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LA CARA OCULTA DE LOS TEST DE

INTELIGENCIA
Un análisis crítico

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COLECCIÓN PSICOLOGÍA UNIVERSIDAD
Bajo la dirección del
Profesor Roberto Colom
Universidad Autónoma de Madrid

3
Anastasio Ovejero Bernal

LA CARA OCULTA DE LOS TEST DE


INTELIGENCIA
Un análisis crítico

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BIBLIOTECA NUEVA

5
Cubierta: A. Imbert

Edición digital, marzo de 2014

© Anastasio Ovejero Bernal, 2014


© Editorial Biblioteca Nueva, S. L., Madrid, 2014
Almagro, 38
28010 Madrid (España)
ISBN: 978-84-16169-74-0

Queda prohibida, salvo excepción prevista en la ley, cualquier forma de


reproducción distribución, comunicación pública y transformación de esta obra sin
contarcon la autorización de los titulares de propiedad intelectual. La infracción de
los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad
intelectual (arts. 270 y sigs., Código Penal). El Centro Español de Derechos
Reprográficos (www.cedro.org) vela por el respeto de los citados derechos.

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ÍNDICE

7
PRÓLOGO

INTRODUCCIÓN

CAPÍTULO PRIMERO. ¿Qué es la inteligencia?


CAPÍTULO II. La cuestión herencia-ambiente
CAPÍTULO III. El determinismo genético y sus implicaciones
CAPÍTULO IV. Orígenes, contexto y consecuencias sociales de las concepciones genetistas de la
inteligencia
CAPÍTULO V. Las mentiras de la Ciencia: el caso paradigmático de Cyril Burt
CAPÍTULO VI. Los años 20 y la exclusión de los inmigrantes
CAPÍTULO VII. Los años 60-70 y la exclusión de los negros
CAPÍTULO VIII. Los años 90 y el capitalismo neoliberal: «The Bell Curve»
CAPÍTULO IX. Una respuesta a los psicómetras genetistas del CI
CAPÍTULO X. Una nueva perspectiva de la inteligencia

CONCLUSIONES

BIBLIOGRAFÍA

8
A todos los miles y miles de mujeres y hombres cuyas vidas quedaron
destrozadas por la equivocada, prejuiciosa y no inocente utilización de
los test de inteligencia.

9
Prólogo

La historia y el presente de las ciencias sociales están atravesados de profundas


controversias sobre los conceptos, métodos y problemas con los que y hacia los que
orientan sus investigaciones. Una de esas controversias, ya clásicas, es la que gira en
torno al relativo peso que cabe adscribir a las variables relativas al «medio ambiente»
(habría que ver qué es eso del medio ambiente para los seres humanos) frente a las
variables genéticas en la explicación del comportamiento: naturaleza frente a cultura,
crianza y aprendizaje frente a herencia biológica, etc. Lo que en principio podría
considerarse como una forma aproximativa de ordenar el conjunto de variables y
mecanismos implicados en el condicionamiento o la determinación de la conducta se
polariza abstractamente en una implausible polarizada dicotomía, cuyos términos, sin
embargo, la realidad empírica hace necesariamente interdependientes. E incluso sin la
posibilidad de escindir adecuadamente las variables de uno y otro polo por falta de
técnicas suficientemente discriminativas (a pesar de los estudios de gemelos
univitelinos) se enarbolan las banderas de esa antítesis con fervores más propios de
una cruzada místico-cientificista, con inconfundibles improcedentes resonancias
corporativistas, que de la prudente, sobria y ecuánime actitud analítica que tan graves
y complejas cuestiones requeriría. Porque cosa grave es aventurarse en la
clasificación de los seres humanos en una dimensión tan difícilmente definible,
elástica y contingente, pero que socialmente, sin embargo, confiere diferentes grados
de esencial dignidad, como valor que emanaría de ese reducto último que constituye
la propia y distintivamente personal, y que es su base genética.
En gran medida esta confrontación se ha debido a la espléndida e irresistible
influencia de Darwin, cuyo pensamiento es proyectado inadecuadamente en muchas
ocasiones como última invocación para entender la realidad humana. Desde muy

10
temprano1 ha sido utilizado Darwin (que no era darwinista social) como fundamento
de las ideologías biologistas, como legitimación de un reduccionismo que, asumido
coherentemente, deja sin espacio a la ciencia social, relegando a un muy segundo
plano el papel constitutivo que la herencia sociocultural tiene en todo lo humano, y
negando la relativa autonomía —pero aunque relativa no menos real—que la
evolución cultural ha adquirido desde y en el contexto de (y si se quiere, a veces
frente a) la evolución biológica. El reconocimiento de esta relativa autonomía permite
vislumbrar la evolución humana como un proceso en el que la propia humanidad
puede intervenir ya, porque ha devenido consciente del mismo y puede también
anticipar en parte las consecuencias de su acción. Es decir, el ser humano ya no es
sólo resultado de la evolución sino sujeto activo de la misma. La historia natural se ha
hecho en el hombre conciencia histórica, realidad histórico-cultural anclada a la vez
en la biosfera y en la noosfera. El hombre, como señala Carlos París en línea con la
mejor reflexión antropofilosófica, es un animal cultural. Lo que significa que el
horizonte de su evolución ha desbordado su clausura genética.
Aparentemente todo esto es reconocido incluso por los propios sociobiólogos.
Así Dawkins escribe al final de su famoso libro El gen egoísta2: «Tenemos el poder
desafiar a los genes egoístas de nuestro nacimiento y, si es necesario, a los genes
egoístas de nuestro adoctrinamiento… Algo que no tiene lugar en la naturaleza, algo
que nunca ha existido en toda la historia del mundo. Somos construidos como
máquinas de genes y educados como máquinas de genes, pero tenemos el poder de
rebelarnos contra nuestros creadores». Y el mismo Wilson3 afirma que: «El Homo
sapiens, la primera especie verdaderamente libre, está a punto de licenciar la
selección natural, la fuerza que nos hizo. No existe destino genético fuera de nuestro
libre albedrío, no se nos ha provisto de ningún norte hacia el que podamos trazar el
rumbo. La evolución, incluido el progreso genético en la naturaleza y la capacidad
humana, será a partir de ahora cada vez más el ámbito de la ciencia y la tecnología
atemperadas por la ética y las opciones políticas». Aunque el propio Wilson4 se
encargue contradictoriamente de recordar que: «… Estamos aprendiendo el principio
fundamental de que la ética lo es todo. La existencia social humana, a diferencia de la
animal, se basa en la propensión genética a formar contratos a largo plazo que por la
cultura evolucionan en preceptos morales y ley. Las reglas de la formación de tales
contratos no se dieron a la humanidad desde arriba, ni surgieron aleatoriamente en la
mecánica del cerebro. Evolucionaron a lo largo de decenas o cientos de milenios
porque conferían supervivencia y oportunidades de estar representados en las
generaciones futuras, a los genes que los prescribían». Lo que coincide
sustancialmente con lo que escribía en Sobre la naturaleza humana5: «… Los genes
sostienen a la cultura al extremo de una correa. La correa es muy larga, pero los
valores inevitables se limitarán de acuerdo con sus efectos en el banco genético
humano. La conducta humana… es la técnica tortuosa por medio de la cual el
material genético humano ha sido y será conservado intacto. No es posible demostrar
otra función definitiva de la moral». No es necesario ser antidarwinista para
percatarse del carácter reduccionista, contradictorio y circular del pensamiento que
traslucen estas citas. La sociobiología ha sido objeto de múltiples y muy variadas
críticas. Y también los sociobiólogos. Un autor tan poco sospechoso de

11
antidarwinismo como Dennett6 escribe por ejemplo: «La típica incapacidad de
Wilson y otros sociobiólogos para considerar a sus críticos como algo más que
fanáticos religiosos o esotéricos científicamente analfabetos, es, una vez más, una
triste y excesiva oscilación del péndulo».
Pero más allá del dogmatismo cientificista personal lo que importa destacar es
el carácter ideológico, es decir, sistemáticamente parcial, de su pensamiento. Esa
parcialidad ideológica se produce por la excesiva dependencia explicativa del
«materialismo biológico» (herencia) y la sistemática ignorancia y/o minusvaloración
del potencial explicativo del «materialismo histórico-socio-cultural» («medio
ambiente» distintivamente humano). Lo que revela su carácter ideológico es que
mientras que desde un punto de vista científico ese diferencial acento explicativo no
parece demasiado plausible —ni desde el ético aconsejable—, desde un punto de
vista político sintoniza con las ideas que legitiman el orden social existente y la
estructura dada de poder, al consagrarlos como isomórfico resultado de estructuras
«naturales» (biológicas) más profundas e inalterables, fuera del alcance de la acción y
decisión humanas. La utopía es invalidada y ridiculizada como religiosa superstición;
pero también el sentido, orientativo o normativo, que en la dirección de la acción
pueda ejercer cualquier sistema de valores.
Un apartado sumamente complejo y comprometido de esta controversia es el de
la interpretación de las variaciones interindividuales, entre clases sociales o entre
razas en las puntuaciones de los test de inteligencia. Recuerdo las acaloradas
polémicas que levantó el artículo de Jensen7 a finales de los años sesenta,
reproducido después en 1972 en su libro Genetics and Education (Methuen,
Londres), secundado en Europa por el texto de Eysenck8 Raza, inteligencia y
educación. De las múltiples lecturas que por aquel entonces realicé para aclararme yo
mismo sobre la cuestión me pareció observar que los genetistas que habían estudiado
con detenimiento estas cuestiones, como con Bodmer9, Cavalli-Sforza, Rose,
Dobzhansky, etc. no compartían el expeditivo peso explicativo adscrito a los factores
genéticos en las diferencias de puntuación en los test. Sin negar que tales factores
puedan tener efectos importantes en las diferencias del CI entre blancos y negros
subrayan, sin embargo, que la evidencia acumulada hasta el momento es insuficiente
e inadecuada para dirimir la cuestión, y que los términos en que está planteada no
permiten una respuesta definida con las técnicas disponibles. Más recientemente
Cavalli-Sforza10 mantiene una posición similar. Pero desde la misma psicología
venían a formularse correctivos de mayor calado crítico a la línea reinterpretación
Jensen-Eysenck. Especial significación tuvo —y sigue teniendo— para mí la
cuidadosamente medida declaración del Consejo de la Sociedad para el Estudio
Psicológico de los Problemas Sociales (Society for the Psychological Study of Social
Issues), que forma parte de la Asociación Americana de Psicología, presidido por
Martin Deutsch e integrado por personas como Thomas F. Pettigrew, Kurt W. Back,
William A. Gamson, Harold B Gerard, Edwin P. Hollander, Philip G. Zimbardo,
Robert Kahn, Harold L. Proshansky, M. Brewster Smith, etc. La cita de algunos
párrafos puede ser indicativa al respecto11: «Existen claras diferencias en las
puntuaciones de los test de inteligencia cuando se compara una muestra aleatoria de
blancos y negros. Lo que resulta igualmente claro es que muy poca evidencia

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definitiva existe que lleve a la conclusión de que tales diferencias sean innatas… Una
comprensión más exacta de la contribución de la herencia a la inteligencia será
posible sólo cuando las condiciones sociales para todas las razas sean iguales y
cuando esta situación se haya prolongado durante varias generaciones… Formular
cuestiones sobre conductas complejas en términos de herencia frente a medio-
ambiente es simplificar en exceso la esencia y naturaleza del desarrollo
comportamiento humanos… Debemos igualmente reconocer las limitaciones actuales
de los test de inteligencia… Debemos también señalar el hecho de que el concepto de
raza es definido la mayor parte de las veces socialmente por el color de la piel, y que
resulta muy difícil determinar diferencias raciales genéticamente…»
Unos años más tarde, entre nosotros, Juan del Val12 llegaba a conclusiones del
mismo tenor en un trabajo en el que ya se hacía eco del libro de Kamin, con sus
revelaciones en torno a los dudosos datos sobre gemelos idénticos de Sir Ciryl Burt
que apoyaban las tesis genetistas.
Como el lector tendrá ocasión de comprobar, al adentrarse por el texto que tiene
en sus manos, la polémica ha proseguido hasta el presente. Es más, el hecho mismo
de su publicación hace prever que la polémica va a continuar. Por el momento, su
resonancia ha sido enorme. Hasta tal punto que ese empeño por acentuar los aspectos
biológicos en la reinterpretación de las diferencias del C I desde un planteamiento
conceptual apresurado —si no tautológico— y una precaria evidencia empírica es
visto por un historiador de la ciencia13 como ejemplo de irresponsabilidad científica.
Es en este contexto en que se revela la importancia del libro del profesor
Ovejero, que puede considerarse como una investigación paradigmática de psicología
social de la ciencia y de psicología social crítica. Pero de esa crítica que amplía el
horizonte de intelección de una disciplina al mostrar de raíz la inadecuación de
alguna de sus líneas de investigación, y al poner de manifiesto sistemáticamente las
conexiones extracientíficas que coherentemente sesgan sus interpretaciones e
infravaloran alternativas plausibles de explicación e intervención. Pero ese
desmontaje no puede realizarse sin poner en cuestión muchos de los supuestos en que
se asienta la mística pseudocientífica de estos autores. De ahí que el trabajo del
profesor Ovejero haya tenido que adentrarse y profundizar en complejas
consideraciones de carácter filosófico-científico y arriesgarse a cuestionar
instrumentos y prácticas que algunos sectores consideran como propios,
representativos y, quizás, demasiado centrales para la consecución de la
respetabilidad científica. Y es claro que las llamadas a una autoconsciencia más
crítica no son siempre bien recibidas, a pesar de la necesidad del esfuerzo intelectual
que hacen en clarificar y superar el simplista maniqueísmo teórico (y metateórico) del
que parten, y a veces refuerzan, controversias de esta naturaleza.
Un aspecto que confiere una gran altura al texto es la amplitud de la perspectiva
histórica con que es estudiado el problema. Los datos que el autor nos va
proporcionando, a medida que avanza en el desarrollo de su argumentación, encajan
sólidamente en su estrategia interpretativa de esa línea de pensamiento que desde
Galton se prolonga hasta nuestros días, y cuyo denominador común consiste en una
asimilación inmediata de la realidad humana, individual y social, a sus supuestos
fundamentos biológicos, evolutivos y/o genéticos, instaurándolos como un nivel de

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explicación suficiente de todas las manifestaciones de esa realidad humana, en este
caso de la inteligencia. Variaciones sobre ese reduccionismo biologista que, en
distintas formas, se viene manifestando recurrentemente desde el último tercio del
siglo XIX. Las referencias al marco histórico concreto en que se van desarrollando
estas tradiciones de investigación del CI son sin duda muy iluminadoras y, en
ocasiones, inquietantes. Es difícil también no experimentar cierta indignación moral
al contemplar los usos y prácticas sociales en que a veces se inscriben los test de
inteligencia, sin la debida reflexión en torno a la interpretación de sus resultados y las
posibles consecuencias de su conocimiento. La historia del siglo XX es demasiado
densa en términos de criminales acontecimientos racionalizados desde categorías e
interpretaciones pseudobiológicas como para permanecer insensible ante prácticas o
concepciones que pudieran guardar, aunque remotamente, ciertas semejanzas con los
mismos. Pero también produce cierta indignación —incluso tristeza— intelectual
comprobar cómo algunos de los padres fundadores de nuestras disciplinas, desde una
imperturbable seguridad más propia del doctrinarismo ideológico que el talante
científico, se aventuran en la defensa de políticas sociales, económicas, educativas,
etc. como si éstas derivasen necesariamente de sus investigaciones o de un corpus
científico establecido, y no también de sus valores, creencias o intereses. En ese
sentido la relectura de Wilson o de Eysenck no puede dejar de recordarme a
McDougall o a Le Bon. Cuando releo por ejemplo los textos de este último es
imposible no sentir una inquietante perplejidad ante el aplomo de autoconvencido
rigorcientífico con que enuncia medias verdades, insultos y estupideces sobre el
socialismo y toda la grey de «inadaptados» que lo adoptan como una religión,
conservadurismo político-económico o, simplemente, actitudes fascistas, junto con
perspicaces observaciones e, incluso, intuitivas anticipaciones históricas. Para mí que
sentimientos parecidos tiene que haber ido experimentando el profesor Ovejero,
aunque con mayor frecuencia, a lo largo de los esfuerzos que le han permitido
concluir esta brillante investigación. Y es muy posible que el apasionado tono
polémico del libro se deba en gran medida a esa reiterada experiencia. A ella creo se
debe también la gran sensibilidad ética y política que el autor nos muestra ante los
problemas que plantean los usos de la ingeniería genética.
En cualquier caso, quiero reiterar que estamos ante un libro importante que nos
informa detalladamente acerca de los términos históricos y actuales de una
controversia central en las ciencias sociales, que nos aporta materiales y elementos de
juicio que nos permiten mirar con mayor claridad y fundamento el conjunto de
cuestiones que se plantean en torno a esa controversia y que, por tanto, abre vías para
nuevos planteamientos conceptuales menos simplistamente dicotomizadores. Una
lección metodológica fundamental que se desprende de la lectura de este libro podría
resumirse en forma de máxima con estas palabras: Para una mejor explicación, menos
reduccionismo y más interacción.

JOSÉ RAMÓN TORREGROSA

14
Introducción

Siempre ha sido fuerte la tendencia a creer que cualquier cosa que


tiene nombre debe constituir una entidad o un ser dotado de una
existencia propia independiente. Y cuando no se ha logrado hallar una
entidad real que corresponda al nombre, no por eso han pensado los
hombres que esa entidad no existía; han imaginado, en cambio, que se
trataba de algo particularmente abstruso y misterioso.
JOHN STUART MILL

Como sostiene Michel Foucault, en su espléndido Vigilar y castigar (1975),


tras la Ilustración ya no fue posible —o al menos recomendable— mantener
incólumes las formas de castigo de épocas anteriores. Y sin embargo, el afán de
controlar a las personas no declinó, sino, por el contrario, se incrementó como nunca
lo había hecho hasta entonces. Pero ya lo hizo sobre una premisa básica, según la cual
resulta más eficaz conseguir que los ciudadanos internalicen la autoridad y las
normas disciplinarias que estar continuamente haciéndoles ver esa autoridad y
amenazándoles por no cumplir esas normas; es mejor, en resumen, vigilar que
castigar. Así fue como nacieron las ciencias sociales en general y la psicología, un
poco después, en particular, con la explícita finalidad, entre otras, de controlar, medir,
domar a los individuos para conseguir de ellos unos ciudadanos dóciles y unos
trabajadores útiles. ¿Cómo, si no, iba a funcionar la sociedad industrial si los
ciudadanos/trabajadores no hubieran antes internalizado los valores del trabajo y del
esfuerzo, y si el motivo de logro y el afán de ahorro no se hubieran convertido en sus
señas de identidad? Pues bien, es en este contexto en el que hay que contemplar el
auge y éxito que tuvieron los test de inteligencia a primeros del siglo XX en los
Estados Unidos, éxito que no les abandonaría prácticamente durante toda la centuria.

15
Y es que la psicología, como las demás ciencias humanas, había surgido como un
instrumento privilegiado de la burguesía triunfante para controlar a los individuos y a
las masas, haciendo que aquéllos internalizasen el orden social en la situación
histórica en la que, tras las revoluciones francesa e industrial, ya no eran fácilmente
controlables ni por la religión ni por las costumbres (Billig, 1982). Además, la
psicología cumplió —y aún cumple— otra función básica: hacer olvidar el carácter
social y relacional de los sujetos, psicologizando los problemas sociales de forma que
así puedan echarle la culpa al individuo de lo que le pase (véase Álvarez-Uría y
Varela, 1994). Con ello, como veremos que sostiene Lewontin, se salva el enorme
abismo que existe entre el ideario ilustrado de igualdad que aparece en la base de las
constituciones de las naciones modernas, y la realidad social, caracterizada por la
gran desigualdad entre unas personas y otras, entre unos y otros grupos sociales.
Como veremos, la psicometría del CI será un instrumento de gran valor para este
objetivo: si los pobres seguían siendo pobres generación tras generación por mucho
que trabajasen (salvo «honrosas» excepciones), a pesar de la revolución y a pesar de
la democracia, y si los negros seguían ocupando mayoritariamente las posiciones más
bajas en la estructura social, ello se debía exclusivamente a su baja inteligencia
genética.
Además de por las cuestiones clínicas, a los psicólogos se les conoce
principalmente por sus test, en particular por sus test de inteligencia. Y no es para
menos, a causa tanto de la enorme extensión social que tan tenido tales test, de tal
forma que cada año en todo el mundo son aplicados a millones de personas, sobre
todo niños/as y adolescentes, como de los efectos personales y sociales de sus
resultados. En este libro se intentará mostrar cuáles son realmente esos efectos, de tal
forma que, efectivamente y como reza el título, lo que pretendo es mostrar la cara
oculta de los test de inteligencia, es decir, hacer ver que a veces la psicometría se
convierte en una pseudociencia política e ideológicamente interesada. Se me acusará,
sin ninguna duda, de tirar cantos a mi tejado y de perjudicar el prestigio de la
profesión. A ello tengo que hacer dos objeciones fundamentales: en primer lugar, por
encima de los intereses gremialistas de cualquier grupo social o, como es este caso,
profesional, está el interés de la sociedad y de las personas que la componen, pues el
prestigio profesional de los psicólogos jamás debe justificar el perjuicio a personas; y,
en segundo lugar, el auténtico prestigio de los psicólogos debe provenir de una labor
realmente al servicio de la sociedad y de una gran transparencia en tal labor, no
interesándome en absoluto el prestigio ganado con fraude y con ocultamiento de los
verdaderos intereses que con frecuencia se esconden tras las prácticas sociales de los
psicólogos. Y tras las prácticas sociales del CI —y no sólo de él—siempre se
escondieron —y lo siguen haciendo— muchos intereses políticos e ideológicos, como
iremos viendo a lo largo de este libro.
Y es que si importantes son los efectos políticos del poder de los psicólogos
para normalizar en el campo de la salud/locura, más importantes son aún en el ámbito
de la inteligencia. En efecto, el poder de la psicología es enorme y consiste en su
poder de normalizar y, por tanto, de excluir. Para ello basta con «demostrar
científicamente» que alguien no es normal: ése es su poder. Para excluir a muchos
ciudadanos basta con «demostrar» que poseen una inteligencia suficientemente baja

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como para no ser capaces de ocupar un puesto digno en nuestra sociedad. Y así, a
hurtadillas y con engaño, a quienes realmente se excluye (por ejemplo, de los
estudios superiores, de las profesiones prestigiosas, de los puestos de poder, etc.) es a
los ya excluídos: a los pobres. Pero los psicólogos lo hacen científicamente, con lo
que las injusticias quedan ya plenamente justificadas: es el orden natural de las
cosas. Todo ello se basa al menos en estas dos premisas. Primera, esto no es cuestión
de opinión ya que está científicamente demostrado, puesto que es la nueva psicología,
la científica, la que lo dice. Y lo dice tras concienzudos estudios, con medidas muy
serias obtenidas con instrumentos altamente científicos (obsérvese la circularidad del
argumento) y, por tanto, digno de total confianza. «Ruptura, pues, con la tradicional
psicología filosófica en favor de un estudio más positivo y experimental, es decir,
más científico. El estudio del alma fabricada por las disciplinas recibirá de los
poderes públicos el estatuto de cientificidad, digno reconocimiento en pago a los
beneficios políticos que dichos análisis proporcionan» (Álvarez-Uría y Varela, 1994,
págs. 64-65). Y segunda, está en el orden natural de las cosas, por lo que nada puede
hacerse para remediarlo. Por el contrario, cada uno debe conformarse con el papel
que le ha tocado desempeñar en la sociedad y con la posición social que ocupa, pues
ello depende fundamentalmente de su propia capacidad intelectual, es decir, de su
naturaleza, por lo que de poco sirve rebelarse: no queda otra opción que aceptarlo, ya
que está determinado por nuestros genes. En consecuencia, y como iremos viendo,
no es extraño que los test de inteligencia hayan servido tradicionalmente al racismo
científico. Más en concreto, aunque no es la psicometría del CI la única forma que ha
habido de hacer «racismo científico», sin embargo, dentro de la psicología y dado el
enorme impacto que el concepto de inteligencia ha tenido en todo el siglo que acaba
de terminar, los test de inteligencia y sobre todo el cociente intelectual han sido los
instrumentos más utilizados por parte de los psicólogos para tratar de justificar y
hasta de demostrar sus creencias racistas, como luego veremos.
Con Chase (1980, pág. XV) entiendo por racismo científico «la perversión de
los hechos científicos e históricos para crear el mito de dos razas distintas en la
humanidad. La primera de estas “razas” es, en todos los países, una pequeña elite
cuyos miembros tienen buena salud, son ricos (generalmente por herencia) y poseen
una buena educación. La otra “raza” consiste en grandes masas de personas de todo el
mundo que son vulnerables, pobres o al menos no ricas, y supuestamente con poca o
ninguna educación, por tener cerebros hereditariamente inferiores». De hecho, desde
hace casi dos siglos se ha pretendido buscar «científicamente» características de esta
segunda «raza» que demuestren su inferioridad genética y, por tanto, natural e
inmodificable: defectos anatómicos, cerebros más pequeños, rasgos de personalidad
que por naturaleza les inclinan al delito e incluso al crimen, o cocientes de
inteligencia más bajos. Estos mitos del racismo científico les ha ayudado a los
legisladores y a los dirigentes para no hacer nada o casi nada por mejorar la situación
de la gente pobre e incluso le ha ayudado a la sociedad entera a justificar las
injusticias y las desigualdades sociales, mostrando que eso no es sino el orden natural
de las cosas. Pues bien, desde hace más de un siglo, prácticamente desde sus
orígenes, parte de la psicología, sobre todo cierta corriente de la psicometría, se
incorporó al esfuerzo de estas pseudociencias con la finalidad de justificar

17
científicamente la exclusión social de muchas personas y grupos humanos. Sin
embargo, antes de proseguir quiero dejar claras dos cosas. Primera, que la psicología
no ha sido la única responsable de este racismo científico, sino sólo una de ellas,
junto a la medicina, la biología, la criminología, etc.; y la segunda, que no todos los
psicólogos han contribuido a este racismo, ni todos los que lo han hecho lo han hecho
intencionalmente.
En definitiva, lo que persigue este libro es desenmascarar los intereses
ideológicos, económicos y sociales que subyacen a la psicometría del CI. En efecto,
han sido muchos los psicómetras —afortunadamente no todos, ni mucho menos—
que a lo largo del siglo XX, y siempre escondiéndose tras la túnica sagrada de la
ciencia, lo único que han hecho ha sido racismo científico, de tal manera que sus
teorías, sus escritos y hasta sus datos empíricos han estado permanentemente al
servicio de las clases sociales dominantes con la finalidad patente de justificar los
privilegios de unos y la exclusión de otros. Como no hace mucho escribía M.ª
Ángeles Durán (2000, pág. 12), «los sentimientos (el rechazo, la confianza, el temor,
la ilusión, la ironía) son un motor poderosísimo en la producción intelectual». Pues
bien, el proyecto intelectual que supone este libro se debe en gran medida a ciertos
sentimientos míos como la rabia incontenida y el temor a la hipocresía de ciertos
«científicos» de la psicología que predican por doquier la neutralidad y asepsia fría de
la ciencia, a la vez que sus prácticas sociales están diciendo justamente lo contrario.
No pretende este libro ser una crítica metodológica a la psicometría ni siquiera
a los tests de inteligencia, aunque por fuerza tendré que incluir algún aspecto de
crítica metodológica al CI o al concepto de inteligencia general. No pretendo hacer
una crítica metodológica ni yo sería en absoluto la persona indicada para hacerla.
Sólo pretendo hacer una crítica profunda a la utilización ideológica de los test de
inteligencia, señalando principalmente los efectos sociales de tal utilización y
recordando los miles y miles de personas cuyas vidas fueron profundamente dañadas.
Es más, es que, en sí mismos, los problemas metodológicos que puedan tener los test
de inteligencia no me interesan, porque creo que no es la cuestión básica. En efecto,
independientemente de la validez y fiabilidad que tengan los test de CI lo importante
es el uso que se haga de ellos, pues podemos utilizarlos para ayudar a las personas o
podemos utilizarlos para excluir y para justificar la exclusión social ya existente. Por
consiguiente, en absoluto pretende este libro hacer una crítica a la psicología ni
siquiera a la psicología de los test de inteligencia, sino sólo a aquella línea,
claramente pseudocientífica, cuya función primordial era justificar «científicamente»
las desigualdades sociales y/o étnicas. La psicometría, como cualquier otra actividad
humana y social, puede ponerse al servicio de la sociedad y utilizarse para ayudar a
las personas y grupos sociales más necesitados. Pero puede también, igualmente
como cualquier otra actividad humana y social, ponerse al servicio de los poderosos y
pretender justificar la exclusión social, las desigualdades, la injusticia, apoyándose en
los prejuicios más detestables como son los que durante miles de años y en tantas
culturas —no sólo en la nuestra— han tenido como función poner la vida de los más
pobres al servicio de la de los más ricos, ya desde el propio nacimiento de aquéllos.
Y es precisamente a la propia psicología a la que le interesa desenmascarar esos
intereses ocultos de muchos psicólogos que dicen ser los portavoces de la psicología

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científica. Creo que aquellos cientos de miles de mujeres y hombres cuyas vidas
quedaron destrozadas por la utilización de los test de inteligencia, o al menos su
memoria, merecen una reparación por parte de la propia psicología. Este libro quiere
unirse al esfuerzo de otros muchos (Tort, 1972; Kamin, 1974; Chase, 1980; Evans y
Waites, 1982; Chorover, 1982; Gould, 1984; etc.) que desde la psicología se han
escrito para intentar reparar el mal que algunos psicólogos hicieron en el pasado y
siguen haciendo ahora.
En todo caso, muchos me dirán que sobre este tema ya se ha escrito bastante.
Yo añadiría que, efectivamente, así es, pero parece que aún no suficiente, pues los
tests de inteligencia se siguen utilizando de una forma parecida y para los mismos
fines que se utilizaron hace décadas. No obstante creo que este libro aún puede ser
útil, al menos por las siguientes razones:

1) Conviene recordarles a los psicólogos actuales (no todos lo saben y son


muchos los que lo han olvidado) cuál ha sido la historia de los test de CI y cuál es su
trasfondo ideológico y hasta político: si utilizamos un instrumento de medida como
éste con frecuencia estaremos utilizando, sin saberlo, su ideología subyacente y
nuestras prácticas sociales serán las mismas que si tuviéramos esa misma ideología.
2) Creo imprescindible que los estudiantes de psicología conozcan el trasfondo
de todas aquellas tesis psicológicas que dicen basarse en hechos científicos. Y ese
trasfondo no es precisamente ningún hecho, sino un cúmulo histórico de barbaridades
basadas en supuestos absolutamente racistas. La psicometría del CI es sólo un
ejemplo y, desgraciadamente, no desaparecido. En efecto, Richard Herrnstein expone
las tesis genetistas de la inteligencia y sus implicaciones de la forma más racista y
descarnada de todas las que se han hecho hasta ahora precisamente en 1994
(Herrnstein y Murray, 1994) y, entre nosotros, más recientemente aún, Roberto
Colom defiende denodadamente tales tesis genetistas del CI todavía en el año 2000
(Colom, 2000).
3) Más importante aún es mostrar al público general ese trasfondo ideológico y
político de que hemos hablado y que sepan qué es lo que miden realmente los test de
inteligencia que se les administra: esta información puede ayudarles a resistirse a
unas prácticas opresivas (evidentemente, no siempre es opresiva la administración de
test de inteligencia, pero a veces sí: conviene saber cuándo y resistirse a ello).
4) La autocrítica es el mejor camino para evitar que los grupos a los que
pertenecemos caigan en un pernicioso sectarismo que, además, termina por dañar
incluso a los propios miembros del grupo: y la psicometría como veremos en este
libro, con frecuencia ha actuado como una pseudociencia más próxima a una secta
que al concepto general de lo que tiene que ser una ciencia, que no debería ser otro
que estar al servicio de la sociedad. La psicología ha estado en gran medida al
servicio de los intereses de los poderosos y lo sigue estando aún. Ahora bien, ya que
evitarlo es imposible, es importante que al menos haya también otra psicología al
servicio del ciudadano (del consumidor, del telespectador, del votante, etc.). Y el
primer cometido de esta psicología debería ser justamente desenmascarar los
argumentos falsamente disfrazados de científicos que con frecuencia suele utilizar la
psicología tradicional para conseguir más fácilmente sus objetivos opresivos. Una de

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las cosas que persigo en este libro es, en definitiva, contribuir modestamente a poner
las bases para la construcción de otra psicología diferente de la que durante más de un
siglo hemos conocido. En absoluto estoy en contra de la psicología, todo lo contrario:
sencillamente estoy a favor de otra psicología que en muchos aspectos sea diferente a
la que se ha hecho tradicionalmente, y tengo confianza en que estas páginas sirvan
para tal cometido.

20
CAPÍTULO PRIMERO
¿Qué es la inteligencia?

1. INTRODUCCIÓN

Pocos conceptos psicológicos han alcanzado un reconocimiento social tan


general como el de inteligencia, que es definida por el Diccionario, en una acepción
claramente filosófica, como «la facultad con que se captan y forman ideas y
relaciones». Frente a otros en cierta medida emparentados con él, como el de «listo»,
«sabio», «brillante», etc., la utilización del concepto plural de inteligencia está tan
extendida que es difícil escapar a su uso. En efecto, se dicen frases como «este
alumno es inteligente», «hay que tomar una decisión inteligente», etc., hasta las
máquinas pueden ser inteligentes. ¿Qué es realmente la inteligencia? Como hace más
de medio siglo señalara Miles (1957), estamos ante una palabra «polimorfa» y
«abierta», tanto, sugería antes aún Ryle (1949), que difícilmente podemos encontrar
una actividad humana de la que no se pueda decir que es o no es inteligente. De ahí
que se hayan propuesto definiciones tan generales y circulares como ésta de Ryle
(1949): la inteligencia «es una tendencia general de un individuo para realizar una
amplia variedad de tareas inteligentemente». Y es que, como puntualizan Sternberg y
Detterman (1988, pág. 15), pocos fenómenos psicológicos presentan tantas
dificultades para su comprensión como el de la inteligencia, de forma que los
psicólogos no consiguen ponerse de acuerdo acerca de lo que es, a pesar de su gran
interés e importancia para la ciencia y para la sociedad. Todavía hoy día estamos
lejos de llegar a comprender la naturaleza de la inteligencia.
Para empezar, tenemos que decir que tradicionalmente los psicólogos se han
ocupado más de medir la inteligencia que de definirla, habiéndose llegado a la
situación paradójica de ver a miles de psicólogos dedicando su tiempo y sus energías
a medir algo que no saben lo que es. Así, Roberto Colom, tras afirmar (1998, pág.

21
217) que «no sabemos a ciencia cierta qué es la inteligencia», señala que ello no tiene
mucha importancia ya que inteligencia es exactamente lo que miden los test de
inteligencia. «No sabemos qué es la inteligencia, no hay un criterio absoluto sobre lo
que pueda ser el concepto inteligencia. Pero lo que sí conocemos, por pura
observación, es que las personas no resuelven con igual efectividad situaciones o
problemas que consideramos intelectualmente exigentes, como encajar las piezas en
un puzzle, resolver un crucigrama o calcular mentalmente a cuántas pesetas equivale
el 17 por 100 de descuento anunciado en un producto de limpieza nuevo en el
mercado» (Colom, 1998, pág. 219). Ahora bien, si no sabemos qué es la inteligencia,
¿cómo saber si una situación es intelectualmente exigente? ¿Por qué, por ejemplo, ser
capaz de «buscarse la vida» no es considerado como reflejo de una mayor
inteligencia que ser capaz de encajar las piezas de un puzzle? Por otra parte, muchos
psicólogos no aceptan los test que utilizaban Terman y Yerkes, porque, dicen, eran
muy primitivos y la psicometría no estaba aún bien desarrollada, y alaban los test
actuales como medidas exactas, precisas y válidas de la inteligencia. Pero olvidan una
cosa: estos buenos test actuales llegan a las mismas conclusiones que aquellos tan
malos test: ¿no será que tanto los psicómetras conservadores de antes como los de
ahora llegan a los mismos datos porque unos y otros encuentran lo que quieren
encontrar? Ésta es una de las cosas que quisiera mostrar en este libro: la
intencionalidad real oculta de muchos psicómetras del cociente intelectual1, que no
ha sido otra, como veremos pormenorizadamente, que justificar las injusticias y
desigualdades sociales, proporcionando una base «científica» a lo que no eran sino
prejuicios más o menos extendidos contra ciertas minorías (negros, inmigrantes,
pobres, etc.). Estamos, pues, como intentaré demostrar, ante un caso típico de
racismo científico. En este sentido, ya en 1868, Van Evrie publicó en Nueva York un
libro que quería mostrar que la esclavitud de los negros era algo normal, dada la
inferioridad intelectual —y consiguiente subordinación— de éstos con respecto a los
blancos. Un año más tarde, Francis Galton (1869) publica su famoso Hereritary
Genius en el que, como veremos, irá por el mismo sendero que Van Evrie, pero con
más éxito, hasta el punto de que dará inicio a una saga de psicómetras genetistas que
cubrirá todo el siglo XX (Burt, Terman, Eysenck, etc.). Por consiguiente, resulta
imprescindible comenzar este libro intentando contestar a la tantas veces planteada —
y todavía no contestada satisfactoriamente—pregunta de qué es realmente la
inteligencia. Sin embargo, ante las enormes dificultades que los psicólogos han
tenido para responder a esta cuestión, no han sido pocos los que, tras afirmar que no
importa saber qué es lo que estamos estudiando con tal de medirlo, se han adherido,
como a una auténtica tabla de salvación, a la definición —a mi juicio nada
satisfactoria, por circular— que de inteligencia dio en su día Boring (1923), según la
cual inteligencia es aquello que miden los test de inteligencia.

2. PRIMER SIMPOSIO SOBRE LA INTELIGENCIA: 1921

El concepto de inteligencia surgió más como resultado de unas necesidades


prácticas de valoración y predicción que como una concepción teórica elaborada. De

22
ahí los problemas inherentes a este concepto, problemas que, por consiguiente, son ya
de constitución. Si a ello añadimos los problemas derivados de la «mala utilización»
de los test de inteligencia así como las «interpretaciones interesadas» que se hicieron
ya desde sus inicios en Estados Unidos, como veremos detenidamente, por parte de
Terman, Goddard o Yerkes fundamentalmente, con las fuertes polémicas a que ello
dio lugar, entonces no deberíamos extrañarnos de que pronto surgiera, entre los
propios psicólogos, una profunda necesidad de «poner orden» en este terreno y de
buscar al menos un cierto consenso a la hora de definir la inteligencia. De hecho, ya
hacia 1920 reinaba tal confusión entre los psicólogos sobre lo que era o no era la
inteligencia, que en 1921 se realizó un simposio patrocinado por la Journal of
Educational Psychology bajo el título «La inteligencia y su medición», que reunió a
algunos de los más eminentes investigadores en psicología de la inteligencia de aquel
momento (Buckingham, Colvin, Dearborn, Haggerty, Henmon, Peterson, Pintner,
Pressey, Ruml, Terman, Thorndike. Thurstone y Woodrow) a los que se pidió que
respondieran a estas preguntas: ¿Qué cree usted que es la «inteligencia» y cuál es la
mejor forma de medirla mediante test colectivos? Pues bien, los resultados fueron
francamente descorazonadores para todos aquellos que creyeron poder llegar a un
concepto unitario consensuado entre los especialistas. Por el contrario, casi
podríamos decir que cada experto en inteligencia entendía con este término una cosa
distinta. En efecto, del citado simposio salieron casi tantas definiciones de
inteligencia como expertos había, definiciones que, incluso haciendo un esfuerzo de
síntesis, sólo pudieron ser compendiadas en estas siete: 1) La inteligencia como
instrumento de éxito (Wechsler); 2) Como poder de adaptación (Pintner); 3) Como
capacidad de combinación o síntesis (Paterson); 4) Como instrumento de
conocimiento, donde podríamos incluir varios tipos diferentes, como las que
consideran la inteligencia como capacidad de adquisición de conocimientos escolares
(Dearborn) o las que la consideran como una capacidad general para los procesos
cognitivos (Burt, Piaget, etc.); 5) Como capacidad de abstracción (Terman); 6)
Como aptitud global o general: Factor «g» (Spearman); y, 7) Finalmente, había
también una serie de concepciones analíticas de la inteligencia, que la consideran
como compuesta por diferentes clases de aptitudes (verbal, espacial, abstracta, etc.)
(Thurstone, Vernon). En todo caso, y dado que la mayoría —por no decir todos— los
participantes en este simposio eran psicólogos educativos, se contempló casi
exclusivamente una forma de inteligencia, la capacidad de aprender. Así, Colvin
describió la inteligencia como «el equivalente a la capacidad de aprender». Pintner la
definió como «la aptitud para adaptarse adecuadamente a situaciones relativamente
nuevas» y como «la facilidad de formar nuevos hábitos». Terman describió al hombre
inteligente como «aquél que es capaz de adquirir fácilmente información o
conocimiento», y Dearborn la entendió, ya explícitamente, como «la capacidad de
aprender o de aprovecharse de la experiencia».
Como hemos podido constatar, en este simposio, si extremamos nuestra
capacidad de síntesis, podemos distinguir dos grandes definiciones de inteligencia
muy alejadas entre sí: a) Aptitud para manejar símbolos y relaciones abstractas; y b)
Capacidad de adaptación a situaciones nuevas o de aprovecharse de la experiencia,
identificándose, en cierta medida, con la capacidad para aprender. Sin embargo, como

23
puntualiza Anastasi (1973, pág. 338), «la mayor parte de estas definiciones tienen la
debilidad de que, en su esfuerzo por abarcarlo todo, en realidad nos dicen muy poco.
Si, por ejemplo, definimos la inteligencia como la capacidad para la abstracción, nos
hallamos inmediatamente con el hecho de que el mismo individuo puede
efectivamente manejar conceptos verbales abstractos, y ser a la vez deficiente en los
conceptos concretos, o a la inversa. De manera análoga, las pruebas de que
disponemos no ofrecen apoyo a la opinión de que el aprendizaje sea una función
unitaria. Si se definiera la inteligencia en función de la aptitud para aprender, cabría
plantear esta legítima pregunta: “¿para aprender qué?” La inteligencia, en nuestra
cultura, se ha identificado tradicionalmente con el aprendizaje escolar». No obstante,
la escolar no es en absoluto la única situación de aprendizaje que existe en nuestra
sociedad. Sin embargo, identificar aprendizaje y aprendizaje escolar, como en gran
medida hacen los test de CI, no es algo inocente, sino que, por el contrario, constituye
un poderoso sesgo a favor de las clases medias y urbanas, como es fácil sospechar,
cuyas implicaciones veremos mejor más adelante.
Pues bien, fue a causa de la dificultad que mostró este simposio de 1921 para
llegar a una definición única de inteligencia lo que llevó a Boring (1923, pág. 35) a
proponer su famosa, y ya citada, definición operativa según la cual la inteligencia es
sencillamente lo que miden los test de inteligencia así como el enorme éxito que tuvo.
Y sin embargo, tal definición no soluciona nada pues, ¿a qué test nos referimos, ya
que los hay muy diferentes entre sí y que miden cosas también muy distintas? Por
tanto, cuando alguien nos diga que ha obtenido un CI «equis» en un test de
inteligencia, lo primero que tenemos que preguntarle es cuál fue el test que se le
administró, pues dependiendo de ello una misma puntuación de CI puede significar
cosas diferentes. En definitiva, pues, ni el simposio de 1921 ni las subsiguientes
definiciones operativas solucionaron nada ni aclararon mucho el concepto de
inteligencia, y tal situación se alargó durante décadas.

3. SEGUNDO SIMPOSIO SOBRE LA INTELIGENCIA: 1986

Ante la persistencia de la confusión, la falta de unanimidad y, si se me apura,


ante la existencia de una cierta babelización a la hora de definir qué es la inteligencia,
en 1986, sesenta y cinco años después del primer simposio, se organizó un segundo
simposio, cuyas conclusiones fueron publicadas por Sternberg y Detterman (1988), y
cuyo objetivo era responder a estas cuestiones: ¿Qué creen hoy día los teóricos de la
inteligencia que es la inteligencia? ¿Cómo se puede medir mejor? ¿Cuál debe ser la
dirección de las futuras investigaciones? Pues bien, si el primer simposio, a pesar de
que reunió a un grupo de expertos relativamente homogéneo, ya que todos ellos
trabajaban en departamentos de educación y se ocupaban del estudio de problemas de
enseñanza y aprendizaje, no llegó a ningún acuerdo, menos aún era de esperar que se
llegara en este segundo, que estaba organizado por la revista Intelligence, revista
norteamericana multidisciplinar, que, por tanto, invitó a un grupo de expertos mucho
más heterogéneo (Anastasi, Baltes, Berry, Brown y Campione, Butterfield, Carroll,
Das, Detterman, Estes, Eysenck, Gardner, Glaser, Goodnow, Horn, Humphreys,

24
Hunt, Jensen, Pellegrino y Scarr) que incluía psicólogos educativos, cognitivos,
evolutivos, transculturales, sociales, etc. En consecuencia, no es raro que en este
segundo simposio apareciera una aún mayor heterogeneidad de definiciones. Así,
aunque la mayoría de los psicólogos mantienen la postura de que la inteligencia se
encuentra dentro del individuo (en sus genes, en sus cerebros, etc.), sin embargo no
todos lo ven así. «Algunos opinan que su localización debe situarse en el medio
ambiente, más bien como una función de la cultura y de la sociedad que del individuo
o como una función del lugar que dicho individuo ocupa dentro de su cultura y de su
sociedad... Lo que la cultura, la sociedad o la situación de la persona dentro de la
cultura y de la sociedad juzgan que es inteligente, estará generalmente en función de
las demandas del medio en que las personas viven, de los valores que las personas
poseen dentro de ese medio y de la interacción entre demandas y valores... Otros
teóricos de la inteligencia no sitúan la localización de la inteligencia ni totalmente
dentro del individuo ni totalmente en el medio ambiente, sino más bien en la
interacción entre ambos... Así pues, puede ser difícil comprender la inteligencia en su
totalidad sin considerar previamente la interacción de la persona con uno o varios
medios ambientales y sin tener en cuenta la posibilidad de que una misma persona
pueda ser inteligente de diferente manera en distintos medios, dependiendo de las
demandas que le formulen dichos medios» (Sternberg, 1988a, págs. 25-26).
Por consiguiente, no es de extrañar que el elenco de definiciones que se
ofrecieron en este simposio fuese aún mayor que en el primero, y, lo que es más
importante, muchos participantes se alejan ya de una definición excesivamente
cerrada y estrecha de inteligencia con la intención de tener en cuenta el contexto
social y cultural en que la conducta tiene lugar: una misma conducta podrá ser
considerada inteligente en un contexto y no en otro. En esta misma línea, Sternberg
(1988b, pág. 172) insistía en que «la inteligencia debe ser considerada en el contexto
en que se aplica». Igualmente, Anne Anastasi (1988) subrayaba que «en la especie
humana, la influencia del aprendizaje sobre la conducta inteligente se ha visto
extraordinariamente intensificada mediante la transmisión cultural intergeneracional
del rápido incremento de los conocimientos acumulados... la inteligencia implica esa
combinación de destrezas cognitivas y de conocimientos necesarios, fomentados y
recompensados por la cultura concreta en la que el individuo se va socializando». En
consecuencia, decir, como a menudo dicen los psicómetras del CI, que los negros son
menos inteligentes que los blancos, es un absurdo. Porque un test debe ser
contextualizado social y culturalmente y porque la «inteligencia» de los diferentes
grupos humanos también debe ser culturalmente contextualizada: cada uno de ellos
desarrolló unas habilidades concretas para adaptarse a su propio medio. Así, Carroll
entendía por inteligencia la forma en que las personas intentan afrontar y resolver sus
problemas. Ahora bien, como estos problemas son de diferente tipo (académicos,
prácticos y sociales, básicamente), también existirán diferentes clases de inteligencia
(académica, práctica y social, cuando menos). En esta misma dirección se colocaba
H. Gardner (1988), como mostraría más tarde, en su conocido libro Frames of Mind
(1983) y como veremos mejor en el cap. 10, hablando ya no de tres sino de siete tipos
diferentes de inteligencia, que él define (1988, pág. 93) «como una aptitud (o
destreza) para solucionar problemas o diseñar productos que son valorados dentro de

25
una o más culturas». De ahí que Baron (1988) defendiera una definición tan amplia y
general como ésta (pág. 47): «Yo defino la inteligencia como un conjunto de todo
tipo de aptitudes que las personas utilizan con éxito para lograr sus objetivos
racionalmente elegidos, cualesquiera que sean estos objetivos y cualquiera que sea el
medio ambiente en que estén», lo que le lleva a reconocer que «el concepto que
hemos esbozado hace que sea prácticamente imposible medir exactamente la
inteligencia, tanto con test colectivos como con cualquier otro tipo de pruebas.
Incluso aunque tuviéramos una lista completa de los componentes de la inteligencia,
no sabríamos cuál sería su importancia relativa para un individuo concreto. Se supone
que todos los componentes son importantes en cierta medida, pero el componente
«A» puede ser muy importante para una persona, y el componente «B» para otra,
teniendo en cuenta los objetivos que cada una de ellas ha escogido» (pág. 48), o que
Estes (1988, pág. 85) añadiera que la inteligencia «no es nada y no está en ninguna
parte». Y ello es así porque la inteligencia, incluso tal como la entendemos los
psicólogos, es muchas cosas a la vez. Como decía Horn (1988, pág. 111), en este
mismo simposio de 1986, «los conocimientos actuales me sugieren que la inteligencia
no es una entidad unitaria en modo alguno. Por tanto, los intentos por describirla son
casi inútiles... La palabra “inteligencia” denota una mezcolanza de fenómenos
importantes. Éste es precisamente el problema. Una mezcolanza es una mezcla de
cosas diferentes, no una composición». Por tanto, añade por su parte Humphreys
(1988), si queremos saber realmente qué es la inteligencia, como en el cuento de los
ciegos que querían conocer cómo era el elefante al que cada uno palpaba una parte de
su cuerpo, deberíamos juntar todas las definiciones existentes en una unitaria para
saber qué es. Sin embargo, a mí me parece ello tarea poco menos que imposible de
alcanzar, además de inútil, pues no habría forma de cohesionarlas todas. Además,
estoy de acuerdo con Sternberg (1988b, pág. 174) cuando señala que «no hay ningún
criterio único para evaluar la calidad de la inteligencia». Es más, estaríamos ante una
definición tan amplia y que abarcaría tantas cosas que no sería útil.
Por su parte Eysenck, prototipo de psicómetra del CI, pretende darnos una
definición precisa y científica que, la verdad sea dicha, nos deja como estábamos. En
efecto, para él (1988, pág. 90), la inteligencia es «el resultado de una transmisión
libre de error de la información a través del córtex». Y una línea de parecida
dificultad para ser entendido se coloca su correligionario y discípulo Arthur Jensen
(1988), quien identifica la inteligencia con el factor «g» o factor general de
inteligencia, pero haciéndolo de manera tal que se aproxima peligrosamente a un
cierto racismo científico: «El hecho de que el factor “g” sea el que presente
correlaciones más altas con variables cuyo origen es independiente del análisis
factorial, como el tiempo de reacción, el potencial medio evocado y la depresión de
consanguinidad, significa que “g” es un constructo de una importancia teórica que se
extiende más allá de las operaciones matemáticas implicadas en su cálculo a partir de
las correlaciones entre variables psicométricas. Hay, además, muchos correlatos
físicos de “g” (por ejemplo, la altura, el tamaño del cerebro, la miopía, el grupo
sanguíneo, la química corporal), pero su verdadero significado todavía permanece
oscuro».
Como podemos constatar, y como señalan Sternberg y Berg (1988, pág. 189),

26
tal vez el principal cambio entre la concepción de inteligencia que tenían los
psicólogos en 1921 y 1986 estriba en el gran protagonismo que en el segundo
simposio se da al contexto —particularmente al contexto cultural, protagonismo que
era totalmente inexistente en el primero—. En suma, «el campo de la inteligencia ha
evolucionado desde una mayor concentración en las cuestiones psicométricas, en
1921, hacia un mayor interés por el procesamiento de la información, por el contexto
cultural y por las interrelaciones entre ambos, en 1986. La predicción de la conducta
parece ser menos importante ahora que la comprensión de esa conducta, que
necesariamente debe preceder a la predicción. Por una parte, pocos, si es que alguno,
de los problemas relativos a la naturaleza de la inteligencia han sido verdaderamente
resueltos» (Sternberg y Berg, 1988, pág. 194). De ahí que los psicólogos educativos
hayan modificado su postura a lo largo de las últimas décadas, pero no así los
psicómetras del CI, que siguen empecinados en sus errores, lo que no sería demasiado
grave si no fuera por la influencia que su postura ha tenido y sigue teniendo en la
concepción actual de la inteligencia, así como, principalmente, por las consecuencias
sociales que implica. Veremos las razones de tal empecinamiento.
Tras lo que hemos visto, no es de extrañar que Baltes (1988, pág. 41) afirmara
que «lo que parece que entendemos por inteligencia es un conjunto “confuso” de
conceptos, ideas y problemas parcialmente irreconciliables». Así, Berry (1988, pág.
53), tras decir que concibe la inteligencia como un constructo condicionado por la
cultura, etnocéntrico y excesivamente limitado, añade que considera que «es
adaptativa para el grupo cultural, en el sentido de que evoluciona para permitir al
grupo actuar eficazmente dentro de un contexto ecológico particular. También es
adaptativa para el individuo, ya que permite a las personas actuar en sus contextos
culturales y ecológicos». Y por su parte, Pelegrino, a pesar de su carácter
relativamente conservador en el campo de los test de CI, afirma (1988, pág. 136) que
«estudios transculturales del conocimiento humano nos han advertido de la necesidad
de tener en cuenta valores y contextos culturales para una comprensión de la
inteligencia (por ejemplo, Berry, 1981; Charlesworth, 1976; Keating, 1984). En la
sociedad occidental valoramos las conductas estrechamente asociadas con la
escolaridad formal. Por tanto, “la inteligencia académica” constituye el prototipo de
nuestro concepto de inteligencia (Neisser, 1976; Sternberg y cols., 1981), cosa que no
tiene por qué ser así en otras culturas, como las orientales, o subculturas, como es el
caso de los negros norteamericanos». En línea con ello, sus propios estudios
transculturales de campo le llevaron a Berry a la conclusión de que «es probable que
grupos diferentes conceptualicen y desarrollen su propia “inteligencia” de formas
totalmente distintas (véase Berry, 1984, para una revisión de esta hipótesis). Sobre la
base de estudios complementarios realizados en otras sociedades (Berry, 1971), he
defendido una posición de “relativismo cultural radical” (Berry, 1972) con respecto al
constructo de inteligencia. Como psicólogos, deberíamos admitir que no sabemos de
manera absoluta o a priori qué es la inteligencia en otras culturas, y hasta que lo
sepamos, no deberíamos recurrir a nuestro propio constructo para describir sus
capacidades cognitivas, ni deberíamos utilizar nuestros test para medir sus
capacidades cognitivas» (Berry, 1988, pág. 54). Por consiguiente, añade (pág. 55), «la
psicología no debería molestarse por más tiempo en comprobar lo que es un hecho

27
evidente: ellos no pueden resolver nuestros test. Si continuamos utilizando nuestros
test, éstos probablemente no nos indicarán lo que las personas de otros grupos
culturales pueden hacer, como opuesto a lo que no pueden hacer» (Berry, 1988, págs.
54-55). Y si nos empecinamos en medir la inteligencia de las personas de otras
culturas (indígenas, pero también negros, hispanos, gitanos, etc.) con los mismos
criterios que medimos la nuestra, es con la finalidad interesada de explicar su
inferioridad y justificar «científicamente» su exclusión social. En esta línea,
Goodnow llega a denunciar abiertamente el hecho de que «las puntuaciones de los
test tienden generalmente a reflejar y perpetuar el orden social. Estas puntuaciones se
basan en conductas juzgadas como inteligentes por el grupo social dominante, cuyos
miembros probablemente tienen una mayor práctica en el aprendizaje de dichas
conductas y en el ejercicio de sus reglas» (Goodnow, 1988, págs. 108-109). Por su
parte Snow, con quien coincido plenamente en este aspecto, afirma que «la
inteligencia es un “artefacto” en el sentido que a este término le dio Simon (1969). Es
esa parte del ambiente interior que aparece en la interacción entre persona y ambiente
externo como una función de las exigencias de una tarea cognitiva» (1988, págs. 161-
163).

4. CONCLUSIÓN

Por otra parte, a pesar de esta gran riqueza y diversidad de concepciones que
los psicólogos tienen sobre lo que es la inteligencia —o tal vez precisamente por ello
—, fueron muchos los psicómetras que optaron, errónea y peligrosamente, por el
reduccionismo y por medidas simplificadoras, y hasta simplistas. Como escribe
Sternberg (1988b, pág. 174), «en el campo de la inteligencia, históricamente se han
realizado esfuerzos para identificar un criterio sencillo en base al cual evaluar la
inteligencia de una persona. Este criterio puede ser el CI o la rapidez mental, o el
poder mental, o el registro encefalográfico. Esta tendencia hacia la simplificación es
comprensible: el objetivo de una ciencia de la conducta como el de cualquier otra
ciencia, es el ser reduccionista: comprender un fenómeno complejo en términos
sencillos. Pero hay un peligro en ser excesivamente reduccionista: al esforzarnos por
encontrar una única variable dependiente que agote adecuadamente la complejidad de
un fenómeno, podemos perder el fenómeno, o reducirlo a algo manejable que sólo se
parezca vagamente al fenómeno en toda su riqueza». Sin embargo, añade Sternberg
(pág. 175), «si uno considera la inteligencia en toda su riqueza y diversidad, se hace
literalmente imposible captar su esencia en una única variable dependiente». Sin
embargo, todos estos matices que se resaltaron en el simposio de 1986 no fueron
incorporados en absoluto a los test de CI. Pero eso no es lo peor. Lo peor es la
utilización racista, clasista, y a veces sexista, que se ha hecho del Cociente
Intelectual.
Al lector lego en estas materias le será de gran consuelo lo que aquí hemos
visto, pues quedará muy tranquilo al constatar que él no tiene nada claro qué es eso
de la inteligencia, pues tampoco lo tienen claro los propios psicólogos. Pero por otra
parte, lo aquí visto le llenará de preocupación, zozobra y tal vez hasta le hará temblar,

28
pues si tan poco saben los psicólogos de la inteligencia que ni siquiera saben qué es,
¿cómo es, por ejemplo, que una persona puede ser excluida para un puesto de trabajo
por su puntuación en un test de inteligencia? Maliciosamente le diré a ese lector que
se tranquilice, que podría haber sido peor: como veremos, muchas personas fueron
forzosa y brutalmente esterilizadas a causa de su puntuación en un test de
inteligencia. A eso justamente es a lo que me quería referir al titular este libro La
cara oculta de los test de inteligencia: no a los test mismos, ni siquiera a sus
debilidades, fallos y errores, sino precisamente a la intención malévola que con
frecuencia ha acompañado a su aplicación. ¿Qué es, pues, la inteligencia? ¿Existe
realmente? Y si es así: ¿qué clase de existencia tiene? Sea lo que sea, lo que no cabe
ninguna duda es que ha sido un poderosísimo instrumento para la exclusión social y
para justificar las desigualdades sociales. Mostrarlo, y tratar de explicitar tanto los
factores que lo han hecho posible como qué es lo que se puede hacer para que no siga
ocurriendo, es la principal finalidad de este libro.
En conclusión, frente a la rigidez, cerrazón y estrechez de miras de los
psicómetras del CI, que preconizan que la inteligencia es fija y casi inmodificable,
existen abundantes datos que indican que ello no es así. Otra cosa es que se pretenda
que una pequeña y/o superficial intervención pueda compensar los efectos de un
ambiente dañino y duradero. Como señalaba hace ya más de veinte años Mariano
Yela (1981, pág. 84), «las mejoras son tanto más grandes y permanentes cuanto los
grupos de niños son más pequeños, las edades más tempranas, los planes más
específicamente dirigidos a estimular ciertas funciones cognoscitivas y el influjo más
estrictamente ejercido a través del perfeccionamiento de las relaciones familiares y
otras equivalentes».

29
CAPÍTULO II
La cuestión herencia-ambiente

1. INTRODUCCIÓN

El objetivo de este libro es básicamente analizar la concepción psicométrica de


la inteligencia, las premisas ideológicas y científicas que la subyacen y,
principalmente, las consecuencias sociales a que ha llevado. Como veremos mejor en
el cap. 4, Estados Unidos de primeros de siglo vive una situación interna socialmente
conflictiva como consecuencia de la necesidad de estructurar un país en pleno
crecimiento que, cual adolescente, rompe las costuras haciendo estallar el traje que
hasta ese momento le venía a la medida, y no sabe muy bien cómo reparar ese traje.
La masiva llegada de inmigrantes europeos que, atraídos por ese crecimiento y
prosperidad, huyen de la miseria de sus países de origen (Irlanda, Polonia, Italia,
Rusia, etc.) crea rivalidades, despierta y acrecienta los prejuicios y enfurece a los
muchos eugenesistas y racistas que pululaban en suelo norteamericano. Pero, a la vez,
la norteamericana era una sociedad abierta, democrática y meritocrática, en la que
resultaba difícil esgrimir abiertamente los prejuicios racistas como justificación para
la exclusión, en este caso, de los inmigrantes y de otras personas «indeseables». De
ahí que los test de inteligencia, construidos poco antes en Francia por Binet, les
vinieron como anillo al dedo, pues les permitía justificar científicamente esa
exclusión al «demostrar» claramente su inferioridad intelectual. Pero aún quedaba un
importante problema que resolver: había que demostrar, también científicamente, que
esa inferioridad intelectual era genética, porque de esta manera se conseguían dos
cosas para ellos fundamentales. Primera, esa inferioridad sería inevitable, de forma
que ni un buen ambiente la podría eliminar completamente. Y segunda, cada uno
debería contentarse con la posición social que le tocaba desempeñar (rico o pobre,
alto ejecutivo en una empresa puntera o barrendero), pues ello dependía de la

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inteligencia innata de cada cual, era la propia naturaleza biológica de cada uno la que
determinaba la posición social. De ahí que los psicómetras del CI se empeñaran
arduamente casi desde el principio en estas dos tareas: por una parte, construir
interesadamente unos test en los que los inmigrantes y los miembros de los demás
grupos desfavorecidos salieran malparados, y por otra parte, demostrar que tales bajas
puntuaciones eran consecuencia inevitable de la posesión hereditaria de una más baja
inteligencia.

2. LOS TRES PILARES BÁSICOS DE LA CONCEPCIÓN PSICOMÉTRICA DEL


CI

De lo dicho antes se deducen fácilmente los tres pilares en los que se basa todo
el edificio psicométrico del cociente intelectual: en el plano metodológico, el
positivismo; en el contexto ideológico, el darwinismo social; y en lo científico, el
determinismo genético:

a) El positivismo: A lo largo del siglo XIX, y al calor del avance de las ciencias
naturales y del proceso de industrialización, se fue formando una corriente de
pensamiento, denominada positivismo, basada en el empirismo que, como sabemos,
considera la experiencia sensorial como la única fuente de conocimiento. El
positivismo es la expresión filosófica del entusiasmo que los hombres y mujeres del
siglo XIX sentían por la nueva sociedad, urbana, laica e industrial. Iniciado por el
francés Auguste Comte y profundizado por el británico Herbert Spencer, el
positivismo afirma que las ciencias sociales y humanas (y por tanto, también la
psicología) deben imitar a las ciencias naturales, por lo que también deben utilizar el
método científico, ya que es el único método válido para acceder a cualquier objeto,
sea cual sea la naturaleza de éste. Tal método exige atenerse a los hechos tal como
son, al margen de cualquier influencia personal, política, social, cultural o ideológica.
La ciencia debe ser totalmente libre de valores y totalmente positiva, para lo que debe
basarse en la observación desnuda y en los datos de la experiencia. El prototipo de
ciencia positiva es la mecánica de Newton, que se conforma con mostrar cómo es el
hecho real de la gravitación universal, sin pararse en considerar las causas de que ello
sea así. El científico no debe interesarse por las causas sino sólo por los hechos. La
ciencia no debe preocuparse por explicar, y menos aún por entender, sino sólo por
describir los fenómenos. De ahí que seguir este método no solamente es la única
forma de que avancen las ciencias, es que es la única manera de conseguir que mejore
la propia sociedad y alcancemos el progreso. Porque no olvidemos que otra de las
características definitorias del positivismo es el pragmatismo, en el sentido que le
daba el propio Comte en su Curso de filosofía positiva de «saber para poder con el fin
de proveer»: el valor del saber cientifico consiste en su eficacia y en su utilidad social
(véase Kolakowski, 1981). Consiguientemente, el positivismo se basa en dos
supuestos: la creencia de que el mundo es realmente tal como se nos aparece en la
observación (experimentación, percepción, etc.) y la de que está regido (tanto el

31
mundo natural como el social) por leyes universales que sólo pueden ser conocidas
por el método científico. Por tanto, las cuestiones que no puedan ser resueltas por
métodos científicos es que no pueden ser resueltas nunca. Además, sólo el método
científico conseguirá, antes o después, encontrar las leyes universales que rigen el
funcionamiento de todo el universo, tanto del mundo material como del mundo
orgánico e incluso de la misma psicología humana y de la sociedad. Uno de los
principales efectos del positivismo consiste precisamente en la obsesión por medir
(medir por medir): lo que no es medible (y medido) no es real. Sólo existe realmente
aquello que puede medirse. Pero para medir ciertos fenómenos humanos, como es el
caso de la inteligencia, necesitan primero simplificarlos —y, por tanto,
desnaturalizarlos—, por lo que, a la postre, ya no se sabe muy bien qué es lo que se
está midiendo y qué es lo medido. Eso ocurre precisamente con la inteligencia, tal
como es medida por los test de CI. De ahí que los psicómetras, positivistas,
identifiquen la inteligencia con el CI: como decía Boring, la inteligencia es lo que
miden los test de inteligencia, aunque, como veremos en el Capítulo 10, CI e
inteligencia son dos cosas bien distintas. Además, los psicómetras, al pretender ser
«científicos positivos», no se preocuparán por las causas sino sólo por los hechos. Y,
como empiristas que se sienten, sólo harán caso a lo que digan sus sentidos, a lo que
sus ojos vean en las respuestas que sus sujetos den a los ítem de los test que ellos
mismos han construido, pero olvidando que ellos los han construido y creyendo que
esos test miden realmente la inteligencia tal como es. Un ejemplo paradigmático de
lo que acabo de decir lo constituye Galton, el fundador de la psicometría, quien,
como señalan Evans y Waites, a lo largo de toda su vida, exhibió «un obsesivo deseo
de contar y de clasificar», hasta el punto de que algunas de sus observaciones
sugieren más una compulsión neurótica que genialidad ninguna. Para él, la
racionalidad calculativa era el único camino para llegar a un conocimiento positivo,
ya que «hasta que los fenómenos de cualquier campo del saber no hayan sido
sometidos a la medida y al número, no adquieren el estatuto y la dignidad de
ciencia». Por consiguiente, tanto él como sus seguidores asumían que las respuestas
cuantitativas a los fenómenos son, por ello mismo y automáticamente, científicas.
Como escribe Hottois (1999, pág. 200), «el positivismo en sentido estricto
corresponde al espíritu de la ciencia moderna tal como se la celebraba en el siglo XIX.
Por esta razón, la calificación de “positivista”, aun cuando se la utilice sin intención
peyorativa, tiende a menudo a connotar una cierta limitación, estrechez de miras e
incluso falta de imaginación». «La marca particular que Galton le puso al positivismo
fue crucial para lo que sus críticos ven como numerología espuria de la psicología del
CI. Sus conceptos numéricos de norma y desviación estándard proporcionaron a los
psicólogos los medios con los que podrían concretar, medir y universalizar aspectos
de la conducta fluida y relacionada socialmente» (Evans y Waites, 1981, pág. 43). De
ahí sólo había un paso a la reificación de la inteligencia, es decir, a la tendencia a
convertir un concepto abstracto como es la inteligencia en una entidad concreta,
incluso medible. Y el siguiente paso, ya inevitable, consistirá en creer que la
inteligencia es realmente lo que decimos que es, con lo que tendrá efectos reales: es
un constructo social que afectará realmente al aprendizaje escolar, a las calificaciones
académicas, a la satisfacción personal e incluso al hallazgo de un empleo y a los

32
ingresos económicos obtenidos en él. Ahora bien, de la psicometría del CI podemos
decir, con López Cerezo y López Luján (1989, pág. 29), que «la mera aplicación del
llamado método científico no nos conduce invariablemente a la verdad, sino con
frecuencia a la confirmación de prejuicios previos o a la promoción de intereses
técnicos muy concretos». Pero el positivismo en la psicometría del CI estuvo —y
sigue estando— estrechamente relacionado tanto con el darwinismo social como,
sobre todo, con el determinismo biológico.

b) El darwinismo social: Como leemos en el Diccionario de Sociología de


Giner y cols. (1998, págs. 175-176), hasta la aparición del neoevolucionismo, el
pensamiento darwiniano desempeñó un papel quizás más influyente en el plano
ideológico que en el científico, y la consecuencia más significativa de ese hecho lo
constituye el darwinismo social. Por tal se entiende la aplicación directa de las ideas
más dramáticas de la teoría de la evolución, como puede ser la lucha por la vida, a la
sociedad humana, algo que se produjo principalmente por parte de Herbert Spencer y
su First Principles (1862). El éxito social constituiría, para el darwinismo social, el
resultado de la supervivencia de los más fuertes, y ésta vendría justificada desde el
punto de vista moral, al margen de los medios utilizados como resultado de un
proceso natural. Más en concreto, como señala Chase (1980), para Spencer, que fue
el malthusiano por excelencia, los dolores del pobre eran el mecanismo que tenía la
naturaleza para asegurar la supervivencia del más apto, al igual que la salud del rico
era el medio que utilizaba para asegurar la propagación de los tipos superiores. Así,
mientras Bentham y sus discípulos exigían salarios dignos, educación libre, seguridad
en las fábricas, tener tanto agua limpia como aguas sucias así como otras mejoras de
las condiciones higiénicas para las cada vez más numerosas poblaciones pobres
urbanas, para Spencer, «todo esfuerzo de la naturaleza consiste en deshacerse de
ellas, limpiar el mundo de ellas y hacer hueco para los mejores». No es el vivir en los
barrios bajos superpoblados lo que produce la tuberculosis y otras enfermedades
contagiosas, sino la ausencia innata de voluntad humana para sobrevivir. En
consecuencia, escribirá Spencer, «si están suficientemente completos para vivir,
vivirán, y es bueno que vivan. Si no están suficientemente completos para vivir,
morirán, y lo mejor es que mueran».
Históricamente se han hecho tres intentos de trasladar los principios del
evolucionismo a la sociología humana (Arsuaga, 2001): El primero, sin duda muy
desafortunado, fue el del «darwinismo social» propiamente dicho o «spencerismo
social», formulado por Spencer antes incluso de la publicación de El origen de las
especies. El segundo intento fue el de los etólogos cuando éstos pretendieron explicar
las inhibiciones de la agresividad intraespecífica de los animales en nombre del bien
de la especie y se preguntaron por qué no actuaban tan eficazmente en el caso del
Homo Sapiens. Y el tercer intento fue el de la Sociobiología, de Wilson, que fue
seguida por otros muchos biólogos y etólogos. No es de extrañar que los tres
triunfaran en Norteamérica. En efecto, pronto prendió con éxito en Estados Unidos el
darwinismo social spenceriano que, dada la fertilidad de su suelo para esta simiente,
creció con rapidez. Un buen y temprano discípulo norteamericano de Spencer fue el
clérigo y profesor de economía política William Graham Sumner (1840-1910), cuya

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principal obra, Folkways, pretendía estudiar las «leyes naturales» bajo las costumbres
y los valores de un pueblo que estaban tan arriagados en sus sistemas biológicos que
cualquier intento de interferir en la ley natural con programas sociales o
gubernamentales estaba condenado al fracaso porque constituía una violación de la
propia naturaleza. Por ello se oponía Sumner a toda ayuda a los grupos más
desfavorecidos así como a la sanidad, educación, pensiones de viudedad, etc., por
considerarlos medidas antinaturales. Para él, «la pobreza pertenece a la lucha por la
vida, y todos hemos nacido en esa lucha». En este contexto, fueron introducidos y
utilizados los test de inteligencia en Estados Unidos y con un gran éxito, dado el
darwinismo social que les subyacía.

c) El determinismo genético: Dado que es éste el factor que, en el fondo, más


esgrimen los psicómetras del CI, y dado también que desde hace unos veinticinco
años está atravesando un momento de franco éxito, le dedicaremos todo el próximo
capítulo, por lo que apenas me extenderé aquí. Aunque el determinismo genético
nunca ha dejado de estar de moda, al menos desde hace dos siglos, sin embargo
durante las últimas décadas lo está aún más, incluso entre los psicólogos,
principalmente en el campo de la inteligencia. De hecho, desde que en 1969 Jensen
publicó un conocido artículo, no han dejado de aparecer trabajos en apoyo de tales
tesis genesistas (Eysenck, Herrnstein, etc.). Pero en los últimos años, al afán del
neocapitalismo ultraliberal por extenderse e implantarse en el mundo entero, dando
lugar al fenómeno conocido como globalización, se le han unido diferentes sectores
de investigación que, conscientemente o no, pretenden ayudarle intentando mostrar lo
acertado de las tesis del determinismo genético desde diferentes ámbitos, al amparo
del no inocentemente publicitado en demasía Proyecto del Genoma Humano, de tal
forma que el «científicamente» demostrado carácter genético de las enfermedades
físicas se pretende hacer extensivo —cosa nada nueva— a la conducta humana. Así,
los genetistas del comportamiento han informado de que muchas capacidades
cognitivas y rasgos de personalidad tienen un importante componente genético
(Plomin y DeFries, 1998; Plomin y cols., 1997; Luengo, Sobral y cols., 2002),
llegándose a afirmar, como tantas otras veces, la heredabilidad del CI (véase Block,
1995) e incluso se ha llegado a decir que se ha encontrado el «gen gay» (véase Hamer
y Copeland, 1998), o el gen del alcoholismo o el de la delincuencia. Lo más grave de
todo ello es que se pretenda sustituir la personalidad, la libertad y la dignidad
humanas por el determinismo de unas moléculas ciegas y de unos mecanismos
fisiológicos. Eso es justamente el determinismo genético, según el cual todo nuestro
desarrollo físico e intelectual, y hasta nuestra conducta, dependen automáticamente
de nuestros genes (véase Peters, 1997; Lewontin, 1995). Pero, como podemos
observar, es lo mismo de siempre, sólo que ahora el destino ha sido sustituido por un
concepto más asumible por la mentalidad moderna: la biología. Ello supone una de
las consecuencias más rotundas del tránsito de la fe en Dios a la fe en la ciencia, que
no es otra cosa que la Modernidad, como ya defendía Ortega y Gasset hace más de
medio siglo.

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3. EL PROBLEMA DE LA HERENCIA Y EL AMBIENTE

«Mucho antes de que en la filosofía y en la ciencia occidentales se planteara la


cuestión de lo innato y lo adquirido en la conducta del hombre, el problema de la
herencia había sido ya detectado y formulado en alguna manera por los mitos, la
religión o la literatura» (Pinillos, 1975, pág. 639). Luego fue cosa de filósofos y,
finalmente, de científicos. Por tanto, aunque es verdad que la psicología no ha sido la
primera en plantearse esta cuestión, también lo es que no ha podido nunca, ni puede,
sustraerse a ella, habiéndose analizado una y otra vez la posible influencia relativa de
la herencia y del ambiente en casi todos los aspectos de lo humano, sobresaliendo dos
campos, la personalidad y la inteligencia (véase Jiménez Burillo, 1981). Que tanto en
los animales como, sobre todo, en los humanos actúa siempre, conjuntamente, tanto
la herencia como el ambiente, nadie lo pone hoy día en duda. La cuestión, para los
intereses que perseguimos en este libro, estriba en analizar hasta qué punto es cierta
la afirmación de los psicómetras del CI de que la inteligencia y particularmente las
diferencias intelectuales entre personas y entre grupos sociales y étnicos, se debe en
un 80 por 100 a la herencia (algunos psicómetras lo bajan algo) y un 20 por 100 al
ambiente (algunos psicómetras lo suben algo). Para responder a esta cuestión
necesitamos primero estudiar los elementos del problema, y lo haremos
pormenorizadamente porque se trata de la piedra angular en que se basan los
psicómetras del CI, la fuente de donde extraen sus principales conclusiones y de
donde se derivan las consecuencias sociales, a las que haremos referencia en su
momento, que tales estudios tuvieron.
Desde luego que una cierta influencia de la herencia es indiscutible, pero ello
no aminora nada la del ambiente: todos los animales vienen con un potencial
conductual determinado genéticamente, pero esta potencialidad conductual es luego
«concretizada» por la experiencia y el aprendizaje. Y este último efecto es mayor a
medida que se asciende en la escala filogenética, de tal forma que en la especie
humana ya es enorme. «Es claro que, en el caso del hombre, incluso si la herencia
determinara por entero —aunque no lo hace—las diferencias en inteligencia,
aptitudes y temperamento, el papel del ambiente sería todavía capital. Cada uno
tendría sus dotes y peculiaridades emotivas heredadas. Pero su personalidad y su vida
no estriban principalmente en ellas sino en lo que con ellas se hace. Y esto depende
de la interacción del hombre con su ambiente» (Yela, 1981, pág. 77). En todo caso, la
interdependencia entre herencia y ambiente es clara, como expresa rotundamente
Dobzhansky: «No existe un organismo sin genes y cualquier genotipo para actuar
necesita estar situado en un ambiente. Ningún rasgo puede desarrollarse a no ser que
la herencia del organismo lo haga posible y ninguna herencia opera al margen de un
ambiente». De hecho, hay una interacción mutua y constante entre factores genéticos
y factores ambientales en la determinación de las diferencias que se pueden apreciar
en la inteligencia o en cualquier otro rasgo físico o psicológico. Es más, todo intento
de separar, en el plano individual, los efectos del ambiente de los de la herencia y
tratar de ponderar su aportación puede resultar bastante arbitrario cuando no estéril,
además de absurdo. Y ello porque son los padres los que aportan la dotación genética,
pero también el entorno, y son ellos mismos los que establecen también el clima de

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relaciones que rodea al individuo desde su nacimiento, incluso las prácticas de
crianza más tempranas.
En concreto, las tesis herencialistas de la inteligencia sostenidas por autores
como Burt, Jensen, Eysenck o Herrnstein, se basan principalmente en algunos tipos
de estudios cuyos resultados son informados así por los psicómetras genetistas (Yela,
1981): la correlación entre la inteligencia de los sujetos crece con el parentesco con
unas correlaciones medias que serían aproximadamente éstas: cero entre personas sin
parentesco; 0,20 entre primos hermanos; 0,50 entre padres e hijos y entre hermanos;
0,65 entre gemelos dizigóticos (mellizos); y 0,90 entre gemelos monozigóticos,
mientras que la correlación entre padres e hijos se mantiene, incluso si se separan
desde el nacimiento. En cambio, se acerca a cero, y en el mejor de los casos llega a
0,15 ó 0,20 entre padres e hijos adoptados, incluso cuando conviven desde edades
tempranas. Es más, los psicómetras dicen además haber encontrado que el CI apenas
cambia con la edad: según ellos, los cocientes de inteligencia, en circunstancias
normales, son estables, principalmente desde los cuatro o cinco años, y más aún a
partir de los siete.
Finalmente, otro tipo de datos que para los psicómetras genetistas,
particularmente para Jensen, son definitivos a la hora de «probar» la causación
genética de la inteligencia, es el «fracaso rotundo» de los programas de educación
compensatoria. En efecto, y como veremos en el cap. 10, a lo largo de los años 60,
dentro de la etapa progresista de la Administración Norteamericana de Kennedy y
sobre todo de Lindon Johnson, se pusieron en práctica en Estados Unidos varios
grandes y caros programas, llamados de educación compensatoria, el más famoso y
ambicioso de los cuales fue el Head Start, con el objetivo de elevar el nivel escolar e
intelectual de los niños y niñas de los grupos sociales y éticos desfavorecidos. Pues
bien, por decirlo con palabras de Pinillos (1975, págs. 669-670), «con gran sorpresa,
y disgusto, para la administración, los informes Moyniham y Coleman coincidieron
en apuntar que había algo en las propias comunidades de color que contrarrestaba los
efectos de las mejoras educativas: en efecto, si las ventajas eran las mismas para unos
y para otros, ¿por qué los blancos acusaban su efecto más que los negros? ¿por qué
las deficiencias escolares detenían más el desarrollo intelectual de los niños de color
que el de los blancos? La respuesta del profesor de Berkeley, A. R. Jensen, ya la
conocemos: posiblemente los blancos y los negros norteamericanos diferían
genéticamente en su capacidad intelectual. Pero aparte de esto, la relativa ineficacia
de proyectos como Learn Well y Head Start, puso también de manifiesto que parte
del dinero empleado en cursos especiales y otras ayudas a los propios niños blancos
de clase baja era también dinero desperdiciado. Para que el efecto de estas ayudas
escolares fuera apreciable y duradero no bastaba, al parecer, con unas semanas de
adiestramiento especial en vacaciones o unas clases extra. La educación
compensatoria, en suma, requería para ser eficaz unos programas más tempranos,
sistemáticos, intensos y duraderos de lo que en un principio se había creído, y en los
cuales la actuación de la familia tenía probablemente un papel muy destacado. Los
programas de enriquecimiento ambiental intensivo, pero tardíos o de corta duración,
han sido por lo general decepcionantes. Cursos de verano donde se mejora el uso del
lenguaje, la clasificación de objetos, la formación de conceptos, etc, producen, sí,

36
algunas mejoras de CI y de rendimiento, que desgraciadamente, se diluyen muy
pronto». ¿Cómo podían ser tan ingenuos de creer que unas horas extras de escuela
compensarían los efectos de un ambiente pobre y un estómago vacío durante años?
Lo que realmente se hubiera necesitado eran programas más serios y más profundos,
que atacaran la raíz del problema y no meramente parte de las ramas, como hicieron
los ambiciosos programas llevados a cabo en los años sesenta, pero cuya ambición se
quedaba en el tamaño de la muestra intervenida, pero no en la profundidad de la
intervención. Así y todo, como veremos, la eficacia a largo plazo del Head Start fue
mucho mayor de lo que indican sus críticos. Con un programa más serio, Skeels y
Dye (1939) habían alcanzado importantes progresos que eran perceptibles incluso
veintiún años después (Skeels, 1966): un grupo de huérfanos tan retrasados que era
impensable incluso su adopción, fue trasladado a una institución para deficientes
donde cada niño fue puesto al cuidado de una chica ligeramente retrasada, que hacía
las veces de la madre, jugando con él y enseñándole algunas cosas. Tan pronto como
los niños pudieron andar, comenzaron a ir a un jardín de infancia donde el ambiente
era estimulante y la enseñanza muy adecuada. Pasados cuatro años, el grupo
experimental había mejorado su CI medio en nada menos que 32 puntos, mientras
que el de los niños que permanecieron en el orfelinato había sufrido un descenso de
21 puntos. Veinte años después, el grupo experimental aún seguía conservando su
superioridad respecto del grupo de control. Más aún, la mayoría de los niños que
recibieron ayuda educativa temprana terminó el bachillerato, e incluso un tercio de
ellos llegó a ir a la Universidad. Casados y con hijos intelectualmente normales, gran
parte de esos muchachos han sido capaces de ganarse perfectamente la vida, mientras
el destino de los niños del grupo control siguió una trayectoria vital mucho más
sombría. En otro trabajo (extraído de Pinillos, 1975), Miller (1964) consiguió también
aumentos importantes en la inteligencia de niños negros de tres y cuatro años, cuyas
madres se interesaron activamente en el programa de educación preescolar. En este
programa, intenso y de larga duración, las clases diarias enseñaban a los niños la
distinción de colores, formas y tamaños, el empleo de conceptos de tiempos,
números, relaciones todo-parte, etc. Una parte importante del programa estaba
dedicada asimismo a implicar en él a la madre, incitándola a que leyera cuentos a sus
hijos, jugara con ellos, planeara las comidas, etc. La consecuencia de esta acción
conjunta fue que no sólo mejoró el CI de los hermanos que participaron directamente
en la experiencia, sino incluso el de los que no participaron en ella, evidentemente no
por magia sino a causa de los cambios positivos que el programa había producido en
la madre, cuya relación con sus otros hijos tuvo igualmente efectos muy beneficiosos.
«En definitiva, lo que se desprende de todas estas experiencias es que, para que sean
relativamente eficaces —porque pueden serlo— los programas de mejora de la
inteligencia conviene que se inicien en edad preescolar, que sean secundados por la
familia, deben ser duraderos y han de estar cuidadosamente planeados» (Pinillos,
1975, pág. 672).
Todo lo anterior, unido a las diferencias sistemáticas encontradas entre las
clases socioeconómicas (20 puntos de CI entre las altas y las bajas), a la correlación
de aproximadamente 0,50 entre el nivel profesional de los padres y el CI medio delos
hijos, a la superioridad de unos 15 puntos de CI, como media, de los blancos sobre

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los negros en Estados Unidos, y al hecho de que, en general, aunque con muchas
excepciones, los hijos con CI mayores de 100 tienden a ascender en su nivel cultural,
profesional y socioeconómico y los de CI menor de 100 tienden a bajar (Jensen,
1972a), ha llevado a algunos autores, como el propio Jensen y más aún a Herrnstein,
a suponer que las diferencias en inteligencia entre los individuos, los grupos y las
etnias son, en su mayor parte, determinadas por la herencia y, por tanto, que las
diferencias entre las personas de tales grupos humanos en posición social, vivienda,
ingresos económicos, etc., se explican por su propia dotación genética. Estamos ante
lo que tantas veces se ha hecho: echarles a los pobres la culpa de lo que les ocurre.
Frente a estos datos, muchos de los cuales volveremos a retomar en capítulos
posteriores, se levantan, cuando menos, varias dudas razonables y generalizadas: ¿es
posible separar la acción de los genes y la del ambiente? ¿no es cierto que un mismo
gen actúa de diferentes maneras en un ambiente y en otro? ¿qué consecuencias
sociales se derivan de tales datos? ¿cómo fueron construidos esos test de inteligencia
y qué miden realmente? ¿cómo fueron seleccionadas las muestras utilizadas en los
estudios mencionados? ¿hubo en tales estudios otros problemas metodológicos a la
hora de llegar a las conclusiones a que llegan?... Aunque también la respuesta a estas
dudas la iremos viendo a lo largo de este libro, en este capítulo adelantaremos ya una
parte, que, de entrada, podríamos resumir, con palabras de Yela, diciendo que las
tesis de los psicómetras del CI podrían ser aceptadas «si los test midieran la
inteligencia como el metro la estatura» (1981, pág. 78). No sólo, como veremos, los
estudios, las interpretaciones y las conclusiones de los psicómetras genetistas
plantean tantos problemas, poseen tantos puntos débiles y tantas lagunas, y caen en
tantos errores, que resultan poco creíbles, es que, como señala nuevamente Yela,
incluso aceptando que la heredabilidad fuese de 0,64, como dice Vernon, dado que la
desviación típica de los CI es aproximadamente de 15, entonces el error típico de
estimación del fenotipo será de 9, lo que indica que, en general, de cada 100 sujetos
genotípicamente medios, 95 tendrían un CI entre 82 y 118 (100 ± 1,96 por 9). O sea,
que todo dependerá del ambiente que les haya caído en suerte. Es decir, que al mismo
genotipo correponderán fenotipos de hasta 36 puntos de diferencia en CI (y 26 puntos
de diferencia si admitiéramos, como hace Jensen, una heredabilidad de 0,80),
diferencia mayor que la existente entre las clases sociales y las «razas». Esto es así al
5 por 100, que si cogemos un nivel de confianza del 1 por 100, entonces de cada 100
sujetos, 99 tendrán un CI entre 77 y 123 (46 de diferencia en CI). Y eso en el caso de
un reparto aleatorio del ambiente, pero es que podemos intervenir simplemente
cambiando a los sujetos de un ambiente perjudicial a otro mejor. Así, podemos
pronosticar que los hijos de un grupo numeroso de padres con CI medio igual a 70 a
los que proporcionamos un ambiente muy favorable (por ejemplo, a un nivel sólo
superado por el 1 por 100 de los ambientes) tendrán un CI medio, incluso según el
modelo de Jensen, de 106. Es decir, serán superiores a sus padres en 36 puntos de CI,
como media, pasando así de ser más bien retrasados mentales a ser un grupo normal y
corriente e incluso un tanto aventajado. Ello explicaría los datos mencionados de
Skeels, o los de Gottesman (1968), quien encontró una diferencia de 14 puntos en CI
en 38 pares de gemelos monozigóticos cuando los ambientes eran muy distintos. Más
aún, no olvidemos que, sin entrar ahora en los problemas inherentes a los test de CI e

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incluso aceptando los datos de los psicómetras del CI, se está encontrando, por una
parte, que la distancia entre los grupos sociales menos favorecidos (negros, clases
trabajadoras, y población rural) y los más favorecidos se está estrechando, lo que, por
otra parte, no se debe a que estos últimos estén reduciendo su nivel intelectual, sino a
que el CI de los primeros está elevándose, como consecuencia de la mejora de las
condiciones económicas, profesionales, educativas y sobre todo salariales (que
conllevan una mejor nutrición, mayor calidad de sus viviendas, mejores cuidados
sanitarios, etc.). Es más, en contra de los temores de Galton (1883), Cattell (1936,
1937) y otros autores (Burt, etc.), no sólo no está declinando alarmantemente el nivel
intelectual de la población, sino todo lo contrario: está subiendo, al menos si lo
medimos con test de CI (véase Flynn, 1980, 1984, 1987).
Además, como señala Yela (1981, págs. 90-01), aunque hay datos que parecen
mostrar el peso de la herencia y otros el del ambiente, «lo decisivo es su interacción y
el conocimiento de control de los mecanismos por los cuales actúan. El desarrollo,
desde la concepción, no es el despliegue automático de estructuras genéticamente
dadas, ni la modelación que el ambiente hace de un organismo indiferenciado y
pasivo, sino la utilización activa de las condiciones ambientales por un ser vivo
genéticamente dotado... La cuestión es saber qué hay que modificar y cómo, cuáles
son los mutantes genéticos y los mutantes ambientales apropiados y cuáles son sus
mecanismos de acción... El hecho decisivo es la interacción entre herencia y
ambiente. El problema decisivo es descubrir el mecanismo de esta interacción. El
hecho capital consiste en que el ambiente no es, sobre todo en el caso del hombre, un
mero conjunto de estímulos que objetivamente interactúa con un mero conjunto de
estructuras orgánicas. El hombre es un ser vivo, activo, consciente y personal, que
asimila el ambiente a su propio funcionamiento y lo incorpora interpretativamente a
sus proyectos. El ambiente es una realidad —incluida la del propio organismo y su
dotación y mecanismos genéticos— con la que el hombre se encuentra, de la que se
hace problema y que, según sus proyectos, conocimientos y técnicas, pueden
modificar. La cuestión última va más allá de todos estos hechos. Consiste en decidir
qué hacer con ellos». Y como veremos en el próximo capítulo, los estudios más
recientes en la genética están permitiendo entender mejor la interacción entre genes y
ambiente.
En todo caso, tal vez la principal debilidad de las tesis, estudios e
interpretaciones de la psicometría genetista del CI estribe en su aparente ingenuidad,
claramente intencional, ideológica y nada inocente. Tal «ingenuidad» se refleja,
cuando menos, en estos tres hechos que irá constatando el lector a lo largo de
diferentes capítulos pero que, por economía de espacio, no desarrollaré en toda su
extensión: 1) Confundir continuamente correlación con causación: incluso aunque se
aceptaran muchas de las correlaciones encontradas por los psicómetras del CI, que
muchas no pueden serlo, lo que es totalmente inaceptable son las conclusiones que
extraen como consecuencia de esa confusión persistente de correlación y causación;
2) ignorar absolutamente el funcionamiento de la herencia así como los mecanismos
y procesos genéticos, que ellos «deducen» exclusivamente de correlaciones, con
frecuencia mal obtenidas y casi siempre mal interpretadas; y 3) desatender
completamente la enorme riqueza y complejidad del ambiente. De hecho, cosa que

39
ellos no tienen nunca en cuenta, la noción de ambiente engloba una serie de hechos y
circunstancias de la más diversa naturaleza: física, geográfica, biológica, social,
cultural, etc., que incluiría factores como la vida intrauterina, el clima, la dieta, la
higiene, el tipo de vivienda, el nivel escolar de los padres, el tipo de lenguaje
utilizado por éstos, el contexto laboral, el nivel de ingresos, el horario laboral de los
padres, las costumbres, las creencias, las prácticas de crianza, etc. Es más, como nos
recuerda Alonso Forteza (1981), cada una de estas diversas facetas suele ser a su vez
bastante compleja pudiendo interactuar y relacionarse con otras varias, de manera
más o menos directa y más o menos aparente o encubierta, con efectos que a veces se
refuerzan y a veces se contrarrestan y neutralizan. Un ejemplo evidente y clarificador:
una lesión de nacimiento puede influir no sólo sobre el nivel de inteligencia que el
niño logrará alcanzar, sino sobre el trato que sus padres y maestros, conocedores del
defecto, le dispensen, lo que a su vez afectará sin duda la conducta y las actitudes del
niño hacia ellos, hacia la escuela, los estudios, los compañeros, sus expectativas
profesionales, etc... De esta manera van complicándose y mezclándose los hechos y
las consecuencias, resultando cada vez más difícil establecer con precisión cuál es la
causa y cuáles los efectos.

