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República de Colombia

Corte Suprema de Justicia

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA


SALA DE CASACIÓN LABORAL

LUIS GABRIEL MIRANDA BUELVAS


Magistrado Ponente

SL16367-2014
Radicación n°. 36179
Acta 038

Bogotá, D.C., veintidós (22) de octubre de dos mil


catorce (2014).

Se resuelve el recurso de casación interpuesto por la


FEDERACIÓN NACIONAL DE CAFETEROS DE
COLOMBIA contra la sentencia dictada el 12 de marzo de
2008 por el Tribunal Superior de Ibagué, en el proceso que
contra la recurrente promovió FERNANDO CABEZAS
GARCÍA y al cual se convocó como llamada en garantía a la
COMPAÑÍA AGRÍCOLA DE SEGUROS DE VIDA S.A.

I. ANTECEDENTES

Ante el Juzgado Sexto Laboral del Circuito de Ibagué,


el demandante persiguió que la hoy recurrente fuera
condenada, «de conformidad con lo establecido en el art. 216

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Radicado n° 36179

del C.S.T.», a pagarle, por causa de enfermedad profesional


y accidente de trabajo, lucro cesante (consolidado y futuro),
perjuicios morales (objetivados y subjetivados),
indemnización de perjuicios fisiológicos, con las fórmulas y
en los valores anunciados en la demanda.

Fundó las anteriores pretensiones, en suma de los 27


numerales que incluyó en la demanda, en que: 1º) le prestó
sus servicios personales a la FEDERACIÓN NACIONAL DE
CAFETEROS DE COLOMBIA del 30 de noviembre de 1994
al 14 de junio de 2004, cuando fue pensionado por
invalidez a causa de enfermedad profesional; 2º) en el
cumplimiento de su labor sufrió dos accidentes de trabajo,
los cuales le dejaron diferentes secuelas en la salud que
aún no ha podido superar; 3º) la dicha actividad la ejecutó
en zonas de alta influencia por parte de grupos al margen
de la ley al punto de haber sido objeto de dos secuestros,
hechos que lo obligaron a pedir atención profesional
siquiátrica en la cual se le diagnóstico ‘estrés post
traumático’, que obligaba a que su empleadora modificara
sus condiciones de trabajo; 4º) luego de cumplir diferentes y
engorrosos procedimientos se le dictaminó una pérdida de
la capacidad laboral de origen profesional del orden del
51,2% que dio lugar a que le fuera reconocida la pensión de
invalidez por parte de la A.R.P. AGRÍCOLA DE SEGUROS,
lo cual igualmente sirvió para que su empleadora le
terminara el contrato de trabajo; y 5º) tanto la enfermedad
profesional que padeció y por la cual fue pensionado, como
los accidentes de trabajo que le dejaron lesiones cervicales
que aún no ha podido superar, se produjeron con culpa de

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Radicado n° 36179

su empleadora, dado que ésta no cumplió a cabalidad con


su obligación de seguridad al no prevenir y tratar
adecuadamente los riesgos a los que se vio expuesto en la
ejecución de su labor, tal y como se lo exigía el artículo 21
del Decreto 1295 de 1994.

La empresa demandada, al contestar, aun cuando


aceptó los servicios que el demandante dijo haberle
prestado, en su defensa arguyó que no fue notificada
oportunamente por el trabajador de los accidentes de
trabajo que dijo haber sufrido sino apenas hasta enero de
2002; y que además de afiliarlo a la administradora de
riesgos laborales, el hecho de que aquélla le hubiera
reconocido la pensión de invalidez acredita que ella le puso
en conocimiento de los sucesos que dieron origen a su
pensión. Agregó que actuó celosamente en el cumplimiento
de los lineamientos de las disposiciones de riesgos
laborales. Propuso, como previas, las excepciones de
inexistencia del demandado, inepta demanda, prescripción,
falta de integración del contradictorio, y de fondo, falta de
legitimación por pasiva.

La llamada en garantía manifestó haber conocido de la


ocurrencia del accidente de trabajo aducido por el actor en
el mes de febrero de 2002, que la enfermedad cervical
padecida por aquél no era de origen profesional sino común
y que la demandada actuó conforme a derecho, por lo que
no tiene responsabilidad alguna por los eventos anunciados
en la demanda. Propuso las excepciones de buena fe,
prescripción, inexistencia de culpa debidamente probada,

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Radicado n° 36179

falta de nexo causal, culpa exclusiva de la víctima,


prescripción del derecho, ausencia de normatividad y de
prueba sobre monto de perjuicios. Agregó que ella cumplió
como administradora de riesgos profesionales con la
normativa pertinente y al respecto excepcionó pago,
inexistencia de la obligación, falta de legitimación en la
causa por pasiva, inexistencia de la calificación del
accidente de trabajo, prescripción y deducción y reembolso
de prestaciones canceladas.

II. SENTENCIA DE PRIMERA INSTANCIA

Fue proferida el 23 de enero de 2007, y con ella el


Juzgado declaró «no probada la excepción de falta de
legitimación en causa planteada por la Aseguradora de
Riesgos Profesionales A.R.P. AGRÍCOLA DE SEGUROS S.A.”
y “por no estar acreditada la ocurrencia de accidente de
trabajo que se invoca en la demanda padecido por
FERNANDO CABEZAS GARCÍA durante época en que prestó
sus servicios como trabajador de la FEDERACIÓN NACIONAL
DE CAFETEROS DE COLOMBIA, se exonera a ésta y a la
ARP AGRÍCOLA DE SEGUROS de las pretensiones de la
demanda». Impuso el pago de las costas al actor.

III. SENTENCIA DE SEGUNDA INSTANCIA

La alzada se surtió por apelación del demandante y


terminó con la sentencia atacada en casación, mediante la
cual el Tribunal de Ibagué revocó la de su inferior para, en
su lugar, declarar que la hoy recurrente incurrió en culpa

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patronal «en la enfermedad padecida por el demandante


Fernando Cabezas García, con fecha de estructuración julio
de 2002», y por ende, la condenó a pagarle «perjuicios así:
lucro cesante consolidado a la fecha de hoy.
$19.803.334,41. Lucro cesante futuro $94.626.028,04. Daño
moral subjetivado $15.000.000». Declaró no probadas las
excepciones de mérito propuestas por ésta, le impuso el
pago de las costas de ambas instancias y absolvió a la
llamada en garantía.

Para ello, y en lo atinente al recurso extraordinario,


una vez recordó las alegaciones del demandante tendientes
a demostrar la culpa patronal en la ocurrencia de la
enfermedad profesional que lo aquejó , por haberlo enviado
la demandada a trabajar a la zona de influencia guerrillera
y paramilitar con violación del reglamento de salud
ocupacional y no obstante el antecedente traumático de
1999 ya conocido, con fundamento en el carácter subjetivo
de la responsabilidad prevista en el artículo 216 del Código
Sustantivo del Trabajo y el desconocimiento de las medidas
de protección que atañen al empleador según los artículos
56 y 57 del Código Sustantivo del Trabajo y la presunción
en contra del deudor del artículo 1604 del Código Civil, y
asentó que esa Corporación ya había considerado que el
artículo 216 del Código Sustantivo del Trabajo entrañaba
una responsabilidad subjetiva, pues «es necesario que
respecto del empleador ‘exista culpa suficientemente
comprobada’»; así como que los artículos 21, 56, 58 y 62 del
Decreto 1295 de 1994 disponían las responsabilidades del
empleador frente a las contingencias del trabajo respecto de

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la información de los riesgos del trabajo, la prevención de


los mismos, y las medidas de protección ante éstos, dio por
probado que: 1º) desde la demanda el actor imputó a la
demandada -particularmente desde el hecho 25- «la culpa
en el acaecimiento de la enfermedad profesional por cuanto
fue y sigue siendo negligente en el manejo de los riesgos
profesionales»; 2º) la Junta Regional de Calificación de
Invalidez dictaminó el 5 de febrero de 2004 que en el mes
de julio de 2002 --10 de julio-- se le estructuró al trabajador
una pérdida de su capacidad laboral del 51%; 3º) la
demandada, «(…) de manera desconsiderada y sin mediar
las consecuencias en la siquis de quien venía siendo tratado
por especialistas en la medicina, reiteró su conducta de
mandarlo a una zona de riesgo inminente a sabiendas de las
condiciones suficientemente conocidas de alteración de orden
público y de presencia tanto guerrillera como paramilitar,
situación que antes que mejorar el estado general en la salud
del ex trabajador, la empeoró, pues, precisamente la fecha
de estructuración de la enfermedad se remontó según la
Junta (…) para la época en que se escenificó el segundo
encuentro con elementos alzados en armas, julio de 2002
(fls. 198-498)», lo cual dijo fue igualmente derivado de la
valoración de Fasecolda que obra a folio 183 del expediente
y de la cual destacó algunos de sus apartes.

