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CODIGO CIVIL COLOMBIANO

DE LEY A CODIGO

Antes de empezar, quisiéramos aclarar un asunto en relación a nuestro código civil y


esto es, por su puesto, sin desprestigiar esta gran obra jurídica, si vamos a hablar de la
expedición de un nuevo “código” civil, nos estaríamos refiriendo a la primera expedición
de un código civil en Colombia, dada la situación de que en 1887 fue una ley (ley 57 de
1887) y no un código lo que se expidió.

Partiendo de la base, que en nuestro “código civil” la voluntad privada está subordinada
al orden público y en ningún caso puede contravenir el interés general, ni mucho menos
fundarse al margen de nuestro ordenamiento jurídico, y menos desdeñando los derechos
fundamentales, es interesante cuestionarnos acerca de si: ¿ese intervencionismo de estado
coarta en exceso la iniciativa particular, Si en determinados momentos puede llegar a ser
extremadamente restrictiva, farragosa y burocrática limitando la voluntad privada para
establecer las relaciones comerciales que a bien convengan sus partes? A razón de esto
abordaremos la conveniencia, de derogarlo o cambiarlo. Si es necesario o solo hacen falta
retoques y ajustes que integren los naturales cambios de la sociedad. En principio se
mostrarán las dos posturas ante la regulación o no, de la voluntad privada, exhibiendo
argumentos a favor o que persiguen más laxitud, para luego abordar nuestra postura al
respecto de si hace falta modificar o dejar intacto nuestro código civil.

Tratándose del intervencionismo del estado en la voluntad privada, quizás no esté de


más recordar la célebre sentencia de Hobbes “homo homini lupus est” y ser conscientes que
una voluntad privada desregularizada y sin ningún tipo de control o fiscalización por parte
del estado, sería un caos. Un territorio fértil para avivatos tramposos y estafadores. Una
anarquía demasiado salvaje, peligrosa para fiársela a la buena fe (tantas veces inexistente)
de las personas. Estableciéndose así, relaciones comerciales y negocios claramente
degradantes, abusivos y viciados. Las relaciones contractuales serian injustas, asimétricas:
de información, conocimiento, poder o autonomía de una de las partes para decidir de
forma libre sin ceder sus derechos o dignidad. Por no hablar de la violación de varios
artículos de la constitución, y ya yendo más lejos de la misma dignidad y derechos
humanos.

¿Qué se precisa entonces en el manejo normativo (o no) de la voluntad privada para


efectos comerciales? Más aún ¿de que forma se adapta esta regulación en sociedades que
evolucionan a velocidad de vértigo; donde el comercio local, nacional y globalizado es una
realidad masiva inobjetable que exige el mayor grado de dinamismo y facilidades para
poder ser competitivos en un sistema económico voraz e implacable?
Como siempre sucede cuando hablamos de libertades, y en este caso en un tema tan
álgido como el ejercicio de la voluntad privada, trasladada a las relaciones comerciales,
esto dependerá del espectro ideológico donde se encuentre el gobierno de turno o nuestro
propio interlocutor.

Si hablamos, por ejemplo con un aplicado alumno defensor del liberalismo económico
(hoy en día quizás sea más preciso mencionarlo en su versión contemporánea como
neoliberalismo, cuyos mantras inspirados en Adam Smith continúan pero con los ajustes
que Tatcher y Reagan le imprimieron a principios de los ochentas y que fueron copiados en
casi todo el mundo, siendo la doctrina hegemónica, todavía) nos hará una fiera defensa del
“laissez faire laisse passer” (dejen hacer dejen pasar) por que obviamente para la doctrina
liberal, en materia económica, la no intervención en la voluntad privada por parte del
estado; la reducción del estado a sus mínimas proporciones y la desregularización (si se
pudiera para ellos, total, de las voluntad privada en las relaciones comerciales) es el gran
pilar de su discurso ideológico.

Esto a priori, suena bastante bien. Es decir, ¿quién no quiere hacer sus negocios como le
venga en gana? Si es plausible ganar más dinero en esta sociedad materialista y capitalista
en sus transacciones comerciales, no abría razón para no hacerlo. ¿Quién no quiere pagar
menos impuestos? ¿Quién no quiere dejar de cumplir engorrosos trámites para legalizar sus
actividades económicas y comerciales?, La equidad laboral, competencia desleal, el digno
salario, los parámetros de calidad, todos estos conceptos quedarían en un segundo plano; Y
Hay que ser cuidadosos con lo que conllevan ciertas libertades. El problema es que una
desregularización de la voluntad privada, a pesar de que en efecto puede crear mucha
riqueza (por desgracia, siempre concentrada en minorías) puede mejorar las macro cifras y
el PIB de una nación, también genera demasiada inequidad y sociedades profundamente
desiguales.