4. LA DECLARACIÓN (GENETISTA) SOBRE LA INTELIGENCIA

A pesar de lo dicho en el apartado anterior y a pesar igualmente de los serios


problemas existentes para poder defender las tesis genetistas, sobre todo en el campo
de la inteligencia, son muchos los psicómetras que las defienden y lo hacen de una
manera tal que yo no dudaría en calificarla de fanática. En todo caso, la recuperación
y el éxito que las tesis genetistas volvieron a tener a partir de 1970 no dejaron de
crecer ni en el ámbito más propiamente genético, como se constata en la enorme
popularidad de todo lo que tenga que ver con el Genoma Humano, como veremos en
el próximo capítulo, ni en el campo más psicológico, como es el de la inteligencia,
aunque aquí las posturas hereditaristas y darwinistas sociales no son en absoluto
hegemónicas ni siquiera dominantes como se constata en la polémica suscitada por la
publicación, en 1994, del libro de Herrnstein y Murray, The Bell Curve, como
veremos en el cap. 8. No son hegemónicas pero sí lo suficientemente poderosas como
para que Herrnstein tuviera la osadía de publicar el mencionado The Bell Curve y
para que una serie de científicos se atrevieran a hacer pública la llamada «Declaración
sobre la Inteligencia» (Arvey y cols., 1998) (véase Gottfredson y cols., 1998). En
efecto, en 1997 un grupo de 52 autores publicaba en Intelligence una Declaración
resumida en 25 puntos — que antes, en 1994, había aparecido, no por azar
precisamente en el Wall Street Journal. Como enseguida veremos, y al menos a mi
modo de ver, es indiscutible el carácter ideológico de esta Declaración, aunque
escondido bajo el disfraz de «científico», esa palabra que tanto se repite cuando no se
tienen argumentos mejores. Llegados a este punto me viene a las mientes aquel
consejo de Michel Foucault que nos advertía de que cuando oigamos a alquien
afirmar que lo que dice es científico, tratemos de averiguar qué efectos de poder está
persiguiendo. Ello es perfectamente aplicable, y tal vez mejor que en cualquier otro

40
campo, en el de la genética de la inteligencia. Pero veamos el contenido de tal
Declaración genetista sobre la inteligencia, que pretende resumir el estado actual de
las investigaciones sobre la inteligencia, aunque algún punto no lo transcribiremos y
otros no enteramente (en cursiva las palabras originales de Arvey y cols., 1998):

1. La inteligencia es una capacidad mental muy general que, entre otras cosas,
implica la actitud para razonar, planificar, resolver problemas, pensar de modo
abstracto, comprender ideas complejas, aprender con rapidez, y aprender de la
experiencia. (En principio, aunque habría muchas matizaciones que hacer, podríamos
estar de acuerdo con este primer punto.)
2. La inteligencia, así definida, se puede medir, y los test de inteligencia la
miden adecuadamente. (¿De dónde deducen esta conclusión los autores de esta
declaración? Por el contrario, y como veremos en el cap. 10, esta conclusión es
totalmente insostenible y, por tanto, inaceptable: inteligencia y cociente intelectual
son cosas muy distintas.)
3. Existen diversos tipos de test de inteligencia, pero todos ellos miden la
misma inteligencia. (Estamos ante otra conclusión nada pertinente. Como hemos
visto en el cap. 1, no está nada claro qué es la inteligencia y menos aún qué miden
realmente los test de CI, pero lo que sí está claro es que no todos miden lo mismo ni
mucho menos.)
4. La distribución de las personas según el CI, desde el nivel bajo al nivel alto,
se puede representar adecuadamente mediante «La Curva en Campana» (en jerga
estadística, la distribución normal). (Tampoco es cierta en absoluto. Como mostró
Yela, la distribución normal de las puntuaciones de CI es un puro artefacto, es algo
fabricado intencionalmente por los constructores de los test para apoyar sus tesis.)
5. Los test de inteligencia no están culturalmente sesgados en contra de los
afroamericanos u otras personas angloparlantes de Estados Unidos. Por el
contrario, las puntuaciones de CI predicen con igual nivel de exactitud para todos
los ciudadanos americanos, independientemente de la raza o la clase social. (Parece
totalmente increíble que a estas alturas aún se atreva alguien a decir estas cosas, sobre
todo después de haberse publicado libros como los de Tort, 1972; Kamin, 1974;
Chase, 1980; o Gould, 1981.)
6. Los procesos cerebrales que subyacen a la inteligencia todavía no son bien
comprendidos. Las investigaciones actuales exploran la velocidad de transmisión
neural, el consumo de glucosa y la actividad eléctrica del cerebro. (Claro que sobre
esto sabemos poco, tan poco que hubiera sido preferible que no lo hubieran
mencionado siquiera y si en esta Declaración se hace, algún objetivo se persigue: ir
poniendo al lector en el sendero de la explicación genetista de la inteligencia.)
7. Los miembros de todos los grupos étnico-raciales se sitúan a todos los
niveles de la escala de CI. Las curvas de los distintos grupos se solapan
considerablemente, pero los grupos suelen diferir por el lugar de la curva en que
tienden a agruparse sus miembros. Las curvas de algunos grupos (como los judíos o
los asiáticos) suelen situarse en un lugar algo más alto que los blancos. Otros grupos
(afroamericanos e hispanos) tienden a situarse en un lugar algo más bajo que los
blancos no hispanos. (Eso parece que es así, pero no por razones genéticas, sino

41
sociales y culturales, por un lado, y por otro, por factores derivados de la
construcción de los propios test de CI, como iremos viendo en este libro.)
8. La curva de la población blanca se sitúa alrededor del 100; la curva de la
población afroamericana se sitúa alrededor del 85; y las curvas de otros grupos
como los hispanos se sitúa entre la de los blancos y los afroamericanos. La evidencia
está menos clara respecto a en qué lugar por encima de 100 se sitúan otros grupos
como los judíos o los asiáticos. (Como vemos, el carácter indiscutiblemente racista de
esta Declaración es a todas luces evidente. La demostración de este afirmación mía la
irá viendo el lector a lo largo de estas páginas.)
9. El CI se relaciona de modo robusto con varios resultados sociales,
económicos, ocupacionales y educativos, probablemente en bastante mayor medida
que cualquier otro rasgo humano. Su relación con el bienestar y el rendimiento de
los individuos es muy robusta en algunas situaciones vitales (educación,
entrenamiento militar), de moderada a robusta en otras situaciones (competencia
social) y modesta pero consistente en algunas otras situaciones (respecto de las
leyes). Sea lo que sea lo que miden los test, tiene una gran importancia práctica y
social. (Pero ¿qué es el CI? ¿Qué está midiendo realmente? ¿Es el CI la causa o la
consecuencia de tener un alto nivel socioeconómico? ¿O es que los test de CI se
construyeron precisamente para que todo esto fuera así? Ésta es la cuestión central,
que iremos viendo aquí.)
10. Un alto CI supone una ventaja en la vida, dado que virtualmente todas las
actividades requieren algún tipo de razonamiento y de toma de decisiones. Y a la
inversa, un bajo CI supone una desventaja, especialmente en ambientes
desorganizados. (En lo que difiere este punto del anterior, no estoy de acuerdo en
absoluto, pues da por hecho que el CI requiere algún tipo de razonamiento y de toma
de decisiones: no siempre es así. E incluso es perfectamente posible que muchos
individuos, culturalmente minoritarios, razonen perfectamente bien, aunque no según
el tipo de razonamiento que exigen los test de CI, por lo que obtendrán una baja
puntuación. Cuando, por ejemplo, un gitano razona y toma decisiones relacionadas
con su actividad de vendedor, puede hacerlo muy eficazmente y, sin embargo,
puntuar bajo en los test de inteligencia, sobre todo en algunos de ellos. Como mostró
Sternberg, los test de CI no miden la inteligencia de la vida sino sólo algo parecido a
la inteligencia académica. Con unos instrumentos que realmente midieran la
inteligencia de la vida todas las conclusiones de los psicómetras genetistas del CI se
vendrían abajo, y con ellos casi todos las descaradas afirmaciones de esta
Declaración.)
11. Las ventajas prácticas de tener un CI alto aumentan a medida que las
situaciones se hacen más complejas (novedosas, ambiguas, cambiantes,
impredictibles, o con muchas alternativas). Por ejemplo, un alto CI es generalmente
necesario para mostrar un buen rendimiento en ocupaciones complejas (las
profesiones cualificadas, la gestión); supone una ventaja considerable en
ocupaciones moderadamente complejas (aviadores, policía, y administración); pero
supone una ventaja algo menor en las situaciones que sólo exigen tomar decisiones
simples y resolver problemas sencillos (trabajos de baja cualificación). (Como
veremos más adelante, esta afirmación no es sino una forma, nada sutil, de justificar

42
la actual estructura socio-económica y de convertir en aceptables —por naturales e
inevitables—las inaceptables injusticias y desigualdades sociales. Pero tampoco es
cierta.)
12. Las diferencias en inteligencia no son, por supuesto, el único factor que
influye en el rendimiento educativo, el entrenamiento, o las ocupaciones muy
complejas (nadie dice que esto sea así), pero la inteligencia suele ser el factor más
importante. (Ésta es una forma de hacer que estas posturas abiertamente racistas y
xenófobas sean mejor admitidas, pues serían más difíciles de digerir si además
vinieran cubiertas por un envoltorio aún más dogmático que presentara el CI como lo
único importante en la vida. Bastante dogmático es ya el que se presente el CI como
el factor más importante cuando no lo es en absoluto.)
13. Algunos rasgos de personalidad, talentos, aptitudes, capacidades físicas,
experiencia, y algunos otros, son importantes (y en ocasiones esenciales) para lograr
un rendimiento óptimo en muchas ocupaciones, pero tienen una aplicabilidad más
reducida (o desconocida) a distintas tareas y situaciones comparativamente con la
inteligencia. Algunos autores se refieren a estos otros rasgos humanos como otras
«inteligencias». (Para mostrar claramente la falsedad de estas afirmaciones, sólo
recordaré al lector que, por ejemplo, el rendimiento escolar, que es lo que, más que
otra cosa, miden los test de CI, dependen más de la motivación e interés de los
alumnos que de su cociente intelectual. Y el puesto de trabajo ocupado, el nivel de
ingresos o el tipo de vivienda correlaciona más con el nivel económico y ocupacional
de la familia que con el CI.)
14. Los individuos difieren en inteligencia debido a diferencias tanto en el
ambiente como en la herencia. Las estimaciones de la heredabilidad van desde 0,4 a
0,8 (en una escala de 0 a 1), lo que indica que la genética juega un papel más
importante que el ambiente en la producción de las diferencias individuales de
inteligencia. (Como ya hemos dicho y como veremos mejor en los próximos
capítulos, particularmente en el próximo, es absolutamente imposible separar la
influencia del ambiente y la de los genes, por lo que es una absoluta falacia pretender
decir que la inteligencia se debe a los genes en un 80 por 100 ni en un 64 por 100, ni
en cualquier otro porcentaje. «En lo esencial, a medida que el progreso de la ciencia
se expande, el campo de cada especialista tiende a estrecharse. Algunos se han
limitado exageradamente. Se hallan expuestos al peligro y son a su vez peligrosos; lo
primero porque su propia vida interior está empobrecida; lo segundo porque suelen
ser presa fácil de la explotación por individuos con poder o dinero, con fines que
perjudican tanto a la ciencia como a los intereses de la humanidad en su conjunto»
(Dobzhansky, 1969, pág. 10). Los psicólogos no deberían nunca hacer lo mismo... Y
si con los conocimientos de genética que ya poseíamos a la altura de 1994 alguien se
atrevía a decir estas cosas no podía hacerlo sino por ignorancia o por mala intención.
Y ninguno de los 52 autores de esta Declaración son ni tontos ni ignorantes.)
15. El hecho de que el CI sea altamente heredable no significa que no esté
influido por el ambiente. Los individuos no nacen con niveles intelectuales fijos e
inmodificables (nadie dice que esto sea así). El CI se estabiliza gradualmente
durante la infancia, y generalmente cambia poco desde entonces. (Vuelven a utilizar
aquí los argumentos falaces y retorcidos que tanto se prodigan en toda la Declaración:

43
el CI no es inmodificable, pero a partir de la infancia ya casi no cambia... Parece
increíble que científicos serios den este tipo de argumentos.)
16. Aunque el ambiente es importante en la creación de las diferencias en CI,
aún no sabemos cómo manipularlo para elevar un CI bajo de manera permanente
(También resulta increíble que digan esto: como si pudiéramos modificar los genes
para elevar un CI bajo de manera permanente. Si el no saber cómo debemos
manipular el ambiente para mejorar el CI invalida las tesis ambientalistas, entonces
más invalidadas estarían aún las tesis genetistas. Además, sí sabemos mucho sobre
cómo modificar el ambiente familiar, las condiciones económicas y de vivienda de
las familias, la estructura social, etc., para que mejore el CI. Otra cosa es que no se
quiera hacer y que incluso se inventen hasta teorías, como la que subyace a esta
Declaración, para que no se haga. Resulta difícil encontrar en la literatura psicológica
argumentos más circulares que muchos de los que contiene esta Declaración. Es más,
no sólo es que ha habido programas de intervención eficaces, como el de Skeels y
otros muchos, sino que en las últimas décadas se han producido cambios sociales
importantes que probablemente hayan sido la causa de la elevación general del CI de
generación a generación: efecto Flynn.)
17. Las diferencias genéticamente causadas no son necesariamente
irremediables (considérese la diabetes, la visión alterada, y la fenilcetonuria), ni son
necesariamente remediables las diferencias causadas ambientalmente (considérese
los daños físicos, los venenos y algunas enfermedades). Ambas se pueden prevenir
hasta cierto punto. (Por una vez estoy totalmente de acuerdo con esta Declarción,
pero, lamentablemente, los psicómetras genetistas no parecen actuar en consonancia
con este punto.)
18. No se dispone de evidencia definitiva respecto a si las curvas de CI de
diferentes grupos étnico-raciales están convergiendo. Los sondeos realizados
durante una serie de años indican que las distancias en rendimiento académico se
han reducido algo para algunas razas, edades, alumnos y niveles de habilidad, pero
las evidencias están tan mezcladas que no son concluyentes respecto a un cambio
general en los niveles de CI. (Nuevamente me parece increíble que se puedan decir
impunemente estas cosas. La confusión en los datos que parecen apoyar las tesis
genetistas no les impide ser categóricos en sus conclusiones, mientras que, por el
contrario, el mínimo problema en los datos que apoyan las tesis ambientalistas
enseguida les hace dudar. Pero es que, a pesar de sus limitaciones, la mayoría de los
programas de intervención sí han sido eficaces. Lo que realmente se necesitaría era
un aumento sustancial de solidaridad Norte-Sur, e incluso de solidaridad dentro de los
propios países ricos. Por el contrario, todo parece indicar que a lo largo de los últimos
años se está produciendo justamente lo contrario. No otra es la consecuencia principal
de la actual globalización. No olvidemos, como veremos en el cap. 8, que
afirmaciones como las que se contienen en esta Declaración pretenden, entre otras
cosas, justificar el capitalismo neoliberal que, en el fondo, es lo que hay tras la actual
globalización).
19. Las diferencias étnico-raciales en CI son esencialmente las mismas cuando
los jóvenes abandonan el instituto que cuando comienzan el colegio. Sin embargo,
dado que los jóvenes más brillantes aprenden más rápido, estas mismas diferencias

44
de CI conducen a mayores disparidades en los contenidos aprendidos a medida que
se avanza en el currículum educativo. Como indican los sondeos realizados a nivel
nacional, los chicos afroamericanos de diecisiete años, tienen un rendimiento
promedio semejante al de los chicos blancos de trece años en Lectura, Matemáticas y
Ciencias, situándose los hispanos entre ambos grupos. (Nuevamente el no querer ver
la influencia de un ambiente pobre y en ocasiones hasta dramático en el caso de
muchas personas negras o hispanas, les llevó a estos autores a posturas abiertamente
racistas, aunque creo que es más bien al revés: es su ideología racista la que les lleva
a estas conclusiones.)
20. Las diferencias étnico-raciales son algo menores, pero todavía
sustanciales, en individuos con el mismo nivel socioeconómico. Así, por ejemplo, los
estudiantes afroamericanos de familias prósperas suelen tener mayores puntuaciones
de CI que los afroamericanos de familias pobres, pero no puntúan más alto, en
promedio, que los blancos de familias pobres. (Para ellos parece estar claro: los
negros son más tontos, y lo son por razones indiscutiblemente genéticas. Por supuesto
que suelen puntuar más bajo en CI: primero, porque son más pobres, y segundo,
porque tienen otros valores culturales, porque han sido socializados en otros valores
que no son precisamente los que miden los test. Por eso, aunque se igualen los
ingresos económicos, con frecuencia siguen apareciendo diferencias en CI —pero
cuidado: no digo en inteligencia— entre los miembros de diferentes grupos sociales:
no se debe ello a los genes sino a los valores culturales. Un sencillo y esclarecedor
ejemplo: como es bien conocido, una de las variables que más influyen en el CI es la
velocidad con que se responde a las preguntas de los test. Así, dos sujetos que sepan
exactamente igual, pero que uno sea lento y otro rápido contestando a los item del
test, obtendrán unas puntuaciones muy diferentes, es decir, unos muy distintos
cocientes intelectuales: los psicómetras dirán que es mucho más «inteligente» el
segundo que el primero. Pues bien, la «cultura negra» en Estados Unidos no se
caracteriza precisamente por tener un gran interés en la rapidez de sus respuestas.)
21. Los resultados de la investigación ni dictan ni anteceden a ninguna política
social particular, puesto que nunca pueden determinar nuestras metas. Sí pueden, no
obstante, ayudarnos a estimar la probabilidad de éxito o los efectos colaterales
derivados de perseguir esas metas a través de diferentes medios. (Y sin embargo, los
psicómetras genetistas del CI intentan dictar medidas de política social, como es el
caso de Burt, Jensen, Eysenck y particularmente Herrnstein, algunos de ellos
firmantes de esta declaración.)

En definitiva, como vemos, esta declaración resume las tesis de los más
conservadores psicómetras (Burt, Terman, Yerkes, Eysenck, Jensen, Herrnstein, etc.),
unas veces de una forma abierta y directa, otras de forma más indirecta y disimulada,
hasta el punto de que yo no dudaría en calificarlo como un caso de racismo científico
reciente (recuerdo al lector que la publicaron en Intelligence en 1997). Más
recientemente aún, en nuestro país Colom y Andrés-Pueyo (Andrés-Pueyo y Colom,
1998; Colom, 2000; Colom y Andrés-Pueyo, 1999) no sólo defienden denonadamente
el contenido de esta Declaración, sin ponerle el más mínimo reparo y sin la más
pequeña crítica, sino que ellos mismos hacen afirmaciones del mismo calado. Así,

45
cuando escriben (Andrés-Pueyo y Colom, 1998, pág. 228): «La mayor parte de las
diferencias entre blancos y afroamericanos en Estados Unidos en variables
relacionadas con el bienestar y la psicopatología, parecen proceder de las
disparidades en la inteligencia psicométrica, no de las diferencias raciales en sí».
Estos mismos autores, tras elogiar a Wilson y su sociobiología y después de añadir
que el principal mensaje de Wilson tal vez sea mostrar los posibles prejuicios
derivados de mezclar indiscriminadamente ciencia e ideología, señalan que la
Declaración de Sevilla (que veremos al final del libro y que sostiene que la
agresividad humana y las guerras se deben más a razones sociales y culturales que
genéticas) sí mezcla ideología y ciencia, frente a esta Declaración sobre la
inteligencia que es sólo ciencia1. En resumidas cuentas, como decía hace ya casi
cuarenta años Dobzhansky, «sólo si todos se desarrollaran y vivieran en un mundo
absolutamente uniforme, bajo condiciones de perfecta igualdad de oportunidades se
podría estar seguro que las diferencias entre las personas se deben a la naturaleza de
sus herencias. Evidentemente que estas condiciones no pueden darse en la realidad...
La dicotomía de los rasgos genéticos y ambientales es falsa porque cualquier rasgo es
a la vez genético y ambiental» (Dobzhansky, 1969, págs. 65-66). Más aún, añade
nuevamente Dobzhansky (pág. 111): «En realidad, el medio en que viven las
personas no sólo es infinitamente variable, sino que el hombre, a través de la
tecnología, es capaz de crear nuevos medios de acuerdo con sus propios deseos. Un
cierto patrimonio hereditario dará origen a fenotipos diferentes en ambientes
distintos». El componente biológico está evidentemente ahí y tiene su influencia en el
ser humano y en su comportamiento; pero también está ahí la influencia del ambiente.
Ni todo es biología ni todo es ambiente, sino una muy compleja interacción entre
ambos pero donde el ambiente es el predominante: el ser humano es un ser
sumamente plástico y maleable en lo biológico, de tal forma que su propia biología le
predispone muy particularmente a ser influido por el ambiente.

5. CONCLUSIÓN

La principal conclusión que podemos extraer de este capítulo se refiere a lo


absurdo de las tesis herencialistas. Es más, como señala Dobzhansky (1973), y como
veremos mejor en el próximo capítulo, constituciones genéticas idénticas
determinarán diferentes resultados cuando su desarrollo tenga lugar en distintas
condiciones ambientales. Por consiguiente, incluso aceptando los datos de los
psicómetras del CI, no podemos en absoluto reconocer la primacía de los factores
genéticos sobre los ambientales ni, en consecuencia, la inmodificabilidad del CI ni,
menos aún, las consecuencias que de ello se han sacado, que consisten básicamente
en la exclusión social, laboral y económica de las personas con un CI bajo, que
generalmente suelen pertenecer a los grupos sociales más desfavorecidos. Por tanto,
hago mías las palabras de Birch y Gusow cuando escriben que «temíamos que los
intentos de remediar el fracaso escolar de los niños con desventajas exclusivamente
con la intervención de la educación pudiera muy bien fallar y, al fallar, reavivar la
antigua afirmación de que estos niños son genéticamente inferiores. No dudábamos

46
que podían aumentarse las realizaciones escolares, probablemente para la mayoría de
los niños, mediante alteraciones del sistema escolar. Sin embargo, nos preocupaba
que los niños repetida y excesivamente expuestos al riesgo biológico, tanto antes
como después del nacimiento, probablemente no recibieran ayuda notable mediante
la simple aplicación de “más escolaridad”, por temprano que se iniciara y por
intensiva que se continuara» (1972, pág. 251). Es fundamental reconocer este hecho
si no queremos dejarnos engañar, porque las conclusiones a las cuales creíamos llegar
sobre el fracaso relativo de los programas de intervención eran simplistas y
permitieron a autores como Shockley o Jensen decir que el fracaso de tales programas
era inevitable, dado que se basaba en la innata inferioridad intelectual de los niños y
niñas a quienes fueron aplicados. Y es que, como concluyen Birch y Gussow (1972,
pág. 254), «mientras persista la pobreza, el fracaso escolar de los niños pobres estará
ligado a ella a través de una gran cantidad de factores ambientales. De manera que la
intervención en un solo punto tendrá inevitablemente un efecto limitado. La
educación compensatoria podría equilibrar un hogar en el cual el “ambiente
cognoscitivo” es limitado, pero no puede compensar una niñez vivida con el
estómago vacío».
Por otra parte, lo que a nivel metodológico critica López Cerezo a la tesis
herencialista es la circularidad de su posición así como el que excluya a priori las
líneas argumentativas que podrían dañarla. Así, «para poder llevar a cabo el cálculo
de la heredabilidad con un mínimo de rigurosidad es necesario investigar cuáles son
las influencias ambientales sobre el CI. Sin embargo, ésta es precisamente la línea de
investigación excluida por la heurística del programa hereditarista. Éste es el motivo
de que la teoría hereditarista de la inteligencia haya contribuido de un modo tan poco
satisfactorio al estudio de la genética de la inteligencia» (López Cerezo y Luján
López, 1989, pág. 220). Más aún, añaden estos autores (pág. 230), «aun cuando, por
ejemplo, el CI fuese altamente heredable y la correlación entre CI y clase social fuese
igual a 1, todavía habría que demostrar que nuestra tendencia a organizarnos de forma
jerárquica es de origen genético. Y tampoco disponemos de evidencia empírica
independiente e incontrovertida que apoye la conclusión... La presunta base genética
de la inteligencia no puede, por consiguiente, aducirse como base alguna para la
posterior realización de propuestas de planificación educativa o transformación
social. De este modo, las tecnologías sociales propuestas desde las filas de la teoría
hereditarista de la inteligencia no son —como se pretende en la literatura hereditarista
— una consecuencia de la investigación científica», sino, más bien, como señalan
López Cerezo y López Luján (1989), una clara consecuencia de su ideología
conservadora (pág. 231): «A lo largo de toda la historia de la teoría hereditarista de la
inteligencia se puede constatar que sus defensores creen firmemente que el nivel de
justicia social y de igualdad de oportunidades de nuestro modelo de sociedad es el
máximo alcanzable. La propia argumentación hereditarista, así como la justificación
de las tecnologías sociales propuestas, parte de la preconcepción de que el sistema
social actual ha llegado a otorgar a todos los individuos una virtual igualdad de
oportunidades para ser lo que quieran, y puedan, ser. O, lo que es lo mismo, que no
tiene sentido conceder mayor igualdad de oportunidades. Si en nuestros días persiste
la desigualdad, sólo puede deberse a causas biológicas. Creemos que no es difícil

47
averiguar qué intereses político-económicos están detrás de tal preconcepción
ideológica... Existe, para empezar, una tendencia generalizada a relacionar el
determinismo biológico con el conservadurismo y el capitalismo», en línea con el
estudio clásico de Nicholas Pastore (1949). De hecho, los hereditaristas de la
inteligencia han propuesto básicamente tres tecnologías de intervención social que
benefician, las tres, a los grupos sociales dominantes (López Cerezo y Luján López,
1989, pág. 232 y sigs.): El nihilismo intervencionista, la eugenesia y la optimización
de recursos humanos. En cuanto a la primera, es evidente que un programa político
que postule en la práctica la no intervención del Estado, tal como lo recomienda la
teoría del darwinismo social, beneficiaría a la clase social que en esos momentos
detenta el poder económico, sirviendo además para perpetuar tal situación. Esta
tecnología es obviamente una forma de evitar que el statu quo pueda verse alterado.
Para entender las otras dos, es necesario tener en cuenta el sistema productivo que es
consecuencia de la interacción entre el empresario y los grupos de expertos, sobre
todo de los expertos en organización. Además, no es por azar que los grupos
eugenesistas fueran fuertemente financiados por grandes magnates de la industria
norteamericana. En todo caso, «con independencia de si la tecnología social
propuesta por el determinismo biológico proporciona alguna clase de solución a los
problemas sociales, es importante darse cuenta de que, por lo menos, sirve para evitar
que sean otro tipo de propuestas las que se pongan en práctica. También de esta
forma indirecta las tecnologías sociales propuestas por el determinismo favorecen a
las clases sociales mejor situadas, en tanto que impiden que se lleven a cabo reformas
sociales que podrían ir en contra de sus intereses, en contra de su situación
privilegiada... Creemos, en resumen, que es un hecho claramente reconocible el de
que las tecnologías sociales propuestas desde la teoría hereditarista de la inteligencia
han defendido tradicionalmente los intereses de las clases más privilegiadas de
nuestra sociedad. En particular de la clase media profesional y de la clase
empresarial» (López Cerezo y Luján López, 1989, págs. 235-237).

48
CAPÍTULO III
El determinismo genético y sus implicaciones

1. INTRODUCCIÓN: LA VUELTA DEL DETERMINISMO GENÉTICO

Las tesis genetistas tienen una larga historia en el pensamiento occidental,


historia que se remonta a Platón. Pero la derrota de los nazis así como el
conocimiento y la repulsa de sus crímenes «raciales y eugenesistas» pusieron en tela
de juicio su ideología genetista, con lo que las tesis genetistas se batieron en retirada
durante una temporada, de tal manera que los años 50 y 60 constituyó una época de
claro triunfo ambientalista. Sin embargo, desde el comienzo de los años 60, el
péndulo ha estado oscilando hacia atrás, y los científicos están enfatizando de nuevo
la importancia de la herencia sobre nuestro carácter y nuestras acciones, tanto en la
biología (recordemos que en 1973 le dieron a Lonrenz el premio nobel y que Wilson
publicó su impactante Sociobiology en 1975), como en la propia psicología,
particularmente en el campo de la inteligencia (Jensen, 1969; Eysenck, 1971, 1973;
Herrstein, 1973, etc.). No por azar esta reacción se produjo cuando se produjo: «Los
años sesenta estuvieron marcados, en general, por un extraordinario quebrantamiento
de un consenso anteriormente aceptado y por un aumento de la lucha social. Los
detenidos reclamaban crecientemente sus derechos frente a la policía y los guardias, a
quienes consideraban opresivos y violentos. Los estudiantes pusieron en duda la
legitimidad de sus universidades y sus escuelas, y masas de jóvenes norteamericanos
negaron al Estado el derecho y el poder para reclutarlos para el servicio militar. Las
organizaciones ecológicas y de consumidores cuestionaron el derecho del capital
privado a organizar la producción sin tener en consideración el bienestar público y
reclamaron la regulación estatal del proceso de producción... La expansión del
pensamiento y del argumento determinista biológico en los tempranos setenta fue
precisamente una respuesta a las demandas militantes cada vez más difíciles de

49
atender. Era un intento de debilitar la fuerza de su presión negando su legitimidad. La
exigencia de los negros de una compensación económica y de un estatus social
igualitarios es ilegítima porque, según se afirma, los negros son biológicamente
menos capaces de manejar las profundas abstracciones que proporcionan altas
compensaciones. La demanda de igualdad de las mujeres está injustificada porque la
dominación masculina se ha ido estructurando en nuestros genes durante
generaciones de evolución. La exigencia de los padres de una reestructuración de las
escuelas para educar a sus hijos analfabetos no puede ser atendida porque éstos tienen
cerebros con disfunciones. La violencia de los negros contra la propiedad de los
patronos y los comerciantes no es el resultado de la impotencia de los que carecen de
propiedad, sino de las lesiones cerebrales. Para cada militancia hay una explicación
biológica apropiadamente confeccionada que la priva de su legitimidad. El
determinismo biológico es un flexible y poderoso medio para “culpabilizar a la
víctima”» (Ryan, 1971). Como tal, debemos esperar que adquiera mayor prominencia
y diversidad a medida que se incrementa la conciencia de victimización y disminuya
la posibilidad de satisfacer las demandas (Lewontin, Rose y Kamin, 1987, págs. 35-
36). En una dirección similar apunta la bióloga Ruth Hubbard: «Este cambio es
debido, en parte, a un contragolpe conservador que se opone a los logros alcanzados
por los movimientos pro derechos civiles y pro derechos de la mujer. Estos y otros
movimientos similares hicieron hincapié en la importancia de nuestro ambiente en la
determinación de lo que somos, insistiendo en que las mujeres, los afroamericanos y
otros tipos de personas, tienen un estatus inferior en la sociedad norteamericana
debido a prejuicios que hay contra ellas y no a una inferioridad natural. Los
conservadores, en contraposición, aluden de inmediato a los descubrimientos
científicos, que parecen mostrar diferencias innatas, explicativas del actual orden
social. Al igual que los reduccionistas, los hereditaristas tratan de encontrar
respuestas simples a preguntas complejas» (Hubbard y Wald, 1999, págs. 41-42).
Por otra parte, el movimiento pendular de que antes hablábamos «se ha
producido en el contexto de fulgurantes progresos de la genética: hoy sabemos cien
veces, mil veces más sobre los genes, su mensaje, su funcionamiento, sobre los
fabulosos mecanismos de la vida, que hace sólo diez años. Este principio de siglo, en
el plano del conocimiento, es sin duda alguna el de la biología y, singularmente, el de
la genética... Se desprende de ello, lógicamente, una exagerada fe en el poder de la
genética, que se manifiesta en la tentación a extrapolar a partir de estos resultados, de
aplicar estos métodos a afecciones más complejas, menos bien definidas y cuyo
desarrollo depende a menudo más de las circunstancias que de la herencia.
Apoyándose en discutibles trabajos, algunos se apresuran a afirmar que todas las
facetas del individuo —sus capacidades físicas o intelectuales, su comportamiento, su
personalidad— están determinadas por su patrimonio genético, y vemos cómo
florecen los títulos anunciando el descubrimiento del gen de la homosexualidad, el de
la «búsqueda de novedad», el del alcoholismo, el de la hiperactividad infantil...»
(Jordan, 2001, págs. 7-8). Esta «ilusión genetista» es tan fuerte que, paradójicamente,
puede incluso terminar con la propia psicometría del CI: el Proyecto del Genoma
Humano está sustituyendo al CI a la hora de cumplir, ahora ya directamente, las
funciones que, como luego veremos, éste cumplía. Pero le sustituyó con más éxito y

50
eficacia, dado el contexto actual de triunfo del capitalismo, de instauración de la
llamada globalización, que no es sino un capitalismo neoliberal y global. Claramente
lo dice el biólogo Bertrand Jordan (2001, pág. 8): «Ese maremoto del “todo genética”
no se explica sólo por el progreso de los conocimientos: las razones de ello son
también, y tal vez sobre todo, sociales e ideológicas. Con el triunfo mundial de un
modo de producción capitalista al que ya no se opone alternativa alguna, nuestras
sociedades mercantiles e individualistas tienden a disolver las solidaridades y a
descargarse de toda responsabilidad sobre el devenir de los individuos. Acogen pues
favorablemente teorías que atribuyen el destino de las personas a sus genes más que a
su educación, su entorno y su condición social, encontrando ahí una justificación
“biológica” a la existencia de desigualdades que tienden a aumentar, y extrayendo de
ello excelentes argumentos para descartar las medidas, forzosamente costosas, que
podrían limitar esta deriva. Estamos pues en presencia de una tendencia de fondo.
Una interpretación sesgada de progresos científicos reales contribuye, en armonía con
la ideología dominante, a acreditar creencias que convienen a muchos de los actores
de esta comedia. Comedia que a veces se convierte en drama para quienes son
víctimas de ello y pueden perder su posibilidad de empleo, su derecho a cuidados
adecuados o, incluso, su reconocimiento como individuos de pleno derecho». Ésa fue
mayormente la función del CI y la de sus apóstoles, los Burt, Terman, Goddard,
Yerkes, Eysenck, etc.
Pero el mayor peligro de la ideología genesista está en el determinismo
biológico que la acompaña y que es «un intento de llegar a un sistema de explicación
total de la existencia social humana, fundamentado en dos principios: primero, que
los fenómenos sociales humanos son consecuencia directa del comportamiento de los
individuos y, segundo, que los comportamientos individuales son consecuencia
directa de unas características físicas innatas. El determinismo biológico es, entonces,
una explicación reduccionista de la vida humana en la que las flechas de causalidad
van de los genes a los humanos y de los humanos a la humanidad. Pero es más que
una simple explicación: también es política. Porque si la organización social humana,
con sus desigualdades de estatus, riqueza y poder, es una consecuencia directa de
nuestras biologías, entonces ninguna práctica puede producir una alteración
significativa de la estructura social o de la posición de los individuos o de los grupos
contenidos en ella, excepto mediante algún programa gigante de ingeniería genética.
Lo que somos es natural y, por lo tanto, irrevocable» (Lewontin, Rose y Kamin,
1987, pág. 30), como sostienen Jensen, Herrstein, Murray, Eysenck, etc. Como hace
poco escribía Ho (2001, pág. 75), «un paradigma científico está obviamente
construido alrededor de una teoría científica, pero puede ser tan penetrante como para
propagarse a todas las otras disciplinas e impregnar la cultura popular. El
determinismo genético es de esta naturaleza. Concibe a los genes como la esencia
más fundamental de los organismos. Supone que, mientras que el ambiente se puede
moldear y reformar, la naturaleza biológica en la forma de genes es fija e
inmodificable, y puede ser separada de la influencia ambiental. Más aún, supone que
la función de cada gen puede definirse independientemente de la de todos los demás.
Es sobre esta base que el Proyecto Genoma Humano promete desentrañar el
“programa genético” de la construcción de un ser humano», convenciendo a la gente,

51
además, de que nuestro destino está en nuestros genes: el determinismo genético,
pues, es un fatalismo, como iremos viendo en este capítulo. Pero, realmente, ¿qué
papel desempeñan los genes en nuestras vidas? No sabemos la respuesta y no
podemos esperar saberla nunca. «Los humanos, incluso las moscas de la fruta, son
organismos complejos con vidas complejas, y nuestras experiencias interaccionan con
nuestra biología de forma impredecible. Ni los genetistas ni los biólogos moleculares
nos pueden decir mucho sobre las personas; lo único que pueden hacer es decirnos
algo sobre nuestros genes» (Hubbard y Wald, 1999, pág. 43). El determinismo
genético, pues, es una falacia y una gran mentira, pero una mentira nada inocente e
ideológicamente interesada, que, además, pretende ser científica. De hecho, los
deterministas han invocado a menudo el tradicional prestigio de la ciencia como
conocimiento objetivo, a salvo de cualquier tipo de corrupción social y política. Se
pintan a sí mismos como los portadores de la cruel verdad, y a sus oponentes como
personas sentimientales, ideólogos y soñadores. Así, por ejemplo, al defender su tesis
de que los negros constituían una especie aparte, Louis Agassiz (1850, pág. 111)
escribió: «Los naturalistas tienen derecho a considerar las cuestiones derivadas de las
relaciones físicas de los hombres como cuestiones meramente científicas, y a
investigarlas sin tomar en cuenta la política ni la religión». Y cuando Carl C. Brigham
(1923) propuso la exclusión de los inmigrantes provenientes del sur y del este de
Europa que habían alcanzado valores muy bajos en unos test que supuestamente
medían la inteligencia innata, afirmó: «Desde luego, las medidas que han de
adoptarse para preservar o incrementar nuestra actual capacidad intelectual deben
estar dictadas por la ciencia y no por razones de conveniencia política». Pero tras esa
aparente neutralidad siempre se escondió una ideología conservadora. Así, ya en
1944 en su grandioso libro An American Dilemma, el sociólogo sueco Gunnar Myrdal
analizó la motivación de las argumentaciones biológicas y médicas acerca de la
naturaleza humana: «Tanto en Norteamérica como en el resto del mundo, han estado
asociadas con ideologías conservadoras e incluso reaccionarias. Durante su larga
hegemonía, ha habido una tendencia a aceptar en forma incuestionada la causalidad
biológica, y a admitir las explicaciones sociales sólo cuando las pruebas eran tan
poderosas que no quedaba otra salida. En las cuestiones políticas, esta tendencia
favoreció una actitud inmovilista». O bien, como dijo Condorcet en forma mucho
más resumida hace ya mucho tiempo: «Convierten a la naturaleza misma en un
cómplice del crimen de la desigualdad política». Por consiguiente, una de las más
importantes tareas de cualquier científico crítico deberá consistir precisamente en
oponerse al mito de la ciencia como una empresa objetiva, que sólo puede realizarse
cuando los científicos logran liberarse de los condicionamientos de sus respectivas
culturas y ver el mundo tal como en realidad es, porque ése es justamente uno de los
principales impedimentos para que los científicos sean lúcidos a la hora de sopesar
adecuadamente las relaciones entre lo genético y lo ambiental, social y cultural. De
hecho, «la capacidad de la ciencia para convertirse en un instrumento de
identificación de los condicionamientos culturales que la determinan sólo podrá
valorarse plenamente cuando los científicos renuncien al doble mito de la objetividad
y de la marcha inexorable hacia la verdad» (Gould, 1984, pág. 5). Y no olvidemos,
como señala la profesora de biología Mae-Wan Ho (2001, pág. 77), los supuestos

52
básicos del paradigma del determinismo genético «han sido refutados por los
hallazgos científicos».
Sin embargo, y a pesar de su apariencia científica, el determinismo genético, ya
desde el principio, se construyó «sobre la abstracción y la ideología, así como con
cierta ceguera hacia la evidencia científica y una interpretación errónea de ella» (Ho,
2001, pág. 76). De ahí que se esté vendiendo la idea del Genoma Humano como la de
algo que perfeccionará nuestra salud, mejorará nuestra inteligencia, alargará nuestra
vida y hasta solucionará todos los principales problemas del mundo. Ahora bien, ello
sólo podrá ser así «si los genes determinan los caracteres de los organismos de un
modo nada complicado... En otras palabras, la biotecnología de ingeniería genética
sólo tiene sentido si se cree en el determinismo genético» (Ho, 2001, pág. 80). Pero
como en gran medida eso no es así, está fracasando la biotecnología de ingeniería
genética, concluye Ho. Y es que «los genes y genomas son inherentemente fluidos y
dinámicos. Es un error de la ciencia reduccionista no reconocer que la estabilidad
genética es una propiedad, no del gen transferido, sino de la totalidad ecológica en la
que se encuentra inmerso el organismo» (Ho, 2001, pág. 83). De ahí que la
conclusión del Grupo de Trabajo de Harvard sobre Enfermedades Nuevas y
Resurgentes es clara: «No se puede entender la enfermedad aisladamente del contexto
social, ecológico, epidemiológico y evolutivo en el que aparece y se extiende». Y si
eso debemos decirlo de la enfermedad física, ¿qué deberemos decir de la inteligencia,
de la agresión o de la sexualidad? «Una cosa es nombrar un carácter, como el color
del cabello o el color de los ojos y otra muy distinta es decir que existe un carácter
llamado “agresión”, por ejemplo. Los animales pueden participar en actos agresivos,
pero esto no significa que exista un carácter llamado agresión. En forma semejante,
algunos seres humanos muestran preferencias por el mismo sexo, pero esto no
significa que haya un carácter llamado homosexualidad. Ambos son actos sociales
llevados a cabo en ciertos contextos. Inventar un carácter, y encima de eso, un gen
que lo determina, es cometer la falacia de reificación: confundir un proceso con un
objeto... Las explicaciones neodarwinianas, al proponerse explicarlo todo, finalmente
no explican nada, porque no existe una verificación independiente de la “historia
adaptativa” que deben inventar para “explicar” cómo se selecciona el carácter, a favor
o en contra..., el peligro inherente a esta clase de razonamiento es que resulta muy
fácil reforzar el prejuicio que constituye el punto de partida, dando rienda suelta a los
peores excesos de las ideologías eugenésicas y racistas del siglo XX» (Ho, 2001, págs.
109-110). Y es que «una teoría a la que le falta contenido puede fácilmente ponerse al
servicio de ideologías perniciosas» (Ho, 2001, pág. 103), como ya le ocurrió con
demasiada frecuencia a la psicología positivista. Todo parece indicar que las
características humanas, principalmente las psicológicas (personalidad, inteligencia,
etc.), no pueden reducirse en absoluto a los genes (Wahlsten y Gottlieb, 1997; Van
der Weele, 1999; Looren de Jong, 2000). Lo único que en este campo sabemos con
certeza es que los factores genéticos y los ambientales están inextricablemente
entrelazados.
El colapso del paradigma del determinismo genético es, al mismo tiempo,
sintomático y simbólico del colapso de la concepción reduccionista del mundo. Y es
que «la idea occidental de objetividad está desubicada, porque implica que uno debe

53
ser un observador completamente desligado e insensible, exterior a la naturaleza»
(Ho, 2001, págs. 85-86), lo que a todas luces es imposible. Y sin embargo el
determinismo genético sigue teniendo éxito social porque «tiene un fuerte asidero
sobre la imaginación pública. Esto se debe a que sus raíces ideológicas se remontan,
muy profundo en el inconsciente colectivo de nuestra cultura, hasta la teoría de
Darwin de la evolución por selección natural y aun más allá, porque la teoría de
Darwin es un producto del clima socioeconómico y político de la Inglaterra
victoriana. Ésta experimentó el ascenso del capitalismo y la expansión del comercio
por medio de sus conquistas imperiales. Su clase dirigente, en especial, creía en el
progreso a través de la competencia en el mercado libre o, más exactamente, a través
del “mercado libre” creado por el poder militar. También era la época de la filosofía
positivista que creía en el triunfo del materialismo mecanicista sobre la religión y
otras ideas románticas de que podría haber algún “propósito” en la vida» (Ho, 2001,
pág. 90). En consecuencia, como señala Ho, «la gente no debería tomar muy en serio
las teorías científicas, tratándolas como “leyes” de la naturaleza, como si hubieran
sido establecidas por Dios». Y, en contra de lo que suele creerse, es justamente la
nueva genética la que está poniendo las bases científicas para desenmascarar el
carácter intrínsecamente ideológico del determinismo genético. El caso del CI es un
caso realmente paradigmático de una mera retórica cientificista encaminada a
justificar científicamente privilegios y exclusiones. En el fondo, es la combinación de
ideología conservadora y de simplismo científico reduccionista lo que explica el éxito
de todos los determinismos biológicos, incluyendo el genético, como es el caso de la
sociobiología. Así, ya en las primeras páginas de su libro, Wilson (1980) revela el
juego ideológico que se trae entre manos cuando presenta el problema «fundamental»
y paradójico de la sociobiología: ¿cómo puede evolucionar el comportamiento
altruista, dado que los genes, y el comportamiento que controlan, son
fundamentalmente egoístas? La paradoja desaparece cuando se rechaza el supuesto de
que el egoísmo o la competitividad son fundamentales para el mundo viviente. Los
animales se empeñan en actos competitivos o agresivos, pero eso no significa que
haya cualidades inherentes de competitividad o agresividad que puedan dar cuenta de
esos actos. Más aún, los ejemplos de cooperación entre animales sobrepasan de lejos
a los de competencia. Pyotr Alekseevich Kropotkin (1988), un anarquista social ruso,
nos porporcionó suficiente evidencia empírica para mostrar que la cooperación, o
ayuda mutua, era mucho más importante que la competencia en la evolución de los
animales y de nuestra propia especie. Se podría fácilmente invertir la pregunta de
Wilson: ¿por qué compiten los animales, dada su natural sociabilidad? Y es que las
teorías de Darwin y de los neodarwinistas concuerdan perfectamente, como señala
Ho, con la preocupación de la sociedad victoriana inglesa por la competencia y el
mercado libre, y con la explotación capitalista e imperialista. Desgraciadamente, esta
misma ideología está muy viva en la actualidad y se aplica en las actuales
negociaciones en la Organización Mundial de Comercio, en la actual globalización.
«No es ningún accidente que una cultura propensa a promover el capitalismo y la
libre empresa esté obsesionada por las cosas en lugar de estarlo por los procesos. Las
nociones de “bancos de genes” y “recursos genéticos” hacen evidente que se niega la
vida y el proceso de estar vivo, así como a los verdaderos organismos y a las diversas

54
comunidades ecológicas, en favor de genes que puedan asirse, poseerse, preservarse y
explotarse como mercancías» (Ho, 2001, pág. 127). En consecuencia, no es extraño
que aún estemos en pleno éxito del determinismo genético y de sus consecuencias. En
efecto, «¿quién querría clonar una oveja o una vaca, y mucho menos un ser humano?
Nadie excepto un determinista genético que crea que un organismo no es más que la
suma de su dotación genética, y tal vez aquellos que crean que es su derecho explotar
animales clonados o seres humanos para obtener partes corporales de repuesto.
Ciertamente es el determinismo genético el que inspira el acto, al que
simultáneamente valida y legitima, y lo hace tan atrayente no sólo para los científicos
involucrados sino también para un sector sustancial del público que quedó atrapado
en su propaganda» (Ho, 2001, pág. 230). De ahí nuestro interés en este libro por
examinar algo más exhaustivamente qué es el determinismo genético, que, como
iremos viendo, está en la base del cociente intelectual.

2. EL DETERMINISMO GENÉTICO

Aunque el determinismo biológico viene de muy lejos, desde el siglo XIX han
surgido de él una tendencia literaria y otra científica (Lewontin, Rose y Kamin,
1987): la primera es evidente en autores como Dickens y más aún si cabe en Zola y
su serie de novelas sobre los Rougon-Macquart, que se basaban en las pretensiones
científicas de Lombroso y Broca de que las características físicas heredadas eran
determinantes de los rasgos mentales y morales, mientras que la segunda va de la
antropología criminal de 1876 a la citogenética criminal de 1975 (para una discusión
de esta progresión, véase Chorover, 1979), a pesar de que la evidencia y el argumento
de las afirmaciones deterministas siguen siendo hoy tan débiles como lo eran hace
cien años. Sin embargo, como señalan López Cerezo y Luján López (1989, pág. 8),
«una notable diferencia distingue el determinismo biológico de nuestro tiempo: su
pretensión de cientificidad. Se presenta públicamente como el resultado concluyente
de investigaciones científicas sobre la naturaleza material de la especie humana. Éste
es, creemos, el verdadero desafío del determinismo biológico contemporáneo», que,
frente al antiguo, pretende basarse en hechos. Pero, como decía Nietzsche, no hay
hechos sino interpretaciones. Y los hechos los fabricamos nosotros. Así, «cuando a
pesar de sus mejores esfuerzos, Broca comprobó que algunas mediciones colocaban a
los negros por encima de los blancos, decidió que, después de todo, tales mediciones
carecían de interés. Y así continúan las cosas. Los “hechos objetivos” de la ciencia
demuestran ser, una y otra vez, creaciones cocinadas, amañadas y falseadas de
ideólogos decididos a avalar sus prejuicios con cifras» (Lewontin, 2001, pág. 27). Y
para ello se valen del determinismo genético, que, en este sentido, podríamos
entender como «la tesis de que los miembros de las capas bajas de la sociedad están
hechos con unos materiales intrínsecamente inferiores (ya se trate de cerebros más
pobres, de genes de mala calidad, o de lo que sea)» (Gould, 1984, pág. 14). Más en
concreto, «consiste en afirmar que tanto las normas de conducta compartidas como
las diferencias sociales y económicas que existen entre los grupos —básicamente,
diferencias de raza, de clase y de sexo— derivan de ciertas distinciones heredadas,

55
innatas, y que, en este sentido, la sociedad constituye un reflejo fiel de la biología»
(Gould, 1984, pág. 2). En general, la expresión «determinismo biológico» se aplica a
todas aquellas argumentaciones según las cuales «tanto las coincidencias como las
divergencias comportamentales de individuos y grupos humanos (por ejemplo, clases
sociales, sexos y razas) derivan en gran medida de la biología heredada. Los genes,
en última instancia, estarían determinando tanto lo que nos une como lo que nos
separa, ya consideremos grupos humanos o individuos particulares. En su versión
más antigua, que sigue con todo perdurando, el determinismo biológico afirma que el
orden social existente es natural porque refleja las mismas leyes que gobiernan el
cosmos, bien en su conjunto o en una parcela reducida como el mundo vivo. No
faltamos a la verdad diciendo que el determinismo biológico está profundamente
arraigado en nuestra cultura. Es casi tan viejo como el propio hombre. En el relato
bíblico del Génesis los negros aparecen como un pueblo de siervos por ser
descendientes de Canán —de ahí que se les llame cananitas—. ¡Qué mejor
justificación para la práctica esclavista de los antiguos israelitas que la palabra de
Dios!» (López Cerezo y Luján López, 1989, págs. 32-33). Como vemos, pocas cosas
hay nuevas bajo el sol. En todo caso, la principal base en la que se sustenta hoy día el
determinismo biológico es la concepción reduccionista que de la biología y la
genética tienen tanto muchos biólogos como, sobre todo, los psicómetras del CI
(véase Hubbard y Wald, 1999; Looren de Jong, 2000; Ho, 2001; Jordan, 2001, etc.).
«En los últimos años, los biólogos moleculares, bajo los auspicios del Nationtal
Institutes of Health (Institutos de Salud Pública de Estados Unidos) y del
Departamento de Energía, han desarrollado un proyecto que, por su alcance y coste
(proyecto de 3.000 millones de dólares en quince años), se ha comparado con el
proyecto espacial de Estados Unidos. Bajo el nombre de Proyecto del Genoma
Humano, se intenta construir un mapa de todas las secuencias del ADN de un
prototipo humano, lo que supone un reduccionismo llevado al extremo. Los
científicos reconstruirán como genoma una secuencia hipotética de fragmentos
submicroscópicos de moléculas de ADN y posteriormente declararán a dicha
secuencia la esencia de la humanidad» (Hubbard y Wald, 1999, págs. 32-33). Y sin
embargo, añaden estos autores (pág. 35), «los adelantos en genética no hacen que la
gente esté más sana, sino que simplemente le ayuda a echar la culpa a los genes de
estados que tradicionalmente se achacaban a una causa social, ambiental o
psicológica. Estas nuevas publicaciones sobre dichos estudios alimentan la
percepción, cada vez más extendida, de que nuestros problemas de salud se originan
en nuestro interior y alejan la atención de factores externos que deberían ser
considerados».
¿Cuáles son entonces las razones no científicas que han favorecido el
resurgimiento del determinismo biológico? «En mi opinión van desde la pedestre
persecución de unos derechos de autor, de elevada consideración, a través de “best
sellers”, hasta perniciosos intentos de reintroducir el racismo como ciencia
respetable. Su denominador común debe encontrarse en nuestra actual enfermedad.
Cuan satisfactorio resulta endosarle la responsabilidad de las guerras y la violencia a
nuestros presumiblemente carnívoros antecesores. Qué conveniente resulta culpar a
los pobres y hambrientos de su propia condición —ya que si no nos veríamos

56
obligados a echarle la culpa a nuestro sistema económico o a nuestro gobierno por su
abyecto fracaso en el intento de lograr una vida decente para todo el mundo—»
(Gould, 1983, pág. 267). Pero existen también otros intereses, más materiales, como
corresponde al momento neocapitalista que nos ha tocado vivir, ya que tras la ilusión
colectiva del gran proyecto científico sobre el Genoma Humano se ocultan intereses
inconfesables. «Ninguno de nuestros autores tiene el mal gusto de mencionar que
muchos genetistas moleculares de renombre, incluidos varios de los ensayistas de The
Code of Codes, son fundadores, directores, ejecutivos y accionistas de empresas
comerciales de biotecnología, así como fabricantes de los suministros y el equipo
usado en la investigación... (Más aún), a consecuencia de las posibilidades (de la
actual biología), los biólogos moleculares se han convertido en empresarios1. Muchos
han fundado empresas de biotecnología financiadas por audaces capitalistas. Algunos
se han hecho muy ricos al adquirir un gran número de acciones cuya cotización ha
subido repentina y espectacularmente. Otros poseen grandes paquetes de acciones de
compañías farmacéuticas internacionales que han comprado la pequeña empresa del
biólogo y han adquirido experiencia en el arte de negociar y regatear. No conozco a
ningún biólogo molecular prominente que no tenga participación económica en el
negocio de la biotecnología» (Lewontin, 2001, pág. 148). En la misma dirección se
colocan Hubbard y Wald (1999, pág. 31): «Actualmente se está construyendo una
nueva industria cimentada en la esperanza de que la genética nos proporcione una
vida mejor. Los biólogos moleculares (científicos que estudian la estructura y función
de los genes y el ADN) actúan como directores, consultores y accionistas en
empresas de biotecnología que buscan capitalizar cada aspecto de la investigación
genética. Marcas tales como Biogen, Genentech, Genzyme, Repligen, NeoRx e
ImClone están produciendo de todo, desde pruebas de diagnóstico hasta
medicamentos, hormonas y genes modificados. Las empresas comerciales de
biotecnología han necesitado grandes sumas de dinero, por lo que han atraído
inversores que esperan grandes beneficios en un futuro próximo. Eso significa que no
sólo tienen que lanzar productos al mercado lo más pronto posible, sino que deben
crear un mercado para dichos productos. Están elaborando multitud de pruebas y
medicamentos, y haciendo atractivas promesas sobre los beneficios del uso de estos
productos. El problema es que las pruebas que apoyan dichas promesas son
generalmente insostenibles o inexistentes, pero como muchos de los médicos y
científicos expertos en la materia están vinculados de algún modo a dichas empresas,
tienden a ser optimistas. Mientras que los beneficios aportados por los nuevos
productos a menudo son ilusorios, las desventajas que acarrean son muy reales: hay
personas a las que se les ha negado un trabajo o un seguro basándose en pruebas
genéticas cuyos resultados no tienen ningún significado, se ha alertado sin necesidad
a mujeres embarazadas y se han iniciado tratamientos con efectos potencialmente
dañinos sin tener pruebas suficientes». Los editores proclaman la gloria del ADN y
los medios de comunicación continúan tranquilamente su trabajo. Como señala
Lewontin (2001), el estudio del ADN es una industria con mucha proyección social,
una petición dirigida al erario público, la legitimación de una ciencia y la declaración
de que aliviará el sufrimiento individual y social. Así, su finalidad ontológica básica,
el dominio de la Molécula Maestra sobre la física del cuerpo y la política del cuerpo,

57
pasa a formar parte de la conciencia popular. El capítulo de Evelyn Fox Keller en The
Code of Codes ( Kevles y Hood, 1992) analiza brillantemente la infiltración de esa
conciencia en las capas oficiales, las universidades y los medios de comunicación,
produciendo un consenso no puesto en entredicho de que el modelo de la fibrosis
quística es un modelo del mundo. A Daniel Koshland, director de Science, cuando le
preguntaron por qué no se daban a las personas sin hogar los fondos del Proyecto
Genoma Humano, respondió: «Evidentemente, ningún grupo se beneficiará más que
ellos de la aplicación de la genética humana». En un sentido similar se pronuncia Ho
(2001, pág. 34): «El Proyecto Genoma Humano estuvo inspirado en el mismo
determinismo genético que localiza en el genoma humano el “mapa” para la
construcción del ser humano. Éste puede haber sido una brillante movida política
para captar fondos de investigación y, al mismo tiempo, revivir la languideciente
industria farmacéutica, pero su contenido científico fue sospechoso desde el
principio. Aunque no dudo de que muchos genetistas individuales que trabajan en el
Proyecto Genoma Humano están motivados por la perspectiva de descubrimientos
puramente científicos, o la de beneficiar a la humanidad, deben darse cuenta de que la
discriminación genética y la eugenesia son consecuencias lógicas de la ideología que
le dio al proyecto su principal fuerza motivadora».
Además, de construir una biología determinista, la acumulación de
conocimientos sobre el ADN tiene consecuencias directamente prácticas en la
sociedad y la política, lo que Nelkin y Laurence Tancredi (1989) llaman «el poder
social de la información biológica». Algunos intelectuales, llevados del deseo
halagador de que se cumplan sus anhelos, dicen que el saber es poder, pero la verdad
es que el saber aumenta el poder de aquellos que tienen o pueden tener la facultad de
usarlo. «Así, con la información contenida en el ADN no hay instancia en la que el
conocimiento de los genes de una persona no refuerce aún más las relaciones de
poder existentes entre los individuos y entre el individuo y las instituciones... Los
conocimientos acerca del genoma se están convirtiendo cada vez más en un elemento
de las relaciones entre las personas y las instituciones, generalmente como
incremento del poder de las instituciones sobre las personas. Las relaciones de las
personas con los responsables de la asistencia sanitaria, con los centros docentes, con
los tribunales, con los patronos, están afectadas por el conocimiento, o por la petición
de conocimiento, del estado del ADN de cada una de ellas. En los ensayos de Henry
Greeley y Dorothy Nelkin en The Code of Codes y con mayor detalle y extensión en
Dangerous Diagnostics, se revela la lucha por la información biológica. La
información solicitada por los patronos sobre el ADN de posibles empleados sirve a
la empresa de dos modos. En primer lugar, como responsables del seguro de
enfermedad, ya sea directamente o mediante el pago de primas a las compañías de
seguros, los patronos reducen el importe total de la nómica contratando sólo
trabajadores con el mejor pronóstico en materia de salud. En segundo lugar, si los
puestos de trabajo presentan riesgos a los que los trabajadores son sensibles en
diferente nivel, el empresario se puede negar a contratar a los que se muestran más
sensibles a ellos. Semejante exclusión no sólo reduce los costes potenciales del
seguro de enfermedad, sino que además desplaza la responsabilidad de tener un
puesto de trabajo sano y seguro del patrono al trabajador. Buscar un trabajo que no

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sea peligroso pasa a ser responsabilidad del trabajador. Después de todo, el patrono
ayuda a los trabajadores en cuanto que aporta una prueba libre de susceptibilidades y
le permite hacer elecciones más informadas del trabajo que les gustaría realizar»
(Lewontin, 2001, págs. 151-152).
En consonancia con lo anterior, Nelkin y Tancredi (1989) sugieren que la
importancia del Proyecto Genoma Humano no radica tanto en lo que realmente puede
revelar sobre biología, y si a la postre puede llevar a un programa terapéutico eficaz
para curar una u otra enfermedad, cuanto en su validación y el reforzamiento del
determinismo biológico como una explicación de todas las variaciones sociales e
individuales. En esta misma línea se pronuncian Hubbard y Wald (1999, pág. 107):
«El significado científico de la secuenciación del genoma humano es tan cuestionable
como el significado científico de poner un hombre en la luna, pero tiene la misma
apariencia heroica. El problema es que, al margen del derroche de dinero y personal
científico, el proyecto del genoma humano tendrá desafortunadas consecuencias
prácticas e ideológicas. Aunque no explique lo que “hacen” los genes, aumentará la
mítica importancia que nuestra cultura da a los genes y a la herencia». En efecto, el
modelo explicativo de los desórdenes humanos proporcionado por la nueva genética
se basa en la pretensión de que «los genes determinan aspectos significativos de la
anatomía humana, de su fisiología y su comportamiento. Se dice que los genes
“controlan”, “crean” o “determinan” el desarrollo físico y psíquico de los individuos,
pues el ADN es un conjunto de instrucciones sobre los procesos bioquímicos de las
células de que estamos hechos. Por lo tanto, individuos “normales” tienen genes
normales, mientras que una parte muy grande de los enfermos (incluidos los que
padecen una enfermedad cardíaca o un cáncer) deben sus padecimientos a secuencias
anormales del ADN. El primer problema de la genética humana es, pues, identificar
el gen “de” una anomalía y aportar un procedimiento para reconocer su presencia en
un individuo. Entonces, a los portadores de una herencia deficitaria se les puede
aconsejar un tratamiento preventivo o una terapia que en el futuro puede incluir la
sustitución efectiva del gen defectuoso por un componente normal, algo parecido a la
sustitución del mecanismo de conducción en una revisión del coche. En el peor de los
casos, si no hay una terapia que ofrecer, el genetista puede decir al portador del ADN
defectuoso que es hora de hacer lo que le plazca» (Lewontin, 2001, págs. 174-175).
Además de los peligros intrínsecos que tiene todo esto, podría evolucionar como lo
hizo la medida del CI desde Binet a Terman, Goddard o Yerkes, y en el futuro
utilizarse social e ideológicamente el ADN no sólo para justificar una sociedad
injusta sino incluso para construirla, en beneficio, como siempre, de los grupos más
poderosos. Pero es que, además, el modelo en que se basa todo este montaje es falso.
De hecho, son muchos los biólogos que atacan este modelo en su base, poniendo en
entredicho la afirmación de que los genes «determinan» a los organismos (Hubbard y
Wald, 1999; Ho, 2001; Jordan, 2001, etc.). No son los genes los principales causantes
de enfermedades y muerte, sino la pobreza. Es más, con frecuencia incluso las
enfermedades aparentemente genéticas son causadas por la pobreza y, por tanto, es la
pobreza la realmente responsable de las muertes ocasionadas por tales enfermedades.
La OMS informa de que la pobreza es la principal causa de enfermedad y muerte en
todo el mundo, y que en la actual globalización están aumentando las diferencias

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entre ricos y pobres, tanto entre las naciones como dentro de ellas. Todavía muere
más de un millón de niños al año de sarampión aunque la vacuna que podría salvarles
la vida sólo cuesta 15 centavos de dólar, y los 12,5 millones de niños con menos de
cinco años que mueren cada año lo hacen por falta de un tratamiento que cuesta 20
centavos o menos. «La mayoría de la gente en el mundo no muere por sus “malos
genes” sino por falta de comida, agua limpia, higiene, vacunas u otros medicamentos
que no son caros. Los hechos presentados en el informe de la OMS contrastan
radicalmente con una declaración presentada por el Dr. Francis Collins —científico
que sucedió a James Watson a la cabeza del Proyecto del Genoma en Estados Unidos
— durante una conferencia pública a la que asistí en agosto de 1994, en la que
presentaba el Proyecto del Genoma como el esfuerzo más noble en el que nunca se
hayan embarcado los humanos, y aseguraba a su audiencia que “virtualmente todas
las enfermedades, excepto quizá los traumatismos, tienen un componente genético”.
La identificación de todos nuestros genes, dijo, permitirá a los científicos predecir,
prevenir y curar todas las enfermedades mediante “la lectura de nuestro propio
programa”... La cuestión es que la afirmación de que “todas las enfermedades tienen
un componente genético” es tan amplia que no significa nada. Los genes determinan
la composición de las proteínas, y las proteínas están implicadas en todas nuestras
funciones; por lo tanto, los genes deben afectar de alguna manera a nuestra forma de
interaccionar con los microorganismos patógenos y a nuestra susceptibilidad y
respuesta a traumas. De este modo, por supuesto, cualquier cosa que nos ocurra en la
vida tiene un “componente genético”. Pero, y ¿qué? El hecho de que cuanto somos y
cuanto hacemos implique a los genes no significa que saber todo sobre su
localización, composición y funcionamiento nos vaya a permitir comprender todo
acerca de la salud humana y a predecir, prevenir o controlar todas las enfermedades y
comportamientos no deseados. Aun así, la actual “genomanía” les resulta atractiva a
muchos sectores de nuestra sociedad. Al apelar a los genes para explicar
comportamientos, talentos o afecciones de salud, el determinismo genético tiene la
peculiar consecuencia de derrotar simultáneamente a los individuos y a la sociedad.
Por un lado, si la salud y el comportamiento de todas las personas dependen de sus
genes, podríamos echar la culpa de las enfermedades sociales a las deficiencias de los
individuos y no a sus problemas económicos o sociales. Desde este punto de vista, las
personas son pobres porque son hereditariamente vagas, estúpidas o cualquier otra
cosa, y están enfermas porque nacieron con los genes equivocados» (Hubbard y
Wald, 1999, págs. 278-279). La responsabilidad de los efectos de una injusta política
económica y social sería, pues, precisamente de quienes se ven perjudicados por tal
política. Como escribió John Stuart Mil: «De todos los modos vulgares de huir de
tomar en consideración los efectos de las influencias sociales y morales sobre la
mente humana, el más vulgar consiste en atribuir las diversidades de la conducta y
del carácter a atributos naturales intrínsecos».
El determinismo genético, pues, es un auténtico despropósito, ya que los genes
no son definitivos ni siquiera para el campo de la salud y la enfermedad. «Incluso
estos genes relativamente predictivos no son prescriptivos. Sus efectos sólo se
expresan bajo determinadas condiciones y pueden implicar otros genes,
aparentemente poco relacionados, o cosas que estén ocurriendo en otras partes de

60
nuestro cuerpo o en nuestras vidas. Cuando se miran afecciones mucho más
complicadas, como la diabetes, presión sanguínea alta, cáncer o ciertos
comportamientos, los componentes genéticos pasan a ser tan sólo un factor más en un
proceso que es tan complicado que tiene poco sentido buscar una respuesta en los
genes» (Hubbard y Wald, 1999, pág. 25). Es más: «Cuanto mayor sea el número de
pruebas de diagnóstico genético para detectar enfermedades completas puestas en el
mercado y más genetistas se ofrezcan a escanear nuestro futuro, más nos veremos
tentados a vernos a nosotros mismos como enfermos simplemente porque alguien ha
predicho —con o sin acierto— que en algún momento indefinido de nuestro futuro
manifestaremos cierta afección. Este mundo se está convirtiendo en un mundo de
hipocondríacos, enfermos con afecciones que no tienen» (Hubbard y Wald, 1999,
pág. 27). Por otra parte, como sostiene Looren de Jong (2000), el principal problema
del deteminismo genético es la perspectiva simplista en que se basa y que reposa en
un peligroso reduccionismo y en la idea equivocada de que son los genes los que
determinan el fenotipo. Pero es que a este error básico, se unen otros errores que han
llevado, y siguen llevando, a interpretaciones equivocadas sobre la importancia
relativa que en la conducta —y no sólo en ella— tienen la herencia y el ambiente.
Así, los estudios sobre la comparación de correlaciones obtenidas con gemelos
monozigóticos y dizigóticos, que es admitida generalmente como la principal prueba
de las tesis herencialistas, reposa en la idea de que los gemelos monocigóticos son
completamente idénticos a nivel genético, que sabemos que no es así. Además, como
también hemos visto, un gen puede funcionar de forma diferente en diferentes
ambientes. Pero es que, además, el «cociente de heredabilidad», o sea, el porcentaje
de la varianza en un rasgo que puede ser atribuido a factores genéticos, se refiere a la
población (como una especie de media) y no puede ser aplicado legítimamente a
individuos (véase en Van der Steen, 1999, una serie de ejemplos de errores por no
haber tenido en cuenta este principio básico). Otro peligro proviene de que los
coeficientes de heredabilidad no pueden ser generalizados más allá de la muestra. Por
ejemplo, en una hipotética sociedad completamente igualitaria, donde todos los
individuos estuvieran sujetos a exactamente las mismas influencias ambientales, la
heredabilidad sería del 100 por 100, lo que, no obstante, poco explicaría sobre el
papel de la heredabilidad en otros ambientes, y, por supuesto, ello no probaría en
absoluto que los genes son las únicas causas de la conducta (Block, 1995; Van der
Steen, 1999). Un error particularmente vicioso en este contexto consiste en concluir
de una heredabilidad relativamente alta con dos grupos (por ejemplo, blancos y
negros) que las diferencias entre grupos (por ejemplo, un CI más alto en los blancos)
están también genéticamente determinadas en ese grado (Block, 1995). Es importante
recordar, en consecuencia, que de los coeficientes de heredabilidad no pueden
extraerse conclusiones sobre el sendero causal desde el genotipo al fenotipo. Otro
error, y éste muy generalizado, consiste en creer que por el hecho de que un rasgo sea
genético no es susceptible de intervención ambiental. Así, una miopía congénita
puede ser corregida ambientalmente de la forma más sencilla: con unas gafas o una
sencilla operación quirúrgica. Y es que el gran error de la genética cuantitativa
consiste en suponer que los componentes ambientales y genéticos son aditivos. Pero
no es así, por lo que algunos autores como Wahlsten y Gottlieb (1997) cuestionan la

61
validez de la técnica de separar natura y nurtura, es decir, la varianza genética y la
ambiental. Genes y ambiente actúan siempre juntos, en interacciones complejas y
diferentes para cada caso, por lo que resulta absolutamente imposible separar sus
efectos. El simplismo del determinismo genético está equivocado. Primero, el
fenotipo no está precodificado en los genes; más bien, el desarrollo es un proceso
dinámico e interactivo que implica todo tipo de influencias causales de arriba-abajo y
de abajo-arriba entre los genes, el organismo en su totalidad y el ambiente. Identificar
los QTL2 no es lo mismo que encontrar la secuencia causal que existe desde el gen a
la conducta. Por el contrario, ella no es sino la localización de un componente en un
sistema complejo» (Looren de Jong, 2000, pág. 632). En definitiva, pues, el
determinismo biológico no tiene razón de ser, como tampoco lo tiene el determinismo
ambiental. Somos organismos biológicos, sin duda, pero de un tipo especial. Tan
especial, que la evolución ha hecho de nuestro cerebro algo tan abierto a las
influencias ambientales, sobre todo a las culturales, que nos convierte,
necesariamente, si se me permite la expresión, en seres «biológicamente culturales».
Nuestro cerebro, nuestra conducta y el ambiente se influyen mutuamente, de tantas y
tan complejas formas, que resulta absolutamente imposible decir, como dicen los
Burt, Eysenck, Jensen, Hernstein, etc., que el 75-80 por 100 de la inteligencia está
genéticamente determinado. Menos si, como es el caso, no sabemos qué es la
inteligencia. Y menos aún si sabemos, como sabemos, que la inteligencia no es sólo
lo que miden los test de CI. En consonancia con todo lo anterior, tenemos que decir
que el determinismo genético es absolutamente insostenible e indefendible, y su
mantenimiento suele obedecer a razones ideológicas (Allen, 1994; Lewontin, 1995).

3. EL DETERMINISMO BIOLÓGICO COMO IDEOLOGÍA

Con frecuencia la utilización del método científico no es sino un mero rito, una
mera retórica de la verdad. Se cuenta que en cierta ocasión, cuando Lewis Beck, el
eminente estudioso de Kant, viajaba por Italia con su esposa, a ésta le salió un
molestísimo sarpullido. El especialista al que acudieron les dijo que tardaría tres
semanas en descubrir a qué se debía. Los Beck insistieron una y otra vez, pues tenían
que marchar de Italia dos días después, y al final el médico levantó las manos y les
dijo: «Está bien señora. Voy a prescindir de mis principios científicos y la voy a curar
hoy mismo». Y es que la supuesta, y tan cacareada estrecha relación entre teoría
científica, práctica profesional y eficacia acumulada no es sino un mito. De hecho,
muchos indiscutibles avances de la actual medicina no dependen de un profundo
conocimiento de los procesos celulares o de descubrimientos de la biología
molecular. «El cáncer es combatido todavía mediante toscas agresiones físicas y
químicas al tejido enfermo. La enfermedad cardiovascular es tratada con una cirugía
cuyas bases anatómicas se remontan al siglo XIX, con dieta y fármacos de acción
pragmática. Los antibióticos fueron desarrollados originalmente sin la mínima noción
de cómo operaban. Los diabéticos continúan tomando insulina, como se ha hecho
durante sesenta años, a pesar de toda la investigación sobre la base celular del mal
funcionamiento pancreático» (Lewontin, 2001, pág. 141). Y si es así, ¿por qué los

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científicos siguen insistiendo tanto en el determinismo genético que se oculta tras la
«ciencia» del ADN? La respuesta es evidente: por los efectos ideológicos y sociales
que ello tiene. En consecuencia, comencemos aclarando qué es eso de la ciencia.
Porque no olvidemos que, como señala Lewontin (1995, pág. 3), «la ciencia, al igual
que otras actividades productivas, al igual que el estado, la familia o el deporte, es
una institución social completamente integrada en e influida por la estructura de todas
nuestras instituciones sociales. Los problemas que la ciencia trata, las ideas que
utiliza a la hora de analizar tales problemas, incluso los llamados resultados
científicos producidos por la investigación científica, están todos profundamente
influenciados por predisposiciones derivadas de la sociedad en que vivimos. Después
de todo, los científicos no comienzan a vivir como científicos, sino como seres
sociales inmersos en una familia, en un estado, en una estructura productiva, y ven la
naturaleza a través de unas lentes que han sido moldeadas por su experiencia social».
Más aún, «la ciencia es algo más que una institución dedicada a la manipulación del
mundo físico. Tiene también una importante función en la formación de la conciencia
sobre el mundo político y el social. En este sentido, la ciencia forma parte del proceso
general de educación, y los asertos de los científicos constituyen la base para gran
parte de la tarea de formar la conciencia. La educación en general, y la educación
científica en particular, está no sólo para hacernos más competentes para manipular el
mundo, sino también para formar nuestras actitudes sociales» (Lewontin, 1995, págs.
77-78). Y la psicología es particularmente protagonista en estas tareas, pues no
describe la realidad sociológica y social, sino que la construye. De ahí su
protagonismo y de ahí también su responsabilidad. Por tanto, la ciencia en general y
la psicología en particular son empresas humanas inseparables de los intereses
económicos e ideológicos tanto de los propios científicos como, sobre todo, de sus
patrocinadores. De ahí que cuando hablamos de la ciencia como ideología nos
referimos a dos cosas que en nuestra sociedad occidental van siempre juntas: por una
parte, a la influencia y control sociales de lo que los científicos hacen y dicen; y, por
otra, a la utilización de lo que los científicos hacen y dicen como apoyo de las
instituciones sociales. «A pesar de sus reivindicaciones de estar por encima de la
sociedad, la ciencia, al igual que antes la Iglesia, es una gran institución social, que
refleja y refuerza los valores y perspectivas sociales dominantes en cada época
histórica» (Lewontin, 1995, pág. 9). Un ejemplo claro de ello lo constituye, como ya
hemos dicho, la teoría darwiniana de la evolución que, por decirlo brevemente, se
colocó en el «espíritu de los tiempos», espíritu constituido principalmente por el
capitalismo tal como lo exponían los economistas escoceses, y justificaba
«científicamente» el colonialismo, sobre todo, en aquel momento, el británico, es
decir, el hecho de que una pequeña minoría de hombres británicos de clase media
dominaran medio mundo. De ahí su éxito. De hecho, cada vez son más quienes creen
que «el determinismo genético y la teoría económica capitalista comparten sus raíces
en la Inglaterra del siglo XIX, a la que sirvieron notablemente bien. La ideología de la
competencia y la explotación valida y enaltece la realidad social que le dio origen;
esta realidad social, a su vez, está conformada y es propagada por una ideología que
se erige en ciencia. Juntas, tuvieron suficiente éxito para conquistar el mundo» (Ho,
2001, pág. 296).

63
Pero la ciencia moderna estuvo siempre estrechamente vinculada al
capitalismo. Fue el desarrollo del capitalismo industrial occidental el que hizo posible
la ciencia, tal como la conocemos ahora, de forma que ésta, a veces de una forma
muy sutil, se vio muy influida por él y por sus principales características:
individualismo, competición, libertad exclusivamente comercial, etc., a la vez que la
ciencia fomentaba y justificaba tales características. Un caso paradigmático de lo que
acabo de decir lo tenemos en la teoría evolucionista de Darwin, teoría que se basa en
la existencia del individualismo y en la prioridad absoluta del individuo sobre la
sociedad. Hasta tal punto fue fuerte tal influencia que actualmente no entendemos
cómo el individualismo podría no ser objetiva y verdaderamente real. «Así, la
ideología de la moderna ciencia, incluyendo la moderna biología, hace del átomo o
del individuo la fuente causal de todas las propiedades de las colectividades más
amplias... Si nuestro país entra en guerra, se nos dice que es a causa de que somos
agresivos como individuos... Los genes hacen a los individuos, y los individuos hacen
a la sociedad, y en consecuencia los genes hacen a la sociedad. Si una sociedad es
diferente de otra, ello se debe a que los genes de los individuos de una sociedad son
diferentes a los de la otra» (Lewontin, 1995, págs. 12-14). Pero lo grave de todo ello
es que este determinismo biológico ha sido utilizado para explicar y justificar las
desigualdades existentes dentro de las sociedades y entre ellas, y para proclarmar que
tales desigualdades nunca podrán ser cambiadas, es decir, que ha sido utilizado como
racismo científico.
Que el determismo biológico, y en particular el genético, a pesar de su
persistente fracaso científico, haya tenido tanto éxito social a lo largo de la historia,
sobre todo desde que Darwin escribiera El origen de las especies, tiene una fácil
explicación: más que de una teoría científica se trata de una ideología justificativa de
las desigualdades sociales. Los deterministas biológicos, entre ellos los psicómetras
del CI, pretendían ser capaces de localizar las causas de las desigualdades de estatus,
riqueza y poder entre clases, géneros y razas en la sociedad occidental a partir de una
teoría reduccionista de la naturaleza humana. El éxito social de tales teorías estaba
asegurado entre las clases medias y altas, puesto que servían para justificar sus
privilegios y tranquilizar sus cristianas conciencias, conformándose así una ideología
pseudocientífica determinista que pronto se extendería por la sociedad entera, pues
como decía Karl Marx (1974, cap. I, parte e, artículo 30): «Las ideas de la clase
dominante son en cada época las ideas dominantes. Es decir, la clase que constituye
la fuerza material dominante en la sociedad es, al mismo tiempo, su fuerza intelectual
dominante. La clase que tiene los medios de producción material a su disposición
tiene al mismo tiempo el control de los medios de producción mental, de modo que,
hablando en general, las ideas de aquellos que carecen de los medios de producción
mental están sujetos a ella. Las ideas dominantes no son más que la expresión ideal
de las relaciones materiales dominantes».
A menudo, como ya hemos dicho, los deterministas genéticos insistirán en que
ellos se atienen a los hechos y en que dejan totalmente aparte la religión, la política y
los gustos y preferencias personales. Así, cuando Agassiz afirmaba que «el cerebro
del negro es el mismo cerebro imperfecto que el del niño de siete meses en el vientre
de la blanca» (citado por Stanton, 1960) y que las suturas craneales de los bebés

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negros se cerraban antes que las de los blancos, de modo que era imposible enseñar
mucho a los niños negros porque sus cerebros no podían crecer más allá de la
limitada capacidad de sus cráneos, estaba siendo extraordinariamente deshonesto
intelectualmente pues reivindicaba como hechos cosas no reconocidas como tales.
Todo se aclara cuando en sus memorias (hasta hace poco censuradas) nos enteramos
de la total repugnancia y antipatía que sentía por los negros, como él mismo
reconoce, desde el primer momento en que posó los ojos sobre los negros «supo» que
eran poco mejores que los simios. Pero el caso de Agassiz no es en absoluto un caso
aislado. «Los deterministas biológicos intentan actuar de ambos modos. Para dar
legitimidad a sus teorías, rechazan cualquier conexión con los acontecimientos
políticos, dando la impresión de que las teorías son el resultado de desarrollos
internos de una ciencia independiente de las relaciones sociales. Entonces se
convierten en actores políticos, escribiendo para periódicos y revistas populares,
testimoniando ante los cuerpos legislativos, apareciendo como celebridades en
televisión para explicar las consecuencias políticas y sociales que deben desprenderse
de su ciencia objetiva. Hacen pasar a sus personajes de lo científico a lo político, y
viceversa, cuando la ocasión lo requiere, tomando su legitimidad de la ciencia y su
relevancia de los políticos. Ellos comprenden que, aunque no hay ningún vínculo
lógico necesario entre la verdad del determinismo y su papel político, su propia
legitimidad como autoridades científicas depende de su aparición como partes
políticas desinteresadas. En este sentido, los deterministas biológicos son víctimas del
gran mito de la separación de la ciencia y las relaciones sociales que ellos y sus
predecesores académicos han perpetuado... un rasgo importante del determinismo
biológico como ideología política es su pretensión de ser científico. A diferencia de la
filosofía política en Platón, por ejemplo, cuyas afirmaciones sobre la naturaleza de la
sociedad provienen de la aplicación lógica del sentido común a ciertos a priori, el
determinismo biológico pretende ser la consecuencia de la investigación científica
moderna de la naturaleza material de la especie humana» (Lewontin, Rose y Kamin,
1987, págs. 44-45). Y es que la ciencia fue uno de los instrumentos más eficaces que
utilizó la burguesía triunfante para conquistar el poder y, sobre todo, para legitimar
este poder sobre bases «racionales» una vez conquistado. Y la psicología, como
institución eminentemente moderna, ha sido una de las piezas centrales de la
estrategia de la burguesía para convencer a la ciudadanía de las bondades de su
misión en la tierra como burguesía y como capitalismo.
Como sabemos, tanto la revolución francesa como la norteamericana
supusieron el triunfo definitivo de la burguesía sobre la aristocracia. Pero tal cambio
revolucionario necesitaba ser ideológicamente justificado. Y la razón justificativa
básica fue la igualdad de todos los hombres. El problema estribaba en que la sociedad
creada por la revolución estaba en clara contradicción con la ideología de la que
procedían sus exigencias de igualdad. Sin embargo, como señalan Lewontin, cuando
los formuladores de la Declaración de Independencia escribieron que «todos los
hombres son creados iguales», querían decir literalmente «hombres», ya que las
mujeres ciertamente no disfrutaban de estos derechos en la nueva república. El
derecho a voto de las mujeres tendría que esperar en Estados Unidos hasta 1920, en
Gran Bretaña hasta 1928, en España hasta 1933, en Bélgica hasta 1946 y en Suiza

65
hasta 1981. Pero tampoco querían decir literalmente «todos los hombres», ya que la
esclavitud negra continuó existiendo tras las revoluciones norteamericana y francesa3.
«A pesar de los términos universales y trascendentales con que se expresaban los
manifiestos de la burguesía revolucionaria, las sociedades que se estaban
construyendo eran mucho más restringidas. Lo que exigía era la igualdad entre
comerciantes, fabricantes, abogados y arrendatarios y la nobleza anteriormente
privilegiada, no la igualdad de todas las personas. La libertad que se necesitaba era la
libertad de inversión, la de comprar y vender tanto productos como trabajo, la de
instalar tiendas en cualquier parte y en cualquier momento sin el obstáculo de las
restricciones feudales al comercio y al trabajo, y la de poseer mujeres como fuerza de
trabajo reproductivo... El problema de elaborar una justificación ideológica es que el
enunciado puede resultar bastante más radical de lo que exige la práctica. Los
fundadores de la democracia liberal necesitaban una ideología que justificara y
legitimara el triunfo de la burguesía sobre la atrincherada aristocracia, el triunfo de
una clase sobre otra, más que una ideología que eliminara las clases y el patriarcado.
Sin embargo, necesitaron, en su lucha, el apoyo del menu peuple, de los pequeños
terratenientes y los campesinos» (Lewontin, Rose y Kamin, 1987, pág. 84).Y uno de
los elementos justificativos más importantes de la nueva sociedad fue la ciencia y
dentro de ella, la ideología del determinismo biológico que constituye el pilar
ideológico fundamental de los test de CI, como está muy claro en uno de los más
activos ideólogos de la meritocracia, el profesor de la Universidad de Harvard
Richard Herrnstein (1973, pág. 221): «Las clases privilegiadas del pasado
probablemente no eran muy superiores biológicamente a los oprimidos, motivo por el
que la revolución tenía buenas posibilidades de éxito. Al eliminar las barreras
artificiales entre las clases, la sociedad ha estimulado la creación de barreras
biológicas. Cuando la gente pueda acceder a su nivel natural en la sociedad, las clases
más altas tendrán, por definición, mayor capacidad que las inferiores». ¿Puede existir
mejor defensa de la burguesía, es decir, de las clases privilegiadas del capitalismo,
que este argumento? Ciertamente, la revolución burguesa, viene a decir Herrstein, ha
puesto orden en el mundo y ha conseguido implantar el estado natural de las cosas,
conculcado por la aristocracia en épocas anteriores: los privilegios de los aristócratas
eran injustos y había que cambiarlos revolucionariamente, pues eran privilegios
creados artificialmente. En cambio, los privilegios de la burguesía son justos y no
deben cambiarse de ninguna manera. Más aún, no sólo no deben, es que no pueden
ser cambiados puesto que son naturales: reflejan el auténtico orden natural de las
cosas, y, por tanto, quien desee cambiarlos no hará sino chocar inútilmente contra la
realidad natural. Como señalan Lewontin, Rose y Kamin (1987, pág. 89), el esquema
explicativo está aquí expuesto en su forma más explícita. El Antiguo Régimen se
caracterizó por sus obstáculos artificiales al movimiento social. Lo que hicieron las
revoluciones burguesas fue destruir esas distinciones arbitrarias y permitir que las
diferencias naturales se manifestasen por sí mismas. La igualdad es, pues, igualdad de
oportunidades, no igualdad de habilidades o de resultados. La vida es como una
carrera pedestre. En los malos viejos tiempos los aristócratas tenían una cabeza de
ventaja (o se les declaraba vencedores por fíat), pero ahora todos salen juntos para
que gane el mejor —siendo éste determinado biológicamente». Por decirlo más

66
claramente: en el ancien régime todo estaba preparado para que fueran los
aristócratas quienes salieran los primeros y llegaran los primeros a la meta, mientras
que en la sociedad burguesa todos salen a la vez, en las mismas condiciones, y sólo
los mejores, los más capaces, llegarán los primeros: los ganadores son los más
veloces por naturaleza. La diferencia entre los dos regímenes es evidente: mientras
que en el antiguo las barreras eran artificiales, en el nuevo son naturales. Ésta es la
función ideológica básica del determinismo biológico. Y pronto la psicometría
norteamericana ayudó a la biología a marcar en las mentes esta ideología
reaccionaria, reaccionaria porque su función básica consiste justamente en justificar
el statu quo y, por tanto, contribuir poderosamente a su mantenimiento: tal cambio
del statu quo sería algo realmente imposible porque sería ir contra la naturaleza de las
cosas. Por consiguiente, mantiene esta ideología justificativa, si las revoluciones
burguesas triunfaron fue porque estaban derribando obstáculos artificiales, mientras
que las nuevas revoluciones son inútiles porque no podemos eliminar las barreras
naturales. Ésa será, como veremos en el cap. 8, la ideología subyacente a La Curva en
Campana de Herrnstein y Murray. «Al dar este barniz a la idea de igualdad, el
determinismo biológico hace que pase de ser un ideal subversivo a ser un ideal
legitimador y un medio de control social. Las diferencias dentro de la sociedad son
justas e inevitables porque son naturales. Por lo tanto, es físicamente imposible
cambiar el statu quo en cualquier forma total, así como moralmente erróneo
intentarlo» (Lewontin, Rose y Kamin, 1987, pág. 90).
Ahora bien, ¿cómo eludir la sospecha de que lo único que hizo la burguesía al
triunfar sobre la aristocracia fue sustituir a ésta y acaparar sus privilegios? ¿Cómo
explicar que también en estas nuevas sociedades, supuestamente igualitarias y
meritocráticas, los hijos de familias de alto estatus sigan teniendo estatus alto
mientras que los hijos de los desposeídos sigan no teniendo nada? Aquí es donde
entra en juego, y con papel de protagonista, el determinismo biológico, y más
específicamente el determinismo genético, que afirma que vivimos en una sociedad
con igualdad de oportunidades en la que cada individuo baja o sube en la escala
social en función de sus méritos, siempre que entendamos que el mérito está
contenido en los genes. «La noción sobre el carácter hereditario del comportamiento
humano y, por lo tanto, de la posición social que impregnó tan intensamente la
literatura del siglo XIX puede así entenderse, no como un atavismo intelectual, como
un retroceso a las ideas aristocráticas en un mundo burgués, sino, por el contrario,
como una postura coherentemente elaborada para explicar los hechos de la sociedad
burguesa» (Lewontin, Rose y Kamin, 1987, pág. 92). Por tanto, «la ideología de la
igualdad ha sido transformada en un arma en apoyo, más que en contra, de una
sociedad de la desigualdad al volver a situar la causa de la desigualdad en la
naturaleza de los individuos y no en la estructura de la sociedad» (Lewontin, Rose y
Kamin, 1987, pág. 88). Por tanto, son tres las ideas que, conjuntamente, conforman la
ideología del determinismo biológico: que diferimos en habilidades fundamentales a
causa de diferencias innatas, que tales diferencias innatas son biológicamente
heredadas, y que la naturaleza humana garantiza la formación de una sociedad
jerarquizada. Por tanto, si la actual estructura social es la consecuencia inevitable de
nuestros genes, entonces no hay forma de modificarla: constituye el orden natural de

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las cosas. Pero no sólo es que no podamos cambiar el statu quo, es que ni siquiera
sería bueno puesto que vivimos en el mejor de los mundos posibles: «La afirmación
de que la organización social genéticamente determinada es el producto de la
selección natural tiene otra consecuencia que sugiere que la sociedad es en cierto
sentido óptima o adaptativa... esta coincidencia de lo óptimo y lo posible es, desde
hace tiempo, un argumento típico a favor del capitalismo. Quienes defienden este
punto de vista aseguran que es el único modo posible de organización económica en
un mundo con escasez de recursos y gente codiciosa, y a veces afirman que es la
organización más eficaz de la producción y la distribución» (Lewontin, Rose y
Kamin, 1987, pág. 288). Ello está muy claro en la sociobiología para la que
(Lewontin, 1995): (1) Existe una naturaleza humana universal, que (2) está codificada
en nuestros genes y es inmodificable; y, en tercer lugar (3), trata de explicar, y en
cierto sentido también justificar, cómo hemos llegado a tener estos genes que
tenemos y no otros: es la llamada selección natural (véase una crítica seria a este
concepto en Chauvin, 2000). ¿Cómo podríamos, en unos meses o años de revolución,
cambiar la naturaleza humana —dicen los sociobiólogos— que es el producto de
billones de años? Por ejemplo, la xenofobia sería imposible de eliminar porque está
en nuestros genes: ha sido uno de los rasgos de nuestra naturaleza creados, a través de
la selección natural, tras billones de años de evolución. O el dominio masculino y la
dependencia femenina4. Parece plausible, razonable y hasta inapelable este
argumento, salvo que tal naturaleza no fuera natural sino histórico-cultural como
defiende, entre tantos otros, Ortega y Gasset para quien el hombre no tiene
naturaleza, tiene historia.
Como vemos, la sociobiología, cosa que comparte con todos los determinismos
biológicos incluido el de la psicometría del CI, es una teoría reaccionaria y
ciegamente justificativa del statu quo, que no pretende sino convencernos de que
todas las características de la actual sociedad capitalista son producto de la evolución
y, por tanto, inmodificables. Es evidente pues, que, a primera vista, la sociobiología
no es sino el natural compromiso ideológico con la moderna sociedad capitalista,
competitiva y jerárquica, pero penetrando más se observa una ideología más
profunda, que consiste en la prioridad del individuo sobre la colectividad. A pesar del
nombre de sociobiología, subraya Lewontin, estamos ante una teoría no sobre la
causación social sino sobre la causación individual. Las características de la sociedad
son vistas como causadas por las propiedades individuales que tienen sus miembros,
y tales propiedades son vistas como derivadas de los genes de sus miembros, hasta el
punto de que el eminente biólogo C. D. Darlington escribía en 1963: «La clase social
viene ya marcada en el recién nacido: está marcado por la herencia y es, en
consecuencia, una clase genética» (pág. 295). Igualmente para Lorenz, la raíz de los
problemas sociales está en los rasgos y los defectos biológicos del ser humano. Así, si
las sociedades humanas se comprometen en una guerra es porque cada individuo de
tales sociedades es agresivo. Y sin embargo, no es en absoluto cierto que son los
individuos agresivos los que hacen que la sociedad o el Estado sean agresivos. Antes
al contrario, son Estados agresivos los que con su propaganda hacen agresivos a sus
miembros. Más aún, Kropotkin muestra con bastante claridad que fueron los estados
los que obligaron a los ciudadanos a competir, cuando lo que ellos querían realmente

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era cooperar (véase Kropotkin, 1988; Clastres, 1978, 1981, 1986; y Singer, 2000).
Ahora bien, si tiene razón Kropotkin en que los seres humanos se ven biológicamente
impulsados hacia la cooperación y que han sido artificialmente alejados de ella,
entonces conseguir otra vez tal organización sería posible. Para estar más seguros de
ello deberíamos conocer la verdad sobre las limitaciones biológicas de los seres
humanos, limitaciones que no parecen ser en absoluto las que señala la sociobiología
que, por otra parte y como ya hemos indicado, no es sino una clara ideología
conservadora cuya principal función es defender y justificar el estatus social de la
actual sociedad capitalista e impedir incluso cualquier intento de cambio social. Sin
embargo, otro mundo es posible. Y si la psicología contribuyó poderosamente a
construir el mundo actual, la psicología puede también contribuir a construir otro
mundo diferente. Claro que es más fácil y más cómodo echarle la culpa al individuo
de lo que le pase e intentar controlarle a él, que echarle la culpa a las estructuras
socioeconómicas y políticas e intentar cambiarlas. Además, ello salvaguarda los
intereses sociales, económicos y políticos de las clases dominantes con lo que, por
otra parte, contribuye poderosamente a mantener el statu quo. Así, «lo que importa es
ver que, aquí y ahora, los deterministas biológicos están inmersos en el propósito de
la introducción de estrategias interventivas, con drogas, neurocirugía o terapias de la
conducta para controlar y modificar las acciones humanas» (Lewontin, Rose y
Kamin, 1987, pág. 229). ¿Por qué hay siempre que cambiar la conducta humana para
que se adapte a la sociedad y no al revés? «Los que proclaman que sólo se puede
conseguir salud física y mental a través de un cambio radical en la alimentación
amenazan el negocio agrícola. La afirmación de que la causa principal del cáncer es
la polución del medio ambiente que producen las sustancias químicas tóxicas y de
prolongada degradación generadas por la industria pone en peligro a gran parte de la
industria química. Afirmar que la depresión es una reacción inevitable de las mujeres
en una familia nuclear amenaza al patriarcado» (Lewontin, Rose y Kamin, 1987, pág.
238). Es evidente que, en contra de lo que con frecuencia se cree, la ciencia, como
dice Gould (1984), es una actividad social que refleja la ideología dominante de la
sociedad en la que se realiza, así como las exigencias políticas de la época y los
prejuicios personales de sus practicantes. Ésta es la sencilla historia de los
determinismos biológicos, particularmente el genético, y entre ellos el de la
psicometría genetista del CI.

