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Pensar la organización: cuerpo, subjetividad y feminismo.

Argentina 2019
Laura M. Figueiredo (IIGG-UBA) – laumfigueiredo@gmail.com

“Quizá la construcción de una organización revolucionaria es tan necesaria como


imposible, como el amor absoluto en Marguerite Duras.
Ello nunca ha impedido a nadie enamorarse”
Daniel Bensaïd

“Que tu cuerpo sea siempre un amado espacio de revelaciones”


Alejandra Pizarnik

Los últimos 40 años han traído pocas novedades en las formas de pensar la organización
popular. Los ejes centrales que pueden vertebrar la descripción de las dos principales
corrientes surgidas desde los años 70 a esta parte oponen las estructuras orgánicas a las
experiencias autonomistas; el verticalismo a la horizontalidad, la orientación trazada “desde
arriba” frente aquello que “crece desde el pie”.
Si bien es claro que ambas posiciones han convivido y que en el período señalado las
prácticas autonomistas tuvieron su auge en torno a la crisis de 2001, con un derrotero
previo en la década del 90 y una continuidad de su relevancia ya avanzado el siglo XXI, la
hegemonía ha permanecido en el campo de la organización verticalista y patriarcal,
proclive a la racionalidad burocrática, sorda a las heterogeneidades.
Ambas formas organizativas mostraron sus límites y se encuentran seriamente
cuestionadas. Creemos que es necesario pensar y crear nuevas estructuras, nuevas formas
de lazo social y afecto en el marco de las organizaciones populares, nuevos ejercicios de
construcción de poder democrático. Pensamos que en el feminismo se encuentra la clave
para comenzar a tramar redes de conversación que permitan abordar estas discusiones.
Teniendo en cuenta que pensar la organización es un gesto político que define a su vez una
política de sujeto, el feminismo se opone a la univocidad “sin fisuras” e interpela nuestros
cuerpos de forma tal que se alejan del disciplinamiento y la entrega sacrificial.

Sobre organizaciones y perspectivas


A comienzos de este siglo, Argentina se encontraba en estado de ebullición. El estallido de
2001 estuvo precedido por la conformación de una importante cantidad de organizaciones
populares que surgieron urgidas por sostener la supervivencia de miles y miles de familias
que se caían del sistema. Las jornadas del 19 y 20 de diciembre parieron asambleas en las
que participaron variados estratos de una clase media empobrecida. Estos fenómenos
organizativos prolongaron su influencia por algunos años, se reconvirtieron, se encontraron
y desencontraron en experiencias territoriales.

El período se caracterizó por la multiplicación de “miles de debates sobre el significado de


la política, la izquierda, la democracia, el capitalismo y la posibilidad de formas alternativas
de relaciones sociales y de vida” (Dinerstein 2016, 157). Las organizaciones sociales
impulsaban el trabajo comunitario en los barrios y las asambleas como forma de tomar
decisiones. Maristella Svampa las clasifica en aquellas que se identificaban con una matriz
clasista ortodoxa; las populistas (desconectadas, en ese momento, del partido peronista) y
las que exaltaban una nueva narrativa autonomista (Svampa 2016, 202).

Existían ciertas “nociones comunes” como la democracia radical, la dignidad, la autonomía,


que constituían sistema con un bajo nivel de institucionalización, la legitimidad de un cierto
espontaneismo y el rechazo a las políticas estatales.

La coyuntura que se abrió ante la crisis permitió la expansión de prácticas organizativas


novedosas, o que habían comenzado un desarrollo incipiente en los años 90. Argentina se
transformó en un laboratorio político-social que captó la mirada de analistas de todo el
mundo. Las fábricas recuperadas, bajo la forma de cooperativas, los clubes de trueque, la
multiplicación de organizaciones de base en asentamientos, son algunos ejemplos.
Exaltaban su voluntad de recrear una democracia participativa y de recomponer el vínculo
social desde abajo.

