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VÍCTOR MANUEL FERNANDEZ

DEJARME
AMAR
NUEVO
SEMINARIO DE VIDA
INTRODUCCIÓN

E El Seminario de Vida no pretende ser una catcque-


sis completa para iniciar o profundizar en la fe, sino
un encuentro más hondo con Dios en sus tres Perso-
nas, de modo que la fe del pueblo de Dios se renueve y
la vida del bautismo adquiera un nuevo dinamismo.
Es un encuentro comunitario, de manera que
no consiste sólo en asistir a una serie de charlas.
Por eso, a cada tema sigue una reunión en grupos
de trabajo, en los que se profundice comunitaria-
mente lo escuchado y se comparta algo de la propia
intimidad. Así se produce un enriquecimiento mutuo
a partir de la obra que el Espíritu Santo realiza en
cada uno.
Compartiendo los dramas y las alegrías de los
demás se asegura mejor la autenticidad del encuen-
tro con Dios, que implica siempre un encuentro re-
novado con los hermanos:
El que no ama al hermano que ve, no puede
amar a Dios, a quien no ve (1 Juan 4, 20).
Esto no impide que pueda utilizarse este mate-
rial para realizar un retiro personal en soledad, dis-
tribuyendo la meditación de los temas de acuerdo
al tiempo disponible.
Otra posibilidad es trabajarlo en pareja, para
rejuvenecer la vivencia de la fe y enriquecer la rela-
ción mutua.
DÍA PRIMERO

EL AMOR DE DIOS

OBJETIVO DEL TEMA:

Descubrir o redescubrir el significado que tiene para


la propia vida el hecho de ser amado por Dios.
A. — En la vida de cada uno de nosotros hubo amores:
grandes y pequeños, tiernos o tormentosos. Hemos sen-
tido la atracción del sexo, la ternura de la amistad, los
lazos familiares. Pero todos esos afectos siempre nos han
dejado con sed de más. porque ninguno de ellos ha lle-
gado a lo más hondo de nuestra intimidad. Todos son
débiles e imperfectos; todos esos amores nos han dado
algo, pero ninguno de ellos nos da la vida.
Hay un amor, más fuerte que la muerte, que me
hace existir; hay alguien que por puro amor me está
dando la vida, y me hace despertar cada mañana sólo
para quererme. Hay un amor que incluso mientras
duermo me contempla con ternura y sostiene mi vida
mientras descanso; y es el único amor indestructible,
infinito, inagotable, eterno: es el amor de Dios. El me
dice en la Biblia:
"Te amé con un amor eterno" (Jer. 31, 3).
Y yo para él soy inolvidable. Desde que me creó no
se puede olvidar de mí:
¿Una madre puede olvidar al hijo de sus entrañas?...
Pues aunque ella se olvidara, dice el Señor, Yo nunca
te olvidaré... (Is. 49, 15).
Por eso, él me dice también en la Biblia:
No tengas miedo, gusanito mío. Yo te ayudo. Yo soy
tu salvador (Is. 41, 14).
Pero quizá los años, los dolores de la vida, las malas
experiencias, las cosas del mundo que nos atrapan, nos
hacen olvidar esta maravillosa verdad; el corazón se nos
seca, se nos endurece porque no nos sentimos amados
en serio por nadie, nos llenamos de nerviosismos, de
amarguras, de tristezas interiores. Y todo porque olvida-
mos ese amor que sostiene nuestra vida.
Cuando san Francisco de Asís descubrió ese amor,
dejó todo, inmensamente feliz, y prefirió vivir como un
mendigo, libre de todo, para dejar que su corazón se
llenara con la alegría inmensa del amor divino. Desde
ese día que se liberó de sí mismo, todos los que lo veían
encontraban en sus ojos un brillo de paz y de alegría que
los invitaba a liberarse del odio y del egoísmo.
Si no descubrimos ese amor de Dios, es porque nos
hemos hecho una falsa imagen de él. La educación que
recibimos, las cosas que escuchamos, sin darnos cuenta,
nos fueron formando otra imagen de Dios: un Dios amar-
gado. injusto, perseguidor. Pero todo eso es falso, un Dios
así no existe. Por eso, no miremos más esa imagen de
Dios que no nos permite sentirnos amados por él. Y digá-
mosle: "Mi Señor; no quiero llevarle el apunte a esa ima-
gen que tengo de ti, y quiero abrirte mi corazón para
descubrir tu amor, para DEJARME QUERER, porque eres
puro amor".
Tampoco es triste e¡ amor de Dios. Leamos lo que
nos dice en la Biblia:
Tu Dios está en medio de ti como un poderoso sal-
vador. El grita de alegría por ti, te renueva con su
amor, y baila por ti con gritos de alegría (Sof. 3,17).
Es decir; cuando yo estoy bien, cuando soy bueno,
cuando soy feliz, Dios baila de alegría por mí: Nadie me
ama así.
Pero a veces le echamos la culpa de las cosas que
pasan en el mundo, aunque de nada de eso es culpable
el. Muchas cosas se explican por la maldad de los hom-
bres. Otras calamidades o enfermedades se explican por
causas naturales. Así, cuando hay un huracán que lo
destruye todo, no es que lo mande Dios, porque se explica
por cambios de temperatura y de presión que son parte
del funcionamiento de la naturaleza.
De todos modos, si Dios permite que algo de eso
dañe a un ser humano, después lo usa para hacerle un
bien mayor. Dios no manda las enfermedades, las permi-
te; pero cuántas veces la enfermedad de una persona le
ayuda a él y a sus familiares a ser más buenos, más
generosos, a pensar más en los demás, a volverá la fe...
Por todo esto, tenemos que liberarnos del temor. Si
nos dejamos querer por Dios, si no lo abandonamos,
nuestra vida va a llegar a un buen puerto, y todo lo que
nos pase será finalmente para nuestro, bien.
Y Dios me ama en cada pequeña cosa: si el aire me
acaricia, allí me está amando Dios; si siento el cariño de
alguien, a través de ese cariño me está amando Dios; si
de golpe tengo una sensación de paz, allí me está amando
Dios; si veo un paisaje que me gusta, a través de ese
paisaje él me está amando.
Toda alegría de este mundo es como una gota de su
alegría infinita; toda ternura de este mundo es una gotita
de su ternura infinita. Mi vida es un reflejo, una chispa
de su Vida infinita, y yo existo por el puro amor de Dios.
que me creó para amarme.
Por eso, si a veces creo que no sirvo para nada, tengo
que recordar que no es así. que sirvo para ser amado
por Dios; y eso es lo más importante que puedo hacer
en esta vida: dejarme querer por él. que para eso me creó.
Hay amores en mi vida que me esclavizan; hay per-
sonas que quieren dominarme, obligarme a amarlos, ab-
sorberme. El amor de Dios, en cambio, me deja libre, y
no penetra en mi vida si yo no lo acepto de verdad.
Permite que lo rechace, que haga todo lo que a él le
desagrada, y hasta permite que yo haga daño a los demás
que también son sus hijos. Dios me ha buscado toda mi
vida, pero nunca me obligó a algo, y hasta está dispuesto
a perdonarme todo si acepto su amor:
Cuando eras un niño, yo te amé... Y yo te enseñé a
caminar, tomándote por los brazos. Pero no te diste
cuenta que yo te cuidaba.
Con cuerdas humanas te atraía, con lazos de amor,
y era para ti como el que levanta un niño contra su
mejilla. Me inclinaba hacia ti y te daba de comer...
Pero mi pueblo ama su infidelidad. Cuando lo llamo
a lo alto, ninguno se quiere levantar.
De todos modos, ¿cómo voy a dejarte, cómo te voy
a abandonar?
Mi corazón está trastornado y se estremece mi alma.
Pero no me dejaré llevar por la bronca y no te des-
truiré, porque yo soy Dios, no soy un hombre (Os.
11. 1. 3-4. 7-9).
B. —Además, mientras otros están atentos para des-
cubrir mis defectos y mis errores, mi Dios está atento
para premiar cada pequeña cosa que yo haga bien, para
mirar cada cosa buena que pueda haber en mi corazón.
Ni siquiera un vaso de agua que demos a otro quedará
sin recompensa (Mt. 10, 42), y por cada pequeña obra
buena que haga por otro Dios me llamará "bendito" (Mt.
25, 34-40).
Pero ese amor llegó hasta el fin. Y como yo necesito
que Dios me ame con un corazón humano como el mío,
y que me mire con ojos como los míos, el Padre Dios
mandó a su Hijo eterno y lo hizo un niño en el seno de
la Virgen. El es Jesús, mi buen Pastor, que tiene compa-
sión de mí y me dice:
Vengan a mí todos los que están cansados y angus-
tiados. y yo les daré descanso... Y hallarán descanso
para sus almas (Mt. 11. 28-29).
Podemos penetrar en ese corazón humano y divino
de Jesús y encontrar allí toda la alegría, toda la paz, todo
e! consuelo que necesitamos. Imaginemos cómo él se
acerca a nosotros y dejemos que nos abrace y nos dé su
ternura de amigo y de verdadero hermano. Jesús nos
cuenta en el evangelio que él es como ese pastor que
perdió una oveja, muy querida, y entonces deja todo para
buscarla, y cuando la encuentra la toma en sus brazos,
la pone sobre sus hombros, y vuelve CONTENTO, y le
cuenta a todos, lleno de alegría, que ha vuelto a encontrar
su oveja. Así me quiere, y eso soy para él (Lc. 15, 4-7).
El es el pastor bueno, que vino para darme "vida abundan-
te" (Jn. 10, 11), abundante.
Y para demostrar perfectamente su amor, aceptó
morir en la cruz, y así me dice: "yo te quiero seriamente".
Miremos cómo se llenó de heridas, los clavos que lo
traspasaron. Así, lleno de dolor, él me dice: Yo no te
quiero por juego, yo no te dije cosas superficiales, yo te
quiero en serio".
Y cuando llegue el final de mi vida, él mismo secará
mis lágrimas y me liberará de todo dolor:
El secará toda lágrima de sus ojos, y ya no habrá
muerte ni llanto, ni gemidos, ni cansancio, porque
el mundo viejo se terminó (Apoc. 21,4).
Y él me ama como soy. sin condiciones. Me ama
más que a las flores del campo y más que a todas las
bellezas de la naturaleza. El ama mi nariz, mi pelada,
mis pies chuecos, y aunque esté lleno de pecados, él me
quiere y me busca siempre.
Pero como todo el que ama en serio, él quiere algo
más para mí, y quiere que yo sea mejor. Y él sabe mejor
que yo qué es lo mejor para mí. Cuántas veces creí que
iba a encontrar la felicidad en una cosa o en una persona.
y con los años me di cuenta que eso me hizo mal, que
eso no me hizo feliz. Sólo Dios sabe qué es lo mejor para
mi vida y para mi corazón:
El tiene poder para realizar todas las cosas incompa-
rablemente mejor de lo que nosotros podemos pedir
o pensar (Ef. 3, 20).
El me quiere sereno y alegre, o me quiere útil para
los demás, quiere que sea un instrumento de su amor
para el mundo, quiere que experimente la felicidad de
amar y de servir;' me quiere libre, que no sea esclavo del
orgullo, del egoísmo, de la tristeza, libre de las angustias
y de los rencores.
De todos modos, no hay que olvidar lo más importan-
te: él quiere que yo sea mejor, pero no que gaste todas
mis energías buscando ser perfecto en todo. La madre
Teresa de Calcuta dice que ella no se pone a pensar
mucho si es perfecta o no, si es santa o no, porque así
gastaría en ella misma las energías que Dios le dio para
amar a los demás y a Dios.
Lo primero es descubrir el amor del Señor, dejarse
querer por él, para poder transmitir ese amor a los demás.
El secreto del amor es descubrir que él me amó primero,
que él siempre me gana, que antes que yo haga algo
bueno él ya me amó (1 Jn. 4, 19; Jn. 15, 16).
Y si él me ama más allá de mi perfección, aunque
yo esté en pecado, lo mismo puedo hablar con él, lo
mismo puedo orar. Jesús nos cuenta el ejemplo de un
hombre perfecto y de un hombre pecador. Los dos habían
ido al templo a orar. El perfecto le daba gracias a Dios
porque no tenía defectos, y el pecador le pedía ayuda a
Dios. Jesús dice que la oración que le gustó a Dios fue
la del pecador y no la del perfecto (Lc. 18, 9-14).
El pecador, a pesar de su pecado, hablaba con Dios,
porque sabía que él no nos escucha por nuestros méritos,
nos escucha sólo porque nos ama así como somos. En
cambio el perfecto creía que él podía hablar con Dios
porque era perfecto, y esa oración no le agradó a Dios. .
El perfecto miraba su perfección; el pecador miraba el
amor de Dios. A pesar de todas nuestras imperfecciones,
hablemos con él, dejémonos amar. Imaginemos su mi-
rada que nos mira con serenidad, con comprensión, con
paciencia, y dejemos que él mire con amor nuestra vida.
Repitamos lentamente:
—Señor, mi Dios.
puro Amor;
que me amas desde siempre.
—Te pido que mires
aquel momento sagrado,
cuando papá y mamá
me dieron la vida.
—Cuando yo estaba
en el vientre de mi madre,
tú me amabas con ternura.
—Te pido perdón
porque siempre me buscaste
y muchas veces rechacé tu amor.
Pero ahora quiero decirte
que a pesar de todo
te quiero, te quiero,
te necesito, mi alma te busca.
Y en este momento me estás amando,
y estás alegre
porque te dejo entrar en mi corazón.
Quiero hacer una alianza contigo,
un pacto de amistad;
quiero dejar que me abraces
y abrazarte.
—Ayúdame. Te quiero.
DÍA SEGUNDO