Para el Tribunal, dado que: 4º) el siquiatra tratante


Jairo Novoa Castro conceptuó (folio 492) que «(…) las otras
medidas como psicoterapia, o programas de salud
ocupacional, no habría (sic) evitado el desencadenamiento
que tuvo después de la segunda exposición, lo único habría

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sido una reubicación laboral de tal manera que no fuera


expuesto ni tuviera que viajar a zonas de riesgo»; 5º) la
sicóloga tratante Camila Fernanda Valencia Quintero refirió
(folio 485) que «(…) el paciente no estuvo expuesto solo a un
hecho traumático –sic- que implicaba muerte, en el
transcurso de aproximadamente cinco años estuvo expuesto
a varios eventos similares»; y 6º) los empleados de la
demandada Luis Alberto Narváez Garcés y Fernando Osorio
Cuenca, coincidieron en que los servidores de ésta, que
prestaron servicios en la zona donde igualmente lo hizo el
actor, fueron declarados objetivos militares por los grupos
al margen de la ley, había lugar a concluir que «demostrado,
entonces, que para el segundo encuentro que tuvo Cabezas
con movimientos al margen de la ley, del cual dieron cuenta
Guillermo Ramírez Aguirre –fl 482-, Assad Fraija Lopera –fl
489- y Luis Alberto Narváez García –fl 496-, que la empresa
conocía las amenazas que contra sus empleados en la zona
de influencia del trabajo realizaban dichos movimientos y
que precisamente, con anterioridad el demandante estaba
sometido a un tratamiento médico por estrés post traumático,
constituyendo el segundo evento la fecha de estructuración y
el detonante de su enfermedad que finalmente lo
incapacitaría para trabajar, incurriendo la empresa en culpa
patronal, pues, sin consideración a su estado de salud lo
remitió a dicha zona de presencia ‘paramilitar o
autodefensa’, el 10 de julio de 2002, a sabiendas de que dos
(2) o tres (3) años antes había sido víctima de otra incursión
similar, generando éste y otros acontecimientos el
tratamiento de carácter siquiátrico y vigente al segundo
suceso».

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Para calcular el lucro cesante consolidado expresó que


«se comparará el ultimo ingreso con el que entró a devengar
por concepto de la pensión de vejez –fls. 208 y 209-, cuya
diferencia se actualizará año a año hasta la fecha de este
proveído acorde con el porcentaje del IPC»; para hacerlo
respecto del lucro cesante futuro determinó que «se
multiplicará esta diferencia indexada al momento del fallo
por el número de meses que restaban para completar todo el
ciclo productivo que se esperaba del actor al servicio de la
demandada Federación, esto es, al llegar a los 62 años de
edad»; y en cuanto al llamado daño moral ‘subjetivado’
señaló que «ha de entenderse que este (sic) se ocasionó dado
el padecimiento que tuvo el demandante acorde con las
declaraciones de los médicos tratantes (…) y los dictámenes
rendidos (…), su impacto o afección en aquella esfera de la
vida de relación consigo y con la comunidad, no cuantificable
en dinero, pues, afecta el patrimonio moral y espiritual de la
víctima, se estimará a arbitrio judicis, tal como lo pregona la
jurisprudencia actual».

IV. EL RECURSO DE CASACIÓN

Interpuesto por la demandada, concedido por el


Tribunal y admitido por la Corte, se procede a resolver.

V. ALCANCE DE LA IMPUGNACIÓN

En la demanda con la que lo sustenta, que fue


replicada, la empresa recurrente pretende que la Corte case

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la sentencia del Tribunal y, en sede de instancia, proceda «a


confirmar la proferida por el Juzgado (…)».

Para ello le formulan dos cargos que, con la réplica, se


resolverán en su orden.

VI. PRIMER CARGO

Acusa la sentencia de aplicar indebidamente el


artículo 216 del Código Sustantivo del Trabajo y los
artículos 21, 56, 58 y 62 del Decreto 1295 de 1994, a causa
de los siguientes errores de hecho:

“a. Haber dado por probado, sin estarlo, que existió culpa
suficientemente comprobada de la federación Nacional de
Cafeteros de Colombia en la ocurrencia de la enfermedad
profesional de Fernando Cabezas García.
“b. No haber dado por probado, estándolo, que el mismo día que
a Fernando Cabezas García la administradora de riesgos
profesionales le informó que aceptaba calificar como enfermedad
profesional ‘la enfermedad por estrés post traumático’, la
Federación Nacional de Cafeteros de Colombia dispuso su
reubicación laboral asignándole exclusivamente actividades de
oficina.
“c. No haber dado por probado, estándolo, que después del 27 de
septiembre de 2002 Fernando Cabezas García no volvió a
realizar labores para las cuales fue inicialmente contratado y que
lo obligaban a trasladarse a los municipios que conforman la
zona norte del Departamento del Tolima.
“d. Haber dado por probado, sin estarlo, que con anterioridad al
27 de septiembre de 2002 la administradora de riesgos
profesionales a la cual se encontraba afiliado Fernando Cabezas
García determinó que la Federación Nacional de Cafeteros de
Colombia debía reubicarlo laboralmente trasladándolo a una
‘zona de bajo riesgo’.
“e. Haber dado por probado, sin estarlo, que con anterioridad al
27 de septiembre de 2002 alguno de los médicos que lo atendió
dictaminó que la Federación Nacional de Cafeteros de Colombia
debía reubicarlo laboralmente trasladarlo a ‘una zona de bajo
riesgo’; y
f. Haber dado por probado, contra el hecho cierto de haber
terminado el contrato de trabajo el 14 de junio de 2004, que en

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este caso el lucro cesante futuro se prolonga más allá del día en
que se extinguió la relación laboral por los ‘años de vida
productiva a favor de la Federación accionada”.

Indica como medios de convicción erróneamente


apreciados la confesión contenida en la demanda (folios 263
a 288), el formulario de pérdida de capacidad laboral (folios
181 a 183), el dictamen de la Junta Regional de Calificación
de Invalidez (folios 198 a 202 y 434 a 438), la carta de 23 de
abril de 2004 (folios 207 y 208), la certificación del
coordinador de personal de la demandada ( folio 209), el
documento de reconocimiento pensional (folio 309) y los
testimonios de Guillermo Ramírez Aguirre (folios 482 a
484), Camila Fernanda Valencia Quintero (folios 484 a 485),
Fernando Osorio Cuenta (folios 486 a 489), Assal Fraija
Lopera (folios 489 a 491), Jairo Novoa Castro (folios 491 y
493) y Luis Alberto Narváez Garcés (folios 496 a 498).

Luego de reprochar al Tribunal no haber discriminado


el mérito probatorio que a cada uno de los medios de
convicción dio, aduce la recurrente que en la demanda
inicial aparece la confesión de su debida diligencia como
patronal ante los hechos a los que se vio expuesto el
trabajador el 9 de septiembre de 1999, que dieron lugar a
que con prontitud lo trasladara a la Clínica Tolima, lo
remitiera a los médicos correspondientes y le concediera la
incapacidad temporal que le fue dictaminada, sin que de la
misma se pueda deducir que debía reubicarlo laboralmente
o que debiera antes del 27 de septiembre de 2002 asignarlo
a una zona de trabajo de bajo riesgo.

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Luego de resaltar expresiones de los hechos de la


demanda distinguidos con los números 11, 12, 13 y 14, que
en sentir de la recurrente constituyen confesión sobre que
antes del 27 de septiembre de 2002 no tenía conocimiento
de que al trabajador debía reubicarlo laboralmente para que
no tuviera que desplazarse fuera de la ciudad de Ibagué,
afirma que de éste último se desprende que «el 27 de
septiembre de 2002 fue cuando se supo que había sido
aceptado por la administradora de riesgos profesionales que
la enfermedad de Fernando Cabezas García era profesional
y se le hizo saber a la Federación Nacional de Cafeteros de
Colombia que él ‘debe ser reubicado laboralmente a una
zona de bajo riesgo’ y que la demandada de inmediato ‘toma
la decisión de no volver a enviarlo fuera [de] la ciudad y solo
lo ponen a realizar actividades de oficina’ (folio 269)».

Sostiene que la sola demanda da cuenta de que ella


actuó con diligencia y prontitud frente a las necesidades del
trabajador, como también que apenas hasta el 27 de
septiembre de 2002 fue cuando se le informó que debía
reubicarlo, lo que inmediatamente cumplió. Pero que, como
el Tribunal extendió el basamento mediante el cual le
atribuyó culpa en el desencadenamiento de la enfermedad
profesional que afectó al actor a otros medios de prueba, el
documento originado en Fasecolda fue erróneamente
apreciado, pues de allí no es posible derivar que antes de la
mentada fecha tuviera que modificar las condiciones de
trabajo de Cabezas García o que no pudiera seguir
trabajando, dado que al final lo que registró fue una
incapacidad permanente parcial.

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Asevera que nunca ha desconocido que la Junta


Regional de Calificación de Invalidez hubiera diagnosticado
al actor ‘estrés post traumático’, pero olvidó el Tribunal que
la solicitud de dicho dictamen se produjo el 5 de febrero de
2004 y éste el 13 de marzo siguiente, de donde no es
posible concluir que antes del 27 de septiembre de 2002
ella hubiera actuado con culpa respecto de la salud de su
trabajador, como para que en el fallo atacado se afirmara
que a sabiendas de ese estado lo hubiera enviado a una
zona de trabajo de alto riego que le agravara su salud al
punto de producirle la enfermedad profesional por la cual
se le pensionó. Así, antes de la citada fecha, la
administradora de riesgos o los médicos tratantes le
pusieron en conocimiento de la necesidad de reubicar
laboralmente al trabajador, atendida una enfermedad
profesional que apenas se estructuró en septiembre de
2002.

Alega que de la carta AMI No 44/72 de 23 de abril de


2004 no es razonable concluir que hubo culpa patronal por
su proceder frente al trabajador, como tampoco lo puede ser
de la certificación del Comité de Cafeteros del Tolima sobre
el último ingreso de Cabezas García, ni del documento de
fecha 26 de mayo de 2004, por medio del cual se le
reconoció la pensión de invalidez.

