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«LOS FUEROS COM O EXPRESION DE

LIBERTADES Y RAIZ DE ESPAÑA»

José Angel Zubiaur


D e p ó s i t o L i o a l N A 1 5 5 .— 1965

N u il. D3 R b g istro N A 42-45

EDITORIAL GOMEZ, S.L.-PAMPLONA


(Discurso pronunciado por el abogado y ex-diputado
{ora l de Navarra D O N J O S E -A N G E L D E Z U B IA U R , en el
acto organizado por la Junta Señorial Carlista de Vizcaya
V que se celebró el dia veinticinco de octubre de m il nove­
cientos sesenta y cuatro en el TE A TH O B U EN O S AIRES,
de Bilbao, repleto de público).
«LOS FUEROS COM O EXPRESION DE
LIBERTADES Y RAIZ DE ESPAÑA»

u e r id o s c o r r e lig io n a r io s , v iz c a ín o s, n a v a rro s , a r a g o ­
neses, valencianos, riojanos, madrileños y de otras
Regiones españolas, que habéis acudido a este acto
foral para dar la nota simbólica de unidad dentro de la
vaiiedad.
Oyentes que no sois carlistas y que por curiosidad
—que os agradecemos— habéis venido con respeto a este
salón para conocer la doctrina y programa del Carlismo
y después, en uso de vuestra libertad, alabarlo o criticarlo,
pero siempre conociéndolo directamente y no por refe­
rencias de segunda mano, porque lo que ha significado y
— Dios mediante— significará el Carlismo en España, los
únicos que podemos decirlo con exactitud somos los car­
listas, que no necesitamos de intérpretes pues nuestro sen­
tido y lenguaje es claro.
Hoy venimos a hablar de los Fueros, de un tema des­
graciadamente extraño, porque es singular y es paradó­
jico que en España seamos tan flacos de memoria, padez­
camos tal deformación, que nos olvidemos de lo que fue
durante tantos siglos, para acordamos solamente de lo
que, en cuanto a su estructuración política, viene siendo
desde el pasado siglo y no concebir que pueda abando­
narse el patrón centralista, tan en pugna con nuestra His­
toria y con nuestra id iosin crasia
Pero la extrañeza no está reñida con la oportunidad,

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porque respecto de un rcplanteamiento del futuro nado-
nal se hace preciso decir que los cimientos del nuevo al­
cázar no pueden ponerse en las arenas movedizas del
siglo xix, sino que hay que ahondar hasta llegar a la tufa
dura de la auténtica sustancia de las Españas. Por eso,
nosotros, los carlistas, hoy y siempre, frente a los que nos
desconocen, tenemos que realizar una tarea importante,
que es la de misionar la verdad del pensamiento y doc­
trina carlistas, que no es el estrecho y circunstancial punto
de vista de un partido político, sino el de la España redi­
viva, una doctrina que sería la solución para la Patria. Y
a esto venimos obligados por el propio imperativo de nues­
tros principios, que no podemos tener encerrados en un
pomo, para nuestro recreo personal, sino que hemos de
derramar por la geografía de España, para que perfumen
a nuestra Patria. Con esta idea de misionar, sin pretender
agredir a nadie, aunque sí evidenciar el error, voy a expo­
ner el tema de ^bs Fueros, que es básico en el pensamiento
carlista, presentándolos como expresión de las libertades
y como raíz de España.
Entre los tópicos que están en circulación, que no son
pocos, hay uno que se refiere a los Fueros. Consiste en
que se tiene a éstos como privilegios, como concesiones gra­
ciosas que un día se dan y otro se quieren quitar, como
algo irritantemente diferencial e injusto. P or el contrario,
el Fuero es Derechos/Es una Institución superior a la
voluntad del imperante, puesto que pertenece a la So­
ciedad/El Fuero tiene en España una tradición, pues nació
a una con la personalidad de los Concejos, Anteiglesias,
Municipios, antiguos Reinos, Principados, Condados y Se­
ñoríos; en una palabra, con las Entidades sociales.

Los Fueros y f.i , p r o c e s o df. la


n a c io n a l id a d e s p a ñ o i -a

No nos vamos a perder en las brumas de la Historia,


pero si hemos de hacer una breve referencia a ella. Salte­

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mos con la imaginación a los tiempos en que la invasión
musulmana hizo caer el Reino Hispanogótico. Entonces,
cuando empezó la reconquista —que había de terminar en
la Edad Moderna, con la unión Peninsular, para formarse
España— la Sociedad hubo de improvisarlo todo, en lucha
contra los invasores. Así surgieron los Fueros, espontánea­
mente, como expresión natural; no como fórmulas prefa­
bricadas, sino como realizaciones concretas de la libertad
atemperada a las necesidades; como soluciones dictadas
por el sentido común, como manifestaciones adecuadas de
la ley natural que Dios ha puesto en lo íntimo de los seres
humanos. Y de esa manera tenía que ser, porque a una
Sociedad como aquélla, en momentos de expansión vital
no se le podía encajar en los moldes estrechos de una le­
gislación uniforme.
Lo que ocurrió con Castilla constituye un ejemplo de
lo que acabo de decir, porque aquella gente que descol­
gándose del reducto de Covadonga avanzaba hacia el Sur
—con una mano en la espada y con otra construyendo
castillos y poblados— . no podía atenerse a las Leyes rígidas
de León, insuficientes. Por ello surgieron los Fueros de
libre albedrío, emanación de su propia personalidad. De
donde la misma Castilla, a la que luego se ha presentado
como encarnación del centralismo, nació afirmando una
-A lig á rn o s lo asf~j descentralización con~~respecto a León.
A l compás de la vida nacieron los distintos Fueros.
A l principio rudimentarios, para luego perfeccionarse y
extenderse, pprn nunca constituyeron privilegios, en el
sentido de gracia, porque aun aquellos que tuvieron su
origen en la iniciativa regia o señorial, como las Cartas-
gueblas^/fíesde el momento en que se aceptaron por las
personas a ellos acogidas y por ellos impulsadas a habitar
territorios fronterizos pasaron a tener la categoría de
contrato, de un contrato que en léxico moderno denomi­
naríamos de “ adhesión” , siendo, por tanto, inmodificables
unilateralmente y no pudiendo estar a merced de quien
primitivamente los concedió, sino que el Poder político
tenía que respetarlos y sus Representantes habían de ju­
rar su cumplimiento y observan cia^
Sintetizando lo expuesto, podemos decir que el Fuero

