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VIVI R CON t

LA IGLES
JUAN MANIUL IGARTUA

¿l
VIVIR CON LA IGLESIA
JUAN MANUEL IGARTUA, S. I.

Vivir con la Iglesia


(La espiritualidad del Apostolado
de la Oración)

EL MENSAJERO Dtl CORAZÓN DE JESÚS


Aportado 73.—BIIBAO
i NO I C E

P&gHM
S
INTRODUCCIÓN.................................................... ‘ ^ 9

PRIMERA PARTE
PLAN DIVINO DE LA REDENi
(Los principios teológicos de la espStoaJidad.)
'' * t <■.í
I. Somos una fuente de energía . - 19
ÍI. Jesucristo y la conquista del m u flo. 24
III. La Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo, medio
de salvación............................ 29
IV. Vivir con el Cuerpo Místico. . 34
V. El Alma de la Iglesia . . . . 44
VI. El Corazón de Jesús, centro vital del Cuer
po M í s t i c o ............................ 53
V II. El Sagrado Corazón, Altar de J^Ugopón 60
V III. La Eucaristía, sacrificio ^ítal dexjjjísto
de su Cuerpo Místico................• 66
IX . El Sacrificio Redentor y la santaJ^isa 72
X . El Mandato de la caridad . . . . . 84
X I. María y su Corazón en la obra R e a c to r a 90
X II. El amor al Sucesor de Pedro. K . . 94
X II I. Fuerza apostólica de la oración y vf l sacn
ficio . , . . . • • « • ■ • 98
X IV . Promesas de Jesús a la oración, ¿ . 104
X V . Modelos admirables de oración , - 109
X V I. Ejemplos de la eficacia de la o r g ^ n 115

SEGUNDA PARTE; ¿ i* »
NUESTRA COLABORACIÓN AL PLAtP DIVINO
(Los elementos prácticos de la e^ ^ taa lid a d .)
I. Nuestra Consagración a Cristohpii» ayu­
darle en su em presa.................... .... 131
11. La Consagración al Sagrado Corazón de
jesús, práctica salvadora . . . ^ . • • 134
344 ÍN D IC E
Páfinas

* iii Condiciones de eficacia de la Consagración. 142


IV. Carácter reparador de la entrega . . . . 151
V. La Consagración al Corazón Inmaculado de
María............................................................... 156
VI. Caridad en el seno del Cuerpo Místico. . 163
VII. Medios de mantener la e n tre g a ................. 170
1. La ton ta M is a .......................................... 170
2. El Ofrecimiento diario de obras . . . 177
3. La Comunión r e p a r a d o r a ..................... 181
4. E l Wosario, breviario del pueblo . . . 187
5. LatfUntenciones Papales......................... 194
6. Los intereses del Corazón de Jesús. . 195
VII l . Explanación déla fórmula del Of recim ien to . 200
■rOhl,
TERCE RA PARTE
CONQUISTA DEL REINO DE DIOS

(El dinamismo de la espiritualidad.)


i. Adveqjpet Regnum t u u m ............................. 221
II. El^A jJ |Klado de la Oración y el Reino de
226
III. La Cruzada del Reino de Cristo................ 232
IV. Fcrm «aio para la masa . . . . . . . . 241
V. Espírítftf católico del Apostolado de la Ora-
C Í A ^ i ..................................................................................... 251
VI. Sentiré pastoral del Apostolado de la Ora-
c ió tff.»i........................................................... 259
VII. Lábara de cristia n d a d .................................. 275
V III. Se has& idlsolo rebaño y un solo Pastor. 282
IX . Supragto- espíritu de caridad . . . . . . 297
E pílogo .— TÜÉf?«ím bolos del Apostolado de la
Oración. , ............................................................... 305
Síntesis o «jÉtAFiTULACióN del libro . . . . 309
A p é n d ic e s t, É M 1 ................................................... . . 313
I. Estatqj§fc¿lel Apostolado de la Oración . 314
II. Carta JÜ'fHo X II aprobando los Estatutos. 321
III. Discuiíbide Pío X II al Congreso de Direc­
tores ael Apostolado de la Oración . . 325
IV. J£statutos de la Sección por la Unión de los
C ristia n o »................................................................ 328
Imprimí pttmt: Xavmiu» OuuUial, S. I.
Pr**p Frov. C «t. Oooid.

JMMI«Mftfc HtiíMCut os U*eaco*c**a, %. I.

Imprimatm: «fa Pauu>«, Bptaopus FUvlobTlfeutU.


BUM, 9 itnü 1901.

0 lé la rlil «El d*l Corttón á* Jmús», BUbao.

N.* <UfUfUlro 6.IV)-61. Dep'ittto l«f*l HI 1.S03•1961

la f. S tisiw u lim uM ** •. A*-»AÍmm4« 4* H u u r*á o , lfl.~~HILBAO


A EN 111QUE B A M 1 É B E , 8.
Organizador y segundo Fundador
del Apostolado de ¡a Oración, en
el oentenario de $u memorable libro
iL'ApoetolatdelaPriére*. 1&61-1961.
INTRODUCCIÓN.
ASÍ COMENZÓ
EL APOSTOLADO DE LA ORACIÓN

El Apostolado de la Oración ofrece un sistema


de espiritualidad claro y sencillo, fundamentado
en las bases mismas de la religión católica. Comenzó
por presentarse como una Asociación de oraciones
Para ayudar a la Iglesia en el mundo entero.
Después, habiendo descubierto el filón, profundizó
en su doctrina, y mostró a todos que su tesoro era
el de la Iglesia católica.
El 3 de diciembre de ¡844, en Vals (Lyon), nacía
este movimiento de una sencilla plática en una
casa de estudios, donde unos jóvenes religiosos se
preparaban a su futuro apostolado.
El P. Enrique Ramiére, S. I., organizó después
el Apostolado de la Oración, comunicándole el
vital impulso que necesitaba, con la publicación
en 1861 de su importante y pequeño libro «L'Apos-
tolat de la Priére», traducido cuatro años más
tarde en España con el mismo título: «El Apostolado
de la Oración». Juntamente, el mismo año iniciaba
la publicación de la revista francesa «Messager du
Coeur de Jésus», primera semilla de los Mensajeros
del Corazón de ] esús* del mundo entero, gracias a
los cuales ha sido dado a conocer en todas partes
el Apostolado de la Oración.
10 V IV IR CON LA IG LE SIA

Desde sus comienzos mismos, el Apostolado de


la Oración se presentó más en forma de un movi­
miento espiritual que en forma de una Organización.
Quiso tomar la estructura externa estrictamente
requerida para que, en este mundo de seres sensibles,
no se disipe un espíritu como el viento. Pero siempre
proclamó que era un espíritu, una mentalidad o,
como suele decirse hoy, un movimiento.
Fundado el Apostolado en 1844, como hemos
indicado, estuvo a punto de desaparecer después
de unos años de efímera vida, precisamente por no
haber sido dotado de suficiente corporeidad exterior.
Esta lección sirvió a su renovador, P. Enrique
Ramiére, cuando tomó a su cargo el lanzamiento
público de la gran idea, para que diese a la obra
un carácter de obra organizada. Pero seguía siendo
principalmente una actitud espiritual.
Apareció, como primera base de lanzamiento de
la gran idea, aquel libro que atrajo pronto sobre sí
la atención de las gentes de entonces. Su título
era este (traducido del francés): El Apostolado de
la Oración, Santa Liga de los corazones cristianos
unidos al Corazón de Jesús para obtener el triunfo
de la Iglesia y la salvación de las almas, por
el P. Enrique Ramiére, S. I.
Apenas editado el libro, fue agotada la edición
y hubo de prepararse la segunda. La Divina Pro-
vtdencia, sin duda, había hecho germinar la pe~
quena semilla.
Tengo en mis manos otro pequeñísimo libro, de
formato de pequeño Kempis, y con solas 180 páginas,
publicado en 1874 en Lyon. La importancia de
este libro está en que su autor es el primer fundador
IN T R O D U C C IÓ N 11

del Apostolado de Id Oración, el P . Gautrelet, que fue


quien lanzó la idea en 1844, en el colegio de Vals.
Lo publica, despues de obtenida ya la gran difusión
por el del P. Ramiére, con la intención de resu­
mirlo más en sus puntos capitales para prove­
cho de las almas. Y dice así en el prólogo del li­
brillo:
«Durante sus primeros quince años de existencia
— de 1846 (fecha del primer libro de Gautrelet) has-
ta 1861—, el Apostolado de la Oración, bendecido
por Pío I X desde sus comienzos, y acogido por mu­
chas personas recomendables, no se propagó, sin em­
bargo, más que en un restringido número de Comu­
nidades religiosas, que se hicieron propagandistas
de la idea, cuya fórmula era la Asociación.
»Se sostenía, pero no progresaba. Y hasta se
pudo temer un instante por la suerte de las obras
de este género, que tras lanzar un destello pasajero,
desaparecen pronto y se apagan en el olvido. ¿Qué
le faltaba a esta Asociación para alcanzar más amplio
desarrollo? Le faltaba una demostración más
completa de la verdad, que es su fundamento; le
faltaba una Organización más práctica y más
fuerte; le faltaba, en fin, una dirección más vigo­
rosa y continua. El R. P. Enrique Ramiére, con
su activo celo tan perseverante, y con la excelente
obra titulada El Apostolado de la Oración, que
encierra una sólida y luminosa exposición de la
doctrina católica acerca de la naturaleza y poder
de la oración, ha provisto plenamente a todas estas
necesidades. El Mensajero del Corazón de Jesús,
revista mensual, que él ha fundado y dirige desde
1861, es el órgano oficial de la Asociación, y ha
12 VIVIR CON LA IG L E S IA

contribuido maravillosamente a propagar el Apos­


tolado de la Oración en el universo entero.
*Este ha sido el punto de partida de los extraordi­
narios progresos de la Asociación, que bendecida
y alentada por Pió I X y enriquecida con numerosas
indulgenciasy se ha convertido en una obra verda­
deramente católica.»
Estas palabras tan claras y humildes del primer
fundador del Apostolado, reconociendo a su sucesor
Ramiére el título de verdadero impulsor y como
fundador de la Asociación que hoy conocemos,
señalan claramente el punto de partida del desarrollo
del Apostolado: 1861, con la publicación, primero
del libro y luego del primer Mensajero.
Una carta del secretario de Su Santidad Pío I X >
agradeciendo el libro id P. Ramiére, decía así„
entre otras cosas:
«El más dulce consuelo que haya podido recibir
Nuestro Santísimo Padre, el Papa Pío IX , ha sido
el de persuadirse de que todos los fieles, animados
por un mismo fervor y uniendo sus fuerzas, hacían
con sus oraciones una santa violencia al Dios
infinitamente bueno e infinitamente grande, si­
guiendo así la conducta de los primeros cristianos,
que durante la cautividad de Pedro no cesaban de
elevar fervientes súplicas.»
El Papa, desde el primer momento, había com­
prendido la importancia de un nuevo ejército de
orantes en la Iglesia, unidos con el Corazón de
Jesús, y filialmente solícitos por las intenciones de
la Iglesia. Así había comenzado, bajo los más
sólidos auspicios, la espiritualidad del Apostolado
de la Oración.
IN T R O D U C C IÓ N 13

El primer número del Mensajero apareció en


Toulouse (julio de 1861). Sin duda, porque quiso
comenzarse su publicación en el mes de junio,
dedicado al Sagrado Corazón. Su titulo es: Le
Messager du Coeur de Jésus, o sea el nombre que
se hará luego clásico en el mundo entero para esta
revista. A este nombre se añade: Boletín mensual
del Apostolado de la Oración. Liga del Corazón
de Jesús, bajo la dirección del P. Enrique Ramiére,
de la Compañía de Jesús.
El éxito superó a toda expectación. El mímero
de suscriptores era ya en el año 1864 de 8.000;
en 1876 había llegado a los 22.000; en 1884 eran
cerca de 30.000. Añádase a este número el de los
Mensajeros que en España y en otras naciones
habían comenzado a publicarse, y se comprenderá
el éxito, fulminante para aquel tiempo, de que al
morir el P. Ramiére (diciembre de 1883), solamente
veintidós años después de comenzado, existían ya
quince Mensajeros distintos, cuya suma total de
suscripciones pujaba alrededor de las 100.000.
Este número iría creciendo ininterrumpidamente
con los años, de manera que hoy solo El Mensajero
español llega cerca de esos mismos 100.000, y se
inumeran, según el Mensajero internacional de
Roma (1), hasta 48 Mensajeros en 29 lenguas di­
versas, con un número total de suscriptores de
cerca de un millón.
Los Estatutos del Apostolado de la Oración han
sufrido varias evoluciones. Los primeros fueron
aprobados el 12 de septiembre de 1866. Solo exigían
el ofrecimiento cotidiano de las obras. Miraban
sstos Estatutos de modo particular a las Comuni-
14 V IV IR CON L A IG L E S IA

¿ades religiosas, aunque admitían a todos los fieles


en su seno, con especial recomendación para las
parroquias.
El 28 de mayo de 1879 fueron modificados los
Estatutos. Aparece ya el Apostolado de la Oración
como Pía Obra de la Iglesia. Se habla de las obras
de misericordia, además de la oración, y se reco­
mienda el rezo del Rosario, estableciendo más cui­
dadosamente la organización de la obra.
Por segunda vez son modificados los Estatutos
el 11 de julio de 1896. En estos nuevos, terceros
en la serie canónica, aparece ya la división de la
Asociación en tres grados, clásica hasta 1951. Ha
cobrado ya una forma bastante completa la obra.
El primer grado habla del ofrecimiento cotidiano
de obras, el segundo del Rosario a la Virgen
María, y el tercero de la Comunión reparadora
mensual.
Así permaneció la Organización, hasta que el
28 de octubre de 1951, fiesta de Cristo Rey, fueron
aprobados por Pío X I I los cuartos Estatutos,
hasta ahora definitivos. Entretanto, la sede de
la Dirección general delegada había pasado de Tou-
louse (Francia), donde fue fundada, a Roma en
1925, según rescripto de la' Sagrada Congregación
del Concilio.
En los actuales Estatutos triunfa la profunda
concepción del Apostolado de la Oración como
sistema espiritual de unión con Cristo, que en este
libro vamos a exponer.
Se advertirá que hoy día es ya un verdadero
sistema espiritual, fundado en los más sólidos
principios teológicos de la doctrina de la Iglesia
IN T R O D U C C IÓ N 15

católica. Permanece a lo largo de las cuatro muta­


ciones sucesivas de los Estatutos, como idea básica,
la que dio origen a la Asociación en 1844: la de
ayudar a la Iglesia y a su desarrollo a través del
ofrecimiento de obras, o de la propia vida trans­
formada en oración por la Consagración al Sagrado
Corazón de Jesús.
Pero ya se ha tejido, dentro precisamente de las
ideas de su fundador, establecidas con abundancia
en los varios libros que él escribió, el sistema de
vida espiritual arraigado en la riquísima dogmá­
tica del catolicismo. Y se debe indicar, para hacer
comprender mejor a aquel hombre extraordinario,
que el desarrollo del Apostolado de la Oración ha
contribuido a hacer evolucionar en la mente de los
fieles el conocimiento de varias de las grandes
ideas que hoy dominan en la doctrina de la Iglesia:
la del Cuerpo Místico, la del Sagrado Corazón, la
de la realeza de Cristo y de María, y la del valor
del sacrificio propio unido al eucarístico de Cristo,
con la comunión como complemento.
Tal es, brevemente resumida, la historia de los
orígenes del Apostolado de la Oración y de su
espiritualidad. Hoy está profundamente enriquecida
con el amplio desenvolvimiento de la devoción al
Sagrado Corazón en la Iglesia. Los nuevos Esta­
tutos del Apostolado en 1951, han venido a sellar
esta renovación. Pero volvamos a recordar que está
toda entera dentro de la misma linea señalada por
su fundador, el cual tuvo el genial instinto de mar­
carle el cauce de los más profundos intereses y
doctrina de la Iglesia de Cristo: en el Divino Co­
razón.
Encima de Jesús, como flotando en
los aires, con los brazos abiertos, un
tórax sin cabeza nos significa el gran
misterio. Hay otro Cuerpo de Jesús,
un Cuerpo Místico, grande y como
colocado entre cielo y tierra. No se
ve la cabeza del Cuerpo, pero es Jesús
su Cabeza...
EL 8AO K A M E N TO DE L A Ú L T IM A
CEN A, de S a l v a d o r D a l í .
1955, Galería N acional de Arte.
Wáshinfirton.
PRIMERA PARTE

PLAN D IV IN O
DE REDENCIÓN
(Los principios
teológicos de
la espiritualidad)

2
I

Somos una fuente de energía.

El hombre es un ser dotado de inmensos re­


cursos de energía de cuerpo y de alma.
La energía de su vida corporal es la que co­
munica a su corazón el continuado y rítmico
batir, que sostiene tantos años sus movimientos
y actividad incansables con perfecta regularidad.
Sería capaz tan pequeño miembro de levantar
un peso de muchas toneladas si se acumulara su
energía, y en un solo día late cerca de 100.000
veces en un hombre cualquiera.
Lo mismo podría decirse de la energía diges­
tiva, y de la nerviosa, y de la cerebral y de la
respiratoria. Centro productor de energía física,
la vida, que es puesta al principio en cada hombre,
es la que alimenta sus luchas, sus correrías,, su
destreza, toda su acción.
Mucho mayor es aún su energía espiritual o
psíquica. El gesto de su rostro nos está diciendo
una inmensa voluntad, y un pensamiento alma­
cenado y presto a estallar en gritos o en silenciosas
tragedias o en un fulgurante salto.
La energía contenida en el ser humano, en cuer­
po y alma, es la que ha hecho las ciudades y el
progreso de la técnica, sus maquinarias, sus ce­
rebros electrónicos, sus formidables proyectiles
20 V IV IR CON LA IG LE SIA

espaciales y satélites en órbita, la variedad asom­


brosa de las culturas, la vida social entera en
sus innúmeras manifestaciones.
Cada uno de nosotros somos así una increíble
central de energía vital, cuyos efectos contempla­
mos en el mundo. Pero es con todo una energía
totalmente natural. Pertenece al mundo délos
hombres.
Esta energía puede aprovecharse y puede, en
gran parte, perderse. Una central electrónica, un
salto de agua, aprovecha la energía represada para
transformarla.
Es un enorme peso de agua detenida entre unas
montañas, y con la barrera de un dique; parece
en su inmovilidad una cosa muerta, y, sin embargo,
hay allí una gran capacidad de fuerza útil y
también de destrucción.
Aprovechado el peso, la fuerza muerta del agua,
en un salto, lo transforma en poderosa corriente
una central eléctrica, y brota la iluminación de
las ciudades, con sus fascinantes anocheceres
modernos, centelleantes de anuncios de colores
en la oscuridad, rotulada con las muestras del
ingenio humano.
Pero, en cambio, si rotas las barreras, como
ocurrió en Ribadelago o en Frejus, se precipita
la inmensa mole muerta del agua incontrolable­
mente por los campos y sobre la paz de los pueblos,
hileras de ataúdes y miles de hectáreas de campos
y cultivos arrasados muestran, a los hombres
que viven, la energía del agua represada.
Tal puede decirse la energía acumulada en el
cuerpo y alma del hombre por el Creador de la
PL A N D IV IN O D E R E D E N C IÓ N 21

naturaleza: Dios. Puesta esa energía en marcha


(y el dispositivo de acción está en poder de la
voluntad), brotan las innumerables obras de los
hombres.
Pero, rotas las barreras y diques morales que
Dios puso a esta energía, si se desata en invasión
de rebeldía incontrolable, pueden bastar unas
horas para destruir el tesoro de los siglos, con
el incendio y el asalto, y bastan unos segundos
para destruir el tesoro de otras vidas humanas
con el asesinato y la guerra salvaje.
Todos llevamos esta energía en nuestras almas
y en nuestros cuerpos. Somos cada uno esta
fuente de energía natural.
Pero el hombre no solo es hombre, sino que
además es hijo de Dios. Cuando Dios creó a
Adán del barro del Paraíso, según el relato pri­
mitivo, sopló en su rostro infundiéndole espíritu
de vida, y lo creó a imagen y semejanza suya.
En estas palabras han querido ver los Doctores
de la Iglesia la enseñanza de la vida superior
del hombre. Lo creó a su imagen—dicen—porque
le dio la vida natural racional; y lo creó a su
semejanza porque le infundió la gracia santifi­
cante, vida divina que le hace semejante a Dios.
Miguel Ángel, el formidable pintor de las obras
de Dios, pintó en el techo de la Capilla Sixtina
la grandiosa obra de la Creación. Al pintar el
despertar de Adán, creado por Dios del barro de
la tierra, ha expresado de manera insuperable
la transmisión de la vida al hombre.
El Omnipotente, en imagen de un hombre
poderoso que va en rápido vuelo por los aires,
22 V IV IR CON LA IG LE SIA

extiende su mano enérgica y la punta de su dedo


extendido va a tocar la punta del dedo de la
mano de Adán. Adán parece desperezarse de
un gran sueño y su mano se levanta lentamente
al sentir el flujo de la corriente que le envía el
dedo de Dios al paso creador.
Ese dedo formidable de Dios, en que el gran ar­
tista del cristianismo ha querido expresar toda
la divina energía que se transmite al hombre,
va a tocar la mano del cuerpo humano preparado,
la cual se levanta lánguidamente a su primer
contacto. No era posible expresar más plástica­
mente la energía de la vida que Dios transmite
al hombre.
Lo creó a su semejanza, porque le infundió
una vida divina. Son dos vidas las que el hombre
tiene: una natural, visible en su gesto y en su
movimiento, y otra sobrenatural, en sí misma
invisible, pero visible en sus efectos.
Esta es la otra energía superior que hay en
cada uno de nosotros, si la queremos tener, pues
Dios nos la regala dadivosamente. Si los efectos
de la vida natural y de su energía los hemos des­
crito en la formación de la actividad humana múl­
tiple sobre la tierra, los efectos de esta energía so­
brenatural que poseemos, ¿quién los podrá contar?
A ella se debe la santidad, el heroísmo de las
virtudes, la salvación de las almas, la maravillosa
población del cielo, con un inmenso pueblo cuya
actividad es tan admirable, que la que vemos
en la tierra es solo lejana sombra de ella.
Esta vida divina poseemos, y está a nuestro
alcance; esta energía es nuestro tesoro principal.
PLAN D IV IN O D E R E D E N CIÓ N 23

Y no es solo energía para nosotros, sino hasta


para resucitar a los demás, porque Dios quiere
que los unos ayuden a la salvación de los otros.
El dedo formidable de Dios Creador es un
fulgurante polo de la corriente que pasa. En
nosotros está la vida divina, y este dedo interroga:
¿Sabes, oh hombre, que llevas en ti la energía
de Dios?
II

Jesucristo y la conquista del mundo.

El mundo, desde Adán, había perdido la ener­


gía divina que Dios en el Paraíso regalara al
hombre, y fue preciso reconquistar ese mundo
supremo abandonado. Para ello vino el mismo
Hijo de Dios al mundo, y quiso ofrecerse a la
muerte de Cruz. La Redención del mundo, la
reconquista del hombre para Dios, se hizo en el
monte Calvario con el precio de la Sangre y los
sufrimientos de Jesús.
La perspectiva de la Cruz de Jesucristo es una
perspectiva universal. «Por nosotros los hombres
y por nuestra salvación bajó de los cielos», canta
el Credo católico.
El Evangelio de Jesús es un Evangelio de uni­
versalidad: «Id a todas las naciones y predicad
el Evangelio a toda humana criatura», según en­
seña el Evangelio de San Marcos (2). El Señor
resucitado envió a sus apóstoles, dándoles mandato
universal, y les dijo: «Seréis testigos míos hasta
los extremos de la tierra» (3).
Esta universalidad de la Redención salvadora
de Cristo es la que el pintor Salvador Dalí ha
querido expresar en su cuadro de Cristo Crucifica­
do. El paisaje terrestre como fondo de la Cruz
que se alza en los aires sobre la tierra toda, es
PLAN D IV IN O D E RE D E N CIÓ N 25

de geografía de universo, aunque sea copiado


de un concreto rincón de la tierra. Cristo, desde
la Cruz, está mirando la tierra toda, la abarca
con sus brazos abiertos, que aquí parecen que­
rerse desclavar en un esfuerzo por lanzarse hacia
la amada tierra.
Y la tiniebla que cubre el cielo ha comenzado
ya a iluminarse desde la tierra misma. Porque
en ella fue donde sufrió y murió el Hijo de Dios.
Esta es la empresa que Jesús trajo al mundo
como enviado de Dios: «Yo he venido para que
tengan vida y la tengan abundante» (4).
Se trata de reconquistar el mundo entero para
Dios de la noche del pecado. Es preciso que la
luz que comienza a irradiar desde el Calvario
se extienda hasta los límites de la tierra, a blancos,
negros y amarillos, a todos.
«Al recordar—dice Pío XII en 1946—las pala­
bras de Nuestro Redentor (tengo otras ovejas,
se hará un solo rebaño), sentimos inflamarnos
en sus mismos deseos, y rogamos al Espíritu Santo
con gemido de plegarias que abra los caminos
de salvación a tan ingente muchedumbre de hom­
bres, que aún oprime la esclavitud de la idola­
tría. No perdonaremos trabajo alguno hasta que
brille, aun en ios pueblos más apartados, la gloria
de la religión católica, y la Cruz, en la que está
la salud y la vida, cobije bajo su sombra aun
las más apartadas regiones del mundo» (5).
Jesucristo es el Rey de la tierra, cuyo derecho
ha conquistado con su muerte. La Cruz es la in­
signia de su poder real, y con la mano en alto
convoca a los hombres para la grande empresa.
26 V IV IR CON LA IG LE SIA

Su Corazón, lleno de amor, la planeó durante


los muchos años de su vida escondida, siguiendo
la voluntad de su Padre.
En el libro de los Ejercicios Espirituales, San
Ignacio de Loyola lo ha expresado en la medita­
ción del Rey etemal, haciéndole decir estas pa­
labras, dirigidas a cada uno de los hombres, y,
por lo tanto, a nosotros también:
«Mi voluntad es de conquistar todo el mundo
y todos los enemigos, y así entrar en la gloria de
mi Padre; por tanto, quien quisiera venir conmigo
ha de trabajar conmigo, porque siguiéndome en
la pena también me siga en la gloria.»
San Pablo ha dicho con palabras exactas:
«Somos ayudantes de Dios» (6). Nos necesita
Jesucristo para realizar la empresa. Dios tiene
necesidad de los hombres.
Él no es a solas el Redentor del mundo, su con­
quistador para el Padre. Él solo, ciertamente,
ha pagado el precio de la conquista, pero su efec­
tiva realización la pone en nuestras manos. Y
esta es propiamente nuestra empresa de cristianos.
Nos llama con magnífico gesto a ayudarle, y
con su Corazón sobre el pecho real parece decir
a cada uno de los hombres:
«¡Hijo, dame tu corazón!»
Quiere conquistarnos a cada uno para su Padre.
Pero no basta. Quiere conquistarnos para que le
ayudemos también.
¿Queréis ser, oh cristianos, los ayudantes de
Dios?
Tal es la empresa a la que Jesús nos ha llamado.
No tiene otro sentido real nuestra vida que el
PLAN D IV IN O DE R E D E N CIÓ N 27

de dedicarnos a esto. La mayor parte de los hom­


bres se dedican a otras empresas, a trabajar,
a hacer negocios. Trabajar es necesario en la vida.
Pero solo hay una empresa, un negocio que sea
el destino del hombre. Este negocio, esta empresa
-es la que adquiere resonancia de eternidad.
No tenemos los hombres dos vidas, ni dos des­
tinos. El destino de eternidad absorbe los demás
destinos. Si queremos dedicar nuestra vida a
otros negocios, hacemos bien solamente si los
sometemos a la perspectiva de este.
Porque ¿de qué sirve al hombre ganar todo el
mundo si pierde su alma? Y ¿de qué le sirve
ganar todo el dinero del mundo, si no gana almas
para Dios?
Esta verdad no es solo para sacerdotes y reli­
giosos. Jesucristo ha llamado a esta gran empresa
a todos los cristianos. He aquí algunas de las
-conclusiones del Congreso Mundial del Apostolado
de los Seglares, reunido en Roma en 1951:
«El Apostolado de los Seglares ha sido previsto
y querido por el mismo Dios en su plan de amor
redentor. Dios ha creado el mundo y lo ha res­
catado del pecado por la Encarnación de su Hijo
Jesucristo, que prolonga su presencia y su misión
mediante la Iglesia por Él fundada, y a la que
anima con su espíritu.
»E1 Apostolado seglar, guiado por la Jerarquía,
se deriva de su incorporación al Cuerpo Místico
por el bautismo, del sacramento de la confirma­
ción, y de la caridad divina que el Espíritu Santo
infunde en nosotros, y de las exigencias sociales
del cristianismo.
28 V IV IR CON L A IG L E SIA

«Este Apostolado presupone que todo cristiano


conoce y admite de hecho que el cristianismo no
solo consiste en la práctica de los deberes religio­
sos en determinadas circunstancias, sino en vivir
con la ayuda de la gracia, la vida de la Iglesia
con iodos sus actos» (7).
Entramos con estas palabras en el terreno del
Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia, por
la cual Dios ha determinado salvar a todos los
hombres. Esta es la empresa para la que Jesu­
cristo nos pide nuestra colaboración.
III

La Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo,


medio de salvación.

El medio que Jesucristo ha establecido, para


realizar su plan de conquista del mundo para
Dios, es la Iglesia. Ella es el fruto de la Sangre
redentora; la incorporación a ella es de necesidad
para salvarse.
Queriendo Jesús transmitir a los hombres de
toda la tierra y de todos los siglos, hasta el fin
del mundo, la vida divina que fluye de la Cruz,
organizó su Iglesia, a la cual dotó de todos los
medios de salvación, y de una vida mística,
que se comunica a todos los que a ella pertene­
cen, o al menos tiende a comunicarse por divina
virtud.
Sabía Jesús que, según la voluntad de su
Padre, debía partir de este mundo al cielo des­
pués de la Resurrección. Pero, si Él se marchaba,
¿quién haría la obra de Dios sobre la tierra que
El había creado? ¿Quién oraría al Padre como
el Padre quería que se orase, si ya no estaba
Jesús sobre la tierra, que era quien únicamente
podía agradar con su oración al Padre?
Solo la oración de Jesús subía como un gratísimo
incienso por los aires al cielo, solamente su sa-
30 V IV IR CON LA IG LE SIA

crificio adquiría valor de homenaje digno ante


el corazón de Dios.
Jesús, para resolver esta dificultad, creó la
Iglesia. Ella sería la continuación de Jesús sobre
la tierra. Ella oraría al Padre como Jesús oraba,
y se sacrificaría hasta la muerte con gesto de
Cristo. Ella era como una prolongación de Cristo,
y así la instituía J^sús. Se llamaría su Cuerpo*
Místico o misterioso sobre la tierra, y haría la
obra de Jesús a través de los siglos para la Re­
dención del mundo. Jesús desde el cielo la dirigirá,
el Espíritu Santo la animará con su soplo vivifi­
cante, y la Iglesia marchará por la historia de
los hombres con el paso, la mirada, la bondad
en el corazón, que Jesús tiene.
En la última Cena, Jesús dijo estas palabras
memorables creando una imagen nuevamente acu­
ñada por su divina invención sobre el antiguo
lenguaje de los profetas que hablaron de la viña
de Dios: «Yo soy la Vid, vosotros los sarmien­
tos» (8).
Él se ha llamado «la Vid verdadera», de la cual
su Padre es el cultivador. Los hombres son los
sarmientos o renuevos de esta Vid, que cobran
por tanto su vida de la misma vida de Jesús.
Y así como el sarmiento, el brote, no puede lle­
var fruto por sí mismo, a no ser que permanezca
unido a la vid, así tampoco los hombres podemos
llevar fruto si no permanecemos unidos por la
gracia a Jesús. El que no permanece en Él será
echado fuera, y solo servirá para arder, como
rama desgajada del árbol, como sarmiento roto
de la vid.
PL A N D IV IN O D E R E D E N C IÓ N 31

La gloria del Padre, cultivador de esta vid


celeste, consiste en que llevemos sus sarmientos
mucho fruto, siendo verdaderos discípulos de
Jesús.
Esta imagen de la Vid, que es Jesús comuni­
cando su vida a los hombres, ha sido completada,
y como humanizada, por la inspiración del Es­
píritu Santo a San Pablo, transformando la Vid
en el cuerpo humano. Y así surge la imagen
del Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia.
He aquí algunos pasajes de San Pablo, que nos
ponen delante esta imagen del Cuerpo de Cristo,
tan conmovedora para los que amamos a Jesús,
su Cuerpo y su Sangre, y quisiéramos verlo de
nuevo sobre la tierra. No hace falta; en ella está
por su Iglesia; podemos aprehender su Cuerpa
de manera misteriosa; he aquí cómo:
«Todos estos dones y gracias variados los obra
un solo y mismo Espíritu, que divide entre todos
como quiere. Porque como el cuerpo es uno solo,
y tiene, sin embargo, muchos miembros, forman­
do todos un solo cuerpo a pesar de ser muchos:
lo mismo pasa con Cristo. Porque en un Espíritu
hemos sido bautizados todos, y en un Espíritu
hemos bebido el agua de la gracia.
»E1 cuerpo no es un solo miembro, sino muchos.
Si dijese el pie: pues no soy mano, no soy del
cuerpo, ¿será esto verdad? O si el oído dijese:
pues no soy ojo, no soy del cuerpo, ¿acaso no
forma parte del cuerpo? Porque si todo fuese
ojos, ¿dónde estará el oído? Y si todo fuese oído,
¿dónde estará el olfato? Pero Dios ha puesto
variadas partes en el cuerpo, como ha querido.
32 V IV IR CON LA IG L K SIA

»Y no puede decir el ojo a la mano: no necesi­


to de ti; ni la cabeza a los pies: no me hacéis
falta.
♦Vosotros sois Cuerpo de Cristo y miembros
unidos a otros miembros* (9).
«Cristo es Cabeza de la Iglesia, y Salvador de
este Cuerpo» (10).
El Cuerpo Místico se compone, por tanto, co­
mo el humano, de diversos miembros. Los que
tienen una función vital más importante en el
ejercicio del Cuerpo son el Papa y los Carde­
nales y Obispos. Ellos forman la Jerarquía.
El Papa es la cabeza visible de la Iglesia, en
representación de Cristo, y unidos con él los
Obispos, sucesores de los doce Apóstoles.
La Iglesia Católica, Romana, cuyo mejor sím­
bolo material es la Basílica de San Pedro, con la
famosa Silla del Pescador sostenida por las
imágenes de los Doctores de la Iglesia, está
presente en el mundo. Todo el que quiera simple­
mente abrir los ojos puede verla.
La Basílica de San Pedro muestra la belleza
extema del Cuerpo Místico, reflejo lejano de su
belleza mística, de la que se dice: «Toda la gloria
de la hija del rey (que es la Iglesia, Esposa de
Cristo) está en el interior* (11).
Encima de la Silla del Pescador, sostenida en
el retablo, irradia la célebre gloria de Bemini,
donde son colocadas las figuras de los nuevos
Santos en las Canonizaciones. La Iglesia Mili­
tante queda unida a la Triunfante.
Los fieles rodean en las solemnidades a la Jerar­
quía. Está presente la Iglesia. Uno de los mo-
PLAN D IV IN O D E RE D E N CIÓ N 33

mentos culminantes de esta presencia sensible


del Cuerpo Místico pudo verse en la definición
dogmática de la Asunción de María. Estaba pre­
sente en San Pedro, cuando Pío XII se reunía con
los Cardenales y Obispos, delante de la multitud
inmensa venida de todos los puntos del planeta,
y proclamaba con palabra conmovedora la Asun­
ción. Y encima de todos flotaba la gloria del
Cuerpo de María, miembro eminentísimo del
Cuerpo Místico, que desde el cielo se inclinaba
hacia los hombres.
IV

Vivir con el Cuerpo Místico.

Proclaman nuestros Estatutos que el Apostolado


de la Oración es «una Pía unión de fieles que
viven no solo para la propia salvación, sino que,
con oración y sacrificio apostólicos, trabajan
también para edificar el Cuerpo Místico de Cristo».
No podemos vivir como seres independientes,
después de que Jesucristo, el Hijo de Dios, vino
a este mundo para hacer de todos una sola cosa,
levantamos consigo a la gloria del Padre. Somos
algo nuevo, aquella nueva criatura de que habla
San Pablo, y tenemos que obrar por tanto en
forma nueva.
Esta forma nueva de obrar, propia de los que
están incorporados en el Cuerpo Místico de
Cristo, es la que trata de hacernos vivir cons­
cientemente el Apostolado de la Oración con su
doctrina y práctica. Por eso, la espiritualidad
del Apostolado de la Oración puede con verdad
decirse que es una espiritualidad de Cuerpo M ís­
tico.
¿Qué es un cuerpo? Es la parte material del
hombre, su tangible presencia. Es algo que con
los ojos se ve, y que, lleno de armonía y vitalidad,
ofrece el espectáculo más digno de atención
entre las cosas visibles.
PLAN D IV IN O D E RED EN CIÓ N 35

Los grandes artistas han mostrado su arte


principalmente en la reproducción de los ade­
manes, de la belleza y del movimiento del cuerpo
humano. Si tomamos por ejemplo la Fragua de
Vulcano, de Velázquez, allí los cuerpos de los
herreros y el cuerpo del dios mentido, entre el
resplandor del fuego y del chispeante hierro,
resaltan con clara fuerza.
Es el cuerpo humano, entre todos los cuerpos,
la obra maestra del divino artista en el Paraíso.
Y no solo en su aspecto exterior, que es obra
de belleza sensible, sino en toda su organización
interna, que es obra de científica perfección
maravillosa, por su exactitud, por su funcio­
nalidad y por su asombrosa técnica de conjun­
ción.
Tejidos, nervios, venas, músculos y huesos se
combinan para hacer el cuerpo. Miembros ex­
teriores: cabeza, manos, pies, tórax, vientre,
brazos, piernas, muestran afuera la agilidad, la
fuerza o la destreza. Y órganos internos: pulmo­
nes, corazón, estómago, riñones, hígado y cerebro,
funcionan internamente en un perpetuo pálpito
de vida, compuesto de millones de células.
Este cuerpo humano fue levantado a su más
alto destino cuando apareció Cristo Jesús, el
Hijo de Dios, sobre la tierra. Aquel Cuerpo de
Hombre, que tomó de la carne de la Virgen Ma­
ría en Nazaret, era la obra suprema de la creación
visible, como su Alma era la obra suprema de la
invisible.
Siempre han estimado los hombres, exceptuado
algún caso particular, que el Cuerpo humano de
36 V IV IR CON LA IG L E SIA

Jesús era perfecto en su forma y armonía. Nacido


de una Virgen sin mancha, Cuerpo virginal de
carne virginal, no lleva el sello de las consecuencias
del pecado original, enfermedades y defectos que
afean u oscurecen la belleza de otros cuerpos.
Convenía que el Cuerpo del Hombre perfecto,
Jesucristo, fuese un Cuerpo perfecto.
Este fue su Cuerpo físico. Tenía un destino
de gloria, pero a través del sufrimiento de la
Cruz. La obra más perfecta de la creación visible
había de ser destruida en sacrificio por todos los
demás cuerpos de hombre, y así, según la ley
de que el grano de trigo si no muere no da fruto,
se levantaría después glorioso y rutilante del
sepulcro para subir triunfante a los cielos, donde
está sentado a la diestra de Dios Padre. Esta es
la grandeza mayor del cuerpo humano: haber
sido llevado en Jesús hasta esa altura.
Pero Jesús, además de este Sagrado y Santo
Cuerpo humano suyo, físico y tangible como el
nuestro, de volumen y forma definidos en el
espacio, tiene otro Cuerpo lleno de misterio y de
sublime gloria.
Este es el Cuerpo Místico de Cristo. Místico
significa misterioso y sobrenatural. Llamamos
místico propiamente a algo que tenga relación
directa con Dios, sobre la naturaleza ordinaria
de las cosas, y entrando en el misterio divino,
oscuro, grande y terrible.
Y este es el gran misterio que nos lleva a la
participación de la infinita grandeza de Dios:
el Cuerpo Místico de Cristo, que somos nosotros
con Él.
PL A N D IV IN O D E REDEN CIÓN 37

San Pablo—como hemos escrito—desarrolló esta


misma idea mediante la obvia comparación con
el cuerpo humano, que es donde hay una sola
vida. Del mismo modo que en el cuerpo hay
muchos miembros diversos, que están unidos en­
tre sí, y todos viven de la vida del cuerpo, y son
con él una sola cosa, lo mismo sucede con los
cristianos y Jesús. Somos miembros de Cristo,
unidos unos a otros, y todos a Él, que es nuestra
Cabeza. Se le compara a Jesús con la cabeza del
cuerpo, porque esta es lo principal de todo el
cuerpo, y porque en ella están colocados todos
los sentidos del hombre, y desde ella el cerebro
gobierna y manda a todos los miembros.
jQué gran misterio este! Porque en el cuerpo
humano se dice lo mismo del pie que de la mano
que de la misma cabeza: es de tal hombre. Es
su pie, lo mismo que es su cabeza. Del mismo
modo y misteriosamente en Jesús: somos Dios ya
que somos miembros de Dios. Jesús es Dios, y
nosotros somos Dios por incorporación, si bien
Él lo es por naturaleza.
Y Dios incorpora a Sí el mundo de los hom­
bres, después de haberse Él incorporado a su na­
turaleza por la Encamación.
Henos, por tanto, aquí, a todos los que tenemos
tal dicha, hechos un Cuerpo nuevo, que es vivi­
ficado por un Alma nueva, que es el Espíritu
Santo. Jesús es nuestra Cabeza y el Espíritu Santo
es nuestra Alma. ¿Qué más podemos desear?
Y así la pobre raza humana viene a elevarse
sobre los cielos más altos, y vendremos en conse­
cuencia dichosa, un día no lejano, a sentamos con
38 V IV IR CON L A IG L E S IA

Jesús en el Reino de Dios, porque habiéndonos


hecho Cuerpo suyo, nos toca estar donde está
Él, que es triunfante, gozoso, a la diestra de
Dios.
En el cuerpo humano hay infinidad de células
microscópicas, que son la base de los fenómenos
vitales. Cada tejido está compuesto de células.
Ellas son las que nacen, se reproducen y mueren.
En constante actividad, con sus núcleos y proto-
plasmas, ellas son en su plurivalente sencillez
las activistas del hombre, y su composición misma.
Es tal su número, que en un solo centímetro
cúbico poseen determinados tejidos un número
que, para ser contado, requeriría una velocidad
de cuenta de 5.000 por minuto, tardándose en
contarlas así 9.000 años (12).
Luego ellas, juntas a millones y millones,
forman los tejidos, y de estos se forman los ór­
ganos, de modo que venimos a los pulmones o
a la médula espinal a partir de sus pequeñísimas
células de clase diversa.
Esto que pasa en cualquier organismo vivo,
planta o animal, y por tanto también en el hombre,
sucedería también en el maravilloso Cuerpo de
Jesús. De la célula primigenia de la Virgen, por
milagro de Dios, se formó todo el Cuerpo de Jesús,
que después se fatigó, sufrió y murió en la Cruz
redentora.
Pero, trasponiendo el misterio al Cuerpo Místico
de Cristo, aquí pasa lo mismo. También en este,
de un primer Hombre o célula fundamental del
Cuerpo, que es Jesús, que da origen a todo el
Cuerpo Místico, brotan por el Agua y la Sangre
PLAN D IV IN O D E REDEN CIÓN 39

de su Corazón todos los demás formantes del


Cuerpo misterioso. Cada uno de nosotros somos
así una célula del Cuerpo, y formamos diversos
organismos o miembros, cuales son las iglesias
particulares o las Asociaciones determinadas del
catolicismo. «¿No sabéis que sois miembro unido
a otro miembro?», preguntará San Pablo a los
cristianos.
Somos células cada uno de los hijos de la
Iglesia, y ahora estamos obligados a vivir como
tales. No puede decir una célula: «¿A mí que me
importa del cuerpo?» Porque ella es el cuerpo.
No puede un fiel cristiano decir: «Basta con que
viva yo mi vida cristiana, con que me salve yo
solo, con que me santifique personalmente*. Lo
quieras o no, estás unido a otras células, a mi­
llones de otras personas católicas, y estás inser­
tado en el Cuerpo Total de Jesús. Tienes que
vivir su misma vida, interesarte por sus problemas,
vivirlos.
No puede una Asociación piadosa o apostólica
en la Iglesia decir: «No quiero saber nada de las
otras»; ¿no sabes que eres miembro juntamente?
Vivir esa vida, que deriva de Jesús, es tu
problema. Vivirla es tu cristianismo.
Sucedió que Jesús vivió durante su vida terrena,
desarrollando con su Cuerpo y Alma una actividad
toda redentora, de oración, de predicación, de
enseñanza, que culminaría en la Pasión y en la
Cruz.
Desde que comenzó a vivir aquel Cuerpo en
el seno de María hasta que entregó su Espíritu
en las manos de su Padre con el ultimo aliento,
40 V IV IR CON LA IGLESIA

solo hubo una dirección de su actividad en todos


sus pasos» sus gestos, sus palabras: esta direc­
ción era la de la salvación de los hombres. «Yo
he venido para salvar lo que había perecido»,
dijo Él (13).
Pero la vida terrena de Jesús con su actividad
tuvo un término en la muerte. Después de tres
días resucitó; aquel mismo Cuerpo suyo volvió
a la vida glorioso para nunca más morir, y re­
emprendió de nuevo su actividad redentora, con
los latidos de su Corazón, con el enérgico mirar
de sus ojos, con la dulce apertura de su boca
a la conversación, con su firme paso de triunfador
amable. Pocos días vivió ya sobre la tierra.
Solamente cuarenta, hasta la Ascensión.
Entonces subió a los cielos, y allí en gloria
divina queda esperando a todos los que se han
de salvar. Es la Cabeza del Cuerpo, que está
ya en la gloria. Pero poco antes de marchar al
cielo había establecido y formado su Cuerpo Mís­
tico sobre la tierra. Ya Pedro y los Apóstoles
formaban la Jerarquía de la Iglesia, ya los pri­
meros fieles formaban su organismo.
Y esta es la admirable labor que tiene que
desarrollar sobre la tierra el Cuerpo Místico cuya
Cabeza está ya en los cielos: continuar la obra
redentora de Jesús, completar su actividad,
continuar siendo Jesús sobre la tierra.
De los sufrimientos ha dicho el Apóstol San
Pablo admirablemente: «Tengo que completar en
mi propio cuerpo, y formando parte del Cuerpo
de Cristo, que es la Iglesia, lo que falta a la Pasión
de Jesucristo* (14). Es decir: como yo soy Jesús,
PLAN D IV IN O D E RE D E N C IÓ N 4!

como yo soy su Cuerpo Místico, junto con los


demás, este Cuerpo Místico tiene que terminar
la Pasión de Jesús a lo largo de los siglos. Un
gran pensador dijo con verdad: «Jesús está en
agonía hasta el fin del mundo» (15). Era un co­
mentario a la genial intuición de Pablo.
Pero del mismo modo tenemos que decir:
Tengo que completar con mi oración la oración
de Jesús. Tengo que completar con mi vida
redentora lo que falta a la Redención de Cristo.
Esto es el Apostolado de la Oración.
El Apostolado de la Oración es vivir la vida
del Cuerpo Místico en plenitud, o sea prolongar
la Oración y la Redención de Cristo. Sabemos
que a esta Redención nadie puede añadir nada
sustancial, porque el único Redentor es Jesucristo.
Pero al mismo tiempo sabemos (y esta es nuestra
grandeza y nuestro verdadero destino) que la
Redención de Cristo se prolonga en el tiempo y
se dilata en el espacio, hasta que el número de
los que se han de salvar esté completo. Entonces
será cuando el Ángel dirá: Basta. Entonces se­
rá cuando ya no habrá más tiempo, y agotada
la Redención como obra de actividad para sal­
vación, solo quedará ya la Redención como fruto,
que es la vida del pueblo celeste de los redimidos.
El pintor español Salvador Dalí, de gran valor
simbólico a pesar de sus conocidas excentricidades,
ha pintado su cuadro titulado: El Sacramento de
la Sagrada Cena, en el que pone de relieve la
idea del Cuerpo Místico que estamos desarrollando.
Lo hace con verdadero acierto, expresando en
una perspectiva humana el gran misterio.
42 V IV IR CON LA IG LE SIA

Jesús se halla sentado a la mesa en la última


Cena con sus Apóstoles, en la escena ya plasmada
por tantos geniales pinceles. Pero ninguno expresó
el simbólico misterio con tanta claridad; el mis­
terio—decimos—del Cuerpo Místico, aunque se
halla incluido en la pintura de todas las Cenas
del arte religioso.
Aquí, dentro de un Cenáculo reducido a un
armazón, que parece recordar el de una cabina
aérea de pilotaje, retrayéndonos así al mundo ac­
tual, Jesús tiene ante sí el Pan y el Vino simple­
mente sobre la mesa. Han desaparecido todos los
otros manjares históricos de la Cena: el cordero,
las fuentes, los vasos de otras Cenas. Solo queda
el Pan y el Vino del misterio.
El Cuerpo sagrado de Jesús (un Jesús para
nuestro gusto demasiado juvenil, imberbe, sin
duda para significar su eterna juventud celeste),
se desvanece en su parte inferior sobre la mesa,
transparentando el lago: y del Costado del Se­
ñor sale la barca de Pedro.
Pero encima de Jesús, como flotando en los
aires, con los brazos abiertos, un tórax sin cabeza
nos significa el gran misterio. Hay otro Cuerpo
de Jesús, un Cuerpo Místico, grande y como
colocado entre el cielo y tierra. Este Cuerpo
tiene una Cabeza, pero esa Cabeza está en los
cielos, y estando en el cuadro de la Cena Jesús
mismo a la mesa, es Jesús su Cabeza. No se
ve la cabeza del Cuerpo, pero se ve la Cabeza,
que es Jesús, cuyo cuerpo en cambio se hace
misteriosamente celestial, siendo de carne verda­
dera.
PLAN D IV IN O D E REDEN CIÓN 43

Y en derredor de Él están los Apóstoles, que


son su Cuerpo Místico, en aquel primer instante
de la Iglesia. Ahora lo somos todos. Los Apóstoles
están viviendo la intensidad misteriosa de la
palabra de Jesús. Con las cabezas inclinadas
todos ellos, en actitud de adoración y de reve­
rencia a la Comunión que han tomado.
Dos de ellos, en primer plano, de espaldas al
espectador, parecen recordar al diácono y subdiá-
cono de aquella gran Misa primera.
El misterio del Cuerpo Místico. Jesús, la Iglesia,
la Eucaristía, el Amor, la Comunidad, el Cuerpo,
la Cabeza, el misterio.
Y al fondo la bahía del Cadaqués, como símbolo
de todos los paisajes, de todas las latitudes de la
tierra, porque en todas partes está el Cuerpo Mís­
tico hoy día.
Esta es nuestra Mística, la Mística del Cuerpo
de Jesús y de su Vida.
El Apostolado de la Oración prolonga al Jesús
temporal, forma, con el Jesús glorificado en el
cielo, el Jesús total. Prolonga su oración, prolonga
su sufrimiento, prolonga su actividad redentora
en el Amor del Cuerpo Místico.
El Apostolado de la Oración vive el misterio del
Cuerpo Místico.
V

El alma di la Iglesia.

El hombre consta de cuerpo y alma. Cuando el


alma se separa, el hombre muere, y su cuerpo-
pierde todas las cualidades que le hacían atrac­
tivo y hermoso. Cesa el movimiento, se apagan
sus colores, la blandura se trueca en rigidez
cadavérica y, por fin, perdido el lazo de su unidad
biológica, se descompone y cae en polvo sobre
la tierra. El alma es la que vivifica al cuerpo.
Si la Iglesia es un Cuerpo Místico, que se ase­
meja al cuerpo del hombre, también habrá de
asemejarse en poseer un alma, de la cual venga
su vida, su hermosura y su actividad. Esta alma
existe. El alma de la Iglesia es el Espíritu
Santo.
Él es el Espíritu del Padre y del Hijo en la
Trinidad, y habiendo el Hijo, encamado en el
seno de María, tomando un Cuerpo humano y
un Corazón de carne para sufrir pasión de reden*
ción por los hombres, el Espíritu Santo vino sobre
aquel Hombre, y le llenó con su divina unción
desde el primer instante, por derecho propio.
Le fue dicho a María por el Ángel Gabriel:
«El Espíritu Santo vendrá sobre Ti, y por eso lo
Santo que de Ti nacerá, será llamado Hijo de
Dios» (16).
PLAN D IV IN O D E REDENCIÓN 45

Y pudo con razón decir Jesús en la Sinagoga


de Nazaret, cuando ya adulto se presentó ante
sus conciudadanos para explicar la Ley: «Hoy
se ha cumplido ante vosotros la profecía de
Isaías, que dice: El Espíritu del Señor está sobre
mí, y me ha ungido* (17).
En el Alma de Jesús se ha derramado el Espí­
ritu Santo con plenitud, con todos sus dones y
gracias, y ha santificado con plenitud también
su Cuerpo, como sacrificio acepto a Dios por
todos. Su Corazón de carne, símbolo de su amor,
y del Amor de todo Dios juntamente, está pene­
trado en su envoltura de carne por la unción
del Espíritu, y está penetrado en sus sentimientos
de amor por este Amor divino del Espíritu de Dios.
Todos los pensamientos, todos los afectos,
todos los dolores y todos los sentimientos de
Jesús, que hacían vibrar su Corazón tan huma­
namente, estaban siempre impregnados de la
unción absoluta del Espíritu Santo.
Porque «en Él habita la plenitud de la Divi­
nidad» (18).
Pero esta Cabeza, que es Cristo, redunda la
gracia y el hábito del Espíritu a todo su Cuerpo,
que es la Iglesia.
Porque «todos hemos recibido de su plenitud,
gracia por gracia» (19).
Por esto San Pablo nos ha enseñado que «todas
las cosas las obra en el Cuerpo Místico el Espíritu,
dando a cada uno según le parece. Ya que en un
solo Espíritu hemos sido bautizados todos, ju­
díos y gentiles, siervos y libres. Y todos hemos
bebido de un mismo Espíritu» (20).
46 V IV IR CON LA IG LESIA

Resulta imposible adquirir el profundo sentido


de la Iglesia, si no es por la unción del Espíritu
Santo. Porque el sentido de la Iglesia, es el sentido
de su alma divina. Y así como nadie puede conocer
la mentalidad de un hombre sin penetrar en su
espíritu, que es el que comprende y conoce todo
aquello profundo que en el hombre hay, ¿quién
podrá conocer lo que hay en la mente de Dios,
y en el alma de la Iglesia, sino el Espíritu Di­
vino? (21).
Ciertamente no hemos recibido el Espíritu de
este mundo, sino el Espíritu de Dios, para com­
prender las cosas de Dios.
Este Espíritu es el que produce toda la acti­
vidad de la Iglesia, y así como se conoce a un
hombre por sus obras, se conoce a los hijos de
Dios por el espíritu con que ejercen su actividad.
Ya que el mismo Espíritu es el que da testimonio
a nuestros corazones de que somos hijos de
Dios (22).
Y ¿cuál es el don con el que el Espíritu Santo
se difunde en nuestros corazones, uniéndonos en
un solo Cuerpo, y dándonos la vida de Cristo?
¿Cuál es este don, sino la divina caridad, que nos
penetra? (23).
Ahora se ve bien claro, cómo siendo el don
común del Espíritu la caridad, y siendo Espíritu
del Hijo de Dios, este Espíritu, Alma de la Iglesia,
debe ser llamado con acento especial «Espíritu
del Corazón de Jesús», fuente de caridad común
en la Iglesia. Así le llama San Pablo: «el Espíritu
de Cristo» (24).
Hemos llegado a un punto de suma impor­
PLAN D IV IN O D E REDENCIÓN 47

tancia para la perfecta, comprensión del Aposto­


lado de la Oración y de su más pura espiritualidad.
Jesucristo oraba en la tierra «en los días de
su mortalidad, con gemidos grandes y poderosos
y con lágrimas» (25). Y fue escuchado por Dios
en estas oraciones porque lo merecía.
Oraba Jesús por la Iglesia, por el triunfo del
Reino de Dios. Oraba por el cumplimiento del
plan de su Padre sobre los hombres. Oraba con­
tinuamente en las profundidades recogidas de su
Corazón.
Y el Jesús Místico, que es la Iglesia, sigue oran­
do ininterrumpidamente. Ora su Cabeza en lo
alto de los cielos, como abogado de los hombres,
presentando a su Padre oraciones ardientes de su
Corazón. Y ora el Cuerpo en la tierra, precisamente
como Cuerpo de Jesús.
¿Quién mueve estas profundas oraciones? El
Espíritu Santo, el Espíritu del Corazón de Jesús.
«Nosotros—confiesa San Pablo—no sabemos orar
como conviene, y por eso en el Cuerpo de la
Iglesia ora el Espíritu mismo por nosotros, y
con nosotros, con gemidos inefables, el cual, según
los pensamientos de Dios, ora por los miembros
de la Iglesia, y por ella entera, siguiendo la oración
que la Cabeza Cristo hace en lo alto de los cie­
los» (26).
Y también la que hace el Corazón de Jesús
en el seno del Cuerpo, desde los ignorados y
ocultos tabernáculos de los templos por el mundo
repartidos, que parecen iluminarse invisiblemente
con ardientes llamas, como focos de amor al
Padre y a los hombres todos por la tierra.
48 V IV IR CON LA IG LE SIA

El P. Ramiére, en sus apuntes personales de


Ejercicios, expone de este modo tan profundo la
idea de la oración que hizo y hace por nosotros
el Corazón de Jesús:
«He vuelto a meditar este misterio en el que de­
bería encontrar la santidad, puesto que Dios me ha
confiado la misión de descubrir a los demás tales ri­
quezas: el misterio de la oración del Corazón de Jesús.
»He aquí una serie de verdades que están im­
plicadas en la función de Mediador, que el Divino
Maestro ha ejercitado en toda su extensión y
perfección desde el primer instante de su existen­
cia. Son estas:
»Que esta oración comenzó con la misma vida
del Corazón de Jesús;
Kjue desde entonces jamás fue interrumpida;
»que ha sido el primer sacrificio y el primer
apostolado del Salvador;
»que ha sido la primera fuente de las gracias
por las que hemos sido salvados;
»que esta oración tuvo por objeto a todos los
hombres y a cada uno en particular;
»que el Corazón de Jesús pidió para cada uno
de ellos las gracias que habían de serle útiles
en cada instante de sus vidas;
»que, por consiguiente, concibió y deseó lo
que todos debían desear y hacer por su parte;
»que al mismo tiempo imploró para ellos la luz
y las gracias necesarias para realizar estos deseos.
»Pero si tales verdades son ciertas, es evidente
que solo nos queda por hacer una cosa en cada
instante: realizar el deseo que el Corazón de Jesús
concibió para mí para este instante precisamente,
El Sagrado Corazón es precisamente
d centro del misterio de la Redención.
De Él fluyó la Sangre y él Agua...
S A G R A D O C O R A Z Ó N D E JESÚ S,
de H o r a c i o F b r r r r . 1960 .
PLAN D IV IN O D E RE D E N CIÓ N 49

y alcanzar la gracia que Él obtuvo para mí y que


me quiere conceder.
»Yo puedo decir: hace ya mil novecientos años
que el Corazón de mi buen Maestro espera este
instante para obtener de mí esta gloria, y con­
cederme estagracia; ¿podría tener otra preocupación
que la de no decepcionar tan larga espera, y no
privarle de una gloria tan justamente esperada,
y no privarme a mí de una gracia tan paciente­
mente solicitada?
»En estos deseos del Corazón de Jesús encuentro
a la vez: el ñn que debo perseguir, el camino que
me conducirá a tal fin, la fuerza de seguirlo, y la
de volver al recto camino cuando me hubiere
apartado de él. Este es el más dulce de mis con­
suelos, y el mayor de mis alientos» (27).
Cuando oramos en la Iglesia y con la Iglesia,
oramos con Cristo y en Cristo, y por eso nuestras
oraciones adquieren el valor definitivo de efi­
cacia. Porque «dondequiera que haya dos o tres
congregados en mi nombre (es decir, Iglesia,
aunque sea en grado mínimo), allí estoy en medio
de ellos» (28). Y Él dijo en la última Cena, al
explicar la fórmula del Cuerpo Místico en forma
de vid y de sarmientos, que «si permanecéis en
Mí y mis palabras en vosotros (es decir, otra vez
la Iglesia con Cristo), todo lo que pidáis suce­
derá» (29).
«¿Qué tiene de maravilloso que esas oraciones
sean infaliblemente oídas? ¿Puede el Padre dejar
de amar a su Hijo, ni de encontrar su felicidad en
comunicarle todos los bienes a cambio de la gloria
que de Él recibe? Y si esto no puede, ¿cómo ha
50 V IV IR CON LA IG LE SIA

de ser avaro con los miembros del Cuerpo de su


Hijo?», escribe Ramiére (30).
Verdaderamente hay que repetirlo, y lo repe­
tiremos con las incansables palabras del fundador
del Apostolado de la Oración:
«Estas oraciones no pueden ser menos de ser
oídas. Sería la más asombrosa de las maravillas,
y el más repugnante de los absurdos, que Dios
Padre rechazase las oraciones que su Divino
Hijo le dirige en nosotros por su Espíritu. Más
aún: el mismo Padre es el autor de nuestros ruegos.
Y es así, que ese divino Espíritu, que San Pablo
llama Espíritu del Hijo, porque del Hijo procede,
y en la plenitud se ha concedido a la santa Hu­
manidad del Salvador, es también Espíritu del
Padre, como fruto y término común del amor
del Padre y del Hijo, unidos para producirlo de
la manera más inefable.
»No hay, pues, un solo deseo inspirado al
Corazón de Jesucristo por ese divino Espíritu, y
por Él comunicado al corazón del cristiano, que
no vuelva a Dios Padre como a su origen. Y
¿negará el Padre su omnipotencia a la realiza­
ción de los deseos que primero tienen principio

tememos afirmarlo: a la luz de esta doc­


trina la omnipotente eficacia de las oraciones
del cristiano deja de ser un misterio para nosotros,
y solo nos queda el derecho de maravillarnos
de que este poder sin límites que el Espíritu Santo
tiene siempre a disposición de las almas que están
en gracia, no obre mayores milagros, ni haya
cambiado aún la faz del mundo?» (31).
PLAN D IV IN O D E REDEN CIÓN 51

Pues bien: estas oraciones del Cuerpo Místico,


o sea de la Iglesia unida con su Cabeza en eí
Espíritu Santo, que son omnipotentes, son las
que el Apostolado de la Oración ejercita de modo
particular, y este es un gran secreto.
Porque estas oraciones comunitarias pueden
ejercitarse reuniéndose varios miembros en un
común espacio, como cuando se reúnen los fieles
con los sacerdotes, y por eso es de tanto valor
la oración litúrgica, cuya máxima expresión es
la santa Misa, como oración comunitaria.
Pero también pueden reunirse los fieles para
orar en el Cuerpo Místico sin necesidad de acudir
a un espacio común, a un templo o a una reunión.
Así oran en común los fieles miembros del Cuerpo
Místico, aunque se hallen separados por la dis­
tancia, cuando se reúnen en su oración con su
Cabeza, a través de la Iglesia que en la tierra ora.
El Apostolado de la Oración utiliza y enseña
a sus asociados ambas maneras de orar en el
Cuerpo Místico. Enseña a acudir principalmente
a la santa Misa, y a unirse con este sacrificio en
presencia litúrgica comunitaria.
Pero enseña también a orar en dispersión,
uniéndose con el Sagrado Corazón de Jesús, y
con su Cuerpo Místico, ofreciendo todas sus obras
por las intenciones del Corazón de Jesús expre­
sadas por el Papa. Y así el miembro del Cuerpo
está unido en la intención y en el amor a todo
el Cuerpo, y su oración es oración de Jesucristo;
oración que es su propia vida, ya que con el ofre­
cimiento, perpetuación de la Misa, ha transfor­
mado, con vara de nuevo y divino Midas, las
52 V IV IR CON L A IG LE SIA

obras rutinarias en ardiente amor y en oración


ardiente.
Tal es el secreto que el Apostolado de la Oración
difunde, y que no es otro sino el secreto de la
Iglesia, patente en la gran renovación de la
vida litúrgica y de la vida total del Cuerpo Mís­
tico, a la que por la efusión de las gracias del
divino Corazón estamos asistiendo; la doctrina
que enseña el Apostolado de la Oración es de
inmensa actualidad. Porque enseña a mantenerse
siempre en el Cuerpo Místico, bien sea en reunión,
bien sea en dispersión.
Así aprenderemos a orar en Cristo con la Iglesia
por el Santo Espíritu de Amor.
VI

El Corazón de Jesús, centro vital del Cuerpo Místico.

