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1) Al momento de analizar el ordenamiento jurídico-político llevado a cabo por la

monarquía católica en América entre los Siglos XVI y la conquista, y las


consecuentes respuestas de los actores sociales, es que podemos dilucidar ciertos
puntos fundamentales acerca de lo que se denomina relación colonial. La operatividad
de este concepto para definir y caracterizar la relación existente entre la metrópoli y
los pueblos americanos, tiene que ver con las connotaciones que lleva consigo el
mismo. Y a pesar de que dicho concepto, no tuvo la misma significación a lo largo
del tiempo, me inclino a pensar este problema, en relación a la acepción más
comúnmente asociada al mismo, y que tiene que ver con la explotación de los recursos
en beneficio de la metrópoli, que ejerce un poder exterior a la población sometida.
“No hay ninguna razón para suponer que el sistema colonial tal como fue iniciado en el siglo
XVI, se reprodujo idéntico a si mismo durante trescientos años” (Lemperiere, 2004). En
efecto, acuerdo con la autora, en la práctica uno puede apreciar no solamente los intentos de
los actores sociales por ejercer la dominación de varias maneras diferentes ante las diversas
coyunturas, sino las propias respuestas de los pueblos sometidos, pues estos no eran sujetos
pasivos ante las presiones que ejercieron instituciones como la encomienda, la mita y la
evangelización. Sin embargo, considero que las respuestas de las comunidades indígenas ante
todos estos elementos, son más bien intentos de adaptación a una realidad adversa, que de
ningún modo pueden menospreciarse en cuanto a su impacto en el continente, pues muchas
veces obligaron a los conquistadores a redefinir sus estrategias, pero no alcanzan para obviar
los rasgos coloniales, siempre entendiendo este concepto en función del impacto estructural
que tuvieron.
Sugiero entonces, que el concepto de relación colonial, si bien es operativo para caracterizar
el periodo entre los siglos señalados anteriormente, necesita ser matizado, pues tanto la
dinámica social y política como la correlación de fuerzas en una sociedad, son siempre
complejas y no susceptibles de ser reducidas a explicaciones simplistas. Hay que desentrañar
entonces, los limites y los alcances del ordenamiento jurídico y el pacto colonial en este
periodo, para poder pensar por una lado, a los indígenas como sujetos activos que se
apropiaban de los ordenamientos españoles y reelaboraban sus estrategias adaptativas y sus
límites. Solo así se puede reflexionar sobre una dinámica compleja que no aparta el problema
de las comunidades indígenas pero considerando que dichos límites, implicaron
efectivamente una relación de dominación.
Por un lado hay que aclarar que la ley no es la misma para todos, esto se evidencia de manera
clara si uno quiere ver en la practica el sistema jurídico colonial en este periodo, sobre todo
cuando se piensa en la inferioridad política, económica y jurídica que tenían las comunidades
indígenas frente los funcionarios españoles, al momento de litigar o reclamar. El pacto entre
estos últimos y la monarquía no fue una idea inicial, sino el resultado de una práctica política,
derivada de los conflictos de la propia relación colonial, en cuanto a los abusos de los
encomenderos, funcionarios y la disputa con los jefes locales. Cabe preguntarse entonces, en
si consistió esto en hegemonía y reproducción o significó una suerte de emancipación de las
propias comunidades respecto a las presiones. La respuesta es que no puede encasillarse en
ninguno de estos términos, pues tanto para los peninsulares como para los indígenas, este
proceso significó la participación y la negociación con la justicia. Esto implica que la relación
Rey- Vasallos, que existía de manera simbólica pero que pretendía expresarse en la práctica,
implicaba también el hecho de no poder imponer arbitrariamente cualquier tipo de acción.
“Es cierto que los circuitos legales fueron bastante estrechos hasta fines del siglo XVI, pero
sabemos que a partir del primer decenio de la conquista, individuos y grupos autóctonos
acudieron a la justicia real para animar y resolver pleitos y que de 1600 en adelante, el ámbito
del derecho se fue expandiendo” (Owensby, 2011). Es decir, que los indígenas fueron actores
atentos a las fisuras del experimento jurídico y administrativo de la corona española, y
aprovecharon las oportunidades para redefinir derechos sobre la tierra, noción que no existía
antes de la conquista, y para elaborar diferentes respuestas a las presiones ejercidas por la
mita Toledana. Este sistema judicial va a presentar la oralidad, es decir, testigos como prueba
para fundamentar posesiones de tierra así como el uso de herramientas del sistema colonial,
para apelar al tributo y la mita, como las revisitas de los funcionarios con la finalidad de
disminuir la cantidad de tributarios del ayllu.
