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SA-N PIO X IL FERMO PROPOSITO EE.

11 junio 1905
SOBRE LA ACCION CATOLICA [ITALIA]
EL FIRME PROPOSITO que, desde el principio de Nuestro Pontificado, concebimos de querer
consagrar todas las fuerzas que la benignidad del Señor se digna concedernos a la restauración de todas las
cosas en Cristo, despierta en Nuestro pecho suma confianza en la poderosa gracia de Dios, sin la cual es
imposible pensar o emprender aquí en la tierra cosa alguna grande y fecunda para la salvación de las almas.
Pero al mismo tiempo sentimos viva, corno nunca, la necesidad de ser ayudados concorde y constantemente en
la noble empresa por vosotros, Venerables Hermanos, llamados a una parte de Nuestro oficio pastoral, y por
todos y cada uno de los clérigos y fieles confiados a vuestra solicitud. Todos, en verdad, estamos llamados a
componer en la Iglesia de Dios aquel cuerpo único, cuya cabeza es Cristo; cuerpo apretadamente trabado,
como enseña el Apóstol (1) , y muy ensamblado en todas sus junturas comunicantes, y ello en virtud de la
operación proporcionada de cada miembro, de donde precisamente el cuerpo mismo recibe su propio
acrecentamiento, perfeccionándose poco a poco en el vínculo de la caridad. Y si en esta obra de edificación del
cuerpo de Cristo (2) es Nuestro primer oficio el enseñar, el señalar el recto camino a seguir y proponer sus
medios, así como amonestar y exhortar paternalmente, también es obligación de todos Nuestros hijos
dilectísimos, esparcidos por el mundo, acoger Nuestras palabras, cumplirlas primero en sí mismos y ayudar
eficazmente a que se cumplan también en los demás, cada tino conforme a la gracia recibida de Dios,
conforme a su estado y oficio, conforme al celo en que sienta inflamado su corazón.
1. La A. C., EN GENERAL 2. Solamente queremos traer aquí a la memoria aquellas múltiples obras de
celo en bien de la Iglesia, de la sociedad civil y de las personas particulares, comúnmente designadas con el
nombre de Acción Católica, que por la gracia de Dios florecen, en todas partes, y abundan también en nuestra
Italia. Bien se os alcanza, Venerables Hermanos, en cuánta estima debernos tenerlas y cuán íntimamente
anhelamos verlas afianzadas y promovidas. No sólo en varias ocasiones hemos tratado de ellas en
conversaciones con alguno al menos de vosotros y con sus principales representantes en Italia, cuando Nos
ofrecían personalmente el homenaje de su devoción y afecto filial; mas también Nos mismo publicamos acerca
de este asunto o mandamos publicar con Nuestra autoridad diversos documentos, que ya conocéis. Verdad es
que algunos de ellos, como lo requerían las circunstancias para Nos dolorosas, más bien se enderezaban a
quitar de en medio obstáculos al desarrollo más expedito de la Acción Católica y, a condenar ciertas tendencias
indisciplinadas que con grave menoscabo de la causa común se iban insinuando. Pero no veía Nuestro corazón
la hora de deciros también a todos alguna palabra de paternal aliento y exhortación, con el fin de que en esta
materia, libre ya-en lo que a Nos toca-de impedimentos, se prosiga edificando el bien y aumentándolo con toda
amplitud. Gratísimo Nos es, por lo tanto, el hacerlo hoy por las presentes Letras para común consuelo, con la
seguridad de que Nuestras palabras serán dócilmente oídas y obedecidas por todos.
campo de la A. C.
3. Anchísimo es el campo de la Acción Católica, pues ella de suyo no excluye absolutamente nada de
cuanto en cualquier modo, directa o indirectamente, pertenece a la divina misión de la Iglesia. Muy fácil es
descubrir la necesidad del concurso individual a tan importante obra, no sólo en orden a la santificación de
nuestras almas, sino también respecto a extender y dilatar más y más el Reino de Dios en los individuos, en las
familias y en la sociedad, procurando cada cual, en la medida de sus fuerzas, el hi 1 en del prójimo con la
divulgación de la verdad revelada, con el ejercicio de las cristianas virtudes y con las obras de caridad o de
misericordia espiritual o corporal. Este es aquel andar según Dios, a que nos exhorta San Pablo, de suerte que
le agrademos en todo, produciendo frutos de buenas obras, y creciendo en la ciencia divina: ut ambuletis digne
Deo per omnia placentes; in omni opere bono fructificantes et crescentes in scientia Dei 3.
4. Además de estos bienes, hay otros muchos que pertenecen al orden natural, a los que de por sí no está
ordenada directamente la misión de la Iglesia, pero que también se derivan de ella corno una natural
consecuencia suya.
Tan resplandeciente es la luz de la católica revelación, que esparce por todas las ciencias el fulgor de
sus rayos; tanta la fuerza de las máximas evangélicas, que los preceptos de la ley natural se arraigan más
honda mente y se fortifican; tan grande, en fin, es la eficacia de la verdad y de la moral enseñadas por
Jesucristo, que aun el bienestar material de los individuos, de la familia y de la sociedad humana halla en ellas
providencial apoyo y vigor. La Iglesia, al predicar a Cristo crucificado, escándalo y locura a los ojos del
mundo4, vino a ser la primera inspiradora y fautora de la civilización, la difundió doquier que predicaron sus
Apóstoles, conservando y perfeccionando los buenos elementos de las antiguas civilizaciones Paganas,
arrancando a la barbarie y adiestrando para la vida civil los nuevos pueblos, que se guarecían al amparo de su
seno maternal, y dando a toda la sociedad, aunque poco a poco, pero con pasos seguros y siempre progresivos,
aquel sello tan realzado que conserva universalmente hasta el día de hoy. La civilización del mundo es
civilización cristiana: tanto es más verdadera, durable y fecunda en preciosos frutos, cuanto es más
genuinamente cristiana; tanto más declina, con daño inmenso del bienestar social, cuanto más se sustrae a la
idea cristiana. Así que aun por la misma fuerza intrínseca de tal cosas, la Iglesia, de hecho, llegó a ser la
guardiana y defensora de la civilización cristiana.
Tal hecho fue reconocido y admitido en otros siglos de la historia y hasta formó el fundamento
inquebrantable de las legislaciones civiles. En este hecho estribaron las relaciones entre la iglesia y los
Estados, el público reconocimiento de la autoridad de la Iglesia en todo cuanto de algún modo toca a la
conciencia, la sumisión de todas las leyes del Estado a las divinas del Evangelio, la concordia de los dos del
Estado y
3 COI. 1, 10.
11 con 1, 23,
de la Iglesia, en procurar de tal modo el bien temporal de los pueblos, que el eterno no padeciese
quebranto.
Iglesia y civilización 5. No hace falta deciros, Venerables Hermanos, qué linaje de prosperidad y
bienestar, de paz y concordia, de respetuosa sumisión a la autoridad y de acertado gobierno se lograría y
florecería en el mundo, si se pudiera realizar íntegro el perfecto ideal de la civilización cristiana. Mas, dada la
guerra continua de la carne contra el espíritu, de las tinieblas contra la luz, de Satanás contra Dios, no es de
esperar tal felicidad, al menos en su plenitud. De ahí que a las pacíficas conquistas de la Iglesia se van
haciendo continuos ataques, tanto más dolorosos y funestos cuanto más propende la humana sociedad a
regirse por principios adversos al concepto cristiano, y, aun -MáS, a apostatar totalmente de Dios.
6. No por eso hay que perder el ánimo. Sabe la Iglesia que contra ella no prevalecerán las puertas del
infierno; mas tampoco ignora que habrá en el mundo opresiones, que sus apóstoles son enviados corno
corderos entre lobos, que sus seguidores serán siempre el blanco del odio y del desprecio, como de odio y
desprecio f ué víctima su Divino Fundador. Pero la Iglesia marcha adelante imperturbable, y mientras propaga
el reino de Dios en donde antes no se predicó, procura por todos medios el reparar las pérdidas sufridas en el
reino ya conquistado. Instaurare omnia in Chrislo ha sido siempre su lema, y es principalmente el Nuestro en
los perturbados tiempos que atravesamos. Restaurarlo todo, no como quiera, sino en Cristo; quae in caelis el
quae in terra sunt, in Ipso, agrega el Apóstol 5; restaurar en Cristo no sólo 5 F_ph. 1, 10.
cuanto propiamente pertenece a la divina misión de la Iglesia, que es guiar las almas a Dios, sino
también todo cuanto se ha derivado espontáneamente de aquella divina misión, en la forma que hemos
explicado, esto es, la civilización cristiana con el conjunto de todos y cada tino de los elementos que la
constituyen.
variedad de la A. C.
7. Y por hacer alto en sola esta última parte de la anhelada restauración, biefi veis, Venerables
Hermanos, cuánto ayudan a la Iglesia aquellas falanges de católicos, que precisamente se proponen el reunir y
concentrar en uno todas sus fuerzas vivas, para combatir por todos los medios justos y legales contra la
civilización anticristiana; reparar a toda costa los gravísimos desórdenes que de ella provienen; introducir de
mievo a jesucristo en la familia, en la escuela, en la sociedad; restablecer el principio de la autoridad humana
como representante de la de Dios; tomar muy a pecho los intereses del pueblo, y particularmente los de la
clase obrera y agrícola, no sólo infundiendo en el corazón de todos la verdad religiosa, único verdadero
manantial de consuelo en los trances de la vida, sino cuidando de enjugar sus lágrimas, suavizar sus penas,
mejorar su condición económica con bien concertadas medidas; trabajar por conseguir que las leyes públicas
se acomoden a la justicia y se corrijan o se destierren las que le son contrarias; defender, finalmente, y
mantener con ánimo verdaderamente católico los fueros de Dios y los no menos sacrosantos derechos de la
Iglesia.
8. El conjunto de todas estas obras, alentadas y proniovidas en gran parte por los seglares católicos y
variamente
trazadas conforme a las necesidades propias de cada nación y las circunstancías peculiares de cada
país, es precisamente lo que con un término más especial y ciertamente más noble suele llamarse Acción
Católica o Acción de los Católicos. En todo tiempo se enipleó ella en ser auxiliar de la Iglesia; auxilio, que la
Iglesia acogió síempre con benignidad y bendijo, siquiera se haya desarrollado en muy diversos modos según
eran los tiempos.
9. Conviene ya ahora notar que no todo lo que pudo ser útil y aun lo único eficaz en los siglos pasados,
sea posíble restablecerlo hoy en la misma forma: radicales son los cambios que con el correr de los tiempos se
introducen en la sociedad y en la vida pública y tantas las nuevas necesidades que el cambio de circunstancias
suscita continuamente. Pero la Iglesia, en el largo curso de su historia, ha demostrado siempre y en todo caso,
con toda claridad, que poseía una maravillosa virtud para adaptarse a las variables condiciones de la sociedad
civil, de suerte que, salva siempre la integridad e inmutabilidad de la fe y de la moral, salvos también sus
sacratísimos derechos, fácilmente se adapta y se ajusta, en todo cuanto es contingente y accidental, a las
vicisitudes de los tiempos y a las nuevas exigencias de la socíedad. La piedad, dice San Pablo, es útil para
todo, pues posee promesas divinas, así en orden a los bienes de la vida actual como a los de la futura: Pietas
autem ad omnia utilis est, promissionem habens vitae, quae nunc est, el futurae 1. Por esto también, la Acción
Católica, aunque varía oportunamente en sus formas exteriores y en los medios que emplea, permanece
siempre la misma en los principios que la dirigen y en el fin nobilisímo que pretende. Por lo - 1 Tim. 4, 8.
tanto, para que al misino tiempo sea verdaderamente eficaz, convendrá advertir con diligencia las
condiciones que ella misma impone, considerando bien su naturaleza y su fin.
el verdadero católico 10. Ante todo, ha de quedar ¡)¡en grabado en lo más profundo del corazón que es
inútil el ' instrumento, si no se ajusta a la obra que se trata de realizar. La Acción Católica (como consta con
evidencia de lo dicho), puesto que intenta restaurarlo todo en Cristo, constituye un verdadero apostolado a
honra y gloria del mismo Cristo. Para bien cuniplirlo, se requiere la gracia divina, la cual no se otorga al
apóstol que no viva unido con Cristo. Sólo cuando hayamos formado la iniagen de Cristo en nosotros,
entonces podrernos con facilidad comunicarla, a nuestra vez, a las familias y a la sociedad. Por cuya causa,
los llamados a dirigir o los dedicados a promover el movimiento católico han de ser católicos a toda prueba,
convencidos de su fe, sólidamente instruídos en las cosas de religión, sinceramente obedientes a la Iglesia y en
particular a esta Suprema Cátedra Apostólica y, al Vicario de jesucristo en la tierra; personas de piedad
genuina, de firmes vírtudes, de costumbres puras, de vida tan intachable que a todos sirvan de eficaz ejemplo.
Si así no está templado el ánimo, no sólo será difícil que promueva el bien en los demás, sino que le será casi
imposible proceder con rectitud de intención, y le faltarán fuerzar para sobrellevar con perseverancia los
desalientos que lleva consigo todo apostolado, las calumnias de los adversarios, la frialdad y poca
correspondencia aun de los hombres de bien, a veces hasta las envidias de los amigos y compañeros de acción,
excusables sin
género de duda, dada la flaqueza de la humana condición, pero no menos perjudiciales, y causa de
discordias, de conflictos, de domésticas disensiones. Sólo una virtud, paciente y firme en el bien, y al mismo
tiempo dulce y delicada, es capaz de desviar o disminuir estas dificultades, de modo que la empresa a que se
consagran las fuerzas católicas no se ponga en peligro. Tal es la voluntad de Dios, decía San Pedro a los
primitivos fieles, que obrando bien tapéis la boca a los hombres ignorantes: Sic est voluntas De¡, ut bene
facientes obniutescere laciatis imprudentium hominum ignorantiam límites de la A. C.
11. Importa, además, precisar bien las empresas en que se han de emplear con toda energia y constancia
las fuerzas católicas. Deben ser de tan evidente importancia, tan adecuadas a las necesidades de la sociedad
actual, tan conformes a los intereses morales y materiales, especialmente del pueblo y de las clases