Jesús es la vida del Cuerpo Místico para la


salvación del mundo. En una cruz se ofreció al
Padre, como Redención, y esta entrega suya al
Padre, por nosotros, quedó místicamente simbo­
lizada en el episodio, central para la historia
profunda del mundo, de la lanzada.
«Un soldado rasgó su Costado con la lanza, y
al punto salió Sangre y Agua», dice San Juan,
que añade: «Y esto se hizo para que se cumpliese
la Escritura: Mirarán a Aquel a quien atravesa­
ron» (32).
Aquella Sangre y aquella Agua que brotaban del
Costado y Corazón abiertos de Jesús, eran el to­
rrente vital del mundo. Cuando Jesús resucitó, tres
días más tarde, conservaba la herida abierta en
su Costado, como un testimonio del gran Mis­
terio.
Este episodio de la lanzada en el Calvario es
una página central de la historia del mundo,
uno de sus momentos estelares, si se puede llamar
con esta profana frase a tan sublime momen­
to, que sobrepasa en grandeza a tantas peque­
ñas escenas humanas que han sido apellidadas
así.
54 V IV IR CON LA IG LE SIA

Aquel Centurión desconocido—a quien la le­


yenda ha dado el nombre de Longinos, porque
utilizó la lanza—realizó, sin saberlo, un papel de
primerísima fila en el inmenso drama divino de
la Redención.
La Iglesia, con mirada inspirada, guiada por
el Espíritu, ha dirigido sus ojos a tal escena
para venerarla con hondura de amor. Desde el
principio del cristianismo, los grandes escritores,
las almas santas, han mirado esta escena con
comprensible ternura, siguiendo la mirada de
María, la primera adoradora del Sagrado Corazón,
que posó sus ojos y sus labios en aquella herida,
al tener el Cuerpo traspasado en sus brazos de
Madre, la tarde del Viernes Santo.
Aunque el Evangelio solo dice—así es de magní­
fica la concisión de Dios al explicar sus miste­
rios, porque quiere de nosotros que teniendo ojos
veamos—que aquella lanza hirió el Costado, Pío
XII, siguiendo en esto la tradición de la Iglesia,
nos ha enseñado que el soldado llegó con el hie­
rro a herir el mismo Corazón, pues pretendía dar
muerte a Jesús si no estuviera muerto, compro­
bar, en fin, su muerte ante sus propios jefes mi­
litares (33). Imposible era que ante un cadáver
inmóvil, un soldado ejercitado en la esgrima falla­
se el golpe certero de su lanza asestada al Cora­
zón. Podemos tener seguridad histórica de que
el mismo Corazón de Jesús fue abierto en su pe­
cho por el golpe del romano, aquel viernes en el
monte Calvario.
No fue crueldad, no lo fue. Era evidente im­
pulso de la divina moción. No había injuria contra
PLAN D IV IN O D E REDENCIÓN 55

el Cuerpo, sino cumplimiento de un deber militar.


Pero en realidad era el ejecutor inconsciente del
grandioso misterio decretado desde la eternidad
en los divinos abismos.
¡Estaba todo tan lleno de misterios en aquel
suceso! Nadie podría agotar su profundidad; de­
bemos contentarnos con subrayarla.
Durante largos siglos, la Iglesia vivió en la
-espera de la penumbra de esta revelación del gran
instante. Estaba ya en el centro de su tesoro,
de aquel tesoro de Sangre que le legó Jesucristo,
pero los miembros de la Iglesia no lo habían aún
penetrado plenamente.
Y hubo de ser el mismo Jesucristo—tan grande
era la advertencia—el que señalase con su dedo
a su Esposa en Paray-le-Monial, por medio de
sus palabras a una mujer ayer desconocida, y
hoy llamada Santa Margarita María de Alacoque,
el centro mismo del Amor.
Es Pío XII quien lo ha recordado exaltando
la misión de aquella humilde alma:
«La importancia de Paray-le-Monial estriba en
•el hecho de que, al mostrar Cristo su Corazón
Sacratísimo, pretendió de una manera extraor­
dinaria y singular llamar nuestra atención para
que nos fijásemos en los misterios de su amor
misericordiosísimo para con el género humano y
así lo contempláramos y le diéramos culto.
»Con esta manifestación excepcional Jesucristo,
repetidas veces y expresamente, mostró en su
Corazón un símbolo que atrajese a los hombres
al conocimiento y a la estima de su amor, y al
mismo tiempo,
56 V IV IR CON L A IG LE SIA

üo constituyó como señal y prenda de miseri­


cordia y de gracia para las necesidades de la Igle­
sia en los tiempos modernos% (34).
Este es el Corazón que late con ritmo inacaba­
ble en el Cuerpo Místico, comunicándole la vida.
Toda la vida sobrenatural del mundo, toda su
definitiva grandeza, le viene, a través de la
Iglesia, de la Sangre y el Agua que brotaron, con
significado misterioso, de la lanza que hirió al
Salvador. Toda su vida actual le viene al mundo
del Cordero muerto pro mundi vita, y cuyo Cora­
zón sigue latiendo en los cielos por amor a su
Esposa la Iglesia.
Fijad vuestra atención en estas afirmaciones
en que vamos a resumir la grandeza de la impor­
tancia del Sagrado Corazón con la vida espiritual
y sobrenatural del mundo:
La Iglesia nació del Corazón herido del Re­
dentor.
La gracia santificante ha fluido de aquella
herida, a lo largo de tantos siglos, sobre las almas.
El Espíritu Santo ha sido dado desde Pentecos­
tés al mundo, como un don de aquel Divino Co­
razón que dijo: «Si alguno tiene sed, venga a M í
y beba, porque de mi entraña brotan ríos de agua
viva*.
De aquel Corazón, por tanto, ha brotado el
jardín de flores del heroísmo: la virginidad, el
martirio, la santidad.
¿Adonde, pues, iríamos nosotros a buscar el
Amor y la Gracia? ¿Adónde, sino a aquel Corazón,
que es el Corazón viviente de la Iglesia, cuyos
miembros somos?
PLAN D IV IN O D E REDEN CIÓN 57

Por esto, en la empresa de redimir y salvar


el mundo para Dios, no puede estar ausente el
Sagrado Corazón. Tan superficial sería el cono­
cimiento y el amor del que pensase que se puede
prescindir de Él, como de aquel que creyese que
se puede mantener el río si se detiene la fuente, o
el calor si se apaga su fuego.
Se ha hecho recientemente en un hospital de
Massachusets (Estados Unidos), una rigurosa ex­
periencia científica del más alto interés.
En una sala espaciosa de una Casa-cuna, llena
de niños recién nacidos que, con la multiplicación
de sus vagidos infantiles formaban un rumoroso
colmenar mezclado en confusión, se retransmitía
por altavoces, repartidos cuidadosamente por la
sala, una cinta magnetofónica con un único ruido:
el del latido isócrono de un corazón humano a
golpes secos y rítmicos. Casi instantáneamente,
en cuanto el corazón con sus sordos latidos au­
mentados sonaba por la sala, los niños comenza­
ban a detener sus llantos, y al cabo de pocos
segundos un perfecto silencio reinaba en la sala,
interrumpido solamente por el pausado reloj de
aquel corazón sonorizado. Los niños habían re­
conocido instintivamente el rumor inconfundible
que durante su estancia en el seno materno había
sido el ruido permanente de la sangre en sus
oídos aún no abiertos. Cuantas veces se repetía
la experiencia, otras tantas se obtenía el mismo
resultado. Los niños se adormecían al rumor del
recuerdo materno.
«Si no os hacéis como niños no entraréis en el
Reino de los cielos», (35), dijo el Señor. Y en esto
58 V IV IR CON LA IG LE SIA

también debemos hacemos como niños, en des­


cansar tranquilos por instinto al golpe de los
latidos de amor de aquel Corazón de Jesús en
la inmensa sala de su Iglesia.
Porque Dios se ha llamado para nosotros padre
y madre, todo junto.
«¿Puede la mujer olvidarse del hijo que lleva
en sus entrañas? Pues aunque ella se olvidare,
Yo no me olvidaré jamás de ti», ha dicho Dios
por Isaías (36).
Pero nosotros podemos ser soberbios, rechazan­
do la infancia a la que nos debemos, y no acep­
tando los latidos de amor de su Corazón, por
creemos superhombres, lo cual es la causa de la
perdición y ruina de los que son hombres solamente.
Nosotros preferimos decir al ver este Sagrado
Corazón que se abre a nosotros:
«Padre nuestro, que estás en los cielos.»
Hemos sido invitados a una empresa de amor,
y en la empresa de la conquista del mundo, ha
querido Dios que de un modo especial los hombres
nos inclináramos reverentes ante el Corazón de
Jesús, cuyo amor nos trae la vida.
Si Jesucristo es Rey, su Corazón es el Corazón
de un Rey, el Sagrado Corazón de Cristo Rey.
De su Corazón salen las órdenes, a Él se rinden
los homenajes.
El Cuerpo Místico de Cristo tiene Corazón real,
y esto está simbolizado en aquella sublime página
del Apocalipsis en que aparece el Cordero, ante
el Trono de Dios, con las heridas de la muerte
en su Cuerpo resucitado, y recibiendo el home­
naje de las coronas de todos los pueblos:
PLAN D IV IN O I)E REDENCIÓN 59

«Digno es el Cordero, que fue muerto, de recibir


la fuerza, y la divinidad, y la sabiduría, y la
fortaleza, y el honor, y la gloria, y la bendi­
ción» (37).
VII

El Sagrado Conato, Altar do Redención.

«Cristo—dice San Pablo—-es el primogénito de


la creación entera, porque en Él han sido creadas
todas las cosas en el cielo y en la tierra, las visi­
bles y las invisibles» (38).
Podemos decir así que Cristo ocupa, en el plan
divino, el mismo centro de toda la creación.
Decimos de algo que está en el centro, cuando todas
Las demás cosas han de referirse a ello para ser
bien entendidas, cuando dependen de aquello de
modo principal. Y así dependen de Cristo todas
las cosas de la creación, tanto visibles como invi­
sibles, es decir, terrenas y angélicas.
Los radios de una circunferencia todos van a
parar al centro de la misma, y pasando a través
del centro son diámetros.
«A través de É l —prosigue San Pablo diciendo
de Cristo—y hacia É l han sido creadas todas las
cosas existentes» (39).

(391 Col., 1, 16: El texto latino de la Vulgata traduce


bien la primera expresión, per ipsum: «a través de Élr,
pero no ha traducido con exactitud la segunda parte,
** ipso: «en Él», va que el original griego dice eis autón,
in ipsum: «hacia Él», con esta indicación de movimiento
final.
PLAN DIVINO DE REDENCIÓN 61

A través de Él (per ip$um): solo si Cristo las


recoge y las presenta al Padre, son aceptables
para el divino Señor del mundo.
Hacia Él (in ipsum): porque el Padre ha
creado todas las cosas en orden a la gloria de
Cristo, y parece como que todas emprenden este
camino hacia El, en la mente y plan divino.
Las ilustraciones que Gustavo Doré dibujó con
pluma llena de magnificencia para la Divina
Commedia, del Dante Alighieri, presentan en el
cielo con frecuencia la magnifica corona de
ángeles en giro dinámico alrededor de un centro
luminoso.
Así giran los ángeles y, con ellos, la creación
entera en torno a la gloria de Cristo. Alas po­
tentes, estremecidas de anhelo de servicio, y
hombres compuestos de cuerpo-espíritu arras­
trando consigo los animales y los vegetales y
los elementos materiales: he aquí el formidable
giro de gloria que, como corona, ha concedido el
Padre a su Hijo Unigénito hecho Hombre.
Decir que todo gira en tomo a Cristo es una
manera de expresar la verdad de que Él es el
Dominador de todo, y que su entendimiento pe­
netrante lo abarca todo, y que su amor todo lo
abraza, y que todo es propiedad suya, como Rey
de la Creación, por voluntad Divina.
Pero no solo esto. Es también decir que todo
se remansa en su amorosa visión del Universo,
que es totalitaria y perfecta en unidad de prodi­
giosa visión conjunta. Cada ángel, cada hombre
con cada animal, planta o metal; cada acto hu­
mano, cada virtud, cada pecado, cada deseo y
62 V IV IR CON LA IGLESIA

cada añoranza forman juntos en la mente y amor


de Cristo una formidable intuición conjunta en
la que nos sentimos cada uno individualmente
conocidos y amados por su divino Corazón.
Podemos con verdad decir que esta amorosa
visión contemplada por Cristo es, bajo la luz de
la Divinidad, la constante ocupación del Sagrado
Corazón, que gobierna el Universo con su voluntad
de Hombre glorificado.
Y es el Amor, el Amor de Jesucristo, el que
da al cuadro todas sus luces de maravilloso relieve,
en tanto que los pecados de los hombres son las
sombras que agrandan las medidas del Amor.
Cristo es el centro del Universo, de ángeles y
hombres; pero el Sagrado Corazón es el centro
del mismo Cristo, como el núcleo de su vida in­
terior, porque el Amor que en Él afluye y es
representado en el Corazón, es el que da la me­
dida del Alma y del Cuerpo de Cristo en relación
con su Padre y con los hombres todos.
«El misterio de la Redención—dice Pío XII en
su Encíclica sobre el Sagrado Corazón—es, ante
todo, un misterio de amor* (40).
Y el Sagrado Corazón es por esto precisamente
el centro del misterio de la Redención.
De Él fluyó la Sangre y el Agua que signifi­
caban la Redención de los hombres, y de Él
brotó de esta manera el río de la vida sobrenatural,
que saliendo, conforme a la imagen de Ezequiel*
de la derecha del Templo (sagrado Cuerpo de
Jesús, Templo plenario de Dios), crece continua­
mente en el caudaloso arrastrar de sus aguas de
salvación (41j.
PLAN DIVINO 1)E REDENCIÓN 63

Esto explica que una espiritualidad como la


del Apostolado de la Oración, fundada en los
mismos fundamentos de la doctrina de la Iglesia,
no hubiera podido mantenerse apartada de esta
fuente de vida, y que muy pronto comprendiese
que el río de vida sobrenatural al que trataba de
incorporarse tenía una fuente: el Sagrado Corazón
de Jesús, Señor de cielos y tierra.
¿Cómo podría, pues, esta espiritualidad haber
sido separada del Corazón de Jesús? ¿Cómo había
de vivir pujante si se secaba la fuente? Hubo
de entender que a medida de su incorporación
a este espíritu vital sería el grado de su energía
sobrenatural.
Como es obra divina la de la Redención del
mundo, tiene que tener energía divina. Y esta
se halla, solo y siempre, en el Corazón de Jesús,
porque esta representa el Amor, clave del mis­
terio de la Redención.
Ahora está el Señor glorificado en los cielos,
con el triunfal aspecto que le corresponde por
derecho.
Su Corazón sigue latiendo pausada y encendi­
damente desde hace veinte siglos a la diestra
de Dios Padre, bajo la fuerza del Amor del Es­
píritu Santo que tiene en Él su Templo perfecto.
Allí ha llegado a través de los desprecios, de
las heridas, de los sufrimientos humanos, que se
compendiaron para Él en la cima del monte
Calvario.
La inmolación redentora de Cristo tuvo lugar
en aquella Cruz, tarde del Viernes Santo primero,
con los sufrimientos de su Cuerpo desgarrado, y
64 V IV IR CON LA IGLESIA

con las tristezas y amarguras de su Alma en


abandono. Fuerte plasticidad mística de todo ello,
su Corazón recibió una punta de lanza, y a bor­
botones salió la Sangre y el Agua.
Altar interior del sacrificio corporal y espiritual
de Jesucristo, su Corazón en la Cruz latía con
violento amor doloroso, hasta que una voluntad
de amor hacia los hombres lo detuvo. Cristo in­
clinó la cabeza, y la Redención se hizo.
Cuando Jesucristo resucitó glorificado, y su
Corazón de nuevo comenzó a moverse con eterna
seguridad corporal, el Altar de la Redención
continuó existiendo. El Corazón Sagrado de Jesús
ofrecía y ofrece al Padre, en cada latido, el úni­
co sacrificio del Calvario traspasado de actual
amor.
Por eso ¿cómo podría, quienquiera que desee
comprender la Redención, prescindir del Sagrado
Corazón?
En los altares de la tierra se inmola el Hijo
de Dios, que está en lo alto de los cielos. Y cual­
quiera que entiende lo que es inmolación reden­
tora, esencia de la espiritualidad del Apostolado
de la Oración, tendrá que asociarse al Corazón de
Jesús en los más íntimos actos de su vida ofrecida.
Por esta razón la espiritualidad del Apostolado
de la Oración forzosamente había de entroncar
en la devoción y culto al Sagrado Corazón.
Una preciosa joya, fantasía de Dalí de nue­
vo, fue realizada para ser ofrecida en home­
naje a la Reina Isabel de Inglaterra.
Un corazón de oro, rematado en una corona
real llena de piedras preciosas. Y en el corazón,
PLAN DIVINO DE REDENCIÓN 65

una cavidad donde un grupo compacto de rojos


rubíes, que recuerdan la sangre, por un ingenioso
mecanismo, suben y bajan alternativamente, re­
produciendo así como un símbolo el perpetuo
pálpito del corazón, sístole y diástole, secreto de
su riqueza.
Para expresar su idea, el artista forjó esta frase
feliz: «Representa el corazón de una reina, que
late constantemente por su pueblo».
La idea de Dios, no realizada en joyas, sino
en la más rica materia que jamás haya existido,
la carne de Cristo-Hombre, supera a esta infini­
tamente, si en algo se asemeja.
El Corazón de Cristo es «el Corazón que late
constantemente, eternamente mejor, por su pueblo
compuesto de todos los hombres».
Dice San Juan en su Evangelio, al anotar que
Caifás profetizó en nombre de Dios cuando
dijo: «Conviene que muera un hombre por la na­
ción»:
«No solo por la nación judía había de morir
Jesús, sino para reunir en uno a los hijos de
Dios, que estaban dispersos» (42).
Reunir este pueblo suyo para ofrecerlo al Padre
es la obra del Divino Corazón.
Nosotros, los miembros del Apostolado de la
Oración, queremos ayudar a esta grande obra,
la única importante en definitiva, haciendo latir
nuestros corazones pequeños, pero múltiples, al
unísono con este Corazón, que es el centro de la
Creación de Dios.

#
VIII

La Eucaristía, sacrificio vital de Cristo


y de su Cuerpo Místico.

Un espléndido Cáliz, de ágata roja, con dos


asas al estilo antiguo para beber de él, adornado
con muchos brillantes y rubíes, se conserva en
la Catedral de Valencia, y según la tradición es
el Cáliz de la última Cena de Nuestro Señor.
Según la tradición, digna de memoria (43),
este Cáliz venerable fue propiedad de José de
Arimatea, quien habría cedido al Señor para la
última Cena su Cenáculo, y con él la vajilla de la
Cena, y, por tanto, el precioso Cáliz. Este santo
sanedrita, que recogió después con audacia el
mismo Cuerpo muerto de Jesús, regaló su precioso
Cáliz, lleno de los más santos recuerdos al Apóstol
Pedro, para que en el mismo celebrase la liturgia
del Sacrificio del Señor.
Pedro llevó el Cáliz a Roma y veintitrés Pa­
pas lo utilizaron para el Santo Sacrificio. En la
persecución de Valeriano y Galieno, en que murió
el Pontífice San Sixto II, cuyo Diácono era el
célebre San Lorenzo—que según se cree era de
familia de Huesca, de España, donde vivían sus
padres Orencio y Paciencia—, Lorenzo, para sal­
var aquel tesoro, unos días antes de su propio
martirio lo envió a sus padres a España. En la
Basílica de San Lorenzo Extramuros, de Roma
PLAN DIVINO DE REDENCIÓN 67

(que fue alcanzada por el bombardeo de 1943,


adonde corrió a juntarse con el pueblo en llanto
el inmortal Pío XII), se conserva un fresco que
recuerda esta escena de la transmisión del Cáliz
de la Cena.
De Huesca, donde recibió gran veneración,
salió el Cáliz con su Obispo al acercarse los sarra­
cenos a la ciudad, y así, por diversas peripecias,
vino a parar al monasterio de San Juan de la
Peña en el siglo xi. Dícese que al venir el Legado
del Papa, Alejandro II, a implantar en España
la liturgia romana, utilizó este Cáliz en aquel
monasterio, donde primero se detuvo, como tan
lleno de recuerdos.
De allí pasó en 1399 a Zaragoza, por disposición
del Rey Don Martín, el Humano, y en 1424
Alfonso V, el Magnánimo, lo trasladó finalmente
a Valencia, en cuya Catedral hoy se halla. Durante
la guerra de España fue ocultado por dos canó­
nigos y salvado por una señorita, y el Jueves
Santo de 1939 fue devuelto a la Catedral.
Este es el famoso Santo Grial, que los Caba­
lleros de la Tabla Redonda del Rey Artús habían
jurado conquistar para venerarlo. Wagner ha
recogido esta leyenda en su gran ópera «Parsifal».
Fue como un símbolo de la Cristiandad medieval.
La leyenda decía que José de Arimatea había
recogido en él la Sangre del Señor.
Pero la tradición verdadera es mucho más
bella e importante. Fue en este Cáliz donde
por primera vez consagró Cristo su Sangre, que
iba a derramar por los hombres. Es una de las
más ilustres reliquias de la Cristiandad.
68 V IV IR CON LA IGLESIA

Es un símbolo del sacrificio de Cristo. Es un


símbolo de su Amor. Porque queriendo Cristo
perpetuar la fuerza de su sacrificio para todos
los hombres de todos los tiempos, instituyó el
Sacramento de la Eucaristía.
Es la entrega que de Sí mismo nos hace el
Corazón de Jesús. El lema del Congreso Eucarís-
tico de Munich, en 1960, fue: Pro mundi vita.
Así se entregó Cristo, por la vida del mun­
do. Así nos invita a nosotros a entregarnos
con Él.
Como los antiguos Caballeros medievales, llenos
de sueños de hazañas, hemos de conquistar este
don. Aquí se ofrece cada día la Sangre del Sa­
grado Corazón. Este es el admirable don de
Cristo, para que le ayudemos con el sacrificio a
conquistar el mundo.
Pero no necesitamos tener ante los ojos el
mismo Cáliz de Valencia, porque sabemos por la
fe que cualquier cáliz de cualquier iglesia, en la
Misa tiene tanto valor dogmático, si no histórico,
como aquel. Porque cada cáliz de la cristiandad
se humedece con la Sangre de Cristo Sacrificado
en el altar.
Pero la Eucaristía no solo es un recuerdo del
antiguo Sacrificio redentor de Cristo; es una
renovación del mismo. No es otro igual; es aquel
mismo del Calvario, renovado aquí.
En la santa Misa, Jesús se ofrece cada día
innumerables veces al Padre, «desde la aurora
del sol hasta el ocaso», según la palabra del
profeta Malaquías (44). Renueva así los efectos
de su Sacrificio eterno.
PLAN DIVINO DE REDENCIÓN 69

Su Sagrado Corazón se consume en divino


amor sobre el altar, como Víctima por los hombres,
y presenta ante el Padre en los cielos las heridas
visibles de sus llagas, y en especial la de su Co­
razón, para moverle a derramar sus gracias sobre
la humanidad.
A veces los sacerdotes celebran la Misa en las
Catacumbas en Roma, en el mismo lugar donde
reposaron los cuerpos de los santos mártires de
Cristo. En los tormentos, en la arena del circo
romano, eran despedazados sus cuerpos por los
leones y los osos. Pocos sitios mejores para cele­
brar la santa Misa y ofrecerla al Padre, porque
así queda estrechamente unido el sacrificio de
Jesús con el sacrificio del Cristo Místico, que son
los mártires.
Es todo el Cristo Místico el que tiene que ofre­
cerse al Padre en unión con el Sagrado Corazón
de Jesús. Somos cada uno de nosotros los que
tenemos que decir con el sacerdote: «Por Cristo,
con Cristo y en Cristo» nos ofrecemos en el sacri­
ficio del Cristo total.
Este misterio de la Eucaristía, que se nos da
para la Redención del mundo, ha nacido del pro­
fundo y maravilloso Amor sacrificado del Cora­
zón de Jesús. Es todo él un misterio de amor.
Por amor se entrega Jesús, la caridad es el
fruto del misterio: tanto la caridad o amor a
Cristo y Dios, que es el primer efecto de la co­
munión, como la mutua caridad entre los hombres,
que se alimentan de un mismo Pan.
Para expresar esta conmovedora verdad, de
que la Eucaristía y su sacrificio son un fruto del
70 V IVIR CON LA IGLESIA

amor del Sagrado Corazón, el imaginero antiguo


Gaspar Becerra produjo la notable imagen del
Cristo yacente, que se halla en el Convento de las
Descalzas Reales, de Madrid, y figuró en la ex­
posición eucarística del año 1956, en el Congreso
de Barcelona: en la llaga del Costado de Cristo,
en el lugar de su Corazón, se halla el ostensorio
de la Sagrada Forma para la exposición del San­
tísimo Sacramento.
El Viernes Santo, caso único en el mundo,
una procesión con esta imagen recorre el claustro
del monasterio. Un sacerdote retira el paño de
plata que cubre el rostro, y pone el viril con la
Eucaristía en el Costado de Cristo. Se oyen, en­
tonadas por voces infantiles, las Lamentaciones.
Y los fieles adoran el Cuerpo del Señor en el
Corazón de la talla.
Porque según enseña Pío XII en la Haurietis
Aquas:
«Ya antes de celebrar la última Cena con sus
discípulos, sabiendo el Señor que iba a instituir
el Sacramento de su Cuerpo y Sangre, con cuya
efusión se había de confirmar la Nueva Alianza,
sintió latir su Corazón con emoción intensa, y
quiso manifestarla a los Apóstoles con estas
palabras:
«Ardientemente he deseado comer este Cordero
Pascual con vosotros antes de mi Pasión.»
»Estos latidos fueron, sin duda, más vehementes,
cuando tomando el Pan dio gracias, lo partió y
se lo dio a ellos, diciendo: «Este es mi Cuerpo,
que será entregado por vosotros; haced esto en
memoria mía». Asimismo, tomó el Cáliz después
PLAN D IV IN O D E REDENCIÓN 71

de la Cena, diciendo: «Este Cáliz es la Nueva


Alianza de mi Sangre, que se derramará por
vosotros».
«Con razón se puede afirmar que la Eucaristía,
como Sacramento y Sacrificio, y de igual modo
el sacerdocio, son realmente dones del Sagrado
Corazón de Jesús» (45).
El Venerable Bernardo de Hoyos, Apóstol de
la devoción al Sagrado Corazón en España,
afirma que el Señor le manifestó que, en el mo­
mento de consagrar en la última Cena, concibió
el proyecto de revelar .a los hombres un día esta
devoción del Sagrado Corazón, para que supiesen
agradecer este beneficio de la Eucaristía que de
su amor brotaba, y reparar las ofensas hechas
contra tan grande muestra de Amor (46). Bien
se puede creer, si se piensa en ello, que en aquel
momento Jesús tenía ante sus ojos tan sublime
muestra de amor como había de dar a los hombres,
haciéndoles mirar a su Sagrado Corazón.
IX

El Sacrificio Redentor y la santa Misa.

Cristo vino al mundo para redimir al género


humano del pecado, y liberarle del poder del
diablo. Para ello quiso obrar de manera singular.
Los hombres cayeron, queriendo ser como dioses
en el Paraíso, engañados por el diablo en forma
de serpiente. Y Cristo decidió librarlos queriendo
Él ser como hombre para hacerlos a ellos como
Él. Para eso engañó al diablo con una mara­
villosa estratagema, que fue hacerle creer que
obtendría una gran victoria moviendo a los ju­
díos a llevarle a la Cruz; y este era en realidad
el momento en que Jesucristo iba a triunfar de
manera definitiva.
El momento culminante de la Redención es
el sacrificio de la Cruz, donde Cristo, con el de­
rramamiento de Sangre, borró nuestros pecados.
Si Dios lo hubiese querido así, podía Cristo haber­
nos salvado sin tan grande esfuerzo; pero habiendo
sido esta la voluntad de Dios, todo lo tenemos
en la Cruz.
Por eso San Pablo, entusiasmado con la Cruz
de Cristo, dice que él no quiere saber nada fuera
de Jesús, y Este precisamente crucificado (47).
Para él todo lo demás es nada. Ni quiere tampoco
un Jesús solamente poderoso, glorioso, triunfante,
PLAN DIVINO DE REDENCIÓN 73

sino que le quiere como es por voluntad del Padre:


Redentor, y precisamente por el suplicio de la
Cruz. En este instante en que Jesús, inclinando
la cabeza, según los evangelistas, entregó su Es­
píritu, entonces se consumó nuestra Redención.
Por eso decía el Salmo profético que Jesús re­
cordó con sus últimas palabras mortales: «En
tus manos encomiendo mi Espíritu. ¡Nos has
redimido, oh Dios fidelísimo!» (48). Como si
quisiera decir: Ahora que con tus últimas palabras
has entregado tu espíritu, ahora es cuando nos
has redimido, guardando tu palabra.
La Redención es la obra vértice de Jesús, y
el sacerdocio que allí realizara ofreciendo el
sacrificio, impregna toda su vida: «es Sacerdote
—nos dice Pío X II en la Encíclica Mediator Dei—
desde Niño en la oración, como iluminador de
los hombres con sus palabras en la predicación,
como buen Pastor que pastorea su rebaño» (49).
Sobre todo fue Sacerdote de este sacrificio
en la última Cena y en la Cruz. En la última
Cena ofreció su sacrificio del Calvario con la
institución y celebración de la primera Misa
del mundo; en la Cruz y Pasión, ¡cuán dolorosa­
mente se ofreció como Víctima en su desamparo
y dolor!
Pero ahora en el cielo, según nos enseña San
Pablo en la carta a los Hebreos (50), sigue ofre­
ciendo por nosotros con su omnipotente presencia
el gran sacrificio que ofreció en el Calvario.
¡Cuánto nos vale aquella presencia de Cristo con
sus llagas ante el Padre perpetuamente en el
cielo, donde está sentado a su diestra! Si no fuera
74 VIVIR CON LA IGLESIA

por ello seguramente que la ira divina nos habría


destruido muchas veces por nuestros pecados.
Este es, pues, el centro mismo de la religión cris­
tiana: el sacrificio de Cristo Sacerdote, verificado una
vez en la Cruz y valedero perpetuamente ante Dios.
«Como Jesús estuviese para partir ya de este
mundo—dirá San Juan—habiendo amado a los
suyos que estaban en el mundo, los amó hasta
el fin» (51). Con este admirable preludio del
evangelista en su capítulo 13, entramos en el
relato de los misterios de la última Cena y de la
Pasión. Como muestra, por tanto, suprema del
amor de Aquel que había dicho: «Ninguno tiene
mayor amor que dar la vida por sus hermanos» (52),
nos presenta el discípulo amado la muerte de
Jesús en la Cruz, y los misterios de la última Cena,
cuyo centro es la Eucaristía evidentemente.
Estos dos misterios, Cruz y Eucaristía, son un
mismo misterio de Amor.
Es el misterio del amor de la entrega del Hijo
de Dios, del que dijo San Juan con palabras de
Jesús: «Tanto amó Dios al mundo, que le entregó
su Hijo Unigénito)) (53). Y San Pablo, extasiado,
diría también: «Me amó y se entregó por mí» (54).
Es esa entrega de Jesús, la entrega de su vida,
la entrega de su Cuerpo y Sangre, la máxima
prueba del Amor del Padre y del Hijo, la que
identificará la Cruz y la Eucaristía.
La Cruz solo la vieron los judíos, y los romanos
o extranjeros que se hallaban en Jerusalén aquel
Viernes Santo memorable. Pero todos los demás
nos ponemos verdaderamente al pie de la Cruz,
con María y con Juan, revivimos de misteriosa
PLAN DIVINO DE REDENCIÓN 75

manera el drama del Calvario, asistiendo al


Sacrificio Eucarístico. Si la Televisión y la Radio
multiplican hoy día la voz y la presencia de los
hechos famosos en el mundo, a través de los
espacios de los cinco continentes, y si las cintas
magnetofónicas y cinematográficas permiten mul­
tiplicarlas en el tiempo, a través de los días,
la Eucaristía, ese admirable invento de nuestro
maravilloso Dios—como le llama el Beato Ávila—
hace que la Cruz se halle presente, de un modo
mucho más real que aquellos, a través de todos
los pueblos, de Oriente a Occidente (Malaquías)
(55), y a través de todos los siglos hasta el fin
del mundo: «Yo estoy con vosotros todos los días
hasta el fin del mundo» (56), según la triunfal
palabra de Jesús que cierra el Evangelio de San
Mateo.
Sabemos que fue el mismo Cristo quien ins­
tituyó el Sacramento y el Sacrificio de la Eucaris­
tía. Tenemos el relato de esta institución en los
tres Evangelios sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas)
y en San Pablo. San Juan en su Evangelio, en
cambio, nos ha contado los discursos de Jesús
en la Cena, pero omite el relato del Sacramento
por haber sido ya narrado por los otros evan­
gelistas.
San Mateo estuvo presente a la Cena, y dice:
«Estando ellos cenando, tomó Jesús el pan, lo
bendijo y rompió, y dio a sus discípulos, y dijo:
«Tomad y comed, este es mi Cuerpo». Luego
consagró el vino» (57).
San Marcos no estaba presente a la Cena, o
no consta, pero lo recogió de Sari Pedro, cuyos
76 V IV IR CON LA IGLESIA

discursos escribía.» y dice: «Mientras comían ellos,


tomó Jesús el pan, y bendiciéndolo lo partió, y
se lo dio y dijo: «Tomad, este es mi Cuerpo».
También relata la consagración del vino (58).
San Lucas lo recogió de los que lo habían visto,
y dice: «Tomando el pan, dio gracias, lo partió,
y se lo dio diciendo: «Este es mi Cuerpo, que se
da por vosotros: hacedlo en memoria mía». Y
después relata la consagración del vino (59).
San Pablo, finalmente, que se convirtió más
tarde, dice que el mismo Señor le reveló cómo
lo hizo, y lo narra así: «Yo recibí del Señor lo
mismo que os transmití, que Nuestro Señor Je­
sucristo, en la noche en que era entregado, tomó
el pan, y dando gracias, lo partió y dijo: «Tomad
y comed, este es mi Cuerpo, que ha de ser entre­
gado por vosotros. Haced esto en memoria de
Mí». Y luego narra la consagración del vino (60).
Así Cristo fue el sacrificador en aquella Misa
del Cenáculo, consagrando el pan y el vino en
su Cuerpo y Sangre.
Y San Pablo añade: «Cuantas veces comiéreis
este pan y bebiéreis este cáliz, anunciaréis la
muerte del Señor hasta que venga» (61).
Es decir, que es un sacrificio permanente que
terminará de ofrecerse en la tierra cuando venga
el Señor a juzgar al mundo.
Pero el mismo Señor que murió en la cruz,
el mismo que ha de venir, según estas palabras,
a juzgar el mundo al fin de los tiempos, ese mismo,
¡oh grandeza del misterio!, es el que ofrece el
sacrificio eucarístico. Él lo instituyó, y lo renueva,
de un modo misterioso e invisible, pero verdadero.
PLAN DIVINO DE REDENCIÓN 77

El sacerdote que actúa en el altar es solamente


un representado suyo. Se ve al sacerdote, no se
ve a Cristo. El sacerdote presta su boca a Cristo
para el gran acto, en bella expresión de San­
to Tomás y San Crisóstomo, y le alarga su
mano.
La víctima ofrecida en el sacrificio es el mismo
Cristo también, a la vez sacrificador y sacrificado.
Así sucedió en la Cruz y así sucede en la Eucaristía.
La única diferencia está en la manera o modo del
sacrificio. Pues allí hubo muerte sangrienta, y
aquí ya Cristo no puede morir. Se dice por esto:
allí fue sacrificio cruento (de crúor, sangre), y
aquí es incruento, o sea sin sangre.
¿Cómo pudo Cristo ofrecerse en sacrificio, si
Él no fue quien se dio la muerte, sino que se la
dieron los verdugos? No es bastante el don de la
propia vida para decir que los mártires fueron
sacrificadores de sí mismos. La diferencia está
en que Cristo, por su poder divino, aun en el
último instante podía recuperar la vida mara­
villosamente con solo quererlo; y porque no lo
quiso hacer, por eso pudo decir: «Ninguno me
quita la vida, sino que Yo la doy voluntaria­
mente» (62). Ese acto de su voluntad fue el de
su sacrificio, la aceptación de la voluntad del
Padre, el acto de querer morir. Los mártires
no podían en el último instante impedir su muer­
te; por eso ellos aceptan la muerte, pero no ha­
cen su propio sacrificio en el rigor de la pa­
labra. .
Ese acto de Jesucristo está en el Sacrificio
Eucarístico. Está también el Cuerpo y la Sangre
7S V IVIR CON LA IGLESIA

que fueron el objeto del sacrificio voluntario,


está la vida preciosa, cuya destrucción se aceptó
y quiso.
Pero aquí no es derramada la Sangre sobre el
Cuerpo. Y, sin embargo, también en la Eucaristía
se halla místicamente el derramamiento de la
Sangre de Jesús. Porque para recordarlo y sig­
nificarlo (místicamente), la transubstanciación del
sacrificio se hace bajo las dos especies: Pan, que
es el Cuerpo, y Vino, que es la Sangre. En el Pan
está también la Sangre, y en el Vino el Cuerpo,
Pero las dos especies quieren señalar primeramente
la separación del Cuerpo y Sangre en el sacrificio
de la Cruz.
Y así queda Cristo hecho Sacrificador y Víc­
tima al par en el Altar.
La Iglesia es el Cuerpo Místico, según el gran
misterio que ya hemos indicado. Cristo Cabeza
y la Iglesia Cuerpo. Un solo Cristo Místico total.
No ofrece el sacrificio Cristo solo como Cabeza,
sino que ha dado el poder a todo su Cuerpo Mís­
tico de ofrecer con El y por Él su gran sacri­
ficio cotidiano. Cristo Cabeza, gran Sacerdote Su­
premo, está en el cielo; como Víctima está en
el Altar. Pero la Iglesia, que está en la tierra
militando, formando un solo Cuerpo con Él,
ofrece el Sacrificio en la tierra cada día y cada
hora. Cristo hace un acto sacrificial y pone su
Carne y Sangre en sacrificio místico, pero su
palabra sacrificial y su gesto son invisibles para
nosotros. La Iglesia, unida con Él, y visible
para nosotros, pone el acto exterior sensible del
Sacrificio.
PLAN DIVINO DE REDENCIÓN 79

Los fines del Sacrificio Eucarístico son los mis­


mos que tuvo Cristo en la Cruz. Primero, la glo­
rificación de Dios (latreútico), alabanza y adoración
perfectas, suprema expresión del culto religioso.
Segundo, la acción de gracias (eucarístico: eucharis,
buena gracia o gratitud) por todos los divinos
beneficios. Tercero, la expiación o reparación
(propiciatorio) por los pecados de los hombres,
y esto por todos: los que viven y los que ya
murieron y están en el purgatorio. Cuarto, la
impetración (impetratorio) u oración para alcanzar
beneficios de Dios.
No es posible encontrar un medio más eficaz
para estas cuatro cosas, fundamento de nuestra
relación con Dios, lo más importante y grave de
todo. Si discurriendo nosotros quisiéramos in­
ventar algo para obligar a Dios a ser nuestro,
nunca hubiéramos discurrido un medio tan efi­
caz para ello como hacemos uno en la acción
con su propio Hijo por su sacrificio propio. Esto
es lo que Dios inventó.
Si supiéramos que hoy estaba en el Gólgo-
ta Jesús muriendo, con la fe que Dios nos ha
dado, me parece que correríamos, dejándolo
todo, a estar presentes allí. Nada habría más
importante para nosotros. ¿Tenemos en realidad
esa fe?
La Iglesia ofrece este sacrificio por medio de
sus sacerdotes. A los Apóstoles, en efecto, con­
cedió Jesús la facultad de ofrecer el sacrificio,
haciendo el sacramento: «Haced esto en memoria
de Mí» (63), les dijo. Hay que tener presente, por
tanto, que el sacerdote no ha recibido sus poderes
80 V IV IR CON LA IGLESIA

democráticamente del mismo pueblo para que le


represente en el sacrificio, sino que los ha reci­
bido del mismo Jesucristo, Hijo de Dios, para
que represente ante el acatamiento de su Padre
al ofrecer el sacrificio a todo el Cuerpo Místico,
y por tanto también al pueblo fiel, que forma
parte de aquel. «Es, por consiguiente, el sacerdote
—recuerda Pío XII en la Encíclica Mediator Dei—,
ministro de Jesucristo, inferior a Cristo, pero
superior al pueblo* (64).
En los sacrificios antiguos el sacerdote tomaba
el cuchillo y daba muerte al animal ofrecido como
víctima. Los fieles asistían solamente a su rito,
y lo presenciaban, aunque el sacerdote lo hacía
en nombre de todos ellos. Pero solo él tomaba
el cuchillo sacrifical y lo introducía en la víctima
para darle muerte. Todos, sin embargo, levantaban
sus manos y corazones al cielo para ofrecer a
Dios con el sacerdote aquel obsequio.
De modo semejante, en el Sacrificio Eucarístico,
solo el sacerdote dice las palabras de la con­
sagración que hacen el sacrificio de Cristo; sola­
mente él, con el cuchillo de su palabra sagrada,
hace la victimación de Cristo. Pero después de
puesta la Víctima divina sobre el altar y así
sacrificada, los fieles todos, que asisten, ofrecen
aquella Víctima a Dios juntamente con él.
Él, en nombre de todos, pero solo él, sacrifica;
pero todos ofrecen el sacrificio que en nombre
de todos se ha hecho allí.
«Unen los fieles—dice Pío XII en la Encíclica
Mediator Dei—sus votos de alabanza, de impe­
tración, de expiación, de acción de gracias, a los
En el mundo espiritual hay otra
fuerza de pequeñas apariencias pero
formidable, capaz en su integración
invasora de transformar el mundo de
las almas. La caridad, el precepto
nuevo que Cristo dio...
E L A T O M IO
en la E xponición Internacional
de B r u jía n . 1958.
PLAN DIVINO DE REDENCIÓN 81
votos e intención del sacerdote; más aún, del
mismo Sumo Sacerdote...» (65).
Una verdad importantísima es esta: al ofrecer
como Víctima a Cristo sobre el altar, Él es la
Cabeza del Cuerpo Místico; por tanto de alguna
manera todo el Cuetpo debe oftecetse en sacrificio
juntamente con la Cabeza.
En consecuencia, los fieles deben, además de
ofrecer a Cristo Sacrificado al Padre, ofrecerse
también a sí mismos en sacrificio con Cristo.
Esto lo pueden hacer en la Misa y fuera de la
Misa.
¿Cómo se hace esto en la Misa?
Por una transformación misteriosa, en caridad
y unión con Cristo, de sus propias personas.
Ellos, al contemplar por la fe el sacrificio de
Cristo, se sienten unidos con Él místicamente,
es decir, misteriosa y sobrenaturalmente, y arden
en deseos de asemejarse a Él. Comprenden, al
ver esta repetición de la Pasión que ante sus ojos
tienen en el Altar, el inmenso amor que le llevó
y le lleva a sacrificarse por todos. Saben y en­
tienden que «nadie tiene amor mayor que dar
la vida por los demás a quienes ama». Y, amando
ellos a Jesús, como amor con amor se paga, y
sacrificio se paga con sacrificio, se sienten iden­
tificados con Él en la inmolación. Se ofrecen tam­
bién como víctimas.
Claro está que esto se hará tanto mejor cuanto
mayor sea el fervor con que se unan actualmente
a este misterio de fe. Pero en cualquier caso,
con su sola asistencia a la Misa, que es un acto
de fe y de caridad del Cuerpo Místico, están ya
6
82 VIV IR CON LA IGLESIA

diciendo que quieren hacer todo esto. Por


eso, los asistentes a la Misa participan del sa­
crificio de modo especial, pero tanto más par­
ticipan cuanto mayor es juntamente su fervor
personal.
Y ¿cuándo se hace este sacrificio e inmolación
con Cristo en la Misa? El momento más indicado
es el Ofertorio. Cuando el sacerdote levanta en
la patena la Hostia que va a ofrecer, entonces
los fieles deben ponerse espiritualmente en la pa­
tena con la Hostia, como pequeñas hostias pre­
paradas también para el sacrificio espiritual y
consumarlo en la Consagración y en la Comu­
nión.
Pero también fuera de la Misa debe ofrecerse
el cristiano como víctima en el Cuerpo Místico.
Esta admirable doctrina da origen al Apostolado
de la Oración.
San Pablo exhorta a todos los fieles a hacerlo
en cualquier tiempo del día: «Os ruego que le ofrez­
cáis vuestros cuerpos como hostia viva, santa,
agradable a Dios, culto racional que debéis ofre­
cerle» (66).
Esta inmolación debe realizarse de tres modos:
En primer lugar, procurando conformar la
vida con la voluntad divina. Es un grande sacri­
ficio el de cumplir todos los mandamientos, y
aun consejos propios de cada estado de vida,
sometiéndose al Señor así plenamente. Se quejaba
el Señor a los israelitas en una ocasión de que
sus ayunos y penitencias no le agradaban, «por­
que en ellos se encontraba su propia voluntad» (67).
Es decir, que no se sometían humildemente a
PLAN D IV IN O DE REDENCIÓN 3

Dios. Esta sumisión perfecta, que es la perfecta


conformidad, es un perfecto sacrificio cristiano.
Y muy meritorio. Y muy difícil.
En segundo lugar, por la paciencia. En los
dolores corporales, en las angustias espirituales,
aceptando esa destrucción de sí mismo que es
todo dolor, se cumple un gran sacrificio. «Todo
lo que se acepta cambia de sentido», dijo aquella
gran sufridora que fue Adela Kamm. Su nuevo
sentido es Cristo. En vez de ser un dolor necesario,
banal, humano solamente, se hace dolor divino-
humano.
Y , finalmente, por la mortificación voluntaria,
quitando lo legítimo por amor de Jesucristo, nos
hacemos así Cristos crucificados por imitación.
X

El Mandato de la caridad.

Fue precisamente en la última Cena, cuando


Jesús «habiendo amado a los suyos que estaban
en el mundo, los amó hasta el extremo* (68).
Después de consagrar su Cuerpo y Sangre en
el Pan y Vino, levantó sus ojos al cielo y dirigió
una tierna alocución a sus discípulos, llamándoles
♦pequeños hijos suyos*. Fue entonces cuando les
dijo así:
«Os doy un mandato nuevo: que os améis los
unos a los otros, como Yo os he amado; que
también vosotros os améis unos a otros.
*En esto conocerán todos que sois mis discí­
pulos, si tenéis este mutuo amor* (69).
Tenemos aquí el mandamiento nuevo.
Este es el mandato de la Nueva Alianza de Dios
con los hombres.
Este es el mandato característico de Jesús.
Este es el mandato que sella a los discípulos de
Jesús.
Este es el mandato del Cuerpo Místico de Cristo.
Así quiere que haya unión entre los miembros
de su Cuerpo Místico, como la hay entre Él y
nosotros. Porque como Él y nosotros formamos
un solo Cuerpo, tenemos que amarnos entre
PLAN DIVINO DK REDENCIÓN

nosotros y con Él, como quienes forman una sola


cosa.
Fue San Juan, el Apóstol, que nos transmite
estas palabras de Jesús en la Cena, quien descansó
su cabeza sobre el Sagrado Corazón poco antes
de que ellas se dijeran, el que entendió plenamente
su sentido.
En su ancianidad, todavía seguían resonando
estas palabras de Cristo en su memoria. Todos
sus consejos a sus discípulos se resumían y con­
centraban en este: «Amaos los unos a los otros»;
y si alguno le preguntaba por qué repetía tantas
veces lo mismo, respondía—dice San Jerónimo—
una cosa digna del Discípulo amado de Je­
sús: Porque es palabra del Señor, y ella sola
basta (70).
Dice Tertuliano que los paganos se admiraban
en los primeros tiempos de ver cómo se amaban
los cristianos entre sí y exclamaban: «Mirad cómo
se arrian». Quiere esto decir que habían com­
prendido bien la importancia del mandato de
Jesús.
Quiere decir que el Cuerpo Místico de Cristo
llevaba el sello que Jesús le impuso. Tenía aquel
Cuerpo el gesto típico de Jesús, el tono de su
voz, la expresión de su mirada. En la mutua
caridad podían reconocer los hombres el recuerdo
de Jesús.
Pero hoy día el Cuerpo es el mismo, la Iglesia,
y en ella tiene que resplandecer también el gesto
de la caridad implantada por Jesucristo entre
los hombres. No cabe duda de que en ella está
la caridad. Falta que nos preguntemos si está
86 V IV IR CON LA IGLESIA

en nosotros. Los miembros del Cuerpo Místico


estamos imidos en Cristo unos con otros. ¿Es
nuestro lazo de unión la caridad?
Debemos hacerla resplandecer en nosotros como
verdaderos discípulos del Sagrado Corazón.
Elisabet Leseur ha dicho estas inolvidables
palabras:
«Cada cristiano debe ser la voz que clama en
el desierto: Amemos.»
«La brisa celestial quizá lleve esta palabra a
distancias que no podemos sospechar.»
Y también estas otras:
«Pensar es hermoso, rogar es mejor, amar es
todo» (71).
La esencia de la ley es el amor. Lo dijo Jesús,
respondiendo a un escriba que le preguntaba:
«¿Cuál es el mandamiento principal?» Y Jesús,
en su respuesta, dijo:
«El primero de todos los mandamientos es este:
Oye, Israel, tu Señor Dios es único Dios: y amarás
al Señor Dios tuyo con todo tu corazón, y con
toda tu alma, y con todas tus fuerzas. Este es
el principal mandamiento. Y el segundo es se­
mejante a él: Amarás a tu prójimo como a ti
mismo. No hay mandamiento mayor que estos
dos» (72).
Por otra parte, podemos con verdad decir que
este es el mandamiento nuevo del Sagrado Co­
razón.
Porque de su Corazón, fuente de caridad, ha
salido el mandato de la caridad, y de su Corazón
sale la gracia de la caridad divina con que se
cumple.
PLAN DIVINO DE REDENCIÓN 87

Él nos merece la caridad, Él es el ejemplo


de la caridad, Él es la fuente y el sol de la candad.
Dice Pío XII, hablando del Sagrado Corazón
en su Encíclica:
«No se puede dudar de que los cristianos que
rinden culto al Sacratísimo Corazón del Reden­
tor, cumplen el deber, en verdad gravísimo, que
tienen de servir a Dios, y a la vez se consagran
a sí mismos y a todas sus cosas, sus sentimientos
y su actitud externa a su Creador y Redentor,
y de este modo observan aquel divino manda­
miento: Amarás al Señor tu Dios con todo tu
corazón, con toda tu alma, con toda tu mente
y con todas tus fuerzas» (73).
Y si esto dice del mandato de amar a Dios
sobre todas las cosas, que es la primera expresión
de la caridad, hablando del segundo manda­
miento igual al primero, o sea de la caridad
mutua entre los hombres, y especialmente entre
los cristianos, dice así:
«Deseando con todo empeño oponer una firme
barrera a las impías maquinaciones de los enemigos
de Dios y de la Iglesia, como también hacer volver
las familias y las naciones al amor de Dios y del
prójimo, no dudamos en proponer la devoción
al Sagrado Corazón como la escuela más eficaz
de la caridad divina, de esa caridad divina sobre
la cual es necesario que se cimiente el Reino de
Dios en el alma de cada individuo, en los hogares
y en las naciones» (74).
Una terrible energía se encuentra en la matena.
Si en el cuerpo humano hemos hablado de las
células microscópicas, en toda materia hay que
88 V IV IR CON LA IGLESIA

hablar de los átomos, componentes básicos (aun­


que no primitivos) de la materia de que se hallan
formadas todas las cosas.
El «Atomio» de la Exposición de Bruselas ha
querido alzar a los ojos del mundo moderno este
símbolo del poder de las fuerzas naturales y de
las conquistas de la ciencia. Sus gigantes esferas,
unidas por inmensas barras, representan la cons­
trucción y arquitectura del átomo.
En su interior, un vertiginoso ascensor para
subir a la esfera superior, y de allí, por escaleras
y rampas movedizas, a través de los tubos, pasar
a las demás. Una exposición de los avances cien­
tíficos del átomo se ofrece al paso en las diversas
esferas, grandes como salas, a los turistas y
curiosos. Por la noche un reflejo de miríadas de
estrellitas chispeantes brillaba sobre las esferas.
Una increíble energía liga en la naturaleza
entre sí a esos electrones representados en las
esferas del átomo. Nadie lo podría sospechar,
pero ese átomo así formado, invisible de todo
punto por su pequeñez al ojo humano, es capaz,
si se rompe la ligadura interior, de expandir
una energía tan formidable, que destruiría ciu­
dades enteras.
Los hombres aquel día amanecieron estupe­
factos. En la lejana Hiroshima, del Japón, los
americanos habían lanzado la primera bomba
atómica, y después de su explosión solo había
quedado una ciudad arrasada en su totalidad.
180.000 víctimas, entre muertos y heridos, había
dejado la explosión de un solo ingenio atómico.
Aquel 6 de agosto de 1945 había aparecido una
PLAN D IV IN O D E REDENCIÓN 89

nueva fuerza sobre la tierra, había comenzado


una era nueva.
Atrás hemos dejado aquellos días. La fuerza
de las bombas de hoy, A, o H, o C, supera a aquella
primera como una montaña a un grano de arena.
Unas cuantas bombas pueden arrasar una nación,
un continente, aun tal vez se llegaría a arrasar
la tierra entera.
Pero si en las fuerzas de la naturaleza ha ence­
rrado Dios una fuerza tan colosal, en tan pequeños
átomos, para que el hombre la emplee en su ser­
vicio, aunque por desgracia hasta ahora le ha
servido para la destrucción, en el mundo espiritual
hay otra fuerza de pequeñas apariencias, pero
formidable, capaz en su desintegración invasora
de transformar el mundo de las almas.
La caridad, el precepto nuevo que Cristo dio,
propagándose de un hombre a otro, haría esta
maravilla. Y es el Corazón de Cristo, en la pequeña
apariencia de su devoción, quien tiene esta fuerza,
no destructora, sino creadora de mundos nuevos
de amor.
Del Corazón de Cristo, a través del Cuerpo
Místico, que todos formamos, pasa esta fuerza
hasta cada uno de nosotros. Tenemos en el Co­
razón de Jesús y en su ardiente caridad la fuerza
capaz de transformar al mundo. ¿Sabremos apro­
vechar esta sublime energía?
XI

Mará y su Corazón en la obra Redentora.

Un importantísimo lugar, finalmente, en el


plan divino de la Redención del mundo, lo ocupa
la Virgen María. Ella participó de manera espe-
cialísima en la obra de la Redención, y por eso
es llamada la Corredentora.
Ella fue la primera redimida por su Hijo, pero
con redención preservativa, que le otorgó el don
de su Concepción Inmaculada. Y así pudo par­
ticipar estrechamente con su Hijo ante el Padre,
como primer fruto del Hijo Salvador, en la
Redención de los demás hombres.
Porque el Salvador fue carne suya, y Ella dio
su consentimiento para la gran obra de Dios.
Porque Ella estuvo al pie de la Cruz sufriendo
juntamente con su Hijo, y asociada por voluntad
de Él a su obra, de modo que la Sangre del Hijo
se juntaba ante el acatamiento divino con las
lágrimas de la Madre.
La lanzada que atravesó el Corazón de Jesús,
ya muerto, a Él no le produjo dolor, pero a Ella
se le convirtió en la espada profetizada por
Simeón, que dividió su alma con profunda herida
de dolor.
Le había anunciado el anciano Profeta en el
Templo el día de la Presentación del Niño:
PLAN DIVINO DE REDENCIÓN 91

«Él será una bandera de lucha, y la espada


dirigida contra Él atravesará tu propia alma» (75).
En el Calvario, esta espada de la lucha pareció
agrandarse, hasta tomar la concreta forma de
una lanza romana. Y en el último golpe de la
guerra dirigida contra Él, que acababa ya de
morir, la lanza se dirigió contra el mismo Corazón
Sagrado, y lo abrió con ancha herida.
Pero Él estaba muerto verdaderamente, y no
podía sentir el dolor del golpe. Y, sin embargo,
en aquel golpe parecía concentrarse místicamente
la Redención, y esta no se hace sin dolor. ¿Dónde
-estaba el dolor?
Jesús había sufrido hasta morir, y ahora el
dolor se hallaba en el Corazón de María que, en
pie junto al árbol de la Cruz, contemplaba la
■escena sangrienta.
La espada de la profecía, en aquel instante
real del Calvario convertida en la lanza que
hería a Cristo su Hijo, atravesaba primero su
alma, cuando ya el hierro vibraba en el aire
dirigiéndose al Costado (76). Como Madre cubría
con su Corazón Inmaculado el Cuerpo del Hijo
inerme. Y sus brazos extendidos expresaban el
dolor del instante, como si hubieran querido de­
tener el golpe. Pero no lo detuvieron, porque Ella
comprendía los misterios de Dios, y sabía que
de aquel golpe brotaba la salvación del mundo.
Así fueron asociados los Corazones de Jesús y
de María en el supremo instante de la Redención.
En esto no hacía sino cumplir aquel principal
papel de Corredentora y Madre que le asignó el
mismo Hijo. Desde lo alto de la Cruz, pocos mo­
92 V IV IR CON LA IGLESIA

mentos antes de expirar, le había dicho, seña­


lando a los hombres todos en Juan:
«Ahí tienes a tu hijo, a tus hijos todos» (77).
Como Eva fue, según el relato inspirado, la
«madre de todos los vivientes» (78), Ella era la
Madre de todos los que viven en Dios, por la
Sangre redentora de su Hijo Jesús.
Una de las imágenes más expresivas de este
gran misterio, de María unida con Jesús en la
Redención de los hombres, aunque siempre en
plano secundario respecto a Él, la tenemos en
la clásica imagen llamada de la Piedad, con la
que nuestros antiguos y admirables imagineros
poblaron templos y procesiones de España.
Gregorio Fernández y Juan de Juni, las Vírgenes
sevillanas o las castellanas muestran a los ojos
del fiel, que las contempla enternecido siempre,
una sola imagen formada de dos Cuerpos. Son
María, y Jesús muerto en sus brazos.
El rostro de la Virgen se inclina sobre el de
Jesús, o se alza a los cielos en expresión de dolor
incomparable. Es la Redención de los hombres
expresada en el abrazo estrecho de María a Jesús
muerto. Es la Sangre de Redención de Jesús,
bañando abundantemente su Cuerpo por cien
heridas y reunida con las lágrimas de María,
testimonio de compasión, y nueva garantía de
vida para los hombres; porque como decía el
Obispo al ver llorar a Santa Mónica, madre de
San Agustín, por el deseo de su conversión:
«No puede perecer el hijo de tantas lágrimas.»
Además no solo fue María participante en la
obra de Redención cumplida en el Calvario, sino
PL A N D IV IN O D E REDENCIÓN 93

que, como fruto de ella, participa estrechamente


con su Hijo en la obra de santificación de las
almas en todos los tiempos.
Dalí, el pintor de Cadaqués,. nos la ha repre­
sentado con singular acierto en esta actitud en
su célebre Madonq del Port Lligat. Ella, con las
manos juntas en oración, la cabeza inclinada en
recogimiento, irradiando influjo espiritual hacia
los hombres, sobre un paisaje irreal y flotante
de figuras sin gravidez, playa y mar como siempre,
lleva en su abierto seno, como en una ventana
de maravilla, al Niño divino con el Pan de la
Eucaristía en otra ventana abierta de su propio
interior.
La bellísima cara del rubio Niño-Dios, leve­
mente inclinada, parece concentrarse en el pen­
samiento del misterio Eucarístico del pan, que
va a ser su carne en alimento, y que se halla
dentro de su Corazón.
Y es María la que nos da este Niño eucarístico.
Es Ella la que influye en los hombres con esta
donación, y también con el influjo de las gracias
de cada día, en el misterioso proceso de la santi­
ficación interior. Por eso no podía faltar María
en los fundamentos dogmáticos de la doctrina
del Apostolado de la Oración.
XII

El amor al Sucesor de Pedro.