El protagonismo de las mujeres en estas experiencias organizativas tuvo una gran


relevancia. Sin embargo, el peso numérico de referentes mujeres, su capacidad de generar
redes y sostener espacios territoriales no tuvo un correlato en la aparición de liderazgos
visibles en la escena pública y en los ámbitos de mayor poder, interlocución y negociación
con el Estado se mantuvo la ¿esperable? hegemonía masculina. En el haz de preguntas e
impugnaciones que avivaban las discusiones de la época no tuvo un lugar la desigualdad de
género, sus causas o cómo la crisis impactaba de manera ostensiblemente dispar sobre las
mujeres.
La recomposición política y social que se sucedió en el transcurrir de los años kirchneristas
permitió el fortalecimiento de organizaciones más estructuradas que acompañaron el
proceso de reparación y ampliación de derechos propiciada desde el gobierno.
Del mismo modo que en partidos y sindicatos, estructuras que históricamente relegaron a
las mujeres a tareas secundarias, puestos menores o áreas “típicas” de su incumbencia, las
organizaciones populares sostuvieron las mismas lógicas patriarcales, aún cuando las más
revolucionarias exaltaran discursos de emancipación social. La cuestión de género no
formó parte de la agenda de problemáticas a transformar, salvo para escasas compañeras –
muchas veces consideradas las “locas de su tema”.
Primaron las perspectivas “comunitaristas”, el mote de “liberal” a las demandas feministas
y en el caso de teorizaciones de corte marxista, categorías “sex-blind” (Hartmann, 1979)
calcadas de las leyes que explicaron el desarrollo del capitalismo, que crea jerarquías
internas a la fuerza de trabajo, pero no pueden determinar quién será destinado a ocupar los
diferentes espacios en el seno de tales jerarquías.
Tal como señala Carla Lonzi en uno de los escritos fundacionales del feminismo radical,
“el contenido de la lucha revolucionaria ha asumido y expresado personalidad y valores
típicamente patriarcales y represivos”, en tanto “el pensamiento masculino ha ratificado el
mecanismo que hace parecer necesarios la guerra, el caudillaje, el heroísmo, el abismo
generacional” como lógicas constitutivas para la acumulación de poder (1970, p.37 y p.
54). Más allá de las discusiones que esta posición pueda suscitar por algunas de sus derivas,
resulta una muestra cabal del malestar experimentado desde mediados del siglo pasado en
el interior del campo de izquierda por gran parte de sus integrantes.
La idealización de una generación de luchadores y luchadoras que nos precedieron, y de su
forma de organización militarista, tuvo un impacto no menor en la estructuración de
organizaciones del campo nacional y popular en nuestro país.
Un escrito exacerbado que da cuenta de esta línea es ​“Teoría de la militancia.
Organización y poder popular”, de Damián Selci (2018). Desde sus páginas se prescribe
una estructura verticalista y patriarcal, que requiere de una confianza axiomática y una
actitud de acatamiento y absoluta disciplina. En un proceso de “purificación”, que desecha
en el camino a aquellos que no llegan a encumbrarse como “cuadros”, su anacronismo es
tal que anula las posibilidades de interrogar e interrogarse y propone una organización de
tipo setentista en nuestros tiempos. Así, “el cuadro “es” su lugar en la ​orgánica​, “hace” lo
que dice la ​lógica y “dice” lo que le bajan como ​línea. ​Orgánica es la distribución de
responsabilidades, lógica es el protocolo de comportamientos, y línea es lo que puede y
debe ser dicho públicamente, el discurso de la organización” (Selci, 2018 p. 139 y 140). La
función del cuadro es nada menos que la de anular su subjetividad individual y entregar su
cuerpo a una Causa – cuestión de la que nos ocuparemos más adelante.
En este esquema no son plausibles ni observables otras formas de militancia, y no llama la
atención que la deriva de su desarrollo conceptual termine – llevado a sus últimas
consecuencias – en una propuesta que no repara en su tinte fascistizante.
Ola verde mediante, aún hoy “el análisis y las reivindicaciones feministas no siempre
tienen centralidad en los discursos, en las declaraciones y en las prácticas de nuestras
organizaciones políticas mixtas. Ello se suele reflejar en el terreno del discurso político, de
debates internos, de la división del trabajo y la visibilidad, así como en el de las relaciones
interpersonales” (Arruzza, 2010 p.14).
No puede extrañarnos que con la subestimación de las demandas feministas por parte de los
movimientos sociales y obreros tradicionales, se hayan generado sucesivos desencuentros.
Una de las respuestas teóricas y políticas por parte del movimiento feminista a la
perspectiva de “clase sin género” fue la de “género como clase”. Es decir, frente a la
tradicional invisibilización del género a favor de la clase, plantearon el dominio del género
sobre la clase, lo que hacía, en cierto modo, que ésta desapareciera (Arruzza, 2010).
Tal como señala la autora italiana, en la década del setenta, hartas de que su participación
en diversos movimientos y organizaciones no se correspondiera con alguna posibilidad de
protagonismo, sofocada por unos liderazgos y unos mecanismos de funcionamiento
masculinos, las mujeres decidieran generar sus propios movimientos para poner en primer
plano sus reivindicaciones.
El problema central de este alejamiento es que “la ruptura del movimiento feminista
respecto al movimiento obrero y otros movimientos sociales desde los años setenta se ha
dado de forma paralela a su ruptura con la crítica de las relaciones de producción a favor
del énfasis en las relaciones de dominio y de poder” (Arruzza, 2010 p. 12).
Desde entonces, las acusaciones mutuas se sucedieron y la pelea por establecer
“prioridades” no contribuyó al encuentro.
Resulta fundamental comprender que la opresión de género ofrece un poderoso instrumento
de división de la clase, de creación de jerarquías en su seno y de control ideológico. “No se
trata solo de una cuestión teórica, sino también organizativa y de agenda política. Cómo la
comprensión de la estrecha interrelación entre capitalismo y opresión de las mujeres debe
traducirse en procesos de subjetivización y en capacidad de construir organizaciones”
(Arruzza, 2010 p. 22).

