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El texto “La intervención internacional: los desafíos de la conceptualización” es un

abordaje teórico sobre la noción de “intervención” y sus connotaciones aplicadas a las


interacciones entre las naciones que conforman el sistema gubernamental mundial. A la
luz de las referencias seleccionadas por Diana Marcela Rojas se han tratado de resolver
tres preguntas guía, a saber: ¿Qué es intervención?, ¿Cuál es su relación con el concepto
de soberanía? Y ¿Cuál es el lugar del concepto en el marco de comprensión de la política
global?
A lo largo del texto se expone claramente que si bien no existe definición alguna que
englobe completamente lo que significa la “intervención”, y mucho menos una
metodología para determinar que esta se esté efectuando; existen dos puntos de vista,
desde los cuales se puede estudiar este fenómeno, que llamaremos genéricamente
“negativo” y “positivo”, aunque el texto Rojas propone “restringida” y “amplia”. Los
medios de intervención y la cantidad de tiempo que estos tarden en ser aplicados y
removidos de una nación, son algunos de los elementos que ayudan a determinar si la
intervención será de tipo “positivo”, o “negativo”.
La definición negativa, asumida automáticamente en la mayoría de los casos como
“intervención militar” es aquella efectuada sine qua non medios coercitivos, violentos en
contra de la voluntad del Estado, como mecanismo de dominación y que por ende acarrea
una connotación negativa del concepto, es tendiente a prolongarse y en ocasiones a
constituirse como una nueva norma que altera los patrones originales, fragmentando la
soberanía de dicho Estado, puesto que se establece a pesar de la previa existencia de éste
y se configura a pesar de él.
Tanto políticamente como operativamente existen acercamientos a la noción de
“intervención”, lo explicado en el párrafo anterior está ligado al ámbito político; para
desarrollar la noción operativa de la acción de intervención, de acuerdo con James
Rosenau se deben tener en cuenta, uno, la ruptura con los modos convencionales de
relaciones entre países y, dos, la incidencia sobre la estructura de autoridad; tal que
resulta funcional como punto de referencia. No obstante debe yuxtaponerse con el
concepto de Soberanía en tanto ésta es el “poder último, sin principio anterior que pueda
matizarlo, reformarlo o vigilarlo” (Badie) y así, en el crisol de posibilidades, definir de
acuerdo a contextos inmediatos si existe tal Intervención, o no.
La resignificación de la Intervención Internacional como interacción constructiva entre
Naciones y ya no como mediación impositiva, inicia en los años noventa, impulsada
globalmente por la tragedia 9/11 y la fuerte corriente anti terrorismo instaurada a partir
de ese acontecimiento. El intervencionismo se presenta como un recurso cooperativo,
prácticamente institucional. Las nuevas bases de la Intervención se enmarcan en la pos-
Guerra Fría, en un escenario de reacomodación de poderes y reglas difusas, el auge de
organizaciones descentralizadas y humanitarias; y el general empoderamiento de los
ciudadanos como seres iguales e importantes dentro de la dinámica social. Es decir, se ha
abolido todo aquello que en algún momento restringidamente se consideró como
Intervención.
La globalización propone un escenario óptimo para este modelo dadas las diversas
dependencias creadas entre Estados, y la promulgación de cierta igualdad entre Naciones.
Al verse todos enfrentados a los mismos problemas a nivel mundial, es más sencillo optar
por recibir, o dar, cooperación que un país actuar como lobo estepario. La aldea global
alberga a cada ciudadano con sus opiniones y sus mediaciones en cada rincón, la opinión
pública es una nueva fuerza que debe ser siempre tenida en cuenta, cada país está en la
vitrina mundial; esto último ha promovido movimientos sociales fuertes, de índole global,
que están constantemente midiendo y mediando por la estabilidad de asuntos específicos,
por ejemplo Greenpeace y su incansable lucha por la protección de la fauna y la flora en
todo el planeta.
La comprensión de la soberanía como “poder último”, pero no centralizado, autónomo, o
autócrata; sino como custodio y garante del bien para la mayoría, con un fuerte sentido de
responsabilidad social; nos lleva a reivindicar completamente la Intervención como un
mecanismo temporal de defensa ciudadana. Los momentos impulso más representativos
de este desarrollo están íntimamente relacionados con la gestión de la igualdad humana,
modificadores del trato de los Estados para con los individuos, ponderando vidas humanas
sobre sistemas gubernamentales; en pocas palabras, creando valores positivos sobre estas
acciones y justificando su existencia e implementación.
Es fundamental mencionar que cuando una Intervención impulsa a restablecer el orden
internacional, aparejando nuevamente las fuerzas y tensiones entre Naciones; o entra con
el visto bueno de las autoridades nacionales para procurar un cambio importante que
favorezca a la mayoría; o con la intención de proteger a los ciudadanos de una fuerte –y
claramente desigual- contienda con su propio gobierno, también denominada
“intervención humanitaria”; dicha intervención está plenamente justificada por las
instancias de reglamentación internacional.
Frente a esta última se desarrolla nuevamente una amplia discusión desde lo conceptual,
lo político y lo operativo. Estamos en parte regresando a la perspectiva restringida o
“negativa”, ya que el Ingreso a una Nación determinada no se hace siempre con la
autorización de ésta; pero se efectúa en aras de guiar la observancia de la “seguridad
humana”, no siempre homogénea en concepto a la seguridad nacional en cada contexto
inmediato y fundamental para garantizar la igualdad de los seres humanos, el desarrollo
de las regiones.
La “intervención humanitaria” se divide en dos enfoques importantes, primero, la
“responsabilidad de proteger” que prioriza los derechos de los individuos sobre la
soberanía; es impajaritable la existencia de equilibrio entre la soberanía estatal y el
respeto de los derechos humanos y la Intervención actúa como mecanismo de presión
para que así suceda. El segundo enfoque apunta a balancear las responsabilidades
estatales y los derechos humanos, en cuanto sea viable, es decir, que no siempre termina
interviniendo.
El fenómeno de las Intervenciones Internacionales y su legitimación en un mundo tan
globalizado como cambiante suscitan inquietudes, o más bien desafíos que tarde o
temprano tendrán que ser abordados, por ejemplo la utilidad del concepto de
intervención por sí mismo: la caracterización del movimiento de intervención
internacional. Un segundo reto, que se desprende del primero y es el arribo a un consenso
sobre la definición del concepto: establecer un marco de referencia. Terceramente, la
comprensión de las transformaciones normativas para que los sucesos actuales cobren
sentido, y finalmente, la necesidad imperativa de excavar en el concepto de intervención
para renovar y proponer explicaciones, que si bien no permanecerán fijas, mermarán la
oscilación de las relaciones internacionales algún tiempo más.