Sie sind auf Seite 1von 6

LA CASA

Miguel Torres

El señor Julio Nieto esperó más de una hora antes de resignarse a la idea de que sus obreros
no llegarían al taller esa mañana. Tal como pintaban las cosas era probable que no vinieran a trabajar
en todo el día. Aquello significaba el retraso de varias entregas, pero ¿qué podía hacer? Él, por su
parte, no pensaba sacar los ojos a la calle todavía. ¿Para qué? Sabía que afuera el mundo andaba
revuelto desde temprano y le daba tristeza salir a comprobarlo, porque, pasara lo que pasara, tenía
el convencimiento de que nada iba a cambiar para nadie. Estaba sentado sobre un banco de trabajo,
al lado de una pieza de aluminio prensada a una hojaladora en cuyos agujeros se fundirían después,
a martillazos, los remaches de acero, uno por uno, pegando las orejas de una tina o de un balde, o
de una caneca de basura.

De mediana estatura, un tanto desgarbado y carniseco, nadie hubiera pensado al verlo que
su mayor debilidad era la comida. Después venían el fútbol y los crucigramas. Y si todos los días,
entre latas y soldaduras la herramienta que más le gustaba utilizar era la cuchara, los fines de
semana se entregaba de lleno a saciar sus tres aficiones, con tal intensidad, que parecía querer
disfrutar cada domingo como si fuera el último que viviera.

Don Julio había nacido el primer día del siglo, o sea que tenía exactamente cincuenta y dos
años, cinco meses y trece días, y como el siglo, los llevaba encima con una dignidad estoica y
valerosa.

Adivinó la presencia de su mujer por el vaho inconfundible del arroz revuelto con cebollas
que acababa de invadir la atmósfera herrumbrosa del recinto.

-Haces como un santo quedándote aquí –le dijo ella-. El aire huele a peligro.

-Tranquilízate, que no va a pasar nada –dijo don Julio sin mirarla- Lo de hoy no es más que
un turbio negocio entre políticos.

-Entre militares y civiles que es muy distinto –argumentó su mujer-

- ¡Cómo va el país es la misma vaina!

A las ocho de la mañana había escuchado por la radio un boletín oficial con diversos y
contradictorias noticias acerca de los hechos. El locutor se había referido a: “… una madrugada de
tensiones y sobresaltos”, producto de “…oscuras maniobras tendientes a sembrar la confusión y el
caos”, y aconsejaba “… mantener la serenidad y conservar la fe en nuestras instituciones, porque
no existe ninguna amenaza, ni siquiera latente, que pueda poner en peligro los sagrados cimientos
de la patria”.

Su mujer lo sacó de sintonía:

- ¿A cuál de todas les quiebro el pescuezo?

Don Julio la miró tan extrañado que ella se vio en la necesidad de aclarar

- Hoy toca gallina.

1
- ¡Ya era tiempo, carajo! - exclamó don Julio, y añadió sin el menor asomo de duda- ¡A la
saraviada!

Se le hizo agua la boca de solo recordar el animal vivo.

Desde la enorme puerta de la casa se explayaba un amplio solar destinado a garaje nocturno
de taxis y automóviles particulares. Estos últimos, a decir verdad, no abundaban en el barrio. El solar
claudicaba a la sombra de un cobertizo construido con toda suerte de retales y desechos donde don
Julio había instalado su taller de latonería. Al pie de la destartalada edificación se atrincheraban dos
piezas comunicadas entre sí, y junto a ellas, usurpando la esquina de un corral asfixiado por el sopor
de unas plantas desmesuradas y marchitas que nadie conocía, pero cuyas hojas mutiladas por los
voraces picotazos de las gallinas se remendaban solas, una choza vacilante, techada con láminas
que alguna vez habían reverberado bajo el sol y que estaban decoradas por debajo con monas
despampanantes del almanaque, carteles pasados de moda y páginas de periódicos tan remotos
que hablaban de tiempos de paz, hacía las veces de cocina. Aquella residencia de adobe y papel,
enlatada y jaspeada de orín y arrinconada en la parte trasera de la casa, era el hogar de don Julio.
Allí había vivido durante los últimos veinte años, y allí, según él, cerraría los ojos para siempre algún
día.