desheredadas, que al paso que exciten fervorosos alientos en los promovedores de la Acción Católica por el
copioso y seguro provecho que de suyo prometen, sean, al mismo tienipo, fácilmente comprendí(las y bien
acogidas por todos. Precisamente, porque los graves problemas de la vida social moderna exigen una solución
pronta y segura, se despierta en todos un vivisimo anhelo de saber y conocer los varios modos de proponer
aquellas soluciones en la práctica. Las discusiones en uno u otro sentido se multiplican hoy cada vez más y se
propagan fácilmente mediante la prensa. Es, por lo tanto, de perentoria necesidad que la Acción Católica,
aprovechándose del momento oportuno, sa-
11 Pet. 2, 15.
liendo a la palestra con gallardía, presente su solución y la haga valer con una propaganda firme, activa,
inteligente, disciplinada, tal que directarnente se oponga a la propaganda de los enemigos. Es de todo punto
imposible que la bondad y la justicia de los principios cristianos, la recta moral profesada por los católicos, el
pleno desinterés de las cosas propias, no deseando clara y sinceramente sino el verdadero, sólido y supremo
bien del prójimo, en fin, la evidente capacidad de promover mejor que otros los verdaderos intereses
económicos del pueblo; es imposible, repitámoslo, que estos motivos no hagan mella en el entendimiento y
corazón de cuantos les oyen, y no acrecienten las filas, hasta formar un ejército fuerte y compacto, dispuesto a
resistir valientemente a la corriente contraria, y hacerse respetar por el enemigo.
la cuestión social 12. Esta suprema necesidad la advirtió muy bien Nuestro Predecesor, de s. m., León
XIII, cuando señaló, especialmente en 1 a nieniorable encielica Rerum novarum y en otros documentos
posteriores, la materia sobre la que debla versar principalmente la Acción CatOlica, esto es, la solución
práctica, conforme a los principios cristianos, de la cuestión social. Siguiendo Nos estas prudentes normas,
por Nuestro Motu proprio del 18 de diciembre de 1903, dimos a la Acción Popular Cristiana, que abraza en sí
todo el movímiento social católico, un ordenamiento fundamental que fuese como la regla práctica del trabajo
común y el lazo de la concordia y caridad. Aquí, pues, y para este fin santísirno y urgentísimo, han de
agruparse y solidarizarse todas las obras católicas variadas y múltiples en la forma, pero todas igualmente
enderezadas a promover con eficacia el mismo bien social.
13. Mas, a fin de que esta Acción social se mantenga y prospere con la debida cohesión de las varias
obras que la componen, importa sobremanera que los católicos procedan con ejem
piar concordia entre sí; la cual, por otra parte, no se logrará jamás, si no hay en todos unidad de
propósitos. Sobre esta necesidad no puede caber ningún linaje de duda; tan claros y evidentes son los
documentos dados por esta Cátedra Apostólica, tan viva es la luz que han derramado con sus escritos los más
insignes católicos de todos los países; tan loable es el ejemplo, que muchas veces aun Nos mismo hemos
propuesto, de católicos de otras naciones, los cuales, precisamente por esta cabal concordia y unidad de
inteligencia, en corto tiempo alcanzaron frutos fecundos y muy consoladores.
II. LA A. C., EN ITALIA 14. Para asegurar, pues, la consecución de todo ello entre las varias empresas
dignas igualmente de encomio, se ha mostrado en otros paises singularmente eficaz cierta institución de índole
general que, con el nombre de Unión Popular, está ordenada a juntar los católicos de todas clases sociales,
pero especialmente las grandes muchedumbres. del pueblo, en torno a un solo centro común de doctrina, de
propaganda y organización social. Dicha institución, porque responde a una necesidad igualmente sentida casi
en todas partes, y porque su sencilla constitución proviene de la misma naturaleza de las cosas, cuales se
hallan igualmente doquier, no puede decirse que sea más propia de tina nación que de otra, sino de todas
aquellas donde se manifiestan las mismas necesidades y donde surgen los mismos peligros. Su mucha
popularidad la hace fácilmente querida y aceptable y no estorba ni impide a ninguna otra institución, antes
bien a todas da fuerza y unidad, porque con su organización estrictamente personal incita a los individuos a
entrar en las instituciones particula-
res, los adiestra para un trabajo práctico y verdaderamente provechoso, y, tíne los ánimos de todos en
un sentir, y querer único.
15. Así establecido este centro social, las demás instituciones de índole económica, ordenadas a resolver
el problema social prácticamente y en sus varios aspectos, hállanse como espontáneamente reagrupadas, todas
juntas, en el fin general que las une; mientras que, según las varias necesidades a que se aplican, reciben
formas diversas y emplean diversidad de medios, seg'n lo requiera la finalidad particular propia de cada una.
Aquí Nos cabe la dicha de expresar Nuestra satisfaccion or lo mucho que en Italia ya se ha echo, epi estafarte,
con la firme esperanza de que con el avor de Dios, se hará mucho más ` lo en por venir, consolidando el bien
conseguido y dilatándolo con un celo cada vez mayor. En lo cual se hizo grandemente benemérita la Opera
de¡ Congressi e Comi'al¡ cattolici, por la actividad inteligente de los hombres eximios que la dirigían y que
estaban, y están todavía, al frente de aque¡las particulares instituciones. Por lo cual, así como ese centro o
unión de obras de índole económica, por Nuestra expresa voluntad quedó en pie, al disolverse la sobredicha
Obra de los Congresos, así tendrá que proseguir también en lo futuro, bajo la solícita dirección de quienes se
hallan al frente de ella.
16. Con todo, para que la Acción Católica sea eficaz en todos aspectos, no basta que esté preparada
para las. necesidades sociales de hoy; conviene también que domine bien todos aquellos medios prácticos que
ponen a si¡ disposición el progreso de los estudios sociales y económicos, la experiencia alcanzada en otras
partes, las condiciones de la sociedad civil, la misma vida pública de los Estados. De otra suerte, se corre el
peligro de andar a tientas durante largo tiempo en busca de cosas nuevas y poco seguras, cuando las buenas y
ciertas tiétiense a mano y muy bien probadas; o, si no, se exponen a proponer instituciones y métodos propios
tal vez de otros tienipos, pero que ya no entiende el pueblo; o, en fin, se ponen en peligro de parar a medio
camino, por no valerse, según su posibilidad, de los derechos
civiles que las constituciones ofrecen a todos, y, por lo tanto, a los católicos. Deteniéndonos en este
último punto es cierto que la actual constitución de los Estados ofrece a todos, sin distinción, la facultad de
influir en la cosa pública; y los católicos, quedando a salvo las obligaciones impuestas por la ley de Dios y por
los mandatos de la Iglesia, pueden aprovecharse de ese influjo, con seguridad de conciencia, para mostrarse
tan idóneos o más que los otros en el cooperar a la felicidad material y civil del pueblo, y granjearse
as¡ aquella autoridad y respeto que les haga posible el defender y propagar bienes más altos, cuales son los del
alma.
17. Muchos son y de varia índole estos derechos civiles hasta el de tener parte directa en la Vida política
del país por medio de la representación popular en las Cámaras legislativas. Gravísimas razones Nos
disuaden, Venerables Hermanos, de seguir la norma decretada por Nuestro Antecesor, de s. m., Pío IX ' y
continuada después por el otro Predecesor Nuestro, de s. m., León XIII, en su largo pontificado, en virtud de
lacual queda, generalmente, prohibida a los católicos en Italia la participación en el poder legislativo; además
de que otras razones de no menor peso, tomadas del supremo bien de la sociedad, que a todo trance hay que
salvar, pueden requerir que en casos particulares se dispense la ley, especialmente cuando vosotros '
Venerables Hermanos, echéis de ver muy a las claras la urgente necesidad de ello para bien de las almas y de
los supremos intereses de vuestras iglesias y pidáis la oportuna dispensa.
18. Pero la posibilidad de esta benigna concesión Nuestra ha de poner a los católicos en la obligación de
prepararse cuerda y seriamente, para la vida política, cuando a ella fueren llamados. Por eso, importa mucho
que aquella misma actividad, loabiernente ejercitada ya por los católicos en el prepararse con buen régirnen
electoral a la vida administrativa de ¡Os Municipios y Consejos provinciales, se extienda por un igual a
prepararse convenientemente y a organizarse para la vida política, según lo recomendo con oportunidad en su
Circular del 3 de diciembre de 1904 la Presidencia general de las Obras económicas en Italia. Al mismo
tiemPo se tendrán que Inculcar y seguir en la práctica los demás principios que reguran la conciencia del
verdadero católico. Porque el verdadero católico ha de tener presente, ante todas las cosas y en cualquier
coyuntura, que ha de portarse como tal acercándose a los empleos públicos y dese m pe ñándolos con el firme
y constante propósito de promover, seg'n su posibilidad, el bien social y económico de la patria,
particularmente del puebio, Conforme a las máximas de la civi!ización purarriente cristiana, y de defender al
mism ( tiempo los Intereses supremos de la Iglesia, on los de la religión y de la justicia. que s organización
práctica 19. Tales son, Venerables Hermanos, la índole, objeto y condiciones de la Acción Católica, mirada
respecto a su punto más importante, que es la solución de la cuestión social, merecedora de que se apliquen a
ella con grandísima energía'y constancia todas las fuerzas católicas. Mas esto no excluye el favorecer y
promover también otras empresas de diverso carácter, de diferenté organización, pero igualmente encaminadas
todas a este o esotro bien particular de la sociedad y del pueblo, y para mayor brillo de la civilización cristiana
en sus diversos aspectos determinados. Nacen ellas comúnmente, fomentadas por el celo de personas
particulares, y en cada diócesis se acrecientan, y a veces se agrupan en más extensas confederaciones. Ahora
bien, siempre que sea laudable el fin que se proponen, que sean firmes los principios cristianos que siguen y
justos los medios que emplean, también se han de alabar y deben ser alentadas en todas formas. También a
ellas se les dejará una cierta libertad de organización, ya que no es posible que, cuando muchas personas
concurren juntamente, se amolden todas por igual y se ajusten a una dirección única. Además la organización
ha de nacer, esponiánea, de las mismas obras, so pena de tener edificios lindamente fabricados, sin fundamento
real y, por lo tanto, totalmente efímeros. Conviene, ade
más, tener en cuenta la índole de cada población. Los usos e inclinaciones son diversos, según la
diversidad de lugares. Lo que importa es trabajar sobre buenos fundamentos, con solidez de principios, con
fervor y constancia; conseguido lo cual, por accidentales se han de reputar la forma y la figura que las varias
obras revisten.
20. FinaliTiente, para renovar y acrecentar indistintamente en todas las obras católicas el necesario
fervor, para ofrecer a los promotores y miembros de ellas la ocasión de verse y tratarse recíprocamente, de
estrechar cada vez niás entre sí los vínculos de tina caridad fraterna, de animarse mutuamente, con un celo
cada vez más ardiente, a una acción eficaz, y de proveer a la niejor solidez y propagación de las mismas obras,
ayudará grandemente el celebrar de cuando en cuarido, al tenor de las reglas dadas ya por esta Santa Sede,
Congresos generales y particulares de los católicos italianos, que sean la selemne manifestación de fe católica
y la fiesta común (le la concordia y de la paz.
subordinación a la autor¡dad eclesiástica 21. Réstanos tocar, Venerables Hermanos, otro punto de suma
importancia, a saber: la relación que todas las obras de la Acción Católica han de ~ener con la Autoridad
eclesiástica. Atentamente consideradas las doctrinas expuestas en la primera parte de Nuestra Encíclica, será
fácil colegir que todas las obras que van derechaniente enderezadas al auxilio de¡ ministerio espirittial y
pastoral de la Iglesia y encaminadas a un fin religioso para bien directo de las almas, deben estar del todo
subordinadas a la autoridad de la Iglesia, y, por lo tanto, a la autoridad de los Obispos, puestos por el Espíritu
Santo para regir la igle. sia de Dios en las diócesis que les están encomendadas. Pero también las demás obras
que, corno llevarnos dicho, se han instituido principalmente para restaurar y promover en Cristo la verdadera
civilización cristiana y que constituyen la Acción Católica en el sentido explicado, no pueden concebirse, en
ninguna manera, independientes del consejo y alta dirección de la autoridad eclesiástica, en especial por cuanto
se han de conformar con los principios de la doctrina y moral cristiana; mucho menos posible es el,
concebirlas opuestas más o menos claramente a dicha autoridad. Ciertamente semejantes obras, dada su
naturaleza, han de proceder con la conveniente razonable libertad, pues sobre ellas recae la responsabilidad de
la acción, principalmente en materias temporales y económicas, y en las de la vida pública administrativa o
política, extrañas al ministerio meramente espiritual. Mas, como los católicos levantan sierripre la bandera de
Cristo, levantan por ello illistno la bandera de la Iglesia; y es, por lo tanto, conveniente que de manos de la
Iglesia la reciban, que la Iglesia vele mirando por su intachable honor, y que a esta materna¡ vigilancia se
sujeten los católicos como hijos dóciles y amorosos.
22. Por lo cual claramente se ve cuán desaconsejados anduvIeron aquellos, pocos en verdad, que aquí en
Italia, a Nuestra vista, quisieron usurpar un cargo que de Nos no tenían recibido, ni de otro hermano Nuestro
en el Episcopado, y se arrojaron a desempeñarle, no sólo sin el respeto debido a la autoridad, mas aun contra
su formal querer, tratando luego de cubrir su desobediencia con frívolas distinciones. También blasonaban
ellos de ,alzar bandera en nombre de Cristo;'