En cuanto al testimonio de Guillermo Ramírez Aguirre


dice la recurrente que a pesar de que el juez de la alzada
señaló que de él se desprendía que sabía de las amenazas

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que se cernían sobre sus servidores, lo cierto es que asentó


que no le constaba que el ingreso de éstos a la dicha zona
estuviera vedado o que las directivas de la empresa
hubieran recibido alguna razón a ese respecto. En lo que
toca con el de Fernanda Valencia Quintero, que de alguna
manera indicara su responsabilidad subjetiva en la
generación de la enfermedad profesional padecida por el
actor. El de Fernando Osorio Cuenca, que lo que sí informó
fue que las amenazas contra el personal de la federación se
referían al equipo de carreteras y al Director Ejecutivo, al
cual no pertenecía Cabezas García, como también que la
dicha amenaza no era frecuente sino que se había
presentado por una única vez, que el ejército había acudido
a resguardar la maquinaria y que el personal de ingenieros
agrónomos e ingenieros civiles continuó trabajando, pues
ellos no habían sido amenazados, como igualmente ocurrió
con el actor.

En relación con el testimonio de Assad Fraija Lopera


indica que el yerro del Tribunal devino de tenerlo como
parte de los medios de prueba que predicaban su
responsabilidad subjetiva en la enfermedad de Cabezas
García, cuando quiera que éste lo que dijo fue que el
personal del Comité de Cafeteros no tenía problemas para
ingresar a laborar a la zona donde supuestamente aquél no
podía laborar. En lo tocante con el de Jairo Novoa García
anota que resulta sui generis, pues, a pesar de haber
fungido como siquiatra del trabajador sostuvo que la única
medida idónea para evitar el desencadenamiento de la
enfermedad profesional era la reubicación laboral, sin que

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obre prueba de que le hubiera recetado esa cura o


tratamiento al trabajador, y al contestar el interrogante que
a ese respecto se le hizo eludió concretar su respuesta al
manifestar que no recordaba si lo había hecho antes o
después de la segunda oportunidad en que el trabajador fue
detenido por los grupos al margen de la ley. Y en lo que
tiene que ver con el testimonio de Luis Alberto Narváez
Garcés, aduce que aun cuando fue el único testigo que dijo
haber oído la prohibición de los grupos armados de ingresar
personal de la empresa a la zona norte del Tolima, tal hecho
lo remitió al 10 de julio de 2002.

El último de los errores de hecho que endilga al fallo


dice surgir de la afirmación del Tribunal de que se produjo
un lucro cesante futuro que deriva de los años de vida
productiva a favor de la Federación, no obstante que la
relación laboral terminó por serle reconocida la pensión de
invalidez, es decir, por haber perdido su capacidad laboral,
de modo que, sobre ese futuro término no podía calcularse
una vida productiva, pues, «una persona declarada inválida
laboralmente y cuyo contrato se termina precisamente por
haberle sido reconocida la pensión de invalidez, carece de
‘años de vida productiva’ desde el punto de vista
estrictamente laboral».

VII. LA RÉPLICA

El opositor arguye que lo dicho en su demanda inicial


fue lo que efectivamente en su caso ocurrió, luego, mal
puede predicarse de ello una confesión. Y que la recurrente,

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a pesar de ser conocedora de los hechos «nunca tomó la


iniciativa de reubicar o trasladar a otra zona de trabajo» a su
trabajador, y por el contrario, actuó con negligencia, por
ende, con culpa, habida cuenta de que, aparte de no
implementar algún tipo de plan o tratamiento coadyuvante
con los que ya se le venían practicando, omitió remitir a la
A.R.P. los informes de los accidentes de trabajo que por
percances de tránsito anunció en la demanda inicial.
Transcribe algunas expresiones de su interrogatorio de
parte y de los testimonios recaudados para afianzar su
alegación de que fueron muchos las oportunidades en que
grupos armados ilegales sometieron a los servidores de la
recurrente a amenazas o actos violentos, incluso
secuestros, que debieron conducirla a implementar planes
de salud ocupacional para prevenir o tratar los desórdenes
en la salud que tales hechos les ocasionó, y que, afirma,
para su caso no ejecutó. A ese efecto copia los pasajes que
considera pertinentes del Programa de Salud Ocupacional
de la recurrente (folios 590 a 626).

VIII. CONSIDERACIONES

Previamente al estudio de los medios de convicción


que se señalan como fuente de los yerros que se achacan al
fallo, importa a la Corte reiterar que lo atinente a la
aducción, decreto, práctica y valoración de los medios de
convicción del proceso, dentro de lo cual cabe tener el
marco preceptivo legal que lo regla, y al cual se refiere
recurrentemente la impugnante como desatendido por el
juez de la alzada, es tema cuyo planteamiento y reproche

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debe abordarse por la vía directa de violación de la ley, por


referir la métrica legal utilizada por el juzgador para dar
eficacia jurídica a los medios de convicción del proceso; en
tanto que, los defectos de orden perceptivo o sensorial que
alteran su fuerza o valor probatorio, ya sea por
desconocerlos, no darles el valor que objetivamente les
corresponde, o excepcionalmente, por suponerlos, son
desatinos que es dado proponer por la vía indirecta de
violación de la ley, tal y como atinadamente se enderezó
éste ataque en casación.

Igualmente, resaltar que elucidar si el lucro cesante


futuro comprendido en la indemnización por culpa patronal
se establece sólo hasta el día en que se extingue la relación
laboral, o se extiende o prolonga más allá, como por ejemplo
hasta donde fuere posible la vida productiva del trabajador,
es asunto que no atañe a los medios de prueba del proceso
sino a conceptos de orden jurídico legal o jurisprudencial,
por ende, extraños a la valoración de los medios de
convicción del proceso. Tan cierto es ello que es la misma
recurrente quien alega como fundamento de ese aspecto del
cargo que «una persona declarada inválida laboralmente y
cuyo contrato se termina precisamente por haberle sido
reconocida la pensión de invalidez, carece de ‘años de vida
productiva’ desde el punto de vista estrictamente laboral».

También, que para este caso, cuando el Tribunal


asentó que «militan suficientes medios probatorios para
declarar la responsabilidad subjetiva (…)», no lo hizo para
comprender como parte de sus razonamientos todos y cada

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uno de los dichos medios de convicción del proceso, como


parece entenderlo la censura, sino para referirse a los que
fueron fundamento de su decisión, los cuales a
continuación indicó.

Es del caso recordar, además, que en virtud de lo


dispuesto por el artículo 61 del Código Procesal Laboral, en
los juicios del trabajo los jueces gozan de libertad para
apreciar las pruebas, por lo que si bien el artículo 60 ibídem
les impone la obligación de analizar todas las allegadas en
tiempo, están facultados para darle preferencia a cualquiera
de ellas sin sujeción a tarifa legal alguna, salvo cuando la
ley exija determinada solemnidad ad sustantiam actus, pues
en tal caso «no se podrá admitir su prueba por otro medio»,
tal y como expresamente lo establece la primera de las
citadas normas.

Al respecto, resulta pertinente traer a colación lo


afirmado en sentencia de 27 de abr. de 1977, inédita, que
fue ratificado por la Sala, entre otras, en sentencia de 5 de
nov. de 1998, rad. 11111:

"El artículo 61 del Código de Procedimiento Laboral les concede a


los falladores de instancia la potestad de apreciar libremente las
pruebas aducidas al juicio, para formar su convencimiento
acerca de los hechos debatidos con base en aquellas que los
persuadan mejor sobre cuál es la verdad real y no simplemente
formal que resulte del proceso. Todo ello, claro está, sin dejar de
lado los principios científicos relativos a la crítica de la prueba,
las circunstancias relevantes del litigio y el examen de la
conducta de las partes durante su desarrollo.
"Pueden, pues, los jueces de las instancias al evaluar las
pruebas fundar su decisión en lo que resulte de algunas de ellas
en forma prevalente o excluyente de lo que surja de otras, sin
que el simple hecho de esa escogencia permita predicar en contra

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de lo resuelto así la existencia de errores por falta de apreciación


probatoria y, menos aún, con la vehemencia necesaria para que
esos errores tengan eficacia en el recurso extraordinario de
casación como fuente del quebranto indirecto que conduzca a
dejar sin efecto la decisión que así estuviera viciada.
"La eficiencia de tales errores en la evaluación probatoria para
que lleven a la necesidad jurídica de casar un fallo no depende
pues simplemente de que se le haya concedido mayor fuerza de
persuasión a unas pruebas con respecto de otras sino de que,
aun de las mismas pruebas acogidas por el sentenciador o de
otras que no tuvo en cuenta, surja con evidencia incontrastable
que la verdad real del proceso es radicalmente distinta de la que
creyó establecer dicho sentenciador, con extravío en su criterio
acerca del verdadero e inequívoco contenido de las pruebas que
evaluó o dejó de analizar por defectuosa persuasión que sea
configurante de lo que la ley llama el error de hecho".

Corresponde es los juzgadores de instancia la facultad


de establecer el supuesto de hecho al que debe aplicarse la
ley, y de allí que el mentado artículo 61 del Código Procesal
Laboral les haya otorgado la facultad de apreciar libremente
las pruebas, lo que hace que resulte inmodificable la
valoración probatoria del Tribunal mientras ella no lo lleve a
decidir contra le evidencia de los hechos en la forma como
fueron probados en la proceso.