4. DETERMINISMO GENÉTICO Y PSICOMETRÍA DEL CI

Ya hemos dicho que los psicómetras del CI han pretendido demostrar, como su
principal objetivo, que la inteligencia es mayoritariamente heredada: los genes serían
su base última. Pero para demostrarlo no hicieron ningún análisis genético, sino sólo
estudios correlacionales, entre los que los más importantes fueron, por una parte, los
que comparaban gemelos monozigóticos y gemelos dizigóticos, y, por otra, estudios
de adopciones. Sin embargo, tales estudios pierden toda legitimidad, además de
porque en el plano metodológico han sido invalidados (véase Lewontin, Rose y
Kamin, 1987, pág. 132 y sigs.), porque no resulta tan sencillo hacer las distinciones

69
que se han hecho entre ambos tipos de gemelos. En consecuencia, las conclusiones a
que han llegado los psicómetras genetistas deben ser puestas entre paréntesis y,
cuando menos, ser revisadas. En efecto, en la comparación entre gemelos auténticos
(MZ) y falsos (DZ) se supone que el entorno es igualmente semejante para dos
gemelos falsos que para dos auténticos, por lo que si la correlación entre los
«auténticos» es superior a la de los «falsos», ésta se debe a la identidad de sus genes.
«¿Tan seguro es eso? Ciertamente, los miembros de cada pareja nacen en la misma
época, en la misma familia, pero ¿el comportamiento de los padres es similar en
ambas situaciones? ¿No tienden, en los gemelos auténticos, a vestir a los niños de un
modo idéntico y a desdeñar, en sus reacciones, eventuales diferencias de personalidad
entre los niños? En otros términos, el hecho de que los padres sepan que dos niños
son gemelos monocigóticos ¿no contribuye a crear, para ellos, un entorno más
uniforme que en caso contrario?» (Jordan, 2001, pág. 81). Y en cuanto a los gemelos
auténticos educados en ambientes diferentes, resulta que no suelen ser tan diferentes.
«Más generalmente, la metodología de estos trabajos y, en especial, la selección a
través de la prensa de las parejas de gemelos separados al nacer puede introducir un
sesgo importante. Esos métodos corren el riesgo de atraer, principalmente, a gemelos
muy motivados por el hecho de serlo, que presentan características distintas a las que
se hallarían en una muestra estadísticamente representativa constituida al azar y de
acuerdo con las reglas del arte» (Jordan, 2001, pág. 82). Pero, más importante
todavía, es que incluso los llamados gemelos idénticos no son realmente idénticos,
aunque procedan de un mismo óvulo y hayan sido gestados simultáneamente por la
misma mujer (Hubbard y Wald, 1999, pág. 22). Aunque nunca debe confundirse
diferencia con desigualdad, ciertamente todos somos diferentes, incluso a nivel
genético. «Cuando decimos que dos gemelos auténticos (o monozigóticos) “tienen los
mismos genes”, queremos decir en realidad que poseen la misma colección de alelos»
(Jordan, 2001, pág. 78). Sin embargo, añade Jordan, «la identidad exacta de los genes
(por utilizar esta fórmula rápida) en el seno de una pareja de auténticos gemelos no es
por completo absoluta: su patrimonio genético puede haber sido alterado por
mutaciones producidas en ciertas células durante su desarrollo intrauterino. Por otra
parte, la puesta a punto del sistema inmunitario va acompañada por modificaciones
producidas en el ADN... Dos gemelos auténticos, en la edad adulta, pueden poseer
sistemas inmunitarios bastante distintos y, por ejemplo, presentar una resistencia
desigual al virus de la gripe». Y es que «un principio básico de la biología es que los
organismos experimentan un desarrollo continuo desde la concepción hasta la muerte,
desarrollo que es consecuencia de la interacción de los genes en sus células, de la
secuencia temporal de ambientes por los que pasan los organismos y de procesos
celulares aleatorios que determinan la vida, la muerte y las transformaciones que
experimentan las células. Como resultado de todo ello, ni siquiera las huellas
dactilares de gemelos idénticos son idénticas. Evidentemente, sus temperamentos,
procesos mentales, habilidades, decisiones en la vida, historiales clínicos y muertes
difieren, a pesar de los denodados esfuerzos de muchos padres de que presenten el
mayor parecido posible» (Lewontin, 2001, págs. 243-244). Los estudios de gemelos,
como un todo, no pueden por tanto ser adoptados como evidencia de la heredabilidad
del CI.

70
En cuanto a los niños y niñas adoptados, «los estudios de mayor amplitud hasta
la fecha midieron la correlación en los puntajes del CI entre padres e hijos biológicos,
que comparten la mitad de sus genes, y entre padres y niños adoptados en las mismas
familias, que no comparten ninguno de sus genes. No pudo encontrarse ninguna
diferencia significativa, lo que sugiere que la conexión entre los genes y el CI es
extremadamente tenue y, todavía más, la conexión entre los genes y la inteligencia.
Como vimos antes, el desarrollo del cerebro difiere significativamente entre gemelos
idénticos según las experiencias de cada individuo. Nadie duda de que los genes están
involucrados en la inteligencia, así como también están involucrados en cualquier
otro aspecto del ser vivo. Sin embargo, esto no significa que existan genes específicos
que determinan características particulares. Ésta es la falacia reduccionista que se
rehúsa a ver a los seres vivos como totalidades interconectadas... Cualquier proyecto
de buscar los genes de la inteligencia o los genes de otras características poligénicas
igualmente dudosas se basa simplemente en mala ciencia, ya totalmente
desacreditada porque se mostró que está podrida en su mismo centro. No tiene ningún
sitio en nuestra sociedad, porque sólo puede servir para reforzar la ideología
determinista genética y eugenésica que la inspira» (Ho, 2001, págs. 263-264).
Pero si estos estudios tan poco convincentes en el plano científico realmente
convencieron a tantas personas se debió sencillamente a que decían lo que ellas
querían oír: «La idea de que la inteligencia es hereditaria está, por supuesto,
profundamente enquistada en la propia teoría del análisis del CI debido a su
compromiso con la medición de algo que es intrínseco e invariable. Desde el mismo
inicio del movimiento norteamericano y británico promotor del test mental se había
asumido que el CI era biológicamente hereditario... La distinción crucial en la
biología es entre el fenotipo de un organismo, al que se puede considerar como la
suma de sus propiedades morfológicas, fisiológicas y conductuales, y su genotipo o
estado de sus genes. Es el genotipo, y no el fenotipo, lo que se hereda. El genotipo es
invariable; el fenotipo cambia y se desarrolla constantemente» (Lewontin, Rose, y
Kamin, 1987, pág. 118), de tal manera que los individuos que tienen los mismos
genes sin embargo difieren fenotípicamente entre sí debido a que han experimentado
diferentes ambientes de desarrollo. Además, un rasgo puede ser heredable y sin
embargo ser mejorable por el ambiente. «La importancia de este hecho en relación a
la heredabilidad del CI y su significado es considerable. Supongamos que un
conjunto de padres tuvieran un CI de, respectivamente, 96, 97, 98, 99, 100, 101, 102
y 103, mientras que sus hijas, separadas de sus padres desde su nacimiento y criadas
por padres adoptivos, tuvieran un CI respectivo de 106, 107, 108, 109, 110, 111, 112
y 113. Hay una perfecta correspondencia entre el CI de los padres y el de las hijas, y
podríamos considerar que este carácter es perfectamente heredable porque,
conociendo el CI de un padre, podríamos señalar sin error cuál de las hijas era la
suya. La correlación es de hecho de + 1,0, aunque las hijas tienen un CI diez puntos
superior al de sus padres, de modo que la experiencia de ser criadas por padres
adoptivos tuvo un poderoso efecto. No hay por tanto ninguna contradicción entre la
afirmación de que un rasgo es totalmente heredable y la de que éste puede ser
radicalmente modificado por el medio ambiente» (Lewontin, Rose y Kamin, 1987,
pág. 122).

71
Las cosas son más complejas de lo que creen los psicómetras del CI. Ni
siquiera en las enfermedades más simples se da un simplista determinismo genético,
pues «ser portador de una alteración en determinado gen no basta, pues, para definir
una enfermedad: es necesario saber también de qué mutación se trata. Y eso no es
todo: numerosos ejemplos muestran que una mutación dada no tiene siempre el
mismo efecto. El proceso aparentemente determinista: mutación, por lo tanto
producción de una proteína anormal, por lo tanto disfunción y enfermedad, se ve así
alterado por un margen de incertidumbre. ¿De dónde procede? De hecho, sus causas
son múltiples. En primer lugar, el gen que porta la mutación descubierta es sólo uno
entre los cien mil que constituyen el patrimonio genético de la persona en cuestión.
Es, sin duda, el principal con respecto a la afección de que se trata; pero su impacto
sobre el estado de salud puede depender de otros genes cuyos productos interactúen
con el suyo, atenuando o, por el contrario, reforzando el efecto de la mutación»
(Jordan, 2001, pág. 116). Resulta, pues, imposible «definir con precisión el efecto
fenotípico de una mutación al margen de su contexto genético» (Jordan, 2001, pág.
116). Si todo ello es así para las enfermedades físicas, ¿qué será para fenómenos tan
complejos como es la inteligencia? «Cuando el titular de un periódico proclama que
un equipo ha descubierto el “gen de la esquizofrenia”, el de la homosexualidad o el
de la psicosis maníaco-depresiva... es preciso entender, de hecho, que ha efectuado
una localización, y no un aislamiento efectivo de un gen. Entidad que, subrayémoslo
de paso, no sería de todos modos “el” gen de la esquizofrenia, sino más bien un gen
algunas de cuyas variantes conferirían a su portador un riesgo superior a la media de
desarrollar la enfermedad. Independientemente de esta precisión necesaria debemos
insistir en el hecho de que la simple localización es un dato frágil» (Jordan, 2001,
págs. 35-36). Y eso, repito, en el caso de cuestiones relativamente simples, como son
las enfermedades físicas, y siempre que hayamos previamente localizado el gen.
¿Pero dónde está el gen de un fenómeno tan complejo como la inteligencia que,
además, ni siquiera somos capaces de definir? En suma, «el genotipo influye, es
cierto, en el fenotipo, pero esta influencia raramente llega a un determinismo
estricto... la mayoría de las veces el efecto de un alelo particular del gen está muy
modulado por la naturaleza exacta de la mutación, la implicación de otros genes que
existen, a su vez, en múltiples versiones, y los avatares del desarrollo como los
efectos del entorno» (Jordan, 2001, pág. 121). Pero lo más curioso es que los
psicómetras del CI que quieren fundamentar genéticamente las diferencias en CI que
encontraron entre grupos sociales, tienen un concepto de inteligencia que nada tiene
que ver con los postulados biológicos. Es más, como afirma Evan Baleban, que fue
profesor de biología evolucionista en la Universidad de Harvard y que ahora trabaja
en el Instituto de Neurociencias, «las personas que dicen que la inteligencia es
genética son precisamente los que no tienen formación genética». Más aún, añade
Baleban, «cualquier biólogo serio quedaría horrorizado ante la idea de utilizar lo poco
que sabemos sobre los genes como base para una política social». En efecto, todos los
biólogos están de acuerdo en que la inteligencia es una capacidad que ha sido
seleccionada en el proceso de evolución de la especie humana. Así, escribe Jack R.
Vala (1980, pág. 435), «desde el principio, la evolución humana ha sido conformada
por la selección para mejorar las características conductuales, de las que no es la

72
menos importante la capacidad de comprender, simbolizar y manipular el ambiente
psicológico, social y físico. A esta capacidad le llamamos inteligencia». Y la primera
cuestión que surge es la siguiente: ¿tiene el CI algo que ver con esta concepción de la
inteligencia? «Yo sigo a Vala y a un significativo número de distinguidos biólogos,
incluyendo a Richard Lewontin, a la hora de decir que no tiene casi nada que ver con
la inteligencia concebida en un sentido más amplio, más significativamente biológico.
No hay ninguna razón para creer que la capacidad para responder bien a un test, en
una situación de test, tenga mucho que ver con la capacidad de un individuo o de un
grupo para manipular con éxito su ambiente. Irónicamente, uno de los mejores
argumentos contra el enfoque hereditario proviene de la propia genética de la
heredabilidad» (Patterson, 1995, págs. 194-195). El problema es que probablemente
las puntuaciones en los test de CI no puedan ir mucho más allá de la situación de test
en que se administran y de las situaciones escolares para las que están diseñados. Y
una prueba la constituyen personajes como George Washington, Albert Einstein,
Charles Darwin, Poincaré o Colin Powell, quienes, a pesar de su mal rendimiento
escolar, se adaptaron muy exitosamente a su ambiente. El caso de Poincaré es
paradigmático pues repetidamente puntuó a un nivel de idiota en los test de
inteligencia que se le administraron.
En suma, la psicometría del CI, tal como la conocemos, fue posible porque el
conductismo primero y la sociobiología después le habían despojado al hombre de
todo lo que de humano tenía, considerándole un mero animal, o mejor aún, un mero
organismo, más allá de toda libertad y de toda dignidad. En esas circunstancias sí fue
posible pensar al ser humano en términos meramente biológicos, donde los genes lo
determinan todo en la vida humana y hasta en la organización social, que, por otra
parte, son perfectamente explicadas por la «selección natural», con lo que se justifica
totalmente la opresión del hombre por el hombre, los privilegios desmedidos, las
injusticias generalizadas y las desiguladades galopantes. Si miles y miles de niños
mueren de hambre en el mundo todos los meses, es la propia naturaleza quien,
adaptativamente, los elimina... Si los negros han sido oprimidos durante cuatrocientos
años en tierras norteamericanas, es porque su propia naturaleza así lo exigía o si a las
mujeres se las ha enclaustrado en la cocina, cosa que aún se repite con excesiva
frecuencia, era para bien de ellas mismas, adaptando su forma de vida a sus
capacidades genéticas. También en este asunto psicómetras y sociobiólogos andan
juntos. Así, en un artículo publicado en el New York Times Magazine el 12 de octubre
de 1975 escribía Wilson: «Aun con una educación idéntica y un acceso igual a todas
las profesiones, probablemente los hombres continúen desempeñando un papel
desproporcionadado en la vida política, los negocios y las ciencias». En conclusión, a
menudo la psicología ha cumplido un papel eminentemente conservador, y los test
han sido uno de los principales instrumentos para este fin, como meros derivados de
su ideología. Así, «en la última década hemos podido comprobar la creciente
insistencia de los argumentos deterministas biológicos en atribuir a disfunciones
cerebrales de los individuos todos los problemas sociales, desde la violencia en la
calle, pasando por la pobre educación en las escuelas, hasta los sentimientos de falta
de sentido de la vida que padece la mayoría de amas de casa de mediana edad. La
primera defensa del statu quo siempre es la ideología. La gente no cuestionará el

73
orden social si considera que, a pesar de sus desigualdades, es inevitable y justo»
(Lewontin, Rose y Kamin, 1987, pág. 203). Ello no es siempre, por supuesto,
consecuencia de la mala fe de los psicólogos, sino que con frecuencia se debe a sus
prejuicios y a su ignorancia, derivada ésta de una enorme ingenuidad tanto
epistemológica como ideológica, producida por su seguimiento acrítico del
positivismo. Por consiguiente, lo más decente que podrían hacer los psicólogos, es
justamente abandonar el positivismo.

4. CONCLUSIÓN

Los desarrollos más recientes de la tecnología genética no están sirviendo para


mejorar la salud de las personas, sino sólo «para distraer la atención de las
abrumadoras causas de la mala salud, que son ambientales, y responsabilizar, en
cambio, a las víctimas. Las mismas industrias químicas y farmacéuticas que fueron
notables contaminadoras del medio ambiente y que causan cada vez más daños en
todos los sistemas de órganos de nuestro cuerpo, incluyendo nuestros genes, se
dedican ahora a cosechar enormes beneficios de aquellos a los que enfermaron. Las
enfermedades genéticas genuinas que pueden atribuirse a genes únicos constituyen
menos del 2 por 100 de todas las enfermedades, e incluso éstas han resultado ser
mucho más complejas de lo que se pensaba previamente. Además, al menos el 1 por
100 de esas enfermedades genéticas son mutaciones nuevas, muy probablemente
causadas por mutágenos ambientales. A pesar de todas las promesas de la terapia
genética, no ha habido un sólo éxito documentado en veinte años. Sin embargo, aún
se trabaja activamente en ella y se desarrollan técnicas peligrosas que pueden causar
cáncer y crear nuevos virus. Otra promesa, la de la medicina personalizada basada en
nuestra dotación genética, es un sueño imposible. Tenemos cien mil genes, con
cientos de variaciones para cada uno. Más aún, hasta un 95 por 100 de nuestro
genoma podría consistir en el llamado “ADN basura”, que no posee ninguna función
conocida. El sistema de atención de la salud está siendo rápidamente reemplazado por
un mercado de la salud. Al mismo tiempo, las personas que sí se enferman son
estigmatizadas por tener genes que los “predisponen” a enfermarse. Por extensión,
cualquier otra condición considerada indeseable será también atribuida a tales genes
“predisponentes“. La discriminación genética y la eugenesia comienzan a adquirir
insidiosas formas privatizadas. Desde la década de 1980, los sistemas de atención de
la salud de todo el mundo se han visto seriamente menoscabados por los imperativos
del “mercado libre” Los denominados “programas de ajuste estructural”, apoyados
por el Banco Mundial, forzaron a los gobiernos del Tercer Mundo a imponer tarifas
sobre la atención de la salud para los pobres, reducir el gasto público disminuyendo
los servicios, y promover los negocios privados de la salud. Como resultado, la
desnutrición y la tasa de mortalidad infantil aumentaron en muchos países,
invirtiendo así una tendencia de largo plazo; también recuperaron terreno y avanzaron
todavía más las enfermedades infecciosas en las poblaciones inmunológicamente
comprometidas. Es dudoso que la ingeniería genética pueda mejorar la salud de
alguien, y mucho menos la del pobre» (Ho, 2001, págs. 287-289). Éstas son algunas

74
de las consecuencias del éxito del deteminismo genético.
Por lo tanto, lo que pretendieron demostrar los psicómetras del CI, como
veremos mejor en los próximos capítulos, es que son los genes, a través del cociente
intelectual, los que determinan nuestras capacidades, nuestra forma de ser y hasta
nuestra posición en la sociedad. Incluso la estructura social y hasta los problemas
sociales están, en el fondo, genéticamente determinados. Pero tal simplismo es
inadmisible. Como hemos visto en este capítulo, la acción de los genes no es algo
simple sino sumamente complejo. «Genes que están asociados con ciertas
condiciones en una población resultan no tener ninguna asociación en otra. Los genes
sólo pueden ser considerados en el contexto de todo el organismo y en su medio
ambiente socioecológico» (Ho, 2001, pág. 243). Sin embargo, «por distintas razones,
algunos deciden no ver esas complejidades. Éste es, sin duda, el camino más
peligroso que abren los nuevos datos de la genética: el empleo de informaciones
sobre el patrimonio genético para etiquetar y clasificar a las personas en función de
una asimilación abusiva (y a veces inconsciente) entre fenotipo y genotipo» (Jordan,
2001, pág. 121), lo que es una consecuencia lógica de la visión reduccionista que de
la ciencia ha sido predominante en los últimos siglos. De hecho, como señala Ho
(2001, pág. 11), «la concepción científica occidental reduccionista dominante está
destruyendo la Tierra y creando pobreza y sufrimiento para un vasto número de
personas». Por ejemplo, Ho muestra perfectamente cómo esa misma mentalidad
genético-determinista lleva a los científicos a ignorar o a malinterpretar la evidencia
científica existente, que ya sugiere de forma insistente que la biotecnología de
ingeniería genética es inherentemente peligrosa para la salud humana y animal, y para
el ambiente ecológico.
Por consiguiente, la ideología reduccionista, que en el fondo es la causante del
éxito de la psicometría del CI, no ha sido algo exclusivo de la psicología. Lo es
también de la biología (véase Shive, 1991; Ho, 2001), y su consecuencia más
insidiosa y peligrosa ha sido precisamente el determinismo biológico. Y es que, como
señala la propia Ho (2001, pág. 69), «no deben subestimarse los peligros de la
incompatibilidad entre un poderoso conjunto de técnicas y una ideología anticuada y
desacreditada que guía su práctica». Así, señala Ho, «el trabajo de Kallman sobre la
hipotética base genética de la esquizofrenia es un ejemplo de cómo los resultados
pueden ser distorsionados para adecuarlos a una ideología, y luego ser aceptados sin
cuestionamiento y utilizados por una comunidad científica afín a la misma ideología.
La inherente falacia del determinismo genético conlleva que el mito del Genoma
Humano es algo claramente poco eficaz incluso para enfermedades físicas (más aún
para fenómenos psicológicos y psicosociales, como pueden ser la inteligencia, el
alcoholismo, la delincuencia o la homosexualidad). De hecho, «un número
abrumador de las causas de la mala salud son ambientales, y no se encuentran en
nuestros genes» (Ho, 2001, pág. 277). Seguir defendiendo hoy día el determinismo
biológico es no querer abandonar los prejuicios pseudocientíficos de tiempos pasados
y negarse a creer en el ser humano como ser social, cultural e histórico, y, por tanto,
esencialmente libertario. Es, en definitiva, negarse a admitir que cuanto más se
desarrollen las ciencias sociales y, sobre todo, las biológicas y genéticas, más
evidente será la insistente afirmación de Ortega y Gasset de que El hombre no tiene

75
naturaleza, tiene historia. En consecuencia, a la pregunta que se hacía Jensen en el
propio título de su conocido artículo de 1969, «How much can we boost IQ and
scholastic achievement?», deberíamos responder, con Lewontin, Rose y Kamin
(1987, pág. 157), rotundamente: «tanto como lo permita la organización social. No
será la biología la que se interponga en nuestro camino». Pero son muchos los que
siguen aferrándose al viejo, y siempre nuevo, determinismo genético: «Éste es el
verdadero comienzo del Mundo Feliz, donde el control ideológico es difuso, pero sin
embargo automático y completo. El hecho de que todo se hace bajo un disfraz de
libertad y democracia, en nombre del progreso científico, y dentro de las economías
“libres” que constituyen el régimen de “libre comercio” global de la OMC, lo hace
todavía más siniestro y más difícil de contener y resistir» (Ho, 2001, pág. 64). Pero,
además, el actual determinismo genético presenta otros riesgos serios. Como dice
Ruth Hubbard, «no hay razón para creer que la recopilación de perfiles de ADN y su
incorporación en bases de datos beneficiarán a la sociedad. El peligro, pues, está ahí,
acechándonos. Puede ocurrir como con las huellas dactilares, que se introdujeron para
identificar sospechosos criminales, pero ya se utilizan para otros muchos fines y con
la población general: se ha convertido incluso en algo prácticamente rutinario. «Si
permitimos que los perfiles de ADN pasen a ser una herramienta de control legal,
podemos estar seguros de que la información también se usará de otros modos. Como
he dicho antes, los perfiles de ADN y las muestras de sangre o tejido pueden
utilizarse para obtener información sobre una gran variedad de aspectos de la persona
de la que se han obtenido. Si permitimos que la información o, aún peor, las muestras
se almacenen en bancos de información computarizados, serán susceptibles de ser
usadas con otros propósitos diferentes de aquel (o aquellos) para el que se obtuvieron
en primer lugar... Los defensores de la tipificación del ADN y de los bancos de datos
podrían apelar a la utilidad potencial de la tecnología como herramienta para seguir la
pista de violadores o asesinos en serie, identificar muertos de guerra o encontrar niños
perdidos o abuelos amnésicos, pero sólo se trata de conseguir el apoyo del público
para este tipo de actividades. La historia no nos da ningún motivo para confiar en que
el FBI, otras agencias policiales o las fuerzas armadas no utilizarán esa información
en otras circunstancias. Las agencias del gobierno quieren tener los medios para
obtener el máximo de información posible sobre cada uno de nosotros. Evitar tal
intromisión en nuestra privacidad y en nuestras libertades garantizadas
constitucionalmente depende de nosotros» (Hubbard y Wald, 1999, pág. 265).

76
CAPÍTULO IV
Orígenes, contexto y consecuencias sociales de las
concepciones genetistas de la inteligencia

1. INTRODUCCIÓN

Las consecuencias sociales y políticas de la Revolución Francesa (1789) fueron


tan poderosas que terminaron por afectar a toda Europa e incluso al mundo entero. De
ahí que podamos convenir en que la Modernidad nace en esa fecha. De hecho, como
señala Jacques Godechot, tal revolución sólo fue un aspecto de una revolución
occidental, más concretamente atlántica, que se inició en las colonias inglesas de
América poco después de 1763 y que se extendió por las revoluciones de Suiza, los
Países Bajos e Irlanda hasta llegar a Francia entre 1787 y 1789. De Francia pasó a
Alemania, Italia y otras zonas de Europa, afectando también, aunque menos, a
España. «Es indudable que, desde el principio, la Revolución francesa influyó en todo
el mundo y, aunque ello se debiera al prestigio y el ascendiente de Francia en toda
Europa, también tuvo que ver con el hecho de que la Revolución generó ideas que el
mundo occidental estaba en condiciones de asimilar» (Stromberg, 1990, pág. 28). Y
de ella surgieron las ideas fundamentales de que vivieron los pueblos durante los
últimos dos siglos: libertad, igualdad, nacionalismo, ideología... Sin embargo, la
Revolución Francesa fue la consecuencia tanto de la Revolución Industrial, que el
Diccionario de Sociología de Giner, Lamo y Torres (1998, pág. 655) define como «el
proceso de cambio que dio lugar a la sociedad industrial capitalista, transformando
radicalmente las condiciones económicas y sociales», como de la Ilustración que en
el citado Diccionario de Sociología (pág. 371) es definida como un «amplio
movimiento intelectual europeo que a grandes rasgos abarca desde finales del siglo
XVII hasta todo el siglo XVIII, y contagia de su espíritu a todos los sectores de la

77
producción espiritual, artística y científica, e inspira los cambios políticos que
desembocarán en la Revolución Francesa», y supone el intento del ser humano por
librarse de las ataduras de la tradición y de la religión, y el deseo, basándose en los
avances científicos, de controlar la naturaleza. Ni la sangre, ni la tradición, ni la
religión pueden ser ya los criterios últimos que justifiquen desigualdad alguna entre
los hombres. Por el contrario, tanto la Ilustración como sobre todo la Revolución
Francesa proclamarán a todos los vientos la idea de la igualdad entre los hombres. La
Revolución Francesa supuso el triunfo de la nueva clase social ascendente, la
burguesía, sobre la vieja y periclitada aristocracia. Para tal triunfo, la burguesía se
apoyó en el pueblo llano, pero pronto comenzaría una guerra contra él, en la que los
científicos desempeñarían un papel fundamental y entre ellos, de una forma muy
especial, los psicómetras del CI, al intentar «demostrar científicamente» la
superioridad, tanto biológica como psicológica e intelectual, de unos grupos sociales
(en concreto los exitosos) frente a otros (concretamente los pobres o no exitosos): ésa
sería la función primordial de la psicometría genetista del CI, como iremos viendo.

2. ANTECEDENTES PSEUDOCIENTÍFICOS DE LA PSICOMETRÍA DEL CI

Cuando a primeros del siglo XX aparecieron los test de inteligencia y poco


después, ya en suelo norteamericano, fueron utilizados para justificar las
desigualdades sociales, esa función la habían cumplido ya tanto la craneología como
la tesis de la recapitulación o la antropología criminal:

a) La craneometría: Durante mucho tiempo fueron numerosos los estudiosos


de estos temas que estuvieron convencidos de que el tamaño/peso del cerebro es una
medida fiable e infalible de la inteligencia y, por consiguiente, también de la
imbecilidad mental. Entre tales autores destacaron el Dr. Morton y el Dr. Broca. La
fama científica del norteamericano Morton se apoyaba en su colección de cráneos y la
importancia que les daba para establecer la jerarquía entre las razas. Como la cavidad
craneana constituye una medida fidedigna del cerebro que ha alojado, Morton se
dedicó a establecer una jerarquía entre las razas basándose en el tamaño promedio de
los respectivos cerebros. Más en concreto, Morton publicó dos obras importantes
sobre este tema (1839, 1844), así como un interesante compendio de todos sus
estudios (1849), «constatando» que existe una clara jerarquía por razas, con los
teutones a la cabeza (con una media de 92 pulgadas cúbicas), malayos (85 pulgadas),
toltecos (peruanos y mejicanos) (79 pulgadas), negros (83 pulgadas) y hotentotes y
australianos (75 pulgadas). La obra de Morton supone uno de los primeros ejemplos
en que los datos empíricos se ponen al servicio de una teoría racista, constituyendo
así un claro racismo científico. En efecto, si Morton tuvo tanto éxito es porque
conectaba directamente con el racismo que tan extendido estaba en suelo
norteamericano y le daba una base aparentemente científica. «La posición social y la
posibilidad de acceso al poder de las diferentes razas presentes en Estados Unidos en
la época de Morton eran el fiel reflejo de los distintos méritos biológicos de dichas

78
razas. ¿Cómo podían las personas sentimentales e igualitaristas oponerse a los
dictados de la naturaleza? Morton había aportado unos datos limpios y objetivos,
basados en la colección de cráneos más grande del mundo» (Gould, 1984, págs. 29-
40).
Sin embargo, el propio paleontólogo Stephen Gould se ocupó en 1977 de
revisar los datos de Morton, y llegó a la conclusión de que éstos eran falsos. En pocas
palabras, y para decirlo con toda crudeza, los datos resumidos en las tablas son un
abigarrado conjunto de falsificaciones y acomodaciones destinadas evidentemente a
verificar determinadas creencias a priori. Pero, y ése es el aspecto más intrigante del
caso, Gould no encuentra pruebas de fraude deliberado; de hecho, si Morton hubiese
sido un falsificador intencional, no habría publicado sus datos con tanto detalle. Se
trató, más bien, de una acomodación inconsciente a los datos lo que sugiere una
conclusión general acerca del contexto social de la ciencia, porque, como dice Gould,
si los científicos pueden autoengañarse honradamente, hasta niveles como el de
Morton, entonces el condicionamiento de los prejuicios ha de incidir en todas partes
(para más información y pruebas del fraude de Morton, véase Gould, 1984, págs. 42-
57). Para acomodar los datos a sus prejuicios, Morton hacía, seguramente sin darse
cuenta, principalmente tres cosas (Gould, 1984, págs. 55-57): 1) incongruencias
tendenciosas y criterios modificados: a menudo Morton decide incluir o eliminar
muestras parciales numerosas para que los promedios de grupo puedan ajustarse a las
expectativas previas. Así, por ejemplo, incluye a los incas para reducir el promedio
indio, pero elimina a los hindúes para elevar el promedio caucásico; 2) omisiones de
procedimiento que nos parecen obvias: Morton estaba persuadido de que las
diferencias de capacidad craneana correspondían a diferencias innatas de habilidad
mental. Nunca consideró otras hipótesis alternativas, aunque sus propios datos
pidiesen casi a gritos una interpretación diferente. Si hubiese calculado la influencia
de la estatura podría haber visto que era ésta la que explicaba todas las diferencias
importantes de tamaño cerebral entre los grupos que estaba considerando, y 3)
Errores de cálculo y omisiones de conveniencia: todos los errores de cálculo y
omisiones detectados benefician a las hipótesis de Morton (redondeó el promedio
negroide egipcio rebajándolo a 79 en lugar de elevarlo a 80; los promedios germánico
y anglosajón que cita son de 90, cuando los valores correctos son de 88 y 89, etc.
Ahora bien, no todas las «mentiras» de los científicos son fraudes deliberados.
Muchos de ellos, como es frecuente en el caso de la psicometría del CI, son errores, a
menudo graves, introducidos por la obsesión en demostrar la desigualdad entre los
grupos humanos, por lo que podemos decir que son producidos por los prejuicios de
tales científicos. Son, en definitiva, un caso evidente de racismo científico. Como
dice Gould (1984, pág. 57) de Morton: «En todo este escamoteo no he detectado
signo alguno de fraude o manipulación deliberada de los datos. Morton nunca intentó
borrar sus huellas, y debo suponer que no fue consciente de haberlas dejado. Expuso
todos sus procedimientos y publicó todos sus datos brutos. Lo único que puedo
percibir es la presencia de una convicción a priori acerca de la jerarquía racial,
suficientemente poderosa como para orientar sus tabulaciones en una dirección
preestablecida. Sin embargo, la opinión generalizada era que Morton constituía un
modelo de objetivismo para su época y que había rescatado a la ciencia

79
norteamericana del pantano de la especulación infundada», hasta el punto de que
cuando murió, en 1851, el New York Tribune escribió que «probablemente ningún
científico norteamericano goza de tanta reputación entre los estudiosos del mundo
entero, como el Dr. Morton».
En cuanto a Broca (1824-1880), lo primero que hay que recordar es que publicó
sus trabajos después de que, en 1859, apareciera El origen de las especies, con lo que
casi por fuerza tuvo que incluir en su teoría el concepto de evolución. Más aún, como
señala George Stocking (1973), «las tensiones intelectuales generadas se resolvieron
después de 1859 mediante un evolucionismo amplio que era al mismo tiempo
monogenista y racista, y afirmaba la unidad del hombre mientras relegaba al salvaje
de piel oscura a una posición cercana a la del mono», a la vez que se reforzó la
cuantificación y la obsesión por los números. «La evolución y la cuantificación
formaron una alianza temible; en cierto sentido, su unión forjó la primera teoría
racista “científica” de peso... Antes de Darwin, los antropólogos habían presentado
datos numéricos, pero la tosquedad de un análisis como el de Morton invalida
cualquier pretensión de rigor. Hacia finales del siglo de Darwin, unas técnicas
generalizadas y un creciente cuerpo de conocimientos estadísticos habían producido
un diluvio de datos numéricos más fidedignos... Se consideraban (los craneómetras) a
sí mismos esclavos de los números, apóstoles de la objetividad. Y confirmaron todos
los prejuicios habituales de los hombres blancos pudientes: que los negros, las
mujeres y las clases pobres ocupan puestos subordinados debido a los rigurosos
dictados de la naturaleza» (Gould, 1984, págs. 61-62). Con frecuencia los científicos,
obsesionados por los números y la medida, están tan convencidos de su objetividad
que son totalmente incapaces de ver los prejuicios que están tras las interpretaciones
que ellos mismos hacen de sus datos. Lo peor no es siquiera su racismo científico,
sino su total ignorancia de la existencia de tal prejuicio. De ahí su prepotencia
incontenida. El problema estriba en que, en la edad de la ciencia, la gente necesita
que los científicos confirmen sus prejuicios. Ésa fue también la función de Paul
Broca, profesor de cirugía clínica, que en 1859 había fundado la Sociedad
Antropológica de París, y que concluyó con rotundidad que «el cerebro es más grande
en los adultos que en los ancianos, en los hombres que en las mujeres, en los hombres
eminentes que en los de talento mediocre, en las razas superiores que en las razas
inferiores» (Broca, 1861, pág. 304). Y en páginas anteriores había sentenciado (pág.
188): «A igualdad de condiciones, existe una relación significativa entre el desarrollo
de la inteligencia y el volumen del cerebro». Cinco años más tarde, en un artículo
sobre antropología para una enciclopedia, Broca se expresó en términos aún más
enérgicos (1866, pág. 280): «Un rostro prognático (es decir, proyectado hacia
adelante), un color de piel más o menos negro, un cabello lanudo y una inferioridad
intelectual y social, son rasgos que suelen ir asociados, mientras que una piel más o
menos blanca, un cabello lacio y un rostro ortognático (es decir, recto), constituyen la
dotación normal de los grupos más elevados en la escala humana». Y unas pocas
páginas después es aún más contundente, si cabe (págs. 295-296): «Ningún grupo de
piel negra, cabello lanudo y rostro prognático ha sido nunca capaz de elevarse
espontáneamente hasta el nivel de la civilización». Ante la evidente dureza de tales
argumentos, el propio Broca, de forma parecida a como más tarde dirán también los

80
psicómetras genetistas del CI, se lamenta de que las cosas sean así, ¡qué le vamos a
hacer!, los hechos son los hechos. Y puntualizaba: «No existe fe alguna, por
respetable que sea, ni interés alguno, por legítimo que sea, que no deba adaptarse al
progreso del conocimiento humano e inclinarse ante la verdad» (citado en Count,
1950, pág. 72). Sin embargo, ello no era la Verdad Absoluta, sino sencillamente la
verdad amañada y fabricada por los datos y sobre todo por la interpretación
interesada e ideológica de éstos, procedimiento que en el caso de Broca nos lo explica
perfectamente Gould (1984, pág. 74): «Dediqué un mes a la lectura de las principales
obras de Broca, prestando especial atención a sus procedimientos estadísticos...
(encontrando que sus conclusiones) coincidían con las creencias compartidas por la
mayoría de los individuos blancos de sexo masculino que triunfaron en su época:
ellos, por gracia de la naturaleza, ocupaban el puesto más elevado, mientras que las
mujeres, los negros y los pobres figuraban en posiciones inferiores. A diferencia de
los datos de Morton, los suyos eran fidedignos, pero la recolección de los mismos se
había realizado con un criterio selectivo, y luego habían sido objeto de una
manipulación inconsciente, para que confirmasen unas conclusiones preconcebidas.
Este procedimiento permitía dotar a dichas conclusiones no sólo de la sanción de la
ciencia sino también del prestigio de los números... Hay mil maneras diferentes de
medir el cuerpo humano. Cualquier investigador convencido de antemano de la
inferioridad de determinado grupo, puede seleccionar un pequeño conjunto de
mediciones para ilustrar la mayor afinidad del mismo con los monos (Por supuesto,
este procedimiento también podría aplicarse en el caso de los individuos blancos de
sexo masculino, si bien nadie lo ha intentado. Por ejemplo, los blancos tienen labios
delgados, propiedad que comparten con los chimpancés, mientras que los de los
negros son más gruesos y, por tanto, más “humanos”). El prejuicio fundamental de
Broca consiste en su creencia de que las razas humanas podían jerarquizarse dentro
de una escala lineal de valor intelectual» (Gould, 1984, págs. 75-76).
En 1879, Gustave Le Bon, uno de los padres de la psicología social,
probablemente plagiario él mismo de las ideas del italiano Sighele (véase Ovejero,
1997) y principal misógino de la escuela de Broca, utilizó esos datos craneométricos
de su maestro para publicar lo que habría de ser el más virulento ataque contra las
mujeres de toda la literatura científica moderna, siendo ésta la conclusión de Le Bon
(1879, págs. 60-61): «En las razas más inteligentes, como sucede entre los parisinos,
hay gran cantidad de mujeres cuyo cerebro presenta una tamaño más parecido al del
gorila que al del hombre. Esta inferioridad es tan obvia que nadie puede dudar ni un
momento de ella; sólo tiene sentido discutir el grado de la misma. Todos los
psicólogos que han estudiado la inteligencia de la mujer, así como los poetas y
novelistas, reconocen hoy que (la mujer) representa la forma más baja de la evolución
humana, y que está más cerca del niño y del salvaje que del hombre adulto y
civilizado. Se destaca por su veleidad, inconstancia, carencia de ideas y de lógica, así
como por su incapacidad para razonar. Sin duda, hay algunas mujeres destacadas,
muy superiores al hombre medio, pero son tan excepcionales como la aparición de
cualquier monstruosidad, como un gorila de dos cabezas, por ejemplo; por tanto,
podemos dejarlas totalmente de lado».
Sin embargo, una de las razones por las que dejó de utilizarse la craneometría,

81
aunque nunca ha sido abandonada del todo, se debió al éxito del evolucionismo, que
contribuyó a dar otros argumentos más creíbles en la nueva época, como fue el caso
de la recapitulación y de la antropología criminal. «Ambas teorías se apoyaban en el
mismo método cuantitativo y supuestamente evolucionista, que consistía en buscar
signos de morfología simiesca entre los miembros de los grupos considerados
indeseables» (Gould, 1984, pág. 107).
b) La tesis de la recapitulación: el zoólogo alemán Ernst Haeckel (1834-1919)
intentó recuperar una vieja teoría biológica creacionista, pero dándole un tinte
evolucionista, y sugirió que el desarrollo embriológico de las formas superiores podía
servir de guía para deducir directamente la evolución del árbol de la vida. Declaró
que «la ontogenia era una recapitulación de la filogenia», es decir, que a lo largo de
su crecimiento, cada individuo atraviesa una serie de estadios que corresponden, en el
orden correcto, a las diferentes formas adultas de sus antepasados. «La idea de la
recapitulación figura entre los conceptos más influyentes que produjo la ciencia de
finales del siglo XIX. Fue decisiva en diferentes campos científicos, como la
embriología, la morfología comparada y la paleontología. En todas esas disciplinas la
idea de reconstruir los linajes evolutivos llegó a ser una obsesión, y se consideró que
el concepto de recapitulación era el instrumento idóneo para dicha tarea. Las
hendiduras branquiales que se observan en el embrión humano al comienzo de su
desarrollo, representaban el estudio adulto de un pez filogenéticamente previo... La
recapitulación también proporcionó un criterio irresistible a todos aquellos científicos
interesados en establecer diferencias jerárquicas entre los grupos humanos. Así, los
adultos pertenecientes a grupos inferiores deben ser como los niños de los grupos
superiores, porque el niño representa un antepasado primitivo adulto. Si los negros y
las mujeres adultos son como los niños varones blancos, entonces vienen a ser los
representantes vivos de un estadio primitivo de la evolución de los varones blancos.
Esto supuso el descubrimiento de una nueva teoría anatómica — que tomaba en
cuenta todo el cuerpo, y no sólo la cabeza— para la clasificación jerárquica de las
razas» (Gould, 1984, págs. 108-109). Es más, la recapitulación se utilizó como teoría
general del determinismo biológico, de tal manera que todos los grupos «inferiores»
fueron comparados con los niños varones blancos. Así, E. D. Cope sostuvo que los
rasgos de las mujeres son «esencialmente similares a los que se observan en los
hombres durante el estadio inicial de su desarrollo» (1887, pág. 159). Más aún, como
añade Gould, si la anatomía elaboró el argumento fuerte de la recapitulación, el
desarrollo psíquico, por su parte, aportó un rico campo para su corroboración. ¿Acaso
no se sabe que los salvajes y las mujeres son similares emocionalmene a los niños?
Eso era lo que sostenía, por ejemplo, Le Bon. «No era la primera vez que los grupos
despreciados se comparaban con los niños, pero la teoría de la recapitulación revistió
ese viejo cuento con el manto de respetabilidad social propio de la teoría científica.
La frase “son como niños” dejó de ser una simple metáfora de la intolerancia, para
convertirse en una proposición teórica según la cual las personas inferiores habrían
quedado literalmente empantanadas en una etapa primitiva del desarrollo, cuyo punto
de llegada correspondería a los grupos superiores» (Gould, 1984, pág. 111).
Como vemos, por esos años de entre siglos, los hombres parecían tener un gran
interés en demostrar su superioridad sobre las mujeres (Le Bon, Cope, etc.), y eso era

82
lo que «demostraba la ciencia», de la misma manera que más tarde «demostraría» la
inferioridad de inmigrantes, negros u obreros. Pues bien, también G. S. Hall, en
aquellos momentos nada menos que el psicólogo más importante de Norteamérica,
formuló la que debemos considerar la tesis más absurda de los anales del
determinismo biológico cuando afirmó que la mayor frecuencia de suicidios entre las
mujeres demostraba que estas últimas se situaban en un estadio evolutivo inferior al
de los hombres (1904, vol. 2, pág. 194): «Esto expresa la existencia de una profunda
diferencia psíquica entre los sexos. El cuerpo y el alma de la mujer son
filogenéticamente más antiguos y más primitivos; en cambio, el hombre es más
moderno, más variable y menos conservador. Las mujeres siempre tienden a
conservar las viejas costumbres y los viejos modos de pensar. Las mujeres prefieren
los métodos pasivos; (prefieren) entregarse al poder de las fuerzas elementales, como
la gravedad, cuando se arrojan desde las alturas o ingieren un veneno, métodos de
suicidio en los que superan al hombre». Pero la recapitulación no se utilizó solamente
para intentar demostrar la superioridad masculina, sino que permitía también
justificar tanto la superioridad blanca como el propio imperialismo. Así, B. Kidd
extendió el argumento para justificar la expansión colonial en África tropical (1898,
pág. 51). «Nos enfrentamos con unos pueblos que representan en la historia del
desarrollo de la raza el mismo estadio que el niño en la historia del desarrollo del
individuo. Por tanto, los trópicos no se desarrollarán por obra de los propios
indígenas». Es la misma naturaleza la que en África pide la colonización.
c) La antropología criminal: las primeras teorías criminológicas tuvieron un
cariz abiertamente positivista, por lo que se concentraron en el delincuente con la
finalidad explícita de buscar la explicación de la delincuencia en su constitución
física, primero, y psíquica después. Y fue quizá la teoría de Lombroso sobre «el
hombre criminal» la doctrina más influyente que jamás produjo la tradición
antropométrica. Lombroso, médico italiano, describió la intuición que lo condujo a la
teoría de la criminalidad innata y a la creación de la disciplina por él fundada: la
antropología criminal. En 1870, mientras estaba estudiando las diferencias
anatómicas que podrían distinguir a los criminales de los locos, examinó el cráneo del
famoso bandolero Vihella y tuvo aquella jubilosa ocurrencia que tanta fama le daría,
al «ver» en aquel cráneo una serie de rasgos atávicos que evocaban más el pasado
simiesco que el presente humano. De esta manera, la teoría de Lombroso constituía
una teoría evolucionista específica, basada en datos antropométricos. «Los criminales
son tipos atávicos desde el punto de vista de la evolución, que perduran entre
nosotros. En nuestra herencia yacen aletargados gérmenes procedentes de un pasado
ancestral. En algunos individuos desafortunados, aquel pasado vuelve a la vida. Esas
personas se ven impulsadas por su constitución innata a comportarse como lo harían
un mono o un salvaje normales, pero en nuestra sociedad civilizada su conducta se
considera criminal. Afortunadamente, podemos identificar a los criminales natos
porque su carácter simiesco se traduce en determinados signos anatómicos. Su
atavismo es tanto físico como mental, pero los signos físicos, o estigmas, como los
llamaba Lombroso, son decisivos. La conducta criminal también puede aparecer en
hombres normales, pero reconocemos al “criminal nato” por su anatomía» (Gould,
1984, págs. 119-120). De hecho, la anatomía se identifica con el destino, y los

83
criminales natos no pueden quitarse esa mancha hereditaria (Lombroso, 1887, pág.
667): «Nos gobiernan unas leyes silenciosas que nunca dejan de actuar, y que rigen la
sociedad con más autoridad que las leyes inscritas en nuestros códigos. El crimen... se
presenta como un fenómeno natural».
Y para completar su argumento, Lombroso dedicó la primera parte de su obra
más importante, El hombre criminal, a un ridículo análisis de la conducta criminal de
los animales. El siguiente paso era lógico: comparó a los criminales con los grupos
«inferiores». Así, Bordier (1879, pág. 284), un seguidor de Lombroso, escribió
textualmente: «Yo compararía al criminal con un salvaje que, por atavismo,
apareciese en la sociedad moderna; podemos considerar que nació criminal porque
nació salvaje». Pues bien, «la mayoría de los estigmas anatómicos señalados por
Lombroso no eran patologías ni variaciones discontinuas, sino valores extremos
dentro de una curva normal, que se aproximaban a las medidas medias que el rasgo
en cuestión presenta en los simios superiores» (Gould, 1984, pág. 123).
Sorprendentemente, examinando las plantas de los pies de una serie de prostitutas,
Lombroso afirma que mostraban perfectamente que la morfología de la prostituta es
aún más anormal que la del criminal, sobre todo por las anomalías atávicas, puesto
que el pie prensil constituye un atavismo. Pero Lombroso fue más lejos aún, llegando
incluso a postular la existencia de una semejanza significativa entre la asimetría facial
de algunos criminales y la localización de los ojos sobre la superficie del cuerpo en el
rodaballo, el lenguado y peces similares.
Ahora bien, entre los numerosos efectos sociales de la teoría de Lombroso me
interesa destacar éste: si los salvajes humanos, como los criminales natos,
conservaban rasgos simiescos, entonces las tribus primitivas —«razas inferiores
carentes de ley»— podían ser consideradas esencialmente criminales. Así, la
antropología criminal suministró un poderoso argumento en favor del racismo y el
imperialismo en el momento culminante de la expansión colonial europea» (Gould,
1983, pág. 252). Lombroso, dando cuenta de la reducción de la sensibilidad al dolor
entre criminales, escribió: «Su insensibilidad física recuerda mucho la de los pueblos
salvajes capaces de soportar, en los ritos de la pubertad, torturas que un hombre
blanco jamás sería capaz de tolerar. Todos los viajeros conocen la indiferencia de los
negros y los salvajes americanos al dolor». Curiosamente, estas características, tan
elogiadas cuando afectaban a Santa Juana cuando fue quemada o a San Sebastián
cuado fue atravesado por flechas, se convierte en una clara señal de primitivismo
cuando afecta a personas de otras «razas». Estamos ante una clara prueba del racismo
de siempre, disfrazado en este caso de científico.
La influencia de Lombroso fue enorme, constatándose en multitud de autores
como Ferri, Le Bon, Sighele o Taine. Este último afirmaba textualmente: «Nos ha
mostrado usted unos orangutanes crueles y lúbricos, con rostro de hombre. Es
evidente que no pueden comportarse de otra manera. Si violan, roban y matan, lo
hacen en virtud de su propia naturaleza y su pasado, pero su destrucción se justifica
aún más ahora que se ha demostrado que nunca dejarán de ser orangutanes» (citado
con aprobación en Lombroso, 1911, pág. 428). Las consecuencias sociales y políticas
de tales ideas son las esperables. Así, Ferri conjuntaba la teoría darwinista y la de
Lombroso para justificar «científicamente» la pena de muerte (1897, págs. 239-240):

84
«Considero que la pena de muerte viene decretada por la naturaleza, y se aplica
continuamente en la vida del universo. La ley universal de la evolución nos muestra
también que todo progreso vital es el producto de una selección permanente, de la
muerte del que menos se adapta a la lucha por la vida. Ahora bien, en la humanidad,
como en los animales inferiores, esa selección puede ser natural o artificial. Por tanto,
la sociedad humana actúa de acuerdo con las leyes naturales cuando realiza una
selección artificial que elimina a los individuos antisociales y monstruosos».
El lector puede pensar que todos estos autores (Morton, Broca, Agassiz,
Lombroso, Le Bon, etc.) son ya muy antiguos como para sacarlos ahora a colación.
De hecho, ésa es la acusación que Colom (2000) le hace a Gould. Sin embargo, como
señala el propio Gould, los viejos argumentos nunca mueren, sólo cambian de ropaje,
de tal forma que no hace mucho un autor del prestigio y fama de Eysenck retoma el
argumento neoténico para justificar su teoría de la inferioridad de los negros. Y ese
cambio de vestimenta consistió en comenzar a sustituir, hacia 1912, la torpeza del
índice craneano por la complejidad de los test de inteligencia.

3. ORÍGENES DE LA PSICOMETRÍA DEL CI

Sin ninguna duda, podemos considerar a Galton (1822-1911) el padre de la


psicometría genetista del CI. Pero para entender mejor el éxito de su obra y de sus
ideas se hace necesario analizar primero el suelo en que sembró tales ideas, que no
fue otro que la Inglaterra de la segunda mitad del siglo XIX, en plena era victoriana,
caracterizada, a la vez, por la expansión colonial inglesa, por las consecuencias
sociales de una industrialización y una urbanización aceleradas, por el comienzo de
las reivindicaciones y las revueltas de los obreros industriales y por un exagerado
puritanismo de las familias acomodadas. Todo ello ayuda a explicar la necesidad que
tenían las clases pudientes inglesas de justificar su posición y sus privilegios tanto
dentro de Inglaterra (efectos del capitalismo) como fuera (consecuencias del
colonialismo). Es este contexto el que explica el éxito tanto de El origen de las
especies de Charles Darwin como el de las ideas de su primo Francis Galton. Y es
que, como ya hace veinte años señalaran Castells e Ipola (1981, pág. 9), «todo
producto intelectual se sitúa históricamente. Sus condiciones de producción y de
utilización forman parte del mismo», lo que puede aplicarse en general a la ciencia y
a todos los productos científicos, y en particular a los estudios sobre cociente
intelectual. Y es que éstos, como todos los trabajos científicos, son ante todo hechos
sociales, pues los hechos científicos, como cualquier otro hecho, son construidos
socialmente. Es la teoría la que los construye (véase Ovejero, 1999, cap. XI). Y la
teoría es elaborada en —y por tanto, influida por— un contexto social, político,
económico e ideológico muy concreto. Así, cuando Galton funda la psicometría se
verá fuertemente influido por el determinismo biológico y por la eugenesia, tan en
boga en Gran Bretaña por aquellos años. «En Gran Bretaña, el crecimiento de la
economía burguesa y su posterior poder político, conllevó su propia consolidación
intelectual, principalmente en los ámbitos de la economía, la demografía malthusiana
y el evolucionismo social, a todos ellos estrechamente interrelacionados. Desde

85
mediados del siglo XIX, una perspectiva diferente de la naturaleza humana —una
nueva psicología— se fue convirtiendo en una cada vez más importante parte de esta
consolidación intelectual. Doctrinas de la naturaleza humana como algo plástico y de
la igualdad humana innata dieron paso a una más estructurada perspectiva de la
mente y a un concepto de una innata desigualdad humana con la que racionalizar las
desigualdades económicas y políticas de la sociedad burguesa» (Evans y Waites,
1981, pág. 33). Más en concreto, como ya hemos dicho, el éxito tanto de Spencer y
de Darwin, como de la psicometría del CI, con Galton a la cabeza, provino del hecho
de que satisfacían la necesidad de las clases medias británicas —y no sólo británicas
— de hacer compatible el ideal ilustrado de igualdad entre todos los hombres y las
desigualdades reales de la sociedad capitalista. Veamos, siquiera someramente, a los
principales protagonistas, comenzando por Malthus, en quien se basan tanto Spencer
como Darwin o Galton. Más aún, Malthus supuso la primera respuesta «científica» a
la revolución francesa y a su proclamación de la igualdad entre todos los hombres.
Thomas Robert Malthus (1776-1834): economista, demógrafo y sacerdote
anglicano, publicó en 1798 su muy influyente An Essay on the Principle of
Population as it Affects the Future Improvement of Society, en el que defendía la tesis
de que el principal problema para la humanidad era la superpoblación, dado que, a su
juicio, la población crece en progresión geométrica mientras que los alimentos lo
hacen sólo en progresión aritmética. Más en concreto, Malthus, tras sentar los dos
postulados siguientes (1983, pág. 32): «Primero: el alimento es necesario a la
existencia del hombre. Segundo: la pasión entre los sexos es necesaria y se mantendrá
prácticamente en su estado actual», añadía (págs. 33-34): «Considerando acertados
mis postulados, afirmo que la capacidad de crecimiento de la población es
infinitamente mayor que la capacidad de la tierra para producir alimentos para el
hombre. La población, si no encuentra obstáculos, aumenta en progresión geométrica.
Los alimentos tan sólo aumentan en progresión aritmética... Para que se cumpla la ley
de nuestra naturaleza, según la cual el alimento es indispensable a la vida, los efectos
de estas dos fuerzas tan desiguales deben ser mantenidos al mismo nivel. Esto implica
que la dificultad de la subsistencia ejerza sobre la fuerza de crecimiento de la
población una fuerte y constante presión restrictiva. Esta dificultad tendrá que
manifestarse y hacerse cruelmente sentir en un amplio sector de la humanidad». Y
añade (pág. 35): «Esta natural desigualdad entre las dos fuerzas de la población y de
la producción en la tierra, y aquella gran ley de nuestra naturaleza, en virtud de la
cual los efectos de estas fuerzas se mantienen constantemente nivelados, constituyen
la gran dificultad, a mi entender, insuperable, en el camino de la perfectibilidad de la
sociedad». Con lo que deduce Malthus, determinísticamente, lo siguiente (pág. 35):
«Ninguna pretendida igualdad, ninguna reglamentación agraria, por muy radical que
sea, podrá eliminar, durante un siglo siquiera, la presión de esta ley, que aparece,
pues, como decididamente opuesta a la posible existencia de una sociedad cuyos
miembros puedan todos tener una vida de reposo, felicidad y relativa holganza y no
sientan ansiedad ante la dificultad de proveerse de los medios de subsistencia que
necesitan ellos y sus familias. Por consiguiente, si las premisas son justas, el
argumento contra la perfectibilidad de la masa de la humanidad es terminante». Ante
esta situación, ¿qué hacer? Porque, desde luego, algo habrá que hacer, dado que sus

86
efectos serán inevitablemente devastadores. Se hace necesario contener el
crecimiento de la población fundamentalmente por dos vías: por vía positiva,
aumentando la mortalidad (guerras, hambrunas, epidemias, etc.) y por vía negativa,
disminuyendo la natalidad (incremento de los abortos o a través del control de la
natalidad). Este último punto será el que intenten fomentar muchos de sus seguidores,
como luego veremos, consiguiendo incluso que se aprobaran leyes de esterilización
obligatoria para ciertos sectores de la población1.
Por otra parte, uno de los principales propósitos de Malthus era demostrar los
efectos perversos de las Leyes de Pobres, aprobadas para aliviar la situación de los
más necesitados. «Las poor-laws inglesas tienden a empeorar la situación general de
los pobres en las dos formas que acabamos de ver. En primer lugar, tienden
evidentemente a aumentar la población sin incrementar las subsistencias. Los pobres
pueden casarse, aunque las probabilidades de poder mantener a su familia con
independencia sean escasas o nulas. Puede decirse que estas leyes, en cierta medida,
crean a los pobres que luego mantienen, y como las provisiones del país deben, como
consecuencia del aumento de población, distribuirse en partes más pequeñas para
cada uno, resulta evidente que el trabajo de quienes no reciben la ayuda de la
beneficencia pública tendrá un poder adquisitivo menor que antes, con lo cual crecerá
el número de personas obligadas a recurrir a esta asistencia. En segundo lugar, la
cantidad de provisiones consumidas en los asilos por un sector de la sociedad que, en
general, no puede ser considerado como el más valioso, reduce las raciones de los
miembros más hacendosos y merecedores, obligando de esta manera a algunos a
sacrificar su independencia. Si los pobres de los asilos viviesen mejor que en la
actualidad, esta nueva distribución del dinero de la sociedad tendería a empeorar de
manera aún más notable la situación de quienes no viven en ellos, por provocar el
aumento del precio de las provisiones» (Malthus, 1983, págs. 75-76). Más aún, añade
Malthus (pág. 80), «tal vez una de las principales objeciones a estas leyes es que para
asegurar esta asistencia que reciben algunos pobres, a quienes se hace un favor
bastante dudoso, se somete a todas las clases humildes de Inglaterra a un conjunto de
leyes irritantes, improcedentes, tiránicas y totalmente incompatibles con el espíritu
genuino de la Constitución». Más claro aún lo dice poco después (pág. 82): «Suprimir
las privaciones de las clases inferiores de la sociedad es, ciertamente, una tarea difícil.
La verdad es que la presión de la miseria en esta parte de la comunidad es un mal tan
profundamente arraigado que no hay inventiva humana capaz de alcanzarlo. Si
tuviese que proponer algún paliativo, y paliativos son lo único que la naturaleza del
caso admite, sería, en primer lugar, la total derogación de todas las actuales leyes de
asistencia parroquial». Pero, como harían después autores como Eysenck o
Herrnstein, también Malthus revistió estas impresentables tesis clasistas con ropajes
humanitarios y de ayuda a los necesitados (1983, págs. 76-77): «El obrero que se casa
sin poder mantener a su familia puede ser considerado, en cierta medida, como
enemigo de todos sus compañeros. No me cabe la menor duda de que las leyes de
beneficencia inglesas han contribuido a elevar el precio de las subsistencias y a
rebajar el precio real del trabajo. Han contribuido, por tanto, a empobrecer a esa clase
de la población que no posee más que su trabajo. También es difícil suponer que no
hayan contribuido poderosamente a engendrar esa negligencia y esa carencia de

87
frugalidad que se observa en los pobres, tan contrarias al carácter y actitud de los
pequeños comerciantes y labradores. El trabajador pobre siempre parece vivir “de la
mano a la boca”, utilizando esta expresión vulgar. Su atención, centrada en sus
necesidades inmediatas, rara vez se preocupa del porvenir. Incluso cuando se le
presenta alguna posibilidad de ahorrar, pocas veces la aprovecha; en general, todo lo
que le sobre después de satisfacer sus necesidades del momento va a parar, hablando
en general, a la taberna. Las poor-laws inglesas aminoran, puede decirse, tanto la
posibilidad como la voluntad de ahorrar en el pueblo sencillo, debilitando así uno de
los principales incentivos de la laboriosidad y la templanza, y, por tanto, de la
felicidad».
Por consiguiente, para Malthus, y en esto es en lo que más le seguirán los
eugenesistas posteriores, las limosnas no solucionan nada, por lo que habrá que tomar
medidas fuertes que lleven al remedio real: el control de la natalidad. «Todo
obstáculo al matrimonio debe ser, indudablemente, considerado como un factor de
infelicidad. Pero como en virtud de las leyes de nuestra naturaleza es necesario que
exista algún tipo de obstáculo que frene el crecimiento de la población, es preferible
que este obstáculo consista en la aprehensión ante las dificultades que supone
mantener a una familia y el temor a la pobreza dependiente, a que después de
fomentar este crecimiento sea necesario que la miseria y la enfermedad acudan a
reprimirlo» (Malthus, 1983, pág. 79). Como podemos constatar, fue Malthus el
auténtico inspirador de la eugenesia que más tarde fundaría Galton, como veremos.
Pero probablemente el derrotero de la psicometría del CI no hubiera sido el que fue
sin la influencia de Darwin.
Charles Darwin (1809-1882), autor que tanto influyó no sólo en la biología
posterior sino también en toda la Modernidad, también lo hizo en la psicometría del
CI. Sin embargo, en absoluto podemos culpabilizar a Darwin de ello. Por el contrario,
con toda seguridad Charles Darwin se hubiera rebelado contra el mero intento de
utilizar su nombre para justificar la psicometría del CI o cualquier otro racismo.
Darwin no sólo no era partidario del darwinismo social, es que lo era aún menos, si
cabe, del carácter heredado de la inteligencia. En efecto, explícitamente lo dice en
una carta a su primo Francis Galton: «Siempre he mantenido que, excepto los
imbéciles mentales, las personas no difieren mucho entre sí en inteligencia, sólo en
motivación y en trabajo duro». Darwin era, pues, más heredero de la Ilustración de lo
que lo fue Malthus o lo sería Galton.
A Darwin se le asocia siempre con la idea de evolución, idea no inventada por
él: estaba en el ambiente de su época. Ya su abuelo, Erasmus Darwin (1731-1802),
había mantenido ideas evolucionistas que tanto él como su primo Galton,
tambiénnieto de Erasmus Darwin, conocían bien. Pero fue la lectura del Ensayo sobre
la población de Malthus lo que le dio a Charles Darwin la pista fundamental para
desarrollar su idea de evolución a través de la selección natural. Como ya sabemos, la
idea central de Malthus era que la población tiende a crecer más deprisa que los
recursos y los alimentos. De ahí dedujo Darwin que si los seres vivos tienen una gran
capacidad para reproducirse, pero los recursos son limitados, sólo las variantes más
aptas de cada generación sobrevivirán lo suficiente como para reproducirse y
transmitir sus características a sus hijos. La repetición de este proceso, que es ciego,

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generación tras generación producirá necesariamente que las especies vayan
evolucionando y haciéndose más aptas para vivir en su propio entorno. La mera
escasez de recursos hace las veces del agricultor que selecciona las plantas en cada
generación. Y precisamente en esto consiste la selección natural, que es la idea
fundamental de Darwin y su principal aportación2. Y es justamente la idea de
selección natural la que está en la base de la psicometría del CI y, en general, de todo
el darwinismo social. Sin embargo, el propio Darwin tenía tantas dudas que aunque
había desarrollado su teoría evolucionista ya en 1838 no la publicó hasta veintiún
años más tarde, en 1859, y sólo porque A. R. Wallace estaba a punto de «pisársela».
Para ser breves, diremos que la teoría de la selección natural puede ser explicada así
(Gould, 1983, pág. 9): a) los organismos varían, y estas variaciones son heredadas (al
menos en parte) por su descendencia; b) los organismos producen más descendencia
de la que puede concebiblemente sobrevivir, y c) por término medio, la descendencia
que varíe más intensamente en las direcciones favorecidas por el medio ambiente
sobrevivirá y se propagará. Por lo tanto, las variaciones favorables se acumularán en
las poblaciones por selección natural. Pues bien, «estas tres afirmaciones garantizan
la actuación de la selección natural, pero no garantizan (por sí mismas) el papel
fundamental que Darwin le asignó. La esencia de la teoría de Darwin yace en su
convicción de que la selección natural es la fuerza creativa de la evolución —no
simplemente el verdugo de los no adaptados» (Gould, 1983, pág. 10). La selección
natural y la supervivencia de los más aptos, pues, es todavía una cuestión de fe, pues
aún no ha sido demostrada por nadie (véase Chauvin, 2000), aunque es indiscutible
que tuvo una enorme influencia. E igualmente es indiscutible que su éxito provino de
su coherencia con el liberalismo político del momento y de su gran utilidad para
justificar tanto el capitalismo industrial como el colonialismo, así como las injusticias
y desigualdades que ambos producían, hasta el punto de que el Origen de las especies
se agotó el primer día que salió al mercado. Más éxito aún, si cabe, y por las mismas
razones, tuvo Spencer:
Herbert Spencer (1820-1903): este filósofo británico es considerado el
auténtico padre del darwinismo social, hasta el punto de que, como ya hemos dicho,
hay quien afirma que no es que Spencer fuera darwiniano, sino Darwin spenceriano
(Pizarro, 1998). Dos principales datos de su biografía explican su trayectoria: su
liberalismo a ultranza, hasta el punto de que el 1848 asumió la dirección de la revista
The Economist, órgano del liberalismo radical; y su ferviente fe en el evolucionismo,
siendo el principal responsable de la aplicación del darwinismo a la historia y a la
sociedad, como se constata en su principal obra filosófica, Synthetic Philosophy,
publicada en tres volúmenes a lo largo de la década de 1850 y, por tanto, antes de que
apareciera El origen de las especies. Para Spencer, la sociedad humana se asemeja a
un enorme organismo biológico, capaz de desarrollarse casi infinitamente, pero
evolucionando paulatinamente, no adminitiendo cambios bruscos o revolucionarios
que no serían sino la desaparición de la sociedad. Conservador a ultranza, se oponía a
la intervención del Estado en la sociedad y consideraba al capitalismo como el
estadio final del desarrollo evolutivo de la humanidad, adelantándose en este punto en
siglo y medio a Francis Fukuyama.
Pero la importancia de Spencer para la psicometría proviene de otro aspecto de

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su obra. Generalmente se considera que fue Spencer quien reintrodujo en la teoría
psicológica el término de «inteligencia». Por ello entendía Spencer la capacidad
fundamental de la cognición que capacita al organismo humano para adaptarse más
eficazmente a un ambiente complejo y siempre cambiante. Como escribía el propio
Spencer (1837, pág. 120), «la inteligencia consiste en el establecimiento de
correspondencias entre relaciones en el organismo y relaciones en el ambiente». Y la
psicología de Spencer desempeñará un papel crítico en su sociología dado que él
creía que debajo de los fenómenos sociales subyacían «ciertos fenómenos vitales».
En consecuencia, la complejidad estructural y funcional de las sociedades avanzadas
se relacionan con las capacidades innatas de sus poblaciones, aunque el
evolucionismo social de Spencer se basa en la concepción lamarckiana de la
heredabilidad de los rasgos adquiridos: en la lucha por la vida los individuos tienden
a adaptarse al ambiente para lo que desarrollan ciertos rasgos que transmiten a sus
hijos, lo que explica la paulatina constitución de las clases sociales. Y eso mismo fue
lo que, a su juicio, ocurrió con la inteligencia: su desarrollo fue una forma de
adaptarse a un ambiente difícil que luego se transmitiría a los descendientes. También
está Spencer en el origen de la eugenesia con sus feroces invectivas contra el Indigno
Pobre, contra la educación universal y gratuita, contra la comida gratuita para niños
indigentes, contra las clínicas, hospitales y servicios sociales para los pobres, y contra
todo tipo de normativa que regulara las horas de trabajo o que exigieran unas
condiciones sanitarias mínimas en las fábricas y minas o en las viviendas de los
trabajadores, o incluso contra los sindicatos, que Spencer veía como el instrumento de
la tiranía humana que destruiría la civilización. Spencer sí creía en los derechos
humanos de los pobres, pero pensaba que los tendrían en el cielo, mientras, añadía,
tales derechos aquí, en la tierra, sólo llevan a incrementos de impuestos3.Y va más
allá aún Spencer al escribir que al ayudar a los niños pobres a sobrevivir en épocas de
adversidad social o personal, los equivocados filántropos están siendo culpables de
serios crímenes contra la sociedad, porque están ayudando a que los elementos menos
valiosos de la sociedad se reproduzcan y crezcan, con la amenaza que ello supone
para toda la sociedad. Lo mismo que decía Malthus casi cien años antes y que volverá
a repetir Herrnstein un siglo más tarde.
Y si Spencer fue muy influyente en la psicometría posterior, más aún y más
directamente lo fue Francis Galton, sobre todo su temprana distinción, en su conocido
libro Hereditary Genius (1869), entre capacidad mental general (o inteligencia) y
capacidades especiales (o aptitudes particulares), que sería posteriormente recogido
por Spearman y, a través de Burt y otros, llegaría a influir enormemente en la
psicometría norteamericana (Cattell, Thurstone, Vernon, etc.).
Francis Galton (1822-1911): considerado el fundador de la teoría hereditarista
de la inteligencia, de la psicometría y de la psicología diferencial, Galton ha
imprimido en las tres su huella genetista, conservadora y elitista. En efecto, Francis
Galton estaba convencido de que el progreso social depende principalmente de la
existencia de una elite que dirige y orienta a la masa, como ya se constata en dos
artículos publicados en 1865 bajo el mismo título: «Hereditary Talent and Character»,
que cuatro años más tarde publicó, ampliándolos, en forma de libro, Hereditary
Genius (1869), en el que, al no poseer un instrumento para medir la aptitud natural,

90
acudió a la reputación pública como su manifestación directa. Estudió unos mil
hombres que él consideraba eminentes y constató que pertenecían a unas trescientas
familias (incluida la suya), afirmando que el talento aparece con más frecuencia en
los parientes más cercanos y que es más escaso a medida que disminuía el parentesco,
concluyendo que la eminencia no está distribuida en la población de modo aleatorio,
sino que era más frecuente en unas familias que en otras y que, por tanto, la aptitud
natural es una propiedad hereditaria. El carácter pseudocientífico de Galton es más
que evidente y lo grave es que en él se basará en buena medida el desarrollo de gran
parte de la psicología posterior, sobre todo después de que en 1884 abriera el
laboratorio antropométrico en la Exposición Internacional de la Salud de Londres. La
pasión por el número y la medida era la obsesión de Galton y una de las
características definitorias de su época. Otra de sus obsesiones, que compartía con
Malthus y con Spencer, era la eugenesia de la que es considerado el fundador. Así, un
año antes de su muerte, en 1910, a sus ochenta y ocho años, enunció Galton las
normas eugenésicas cuya aplicación —suponía— producirían una mejora en la
patrimonio biológico de la humanidad: 1) alentar matrimonios en una clase
seleccionada de hombres y mujeres; 2) alentar un matrimonio temprano entre ellos; 3)
dispensar condiciones saludables para sus hijos, incluyendo buena comida y
alojamiento. De hecho, en 1908 había fundado la «Eugenics Society», y un año más
tarde la revista mensual The Eugenics Review. También legó 45.000 libras para crear
una cátedra de eugenesia en la Universidad de Londres, cátedra que desde 1912 hasta
1933 fue ocupada por su discípulo Karl Pearson.
Fue Galton también el primero en pretender revestir con ropajes científicos a la
eugenesia. «Para Galton, cuya ignorancia de la socioeoconomía era sólo comparable
a su angustiosa ignorancia de la biología humana4 —una ignorancia más espantosa
por el hecho de que Galton estaba en su cuarto año de Medicina cuando comenzó con
la cuestión de la herencia y rápidamente abandonó la facultad—, las razones para la
conocida tendencia de los hijos de la gente poderosa a situarse por encima de la
media estaban indiscutiblemente “en la sangre”» (Chase, 1980, págs. 12-13). Y es
que, por la época en que Galton escribía su primer libro, Hereditary Genius (1869),
las familias más influyentes de Gran Bretaña llevaban ya una generación disfrutando
de los beneficios sanitarios y médicos de la Revolución Industrial, por lo que la
mortalidad infantil en tales familias se había reducido sensiblemente y la esperanza
de vida, por consiguiente, había aumentado. Y entonces, como ahora, se dio un
fenómeno aparentemente curioso, pero que no lo es tanto: a la disminución de la
mortalidad infantil siguió una reducción en las tasas de nacimientos en las clases
acomodadas británicas, que fue confundido por Galton con «esterilidad» de tales
clases sociales lo que le preocupó enormemente, teniendo en cuenta que las clases
sociales menos favorecidas seguían, obviamente, con sus altas tasas de nacimiento.
Entonces se acordó de Malthus y cayó en la cuenta de que la amenaza poblacional de
que hablaba aquél era más preocupante aún de lo que Malthus creía: porque no sólo
aumentaría peligrosamente la población, es que aumentaría sobre todo entre los más
pobres, que era tanto como decir entre los más tontos, lo que pondría en serios apuros
a toda su raza, la de los anglosajones. Y se puso a buscar una solución a tan gran
peligro. Y la encontró en la eugenesia que para él consistía «en darle a las mejores

91
razas o linajes de sangre una mayor probabilidad de prevalecer rápidamente sobre las
peores» (Galton, 1883, pág. 25). Y enseguida se puso a construir esa eugenesia que
era, para él, más que una ciencia, una fe religiosa, por lo que no debería extrañarnos
que todos los esfuerzos posteriores por desarrollarla estén plagados de actitudes y
comportamientos sectarios, desde el propio Galton a The Curve Bell de Herrnstein y
Murray, pasando por Burt, por Jensen o por Eysenck. La eugenesia la montó Galton
sobre una falsa interpretación. Y de falsas interpretaciones, en absoluto inocentes, se
vio rodeada después. Es más, de una manera absolutamente alejada del más mínimo
rigor científico, Galton llegó a afirmar, cosa que más tarde se convertiría en el norte
de los psicómetras genetistas, que «las clases E y F de los negros equivalen
aproximadamente a nuestras C y D, un resultado que de nuevo señala la conclusión
de que la media intelectual de la raza negra están dos grados por debajo de la nuestra»
(Galton, 1869, pág. 327). Y para tal afirmación no necesitó en absoluto ningún índice
de inteligencia ni ningún CI. Ni necesitó tampoco medida ninguna para decir, como
dijo, que los judíos eran una raza parasitaria de las demás naciones. ¡Él, tan dado a la
cuantificación y la numerología!
No obstante, lo grave del caso es que cuando los psicómetras o los historiadores
de la psicología se refieren a Galton no suelen mostrarnos algo tan fundamental y tan
central en su teoría y en su influencia posterior como eran sus actitudes racistas, sino
que sólo nos lo muestran elogiosa y admirativamente como el padre de la psicología
científica. Así, el talante paregírico de George A. Miller (1970) cuando habla de
Galton es evidente ya desde las primeras líneas que le dedica (pág. 186): «El joven
Frank era extraordinariamente inteligente. Si hemos de dar crédito a lo que se nos
cuenta de las consecuciones de su infancia, su CI tuvo que haber sido cerca de 200, lo
que le sitúa en la misma categoría de algunos de los hombres más inteligentes de
todos los tiempos». Al fin y al cabo, mientras que, de una forma absolutamente
acrítica, no hace sino repetir las palabras de Terman, cuyo absurdo método para
medir el CI de los grandes hombres de los siglos pasados es elogiado por Miller, su
breve biografía de Galton la recoge de la que había escrito otro galtoniano
eugenesista, Karl Pearson. En consecuencia, no es raro que, tras afirmar que «Galton
es fuente en mucha mayor medida de la psicología moderna que Wundt» (pág. 202),
termina el capítulo dedicado a Galton diciendo (pág. 203): «Pero lo que resulta más
impresionante desde la perspectiva moderna y lo que probablemente tiene mayor
importancia para su influencia en la psicología, es la asombrosa inteligencia y poder
creador de este honorable inglés que siempre parecía saber qué dirección tenía que
tomar para buscar la verdad».
Pero si Galton está en el origen de la psicometría del CI, lo está ante todo
porque sus teorías y sus tesis más duras coincidieron en el tiempo por las necesidades
de poderosos grupos ultraconservadores, en diferentes países (Suecia, Inglaterra y
principalmente Estados Unidos y Alemania), interesados principalmente por la
eugenesia, como tapadera pseudicientífica, aunque realmente ideológica, para
justificar su posición privilegiada en la sociedad, además de que servía también para
dar una autodefinición positiva a quienes no la tenían. El éxito de Galton provenía
principalmente, pues, de que «consiguió una síntesis del individualismo liberal con el
darwinismo que ofreció una explicación racional para una sociedad a la vez

92
estratificada en clases sociales y cambiante» (Evans y Waites, 1981, pág. 38). Por
consiguiente, en este campo, como en tantos otros, ciencia e ideología caminaron
muy pronto de la mano, tanto en Malthus, como en Spencer y sobre todo en Galton.
«Galton llegó a ver la estratificación social en clases de la competitiva sociedad
burguesa como estando determinadas por la distribución “normal” de las diferencias
innatas en la población, y la movilidad social dentro de esa sociedad como la
selección natural de los más aptos» (Evans y Waites, 1981, pág. 38): la teoría de
Galton tuvo un gran éxito porque, en primer lugar, fue capaz de explicar por qué la
estructura social es como es, justificando así tanto los privilegios de unos como las
miserias de otros, y porque, en segundo lugar, lo hizo «científicamente», inaugurando
una larga línea de racismo científico que aún no ha terminado.

