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Los dos reyes y los dos laberintos es un relato de Jorge Luis Borges, el cual además

forma parte de los diecisiete cuentos que construyen el Aleph, libro de cuentos
publicado originalmente en 1949, gracias al trabajo de la casa editorial Lossada S.A,
siendo reeditado también por el propio Borges en 1974.
De acuerdo a lo que apuntan varios críticos literarios, la historia que plantea Borges
en este relato puede tener dos “senderos que se bifurcan”, puesto que por un lado se
encuentra el tema recurrente del laberinto, visto por su autor como una obra no
humana, pues tal cual plantea su autor, a través de las palabras del narrador
omnisciente “la confusión y la maravilla son operaciones propias de Dios y no de los
hombres”. Tal vez por esto precisamente, el Rey que desobedeciendo esta sentencia,
jugando a crear confusión, termina siendo castigado por la obra de Dios, debido a su
soberbia.
Así mismo, otras interpretaciones y análisis han querido destacar que otro importante
tema dentro de esta obra es la venganza. No obstante, es de destacar que Borges
ubica esta historia en la lejana Babilonia, ciudad en donde no se puede olvidar que
existía el Código de Hammurabi, de donde siempre se ha destacado la Ley del Talión,
la cual dictaba “ojo por ojo, y diente por diente”. Hecho éste que hace suponer que
en esta región era natural concebir la justicia de esta forma, puesto que no se puede
analizar a través del concepto cristiano que se tiene sobre la venganza, la cual para
occidente en cambio es visto negativamente. Sin embargo, en la lógica establecida por
Borges en esta historia, el Rey Árabe a través de su venganza, estaría restableciendo
el orden divino, en donde es Dios el único capaz de crear “la confusión y la maravilla”,
mostrándole al Rey babilónico creador de un laberinto físico, que sólo la naturaleza
puede ser infinita y eterna.
Igualmente, hay quien refiere a que siempre que Borges aborda el tema de los
laberintos, lo hace en alusión también al lenguaje. En este texto, entonces se podría
pensar que existe una analogía al lenguaje como una construcción laberíntica del
hombre, en donde éste se adentra, aun con la posibilidad de extraviarse. No obstante,
aun cuando esto suceda, el hombre siempre contará con la posibilidad de encontrar
una línea de fuga, en medio de la laberíntica construcción de palabras e imágenes,
aun cuando deba implorar ayuda divina, o hacer uso de la naturaleza.
En contraposición, se establece a la naturaleza como una construcción infinita,
inabarcable, insuperable, en donde sólo Dios y sus leyes pueden inferir, la cual además
de desafiar el entendimiento del hombre, puede incluso colocarlo en riesgo, en el
momento de tener que afrontar su inmensidad. Finalmente, en otra interpretación,
Borges puede llegar a exponer cómo un paisaje raso, el mapa liso del lenguaje, puede
implicar la pérdida del hombre, mientras que son las palabras aquellas que ayudan al
hombre a estriar dicho mapa, estableciendo entonces rutas de acceso y escape, a la
infinitud inmensa e igual.