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es un conjunto de normas — verbales o escritas— , de cos­
tumbres y pactos, que surgiendo espontáneamente de las
sociedades o habiendo sido aceptadas por éstas en ejer­
cicio de su personalidad, sirven para ordenar sus nece­
sidades y su vida de relación. En el Fuero la costumbre
tiene gran importancia, como la tuvo en esta tierra de
Vizcaya en la que no se recopiló el Fuero hasta el siglo xv.
Partiendo de la variedad peninsular y alrededor de una
empresa y un ideal común, se fue produciendo la unión,
la “comunión” española, en un proceso ascendente en el
que tuvo parte principal el Pacto. En el año 1200 Guipúz­
coa se une a Castilla, sin pérdida de su personalidad; en
1352 la Cofradía del Campo de Arriaga, en Alava, acepta
a los Reyes de Castilla, sin merma de su variedad; en 1371
Vizcaya tiene como Señor al Rey castellano, sin que va­
ríe en otra cosa su situación. A través del matrimonio de
Isabel y Fernando se verifica la unión personal de Aragón
y Castilla, y ya para entonces unidas al primero estaban
el Principado de Cataluña y los Reinos de Valencia y de
las Mallorcas. En el año 1515, también en unión personal
a Castilla, se incorpora Navarra, que sigue subsistiendo
con el carácter de Reino propio, con sus Cortes, Diputación
del Reino, Consejo Real y Tribunales. En todos éstos ve­
mos cómo la unidad surge de la variedad y la respeta, en
feliz conjunción, que tiene un nombre: las Españas; por­
que España tuvo una trascendencia oceánica: habíamos
descubierto América, en cuya geografía se reflejaba la
variedad de nombres de las Regiones españolas.
Pues bien, aquella gran Reina que para tamaña empre­
sa descubridora empeñara sus joyas. Aquella poderosa
Reina de unos tiempos en los que surgía el Estado Moder­
no, proclive a la centralización, escuchaba de labios de los
Procuradores castellanos, en las Cortes de Valladolid, que
“ cada Provincia abunda en su seso y por eso las leyes y
ordenanzas quieren ser conformes a la provincia, y no
pueden ser de una manera ni disponer de una forma para
todas las tierras” . Y porque esto era y debía de ser así,
la Reina Isabel vino a Vizcaya y bajo el Arbol de Guer-
nica juró solemnemente guardar los Fueros del Señorío.
Este ejemplo siguieron sus sucesores. Felipe II acudió a

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Monzón para modificar, con las Cortes aragonesas, los
Fueros de este R ein o; como acudía a las Cortes catalanas
y pronunciaba en catalán el Discurso de la Corona.
Fue el Conde-Duque de Olivares, Valido de Felipe IV,
el que resintiéndose de un planteamiento teorizante y
abstracto y fijándose en la vecina Francia de Richelieu,
se planteó la cuestión de si sería mejor para España un
centralismo o seguir manteniendo las peculiaridades. Y
por mimetismo —mal tan crónico en España— llegó a la
conclusión de que había que centralizar. ¿Sabéis qmén se
levantó primero contra esa tendencia uniformista? HE1 Se­
ñorío de Vizcaya, en el año 1631, y más tarde el Condado
de Barcelona, con lo cual el Valido hubo de rectificar sus
propósitos)
Nuevamente afloraron las tendencias centralizadoras
al terminarse la Guerra de Sucesión a la Corona de Espa­
ña entre Felipe V de Borbón y el Archiduque Carlos de
Austria, Aragón, Cataluña, Valencia y Mallorca se incli­
naron por el Archiduque. Las Vascongadas y Navarra es­
tuvieron del lado de Felipe V. Terminada la Guerra con
la victoria de este último, el Archiduque no hizo hincapié,
al negociarse la Paz de Utrech, en que se mantuvieran los
Fueros de quienes Icalmente le habían apoyado. Por otra
parte, Felipe V, de mentalidad centralista, aprovechó la
oportunidad que la victoria le deparaba y como represalia
para con los vencidos suprimió los Fueros de Aragón, Ca­
taluña, Valencia y Mallorca, pero mantuvo los de Navarra
y Vascongadas que habían apoyado su demanda y se con­
taban entre los vencedores.
Lo actuado por Felipe V fnp prrnr v upa injusticia
histórica gravísima. >>oroue Ira Fueros, como Institución
jurídica, como legaíio de la Historia, como Pacto solemne
entre el Poder político y la Sociedad, no pueden depender
del resultado de una guerra, sino que deben ser respeta­
dos por su propio fundamento y virtude^/El Rey vence­
dor, arrebatado su ánimo por la victoria, se olvidó de la
serenidad y espíritu ecuánime que ha de caracterizar al
gobernante, que no puede dejarse impresionar por plan­
teamientos momentáneos, sino que ha de remontarse por
encima de dios. No hubiera sido esa la conducta de Feli­

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pe V de haber leído y meditado los textos de clásicos pen­
sadores políticos españoles, como el Infante Don Juan
Manuel según el cual una de las tres cosas que debía ha­
cer y guardar el Rey, “ son las Leyes y los Fueros, que son
antes que él y que dejaron sus antepasados a sus tierras” ,
o como aquel otro de Saavedra Fajardo, en su “ Idea de
un Príncipe cristiano” , cuando enseñaba ‘‘que no es me­
nos soberano el príncipe que conserva a sus vasallos el
Fuero, que justamente poseen, al contrario gran pruden­
cia es dejárselo gozar libremente, porque nunca parece
que disminuye la autoridad del Príncipe sino cuando se
resiente de ellos e intenta quitarlos” .