4. ALGUNAS CONSECUENCIAS DEL RACISMO CIENTÍFICO: DE LA


EUGENESIA AL HOLOCAUSTO

La psicometría del CI durante todo el siglo XX, y particularmente en Estados


Unidos, ha sido una de las más importantes armas que han tenido a su disposición los
eugenesistas para demostrar sus tesis e intentar imponer sus propuestas políticas. De
ahí que se haga necesario ver, siquiera someramente, qué es y qué pretende la
eugenesia, de la que, para empezar, diremos que dice el diccionario que es la
aplicación de las leyes biológicas de la herencia para el perfeccionamiento de la
especie humana. La eugenesia, como la psicometría del CI, como la propia
psicología, y como tantas otras cosas, nace en Europa y se desarrolla en suelo
norteamericano, suelo generalmente más fértil para este tipo de productos. Basándose
en la visión pesimista que sobre el futuro de la población humana tenía Malthus,
Francis Galton fundó la eugenesia, introduciendo en 1883 el término que definió
como «el estudio de las agencias bajo control social que pueden mejorar o debilitar
las cualidades raciales de las futuras generaciones, bien físicamente o bien
mentalmente» (Galton, 1983, pág. 17). Unos años después, el principal defensor
norteamericano de la eugenesia, Davenport (1911, pág. 1), ya sin tapujos, la define
como «la ciencia de la mejora de la raza humana mediante una mejor reproducción».
Por consiguiente, los autores eugenesistas defenderán el carácter básicamente
heredado y genético de la práctica totalidad de las características humanas (tanto
físicas como no físicas) como incluso de los «vicios» y «virtudes» de los grupos
humanos y hasta de las sociedades: la estatura, el alcoholismo, la criminalidad, etc.
William McDougall, el mentor de Burt en Oxford y el predecesor de Spearman
en la Universidad de Londres, considerado erróneamente como fundador de la
psicología social, fue también uno de los principales impulsores de la introducción de
la eugenesia en la psicología. Y en consonancia con ello, tempranamente recomendó
la administración masiva de test de CI a personas pertenecientes a diferentes estratos
sociales y a gran cantidad de familias cercanas para mostrar «la influencia de la
sangre» en el CI y la influencia del CI en el éxito escolar y social. De ahí que el
interés de McDougall podría quedar resumido en esta frase: «la psicología al servicio
de la eugenesia», justamente el título de su artículo publicado el el número 5 de

93
Eugenics Review. El racismo hipócrita de McDougall es transparente en esta cita de
1923 (tomada de Chase, 1980, pág. 448): «Estoy convencido de que una política de
segregación voluntaria (sic) de las personas de color en Estados Unidos es lo único
seguro. Si la nación norteamericana proporciona un territorio para ellos con sus
propias fronteras o si les buscara un territorio adecuado en África o en otro sitio, es
una cuestión sobre la que aún no tengo una opinión hecha. En todo caso, la nación
norteamericana debe un gran acto de justicia y de reparación a su población africana,
y la deuda puede, en mi opinión, ser pagada sólo por el gasto de grandes sumas de
dinero y de un esfuerzo filantrópico en el empeño de desarrollar amplios programas
de segregación».
Ahora bien, a pesar de que fue Galton el padre de la eugenesia, a pesar de sus
esfuerzos y los de su discípulo Pearson por crear un movimiento eugenesista enGran
Bretaña, sin embargo no lo consiguieron en absoluto, pero sí se desarrolló plenamente
en otros países europeos, como Alemania, y muy especialmente en Estados Unidos
donde «después de 1900 el movimiento eugenesista se convirtió, a los ojos de sus
defensores norteamericanos, en un importante avance en la aplicación a los
problemas de las complejas ciudades y sociedades industriales» (Allen, 1995, pág.
442). Así, Lewis Terman expresó su inquietud con absoluta rotundidad (1924): «La
fecundidad de los linajes familiares de los que proceden nuestros hijos más
aventajados parece estar definitivamente menguando... Se ha estimado que si
continúa la actual relación diferencial de nacimientos, dentro de doscientos años mil
licenciados de Harvard tendrán 56 descendientes, mientras que en el mismo período
mil personas procedentes del sur de Italia se habrán multiplicado hasta 100.000». En
este contexto es en el que hay que colocar, y entender, el éxito que en Estados Unidos
tuvieron los test de CI. Pero también McDougall desempeñó un papel relevante en el
movimiento de los test de inteligencia. En efecto, en los primeros años del siglo,
cuando Galton, con la ayuda de la «Sección Antropológica de la Asociación Británica
para el Avance de la Ciencia», comenzó a planificar una segunda investigación
antropométrica para ser llevada a cabo en las escuelas y que incluiría características
tanto mentales como físicas, McDougall fue nombrado presidente del subcomité
psicológico. Inmediatamente formó un pequeño grupo de estudiantes de psicología de
Oxford para trabajar en la construcción y estandarización de test psicológicos para
medir varias características del intelecto y del carácter, seleccionando a Burt para
aplicar test en las escuelas de Oxford. McDougall se unió a la Sociedad para la
Educación Eugenésica ya en su formación y estuvo presente en la formulación de una
política eugenésica “positiva”, por ejemplo, en forma de más altos salarios y ayudas
familiares para los hombres profesionales casados» (Evans y Waites, 1981, pág. 60).

a) Estados Unidos y la eugenesia: Como nos recuerda Garland E. Allen (1995),


algo realmente crucial en el desarrollo de la eugenesia en Estados Unidos fue la
creación de la «Eugenics Record Office» (ERO) en 1910 en Cold Spring Harbor,
Long Island (Nueva York), que, asociada a la más grande «Station for the
Experimental Study of Evolution» (SEE), proporcionó tanto la apariencia de
cientificidad como la realidad de una base institucional desde la que el trabajo
eugenésico sería coordinado a través de todo el país e incluso en la Europa

94
occidental. La ERO sería el lugar del que emanaría toda la propaganda eugenésica y
el lugar de encuentro de los eugenesistas así como el centro desde el que saldrían
todos los intentos de influir sobre la política del país entero. Aquí sobresaldrían dos
nombres, el de Charles B. Davenport (1866-1944), que fue el director tanto de la
ERO como de la SEE, y que sin duda fue la persona crucial en el movimiento
eugenesista norteamericano, tanto por su actividad política como por el impacto de
dos de sus libros (1911, 1928), y el de Harry Hamilton Laughlin (1880-1943), que fue
subdirector de la SEE y superintendente de la ERO. Al frente de la ERO estuvieron
algunos de los hombres que más influyeron en el tristemente exitoso programa
eugenésico norteamericano, pues estaba formada por varios comités: el Comité sobre
la Herencia de los Rasgos Mentales, del que formaban parte Robert M. Yerkes y
Edward L. Thorndike; el Comité sobre la Herencia de la Sordomudez, que incluía
entre otros a Alexander Graham Bell; el Comité de Esterilización, en el que estaba
Harry H. Laughlin; y el Comité sobre la Herencia de la Debilidad Mental, donde
estaba Goddard (véase Karier, 1972, pág. 344). De esta manera, la ERO se convirtió
en la auténtica columna vertebral del movimiento eugenesista norteamericano, de tal
forma que, cuando el 31 de diciembre de 1939, cerró sus puertas, estaba claro que el
movimiento también había dejado de existir. Dos factores básicos explican la pujanza
de la ERO, y del movimiento eugenesista en general: 1) El caldo de cultivo favorable
creado por el hecho de que una parte importante de la población norteamericana
mantuviera ideas claramente racistas; y 2) El gran apoyo financiero que obtuvo de
grandes magnates económicos (Mrs. Harriman, la Fundación Rockfeller, la
Institución Carnegie, la Pioneer Fund, etc.), que estaban muy interesados en el avance
de las ideas eugenesistas. Por tanto, se daban las condiciones para el avance del
movimiento: había seguidores fieles, sectarios y hasta fanatizados, como los mismos
Davenport y Laughlin; tenían a una parte de la población a su favor; y tenían dinero
para las más variadas actividades. En este contexto es en el que entra en escena, y lo
hace como protagonista, la psicometría del CI, protagonismo que ya no abandonaría
durante todo el siglo XX y que comenzó precisamente en un ámbito preferido de los
eugenesistas: el de la inmigración y los intentos por restringirla. Aquí, como luego
veremos mejor, los nombres realmente conocidos son Terman, Goddard, Yerkes y
Brigham. Hubo otra línea de investigación, no racista, que intentaba demostrar la
falsedad de las tesis herencialistas a la hora de explicar las diferencias raciales. Pero
esta línea se nutre principalmente de antropólogos, como Franz Boas (1910), Otto
Klineberg (1931, 1934) (que también era psicólogo social), y de psicólogos negros,
como Thomas R. Garth (1930, 1934) o Peterson (1934) (véase sobre este asunto
Thomas, 1995), pero su incidencia fue pequeña en la psicología y nula en la
psicometría. Todavía hoy día, incluso en España, los nombres de Terman o Yerkes
son altamente conocidos y elogiados, mientras que prácticamente nadie, entre los
psicólogos, conoce a Garth o Peterson, y muy pocos a Boas o incluso a Klineberg.
Dice el Diccionario de eugenesia que en biología es «el estudio de los factores
que, bajo control social, pueden mejorar determinadas características, físicas o
mentales, de la especie humana, o impedir su presencia». Ahora bien, aunque las
prácticas eugenésicas se remontan, como mínimo, a la Grecia clásica, el término
eugenesia, tal como hoy lo entendemos, fue acuñado por Galton en 1883. El

95
programa eugenésico galtoniano preconizaba que la selección de características y
cualidades superiores podía mejorar la raza humana en un lapso de tiempo razonable
si los individuos portadores de ellas eran estimulados a cruzarse entre sí, a la vez que
intentaba fomentar también que los individuos portadores de taras hereditarias, bien
físicas o bien mentales, no se reprodujeran. Pero se trató de programas muy
imprecisos dado que, por entonces, los principios de la genética eran aún mayormente
desconocidos. Más en concreto, Galton5 proponía un programa que abarcaba dos
diferentes pero complementarios aspectos. Por una parte, aumentar la descendencia
de individuos bien dotados (eugenesia positiva) y, por otra parte, limitar o impedir la
descendencia de los individuos deficientes (eugenesia negativa). Ahora bien, por
decirlo pronto, como siempre suele resultar más sencillo intervenir obligatoriamente
sobre los pobres que sobre los ricos, las medidas que se fueron adoptando afectaron
más a la eugenesia negativa que a la positiva (castración, esterilización, etc., de
personas que presentaran algunas «taras» de tipo físico y/o mental). Los psicómetras
genetistas (Burt, Terman, Goddard, Yerkes, Eysenck, Jensen, Herrnstein, etc.)
seguirán por este camino abierto por Galton, pero ya con un instrumento, a su juicio
suficientemente científico y libre de ideología: los test de inteligencia. Con ello
conseguían por fin demostrar lo que no pudo demostrar Galton: la inferioridad natural
de las razas inferiores y de las clases sociales bajas. Pero para ello tuvieron que
inventar un instrumento ad hoc, diseñado explícitamente para conseguir los objetivos
que previamente tenían. Con ello no hacían sino seguir al profeta Galton. El éxito de
esta eugenesia «científica», tan poco fundamentada científicamente , fue enorme,
entre las clases acomodadas tanto de Gran Bretaña como, más aún, de Estados
Unidos y de la Alemania nazi6, consiguiendo la adhesión incluso de primeros
ministros británicos, tanto en el ala conservadora (Churchill) como incluso en la
laborista (Laski) o presidentes norteamericanos, tanto republicanos (Teodoro
Roosevelt) como demócratas (Franklin Roosevelt). Y es que, al margen de la
tendencia más o menos conservadora, a las personas de clase elevada les vinieron
como anillo al dedo las teorías de Malthus, Spencer, Darwin y Galton, sobre todo la
de este último, ya que, por una parte, les ayudaba a justificar su situación
privilegiada, mientras que, por otro, les mostraba las armas con las que podían
defender sus privilegios. Entre esas armas, la psicometría les proporcionaría una de
las más eficaces: el CI. De hecho, el CI ha sido un arma que se ha utilizado en cada
momento contra los grupos sociales que eran vistos como poniendo en peligro los
privilegios de las clases dominantes. Así, en los años 20 en Estados Unidos contra los
inmigrantes provenientes de la Europa no nórdica (judíos, rusos, polacos, italianos,
etc.), en los años 60 contra los negros, cuando éstos comenzaron a hacer valer sus
derechos como personas y cuidadanos que son; en la Gran Bretaña de finales de los
60 contra los miembros de la clase obrera; o en Estados Unidos de los 90 contra los
negros y los hispanos, minoría esta que es puesta en el punto de mira de los
psicólogos genetistas a causa tanto de su creciente número como de su también
creciente influencia.
En resumidas cuentas, «pocas acciones sociales demuestran más trágicamente
la influencia directa del racismo científico de Galton sobre los gobernantes del siglo
XX que las siete décadas de esterilización forzosa de hombres, mujeres y niños por

96
haber cometido el único crimen de haber nacido pobres en Norteamérica» (Chase,
1980, pág. 15). Como escribió su discípulo Pearson: «Galton está aquí prefigurando
la esterilización de aquellos sectores de la comunidad de escaso valor cívico, que se
ha llegado a convertir en una urgente cuestión de política práctica». Aunque la
influencia de Galton fue importante, sin embargo en Estados Unidos la cosa venía de
atrás. De hecho, ya en 1897 la legislación de Michigan consideró, aunque invalidó,
un proyecto de ley para esterilizar a personas con una «herencia mala» y en 1899, el
Dr. Harry Sharp realizaba vasectomías forzosas en el reformatorio del estado de
Indiana, en Jeffersonville, a internos que él juzgaba «criminales hereditarios» o
«genéticamente defectuosos» (véase Chase, 1980; Reilly, 1992). Más tarde, un
proyecto de esterilización obligatoria se aprobó en Indiana en 1907 que afectaba a
todos «los criminales, idiotas e imbéciles» que estuvieran confinados en las
instituciones del Estado. Posteriormente casi otros treinta estados de los Estados
Unidos seguirían el ejemplo de Indiana. Como vemos, pues, antes de que se
comenzaran a implantar en Estados Unidos los test de CI ya había comenzado la
esterilización obligatoria. Pero poco después los test de CI desempeñarían un papel
fundamental: la justificación científica de tales inhumanas y crueles medidas. Más en
concreto, la psicometría del CI ha sido una de las más poderosas armas que, a lo largo
del siglo XX, han tenido a su disposición los eugenesistas para demostrar sus tesis e
intentar imponer sus propuestas políticas.
La similitud con las leyes eugenésicas aprobadas más tarde en la Alemania nazi
se hace mayor si vemos exactamente a quiénes se aplicaba la ley, según Harry H.
Laughlin, el superintendente de la Davenport’s Eugenics Record Office y coeditor del
Eugenical News: «las clases socialmente inadecuadas, respecto de su etiología o
prognosis, son las siguientes: 1) débiles mentales; 2) locos (incluyendo los
psicópatas); 3) criminales (incluyendo los delincuentes y los díscolos); 4) epilépticos;
5) borrachos (incluyendo adictos a otras drogas); 6) enfermos (incluyendo
tuberculosos, sifilíticos, leprosos y otros con enfermedades crónicas, infecciosas y
legalmente segregables); 7) ciegos (incluyendo los que tengan un serio deterioro
visual); 8) sordos (incluyendo quienes posean un serio deterioro en la audición); 9)
deformados (incluyendo cojos, mancos y otros lisiados); y 10) dependientes
(incluyendo huérfanos, vagos, quienes no tengan casa, vagabundos y pobres»
(Laughlin, 1922, págs. 446-448). Y aunque no en todos los estados que pusieron en
vigor estas leyes incluyeron todos estos apartados, todos aceptaron estos tres
supuestos: epilépticos, débiles mentales y criminales. Más en concreto, según los
datos proporcionados por Chase (1980, pág. 16), entre 1907 y 1964 un total de 63.678
personas fueron esterilizadas obligatoriamente, de los que 33.374 (un 52,4 por 100) lo
fueron, contra su voluntad, por haber alcanzado en los test de inteligencia un CI de 70
o inferior. Pero, al parecer, las personas esterilizadas a la fuerza que no aparecen en
las estadísticas son muchas más, de tal manera que el juez del Distrito Federal,
Gerhard Gesell, declaró en 1974 que «podemos estimar que en los últimos pocos años
han sido esterilizadas entre 100.000 y 150.000 personas pobres anualmente con
fondos federales», lo que a juicio de Chase (1980, pág. 16) iguala la cifra de unos dos
millones de esterilizaciones llevadas a cabo en la Alemania nazi durante los trece
años que estuvo Hitler en el poder. Más aún, el Acta de Esterilización que se aprobó

97
en Alemania en 1933 era casi una copia calcada de la norteamericana Acta de
Esterilización de Laughlin. Y a todas estas cifras habría que añadirotros muchos que
fueron esterilizados por agencias no federales. Así, sólo en 1974 la Asociación para la
Esterilización Voluntaria estimó en 936.000 las personas esterilizadas en 1973, lo que
representó una caída importante de las cifras de 1972, año en el que habían sido
esterilizadas 1.102.000 personas. Y casi siempre fueron esterilizadas personas de
clase trabajadora y desempleadas: el obsesivo sueño de Galton se cumplía y las
gónadas de los pobres eran estirpadas. Además, muchas otras personas pobres son
esterilizadas voluntariamente, bajo amenazas de represalias gubernativas como la
retirada de las ayudas sociales o con otros artilugios como, por ejemplo,
esterilizaciones casi gratuitas y abortos caros, por parte de médicos privados, de tal
forma que son casos que no aparecen en las estadísticas oficiales, de tal manera que la
cifra real podría perfectamente, dice Chase, superar en Estados Unidos los dos
millones, de los que casi la mitad podrían muy bien ser involuntarias, de los que unas
200.000 por año están bien documentadas. No es por azar que todavía en 1994,
Herrnstein y Murray aún estuvieran obsesionados con la existencia de hijos ilegítimos
que ellos todavía relacionaban, sorprendentemente a mitad de los 90, con las bajas
puntuaciones en CI de las madres.
Señalamos, por último, que tras la Segunda Guerra Mundial las tesis
eugenésicas ceden, pero no desaparecen sino que sólo se hacen más sutiles. De hecho,
la eugenesia se puede presentar de muchas formas. Helen Rodríguez-Trías, presidenta
de la American Public Health Association (Asociación Norteamericana de Salud
Pública), cita una encuesta realizada a tocólogos en 1972 que decía que «aunque sólo
esterilizaron al 6 por 100 de sus pacientes privadas y al 14 por 100 de sus pacientes
con subsidio social, esterilizaron al 97 por 100 de madres con subsidio social que
habían tenido hijos ilegítimos» (1982, pág. 149). La nueva eugenesia va, como todo
ahora, por la vía de la sutileza, pretendiendo controlar, prevenir, hacer pruebas
genéticas, etc., donde términos cargados de ideología como el Genoma Humano o el
ADN están en el centro. Ciertamente, hoy día la eugenesia se ha hecho más fácil y
más sutil y, por ello, más peligrosa: «Los progresos conjugados de la genética y la
“procreática” (llamada “fecundación asistida”) han engendrado nuevas prácticas que
instrumentalizan la concepción y favorecen la elección del “mejor” embrión»
(Jordan, 2001, pág. 104). Más concretamente, «los biólogos moleculares afirman que
las pruebas genéticas que están desarrollando mostrarán que todos nosotros somos
imperfectos de uno u otro modo, y que estas pruebas terminarán finalmente con la
discriminación genética. Esta afirmación es falsa. En una sociedad desigual como es
la nuestra, diferentes tipos de personas experimentan discapacidades y discriminación
de forma distinta, dependiendo de cómo se las ha calificado y de cómo son
percibidas. En los años 30, durante los días del apogeo del movimiento eugenésico, el
genetista británico J. B. S. Haldane señaló que, aunque se sabía que la hemofilia era
frecuente en las casas reales europeas (aparentemente introducida en Gran Bretaña y
desde allí al continente europeo nada menos que por la reina Victoria), nadie sugirió
que los miembros de las familias reales debían ser esterilizados (Haldane, 1938, pags.
88-89). De modo similar, no nos sorprende que en Estados Unidos los afroamericanos
hayan sido el principal grupo en sufrir discriminación genética. Al igual que otras

98
formas de discriminación, la genética será padecida principalmente por gente que ya
está estigmatizada por otros motivos. Las personas con acceso al poder y a otros
recursos es más probable que estén protegidas» (Hubbard y Wald, 1999, págs. 81-82).
b) Alemania: «La vieja eugenesia alcanzó su máximo apogeo con los
programas de exterminación nazis (véase un buen análisis de estos planes y de la
aportación de los científicos a su ejecución en Chorover, 1979; Lifton, 1986; Müller-
Hill, 1985; y Proctor, 1988). Inicialmente, estaban dirigidos al mismo tipo de gente a
que estaba dirigida la eugenesia en Gran Bretaña y Estados Unidos: gente calificada
como discapacitada física o mental. Después, estos programas se ampliaron e
incluyeron a judíos, homosexuales, gitanos, europeos del este, “eslavos” y otros tipos
inferiores... Es importante darse cuenta de que los nazis adoptaron directamente
argumentos y programas eugenésicos desarrollados por científicos y políticos en Gran
Bretaña y Estados Unidos. Ellos simplemente trazaron planes de acción más
inclusivos y los pusieron en práctica con mayor decisión que los eugenistas británicos
y norteamericanos» (Hubbard y Wald, 1999, págs. 53-54). Ahora bien, si en Estados
Unidos las ideas genesistas llevaron a la eugenesia, en Alemania terminaron llevando,
además de a la eugenesia, también al holocausto. El asesinato de miles y miles de
judíos, gitanos y deficientes en la Alemania nazi no hubiera sido posible sin las
concepciones genetistas previas que tenían no sólo los nazis sino incluso una gran
parte de la población alemana, y sin la ayuda activa o pasiva de miles de
antropólogos, psiquiatras y, en menor grado, psicólogos; sin los extendidos prejuicios
racistas y xenófobos (véase Goldhagen, 1997), y sin una generalizada actitud de
obediencia a la autoridad. Siempre que los científicos «demuestran» la inferioridad
genética de una «raza», están facilitando y justificando el que antes o después los
miembros de esa «raza» sean perseguidos, perjudicados y hasta asesinados. Como
nos recuerda Chorover (1982), el clima intelectual y el político de Alemania estaban
maduros para aceptar las propuestas eugenesistas de los nazis. Así, ya en 1902 se
había fundado una nueva publicación periódica, la Politisch-Anthro-pologische Revue
(Revista Política y Antropológica) cuya función principal iba a consistir en dar forma
biológica a cuestiones políticas. Y hasta que dejó de publicarse en 1922 constituyó la
más importante plataforma de la argumentación sociobiológica que pretendía crear
una conciencia nacional respecto al tema de la purificación racial. En 1904, Alfred
Ploetz fundó el Archiv für Rassen und Gesellschaftsbiologie (Archivo de Biología
Social y Racial), periódico que se continuó editando hasta 1937 y que se convirtió en
el órgano principal del movimiento alemán de «Higiene racial o eugenesia». Y
alrededor de 1905, los higienistas raciales y otros sociobiólogos habían establecido
una organización eugenésica para promover sus ideas, de forma que en 1914
conseguían que el Reichstag considerase la promulgación de una ley de esterilización
eugenésica, aunque ese particular intento de obtener un espaldarazo legislativo fue
interrumpido por el estallido de la Primera Guerra Mundial. «Es interesante hacer
notar que ni la sociobiología ni el movimiento eugenésico tenían gran audiencia antes
de la Primera Guerra Mundial, y sus defensores no habían hecho, aparentemente,
intentos previos de asegurarse la aprobación de una legislación de control eugenésico.
El contraste con Estados Unidos en ambas instancias es asombroso. En 1914, no sólo
se habían promulgado leyes de esterilización eugenésica en muchos estados —

99
empezando por el de Indiana en 1907— sino que los eugenesistas americanos habían
penetrado lo bastante en respetados círculos académicos como para hacer su “ciencia”
motivo de cursos en Harvard, Columbia, Cornell, Brown, Wisconsin, Northwestern,
Clark y otras universidades... Desde el punto de vista de los sociobiólogos y los
funcionarios públicos, la derrota de Alemania en la Primera Guerra Mundial sugería
que era necesaria una renovación biológica de la población antes de que Alemania
pudiera recuperar el lugar y la gloria del pasado, tanto en los asuntos internos como
en los internacionales. Los estudios estadísticos publicados después de la guerra,
pintaban un deplorable cuadro del estado biológico y sanitario del pueblo alemán.
Los datos concernientes a la incidencia de enfermedades, la mortalidad infantil, y los
incapacitados por heridas de guerra, unidos a las durísimas condiciones económicas,
crearon un clima favorable a la idea de renovación biológica, social y moral. A partir
de datos sobre las tasas diferenciales de nacimientos correspondientes a las clases
superiores y a las inferiores, los defensores de la sociobiología y la eugenesia
empezaron a extraer una conclusión familiar: el Volk alemán estaba sufriendo una
degeneración biológica. Como sus contrapartidas inglesas y americanas, los
eugenesistas alemanes señalaron con alarma el hecho de que los pudientes
engendraban menos hijos que los pobres; en los argumentos que empleaban para ello
había ecos de Malthus, Spencer, Galton, Terman, Goddard y Davenport» (Chorover,
1982, págs. 130-131).
El año 1920 marca en Alemania el inicio de la discusión sobre la eliminación
deliberada de los pacientes considerados indignos de vivir; el hito que señala el
comienzo de este debate es la publicación de un libro titulado La liberación y la
destrucción de vidas carentes de valor. Sus autores, Karl Binding y Alfred Hoche,
eran universitarios distinguidos, un jurista y un psiquiatra, respectivamente. Casi
cuatro años antes de que Hitler escribiera Mein Kampf, Binding y Hoche estaban
defendiendo el asesinato de la gente «sin valor» bajo la protección del estado. Tanto
aquellos que están «del todo muertos mentalmente» como los que «representan un
cuerpo extraño a la sociedad humana», pasan a engrosar la lista de las personas «que
no pueden ser recuperadas y cuya muerte es urgentemente necesaria». Binding llegó a
decir que aunque se cometieran errores de juicio, diagnóstico y ejecución, las
consecuencias serían irrelevantes comparadas con los beneficios sociales que
eventualmente se obtendrían: «la humanidad pierde tantos de sus miembros por error
que uno más o menos no significa realmente gran diferencia» (véase Wertham, 1969,
págs. 157-158).
Ahora bien, aunque el «furor genetista y eugenésico» precedía en Alemania a la
subida de Hitler al poder, tal furor se incrementó y, sobre todo, tuvo sus principales
consecuencias nefastas tras la victoria nazi. Hitler no disimuló sus intenciones
asesinas y enseguida comenzó a ponerlas en práctica (véase Müller-Hill, 1985): el 14
de julio de 1933 se publica la «Ley para prevenir la procreación de hijos con
enfermedades hereditarias», que permitía la esterilización forzosa en casos de
«imbecilidad congénita, esquizofrenia, demencia maníaco-depresiva, epilepsia
hereditaria... y alcoholismo agudo». Poco después, el 20 de julio de 1933, el profesor
Fisher, elegido rector de la Universidad de Berlín y, como tal, firmante de las
notificaciones de cese de los colegas judíos, exige en su discurso de toma de posesión

100
que el Estado alemán se preocupe activamente por la política demográfica de carácter
biológico, es decir, atención estatal a la raza y la herencia, y basada en los fenómenos
vitales de la transmisión hereditaria, de la selección natural y de la abolición». En
noviembre de 1936, el psicólogo y psiquiatra Dr. Ritter emprende, con la ayuda de la
DFG, el trabajo sobre gitanos en el «Centro de Investigación de Higiene Racial y
Política Demográfica» del Instituto de la Salud del Reich, en Berlín. En primavera de
1937 se decide la esterilización ilegal de todos los niños alemanes de color, y tras el
dictamen se lleva a cabo por los doctores Abel y Schade, y el profesor Fischer. El 31
de agosto de 1939 se aprueba la sexta orden de aplicación de la ley de esterilización
completa. El 1 de septiembre de 1939, el mismo día que Hitler inicia la Segunda
Guerra Mundial, escribe una carta en la que introduce ya la «eutanasia»: «El
Reichsleiter Bouhler y el doctor médico Brandt han sido encargados, bajo juramento,
de extender nominalmente a determinados médicos la autorización para que a los
enfermos que, según la capacidad de apreciación humana, sean incurables a tenor del
análisis crítico de su enfermedad, les sea concedida la gracia de una muerte piadosa».
El 9 de enero de 1940, el alto mando de las SS y de la policía de Danzig, Hildebrandt,
comunica a Himmler el fusilamiento llevado a cabo de miles de enfermos mentales
alemanes y polacos. A principios de enero de 1940, en la penitenciaría de
Brandemburgo se prueba la forma de dar muerte a los enfermos mentales por medio
del gas (monóxido de carbono), contabilizándose en Alemania, hasta septiembre de
1941, 70.273 muertes. El 31 de julio de 1941, el mariscal Göring encarga al jefe de la
Policía de Seguridad y del SD, Heydrich, la «solución total de la cuestión judía dentro
del área de influencia alemana en Europa». El 24 de agosto de 1941, en el centro de
exterminio de Bernburg se introducen las matanzas con gas. Este procedimiento se
adoptó también en los demás centros. Comienza la «eutanasia» disimulada por
hambre, medicamentos e infecciones naturales. El 10 de octubre de 1941, el
encargado de la solución definitiva de la cuestión judía, Heydrich, en una
«Conferencia sobre la solución del problema judío», menciona también a los gitanos
como elementos «a evacuar». El 10 de diciembre de 1941, Himmler ordena que unas
comisiones de médicos anteriormente dedicadas a la eutanasia «seleccionen» en los
campos de concentración a los presos incapacitados, enfermos y psicópatas.
Alrededor de diez mil de esos presos seleccionados por los profesores Heyde,
Nitzsche, y otros, sufren muerte por gas en los centros de exterminio de Sonnenstein
y Hartheim. El 14 de marzo de 1942, el Dr. Ritter cita en su informe a la Comunidad
Alemana de Investigación «alrededor de 15.000 casos de gitanos tratados hasta el
final».
El resultado global de todo ello es bien conocido: docenas de deficientes
mentales asesinados, cientos de miles de personas esterilizadas, millones de seres
indefensos, fundamentalmente judíos, pero también gitanos y otros, exterminados.
Pero las armas mortíferas fueron empujadas por ideas genetistas y absolutistas. Si los
nazis hubieran sido más relativistas, no se hubieran atrevido a tanto. Pero les
acompañaba la Verdad. De ahí que a veces se diga que el Holocausto fue un «pecado
de la Modernidad». «La ideología de los nacionalsocialistas es de fácil descripción: la
diferenciación entre los hombres tiene fundamento biológico, argumentan. Lo que
hace que los judíos sean judíos, los gitanos gitanos, los asociales asociales y los

101
dementes dementes reside en la sangre, en los genes. De ahí que no deba existir
igualdad jurídica entre inferiores y superiores. Existe la posibilidad de que los
inferiores se multipliquen con más rapidez que los superiores. De ahí que sea preciso
segregar, esterilizar, eliminar, suprimir, o sea matar, a los inferiores, pues de lo
contrario se hace uno culpable de la decadencia de la cultura» (Müller-Hill, 1985,
pág. 33). Pero todo ello no hubiera sido posible sin la colaboración de la ciencia y de
los científicos, sobre todo, en este caso, psiquiatras y antropólogos. «Las personas a
las que había que clasificar como “inferiores” debían ser catalogadas, de manera que
las medidas a adoptar (esterilización, trabajos forzados, muerte) se circunscribieran al
círculo “correcto” de afectados. Los procesos de exterminio propiamente dichos, que
luego se planearon, requirieron asimismo el aparato de la ciencia y la tecnología
modernas. Había un pequeño ejército de científicos, médicos y técnicos siempre
necesario, en el que uno podía sustituir a otro menos eficiente o complaciente, y de
hecho lo sustituía. Como revelan los documentos, y señalé en mis conferencias, todo
individuo que se lo propusiera conseguía sustraerse al “honroso” cometido de
participar en el exterminio. Esto era posible porque había otros expertos que se
apretujaban para ocupar las plazas disponibles» (Müller-Hill, 1985, págs. 132-133).
Sin embargo, lo que hicieron psiquiatras y antropólogos fue servir como justificación
científica del pillaje y el crimen. Confirieron al programa de los nazis el lustre y la
legitimidad científicos. Es más, «de las medidas antisemíticas se aprovecharon casi
todos los ciudadanos. La molesta competencia de médicos, abogados y comerciantes
desapareció, y las propiedades de los expulsados podían adquirirse a buen precio. Las
plazas de los ayudantes y profesores expulsados abrían ahora posibilidades de futuro
en la carrera incluso de aquellos estudiantes y auxiliares que, con la situación
anterior, no habrían tenido ninguna oportunidad» (Müller-Hill, 1985, pág. 113).
Pero los científicos no sólo ayudaron a matar a tantos y tantos judíos, gitanos y
dementes con sus teorías, sus instrumentos de medida, sus clasificaciones, etc., es que
a menudo después de haberse aprovechado de los judíos vivos para ocupar sus
puestos de trabajo, luego se aprovecharon también de sus cadáveres para sus
investigaciones. En efecto, «las enormes posibilidades de Auschwitz se ofrecieron al
Dr. Mengele, especialmente en cuanto a la selección reservada a los médicos o a los
antropólogos. La selección en la rampa consistía en separar en dos grupos a los hasta
diez mil judíos que llegaban diariamente a Auschwitz: niños con sus madres y viejos,
a la izquierda (a Birkenau), para el gas; y aptos para el trabajo, a la derecha (a
Monowitz), para trabajar como esclavos para la IG-Farben. Allí reunió del Dr.
Mengele, entre otros, a cien pares de mellizos y a un número casi igual de familias de
enanos y desvalidos. Los mellizos y los enanos eran medidos. Una vez muertos por
contagio de epidemias, hambre o inyecciones letales, eran diseccionados por el doctor
Nyiszli, quien tenía que retirar todos los órganos de posible interés científico, para
que el doctor Mengele pudiera analizarlos. Aquellos que pudieran interesar al
Instituto de Antropología de Berlín-Dahlem eran conservados en alcohol. Estas partes
se embalaban cuidadosamente y eran enviados por correo, con la etiqueta: “De interés
para la guerra. Urgente”, y tenían preferencia en el envío postal» (Müller-Hill, 1985,
págs. 108-109). Todo ello no era sino la consecuencia lógica de creer que la
antropología es el estudio de la herencia humana y la eugenesia así como de la

102
división, «natural y genética» de la humanidad en razas superiores y razas inferiores.

5. CONCLUSIÓN

En la medida de la inteligencia desgraciadamente ha sido más central la


ideología subyacente, conservadora y racista, que las pruebas científicas. De esta
manera, los argumentos craneométricos perdieron gran parte de su prestigio cuando
en nuestro siglo los deterministas les retiraron su lealtad para depositarla en las
pruebas de inteligencia, vía más «directa» hacia la misma meta injustificada de
ordenar jerárquicamente los grupos humanos de acuerdo con su capacidad mental.
Hoy día estamos siendo testigos de un proceso similar que significa el paso del CI al
genoma, dado que los genes aparecen como un camino más directo para explicar y
justificar las desigualdades humanas. Sin embargo, los teóricos herencialistas
persiguieron siempre, pero más en las últimas décadas, un objetivo añadido, pero
fundamental: ahorrarle dinero a las clases medias y altas, mostrando el «derroche
absurdo» de dinero que suponían los programas de educación compensatoria. Y ya en
los años 90, con The Bell Curve a la cabeza, su propósito principal fue apoyar y
justificar el ahorro económico que la Administración de Ronald Reagan hizo en
programas sociales, yendo incluso más lejos al intentar justificar todo el
neocapitalismo ultraliberal de la actual globalización capitalista. «Al “probar” que las
personas de las clases bajas eran criaturas subhumanas que seguían revolcándose en
los placeres del alcohol y el sexo y malgastando todo su “capital” sin pensar “en el
futuro”, Malthus, en consecuencia consiguió que las agresiones de la sociedad contra
los pobres —tales como el trabajo infantil, los bajos salarios, las insanas condiciones
laborales, las viviendas hacinadas y sucias en los barrios bajos, y el analfabetismo
persistente— emergieran en la conciencia de las clases sociales educadas y poderosas
como algo completamente natural y propio de su clase social... Para justificar la
persistencia en el trato inhumano del trabajador pobre fue necesario, en la Inglaterra
cristiana, privarlos de su derecho a ser considerados como seres humanos como lo
eran sus empleadores, sus amos o sus gobernantes. El derecho a ser considerado ser
humano era un derecho que Malthus contribuyó a arrancar de su patrimonio con sus
pseudoleyes de la población, de la producción y de los límites del crecimiento
agrícola. La única función del Essay on Population de Malthus era proteger el statu
quo de los bajos salarios, del trabajo infantil y de la falta de educación y cuidados
médicos para las familias blancas, anglosajonas y protestantes que trabajaban por un
salario en el campo, en las fábricas y en las minas» (Chase, 1980, pág. 83). Aunque
más sutil, esas actitudes han acompañado a la psicometría del CI durante toda su
historia.
No obstante, sabemos que, en gran medida, las diferencias en CI entre las clases
sociales entre blancos y negros son construidas por los propios test de CI. En efecto,
si en tales test aparecen pocas diferencias entre hombres y mujeres es porque sus
constructores o bien eliminaron los ítem en los que había diferencias o bienlas
diferencias las compensaron añadiendo ítem en los que puntuaran más alto las
mujeres con otro en el que puntuaban más alto los hombres. Pero nada de eso

103
hicieron en el caso de las diferencias entre grupos sociales o raciales. También, por
ejemplo, los grupos de clase alta puntúan más alto que los de clase baja en unos
aspectos, pero más bajo en otros. Pero los constructores de los test no tuvieron en
cuenta esto, de tal forma que los test de CI contienen ítem que reflejan las
capacidades, el ambiente académico y los valores de la clase media a la que
pertenecen sus constructores. Por tanto, no es extraño que el CI correlacione con las
calificaciones académicas: es que intencionalmente se construyó para eso. Y algo
similar podemos decir de las diferencias entre blancos y negros, o entre la población
urbana y la rural. Qué duda cabe que en unos temas los niños/as urbanos aventajan a
los rurales, pero en otros temas ocurre justamente al revés. ¡Pero los test sólo
incluyen los ítem del primer tipo! Por si el lector tiene aún dudas al respecto,
compárese el caso de los niños rurales y los urbanos. Sin duda los primeros saben
menos cosas escolares, pero muchas más cosas prácticas de la vida de su medio
(ordeñar vacas, cuidar animales, trabajar en el campo, etc.). Pero los test sólo miden
lo que es importante para el mundo urbano y, sobre todo, para el académico,
siguiendo el siguiente círculo vicioso: los psicólogos, de entrada, definen la
inteligencia como la posesión de un mayor conocimiento de cosas escolares; en
segundo lugar, construyen sus test con elementos escolares, y finalmente, en tercer
lugar, cuando observan que unos niños, en este caso los urbanos, puntúan en los test
más alto que otros, en este caso los rurales, dicen que son más inteligentes porque han
obtenido una puntuación más alta en un test de inteligencia. Los efectos que ello tiene
son evidentes, entre los que se llegó incluso a la esterilización obligatoria de quienes
puntuaban bajo en los test de CI. Sin embargo, ello tiene también un efecto
secundario de primerísima importancia. Me refiero a la labor continuada que los
psicólogos hacen, de forma sutil pero muy profunda, para incrementar la adaptación
de los valores de clase media de todos los miembros de grupos aún no asimilados
(gitanos, rurales, etc.). No es raro por tanto, que una de las definiciones de
inteligencia más utilizada por los psicólogos sea la de adaptación al medio, pero no a
cualquier medio, sino al de la clase media y a sus valores, que no son otros que los de
la sociedad capitalista y, por tanto, los que sirven para implantar más eficazmente el
capitalismo como son la competición, el individualismo, el egoísmo, el hedonismo, el
ahorro, la codicia, etc., eso sí, cambiándole de nombre y convirtiendo sutilmente
estos rasgos en algo positivo como la capacidad de ahorro o el motivo de logro.

104
CAPÍTULO V
Las mentiras de la Ciencia: el caso paradigmático
de Cyril Burt

1. INTRODUCCIÓN

Que las personas engañen y mientan no debería sorprender a nadie. Todos


sabemos que se trata de una práctica más habitual de lo que suele reconocerse. Es
más, al menos desde Maquiavelo debemos admitir que el engaño y la mentira forman
parte intrínseca de las relaciones humanas (véase Ovejero, 1987). Pero que los
científicos engañen sí suele extrañar. Y ello porque el positivismo, pilar básico, como
vimos, en el que se sustenta buena parte de la psicología y particularmente la
psicometría del CI, ha presentado consistentemente a la ciencia como una empresa
totalmente libre de valores y de influencias externas, tanto ideológicas y políticas,
como personales. Pues bien, la moderna psicología social de la ciencia que surgió
fundamentalmente a partir de la publicación de La Estructura de las revoluciones
científicas de Kuhn (1962) y que suele llamarse sociología de la ciencia, porque son
principalmente sociólogos quienes la desarrollan (Latour, Woolgar, Knorr-Cetina,
etc.), está demostrando fehacientemente la total falsedad de la postura positivista y
haciendo ver que la ciencia es una empresa meramente humana y, por ello, sometida
a todas las influencias que suelen afectar a las cosas humanas como son, en este caso,
la ideología de los científicos, sus intereses personales, políticos y económicos, el
ambiente político general, etc. Por tanto, también los científicos, como los miembros
de cualquier otro grupo humano (los políticos, los periodistas, etc.), mienten y
engañan con el objetivo, entre otros, de conseguir mejor o más fácilmente sus
propósitos, aunque, evidentemente, no mienten y engañan todos, como tampoco lo
hacen todos los periodistas ni todas las mujeres ni todos los hombres. En todo caso, y

105
dado que una de las tesis que defiendo en este libro es que las barbaridades de los
psicómetras del CI fueron posibles —y en parte aún lo siguen siendo— a causa de la
fe ciega que la ciudadanía tenía en la ciencia y en los científicos, intentaré mostrar la
inocencia de tal fe, no con la intención de invalidar la labor científica, sino
sencillamente de ponerla en el lugar que le corresponde, es decir, de colocarla entre
las actividades sencillamente humanas, con todas sus virtudes y con todos sus
defectos. La verdad, en este caso la verdad científica, sí existe, pero como diría
Michel Foucault, es cosa de este mundo, está entre nosotros y la hacemos nosotros
mismos, por lo que debemos escribirla con minúsculas, lo que, por otro lado, y al
menos a mi manera de ver, la hace más entrañable: es meramente humana, y por ello,
confeccionada con esfuerzo, con ambición, con engaños, con pasiones, etc. La ciencia
no es un denodado esfuerzo por buscar la Verdad, sino un quehacer humano para
construir la verdad científica. Y para algunos, entre los que sin duda se encuentran los
Burt, Goddard, Eysenck, Jensen o Herrnstein, en esa construcción vale todo: la
mentira, el engaño, etc.

2. ALGUNOS EJEMPLOS DE FRAUDE Y ENGAÑO CIENTÍFICOS

Como nos recuerda el italiano Di Trocchio (1995), el gobierno norteamericano


comenzó a interesarse seriamente por el problema del fraude científico en 1981,
nombrando una comisión que se ocupara de este asunto, aunque en aquella época
todavía se afrontaba el problema con cierta confianza en la eficiencia del sistema y
con la convicción de que los fraudes eran pocos y frente a la gran actividad que
desarrollan los científicos en su conjunto. Pero pronto, ya en 1990, la Comisión fue
cambiando el sentir de muchos, pues los casos de fraude que fueron encontrando eran
más numerosos y sorprendentes de lo que habían imaginado. Es más, su informe de
las primeras investigaciones comienza con una nota curiosa: «Isaac Newton, Galileo
Galilei, Gregor Mendel: la obra de estos gigantes ha cambiado la historia de la
ciencia. Todos tienen algo en común: juzgados a partir de los parámetros modernos,
parece que todos ellos se han comportado como científicos poco serios y honestos a
lo largo de sus brillantes carreras». El engaño es congénito a la ciencia. Por ejemplo,
ya lo hacía Tolomeo, quien plagió a Hiparco, copiando sin más las mediciones de éste
(véase Grasshoff, 1990), de tal manera que, como constató el físico Robert Newton
(1977), en realidad Tolomeo no había llevado a cabo observación alguna sino que
simplemente obtuvo los datos numéricos a partir de la teoría que había elaborado.
Engañaron los científicos antiguos, pero también los modernos, como Robert
Milikan, que obtuvo el Nobel por determinar la carga eléctrica del electrón, o Emile
Segré, a quien le fue concedido el mismo premio por el descubrimiento del
antiprotón, o James Watson, premio Nobel en 1962 por descubrir la estructura del
ADN, o David Baltimore, por el descubrimiento de la interacción entre los virus
tumorales y el material genético de la célula, etc. (véase Di Trocchio, 1995). Pues
bien, entre todos los casos conocidos de engaño y fraude científicos quisiera destacar
aquí los siguientes (Di Trocchio, 1995; Kohn, 1988):

106
a) Galileo Galilei: como escribe el citado Di Trocchio (1995, págs. 12-20), a
Galileo se le acusa de no haber hecho algunos de los experimentos que él mismo
describe y que hoy día se consideran la piedra fundamental de la ciencia moderna.
Estos experimentos fundamentales con los que Galileo hizo callar a los científicos
aristotélicos, y que en el colegio nos señalaron como los ejemplos más perfectos del
método experimental, no se realizaron jamás. Por si esto fuera poco, con una
arrogancia comparable a la de aquellos que pretendían procesarlo, Galileo sostenía
que no era realmente importante llevarlos a cabo». ¡Galileo, el padre de la ciencia
moderna experimental! Realmente no es que engañara, es que consideraba que para la
ciencia los experimentos, las mediciones, las observaciones empíricas, etc., no son
importantes: ¡lo importante es la teoría! De hecho, Galileo no había realizado nunca
el experimento del plano inclinado, pero refuta con arrogancia a su interlocutor que
no se mostraba muy convencido: «Yo, sin hacer el experimento, estoy seguro de que
el efecto tendrá lugar como os digo porque es necesario que así ocurra». Es decir: «Es
inútil hacer el experimento, si os lo digo yo debéis creerme». «Es evidente que este
proceder no se corresponde en absoluto con la idea del método experimental que nos
han enseñado en el colegio y mucho menos con el ideal de disciplina ética y
metodológica del científico... Es una lástima que el experimento que Galileo afirma
haber realizado “casi cien veces” no se haya llevado a cabo ni siquiera una vez y que
sus mediciones exactas fueran tan sólo fruto de su imaginación. Un corresponsal
contemporáneo de Galileo, el padre Marino Mersenne, intentó repetir el experimento
y descubrió que en aquellas condiciones era imposible obtener los resultados
numéricos presentados por Galileo. Existían dos posibilidades: o Galileo nunca había
realizado el experimento, o no había podido transmitir con exactitud los resultados
obtenidos» (Di Trocchio, 1995, pág. 26). Pues bien, Alexandre Koyré, uno de los más
grandes historiadores de la ciencia, ha sostenido la primera hipótesis: Galileo no
realizó jamás el experimento del plano inclinado. De todo ello concluyó Naylor
(1974) que, como sugería Koyré, en la mayor parte de los casos Galileo no seguía el
método experimental del que es considerado nada menos que el padre, y que no se
servía de los experimentos para llegar a obtener leyes físicas, sino para confirmarlas,
añadiendo además otra transgresión seria al experimentalismo cuando forzaba la
adaptación de los datos numéricos obtenidos en experimentos verdaderos o
supuestos a la ley que había elaborado (sobre este asunto véase también Ortega y
Gasset, 1937).
b) Isaac Newton: Tanto Newton como sus intereses estaban muy alejados de lo
que hoy entendemos por «científico». En efecto, para empezar, estaba muy interesado
en cuestiones de parapsicología y magia religiosa. Así, aunque minimizando estas
cuestiones, Ruse (2001, pág. 19), señala que «ahora sabemos que Newton mostró
mucho menos entusiasmo por la ciencia seria que por especulaciones descabelladas
sobre profecías bíblicas y experimentos de alquimia. De hecho, no sólo se envenenó
con repugnantes sustancias químicas, sino que hay razones para creer que su
pensamiento sobre la atracción gravitatoria era una simple excrecencia de las lóbregas
especulaciones místicas que procedían de su propia extraña química». Más aún,
añade Ruse de Newton, parece ser que fue uno de los más astutos manipuladores de
datos de la historia de la física, el tipo de hombre que hace que los investigadores

107
honrados sientan escalofríos en el espinazo. Recortó, maquinó y falsificó los datos
hasta obtener una ciencia tan estilizada como una pintura de Picasso. «Si los
Principia establecieron el patrón cuantitativo de la ciencia moderna, también
insinuaron una verdad menos sublime: que nadie puede manipular el factor de
corrección con tanta eficacia como el propio maestro matemático» (Westfall, 1973,
págs. 751-752). Como escribe Kohn (1988, pág. 57), «cuando se examina las tres
ediciones de los Principia de Newton (publicadas en 1687, 1713 y 1726,
respectivamente) se da uno cuenta de que las correcciones que realizó en sus cálculos
fueron hechas a posteriori, es decir, que él sabía cuáles deberían ser los resultados, y
entonces ajustó los datos hasta que coinciedieron con sus predicciones». Más en
concreto, la falsificación de Newton era así de sencilla: sabiendo cuáles debían ser los
resultados, a partir de especulaciones puramente teóricas, cambiaba el valor de los
parámetros hasta obtener el resultado que deseaba. Esto fue lo que hizo, por ejemplo,
para calcular el valor de la velocidad del sonido (véase en Di Trocchio, 1995, los
pormenores de este fraude).
c) Gregor Mendel «descubrió» en 1866 sus tres famosas leyes, pero nadie las
entendió y todos le invitaron a abandonar los estudios que, se le decía, no estaban
hechos para él. Y así hizo: Mendel abandonó la genética y durante el resto de su vida
odió los guisantes con los que había experimentado. Sin embargo, en 1900, cuando ya
habían transcurrido varios años desde su muerte, tres estudiosos repitieron los
experimentos y afirmaron que aquellas tres leyes eran verdaderas. El mundo
científico entonó un mea culpa y el abad Mendel, que, como puntualiza Di Trocchio,
ningún papa hará jamás santo porque era socialista y además tenía una amante, fue
consagrado padre fundador de la genética. Pero treinta y seis años después, otro
investigador, Ronald Fisher, volvió a examinar sus experimentos acerca de los
guisantes, repitió los cálculos y llegó a la conclusión de que, en efecto, eran exactos.
Eso sí, demasiado exactos. Mendel había hecho trampa: había intuido de forma genial
sus tres leyes y luego había obligado a los guisantes a que le dieran la razón. Más en
concreto, hoy sabemos que los hallazgos de Mendel eran en aquel tiempo casi
imposibles de obtener (véase Di Trocchio, 1995). Entonces, ¿cómo hizo Mendel para
verificar experimentalmente su tercera ley? «La respuesta es simple: porque Mendel
no llevó a cabo aquellos experimentos en el jardín del convento sino en su celda con
papel y pluma. No quiero decir que nunca bajó al jardín, sino que lo que realizó en el
campo era muy distinto de lo que luego relató» (Di Trocchio, 1995, pág. 276).
d) Trofim Lysenko: es conocido el caso de este sociólogo soviético que durante
treinta y seis años gozó del más alto apoyo del Partido Comunista de la Unión
Soviética, incluido el del propio Stalin, para intentar demostrar científicamente una
de las más centrales tesis marxistas sobre la maleabilidad de la naturaleza humana.
Sin embargo, Lysenko, al igual que tantos otros científicos occidentales, pretendió
llegar a tal demostración de una manera reduccionista y con una extraña mezcla de
ciencia e ideología. Por ejemplo, Lysenko rechazó la piedra angular darwiniana, el
concepto de la competencia extraespecífica, declarándose públicamente en 1956
contra este concepto y negando su existencia en las plantas y animales de la
naturaleza. Así, en 1949 declaró Lysenko: «La biología burguesa, por su propia
esencia, porque es burguesa, ni podría ni puede hacer ningún descubrimiento que

108
tenga que basarse en la ausencia de la competencia intraespecífica, principio que no
reconoce. Por ello, los científicos norteamericanos no podrían adoptar la práctica de
la siembra en grupos cerrados. Ellos, sirvientes del capitalismo, ¡no necesitan luchar
con los elementos, con la naturaleza! Necesitan una lucha inventada entre dos
variedades de trigo que pertenecen a la misma especie. Por medio de la competencia
intraespecífica prefabricada, “las leyes eternas de la naturaleza”, están intentando
justificar la lucha de clases y la opresión de los norteamericanos blancos sobre los
negros». Lysenko y sus seguidores ganaron el reconocimiento de sus ideas por la
distorsión de los hechos, la demagogia, las acusaciones prefabricadas, las injurias
insultantes y hasta la eliminación física de sus oponentes. Sin embargo, como señala
Kohn, los «éxitos» agrícolas de Lysenko fueron certificados por las autoridades
políticas y, por consiguiente, sirvieron como pruebas concluyentes de que Lysenko
había descubierto la verdad teórica. Esta situación permitió a sus colaboradores y
seguidores publicar auténticos fraudes como si de grandes éxitos se tratara, como fue
el caso de la transformación de centeno en trigo, virus en bacterias, tejidos vegetales
en animales, etc.

3. CYRIL BURT O EL FRAUDE EN LA PSICOMETRÍA DEL CI

De todos los casos de fraude en psicología, el más conocido y el de efectos más


graves ha sido el de Cyril Burt, al que por la centralidad que tanto su autor como el
propio fraude tienen para el tema central de este libro le dedicaremos una parte
sustancial de este capítulo. No olvidemos que fue en los datos de Burt en los que se
basaron los principales psicómetras del CI. Más aún, podemos decir que Burt, tanto
por la fecha en que nació (1883), como por su longevidad (vivió ochenta y ocho
años), constituye el punto de unión entre, por una parte, el ambiente genetista y
eugenesista de la Inglaterra de la segunda mitad del siglo XIX (al fin y al cabo él era
discípulo más o menos directo de Galton, de Pearson, de Spearman y de McDougall)
y, por otra parte, los genetistas posteriores tanto británicos (Eysenck, etc.) como sobre
todo norteamericanos (Jensen, Herrnstein, etc.). De ahí el enorme interés que tiene
examinar su (fraudulenta) obra y de ahí también la inverosímil defensa que aún hoy
día algunos intentan hacer de Burt, como es el caso Joyson (1989), Fletcher (1990) o,
entre nosotros, Colom (2000). Además, este fraude fue mucho más serio y peligroso,
dado que, como iremos viendo en este libro, afectó, a veces dramáticamente, a
cientos de miles de personas. Así, por no mencionar ahora sino sólo uno de los
efectos sociales que la obra de Burt tuvo en Inglaterra, comencemos diciendo que a
Burt le debe mucho la ley británica de 1944 que imponía un examen llamado 11+
(eleven plus) y que se administraba a los alumnos de once años. Tras la prueba, el 20
por 100 era enviado a las Grammar Schools, donde los alumnos recibían instrucción
para el ingreso en la universidad, mientras que el 80 por 100 restante iría a las
Technical Schools o a las Modern Schools, donde no se les impartía una preparación
para la educación superior. De ahí que suene a sarcasmo la presentación que hace
Butcher (1968, pág. 31) de este personaje como un pionero en la igualdad social.
Ya vimos en el capítulo anterior el contexto intelectual y las ideas reinantes en

109
la Inglaterra de finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX: la herencia de Malthus,
de Spencer, de Darwin y sobre todo de Galton se respiraba en el ambiente. Un típico
representante de tal herencia era Cyril Burt, cuyo padre era precisamente el médico
de cabecera de Galton. Como dice Di Trocchio (1995, págs. 289-290), la mayor tarea
de Burt fue continuar el camino trazado por Galton. Más en concreto, podemos decir
que el objetivo principal de Burt consistía en demostrar, utilizando test de
inteligencia, su hipótesis de que la inteligencia está determinada por factores
hereditarios, lo que, por otra parte y dada la supuesta centralidad de la inteligencia en
las sociedades modernas o industrializadas, serviría tanto para justificar las
desigualdades de la sociedad capitalista como para permitir —y hasta exigir—las
medidas eugenésicas que más tarde se tomarían. Con aparente razón, Burt había
pasado a la historia de la psicología y digo aparente porque pronto se descubrió que
todo fue un verdadero y vulgar fraude. En efecto, cuando hacia 1970 los psicómetras
genetistas del CI lanzaron su potente contraofensiva contra las tesis ambientalistas y
liberales, en boga tras la Segunda Guerra Mundial y la derrota de los nazis, los
trabajos correlacionales de Burt fueron su principal baluarte y el más firme
fundamento en que se basaron. Sin embargo, la firmeza de tal pilar comenzó a
resquebrajarse cuando, en 1972, el profesor de psicología de la Universidad de
Princeton, Leon Kamin, comenzó a interesarse por estas cuestiones al llevar a cabo
un trabajo que nadie había hecho hasta entonces consistente en examinar
críticamente, y desde el punto de vista de las exigencias que plantea el método
científico en psicología, los diversos trabajos a favor de la herencia del CI. Su
cuidadísimo análisis le ha llevado a unos resultados devastadores para los partidarios
de la hipótesis de la herencia del CI. La conclusión final es que «no existen datos que
puedan conducir a una persona prudente a aceptar la hipótesis de que las
puntuaciones de los test de CI son en alguna medida heredables» (Kamin, 1974, pág.
1). Si la creencia en la heredabilidad del CI carece de base científica, cabe
preguntarse por qué es tan generalmente aceptada no sólo por el público en general,
sino también por los especialistas. Ésta es la segunda conclusión a que llega Kamin:
los defensores del CI en Estados Unidos eran individuos que participaban de una
concepción social muy concreta que incluía la creencia de que los que están en la
parte inferior de la escala social son genéticamente inferiores, víctimas de sus propios
defectos inmutables. De este modo, los test de CI han sido un instrumento de
opresión contra los pobres, como veremos mejor más adelante.
Pero realmente, ¿en qué consistió el fraude y cuál fue esa devastadora crítica de
Kamin? Buena parte de la creencia en el carácter hereditario del CI se basa en el
estudio de las puntuaciones obtenidas en los test de CI por individuos relacionados
genéticamente, sobre todo por gemelos y más especialmente por gemelos
monocigóticos (para un análisis pormenorizado de los datos concretos y las
correlaciones encontradas véase Kamin, 1983). De los muchos datos proporcionados
por Burt, los que se refieren a gemelos monocigóticos son sin duda los más
interesantes, ya que se aprovecha el «experimento» proporcionado por la propia
naturaleza. Pues bien, estos son los datos de Burt:

CORRELACIONES PARA GEMELOS MONOCIGÓTICOS EN INTELIGENCIA

110
¡Qué extraño! Todas las correlaciones coinciden en las décimas, en las
centésimas y ¡hasta en las milésimas! en los tres estudios, a pesar de haberse ido
incrementando el número de gemelos de 21 a 53 en el caso de los criados
separadamente. «La conclusión no parece exigir ulterior documentación, que existe
en abundancia. La ausencia de una descripción del procedimiento utilizado en los
informes de Burt vicia su utilidad científica, y las frecuentes inconsistencias, junto
con las descriminaciones mutuamente contradictorias, arrojan serias dudas sobre la
totalidad de sus últimos trabajos. La maravillosa consistencia de sus datos en apoyo
de la postura hereditarista pone a prueba con frecuencia su credibilidad, y tras un
análisis de los datos, se descubre que contienen efectos poco probables, consecuentes
con un esfuerzo por demostrar la doctrina hereditaria. La conclusión se hace
inevitable: sencillamente los números legados por el profesor Burt no merecen
nuestra atención científica» (Kamin, 1983, pág. 68). Pero esa crítica contundente
también la hace Kamin a los otros estudios que utilizaron gemelos: Newman y cols.
(1937), Shilds (1962) y Juel-Nielsen (1965), llegando a una conclusión rotunda
(1983, pág. 152): «Nuestro estudio de las correlaciones de parentesco no ha puesto de
manifiesto pruebas suficientes para rechazar la hipótesis de un carácter hereditario del
CI igual a cero. Los datos disponibles son, en muchos puntos esenciales, muy poco
dignos de confianza». Pero lo grave fue que durante muchos años nadie dudó lo más
mínimo de esta sorprendente coincidencia: era imposible que se dieran estos datos y
ninguno de los concienzudos y sesudos científicos de la psicología se dio cuenta, ni
siquiera dudara de todo ello. La explicación es fácil de entender: Burt era una figura
muy poderosa en el momento de su retiro y permaneció siendo influyente aún
después. Todavía más importante es que los resultados de Burt de las correlaciones de
CI no sólo estaban en concordancia con otros estudios, sino que satisfacían las
expectativas generales y las ideas acerca de la herencia de la inteligencia que
prevalecían en la comunidad psicológica. Pero además del fraude general, gravísimo,
de invención de los datos, hubo también muchos «pequeños fraudes». Por ejemplo,
en un artículo de 1943 Burt recomendaba la consulta de las tablas incluidas en la tesis
doctoral de un tal J. Maver. Pero Kamin descubrió que nadie con ese nombre había
estudiado psicología en la Universidad de Londres y que nunca se había presentado
en la universidad una tesis con ese título. De manera análoga, en 1939 Burt había
firmado un artículo junto con un tal Moore, y en el texto hacía referencia también a
otro colaborador, Davis, aunque ambos eran desconocidos. En 1954, cuando le
solicitaron las tablas de los datos de aquellos experimentos, Burt respondió que
Moore iba a publicarlos en el numero del British Journal of Statistical Psychology

111
que en aquel momento estaba por editarse. Sin embargo, ni en ese ni en ningún otro
número apareció jamás algo firmado por Moore, que en efecto parece no haber
publicado otra cosa después de aquel primer y único artículo firmado junto con Burt.
Más aún, por decirlo con palabras de Di Trocchio, después de la muerte de
Spearman ocurrida en 1945, Burt procuró repetidas veces atribuirse a sí mismo el
mérito de la elaboración del análisis factorial. Se trataba de una reivindicación
claramente infundada que sin embargo estuvo apoyada, precisamente en las páginas
de la revista dirigida por Burt, por un desconocido psicólogo francés: Jacques Lafitte,
detrás del cual se sospecha que se escondía el mismo Burt. Los defensores de Burt,
sin embargo, minimizaron la importancia de estos hechos hasta que en octubre de
1976, un periodista del Sunday Times descubrió que otras dos presuntas
colaboradoras de Burt (que habían firmado junto con él los artículos más importantes
de los últimos años), Miss Margaret Howard y Miss Jane Conway, presentadas como
investigadoras de la Universidad de Londres, resultaban ser por completo
desconocidas en esa universidad y no existía huella alguna de ellas en los archivos y
en los documentos. El problema era muy grave dado que Burt sostenía precisamente
en uno de aquellos artículos haber analizado 53 pares de gemelos idénticos. Esto
quiere decir que, a partir de 1955 (cuando ya se había jubilado), habría estudiado en
total 33 pares de gemelos, mientras que desde el inicio de su carrera hasta 1955 sólo
21. Ahora bien, cuando se jubiló era bastante mayor y además estaba sordo; es por
eso impensable que haya podido realizar el trabajo y los viajes necesarios para llevar
a cabo sus estudios, dado que este tipo de gemelos son difíciles de encontrar. Él había
declarado que las investigaciones habían sido encomendadas a sus dos colaboradoras,
Miss Howard y Miss Conway. Pero si estas colaboradoras no existían, ¿quién había
realizado las investigaciones? Howard y Conway aparecían además como autoras de
numerosos artículos, notas críticas y reseñas publicadas en el Journal of Statistical
Psychology que casualmente estaba dirigido por el propio Burt (Burt y Howard,
1956; Conway, 1958). Eran todas reseñas muy favorables a las publicaciones de Burt
o reivindicaciones de sus prioridades científicas respecto de los críticos, e incluían
duros ataques a aquellos que no compartían sus ideas. El estilo de estas
intervenciones era sin duda el mismo que el de Burt, y curiosamente las dos inefables
señoritas dejaron de colaborar con la revista en el mismo momento en que Burt cesó
en su puesto de director. Sus defensores a ultranza afirmaron que, aunque parecía que
aquellas señoritas nunca habían existido, esto sólo significaba que Burt había querido
utilizar seudónimos, lo que no está prohibido por ley alguna (para más detalles véase
Kamin, 1983). Pero lo peor aún estaba por llegar. En efecto, la hermana de Burt le
encargó a Hearnshaw (1979) escribir la biografía oficial de su hermano para, de esta
manera, restituir su honra. Pues bien, al investigar en profundidad el asunto,
Hearnshaw confirmó el fraude burtiano. Por ejemplo, cuando a finales de los años 60,
Christopher Jencks, psicólogo de Harvard, le solició los originales de los test
administrados a los 38 pares de gemelos que se añadieron, Burt apuntó en su diario
que se había visto obligado a pasar una semana calculándolos: ¡no se habían
administrado nunca! Finalmente, Hearnshaw quiso llegar al fondo de la historia de
los seudónimos y verificó que Burt había escrito con nombres falsos un total de más
de veinte cartas, reseñas y notas críticas, en algunas de las cuales había llegado

112
incluso a responder a una nota que había escrito y publicado con otro nombre a fin de
poder citar una y otra vez sus trabajos y exponer sus puntos de vista fingiéndose
totalmente fuera del caso. El juego de los seudónimos se había intensificado en los
años en que se jubiló, con el objeto de crear la impresión de que continuaba
investigando. Como consecuencia, incluso Eysenck (1972) o su discípulo Jensen
(1974), fervientes seguidores de Burt, admitieron que los datos de éste eran
inservibles.

4. ¿POR QUÉ ENGAÑÓ BURT?

El fraude de Burt es explicado como debido a la falta de atención en los detalles


por parte de un científico de setenta años de edad (postura de Jensen y Eysenck) o a
un deliberado intento de defraudar (Kamin). De este modo, la pregunta permanece:
¿fueron fraudulentos los datos de Burt?, como cree Kamin, o más bien, como sugiere
Eysenck, fueron simples errores de una persona ya vieja y enferma, sin ninguna
intención de engañar? A Nicholas Wade (1976, pág. 916) le parece difícil creer que la
combinación de la inverosimilitud en los resultados de Burt, el aparente uso de
seudónimos y el fracaso para localizar a miss Howard y miss Conway, hablen a favor
de la inocencia de Burt; parece inclinarse hacia el lado de Kamin. En 1978 apareció
un erudito estudio sobre el trabajo de Burt realizado por Dorfman, de la Universidad
de Iowa, quien analizó con detalle el artículo de Burt de 1961 sobre inteligencia y
movilidad social, concluyendo que los datos de Burt «fueron fabricados para que
ajustasen a una curva normal teórica de una ecuación de regresión genética de cifras
publicadas treinta años antes de que Burt completara su estudio». Dorfman (1978)
puso también de manifiesto que Burt, en lugar de proporcionar nuevos datos, copió
las cifras publicadas en su artículo sobre orientación vocacional de 1926 (Spielman y
Burt, 1926), las cuales, a su vez, estaban basadas en las de un censo levantado en
1921.
¿Por qué engañó Burt? Hearnshaw (1979) profundizó también en las razones
que pudieran haber llevado a Burt al fraude, razones que, como siempre suele ocurrir,
son a la vez tanto personales como sociales, es decir, psicosociológicas. Así, Burt
habría comenzado sus falsificaciones a principios de la década de 1940, de tal manera
que su obra precedente era honesta, si bien estaba viciada por determinadas
convicciones a priori muy rígidas, y a menudo adolecía de una falta de seriedad y una
superficialidad inexcusables incluso según los criterios de su época. El mundo de
Burt empezó a derrumbarse durante la guerra. Sus datos fueron destruidos en el
bombardeo de Londres; su matrimonio fracasó; fue excluido de su propio
departamento cuando se negó a jubilarse voluntariamente a la edad reglamentaria e
intentó conservar el poder; fue destituido en el cargo de director de la revista por él
fundada, también al negarse a ceder el poder en la fecha fijada por él mismo para
retirarse; su dogma hereditarista ya no coincidía con la mentalidad de una época que
acababa de asistir al Holocausto. Además, Burt sufría al parecer de la enfermedad de
Minières, una perturbación de los órganos del equilibrio que suele entrañar
consecuencias negativas sobre la personalidad. Sin embargo, aunque los factores

113
personales pueden ayudarnos en parte a explicar el fraude de Burt, no dan plena
cuenta de él: no hubiera sido posible sin el ambiente general de aquella época —y de
la nuestra— de aceptación de las tesis genetistas, y sin la enorme y ciega fe en la
ciencia a que llevaron la Ilustración y la Revolución Industrial. No olvidemos que
Burt fue, ante todo, un hombre obsesionado con una idea fija: la heredabilidad de la
inteligencia. Y toda su obra fue un intento denodado por demostrar que la inteligencia
es una aptitud mental general e innata. Ya en su primer artículo (Burt, 1909) sostenía
que la inteligencia era innata y que las diferencias entre las clases sociales dependían
en gran medida de la herencia; también se basaba fundamentalmente en el factor «g»
de Spearman. De hecho, el último artículo de Burt en una revista de vasta difusión se
publicó póstumamente en 1972. Se trataba siempre de la misma cantinela: la
inteligencia es innata y la existencia del factor «g» de Spearman lo demuestra. Casi
incluso podríamos decir que toda su obra fue el intento persistente de demostrar las
bases genéticas de sus prejuicios clasistas, lo que, sin duda, facilitó su fraude. Más
aún, podemos ver la obra de Burt como un darle vueltas a su primer artículo en el que
planteaba claramente el problema del innatismo de la inteligencia (Burt, 1909, pág.
169): «Es cada vez mayor el convencimiento de que los caracteres innatos de la
familia influyen más en la evolución que los caracteres adquiridos del individuo, así
como la comprensión de que el humanitarismo y la filantropía en cuanto tales pueden
impedir la eliminación natural de las estirpes inadaptadas; dadas estas dos
características de la sociología contemporánea, la cuestión de la herencia de la aptitud
reviste una importancia fundamental». Y después, y a lo largo de su extensa carrera,
Burt citó continuamente este primer artículo sobre el carácter innato de la
inteligencia. Nos detendremos en este su primer trabajo porque será el que guíe toda
su obra posterior y, por tanto, será en gran medida la base de todo el edificio
hereditarista que se irá construyendo prácticamente hasta nuestros días. «Sin
embargo, ese estudio adolece tanto de un defecto lógico (razonamiento circular)
como de una base empírica notablemente exigua y superficial. Lo único que
demuestra este artículo a propósito de la inteligencia es que Burt abordó su estudio
con una convicción a priori del carácter innato de la misma, y que incurrió en un
círculo vicioso al tratar de justificar retroactivamente esa creencia inicial. Las
“pruebas” —o lo que se presentaba como tal— sólo constituían una fachada» (Gould,
1984, pág. 289). De hecho, la «demostración empírica» fue realmente de auténtico
sonrojo: como puntualiza Gould, Burt seleccionó cuarenta y tres muchachos de dos
escuelas de Oxford: treinta hijos de pequeños comerciantes procedentes de una
escuela primaria y trece muchachos de clase alta procedentes de una escuela
preparatoria. Para esta «demostración experimental del carácter hereditario de la
inteligencia» (1909, pág. 179), basada en una muestra tan ridículamente pequeña,
Burt aplicó a cada muchacho doce test de «funcionamiento mental, de diferentes
grados de complejidad» (la mayoría de dichos test no eran directamente cognitivos en
el sentido habitual, sino más bien semejantes a los viejos test fisiológicos galtonianos
sobre la atención, la memoria, la discriminación sensorial y los tiempos de reacción).
A continuación, obtuvo «cuidadosas valoraciones empíricas de la inteligencia» de
cada muchacho, para la que no aplicó rigurosamente los test de Binet, sino que pidió
a una serie de observadores «experimentados» que clasificaran a los muchachos

114
según el grado de inteligencia, independientemente de los conocimientos escolares.
Esas clasificaciones le fueron suministradas por los directores de las escuelas, por
varios maestros y por «dos muchachos competentes e imparciales» que formaban
parte de la muestra, a los que se les dijo: «Suponed que tenéis que escoger un jefe
para dirigir una expedición a un país desconocido. ¿Cuál de estos 30 muchachos os
parecería el más inteligente? Y en caso de que no pudiese, ¿cuál sería el siguiente?»
(1909, pág. 106). A continuación, Burt investigó las correlaciones entre los resultados
obtenidos en los doce test y las clasificaciones suministradas por sus expertos.
Comprobó que cinco test presentaban correlaciones con la inteligencia superiores a
0,5 y que las correlaciones más bajas correspondían a los test relacionados con «los
sentidos inferiores del tacto y el peso», mientras que las mejores correspondían a
aquellos test en que los elementos cognitivos eran más evidentes. Burt, que estaba
convencido de que los doce test medían la inteligencia, examinó luego los resultados.
Comprobó que los muchachos pertenecientes a la clase alta obtenían mejores
resultados que los de clase media baja en todos los test salvo en los relativos al peso y
al tacto. Por tanto, los muchachos de clase alta debían ser más listos.
Sin embargo, ¿la superioridad intelectual de los muchachos de clase alta es
innata o adquirida como consecuencia de determinadas ventajas familiares y
escolares? Burt propuso una serie de argumentos absurdos para descartar la influencia
del ambiente, entre ellos el siguiente: el ambiente de los muchachos de clase media
baja no puede ser tan pobre como para crear una diferencia, porque sus padres están
en condiciones de pagar los nueve peniques por semana para que puedan asistir a la
escuela. Es decir, la influencia ambiental sólo cuenta cuando se trata de muchachos
que están al borde de la inanición. «Todos estos argumentos, así como el proyecto
global del estudio, presentan la dificultad de estar basados en un razonamiento
evidentemente circular. La tesis de Burt se apoyaba en determinadas correlaciones
entre los resultados obtenidos en los test y una clasificación de la inteligencia
elaborada por observadores “imparciales”... Burt utilizó la corrrelación entre dos
criterios como prueba del carácter hereditario sin haber demostrado jamás que alguno
de dichos criterios midiese realmente su propiedad favorita» (Gould, 1984, págs. 290-
291). De todas formas, estos argumentos en apoyo de la herencia eran indirectos.
Pero Burt propuso, esta vez como argumento definitivo, una prueba directa de la
herencia: existía una correlación entre la inteligencia de los muchachos y la de sus
padres. «En todo proceso relacionado con la inteligencia, estos muchachos de
extracción superior se parecen a sus padres por el hecho de ser también ellos
superiores... La habilidad para responder a dichos test no depende de circunstancias
fortuitas ni de la instrucción, sino de una cualidad innata. Por tanto, la semejanza de
los muchachos y sus padres con respecto al grado de inteligencia tiene que depender
de la herencia. Así, disponemos de una demostración experimental de que la
inteligencia es hereditaria» (Burt, 1909, pág. 181). Y, como vemos, sigue la
redundancia y la circularidad. Porque veamos: ¿cómo midió Burt la inteligencia de
los padres? La respuesta, notable incluso desde su propio punto de vista, es que no la
midió: se limitó a suponerla basándose en sus profesiones y en su nivel social. Los
padres de clase alta que tienen profesiones intelectuales deben estar dotados de una
inteligencia innata superior a la de los tenderos. Pero el objetivo del estudio era

115
determinar si los resultados obtenidos en los test se debían a la existencia de unas
cualidades innatas o bien a las condiciones sociales más o menos ventajosas. Por
tanto, no se puede dar un giro completo y deducir directamente la inteligencia
basándose en el nivel social.
En resumidas cuentas, «sabemos que los últimos estudios de Burt sobre la
herencia fueron fraudulentos. Sin embargo, sus trabajos iniciales, honestos, adolecen
de vicios tan fundamentales aunque tampoco valen más que aquéllos. Al igual que en
el estudio de 1909, Burt argumenta siempre a favor de la herencia basándose en la
existencia de correlaciones entre la inteligencia de los padres y la de su progenie.
Siempre partiendo del nivel social para valorar la inteligencia de los padres, en lugar
de someterlos a unos test» (Gould, 1984, pág. 292). La conclusión de Hearshaw es
rotunda: «Esta primera incursión de Burt en el terreno de la genética se caracteriza
por una base empírica muy endeble y unas conclusiones imprudentes. He aquí, al
comienzo mismo de su carrera, los gérmenes de la posterior enfermedad» (1979, pág.
30). Y no olvidemos que esto lo dice el biógrafo oficial a quien pagó la hermana de
Burt para investigar la vida de éste y poder, así, demostrar lo infundado de las críticas
que se le dirigían de fraude, y, por tanto, se suponía que debía ser una biografía
panegirista. Pero las cosas estaban tan claras, que ello no pudo ser. En consecuencia,
resulta totalmente inaceptable la conclusión a que en su primer artículo llega Burt
(1909, pág. 176): «Por tanto, la inteligencia de los padres puede heredarse, la
inteligencia individual puede medirse y la inteligencia general puede analizarse; y
pueden analizarse, medirse y heredarse en un grado que hasta el presente pocos
psicólogos se han atrevido legítimamente a sostener». Es más, incluso en los casos en
que Burt aplicó test a los sujetos, por lo general no publicó los resultados realmente
obtenidos sino unos datos «ajustados» basándose en su propia valoración del margen
de error que dichos test podían tener para medir la inteligencia tal como él y otros
expertos eran capaces de apreciarla mediante un juicio subjetivo. En una de sus obras
principales reconoció lo siguiente (1921, pág. 280): «No me atuve a los meros
resultados de los test. Los analicé cuidadosamente con los maestros, y, siempre que la
opinión del maestro sobre los méritos relativos de sus alumnos parecía justificar una
valoración superior, introduje las correcciones pertinentes». Este método, como
señala Gould, descalifica cualquier intento de presentar determinada hipótesis como
susceptible de una verificación objetiva y rigurosa. Porque, añade Gould, si se piensa
de antemano que los niños de buena familia son los que tienen una inteligencia innata
superior, entonces ¿en qué dirección habrá que ajustar los resultados de los test? Más
todavía, sigue argumentando Gould, en ocasiones incurrió Burt en un círculo vicioso
aún más grave afirmando que los test tenían que medir la inteligencia innata porque
para eso habían sido creados (1943, pág. 88): «De hecho, a partir de Binet
prácticamente todos los investigadores que trataron de crear “test de inteligencia”
buscaron fundamentalmente una medida de la capacidad innata, diferente del
conocimiento o la habilidad adquiridos. Conforme a esta interpretación, es evidente
que carece de sentido preguntarse en qué medida la “inteligencia” depende del
ambiente, y en qué medida depende de la constitución innata: ya la definición plantea
y resuelve la cuestión».
Y sin embargo, como puede suponerse, Burt no era tonto: ¿por qué, entonces,

116
actuó como lo hizo? Me uno a la respuesta de Gould (1984, pág. 294): «Mi
diccionario define la idea fija como “una idea persistente u obsesiva, a menudo
delirante, de la que el sujeto no puede liberarse”. El carácter innato de la inteligencia
era la idea fija de Burt. Cuando aplicaba sus habilidades intelectuales en otros
terrenos, razonaba correctamente, con sutileza y a menudo con gran perspicacia.
Cuando abordaba, en cambio, el tema del carácter innato de la inteligencia, aparecían
unas anteojeras y su racionalidad se evaporaba ante ese dogma hereditarista al que
debía su fama, y que acabaría sellando su ruina intelectual. Puede llamar la atención
que Burt haya podido razonar con dos estilos tan diferentes. Pero más sorprendente
aún me parece el hecho de que tantas personas hayan aceptado las tesis de Burt sobre
la inteligencia cuando sus argumentos y sus datos —todos accesibles en
publicaciones de amplia difusión— contenían tal cúmulo de errores patentes y
afirmaciones engañosas». Otro ejemplo evidente de cómo su idea fija guiaba la
interpretación que Burt hacía de sus datos es éste: en su libro de 1937, The Backward
Child, escrito en el momento culminante de su carrera, y antes de llegar al fraude
deliberado, Burt abordó el estudio estadístico del ambiente estableciendo una
correlación entre el porcentaje de niños retrasados y los niveles de pobreza de los
distritos de Londres. Obtuvo una cantidad impresionante de correlaciones elevadas:
0,73 con respecto al porcentaje de personas situadas por debajo del límite de la
pobreza; 0,89 con respecto al hacinamiento; 0,68 con respecto al desempleo; y 0,93
con respecto a la mortalidad juvenil. A primera vista, estos datos parecerían
demostrar el predominio de la influencia ambiental sobre el retraso mental. Pero Burt
alega otra posibilidad: quizá las estirpes innatamente inferiores sean las que se
agrupan en los peores distritos, de modo que el grado de pobreza sólo sería una
medida imperfecta de la incapacidad genética. Y no son sino sus prejuicios los que le
llevaron a decir barbaridades como ésta, al descubrir que los niños pobres cogían más
resfriados (1937, pág. 186): «Se da (el resfriado) sobre todo en aquellos sujetos cuyos
rostros muestran determinados defectos de desarrollo —la frente abombada y huidiza,
el hocico saliente, la nariz corta y respingada, los labios gruesos— que se combinan
para dar al niño de los barrios bajos un aspecto negroide o un poco simiesco...
“Monos que apenas son antropoides”, según ha dicho un director de escuela propenso
a resumir sus observaciones en una frase». Guiado por una idea fija, Burt optó por la
hipótesis de la estupidez innata como causa primaria de la pobreza (1937, pág. 105).
Su principal argumento fue éste: dado que el CI registra la inteligencia innata, la
mayoría de los niños retrasados se desempeñan mal en la escuela porque son
subnormales, y no (o sólo indirectamente) porque sean pobres. Burt incurre otra vez
en el mismo círculo vicioso, que es justamente en el que durante todo el siglo XX
incurrirán los psicómetras del CI e incluso quienes pretenden establecer el carácter
genético de otras dimensiones humanas como la personalidad o la delincuencia, como
fue el caso de Eysenck, o el más reciente, entre nosotros, de Luengo, Sobral y cols.
(2002) en el que estos autores defienden «lindezas» como la siguiente: ante la crítica
a los estudios de gemelos monocigóticos y dicigóticos en el sentido de que los
primeros podrían tener un ambiente más similar a causa de su mayor parecido físico y
de las consecuentes reacciones de la gente, crítica a mi juicio razonable que al menos
invalida la contundencia y seguridad de las tesis genetistas, Luengo, Sobral y colegas,

117
probablemente influidos por Eysenck, al que tan profusamente citan en este trabajo,
puntualizan que ello justamente apoya las tesis herencialistas con el increíble
argumento de que «no se trataría más que de un ligero desplazamiento argumental:
los genes no influirían directamente en la producción de una determinada conducta,
sino en los mediadores ambientales que conducen al comportamiento» (2002, pág.
22). Sinceramente, resulta difícil creer que personas inteligentes lleguen a decir estas
cosas: dan por demostrado lo que se pretende demostrar, es decir, la influencia de los
genes. ¿Estaremos ante el resurgimiento de las tesis genetistas nazis o sencillamente
ante un nuevo auge, como el que representaron en su momento Burt, Eysenck o
Herrnstein, de un ciego prejuicio hereditarista que les impide a sus autores pensar
razonablemente?
En definitiva, en el caso de Burt estamos ante una persona enfermizamente
dogmática y sectaria. En efecto, «el poder enceguecedor del prejuicio hereditarista de
Burt puede apreciarse mejor examinando su enfoque de otros temas, distintos de la
inteligencia. Porque en esos casos demostraba constantemente una cautela digna de
elogio. Reconocía la complejidad de las causas y la sutil influencia que puede ejercer
el ambiente1. Protestaba contra las suposiciones simplistas y reservaba su juicio hasta
contar con pruebas suficientes. Sin embargo, apenas retomaba su tema favorito —la
inteligencia—, aparecían las anteojeras y el catecismo hereditarista volvía a
imponerse» (Gould, 1984, pág. 296). Pero está clarísimo que los principales
causantes de la ceguera de Burt eran prejuicios políticamente interesados. De hecho,
sus prejuicios no eran ni racistas ni sexistas, sino estrictamente clasistas, como
correspondía a un inglés de su época. Así, no creía (1912) que la inteligencia
heredada de las razas variara mucho, y sostuvo (1921, pág. 197) que la conducta
diferente de chicos y chicas dependía en gran medida del trato de los padres. Pero, en
cambio, las diferencias de clase social, el talento de las personas de éxito y la torpeza
de los pobres, dependería de la capacidad heredada. Si, como veremos, la raza es el
problema social primordial en Estados Unidos, la clase social ha sido la principal
preocupación en Inglaterra. De ahí que las consecuencias políticas de los estudios de
Burt fueran negativas e importantes: «Quizá los test hayan sido el vehículo para que
unos pocos niños escaparan al rígido condicionamiento de una estructura de clases
bastante inflexibles. Pero ¿cuál ha sido su efecto sobre la vasta mayoría de niños de
clase baja, que Burt califica injustamente de hereditariamente incapacitados para
desarrollar una gran inteligencia, y que, por tanto, no merecen, razonablemente,
ocupar una condición social más elevada?» (Gould, 1984, pág. 300). Escribía
textualmente Burt (1959, pág. 28): «Todas las tentativas actuales para fundar nuestra
futura política educacional sobre el supuesto de que no existen diferencias reales, o
por lo menos, importantes, entre la inteligencia media de las distintas clases sociales,
no sólo están condenadas al fracaso: es probable que entrañen desastrosas
consecuencias para el bienestar de la nación en su totalidad, al mismo tiempo que
desalientan innecesariamente a los alumnos. No podemos negar los hechos que
demuestran la desigualdad genética, aunque no correspondan a nuestros deseos e
ideales personales».

118
5. BURT Y EL FACTOR «G»: SUS EFECTOS POLÍTICOS

A los tres fraudes de Burt más frecuentemente citados (la invención de los
datos sobre los gemelos univitelinos, las correlaciones de CI entre parientes próximos
y la declinación del nivel de inteligencia en Gran Bretaña), Hearnshaw añade un
cuarto que es, en muchos sentidos, el más extraño de todos, porque la tesis de Burt
era tan absurda y sus manipulaciones tan evidentes, que podían descubrirse con toda
facilidad. No podía tratarse de un acto realizado por un hombre mentalmente sano.
Burt trató de cometer un acto de parricidio intelectual declarando que él, y no su
predecesor y mentor Charles Spearman, era el padre de la técnica denominada
«análisis factorial» en psicología. El descubrimiento de Spearman estaba expuesto, en
sus líneas fundamentales, en un famoso artículo de 1904. Mientras Spearman se
mantuvo en la cátedra del University College, que luego ocuparía Burt, éste nunca
puso en duda esa prioridad: de hecho, la confirmó en reiteradas ocasiones, y en su
célebre libro sobre el análisis factorial (1940) sostiene que «todos los analistas
reconocen la preeminencia de Spearman» (pág. X). El primer intento de Burt de
escribir de nuevo la historia se produjo en vida de Spearman, y el hecho le valió una
respuesta áspera del titular honorario de su cátedra. Burt se retractó de inmediato y
envió a Spearman una carta que es un ejemplo insuperable de acatamiento y
servilismo. Sin embargo, una vez muerto Spearman, Burt desató una campaña que,
durante el resto de su vida, «se fue volviendo cada vez más desenfrenada, obsesiva y
extravagante» (Hearnshaw, 1979). Este enorme interés que tenía Burt en apropiarse la
paternidad del análisis factorial deriva del hecho de que, como señala el propio Burt
(1914, pág. 36), la historia de los test mentales presenta dos hilos fundamentales que
se conectan entre sí: los métodos de escala de edad (los test de CI ideados por Binet)
y los métodos basados en las correlaciones (análisis factorial). Otra ventaja que para
Burt tenía el análisis factorial y el factor «g» a que llega, deriva de que permite
cosificar la inteligencia2. «En realidad, casi todos los procedimientos que le integran
se inventaron para justificar determinadas teorías de la inteligencia. Pese a tratarse de
un instrumento matemático puramente deductivo, el análisis factorial se inventó en
determinado contexto social y obedeciendo a unos motivos muy precisos. Y, aunque
su base matemática sea inatacable, su constante utilización como instrumento para
investigar la estructura física del intelecto ha estado hundida desde el comienzo en
profundos errores conceptuales. De hecho, el error principal se vincula con uno de los
temas más importantes del presente libro: la cosificación; en este caso, la idea de que
un concepto tan impreciso y tan dependiente del contexto social como la inteligencia
pueda identificarse como una “cosa” localizada en el cerebro y dotada en
determinado grado de heredabilidad, y de que pueda medirse como un valor numérico
específico permitiendo una clasificación unilineal de las personas en función de la
cantidad que cada una posee del mismo. Al identificar un eje factorial matemático
con el concepto de “inteligencia general”, Spearman y Burt proporcionaron una
justificación teórica de la escala unilineal que Binet había propuesto como simple
guía empírica aproximativa» (Gould, 1984, pág. 250). A veces Burt negó
rotundamente que los factores fueran cosas situadas en la cabeza (1937, pág. 459):
«En suma, los “factores” deben considerarse como abstracciones matemáticas

119
cómodas, y no como “facultades” mentales concretas, alojadas en distintos “órganos”
del cerebro». Sin embargo, explícita o implícitamente, casi siempre defendió tal
cosificación, llegando incluso en su obra fundamental (Burt, 1940), siguiendo en esto
a Spearman, a buscar una localización física en el cerebro para los factores
matemáticos extraídos de la matriz de correlaciones de los test mentales. Pero, en
todo caso, lo que pretendió siempre Burt con el análisis factorial fue confirmar
matemáticamente sus dos grandes obsesiones: que la inteligencia es una entidad única
y medible, y que es casi totalmente heredada e inmutable, para lo que introdujo
modificaciones importantes en el análisis factorial. «Generalmente, el análisis
factorial se aplica a una matriz de correlación de test. Burt fue el primero en proponer
una forma “invertida” de análisis factorial, equivalente a la usual en términos
matemáticos, pero basada en la correlación entre las personas y no en los test»
(Gould, 1984, pág. 307). Como escribía el mismo Burt (1940, pág. 136), «el objeto
propio del análisis factorial es deducir, a partir de un conjunto empírico de medidas
de test, la cifra única de cada individuo». Y ello fue precisamente la base para el éxito
social y político de Burt. Más en concreto, la concepción de una única clasificación
fundada en la aptitud innata fue la base del mayor triunfo político de las teorías
hereditaristas de los test mentales en Inglaterra. Si, como veremos en el próximo
capítulo, la Inmigration Restriction Act de 1924 marcó la mayor victoria de los
psicólogos hereditaristas norteamericanos, el examen llamado 11+ otorgó a sus
colegas británicos un triunfo de no menor repercusión. Conforme a ese sistema de
distribución de alumnos en diferentes tipos de escuelas secundarias, los niños eran
sometidos a un amplio examen a la edad de diez u once años. Como resultado de esos
test —destinados en gran medida a tratar de establecer el valor del factor «g» de
Spearman en cada niño—, el 20 por 100 era enviado, como ya hemos dicho, a los
institutos («grammar schools») donde podía recibir una preparación para ingresar a la
universidad, mientras que el 80 por 100 quedaba relegado a las escuelas técnicas o
«secundarias modernas», por considerarlos incapacitados para recibir educación
superior. No debería extrañar a nadie que ésta sea una forma sutil, pero rotunda, de
seleccionar a los alumnos según la clase social. De hecho, la mayoría del 20 por 100
de quienes iban al instituto pertenecían a las clases medias y altas, mientras que la
inmensa mayoría del 80 por 100 de quienes iban a la «formación profesional»
provenían de las clases trabajadoras. Como vemos, el principal efecto del 11+ sobre
las vidas y las esperanzas de los seres humanos residía en su principal resultado
numérico: la descalificación del 80 por 100 de los niños para el acceso a la educación
superior debido a su baja aptitud intelectual innata. No es por azar que métodos
similares sean implantados generalmente por gobiernos conservadores. Cyril Burt
justificó esa separación afirmando que se trataba de una medida adecuada para
«evitar la decadencia y caída que han sufrido todas las grandes civilizaciones del
pasado» (1959b, pág. 117): «Es esencial, tanto en interés de los propios niños como
de la nación entera, que los que poseen aptitudes superiores —los más inteligentes de
los inteligentes— sean identificados con la mayor precisión posible. De todos los
métodos ensayados hasta el presente, el llamado examen 11+ ha resultado ser el de
más confianza». De lo único que se quejaba Burt (1959a, pág. 32) era de que el test, y
la subsiguiente selección, se aplicaban a una edad demasiado avanzada. Téngase

120
presente que cuanto antes se haga esa selección, más injusta será con los alumnos
provenientes de los grupos sociales menos favorecidos. ¡Y todavía Butcher le
considera a Burt un pionero de la igualdad social! No olvidemos que en reiteradas
ocasiones Burt afirmó que su defensa del 11+ respondía a un criterio «liberal»: «Se
trataba de permitir el acceso a la educación superior de aquellos niños de las clases
bajas cuyo talento innato pasaría, si no, inadvetido. Admito que algunos niños de
elevada aptitud pudieran beneficiarse con ese procedimiento, pero el propio Burt no
creía que en las clases inferiores abundaran los individuos de gran inteligencia»
(Gould, 1984, pág. 311).
A modo de conclusión del «caso Burt» preguntémonos, una vez más, por lo
fundamental: ¿Cómo fue posible que miles de psicólogos de varias generaciones
aceptaran, acríticamente, los datos que Burt nos proporcionaba, a pesar del evidente
fraude que suponían e incluso a pesar de las gravísimas y dramáticas consecuencias
que tuvieron? Tres importantes razones, juntas, nos ayudan a entenderlo: a) El
positivismo tuvo un éxito tal que pasó a formar parte de nuestro conocimiento «dado
por supuesto», es decir, pasó a ser, por decirlo a la manera orteguiana, una de las
creencias fundamentales que sostienen nuestra forma de pensar y nuestra forma de
vivir: está en el zeitgeist de la Modernidad. El gran problema, en el plano social y
hasta político, de la psicología en general y de la psicometría en particular, estriba en
que ha pretendido ante todo medir, predecir y controlar, cosas realmente imposibles
de conseguir con sujetos humanos, olvidando algo que, además de fundamental, creo
que sí podría haber conseguido: comprender. Mayoritariamente la psicología ha
tenido como principal objetivo predecir y controlar, pero lo ha hecho al servicio de
los intereses de los grupos dominantes que, al fin de cuentas, son los que pagan, y de
la sociedad capitalista en general (véase Sampson, 1977, 1986; Wexler, 1983), y el
trabajo de Burt era útil para tales objetivos; b) El mito de la representación que,
aplicado al campo de la ciencia, consiste en la creencia generalizada de que el
conocimiento científico es válido en la medida en que refleja o se corresponde
exactamente con la realidad, lo que consiste en la creencia de que el conocimiento
científico nos dice con toda precisión cómo es la realidad. Sin embargo, como
sostiene convincentemente Tomás Ibáñez (2001, págs. 252-253), ello constituye una
barbaridad lógica, «porque resulta que para saber si dos cosas se corresponden, hay
que compararlas, y para compararlas hay que acceder a cada una de ellas con
independencia de la otra. Pero ¿cómo accedemos a la realidad con independencia del
conocimiento que tenemos de ella para poder así compararla con ese conocimiento?
Nadie, por supuesto, ha sabido decirlo, y sin embargo, por curioso que parezca, la
concepción representacionista del conocimiento sigue predominando ampliamente en
nuestra cultura»; y c) El cientifismo, que no es sino el término empleado para
«calificar aquellas prácticas y sus discursos legitimadores, que conceden un papel
crucial a la ciencia y la tecnología como factor de resolución de problemas y
estructuración de las relaciones sociales» (Giner, Lamo y Torres, 1998, pág. 102) y
que se refleja en un culto ciego y acrítico a la ciencia y a los argumentos de autoridad
provenientes de ella. En este sentido algunos autores, como Tomás Ibáñez e incluso
el propio Ortega y Gasset, sostienen que uno de los presupuestos de la Modernidad
consistió justamente en sustituir la religión por la ciencia, pero sin modificar los

121
argumentos de autoridad, antes religiosos y ahora científicos.
En resumidas cuentas, el acatamiento del positivismo produce seres
intrínsecamente obedientes y acríticos. Más aún, el acatamiento de la Razón Moderna
lleva, paradógicamente, a ciudadanos sumisos, obedientes y acríticos, como es el caso
de Eichmann y, en nuestro caso, el de tantos psicólogos. Lo primero que debería
hacer la psicología, si de verdad pretende ser una disciplina al servicio de los
ciudadanos, es huir del positivismo. Pero digamos algo de un tema relacionado con
todo esto: la utilización por parte de la ciencia en general, y de la psicometría en
particular, del método como mera retórica de la verdad, que constituye la cuarta razón
que nos ayuda a entender la aceptación acrítica de los datos de Burt.