Desde el principio ha tenido el Apostolado de


la Oración como una de sus más claras caracte­
rísticas, como uno de sus más seguros sellos,
el amor al Papa de Roma, Sucesor de San Pedro.
Narran las historias de la evangelización del
Japón que, después de la gran persecución japo­
nesa que pareció arrasar aquellas cristiandades,
al par que las sembraba de mártires gloriosos,
volvieron, transcurrido ya casi un siglo, los
misioneros a entrar en el país transformado. Un
día se hallaba uno de los misioneros en su casa,
y vinieron a visitarle unos japoneses que, caute­
losamente en la conversación, le interrogaron de
este modo, con tres preguntas:
— ¿Dónde está tu mujer?
—No la tengo—contestó el misionero.
— ¿Sabes quién es la Virgen María?
—La Madre de Dios—respondió al instante el
sacerdote.
— ¿Conoces al gran Pontífice de Roma?
—Sí; es mi Jefe espiritual—replicó él.
Entonces los japoneses le abrieron su corazón
de cristianos, perseverantes a través de la terrible
persecución en la antigua fe de sus padres, evan­
gelizada por los anteriores misioneros.
PLAN DIVINO DE REDENCIÓN 95

Estos les habían advertido, al tenerse que mar­


char, que cuando viniesen hombres diciéndose
enviados de Dios les hiciesen estas tres preguntas.
Eran la contraseña del verdadero cristianismo!
La virginidad del sacerdote, la devoción a María
y el amor a Roma (79).
Las contraseñas del Apostolado de la Oración,
que le garantizan como obra de Dios, son estas
tres:
La devoción al Corazón Sagrado de Jesús.
La ternura para con la Virgen María.
El amor inconmovible al Papa de Roma.
El Pontífice Romano, Sucesor de San Pedro,
es la cabeza visible del Cuerpo Místico de Cristo,
el único que existe.
Nació el Apostolado de la Oración en el seno
del Cuerpo Místico de Cristo, del Sagrado Corazón
de Jesús, fuente del más puro y seguro amor de
Jesucristo en la Santa Iglesia.
Y nació además, precisamente, en una época
en que el Pontífice Romano era terriblemente
combatido por los enemigos de Dios. La Revo­
lución desatada en Europa parecía querer acabar
con la Iglesia y su Pontífice. Pío IX tuvo que
huir de Roma disfrazado de médico, con gran
peligro de su vida, a Gaeta. El Apostolado de
la Oración tuvo su origen el año 1844, y el año

(79) Se ha de tener en cuenta que estos misioneros


eran del rito latino, por lo cual enseñaron a sus cris­
tianos que los sacerdotes católicos guardan el celibato,
para que no les engañasen los protestantes. Por lo demás,
la virginidad no es señal necesaria del sacerdote católico.
96 V IV IR CON LA IGLESIA

1848 fue un año claramente revolucionario, con


extrañas coincidencias promovidas en Europa por
los enemigos de la Iglesia.
El P. Ramiére, organizador del Apostolado de
la Oración, fue un ardoroso e incansable campeón
del Pontífice Romano. Había sentido claramente
la importancia que para la seguridad doctrinal
esto tenía, y no cesaba de exhortar a estar con
Roma y su Pontífice.
Dios preparaba precisamente este consolida-
miento a su Iglesia en hora tan difícil del mundo
como la que se echaba encima.
El año 1870 el Concilio Vaticano, con Pío IX
a la cabeza, en solemnísima sesión, casi final
del interrumpido Concilio, proclamaba el dogma
de la infalibilidad pontificia romana, que iba a
ser la piedra reafirmada de la Iglesia, y el lazo
de aseguramiento de su unidad en la catástrofe
del mundo dividido. Un rayo de sol, desde la
alta ventana de la Basílica de San Pedro, envol­
vía en celestes luces al Papa, cuando leía el de­
creto dogmático ante las Jerarquías de la Igle­
sia universal.
Siempre será este un distintivo del Apostolado
de la Oración: Con el Papa hasta el fin.
Cuando tengamos alguna duda acerca de la
solidez de una doctrina, miremos a Roma para
ver lo que de ella piensa.
Cuando oigamos que el Papa ha enseñado alguna
cosa de cualquier modo que sea, adhiramos con
fuerza nuestra fe a su palabra.
No siempre es el Papa infalible, sino solo cuando
enseña ex cáthedra, o sea utilizando solemnemente
PLAN D IV IN O DE REDENCIÓN 97

su infalibilidad como Doctor de la Iglesia, y en


materia de fe o de costumbres.
Pero nosotros tomemos como norma de plena
seguridad la de estar con el Papa en todo caso,
porque también nos obliga su enseñanza, aunque
no sea infalible, en los casos en que enseña por
Encíclicas o de otro modo a toda la Iglesia o
al mundo todo.
Y en último término, es para nosotros preferible
en cualquier caso estar con el Papa de Roma.
Porque donde está Pedro está la Iglesia, y donde
está la Iglesia está Cristo, y donde está Cristo
está Dios (80).

(80) Ubi Petrus ibi Ecclesia, axioma teológico tradi­


cional.
XIII

Fuerza apostólica de la oración y el sacrificio.

Para realizar nuestra gran empresa, y ayudar


a Cristo en la conquista del mundo, Dios nos
ha dado un arma potentísima, que es la oración.
Aunque humanamente parece que los Apóstoles
de Cristo están inermes, sin embargo, la verdad
es que cuentan con el poder mismo de Dios.
Cuando decía Arquímedes: «Dadme un punto de
apoyo, y con la palanca podría mover el mundo»,
decía una verdad física indudable. La palanca,
en efecto, multiplica la fuerza que se emplea
por la longitud de su brazo. Y así sería posible
teóricamente remover la masa del mundo con la
pequeña fuerza de un hombre, con tal de tener
una larguísima palanca y un punto de apoyo
fuera de la tierra (81).
Pero esto, que es imposible en la práctica,
resulta fácil en el orden superior. Porque un
hombre, basculando en la palanca de la oración,
cuyo punto de apoyo es Dios, puede mover
cualquier dificultad, y obtener asombrosos resul­
tados. Porque cuenta sencillamente con la fuerza
misma de Dios, que es infinita.
Para ilustrar esta verdad, tan importante para
el Apostolado de la Oración, tenemos la célebre
palabra de Jesús en el Evangelio: «Si tuvierais
PLAN DIVINO DE REDENCIÓN 99

fe como un grano de mostaza (muy pequeño)


diríais a esa montaña: échate al mar, y lo haría ai
punto» (Mat., 17, 20; Le., 17, 6, dice lo mismo,
pero de trasplantar un árbol con la palabra
hasta el mar).
Ved la dificultad de la obra: ¿quién movería
una montaña, y la echaría al mar? Pero Jesús,
para encarecer la fuerza del que ora, lo dice
así.
También ha dicho: «Pedid, y recibiréis; llamad,
y os abrirán» (82). Y también: «Cualquier cosa
que pidiéreis en mi Nombre, la haré» (83).
De este modo, tenemos para la gran empresa
la fuerza inmensa de la oración, con fe viva,
que es su condición necesaria.
Principalmente nos servirá la oración para al­
canzar la conversión de las almas, la cual depende
de la gracia de Dios. Así, ¡cuántas veces la con­
versión imprevista de las almas se deberá a la
oración de otras personas!
El Cuerpo Místico de Cristo nos da esta potestad:
de actuar a mucha distancia en las almas. La
oración que yo hago aquí, puede repercutir en
un pensamiento de salvación otorgado a aquella
alma allí lejos. Según una palabra de la liturgia,
ya que, como dijimos, toda buena obra ofrecida
es oración, la gracia salvadora del Corazón de
Jesús corre por «las venas de la buena obra»,
como la sangre en el cuerpo.
«Que la fuente de Agua y Sangre que brota del
manantial de tu Sagrado Corazón herido, oh
Jesús, salte por las venas de las buenas obras
hasta la vida eterna» (84).
100 VIVIR CON LA IGLESIA

Cuenta en su autobiografía: Historia de un alma,


Santa Teresa del Niño Jesús (85), que habiendo
oído hablar a los catorce años de un célebre
criminal Pranzini, a quien iban a guillotinar
dentro de pocos días, se resolvió a pedir a Dios
su conversión, como en señal de que le concedía
el don del apostolado. .
Comenzó a ofrecer sacrificios aquella niña llena
de fe, pero pensando que ella podía poco, em­
pezó a ofrecer la Sangre y los méritos del mismo
Jesús al Padre eterno. El criminal se mostraba
impenitente hasta el último instante. Abrió ella
los periódicos que daban noticia de la ejecución
de Pranzini, y no pudo detener las lágrimas: el
criminal, sordo al sacerdote hasta aquel instante,
se volvió a él cuando le empujaban a la guillotina
y le pidió el crucifijo, y lo besó tres veces.
La señal de Dios estaba patente: Teresa, con su
oración, había conseguido la primera conversión.
Había conseguido, como ella lo llama, «su pri­
mer hijo espiritual».
De un modo particular los sacrificios que lle­
van sufrimiento, y más que ninguno la ofrenda
de la vida, tiene un alto valor apostólico. Ellos,
mejor que nada, obtienen la gracia de Dios sobre
las almas, si se hacen, como nos lo enseñó el caso
de la pequeña Teresa, unidos con el sacrificio
de Jesús.
He aquí otro caso que ilustra admirablemente
el poder salvador del sacrificio, y el apostolado
que por medio de él se ejerce.
San Esteban fue apedreado hasta morir por
los judíos, indignados contra su predicación. Y
PLAN DIVINO DE REDENCIÓN 101

mientras él caía bajo la lluvia de piedras opreso­


ras y mortales, un hombre llamado Saulo se
encontraba en el centro de aquella cruel escena,
con ánimo encolerizado y alentando a los verdu­
gos de Esteban, en tanto que guardaba, como
testigo oficial de la lapidación, los vestidos de
los lapidadores.
Pero Esteban, al morir, oprimido por los golpes,
hizo esta oración a Dios por sus perseguidores:
«Señor, no les tengas en cuenta este pecado» (86).
Sin duda, sus ojos se fijaron especialmente en
Saulo al ofrecer así su vida por los que se la qui­
taban, del mismo modo que lo había hecho Je­
sucristo.
Poco tiempo después, en el camino de Damasco,
Jesús convertía a Saulo perseguidor y lo trocaba
en Pablo el Apóstol. La ofrenda de la vida de Es­
teban y su oración no habían quedado sin fruto.
Dice San Agustín: «Si Esteban no hubiese orado,
Saulo no se hubiese convertido»; y Pío XII nos
recuerda que también hoy podemos obtener la
conversión de nuevos Saulos: «Nuestros labios
no tienen sino plegarias al Padre de las luces
para que haga brillar en su ánimo, indiferente o
enemigo de Cristo, un rayo de aquella luz que un
día transformó a Saulo en Pablo* (87). Así, mu­
chas veces en los planes divinos, está ligada la
conversión de un alma a los sacrificios de otras
ofrecidos por ella.
He aquí, finalmente, un caso reciente de sa­
crificio por la salvación de los demás:
Ella se llamaba Toshiko, pero la llamaban el
Ángel de la Ciudad de las Hormigas. Era una
102 VIVIR CON LA IGLESIA

joven católica japonesa de Tokio, que oyó hablar


de aquella extraña y nueva ciudad de las miserias
en las afueras de la gran capital. Dejó sus estudios,
su casa bien acomodada, su familia, lo dejó todo,
y se fue a vivir a la Ciudad de las Hormigas.
Comenzó a ayudar al P. Zeno y se fue a vivir con
los traperos para salvar sus almas, vistiendo
como una desarrapada por amor de ellos, para
ganarse con el acercamiento su confianza. Imitaba
en esto a Jesucristo, que vistió los harapos de
nuestra carne sobre su naturaleza divina, por
ganamos a nosotros.
La gente decía: «Veréis cómo no dura ni tres
días*. Pero ella duraba, y puso una escuela para
los pequeños traperillos, y ganó la confianza de
todos. Su labor de cristianismo era inmensa.
Pero ella veía que no se lograba remediar defini­
tivamente la situación de aquellos pobres, porque
los que podían no se interesaban como era su
deber.
Se hallaba ya muy minada en su salud. Ya
los traperos tenían iglesia, que bajo la dirección
de Toshiko y del P. Zeno habían construido ellos
mismos. Tenían escuela, tenían deportes, tenían
veladas. Pero todavía tenían mucha miseria. Por
fin, enferma, tuvo que meterse en cama. Los
condenados a muerte, desde la cárcel le escribían
cartas conmovedoras al saber su heroísmo. Y
entonces llegó el último golpe definitivo de su
admirable sacrificio por amor a la salvación de
las almas de los demás.
El municipio de Tokio acordó derribar el barrio
de la Ciudad de las Hormigas, por exigencias de
P LA N DIVINO DE REDENCIÓN 103

la urbanización. Todos aquellos por los que ella


moría iban a quedar en la calle. Toshiko se levantó
y fue a visitar a uno de los que podían resolver
la situación, y le dijo así:
«Señor, le ruego que me lleve al puente de
Sukija un día que esté nevando. Siénteme sobre
el puente. Quiero morir sobre la nieve. Es el único
medio que nos queda a los pobres. No tenemos
dónde vivir y ahora vamos a ser expulsados de
nuestra Ciudad. Es mejor que muera así. Deseo
que las autoridades del municipio me encuentren
muerta por la mañana, y así resuelvan las cosas
de otra manera.
»...Por lo menos nos darán entonces otro lugar.
De lo contrario esta gente no tendrá ni un palmo
de tierra para morir.»
Aquel heroísmo llegó al corazón. El municipio
modificó su acuerdo. Algún tiempo después moría
Toshiko en paz, cuando las cosas iban mejor,
murmurando: «Ahora todo va bien».
Mejor que aquellos hombres Dios atiende la pe­
tición de los que dan la vida por sus hermanos.
El sacrificio de unos salva eternamente las vidas
de otros.
XIV

Promesas de Jesús a la oración.

«No hay dogma—dice con razón el P. Ramiére—


en la revelación cristiana más claramente defi­
nido, ni más repetidamente demostrado, que este
de la eficacia de la oración» (88).
Hasta el punto de asegurar que la dificultad
al tratar este asunto estriba en escoger entre las
afirmaciones de la Escritura, las que mejor cua­
dren a nuestro deseo, por ser tantas.
Como el Espíritu Santo preveía lo increíble
que resultaría a los hombres la convicción de
que tienen tal fuerza en sus manos como es la
oración, por eso multiplicó sus afirmaciones por
boca de los Profetas y Patriarcas del Antiguo
Testamento. Pero mucho más claramente lo hizo,
y con una claridad meridiana, por las palabras
del Hijo de Dios, hecho Hombre para enseñarnos
el camino celeste.
Primero notamos que las principales palabras
de Jesús relativas a la oración, van aseguradas en
su boca divina con la fuerza de la solemne vene­
ración de la verdad. Esta repetida invocación
de la verdad, en labios del Hijo de Dios, que es
la Verdad, es una solemne confirmación.
Jesús, al afirmar la eficacia de la oración,
interpone una repetida y solemne invocación de
PLAN DIVINO DK REDENCIÓN
105

la, verdad, dando a sus palabras, que siempre


son en sí mismas sagradas por salir de sus la­
bios, una fuerza solemnísima de aseveración.
«En verdad, en verdad os digo, que si algo
pedís al Padre en mi Nombre, os lo dará» (89).
Palabras que resultan aún más solemnes, si
se tiene en cuenta que las dijo el Señor en la noche
en que iba a la Pasión, como quien dice en su
testamento, que tal puede llamarse el discurso de
la última Cena donde estas palabras se hallan.
Y advertimos que hay como una admirable
emulación entre el Padre y el Hijo en oir las ora­
ciones de los que piden en nombre de Jesús.
Porque como el Padre ama tanto al Hijo, no
puede dejar de oir al que pide en su nombre.
Pero el mismo Hijo ama tanto al Padre, cuya
gloria se manifiesta en atender las oraciones, que
el mismo Hijo, siendo también Dios, atiende las
oraciones hechas en su nombre, para glorificar
así al Padre.
Y así, tanto el Padre como el Hijo están es­
perando que oremos en nombre de Jesús, habiendo
comprometido Jesús su palabra divina afirmando
que el Padre y el Hijo harán lo que se pide.
Porque dice también: «Cualquier cosa que pidáis
al Padre en mi Nombre, la haré Yo, para glori­
ficar al Padre en el Hijo».
«Y cualquier cosa que me pidáis a Mí en mi
Nombre, la haré Yo» (90).
Respecto del Espíritu Santo, que es Espíritu
del Padre y del Hijo, sabemos que El mismo es
quien inspira las oraciones de los hombres de
Cristo, y de este modo Él ora en nosotros.
106 VIVIR CON LA IGLESIA

Veamos también algunas sentencias del Nuevo


Testamento, en que el Señor nos excita a pedir
con plena confianza, con seguridad de que sere­
mos oídos, pues lo ha prometido:
«Todo cuanto pidiéreis en la oración con fe, lo
recibiréis» (91).
«Todo cuanto pedís en la oración, creed que lo
recibiréis y se hará* (92).
«Si puedes creer, todas las cosas son posibles
al que cree* (93).
«Dijo Jesús al Archisinagogo: No temas, basta
con que creas* (94).
En los milagros, antes de hacerlos, Jesús siem­
pre exigía de los peticionarios la confianza. Era
esta una condición indispensable para recibir la
gracia.
Al padre del muchacho poseso le dice: «Todo es
posible al que cree* (95). En otra ocasión dice:
«El que cree en Mí hará las cosas que Yo hago
y mayores todavía» (96).
Diríase que el punto por donde se inserta en
el hombre la omnipotencia divina es la confianza.
Sin confianza no se hace ninguna gran obra.
Con confianza se hace todo.
El Apóstol Santiago, en su Epístola Canónica,
dice lo siguiente:
«Si alguno de vosotros necesita sabiduría, pí­
dala a Dios... y se la dará. Pero pídala con fe,
sin titubear en nada en la confianza: porque el
que duda se asemeja al oleaje del mar, que es
agitado y llevado por el viento. No piense, pues,
el tal hombre que va a recibir nada del Se­
ñor» (97).
PLAN DIVINO DE REDENCIÓN 107

¡Qué bien describe Santiago la necesidad de la


confianza! La comparación del ánimo del que ora
variantemente con el oleaje del mar, es perfecta.
Como el mar, agitado por el viento, está en
perpetuo movimiento, y ni tiene estabilidad, ni
se puede uno fiar de su firmeza, así el que vacila,
llevado por sus dudas, es fluctuante, y no sé
puede apoyar sobre tal espíritu la torre de la
seguridad, que se levanta hacia el cielo.
Pero no contento el Señor con asegurarnos
que cuando oramos en su nombre y con fe sere­
mos oídos, pasa luego a excitamos a orar, para
que alcancemos estos bienes prometidos.
Se asemeja a un padre que, habiendo prometido
una recompensa al hijo si estudia bien, luego le
estuviese recordando a cada paso la promesa
para animarle a estudiar con interés cada día:
recuerda, hijo mío, que si me apruebas esta
asignatura este año, te llevaré conmigo de viaje
en el verano...
Vosotros, hombres—parece decir Jesús—, no olvi­
déis la promesa que he hecho a la oración de aten­
derla con seguridad. Mirad bien, que tenéis en vues­
tras manos una inmensa fuerza que parecéis ig­
norar. Utilizadla con frecuencia, en todas vuestras
necesidades, en todas las circunstancias de la vida,
no os canséis, y veréis los efectos de la oración.
Porque dice así:
«Pedid, y recibiréis; buscad, y hallaréis; llamad,
y os abrirán» (98).
«Porque hasta ahora no habéis pedido nada
en mi Nombre; pedid y recibiréis, para que ten­
gáis un gozo completo» (99).
108 VI VI R CON LA IG LE SIA

¿Verdad que parece preocupado porque los


hombres no usan de este poder? Hijos—les dice—:
os he hecho la promesa, pero la verdad es que
parece que no os dais cuenta de su valor. Pedid,
por tanto, pedid en mi nombre...
Después de haber comparado la bondad de
Dios con la de un padre, que no es capaz de dar
una piedra al hijo si este pide un pez, ter­
mina:
«Pues si vosotros, que sois malos, dais cosas
buenas a vuestros hijos, ¿cómo no dará el Pa­
dre celestial el Espíritu bueno a los que se lo
pidan?» (100).
Pero, si acaso alguno pensara que es atrevi­
miento comparar a Dios con los hombres, no
teme Jesús hacer más gráfica aún la comparación.
Le ha comparado con un padre ordinario, incapaz-
de negar a su hijo el alimento; pues bien: ahora
le comparará, para urgir la oración, con un juez
malo, que no quería oir a una viuda, pero al ver
que ella venía tantas veces a reclamar justicia,
acabó por decirse a sí mismo: «Si no le doy
lo que pide, no va a dejarme en paz. Se lo
daré» (101).
Naturalmente que Dios no procede así. Pero
ha querido Jesucristo poner de relieve con la
máxima fuerza el poder de la oración. Si aquel
juez, siendo malo, se rindió a la súplica, parece
decir al acabar: cuánto más vuestro Padre, que
es bueno, se rendirá a la oración de sus hijos.
XV

Modelos admirables de oración.

Jesucristo mismo es el primero y máximo


ejemplo de oración. Se puede decir que habiendo
bajado del cielo a la tierra a salvar a los hombres,
consideró que lo más importante para esta sal­
vación era orar por ellos, y por eso dedicó mucho
más tiempo a esta oración que a la predicación
de las verdades de la salvación. Diremos, más
bien, que la predicación más breve fue fortalecida
con la larga oración, y que los resultados de aque­
lla se debieron en gran parte a esta.
Hizo Jesús lo mismo que hace todo el que pre­
para una batalla para conquistar un territorio:
que primeramente dispone con cuidado el material
necesario de armas, municiones y víveres para el
sostenimiento de su ejército, y luego se lanza a
la lucha. Así, Jesús preparó primeramente con
cuidado su combate con oración, con la cual al­
canzó de su Padre el fruto de su predicación,
para que la semilla sembrada creciese entre las
contradicciones.
«En el seno de su Madre nos amaba—dice
Ramiére— , y por nosotros oraba y nos agenciaba
los bienes eternos. En su vida oculta de Nazaret
trabajaban sus brazos, pero amaba y oraba su
Corazón, y no menos eficazmente labraba nuestra
eterna dicha en Nazaret que en el Calvario» (102).
110 VIVIR CON LA IGLESIA

Pero además, su misma vida pública de apos­


tolado de la acción estuvo vivificada por el Apos­
tolado de la Oración.
«Sabemos que dio principio a ella con una pro­
longada oración de cuarenta días y cuarenta
noches en el desierto; que muy a menudo se re­
tiraba a orar; que pasaba las noches en oración
continua; que no hacía cosa alguna de impor­
tancia sin retirarse primero a la soledad a pedir
el favor divino, como cuando se dispuso a elegir
a sus Apóstoles. En la oración hallaba su descan­
so después de las tareas del día, y con ella reco­
braba las fuerzas gastadas para volver al traba­
jo» (103).
Podemos añadir a estas palabras, que Jesús
levantó los ojos al cielo y oró a su Padre en
los momentos culminantes de su acción, al eje­
cutar sus grandes milagros: resurrección de Lá­
zaro, multiplicación de los panes; al transfigu­
rarse a los ojos de sus Apóstoles en la cima del
Tabor en oración; al tomar en sus manos el pan
para realizar el Sacramento; al entrar en la Pasión
postrado sobre la tierra de Getsemaní; al morir
en lo alto de la Cruz, siempre orando por los
hombres.
Después de su Hijo Jesucristo, la Virgen María
es uno de los más claros ejemplos de la importancia
y fuerza de la oración para la conversión del
mundo. ¿Quién pensaremos que, después de Je­
sucristo, haya contribuido más que nadie a la
conversión del mundo, sino la Virgen María? Y,
sin embargo, Ella nunca se dio al apostolado di­
recto de la acción, porque como mujer hebrea
PLAN DIVINO D t REDENCIÓN U I

de su tiempo no podía hacerlo, sino que debía


permanecer retirada.
Es verdad que algo hizo, pues acompañó a
Jesús para servirle con otras mujeres en su pre­
dicación apostólica. Pero Ella nunca predicó. Su
arma eficacísima para convertir las almas fue la
oración. Su trabajo por la Iglesia fue principal­
mente la efusión de su Inmaculado Corazón ante
el Padre y ante el Corazón de su Hijo.
«Peleaban los Apóstoles en todos los ángulos
del mundo las batallas de Cristo, y María Santísi­
ma, con su oración, les daba aliento y les alcan­
zaba la victoria.
»Levantaba al cielo sus manos, y del trono
de su Hijo hacía bajar torrentes de gracia, con
los que fructificaban los trabajos apostólicos.
»Oraba la Madre de Dios, y bien podemos
asegurar que contribuía más a la conversión del
mundo su oración que cuanto pudieron hacer y
padecer los Apóstoles» (104).
La vida de la Virgen fue larga; se cree que vivió
muchos años. Por de pronto, cuando murió Je­
sucristo, con más de treinta años, Ella tenía, sin
duda, cerca de cincuenta. Todavía vivió, según
se cree, bastantes años, de modo que se trasladó
después a Efeso con San Juan, según la tradición.
Es fácil que, según se dice, viviera hasta cerca
de los setenta años. Pues bien: de toda esta larga
vida, la parte más importante, y la casi totali­
dad, fue dedicada a la oración por el Reino de
Dios.
Oraba de niña, deseando la venida del Mesías;
oraba con Jesús en su seno hasta que nació; oraba
112 VIVIR CON LA IGLESIA

en Egipto, y en Nazaret largos años, y en Jerusalén


hasta la muerte de Jesús. Y después, oraba
largos años, por la Iglesia y sus combates; oraba
en sus ardientes comuniones recibidas de manos
de San Juan; oraba en sus clarísimas noches
llenas de amor de Dios; oraba en su trabajo coti­
diano y, mientras sus manos pasaban la aguja
(ya que es lo más creíble, conforme a las costum­
bres hebreas de entonces, que fuese experta en
bordar, hilar y oficios semejantes femeninos),
Ella derramaba su Corazón ante Dios.
Habiendo aprendido de su Maestro el valor de
la oración, los Apóstoles, con ocasión del asunto
de los diáconos, al principio de la Iglesia, mos­
traron claramente la importancia que daban a la
oración para su misión apostólica. Empezaron
por distribuir las limosnas de la caridad de los
fieles. Pero viendo que esto ocupaba su tiempo,
y creaba también algunos conflictos, decidieron,
iluminados por el Espíritu Santo, designar diá­
conos para el ministerio de la caridad. «Nosotros
—dijeron ellos—nos dedicaremos a la oración, y
a la predicación de la divina palabra» (105).
Y San Pablo, imbuido en esta misma doctrina,
escribe a los Efesios:
«Orad en todo tiempo, con mucho espíritu,
ofreciendo toda clase de oraciones y súplicas, y
velando con toda instancia por todos los santos
(los fieles) y por mí, para que se me conceda la
gracia de predicar la divina palabra» (106).
Y a los Colosenses, de la misma manera les pide
que, con oración, hagan fructificar su predica­
ción^
Si tuvierais je como un grano de
mostaza (muy pequeño), diríais a esa
montaña: échate al mar, y lo haría
al punto. (Mt., 17, 20.)
M ONTAÑA DE J E BEL EL M A R K IIÁ
<!n la Península del Sin ai.
PLAN DIVINO DE REDENCIÓN

«Orad, juntamente con nosotros, para que Dios


nos abra la puerta de la predicación, y hablemos
debidamente del misterio de Cristo» (107).
Moisés, el gran libertador del pueblo de Dios
y su caudillo, viendo que Dios quería exterminar
a su pueblo por su ingrata conducta, comenzó
a luchar con Dios en la oración, para salvar a
su pueblo. Dios le decía: «Déjame castigarles», y
Moisés oraba para que no lo hiciese. Parece como
que Dios no podía castigarles sin el consenti­
miento de Moisés, que salvó de este modo a su
pueblo del castigo divino (108).
En otra ocasión memorable, Moisés se hallaba en
lo alto de una montaña mientras el pueblo lucha­
ba en la llanura contra los enemigos amalecitas, que
los querían exterminar. Levantados los brazos al
cielo, oraba Moisés. Y cuando de puro cansancio
los dejaba caer, los amalecitas ponían en fuga a
los hijos de Israel, en tanto que cuando tenía los
brazos levantados en oración, los israelitas derro­
taban a los de Amalee. Comprendiendo Moisés la
fuerza de la oración, que Dios le hacía entender
de tan clara manera, rogó a sus acompañantes.
Aarón y Hur, que le sostuvieran los brazos en
alto hasta la completa derrota de los enemigos,
que se obtuvo de esta singular manera (109).
Abraham es otro célebre caso de oración.
Irritado, Dios se disponía a castigar a la corrom­
pida ciudad de Sodoma, y Abraham interpone
su ruego. Luchando con el Señor en admirable
contienda de misericordia, obtiene de El que
perdone a la ciudad por solos diez hombres justos
que puedan encontrarse en ella. Empezando el
8
114 V IV IR CON LA IGLKS1A

niego por cuarenta, hizo descender la condición


de la súplica hasta solos diez. Desgraciadamente,
Sodoma no contaba con tan escaso número de
hombres buenos, y por eso fue arrasada; pero la
oración de Abraham había ya alcanzado el perdón
con tan benigna condición, que resultó excesiva
para la malicia de los pecadores (110).
Es célebre también el caso de Josué, que con
sus ruegos obtuvo del Señor la detención del sol
en su carrera para lograr la completa victoria
sobre sus enemigos: «Obedeciendo Dios a la voz
de un hombre», se paró el sol en medio de su
camino (111). También son conocidos los casos
de Elias, el profeta de Dios, que con su oración
hizo bajar fuego del cielo sobre su sacrificio (112),
y el caso de Elíseo, que con su oración resucitó
al hijo de la viuda de Sarepta (113).
XVI

Ejemplos de la eficacia de la oración.

Vamos a relatar algunos casos de la eficacia


de la oración. Entre los casos de la historia de la
Iglesia que cita Ramiére en su obra sobre el
Apostolado de la *Oración, para comprobar la
eficacia de esta, se hallan las fiestas instituidas
por la Iglesia en memoria de beneficios singulares
de Dios.
«Tales son las de la Exaltación de la Santa
Cruz, Transfiguración del Señor,. Rosario y otras,
que deben su origen a mercedes insignes conce­
didas al pueblo cristiano por la invocación del
nombre del Señor» (114).
He aquí varios de los casos citados, en una
breve exposición:

Exaltación de la Santa Cruz

Esta fiesta de la Santa Cruz se celebra el 14 de


septiembre, y ha sido conservada en la nueva
reforma de la liturgia. Heraclio, emperador de
Bizancio, se encontraba en guerra apurada contra
Cosroes, rey de Persia, que había arrebatado de
Jerusalén la Cruz del Señor, hallada milagrosa­
mente por Santa Elena, la madre del gran em­
perador Constantino. Heraclio, viéndose en suma
116 V IV IR CON LA IG LE SIA

dificultad y peligro ante las tropas enemigas,


hizo ferviente oración a Dios, acompañada de
ayunos. Y fue avisado del cielo que diese la ba­
talla, pues sería el vencedor.
Habiendo vencido, exigió a los hijos de Cosroes
la devolución de la Santa Cruz como primera y
principal condición. Y así volvió la gloriosa Cruz
a Jerusalén, gracias a la oración del pueblo cris­
tiano, que obtuvo por la oración victoria de sus
enemigos. Sabido es que cuando Heraclio intro­
dujo triunfante la Cruz en la Ciudad Santa, tuvo
que detenerse por no poderla llevar, hasta que,
según el consejo del Obispo Zacarías, se despojó
de los vestidos reales, porque le dijo el piadoso
Obispo: «El adorno triunfad de rey no imita la
humildad de Jesucristo». Fue puesta la Cruz en
el lugar de la Redención.

Fiesta del Rosario

La solemne festividad del Santísimo Rosario se


celebra el día 7 de octubre. Conmemora, como es
sabido, el triunfo contra los turcos, enemigos de
los cristianos y gravísimo peligro para la Iglesia,
que se obtuvo en la batalla de Lepanto. Unidos
el Papa, España y Venecia, infligieron una gran
derrota a los Ejércitos de la media luna. Era el
mismo día en que los fieles de la Cofradía del
Rosario oraban por toda la Iglesia para impetrar
la salvación. El mismo San Pío V, en Roma,
tuvo revelación, según se narra, de este triunfo
que Dios concedía a su Iglesia que estaba en ora­
ción. Más tarde, en el siglo xvm , una nueva
PLAN D IVINO DE REDENCIÓN
117

victoria contra los turcos, obtenida por la ora­


ción del Rosario, en el día de Santa María
de las Nieves, en Hungría, movió a Clemen­
te X I a extender a la Iglesia entera la fiesta del
Rosario, concedida aftffes para los cofrades seda-
mente.
Fiesta del Nombre de María

La fiesta del Nombre de María se celebra el 12


de septiembre. Conmemora la salvación del pueblo
cristiano de manos de los turcos, en Viena, en el
siglo xvn. Las oraciones del pueblo cristiano
fueron escuchadas por la Virgen.

Fiesta del Corazón Inmaculado de María

22 de agosto. Esta fiesta nos muestra también


modernamente (año 1942) la confianza de la Igle­
sia en la oración, puesto que fue instituida por
Pío X II para que los fieles dirijan sus miradas
al Corazón de María, y le rueguen por la salvación
del mundo, que se hallaba entonces en una te­
rrible guerra, y todavía está sometido a la más
terrible de las persecuciones: la comunista.
Más adelante, en su mismo libro, Ramiére cita
nuevos ejemplos de eficacia de la oración:
«Por la oración se libró Roma de la peste, en
tiempos de San Gregorio Magno; Milán en tiempos
de San Carlos Borromeo; Viena fue preservada del
incendio por las preces de San Mamerto (y esta
singular merced dio origen a las Letanías y Ro­
gaciones); París se defendió del furor de Atila
118 V IV IR CON L A IG LESIA

por las oraciones de Santa Genoveva; Arrio se


sintió herido de muerte en medio de su triunfo
por las oraciones del Santo Obispo Alejandro;
Santa Cristina desterró el paganismo de una
nación entera; España se libró del yugo maho­
metano por la protección de María, como lo
testifica Covadonga y San Femando; Francia se
libró de los albigenses por el rezo del Rosario
predicado por Santo Domingo; y los anales de
la Archicofradía del Purísimo Corazón de María
están llenos de conversiones sin cuento de peca­
dores obstinados, enfermos curados, parroquias
reformadas en breve tiempo, y todo fruto de la
oración» (115).
He aquí algunos de estos ejemplos caracterís­
ticos, brevemente narrados:

San Carlos y la peste de Milán

Un caso histórico del siglo xvi- Antiguamente


la peste, cuando entraba en una ciudad, originaba
un espectáculo terrible. Quien ha leído en el
famoso libro de Manzoni: Los Novios (I promessi
Sposi) la terrible descripción de la peste, no
podrá olvidarla con facilidad. Ni es preciso re­
currir tan lejos, pues de nuestro sigío todavía
han sido epidemias mortales que han diezmado
la población aun en las naciones occidentales.
El año 1576 fue el de la peste de Milán, una
de las más tristemente célebres en Europa, por
los estragos que causó. Era Arzooispo el Cardenal
San Carlos Borromeo, el cual desplegó en esta
ocasión una actividad verdaderamente heroica
PLAN DIVINO DE REDENCIÓN
119

en ayuda de los enfermos y atacados de la peste


El personalmente acudía a curarles, a darles los
Sacramentos, a celebrar la Misa. Visitaba conti­
nuamente los lazaretos donde estaban aislados.
Por fin, pensando que además de las muchas
oraciones que había hecho y mandado hacer,
era preciso aplacar a la justicia de Dios con al­
guna especial penitencia, organizó una procesión
penitencial, a la cual se sumó la ciudad. Y el
santo Cardenal, descalzo y con una gruesa soga
al cuello, recorrió penitencialmente las calles con
los demás, pidiendo a Dios que aplacase su ira
haciendo cesar la peste, como lo obtuvo de la
divina misericordia.

Las rogativas menores

Los autores eclesiásticos atribuyen común­


mente el origen de las Letanías del triduo anterior
a la Ascensión, o rogativas menores, a la iniciativa
de San Mamerto, Obispo de Viena en Francia,
en el siglo v. Este santo Obispo, viendo su te­
rritorio sometido a una continua serie de terri­
bles calamidades, guerras, incendios, malas cose­
chas y pestes, decidió hacer la procesión durante
tres días cantando las Letanías de los Santos,
con lo cual alcanzó de Dios el fruto de sus ora­
ciones.
Esta santa costumbre pasó después a la Iglesia
universal, y así hoy hay todavía las dos Roga­
tivas, las mayores, de origen romano, y estas
menores que tienen este origen.
120 V IV IR CON LA IGLESIA

La batalla de Covadonga

El año 718 se dio en los montes de Asturias


esta memorable batalla contra los musulmanes,
que fue el heroico comienzo de la reconquista
del territorio español, y es atribuida con razón
a una intercesión poderosa de la Virgen.
Ocupada España por los sarracenos, habían
llegado hasta el Norte, aunque quedaban focos
cristianos todavía. Uno de estos decidió nombrar
por su capitán a don Pelayo, noble godo, des­
cendiente del rey muerto Rodrigo. Con gran
prudencia, ordenó a los suyos dirigirse al agreste
lugar de Covadonga, para dar la batalla a los
musulmanes que a las órdenes de Alkamah ve­
nían a terminar con ellos. Pelayo, entretanto,
llevó consigo, según la tradición, a la cueva
de Covadonga una imagen de la Virgen, enco­
mendando a Ella el suceso de la batalla defi­
nitiva.
Precipitáronse por el valle los moros pensando
tener la partida ganada, y los caballeros cristianos,
desde la cima, comenzaron a asaetearles, y a
derrumbar sobre ellos troncos de árbol, grandes
piedras y rocas, causando un gran desconcierto.
Sumóse a ello la crecida del Deva por las lluvias
providenciales, con lo cual perecieron muchísimos
moros que cayeron a él al producirse un corri­
miento de tierras en el lugar por donde escapaban.
Según el historiador árabe, aun disminuyendo
las exageradas cifras de los cronistas cristianos,
murieron todos los musulmanes que iban allí.
PLAN D IVINO DE REDENCIÓN
121

Así, con esta protección de la Virgen a los gue­


rreros cristianos, comenzó la reconquista española,
que haría posible la salvación de Europa del poder
de los enemigos de la Cruz.

La Archicofradía del Corazón de María

Un caso de historia moderna de la Iglesia. Si los


otros casos citados han sido de protección en
guerras o calamidades sociales colectivas, este
último ejemplo citado por Ramiére es de conver­
siones. El piadoso párroco de Nuestra Señora de
las Victorias, de París, que entonces era iglesia
de San Francisco Javier, y está en el centro de
la urbe, viendo que apenas nadie asistía a la
parroquia, tuvo el año 1836 la inspiración celeste
de consagrar su parroquia al Corazón de María.
Pidió como señal de ser esta inspiración voluntad
de Dios, la conversión de un viejo volteriano,
rebelde a todos los intentos y gravemente enfer­
mo. Fue a su casa aquel mismo día para hablarle,
y a pesar de que le había rechazado siempre,
aquel día le recibió y le pidió, con lágrimas en
los ojos, que le confesara. Fue aquel el comienzo
de una serie maravillosa de conversiones, porque
la Archicofradía se caracterizaba precisamente
por hacer oración por los pecadores para conver­
tirlos. Los anales de la Asociación están llenos
de casos de estos. Se atribuye una gran paite
a estas oraciones en el movimiento de conversiones
de Inglaterra, que comenzó en Wiseman, el cual
vino a París a pedir estas oraciones al piadoso
párroco, Abate des Genettes.
122 V I V I R CON LA IG LE SIA

Añadimos a la explicación de los citados por


Ramiére, algún caso más de la eficacia de la ora­
ción:
Santa Escolástica y la lluvia
Es célebre en las historias de la hagiografía el
caso de Santa Escolástica, hermana de San Beni­
to, el gran patriarca de los monjes de Occidente.
Lo narra con palabras conmovidas y clásicas San
Gregorio en su libro de los Diálogos:
«Escolástica, hermana del venerable Benito,
dedicada al Dios omnipotente desde su infancia,
acostumbraba venir a visitarle una vez al año, y el
santo varón bajaba a recibirla y estar con ella fue­
ra de la puerta del monasterio y no lejos del mis­
mo. En una ocasión vino como de costumbre, y su
hermano bajó adonde ella con sus discípulos. Y ha­
biendo pasado todo el día en santo coloquio, al caer
las tinieblas de la noche tomaron juntos la cena.
♦Estando aún sentados a la mesa, como se
hubiera prolongado la hora, su santa hermana
le rogó diciendo: «Te pido que no me dejes esta
noche, para que continuemos hablando de Dios
hasta mañana*. Y él le respondió: «¿Qué es lo que
dices, hermana? No puedo pernoctar fuera del
monasterio*.
»E1 cielo estaba tan sereno que no se veía nube
alguna. La santa mujer, habiendo oído la nega­
tiva de su hermano, cruzó las manos sobre la
mesa y apoyó sobre ellas la cabeza para rogar
a Dios. Y apenas levantaba de la mesa de nuevo
la cabeza, cuando estalló tal tormenta de truenos
y relámpagos, y descargó tal inundación de lluvia,
PLAN D IVIN O DE REDENCIÓN
123

■que ni el venerable Benito ni sus compañeros


pudieron dar un paso fuera de la casa en que se
hallaban. Porque la santa había derramado un
río de lágrimas ante Dios, y había traído por
ellas la lluvia. La inundación había seguido
instantáneamente a la oración; y tanta fue la
coincidencia que al levantar la cabeza de la mesa
había estallado el primer trueno.
»Entonces el santo, viendo que no podía volver
al monasterio con aquella tormenta, comenzó a
quejarse entristecido: «Dios te perdone, hermana
mía, ¿qué has hecho?» Y ella le respondió: «Telo
he pedido y no me has querido oir. Pero he ro­
gado a Dios y Él me ha oído. Ahora, sal, si es
que puedes, dejándome sola aquí». Y él tuvo que
quedarse toda la noche hablando de cosas divinas
con su hermana. Tres días más tarde ella moría,
y Benito veía su alma entrar en los cielos en
figura de paloma» (116).
El deseo de la santa fue satisfecho por Dios.
Recordemos la palabra de Jesús: «¿Cómo no ha
de dar Dios su buen Espíritu a los que se lo
pidan, si satisface otros deseos menores de sus
Santos?» (117).

Monseñor Ketteler y la religiosa

El mismo Obispo de Maguncia, monseñor


Ketteler, apóstol social de Alemania, contó esta
historia de su juventud:
Cuando él era joven, entregado a las diver­
siones mundanas, estando una noche bailando,
en las vueltas de su alocado movimiento vio
124 V IV IR CON LA IG LE SIA

clara y distintamente en el aire el rostro de una


religiosa, que le impresionó profundamente con su
mirada, de manera que no pudiendo quitar aque­
lla imagen, y reflexionando sobre su vida, aca­
bó por entregarse a Dios y hacerse seminarista.
Llegó a ser Obispo, y visitando un día un
convento de religiosas, reconoció de pronto,
profundamente impresionado, en la capilla, en
una de aquellas religiosas que escuchaban su
plática, el rostro de su antiguo baile. Mandó
llamar por medio de la Superiora a aquella re­
ligiosa, y teniéndola delante, sin revelarle su
secreto, le preguntó si solía rezar por la conversión
de las almas. Ella entonces manifestó al Obispo
que desde hacía años tenía costumbre de pedir
por los jóvenes que vivían en el mundo olvidados
de Dios, para que se entregasen a Él. El Obispo,
emocionado, calló su secreto, y solamente le
exhortó a seguir con aquella práctica toda su vida.
El gran apostolado de aquel Obispo tiene su ori­
gen, por tanto, en las humildes oraciones de una
ignorada religiosa, cuyo rostro era conocido de Dios.

Conversión de un alejado de Dios

Un jesuíta, misionero en China, ya fallecido,


había entrado religioso a pesar del disgusto de
su padre, que estaba apartado de Dios hacía
algún tiempo. Deseoso de obtener su conversión,
y viendo que se mantenía impávido ante su hijo
ya sacerdote, este quiso ofrecer a Dios el sacri­
ficio de ir a las Misiones para alcanzar de Dios
aquella alma. Confió su secreto a otro Padre
PLAN DIVINO DE REDENCIÓN
125

jesuíta, con quien tenía gran confianza, v Dartió


a la lejana China. y F
Muchos años después, el Padre que conocía aquel
secreto se hallaba de paso en una ciudad del
Norte de España. Iba a salir en el tren por la ma­
ñana temprano, y por eso se había levantado a
aquella hora, cuando los demás aún dormían en
la casa. Sonó el teléfono. Llamaban de una clí­
nica para que fuese un sacerdote a confesar a
un moribundo. El religioso, por no despertar a
nadie, decidió ir personalmente, de paso para la
estación. Al entrar en la habitación del enfermo
reconoció al padre del misionero. La Providencia
hacía un milagro.
Le habló de su hijo, y le contó el sacrificio
que había hecho, cuyo secreto era el único en
el mundo entero en conocer. El enfermo, con­
movido, se entregó a Dios, se confesó y murió
santamente. Dios había movido exactamente
todas las circunstancias para atender la oración
y el sacrificio del misionero.

Fnlton Sheen y la joven entregada a Satanás

Un caso impresionante del poder de la oración


para convertir un alma, por muy caída que se
halle en el mal, es el siguiente que se narra del
célebre Fulton Sheen, a quien Dios ha dado el
don de la conversión de las almas en modo con­
siderable, pues son muchísimos aquellos a quienes
ha ayudado a volver al seno de la Iglesia, o a
encontrarla.
126 V I V I R CON LA IG LE SIA

Estando de párroco en la iglesia del barrio


de los mataderos, se hallaba un día confesando,
cuando llegó al confesonario una joven, haciendo
sonar sus pulseras metálicas con insolencia. De­
claró en seguida que no pensaba confesarse, y
que había venido solo por complacer a su madre
que quería la acompañara.
— Aquí donde me ve, acabo de salir de un re­
formatorio—dijo—. Mi único deseo era verme fue­
ra de aquel reformatorio—insistió— , pero se lo
pedí a Dios muchas veces y no me lo concedió.
Ni me oyó siquiera.
—Tal vez no le pedirías con fe—repuso suave­
mente el sacerdote.
—Crea usted lo que le parezca— contestó sar­
cásticamente—. Lo cierto es que no me hizo caso,
y entonces se lo pedí al diablo...
El sacerdote se estremeció involuntariamente.
Ella prosiguió:
—Le prometí hacer nueve comuniones sacri­
legas para que me sacase del reformatorio, y salí
al octavo día.
—Satanás hizo un magnífico negocio contigo—
murmuró el pobre sacerdote lleno de dolor— . A
cambio de esa libertad le diste tu alma. Pero
todavía puedes salvarla.
—Me voy—dijo ella súbitamente— . Usted no
me embauca a mí.
—Volverás, hija, volverás esta misma noche—
le aseguró despidiéndola el sacerdote.
Anonadado por el peligro de aquella pobre
alma, Fulton Sheen decidió mover la oración
para salvarla. A todos los que vinieron a confe-
PLAN D IV IN O DE REDENCIÓN
127

sarse les rogó que, después de hacerlo, estuviesen


un rato en la iglesia orando por un alma muy
necesitada. Muchos lo hicieron.
Cuando él terminó de confesar, se arrodilló
ante el altar. Horas enteras permaneció allí do­
lorosamente empeñado por un alma, ante el
sagrario, y cuando el sacristán vino a cerrar la
iglesia le pidió las llaves para quedarse aguar­
dando. Su fe le decía que aquellas oraciones
vencerían el influjo de Satanás.
Era ya pasada la medianoche cuando se oyó
el resonar de los tacones de la pobre Ágata, que,
atraída por una fuerza superior, venía a la Igle­
sia a encontrar misericordia. Solo estaba en la
oscuridad el sacerdote orante.
Ella se arrodilló en un banco, y de pronto estalló
en sollozos. La gracia había derribado los obs­
táculos. Se confesó, y libre del maléfico influjo,
comenzó una nueva vida.
Así es cómo las oraciones y el sacrificio de un
sacerdote empeñado en salvar una pobre alma
que Satanás dominaba, lograron el milagro de
convertir a la nueva Magdalena.
SEGUNDA PARTS

NUESTRA
COLABORACIÓN
AL PLAN DIVINO
(Los elementos
prácticos de lo
espirltua I i dad)
I

Nuesira Consagración a Cristo para ayudarla


en su empresa.

Cristo nos ha llamado a ayudarle en su obra.


Para esto nos pide que nos entreguemos a Él.
Es esta nuestra propia obligación de cristianos,
ya que habiéndonos salvado a nosotros e incorpo­
rado a su Cuerpo Místico, su Iglesia, tenemos
que vivir la misma vida que Él, y su vida tiene
un sentido: la salvación del mundo.
Todo cristiano, en su mismo nombre, lleva
esta dedicación a la gran obra. Pero aquellos le
ayudan plenamente, que aceptan más volunta­
riamente el entregarse de pleno a ÉL En el bau­
tismo nos entregamos, aunque inconscientes toda­
vía, y fuimos sellados por el sello de la Trinidad*
Después hacemos la renovación de las promesas
del bautismo voluntariamente, y la Iglesia nos
las recuerda en la liturgia del Sábado Santo*
delante de la alegre luz del cirio pascual.
Esto es lo que espera de nosotros el Sagrado
Corazón, que delante de su amor, patente en su
Corazón abierto, nos entreguemos voluntaria­
mente a Él, para ayudarle en la magna empresa.
Esto es la Consagración del hombre al Sagrado
Corazón.
132 V IV IR CON LA IG LE SIA

Cuando Cristo resucitó, se apareció a Tomás,


el incrédulo Apóstol, que había exigido la señal
de meter la mano en la herida de su Costado.
Allí, apareciendo en el Cenáculo, Jesús hizo que
el Apóstol, confundido en su presencia, llenara
su exigente demanda.
Metió la mano en su Costado, hasta tocar tal
vez el Corazón, y en presencia de aquel Amor
inefable, dijo vencido totalmente: «Señor mío y
Dios mío» (1). Era un primer acto de Consagra­
ción al Sagrado Corazón de Jesús.
Esta es la médula de la espiritualidad del Apos­
tolado de la Oración: hacernos comprender la
obligación y el valor que tiene la entrega de sí
mismo al Corazón de Jesús para realizar la Iglesia.
Hace penetrar el cristianismo hasta la entraña
de nuestra voluntad, por este ofrecimiento que
es la entrega y consagración de sí. Y hace vivir
el cristianismo, que es esencialmente redentor,
en la compenetración con el Corazón de Jesús
y su perpetuo sacrificio por la salvación del mundo
y de los hombres.
Hace cuatro siglos hubo un hombre, soldado
herido, que, leyendo en los libros de la vida de
Cristo y de los Santos lo que es este ofrecimiento,
concibió el ardiente deseo de hacer lo mismo
que ellos.
Y se entregó.
Era Ignacio de Loyola, que decía: «Lo que este
y este hicieron, ¿por qué no lo he de hacer yo?»
Esto mismo es lo que el Señor quiere de cada
uno de nosotros. No es necesario que tomemos
un rumbo nuevo en la vida externamente, pero
NUKSTRA COLABORACIÓN AL PLAN DIVINO 133

sí debemos, por el acto de entrega., unimos a


Cristo y a su obra para el tiempo y para la eter­
nidad.
Esto nos enseña el Apostolado de la Oración,
y esta es la verdadera vida del cristiano: entre­
garse a Cristo y a su amoroso Corazón, como se
entregó María, como se entregó Juan, como se
entregaron los mártires, como se entregaron todos
los santos, como se han entregado tantos millares
de cristianos conscientes de su nueva vida:
«Lo que este y este hicieron, ;por qué no lo
he de hacer yo?>>
II

La Gooaagnum ai Sagrado Corazón de Jesús,


práctica salvadora.

Entre todas las prácticas que la devoción al


Corazón de Jesús ha introducido en la vida cris­
tiana, ninguna hay más llena de frutos que la
Consagración al Divino Corazón de Jesús, sea
de las personas, sea de las familias, sea de las
sociedades. Lo ha declarado Pío X I:
«Entre las cosas que propiamente pertenecen
al culto del Sagrado Corazón sobresale la piadosa
y memorable Consagración con la que, atribu­
yendo al Eterno Amor de la Divinidad nuestras
personas y todas nuestras cosas, las dedicamos
al Divino Corazón de Jesús» (2).
La Consagración que Jesús mismo enseñó a
Santa Margarita María de Alacoque es la pleni­
tud de la vida cristiana, puesto que es la entrega
a Jesucristo «de nuestras personas y de todas
nuestras cosas». ¿Qué más tenemos si damos
nuestras personas y todas nuestras cosas? La
dedicación a Dios que en el bautismo se contiene,
cuando dice la sagrada fórmula:
«Yo te bautizo (dedicándote) al nombre del
Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (3), se

(3) El texto evangélico de la fórmula empleada por


Cristo (Mt., 28, 19), dice: eís tó ónoma, con preposición
N U BST K A COLABORACION AL PLAN DIVINO 1 35

lleva a actual plenitud con la entrega volun­


taria, libre y personal de nosotros mismos que
es la Consagración. ^
Porque en el bautismo somos con verdad con­
sagrados a la Santísima Trinidad (fórmula su­
prema del cristianismo) con aquellas palabras del
sacro rito.
«Te bautizo en el Nombre», significa esto:
«dedicándote y consagrándote a todo lo que el
Nombre significa».
Y ¿qué significa el Nombre divino? El Nombre
está en sustitución y como expresión de todos
los atributos supremos de Dios: el Poder, la
Sabiduría, el Amor, la Justicia, la Santidad de
un modo particular.
Somos sellados con el nombre de Dios, aquel
Nombre del que dijo Él mismo a Moisés, que
se lo preguntaba: «Yo soy el que soy» (4).
Somos así puestos bajo la protección del Poder
de Dios, y le pertenecemos. Somos de su Sabiduría,
que nos ilumina. Somos de su Amor, que se entrega
en don. Somos de su Justicia, que nos defiende.
Somos de su Santidad, que nos invade.
Cada año renovamos, o al menos en la Iglesia
se renuevan, las promesas del bautismo el día de
Sábado Santo, en la solemne liturgia actual.
Antiguamente este día era dedicado al bautismo
de los nuevos catecúmenos, que aparecían con
su blanca vestidura simbólica, y bajaban a las

de acusativo, que es de movimiento o dirección, e m ica


que a la persona bautizada se la pone bajo la pro ecci n
de las Personas divinas, como en una Consagraci n.
136 V IV IR CON LA IG LESIA

aguas bautismales de la vida. Hoy entre nosotros


no se hace esto, porque somos bautizados ya al
nacer de ordinario. Pero sigue siendo el Sábado
Santo el día del bautismo.
Ese día se bendice el agua de la pila bautismal.
Y ante el cirio encendido, que recuerda el triunfo
del Resucitado a vida nueva, renovamos las pro­
mesas del bautismo y nuestra entrega a Dios.
La Consagración al Sagrado Corazón, que sim­
boliza el Amor de Dios, hace lo siguiente. Es como
una renovación de la entrega bautismal, volun­
tariamente hecha por nosotros, y hecha delante
del Amor de modo especial.
Ya con ella hemos especificado, dentro de los
atributos de Dios que comprendía el Nombre de
la fórmula bautismal, el Amor.
Porque el Amor define de particularísima manera
el Nombre de Dios, de quien dice San Juan:
«Dios es caridad» (5).
Si antes nos dijeron: «Yo te bautizo en el
Nombre o consagrándote al Nombre del Padre,
del Hijo y del Espíritu Santo», ahora es como
si dijéramos, al consagramos al Sagrado Co­
razón:
Yo acepto mi bautismo, y quiero consagrarme
al Nombre del que es el Amor, del Padre, del Hijo,
del Espíritu Santo, Amor simbolizado y hecho
carne en el Sagrado Corazón de Jesús.
Yo me consagro al Sagrado Corazón de Jesús,
y en Él al Amor del Padre, del Hijo y del Espíritu
Santo.
Se comprende así que esta Consagración sea
fórmula práctica suprema de religión cristiana.
NU K STRA COLABORACIÓN AL PLAN DIVINO 137

El que se consagra ha de entregar su persona


con potencias, sentidos y libertad; ha de entregar
sus méritos, y si siente generosidad sus satisfac­
ciones; ha de entregar sus cosas, su familia, sus
trabajos, sus negocios, sus estudios, su pasado,
su presente y su porvenir.
La Consagración equivale a un pacto mutuo
con el Sagrado Corazón, según la enseñanza de
los santos: «Cuida tú de Mí y de mis cosas, y Yo
cuidaré de ti y de las tuyas», como se lo dijo el
Señor a Santa Teresa.
«Si queréis— dice Santa Margarita—obligar a
su bondad a que tenga particular cuidado de
vos, entregaos enteramente a su Corazón adorable,
dejando a un lado vuestros propios intereses para
emplearos con todo corazón y afecto en la obra
que Él os ha encomendado» (6).
También al P. Bernardo de Hoyos le fue hecho
el mismo favor:
«Cuida tú de mi honra y de mis cosas, que mi
Corazón cuidará de ti y de las tuyas», le dijo
Jesucristo en una aparición (7).
Es un intercambio de intereses, pero aún más
podemos decir: que es ei intercambio de los mis­
mos corazones. En las vidas de los grandes amigos
de Dios se lee a veces un favor singular que el
Señor les hizo, cambiándoles visiblemente el co­
razón, de modo que en adelante vivían como con
un corazón nuevo.
Santa Margarita María de Alacoque vio al sa­
grado Corazón de Jesús tomar el suyo de su
pecho, encenderlo con una llama nacida del pro­
pio Señor, y ponérselo después de nuevo en su
138 VIVIR CON LA IGLKSIA

lugar (8). De Santa Catalina de Sena se lee este


favor realizado de manera todavía más signifi­
cativa aún, puesto que vio a Jesús aparecérsele
mientras ella decía: Cor mundum crea in me
Domine, suplicando a Jesús que le quitase el
corazón y le diese el suyo en cambio. Tomó el
Señor el corazón de Catalina y se lo llevó consigo.
Ella vivió varios días—según propia declaración—
sin corazón, y cuando el confesor la decía que es
imposible, ella afirmó que era verdad. Y a los
pocos días, vio de pronto al Señor ante ella,
teniendo entre sus manos un Corazón rojo y
resplandeciente, que introdujo en el lugar del
antiguo, diciendo: «Hija mía muy amada: como
el otro día te he quitado tu corazón, hoy te doy
el mío en cambio». Y le quedó una cicatriz visible
en el pecho (9).
Este favor admirable es la realización mística
de la doctrina de la Consagración, que consiste
en dejar el propio corazón, los propios intereses,
y adquirir los de Cristo, adquiriendo su divino
Corazón. Es la sublime realidad de lo que San
Pablo dijo: «Para mí el vivir es Cristo» (10); y
también: «Para que la vida de Cristo se manifieste
en nuestros cuerpos» (11). Una plenitud tal de
vivir cristiano que vida, pensamiento, y aun
afecto, no nacen ya del propio corazón, sino que
una vida nueva, nacida místicamente del Corazón
de Cristo engastado en nuestro pecho, es la que
nos invade. «Ya no vivo yo, triunfa el Apóstol,
sino que Cristo vive en mí» (12).
Es una sustitución de mentalidad, de pensa­
miento, de enfoque, de ideal de vida: «nosotros
N U E S T R A COLABORACIÓN AL PLAN DIVINO 139

tenemos la mentalidad de Cristo*. Nos autem


seusum Christi habetnus, dice San Pablo (13)
El Gobierno indio construyó un gigante busto
del MahatmaGandhi, en el interior de cuya cabeza
había varios pisos con recuerdos del venerable
padre de la India. Y desde sus ojos, soberbios
ventanales, se podía contemplar el paisaje, para
que los visitantes pudiesen ver la India «a tra­
vés de los ojos de Gandhi*. Ver así el mundo
a través de los ojos de Jesús, con un corazón como
el suyo, no buscar su propio interés, sino el de
Cristo; en una palabra: sustituir el propio corazón
por el de Cristo, según el anuncio profético: «Yo
os quitaré el corazón de piedra y os daré un
Corazón de carne* (14), esto es, en verdad, estar
consagrados al Sagrado Corazón de Jesucristo.
La Consagración se verifica en algún día seña­
lado de Jesucristo; y ¿qué fecha mejor que la
de Cristo Rey que la misma Iglesia elige? Este
es el punto de arranque de la vida nueva transfor­
mada en Cristo. Después es necesario vivir la
Consagración, porque Jesucristo es Dios de vivos
y no de muertos. Vivirla es realizarla, vivirla
es transformarla en acción. No se debe prometer
lo que no se ha de cumplir, porque mejor es no
prometer que, después de hacerlo, no entregar lo
prometido.
Se ha de vivir, y como medio para vivirla se
ha de renovar con cierta frecuencia. Porque con­
dición humana es olvidar, V la renovación es
necesaria moralmente. Renovarla brevemen e
cada día una vez por lo menos, para que su in­
flujo alcance realmente de una a otra.
140 V IV IR CON LA IG LESIA

Y ¿cuáles son los frutos efectivos de la Consa­


gración? El primero, de parte de Dios, es la
firmeza que por su misericordia ha querido dar
al consagrado. Oigamos la afirmación de Santa
Margarita, que promete al consagrado sincero,
que procura vivir su consagración (solo a este),
la perseverancia y la salvación.
«Esta indigna criatura os dirá una palabra
respecto a algunas gracias particulares que cree
haber recibido del Sagrado Corazón de Nuestro
Señor Jesucristo. Le ha hecho, pues, conocer de
nuevo el gran placer que encuentra en ser honrado
de sus criaturas, y le parece que entonces le
prometió:
Todos los que se consagren a este Sagrado
Corazón, no perecerán jamás» (15).
En Carta al P. Croiset, haciendo ver en pocas
palabras toda la gran perspectiva del plan divino,,
dice:
«Me hizo ver esta devoción como uno de los
últimos esfuerzos de su amor para con los hombres,
a fin de que poniéndoles a plena luz en un cuadro
particular su Divino Corazón, traspasado por su
salvación, pueda asegurar su salvación eterna y
no dejar perecer a ninguno de los que le están
consagrados; tan grande es el deseo que tiene
de ser conocido, amado y honrado de sus cria­
turas.
»A fin de poder en alguna manera contentar
este ardiente deseo que su amor tiene de difundir­
se, Él les repartirá con abundancia gracias santifi­
cantes y saludables, Él les servirá de asilo seguro
en la hora de la muerte para recibirlos y defender­
NUESTRA COLABORACIÓN AL PLAN DIVINO 141

los de sus enemigos. Mas para esto es preciso


vivir conforme a sus sanias máximas» (16).
Exige la Consagración vivida para que se
obtengan sus frutos. Entonces se convierte en
un arma de santificación rápida y poderosa.
Entonces, como segundo fruto, eleva a grande
perfección. Expone la santa así el resumen de
los frutos de la consagración:
«Os confieso también que no puedo creer que
perezcan las personas consagradas a este Sagrado
Corazón, ni que caigan bajo el dominio de Satanás
pecando mortalmente, es decir, si después de
haberse dado a Él procuran honrarle, amarle y
glorificarle cuanto puedan, conformándose con sus
santas máximas. No os podéis figurar los efectos
que esto produce en las almas que tienen la dicha
de conocerlo, por medio de este santo varón
(el P. de La Colombiére), el cual se había consa­
grado enteramente a este Corazón, y no suspi­
raba más que por hacerle amar, honrar y glorifi­
car. Tengo para mi que esto fue lo que le elevó
a tan alta perfección en tan breve tiempo» (17).
Esta es la Consagración, y su fruto perfecto
es la más alta y segura santidad.
III

Condiciones de eficacia de la Consagración.