Cuerpo, sujeto y feminismo

Nuestros cuerpos no son naturaleza, sino “un archivo político de lenguajes y técnicas”, un
lugar donde se producen conflictos, un espacio de resistencias y experiencias (Preciado,
2011).
La centralidad del cuerpo para la configuración de las subjetividades queda de relieve ante
las infinitas intervenciones que impulsan su regulación, sus ataduras a los parámetros
dominantes, su preparación para el aprovechamiento de sus fuerzas. “Tal pugna por el
cuerpo tiene que ver con su enorme potencia para la constitución de los sujetos, y para la
configuración de modos de existencia individuales y colectivos. Intervenir el cuerpo es, en
últimas, producir al sujeto, de manera que corporalidad y subjetividad acontecen en íntima
conjunción, y suceden en espacios y tiempos determinados. Por tanto, indagar por el cuerpo
conduce a la pregunta por el tipo de sociedad en que éste es posible” (Escobar, 2015).
Silvia Federici expone en ​Calibán y la bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria
cómo el proceso de transición al capitalismo requirió la transformación del cuerpo en una
máquina de trabajo y el sometimiento de las mujeres para la reproducción de la fuerza de
trabajo. El “cercamiento” no involucró solamente la eliminación de la propiedad comunal,
sino también una expropiación de todo el poder de las mujeres y el pasaje a una
subjetividad femenina caracterizada por el sometimiento, la pasividad y la obediencia.
“La caza de brujas fue también instrumental a la construcción de un orden patriarcal en el
que los cuerpos de las mujeres, su trabajo, sus poderes sexuales y reproductivos fueron
colocados bajo el poder del estado y transformados en recursos económicos” (Federici,
2015 p. 275)
La batalla contra el cuerpo se encuentra en el corazón de la ética burguesa, que necesita que
perdamos derecho a cualquier forma singular de disfrutar la vida. El cuerpo es recipiente de
la fuerza de trabajo; la educación para el autocontrol y el dominio de sí suponen zanjar el
conflicto entre la Razón y las pasiones del cuerpo a favor de la primera imponiendo un
orden sobre las funciones vitales para maximizar la productividad.
A partir de la modernidad, el cuerpo sufre un proceso en el que se concibe con ajenidad;
resulta común que las personas hablen en tercera persona sobre el cuerpo, como si el sujeto
y el cuerpo estuvieran escindidos (Le Breton, 1992). El saber sobre el cuerpo se presenta
como objetivable y pretende tornarse independiente de la experiencia de los sujetos,
mientras que el establecimiento de un cuerpo universal conlleva al supuesto de que existen
únicos modos de sentirlo y vivirlo.
Esta “imaginería” en torno a los cuerpos asociada a la metáfora de la “máquina” implica
una anatomía política del cuerpo humano que funciona a partir de su utilidad, eficacia,
extracción de fuerzas. Puede resultar llamativo (o no) la sintonía que encuentra esta
perspectiva con discursos militantes anclados en la modernidad que propulsan la entrega
del cuerpo, su ofrenda y sacrificio en pos de una Causa de transformación social. El fin
justifica los (mismos) medios de aquel sistema que se propone superar.