pero no podía ser de Cristo la que no ostentaba en sus pliegues la doctrina del Divino Redentor, pues a
este caso puede aplicarse también aquello de quien os oye a vosotros, a mi me oye; quien os desprecia a
vosotros, a mí me desprecia'; quien no está conmigo, contra mí está, quien conmigo no recoge, desparrama 11;
por lo tanto, doctrina de humildad, de sumisión, de filíal respeto. Con grande amargura de Nuestro corazón
hemos tenido que condenar semejante desvío y detener con la fuerza de la autoridad ese perjudicial movimiento
que ya se estaba insinuando. Tanto mayor era Nuestra aflicción, cuanto veíamos, arrastrados incautamente por
tan falso camino, a un buen número de jóvenes de Nos queridísimos, muchos de ellos de descollado ingenio, de
celo fervoroso, capaces de obrar eficazmente el bien, siempre que sean guiados rectamente.
campo propio del sacerdote 23. Al hacer pública a todos la recta norma de la Acción Católica, no
podernos disimular, Venerables Hermanos, el grave peligro que corre hoy el clero en nuestros aciagos días:
esto es, el de dar demasiada estima a los intereses materiales del pueblo, dejando olvidados los mucho más
graves de su sagrado ministerio.
24. El sacerdote, levantado sobre los demás hombres para cumplir con el oficio que recibe de Dios, ha
de conservarse igualmente por encima de todos los humanos intereses, de todos los conflictos, de todos los
órdenes de la sociedad. Su campo propio es la Iglesia, donde, como embajador divino, predica la verdad e
inculca, junta-
Luc. 10, 16. Ibid. 11, 23.
mente con el respeto a los derechos de Dios, el respeto a los derechos de todas las criaturas. Así
obrando, él no se halla sujeto a ninguna oposición, no se muestra hombre de partido, no se dice seguidor de
éstos ni adversario de aquéllos, ni por excusar el encuentro de ciertas tendencias, ni por irritar en muchas
materias los ánimos desabridos, se pone en peligro de encubrir la verdad o de callarla, faltando en ambos
casos a sus obligaciones, sin que sea menester añadir que, debiendo tratar muy a menudo de cosas temporales,
podría hallarse empeñado solidariamente en obligaciones nocivas a su persona y a la dignidad de su ministerio.
No deberá, pues, formar parte de las asociaciones de este género, sino después de madura consideración, de
acuerdo con su Obispo, tan sólo en aquellos casos en los que su intervención ande exenta de peligro y se torne
en evidente provecho.
25. No por ello se ponen trabas a su celo. El verdadero apóstol ha de hacerse todo a todos, para
ganarlos a todos lo. A ejemplo del Divino Redentor, ha de sentir movidas a piedad las entrañas, mirando a las
turbas tan malparadas, errantes como ovejas sin pastor 11. Con la divulgación eficaz de escritos, con
exhortaciones de viva voz, con la asistencia inmediata en los casos susodichos, trate de consagrarse aun a
mejorar, dentro de los términos de la justicia y de la verdad, la condición económica del pueblo, ayudando y
promoviendo las instituciones que a ese fin se encaminan, en especial aquellas que pretenden disciplinar las
muchedumbres contra el predominio invasor del socíalisrno, y que las salvan a la vez de la ruina económica y
de la subversión moral y religiosa. De 1 Cor. 9, 22. Mat. 9, 36,
este modo la cooperación de) Clero en las empresas de Acción Católica tiene una finalidad altamente
religiosa y no será obstáculo, antes bien, será auxilio de su ministerio espiritual, cuyo campo de acción se
ampliará con multiplicación de sus frutos.
actuaciófi 26. Veis aquí, Venerables Hermanos, cuanto ansiábamos exponer e inculcar en orden a la
Acción Católica, que se ha de sostener y propagar en nuestra Italia. No basta señalar con el dedo el bien;
preciso es ponerlo por obra. A esto ayudarán grandemente vuestras exhortaciones y vuestros paternales
estímulos al bien obrar. Sean en buena hora humildes los principios; con tal que de veras se comience, la
gracia divina los hará crecer y prosperar en breve tiempo. Oigan de nuevo las palabras, que Nos brotan
espontáneas del corazón, todos Nuestros queridos hijos que se consagran a la Acción Católica. En medio de
las amarguras que cada día Nos circundan, si hay algún consuelo en Cristo, si algún confortamiento Nos viene
de vuestra caridad, si hay comunicación de espíritu y entrañas de compasión, diremos también con el apóstol
Pablo1% Corn-
Phil. 2, 1-5.
pletad Nuestro gozo con la concordia, con la misma caridad, con launanimidad de sentimientos, con la
humildad y debida sujeción, no buscando la propia utilidad, sino el bien común, y trasplantando a vuestros
corazones los afectos que en el suyo alimentaba jesucristo Salvador nuestro. Sea El el principio de toda
vuestra empresa: Cuanto vosotros decís o hacéis, sea todo en nombre del Señor jesucristo 18. Sea El también
el término de toda vuestra operación, como quiera que de El y por El y en El son todas las cosas; a El glodú
por siglos eternos 14. En este faustísimo día, que trae a la memoria la venida del Espíritu Santo sobre los
Apóstoles, que salieron del Cenáculo a predicar por el mundo el Reino de Cristo, baje también sobre todos
vosotros la virtud del mismo Espíritu, y doblegue toda rigidez, caliente las almas frías y ponga en derecho
camino lo que anda descaminado: Flecte quod est * rigidum, fove quod est frigidum, rege quod esí devium.
Prenda del favor divino y testimonio de Nuestro Particular afecto sea la Bendición Apostólica, que de lo
íntimo del corazón os damos a vosotros, Venerables Hermanos, a vuestro Clero y al pueblo italiano.
Dado en Roma, junto a San Pedro, en la fiesta de Pentecostés, el 11 de junio de 1905, año segundo de
Nuestro Pontificado.
" Col. 3, 17.
14Rom. 1, 36.

