan un efecto contrario, alimentan los odios y los actos de violencia,
resquebrajan las confianzas y el tejido social. Nos convierten en seres intolerantes y fomentan
los conflictos humanos, porque los hombres somos seres frágiles y vulnerables que nos
dejamos dominar e inmiscuir en actos de intolerancia, especialmente a través de las redes
sociales, atentando contra la dignidad de nuestros contradictores.
Mantenernos en un estado de hostilidad permanente, como instrumento para garantizar
nuestro poder, es solo el reflejo de los temores, y sentimientos de egoísmo existentes, la
carencia de humildad para entender al contrario y la incapacidad de aceptar el diálogo y la
tolerancia como un mecanismo para afrontar y solucionar las diferencias. Para Mahatma
Gandhi, la intolerancia es una forma de violencia y se convierte en un obstáculo al crecimiento
del verdadero espíritu democrático, que debe caracterizar a cualquier sociedad.
El fenómeno de la intolerancia absorbe a nuestra sociedad y es promovida desde amplios
círculos de nuestra dirigencia política, los medios de comunicación y sectores representativos
de la sociedad. Todos los días nos levantamos con noticias dolorosas sobre casos de
feminicidios, agresiones físicas y verbales contra representantes de las autoridades de tránsito
o de policía, disputas violentas entre barras de equipos de futbol, peleas entre vecinos y
familias, insultos entre nuestra dirigencia política, los representantes en las corporaciones
públicas o del alto gobierno.
Es preocupante que existan sectores que insistan en el llamado permanente a señalar,
descalificar y exigir la capitulación de quienes optaron por abandonar el camino de las armas y
la violencia para reinsertarse a la vida civil y desde los escenarios de la democracia, en el
marco de la constitución política, continuar defendiendo sus tesis y pensamiento político;
insistiendo en que la única vía es la continuidad de la confrontación para eliminar las
diferencias existentes entre los integrantes de una sociedad como la colombiana, que ha
sufrido las dolorosas consecuencias de más de 60 años de conflicto armado y que en esta
etapa de posconflicto trata de sanar las heridas dejadas, buscando caminos que conduzcan a
la verdad, reparación y no repetición, como el único camino que nos conduzca a tener un país
reconciliado, tolerante, en paz e incluyente socialmente.