En el Radiomensaje que su Santidad Pío X II


dirigió a los pueblos de la región Emilia, en Italia,
el 28 de octubre de 1956, el Papa nos habla de
la autenticidad de la Consagración al Corazón
de Jesús y de las condiciones que debe reunir
para que adquiera plena eficacia y valor. Vamos
a decir algo sobre la importancia que esta prác­
tica tiene, para desvirtuar la impresión de los
que, por sí y ante sí, piensan que es poco menos
que una cosa formularia, en la que no debe ponerse
mucha confianza, y una especie de superstición
religiosa creer en ella.
Es en Santa Margarita donde encontramos la
primera práctica (al menos destinada a extender­
se) de la Consagración, tal como ella se entiende
en los tiempos actuales. Lo afirma Pío X I en la
gran Encíclica sobre el Sagrado Corazón y la
Reparación Miserentissimus Redemptor, diciendo
así:
«Habiendo enseñado Nuestro Salvador a la
inocentísima discípula de su Corazón el deber
de la Consagración y cuánto deseaba que le fuese
rendida por los hombres, movido no tanto por
su derecho cuanto por su inmenso amor a nosotros,
ella misma, junto con su director espiritual,
N 1 HSTHA COLABORACIÓN AL PLAN DIVINO I 43.

Claudio de La Colombiére, fue la primera en ha-


cerlo» (18).
Según estas palabras de la Encíclica, fue el
mismo Señor quien enseñó esta práctica de la
Consagración a su Corazón. No cabe duda de
que es una grave afirmación esta del Pontífice.
Fue de la divina Sabiduría de donde vino esta
enseñanza, y nos lo dice la Iglesia. Ya por este
solo capítulo se comprende cuán falsa sería la
posición de los que, basados en sus propias ideas,
no apreciasen el valor de esta práctica que la
Sabiduría de Dios inventó, y que la Iglesia enseña.
Pero esta enseñanza de la Iglesia no se ciñe
a sola la Consagración individual, que fue la que
primaria y directamente el Señor enseñó a la
Santa. El desarrollo de la misma, sancionado
por la autoridad de la Iglesia, ha hecho brotar
del tronco de aquella primera Consagración in­
dividual ramas de Consagraciones comunitarias.
Lo dice el mismo párrafo del Papa Pío XI:
«...la siguieron, con el desarrollo del tiempo,
primero los individuos, luego las familias y las
asociaciones privadas; finalmente, aun los mismos
magistrados, ciudades y reinos» (19).
Esta serie de Consagraciones, enumeradas por
el Papa, merecen de él el dictado de «faustos y
alegres comienzos». La corona suprema de esas
Consagraciones, declara el Papa que fue la Con­
sagración total del género humano hecha por
León X III, con aplauso de todo el orbe cristiano,
a principios de siglo (20). .
Y Pío X I declara a continuación que él ins­
tauró la fiesta de Cristo Rey en 1925 con la
1+4 V I V I R CON LA IGLKSIA

intención de completar aquella Consagración mun­


dial, trasladando a ese día de fiesta la renovación
anual de la misma Consagración, y esperando con­
seguir de ella frutos muy abundantes de unión
de todos los pueblos y naciones en la caridad
del Corazón de Cristo. El nombre especial que
Pío X I aplica a la Consagración mundial, confir­
mada por la fiesta de Cristo Rey, es el de «frugí­
fera», es decir, Fructuosa.
Ni solo esto. Sino que ha llamado a la Consa­
gración «práctica principal y digna de recuerdo
especialísimo» (pia eminet ac memoranda est conse­
crado) entre las que pertenecen al culto del Sa­
grado Corazón (21).
Este sentimiento de la Iglesia respecto a la
Consagración al Corazón de Jesús de los indi­
viduos, de las familias y asociaciones, de las
ciudades y diócesis, de la Iglesia y del género
humano queda bien claro en Pío IX (que consagró
la Iglesia en el año 1875), en León X III (que
consagró el mundo y publicó la Annum Sacrum
sobre ello en el año 1899), en San Pío X (que mandó
renovar anualmente esta Consagración leonina),
en Benedicto XV (que canonizó a Santa Marga­
rita), y en Pío X I (que nos dice las cosas arriba
transcritas).
No puede, por tanto, legítimamente nadie
dudar del valor de la Consagración en sí misma,
de cualquiera de las clases de Consagraciones
indicadas, ni de los frutos que la Iglesia espera
de ellas. Es impresionante ver que todos los
Papas, desde Pío IX , en esa ilustre serie antes
indicada, hasta Pío X II, de quien hablaremos
Cristo, con el blanco vestido que
Herodes le puso, con los ojos vendados
como en la noche de la Pasión, recibe
los ultrajes de los hombres... Y mien­
tras el Señor piensa, inmóvil y silen­
cioso, en tantos dolores, al pie de la
pintura, en actitud meditativa, la
Virgen María...
DESPRECIOS A CRISTO,
d e F r a v A v g í j l k ’O (h. x v .)
N I jK S T R A COLABORACION A L P LA N DIVINO

ahora, aprueban, estiman, confirman y espe­


ran tanto de las Consagraciones al Corazón de
Jesús.
¿Qué decir de Pío XII? Pío XII ha mostrado
con obras y con palabras la estima que tenía
de esta clase de actos. Él, en efecto, paralelamente
al gran acto inspirado de León XIII, consagró
el mundo al Corazón Inmaculado de María, para
el cual valen las mismas razones que para el
Corazón de Jesús, cerrando así y al par excitan­
do las Consagraciones individuales, familiares, re­
gionales y diocesanas al Corazón de María. Fuera
de esto, él mismo exhortó repetidas veces a la
misma Consagración al Corazón de Jesús, fami­
liar (v. gr., en el año jubilar de Montmartre, a las
familias francesas), o nacional (v. gr., a la Argenti­
na). Él bendijo la Consagración de España al Co­
razón de María realizada por su representación
oficial. En fin, no se puede dudar de la estima de
Pío XII, semejante a la de sus Predecesores, por
la Consagración como acto.
Pero, además, con palabras expresas ha ha­
blado de ello en la Haurictis Aquas. En ella cali­
fica a las Consagraciones, ya familiares, o cole­
giales, de «encendidos testimonios de piedad» (22),
declarando que las ha alentado cuanto ha podido
siempre en su Pontificado, y que son frutos
del Corazón misericordioso de Jesús. Entonces,
¿cómo podría nadie, sin desviarse de la mente
de la Iglesia, que es la que está concorde con la
mente de Cristo, poner en duda el valor de la
Consagración en cualquiera de sus formas como
acto de piedad?
iti
14# VIVIA COK LA t * M 4 » A

Veatno* «hora cóma Ho XII, en eí KAdJomenwt*


)e a 1a región Emilia itallan*, en ni neto de «u Con-
»a*ración al Cora*ón de JewK quíao *eftalar Jai
condiciones que debe tener 1a Onm*t*Gló*\ para
obten** toda efkaciA rn 1a práctica, PreciftAinente
hwo e*to porque 1a Conaagración no e* una prác­
tica formularia, t>e lo contrario, la l#le*ia no la
e*timarÍA tanto
l^ti mi KadiomenAAje (2.4) llama a 1a Cofteagra-
uón de 1a región Emilia «gran maní/nutación de
piedad» y «triunfo del Coraaón divino de Jm'm.
Ademán a continuación, hablando de la devoción
id Coraaóu de Jeiei*, a 1a que ha dedicado wi
Enckl«:a Hawirth Aguan, dice que e»ta no debe
reducir*#? a práctica* de piedad ementa» «actúa*
lizándow especialmente en la Consagración y la
r«parar í/m». Por tanto, para el Papa, la Conaa-
arAción no e» un acto de mera piedad externa.
Kn ello entá nu fuerza.
La }* imera coruüeión de una verdadera Con-
«agractón r.% la vrrdad de filia ;
*tín un acto dé amor a f^ún. ti* un o/rtt ímí^nlo
d$ une mitmo, dé lo que *t ñu, de Ut tju$ ue timé,
dé h qué t* cafa* de hacén, Pero pura hacer ene
ofrecimiento de »l miwno e* pm.íw> catar eu ara­
ría *antilkante. lie aquí la firimera condición;
Si e*tA* en pecado, m> fuedé* Mmawutk, ni mié*
m té récmcíUa* con / tnm*> Esto e* nwMmrio para
timnajtrarfte, Claro e»ti, )xn tanto, que una ton»
^agración individual íte quien e*tá en pecado no e§
ventolera, a no >mt uue vAya a# ompafiada del de­
seo ile ftattr del pecado, porque entonce* »e puede
pen*ar que aquel deaeo fie *er de Jeeii*. el Hn*
nusstma i tfh A H u u A t iO * a i, n ah iiiviwo $47

ñor lo acepU como ftfeludio de 1* conversión


efectiva,
y>Y qué decir en «i caso de una Consagración
colectiva? No cabe duda de que k Consagración
realizada por quien tiene la autoridad colectiva
a# válida, aunque cada individuo no quedaré
consagrado, en verdad, si no quiere él.
Pero entra aquí el comejrto «oda! de la Consa­
gración, Porque? León XIII, San Pió X, Pío XI, y
el mitfmo Pío XII, al consagrar o renovar la Qm»
Migración del mundo a lo» Corazones de Jesús o d*
María, precisamente revivieron, ton León XIII
en su celebre Annum Sacrtm, la cuestión de ai
&e ^Hieden abisagrar aun Ion qur di; ningún modo
prtenecen a Críalo, como son lo* Esta
fue Ja dificultad teológica que, w*mo es
tuvo que solventar la Annum Sacrtm, Y la resol-
vi<7con Ja ayuda del texto dái*í<o de Santo Tomás,
de que Jo» paganos pertenecen a la Iglesia, quantum
ad fiotmtatm, aunque no quantum ad fXHuUtmftn
pokMatüu
Pero es cosa clara que Ion pagano* no están en
rae tu do Dios; luego, por lanío, el P«pa y la
?glesía lian resuelto ente problema teológico: co­
lectivamente pueden ser consagrado* fH>r su ca*
bey,a también los que no están en gracia <le t>ios,
en cuanto forman parte de 1h rolm tividad.
1)e esta C*ott*agrat fón espera 1# Iglesia graneles
frutos, corno hemos dicho. NI h«*y * ontradiccion
con el Hadiomensaje de Pío XI I . Porque ^1 habla
aquí a lo$ individúan (amo (alé# d$nlro da la
valActividad, y como individuo* nectrilan la ipoeta.
Sin embargo, aunque no est/n eu gracia * la Consa»
148 V IVIR CON LA IGLESIA

gración colectiva como tal es fructuosa para


ellos, según hemos expuesto.
El segundo punto que el Papa expone es impor­
tantísimo, para sacar la plenitud de los frutos
de la Consagración: vivirla. «Para vivir la Consa­
gración es preciso estar dispuestos a dar más». Y
el Papa ve en este vivir la Consagración la manera
de llegar al misterio de nuestra transformación
en Cristo. Habla el Papa del supremo gozo de
la unión de Cristo, como fruto de la entrega a
Él que supone la Consagración.
«Tengo necesidad—pone el Papa en boca del
Señor-—de quien anhele hacerme un ofrecimiento
total de sí mismo, aun permaneciendo en medio del
fragor del mundo. Tengo necesidad de jóvenes
heroicos, de niños inocentes, de esposos fieles,
de jovencitas inmaculadas. Todos pueden ofre­
cerse, todos pueden consagrarse y vivir su Con­
sagración.*
Parece que con estas palabras está ya dicho
todo. Parece que el Vicario de Cristo ha señalado
un espléndido camino, de cimas insospechadas,
para la renovación de la Sociedad. La Consagra­
ción al Corazón de Jesús y al Corazón Inmacu­
lado de María pueden y deben convertirse a esa
luz, en maravilloso sistema moderno de espiritua­
lidad, pregonado por la Iglesia, y del que ella
espera frutos magníficos para la renovación
social.
Tres cualidades en definitiva nos ha enseñado
la Iglesia según lo expuesto con su doctrina y
con su práctica para dar toda su eficacia a la
Consagración.
N U ESTRA COLABORACIÓN AL PLAN DIVINO 149

Primera, la misma entrega: Consagrarse, es


entregarse por amor. Pide en el individuo la
gracia santificante, pide en todo caso la volun­
tad. Pero, porque sabemos que así es desde el
Paraíso la voluntad de Dios, conforme a la natura­
leza de las cosas, la voluntad del cabeza de la so­
ciedad, sea familiar, sea corporativa, sea nacional,
o aun mundial, puede representar a todos los
demás en su medida social. Y por esto hay una
entrega social, que tiene una valoración real inde­
pendiente de la voluntad personal de cada miem­
bro, aunque no cabe duda también de que será
más plenaria cuanto más intervenga la de todos.
Segunda, la renovación periódica: Si a esta
Consagración individual y social, practicada y
recomendada por la Iglesia, añadimos la renova­
ción, al menos anual de ella y mejor mensual o
diaria, pues la misma Iglesia nos lo enseña en
la Consagración del Mundo que hace cada año,
«para obtener con más eficacia los frutos», tenemos
el segundo elemento.
Tercera, la vivencia de la Consagración o su
realismo: Con la noción de «vivir la Consagración»,
tenemos el sistema integrado. Vivirla nos llevará,
individual y socialmente, a la perfección de la
unión con Cristo, y por Él con Dios.
He aquí, pues, el sistema completo, como templo
trinitario de tres columnas:
Consagrarse, renovar la Consagración y vivirla.
El día en que este sistema se lleve a la práctica
metódica y sistemáticamente en estos tres grados,
y en toda la escala individual, familiar y social,
que son los tres grados del Reino de Cristo que
150 VIVIR CON LA IOLKSIA

enseñó Pío XI en la Quas Primas, ese día habre­


mos encontrado el gran sistema de espiritualidad
moderna que vivificará a todos, sacerdotes, re­
ligiosos y seglares: «Aun permaneciendo en medio
del fragor del mundo».
Y ese día comprenderemos cuán simples son
los métodos de Dios. Porque veremos que no ha
sido sino una vivificación de la misma esencia cris­
tiana por medio del Amor. Y esto era todo lo que
Dios quería, porque Él es Amor.
* '; i

IV

Carácter reparador de la entrega.

Si la Consagración es la práctica más eminente


de la devoción al Sagrado Corazón, el espíritu de
reparación le es consustancial. Es la misma
Consagración o entrega la que debe llevar espíritu
reparador. El Sefior, en Paray-le-Monial, frente
a la frialdad del mundo y de los hombres, pidió
una fiesta especial, la de su Sagrado Corazón,
para reparar las ofensas que los hombres hacen a
su amor, y dijo a Santa Margarita María, con
acento de profundo sentimiento: Tú, a lo menos,
dame el placer de suplir su ingratitud (24).
El pecado forma una barrera a la conquista
del mundo para Dios, y tenemos que satisfacer
a la justicia divina ofendida, para que las gracias
de Dios se derramen con abundancia sobre la
tierra, y el mundo vuelva a Dios. Este es el es­
píritu de la devoción al Sagrado Corazón, y el del
Apostolado de la Oración, que es apostolado de
la oración y de la reparación.
Tenemos también que desagraviar al amor
ofendido de Jesús. Hay un cuadro, lleno de
significado, que el maravilloso y ungido pincel
de Fray Angélico, ángel verdaderamente de la
pintura, nos dejó: Cristo con el blanco vestido
que Herodes le puso, con los ojos vendados,
152 V IV IR CON LA IGLESIA

como en la noche de la Pasión, recibe los ultrajes


de los hombres, que alrededor de su rostro vene­
rable lo escupen, lo abofetean con sus manos, lo
golpean con sus palos.
Y mientras el Señor piensa, inmóvil y silencioso,
en tantos dolores, al pie de la pintura, en actitud
meditativa, la Virgen María, la que más sintió
los sufrimientos de Cristo y le reparó con su amor.
Al otro lado puso el pintor a Santo Domingo,
el propagador infatigable del Rosario: también
él medita, tal vez a través de los misterios, en los
sufrimientos de Dios.
La consolación a la tristeza del Señor es
un aspecto profundamente humano de la repara­
ción. No es ninguna sensiblería femenina, sino
el varonil concepto de la amistad, y el delicado del
agradecimiento, ante la histórica tristeza de Jesús.
El Hijo de Dios se entristeció hasta la muerte.
Sus amigos no pueden pensar en ello sin acer­
carse a su tristeza con amor.
La admirable escultura de Salzillo, en el «paso»
de la Oración del Huerto, que recorre cada año
las calles de Murcia, nos muestra la viril belleza
juvenil de un ángel del Señor, que parece casi
hombre, consolando a Jesucristo, según la na­
rración del Evangelio.
Pudo un ángel consolar a Dios. Pero, ¿cómo
puede hoy día consolar un hombre a Jesucristo,
si ahora está en el cielo, y no puede ya sufrir?
Respondió así Pío XI, en la Encíclica de la
reparación, Miserentissimus Redemptor:
«Dame un hombre que ama y entenderá lo
que digo. Los pecados y crímenes de los hom-
NUKSTRA COLABORACIÓN AL PLAN DIVINO 153

brea, en cualquier tiempo perpetrados, darían


aún la muerte a Cristo con los mismos dolores
y aflicciones. Mas si por causa de nuestros pecados,
que se habían de cometer y eran previstos, se
entristeció el alma de Cristo, recibió también
consuelo de nuestra reparación prevista, cuando
se le apareció un ángel del cielo para consolar
su Corazón oprimido por el tedio y la angustia* (25).
Por tanto, como Cristo previo ya en su vida
mortal nuestros actos reparadores, cuando pade­
cía tristezas y alegrías, estos actos que hacemos
ahora le consolaron entonces. Además la alegría
del consuelo de tener un amigo la recibe hoy en
el cielo, y su Corazón allá arriba se conmueve
al ver la ternura de nuestra amistad que sabe
sentir sus tristezas pasadas como presentes por
3a fuerza del amor.
Y además de esto «padeciendo, como padece,
todavía Cristo en su Cuerpo Místico, desea te­
nernos por compañeros de su expiación, ya que
somos cuerpo de Cristo» (26).
Entendiendo la Iglesia, con luz de Dios, lo
que es la devoción al Corazón de Jesús, y cómo
quiere Dios que se practique, ha señalado estos
dos aspectos: la Consagración y la reparación,
como los dos fundamentales.
Por eso han establecido los Papas que, en las
dos fiestas principales de Cristo Rey y del Sa­
grado Corazón, la misma Iglesia en el mundo
entero practique la Consagración (en la primera)
y la reparación (en la segunda). Para ello se
utilizan las dos fórmulas oficiales que han de
repetirse esos días en todas las iglesias del mundo.
154 V IV IR CON LA IGLKS1A

De este modo oficial V católico, universal en


extensión, se consagra cada año y repara el
Cuerpo Místico a su Cabeza, y nos enseña lo que
cada miembro ha de hacer.
Reparar en el Cuerpo Místico al Padre con
Cristo, y reparar al Corazón herido de Jesús con
amor en el mismo Cuerpo Místico. Tal es el es­
píritu católico de la reparación.
Todo en unión con Cristo, diciendo con la Igle­
sia: «El sacrificio de reparación al Padre, que Tú
ofreciste en la Cruz, el mismo te lo ofrecemos a
Ti, oh Jesús* (27). Ofrecemos al Hijo de Dios el
sacrificio del Hombre-Dios. Y con él nuestro
corazón.
Vida reparadora. Y esta reparación puesta én
el cumplimiento exacto del propio deber.
Santa Teresa tomó, según ella escribe, la reso­
lución de reparar los pecados de los hombres
con el cumplimiento de su deber de estado, y
este fue el comienzo de su santidad:
«Toda mi ansia era y aún es, que pues tiene
tantos enemigos y tan focos amigos, que esos fuesen
buenos: determiné hacer eso poquito que era en
mí, que es seguir los consejos evangélicos con toda
la perfección que yo pudiese* (28).
(27) Es merecedor de atención el que la fórmula
empleada por la Iglesia oficialmente ofrezca a Cristo el
mismo acto suyo que Él ofreció al Padre en la Cruz.
Y es que el acto de la Humanidad de Cristo, que era
hecho ciertamente por la Persona divina, se dirigía al
Padre como a Dios: pero como también el mismo Cristo
es Dios, es justo que nosotros, apropiándonos el acto
humano de Cristo como algo nuestro, se lo ofrezcamos
a Él, como miembros a la Cabeza
N U ESTRA COLABORACIÓN AL PLAN DIVINO 155

No hay mejor manera de reparar la mala vida,


que con la vida buena.
Ni la enemistad se repara mejor que con la
amistad.
Si Jesucristo tiene malos enemigos que viven
vida mala, sea su honor tener a cambio amigos
fieles y leales que viven por su amor una vida
sin mancha.
La CwMtgncüii al Corazón Inmaculado de María,

Entre las armas que para la conquista del


Reino de Dios en las almas ha preparado Dios
Nuestro Señor, pocas hay comparables a la
Consagración de nuestro ser a la Virgen María
y a su Corazón Inmaculado. San Luis Grignion
de Monfort enseñó esta práctica con el nombre de
Esclavitud Mariana. Solo hemos de añadirle,
conforme a la voluntad de Dios, como objeto
de término del acto, el Corazón Inmaculado. Lo
cual es además muy congruente, pues nada más
oportuno al realizar la Consagración de nuestro
corazón que el dirigirla al Corazón de María,
modelo y corredentor del nuestro.
Solo aquellos que reciban la luz de Dios enten­
derán la importancia y valor de esta Consagración
y serán capaces de realizarla:
«¿Quién vivirá—dice el Santo—en tercer grado
de unión habitualmente? Solo aquel a quien el
Espíritu de Jesucristo revele este secreto» (29).
Pidamos, por tanto, a Jesús y a María, el interno
conocimiento del Secreto de María, como lo llamó
el Santo Monfort.
¿Y en qué consiste esa Consagración? En una
entrega total de nuestro ser, en cuerpo y alma,
a la Madre de Dios, de modo que en adelante
NU ESTRA COLABORACIÓN AL PLAN DIVINO 1 57

vivamos la vida de María, como cosa perteneciente


a Ella, y que el espíritu de María se traspase
a cada uno de nosotros. Solo así, siendo Consa­
gración vivida, es como le reconocemos la pleni­
tud santificadora que el Santo le atribuyó.
Esta Consagración es como un lejano eco en
el tiempo de las palabras de Nuestra Señora,
cuando al Ángel que le anunciaba el maravilloso
misterio de la salvación respondió con humilde
y generosa entrega: «He aquí la esclava del Se­
ñor; hágase en Mí según tu palabra». Ella se
declara esclava del Señor, y el consagrado se
declara esclavo de la Esclava: «Yo soy tu esclavo
—dice con el salmista—y el hijo de tu Esclava»
(Salm., 115, 16).
Fundamentalmente consiste «en la entrega en­
tera y total a la Santísima Virgen para estar
totalmente unidos a Jesucristo por Ella. Debe­
mos darla: 1.°, nuestro cuerpo con todos sus
sentimientos y miembros; 2.°, nuestra alma con
todas sus potencias; 3.°, todos los bienes nuestros
de fortuna (en entrega espiritual) que poseemos
al presente o en lo venidero; 4.°, nuestros bienes
interiores y exteriores, o sea: nuestros méritos,
nuestras virtudes, nuestras buenas obras pasadas,
presentes y futuras; en una palabra: todo lo que
tenemos en el orden de la naturaleza y de la
gracia» (30).
Queremos notar aquí la advertencia que San
Luis hace sobre los valores de la obra que se
entregan: el valor meritorio se entrega a la Vir­
gen para que lo guarde, aumente y embellezca;
el valor impetratorio sube de valor por la Con­
158 VIVIR CON LA IGLESIA

sagración; y eJ valor satisfactorio es cedido (o


puede serlo) en favor de las almas del purgatorio,
de modo que la Virgen disponga del mismo,
Pero añadamos que si uno no se siente tan gene­
roso que se atreva a entregar, privándose de él,
el valor satisfactorio de sus obras, no por eso debe
dejar de hacer la Consagración. Será ciertamente
una Consagración en grado inferior al otro, y
menos meritoria, pero todavía tendrá un gran
valor al pasar por las manos de la Virgen.
La Consagración se hace por medio de María.
María es el camino y Jesús el fin. El Corazón In­
maculado es puerta hacia el Sagrado Corazón,
el cual a su vez es puerta para Dios, el Padre.
«La Consagración-dice San Luis—se hace a
un mismo tiempo a la Santísima Virgen y a
Jesucristo: a la Santísima Virgen como el medio
perfecto que Jesucristo ha escogido para unirnos
a nosotros mismos con Él, y al Señor como a
nuestro fin último, al cual debemos todo lo que
somos como a nuestro Redentor y a nuestro
Dios» (31).
Esta es la voluntad de Dios, «que quiso que lo
tengamos todo por María»—dice San Bernardo.
A su vez, María se entrega plenamente a quien
se le entrega por la Consagración. Toma al con­
sagrado bajo su protección, «le hace sumergirse
en el abismo de sus gracias, le adorna con sus
méritos, le apoya con su poder, le esclarece con
su luz, le abrasa con su amor, le comunica sus
virtudes, su humildad, su fe, su pureza; se hace
su fiadora, su suplemento, y su todo para Je­
sús» (32).
NUESTRA COLABORACIÓN AL PLAN DIVINO 159

Por otra parte, con la Consagración a María


se alcanza la imitación de Jesús, que es la fór­
mula de la santidad. Porque María es «el molde
de Dios».
«Digo— afirma San Luis—que los Santos han
sido moldeados en María. Existe gran diferencia
entre hacer una figura en relieve a fuerza de
martillo y cincel, y sacar una figura echándola
en el molde. Los escultores y estatuarios trabajan
mucho para hacer las figuras de la primera ma­
nera, e invierten en ello mucho tiempo; mas para
hacerlas de la segunda manera trabajan poco y
emplean muy poco tiempo. San Agustín llama
a la Santísima Virgen forma Dei, molde de Dios:
Si formam Dei te appéílem tu digna existis. El
molde propio para formar y moldear los dioses.
El que entra en este molde divino muy pron­
to queda formado y moldeado en Jesucristo y
Jesucristo en él. Con pocos gastos y poco tiem­
po se convertirá en Dios, porque es echado en
el mismo molde que ha formado a Dios» (33).
Solo advertiremos, para calmar escrúpulos ar­
tísticos de la comparación del Santo, que aunque
en la escultura una estatua labrada a cincel, si
bien cuesta mucho más. es también de mucho ma­
yor valor artístico y humano que la que sale
del molde en serie; pero en el orden sobrenatural,
es tan perfecto el molde de María, y por otra parte
tiene tal virtud de moldear enriqueciendo las
diferencias personales y sin destruirlas, que la
formación de las almas en tal molde es muy
superior en calidad a cualquier otro trabajo in­
dividual, por voluntad de Dios.
160 VIVIR CON LA IGLESIA

Esto es lo que el Santo ha llamado, con nombre


ya clásico en la historia ascética, el Secreto de
María, el cual consiste, según la célebre fórmula
ascética monfortiana, comparable en su estruc­
tura a la clásica política de gobierno de Lincoln
(por el pueblo, con el pueblo y para el pueblo),
en hacer todas nuestras obras:
«por María,
«con María,
«en María,
«y para María» (34).
Según nos enseñan diversas manifestaciones
celestes, cuyo espíritu ha sido aprobado por la
Iglesia, quiere Dios que también esta Consagra­
ción al Corazón de María tenga carácter reparador
para con Ella de las ofensas que a Ella se le
hacen.
Porque toda ofensa a Dios hiere también al
Corazón de María de rechazo, ya que es la Madre
de Dios, cuyo honor es conjunto al del Hijo.
Y además hay ofensas que parecen ir especial­
mente dirigidas contra Ella misma, como son—y
las especificó la misma Virgen—las blasfemias
contra su santo Nombre o contra su amable
maternidad de los hombres.
Gravísima injuria es insultar a una Madre

(34) Trat. verd. devoc., parte 2.*, cap. 6, II: La clásica


fórmula política de Lincoln, que expresa el ideal de las
democracias, es la siguiente: «En lo más íntimo de nues­
tros corazones decidamos que el gobierno del pueblo, por
el pueblo, para el pueblo, no desaparecerá de la tierra»
(Discurso de Gettysburg en 1863; cfr. E. Ludwig:
Lincoln, lib. 5, cap. 10).
NUESTRA COLABORACIÓN AL PLAN DIVINO 161

como Ella. Y es justo que de modo especial


reparemos con nuestra conducta de consagrados
los insultos dirigidos a la Madre de Dios y Madre
de los hombres, es decir, Madre nuestra.
Tratando de la eficacia de la Consagración al
Corazón de María, es digno de mención el caso
célebre de la Archicofradía de Nuestra Señora
de las Victorias, de París, fundada por una
inspiración del párroco de la iglesia parisina de
San Francisco Javier, Abate des Genettes.
La inspiración del párroco, narrada por él
mismo, es del modo siguiente:
«A las nueve de la mañana del día 3 de diciembre
de 1836 celebrábamos Misa en el altar de la
Santísima Virgen (el mismo que después hemos
consagrado a su Santísimo e Inmaculado Corazón
como altar propio de la Archicofradía), cuando
desde el primer versículo del Salmo Judica me,
se apoderó de nuestro espíritu el pensamiento—que
con frecuencia nos atormentaba—de la inutilidad
de nuestro ministerio en la Parroquia. (Era una
Parroquia tan fría que en el centro de París
solo tenía en un año entero 720 comuniones).
»Una voz que parecía brotar de nuestro interior
repetía machaconamente: «Tú no haces nada y
tu ministerio es inútil. Cuatro años hace que estás
aquí: ¿qué has conseguido? Todo está perdido
sin remedio y el pueblo carece de fe. Por prudencia,
deberías retirarte». Me hacía tanta violencia este
pensamiento, que empecé a sudar copiosamente.
^Después del Sanctus me detuve un instante
para concentrar mi atención, y espantado dije:
«Dios mí©, ¿qué es esto que me pasa? ¿Cómo voy
11
162 V IV IR CON LA IGLESIA

a poder ofrecer el Santo Sacrificio? No tengo la


libertad necesaria para consagrar. ¡Oh Dios mío,
líbranos de esta desdichada distracción!»
»No bien hube dicho estas palabras cuando
oí claramente estas otras, pronunciadas de una
manera solemne: Consagra tu Parroquia al Cora­
zón Inmaculado de María... Terminada la Misa
estaba solo en la sacristía, apoyadas mis manos
en el reclinatorio, cuando oí de nuevo estas
palabras: Consagra tu Parroquia al Santísimo e
Inmaculado Corazón de María.
»Para librarme de este pensamiento que me
perseguía, cedí al fin y me dije: «Después de todo,
se trata de un don de devoción a la Santísima
Virgen, que pudiera tener buen efecto. Ensaya­
remos» (35).
Tal fue el origen de la admirable Archicofradía
del Corazón Inmaculado de María. La Virgen
mostró bien que era Ella la que había inspirado
aquellas palabras al piadoso sacerdote. A la fun­
ción primera de Consagración de la Parroquia
asistieron imas 500 personas. En catorce años,
la Parroquia que en los cuatro años pasados
hacía desesperar al párroco, pasó de las 720 co­
muniones al año a las 107.000.
VI

Caridad en el seno del Cuerpo Místico.

Hemos presentado antes, en la primera parte


de este libro, el supremo mandato de la caridad,
dado por Jesucristo en la última Cena, y hemos
dicho que debe ser llamado el Mandamiento del
Cuerpo Místico.
Esto es verdad, porque precisamente el manda­
miento nuevo de Jesús no trata del amor con
todos los hombres, sino del amor que deben
tener sus discípulos, es decir, los miembros del
Cuerpo Místico entre sí.
Hay que amar a todos los hombres. La caridad
divina lo ordena, y Jesucristo recuerda explíci­
tamente en el Evangelio que este mandamiento
de amar al prójimo, o sea a todo hombre al al­
cance de mi acto humano, es el resumen de la ley,
y semejante en fuerza obligatoria al amor debido
a Dios. Pero el mandamiento nuevo de la ley
de Jesús, el de la nueva Alianza de su Corazón,
se dirige de manera especial a sus discípulos,
mandándoles el mutuo amor.
Si Cristo es Amor, y nos trae el Amor de Dios
a los hombres, era obvio que nos entregase una
Alianza impregnada de la esencia del amor. Por
eso este mandamiento nuevo puede decirse que
164 VIVIR CON LA IGLESIA

ha nacido del Corazón de Cristo y que es su total


expresión.
Ahora queremos brevemente explicar el modo
cómo tenemos que ejercitar este amor en el
Cuerpo Místico, para hacer florecer en su presencia
entre los hombres de la tierra, el reflejo de Jesús,
conforme a su deseo: «En esto conocerán que sois
mis discípulos» (36).
El amor desciende de Dios y debe a Él volver.
Y como Cristo es nuestra Cabeza v su Corazón el
nuestro, al amar al Padre cumpliendo la ley lo
haremos a través de Cristo mismo.
Nuestro amor de miembros del Cuerpo Místico
afluirá ardientemente hacia Jesús para formar
en su Corazón el remanso de todo amor digno
de tal nombre, y transformarse en divino Amor.
«Amaos los unos a los otros, como Yo os he
amado». Estas palabras señalan la dificilísima
meta de este nuevo amor cristiano del Cuerpo
Místico. Pero a la vez fácil, porque Cristo que
da la ley da la gracia para cumplirla, y Él mismo
se convierte en el modelo.
i Sublime caridad que debe resplandecer en el
Cuerpo Místico de Cristo! Si Él es el modelo,
también resulta, en su nueva forma mística, el
ejercitador supremo de esta caridad. Su Corazón
pudo mandar que nos amemos como Él nos amó
puesto que Él mismo, en su Cuerpo Místico, es
el que con nosotros ama en cada miembro que
cumple el nuevo mandamiento. Ved cuán delicada
ha de ser la nueva y celeste caridad.
Será primer ejercicio de tal caridad el ejercicio
<le la oración que nos enseña nuestro Apostolado.
NUESTRA COLABORACIÓN A L PLAN DIVINO 165

Orar por la salvación de las almas es suprema


caridad, ya que si gran obra de misericordia es
dar de comer al hambriento y dar de beber al
sediento, mucho mayor obra de caridad es salvar
al que se pierde.
Esta caridad se ejercitará con todo hombre,
pero de un modo particular resplandecerá para
con los miembros del Cuerpo Místico. Hemos de
orar con especial ampr y deseo, con especial ofre­
cimiento de nuestras acciones y de nuestra vida
total, por los miembros del Cuerpo Místico, para
que los limpios se limpien más, y los manchados
de nuevo resplandezcan. Que el pecador vuelva
a Dios, que el tibio se enfervorice, que el santo
se santifique. Y con todo el Cuerpo Místico, como
partes de él, juntamente cumpliremos nuestro
deber de amor universal, orando por los que se
hallan fuera del Cuerpo.
Como segundo ejercicio de caridad tomaremos
el perfecto perdón de las injurias.
Difícilmente nos podríamos negar a este ejer­
cicio con dignidad, pues nos manda Jesús amar
como nos ama Él. Y Él nos perdona a nosotros,
y tenemos esa experiencia, setenta veces siete, y
hasta setenta mil, por lo cual no podríamos en
el Cuerpo Místico dejar de perdonar.
Este es uno de los más difíciles matices de este
mandamiento nuevo, ya que siendo los hombres
tan imperfectos, y aun estando ligados por los
vínculos de Cristo, nos ofendemos mutuamente
tantas veces. Pero un miembro del Cuerpo Mís­
tico, si debe perdonar a cualquier hombre que
le ofenda, con mayor plenitud si cabe, con mayor
166 V IV IR CON LA IGLESIA

olvido, debe perdonar a los demás miembros del


Cuerpo Místico. Si la mano por descuido hiere
al pie, no castigamos a la mano haciéndola a
ella daño, como si tratáramos con niños, sino
que procuramos la salud total. No contesta el
pie con un puntapié a la mano, sino que se de­
tiene en su camino, y todo el hombre busca el
arreglo del miembro malherido sin ofender al
heridor. #
Difícil mandamiento. Pero dichoso, porque
contribuye a la felicidad de cada miembro, sin
aumentar la enfermedad. Para cumplirlo bien,
debemos esforzamos por pensar bien, por saber
mirar las facetas de luz de cada carbón capaz
por la talla amorosa de venir a resplandecer
como diamante. Siempre hay algo bueno en cada
hombre, y si es miembro del Cuerpo Místico,
su mayor bondad es el serlo, y que es objeto,
por lo tanto, del amor de Jesucristo, el Hijo de
Dios vivo.
Como tercer ejercicio de caridad del nuevo
mandamiento tomaremos el del servicio fraternal.
Cuando Jesús lavó los pies a sus Apóstoles, poco
antes de pronunciar este mandato, dijo así, re­
cogidos de nuevo sus vestidos, y sentado ya a
la mesa en el puesto de Maestro:
«¿Sabéis lo que he hecho con vosotros?
Vosotros me llamáis Señor y Maestro,
y decís bien, porque lo soy.
Pues si Yo que soy vuestro Señor y Maestro
os he lavado los pies,
también vosotros debéis lavaros los pies
los unos a ios otros» (37).
NUESTRA COLABORACIÓN AL PLAN DIVINO 167

Alegría del miembro del Cuerpo Místico es ser­


vir a sus hermanos del mismo Cuerpo, sean o
no de su misma nación, sean o no de las mismas
ideas en lo terreno, porque son de su misma
vida en lo sobrenatural. Y lavarles los pies puede
tomarse como símbolo de todo servicio humilde
y necesario, y también de toda disculpa del polvo
que acaso se les haya podido pegar en el camino
de las ideas humanas, para dejárselos limpios con
el amor como los de Cristo.
Y como último ejercicio de la caridad en este
máximo mandato, que es el nuestro, el que nos
distingue o debe distinguir, tomaremos el del
gozo en el Cuerpo Místico.
Sublime caridad del gozo que destruye toda
envidia. El 12 de abril de 1961, a las 8,55 de
la mañana, hora de París, en un campo recién
arado de Rusia, tomaba tierra con un paracaídas
el cosmonauta Yuri Gagarín. El máximo aconte­
cimiento de la historia de las aventuras humanas
hasta esta fecha acababa de completarse. Lanzado
a 28.000 kilómetros por hora—escalofriante ve­
locidad de ocho kilómetros por segundo—, el joven
comandante ruso, de veintisiete años, había rea­
lizado la máxima proeza de la historia de los
esfuerzos humanos, volando durante hora y me­
dia en órbita alrededor de la tierra. Otros vendrán
después que le aventajarán con mucho, pero su
esfuerzo inicial es un fascinante suceso. El éxito
de la técnica rusa, en competencia con la ameri­
cana, y en un afán de dominación mundial, ha
sido grande.
Pero al día siguiente los periódicos del mundo
168 V IV IR CON LA IGLESIA

occidental, sin excepción, hacían el siguiente co­


mentario a la hazaña: «El éxito ha sido ruso, es
cierto; pero la hazaña de Gagarín es de todos,
porque Gagarín es un hombre. Ha sido un éxito
humano. Y como hombres, todos tenemos que
alegramos de tan formidable aventura».
Los hombres, por encima de todas las diferen­
cias de color político, de nacionalidad, y hasta
de duelo a muerte por la dominación, se habían
encontrado en el gozo de la Humanidad. La Hu­
manidad era un cuerpo superior a las diferentes
naciones, y todos pertenecían a ella, orientales
y occidentales.
¡Cuánto más debiéramos levantarnos a esta
nobleza de sentimientos dentro del Cuerpo Mís­
tico! La hazaña sobrenatural de cada Santo, ya
no solo nos toca a los demás miembros de Cristo
como algo humano, sino como algo más íntima­
mente nuestro, como algo cristiano. Es Cristo
el que triunfa en cada uno. Borradas así las dife­
rencias de nación, de raza, de costumbres, nos
encontramos en la superior unidad de Cristo, y
en ella nos gozamos.
Yo me alegro de que Cristo tenga un éxito en
mi hermano, yo me gozo de que Cristo en otro
miembro haga lo que yo no hago. No puedo dar
lugar en mí a la envidia, sino que resplandece
mi corazón por el triunfo de cada miembro de
Cristo, y hasta tal punto me apodero de este
gozo, que me parece que yo tengo todas las
cualidades, todos los éxitos, y soy sumamente
feliz al ver que lo que me falta no le falta a Cristo,
porque se lo da otro miembro suyo. Y soy mártir
N U ESTRA COLABORACIÓN A L PLAN DIVINO 160

en los mártires, elocuente en los elocuentes, há­


bil en los hábiles.
Y puede decir así cada uno en Cristo, lleno de
gozo en su profunda humildad, entendiendo de
manera perfecta el mandamiento del Cuerpo Mís­
tico:
«Yo, el pecador antiguo, soy santo con los san­
tos, en mi nueva dicha.
Yo, el hombre viejo terrenal, me hallo de
pronto hombre nuevo y celestial en el Cristo Mís­
tico».
VII

Medios de mantener la entrega.

1. L a s a n t a M isa

Hemos visto ya que la obligación cristiana es


entregamos a Cristo y a su Divino Corazón con
una entrega o Consagración total y de carácter
reparador.
Esta entrega da un sentido nuevo a nuestra
vida. En la Capilla de la Conversión de la Santa
Casa de Loyola, se verificó la conversión de
Ignacio de Loyola.
La casa es la misma, la habitación también. Jun­
to a la ventana, donde se encuentra la estatua que
labró el escoplo de Coullaut Valera, leía en su
cama los libros de la Vida de Jesús y de los Santos.
El suelo está recubierto con madera nueva,
pero a través de un cristal puede contemplarse
aún el primitivo suelo. La viga y el dosel que
penden en el techo, son los mismos de antaño:
ese dosel que pende era el de su cama. Sobre
la viga podéis leer la inscripción: Aquí se entregó
a Dios Iñigo de Loyola.
Hoy día, sobre esa alfombra regia del centro,
se alza un altar bajo el dosel y la inscripción.
A la derecha hay otra imagen del Santo sobre
otro altar, imagen muy bella, sin pintura alguna,
NUESTRA COLABORACIÓN AL PLAN' iJIVINO 171

hecha de dos maderas en su color natural: ébano


y limoncillo.
En esos dos altares cada día se dicen muchas
Misas continuadas. Esa es la verdadera entrega
a Cristo. En cada Misa se debe poder decir de
nosotros también: Aquí se entregó a Dios, con
Cristo, esta persona.
Y en realidad, toda nuestra vida debe ser una
prolongación de esas Misas. La vida de un hombre
consagrado, que se ofrece cada día con Cristo, es
en realidad una Misa viva continuada.
Por lo tanto, la santa Misa, donde cada día
renovamos en nuestros altares el sacrificio de la
Cruz, se convierte en el centro de nuestra vida
cristiana y contiene, además, un verdadero pro­
grama de cristianismo auténtico.
¿Cómo podría un cristiano ofrecer la Misa
por la mañana y en ella ofrecerse con Cristo,
y después despreocuparse durante el día de aquella
vital inserción cristiana hecha por la mañana?
Si se ha ofrecido con Cristo es ya víctima con
Él. Y una víctima no puede hacer después su
propia voluntad de cualquier manera que sea.
Está obligada a conformar su voluntad en sacri­
ficio con Cristo.
En realidad la Misa ha sido, si se entiende
como ello es, en su más profundo sentido, una
auténtica Consagración al Sagrado Corazón tras­
pasado de Jesús, cuyo alanceamiento fue el vér­
tice de su victimación en el Calvario. Y una
Consagración se ha de vivir durante la vida.
Porque entre todas las armas espirituales con
que la Providencia divina dotó el Reino de Cristo,
172 V IV IR CON LA IGLESIA

ninguna es comparable en eficacia con la santa


Misa. Ella es fuerza suprema del mundo creado
por Dios, porque es el sacrificio del Dios-Hombre
que la tierra de Judea contempló un día atónita
y hoy contempla estática la tierra del mundo
entero. Ella es la salvación de la Sociedad humana
en las graves crisis que la sacuden, cerradura de
las puertas del infierno y llave del Reino de Cristo.
San Francisco de Sales llama a la santa Misa
«el sol de los Ejercicios Espirituales», en este bello
texto:
«No te he hablado aún del sol de los Ejercicios
Espirituales, que es el Santísimo y soberano Sa­
crificio de la Misa, centro de la Religión cristiana,
alma de la devoción, vida de la piedad, misterio-
inefable que comprende el abismo de la caridad
divina, por el cual Dios, uniéndose a nosotros,
realmente nos comunica con magnificencia sus
gracias y favores» (38).
Y verdaderamente la Misa es el sol, porque
cuando ella sale sobre una vida humana todo en
ella se ilumina, y cobra un nuevo resplandor.
«¿No vemos todos los días—exclama Pío X II—
sobre nuestros innumerables altares cómo Jesu­
cristo, Víctima divina, con sus brazos que se ex­
tienden de un extremo al otro del mundo, abraza
y sostiene al mismo tiempo en su pasado, en su
presente y en su porvenir a toda la Sociedad
humana?» (39).
Este ancho y largo alcance de la Misa por la
tierra y por la historia se verifica así:
«En la santa Misa los hombres se hacen cada
vez más conscientes de su pasado culpable, y
NUKSTRA COLABORACIÓN AL PLAN DIVINO 173

reciben juntamente con los inmensos beneficios


divinos, en el recuerdo del Gólgota, acontecimiento
el más grande de la Historia de la Humanidad, la
fuerza para librarse de la más profunda miseria
del presente, la miseria de los pecados cotidianos,
mientras hasta los más abandonados sienten una
ráfaga del amor personal del Dios misericordioso,
y su mirada se orienta hacia un más seguro
porvenir, hacia la consumación de los tiempos;
se alza la victoria del Señor sobre el altar, de
aquel Juez Supremo que pronunciará un día la
última y definitiva sentencia* (40).
Frutos principales de la Misa son los de la
reparación y oración, pero en una abundancia
y fuerza de supremo grado. Porque la Misa es
el mismo sacrificio reparador del Calvario reno­
vado de modo incruento sobre el altar. Es llave
del Corazón de Dios y deja los tesoros de sus gra­
cias sobre la tierra santificada por la Misa.
La Misa hace correr la Sangre de Cristo por la
Iglesia, y es como el latido de la Sangre en el
Cuerpo Místico. El valor de la Divina Víctima
se hace presente, y su vida se transfunde a cada
miembro del Cuerpo de Jesús. Cuando el sacer­
dote se inclina sobre el ara, y en el profundo
secreto dice las palabras consagradas sobre el
cáliz, la Sangre es místicamente derramada y
corre hasta la tierra.
La Misa es el sacrificio victimal de Jesucristo.
Entrega en Redención, Carne y Sangre separadas
místicamente, aunque realmente unidas. La pa­
labra del sacerdote, lisa y breve como la hoja
del cuchillo (espada del espíritu la palabra de
174 V IV IR CON LA IG LE SIA

Dios, que llega hasta la división de alma y es­


píritu), penetra en el cáliz y sacrifica en unión
con la voluntad inefable del Señor. El Sagrado
Corazón se ve herido místicamente en aquel ins­
tante, y la palabra consagrante ha sido como la
punta de la lanza que rasgó la herida de donde
salió Sangre y Agua.
En este instante sacrificial cotidiano de Jesús,
debemos unir a Él nuestro sacrificio y colaborar
en la Redención. Una página maravillosa de
Pío XI expone con precisión teológica profundí­
sima el modo cómo debemos participar diariamente
en la sagrada Misa. Oigamos sus palabras exactas
y densas:
«Mas conviene que tengamos presente que toda
la virtud de la expiación depende exclusivamente
del cruento sacrificio de Cristo, que sin interrup­
ción se renueva de modo incruento en nuestros
altares, puesto que una misma es la Hostia; el
que ahora se ofrece por ministerio de los sacer­
dotes es el mismo que se ofreció entonces en la
Cruz, siendo diversa sola la manera de ofrecerse;
por lo cual, a este augustísimo Sacrificio Euca­
rístico debe unirse la inmolación de los minis­
tros y de los fieles, para que también ellos se
muestren hostias vivas, santas, agradables a
Dios.
♦Más aún: San Cipriano no titubea en afirmar
que el sacrificio del Señor no se celebra con la
santidad requerida, si nuestra oblación y sacri­
ficio no responden a la Pasión. Por lo cual nos
recuerda el Apóstol que, llevando en nuestro
cuerpo por todas partes la mortificación de Je­
N U ESTR A COLABORACIÓN AL PLAN DIVINO 175

sús y consepultados con Cristo e injertados en


Él por medio de la representación de su muerte,
no solo crucifiquemos nuestra carne con sus vi­
cios y concupiscencias, huyendo de la corrupción
de la concupiscencia que hay en el mundo, sino
también se manifieste en nuestros cuerpos la vida
de Jesús, y hechos participantes de su eterno
sacerdocio ofrezcamos dones y sacrificios por los
pecados» (41).
Según esta doctrina, para reparar debemos unir­
nos con el gran acto reparador de Cristo, que
en el Calvario se ofreció al Padre. Y esta unión
se hace en la Misa. Al sacrificio del Señor hemos
de unir el nuestro, como dice San Cipriano. Y
para esto debemos salir de la Misa resueltos a
mortificarnos y a llevar en nuestros cuerpos la
vida crucificada de Jesús.
La eficacia ascética, por tanto, de la Sagrada
Misa, es la sacrificial unitiva, aparte de la impe-
trativa.
«Y cuanto más perfectamente respondiere nues­
tra oblación y sacrificio al del Señor, esto es, cuanto
más plenamente inmolemos nuestro amor pro­
pio y nuestras pasiones, crucifixión de la que
habla el Apóstol, tanto más copiosos frutos de
propiciación y de expiación percibiremos en bien
nuestro y de los otros» (42). ...........
Se da en la Misa la unión sacrificial, la entrega
de Cristo al Padre amorosa y generosa, y la
entrega nuestra a Cristo. El fruto más espontáneo
y natural de la santa Misa es el estado de víctima
vivido en plenitud cristiana, es la Consagración
a Jesucristo vivida durante el día como proion-
176 VIVIR CON LA IG LESIA

gación de la Misa. Y por esto Pío XI habla en su


Encíclica, a continuación de la Misa, de la Con­
sagración al Corazón de Jesús como práctica
perfecta de entrega.
En el ofertorio hemos de poner nuestro corazón
en la patena y ofrecerlo con el del Señor, en la
preparación del sacrificio; en la imposición de
manos sobre el cáliz debemos cargar nuestros
pecados sobre la espalda del Señor, y los de
todos nuestros hermanos sobre la nuestra para,
en unión con Cristo, pagar por ellos; en la Consa­
gración solemnemente unamos nuestro anonada­
miento y sumisión con la entrega sacrificial
del Señor, víctimas con Víctima, corazón con Co­
razón; inmolémonos sobre el ara con Él sobre la
Cruz.
En el misterioso rito del Per Ipsum penetrémo­
nos de la profundidad del Cuerpo Místico diciendo:
Por Él (Jesús con el Corazón abierto), que es
nuestra Cabeza, nuestras obras de miembros
lleguen a Ti, unidas con las de Él en su Corazón
y a través de Él.
Con Él, que es nuestra Cabeza, seas glorificado
Tú. pues esto será gloria del Cuerpo entero.
Y en Él, esto es, en su inteligencia y amor,
en la perfecta virtud de su Corazón, se dé a Ti
toda gloria y honor con el Espíritu Santo.
En el Pater Noster, la oración común del Reino,
clamemos en nombre de la Iglesia: «Venga a
nosotros tu Reino, hágase tu voluntad, no nos
dejes caer en la tentación, en la gran apostasía»;
y en la Comunión consumemos el sacrificio de la
unión, saliendo de ella según la célebre expresión
La vida de un hombre consagrado,
que se ofrece cada día con Cristo, es
en realidad una Misa viva co'ntinuada.
MISA EN LAB CATACUMBAS
DE SANTA PRÍSÍ ILA.
NUESTRA COLABORACIÓN AL PLAN DIVINO 177

del Crisóstomo: «como leones, que respiran fue­


go» (43).
Ha dicho Juan X X III en el Mensaje al Con­
greso Eucarístico Nacional de España en 1961:
«Vivir la Misa es el modo resumido y más per­
fecto de ser cristiano».
Esto es el Apostolado de la Oración.

2. El O f r e c im ie n t o d ia r io de obras

Este ofrecimiento de sí mismo a Cristo, que


se hace de manera especialísima en la Misa,
transforma la vida entera que así se ofrece. He
aquí cómo lo explica admirablemente Pío XII:
«El ofrecimiento de obras es una práctica ele­
mental y simple, como todo el Apostolado de la
Oración, que no multiplica compromisos ni fór­
mulas complicadas de organización, y que por
ello es extensible, y Nos bien deseamos que se
extienda, a toda clase de personas.
»Práctica simple; pero, ¿quién puede medir la
eficacia de que es susceptible cuando es fielmente
practicada y, mejor aún, constantemente vivida?
Toda la vida del hombre, peregrino en este mundo,
debe tender hacia Dios, y todos los actos humanos
deben finalmente ser culto de Dios en Jesucristo
y por Jesucristo. Ahora bien: el ofrecimiento
diario de las obras es ya de por sí culto rendido
al Señor, es oración y de la mejor, que, consa­
grando las primicias del día, las santifica.
»Pero cuando ese ofrecimiento es vivido, cuando
anima conscientemente a ejecutar bien las ac-
178 V I V I R CO N LA IG L E S IA

dones y a soportar bien cada sacrificio, entonces


es la vida toda hecha realmente culto de Dios,
entonces es la oración vital de que hablan los
Santos, y que el Apóstol inculcaba a los fieles
cuando les escribía: «Todo cuanto hacéis de pala­
bra o de obra, ya comáis o bebáis, o cualquier
otra cosa, hacedlo todo en nombre del Señor
Jesús, dando por medio de Él gracias a Dios
Padre y para su gloria» (44).
Y desarrollando el Papa los profundos horizon­
tes del ofrecimiento de obras, que nos transforma
en orantes, prosigue de este modo la trayectoria
sublime del sencillo ofrecimiento:
«Entonces la vida de los fieles tenderá a elevarse
más ampliamente a un alto nivel de santidad;
porque la necesidad más sentida de vivir en gracia
de Dios para que nuestras oraciones le sean acep­
tas, el pensamiento más frecuente de las grandes
verdades de la fe y la mayor intimidad con el
Corazón Divino, irán purificando el alma y atizan­
do la llama del amor que vence las tentaciones
y no teme los sacrificios, triunfa de los obstáculos
y lleva a la santidad.»
Para que adquiera su pleno valor debe renovarse
diariamente el ofrecimiento.
El Apostolado de la Oración enseña a hacerlo
cada día, ofreciendo: las oraciones, trabajos, su­
frimientos y alegrías.
El Apostolado de la Oración enseña a orar:
pero no solo con oraciones; también el trabajo
se convierte en oración. Así, la vida entera puede
transcurrir en oración, conforme al precepto de
Jesús: «Orad siempre».
NUESTRA C O L A B O R A C IO N AL PLAN D IVIN O

Para el cristiano también el trabajo tiene valor


redentor, como lo tuvo para Jesús durante los
treinta años que vivió en Nazaret.
Todo trabajo sea ofrecido: lo mismo es trabajo
para Dios el de un obrero ante la máquina,
que el de una cocinera ante el fogón, que el de
una madre que viste a su hijo, que el de un estu­
diante ante los libros, que el de un banquero en
su despacho. Si se hace con conciencia cristiana,
todo vale para Dios.
Comer, trabajar, dormir, todo vale para el
ofrecimiento.
Pero el valor del sufrimiento, para ser ofrecido
a Dios, es muy especial.
Si todo tiene valor redentor para el cristiano,
diríase que el sufrimiento lo tiene mayor. Porque
Jesús, para redimir al mundo de sus pecados,
eligió de manera particular el sufrimiento, y
subió a una Cruz.
Por eso, en el inmenso ejército del Apostolado
de la Oración, suben al cielo de manera muy di­
recta los sufrimientos ofrecidos.
¡Qué consoladora verdad para los que vivimos
en un valle de lágrimas, donde por condición
humana hay tantos sufrimientos! Este es el mis­
terio cristiano del dolor, que participa más ínti­
mamente del valor de la Cruz de Cristo.
Sufrimientos físicos y morales, individuales y
sociales, todo puede ser ofrecido. La enfermedad,
la angustia, el dolor agudo, el suceso triste, la
contradicción, la humillación, el roce de carac­
teres, la desolación espiritual, todo tiene valor
ante Dios.
180 V IVIR CON LA IG LESIA

Lee con atención lo que ha sido llamado el


Credo del Dolor, proclamación de fe en el valor
redentor del Sufrimiento:
«— Creo que el dolor purifica y mejora, y puede
conducir al alma a la más alta perfección.
Creo que el dolor, soportado con amor y con
resignación, es una gran reparación del pecado.
Creo que Dios está cerca de los que sufren por Él.
Creo que el dolor, sobrellevado con amor y
resignación, será glorificado en la eternidad.
Creo que el dolor es lo que más íntimamente
une al alma con Dios Nuestro Señor, y más la
asemeja a Él.
Creo que el dolor tiene secretos e inefables con­
suelos para el alma humildemente sometida,
inspirándole un amor más sincero y más puro
hacia Dios.
Creo que el dolor, sufrido con amor y resigna­
ción, tiene más mérito que otra obra cualquiera.
Creo que desde toda la eternidad ha contado
Dios el número y ha medido la gravedad de los
dolores, preparando en proporción su gracia y
su recompensa.
Creo que el dolor, padecido cristianamente, es
una señal de amor y de predestinación.
Creo que el dolor, unido al de Nuestro Señor
Jesucristo, es el medio más fecundo para convertir
y salvar las almas.»
Y también las alegrías. Dios es un Dios de
claridad, y Él ha creado la alegría en la tierra.
¿Cómo no había de querer que se las ofrezcamos
con reconocimiento? ¿Cómo no les había de haber
dado valor redentor?
NU ESTRA COLABORACIÓN AL PLAN DIVINO 181

Jesucristo ofrecía a su Padre, para la salvación


de los hombres en su vida, las alegrías de su casa
de Nazaret, o las de su paseo por los campos o
montañas. Así también el descanso y el deporte
pueden ser ofrecidos, porque todo lo humano
ante Dios, puede tener y tiene, si es ofrecido,
valor cristiano ante Dios.
Los goces de intimidad familiar son un destello
de la infinita alegría de Dios y de Jesús en el
cielo.
También una familia debe vivir como familia
consagrada al Señor. También una familia debe
consagrarse como tal al Sagrado Corazón. No
solamente cada uno de los miembros que la
forman son de Él, sino también la familia mis­
ma.
Y no solo se debe ofrecer a Dios los trabajos,
sufrimientos y alegrías personales, sino también
los familiares. Y ¡con qué agrado bendecirá el
Corazón de Jesús a una familia a Él consagrada,
cuando en familia sufre, y ora, y trabaja, y ríe
y goza! (45).