6. CIENCIA, MÉTODO Y RETÓRICA DE LA VERDAD

Si a la afirmación que no hace mucho hacían Domènech e Ibáñez (1998) de que


en la investigación psicológica cada vez se olvida más la argumentación teórica para
ser sustituida por el puro método, por lo que ellos apuestan por lo contrario, unimos
la denuncia de Feyerabend (1975) de la magia del método, atribuyendo los éxitos
científicos a otros factores, llegamos a la consideración del método como mera
retórica de la verdad. Es lo que con frecuencia hicieron los psicómetras del CI,
particularmente Herrnstein y Murray (1994) en su The Bell Curve. En efecto, por
repetir, si se me permite, las palabras que escribí en otro lugar (Ovejero, 1999, pág.
486), a menudo el método cumple la única función de servir de retórica de la verdad
y contribuir, sólo con ello, a impresionar, no a convencer racionalmente. Así, si
vemos que una afirmación viene acompañada de cientos de números, docenas de
complicadas fórmulas, multitud de tablas, etc., no nos atreveremos siquiera a dudar
de la verdad encerrada en tal complicado andamiaje, y sin reflexionar siquiera sobre
el contenido del asunto, creeremos acríticamente y a pie juntillas lo que de tal manera
nos presenten. Y es que con frecuencia, los datos estadísticos y experimentales,
tratados de formas complejas por los diferentes paquetes informáticos funcionan
como una mera retórica de la verdad: no pretenden convencer, sino deslumbrar o,
mejor todavía, pretenden convencer deslubrando, a través de la liturgia retórica del
número y la matemática. Pues bien, en estas condiciones el fraude en los datos se ve
facilitado, pues si la principal función de tales datos no es demostrar nada sino sólo
deslumbrar por su coherencia, su exactitud y su rotundidad a la hora de «demostrar»
las hipótesis propuestas, no es de extrañar que se «cocinen» para que produzcan tales
efectos, como hicieron Burt o, en el campo de la psicofarmacología, Breuning.
Sin embargo, la estafa que más me interesa a mí no es la de científicos como
Breuning (véase Di Trocchio, 1995, págs. 61-75), que entra claramente en el campo
de la delincuencia y en el mayor descaro y falta de vergüenza, sino el de autores
como Galileo, que lo que hacen es poner en tela de juicio a la propia ciencia
experimental, de la que él mismo es considerado fundador. Y esto es lo que más me
interesa porque pone claramente de relieve que la ciencia experimental no es sino una
retórica de la verdad para cuya justificación y a cuyo servicio pone una serie de ritos
simbólicos entre los que los más importantes son justamente los experimentos, los

122
datos, los cálculos estadísticos y matemáticos, etc., pero que realmente su función es
científicamente secundaria y fundamental sólo psicosociológicamente. Como decía
Ortega y Gasset, lo importante en la ciencia moderna es la teoría, pues los datos no
son sino el adorno para producir la sensación de que se trata de algo serio y
fundamentado en la fuente de la verdad. Y todo ello, repito, para producir una
retórica de la verdad que, y esto es lo importante, produce efectos de poder. Los
datos, los experimentos, los cálculos matemáticos, etc. no son sino meros ritos
justificativos. Al igual que en los sacerdotes, la sotana y toda la parafernalia del rito
católico (casullas, incienso, etc.) incrementa su posesión de la verdad o, mejor, la
percepción por parte de la gente de que poseen la verdad, igualmente ocurre con los
científicos: los laboratorios, la bata blanca, los experimentos, etc. funcionan con
frecuencia como las sotanas, el incienso y el órgano. «Esto quiere decir que todas las
teorías científicas que consideramos verdaderas no se consideran verdaderas porque
se haya demostrado realmente la verdad, sino sólo porque los científicos que las
enunciaron pudieron convencer a sus colegas y a nosotros mismos. Normalmente esto
implica el uso de trucos y de falsificaciones más o menos graves que, sin embargo, no
se reconocen y denuncian como tal hasta después de mucho tiempo. En definitiva, los
científicos engañan en nombre de la verdad porque no pueden demostrarla» (Di
Trocchio, 1995, pág. 414). Como escribía el Ortega de la «segunda navegación», con
una claridad que pocos han alcanzado en estos temas, «vivimos, en efecto, de la
ciencia; se entiende, de nuestra fe en la ciencia. Y esta fe no es más ni menos que otra
cualquiera —con lo cual, conste, yo no quiero decir que no sea, tal vez, más
justificada y en tal o cual sentido superior a toda otra fe. Lo único que digo es que se
trata de una fe, que la ciencia es una fe, una creencia en que se está, como se puede
estar en la creencia religiosa. La historia que vamos a contar es precisamente la del
tránsito que hace el hombre de estar en la creencia de que Dios es la verdad a estar en
la creencia de que la Verdad es la ciencia, la razón humana, por tanto, del
cristianismo al racionalismo humanista. Nos importa, pues, mucho tomar una
posición lo suficientemente honda para que podamos discernir no sólo lo que una y
otra creencia tienen de diferente, sino también lo que tienen de común» (1933, págs.
81-82). Y tienen en común lo principal: que ninguna de las dos se basa en experiencia
empírica alguna, sino que son una cuestión de fe, de creencias en sentido propiamente
orteguiano. Por tanto, como mostró Kuhn (1962) y como ya había visto
preclaramente Ortega, una teoría científica será verdadera sólo mientras sigamos
teniendo fe en ella y, por tanto, siga proporcionándonos creencias en que sostener
nuestra vida (véase Ovejero, 2000a). «Es por eso difícil, si no imposible, determinar
si un científico respetó todo lo que establece el método experimental o no. Pero
además se ha comprobado que en la mayor parte de los casos, y sobre todo en
relación con las teorías y descubrimientos más importantes, los científicos han
violado y contradicho el espíritu mismo del método (científico) que, sin embargo,
decían seguir» (Di Trocchio, 1995, pág. 416). Si Galileo, señala Marcelo Pera (1991),
hubiera usado las reglas metodológicas que se recomendaban en su época, no
habríamos tenido ciencia moderna. Si Darwin hubiera seguido realmente las
prescripciones de Bacon, consideradas tan eficientes en su época, creeríamos aún en
la Biblia. Si Einstein no hubiera sido un oportunista y no hubiera traicionado los

123
cánones de la metodología empírica no tendríamos la relatividad, y la física cuántica
nunca habría nacido si una generación de físicos no hubiera cometido un parricidio
con los cánones newtonianos.
Por otra parte, retoma Pera la idea de Paul K. Feyerabend según la cual al
estudiar la historia de la ciencia se descubre «que no existe regla alguna, aunque sea
plausible y fundada sólidamente en la epistemología, que no haya sido violada en una
ocasión o en otra». Feyerabend está convencido también de que estas violaciones no
son hechos accidentales, sino que son necesarios para el progreso científico. «Esta
posición, que a muchos pareció excesiva y paradójica, es en realidad tan razonable
que resulta casi obvia. El sentido de esta postura es que, dado que la realidad es
siempre más compleja y “fantasiosa” de lo que nosotros o los científicospodemos
imaginar, en ciencia no es tan importante el método riguroso sino más bien la fantasía
y la creatividad. Esto equivale a decir que seguir atenta y escrupulosamente todas las
reglas del método experimental no garantiza en absoluto el descubrimiento de cosas
interesantes o de teorías verdaderas. Para esto se requiere inteligencia y creatividad,
es decir la capacidad de restar importancia o de no tener en cuenta los preceptos del
método. Los verdaderos científicos por lo tanto no son esclavos del método sino que
se sirven de él a su manera y lo usan como uno de los muchos instrumentos y
argumentos con el objeto de convencer a sus colegas de la fundamentación de sus
teorías. Si se desea, estas transgresiones a las reglas del método pueden considerarse
recursos retóricos que recogen la propuesta, de moda hoy en día y defendida por Pera
en Italia, según la cual lo que hacen realmente los científicos no es seguir reglas
lógicas y un método rigurosamente experimental, sino servirse de una familia de
estratagemas retóricas a fin de imponerle al mundo sus propias ideas» (Di Trocchio,
1995, págs. 417-418).
En esta misma dirección, Thom (1990), afirma que todas las teorías que se
consideran verdaderas durante un determinado período de tiempo nacen a partir de
teorías anteriores que se reconocen como falsas o de alguna forma modificadas, y que
las mismas, a su vez, se reconocerán más tarde o más temprano como falsas y
modificadas por otras teorías. Thom sostiene que esta falsedad generadora constituye
la esencia misma de la cientificidad. Esto quiere decir que, en un sentido totalmente
particular, incluso el gran científico, el genio, es un impostor y un estafador. Aquello
que nos presenta como verdad, y que aceptamos como tal incluso durante muchos
siglos, es siempre una simple falsificación de la realidad. Por una serie de
circunstancias culturales y también por la habilidad del científico, estas
falsificaciones se consideran «verdaderas» durante un período de tiempo más o
menos extenso. «La ciencia, entonces, no nos otorgará nunca la verdad, aunque
permite un control cada vez mayor de la naturaleza, y esto ofrece un criterio
indiscutible a fin de distinguir la ciencia, no sólo de la magia, la astrología o la
parapsicología, sino también de las vulgares estafas o falsificaciones, de aquellos
engaños que no forman parte de la actividad y de los deberes del buen científico. Los
aspectos prácticos, los denominados saltos tecnológicos de la investigación son los
que permiten discriminar, aunque de manera puramente empírica, descubrimientos y
teorías genuinamente científicas de simples falsificaciones o estafas» (Di Trocchio,
1995, pág. 421). Ahora bien, si ello es así, entonces, ¿por qué exigir rigor

124
metodológico a los demás y por qué alardear de manera tal que se subraya que es
justamente el metodo científico el que discrimina entre un conocimiento científico y
otro que no lo es? Sencillamente, por su retórica de la verdad, por la sensación de
seriedad y convicción que produce.

7. CONCLUSIÓN

Como hemos visto, con frecuencia también los científicos, y los psicólogos
entre ellos, nos han engañado, casi siempre o bien por interés personal o de grupo o
bien, que es lo más habitual, por prejuicios o ceguera positivista (véase también
Broad y Wade, 1982). Este abuso de la ciencia tiene dos vertientes (Alberch, 1984):
«Una se refiere a cómo la sociedad invoca la ciencia para justificar sus prejuicios; la
otra, a cómo el científico, al igual que cualquiera de nosotros, no puede liberarse por
completo de su entorno social, que condiciona su metodología y a veces hasta sus
resultados». En línea con ello hay que colocar el fraude cometido tanto por Burt
como por otros psicómetras del CI (Goddard, etc.). Tales engaños no fueron siempre
intencionales, sino simple consecuencia del hecho de que sus autores poseían ciertas
ideas obsesivas y de pretender a toda costa buscar confirmación empírica a sus
prejuicios sociales. De hecho, como espero mostrar a lo largo del libro, la psicometría
genetista del CI no es sino un caso más en que la ciencia ha sido utilizada para
legitimar y excluir: para legitimar una larga lista de injusticias y para excluir
precisamente a aquellos sobre los que se ejercen esas injusticias.
Una forma eficaz de evitar todos esos engaños y fraudes de los científicos
consiste precisamente en que éstos se desprendan de la idea de que la Verdad existe y
de que la ciencia es el único camino para encontrarla y, por tanto, ellos serían los
sumos sacerdotes en la liturgia de esa búsqueda. En consecuencia, los científicos
también deberían abandonar ese aureola de falsa objetividad que poseen y asumir, de
forma vigilante, el componente ideológico y social que afecta a su trabajo. «Si —
como creo haber probado— los datos cuantitativos están tan expuestos al
condicionamiento cultural como cualquier otro aspecto de la ciencia, entonces no
ostentan ningún título especial que garantice su veracidad supuestamente inapelable»
(Gould, 1984, pág. 9). Y añade Gould algo que ya es bien conocido: en unos pocos
casos —el de Cyril Burt es uno de ellos— podemos afirmar que la incidencia de los
prejuicios sociales fue producto de un fraude deliberado, en otros muchos no fue
consciente, pero en todos ellos fue una consecuencia de creer que se estaba en busca
de la Verdad inmaculada y absoluta.
Con lo anterior no quiero decir que el método sea sólo una mera retórica de la
verdad, aunque a veces sí, sino que casi siempre es también una retórica de la verdad,
y a menudo ésa es su fundamental función. Y sin embargo, no existe ningún
metanivel que nos garantice la verdad, no existe ningún principio absoluto y ningún
criterio que posea una fundamentación definitiva y última: no estamos más que
nosotros, los seres humanos, nuestras prácticas y nuestras producciones. Eso es todo.
Y también la ciencia y la razón científica son productos humanos. Y nada más. Y un
producto humano más limitado y problemático de lo que creíamos, porque ningún

125
método nos asegura un acceso directo a la realidad tal como es, porque no existe
ningún camino que nos asegure la objetividad, ya que, en definitiva, la verdad
absoluta no existe, sólo existen pequeñas verdades, relativas, con minúscula,
plenamente humanas y, por tanto, locales, transitorias y provisionales. Es necesario,
pues, deconstruir la retórica de la verdad de la razón científica (véase Jiménez
Burillo, 1997). Y «esa operación es tanto más imprescindible cuanto que no sólo
contribuye a deslegitimar cualquier pretensión de ubicar la verdad fuera de las
frágiles decisiones simplemente humanas, sino que también revela, y con ello
debilita, los efectos de poder producidos por esas retóricas» (Ibáñez, 1990, pág. 54),
efectos de poder de consecuencias realmente pavorosas, como se constata con sólo
tener presente que las mayores atrocidades no han surgido nunca de un ataque a la
verdad sino que, más bien, se han cometido en nombre de la Verdad (los crímenes
dela Inquisición, el Holocausto, las purgas stalinistas, etc.). En consecuencia, se hace
necesario dejar de lado la Verdad con mayúsculas, y siendo más relativistas, utilizar
sólo verdades con minúsculas, puesto que somos nosotros mismos los que las
construimos (véase Ibáñez, 2001).
Ahora bien, como escribe Kohn (1988, págs. 111-112), «tenemos que hacernos
la pregunta: ¿A quién debería culparse por este comportamiento fraudulento?
¿Debería acusarse sólo al individuo descarriado o a todo el sistema? Cuando los
científicos descarriados, como Summerlin, publicaron sus hallazgos, se aceptaron
éstos como genuinos, porque proporcionaban las respuestas “correctas” que se
esperaban, y porque sus colegas, supervisores y críticos deseaban creer en sus
hallazgos».
En definitiva, «unas veces la meritocracia del elitismo científico con la carrera
por el prestigio y el apoyo económico, otras las expectativas inconscientes (o no)
generadas por ideologías extracientíficas, hacen que la ciencia real no sea
precisamente una marcha inexorable hacia la verdad y el bienestar social... Pero no
podemos negar que la ciencia es también un fenómeno social e histórico: sus
transformaciones en el tiempo no siempre corresponden a una marcha inexorable
hacia la verdad pues muchas veces no hacen más que reflejar la transformación de los
contextos culturales y los imperativos técnicos promocionados por éstos: unos
influyentes contextos que —entre otras cosas— le dicen al científico en qué debe
creer y de qué debe dudar, por qué ideas merece la pena luchar y qué otras ideas van a
hacer que pierda su valioso tiempo» (López Cerezo y Luján López, 1989, págs. 88-
89). Ello explica muchos de los fraudes, en algunos campos más reiterados como es
el caso de la psicometría genetista del CI. Así, tanto el lysenkismo como la
psicometría del CI podrían ser considerados como un ejemplo de que los extremos se
tocan. En efecto, el éxito de ambos se debió justamente a que respondían a las ideas
ambientales y a la necesidad que se tenía de justificar científicamente las
desigualdades sociales y raciales en Estados Unidos en el segundo caso, y las ideas
del socialismo de Estado en el primero, donde se añadían, además, la descarada
intervención del poder político a niveles más directos que en el primero, y la
necesidad imperiosa que tenía la URSS de conseguir mejores cosechas agrícolas. En
fin, todo ello indica lo intrincada que tanto la ciencia teórica como la aplicada está
con la sociedad (valores, intereses, ideologías, etc.) (véase Torregrosa, 1996).

126
CAPÍTULO VI
Los años 20 y la exclusión de los inmigrantes

1. INTRODUCCIÓN

Ya hemos dicho que los test de cociente intelectual han sido utilizados, por una
parte, para excluir y, por otra, para justificar esa exclusión. Y ello fue posible por la
ideología conservadora de quienes utilizaron estos test, pero también por la propia
naturaleza intrínseca de estos instrumentos de medida. En efecto, como ya vimos, la
psicometría del CI se basa justamente en los tres pilares que facilitaban su
intervención reaccionaria: el positivismo, el darwinismo social y, sobre todo, el
determinismo genético. Además, tras la tecnología del CI, como detrás de cualquier
otra psicotecnología, subyace siempre una concreta concepción del ser humano, en
este caso una concepción reduccionista y determinista que facilita el control de la
conducta humana y la justificación de las desigualdades sociales. Así, el psicólogo
conductista B.F. Skinner intentó justificar su propuesta de una sociedad ingenierizada
en su novela utópica Walden Dos según la cual «cada uno de nosotros... está
empeñado en una encarnizada batalla con el resto de la humanidad... Cada uno de
nosotros tiene intereses que chocan con los intereses de todos los demás. Este es
nuestro pecado original, y no podemos hacer nada por evitarlo» (1948, pág. 85).
Como vemos, la «guerra de todos contra todos» de Hobbes está muy presente en él,
así como en los eugenesistas y deterministas biológicos y, por tanto, en los
psicómetras del CI. De esta manera, como señala Chorover (1982, pág. 23), «resulta
posible entender cómo influyentes fuerzas sociales utilizaron el poder simbólico de
una ciencia sociobiológica pretendidamente objetiva para alentar, promover, defender
y justificar el radical exterminio de los elementos de la población “biológicamente
inferiores”», como fue el caso de la Alemania nazi y antes el de Estados Unidos de
las Leyes de la Eugenesia y del Acta de Inmigración.

127
Ahora bien, si Platón creó el mito de los metales como metáfora para explicar
—y principalmente justificar— la estratificación social, la psicometría pretende
utilizar el cociente intelectual con el mismo objetivo, pero con más precisión que
Platón (pues dicen ser capaces de medir el valor exacto de cada individuo) y sobre
todo atribuyéndole un carácter científico y natural. Así, Herrrnstein llega a explicar la
injusta y discriminada distribución de la riqueza, del poder y del estatus en Estados
Unidos como un mero reflejo de la desigual distribución que la naturaleza ha hecho
de las capacidades intelectuales, y que se concreta en un puesto determinado en la
escala social. Más específicamente, y por decirlo con palabras de Chorover (1982,
págs. 47-48), para los psicómetras la estratificación social es un hecho inevitable en
toda sociedad justa, porque en una sociedad justa la gente tiende a subir o bajar por
sus propios méritos, por lo que generalmente terminan por hallarse en el nivel de la
jerarquía social al que sus capacidades innatas se acomodan mejor. Pero estas
concepciones psicométricas modernas, que muchos creen que son las consecuencia
de los denodados esfuerzos estadísticos de los Galton, Pearson, Spearman, Cattell,
etc., son consecuencia, más bien, de sus preconcepciones ideológicas, mientras que
los números y la estadística no son sino las comparsas litúrgicas en la ceremonia de la
retórica de la verdad para dar así apariencia de cientificidad. Un ejemplo
paradigmático de lo que acabo de decir lo constituye el propio Galton, quien
desarrolló el primer «test de inteligencia». «El objetivo declarado de Galton era
aplicarlo a un gran número de personas de todas las clases sociales, a fin de demostrar
que los resultados se correlacionaban con la posición que ocuparan en la escala de
eminencia social. Desafortunadamente para él, los resultados no fueron los esperados.
Tras muchos años de esfuerzo, hubo de aceptar a regañadientes que no existía una
correlación positiva entre los resultados del test y el puesto ocupado en la escala
social. En otras palabras, las elites victorianas no obtuvieron, por término medio,
mejores resultados en el test que los pertenecientes a clases más bajas. Dadas las
circunstancias, podía razonablemente esperarse que Galton cuestionara sus premisas,
pero como muchos de sus coetáneos, estaba tan hondamente penetrado por las
perspectivas sociales de su propia clase, que no fue capaz de ello. Por contra, en
Hereditary Genius llevaba sus conclusiones mucho más allá de los límites de la clase
social, utilizando la supuesta equivalencia entre inteligencia y realce social para hacer
lamentables comparaciones entre las capacidades mentales de diversas razas, épocas
históricas, sexos y culturas» (Chorover, 1982, pág. 54), afirmando, por ejemplo, que
las mujeres eran intelectualmente inferiores, lo que en Inquiries into Human Faculty
explicaba, para nuestra sorpresa, de esta manera tan rigurosa científicamente: «si la
agudeza de las mujeres fuera superior a la de los hombres, los empresarios, por
propio interés, las emplearían siempre antes que a los varones, pero como ocurre lo
contrario, resulta probable que la suposición opuesta sea la verdadera».
Pero si hemos constatado el carácter poco serio y pseudocientífico de las
afirmaciones de Galton, y si vimos también lo fraudulento de la obra de Burt,
tampoco deberíamos sorprendernos de las mentiras, el fraude y especialmente el
carácter ideológicamente motivado de la psicometría posterior. Para ver y entender
mejor esto, nada mejor que ahondar en las primeras décadas de la psicometría
norteamericana y su «guerra» contra los inmigrantes, aunque antes, lo que constituirá

128
un contraste que hará más saliente el carácter ideológico de la psicometría genetista
del CI, digamos algo sobre Binet, el auténtico fundador de los test de inteligencia.

2. ALFRED BINET Y EL INICIO DE LOS TEST DE INTELIGENCIA

Cuando Alfred Binet (1857-1911), director del laboratorio de psicología de la


Sorbona, decidió abordar el estudio de la medición de la inteligencia, recurrió, como
era de esperar, al método predilecto del siglo XIX, y a la obra de su compatriota Paul
Broca, dedicándose a medir cráneos, sin poner jamás en tela de juicio la conclusión
básica de la escuela de Broca: «La relación entre la inteligencia de los sujetos y el
volumen de su cabeza... es muy real y ha sido confirmada por todos los
investigadores metódicos, sin excepción... Puesto que esas obras contienen
observaciones sobre varios centenares de sujetos, concluimos que la proposición
anterior (acerca de la correlación existente entre el tamaño de la cabeza y la
inteligencia) debe considerarse innegable» (Binet, 1898, págs. 294-295). Así, durante
los tres años siguientes, Binet publicó nueve artículos sobre craneometría en L’Année
Psichologique, la revista que él mismo había fundado en 1895. Sin embargo, estos
estudios sobre las cabezas de escolares destruyeron su fe en la craneometría (1900,
pág. 403): «Las mediciones habían requerido desplazamientos, y todo tipo de
procedimientos fatigosos; y todo ello para llegar a la desalentadora conclusión de que
a menudo no existía ni un milímetro de diferencia entre las medidas cefálicas de los
alumnos inteligentes y las de los menos inteligentes. La idea de medir la inteligencia
midiendo las cabezas pareció ridícula...». Por tanto, cuando en 1904 Binet volvió a
abordar el problema de la medición de la inteligencia, tuvo presente aquella
frustración y optó por otras técnicas, abandonando lo que denominaba enfoques
«médicos» de la craneometría, así como la búsqueda lombrosiana de estigmas
anatómicos, y decidió utilizar métodos «psicológicos». En aquella época la literatura
sobre los test de inteligencia era relativamente escasa y en modo alguno convincente,
por lo que Binet decidió inventar una serie de tareas que permitieron valorar de modo
más directo los diferentes aspectos de esta última capacidad. Así nació el primer test
o escala de inteligencia. Sin embargo, al propio Binet no le gustaba demasiado el
asunto. Para él, la inteligencia era algo demasiado complejo para poder ser apresada
en un solo dato numérico. Dicho dato, más tarde llamado CI, no debería ser, a juicio
del psicólogo francés, más que una guía aproximativa y empírica, elaborada con una
finalidad práctica, limitada. Explícitamente lo decía en 1905, en la primera edición de
su famosa escala: «En rigor, la escala no permite medir la inteligencia, porque las
cualidades intelectuales no pueden superponerse y, por tanto, es imposible medirlas
como se miden las superficies lineales» (Binet y Simon, 1916, pág. 40).
Pero la reticencia de Binet también obedecía a un motivo social. Tenía mucho
miedo a que, una vez cosificado en forma de entidad, su artificio práctico sufriese
alguna manipulación y fuera utilizado como un rótulo indeleble, en vez de constituir
una guía para detectar aquellos niños que necesitaban ayuda. Por tanto, como señala
Gould (1984), Binet no sólo se negó a calificar de inteligencia innata al CI, sino que
tampoco lo consideró un recurso general para clasificar jerárquicamente a los

129
alumnos de acuerdo con sus valores intelectuales. Elaboró su escala sólo para atender
a un propósito limitado: el encargo, que le había hecho el ministerio de educación, de
idear una guía práctica para detectar a aquellos niños cuyos pobres resultados
escolares indicaban su necesidad de recibir una educación especial. Pero de algo sí
estaba seguro Binet: fuese cual fuese la causa de sus pobres resultados escolares, al
niño se le aplicaba la escala para poder identificarlo y luego ayudarlo a mejorar;
nunca para ponerle un rótulo limitativo. Por consiguiente, y esto es fundamental,
según Binet, aunque algunos niños tuviesen una incapacidad innata para obtener
resultados normales, todos podían mejorar si recibían la asistencia y ayuda
adecuadas. De hecho, «reprendió duramente a aquellos de entre sus contemporáneos
que consideraban la inteligencia como una cantidad fija que no puede ser aumentada»
(Chorover, 1982, pág. 56). Como escribía textualmente Binet (1913, págs. 140-141):
«El conocido aforismo que reza: “Cuando se es estúpido, se es para largo tiempo”,
parece ser tomado de una forma liberal, acrítica, por ciertos maestros... que se
desinteresan de los estudiantes faltos de inteligencia; no sienten por ellos ni simpatía
ni respeto, y su intemperancia de lenguaje les hace proferir ante estos niños cosas
como éstas: “Este alumno jamás llegará a nada... no está muy dotado...” ¡Jamás! ¡Qué
excesiva palabra!».
En todo caso, Binet puso estas dos bases de la psicometría posterior: 1) había
construido un test basado en el éxito escolar, y 2) lo había denominado de
inteligencia, con lo que, muy a su pesar, proporcionó el instrumento para que los
hereditaristas llevaran a cabo sus proyectos. Y he dicho que a pesar suyo porque
Binet, como ya he dicho, se opuso siempre fuertemente tanto a la cosificación de la
inteligencia como a una interpretación innatista de la misma. Más aún, el propósito
básico de Binet no era medir la inteligencia de la gente, sino sencillamente detectar a
aquellos niños que probablemente tendrían dificultades escolares con la finalidad, una
vez detectada tal probabilidad, de ayudarles para que pudieran superar esas
dificultades. Por consiguiente, Binet siempre admitió que la inteligencia medida con
su test no era sino un mero constructo que dependía en gran medida del criterio social
que en cada momento se utilizara para calificar a las personas de inteligentes o no
inteligentes. Más en concreto, Binet había insistido en tres principios cardinales para
la utilización de sus test (Gould, 1984, pág. 154): a) Los puntajes constituyen un
recurso práctico; no apuntalan ninguna teoría del intelecto. No definen nada innato o
permanente. No podemos decir que midan la “inteligencia” ni ninguna otra entidad
cosificada; b) La escala es una guía aproximativa y empírica para la identificación de
niños ligeramente retrasados y con problemas de aprendizaje, que necesitan una
asistencia especial. No es un recurso para el establecimiento de jerarquía alguna entre
los niños normales; y c) Sea cual sea la causa de las dificultades que padecen los
niños, el énfasis debe recaer en la posibilidad de lograr mejorar sus resultados a
través de una educación especial y nunca deben utilizarse para etiquetar al niño de
«tonto». Sin embargo, todas estas advertencias de Binet fueron desoídas, y sus
intenciones trastocadas, por los hereditaristas norteamericanos que luego
transformaron su escala en un formulario aplicado en forma rutinaria a todos los
niños.

130
3. APLICACIÓN DEL TEST DE BINET EN ESTADOS UNIDOS

Cuando el test de Binet fue introducido en los Estados Unidos, «sus


importadores, aceptaron inmediata y acríticamente el empleo que Binet hacía del
éxito como la norma a la que se referían los resultados del test de CI, y rechazaron
instantánea e inequivocamente su opinión sobre la naturaleza flexible de la
inteligencia, adhiriéndose al punto de vista según el cual el CI era una medida directa
de la capacidad intelectual innata. El resultado de esta doble actitud fue inclusive más
asombroso que la celeridad con la que se asumió, ya que significaba que los pioneros
del movimiento americano de evaluación mental se habían colocado súbitamente en
posición de afirmar que poseían un test capaz de medir directamente la capacidad
mental. Esta afirmación, aunque sus fundamentos seguían siendo oscuros, estaba
destinada a convertirse en el dogma central del movimiento de evaluación mental»
(Chorover, 1982, págs. 57-58). Además, la introducción del test de Binet en Estados
Unidos coincidió con los intentos de modernización del sistema educativo para
hacerlo concordar con las necesidades económicas de la industria. Ésa fue la primera
finalidad de la aplicación de los test mentales en Estados Unidos antes de la Primera
Guerra Mundial. Claramente lo diría algo más tarde el propio Yerkes: «el psicólogo
puede ser de gran valor para acomodar a cada cual en el puesto social que más le
corresponda» (Yerkes y Foster, 1923, pág. 25). Sin embargo, los psicómetras del CI
no se veían a sí mismos como agentes del empresariado industrial, sino como
benefactores de la sociedad entera. Y este papel de científicos que, a través del
servicio a la Verdad, sirven también a la sociedad, lo han pretendido mantener
siempre los psicómetras genetistas del CI hasta nuestros días. El capitalismo
norteamericano ya tenía así un poderoso instrumento a su servicio: el de la
psicometría. No por azar los psicómetras fueron apoyados económicamente por
importantes e influyentes industriales y financieros. Pero los test mentales tuvieron
una segunda utilidad en suelo norteamericano: la justificación «científica» de las
desigualdades sociales. Lo que hicieron los primeros psicómetras norteamericanos
fue desnaturalizar el test de Binet y ponerle al servicio de los ultraconservadores
objetivos de Galton, objetivos que compartían muchos norteamericanos ya antes de la
llegada de los test de CI. En pocas palabras, los psicómetras norteamericanos
(Terman, Goddard y Yerkes principalmente) utilizaron el test de Binet para,
desnaturalizándolo, servir mejor a las tesis reaccionarias de Galton, planteamientos
que, antes incluso de que Binet construyera su test, estaban bien implantados en suelo
norteamericano. En efecto, como ya hemos visto, bajo el pabellón de la eugenesia,
muchos científicos y reformadores sociales abogaron por la promulgación de leyes
que impidieran tener descendencia a los «degenerados». De esta manera, aunque no
tenían ninguna teoría, ni biológica ni psicológica, en que apoyarse, los
norteamericanos defendían ciegamente la eugenesia, de tal forma que, al creer
firmemente que la enfermedad, la pobreza, la desviación y otros problemas sociales
estaban determinados biológicamente, «Estados Unidos se conviertieron en la
primera nación de la época moderna donde se promulgaron y aplicaron leyes en las
que se articulaba la esterilización eugenésica en nombre de la “pureza de la raza”»
(Chorover, 1982, pág. 64). ¿Y a quién se aplicaba? La lista es larga: débiles mentales,

131
locos, gentes con tendencias criminales, epilépticos, borrachos, seres enfermizos,
ciegos, sordos, deformes y personas dependientes (incluyendo a huérfanos, inútiles,
mendigos, pobres y personas sin hogar). En este contexto, la llegada de los test de CI
y su tesis de que la inteligencia (y con ella, la pobreza, la debilidad mental, la
delincuencia, etc.) está determinada genéticamente, fueron muy bien recibidos por los
norteamericanos. Así, Goddard, psicólogo y locuaz defensor de la eugenesia, escribía:
«Hemos descubierto que el pauperismo y el delito están aumentando en proporción
enorme, y nos hemos detenido a preguntarnos ¿por qué? Incluso una investigación
superficial nos muestra que un gran porcentaje de estos problemas proceden de los
débiles mentales» (Goddard, 1912, pág. 43). En consecuencia, a juicio de los
psicómetras, el test de CI puede y ha de usarse para identificar a los mentalmente
deficientes cuanto antes, de tal modo que una intervención oportuna ponga bajo
control sus tendencias socialmente desviadas. «Por tanto, debe entenderse la tarea de
los psicómetras pioneros como parte de un movimiento más vasto que creía que la
sociedad podía resolver sus problemas solamente si se daba primero con un medio
eficaz de eliminar ciertas clases de individuos mentalmente defectuosos y
socialmente indeseables. La contribución de los evaluadores mentales a esta forma de
solucionar los problemas fue aportar “evidencia científica” de que estos dos grupos se
confundían en uno solo» (Chorover, 1982, págs. 66-67).
Cuando Terman publicó en 1916 la primera versión del test de CI, ya
plenamente americanizada, dejó explícita la gran promesa que suponía como
instrumento de control de la conducta (1916, págs. 11 y 6-7): «Todos los débiles
mentales son, al menos, criminales potenciales. Difícilmente discutirá nadie el hecho
de que cada mujer afecta de debilidad mental es una prostituta en potencia. El juicio
moral, como el comercial, el social, o cualquier otra clase de proceso de pensamiento
superior, es una función de la inteligencia... En un cercano futuro, los test de
inteligencia pondrán a decenas de miles de estos seres profundamente defectuosos
bajo la vigilancia y la protección de la sociedad. Esto acabará impidiendo que la
debilidad mental se reproduzca, y acabará eliminando un enorme cúmulo de
crímenes, de mendicidad y de ineficacia industrial. No es necesario insistir en que los
casos profundos, del tipo que con tanta frecuencia se pasa actualmente por alto, son
justo aquellos cuya custodia es más importante que asuma el Estado». Y un año más
tarde, Terman, que era miembro destacado de la eugenesista «Fundación para la
Mejora Humana», criticaba toda ayuda a los débiles mentales, aduciendo que tales
esfuerzos eran indudablemente bienintencionados, pero que sólo servían para
empeorar las cosas, procurando «la supervivencia de individuos que de otra manera
no vivirían lo bastante para reproducirse». Los débiles mentales continúan
multiplicándose, afirmaba, pero «si queremos preservar nuestro estado para la clase
de gente digna de poseerlo, debemos impedir, con todos los medios de que podamos
disponer, la propagación de los degenerados mentales... cercenando la creciente
diseminación de la degeneración» (1917b, pág. 165). Además fue también Terman
quien introdujo la raza en el debate sobre el CI, cuando afirmaba (1916) que la
deficiencia mental «resultaba muy frecuente entre las familias hispano-indias y
mexicanas del sudoeste y también entre los negros. Su embotamiento parece ser de
origen racial... Habrá que abordar nuevamente el problema global de cómo las

132
diferencias raciales se manifiestan en las características mentales utilizando métodos
experimentales. El autor predice que, cuando esto se haga, aparecerán diferencias
raciales enormemente significativas en la inteligencia general». Y recomendaba que
«los niños de este grupo sean segregados en clases especiales... No son capaces de
dominar abstracciones, pero frecuentemente se puede obtener de ellos excelentes
trabajadores... No existe posibilidad hoy de convencer a la sociedad de que no debería
permitírseles la reproducción, aunque constituyen un grave problema desde un punto
de vista eugenésico, a causa de lo inusualmente prolíficos que se muestran».
En conclusión, aunque evidentemente no podemos afirmar que las opiniones de
los psicólogos en cuestión de inteligencia y moralidad produjeron un cambio
fundamental en la política pública norteamericana, sí podemos decir que «el grueso
de la ortodoxia psicológica durante este período reflejó y reforzó el elitismo
económico y social de quienes la apoyaron y se beneficiaron de ella» (Chorover,
1982, pág. 69).

4. GODDARD, LA FAMILIA KALLIKAK Y LOS DÉBILES MENTALES

Goddard, junto a Terman primero y a Yerkes después, fueron los principales


introductores de las escalas de inteligencia de Binet en Estados Unidos. En efecto,
cuando en 1906 Goddard aceptó el cargo de director del Laboratorio de Investigación
para el Estudio de la Debilidad Mental en el Instituto de Entrenamiento de Vineland
(Nueva Jersey), su principal preocupación era establecer un método tanto para
distinguir a los débiles mentales de las personas normales, como para establecer una
gradación de aptitud mental dentro de cada una de las dos grandes categorías
anteriores, de tal manera que al llegar a sus manos los trabajos de Binet, Goddard
reconoció haber encontrado precisamente lo que andaba buscando. Los tradujo al
inglés en 1908 y, seguidamente, los administró tanto a 400 niños de Vineland como a
los niños de 2.000 escuelas públicas de Nueva Jersey. Los resultados parecieron darle
la razón puesto que mostraban diferencias entre los niños que estaban a su cargo y los
niños de los colegios públicos. Los test de inteligencia eran así reconocidos como un
instrumento de apoyo imprescindible en la educación, tanto de niños retardados como
de niños normales, y Goddard se dedicó a adiestrar a los maestros en el uso y
administración de dichos instrumentos. Nada más aparecer la revisión de Binet y
Simon de 1911, Goddard la tradujo también al inglés. Pero, en oposición a Burt,
Goddard se proponía utilizar estos test para detectar a los débiles mentales para, de
esta manera, poder «segregarlos y reducir las posibilidades de reproducción, evitando
así el ulterior deterioro de una estirpe norteamericana amenazada por la inmigración
de fuera y por la prolífica reproducción de los débiles mentales de dentro» (Gould,
1984, pág. 159). Y es que Goddard tenía una auténtica alarmante obsesión con la
debilidad mental, obsesión que le llevó a afirmar que la mayoría de los campesinos
eran pobres porque eran débiles mentales, e incluso a decir que él era capaz de
detectar la debilidad mental con sólo mirar a una persona. Sin embargo, Goddard
cometía sistemáticamente dos errores gravísimos. Primero, ver debilidad mental allí
donde sólo había pobreza. Segundo, creía que la solución a tal situación de «debilidad

133
mental» era la esterilización de esas personas y no la mejora de sus condiciones de
vida.
Para concretar, digamos que Goddard es conocido sobre todo por dos cosas, las
dos estrechamente relacionadas con su citada obsesión: sus estudios sobre la familia
Kallikak y sus trabajos con los inmigrantes:

a) Familia Kallikak: en 1912 publicó Goddard un libro con el título de La


familia Kallikak: un estudio sobre la heredabilidad de la debilidad mental, en el que
describía lo que él había creído ser un experimento natural. Más en concreto,
Goddard (1912, págs. 77-78) comenta así el cuadro que su colaboradora Ms. Kite se
encontró en casa de una familia extremadamente pobre: «Pese a estar muy habituada
al espectáculo de la miseria y la degradación, no podía esperarse lo que vio allí. El
padre, un hombre fuerte, saludable, ancho de espaldas, estaba sentado en un rincón
como un desvalido... Tres niños, apenas vestidos y con unos zapatos que no parecían
del mismo par, remoloneaban con la boca abierta, y la mirada inconfundible del débil
mental... Toda la familia era una prueba viviente de lo inútil que es intentar convertir
en ciudadanos honestos a miembros de estirpes deficientes mediante la elaboración e
implantación de leyes de educación obligatoria... El propio padre, pese a ser fuerte y
vigoroso, mostraba por su cara que sólo tenía la mentalidad de un niño. La madre,
mugrienta y cubierta de harapos, era también una niña. En aquella casa sumida en tan
abyecta pobreza sólo algo era absolutamente previsible: que de ella saldrían más
niños débiles mentales, y que éstos serían otras tantas trabas en las ruedas del
progreso humano». La familia Kallikak constaba de dos ramas, una que contenía
personas normales o superiores y la otra que estaba compuesta en su mayor parte por
personas que mostraban algún defecto. Al parecer, la «saga» de los Kallikak había
sido iniciada por Martin Kallikak, un joven de veintiún años, de buena familia, que se
había unido a una de las partidas militares que se organizaron en aquella época y tuvo
relaciones sexuales con una débil mental a quien encontró en una taberna, relaciones
de las que nació un niño que fue el progenitor de la rama defectuosa de la familia
(rama «kakos»). A sus veintitrés años, Martin se casó con una mujer intelectualmente
superior, de su misma clase social, con la que tuvo una descendencia normal,
llegando incluso muchos de sus descendientes a ser sobresalientes en diferentes
campos (rama «kalos»). Pero la cosa fue más grave aún, si cabe: una prueba
«definitiva» que dio Goddard del retraso mental de la rama «ka-kos» fueron una serie
de fotografías de varios de sus miembros que, a su juicio, mostraban rasgos faciales
que claramente hablaban de la debilidad mental de esas personas (véase algunas de
tales fotografías en Gould, 1984, pág. 173): «Las bocas tienen un aire siniestro; los
ojos son como hendiduras sombrías. Pero sucede que los libros de Goddard datan de
hace casi setenta años y la tinta se ha decolorado. Ahora puede verse bien que todas
las fotografías de “kakos” no internados en la institución fueron falsificadas mediante
el añadido de trazos muy oscuros que conferían a ojos y bocas aquella apariencia
siniestra» (Gould, 1984, pág. 174). Ante estos datos Goddard hace constante énfasis
en el papel desempeñado por la herencia, desechando continuamente toda posible
interpretación ambientalista. Sin embargo, como señala Anastasi (1973), parece
bastante curioso que deba considerarse que la descendencia común de las dos ramas

134
procedentes de Martin Kallikak refuerza la interpretación hereditaria de las
diferencias entre ellas. Los ambientes de los dos grupos no estaban equiparados en
absoluto por esta ascendencia común. De hecho, es evidente, concluye Anastasi, que
los miembros de las dos ramas se criaron en condiciones ambientes totalmente
diferentes. Pues bien, a pesar de las muchas críticas que de forma más que razonable
recibió Goddard, este estudio se siguió citando con frecuencia como prueba del
carácter eminentemente heredado de la debilidad mental, siendo defendido, incluso
recientemente, por Colom (2000). Casi cuarenta años antes, en 1874, Richard
Dugdale había publicado un libro similar, The Jukes: A Study in Crime, Pauperism
and Heredity, sobre el que Galton escribió tan elogiosamente en su Inquiries into
Human Faculty (1883). Sin embargo, Dugdale, al exponer las razones de la
persistencia en la pobreza y el crimen de los descendientes de Jukes, decía algo
fundamental que fue ignorado, y hasta ocultado, tanto por Galton como por Goddard:
«Lo que hace la herencia es producir un ambiente que perpetúa esa herencia. Así, el
licencioso padre constituye un ejemplo que en gran medida ayuda a fijar en el niño
los hábitos del libertinaje». Y en consecuencia, lejos de proponer la cárcel o la
esterilización de tales personas, Dugdale proponía que los hijos de los criminales y de
los pobres fueran llevados a ambientes mejores y se les proporcionara una educación
adecuada. Y es que ésa era la diferencia fundamental entre ambos: mientras Dugdale
no creía en absoluto que las conductas antisociales de los Jukes se debieran sólo a la
herencia, Goddard en cambio estaba convencido de que las de los Kallikak sí se
debían exclusivamente a razones genéticas.
Pero es que la debilidad intrínseca y la falta de rigor de los datos aportados por
Goddard en su libro sobre los Kallikak (1912) es reconocida por él mismo en el
Prefacio a esta obra: «Para el lector científico, los datos aquí presentados son,
creemos, precisos en un alto grado. Es verdad que hemos hecho afirmaciones un tanto
dogmáticas y que hemos extraído conclusiones que no parecen científicamente
justificadas a partir de los datos. Hemos hecho esto porque parecía necesario hacer
estas afirmaciones y conclusiones en beneficio del lector lego, y era imposible
presentar en este libro todos los datos en los que se basan. En realidad, para ello
hemos eliminado un material que pronto sería presentado en un libro más
voluminoso». Ese nuevo libro, efectivamente, apareció dos años después (1914),
pero, sorprendentemente, como indica Chase (1980), en él se presentaban
exactamente los mismos datos que en el anterior, recogidos por exactamente las
mismas personas e interpretados exactamente de la misma manera eugenésica que en
el de 1912.
Por si quedase alguna duda sobre el carácter ideológico del trabajo de Goddard,
lo que convierte su obra en una evidente pseudociencia, terminemos con esta
interpretación del propio Goddard, tras constatar que la descendencia «buena» de los
Kallikak tenía un ambiente muchísimo más rico, tanto material como educativo e
intelectualmente, que la descendencia «mala»: «Claramente no era el ambiente el que
había hecho buena a aquella familia. Ellos habían hecho su ambiente; y su propia
buena sangre, la buena sangre de las familias dentro de las que se habían casado,
habló». Esta es la tautológica falsedad de la eugenesia, tanto en Goddard como ya
había ocurrido en Galton y en los demás eugenesistas: como creen, ya de entrada, en

135
la influencia de los genes y de la sangre, cuando constatan que generalmente las
«buenas personas» salen de los buenos ambientes y las «malas personas» de los
malos ambientes, concluyen, con su fe ciega en la herencia, que fueron los buenos
genes y la buena sangre de esas personas los que habían conseguido construir unos
buenos ambientes. De ahí se deduce, con una lógica aplastante, el dogma de la
eugenesia: «La pobreza y sus patologías, así como el poder y su bienestar, están en la
sangre, y no en los ambientes en que los seres humanos son concebidos, nacen y se
desarrollan. En consecuencia, no sólo es inútil sino que incluso es ruinoso gastar el
dinero público en programas para mejorar la salud, la vivienda o la educación de esas
personas» (Chase, 1980, pág. 149).
b) El «problema» de la inmigración: a primeros de siglo ya se intentó limitar la
inmigración, para lo que no se aceptaba a quienes tuvieran ciertas taras como
debilidad mental, epilepsia, etc. Pero ¿cómo saberlo? Aquí entran en juego los test de
CI. En efecto, como nos recuerdan López Cerezo y Luján López (1989, págs. 146-
147), en 1913 el comisionado de inmigración de Estados Unidos invitó a Goddard
para que revisara las condiciones en las que se realizaba el control de los inmigrantes
en la isla de Ellis (Nueva York), por donde entraban a Estados Unidos la mayoría de
los inmigrantes del viejo continente. Goddard se fijó en un grupo de individuos que,
tras haber completado las pruebas psicológicas y médicas, ya habían sido admitidos a
entrar, escogiendo a los que para él tenían apariencia de débiles mentales y los
sometió a su versión del test de Binet. No se equivocó, se trataba efectivamente de
débiles mentales. El comisionado quedó realmente impresionado: Goddard había sido
capaz de localizar «a ojo» a los débiles mentales, por lo que le invitaron a volver la
semana siguiente. Goddard envió a una de sus colaboradoras a la isla de Ellis. Ésta
escogió nueve personas con rasgos de debilidad mental, les pasó el test de Binet y
también resultaron ser auténticos débiles mentales. El comisionado no salía de su
asombro y contrató a Goddard y a su equipo por un período más largo. Ya la primera
semana detectaron a 90 débiles mentales, por lo que los inspectores de inmigración
terminaron convenciéndose de la utilidad de los procedimientos utilizados por
Goddard, adoptándose a partir de entonces estos test para ser administrados a los
inmigrantes en la isla de Ellis, con lo que las deportaciones crecieron de forma
espectacular: un aumento del 350 por 100 en 1913 y del 570 por 100 en 1914
respecto del promedio de los cinco años anteriores. El problema de la inmigración
tenía una «solución científica», que a la postre no era sino «racismo científico», por el
que miles de inmigrantes, tras llegar a Estados Unidos procedentes de tierras muy
lejanas (Ucrania, Polonia, Rusia o Italia), y tras un viaje carísimo para ellos y
absolutamente agotador, se vieron obligados a regresar a sus tierras, tristes, más
pobres aún y psicológimanente derrotados: éste fue el éxito de la psicología de
Goddard. Más aún, en 1914 Goddard mandó a tres miembros de su equipo para que
durante tres meses sometieran al test de Binet a 650 sujetos de diferentes
nacionalidades. Los resultados impresionaron al propio Goddard: ¡el 83 por 100 de
los judíos, el 80 por 100 de los húngaros, el 79 por 100 de los italianos y el 87 por
100 de los rusos eran débiles mentales! Por tanto era evidente que debían tomarse
medidas legales acordes con la magnitud del problema: el Acta de Inmigración de
1924, así como medidas legislativas de esterilización obligatoria.

136
Sin embargo, ¿eran realmente débiles mentales los así diganosticados por
Goddard? No olvidemos que muchos de ellos no sólo provenían de otras culturas,
eran pobres y generalmente no conocían el inglés, es que además llevaban semanas
de viaje en condiciones realmente deplorables e inhumanas. «Pensemos en un grupo
de hombres y mujeres asustados, que no hablan inglés y que han tenido que soportar
un viaje a través del Océano en tercera clase. La mayoría son pobres y nunca han ido
a la escuela; muchos de ellos nunca han tenido un lápiz o una pluma en su mano.
Salen del barco; pero después una de las intuitivas mujeres de Goddard los aparta del
grupo, los sienta, les alcanza un lápiz y les pide que reproduzcan en el papel una
figura que acaba de mostrarles, pero que ya ha quitado de su vista. ¿Su fracaso no se
explica más por las condiciones en que han pasado los test, por su estado de
debilidad, su miedo o su confusión, que por una estupidez innata? Goddard consideró
esta posibilidad, pero la rechazó» (Gould, 1984, págs. 167-168). En estas
condiciones, no es de extrañar que puntuaran bajo en el test de CI. Además, el test de
Goddard medía muy bajo y consideraba deficientes mentales a sujetos que
comúnmente pasaban por normales. Así, cuando en 1916 Terman ideó la escala
Stanford-Binet, descubrió que la versión de Goddard asignaba valores mucho más
bajos que la suya. Terman señala (1916, pág. 62) que de 104 adultos a quienes sus
test asignaban edades mentales que variaban entre los doce y los catorce años (una
inteligencia baja, pero normal), el 50 por 100 eran deficientes mentales de acuerdo
con la escala de Goddard. El racismo de Goddard hizo lo demás: «¿Qué diremos del
hecho de que sólo un 45 por 100 sea capaz de emitir 60 palabras en tres minutos,
cuando los niños normales de once años a veces emiten 200 palabras en ese tiempo?
Es difícil encontrar otra explicación que no sea la falta de inteligencia o la falta de
vocabulario, y en un adulto esa falta de vocabulario significa probablemente una falta
de inteligencia» (Goddard, 1917a, pág. 251). Y poco antes (pág. 243): «La
inteligencia del inmigrante medio de “tercera clase” es baja, quizá del nivel del
deficiente mental». Tal vez, sospechaba Goddard, los inmigrantes de las cubiertas de
arriba, es decir, los más ricos, no fueran tan poco inteligentes: nunca lo supo, pues a
ellos no les pasó los test. Y esos «errores científicos» causados por los prejuicios
previos tuvieron consecuencias tremendas y dramáticas para muchas personas pobres.
En efecto, Goddard contribuyó al endurecimiento de los criterios de admisión de
inmigrantes en Estados Unidos, con lo que se redujo de una forma importante el
número de admitidos, con el altísimo coste tanto económico como sobre todo
psicológico que ello tuvo para miles de personas.

5. TERMAN Y EL TEST STANFORD-BINET

Como nos recuerda Gould, Lewis M. Terman desarrolló un temprano interés


por el estudio de la inteligencia y nunca dudó de que el valor intelectual de las
personas era una entidad medible, situada en la cabeza, después de que, teniendo él
unos nueve o diez años, un vendedor de libros ambulante que además cultivaba la
frenología le pronosticara grandes éxitos tras palpar ciertas protuberancias de su
cráneo. Así, aunque fue Goddard el introductor del test de Binet en los Estados

137
Unidos, el racista y eugenesista Terman le popularizó, desarrollando el llamado test
de Stanford-Binet, que se convertiría en el patrón seguido por casi todos los test de
CI. Sería muy interesante hacer un análisis detallado de este test para constatar la
frecuencia de sus errores, algunos realmente inconcebibles (véase para ello Block y
Dworkin, 1976, o Chase, 1977). Sin embargo, aquí sólo veremos algunos pocos
ejemplos, extraídos de Gould (1984), ejemplos que muestran cómo los test de Terman
acentuaban la adecuación de los resultados a las expectativas. Por ejemplo, Terman
añadió la siguiente prueba a la lista de Binet: «Un indio llega por primera vez en su
vida a una ciudad y ve pasar a un hombre blanco por la calle. Cuando éste pasa a su
lado, el indio dice: “El hombre blanco es perezoso; camina sentado”. ¿En qué medio
de transporte iba el hombre blanco para que el indio pudiese decir: “Camina
sentado?”». Invito al lector a que dé su propia respuesta. La de Stephen Gould fue
«caballo»; la mía fue «carro de caballos». Pues ni Gould ni yo lo hicimos bien. Para
Terman, la única respuesta correcta era «bicicleta». Como ésta, había alguna otra
pregunta de la misma ambigüedad o de la misma fuerte carga cultural norteamericana
(¿cómo iban a responder acertadamente aquellos inmigrantes que no conocían las
bicicletas?).
Pero lo más grave fue que el test de Stanford-Binet se hizo tan famoso que se
convirtió en el patrón y criterio para los demás test de inteligencia que fueron
viniendo después. «La argumentación falaz es la siguiente: sabemos que el test
Stanfod-Binet mide la inteligencia; por tanto, todo test escrito que presenta una
correlación estrecha con el Standord-Binet también mide la inteligencia. Gran parte
de los estudios estadísticos realizados sobre la base de test durante los últimos
cincuenta años no suministran pruebas independientes de la proposición según la cual
los test miden la inteligencia: sólo establecen una correlación con un patrón previo de
medida, que jamás se cuestiona. La aplicación de test no tardó en convertirse en una
industria millonaria; las compañías de estudios de mercado no se atrevían a ensayar
test que no estuviesen respaldados por su correlación con la norma de Terman...
Treinta minutos y cinco test podían marcar a un niño para toda la vida» (Gould, 1984,
págs. 179-180). Porque si para Binet la detección de niños retrasados mentalmente
era el primer paso para ayudarle, para Goddard y para Terman era el primer paso para
destruirlos como personas: éste es el gran peligro que supusieron los test de
inteligencia para las personas pobres y para las minorías étnicas y «raciales» en
Estados Unidos, peligro que, más sutilmente, aún pende sobre nosotros (por ejemplo,
en el caso de su utilización en selección de personal). Terman insistió
implacablemente en la existencia de limitaciones y en el carácter inevitable de las
mismas. Así, como puntualiza Gould, en menos de una hora podía derrumbar las
esperanzas y hundir los esfuerzos de unos padres «cultivados» que luchaban contra la
desgracia que suponía para ellos el que su hijo tuviese un CI de 75. Explícitamente lo
expresa Terman (1916): «Es asombroso que la madre se sienta animada y
esperanzada al ver que su hijo está aprendiendo a leer. No parece darse cuenta de que
a esa edad deberían faltarle sólo tres años para entrar en el instituto. En sólo cuarenta
minutos, el test ha dicho más sobre la capacidad mental de este muchacho que todo lo
que su culta madre había podido aprender durante once años de observación día tras
día y hora tras hora. “X” es débil mental: nunca acabará la escuela primaria, y nunca

138
será un obrero eficiente o un ciudadano responsable».
Además, Terman defendía que lo primero que debemos hacer para «solucionar»
estos problemas es recluir o eliminar a aquellos cuya inteligencia es demasiado baja
para que puedan desempañar una vida eficaz o moral. La causa fundamental de la
patología social es la debilidad mental innata. Y criticó a Lombroso (Terman, 1916,
pág. 7) por su tesis de que el comportamiento criminal podía manifestarse en las
características externas de la anatomía. Indudablemente, sostenía Terman, la fuente
de dicho comportamiento es innata, pero su signo directo es el CI bajo, no los brazos
largos o la mandíbula saliente. De ahí que, a su juicio y como ya hemos dicho, «todas
las personas que padecen de debilidad mental son criminales al menos en potencia y
parece indiscutible que toda mujer que sufre de debilidad mental es una prostituta en
potencia». O sea, que, obviamente simplificando un poco, todo el que no haya
respondido «bicicleta» a la cuestión que antes vimos, probablemente será o bien un
delincuente o bien una prostituta, al menos en potencia. Y además, añade Terman, la
administración de estos test beneficia a toda la sociedad. En efecto, «si se toma en
cuenta el coste tremendo del vicio y el crimen, que con toda probabilidad asciende a
no menos que 500 millones de dólares por año sólo en Estados Unidos, es evidente
que ésta constituye una de las más productivas aplicaciones de los test psicológicos»
(1916, pág. 12). No obstante, como tantos otros psicómetras, Terman salta del CI de
los individuos a la naturaleza genética, y por tanto inmodificable, de la estructura
social: «La opinión corriente de que el niño que procede de un hogar culto tiene más
éxito en los test debido a las ventajas que ello entrañaría, constituye una suposición
completamente gratuita. La casi totalidad de las investigaciones realizadas acerca de
la influencia de la naturaleza y la educación sobre el rendimiento intelectual
coinciden en atribuir muchísimo más a las dotes innatas que al ambiente. La
observación corriente bastaría para indicar que la clase social a que pertenece la
familia depende menos de las oportunidades que de las cualidades intelectuales y de
carácter heredadas de los padres... Los hijos de padres cultos y prósperos obtienen
mejores resultados en los test que los que proceden de hogares degradados e
ignorantes por la sencilla razón de que su herencia es mejor» (Terman, 1916, pág.
115).
Sin embargo, el descaro y la prepotencia de Terman llegó a su cenit cuando se
atrevió nada menos que a medir la inteligencia de personajes tiempo atrás fallecidos
como Beethoven, Darwin, Goethe, Balzac, Washington, Napoleón o Lincoln. No es
raro, por tanto, que con estos métodos tan «científicos» confirmara Terman su fe
eugenésica y le atribuyera a Galton un CI de 200, mientras que a Darwin uno de sólo
135. Resulta increíble no sólo la osadía, sino incluso el excesivo y poco comedido
«barrer para casa». El esperpento de toda secta también se cumple aquí: Terman y sus
colaboradores (Cox, 1926) fueron capaces incluso de clasificar a un gran número de
grandes personajes históricos según su CI, haciendo los siguientes grupos: I) de
inteligencia normal (CI de entre 100 y 110: Copérnico, Cervantes y Faraday); II) de
inteligencia superior (CI entre 110 y 120: Cronwell y Rembrandt); III) de inteligencia
muy superior (CI entre 120 y 130: Berzelius, Harvey, Lavoisier y Washington), y IV)
de inteligencia excelente (CI entre 150 y 170: Longfellow, Comte, Tennyson y Pope).
Frente a todos estos personajes se levantaba el «genio» de la secta psicométrica,

139
Galton, con un CI de 200. Esta disparatada tarea es tomada muy en serio por personas
como Jensen (1979, págs. 113 y 135). Así, ¿cómo calcular el CI de Copérnico o de
Cervantes? Pues Terman lo hizo, por cierto, dándoles un CI muy mediocre a estos dos
personajes (un CI de 105 cada uno). Para conocer la rigurosidad científica seguida
por Terman veamos cómo calculó el CI de Saint Cyr: «El padre fue carnicero y luego
curtidor, con lo que el hijo debería haber recibido un CI profesional situado entre los
90 y los 100 puntos; sin embargo, dos parientes lejanos alcanzaron importantes
honores militares, lo que prueba la existencia de una casta superior en la familia»
(Cox, 1926, págs. 90-91). Sobran todos los comentarios.
En suma, al igual que en Goddard, también en Terman fueron sus indiscutibles
prejuicios, los que explican y construyen sus datos y no al revés. El propio Terman
percibió la debilidad de sus argumentos a favor del innatismo, pero ello no influyó
nada en él ¿Acaso necesitamos demostrar algo que el sentido común proclama con
tanta claridad? «Después de todo, ¿acaso la observación corriente no nos enseña que,
en general, no son las oportunidades, sino las cualidades del intelecto y del carácter,
las que determinan la pertenencia de una familia a cierta clase social? ¿Acaso lo que
ya se conoce de la herencia no nos autoriza a pensar que los hijos de padres
prósperos, cultos y con buenas perspectivas tienen un bagage hereditario superior al
de los que se han criado en los barrios pobres? Casi todas las pruebas científicas
disponibles sugieren una respuesta afirmativa a la pregunta que acabamos de
formular» (Terman, 1917, pág. 99).

6. YERKES, LOS TEST COLECTIVOS Y LA PERSISTENCIA DEL RACISMO


CIENTÍFICO

En 1915, el psicólogo clínico J. E. Wallace Wallin, alumno y amigo de


Goddard, administró su test a una serie de personas de Iowa (propietarios de tierra,
comerciantes, granjeros y a sus esposas). Él mismo se había criado entre ellos y los
conocía bien, de forma que sabía perfectamene que eran personas mentalmente
competentes e incluso con los suficientes recursos intelectuales como para haber
tenido éxito tanto en sus vidas como en sus profesiones. Pues bien, sus puntuaciones
(CI) eran incluso inferiores a las de los inmigrantes provenientes de los países no
nórdicos, como los judíos o los italianos: la mayoría de los habitantes de Iowa que
hicieron el test eran débiles mentales y peligrosos imbéciles, según los estándares de
los test de Goddard. Y sin embargo, añade Wallin, «medidos según los estándares de
una de las mejores comunidades rurales del país, social e industrialmente bien
considerada, y por mi propio conocimiento personal de esos sujetos que hicieron el
test, durante la mayor parte de mi vida, ni siquiera una sola de esas personas sería
débil mental. Todos esos ciudadanos son cumplidores de la ley, esencialmente
exitosos en sus ocupaciones y todos excepto uno (que no está casado) son padres de
ciudadanos inteligentes y repetables». Y comenta Wallin el caso de Mr. A, de sesenta
y cinco años, que había alcanzado una posición económica desahogada siendo incluso
el director del banco de su pueblo y que había sacado adelante a sus nueve hijos,
incluso habiendo hecho varios de ellos brillantes carreras universitarias, etc. Pero Mr

140
A salió realmente débil mental en los test de Goddard: exactamente obtuvo una edad
mental de 10,6 años. La consecuencia es obvia: esos test no sirven para medir
automáticamente la inteligencia de las personas a las que se les administraba. Y
pronto pidió Wallin a sus colegas que rechazaran los test de CI como medidas de la
inteligencia a causa de sus implicaciones sociales y legales. La prensa de Chicago le
ayudó enormemente en esta tarea, con titulares como «El test Army clasifica a la
mayoría de los norteamericanos como débiles mentales. Expertos califican los
resultados en los test mentales como una broma. Escuchen cómo el método de Binet-
Simon clasificó como débiles mentales al mayor y a otros oficiales» (Chicago
Herald, 29 de diciembre de 1915). Hasta el propio Yerkes se apuntó a los ataques
contra el test, convirtiéndose incluso en uno de los más duros atacantes. No podía
tolerarse que un instrumento, que además venía de fuera, calificara de imbéciles a
norteamericanos honrados.
Sin embargo, dos años después, cuando Estados Unidos entraron en la Primera
Guerra Mundial, Yerkes tuvo una idea: ¿no podrían acaso los psicólogos convencer al
ejército de que a todos los reclutas se les administraran unos test de inteligencia? De
esta manera podría construirse la base indiscutiblemente científica de la psicología.
Yerkes, que en ese momento era presidente de la APA, supo ganar prosélitos tanto
entre sus colegas como en los círculos gubernamentales, y se salió con la suya, de tal
forma que incluso fue nombrado coronel y, en calidad de tal, dirigió la aplicación de
test mentales a 1.726.966 reclutas. Más tarde llegaría a afirmar que la aplicación de
test mentales «había ayudado a ganar la guerra», a la vez que añadía que la psicología
había logrado «ocupar un puesto entre las demás ciencias y había demostrado la
importancia que podía tener para la ingeniería humana» (citado en Kevles, 1968, pág.
581). La guerra la ganó Estados Unidos no gracias a Yerkes, pero sí fue gracias a él
que la psicometría se afianzó, por el sendero, eso también, de los prejuicios y el
racismo. De hecho, Yerkes fue tremendamente influyente, junto con Goddard y
Terman, en la psicología posterior, ejerciendo sobre ella una influencia francamente
nefasta.
Entre mayo y julio de 1917, Yerkes reunió a los grandes representantes del
hereditarismo en la psicometría norteamericana (Terman, Goddard, etc.) con el
propósito de elaborar los test mentales del ejército, el famoso Army. El programa que
elaboraron incluía tres tipos de test. Los reclutas que sabían leer y escribir deberían
pasar una prueba escrita llamada Test Alfa del Ejército (Army Alfa). Los analfabetos
y los que hubiesen fracasado en el test alfa deberían pasar una prueba con figuras
llamado Test Beta (Army Beta). Los que fracasasen en el test beta deberían pasar una
prueba individual que normalmente consistía en alguna versión de las escalas de
Binet. Después, se clasificaría a cada recluta de acuerdo con una escala que iba de A
a E, y sugerirían cuáles podrían ser las funciones que estuviese en condiciones de
desempeñar. De esta manera, Yerkes señaló que a los reclutas del grupo C había que
atribuirles «una inteligencia media baja», de tal forma que sus funciones tendrían que
ser necesariamente las de soldado raso. Los del grupo D ni eso, pues «raramente están
en condiciones de desempeñar tareas que requieren una habilidad especial, capacidad
de previsión, ingenio o atención sostenida». No cabe esperar, pues, que los reclutas
de los grupos D y E sean capaces de «leer y entender órdenes escritas».

141
Pero lo más importante, y triste, del trabajo de Yerkes estriba en los análisis
posteriores que se hicieorn de sus datos (Yerkes, 1921, págs. 553-875), análisis que
permitieron llegar a estas tres grandes conclusiones (Gould, 1984, págs. 201-204): 1)
La edad mental media de los blancos adultos norteamericanos fue de trece años, justo
por encima del límite de la deficiencia mental. El nuevo resultado se convirtió en el
centro de atención de todos los eugenesistas, quienes profetizaron la ruina de Estados
Unidos, que sería la consecuencia de la reproducción incontrolada de los pobres y los
débiles mentales, la difusión de la sangre negra a través del mestizaje, y el
enturbiamiento de la estirpe nativa por la escoria que inmigraba desde el sur y el este
de Europa. Ahora bien, si la media de los blancos era de 13,08 y todas aquellas
personas cuya edad mental varía entre ocho y doce años son deficientes mentales,
entonces Estados Unidos era una nación de «limítrofes», intelectualmente hablando.
Ésta fue la conclusión de Yerkes: «Sería totalmente imposible excluir a todos los
deficientes, de acuerdo con la actual definición del término, porque el 37 por 100 de
los blancos y el 89 por 100 de los negros están por debajo de los trece años» (1921,
pág. 791). Estos datos le permitieron decir a Stoddard (1920, 1922) que una gran
oleada de subhombres («underman») amenazaban a la civilización. Por la misma
época W. McDougall (1921, pág. 162), en un libro que fue un auténtico éxito de
ventas (Is safe for democracy?), alarmaba a la sociedad estadounidense diciendo que
«los resultados de los test Army indican que alrededor del 75 por 100 de la población
norteamericana no tiene la suficiente capacidad intelectual innata o hereditaria para
completar la segunda enseñanza»; 2) Los inmigrantes europeos pueden clasificarse
según los países de origen, de tal manera que los nórdicos son más inteligentes que
los del Este y el Sur. Así, los ingleses tienen una edad mental media de 14,87 años,
los escoceses de 14,34, los holandeses de 14,32, los alemanes de 13,88, los daneses
de 13,69, los canadienses de 13,66, los suecos de 13,30, los noruegos de 12,98, los
belgas de 12,79, los irlandeses de 12,321, los austriacos, de 12,27, los turcos de 12,02,
los griegos de 11,90, los rusos 11,34, los italianos de 11,01, y los polacos de 10,74; 3)
El negro, cuya edad mental es de 10,41, se sitúa en el extremo inferior de la escala,
por debajo incluso de rusos, italianos y polacos. En algunos campamentos se intentó
llevar el análisis un poco más allá, con criterios evidentemente racistas. En el
Campamento Lee, los negros eran divididos en tres grupos, según la intensidad de su
color: los grupos más claros obtuvieron resultados más altos (Yerkes, 1921, pág.
531).
Aparte de los problemas metodológicos del test utilizado y los inherentes al
campo de la inteligencia, está el de la interpretación de los datos obtenidos. «Esos
datos numéricos no entrañaban de por sí significación social alguna. Una posible
utilidad de los mismos podría haber sido la promoción de la igualdad de
oportunidades, y la demostración de que un porcentaje tan elevado de
norteamericanos se encontraban en inferioridad de condiciones. Yerkes podría haber
sostenido que la edad mental media de 13 se explicaba por el hecho de que un
número relativamente pequeño de reclutas habían tenido la posibilidad de concluir los
estudios secundarios, cuando no la de iniciarlos. Podría haber atribuido el bajo
promedio de algunos grupos nacionales al hecho de que la mayoría de los reclutas
pertenecientes a los mismos eran inmigrantes recientes que no hablaban inglés y no

142
estaban familiarizados con la cultura norteamericana. Podría haber reconocido la
relación existente entre los bajos resultados de los negros y la historia de esclavitud y
racismo que pesaba sobre ellos. Sin embargo, en esas ochocientas páginas no
encontramos ni una sola referencia a las condiciones ambientales. El comité que
redactó los test estaba integrado por todos los grandes hereditaristas
norteamericanos» (Gould, 1984, pág. 204). Como vemos, los test de inteligencia
vinieron sencillamente a sustituir a los índices cefálicos ya obsoletos para, de esta
manera, apoyar y defender mejor las tesis racistas imperantes dándole una apariencia
más científica y por tanto más creíble.
Sin embargo, el psicólogo social y antropólogo Otto Klineberg (1935a, 1935b)
mostró que los resultados arrojados por el test Army indicaban realmente que: 1)
aquellos reclutas que tenían más años de educación puntuaban también más alto en el
test; 2) aquellos reclutas, fueran blancos o negros, que provenían de estados —
generalmente sureños— que dedicaban la menor cantidad de dinero per capita a la
educación de sus niños invariablemente obtenían las puntuaciones más bajas; 3) entre
los reclutas nacidos fuera de Estados Unidos, como era de prever, cuanto más tiempo
llevaban en Norteamérica y cuanto más tiempo habían pasado en escuelas
estadounidenses, mayor era su CI, y 4), como era natural, y dado que el test había
sido construido y administrado en inglés, los inmigrantes provenientes de Inglaterra,
Escocia y otros países angloparlantes obtenían, como media, puntuaciones en el test
superiores a los reclutas que habían aprendido el inglés hacía poco, ya de adultos.
Klineberg pudo demostrar que los negros de Estados del norte obtenían puntuaciones
superiores a los negros sureños, lo que indica claramente que el nivel cultural y
escolar del estado influye en el CI de sus ciudadanos. No obstante y
sorprendentemente, los psicómetras genetistas dieron otra explicación, acudiendo a lo
que ellos llamaron «emigración selectiva», de tal manera que habrían ido llegando a
los estados del norte los negros más inteligentes genéticamente. Pero la prueba de que
esto no es más que la consecuencia de un prejuicio sectario es que mientras que la
tesis ambientalista puede demostrarse fácilmente (porcentaje del presupuesto público
dedicado a educación básica, número de años pasados en la escuela, etc.), la tesis
genetista resulta imposible de probar (¿cómo saber, incluso admitiendo la causación
genética del CI, que las personas de color que un siglo atrás emigraron del sur al
norte tenían unos genes intelectualmente más ricos?). Además, la emigración
selectiva no podría explicar el hecho de que también entre los blancos, los
provenientes del sur obtenían, como media, un CI inferior al de los blancos del norte.
Y tampoco explica el hecho de que los blancos provenientes de cuatro estados
sureños (Misisippi, Kentucky, Arkansas y Georgia), justamente los que menos dinero
dedicaban a educación, puntuaban por debajo de los negros provenientes de
Pennsylvania, Nueva York, Illinois y Ohio, que gastaban mucho más dinero en sus
niños/as y adolescentes.
Pero, ¿qué mide realmente el Army? Ante todo, digamos que este test se
construyó precipitadamente. De hecho, en 1918 escribió Terman que «en seis
semanas preparamos métodos adecuados para la gigantesca tarea de medir el CI de
millones de hombres». ¡En sólo seis semanas! Además, por si fuera poco, sigue
diciendo Terman, las hojas de los test eran puntuadas por hombres seleccionados para

143
ello que no sabían nada de psicología. Por otra parte, tanto el Army Alpha como el
Army Beta se nutrían de las materias educativas utilizadas en la escuela americana de
principios del siglo XX: eufemismos, homilías e historietas morales, sacado todo ello
del Poor Richard’s Almanac, del Speller de Noah Webster y del Mc Guffey’s Readers
(Karier, 1972). «En una época en la que una buena parte de los reclutas eran o
ineducados o de procedencia extranjera, las preguntas basadas en los citados textos
representaban una discriminación social de enormes dimensiones. No es asombroso,
por tanto, que cuando, después de la guerra se analizaron detalladamente los
resultados, apareciera una clara tendencia a favor de los americanos nativos blancos y
angloparlantes» (Chorover, 1982, pág. 95). Veamos algo más detalladamente el
contenido del test: El Alfa, que era administrado en cuarenta-cincuenta minutos a
grupos de entre 100 y 200 reclutas, incluía preguntas como éstas: ¿Cuál es la
industria más importante de Gloucester? ¿Qué es el Rodhe Island Red? ¿En qué es
famosa Christie Mathewson? ¿Dónde está la Universidad de Cornell? ¿Quién es
Alfred Noyes? ¿Quién escribió Huckleberry Finn? ¿En qué año se rindió el general
Lee en Appomattox? ¿Dónde se fabrica el coche Pierce Arrow? Y en el test de
analogías o razonamiento se preguntaban cosas como la siguiente: «Washington es a
Adams como lo primero a...» (¿es lógico que los no norteamericanos, los inmigrantes
provenientes de las estepas rusas o del centro de Polonia, etc., o incluso la mayoría de
los propios norteamericanos que no habían ido a la escuela fracasaron en este ítem,
que además no es de analogías sino de conocimientos escolares). ¿Cómo podían
Yerkes y su gente atribuir a la estupidez innata los bajos resultados obtenidos por
personas que habían inmigrado hacía poco, si sus test de varias posibilidades sólo
contenían preguntas de fuerte impronta cultural norteamericana? Algo similar
tenemos que decir del Army Beta, que, administrado en cincuenta-sesenta y nueve
minutos a grupos de más de sesenta reclutas, exige completar una serie de figuras de
las que las primeras eran suficientemente universales: una cara sin boca o un conejo
al que le faltaba una oreja. Sin embargo, las otras figuras eran un cortaplumas con un
remache de menos, una bombilla sin filamento, un gramófono sin bocina o una pista
de tenis sin red. Evidentemente, un recluta proveniente del campo de un estado
sureño o un inmigrante procedente de las llanuras polacas o ucranianas por fuerza
obtendría unos bajos resultados. Como vemos, pues, estos test estaban
completamente cargados de cultura, y eso era lo que realmente medían los test Army
más que ninguna otra cosa: el grado de interiorización de la cultura norteamericana,
principalmente la escolar. Aunque el test Beta sólo contenía figuras, números y
símbolos, requería el uso del lápiz y, en tres de sus siete partes, el conocimiento de
los números y del modo de escribirlo. Además, la duración de las pruebas estaba
estrictamente limitada, porque había otros cincuenta reclutas esperando en la puerta.
Yerkes no comprendía por qué tantos reclutas obtenían un mero resultado de cero en
tantas partes del test (la más fehaciente demostración de la invalidez del mismo):
«¿Cuántos de nosotros, nerviosos, incómodos y apiñados (e incluso sin esas
desventajas), seríamos capaces de entender lo suficiente como para escribir siquiera
algo durante los diez minutos asignados para completar las siguientes órdenes de la
primera parte del test Alfa, pronunciadas una única vez?» (Gould, 1984, pág. 206),
instrucciones que, además, tenían una cierta complicación: «¡Atención! Mire el punto

144
4. Cuando yo diga ¡ya!, dibuje una figura 1 en el espacio que hay en el círculo pero
no en el triángulo ni en el cuadrado, y dibuje también una figura 2 en el espacio que
hay en el triángulo y en el círculo pero no en el cuadrado. ¡Ya! ¡Atención! Mire el
punto 6. Cuando yo diga “ya”, escriba en el segundo círculo la respuesta correcta a la
pregunta: ¿Cuántos meses tiene un año?» En el tercer círculo no escriba nada, pero en
el cuarto círculo escriba cualquier número que sea una respuesta incorrecta a la
pregunta que acaba de contestar correctamente. ¡Ya!».
En suma, si tenemos en cuenta que las instrucciones de Yerkes eran estrictas y
de difícil aplicación, que con frecuencia se hacían en lugares muy inadecuados, con
salas abarrotadas de reclutas en las que quienes se sentaban al fondo no podían oír
bien y no alcanzaban a comprender lo que se les indicaba, de tal forma que la
situación fue de auténtica tortura para los reclutas (muchos de ellos no podían ver u
oír al examinador, algunos no sabían lo que era pasar un test o, incluso, coger un
lápiz; otros no entendían las instrucciones, por lo que estaban completamente
asustados y los que las entendían sólo alcanzaban a completar una parte muy pequeña
de la mayoría de las pruebas en el plazo asignado, etc.), entonces resulta realmente
increíble que nadie con un dedo de frente y unos conocimientos mínimos de
psicología se atreva a darles a los datos así obtenidos la más mínima credibilidad.
Pero Yerkes y sus colaboradores, y no olvidemos que eran algunos de los psicólogos
más importantes de aquella época, sí se la dieron, e incluso durante décadas. Ello sólo
se explica si acudimos a la ignorancia, la incompetencia o la mala fe. Personalmente
creo que se debe sobre todo al intento continuado de esos psicólogos por confirmar,
fuere como fuere, sus prejuicios previos, y al tipo de psicología que se defendía, con
su cada vez mayor falta de contenido y también cada vez mayor interés por la mera
cuantificación. No olvidemos, como señala Ho (2001, pág. 103), que toda teoría a la
que le falta contenido puede fácilmente ponerse al servicio de ideologías perniciosas.
Por ejemplo, Yerkes encontró continuamente relaciones entre la inteligencia y el
grado de escolaridad. Calculó un coeficiente de correlación de 0,75 entre los
resultados obtenidos en los test y los años de instrucción. De 348 sujetos que habían
obtenido resultados inferiores al promedio en el test alfa, sólo uno había ido a la
universidad, cuatro habían acabado los estudios secundarios y sólo diez habían ido al
instituto. Sin embargo, Yerkes no concluyó que el mayor grado de escolaridad
bastaba para determinar la obtención de mejores resultados en los test, sino que los
sujetos dotados de mayor inteligencia innata aguantaban más años en la escuela.
«Todos estos datos corroboran, sin duda, la teoría de que la inteligencia innata es uno
de los factores condicionantes de más peso para la prolongación de la escolaridad»
(Yerkes, 1921, pág. 708). Además, los encargados de pasar los test debían proceder
con rapidez y clasificar de inmediato las pruebas, para que quienes hubiesen
fracasado pudieran ser sometidos a otro tipo de test. Ello nos ayuda a entender los
datos que Yerkes encontró.
Por otra parte, al considerar las diferencias entre los negros y los blancos,
Yerkes destacó una correlación más marcada entre los resultados obtenidos en los test
y el grado de escolaridad. Se trataba de una observación social importante, pero la
distorsionó desde su habitual perspectiva innatista. Más en concreto, según Yerkes, el
hecho de que los negros no concurriesen a la escuela debía de corresponder a una

145
falta de interés vinculada a su bajo nivel de inteligencia. En ningún momento
menciona la discriminación (por entonces oficialmente aprobada, cuando no
impuesta), las malas condiciones imperantes en las escuelas para negros, como
tampoco el hecho de que debido a las necesidades económicas los sujetos
pertenecientes a las clases pobres se veían obligados a salir a trabajar. Yerkes
reconoció que la calidad de las escuelas podía variar, pero desestimó la influencia de
ese factor y citó, como prueba decisiva de la estupidez innata de los negros, los malos
resultados que habían obtenido en los test comparados con los logrados por sujetos
blancos que habían concurrido los mismos años que ellos a la escuela (Yerkes, 1921,
pág. 773): «Desde luego, el nivel de cada clase no es el mismo en todo el país, sobre
todo entre las escuelas para niños blancos y las escuelas para niños negros, de modo
que el significado de “escolaridad hasta cuarto grado” es muy diferente en un grupo y
en otro, pero, sin duda, esta variabilidad no explica las evidentes diferencias de
inteligencia que existen entre los grupos».
No obstante, como argumenta Gould, en la monografía de Yerkes están
registrados los datos que pudieran haberle inducido a cambiar de opinión (suponiendo
que hubiese abordado su estudio con algún grado de flexibilidad), pero nunca los
utilizó. Había observado que existían diferencias regionales en la educación de los
negros. La mitad de los reclutas negros procedentes de los estados del Sur sólo habían
asistido a la escuela hasta el tercer grado, mientras que la mitad de los del Norte lo
habían hecho hasta el quinto (pág. 760). En el Norte, el 25 por 100 habían acabado la
escuela primaria; en el Sur sólo el 7 por 100. Yerkes también señaló (pág. 734) que
«el porcentaje de Alfas es mucho menor, y el de Betas mucho mayor, en el grupo del
Sur que en el del Norte. Muchos años después, Asley Montagu confirmó la
regularidad observada por Yerkes: el resultado promedio del test Alfa era de 21,31
para los negros de trece estados del Sur, y de 39,90 para los de nueve estados del
Norte. Montagu observó también que los resultados medios de los negros en los
cuatro estados del Norte con promedios más elevados (45,31) eran superiores al
promedio «blanco» de nueve estados del Sur (43,94). Descubrió que lo mismo
sucedía en el test Beta, donde en seis estados del Norte el promedio obtenido por los
negros era de 34,63, mientras que en catorce estados del Sur el promedio de los
blancos era de 31,11. Como siempre, los hereditaristas tenían su sectaria respuesta
preparada: sólo los mejores negros habían sido lo bastante listos como para
desplazarse hacia el Norte. Las personas de buena voluntad y sentido común siempre
parecen haber preferido una explicación basada en la calidad de la instrucción, sobre
todo desde que Montagu también descubrió que existía una correlación muy elevada
entre el presupuesto de educación de los estados y el resultado medio obtenido por los
reclutas procedentes de cada uno de ellos. No así los psicómetras del CI, que
siguieron contumazmente en sus trincheras, lo que sólo puede explicarse por el
sectarismo de sus posiciones.
Otra correlación hallada por Yerkes era aún más susceptible de plantear
dificultades: existía una relación directa entre los resultados medios obtenidos en los
test por los reclutas de origen extranjero y sus años de residencia en Estados Unidos,
lo que parecía indicar claramente que las diferencias en los resultados obtenidos no
dependían de la inteligencia innata sino de la familiaridad con el modo de vida

146
norteamericano. Pues bien, aunque Yerkes admitió tal posibilidad, sin embargo siguió
agarrándose a una explicación hereditarista (1921, pág. 704): «Al parecer, pues, el
grupo que reside desde hace más tiempo en el país obtiene resultados un poco
mejores2 en los test de inteligencia. Es imposible determinar si la diferencia se debe
al hecho de que el grupo más norteamericanizado se adapta mejor a la situación de
examen, o a la intervención de algún otro factor. Podría suceder, por ejemplo, que los
inmigrantes más inteligentes fuesen los que hayan tenido éxito y, por tanto, hayan
permanecido en el país; pero contra este argumento milita el hecho de que muchos
inmigrantes que hayan tenido éxito regresan a Europa. Lo mejor que podemos hacer
es dejar en suspenso la cuestión de saber si esas diferencias representan una verdadera
diferencia de inteligencia o sólo derivan del método de examen». Pero los partidarios
de la supremacía teutónica no tardarían en zanjar la cuestión: la inmigración reciente
estaba formada por las heces de Europa —latinos y eslavos de las clases inferiores—.
Los inmigrantes afincados desde hacía más tiempo pertenecían en su mayor parte a
estirpes nórdicas superiores. La correlación con la cantidad de años de residencia en
Estados Unidos venía determinada por la constitución genética.
En definitiva, «los test mentales del ejército hubieran podido constituir un
impulso para emprender una serie de reformas sociales, porque mostraban que las
desventajas ligadas a factores ambientales impedían que millones de personas
tuvieran la oportunidad de desarrollar sus aptitudes intelectuales. Los datos indicaban
reiteradamente la presencia de correlaciones muy marcadas entre los resultados
obtenidos en los test y los factores ambientales. Sin embargo, una y otra vez, quienes
formularon y aplicaron esos test inventaron explicaciones tortuosas y arbitrarias para
defender sus prejuicios hereditaristas. ¡Cuán fuertes deben de haber sido los
prejuicios hereditaristas de Terman, Goddard y Yerkes para impedirles ver lo que
tenían delante de sus narices!» (Gould, 1984, pág. 231). Eran sectarios, tan sectarios
que las conclusiones políticas que extrajeron de sus datos no hacían sino adelantarse
en tres lustros a algunos supuestos básicos del nazismo, aunque basándose
«aparentemente» en argumentos científicos. A eso se lo debe llamar racismo
científico. Y ello se constata más fácilmente aún si observamos para qué servían los
test de CI. Servían claramente a propósitos eugenésicos y a un intento de reducir e
incluso eliminar la inmigración en un momento en que algunos estados importantes
de Estados Unidos estaban industrializándose y recibiendo muchos inmigrantes tanto
de otros estados como del exterior. Así, por ejemplo, de Michigan, un estado
eminentemente agrícola a primeros de siglo pero cuya industria automovilística
estaba creciendo aceleradamente, emigraron durante la década de 1910-1920 a otros
estados 35.900 blancos, mientras que en la siguiente década, 181.500 blancos
llegaron de fuera. Y algo similar ocurrió con la población negra: en la primera de esas
décadas fueron 1.900 los negros que emigraron fuera, mientras que en la siguiente
fueron 38.700 los que entraron. En este contexto, a los eugenesistas y a los más
conservadores de los norteamericanos les venía como anillo al dedo el que los
psicólogos demostraran «científicamente» que la inteligencia de los norteamericanos
estaba declinando, obviamente por culpa de los inmigrantes, cuya entrada en Estados
Unidos irremediablemente habría que frenar. De hecho, ante la constatación del
declive intelectual de la nación, que llevó a decir a McDougall (1921, pág. 194) que

147
de seguir así las cosas, «la civilización norteamericana está predestinada a una rápida
decadencia», sólo había dos medidas drásticas: cerrar la entrada a inmigrantes
foráneos, y esterilizar a los pobres y a los negros de dentro3. Y ambas medidas fueron
tomadas: Acta de inmigración de 1924, y Ley de Esterilización, de 1923. Y para
ambas medidas, la labor de la «psicología científica» fue realmente crucial, como
estamos viendo. Y una evidente prueba de que todo ello se enmarcaba dentro del más
rancio ultraconservadurismo, apoyado por un profundo racismo científico, es que, al
margen de los problemas internos e intrínsecos de los test de CI, ni se les ocurrió
siquiera para evitar tal decadencia medidas con un mayor gasto en educación y
sanidad, unas mayores ayudas a las familias pobres, etc. Más aún, de lo que se trataba
era justamente de evitar esas medidas: en el racismo científico se juntaban, desde
Galton, Burt, Terman o Yerkes hasta Eysenck, Jensen o Herrnstein, y desde
principios hasta finales del siglo XX, los más furibundos prejuicios racistas con el más
egoísta y poco inteligente interés por mantener los privilegios de los grupos sociales
más favorecidos.

5. BRIGHAM Y LOS PREJUICIOS CONTRA LOS INMIGRANTES

Si a lo largo de las primeras décadas del siglo XX Estados Unidos tenía muchos
prejuicios contra los inmigrantes, sobre todo contra aquellos que no hablaban inglés,
pronto se utilizaron los test de inteligencia para justificar tales prejuicios,
«demostrando científicamente» lo pernicioso que para Norteamérica sería que
entraran muchos de tales inmigrantes, dada su baja inteligencia innata. Esto fue lo
que ya hicieron tanto Goddard como Yerkes, pero que Brigham, discípulo de este
último, colaboró en llevarlo a sus penúltimas consecuencias, utilizando los datos de
su maestro: «He aquí una investigación que es, sin duda, cien veces más fiable que
todas las investigaciones anteriores, reunidas y puestas en correlación. Estos datos del
ejército constituyen la primera contribución realmente importante al estudio de las
diferencias raciales en materia de inteligencia. Nos proporcionan una base científica
para nuestras conclusiones» (Brigham, 1923, pág. XX). Y aunque el voluminoso libro
de Yerkes no fue muy leído, Brigham se encargó de resumirlo en un libro más
sencillo que se convirtió en el instrumento perfecto para los propagandistas de la
herencia, A study of American Intelligence (Brigham, 1923), libro que constituyó el
vehículo fundamental para traducir en acción social los resultados del test Army
(véase Kamin, 1983; y Chase, 1977). El propio Yerkes, que escribió el prólogo, alabó
la «objetividad» de Brigham: «El autor no presenta teorías ni opiniones, sino hechos.
Nos incumbe a nosotros valorar su fiabilidad y su significación, porque, como
ciudadanos, ninguno de nosotros puede permitirse el lujo de desconocer la amenaza
de la degeneración de la raza ni las relaciones evidentes que existen entre la
inmigración, el progreso y el bienestar de la nación». Aunque parezca increíble, se
refería Yerkes a lo perjudicial que la inmigración es para el progreso de cualquier
nación. Pero esto lo decía en el país que había terminado casi con los aborígenes y la
mayoría de sus habitantes eran o bien inmigrantes o bien hijos de inmigrantes.
Ciertamente, pocas veces se han dicho tantas mentiras, tan interesadas y con tanto

148
atrevimiento. Los argumentos de Brigham, el nuevo adalid del herencialismo, no
diferían mucho de los del resto de los psicómetras del CI. Así, respecto a los judíos,
los datos de Yerkes indicaban que los judíos (en su mayoría inmigrados recientes)
tenían una inteligencia bastante baja, lo que estaba en contradicción con las notables
realizaciones de muchos eruditos, hombres de estado y artistas judíos. Pues bien,
Brigham aclaró la contradicción diciendo que los judíos podían constituir un grupo
más variable que otros, lo que no excluía la presencia de algunos genios en el
extremo superior de la escala.
En cuanto al hecho de que los negros del Norte puntuaban por encima en CI
que los del Sur, Brigham lo atribuyó a variables genéticas, para lo que dio dos
razones: la primera, la mayor proporción de sangre blanca entre los negros del Norte;
la segunda, la influencia de factores económicos y sociales como los salarios más
elevados, las mejores condiciones de vida, la igualdad de privilegios escolares y un
ostracismo social menos acusado, que tienden a atraer a los negros más inteligentes
hacia el Norte. Y en ningún momento oculta Brigham su racismo: «La evidencia con
respecto al cruce del blanco y el negro es indiscutible. Si examinamos la proporción
de mulatos que hay por cada mil negros por cada período de veinte años desde 1850 a
1910, encontramos que en 1850 había 126, 136 en 1870 y 264 en 1910. Esta mezcla
de blanco y negro ha sido el resultado natural de la emancipación del negro y de la
demolición de las barreras sociales que existían contra ello, principalmente en el
Norte y en el Oeste... Debemos enfrentarnos a la posibilidad de la mezcla racial que
es infinitamente peor que aquella a la que actualmente se enfrentan los países
europeos, dado que nosotros estamos incorporando al negro a nuestro tronco racial,
mientras que toda Europa está libre de esta infección».
Finalmente, la cuestión de la inmigración fue el mayor desafío con que
Brigham debió enfrentarse a propósito de las tesis hereditaristas. Y los datos de
Yerkes eran claros en este punto: sin excepciones, cada período de cinco años de
residencia se traducía en un incremento de los resultados obtenidos en los test, de tal
manera que la diferencia total entre los recién llegados y los que residían desde hacía
más tiempo alcanzaba los dos años y medio de edad mental. Pues bien, Brigham
recurrió a una argumentación increíblemente circular para evitar la posibilidad de
tener que aceptar una explicación ambientalista. Dado que «lo que estamos midiendo
es la inteligencia natural o innata, todo incremento de los resultados obtenidos en
nuestros test, imputable a cualquier otro factor, sólo puede atribuirse a algún error»
(Brigham, 1923, pág. 100). Y concluía, más increíblemente aún, de esta manera (pág.
102): «De hecho, comprobamos que en los dos tipos de examen (Alfa y Beta) el
incremento es aproximadamente el mismo. Esto indica, pues, que los grupos de cinco
años de residencia tienen diferencias reales de inteligencia innata, y no se distinguen
por el mayor o menor grado de desventajas vinculadas con factores lingüísticos o
educativos». La explicación está clara para Brigham: Europa nos envía cada vez a los
más tontos: «En lugar de considerar que nuestra curva indica un incremento de la
inteligencia en función del tiempo de residencia, debemos adoptar el punto de vista
inverso y admitir la hipótesis de que dicha curva indica una degeneración gradual de
los inmigrantes sometidos a los test del ejército, considerados por períodos de cinco
años a contar desde 1920» (Brigham, 1923, págs. 110-111). Y más adelante (pág.

