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Pe.

Bernardino Llorca

3 OCTUBRE

SAN FRANCISCO DE BORJA


San Francisco de Borja, ejemplo de desprecio de las grandezas del mundo, de la humildad más profunda y del
espíritu de oración y penitencia, era hijo de una de las familias más nobles de aquel tiempo. Por su padre, tercer
duque de Gandia, descendía de los Borja, a los que pertenecían los papas Calixto III (1455-1458) y Alejandro VI
(1492,1503) y que tanto se distinguía entonces en España y en Italia. Por su madre pertenecía a la familia de don
Fernando de Aragón. Sin embargo, con su santidad de vida quiso Dios que reparara las inmoralidades que, tanto por
parte de su padre como de su madre habían contribuido a darle la vida.

Nació, pues, en Gandía, provincia de Valencia, el 10 de octubre de 1510, y, aunque educado en medio del regalo, ya
de niño se entretenía jugando a celebrar misa; pero bien pronto tuvo que abandonar estos juegos, dedicándose de
lleno a los deportes caballerescos, en los que salió particularmente adiestrado. Al mismo tiempo recibió una
formación literaria acomodada a su estado y sobresalió en el culto y gusto por la música.

Contando dieciocho años de edad, y siendo ya un joven aventajado en las costumbres caballerescas de su tiempo, es
presentado en la corte de Castilla. Carlos V y su esposa Isabel de Portugal se complacían en la destreza y buenas
maneras de Francisco; pues, a diferencia de tantos otros cortesanos, elegantes por fuera, mas corrompidos en su
interior, daba claras muestras del candor e inocencia de su alma. Por esto, ya en 1529, creado marqués de Lombay,
se desposó con la camarera favorita de la emperatriz, la portuguesa Leonor de Castro, modelo de elegancia y de
recato, y fue colmado de cargos y distinciones

Carlos V concede a Francisco la más absoluta confianza. De este modo el novel caballero se hace íntimo amigo del
joven príncipe Felipe II. Más aún: entra en la intimidad de la emperatriz Isabel, de la que le encarga expresamente el
emperador durante sus frecuentes ausencias. En los ratos libres gusta de leer a San Pablo, el Evangelio y las homilías
de San Juan Crisóstomo. Da a Carlos V lecciones sobre cosmografía y otras materias. Compone algunas obras de
música religiosa, que alcanzaron bastante resonancia, si bien sólo se nos han conservado algunos motetes y una
misa. Su vida, ordenada y tranquila, constituye el ideal de un cortesano cristiano que goza de la más completa
confianza de sus señores. Para colmo de felicidad, Dios ha bendecido su matrimonio, y en 1538 nace en Toledo su
octavo hijo.

Pero el año 1539 introduce en su vida un elemento de desengaño y desilusión. La ocasión fue la inesperada muerte
de la emperatriz Isabel en la flor de los años y en la plenitud de la grandeza humana. Si el dolor por la muerte de la
emperatriz Isabel sume a Carlos V en un estado vecino a la desesperación, produce igualmente en Francisco de Borja
una tristeza que le quita el gusto para todo.

Encargado por el emperador, tuvo que acompañar al féretro hasta Granada en unión con un buen número de
prelados y grandes del reino, con el fin de depositar a la emperatriz en el sepulcro de los reyes. El entierro tuvo lugar
el 17 de mayo; pero, al echar su última mirada al rostro de aquella mujer, dechado en otro tiempo de encanto y
belleza humana, experimentó Francisco una profundísima sensación de la vanidad de las grandezas de este mundo, y
desde aquel momento se propuso vivir con el corazón separado por entero de ellas y puesto sólo en Dios.

Sin embargo, Dios tenía sobre él, por el momento, otros designios. Precisamente entonces, el 26 de junio de 1539,
Carlos V nombró a Francisco de Borja virrey de Cataluña, cuya capital era Barcelona. Francisco desempeñó este
importante cargo con admirable acierto. Acabó con el desorden y organizó en tal forma la seguridad en todo el
territorio que su gobierno llegó a ser proverbial. Pero, en realidad, se sentía completamente transformado y era otro
hombre. Dedicábase mucho más a la oración, según se lo permitían las obligaciones de su cargo y de su familia. Al
morir su padre en 1543, Francisco, heredero de su título de duque de Gandía, obtuvo el permiso para retirarse allá
con su familia, y durante los tres años siguientes se entregó de lleno al trabajo de ordenar sus propios estados y
realizar en Gandía y en Lombay diversas obras de piedad y beneficencia.

Esta vida tranquila y ordenada fue interrumpida en 1546 por la muerte inesperada de su esposa, Leonor de Castro,
cuando Francisco se encontraba en la flor de la vida, contando treinta y seis años de edad. Esta circunstancia
colocaba al santo duque en una situación completamente nueva. Aunque hasta aquí había sido modelo de esposos
durante los diecisiete años que había vivido en la más completa compenetración con doña Leonor, y aunque estaba
dispuesto a cumplir, como buen padre, las obligaciones que tenía con los ocho hijos que Dios le había dado de su
cristiano matrimonio, pensó inmediatamente en la realización de su plan de renunciar a todas las dignidades y
grandezas del mundo y entregarse al servicio de Dios.

Ahora bien, ¿como debía realizar este ideal, que entonces más vivament!e que nunca se ofrecía a su espíritu,
dispuesto a los mayores sacrificios? Dios mismo, durante los años anteriores, había ido ilustrando su inteligencia y
preparando su corazón para que en tan críticos y decisivos momentos pudiera tomar una decisión conforme con sus
designios. En efecto, ya durante su virreinato en Cataluña había tratado en Barcelona al padre Araoz, y sobre todo al
Beato Fabro, primer compañero de San Ignacio de Loyola, y por su medio había conocido a este santo, por el cual y
por la Orden por él fundada experimentó desde entonces una sirmpatía extraordinaria. Por esto, al establecerse
poco después en Gandía, preparó inmediatamente la fundación de un colegio de la Compañía de Jesús, que pudo
abrirse el 16 de noviembre de 1546.