Por eso, dada la presunción de acierto y legalidad que


ampara la sentencia acusada, la Corte, en tanto actúa como
tribunal de casación, tiene el deber legal de considerar que
el juez de segunda instancia, a quien, se repite, compete la
función de establecer el supuesto fáctico al que debe aplicar
la norma legal, cumplió con esa función, y por tanto, acertó
en la determinación de los hechos relevantes del pleito, por
no haber desvirtuado el recurrente esa presunción.

Así se ha dicho que el recurso de casación no es una


tercera instancia en donde libremente puedan discutirse las

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pruebas del proceso y donde sea dable extenderse en


consideraciones subjetivas sobre lo que indican las
pruebas, pues, el análisis de la Corte se limita a los medios
de prueba calificados legalmente y ello, siempre y cuando,
de cuya observación por el juzgador de la alzada sea posible
concluir un error manifiesto, protuberante u ostensible.

Por eso, sólo en la medida en que se incurra por el juez


de la segunda instancia en errores manifiestos de hecho
que tengan trascendencia en su decisión es que resulta
posible el quebrantamiento del fallo, yerro que como lo
asentara la Corte en sentencia CSJ SL, del 11 de feb. de
1994, rad. 6043, es aquel que «se presenta, según el caso,
cuando el sentenciador hace decir al medio probatorio algo
que ostensiblemente no indica o le niega la evidencia que
tiene, o cuando deja de apreciarlo, y por cualquiera de esos
medios da por demostrado un hecho sin estarlo, o no lo da
por demostrado estándolo, con incidencia de ese yerro en la
ley sustancial que de ese modo resulta infringida».

Con las anteriores previas y necesarias precisiones


pasa la Corte al estudio de los medios de prueba del
proceso que la recurrente indica como erróneamente
apreciados por el Tribunal, de lo cual resulta objetivamente
lo siguiente:

1.- Cierto es que, como lo señaló el juzgador, en la


causa petendi de la demanda inicial el actor narró el
itinerario de su relación laboral con la Federación
demandada; y que, en relación con la enfermedad

19
Radicado n° 36179

profesional que posteriormente daría lugar a que se le


reconociera la pensión de invalidez por parte de la A.R.P.
AGRÍCOLA DE SEGUROS S.A., desde el hecho numerado
como 7., relató los acontecimientos relativos a la retención
de que fuera víctima el 9 de septiembre de 1999 por
personal de un grupo armado al margen de la ley con el
propósito de que trasladara en su vehículo a algunos de sus
miembros que se encontraban gravemente heridos para que
fueran atendidos en un puesto de salud cercano, y cómo,
en el mes de octubre de ese año de 1999, ante dolencias
que obligaron a su atención médica por el servicio de
urgencias hospitalario, le fue diagnosticado ‘estrés post
traumático’ el cual ameritó que se le iniciara un tratamiento
siquiátrico, se le suministraran medicinas y se le concediera
una incapacidad inicial de 15 días y luego de 15 días más,
con controles mensuales por parte de los profesionales Nelly
Hernández --hasta octubre de 2000--, Néstor Fajardo
--hasta octubre de 2001-- y Jairo Novoa --hasta febrero de
2002--. Además, en los hechos numerados 10 y 11, refirió
la solicitud de valoración médica y siquiátrica a la
Administradora de Riesgos Profesionales el 24 de enero de
2002 y la indicación por parte de ésta en mayo del mismo
año de continuar su tratamiento en la ciudad de Girardot
por cambio de siquiatra tratante. De los hechos 12 al 14
relató los sucesos del 10 de julio de 2002 en que fue
detenido por un grupo paramilitar cuando se desplazaba
por la localidad de Fresno (Norte del Tolima) a inspeccionar
obras, la manera en que fue ultrajado y maltratado por
aquél al punto de verse en peligro de muerte, todo lo cual
condujo a que al día siguiente, el 11 de julio de 2002, se le

20
Radicado n° 36179

entregara un oficio para que iniciara el trámite ante la


A.R.P. y se le calificara su enfermedad, debiendo aportar su
historia clínica y el diagnóstico siquiátrico, lo que, a la
postre, dio lugar a que el 27 de septiembre de 2002 dicha
A.R.P. le aceptara la reclamación «por estrés post
traumático, como profesional (…)», y dispusiera, que aparte
de que ella asumiría sus prestaciones asistenciales
económicas, se le indicara «a la ex empleadora que (…) debe
ser reubicado laboralmente en una zona de bajo riesgo, es
decir, que no haya influencia paramilitar o guerrillera»,
motivo por el cual «la ex empleadora toma la decisión de no
volver a enviarlo fuera de la ciudad y solo lo ponen a realizar
actividades de oficina», hasta cuando, luego de las
contingencias que narró en los hechos 15 a 21, el 18 de
marzo de 2004 la Junta Regional de Calificación de
Invalidez del Tolima le calificó el 51.2% de pérdida de la
capacidad laboral, que dio lugar a que el 23 de abril del
mismo año le notificara el reconocimiento de la pensión de
invalidez de origen profesional.

Y del hecho número 25 en adelante el demandante se


dedicó a imputar culpa a su empleadora en la ocurrencia de
la enfermedad profesional que lo aquejó, por la falta de un
programa de salud ocupacional que atendiera las
circunstancias laborales particulares pero también las del
entorno social de sus trabajadores, dado que era
absolutamente conocido el peligro en que éstos se
encontraban al realizar su labor en sus diversos y
continuos desplazamientos por zonas de alta influencia de
grupos armados al margen de la ley, que fue lo que al final

21
Radicado n° 36179

dio lugar a la enfermedad profesional por él padecida y que


obligó incluso hasta que fuera pensionado por invalidez.

Luego, de dicha narrativa del actor, contrario a lo


alegado por la recurrente, no es dado atribuir una
“confesión judicial espontánea” de hechos que le
favorecieran como demandada, o de hechos que
perjudicaran explícitamente al demandante, y por sobre
todo, con el calibre de ser reconocidos como yerros
protuberantes, manifiestos o evidentes en la apreciación o
valoración probatoria del juez de la alzada, referidos a la
ausencia de culpa en su proceder frente a la enfermedad
profesional padecida, pues el juzgador de la alzada, se
recuerda, aparte de resaltar los hechos que desde el
numeral 25 de ese capítulo de la demanda endilgó el
demandante a la demandada a título de culpa, que lo
acepta así la recurrente, lo cierto es que advirtió dicha
culpa, no sobre el supuesto de que no reubicó al trabajador
cuando fue anunciada expresamente sobre esa necesidad
por oficio entregado el 27 de septiembre de 2002, que es a
lo que a lo largo del cargo se refiere la recurrente, sino,
cuestión bien diferente, sobre el hecho de que «consciente
aquella de que el laborante se hallaba sometido a un
tratamiento siquiátrico ocasionado por incidentes ocurridos
con ocasión de la prestación del servicio mediante contrato
de trabajo, de manera desconsiderada y sin mediar las
consecuencias en la siquis de quien venía siendo tratado por
especialistas en la medicina, reiteró su conducta de
mandarlo a una zona de riesgo inminente a sabiendas de las
condiciones suficientemente conocidas de alteración de orden

22
Radicado n° 36179

público y de presencia tanto guerrillera como paramilitar,


situación que antes que mejorar el estado general en la salud
del ex trabajador la empeoró, pues, precisamente la fecha de
estructuración de la enfermedad se remontó según la Junta
Regional de calificación de Invalidez, para la época en que se
escenificó el segundo encuentro con elementos alzados en
armas, julio de 2002.»

De esa suerte, fácil es observar que la demanda del


actor lo que se refleja es lo advertido sobre ella por el
Tribunal, esto es, por una parte, que en los primeros 24
hechos aparece el iter laboris del trabajador causante de la
enfermedad profesional que lo invalidó; y en los siguientes y
hasta el 27, los supuestos fácticos endilgados sobre la
responsabilidad patronal reclamada. En tanto, la dicha
responsabilidad derivada de culpa patronal la ubicó el
juzgador en la conducta desplegada por la empleadora con
posterioridad al primer suceso que afectó la salud del
trabajador y hasta el segundo incidente que le estructuró la
enfermedad profesional que le invalidó laboralmente. De
consiguiente, respecto de tal pieza procesal no es dable
imputar yerro de valoración por parte del juzgador en el
grado de evidente, manifiesto o protuberante que permita
derruir su conclusión sobre la culpa suficiente probada del
empleador en la enfermedad profesional padecida por el
trabajador.

2.- El juez de la alzada resaltó que «Fasecolda dejó


claro que: “Actualmente el paciente se encuentra en
regulares condiciones (emocionales), por las que es muy

23
Radicado n° 36179

difícil que pueda valerse por sí mismo, se siente perseguido y


amenazado de muerte por los paramilitares, no está en
condiciones de desempeño laboral (…) –fl 183», para
subrayar que a ese estado llegó el trabajador por la
conducta culposa de su empleadora, pues, no obstante ser
sabedora del antecedente traumático por el que había
pasado en 1999, «reiteró su conducta de mandarlo a una
zona de riesgo inminente», con lo cual no es atinado
atribuirle un yerro de apreciación de esa documental,
porque «Fasecolda no recomendó la reubicación laboral de
Fernando Cabezas García», como que «nada de lo allí escrito
permite concluir que la Federación (…) ha debido modificar la
índole del trabajo acordado en el contrato», como lo alega la
recurrente, dado que lo indicado por el juzgador en relación
con ese documento es lo que corresponde al mismo, esto es,
que la evaluación médica del trabajador arrojaba que «no se
encuentra en condiciones de desempeño laboral», y las
causas de esa situación las había referido suficientemente
de los demás medios de prueba en que apoyó esa
conclusión.