PECADO Y SALVACIÓN

OBJETIVO DEL TEMA:

Asumir la realidad de ser pecador y aceptar a Jesús


personalmente como Salvador y Señor de la propia
vida.
A. — El pecado

Hablamos del amor de Dios; pero muchas veces nos


asombra ver que, aunque Dios nos ama tanto, el mundo
esté lleno de enemistades, pobreza, guerras, injusticias,
competencia, tristeza, angustias, miedos, envidias. Parece
que los hombres no están satisfechos con el amor de Dios
y quieren tener muchas otras cosas; y como no las tienen,
y siempre quieren más, se angustian, o se llenan de miedos,
. o de tristeza. Otros, para conseguir lo que quieren —poder,
placer, dinero— usan a otros, quieren dominar y manejar
a los demás, y así hacen daño. Otros optan por vivir sola-
mente para ellos mismos, y no se preocupan por los proble-
mas ajenos. Eso sucede porque los seres humanos no de-
jamos que el amor de Dios penetre en nuestro corazón, y
ese rechazo se llama "pecado".

El pecado, en pocas palabras, es "cada acto que no le


agrada a Dios", cuando conscientemente hacemos lo que a
Dios no le agrada. A Dios le desagradan los odios, las envi-
dias, el robo, la mentira, la sensualidad exagerada, el egoís-
mo, la indiferencia, etc. Y él no nos pide que evitemos todo
esto sólo porque se le antoja, sino porque sabe que nos
hace daño, que no nos da la felicidad más profunda.
El es mi creador, él me hizo; por eso él sabe más
que nadie qué es lo mejor para mí, qué es lo que me
hace bien y qué me hace mal. Pero a veces yo creo ser
más que Dios y pretendo decidir qué es lo bueno y qué
es lo malo. A veces no me importa qué piensa él. no me
importa qué le gusta o qué le cae mal. Y esto es lo que
llamamos "soberbia". Es el pecado de Adán y Eva. que
quisieron ser como Dios, saberlo todo, y decidir solos
qué está bien y qué está mal, sin tener que obedecer a
Dios. No aceptaron confiar en él y decidieron vivir la vida
por su propia cuenta.
A veces sucede que creemos estar en lo justo, que
estamos en la luz. Pero nos falta amor. Escuchemos lo
que nos dice la Biblia:
Quien dice que está en la luz, pero desprecia a su
hermano, todavía está en las tinieblas. El que ama
a los demás permanece en la luz y no tropieza. Pero
quien desprecia a su hermano está en la oscuridad,
camina en la oscuridad, no sabe a dónde va, está
enceguecido (1 Jn. 2, 9-11).
Y cuando le cerramos el corazón a un necesitado, es
porque no hemos dejado entrar el amor de Dios en nues-
tro corazón, porque no descubrimos de verdad el amor
de Cristo:
El dio su vida por nosotros. También nosotros debe-
mos dar la vida por los hermanos. Si alguno tiene
bienes, pero ve a un hermano que tiene necesidad
y le cierra el corazón, ¿cómo puede permanecer en
él el amor de Dios? Hijos míos, no amemos de pa-
labra ni sólo con la lengua, sino con las obras, de
verdad (1 Jn. 3, 16-18).
Y nadie puede decir que nunca tiene pecado. Todos
pecamos. Dice san Pablo: "Todos pecaron y están priva-
dos de la gloria de Dios" (Rom. 3, 23).
A veces nos escandalizamos por los pecados ajenos,
pero puede suceder que nosotros tengamos algún pecado
parecido a ese que criticamos. No matamos a nadie, pero
quizás desearíamos que algunas personas desaparecie-
ran y dejaran de molestarnos. Cada vez que yo rechazo
a alguien, o no le llevo el apunte, es como si lo matara,
como si lo sacara de mi mundo, y eso es una forma de
matar.
El rey David se había enamorado de una mujer casa-
da. Y nunca se propuso matar al marido para quedarse
con ella, pero cuando hubo una batalla, lo puso en pri-
mera fila: así consiguió hacerlo desaparecer y se quedó
con su mujer (2 Sam. 11, 14-17). Tiempo después, un
profeta se acercó y le contó una historia: un pobre hombre
tenía una sola ovejita, y la cuidaba muchísimo, porque
era la única que tenía. Había también un rico, que tenía
miles de ovejas, pero cuando recibió una visita, en lugar
de hacer matar una de las suyas, hizo matar la ovejita
de aquel pobre hombre. Cuando el rey David terminó de
escuchar la historia se llenó de indignación y dijo: "Ese
hombre rico tiene que pagar por lo que hizo, merece la
muerte". Y el profeta le contestó: "Tú eres ese hombre".
Cada vez que hacemos daño a otro, que nos creemos
más que los demás, que se nos escapa la paciencia; cada
vez que podemos ayudar a otro y no lo hacemos, cada
vez que nos alegramos por el mal ajeno, o envidiamos;
cada vez que no nos importa ver a otro sufriendo, somos
como ese rey pecador. Y más de una vez nos hemos
encerrado en nosotros mismos y no le hemos dado un
lugar al amor de Dios en nuestra vida, en nuestra familia,
en nuestro barrio. Lo mismo hicimos cada vez que nos
dejamos llevar por la bronca, la tristeza, los miedos, las
angustias, porque no supimos abrir el corazón lleno de
confianza, al amor infinito del Padre Dios, un amor que
sólo puede hacernos bien.
A veces en la vida nos sucede como a los judíos en
el Antiguo Testamento, que se fueron olvidando de Dios
hasta llegar a pensar que él era incapaz de meterse en
la vida de uno para hacer algo bueno, y decían: "Dios no
hace ni bien ni mal" (Sof. 1. 12). "El no interesa" (Jer.
5, 12). Y también a mí Dios puede dirigirme el triste
reproche que dirigió a su pueblo judío: "No me invocaste,
porque te cansaste de mí" (Is. 43, 22). También yo algu-
na vez me cansé de Dios, del Dios que tanto me amó
y que me da codo, y dije alguna vez para mis adentros:
"¿Qué me importa Dios?".
Y si no lo dije de Dios, alguna vez pensé: "Qué me
importa Pedro", "Qué me importa Juana", "Qué me im-
porta este desgraciado". Y en ellos estaba Dios, y a ellos
también los ama Dios.
Eso es el pecado. Y cada pecado me va arruinando
la vida y el corazón, me quita la alegría interior, la paz,
la felicidad más profunda. Dentro de mí, en el fondo de
mi ser, hay muchas riquezas, muchas energías espiritua-
les, cosas muy bellas, escondidas. Pero el pecado no las
deja florecer, porque no deja que penetre la gracia de
Dios, el amor de Dios, la vida divina. Es como la tierra
cuando no llueve; no puede producir, todo se va secando,
todo se va muriendo.
Tenemos dos caminos. Uno es pensar menos en no-
sotros mismos y pensar más en Dios y en los demás,
hacer el bien, perdonar, atender a los otros, hacerlos
felices. Este camino nos hace cada vez más fuerte y más
felices. El otro camino es encerrarnos en nosotros mis-
mos, y vivir para el placer, la comodidad, el egoísmo, o
para poseer, dominar, ser bien visto. Este camino nos va
carcomiendo el corazón, nos va haciendo cada vez más
tristes, insatisfechos. El amor de Dios siempre nos está
buscando para sacarnos del camino de la muerte y hacer-
nos pasar al camino de la vida espiritual. El quiere arran-
carnos del pecado.