Diez Piezas entretejidas a lo largo del corredor que bordeaba el solar, con tres cocinas
comunitarias intercaladas estratégicamente y una alberca oceánica de aguas glaciales colindante
con el gallinero constituían la intensidad arquitectónica de la casa, inquilinato abigarrado y
bullicioso, cuyos habitantes, una constelación de seres conformada por burócratas y costureras,
mensajeros, boticarios, estudiantes, obreros, ventrílocuos, choferes, vagos, tenderos, señoritas
antiguas y amas de casa, niños sin uso de razón y adolescentes expertos en escaramuzas vespertinas
y robos de besos callejeros a mano desarmada, le aseguraban a don Julio una renta suficiente como
para cerrar el taller el día que se le diera la santa gana, así se viniera el mundo abajo, como decía su
mujer, porque él no ambicionaba otra cosa que esperar el llamado de Dios recostado en su
almohada, intentando resolver, tal vez sin alcanzar a conseguirlo nunca, una montaña de
crucigramas de varios años de atraso que aguardaban su turno debajo de la cama.

Las tejas de aluminio del taller vibraron estremecidas por un estruendo terrorífico. Don Julio
vio bailar los remaches sueltos sobre el banco como si fueran movidos por azogues ocultos, y por
entre un boquete del tejado por el que cabía todo el aro del sol a cierta hora de la mañana divisó,
uno tras otro, tres aviones panzudos que volaban a muy baja altura, y tan lentamente, que su color
de uniforme camuflado, así como el perezoso trajinar de sus hélices, resultaban visibles desde abajo.
Don Julio reconoció aquellos bombarderos corroídos por las tempestades de una guerra lejana,
disparatada y reciente. Habían sido comprados de segunda mano a la fuerza área de los Estados
Unidos, y ahora, con el tricolor de la bandera colombiana oliendo todavía a pintura fresca, eran los
ángeles metálicos enviados por los gringos con el encargo de auxiliar al Sagrado Corazón de Jesús y
reforzar la vigilancia del cielo de la patria.

Su hermano Samuel, mucho menor que él, pero envejecido prematuramente a causa de las
huellas que deja en los rostros el oficio de andar consiguiendo dinero sin tenerlo, acababa de llegar
de visita y entró en ese momento, con las agallas previamente infladas para sostener sus intenciones
de echarle un sablazo que alcanzara para desarmar los reproches callados de una esposa
inconsolable y de unos hijos desnutridos y quejumbrosos en edad escolar, pero cuando lo vio

2
sentado como Buda, con la mirada fija en el bostezo petrificado del techo, comprendió que sus
penurias familiares tendrían que someterse al azar imprevisible de un nuevo plazo. Apenas tuvo
alientos para medírsele al único tema que la situación nacional le había impuesto a todo el mundo
aquel día.

- ¡Carajo! - exclamó, sin mucha convicción-, hay tanto despliegue, que es como si los
coreanos nos hubieran declarado la guerra de pura venganza.

-No digas pendejadas -dijo don Julio- Si tal cosa llegara a ocurrir espero que ese día no me
agarre vivo.

Pero ni siguiera pestañeó para decírselo, y siguió mirando hacia el techo, como si eso fuera
todo lo que se hubiera propuesto hacer por el resto del día.

Samuel abandonó el taller. En medio del solar saludó a su amigo, el boticario Rubén Parra
que leía la prensa despernancado en un taburete. Al verlo así, por un instante había tenido la
impresión de que era domingo.

- ¿Cómo van las cosas por allá afuera? –preguntó Rubén.

-Lo mismo que por aquí adentro –dijo Samuel con desgano. En ese momento dejó de ver al
hombre que le hablaba y, en su lugar, vio a su mujer y a sus hijos tirados en el suelo, alargando las
manos hacia él, como mendigos.

- ¿No hay nada en claro todavía? –quiso saber Rubén.

Samuel tardó en responder.

- Nada. Dicen que los políticos están pactando con los militares. Esos son los rumores que
hay en la calle. ¿Usted no ha salido?
- Aún no me arriesgo –dijo Rubén- Tengo mis agüeros. ¿Qué tal que este trece se nos
vuelva otro nueve de abril?
- ¡Que Dios no lo oiga! –Samuel se llevó las manos a la cabeza-. ¡Aquello fue peor que un
terremoto!

