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Pe. J. M. A.

Vacant

156ª Nota - Sobre o Magistério Ordinário Universal (II)


Hay que recordar que la doctrina, el culto y la disciplina de la Iglesia son como los distintos órganos de un mismo
cuerpo, y que se prestan una ayuda mutua bajo la acción del Sumo Pontífice y del colegio episcopal. Así como en el
cuerpo humano la sangre, los músculos, los huesos y los nervios ejercen funciones que se suponen recíprocamente y
se completan, de modo que la sangre no podría formarse ni circular sin el concurso de los músculos, nervios y
huesos, y que los músculos, nervios y huesos decaerían bien rápidamente si la sangre dejara de alimentarlos; así en
el cuerpo místico de Jesucristo la doctrina y la fe se guardan gracias a la moral, a la disciplina y al culto, sin los cuales
las enseñanzas reveladas dejarían rápidamente de predicarse, creerse y respetarse, y recíprocamente la moral, la
disciplina y el culto tienen por primera regla doctrina revelada. Por eso ninguno de estos organismos puede sufrir sin
que sufran la repercusión todos los demás, y para salvaguardar la infalibilidad del magisterio apostólico hace falta
que la asistencia del Espíritu Santo se extienda a la legislación eclesiástica. En consecuencia, la doctrina cristiana se
manifiesta por la disciplina y la liturgia, al mismo tiempo que por las enseñanzas expresas de la Iglesia. Es
seguramente debido a la estrecha conexión de todos estos organismos que dan nacimiento a las distintas
atribuciones de la autoridad eclesiástica, que Jesucristo no dividió estas atribuciones entre los jefes de su Iglesia,
como se comparten hoy las atribuciones del poder civil entre varias personas unas de las cuales tienen el poder
legislativo y las otras el judicial o administrativo. Él dio todas las funciones de la autoridad eclesiástica a todos los
miembros del cuerpo episcopal. El Sumo Pontífice y los obispos son a la vez sacerdotes, doctores, legisladores y
jueces, y sus actos de sacerdotes, legisladores y jueces nos manifiestan la doctrina que debemos creer, menos
explícitamente quizá, pero no menos realmente que aquellos en los que cumplen principalmente su ministerio de
doctores.

(Excerto do "El Magisterio Ordinario de la Iglesia y sus Órganos" – Padre J. M. A. Vacant – 1852-1901)

153ª Nota - Sobre o Magistério Ordinário Universal (I)


La infalibilidad de este magisterio se extiende no sólo a las verdades de fe católica, como lo define el concilio del
Vaticano; no sólo a las verdades que sin ser de fe católica pertenecen a la tradición, como lo enseña Pío IX en su
carta al arzobispo de Munich, sino también a todos los puntos que tienen alguna conexión con la revelación. Se
extiende por lo tanto a las conclusiones teológicas, a los hechos dogmáticos, a la disciplina, a la canonización de los
santos. Las leyes generales establecidas por una costumbre legítima no podrán pues estar en contradicción con la ley
divina y la doctrina revelada; y cuando toda la Iglesia durante los primeros siglos se ponía de acuerdo para honrar a
un personaje como santo, el juicio que ella así pronunciaba del consentimiento al menos tácito de la Santa Sede no
era menos infalible que los decretos de canonización que pronuncia hoy el Sumo Pontífice.

Además, puesto que la infalibilidad en la enseñanza no pertenece sino al cuerpo episcopal y al papa, es al cuerpo
episcopal y al papa que el magisterio ordinario y universal de la Iglesia debe su soberana e infalible autoridad. Pero
— preguntará alguien —, ¿cuándo hacen beneficiar de su infalibilidad a este magisterio el papa y los obispos? —
Responderé con la tradición que eso se da cuando hablando de común acuerdo imponen a toda la Iglesia uno de los
puntos de doctrina de que acaba de ser cuestión. Todos los teólogos católicos aceptan estas conclusiones; dimanan
de este principio de que el magisterio ordinario tiene la misma autoridad que los juicios solemnes de la Iglesia
docente y que difiere de ellos solamente por la forma que reviste.

(Excerto do “El Magisterio Ordinario de la Iglesia y sus Órganos” – Padre J. M. A. Vacant – 1852-1901)

152ª Nota - Que é um Padre da Igreja?