NOTAS
1-. Eph. 4, 16.
2.- Ibid. 4, 12.

PIO Xi UBI ARCANO LE. 23 diciembre 1922


SOBRE LA PÁZ DE CRISTO, EN EL REINO DE CRISTO ESDE EL PRIMER MOMENTo en que
Dpor inescrutables designios de Dios Nos vimos exaltados, sin mérito alguno, a esta cátedra de verdad y
caridad, fué Nuestro ánimo, Venerables Hermanos, el dirigiros cuanto antes y con el mayor afecto Nuestra
palabra, y por vosotros a todos vuestros amados hijos directamente confiados a vuestros cuidados. Un indicio
de esta voluntad Nos parece haberlo dado ya cuando, apenas elegido, desde lo alto de la Basílica Vaticana, y
en presencia de una inmensa muchedumbre, dirnos Urbi el orbi la solemne bendición; bendición que todos
vosotros, desde todas las partes del mundo, uniéndoos al Sacro Colegio de Cardenales, recibisteis con gran
alegría y felicitación, que para Nos, en el momento de echar sobre Nuestros hombros de improviso el peso tan
inesperado de este cargo tan gravísirno, Nos sirvió, después de la confianza en el Señor, de tan grande coillo
dulce consuelo. Ahora, por fin, en vísperas de la Navidad de Nuestro Señor jesucristo y casi en el coirlienzo de
un nuevo año, Nuestra palabra viene a vosotros'; y deseamos os llegue a manera de solemnes estrenas del
Padre, que llevan a todos sus hijos los deseos faustos de fe!icitación.
' 2 Cor. 6, 11.
labor del pontificado 2. Hacer esto antes de ahora, como habríamos deseado, Nos lo impidieron diversas
causas. Ante todo, fué preciso corresponder a la atención y delicadeza de los católicos, de quienes cada día
llegaban innumerables cartas, en que saludaban al nuevo sucesor de San Pedro con las expresiones de la más
ardiente devoción filial. Luego comenzamos a experimentar Nos mismo aquellas que el Apóstol llamaba las
preocupaciones de cada día, la solicitud de todas las Iglesias'; y a los cuidados ordinarios de Nuestro oficio
vinieron a juntarse otros cada día nuevos: continuar los gravísimos que encontramos ya incoados, respecto a la
Tierra Santa y al estado de sus cristiandades y de sus iglesias, venerables entre todas las demás; defender,
corno Nos correspondía, fieles al ministerio de reconciliación y de paz que Nos había confiado el Señor, la
causa de la caridad junto con la de la justicia, con ocasión de las Conferencias en que los vencedores discutían
la suerte de ¡os pueblos, exhortando especialmente a que tuvieran buena consideración de los intereses
espirituales, cuyo valor no es inferior sino más bien superior al de los intereses materiales; procurar con todo
empeño auxiliar a inmensas muchedun.bres de lejanas gentes, consumidas por el hambre y por todo género de
calamidades, lo cual hemos llevado a cabo, ya mandando los mayores socorros que permitían Nuestros pobres
recursos, ya implorando la generosidad del mundo entero; finalmente, trabajar por apaciguar en el corazón del
mismo querido pueblo en que habíamos nacido, en el centro del cual Dios colocó la Sede de Pedro, las luchas
violentas que ocurrían desde largo tiempo y con frecuencia, y que parecia hasta poner en inminente peligro la
suerte misma de la Nación por Nos.tan querida.
,2 Cor. 11, 28.