3. L a C o m u n ió n reparadora

La Consagración al Sagrado Corazón de Jesús


es renovada diariamente (o más a menudo aún
mejor) por el ofrecimiento de obras, hecho con
sinceridad.
(45) El capítulo V III de esta segunda parte del libro
contiene una explanación de la fórmula diaria del ofre-
cimiento de obras que actualmente se utiliza en España.
182 V IV IR CON LA IG L E S IA

Pero la mejor manera de sellar esta renovación


de nuestra entrega a Jesucristo es recibirle en la
Comunión frecuente, y a poder ser diaria.
Nada nos servirá mejor para mantener la en­
trega que unimos al mismo Cristo estrechamente,
apretando los lazos de nuestra unión en la Co­
munión Sacramental.
Toda Comunión es una Consagración de sí
mismo al Sagrado Corazón, renovada sobre su
pecho mismo, como cuando Juan descansó su
cabeza en la Cena sobre el pecho del Señor.
Fue aquel para el Apóstol un instante inolvi­
dable, y por ello, después, cuando escribía su
Evangelio, se citaba a sí mismo diciendo: «El dis­
cípulo que descansó sobre el pecho del Señor» (46).
¿Qué sintió en aquel gran momento? Toda una
experiencia mística de unión con Cristo repercutía
sin duda en su corazón:
«Lentamente, bajo la blanca túnica el rumor
de la vida del Hombre,
como un hervir inmenso del Océano
sin límites que es Dios,
llegaba hasta su oído.

»No es que deletreara la verdad de la Vida.


Es que la oía, como el mar latiendo
sordamente en la playa, y entornaba
los ojos dulcemente por gozarla mejor» (47).
Juan había alcanzado aquel supremo momento
dichoso por la indicación de Pedro, que deseaba
saber quién era el traidor de que Jesús hablaba
en la Cena. Juan dejó caer su cabeza con ternura
de amigo sobre Jesús, y le dijo:
NU ESTRA COLABORACIÓN AL PLAN DIVINO 183

«Señor, ¿quién es?» (48).


Era el amor el que llenaba el pecho de Juan
en aquel instante. Judas a un lado y Juan al
otro. Una cabeza y corazón que rehúsan, y otro
que se entrega. Toda la teoría de la reparación
en dos figuras a los dos lados de Jesús.
Hay que amarle por los que no le aman. Hay
que ser Juan porque hay Judas.
¡Y hay tantas ofensas al Corazón de Jesús
en el mundo! Por eso nuestras Comuniones deben
ser de afecto reparador. Así se perfeccionará más
y más nuestra propia entrega.
Porque no debemos olvidar que nosotros mis­
mos hemos pecado. Y la reparación, de amor
«incoa, perfecciona y consuma la unión con Cristo»,
según ha escrito Pío XI en Ja Encíclica de la Re­
paración.
Admirablemente expresó esto nuestro gran poe­
ta religioso Lope de Vega, con la fuerza de
ternura que él sabe poner en cada verso que
toca:

«Con ánimo de hablarle en confianza,


de su piedad entré en el templo un día,
donde Cristo en la Cruz resplandecía
con el perdón de quien la vida alcanza.
Y aunque la fe, el amor y la esperanza
a la lengua pusieron osadía,
acordéme que fue por culpa mía
y quisiera de mí tomar venganza.
Ya me volvía sin decirle nada,
y como vi la llaga del Costado
paróse el alma en lagrimas bañada.
184 V IV IR COí? LA IG L E S IA

Hablé, lloré y entré por aquel lado,


porque no tiene Dios puerta cerrada
al Corazón contrito y enojado.»

Y si empezamos por borrar con el amor nuestro


pecado, acabaremos por entrar tan profundamente
con la Comunión en el Corazón sagrado del Señor,
que nadie pueda romper nuestra unión. Este
será el fruto final de nuestra Comunión.
Empezamos por llorar, y acabamos por gozar.
Y entonces seguramente entenderemos mejor
que nunca cuán grato es a Dios, y cuán necesario
el reparar por los pecados de los hombres. Por­
que esta es una suprema muestra del ejercicio
de la caridad para con ellos. Ya que si reparamos
sus pecados, obtenemos del Señor que les mire
con mayor benignidad aplacado por nuestras sú­
plicas ante Él.
Así la Comunión servirá de lazo íntimo con
Cristo. Parecerá que el mundo pasa, pero en rea­
lidad será solo unos momentos, porque luego
volveremos a ese mismo mundo para traerlo a
Cristo. Dejadme decir así, comenzando por don­
de terminó Lope de Vega:

Entré por la abertura del Costado,


miré, entendí, lloré, caí vencido;
desde la puerta dijele al olvido:
«Cubre de sombra el mundo fatigado».
Al aire de tu huerto sosegado,
bajo tu árbol grave y florecido,
cerré los ojos y caí dormido,
soñé con un Amor siempre ignorado.
NUESTRA C O L A B O R A C IÓ N AL PLAN D IV IN O 185

¿Dónde estamos, Señor? Fuese la vida


con paso de silencio bajo el llanto;
el tiempo con la muerte nos convida.
Hablemos en silencio, oh Dios, en tanto
que el aire calla. ¡Ay, suena ya perdida
la voz que torna del antiguo canto!

Pero este mismo antiguo canto del mundo que


retorna, debemos transformarlo en el nuevo del
Amor de Cristo por el ofrecimiento.
Queremos recordar aquí que también se puede
hacer la Comunión espiritual durante el día re­
petidas veces, y que es una práctica llena de
divino sentido de unión y de reparación. Basta
para ello con una aspiración reparada de deseo
de la Comunión. Respirar ansia del Cuerpo de
Cristo: esto es la Comunión espiritual.
Y también queremos recordar que el mismo
Señor quiso, en la infinita misericordia de su
Corazón, que se comulgue, con esta intención
reparadora de los pecados de los hombres, en
los Primeros Viernes de mes, y que prometió a
los que lo hagan nueve veces seguidas la gracia
de una muerte en paz con Dios, después de re­
cibir los Sacramentos, o su equivalente de la
muerte en gracia. La Iglesia ha estimulado cla­
ramente esta práctica cristiana, tan extendida
hoy día.
He aquí algunos testimonios que pueden servir
para comprobar la estima de la Iglesia.
El Pontífice Benedicto X V , en la Bula de
canonización de Santa Margarita María, afirma
taxativamente: «El Señor Jesús se dignó hablar
186 V IV IR CON LA IG L K SIA

a su fiel esposa en estos términos: Yo te prometo


en la inmensa misericordia de mi Corazón, que a
todos aquellos que durante nueve meses seguidos
comulguen el Primer Viernes, el amor omnipotente
de mi Corazón les concederá el beneficio de la pe­
nitencia final: no morirán en pecado grave contra
M í ni sin recibir los Santos Sacramentos; y en
sus últimos momentos mi Corazón les servirá de
refugio seguro» (49).
Pío X I , en su Encíclica Miserentissimus insiste:
«La devoción de los fieles al Sacratísimo Corazón
de Jesús ha crecido de día en día...: de aquí la
costumbre de comulgar el Primer Viernes de cada
mes, según el deseo de Cristo, que por cierto hoy
es costumbre en todas partes» (50).
Es la Iglesia misma quien, por sus órganos
normales de gobierno que son las Congregaciones
Romanas, da una categoría excepcional a los
Primeros Viernes.
Refiriéndose especialmente a la Comunión en
ese día, la Sagrada Penitenciaría, el 1 de junio
de 1934, concede indulgencia plenaria a cuantos
confiesen y comulguen y hagan algún Ejercicio
público en honor del Corazón de Jesús. Si alguno
estuviere impedido de asistir a este Culto, gana
la Indulgencia con tal que haya confesado y
comulgado (51).
Es bien claro que la concesión se hace prefe­
rentemente a la Comunión el Primer Viernes.
No es menos significativo que al conceder la
Iglesia las Misas vespertinas, no las haya restrin­
gido a las fiestas de guardar, sino que las haya
hecho extensivas también a los Primeros Viernes.
NUESTRA C O L A B O R A C IÓ N AL PLAN D IV IN O

¿No revela esto la importancia que les da la


Iglesia Jerárquica?
Y concretamente: la reciente reforma de la
Liturgia (1960) concede a todos los sacerdotes
poder celebrar los Primeros Viernes Misa votiva
del Divino Corazón, en determinadas circuns­
tancias.
Y, lo que es más revelador: encarga que se
mantenga y se introduzca la costumbre de llevar
los Primeros Viernes la Comunión a los enfer­
mos (51).
¿No es evidente que se trata de facilitarles, a
ellos en especial, el requisito esencial de la Gran
Promesa?

4. El R o s a r io , b r e v ia r io del pueblo

El otro medio particularmente recomendable


a los socios del Apostolado, es el Rosario a la
Virgen María. Hemos explicado la parte de la
Virgen en la obra Redentora. Si en el ofrecimiento
entregamos nuestras obras y trabajos, sufrimien­
tos y alegrías al Sagrado Corazón de Jesiís, lo
hacemos expresamente por medio del Corazón
Inmaculado de María.
El Rosario es la devoción más importante
hacia la Virgen, de las que la Iglesia recomienda.
Ella ha reconocido esta voluntad de Dios y de
la Virgen, tantas veces manifestada a los hom­
bres, en los tiempos recientes (Lourdes, Fátima,
Beauraing...), de que se rece el Rosario, y nume­
188 V IV IR CON LA IG L E S IA

rosas veces todos los últimos Papas han reco­


mendado su rezo, a partir de León XIII, cuya
serie de Encíclicas sobre el Rosario forma todo
un tratado.
Un insigne Apóstol de esta devoción, el irlandés
norteamericano P. Patrick Peyton, ha movido
estos últimos años en el mundo entero una gran­
diosa campaña para el rezo del Rosario en fa­
milia. Su famoso slogan ha sido este: «La familia
que reza unida, permanece unida».
Ha movido todos los recursos de la propaganda
moderna para sus gigantes campañas: la radio,
la televisión, el cine. Ha hecho rodar magníficas
películas sobre los quince misterios del Rosario,
hechos en España, con actores españoles, en es­
pléndido color, con los cuales se han conmovido
centenares de miles de personas a través de las
pantallas de cine y de los televisores.
El Rosario individual, con mano de hombre o
de mujer; y el Rosario en familia, para agradar
a la Virgen, y merecer la bendición de Dios.
El Rosario puede ser llamado con razón «el
breviario del pueblo». Como los sacerdotes rezan
cada día su Breviario, el pueblo piadoso suele
rezar con primacía el Rosario; muchos rezan
cinco misterios cada día.
Y el Rosario es juntamente arma espiritual
para defender a la Iglesia.
El pastorcito David salió al encuentro del gi­
gante Goliath armado solamente con una pe­
queña honda de cinco límpidas piedras recogidas
del torrente, frente a la descomunal espada del
gigantón. El poder de Dios no necesita de armas
NUESTRA C O L A B O R A C IÓ N AL PLAN’ D IV IN O 189

poderosas en sí mismas, pues Él les comunica


fuerza divina irresistible. Con aquella honda des­
preciable abatió el minúsculo pastor la mole
inmensa del soberbio fiero. También para abatir
la fiereza de los más temibles enemigos de su santa
Iglesia, ha querido Dios valerse de esta pequeña
honda provista de cinco límpidas piedras de mis­
terios que es el Rosario.
Pío XII ha llamado al Rosario «arma» de los
cristianos, y en verdad lo es. Con esta arma
fue abatido el poder turco en Lepanto y en Hun­
gría. Y contra el espantable peligro comunista
ruso ha sido el Rosario el arma promovida por
Dios Nuestro Señor en Fátima. Así los dos peli­
gros más graves que la Iglesia ha corrido en su
historia de parte de los enemigos de Dios, es
decir, el ataque de la media luna y el de la hoz
y el martillo, encuentran la defensa invulnerable
de la Iglesia en el breve pequeño Rosario de la
Virgen María.
El Rosario es el arma de Dios. Pero hagamos
constar que es un arma ofensiva y defensiva,
un arma de combate y de restauración.
Su eficacia proviene, en primer lugar, de la
protección y elección que de él han hecho Dios
y la Virgen María. Ellos, al elegirlo, le han comu­
nicado su divina fuerza, y debemos ser humildes
los hombres en aceptar la elección de Dios y
someternos a ella. La Virgen María ha vencido
todas las herejías que se han levantado contra
la Iglesia, y las seguirá venciendo hasta el fin.
La fe en el Rosario es un acto de afirmación de
esta persuasión de la Iglesia.
190 V IV IR CON LA IG L E S IA

En segundo lugar, su eficacia proviene de la


fuerza de la oración común. El Rosario se com­
pone de una cadena armónicamente distribuida
de Padrenuestros y Avemarias. Y siendo estas
dos las dos mejores oraciones, inventadas por el
mismo Dios en su alta Sabiduría, y fórmulas
de oraciones reveladas por el mismo Dios a los
hombres, dirigidas a los dos poderes más altos de
los cielos, se entiende que el Rosario sea un arma
poderosa de oración en la presencia de Dios.
En tercer lugar, proviene su eficacia de la me­
ditación de los misterios entretejidos con su corona
de Avemarias. El alma del recitante ve sucederse
ante sus ojos los principales misterios de la vida
del Señor, de donde se deriva nuestra salud, y
va empapándose lentamente del más sólido y
seguro espíritu de cristianismo. Santo Domingo,
cuando inició su predicación, lo hacía con el si­
guiente método: exponía brevemente el sentido
de un misterio del Rosario al pueblo, y después
rezaba con él la década de Avemarias. Así su Ro­
sario era un Rosario fructuoso a la inteligencia y
al corazón, reformador de costumbres populares.
El Rosario es bello. El Rosario es un resumen
evangélico, tanto por las oraciones como por las
meditaciones. De los relieves y pinturas de las
antiguas catedrales, se ha dicho con verdad que
eran «la Biblia del pueblo», porque en un lenguaje
inteligible a todos, el de la forma y el color, ponía
ante la vista del pueblo los misterios de la Es­
critura Sagrada. El Rosario puede ser llamado
el breviario del pueblo; porque así como el Bre­
viario contiene la fórmula de la oración sacerdotal
NUESTRA COLABORACIÓN AL PLAN DIVINO 191

cotidiana, impregnada de misterios y oraciones,


así el Rosario contiene la fórmula de oración
cristiana mezclada de misterios y oraciones.
Por el Rosario se hace presente el cristiano a
la Vida, Pasión y Gloria de Jesucristo. Por el
Rosario se le hacen familiares estas sublimes
meditaciones capaces de transformar una vida.
Sucédense los misterios. El suave resplandor
de los gozosos baña el alma en la luz del divino
Infante.
La Encarnación nos muestra la generosidad de
Dios con los hombres, su confraternidad indes­
criptible, la pureza intangible de la Virgen, y el
obediente rumor celeste de las alas angélicas.
La Visitación, aquel camino florecido de la
Virgen montañera, el saludo misterioso de las
madres y los hijos, la gloria del humilde Magní­
ficat resonante por las generaciones.
El Nacimiento, la pobreza roqueña del pesebre,
el temblor indigente de los miembros infantiles,
la adoración en suave resplandor misterioso de
la Madre, José, los pastores, y los Magos.
La Purificación, al santo anciano siervo del
Espíritu Santo y la Profetisa, al Niño alzado en
bandera de combate, la espada de dolor en el
Corazón Inmaculado.
El Niño entre los doctores, lágrimas en los ojos
de la Virgen y José, la sabiduría infantil ante la
Ley hosca y rabínica, el misterio ignorado por
María y por José.
Luego dolorosa mutación nos traslada a la
Pasión. Los misterios dolorosos ponen el tinte
cárdeno en los paisajes interiores.
192 V I V I R CON LA IG L E S IA

La Oración del Huerto, bañada en Sangre,


clamores y agonía, entre discípulos que duermen
o traicionan, entre tentadores y ángeles conso­
ladores de reparación.
La Flagelación, surcos sangrientos en la pura es­
palda de la Víctima sagrada, destrucción de la car­
ne y anonadamiento del Corazón bajo los látigos.
La Corona de espinas punzante entre burlas y
sarcasmos, tropelías cuarteleras y soberbios des­
precios del Humilde.
La Cruz pesada y larga, las caídas y los gritos,
la Verónica, la Madre y el Cirineo.
Y por fin el Crucificado, alzado en alto y atra­
yente, sobre el suelo que tiembla, bajo el cielo
que se vela, ante la multitud que se golpea el
pecho, terminando en la lanzada rasgadora del
Costado que viene a reposar sobre el seno y Corazón
de la Virgen.
Y tercera mutación, la luz de Pascua sobre el
alma.
La Resurrección gozosa y primaveral, la piedra
inútil derribada, los guardas estupefactos y ate­
rrados, las mujeres piadosas con el alba y los
perfumes, los discípulos incrédulos y los veloces.
La Ascensión en el diáfano ambiente olivetano,
la nube no envidiosa mas envidiada, los ángeles
blancos sobre el grupo estático y el anuncio for­
midable de la Parusía.
El Espíritu Santo en llamas, el huracán jeroso-
limitano, la divina ebriedad matutina, la pro­
fusión de los dones y las gracias carismáticas.
La Asunción radiosa de María, entre los án­
geles y cantos místicos, sobre el sepulcro abierto,
N U ESTRA COLABORACIÓN AL PLAN DIVINO 193

llevando consigo las ansias humanas más anti­


guas.
La Coronación, en fin, de la Reina, la vencedora
de la serpiente, la defensora de la Iglesia, el vér­
tice de los ángeles, la purificación del mundo,
la Eternidad de gloria.
Si alguno no sabe gustar del rezo del Rosario,
y lo llama monótono y trivial, oiga esta justa
composición poética de Enrique Menéndez Pe-
layo, que expresa lo que para el sencillo pueblo
es el Rosario:

«El altar de la Virgen se ilumina,


y ante él de hinojos la devota gente
su plegaria deshoja lentamente
en la inefable calma vespertina.
Rítmica, mansa, la oración camina
con la dulce cadencia persistente
con que deshace el surtidor la fuente,
con que la brisa la hojarasca inclina.
Tú, que esta amable devoción supones
monótona y cansada, y no la rezas
porque siempre repite iguales sones;
Tú, que de amor no entiendes ni tristezas:
¿Qué pobre se cansó de pedir dones?
¿Qué enamorado de decir ternezas?»

Mientras María se muestre Madre, mientras


haya miseria entre nosotros, mientras el puro
amor de la Virgen florezca en corazones cristianos,
es decir, siempre, habrá manos que incansablemen­
te deslicen, cuenta a cuenta, entre los dedos, el
hüo glorioso de la corona del Rosario.
13
194 V IV IR CON LA IG LE SIA

5. L a s I n t e n c io n e s P a p a l e s

Hemos dicho que el Papa es el que da su mo­


vimiento al Apostolado de la Oración, que le
está sumiso como a Capitán de los consagrados
a Cristo,
Él mismo da cada mes a los socios la consigna
de la doble Intención por la que deben pedir.
Por eso las Intenciones mensuales no solo están
aprobadas y bendecidas por Su Santidad, sino
que son sus Intenciones. De antemano cada año,
al serle presentadas, él las corrige o las muda,
o las escribe todas de su propia mano, como ha
acontecido alguna vez. Y luego las confía a las
oraciones de los miembros del Apostolado.
La Intención General suele abordar un problema
de la Iglesia en general. Comenzaron a ser
presentadas al Papa León XIII para su aproba­
ción en 1888. Desde entonces cada mes la bendición
del Papa, y su aprobación haciéndolas suyas,
ha ido marcando la pauta de la oración.
En el año 1927 comenzaron las Intenciones
misionales, que tienen por objeto cada mes un
problema de la Iglesia en las Misiones. Es muy
propia del Apostolado de la Oración esta Intención
Misional, ya que él nació para ayudar a la ex­
tensión misional, del Reino de Dios en el mundo,
un día de San Francisco Javier, 3 de diciembre
de 1844.
Dijo Pío XI al aprobar las Intenciones misionales:
«El Apostolado de la Oración es un apostolado
que se ejerce por la oración, y ayuda a las Misio­
NU ESTRA COLABORACIÓN AL PLAN DIVINO 195

nes, que promueven el apostolado por la acción


y las obras» (52).
Estas Intenciones mensuales, además de ser
comentadas en la Revista, son distribuidas a los
asociados en pequeñas hojas de mes, y de estas
pequeñas hojas, y de su valor, ha dicho Pío XII:
«Ved vuestras hojitas mensuales. ¡Qué grandeza,
qué valor tienen para quien las sabe usar como
conviene y merecen. Fijad sobre ellas vuestra
atención: veréis alargarse los horizontes de vuestro
espíritu, elevarse y ennoblecerse los afectos de
vuestro corazón» (52 a).

6. Los INTERESES DEL CORAZÓN DE JESÚS

El Mensajero del Corazón de Jesús es la Revista


del Apóstolado de la Oración. Se publica en 29
lenguas distintas, en 48 naciones del mundo.
Bastará con que pongamos aquí lo que escribió
acerca de ella su fundador, en la obra inicial «El
Apostolado de la Oración» (53).
Dice así:
«Si ha de fructificar en las almas el Apostolado,
es menester estimular el celo de sus miembros,
y tomar eficaces medidas para que no decaiga.
Y como la experiencia diaria nos enseña que
muchas personas se desconciertan por nada, se
desaniman y acaban por ensimismarse y negarse
a todo cuidado que no sea el propio, no creemos
suficiente lo espiritual para asegurar la estabili­
dad de la obra. Como sean medios de santifi­
cación para el individuo en particular, no preser­
196 V IV IR CON LA IG LE SIA

van a la corporación del peligro que señalamos


y queremos conjurar. Se trata, pues, de establecer
una correspondencia entre los asociados, que los
sostenga en su buen propósito por las relaciones
mutuas, y los anime con la lectura de lo que ha­
cen en pro de la obra los que descuellan por
su celo.
»Con este fin se fundó en Francia, en 1861, la
Revista mensual, que tiene por título: El M en­
sajero del Corazón de Jestís. Conocida esta publica­
ción en todo el orbe, hace en el Apostolado lo
que la sangre en el cuerpo, pues es el mejor ele­
mento de vida con que cuenta; y por esta Re­
vista circula su espíritu por las venas de sus aso­
ciados. Por ella, en efecto, se reanima de con­
tinuo su amor a Jesucristo y a la Iglesia, se
estrecha más y más la unión de los corazones
entre sí, se aumenta la devoción al Corázón de
Jesús, y se activa la cooperación de los socios
a la obra de Jesucristo, que es la salud de las
almas. En España se empezó a publicar en ene­
ro de 1866.
»Se le ha dado el nombre de El Mensajero del
Corazón de Jesús, porque es el encargado del men­
saje más alto y divino que darse puede, cual es
el de promover en todo el mundo la devoción
sólida y verdadera al Corazón sagrado. ¿Qué
devoción más perfecta se puede dar que la total
unión de los corazones humanos con el de Jesu­
cristo, hasta el punto de hacerle una total entrega
de sí y de sus cosas, y hasta de sus pensamientos,
proyectos e intenciones? No es devoción que se
reduzca a puras fórmulas, ni a ciertos y aislados
N U ESTR A COLABORACIÓN AL PLAN DIVINO 197

actos de piedad, sino la quintaesencia de la pie­


dad cristiana. El Mensajero es el agente de nego­
cios del Corazón de Jesús, por lo mismo que lo es
del Apostolado: pues el Apostolado es la práctica
constante del verdadero culto del Corazón de Jesús.
»Por tanto, El Mensajero ha de ir recordando
por todas partes a los hombres lo que deben a
su divino Salvador, y lo que Jesucristo espera
y desea de ellos, y lo que necesita su Iglesia,
y esto lo ha de inculcar constantemente, sin ser
por esto molesto, pues es más vasta que el océano
su empresa, y porque, al fin, palabra salida del
corazón—como dice el salmista—, siempre es pala­
bra buena, y nunca molesta y enojosa.
»Decía de Dios el sabio lo que muy bien pode­
mos aplicar al Corazón de Jesús: que por mucho
que digamos de Él, nunca diremos lo bastante;
pero con una palabra se pueden compendiar mu­
chos discursos diciendo que es todo en todas las
cosas.
»E1 Corazón de Jesús es la fuente de la vida,
y el símbolo del amor del Verbo humanado, y el
Verbo es el principio de la vida del mundo, y
el símbolo de la omnipotencia del Padre. Debe­
mos estudiar las prerrogativas del Corazón de
Jesús, y sus relaciones con la divinidad y la
humanidad, de quienes es lazo vivo y animado.
En Él hemos de ver la manifestación de los atri­
butos de Dios, la fuente de las gracias, el modelo
de las virtudes, el áncora de nuestra esperanza.
También sus operaciones, y los caminos por donde
nos lleva a su último designio, que es hacemos
imágenes vivas de Jesucristo. Hemos de conocer
198 V IV IR CON LA IG LE SIA

los símbolos de este Corazón, en el orden ya


de la naturaleza, ya de la gracia, en los cuales
ha servido de modelo a las más grandes obras
de Dios. Pero lo que más debemos estudiar son
sus virtudes, y los medios que nos da en ellas
de llegar a la perfección, siendo la Verdad, el
Camino y la Vida; de suerte que los elementos
de la santidad más alta están compendiados en
esta devoción. Y sobre todo en El Mensajero
debemos referir las obras del Corazón de Jesús,
las luchas y triunfos de la Iglesia, las maravillas
de la gracia que ha obrado en los Santos este
divino Corazón, y las Instituciones santas que
ha puesto en la Iglesia por su medio.
♦Hemos de tratar de todo cuanto interesa al
Corazón de Jesús, es decir, a la causa de Dios
en el mundo. Y si alguna vez tenemos que pasar
en silencio cosas que se mezclan con el orden
temporal del mundo, levantaremos más alto el
pensamiento, y seguiremos la marcha de la ver­
dad en la tierra, sus triunfos y reveses, y cuanto
toca al estado de la santa Iglesia.
^Vienen, por fin, las Intenciones, escogiendo cada
mes una que recomendamos especialmente a los
asociados.
^Tratamos, pues, del dogma y de la moral cris­
tiana con ejemplos y santas industrias que ayu­
den a alcanzar la perfección; de suerte que,
hablando de una cosa, hablemos de todo, pero
refiriéndolo todo a una cosa.
»Y al buscar en el Corazón de Jesús el com­
pendio de la fe, el modelo de las virtudes, la
fuente de los bienes, la unidad de la religión, el
N U ESTRA COLABORACIÓN AL PLAN DIVINO 199

nudo de los destinos del mundo, pensamos como


piensa Dios, y hacemos gustar a los lectores lo
que dice el «Kempis»: Aquel para quien todo es
uno, y todo lo ve en uno, y todo lo refiere a uno,
puede tener constancia en su corazón y paz en Dios.
»¿Qué se requiere para producir grandes efec­
tos? Aplicar un gran motor a una gran máquina.
La gran máquina del siglo es la Prensa; y si hace
tanto daño, como sabemos, es porque se le ha apli­
cado el peor motor posible, que es la soberbia
agitada por las pasiones.
»Pues habiendo un motor más poderoso, que
es el amor de Dios, con su órgano fiel, que es
el Corazón de Jesús, ¿por qué no se aplica a la
Prensa cristiana, para contrarrestar el mal? Esto
es lo que pretendemos, aunque en modestas pro­
porciones. Bendíganos el divino Corazón, ayúden­
nos las almas buenas, y este granito de mostaza
dará, si no un árbol majestuoso, por lo menos
una planta saludable.»
VIII
Explanación de la fórmula
del Ofrecimiento cotidiano.

«Divino Corazón de Jesús,


por medio del Corazón Inmaculado de María
yo me consagro a Ti,
y contigo me ofrezco a Dios Padre
en tu Santo Sacrificio del Altar,
con todas mis obras y oraciones,
sufrimientos y alegrías de hoy,
en reparación por nuestros pecados,
y para que venga a nosotros tu Reino,
especialmente por las dos Intenciones
confiadas este mes por el Papa
al Apostolado de la Oración» (54).
(54) El año 1959 se modificó la fórmula ordinaria
existente en España para el ofrecimiento de obras, mu­
dándola en esta, por pensarse que habiendo sido modi­
ficados los Estatutos del Apostolado de la Oración y
enriquecida su espiritualidad considerablemente desde su
fundación, convenía expresar aquella mejor en una fórmu­
la más llena de sentido. La fórmula antigua tradicional
(semejante a la que se sigue empleando en muchas par­
tes del mundo actualmente) era esta: «Oh Corazón Divino
de Jesús, por medio del Corazón Inmaculado de María,
os ofrezco las oraciones, obras y trabajos del presente
día para reparar las ofensas que os hacemos, y por las
demás intenciones por las cuales Vos os inmoláis conti­
nuamente en el altar. Os las ofrecemos en especial por
las Intenciones recomendadas a los socios del Aposto­
lado de la Oración para este mes y para este día».
N U ESTRA COLABORACIÓN A L PLAN D IVIN O 201

Divino Corazón de Jesús.


El ofrecimiento se dirige, como puede apre­
ciarse en la fórmula, directamente al mismo Je­
sucristo. Al llamarle «Divino Corazón de Jesús»,
en realidad sustituimos el nombre de Jesús por
su Corazón, pero nos dirigimos a su Persona
con el Corazón patente a nosotros, como Él quiso
en su devoción.
Jesús dijo de Sí mismo: «El que no honra al
Hijo, no honra al Padre que le envió» (55). Dios
Padre ha querido que su Hijo Jesucristo sea el
Señor del mundo. Y por San Pablo nos ha ex­
plicado admirablemente cómo Jesús es la clave
y el centro del mundo, el primogénito de la resu­
rrección, y cómo todo está en El, a quien debe­
mos dirigirnos: «porque quiso que habite en Él
toda la plenitud» (56).
Por eso, nuestra fórmula se abre con esa directa
invocación del que es nuestra Vida, Esperanza
y Amor. Pero porque es nuestro Amor, y a Él
se dirige todo el nuestro, por eso no decimos sim­
plemente en nuestra invocación: Jesús, sino que
ponemos nuestra mirada en la dirección del sím­
bolo vital de su amor, y decimos empezando:
«Divino Corazón de Jesús».

Por medio del Corazón Inmaculado de María.


Pero si Jesús es el Camino necesario para ir
al Padre, porque dijo: «Yo soy el Camino, la
Verdad y la Vida»; «nadie viene al Padre sino
por Mí» (57), ha querido su misteriosa y santa vo­
202 V IV IR CON LA IG LE SIA

luntad de Hijo fiel asociar a su Madre, la Virgen


María, a su obra de manera tan estrecha, que Ella
es la Mediadora Universal de las gracias. Todo
lo que el Padre nos da viene por Cristo, y todo
lo que Cristo nos da viene por María. Todo lo
que nosotros ofrecemos para llegar al Padre tiene
que ir por Cristo, y para llegar a Cristo va por
María.
Y así como para dar toda su fuerza al mis­
terio hemos puesto al Corazón de Jesús en primer
plano, así en la Virgen ponemos su Corazón tam­
bién. La Iglesia, y el Apostolado con ella y tras
ella, ha asociado al Corazón de Jesús en su vene­
ración y culto con el Corazón de María, porque
se sabe que «esta es la voluntad del que quiso
que todo lo tuviésemos por María»: Jesús el único
y Celeste Mediador, y María es su celestial Me­
diadora.
Pero el Corazón de María tiene una cualidad,
que especialmente en los últimos siglos de la Iglesia
se ha manifestado como la cualidad por antono­
masia de la Virgen: es Inmaculado. El Señor ha
querido que su Madre fuese proclamada Inmacu­
lada por la Iglesia con la definición, y por la
misma Virgen con su aparición en Lourdes. Por
eso, para nosotros el Corazón de María es el
Corazón Inmaculado.
El Apostolado de la Oración nació en el mun­
do de manera radiante bajo el signo de la de­
finición de la Inmaculada, a la cual se había
consagrado el P. Ramiére cuando fue definido el
dogma, el mismo día de la definición, y pocos
años más tarde era aprobado y surgía su admira­
N U ESTRA COLABORACIÓN A L PLAN DIVINO 203

ble ejército en orden de batalla. Para recordar


todos estos beneficios, y sobre todo porque el
Misterio del Cristianismo es así, diremos todos
los días: «Por medio del Corazón Inmaculado de
María».
Yo me consagro a Ti.
Su Santidad Pío XII, escribiendo al Director
General del Apostolado, dice: «Este ofrecimiento
del Apostolado, si se entiende bien, es una ver­
dadera Consagración» (58). Para que esta verdad
básica destacara claramente en el ofrecimiento,
se dice en el mismo nudo de la fórmula: «Yo me
consagro a Ti». Adviértase que lo que esta fórmula
dice directamente al Corazón de Jesús es esto:
Yo me consagro a Ti.
Consagrarse es entregarse, darse, sola y exclu­
sivamente. La palabra propia, y como «consa­
grada» (si vale la equivalencia de sentido) para
expresar esa entrega en la devoción del Corazón
de Jesús, es la palabra Consagración.
Toda la vida cristiana es una Consagración a
Dios por Jesucristo. Los cristianos se llaman
santos, es decir, dados a Dios, entregados, consa­
grados. Y esta Consagración o entrega, que el
bautismo realiza, la actualizamos cada día volun­
tariamente, fijándonos en el amor de modo es­
pecial, y decimos:
«Divino Corazón de Jesús... yo me consagro
a Ti».
Esta Consagración se hace, conforme al mis­
terio cristiano, de un modo pleno de sentido.
Todo el resto de la fórmula nos lo hará entender.
204 V IV IR CON LA IG LE SIA

Y contigo me ofrezco a Dios Padre.


Jesús decía que no buscaba su gloria, sino la
de Aquel que le envió, esto es, la de su Padre.
Se entiende que no buscaba su propia gloria
humana Él, pues en cuanto Dios es no solo igual,
sino el mismo Dios que el Padre. Y por tanto,
toda la gloria que se da al Padre se da también
al Hijo y al Espíritu Santo.
Pero aun cuando Él no buscara su gloria hu­
mana o de Hombre, el Padre le ha premiado
con esa misma gloria, haciendo de Él el Rey del
género humano. Y por eso nosotros buscamos,
sí, su gloria, la gloria del Hombre-Dios que Él
es, y en ella buscamos la del Padre, de la que es
inseparable. Por eso nos hemos consagrado a Él
y a su Divino Corazón, donde lo humano y lo
divino se conjugan, y ahora con Él (contigo)
nos ofrecemos a Dios Padre.
Nuestra fórmula ha encontrado el recto y claro
camino de Dios a través de la sagrada Humanidad
de Cristo en su Corazón. Podríamos en algún modo
decir que esta es la profunda teología de la de­
voción del Sagrado Corazón.
Nada podemos hacer mejor que esto, ni pode­
mos encontrar mejor modo de vivir el cristianismo
auténtico que este. Porque Cristo, durante su vida,
repitió muchas veces que Él había venido como
Legado del Padre, para hacer su voluntad, pues
Él le envió, y que no podía hacer nada sino aquello
que al Padre le agradaba y que el Padre hacía,
hasta el punto de que este era el alimento (con
esta palabra lo calificaba) de su alma.
NU ESTRA COLABORACIÓN AL PLAN DIVINO 205

Este ofrecimiento de Cristo al Padre era con­


tinuo en su Corazón durante su vida mortal, y
sigue siéndolo en la celeste. Este ofrecimiento
constituye la grande gloria de Dios, fuera de la
cual nada es gloria. Porque la verdadera gloria
de Dios no está en la creación exterior, en las
montañas, los mares o los ríos, sino en las ala­
banzas que Cristo le daba y le da por todas estas
cosas. Espejo admirable de la creación, refleja y
vivifica la gloria de Dios en Sí mismo. Y la gloria
que nosotros podemos intentar darle no será
verdadera si no es uniendo nuestra alabanza con
la de Cristo, es decir, nuestro corazón al suyo.
Pues aunque no es necesario pensar en Él para
dar gloria al Padre, sí es necesario estar unido
íntimamente con Él para ello. No hay gloria
posible de Dios, en el actual orden de la Providen­
cia, si no es en la unión con Cristo. Por eso nos
unimos consciente y místicamente con Él, afir­
mando: «Contigo me ofrezco a Dios Padre».

En tu Santo Sacrificio del Altar.

De un modo más concreto aún hacemos este


ofrecimiento, llegando a lo más central de nuestra
religión cristiana. Porque Cristo se ofreció a
su Padre en todo momento y de mil maneras,
todas gloriosas; pero el vértice, por decirlo así,
de su ofrecimiento, que es la Redención, estuvo
en el momento de la expiación en la Cruz.
Cristo trajo una misión central a este mundo:
vino a redimir al hombre del pecado: «Para sal­
var—dice el texto evangélico—lo que había pere­
206 V IV IR CON LA IG LE SIA

cido». Esta redención del pecado la realizó con


todas las acciones de su vida, pero no de cualquier
manera. Por voluntad de su Padre, hecha suya
en un adorable misterio de amor y redención, se
había de realizar por la muerte de cruz precisa­
mente, y no de otra manera. Y todas las demás
cosas que Cristo hacía, aunque eran infinitas en
valor por sí mismas, pero según el plan divino
eran redentoras en cuanto se hallaban unidas y
culminadas con el definitivo sacrificio doloroso de
Cristo en la Cruz. Por eso nosotros, en nuestro
ofrecimiento, realizando así la esencia, de nuestra
vida cristiana de incorporación a Cristo, tenemos
que unirnos precisamente con su sacrificio redentor
de la Cruz.
Pero ese sacrificio único y total de Cristo no
es un hecho pasado solamente. Se sigue renovan­
do, por otro admirable misterio, cada día y cada
hora sobre el mundo, por el Sacrificio de la Misa.
Y por tanto nosotros permanecemos unidos con
esa constante acción sacrificial sobre el altar.
¿Comprendéis la grandeza misteriosa de nues­
tra labor y empresa? Nos hemos situado en el
mismo centro vital del cristianismo y allí traba­
jamos diariamente con Cristo. Y es que Cristo es
además la Cabeza de un gran Cuerpo Místico, que
somos nosotros en la Iglesia, y así unidos con la
Cabeza realizamos nuestra vida.
Hemos estado en Montserrat, donde los mon­
jes benedictinos viven con esplendor especial la
liturgia de la Iglesia, centrada en ese incompara­
ble acto de la Misa. jCómo sentíamos, durante su
solemne celebración, este misterio del Apostolado,
N U ESTRA COLABORACIÓN A L PLAN DIVINO 207

que es el misterio del Cristianismo! Salían los


monjes al altar lentamente, haciendo su solemne
inclinación, precedidos por el Abad, y, por fin, los
ministros de la Misa. Resplandecía el coro con
sus luces, bajo la Virgen de Montserrat, morena
y bella, y el altar destacaba en el centro, hecho
de piedra de las montañas, de una sola pieza, y
recubierto de bellos esmaltes y de plata. Sobre él
una gran corona circular, con la expresión visi­
ble solamente a medias: Annus liturgicus... Iesus
Christus. Amén, recordando el ciclo del año litúr­
gico que se recorre sobre el altar. El celebrante,
de cara al pueblo, realizaba los ritos llenos de
sentido. Veíamos el altar rodeado completamente
y como envuelto en una nube de incienso, que
lentamente se elevaba descubriéndolo de nuevo.
Y en el centro mismo del misterio, cuando un
enorme silencio había caído sobre todo, veíamos
al sacerdote inclinarse, decir las palabras de la
Consagración y elevar la Hostia Santa y el Cáliz,
en un silencio lleno de la universal adoración.
Entonces sentíamos lo que era el Apostolado
de la Oración, y nos acordábamos de vosotros,
los socios del mismo, que. estabais allí unidos a
aquel misterio.
Porque ese sacrificio es el sacrificio de Cristo
milagrosamente renovado, del que dice el Profeta
Malaquías: «En todo lugar se ofrecerá a mi Nom­
bre un sacrificio limpio» (59). La verdad es que
la vida no tiene más sentido verdadero que este
de la alabanza de Dios y de la redención del
hombre, con que Él es glorificado, y ello se rea­
liza por este sacrificio tan limpio, que es propio
208 V IV IR CON LA IG LE SIA

del Hijo de la Inmaculada, y tan nuestro, que


es de nuestro Hermano y Cabeza, con el cual nos
unimos para realizarlo.

Con todas mis obras y oraciones.

Todo vale para ofrecérselo a Dios con carácter


apostólico. Nuestra Asociación se llama Aposto­
lado de la Oración. Pero este nombre no quiere
decir que solamente con la oración se hace el
apostolado; sino que significa, más bien, que todo
lo que hacemos con intención apostólica se con­
vierte delante de Dios en oración.
Cuando el P. Ramiére ideó su gran empresa
y le dio forma definitiva, con su libro «El Aposto­
lado de la Oración», expuso la importancia de la
oración para alcanzar la gracia de Dios para el
mundo, conforme a las promesas que a la oración
tiene hechas Jesucristo. Pero además intuyó
que todas las obras pueden convertirse en oración
si se hacen con este deseo. Esto es lo que dice
San Pablo: «Sea que comáis, sea que bebáis,
sea que hagáis cualquier otra cosa, hacedlo para
la gloria de Dios» (60). Porque la gloria de Dios
es una obra apostólica, y nos invita el Apóstol
a que al comer, beber, y hacer todo lo demás,
lo hagamos con esa intención apostólica.
De este modo, todavía más fácilmente, puede
cualquier cristiano ser, conforme a su obligación,
un apóstol. Porque quien diga que él no puede
predicar, ir a las Misiones, dedicar su vida al
apostolado efectivo, no por eso deja de ser cris­
tiano católico, que quiere decir que tiene que
La mejor manera (le sellar esta
renovación de nuestra entrega a Jesu­
cristo es recibirle en la Comunión
frecuente...
LA COMUNIÓN DE LO » APÓSTOLES,
de J omé M a r í a d i ' a i . . 1052.
N U ESTRA COLABORACIÓN AL PLAN DIVINO 209

tener un espíritu de conquista universal. Y como


recordaba Pío XII en el último discurso a los
Directores del Apostolado de la Oración, es ver­
dad que no se puede obligar a todos en conciencia
a ejercitar el apostolado efectivo, porque a muchos
sus mismas ocupaciones se lo impiden. Pero, en
todos estos casos, siempre será verdad que per­
manece su obligación de ser apóstoles, lo cual
pueden hacer orando.
Mas no solo orando, que es su primera obliga­
ción. Porque orar, no podrán hacerlo a todas las
horas del día. En cambio, por el ofrecimiento de
sus propias obras convertidas así en oración, todo
lo que hagan, mientras no sea pecado mortal o
venial, todo es capaz de ser ofrecido a Dios con
intención de apostolado. El pecado no puede ser
ofrecido a Dios. Si alguno está en pecado mortal,
no valdrán sus obras delante de Dios como unidas
con Cristo, pues no lo estarán; pero aun en este
caso el ofrecimiento puede obtener gracia para
impetrar de Dios misericordia para sí mismo y
para otros.
Sufrimientos y alegrías.
Los Estatutos del Apostolado de la Oración
de 1951 añadieron la palabra alegrías a la palabra
sufrimientos. Con esto querían indicar que el
Apostolado de la Oración es amplio, alegre y
dilatado en su espíritu.
Algunos pensaban—y así lo hemos visto escrito
en algunas explicaciones antiguas de la fórmula
del Apostolado de la Oración—que las alegrías
«nunca entrarían en el ofrecimiento», porque se
14
La mejor manera de sellar esta
renovación de nuestra entrega a Jesu­
cristo es recibirle en la Comunión
frecuente...
I,A COMUNIÓN DE LOS APÓSTOLES,
<k“ Jomé M a r í a G r A i - , 1 í)52.
N U E S T R A C O LA BO RA CIÓ N A L PLAN D IV IN O 209

tener un espíritu de conquista universal. Y como


recordaba Pío XII en el último discurso a los
Directores del Apostolado de la Oración, es ver­
dad que no se puede obligar a todos en conciencia
a ejercitar el apostolado efectivo, porque a muchos
sus mismas ocupaciones se lo impiden. Pero, en
todos estos casos, siempre será verdad que per­
manece su obligación de ser apóstoles, lo cual
pueden hacer orando.
Mas no solo orando, que es su primera obliga­
ción. Porque orar, no podrán hacerlo a todas las
horas del día. En cambio, por el ofrecimiento de
sus propias obras convertidas así en oración, todo
lo que hagan, mientras no sea pecado mortal o
venial, todo es capaz de ser ofrecido a Dios con
intención de apostolado. El pecado no puede ser
ofrecido a Dios. Si alguno está en pecado mortal,
no valdrán sus obras delante de Dios como unidas
con Cristo, pues no lo estarán; pero aun en este
caso el ofrecimiento puede obtener gracia para
impetrar de Dios misericordia para sí mismo y
para otros.
Sufrimientos y alegrías.
Los Estatutos del Apostolado de la Oración
de 1951 añadieron la palabra alegrías a la palabra
sufrimientos. Con esto querían indicar que el
Apostolado de la Oración es amplio, alegre y
dilatado en su espíritu.
Algunos pensaban—y así lo hemos visto escrito
en algunas explicaciones antiguas de la fórmula
del Apostolado de la Oración—-que las alegrías
«nunca entrarían en el ofrecimiento», porque se
14
210 V IV IR CON LA IG LE SIA

trataba de un ofrecimiento redentor. Pero es


preciso tener en cuenta que, para que la obra
sea redentora, no tiene que ser necesariamente
un sufrimiento. Basta que esté unida con el sa­
crificio de Cristo en la Cruz. También las alegrías
de Cristo eran redentoras, porque ellas mismas
estaban conectadas con el sacrificio de la Cruz
como fuente de la Redención.
Es verdad también que siempre los sufrimientos
participarán más directamente, diríamos, del sa­
crificio de la Cruz, y por ello ordinariamente
serán de más valor redentor. Pero la diferencia
de valor no dependerá de que el hombre sufra
más o menos en sí mismo, sino de que esté más
o menos unido con Cristo crucificado. Por eso
puede una alegría ser más redentora que un su­
frimiento, si está más unida con la Cruz. Así,
por ejemplo, la alegría de un justo es más reden­
tora que el sufrimiento de un pecador en pecado
mortal, que no tiene tal valor. Aunque siempre,
en igualdad de condiciones, más será en sí mismo
el sufrimiento que la alegría en la religión de la
Cruz, para el valor redentor.
Por tanto, alegrémonos. Hagámoslo todo por
amor de Jesús, y de ese modo todo es apostolado
en nuestra vida. Tanto los goces de la familia,
como las penas que en ella se causan. Tanto los
triunfos como los fracasos. Aunque el amor lleva
a desear sufrir por aquel a quien se ama.
De hoy.
Estas palabras indican lo cotidiano del ofreci­
miento. Los teólogos han discutido sobre el tiempo
N U E ST R A CO LABO RACIÓN A L PLAN D IV IN O 211

que se puede pensar que dura el valor de un


ofrecimiento de sí mismo hecho a Dios. Todo de­
pende de lo que se pueda decir humanamente
que dura el valor de un acto humano de voluntad
que influye con verdad en la vida. En realidad,
un acto no retractado de la voluntad puede in­
fluir muchísimo tiempo, y aun toda la vida.
Pero ordinariamente, para que ejerza influjo real
sobre nuestra actividad y orientación, lo repeti­
mos. Porque el olvido es humano.
Algunos teólogos piensan que durante un mes
puede perseverar el influjo de un acto de amor
de Dios; otros disminuyen el tiempo a una se­
mana. En cualquier caso, todos convienen en que
el acto diario es suficiente. No es tanto cuestión
teológica cuanto psicológica, pero en el día no
hay duda de que basta.
El Apostolado de la Oración, recomendado por
la Iglesia, enseña a hacer el ofrecimiento diario
para que el influjo sea efectivamente grande
sobre nuestro modo de vivir y sobre el valor de
nuestras obras. Por eso ofrecemos de modo par­
ticular nuestras obras y oraciones, sufrimientos
y alegrías de hoy.
Y también por otra razón: porque Jesús nos
enseña que a cada día le basta su propio afán.
Naturalmente que todavía mejor será ofrecer
repetidas veces durante el día las obras de Dios.
Lo cual se hace con un sencillo levantar el corazón
a Él. Y cuantas más veces mejor, porque más
real será el influjo. Así, los que más quieren se­
ñalarse delante del Señor, acostumbran a ofrecer
expresamente las obras más importantes del día.
212 V IV IR CON LA IG LE SIA

Pero, ciertamente, en todo caso, es norma se­


gura, recomendada por la Iglesia al aprobar el
Apostolado de la Oración, el ofrecer cada día
nuestras obras.
Por eso nuestro ofrecimiento se llama y es
cotidiano.

En reparación por nuestros pecados.

Después de haber expresado nuestra entrega


diaria al Corazón de Jesús por medio del Corazón
Inmaculado de María, y de haberla realizado en
íntima unión con la ofrenda de Jesús al Padre
en el Santo Sacrificio del Altar, ofrendando con
Él nuestras obras y oraciones, sufrimientos y
alegrías de cada día, la fórmula pasa a expresar
los fines especiales por los cuales nos ofrecemos,
fines que todos ellos son del Corazón de Jesús
y peculiares de su devoción.
Primeramente tenemos la intención de reparar
el honor divino, ofendido por nuestros pecados.
La reparación ha sido declarada por los Sumos
Pontífices uno de los dos ejercicios principales
de la devoción al Sagrado Corazón, que son Con­
sagración y reparación. Como puede verse, am­
bos están contenidos expresamente en esta fór­
mula.
Tan importante ha sido juzgado el oficio de
la reparación, que Pío XI dedicó a explicarla una
Encíclica peculiar, la Miserentissimus Redemptor,
donde se explica el deber de la reparación am­
pliamente como uno de los principales oficios de
la religión cristiana, pues lo fue de la Redención
N U E ST R A CO LA BO RA CIÓ N A L PLAN D IVIN O 213

de Cristo, que reparó con ella las ofensas hechas


al Padre por los hombres.
Nosotros, por tanto, cada día queremos in­
corporarnos a esta admirable función de la Re­
dención de Jesucristo, que es reparar. La impor­
tancia de este oficio es difícil de encarecer, pues
por la reparación se aplaca la justicia divina
irritada por los pecados humanos, y la gracia
de Dios vuelve a descender con abundancia sobre
la tierra.
Podemos decir que, siendo el pecado el obstáculo
que los hombres ponen a la expansión del Reino
de Dios, la reparación del pecado hace el mismo
oficio sublime de San Juan Bautista: preparar
los caminos del Señor. Sí, es muy necesario re­
parar por los pecados del mundo. Las guerras,
de las que la divina justicia suele valerse para
castigar los crímenes humanos, hoy más que
nunca nos amenazan. El Amor de Dios no puede
expansionarse libremente sobre la tierra, porque
los pecados le forman un dique opuesto. Con la
reparación ayudamos a quitar los obstáculos del
Reino de Dios, y a retener la divina justicia
irritada.
Y, asimismo, con la reparación consolamos a
Jesús, según la doctrina establecida por Pío XI
en su Encíclica citada. Este oficio de las almas
fieles debe ser ejercitado cada día, y aunque su
explicación es un misterio de amor, no por eso
deja de ser verdad este consuelo al Corazón en­
tristecido del Señor y de su Madre. Podríamos
decir que Él, con benigno amor, así como aceptó
de antemano los homenajes de la Magdalena,
214 V IV IR CON L A IG L E S IA

que ella no podría realizar en su sepultura, di­


ciendo con verdadera delicadeza: «Dejadla, que
haga esta unción ahora para el día de mi sepultu­
ra* (61); así acepta a la inversa los nuestros, mucho
tiempo después, para los días de su vida mortal
llena de tristeza.

Para que venga a nosotros tu Reino.

Quitamos los obstáculos por la reparación. Y


nuestro ardiente deseo tiende con fuerza a pro­
mover el Reino de Dios sobre la tierra. Este
fue el trabajo de Jesús sobre la tierra, y el íntimo
anhelo de su Corazón. Esta era su continua pre­
dicación desde el principio: «Se acerca a vosotros
el Reino de Dios». El Apostolado de la Oración
ha tomado este gran anhelo del Corazón de Jesús,
que es el deseo de la salvación de todos los hom­
bres, como propio especialísimamente, hasta el
punto de haberlo convertido en lema suyo, con
las palabras mismas que Jesús nos enseñó a decir
en la admirable oración del Padrenuestro: Adveniat
Regnum tuum.
Esta es la oración anhelante de la Iglesia en
la Misa, y esta debe ser la oración de todo fiel
hijo de la Iglesia, unido con ella y con Jesús.
Porque este Reino de Dios, cuya llegada pedimos
cada día, es la conversión del mundo a Cristo,
la extensión de la Iglesia al mundo entero, el
aumento de gracia en cada alma como fruto
del Reino de Dios, hasta que llegue aquel Reino
de gloria del cielo, donde todo quedará consumado
en la perfecta unidad de Dios.
N U E ST R A C O LA B O R A C IÓ N A L PLAN D IV IN O 215

Pedir, por tanto, esta llegada del Reino de


Dios, es tarea especial de cada socio del Apos­
tolado de la Oración, que así penetra en los más
íntimos anhelos del fondo del Corazón de Jesús,
que se entregó a Sí mismo por nuestra salvación.
¡Cuán a fondo penetra en el misterio del Divino
Corazón el que de este modo vive suspirando
y entregándose por la llegada del Reino de Dios,
por la salvación de los hombres, por la paz de la
Iglesia, por la conquista del mundo para Dios!
Nada más santo puede hacerse, pues este fue el
oficio peculiar que el Hijo de Dios trajo al mundo,
y esto es convertirse en compañeros de la misión
redentora de Jesús.

Especialmente por las dos Intenciones confiadas


este mes por el Papa al Apostolado de la Oración.

En este final de la fórmula resplandecen admira­


blemente dos cosas: Una es la forma particular
en que se concreta el anhelo por el Reino de Dios.
Y la otra es el amor al Papa, característico del
Apostolado de la Oración.
Lo primero, en efecto, está indicado por la
palabra especialmente. Acabamos de decir que
nos ofrecemos con Cristo para que venga su Reino.
Pero, especialmente, concretamos este ofreci­
miento por el Reino en dos Intenciones, una
General y otra Misional, que cada mes nos in­
dican un aspecto especialmente urgente del des­
arrollo del Reino de Dios sobre la tierra.
Si alguno pudiese dudar de si la mente del
Apostolado de la Oración es, principalmente,
216 V IV IR CON LA IG LE SIA

rogar y ofrecerse por el avance apostólico del


Reino de Dios, que es la Iglesia, entre los hombres,
las dos Intenciones mensuales, características del
Apostolado de la Oración, le harán ver que nos
ofrecemos, en efecto, por estos avances apostó­
licos del Reino. Porque estas dos Intenciones
suelen ser siempre relativas al Reino de Dios,
apostólicamente considerado.
Una de las Intenciones suele referirse a pro­
blemas generales de la Iglesia en el mundo; la
otra, en particular, al avance del Reino de Dios
en los países que están fuera de la Iglesia: es la
Misional.
Y es especialmente consolador para los socios
del Apostolado el saber, de un modo concreto,
qué Intenciones quiere Jesús cada mes que se
pidan de un modo especial. ¿Y cómo sabemos,
se dirá, que estas intenciones lo son del Corazón
de Jesús? Aquí viene el segundo punto admirable
de este sistema espiritual.
El Papa es el Vicario de Cristo, el que hace
sus veces en la tierra. Por tanto, las Intenciones
que él nos señale para pedir por ellas, son Inten­
ciones que Cristo hace suyas en el cielo de modo
peculiar. Él es el Cristo visible sobre la tierra,
y así, como le dijo el Señor a San Pedro: «Lo
que tú ates sobre la tierra se ata en el cielo, y
lo que desates se desata» (62); así también le dice:
«Lo que tú mandes pedir sobre la tierra, quiero
Yo en el cielo que se pida».
Encierra, además, este final, el misterio del
amor a la Iglesia Romana. Cada día es más
necesario insistir en este amor, pues la Iglesia
N U E ST R A CO LA BO RA CIÓ N A L PLAN D IV IN O 217

de Roma es cada vez más netamente el sello del


verdadero espíritu, aunque siempre lo ha sido.
Pero hoy se hace más patente que nunca su acción
y su segura certeza espiritual. Y es señal del
fiel hijo de la Iglesia, hoy como nunca, el amor
a la Cátedra Romana de Pedro, y a su augusta
Voz.
En este amor rendido y firmísimo termina
nuestro ofrecimiento cotidiano, cuyas últimas pa­
labras nos recuerdan un compromiso de honor:
el Papa confía al Apostolado de la Oración el
encargo de pedir por Intenciones suyas urgentes.
El Papa hace al Apostolado de la Oración
inmediato coadjutor suyo en la tarea puesta
por Dios sobre sus hombros, y que tan grande
peso supone.
Hagamos honor a esta confianza que el Vicario
de Cristo hace de nosotros.
TERCERA PARTE

CONQUISTA DEL
REINO DE DIOS
(Dinamismo de la
espiritualidad)
I

Adveniat Regnum tuum.

Habiendo reunido Jesús a sus Apóstoles, le


pidieron estos que les enseñase a orar. Y Jesús
respondió a su deseo enseñándoles el Padrenues­
tro, la mejor de todas las oraciones enseñadas
por el mismo Dios.
En ella se contiene esta admirable petición:
Venga a nosotros tu Reino. Adveniat Regnum tuum.
Pedimos en ella que el Reino de Dios,
que es la Iglesia, se extienda al mundo entero.
Así, podemos ver que Jesús mismo nos enseñó
a hacer apostólica y universal la oración.
Por esto, ya desde el comienzo de su existencia,
la fórmula principal de su oración fue para la
Iglesia la que el mismo Jesucristo enseñó a sus
Apóstoles: el Padrenuestro. Esta fórmula es la
más tradicional y autorizada de la oración de
la Iglesia entera.
Sus fieles se la han pasado de boca en boca. Y
de modo particular la misma Iglesia, todos los
días, en millares de lugares distintos, la recita
por boca de sus sacerdotes unidos con el pueblo
en la solemnidad de la santa Misa. Y en las Misas
solemnes esta oración es cantada para hacerla
llegar a los oídos del pueblo, y a los de Dios,
engalanada con los adornos del canto. He aquí
su divino y maravilloso texto:
222 V IV IR CON LA IG L E S IA

«Oremos. Instruidos por mandatos saludables,


y educados por la divina enseñanza nos atreve­
mos a decir:
♦Padre Nuestro, que estás en los cielos.
♦Santificado sea tu Nombre. Venga a nosotros tu
Reino.
♦Hágase tu voluntad, así en la tierra como en
el cielo.
♦El pan nuestro de cada día dánosle hoy.
♦Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros
perdonamos a nuestros deudores.
♦Y no nos dejes caer en la tentación.
♦Más líbranos del mal. Amén.»
La segunda petición de este divino temario
de deseos de la Iglesia y peticiones es la conocida:
Venga a nosotros tu Reino. Adveniat Regnum tuum.
Se puede afirmar que esta petición, en su ple-
nario sentido, tal como la emplea la Iglesia,
contiene la petición del Reino de Cristo sobre la
tierra. He aquí cómo se prueba esto:
Una de las más autorizadas declaraciones del
Padrenuestro, y de su sentido, según la mente
de la Iglesia, es el Catecismo Romano mandado
componer por la autoridad de San Pío V, y lla­
mado del Concilio Tridentino por la recomendación
que este solemne Concilio hizo de él con su grave
autoridad. Este Catecismo, explicando el genuino
sentido de esta petición, dice así:
«Explicadas, pues, estas cosas, las que declaran
lo que se entiende en general por Reino de Dios,
se ha de decir qué es lo que propiamente se pide
en esta petición. Pedimos a Dios que se propague
*1 Reino de Cristo, que es la Iglesia; que los infieles
CO N Q U ISTA D E L R E IN O D E D IO S 223

y los judíos se conviertan a la fe de Cristo Nuestro


Señor y al conocimiento del verdadero Dios; que
los cismáticos y herejes vuelvan a la salud y a la
comunión con la Iglesia de Dios, de la cual se apar­
taron; que se Ueve a efecto total lo que por boca de
Isaías dijo el Señor: «Dilata el lugar de tu tienda,
extiende las pieles de tu tabernáculo, no te
detengas, alarga tus cuerdas y consolida tus cla­
vos. Porque penetrará a izquierda y a derecha
y te poseerá el que te hizo»; y el mismo añade:
«Andarán las gentes a tu luz, y los reyes al res­
plandor de tu aurora; levanta los ojos en derre­
dor y mira: todos estos se han consagrado y vie­
nen a ti; tus hij os vendrán de lejos y tus hijas
saldrán de tu costado» (1).
La autorizada declaración del Catecismo Ro­
mano explica, pues, como sentido primario pro­
pio de esta petición, el de la petición de conversión
de paganos, judíos, herejes y cismáticos que
entren en el Reino de Cristo. Y esto es venir
el Reino de Dios, que esta conversión se lleve
al efecto total (ut compleatur et ad exitum perducaíur)
de la predicción de Isaías, que manda a la Iglesia
dilatar sus tiendas para acoger a todos los que
vienen.
Y esto en un sentido social, como lo indica la
profecía de Isaías: los reyes andarán al resplandor
de tu aurora. Este sentido social del Reino que
(1) Catecismo Romano, parte 4.», cap. 11, núm. 12:
Este es el sentido que el Catecismo da como primario;
como segundo y tercero sentidos, da estos: «que se con­
viertan los pecadores y cesen las disidencias entre los
católicos, y que venga el Reino celestial».
224 V IV IR CON L A IG LE SIA

se pide en esta petición lo confirma otro autorizado


Catecismo, el Catecismo Católico, del Cardenal Pe­
dro Gasparri, diciendo así:
«¿Qué pedimos en la segunda petición: Venga
a nosotros tu Reino? —En la segunda petición:
Venga a nosotros tu Reino, pedimos que Dios
reine en nosotros y en todos los hombres por
su gracia, y en la Sociedad y en las naciones por
su ley en la tierra, para que por fin seamos hechos
participantes de su gloria eterna en el cielo.
♦¿Cómo podemos cooperar a la llegada del Reino
de Dios a la tierra? —Podemos y debemos coo­
perar a la llegada del Reino de Dios a la tierra,
ya guardando la ley de Cristo y fomentando en
nosotros la vida sobrenatural de la gracia, ya
ayudando con nuestras obras y oraciones a la
acción de la Iglesia, que procura que la ley privada,
doméstica y pública se conforme con la ley divina,
y que todos los disidentes (herejes y cismáticos)
vuelvan a la unidad de la Iglesia, y la luz del Evan­
gelio sea llevada a los pueblos que están sentados
en las tinieblas y sombras de la muerte» (2).
Creemos que estos dos textos tan autorizados
explican suficientemente cómo el sentido de esta
petición primario (pues también secundariamente
se refiere al Reino interior de la gracia y al de
la gloria), es la llegada del Reino de Dios social­
mente entendido, es decir, el Reino exterior que
es la Iglesia, a la tierra, por la conversión de
herejes, cismáticos, paganos y judíos,
Este es el lema que el Apostolado de la Ora­
ción tomó desde el principio: Adveniat Regnum
tuum.
C O N Q U ISTA D E L R E IN O D E DIOS 225

La insignia del Apostolado de la Oración lleva


un Corazón, el de Jesús, en el centro, sobre la
Cruz de la Redención. Y en torno de esta simbó­
lica representación de la Redención salvadora, el
lema que Cristo nos enseñó: Venga a nosotros
tu Reino.
Si llevamos esta insignia sobre el pecho, mucho
más la debemos llevar grabada en el propio
corazón. Que allí, unidos al Corazón de Jesús,
sobre su Cruz redentora, resuene en todas nues­
tras obras el grito del sublime deseo: Adveniat
Regnum tuuml
II

El Apostolado de la Oración y el Reino de Dios.