C e n t r a l is m o l ib e r a l y f o r a l is m o c a r l is t a

tema de la pervivencia o no de los Fueros había


l
de ser importante en el siglo x e x , el siglo del Libe­
ralismo. De esta ideología política dijo Vázquez de
Mella que vino a negar las tres afirmaciones de la Espa­
ña Tradicional: frente a la unidad religiosa, la variedad
de las sectas; frente al Rey que reina y gobierna, el Rey
poste, gobernado por un Gabinete; frente al Regionalismo
y los Fueros, la centralización más absoluta.
Los liberales partían en sus elucubraciones de un con­
cepto abstracto del hombre, pura alquimia. De Maistre
con acierto dijo que en sus recorridos por el mundo había
hablado con franceses, rusos, ingleses, pero jamás se ha­
bía encontrado con “ el hombre” , que no es sino producto
de la imaginación. Partiendo de ese concepto abstracto
del hombre, no entresacado de la realidad de las cosas,
sino forjado aprioristicamente por la mente, la teoría li­
beral va a cambiar y a desfigurar completamente el con­
tenido, la sustancia y el planteamiento político de España.
Mientras las regiones, el pueblo, luchan por mantener la
Independencia política de España, en medio del fracaso
del aparato central, los "ilustrados” van a imponerle el

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liberalismo mediapte un golpe de Estado. Su instrumento
fueron las cortes de Cádiz y la Constitución de 1812, que
tendría muchas hijas a lo largo del tiempo.
¿Es que España, los Reinos españoles, habían vivido
hasta entonces sin constitución? Evidentemente que no;
tenían unas Leyes fundamentales, una Constitución his­
tórica, que estaba en la entraña del pueblo y que era la
que se quería escamotear por los liberales, sustituyendo
la rica gama de libertades concretas por unas “ libertades
de papel". Bien dijo un contemporáneo humorista español,
no hace mucho tiempo fallecido, que la Constitución libe­
ral era como un duro falso, con el que puedes presumir,
pero que si intentas pagar algo te llevan a Comisaría.
Este “ constitucionalismo” concibió a España bajo un
punto de vista estructural, que es el que interesa a nues­
tro tema, con demolición de las Instituciones hasta enton­
ces existentes. La Constitución elaborada por las Cortes
de Cádiz y las mismas Cortes significaban el más grave
contrafuero, puesto que ignoraban la existencia de las
Cortes de los distintos Reinos peninsulares, y las Juntas
Generales de Vizcaya, Guipúzcoa y Alava, en pleno vigor.
En Cádiz, lejos de los peligros de la guerra, fue donde los
emboscados de entonces planificaron a tiralíneas y car­
tabón a España, dividiéndola en cuarenta y nueve provin­
cias, con olvido de la geografía y de la historia. A llí fue
donde se montó el aparato gubernativo, todavía subsisten­
te, que estructuraron así:
En el primer peldaño, el Municipio, pero no el admi­
rable Municipio español cantado por nuestros clásicos
Calderón y Lope de V e g a ; el del Alcalde de Zalamea, re­
bosante de personalidad, o el del Alcalde de Móstoles, que
declaró la guerra a Napoleón, sino un Municipio hechura
y delegación del Poder central, creado para que le sirviera.
En el segundo peldaño, la Provincia, con su Diputación.
Aquellas Cortes de Cádiz que en el preámbulo de la fla­
mante Constitución y en los Discursos de Toreno y Ar-
güelles, los Padres de la Patria, habían dedicado elogios
encendidos a la “ constitución viva y en ejercicio” de
Navarra y a la de las Vascongadas, a continuación les
aplicaban la segur, dando el ser a unas enclenques Dipu­

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taciones, que venían a ser el grado intermedio entre el
Municipio, tal y como antes he pintado, y el Poder central.
Y en tercer lugar ascendente, el Jefe Político —más
tarde Gobernadores— que era el representante del Go­
bierno en cada Provincia.
Este engranaje era hasta entonces desconocido en Es­
paña. Bajo nombres sonoros se escondía el gran fraude
político. Se mantenían las etiquetas y se alteraban las
sustancias. La nuez quedaba vacía y reducida a la cáscara.
Las personalidades sociales se habían escamoteado y en lo
sucesivo sus facultades quedarían reducidas a las que de­
rivasen de la organización general. Esto no podía ser
popular y no lo fue. Por eso se manifestó la reacción pri­
mero en la Guerra realista y, más tarde, en la primera
guerra carlista.
Las Guerras Carlistas, tanto la primera como la terce­
ra, tendenciosamente se han solido presentar y se siguen
presentando como meras luchas entre una Dinastía y otra.
Esta es parte de la verdad, pero no todo; como tampoco
lo sería el afirmar que fueron exclusivamente guerras de
principios, excluyendo el aspecto sucesorio^ aunque éste
en rigor también es cuestión de principio, ffin la bandera
que alzó Carlos V estaban inscritas l a s dos legitimidades:
la social y la _sucesoriaj De la misma manera que las Cor­
tes del Estatuto Real negaron ambas legitimidades. Con­
firmando la estructuración provincial, es decir, negando
los Fueros y privando a la Dinastía Carlista de sus dere­
chos, de su nacionalidad y de sus bienes; como si todo eso
se pudiera arrebatar por decreto y no fuera un legado
de la Historia. De donde queda claro, bien se mire desde
el punto de vista positivo del carlismo, o del negativo li­
beral, que las dos legitimidades, social y dinástica, se in­
tegraban en la misma Causa, que no podía ser más justa.
Esto es lo que explica que el Carlismo donde tuvo más
raigambre fue en las Regiones más típicamente forales.
Es interesante recalcar esto porque hay quienes pretenden
adulterar la historia dando unas versiones especiales de
la misma, en virtud de las cuales los carlistas aparecemos
como siendo los culpables de la desaparición de los Fueros