3. Pero no faltaron por este tiempo extraordinarios acontecimientos que Nos llenaron de gozo. Y en
verdad que tanto en los días de¡ XXVI Congreso Eucarístico Internacional como en los del III Centenario de la
Sagrada Congregación de Propaganda Fide, Nuestra alma llegó a experimentar tanta abundancia de celestiales
consuelos cuanta difícilmente hubiéramos esperado poder gozar en los comienzos de Nuestro Pontificado.
Tuvimos entonces ocasión de hablar casi con todos y cada uno de Nuestros amados Hijos los Cardenales, y lo
mismo con los venerables Hermanos los Obispos, venidos de las regiones todas, en tanto número, cuantos
difícilmente hubiéramos podido ver en muchos años. También pudimos dar audiencia a grandes muchedumbres
de fieles, como a otras tantas porciones escogidas de la innumerable familia que el Señor Nos habla confiado,
de toda tribu y lengua y pueblo y nación, como dice el Apocalipsis, y dirigirles, como vivamente deseábamos,
Nuestra paternal palabra.
En aquellas ocasiones parecían visione, S del ciclo las que ante Nos se desarrollaban: cuando nuestro
Redentor jesucristo, oculto en los velos eucarísticos, avanzaba en triunfo por las calles de Roma, seguido de
un imponente cortejo de fieles venidos de todas partes, y parecía volver a entrar en posesión de los honores
debidos al Rey de los hombres y de las naciones; cuando sacerdotes y piadosos seglares, como si sobre ellos
hubiera descendido de nuevo el Espíritu Santo, se mostraban inflamados por el espíritu de la oración y por el
fuego del apostolado; y cuando la fe viva del pueblo romano, para mucha gloria de Dios y para salvación de
muchas almas, de nuevo, corno en tiempos pasados, se anunciaba a la faz del universo mundo. Entre tanto la
Virgen María, Madre de Dios y benignísima Madre de todos nosotros, que Nos había sonreído ya en los
santuarios de Czenstochowa y de Ostrabana, en la milagrosa Gruta de Lourdes y, sobre todo, en Milán, desde
la aérea aguja del Duomo y desde el vecino santuario de Rho, pareció aceptar el homenaje de Nuestra piedad,
cuando en el venerable santuario de Loreto, luego de restaurar los destrozos causados por el incendio,
quisimos que se repusiera su sagrada imagen, artísticamente reconstituida junto a Nos, consagrada y coronada
por Nuestras propias manos. Magnífico y espléndido triunfo de la Santísima Virgen, que desde el- Vaticano
hasta Loreto, doquier que pasó la santa Imagen, fué honrada por la religiosidad de los pueblos con una no
interrumpida serie de religiosos homenajes, hechos por gentes de toda clase, que en gran número salían a
recibirla y con vivísimas expresiones mostraban su profunda devoción a María y al Vicario de Cristo.
Con la elocuencia de estos sucesos, tristes y alegres, cuya memoria queremos quede consignada aquí
para la posteridad, poco a poco se iba haciendo para Nos cada vez más claro cuál era la principal tarea que se
Nos imponia en el Sumo Pontificado y de qué habríamos de hablar en la primera Encíclica.
1. MALES PRESENTES 4. Nadie ignora que ni los individuos, ni la sociedad, ni los pueblos han
conseguido todavía una paz verdadera, después de guerra tan calamitosa; y que todavía falta aún doquier la
tranquilidad activa y fructuosa que Lodos reclaman. Pero es preciso, ante todo, examinar la grandeza y la
gravedad de este mal e indagar después las causas y las raíces, si se quiere, como Nos queremos, poner el
oportuno remedio. Y esto es lo que por deber de Nuestro apostólico oficio Nos proponemos comenzar con esta
Encíclica, y esto es lo que nunca cesaremos de procurar después con toda la solicitud de Nuestro ministerio
pontifical. Es decir, que as¡ como las condiciones de los presentes tiempos son casi la, mismas que tanto
preocuparon a Benedicto XV, Nuestro Predecesor, durante todo el tiempo de su pontificado, lógico es que los
mismos pensamientos y preocupaciones que él tuvo los hagamos Nuestros. Y de desear es que todos los
buenos procuren tener un mismo sentir y querer con Nos, y que trabajen con Nos para impetrar de Dios, en
favor de los hombres, tina sincera y duradera reconciliación.
falta la paz Admirablemente cuadran en nuestros días aquellas palabras de los grandes profetas:
Esperamos la paz, y este bien no vino; el tiempo de la curación, y he aquí el terror 3; el tiempo de curar-
- ler. 8, l~).

nos, y he aquí a todos turbados'. Esperamos la luz, y he aquí las tinieblas ... ; la justicia, y no existe; la
salud, y se ha ale , jado de nosotros5. Pues, aunque en Europa se han depuesto las armas hace va tiempo, sin
embargo bien sabéis cómo en el vecino Oriente se levantan peligros de nuevas guerras; y es allí mismo, en una
región inmensa, corno antes hemos dicho, donde todo está lleno de horrores y miserias, y todos los días una
ingente muchedumbre de desgraciados, sobre todo ancianos, mujeres y niños, mueren por causa de¡ hambre,
pestes y saqueos; y dondequiera que hubo guerra todavía no están apagadas las viejas rivalidades, que actúan
con disimulo en lo político, encubiertamente en los cambios nionetarios y a las claras en las páginas de los
diarios y revistas; y penetran hasta en las regiones serenas y pacíficas que por su naturaleza deberían
permanecer extrañas a toda lucha acerba, como son las de los estudios, las ciencias y las artes.
la internacional 5. Y así sucede que la eneniístad y las mutuas ofensas de las naciones no dejan respirar
a los pueblos; subsisten enemistades no sólo entre vencidos y vencedores, sino que también existen quejas
entre los mismos que vencieron, pues los urios se duelen de estar oprimidos y explotados por los mayores, y
éstos, a su vez, de ser blanco de los odios e insídias de los menores. Todos los Estados, sin excepción,
experimentan los tristes efectos de la pasada guerra; peores, ciertamente, los vencidos; y no pequeños aun los
mismos que no tomaron parte alguna en la guerra. Y dichos males se van agra-
vando cada día, porque el remedio se va retardando; tanto más cuanto que las diversas propuestas y las
repetidas tentativas de los hombres de Estado -para remediar tan triste condición de cosas-han sido inútiles, si
es que no la han empeorado. Por ello, al crecer cada día el temor de nuevas guerras más espantosas, todos los
Estados se ven casi en la necesidad de vivir pre~ parados para la guerra: con ello quedan exhaustos los
Erarios, se agosta la flor de la juventud, se envenenan y enturbian las mejores fuentes de la vida física,
intelectual, religiosa y moral de los pueblos.
la social y la política 6. Y lo pewr es que a las extremas enemistades de los pueblos vienen a añadirse
las discordias intestinas, que ponen en peligro no sólo las instituciones sociales, sino aun la trabazón mis~ ma
de la sociedad.
Ha de contarse, en primer lugar, la lucha de clases que, cual llaga mortífera existe ya como inveterada
en el seno mismo de las naciones, hiriendo de muerte la agricultura, la industria y el comercio, en una palabra,
los elementos todos de la prosperidad privada y de la pública. Y este mal se hace cada vez más pernicioso por
la codicia de los bienes materiales de una parte, y de la otra por la obstinación en conservarlos, pero en ambas
por el ansia de riquezas y de mando. De ahí )as frecuentes huelgas voluntarias y forzosas; de ahí los tumultos
populares y las represiones colectivas, con descontento y daño para todos.
7. En política luchan los partidos, no ya por la diversidad de ideas en beneficio del bien común sino para
hacer que prosperen los intereses particulares en detrimento de los demás. Se
multiplican así las conjuras, los ateiltados contra los ciudadanos y aun contra los gobernantes, los
terrores y las amenazas, las revoluciones descaradas y otros desórdenes semejantes, todo ello tanto más grave
cuanto más participan las masas en la gobernación, como sucede en las modernas formas estatales. Formas
que-como todas las que se fundan en un régimen justono rechaza la doctrina de la Iglesia, pero que ciertamente
dan mayor facilidad a las maquinaciones de las facciones.
la familiar 8. Y aún es niás doloroso que tal plaga haya penetrado profundamente hasta las mismas
raíces de la sociedad humana, es decir, hasta en el santuarío de la familia, de suerte que su disgregación, hace
ya tiempo iniciada, ha llegado casi a la ruina a causa del inmenso azote de la guerra, al alejar padres e hijos
del techo familiar para llevarlos a los frentes, y al intensificarse, en modo extraordinario, la corrupción de las
costumbres. Con frecuencia ya no se respeta la patria potestad, ni se estima el parentesco, se miran como
enemigos amos y criados; con demasiada frectiencia se viola aun la misma fidelidad conyugal, y se conculcan
los deberes que el matrimonio impone ante Dios y ante los hombres.
9. Y como, cuando un organisnio o una de sus partes principales sufren, se resienten hasta sus partes
más pequeñas, as¡ es natural que los males, que sufren la sociedad y la familia, alcancen también a todos y a
cada uno de sus individuos. Nadie ignora, en verdad, cómo entre los hombres de toda edad y condición se halla
extendida una intranquilidad que les hace nobedientes e indisciplinados; cómo el desprecio de la obediencia y
la nega-
ción al trabajo ya se han convertido en ley; cómo ha pasado ya los linútes del ptidor la ligereza de las
mujeres y de las jóvenes, sobre todo en los ves`tidos, en el trato y en las danzas, a la par que con excesivo lujo
exacerban el odio de los desheredados; finalinente, cómo va en aumento el número de los reducidos a la
miseria, constituyendo masas ingentes, y siempre renovadas, para aumentar las filas de los sediciosos.
La confianza y la seguridad han cedido su puesto a preocupaciones angustiosas y a temores siempre
renovados; en vez de la actividad y del trabajo, la indolencia y la pereza; en lugar de la tranquilidad del orden,
que mantiene las cosas en paz, reina doquier un inquieto espíritu de revuelta. Así se explica la postración de la
industria, la crisis del comercio internacional, la decadencia de la literatura y del arte. Consecuencia aun más
grave es que la vida cristiana ha desaparecido en muchas partes, de tal suerte que la sociedad humana, lejos de
avanzar indefinidamente en un progreso completo, como pregonan los hombres, parece volverse a la barbarie.
y la religiosa 10. A todos los males enumerados vienen a añadirse, para colmo, aquellos otros que se
escapan al observador superficial, el cual, corno dice el Apóstol, no comprende aquellas cosas que son del
espíritu de Dios 1; pero que son los más graves de nuestro tiempo. Nos referimos a los daños causados en todo
cuanto toca a los intereses espirituales y sobrenaturales, que determinan la vida de las almas: daños que, como
fácilmente se entiende, son de deplorar mucho más que los tocantes a los bien-es materiales, en la misma
medida - 1 Cor. 2, 14. 1 7 .~,~. '

