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Cervantes y la novela en el siglo XVII – Lina Rodriguez Cacho

Contrario a lo que suele suceder con las generaciones literarias, son Cervantes y Mateo Alemán
quienes se encargan de renovar la narrativa española del Barroco, ambos fueron, en torno a
1603, creadores simultáneos de las dos mejores obras de este período: el Guzmán de Alfarache
y El Quijote, pioneras las dos obras de la tendencia la novela larga que habría de arraigar el
mundo literario de la España de Asturias.

Un rasgo que destaca dentro de la nueva concepción de la novela es la conciencia, por parte de
los autores, de que el mérito de su construcción está en conseguir la unidad mediante la
diversidad de elementos, algo que procuran además de exhibir ante el lector haciendo que la
forma quede en primer plano, como era propio del arte manierista. La novela extensa se
entendió, pues, como suma de novelas cortas, así como de otros elementos que pudieran
ensamblarse en su interior, según una técnica de lo episódico que daba lugar a la continuo
interrupción e intercalación, e incluso, a veces, al manejo de dos acciones distintas. Ya no se
trataba solo de hibridismos genéricos como los que se dieron en el siglo anterior, sino de mezclas
totales y de incrustación de componentes, en gran medida antitéticos, teniendo en cuenta que
el gusto por la antítesis y el contraste fue uno de los pilares de la estética barroca.

Si el afán de introspección fue lo que dominó, en general, en la novela del siglo XVI, se diría que
desde comienzos del siglo XVII la situación cambia radicalmente. El monólogo reflexivo y la
interiorización irán cediendo paso al enredo de argumentos, a la complicación de aventuras y,
en consecuencia, al gusto por los esquemas estructurales que permitirían tales juegos
narrativos.

El Quijote

El título de la obra (El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha) busca llevar a cabo una fusión
de mundos contrarios; ya que, para algunos autores, La Mancha suponía el mayor contraste
imaginable con los paisajes idílicos de los libros de caballerías.

Hasta el capítulo sexto se presenta la primera salida de don Quijote, que decide ayudar a un
criado maltratado por su amo, hasta que le dan un escarmiento y vuelve apaleado a casa;
aventura que culmina con una quema de libros “ejemplar” para el loco: el famoso escrutinio que
el cura y el barbero le hacen a la biblioteca de don Quijote. Este pasaje resulta interesante, no
solo por dar cuenta de los libros conocidos por el personaje y su autor, sino por ser una revisión
crítica de la literatura de su tiempo.

Sin embargo, por más honda que fuese la dimensión de la novela centrada en el personaje del
Quijote, nunca hubiera dado tanto de sí de haber seguido en soledad. Por ello, a partir del
capítulo séptimo se inician las aventuras de su segunda salida con dos hallazgos por parte de su
autor que serán determinantes en la construcción de la novela: la incorporación de Sancho
como escudero, y el recurso del cronista árabe, que lleva al narrador a decir que se encontró la
historia de Don Quijote escrita en unos cartapacios mientras paseaba entre mercaderes de
Toledo. No era nuevo el que los libros de caballerías se presentaran como traducción de un texto
antiguo para darle más interés a la historia, lo verdaderamente original en este caso era
presentar la obra como transcripción de una historia ya escrita por un historiador árabe llamado
Cide Hamete Benegeli (con la fama de mentirosos que tenían los moros), para jugar, a partir de
ahí, con los marcos y sujetos de la narración.
El verismo del diálogo es uno de los mayores logros estilísticos del Quijote. Fundamentalmente
porque Cervantes enfrenta por primera vez la retórica de los caballeros andantes librescos con
el habla popular y el refranero. La espontanea conversación entre amo y escudero a lo largo del
viaje supone una dialéctica interesantísima que Cervantes irá perfeccionando a lo largo de la
novela, extendiéndola a otros personajes con los que se cruzan los protagonistas, y cuyas
historias llegarán a cobrar incluso más importancia que la de ellos mismos. Pero el diálogo será,
sobre todo, el principal sostén de la técnica perspectivista que organiza todo el texto, y que
consiste en ofrecer continuos cambios de punto de vista ante un determinado tema o situación;
característica que se acentúa sobre todo en los momentos en que Don Quijote y Sancho pasan
a ser “oidores” de casos ajenos.