3.- El dictamen de la Junta Regional de Calificación de


Invalidez del Tolima, emitido el 13 de marzo de 2004 (folios
198 a 202 y 434 a 438), sirvió de fundamento al Tribunal
para dar por probada la pérdida de capacidad laboral del
actor en un 51.2%. Además de ello, que su origen fue de
orden profesional y generado por ‘stress post traumático’,
con fecha de estructuración ‘julio de 2002’, de donde no es
posible atribuirle yerro alguno en su apreciación. Bastaría
agregar a ese respecto que no fue con base en el mismo que

24
Radicado n° 36179

el Tribunal concluyó la culpa del empleador en la


enfermedad profesional diagnosticada, pues ya se vio en los
antecedentes, ella la adoptó al encontrar «demostrado,
entonces, que para el segundo encuentro que tuvo Cabezas
con movimientos al margen de la ley, del cual dieron cuenta
Guillermo Ramírez Aguirre –fl 482-, Assad Fraija Lopera –fl
489- y Luis Alberto Narváez García –fl 496-, que la empresa
conocía las amenazas que contra sus empleados en la zona
de influencia del trabajo realizaban dichos movimientos y
que precisamente, con anterioridad el demandante estaba
sometido a un tratamiento médico por estrés post traumático,
constituyendo el segundo evento la fecha de estructuración y
el detonante de su enfermedad que finalmente lo
incapacitaría para trabajar, incurriendo la empresa en culpa
patronal, pues, sin consideración a su estado de salud lo
remitió a dicha zona de presencia ‘paramilitar o
autodefensa’, el 10 de julio de 2002, a sabiendas de que dos
(2) o tres (3) años antes había sido víctima de otra incursión
similar, generando éste y otros acontecimientos el
tratamiento de carácter siquiátrico y vigente al segundo
suceso».

4.- La carta AMI No 44/72 de 23 de abril de 2004 que


estableció el ingreso base de liquidación de la pensión del
actor (folios 207 y 208), la certificación del Coordinador de
Personal del Comité Departamental de Cafeteros del Tolima
(folio 209) y la certificación de la COMPAÑÍA AGRÍCOLA DE
SEGUROS DE VIDA S.A., expedida el 26 de mayo de 2004
(folio 309), que indica la recurrente como posibles fuentes
de error del juzgador por la ya estudiada expresión de la

25
Radicado n° 36179

base probatoria de su decisión, pero a las cuales no hizo


éste mención expresa alguna en tal sentido, por su
contenido, como por la misma data de su emisión, ningún
dato arrojan que permita desvirtuar el comportamiento
patronal que en criterio del Tribunal dio lugar a la
enfermedad profesional padecida por el trabajador.

5.- Muy a pesar de no haber acreditado la recurrente


los yerros de apreciación probatoria que enrostra al
juzgador en relación con los medios de convicción
calificados en el recurso extraordinario, cuestión que es
sabido impide el estudio de los medios de prueba no
calificados, habida consideración de la restricción impuesta
por el artículo 7º de la Ley 16 de 1969, cumple destacar que
el siquiatra Jairo Novoa Castro (folios 491 a 493) informó
del diagnóstico y tratamiento siquiátrico a que fue sometido
el actor a partir de la retención de que hubiera sido objeto
en 1999 por personal irregular armado, y de cómo el
segundo evento traumático sufrido en el año 2002 ‘detonó’
la enfermedad que lo incapacitaría laboralmente, indicado
que «otras medidas como sicoterapia, o programas de salud
ocupacional, no habrían evitado el desencadenamiento que
tuvo después de la segunda exposición, lo único habría sido
una reubicación laboral de tal manera que no fuera expuesto
ni tuviera que viajar a zonas de riesgo»; la sicóloga Camila
Fernanda Valencia Quintero (folios 484 a 485) informó que
éste «no estuvo expuesto solo a un hecho traumático que
implicaba muerte, en el transcurso de aproximadamente
cinco años estuvo expuesto a varios eventos similares»; Luis
Alberto Narváez Garcés (folios 496 a 498), relató que las

26
Radicado n° 36179

autodefensas (sic) que retuvieron al actor comunicaron que


«ningún funcionario de la Federación de Cafeteros del
Comité, que no trabajara en ese sitio, podía transitar por ese
lugar (…)», habiendo precisado que «esa orden fue verbal, el
Comandante me la dijo a mí que era la persona que laboraba
en la zona y al momento de yo recibirla se la comuniqué al
doctor Lázaro Fierro, jefe de la seccional de Fresno y
posteriormente ya al fin de semana que estuve aquí en
Ibagué se la comuniqué al doctor Orlando Morales que era el
jefe de la sección técnica»; Fernando Osorio Cuenca dijo
haber conocido al actor cuando él fue Director del Comité
de Cafeteros y que éste se desempeñó bajo sus órdenes
como supervisor de obras en el área de ingeniería; José
Guillermo Ramírez Aguirre (folios 482 a 484) narró los
hechos ocurridos el 10 de julio de 2002, pues fue
acompañante del actor en la revisión de algunas obras en la
localidad de Fresno; y Assad Fraija Lopera (folios 489 a
491), igualmente lo hizo, por haber llegado en el momento
en que el actor estaba retenido por el grupo armado ilegal,
afianzando la tesis de que existía una amenaza sobre el
personal de vías de la demandada, de todo lo cual no es
dable concluir que su lectura conjunta pueda conducir a
atribuir al juzgador el yerro manifiesto, protuberante o
evidente de hecho de dar por probado, no estándolo, que «la
empresa conocía las amenazas que contra sus empleados en
la zona de influencia del trabajo realizaban dichos
movimientos, y que precisamente, con anterioridad el
demandante estaba sometido a un tratamiento médico por
estrés post traumático (…), incurriendo la empresa en culpa
patronal, pues, sin consideración a su estado de salud lo

27
Radicado n° 36179

remitió a dicha zona de presencia ‘paramilitar o


autodefensa’, el 10 de julio de 2002, a sabiendas de que dos
(2) o tres (3) años antes había sido víctima de otra incursión
similar», pues, por el contrario, bastantes elementos de
juicio surgidos de éstos confluyen a la citada conclusión del
juzgador.

De todo lo anterior, no prospera el cargo.

IX. SEGUNDO CARGO

Acusa la sentencia de infringir directamente los


artículos 51, 60 y 61 del Código Procesal del Trabajo y de la
Seguridad Social y 174, 175 y 177 del Código de
Procedimiento Civil. Violación de la ley que dice condujo al
Tribunal a interpretar erróneamente los artículos 216 del
Código Sustantivo del Trabajo y 21, 56, 58 y 62 del Decreto
Ley 1295 de 1994; y a infringir directamente el artículo 12
del Decreto 1771 del mismo año.

Después de recordar el deber judicial de fundar las


decisiones en las pruebas regular y oportunamente
allegadas al proceso; y sostener que de la simple lectura de
la sentencia atacada se advierte que el juez de la alzada
tasó los perjuicios reclamados en la demanda inicial y en la
forma como allí los discriminó y calculó con fundamento en
el formulario para la pérdida de la capacidad laboral, en la
carta AMI No. 44/72 de 23 de abril de 2004 y en la
certificación del coordinador de personal del Comité
Departamental de Cafeteros del Tolima, la recurrente afirma

28
Radicado n° 36179

que las preceptivas sustanciales incluidas en el alcance de


la impugnación fueron interpretadas erróneamente, por
cuanto a pesar de que el artículo 216 del Código Sustantivo
del Trabajo exige que la culpa del empleador esté
suficientemente probada para derivar su responsabilidad
laboral en el infortunio, el Tribunal no precisó la conclusión
que se extrae de la armonización de esa norma con las del
Decreto 1295 de 1994 que imponen al empleador prevenir
los riesgos profesionales, sino que «aceptó que existe una
presunción de culpa en el daño que sufre en su salud el
trabajador afectado por una enfermedad profesional cuando
no se cuenta con un programa de salud ocupacional o si
dicho programa es deficiente por no prevenir las
enfermedades profesionales o accidentes de trabajo»
derivados de la influencia de grupos al margen de la ley en
los ambientes de trabajo, lo cual es contrario a la exigencia
legal, más aún cuando ella no podría, con un programa de
salud ocupacional, enfrentar el fenómeno de violencia
generado por tales grupos ilegales.

Agrega que el Tribunal infringió el artículo 12 del


Decreto 1771 de 1994 que ordena descontar de la
indemnización reclamada lo reconocido por la seguridad
social. Ello por cuanto la sentencia estableció el lucro
cesante futuro hasta los 62 años de edad, cuando «el
contrato de trabajo terminó el 14 de junio de 2004 por
haberle sido reconocida la pensión de invalidez el 11 de abril
de ese año a Fernando Cabezas García».

29
Radicado n° 36179

Reprocha al juzgador haber tasado el daño moral en


una suma de dinero, no obstante aducir que ese daño no
era cuantificable, y hacerlo bajo el concepto del ‘arbitrio
judicis’, cuando quiera que no hay decisión judicial que no
se funde en las pruebas aportadas oportunamente, pues
eso es parte del debido proceso. Agrega que lo arbitrario es
resultado del apetito o del capricho y ello no está permitido
para la sentencia judicial en la legislación nacional.