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en Vascongadas y de su reducción en Navarra, lo que es
totalmente inexacto, como vamos a demostrar.
Insisto en que el Carlismo alcanzó mayor fuerza en
las regiones forales entre las que no solamente se conta­
ban Navarra y las Vascongadas, sino Cataluña, Aragón,
Valencia y hasta Castilla, sí, Castilla tuvo sus fueros, raí­
dos por el Centralismo. Aún me acuerdo que hace años fui
a hablar sobre Fueros a Burgos y al terminar mi confe­
rencia, se me acercaban los burgaleses para decirme: tam­
bién nosotros tuvimos Fueros y nuestro Consulado del
Mar, pero los perdimos. Y yo les contesté: no los perdis­
teis, os los arrebataron. Porque esa es la verdad, los Fue­
ros no cayeron porque estuvieran apolillados internamen­
te, sino que desaparecieron en España por la violencia.
Pero reanudemos el hilo de lo que iba diciendo. En la pri­
mera Guerra Carlista el pueblo estuvo con don Carlos V,
porque tenia la razón y porque defendía la Causa de la
Tradición de España. Por eso, el grito que inició la guerra
tuvo un amplio eco. En el Norte, es Vizcaya la primera
que lo da y a un a con el ;Viva el R ey!, grita, ¡Viva los
Fueros! Berástegui lo contesta en Alava y Alzaa en Gui­
púzcoa. Y cuando en Estella, a donde llegó Zumalacárregui
escapándose de Pamplona, se le proclama General en Je­
fe de los Ejércitos Carlistas, se tienen en cuenta para ello
tres razones, que constan en el acta de proclamación: su
lealtad al Rey, su valor militar y su identificación con los
Fueros, con aquellos fueros que había aprendido a amar
desde la cuna y cuyo conocimiento había perfeccionado
junto a un familiar suyo, don Angel Sagaseta, Síndico que
fue del Reino de Navarra.
Ese clamor foral del pueblo carlista se manifestaba en
las canciones de los incipientes Batallones de Voluntarios,
que cruzaban el País Vasco-Navarro:

Juremos ante el signo


del lábaro guerrero,
m orir por nuestro fuero
por Carlos y la fe.
Porque es así, lo primero que hace don Carlos V cuan­
do puede marchar de Portugal a Inglaterra es remitir tina

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Real Orden a Zumalacárregui, en la que dice: “ Sentado
sobre mi trono he de conservar vuestros Fueros” . Según
cuenta el general Zaratiegui, que lo oyó de Zumalacárre-
gui, esa frase repetida en una proclama que distribuyó éste
le supuso un refuerzo superior al de veinte mil hombres.
Esta adhesión ferviente a los principios de la Bandera
que enarbolaba Carlos V es lo que explica que careciendo
de los resortes del poder, en manos de los liberales, y ha­
biendo de improvisarlo todo, empezando por el ejército,
que Zumalacárregui adiestraba en las Améscoas y Cabre­
ra en las montañas de Beceite, se lograse una organización
tan potente/tpTe^hizo que ios liberales recurriesen a las
artes de la intriga v de Ja-Jxaición para poner fin a la
guerra carlista, que se les hacía muy difícil acabar con
las armas. El señuelo fue el d e P a z v fu e r o s : de donde se
evidencia cómo en la guerra carlista fue ingrediente muy
importante ei de la defensa de las libertades, atacadas por
el Liberalismo. -----------------------------------------------
Por eso Espartero —y permitidme un inciso para con­
trastar las estatuas que tiene aquí y allá, mientras sola­
mente tiene una Zumalacárregui, el gran genio militar—■
en su Proclama de Hemani dijo: “ Como General en
Jefe del Ejército de la Reina y en nombre de su
Gobierno os aseguro que los Fueros que habéis temido
perder os serán conservados y que jamás se ha pensado
en despojaros de ellos” . Proclama, que resulta irónica si
se tiene en cuenta la planificación provincial que ya se
había producido, y además falsa porque en el Convenio
de Vergara de 31 de agosto de 1839 el compromiso se con­
virtió en que recomendaría al Gobierno el cumplimiento
de su oferta. Pero con el Convenio se produjo la base de
la conservación de los Fueros, interviniendo en su nego­
ciación potencias extranjeras. Y hoy precisamente se cum­
plen los años de la L e y de 25 de octubre de 1839, promul­
gada para dar cumplimiento al Convenio de Vergara. El
artículo primero del proyecto de la misma, presentado por
el Gobierno, decía: “ Se confirman los fueros de las pro­
vincias Vascongadas y Navarra” . Aunque las Cortes, en la
discusión del mismo, le añadieron el estrambote de “ sin
perjuicio de la unidad constitucional de la Monarquía” .