NOTA: Aquí pueden hacerse las renuncias al pecado, de modo que


se prepare el corazón para escuchar la proclamación de Jesús como Sal-
vador y Señor. Pero también pueden dejarse las renuncias para el final
del tema siguiente unidas a la confesión de fe y a la proclamación personal
de Jesús como Señor de la propia vida.
PARA REVISAR LA PROPIA VIDA
FRENTE AL AMOR DE DIOS

1. ¿Me acordé de Dios frecuentemente todos los


días, hablé con él? ¿Lo busqué para encontrar
en él la alegría y la paz que necesito, o busqué
la felicidad sólo en las cosas del mundo? ¿Puse
mi confianza en su amor infinito? ¿Supe descu-
brir las cosas buenas que él me regala perma-
nentemente, o vi sólo las cosas negativas? ¿Fui
agradecido con él?
2 ¿Puse mi confianza en la brujería, el curande-
rismo. los videntes, la astrología, los amuletos
y otras supersticiones? ¿Me preocupé dema-
siado por mí mismo, buscando la felicidad en
el yoga o en el control mental?
3. ¿Asistí a misa los domingos? ¿Traté de vivirla?
¿Busqué los medios para crecer espiritualmen-
te? ¿Leí a menudo la Palabra de Dios, cuidé la
oración diaria, busqué algún sacerdote que me
ayudara?
4. ¿Encontré alegría en el trabajo de cada día? ¿Se
lo ofrecí a Dios?
5. ¿Viví como hermano de todos, fui servicial, me
preocupé por los problemas de los demás, o
fui indiferente y me quedé encerrado en mi
egoísmo y mi comodidad? ¿A veces creo que
' no hago daño a nadie, pero hice todo lo que
pude por los demás, o viví sólo para mí?
6. ¿Supe comprender las debilidades ajenas, fui
tolerante y paciente? ¿Multipliqué o consentí
las críticas y los chismes? ¿Acepté otras formas
de ser, de pensar o de vivir distintas de las
mías? ¿Supe alegrarme por los éxitos, los talen-
tos y las alegrías de los demás? ¿O fui envidioso
y llegué a sentirme bien cuando otro fracasó,
tuvo problemas o fue criticado? ¿Estuve atento
para descubrir y comentar las cosas buenas
que hay en los demás o estuve atento para
descubrir sus defectos y debilidades?
7. ¿Traté de transmitir un poco de ternura, de paz
y de armonía, de unir a los demás? ¿O fomenté
las divisiones y las enemistades para sacar par-
tido? ¿Supe defender a alguien cuando otros lo
despellejaban con comentarios? ¿Traté de mos-
trar el lado bueno de las cosas?
8. ¿Intenté desarrollar mis capacidades, trabajé
con entusiasmo o fui cómodo y perezoso?
9. ¿Me dejé llevar por la vanidad, la soberbia, el
orgullo? ¿Quise ser el centro de los demás, y
que todo girara a mi alrededor? ¿Amé la senci-
llez y la humildad? ¿Me preocupé demasiado
por lo que piensen de mí? ¿Hablé demasiado
de mí mismo y de mis cosas?
10. ¿Aborté, colaboré con un aborto o lo aconsejé?
¿Evité los hijos por comodidad?
11. ¿Me preocupé demasiado por el confort, por
darme gustos? ¿Robé o deseé demasiado las
cosas ajenas? ¿Supe contener las envidias y los
celos? ¿Me dejé llenar de deseos de poseer a
otras personas sólo para mí? ¿Fui egoísta, ava-
ro, esclavo del dinero?
12. ¿Me dejé arrastrar por la sensualidad? ¿Usé a
otras personas? ¿Respeté el cuerpo de los demás
y el mío? ¿Alimenté los pensamientos impuros
con revistas, con programas, con la imaginación?
¿Perdí el control en la comida, la bebida, etc.?
13. ¿Me sentí santo o perfecto, me creí juez de los
demás? ¿Fui capaz de aprender de los demás.
o siento que nadie me puede enseñar algo?
¿Supe amar a la Iglesia a pesar de las cosas
que me desagradan?
14. ¿Descuidé a mi familia y a los más cercanos?
¿Les dediqué tiempo? ¿Hice diferencias?
15. ¿Engañé a otros, abusé de su confianza, los
exploté para mi bienestar, me faltó delicadeza
y amabilidad en el trato?
16. ¿Busqué y defendí la verdad, no la tapé o la
disimulé para evitar problemas? ¿No la aco-
modé a mis vicios y gustos?
17. A veces creo que no tengo pecado, que hago
todo bastante bien. ¿Pero siempre hice las cosas
por amor, o a veces las hice por orgullo, por
vanidad, por interés o sólo por obligación?
18. ¿Cuándo estuve decaído, triste, amargado, an-
gustiado, supe pedir ayuda a los demás y a
Dios, o preferí encerrarme en mí mismo?
¿Cuándo estuve lleno de bronca y de nervios
supe hacer un momento de silencio para recor-
dar el amor de Dios y pedirle que me serenara?
¿O preferí darme más manija hasta explotar y
dañar a los demás?
19. ¿Cuándo tuve que decidir algo supe pedir con-
sejo, y me preocupé por ver qué le agradaba
más a Dios?
20. ¿Le hablé de Dios a los demás, me preocupé
porque los demás se encontraran con Dios y
fueran buenos cristianos, traté de transmitir la
alegría de seguir a Cristo?
21. ¿Supe aceptar los sufrimientos y las incomodi-
dades de la vida, uniéndome a los dolores de
Jesús en la cruz? ¿O estoy siempre quejándo-
me?
22. ¿Traté de querer a la Virgen María como la
quiere Jesús, me acordé de ella, la invoqué?
23. ¿Traté de descubrir a Jesús en los sacerdotes,
obispos, y en el Papa, aunque no sean como
yo quisiera?