X. LA RÉPLICA

El opositor sostiene que la decisión del Tribunal se


fundó en las pruebas del proceso y que el ingreso de un
trabajador de sus condiciones profesionales fue establecido
en el dictamen pericial recaudado, suma que debe
indexarse.

XI. CONSIDERACIONES

Varios son los aspectos que propone la recurrente en


el cargo: 1º) que el Tribunal violó la ley al predicar una
presunción de culpa cuando el empleador no cuenta con un
programa de salud ocupacional que conjure los riesgos
derivados de la presencia de grupos ilegales armados en las
áreas de trabajo; 2º) igualmente, al calcular el lucro cesante
futuro sin atención al reconocimiento de la pensión de
invalidez, sino de acuerdo con el hipotético ciclo productivo
del trabajador; y 3º) también, al disponer el pago del daño
moral con fundamento en el llamado ‘arbitrio iudicis’.

30
Radicado n° 36179

Respecto del primer aspecto cabe decir que el


Tribunal no preconizó, como así lo entiende la censura, que
sobre el empleador recae una presunción de culpa por no
contar con un programa de salud ocupacional, o a pesar de
contar con éste, porque dicho programa no previene los
accidentes de trabajo o las enfermedades profesionales
‘derivados’ de la influencia de los grupos al margen de la ley
operantes en los sitios de trabajo. Sencillamente, como ya
se dijo, para ese juzgador, el artículo 216 del Código
Sustantivo del Trabajo entraña una responsabilidad
subjetiva, pues «es necesario que respecto del empleador
‘exista culpa suficientemente comprobada’»; y los artículos
21, 56, 58 y 62 del Decreto 1295 de 1994 disponen las
responsabilidades del empleador ante las contingencias del
trabajo, en cuanto al deber de información de los riesgos del
trabajo, la prevención de los mismos y las medidas de
protección correspondientes.

Cuando se refirió el juzgador a una presunción de


culpa, lo hizo fue recordando las alegaciones del
demandante en la alzada, tendientes a demostrar la culpa
patronal en la ocurrencia de la enfermedad profesional
padecida por él con violación del reglamento de salud
ocupacional al enviarlo a trabajar a una zona de influencia
guerrillera y paramilitar no obstante el antecedente
traumático de septiembre de 1999 ya conocido, con
fundamento en el carácter subjetivo de la responsabilidad
prevista en el artículo 216 del Código Sustantivo del Trabajo
y el desconocimiento de las medidas de protección que
atañen al empleador según los artículos 56 y 57 del Código

31
Radicado n° 36179

Sustantivo del Trabajo, así como la presunción que en


contra del deudor prevé el artículo 1604 del Código Civil.

Entonces, el Tribunal no pudo incurrir en los dislates


de orden jurídico que le atribuye la recurrente relacionados
con una supuesta presunción de culpa por no contar con
un programa de salud ocupacional que inhiba, enerve o de
alguna manera conjure los riesgos que genera la presencia
de grupos al margen de la ley en áreas donde desempeña su
actividad el trabajador.

No empece, el no haberse pronunciado el Tribunal


sobre ese particular aspecto no impide a la Corte precisar
que aun cuando es cierto que no es responsabilidad de los
empleadores particulares el orden público de la Nación, por
ser éste de cargo de las autoridades competentes del
Estado; como también, que las alteraciones de dicho orden
público propiciadas por grupos armados al margen de la ley
poniendo en riesgo la vida, honra y bienes de las personas
no se caracterizan por ser públicas, programadas,
ordenadas y sometidas a un mínimo de guarda y respeto
por los derechos humanos de quienes ante su fuerza se
pueden ver afectados por razón de su naturaleza sorpresiva,
clandestina y violenta, lo cual conlleva para los particulares
una obvia y absoluta impotencia para evitarlas, resistirlas o
rechazarlas, todo lo cual, en principio, daría lugar a
considerar que los empleadores ninguna responsabilidad
deben asumir frente a las contingencias que afectan la vida
o integridad personal de sus servidores cuando se ven
expuestos a tales eventualidades, también lo es que tal

32
Radicado n° 36179

clase de riesgos, que no resulta jurídicamente posible


tenerlos como parte de los riesgos genéricos del trabajo,
así éstos se produzcan por el mero hecho de la prestación
personal de servicios; como tampoco de los denominados
por la jurisprudencia de la Sala como riesgos específicos,
referidos ellos como propios a la actividad particular y
concreta de cada trabajador, sí constituyen riesgos
excepcionales que, por regla general, escapan del ámbito
de responsabilidad a que se refiere el artículo 216 del
Código Sustantivo del Trabajo, por versar éste precepto
sobre los riesgos genéricos y específicos del trabajo que dan
lugar a accidentes de trabajo o enfermedades profesionales
por razón de la llamada culpa leve del empleador, esto es,
la que se opone al cuidado mediano u ordinario que debe
emplearse en la administración de los propios negocios,
como el exigido de un buen padre de familia (artículo 63 del
Código Civil), pero que, por excepción, y bajo ciertas
circunstancias, como cuando a pesar del conocimiento
cierto y previo del empleador sobre su peligro y magnitud se
le expone a ellos deliberadamente al trabajador, deben
considerarse como generadores de la misma
responsabilidad patronal, caso para el cual el grado de
culpa exigida sobre los hechos o sucesos que afecten la vida
o integridad del trabajador requieren acreditarse desde el
concepto de culpa grave, esto es, desde la llamada ‘culpa
lata’ por el citado artículo 63 del Código Civil colombiano,
por traducir un actuar con negligencia grave, como cuando
no se manejan los negocios ajenos con aquel cuidado que
aún las personas negligentes o de poca prudencia suelen

33
Radicado n° 36179

emplear en sus propios negocios, es decir, cuando se actúa


de manera equiparable a la del dolo civil.

Tal proceder del empleador, que se puede acreditar por


todos los medios de prueba permitidos en la ley, dan lugar,
en criterio de la Corte, a que éste también responda por la
indemnización plena de perjuicios de que trata el citado
artículo 216 del Código Sustantivo del Trabajo, dado que,
en las mencionadas circunstancias el accidente de trabajo o
la enfermedad profesional derivada del sometimiento a
dicho riesgo se habría producido con concurrencia de su
culpa, por desatención a los deberes genéricos de
protección y seguridad (artículo 56 Código Sustantivo del
Trabajo), dado un comportamiento patronal imprudente y
temerario.

En este caso, aunque el Tribunal no explicitó


calificación alguna del riesgo ante el cual se encontraba el
trabajador y el grado de culpa que jurídicamente
correspondería al establecimiento de la responsabilidad del
empleador, su apreciación o valoración probatoria lo
condujo al mismo resultado, con lo cual no advierte la Corte
que hubiere faltado al principio ‘iura novit curia’ que le
imponía resolver en derecho sobre los hechos que le habían
sido alegados y debidamente probados. Y, por supuesto,
que hubiera incurrido en tal aspecto del proceso en
violación de la ley.

En cuanto al segundo ítem de la impugnación


contenida en el cargo, viene al caso decir que ninguna razón

34
Radicado n° 36179

asiste a la recurrente en su alegación de ser apropiado que


de la indemnización plena de perjuicios derivada de la culpa
patronal se compense o descuente el valor de las
prestaciones reconocidas al trabajador por el sistema de
seguridad social, por razón de la ocurrencia del infortunio
que afectó al trabajador, con el argumento de que la
tasación del lucro futuro debe ir hasta cuando se reconozca
la pensión de invalidez y no hasta la vida probable del
trabajador o, como en este caso lo concluyó el Tribunal sin
discusión alguna del trabajador, hasta «completar todo el
ciclo productivo que se esperaba del actor al servicio de la
demandada», por ser de elemental sentido que la dicha
indemnización de perjuicios tiene su génesis en la conducta
culposa del empleador, esto es, en el indebido
comportamiento contractual laboral; en tanto que, las
prestaciones de la seguridad social tienen su fuente en la
ocurrencia objetiva de ciertos infortunios en el decurso de la
actividad laboral, es decir, una y otras tienen una etiología
distinta.

De ese modo, no resulta jurídicamente atinado que el


empleador pretenda cruzar el valor de las prestaciones
económicas o asistenciales que dispensa el sistema de
seguridad social por razón de la mera ocurrencia de las
contingencias laborales, como lo es, entre otras, la pensión
de invalidez, con los conceptos indemnizatorios, entre ellos
el lucro cesante futuro, causados por su particular
comportamiento culposo en la contingencia que afectó la
vida o la salud del trabajador.

