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Ritual de la Iniciación Cristiana de Adultos

Los ritos de iniciación para los adultos son una de las tradiciones más antiguas de la Iglesia,
incluso, se dice que así es como se crea la Iglesia misma, ya que es la forma en que los
que escuchaban en anuncio de la palabra de Dios se integraban a la comunidad, realizando
su proceso de conversión y tomando posesión de los bienes que se disponen. Sin embargo,
al establecerse la Cristiandad, apelando al concepto kierkergardiano en que el
cristianismo se hace cultura y el proceso de catecumenado se reemplaza por una
instrucción o educación desde la infancia. Sin embargo, después del Concilio Vaticano II
se intenta recuperar esta antigua tradición del catecumenado y establecer un ritual propio
para estas celebraciones.
Teniendo por objetivo exponer de forma clara y precisa el Ritual de Iniciación Cristiana
de Adultos. La presente exposición seguirá la temática establecida por el asesor del curso
que consiste en la presentación de los aspectos histórico, teológico y pastoral de dicho
ritual, pretendiendo reestablecer la sacralidad de la triada bautismo-confirmación-
comunión.

ASPECTO HISTÓRICO
IGLESIA PRIMITIVA
A partir del acontecimiento de pentecostés (Hch 2), la comunidad de los cristianos,
dirigida por los apóstoles, comienza a marcar el itinerario de los procesos de iniciación a
la vida de fe en Jesucristo. Como es sabido, se procede de la siguiente manera:

 Se hace el anuncio de la salvación dada en Jesús, el resucitado (kerigma).


 Ante lo cual se pide una respuesta que exige la conversión.
 Luego, el rito de iniciación se lleva a cabo por el bautismo y la imposición de manos
 Finalizando esta iniciación con la inserción completa en la comunidad, asidua a la
escucha de la Palabra, la enseñanza de los apóstoles, la fracción del pan, la caridad
y la oración común.
IGLESIA OCCIDENTAL (SS. II - V)
Es el tiempo en que la iglesia ha dejado de ser una secta o culto y se consolida como un
sistema religioso. Se ha sabido que, desde la mitad del s. III, hay un documento de Hipólito
de Roma (aprox. 170-235) que ofrece un ritual de iniciación que consta de cinco etapas:

 Presentación de los candidatos a integrarse a la comunidad y su examinación.


 Catecumenado que comprende una catequesis, la oración y la bendición del
catequista (oficio presbíteral).
 Una vez verificado, el catecúmeno que comienza la preparación próxima al
bautismo recibía el nombre de elegido. Generalmente esta etapa coincidía con la
cuaresma.
 Iniciación sacramental: comienza desde el jueves anterior a la Pascua con un baño,
se comienza un ayuno desde el viernes y el sábado se celebra el rito sacramental
con la comunidad, donde hay: una renuncia al mal, una unción con el óleo del
exorcismo, la triple inmersión con la profesión de fe, la unción de óleo de acción
de gracias, la imposición de manos y el beso de la paz. Finalmente se participa en
la eucaristía, integrada por leche y miel (Ex. 3,8).
 El obispo da informaciones complementarias a los neófitos por medio de la
catequesis mistagógica.
Del s. VI al X
El catecumenado pierde rigor. Aunque hay una evolución en el rito, testimoniada por el
Sacramentario gelasiano antiguo (del 550 al 700) y el Ordo romanus XI (finales del s. VII),
solo cabe destacar el cambio de todo el proceso a un único rito. Con la celebración unitaria
se da una simplificación, correspondiente a un tiempo en que el bautismo de adultos deja
de ser común y se generaliza el bautismo de los niños. Esta triada sacramental se separa.
Del s. X al Vaticano II
La preparación presacramental se reduce al mínimo. La celebración bautismal se empieza
a desligar de la celebración Pascual. Se generaliza el bautismo por infusión y es raro recibir
este sacramento por inmersión. La confirmación se establece en la unción, la signación y
la imposición de manos, transformando el beso de la paz en un gesto interpretado como
una bofetada o una caricia.
Después del concilio Lateranense IV, de 1215, en que se exige la eucaristía por lo menos
en Pascua y a partir de la “edad de razón”, se prohibió la comunión de recién nacidos.
Posteriormente, con el concilio de Trento, en 1614 se propone el Ordo baptismi
parvulorum y el Ordo baptismi adultorum, con una celebración única.
Después del Vaticano II
Sacrossanctum Concilium restituye le catecumenado en los nn. 64-71. Y, el 6 de enero de
1972 de promulga el Ordo initiationis christianae adultorum, claramente inspirado en el
rito de Hipólito con nuevas fórmulas compuestas, rescatando todo el proceso formativo y
los momentos celebrativos.
El nuevo ritual ordena la iniciación cristiana de esta forma:

 El primer tiempo (precatecumenado) dedicado por la Iglesia a la primera


evangelización. Aquí surgen los simpatizantes.
 El primer grado, en que, mediante el rito de admisión al catecumenado se
comienza la conversión del candidato.
 El segundo tiempo que está dedicado a la catequesis y es acompañado por un
catequista y el padrino.
El segundo grado en que hay una formación más intensa y el rito de elección,
disponiéndose a recibir los sacramentos. Aquí se da la inscripción del nombre.
 El tercer tiempo, normalmente coincide con la cuaresma y, es un tiempo de
disposición a la purificación y a la iluminación. Este tiempo va acompañado de unos
escrutinios.
 El tercer grado consiste en la celebración de los sacramentos en la Vigilia pascual,
de forma ordinaria.
 El cuarto tiempo está destinado a la mistagógica y a la familiarización con la vida
de la comunidad.
Ritual de la iniciación Cristiana de Adultos

 PRESENTACIÓN
 DECRETO
 OBSERVACIONES GENERALES
I. DIGNIDAD DEL BAUTISMO
II. FUNCIONES Y MINISTERIOS EN LA CELEBRACIÓN DEL BAUTISMO
III. REQUISITOS PARA CELEBRAR EL BAUTISMO
IV. ADAPTACIONES QUE COMPETEN A LAS CONFERENCIAS EPISCOPALES
V. ACOMODACIONES QUE COMPETEN AL MINISTRO
 OBSERVACIONES PREVIAS
I. ESTRUCTURA DE LA INICIACIÓN DE LOS ADULTOS
II. MINISTERIOS Y OFICIOS
III. TIEMPO Y LUGAR DE LA INICIACIÓN
IV. ACOMODACIONES QUE PUEDEN HACER LAS CONFERENCIAS EPISCOPALES QUE
SIGUEN EL RITUAL ROMANO
V. LO QUE COMPETE AL OBISPO
VI. ACOMODACIONES QUE PUEDE HACER EL MINISTRO
 CAPÍTULO I.
o RITUAL DEL CATECUMENADO DISTRIBUIDO EN SUS GRADOS O ETAPAS
 RITO DE ENTRADA EN EL CATECUMENADO
 EL TIEMPO DEL CATECUMENADO Y SUS RITOS
 RITO DE LA ELECCIÓN O INSCRIPCIÓN DEL NOMBRE
 EL TIEMPO DE LA PURIFICACIÓN Y DE LA ILUMINACIÓN
 CELEBRACIÓN DE LOS SACRAMENTOS DE LA INICIACIÓN
 EL TIEMPO DE LA «MYSTAGOGIA»
 CAPÍTULO II.
o FORMA SIMPLIFICADA DE LA INICIACIÓN DE UN ADULTO
 CAPÍTULO III.
o RITUAL BREVE DE LA INICIACIÓN DE UN ADULTO EN PELIGRO PRÓXIMO O
INMINENTE DE MUERTE
 CAPITULO IV.
o PREPARACIÓN PARA LA CONFIRMACIÓN Y LA EUCARISTÍA DE LOS ADULTOS
BAUTIZADOS EN LA PRIMERA INFANCIA Y QUE NO HAN RECIBIDO CATEQUESIS
 CAPITULO V
o RITUAL DE LA INICIACIÓN DE LOS NIÑOS EN EDAD CATEQUÉTICA
 RITO DE ENTRADA EN EL CATECUMENADO
 ESCRUTINIOS O RITOS PENITENCIALES
 CELEBRACIÓN DE LOS SACRAMENTOS DE LA INICIACIÓN
 CAPITULO VI
o TEXTOS DIVERSOS PARA LA CELEBRACIÓN DE LA INICIACIÓN DE LOS ADULTOS
 APÉNDICE
o RITUAL DE LA ADMISIÓN A LA PLENA COMUNIÓN CON LA IGLESIA CATÓLICA
DE LOS YA BAUTIZADOS VÁLIDAMENTE
 OBSERVACIONES PREVIAS
 CAPÍTULO I. RITO DE ADMISIÓN DURANTE LA MISA
 CAPITULO II. RITO DE ADMISIÓN FUERA DE LA MISA
 CAPITULO III. TEXTOS PARA LOS RITOS DE ADMISIÓN

