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Penélope

Estaba Penélope rondando otro día más por la estación del tren local. Paseaba con su
bolso de piel marrón. Se oía el repique de los tacones de sus zapatos mientras lucía
uno de sus tantos vestidos de domingo. Llevaba puesto uno pálido y sobrio como su
rostro, ese que resistía como podía contra el paso del tiempo; el mismo que buscaba
otro que había visto alejarse en ese mismo lugar.

Llevaba a cabo aquel ritual a diario y la gente del pueblo se había acostumbrado a verlo
todas las mañanas: se sentaba en uno de los primeros bancos del andén mientras
esperaba la llegada del primer tren de la jornada, meneando su viejo abanico ajado por
los años, uno que le había regalado su amante aquel día.

Cuentan en aquel pequeño pueblo que el caminante, el amado de Penélope, se marchó


una tarde de primavera. Su partida paró el tiempo para la desgraciada. –Adiós amor
mío, no me llores. Volveré pronto, antes que caigan las hojas de los sauces. - le afirmó
a una joven afligida, mientras observaba que una lágrima escapaba por su mejilla. –
Piensa en mí, volveré por ti, lo prometo. - decía desde la ventana del tren que se dirigía
hacia el este, allí donde las ciudades se extienden y el verde reposa solo en los
pequeños jardines de las afueras y en alguna plaza solitaria.

¡Pobre infeliz de Penélope! Se paró su reloj infantil, crédula de aquellas promesas que
se pierden en el humo de las locomotoras que marchan; fue una tarde plomiza de abril
cuando se fue su amante. Pasaron los días, las semanas. Las estaciones cambiaban y
no había señales de un retorno. De los huertos tan cuidados por las señoras de pueblo,
se había marchitado hasta la última flor tras el primer otoño. Los sauces de la calle
mayor, aquella que llevaba a la vieja estación, se secaron aquel invierno; ni uno quedó
en pie para la muchacha.

Así, con la tristeza a fuerza de esperar, Penélope no perdía la esperanza. En un


principio, se dirigía de vez en cuando hacia la estación, pero pronto, la costumbre se
hizo hábito y aquella mujer, a diario empezó a realizar su ritual. Sus ojos parecían brillar
cuando los trenes silbaban anunciado el próximo arribo. Decenas de personas solían
pasar a diario junto a la desdichada, mas no eran más que muñecos para ella, solo
autómatas que balbuceaban algo inteligible mientras escudriñaba sus rostros con la
mirada buscando a su amado.

Estaba Penélope rondando aquel día por la estación, cuando en el pueblo corría la voz,
por parte de la gente mayor, que el caminante, aquel que conocieron en su juventud,
había regresado preguntando por la bella Penélope. Al enterarse que estaba en la
estación, se dirigió con prisa para darle la sorpresa a la pobre.

Entró por la puerta trasera del andén y la encontró de espaldas en su banco de pino
verde. Ella vestía tal cual le habían descrito sus viejos vecinos; idéntica como el día que
lo había despedido hace incontables primaveras. Sin mirarla, se dirigió a ella - Penélope,
mi amante fiel… Mi paz… deja ya de tejer sueños en tu mente. - le dijo casi murmurando
mientras el corazón de aquella se sobresaltaba en un júbilo vivo. - ¡Mírame! ¡Soy tu
amor! ¡Regresé! –replicó el hombre.

Con tanto regocijo por oír de nuevo aquella voz, la voz de su amante, a Penélope se le
llenaron los ojos de lágrimas de alegría. Sin embargo, al girarse, la expresión de su
rostro delató algo inesperado para ambos. Un gesto de desprecio la cubrió, e inmutada,
casi sin mueca en su añoso rostro, profirió – No… no era así su cara ni su piel… tú no
eres quién yo espero.

Sin más que decir y con lágrimas paseando por sus mejillas, en silencio, Penélope volteó
su cansado cuerpo y se quedó mirando el horizonte, más allá de las vías, sin expresión
aparente. Sus ojos se perdían en el punto de fuga de aquella triste escena. El caminante
paseó su mano frente a la vista de aquella mujer que tanto lo había esperado. Entendió
que había acabado con la cordura de su amada en complicidad con el tiempo, que no
perdonó a ninguno: ni al falto de palabra ni a la joven que había intentado detenerlo
dentro de sí.

El caminante salió del andén y de la estación, y roto por la culpa, se alejó sin despedirse
de nadie. Nunca más lo volvieron a ver. La pobre Penélope se quedó allí, inexpresiva,
vestida como aquel día de primavera, sentada en la estación.

(Adaptación de la canción “Penélope” de Joan Manuel Serrat)