149
155): «La inteligencia media de las sucesivas oleadas inmigratorias ha ido
descendiendo en forma progresiva». Y puesto que la inmigración se había desplazado
de Alemania, Escandinavia y las Islas Británicas hacia la escoria del sur y el este de
Europa (italianos, griegos, turcos, húngaros, polacos, rusos, etc.), la inferioridad de
esos inmigrantes recientes era un hecho que no admitía discusión (Brigham, 1923,
pág. 202). Pero había otro problema con los inmigrantes, en este caso con los
nórdicos: los anglófonos (procedentes de Canadá y de Gran Bretaña), tenían una edad
mental de 13,84 años, mientras que los no anglófonos (procedentes de Alemania,
Holanda y Escandinavia) tenían 12,97. Sin embargo, la explicación que aquí dio
Brigham fue totalmente ambientalista (Brigham, 1923, págs. 171-172): «Desde luego,
hay poderosas razones históricas y sociológicas que explican la inferioridad del grupo
nórdico no anglófono. Por otra parte, si, contra lo que indican los hechos, alguien
quisiera negar la superioridad de la raza nórdica aduciendo que el factor lingüístico
favorece de alguna manera misteriosa a ese grupo en el momento de pasar los test,
podría excluir de la muestra nórdica a los nórdicos anglófonos, y, sin embargo, aún
subsistiría la notable superioridad de los nórdicos no anglófonos sobre los grupos
alpino y mediterráneo, signo evidente de que la causa profunda de las diferencias que
hemos comprobado no es la lengua sino la raza nativa».
Ahora bien, por si los inmigrantes alpinos no supusieran, por sí mismos, un
peligro grave para Estados Unidos, este país se enfrentaba además a otro todavía
mayor (Brigham, 1923, pág. XXI): «Paralelamente a los desplazamientos de esos
europeos se ha producido el acontecimiento más siniestro de la historia de este
continente: la importación del negro». Por consiguiente, y dado que el futuro se
presentaba tan oscuro, Brigham concluía su opúsculo con una propuesta política,
como han hecho otros muchos psicómetras, tan apocalípticos ellos: la restricción de
la inmigración y el control eugenésico de la reproducción (1923, págs. 209-210): «La
declinación de la inteligencia norteamericana será más veloz que la de la inteligencia
de los grupos nacionales europeos debido a la presencia del negro en este país. Ésta
es la realidad desnuda, aunque más bien desagradable, que presenta nuestro estudio.
Sin embargo, la degeneración de la inteligencia norteamericana no es inevitable si se
toman medidas oficiales para evitarla. Nada impide que se adopten disposiciones
legales que aseguren una evolución continua y ascendente. Sin duda, ha de ser la
ciencia, y no las consideraciones de carácter político, la que dicte las medidas que
deban adoptarse para preservar o incrementar nuestra actual capacidad intelectual. La
inmigración no sólo tiene que ser limitada sino también debe ser muy selectiva. Y la
revisión de las leyes relativas a la inmigración y la naturalización sólo permitirá
aliviar apenas las dificultades con que nos enfrentamos. Las medidas realmente
importantes son las que apuntan a la prevención de la propagación de las estirpes
deficientes en la población actual». ¿Recuerda el lector que Yerkes decía que
Brigham no presenta opiniones sino hechos?
Sin embargo, lo más grave proviene de la enorme influencia que tuvo Brigham.
De hecho, su libro se convirtió en uno de los documentos centrales utilizados para
aprobar tanto el Acta de Inmigración de 1924 como las leyes de esterilización
obligatoria de 1923. Respecto del primer asunto, recordemos que entre 1924 y 1925
descendió el número de inmigrantes italianos un 89 por 100, un 83 por 100 en el de

150
rusos, polacos y otros procedentes de Europa del Este y de Europa Occidental, un 53
por 100 de ingleses y un 39 por 100 el de alemanes. El dramatismo de estas cifras es
más evidente si, con Chase (1980), tenemos en cuenta que la suma conjunta de
inmigrantes procedentes de Italia, Polonia, Rusia y otros países del Centro, Sur y Este
de Europa entre 1900 y 1924 se elevó a 10.870.225, con una media de 434.810
inmigrantes por año, mientras que entre 1924 y 1939, tal cifra bajó a sólo 366.446
inmigrantes, con una media de 24.430 por año. Con toda probabilidad, una parte
importante de los millones de personas judías, polacas, rusas o de otros países
europeos que el Acta de 1924 les impidió emigrar a Estados Unidos murieron en las
cámaras de gas de los nazis, además de que otros muchos inmigrantes que vivían en
Estados Unidos lo pasaron mal e incluso algunos fueron asesinados legalmente como
fue el caso de Sacco y Vanzetti. Y es que la «Restriction Act» de 1924 se debió en
gran medida a la presión ejercida por los científicos y los eugenistas, y por los datos
obtenidos por Yerkes (véase Chase, 1977; Kamin, 1974; Ludmerer, 1972). «En
síntesis, se trataba de impedir la entrada de los europeos del sur y del oeste, o sea de
las naciones alpinas y mediterráneas, cuyos integrantes habían obtenido los resultados
más bajos en los test del ejército. Los eugenistas libraron y ganaron una de las
mayores batallas del racismo científico de toda la historia de Estados Unidos»
(Gould, 1984, pág. 242). Todo ello, afirma sin reparos Chase (1980, pág. 301),
constituyó una monumental victoria del viejo racismo científico.
No obstante, siete años después de que su libro fuera tan eficaz para destrozar
la vida de miles de personas, Brigham cambió profundamente de actitud,
reconociendo sus errores y aceptando públicamente que había dos razones que
invalidaban el uso de los datos obtenidos en el ejército para medir la inteligencia
innata. «En primer lugar, reconoció que los test Alfa y Beta no podían combinarse en
una misma escala, como él y Yerkes habían hecho para extraer promedios
correspondientes a las diferentes razas y naciones. Esos test medían cosas diferentes,
y además ninguno de los dos tenía coherencia interna» (Gould, 1984, pág. 243).
Además, también reconoció que los test habían medido el grado de familiaridad con
la lengua y la cultura norteamericanas, y no la inteligencia innata (Brigham, 1930,
pág. 165): «Si se desea comparar los individuos o los grupos, es evidente que los test
en lengua vernácula sólo pueden utilizarse en el caso de los individuos que tienen
igualdad de oportunidades para adquirir un conocimiento de la lengua vernácula en
que está formulado el test. Esta exigencia excluye la utilización de tales test para
realizar estudios comparativos de individuos criados en hogares donde no se emplea
dicha lengua vernácula, o donde se emplean dos lenguas vernáculas diferentes. Esta
última condición suele violarse en el caso de estudios sobre niños nacidos en el país,
pero cuyos padres hablan una lengua distinta. Esto es importante porque no se
conocen bien los efectos del bilingüismo... Es probable que los test de que
disponemos no permitan realizar estudios comparativos de los diferentes grupos
nacionales y raciales... Uno de los estudios raciales comparativos más pretenciosos —
el realizado por el autor— carecía de todo fundamento».
Como vemos, al igual que antes tanto Goddard (véase Gould, 1984, págs. 174-
176) como Terman (véase Gould, 1984, págs. 196-197), pero de forma más rotunda
que sus antecesores, también Brigham se retractó públicamente de sus gravísimos

151
errores. Sin embargo, su trabajo, unido al de los autores hasta ahora vistos, tuvo dos
consecuencias que todos los arrepentimientos del mundo no podrán ya evitar: a) Las
consecuencias sociales que tuvieron y que llegaron a ser dramáticas para muchos
miles de seres humanos. Así, los cupos siguieron en vigor y la inmigración
procedente del sur y del este de Europa se redujo a un mínimo. Durante toda la
década de 1930, los refugiados judíos, previendo el holocausto, trataron de emigrar a
Estados Unidos, pero fueron rechazados. Los cupos establecidos, así como la
persistente propaganda eugenista, les impidieron la entrada. «Sabemos lo que les
sucedió a muchos de los que deseaban marcharse de su país pero no tenían adónde ir.
Los caminos de la destrucción suelen ser indirectos, pero las ideas pueden resultar
medios tan eficaces como los cañones y las bombas» (Gould, 1984, pág. 244).
Además, como hemos visto, fueron miles y miles los inmigrantes que se vieron
segregados, marginados y discriminados por culpa, en gran parte, de los datos
psicológicos obtenidos por los autores mencionados, habiendo sido cientos las
personas incluso esterilizadas por el único delito de haber puntuado bajo en un test de
inteligencia que lo único que se sabe con exactitud es que no medía inteligencia; y b)
La ceguera, y sobre todo el sectarismo de estos autores de los años 20 sirvieron de
base, a pesar de su arrepentimiento posterior, para psicómetras hereditaristas
posteriores no menos sectarios como fue el caso de Jensen, Eysenck o Herrnstein,
que, incluso hoy día, son seguidos por otros psicólogos. Y es que la ceguera de todos
estos autores proviene principalmente, como ya hemos dicho, del sectarismo que les
producía sus fuertes prejuicios, a cuyo servicio ponían la idolatrización del número y
de la ciencia. Claramente lo decía Burt (1921, pág. 130): «El mérito insigne de la
escuela inglesa de psicología, desde Sir Francis Galton en adelante, consiste en haber
utilizado el aparato del análisis matemático para transformar el test mental, hasta
entonces desacreditada treta de charlatán, en un instrumento de precisión científica
indiscutible».
Me gustaría, no obstante, advertir que en absoluto este libro pretende ser una
crítica a la psicología, sino sólo a aquella psicología que, enmascarándose tras un
ropaje aparentemente científico, negando toda relación extracientífica a su trabajo y
acusando una y otra vez a sus críticos de estar contaminados ideológica y hasta
políticamente, no hacían y no hacen sino defender —vountariamente o no,
conscientemente o no— unos intereses difícilmente confesables, convirtiéndose, de
esta manera, manifiestamente en una pseudociencia al servicio del racismo científico.
Había tras la Primera Guerra Mundial muchos psicólogos, y otras personas
interesadas por estos temas, que no compartían en absoluto las tesis eugenesistas y
que incluso no veían con buenos ojos los test de CI. Así, por ejemplo, Walter
Lippmann publicó seis artículos en el periódico New Republic, en 1922, en los que
decía cosas clarividentes como que «la promesa y el valor reales de las
investigaciones iniciadas por Binet están en peligro de ser pervertidas por parte de
hombres estúpidos y prejuiciosos» (se refería, evidentemente, a los psicómetras
genetistas y a los eugenesistas en general). Y añadía: «Pero la inteligencia no es una
abstracción como la longitud o el peso; se trata de una noción enormemente
complicada que todavía nadie ha sido capaz de definir». Pues bien, las respuestas a
estas ponderadas palabras de Lippmann fueron ya desde el principio excesivas y

152
calumniosas. Así, Terman en el propio New Republic (27 de diciembre de 1922)
comparaba a Lippmann con W. J. Bryan (un oponente a la teoría de la evolución) o a
W. Volive, cabeza de la Flat Earth Society («Sociedad en favor de que la Tierra es
plana»). Y añadía algo tan sorprendente como que en los ataques a los test de CI
«estaba en juego la democracia». ¿Qué entenderán estos señores por democracia?

7. CONCLUSIÓN

Evidentemente no fue Goddard quien, al introducir en 1908 los test de CI en


Estados Unidos, introdujo también, con ellos, el racismo y el antisemitismo. Éstos ya
existían allí anteriormente, pero lo que hizo la psicometría fue proporcionar una
justificación para tales prejuicios, reforzándolos e inaugurando así lo que podemos
llamar nuevo racismo científico. Así, a pesar de que Terman y sus colegas
mantuvieron desde el principio que el CI daba la medida de la inteligencia innata, sin
embargo, al empezar a aplicar la primera versión del test de inteligencia Stanford-
Binet (publicada por Terman en 1916), apareció una asombrosa diferencia sexual: en
todos los niveles de edad, las mujeres obtenían puntuaciones superiores en un 2-4 por
100 a las de los hombres. «Ahora bien, si se acepta que el CI refleja la inteligencia
innata, no hay modo de eludir la conclusión de que, por término medio, las chicas son
algo más inteligentes que los varones de la misma edad cronológica. Podría pensarse
que Terman y sus colegas, habiendo descubierto que las mujeres eran algo más
brillantes que los hombres, no tenían más remedio que aceptarlo, pero no fue así: en
1916 ni siquiera tenían derecho al voto. Consecuentemente, Terman y sus colegas
decidieron ahorrarle a la sociedad un hecho embarazoso. Al revisar el test, hallaron
que había determinadas secciones que las mujeres realizaban a la perfección, así que
lo “revisaron”, eliminando parte de las mencionadas secciones, y añadiendo otras del
tipo que los varones cumplimentaban mejor que las hembras. En otras palabras, se
“retocó” el test a fin de que sus resultados fueran congruentes con las
preconcepciones de quienes lo aplicaban. Se estableció como hecho probado que
hombres y mujeres tenían, por término medio, el mismo CI. Fue —y es— un
resultado genuinamente fabricado» (Chorover, 1982, págs. 78-9). Y es que los test de
CI no miden en absoluto la inteligencia, sino sólo la capacidad para rendir bien en
nuestras escuelas y, tal vez, para tener éxito en nuestra sociedad. Es decir, que
exclusivamente miden los valores de la clase media alta. Para eso se hicieron las
escuelas y para eso se hicieron los test de CI. Otro ejemplo que evidencia el racismo
de los psicómetras fue el caso de los judíos, cuya imbecilidad mental fue
«demostrada» por Goddard y por Brigham. Sin embargo, en los años 70 ya no se
incluye a los judíos entre los grupos sociales o «razas» mentalmente retrasados, pues
son un grupo socialmente poderoso en Estados Unidos: han triunfado socialmente,
luego ya son inteligentes. Es un evidente nuevo ejemplo de darwinismo social: «La
teoría hereditarista de la inteligencia adopta el mismo punto de vista que el
darwinismo social tradicional, pero introduce un cambio sutil en su argumentación.
Mientras que el darwinismo social ponía el acento en la supervivencia del más apto,
la teoría hereditarista de la inteligencia hablará sobre todo del fracaso del más débil.

153
Tanto el darwinismo social como la teoría hereditarista de la inteligencia pretenden
explicar la existencia de ricos y pobres como un fenómeno natural» (López Cerezo y
López Luján, 1989, págs. 145-146).
En todo caso, «las actuales advertencias solemnes — que a no ser que hagamos
algo drástico con respecto al control de las tasas de nacimiento de las personas con
bajo CI, estaremos hundiendo a esta nación en algo que es utilizado para ser llamado
“degeneración racial” y que ahora se llama “esclavitud genética”— han provenido
principalmente de los psicólogos educativos, de los psicólogos de las palomas y de
los ingenieros electrónicos. La única cosa, junto a su fe ciega en la validez de las
puntuaciones en los test de CI como medidas del valor y el potencial humanos
innatos, que los portavoces del nuevo racismo científico tienen en común es que
ninguno de ellos son genetistas» (Chase, 1980, pág. 604). Frente a tanta palabrería,
nunca ingenua en el plano ideológico y siempre malintencionada en lo social, de
tantos psicómetras (Burt, Goddard, Brigham, Jensen, Herrnstein, Eysenck, etc.), se
alzó la voz de los biólogos genetistas que en uno de sus Congresos, el de 1939,
justamente sólo unos días antes del comienzo de la Segunda Guerra Mundial,
presentaron un Manifiesto claro y rotundo en el que decían, entre otras cosas, esto:
«Toda mejora genética eficaz del ser humano depende de que se hagan importantes
cambios en las condiciones sociales, y cambios correlativos en las actitudes humanas.
En cuanto a lo primero, puede no haber base válida para estimar y comparar el valor
de diferentes individuos si no existen previamente unas condiciones económicas y
sociales que proporcionen aproximadamente iguales oportunidades para todos los
miembros de la sociedad en lugar de estratificarlos desde su nacimiento en clases con
privilegios bien diferentes. El segundo principal obstáculo para la mejora genética
consiste en las condiciones económicas y políticas que fomentan el antagonismo
entre diferentes personas, naciones y “razas”. La estirpación de los prejuicios raciales
y de la no científica doctrina de que los buenos o malos genes son el monopolio de
pueblos particulares o de personas con características de una clase dada no será
posible, sin embargo, si antes no son eliminadas las condiciones que se dirigen hacia
la guerra y la explotación... En tercer lugar, no puede esperarse que la educación de
los niños se vea influenciada activamente por consideraciones de valor de
generaciones futuras a no ser que los padres en general tengan una seguridad
económica muy considerable... Dado que la mujer está más especialmente afectada
por la educación y la cría de los niños, se le debe dar una protección especial para
asegurar que sus deberes reproductivos no interfieran demasiado en sus
oportundiades para participar en la vida y en el trabajo de las comunidad en general»
(Genetics Congress, 1939, pág. 371-373). Y sin embargo, fervientes psicómetras
continuaron contumazmente en las mismas posiciones de siempre, defendiendo
durante los años 70 y siguientes un determinismo genético absolutamente
indefendible, a pesar de no saber nada de genética.

154
CAPÍTULO VII
Los años 60-70 y la exclusión de los negros

1. INTRODUCCIÓN

Como ya hemos dicho, curiosamente, los test de CI siempre han «demostrado


científicamente» lo que a los grupos dominantes y a las personas más conservadoras
y racistas les fue interesando en cada momento que demostraran: en los años 20,
cuando muchos inmigrantes procedentes de la vieja Europa estaban llegando a
Estados Unidos, los inferiores eran los inmigrantes; a finales de los años 60 y durante
los 70, cuando la población negra norteamericana estaba en la calle luchando por sus
derechos, bien pacíficamente (Martin Luther King) o bien no pacíficamente
(Malcolm X o el Black Power), los inferiores eran precisamente los negros: los test
decían justamente que ceder a tales reivindicaciones sería suicida, además de
antinatural, pues los negros son genéticamente inferiores en el plano intelectual, por
lo que, entre otras cosas, debería impedirse su escolarización junto a los niños y niñas
blancos. Así, durante la década de los sesenta, como nos recuerda Chorover (1982),
los que se oponían a la integración distribuyeron gratuitamente 500.000 copias de los
panfletos de Henry Garret (sobre los males de la mezcla de razas) entre los maestros
de las escuelas norteamericanas1. Y más tarde aún, en 1975, en plena controversia
sobre el transporte escolar, un anuncio aparecido en el Boston Globe informaba de la
publicación de un libro del doctor Garret titulado IQ and Racial Differences y que
resultó ser una versión recalentada de sus antiguas ideas sobre la inferioridad innata
de la raza negra. El anuncio estimulaba al hipotético comprador de la obra
prometiendo «suficientes municiones para contestar y demoler... punto por punto, los
argumentos en favor de la integración en las escuelas». Y todavía en esos años 70, el
profesor William Shockley adelantó una propuesta basada en la idea de que quienes

155
se hallan en el punto más bajo de la jerarquía socioeconómica están intrínsecamente
predestinados a ser pobres a causa de su biología, propuesta que suponía una vuelta a
los programas de los primeros defensores de la eugenesia y que consistía en la
esterilización voluntaria para los recipendiarios de prestaciones de beneficencia.
Según su plan, el gobierno pagaría una bonificación de 1.000 dólares por cada punto
por debajo de un CI de 100 a los beneficiarios dispuestos a someterse a la
esterilización. Mediante este sistema, argumentaba, el incentivo sería máximo para
los individuos de menor inteligencia y predecía que, como consecuencia, al cabo de
una generación se habría resuelto el problema disgenésico del CI bajo y el problema
social de los abultados presupuestos de la beneficencia. Ahora bien, para entender
mejor todo esto, y antes de pasar a analizar las tesis fundamentales que los genetistas
del CI mantenían en estos años, veamos algo tan central para entender este capítulo
como es la cuestión de las «razas humanas».

2. EL «PROBLEMA» DE LA «RAZA»: ¿EXISTEN REALMENTE LAS RAZAS?

«Entre las ideas que más daño han hecho a la humanidad, una de las más
permanentes y destructivas es la que dice que la especie humana se divide en
unidades biológicas llamadas razas y que ciertas razas son innatamente superiores a
otras» (Holt, 1995, pág. 57). Esta idea perniciosa no es nueva ni es mantenida
exclusivamente en el mundo occidental. Por el contrario, parece tratarse de una idea
que ha existido en casi todas las culturas, sociedades y pueblos de todos los tiempos,
aunque no por ello sea acertada. Probablemente derive de la necesidad que todos
tenemos de una identidad positiva, como corresponde a unos seres tan inseguros
como somos los humanos. Pero nuestra identidad personal la extraemos de nuestra
identidad social. De ahí que a los miembros de todos los pueblos les resultará muy
cómodo creer que su propio grupo es superior a los demás, sobre todo a los que están
más próximos, a los que les hacen la competencia y a los que les estaban
subordinados. En consecuencia, no debería extrañarnos la casi universalidad de tal
prejuicio (véase Ovejero, 1998, cap. 14), pero tampoco su terrible peligrosidad. De
hecho, esta idea ha estado en el origen de miles de conflictos y ha sido la responsable,
al menos en parte, de millones de muertes.
En el caso concreto de Estados Unidos, que tanto han sufrido a causa de los
problemas ocasionados por las relaciones raciales, la diferencia estriba en el hecho de
que se trata de una sociedad teóricamente igualitarista, por lo que difícilmente pueden
defender públicamente la inferioridad innata de unas razas frente a otras, por lo que
han utilizado las puntuaciones en CI con dos finalidades evidentes: enmascarar su
indudable racismo, que de otra manera sería políticamente incorrecto, y proporcionar
una justificación científica a tal racismo. La utilización del concepto de raza no está
en absoluto científicamente justificada (véase Holt, 1995). De hecho, la diversidad
genética entre las llamadas razas es realmente minúscula. Y las diferencias
encontradas en puntuaciones en CI entre blancos y negros se explican perfectamente
por razones ambientales tanto intrauterinas (problemas alimenticios y falta de
cuidados médicos en la madre embarazada, bajo peso al nacer, etc., en el caso de los

156
negros en Estados Unidos) como postuterinas (pobreza, desempleo, etc.) así como a
causa de la construcción de los propios test de inteligencia. Además, con frecuencia
las ideas que tenemos sobre los demás y sobre nosotros mismos se convierten en
expectativas que se cumplen a sí mismas. Y el hecho de que la sociedad
norteamericana, en conjunto, haya creído en la inferioridad intelectual de los
ciudadanos de color, probablemente haya influido en la motivación, el autoconcepto,
las aspiraciones y, a la postre, en la conducta de éstos, lo que, en parte, explicaría su
inferior rendimiento en los test de inteligencia (véase Katz, 1972). En esta misma
línea, no olvidemos que también suelen atribuirse a causas genéticas las superiores
puntuaciones en CI de los asiáticos, aunque sin embargo se deben más bien a su
mayor esfuerzo, dado que la mentalidad oriental suele creer que el éxito depende del
esfuerzo (lo que se resume en el dicho japonés de que «si fallas con cinco horas de
sueño, duerme cuatro»), mientras que la mentalidad occidental cree que depende de la
capacidad (y que se resume en el dicho «lo que Dios no da, Salamanca no presta»).
De hecho, Harold Stevenson y James Stigler (1992) en un libro titulado The Learning
Gap: Why our Schools are Failing and What we Can Learn from Japanese and
Chinese Education, constataron que al principio de la vida escolar apenas había
diferencias en CI entre chinos, japoneses y norteamericanos, pero cada año escolar
que pasaba más aventajaban tanto chinos como japoneses a los norteamericanos, y
encontraron que la causa de tal ventaja no era genética sino totalmente ambiental:
iban más días al colegio, trabajaban más duro tanto en casa al salir de la escuela como
en el propio colegio, y tenían profesores mejor preparados y padres más
profundamente preocupados por la educación de sus hijos que los animaban y les
enseñaban día y noche. Sin embargo, con los chinos inmigrantes en Japón, donde son
considerados ciudadanos de segunda categoría, no ocurre lo mismo. Analicemos
mejor estas cuestiones.
La esclavitud en la antigüedad planteaba pocos problemas de conciencia pues
era perfectamente compatible con las creencias y las ideologías del momento,
defendidas por Aristóteles y Platón, que constituyen los dos principales pilares de la
filosofía occidental posterior y que, no por azar, creían en la Verdad absoluta,
mientras que los sofistas, defensores del relativismo y de la verdad con minúsculas,
es decir, como algo meramente humano, afirmaban que la esclavitud no tenía
fundamento en las leyes de la naturaleza, puesto que se deriva de la costumbre. Así,
al exigir que los espartanos liberaran a los mesenios, el retórico Alcidamas sostenía
que las diferencias entre un hombre libre y un esclavo eran desconocidas en la
naturaleza, y eran un mero producto de la sociedad, de sus leyes y de sus costumbres.
Pero los sofistas fueron confinados siempre al ostracismo, una de cuyas
consecuencias fue justamente la justificación de la esclavitud (véase Thomas, 1998),
que hoy día ha adquirido unas nuevas y dramáticas características (véase el excelente
libro Kevin Bales, La nueva esclavitud en la economía global, 2000)2. Durante los
siglos XV-XVIII tampoco pareció plantear la esclavitud muchos problemas de
conciencia, a pesar de que, aparentemente, contradecía las tesis del cristianismo de
que todos los hombres somos hermanos: la propia Iglesia intentó justificar, a su
manera, la esclavitud. Y dado que, a juicio de los españoles, los negros eran mejores
trabajadores que los indios americanos (véase en Clastres, 1978, 1981, 1986 algunas

157
razones de ello), Fernando el Católico envió cincuenta esclavos negros para trabajar
en las minas de La Española: fue el primero en enviar negros a América. Esta
iniciativa fue luego seguida por otros países (Portugal, Holanda y sobre todo
Inglaterra), de tal manera que si el Holocausto produjo la escalofriante cifra de unos
seis millones de muertos, la esclavitud consiguió secuestrar en África y, tras un
penoso viaje, llevarlos como mano de obra gratis a América, a unos doce millones de
personas de color (Thomas, 1998).
Sin embargo, tras las revoluciones inglesa, norteamericana y francesa, la
esclavitud comenzó a plantear problemas, pues se oponía al igualitarismo
revolucionario en que se basa la Modernidad. De hecho, como nos recuerda Bales
(2000, pág. 11), los fundadores de Estados Unidos tuvieron que hacer auténticas
contorsiones morales, lingüísticas y políticas para explicar por qué su «tierra de
libertad» era sólo para los blancos, dado que muchos de ellos sabían que, al permitir
la esclavitud, estaban traicionando sus más altos ideales, y si la permitieron fue
porque la esclavitud les suponía grandes beneficios económicos. Pero se tomaron la
molestia (cosa que no hacen quienes se aprovechan de la actual esclavitud) de buscar
una serie de justificaciones políticas y jurídicas entre las que destacó la científica, que
estuvo estrechamente relacionada con el concepto de raza. En efecto, argumentaron,
si conseguimos demostrar científicamente que la raza blanca es superior a las demás,
y particularmente a la negra, entonces ya estarán justificados la esclavitud y los
mayores privilegios de los blancos. Y para eso, como hemos visto, acudieron primero
a medidas de tipo físico (la craneometría, etc.), luego de tipo psicológico
(particularmente la inteligencia) y actualmente, al hilo tanto del declive de los test de
CI como del auge del ADN y del llamado Programa del Genoma Humano, a medidas
de tipo genético. Pero la finalidad es la misma: justificar científicamente la
desigualdad y las injusticias sociales. Y la base de todo ello es también siempre la
misma: la existencia de razas. Como escribe Gould (1984, pág. 13), «a lo largo de la
historia se ha invocado con frecuencia la razón o la naturaleza del universo para
santificar las jerarquías sociales existentes presentándolas como justas e inevitables.
Las jerarquías sólo suelen durar unas pocas generaciones, pero los argumentos,
retocados para la justificación de cada nueva ronda de instituciones sociales, circulan
indefinidamente».
Ahora bien, ¿existen realmente las razas? ¿En qué criterios podemos basarnos
para hacer tal afirmación? Como señala Marquer (1973, págs. 19-20), «ya en las
primeras definiciones de raza, las de Buffon, Blumenbach y sus sucesores, se admite
como algo evidente que las razas humanas son variedades de la especie conservadas
por la herencia. Pero en seguida se aprecia que los test —semejanza y descendencia
— utilizados para su diagnóstico no constituyen una diferenciación enteramente
satisfactoria». Sin embargo, añade Marquer (págs. 20-21), «pese a los esfuerzos de
los clasificadores y a las reglas dictadas por Broca para los exámenes morfológicos,
la apreciación de las semejanzas y el valor de las diferencias sigue siendo una
cuestión delicada y a menudo son falseadas por elementos subjetivos tales como el
coeficiente personal o la experiencia del observador... Así como los naturalistas
nunca han conseguido ponerse de acuerdo para encontrar un criterio susceptible de
definir rigurosamente la especie, tampoco los antropólogos han sido capaces de

158
probar que las separaciones por ellos establecidas en el interior del complejo humano,
y a las que llaman razas, sean realidades objetivas». En todo caso, hay que tener muy
presente que, para quienes aceptan la existencia de razas, éstas son un hecho
puramente biológico, físico, una unidad zoológica, que no debe nunca confundirse ni
con etnia ni con pueblo. Por tanto, el propio concepto de raza impone «la necesidad
de que los caracteres raciales sean hereditarios y presupone que no puedan tomarse en
consideración las disposiciones que sean solamente el resultado de la influencia del
medio» (Marquer, 1973, pág. 22). Por consiguiente, hablar de razas no implica
necesariamente ser racistas, pero sí facilita el racismo. Simpre se da el mismo
proceso: primero señalan los «científicos» cuál es la «raza inferior» y luego no faltará
quien se dedique a eliminar a los miembros de tal «raza inferior». Un ejemplo claro
de lo que acabo de decir fueron las ideas de Gobineau.
Las revoluciones agrícola e industrial crearon en toda Europa, pero
particularmente en Inglaterra, una nueva clase social compuesta por millonarios
industriales, mercantiles y financieros que, en una sociedad teóricamente igualitaria,
necesitaban justificar su propia posición y sus privilegios en medio de la miseria de
tantas otras personas. Ello explica el éxito que tuvieron autores como Malthus,
Spencer, Darwin o Galton en Gran Bretaña, y Gobineau (1816-1862) en Francia.
Joseph Arthur Gobineau (1816-1882) es considerado el precursor del racismo
moderno sobre todo por su obra Essai sur l’inégalité des races humaines, publicada
en dos volúmenes entre 1853 y 1855. Se trata de una obra que, como haría más tarde
Spengler, pretende analizar la decadencia de las civilizaciones, para lo que tiene en
cuenta como concepto central la idea de desigualdad central, que tanta influencia
tendría más adelante en las teorías racistas, sobre todo en Alemania y en Estados
Unidos, y que postulaba una clara superioridad de la raza blanca, particularmente la
aria, sobre la amarilla y la negra. Más en concreto, Gobineau emprendió la tarea de
justificar su aborrecimiento hacia el incremento de los sentimientos democráticos en
Europa mediante la construcción de una teoría «científica» de las desigualdades
innatas entre todas las razas humanas. Hacia 1915, cuando el Essai de Gobineau fue
traducido al inglés, éste se convirtió en la Biblia de generaciones de elitistas: muchos
norteamericanos se apoyaron en Gobineau para justificar la esclavitud de los negros,
a la vez que muchos europeos le utilizaron para racionalizar los costos humanos de su
imperialismo y colonialismo. La tesis de Gobineau es que la raza aria es tan superior
a todas las demás, que fue justamente su invasión de Europa lo que produjo el
surgimiento de la civilización europea y a medida que fue disminuyendo el número
de arios puros, comenzó el declive de tal civilización dejando paso a las aberraciones
de las clases bajas como fueron la Revolución Francesa o la democracia. De hecho,
en la segunda edición de su libro, Gobineau reconoció que su teoría racial era «una
consecuencia natural del horror y del disgusto que le producía la democracia». Y
aunque él era también profundamente antisemita, su obsesión real era el color, de tal
forma que, para él, la raza blanca era muy superior a la amarilla y sobre todo a la
negra, pues mientras que al menos los amarillos eran dóciles, «los negros nacían
díscolos, estúpidos, glotones y maníacos sexuales». Posteriormente, Hanston Stewart
Chamberlain (1855-1927), basándose en la teoría de Gobineau, publicó un libro en
dos volúmenes, Foundations of the Ninetheenth Century (1899) donde el racismo «de

159
color» de Gobineau era sustituido por el odio a los judíos. Pues bien, tanto el Kaisser
Guillermo II primero, y como Hitler después decretaron que el libro de Chamberlain
fuera utilizado en todas las escuelas y las bibliotecas de Alemania. Sus efectos ya los
conocemos.
Para apreciar en su justa medida la repercusión de la ciencia sobre las ideas
imperantes en los siglos XVIII y XIX acerca de las razas, deberíamos comenzar
reconociendo el ambiente cultural de una sociedad cuyos dirigentes e intelectuales no
abrigaron dudas acerca de la pertinencia de la jerarquización racial, una
jerarquización que asignaba a los indios un puesto inferior al de los blancos, y a los
negros uno inferior al de todos los demás, por no entrar en más detalles. Pero, tal
como sucede siempre, el interés y la emoción están por encima de la razón: el
individuo pone la razón al servicio de sus intereses y de sus prejuicios, tanto
personales como sobre todo grupales. «Dentro de este horizonte general, la
desigualdad estaba fuera de discusión. Un grupo —podríamos llamarlo “duro”—
sostenía que los negros eran inferiores y que su condición biológica justificaba la
esclavitud y la colonización. Otro grupo —“blando”, por decirlo así— estaba de
acuerdo en que los negros eran inferiores, pero sostenía que el derecho a la libertad
no dependía del nivel de inteligencia de las personas» (Gould, 1984, pág. 14). Pero
todos tenían muy clara la inferioridad del negro. La ilustración no dio para más en
este campo. Existía, sobre todo en Estados Unidos, la creencia cultural compartida de
la superioridad de la raza blanca y de la «evidente» inferioridad de la negra. Así por
ejemplo, a pesar de considerar que la inferioridad de los negros era puramente
cultural y podía remediarse por completo, Benjamin Franklin manifestó su esperanza
de que Norteamérica llegara a ser un dominio de los blancos, sin mezcla con otros
colores menos agradables. Como escribía él mismo en 1751: «Estamos puliendo
nuestro planeta al rozar los bosques de Norteamérica, y haciendo con ello que este
lado del globo refleje una luz más brillante para quienes lo contemplan desde Marte o
desde Venus, ¿por qué habríamos... de oscurecer su población? ¿Por qué aumentar el
número de los Hijos de África aclimatándolos a Norteamérica donde se nos ofrece
una oportunidad tan buena para excluir a todos los negros y tostados, y favorecer la
multiplicación de los hermosos blancos y rojos?». Por su parte, otro «padre de la
patria» norteamérica, Thomas Jefferson, escribió, aunque a título de hipótesis:
«Sugiero, pues, sólo como conjetura, que los negros, ya constituyan una raza aparte
desde su origen o bien se hayan ido diferenciando a lo largo del tiempo y por imperio
de las circunstancias, son inferiores a los blancos tanto por sus dotes físicas como por
sus talentos mentales» (en Gossett, 1965, pág. 44). Y el propio Lincoln, a pesar de
que estaba plenamente satisfecho del rendimiento militar de los soldados negros en el
ejército unionista, lo que le llevó no sólo a estar a favor de la abolición de la
esclavitud sino a respetar profundamente a los libertos y a los ex-esclavos negros, sin
embargo nunca abandonó su creencia en la inferioridad biológica de los negros:
«Existe una diferencia física entre las razas blanca y negra que, en mi opinión,
impedirá siempre que ambas razas convivan en condiciones de igualdad social y
política. Y en la medida en que no pueden vivir de esa manera, pero han de seguir
juntas, una debe ocupar la posición superior y otra la inferior, y yo, como cualquier
otro hombre, prefiero que dicha posición superior sea asignada a la raza blanca». Y

160
en una nota privada escribía el propio Lincoln en 1859 (en Sinkler, 1972, pág. 47):
«¡La igualdad de los negros! ¡Tonterías! ¿Hasta cuándo, en el reino de un Dios lo
bastante grande como para crear y gobernar el universo, seguirá habiendo pícaros
para vender, y necios para tomarse en solfa, un ejemplo de demagogia tan barata
como ésta?».
Y no sólo los personajes políticos. Es que también los científicos se atuvieron a
estas formas establecidas. Así, los naturalistas más importantes del siglo XIX no
tuvieron en gran estima a los negros. Georges Cuvier, por ejemplo, celebrado
ampliamente en Francia como el Aristóteles de su época, afirmó que los indígenas de
África constituían «la más degradada de las razas humanas, cuya forma se asemeja a
la de los animales y cuya inteligencia nunca es lo suficientemente grande como para
llegar a establecer un gobierno regular» (Cuvier, 1812, pág. 105).
Y si existen razas tan «desiguales», ¿cómo explicar tal fenómeno? Hay dos
teorías fundamentales, de la primera fue la más difundida: a) El monogenismo: todos
descendemos de Adán y Eva, como dice la Biblia, de tal manera que las razas
humanas son producto de la degeneración que sucedió a la perfección del Paraíso
(¡eso dicen científicos del siglo XIX, el siglo del progreso y de la razón!: no podían, de
ninguna manera, pensar al margen de las creencias bíblicas entonces imperantes,
como ahora no podemos pensar al margen de otros moldes culturales que encorsetan
nuestro pensamiento). Y esa degeneración ha sido mayor o menor según las razas,
menor en las blancas y mayor en las negras; y b) El poligenismo, que prescindió de la
versión bíblica por considerarla alegórica, y sostuvo que las razas humanas eran
especies biológicas separadas que descendían de Adanes diferentes. Como los negros
constituían otra forma de vida, no era necesario que participasen de la «igualdad del
hombre».
Preguntémonos de nuevo: ¿existen realmente las razas humanas? «Muchos
eruditos en las ciencias biológicas están de acuerdo en que todas las divisiones
tipológicas de la humanidad en grupos raciales concretos son hasta cierto punto
arbitrarias y artificiales. A pesar de este amplio acuerdo, parecen existir dos puntos de
vista divergentes concernientes a la utilidad del concepto de raza en los estudios de
biología humana. Por una parte, hay especialistas que mantienen que la raza, como
unidad estadísticamente definida, puede y debe ser utilizada en la descripción y
análisis de la variación intraespecífica. Según este punto de vista, el concepto de raza
es aplicable a grupos de poblaciones, cada uno de los cuales puede definirse
genéticamente. Por otra parte, hay especialistas que argumentan que, en vista de la
arbitrariedad de las clasificaciones raciales, es muy poca, por no decir ninguna, la
justificación del uso persistente del concepto de raza» (Marshall, 1972, pág. 165).
Alinéandose con la primera postura, en 1962, Theodosius Dobzhansky decía que «las
razas son un tema de estudio científico y de análisis simplemente porque constituyen
un hecho de la naturaleza». Y Grant Bogue, en su debate con Ashley Montagu,
escribió que «algunos académicos inadaptados han dicho que no, que todo esto es un
error... Ante semejante afirmación existen varias respuestas posibles. Una de ellas es
expresada a menudo: las razas son evidentes por sí mismas». Sin embargo, cada día la
segunda postura está ganando terreno. Por ejemplo, hace ya más de treinta y cinco
años, Jean Hiernaux (1964, pág. 40) lo dejaba así de claro: «Si toda clasificación

161
racial es arbitraria, ¿de qué puede servir? ¿para qué gastar tanto tiempo y esfuerzo en
elaborar una clasificación, sabiendo que muchas otras, no peores, pueden oponérsele,
y que corre el riesgo no sólo de ser inútil sino también dañina al dar la impresión de
que permite hacer generalizaciones?». Más aún, no son pocos los que explícitamente
afirman la no existencia de las razas humanas (véase un antiguo pero interesante
estudio en Livingstone, 1964). Pero no confundamos diversidad e igualdad. «Incluso
algunos reputados científicos defienden que la biología demuestra que las personas
nacen desiguales. Esto es una completa confusión; la biología no dice nada de esto.
En efecto, cada persona es biológica y genéticamente diferente de todos los demás.
Incluso gemelos idénticos no son realmente idénticos... Pero ese fenómeno se llama
diversidad biológica, que nada tiene que ver con la desigualdad humana. La igualdad
y la desigualdad humanas son conceptos sociologicos, no fenómenos biológicos. La
igualdad humana consiste en igualdad ante la ley, igualdad política e igualdad de
oportunidades. Y éstos son derechos humanos que se basan en premisas religiosas,
étnicas o filosóficas, no en los genes» (Dobzhansky, 1995, pág. 630). Por tanto,
podemos ser a la vez políticamente iguales y biológicamente diversos, que en
absoluto significa desiguales.
En todo caso, la raza como concepto existe sin ninguna duda, aunque con muy
diferentes significados según quién lo utilice. «Desde el punto de vista de las ciencias
sociales, el concepto de raza es un conjunto de creencias compartidas por muchos
seres humanos y es por tanto un fenómeno sociológico que, junto con sus
consecuencias relativas al comportamiento, constituye un campo legítimo de estudio
científico» (Scott, 1972, pág. 69). Pero como realidad biológica existen más dudas:
«Desde un punto de vista biológico, el término raza ha estado tan sobrecargado de
significaciones superfluas y contradictorias, conceptos erróneos, y reacciones
emocionales que ha perdido casi por completo su utilidad. Cualquier científico que
continúe usándolo correrá el enorme riesgo de ser mal interpretado, incluso si limita
rigurosamente su propia definición. Correrá el riesgo adicional, en su propio
pensamiento, de tener dificultades para evitar falsas concepciones del pasado. El
término debiera por tanto ser reemplazado por el concepto de población. Éste es un
término neutro, con pocas connotaciones, y ha demostrado su utilidad en años
recientes en la investigación de las realidades biológicas de la estructura de la crianza,
el potencial génico y el intercambio de genes. Es de esperar que la comprensión de la
naturaleza biológica de las poblaciones conducirá finalmente al abandono del término
raza, con sus connotaciones indeseables y erróneas. Cuando esto suceda, el resultado
será una revolución científica, revolución que ya está teniendo un lento pero
inevitable efecto mundial sobre la conducta y las organizaciones sociales humanas»
(Scott, 1972, pág. 69). Algo similar escribe Glass (1972, pág. 113): «Lo importante es
darse cuenta de que la raza es un fenómeno de población; es un fenómeno estadístico;
no es un fenómeno tipológico... Pero si miramos algunos libros de texto recientes de
antropología física, nos encontramos con que en un libro admiten cinco razas
diferentes, en otro reconocen sesenta y cinco razas humanas». Más aún, incluso
admitiendo la existencia de razas humanas, «las comparaciones de superioridad
relativa deben hacerse sobre una base común, pero ese mismo hecho las invalida,
puesto que la superioridad se relaciona con la adaptación a un conjunto particular de

162
condiciones, a un ambiente determinado, que no es el mismo para cualesquiera dos
poblaciones o razas» (Glass, 1972, pág. 103). Además, «en cualquier discusión acerca
de las diferencias individuales y raciales, inevitablemente surge el problema de las
verdaderas consecuencias de las mismas. Desde el punto de vista estructural-
anatómico, el hombre no se diferencia mayormente de otros seres vivos; lo que
realmente distingue al ser humano es su aspecto psíquico, intelectual o espiritual. Las
diferencias raciales físicas sólo aportan los elementos visibles mediante los cuales es
posible identificar la procedencia geográfica de los individuos, mejor dicho, de sus
antepasados. La forma de la nariz, el color de la piel y el grupo sanguíneo de una
persona son mucho menos importantes para nosotros que su modo de ser, inteligencia
e integridad. Lo que más importa es la personalidad» (Dobzhansky, 1969, pág. 113).
En suma, las razas humanas sí existen, pero como concepto psicosociológico,
es decir, como construcción social, no como algo biológicamente indiscutible.
Consecuentemente, no es extraño que algunos autores califiquen de pseudocientíficos
a los estudios que utilizan el concepto de raza, que con frecuencia lo hacen para
apoyar sus ideologías. En efecto, como señala Fried (1972, pág. 139), «las
investigaciones pseudocientíficas de la raza pueden reconocerse como tales sin
dificultad porque no pueden definir las entidades que desean estudiar con algún grado
razonable de precisión». De hecho, una de las obras clásicas del repertorio de los
racistas es The Testing of Negro Intelligence de Andrey M. Shuey, donde el punto
más crucial a que tenía que enfrentarse era justamente la definición de «negro» o
«persona de color», cosa que no aclara en absoluto. En definitiva, existen muchas
razones «por las que creo que cualquier estudio científico en que aparezca la raza
humana como variable, debiera someterse a una definición de raza cuidadosa y
objetiva, a una enumeración de los criterios específicos aplicados a la población de la
muestra, y a algún control adecuado de la relación de estos criterios con la población
a la luz de la genética de la población» (Fried, 1972, pág. 143). Afirmaciones como
las de Garrett, Shuey, y otros de que el negro norteamericano constituye un grupo
reconocible y claramente definido, evidente por sí mismo, son caricaturas de
declaraciones científicas (para una discusión de los problemas metodológicos aquí
implicados véase Hiernaux, 1964, págs. 30-40; y Ehrlich y Holm, 1964, págs. 160-
164). No es raro, por tanto, que «las discusiones científicas sobre la raza a menudo
reflejen y refuercen las nociones populares acerca de la variación humana (lo que
demuestra) que tanto las concepciones científicas como las populares acerca de la
raza suelen estar influidas por consideraciones sociopolíticas» (Marshall, 1972, pág.
167). Así, por ejemplo, por recordar algunos ejemplos propuestos por Marshall
(1972), hacia 1870 aumentó tanto la emigración irlandesa a Estados Unidos que
despertó la hostilidad contra la «raza celta», hostilidad en la que participaron también
importantes científicos, como el historiador Edward A. Freeman quien propuso que
«el mejor remedio para cualquier cosa que no vaya bien en Norteamérica sería que
cada irlandés asesinara a un negro y fuera ahorcado por ello». Más aún, Bárbara
Solomon señala que historiadores, economistas, sociólogos y científicos sociales
sintetizaron los primeros sentimientos teutónicos todavía difusos en una ideología
pseudocientífica de superioridad racial. El movimiento eugenésico, que cristalizó en
Estados Unidos a principios del siglo XX, sustentaba que el influjo de las razas

163
extrañas había aumentado la proporción de «locura, imbecilidad y debilidad mental»
en la población norteamericana. «Los anglosajones, teutones, europeos meridionales,
judíos y otras “razas” definidas durante este período de la historia americana eran
consideradas inmutables; las características que los distinguían eran hereditarias.
Como pudiera predecirse, estas características “raciales” eran a menudo tanto físicas
como de comportamiento. A pesar de la pretendida inmutabilidad de estas “razas” y
de las características a ellas atribuidas, los habitantes de Nueva Inglaterra de hecho
cambiaron su opinión sobre las llamadas “razas de Europa”. Entre los años 1830 y
1890, los celtas eran descritos como ignorantes, inquietos, crédulos, impulsivos y
mecánicamente ineptos; eran propensos a la bebida y crímenes afines. Hacia 1890,
cuando los irlandeses eran los líderes políticos del eje de Nueva Inglaterra y grandes
masas de europeos meridionales llegaban a Estados Unidos, los irlandeses se habían
convertido en extranjeros tolerados. El cambio de actitud hacia la raza céltica
reflejaba el cambio en la situación política» (Marshall, 1972, págs. 175-176). De
hecho, ya desde hace casi cuarenta años, libros como los de Solomon (1956), Gossett
(1963), Stanton (1960) o Curtin (1964), proporcionan documentación abundante para
afirmar que en diferentes períodos históricos las tipologías y/o las ideologías raciales
han reflejado las condiciones sociopolíticas prevalecientes. Históricamente, los
conceptos científicos y profanos de raza han servido para apuntalar los privilegios
económicos y políticos de los grupos gobernantes que se consideraban a sí mismos
superiores en virtud de la herencia filogenética más bien que en virtud de los
accidentes de la historia de la cultura.
Es más, la variación genética intragrupal es mayor que la intergrupal, de tal
manera que todos los grupos humanos poseen la mayoría de la variación genética
existente. Así por ejemplo, como señalan Lewontin, Rose y Kamin (1987, pág. 154),
si se extinguieran todos los individuos de la tierra menos los Kikuyu del África
oriental, aproximadamente el 85 por 100 de toda la variabilidad humana
permanecería. Apenas se perderían unas pocas formas genéticas. Y es que, como hace
años escribiera Glass (1972, pág. 99), «junto a los aproximadamente cuatrocientos
genes por los que cada uno se diferencia de su vecino, probablemente no hay más de
una docena de genes diferentes que serían fáciles de especificar como pertenecientes
a una raza pero no a otras. Las razas son subdivisiones de una especie. No existe una
distinción real entre razas, en el sentido antropológico y zoológico, y subespecies». Y
más recientemente, escribe Arsuaga (2001, pág. 309): «Nadie expresa hoy la
diversidad biológica de las poblaciones humanas en términos de “razas”, primero por
las connotaciones políticas que tal clasificación tuvo en el pasado, y en segundo lugar
porque se sabe que las diferencias interpoblacionales son verdaderamente muy
pequeñas, mucho menores que las que existen entre las subespecies de las especies
biológicas o entre las razas de los animales domésticos».
En resumidas cuentas, «la diferenciación “racial” humana en realidad no va
más allá del color de la piel. Cualquier uso de las categorías raciales debe buscar su
justificación en alguna otra fuente que no sea la biológica. El rasgo más notable de la
evolución y de la historia humanas ha sido el mínimo grado de divergencia que existe
entre las poblaciones geográficas en comparación con la variación genética entre los
individuos» (Lewontin, Rose y Kamin, 1987, pág. 155).Y eso mismo es lo que se está

164
encontrando hoy día, como vimos en el cap. 3. En efecto, si algo están mostrando hoy
día los estudios sobre el Genoma Humano es que no hay más que una raza humana.
De hecho, es muy poca la información genética que podríamos adscribir a lo que se
ha venido llamando diferencias «raciales». Por el contrario, las diferencias genéticas
fundamentales se dan no entre razas sino entre individuos, dado que existen al menos
quince millones de cambios en el código genético entre un ser humano y otro.
Estamos, pues, ante la demostración científica más clara de que debemos dejar de
juzgar a las personas por el color de su piel o por su lugar de nacimiento para juzgarle
más bien por ellas mismas. La raza no es ningún problema del que nos debamos
ocupar. Sí lo es, por el contrario, el racismo. Y una de sus variantes más peligrosas ha
sido justamente el racismo científico, en el que la psicometría del CI ocupa un puesto
de primer orden.

3. EL RESURGIR DE LA PSICOMETRÍA GENETISTA DEL CI

No fueron tanto los crímenes nazis los que llevaron a los norteamericanos a
rechazar los programas eugenésicos, cuanto la entrada de Estados en la guerra. De
esta manera, a partir del 7 de diciembre de 1941 los norteamericanos empezaron a
oponerse a los programas eugenésicos aplicados por sus ahora enemigos, con lo que,
tras la Segunda Guerra Mundial comenzaron a proliferar una serie de tesis contrarias
a las defendidas por los nazis, particularmente en lo que respecta a la inferioridad
innata de unas razas con respecto de otras, una de sus consecuencias fue la Ley
Brown, aprobada en Estados Unidos en 1954, y que obligaba a integrar en las
escuelas norteamericanas a los miembros de las minorías étnicas (véase Ovejero,
1990). Este contexto progresista y ambientalista se mantuvo hasta finales de los años
60 y se refleja incluso en dos de los manuales más conocidos de Psicología
Diferencial (Anastasi, 1958; Tyler, 1965). Así, Anne Anastasi, en el capítulo
dedicado a las «diferencias raciales» incluye los trabajos de culturalistas de autores
como Boas (1911, 1940), Dobzhansky (1950, 1951a, 1951b) o Klineberg (1928,
1935), ofreciendo una visión más ambientalista y culturalista que genética de las
diferencias raciales, de tal manera que, a la hora de explicar la «inferioridad» de los
negros en CI pide, como subraya Klineberg, que se tengan en cuenta ciertas variables
culturales como, por no poner sino sólo un ejemplo, la siguiente: como sabemos, y ya
hemos dicho, el CI es un reflejo, al menos en parte, de la velocidad con que se hayan
contestado las preguntas del test, de tal forma que el CI que se obtenga no dependerá
sólo del número de preguntas que hayan sido respondidas acertadamente, sino
también de la velocidad y rapidez con que lo hayan sido. Sin embargo, la velocidad
no es una de las cosas que más interesan ni a los indios de las reservas ni a los negros
del sur de Estados Unidos. Todo esto lo ignoran totalmente los psicómetras del CI, lo
que explica su atrevimiento a la hora de hacer afirmaciones genetistas tan rotundas y
categóricas como las que hacen.
En todo caso, la citada Ley Brown supuso una importante victoria de los
círculos progresistas y ambientalistas, pero también levantó ampollas en los
eugenesistas y genesistas conservadores norteamericanos, incrementándose de una

165
forma importante los prejuicios contra la población de color, lo que facilitó la
resurección de las viejas teorías de los psicómetras del CI, pero aplicadas ahora a la
demostración de que los negros son inferiores en inteligencia a los blancos, y que tal
inferioridad se debía a los genes. Así, Shuey (1966) concluía su famoso libro The
Testing of Negro Intelligence diciendo (pág. 521) que las puntuaciones en los test
mentales, «tomadas en conjunto, inevitablemente señalan la presencia de diferencias
innatas (genéticas) entre los negros y los blancos».
Ante este resurgimiento de los prejuicios y del racismo científico a finales de
los 50 y primeros 60, la American Psychological Associacion (APA), a través
principalmente de su Society por The Psychological Study of Social Issues (SPSSI),
no sólo atacó a ese racismo científico sino que incluso patrocinó varios libros
progresistas sobre la relación entre la raza, la educación y la sociedad (Mead y cols.,
1968, etc.). Entre los autores que participaron en esta empresa estaba, curiosamente,
el propio Arthur R. Jensen, quien escribió un capítulo titulado «Social class and
verbal learning» en un libro editado por Martin Deutsch, Irving Katz y él mismo
(1968), titulado precisamente Social Class, Race, and Psychological Development,
donde Jensen intentaba mostrar que las diferencias entre los pobres y los no pobres en
rendimiento verbal se debía a factores socioeconómicos o ambientales. Y dos años
antes, en la revista británica Educational Research, afirmaba Jensen rotundamente:
«El hecho de que los negros y los mexicanos estén desproporcionadamente
representados en el extremo más bajo de la escala socioeconómica no puede ser
interpretado como evidencia de su pobre potencial genético... El potencial genético
debería estar mucho más altamente correlacionado con el estatus económico en el
caso de los blancos que en el de los negros y de otras minorías fácilmente
distinguibles, dado que están discriminadas... Dado que sabemos que la mayor parte
de la población negra ha sufrido desventajas socioeconómicas y culturales durante
generaciones, parece una hipótesis razonable que su CI medio se debe más al
ambiente que a factores genéticos». En 1966 se publicó el Informe Coleman, que
recogía los datos del estudio encargado por el Congreso de Estados Unidos al
sociólogo James S. Coleman, informe que indicaba claramente que la supuesta
inferioridad intelectual y académica de la población negra se debía, indubitablemente,
a las peores condiciones familiares, educativas, sociales y económicas en que vivían,
mostrando que, a pesar de estar las escuelas desegregadas, los niños negros seguían
puntuando por debajo de sus compañeros blancos de su misma escuela tanto en CI
como en calificaciones académicas. La razón es obvia: un año de desegregación no
puede compensar muchos años de problemas biológicos (nutrición, sanidad, etc.),
psicológicos, económicos y culturales, sobre todo cuando esas condiciones
permanecen inalterables. Además, no sólo la influencia de la familia es mucho más
potente que la de la escuela, sino que en la propia escuela subsisten muchos factores
ambientales, sutiles pero definitivos, que perjudican a los niños y niñas de las
minorías y de los grupos sociales menos favorecidos. Y algunos de esos factores
ambientales fueron esclarecidos por esas fechas por Rosenthal y Jacobson (1968) en
su conocido libro sobre «el efecto Pigmalión». La reacción conservadora no se hizo
esperar y el nuevo auge de la psicometría genetista del CI fue su reflejo, siendo
iniciada precisamente por Jensen (1969) y seguida de una serie de impactantes

166
trabajos progenetistas (Herrnstein, 1971; Eysenck, 1971, 1973a, 1973b, etc.).

4. JENSEN Y LA RECUPERACIÓN DEL RACISMO CIENTÍFICO

En 1969, y en contra de su trayectoria anterior, Jensen publicó en la Harvard


Educational Review un largo artículo de 123 páginas («How much can we boost IQ
and scholastic achievement?»), en la línea más puramente genesista, con lo que
pronto se ganó las simpatías —y la publicidad— de las corrientes eugenésicas que
justamente por esas fechas estaban profundamente deseosas de contraatacar todo lo
que supuso «la guerra contra la pobreza» de la Administración demócrata del
presidente Lindon Johnson. Más en concreto: «Las razones para la amplia aceptación
de la versión de Jensen del viejo racismo científico son menos misteriosas. El
manifiesto de Jensen no se publicó en un vacío histórico o político: apareció
justamente en el momento en que miles y miles de blancos y negros, víctimas de las
“New Enclosures”, emigraban del campo a las ciudades provocando enormes
incrementos del presupuesto municipal, estatal y federal en salud, educación,
bienestar y vivienda» (Chase, 1980, pág. 468), y cuando los enormes presupuestos de
la guerra del Vietnam estaba produciendo en Estados Unidos una fuerte inflación. El
artículo de Jensen supuso, una vez más, la justificación científica de los intentos de
ahorro de las clases acomodadas a costa de los más necesitados. Y su principal
finalidad fue, una vez más, explicar «científicamente» las desigualdades sociales
para, de esta manera, justificar la injusticia y, de paso, contribuir a ahorrar dinero a
las clases pudientes. De ahí que podríamos decir que Jensen fue un oportunista.
Mientras apoyaban otras cosas, ni Jensen ni la Harvard Educational Review habían
atraído la atención de los medios de comunicación del país, pero ahora sí, ¡y de qué
manera! Ninguna noticia había recibido tanta atención en los medios desde la
Segunda Guerra Mundial, apareciendo en Newsweek (con una circulación de
2.150.000 ejemplares), Life (7.400.000 ejemplares) o Time (3.800.000 ejemplares).
Como vemos, todos los medios disponibles se pusieron al servicio del jensenismo,
que era la resurrección, después de su declive como consecuencia de la guerra contra
los nazis, del enfoque genetista racial de la inteligencia de Goddard, Terman, Yerkes
y McDougall. Pero el truco de este inesperado éxito no tiene ningún misterio.
Claramente lo exponía Newsweek en un artículo del 31 de marzo de 1969: «La
perspectiva teórica de Jensen le lleva en su artículo a desarrollar algunas
recomendaciones de política práctica. Dado que la inteligencia se fija ya desde el
nacimiento, argumenta Jensen, no tiene ningún sentido derrochar grandes sumas de
dinero y recursos en programas como el Head Start que asumen que el intelecto de un
niño es maleable y puede ser mejorado. Por el contrario, añade Jensen, «la educación
compensatoria lo ha intentado y claramente ha fracasado» por lo que estos programas
deberían concentrarse en habilidades que requieran un bajo nivel de inteligencia
abstracta. Como vemos, ello supone una vuelta a Terman y a Brigham: los
inmigrantes, los pobres o los negros no poseen mucha inteligencia (no gastemos
dinero en mejorar lo inmejorable), pero pueden ser obreros eficientes (aprovechemos
esto). De hecho, Jensen no ofrece nada nuevo, sino que utiliza los mismos datos

167
estériles del pasado para intentar reducir los gastos en programas compensatorios. «El
artículo de Jensen era nada más, y nada menos, que una pura propaganda de la
eugenesia» (Chase, 1980, pág. 470). Y su principal finalidad fue, una vez más,
explicar «científicamente» las desigualdades sociales para, de esta manera, justificar
la injusticia y, de paso, contribuir a ahorrar dinero a las clases pudientes. Lo único
que hizo Jensen fue presentar una buena cantidad de datos ya conocidos sobre la
heredabilidad de la inteligencia e interpretar a la luz de dicho resultado toda una serie
de problemas sociales de acuciante actualidad: discriminación racial, educación
compensatoria y diferencias sociales. Por ello, añade Jensen, los programas de
educación compensatoria fueron un fracaso, porque la inteligencia es esencialmente
heredada y poco puede hacerse por mejorarla». El artículo de Jensen fue el
pistoletazo de salida para la desenfrenada carrera que el determinismo biológico
emprendió durante toda la década de los setenta, y no sólo en lo referente a la
inteligencia. Incluso parece que muchos deterministas estuvieran esperando a ver
quién era el primero en abrir fuego. En cuanto lo hizo Jensen, las publicaciones de
corte determinista no cesaron. El determinismo biológico se puso de moda, y hoy lo
sigue estando en buena medida» (López Cerezo y Luján López, 1989, pág. 168).
La teoría de Jensen es bien conocida: la inteligencia es esencialmente heredada,
debiéndose en un 80 por 100 a la herencia y en un 20 por 100 al ambiente. Por
consiguiente, el sistema educativo debería tener en cuenta esto y establecer dos
itinerarios: uno, que conduzca a la Universidad, para los alumnos/as más inteligentes
(que serán mayoritariamente los blancos procedentes de las clases sociales
favorecidas) y otro, que conduzca a oficios profesionales (fundamentalmente los
negros y los blancos procedentes de clases sociales bajas, que, aunque no tienen la
capacidad suficiente para ocupar puestos de alta responsabilidad, sí la tienen para ser
eficaces obreros, fontaneros, albañiles, etc., es decir, que trabajen para los que sigan
el primer itinerario). Ahora bien, el artículo de Jensen (1969) se centraba
principalmente en la cuestión de la raza, tema al que dedicaría posteriores trabajos,
convirtiéndose para él casi en una obsesión (1972, 1977, 1979). A juicio de Jensen
los negros son genéticamente inferiores a los blancos en inteligencia. Por
consiguiente, nada puede hacerse sino darles la educación que les viene bien: la
meramente profesional para ejercer un trabajo manual, puesto que son incapaces de
manejar la abstracción. Sin embargo, resulta realmente absurdo atribuir, como hace
Jensen, un porcentaje concreto a la heredabilidad de la inteligencia, y más absurdo
todavía elevar tal porcentaje hasta el nivel que él lo eleva. Así, Dobzhansky (1995)
rechaza la afirmación de Jensen de que alrededor del 80 por 100 del CI es heredado,
al recordarnos que en las especies animales, incluida la humana, no se encuentran ni
siquiera características físicas simples que dependen de los genes en un porcentaje tan
alto. Y responde categórico a los psicómetras genetistas: «Ya que la gente entiende
mal el significado de la alta heredabilidad del CI, deberíamos clarificar qué significa
y qué no significa. Para empezar, no significa que los genes son los únicos
condicionantes del CI. Poseer ciertos genes no lleva necesariamente a poseer cierto
CI. La misma constelación de genes puede dar como resultado un CI más alto o más
bajo en circunstancias diferentes. Los genes determinan la inteligencia (o la estatura o
el peso) de una persona sólo en su ambiente particular. El rasgo que realmente

168
desarrolla está condicionado por la interacción de los genes con el ambiente»
(Dobzhansky, 1995, pág. 633). Por tanto nunca se podrá decir, porque sería una
afirmación absurda, que la inteligencia se debe a los genes en un 80 por 100 (ni en
ningún otro porcentaje) y al ambiente en un 20 por 100 (ni en cualquier otro
porcentaje). Porque genes y ambiente nunca actúan aisladamente y resulta
absolutamente imposible separar los efectos aislados de uno y otro. De tal manera que
una misma dotación genética puede llevar a un CI alto en un cierto ambiente y a uno
bajo en otro.
Recordemos, para terminar este apartado, que si Jensen supuso el pistoletazo de
salida para el resurgimiento de la psicometría genetista del CI, particularmente en su
aplicación racista, Eysenck será su principal seguidor ya desde 1971 en que publicó
Race, Intelligence and Education. Ahora bien, dado el prestigio y fama que este autor
británico tiene en nuestro país, y el alto peligro que, a mi modo de ver, ello conlleva,
le dedicaremos más espacio.

5. HANS J. EYSENCK Y LA DESIGUALDAD DEL HOMBRE

Si Jensen, con gran oportunismo, modificó en 1969 su postura ambientalista


anterior, algo similar hizo Eysenck, quien en Know your IZ (1962, pág. 8) reconocía
que «a menudo se cree que los test de inteligencia han sido desarrollados y
construidos de acuerdo con una racionalidad derivada de la teoría científica... De
hecho, los test de inteligencia no se basan en principios científicos realmente sólidos,
y no existe un gran acuerdo entre los expertos en cuanto a la naturaleza de la
inteligencia». Pero corría el 1962, cuando el ambiente general era progresista. Sin
embargo, sumándose él, también oportunistamente, a los nuevos vientos, en 1971
hizo grandes elogios de su discípulo Jensen: «Y parece que le debemos (a Jensen) una
deuda de gratitud por haber planteado un importante problema y por haber suscitado
el interés por el ulterior estudio científico de estas cuestiones tan difíciles... Los
lectores de su monografía pueden estar seguros de que su estudio de la evidencia
relativa a la herencia de las diferencias individuales de inteligencia es solvente,
completo y tan cerca de la imparcialidad como pueda ser posible» (1976, pág. 45).
Más aún, en 1979, justamente cuando las críticas al concepto de CI se habían
incrementado escribe (1983, pág. 115): «Ciertamente, en un sentido muy real, la
inteligencia puede definirse como lo que se mide con los test de CI». Pero no sólo
está ahora a favor de los test de CI es que, añade, son un gran instrumento de
igualdad social: «... el efecto de suprimir los test de CI es fomentar una mayor
desigualdad» (Eysenck, 1983, pág. 310).
De hecho, en 1971 publica Eysenck un libro que se va a leer mucho, al menos
en nuestro país, Raza, inteligencia y educación (1976), en el que tras afirmar (1976,
pág. 13) que en la cuestión racial «ninguna posición está adecuadamente respaldada
por hechos asegurados científicamente», él apuesta descaradamente por una clara y
genética inferioridad intelectual de los negros. Sin embargo, añade (pág. 16), que eso
no es racismo: «Tampoco soy un racista por considerar seriamente la posibilidad de
que la demostrada inferioridad de los negros norteamericanos en los test de

169
inteligencia pueda, en parte, ser debida a causas genéticas». Repite Eysenck que él
está contra todo prejuicio racial y que «los problemas humanos, como todos los
demás problemas, han de ser resueltos sobre la base de los hechos» (Eysenck, 1976,
pág. 15). Como vemos, Eysenck, como en general todos los psicómetras genetistas,
insiste siempre en los hechos. «Afortunadamente los debates científicos no los
resuelven los periodistas o los sínodos; consideremos los hechos tal como emergen de
las investigaciones científicas de los problemas implicados» (1976, pág. 47). Pero
¿qué hechos? Como decía Nietzsche, no hay hechos sino interpretaciones y las de los
genetistas son particularmente racistas e interesadas.Y es que para Eysenck, como
para el resto de los psicómetras del CI, los hechos son los hechos, y los hechos son
que «los niños negros logran unos 15 puntos menos que los niños blancos en las
pruebas de inteligencia, y que estas pruebas han sido halladas empíricamente (y sin
depender de ninguna teoría en particular sobre qué es la inteligencia) para predecir el
éxito en la escuela con una precisión considerable» (1976, pág. 36). ¡Como si se
pudiera hacer alguna interpretación de la realidad sin una teoría previa! Como vemos,
la ingenuidad epistemológica de Eysenck es, además de alta, enormemente
interesada. Pero esos 15 puntos no son homogéneos entre los negros norteamericanos.
En efecto, Eysenck afirma que la diferencia entre los blancos y los negros es de sólo
10 puntos en los estados del Sur, y de 20 puntos entre los del Norte, lo que,
incuestionablemente, parece apuntar a razones ambientales (tipo de escuelas, nivel
socioeconómico, etc.). Pero no: la razón sigue siendo genética (la mezcla de sangre,
la hipótesis de la inmigración selectiva, etc.).
Eysenck, siguiendo aquí a su discípulo Jensen, aboga continuamente a favor del
carácter predominantemente heredado de la inteligencia (alrededor de un 80 por 100),
pero intentando mostrar la «inferioridad» ya no sólo de los negros sino sobre todo de
los miembros de las clases trabajadoras, que es el «problema» del Reino Unido. «En
este capítulo hemos visto lo mucho que depende el nivel educativo del CI y no tanto
de la clase social; la clase social correlaciona de hecho con el éxito educativo, pero
fundamentalmente en virtud del hecho de que la clase social está fuertemente
determinada por el CI» (Eysenck, 1981, pág. 122). Y poco antes había señalado
(1981, págs. 111-112) que «precisamente es el CI, en gran medida heredado, lo que
determinará más tarde su clase social (al menos en parte). Muchos estudios
americanos han demostrado que las escuelas aportan muy poco a la posición relativa
de los niños en sus respectivos cursos: los buenos estudiantes permanecen arriba, los
malos estudiantes abajo, y además el vacío relativo entre ellos ni aumenta ni
disminuye. Lo que los niños sacan de la escuela es proporcional a lo que meten en
ella en términos de CI. Sobre esta conclusión general se ha discutido
encarnizadamente, pero los hechos desmienten firmemente que la escuela ejerza
influencia ambiental alguna ni en la dirección de aumentar ni en la de reducir las
diferencias en el rendimiento de los alumnos». Más en concreto, añade Eysenck más
adelante (págs. 168-169): «Los trabajadores agrícolas tienen un CI medio de 90, los
médicos de 125 o así. Aunque algunos trabajadores agrícolas probablemente tienen
un CI lo suficientemente alto como para llegar a médicos, la mayoría de ellos nunca
superarían, en circunstancias normales, las muchas y difíciles pruebas que la sociedad
exige pasar con éxito (y con razón) a aquellos a los que confiamos nuestras vidas en

170
caso de enfermedad... Así pues, los factores genéticos predeterminan que ciertas
personas podrán ser educadas en el desempeño de tareas difíciles y complejas,
excluyendo en cambio a otras. Aun cuando algunas de las menos capacitadas
pudieran en último término llegar a médicos, necesitarían un período de formación
bastante más largo, y probablemente terminarían siendo médicos mediocres. Éste es,
pues, el principio de la meritocracia; que al elegir los que queremos que sean nuestros
médicos, nuestros pilotos, nuestros abogados, nuestros científicos, nuestros
académicos, nuestras clases profesionales en general, debemos coger a los que por
naturaleza se ajustan mejor al aprendizaje rápido de las habilidades necesarias y
desempeñan sus tareas con la máxima eficiencia. La experiencia muestra que la
inteligencia es vital para este propósito, y los hechos demuestran que los test de CI
pueden predecir con una precisión considerable cuáles son los niños que poseen dicha
capacidad». Y ya en 1971, apoyando la teoría de Jensen de los dos niveles de
inteligencia, afirmaba Eysenck (1976, pág. 79): «Se podría pensar que lo que
recomienda Jensen es una especie de educación de segunda clase para algunos niños,
en comparación con un tipo superior de educación para otros. Nada más lejos de sus
propósitos. Lo que Jensen sugiere es simplemente utilizar en la empresa educativa el
patrón concreto de capacidades que caracterice al niño o grupo de niños en cuestión,
en lugar de obligarlos a aprender a través del uso de un patrón de capacidades que
está totalmente ausente o muy pobremente desarrollado en ellos de un modo innato.
Si un niño con CI bajo puede aprender a escribir, a deletrear, a sumar y restar, a
hablar de un modo gramaticalmente correcto, y generalmente adquiere las habilidades
básicas que le son necesarias para ganarse razonablemente la vida y ser
medianamente feliz, todo ello a través del uso de sus capacidades asociativas, no
parece un acto de amabilidad el obligarle a intentar aprender esas habilidades a través
del uso de unas capacidades conceptuales que no posee en la medida adecuada, y
fracasar en el intento. Pero eso es lo que hacen actualmente nuestras escuelas, ¡y todo
en nombre de la igualdad!» (Eysenck, 1981, pág. 191). Como vemos, el discurso de
Eysenck parece coherente y racional, pero, sin embargo, hace agua por todas partes.
Porque su primer error está en la premisa: ni el éxito escolar depende sólo —y a
menudo ni principalmente— de la inteligencia, ni ésta es fundamentalmente genética,
ni es «obligar» al alumno a aprender, sino sencillamente poner desde su primera
infancia las condiciones sociales, económicas, políticas, educativas, etc. para que los
alumnos pobres y minoritarios (negros, gitanos, etc.) puedan tener éxito, también en
la escuela, etc. No se puede ser tan simplista como Eysenck y decir: a ellos no les
gusta estudiar, además no valen para ello, por tanto, no les obliguemos a estudiar
aquello para lo que no valen. Por el contrario, el discurso —y las prácticas sociales y
educativas— debe ser más complejo y más creativo, y debe ir a la raíz de los
problemas: ¿por qué los alumnos pobres fracasan en la escuela? ¿por qué hoy día
siguen fracasando en la escuela esos mismos alumnos incluso cuando ya no son tan
pobres?
Para Eysenck las cosas están muy claras: «Si se gradúan las ocupaciones en
orden a su dependencia de la capacidad intelectual, de alta a baja, encontraremos que
este orden se correlaciona casi perfectamente con el prestigio de las ocupaciones, y
también con el estatus socioeconómico de los implicados en ellas. Nuestra sociedad

171
valora en alto grado las capacidades medidas por las pruebas de CI, nuestro sistema
educativo es tal que aquellos que puntúan muy alto, resultan también ser, en conjunto,
mejores en sus exámenes, y los que tienen éxito en los trabajos más complejos y
difíciles son, generalmente, los que puntúan alto en las pruebas de CI. Esto es cierto
no sólo en Inglaterra y Estados Unidos; también resultó ser cierto en la URSS». Claro
¿y por qué no? Eysenck tenía tal obsesión con la URSS que la ponía como ejemplo
que se contrapone a Estados Unidos. Y no es así: Gran Bretaña, Estados Unidos, la
URSS, Francia, Dinamarca, etc., son todos países occidentales, culturalmente
similares, por los que, con mayor o menor impacto, ha pasado y ha dejado su
profunda influencia tanto la ilustración como la revolución industrial. ¿Qué pasaría si
utilizáramos los test de CI en culturas realmente diferentes a la nuestra, iletradas,
rurales, etc.? Eysenck confunde además correlación y causación. Porque también
puede haber ocurrido justamente al revés, de tal forma que quienes pertenecen a
grupos socialmente favorecidos son los que obtienen tanto mejores CI como mejores
puestos de trabajo y mejor pagados. Además, tambiénson parciales e interesados sus
argumentos para apoyar su principal tesis de que las diferencias en CI son
genéticamente causadas: «Existe un acuerdo considerable en que la herencia juega un
papel muy importante en el origen de dichas diferencias. Las mejores estimaciones de
que disponemos sugieren una proporción de 4 a 1 respecto a la importancia relativa
de las contribuciones de la herencia y del ambiente; en otras palabras, los factores
genéticos vienen a ser responsables de un 80 por 100 de toda la variación que
encontramos en los CI dentro de una población dada como la que vive en Inglaterra o
Estados Unidos actualmente» (Eysenck, 1976, pág. 82). Pero, para empezar, ¿entre
quiénes existe ese acuerdo considerable? Eysenck no tiene en cuenta para nada a
todos los que están en desacuerdo, que son muchísimos, sobre todo fuera del círculo
de la psicometría del CI, principalmente los biólogos, como vimos en el cap. 3. o los
sociólogos. Además, ¿qué entiende Eysenck por ambientes iguales? Más aún,
Eysenck da tanta importancia a los factores genéticos y tan poco a los ambientales
que llega a escribir (1976, pág. 94) que «la deprivación ambiental extrema no resulta
necesariamente de un descenso permanente del CI por debajo de lo normal». Y pone
un ejemplo (pág. 93) que no tiene desperdicio: «Consideremos, como ejemplo
particular, a Isabel. Estuvo confinada y fue criada en un desván hasta la edad de seis
años, por su madre, sordo-muda: su CI era de 30. Al ser trasladada a un ambiente
medio, su CI se hizo normal hacia los ocho años y se comportó como una estudiante
normal en la escuela». Y digo que este ejemplo no tiene desperdicio porque no hay
por donde cogerle: no conocemos la fiabilidad del test utilizado, no sabemos en
absoluto cuál fue la estimulación que tuvo Isabel por parte de su madre, etc. Además,
también podríamos interpretarle como una clara influencia del ambiente: en un
ambiente malo tenía Isabel un CI de sólo 30 puntos, pero ese CI se hacía normal sólo
con mejorar durante dos años sus condiciones de vida. Pero no, para Eysenck hasta
las correlaciones más evidentes y persistentes entre factores ambientales y otras
variables es indicativa de la acción de los genes. Así, llega incluso a afirmar que la
repetidamente encontrada correlación entre la conducta tabáquica y el cáncer de
pulmón no prueba nada, pues tal vez haya una causa genética que produzca ambas
cosas. ¿Tendría Eysenck intereses económicos en la industria tabaquera? ¿o ello es

172
sencillamente una consecuencia de su «fanatismo genetista»?
Sin embargo, no hay forma de convencer a los genetistas, pues sus argumentos
son altamente circulares y sectarios, de tal forma que cualquier dato lo interpretan pro
domo sua, como cuando escribe Eysenck (1976, pág. 94): «Los niños inteligentes
pueden seleccionar un ambiente distinto para crecer que los niños torpes; este
ambiente diferente, a su vez, aumenta la diferencia de CI». Así, continúa diciendo
Eysenck, «George Washington Carver, el destacado biólogo negro, no estaba
autorizado para asistir a la escuela (reservada para los niños blancos), por lo que se
sentaba fuera y adquirió su educación de esta manera poco ortodoxa» (1976, págs.
94-95). Fue su alto CI por tanto, es decir, su buena dotación genética la responsable
de su éxito escolar. Y es que, añade Eysenck (pág. 95): «Seleccionamos de muchos
ambientes posibles aquel que conviene a nuestra constitución genética». En
consecuencia, si observamos una alta correlación entre CI y ambiente, de tal forma
que las personas que crecen en un ambiente rico obtienen más altas puntuaciones en
CI que quienes crecen en un ambiente pobre, ello no muestra la influencia del
ambiente en el CI sino la de los genes... ¿Cómo puede sostener esta argumentación
tan circular y viciosa una persona sensata si no es a causa de la ceguera que le
producen sus prejuicios?
El sectarismo de Eysenck se percibe mejor, si cabe, en esta larga cita en la que,
a mi juicio, lo confunde todo (1976, págs. 101-102): «Los negros en Estados Unidos
buscan las recompensas de nuestro tipo de civilización —coches y neveras,
televisores y aspiraciones, casas agradables y educación buena—. Pero estos son los
resultados de aplicar la inteligencia a la evolución de una estructura política que
permite a la industria y al comercio jugar su papel, y a la creación de un cuerpo de
conocimiento científico y de habilidad tecnológica que puede traducirse en
recompensas tangibles. Desde luego, está abierto a cualquiera el rechazar nuestro tipo
de civilización; pero el éxito, medido en estos términos, exige precisamente las
cualidades intelectuales medidas por las pruebas de inteligencia. No es razonable
rechazar las cualidades y exigir los frutos a que da lugar su aplicación. Los negros
piden acceso a escuela y universidades, y hacen bien; pero éstas se valoran
precisamente por sus altos niveles de capacidad intelectual. No tiene sentido rechazar
la misma noción de la importancia de dichas capacidades y abogar por una teoría de
que son peculiares a la raza blanca (sic), y, a la vez, pedir acceso a instituciones
estrechamente unidas al punto de vista de que dichas capacidades son absolutamente
fundamentales para el éxito en el estudio. Si se valora la enseñanza en las
universidades, ya sea como importante en sí misma, ya sea como suministradora de
cualificaciones útiles en medicina, o derecho, o alguna otra profesión, entonces, debe
aceptarse el corolario, o sea, que “las pruebas de CI del hombre blanco” son
importantes para el éxito en estos estudios. Lógicamente es aceptable el rechazar la
cultura blanca, la ciencia blanca, la civilización blanca, la medicina blanca y las
pruebas de CI blancas; no tiene sentido rechazar a las últimas, no es por deseos de
contraer a las primeras (sic). Lo que se ha visto imprescindible para crear y
desarrollar las primeras ha sido precisamente la capacidad imperfectamente medida
por las pruebas de CI; cualquier descenso de los niveles de admisión con respecto al
CI llevaría, sin duda, a un descenso desastroso en los niveles de competencia entre los

173
que se gradúan en estos campos».
Y más increíble si cabe es el hecho de que Eysenck, que tanto confunde de
facto correlación y causación, cuando critica a Rosenthal y Jacobson (1968) escriba:
«Sin embargo, incluso el descubrimiento de una correlación como la postulada no nos
diría nada sobre las secuencias causales implicadas; las correlaciones no nos dicen
nada sobre la causa, como siguen advirtiéndonos los textos elementales de estadística.
Incluso si se pudiera demostrar un efecto debidamente, necesitaríamos saber algo
sobre los factores responsables de él antes de poder estimar sus influencias en la
determinación del éxito educativo por el CI. Hay muchas posibilidades teóricas y, en
ausencia de hechos demostrados, poco puede decirse con seguridad» (Eysenck, 1976,
pág. 103). Justamente esto es lo que deben aplicarse a sí mismos los psicómetras del
CI, entre ellos el propio Eysenck. Porque vamos a ver: ¿qué saben ellos de los genes,
cuando ni los propios genetistas saben mucho, y menos aún lo sabían en 1971? Más
sorprendente todavía es aquí Eysenck (pág. 104): «Es un axioma famoso que la
correlación no prueba la causación; en otras palabras, dos tipos de acontecimientos
pueden estar correlacionados sin que uno sea necesariamente la causa del otro. Así...
el hecho alegado de que la criminalidad está correlacionada con los hogares
destruidos no prueba que los hogares destruidos causen criminalidad aunque los
ambientalistas han extraído esta conclusión durante muchos años. Es posible que los
rasgos de personalidad que causen la destrucción del hogar en primer lugar sean
hereditaristas y produzcan en el niño el tipo de conducta que llamamos criminal; así,
esta relación puede ser debida a la herencia, no a los factores ambientales en
absoluto3... la sociología moderna está construida, casi por completo, sobre
argumentos, precisamente, de esta naturaleza; se consideran exclusivamente hipótesis
ambientalistas y las conclusiones se basan en una evidencia que es totalmente
correlacional, y de ahí, incapaz de sostener esta interpretación causal. Los argumentos
genéticos no son rechazados haciendo llamamiento a la evidencia de los hechos, no
son nunca ni considerados siquiera. Sin embargo, estos argumentos genéticos tienen,
al menos a priori, la misma fuerza que los argumentos ambientalistas y, con
frecuencia existe una fuerte evidencia apuntando su camino. Lo que se necesita
claramente es una metodología capaz de desenredar este ovillo tan enmarañado»:
¿cuál? ¿el método correlacional, que es el que utilizan continuamente los psicómetras
del CI? Además, parte Eysenck de que la inteligencia y la criminalidad son genéticas,
y son los ambientalistas los que tienen que demostrar que no es así. Y vuelve Eysenck
a decir algo que debería aplicarse a sí mismo y a sus amigos (1976, pág. 106): «La
sociología, en conjunto, no ha aprendido la lección de la ciencia, de que el
conocimiento no puede adquirirse dejando de lado las hipótesis alternativas y
concentrándose en aquellas que recurren a los prejuicios del investigador». Pero si es
que él no sólo no contempla otras alternativas a las genéticas, es que no tiene
argumento serio a favor de sus tesis genesistas (incluso los genetistas, a los que ni
cita, están radicalmente en contra) y ni siquiera cita bibliografía que contradiga sus
opiniones. Así, cuanto dice en el Capítulo 4 de este libro (1976) sobre «La
inteligencia de los negros norteamericanos» lo extrae del ya citado libro racista de
Audrey M. Shuey (1966), llegando a comparar, al menos indirectamente, a los negros
con especies inferiores, como cuando afirma que los niños negros son más precoces

174
que los blancos, pero éstos les adelantan a partir de los tres años, por lo que concluye
Eysenck (1976, pág. 109): «Estos descubrimientos son importantes a causa de una ley
muy general biológica, según la cual cuanto más prolongada es la infancia, más alto
es el nivel de las habilidades cognoscitivas o intelectuales de las especies. Esta ley
funciona incluso dentro de especies dadas; por tanto la precocidad sensorio-motriz en
los humanos, mostradas en los llamados “baby-test” de inteligencia, se correlaciona
negativamente con el CI definitivo». Y cuando los genetistas encuentran datos que
parecen apoyar las tesis ambientalistas, siempre argumentan en contra, aunque para
ello tengan a veces que hacer auténticas piruetas interpretativas, como fue el caso ya
visto de la correlación entre CI de los inmigrantes y el tiempo que éstos llevaban en
Estados Unidos.
Y para criticar los programas de educación compensatoria, que como sabemos
es uno de los principales objetivos que, en última instancia, pretenden los psicómetras
genetistas, Eysenck pone un ejemplo concreto, el «Proyecto aprende bien» que, con
la intención de mejorar el resultado escolar de los niños desaventajados (en su
mayoría negros), consistió en proporcionar una ratio alumno/profesor que permitiera
una tutoría particular para cada niño. Pues bien, añade Eysenck, no sólo no se
obtuvieron mejoras sino que en realidad estos niños se atrasaron aún más. Esto tiene
dos interpretaciones: o bien es que, aplicado el programa a todos los niños del centro,
los desaventajados se retrasaron aún más con respecto a los aventajados, lo que es
absolutamente normal y esperable (es una gran injusticia tratar igual a los que son
desiguales: es obvio que los mejor preparados aprovecharán mejor las mejoras
ambientales y educativas que los peor preparados), o bien es que realmente con un
tutor personal empeoraban con respecto a la situación anterior, lo que es a todas luces
imposible.
La incoherencia de Eysenck es extrema a la hora de mencionar los datos de
Yerkes. En efecto, tras reconocer que los test Army son «test casi inútiles para
cualquier propósito científico» (1976, pág. 27), añadiendo a continuación que «no es
necesario decir que estos datos no son considerados seriamente por ningún psicólogo
convenientemente instruido», añade (pág. 124): «Gran parte de las pruebas más
extendidas en este campo han tenido lugar, desde luego, en relación al reclutamiento
y a los procedimientos de selección, y ya se ha mencionado el papel jugado por los
resultados de las pruebas de 1916-1918. La conclusión general a que se llegó del
examen de los hombres alistados fue que los negros constituían una desviación
estándar (igual a 15 puntos de CI) por debajo de los blancos, y las pruebas en blancos
y negros durante y después de la Segunda Guerra Mundial no han cambiado esta
conclusión; las puntuaciones entre los dos grupos raciales son tan discrepantes como
siempre». Además, parece raro que esos quince puntos a que llegó Yerkes (y luego
Brigham, analizando los datos de Yerkes) con un método tan incorrecto que son
inservibles totalmente los resultados a que llega, sean justamente los que se repiten
investigación tras investigación. Ello suena a fraude y a racismo. Pero el colmo del
racismo de Eysenck lo podemos constatar cuando escribe (1976, pág. 125): «De
interés particular para algunos investigadores han sido las comparaciones entre los
grupos de negros que difieren en el color de la piel, o sea, grupos en que cabe esperar
grados distintos de mezcla blanca. Las razones de este interés, desde luego, no

175
cuestan mucho de ver: si los blancos son superiores a los negros en CI genéticamente,
entonces una mezcla de antepasados blancos produciría una descendencia con CI más
elevado de lo que se encontraría en la descendencia de antepasados puramente
negros». Y añade (pág. 126): «Hay dieciocho estudios en que se analizaron los
híbridos respecto al CI y en doce de ellos los de color más claro, o identificados como
de sangre mezclada, puntuaron más alto que los más oscuros, o aquellos identificados
como de sangre sin mezcla. En otros cuatro estudios, los primeros tenían ventaja en la
mayoría pero no en todas las pruebas pasadas, mientras que en dos estudios no había
diferencias correlacionadas con índices morfológicos.En conjunto, pues, los grupos
más claros y mezclados es más probable que tengan un CI más alto que los
individuos más oscuros, sin mezclar, y aunque las diferencias no son grandes, serían
mayores si se hubieran escogido mejores medidas para calcular el grado de
ascendencia blanca» [las cursivas son mías]. Resulta realmente increíble, una vez
más. En todo caso, debemos plantearnos varios interrogantes: ¿Aquí si sirven las
correlaciones como causación? ¿cómo saben que el color menos oscuro de la piel
refleja exactamente el grado de mezcla con sangre blanca? Además, puede haber
variables ambientales que cambien según el color de la piel (en efecto, en un país con
fuertes prejuicios contra los negros, no es raro que ese prejuicio sea mayor cuanto
«más negros sean», es decir, cuanto más oscura sea su piel). Más aún, cuando afirma
Eysenck que las diferencias hubieran sido mayores de haber utilizado medidas
adecuadas, Eyenck está dando por sentado lo que pretende demostrar, es decir, que la
mezcla de sangre blanca aumenta la inteligencia de los negros. Es éste un lapsus que
le compromete a Eysenck. Como vemos, todo ello tiene evidentes similitudes con
grupos que en dramáticos tiempos pasados tuvieron el poder en Alemania. Por tanto
no es raro que concluya Eysenck (1976, págs. 165-166): «Toda la evidencia hasta la
fecha sugiere la fuerte y casi abrumadora importancia de los factores genéticos para
producir la gran variedad de diferencias intelectuales que observamos en nuestra
cultura y gran parte de la diferencia observada entre ciertos grupos raciales. Esta
evidencia no puede dejarse de lado con críticas nimias y muy menores de detalles que
en realidad no arrojan dudas en los puntos más importantes citados en este libro; lo
que se necesita es más y mejor investigación, teorización rigurosa y cuidadosa y un
rechazo determinado de ser cegado en las propias conclusiones por las propias
preconcepciones. Si los ambientalistas no pueden procurar esto, entonces su causa se
verá perdida». Sobra todo comentario. El doctrinarismo y sectarismo es evidente.
Estamos, pues, ante puro racismo científico.
Pero Eysenck pretende hablar siempre desde la ciencia, hasta el punto de que
llega a decir que la psicometría es una ciencia en el mismo sentido en que lo es la
física (1989, págs. 16-17): «Sostengo firmemente que las escalas desarrolladas en la
medición de la inteligencia son, en principio, exactamente análogas a las escalas
desarrolladas en las ciencias físicas para la medición de ciertas cualidades, como el
calor; con el fin de dejar bien claro este punto a las personas no familiarizadas con la
física, he perfilado este paralelismo entre ambas disciplinas con algún detalle.
Muchos de los que critican la idea de que la psicología es (o puede ser) una ciencia
como la física y que, por tanto, debe adoptar el estilo de trabajo y los métodos de
investigación de las ciencias más desarrolladas, lo hacen basados en criterios

176
equivocados; a menudo desconocen cómo proceden, en realidad, las ciencias físicas y
cuan estrecho es el paralelismo entre la psicología y la física. Me pareció oportuno
aclarar un poco más la analogía; de hecho, creo que, más que de una analogía, se trata
de una identidad».
No mucho después, en 1973, publica Eysenck otro libro cuyo título es todo un
juicio de intenciones: La desigualdad del hombre, en el que su autor se coloca de
entrada, como suelen hacer siempre los psicómetras genetistas, en una posición
privilegiada, el de la ciencia: ellos son auténticos científicos, frente a sus oponentes
que están totalmente cargados de ideología cuando no de perversas intenciones:
«Tanto los defensores de esa igualdad como sus objetores normalmente basan sus
argumentos en ideas preconcebidas; ambos postulan el tipo de naturaleza humana que
se adecua mejor a su propósito. En este libro me planteo una cuestión muy sencilla:
¿qué tiene que decir la ciencia sobre este asunto? ¿Qué conocimientos han aportado
la psicología, la genética y la fisiología durante las últimas décadas para permitirnos
considerar estos temas objetivamente y llegar a una conclusión que no se base tanto
en ideas preconcebidas?» (Eysenck, 1981, pág. 11). Y da por hecho, y totalmente
fuera de toda discusión, que la inteligencia, al igual que la conducta criminal, es
esencialmente innata y genética. Pero él no se deja llevar por preconcepciones.
Además, frente al conocido estudio de Pastore (1949), que mostraba la existencia de
una estrecha asociación entre herencialismo y conservadurismo, por un lado, y
ambientalismo y liberalismo, por otro, Eysenck señala que se ha comprobado que el
recalcar el papel de la herencia suele ir asociado con el haber estudiado en una de las
prestigiosas universidades de la «Ivy league», mientras que el énfasis sobre el
ambiente suele encontrarse con mayor frecuencia en estudiantes educados en
universidades públicas, con lo que parece querer decirnos Eysenck (1981, págs. 22-
23) que los genetistas son más científicos, los ambientalistas menos. De ahí que rete a
sus críticos a impugnar el modelo genetista. «Así pues, la bibliografía sobre el tema
no nos ofrece nada que sugiera la existencia de cambios producidos por manipulación
ambiental que sean inexplicables dentro del 20 por 100 de varianza total asignada al
medio. Los críticos que deseen impugnar esta conclusión deben hacer algo más que
señalar estudios que muestren un cambio de CI tras la mejora de las condiciones
ambientales; tienen que demostrar que esta mejora va más allá de los límites
establecidos por el modelo. Sin esa demostración, ningún ejemplo valdrá para
derrocar el presente modelo» (Eysenck, 1981, págs. 97-98). No pone Eysenck el
mismo celo a la hora de juzgar los estudios genetistas del CI... Y no sólo eso. Es que
muestra Eysenck una ignorancia suprema cuando, en su permanente y sectaria
defensa de las tesis herencialistas, niega categóricamente la influencia de factores
intrauterinos (1981, págs. 119-120): «El feto se encuentra extremadamente bien
protegido en el vientre de la madre, y no hay evidencia alguna de que los
acontecimientos que puedan tener lugar durante el período normal de embarazo
produzcan influencia notable alguna sobre el CI del niño». Debería haber leído
Eysenck, antes de hacer esta afirmación, algo de literatura sobre este tema.
En definitiva, el mayor interés de Eysenck estriba en intentar demostrar la
inferioridad genética de las clases trabajadoras, pero tampoco descuida la
«inferioridad de los negros», como también hemos visto, e incluso la de las mujeres.