B. Jesús, mi Salvador y mi Señor


Yo también pequé; cada vez que fui indiferente frente
a los dolores de otro, cada vez que traté mal a alguien,
o esos días en que pensé solamente en mí. Y cada pecado
grave rompe la amistad con Dios, nos aleja, nos separa
de él. Y como todos los hombres pecaron, ya desde el
primer ser humano, entonces toda la humanidad estaba
separada de Dios.
Para recuperar la amistad con Dios, para que los
seres humanos pudiéramos estar unidos a Dios, hacía
falta que la humanidad hiciera algo de su parte, que
reparara tanto olvido, tanto rechazo al Dios de amor. Pero
como el amor divino es infinito, cada pecado es una
ofensa infinita, y la humanidad no tiene nada divino, na-
da infinito para darle a Dios en reparación por el pecado.
Entonces Dios, en su inmenso amor, prefirió no pe-
dirnos nada, no pedirle nada a la humanidad. Hizo algo
que parece increíble, algo que para nosotros es incom-
prensible. Veamos. El Padre Dios nunca estuvo solo.
Siempre tuvo con él un Hijo, y le llamamos Hijo porque
procede de él, desde toda la eternidad está naciendo del
Padre. Y este Hijo es exactamente igual al Padre, porque
el Padre comparte con él toda su divinidad. Por eso, este
Hijo es infinitamente poderoso, inteligente, bueno igual
que el Padre, es Dios igual que el Padre. En Juan 5, 26
dice: "Porque como el Padre tiene vida en sí mismo, así
también le ha dado al Hijo tener vida en sí mismo".
Entonces el Padre Dios para no pedirle algo imposible
a la humanidad, nos mandó a su Hijo divino y lo hizo hombre.
El Hijo infinito del Padre Dios se hizo hombre dentro de la
Virgen María, nació como todos nosotros, fue niño y vivió la
misma vida que vivimos nosotros, pero sin pecar jamás.
Siendo hombre podía representar a la humanidad y pagar
por los pecados de toda la humanidad, también por mis
pecados. Y como también era Dios lo que él hiciera tenía un
valor infinito. Por eso dice el evangelio: "Tanto amó Dios al
mundo que le envió a su Hijo único" (Jn. 3, 16).
Pero para mostramos su amor sin límites, el Padre
Dios quiso que su Hijo nos salvara del pecado muriendo
en una cruz, lastimado, lleno de dolores, abandonado.
Ese es Jesús, ese es mi Salvador.
Y a Jesús, el Hijo de Dios, le costó terriblemente
salvarme. El no sólo sufrió por los clavos que le clavaron.
Sufrió terriblemente porque cayó sobre su corazón toda
la amargura de los pecados de toda la humanidad, como
un peso terrible que tuvo que soportar en su corazón.
Por eso leemos en la Biblia:
El ha sido herido por nuestras rebeldías, molido por
nuestras culpas. El soportó el castigo que nos trae
la paz, y con sus heridas hemos sido curados. Todos
andábamos como ovejas perdidas, y Dios descargó
sobre él la culpa de todos nosotros (Is. 53. 5-6).
San Pablo dice que Dios lo hizo pecado por nosotros
(2 Cor. 5, 21). porque él cargó con el pecado de todos
los hombres como si él mismo hubiera sido el pecador
y el culpable.
Cuenta el evangelio que cuando se acercaba la
muerte de Jesús, él ya se venía venir el inmenso sufri-
miento que tendría que soportar, y se llenó de angustia
y de dolor, hasta el punto que sudaba sangre. En ese
momento, sigue diciendo el evangelio, Jesús dijo al Padre
Dios una palabra muy familiar, con toda la confianza que
le tenía. Esa palabra, en su lengua materna, es "abbá".
que significa "papito". la palabra que dicen los niños a
su padre cuando están asustados o tienen un problema.
Y con esa palabra, Jesús le dijo al Padre Dios: "Papito, si
es posible, que pase de mí este sufrimiento, pero que
no se haga mi voluntad, sino la tuya" (Mc. 14, 36). Pero
aunque Jesús le pidió que lo liberara de tanto dolor, el
Padre Dios prefirió que sufriera y muriera por nosotros
para mostrarnos la inmensidad de su amor. El lo amaba
infinitamente a su Hijo, infinitamente más de lo que lo
queremos nosotros, y sin embargo lo entregó totalmente
para salvarnos, para perdonarnos, y mostrarnos así que
su amor no tiene límites, que es un amor capaz de llegar
a la locura por nosotros:

Dios, rico de misericordia, por el inmenso amor que


nos tuvo, porque estábamos muertos por el pecado,
nos dio la vida con Cristo (Ef. 2, 4-5).
¿Qué duda nos puede quedar del amor de Dios?
Pecamos, y nos sigue amando; pecamos y nos ama más,
y nos da infinitamente más de lo que necesitamos. Nos
dio su Hijo único, ese Hijo que amaba con una ternura
infinita.
Y Jesús soportó también mis pecados, cargó cada
uno de mis pecados. ¿Qué más puedo pedirle? ¿Qué más
quiero exigirle?
Yo a veces lo olvido, me impaciento con él. le echo
la culpa de muchas cosas. Soy indigno de tanto amor,
pero no importa. Tengo que abrirle mi corazón y recono-
cerlo, porque frente a un gran amor lo más importante
es saber descubrirlo. Y hay un amor loco, ilimitado, que
me sostiene, que nunca me falta, que, aunque otros me
hagan daño, va a terminar haciéndome feliz.
Este perdón que me consiguió Jesús con su sacrificio
puede llegar a mi corazón; y para que ese perdón llegue
a mí Dios no me pide mucho, pero espera que yo haga
algo que demuestre que realmente quiero su perdón: que
cada tanto, sobre todo cuando crea tener faltas graves, me
acerque a un sacerdote para confesar mis pecados y que
haga lo que pueda para ser mejor. El espera que tome en
serio su amor, y no como un juego. Imaginemos que Jesús
se nos presenta y nos muestra sus heridas, y nos dice,
como le dijo a santa Brígida: "Yo te amé seriamente...".
Pero e! pecado, e! dolor, no son la última palabra;
la muerte de Jesús tampoco es la última palabra. Después
de su dolor y su muerte Jesús RESUCITO. Mi Señor está
vivo, mi amigo vive, mi Salvador triunfó sobre la muerte.
Por eso, además del perdón de mis pecados, Jesús me
propone algo hermoso: ser el Señor de mi vida. Porque
él sabe que si yo me dejo dominar por un afecto, por el
dinero, por el sexo, por el poder, nunca voy a ser feliz y
me voy a arruinar por dentro; pero si dejo que él sea mi
dueño, entonces voy alcanzando la libertad interior, la
verdadera vida. Jesús dice: "Yo vine para que tengan vida,
y vida en abundancia" (Jn. 10, 10).

Sólo si lo aceptamos como dueño y Señor de toda


nuestra vida, sin querer compartirlo con el pecado, enton-
ces vamos a salir del egoísmo, de la tristeza, de los mie-
dos. Pero si queremos seguirlo a medias, y jugamos con
su amistad, entonces vamos a seguir cayendo bajo y nos
vamos a privar de su luz y de su fuerza maravillosa. Así
lo dice san Pablo:
Con Cristo estoy calcificado, y no vivo yo; es Cristo
el que vive en mí. Y la vida que estoy viviendo la
vivo en la fe en el Hijo de Dios, que me amó y se
entregó por mí (Gal. 2, 19-20).
Aceptémoslo como Señor de nuestra vida, dejemos
que su vida divina se haga nuestra vida, y confesemos
ahora que él es nuestro Señor, solo él y nadie más; con-
fesemos que él es el único dueño, el único rey de nuestra
vida, nuestra única salvación.

Porque si confiesas con tu boca que Jesús es el
Señor y crees en tu corazón que Dios lo resucitó de
entre los muertos, serás salvo (Rom. 10, 9).
NOTA: A continuación se hace la confesión de fe y la proclamación
de Jesús como Señor de la propia vida. Las renuncias al pecado pueden
hacerse antes de esto o inmediatamente después del tema del pecado de
modo que se disponga el corazón con humildad para escuchar esta ense-
ñanza sobre Jesús Salvador y Señor.

RENUNCIAS
A cada cosa que se mencione se responde: ¡RENUNCIO!
— Mi Dios, a ser yo mismo el centro de mi propia
vida: ¡RENUNCIO!
— A no tenerte en cuenta en mis decisiones.
— A no buscar lo que te agrada.
— A vivir solo, olvidando que estás a mi lado.
— A todo resentimiento, odio o rencor.
— A toda injusticia y abuso de los demás.
— A todo engaño, difamación, y a las críticas ácidas.
— A las broncas y discordias.
— A sentirme superior, a querer dominar y poseer.
— A los celos y las envidias.
— A vivir para la comida, la bebida o la sensualidad.
— Al pesimismo y la tristeza por cualquier motivo.
— A vivir para tener cosas.
— A la avaricia.
— A la superstición, la astrología o los horóscopos.
— A la brujería y al curanderismo.
— A los amuletos, a querer conocer y dominar el
futuro.

— A querer controlar la mente, a ser un superhombre.

CONFESIÓN DE FE. Repetir:


— Creo que Dios creó todo lo que existe.
— Creo que me creó por amor y me ama como
Padre.
— Creo que está presente en este mundo.
— Creo que tiene poder para cambiar las cosas.
— Creo que él ama a todos los hombres, especial-
mente a los pobres y a los pecadores.
— Creo que él busca para nosotros un mundo de
paz, justicia y amor.
— Creo que de una forma o de otra el bien va a
triunfar.
— Creo en la alegría de Dios.
— Creo que todos los hombres somos hijos del
mismo Padre.
— Creo en Jesús, el Hijo único de Dios que se hizo
hombre.
— Creo que Jesús es el Salvador del mundo y mi
Salvador.
— Creo que Jesús tiene poder en el cielo y en la
tierra.
— Creo que él es la verdadera respuesta para los
problemas del mundo.
— Creo que con Jesús todo es posible.
— Creo que aquí y ahora Jesús le da sentido a mi
vida.
— Creo en el Espíritu Santo, que transforma, san-
tifica y da vida al corazón.
— Creo en la Iglesia, que es el Pueblo de Dios y el
Cuerpo de Cristo.
— Creo que Jesús me llama a ser parte de la Iglesia
católica.
— Creo que la madre de Jesús es nuestra madre.
— Creo que en cada comunión recibo a Jesús.
— Creo que Jesús está en los demás.
— Creo que lo que hago a los demás se lo hago a Jesús.
— Creo que Dios me invita a la vida eterna.
— Creo que Dios me quiere plenamente feliz.

PROCLAMACIÓN DE JESÚS COMO SEÑOR


Los que quieran que Jesús sea el Señor de sus vidas,
a cada cosa que se mencione respondan: 'Jesús es mi
Señor".
— De mi familia y de mis amigos.
— De mis estudios y de mi trabajo.
— De mi pobreza o de mi riqueza.
— De mis deseos y de mi sexualidad.
— De mis problemas y preocupaciones,
— De mis sueños y de mis planes.
— De mi imaginación y de mi memoria.
— De mis manos y de mis pies.
— De mi forma de comer y de vestir.
— De cada minuto de mi vida.
— De toda la historia de mi vida.
— De mi salud y de mis enfermedades.
— De mis sentimientos y de mis emociones.
— De mi casa y de todos mis bienes.
— De todas mis alegrías y éxitos.
— De mi inteligencia y de mi voluntad.
— De mis ojos y de mis oídos.
— De mis pensamientos y de mis palabras.
— De mi forma de tratar a los demás.
— Del centro de mi corazón.
DÍA TERCERO

LA VIDA CRISTIANA

OBJETIVO DEL T E M A :

Aceptar el estilo, de vida propio del cristiano y des-


cubrir la necesidad del Espíritu Santo para poder
vivirlo.
A. — Vivir como Jesús nos enseñó

Hemos aceptado a Jesús como Señor de nuestra vida.