que el espíritu supera a la materia. Porque, además del olvido, tan extendido, de los deberes cristianos,
ya recordado, muy grande es el dolor que Nos causa, y en el que participáis vosotros, Venerables Hermanos, el
que una notable parte de las numerosas iglesias, destinadas a usos profanos por exigencias guerreras, no
hayan sido devueltas al culto; el que nurnerosos seminarios, cerrados por la misma razón, y que son tan
necesarios para la formación de los maestros y guías de los pueblos, continúen todavía cerrados; el que se
hallen, en muchos paises, diezmadas las filas del clero, porque los unos cayeron víctimas de la guerra
ejercitando su ministerio, los otros, bajo el peso de los peligros, faltaron a su fidelidad: y as¡ en inuchas
parroquias está silenciosa por completo aquella predicación de la palabra divina, tan necesaria para la
edilicación del cuerpo [rnísticol de CriSto 7.
Desde los últimos confines de la tierra y del centro mismo de las regiones bárbaras, nuestros misioneros
fueron llamados en gran número a su patria para ayudar en las fatigas de la guerra, debiendo abandonar los
campos de su fecundo apostolado, donde vertían con tanto fruto sus sudores en bien de la religión y de la
civilización: ¡Cuán pocos volvieron incólumes- a los campos de su trabajo! Aunque es cierto que estos daños
los vemos compensados con excelentes frutos, pues quedó muy patente-contra lo que tanto calumniaban los
enernigos-que en los corazones sacerdotales anidaba profundo el amor a la patria y la conciencia de sus
deberes; muchos soldados, en el umbral de la muerte, por haber admirado en el trato cotidiano los hermosos
ejemplos de valor y de sacrificio del Clero, se reconciliaron con el sacerdocio y con la Iglesia. Admi-
1 Eph. 4, 12.
rernos en ello la bondad y la sabiduría de Dios, único que aun del mal sabe sacar bien.
II. CAUSAS DE ESTOS MALES 11. Tales son los males de nuestra época. Profundicemos ahora en
las causas que les dieron origen, aunque ya antes hemos indicado algunas.
Y ante todo, Venerables Hermanos, Nos parece escuchar que el Divino Consolador y Médico de las
humanas enfermedades repite aquellas palabras: Todos estos males proceden de lo interíors. -Firmóse,
ciertamente, la paz por medio de solemnes pactos entre los beligerantes: quedó escrita aquélla en los
documentos diplomáticos, mas no quedó grabada en los corazones, en los que permanecen todavía las pasiones
belicosas que cada día son más nefastas para la sociedad. Demasiado tiempo triunfó doquier el derecho de la
fuerza, apagando poco a poco en los hombres los sentimientos de bondad y misericordia innatos en el hombre
y perfeccionados por la ley de la caridad cristiana: mas aquella aparente paz está muy lejos de haberlos hecho
renacer. Pues, en la mayoría, el odio ya inveterado ha creado como una segunda naturaleza; y reina aquella ley
ciega que el Apóstol lamentaba sentir en sus miembros en contra de la ley del espíritu 9.'Y así sucede con
demasiada frecuencia que el hombre no ve ya en su semejante a un hermano, según el mandato de Cristo, sino
un extraño y un enernigo; que, sin tener cuenta alguna de la dignidad de la persona humana, sólo se estiman la
fuerza y los números; que los unos se esfuerzan por aplastar a los otros para gozar lo más posible de los
bienes de Marc. 7, 23. Rom. 7, 23.

esta vida. Y nada es tan conitui conio el desdeñar los bienes eternos que Cristo nunca cesa de ofrecer a
todos por niedio de su Iglesia, apeteciendo con una sed insaciable el poseer los bienes efímeros y caducos de la
tierra.
Ahora bien, los bienes materiales tienen como propiedad el que, si se apetecen desordenadamente,
engendran toda clase de males, y, sobre todo, la corrupción de costumbres y los odios. Porque, siendo viles y
finitos por su naturaleza, no pueden saciar plenamente el corazón del hombre, que, como creado por Dios y
destinado a gozar de su gloria, necesariamente ha de vivir solícito e inquieto mientras no descanse en Dios.
Además, como quiera que dichos bienes son muy limitados, cuantos más fueren los participantes de
ellos, menos recibirá cada uno; mientras los bienes espirituales, por muy repartidos que estén entre muchos, a
la vez que enriquecen a todos, no por ello sufren disminución. Luego, al ser insuficientes para satisfacer por
igual a todo el mundo y al no poder saciar plenamente a ninguno, los bienes terrenales se convierten por ello en
fuentes de discordias y de tristezas, siendo verdaderamente vanidad de vanidades... y aflicción del espírituU,
como los llamó el sapientísimo Salomón, luego de haberlos experimentado todos. Lo cual sucede en la
sociedad humana no menos que en los individuos. ¿De dónde nacen las guerras y las luchas entre vosotros?,
pregunta el apóstol Santiago; ¿no es verdad que de vuestras concupiscencias nacionalismos 12. No hay, en
efecto, peste más rnortal que la concupiscencia de la car-
10 Ecel. 1, 2.14.
" Iac. 4, 1.2.
ne, es decir, la apetencia imnoderada de placeres, pues destruye no sólo las familias sitio también aun
los mismos Estados; de la concupiscencia de los ojos, es decir, de la sed de riquezas nacen las luchas
encarnizadas de las clases sociales, atenta cada tina en demasía a sus propias ventajas; y la soberbia de la
vida, es decir, la pasión de dominar a todos los demás, conduce a los partidos políticos a luchas civiles tan
ásperas que no retroceden ni ante el crimen de lesa majestad, ni ante la alta traición, ni ante el parricidio
mismo de la patria.
Y a esta intemperancia de ambiciones, a este deseo de los bienes materiales, que se cubre y casi se
justifica por las niás altas razones de Estado y del bien público, esto es, por el amor de la patria y de la nación,
han de atribuirse, como a su causa, los odios y conflictos que suelen producirse entre las naciones. Pues aun el
mismo amor de su patria y de su raza, fuente poderosa de virtudes y de actos heroicos, cuando se halla
regulado por la ley cristiana, se convierte en semilla de injusticias y de iniquidades sin número, cuando,
violando las reglas de la justicia y del derecho, degenera en un nacionalismo inmoderado. Los que se dejan
dominar por éste se olvidan, en efecto, no sólo, de que todos los pueblos, como partes de la universal familia
humana, están unidos entre sí por relaciones de fraternidad, y que también los demás países tienen derecho a la
vida y a la prosperidad, sino también de que no es lícito ni conveniente el separar lo útil de lo honesto. Porque
la justicia eleva a las naciones, pero el pecado hace desgraciados a los pueblos 11. El adquirir ventajas para
una familia, ciudad o nación, con detrimento de las demás, podrá parecer a los humanos cosa excelente y mag-
12Prov. 14, 34.

nífica; pero San Agustín avisa sabiamente que semejantes éxitos no son definitivos ni se verán libres de¡
peligro de ruina: Es una felicidad que tiene el brillo v también la fragilidad del vidrio, en W cual se teme
siempre la desgracia de que se quiebre de repente 13.
alejarse de Dios 13. La paz está ausente y todavía, como remedio de tantos males, se hace esperar:
preciso esl por lo tanto, buscar las causas aun más profundamente que lo señalado hasta aquí. Mucho antes de
que la guerra se encendíera en Europa, la causa principal de tan grandes males operaba ya con una fuerza
creciente por culpa de los hombres y de las naciones; causa, que el mismo horror a la guerra debería haber
separado y aun suprimido, si todos hubiesen penetrado bien el lenguaje de tan tremendos aco nteci ni lentos.
Porque ¿quién ignora la predicción de la Escritura: Los que abandonaron al Señor serán aniquilados? 14. Ni
son menos conocidas aquellas palabras tan graves de jesucristo, Redentor y Maestro de los honibres: Sin mí,
nada podéis hacer", y aquellas otras: El que no recoge conmigo, desparrama".
Sentencias divinas, que se verificaron en todo tiempo, pero que ahora aparecen con máxima evidencia
ante los ojos de todos. En mal hora se alejaron los hombres de Dios y de Jesticristo, y por ello de aquel estado
feliz han venido a caer en este abismo de males; por la misma razón fracasa con frecuencia todo cuanto idean
para reparar los males y salvar lo que aun resta de tantas ruinas. Se ha querido )3 De civ. De¡ 4, 3.
1. Is. 1, 28. lo. 15, 5. Luc~ li, 23.
que Dios y jesucristo fueran excluidos de la legislación y de los gobiernos, derivando toda la autoridad
no ya de Dios sino de los hombres: de esta suerte se logró que las leyes perdieran la garantía de las únicas
verdaderas e imperecederas sanciones así como los principios soberanos del derecho, que, en opinión de los
mismos filósofos paganos, corno Cicerón, no pueden derivarse sino de- la ley eterna de Dios. Con ello han
desaparecido los fundai-nentos mismos de la autoridad, al suprimirse la razón fundamental de que tinos tengan
el derecho de mandar, y otros el de obedecer. Necesariamente toda la sociedad humana, al no apoyarse ya en
ninguna base ni defensas sólidas, quedó conipletarriente sactidida, convertida en presa de las facciones que
luchaban por el poder, no tanto para asegurar los intereses de la patria como los propios y particulares.
familia y escuela sin Dios 14. También se decidió que ni Dios ni jesucristo habrían de presidir el origen
de la familia, reduciéndose a mero contrato civil el matrimonio que jesucristo había hecho un sacramento
grande 11, y que había querido fuese una figura, santa y santificante, del vínculo indisoluble que Le une a
si¡ Iglesia. Por lo mismo hemos visto cómo frecuentemente se han oscurecido entre las masas populares las
ideas y los sentirnientos religiosos que la iglesia había infundido a este germen primero de la sociedad, que es
la familia; la jerarquía y la paz del hogar desaparecen, la unión y la estabilidad de la familia se hallan cada día
más en peligro; éA fuego de las bajas pasiones y el ansia mortal de los más viles intereses violan con tanta
frectiencia la santidad dé]
I' 17ph. 5, 32.