Pues bien; en los momentos críticos en que se encontraba Francisco después de la muerte de su esposa presentóse
en Gandía el padre Pedro Fabro, y, después de una larga conversación con él y hechos los ejercicios espirituales,
pronunció el voto de entrar en la Compañía de Jesús. Poco días después volvía Fabro a Roma y entregaba a San
Igracio un escrito del duque de Gandia, en el que éste le pedía formalmente su admisión en la Compañía de Jesús.
San Ignacio ratificó su voto, admitiéndolo oficialmente en la Orden; pero en la carta que a continuación le escribió le
decía estas palabras: "El mundo no tiene orejas para oír tal estampido", por lo cual añadía que conservase en secreto
su propósito mientras arreglaba los asuntos domésticos y procuraba sacar el grado de doctor en teología.

Francisco siguió al pie de la letra el consejo de Ignacio; pero bien pronto se vió en un grande aprieto, pues fue
requerido instantemente para asistir a las Cortes de Aragón. Para evitar estas dificultades obtuvo San Ignacio del
papa Paulo II dispensa especial para Francisco de Borja, y, conforme a ella, el 2 de febrero de 1548 hizo el duque la
profesión solemne en la Compañía de Jesús, mientras permanecía algún tiempo en medio del mundo en traje
secular.

Arregladas, pues, las cosas de su casa, casados convenientemente sus hijos y obtenido la borla de doctor en teología,
el 31 de,agosto de 1550 daba el adiós definitivo al mundo y se dirigía a Roma, acompañado de su hijo mayor y un
gran séquito de la nobleza. En la Ciudad Eterna fue acogido con grande aparato por los representantes del Papa, del
emperador y de las más significadas personalidades; pero bien pronto se hizo pública, ante el estupor de todo el
mundo, su determinación de vestir la sotana de la Compañía de Jesús, y, en efecto, dejando los suntuosos palacios
que todos le ofrecían, se retiró a la pequeña residencia de los jesuitas, cerca de Santa María de la Estrada. De
extraordinario fruto para su alma, hambrienta de Dios y de perfección, fueron las largas conversaciones que tuvo
entonces durante cuatro meses con Ignacio de Loyola, tan consumado maestro de la vida espiritual. Por esto decía el
Santo después de ellas que Ignacio se le representaba como un gigante, al lado del cual todos los demás, incluyendo
al mismo Fabro, eran como unos niños.

Preparado Francisco de este modo, y bien orientado para la nueva vida que iba a emprender, salió el 4 de febrero de
1551 de Roma en dirección a España, donde se retiró algún tiempo en Oñate, cerca de Loyola, con el fin de
prepararse convenientemente para recibir las órdenes sacerdotales. Habiendo, pues, recibido el permiso del
emperador, realizó aquí la renuncia a sus estados en su hijo Carlos, hízose luego rapar la cabeza y cortar las barbas, y
se puso definitivamente la sotana de la Compañía de Jesús, después de lo cual fue ordenado sacerdote el 23 de
mayo de 1551. Movido por la gran veneración y afecto que profesaba a San Ignacio, quiso celebrar en privado su
primera misa en la capilla del castillo de Loyola, pero luego celebró otra con gran solemnidad en Vergara, para la cual
el Papa habia concedido indulgencia plenaria. Y fue tal la aglomeración de público, calculado en unas veinte mil
personas, que se hizo necesario celebrarla al aire libre. Tal era, en efecto, la resonancia que había alcanzado la
renuncia del duque de Gandía, que todo el mundo deseaba contemplar con sus propios ojos al duque jesuita, al
duque santo.

Y con esto comienza la nueva etapa, fecundísima y definitiva, de San Francisco de Borja. Los tres años siquientes
significan en él la práctica y ejercicio de la renuncia que acababa de realizar. Desde un principio fue para todos,
superiores y súbditos, el más perfecto modelo de humildad y de todas las virtudes. Entregóse con toda su alma a los
más bajos oficios de barrer, limpiar, acarrear Ieña y ayudar en la cocina. Por otra parte, comprendiendo Ignacio, con
certera visión, el inmenso fruto que podría hacer Borja con su ejemplo, no quiso asignarle ninguna casa como
residencia y le dió la orden de ir por diversas ciudades del Norte predicando al pueblo y dando algunas misiones.
Francisco siguió esta indicación de la obediencia y, en efecto, su predicación obtuvo durante este tiempo un efecto
extraordinario. Grandes muchedumbres acudían en todas partes a escuchar sus ardientes exhortaciones, y, ante el
ejemplo viviente de su renuncia a todas las grandezas del mundo y de las heroicas virtudes que ejercitaba se
resolvieron muchísimos a realizar, a su vez, un cambio de vida. Por esto no es de sorprender que fuera designado al
poco tiempo como apóstol de Guipúzcoa.

Después de este aprendizaje de la vida religiosa entra Francisco de Borja en un segundo estadio de la misma. En
efecto, conociendo Ignacio, por otra parte, Ias dotes de gobierno de Francisco, de las que tan claras pruebas habia
dado en el virreinato de Cataluña y en la administración de sus estados, y, por otra, la necesidad que tenía la
Compañía de Jesús en España de un hombre de gran prestigio que la acreditara e introdujera entre los círculos de la
más elevada sociedad, nombró a Francisco, en 1554, comisario general, con autoridad superior para toda España y
Portugal, que más adelante extendió a todos los dominios de la Península en Ultramar. Para el humilde Borja, que,
después de renunciar a todas las grandezas, no deseaba otra cosa que ponerse a los pies de todos y predicar
humildemente a Cristo en todas partes, este cargo significaba la mayor contrariedad y mortificación; mas, con la
sumisión que sentía hacia San Ignacio, se abrazó desde el principio con la cruz que la obediencia le imponía. De lo
pesada que fue para él esta cruz es buen indicio lo que, diez años después, escribía: "Diez de junio. Hoy, décimo
aniversario de la cruz que me impusieron en Tordesillas".