ASPECTO TEOLÓGICO
El RICA se trata principalmente de emprender un proceso de conversión, y no solo de un
adoctrinamiento para aprender doctrinas del Catecismo. Con estas ordenaciones se
establece un itinerario de fe que conduce a los catecúmenos a la profesión de la fe y la
comunión con ella, por obra del Espíritu de Dios. Encontrando el punto culminante en la
celebración pascual.
En antropología cultural no se trata primariamente de la iniciación a unos conocimientos
(iniciación a las matemáticas, iniciación a la música...), sino de la iniciación a la vida de
un grupo (comunidad, sociedad, religión...). Es muy variada la tipología de sociedades
en que uno puede ser iniciado. Se trata siempre de entrar en un grupo ya constituido, que
tiene un proyecto, una misión, unas tradiciones, un lenguaje simbólico. De ahí la
importancia de la anamnesis, de la memoria cultual, que permite a los iniciados conectar
personalmente con los orígenes del grupo. Se hace referencia al mundo axiológico y a la
estructura de sentido. Constituye un dato trascendente y no puede ser verificada, sino
únicamente aceptada a partir del testimonio de personas o grupos cuya vida patentiza que
merece la pena emplear toda una existencia tratando de hacer realidad tales valores. La
opción de fe equivale a una apuesta. No se sabe por experiencia si la propia vida será más
plena aceptando tales valores en lugar de otros, dándole tal sentido y no otro... Pero, a
partir del ejemplo de personas conocidas y admiradas, se reconoce que vale la pena correr
el riesgo y apostar en el sentido de que tales valores, con preferencia sobre otros, merecen
el compromiso de toda una existencia. Hunde sus raíces, por tanto, en una cadena de
tradición. Proviene del testimonio. Es esencialmente comunitaria. Solo a partir de
testimonios referenciales, cuya vida parece perfectamente lograda por el hecho de vivir
determinados valores y principios, se abraza una u otra fe.
En la iniciación es decisiva la participación activa de la comunidad de los ya iniciados: La
iniciación cristiana es también un proceso eclesial: la iniciadora es la Ecclesia Mater en el
ejercicio privilegiado de su maternidad.
La iniciación cristiana es para hacer cristianos, porque «uno no nace cristiano, sino que
(tiene que) hacerse cristiano» como dijera Tertuliano. El ser cristiano no es un hecho de
naturaleza, sino algo que sobreviene a la existencia. Hacerse cristiano es primordialmente
injertarse en el misterio de Cristo muerto y resucitado, que no es un mito, sino un
Acontecimiento salvífico histórico: «La iniciación cristiana no es otra cosa que la primera
participación sacramental en la muerte y resurrección de Cristo» (RICA 8). Esto equivale
a hacerse miembro del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia. La Iglesia no es un grupo social
más; ella misma es misterio: sacramento de la Redención universal. Se precisa una
iniciación para entrar en ella. El ideario de la Iglesia es un depósito de fe revelado, que
se transmite a través de una tradición viva, y sus misterios son sacramentos en sentido
estricto. Hacerse miembro de una comunidad local que es solidaria de otras comunidades
significa entrar en la comunión de la Iglesia universal.
En el cristianismo la iniciación al misterio se realiza principalmente en las acciones
sacramentales. «Mediante los sacramentos de la iniciación cristiana, el bautismo, la
confirmación y la Eucaristía, se ponen los fundamentos de la vida cristiana» (CIC 1212).
No son tres ritos de paso independientes, cerrados en sí mismos; ni siquiera tres etapas
autónomas. Existe una relación orgánica entre ellos; un dinamismo interior los conecta
entre sí. Son tres etapas de un único proceso de progresiva introducción en el misterio de
Cristo, de configuración con Cristo y de agregación a la Iglesia. «Los tres sacramentos de
la iniciación cristiana se ordenan entre sí para llevar a su pleno desarrollo a los fieles»
(RICA 2).
Estos tres sacramentos revisten importancia capital para el resto de la vida cristiana:
constituyen su fundamento. No son sólo un punto de partida, que exige desarrollo y
fructificación ulterior: la iniciación dura toda la vida del creyente hasta su floración
definitiva en la Gloria. Son además un impulso vital y una orientación permanente.
El núcleo del bautismo es la inmersión en el agua, que inserta en la muerte y resurrección
de Cristo, aduriéndose en su sacrificio expiatorio, con la destrucción del pecado, el inicio
de la vida nueva, la inserción en el pueblo de los bautizados.
Para la confirmación eje es la imposición de las manos, con que se transmite un poder,
una misión y también un don, que es el mismo Espíritu Santo.
El simple «creo», tres veces repetido, retomaba toda su andadura desde que oyera por
primera vez el kerigma de la salvación gracias a la muerte y resurrección de Jesús, el
Cristo. Lo que en el kerigma había sido presentado condensadamente y explicitado
después a lo largo del catecumenado, era asumido ahora de un modo personal. No como
una verdad etérea, situada en un distinto plano de la realidad, sino como algo que le
tocaba de cerca: había sido «alcanzado» por Dios, y por eso le correspondía a él tratar de
«alcanzar» a Dios en una vida de seguimiento de Jesús, iluminada por el Espíritu Santo.
La profesión de fe no es expresada en forma de verdades metafísicas, sino a través de la
acción de Dios en la humanidad, de la que el bautizando forma parte.
El Espíritu de Cristo es más bien el Espíritu que actúa en la Iglesia y por la Iglesia y que
convierte al bautizando en miembro del Cuerpo de Cristo. La fe se realiza en comunidad
y le adviene al bautizando a través de la comunidad, que le anunció la Buena Nueva y que
ahora lo acoge en su seno.
Solo después de recibir esta marca, el carácter que imprimen estos sacramentos, el
cristiano puede ejercer el verdadero culto.