¿Qué hace falta en efecto según los teólogos para merecer el título de Padre de la Iglesia y gozar de la autoridad
doctrinal que le está adjunta? Cuatro condiciones: una gran santidad, una alta antigüedad, una doctrina eminente y
la sanción de la Iglesia. Ahora bien, son precisamente las condiciones que debían dar la inmortalidad y la autoridad a
los escritos de los santos Padres en este concurso siempre abierto de que hablábamos hace poco. En efecto, lo
requerido para sobrevivir a la multitud de las obras que desaparecen y caen en el olvido es una doctrina pura,
expuesta de una manera superior y que reciba el asentimiento de la Iglesia. Ahora bien, los santos Padres tenían una
ciencia teológica eminente, es decir el medio de reconocer la fe de la Iglesia y de presentarla en toda su pureza y
bajo su verdadera luz; tenían la santidad, por consiguiente una adhesión inviolable a las verdades reveladas y un
profundo horror por todo lo que habría deslustrado su pureza; varios sufrieron al martirio antes que negar la fe,
todos habrían preferido morir que alterar su integridad. A estas ventajas adjuntaron la de su antigüedad: vivieron en
el tiempo en que el dogma comenzaba a desarrollarse y se aplicaron a exponerlo con exactitud y a defenderlo contra
las herejías, antes que a desenrollar, como los teólogos lo hicieron desde entonces, la cadena de las consecuencias
que contiene. Es por eso que en su lucha contra las grandes herejías la Iglesia entera se colocó tras Atanasio, Hilario
y Agustín y sus equivalentes como tras los representantes de la ortodoxia; es por eso que no dejó de hacer uso de
sus escritos y profesar una entera confianza en su ortodoxia por la boca de sus Sumos Pontífices, sus obispos y sus
teólogos. Los Doctores de la Iglesia que vivieron desde el duodécimo siglo, sobre todo aquellos cuya doctrina fue
más especialmente recomendada por los sucesores de San Pedro y que gozan de una gran autoridad en las escuelas
católicas —como Santo Tomás de Aquino— pueden asimilarse a los santos Padres; ya que si no tienen este título, es
solamente debido al tiempo en que nacieron. Vinieron después de los santos Padres: vivieron en el tiempo en que la
filosofía humana, más estudiada, ofrecía sus cuadros a la exposición de la verdad revelada; pero procuraron no
enseñar nada que no fuera conforme a la tradición y, al buscar los medios de exponer la doctrina católica con más
encadenamiento y precisión, salvaguardaron la pureza de esta doctrina y distinguieron los dogmas de fe y las
verdades ciertas de las opiniones dadas a las discusiones de los hombres. Por fin, nuestros grandes teólogos
participan en la autoridad de los santos Padres y Doctores de la Iglesia en la medida en que se acercan a ellos por su
adhesión a la tradición, por su doctrina y por la confianza que inspiran a los pastores y los fieles.

(Excerto de "El Magisterio Ordinario de la Iglesia y sus Órganos" – Padre J. M. A. Vacant – 1852-1901)

151ª Nota - A Fé de hoje é a Fé de Sempre?


O Salvador não se limitou a assegurar a infalibilidade aos sucessores de São Pedro e aos Apóstolos: também se
comprometeu a manter no seio de Sua Igreja uma perpétua e indissolúvel unidade e a preservar a fé de seus
membros de toda alteração. Esta Igreja seguirá estando unida ao sucessor de Pedro, em que se fundamenta como
um edifício em seus fundamentos, e os esforços do inferno não poderão destruí-la nem sacudir suas crenças. Super
hanc petram ædificabo Ecclesiam meam et portæ inferi non prævalebunt adversus eam. Em virtude destas
promessas renovadas em sucessivas ocasiões, a fé dos fieis é infalível como o ensinamento dos pastores, e não se
tem que temer o menor desacordo entre esta fé e esta esperança. Por isso, é um princípio admitido em teologia que
a fé de todo o povo cristão é sempre conforme a doutrina do episcopado que é a de Jesus Cristo.

(Excerto de "El Magisterio Ordinario de la Iglesia y sus Órganos" – Padre J. M. A. Vacant – 1852-1901)

Vacant

Nada nos permite, pues, afirmar que la infalibilidad del magisterio personal del papa se extiende más allá de las
definiciones ex cathedra, tal como han sido descritas por la constitución dogmática [del Vaticano I].

Hemos dicho ya -y lo repetimos adrede- que las condiciones de tales definiciones [ex cathedra] pueden aparecer en
situaciones, en formas oratorias y documentos muy diversos. Es importante insistir, porque, una vez bien
establecido este hecho, la disensión alrededor del magisterio ordinario se aclara considerablemente. El magisterio
infalible del papa es siempre un magisterio solemne o extraordinario, sea cual fuere el contexto en el que interviene.
Acerca de este punto, no es posible apartarse del vocabulario del concilio del Vaticano [I], adoptado, en forma
clara y firme, por el derecho eclesiástico, en el canon 1323 del Código. ¿Será útil subrayar que el adjetivo «solemne»,
en esta expresión, no evoca, en modo alguno, las ceremonias o el cuadro exterior, sino únicamente las exigencias
objetivasy precisas, resumidas en dichas condiciones? En este mismo sentido se habla, en derecho canónico, de
«voto solemne», y de «contrato solemne», en jurisprudencia.

Quizá sea interesante, al término de esta exposición, poner de relieve que el primer autor que propuso la tesis de
infalibilidad del magisterio ordinario personal del Soberano Pontífice fue J.M.A. Vacant, en un libro publicado en
1887(51). Por otra parte, él no oculta el carácter de novedad de lo que afirma: «También quiero manifestar una
proposición que, hasta el presente, jamás he leído en una obra, en términos expresos(...). No puedo apoyar este
aserto sobre autoridades, será, pues, necesario apoyarlo sobre razones» (52).

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(51) J.M.A. VACANT, Le magistere ordinaire de l'Église et ses organes (París. 1887).

(52) Le magistere ordinaire... , p. 96

Tomado de:

J. HAMER. La Iglesia es una comunión, Barcelona (1967), pp. 30-31.