177
En efecto, a pesar de que este tema no le tocan mucho los psicómetras genetistas,
pues su conservadurismo les lleva a dirigirse directamente a las minorías y no a las
mujeres blancas, sin embargo a veces sí lo tratan, y siempre de la misma manera
sexista. Por ejemplo Eysenck (1981, pág. 160) escribe: «La evidencia que hemos
examinado aquí de forma muy somera no deja duda alguna de que entre los hombres
y las mujeres hay muchas diferencias notables que se deben, no a factores culturales
(aunque éstos quizá sirvan para acentuar o incluso exagerar las diferencias biológicas
ya existentes), sino a predisposiciones genéticas firmemente ligadas al mecanismo
endocrinosexual. Tales diferencias aparecen igual en el campo de las facultades (tanto
sensorio-motrices como cognitivas) como con el de la personalidad (con especial
referencia a la agresividad y a la crianza/afiliación). El que las mujeres nieguen estas
diferencias y persigan un papel puramente masculino en sus esfuerzos para lograr
“igualdad” equivale a negar el valor de la contribución femenina específica a la
sociedad; al buscar la igualdad precisamente en estos campos en los que la naturaleza
ha dotado a los hombres de mayores capacidades que a las mujeres, no hacen sino
asegurar el que las mujeres acaben siendo decididamente inferiores a los hombres. Es
capitalizando aquellas áreas donde la naturaleza ha dotado a la mujer de mayores
capacidades que al hombre como éstas podrán establecer su posición como
complemento igual pero diferente al hombre. Y quizá se den cuenta de que si bien no
pueden vencer a la naturaleza, al menos pueden beneficiarse haciendo causa común
con ella». También aquí sobra todo comentario.
La conclusión de toda la obra de Eysenck, que como dice Pelechano (1997)
puede definirse como el intento de hacer de la psicología una ciencia natural, y que
coincide con su principal objetivo, es evidente: hay que reformar la sociedad, pero
manteniendo la situación actual, naturalizando las desigualdades e injusticias
sociales, que no deben ser cambiadas, ya que son genéticas y, por consiguiente, no
hay nada que hacer más que conformarse con lo que hay. Por tanto, lo único que
debe cambiarse es el intento de ciertas tendencias intelectuales izquierdistas de
modificar el statu quo: cada uno debe conformarse con ocupar el lugar que la
naturaleza le ha asignado. «Es necesario reformar los defectos de nuestra sociedad,
pero a menos que esta reforma tenga en cuenta las limitaciones impuestas por los
inexorables hechos biológicos, es probable que no consiga nada. Varios cientos de
años de experiencia en los campos de la física y la química nos enseñan que debemos
cooperar con la naturaleza; no podemos forzarla. Lo mismo sucede con la psicología:
hay que aprender a cooperar con la naturaleza; todo intento de ignorar sus leyes y
oponernos a ella está condenado al fracaso... El reconocimiento de la naturaleza
biológica del hombre y la desigualdad genéticamente determinada que se deriva
inevitablemente de ella, constituye un principio absolutamente necesario para
cualquier intento de emplear métodos científicos y racionales en un esfuerzo por
salvarnos de los peligros reales que nos acechan» (Eysenck, 1981, pág. 202).
No obstante, tal vez lo más sorprendente es que todavía hoy día se siga
elogiando a Eysenck, al menos en nuestro país, y siguiendo sus reaccionarias
doctrinas, incluso por parte de convencidos y confesos conductistas (y por tanto
ambientalistas). Incluso la Revista de Psicología General y Aplicada dedicó, en 1997,
un número semimonográfico a Eysenck con ocasión de su fallecimiento que había

178
tenido lugar el 4 de semptiembre de ese mismo año, en el que, entre otros, Juan-
Espinosa escribía un elogioso artículo sobre «la inteligncia según Eysenck», donde,
de forma también elogiosa, apoyaba el concepto eisenckiano de inteligencia
biológica, con sus potenciales evocados, según el cual la inteligencia general o factor
«g» derivaría directamente del cerebro, sería una pura eficiencia neural,
genéticamente determinada. Sería, en definitiva, una vuelta a Burt: capacidad general
innata, que en el fondo es lo que pretende mostrar Eysenck. Como vemos, en este
campo se puso todo esfuerzo y toda argumentación al servicio de los dogmas de
origen, que, en este caso, están en Galton y en Burt.

6. RICHARD HERRNSTEIN Y LA DEFENSA DEL STATU QUO

Casi a la vez que Eysenck publicaba su Raza, inteligencia y educación, escribe


Herrnstein en el Atlantic Monthy, en septiembre de 1971, un conocido artículo,
titulado sencillamente CI, en el que, ante todo, pretendía demostrar lo justa que es la
sociedad norteamericana, pues el estatus social, la profesión, los salarios, etc. se
basan en algo tan natural como la inteligencia, que es esencialmente heredada. Y
todo ello lo basa en el siguiente ya famoso silogismo: 1) Si las diferencias de aptitud
mental se heredan; y 2) si el éxito requiere esas aptitudes; y 3) si los ingresos y el
prestigio dependen del éxito; entonces, 4) el estatus social (que refleja los ingresos y
el prestigio) estará basado en cierta medida en las diferencias heredadas que se dan
entre la gente. Pero si, ya de por sí, este silogismo refleja el talante reaccionario de su
autor, más evidente aún se hace en los cinco corolarios que él mismo extrae (1971),
corolarios que, comentados por Eysenck, muestran también la catadura intelectual y
social de este último:

1.º) A medida que el medio vaya siendo más favorable al desarrollo de la


inteligencia, su heredabilidad crecerá. Independientemente de si esto se lleva a cabo
mejorando los métodos educativos, la dieta de las mujeres embarazadas, o lo que sea,
cuanto más ventajosas hagamos las circunstancias de la vida, con mayor seguridad se
heredarán las diferencias intelectuales. Y cuanto mayor sea la heredabilidad, mayor
será la fuerza del silogismo, lo que es así comentado por Eysenck (1981, pág. 163):
«No hay duda de que es cierto; incluso en nuestras actuales condiciones de
desigualdades en la educación, la alimentación y la formación en general, la herencia
explica una parte dos veces mayor del desarrollo intelectual que el medio; al
aumentar la igualdad aumentaría la desproporción».
2.º) Todos los credos políticos modernos predican la movilidad social... Pero el
silogismo se hace tanto más potente en proporción a las oportunidades de movilidad
social, porque sólo si los individuos capaces y enérgicos pueden subir y desplazar a
los torpes e indolentes será posible que haya una selección de acuerdo con diferencias
heredadas. La movilidad social de hecho se encuentra bloqueada por diferencias
humanas innatas una vez suprimidos los impedimentos sociales y legales. «Tampoco
aquí hay duda de que Herrnstein está en lo cierto; la movilidad social tiene sus

179
límites, y estos límites tenderán a estar cada vez más relacionados con las diferencias
genéticas entre las personas a medida que vayan desapareciendo las barreras
ambientales y sociales» (Eysenck, 1981, pág. 164).
3.º) Como implica el silogismo, cuando un país incrementa su riqueza, ésta
tiende a acumularse en manos de los mejor dotados de nacimiento. Dicho con otras
palabras, el aumento de la riqueza permite acceder a las clases sociales superiores
precisamente a aquellos sujetos de las clases inferiores que poseen más capacidad
innata. Independientemente de otras consecuencias, servirá para incrementar la
diferencia de CI entre las clases superiores y las inferiores y hará que la escala social
sea aún más empinada para los que se quedan abajo.
4.º) El progreso tecnológico altera el mercado del CI. Aun en el caso de que
cada puesto de trabajo desaparecido al automatizar una fábrica fuese sustituido por
otro en una nueva tecnología, es más que probable que algunos de los que pierdan su
antiguo trabajo no tengan el CI adecuado para los nuevos. El desempleo tecnológico
no es solamente una cuestión de «dislocación» o «readiestramiento» si los trabajos
creados sobrepasan la capacidad innata de los que sufren el cambio de empleo... Y los
que más probabilidades tienen de quedarse sin trabajo son los que poseen un CI bajo.
El silogismo implica que en el futuro, a medida que avance la tecnología, la tendencia
al desempleo quizá llegue a incorporarse a los genes de la familia, lo mismo que ha
ocurrido con las dentaduras defectuosas.
5.º) La meritocracia no sólo concierne a la inteligencia heredada, sino a todos
los rasgos heredados que afectan al éxito, conozcamos o no su importancia o
tengamos o no test para medirlos.
Aunque, como señalan López Cerezo y López Luján (1989, pág. 170), este
silogismo no añade nada nuevo a lo dicho por Jensen e incluso por los mismos
fundadores de la teoría hereditarista de la inteligencia, sin embargo sí tuvo el
«mérito» de pretender, explícitamente y sin muchos tapujos, defender el statu quo de
la sociedad norteamericana así como justificar, sin subterfugio alguno, sus
desigualdades e injusticias sociales: «El silogismo y sus corolarios apuntan hacia un
futuro en el que las clases sociales no solamente se mantendrán, sino que llegarán a
consolidarse aún más sobre las diferencias innatas. A medida que crezcan la riqueza y
la complejidad de la sociedad humana, irá desgajándose de la masa de la humanidad
un residuo de baja capacidad (intelectual y de otros tipos) que probablemente será
incapaz de desempeñar las ocupaciones corrientes, que no podrá competir por el éxito
y que probablemente serán hijos de padres también fracasados» (Herrnstein, 1971,
pág. 63). Más claro aún lo dice en la presentación de su silogismo (1971, pág. 58): «la
principal importancia de la medida de la inteligencia es lo que dice sobre una
sociedad construida en torno a desigualdades humanas». Herrnstein seguirá por esta
línea, de tal forma que veintitrés años después publicará, junto con Murray, un libro
de gran impacto: The Bell Curve (1994), libro que, dada su importancia, analizaremos
con detenimiento en el próximo capítulo.
En resumidas cuentas, podemos señalar que «en esencia, el mérito principal de
Herrstein es atreverse a desenterrar las viejas concepciones de los medidores de la
inteligencia de principios de siglo como Goddard, Yerkes y Terman. Herrnstein se
limita a exponerla con un lenguaje moderno; sobre todo explicando cómo la

180
heredabilidad aumenta a medida que las condiciones de vida se hacen más uniformes
en la población... Incluso si las afirmaciones básicas de Herrnstein fueran ciertas, que
es mucho suponer, seguiría abierta la pregunta sobre por qué nuestra sociedad está
construida sobre las desigualdades humanas. Del mismo modo que Jensen, Herrnstein
comete un non sequitur. No hay forma de pasar de la existencia de correlaciones
entre CI y clase social a la conclusión (presentada como inevitable) de que nuestra
sociedad se organiza en clases porque existen diferencias de CI entre los hombres.
Siempre se podría decir con perfecto sentido que lo que debemos hacer es no
organizar nuestra sociedad sobre las desigualdades humanas. De todos modos, la
afirmación básica de Herrnstein de que nuestra sociedad es una meritocracia natural
necesita ser probada. Es decir, Herrnstein tendría que comenzar por demostrar la
existencia real de igualdad de oportunidades para todos los miembros de nuestra
sociedad. La teoría hereditarista de la inteligencia siempre utiliza el mismo
argumento indirecto en este punto: si el CI es heredable en un grado alto y el CI
correlaciona con la clase social, entonces nuestra sociedad es una meritocracia
natural. Como veremos más adelante, este no sólo es el argumento indirecto, sino que
existen estudios donde se concluye que nuestra sociedad no es una meritocracia
semejante» (López Cerezo y Luján López, 1989, págs. 171-72) (para un análisis de
este punto véase Bowles y Gintis, 1972, págs. 23-39; y Schiff y Lewontin, 1986,
págs. 125-165).

7. CONCLUSIÓN

Al igual que los psicómetras del CI del pasado (Galton, McDougall, Burt,
Goddard, Terman, Yerkes o Brigham) también los más recientes (Jensen, Eysenck o
Herrnstein) no hacen sino reflejar —y defender— los intereses ideológicos, políticos,
culturales y económicos de las clases socialmente favorecidas en un alarde
injustificado —e injustificable— de racismo enmascarado de ciencia, que, por tanto,
no es sino pseudociencia y racismo científico. Por tanto, para mantener sus tesis
«científicas», que realmente, como hemos repetido diferentes veces, no lo eran tanto,
sino más bien ideológica y políticamente ultraconservadoras, tuvieron que mentir,
manipular sus datos, malinterpretarlos, etc. Pero no es que se tratara de personas
intelectualmente mediocres, sino que su capacidad intelectual la pusieron, como tan
habitualmente ocurre, al servicio de sus intereses y de sus prejuicios: son sus
preconcepciones previas, racistas, clasistas y sexistas, las que dirigen sus teorías, sus
hipótesis y sus interpretaciones de los datos, construyendo hechos compatibles con
sus tesis genetistas. Si los hechos son siempre, inevitablemente, construidos, los
hechos a que hacen referencia los psicómetras genetistas del CI (como es el «hecho»
de que la inteligencia es en su mayor parte heredada, o el «hecho» de la inferioridad
intelectual de los negros, de los trabajadores, etc.) son construidos por su propio
racismo cientifico. Pero este racismo no está en absoluto científicamente
fundamentado. En efecto, como señala Dobzhansky (1995, pág. 634), la
heredabilidad no es una propiedad del CI, sino de la población en la que éste tiene
lugar, de tal manera que si todos los miembros de una población tuvieran un mismo

181
ambiente, entonces las diferencias entre ellos en CI serían genéticas. Sin embargo, es
absolutamente imposible que tengan todos exactamente el mismo ambiente, y, en
todo caso no podríamos hablar de diferencias entre poblaciones (o entre grupos
sociales, como es el caso de las diferencias en CI entre blancos y negros) sino sólo
entre individuos. Estimar la heredabilidad de las diferencias en CI en una población
está lleno de dificultades. Mucho más difícil aún resultan las estimaciones entre razas
o entre clases sociales» (Dobzhansky, 1995, pág. 634). Por ejemplo, «supongamos,
en aras a la argumentación, que la media en inteligencia de cierta clase social o raza
es más baja que la media de otras clases o razas en el actual ambiente. Ello no
justificaría el prejuicio racial o clasista, dado que se podrían conseguir importantes
cambios en la inteligencia manifiesta a través de intensos cuidados del niño. Tal vez
pudiera ser posible anular e incluso invertir las diferencias de medias grupales
modificando los ambientes y las prácticas de crianza de los niños» (Dobzhansky,
1995, pág. 637). Al fin y al cabo, como subraya David Layzer (1995), probablemente
la característica humana más importante consiste en su enorme, y todavía
desconocida, capacidad para crecer y para adaptarse, cosa a la que los psicómetras
genetistas del CI suelen ser ciegos, a causa de su racismo y clasismo científicos.

182
CAPÍTULO VIII
Los años 90 y el capitalismo neoliberal: «The Bell
Curve»

1. INTRODUCCIÓN

Como estamos constatando a lo largo de todo el libro, los psicómetras


genetistas del CI van a piñón fijo, de tal forma que una de sus características más
definitorias son sus obsesiones e ideas fijas, de manera que lo único que han hecho,
como respuesta a las duras críticas recibidas, ha consistido en pequeñas adaptaciones
a las circunstancias sociopolíticas, pero sin modificar un ápice su credo
ultraconservador. Eso mismo hace The Bell Curve, título del voluminoso libro que en
octubre de 1994 publicaron Herrnstein y Murray, un mes después del fallecimiento
por cáncer del primer autor. Si me voy a alargar, tal vez en exceso, en el análisis de
este libro, se debe sobre todo a dos razones: en primer lugar, a que constituye un
prototipo de todas las tesis y argumentos racistas de los psicómetras genetistas del CI
y, en segundo lugar, a causa de lo reciente de su publicación, ya que con frecuencia
los partidarios de este tipo de psicometría esgrimen que los Burt o Terman o Goddard
son ya cosas del pasado. Para entender mejor The Bell Curve basta con colocarle
como último eslabón de la cadena que estamos examinando en estas páginas y que va
de Galton a Jensen y Eysenck, pasando por Burt, McDougall, Goddard, etc. Además,
no es sino el intento de aplicación a la política social norteamericana el famoso
silogismo de Herrnstein que vimos en el capítulo anterior, que era resumido por su
autor de esta manera: «El silogismo y sus corolarios apuntan hacia un futuro en el que
las clases sociales no solamente se mantendrán sino que llegarán a basarse aún más
en las diferencias innatas. A medida que crezcan la riqueza y la complejidad de la
sociedad humana, irá precipitándose de la masa de la humanidad un residuo de baja

183
capacidad (intelectual y de otros tipos) que será incapaz de dominar las ocupaciones
corrientes, que no podrá competir por el éxito y el logro y que probablemente serán
hijos de padres también fracasados.» A esta tesis, The Bell Curve sólo añade dos
cosas: muchos datos, tablas, etc., para impresionar dando sensación de que es
altamente científico (retórica de la verdad) y un componente abiertamente derechista
a nivel político como contribución principal del coautor Charles Murray, cuyo
principal objetivo era apoyar las medidas ultraconservadoras contra el estado del
bienestar. No en vano de Murray había dicho The New York Times que era «el más
peligroso conservador de Norteamérica». De hecho, en 1984 había publicado Charles
Murray su Losing Ground en el que argumentaba, en línea con el neoliberalismo
ultraconservador, que la mejor forma de ayudar a los pobres consistía justamente en
eliminar todas las ayudas sociales, con lo que se convirtió en el científico social
preferido de la Administración Reagan.
En definitiva, La Curva en Campana es un alegato, más político que científico,
contra todo lo que signifique mentalidad abierta y progresista, contra todo tipo de
igualdad entre las personas y los grupos sociales, que intenta mostrar la inferioridad
mental de los negros, los inmigrantes, las mujeres solteras o los desempleados, con lo
que, y son sus objetivos principales, por una parte quedarían explicadas sus peores
condiciones de vida en la «justa» sociedad norteamericana y, por otra, se justifican
las propuestas reaccionarias eugenésicas y de política social. Y todo ello lo basan
tanto en algunos de sus propios escritos anteriores como en autores tan racistas y
deterministas genéticos como Itzkoff, Lynn o Rushton. Así, S. Itzkoff, quien había
escrito un conocido libro, The Decline of Intelligence in America, donde proponía
medidas eugenésicas dado que los menos inteligentes se reproducen más rápidamente
que los más inteligentes. Herrnstein y Murray defenderán de forma parecida la
propensión de los menos capaces a reproducirse excesivamente, y otra vez más,
guiados por los «cálculos de Richard Lynn» concluirán que los «inmigrantes
americanos de 1980 provienen de grupos étnicos que tienen puntuaciones de CI
significativamente por debajo de la media de los blancos...», como ya había
defendido Carl. C. Brigham en 1923. En efecto, Brigham, al igual que antes Burt,
estaba convencido de que la excesiva descendencia de las clases inferiores produciría
un «declive» de la inteligencia «americana». En concreto, Cattell predijo que el ritmo
de deterioro y del declive de las puntuaciones del CI sería de aproximadamente 1,5
puntos por década. Ahora bien, «al evidenciarse que los estudios actualmente
disponibles muestran justo lo contrario, es decir, que la inteligencia se ha ido
incrementando, los psicómetras han concluido que el test utilizado en este estudio (el
Stanford-Binet) constituye una medida imperfecta de la “inteligencia innata”... Su
convencimiento de que “algo muy preocupante está sucediendo con el capital
cognitivo del país” es inconmovible... Éste es el nuevo mundo al que lleva La Curva
en Campana. Que nuestro país se mueva en esa dirección depende de nuestra política,
no de la ciencia. Pretender, como Herrnstein y Murray hacen, que más de mil
referencias bibliográficas dan una base “científica” a su política reaccionaria exige
una táctica política aguda, pero constituye una mala utilización y un abuso de la
ciencia. Esto debe quedar claro para todos los científicos (y yo no soy uno de ellos)
que sintonizan con la política de Herrnstein y Murray. Debemos explicar a nuestros

184
ciudadanos que la recepción de este libro no tiene nada que ver con su mérito
científico o con la novedad de su mensaje» (Kamin, 1998, págs. 255-256). Tiene que
ver más bien con la vuelta al viejo racismo científico.

2. SIGNIFICADO ULTRACONSERVADOR DE «THE BELL CURVE»

En un reciente libro progenetista, aunque disfrazado de neutralidad y asepsia


científicas, Andrés-Pueyo y Colom (1998) proporciona un «potente» argumento a
favor de The Bell Curve: el elevado número de ejemplares vendidos. «A diferencia de
otras obras muy populares con contenido psicológico —por ejemplo, La Falsa
Medida del Hombre de Stephen Jay Gould— la obra de Herrnstein y Murray ha
estado en la lista de los más vendidos en Estados Unidos durante varias semanas1»
(pág. 21). Como vemos, se trata de un argumento realmente definitivo... Y por si
hubiera aún dudas de la valía y de la cientificidad del libro, añaden el siguiente
comentario de Charles Murray, uno de los autores, que tal vez por ser parte interesada
en el asunto, nos proporciona un argumento científico absolutamente fino sobre la
seriedad y cientificidad definitiva del libro: «Este libro ha creado en los medios de
comunicación una histeria que ha llevado a considerarlo no sólo profundamente
equivocado, sino incluso diabólico. Pero en este momento están en imprenta otros
400.000 ejemplares, y como suele comentar mi esposa, correctamente creo yo, un
ciudadano no se gasta 30 dólares para comprarse un libro pseudocientífico y racista.
Sencillamente, no lo hace. Los ciudadanos están actualmene leyendo el libro y
discutiendo sobre él». Pero no habla de la ingente cantidad de fondos proporcionados
por grupos financieros de extrema derecha, como la Pioneer Fund2, para la campaña
de publicidad del libro. Más en concreto, la compaña de marketing de La Curva en
Campana fue liderada por el Instituto Americano de Empresa (AEI) y por Free Press,
siendo las revisiones cuidadosamente seleccionadas por la AEI, patrocinándose
también congresos sobre el libro, cuyos participantes invitados iban con todos los
gastos pagados. Más aún, como señaló el poco sospechoso de izquierdismo Wall
Street Journal, el libro había sido lanzado a través de una estrategia consistente en
enviar las galeradas del libro únicamente a los periodistas afines. A pesar de ello,
pudiera seguir siendo extraño su éxito de ventas, pues no olvidemos que se trata de un
libro de casi 850 páginas, lleno de datos, tablas, cientos de referencias bibliográficas,
etc. No es, en principio, precisamente el libro que suele comprar el público. Pero sí lo
compró: ¿por qué? Una serie de variables, juntas, ayudan a responder: en primer
lugar, el libro servía a la clase media y alta norteamericanas para justificar tanto sus
privilegios como su ideología y sus prejuicios, pues decía todo lo que les hubiera
gustado escuchar (que los negros y los pobres son por naturaleza inferiores, que el
Estado debe gastar menos dinero con ellos para así poder bajar los impuestos a los
más favorecidos, etc.); en segundo lugar, justifica científicamente las desigualdades e
injusticias sociales, en un país que a pesar de ser el más rico y poderoso del planeta,
tiene grandes desigualdades; en tercer lugar, se instalaba coherentemente dentro de la
ideología del actual capitalismo neoliberal, por lo que, en cuarto lugar, consiguió
enormes cantidades de dinero para su publicitación. No es raro, pues, que se vendiera

185
tanto. Además, quienes pueden leer y comprar (costaba 6.000 pesetas —36 euros—
de 1994) pertenecen generalmente al grupo de norteamericanos blancos, de clase
media o alta, y con cierto nivel de estudios, que son precisamente quienes Herrnstein
y Murray dicen que son muy superiores en casi todo al resto de la población, y a
todos nos gusta que nos halaguen, presentándoles un futuro muy prometedor (y a
todos nos gusta que cuando nos leen la mano o nos echan las cartas, nos den ánimos
para seguir viviendo con alegría...).
Como señala Lind (1995, pág. 172), «la controversia sobre The Bell Curve no
es sólo sobre The Bell Curve. Es sobre la repentina y sorprendente legitimación, por
parte de los principales intelectuales y periodistas de la actual derecha
norteamericana, de un cuerpo de pseudociencia racista creado a lo largo de las
últimas dos décadas por un pequeño número de investigaciones, la mayoría de ellas
subvencionadas por la hereditarista Pioneer Fund». Recordemos que ello comenzó
con los trabajos, publicados en muy corto período de tiempo, por Jensen (1969),
Herrnstein (1971) o Eysenck (1971, 1973a, 1973b). Pero el hecho de que fuera
precisamente en 1994 cuando se publicó The Bell Curve se debió principalmente al
tortazo que para la euforia neoconservadora supuso el triunfo electoral de Clinton,
tras las consecutivas voctorias de Reagan y Bush padre. Más en concreto, la victoria
en las urnas de los demócratas, con Clinton a la cabeza, ponía en peligro, a juicio de
algunos de los intelectuales más conservadores, como era el caso de Murray, la
revolución neoconservadora de la época de Reagan y algunos de sus «logros» tanto
en materia de política social como en el campo cultural, obsesionados como estaban
por la inmigración, la raza y el sexo. En este contexto, «no es sorprendente, pues, que
las desde hace mucho tiempo suprimidas ideas sobre la desigualdad racial hereditaria
reemerjan ahora» (Lind, 1995, pág. 173). Pero tras esta reacción estaba el intento de
ahorrarle dinero al Estado Benefactor. Lo que en el fondo pretendían con su
«cruzada» estos autores conservadores, y entre ellos Herrnstein y Murray, era
sencillamente que el Estado gastase menos dinero en sus pobres y en sus minorías
raciales y/o étnicas. «Los conservadores, pues, estaban de acuerdo con la prescripción
—reducir o abolir los gastos en los pobres— antes de que estuvieran de acuerdo con
el diagnóstico. La fortuita oposición de The Bell Curve les proporcionó a los
conservadores una razón útil para una política encaminada a la abolición de la
seguridad social, política que ellos ya favorecían» (Lind, 1995, pág. 176). El
argumento que The Bell Curve les daba a estos conservadores era a la vez sencillo y
potente: la infraclase («the underclass») (tanto la blanca como la negra) es
intelectualmente deficiente por naturaleza, de tal manera que los ambiciosos
programas diseñados para integrar a sus miembros en la clase media serán casi con
toda seguridad un derroche de dinero. Y, como podemos imaginar, toda demostración
«científica» de ahorro del dinero del Estado con los demás suele ser bien recibida,
sobre todo por quienes pagan los impuestos o por quienes pretenden que el dinero
ahorrado se les aplique a ellos (ayudas a las empresas, a la exportación, etc.). Por
tanto, no es de extrañar que The Bell Curve fuera muy bien recibido por el público,
sobre todo tras la desproporcionada —y no inocente— campaña de publicidad que le
precedió (véase Kennedy, 1995), con el apoyo abierto de importantes árbitros de la
opinión pública como The New York Times, The New Republic, Nightline, etc. Así,

186
The New Republic decidió publicar un artículo de Charles Murray resumiendo los
principales temas de The Bell Curve, dándole así al libro una publicidad enorme. Y
para justificar esta decisión escribió The New Republic que «la noción de que pudiera
haber fuertes diferencias étnicas en inteligencia no es, pensamos nosotros, una
creencia inherentemente racista, sino una hipótesis empírica que puede ser
examinada».
Sin embargo, las críticas contra The Bell Curve han sido numerosas y «no han
provenido sólo de liberales o izquierdistas, sino que también un significativo número
de centristas y conservadores se han unido al repudio» (Kennedy, 1995, pág. 186).
Orlando Patterson (1995) se pregunta: ¿Por qué en un país, como Estados Unidos,
fundado sobre la creencia secular de que «todos los hombres son creados iguales»,
estamos tan obsesionados con la necesidad de encontrar una base científica para la
desigualdad humana? Y más aún: ¿por qué tal desigualdad pretende aplicarse
principalmente, y casi en exclusiva, a blancos y negros, intentando dejar claro
«científicamente» la inferioridad de éstos? Porque, no olvidemos que los test de CI
también mostraron diferencias entre los habitantes de los estados norteños y los
sureños, o entre urbanos y rurales, y a nadie se le ocurrió pontificar sobre la
inferioridad genética de los ciudadanos norteamericanos del sur o del mundo rural. La
explicación de ello tiene necesariamente que incorporar el concepto de xenofobia: al
negro no se le considera ciudadano norteamericano y, por ello, se le intenta excluir
con todos los medios disponibles, entre ellos los científicos, aunque para ello la
ciencia —la psicometría en este caso— deba convertirse en pseudociencia (véase
también Carey, 1995). Por otra parte, The Bell Curve no añade nada nuevo a los
viejos argumentos eugenésicos de Galton, Davenport o Brigham, ya que proponen
dos principales medidas para solucionar los problemas sociales norteamericanos: la
retirada de las ayudas a las madres solteras necesitadas y la prohibición de entrar en
Estados Unidos a inmigrantes con bajo CI. Estamos ante «la eugenesia al servicio de
una oligarquía racial-intelectual» (Judis, 1995, pág. 126). Ahora bien, añade John B.
Judis (pág. 126), «si estas desagradables recomendaciones políticas se basaran en
algunos hallazgos científicos nuevos, incluso quienes las detestan deberían tenerlas
en cuenta. Pero el discurso de Murray y Herrnstein sobre la raza, el CI y la disgenesia
no es ciencia».
Pero, como a nadie extrañará, el ultraconservadurismo de Herrnstein y Murray
va unido a un patriotismo exagerado a la vez que simplón, como puede constatarse ya
en el Prefacio (págs. XXI-XXII): «Una gran nación asentada en los principios de la
libertad individual y en el autogobierno que constituye el mayor logro del arte de
gobernar, se enfrenta al final del siglo XX. La igualdad de derechos —otro principio
central— ha sido implantada más profundamente y con más éxito que en ninguna otra
sociedad en la historia. Sin embargo, incluso aunque triunfe el principio de la
igualdad de derechos, empiezan a sucederle cosas extrañas a dos pequeños segmentos
de la población. A uno de estos segmentos la vida le va muy bien en muchos sentidos.
Sus miembros son bien recibidos en las mejores universidades y en las mejores
escuelas profesionales, al margen de los recursos y riquezas de sus padres. Tras
completar su educación, comienzan con éxito prestigiosas carreras. Sus ingresos
económicos continúan aumentando incluso cuando los ingresos se estancan para

187
todos los demás. En su madurez generalmente obtienen ingresos de seis dígitos. La
tecnología trabaja a favor de ellos, ampliando sus opciones y su libertad, poniendo a
su servicio recursos sin precedentes, intensificando sus posibilidades de hacer lo que
realmente les gusta. Y a medida que les pasa estas cosas positivas, cambian de una
empresa a otra, incrementándose cada vez más su capacidad, a causa de su riqueza y
de la tecnología para trabajar juntos y para vivir en una u otra empresa —e incluso
aislados de cualquier otro. Al otro grupo, la vida les va cada vez peor, y sus
miembros se hacinan en los bajos fondos de la sociedad. La pobreza es seria, la droga
y el crimen es general, y la familia tradicional casi ha desaparecido. El
enriquecimiento económico pasa de largo. La tecnología no es una compañera de sus
vidas sino sólo es un opiáceo electrónico. Viven juntos en los centros urbanos o
dispersos en remansos rurales, pero están presentes por todas las partes de la ciudad e
incluso de los campos, provocando miedo y enojo al resto de la sociedad que pocas
veces son expresados abiertamente pero que sin embargo se encona... El sentido de lo
que está bien y está mal, lo que es virtuoso y lo que es mezquino, de lo que es
asequible o inasequible —más importante aún, su sentido de qué tiene que hacer la
gente para vivir juntos— está alterado de múltiples maneras. El frágil tejido de la
civilidad, el respeto mutuo y las obligaciones mutuas en el corazón de cualquier
sociedad feliz comienza a romperse. Para intentar pensar sobre lo que está ocurriendo
y por qué, y para intentar entender de este modo qué habría que hacer, los científicos
sociales, los periodistas y los políticos de la nación buscan explicaciones. Examinan
cambios en la economía, cambios en la demografía, cambios en la cultura. Proponen
soluciones basadas en una mejor educación, en más y mejores puestos de trabajo, en
intervenciones sociales específicas. Pero ignoran un elemento subyacente que es el
responsable de los cambios: la inteligencia humana —la forma en que varía dentro de
la población norteamericana y el crucialmente cambiante papel que ha desempeñado
en nuestros destinos a lo largo de la última mitad del siglo XX». Por tanto, sugieren
Herrnstein y Murray, sólo si entendemos la relación existente entre la inteligencia y la
estructura social podremos solucionar esos terribles problemas de la sociedad
norteamericana.
Esta larga cita supone, como puede fácilmente constatarse, o bien una
ingenuidad difícil de creer o bien una mala fe poco habitual. O tal vez una extraña
mezcla de ambas cosas: una ideología ultraconservadora subyacente junto a una
buena dosis de cerrado dogmatismo lleva a interpretar la realidad de una forma tan
ingenua que les hace ver como evidente lo que no es sino producto de sus deseos y de
su propia ideología. Lo demás es pura derivación poco razonable, pero «lógica»:
crearán instrumentos propensos a comprobar sus tesis e hipótesis, e interpretarán de
tal forma sus datos —y no olvidemos que los datos se construyen— que por fuerza se
confirmarán plenamente sus hipótesis y sus tesis. Estamos ante la vuelta a los inicios
de la psicometría genetista del CI: los pobres y los negros son poco inteligentes
genéticamente. Por tanto, sólo una medida cabe: terminar físicamente con los pobres
y los negros. Pero como ello hoy día repugna a nuestra sensibilidad (al menos el
matar a «nuestros pobres» porque a otros sí se los mata de muchas maneras:
hambrunas del África, bombardeo norteamericano de una fábrica de productos
farmacéuticos en Sudán, bombardeos persistentes en Afganistán, etc.), se conforman

188
con proponer medidas tales como quitar las ayudas sociales (el seguro de desempleo,
la seguridad social o la educación gratuitas, etc.) a los pobres, a las madres solteras,
etc., y, por supuesto, llevar a cabo un eficaz y riguroso programa de control de la
natalidad de los pobres, los negros y los hispanos, así como prohibir la entrada en
Estados Unidos a los inmigrantes... ¡y esto en 1994! ¡No hemos avanzado nada desde
los años 20!
Ahora bien, si al surgimiento y expansión del capitalismo en Gran Bretaña
durante la primera mitad del siglo XIX le siguió la justificación ideológica del
darwinismo social propuesta por Spencer, el neodarwinismo social propuesto por
Herrnstein y Murray es la respuesta a la nueva estructura de clases creada por el
capitalismo global que se implantó en Estados Unidos tras la Segunda Guerra
Mundial (véase Willis, 1995). Más aún, en 1994, desaparecida ya la amenaza
comunista, el neocapitalismo global ultraconservador no sólo necesita una
justificación científico-ideológica para la estructura de clases por él instaurada, es que
puede ya permitirse el lujo de ir haciendo desaparecer el estado del bienestar: los
millones de ciudadanos que vayan entrando en la pobreza extrema no serán
fácilmente cazados por comunismo o socialismo alguno. Llegados al «fin de la
historia» de Francis Fukuyama, el capitalismo finalmente triunfante puede ya
permitirse estas cosas. Pero, eso sí, necesita justificarles científicamente, pues
científica es la lógica que la ilustración impuso al propio capitalismo. Esa es una de
las tareas primorciales de The Bell Curve.
En definitiva, como señala Ellen Willis, «invocando la autoridad de la ciencia,
The Bell Curve rechaza todo el proyecto de la Modernidad». Pero no lo hace desde
una perspectiva actual y postmoderna, sino más bien, desde una posición
conservadora y pre-moderna, como se refleja perfectamente tanto en el penúltimo
capítulo, que presenta un cuadro realmente apocalíptico de una sociedad con una
infraclase permanentemente enfangada en la inevitable pereza de los bajos cocientes
intelectuales de sus miembros, como en el último, en el que presenta una alternativa
tan empalagosamente ingenua y poco creíble que le hace decir a Gould (1995b, pág.
13) que «nunca he leído nada más grotescamente inadecuado».

3. ¿QUIÉNES DEFIENDEN «THE BELL CURVE»?

Es perfectamente asumible que los psicólogos que deseen colocarse en la


extrema derecha, en la extrema izquierda o en el centro, o donde quieran, del espectro
político, lo hagan; lo que personalmente no me parece tolerable es que lo hagan sin
admitirlo e incluso ocultándolo bajo falsos neutralismos científicos que, a la postre,
nunca son inocentes, como es el caso de los psicómetras genetistas del CI: ellos
sabrán por qué se avergüezan de su propia ideología conservadora y por qué la
esconden bajo vestimenta de presunta objetividad científica, como si la ciencia
pudiera ser alguna vez neutra ideológica y hasta políticamente, y menos aún las
ciencias sociales y humanas como es el caso de la psicología. De hecho, los
psicómetras que se han escudado en los «hechos» y en la objetividad de su ciencia,
como ha sido el caso, por no mencionar sino los más conocidos de entre los

189
contemporáneos, de Jensen, Eysenck o Herrnstein, lo que hacen realmente es
defender posturas ideológicas y políticas, y hasta intereses, inconfesables. No es raro
que Peter Brimelow elogie tanto The Bell Curve que le compare nada menos que con
El origen de las especies de Darwin. Esta hiperbólica comparación se explica
perfectamente por el hecho de que también su autor deseaba cambiar las leyes de
inmigración de modo que se pudiera «recuperar el balance racial de América... para
equipararlo al de 1960: casi el 89 por 100 eran blancos en aquel entonces»,
compartiendo también con Murray, y con Jensen, Eysenck y Herrnstein, un profundo
rechazo hacia la acción positiva y las cuotas que, como se sabe, en Estados Unidos
favorecen sobre todo a negros y latinos. También Thomas Bouchard, otro
determinista genético, defiende a Herrnstein y Murray, afirmando (1998, pág. 221),
que «en una sociedad igualitaria como la muestra (sic), la existencia de diferencias
individuales o de grupo consistentes y estables en inteligencia se considera un desafío
a nuestros elevados ideales. Este desafío ha sido aceptado por Richard Herrnstein y
Charles Murray en su libro La Curva en Campana». Mucho más moderada es la
defensa que hace Sandra Scarr del libro que estamos comentando. En todo caso,
frente a los indiscutibles «excesos» a la hora de extraer conclusiones sociales de los
datos de Herrnstein y Murray, Andrés-Pueyo y Colom (1998) pretenden equilibrar la
situación con la contribución de Sandra Scarr (que, no lo olvidemos, está entre los 52
autores que firmaron la Declaración genetista sobre la Inteligencia, por lo que de
equilibrar, nada. Eso muestra el talante de los herencialistas: se equilibran entre ellos,
balanceando los más radicales con los no tan radicales). De hecho, la posición de
Scarr está próxima a la de Herrnstein en lo que respecta a la causación genética del
CI. Sin embargo, añade Scarr (1998, págs. 226-227), «la controversia sobre las
recomendaciones políticas que plantea el libro son justificables. La solución de los
autores a las consecuencias sociales y económicas de la baja inteligencia consiste en
cortar la ayuda social y estatal, eliminar la “acción afirmativa” y amonestar a todos
aquellos que buscan un “lugar valorado” en su “clan” o comunidad local. Sus
argumentos eugenistas se reflejan en su demanda de eliminación de políticas públicas
que crean incentivos para los pobres y las madres solteras para tener hijos. Charles
Murray no necesitaba de la literatura científica sobre las diferencias individuales y de
grupo en inteligencia y en rendimiento para proponer la abolición de las ayudas
propias del estado del bienestar que ayudan a las madres solteras o la abolición de la
“acción afirmativa” para los afroamericanos de Estados Unidos. Ya había propuesto
estas acciones políticas a un Congreso escéptico hace algunos años. Asimismo, desde
la década de los 80 Murray ha argumentado que las exigencias de la “acción
afirmativa” que fuerzan a compañías y a las universidades a aceptar candidatos de
grupos minoritarios, son económicamente nocivas, porque aquellos candidatos
generan costos de formación más elevados y reducen la productividad. Además, este
autor sostiene que esta selección de candidatos menos cualificados de las minorías
desvirtúan los logros de aquellos afroamericanos cuyas capacidades son iguales o
superiores a las de los blancos». Como vemos, Scarr es más crítica con Murray que
con Herrnstein.
Por otra parte, para mostrar la defensa que de Herrnstein y Murray hacen
algunos autores españoles como A. Andrés-Pueyo, R. Colom o Gonzalo Ferández de

190
la Mora, nada mejor que incluir una cita del artículo que este último publicó en El
Mundo (26 de febrero de 1995) sobre esta polémica: «La tesis ambientalista de que la
inteligencia es una facultad enteramente adquirida y no dependiente del código
genético recibido ya es científicamente insostenible, aunque los marxistas y afines lo
hayan sostenido hasta su autodesplome teórico y práctico en 1989, con la caída del
muro de Berlín... La previsión de futuro es que, a pesar de los equivocados planes de
pedagogía igualitaria, en la competitiva sociedad norteamericana aumentará ese
aislamiento de los más inteligentes, se confundirán los más inteligentes con los más
ricos y triunfadores y se deteriorará la calidad de vida de las personas de menor
inteligencia. Esta tendencia estaba frenada en el pasado por el peso de los lazos
familiares, el aislamiento local de los mercados de trabajo, la menor especialización
laboral y otros factores sociales tradicionales. Pero cuanto más moderna es una
sociedad, mayor tiende a ser la estratificación entre los más inteligentes y los menos
inteligentes y menor el intercambio entre ambos extremos. Lo que los autores
propugnan no es el fracasado y quimérico igualitarismo, sino crear una plaza para
cada uno en función de su inteligencia, porque la mayoría de los efectos de la
ideología igualitaria han sido malos. También defienden una reconstrucción del
matrimonio como el único estatus legal, que el liberalismo económico sea
complementado por una cierta redistribución a favor de los menos inteligentes, y la
supresión de las medidas estatales que estimulen la natalidad de los sectores menos
dotados intelectualmente».
También les defendieron a Herrnstein y Murray quienes participaron en un
simposio en The National Review al describir su libro como «magistral», señalando
que «confirma la intuición razonable de los ciudadanos corrientes de que intentar
construir una igualdad racial en la distribución de ocupaciones y de posiciones
sociales no va contra los prejuicios racistas, sino contra la naturaleza, que muestra
que no existe tal distribución igualitaria de talentos». Al fin y al cabo, Herrnstein y
Murray afirman contundentemente que «ya es tiempo de que en América volvamos a
vivir con la desigualdad con que la vida es vivida». En suma, mientras la revista
conservadora Forbes aplaudía el libro y la posición de éste, The New York Magazine
le veía como «una ayuda a todas clases de racismo». Y evidentemente, el libro es
defendido por el propio Murray, dado que, como hemos dicho, Herrnstein ya no
podía hacerlo: «Déjenme hacer una predicción más limitada: cuando la tormenta se
haya apaciguado, nada importante de lo que se sostiene en La Curva en Campana
habrá desaparecido. Digo esto no porque Herrnstein y yo mismo hayamos sido
especialmente clarividentes, sino porque nuestras conclusiones están realizadas con
sumo cuidado y nuestros resultados están sólidamente situados en el núcleo de la
investigación científica» (Murray, 1998, pág. 257). Hoy día, ocho años después de la
publicación del libro, ¿qué queda realmente? Ante todo, un enorme desasosiego por
el mero hecho de constatar que todavía haya autores que publiquen cosas como éstas
y que, además, sean incluso elogiados y defendidos por más de un (¿despistado?)
psicólogo. Pero veamos el contenido del libro que tanta polémica suscitó, libro que
pretende pasar revista a los principales problemas sociales de Estados Unidos
(pobreza, desempleo, familia, delincuencia, etc.) de los años 90, proponiendo
medidas para su solución.

191
4. «LA CURVA EN CAMPANA» Y LA CAUSACIÓN COGNITIVA DE LOS
PROBLEMAS SOCIALES

El resumen del libro lo hace el propio Murray (1998, pág. 162): «La Curva en
Campana presenta tres conclusiones importantes sobre la inteligencia y la raza; 1)
todas las razas están representadas en el rango de la inteligencia, desde el punto más
bajo al punto más alto; 2) los negros y los blancos americanos tienen diferentes
puntuaciones medias en los test mentales, siendo distinta la diferencia según el test,
pero generalmente en torno a una desviación típica —unos 15 puntos de CI—; 3) las
puntuaciones en los test mentales son generalmente igualmente predictivas del
rendimiento educativo y ocupacional para los negros y otros grupos étnicos. En la
medida en que los test no están sesgados, tienden a sobrepredecir, no a infrapredecir,
el rendimiento de los negros americanos. Estos hechos son relevantes para
comprender por qué (por ejemplo) las diferencias ocupacionales y salariales separan a
los blancos y a los negros, o por qué la acción positiva agresiva ha dado lugar a un
apartheid académico en nuestras universidades. Más en general, Herrnstein y yo
mismo escribimos que un buen número de asuntos sociales en América no pueden ser
interpretados sin comprender el papel de la inteligencia, a menudo confundido con el
papel de la raza. Cuando trasladamos estas evidencias a la política gubernamental, en
nuestra cabeza había una implicación: regresar tan pronto como sea posible al ideal
americano de que las personas deben ser tratadas como individuos, no como
miembros de grupos», y por tanto, añado yo, dejar a los más indefensos social,
cultural y políticamente que se defiendan solos en la terrible jungla del actual
capitalismo neoliberal.
El propio contenido de The Bell Curve responde a las obsesiones de sus
autores, que podemos concretar fundamentalmente en estas tres: Herrnstein, que
curiosamente había comenzado su carrera como discípulo de Skinner, estaba
obsesionado con la heredabilidad de la inteligencia, con la convicción de que en gran
medida nuestras capacidades intelectuales provienen de nuestros genes, y estaba
convencido igualmente de que había habido una conspiración liberal para oscurecer
el significado de las diferencias en inteligencia, basadas genéticamente, entre
diferentes razas, clases sociales y grupos étnicos. Esta segunda obsesión la compartía
con Murray quien estaba aún más obsesionado con la llegada del «Estado Custodio»
y con los gestos en servicios sociales del Estado del Bienestar (véase Ryan, 1995).
Estas obsesiones explican la contumacia con que se encastillan en sus posiciones, lo
que les hace ser totalmente ciegos a datos y a interpretaciones que no coincidan con
su postura. De hecho, señala Gardner (1995, pág. 72), «cuando recientemente debatí
con Murray en la National Public Radio, él era reacio a aceptar la posibilidad de que
los programas de intervención harían desaparecer o reducir significativamente las
diferencias en inteligencia. Si lo hubiera aceptado, todo el edificio psicométrico que
él y Herrnstein han construido se hundiría. Mientras afirmaba que ellos confrontaban
hechos que otros se negaban a ver, ellos son ciegos tanto para la evidencia
contradictoria como para las consecuencias humanas de su trabajo. Evidentemente,
Herrnstein y Murray tienen el derecho a sus conclusiones. Pero si creen realmente
que los negros no serán profundamente heridos por las insinuaciones de que son

192
genéticamente inferiores, es que son más ignorantes —quizá incluso más estúpidos—
de lo que yo había sospechado».
En todo caso, dos son los pilares básicos de La Curva en Campana: el racismo
y clasismo de sus autores, y su creencia ciega en el determinismo biológico. Así, son
sus intereses ideológicos y sus prejuicios sociales y raciales lo que les hace confundir
continuamente, tal vez más aún que sus predecesores en la psicometría genetista,
correlación y causación (véase Kamin, 1995). Pero el problema de las correlaciones
no estriba sólo en que correlación no es causación, sino incluso, como afirma el
matemático John Allen Paulos, es que podemos encontrar correlaciones entre casi
todo (sobre todo, añado yo, con muestras muy grandes). Así, como irónicamente
señala K. C. Cole (1995), los matemáticos han encontrado una correlación positiva
entre el rendimiento de los niños en pruebas de matemáticas y el tamaño de sus
zapatos. Y los psicólogos la han encontrado entre el color de la piel y la inteligencia.
Como puntualiza el matemático de la Universidad de Stanford, Ingram Olkin, a
menudo dos cosas que correlacionan entre sí lo hacen a causa de un tercer factor
ajeno a ambas. Y, escribe el citado Paulos, que casi todas las variables que
correlacionaron con un alto CI están también relacionadas con altos ingresos, que, a
su vez, se relacionan con una mejor salud y una más rica nutrición, añadiendo que «el
más razonable argumento contra The Bell Curve es que desenredar estos factores
puede ser imposible». La solución a estos problemas parece pasar por dejar de lado
los estudios meramente correlacionales. Pero, entonces, The Bell Curve, y con él
prácticamente toda la psicometría del CI, quedarían totalmente desautorizados.
Pues bien, la tesis fundamental de The Bell Curve es que la evolución de la
historia humana ha sido tal, que en el siglo XX es la capacidad cognitiva la verdadera
fuerza responsable de la división de clases sociales y de la asignación de cada persona
a una u otra clase social. Herrnstein está donde estaba: su silogismo sigue siendo la
base fundamental de su posición. «La clase social sigue siendo el vehículo de la vida
social, pero ahora es la inteligencia la que empuja el tren» (Herrnstein y Murray,
1994, pág. 25). De esta manera, lo que hacen Herrnstein y Murray es meramente
coger una enorme cantidad de datos, tomados en su mayor parte del National
Longitudinal Study of Youth (NLSY) realizado por el gobierno de Estados Unidos, y
efectuar correlaciones entre el CI y una serie de variables sociales, entre las que
destacaré las siguientes:

1) Pobreza: comienzan con esta pregunta: «¿Quién se convierte en pobre?». Su


respuesta es clara y diáfana: quienes posean un bajo CI. Y añaden textualmente (pág.
127): «Un joven criado en una familia cuyos padres están crónicamente
desempleados (uno o los dos), que trabajan en los más serviles empleos, y con muy
bajo nivel educativo, pero que tiene un CI medio, de 100, posee casi un 90 por 100 de
probabilidades de salir de la pobreza por sí mismo o por sí misma antes de los treinta
años. Y al revés, un joven blanco nacido en una sólida familia de clase media pero
con un CI por debajo de la media se enfrenta a un gran riesgo de caer en la pobreza, a
pesar de su afortunado origen». De ahí que ante la pregunta: ¿si tuviese usted que
elegir, optaría por nacer rico o inteligente? Su respuesta es que prácticamente sin
excepción habría que responder que inteligente. Y añaden (pág. 127): «Cuando el

193
panorama se complica añadiendo otras variables como el sexo, el estado marital o los
años de educación, la inteligencia sigue siendo más importante que las demás
variables, con el estado marital en segundo lugar. Entre las personas que son a la vez
inteligentes y con años de escolarización, el riesgo de hacerse pobre es prácticamente
cero. Pero también habría que añadir que a veces hay jóvenes blancos que se casan y
que son pobres, si tienen poca inteligencia y pocos años de escolarización. Incluso en
estos casos más complicados, un bajo CI sigue siendo más importante precursor de
pobreza que las circunstancias socioeconómicas en que la gente crece». Por tanto, la
pobreza podría tener una fácil solución: entrenar a niños y niñas, particularmente a
los/las pobres, para incrementar su CI. Pero, desgraciadamente, ello no es posible: el
CI es básicamente heredado, genéticamente determinado, y no puede ser mejorado
fácilmente. ¡Qué se le va a hacer! La vida es como es y no como nos gustaría que
fuese, y no hay forma de cambiarla: cada uno debe conformarse con lo que tiene, que
es lo que la naturaleza le ha dado.

2) Familia: según Herrnstein y Murray no es sólo que problemas familiares


como el divorcio, el tener hijos ilegítimos, etc. dependen en gran medida del CI, es
que la propia decadencia de la familia tradicional es más frecuente entre las personas
con menor inteligencia. «Los rumores sobre la muerte de la familia tradicional es algo
muy cierto para aquellos norteamericanos blancos con poca capacidad cognitiva y
con pocos años de educación, y mucho menos cierto para aquellos norteamericanos
que son inteligentes y que tienen más años de escolarización... En cuanto al
matrimonio, la ley general es que los más inteligentes se casan en mayor proporción
que los menos inteligentes... El divorcio es mucho más frecuente entre las personas
de más bajo nivel tanto socioeconómico como escolar o educativo, pero es mejor
explicado aún por el CI. Cuando se tiene en cuenta el divorcio sólo de los menos
inteligentes, las personas con mayor nivel socioeconómico se divorcian más que los
de menor estatus. También la ilegitimidad (sic), uno de los problemas
másimportantes de la actualidad, dicen Herrnstein y Murray3, está fuertemente
relacionada con la inteligencia. Las mujeres blancas que pertenecen al 5 por 100 de
más abajo en la distribución según la inteligencia posee seis veces más de
probabilidades de tener un primer hijo ilegítimo que las del 5 por 100 más alto. Y
entre los hijos legítimos, un 20 por 100 de los primogénitos de las mujeres del 5 por
100 inferior intelectualmente fueron concebidos antes del matrimonio4, comparados
con menos del 5 por 100 entre el 5 por 100 superior... La baja inteligencia es un
factor de predisposición para tener hijos ilegítimos mucho más fuerte que el nivel
socioeconómico» (Herrnstein y Murray, 1994, pág. 167). Además, la confusión
metodológica es a veces más que considerable. Así, por no poner sino sólo uno de los
muchos ejemplos posibles: en la pág. 169 incluyen Herrnstein y Murray una tabla que
muestra un continuado descenso en las tasas matrimoniales desde 1950, llegando a
finales de los noventa a alcanzar las tasas de los primeros años 30, como se sabe los
de la Gran Depresión. ¿Por qué estarán tan seguros que el descenso de los años 30 se
debió a causas socioeconómicas y laborales, mientras que en los años 80 se debió a
un descenso en el CI? Todo parece indicar que el CI está aumentando a lo largo de las

194
últimas décadas, ¿cómo se compagina este dato con la afirmación continuada de
Herrnstein y Murray de que son justamente los bajos CI los responsables del
descenso de las tasas de matrimonios, del aumento de los hijos ilegítimos, del
incremento del consumo de drogas o del crimen, etc.? ¿Tanto habrá descendido el CI
de los norteamericanos desde mitad de los sesenta para que las tasas de hijos nacidos
fuera del matrimonio hayan aumentado tanto en esos años como nos muestra la tabla
de la pág. 178? Así, en 1960 había en Estados Unidos 73.000 madres solteras de entre
dieciocho y treinta y cuatro años, cifra que en 1980 ya era de un millón y en 1990 de
casi tres millones.
3) La dependencia de la beneficiencia o de la seguridad social: también esto
depende de la inteligencia. Más en concreto: más de un 75 por 100 de las madres que
son ayudadas por la seguridad social durante un año tras el nacimiento de su primer
hijo pertenecen al 25 por 100 más bajo de CI, comparado con el 5 por 100 del cuartil
superior de CI. «Estos análisis proporcionan cierto apoyo para quienes argumentan
que una cultura de la pobreza tiende a transmsitir una dependencia crónica de la
seguridad social de una generación a la siguiente. Pero si realmente opera una cultura
de la pobreza, al parecer su influencia se ejerce primordialmente sobre las mujeres de
poca inteligencia» (Herrstein y Murray, 1994, pág. 191). Entre las mujeres que
dependen transitoriamente de la seguridad social, un CI bajo constituye un factor de
riesgo, incluso cuando se controlan, o se elimina, la influencia de variables como el
estado civil, la pobreza, la edad o el estatus socioeconómico.

4) Desempleo: Los economistas distinguen claramente entre estar


desempleados (personas que buscan trabajo y no lo encuentran) y estar fuera del
mercado laboral (personas que ya ni siquiera buscan empleo). Pues bien, el mejor
predictor de ambas categorías, afirman Herrnstein y Murray, es, nuevamente, la
inteligencia, el CI (pág. 155). Pero no sólo es muy importante el CI a la hora de
encontrar trabajo. Es que, añaden Herrnstein y Murray, una vez que se tiene en cuenta
la inteligencia, el origen socioeconómico de las personas es algo totalmente
irrelevante para emplearse. ¿En qué mundo viven estos señores para afirmar tal cosa?
O sea, que las relaciones sociales y las influencias de los padres y otros familiares,
amigos o vecinos no sirven de nada a la hora de encontrar trabajo: sólo cuenta el CI.
Estas afirmaciones suponen una ingenuidad metodológica exagerada a la hora de
interpretar las correlaciones que encuentran. Ingenuidad e ideología
ultraconservadora, claro: la correlación que encuentran sólo significa que las personas
con poder e influencia en el mundo empresarial y laboral suelen tener hijos con altos
CI que encuentran buenos trabajos con gran facilidad. Sin embargo, tampoco aquí son
originales Herrnstein y Murray. En efecto, Cattell, considerado como «uno de los más
ilustres psicómetras de su tiempo», escribió durante la Gran Depresión que el
desempleo —persistente— que, desafortunadamente, se considera como un simple
problema económico, es de hecho un problema primordialmente psicológico (citado
en Kamin, 1998, págs. 244-245). Pero hay más, es que el CI predice también la
incapacidad laboral. Así, de los varones que se describían a sí mismos como
incapacitados para el trabajo, más de un 90 por 100 estaban en el 25 por 100 más bajo
de la distribución del CI, y menos de un 5 por 100 se encontraban en el 25 por 100

195
más alto. «No sabemos por qué la inteligencia y los problemas físicos están tan
estrechamente relacionados, pero una posibilidad es que las personas menos
inteligentes son más propensas a tener accidentes» (Herrnstein y Murray, 1994, pág.
155). Sin comentarios: sencillamente increíble.

5) Crimen y delincuencia: también la delincuencia depende más del CI que de


la clase social a que se pertenezca. «Entre los factores más firmemente establecidos
sobre los delincuentes criminales está el hecho de que su distribución de CI difiere de
la de la población general. Tomada la literatura científica en conjunto, los
delincuentes obtienen CI medios de 92, ocho puntos por debajo de la media. Y los
delincuentes crónicos tienen unos CI más bajos que los delincuentes ocasionales. La
relación del CI con la criminalidad es particularmente pronunciada en la pequeña
fracción de la población, especialmente jóvenes varones, constituída por criminales
crónicos altamente reincidentes... Un CI alto también proporciona cierta protección
contra el caer en la delicuencia para las personas que, de otra manera, estarían en
riesgo de ello. Aquellos que se han criado en hogares turbulentos, con padres que
eran criminales, o que ya durante su infancia habían exhibido rasgos que ya
presagiaban el crimen (sic), es menos probable que se conviertan de adultos en
criminales si su CI es alto... Un bajo CI es un factor de riesgo para la conducta
criminal, ya sea medida ésta por el encarcelamiento o por los crímenes confesados. El
origen socioeconómico de los varones blancos es un factor de riesgo despreciable
cuando su inteligencia es tenida en cuenta» (Herrnstein y Murray, 1994, pág. 235).
No es que los individuos de más bajo CI delincan más, sino, si acaso, son detenidos
más fácilmente. Y tal vez sea así, no por su «inteligencia», sino por su forma de vestir
o de hablar, o por la familia o etnia a que pertenezcan, etc. Tengamos además en
cuenta que cuando Herrnstein y Murray afirman que nuestra sociedad está siendo
dirigida por una clase social compuesta por personas muy inteligentes, mientras que
los menos inteligentes forman el grupo de los criminales, olvidan que hay diferentes
clases de inteligencia y diversos tipos de crímenes. Pero ellos sólo se interesan por
una clase de inteligencia (la inteligencia escolar, la que supuestamente miden los test
de CI) y por una sola clase de crímenes (los cometidos más frecuentemente por
personas de clase baja y sobre todo por negros e hispanos pobres). No prestan la más
mínima atención, por ejemplo, a los crímenes de cuello blanco, como es el caso de las
estafas multimillonarias a las arcas del estado, el gran tráfico de drogas, etc.

6) Ciudadanía: por si todo lo anterior fuera poco, Herrnstein y Murray añaden


también que es el CI el que lleva a la gente a participar social y políticamente en la
comunidad. Evidentemente, se refieren exclusivamente a la participación que a ellos
les interesa, básicamente a la convencional. No creo que digan lo mismo de los
jóvenes «okupas», que son políticamente muy participativos: ¿poseen realmente
cocientes intelectuales más altos que los de quienes se quedan en casa preparando
exámenes u oposiciones? Su argumentación es la de siempre: «Una sociedad libre
requiere una ciudadanía que participe en las cuestiones cívicas, en asuntos tan
solemnes como las elecciones nacionales o en otros tan comunes como las de

196
vecindad... Para medir cualquier relación entre compromiso político y CI, los mejores
datos, sorprendentemente, son los proporcionados por estudios con niños, y los
resultados son consistentes: los niños más inteligentes de todas las clases
socioeconómicos, incluyendo los más pobres, aprenden más rápidamente sobre la
política y sobre empleos de gobierno, y son más proclives que los niños más torpes a
leer sobre, a discutir, y a participar en actividades políticas. La brecha entre los niños
más brillantes y los más pobres en desarrollo político se ensancha con la edad, a
diferencia de la estática brecha que existe entre las clases socioeconómicas. En el
caso de los adultos, la teoría dominante sobre el compromiso político ha asumido
durante años que el estatus socioeconómico es la variable crucial. Las personas de un
nivel más alto votan más, y conocen más y se preocupan más por asuntos políticos
que los de estatus más bajos. Pero la investigación disponible ofrece una amplia
evidencia de que el elemento clave para predecir el compromiso político es el nivel
educativo. Las personas que votan menos y que menos se preocupan de las cuestiones
políticas no son tanto las más pobres cuanto las de menos años de escolaridad, sean
cuales sean sus ingresos o su ocupación. Los estudios fragmentarios disponibles
indican que la educación predice el compromiso político en Estados Unidos
principalmente porque es una ocasión para desarrollar la habilidad cognitiva»
(Herrnstein y Murray, 1994, pág. 253).
¿En qué medida una alta inteligencia correlaciona con las conductas asociadas
con los valores de clase media? Pues bien, Herrnstein y Murray responden que los
jóvenes más inteligentes llevan una vida que se aproxima a este estereotipo a veces
menospreciado: se aplican bien en la escuela, trabajan duro en el mercado de trabajo
y son fieles a sus esposas. «En la medida en que la inteligencia ayuda a la gente a
conducirse de esta manera, es también una fuerza para mantener la sociedad civil»
(pág. 254). ¡Qué evidente es aquí el conservadurismo social y político de estos
autores, y qué ingenuidad la suya, incluso metodológica! (si no cinismo, que no sé
cuál será peor). Pero si es que los test de CI miden justamente, entre otras cosas, la
coincidencia con los valores y la forma de vida de la clase media y el interés por las
cosas de las clases media y alta. Una serie de características propias de las clases altas
y medias son el elemento central que lleva al éxito a la vez en los test, en la escuela,
en el mundo profesional y en el social. Por ello en todos esos lugares (también y
particularmente en los test de CI) tiene más éxito el «hombre ideal» (blanco, urbano,
con muchos años de educación formal...). La estadística y el análisis de los datos son
fácilmente interpretables en una u otra dirección dependiendo de la ideología
cotidiana, científica y hasta política de quienes lo interpretan. Sin embargo, de esos
mismos datos podemos extraer conclusiones bien diferentes y hasta, si se me apura,
opuestas5. Más aún, ¿cómo explican Herrnstein y Murray el sorprendente dato de que
todos estos fenómenos (el número de hijos ilegítimos, la dependencia de la seguridad
social, el crimen, etc.) se han incrementado muy sustancialmente desde mitad de los
años 60 y desde entonces no han dejado de crecer,a la vez que tampoco ha dejado de
creer el CI de la población? Además, incluso admitiendo como válidos los datos de
Herrnstein y Murray, ello es posible porque olvidan la existencia de otros tipos de
inteligencia (musical, práctica, etc.) que si fueran tenidas en cuenta, darían lugar a
nuevas distribuciones de la población y a grupos extremos compuestos por otras

197
personas, de forma que, por ejemplo, un niño rural y con pocos años de escuela que
en CI puntuaría muy bajo podría puntuar alto en inteligencia práctica, mientras que
un niño urbano con bastantes años de escolarización podría puntuar alto en CI pero
bajo en inteligencia social y muy bajo en inteligencia práctica (véase Goodnow,
1995). Pero es que Herrnstein y Murray ni dudan lo más mínimo de que su concepto
de inteligencia sea el único posible, al fin y al cabo el propio Herrnstein había dicho
unos años antes que la medida de la inteligencia ha sido el mayor logro de la
psicología científica del siglo XX. Y por ello ni discuten lo más mínimo el concepto
de CI y sus principales supuestos subyacentes. Ahora bien, a pesar de que, como
sabemos, correlación no es causación, ellos dan por sentado siempre que sus
correlaciones sí son causaciones, porque ello les interesa ideológicamente. En
consecuencia, ni siquiera se plantean, por ejemplo, que los años de escolaridad
incrementen el CI o que no sea el CI (y los genes) el que determina la clase social,
sino más bien al revés. Su sectarismo les lleva, con un talante nada científico, a no
considerar estas alternativas. Y sin embargo, ni siquiera sus datos autorizan ninguna
posición hereditarista dura, pues como señala Gardner (1995), casi todas las
correlaciones que aparecen en The Bell Curve entre CI y variables sociales explican,
como mucho, un 20 por 100 de la varianza, lo que significa que más de un 80 por 100
(y tal vez más de un 90 por 100) de los factores que contribuyen al estatus
socioeconómico están fuera del CI. Si esto es tan evidente, ¿por qué, entonces,
extraen Herrnstein y Murray las interpretaciones que extraen y llegan a las
conclusiones a que llegan? Sencillamente porque eran las interpretaciones y
conclusiones a que querían llegar. Y es que estamos ante un libro esencialmente
retórico, que utiliza los argumentos adecuados para dirigirse a las personas que tienen
el poder económico para comprar ese libro y la capacidad literaria para leer libros
como este, técnico y de 845 páginas. En consecuencia, y en eso consiste buena parte
de su retórica, divide profunda y maniqueamente entre «nosotros» (los de clase
superior que leemos este libro) y «ellos» (los de clase inferior que nunca leerán este
libro ni probablemente otros). Se trata de una polarización esencialmente retórica,
pero con importantes efectos sociales.
En todo caso, insisten una y otra vez Herrnstein y Murray en que la
intervención educativa con niños en desventaja social no tiene efectos duraderos, ya
que las mejoras producidas se desvanecen con los años. ¡Cómo no van a
desvanecerse! Los efectos de una pequeña intervención durante un corto período de
tiempo no puede neutralizar un ambiente social y familiar negativo persistente y que
ya dura toda la vida. No obstante, «sostener que los programas han fallado es algo
bastante fuerte, dado que los programas no pueden ser juzgados únicamente por su
impacto sobre las puntuaciones de CI de los niños, y quizá tampoco únicamente por
la repercusión en su logro escolar» (Hunt, 1998, pág. 280). Pero es que sí están
siendo eficaces estas intervenciones, sobre todo si son tempranas. Es más, Nisbett
(1995) critica duramente a Herrnstein y Murray por haber sido extremadamente
selectivos en los informes manejados (Nisbett, 1995), de tal manera que sólo
utilizaron dos estudios, y en los dos los sujetos estaban en riesgo de retraso mental
(Garber, 1988; Ramey, 1955). En ambos, los niños, al ser colocados en un ambiente
rico, incrementaron sustancialmente su CI. Sin embargo, incomprensiblemente,

198
Herrnstein y Murray rechazan las conclusiones de ambos por razones realmente
espurias, además que parecen desconocer otros muchos estudios que también habían
mostrado los efectos positivos de una mejora temprana en los ambientes de los niños
en situación de riesgo, como por ejemplo los de Ramey y Ramey (1992), Zigler
(1993), etc. «Aparentemente, no se necesitan esfuerzos heroicos ni enormes gastos
para elevar el rendimiento académico de los niños minoritarios en escuelas
empobrecidas» (Nisbett, 1995, pág. 46). Sin embargo, Herrnstein y Murray sólo
consideraron un estudio realizado en una escuela de primaria de Venezuela en el que
a cientos de niños de los grupos experimentales se les proporcionó, durante un año,
un total de 60 clases adicionales de 45 minutos (Herrnstein y cols., 1986; Nickerson,
1986). Pues bien, en ese año, y a pesar de que la mejora ambiental fue mínima, el CI
de los niños mejoró entre 1,6 y 6,5 puntos. Pero los autores de The Bell Curve
rechazaron estos resultados sobre la increíble base de que sólo duró un año y que si
hubiera durado más, probablemente no hubieran ganado más o incluso hubieran
perdido lo poco que habían ganado. De hecho, actualmente disponemos de muchos
estudios que proporcionan resultados que demuestran claramente que toda
intervención escolar que enriquezca el ambiente educativo de los niños negros (al
igual que el de los niños blancos pobres), que están en situación de riesgo escolar,
tiene unos efectos positivos realmente importantes (Selvin, 1992; Treisman, 1992;
Steele, 1992, etc.). ¿Qué habría que hacer, pues, para mejorar no digo la inteligencia,
que tal vez no sabemos lo que es, sino las capacidades humanas que llevan al éxito
escolar, profesional e interpersonal? Pues yo lo veo claro: incrementar los salarios así
como el nivel de bienestar económico y cultural, el educacional y el de justicia social,
equiparando, al alza, las posibilidades de todos los individuos, sea cual sea su grupo
social o étnico, es decir, aumentar efectivamente la igualdad de oportunidades.
Como hemos podido constatar palpablemente, el libro de Herrnstein y Murray
cumple una función social de primera magnitud consistente en psicologizar los
problemas sociales, diluyendo de esta manera en los propios individuos la
responsabilidad que en tales problemas tienen las estructuras económicas, las
organizaciones económicas mundiales (FMI, OMC, etc.), los gobiernos, los grupos
sociales más poderosos, las políticas de los ministerios de hacienda y economía, etc.
No olvidemos que ha sido precisamente la psicologización de los problemas sociales
la función más reaccionaria y más importante que ha cumplido la psicología durante
todo el siglo XX y que no parece ir corrigiendo en el siglo XXI (véase Ovejero, 2000b).

5. PRINCIPALES CRÍTICAS A «LA CURVA EN CAMPANA»

Espero que los partidarios de la psicometría genetista del CI me permitan


incluir aquí las críticas, algunas de ellas realmente contundentes, lanzadas contra La
Curva en Campana, a pesar de que Charles Murray, como ya habían hecho tantos de
sus predecesores (Eysenck, etc.), sugiera «la existencia de una especie de
conspiración dirigida contra él por científicos sociales insolventes». ¿Qué será que
esto se repite con tanta frecuencia? Son precisamente los más fervientes seguidores
de las posiciones positivistas —y más cuanto más conservadores sean—, los que

199
enseguida «echan valones fuera» cuando se les critica y en lugar de entrar a las
críticas y defenderse con argumentos, afirman sentirse perseguidos por una especie de
trama izquierdista radical. Además, suele ser frecuente también que a este argumento
le añadan que ellos son los científicos, mientras que quienes les critican no lo son,
pues todo científico que lo sea de verdad por fuerza deberá estar de acuerdo con ellos,
de tal manera que si no lo está, o no es científico de verdad o no está bien preparado.
En todo caso, las críticas que levantó The Bell Curve fueron tantas y tan duras
que resulta difícil resumirlas. De todas formas, intentaré reflejar el rechazo que
suscitó al tocar la fibra sensible de los norteamericanos. Así, Newsweek dice del libro
que es una «cosa que espanta». De forma similar, Fraser (1995b, págs. 1-2), escribe:
«The Bell Curve es un invento explosivo. Sus premisas, sus supuestos hallazgos, sus
prescriptivos consejos para aquello que aflije a la sociedad norteamericana son
espantosos.» Y el propio libro y sus diagnósticos resultan espantosos porque
muestran, de ser ciertos tales diagnósticos, que los males de la sociedad
norteamericana tienen difícil solución, dado que son consecuencia de la baja
capacidad intelectual de capas enteras de la población que, no lo olvidemos, para
Herrnstein y Murray es genética y, por tanto, inevitable. Sólo cabrían, pues, dos
soluciones a tales problemas: o se mata a las personas de todos esos grupos incapaces
intelectualmente (solución «dura») o se esteriliza a todos ellos (solución «blanda»). Y
ambas repugnan la sensibilidad de gran parte de la población norteamericana.
Estamos, pues, como subraya Fraser, ante un libro profundamente fatalista e
increíblemente elitista, ambas cosas raras en un país habitualmente optimista y
democrático. Es más, en línea con Terman, Goddard, Yerkes, etc., este libro de
Herrnstein y Murray es un ejemplo evidente de una contradicción profunda entre la
psicometría y la psicología social norteamericanas. Mientras que la primera es
pesimista y fatalista, no encontrando soluciones prácticas asumibles para los
problemas sociales, la segunda siempre fue optimista y siempre creyó que la
psicología podía proporcionar soluciones a tales problemas. De hecho, no otra fue la
finalidad de la psicología social aplicada, que se desarrolló más precisamente en los
momentos de fuerte crisis (véase Ovejero, 1998, Cap. 18). Por ello, desconciertan
ciertas afirmaciones básicas de Herrnstein y Murray como la que dice textual y
rotundamente que «las altas tasas de pobreza que afligen a ciertos segmentos de la
población blanca (norteamericana) son determinadas más por la inteligencia que por
sus orígenes socioeconómicos». Estamos, pues, y tal vez sea ésta la característica más
definitoria y preocupante de la obra, ante un libro terriblemente determinista: nuestro
CI es nuestro destino, pues es casi inmutable y además determina indefectiblemente
nuestro futuro escolar, nuestro éxito laboral y económico, nuestras relaciones sociales
y familiares, etc. Y es determinista porque, sostienen Herrnstein y Murray, el bajo CI
de los niños de padres con también bajo CI no puede ser significativamente elevado
por nada que pueda hacer la sociedad (véase Nisbett, 1995). No por azar Michael
Stern (1995) llega a comparar este libro con el Mein Kampf de Hitler. En
consecuencia, no es raro que pronto recibiera muy duras críticas (véase Fraser, 1995a;
Jacoby y Glauberman, 1995), centrándose unas en la naturaleza genética de la
inteligencia humana, otras en el concepto de raza, quien en cuestiones metodológicas
y quien en la credibilidad de las fuentes utilizadas. Algunos autores incluso atacan

200
diferentes aspectos a la vez, como Gould (1995a) quien critica a The Bell Curve: (1)
que la inteligencia pueda ser encerrada en una única cifra, el CI; (2) que sea capaz de
clasificar a la gente en un orden lineal; (3) que sea determinada genéticamente; y (4)
que sea inmutable. Para entender mejor estas dos últimas críticas examinemos el
siguiente ejemplo extraído de Gould (1995a): supongamos que en una población
desnutrida de Afganistán la media de estatura de los adultos varones está veinte
centímetros por debajo de la media de los varones blancos norteamericanos. Además,
existe en esa población afgana una alta correlación en estatura entre padres e hijos: lo
que no podríamos decir es que esta diferencia de veinte centímetros es causada por
factores genéticos y menos aún que es inmodificable. De hecho, mejorando
sustancialmente la nutrición de tal población podrían tales varones afganos alcanzar
una estatura igual o superior a la de los norteamericanos, mientras que la correlación
entre padres e hijos se mantenía igual que antes. Es lo que ha ocurrido, por ejemplo,
en España, en los últimos veinticinco o treinta años. Todo ello significa que, incluso
admitiendo el resto de las premisas de la argumentación de Herrnsten y Murray, hay
al menos una que es falsa: la inmutabilidad del CI. «Similarmente, la bien
documentada diferencia media de 15 puntos entre el CI de blancos y negros
norteamericanos, con una fuerte heredabilidad intragrupal en las familias, no permite
llegar automáticamente la conclusión de que unas oportunidades realmente iguales no
elevaría la media de la población negra lo suficiente como para igualar o incluso
sobrepasar la de los blancos» (Gould, 1995a, pág. 13). Y, por consiguiente, las
medidas de intervención que recomiendan ya no tienen base alguna. Si quisiéramos
aumentar la estatura de la supuesta población afgana antes citada no sería necesario,
en absoluto, esterilizar a los más bajos, sino que bastaría con mejorar la nutrición de
toda la población, o incluso sólo la de los más bajos. Exactamente lo mismo podría
decirse en el caso de las personas con bajo CI de las poblaciones negra o pobre de
Estados Unidos, y eso dando por buenas las demás premisas de Herrnstein y Murray,
cosa que no podemos hacer, porque también ellas son falsas. Pero, como dice Gould,
no sólo es anacrónico The Bell Curve, es que además, lo que es peor, es
perversamente peligroso. «Los autores omiten hechos, hacen un uso incorrecto de los
métodos estadísticos, y no parecen estar dispuestos a admitir las consecuencias de sus
propias palabras» (Gould, 1995a, pág. 14). Y lo que no pueden pretender, como
dijeron en varias ocasiones, es que sus duras afirmaciones sobre las diferencias
interraciales no tengan consecuencias políticas, máxime en un país, como son Estados
Unidos, obsesionado por los problemas étnicos. Es que ellos mismos lo admiten en el
Prefacio cuando escriben: «El libro es sobre las diferencias en capacidad intelectual
entre personas y grupos, y sobre lo que tales diferenicas significan para el futuro de
Norteamérica».
Incluso Thomas Sowell, intelectual conservador y columnista de Forbes, critica
duramente la tesis de Herrnstein y Murray respecto de la base genética de las
diferencias étnicas en inteligencia apelando a la constancia histórica. Y señala Sowell
que el rendimiento intelectual de varios grupos étnicos ha cambiado mucho con el
tiempo, habiendo mejorado muchísimo el CI de grupos como los judíos, los italianos
y los polacos norteamericanos, aun cuando sus tasas de matrimonios entre ellos
apenas se han visto modificadas y hasta cuando ni siquiera han cambiado nada. Así, a

201
pesar de que Herrnstein y Murray citan los trabajos de J. R. Flynn (1980) en defensa
de sus propias posiciones, los datos de éste, como ya hemos dicho, muestran una
mejora sustancial (de alrededor de 12 puntos de CI) de los soldados norteamericanos
de la Segunda Guerra Mundial con respecto a los de la primera. Además, Sowell
(1995) señala otra dificultad para las tesis genetistas de la inteligencia de la población
negra, y es que en ésta se ha encontrado un predominio de mujeres entre quienes
puntúan alto en CI. Y, como dice Sowell, dado que hombres y mujeres negros tienen
la misma herencia genética, tal disparidad tendrá que tener otras raíces que no sean
las genéticas. En suma, concluye Sowell algo con lo que estoy totalmente de acuerdo,
el aspecto más sorprendente y preocupante del libro de Herrnstein y Murray es su
tratamiento acrítico e interesado de las estadísticas, sobre todo el hecho de que, de
una forma increíblemente persistente, confundan correlación con causación.
La crítica metodológica que le hace la economista Linda D. Loury (1995) a La
Curva en Campana es muy fuerte, sobre todo por lo desfasado de su enfoque, que no
tiene en cuenta para nada una serie de factores a los que en los últimos años los
científicos sociales prestan una gran atención, entre ellos los siguientes: 1) la
influencia de los compañeros en los planes compartidos en educación; 2) las
expectativas y aspiraciones de los padres sobre la escolarización de sus niños; 3) el
nivel de ingresos y la composición racial de la comunidad de origen; 4) el tiempo que
pasan las madres trabajando fuera de casa; 5) la estructura familiar —dos padres
frente a un solo padre, y si los padres están separados o divorciados; 6) número de
hermanos y orden de nacimiento; 7) adscripción religiosa y visita a la iglesia; 8) nivel
escolar de los abuelos; 9) edad de la madre al nacer el niño; 10) medidas de la calidad
de la estimulación presente en el ambiente familiar, incluyendo la responsividad
verbal y emocional de la madre, la provisión de juguetes educativos adecuados, el
tiempo y calidad de la implicación de la madre con el niño... la instigación parental y
la participación en actividades intelectuales, el afecto paterno, el rechazo y la crianza,
etc.; 11) lengua nativa; 12) discusiones sobre los planes escolares con los profesores y
otros responsables escolares, 13) énfasis parental sobre la autodirección frente a la
conformidad; 14) etnicidad y estatus de inmigración; 15) implicación paterna en las
actividades escolares, y 16) nivel de riqueza de los padres e ingresos provenientes de
la seguridad social. Todo esto lo ignoran Herrnstein y Murray con lo que su trabajo
resulta altamente simplista y es precisamente este simplismo el que les permite llegar
a las conclusiones a que llegan. Igualmente, el psicómetra Richard Nisbett (1995),
como luego veremos, hace un meticuloso análisis metodológico del libro de
Herrnstein y Murray, tras el cual difícilmente pueden sostenerse las afirmaciones
racistas de sus autores. Y tampoco tienen en cuenta en absoluto importantes variables
intrauterinas. De hecho, y contrariamente a la afirmación de Eysenck de que no existe
prueba alguna que muestre que el CI se vea influido por los acontecimientos de la
vida intrauterina, como argumenta Douglas J. Besharov (1995), durante los últimos
años, la ciencia ha documentado la importancia del ambiente fetal sobre el desarrollo
posterior. Por ejemplo, señala Besharov, por no hablar sino de uno de los factores de
riesgo, la exposición prenatal a la cocaina tiene como resultado el que los bebés
nazcan con más pequeñas circunferencias craneales, algo que compromete el
posterior desarrollo cerebral. Pues bien, tal rasgo es muy superior en los hijos de

202
madres desfavorecidas. Así, las mujeres hispanas tienen el doble de probabilidades de
consumir cocaína durante el embarazo que las mujeres blancas; y las mujeres negras
once veces más que las blancas. «Durante los primeros meses de vida, el número de
sinapsis en el cerebro humano aumenta veinte veces, de cincuenta a mil billones.
Ahora se cree que la ausencia de estimulación intelectual durante este período impone
una limitación permanente al número de sinapsis y, por tanto, al potencial intelectual.
Este fenómeno fue demostrado en un famoso experimento en el que los ojos de
gatitos recién nacidos fueron cubiertos durante diferentes períodos de tiempo. Cuanto
más largos eran esos períodos mayor era el déficit permanente en la vista, pero no
porque ello dañara los ojos, sino porque se producían menos sinapsis en las áreas del
cerebro responsables del procesamiento de las imágenes visuales» (Besharov, 1995,
pág. 360). Como dice el presidente de la Asociación Americana de Psiquiatría, Jerry
M. Wiener, «lo que llamamos CI es realmente el desarrollo de las habilidades innatas
para responder a los estímulos ambientales». Pues bien, está demostrado que,
nuevamente, son los niños y niñas de los grupos más desfavorecidos los que más
padecen estos déficits en la estimulación intelectual hacia el ambiente. Y de hecho,
los programas de intervención preescolar sí suelen tener resultados más que
esperanzadores en cuanto al incremento del CI de los niños y niñas que participan en
ellos. Pero en el contexto metodológico, tal vez el principal problema de The Bell
Curve es lo mal que utiliza las estadísticas y sobre todo lo poco fundadas que están
estadísticamente sus conclusiones. En efecto, la mayoría de las correlaciones que
encuentra tienen unos valores de entre 0,2 y 0,4, con lo que la mayoría de sus valores
explican alrededor de sólo el 1 por 100 de la varianza: ¿cómo pueden extraer
conclusiones tan tajantes como las que extraen? Ahí es donde radica la auténtica
debilidad metodológica de este libro. «A pesar de la profusión de sus datos, de su
hábil argumentación y de su alcance, The Bell Curve es un libro estrecho de miras y
profundamente erróneo. Murray y Herrnstein han caído presa de un fetichismo
metodológico que no les permite considerar adecuadamente las inferencias
alternativas igualmente plausibles que pudieran ser extraídas de los estudios que
utilizan para apoyar sus conclusiones» (Berger, 1995, pág. 342). Y eso es lo que les
hace confundir continuamente correlación y causación, con la intención poco
dismimulada de que sus datos apoyen sus hipótesis previas, producto de sus
preconcepciones e ideología conservadora.
Por consiguiente, «la cuestión no es si el argumento de Herrnstein y Murray es
“racista”, sino si las diferencias empíricamente medidas entre los grupos raciales
reflejan la “inteligencia”. Ciertamente los test miden algo, pero no “inteligencia”.
Miden más bien lo que yo he llamado “conciencia moderna”, una clase de habilidades
intectuales que son particularmente relevantes para operar en los mundos altamente
especializados de la moderna tecnología y de las burocracias organizadas
racionalmente. Este conjunto de instituciones de la sociedad moderna son producidas
por, y a su vez producen, estilos cognitivos peculiarmente modernos: la habilidad
para operar con altos niveles de abstracción; para desglosar la realidad analíticamente
en componentes; para tener en la cabeza simultáneamente múltiples relaciones; y, lo
que es particularmente relevante para los test de inteligencia, para relacionar las
tareas presentes con posibles consecuencias futuras. Por definición, esta última

203
habilidad sólo puede ser alcanzada sobre la base de experiencias pasadas y de hábitos
de pensamiento que los individuos adquieren durante el primer período de
socialización, cuando se desarrolla la matriz básica de la cognición» (Berger, 1995,
pág. 343). Ahora bien, teniendo en mente esta interpretación alternativa de lo que son
y lo que significan las puntuaciones en los test de CI la explicación de los datos
aportados por Herrnstein y Murray cambia radicalmente. Pero, como señala la citada
Berger, es su fijación metodológica la que les impide a entender de otra manera estos
fenómenos, aunque personalmente creo que es más bien su fijación metodológica lo
que es consecuencia de sus prejuicios e intereses ideológicos. De hecho, Herrnstein y
Murray tienen verdadero interés en «demostrar» la heredabilidad del CI y en
«demostrar» en su totalidad el famoso silogismo de Herrnstein (1971), pues el intento
de recortar e incluso, si pudieran, eliminar el estado de bienestar para los pobres no es
una consecuencia de sus datos y de la interpretación que ellos dan a estos datos, sino,
por el contrario, constituye el objetivo básico que, desde el principio, persiguen y la
conclusión a que quieren llegar. No es, como sostiene la profesora de sociología
Brigitte Berger, que su fijación metodológica les impide a estos autores contemplar la
alternativa que ella propone, o cualquier otra, es que a ellos no les interesa
contemplarla, pues echaría por tierra todo el edificio —claramente interesado
ideológicamente— que desde Galton, como hemos visto, vienen construyendo los
conservadores eugenesistas, edificio del que la psicometría del CI constituye uno de
los principales pilares, si no el principal.
En resumidas cuentas, «el núcleo del mensaje de Herrnstein y Murray se puede
comentar con una gran simplicidad: “Ponga todo junto, el éxito y el fracaso de la
economía americana, y todo lo que obtenga estará relacionado con los genes que las
personas heredan”. El “incremento del valor mercantil de la inteligencia” está
asociado con “la prosperidad para aquellos que afortunadamente son inteligentes”. El
nivel de ingresos es un “rasgo familiar” porque el CI “es un predictor básico del nivel
de ingresos, se transmite de una generación a la siguiente, y determina la movilidad
económica”. Aquellos que están en la parte baja de la escala económica son
desgraciados por culpa de los genes que han recibido y allí continuarán. Las
correlaciones que tienen obsesionados a Herrstein y Murray son, por supuesto, reales:
los hijos de los obreros tienen menos probabilidades que los hijos de los financieros
de conseguir una fortuna o de ir a la universidad. Tienen mayores probabilidades de
ser delincuentes, de recibir subsidios, de tener hijos fuera del matrimonio, de estar en
paro, y de tener hijos con bajo peso al nacer. Los hijos de los obreros tienen menos CI
que los hijos de los financieros y por ello esto último también está relacionado con
todo lo anterior. Herrnstein y Murray intentan convencernos de que el bajo CI causa
la pobreza y sus correlatos negativos, y no —como otros pueden mantener— a la
inversa» (Kamin, 1998, pág. 241).
En conclusión, «la más benigna interpretación de los datos que olvidan, los que
malinterpretan o que los interpretan de forma extraña, es que sencillamente los
autores estaban operando con nociones psicológicas anticuadas, lo que hacía que su
tratamiento de los temas les pareciera a ellos razonable. La ciencia reflejada en el
libro es la de una psicometría obsoleta y una casi igual de anticuada genética de la
conducta que opera en un aislamiento hermético de los recientes hallazgos sobre la

204
biología de la conducta. Y la modificabilidad de la conducta, dada su biología
subyacente, de las nociones de evolución y de evolución cultural, y de las
concepciones según las cuales los procesos económicos, sociológicos y socio-
psicológicos desempeñan un importante papel en el desarrollo de tipos particulares de
habilidades cognitivas... Es profundamente desafortunado que esta mentalidad
estrecha sea la habitual en el debate sobre la heredabilidad de las diferencias entre
blancos y negros en CI. Esperemos al menos que la comunidad científica reconozca e
informe de las omisiones, las falsas afirmaciones y las interpretaciones excéntricas
que caracterizan este libro y comiencen a enderezar el debate» (Nisbett, 1995, págs.
54-55). De forma parecida se pronuncian Rosen y Lane (1995) para quienes The Bell
Curve no es original en absoluto, sino que lo único que hace es resumir y magnificar
los trabajos teóricos de la raza y los eugenésicos excéntricos, todos ellos de dudosa
reputación. A lo que hay que añadir, como dice Ramos (1995), que en ese libro hay
demasiada evidencia escamoteada, demasiados datos tendenciosamente
malinterpretados y demasiados estudios poco creíbles. Estamos, en suma, ante un
libro de muy poca credibilidad y de una nula seriedad científica, concluye Dante
Ramos. Por consiguiente, comparto plenamente la conclusión a que llega Stephen
Gould: «The Bell Curve es apenas un tratado académico de teoría social y de genética
de poblaciones. Se trata de un manifiesto de ideología conservadora, el tratamiento
inadecuado y sesgado de los datos por parte del libro refleja su principal propósito: la
defensa. El texto evoca los deprimentes y espantosos tambores de las reivindicaciones
de los expertos conservadores: reducción o eliminación de la seguridad social,
terminar con, o restringir drásticamente, la acción afirmativa en las escuelas y en el
trabajo, recortar el Head Start y otros programas de educación preescolar, ahorrar en
los programas para los alumnos más lentos y aplicar el dinero así obtenido para los
mejor dotados (me gustaría ver que se presta más atención a los alumnos bien dotados
intelectualmente, pero no a este cruel precio)» (1995a, págs. 20-21). Estamos, en
suma, ante un libro claramente ideológico al servicio de los intereses del actual
capitalismo neoliberal y de la mal llamada globalización. Y digo mal llamada
globalización porque ésta no es sino la excusa ideológica para defender lo de
siempre: los privilegios de los ricos frente a las reivindicaciones de los pobres, tanto a
nivel de individuos, de grupos (negros-blancos, etc.) o de países (Norte-Sur). Sólo en
este contexto se entiende plenamente The Bell Curve y la torpeza teórica como, sobre
todo, metodológica, de sus autores.