En definitiva, ser tributario significaba ser vasallo del rey y así reforzar el vínculo de
reciprocidad para con el mismo, de manera que ampararse en dicha relación, significó el
dominio del lenguaje y el protocolo jurídico impuesto por la corona. La tierra y la capacidad
de trabajar era un buen recurso para apelar en los pleitos judiciales, pues estos dos aspectos
eran señalados como necesarios para pagar los tributos y servicios al rey. Como señala Stern,
“La estrategia jurídica de los indios infligió considerables dificultades a muchos
colonizadores, la imposición de la mita o del tributo, tropezaba siempre con la resistencia y
la táctica jurídica de los campesinos” (Stern, 1986). Esta afirmación del autor nos da el pie
para reafirmar las dificultades que tuvieron los colonizadores para dominar en todos los
aspectos en la dinámica social, policía y económica del continente americano. Pues estos
obstáculos y dislocaciones provocaron las disputas en el interior de la compleja elite colonial,
principalmente por la disputa de la mano de obra y la tierra fértil (especialmente en el caso
de los hacendados, interesados en el trabajo indígena), de manera que la única forma de paliar
estas crisis, era cultivar relaciones clientelares y alianzas que proveyeran de mano de obra
dependiente.
Una muestra clara de este proceso de disputa y de las serias dificultades de la elite colonial
para dominar y de los éxitos de los indígenas puede apreciarse en medidas como la de la
audiencia de Lima en 1601, cancelando la mita. Medidas que si bien fueron sostenidas
durante largo tiempo, dan cuenta de lo analizado anteriormente. Sin embargo, anteriormente
hice mención de la operatividad del concepto “relación colonial” entre la Monarquía Católica
y las comunidades indígenas, por lo tanto, es pertinente asociar lo mencionado con respecto
al sistema jurídico colonial, para poder fundamentar esta posición. Siguiendo a Stern, se
puede deducir que la implicancia de los indígenas en la estructura jurídica política española,
trajo consigo un incremento de las tensiones internas entre los diferentes ayllus. Por
consiguiente, hay una imposibilidad de conformar un frente unificado de resistencia,
reforzando el vínculo colonial.
Es interesante destacar el último concepto, que el reforzamiento del vínculo. En efecto, si
bien apropiarse de las estructuras impuestas por las autoridades coloniales significa
resistencia contra las presiones y las adversidades, también implica que la resolución de
dichos conflictos, sean siempre dentro de un marco jurídico que impone ciertas normas y que
sobre todo, y esto no debe perderse de vista, fueron ideadas con el propósito de racionalizar
la explotación de los grupos dominados.
Por último, creo que es necesario volver sobre un punto que me parece importante, y tiene
que ver con un aspecto de la realidad colonial en los ya mencionados siglos XVI en adelante.
Es necesario replantearse que si bien, el concepto de colonia es conducente con la realidad
americana en los dos primeros siglos de conquista, creo que es interesante preguntarse si
dicho concepto sigue siendo aplicable en el siglo XVIII, cuando, en palabras de Elliott “las
patrias criollas de Nueva España y el Perú habían adquirido pasados idealizados o legendarios
que les otorgaban una respetabilidad comparable, al menos a sus propios , a la de las patrias
de los dominios europeos del rey de España.” (Elliott, 2006). Me parece sumamente
interesante remarcar esto, ya que puede considerarse un quiebre en cuanto al carácter de la
compleja sociedad americana, pues es un corte claro que nos sugiere, en mi opinión, que pasa
a formar parte del pasado la relación españoles y comunidades indígenas, dominadores y
dominados, para dar paso a una nueva realidad que tiene como protagonistas principales,
aquellas elites criollas que se han venido consolidando hace tiempo, y que se iban apropiando
del mundo americano y adquiriendo una identidad colectiva.