Pero esto implica una transformación de nuestra forma
de vivir, porque el cristianismo es un estilo de vida. Por
eso ahora queremos ir a lo esencial, y nos preguntamos
cuáles son los ejes de la vida cristiana, qué es lo que más
le agrada al Señor, cuáles son los sentimientos, las acti-
tudes, que distinguen mejor a un cristiano, a un discípulo
de Jesús.
Ya en el Antiguo Testamento, los profetas enseñaban
que hay sobre todo dos cosas que Dios le pide al hombre:
la confianza en él y el amor al hermano.
Son los dos troncos de la cruz de Jesús: uno que se
eleva hacia Dios, y otro que se abre a los hermanos. En
definitiva, lo que nos pide el Señor es salir de nosotros
mismos, salir de la cárcel de nuestro propio yo para con-
fiar en él, para abrirnos a su amor, para aferramos a él
por un lado, y por otro lado, salir de nosotros mismos
para amar a los demás, porque todos somos hermanos,
hijos del mismo Padre Dios que nos quiere unidos. En
definitiva, el Señor espera que no vivamos ya para noso-
tros mismos, sino centrados en Dios y en los hermanos.
El que no conoció a Cristo tiene el centro en su propio
yo y quiere que todo gire a su alrededor. El que conoció
a Cristo tiene el centro fuera de sí y vive para los demás,
preocupados por Dios y por los hermanos. Decía Isabel
de la Trinidad:

He descubierto que el secreto de la libertad y de la


felicidad está en salir de mí misma, en no vivir más
para mí misma.
El evangelio nos dice con toda claridad qué es lo
esencial:
Se levantó un estudioso y le preguntó: "Maestro,
qué tengo que hacer para obtener la vida eterna?".
Jesús le dijo: "¿Qué está escrito en la Ley, qué lees
en ella?". El respondió: "Amarás al Señor tu Dios
con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas
tus fuerzas y con toda tu mente-, y a tu prójimo como
a ti mismo". Y Jesús le dijo: "Respondiste bien. Prac-
tica eso y vivirás" (Lc. 10, 25-28).
Pero eso se manifiesta en actos, en acciones:
— La confianza en el amor del Señor se manifiesta
en la oración.
— El amor al hermano se expresa en los actos de
amor: los actos de generosidad, de paciencia, de
servicio, de perdón.
1. Vamos por parte. Primero, la oración
La apertura al Señor, la confianza en su amor, se
expresan orando, elevando nuestro corazón en oración.
Pero hay cuatro modos de orar: dar gracias, alabar, supli-
car y pedir perdón.
— Dar gracias: Es descubrir que todo lo que tenemos
es un regalo de Dios, y decirle que cada cosa es un regalo
suyo: las manos, mi madre, el cielo, el sol, las cosas que
me salieron bien, la salud, el amor, etc. Si nos acostumbra-
mos a agradecer el corazón se va poniendo optimista, po-
sitivo, aprendemos a mirar más las cosas buenas, que son
muchas, y no nos amargamos tanto por las cosas malas.
Nos ayuda a gozar con las cosas pequeñas de cada día.
— Alabar: Es la oración de! que sale de sí mismo y
se olvida de todo para descubrir a Dios y contemplarlo.
Es dejarse asombrar por Dios por su belleza, por su bon-
dad, por su ternura infinita; por su alegría, por su paz,
por su inmensidad. Es decir, alabamos a Dios no por las
cosas que nos da, sino por lo que él es. Es levantar los
brazos y abrir la cárcel del alma para decirle que nosotros
no somos tan importantes, que él es el grande, el santo,
el puro, el amor. También se puede alabar a Dios por lo
que nos admira de Jesús: su nacimiento, sus milagros,
sus heridas, su sangre preciosa, etc.
— Suplicar: Es pedirle a Dios lo que necesitamos,
es poner en sus manos amorosas todo lo que nos preo-
cupa y nos inquieta. "Pidan y se les dará" dijo Jesús:
porque pedir es expresar que confiamos en Dios, en su
poder y en su amor; es creer que Dios no está lejos sino
que está metido en este mundo y puede cambiar las
cosas. Cuando pedimos, nos quedamos en paz, porque
sabemos que nuestras cosas y nuestros problemas están
cubiertos por el amor del Señor y ya no estamos solos
con nuestra vida. Todo está en sus manos y de algún
modo todo va a terminar bien.
— Pedir perdón: Es reconocer que soy pequeño, que
le fallé a Dios, que mi vida no fue siempre amor; pero
sobre todo es reconocer que el Señor es misericordioso,
que me ama tanto que puede borrar mi pecado para que
yo pueda empezar de nuevo y vivir mejor.
Todos los días podemos apartarnos un momento
para encontrar al Señor, elevar nuestro corazón y hacer
estas cuatro formas de oración. Pero existe también una
oración comunitaria, la oración en grupo, que agrada
mucho al Señor. Jesús dijo: "Donde dos o tres estén reu-
nidos en mi nombre, allí estoy yo, en medio de ellos"
(Mt. 18, 20). La oración en grupo tiene una belleza espe-
cial, porque cuando nos reunimos a orar tenemos la se-
guridad de que Jesús está entre nosotros; él lo prometió.
Por eso mismo, Jesús no nos enseñó a decir "Padre mío",
sino "Padre nuestro".
Pero de todas las oraciones, hay una que tiene un
valor infinito, aunque a veces nos cueste descubrirlo: es
la Misa-, porque en la Misa Jesús se hace presente más que
nunca. Allí donde nuestros ojos ven sólo un pedacito de
pan Jesús nos dice: "Esto es mi cuerpo, este soy Yo, que
quiero estar cerca tuyo, y dentro de ti". Y por esa presencia
tan grande de Jesús la Misa es la alabanza más perfecta,
la alabanza más hermosa de la comunidad cristiana.
2. Pero junto con la oración deben estar los actos de
amor al hermano. Algunos cristianos reducimos el cristia-
nismo a una relación personal con Dios en la oración, y
cuando nos parece que tenemos una buena oración nos
sentimos importantes. Pero dice la Biblia:
El que no ama al hermano que ve, no puede amar
a Dios, a quien no ve (1 Jn. 4, 20).
Por eso Jesús dijo que cuando él nos juzgue nos va
a preguntar: "Qué hiciste por los demás, que son mis
hermanos?". Si alimenté a otros, si los vestí, si los visité.
seré un bendito del Padre Dios, y si no lo hice seré un
maldito para él, aunque haya orado mil horas seguidas
(Mt. 25. 31-46). Ya en el Antiguo Testamento, a los que
rezaban pero no se preocupaban por los demás, Dios les
decía:
Cuando ustedes levantan las manos, me tapo los
ojos para no verlos. Aunque aumenten las oraciones,
yo no los escucho (Is. 1, 15).
Por eso san Pablo se preguntó cuál podría ser la ley
que resuma todas las demás, la ley divina más importan-
te, la ley que nunca hay que dejar de cumplir; y respondió
así:
Toda la ley alcanza su plenitud en este único precep-
to: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo" (Gal.
5. 14).
No era: "¿Amarás a Dios y a tu prójimo?". ¿Por qué
ahora san Pablo dice que el único precepto es "¿amarás
a tu prójimo?". Se olvidó que Dios es lo más importante.
No. Lo que sucede es que el amor a Dios se muestra
sobre todo en el amor al hermano, y si no amo al hermano
es porque mi amor a Dios no es verdadero, es un puro
sentimiento, un sueño más.
Podremos ser perfectos en todo, pero si no amamos
al hermano, todo está perdido; en cambio, si amamos al
hermano. Dios va a tener misericordia de nuestras debi-
lidades. Por eso dice el evangelio que Dios va a usar con
nosotros la misma medida que nosotros usemos con los
demás. Si soy generoso con ellos. Dios será generoso
conmigo, si los perdono. Dios me va a perdonar, si no
los juzgo. Dios no me va a juzgar, si no los condeno. Dios
no me va a condenar (Lc. 6. 36-38). Y por eso mismo dice
Santiago que habrá un juicio sin misericordia para el que
no tuvo misericordia, pero el que fue misericordioso
triunfa en el juicio de Dios (Sant. 2. 13). Porque si yo no
tengo amor, NO SOY NADA (I Cor. 13, 2).

Por eso, hay una oración que tiene un valor muy


profundo: la oración de intercesión, que es pedirle a Dios
por las necesidades de los demás, incluso por los enemi-
gos. Pedir por otros es al mismo tiempo un acto de con-
fianza en el Señor y un acto de amor ai hermano.
Otra expresión maravillosa de amor es el perdón;
importantísimo, porque Jesús nos acaba de decir: "perdo-
nen, y serán perdonados". A veces es muy difícil perdo-
nar, pero el problema muchas veces es no querer perdo-
nar. Cuando e! orgullo se nos mete dentro creemos que
los demás no son dignos de nuestro perdón y preferimos
seguir amargando nuestro corazón con nuestra bronca.
Y eso es algo que desagrada profundamente a Dios, que
le impide a Dios entrar en nuestro corazón para hacernos
felices. Digámosle hoy al Señor que hemos descubierto
su amor, y por eso QUEREMOS PERDONAR. Le digo al
Señor; "Dueño mío, yo quiero perdonar; quiero perdonar
a mis padres, a mis parientes, a mis compañeros, a mis
maestros, a mis jefes, a todos los que me hicieron daño,
que me negaron el amor, que me criticaron, que se bur-
laron de mí, que me olvidaron, que me usaron; quiero
perdonarlos porque tú, a pesar de todo, los amas, como
me amas a mí, porque tú, a pesar de todo, comprendes
su debilidad como me comprendes a mí. quiero perdo-
narlos porque moriste en la cruz por ellos como moriste
por mí".