Y se alejó hacia la puerta transpirando de miedo, no por el cariz que pudieran tomar los
sucesos, sino, porque a esa misma hora, todos los días, lo aniquilaba el peso apabullante de tener
que vivir en el mundo contra toda esperanza.

A Parra las noticias de la mañana lo habían sorprendido aderezando menjurjes quiméricos


en la cama. Tenía turno en la farmacia a las once, pero ahora, obligado por las circunstancias, había
resuelto tomarse el día libre. Excusas no le faltarían.

Vio salir de su pieza a Domínguez, un albañil que hacía dos meses se empleaba a afondo
diariamente buscando trabajo, y alcanzó a percibir la súbita mutación que se operaba en la figura
de aquel hombre de cara desvaída y ropas andrajosas en el momento de atravesar el umbral de su
habitación y desembocar en el torrente de luz desparramado por el patio, una estatua sonámbula
de talco transformada en un ser de carne y hueso, bañado en oro reluciente.

3
Domínguez se embadurnó el rostro y la camisa y los pantalones de sol, y después se quedó
quieto, contemplando la puerta de la casa. Hacía unos minutos había dejado de escuchar las noticias
por la radio y no tardó en reconocer las pisadas de animal grande del disturbio al otro lado de aquel
dique de maderas desvencijadas.

- Parece que el asunto marcha con botas –dijo.


- Nosotros no tenemos nada que perder –dijo Rubén-. ¡Al fin y al cabo los civiles nos están
dando palo! – Dobló el periódico de aquella mañana, en cuyas páginas había buscado
inútilmente alguna información relacionada con los acontecimientos, sacó los cigarrillos
y le ofreció uno a Domínguez diciendo - ¡Quien quita que nos vaya mejor con el cambio!

Una mujer se arrastraba desde el fondo del corredor con los ojos clavados en el piso,
mirando como las puntas de sus chinelas se asomaban a garlanchadas por debajo del embarazo
descomunal que días atrás había empezado a pegarle pataditas por dentro. Venía dándole vueltas
en la cabeza al paradero de Diógenes Fonseca, viudo de otra y padre de sus hijos, y para más indicios
chofer de un taxi que, como de costumbre, había salido a manejar la noche anterior después de
haberse zampado dos platos de mazamorra chiquita, invariablemente encargados de mantenerlo
vivo hasta la hora del desayuno. La mujer había estado luchando a brazo partido contra una
montaña de ropa sucia durante toda la mañana, y trataba de secarse los dedos entumecidos con los
ribetes de su delantal, humedeciéndoselos aún más, ya que por estar pensando en Diógenes no
acababa de caer en cuenta que la prenda estaba tan mojada como la que había dejado a medio
enjuagar en el lavadero.

Se detuvo frente a la cocina central del inquilinato y vio a los dos hombres en medio del
solar. Los dos conversaban en voz baja, atentos al creciente bullicio que venía de la calle. Qué le
habrá pasado, Dios mío, volvió a pensar ella, y ya se disponía a continuar su camino cuando, desde
la penumbra estancada en las entrañas de la cocina, tibia y sazonada por el calor de los fogones y
los vapores del almuerzo, surgió, como una flecha parlanchina, su comadre, amiga y confidente, la
señorita Gertrudis Espinosa, una maestra de edad tan recóndita que ya no recordaba qué había
hecho, o qué había dejado de hacer con su virginidad, y quien desde muy temprano había instalado
su radio en la repisa de los platos, amenazando, a causa de sus tejemanejes con cables y enchufes,
la existencia del bombillo de veinticinco bujías, cuyos escasos fulgores, amenguados por la
moscarria, les hacía fruncir el entrecejo a las cocineras cada vez que metían las narices entre los
cráteres burbujeantes de las ollas.

Doña Gertrudis había dejado hablando solo en el radio al general Gustavo Rojas Pinilla y su
enjuta presencia se corporizó en el corredor armada de un enorme cuchillo, como si persiguiera a
un ladrón, y fue solamente por obra y gracia de un milagro que su torpeza no llegó a provocar una
tragedia de magnitud familiar, más funesta para los inquilinos de la casa que la misma calamidad
que había puesto a tambalear desde la madrugada los sagrados cimientos de la patria. A la futura
madre la estremeció una ráfaga de imprecaciones y de risas saturada de aromas de sancocho que
pasó por la orilla de su vientre como una exhalación y se quedó clavada en su sitito, sin sospechar
que Diógenes Fonseca había estado a un pelo de enviudar por segunda vez en su vida.