Mas, por otra parte, sus dotes de hombre fuerte, rectilineo, ordenado, emprendedor, que se captaba las simpatías
de todos y dominaba fácilmente con la superioridad de su persona: y juntamente el prestigio de que gozaba en todas
partes y el ascendiente que le daba el sublime heroísmo de su renuncia y de todas sus virtudes religiosas, todo esto
fue produciendo en todas partes un efecto arrollador. Por esto puede decirse que Francisco de Borja fue
prácticamente el verdadero fundador de la Compañía de Jesús en España. Su intensa acción en los viajes, realizados
entre España y Portugal, dió como resultado el rápido florecimiento de la Compañía de Jesús en España. En las
principales ciudades se solicitaba a la Orden para que se hiciera alguna fundación. A los siete años se habia duplicado
el numero de colegios y de miembros de la Orden.

Sin embargo, como sucedió a San Ignacio y sucede siempre a los grandes apóstoles, no pudo faltar la contradicción.

Los prejuicios o celos de algunas personas contra él fueron alimentando cierto ambiente desfavorable. Es cierto que
Borja tuvo algunas intervenciones notables entre los elementos más elevados. Así, asistió en 1555 en los últimos
momentos a la reina doña Juana la Loca, y al año siguiente visitó a Carlos V en su retiro de Yuste, adonde acudió
algunas veces durante los dos años siguientes, y, aunque no pudo asistir a la muerte del emperador en 1558, hizo
poco después su elogio fúnebre en Valladolid. Pero, esto no obstante, llegó a tal extremo en este mismo año la
animosidad contra el Santo, que el padre general, Diego Lainez, se sint;ó obligado a hacerle ir a Roma, como lo
realizó en agosto de 1558.

Esta tempestad duró todavía algún tiempo. Al volver a España Felipe II en 1559, influido por algunos enemigos del
Santo, mostró alguna frialdad contra su antiguo amigo de la infancia. Por esto, en inteligencia con el general de la
Orden, pasó Francisco los años 1559 y 1560 en Portugal, donde realizó un importante trabajo de estabilización y
reajuste de la Compañía de Jesús, y finalmente, en agosto de 1561, fué llamado a Roma por el padre Laínez a
instancias del papa Pío IV (1559-1565). En Roma fué acogido con el mayor afecto, y durante algún tiempo
permaneció allí al lado del padre general, Diego Laínez. Ante todo, dedicóse a la predicación, y consta que entre sus
mas asiduos oyentes contaba al cardenal San Carlos Borromeo y al cardenal Ghisleri, el futuro papa San Pío V. Pero
bien pronto comenzó a utilizarlo el padre Laínez en asuntos de gobierno, que prepararon poco a poco a Francisco
para el cargo de general de la Orden, para el que la Providencia lo destinaba. Más aún: Cuando, en 1562, el general
Laínez tuvo que partir para Trento en calidad de teólogo pontificio, donde permaneció hasta el final del concilio en
diciembre de 1563, nombró a Francisco de Borja vicario general de la Compañía de Jesús. Finalmente, al fallecer
Laínez en 1565, Francisco fue elegido para sucederle en la dirección general de la Orden.

Ahora bien, durante los siete años en que Francisco de Borja gobernó como general a la Compañía de Jesús podemos
afirmar que cumplió plenamente su cometido, contribuyendo de tal manera al perfeccionamiento y crecimiento de
la Orden que con razón puede ser considerado como su segundo fundador. Sus dotes de hombre de gobierno, sus
conocimientos y amistades con los principales hombres de Estado y dirigentes de su tiempo, el prestigio de que en
todas partes disfrutaba, y, junto con esto, su espíritu de trabajo y sacrificio y las heroicas virtudes que ejercitaba,
todo esto contribuía a dar una eficacia decisiva a todas las obras y trabajos que emprendía.

Su actuación como general de la Compañía de Jesús se extendió realmente a todos los campos de su actividad, y en
todos ellos dejó bien marcada la huella de su eficacia, sirviendo de complemento de la obra de Ignacio. Uno de sus
primeros cuidados fue organizar un movimiento en toda forma en Roma, y, tras él, otros semejantes en otras partes.
De este modo dió la forma dcfinitiva a los noviciados. Por otra parte, convencido de que, para asegurar el espíritu
religioso, era necesario infundir y practicar el espíritu de oración, procuró fomentarlo en todas las formas posibles y
señaló una hora para la oración diaria, así como también el tiempo destinado a las demás prácticas de piedad.

Francisco de Borja fue asimismo organizador y promotor de los estudios. Al ir por vez primera a Roma, quince años
antes, había mostrado sumo interés por la fundación del Colegio Romano, proyectado por San Ignacio, y con la
limosna que entonces dió puede ser considerado como su primer fundador. Como general, contribuyó eficazmente a
su organización definitiva, que le confirmó en aquel título. Además, construyó la iglesia de San Andrés del Quirinal,
donde habían de distinguirse novicios tan insignes como San Estanislao y San Luis Gonzaga, y asimismo comenzó la
del Gesu.

De gran eficacia fué la labor de San Francisco de Borja en la propagación de la Compañía de Jesús y la extensión de
su actividad en todo el mundo. Empleó el influjo que tenía en la corte francesa para obtener una acogida más
favorable a los jesuitas en Francia, donde se fundaron en su tiempo ocho colegios. De un modo semejante se
fundaron tres en Alemania, cuatro en Italia, once en España y otros varios en diversas partes de Europa. Pero su
predilección se manifestó por las misiones. Por esto dió nuevo impulso y reorganizó las del Lejano Oriente y
comenzó nuevas empresas en América, constituyendo las provincias de Méjico y Perú, y sobre todo la del Brasil. Su
actividad se extendió a otros campos. Así, publicó una nueva edición de las reglas, terminada en 1567, y protegió
constantemente a los escritores que comenzaban a dar gran renombre a la nueva Orden.

Pero, aun en el campo de la Iglesia universal, tuvo Francisco un influjo extraordinario. Al lado de San Pío V y de San
Carlos Borroneo, puede ser considerado como uno de los grandes promotores de la renovación católica. En 1568 él
fue quien movió a San Pío V, con quien tenía gran ascendiente, para que nombrara una comisión de cardenales
encargada de promover la conversión de los herejes e infieles.