Es en este sentido que me parece que la operatividad del concepto de colonia, alcanza
uno de sus límites, pues si bien existen resabios, estamos hablando de otra comunidad
que se ha gestado, con su propio recorrido histórico y que si bien se identifica con los
pueblos originarios por una cuestión estratégica, al mismo tiempo se distancia de los
peninsulares, no obstante, es un proceso exacerbado por conflictos políticos y
económicos. Dichos conflictos, no pudieron ser resueltos ni siquiera con el gobierno de
los Borbones, ya no había vuelta atrás y citando a Lynch, “el nuevo absolutismo ignoró
todas las características del Estado y de la sociedad reconocidas en consenso por el
gobierno: el crecimiento de las elites locales, la fuerza de los intereses de grupo, el sentido
de la identidad americana y el apego a las patrias regionales”. (Lynch, 2001). De esta
manera, resultaron irreconciliables las exigencias de la corona con los intereses
afianzados del lado americano.
En suma, me parecen operativos los conceptos de colonia y relación colonial, para
caracterizar gran parte de la realidad americana desde el Siglo XVI. El entramado de
prácticas sociales, jurídicas y políticas establecidas por los conquistadores, tendieron a
socavar en más o en menos tiempo, dependiendo de la coyuntura, las relaciones sociales
de los pueblos indígenas. Entendiendo la relación colonial, en cuanto a influencia y
dominación, y no simplemente poblamiento, es que puede parecer un concepto
apropiado. Haciendo la salvedad, de que alcanza sus límites en el momento en que se
consolida un nuevo grupo dominante, operando sobre una nueva realidad, distanciada
cada vez más de la dualidad españoles e indígenas.
2) Tanto la minería potosina como la novohispana, ostentan en el Siglo XVIII, con
algunas oscilaciones, años de incremento y prosperidad sostenida, en especial esta
última, que se convirtió no solo en acreedora de la metrópoli, con el fin de solventar
los gastos de guerra y los déficits fiscales, sino en un enclave que redistribuía el
metálico en forma de situados, hacia otros puntos como el caribe. Habiendo señalado
estas cuestiones, hay que señalar las principales diferencias en cuanto a las relaciones
de producción en cada una de ellas, lo que permite explicar de alguna manera, las
causas por las cuales pudo producirse este incremento en la productividad minera.
Lo que primero hay que remarcar, es que existe una diferencia sustancial en cuanto a la
inestabilidad de las minas mejicanas en relación con las potosinas, lo que requería
mayores inversiones y más riesgosas en el caso novohispano, lo que implicó que fueran
grandes empresas las que se llevaran a cabo el proceso productivo de extracción minera.
Algunos cambios fueron importantes, en relación a innovaciones tecnológicas, como el
uso del malacate, pero sobre todo fue el estímulo del reformismo borbónico en
combinación con la iniciativa empresarial, el impulso necesario para la rentabilidad
minera. En efecto, para el caso mexicano, la cuantiosa inversión que exigían las
construcciones para acceder a las minas lo requerían. Por un lado, las exenciones
impositivas fueron un factor de suma importancia para aminorar el riesgo que significaba
aventurarse en el negocio minero, así como la rebaja del precio del mercurio y su
provisión al costo, un material necesario para el refinamiento.
A su vez, las reformas implicaron no solo medidas relacionadas con los medios de
producción sino con la represión de la mano de obra, que si bien no era mal paga, se le
disminuyó el salario. También hubo impactos que tuvieron que ver con la apertura del
libre comercio, que no solo hizo que la rentabilidad mercantil bajara, sino que los propios
mercaderes desviaran sus fondos hacia la minería, en vista de las mejores condiciones de
inversión. De esta manera se pudo consolidar Nueva España como una gran generadora
de riquezas que luego fueron transferidas para paliar los gastos, tanto de la metrópoli,
como de otras colonias americanas. Así lo señala Brading, “después de 1780 la
prosperidad fue sostenida y fomentada por la amplia participación del capital mercantil
en la minería, a la que aunó una gran disposición de reinvertirá las utilidades. Por otra
parte, más y más mineros y compañías de los antiguos campos obtuvieron exenciones
fiscales”. (Brading, 1975).