Damián Selci afirma que el cuadro político acepta que “la realización de su discurso
político comienza en su cuerpo y exactamente de esa forma se pone a disposición, se
ofrece: en otros términos encarna el paso de la teoría a la praxis” (Selci, 2018 p. 103) La
militancia se traduce en la idea de “poner el cuerpo”: “de manera monstruosamente
parecida a Cristo en la cruz, el Cuadro acepta “pagar las deudas de otros”” (Selci, 2019 p.
137). El cuerpo aparece como prueba de la entrega total; el “ego” resulta antipolítico e
inasimilable, y debe eliminarse para vivir “una vida no individual”. “La organización
reclama del militante precisamente que se organice en función de la Causa colectiva, que
permita que la lucha política penetre en cada uno de sus órganos y tejidos, que toda su vida
sea una vida para la lucha, las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana”.
(Selci, 2018 p. 128). De esta manera, al dejar que la organización permee completamente su
personalidad y su cuerpo, el individuo decide no comportarse ya como un individuo y en
ello radicaría la plena libertad, aunque al describirla encontremos allí la más pura sujeción:
“La libertad auténtica sólo tiene lugar cuando nos liberamos de lo que queremos,
“queriendo como propio” lo que fue voluntad de otros. Esta devastación interior, este
derrumbe asumido de lo colectivo sobre la individualidad, es lo que hace del cuadro una
figura que está, por decirlo freudianamente, más allá del principio del placer” (Selci, 2018
p. 142).
En ese sujeto que no tiene fisuras, ni pliegues, ni dudas; en esos gloriosos cuerpos
ofrendados a una Causa, culpables que se redimen en la entrega total y que actúan como si
el mejor militante fuera el que más sufre como mártir, satisfacen también su goce
superyoico.
Oponiéndose a este dogma, de modo vital y no tanático, el feminismo convoca nuestros
cuerpos. Nuestra experiencia da cuenta de que las certezas inapelables nos van apretando el
cuerpo, lo van rigidizando, inhibiendo.
Desde un principio, pensar el género como algo performativo, no estático, pone en cuestión
ciertos rituales coercitivos que han constreñido el cuerpo. La performatividad entiende al
sujeto como llamado a devenir un ser social por un conjunto de difusas y poderosas
interpelaciones y a la vez puede devenir en un acto de insurrección, de cuestionamiento
político y, en última instancia, de reformulación del sujeto mismo. (Butler, 1997)
Si existe un conflicto entre la persona que desea y el orden social, y por eso convivimos con
diversas y complejas formas sociales de regulación del deseo erótico, debería resultar
paradójico que las organizaciones con fines de transformación de ese orden social repliquen
y refuercen mecanismos tales como la represión, las prohibiciones, la persecución o la
prescripción.
Tal como señala Carla Lonzi en sus escritos condensados en ​Escupamos sobre Hegel​, para
el feminismo, la felicidad ha de ser terrena y no para otro mundo, la invención y la pregunta
por lo nuevo atañe al presente.
De este modo, en la recuperación del deseo propio y del que se teje en colectividad con
otres hallamos un eje fundamental para la construcción de las organizaciones y de la
sociedad en las que queremos vivir.