35
Radicado n° 36179

Precisamente, en fallo CSJ SL887-2013 del 16 de oct.


de 2013, rad. 42.433, pero refiriéndose a la pensión de
sobrevivientes reconocida por la seguridad social, sobre tal
criterio jurisprudencial recordó la Corte:

“De vieja data ha enseñado la jurisprudencia, según doctrina de


la Corte aun inalterable, que no es posible compensar las sumas
que resulta a deber el empleador a título de lucro cesante, por
los perjuicios materiales incluidos en la reparación integral del
daño, en aplicación del artículo 216 del Código Sustantivo del
Trabajo, con las recibidas por concepto de pensión de
sobrevivientes, por tratarse de obligaciones diferentes.
“Justamente, en sentencia del pasado 13 de marzo de 2012,
radicación 39.798, la Sala recordó:
“Con todo, el ad quem al negar la compensación de la condena
impuesta a la demandada por indemnización plena de perjuicios
con el pago que ha realizado la ARP por concepto de pensión de
sobrevivientes, sobre lo cual, a la postre, recae el ataque del
impugnante con los reparos 1º y 3º anotados, no hizo más que
seguir el precedente mayoritario que viene aplicando esta Corte
en múltiples casos, verbigracia en la sentencia 35121 de 2009,
reiterada en la 36815 de 2011; en aquella esta Sala resolvió el
punto de inconformidad de la censura como sigue:
“Con respecto al derecho a la reparación como consecuencia de
un accidente de trabajo, nuestra legislación tiene prevista dos
maneras de reparación identificables jurídicamente así: una, la
denominada reparación tarifada de riesgos, relativa al
reconocimiento de los beneficios o prestaciones económicas
previstos en la Ley 100 de 1993, Ley 776 de 2002 y demás
normas reglamentarias según el caso a cargo de las
Administradoras del Riesgo Profesional; y otra, la reparación
plena de perjuicios que tiene que ver con la indemnización total y
ordinaria de éstos por culpa patronal en la ocurrencia del
siniestro, y que corresponde asumir directamente al empleador
en los términos del artículo 216 del C.S. del T..
“Estas dos formas de reparación tienen distinta finalidad,
habida consideración que la que está a cargo de la ARP busca
proteger de manera objetiva al afiliado o a sus causahabientes
señalados en la ley, siendo de naturaleza prestacional
perteneciente al Sistema de Seguridad Social Integral; mientras
que la indemnización plena de que trata el artículo 216 del C. S.
del T., persigue la indemnización completa de los daños sufridos
al producirse un accidente de trabajo por culpa del empleador, en
la modalidad de subjetiva, el cual hace parte de un riesgo propio
del régimen del Derecho Laboral.
“Otra de las diferencias entre las reparaciones a que se ha hecho
mención, consiste en que el empleador siendo el llamado a
asumir las consecuencias de la culpa comprobada frente a un

36
Radicado n° 36179

accidente de trabajo que se produzca, no le es dable como


responsable directo del perjuicio descontar suma alguna de las
prestaciones dinerarias pagadas por la entidades del sistema de
seguridad social, a menos que el empleador responsable por
culpa haya sufragado gastos que le correspondían a estas
entidades, por virtud del riesgo asegurado, evento en el cual sí
puede hacer el descuento de lo que tenga que pagar por
indemnización conforme lo consagra la norma, por razón de que
tales entidades de previsión social, como se dijo, lo que cubren es
el riesgo laboral propio de la denominada “responsabilidad
objetiva del patrono” en la ocurrencia del accidente de trabajo o
la enfermedad profesional, pero en ningún momento la
responsabilidad derivada de la culpa del empleador, que es de
naturaleza subjetiva.
[…]
“Adicionalmente, es de anotar, que la Sala en decisión del 7 de
marzo de 2003 radicación 18515, que reiteró la sentencia que
data del 25 de julio de 2002 radicado 18520, al referirse a esta
temática había adoctrinado que aún con la expedición del
artículo 12 del Decreto 1771 de 1994, al colocarlo en relación con
el artículo 216 del C. S. del T., mantiene invariable la tesis según
la cual las entidades de seguridad social no asumen las
indemnizaciones originadas en enfermedades profesionales o
accidentes de trabajo que ocurran por culpa suficientemente
comprobada del empleador, y por tanto no es posible que le
aminoren esa carga patrimonial al patrono encontrado culpable,
quien tiene toda la responsabilidad ordinaria por mandato del
citado precepto sustantivo laboral.
[…]
“Las anteriores directrices jurisprudenciales permiten inferir, que
los beneficiarios o causahabientes del trabajador fallecido que
reciban una reparación integral de los perjuicios sufridos
derivados de un accidente de trabajo por culpa patronal, y
simultáneamente un beneficio prestacional del ISS o de la ARP,
no están accediendo a un doble beneficio por un mismo perjuicio,
en la medida que como se explicó su origen es disímil y obedecen
a causas diferentes, sin olvidar que para estos casos la culpa y
el dolo no son asegurables”.

El aludido criterio jurisprudencial, respecto de las


prestaciones que otrora otorgaba el Instituto de Seguros
Sociales, ya había sido asentado, entre otras, en sentencia
CSJ SL, del 25 de jul. de 2002, rad.18520, en los siguientes
términos:

“Entiende la Corporación que cuando la disposición en cita


autoriza al patrono a descontar del monto de la indemnización

37
Radicado n° 36179

“el valor de las prestaciones en dinero pagadas en razón de las


normas consagradas en este capítulo”, se refiere única y
exclusivamente a las sumas que él haya pagado con
anterioridad al trabajador con ocasión del accidente, pero no las
prestaciones que haya reconocido el Instituto de Seguros Sociales
por ese motivo, el cual no tiene por qué asumir el riesgo del daño
que al trabajador le sobrevenga por causa de un accidente de
trabajo o de una enfermedad profesional en cuya causación
exista culpa suficientemente comprobada del patrono.
“En decisión de 9 de noviembre de 2000, radicación 14847,
señaló la Sala lo siguiente sobre el tema:
“El artículo 216 del CST dice que, cuando exista culpa
suficientemente comprobada del patrono en la ocurrencia del
accidente de trabajo o de la enfermedad profesional, está
obligado a la indemnización total y ordinaria por perjuicios, pero
del monto de ella debe descontarse el valor de las prestaciones
en dinero pagadas en razón de las normas consagradas en el
capítulo que la contiene.
“Hasta el año 1993, y en número plural de providencias, la Corte
sostuvo que el patrono sí podía descontar del valor de la
indemnización ordinaria de perjuicios las prestaciones pagadas
por el Seguro Social. Pero la Corte en Sala Plena (integradas las
dos Secciones que conformaban la Sala Laboral), decidió, con la
sentencia del 12 de noviembre de 1993, que el Seguro Social no
había asumido, para entonces, el riesgo del daño que al
trabajador le sobreviniera por causa de un accidente de trabajo o
de una enfermedad profesional imputable a culpa
suficientemente comprobada del patrono.
“Ahora, en este recurso, la sociedad recurrente sostiene que la
interpretación del artículo 216 del CST, puesta en relación con el
nuevo ordenamiento de la ley 100 de 1993 y con los decretos de
la proposición jurídica, debe ser esta: que el empleador culpable
del accidente de trabajo o de la enfermedad profesional sí puede
deducir las prestaciones económicas que haya pagado el Seguro
Social al trabajador o a sus causahabientes de lo que adeude por
su propia responsabilidad ordinaria de perjuicios.
“Se procede a examinar esa argumentación de la recurrente, en
este orden: 1. El alcance de la sentencia de la Corte que citó el
Tribunal; 2. El alcance de la normatividad que acusó el cargo en
casación. 3. La relación de los dos temas anteriores, en orden a
precisar si el Tribunal transgredió o no la ley sustancial; o mejor,
para determinar el alcance del artículo 216 del CST.
“La sentencia de la Corte del 8 de Mayo de 1997 que invocó el
Tribunal, destacó que los reglamentos del Seguro Social vigentes
para la época de los hechos analizados, y concretamente el
artículo 83 del acuerdo 155 de 1963, no autorizaron al patrono
a descontar de la indemnización ordinaria las sumas que el
Seguro Social reconociera al trabajador o a sus derecho
habientes, por prestaciones en dinero.
“El artículo 83 del acuerdo 155 de 1963 del Seguro, que fuera
aprobado por el decreto 3170 de 1964, y para cuya expedición
invocó el Presidente de la República los artículos 9° de la ley 90

38
Radicado n° 36179

de 1946 y 5° del decreto 1695 de 1960, disponía:


‘El otorgamiento de las prestaciones establecidas por el presente
reglamento por parte del Instituto exonera al patrono de toda otra
indemnización según el Código Sustantivo del Trabajo o según el
derecho común por causa del mismo accidente o enfermedad
profesional. Pero si el riesgo se hubiere producido por acto
intencional o por negligencia o culpa del patrono procederá a
demandar el pago de esta indemnización, la que quedará a su
favor hasta el monto calculado de las prestaciones que el
Instituto acordare por el accidente o enfermedad, debiendo
entregar a los beneficiarios el saldo, si lo hubiere.
‘Lo dispuesto en el inciso anterior no es óbice para que la víctima
o sus causahabientes instauren las acciones pertinentes de
derecho común para obtener la indemnización total y ordinaria
por perjuicios, de cuyo monto deberá descontarse el valor de las
prestaciones en dinero pagadas por el Instituto de acuerdo con
las normas de este reglamento’.
“Pese a la equívoca redacción de la norma transcrita, ella no
permitía la tesis de la sociedad recurrente, que desde luego se
funda en otro sistema legal. Pero la Corte despejó el equívoco en
la sentencia del 8 de mayo de 1997. Es importar recordar, en
resumen, las razones que tuvo en cuenta para fundar su tesis: 1)
El poder normativo de los reglamentos del Seguro está limitado
por su objeto social: es entidad aseguradora de los riesgos
originados en la prestación de servicios subordinados; la ley no
le dio al Seguro la atribución de determinar las consecuencias de
la culpa del patrono en la ocurrencia de un accidente de trabajo o
de una enfermedad profesional, pues esas consecuencias corren
a cargo exclusivo del empleador culpable. 2) La competencia que
le reconoce la ley al Seguro para subrogar al patrono en la
asunción de riesgos laborales está dentro del ámbito de las
prestaciones, de los servicios sociales o de las medidas de
seguridad social que deben amparar a sus beneficiarios, como lo
prescribe el artículo 7º del decreto ley 433 de 1971; pero el
Seguro no está legalmente facultado para regular las
indemnizaciones originadas en enfermedades profesionales o
accidentes de trabajo que ocurran por la culpa suficientemente
comprobada del patrono. El Seguro tampoco está legalmente
facultado para aminorar la carga patrimonial del patrono
en esa materia, por lo cual, asume toda la
responsabilidad ordinaria por mandato del artículo 216 del CST;
y, por lo mismo, el Seguro subroga al patrono únicamente en el
riesgo que da lugar a la denominada responsabilidad objetiva. 3)
Si, por su equívoca redacción, el artículo 83 del Acuerdo 155 de
1963 consagrara el derecho del empleador culpable del accidente
para descontar del monto de la indemnización ordinaria lo
pagado por el Seguro por prestaciones en dinero, la norma sería
inaplicable, al igual que el artículo 1º del decreto 3170 de 1964
que lo aprobó. 4) El Seguro reconoce prestaciones para cuyo
cálculo toma en cuenta variables como el salario, los años de
servicios, el número de cotizaciones, la edad del trabajador, la
vida probable, etc. En cambio, no toma en cuenta los perjuicios