Había decretado Dios que los Apóstoles y


conquistadores de su Reino serían fruto de las
oraciones; porque dijo Jesucristo a sus Apóstoles
ante la mies que blanqueaba:
«La mies es mucha y los obreros pocos; rogad,
por tanto, al dueño de la mies que envíe operarios
a ella» (3).
¿Y para qué lo quería así el Señor? Para que
la salvación sea obra de todo el Cristo Místico,
que es la Iglesia; para que esta última viejecita
que hace calceta junto al fuego, o el último niño
que se acerca en su inocencia a recibir el pan
de los ángeles (y de los niños), pudiesen, células
casi innominadas del Cuerpo Místico, tomar parte
en la obra suprema del Amor.
Cuando el P. Ramiére, en su libro sobre el
Apostolado de la Oración estudia el problema
de la salvación de las almas, a la candente pregunta
de por qué todavía hay tantos pueblos en la ig­
norancia de la fe verdadera, responde denunciando
la falta de cooperación de los hombres a la obra
de Dios:
«Muchos han empleado en perderse y en perder
a sus prójimos el caudal de ingenio, autoridad
y fuerzas que Dios les había dado con otro fin
distinto. Otros, en mayor número, dotados de
CO N Q U ISTA D E L REIN O D E DIOS 227

mediano ingenio, han enterrado su talento, cre­


yendo hacer bastante con no emplearlo en su
propia ruina. De esta suerte, la causa de Dios y
de las almas se ha visto abandonada a sus más
encarnizados enemigos por los que debían soste­
nerla. No hay por qué preguntar por qué no es
cristiano todo el mundo, y por qué de mil millones
de almas que pueblan la tierra, más de quinientos
millones no conocen ni de nombre al Salvador» (4).
Por esto invita, en un llamamiento de cruzada de
oración universal, a todos los católicos a coope­
rar a la gran obra con sus oraciones y sacrificios.
«Todos no poseen el arte de hablar bien y de
persuadir, ni todos tienen fuerzas para el trabajo;
pero todos pueden desear la gracia de Dios, que
salva las almas; todos pueden pedirla, y por el
fervor de sus súplicas y la constancia en la oración
pueden obtener la conversión del mundo, y prestar
ayuda eficaz al amor Divino, que no cesa de tra­
bajar en la salvación de los hombres. Esta ayuda
te pide el Corazón de Jesús» (5).
(4) Recientemente, en 1954, las cifras son aún mucho
más distanciadas. Helas aquí:
Habitantes de la tierra . . . 2.500 millones
Católicos....................................... 456 millones
Téngase en cuenta que a los católicos habría que aña­
dir los de las otras religiones cristianas, que conocen a
Jesucristo. Pero así y todo, hoy habría que decir apro­
ximadamente: «¿Por qué de casi tres mil millones de
almas que pueblan la tierra, casi dos mil millones no
conocen ni de nombre al Salvador?».
La estadística general anterior la tomamos de Bilan
du monde (París, 1958), Edit. Casterman, I, pág. 175.
1-a cita de R a m ié r e : Apostolado de la Oración, intro­
ducción, IV.
223 V IV IR CON LA IG L E S IA

Para esta cruzada universal Católica de ora­


ción en favor de las almas y, no lo olvidemos,
fiara obtener la aceleración del triunfo del Reino
de Cristo, comprendió Ramiére que había que
buscar la eficacia en la unión de estas oraciones
v sacrificios con los del Corazón Divino de Jesús.
Como pocos ha explicado Ramiére la doctrina de
nuestra incorporación en Jesucristo, la doctrina
del Cuerpo Místico, que en nuestros días ha
alcanzado un pleno desarrollo para la devoción
al Corazón de Jesús, que la ha hecho fructificar
en cuanto a su inteligencia, según explica el Papa
Pío XII. Esta doctrina, que él llama «la divini­
zación del cristiano en Jesucristo», es la base del
Apostolado de la Oración (6).
«Nuestras oraciones brotan del Corazón de
Jesucristo de modo que en la realidad son más
bien de Jesucristo que nuestras. ¿Cómo puede
ser esto? Porque en orden a la salvación, todos
los cristianos formamos con Jesucristo un solo
cuerpo, cuya Cabeza es Él, y nosotros los miem­
bros; de donde se sigue que todas las obras
sobrenaturales las previene la inspiración de
Jesucristo, y se empiezan, prosiguen y acaban
con su concurso...
»He aquí la razón de la eficacia infalible de
nuestras oraciones. ¿Cómo no han de ser eficaces?
¿Cómo no han de ser omnipotentes si son divinas?...
La conversión de los fiecadores, la salad del mundo,
el triunfo de la Iglesia, todo será poco si en nues­
tras oraciones, obras y trabajos estamos unidos
a Jesucristo» (7).
Porque el misterio grande del Cuerpo Místico
C O N Q U ISTA D E L REIN O D E DIOS 229

es el misterio de la divinización de la humanidad


en Jesucristo. Un alma misteriosa y real, el Es­
píritu Santo, anima el Místico Cuerpo, y las
oraciones de la Iglesia son oraciones del Es­
píritu Santo y un eco de los deseos del Padre
Eterno.
He aquí la penetrante idea de Ramiére. He aquí
su formidable colaboración al Reino. Encauzó la
oración de muchas almas para que el torrente
pudiera avasallar el mundo. Los Sumos Pontífi­
ces han reconocido con las más altas alabanzas la
obra del Espíritu Santo por mediación de Ramié­
re, y han puesto en ella sus mejores esperanzas.
En los Estatutos del Apostolado de la Oración
podemos leer así:
«El Apostolado de la Oración es una pía unión
de fieles que no solo viven para su propia salvación,
sino que con la oración y el sacrificio apostólicos
trabajan en edificar el Cuerpo Místico de Cristo,
o sea en propagar su Reino en la tierra.»
Entre los medios que usa esta Asociación para
lograr su fin, uno de ellos es «la celebración de la
fiesta de Cristo Rey», como ejercicio de devoción
al Sagrado Corazón. Porque el Sagrado Corazón
es «la fuente del amor que nos lleva a la unión
con Cristo», en que se funda el Apostolado de la
Oración, y juntamente «su devoción es el medio
que, según la mente de la Iglesia, responde de
modo peculiar a las necesidades de nuestro tiempo,
y con intensidad prepara y promueve la llegada
del Reino de Dios en el mundo» (8).
No se podría expresar con mayor claridad la
unión del Apostolado de la Oración con el Reino
230 V IV IR CON LA IG LE SIA

de Dios en el mundo, cuya llegada prepara y


promueve.
En lo cual además se indica un espíritu de
oración unido con el Sagrado Corazón, a quien
atravesamos con nuestros pecados.
Ni se podría decir más del Apostolado, que
decir del mismo con Pío XII, que «con justicia
se puede decir que el Apostolado de la Oración
es la forma perfecta de piedad para con el Sagrado
Corazón de Jesús, y que a su vez la piedad para
con el Divino Corazón de Jesús, no se puede
separar de modo alguno del Apostolado de la
Oración» (9). Luego—concluimos nosotros—puesta
esa identificación entre el Apostolado de la Ora­
ción y la práctica de la devoción al Sagrado
Corazón, y siendo esta medio elegido por Dios
para obtener el Reino de Dios, el Apostolado de
la Oración resulta un medio aptísimo en el plan
Divino para el Reino de Dios.
Isaías anunció diciendo:
«He creado la paz como fruto de los labios,
paz para el de lejos y para el de cerca;
lo dijo el Señor* (10).
Esta paz, la paz universal, se obtendrá como
fruto de los labios, movidos por el Espíritu al
pedirla. Y con grande claridad, Zacarías anunció
el espíritu de oración derramada sobre la casa
de Jersualén, que es, también al menos, la Igle­
sia de Dios:
«Derramaré sobre la casa de David,
*y sobre los habitantes de Jerusalén,
*>el espíritu de gracia y de oraciones,
vy mirarán a Aquel a quien atravesarom (11).
C O N Q U ISTA D E L REIN O D E DIOS 231

¿No fue la Encarnación del Verbo acelerada


por las oraciones fervientes de Daniel?
«¡Oh Daniel!, desde que comenzaste a orar fue
dado el decreto (de la fecha de la Encamación)
y yo he venido a indicártelo, porque eres hombre
deseoso» (12).
También nosotros ahora, con nuestras incesantes
oraciones al Corazón Sagrado pidiendo con clamor
la llegada del Reino de Dios, y unidos en la fuerza
invencible de la oración común según las Intencio­
nes del Pontífice, como hace el Apostolado de
la Oración, obtendremos la aceleración del Reino
del Sagrado Corazón en la paz universal. Pero
no demos descanso a nuestro corazón pidiendo:
«Los que os acordáis del Señor,
»no calléis,
mo le dejéis en silencio,
»hasta que confirme,
»y ponga a Jerusalén
»como gloria de la tierra» (13).
Elisabet Leseur, penetrada del deseo de servir
a Dios y glorificarle, hace resaltar muy bien el
valor de la oración y el sacrificio por la venida
del Reino de Dios, diciendo en sus pensamientos
espirituales:
«Nosotros rogamos, sufrimos y trabajamos sin
saber el resultado de nuestros actos y de nuestras
oraciones; pero Dios los utiliza, según su plan
Divino, y van de un prójimo a otro obrando,
ganando un alma y otra alma, apresurando la
venida del Reino de Dios... Ayúdame, Dtos mío,
y venga a nosotros tu Reino» (14).
III

La Cruzada del Reino de Cristo.

El 10 de febrero de 1952, víspera de la festividad


de las Apariciones de Lourdes, en que «se conme­
moran las prodigiosas Apariciones, que hace cerca
de cien años dieron a aquel siglo de desbordamiento
racionalista y de depresión religiosa la respuesta
misericordiosa de Dios y de su Madre celestial
a la rebelión de los hombres» (15), Su Santidad
Pío XII dirigió una alocución como Obispo de
Roma a los fieles de dicha ciudad y diócesis,
exhortándoles a colaborar en la salvación y re­
construcción de un mundo que está a punto de
derrumbarse. Aquella alocución iba dirigida a los
fieles de Roma, y a través de ellos a los del mundo
entero. Se pedía a la Ciudad Cabeza que prece­
diese al Cuerpo en el ejemplo; puesto que es
«luz sobre el candelero, levadura entre los herma­
nos, ciudad sobre el monte».
Pío XII, comprendiendo que «no puede quedar
mudo e inerte ante un mundo que camina sin
saberlo por los derroteros que llevan al abismo
almas y cuerpos, buenos y malos, civilizaciones
y pueblos», siente el deber delante de Dios de ser
«heraldo de un mundo mejor cual Dios lo quiere»,
y lanza su llamada a la Cristiandad entera a través
de Roma.
C O N Q U IST A D E L RE IN O D E D IO S 233

No podemos menos de recordar, al oir su voz,


aquella gran ocasión que vio la Cristiandad,
momento ciertamente estelar, cuando el Pontí­
fice Urbano II, en la plaza de Clermont-Ferrand,
ante la gran Asamblea convocada de Obispos y
caballeros, lanzó su grito de llamada a la noble
empresa de Cristiandad de rescatar el sepulcro
de Cristo del poder de los sarracenos:
—¡Dios lo quiere! — Deus lo voU—, resonó el ar­
diente grito, y miles de fieles repitieron primero
allí, y después a través de toda Europa sacudida
por el estremecimiento de ideas desconocidas, el
soberbio grito: — ¡Deus lo volt!.—Y corrieron los
Obispos y caballeros en seguimiento de Ademar de
Tours a tomar sobre el hombro la cruz de tela que
era el señalamiento de la nueva empresa. La
era de las Cruzadas estaba abierta y el grito del
Pontífice, a través de Pedro el Ermitaño y San
Bernardo, sacudió las raíces del viejo árbol
cristiano de la Europa, cuyo frondoso ramaje
agitó al viento, en una primavera increíble, la
bandera temblorosa de la fe.
El grito de Pío XII no puede quedar infruc­
tuoso sobre la sociedad cristiana del siglo xx.
Seguramente que en la Ciudad ha germinado ya,
en esperanza de campos de mieses ondulantes, y
el Sínodo Romano, celebrado por Juan XX III,
es tal vez el tallo de su germinación. Pero los
que fuera de la ciudad oímos el grito no podemos
tampoco quedar inertes. Es la Iglesia entera
la que tiene que ponerse en movimiento para
salvar el mundo. La tarea ingente está ante
ella:
234 V IV IR CON LA IG LE SIA

«Es todo un mundo lo que hay que rehacer


desde sus cimientos: lo que es preciso transformar
de selvático en humano, de humano en divino,
es decir, según el Corazón de Dios» (16).
Lanzada está la palabra de Cruzada: a nosotros
—a todos y a cada uno—nos incumbe recogerla,
ansiando como Catalina de Sena suscitar il dolce
misterio del Santo passagio, el dulce misterio de
la Santa Cruzada del Reino de Dios.
Porque esta hora difícil y grave es hora de
acción. Cuando la casa está ya ardiendo, y en
peligro de que estalle el polvorín en ella contenido,
nada se puede hacer discretamente más que lan­
zarse con agua sobre el fuego, lanzarse a la acción
directa e inmediata.
La lucha toca a los fundamentos mismos del
orden moral, jurídico, y aun humano simplemente.
Porque la lucha gira en realidad en torno a la
existencia del mismo Dios. Son ya su afirmación
y su negación los dos mazazos elementales y
tremendos cuyo resonar se oye en el mundo.
«En realidad en esta lucha se dirime el problema
fundamental del Universo y se trata de la más
importante decisión propuesta a la libertad huma­
na—dice Pío X I—. ¡Por Dios o contra Dios! Esta
es la disyuntiva que debe decidir otra vez la suerte
de toda la Humanidad. En Política, en Hacienda,
en la Moralidad, en las Ciencias, en las Artes, en
el Estado de la Sociedad civil y doméstica, en
Oriente y Occidente, por todas partes asoma este
problema como decisivo por las consecuencias que
de él se derivan. Por eso los mismos representantes
de la concepción materialista del mundo ven
CO N Q U ISTA D E L REINO D E DIOS 235

siempre comparecer de nuevo la cuestión de la


existencia de Dios, que ellos creían suprimida
para siempre, y vense forzados a comenzar otra
vez su discusión.
«Nos, por tanto, os conjuramos en el Señor,
tanto a los particulares, como a las naciones, a
deponer ante tales problemas, y en tiempos de
tan rabiosas luchas vitales para la Humanidad,
el individualismo mezquino y el bajo egoísmo que
ciega las mentes más perspicaces, y esteriliza las
más nobles iniciativas, por poco que estas se
salgan de los límites del estrechísimo círculo de
pequeños y particulares intereses. Preciso es que
se unan, aun a costa de los más graves sacrificios,
para salvarse a sí mismos y a toda la Humanidad.
En tal unión de ánimos y de fuerzas deben, natu­
ralmente, ser los primeros cuantos se glorían del
nombre cristiano, recordando la gloriosa tradición
de los tiempos apostólicos, cuando la multitud
de los creyentes no tenía sino un solo corazón
y una sola alma; pero a ella concurran, asimismo,
sincera y cordialmente, todos los que creen toda­
vía en Dios, y le adoran, para apartar de la
Humanidad el gran peligro que a todos amenaza.
Porque el creer en Dios es el fundamento firmísimo
de todo orden social y de toda responsabilidad
en la tierra, y por esto cuantos no quieren la
anarquía y el terror, deben con toda energía
trabajar en que los enemigos de la religión no
consigan el fin que tan enérgicamente y a las
claras se proponen» (17).
Frente a ese grave peligro es preciso poner en
juego todos los elementos posibles de resistencia:
236 V IV IR CON LA IG LE SIA

«Sabemos, Venerables Hermanos— prosigue


Pío XI—, que en esta lucha en defensa de la religión
se deben absolutamente emplear todos los medios
legítimos que están en nuestra mano» (18).
El 25 de diciembre de 1942, en plena guerra
mundial número 2, Su Santidad Pío XII lanzaba
su llamada en favor de una Cruzada urgente, la
Cruzada de la Paz, a la que invitaba a todos los
hombres de buena voluntad. En su llamamiento
urgía angustiosamente la necesidad de la acción,
imperativo de la hora presente, porque arde la
casa y está a punto de estallar el polvorín. He
aquí el admirable texto de convocación a una
nueva Cruzada de cristianismo, cuya meta se
señala en la regeneración de la Sociedad humana
sobre la fe en Dios:
«No lamentos, sino acción, es el precepto de
la hora presente; no lamentos sobre lo que es o
lo que fue, sino reconstrucción de lo que surgirá
y debe surgir para el bien de la Sociedad. Concierne
a los mejores y más selectos miembros de la cris­
tiandad, el reunirse en espíritu de verdad, de
justicia y de amor al grito de ¡Dios lo quiere!,
prestos a servir, a sacrificarse, como los antiguos
cruzados. Si entonces se trataba de la liberación
de la tierra santificada por la vida del Verbo de
Dios Encamado, hoy se trata—si podemos expre­
samos así—de una nueva travesía, superando el
mar de los errores del día y del tiempo, para li­
bertar la tierra santa espiritual, destinada a ser
la base y el fundamento de las normas y leyes in­
mutables para las construcciones sociales, de
interna y sólida consistencia.
C O N Q U ISTA D E L REIN O D E DIOS 237

»Para tan alto fin, Nos, desde el Pesebre del


Príncipe de la paz, confiados en que su gracia
se difundirá en todos los corazones, nos dirigimos
a vosotros, amados hijos, que reconocéis y adoráis
en Cristo a vuestro Salvador; a todos aquellos
que están unidos con nosotros al menos por el
vínculo espiritual de la fe en Dios; a todos, fi­
nalmente, cuantos anhelan librarse de las dudas
y los errores, ansiosos de luz y de guía, y os ex­
hortamos con encarecida insistencia paterna no
solo a comprender íntimamente la angustiosa
seriedad de la hora presente, sino también a
meditar sus posibles auroras benéficas y sobre­
naturales, y a uniros y trabajar juntos por la re­
novación de la Sociedad en espíritu y en verdad.
»E1 objeto esencial de esta Cruzada, necesaria
y santa, es que la estrella de la paz, la estrella
de Belén, nazca de nuevo sobre toda la Humanidad,
con su fulgor rutilante, con su consuelo pacifi­
cador, como promesa y augurio de un porvenir
mejor, más fecundo y más feliz» (19).
Así convocaba la Cruzada de la paz el Pontí­
fice en la guerra. Mas cuando vino la paz, peor
que la misma guerra, porque en ella el temible
enemigo máximo de Dios, agazapadamente, fue
conquistando palmo a palmo, entre las concesiones
de debilidad y las de ignorante candidez humana,
todo el terreno necesario para dar su gran salto,
entonces el Pontífice, Romano por doble título,
hacía su llamada al pueblo de Roma, sobre un
mundo en situación «explosiva a cada instante»,
y convocaba de nuevo a la Cruzada, esta vez
para rescatar la Sociedad de una tercera guerra
238 V IV IR CON LA IG LE SIA

y de ruina impía y catastrófica, y para llegar


a la «completa restauración del espíritu evangé­
lico, que además de arrancar millones de almas
a la eterna ruina, es el único que puede asegurar
la convivencia pacífica y la fecunda colaboración
de los pueblos» (20).
Sobre el mundo, tembloroso de temores inde­
cibles, vigorosa y enérgica, la voz de Pío X II
vibraba en grito de alerta y de acción:
«Y ahora ha llegado el tiempo, amados hijos.
Ha llegado ya el tiempo de realizar los pasos
definitivos; es el momento de sacudir el funesto
letargo; es la hora de que todos los buenos,
todos los que se preocupan del destino del mundo,
se unan y aprieten sus filas; es el momento de
repetir con el apóstol:
«Hora est iam nos de somno surgere» (Rom.,
13, 11): ¡Es hora de despertarnos del sueño,
porque está cerca nuestra salvación!»
»No es este el momento de discutir, de buscar
nuevos principios, de señalar nuevas metas y
objetivos. Unos y otros, ya conocidos y deter­
minados en su esencia, porque han sido enseñados
por Cristo, aclarados por la elaboración secular
de la Iglesia y adaptados a las circunstancias de
hoy por los últimos Sumos Pontífices, esperan
solo una cosa: su realización concreta.
»¿Qué importaría el escrutar los caminos de
Dios y del espíritu, si en la práctica se escogen las
sendas de la perdición, y se doblega servilmente
la espalda a la tiranía de la carne?
»¿Para qué serviría el saber y decir que Dios es
Padre y que los hombres somos hermanos, si se
CO N Q U ISTA D E L REINO D E DIOS 239

esquiva toda intervención divina en la vida pública


y privada? ¿Para qué valdría el disputar sobre la
justicia, sobre la caridad y sobre la paz si la
voluntad está ya resuelta a huir de la inmolación,
si el corazón tiene determinado el concentrarse
sobre sí mismo en glacial soledad, y si nadie
se atreve a romper el primero la barrera del odio
que separa, para volar a ofrecer un sincero abrazo?
Todo esto no lograría sino hacer más culpables
a los hijos de la luz, a los cuales, si han amado
menos, se les perdonará menos. No fue con esta
desunión e inercia cómo logró la Iglesia en sus
principios cambiar la faz del mundo y exten­
derse rápidamente, continuando después su
acción bienhechora durante los siglos y gran­
jearse la admiración y la confianza de los pue­
blos» (21).
Era el eco, en el tiempo, de su primera llama­
da, cuando apenas ascendido a la Cátedra de
Pedro, y sintiendo sobre sus hombros la gravita­
ción de la inmensa responsabilidad, había excla­
mado con noble acento en la encíclica Sumtni
Pontificaius:
«!Venerables Hermanos! ¿Cabe obligación mayor
y más urgente que la de evangelizar las inconmensu­
rables riquezas de Cristo (Efes., 3, 8) a los hombres
de nuestra época? ¿Cabe cosa más notable que des­
plegar al viento las banderas del Rey ante los que
siguieron y siguen banderas falaces, y reconquistar
para el victorioso estandarte de la Cruz a los
que la han abandonado? ¿Qué corazón no debería
arder y sentirse empujado a prestar su ayuda,
a la vista de tantos hermanos y hermanas que,
240 V IV IR CON L A IG L E S IA

por errores, pasiones, instigaciones y prejuicios,


se han alejado de la fe en el verdadero Dios y
se han separado del alegre y salvador mensaje
de Jesucristo?» (22).
La llamada está hecha: Ha resonado en el
mundo la voz que convoca la Cruzada del Reino
de Dios.
«&> le ha dado el nombre de Mensa­
jero del Corazón de Jesús, porque es
el encargado del mensaje más alto y
divino que darse puede...»
Tu .m i k k k .
IV

Fermento para la masa.

Es necesario hacer fermentar la ingente masa.


Y para hacerlo contamos con la nueva levadura
pequeñita, invisible casi en el total, una materia
de energía radiante que transformará la masa.
«El Reino de los cielos es semejante al fermento,
tomando el cual la mujer lo esconde en tres
medidas de harina hasta que todo fermenta» (23).
Es preciso renovar la Sociedad humana. Ella
ha ido decayendo, negando primero la Iglesia,
después a Cristo, después la vida de Dios y, final­
mente, a Dios mismo, y ahora es preciso volverla
a transformar «de selvática en humana, y de
humana en divina, según el Corazón de Dios».
Es necesario renovar y reeducar a la Sociedad
humana para poder salvarla. Renovarla en Cristo,
única renovación vital y verdadera.
«Como en todos los períodos más borrascosos
de la Historia de la Iglesia, así hoy todavía el
remedio fundamental está en una sincera renova­
ción de la vida privada y pública según los prin­
cipios del Evangelio, en todos aquellos que se
glorían de pertenecer al redil de Cristo, para que
sean verdaderamente la sal de la tierra que
preserva a la Sociedad humana de una corrup­
ción total» (24).
242 V IV IR CON LA IG LE SIA

La reeducación de la Sociedad materialista en


el espíritu de Cristo; he aquí el fin que la Iglesia
persigue ahora:
«Llevar a cabo esta obra de regeneración,
adaptando sus medios a las nuevas condiciones
de los tiempos y a las nuevas necesidades del
género humano, es el oficio esencial y materno
de la Iglesia. La predicación del Evangelio que
le confiara su divino Fundador, en el que se in­
culca a los hombres la verdad, la justicia y la
caridad, y el esfuerzo por arraigar sólidamente
sus preceptos en los ánimos y en las conciencias,
es el más noble y el más fructuoso trabajo en
favor de la paz. Esta misión, por su grandiosidad,
debería, al parecer, desalentar los corazones de
los que forman la Iglesia militante. Pero el pro­
curar la difusión del Reino de Dios, misión que la
Iglesia cumplió en todos los siglos, de varios modos,
con diversos medios, en medio de múltiples y
duras luchas, es una orden de mando a la que están
obligados cuantos la gracia del Señor arrancó de
la esclavitud de Satanás llamándolos en el bautismo
a ser ciudadanos de aquel Reinos (25).
Pero esta «obligación gigantesca», esta «gigantesca
exigencia de apostolado», no puede cumplirse si no
es con la leal colaboración de todos los miembros
de la Iglesia. Todos—digo— sin excluir alguno.
Labor de colaboración total es la de fermentar
la masa entera. Todos los miembros de la Iglesia,
sacerdotes, religiosos y seglares en estado de
perfección o fuera de él, han de participar en
este apostolado de renovación social cristiana.
En primer lugar los sacerdotes:
CO N Q U ISTA D E L REIN O D E DIOS 243

«Para la obra mundial de salvación que hemos


venido describiendo y para la aplicación de los
remedios que quedan breyemente apuntados, los
sacerdotes son los que ocupan el primer puesto
entre los ministros y obreros evangélicos desig­
nados por el Divino Rey Jesucristo» (26), dice
Pío XI en la Divini Redemptoris; y en Ad Catholici
Sacerdotii:
«El sacerdote es el más eficaz pregonero de
aquella Cruzada de oración y penitencia a la
cual invitamos a todos los buenos para reparar
las blasfemias, deshonestidades y crímenes que
deshonran a la Humanidad en la época presente,
tan necesitada de la misericordia y perdón de
Dios como pocas en la Historia» (27).
Y la labor del sacerdote ¿cuál será? «Id al
obrero, especialmente al obrero pobre, y en general,
id a los pobres». Porque «así como cuando la patria
está en peligro todo lo que no es estrictamente
necesario, 'o no está directamente ordenado por
la urgente necesidad de la defensa común, pasa
a segunda línea, así también en nuestro caso,
toda obra, por más hermosa y buena que sea,
debe ceder el puesto a la vital necesidad de salvar
las bases mismas de la fe y de la civilización cris­
tiana. Sí; el sacerdote, siendo un luminoso ejem­
plo de vida humilde, pobre y desinteresada...
hará milagros de bien en medio del pueblo» (28).
Después de los sacerdotes son los religiosos los
llamados a la empresa:
«No hay por qué exponer con largo discurso
cuán grande esperanza depositamos en el clero
regular en favor de nuestras intenciones y planes»
244 V IV IR CON LA IG LE SIA

siendo manifiesto cuando contribuyen a afianzar


dentro el Reino de Cristo y a extenderlo fuera.
Porque ellos presentan una viva imagen de la’
perfecta vida cristiana», y muchas veces llevaron
su desprendimiento del mundo hasta «dar su
v i d a por la salvación de las almas, y extender
los confines del Reino de Cristo, propagando la
unidad de la fe y de la cristiana fraternidad» (29).
Finalmente los seglares, apóstoles también de
Cristo, según la noble concepción del Apostolado
seglar que han mantenido Pío XI y Pío X II:
«En el Reino de Cristo rige y florece cierta
verdadera igualdad de derechos que consiste en
que, distinguidos todos con la misma nobleza,
son condecorados con la misma preciosa Sangre
de Cristo» (30).
Así la Acción Católica, junto a la cual se ali­
nean las demás Organizaciones seglares, es «una
ayuda particularmente providencial a la obra de
la Iglesia en estas circunstancias tan difíciles».
Porque la Acción Católica «tiende a difundir el
Reino de Cristo en las familias y en la Sociedad...,
y son los primeros e inmediatos apóstoles de sus
compañeros de trabajo, y los preciosos auxiliares
del sacerdote para llevar la luz de la verdad y
para aliviar las graves miserias materiales y es­
pirituales en innumerables zonas refractarias a
la acción del ministro de Dios» (31).
Y he aquí el programa del Reino de Dios como
descripción de estos apóstoles seglares en boca
de Pío XII:
«Ellos, en verdad, han puesto su vida y su obra
bajo la bandera de Cristo Rey , y pueden repetir
CO N Q U ISTA D E L REINO D E DIOS 245

con el salmista: Yo consagro mis obras al Rey.


El Venga a nosotros tu Reino, no solo es el voto
ardiente de sus plegarias, sino aun la regla direc­
tiva de sus acciones» (32).
Así, la llamada Pontificia a la Cruzada llega
hasta «cada fiel, cada hombre de buena voluntad,
para que examine con resolución digna de los
momentos trascendentales de la Historia humana,
qué es lo que puede y debe hacerse como aporta­
ción suya a la obra salvífica de Dios, en auxilio
del mundo de hoy, abocado a la ruina» (33).
A las órdenes del Pontífice y de los Obispos,
en escuadrón cerrado, acies ordinata, marchará la
Iglesia a la conquista de sus objetivos espirituales.
Colaboración de todos y de cada uno: esta es la
fórmula certera.
Pero los hombres capaces de dirigir a los demás,
los llamados selectos, tienen obligación especial
de lanzarse a la empresa. El P. Reuniere ponderó
con cálidas palabras la responsabilidad de los
selectos en el mundo:
«Si un Arrio, un Lutero, un Calvino, un Vol-
taire, y tantos otros monstruos de maldad que
registra la Historia, cor» aquel talento, autoridad
y demás circunstancias que les ayudaron a hacer
tanto daño se hubieran empleado en la propaga­
ción de la fe cristiana, jcuán distinto no sería
el estado del mundo! Figurémonos a Lutero con
su imaginación viva, y su pecho ardiente, y su
lenguaje fascinador, que, recorriendo todo Ale­
mania, despertase los pueblos de su letargo, sa­
case al clero de su ignorancia, y reformase las
costumbres; en una palabra: hiciese en el siglo
246 V IV IR CON LA IG LE SIA

decimosexto lo que hizo en el duodécimo San


Francisco de Asís. Supongamos que, al mismo
tiempo, Calvino en Francia y Enrique VIII en
Inglaterra, hicieran lo que Santo Domingo y
San Luis hicieron en su tiempo, empleando para
el bien todos los medios de que disponían: ¿qué
no hubiera conseguido la Iglesia de entonces,
cuando la navegación descubría cada día nuevos
pueblos?
»Pues hagamos una suposición contraria. Figu­
rémonos que un San Ignacio, un San Francisco
Javier, un San Vicente de Paúl, una Santa Te­
resa, vasos de elección que, entregándose a dis­
creción a la gracia, fueron instrumentos de tantas
maravillas, no hubieran cooperado a los designios
de Dios, ¿de cuánto bien no hubieran privado
a la Iglesia? No solo carecería esta del fruto de
sus trabajos personales, sino de todo el bien que
han hecho y hacen sus sucesores. Y, ¿quién po­
drá contar los hijos que han engendrado a la
gracia con sus palabras, trabajos, oraciones y
ejemplos? Pues si, en vez de ser caudillos del
pueblo de Dios, se hubieran echado a la parte
contraria, ¿de cuánto bien no hubieran priva­
do al mundo, y cuánto mal no le hubieran he­
cho?» (34).
¡Dichosos aquellos a quienes Dios, en su miseri­
cordiosa elección, señala en sus altos decretos para
extender el Reino de Cristo! ¡Dichosos aquellos
que en la empresa, con su aportación personal,
colaboren! No hay gloria comparable a esta gloria
de hacer con su vida y con su muerte, con su sudor
y con su sangre, que el Reino de Cristo se dilate
CO N Q U ISTA D E L REINO DE DIOS 247

y se extienda en la tierra, hasta que creciendo


incansablemente alcance medida plenamente uni­
versal. ¡Qué ingente suma de acciones, oraciones
y sacrificios es necesaria para esto! Como en los
grandes embalses va subiendo el agua hasta que
alcanza el nivel del dique y de pronto comienza
a desbordarse el agua cuando se llenó, así sucederá
en la divina disposición con el Reino de Dios,
que exige una suma determinada de lealtad,
desinterés y olvido de sí mismos, de abnegación
y de dolor, de trabajo y de amor ardiente: cuando
la medida señalada por Dios quede cubierta por
el tesoro de la Iglesia, se desbordará el Reino
de Cristo.
¡Cuánto pueden ayudar a esta obra todos los
cristianos! De un modo particular dirígese a los
pobres Pío XI, alentándoles a colaborar con sus
sufrimientos a la gran obra del Reino de Cristo:
«Los pobres elévense generosamente hasta la
sublimidad de la cruz de Cristo, pensando que si
el trabajo es uno de los mayores valores de la
vida, ha sido también el amor de Dios paciente
el que ha salvado el mundo; confórteles, por fin,
la certeza de que sus sacrificios y penas, cris­
tianamente sufridas, concurrirán eficazmente a
acelerar la hora de la misericordia y de la
paz» (35).
Así se hicieron las antiguas grandiosas catedra­
les en este pueblo de fe. Para hacer aquella ca­
tedral de Segovia, que alza al cielo sus múlti­
ples anhelos, y encierra en su seno la colección
preciosa de libros, ornamentos y tapices, el pueblo
concurrió. Una catedral es obra de siglos. El óbolo
248 V IV IR CON LA IG L E SIA

de las familias cada año venía a sumarse al capital


de la obra, y se iban levantando las piedras hacia
el cielo. Y esa catedral que hoy admiramos es el
resultado de tantos sacrificios populares, de los
anónimos donativos sumados de los fieles, que,
convertidos en piedra, son la catedral.
Tal sucede con el Reino de Dios. Su inmensa
y universal Catedral sobre la tierra, la Iglesia
Santa de Dios, se levanta con una suma inmensa
y anónima de sacrificios.
Cuando la suma equivale al precio señalado
por el Altísimo para su gran templo, la obra es­
tará completa. Todos nuestros sacrificios y penas
«habrán concurrido a acelerar la obra de la mise­
ricordia y de la paz», según las palabras de Pío
XI, que concluye así la idea:
«El Corazón de Jesús, no podrá dejar de
conmoverse a las plegarias y sacrificios de su
Iglesia, y acabará por decir a su Esposa, que
gime a sus divinos pies, bajo el peso de tantas
penas y tantos males:
»¡Grande es tu fe: Hágase como quieres!» (36).
Santa Margarita María de Alacoque dice pon­
derando la dicha de los elegidos para esta gran
empresa, y escribiendo al P. Croiset, que fue uno
de ellos:
«Respecto de aquellos que se emplean en hacer
que (el Sagrado Corazón) sea conocido y amado
—¡oh si yo pudiera y me fuera permitido expresar­
me y dar a conocer las recompensas que recibirán
de este adorable Corazón!—diríais como yo: ¡Di­
chosos aquellos a quienes Él empleare en la eje­
cución de sus planes!» (37).
CO N Q U ISTA D E L REINO DE DIOS 249

Por esto los apóstoles elegidos del Señor, con


grandísima humildad y olvido de sí mismos,
marchen siempre adelante por el camino del Reino
de Cristo sin temor a los desprecios, ni a las lu­
chas, vengan de los enemigos, o de la incompren­
sión de los amigos, agradeciendo a Dios en su
corazón con afecto encendido la divina dignación
de haberlos elegido para tan magna empresa; y
según la descripción paulina, legionarios del divino
Rey, marcharán a paso de carga, humilde y modes­
tamente, por el mundo, «a través de la gloria y
de la deshonra, de la infamia y de la buena fama,
como engañadores pero veraces, como descono­
cidos pero conocidos, como moribundos pero he
aquí que viven, como castigados pero no ajus­
ticiados, como tristes pero siempre gozosos, como
necesitados pero que enriquecen a muchos,
como quienes nada tienen pero todo lo poseen».
Ellos marchan animosos por el camino apostó­
lico con la mirada puesta en el alto ideal. El Reino
de Cristo brilla ante sus ojos, la cobardía no cabe
en sus corazones:
«Ningún cristiano tiene derecho—dice Pío XII—
a dar señales de estar cansado de la lucha contra
la oleada antirreligiosa de la hora presente.
Poco importa cuáles puedan ser las formas, los
métodos, las armas, las palabras ridiculas o
amenazadoras, el disfraz con que se encubre el
enemigo. A nadie se le podría perdonar que ante
ella se quedase con los brazos cruzados, la cabeza
baja y temblándole las piernas» (38).
Sí; la confianza de los verdaderos apóstoles se acre­
cienta con su empuje en medio de las dificultades.
250 V IV IR CON LA IG LE SIA

«Consciente de la tenebrosa audacia del mal


que cunde en la vida presente, el verdadero dis­
cípulo de Cristo se siente dispuesto a tener mayor
vigilancia sobre sus pobres hermanos. Seguro como
está de la promesa del Señor y del triunfo final
de Cristo sobre los enemigos, se siente interior­
mente robustecido contra las desilusiones y fra­
casos, derrotas y humillaciones, y puede comu­
nicar la misma confianza a todos aquellos a
quienes se acerca en su misión apostólica; convir­
tiéndose, de tal modo, en baluarte espirutual,
mientras da aliento y ejemplo a los que se sienten
tentados a ceder y a desanimarse frente al número
y a la potencia de los adversarios.
^Infinitas gracias al Señor porque también hoy,
en la Iglesia, no falten estas almas escogidas,
santas y fuertes, provenientes del Clero o de las
filas del estado seglar, las cuales, ignoradas del
mundo las más de las veces, ponen en práctica
la exhortación del profeta:
»Animaos, brazos débiles, y consolaos y no te­
máis: vuestro Dios hará la debida venganza, Él
vendrá y nos salvará» (39).
V

Espíritu católico del Apostolado de la Oración.

Una Iglesia en orden de marcha. Esto es lo


que, con su confianza celestialmente inspirada,
previo el gran Pío XII en aquel mensaje del 8 de
diciembre de 1954 que dirigió desde su lecho de
enfermo:
«Nos oramos a Jesús para que apresure el día—
que ha de venir (che deve venire) —en que una
nueva misteriosa efusión del Espíritu Santo in­
vestirá a todos los soldados de Cristo, y a todos
los enviará como a portadores de salvación entre
las miserias de la tierra» (40).
Para que pronto llegue este gran día, que
Juan X X III nos enseña a pedir en la oración
compuesta para rogar por el Concilio, al pedir
al Espíritu Santo que renueve en nuestra época
como en nuevo Pentecostés sus maravillas (41),
el Apostolado de la Oración ora sin tregua.
Los apóstoles activos del Reino de Dios, sacer­
dotes, religiosos, institutos seculares, seglares,
trabajan en extenderlo movidos por la caridad
de Dios. Queremos indicar brevemente cuán apto
(4-1) Dice así la oración: «Renovad en nuestra época,
como en un nuevo Pentecostés, vuestras maravillas, y
conceded a la santa Iglesia que se extienda el Reino de
nuestro Divino Salvador».
252 V IV IR CON LA IG LE SIA

es el espíritu del Apostolado de la Oración, tal


como en este libro lo exponemos, para infundir
eficacia interior divina a sus tareas y multiplicar
su fruto.
Tratamos más del espíritu que de la organiza­
ción del Apostolado de la Oración, porque esta
es siempre secundaria, aunque muy conveniente.
Como decíamos en la introducción, el Apostolado
de la Oración nació más como un movimiento
o espíritu que como Organización, aunque si ha
perdurado haciendo fruto y no se ha desvane­
cido se debe a esta, que lo mantiene en existencia.
Esta Organización es como el cuerpo, y el espíritu
como el alma. Es el alma la que vivifica. Es
ella la que actúa, pero necesita del cuerpo para
operar en el mundo sensible.
El espíritu del Apostolado de la Oración es
formado de la más pura esencia del dogma cató­
lico en su aplicación vital. Se funda en el dogma
de la redención vivido en el Cuerpo Místico, tal
como la Iglesia lo vive. Todos sus principios
doctrinales son católicos, y pertenecen a la base
misma de la doctrina de la Iglesia.
Se podrá objetar tal vez que entonces, si esto
es así, no necesitamos del Apostolado de la Ora­
ción, pues tenemos a la Iglesia.
Pero el Apostolado de la Oración, como siste­
ma espiritual, lo que ha hecho simplemente es
reducir a síntesis práctica fundamental la doc­
trina de la Iglesia, y proponer tal síntesis a los
hombres que quieren vivir la vida de la Iglesia.
Hemos llamado a este libro «Vivir con la Igle­
sia». Creemos que no otra es la función del Apos­
CO N Q U ISTA D E L REIN O D E DIOS 253

tolado de la Oración. Por eso en realidad conve­


nimos con todos nuestros hermanos del ejército
de Cristo en todo lo que practicamos, y por eso
estimamos que este sistema es prácticamente una
síntesis de método pastoral espiritual para todos
los católicos.
No pretendemos—porque sería absurda gollería—
que con el Apostolado de la Oración lo tenemos
todo, ni que estén ya remediados todos los pro­
blemas humanos. Pero sí afirmamos que el Apos­
tolado de la Oración es sumamente útil a todos
los que trabajan en diversas actividades por el
Reino de Dios.
Más diremos—y no es solo palabra nuestra,
sino del Vicario de Cristo Pío XII—: sería de desear
que se convierta en «elemento y ejercicio común
(espiritual) de todas las obras apostólicas de la
Iglesia» (42). Explicaré por qué.
Así como el amor de Jesucristo tiene que ser
el fondo común de todo espíritu cristiano, y es
inútil pretender que pueda uno ser cristiano sin
amor a Jesucristo, de la misma manera el amor
de Jesucristo tiene que transformarse, si se
penetra a fondo en él como conviene, en amor
a su Sagrado Corazón. Porque este es lo que po­
dríamos llamar el interior del amor de Jesu­
cristo.
Pues bien (lo ha dicho también Pío XII y en
realidad es observación fundada en la misma
esencia de las cosas): resulta que el Apostolado de
la Oración es una forma perfecta y fundamental
de practicar y vivir en la Iglesia con su espíritu
la devoción del Sagrado Corazón.
254 V IV IR CON LA IG LE SIA

De lo cual se deduce claramente que apenas


podría uno amar profundamente a Jesucristo sin
tener el espíritu del Apostolado de la Oración.
Y no porque sea de este, ni con este nombre pre­
cisamente, sino porque es la práctica del amor a
Jesús, por la entrega de sí mismos a Él y a su
Sagrado Corazón, símbolo de su Amor.
Responderán que todos aman a Jesús y a Él
se entregan. Y que esto es católico simplemente.
Esto precisamente es lo que yo afirmo. Y por eso
también precisamente digo que el Apostolado de
la Oración es lo católico en su más fina esencia.
¿Y esta cuál es? La entrega de Consagración
al amor de Jesucristo en la Consagración a su
Sagrado Corazón, como la Iglesia la practica.
La Iglesia ha llegado por el impulso divino a
entregarse al Sagrado Corazón de Jesús, cuando ha
descubierto a lo largo de los siglos que por volun­
tad divina este es el más hondo Jesús que podía
encontrar.
Enseña, pues, este sistema, como hemos pro­
curado explicarlo, a vivir con la Iglesia el amor
de Cristo en la Consagración a su Corazón Sagrado,
viviéndolo en el ofrecimiento cotidiano. Y esto
es espiritualmente apto para todos, porque los
miembros todos del Cuerpo Místico han de vivir
lo que el Cuerpo Místico como tal practica y
vive.
No se rechace, jpues, la C>onsagracion al Sagrad.o
Corazón, porque equivaldría a rechazar el Cuerpo
Místico, ya que estamos consagrados en él, y
cada año el día de Cristo Rey se renueva esta
Consagración de todos, pensemos en ella o no.
C O N Q U ISTA D E L REINO D E DIOS 255

Solamente falta, para avivar su eficacia, que cada


cual reconozca su Consagración, y esto enseña a
hacer el Apostolado de la Oración.
«Intensamente deseamos que se imbuyan del
espíritu del Apostolado de la Oración cuantos
se dedican a las obras externas de apostolado:
clérigos y laicos, varones y mujeres que en la
Acción Católica y en las otras Asociaciones ayu­
dan al Apostolado jerárquico» (43).
Así este espíritu, que es el de la Consagración
al Corazón de Cristo, activará la entrega de sí
mismo en la que todo radica.
Así arderá mayor fuego en la Iglesia, si en el
fondo de cada alma arde el fuego del Sagrado
Corazón.
Si se hace esto, nada nos importa que se atribuya
esto o no al Apostolado de la Oración. Es más:
si no fuera ya necesario, este se retiraría gozoso
de la escena, después de haber ayudado un poco
a encender más tal fuego.
No son días los nuestros de bascar tu obra
ni la mía. No son días de egoísmo ni de particu­
larismos. Son días de generosidad, días de Cristo
y solamente de Él.
Pero precisamente porque son días de Cristo
en el siglo xx, por eso son días de su Sagrado
Corazón
Y vamos a indicar finalmente por qué, además,
es muy útil el Apostolado de la Oración a los
apóstoles activos, sacerdotes o seglares.
Ellos trabajan con la actividad exterior y esto
es necesario. Pero en realidad su trabajo es limi­
tado por el tiempo y el espacio. Sus manos llegan
256 V IV IR CON LA IG LE SIA

a poca distancia, sus labios también. Y aunque


la televisión multiplicara sus personas, siempre
llegaría solamente a aquellos con los cuales co­
nectasen.
Pero el apóstol de Jesús no puede contentarse
con tal cosa. A él se le hace responsable de la
salvación de todos los hombres, ayudante de
Cristo.
¿Pues qué? ¿Debería dejar acaso a los hombres
alejados en los países de misión? ¿Renunciará
a salvar a los distraídos, infinita legión? ¿Hará
todos sus esfuerzos concretos solo por dos o tres
almas que le rodean, y aun tal vez para fracasar
con ellas, teniendo como tiene en su alma la
energía divina de la salvación de un mundo entero
con Cristo y en Cristo?
Ütil le será el espíritu del Apostolado de la
Oración, que exponemos, para poderse presentar
un día ante el Señor y decirle: no desprecié la
salvación de ninguno de mis hermanos. Solo a
Ti pertenecía el saber adonde querías que lle­
gase la savia redentora del árbol de la Cruz.
Por mi parte viví incorporado a tu Cristo Místico,
rindiendo en él todos los frutos, para mí ignorados,
que Tú quisiste.
Esto le consolará de todos sus fracasos aparentes.
Porque en Cristo, con la buena voluntad de amor
basta, y nunca, si esto hay, se fracasa ante los
ojos de la verdad.
La mayor ventaja del sencillo y básico sistema,
es que no solo el apóstol escogido, sino todo aquel
que vive en Cristo por la gracia puede convertirse
por este medio en redentor.
CO N Q U ISTA D EL REINO DE DIOS 257

Así tú, mujer olvidada en tu casa, o tú, sencillo


aprendiz de fábrica con tus quince años, podéis
ser y sois, en Cristo, redentores.
Pío XII expresó así esta grande y profunda
verdad consoladora:
«Para ejercer el apostolado se requieren pecu­
liares e íntimas dotes de alma, y también cierta
condición de vida de que no todos gozan: pues
no todos son buenos catequistas, ni oradores o
propagadores de la doctrina de la fe católica.
»Además, muchos de tal manera son absorbidos
por el cuidado de la familia, a cuya constitución
han sido llamados y a la que deben atender en
primer lugar, que apenas les queda tiempo y
energías para las obras de apostolado.
»Sin embargo, dos géneros o formas de apos­
tolado pueden ejercitar: el apostolado del buen
ejemplo y el apostolado de la oración.
»Pues estos dos géneros de apostolado no re­
quieren tiempo ni fuerzas especiales. Solamente
requieren que cad& uno obre como cristiano sincero
y viva muy unido con Cristo. Ahora bien: fin
propio de vuestra Asociación es instruir a los
cristianos en estos deberes y aspiraciones y ejer­
citarlos en ellos» (44).
Exactamente esto mismo había dicho—y lo
citamos en honor a su clara visión del sentir de
la Iglesia—el fundador del Apostolado de la
Oración en la introducción de su libro inicial:
«Todos no poseen el arte de hablar bien y de
persuadir, ni todos tienen fuerzas para el trabajo;
pero todos pueden desear la gracia que salva a
¡as almas, todos pueden pedirla, y por el fervor
i:
V I V I * CON l.A K H K B I A

de sus súplicas v la constancia en la oración,


pueden obtener la gracia (te la conversión del
mundo, y prestar ayuda eficaz al amor divino,
que no cesa de trabajar en la salvación de Ion
hombres» (43),
jAh!, ¿por qué no respirarán todos los hijos
de la Iglesia tal anhelo, como respiramos el aire
con nuestros cuerpos y pulmones) Entonces las
maravillas de Dios se acelerarían.
Y es exacta la comparación de la respiración
del aire.
Porque asi como sin interrumpir nuestro tra­
bajo respiramos, y sin necesidad de pensar en
eUo renovamos con la respiración permanente el
oxigeno de nuestra sangre, asi sucede con esta
mentalidad que influye en nosotros la idea
fundamental del Apostolado de la Oración:
«El Apostolado de la Oración no es una Asocia­
ción que compite con otras obras apostólica», sino
que de tal manera se las une que las penetra como
aire puro y sano, con el cual la vida sobrenatural
y la acción apostólica siempre y en todas partes
se renuevan y confirman* (46).
Asi cuando el Espíritu del Corazón de Jesús,
que es el Espíritu Santo, invade las almas, ellas
respiran, sin pensarlo, amor y redención con todas
las obras de su vida, aun las más incoloras y
vulgares a los oíos de los hombres.
Envía asi, oh Dios, tu Espíritu y respiraremos,
V se renovará la faz de la tierra.
VI

Sentido pastoral del Apostolado de Ia OrMióii.

Si el espíritu católico esencial es el fondo de


la doctrina del Apostolado de la Oración, esto,
sin duda, le recomienda a todos aquellos que
quieran encontrar en él un sistema ae vida es­
piritual sencillo y adaptado a las posibilidades
de lo que? pudiéramos llamar no ya el hombre
de la calle, corno suele decirse hoy día, sino el
hombre: del pueblo.
Y ditfo el hombre del pueblo, no en el sentido
de? hombre aldeano o de pueblo jmrdído en las
montañas, sino del cjtir representa lo que el pueblo
cristiano e» en su tipo medio, hombre sin mucho
tiempo sobrante para ejercicios espirituales, hom­
bre a quien la vida arrastra en su corriente, y
que necesita ideas de fácil aplicación y de fecunda
sencillez.
Por eso llamo aquí hombre del pueblo tanto al
negociante como al labrador, al maestro como al
catedrático, a la enfermera como a la madre de
familia. Todos son hombres del pueblo, y necesi­
tan la vía media también en el camino espiritual.
A esto provee con su sencillez y dinámica espi­
ritualidad la idea del Apostolado de la Oración,
t/us responde a la idea ¿el cristiano medio, i$ la
(élula ordinaria del Cuerdo Místico.
260 VI VI R CON LA IGLESIA

Pero no se crea que, porque responde a la


necesidad del hombre medio, no se adapta a la
espiritualidad de las almas que buscan mayor
altura. Porque es tal la profundidad que posee
la idea de la redención, dentro de su grandiosa
sencillez, que no hay en realidad otro modo de
vivir auténticamente el cristianismo, si no es vi­
viendo la redención. Y esto enseña, tanto al prin­
cipiante como al perfecto, el Apostolado de la
Oración.
Las almas mismas a quienes Dios llame por los
sublimes caminos de la más alta unión, ¿podrán
acaso encontrar otro camino más directo, más
penetrante, que más rápidamente les lleve al
término anhelado, que el camino del Corazón
Sagrado de Jesús, Camino, Verdad y Vida único
para todos, cuya profunda teología esencial enseña
este sistema? Así resulta que viviendo, en diver­
sidad de grados, este ideal, es posible y, dentro
de las divinas previsiones, hasta fácil, alcanzar
las cumbres de la unión divina. No hay mística
más segura—nos atreveremos a decir—que esta
del Sagrado Corazón de Jesús, que nos hace aden­
tramos en su vida a través de su amor, y que
nos identifica con Cristo en lo más íntimo de su
Persona, sellando un pacto de abnegación y de
amor.
No queremos extendernos más en este terreno,
y baste haberlo apuntado, contra algunos que
pueden pensar que la doctrina del Apostolado
de la Oración es apta para gentes de sencilla vida
espiritual, pero no para cristianos más instruidos,
que necesitan algo más moderno. En el camino
C O N Q U ISTA D E L REINO D E DIOS 261

de Dios solo hay una vía, y la de la unión con


Cristo, y esta es la que en su más directa expresión
practica el Apostolado. Puédese esto modernizar
en la forma de expresión, y esto lo ha hecho esta
Asociación adaptándose a la moderna mentalidad
en su esquematización fundamental, -pero es y será
eterno el mejor modo de encontrarse con el más
profundo y genuino Cristo, a través de su ardiente
Corazón, desde que Él quiso benignamente dár­
noslo a conocer así.
Bien sé que alguno querrá discutir este último
principio, pero no puedo menos de pensar que
es por no haber conocido bastante a fondo el
misterio total de Cristo, como la misma Iglesia
nos lo presenta. ¿No proclaman esto mismo
prácticamente todos los Santos elevados por la
Iglesia a los altares, después que la devoción al
Corazón de Jesucristo había triunfado en la Igle­
sia? Todos ellos, guiados por el seguro instinto
del Espíritu, han encontrado este camino. Y no
podía haber sido de otro modo, puesto que nos
dice Pío XI, con su plenitud de magisterio, que en
este modo de entender la religión católica se
halla la síntesis del misterio religioso mismo. Y
¿por qué? Porque simplemente lleva a conocer
íntimamente a Jesucristo, a amarle ardorosamente
y con toda generosidad, y a imitarle viviendo de
su vida (46 a).
Pero es ya tiempo de pasar al fin principal que
en este capítulo pretendemos. Nuestro intento es
mostrar el sentido pastoral del Apostolado de la
Oración, es decir, el valor que tiene para los que,
encargados por la Iglesia de llevar a otras almas
262 VIVIR CON LA IGLESIA

a Dios, desean tener a mano un medio fácil de


orientarles en el camino espiritual. A estos ofre­
cemos en particular el sistema del Apostolado
de la Oración, y para que no pueda pensarse que
son meras palabras, queremos sintetizar las ra­
zones por las cuales un pastor de almas, y de
manera particular un párroco y sus ayudantes
sacerdotales, encuentran en el Apostolado de la
Oración un «eficacísimo instrumento de trabajo,
sacerdotal y apostólico» (Pío X II).
Sé que más de uno, al leer esto, encogerá los
hombros con gesto de desengañado; pero en vez
de responder de otro modo responda simplemente
de una vez por nosotros el conjunto de las razones
por las que aquello es verdad. Si las razones no
son válidas, a los ojos naturalmente de un hombre
que siente con la Iglesia y conforme a los crite­
rios de la fe, entonces con pleno derecho se des­
echaría este medio excelente, que tantos pastores
de almas (argumento de experiencia) emplean y
fomentan en el mundo, con profundo sentido de la
verdadera vida espiritual. He aquí las razones
que son de dos tipos, unas de orden individual,
para cada alma, y otras de orden que llamaremos
social, o si se quiere concretamente, parroquial.
Bastaría, en primer término, que produjese
excelentes resultados en las almas individuales,
para que un sacerdote, celoso del bien de las
almas, pensase en emplearlo.
¿Qué frutos, por tanto, trae a las almas que lo
practican?
Las imbuye, por de pronto, en un sistema pro­
fundamente cristocéntrico de espiritualidad, de
CO N Q U ISTA D E L REINO DE DIOS 263

generosa entrega, y de sentido totalmente anti­


egoísta. Enseña a ocuparse, constantemente, no
solo de la salvación de la propia alma, sino de
las de todos los hombres que en el mundo hay.
Da, por consiguiente, de la manera más recia,
sentido católico a nuestra vida.
Enseña al alma a orar, y ¿no es la oración la
respiración sobrenatural de las almas? Sin oración
no hay vida espiritual, sin oración no hay verda­
dera humildad, sin oración no hay amor de Dios
posible.
Enseña a vivir cotidianamente, si ello es posible,
el espíritu de la M isa , centro de la vida cristiana,
y a vivirlo no solo durante la media hora que ella
dura, sino extendiendo a todo el día su sombra
bienhechora, transformando sus vidas en Misas
permanentes de unión con Cristo, sin dejar sus
trabajos habituales.
Podría decirse, por tanto, y será una de sus
mayores alabanzas, que enseña la manera práctica
de realizar el altísimo ideal que los más grandes
Santos han anhelado: ser contemplativos perennes
en la acción. No ya porque cambie la manera de
ser de los hombres, sino porque cambia su mismo
fondo por un misterio de gracia de Dios. Están uni­
dos muy estrechamente con Cristo en la acción, y
sus obras son contemplación inadvertida. Solo en
el cielo podremos ver los resultados de este misterio.
Si es sincera esta devoción al Sagrado Corazón,
encenderá en estas almas la caridad, base del Reino
de Dios, y su más glorioso florón.
Decimos, si es sincera, y bien se entiende que
todos estos frutos, v los otros que exponemos,
264 VI VIR CON LA IGLESIA

solo se obtienen, como en todos los medios que


Dios nos ha dado, si hay verdadera voluntad de
practicarlos, y recta inteligencia de ellos. Pero
esto solo quiere decir que, puesto que el sistema
tiene en sí todas estas ventajas espirituales,
importa mucho que los pastores no rehúsen el
enseñarlo, sino que, al contrario, hagan de él uno
de sus más queridos recursos de apostolado.
Sin voluntad verdadera, con práctica rutinaria,
sin las debidas disposiciones, con formulismo fa­
risaico, nada hay que resulte bueno para un
alma, pero esto se debe precisamente a su actitud,
que es la que debe ser modificada. Frente a una
mina de uranio solo el que conozca su valor y se
halle decidido a sacarle su moderno partido, será
capaz de llegar, desde la indicación de un contador
Geiger en el bolsillo, a ser Vemon Pick, el millo­
nario del uranio norteamericano. Otros habrán
pasado junto al yacimiento sin comprender el
tesoro, o sin voluntad de aprovecharlo.
Además de los provechos individuales sobrena­
turales ya reseñados, y en un terreno más personal
e individuo todavía, que no es, sin embargo, egoísta,
porque cada uno debe procurar, en primer términó,
su propio acercamiento intenso a Dios, debemos
contar entre las ventajas de este método estas cua­
tro, brevemente sintetizadas, sin explicación, mag­
nífico filón divino que pide explotación personal.
El que viva con intensidad la vida del Apos­
tolado de la Oración verá aumentar:
a) sus méritos ante Dios, por haber trabajado
mucho en la salvación de las almas, y haber
vivido la unión con Cristo y su Corazón. Si pen­
CONQUISTA D EL REINO DE DIOS 265

samos en lo agradable que, según la Iglesia nos


enseña, es a Dios Padre y a Cristo esta devoción,
y cuánto la desea, entenderemos mejor el posible
aumento de méritos espirituales, que se traducen
en aumento de gracia, pues son equivalentes, y
en aumento eterno de gloria. Y este beneficio es
tan grande, que solo con falta de fe podría ser
rechazado como de poca importancia. Dijo Santa
Margarita Alacoque, a quien Dios según la Iglesia
descubrió los tesoros de esta devoción, que a su
juicio su práctica «lleva más rápidamente a la
perfección y santidad que cualquier otro método,
y que si los cristianos entendiesen cuán agradable
es esta devoción a Dios, ninguno dejaría de prac­
ticarla intensamente»;
b) sus satisfacciones por los pecados, propios
y ajenos. Este aumento, tan necesario a todos
los que somos pecadores, y tan lleno de caridad
con los demás, proviene precisamente dé la devo­
ción al Sagrado Corazón, cuyo fin expreso es el
de reparar y satisfacer al Padre con Cristo, y a
Cristo mismo, los pecados humanos;
c) la eficacia de sus oraciones ante Dios.
Dios ha prometido escuchar las oraciones que son
hechas en Nombre de su Hijo (palabras de Jesús
en la Cena), y por esto tanto más seremos oídos
cuanto más unidos procuremos estar con Cristo;
y ¿no es la más estrecha unión con Él. y la más
grata a sus propios deseos (que pueden ser dife­
rentes de los del ingenio humano), la unión a
través precisamente de su Corazón, que es lo más
hondo de Cristo, y lo más ardiente? ¿No es en el
fuego exactamente donde la unión de dos hie-
266 VI VI R CON LA IGLESIA

iros en fusión puede verificarse con mayor efi­


cacia?;
d) la paz del corazón y la misma seguridad de
su salvación. La paz proviene de tener el corazón
en orden, y sometido a la voluntad divina. El
consagrado al Sagrado Corazón en el Apostolado
de la Oración vive en la voluntad divina, y de
un modo especial en aquella honda y entrañable
de venerar de manera especial al Corazón del Hijo
de Dios, conforme a la voluntad del Padre. Y,
ciertamente, frente a aquellos que alardean—no
se puede entender con qué motivos—de que ellos
no necesitan la devoción al Sagrado Corazón,
cabría siempre preguntar discretamente: com­
prendo que no la necesiten para hacer su propia
voluntad y sus propios planes; pero, ¿están se­
guros de que no la necesitan para hacer plenamente
la voluntad del Padre? En otras palabras: ¿pue­
den creer sinceramente, contra lo que la Iglesia
enseña, que no es esta la voluntad de Dios? Y
si lo creen, ¿podrían decir que aman a Dios
con todas sus fuerzas y su mente, si rehúsan acep­
tar esta voluntad seria de Dios sobre la gloria
de su Hijo?
Decimos también que da la seguridad de su
salvación: y al decirlo no nos referimos a la lla­
mada gran Promesa de los Primeros Viernes.
Hablamos de la misma esencia del Apostolado
de la Oración, si es vivida a fondo. La entrega
de la propia vida para ayudar a Cristo a redimir
a otras almas, el gran acto de caridad que supone
si esto se vive seriamente en oración y sacrificio
habitual, es buena garantía de predestinación.
C O N Q U ISTA D EL REINO DE DIOS 267

Con razón dice Ramiére: «¿Cómo podrá Dios


condenar a un alma que con sus sacrificios y
oraciones ha librado a otras de la eterna conde­
nación? ¿Podrá Cristo envolver en la misma ruina
a los que, cumpliendo sus ardientes deseos, han he­
cho valer el precio de su Sangre rescatando almas,
y a los que han pisoteado su Sangre arrojando a
otros al infierno?» Y a continuación hace ver que
en tal hombre, que ha entregado su vida en el
Apostolado por salvar almas, se cumplirán todas
aquellas promesas centuplicadas que Cristo hizo:
a los que le diesen de comer, o de beber, o le vis­
tiesen, o le visitasen en su enfermedad. ¿Cuánto
más a los que le ayudasen a rescatar a otros,
que le representan a Él, para el eterno cielo?
Indicados estos beneficios espirituales que pro­
porciona la práctica de la espiritualidad del Apos­
tolado de la Oración a las almas individuales,
pasemos a considerar cuál sea su aptitud para
servir al pastor de almas de instrumento de mi­
nisterio en la santificación de los demás.
Naturalmente, queda ya anunciado solo con
exponer, como hemos expuesto, las ventajas es­
pirituales individuales, que el buen pastor de
almas encuentra en esta espiritualidad, si la fo­
menta, un medio excelente de santificar las almas.
Porque el que cuida de la santificación de las
almas debe utilizar los medios de que estas pro­
gresen rápidamente en espíritu, y esto es J° que
encuentran en el Apostolado de la Oración. Si es es-
pirtualmente tan útil para cada individuo, por esta
misma razón se convierte sin más en buen ins­
trumento en manos del pastor del rebaño de Dios.
268 V I V I R CON LA IGLESIA

De la misma manera que si un pasto es bueno


v provechoso a las ovejas, es por lo mismo pro­
vechoso al pastor de las ovejas, que busca su
bien, y debe conducirlas a tales pastos. Creemos
que el argumento es sencillo y claro.
Pero además queremos hacer notar otras ven­
tajas que podemos llamar sociales, que encuentra
el que cuida por ejemplo de una parroquia, o de
otra Asociación religiosa en esta Asociación. Va­
mos a exponerlas también en serie ordenada, para
que se vean más claramente:

Ventajas de orden parroquial.