Cuesta mucho pensar que un gran empresario esté en contra de una total
desregularización de la voluntad privada. Entre otras cosas, por que con un estado marginal
y sin competencias, ellos tienen una capacidad ilimitada de ver crecer sus beneficios sin
ningún control, aunque en ese ejercicio se pisoteen los derechos de mucha gente. Otra cosa
es lo que le convenga a la inmensa mayoría del pueblo, por que desde luego, a menor
intervención del estado, mayor posibilidad de que premie el interés particular sobre el
general; y hay mayores posibilidades de que se cometan abusos, atropellos y violación de
los derechos fundamentales.

Si por el contrario es un interlocutor o gobierno social demócrata, progresista, o


abiertamente de izquierda es muy probable que en mayor o menor medida, busque una
integración más armónica entre la voluntad privada, la defensa de los derechos
fundamentales en procura de proteger a los derechos de los más débiles o vulnerables, y
aumentar el intervencionismo por que (según ellos) solo con una normativa clara y ajustada
a la ley, se hace posible tener un control sobre la voluntad privada que evite: actos
corruptibles en quebranto de derechos generales de las cuales los negocios particulares no
pueden estar eximidos. Por tanto a mayor escoramiento a la izquierda mayor intervención
del estado. Pero esto, salvo en casos de totalitarismos corruptos extremos, lejos de
convertirse en un obstáculo para el progreso, suele repercutir, bien implementado y
manejado en una mejora general y sustancial de la calidad de vida de la totalidad de la
población.

Las políticas intervencionistas, en aspectos como el salario mínimo, pensiones, la


seguridad social en materia de salud, cesantías, despidos y derechos laborales, se han
conseguido gracias a duras reivindicaciones de movimientos sociales, que han logrado que
en muchas legislaciones, estos derechos estén consignados y amparados en la carta magna
y el ordenamiento jurídico, protegidos y fiscalizados por el estado. Es obvio que si
dejáramos a la voluntad privada estos apartados, probablemente nos encontraríamos que
fulano de tal le ofreciera un trabajo infame por una miseria de paga a alguien muy
necesitado, y como habría “acuerdo entre las partes” nada se podría objetar. O que
mengano le comprara una casa a una señora con alzhéimer por un precio irrisorio,
infame. Quizás el empresario podría echar sin justa causa ni indemnización a una persona
poco ilustrada que llevara diez años laborando en su empresa, por que de mutua voluntad
redactó un contrato que así lo consignaba. O tal vez se podría dar que trabajáramos toda
una vida y nuestra pensión dependiera de la buena fe y honestidad del empresario.es por
esto que, con miras a salvaguardar los principios angulares del orden social el estado
interviene en el ejercicio de la voluntad privada y vela, protegiendo a las personas de sus
propios errores e ignorancia; Quizás en un mundo ideal con gente integra de una calidad
ética incontestable y generalizada, se podría pensar en que la voluntad privada podría ser
soberana y no intervenida por el estado. Pero por desgracia la condición humana en su
conjunto, nunca ha ostentado tan nobles cualidades, por esto se requiere de reglas claras
defendidas por el estado y en consonancia con la constitución y los derechos humanos.

Ahora: ¿es preciso derogar, cambiar o reformar el código civil? Por supuesto, creemos
que hay que introducir modificaciones, actualizaciones y ampliaciones que armonicen con
el vertiginoso ritmo de un mundo y sociedad que en menos de 30 años, con la fulgurante
irrupción de las nuevas tecnologías, la imparable globalización de la economía, la
precarización laboral consecuente, la masiva inclusión de las mujeres en el mercado
laboral, la necesaria búsqueda de igualdad efectiva de la causa feminista, la defensa del
ecologismo como único camino para salvaguardar los pocos recursos naturales puros que
nos quedan; el nuevo comercio virtual, aplicaciones y plataformas tecnológicas para las que
este y todos los códigos civiles y normativas se han quedado desfasadas y hoy permanecen
en el limbo jurídico, prestándose para estafas, abusos y atropellos. Las noticias falsas en
redes sociales... ¡son demasiadas causas y cosas que han cambiado en este mundo en las
últimas dos décadas! como para pensar que el modificar, armonizar con los nuevos tiempos
ampliar o corregir el código civil sea considerado una especie de tabú. Es urgente y
necesario hacerlo. Pero sin excluir los aportes de regulación contractual que han permitido
que la gente se pueda relacionar tanto en lo comercial, así también en sus relaciones
personales, sociales, y políticas, en suma para funcionar de la forma más segura posible en
su cotidianidad.