4
-Oigan al general, que dizque, ¡Oh hijos de Colombia inmortal! –se mofó de buena gana la
maestra, atrayendo el interés de Rubén y Domínguez- ¡Qué Colombia inmortal ni qué pan caliente!
¡Un cadáver!, un cadáver amortajado con banderas de seda. En eso es que tienen convertida la
patria todos ellos. ¡Militares y políticos de mierda!

Y hubiera continuado su perorata recriminatoria de no haber sido por la irrupción de un ser


plumífero y alocado que atravesó las arenas del solar perseguido por la mujer de don Julio, quien
corriendo acurrucada y a punta de zarpazos porfiaba en darle cacería inútilmente. La gallina
aprovechó el espacio abierto para burlar el hostigamiento, se metió por entre las piernas de doña
Gertrudis y saltó cacareando por sobre las rodillas de Rubén antes de proseguir su frenético maratón
rumbo al corredor, por donde había aparecido, acrecentando la ya considerable ventaja que su
perseguidora se lanzó a descontar, precipitándose a gritos detrás del animal.

Rubén y Domínguez, solo risas, celebraban el trivial acontecimiento, en tanto que doña
Gertrudis, empantanando su discurso, reparaba por primera vez en su comadre, absorta y en la
misma rigidez que había resuelto adoptar durante los últimos minutos por puro instinto de
conservación. Las dos mujeres terminaron por desaparecer en las profundidades cavernosas de la
cocina.

Entonces Domínguez comenzó a perseguir a Rubén, y éste a cacarear brincando en cuclillas


mientras despedazaba las hojas del periódico y las iba regando como plumas a todo lo largo y ancho
del solar. Los dos hombres se divertían tanto con sus travesuras, que no sintieron ni escucharon
nada que fuera capaz de distraerlos de su propio alboroto. Todavía eran zorro y gallina cuando
vieron al mayor de los hijos de Fonseca recostado contra el dorso de la puerta. El muchacho tenía
los ojos cerrados y acezaba con las manos cruzadas sobre el pecho, en la actitud del mensajero de
un drama que retarda el impacto de la noticia. Cuando los dos corrieron hacia él, ya se les había
unido la mujer de Fonseca que corría al encuentro de su hijo espoleada por la rebujiña de doña
Gertrudis, cuyos graznidos y aspavientos volaban a sus espaldas como si llevara encima una jaula
repleta de papagayos.

El muchacho dijo lo que tenía que decir:

-El parque está rodeado de camiones, y los camiones están llenos de soldados, y los soldados
están armados hasta los dientes. También hay tanques y cañones, y la gente ha sacado las banderas
para ir a saludarlos.

- ¡En mi pieza hay una bandera! –le dijo Domínguez al muchacho, y abriendo la puerta
empujó a Rubén en medio de la barahúnda callejera, olvidándose de cerrarla nuevamente. Una ola
gigantesca de rugidos humanos rebotó contra los cuatro costados de la casa.

- ¡Fue hasta que se nos encaramaron encima estos gorilas hijueputas” –gritó indignada la
señorita Gertrudis Espinosa!

Horas más tarde don Julio se hallaba tendido bocabajo sobre un rimero de láminas
arrinconadas al fondo del taller y tenía las manos acaracoladas tapándose las orejas, mientras

5
intentaba dejarse arrullar por los acentos de un mar desconocido, en cuyas remotas playas se hacían
espuma, año tras año, los acariciados proyectos de unas bien merecidas vacaciones. Cinco años
después moriría sin haber visto nunca volar una gaviota.

El remilgado acompasar de la respiración de su mujer le llegó por entre un resquicio de


ternura donde brillaba la única lumbre que sobrevivía a las cenizas de veinte años de matrimonio.
Entonces se dio vuelta con un movimiento breve y brusco, y se quedó mirándola.

La mujer no esperaba otra cosa para poder hablar

- ¿Es que no piensas almorzar hoy?

Don Julio abandonó su lecho de fierro y se tambaleó un instante frente a ella, como si acabara de
saltar de la plataforma de los lentos vagones de un sueño.

- ¡Ni más faltaba! –dijo-. A mí no me va a quitar el apetito un simple cambio de gobierno.