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En su intervención sobre este punto, el diputado navarro
Conde de Ezpeleta, manifestó: “ Si al decir la unidad
constitucional de la Monarquía se quieren señalar los
grandes principios de tipo católico, de tipo monárquico,
estoy conforme, porque esto es en definitiva lo que da
unidad interna a la Nación. Pero si por unidad interna
constitucional se quiere decir el régimen constitucional
hecho en las Cortes de Cádiz, centralista y uniformador,
entonces la L e y de 1839, si así fuera, sería una estafa” .
A lo que contestó el ministro de Justicia que la unidad
constitucional era la de los principios sociales. Pero des­
pués hemos visto cómo poco a poco se han ido alicortando
los fueros y dando al régimen constitucional una versión
de uniformidad.
Pero, en definitiva, se produjo la Ley, que estaba en
línea directa con el Convenio de Vergara, que fue un pac­
to, y que tuvo su desarrollo en la L ey de 16 de Agosto de
1841, de modificación de Fueros, en lo que respecta a
Navarra. L ey igualmente paccionada en la que si bien po­
día discutirse la personalidad de una de las partes, sin
embargo, como el mismo Arturo Campión dijo, el trans­
curso del tiempo y su aceptación legitimaron lo que ini­
cialmente podía discutirse como ilegítimo. Esta Ley, que
terminó con Navarra como Reino, sin embargo ha servido
de fundamento para mantener una¡» instituciones forales
en el siglo más veleidoso y más tornadizo de la historia
política de España. Las Vascongadas no se vieron afecta­
das por la L ey de 1841.
El liberalismo, por su propia esencia, continuó en la
paz con su centralismo, al mismo tiempo que fue produ­
ciendo una disociación social y un estado de permanente
revolución. Por eso se produjo la tercera Guerra Carlista,
la de 1872 a 1876, en la que la bandera de la Tradición
fue alzada por Carlos V II, que insistió, como sus antepa­
sados, en el respeto a las Instituciones forales desde que
pisó tierra española. Restableció los regímenes forales de
Vizcaya, Guipúzcoa y Alava y si no lo hizo en Navarra,
porque no dominaba toda la extensión geográfica de la
misma, los Organismos provisionales que se establecieron
estuvieron dentro de un auténtico sentido foral.

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Es emocionante leer cómo Carlos V II, el Rey apuesto,
acude a Guernica y bajo el árbol representativo de las
libertades del País, presentes el Regimiento y la Junta
General, con los Procuradores de las Anteiglesias y de las
Villas, se arrodilla en las gradas del altar y ante la Sa­
grada Forma jura solemnemente mantener todos los Fue­
ros del Señorío. Lo mismo hizo en Villafranca con los de
Guipúzcoa. Mientras, en sus actos de gobierno los observa
en Alava y Navarra, en tanto hubiera ocasión solemne de
jurarlos. Y no sólo fue esto en el Norte, pues en proclama
que dirigió a Aragón, Cataluña y Valencia les dijo: “Y o
os devuelvo los Fueros porque soy el mantenedor de todas
las justicias".
Esta fue la postura carlista durante la tercera Guerra.
Por el contrarío don Alfonso, llamado X II, en su proclama
de Somorrostro decía a sus soldados: “ Fundada queda en
vuestro heroísmo la unidad constitucional de España” . No
cabla duda que esa unidad equivalía a la uniformidad, por
eso Cánovas del Castillo preparó la ley de veintiuno de
Julio de 1876 que acabó con los Fueros de las Vascongadas,
surgiendo más tarde unos regímenes económicos de Con­
cierto, que aún constituyendo una singularidad se pare­
cían como un huevo a una castaña a las Instituciones to­
rales de Vizcaya, Alava y Guipúzcoa. Solamente Navarra
continuó con lo establecido en la Ley Paccionada de 1841.

L as d e s v i r t u ac io n e s p o l í t i c a s y

SITS CONSECUENCIAS

odas estas desvirtuaciones políticas de la Constitución

T histórica española, por un lado, y los excesos del ca­


pitalismo, por otro, trajeron consigo un desequilibiio
social, desasosegado, inestable e infecundo. Porque, fijaros
bien, cuando un objeto goza de más estabilidad es cuando
tiene más puntos de apoyo en el suelo y, por el contrarío,
es inestable cuando se apoya en un solo punto. Lo mismo

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sucede con los regímenes políticos. Y la centralización lo
que hace es reducir todo a un solo punto de apoyo. Por
eso es inestable y este defecto no se remedia con las teo­
rías mecánicas de la división del poder, que aun dividido
sigue siendo el mismo. En cambio, cuando el Poder se
asienta en las soberanías sociales, no hace falta buscar el
equilibrio en la Constitución escrita, porque se le encuen­
tra en la realidad de la vida, en la forma orgánica propia
de la estructuración social. Es por ello que los carlistas
afirmamos una verdad política, robustecida por la expe­
riencia, para que la oiga toda España: el grave peligro
de la centralización consiste en que, en cierto modo, pre­
para el camino para la revolución. Porque NO ES D IFI­
C IL D AR V U E L T A a un régimen cuando se asienta en
situaciones personales y centralizadas, pero sí lo es cuan­
do se apoya en Instituciones populares.
En el Alzamiento Nacional, frente a la anarquía, con­
secuencia del nefasto Liberalismo, los Requetés salimos
con la boina roja de nuestros antepasados, que simboli­
zaba todo un régimen de libertades concretas, populares,
basadas en unos principios que, como la propia vida, no
se anticúan porque resisten los avatares del tiempo v en
todo momento es posible su adecuaciófw^Salimos con la
flüsma üandera de siempre, no sokTpor Dios, la Patria y
/el Rey, que, como dijo Maeztu, era un gran ideal, sino
por Dios, la Patria, los Fueros y el Rey, que en frase, tam­
bién suya en su “ Defensa Hp lq Hispanidad” , era un ideal
meior/"5alimos- afirmando unos principios de salvación,
"f^íimos a la guerra, por la paz. La guerra habrá tenido sus
imperfecciones, pues es un hecho humano, pero el ideal-
del Requeté, no comprendido por muchas gentes que no
se despegan del suelo, fue religioso, patriótico, foral y mo­
nárquico tradicional. No nos dejamos en las zarzas del
camino ninguno de estos principios. No firmamos ninguna
letra en blanco. No salimos para sojuzgar, ni arrebatar,
ni desconcertar, sino para liberar. Liberar a unos herma­
nos que estaban presos de unas ideologías extrañas, que
quizá compartían por una desvirtuación de la historia, pa­
ra remedio de lo cual, y si se quiere hacer luz. hay que
contemplar completa la perspectiva política de nuestra