En estas circunstancias, en junio de 1571, Pío V envió al cardenal Bonelli a una embajada a España, Portugal y
Francia, y suplicó a Borja que le acompañara. De hecho, no se obtuvo con ella gran cosa en los preparativos de una
liga contra los turcos; pero mostró el gran prestigio y la eximia virtud de Francisco. En todas partes acudían a su
encuentro las turbas, ávidas de contemplar a un santo. Olvidados los antiguos prejuicios, el mismo Felige II le recibió
con muestras visibles de satisfacción. Pero su salud ya quebrantada, se resintió notablemente con las fatigas del
viaje. La vuelta a Italia se fue haciendo cada vez más fatigosa. Pasó el verano de 1572 en Ferrara, donde su primo, el
duque Alfonso, trató de rehacerlo; pero al fin lo tuvo que llevar a Roma en litera. El 3 de septiembre llegó a Loreto,
donde descansó ocho días, y finalmente llegó a Roma el 23; pero, después de unos días de fatigosa enfermedad, en
la que dió los más sublimes ejemplos de piedad, humildad y paciencia, descansó en el Señor durante la noche del 30
de septiembre al 1 de octubre de 1572.

De este modo se nos presenta la figura de San Francisco de Borja como uno de los santos más sublimes y atractivos
de la Iglesia: como ejemplo precioso de la más profunda humildad y desprecio de las vanidades del mundo, y
juntamente como el hombre providencial en la constitución definitiva de la Compañía de Jesús. En 1617 sus restos
mortales fueron trasladados a Madrid, donde se conservaron con gran veneración hasta 1931, en que, en el incendio
de la iglesia de la Compañía de Jesús, desaparecieron casi por completo. Lo poco que pudo salvarse entre las cenizas
se conserva todavía en la actualidad.

BERNARDINO LLORCA, S. I.

http://www.mercaba.org/SANTORAL/Vida/10/10-03_S_Francisco_de_Borja.htm
Nota da Redação:
Priscilianistas: seguidores de Prisciliano (345-385), nascido na Espanha, homem engenhoso e mulherengo, aderiu à
doutrina gnóstica e fundou, por volta do ano 379, uma seita de fundo maniqueu, que leva seu nome.

Segue transcrição de um trecho de conceituada obra do sacerdote jesuíta, Pe. Bernardino Llorca, que sinteticamente
nos esclarece sobre tal seita:

“Em princípio do século IV, formou-se entre os católicos espanhóis uma espécie de sociedade piedosa, na qual
tomavam parte clérigos, casados e solteiros, intimamente unidos, e que se chamavam mutuamente irmãos.
Professavam a pobreza e a castidade. No início apenas se percebia neles um certo fanatismo ou exagero perigoso da
piedade. Mas na segunda metade do século IV, juntou-se ao movimento e tomou sua direção Prisciliano, homem rico,
inquieto e sonhador. Com grande engenho e extraordinária atividade, ganhou rapidamente muitos adeptos e foi
dando à seita um caráter cada vez mais misterioso e extremista. Logo juntaram-se a eles dois bispos, Instancio e
Salviano.

O primeiro que percebeu o perigo da nova seita foi o bispo Higinio, e, pouco depois, Idacio de Mérida, que iniciaram
uma forte polêmica. Reuniu-se um sínodo em Saragoça, em 380. Nele não se apresentaram os priscilianistas, mas
foram condenados Instancio, Salviano e Prisciliano. Além do mais, o Sínodo anatematizou uma série de práticas, que
indicam a falsa mística a que se entregavam”.

(Bernardino LLorca, SJ, Manual de Historia Eclesiastica, Editorial Labor S.A., Barcelona, 1942, p. 218).

***

Donatistas: seguidores de Donato de Casae Nigrae, cognominado o grande. Segundo eles, a verdadeira igreja só
poderia ser composta por “eleitos”, e os batismos poderiam ser considerados válidos apenas se efetuados por eles.
A eloqüência de Donato empolgava as pessoas, levando seus adeptos a recusar obediência a qualquer outro que não
a ele próprio. Declarava que a sucessão apostólica tinha sido quebrada, que todos os bispos da Europa e da Ásia
eram cismáticos e que a fé cristã residiria só neles mesmos.

Abaixo, transcrição de outro trecho, da obra acima mencionada, sobre esses hereges fanáticos, contra os quais
levantou-se o grande Santo Agostinho:

“A base do donatismo era o princípio de que a eficácia dos sacramentos depende do estado de graça do ministro.
Portanto, segundo os donatistas, são inválidos o batismo e a ordem administrados por um herege ou pecador. Por
isso, eles rebatizavam aqueles que se convertiam à sua seita. Supunha também que a verdadeira Igreja só devia
compreender membros puros e limpos. Os pecadores deveriam ser lançados fora dela.

Mas a ocasião e verdadeira causa desse movimento foram muito distintas. Em princípios do século IV, formou-se em
Cartago (África) um grupo de exaltados, que se opuseram ao bispo Mensurio e a seu arquidiácono Ceciliano. Com a
morte de Mensurio, no ano 311, foi eleito bispo o arquidiácono Ceciliano; este propiciou ocasião ao grupo citado para
rebelar-se contra ele. A alma do levantamento era Donato; mas a matrona Lucila, com seu ouro e o ódio que
professava ao novo bispo, foi quem mais contribuiu a dar-lhe força. O fato é que o grupo de Donato, ao qual se
uniram todos os descontentes, reuniu um conciliábulo em Cartago em 312, e nele depuseram Ceciliano, escolhendo
Mayorino para ocupar seu cargo, e três anos depois, o próprio Donato.”

(Bernardino Llorca, SJ, Manual de Historia Eclesiástica, Editorial Labor S.A., Barcelona, 1942, pp. 173, 174).