B. — Necesitamos la fuerza del Espíritu Santo

Pero nosotros solos, con nuestras propias fuerzas


humanas, no podemos lograr esto. Nos resulta muy difícil
perdonar, mordernos la lengua para no herir a otros, estar
siempre alegres, ser siempre serviciales, servir a los de-
más. Ni siquiera sabemos si nuestra oración tiene valor,
si de verdad abrimos nuestro corazón cuando oramos.
Por eso dice la Biblia;
El Espíritu Santo viene en ayuda de nuestra debili-
dad; porque nosotros no sabemos cómo pedir para
orar como conviene (Rom. 8, 26).
Esta es la maravillosa verdad: EL ESPÍRITU SANTO
VIENE EN AYUDA DE NUESTRA DEBILIDAD. ¡Gloria a Dios!
Aquí está hermanos la respuesta, aquí está la solu-
ción. aquí está nuestra paz. aquí está nuestra libertad:
El Espíritu Santo viene en nuestra ayuda.
Este Espíritu Santo es una promesa que hizo Jesús.
Antes de partir, él había prometido-.
" Recibirán la fuerza del Espíritu Santo" (Hech. 1,8).
Es la promesa del agua viva:
Jesús se puso de pie y gritó: "Si alguien tiene sed
venga a mí, y beba el que cree en mí; y como dice
la Escritura: de su corazón brotarán ríos de agua
viva". Y esto lo decía Jesús refiriéndose al Espíritu
que iban a recibir los que creyeran en él (Jn. 7,
37-39).
¿Pero quién es el Espíritu Santo? ¿Es una fuerza, es
una energía de Dios? ¿Tiene algo que ver con Jesús?
¿Quién es? Este es un Misterio, que nosotros no podemos
llegar a comprender, pero nuestra pequeña mente puede
llegar a ver al menos una pequeña lucesita. Vamos a
intentar descubrir quién es éste que puede cambiar nues-
tro corazón:
En pocas palabras.
Recordemos que el Padre Dios, que creó todas las
cosas, antes de crear este mundo no estaba solo-, nunca
estuvo solo. Siempre tuvo con él otra Persona; a esa otra
Persona le llamamos "Hijo", porque sale de él, procede
de él permanentemente: Y con este Hijo el Padre Dios
comparte todo, incluso todo su ser divino, toda su divini-
dad. Por eso este Hijo es perfectísimo, inteligentísimo,
infinito igual que el Padre; es divino igual que el Padre,
es Dios igual que el Padre, es el reflejo perfecto del Padre.
Este Hijo se hizo hombre para salvarnos: es Jesús. Por
eso decimos que Jesús es Dios además de ser hombre;
porque es el Hijo del Padre Dios, Dios igual que su Padre.
Pero el Padre y el Hijo, desde toda la eternidad, nunca
estuvieron solos. ¿Por qué? Porque se aman, se quieren
con un amor infinito, con un amor sin límites. Y ese amor
que se tienen es tan fuerte que produce algo. ¿Qué pro-
duce? Produce otra Persona, una tercera Persona que
brota de ese Amor inmenso. Esa tercera Persona, ese fru-
to infinito de amor, es el Espíritu Santo. Y con el Espíritu
Santo el Padre y el Hijo comparten todo, todo su poder,
toda su inteligencia, toda su perfección infinita, toda su
divinidad. Por eso, el Espíritu Santo es Dios igual que el
Padre y el Hijo.
Y Jesús prometió mandarnos el Espíritu Santo. ¡Qué
maravilla incomprensible! Es lo mismo que decir que
prometió llenarnos con un Amor infinito. Por eso dice
san Pablo: "El amor de Dios ha sido derramado en nues-
tros corazones con el Espíritu Santo que nos ha sido dado"
(Rom. 5, 5).
¿Y Jesús cumplió su promesa de enviar el Espíritu
Santo?
La cumplió el día de Pentecostés. Los discípulos de
Jesús, después de su muerte, estaban llenos de miedo,
no entendían nada, no sabían qué hacer. Sabían que
Jesús había resucitado, pero no tenían fuerzas, no tenían
luz, les faltaba alegría y entusiasmo. Pero el día de Pen-
tecostés, estaban reunidos en oración con la Virgen María,
y QUEDARON LLENOS DEL ESPÍRITU SANTO (Hech. 2,
1-4). A partir de ese día recibieron la fuerza, el poder, el
entusiasmo, la luz interior, y todo lo que necesitaban.
Salieron a predicar por todas partes y el evangelio de
Jesús se metió en todo el mundo de aquella época.
Pero la promesa del Espíritu Santo no era sólo para
los cristianos de aquel tiempo, no era sólo para los após-
toles. Dice la Biblia:
Conviértanse. Y que cada uno de ustedes se haga
bautizar en el nombre de Jesucristo, para remisión
de los pecados; y recibirán el don del Espíritu Santo.
Porque la Promesa es para ustedes y para sus hijos,
y para todos los que están lejos, y para todos los
que llame el Señor. Dios nuestro (Hech. 2, 38-39).
La promesa del Espíritu es para todos, para ti, para
mí, para cada uno de nosotros. Y si Jesús lo prometió, él
cumple su promesa; sólo tengo que darle lugar para que
la cumpla.
Yo recibí este Espíritu Santo de la promesa en el
bautismo y en la confirmación. Allí él me marcó con su
sello divino y me hizo suyo. Pero quizás no lo dejé pene-
trar en mi vida, nunca me preparé de corazón ni lo deseé;
quizás no supe abrir el corazón para poder recibirlo más
y más. Por eso, vamos a pedir una efusión del Espíritu,
vamos a abrirle nuestra vida para que penetre y haga su
obra maravillosa, que nos transforme como transformó
a los primeros cristianos.
DÍA CUARTO

LA EFUSIÓN
DEL ESPÍRITU Y
LA TRANSFORMACIÓN
EN CRISTO

OBJETIVO DEL T E M A :