6. LA «CURVA EN CAMPANA» Y LA CUESTIÓN RACIAL

Aunque, como reza su subtítulo, aparentemente La Curva en Campana


pretende estudiar la estructura de clases en Estados Unidos y la influencia que en ella
tiene el CI, de tal forma que, de hecho, el principal blanco de sus agresivas armas es
el pobre, sin embargo, dado el alto porcentaje de pobres entre los negros y dado sobre
todo el profundo racismo que aún existe en Norteamérica contra las personas de
color, el libro puede ser visto también como un intento de «resolver» la cuestión
racial, intentando una y otra vez demostrar «científicamente» la inferioridad natural

205
del negro. Es más, ésta fue una de las razones principales del éxito editorial del libro.
Así, como señala Hugh Pearson (1995), toda la cultura norteamericana dominante
está tan cargada de prejuicios contra los negros, a veces sutiles y a veces claramente
manifiestos6, que por fuerza estarán llevando a éstos a sentirse realmente inferiores y
alienados, constituyendo en los negros unas bajas autoestimas, con las negativas
consecuencias comportamentales que todos conocemos tanto en la escuela, como en
la búsqueda de empleo, y en otras situaciones sociales. Por tanto, cuando The Bell
Curve insiste en la menor inteligencia de los negros, lo único que hace es profundizar
en los prejuicios generales contra las personas de color. Con ello, The Bell Curve se
suma —¡y de qué manera!— a la tradición pesimista norteamericana en las relaciones
raciales ya expresada por Thomas Jefferson cuando dijo aquello de que blancos y
negros «no podrán nunca vivir juntos en un Estado de igual libertad bajo el mismo
gobierno». Como predijo Alexis de Tocqueville en su La democracia en América, «la
esclavitud se desvanecerá, pero el prejuicio a que ella ha dado lugar será
inamovible».
De hecho, Herrnstein y Murray parten del hecho, a su juicio indiscutible, de
que los negros obtienen consistentemente más bajas puntuaciones en los test de
inteligencia que los blancos. Pero el problema aparece cuando nos paramos a pensar
qué significan tales diferencias y a qué factores se deben. A mi modo de ver se deben
fundamentalmente a estos dos factores: 1) al propio artefacto de medida: los test de
CI están culturalmente sesgados a favor de la población occidental blanca, urbana y
con alto nivel escolar, y 2) al ambiente de la población negra que tanto en el presente
(el porcentaje de negros pobres, desempleados, etc. es mucho mayor que el de los
blancos), como en el pasado, caracterizado por la esclavitud y lo que ello significaba
(absoluta dependencia física, económica, social, legal, moral, sexual, etc., de los
blancos) fue tremendamente perjudicial para su desarrollo psicológico y para la
formación de su identidad. Y lo peor de ello, como sostiene Patterson (1995) no es
tanto su empobrecimiento económico y cultural, que ya es grave por sí mismo, sino la
destrucción de la más fundamental institución humana, la familia, que se veía
reducida, en la época de la esclavitud, a una unidad reproductiva, despojada de los
roles fundamentales de socialización de padre y esposo. Los casi cuatrocientos años
que los negros llevan viviendo en Norteamérica sometidos a muy diferentes
condiciones de vida a las que tenían que ir adaptándose, sin poder, por tanto, ir
construyendo una cultura endogrupal firme explican el resto: primero, tuvieron que
adaptarse a vivir en Norteamérica, tras ser brutalmente separados de su tierra, de su
cultura y en muchos casos de sus familias; luego a emigrar al norte industrial, etc.
Los occidentales en general, y los norteamericanos en particular, deberíamos pedir
perdón públicamente a la población negra que tan ferozmente fue tratada, y resarcirla
de las penas y sufrimientos a que les sometimos, como ya ha reconocido muy
recientemente algún tribunal judicial estadounidense. Sin embargo, resulta más fácil
hacer lo que hacen Herrnstein y Murray así como otros psicómetras del CI: justificar
«científicamente» todo ese pasado, «demostrando» que ellos se lo merecían, por su
pobre dotación genética. El holocausto perpetrado por los nazis contra los judíos duró
trece largos y terribles años, pero el perpetrado contra la población negra ya dura
cuatrocientos, y algunos, como Herrnstein y Murray, se empeñan en alargarlo,

206
justificando tal injusticia.
En todo caso, Herrnstein y Murray basan sus conclusiones de que el negro es
genéticamente inferior al blanco en inteligencia principalmente en los trabajos tanto
de Richard Lynn, quien sostenía que la «proliferación» de los pobres y otros
«especímenes débiles» debe ser desalentada en interés de «la calidad genética del
grupo», como de J. Phillippe Rushton, ambos patrocinados por la Pioneer Fund.
Según Herrnstein y Murray, las bajas puntuaciones de CI de los negros-americanos
pueden deberse bien a su pasado de esclavitud y discriminación, o bien a factores
genéticos. Ahora bien, siguen argumentando los autores de La Curva en Campana, si
el bajo CI de los negros-americanos es producto de la discriminación y no de los
genes, entonces los negros africanos deberán tener mayores puntuaciones de CI que
los negros-americanos, puesto que, piensan ellos torpemente, los negros que han
vivido en la África colonial no han sufrido discriminación alguna. Sin embargo,
difícilmente podemos encontrar otro episodio en la psicometría del CI con más
torpeza. Primero, el que las diferencias en CI no se deban a la discriminación no
significa que tengan que deberse a los genes. Segundo, podían haber escogido otra
muestra africana, pues el apartheid sometía a la población surafricana de color a una
discriminación, cuando menos, tan fuerte y vergonzosa como la que recibían los
afroamericanos. Y tercero, no es raro que los africanos puntuaran más bajo en unos
test construidos en Norteamérica, por norteamericanos y para norteamericanos. Pero,
además, ellos nunca midieron el CI de sujetos negros africanos, sino que se fiaron de
los datos de otro determinista genético, Richard Lynn, afirmando que éste, tras
revisar en 1991 más de once estudios sobre el CI obtenidos en África, «estimaba la
media del CI de los negros africanos en un valor de 75... cerca de diez puntos por
debajo del valor habitual de los negros-americanos». Esto significa, concluyen ellos,
que «las especiales circunstancias» de los negros-americanos no pueden explicar su
menor CI promedio con respecto al CI medio de los blancos. Por tanto, queda así
justificada la explicación genetista para dar cuenta de la diferencia del CI entre
blancos y negros. Sin embargo, Lynn nunca obtuvo tales datos, sino que meramente
los infirió (véase Kamin, 1998). ¡Qué poco rigurosos metodológicamente son estos
psicómetras cuando les interesa! Además, Lynn, a quien Herrnstein y Murray
describen como un académico prominente en el estudio de las diferencias étnicas y
raciales, es muy conocido por ser editor asociado de una vulgar revista racista, el
Mankind Quarterly, en la que publicó su artículo de 1991 comparando la inteligencia
de los “negroides” y de los “híbridos negroide-caucásicos”. Pero hay más: el mejor
estudio, de los revisados por Lynn, sobre la «inteligencia negroide» fue realizado en
Suráfrica por Kenneth Owen, empleando el Junnior Aptitude Test, encontrando que
los escolares zulú tienen un bajo rendimiento en este test, tanto que la estimación de
su CI medio es de 69. Sin embargo, Owen (aunque no Lynn ni Herrnstein) había
señalado que «el conocimiento del inglés por la mayor parte de los examinados
negros es tan escaso que ciertos test... sirvieron para bastante poco», añadiendo que,
para poder hacerlo bien, los alumnos zulú deberían haber estado familiarizados con
las aplicaciones eléctricas, los microscopios y los accesorios típicos de maquillaje en
occidente. Y no lo estaban, por lo que sus datos son prácticamente inútiles. Y sin
embargo, ésta es la primera base en que se apoyan las conclusiones de Herrnstein y

207
Murray en este ámbito (para una crítica más completa de esta cuestión véase Kamin,
1995, 1998).
Pero, como escribe el propio Murray (1998, págs. 163-164), «la fuente más
abundante de datos en la que nos basamos es el trabajo de J. Philippe Rushton, un
psicólogo canadiense que desde 1985 ha publicado material cada vez más preciso
para contrastar su teoría de que las tres razas que él denomina Negroide, Caucasoide
y Mongoloide varían no solamente en inteligencia sino en una amplia serie de
características... El problema con esta estrategia es que Rushton es un académico
serio que ha ido recopilando datos muy rigurosos». El problema consiste justamente
en que es la ideología de Rushton la que fabrica los datos que dice recopilar. Si tan
importante es Rushton para Herrnstein y Murray, digamos quién es este personaje. El
muy determinista genético, J. P. Rushton, uno de los autores que firmaron la citada
Declaración progenetista, escribió un libro rotundamente racista, Race, Evolution and
Behavior, donde, entre otras cosas, decía que la evolución humana ha producido tres
razas principales: la Mongoloide, la Caucásica y la Negroide, describiendo a estos
últimos como estúpidos, de cerebros pequeños, de grandes penes, sexualmente
lascivos, criminales y criadores de numerosos bebés de bajo peso al nacer de los que
después no cuidan. Más aún, «para demostrar que los negros tienen mayores penes,
Rushton cita dos fuentes —algunas observaciones causales de un anónimo cirujano
francés que estuvo en África en 1898 y algunos datos no publicados del informe
Kinsey sobre la conducta sexual de los americanos. Los sujetos voluntarios del
estudio de Kinsey fueron encuestados sobre el tamaño de sus propios penes. La
proporción de individuos de raza negra que contestó a esta pregunta fue menor que
los individuos de raza blanca. De los pocos negros que respondieron —apenas unos
individuos al azar de raza negra— indicaban penes ligeramente superiores a los de los
individuos de raza blanca» (Kamin, 1998, pág. 251). Pero más grave aún es su
presunción de que cuanto mayor sea el temaño del pene, mayor será, por una parte, la
frecuencia de las relaciones sexuales y la concepción de bebés, y, por otra parte,
menor será el cerebro y, por tanto, menor su inteligencia. Según Rushton (1995), la
evolución ha ido formando en los negros penes grandes y cerebros cortos. Como
vemos, resulta realmente inconcebible que un profesor universitario pueda decir estas
cosas en estos tiempos.
Como podemos constatar, pues, la credibilidad y sobre todo la neutralidad y
objetividad de los dos pilares (Lynn y Rushton) sobre los que descansan todas las
afirmaciones y conclusiones de Herrnstein y Murray en el ámbito racial son
totalmente nulas e incluso negativas, hasta el punto de que todo ello le llevó a Lane
(1995) a afirmar que todos estos datos de Lynn y Rushton y las conclusiones que se
basan en ellos «constituyen sustentos del racismo científico. Y el racismo científico
es una de las miserias de nuestro siglo». De hecho, el propio Murray siguió
defendiendo contumazmente sus tesis frente a las críticas de sus oponentes (1998b,
pág. 199): «La media africana en los test cognitivos se sitúa unas dos desviaciones
típicas (30 puntos de CI) por debajo de la media de los blancos, o en algún lugar del
percentil 5 de las distribuciones de los blancos o los europeos en los mismos test». Y
añade (págs. 199-200): « Pudiera ser, como sostiene Kamin, que estos estudios fuesen
inválidos porque los test se administraron a analfabetos, o a africanos no

208
familiarizados con información culturalmente específica. Pero no. El más amplio y
cuidadoso estudio se limitó a poblaciones urbanas, a personas graduadas de middle
school, a estudiantes todavía en la escuela secundaria, y a personas con empleo. Este
tipo de muestras llevarían, en todo caso, a sobrestimar, no a infraestimar, la media
nacional, sobrecargando la muestra con personas que han mostrado la aptitud y la
persistencia para permanecer en la escuela o mantener un trabajo». O sea, que la
media del CI de la población media sudafricana es incluso inferior a los 70 puntos, es
decir, deficientes mentales la mayoría de ellos. Sin embargo, Herrnstein y Murray,
como el resto de los psicómetras genetistas del CI, dan por hecho lo que pretenden
demostrar, es decir, que la inteligencia es mayormente heredada, descuidando
cualquier otra variable (cultural, económica, psicosociológica, etc.) y cualquier
trabajo que no les convenga (por ejemplo, incluyendo el libro casi mil referencias a
Klineberg ni siquiera le citan). Así, comparan a los negros de Norteamérica con los
de África sin tener en cuenta las enormes diferencias que existen tanto culturales
como en las condiciones de vida de unos y otros. De hecho, no es por azar que,
siendo como es fundamentalmente oral la cultura africana, los afroamericanos no
destaquen en los test de CI, que no son precisamente orales, y sí en otros aspectos no
relacionados con la cultura escrita, como es la música o los deportes, en línea con sus
mayores intereses durante varios siglos por las canciones y su mayor dedicación al
ejercicio físico en las plantaciones del sur de Estados Unidos (véase Eastbrook,
1995). Pero a medida que los negros se van integrando en la sociedad y en la cultura
norteamericanas su CI se va pareciendo más al de los blancos estadounidenses, como
está ocurriendo a lo largo de las últimas décadas.
Pero la principal crítica metodológica al tratamiento que La Curva en Campana
hace de la cuestión racial proviene de Richard E. Nisbett (1995), quien subraya que
La Curva en Campana hace tres afirmaciones muy graves, que constituyen el centro
argumentativo del libro y para las que no aportan prácticamente ninguna prueba
científica seria: 1) la diferencia de 15 puntos en CI entre blancos y negros son
esencialmente genéticas; 2) las intervenciones diseñadas para mejorar las habilidades
cognitivas han tenido muy pequeños y efímeros efectos, y 3) en parte como
consecuencia de 1) y 2), ha habido muy poca, o ninguna, convergencia en CI entre
blancos y negros en las últimas décadas, a pesar de que ha habido una reducción del
racismo y de que han mejorado mucho las oportunidades educativas y económicas de
los negros. Téngase en cuenta la tramposa falacia de estos autores al no decir que no
ha aumentado el CI de los negros en ese tiempo, cosa que sí ha ocurrido, sino sólo
que no han disminuido las diferencias con los blancos, como si para ellos no fuera
tanto la inteligencia la que es hereditaria sino las diferencias entre blancos y negros.
Pero es que, además, también eso es falso. De hecho, Herrnstein y Murray parecen
ignorar totalmente la abundante información actualmente disponible que indica
claramente que las diferencias en CI entre blancos y negros norteamericanos está
disminuyendo paulatina pero consistente e imparablemente a lo largo de las últimas
décadas. Así, mostraron una total falta de evidencia científica al intentar mostrar que
las diferencias raciales en CI son genéticas. En efecto, ello se constata
perfectamente, por ejemplo, como señala Nisbett, en que Herrnstein y Murray sólo
presentan con cierto detalle uno de los siete estudios existentes que pretenden medir

209
la incidencia de los genes en las diferencias en CI entre blancos y negros, el de Scarr
y Weinberg (1983), justamente el que proporciona unos resultados que a ellos les
interesa. Pero incluso en este estudio, Scarr y Weinberg reconocen que no pueden
concluir si las diferencias halladas se deben a factores genéticos o ambientales,
además de que habían cogido pocos sujetos (sólo 25 niños blancos y 20 niños negros)
y de que adolecía de otros problemas de muestreo. Los otros seis estudios son todos
ellos más consistentes con la postura alternativa de que las diferencias genéticas son
despreciables o de que favorecen ligeramente a los negros. En suma, la conclusión
que saca Nisbett es que incluso de los datos que Herrnstein y Murray aportan habría
que concluir que la heredabilidad de las diferencias en CI entre blancos y negros en la
población norteamericana es cero. En cuanto a la segunda afirmación, la de que no se
puede esperar que las bajas capacidades cognitivas, tanto de los negros como de los
blancos, puedan mejorar a través de la intervención, también es falsa. En concreto,
Herrnstein y Murray revisan dos estudios sobre intervención en la infancia que han
encontrado resultados muy positivos, pero que ellos no consideran por tener sesgos
metodológicos. Ignoran una docena de estudios no sujetos a este tipo de críticas, pero
consistentes con los dos que rechazan. Herrnstein y Murray concluyen que aunque las
intervenciones vigorosas en preescolar aumentan el CI en 7 puntos aproximadamente,
en realidad carece de importancia dado que las ganancias desaparecen al llegar al
tercer curso. Sin embargo, añade Nisbett (1995), debería ser obvio (excepto en las
intervenciones tempranas) que las ganancias se mantengan sólo si se mantiene el
ambiente enriquecido. Herrnstein y Murray no mencionan que, de hecho, esto es lo
que sucede. Y lo que es más importante, con una sola excepción, no mencionan
tampoco las intervenciones que se iniciaron en la escuela elemental, que sí fueron
efectivas. En todo caso, lo que nadie debería pretender es que un programa de
intervención, meramente escolar, consistente en aumentar unas horas lectivas
mensuales o semanales, compense todo un conjunto de presiones ambientales, entre
ellas las prenatales, muy arriesgadas. Eso sí es ingenuidad e incompetencia, cuando
no mala intención. Por último, tampoco su tercera afirmación se sostiene. En efecto,
la distancia actual en CI entre blancos y negros indicada por el valor medido de los
estudios revisados por Herrnstein y Murray, y usando los números que ellos mismos
aportan, es de 9 puntos. La conclusión de Nisbett (1995) es rotunda: «La base de mi
crítica es que el tratamiento del problema de la raza, la herencia, y el CI que se hace
en La Curva en Campana, es tan selectivo, excéntrico en su interpretación y
factualmente incorrecto, que nunca sería publicado en una revista respetable».
En suma, por sintetizar, existen cinco graves problemas en todo esto: 1) Los
test de CI están mal construidos y lo que realmente están midiendo es el grado de
integración que las personas tienen en la cultura occidental de clase media; 2) tales
test están sesgados culturalmente, por lo que las propias diferencias en CI, en este
caso entre blancos y negros, están causadas por factores ambientales, entre ellos los
de tipo cultural; 3) en todo caso, perdura siempre el problema serio de confundir
correlación y causación; 4) además, con frecuencia se cree, erróneamente, que lo
genético es inmodificable y lo ambiental modificable, y, por último, 5) dan por
sentado justamente lo que pretenden demostrar, o sea, que la inteligencia es heredada.

210
7. CONCLUSIONES

Como hemos podido constatar a lo largo de todo este largo capítulo, La Curva
en Campana es un libro, ya desde su comienzo, y tanto por su lado teórico como por
el empírico, terriblemente tendencioso. Lo único que pretende es defender las tesis
genetistas, los test de CI y el determinismo biológico, hacer apología de los que en el
pasado han defendido esta postura y sobre todo propagar tales ideas: más que ante un
libro científico estamos ante un libro propagandístico ideológica y políticamente. Por
eso se hicieron tantos esfuerzos para que se vendiera y efectivamente se vendió muy
bien, porque servía a las personas de las clases media y alta para justificar su propia
situación privilegiada frente a tantos otros que lo pasan tan mal. Para abundar en esta
línea propagandística, y como clara prueba de que se dirige a los patriotas
norteamericanos (como se demuestra claramente en el inicio, ya visto, del Prefacio),
Murray pretende ridiculizar a Kamin, o al menos poner al público contra él, diciendo,
casi sin venir a cuento, que éste abre sus páginas con esta afirmación: «Se dice que el
patriotismo es el último refugio de los canallas». Como vemos, un argumento que
carece totalmente de peso científico. Y le acusa también de haber afirmado que
quienes defienden que el CI es básicamente heredado pertenecen a la derecha política
y tienen una perspectiva social racista: Señor Murray ¿es que ello no es cierto?
Como vemos, vamos a peor: Jensen empeora a Eysenck y Herrnstein empeora a
Jensen. Pero quien triunfa en los años 90 en los ambientes conservadores
norteamericanos es Herrnstein: tras los triunfos de la derecha de la mano de Reagan
primero y de Bush padre después, no se conforman con las tesis de Eysenck y piden
más. Hoy día, 2002, probablemente ya no se conformen tampoco con Herrnstein, al
menos por las numerosas críticas que suscitó The Bell Curve, como aquí hemos visto.
En consecuencia, la nueva era, que se abre con la victoria (nada clara,
democráticamente hablando) de Bush hijo y con la guerra (permanente) contra «el
imperio del mal», la nueva derecha norteamericana prefiere ir por derroteros que, de
momento, parecen mejor asentados «científicamente» y éstos no son otros que los de
la biología, tan exitosa hoy día, y el Proyecto del Genoma Humano. Para ello no han
escatimado gastos y continuamente aparecen en los medios de comunicación noticias
al respecto. Pero tras el Genoma Humano se ocultan las mismas ideas y los mismos
intereses que se escondieron siempre tras la eugenesia y tras la psicometría del CI, y
siguen utilizando el principal instrumento que siempre utilizaron: el determinismo
genético, pero ahora sin necesidad de esconderlo tras otras excusas: es la biología otra
vez la que acompaña al viejo racismo científico. En resumidas cuentas, el hecho de
que The Bell Curve apareciera en 1994, sin añadir prácticamente nada nuevo a lo que
eran las tesis herencialistas ya conocidas, y el enorme aparato propagandístico que le
acompañó, señalan claramente un evidente intento de hacer resurgir el racismo del
siglo XIX, esta vez —una vez más— en forma de racismo científico, dada la
prevalencia de la ciencia en el público de final del siglo XX. Llegado el «final de la
historia», tal como no hace mucho pontificó Francis Fukuyama, se pretende
recomponer lo que la Segunda Guerra Mundial hizo añicos: las tesis centrales del
racismo y de la eugenesia. Estamos, por tanto, ante un libro que ni tiene méritos
científicos ni proporciona ningún dato ni información nueva, en el que se mezclan las

211
chapuzas, la mala intención, los datos sesgados y las interpretaciones interesadas a
favor de su racismo y su ultraconservadurismo. Y todo ello se explica por el
sectarismo de sus autores. Estamos ante una especie de secta cuyos miembros se
extienden a lo largo del último siglo, que sólo reconocen los méritos de sus propios
compañeros de viaje (Burt, McDougall, Cattell, Terman, Goddard, Yerkes, Brigham,
Jensen, Eysenck, Hernnstein, etc.), siempre siguiendo fielmente las directrices de sus
mentores, principalmente de Galton, y poniendo permanentemente sus esfuerzos y
sus engaños al servicio de los grupos sociales más favorecidos y, últimamente, de los
intereses del capitalismo neoliberal en la presente globalización.

212
CAPÍTULO IX
Una respuesta a los psicómetras genetistas del CI

1. INTRODUCCIÓN

Aunque a lo largo de los ocho capítulos anteriores no hemos hecho otra cosa
que responder a los psicómetras genetistas del CI, mostrando la endeblez de sus
argumentos, lo obsoletas de sus propuestas interventivas así como lo ideológicamente
que estaban dirigidas y la enorme influencia que sobre sus posturas han tenido sus
concepciones políticas ultraconservadoras y sus intereses grupales, en este capítulo
intentaré responder básicamente con dos tipos de argumentos. Por una parte,
ofreciendo más datos que muestren la influencia que una serie de factores
ambientales tienen sobre el CI, y, por otra, profundizando en la inevitable relación
entre psicología e ideología. Además, si las tesis herencialistas no han sido en
absoluto probadas, hasta el momento, a pesar de los ingentes esfuerzos de autores
como Burt, Jensen o Eysenck, si tales tesis ofrecen un sinfín de problemas no sólo
científicos (estadísticos, etc.) sino también sociales, ideológicos y políticos, entonces
es evidente que es más adecuado seguir un enfoque básicamente ambientalista a la
hora de estudiar el tema que nos ocupa, aunque, evidentemente, sin olvidar su
inevitable interacción con otras variables. Es más, creo que es el único modo de
enfocar este problema por parte de psicólogos y educadores. En efecto, aunque la
inteligencia se debiese en mayor o menor grado a los genes, nosotros, psicólogos y
educadores, no tendríamos posibilidad alguna de modificar los genes. En cambio, si
la inteligencia se debiese en mayor o menor grado al ambiente y al aprendizaje,
entonces sí podríamos mejorar la inteligencia de las personas, así como su
rendimiento, proporcionándoles un mejor ambiente, sobre todo educativo, e
incrementando su capacidad de aprendizaje a través, por ejemplo, de unas más
apropiadas técnicas de estudio, de dinámica de grupos, de trabajo cooperativo en

213
clase, etc. Sin embargo, todo ello no será suficiente, pues tampoco a los educadores
nos es fácil modificar el ambiente social (ambiente macrosocial, familiar, etc.) por
ejemplo de nuestros alumnos, modificación que sería necesaria para un buen
aprovechamiento de las capacidades intelectuales de todos ellos.
En resumidas cuentas, ante la pregunta de ¿por qué fracasan en la escuela tantos
niños económicamente pobres? se pueden dar muy diferentes respuestas. Una muy
frecuente la han dado los genetistas: fracasan porque su dotación genética es también
pobre, por su naturaleza hereditaria que es intelectualmente deficitaria. Una segunda
respuesta, parcial y menos frecuente, nos la proporcionan Rosenthal y Jacobson
(1968) al mostrar que tales niños fracasan a causa, al menos en parte, de las
expectativas que sobre ellos, su conducta y su rendimiento escolar hacen los
profesores. Una tercera respuesta, muy de moda en círculos marxistas y progresistas
en los años 60 y 70, indica que el fracaso escolar de los niños pobres responde a una
clara función, intencional, del sistema capitalista: seleccionar a las personas que van a
ocupar puestos de mando y de importancia social, eliminando a las personas
provenientes de las clases sociales económica y socialmente menos favorecidas. Pero
existe una cuarta respuesta, que es la que a mí más me interesa y que no es excluyente
sino complementaria de las dos anteriores: los niños provenientes de las clases
sociales menos favorecidas poseen muy altas tasas de fracasos escolares porque su
ambiente es muy pobre tanto a nivel biológico (nutrición, cuidados médicos, etc.)
como a nivel educativo, sociofamiliar y a otros niveles. Y si además de pobres
pertenecen a culturas minoritarias, como es el caso de la población negra
norteamericana, o la gitana en nuestro país, entonces su situación se agrava y sus
probables bajas puntuaciones tanto en la escuela como en los test de CI tendrán poco
o nada que ver con su dotación genética.

2. INTELIGENCIA Y FACTORES AMBIENTALES BIOLÓGICOS Y


FISIOLÓGICOS

La influencia que en la inteligencia y en su desarrollo tienen una serie de


factores ambientales biológicos y fisiológicos, en su mayor parte no genéticos, es
indiscutible a partir de una serie de trabajos definitivos, como los de Birch y Gussow
(1972) o los numerosos estudios recogidos hace ya veinte años tanto por Alonso
Forteza (1981) como por Yela (1981). Dado que no parece que la influencia ejercida
sobre el CI por tales factores se haya visto modificada en los últimos años,
permítaseme utilizar estos datos algo antiguos pero, en todo caso, nada desfasados.
Fueron Birch y Gussow (1972) algunos de los que estudiaron con más profundidad
los factores ambientales responsables del fracaso escolar de los niños pobres, factores
todos ellos relacionados con la pobreza. Su explicación es la siguiente (1972, págs.
XIII-XIV): «La pobreza produce fracasos escolares, y como la falta de educación
reduce las posibilidades de conseguir empleo, contribuye a su vez a perpetuar la
pobreza, la mala salud y las desventajas sociales. Pobreza e ignorancia se refuerzan
así mutuamente... La educación compensatoria, por útil que sea, no puede resolver
por sí sola los problemas de educación de los pobres. Un programa serio para abolir

214
los fracasos escolares de los niños con desventajas ha de incluir también el
mejoramiento de su situación económica, su salud y su estado de nutrición... Los
niños que crecen en la pobreza viven en condiciones que no sólo limitan su intelecto
sino que lo destruyen físicamente. Los niños pobres padecen la mala comida, la mala
higiene, el mal alojamiento y la mala atención médica. Los hogares en los que faltan
juguetes y juegos son los mismos en los que abundan el hambre y la enfermedad. Ser
pobre en Norteamérica y, particularmente, ser pobre y no blanco, equivale a sufrir la
opresión de todo un espectro de circunstancias físicas que, al poner en peligro la vida,
el crecimiento y la salud, restringen la evolución psíquica y el potencial de
educación». Ahora bien, entre los factores que analizan Birch y Gussow (1972),
nosotros destacaremos los siguientes:

1) Esperanza de vida y tasas de enfermedad: Birch y Gussow nos proporcionan


datos que indican que tanto en Gran Bretaña como en Estados Unidos la esperanza de
vida es mayor para las clases económicamente más favorecidas. Pero no es sólo eso,
es que en las poblaciones en las cuales los índices de muerte alrededor del nacimiento
son elevados, existe también una mayor incidencia de las complicaciones del
embarazo y el parto, con niveles elevados de riesgo de desarrollo anormal para los
niños que sobreviven. De hecho, Passamanick y Knobloch (1966) encontraron, en
una serie de estudios retrospectivos, un significativo exceso de prematurez y/o
complicaciones del embarazo y el parto en los individuos afectados por parálisis
cerebral, epilepsia, deficiencias mentales, desórdenes del comportamiento,
impedimentos para la lectura, etc. Y, como afirman Birch y Gussow, de todas las
complicaciones conocidas durante el embarazo y el parto ninguna está más
claramente vinculada con una amplia gama de agresiones al sistema nervioso como la
expulsión demasiado temprana al mundo de una criatura apenas preparada para
funcionar como organismo independiente. Los sobrevivientes, en especial los de
menor peso, corren un riesgo mucho mayor que los nacidos a término en cuanto a
defectos neurológicos, mentales y sensoriales graves. Igualmente cuando llegan a la
edad escolar se caracterizan por tener cocientes intelectuales más bajos y un
rendimiento académico más pobre, sobre todo en aquellos prematuros de bajo peso
pertenecientes a las clases bajas. En este sentido, los datos que Illsley obtuvo en
Escocia en los años 60 indican claramente que la relación existente entre bajo peso al
nacer y cociente intelectual se ve afectada por la clase social. Los CI de los niños de
las clases más bajas parecen haber sido seriamente afectados por su situación de peso
al nacer, con circunstancias de pobreza económica que a su vez potenciarían el riesgo
vinculado con el nacimiento prematuro. Por otro lado, en las clases superiores el peso
al nacer parece haber tenido poca influencia sobre los CI, lo que sugiere que un
ambiente postnatal benéfico puede compensar, casi por entero, cualquier desventaja
inicial vinculada con la escasez de peso al nacer. Es decir, que la prematurez lleva a
consecuencias negativas tanto físicas como psicológicas, particularmente en el caso
de los niños pobres.

2) Alimentación durante el embarazo: nadie duda de la importancia que la

215
cantidad y la calidad de la alimentación de la madre durante el embarazo tiene para el
curso del mismo y para el feto. Pues bien, como era de esperar, las madres pobres
poseen dietas más pobres que las madres menos pobres. Hay quien sostiene que la
causa de este tipo de dietas no es la pobreza sino la ignorancia (New York Time, 17 de
junio de 1968). Sin embargo, tambien la ignorancia es una consecuencia de la
pobreza. En todo caso, como señalan Birsch y Gussow, aunque las diferencias de
hábitos y creencias alimentarias son importantes, la pobreza es el factor básico que,
combinado con la ignorancia, mantiene mal alimentadas a las mujeres pobres.

3) Atención médica y reproducción: por las razones que venimos comentando y


por otras muchas que son evidentes, las mujeres pobres que van a ser madres
deberían ser las que disfrutasen de mayores cuidados médicos. Pero ello no sólo no es
así, sino que justamente es todo lo contrario: son las menos atendidas médicamente,
sobre todo en aquellos países en los que, como ocurre en Estados Unidos, la
seguridad social es privada y por consiguiente cientos de miles de personas
encuentran más dificultades para obtener atención médica. Ciertamente, también aquí
influyen otros factores como los hábitos escolares, los prejuicios o la ignorancia.
«Pero el comportamiento de grupos enfrentados con la opción, relativamente nueva,
de aprovechar la atención disponible no se puede considerar parte esencial del
problema de los pobres. El hecho escueto es que la mayor parte de los pobres no
tienen tal opción. Para la mayoría todas las demás variables que influyen sobre el
empleo de médicos, educación, cantidad de partos, estatus social y disponibilidad de
la atención, tienden a vincularse estrechamente a la situación económica. El resultado
es que el promedio de la madre pobre, cargada de prejuicios, carente de educación,
producto de una situación empobrecida, más la escasez de medios médicos
disponibles, con frecuencia no sólo no llega a la atención preventiva para su criatura
sino a ninguna clase de atención» (Birsch y Gussow, 1972, págs. 243-244).

4) Nutrición: entre los factores biológicos más estudiados en cuanto a su


posible incidencia sobre el desarrollo intelectual destacan los relacionados con el
desarrollo de la dieta o nutrición. El cerebro para su crecimiento necesita disponer de
una cierta cantidad de sustancias alimenticias de determinadas clases, y en especial de
proteínas, y es lógico suponer que una insuficiencia o una dieta inadecuada impida la
normal elaboración de estructuras nerviosas y, en consecuencia, el normal desarrollo
de las capacidades mentales. Ahora bien, se sabe que en el desarrollo cerebral del ser
humano se dan dos períodos especialmente cruciales, uno prenatal en el que se
produce la mayor parte de este crecimiento y que corresponde específicamente a los
últimos meses de la vida fetal y, otro, inmediatamente postnatal, de proliferación glial
y de mielinización, que dura aproximadamente hasta los 18 meses, con especial
incidencia en los seis primeros. En efecto, cuando un organismo se ve privado de
alimento durante mucho tiempo, el cerebro no se ve afectado, pues los mecanismos
bioquímicos de defensa lo protegen, excepto si ello tiene lugar durante los primeros
días de la vida (véase también Alonso Forteza 1981, págs. 128 y 51). Son muchas las
investigaciones que lo prueban: a) Investigaciones realizadas con animales

216
(Dobbing, 1972; Baird y otros, 1954, etc), aunque sin duda es arriesgada la
extrapolación al hombre de estos resultados; b) Análisis anatómicos del cerebro de
niños fallecidos a causa de desnutriciónaguda: éstos análisis demostraron que los que
habían muerto durante su primer año tenían menos células cerebrales que lo normal,
lo que no ocurría ya entre los fallecidos más tarde (Winick, 1972); c) Estudios
retrospectivos: estos datos han sido recogidos en áreas geográficas en las que la falta
de una alimentación adecuada constituye un mal endémico, como India, Yugoslavia,
Uganda, México, Perú, algunas zonas de Estados Unidos, etc. (Stein y Kassab, 1970;
Warren, 1973; Loehlin, Lindzey y Spuhler, 1975; Brozek, 1978), aunque debemos
tener sumo cuidado al interpretarlos (véase Alonso Forteza, 1981, pág. 130); y d)
Estudios prospectivos y en cierto modo experimentales, que consisten en dividir a los
sujetos en varios grupos a algunos de los cuales se les proporcionaba determinados
alimentos alimenticios. Por ejemplo, Harrel, Woodgard y Gates (1956) encontraron
que a los tres-cuatro años, los niños de mujeres que durante el embarazo se les
administró un complemento de vitaminas aventajaban ligeramente en el Standford-
Binet a los de otras mujeres a las que se les había dado un placebo. En resumen, el
estado de nutrición, junto a otros muchos factores cuyos efectos por separado son
difíciles de precisar, influye en las diferencias en inteligencia, y este influjo en su
aspecto negativo es directo y decisivo en casos extremos cuando el déficit se produce
en el período de formación de las estructuras neurológicas, soporte de toda actividad
intelectual. De hecho, está demostrado que la desnutrición afecta al desarrollo mental.
Desde la época de las primeras descripciones de la desnutrición grave en niños,
hechas por Correa, resulta evidente que una característica de los síndromes clínicos
de problemas de la nutrición era la perturbación psicológica. Hay acuerdo en los
informes de investigadores de muchos países diferentes, en cuanto a que el hallazgo
independiente más común en el comportamiento de niños desnutridos, es la apatía
acompañada de irritabilidad. «No hay duda de que la capacidad de la criatura para
reaccionar apropiadamente a estímulos significativos de su ambiente se reduce
durante el período de desnutrición crónica y que la desnutrición continuada se
acompaña de una regresión progresiva del comportamiento» (Birch y Gussow, 1972,
pág. 175). Además, «la influencia nefasta de la desnutrición puede prolongarse
indirectamente debido al debilitamiento general del organismo que le hace más
propenso a contraer enfermedades, le resta energía, interés por las cosas, motivación
para establecer contactos personales, poder desplazarse, observar y adquirir
experiencias de todo tipo» (Alonso Forteza, 1981, pág. 131), lo que, por fuerza,
influirá muy negativamente en el CI.
Otra variable nutricional fundamental es el amamantamiento: la leche de la
madre no siempre es suficiente para el bebé, pues es pobre en hierro. De hecho, se
encontró un mayor déficit de hierro entre los bebés de madres que tenían niveles
económicos y de educación bajos. Además, estos datos parecen sugerir que los bebés
de clase baja probablemente estén relativamente desnutridos, por lo menos a los seis
meses de edad, como consecuencia de su mayor dependencia de la leche. Y no
olvidemos que la criatura concebida y dada a luz por una mujer sana y fuerte
probablemente será criada en un ambiente estimulante, mientras que la pobre, ya
antes de llegar a la edad escolar habrá estado sometida durante al menos varios años a

217
condiciones semejantes a las vividas por su madre y que la ponen en desventaja. Por
consiguiente, pobreza, malnutrición, enfermedad, bajo CI y fracaso escolar son
variables que suelen ir juntas. Y es que la desnutrición tiene grandes y persistentes
efectos sobre la capacidad de aprendizaje. Pero lo que es más grave en el ser humano
es que una desnutrición prolongada tiene efectos negativos intergeneracionales.
La conclusión de Birch y Gussow (1972, págs. 182-183) es clara: «Tomados en
conjunto, estos datos aumentan nuestra sospecha de que los niños que han estado
grave o crónicamente desnutridos están atrasados en su desarrollo psíquico en
comparación con niños que no experimentan la desnutrición. Pero los datos no se
pueden interpretar como demostrando concluyentemente que la desnutrición afecta
directamente, bien al desarrollo del sistema nervioso o al crecimiento intelectual.
Desgraciadamente para las firmes conclusiones del científico y ciudadano la
desnutrición del hombre no se produce en aislamiento de otras importantes
circunstancias biológicas y sociales... Los conglomerados de niños desnutridos más
bien se encuentran entre los pobres. De manera que no sólo se manifiestan la
desnutrición y la enfermedad, casi inevitablemente en poblaciones en las que los
niños empiezan la vida postnatal habiendo estado expuestos ya a excesivos riesgos
prenatales y perinatales, sino que la desnutrición y los niveles elevados de infección
del período postnatal se encuentran casi siempre entre niños probablemente expuestos
simultáneamente a riesgos múltiples biológicos, sociales, económicos, culturales y
familiares para un crecimiento y un desarrollo psíquico óptimos. Reconocer la
coincidencia de desnutrición y pobreza y sus otros riesgos consecuentes es sostener
que, por lo menos, hay que controlar otras dos clases de factores antes que se pueda
definir con confianza la vinculación de desnutrición en la niñez y la posterior
disfunción psíquica o intelectual. El primer conjunto de factores lo constituyen las
características biológicas del medio que tienden a asociarse a la pobreza, y el segundo
las condiciones de ambiente familiar, que a su vez pueden contribuir a un desarrollo
pobre del intelecto... Si existe entre los pobres un índice elevado de atraso familiar y
si una de las consecuencias de este retraso es una incompetencia social que aumenta
la probabilidad de la desnutrición, uno podría encontrarse con una colección de datos
donde se muestra que el atraso mental está significativamente vinculado a lo
inadecuado de la nutrición. En tales circunstancias no podría suponerse ninguna
vinculación de causa a efecto ya que en realidad tanto la desnutrición como el atraso
podrían estar reflejando características de incompetencia intelectual familiares y
hereditarias».

5) Peso del nacimiento: otra variable biológica, sin duda relacionada con la
nutrición, que ha sido estudiada en relación con el posterior desarrollo intelectual, es
el peso en el momento de nacer. Desde hace tiempo se conocen cifras que avalan la
disminución en promedio del peso natal que se produce en épocas de guerra y otras
calamidades públicas. Desde hace mucho se sabe que la correlación entre peso natal e
inteligencia son positivas, aunque pequeñas (entre 0,12 y 0,20), haciéndose difícil
además determinar si esta variable influye como tal o más bien si puede considerarse
como un indicador indirecto, mediatizado por otras variables que a su vez
correlacionan con ella, pudiendo alguna ser la determinante, tanto de un peso

218
deficiente como de un anormal desarrollo que incluye lo intelectual, como por
ejemplo, podría ser toda una serie de características biológicas y sociales de los
padres y del ambiente en que se desenvuelven. Caputo y Mandell (1970) hicieron una
recopilación de los mejores trabajos que relacionaban peso de nacimiento con
inteligencia posterior, concluyendo que las mayores diferencias se encuentran en
niños con un peso muy bajo (entre 1.000 y 1.500), pero que en cambio, en los de
1.500 a 2.500, en el caso de presentar alguna desventaja, ésta resulta ser mínima. Sin
embargo, la correlación entre peso natal e inteligencia puede ser curvilínea. De hecho,
Broman, Nichols y Kennedy (1975) en un estudio longitudinal de gran envergadura,
el «Collaborative Perinatal Project», que utilizó más de 50.000 recién nacidos y
analizó hasta un total de 169 variables correspondientes a las fases prenatal, perinatal
y neonatal, encontraron que en general a un mayor peso natal le acompaña un CI más
alto, medido por el Standford-Binet; la correlación para el conjunto de la muestra fue
de 0,17 aumentando el CI medio a medida que aumentaba el peso hasta los 2.500-
3.000 gramos; pero por encima de este nivel no parece que se registren diferencias e
incluso puede bajar en aquellos niños con peso mayor de lo normal. Por otra parte, se
ha encontrado también que, como conjunto, los gemelos tienden a conseguir entre
cuatro y cinco puntos menos de CI que los niños nacidos en parto único y que esta
diferencia es aún mayor en el caso de los trillizos; también se ha podido comprobar,
aunque con algunas excepciones, que el miembro del par que al nacer pesa menos
suele ser el que luego alcance un CI también menor. Además, me interesa destacar las
relaciones del bajo peso en el nacimiento, además de con la inteligencia, con la
prematurez del nacimiento y ambas (peso y prematurez) con las condiciones
socioeconómicas de vida. Entre quienes viven en peores condiciones
socioeconómicas (los pobres, las minorías y más aún los miembros pobres de las
minorías), suelen ser mucho más frecuentes tanto los partos prematuros como el bajo
peso de los recién nacidos, variables, por otra parte, muy estrechamente relacionadas
entre sí. En efecto, «se demuestra claramente que el efecto del nacimiento prematuro
sobre las perspectivas de las criaturas no se limita al riesgo de defectos graves ni, en
el resto de las criaturas, a alguna disminución de los CI, sino que se muestra más bien
en una constelación de defectos pequeños y grandes, cuyo efecto es difícil de estimar
excepto en términos de los propósitos de la sociedad para estos niños. Si estos
propósitos incluyen niveles aceptables de rendimiento en edad escolar entonces
debemos preocuparnos no sólo por la pequeña proporción de niños prematuros
considerados gravemente perjudicados sino también por todos aquellos que,
vulnerables, como resultado de circunstancias que hicieron en su entrada al mundo,
sufren desórdenes menores de la percepción y el conocimiento, un aumento de la
impulsividad o la distracción, una demora en el control del ciertas funciones físicas o
cualquiera de las desventajas vinculadas con un deterioro físico. En general, tales
anormalidades pueden interferir directa o indirectamente en el desarrollo intelectual
normal y el rendimiento escolar de una cantidad apreciable de criaturas prematuras,
en especial aquellas que son criadas en condiciones de extrema pobreza» (Birch y
Gussow, 1972, págs. 60-61). En todo caso, los efectos adversos de enfermedades y
desnutrición tempranas sobre el desarrollo intelectual de un niño no tienen por qué
ser fundamentalmente ni aun de la manera más significativa resultado de un «daño

219
cerebral», sino más bien consecuencia de un gran número de influencias indirectas,
entre las que cabríadestacar las dos siguientes: 1) Pérdida de tiempo de estudio: el
niño enfermo o desnutrido tendrá menos tiempo para aprender, y 2) Interferencia con
el aprendizaje durante períodos críticos de desarrollo: el aprendizaje no es de
ninguna manera un proceso simplemente acumulativo, sino que un conjunto
considerable de pruebas señala que la interferencia en el curso del proceso del
aprendizaje en momentos particularmente importantes, sobre todo durante los dos
primeros años de vida y especialmente durante los seis primeros meses puede
provocar desórdenes de la función que son tanto más profundos como de importancia
a largo plazo.
Por consiguiente, vemos que una amplia serie de factores biológicos, pero
determinados ambientalmente, pueden ser corresponsables en el hecho de que sean
tantos los niños pobres que fracasan en la escuela y obtienen unas bajas puntuaciones
en los test de inteligencia, ya que todos esos factores, tomados en conjunto, colaboran
a crear unas condiciones biológicas más pobres en el sistema nervioso, en la
capacidad para aprender, etc. Si un niño está enfermo durante una o dos semanas
consecutivas, justamente en un período clave del curso escolar, ello podrá tener serias
repercusiones sobre su rendimiento en ese curso. Ahora bien, ello es más grave en los
niños pobres, al menos por dos razones: primera, porque, como hemos visto, es más
probable en ellos la enfermedad, y segunda, porque las condiciones socioeconómicas,
educativas y culturales de la familia probablemente le ayude menos a recuperar ese
tiempo perdido que la enfermedad le produjo. Con ello entramos, pues, en otros tipo
de factores, los socioculturales, que también coadyuvan a los efectos que estamos
explicando.

3. INTELIGENCIA Y FACTORES SOCIOCULTURALES

Además de las variables ambientales de tipo biológico y nutricional que hemos


visto, el ambiente humano es esencialmente un ambiente social y cultural, por lo que
será fundamental estudiar una serie de factores socioculturales entre los que destaca
principalmente el familiar y también el escolar (Alonso Forteza, 1981):

1) El ámbito familiar: las diferencias intelectuales entre las clases sociales son
innegables. «Las diferencias encontradas entre sujetos de clase media y alta y de la
clase popular por término medio pueden cifrarse en unos 20-30 puntos de CI; estos
valores se repiten en todos los países, entre todos los grupos raciales, en ambos sexos
y tienden a acentuarse durante el período de crecimiento a partir de los dos o tres años
en que empiezan a manifestarse... Por aptitudes específicas, la superioridad de los
grupos de niveles sociales más altos suele ser más pronunciada en razonamiento
abstracto, comprensión y fluidez verbal, aunque aparece en mayor o menor grado en
las demás aptitudes. Estas mismas diferencias se reflejan como es lógico, en
rendimientos escolares de todo tipo. Por otro lado, pese a la elevación general del
nivel de vida de los grupos más desvalidos que ha tenido lugar en todos los países, las

220
diferencias persisten prácticamente iguales a lo largo de un período que dura ya más
de cuarenta años. Incluso cuando en vez de los test convencionales se utilizan test
“aculturales”, siempre que mantengan un cierto valor predictivo, parece que si bien se
logra atenuar ligeramente las diferencias, éstas siguen todavía siendo importantes»
(Alonso Forteza, 1981, pág. 133). De hecho, las correlaciones entre las escalas de
nivel socioeconómico (ESE) y le CI oscilan entre 0,20 y 0,45, lo que permite afirmar
que el nivel social da cuenta de una parte más bien pequeña pero sustancial de la
varianza en las puntuaciones de inteligencia, aunque de ello, por supuesto, no se
puede inferir dependencia causal alguna. ¿A qué se debe esa relación entre estatus
socioeconómico e inteligencia? Posiblemente se deba a una serie de variables unidas
al nivel socioeconómico: una serie de variables biológicas y nutricionales como las
antes vistas, unos tipos de crianza, trato y educación de los hijos, etc. Aquí nos
interesa revisar las variables socioculturales asociadas a la familia. «Es a través de
estos procesos y estilos de intercomunicación, iniciados en el ámbito familiar que se
irán configurando y tomando cuerpo las distintas características de la personalidad de
los niños, incluidas las aptitudes y destrezas intelectuales, dentro, claro está, de los
márgenes amplios y flexibles establecidos por las pautas hereditarias» (Alonso
Forteza, 1981, págs. 133-134). Veámoslo:
a) Clima familiar: además de proporcionar la dotación genética a su
descendencia, la familia en general y los padres en particular actúan como
mediadores en la transmisión de las normas sociales y culturales imperantes (Yela,
1976; Cronbach, 1977; Willerman, 1979). Sin embargo, existen grandes diferencias
entre unas familias y otras, según la personalidad de sus miembros y los medios de
que dispongan. Por supuesto, la situación económica de la familia condiciona las
posibilidades futuras de los hijos: disponibilidades para atender problemas de salud,
alimentación, comodidades, esparcimientos y apoyos para una buena instrucción,
etc.; pero los efectos más profundos se producen a través del clima intelectual y
emocional que prima en el hogar. Estos efectos empiezan a ejercerse desde los
primeros instantes de la vida del individuo. Así, como encontró Hebb (1949)
trabajando con animales, una extrema pobreza de estímulos durante la infancia más
temprana inicia un desarrollo desfavorable de la inteligencia que no se puede
compensar ya durante el resto de la vida. Otras experiencias con animales han
consistido en la creación de ambientes enriquecidos con todo tipo de estimulaciones y
experiencias para observar sus efectos en el desarrollo cerebral y en el
comportamiento (Bennet, 1964; Rosenzweig, Benet y Diamond, 1972; Riege, 1971;
etc.), con efectos muy positivos, lo que pone de manifiesto la extraordinaria
plasticidad cerebral. Desde luego que la extrapolación de estos resultados al hombre
es, cuando menos, arriesgada. Sin embargo, los trabajos sobre los síndromes de
hospitalismo y privación materna llevan a resultados similares.
En cuanto a la interacción madre-hijo en los primeros meses de la vida se han
encontrado algunas diferencias entre clases sociales, haciéndose hincapié en la
importancia que ya en estas edades tiene la comunicación y en especial la relación
verbal de las madres con el niño: no es sólo que las madres de nivel social más alto
hablen más rato ni con mayor frecuencia a sus hijos, sino que también responden a
sus llamadas de atención de forma más explícita y precisa haciendo que a su vez los

221
niños escuchen, se fijen y presten atención. Pero como subraya Alonso Forteza, a
partir de los tres años es cuando las diferencias entre clases sociales en rendimiento,
que en cierto modo se pueden considerar ya como intelectuales, empiezan a hacerse
patentes, consolidándose en una clara tendencia hacia un aumento progresivo a partir
de esta edad. Hess y Shipman (1965) creen que ello puede en gran parte deberse a la
diferente manera según la cual las madres manejan y dirigen el aprendizaje de sus
hijos (véase también Bee y otros, 1969; Brophy, 1970). Del conjunto de todos estos
estudios parece desprenderse con carácter general que las madres de clase media se
distinguen de las de niveles más bajos en que son capaces de proporcionar a sus hijos
una información más relevante para que por sí mismos puedan ir resolviendo
adecuadamente sus problemas y porque sus conductas en general se adapten más a las
necesidades concretas y a las características peculiares de sus hijos. Recapitulando
algunos de estos trabajos, concluye Fraser (1973) que las madres de clase media
hablan directamente con más frecuencia con sus hijos y se interesan más por sus
cosas, les facilitan un entorno más organizado y mejor elaborado, les animan en sus
realizaciones verbales, alabando sus adelantos en este terreno y les proporcionan una
mayor cantidad y diversidad de experiencias perceptivas, permitiendo la exploración
y el juego, con oportunidades para dedicarse a actividades estimulantes del
pensamiento y la discusión y relación con los adultos. El lenguaje es el elemento
clave en la explicación de tales diferencias, como muestra también Bernstein (1960)
en sus investigaciones sobre los dos códigos verbales correspondientes a las clases
sociales; en las familias de clase media y alta se utiliza, por utilizar la terminología de
Bernstein, un código elaborado, caracterizado por una mayor riqueza de vocabulario,
por una mayor utilización de frases compuestas, etc., que es justamente el utilizado y
valorado en la escuela y en los test de CI, mientras que en las familias de clase baja
suele utilizarse más frecuentemente un código restringido, de características opuestas
al elaborado, y que no es ni utilizado ni valorado ni en la escuela ni en los test de
inteligencia. Pero no sólo entre familias de diferentes clases sociales se encuentran
diferencias importantes, sino también incluso entre las de la misma clase social. En
este sentido, ya en 1945 Baldwin señalaba que niños de padres que mantenían con
ellos unas relaciones afectuosas y democráticas desarrollaban niveles más altos de
inteligencia que otros cuyos padres se mostraban autoritarios y distantes. Los estudios
longitudinales sobre la constancia del CI (Sontag y cols., 1958; Honzik, 1967;
Bayley, 1968; etc.) aportan también datos interesantes a este respecto. Así, si bien en
conjunto existe una tendencia a encontrar un grado bastante aceptable de estabilidad,
que se mantiene desde los dos años hasta por lo menos los primeros de la edad adulta,
una parte nada desdeñable de sujetos experimentan ganancias o pérdidas más o
menos importantes, cambios que están estrechamente relacionados bien con
modificaciones acaecidas en la situación familiar o bien con características del clima
del hogar facilitadoras o inhibidoras del desarrollo. Una atmósfera familiar afectuosa
y moderadamente tolerante, pero no negligente, se relaciona con aumentos en las
aptitudes intelectuales en tanto que en las casas en que domina una atmósfera de
hostilidad, agresividad y coerción se produce una tendencia al descenso del CI.
Finalmente, habría que mencionar las importantes contribuciones de los estudios
transculturales. «Estos estudios transculturales hacen posible considerar los efectos

222
de diferencias ambientales mucho más agudas y pronunciadas de las que pueden
existir entre las clases sociales o incluso entre los grupos étnicos que coexisten en
nuestras naciones del mundo occidental y que en alguna medida participan todas de
las estimulaciones proporcionadas por un entorno común». (Alonso Forteza, 1981,
págs. 138-139).
b) Estructura familiar: incluso la atmósfera familiar no es independiente de la
composición y el tamaño de la familia. Se cuentan por centenares las publicaciones
que, procedentes de países muy distintos, han registrado correlaciones negativas entre
inteligencia y tamaño familiar (entre —0,1 y —0,4); los niños de familias numerosas
tienden a puntuar por debajo de los de familias pequeñas en una gran variedad de test
de inteligencia y de conocimientos escolares. Cuando en vez de inteligencia general
se han utilizado baterías factoriales se han encontrado resultados parecidos e incluso
algo mayores en lo que atañe a aptitudes verbales. Y es conocido que las familias de
clase social más baja y de minorías étnicas (en Estados Unidos negros e hispanos
sobre todo) suelen tener más hijos. Sin embargo, el efecto del tamaño familiar sobre
las puntuaciones de los test parece atenuarse en el caso de clases sociales elevadas
(Anastasi, 1956; Nisbet y Entwistle, 1967; Nuttin, 1970). Otra variable de la
estructura familiar que junto a otros muchos aspectos de la personalidad parece influir
decisivamente en el área intelectual, es la constituida por la desorganización familiar
causada por la falta de alguno de los padres. En este sentido, Vernon ha demostrado
claramente cómo la falta de figura paterna en el hogar no sólo pesa dramáticamente
sobre el nivel de inteligencia general, sino que incluso es capaz de hacer variar la
estructura intraindividual de las aptitudes, favoreciendo las verbales y entorpeciendo
las espaciales y numéricas. Y también es sabido que estas familias monoparentales
son muy frecuentes entre las minorías étnicas norteamericanas, sobre todo en la
población negra.
2) El ámbito escolar: familia y escuela van siempre unidas y sus efectos
siempre actúan conjuntamente. De hecho, una serie de investigaciones en las que han
participado muy activamente los psicólogos británicos (Fraser, 1959; Wiseman, 1964;
Douglas, 1964; Butcher, 1968, etc.) han puesto de relieve que las condiciones del
hogar y de la vecindad influyen mucho más en los niveles de inteligencia y de
aprovechamiento escolar que las características específicas de las escuelas; en niños
de primaria la proporción de la varianza en resultados de conocimientos escolares
atribuible a factores familiares resultó ser por lo menos cuatro veces mayor que la
aportada por variables escolares; en estos estudios aparece que las variables
familiares que más se relacionan con rendimiento académico son las actitudes de los
padres hacia la educación en general y la escuela en particular, aunque la relación
entre las actitudes paternas y el rendimiento escolar de los hijos puede ser reversible,
de forma que si el niño obtiene éxitos en los estudios los padres pueden modificar sus
actitudes. Autores genetistas afirman que a pesar de introducir en las escuelas
importantes mejoras para llegar a la igualdad de oportunidades, las diferencias entre
clases en rendimiento académico e inteligencia siguen existiendo. Esto no es
totalmente cierto, como veremos en el próximo capítulo. Además, poderosas razones
ambientales explican perfectamente este fenómeno: a) El ambiente familiar, ya visto;
b) La igualdad de oportunidades escolares sigue siendo en muchos países una utopía

223
y a las «mejores» escuelas siguen asistiendo los hijos de las familias másacomodadas;
y c) Las mejoras en las condiciones de los centros educativos que elevan en general el
rendimiento de todos los alumnos producen a su vez efectos discriminativos ya que
obtienen mayores aumentos en los que ya antes eran los mejores. Sin duda alguna
muchos factores escolares, de muy variado tipo, influyen en el desarrollo mental del
alumno: calidad de las instalaciones, mobiliario, materiales didáctico, métodos de
enseñanza, programas y planes de estudio, sistemas de organización y dirección,
preparación, dedicación y personalidad de los educadores, número de alumnos por
profesor, nivel de competencia y laboriosidad de los compañeros, etc. Pero junto a
estos aspectos existen otros más importantes, pero más sutiles, como pueden ser las
actitudes y las expectativas de los profesores (Rosenthal y Jacobson, 1968) (véase
Ovejero, 1988, cap. 4).

4. LA INEXTRICABLE RELACIÓN ENTRE LA PSICOLOGÍA Y LA


IDEOLOGÍA

Resulta tan evidente la relación entre ciencia e ideología, y más aún en el caso
de la psicología, que parece imposible que aún haya quien pueda dudarlo y menos
aún negarlo. Pero quienes lo dudan e incluso quienes explícitamente lo niegan son tan
numerosos entre los psicólogos «científicos» e incluso tal posura está tan marcada a
fuego en los estudiantes de psicología de nuestras Facultades que se hace
imprescindible una respuesta. Consecuentemente, quisiera mostrar estas cuatro cosas.
Primera, que en contra de la afirmación central de muchos psicólogos, entre ellos
Colom (2000)1, la psicología, tanto en su faceta teórica como en la profesional, no
sólo está inextricablemente relacionada con todo un conjunto de valores y de aspectos
ideológicos, sino que incluso forma parte del corazón mismo de la actual ideología
occidental capitalista. Segunda, que, por consiguiente, la psicología, al igual que las
demás ciencias sociales, no puede ni podrá ser nunca una ciencia en sentido
positivista. Tercera, que lo anterior está más claro aún si cabe en la psicología de la
inteligencia que en otros campos psicológicos. Y cuarto, que lo dicho anteriormente
no es ningún desdoro para la psicología, sino que, por el contrario, pasar, como
algunos proponemos, de una perspectiva positivista a otra socioconstruccionista
supone que la psicología gane un enorme protagonismo en la vida social,
protagonismo que no tenía anteriormente. Por tanto, si queremos mostrar cómo es
absolutamente imposible separar ciencia e ideología, particularmente en el caso de la
psicología, tenemos que comenzar por someter a crítica la propia idea de ciencia
positiva, sobre todo tal como se aplica a la psicología. Para ello, veamos las dos
principales premisas subyacentes al artículo de Colom (2000), en el que me centraré
por ser un ejemplo paradigmático de defensa de una psicología positivista y libre de
valores, artículo que pretende mostrar dos cosas que, a la vez, son las dos principales
premisas de su trabajo: a) Que la psicología es una ciencia a modo de las ciencias
naturales, aunque esto último no lo diga explícitamente, y b) Que los ataques a
algunos psicólogos, que en el campo de la inteligencia y de los test de CI han sido
duramente criticados por sus actitudes psicológicas reaccionarias, han sido injustos ya

224
que sus acusaciones son falsas o, al menos, no demostradas. Y para ello sigue Colom
esta argumentación: 1) La psicología es una ciencia; 2) La ciencia no puede estar
contaminada por factores ideológicos; 3) Si la psicología se viese afectada por valores
y variables ideológicas entonces ya no sería una ciencia; y 4) Psicólogos como Burt y
Jensen han sido acusados bien de fraude (el primero) o bien de «racismo» (el
segundo), por lo que se hace urgente defender a ambos no tanto para restituir su
honorabilidad perdida cuanto para defender la cientificidad de la propia psicología
que, en caso de prosperar tales acusaciones, estaría en peligro.
Pues bien, una de las cosas que aquí deseo mostrar es que este edificio
argumentativo de Roberto Colom y de tantos otros defensores de la psicometría
genetista del CI, no se sostiene y que hace agua por todos sus flancos, como se deriva
de estos cuatro puntos que, de una forma más o menos extensa, luego desarrollaré: 1)
la psicología no es ni puede ser una ciencia en sentido positivista; 2) las ciencias, en
general, y las ciencias sociales y humanas muy particularmente, están intrínsecamente
relacionadas con un sinfín de valores y de factores ideológicos; 3) si la psicología no
fuera una ciencia caso de estar contaminada por cualquier factor ideológico, entonces,
ciertamente, no es una ciencia. Pero es que tampoco lo son las demás ciencias
sociales. Es más, en sentido estricto no lo serían ni siquiera las ciencias naturales: la
ciencia, pues, no existiría, y 4) es irrelevante, para el asunto de la cientificidad de la
psicología, el que algunos de sus miembros, en este caso Burt y Jensen sobre todo, no
hayan cumplido los cánones y requisitos exigidos por el método científico. Pero es
que, además de que la defensa que de ellos hace Colom es muy endeble, ambos casos
son indefendibles, a mi modo de ver. Se me pedirá que demuestre mi última
afirmación o al menos que la argumente. No lo voy a hacer, por innecesaria. Y es
innecesaria porque, como hemos visto, no son casos aislados y no podemos aplicarles
el símil de «las manzanas podridas». En ciencia, el fraude es más sistemático de lo
que suele creerse (véase Di Trocchio, 1995), como ya vimos. Y para ir desarrollando
mi argumentación, comenzaré por hacer dos cosas. Primera, intentaré rebatir la
principal premisa en que se basa todo el discurso de Colom. Esa premisa no es otra
que la concepción positivista de la ciencia psicológica según la cual la psicología es
indiscutiblemente una ciencia. Y si todavía no lo fuera totalmente, habrá que ir
eliminando obstáculos, de tal forma que, poco a poco, lo conseguirá: es mera cuestión
de tiempo, siempre y cuando sigamos rigurosamente las exigencias del método
científico. Lo que quiero mostrar es que la psicología ni es una ciencia (en sentido
positivista) ni lo será nunca, porque no puede serlo..., ni falta que hace. Y la segunda
cosa que pretendo mostrar es la increíble «flojedad» y endeblez de los argumentos
utilizados por Roberto Colom, y en general por los psicómetras del CI, en este punto.
Como sabemos, ha sido el concepto positivista de ciencia el que ha
predominado tradicionalmente en la psicología hasta hoy día, hasta el punto de que
no son pocos los psicólogos que ni admiten siquiera la posibilidad de que haya otras
formas de hacer psicología científica. De ahí que convenga ahora mostrar los
principales rasgos definitorios de la psicología positivista. El positivismo podría ser
resumido en estos cuatro puntos: 1) El método científico, como Dios, es sólo uno y
verdadero. Y ese método es el de las ciencias naturales. Por tanto, todo conocimiento
que quiera erigirse en ciencia deberá aplicar tal método a su propio campo u objeto.

225
Eso es lo que hizo —o pretendió hacer, más bien— la psicología, aunque no lo
consiguió porque el objeto de la psicología, es decir, el ser humano, es radical y
esencialmente diferente al de las ciencias naturales. Como decía Ortega, el hombre no
tiene naturaleza, tiene historia. Y siempre el método debe adaptarse al objeto y no al
revés. Por tanto, la psicología no debe adoptar, sin más, el método de las ciencias
naturales, sino construir su propio método; 2) Empiricismo, según el cual sólo los
fenómenos que son observables garantizan un conocimiento científicamente válido.
Ahora bien, si válido equivale a verdadero, la anterior afirmación no es cierta ni
siquiera para las propias ciencias naturales. No haría falta acudir a Michel Foucault,
sino que bastaría con recordar a Popper para saber que ningún método garantiza
verdad alguna. Pero es que en el caso de las ciencias sociales en general y la
psicología en particular, las cosas son aún más serias, puesto que no todos los objetos
de la psicología son abiertamente observables, como la inteligencia, sin ir más lejos;
3) Es necesaria una observación neutra de hechos verificados, observación que, a
través del inductivismo, nos permitirá la construcción de teorías científicas que habrá
que ir poniendo a prueba contrastándolas con la realidad tal como es,
independientemente de nosotros. También aquí las dos cosas son imposibles. Nos es
imposible observar nada de una forma neutra. La observación pura es una entelequia,
no es sino un dogma, el dogma de la inmaculada percepción como le llamaba
Nietzsche. Siempre hay una teoría previa que nos dice qué tenemos que observar y
cómo debemos hacerlo (véase Ovejero, 1999). Por eso se han estudiado muchísimo
más las diferencias en CI entre las personas de diferente «raza», etnia, género o nivel
socioeconómico y menos entre las personas con diferente color de ojos o de cabellos.
No por una razón objetiva y neutra, sino porque nos interesaba más lo primero que lo
segundo. Pero es que, parafraseando a Heidegger, tampoco es posible la contrastación
con la realidad-en-sí, sino sólo con la realidad-para-nosotros, que ya está cargada de
sentido y significado humanos. Ello sólo sería posible en el caso de que el «mito
representacional» no fuera un mito. Pero, como luego veremos mejor, sí lo es; 4) La
ciencia sólo se ocupará de los hechos, no de los valores: la ciencia debe ser
absolutamente objetiva y estar totalmente libre de valores. Pero también ello es
imposible (véase Ovejero, 1999, págs. 500-514). En efecto, como hemos dicho, hasta
la mera observación está cargada de valores y, como decía Nietzsche, no existen
hechos sino interpretaciones: los datos no están ahí fuera esperando que nosotros les
percibamos, sino que, por el contrario, somos nosotros, con nuestras teorías, nuestro
lenguaje y nuestros «instrumentos de medida», quienes los construimos. Resulta fácil
mostrar que ni existe ni puede existir una observación neutra, objetiva y libre de
valores. No existe de ninguna manera la «observación pura», libre de teoría; toda
observación va siempre, necesariamente, dirigida por una teoría previa. Más en
concreto, como dice Fourez (1994, pág. 28), «cuando observo “algo” siempre tengo
que describir “lo”. Para lo cual utilizo una serie de nociones que ya tenía antes: éstas
se refieren siempre a una representación teórica, generalmente implícita... Por tanto,
para observar hay siempre que referir lo que se ve a nociones previas. Una
observación es una interpretación: es integrar determinada visión en la
representación teórica que nos hacemos de la realidad». Y toda interpretación está
cargada de valores y hasta dirigida por éstos. Pero no sólo la observación está cargada

226
de valores, es que ningún paso del proceso científico está libre de ellos. La ciencia
está cargada de valores, tanto en el contexto del descubrimiento como en el de
justificación (Lamo y cols., 1994). Así, en el contexto del descubrimiento se acepta
generalmente desde Weber que la elección del tema de investigación es una elección
pre-científica e influenciada por una variedad de móviles acientíficos. En cuanto al
contexto de justificación, sólo diré algo de la recogida de datos en la que siempre
intervienen los valores, y lo hacen inexcusablemente: qué datos recogeremos y cuáles
no, cómo lo haremos, con qué instrumentos, etc. Por ejemplo, el mero hecho de
utilizar un test de CI para medir la inteligencia es ya, en sí mismo, una toma de
decisión que tiene que ver con nuestra ideología científico-psicológica.
En todo caso, el positivismo se basa en una «ideología de la representación»
que, como señala Tomás Ibáñez (1996a, 1996b, 1996c, 2001), impregna a toda la
Modernidad y que, por tanto, es ampliamente compartida por la inmensa mayoría de
las personas. De ahí su éxito, hasta el punto de que si no profundizamos críticamente
en el asunto, hasta podría parecer que las cosas no pueden ser de otra manera.
Veamos: el positivismo afirma que todo conocimiento será válido si representa a la
realidad, es decir, si es una copia exacta de ella. Ahora bien, ¿cómo saber si existe
realmente una equivalencia entre ambas cosas, entre la realidad real y objetiva, y
nuestra representación de ella? Para ello deberíamos conocer exactamente las dos y
conocer cada una con independencia de la otra, lo que es totalmente imposible, pues
si tuviéramos un acceso directo a la realidad exterior no necesitaríamos ya
representárnosla. Por consiguiente, jamás podremos conocer el objeto, la realidad, tal
como es, con independencia de toda subjetividad y al margen de nuestra forma de
acceder a ella. La objetividad, pues, es una quimera total. Y si todo lo anterior lo
podemos decir, con carácter genérico, incluso de las ciencias naturales, ¿qué decir de
las ciencias sociales en general y de la psicología en particular? En efecto, si no está
nada claro que, por ejemplo, los protones y los electrones existan ahí fuera,
exactamente tal como son descritos por la física, al margen y con independencia de
las teorías de los físicos y de sus instrumentos de medida, ¿qué decir de la
esquizofrenia, de las neurosis fóbicas o del CI? Si cada vez existen más dudas de que
las propias ciencias naturales puedan ajustarse perfectamente a los parámetros de
ciencia del positivismo, está claro que la psicología no puede. La psicología ni es ni
puede ser una ciencia positiva. Y, como ya dije antes, ni falta que hace. No lo puede
ser la psicología académica y menos aún, si cabe, puede serlo la psicología
profesional. ¿Cómo puede ser científico y libre de valores, por ejemplo la selección
de personal en el ámbito laboral o el tratamiento clínico de los homosexuales? ¿Cómo
puede un psicólogo tanto académico como, sobre todo, profesional, ser un científico
más, como lo es un físico, un bacteriólogo o un astrónomo, pongamos por caso? ¿De
dónde esa afirmación de Colom, tan diáfana en él, de que «el “mito” de que la
psicología no es una ciencia ha dado pie al de que la investigación y la práctica
psicológica estarán influidas por la ideología?» (2000, pág. 1). Es que, como hemos
visto, también las demás ciencias —incluídas las naturales, como viene demostrando
la sociología de la ciencia posotkuhniana (Latour, Woolgar, Knorr-Cetina, etc.)—
están influidas por la ideología (véase Fourez, 1994; Maturana, 1989; Maturana y
Varela, 1990). Pero hay algo aquí realmente nuclear: Colom da por hecho que la

227
psicología es una ciencia, y sin embargo no hace nada por demostrarlo. Sencillamente
lo da por supuesto: ¿no será que ése sí es un mito, el mito de la cientificidad de la
psicología? Y no olvidemos que, como dice Martín Baró (1983, pág. 174), mito es
«aquella idea o conjunto de ideas que pretenden reflejar y explicar una determinada
realidad, pero que de hecho la distorsionan y ocultan en beneficio de quien detente el
poder» (1983, pág. 174). ¿Cómo podríamos sostener, tras lo que llevamos dicho, que
la psicología es una ciencia libre de valores y que no está afectada por variables
ideológicas? ¿Es que no tuvieron nada que ver los psicólogos en el hecho de que
muchos Estados de la Unión adoptaran leyes de esterilización obligatoria, leyes que
incluso se llevaron a efecto sobre miles de personas? ¿O es que, en el lado opuesto,
no influyeron los psicólogos en que se decretara en 1954 la llamada Ley Brown, que
obligaba a las escuelas norteamericanas a integrar en las aulas «normales» a los niños
y niñas procedentes de grupos minoritarios (negros, hispanos, etc.)? ¿O no es cierto
que una de las cosas que los profesores de psicología decimos y enseñamos a nuestros
alumnos es justamente que la psicología —sobre todo la psicología aplicada, o
interventiva y profesional—debe estar al servicio de la sociedad, debe ayudar a la
solución de los problemas sociales? Ahora bien, los problemas sociales son muchos:
¿a cuáles de tales problemas debemos ayudar a solucionar? ¿no saben quienes creen
en una psicología libre de valores y ajena a toda ideología que la propia definición de
lo que es o no es un problema social es un asunto esencialmente ideológico? ¿quién
define, pues, y con qué criterios, cuáles son los problemas sociales objeto de la
psicología? Por otra parte, un problema social —por ejemplo el del desempleo—
enfrenta siempre a dos o más grupos sociales: ¿de qué lado se pondrá el psicólogo?
¡Ya! El psicólogo es un ser angelical y químicamente puro, que, dada su naturaleza
esencialmente científica, sólo persigue la verdad y la bondad social y no se baja a las
cloacas ideológicas... Sinceramente, ¿cómo puede mantener esa pura y exquisita
neutralidad, pongamos por caso un psicólogo de los recursos humanos en la actual
época neoliberal? Eso por no mencionar a la psicología militar, a la psicología de la
publicidad tabáquica, etc. No es que existan relaciones entre la psicología y la
ideología, cosa que ocurre en todas las ciencias, incluyendo las ciencias naturales, es
que la psicología es una disciplina (o ciencia si se quiere) esencialmente ideológica
(Álvarez-Uría y Varela, 1994). Más aún, estamos ante una ideología, una de cuyas
pretensiones consiste precisamente, como ya hemos dicho, en psicologizar los
problemas sociales eliminando toda responsabilidad que en ellos pudieran tener las
estructuras sociales de poder y los propios grupos dominantes.
Tras lo que llevamos dicho, creo que queda bastante claro que psicología e
ideología son dos instancias inextricablemente unidas, de tal forma que aunque fueran
totalmente falsas las críticas que se lanzaron contra Goddard, Terman, Burt, Jensen o
Eysenck, y aunque Burt no hubiera cometido fraude alguno, no por eso la psicología
dejaría de estar relacionada con la ideología.
Y entrando más de lleno en el tema concreto que aquí nos ocupa, ¿quién puede
dudar hoy día de que los test de inteligencia han servido realmente, al menos en cierto
grado, como instrumento de opresión contra los pobres y contra los negros, y sobre
todo contra los negros pobres? ¿cómo explicar el dato incontrovertible de que en los
test de inteligencia los miembros de grupos menos favorecidos socialmente puntúan

228
sistemáticamente por debajo de los de grupos más favorecidos? Como diría Ortega,
nadie puede hablar desde «lugar ninguno». Hablamos y nos posicionamos desde
nuestras circunstancias, y entre éstas están también los valores y la ideología, sin los
que sencillamente no seríamos nada o, más sencillamente, no seríamos. Por supuesto
que también yo hablo desde un posicionamiento ideológico muy concreto. No sólo no
lo niego sino que lo reconozco abiertamente. Ello, como se ve, es totalmente
coherente con mi propia postura que reconoce y hasta hace necesaria tal relación
entre posicionamiento científico y posicionamiento ideológico. Por el contrario, lo
que no caben, a mi modo de ver, son dos posturas que habría que desterrar del ámbito
académico y científico en los que tan frecuentes suelen ser: 1) El ocultamiento en una
supuesta neutralidad de intereses reales que con frecuencia son los de los grupos
dominantes, y 2) La dualidad esquizofrénica de muchos científicos cuando separan
tajantemente su vida personal y su ideología como ciudadanos, por un lado, y su vida
e ideas como científicos, por otro. Y lo grave es que a menudo ello no sólo no se hace
intencionadamente sino que ni siquiera, en muchos casos, se es consciente de estar
haciéndolo. No es sólo que en los asuntos en los que solemos trabajar los psicólogos
(psicología laboral, política, servicios sociales, etc.) resulte imposible ser neutro y
aséptico, de tal forma que los valores, los intereses, las filias y fobias, las creencias, la
ideología en definitiva, acechen por doquier, es que constituyen ellos mismos el
engranaje de nuestro discurso, conformando el meollo de la psicología. Por otra parte,
no es que algunos seamos listos y otros sean tan torpes que no se den cuenta de cómo
son realmente las cosas. No es eso. Es una cuestión de concepción de la ciencia, y de
tener o no tener una fe ciega en ella. Y muchos psicólogos, siguiendo el modelo
positivista de la ciencia, persisten en su creencia de que las teorías consiguen o no
validez por contrastación con la realidad externa, de tal forma que serán válidas o
verdaderas cuando coincidan con esa realidad externa y no lo serán cuando no
coincidan con ella. Bajo esta creencia, son muchos los que mantienen, por ejemplo,
que el psicoanálisis no es una teoría científica, mientras que el conductismo sí lo es,
porque mientras éste ha soportado exitosamente la prueba de su contrastación
empírica con la realidad, aquél no la ha soportado. ¿No nos damos cuenta de que para
quienes tienen «fe» en el psicoanálisis éste sí soporta bien la prueba, mientras que
para quienes no la soporta es para los que carecen de tal «fe»? Pero es que lo mismo
podríamos decir del conductismo y de cualquier otra teoría psicológica y no sólo
psicológica. Evidentemente, entiendo por «fe» todo un sistema de creencias, e incluso
a veces de prácticas sociales, más o menos coherentemente articuladas entre sí, lo que
coincide bastante con el concepto general de ideología que aquí estamos utilizando. Y
por ello, difícilmente convencerá este capítulo a quienes tengan una profunda fe en la
psicología como ciencia positiva. Será, pues, una cuestión, también ésta, de ideología.
De hecho, ninguna ciencia, ni las sociales ni siquiera las naturales, son «puras»,
en el sentido de que no estén contaminadas de ideología. Y ello por muchas y
diversas razones, pero sobre todo por una: como nos muestra la sociología del
conocimiento, los intereses desde los que se ve la realidad condicionan y limitan lo
que se puede ver. Como decía Ortega, no vemos con el ojo sino con el corazón. Y,
más en general aún, nadie puede contemplar el mundo desde un lugar privilegiado,
sino que cada cual lo ve desde un lugar muy concreto, en el que se está situado.

229
Nadie posee un prismático especial con el que contemplar aséptica y objetivamente la
realidad. Pero es más, no sólo está situado el científico, es que el propio conocimiento
científico, incluído el psicológico, también está situado social, cultural e
históricamente, dado que es producido por personas muy concretas (los psicólogos y
las psicólogas), pertenecientes a unos grupos sociales también muy concretos
(occidentales, urbanos, blancos, con alto nivel de educación formal, preferentemente
norteamericanos y de clase media) y en una situación muy particular (asimetría
profesor/alumno, experimentador/sujeto, psicólogo clínico/paciente). Ni existe ni
puede existir conocimiento psicológico alguno que sea atemporal. Más aún, coincido
plenamente con Martín-Baró cuando afirma que en psicología —y no sólo en ella—
la supuesta asepsia no es sino un engaño ideológico, el engaño de quienes acusan de
ideológico a toda penetración ideológica en la sacrosanta ciencia que no coincida con
su propia ideología.
En suma, la relación entre psicología e ideología es inevitable. Es más, la
ideología es algo connatural a la propia psicología, al menos si entendemos el término
«ideología», como hacen los funcionalistas, como un conjunto coherente de ideas y
valores, que orienta y dirige la acción de una determinada sociedad y, por tanto, que
cumple una función normativa respecto a la acción de los miembros de esa sociedad.
Por tanto, estoy absolutamente de acuerdo con Karl Mannheim cuando afirma que es
un error pensar que sólo existan ideologías dentro de la esfera política. Por el
contrario, añade, toda nuestra realidad está absolutamente alterada y hasta los más
inteligentes de nosotros tienen la cabeza llena de interpretaciones falsas sobre la
realidad. En consecuencia, no es raro que Mannheim defina la ideología como un
cuerpo de ideas distorsionadas respecto de lo que la realidad es en sí, y cuya función
es la de preservar el estatus social más que reformarlo o cambiarlo. También en este
sentido la psicología autodenominada científica, es decir, la positivista, individualista
y mecanicista, ya no sólo está estrechamente relacionada con la ideología sino que
forma parte nuclear de la ideología dominante en el mundo occidental del siglo XX. Y
son también inseparables psicología e ideología incluso cuando entendemos ésta en
sentido marxista como, por decirlo con palabras de Pastor Ramos (1986, pág. 23),
todo cuerpo de ideas sistematizadas por un sistema social injusto para justificar tales
injusticias. En este sentido, no es que la psicología esté relacionada con la ideología,
es que la propia psicología tradicional científica, la que defienden tantos psicólogos,
es una ideología justificativa (véase Álvarez-Uría y Varela, 1994) que lo que
pretende, entre otras cosas, es ocultar la responsabilidad y culpa que los grupos
poderosos y dominantes tienen en la causación de los problemas sociales, desviándola
hacia el interior de los propios individuos, es decir, psicologizando tales problemas.
Así, la delincuencia será responsabilidad del propio individuo delincuente que posee
una baja tolerancia de la frustración, o, como mucho, de su familia, que no supo
reforzar adecuadamente sus comportamientos infantiles, eso cuando no se acude lisa
y llanamente a algún «gen de la delincuencia», como hace Eysenck (1976), al
padecimiento de un tumor cerebral o a la activación de la corteza suprarrenal por la
hormona adrenocortitrópica (ACTH), con lo que se consigue que la atención de los
ciudadanos no se dirija, por ejemplo, al injusto reparto de la riqueza o del empleo.
¿Cómo puede, pues, seguir creyéndose que la psicología no está contaminada de

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ideología? Recordemos, por poner un ejemplo más, las terapias aversivas para
«curar» a los homosexuales. Y en el campo de las diferencias sexuales no sólo ha
habido contaminación ideológica cuando los psicólogos decían que la mujer era
intelectualmente inferior al hombre o cuando afirmaban que el trabajo de las mujeres
fuera del hogar era algo peligroso para el desarrollo moral y social de los hijos, es que
es ideológico hasta el mero hecho de estudiar las diferencias entre hombres y mujeres
en lugar de explorar el origen de tales diferencias. Igualmente, por poner un último
ejemplo, el propio concepto de raza es un concepto ideológico. Lo que realmente
ocurrió fue que a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX y primeras décadas del XX
fueron imponiéndose los test racistas, al hilo del éxito del darwinismo como ideología
dominante. El mero hecho de medir el CI de las personas en función de su raza ya es
una prueba de ello, y es algo, por tanto, ideológico. Y no utilizo en absoluto el
adjetivo ideológico en sentido peyorativo: si midiéramos el CI de la gente en función
de otras variables (género, edad, color de los ojos, tamaño del pie, etc.) también sería
ideológico, dado que, en todos los casos, habría detrás una concepción teórica previa
responsable la utilización de tal variable de categorización y no de otra. La
categorización nunca es inocente. Por consiguiente, como de forma rotunda afirma el
citado Martín-Baró (1983, pág. 43), «a pesar de que muchos psicólogos sociales
siguen insistiendo en la necesidad de que la ciencia permanezca ajena a la opción
axiológica, la crítica formulada ha roto el espejismo de la asepsia científica. Quien se
atrinchera en su negativa a optar conscientemente, sabe que sirve de hecho a aquellos
bajo cuyo poder opera, es decir, a la clase dominante en cada sociedad, y ello no sólo
en las aplicaciones prácticas de su quehacer, sino, más fundamentalmente, en la
estructuración misma de su saber y su operar científico». La psicología, pues, no
puede ser ajena a los valores y a la ideología. Pero es que tampoco lo pueden ser ni
sus teorías ni siquiera los métodos que utiliza. Es más, el mero hecho de estudiar un
tema y no otro, o de aplicar los test a un tipo de personas y no a otro, o la selección de
las variables a estudiar, y no digamos la interpretación de los resultados, son ya algo
ideológico, inevitablemente. No fue por azar, como ya hemos dicho, que la psicología
científica norteamericana hacia 1920 se centrara en la inferioridad intelectual de los
inmigrantes (justamente cuando los norteamericanos de bien se sentían amenazados
por la emigración) y en cambio se ocupara de la de los negros en los años 60
(precisamente cuando muchas personas de la clase media norteamericana se sentían
amenzadas por el auge de las reivindicaciones de las personas de color), mientras
Burt, o más tarde Eysenck, encontraban que los pobres eran menos inteligentes que
los ricos, justamente cuando lo que imperaba en Inglaterra eran los prejuicios
clasistas.
Finalmente, desearía añadir, para terminar, que aunque fuera cierto, que no lo
es, que los psicómetras del CI nunca han reificado la inteligencia, sino que afirmaron
que se trataba de un constructo teórico, sin embargo, desde el momento en que para
ellos las teorías científicas reflejan la realidad externa, están diciéndonos que la
inteligencia existe ahí fuera, objetivamente, con características parecidas a las que
contiene el constructo teórico. Eso es lo que no puede admitirse hoy día y, desde
luego, no puede admitirse desde el socioconstruccionismo que yo defiendo,
socioconstruccionismo que no invalida la existencia de la psicología, de ninguna

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manera, sino que, por el contrario, le da un nuevo y fundamental valor. En efecto, si
la psicología no se queda en un mero reflejo de la realidad externa sino que la
construye a través de su lenguaje, sus definiciones, sus teorías y sus prácticas
sociales, entonces su papel pasa a ser mucho más protagonista de lo que se creía
tradicionalmente. Y si es más protagonista también deberá ser más responsable,
porque es también más peligrosa: los psicólogos deberíamos ser conscientes de
nuestra enorme responsabilidad a la hora de crear la realidad social, a la hora de
definir, por ejemplo, lo que es normal y lo que no es, y de influir poderosamente, con
ello, en el comportamiento de las personas y en el control social. De ahí las graves
repercusiones que tiene el racismo científico que durante tantos años han defendido
muchos psicómetras del CI.

5. CONCLUSIÓN

La conclusión que, obviamente, debemos extraer de este capítulo es que,


aunque el tema es realmente complejo, sí podemos afirmar que las tesis herencialistas
poseen un escaso apoyo científico, tanto teórico como empírico, y que a los errores
estadísticos, los sesgos de muestreo, las falsas interpretaciones, etc., hay que añadir
su fuerte tendenciosidad ideológica y política (conservadurismo, racismo, etc.), todo
lo cual hace que estas posturas sean hoy día totalmente insostenibles. Esa es, al
menos, la conclusión tanto de Kamin (1983) como de Taylor (1983) y la mía propia.
En efecto, la conclusión de Kamin es clara y rotunda (1983, pág. 241): «Tras haber
sido sometidos a análisis, se ha visto que los aparentes efectos genéticos se hallaban
invariablemente confundidos con factores ambientales minimizados o ignorados»,
añadiendo (pág. 243) que «los test de CI existentes, habiendo sido diseñados para
ello, predicen mejor que el azar quién saldrá airoso en los tipos de programas
escolares que utilizamos en la actualidad. También predicen en cierta medida quiénes
saldrán airosos en nuestra economía y en nuestra estructura laboral. Mas ello nada
nos dice acerca del carácter hereditario del CI o del éxito. La interpretación más
sencilla es que quienes han sido educados para responder a los tipos de preguntas
planteadas por los test de CI han sido educados para tener éxito en nuestra sociedad.
Ser educado de esta manera requiere tanto la ocasión como el deseo de aceptar el
régimen de educación, por lo que afirmar que quienes carecende ocasión o de deseo
poseen genes defectuosos no es una conclusión científica». Por su parte Taylor llega a
una conclusión no menos contundente y clara (1983, pág. 266): «En último análisis,
lo que nos queda es una masa de métodos y datos defectuosos, que no permiten
concluir en favor de un efecto genético significativo en la puntuación del CI. En tanto
en cuanto la literatura “pone a prueba” la hipótesis de que el CI humano tiene una
causa sustancialmente genética, la hipótesis debe rechazarse de modo resonante.
Dadas las muy reales implicaciones políticas, no sólo para las minorías sino para todo
el mundo, debemos tener pruebas considerablemente mejores antes de concluir que
existe una sustancial heredabilidad del CI. Por el momento no hay razón alguna que
obligue a postular la existencia de un genotipo correspondiente a la puntuación de CI:
ciertamente, ninguna razón surge del cálculo del coeficiente de heredabilidad».

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Me ha parecido oportuno incluir este capítulo porque, con palabras una vez más
de Birch y Gussow (1972, pág. 251), «temíamos que los intentos de remediar el
fracaso escolar de los niños con desventajas exclusivamente con la intervención de la
educación pudieran muy bien fallar y, al fallar, reavivar la antigua afirmación de que
estos niños son genéticamente inferiores. No dudábamos que podían aumentarse las
realizaciones escolares, probablemente para la mayoría de los niños, mediante
alteraciones del sistema escolar. Sin embargo, nos preocupaba que los niños repetida
y excesivamente expuestos al riesgo biológico, tanto antes como después del
nacimiento, probablemente no recibieran ayuda notable mediante la simple aplicación
de “más escolaridad”, por temprano que se iniciara y por intensiva que se
continuara». Y añaden estos mismos autores (pág. 254): «Pero, mientras persista la
pobreza, el fracaso escolar de los niños pobres está ligado a ella a través de una
cantidad de factores ambientales. De manera que la intervención en un solo punto
tendrá inevitablemente un efecto limitado. La educación compensatoria podría
equilibrar un hogar en el cual el “ambiente cognoscitivo” es limitado, pero no puede
compensar una niñez vivida con el estómago vacío».
Y para terminar, resumiré las conclusiones a las que, a mi modo de ver,
podemos llegar en este campo, que son las siguientes: 1) resulta altamente absurdo
discutir si es más importante la herencia o el ambiente en el campo del desarrollo
intelectual: se da una tan estrecha y permanente interacción entre ambos tipos de
factores que hace resulta totalmente imposible aislar ambas variables; 2) por tanto,
todo enfrentamiento científico en este campo no encierra sino un real enfrentamiento
ideológi