Citação
(páginas 690-693 do Manual de História Eclesiástica, de Bernardino Llorca, SJ, Editorial Labor, Madrid: 1942)

Ao mesmo tempo em que a Igreja era agitada pela falsa religiosidade jansenista, e enquanto se intensificava a
campanha contra os direitos pontifícios, apresentou-se outro inimigo contra a verdadeira religião: o chamado
filosofismo, a falsa ilustração, a Maçonaria ou enciclopedismo, que significavam a negação de todo o sobrenatural e
a guerra aberta contra todo o religioso.
Procedente da Inglaterra, esse movimento se foi estendendo em toda a França, e logo depois por toda a Europa,
chegando a ser o espírito da moda. Era o fruto espontâneo do naturalismo de muitos humanistas, da negação da
autoridade [eclesiástica] por parte dos protestantes, e ao mesmo tempo das tendências do jansenismo e do
galicanismo. Por tudo isso, era o pior de todos os inimigos, visto ser a consequência de todos estes, e aquele que
envenenou finalmente a sociedade preparando a catástrofe da Revolução Francesa.

1. Primeiro desenvolvimento na Inglaterra

O início deste movimento do racionalismo moderno teve lugar na Inglaterra. Sua base foi o empirismo de Bacon de
Verulam, segundo o qual o ideal de ciência, em oposição à Escolástica, seria o estudo da natureza sem preconceito
algum, sujeitando-se ao exame da razão e da experiência. Contudo, Bacon ainda distinguia o terreno da fé, ao qual
não poderia chegar a experiência humana. Outros, porém, sobretudo Herbert, quiseram transladar o método
empírico ao campo religioso, com o que se acreditou descobrir uma religião natural. São célebres, em particular, os
cinco dogmas naturais de que eles falavam: 1) A existência de Deus; 2) O dever de adorá-lo; 3) Por meio da piedade;
4) Dor dos pecados; 5) Recompensa na outra vida. Ao resultado de todo esse movimento se designou com o nome
de DEÍSMO, o qual desde logo virou uma moda na Inglaterra. Em torno a ele surgiram logo inúmeros sistemas ou
variantes do mesmo sistema da religião natural. Foi particularmente célebre aquele defendido por Hobbes.

Essa tendência e seu desenvolvimento posterior receberam também o nome de livre-pensamento, e seus partidários
o de livre-pensadores, em contraposição à religião oficial e como que forçosa do Estado.

Assim, pois, em fins do século XVII e princípios do XVIII, o Deísmo ou livre-pensamento estava em seu apogeu na
Inglaterra. Por um caminho distinto, porém, seguiram John Locke e David Hume, os quais chegaram no fim a um
verdadeiro ceticismo filosófico-religioso.

Tal era o estado de fermentação filosófico-racionalista, que iniciou a guerra mais tenaz a todo o sobrenatural. Mas
faltava ainda uma organização sólida, que desse consistência a todos esses elementos. Esta organização se formou
em princípios do século XVIII: a Maçonaria.

Com efeito, a Maçonaria, que é a organização dos deístas e livres-pensadores e inimigos declarados de todo o
sobrenatural, se fundou em 1717, em Londres. Seus iniciadores foram os membros de certas casas construtoras da
igreja de S. Paulo, sob a direção do presbítero anglicano James Anderson. Por isso ela tomou os emblemas da
construção. Desde o princípio assumiu um caráter de sociedade secreta, com o objetivo de poder defender melhor
os interesses de seus associados. Com o pretexto de defender os interesses da humanidade, seu verdadeiro objetivo
era uma guerra sem tréguas contra a Igreja e tudo o que esta representa. A organização se extendeu rapidamente,
primeiro na Inglaterra, depois na França e em todo o mundo. No entanto, desde o começo se notou uma diferença
entre a Maçonaria saxona [Grande Oriente da Inglaterra], que guardava certo respeito aos crentes, e a latina
[Grande Oriente da França], sempre sectária e fanática. Os Papas proibiram diversas vezes, sob pena de
excomunhão, pertencer à Maçonaria.

2. A falsa ilustração na França

Mais radical e de mais funestos resultados foi o espírito deísta e antirreligioso na França. Diversas causas
contribuiram para fomentá-lo. Já René Descartes (+1650), com sua dúvida metódica, desferiu um golpe terrível
contra a [divina] Revelação. Sobre esta dúvida metódica avançou o princípio do criticismo e do racionalismo, que não
crê senão naquilo que se prova. A essa causa é preciso acrescentar outras duas. Em primeiro lugar, o efeito
desastroso do jansenismo e galicanismo, que rompiam todo o freio da sujeição às autoridades [eclesiásticas] e
proclamavam um subjetivismo desenfreado. Em segundo lugar, o influxo das ideias deístas, procedentes da
Inglaterra, com sua pretensa religião natural, sua liberdade de pensamento e de imprensa, e, sobretudo, sua
Maçonaria.

Por tudo isso se explica a atividade demolidora da ordem religiosa levada a cabo pelo huguenote Pedro Bayle
(+1706), pai do filosofismo francês, quem, com seu "Dicionário Histórico-Crítico" fez uma crítica duríssima contra fé e
contra a Igreja. O dano que causou este dicionário foi imenso. Foram muitíssimos os que ele ganhou para a causa
dos livre-pensadores. Pelo mesmo caminho seguiu o barão Carlos de Montesquieu (+1755), com suas sátiras e burlas
contra tudo o que é santo e venerável. O espírito dos novos filósofos, como eles se chamavam, foi apoderando-se da
alta sociedade francesa. Chamavam-se também "espíritos fortes", por não se deixarem dominar pelos mitos
religiosos.

Nessa nova corrente, cada vez mais avassaladora, começaram a distinguir-se escritores notáveis. Tais foram,
sobretudo, Diderot e D'Alembert, os quais publicaram a célebre Enciclopédia das Ciências (Paris, 1751-1780),
empapada de espírito incrédulo e livre-pensador, e cheia de uma crítica destruidora. Por tudo isso, passou-se a
denominar os representantes desse movimento de enciclopedistas.