Abrir el corazón a la obra transformadora del Espí-


ritu Santo y aceptar que penetre en todos los aspec-
tos de la vida.
A. — Que se cumpla en mí la promesa del Señor
Ayer hablamos sobre el Espíritu Santo. Ahora vamos
a tratar de profundizar un poco más en este misterio
maravilloso.
Encontramos en la Biblia que san Pablo habla de "la
ley del Espíritu que da la vida" (Rom. 8, 2). Y ya en el
Antiguo Testamento Dios había prometido: "Pondré mi
ley en su interior" (Jer. 31. 33).
Esa ley del Espíritu Santo es su vida, su fuerza, su
luz, todo lo que necesita nuestro espíritu para vivir en
plenitud. La ley del Espíritu no son preceptos ni manda-
mientos que nos cuesta cumplir. La ley del Espíritu es
su fuerza, su poder, su energía interior para que podamos
hacer lo que a Dios le agrada y para rechazar lo que le
desagrada.
Por eso, el cristiano no es alguien permanentemente
preocupado por cumplir leyes, sino alguien que deja en-
trar al Espíritu Santo en su vida, sabiendo que el Espíritu
Santo le dará un instinto interior para buscar espontánea-
mente las cosas buenas y para rechazar las cosas malas.
Los cristianos no evitamos las cosas malas porque están
prohibidas, sino porque el Espíritu Santo nos convence
interiormente de que son cosas malas; no buscamos ha-
cer el bien porque está mandado, sino porque tenemos
la seguridad de que es bueno, de que es mejor hacer el
bien. Jesús lo había prometido: "El Espíritu de la verdad
los llevará a la verdad completa" (Jn. 16, 13).
Por eso Jesús no nos llenó de leyes. Más bien nos
regaló el Espíritu Santo para que él fuera la ley de nuestra
vida. Las leyes sólo nos hacen saber lo que está bien y
lo que está mal, pero no nos dan la vida, no nos dan la
fuerza para cumplirlas. Así era la ley del Antiguo Testa-
mento; pero nosotros tenemos una ley interior que nos da
la vida espiritual, que puede hacernos buenos: es el Es-
píritu Santo que nos manda Jesús. El Espíritu Santo nos
ilumina por dentro y hace que nos preguntemos a cada
instante: "¿Qué haría Jesús en mi lugar?".
La obra del Espíritu Santo en nuestro interior es como
una nueva creación; nos hace "nuevas criaturas":
El que está en Cristo es una nueva creación; pasó
lo viejo, todo es nuevo (2 Cor. 5. 17).
San Pablo cuenta cómo los habitantes de la ciudad
de Corinto llevaban una vida desastrosa; pero cuando
dejaron que el Espíritu Santo penetrara en ellos fueron
lavados y transformados: Si leemos 1 Cor. 6, 9-10. allí
nos cuenta que en esa ciudad había muchos supersticio-
sos. ladrones, borrachos, homosexuales, adúlteros, esta-
fadores; y luego les dice:
Así fueron algunos de ustedes. Pero han sido lava-
dos, han sido santificados, han sido justificados en
el nombre del Señor Jesús y en el Espíritu Santo de
nuestro Dios (1 Cor. 6. 11).
Y el Espíritu Santo produce en nuestra vida un her-
moso fruto, hace que nuestro corazón sea bello, resplan-
deciente, agradable para Dios. Nos da amor, alegría, paz.
paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y do-
minio de nosotros mismos (Gal. 5, 22).
El Espíritu Santo nos hace esclavos del amor, y esa
es la libertad más grande; porque el que vive para sí
mismo es esclavo de su egoísmo, de sus necesidades,
de sus broncas y de sus tristezas, pero el que tiene el
Espíritu Santo vive para amar y se alegra de poder amar
a todos, sin buscar recompensa. Esa es la libertad que
nos trae el Espíritu Santo. Por eso dice san Pablo:
Donde está el Espíritu del Señor, allí está la libertad
(2 Cor. 3. 17).
Pero además de hacernos saber lo que le gusta al
Padre, además de liberarnos de nosotros mismos, ade-
más de hacernos buenos, el Espíritu Santo puede hacer-
nos otros regalos. Son regalos que nos hace porque él
quiere y como quiere; no porque seamos buenos, no
porque estemos bien preparados, no porque seamos me-
jores, sino porque a él le parece, esos regalos los da el
Espíritu Santo para enriquecernos más espiritualmente
y sobre todo para que podamos servir mejor a los demás.
Son los carismas.
Cuando el Espíritu Santo descendió en las primeras
comunidades cristianas, producía estos carismas en gran
abundancia. En la Biblia podemos leer cuáles eran algu-
nos de esos carismas:
Hay diversidad de carismas, pero el Espíritu es el
mismo; diversidad de ministerios, pero el Señor es
el mismo; diversidad de actividades, pero es el
mismo Dios que hace todo en todos. A cada uno se
le da una manifestación del Espíritu para.provecho
común. Porque a uno se le da por el Espíritu palabra
de sabiduría; a otro palabra de ciencia, por el mismo
Espíritu; a otro fe, en el mismo Espíritu; a otro caris-
mas de curaciones, en el único Espíritu, a otro poder
de milagros; a otro profecía, a otro discernimiento de
espíritus; a otro diversidad de lenguas, a otro el don
de interpretarlas. Pero todas estas cosas las hace uno
mismo y único Espíritu, distribuyéndolas a cada uno
en particular según su voluntad (1 Cor. 12, 4-11).
La Iglesia es como un gran cuerpo que tiene muchos
miembros, y cada uno tiene su función. Pero poder enri-
quecer más ese hermoso cuerpo, el Espíritu Santo lo
llena de carismas. Veamos algunos ejemplos:
— El don de "lenguas": Es cuando el Espíritu Santo
le da a alguien una ayuda especial en la oración para que
no tenga que estar buscando palabras. El Espíritu Santo
lo libera de las palabras y ora en él con palabras y sonidos
que no se comprenden; como un níñito cuando está con-
tento y dice un montón de cosas sin sentido, como dos
novios que se quieren y comienzan a decirse palabritas
que no se comprenden, como cuando alguien canta de
alegría y se olvida la letra, pero sigue cantando con cual-
quier sonido, o con sílabas. Así, el que ora en lenguas
"dice cosas misteriosas" (1 Cor. 14, 12).
A algunos el Espíritu Santo les da el carismas de
interpretar lo que el Espíritu Santo quiere decir cuando
se ora de esa forma incomprensible. Así, por ejemplo,
cuando alguien está orando en lenguas, puede entender
que Jesús le quiere decir: "Yo te protejo, yo te voy a
acompañar, yo te doy mi paz".
El carisma de profecía es una capacidad especial para
hacer el bien a los demás con la palabra, para decir a
los demás lo que Dios les quiere decir. Siempre son pa-
labras de "edificación, exhortación y consolación" (1 Cor.
14, 13).
Y como estos, hay también muchos otros carismas:
el de enseñanza, el de curación, el de gobierno, etc. Pero
por encima de cualquier carisma está el amor. Así dice
la Biblia:
Aunque hablara las lenguas de los hombres y de
los ángeles, si no tengo amor soy como un bronce
que resuena o una lata que hace ruido. Aunque
tuviera el don de profecía, y conociera todos los
misterios y toda la ciencia; aunque tuviera plenitud
de fe, como para trasladar montañas, si no tengo
amor no soy nada (1 Cor. 13, 1-2).
Pidámosle ahora al Espíritu Santo que nos inunde,
que se derrame en nuestros corazones y que. sobre todo,
nos llene de amor para comunicarlo a los demás. Pidá-
mosle que sane todo lo que no nos deja amar, que nos
libere de todas las tristezas y de las heridas interiores
que venimos arrastrando por mucho tiempo, que nos
libere de todo lo que nos quita la alegría y la paz del
corazón. Que se derrame con toda su luz y su poder. Y
si él quiere, que nos regale también sus carismas, como
lo hizo en los primeros tiempos.
Que el mismo Espíritu Santo que recibimos en el
bautismo se derrame otra vez, de un modo nuevo-, que
esa semillita que nos dio en nuestro Bautismo explote y
se desarrolle mucho más en nuestro corazón y en toda
nuestra vida.
Lo que va a suceder ahora se puede llamar "Efusión
del Espíritu Santo".
El mismo Espíritu Santo es el que nos ha traído aquí
para cumplir la promesa de Jesús. Por eso, antes que
nada, tenemos que tener fe en esa promesa de Jesús y
decirle que estamos esperando que él derramé su Es-
píritu.
No importa si nos sentimos imperfectos o débiles. A
él no le atrae nuestra perfección, sino nuestra confianza
y nuestro deseo. El no viene por nuestros méritos, sino
por amor. Además, ni siquiera tendríamos que pedirle
que venga, porque el mismo Jesús prometió que iba a
pedir al Padre para que nos enviara el Espíritu Santo (Jn.
14, 16).
Confiemos entonces en esa oración de Jesús y digá-
mosle que estamos esperando el Espíritu Santo. Pero no
le pidamos que sea de una forma o de otra. Que venga
como él quiera, de la manera que a él le parezca mejor
Lo único importante es que hoy se va a derramar una vez
más el Espíritu Santo, que va a cambiar nuestras vidas.
No importa si me da "sentimientos o no, si me da
lágrimas o me da carismas. Eso no importa; lo que im-
porta es que penetre en mi corazón y lo llene. ¿Y cuál va
a ser entonces el signo de su venida, cómo me va a
mostrar que realmente ha entrado otra vez en mi corazón?
El signo será el cambio que va a producir en mi vida.
Voy a amar más, me va a resultar un poco más fácil hacer
el bien y apartarme del mal.
Dejemos entonces que el Espíritu Santo se derrame
en nuestro corazón. No hace falta que hagamos nada.
sólo que confiemos en él y lo dejemos actuar; sólo que
le dejemos hacer lo que él quiera en nuestro interior;
sólo abandonarnos a su amor y a su poder.
Dejemos entonces que nuestro corazón se serene.
que se calmen las tensiones, las angustias, las preocupa-
ciones, los miedos. En este momento nada malo nos
puede pasar, no tiene que perturbarnos nada. ¿Para qué
preocuparnos? Vivamos este momento maravilloso con
un corazón simple. Ningún daño puede hacernos el Espí-
ritu Santo, sólo puede hacernos bien, porque es el Amor
de Dios. Esta efusión del Espíritu Santo será como un
abrazo de amor, una caricia de ternura, un soplo de paz
para nuestro corazón herido.
No pensemos en nosotros mismos. Ahora cerremos
los ojos y contemplemos a Jesús, pensemos sólo en él y
no pongamos los ojos en nadie más, en nada más. No
importa lo que pase a mi alrededor, sólo importa Jesús.
Y la única seguridad que tengo es que Jesús me va a dar
el Espíritu Santo, porque él está lleno del Espíritu Santo
y lo va a derramar en mi interior.
Pero antes de recibir esta efusión del Espíritu Santo
vamos a tratar de abrirle un poquito más el camino de
nuestro corazón. Y hay algo que cierra el corazón, algo
que no permite que el Espíritu Santo penetre con facili-
dad: Son las faltas de perdón. Por eso. tratemos de libe-
rarnos un poco de esos rencores que nos esclavizan, que
nos amargan el corazón. El mejor camino siempre es el
amor, aunque nos hayan hecho daño; el mejor camino
es el perdón, porque es el camino que eligió Jesús.
Por eso. aunque nos cueste, vamos a decir: "Perdo-
no". Vale la pena, porque así podremos ser más libres,
más felices, y así el Espíritu va a poder entrar en nuestro
interior con su maravillosa vida.
Cada uno repita interiormente estas palabras delante
de jesús:
— Perdono a todos los que me hicieron daño, a todos
¡os que lastimaron mi corazón.
— Perdono a papá y a mamá, por el amor que no
me dieron, porque no me dedicaron el tiempo y
el cariño que yo necesitaba. Porque a veces no se
llevaron bien, porque me negaron cosas, porque
me hicieron daño. Te perdono papá, te perdono
mamá. Y les doy gracias porque me dieron la vida.
— Perdono a mis hermanos y a mis primos por las
veces que me despreciaron o me ignoraron. Por
las veces que me usaron o fueron agresivos conmi-
go. Los perdono, les doy un abrazo de reconcilia-
ción.
— Perdono también a mis compañeros de escuela, a
mis maestros y profesores, porque no me brinda-
ron una infancia y una juventud feliz, porque no
me dieron afecto, porque miraron mucho mis erro-
res y mis defectos y no me aceptaron como soy.
— Perdono a mis jefes, a los sacerdotes, a mi novio.
mi novia, a mi esposo o esposa, especialmente a
esa persona que yo necesité y me despreció, me
ignoró, me engañó, o me desilusionó. Yo le doy un
abrazo de amor, porque Dios lo ama. porque Dios
le da la vida y lo perdona, porque Cristo murió
por él.
— Perdono a todos los que me hicieron daño, los
perdono porque Cristo me ama y me perdona y
porque Cristo, así como son, los ama a todos con
ternura.
— Señor Jesús, te quiero, y si alguna vez me equivo-
qué creyendo que eras el culpable de mis proble-
mas, ahora te perdono y te pido perdón, y te abrazo
con todo el amor de mi corazón-, y por ese amor
que me das, perdono a todos. Y que tu amor infi-
nito, Jesús, termine de curar las heridas que que-
dan en mi interior.
Y ahora que aceptamos perdonar ya no quedan difi-
cultades, y el Espíritu Santo puede entrar sin dificultad
en nuestra vida. Por eso, confiados en la promesa de
Jesús, vamos a decirle que estamos preparados, que so-
mos pobrecitos, pero que tratamos de preparar nuestro
corazón; que no confiamos ni siquiera en esa preparación,
pero que estamos seguros de que ahora va a venir el
Espíritu Santo.
Vamos a hacer la oración para pedirla efusión del
Espíritu Santo, y luego vamos a pasar para que algunos
hermanos nuestros, como un gesto de amor, pongan sus
manos sobre nuestras cabezas y nos ayuden con su ora-
ción para que el Espíritu Santo penetre más todavía en
nuestra vida.
Oración:
Señor Jesús, Hijo eterno de Dios, que te hiciste niño
en Belén, que nos amaste con un corazón de niño y pasaste
tu vida haciendo el bien. Señor Jesús, que borraste nuestros
pecados con tus benditas heridas, que te entregaste por
nosotros en la cruz, que nos demostraste totalmente tu
amor derramando tu sangre preciosa. Señor Jesús, sabe-
mos que resucitaste glorioso y feliz, y que ahora estás vivo,
poderoso, lleno de la fuerza y del amor del Espíritu Santo.
No te presentamos nuestros méritos, solo confiamos en tu
amor infinito. Y te pedimos: danos tu Espíritu Santo, de-
rrama esta noche, en este momento, tu Espíritu Santo.
Abre tu corazón, que está lleno, y llena nuestro corazón
con tu Espíritu Santo.
Espíritu Santo, ven, ven, ven. Llénanos de ti. Derráma-
te, inunda nuestro ser, báñalo con tu luz, inúndanos con
tu amor, limpíanos, purifícanos, transfórmanos.
Espíritu Santo, quédate a vivir en nuestro interior con
tu luz maravillosa, con tu paz infinita, con tu alegría divina.
(Imposición de manos. Aclamación: "Hermanos, ¡el
amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones:
ALELUYA!". Canto festivo).