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patria. No se puede hablar sólo del separatismo, aunque
de él hay que hablar, sino también de los separadores.
He dicho al principio que no venía a destruir, destruir
es fácil, sino a construir, y para ello es preciso empezar
diciendo las cosas como son. Vengo a aportar en nombre
del Carlismo, no en el mío propio, unos materiales sólidos
para la construcción del nuevo Alcázar de España, y por
eso vengo a decir y a poner de relieve los verdaderos pro­
blemas políticos, porque si los conocemos podremos obte­
ner la solución de estabilidad, pero si los ignoramos, los
problemas no se solucionarán, sino que cada día agrava­
rá n , y será en parte por nuestra culpa; mejor dicho, por
la del Carlismo no, porque en definitiva lo único que te­
nemos a nuestro alcance es apuntar los problemas y sus
soluciones, pero no está en nuestras manos el darlas.

F u n d a m e n t a c ió n d o c t r in a l d e los F ueros

o nos interesa que pueda entenderse que el Carlismo


asienta los fueros exclusivamente en razones de tipo
histórico. Veneramos la Historia en lo que tiene de
bueno y aceptable, pero aunque los Fueros no hubieran exis­
tido en la misma habría que fomentar su existencia. Porque
el Fuero no se sostiene sólo con argumentos de autoridad
histórica, sino también con argumentos de Derecho y de
filosofía política, pues los fueros que perviven son la ma­
nifestación, en un tiempo pasado, de criterios jurídicos y
filosóficos-políticos, que se asentaban en el concepto de
dignidad humana y del hombre concreto, que el liberalis­
mo —abstracto y racional— nunca comprendió.
El liberalismo saltaba del individuo al Estado, para
después volver al individuo atribuyéndole funciones del
poder central, por delegación. El Carlismo siempre ha par­
tido del hombre concreto, no del yo apriorístico, sino de
éste, de ése y de aquél, que nacen a la vida y que, antes
de que puedan discurrir acerca de un contrato social a
lo Rousseau, se encuentran inmersos en una sociedad de
la cual son hijos, en una sociedad que ni siquiera han es­
cogido, pero en la cual empiezan a hablar aún antes de
saber la gramática. Es preciso tener en cuenta esa reali­
dad que nos entra por los ojos, y lo que no se puede pre­
tender es subvertir su planteamiento. Ese hombre, esa
persona humana, criatura de Dios, investida por tanto con
toda la dignidad que trae consigo el ser hecho a su ima­
gen y semejanza, es el que nació en una familia a la que
las necesidades le llevaron a constituirse en otros grupos
superiores. Porque el hombre necesita de la sociedad, en
virtud de sus perfecciones e imperfecciones. Tiene la per­
fección de su inteligencia, que forja ideas, y la de su pa­
labra, que expresa aquellas ideas; pero hay muchas cosas
que no puede alcanzar solo y por eso, en virtud de la ley
de la sociabilidad, siente la necesidad de unirse a otros.
Y así, de la f gmilia surgió el Concejo, de éstos el Munici­
pio, la Región y el Estado.
En este proceso asociativo —que parte de la persona
humana cuando ésta se aboca a una entidad superior, en
uso de su libertad— la persona que se integra verá limita­
da su independencia, en función del fin que quiere alcan­
zar, pero ello no supone que haya de perder su personali­
dad. Pongamos un ejemplo. No cabe duda que en el
matrimonio hay una limitación, pero ella no es compati­
ble con la personalidad del marido y la de la mujer; la
limitación surge de la convivencia. De la misma manera
cuando un individuo forma parte de una sociedad, man­
tiene su personalidad en aquello que le es propio; y si esa
sociedad se integra en otra superior, también sigue sub­
sistente la personalidad de la primera. Y teniendo en cuen­
ta que la persona humana, su naturaleza, se manifiesta
en una triple función legislativa, ejecutiva y judicial, en
virtud de las cuales ordena sus actos, los realiza y, una
vez producidos, los juzga, la sociedad que la recibe con­
secuentemente ha de tener estas tres funciones dentro
del ámbito de su competencia, aunque en función de
un fin superior haya de depender de otra.
Es que son distintos los conceptos de personalidad y