(Las llamamos parroquiales por ser este el


tipo más característico de tales ventajas, pero
pueden aplicarse lo mismo a otro género de
asociaciones religiosas además de la Parroquia.)
a) Proporciona al pastor de almas una espi­
ritualidad básica, fundamental y clara, sencilla
y profunda al par, que le sirve para inculcarla
a toda clase de almas con quienes se relaciona.
Con esta espiritualidad puede llevar a la perfec­
ción, por su solidez, tanto a los principiantes como
a los perfectos, con solo hacerles entrar más
adentro en la práctica del sistema, que además
actúa desde dentro.
b) El sistema es fácil de recordar, y siempre
a mano para ser practicado. Su esencia es la Con­
sagración a los Sagrados Corazones a través de
la santa Misa y de la devoción a la Virgen, con
dimensiones de catolicismo apostólico, vivido en
el ofrecimiento cotidiano.
CONQUISTA DEL REINO DE DIOS
269

c) Esta espiritualidad tiene como nota des­


tacada la de hacer vivir la vida de la Iglesia
identificándose con £us intereses a través del
Corazón Sagrado de Jesús, Fundador de la Igle­
sia, y motor suyo.
d) El fomento parroquial de esta espirituali­
dad daría a la parroquia la ventaja de la unidad
espiritual. Esta ventaja es de gran valor y redu­
ciría muchas de las dificultades de diferencias
que a veces encuentran los pastores de almas.
Por otra parte, esta unidad espiritual está basada
en la esencia misma de la religión católica, y,
por tanto, se puede decir que está inventada por
el mismo Señor, aunque haya sido reducida a
sistema por la feliz idea de algún hombre.
e) La Consagración al Sagrado Corazón de Je­
sús, o sea a la Persona misma de Cristo, es la
vivencia del Bautismo, renovado en su espíritu,
como hemos explicado al hablar de la Consagra­
ción. Y ¿qué duda cabe de que es completamente
adaptado al espíritu parroquial dar un espíritu
común a sus feligreses, fundado en el bautismo,
ya que precisamente por el bautismo los hijos
de la parroquia han ingresado a través de ella
en la Iglesia universal?
j) Serviría este espíritu juntamente para en­
cender el celo de las almas en los seglares activos
de la parroquia: Acción Católica y demás Asocia­
ciones. Esta espiritualidad se adapta admira­
blemente en especial a los miembros de Acción
Católica, que dirigen sus obras a la gloria de Cristo
Rey en su Iglesia. La devoción a Cristo Rey y a la
Iglesia se identifican con la del Sagradó Corazón,
270 VI VI R CON LA IGLESIA

g) Serviría además esta espiritualidad para


fomentar a través de ella en la parroquia los ele­
mentos más característicos de la vida parroquial,
como son los siguientes:
1. La santa Misa sentida profundamente, y
vivida diariamente.
2. La Comunión, y con ella los demás Sacra­
mentos.
3. La vida litúrgica, pues hace de la Misa
el centro de la vida espiritual.
4. La devoción a la Virgen María, y en ella
especialmente el Rosario.
5. El amor a la Iglesia y al Papa, y dentro
de la Iglesia universal un especial amor a la parro­
quia, sin sombra de recelo por otra parte hacia
otras obras, ya que se trata de inculcar principios
espirituales y católicos siempre válidos.
h) Fomenta en la parroquia el culto al Sagrado
Corazón de Jesús. Es con toda certeza la manera
más práctica de fomentarlo en los fieles. Y ¿qué
párroco no querrá fomentar este culto, conociendo
la mente de la Iglesia?
Pero es que, además, siendo el párroco un hom­
bre de fe, comprenderá bien que el Sagrado
Corazón ha prometido bendecir abundantemente
a todos los que estén consagrados a Él, y vivan
esta Consagración. Conseguirá, pues, el celoso
párroco atraer las bendiciones del Sagrado Cora­
zón sobre su parroquia. Este provecho nos parece
tan grande, que nos parece él solo suficiente para
convencer a un hombre de fe.
Léase a este respecto en este libro, la Consa­
gración al Corazón Inmaculado de María del pá-
CO N Q U ISTA D E L REINO DE DIOS
271

rroco y de la parroquia de las Victorias de Pa­


rís, (46 b).
i) La Asociación del Apostolado de la Oración
parroquial es una fuerza de valor apostólico-social
en la parroquia. Y esto por dos razones validísi­
mas:
—porque reparan sus miembros los pecados que
en la parroquia se cometan, y que impiden que
Dios la bendiga más abundantemente. ¿Qué pá­
rroco no querrá tener a mano un instrumento
al que pueda pedir cuando quiera especiales in­
tenciones de reparación, por un escándalo, v. gr.,
o por otra causa pública o privada?;
—porque oran sus miembros por las necesidades
de la parroquia. Hay en ella pecadores que con­
vertir, tibios que enfervorizar, gracias de Dios
que alcanzar para la comunidad. La fuerza apos­
tólica de la oración, que en este libro hemos ex­
plicado, es puesta al servicio del párroco en un
grupo fervoroso de almas fieles, a las que puede
indicar con frecuencia (por ejemplo, en la reunión
mensual) necesidades especiales que es preciso
pedir a Dios.
Y se debe advertir sobre esto que, al estar unidas
en asociación estas almas, el valor de su reparación
y de su oración es especialmente abundante, si
dirigidas por su jefe (párroco o Director) piden
algo a Aquel que ha dicho: «Dondequiera que es­
tén reunidos dos o tres en mi Nombre, allí estoy
Yo en medio de ellos».
j) Si el párroco (o el Director) organiza un
grupo especial de hombres, comprometiéndoles a
una Comunión mensual de homenaje viril al Sa­
172 V I V I R CON LA IGLESIA

grado Corazón de Jesús, tiene una preciosa arma


en tal Comunión para disminuir el respeto humano
y dar a los hombres ocasión de vibrar por Cristo.
Sabemos de parroquias que se han transformado
por este sistema sencillamente viril, contando con
jefes de grupo o celadores que se encarguen de
recordar a los demás cada mes la proximidad
mensual del homenaje parroquial viril a Cristo
Rey.
Invitamos simplemente a todos los sacerdotes
de buena voluntad a considerar en su corazón
delante del Señor estas ventajas, que son todas
para ellos, y no para nadie más. Podría ser que
alguno nos hiciera esta simple objeción, que tal
vez es la única posible:
Nos parece muy bien todo lo dicho; pero, ¿qué
necesidad hay para ello del Apostolado de la Ora­
ción ? La vida parroquial tiene todos esos elementos
sin necesidad de contar con tal Asociación.
Reconocemos tal objeción, y en eso precisamente
hacemos estribar la gloria del Apostolado de la
Oración. Precisamente, porque no hace sino re­
coger los elementos de una buena parroquia;
por eso es estrictamente de sentido pastoral. Si
no los tuviera no nos atreveríamos a proponerlo
a los sacerdotes como útil para ellos en general.
Así, por ejemplo, sucede con la devoción a tal
o a cual santo. Es buena, pero, ¿quién se atreverá
a decir que recoge la esencia del espíritu de la
vida de la Iglesia? No sucede así con este espíritu.
Tiene, sin embargo, una cosa que hace su fuer­
za, y que tal vez no se pueda encontrar con faci­
lidad si se prescinde de ella, La devoción al Sa-
De cuánto gozo nos llenan estas
palabras afirmativas, con las que tan
clara y decididamente se anuncia este
futuro suceso: Oirán mi voz, y se
hará un solo rebaño y un solo Pastor.
De esta página evangélica brotan
<omo rayos de luz celestial, que tocan
a los pueblos no venidos todavía al
nombre cristiano. Parecen anunciar
los primeros fulgores de la luz del
próximo Concilio Ecuménico, esperado
con ansia por todos los fieles.
.rt-Ax x x n i .
CO N Q U ISTA D E L REINO DE DIOS 213

grado Corazón de Jesús es difícil practicarla ha­


bitualmente si se prescinde del Apostolado de
la Oración, que es la fácil y universal manera de
vivir precisamente el elemento máximo de la devo­
ción, o sea la Consagración. Por eso nos parece
que cae por su base la objeción de que en la parro­
quia están ya todos esos elementos de ventaja
espiritual.
La mayor parte de las ventajas que hemos re­
señado están conectadas de algún modo con esta
devoción. Y creemos que difícilmente se practicará
y vivirá habitualmente (insisto en el término) tal
devoción en la parroquia, ausente de ella el Apos­
tolado de la Oración.
Por otra parte, también rebate ampliamente
la objeción el hecho de que el Apostolado sumi­
nistra al sacerdote una sistematización práctica de
la vida espiritual parroquial.
Y creo que no es ajeno a la cuestión mencio­
narlo, la existencia de una Asociación mundial­
mente tan difundida, con intenciones proporcio­
nadas mensualmente por el mismo Sumo Pon­
tífice, con medios de propaganda organizados por
Centros difusores que dan elementos sumamente
útiles a los pastores de almas, facilita en este
punto la labor de estos. De todos modos, siempre
es más importante el espíritu que la letra y que
la Organización, pero esta es útil.
En resumen, creemos que:
1. La parroquia no admite elementos extraños
haciendo vivir al Apostolado de la Oración, que está
totalmente en manos del párroco o director del
Centro.
ís
274 V IV IR CON LA IG LE SIA

2. La parroquia es quien, dentro de la misma


Iglesia, se beneficia de la práctica de la devoción
al Sagrado Corazón que el Apostolado enseña, asi
como de las otras ventajas enumeradas.
3. La parroquia encuentra una valiosa ayuda
en la existencia de una Organización exterior o
Secretariado de difusión, que se encarga de pro­
porcionarle el material que desee, y que de otro
modo sería difícil a la parroquia preparar.
4. El Secretariado del Apostolado de la Ora­
ción, en cada nación, está totalmente al servicio
de los sacerdotes y pastores de almas, para ayudarles
en lo que pueda en la vivencia de esta espiritua­
lidad, a la cual consagra sus fuerzas.
Esto es lo que nos parecía útil decir sobre el
sentido pastoral del Apostolado de la Oración.
Pedimos al Espíritu Santo que haga ver cómo
sirve esta idea para las necesidades de un mundo
moderno, que necesita urgentemente de las gra­
cias del Sagrado Corazón de Jesús.
VII
Lábaro de cristiandad.

Esta Cruzada universal de renovación del gé­


nero humano, a la que los Pontífices nos llaman a
todos y a cada uno de nosotros, es una Cruzada de
espíritu. No nos invitan esta vez, como en la Edad
Media, a tomar las espadas de acero y a vestir
la cota de malla bajo el yelmo lleno de flotantes
airones. Armas espirituales nos son entregadas,
y a Cruzada espiritual se nos convoca. Porque
no es la guerra la empresa de la Iglesia de Cristo,
sino la paz que nace del Espíritu.
«Fundar la empresa de un cambio decisivo ex­
clusivamente en el encuentro guerrero y en su
desenlace final es vano, y la experiencia nos lo
demuestra...
»No, Venerables Hermanos; la salvación de los
pueblos no viene de los medios externos de la
espada, que puede imponer condiciones de paz,
pero no crear la paz. Las energías que deben re­
novar la faz de la tierra tienen que proceder del
interior, del espíritu...
»La reeducación de la Humanidad, si se quiere
que sea efectiva, tiene que ser, ante todo, espi­
ritual y religiosa: por tanto debe partir de Cristo
como de su fundamento indispensable, tener la
justicia por su ejecutora, y por corona la cari­
dad» (47).
276 VIVIR CON LA IGLESIA

En estas palabras últimas de Pío XII está


indicada, además, la única solución posible de la
salvación: la vuelta a Cristo de la Sociedad.
No basta volver a D ios; es preciso volver a Je­
sucristo. Hay que seguir a la inversa el camino
de descristianización seguido por Satanás; hay
que llegar no solo a Cristo, sino también a la
Iglesia de Cristo que es la Católica.
Porque Pío XII ha recapitulado el camino de
descristianización de la Sociedad diciendo con
certera palabra:
«No preguntéis cuál es el enemigo ni qué ves­
tidos lleva. Este se encuentra por todas partes
y en medio de todos. Sabe ser violento y taimado.
En estos últimos siglos ha intentado llevar a cabo
la disgregación intelectual, moral, social, de la
unidad del organismo misterioso de Cristo. Ha
querido la naturaleza sin la gracia, la razón sin
la fe, la libertad sin la autoridad, a veces la auto­
ridad sin la libertad. Es un enemigo que cada
vez se ha hecho más concreto con una despreocu­
pación que deja todavía atónitos: Cristo sí, la
Iglesia no. Después: Dios sí, Cristo no. Finalmente,
«1 grito impío: Dios ha muerto; más aún: Dios
no ha existido jamás» (48).
A la inversa, clamemos: Dios sí, Cristo sí, Iglesia
sí, porque no tiene a Cristo por Padre el que no
reconoce a la Iglesia Católica por Madre.
Es Cristo la figura salvadora de la Humani­
dad, y solamente Cristo. Porque «no se ha dado
otro nombre en la tierra en el cual podamos
ser salvos». Y por eso, enérgicamente proclama
Pío XII:
CO N Q U ISTA D E L REINO DE DIOS
277

«Solamente Cristo puede alejar los funestos es­


píritus del en*or y del pecado, que han sometido
a la Humanidad a una esclavitud tiránica y de­
gradante, haciéndola sierva de un pensamiento y
de una voluntad dominados y movidos por el
ansia insaciable de bienes sin límites.
»Solamente Cristo, que nos ha libertado de la
triste servidumbre de la culpa, puede enseñar y
allanar el camino hacia una libertad noble y
disciplinada, apoyada y sostenida sobre una ver­
dadera rectitud y conciencia moral.
»Solamente Cristo, sobre cuyos hombros re­
posa el principado, con su omnipotencia y su
auxilio puede levantar y sacar al género humano
de las angustias sin nombre que lo atormentan
en el curso de la vida presente, y encaminarlo
hacia la felicidad» (49).
Y para que Cristo sea nuestra salvación «urge
evangelizar las riquezas de Cristo» en una Cruzada
de conocimiento del Redentor Jesús. Porque el
gran pecado de los hombres actuales es la igno­
rancia de Cristo, que ha seguido a la apostasía
cristiana de la Sociedad.
«La mayor parte de los hombres —dice
León X III— está apartada de Jesucristo más por
ignorancia que por mala voluntad; pues se cuen­
tan muchísimos que de intento se aplican a conocer
al hombre, al mundo, y poquísimos al Hijo de
Dios. Sea, pues, lo primero lanzar la ignorancia
con la ciencia. A cuantos cristianos existen ro­
gamos que tengan a bien, en cuanto esté de su
parte, dedicarse al conocimiento de su Redentor
tal como es» (50).
278 V IV IR CON LA IG L E S IA

Pero el divino plan comporta un elemento,


ignorado no solo por los hombres apartados de
Dios que desconocen a Cristo, sino también por
muchos que a Cristo conocen y aman. Nos refe­
rimos a su Sagrado Corazón.
Nos ha dicho León XIII, revelándonos el mara­
villoso plan sobrenatural de Dios:
«He aquí que hoy se presenta a nuestros ojos
otra señal muy favorable y divina: el Corazón
Sacratísimo de Jesús, con la cruz sobrepuesta,
brillante entre las llamas con vivísimos resplan­
dores.
♦En Él se han de colocar las esperanzas,
♦A Él hay que pedir,
»De Él hay que esperar la salvación de
los hombres» (51).
Es esta una declaración oficial hecha por su
Vicario del plan de Dios para restaurar la Sociedad
humana. Pío XI, con mayor amplitud, lo volvió
a declarar, y alzó ante los ojos de la Iglesia de
Cristo el maravilloso nuevo Lábaro de Cristiandad,
bajo cuyo signo se ha de realizar la gran empresa:
«El benignísimo Jesús manifestó en el alto a
las naciones su Corazón Sacratísimo como ban­
dera de paz y de caridad, y como presagio de no
dudosa victoria en la contienda. Y por cierto,
nuestro Predecesor León XIII, de feliz recordación,
habiendo admirado la oportunidad tan grande
del culto del Sacratísimo Corazón de Jesús, no
titubeó en manifestar atinadamente en su Carta
Encíclica Annum Sacrum:
♦Estando oprimida la Iglesia en su nacimiento
por el yugo cesáreo, durante los tiempos próximos
CO N Q U ISTA DEL REINO DE DIOS
279

a su nacimiento, fue vista en lo alto por un joven


emperador la Cruz, presagio juntamente y causa
de la gloriosísima victoria que inmediatamente
se siguió.
»He aquí que hoy se presenta a nuestros ojos
otra señal muy favorable y divina: el Corazón
Sacratísimo de Jesús con la Cruz sobrepuesta,
brillando entre llamas con vivísimo resplan­
dor» (52).
Este Lábaro nuevo, comparado con el Constan-
tiniano, y con el mismo Arco Iris, señal de paz
universal en el diluvio, debe ser tremolado por
una victoriosa devoción ante las espirituales le­
giones de la Iglesia.
Lo ha insinuado de nuevo Pío XII al convocar
la Cruzada mundial el 10 de febrero de 1952:
«Es todo un mundo lo que hay que rehacer
desde sus cimientos, lo que es preciso transformar
de selvático en humano, de humano en divino,
es decir, según el Corazón de Dios* (53).
Así ha alzado la Iglesia con noble y generoso
gesto, la bandera del Sagrado Corazón ante los
hombres de nuestro tiempo, siguiendo en esto la
voluntad de Dios.
Enarbolemos, por tanto, en nuestra ardiente
fe, la encendida bandera del Sagrado Corazon,
la enseña de la fe, el estandarte de la esperanza,
la bandera del amor. Y dispongámonos a ayudar
en la conquista del universo para el Sagrado Co­
razón de Jesús, como ejército en orden de batalla
del Rey. Primero con nuestra oración por el Reino
de Dios, ardiente, urgente y clamorosa. Después
también, si lo podemos, con nuestra acción.
280 V IV IR CON LA IG LE SIA

Y sea nuestra fiesta peculiarísima, junto con


la del Sagrado Corazón de Jesús, la providencial,
celeste fiesta de Cristo Rey.
La fiesta de Cristo Rey debe ser celebrada con
la mayor solemnidad imaginable, pues todo es
poco para el honor que a tan alto Rey es de­
bido.
«La misma solemnidad de la fiesta—dice
Pío XI al instituirla—, anualmente renovada, ad­
vertirá a las naciones el deber que tienen los par­
ticulares, magistrados y gobernantes de venerar
públicamente a Cristo y de obedecerle: y esto
sugerirá el recuerdo del último juicio, en el que
Cristo, no solo arrojado del Estado, sino también
mirado con desprecio, con indiferencia o ignorado,
vengará rigurosamente tan grandes injurias, exi­
giendo como exige su realeza que el Estado en­
tero se conforme con los divinos mandatos y
preceptos cristianos, ya en la legislación, ya en
los juicios, ya también en la formación de los
espíritus juveniles, según la sana doctrina e in­
tegridad de costumbres» (54).
Sea día de gracia y de profunda renovación
y despertar en el espíritu del Reino de Cristo.
«Sea un día—proclama con notable ardor
Pío XII—en el que la Consagración del género
humano al Corazón Divino, que debe celebrarse
en modo particularmente solemne, reúna junto
al trono del Eterno Rey los fieles de todos los
pueblos y de todas las naciones en adoración y
en reparación, para renovarle a Él y a su Ley
de Verdad y de Amor, ahora y siempre, el jura­
mento de fidelidad.
CO N Q U ISTA D E L REINO DE DIOS 281

»Sea día de gracia para los fieles, en los cuales


el fuego que el Señor vino a traer a la tierra se
convierta en llama cada vez más luminosa y
pura.
»Sea día de gracia para los tibios, los cansados,
los hastiados, y en su corazón pusilánime maduren
nuevos frutos de renovación de espíritu y de
robustecimiento de ánimo.
»Sea también día de gracia para los que no
han conocido a Cristo o le han perdido: día en
el que eleve al cielo la oración de millones de
corazones fieles; la luz que ilumina a todo hombre
que viene a este mundo pueda esclarecerles el
camino de la salvación, y su gracia pueda suscitar
en el corazón inquieto de los extraviados la nos­
talgia de los bienes eternos, nostalgia que los
empuje a volver a Aquel que, desde el doloroso
trono de la Cruz, tiene sed de sus almas y ardiente
deseo de ser también para ellos camino, verdad
y vida» (55).
Si el Espíritu Santo quisiere bendecir esta
semilla, que en el surco de las buenas voluntades
fue lanzada por los Pontífices, es de esperar, para
la gloria del Padre, que llegará a hacerse un árbol
grande, en el que vengan a anidar todas las aves
de los lejanos y entenebrecidos cielos.
VIII

Se hará un solo rebaño y un solo Pastor.

En el Evangelio de San Juan hay un pasaje


ciertamente memorable, y que cada día cobra
mayor actualidad por la divina Providencia. Es
el capítulo 10, en el que el evangelista presenta a
Jesucristo bajo la imagen llena de fuerza y de
ternura del Buen Pastor.
Juan X X III glosó admirablemente en el tercer
discurso al Sínodo Romano de 1960 esta página
evangélica, para ofrecer un perfecto modelo a
los sacerdotes de su Diócesis romana:
«Yo soy el Buen Pastor—afirma el Señor— . Es­
tas palabras varias veces repetidas nos animan
a seguir tras sus huellas, y a no perdonar trabajo,
del mismo modo que Jesús, Pastor verdaderamente
bueno, Pastor piadoso, pendiente del patíbulo
de la Cruz, ofreció su vida por nosotros, y en todo
tiempo continúa ofreciéndose a Sí mismo místi­
camente en la Eucaristía, máximo Sacramento
de su amor» (56).
Y, presentando a Jesús como pintor de Ja ima­
gen del Buen Pastor, termina:
«Dando el último toque, a manera de pintor,
a esta imagen del Buen Pastor, añadió Jesucristo:
Y otras ovejas tengo que no son de este rebaño,
CO N Q U ISTA DEL REINO DE DIOS
283

y tengo también que traerlas, y


oirán mi voz y
se hará un solo rebaño y un solo Pastor* (57)
Como el último detalle de perfección del pintor
Jesús en la imagen del Buen Pastor, que camina
por el mundo recogiendo sus ovejas, podemos,
por tanto, estimar las proféticas palabras dei
Señor, dignas de eterna memoria:
«Y se hará un solo rebaño y un solo Pastor* (58).
Anunció con ellas Jesús, de manera terminante,
que llegaría un día en el cual habría en el mundo
un sumo gozo: el de los hombres reunidos en un
solo rebaño, el de la Iglesia Católica, y bajo un
solo Pastor, que es el mismo Jesús y su represen­
tante en la tierra, el Pontífice Romano.
Estas palabras admirables de Jesús han pasado
a ser como el lema de la ardiente esperanza de la
Iglesia Católica, sobre todo en sus recientes Pon­
tífices. Vamos a recoger solamente un texto
especialmente significativo de Juan XXIII, don­
de se proclama claramente esta esperanza del
futuro suceso:
«De cuánto gozo nos llenan estas palabras
afirmativas, con las que tan clara y decidida­
mente se anuncia este futuro suceso: Oirán
mi voz y se hará un solo rebaño y un solo Pas­
tor» (59).

(59) Discurso del Sínodo Romano citado. Recogemos


en esta nota otros textos de los últimos Pontífices que
alimentan su esperanza con el mismo texto del Buen
f a c i s t o r *

Benedicto X V : Primera Encíclica de su Pontificado


(1914): .
«El Pastor divino tiene al género humano en pa e
284 V IV IR CON LA IG LE SIA

Claramente puede apreciarse, a la sola vista


de estas palabras, cuán claramente resplandece
en la mente del Vicario de Cristo, la esperanza
segura del cumplimiento de la gran profecía del
Buen Pastor. Profecía que afirma «la unidad
religiosa del mundo», como con expresas palabras
lo dice Pío XI por su parte (60), afirmando que
el augurio de tal unidad se encuentra en el mayor
prestigio internacional que en las naciones cobra
cada día la Iglesia Católica.
Pues bien: de manera especial se puede decir
de estas palabras tan ilustres de Jesús, que son
palabras nacidas de su Corazón, y que esta profe­
cía es la profecía de amor del Sagrado Corazón
en el Evangelio.
Así lo aseguran los Papas mismos.
Es Pío XI quien asegura que es suavísima y
cierta profecía del Divino Corazón (61).

va encerrado felizmente en el redil de su Iglesia, y la


otra parte afirma amantísimamente que la forzará a.
entrar: Y tengo otras ovejas que no son de este redil, y
las tengo que traer, y oirán mi voz» (AAS, 6, 565-566).
Pío X I : Encíclica Ubi Arcano sobre el Reino de Cris­
to (1922):
«El Vicario del Pastor eterno no puéde menos de
recibir con absoluta alegría, repitiéndola en su memoria,,
aquella profecía del mismo Cristo: Y oirán mi voz y se
hará un solo rebaño y un solo Pastor» (AAS, 14, 697).
Pío X II : Encíclica en el Centenario de la Inmacula­
da (1953):
«Vea la misma Santísima Virgen María a todos aquellos
que se glorían ser cristianos, unidos al menos por el
vínculo de la caridad, volver a Ella sus ojos, corazones
y oraciones, pidiendo aquella unidad con la que por fin
se haga un solo rebaño y un solo Pastor» (AAS, 45, 591).
CO N Q U ISTA D EL REINO DE DIOS
285

Es León XIII quien la incluye entre las peti­


ciones formuladas al Sagrado Corazón en la Con­
sagración del mundo hecha por él en el año
1899 (62).
Es el mismo quien asegura que el deseo de la
reconciliación de todos los cristianos separados
lo ha sacado del Corazón Divino de Jesús (63).
Es Pió X II quien llama a esta profecía gemido
inenarrable del Corazón amantisimo de Jesús (64).
Es Juan X X III quien, por fin, nos recuerda que
el Corazón de Jesús ardientemente anhela aquel
único rebaño (65).
Y ¿por qué esta referencia tan precisa y especial
de esta profecía concreta al Sagrado Corazón?
Es fácil explicarlo:
Porque ha nacido de manera especial de su amor.
Porque la misma imagen del Buen Pastor es
la imagen del Rey de amor, Pastor de los pueblos
que recoge;
y porque este anhelo arde en él fondo perpetuo
del amor de Jesús en los cielos, a la diestra de
Dios Padre.
Pero si es una profecía del Corazón de Jesús, se­
gún la palabra de Pío XI indicada arriba, y es
una profecía que trata de la unidad religiosa del
mundo, según el mismo Pontífice, bien se puede
decir que ese dichoso día que esperamos será el
del reinado del Corazón de Jesús, por el cual
suspira el Apostolado de la Oración desde su
fundación, según su lema: Adveniat Regnum
tuum.
No ha dejado la divina Providencia de seña­
larlo de manera muy marcada en la histona
28ó V IV IK CON LA IG LE SIA

reciente del desarrollo de la acción de la Iglesia


en tal sentido. Porque Él mismo ha querido
dirigirla, por medio de la acción de su Espíritu,
que conoce, según el texto paulino, todos los
secretos de las profundidades de Dios (66).
Habiendo preparado la piedad de los miembros
del Cuerpo Místico para tan grandes secretos por
una larga acción de penetración de las íntimas
profundidades de Jesús, suscitó el Señor en los
principios del siglo xvn a San Juan Eudes, como
Apóstol del culto litúrgico de los Sagrados Cora­
zones de Jesús y de María.
A finales del mismo siglo xvn recibió una hu­
milde religiosa, Santa Margarita María de Ala-
coque, en su convento de Paray-le-Monial, las
grandes revelaciones de los secretos del amor de
Jesucristo con la manifestación de su Corazón
Sagrado.
«La importancia de tales revelaciones—ha di­
cho Pío XII (Haurietís Aquas) — , estriba en el
hecho de que, al mostrar Cristo su Corazón Sa­
cratísimo, pretendió de una manera extraordinaria
y singular llamar nuestra atención (la de la Igle­
sia) para que nos fijáramos en los misterios de
su amor misericordioso para con el género hu­
mano, y le diéramos culto.
»Con esta manifestación excepcional Jesucristo,
expresamente y repetidas veces, mostró en su
Corazón un símbolo que atrajese a los hombres
al conocimiento y a la estima de su amor, y al
mismo tiempo lo constituyó en señal y prenda de
misericordia y de gracia para las necesidades de
la Iglesia en los tiempos modernos» (67).
C O N Q U ISTA DEL R E IN O D E DIOS
287

Puede verse en estas palabras el reconocimiento


oficial por parte de la Iglesia de la trascendencia
de la revelación del Sagrado Corazón del Salvador
como objeto del culto, y señal de misericor­
dia de los atribulados tiempos modernos de la
Iglesia.
Aquella escondida religiosa oía muchas veces
decir al Señor: «Reinaré a pesar de todos mis
enemigos» (68). Y bien sabemos que reinar para
Jesús es conquistar las almas de los hombres por
la gracia, y glorificar a su Padre por medio de
la Iglesia, floreciente en el mundo.
Nació el Apostolado de la Oración en el siglo xix,
y por su obra y la del extraordinario fundador
de ella, Ramiére, fue promovida en el mundo
una intensa campaña de expansión de la devoción
al Sagrado Corazón y de la Consagración a Él
de los hombres. Era como un nuevo impulso
del Espíritu en favor del triunfo de la Iglesia y
del reinado de Cristo.
Es Dios quien prepara las cosas indudablemente,
y quien llegada su hora las promueve. Caía el
siglo xix, y Pío IX consagraba la Iglesia al Sa­
grado Corazón (1875), complaciendo así a los
deseos de la Iglesia manifestados a él, en cuya
promoción tanta parte tomó Ramiére, a quien
fue confiada la tarea de hacer llegar el deseo
pontificio a los Obispos del mundo.
No estaba la obra aún completa según los deseos
del Espíritu. Moría el siglo xix y León XIII
recibía, por intermedio de María del Divino
Corazón, la Superiora del Buen Pastor, de Oporto,
la petición de Jesús de que consagrara el mundo
288 V IV IR CON LA TG LE SI A

entero a su Corazón, aun los infieles y paganos.


Había sonado la hora de la universalidad en el
reloj de la Historia, y Dios la quería aprovechar
con el torrente de sus gracias, encerradas en el
tesoro de su Corazón.
Porque el Señor había manifestado que quería
derramar sus gracias sobre el mundo para atraer
a su Iglesia a los alejados de ella, aun los que
no han recibido las aguas del bautismo: maho­
metanos y paganos de la idolatría.
León XIII, recogiendo la divina sugerencia,
consagró el mundo en el dintel del siglo xx pre­
cisamente (junio de 1899) al Sagrado Corazón
de Jesús, pidiéndole las gracias que produjesen
la conversión del mundo (69).
En 1925, Pío XI proclamaba la fiesta y devoción
de Cristo Rey como corona de esta Consagración,
y al proclamarla veía en espíritu con gran alegría
idos tiempos en que todo el orbe se sometería de
buen grado al suavísimo dominio de Cristo
Rey» (70).
La devoción del Sagrado Corazón de Jesús
había hecho correr por la Iglesia, en frase de
Pío XII, como un río que alegrase la ciudad de
Dios (71). Y, al llegar el centenario de la procla-
(69) Fue la Superiora del Buen. Pastor de Oporto,
Sor María del Divino Corazón, la encargada por el Señor
de hacer esta petición al gran Papa. En su Carta le
manifestaba humildemente que le había hechó ver el
Sagrado Corazón que quería esta consagración en que
le fuesen dedicados también los paganos, con los here­
jes y disidentes, para derramar sobre todos las gracias
de la conversión. León X III escuchó aquella petición
singular.
C O N Q U ISTA DEL R E IN O D E DIOS
2é<i

mación de aquella fiesta que pidió el Señor a


Santa Margarita (1856-1956), el Papa proclamaba
los anhelos esperanzados de la Iglesia de la con­
sumación de la gran obra por el Sagrado Corazón
con sus celestes gracias:
«Aunque la devoción al Sagrado Corazón ha
producido en todas partes saludables frutos de
vida cristiana», todavía la obra no está completa.
Porque «la Iglesia que milita en la tierra, y
principalmente la Sociedad civil, aún no ha alcan­
zado la plena y absoluta forma de perfección que
responde a los deseos de Jesucristo, Esposo mís­
tico de la Iglesia y Redentor del género humano.
»No todos los fieles brillan por la santidad de
costumbres; no todos los pecadores que para su
mal abandonaron la casa paterna (los separados)
han vuelto para vestirse de nuevo en ella la mejor
túnica y recibir en su dedo el anillo; no todos los
infieles han sido hechos aún miembros del Cuerpo
Místico de Cristo» (72).
Marcha así la Iglesia, dirigida por las mociones
e inspiraciones celestes del divino Espíritu del
Sagrado Corazón, por el camino de la Historia,
y se encamina hacia la meta que le señaló su
fundador:
«un solo rebaño y un solo Pastor».
Tan grande obra no puede menos de ser obra
que Dios tiene que dirigir y así lo hace. Esta es
la gran obra del Sagrado Corazón y de sus gracias
en la Iglesia.
Esta no es obra humana, no pueden los hombres
por sus fuerzas propias realizarla. Podrán los
hombres desarrollar con sus fuerzas naturales la
19
290 V IV IR CON LA lü L K S IA

civilización con su brillante progreso. Podrán los


hombres levantar rascacielos, iluminar ciudades,
hendir los átomos, penetrar los secretos del mar
y los espacios siderales, llegar o no a los otros
¡planetas, escribir la Iliada y el Quijote, descubrir
la penicilina, transformar las razas, y llegar por
las telecomunicaciones de radio y televisión a
todas partes. Pero no podrán jamás por sus fuer­
zas transformar el mundo de las almas, ni con­
vertir el mundo, ni crear el nuevo orden de la
caridad.
Esta obra tan grande, aunque los hombres
puedan colaborar a ella, es obra en primer lugar
de Dios, según nos lo advierte Pío X I:
«.Esta reunión de todos los pueblos en la unidad
universal, como obra principalmente de Dios, se
ha de lograr con la ayuda y los auxilios divi­
nos» (73).
Y porque es obra de Dios, y anhelo ardiente
del Corazón de Jesús, es obra especial del Espíritu
Santo, que es el Espíritu del Sagrado Corazón
de Jesús. León XIII nos lo recuerda al encomendar
esta obra, próximo ya a la muerte, al Espíritu
Santo, declarando que imita en ello a Jesús,
que al morir confió la obra de su Iglesia al Espíritu
que pensaba enviar a sus Apóstoles (74).
Pío XII ha dicho en otra parte en un maravi­
lloso texto, impregnado de su inmensa fe en el
poder y en el amor de Dios, que le lleva a los
extremos más admirables de la confianza:
«Nos oramos a Jesús para que apresure el día
—que ha de venir (che deve venire) —en que una
nueva y misericordiosa efusión del Espíritu Santo
C O N Q U ISTA DEL RE IN O DE DIOS
291

investirá a todos los soldados de Cristo, y a todos


los enviará como portadores de salvación entre
las miserias de la tierra. Y serán mejores
para la Iglesia, y serán a través de la Iglesia
días mejores para todo el mundo» (75).
Y si será obra del Espíritu Santo, en Cristo
y su Corazón, no 'Podro, dejar de intervenir Id Virgen
María en la llegada de tal día de alegría. Así
nos lo confirman los Pontífices.
La esperanza de Pío IX y de los Obispos de la
Iglesia de que se haga un rebaño y un Pastor,
a la que San Pío X llamó cincuenta años más
tarde «la gran esperanza», fue concebida como
fruto precisamente de la definición del dogma
de la Inmaculada Concepción en 1854 (76).
Nos confirma esta intervención León XIII di­
ciendo que:
«Un auspicio de que esto acontecerá a plazo no
muy lejano parece confirnuirse por la creencia y
confianza que se encierra en los ánimos piadosos
de que María será el vínculo feliz, con cuya firme
y blanda fuerza, de todos aquellos que en cualquier
parte del mundo amen a Cristo, se hará un solo
pueblo de hermanos, sumisos como a Padre co­
mún a su Vicario en la tierra, el Pontífice Ro­
mano» (77).
Y, finalmente, Pío XII, en la proclamación de
la Asunción a los cielos, volvió a recordar cómo
esta esperanza de la Iglesia mira particularmente
a la intervención de María:
«Confiamos absolutamente en que esta solemne
proclamación y definición de la Asunción aprove­
chará no poco a la sociedad cristiana, porque se
292 V IV IR CON LA IG l-K S IA

ha de esperar que todos los fieles cristianos se


excitarán a una piedad más intensa para con la
Madre celeste, y que todos los ánimos de todos
aquellos que se glorían del nombre cristiano se
moverán al deseo de participar de la unidad del
Cuerpo Místico de Cristot y a aumentar su Amor
hacia Aquella que tiene Corazón maternal para todos
los miembros del mismo Augusto Cuerpo» (78).
En los Corazones de Jesús y de María descansa
la esperanza sublime de la Iglesia, porque según
la célebre frase de León X III (Ene. Annum
Sacrum):
«Al Corazón de Jesús se ha de pedir,
del Corazón de Jesús se ha de esperar,
la salvación del género humano» (79).
Pues ¿cómo no había de ser esto un anhelo
de todos los que aman al Corazón de Jesús en
la tierra, los que viven con su Iglesia? Es así,
y por eso Pío XI declara que este día del úni­
co rebaño y único Pastor es
el ardiente anhelo de todos los Santos (80),
es decir, de todos los que están unidos con Je­
sús en el Cuerpo Místico.
El Apostolado de la Oración no podía menos
de vibrar con este anhelo, tan propio de su espí­
ritu genuino. Para esto nació, y de esto vive.
Actualmente, sabiendo cuán necesarias son las
especiales oraciones para lograr la llegada de este
día feliz de la unidad de los cristianos, y por
ella dé la unión religiosa del mundo, ha estable­
cido una especial sección que exhorta a pedir
esta unidad, y a ofrecer todas las obras con esta
C O N Q U ISTA DÜJL RKINO DE DIOS
295

peculi&rísiiiia, intcncion. Líi idc2L donunsintc, «ti


proponer esta especial oración, ha sido la de
«dirigir el culto del Sagrado Corazón de Jesús
hacia este movimiento de unión», según las
palabras del Director General al fundar la
sección.
El culto del Sagrado Corazón tiene fuerza y
promesas especiales de eficacia, porque Dios así
lo ha determinado, de acuerdo con la hondura
de esta devoción, en la conversión de las almas,
y en la empresa de reunión en el Cuerpo Místico.
Es el culto al Amor de Cristo. Y la oración al
Corazón de Jesús en favor del cumplimiento
del mandato de la caridad, del amor mutuo
entre los cristianos, no puede menos de tener
especial fuerza con Él, ya que es su más ardiente
anhelo, y Él mismo oró por esta intención en la
Cena: «Que todos sean uno».
Es además el Culto reparador al Amor herido
de Cristo, y es por eso muy apto para reparar
las ofensas de la separación que rompe la unión
de amor entre los suyos, obteniendo asi nuevas
gracias para la unidad.
Y es el culto al Amor, que hace del Sagrado
Corazón el íntimo lazo de unión entre todos los
cristianos.
Por eso el Apostolado de la Oración enseña
a los suyos a dirigir al Corazón de Jesús todas
las obras, por medio del Corazón Inmaculado de
María, con el inefable gemido que exhala de.
Cuerpo Místico el Espíritu Santo, por esta actual
y perpetua intención de Jesús y de su Iglesia.
Venga a nosotros tu Reino,
294 V IV IR CON LA IG L E S IA

lo cual equivale a estar diciendo con gran clamor


día y noche:
Haya un solo rebaño y un solo Pastor.
A este maravilloso fin se ha de dirigir de manera
especial la Novena de Pentecostés al Espíritu
Santo, según lo mandó ya León X III al concebir
este ardoroso deseo, celebrándola en todas partes
con el mayor fervor, y a este mismo fin se ha
de ordenar la célebre Octava de Oraciones por
la unidad de los cristianos, que la Iglesia fomenta
del 18 al 25 de enero cada año.
Por eso estas dos series de oraciones no debieran
faltar en ningún Centro del Apostolado de la
Oración, uniéndose al deseo del Corazón de
Jesús. Pero cada día tampoco debe faltar el ofre­
cimiento individual de obras de los ardorosos
discípulos de Jesús, que saben la eficacia de la
oración en común en el Cuerpo Místico.
Porque no ignoramos las enormes dificultades
de esta grande obra, pero sabemos con Pío XII que:
«es tan grande la fuerza de las oraciones de
los que oran, si unidos como un ejército se enfer­
vorizan con segura fe y conciencia limpia, que
hasta un monte puede ser arrancado y lanzado al
mar. Deseamos, pues, y queremos que todos los
que llevan en el corazón la ansiosa llamada a
abrazar la unidad cristiana— y nadie que es de
Cristo tenga en poco tan gran asunto— , hagan
súplicas y oraciones a Dios para que los laudables
deseos de los buenos no tarden en ser llevados
a efecto» (81).
Para esto, sin duda, ha de ser un gran impulso
el próximo Concilio Ecuménico. Juan X X III,
CO N Q U ISTA DEL R E IN O D E D IO S
295

según propia declaración, lo ha convocado


«habiendo oído dentro de su íntima y sencilla
alma la divina llamada para convocar el Concilio
Ecuménico» (82).
Y explicando en el Sínodo Romano su esperan­
za, ya antes transcrita, añadió así, el día 27 de
enero de 1960:
De cuánto gozo nos llenan estas palabras afir­
mativas, con las que tan clara y decididamente
se anuncia este futuro suceso: «Oirán mi voz y se
hará un solo rebaño y un solo Paston. De esta
página evangélica brotan como rayos de luz celestial
que tocan a los pueblos no venidos todavía al nom­
bre cristiano. Parecen anunciar los primeros ful­
gores de la luz del próximo Concilio Ecuménico,
esperado con ansia por todos los fieles (83).
Así, conforme a la firme esperanza de la Iglesia
en su más alto representante y cabeza, el esperado
Concilio Ecuménico brilla ante el pueblo cristiano
con luz de irradiación sobre el mundo.
Semejante al Cirio Pascual, que rompe con su
limpia ñama las tinieblas del recinto, se anuncia,
esperanza de resurrección para el mundo en la
Iglesia, el Concilio Ecuménico II Vaticano.
Marca sobre el Cirio el celebrante una cruz
con dos trazos:
(83) El Obispo de Fátima, en una homilía en la gran
plaza del Santuario, ante una multitud atraída aquel año
de modo especial a los pies de la Virgen, dijo así el 2 de
febrero de 1960, a solo seis días de distancia de Juan
XXIÍI: . J XT .
«No se conocen los secretos de Dios ni los de Nuestra
Señora, pero sabemos que Ella afirmó: «por fin mi Cora­
zón Inmaculado triunfará». El Concilio será garantía e
296 V IV IR CON LA IC^LKSIA

«Cristo ayer y hoy,


Principio y fin»;
y grabando las letras y las cifras prosigue:
«Alfa y Omega,
De Él son los tiempos
y los siglos,
a Él la gloria y el imperio
por todos los siglos de la eternidad.»
Y, a continuación, clava los cinco granos san­
grantes, que representan las cinco llagas de Cristo
resucitado, diciendo:
«Por sus santas llagas gloriosas,
nos guarde y conserve Cristo Nuestro Señor. Amén.»
Y arde la luz temblorosa que anuncia la ale­
gría sobre las cinco llagas.
Así arde la esperanza en la Iglesia, sobre el
gran candelabro del Concilio, entre las cinco
llagas del divino Crucificado. Porque se cumple
de nuevo la exhortación:
«Al Sagrado Corazón hay que pedir,
de Él hay que esperar
la salvación del género humano.»
A nosotros toca apresurar la hora feliz con
nuestras oraciones y vidas sacrificadas, como Ma­
ría con sus oraciones aceleró la venida del Hijo
de Dios a la tierra para redimirla.

esa victoria de María por el triunfo universal de su


Divino Hijo. El milagro se realizará por el regreso de
los pueblos a la verdadera fe* (La Voz de Fátima, 13 de
marzo de 1960).
IX

Supremo espíritu de caridad.

Enséñenos Jesucristo a arder en el puro amor


de su Reino, hasta morir por Él. jOh sí, la vida
está en peligro en nuestros días, y es preciso lanzar
la decisión del amor hasta más allá de la muerte!
Se pide a los cristianos para lograr la venida
del Reino de Dios el desprecio de la vida, y Dios
quiera que nos invada el ansia de la primitiva
Iglesia, que concebía la perfección coronada por
el martirio. El martirio fue la más radiante y
primera gloria de la Iglesia empurpurada de san­
gre. El Reino de Cristo quiere sangre, porque solo
la Sangre lava los innúmeros pecados del mundo.
Jesucristo les dijo a sus discípulos, en aquella
jornada radiante de la Ascensión, mientras iban
caminando al monte de los Olivos para presenciar
la más asombrosa apoteósis que jamás ojos hu­
manos vieron: «Vosotros tenéis que ser mis tes­
tigos por la tierra» (84). Porque, en efecto, ellos,
después de oir durante cuarenta días hablar de
los misterios del Reino de Dios sobre la tierra,
dejaron escapar de sus labios la pregunta de la
eterna impaciencia humana, florecida sin duda por
la esperanza que la conversación cuadragesimal
de Jesús había en ellos despertado: «¿Es ahora
cuando vas a restaurar el Reino de Israel?» (85).
298 V IV IR CO N LA IG L E SIA

Para ellos, el Reino de Dios era todavía el


de Israel. Pero Él, grave y profético, cargando
sus palabras de persecuciones sangrientas y mar­
tirios, respondió: «No es vuestro conocer los tiem­
pos y momentos que el Padre se reserva en su
poder. Pero seréis mis testigos en Jerusalén y
en Samaría y hasta los extremos de la tierra» (86).
Ser testigos de Jesús, o sea mártires, es el oficio
de los cristianos, primero en Jerusalén (Es­
teban y Santiago), luego en Samaría, y hasta
los extremos de la tierra, porque la conquista
del Reino de Dios, larga y laboriosa, restauración
del Israel de Dios que culminará en la del Israel
judío cristianizado, exigía el testimonio de la
Sangre previamente.
Dar la vida por el Amigo, es la mayor señal
de amor que el hombre tiene en su poder. Pero hay
testimonio de vida cruenta y de vida incruenta.
Hay señal de amor al Rey en la entrega de la
vida en un instante, y hay señal de amor al Rey
en la entrega de la vida largamente derramada.
Si un hombre entrega su vida al ideal del Reino
de Dios, su sangre, sin derramarse, se suma a
la sangre derramada por la noble causa. Porque,
puede un hombre entregarse de tal modo a su
ideal, que no respire, anhele, viva ni sueñe, sino
en servirlo. Y puede entonces suceder que su vida
se gaste y se consuma hasta deshacerse por la
fuerza del trabajo y del amor del Rey Divino,
cuyo Reino procuraba. Uno es el Espíritu y divide
sus dones como quiere. A unos les da el don del
testimonio sangriento, a otros el del puro ser­
vicio.
CO N Q U ISTA DEL R E IN O DK DIOS
299

Pero ¿no es cierto que los que reciben el don


sangriento se hacen más semejantes a Jesucristo?
Por eso cuando se acerque la suprema hora del
Reino de Dios, serán los mártires con el clamor
los que decidirán el instante: «¿Hasta cuándo,
Señor, no tomas venganza de nuestra sangré
derramada?», clamarán los mártires del fin bajo
el altar. Y les será respondido: «Hasta que se
complete el número de vuestros hermanos que
han de ser martirizados» (87).
Al Señor sirven la vida y la muerte, y con vida
y con muerte le hemos de servir. Cristo es nuestra
vida, y en Él estaba la Vida eternamente. Pero
esta vida ha quedado escondida en Dios con
Cristo, que está sentado a la diestra de Dios Padre.
Y por eso los santos mártires, y todos los per­
fectos cristianos, desean tener su vida donde está
la vida verdadera, y saben que la esconden en
Dios con Cristo, si derraman su sangre por El,
porque la vida está en la sangre, y la sangre es
camino nuevo y vivo a través de la carne de Jesús
para entrar al congreso de los Santos.
Sí; en la carne de Jesús ha sido abierto un
camino, la herida ancha de su Costado, y por ella
penetra el mártir hasta la fuente de la Sangre
Redentora, que es el Sagrado Corazón, el símbolo
de la Vida, que está en Cristo. Y porque en este
Corazón habita corporalmente la plenitud de la
Divinidad, el mártir, al esconder su vida en el
Amor, dice: Mi vida está escondida con Cristo
en Dios.
El que penetra en el Sagrado Corazón se in­
flama en el ansia del martirio que en El ar e.
300 V IV IR CON LA I G L E S I A

;Oh, baje sobre nosotros el espíritu de los santos


mártires, y desafiaremos impertérritos a los ene­
migos del Reino de Dios que se aprestan a matar!.
«Habiendo muerto Jesucristo por todos los
hombres—clama enardecido San Juan Eudes—•/.
ciertamente todos los hombres deberían morir
por Él» (88).
He aquí el sublime grito del amor de Cristo
sobre el mundo, porque nadie tiene mayor amor
que dar la vida por su amigo, y la victoria que
vence al mundo es nuestra fe.
«Y ¿cuál es el espíritu del martirio? Es un es­
píritu—prosigue el Santo—que tiene cinco cuali­
dades muy excelentes:
*1. Es un espíritu de fortaleza y de constancia,
que no puede ser debilitado con promesas ni con
amenazas, con dulzuras ni con rigor, y que no
teme más que a Dios y al pecado.
»2. Es un espíritu de profundísima humildad,
que aborrece la vanidad y la gloria del mundo
y que ama los desprecios y humillaciones.
»3. Es un espíritu de desconfianza en sí mismo,
y de absoluta confianza en Nuestro Señor, como
en quien está nuestra fuerza y en cuya virtud
lo podemos todo.
*4. Es un espíritu de desprendimiento, el más

(88) El Reino de Jesús en las almas cristianas, par­


te 2.*, cap. 21. Tanto el capítulo 20 como el 21 tratan
del martirio y son una exhortación ferviente a este espí­
ritu, que es la perfección de la vida cristiana. Todo el
libro del Santo es una joya de la mística y de la más-
sólida ascética al par.
C O N Q U ISTA DEL R E IN O D E DIOS
301

perfecto del mundo y de todas las cosas del


mundo. Porque quienes han sacrificado su vida
a Dios, deben también sacrificarle todas las de­
más cosas.
»5. Es un espíritu de amor ardentísimo a
Nuestro Señor Jesucristo, que conduce a los que
están animados de este espíritu a sufrirlo todo por
amor a quien todo lo hizo y lo sufrió por ellos,
y que de tal modo les abrasa y les embriaga qué
miran, buscan y desean por su amor las morti­
ficaciones y sufrimientos como un Paraíso, y
huyen y aborrecen los placeres y delicias de este
mundo como un infierno.
»He aquí el espíritu del martirio. Rogad a
Nuestro Señor, Rey de los mártires, que os llene
de este espíritu. Rogad a la Reina de los mártires
y a todos los mártires que con sus oraciones os
obtenga este espíritu del Hijo de Dios. Tened de­
voción especial a todos los santos mártires.
Rogad también a Dios por todos los que tienen
que sufrir el martirio, a fin de que les dé la gracia
y el espíritu del martirio; pero especialmente
por todos los que tendrán que sufrir en el tiempo
de la persecución del Anticristo, que será la más
cruel de todas las persecuciones» (89).
¿Qué vale la vida? Si con ella se compra la
gloria de Jesús, bien dada está. Aquel ama de
verdad a su amigo que da la vida por él, y «el
que está junto a la espada—‘decía Ignacio de
Antioquía—, junto a Dios está». Un ansia tan
ardiente como la de este Santo que sollozaba
porque no le impidiesen conseguir la gloria de la
muerte:
302 V IV IR CON LA IG LE SIA

«No seáis enemigos mios—suplicaba el Santo— ,


no me lo queráis impedir* (90).
Porque repetía aquel admirable amigo de Jesús:
«ahora encadenado aprendo el cristianismo».
Y esta religión de Dios no es obra de palabrería,
sino de fortaleza en Cristo, para sufrir por el Reino
de Dios.
Non suasionis, sed magnitudinis ojms est chris-
tianismus, dice el mismo Ignacio de Antioquía
con vehemencia. Tal es su afirmación, como un
clamor de certeza:
El cristianismo no es obra de elocuencia, sino
de fortaleza (91).

(90) «Perdonadme, hermanos, no me impidáis vivir,


no me hagáis morir». De este sublime m odo clamaba
Ignacio de Antioquía en su Carta a los Romanos, supli­
cando a los cristianos que no le hiciesen el grave daño
de librarle de la muerte martirial. El alma profunda­
mente cristiana, embriagada del amor de Jesucristo, ha
trastocado todos los términos normales, y llama vida a
la muerte y muerte a la vida, por la fuerza del amor de
Cristo que en él murmuraba desde el fondo de la entraña,
como un agua viva: Ven al Padre. A d Rom., V I, 2: ap.
F u n k : Paires Apostolici.
EPÍLOGO
TRES SÍMBOLOS
DEL APOSTOLADO DE LA ORACIÓN

Primer símbolo: El Cuadro del Expolio.

Hay en la pintura religiosa un cuadro de ex­


traordinaria espiritualización. Pocas veces ha
llegado un pintor a expresar tantas cosas en una
mirada como el Greco en el cuadro del Expolio.
Esa mirada de Cristo—lúcida y gloriosa en el
dolor, húmeda de amor y sufrimiento en el momen­
to en que va a ser desnudado de sus vestiduras
para padecer—que el Greco con su mágico pincel
nos legó, está diciéndonos lo que es nuestra
obra.
Cristo vino al mundo para lograr el Reino de
Dios. Y levanta los ojos a su Padre para ofrecerle
sus angustias y sufrimientos, su oración, su vida
entera. Es una mirada transfigurada y divina.
Nosotros con Cristo y por Cristo al Padre
Nosotros ofreciendo nuestras vidas en unión de
la suya. Y un continuo levantar de la mirada a
Dios, en medio de nuestras oraciones, de nuestros
trabajos y obras, de nuestros sufrimientos y de
nuestras alegrías.
Ese continuo levantar de la mirada del alma
a Dios, es el Apostolado de la Oración.
20
306 V IV IR CON LA IG L E S I A

Segundo símbolo: La Basílica de Lisieux iluminada.

Teresa del Niño Jesús es la protagonista. Ella


no salió jamás de su convento de Carmelitas
Descalzas de Lisieux, pequeña ciudad de Francia.
Murió a los veinticuatro años, desconocida del
mundo entero. Y, sin embargo, poco más de
veinticinco años después de su muerte, era elevada
al honor de los altares, y más tarde proclamada
patrona de todas las Misiones del mundo católico
por el Papa Pío XI.
¿Qué había hecho ella para alcanzar tan alta
gloria? Vivir la rutinaria vida del convento,
pero transformada por el amor de Dios y de las
almas. Se puede decir, con verdad, que es un mo­
delo del Apostolado de la Oración.
Sin salir de su casa, ha hecho tanto bien a
las almas del mundo entero, que el Papa Pío XI,
iluminado por Dios, la proclama solemnemente
Patrona de todas las Misiones, al par de Francisco
Javier, el dinámico héroe del catolicismo.
En la noche del día en que fue consagrada la
Basílica de Lisieux sobre su montaña, que domina
el valle, el 11 de julio de 1954, fue celebrado por
primera vez ante su explanada el gran espectáculo
llamado «Sonido y Luz».
El Coloquio a la cabecera de una Basílica, de
Peretti de la Rocca, fascinó a la multitud en la
noche. Sonaban las campanas por los altavoces,
se oían cantos y diálogos de voces misteriosas,
mientras una luz maravillosa iba transformando
T R E S S ÍM B O L O S D E L A. D E LA ORACIÓN

sucesivamente la Basílica en joyas de luz v de


piedra. 3
Esa iluminación soberbia y celestial de la Ba­
sílica de Lisieux en la noche, presenta a nuestros
ojos admirados la sublimación de la vida dei
Apostolado de la Oración. Así será la transfor­
mación gloriosa en el cielo de las almas ignoradas
de los humildes apóstoles de la oración y del
sacrificio.

