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ANALISIS DE TEXTOS HISTÓRICOS

NOMBRE

CURSO SÉPTIMO BÁSICO A-B-C FECHA

CONTENIDO EDAD MEDIA

La mentalidad medieval
La Edad Media está atravesada por la influencia del cristianismo y la Iglesia católica en
todas las esferas de la vida; la filosofía, la política, el pensamiento espiritual, las
representaciones artísticas y culturales, el ordenamiento social, la vida cotidiana, etc.,
todo estaba mediado en alguna medida por las ideas del cristianismo.
Sin embargo, no podríamos reducir la mentalidad de la Edad Media a una mera
reproducción de las Sagradas Escrituras. Como todo proceso histórico, debemos
considerar las subjetividades y especificidades de los sujetos en tanto constructores de
realidad, por lo que la forma de vivir e interpretar esta gran matriz religioso-cultural va a
ir generando diferentes formas de expresión, sobre todo en el mundo popular, donde lo
pagano y lo hereje aparecen como formas mixtas de fe que se van configurando como
el credo de los sectores populares.
A pesar de esto, y considerando la fuerte influencia del cristianismo, sí hay ciertos
elementos identitarios de la época que nos permiten hablar de “una mentalidad
medieval”.
Para comprender esta, debemos situarnos en el contexto. Todo proceso cultural de un
pueblo está inserto en un tiempo y espacio, es producto de (y produce) ese contexto.
Por ello, debemos pensar en la Europa post Imperio romano, una Europa inestable, que
vio caer el gran referente de estabilidad, el gran paradigma de orden y poder. Junto a
esto, la aparición de pueblos extranjeros, germanos, godos, alanos, hunos, turcos, que
en su búsqueda por territorios fueron azotando y saqueando. También considerar el
fortalecimiento de la Iglesia Católica como institución religiosa cada vez más influyente
en el mundo terrenal. Con un poder político-social y también económico, que lentamente
se fue posicionando como el nuevo referente de unidad e identidad en Europa.
Es por esto, y otros factores también, que “lo que domina la mentalidad y la sensibilidad
del hombre medieval, lo que determina lo esencial de sus actitudes es el sentimiento de
inseguridad. Inseguridad material y moral para las que, según la Iglesia, como hemos
visto, solo hay un remedio: apoyarse en la solidaridad del grupo, de las comunidades
de las que se forma parte, y evitar la ruptura de esta solidaridad por ambición o por
fracaso. Inseguridad fundamental que se centra, en definitiva, en la vida futura, que no
se le asegura a nadie, y que las buenas obras y la buena conducta jamás garantizan
por completo” (Le Goff, J, 1999: 287).
Así, una vida volcada hacia el mundo privado se entronca con el mundo cada vez más
ruralizado, atomizado, fragmentado entre uno y otro pueblo o feudo, dejando como
instancias de “seguridad” y comunidad elementos más bien rituales y/o simbólicos,
como el vasallaje. De la misma manera el cristianismo se perfila como una posibilidad
de un futuro mejor, incierto, lo que hace del presente un mundo sombrío, de paso,
cargado de un pasado con el cual se carga, y donde el aquí es antesala frente a ese
inquietante más allá. La disputa entre pecado-salvación, condena- esperanza, vida-
muerte, pasado-futuro, explica en parte el mundo medieval: “El peligro de condenación
eterna, con la colaboración del diablo, es tan grande y las posibilidades de salvación tan
escasas que el miedo prevalece necesariamente a la esperanza […]
Así, las mentalidades, las sensibilidades y las actitudes vienen impuestas, sobre todo,
por la necesidad de asegurarse. En primer lugar, apoyarse en el pasado, en los
predecesores. Así como el Antiguo Testamento prefigura y fundamenta el Nuevo, los
antiguos justifican a los modernos. Ningún avance es seguro si no está garantizado por
un precedente en el pasado”. (Le Goff, J, 1999: 292). Como vemos, la mentalidad
medieval no solo está mediada por los dogmas del cristianismo, sino que, influenciada
por estos, asume formas de vida y de interpretación que dan cuerpo a los imaginarios y
constructos culturales que marcan este mundo medieval.