21
de independencia, como son distintos los de soberanía so­
cial y los de soberanía política. El liberalismo los confun­
dió y por eso negó los fueros, o los toleró circunstancial­
mente, porque no admitía otra soberanía que la política
del Estado y desconocía por completo la soberanía social.
En cambio, el Carlismo siempre las distinguió y para él
el Estado debe ser para la sociedad y no al revés; es más,
el Estado debe devolver a la sociedad lo mucho que le ha
quitado. ujUJ-o
Este es el fundamento doctrinal de los Fueros, que, en
definitiva, son el reflejo de una personalidad social que
también ha de manifestarse en otros campos distintos di­
gámoslo asi, al de la estructura local. Por eso, Mella, que
pronunció más de mil seiscientos discursos sobre los Fue­
ros, la doctrina sobre los mismos la enmarcaba dentro de
la tesis “ sociedalista” , nombre con el que quería presentar
la amplitud y trascendencia del programa carlista. Pero
hoy hablamos solamente de Fueros, en este acto, y en or­
den a ellos hemos de afirmar que son entrañables para
todos los carlistas. Hay quien dice: así pensáis los car­
listas vasco-navarros o los catalanes, pero ¿y los demás?
Así pensamos todos los carlistas, los de aquí y los de allá,
y siempre pensaron. A propósito de esto he de recordar
que cuando el Convenio de Vergara la División castellana
hizo especial hincapié en el reconocimiento de los fueros
de las Regiones Vascas y de Navarra, a pesar de que para
entonces Castilla ya no los tenía, desgraciadamente. Los
Fueros constituyen idea fundamental en la ideología po­
lítica carlista. Es más, sin Fueros no habría programa
carlista, porque, como he dicho, son una manifestación de
la personalidad humana y el Carlismo se asienta en lo
Que siempre fue f nnriamentr. Hol TWgrhn P úblico cristia-
Jia: en Dios y en el hombre, creado por Dios y al que
dotó de libertad para salvarse o para condenarse, aunque
El nos asista constantemente con su Gracia. Pues bien, si
nuestro lema se encabeza con la palabra Dios, tiene que
estar en él la palabra Fueros, porque son la versión de la
libertad que Dios nos dio. Y es por esto que nuestro con­
cepto de la Patria es el de una España foral. Y es por esto,
también, por lo que en nuestro programa ha de figurar el
Rey, que, como dijo un escritor inglés, “es la argamasa del
edificio” .
En este edificio nuestro de grandes bloques de piedra
de sillería y de vivencias sociales hace falta la unidad,
que es el espíritu común interno, y algo que le coor­
dine, que es el Rey, que no puede ser ni cifrarse solamente
en el entusiasmo por una persona, con ser ésta importan­
tísima, sino que la Monarquía Tradicional, que ha de go­
bernar en cada Región con arreglo a sus características,
tiene que ser el R ey y las Instituciones, porque cuando la
Monarquía es una persona rodeada de palatinos, ya sa­
bemos el poco tiempo que cuesta hacerlo caer.

La p e r s o n a l id a d s o c ia l en los

TEXTOS PONTIFICIOS

dicho que los Fueros se apoyan en el Derecho Pú­


e
blico cristiano y prueba de ello la tenemos en la
doctrina Pontificia. Nos basta leer unas citas de los
últimos Papas.
Dijo Juan X X III en la “ Pacem in Terris” : “ ...en toda
convivencia bien organizada y fecunda hay que colocar
como fundamento el principio de que todo ser humano es
personal, es decir, una naturaleza dotada de inteligencia
y voluntad libre y que, por tanto, de esa misma naturaleza
libremente nacen al mismo tiempo derechos y deberes
que al ser universales e inviolables son inalterables".
“Por tanto —son palabras de Pío X I en la “ Quadra-
gessimo Anno” — es injusto y al mismo tiempo de grave
perjuicio y perturbación del recto orden social que realice
una sociedad mayor y más elevada cuanto puedan hacer
comunidades menores e inferiores” .
“ Una autonomía suficientemente amplia constituye un
eficaz estimulante de las energías en beneficio del mismo
Estado, a condición de que se sepan ejercitar las facul­
tades que derivan de la competencia regional dentro de
su propio ámbito” , dijo Pío X II, que hablando sobre la

23
Región añadía: “La Región es sin duda una de las mu­
chas unidades que la fuerza de las cosas, más aún que la
libre voluntad de los hombres ha constituido en los di­
versos Estados. Por consiguiente, tiene un valor propio
que debe ser conservado y en lo posible acrecentado". Y
es por esto que refiriéndose al Estado, decía: “ ¿Cuál es
la verdadera noción del Estado sino la de un Organismo
moral fundado en el orden moral dél mundo? No es una
omnipotencia opresora de toda legítima autonomía. Consi­
derar al Estado como fin al que debe subordinarse y di­
rigirse todo, sólo puede tener consecuencias nocivas para
la prosperidad verdadera y estable de las naciones. Pero,
sin duda, en la inexplicable confusión en que el mundo
se agita, el Estado se encuentra en la necesidad de asumir
un inmenso peso de deberes y oficios. Pero esta anormal
condición de las cosas ¿no amenaza acaso comprometer
gravemente su última fuerza y la gracia de su autoridad?
Es incontestable que una de las exigencias1 ' v i tales de toda
condición humana, por lo tanto también de la Iglesia y del
Estado, consiste en asegurar establemente la unidad en
la diversidad de sus miembros” .
Y empalmando con la cita anterior de Juan X X III y
en relación con esta diversidad es interesante aquel párrafo
en el que escribió: “ . Insisto en la necesidad insustitui­
ble de la creación de una rica gama de asociaciones y en­
tidades intermedias para consecución de objetivos que los
particulares por sí solos no pueden alcanzar” .
Todo este contenido está sintetizado en el principio de
subsidiariedad, reiterado en la Encíclica “ Pacem in Terris”
y que Pío XI, en la “ Quadragessimo Anno” , había anun­
ciado así: “Debe quedar con todo a salvo el principio im­
portantísimo en la filosofía social, que así como no es lícito
a los individuos quitarles lo que ellos puedan realizar con
sus propias fuerzas e industria para confiarlo a la Co­
munidad, así también es injusto reservar a una Sociedad
mayor o más elevada ló que las Comunidades menores o
inferiores pueden hacer” .
Me he alargado en las citas, pero su contenido os ha­
brá evidenciado que bien valía la pena, ya que todas ellas
robustecen la tesis foral. Tan sólo he de decir que no hay