Um dos que mais se distinguiram foi, sem dúvida, Voltaire: espírito fino, de grandes dotes naturais, mas sem caráter,
cínico e corrompido. Conquistado pelo Deísmo durante sua estadia na Inglaterra, com seus numerosos escritos e
incansável atividade dirigiu uma guerra contra a Igreja, chegando a constituir-se no oráculo dos enciclopedistas. Sua
palavra de ordem no combate era "Écrasez l'infâme" [Esmagai a infame], entendendo com isso a Igreja. Ele e seus
satélites dirigiram suas iras de um modo particular contra a Companhia de Jesus.

Com tudo isso se formou uma geração e um ambiente geral de incredulidade e irreligião, que se estendeu
rapidamente pela Espanha, Itália, Alemanha e outros países. Jean-Jacques Rousseau colaborou também
particularmente com essa obra destruidora, sobretudo com seu "Emílio" e outras obras de caráter educativo, que
iam inoculando a impiedade nas novas gerações. Em geral, porém, ele não foi tão cínico nem tão violento quanto
Voltaire e os sequazes deste.

O resultado mais palpável do espírito enciclopedista foi a catástrofe da Revolução Francesa.

Bernardino Llorca

Iglesia y Estado en perspectiva histórica


Es frecuente en nuestros días oír, sobre todo a los extranjeros, hablar del espíritu de intolerancia de los españoles,
de nuestra falta de comprensión de los avances modernos y del atraso de nuestra mentalidad en la
cuestión religiosa. Todo esto se aplica de una manera especial a la unión entre la Iglesia y el Estado. Recuerdo a este
propósito, con ocasión del Congreso Eucarístico Internacional de Barcelona del año 1952, haber oído a un
católico francés lamentarse del hecho de que Franco mismo con todo su Gobierno asistieran como tales
públicamente a las procesiones del Congreso, y añadía que eso era una cosa anticuada; que modernamente el ideal
para la misma Iglesia era la separación perfecta del Estado; éste debía ser enteramente laico, laicas sus
instituciones, laicas las escuelas, laica toda la vida oficial y pública. La religión era una cosa privada y de
conciencia. Ya se ve cuán distinto es este modo de pensar del tradicional, que estamos acostumbrados nosotros a
oír; cuán diverso de aquel ideal, que nosotros nos imaginamos, de un Gobierno íntimamente unido a la Iglesia y en
perfecta inteligencia con ella; de un Estado, donde las escuelas son católicas, sus leyes eminentemente cristianas y
toda la vida pública regida por los principios cristianos. Pero este criterio reinante es reflejo de una ideología general
en muchos sectores de nuestros días. Uno de los que más han contribuido a robustecerla, dándole un carácter
fundamental y filosófico, es el célebre publicista Jacques Maritain, con sus ideas originales sobre una nueva
cristiandad, basada en la más absoluta tolerancia y convivencia de todos los cultos y en la completa separación entre
la Iglesia y el Estado. La autoridad indiscutible de Jacques Maritain y las razones aparentemente convincentes en que
se funda, han contribuido eficazmente a dar solidez a esta ideología, que han abrazado inconscientemente muchos
círculos católicos, mientras otros vacilan sin saber a qué atenerse.

En confirmación de estos puntos de vista se trae principalmente el hecho de la situación del catolicismo en los
Estados Unidos. Más aún. Consta que el mismo Jacques Maritain, en su prolongada estancia en la América del Norte,
quedó fascinado por el esplendor de los adelantos y del modernismo norteamericano, por lo cual ha querido luego
aplicar a la cristiana Europa las normas características de la situación norteamericana. En efecto, por una parte, es
bien conocido el estado próspero del catolicismo en los Estados Unidos. Es innegable la importancia que ha
adquirido en los últimos decenios, con su jerarquía ampliamente desarrollada; sus docenas de universidades
profesionalmente católicas; la prosperidad creciente de sus colegios de segunda enseñanza y escuelas
profesionales; su intensa actuación en la Prensa y la Radio; el crecimiento constante de todas sus instituciones y aun
de las órdenes y Congregaciones religiosas. Al lado de estos hechos tan elocuentes, es conocido, por otra parte
el hecho, que el catolicismo no cuenta en los Estados Unidos con ningún apoyo del Estado, es decir, que allí existe
la separación más absoluta entre la Iglesia y el Estado; la Iglesia es independiente y puede
desarrollarse ampliamente conforme a sus principios.

Tal es la primera parte o la primera premisa de nuestro punto de partida: esta opinión, tan generalizada en nuestros
días, robustecida con la teoría de Maritain y confirmada con las realidades de lo que sucede en Estados Unidos.

Pero, frente a estos hechos tan significativos, nos encontramos con otros, que constituyen el polo opuesto y que
nos obligan a reflexionar con toda seriedad. En primer lugar, es toda una tradición multisecular, que nos presenta
tantas y tantas generaciones de cristianos, que han vivido en perfecta unión de Iglesia y Estado y han sentido
decididamente que esta unión era sumamente beneficiosa para la Iglesia. Pero en segundo lugar, y esto es mucho
más serio, nos encontramos con el magisterio de la Iglesia, que por medio de multitud de manifestaciones de los
Romanos Pontífices atestigua con la más diáfana claridad que nosotros los católicos debemos aspirar al ideal de la
perfecta unión entre la Iglesia y el Estado, es decir, a un Estado que sea católico en sus individuos, católico en
sus instituciones y católico en el apoyo decidido que preste a la Iglesia Católica y su jerarquía. Eso constituye, según
el magisterio católico, el ideal a que debemos aspirar; pero mientras eso no sea posible, y en los Estados donde no lo
sea, debemos contentamos con lo que nos sea dado, sacando el mayor partido posible de una separación concebida
como un mal menor. Tal es el verdadero planteamiento del problema. La tradición multisecular y la doctrina clara y
contundente de la Iglesia sobre la necesidad de la unión entre la Iglesia y el Estado se oponen diametralmente a
la opinión persistente de Maritain y de tantos otros de nuestros días, que ven en esto una ideología trasnochada,
medieval y poco moderna. ¿Qué debemos pensar y responder a las muchas dudas que se ofrecen, sobre
todo cuando consideramos la realidad de algunas naciones, como los Estados Unidos, donde la Iglesia ha llegado a
una extraordinaria prosperidad en este régimen de separación e independencia?