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Radicado n° 36179

realmente producidos, lo cual marca una diferencia entre la


indemnización a que se refiere el artículo 216 del CST, que busca
reparar la totalidad del daño ocasionado por el patrono culpable,
con la actividad aseguradora del Instituto. 5) No es cierto que el
trabajador se beneficie doblemente (con la indemnización plena y
con las prestaciones económicas del Seguro), puesto que el
seguro ha sido tomado por el mismo accidentado, de modo que el
patrono no puede restar de la indemnización total y ordinaria de
perjuicios lo pagado por el Seguro Social en virtud del
cubrimiento de un riesgo que no ha sido asegurado por él.
“Ahora, procede el examen del régimen de la ley 100 de 1993,
empezando por su reglamentación, como lo propone el cargo:
“El decreto 1771 de 1994 es reglamentario del 1295 del mismo
año (estatuto con alcance legal). Su artículo 12 dispone:
‘Subrogación. La entidad administradora de riesgos
profesionales podrá repetir, con sujeción a las normas
pertinentes, contra el tercero responsable de la contingencia
profesional, hasta por el monto calculado de las prestaciones a
cargo de dicha entidad administradora, con sujeción en todo
caso al límite de responsabilidad del tercero.
‘Lo dispuesto en el inciso anterior no excluye que la víctima, o
sus causahabientes, instauren las acciones pertinentes para
obtener la indemnización total y ordinaria por perjuicios, de cuyo
monto deberá descontarse el valor de las prestaciones asumidas
por la entidad administradora de riesgos profesionales’.
“Es una redacción similar a la de su antecesor, el 83 del acuerdo
155 de 1963, de manera que por este solo aspecto, si el artículo
12 del decreto 1771 de 1994 fuera puesto en relación con el 216
del CST, no sería útil para dar por sentada la posibilidad de
descontar las prestaciones económicas del Seguro Social de la
indemnización ordinaria de perjuicios.
Ninguna de las normas cuya acusación plantea el cargo permite
concluir en la tesis de la censura.
“En efecto:
“El artículo 139-11 de la ley 100 de 1993 confirió al Presidente
de la República precisas facultades extraordinarias pro tempore
para “Dictar las normas necesarias para organizar la
administración del sistema general de riesgos profesionales como
un conjunto de entidades públicas y privadas, normas y
procedimientos, destinados a prevenir, proteger y atender a los
trabajadores de los efectos de las enfermedades y los
accidentes, que puedan ocurrirles con ocasión o como
consecuencia del trabajo que desarrollan. En todo caso, la
cotización continuará a cargo de los empleadores”; luego nada
indica que en esta atribución de facultades legales, el Presidente
de la República pudiera regular las consecuencias de la culpa
patronal del artículo 216 del CST.
“El decreto ley 1295 de 1994, según su encabezamiento,
determina la organización y administración del Sistema General
de Riesgos Profesionales. El artículo 13 se limita a señalar
quiénes son los afiliados al dicho sistema; el 34 consagra el
derecho a las prestaciones; el 49 establece que, en caso de

40
Radicado n° 36179

muerte del afiliado o del pensionado por riesgos profesionales,


como consecuencia del accidente de trabajo o de la enfermedad
profesional tendrán derecho a la pensión de sobrevivientes las
personas descritas en el artículo 47 de la Ley 100 de 1993, y sus
reglamentos; pero esa norma nada dice sobre la responsabilidad
por culpa patronal en el accidente de trabajo o en la enfermedad
profesional. El artículo 50 se limita a fijar el monto de la pensión
de sobrevivientes y el 53 a precisar las condiciones de la
devolución de saldos y de la indemnización sustitutiva cuando
ocurre la muerte del asegurado. El artículo 78 dice que el
Instituto de Seguros Sociales continuará administrando los
riesgos profesionales de conformidad con sus reglamentos, lo
cual no le da la razón a la sociedad recurrente. Pero sí conviene
precisar que la tesis de los opositores sobre esta norma no es
acertada, puesto que ella no remite a los reglamentos anteriores
de una manera incondicional sino subordinada a lo dispuesto en
el decreto 1265 que se estudia, puesto que la norma dice que los
reglamentos del Seguro Social ‘… deberán ajustarse a lo
dispuesto en este decreto (…)’. Y el 97 fija la vigencia del sistema
general de riesgos profesionales.
“Como ninguna de las normas acusadas, puestas en relación con
el artículo 216 del CST, permite concluir que haya variado el
sistema legal que informó la jurisprudencia de la Corte, la
conclusión es que sigue vigente la interpretación que allí se
consignó”.

Y en lo que toca con el reproche a la condena al pago


de perjuicios morales con fundamento en el denominado
‘arbitrio iudicis’, que para la recurrente no tiene soporte
probatorio alguno, y que para el juzgador de la alzada
correspondió a $15’000.000, es suficiente memorar que en
el precitado fallo de la CSJ SL887-2013, del 16 de octubre
de 2013, rad.42433, se recordó lo siguiente:

“(…) el Tribunal también se equivocó al exigir prueba de los


daños morales, pues desde hace muchas décadas ha sido
constante la jurisprudencia de la Corporación acerca de que los
perjuicios morales derivados de un accidente de trabajo en el que
se produce la muerte del colaborador, en principio no hay
necesidad de probarlos, pues incuestionablemente la pérdida de
un ser querido ocasiona naturalmente en sus deudos un dolor y
una aflicción que están dentro de sus esferas íntimas. De ahí que
igualmente se ha sostenido invariablemente que su tasación
queda al prudente arbitrio del juzgador, ya que se trata de un
daño que no puede ser evaluado monetariamente, por ser

41
Radicado n° 36179

imposible determinar cuál es el precio del dolor, lo que no obsta,


sin embargo, para que el juez pueda valorarlos pecuniariamente
según su criterio, partiendo precisamente de la existencia del
dolor.

Sobre este preciso tema, pueden consultarse, entre otras, las


sentencias de esta Corporación del 14 de marzo de 1991,
radicación 3985; 10 de mayo de 1991, radicación 3735; 9 de
marzo de 1993, radicación 5247; 15 de febrero de 1995,
radicación 6803; 6 de marzo de 2001, radicación 14750 y 19 de
julio de 2005, radicación 24221. En atención a las razones
antedichas aflora indubitable que el cargo está fundado, pues al
exigir el sentenciador de la alzada la prueba de los perjuicios
morales irrogados a los actores, resultó aplicando de manera
impertinente el artículo 216 del C. S. del T., por lo que habrá de
casarse la sentencia en lo tocante a la absolución de los
perjuicios morales.”

En suma, el Tribunal no incurrió en los yerros


jurídicos atribuidos por la recurrente.

Costas en el recurso extraordinario a cargo de la


recurrente. Como agencias en derecho téngase la suma de
$6’300.000.

XII. DECISIÓN

En mérito de lo expuesto, la Corte Suprema de


Justicia, Sala de Casación Laboral, Administrando justicia
en nombre de la República y por autoridad de la ley NO
CASA la sentencia proferida el 12 de marzo de 2008 por el
Tribunal Superior de Ibagué, en el proceso promovido por
FERNANDO CABEZAS GARCÍA contra la FEDERACIÓN
NACIONAL DE CAFETEROS DE COLOMBIA y al cual se
llamó en garantía a la A.R.P. AGRÍCOLA DE SEGUROS
S.A.

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Radicado n° 36179

Costas, como se dijo en la parte motiva.

Cópiese, notifíquese, publíquese y devuélvase al


Tribunal de origen.

RIGOBERTO ECHEVERRI BUENO


Presidente de Sala

JORGE MAURICIO BURGOS RUIZ

ELSY DEL PILAR CUELLO CALDERÓN

CLARA CECILIA DUEÑAS QUEVEDO

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GUSTAVO HERNANDO LÓPEZ ALGARRA

LUIS GABRIEL MIRANDA BUELVAS

CARLOS ERNESTO MOLINA MONSALVE

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