24
que sacar la conclusión de que es preciso ir por parte del
Estado al establecimiento de unas fórmulas torales, fijan­
do varios tipos de Fueros, pues en cierto modo eso sería
una versión de uniformidad, sino a permitir la expresión
de unos Fueros que significasen la emanación de las per­
sonalidades sociales, atemperados, en cada caso, a las ca­
racterísticas de las distintas regiones.
Pero hay más, hoy en día la tesis foral es la que pue­
de dar una solución al problema mundial. Me explicaré
claramente. La mentalidad liberal, como he dicho, saltaba
del individuo al Estado, desconociendo las sociedades in­
termedias. Se creó la confusión de que patriotismo era
igual a centralismo. Pues bien, los que hacían esa falsa
ecuación, muchos de buena fe, se encuentran con que hoy
vamos camino de que el Estado no sea la última etapa de
la evolución política, sino que el hombre, en virtud de
su vocación universal, tiende a asociaciones superiores al
Estado. Y es ahora, cuando aquellos patriotas de menta­
lidad deformada, si quieren mantener la personalidad de
España en el concierto europeo, tienen que venir a los
foralistas a decimos: os damos las gracias porque habéis
perseverado en vuestras ideas, que nos facilitan la fórmula
que hace posible que España se integre en Europa sin
perder su personalidad nacional.
En su mensaje de año nuevo de 1960, dijo el Jefe del
Estado: “ Nosotros entendemos que la integración de esta­
dos europeos puede y debe concebirse sobre el supuesto
indeclinable del respptn a la personal iriari real p histórica
de cada país como unidad de destino en lo universal. Es
justamente esta unidad de destino de Europa la que puede
salvar la fortaleza y la estabilidad de la unión, dentro de
la necesaria e irrenunciable variedad” . Por su parte, el
Ministro de Información y Turismo en su alocución en el
acto de clausura del Centro Europeo de Documentación,
manifestó: “ ...debemos deducir una consecuencia funda­
mental : Europa sólo puede ser una, siendo varia a la vez.
Sólo aquellas fórmulas que respeten su natural variedad,
su rica diversidad, pueden lograr a la vez la verdadera
unidad” .

25
A los Carlistas solamente nos queda añadir: totalmen­
te de acuerdo, pero que este criterio se aplique también
de puertas para dentro.
Estamos, oficialmente al menos, en un replanteamiento
del futuro de España. En el año 1958 se proclamó una Ley
de principios fundamentales que definió a España como
una unidad de destino. Nos gusta la frase porque la uni­
dad a que alude es la final, la de una misma meta, compa­
tible con la variedad regional. Todos vamos camino de un
mismo fin y realizamos una empresa común, pero a ella
cada región acude con su personalidad y sus caracte­
rísticas.
Se ha dicho también, en la L ey de Sucesión, que España
es una Monarquía social y representativa. Igualmente nos
gusta la frase, pero, como dijo Mella, “ sin descentraliza­
ción, no es posible la representación” ; o como dijo el Prín­
cipe don Carlos, “ sin un sistema de libertades municipales
y regionales, la Monarquía social no es más que un nom-
s bre". Vayamos a la representación siguiendo el camino de
íoá Fueros. £h esa tarea ios Carlistas estaríamos da todo
corazón, no sólo en virtud del pasado sino también en ra­
zón deJ presente. Don Javier nos dio ejemplo al jurar en
Mallorca los Fueros de aquel antiguo Reino, y los de
Aragón, Cataluña y Valencia; y al jurar en Guemica los
Fueros de las Vascongadas y simbólicamente los del an­
tiguo Reino de Navarra. Siguiendo sus huellas, el Príncipe
don Carlos firm ó recientemente en el Libro de la Casa
de Juntas: “El Arbol de Guemica es el símbolo de las
Libertades de la Monarquía Tradicional” .
Todo esto, tan actual, me recuerda lo bien que matizó
unos y otros aspectos de la Monarquía el Rey Carlos V II,
en aquella Real Orden que dio en su Cuartel General de
Valmaseda, cuando aparecía como Señor de Vizcaya, de
Guipúzcoa, de Alava, como Rey de Navarra y, al mismo
tiempo, como Rey de las Españas. Perfilaba asi un con­
cepto que más tarde definiría Gabino Tejado con estas
palabras: “ Nosotros creemos que España es una federa­
ción de Regiones, formada por la Naturaleza, unificadas
por la Religión, Gobernadas por la Monarquía y admi­
nistrada por los Concejos” .

26
Unidad en la variedad, esto es la belleza. L atinidad
se rige por una de estas dos leyes. O por la interna, que
brota del espíritu y que, por tanto, es la que jnás vincu­
la ; o por la externa, que surge de la imposición. Ambas
unidades están en razón inversa: si la interna es fuerte,
la externa se debilita; y, al contrario, cuando el espíritu
decae, viene la disgregación, que se trata de impedir con
el temor. El mal de España fue que el liberalismo agusanó
su espíritu e impuso la centralización. El remedio está
claro: fortalecer la vivencia de una misma empresa e ideal
común nacional, y libertades sociales.
Para term inar, dos recuerdos:
Uno para el Arbol de Guernica, cuya fotografía tengo
desde mi niñez en casa. Ese Arbol símbolo de los Fueros
y Libertades, que levanta sus hojas al Cielo para recoger
lo que de él baja y se adentra en las entrañas de la tierra,
cual si quisiera indicar cómo han de ser las Instituciones
que gobiernen los pueblos, trascendentes y al mismo tiem­
po h u m a n a s , con sus raíces en la Sociedad, constituyendo
un tejido orgánico que impida que. cualquier ventolera
revolucionaria descarne la Nación.|_Que haya en toda Es­
paña muchos Arboles de Guernica que impidan la mono­
tonía de la uniformidad, que es la unidad de las arenas en
el desierto^ L«s CCAA. ** .hí* Vll/* j <U t*-
El otro recuerdo, en la Festividad de Cristo-Rey, para
todos aquellos que generosamente dieron sus vidas por
una España mejor. Que sepamos corresponder a su sacri­
ficio y esfuerzo haciendo realidad un auténtico orden so­
cial, que es el que nos traerá la paz; un orden en cuyo
aseguramiento es de la máxima importancia el ejercicio
sereno de las libertades y la restauración de los Fueros.