Para resolver este problema, queremos ante todo, pedir luz a la Historia. Así nos lo exige de un modo especial
nuestra calidad de historiadores, que tantos años hemos estado estudiando el desarrollo de la Iglesia a través de los
siglos. Abramos, pues, las páginas de la Historia y sorprendamos en ellas a los cristianos de las generaciones pasadas
en los momentos culminantes y más prósperos da su desarrollo multisecular. Si la Historia es la maestra de la vida,
en ella podremos aprender lo que nos enseña sobre este problema de tanta transcendencia. Tal será el objeto de
nuestra exposición: La unión de la Iglesia y el Estado, tal como se presenta en la Historia. De aquí deduciremos, que
no obstante las teorías modernizantes, persiste como ideal de la Iglesia su unión con el Estado, es decir, un Estado
profundamente cristiano en sus individuos, en sus instituciones y en el apoyo decidido de la Iglesia; la separación de
la Iglesia y del Estado es considerada como un mal menor, del que puede sacar, como aparece en el caso de los
Estados Unidos, un partido extraordinario y llegar en él a una gran prosperidad.

Así, pues, entremos de lleno en nuestro tema y abramos las páginas de la Historia de la Iglesia en busca de los
momentos de mayor apogeo de la humanidad. Podemos señalar particularmente tres grandes periodos
históricos, en los que se verifica, por una parte, un florecimiento extraordinario en lo civil y en lo eclesiástico, y por
otra, la unión más íntima entre la Iglesia y el Estado. Ante esta consideración, nos preguntamos: ¿Pueden ser
considerados estos momentos históricos como ideales en la Historia de la Iglesia? ¿Qué enseñanzas prácticas
podemos deducir de aquí?

PRIMER MOMENTO HISTÓRICO: El IMPERIO ROMANO-CRISTIANO.

Y ante todo, consideremos el primer momento histórico: el Imperio Romano-cristiano, que abarca desde que
Constantino el Grande dió la paz a la Iglesia con el edicto de Milán del año 313, hasta que el Imperio Romano quedó
perfectamente cristianizado con Teodosio I (+ 395) y encontró la legislación cristiana más perfecta en los códigos de
Teodosio II (+ 450) y de Justiniano I (+ 565)". Ahora bien¿podemos considerar esta situación como ideal? ¿Qué
ventajas reportó la Iglesia de esta unión tan intima con el Estado? ¿Es verdad que trajo también sensibles
desventajas? Si es esto verdad, ¿qué es lo que predomina en el juicio de conjunto y cómo debemos caracterizar
este período? Ante todo, no debemos cerrar los ojos a una serie de desventajas que trajo a la Iglesia esta situación
de estrecha unión con el Estado ya desde el mismo Constantino el Grande. Y tenemos interés en marcarlas y
ponderarlas en este lugar, pues son substancialmente las que se repetirán en todos los períodos semejantes de
apogeo político-cristiano, con los grandes imperios cristianos. Tales son los abusos e intromisiones de los poderes
civiles en los asuntos eclesiásticos. Esta cuestión ha sido, a lo largo de los siglos, la más batallona y la que más han
manejado en todos los tiempos y aun en nuestros días los enemigos de la unión entre la Iglesia y el Estado. Es lo que
ya entonces se designó como Cesaropapismo, o intromisión de los emperadores en cuestiones dogmáticas, y lo que
en épocas modernas hemos llamado galicanismo o regalismo, que son las intromisiones en el gobierno interior de la
Iglesia o cuestiones disciplinares… Sin embargo, no pensemos que la Iglesia se mantuvo muda ante estos abusos e
intromisión de los poderes civiles en su esfera. Por esto algunos de sus más significados portavoces lucharon con
energía frente a los emperadores y reyes, con el objeto de mantener la independencia eclesiástica…. Pero si, a fuer
de historiadores leales y objetives, debemos reconocer las desventajas que trajo en el imperio romano-cristiano, la
unión de la Iglesia y el Estado y la protección que éste otorgaba a la Iglesia, justo es que consideremos
detenidamente las extraordinarias ventajas que el Estado romano cristianizado trajo a la Iglesia. La primera y
fundamental es, que cesaron las persecuciones por parte del Estado, y pudo el cristianismo desarrollarse libremente,
con lo cual alcanzó un crecimiento rápido en todo el Imperio… Como segunda ventaja de esta unión y de la
cristianización del Estado, notemos las facilidades que éste dió para la celebración de los grandes Concilios y para la
administración general de la Iglesia… Complemento de esta ventaja incomparable, que no sólo facilitaba, sino que
hacía posibles las grandes asambleas cristianas, era la obligación que tomaba sobre sí el Estado cristiano, de hacer
cumplir las decisiones de los concilios. El Estado recibía estas decisiones como leyes propias, y por lo mismo
procuraba su cumplimiento con todo su poder… Pero la cristianización del Estado romano no trajo solamente al
cristianismo la más absoluta libertad y apoyo positivo, con lo que se facilitó su extraordinario crecimiento; ni se
limitó a darle toda clase de facilidades para la celebración de los grandes concilios y le prestó su más decidida ayuda
para el cumplimiento de sus decisiones, consideradas como leyes del Estado; sino que, además, favoreció
positivamente en todo lo posible a la religión católica. En este sentido es admirable la obra realizada ya
desde Constantino…. Nos haríamos interminables, si quisiéramos referir aquí todas las leyes y medidas de favor,
otorgadas al cristianismo por el Imperio Romano-cristiano en el período de su mayor apogeo. Sólo así se comprende
el ascendiente que alcanzó la Iglesia dentro del Imperio y el crecimiento rápido del cristianismo durante este
período. Sólo así fué posible que tantas naciones y tantos pueblos quedaran completamente cristianizados.

SEGUNDO MOMENTO HISTÓRICO: CARLOMAGNO Y EL PRIMER RENACIMIENTO.