Adaptado de Le Goff, Jacques. (1999). La civilización del Occidente medieval. Buenos Aires: Paidós.
Desarrollo artesanal en la ciudad medieval
Para finales del siglo XI, toda villa o ciudad medieval, grande o pequeña, poseía un número
proporcional de artesanos que fabricaban los productos de necesidad primaria para los
habitantes de la ciudad. Es así como vemos la presencia de panaderos, sastres, herreros,
carpinteros, alfareros, entre otros, los cuales se servían de las materias primas del campo para
luego vender a los habitantes de la ciudad y alrededores los productos manufacturados.
Ahora bien, el artesanado no se puede comprender si no se considera que este nace o es
producto del desarrollo urbano. Es en la ciudad medieval donde tiene sentido la existencia de
estos talleres artesanales ya que se acoplan al desarrollo urbano del comercio; mercaderes,
feriantes, ferias, intercambios, monedas, son dinámicas propias de la ciudad y es en ese
proceso en el cual el artesanado se inserta como sector productivo manufacturero al mundo del
comercio.
Los gremios agrupaban a los artesanos según su oficio. Estos se regían por ordenanzas que
regulaban todo lo referido al trabajo y a la vida en torno al oficio.
Junto a esta regulación, los gremios funcionaban como una forma de organizarse y defenderse
de cualquier injusticia o abuso, ya sea con un agente externo como entre ellos mismos. En este
punto es interesante que entre los agremiados, es decir, maestros y oficiales, nadie se
enriquecía a costa del otro, por lo que las lógicas de reciprocidad y solidaridad eran parte del
mundo gremial. Del mismo modo, los gremios sirvieron para desarrollar un sistema de previsión
entre sus afiliados generando deberes y derechos que daban forma a esta institución.
Eran, por lo general, grupos sumamente cerrados y exclusivos, en los cuales había una
estructura jerárquica interna que regulaba y fiscalizaba el quehacer dentro del taller. En primer
lugar, en la parte más baja estaban los postulantes, quienes asistían y se probaban para
aprender el oficio. Una vez aceptados, entraban como aprendices a trabajar a cargo de un
maestro. Por lo general realizaban tareas más simples y domésticas.
Al entrar al taller se establecía una suerte de contrato extralaboral más bien paternal: en tanto
el maestro, a cambio del trabajo de su aprendiz, era responsable de alimentarlo, darle un hogar
en su casa, acogerlo, vestirlo y enseñarle el oficio.
Junto con enseñar al aprendiz, los maestros eran los responsables y dueños del taller; entre
ellos se elegía a las autoridades de la corporación, la cual velaba por el cumplimiento de las
ordenanzas, que favorecían la equiparación entre los afiliados evitando competencias
desleales. En paralelo al maestro estaban los oficiales, que trabajan asalariadamente para el
taller pues no poseían medios de producción, conformando una suerte de proletariado urbano.
En algunos casos, los oficiales podían ascender al grado de maestros, sin embargo, esto no
dependía únicamente de su conocimiento técnico, sino también de la capacidad económica de
montar y sostener su propio taller. Es por esto que el surgimiento de la maestría artesanal se
vincula más a una lógica hereditaria que a un libre emprendimiento, ya que los costos de montar
un taller eran altísimos. Otra autoridad eran los maestros examinadores, los cuales fiscalizaban
tanto el trabajo realizado como también las posibilidades de ascenso de los aprendices.
Es desde estas primarias formas de producción manufacturera como se va dinamizando la
economía medieval, tanto por la compra de materias primas usadas como insumos, como
también por la venta de productos de primera necesidad. Esto fue desarrollando el mercado
dentro del burgo, y también entre las ciudades, perfilando la figura del comerciante, luego
burgués, con lo cual es posible comprender el surgimiento de las primeras industrias.
Para más información, consultar el libro Historia económica y social de la Edad Media, de Pirenne, Henri.

*Henri Pirenne (1862-1935), historiador belga, especialista en historia económica sobre la Edad Media. Su tesis se sostiene en
una reinterpretación del inicio y fin de la Edad Media a partir de un análisis crítico de los procesos económicos y sociales que
darían estructura a esta nueva temporalidad. Este autor abrió nuevas perspectivas, al integrar factores económicos y sociales al
análisis de la temporalidad de la Edad Media, superando la mirada más tradicional. Esto fue recogido con posterioridad por
otros historiadores, especialmente de la Escuela de los Anales.

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