Organizaciones feministas: conducciones colectivas, abiertas y democráticas

El feminismo irrumpe en la escena local como un sujeto político perturbador que renueva
interrogantes sobre cómo pensar la construcción de sujetos colectivos y qué procesos de
subjetivización se implican en diversos tipos de organización.
La “novedad” de que la subordinación de las mujeres creada por el sistema patriarcal,
cuyos orígenes son precapitalistas, es utilizada por el capitalismo para sus propios fines
golpea la puerta de múltiples experiencias organizativas.
En este sentido, resulta clave tomar el agite de ideas que impone la coyuntura para buscar
remover estructuras perimidas. No alcanza con afirmar la emancipación o el socialismo,
exaltar las banderas de los grandes ideales de justicia que la humanidad ha perseguido a
través de los siglos; hay que nombrar concretamente las formas de sometimiento que
desean superarse. El tren de la época, de color verde abortero, puede llevar (y de hecho ha
llevado) a la pantomima y a un “como si” por parte de organizaciones que tras la
simulación mantienen las mismas lógicas con las que se manejaron desde siempre.
“Reconocer que en este contexto los hombres, incluidos los de la clase trabajadora, han
extraído y extraen un beneficio relativo de la opresión de género no significa hacer de los
hombres una clase de explotadores, sino comprender la complejidad con la que el
capitalismo integra y emplea relaciones de poder precapitalistas para crear jerarquías entre
los explotados y oprimidos, trazar fosos y erigir barreras” (Arruzza, 2010 p.151).
Desde el feminismo se promueven tramas cooperativas, colaborativas, de sostén recíproco,
para tejer nuevas formas de organización. La experiencia propia de un padecimiento, que
supo ser privado y silenciado, nos atraviesa y nos enlaza; adquiere potencia política en la
medida en que nos permite construir una idea de lo común. “La rebelión femenina (y de los
cuerpos feminizados) implica así un doble movimiento: cuando simultáneamente una se
hace cargo del lugar de sujeto en el que ha sido colocada, socializada y fijada y despliega el
esfuerzo sistemático por subvertir ese lugar sin desplazarse al lugar de dominador” (Lonzi,
1970 p. 8). Este proceso no puede darse una forma que no sea colectiva, promoviendo
conducciones en las que la distribución de responsabilidades pueda asegurar la pluralidad y
el predominio de lógicas igualitarias que respeten la heterogeneidad.
La apertura hacia una discusión dentro de las organizaciones mixtas que permita pensar y
remover los vestigios patriarcales supone incorporar la cuestión de cómo género y clase se
entrelazan en las relaciones de producción y en las relaciones de poder; cómo y quiénes
deciden con qué exclusiones y fundamentos.
Tal como sintetiza Arruzza, “lejos de vivir las contradicciones que encarnamos y
encaramos desde la frustración, el victimismo o el derrotismo, las hemos de explicitar y
articular políticamente para superarlas y para contribuir a hacer tanto del marxismo como
del feminismo lenguajes, teorías y espacios combativos y propositivos más complejos, más
incluyentes, más ricos” (2010, p. 15).
El avance de esta perspectiva requerirá necesariamente crear una nueva trama afectiva
hacia dentro y hacia fuera de las organizaciones. Comenzando desde los espacios que se
proponen emancipatorios, recrear formas de sociabilidad política impulsadas por una
erótica y no por una fraternidad militar.

Bibliografía
Arruzza, C., ​Las sin parte. Matrimonios y divorcios entre feminismo y marxismo​, Colección
Crítica y Alternativa, Ed. Izquierda Anticapitalista, 2010.
Butler, J., ​Lenguaje, poder e identidad​, Ed. Síntesis, Madrid, 1997
Dinerstein, A.C., ​Desacuerdo y esperanza: dos cuestiones veladas con la recuperación
política de la Argentina post crisis 2001,​ en Ozarow, D., Levey C., Wylde, C. (Comp.),
“De la crisis de 2001 al kirchnerismo, cambios y continuidades”, Ed. Prometeo, Buenos
Aires, 2016
Escobar, M., ​Cuerpo y subjetividad en Latinoamérica: resistencia a la cultura somática del
capitalismo,​ Bogotá, 2015.
Federici, S. ​Calibán y la bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria​, Ed. Tinta
Limón, Buenos Aires, 2015
Hartmann, H., ​The unhappy marriage of Marxism and Femminism,​ 1979
Le Breton, D. ​La sociología del cuerpo,​ Ed. Nueva Visión, Buenos Aires, 1992
Lonzi, C. ​Escupamos sobre Hegel y otros escritos,​ Ed. Tinta Limón, Buenos Aires, 2017
Preciado, B., ​Cuerpo impropio. Guía de modelos somatopolíticos y de sus posibles usos
desviados,​ seminario llevado a cabo en la Universidad Internacional de Andalucía, Sevilla,
2011.
Selci, D., ​Teoría de la militancia. Organización y poder popular​, Ed. Cuarenta Ríos,
Buenos Aires, 2018
Svampa, M., ​Revisitando la Argentina, 2001-2013. Del “que se vayan todos” a la
exacerbación de lo nacional-popular,​ en Ozarow, D., Levey C., Wylde, C. (Comp.), “De la
crisis de 2001 al kirchnerismo, cambios y continuidades”, Ed. Prometeo, Buenos Aires,
2016