Trasladémonos ahora, cuatro siglos más tarde, a fines del siglo VIII y principios del IX, en torno al año 800, es decir, al
reinado de Carlomagno. No hay duda, que este gran Emperador, gran cristiano y gran hombre de Estado, constituye
uno de los momentos culminantes de la Historia de Europa y de la Iglesia Católica… Carlomagno, como gran guerrero
y gran hombre de Estado, que supo unificar el gran imperio de los francos y de la gran Germania; como gran
mecenas y protector de las ciencias y de las artes, que supo elevar en una forma extraordinaria la cultura en todos
los órdenes; y como gran cristiano, que puso la base del Imperio Romano medieval, cristiano por antonomasia;
mereció sin duda por sus egregias cualidades ser exaltado por sus contemporáneos como el ideal de los príncipes
cristianos… Esta es la figura que encarna aquel Imperio, prototipo de la unión entre la Iglesia y el Estado. Ahora
bien ¿cuáles fueron las ventajas, que esta unión tan íntima trajo a la Iglesia? ¿Se puede considerar realmente este
imperio como un verdadero ideal cristiano? ¿No tuvo que sufrir la Iglesia por efecto de esta unión o sujeción al
Estado? Comenzando por esto último, a dos podemos reducir las lacras que tuvo que sufrir la Iglesia, que son las
más frecuentes en este ideal de unión entre la Iglesia y el Estado. La primera fué la intromisión del Emperador en los
asuntos eclesiásticos, y la segunda, la imposición forzada del catolicismo a los pueblos sometidos. Por sus
intromisiones en los asuntos eclesiásticos y en las cuestiones religiosas, se ha hablado del cesaropapismo de
Carlomagno. Sin embargo, no puede hablarse de verdadero cesaropapismo, pues en realidad Carlomagno no se
arrogó nunca jurisdicción ninguna en cuestiones dogmáticas… El segundo abuso de Carlomagno, de imponer
forzosamente el cristianismo a los pueblos sometidos, tuvo lugar principalmente desde el año 776, después de
vencer a los sajones en sus diversos levantamientos. Pero frente a estos inconvenientes que trajo la unión íntima de
la Iglesia y el Estado en el Imperio de Carlomagno, ¿quién podrá sustraerse a la contemplación de los innumerables
bienes y las incalculables ventajas, que aquel Estado tan profundamente cristiano trajo a la misma Iglesia? Aun
reconociendo las lacras indicadas, no puede dudarse de que son incomparablemente mayores los beneficios que
trajo a la Iglesia su unión y como identificación con el imperio carolingio…

TERCER MOMENTO HISTÓRICO: LA CRISTIANDAD MEDIEVAL.


Réstanos poner ante nuestros ojos el tercer momento histórico de un Imperio, por una parte fecundo y floreciente, y
por otra profundamente cristiano. Es la cristiandad medieval, encarnada en los imperios de Enrique III (1039-1056) y
Enrique IV (1056-1106), y algo más tarde en Federico I Barbarroja (1152-1190) y Federico II (1215-1250), por una
parte, y por otra, en los grandes Papas Gregorio VII (1073-1085), y Urbano II (1088-1099), Alejandro III (1159-1181),
e Inocencio III (1198-1216). A todo este periodo podríamos designar como el período clásico de la unión de la Iglesia
y el Estado, o como entonces se le designó, de la unión de las dos espadas, la temporal de los príncipes, y la
espiritual de los Papas, con el predominio y hegemonía del poder espiritual. Diríamos también que éste es el
período, en que más claramente aparecen las inmensas ventajas que ella reporta a la Iglesia… Frente al tipo del
Imperio de Carlomagno, en el que el Emperador poseía cierto predominio y tutela sobre el Papa, se consagra
definitivamente el principio de la colaboración e íntima unión de las dos espadas, con predominio y bajo la dirección
de la espiritual de los Papas… Ahora bien, esta situación tan característicamente medieval es sumamente instructiva
para el objeto de nuestro estudio. Indudablemente nos encontramos en los tiempos de Gregorio VII, Alejandro III e
Inocencio III, conun Imperio cristiano, con la más intima unión entre la Iglesia y el Estado y la protección y fomento
de los intereses cristianos por parte del Imperio. Por esto, es de gran transcendencia la lección que nos da este
Estado eminentemente cristiano sobre los resultados de la unión, o de un Estado profesionalmente cristiano. Desde
luego aparece en este período en la forma más aguda y estridente el peligro o desventaja mayor de esta unión. El
Estado se quiere imponer por medio de la elección de los prelados; el Estado quita la libertad de gobierno; el Estado
enerva con sus miras políticas el gobierno de los Papas y de los obispos. Todos estos peligros se evitan con la
separación entre la Iglesia y el Estado. La Iglesia en este caso posee absoluta libertad de acción. Reconocemos que
este peligro y desventaja es real y que en el Imperio medieval produjo efectos desastrosos. Pero reconozcamos
también que la Iglesia hizo lo posible para obviar este peligro, y al fin lo consiguió en gran parte. Además debemos
reconocer, que si consideramos con toda su crudeza el mayor de los peligros de la unión entre la Iglesia y el
Estado, justo es consideremos el mayor de los peligros de la separación, que es la persecución positiva, de la que
tantos ejemplos nos ha dejado la Historia…

Y con esto llegamos al término de nuestro trabajo. Nos preguntábamos lo que nos enseñaba la Historia sobre las
ventajas o desventajas de la unión entre la Iglesia y el Estado y si realmente debe ser considerada como
beneficiosa. La Historia, pues, nos ha demostrado claramente que en los grandes imperios profesionalmente
cristianos, la íntima unión entre la Iglesia y el Estado y la protección que éste ejerce sobre aquella, ha traído
algunos daños o inconvenientes, a las veces bastante considerables; pero que son muchísimo mayores los bienes y
ventajas que han traído a la Iglesia y a la civilización cristiana. Así lo prueban el Imperio Romano-cristiano, el
Imperio Occidental de Carlomagno y el Imperio clásico medieval.

Texto condensado y adaptado de:

Llorca, B. LA UNIÓN DE LA IGLESIA Y EL ESTADO. Rev. Salmanticensis (1954), vol. 1, n.º 2, ps. 386-406.