matrimonio, que las fuentes mismas de la vida de las familias y de los pueblos se hallan infectadas por
aquéllos.
Finalmente, se ha querido excluir a Dios y a su Cristo de la educación.de la juventud; por necesidad
lógica, no sólo se ha suprimido la religión en las escuelas sino que en éstas se la combate de manera oculta o
descubierta: así han llegado los niños a persuadirse de que nada o poco tenían que esperar, para bien vivir, de
aquel orden de cosas, que era pasado en silencio o de¡ que no se les hablaba sino con palabras saturadas de
desprecio. Pero, si a Dios y su ley se les destierra de la enseñanza, ya no se ve cómo pueden ser educados los
ánimos juveniles para huir-del mal y para llevar una vida honesta y virtuosa, ni cómo preparar para la familia
y para la sociedad hombres de costumbres morigeradas, amantes del orden y de la paz, idóneos y capaces de
contribuir a la pública prosperidad.
Despreciados, pues, los preceptos de la sabiduría cristiana, no debe admirarnos que las semillas de la
discordia sembrada por doquier, como en terreno bien preparado, terminaran por producir aquella espantosa
guerra que lejos de apagar con el cansancio los odios internacionales y sociales, no hizo sino alimentarlos más
abundantemente con la violencia y la sangre.
III. REMEDIOS 15. Hemos enumerado brevemente, Venerables Hermanos, las causas de los males que
oprimen a la sociedad. Estudiemos ya los remedios que, atendida la naturaleza misma de los males, pueden
juzgarse capaces de curarla.
Así, pues, ante todo es necesario que la paz reine en los espíritus. Porque de muy poco serviria una paz
aparente y exterior qne regnle y nornialice las re-
laciones recíprocas de los hombres como con fórmulas de cortesía; es necesaria una paz que penetre y
tranquilice los espíritus, inclinándolos y preparándolos a los sentimientos recíprocos de la caridad fraterna.
Pero tal paz no es sino la paz de Cristo: y que la paz de Cristo lleve la alegría a vuestros corazonesls; ni puede
ser otra paz que la suya, la que El da a los suyos", El, que, por ser Dios, ve lo íntimo de los corazones2O y
reina en las almas. Con toda razón pudo jesucristo llamar a esta paz su paz, porque El fué el primero que dijo
a los hombres: Todos vosotros sois hermanos 21, y quien promulgó la ley de la mutua caridad y paciencia
entre todos los hombres, sellándola en cierto modo con su propia sangre: Este es mi mandamiento, que os
améis los unos a los otros, como yo os he amadoU. Llevad los unos las cargas de los otros, y as¡ cumpliréis la
ley de CriSto23.
Siguese de ahí claramente que la genuina paz de Cristo deberá ser una paz justa (como anuncia su
profeta: la paz es obra de la íusticia 2% porque Dios es quien juzga a la misma justicia 25~ pero no puede
estar constituida tan sólo por la dura e inflexible justicia, sino que en igual medida ha de estar suavizada por la
caridad, aquella virtud destinada esencialmente a establecer la paz entre los hombres. Esta es la paz que
jesucristo conquistó para el género humano, más aún, según la fuerte frase de San Pablo: El mismo es nuestra
paz; porque, al mismo tiempo que su carne satisfacía so-
.. Col. 3, 15. ~. ¡o. 14, 27. .. 1 Reg. 16, 7. ,~ Mat. 23, S.
.1lo. 15, 12.
.. Gal. 6, 2. .1 Ps. 9, 5. ,~ Iq~ 32, 17.

bre la cruz a la justicia divina, dió muerte en Sí mismo a las enemistades..., haciendo la paz 26, y en Sí
reconcilió a los hombres todos y a todas las cosas con Dios. En la misma redención de Cristo, que es también
obra de la divina justicia, el Apóstol mismo considera y pone de relieve menos la obra de justicia-aunque lo sea
ciertamente-que la obra divina de la reconciliación y de la caridad: Dios era el que reconciliaba consigo al
mundo en jesucristo 27, de tal manera amó Dios al mundo que le dió su Hijo unigénito 28. El Doctor Angélico
expresa este pensamiento al decir, con fórmula tan exacta conio siempre, que la paz verdadera y auténtica
pertenece más bien al orden de la caridad que al de la justicia, pues esta última tiene como misión el remover
los obstáculos de la paz, como son las injusticias y los daños, pero la paz, en su propia esencia y carácter, es
un acto de la caridad 29.
16. A esta paz de Cristo, que, nacida de la caridad, se asienta en lo más profundo de¡ alma, se acomoda
bien la palabra de San Pablo sobre el reino de Dios, porque precisamente por la caridad es como Dios reina en
las almas: No está el reino de Dios en las comidas y en las bebidas so. Que es tanto como decir: La paz de
Cristo no se alimenta de bienes caducos, sino de aquellas realidades espirituales y eternas cuya excelencia y
superioridad Cristo mismo reveló al inundo y no ha cesado de mostrar a los hombres.
En este sentido dijo: ¿Qué le aprovecha al hombre ganar todo el mundo, si pierde su alma?, o ¿qué cosa
dará el hombre en cambio de su alrna?". Y enseñó asirrismo cuál debe ser la constancia y firmeza de alma en
el lo Eph. 2, 14 ss.
.72 Cor. 5, 19.
lo. 3, 16.
2.2ea., 29, 3 ad 3.
Rom. 14, 17.
Mat. 16, 26, cristiano: No temáis a los que matan el cuerpo pero no pueden matar el alma, temed, más
bien, a aquel que puede arrojar cuerpo y alma al Infierno---.
Y no es que, para gozar de esta paz, se haya de renunciar a los bienes de este mundo, antes bien, Cristo
mismo los promete en abundancia: Buscad ante todo el reino de Dios Y su justicia, y todo lo demás se os dará
por añadidura---. Mas como la paz de Dios sobrepasa a todo entendimiento---, precisamente por ello ciornina
las ciegas pasiones, evita las disensiones y discordias que no pueden faltar corno fruto de la sed de riquezas.
Luego si la virtud refrena las pasiones y a las cosas de] espíritu se les da el debido honor,
espontáneamente se obtendrá el feliz resultado de que la paz cristiana asegure la integridad de las costumbres
al mismo tiempo que ponga en honor la debida dignidad de la persona humana, rescatada por la sangre de
Cristo, adoptada por el Padre celestial, consagrada por los lazos fraternales que la unen a Cristo y-por las
oraciones y los sacramentos-hecha participante de la gracia y de la naturaleza divinas hasta que, como
recompensa de una santa vida en la tierra, goce eternamente de la posesión de la gloria celestial.
17. Como ya más arriba hemos señalado que una de las principales causas de la confusión en que
vivimos reside en el hecho de los graves atentados dirigidos a la soberanía del derecho y al respeto de la
autoridad-por la negativa a ver en Dios, Creador y Gobernador del mundo, la fuente de¡ derecho y de la
autoridad-, también la paz cristiana pondrá remedio a tanto mal, porque se identifica con la paz divina, y por
lo mismo prescribe que se respeten el orden, la ley y la autoridad.
Leemos, en efecto, en la Sagrada Escritura: Conservad la disciplina en la paz---. Abun-
Mat. 10, 28; Luc. 12, 4-5. Mat. 6, 33; Luc. 12, 31. Phii..4, 7. Eceli. 41, 17.

dancia de paz a quienes aman la ley, Señor**. Quien respeta la ley vivirá en paz.37. Y nuestro Senor
jesucristo no se contento con haber dicho: Dad al César lo que es del César% sino que afirmó su respeto a
Pilatos mismo por el poder que le habla sido dado de lo alto", como antes había mandado a los discípulos que
respetaran a los escribas y fariseos que se habían sentado en la cátedra de Moisés' 1. Muy de admirar es la
alta estima que tuvo para la autoridad de los padres, en su vida de familia, sometiéndose ejernplarmente a
María y a José. Y suya es, finalmente, esta ley promulgada por los apóstoles: Que toda persona esté sujeta a
las autoridades superiores, porque no hay poder que no venga de Dios".
Si se considera, además, que la doctrina y preceptos de Cristo tocantes a la dignidad de la persona
humana, a la inocencia de la vida, a la obligación de obedecer, a la ordenación divina de la sociedad, al
sacramento del matrimonio y a la santidad de la familia cristiana, si se considera, decimos, que estas y otras
verdades que El trajo del cielo a la tierra, las entregó únicamente a su Iglesia, por cierto con la promesa formal
de que la ayudaría y estaría siempre con ella, y que le mandó que no dejara de enseñar, con un magisterio
infalible, a todas las naciones hasta el final de los siglos, fácilmente se entiende cómo y cuánto pueda y deba
cooperar la Iglesia católica en el ofrecer tan potentes remedios para la pacificación del inundo.
misión de la Iglesia 18. Porque, habiendo sido ella constituida conlo única intérprete y depositaria de
estas verdades y preceptos, tan sólo la Iglesia goza del poder eficaz de extirpar, siempre, de la familia y de la
sociedad civil, la plaga 3. Ps. 118, 165. .1Prov. 13, 13.
Mat. 22, 211 10. 19, 11. Mat. 23, 2. Rom. 13, 1-7; cf. 1 Pet. 2, 13-18.
del inaterialisnio que tantos daños ha ocasionado ya a aquéllas, de introducir en su lugar la doctrina
cristiana acerca del espíritu, o sea, sobre la inmortalidad de las almas, doctrina muy superior a toda filosofía,
y de unir también entre sí a todas las clases sociales y al pueblo todo entero mediante lets sentimientos de una
profunda benevolencia y con el espíritu de una verdadera fraternidad41, de defender la dignidad humana, la
que corresponde en justicia, para elevarla a Dios; y, finalmente, de procurar que, corregidas las costumbres
privadas y públicas, y, ordenadas en mayor santidad, todo se someta plenamente a Dios que ve los
corazoneS43, en conformidad con sus enseñanzas y sus preceptos, de tal suerte que el sacro sentimiento del
deber sea la ley para todos, particulares o gobernantes, y aun para las mismas instituciones públicas de
¡asociedad; y así sucederá que Cristo sea todo y en todos 44.
Por esto, porque sólo a la Iglesia corresponde, en virtud del poder que de Cristo tiene, la misión de
modelar rectamente los corazones de los hombres, ella puede no sólo restablecer hoy la verdadera paz de
Cristo sino también consolidarla para el porvenir apartando todas las amenazas de nuevas guerras que Nos
hemos señalado. Pues sólo ella -la Iglesia-es la que, en virtud de un mandato y de una ordenación divina,
enseña la obligación que los hombres tienen de ajustar a la ley eterna de Dios todo lo que hicieren, en público
o en privado, como individuos y como miembros de la sociedad. Y claro es que tiene una importancia mucho
mayor cuanto se refiere al bienestar de la colectividad, dada la grave y tremenda responsabilidad que le
incumbe.
4t Cf. S. A ug. De moribus EccI. cath. 1, 30. 14 3 Reg. 16, 7.
" Col. 3, 11.