Tercer símbolo: La procesión de las antorchas.

Cada uno de nosotros somos como una pequeña


luz de amor ardiente al Corazón de Jesús encendida
en el mundo. Una antorcha encendida da luz
en la noche. Y es San Pablo el que nos exhorta
a los cristianos a lucir como antorchas en medio
de la noche de la falta de fe:
«En medio de una nación mala y perversa
(la de los enemigos de Dios), lucís como antorchas
en el mundo» (92).
Una antorcha sola da poca luz, e ilumina sola­
mente un pequeño contorno en la oscura noche.
Pero si reunimos millares de antorchas, entonces
la noche se transforma en día. Es la fuerza de la
multiplicación, la fuerza de la comunidad.
Este es el secreto de la Asociación del Apostolado
de la Oración. Mi obra es pequeña, la tuya también,
la de aquel también. Pero si las reunimos en el
Cuerpo Místico de Cristo, y las encendemos en
el fuego del Corazón de Jesús que le da vida»
podemos iluminar la noche.
308 V IV IR CON LA IG L K SIA

La procesión de las antorchas es el espectáculo


diario de la explanada de Lourdes en la noche.
En las grandes peregrinaciones, millares y millares
de luces forman un reguero luminoso. Al fondo,
el Castillo de Lourdes iluminado. Delante, la Ba­
sílica del Rosario con su escalinata. Y la cinta
de fuego va avanzando cantando el «Ave María»
en magnífico unísono. Al fin, formada la masa
terminal de personas y luces, en pie ante la
Basílica, millares de gargantas entonan un inmenso
Credo.
Es la proclamación comunitaria de la fe, y
la luz comunitaria y ardiente del amor. Esto es
en Cristo y su Corazón, en el Cuerpo Místico de
Cristo, el Apostolado de la Oración.
síntesis o recapitu lació n del libro

Para que, terminado el libro Vivir con la Iglesia,


puedan sus lectores más fácilmente retener lo
esencial de su doctrina, vamos a resumirla en
esta página en forma de proposiciones breves
numeradas.

Principios teológicos dei Apostolado de la Oración.


1. Jesucristo ha venido al mundo como en­
viado del Padre, para fundar el Reino de Dios
a fin de salvar las almas de los hombres, y darles
la vida divina.
2. Ha fundado para ello, como medio necesario
de salvación, la Iglesia Católica, por la cual dis­
tribuye al mundo la vida divina.
3. Esta Iglesia es Cuerpo Místico de Cristo,
que es su Cabeza, y cada miembro de este Cuerpo
vive de la vida de Jesús.
4. La vocación esencial del cristiano es vivir
la vida de este Cuerpo Místico, realizando su fun­
ción de célula del Cuerpo.
5. El Espíritu Santo, que es Espíritu del
Corazón de Jesús, es el Alma de este Cuerpo
Místico, que difunde la caridad de Cristo en los
corazones de los fíeles.
6. El Corazón de Jesús es el centro vital de
este Cuerpo Místico: de su vida divina vivimos
310 V IV IR CON LA IG L K S IA

sobrenaturalmente, y debemos procurar vivir sus


sentimientos.
7. La Eucaristía es el sacrificio vital de este
Cuerpo, con el que repara y alaba a Dios Padre
dignamente por el mismo Cristo.
8. El Sacrificio de la Eucaristía (la santa Misa)
es el mismo Sacrificio Redentor del Calvario, que
es el centro de la Redención de Jesucristo.
9. Este Sacrificio debe ser continuado, en
unión con el de la Eucaristía, que es su perpetua­
ción, por los miembros del Cuerpo Místico.
10. El mandato de la caridad, que el Espíritu
Santo difunde en los Corazones de los miembros
por el influjo de Cristo, es el sello del Cuerpo
Místico.
11. El Corazón Inmaculado de María tiene
una especialísima participación en la redención y
salvación del mundo.
12. El Pontífice Romano es Vicario de Cristo,
cabeza visible del Cuerpo Místico, y garantía de
la perfecta unidad de fe del mismo.
13. La oración y el sacrificio tienen una gran
fuerza apostólica, fundada en las promesas del
mismo Cristo.

Ejercicio práctico de estos principios.


14. Nos entregamos a Cristo para realizar
esta empresa de salvación del mundo, que es la
esencial del Cuerpo Místico, por medio de la Con­
sagración o entrega al Sagrado Corazón.
15. La Consagración es plenamente eficaz si
se hace en estado de gracia, se vive en el mismo
S ÍN T E S IS O R E C A P IT U L A C IÓ N D E L LIBRO

estado con las obras, y se renueva periódicamente


para darle pleno valor psicológico y sobrenatural.
16. Esta entrega y Consagración tiene carácter
reparador de los pecados de los hombres, y esta
es la esencia de la devoción al Corazón de Jesús.
17. Realizamos esta Consagración, conforme a
la voluntad de Dios, por medio de la Consagración
al Corazón Inmaculado de María.
18. Vivir esta Consagración es particularmente
ejercitar la caridad, la virtud característica del
Sagrado Corazón.
19. Para mantener esta entrega general de la
vida, y hacerla plenamente fructuosa, debemos
renovarla en la santa Misa, unida al sacrificio
de Cristo.
20. El ofrecimiento de obras diario es la esencia
del Apostolado de la Oración, y es una Consagra­
ción al Sagrado Corazón, vivida en unión con el
Sacrificio Redentor de Cristo, renovado en el Altar.
21. La Comunión Reparadora, como fruto de
la Misa, el Rosario a la Virgen María, las Inten­
ciones Pontificias mensuales, son los principales
ejercicios de este sistema.
22. Estos elementos sintetizan un método de
vida espiritual plenamente católico, y eminen­
temente pastoral, por su esencialidad y su sen­
cillez, adaptándose a todos los fieles, y en par­
ticular como espíritu de los apóstoles activos.
23. Nuestra intención más general en el ofre­
cimiento de obras debe ser la que Cristo nos en­
señó: Venga a nosotros tu Reino, y su equivalente.
Haya un solo rebaño y un solo Pastor.
812 a

, JUAN XXIII

I—Ofrecimiento a Dios del trabajo humano


I n d u l g e n g ia P l e n a r ia
(Decreto de la Sagrada Penitenciaría Apostólica)

Nuestro Santísimo Señor Juan, por la Divina Provi­


dencia Papa XXIII, deseando que el trabajo humano, por
la oblación hecha a Dios, se ennoblezca más y se sobre-
naturalice, en la audiencia concedida al infrascrito Car­
denal Penitenciario Mayor, el día 7 de Octubre del año
en curso, se ha dignado conceder benignamente las in­
dulgencias que siguen:
1*—Plenaria, en las condiciones acostumbradas, a los
cristianos que ofrezcan por la mañana a Dios sus tra­
bajos intelectuales o manuales de todo el día mediante
cualquier fórmula.
2.—Parcial de 500 días, a kis cristianos que, al menos
con corazón contrito y mediante cualquier invocación,
igualmente ofrezcan devotamente a Dios el trabajo que
estén realizando y tantas veces como lo hagan.
Sin que obste nada en contrario, y con validez perpe­
tua del presente decreto.
Dado en Roma, desde la Sagrada Penitenciaría Apos­
tólica, día 25 de Noviembre de 1961.
Ñrcadio Larraona, C.M.F., Penitenciario Mayor
I. Rossi, Regente

II.—Valor del trabajo humano en el Cuerpo Místico


(D e la E n cíclica Matee et Majistra, 15-5*196»
N o queremos poner fin a esta Carta Nuestra sin re­
cordar, Venerables Hermanos, a q u e l principio gravísimo
y lleno de verdad por el que se nos enseña que somos
miembros vivos del Cuerpo Místico de Cristo, que es a
Iglesia: «Del mismo modo que el cuerpo es umc° ? ™
miembros son muchos, y todos los miembros de po,
APÉNDICES

Para terminar el libro vamos a dar como apéndices


algunos documentos que resultan de especial interés para
comprender mejor la espiritualidad del Apostolado de
la Oración, tal como hoy día se halla planteada.
En primer lugar, los Estatutos del Apostolado de la
Oración, aprobados por Pío XII y actualmente vigen­
tes. En ellos puede verse formulada esta espiritualidad
de la que tratamos en principios fundamentales de gran
alcance. Asimismo, se hallará en estos Estatutos la orga­
nización técnica oficial del Apostolado de la Oración,
de la que no nos ha parecido necesario tratar en el libro.
Viene después la Carta de Pío XII en que aprueba
los Estatutos. Dicha Carta resume admirablemente el
espíritu y el sentido pastoral del Apostolado de la Ora­
ción.
En tercer lugar, el discurso de Pío XII a los Direc­
tores del Apostolado de la Oración, reunidos en Roma
en Congreso Internacional. Orienta lúcidamente este
discurso la importancia de esta espiritualidad, tanto para
los fieles que, en gran número, no pueden dedicarse a
la actividad apostólica exterior, como para aquellos que
trabajan en el apostolado seglar activo. Y presenta con
gran relieve la importante idea de que el Apostolado de
la Oración contiene una espiritualidad apta, como sis­
tema básico, para todos los apóstoles activos que tra­
bajan en el reino de Dios.
Finalmente, los recientes Estatutos de la Sección para
la unión de los cristianos hacen comprender mejor el
alcance ecuménico de la idea del Apostolado de la Ora­
ción, y muestran cómo debe ser vivida la devoción al
Sagrado Corazón en función del gran ideal de la unión
de los cristianos separados, anhelo profundo del Cora­
zón de Jesús. Promueven, al mismo tiempo, la practica
de los principales ejercicios de piedad que hoy día, con
314 V IV IR CON LA IG L b S IA ,

aprobación de la Santa Sede, se dirigen en e9te sentido


ecuménico, que el Espíritu Santo actualiza en la Iglesia
<le nuestros días.
Nos parece que será útil tener a mano estos cuatro
documentos íntegros para el mejor estudio y compren­
sión de la espiritualidad del Apostolado de la Oración
en sus fuentes principales.

APÉNDICE l

ESTATUTOS DEL APOSTOLADO DE LA ORACIÓN


(28 de octubre de 1951.)

Estos nuevos Estatutos no cambian la naturaleza y


el fin del Apostolado de la Oración: solo pretenden des­
arrollarlo según las constituciones pontificias más re­
cientes y adaptarlo a las necesidades actuales, conser­
vando con fidelidad la mente de los fundadores.
Por lo tanto, allí donde el Apostolado de la Oración
se desenvuelve de un modo que no concuerda con los
nuevos Estatutos, con tal que no contradiga al fin, natu­
raleza y elementos esenciales de nuestra Asociación, se
ha de acomodar a los nuevos Estatutos con mucha
discreción y prudencia, de suerte que no se destruya
ningún bien, pero tampoco se descuiden las innovaciones.

1. Naturaleza y fin del Apostolado de la Oración.

El Apostolado de la Oración es una Pía Unión de


fieles que viven no solo para la propia salvación, sino
que, con oración y sacrificio apostólicos, trabajan tam­
bién para edificar el Cuerpo Místico de Cristo, es decir,
para propagar su Reino en el mundo. Conscientes de
que, como miembros de Cristo, deben responder también
de la salvación de los prójimos, unen au vida con Cristo,
que siempre aboga en el cielo y se ofrece en el sacrificio
de la Misa; a saber: oran y ofrecen sacrificios según las
Intenciones del Corazón de Cristo, no solo rezando cier­
tas fórmulas, sino ofreciendo toda su vida con Cristo a
ESTATUTOS DEL A. D E LA ORACIÓN
315

Dios Padre Y con esta oblación suya quieren poner en


práctica esto que creemos enseñados por la fe* aue
nosotros por la gracia, somos una misma cosa en Cristo
con inefable comunión de la vida, y que por eso debemos
asemejarnos a El con todo esfuerzo, así en el obrar como en
si orar y en el padecer.

2. El Apostolado de la Or&dón y ti divoción al


Sacratísimo Corazón de Jesús.
Esta íntima unión en orar y en sacrificarse con Cristo
es imposible sin una mutua unión de amor. De parte
de Cristo, el símbolo y la fuente de este amor es su Cora­
zón, del que brotaron todos los misterios de nuestra
Redención y la misma Iglesia. Y por nuestra parte, de
ningún modo podemos responder mejor a este amor que
•con la devoción al Sacratísimo Corazón de Jesús, que
nos lleva al conocimiento del misterio del amor divino
y nos impulsa al verdadero amor de Dios.
Por eso el Apostolado de la Oración promueve por
todos los medios la devoción al Sagrado Corazón de
Jesús. Impulsa a los asociados a que se formen en el
espíritu de esta devoción y practiquen y propaguen los
ejercicios de la misma. Además, la considera como medio
que, según el sentir de la Iglesia, responde de modo
peculiar a las necesidades de nuestro tiempo y prepara
y promueve con mucha diligencia el advenimiento del
Reino de Dios al mundo. Así, pues, la devoción al Sa­
grado Corazón de Jesús está tan íntimamente unida al
Apostolado de la Oración y es tan propia de él, que
«con toda justicia se puede decir que el Apostolado de
la Oración es una forma perfecta de devoción al Sacratí­
simo Corazón de Jesús y que, a su vez, la devoción al
Corazón Divino de Jesús no se puede en modo alguno
separar del Apostolado de la Oración» (Pío XII al Direc
tor General del Apostolado de la Oración, 19 de sep
tiembre de 1948).
3. Medios y prácticas.
Para lograr su fin, el Apostolado de la ° ™ ^ n em­
plea medios o prácticas que, si bien no todas se impone
316 V IV IR CON LA IG L E SIA

a todos, en conjunto constituyen una verdadera norma


de vida cristiana y contienen como un resumen de cris­
tiana perfección.
Y así, los Pastores de almas tengan presente que, en
esos diversos ejercicios del Apostolado de la Oración,
tomados en conjunto, está puesto y tienen a mano un
medio muy bueno para formar en el espíritu verdadera­
mente cristiano y apostólico a toda clase de fieles a ellos
encomendados, según la medida de la gracia que Dios les
haya concedido.
a) Primera práctica: El ofrecimiento diario.—El pri­
mero y principal ejercicio que deben practicar los socios
es el ofrecimiento cotidiano, por el que cada uno de ellos
ofrece diariamente a Dios todas sus oraciones y traba­
jos, gozos y sufrimientos, en unión con Cristo y con las
Intenciones de su Corazón, según las cuales, como Cabeza
de su Cuerpo Místico, continuamente intercede y se ofre­
ce en sacrificio por nosotros. Este ofrecimiento, en virtud
de nuestra unión con Cristo, confiere a nuestras acciones-
fuerza impetratoria; más aún: transforma toda nuestra
vida en sacrificio de alabanza y expiación.
Y porque nuestra unión con Cristo-Cabeza necesaria­
mente requiere también unión íntima con el Sumo-
Pontífice, Vicario suyo en la tierra, el Apostolado de
la Oración propone cada mes a todos sus asociados dos
motivos o Intenciones de orar, una General y otra Mi­
sional, que «el mismo Pontífice Romano revisa, comprue­
ba y enriquece con la bendición celestial» (Carta de
Pío X II al Director General del Apostolado de la Ora­
ción: Cum proxime exeat, 16 de junio de 1944).
b) Segunda práctica: El sacrificio de la Misa y la
Comunión reparadora.— Este ofrecimiento diario recibe su
plena perfección de la unión con el Sacrificio Eucarís­
tico, en el cual nuestras oblaciones en Cristo y con
Cristo, Sacerdote y Víctima, se santifican y se hacen
partícipes del valor infinito de su Sacrificio. Por lo tanto,
los asociados unan su ofrecimiento diario con el sacri­
ficio de la Misa lo más íntimamente posible; y ya que
el pecado es el mayor obstáculo para el Reino de Cristo,
tengan sobre todo en cuenta que en este sacrificio se
nos proporciona el gran medio con que podemos dar
ESTATUTOS DEL A. DE LA ORACIÓN
317

satisfacción al Padre Eterno ultrajado por nuestros pe­


cados y al mismo tiempo, reparar las injurias cometías
contra el mismo Corazón de Jesús.
Reciban, pues, los asociados la Sagrada Comunión al
menos una vez al mes, en espíritu de reparación pira
satisfacer al Señor por los pecados propios y aienos e
implorar su misericordia.
Se les invita además a que, aun. entre semana, parti­
cipen como conviene de la Misa con la fiecuencia que
puedan, y durante el mes se acerquen más veces a la
Sagrada Mesa.
c) Tercera práctica: La devoción tnariana.—Pero sa­
biendo bien que la Bienaventurada Virgen María, como
Madre y Abogada nuestra, intercede ante Dios en favor
nuestro y que con su intercesión comunica a nuestras
oraciones una eficacia especial, los asociados se acogen
también al Corazón Inmaculado y maternal de la Santí­
sima Virgen María y por medio de Ella dirigen su ofre­
cimiento diario al Sagrado Corazón de Jesús y a Dios Padre.
Además, como prenda de filial confianza en este miseri­
cordiosísimo Corazón de la Madre de Cristo y Madre
nuestra, se les invita a que diariamente recen, en privado
o en común, a lo menos una decena del Rosario de la
Santísima Virgen María, y, en cuanto sea posible, los
cinco misterios.
4. Ejercicios de devoción al Sacratísimo Corazón
de Jesús.
Puesto que la devoción al Corazón Sacratísimo de
Jesús es esencial al Apostolado de la Oración, los socios
promueven por todos los medios posibles las principales
formas de este culto, que muchísimas veces han sido
recomendadas por la autoridad eclesiástica. Son estas.
la Consagración al Sagrado Corazón de Jesús, en pranet
lugar la personal, y después también la de las familia*
y la de toda clase de colectividades; la celebración de
la Fiesta de Cristo Rey, y las diversas prácticas^ de
«reparación», como la Hora Santa, la Comunión reP ,
dora, especialmente la de los Primeros Viernes, y, _
todo, la celebración de la Fiesta del Sacratísim
de Jesús.
3Í8 V IV IR CON LA IG L E S IA

5. Organización del Apostolado de ia Oración.


a) El Apostolado de la Oración tiene su organización
propia, la cual, sin embargo, quedando a salvo los ele­
mentos esenciales, puede y debe adaptarse a las di­
versas circunstancias de las cosas.
b) El Prepósito General de la Compañía de Jesús,
mientras desempeñe el generalato, es el Director Supre­
mo del Apostolado de la Oración, cargo que puede dele­
gar en otra persona elegida por él. Este Delegado, en
el ejercicio de su cargo, es a su vez ayudado, en los
diversos países, por Secretarios nacionales o regionales,
según que estos desempeñen su oficio en toda la nación
o en una región o en determinadas Obras del Apostolado
de la Oración. El «Centro» principal del Apostolado de
la Oración está en Roma, en la Curia General de la
Compañía de Jesús.
c) La organización del Apostolado de la Oración se
hace por diócesis. En cada diócesis se puede nombrar
un Director Diocesano, o varios si por las circunstancias
pareciese conveniente, los cuales son designados por el
Ordinario del lugar y constituidos después por el Director
General o por su Delegado.
d) Dentro de la diócesis se pueden erigir Centros
dondequiera que parezca oportuno, v. gr., en las pa­
rroquias, en las iglesias, en los institutos religiosos, en
las escuelas, etc. Estos Centros son erigidos por el Director
Diocesano. Este nombra también, con aprobación del
Ordinario del lugar, a sus Directores, que se llaman
Directores locales, y que deben ser sacerdotes. Si este
nombramiento se hace por razón de determinado oficio
(v. gr., de Párroco, Prefecto espiritual, etc.), valdrá
también para los sucesores en tal cargo, a no ser que
expresamente se revoque.
e) Tanto los Directores diocesanos como los locales
están sometidos al Ordinario del lugar, aun en las cosas
que pertenecen al Apostolado de la Oración, salvo las
que se refieren a los Estatutos aprobados por la Sede
Apostólica.
f) Es propio de los Secretariados nacionales o regio­
nales ayudar a los Directores diocesanos y locales, facili­
E S T A T U T O S D E L A. DE LA ORACIÓN

tando todas aquéllas cosas que sean útiles para pr&baear


y desarrollar el Apostolado de la Oración en lare/ión
propia. Ellos editan también El Mensajero del Corazón
de Jesús, que es el órgano oficial del Apostolado de la
Oración, y otras hojas y escritos que sirven para lograr
el fin del Apostolado de la Oración. En fin. por medio
de ellos se establece ordinariamente la comunicación
entre la Dirección General y los Directores diocesanos
y locales.
6. Admisión de socios.
Para la válida admisión de socios se requiere y basta
que su nombre, consintiéndolo ellos, sea inscrito en el
libro registro o en el «fichero» de algún Centro reglamen­
tariamente constituido.
Para que puedan ser miembros de la Asociación, úni­
camente se exige a todos el ofrecimiento diario en la
forma descrita más arriba. Pero se les recomienda enca­
recidamente que, además del mencionado ofrecimiento,
reciban una vez al mes la Comunión reparadora y recen
diariamente una decena del Rosario Mariano. Todos los
demás ejercicios de piedad se recomiendan a los aso­
ciados como medios con que puedan llevar vida cristiana
y conseguir el fin del Apostolado de la Oración.
Los socios, cada cual según sus posibilidades, cumplan
fielmente las diversas prácticas, sobre todo el ofrecimien­
to diario, y esfuércense con diligencia en ajustar cada
vez más su vida al espíritu del Apostolado de la Oración.

7. Celadores.
a) También los socios deben cooperar a extender el
Apostolado de la Oración y sus Obras. Los que están
preparados para ello y son admitidos por el Director se
llaman «celadores». Su oficio es reclutar socios y for­
marlos según el espíritu del Apostolado de la Oración.
b) Con objeto de que ejerzan bien y fructuosamente
su oficio, reúnanse en fechas fijas, a lo menos una vez
al mes, si es posible, y sean instruidos particularmente
por el Director local u otro sacerdote experimentado
sobre el modo de robustecer y aumentar su vida espi­
320 V IV IR CON LA IG L E SIA

ritual y la manera cómo han de ejercer su apostolado.


Pero sobre todo tengan vivos deseos de confirmarse en
el espíritu de apostolado por medio de retiros y Ejer­
cicios Espirituales y por la fervorosa práctica de la devo­
ción al Sagrado Corazón de Jesús.
Puesto que los celadores, imbuidos de verdadero espí­
ritu de oración y apostolado, son de suma importancia
para el crecimiento del Apostolado de 1a Oración y para
sus obras, los Directores deben esforzarse mucho en tener
siempre a su disposición suficiente número de celadores,
V emplearlos según las diversas necesidades y circustan-
cias pastorales. Tanto puede y hace el Apostolado de la
Oración, cuanto pueden los celadores y Directores.
8. Secciones dei Apostolado de ia Oración.
a) Con el fin de que se adapten mejor a las diversas
condiciones de personas y lugares, se pueden constituir
en las distintas localidades, con aprobación de la Direc­
ción General, Secciones especiales del Apostolado de la
Oración, a las que se designe con nombres propios, como
«Cruzada Eucarística», «Caballeros Cruzados del Cora­
zón de Jesús», etc.
b) Estas Secciones retienen los fines, las prácticas,
la organización sustancial del Apostolado de la Oración;
pero añaden especiales obras de piedad y de celo apos­
tólico.
9. Relación dei Apostolado de la Oración con la
Acción Católica y con otras Obras religiosas.
Puesto que el Apostolado de la Oración alimenta y
promueve la vida interior, con la cual nos unimos conti­
nuamente a Dios, y es el alma y la fuerza de todo apos­
tolado eficaz, y como además estimula e instruye para
el celo apostólico a sus asociados, en gran manera «con­
tribuye a fomentar y hacer cada día más fructíferas la
Acción Católica y las demás Asociaciones que prestan
ayuda auxiliar en el apostolado de la Iglesia». Por eso
el Apostolado de la Oración invita e impulsa ardorosa­
mente a sus Asociados a que den su nombre a las obras
apostólicas, sobre todo a la Acción Católica, y colaboren
con ellas.
CA RTA DE PÍO X II
321

APÉNDICE II

CARTA DE PlO XII APROBANDO LOS ESTATUTOS

Las diversas instituciones de solicitud pastoral para


responder mejor a las exigencias de los tiempos/ nece­
sitan algunas veces adaptarse a las nuevas condiciones
que haya traído la época, reteniendo cada una de ellas
su índole y espíritu propios. Esto sucedió hace ya mucho
tiempo a la Pía Asociación denominada «Apostolado de
la Oración». Porque esta Asociación que, habiendo na­
cido de principios modestos, se había convertido en una
Obra grande a lo largo de más de cien años, para aco­
modarse a las nuevas circunstancias retocó más de una
vez sus Estatutos— como aconteció últimamente el año
1896— , pero conservando íntegras las cosas que se juz­
gaban esenciales a la Obra. Y como en el transcurso de
los últimos cincuenta años han salido de esta Sede
Apostólica no pocos documentos o exhortaciones que se
refieren a los diversos géneros de apostolado y alaban
mucho en concreto al Pío Sodalicio que hemos mencio­
nado, como muy oportuno para nuestros tiempos, con
muy buen acuerdo pensaron quienes lo dirigen que será
mucho más eficaz en adelante si se apropia y, en cierto
modo, absorbe la fuerza de estas decisiones de la Santa
Sede. Por esta razón han sido retocados diligentemente
los Estatutos de este Pío Sodalicio y propuestos a esta
Santa Sede revestidos de una forma nueva.
Y Nos, que conocemos bien los ubérrimos frutos de
este especial Apostolado y que en otras ocasiones lo
hemos recomendado tan encarecidamente más de una
vez, por el ansia con que fomentamos el bien de las
almas y la dilatación del Reino de Dios, hemos mandado
examinar los Estatutos retocados que hemos citado,}'
han parecido dignos de merecer nuestra plena aprobación.
En efecto: ellos ponen en luz clarísima la importar cía
y trascendencia de esta Pía Asociación, y la presentan
como eficacísimo instrumento del ministerio apostólico
moderno, ya se mire a conseguir la salvación ae cada uno
de los fieles, ya al cuidado pastoral universal.
SI
322 V IV IR CON JLA IG LK SIA

Entre las cosas que el «Apostolado de la Oración»,


según los nuevos Estatutos, aporta al cuidado pastoral,
juzgamos que deben ser recomendadas de un modo espe-
ciaUsimo estas tres:
En primer lugar, este Sodalicio, mientras induce e in­
cita a los fieles a que con oraciones y con sus trabajos,
adversidades y privaciones ofrecidos a Dios ayuden aí
ministerio de la Iglesia y de esta manera colaboren a
propagar el Reino de Cristo, no solo excita en ellos e
celo de las almas y una intensa preocupación por la
salvación eterna de los prójimos, sino que promueve y
aumenta también el uso de aquellas cosas y fuerzas
sobrenaturales de las que depende la eficacia y feliz
éxito de todos los trabajos apostólicos. Por eso resulta
que tal apostolado ni se cumple con actividad mera­
mente exterior ni se destituye de sólidps frutos.
Además, es digno de mención particular el modo perr
feotísimo con que los socios del «Apostolado de la Ora­
ción» son inducidos a orar y a entregarse de manera
apostólica; no se les exige solamente una u otra fórmula
de oración, sino que se les amonesta también que con­
viertan toda su vida en oración elevada a Dios y en yn
como sacrificio de sí mismos por causa del apostolado.
Por medio del ofrecimiento diario, que es el elemento
esencial y que se completa con otros ejercicios de pie­
dad, sobre todo al Corazón de Jesús, toda la vida de
los asociados se transforma en sacrificio de alabanza,
satisfacción e impetración; y así se lleva a efecto lo que
se comenzó en el bautismo: que la vida del hombre
cristiano debe ser como un sacrificio que se ofrece en
Cristo y con Cristo para el honor de Dios Padre y para
la salvación de las almas. Y los diversos ejercicios pia­
dosos que usa el «Apostolado de la Oración» para com ­
pletar y perfeccionar este ofrecimiento, tomados en pon-
junto contienen una síntesis de la perfección cristiana, y
ofrecen todas aquellas cosas con que los cristianos, por
el sacrificio del apostolado, santifiquen su vida, y la
santidad de su vida haga fructuosísimo al mismo aposr
tolado.
Además, por el mismo hecho de que ofrece «una forma
perfectísima de vida cristiana», el «Apostolado de la Ora-
C A R TA D £ P í o X II
323
ciono contiene también un resumen y como regla comben-
diada del cuidado pastoral, que puede servir con mucha
utilidad a los sagrados Pastores entre la eran variedad de,
obras apostólicas.
Una vez que estos sagrados Pretores hayan llevado
a las ovejas encomendadas a ellos a practicar asidua­
mente y con empeño los actos por el «Apostolado de la
Oración», ya no hay duda de que kan cumplido una paríe
no pequeña de su oficio. Porque mientras inducen a los
fieles a emitir debidamente el acto diario de ofrecimiento,
los instruyen y exhortan a que tomen su vida como un
sacrificio que se debe ofrecer juntamente con Cristo a
Dios Padre, y a que aspiren cada día más a aquella cris­
tiana perfección con la cual la vida de eada uno de ellos
se convierte realmente en una oblación no indigna
Dios. Y cuando incitan a los asociados a que unan esta
oblación con el Sacrificio Eucarístico y se acerquen a la
Sagrada Mesa «en espíritu de reparación» lo más frecuen­
temente que puedan, la exhortación de los Pastores
sagrados tiende a que los fieles constituyan al Incruento
Sacrificio del Altar en algo así como el centro de su
vida. Y , además, cuando los exhortan a que hagan su
ofrecimiento por medio de María y, como hijos amant¿~
simos, recen el Rosario piadosamente y de buen grado
en señal de su adicta confianza en el Corazón misericor­
diosísimo de nuestra Madre, los sagrados Pastores los
disponen a una piedad eficiente y sólida para con la
Inmaculada Madre de Dios. Realmente los asociados, al
comprender que deben ofrecer diariamente sus oracio­
nes, penas y trabajos por las necesidades de la Santa
Madre Iglesia, según lo desea él mismo Vicario de Cristo
en la tierra, o como suele decirse, según sus Intenciones,
no solo fomentan en sí mismos el amor a la Iglesia y
una plenísima identificación de sus sentimientos con ella,
sino que, como hijos, mantienen también su intenso
afecto de sumisión al Sumo Pontífice, sin lo cual no se
puede tener verdadera unión entre los miembros y la
Cabeza del Cuerpo Místico de Cristo.
Finalmente, por medio de la fervorosísima piedad al
Sacratísimo Corazón de Jesús, que es como el alma de
este Pío Sodalicio, los fieles son llamados a una estre­
324 V IV IR CON LA IG L E S IA

chísima unión con Cristo: de ahí que la caridad de cada


uno hacia los prójimos se haga más ferviente; de ahí
que sus oraciones, trabajos y padecimientos asciendan
a la más alta cumbre de eficacia; de ahí que se excite
el deseo de consagrarse al Divino Corazón y presentarle
continuamente expiaciones, por las cuales, puesto que lo
promete Él mismo, sabemos que ha de conceder a los
hombres, envueltos en tantas miserias, torrentes de mi­
sericordia y de gracia, como realmente los ha derramado
por todas partes.
Y no hay que olvidar que esta síntesis y como regla
compendiaría de solicitud pastoral, con el auxilio de
«Secciones» especiales que esta Asociación promueve—
como, por ejemplo, con el auxilio de las «Ligas del Sa­
cratísimo Corazón de Jesús» para hombres y de la «Cru­
zada Eucarística» para los niños, que esta Sede Apostó­
lica ha alabado con el mayor encarecimiento antes de
ahora— , puede adaptarse más fácilmente a las diversas
clases de ciudadanos, de suerte que responda mejor a
la índole, anhelos y necesidades de cada cual.
Siendo esto así, aprobamos gustosamente con nues­
tra autoridad los nuevos Estatutos de la Pía Asociación
«Apostolado de la Oración», y así retocada la recomen­
damos una y otra vez a los Prelados, confiando plenamente
en que ellos, por su parte, la han de propagar con cuidado
y diligencia. Porque abrigamos la esperanza cierta de que
esta Pía Asociación, lejos de impedir o usurpar los ofi­
cios de otras Obras Apostólicas, las eleva más bien a un
grado más alto de perfección, empapando a todas con
espíritu de santidad y amor a Dios y a los hombres, el
cual florece continuamente en el Sacratísimo Corazón de
Jesús y excita a obrar convenientemente.
Entretanto, como augurio de las gracias celestes y
testimonio de nuestra paternal benevolencia, tanto a ti,
amado hijo, como a cada uno de los Directores y socios
de esta Asociación, impartimos muy afectuosamente en
•el Señor la Bendición Apostólica.
Dado en Roma, junto a San Pedro, el día 28 de octu­
bre, fiesta de Nuestro Señor Jesucristo Rey, del año
1951, decimotercio de Nuestro Pontificado.
D ISCUKSO DE PÍO X II
325

APÉNDICE III

DISCURSO DE PÍO XII AL CONGRESO DE


DIRECTORES DEL APOSTOLADO DE LA ORACIÓN
(27 de septiembre de 1956.)

Nos llenamos de gozo, amadísimos hijos, cuando ante


Nos os vemos congregados, Directores, promotores y
colaboradores de la Pía Asociación del Apostolado de la
Oración. Habéis venido a Roma desde las más diversas
regiones del mundo, para inquirir, en primer lugar, si
los Estatutos de vuestra Asociación, por Nos aprobados
y renovados hace cinco años, tienen eficacia, en cuanto
lo ha enseñado la experiencia de estos cinco años, para
que vuestra acción se conjugue de una manera más
íntima y más fuerte con la cura pastoral. En segundo
lugar, con qué auxilios y con qué modo de obrar pueda
alcanzarse más perfectamente el fin que persigue la cura
de almas. En tercer lugar, de qué manera puede incre­
mentarse el mismo culto al Sacratísimo Corazón de
Jesús, después de que Nos mismo, por la Carta Encí­
clica Haurietis Aquas, tratamos de excitar a todos al
aumento de aquel culto.
Nos agrada sobremanera que vuestras deliberaciones
hayan logrado no pocos frutos. Nos mismo muchas veces
(principalmente por la carta enviada a vuestro Director
General el 28 de octubre de 1951), aprobamos y confir­
mamos vuestros trabajos y proyectos. Hoy nos agrada
tocar algunos puntos generales, que se refieren al espí­
ritu del Apostolado de la Oración y sus relaciones con
otras Asociaciones de la Iglesia.
1) Explicaremos primeramente la peculiar relación
que existe en general entre el Apostolado de la Oración
y el «apostolado de los laicos».
Ciertamente nos parece que casi nunca han estado tan
propensos como hoy los ánimos de los fieles para ejer­
cer el apostolado. Más aún: hay no pocos que sabemos
han asegurado que todos los cristianos deben dar
nombre a esta empresa apostólica. En este asun o.
326 V IV IR CON LA IG L E S IA

embargo, conviene que usemos de moderación y pruden­


cia. Pues para ejercer el apostolado se requieren pecu­
liares e íntimas dotes del alma, y también cierta condición
de vida, de las que no todos gozan: pues no todos son
tmenos catequistas, ni oradores o propagadores de la
doctrina de la fe católica; no todos pueden atraer y lle­
var a su causa ios ánimos de todos aquellos con quienes
conviven; además, muchos de tal manera han sido absor­
bidos por el cuidado de la familia, a cuya constitución
han sido llamados y a la que deben atender en primer
lugar, que apenas les queda tiempo y energías para las
obras del apostolado.
Sin embargo, dos géneros o dos formas de apostolado
pueden todos ejercitar, a saber: el apostolado del buen
ejemplo y el apostolado de la oración. Pues estos géneros
de apostolado no requieren tiempo ni fuerzas especiales.
Solamente requieren esto: que cada uno obre como cristiano
sincero y viva muy unido con Cristo. Ahora bien: fin
propio de vuestra Asociación es instruir a los cristianos
en estos deberes y aspiraciones y ejercitarlos en ellos.
Puede, pues, vuestro trabajo influir en todos aquellos
que son incapaces de las obras peculiares del apostolado,
a pesar de poseer ferviente espíritu apostólico.
2) Pero no solo a ellos: pues si bien el apostolado de
la oración y del buen ejemplo lleva en sí mismo su fruto
y casi se basta a sí mismo, esto no vale de los demás
géneros de apostolado; pues estos requieren en aquel que
los abraza espíritu de oración y ejemplo de vida cris­
tiana, como las Constituciones de la Compañía de Jesús
lo enuncian: «Aquellos medios interiores (a saber: las
virtudes sólidas y el deseo de las cosas espirituales) son
los que han de dar eficacia a estos exteriores»; y como
la vida elocuentemente lo enseña.
Esta es la razón por la cual intensamente deseamos que
todos los que se dedican a las obras de apostolado se adhié­
ran al «apostolado de la oracióm y se imbuyan de su espí­
ritu: clérigos y laicos, varones y mujeres, que en la Acción
Católica, o en otras Asociaciones ayudan al apostolado
jerárquico.
3) Y, ciertamente, es de desear con toda vehemencia,
que se adhieran al A postolado de la Oración según la forma
DISCURSO D E PÍO X II
327
que presenta vuestra Pia Asociación. Pues, aunque como
Se presaribé en otras Pías Asociaciones, es provechoso
y laudable que diariamente se reciten ciertas oraciones
a fin de ganar ciertas indulgencias o de ayudar a deter­
minadas Obras apostólicas, vuestra Asociación ni siquiera
prescribe a los fieles tales pías Obras; y , sin embargo
los lleva a una forma perfecta de apostolado de la oración •
es decir, a que diariamente ofrezcan a Dios y a Cristo
todas sus oraciones y acciones, lo que hacen y lo que
padecen, las cosas buenas y malas que les ocurren, y
aún a sí mismo; y se unan al sacrificio de Jesucristo,
asistiendo a él lo más frecuentemente que puedan, para
imitar el ejemplo de la Santísima Virgen María, y según
las Intenciones del Sumo Pontífice, por el bien e incre­
mento de toda la Iglesia.
En el libro La imitación de Cristo, el Señor habla así
al alma fiel: «Cómo Yo espontáneamente me ofrecí a
Mí mismo a Dios Padre por tus pecados, con las manos
extendidas en cruz y desnudo de Cuerpo, de suerte que
no quedase en Mí nada que no se ofreciese en sacrificio
para aplacar a la divinidad, así debes también tú ofre­
certe a Mí voluntariamente cada día en la Misa, en
oblación pura y santa, con todas tus fuerzas y afectos,
lo más íntimamente que puedas*. A las cuales añadamos
por la salvación del mundo. jHe aquí la médula y esencia
del Apostolado de la Oración! Del cual, para aquellos que
lo ejercen, casi necesariamente se sigue que su vida se
haga siempre más pura, más santa, y que se asemejen
a Cristo de tal manera que no puedan menos de afec­
tarse con el amor de Jesucristo, crecer en este amor y
por esto mismo adelantar también en el culto al Sacra­
tísimo Corazón del Redentor. Pues este no es otra cosa
que la devoción afectuosísima hacia él amor divino-
humano de Jesús en toda su amplitud, desde su amor
increado é infinito hasta las palpitaciones de su Coraron
humano creado, que son como ondas visibles y patentes
trasladadas a nosotros desde el mar inmenso de aquel
amor. Cuando más espontáneamente surge y se desarro­
lla aquella d evoción -^ esto según el natural curso de las
cosas será efecto del Apostolado de la Oración--, seré tanto
más sincera y con ínás profundas raíces obrará en e a ma.
328 V IV IR CON L A IG L B S IA

4) De todas estas cosas que hasta aquí hemos dicho,


fácilmente aparece que el Apostolado de la Oración no es
una consociación o una ordenación y composición de
miembros que compita con otras semejantes Pías Aso­
ciaciones. No compite con ellas, sino que de tal manera
se las une, que las penetra como aire puro y sano, con
el cual la vida sobrenatural y la acción apostólica siempre
V en todas partes se renueven y confirmen.
Por lo cual, aunque el Apostolado de la Oración, por
razones de propagación no puede carecer de cierta orde­
nación y composición de miembros, sin embargo, tanto
más se podrá prescindir de su «organización técnica» en­
tre los que ya practican el apostolado activo, cuando
más profundamente el Apostolado de la Oración llegue a
convertirse en elemento y ejercicio común de todas las Obras
apostólicas de la Iglesia.
De todo corazón deseamos que esto así sea, con la
ayuda de Dios Uno y Trino y la gracia de Cristo. Y en
prenda del incremento del Apostolado de la Oración, a
vosotros, amadísimos hijos, a todos los compañeros en
esta labor y a los socios de vuestra Asociación, con todo
amor impartimos la Bendición Apostólica.

APÉNDICE IV

ESTATUTOS DE LA SECCIÓN POR LA UNIÓN DE LOS


CRISTIANOS

(21 de junio de 1959.)

Entre los deseos que conmovieron profundamente el


Corazón de nuestro Salvador durante su vida terrestre
y que, sin duda, constituyen también en el cielo objeto
peculiar de su intercesión ante el Padre, obtiene lugar
principal la unidad de la Iglesia por Él fundada. Porque
aquel gran deseo del Señor de «que todos sean uno»
(loan., 17, 21) no puede cumplirse sino en su Iglesia,
la cual, de la misma manera que por su naturaleza es
santa y apostólica, es también una y católica.
ESTATU TO S D E LA SECCIÓN
329

-------------------- --- j
Responde plenamente al fin del Apostolado de la Ora­
ción que sus socios hagan suya esta Intención del Cora­
zón de Jesús, y nieguen intensamente para que tan triste
separación desaparezca, y todos se unan a la única
Iglesia de Cristo.
Por lo cual, queda constituida en el Apostolado de la
Oración una Sección, cuyos socios tienen como obliga­
ción principal orar con este fin y mover a otros a la
misma oración.

Fin de la Seeclón.
El fin de la «Sección para pedir la unión de los cris­
tianos en la única Iglesia de Cristo*, es promover entre
los socios del Apostolado de la Oración la práctica de
orar por la unión de los cristianos en la Iglesia de Cristo,
y excitar y fomentar en ellos el espíntu de caridad
apostólica, que mueve a colaborar activamente en la
obra de la unión.
Medios de la Sección.
1. El culto del Sagrado Corazón de Jesús.—Siendo por
naturaleza el culto al Sagrado Corazón el mejor camino
para superar las dificultades y peculiares necesidades de
nuestro tiempo, el ofrecimiento que cada día hacen los
socios del Apostolado de la Oración conforme a las inten­
ciones del Corazón del Señor, deben hacerlo también P4***
implorar la vuelta de todos los cristianos al único redil
del Señor. z i u
Hágase también cada mes por dicha Intención la Hora
Santa, ofreciendo en ella la debida reparación al Sagrado
Corazón de Jesús por los pecados de todos los que llevan
el nombre de cristianos, ya cometidos en la misma sepa-
•/ i ______ A- P aIIa

un
330 V IV IR CON LA IG L E S IA

ejercicios del culto al Sagrado Corazón, tomados con


el mismo fin.
2. Ejercicios de piedad.— a) Los miembros de esta
Sección se sumarán y cooperarán, en los lugares donde
se celebren públicamente, a las Preces de la Novena de
Pentecostés, introducidas por León X III, y al Octavario
por la unión de las Iglesias, que se suele tener del 18
al 25 de enero. Donde estos no se celebren públicamente,
harán tales ejercicios de piedad en particular, conforme
al parecer de la Autoridad Eclesiástica, bien sea solos,
bien con otros.
b) Entre los demás ejercicios de piedad que pueden
practicar los socios voluntariamente se recomienda,
principalmente, que los sacerdotes celebren y los fieles
hagan celebrar la Missa ad tollendum schisma (Misa para
la desaparición del cisma), cuyo texto se aplica a los
demás separados de la Iglesia, y que recen el Rosario
de la Virgen María.
3. Para fomentar en sí y en los demás el espíritu
apostólico de unión.— a) Los socios procurarán instruir­
se y dar a conocer a los demás todo aquello que la Santa
Sede o los Obispos ordenen o recomienden acerca del
«movimiento de la unión», y lo cumplirán con diligencia.
b) Tendrán cuidado de infundir el amor de Cristo
con su buen ejemplo y, sobre todo, con la caridad fra­
terna, en aquellos que estén separados de la Iglesia de
Cristo.

Organización de la Sección.

1. Esta Sección puede ser instituida por el Director


local del Apostolado de la Oración en cualquier Centro
de dicho Apostolado.
2. Pueden ser recibidos en ella todos los socios dél
Apostolado de la Oración que estén dispuestos no solo
a orar por la unión de los cristianos en una iglesia, sino
también a promover esta clase de oración y este espíritu
apostólico de unión en los demás, como se ha dicho en
el apartado II.
3. Para ser inscrito como miembro de está Sección
e* requisito suficiente pedir la admisión a un Director
ESTATU TO S DE LA SECCIÓN 331

local del Apostolado de la Oración y ser admitido por


él de palabra o por escrito. Cualquier otra condición o
ceremonia, que tal vez convenga instituir por las condi­
ciones del lugar, no interesa a la validez de la admisión.
Se advierte a los Directores locales que solo admitan
com o socios a los que sean aptos para ejercitar esta clase
de apostolado.
4. Los socios de la Sección se reunirán cada mes, o
al menos cada cuatro meses, para tratar de las cosas
que puedan servir para promover el fin de la Sección.

Cooperación.

Los socios unirán y subordinarán sus afanes y esfuer­


zos al trabajo pastoral de la parroquia y de la diócesis,
y en cuanto sea posible cooperarán con las demás Obras
y Asociaciones que promuevan el mismo fin de la unión
d e los cristianos.
NOTAS

PRIMERA PARTE

ADVERTENCIAS.— 1) Damos Ai final del libro las notas que solo


contienen la cita del documento a que ge hace referencia.
Intercaladas en el miaño libro van nnn» cuantas que
tienen especial interés; se podrá advertir por ello qne
notas faltan en esta lista final; bú&quense en la página mianut
del texto del libro, donde se incluyen. 2) Las referencias de
Encíclicas llevan nn número (n. 3, v. gr.): corresponde a la
división en números del libro de donde se h«-n tomado.
Cuando no se indica otra cosa h*n sido tomadas de uno de
estos dos libros: M a r ín : Al Reino de Cristo por la d evoción
a su Sagrado Corazón (Barcelona, 1950), ( l Anrnim Sacrum»,
«Miserentissimus Redemptor», «Quas Primas», «Snmmi Ponti-
ficatus», «Tametsi Futura», «Ubi Arcano»), o Colección de
Encíclicas, publicada por A. C. E. (Madrid, 1942).

(1) Nuntius Apostolatus Orationis, marzo de 1961.


(2) Me., 16, 15.
(3) Act., 1, 8.
(4) Jn., 10, 10.
(5) Discursos y Radíomensajes de Pió X II (Madrid,
1946), vol. 1, pág. 93.
(6) 1 Cor., 3, 9. .
(7) Estas conclusiones pueden hallarse en la revista
Ecclesia (1951), pág. 444.
(8) Jn., 15, 5.
(9) 1 Cor., cap. 12.
(10) Efes., 5, 23.
í l l ) Salm. 44, 14.
(12) Pág. 38.
<13) Le., 19, 10.
(15) Pascal en sus anotaciones espirituales, frase muy
difundida y citada con frecuencia.
(16) Le., 1, 35.
(17) Le., 4, 16-21.
(18) Col., 2, 9.
354 V I V I R CON LA 1GLKSIA

<19) Jn., 1, 16.


(20) 1 Cor., 12, 11-13.
(21) 1 Cor., 2, 11.
(22) Rom ., 8, 14-M>.
(23) Rom ., 5, 5.
(24) Rom ., 8, 9.
(25) Heb., 5, 7.
(26) Rom ., 8, 26-27.
(27) Retiro de 1880. Cfr. Ch. P a r r a : Le Pére Henry
Ramiére (Toukrase, 1934), págs. 62-63.
(28) Mt., 18, 20.
(29) Jn., 15, 7.
¡30) Apostolado de la Ormc*6n, parte 1.», cap, 3, art. 1.
(31) Apost. de la Orac., parte 1.*, caf>. 3* art. 2.
(32) Jn., 19, 34-37
(33) Ene. Haurietis Aqmts, III. L a Encíclica H au-
rietis Aquas puede hallarse en EccUsia.
(34) Ene. Hámr. Aq., IV.
(35) Mt., 18, 3.
(36) Is., 49, 15.
(37) Apoc., 5, 12.
(38) Col., 1, 15-16.
(40) Ene. Haur. Aq., II.
(41) Ez., 47, 2-5.
(42) Jn., 11, 52.
(43) Puede verse la tradición de este Cáliz en la. re­
vista El P üar, órgano oficial del culto en el Tem plo
(Zaragoza, 27 4 e jim io de 1959), págg. 34^39.
(44) Mal., 1, 11.
(45) Ene. Haur. Aq., III.
(46) Lo y o l a -U r i a r t e : Vida del P . Bernardo de
Hoyos, págs. 312-314.
(47) 1 Cor., 2, 2.
(48) Salm. 30, 6.
(49) Ene. Mediator Dei, AAS, 39 (1947). páginas
526-527.
(50) H eb., 1^3; 9, 11-1S.
(51) Jn., 13, 1.
íyQTAS: PRIMARA PARTE

(55) Mal., 1, 1 1 .
(56) Mt., 28, 20.
(57) Mt., 26, 26-28.
(58) Me., 14, 22-24.
(59) Le., 22, 19-20.
(60) 1 Cor., 11, 23-25.
(61) 1 Cor., 11, 26.
(62) Jn., 10, 18.
(63) Le., 22, 19
(64) Ene. Mtdiator Dei, 5$3-f
(65) Ene. Mediator Dei, 556.
(66) Rom., 12, 1.
(67) Is., 58, 3.
(68) Jn., 13, 1.
(69) Jn., 13, 34-35.
(70) S a n J e r ó n i m o : Com&U. ad Gal., 13, cap. 6.
(71) E l i s a b e t h L e s e u r : Diario espiritual (Barcelo­
na, 1942), págs. 232-253.
(72) Me., 12, 29-31.
(73) Ene. Haur. Aq., V.
(74) Ene. Haur. Aq., V.
(75) Le., 2, 34-35.
(76) El pensamiento es de San Bernardo: se halla en
la lección IV del Breviario, fiesta de los Dolores, fer. VI
de Pasión, antes de la reforma de la liturgia.
(77) Jn., 19, 27.
(78) Gen., 3, 20.
(81) R a m i e r e utilizó la imagen de la palanca en su
famosa obra Apost. dt la Orat., paite !.•, cap. 1, art. 10.
(82) Mt., 7, 7.
(83) Jn., 14, 14.
(84) Fiesta antigua de los Dolores de María, fer. VI
Pasión, Regp. VI.
(85) Historia de un alma, cap. 5.
(86) Act., 7, 60.
(87) Ene. Sutnmi Pontificatus, n. 18.
(88) Apost. de la Orac., parte l.\ cap. 1, art. 4.
(89) Jn., 16, 23.
356 V IV IR CON LA IG L E S IA

(93) Me., 9, 23.


(94) Me., 5, 36.
(95) Me., 9, 23.
(96) Jn., 14, 12.
(97) Sant., 1, 5-7.
(98) Mt., 7, 7-8.
(99) Jn., 16, 24.
(100) Mt., 7, 9-11.
(101) Le., 18, 5.
(102) Apost. ie la Orac., parte 1.a, cap. 1, art, 8.
(103) Ibid.
(104) Ibid.
(105) Act., 6, 4.
(106) Efes., 6, 18.
(107) Col., 4, 3.
(108) Exod., 32, 10-11.
(109) E xod., 17, 11.
(110) Gen., 18, 16-33.
(111) Jos., 10, 12-14.
(112) 3 R ey., 18, 36-38.
(113) 4 Rey., 4, 33-35.
(114) Apost. de la Orac., parte 1.a, cap. 1, art. 8.
(115) Ibid.
(116) Traducimos de las lecciones del Breviario en
la fiesta de Santa Escolástica, 10 de febrero.
(117) Le., 11, 13.

SEGUNDA PARTE

(1)
Ja., 20, 28.
Ene. Miserentissimus Redemptor, n. 4.
(2)
(4)
Exod., 3, 14.
(5)
1 Jn., 4, 16.
Carta 18 a la M. Soudeilles. T e j a d a : Obras
(6)
completas, pág. 248.
(7) U r i a r t e : Vida Hoyos, parte 3 .», cap. 2.
(8) Autobiografía, IV. T e j a d a : Obras comp., pá­
gina 115.
(9) Joergen sen : Santa Catalina de Sena, lib . 2,
capitulo 4.
NOTAS'. SKGUMDA lA X lt . 331

Filip., 1, 21.
2 Cor., 4, 10.
Gal., 2, 20.
1 Cor., 2, 16.
Ez., 11, 19.
Carta 36 a la M. Saumaise ( T e ja d a , Obras
completas, pág. 273). Las mismas palabras de esta reve­
lación son repetidas en la Carta 37 a la M. Grevfié
( T e j a d a : Obras comp., pág. 276).
(16) Carta 132, 3.a de Avinón al P. Croiset ( T e j a ­
d a : Obras comp., pág. 448).
(17) Carta 53 a la M. Soudeilles ( T e j a d a : Obras
completas, pág. 297).
(18) Ene. Miserentissimus Redemptor, n. 4.
(19) Ene. Miser. Redempt., n. 4.
(20) Ene. Miser. Redempt., n. 4.
(21) Ene. Miser. Redempt., nn. 6 y 4.
(22) Ene. Haur. Aq., I.
(23) Ecclesia (1956), II, págs. 547-548. Este Raaio-
mensaje es singularmente importante {Mira entender la
mente de Pío X I I respecto a la Consagración y su valor
efectivo.
(24) Autobiografía, V ( T e j a d a : Obras comp., pági­
na 118).
(25) Ene. Miser. Redempt., nn. 14-15.
(26) Ene. Miser. Redempt., n. 16.
(28) Camino de perfección, cap. 1.
(29) Tratado de la verdadera devoción a la Virgen,
parte 2.a, cap. 1.
(30) Trat. verd. devoc., parte 2.a, cap. 1
(31) Trat. verd. devoc., parte 2 .a , cap. 2, I.
(32) Trat. verd. devoc., parte 2.a, cap. 3, III.
(33) Trat. verd. devoc., parte 2 .a, cap. 5, VI.
(35 I. T o r r e s , C. M. F.: El Corazón de Marta habló
a un sacerdote (Madrid, 1957), págs. 18-20.
(36) Jn., 13, 35.
(37) Jn., 13, 12-14.
(38) Vida devota, lib. 2, cap. 14. , , ^ -
(39) Discurso a los Cardenales (20 de febrero
1946); Ecclesia (1946), 1. pág. 231.
(40) Ibid.
n
33$ VIVIR CON . LA IGLUaiA

(41) Ene. Miserentissimus Hedemptor, a. 10.


(42) Ibid. ;
(43) Homilía 61 al pueblo de Antioquía.
(44) Radiomensaje al 111 Congreso Nacional del
Apostolado de la Oración de Portugal (19 de m ayó de
1957); Ecciesia (1957), I, pág* 640.
(46).-: Jn., 21, 20.
(4 7) J o s é M a r í a Pemán : Poema dé la bestia y el ángel.
(48) Jn., 13, 25.
(49) AAS (1920), 12, 503.
(50) Ene. Miserentissimus Redempior, n. 3.
(51) Decreto 534, 2.
(52) T . T o n i : L os Sumos Pontífices y el Apostolado
de la Oración (Bilbao, 1946), págs. 155-156.
(52a) Radiomensaje al III Congreso Nacional del
Apostolado de la Oración de Portugal: Eaciesia (19.57),
I, pág. 641.
(53) Apost. de la Orac., parte 3.a, cap. 2, art. 1. ;
(55) Jn., 5, 23.
(5*) Col., 1, 19.
(57) Jn., 14, 6.
(58) Carta al Director del Apostolado de la Orte^-
ción (1948)..
(59) Mal., 1, 11.
(60) 1 Cor., 10, 31.
<61) Mt., 26, 12.
(62) Mt., 16, 19.

TERCERA PARTE

( 2) Catechismus Catholicus, quaest. 307-308.


(3) Mt., 9, 38.
(5) Apost. de la Orac., introducción IV .
(6) Pío X II lo indica en los preámbulos d e f la
Mystici Corporis Christi. Ramiére publicó una obra im­
portante, titulada así: La divinización del cristiano.
(7) Apost* de la Orac., parte 1.a, cap. 3, art. 1.
(8) Estatutos, n. 1-2.
(9) Esta frase de Pío XII, en Carta al. Director
N O TAS: TERCERA PARTE
9*9

General del Apostolado de la Oración en 1 * 6 - se talla


incluida en los Estatutos ' se «ana
(10) Is., 57, 19.
(11) Zac., 12, 11.
(12) Dan., 9, 24.
• (13)í Is., 62, 7.
i L e s e ü r : Diario espiritual (Barce­
lona, 1942), pág1 . 80.
(15) Alocución del lO de lebrero de 1952, n. 2. Cita­
mos esta alocución por la revista Ecclesia (16 de febrero
de 1952), donde está numerada.
(16) Aloe, (febrero de 1952), n. 7.
(17) Ene. Caritate Christi compulsi, nn. 9-10
(18) Ibíd. .c
(19) Radiomensaje de Navidad (1942), nn. 37-39.
(20) Alóc. (febrero de 1952), n. 5.
(21) Aloe, (febrero de 1952), nn. 6-9.
! (22) Ene. Summi Pontificatus, n. 3.
•(23) Mt., 13, 33. :
(24) Ene. Divini Redemptons, n. 41.
(25) Ene. Summi Pontificatus. n. 30.
(26) Ene. Divini Redemptoris, n. 60.
(27.) Ene; AdCatholici sacerdotii, n. 7.
(28) Ene. Divini Redemptoris, nn. 61-62.
(29) Ene. Ubi Arcano, n. 52.
(30) Ene. Ubi Arcano, n. 53.
(31) Ene. Divini Redemptoris, nn. 64-65.
(32) Ene. Summi Pontificatus, n. 31.
(33) Aloe, (febrero de 1952), n. 3.
(34) Apost. de la Orac., introducción, IV.
(35) Ene. Caritate Christi compulsi, n. 23.
(36) Ene. Caritate Christi, n. 23.
(37) Carta 132, 3.* de Aviñón al P. Croiset ( T e j a d a :
Obras comp., pág. 448).
J (38) ' Radiomensaje de Navidad (1946), n. ¿3.
(39) Alocución de Naviddd (1940), n. 5.
(40) AAS, 46, 772.
(42) " Discurso' ál Congreso del Apostolado de la Ora­
ción (27f de septiembre de 1956); puede verse el
apéndice- ---
(43) Ibid.
340 VI VIR CON LA IG U E M A

(44) Ibid.
(45) Apost. de la Orac., introducción IV , al fin.
(46) Pío X II : Discurso al Congreso del A . de la O.,
en el apéndice.
(47) Ene. Summt Pontificatus, n. 29.
(48) Alocución a la Acción Católica (12 de octubre de
1952); cfr. Ecclesia (18 de octubre).
(49) Radiomensaje de Navidad (1943), n. 5.
(50) Ene. Tametsi futura, n. 14.
(51) Ene. Annum sacrum, n. 11.
(52) Ene. Miserentissimus Redemptor, n. 2.
(53) Aloe . (10 de febrero de 1952), n. 7; Ecclesia
(16 de febrero).
(54) Ene. Quas Primas, n. 20.
(55) Ene. Summi Pontificatus, n. 4.
(56) Discurso en el Sínodo Romano (27 de enero de
1960).
(57) Toda la última parte del discurso está dedicada
a comentar con emocion pastoral la figura del Buen
Pastor y la página evangélica.
(58) Jn., 10, 16.
(60) Lo dice Pío X I en el mismo pasaje citado en la
nota 59, que va debajo del texto del libro. AAS, 14, 697.
(61) Ibid.
(62) ASS, 31, 651. Fórmula de Consagración del
mundo.
(63) Ene. Rosario (1896); ASS, 29, 209.
(64) Ene. Evangelii Praecones (1951); AAS, 43, 505.
(65) Hora Santa del día del Sagrado Corazón (1959);
Ecclesia, I, pág. 603.
(66) 1 Cor., 2, 11.
(67) Ene. Haur. Aq., IV.
(68> Carta 131, 2.» de Aviñón al P. Croíset (T e j a d a :
Obras comp., pág. 439).
(70) Ene. Miserentissimus Redemptor; AAS, 20, 168.
(71) Ene. Summi Pontificatus, n. 4.
(12) Ene. Haur. Aq., IV.
(73) En c. Eccletiam Dei (1923); AAS, 15, 381.
¡74} Ene. Dújinum lllud (1897); ASS, 29, 644.
(75) Mensaje (8 de diciembre de 1954); AAS, 46,
n otas : tkrckra parte 541

(76) Coll. Lacensis, VI, 842-3; Ene. Ad diem illum


(1904); ASS, 36, 450.
(77) Ene. Rosario (1895); ASS, 28, 132-3.
(78) Bula Munificentissimus Deus; AAS, 42, 769.
(79) Ene. Annum Sacrum; ASS, 31, 651.
(80) Ene. Ecclesiam Dei; AAS, 15, 576.
(81) Ene. Sempiternus Rex; AAS, 43, 641-2.
(82) Discurso en el Sínodo Romano (25 de enero de
1960).
(84) Act., 1, 8.
(85) Act., 1, 6.
(86) Act., 1, 8.
(87) Apoc., 6, 10-11.
(89) Ibíd., como en la nota 88, cfr. pág. 300.
\91) Ad Rom., III, 3, Ibíd.
(92) Filip., 2, 15.