B. — Que toda la vida se transforme

(Este breve tema puede pasarse para el quinto día,


unido al tema de la eucaristía. Puede ser conveniente
tratarlo inmediatamente después de la efusión para resal-
tar que la obra del Espíritu Santo no es algo que se queda
sólo en la intimidad de la persona sino que debe tener
repercusiones sociales. Se evita así la idea de que la
insistencia en la obra interior del Espíritu puede fomentar
un cristianismo individualista).
Hemos recibido una vida nueva. Ahora no dejemos
que esa vida se muera. Y para que no se muera tenemos
que hacerla crecer, tenemos que dejar que transforme
cada vez más nuestra vida, tenemos que alimentarla con
la oración diaria y con muchos actos de amor, de pacien-
cia, de servicio, cada día más, cada día mejor. Porque
si no tratamos de crecer, nos morimos. La vida interior.
es como el agua, cuando se estanca se pudre. Si la vida
interior no crece, se muere.
Dejemos entonces que el Espíritu Santo transforme
toda nuestra vida, que nos haga parecidos a Cristo en
todo: en nuestros afectos, en nuestra sexualidad, en nues-
tro trabajo, en nuestras palabras, en nuestras diversiones,
en nuestra forma de tratar a los demás. Que todo nuestro
ser refleje a Cristo, que nuestro ser entero sea agradable
al Señor.
El Señor no quiere que su amor se quede encerrado
en nuestra intimidad; tiene que comunicarse, tiene que
compartirse, tiene que transformarlo todo. Tiene que
crear una sociedad más justa, un mundo más humano.
El Señor quiere expresar su amor por todos a través de
nosotros. Quiere que los pobres tengan pan y techo, pero
quiere darles lo que necesitan a través de nosotros, a
través de nuestro afecto y de nuestra lucha, a través de
nuestra generosidad, a través de nuestras visitas a los
enfermos, a través de nuestra preocupación.
Allí donde hay un niño que sufre, allí debe haber un
cristiano preocupado; allí donde hay injusticia, allí debe
haber un cristiano indignado, amando y luchando por un
mundo mejor. Allí donde no hay paz ni unidad, allí debe
haber un cristiano haciendo nacer el perdón, para que
TODO LO QUE RESPIRA ALABE AL SEÑOR.
Vamos a pedirle a María, la Madre maravillosa de
Jesús, que ella nos acompañe y nos ayude para que de
verdad la vida del Espíritu Santo que hemos recibido
transforme todo nuestro ser y, a través de nosotros, trans-
forme nuestras familias y nuestra sociedad. Jesús, en la
cruz, en medio de su angustia, la dejó como Madre nues-
tra. ¡Qué ternura infinita! Quiso compartir con nosotros
hasta a su madre, para que sea también nuestra Madre.
Ella estuvo junto con los Apóstoles en oración el día
que recibieron el Espíritu Santo, y también esta noche
ha estado con nosotros, feliz, porque desde nuestra más
tierna infancia ella ha intentado acercarnos al Señor. Por
eso le decimos: "Dios te salve..."

El quinto día se comienza con un momento de ora-


ción que incluya los cuatro modos de oración explicados.
Luego se invita a los que lo deseen a dar testimonio de
lo que han vivido los cuatro días anteriores. Se concluye
con la misa festiva. Sería recomendable introducir la misa
con unas palabras sobre la eucaristía, que podrían incluir
las siguientes ideas: El Amor Infinito que se hace simple
para entrar en nuestra vida: que cada eucaristía podría
ser una nueva efusión del Espíritu si nos disponemos
bien, que se revive la muerte y resurrección de Jesús, y
por eso tiene un valor infinito, superior.

TALLERES

El Seminario de vida implica que los participantes


no sólo escuchen los temas, sino también que interven-
gan activamente, disponiéndose a la acción de la gracia
de Dios de todas las maneras posibles: para esto, luego
de cada tema se realizan los talleres. La actividad de los
talleres puede desarrollarse de dos modos: por grupos
fijos o por temas.

1. Por grupos fijos

Acentúa el conocimiento mutuo. Se forman grupos


de siete u ochos personas, que se mantendrán durante
los cuatro días.
La tarea consiste en poner en común lo que cada
uno vive en relación al tema escuchado. El primer día se
hace una presentación en la que cada uno expone sus
inquietudes y algo de su historia personal. En cada reu-
nión se intentará hacer también un momento de oración
espontánea. Agí se pueden sentar las bases para un futuro
grupo de oración.

2. Por temas

Hay distintos talleres, que podrían ser: de oración,


de sanacion, de Biblia, de enseñanza. Cada uno participa
cada día de dos de- estos talleres, de modo que en los
cuatro días haya participado de cada taller a! menos una
vez. con la posibilidad de participar varias veces del taller
que le resulte más interesante o conveniente.
Taller de Biblia: Es una iniciación a la lectura personal
de la Biblia. Se indica cómo prepararse para leerla y luego
un método de lectura espiritual en tres pasos:
a. Qué dice: Leer repetidamente el texto para enten-
der lo mejor posible su contenido y dejar que hable.
b. Qué me dice: Dejar que esa Palabra de Dios toque
algo de la propia vida, algo que tenga que ver conmigo.
c. Qué le respondo: «Ver de qué modos concretos
voy a dejar que esa Palabra cambie mi vida.
Se practica comunitariamente con un texto para en-
riquecerse con lo que el Señor manifiesta a los demás.
Taller de enseñanza: Algunos servidores más prepa-
rados están dispuestos a aclarar distintas dudas o cues-
tionamientos.
Taller de oración: Se explican nuevamente las cuatro
maneras de orar y se practica cada una de ellas comuni-
tariamente.
De sanación: Se invita a poner en. común algunas
heridas interiores para compartir fraternalmente el dolor
e interceder unos por otros. Se indica cómo presentar al
Señor cada dolor para tomar conciencia de que el Señor
lo cubre con su amor y tiene poder para sanarlo.

3. Modo mixto
Se puede formar un grupo fijo para los dos primeros
días, de modo que un mismo grupo pasa por los cuatro
talleres. En los dos últimos días se deja libertad para que
cada uno participe una vez más de los talleres que pre-
fiera.
ÍNDICE

Introducción

DÍA PRIMERO
EL AMOR DE DIOS

DÍA SEGUNDO
PECADO Y SALVACIÓN
A. E! pecado
Para revisar la propia vida frente al
amor de Dios
B. Jesús, mi Salvador y mi Señor
Renuncias Confesión de fe
Proclamación de Jesús como Señor

DÍA TERCERO
LA VIDA CRISTIANA
A. Vivir como Jesús nos enseñó
B. Necesitamos la fuerza del Espíritu Santo .

DÍA CUARTO
LA EFUSIÓN DEL ESPÍRITU Y LA TRANSFOR-
MACIÓN EN CRISTO
A. Que se cumpla en mí la promesa del Se-
ñor
B. Que toda la vida se transforme
Talleres