Para el caso potosino, es necesario tener en cuenta otras variables, su crecimiento es más
sostenido y parejo, ya que no carga con la imprevisibilidad de las inversiones
novohispanas, caracterizadas por su alto riesgo. El determinante aquí no son las
exenciones estatales ni los descubrimientos, sino la mano de obra mitaya. Siendo más
precisos, la renta mitaya es lo que caracteriza el patrón de crecimiento productivo, siendo
una relación de producción constituida históricamente y que se caracteriza por la
sobreexplotación. El salario no alcanzaba para la reproducción de la fuerza de trabajo, lo
que implicó el autoabastecimiento del mitayo y su familia, además, esta relación de
producción consistía no solamente en la sobreexplotación en las minas, sino en el trabajo
compulsivo, viajes, faenas y tareas. A diferencia del caso de Nueva España, no era la
iniciativa empresarial la que encausaba el proceso productivo, sino que el dueño de la
mina era un rentista y ni siquiera participaba del proceso productivo. Como señala
Tandeter, “la generalización de los arrendamientos de los ingenios consagraba un tipo
particular de separación entre la propiedad y la gestión empresarial”. (Tandeter, 1992)Por
consiguiente, el arrendatario si bien no tenía que invertir demasiado, también veía
acotadas sus posibilidades de acumulación, respecto de la posición monopólica de los
propietarios de las minas. Al mismo tiempo, el capital comercial que llegaba a la minería
no era destinado a la producción sino con el objetivo de obtener beneficios a partir de la
renta, comprando un ingenio con trabajadores forzados.
Por último, en alusión al debate entre Stern y Wallerstein en relación a las formas de
trabajo en la minería colonial americana, creo que la posición del primero es más acertada
a la hora de analizar no solo la minería, sino la dinámica de la realidad americana después
de la conquista. Si bien es cierto que el sistema mundial puede ofrecer una variante
explicativa de muchos de los procesos que se suscitan en una sociedad, es solamente una
de tantas, pues cada una tiene su propia complejidad y su propio recorrido histórico, que
nos indicia que es por un lado, hay que alejarse tanto de los reduccionismos como de los
tipos ideales. Por consiguiente, la razón fundamental por la cual no concuerdo con
Wallerstein, pese a compartir la noción de la determinante influencia que ejerce el sistema
capitalista, es que no considero que haya para la época analizada, un modo de producción
consolidado en América durante este periodo.
Dada la complejidad de estrategias impuestas por la corona y las elites coloniales para
dominar política y económicamente así como las respuestas que tuvieron los pueblos
indígenas frente a dichas presiones, se hace difícil pensar en una lógica sistemática que
nos obligue a encasillarnos en un modo de producción determinado, por el contrario, creo
que desde el Siglo XVI en adelante se pueden identificar varios elementos que no
necesariamente obedecen a un modo de producción determinado. Por otra parte, un
enfoque que nos reduzca a pensar que los acontecimientos locales están determinados por
un marco externo, nos niega tácitamente la posibilidad de transformación y cambio
histórico. Toda realidad es compleja y es absurdo pretender explicar en este caso, las
formas de trabajo en la minería, su declive y crecimiento, en relación a una sola causa.
Ejemplificando, el relanzamiento de la producción minera potosina, pudo haber
encontrado su incentivo en la demanda europea de las primeras décadas del siglo XVIII,
pero no pudo haberse implementado de manera rápida y efectiva, de no ser por las
condiciones locales que lo permitieron, como la prestación laboral mitaya, que es una
relación históricamente construida y la existencia de desmontes que hicieron más fácil la
labor productiva. Asimismo, la demanda externa y el capital comercial no impactaron de
igual manera en Potosí que en Nueva España, ni modificaron la estructura productiva
minera de igual manera, porque mientras en el primero había un claro predominio de
rentistas que arrendaban sus posesiones, en el segundo eran empresas relacionadas
directamente con la inversión productiva, la diferencia radica entonces, en los
determinantes locales. De la misma manera, no pueden explicarse los periodos de declive
en la producción minera, sin tener en cuenta las rebeliones producto de las tensiones y
cargas impuestas por parte de la clase dominante colonial.
Por otra parte, adoptando la postura de Wallerstein, no podemos dar cuenta de la
importancia de la resistencia de las comunidades indígenas, que tantas trabas pusieron a
las elites locales y a la corona, obligando a redefinir sus estrategias. De esta manera, no
puede pensarse que toda lógica externa, tenga su correlato en la práctica, pues ni los
proyectos evangelizadores tuvieron ese nivel de éxito, ni las exigencias de Toledo
coincidieron con sus expectativas, pues la gente se escapaba de las reducciones y cumplía
con la mita de diferentes formas. Entonces, si bien los indios se apropiaron de las
influencias españolas con intereses concretos, las asimilaron en función de su propia
configuración socio cultural, mucho antes de conocer el moderno sistema mundial. Esta
me parece que es la clave para entender la existencia de los conflictos, la disputa y las
transformaciones.