En estos tiempos donde la sociedad y las relaciones económicas se han convertido en


valores líquidos que mutan y se transforman con una velocidad nunca antes vista, donde en
menos de 20 años se han introducido y masificado nuevas formas de comunicación
instantánea interconectada a nivel global; donde también se pueden hacer negocios y se
mueven cantidades astronómicas de dinero cada día on line, ahora más que nunca, hace
falta que el estado esté a la altura y sepa adaptarse a tal revolución tecnológica, económica
y laboral. Es preciso encontrar un sano y dinámico equilibrio entre la voluntad privada en
consonancia con el cumplimiento de la ley, y no permitir jamás que se pase por encima del
interés general.

Al comienzo, hicimos una aclaración sobre la formalidad de nuestro código, y como se


ha venido exponiendo, el contexto económico social y político sufre de frecuentes cambios,
en esta situación nace uno de los principales trances que el código sufre; en aras de abarcar
los nuevos escenarios y necesidades, el legislador a impuesto nuevos efectos sobre los actos
jurídicos y ha hecho uso de la facultad vinculatoria de la jurisprudencia para
perfeccionarlos, derogando, declarando exequibles e inexequibles, prescribiendo la
primacía de artículos y divagando incluso sobre la jerarquía de otras leyes que entran dentro
de la regulación de nuestro código. En este sentido se han generado bastantes discrepancias:
en primer lugar, estructuralmente a incurrido en un revoltijo de normas y regulaciones que
a pesar de el orden establecido por títulos y artículos que permiten al lector ubicarse en
determinado tema las diferentes derogaciones y vínculos a otras leyes hacen mucho mas
difícil el análisis, ahora, estamos hablando de una ley que compende otras leyes, función
mas especifica de un código formalmente hablando; y en segundo lugar, ha pasado a
transformarse en una herramienta de socorro de todos los órganos del poder publico e
incluso de los órganos administrativos menores, por consiguiente los procesos y la
intervención estatal se ejecutan de forma desordenada y lesiva de los derechos individuales
y la justa autonomía de la voluntad privada, como lo afirman Ospina F. & Ospina A. en su
libro de teoría del negocio jurídico.

Por esto el estado debe perfeccionar y delegar funciones concretas a instituciones para el
desarrollo de sus mecanismos de fiscalización auditoria y control. En la eliminación o
simplificación de trámites burocráticos inútiles; y en aprovechar las plataformas
tecnológicas para agilizar las relaciones comerciales entre particulares. En suma garantizar
que todos podemos ejercer la voluntad privada con las mayor libertad posible para nuestros
intereses, pero jamás pasando por encima de la constitución, del interés general y de las
leyes que protegen a todos los ciudadanos y no solo a una élite privilegiada.

Para concluir, en este sentido de ideas, postulamos la iniciativa; que a razón de darle
mayor formalismo al “código civil colombiano” con todo este material que a Él le atañe,
junto con el perfeccionamiento y actualización proyectadas a las diferentes transiciones
sociales, realizar un consenso orgánico normativo y hacer la expedición de un código civil
colombiano mas completo y ordenado, puesto que la ley actual que rige este ordenamiento
ha hecho que ocurra una gran dispersión del espectro de contenido del código escrito por
Andrés Bello. Con todo esto, no cambiar la postura pronunciada de mantener en equilibrio
el intervencionismo estatal y la autonomía de voluntad privada, buscando la presencia de
un estado para salvaguardar dicha justicia, con más eficientes recursos y herramientas para
alcanzar un más alto nivel de desarrollo, equidad y calidad de vida para todos.
Bibliografía:

 TEORIA GENERAL DEL CONTRATO Y DEL NEGOCIO JURIDICO- GUILLERMO OSPINA


FERNANDEZ, EDUARDO OSPINA ACOSTA <-PAG 13-15>
 HISTORIA DERECHO CIVIL COLOMBIANO – A. BERRIO CARVAJAL
 LA REFORMA DEL CODIGO CIVIL COLOMBIANO (Estudio sobre la teoría de la causa)-
https://revistas.upb.edu.co/index.php/derecho/article/viewFile/6531/6030