ASPECTO PASTORAL
Evangelizado, sacramentalizado o simplemente «bautizado», lo cierto es que, hasta hace
poco, el pueblo latinoamericano tenía a gala el hecho de ser católico en su mayoría.
«Hasta hace poco», porque el fenómeno de las sectas tal vez no permita ya seguir
afirmando tal cosa. En cualquier caso, hasta hace poco llevar a los niños a bautizar
formaba parte tan natural de la rutina de cualquier familia. Si el bautismo pertenece a la
rutina del cristiano católico latinoamericano y caribeño, no puede decirse lo mismo de la
confirmación, aunque parezca que últimamente ha crecido el interés por este sacramento.
Además de que la praxis de la Iglesia Latina nos ha acostumbrado a pensar en el bautismo
y la confirmación como dos sacramentos independientes, celebrados en momentos
cronológicamente distintos y en diferentes circunstancias de la vida.
A primera vista, los sacramentos podrían parecer pertenecientes a un ámbito ahistórico,
ritual, con unos efectos invisibles y no mensurables empíricamente. Pero el pensar de este
modo no hace justicia a la concepción cristiana de sacramento, aun cuando la práctica
pastoral y muchas categorías que se han empleado a lo largo de la historia para aprehender
la realidad sacramental hayan dado pábulo a toda clase de malentendidos. Presentar el
bautismo y la confirmación como una unidad inseparable significará, por tanto, un retorno
a la Tradición más genuina, y tal vez resulte iluminador para la práctica pastoral.
La categoría de fiesta de presenta como un paradigma apto para expresar teóricamente,
profundizar y subrayar esa unidad. Dentro de tal perspectiva, los sacramentos son la
celebración de la praxis histórica en el Señor, o sea, celebración de la fe viva y vivida.
Sabemos que el modelo de toda catequesis es el catecumenado bautismal; este se
constituye en inspirador y estructurador de todos los procesos de educación de la fe. Este
es el gran desafío para la pastoral de la Iglesia según Juan Pablo II: «Consiste
frecuentemente no tanto en bautizar a los nuevos convertidos, sino en guiar a los
bautizados a convertirse a Cristo y a su Evangelio: nuestras comunidades tendrán que
preocuparse seriamente por llevar el Evangelio de la esperanza a los alejados de la fe o
que se han apartado de la práctica cristiana» (EE 47). Hoy la situación no ha mejorado en
la mayor parte de las parroquias. Todo esto nos lleva a preguntarnos en qué medida
nuestras comunidades parroquiales se nutren de cristianos con fe adulta, y en qué medida
las catequesis propician la experiencia de conversión.
A la hora de plantear la pastoral de adultos, dos preocupaciones cobran especial relieve:

 ¿Cómo convocar a hombres y mujeres en contextos de pluralismo divergente y


sobrepasados por las tareas profesionales, familiares y sociales?
 ¿Cómo conseguir que los que comienzan el proceso perseveren hasta el final?
Las respuestas son complejas y requieren el concurso de muchos elementos; algunos de
estos elementos no dependen de nosotros, pero sí podemos influir en ellos. Algo está muy
claro: la formación renovada de los catequistas y el papel de las pequeñas comunidades
eclesiales son los puntos de apoyo del desarrollo de los itinerarios formativos y de la
inserción comunitaria de los que finalizan los procesos de maduración de la fe.
La «nueva evangelización», que tanto hemos repetido, ha calado poco en nuestras
parroquias; predomina en muchas de ellas una cierta atonía pastoral en clave de
mantenimiento, pero falta el hilo conductor de la pastoral, los procesos de iniciación
cristiana. Recuperar la institución del catecumenado, que tantos frutos dio en los primeros
siglos del cristianismo, sería el modo de alumbrar un nuevo modelo pastoral para nuestro
tiempo. Nuevo, aunque antiguo, pues llevamos muchos siglos embarcados en otro modelo
pastoral, propio de la Iglesia de cristiandad.
Uno de los tesoros que nos ha dejado el Vaticano II es el RICA (Ritual de la Iniciación
Cristiana de Adultos), muy poco conocido y, menos aún, puesto en práctica. Hasta ahora
pensábamos que los catequizandos que teníamos delante eran personas creyentes, y que
el trabajo consistía en ilustrar la fe; ahora tenemos que pensar que la tarea fundamental
consiste en educar en el ser creyente. Los interrogantes básicos en la pastoral son dos:
¿cómo se hace un cristiano? y ¿cómo se renueva una comunidad cristiana?
Ya la Iglesia de los primeros siglos, al estructurar el catecumenado, se tomaba muy en
serio tanto el proceso de maduración humana como el de la fe; prueba de ello son los
diferentes nombres según la posición de los momentos madurativos del proceso:
simpatizantes, catecúmenos, elegidos o competentes, neófito y fieles cristianos (RICA
12,17,18,24,33-37,39).
En los años posteriores al Vaticano II se produjo una renovación profunda de los enunciados
teológicos; este aire fresco llegó también a la organización y presentación de los
contenidos de la catequesis. La renovación de contenidos fue acompañada por una gran
creatividad en los aspectos metodológicos. El motivo de fondo de una y otra renovación
ha sido la inseparable fidelidad a Dios y al hombre, no siempre fácil de compaginar por la
tentación de primar uno de los dos polos en detrimento del otro. El objetivo propio de la
catequesis es la transmisión del mensaje cristiano con vistas a la confesión de fe propia
de la actitud religiosa madura. ¿Cómo tiene que ser el mensaje como contenido de la
catequesis? ¿Con qué criterios tiene que organizarse el mensaje en la catequesis de
adultos?
El catecumenado no solo inspira la catequesis, sino que aporta una serie de elementos
comunes e irrenunciables en toda forma de catequesis de adultos. Este camino para
responder a las necesidades reales de los destinatarios tiene que adoptar la forma de
itinerarios. No todos tienen que realizarse en la parroquia, pues algunos son más propios
de zonas pastorales o para grupos concretos.
Mientras no nos convenzamos de estar viviendo hoy una situación poscristiana, más
semejante a la de la Iglesia de los primeros siglos que a la de la Iglesia de Cristiandad, la
teología aquí presentada resultará abstracta y distante. Es preciso reconocer lo difícil que
es aprender a vivir en un mundo poscristiano. Cada vez más, el estar bautizado dejará de
darse por supuesto, al menos si por «bautizado» no entendemos tan solo el sometimiento
a un rito, sino –conduciendo al rito y derivándose de él– la adhesión personal a la fe
bautismal, la adhesión vivencial al Dios que, por medio del Espíritu, se reveló en Cristo.