Así, pues, cuando los Estados y los Gobiernos consideren deber sagrado y solemne suyo el someterse en
su vida política, interior o exterior, a las enseñanzas y mandatos de jesucristo, entonces, y solamente entonces
gozarán, en lo interior, de una paz provechosa, mantendrán relaciones de mutua confianza, y resolverán
pacificamente los conflictos que pudieran originarse.
Todo cuanto a este respecto se ha intentado hasta ahora, no tuvo ningún éxito 0 lo tuvo muy pequeño,
sobre todo, en todas aquellas cuestiones en las cuales las divergencias internacionales son mucho más graves.
La razón es que no hay institución alguna que pueda imponer a las naciones una especie de código
internacional de leyes, adaptado a nuestros tiempos, como fué el que tuvo en la Edad Media aquella verdadera
sociedad de Naciones, que era la cristiandad. Pues aunque en ella, con mucha frecuencia, se cometían
injusticias, al menos permanecía siempre en vigor la santidad de¡ derecho, como regla segura según la cual
fueran juzgadas aun las mismas naciones.
Pero hay una institución divina, capaz de garantizar la santidad de¡ derecho de gentes; institución que,
cornprendiendo a todas las naciones, se halla muy por encima de todas ellas, dotada de la máxima autoridad y
respetada por la plenitud de su magisterío: es la Iglesia de Cristo. Y sólo ella aparece preparada para oficio tan
grande, ya por institución divina, ya por su propia naturaleza y constitución, ya finalmente por la gran
majestad que le confieren los siglos, sin haber sido oprimida-antes bien, maravillosamente acrecentada-por las
mismas vicisitudes de la guerra mundial.
19. Siguese, pues, que no puede existir paz alguna verdadera-esa paz de Cristo tan deseada-mientras
todos los hombres no sigan fielmente las enseñanzas, los preceptos y ejemplos de Cristo, tanto en la vida
pública corno en la privada; de tal suerte que, una vez instituida así la sociedad humana, pueda la Iglesia
finalmente, curnpliendo su divina misión, defender frente a los individuos y frente a la sociedad todos y cada
uno de los derechos de Dios.
«la paz de Cristo en el reino de Cristo»
Tal es el sentido de Nuestra breve consigna: el reino de Cristo. Reina ciertamente jesucristo en la mente
de cada uno de los hombres con su doctrina, reina en los corazones con la caridad, reina en toda la vida
humana con la observancia de su ley y con la imitación de sus ejemplos. Reina también en la sociedad
doméstica cuando, fundada ésta en el matrimonio cristiano, se conserva inviolabieniente como cierta cosa
sagrada, donde la autoridad paterna refleja la paternidad divina que es su fuente y le comunica su nombre0;
donde los hijos imitan la obediencia del niño Jesús, y donde toda la vida respira la santidad de la Familia de
Nazaret. Reina. finalmente, jesucristo Señor en la sociedad civil cuando, reconocidos en ella a Dios los
máximos honores, de El se derivan el origen de la autoridad y todos los derechos, no sea que falte la norma de
rnandar, o el deber y la dignidad de la obediencia; y, además, cuando a la Iglesia se le reconoce aquel grado de
dignidad en que fué constituida por su Fundador, esto es, la condición de sociedad perfecta, maestra y guía de
las demás sociedades. Y no es que la Iglesia disminuya la autoridad de estas sociedades-pues cada una de ellas
es 45 Eph. 3, 15.

legítima en su propia esfera-sino que las completa armónicamente como la gracia a la naturaleza; con lo
cual se logrará que estas sociedades auxilien intensamente a los hombres para alcanzar su fin supremo, que es
la eterna felicidad, y con ello se harán aún más beneméritas y más seguras promotoras de la misma
prosperidad material.
20. De todo lo cual resulta claramente que no hay paz de Cristo sino en el reino de Cristo, y que no
podemos trabajar con más eficacia para afirmar la paz que restaurando el reino de Cristo.
Por ello, citando el Papa Pío X se esforzaba por restaurar todas las cosas en Cristo, como por una
inspiración divina, preparaba ya esta gran obra del restablecimiento de la paz, que había de ser el programa de
Benedicto XV. Por lo que a Nos toca, insistiendo en la tarea que Nuestros dos Predecesores se propusieron,
todos Nuestros esfuerzos se concentrarán en realizar la paz de Cristo en el reino de Cristo, plenamente
confiados en la gracia de Dios, que, al llamarnos al Supremo Pontificado, Nos ha prometido su permanente
asistencia.
¿hacia un Concilio?
21. Para realizar este programa, confíamos en el concurso de todos los buenos; pero Nos dirigimos ante
todo a vosotros, Venerables Hermanos, a quienes Cristo, nuestro Guía y Cabeza, que Nos confió el cuidado de
toda su grey, ha llamado a tomar parte tan importante en Nuestra universal solicitud. En efecto, el Espíritu
Santo os ha constituído para gobernar la Iglesia de Dios44; a vosotros, honrados especialmente con el
ministerio de la reconciliación, cumpliendo el papel de legados de Cristo", haciéndoos participantes del mismo
magisterio divino, como sois dispensadores de sus misterios"; y por Aci. 20, 26. 2 Cor. 5, 18. 20.
101 Cor. 4, 1.
esta razón sois llamados sal de la tierra y luz del mundo", doctores y padres de los pueblos cristianos,
verdaderos dechados de la grey'% destinados a ser llamados grandes en el reino de los cielos-~; finalmente,
todos vosotros, en los que, como en miembros principales y con ciertos lazos de oro se mantiene compacto y
bien unido todo el cuerpo de Cristo", que es la Iglesia, establecida sobre la solidez de la Piedra.
Nueva y reciente p~ueba de vuestra insigne diligencia y actividad la hemos tenido cuando, con motivo
del Congreso Eucaríst ico celebrado en Roma y de las fiestas seculares de la Sagrada Congregación de
Propaganda Pide-que hemos señalado al principio de esta Encíclica-, vinisteis en tan gran número de todas las
partes del mundo para retiniros en la Ciudad Eterna y junto al sepulcro de los SS. Apóstoles. Y aquella
reunión de pastores, tan digna por su número como por su autoridad, Nos sugirió la idea de convocar
oportunamente en Roma, cabeza del mundo católico, una solemne asamblea análoga, dedicada a encontrar las
oportunas triedicinas para ruina tanta de la sociedad humana; y la proximidad del Año Santo Nos ofrece una
buena esperanza y un feliz augurio de Nuestro proyecto.
Y no es que por ahora Nos atrevamos a emprender la reapertura de aquel Concilio ecuménico iniciad (,
durante Nuestra juventud, por la santidad de Pío IX, y que no pudo llevar a efecto sino tan sólo en parte,
aunque muy importante por cierto. Y la razón es que también Nos, como el célebre Caudillo de Israel, estamos
esperando en actitud de oración a que la bondad y la rnisericordia del Señor Nos muestre más claramente los
designios de su voluntad 62.
Obispos y sacerdotes Mientras tanto, si bien sabemos que no hay necesidad de estimular vuestro activo
celo, digno más bien de los mayores elogios, sin embargo, la conciencia del Oficio apostólico y de Nuestros
deberes paternales Nos advierte y casi Nos obliga a inflamar con Nuestros ardores el ya encendido celo de
todos vosotros, de tal suerte que cada uno 4.Mat. 5, 13. 14.
ho 1 Pet. 5, 3.
11Mal. 5, 19.
Eph. 4, 15.16. lud. 6, 17.

de vosotros ponga cada día mayor afán y empeño en cultivar la parte de la grey del Señor que le
correspondió en suerte.
Y, a la verdad, cuántas cosas, cuán excelentes y cuán oportunas hayan sido sabiamente proyectadas,
felizmente iniciadas, y con gran provecho llevadas a cabo y, cuando las dificultades lo permitían,
gloriosamente terminadas, ya por el clero, ya por el puebio fiel, según iniciativas e impulsos de vuestros
predecesores y vuestras, Nos constan muy bien por la fama pública, que propaga la Prensa y confirman
Nuestros documentos V las noticias a Nos llegadas, ya de vosotros, ya de otros muchos; y por ello a Dios
damos cuantas gracias podemos.
«santa batalla» de la A. C.
22. Entre estas obras admiramos de modo especial las muchas y muy providenciales instituciones para
instruir a los hombres con sanas doctrinas y para imbuirlos en la virtud y en la santidad; lo mismo que las
asociaciones de clérigos y seglares, o las ¡lamadas pias uniones, para auxiliar y llevar adelante las misiones
entre infieles, para propagar el reino de Cristo y procurar a los pueblos bárbaros la salvación temporal y
eterna; ya también las congregaciones de jóvenes que han crecido en número y en devoción singular a la
Santísima Virgen, y especialmente a la Sagrada Eucaristía, junto con una vida de fe, pureza y amor fraternal
muy acrisolados. Tampoco podernos dejar de celebrar las asociaciones-tanto de hombres como de mujeres-,
singularmente las eucarísticas, consagradas a honrar el augusto Sacramento, ya con cultos más frecuentes o
más solemnes, y hasta con muy magníficas procesiones por las calles de las ciudades, ya también con la
organización de imponentes Congresos, regionales, nacionales e internacionales, con representantes de casi
todos los pueblos, donde todos se hallan admirablemente unidos en la misma fe, en el mismo culto y oración,
así como en la misma participación de los bienes celestiales.
A ¿sta continuada piedad atribuínios el espíritu de apostolado, ahora más extendido que antes, es decir,
aquel celo tan ardiente por procurar, primero con la oración frecuente y el buen ejemplo, luego con la
propaganda hablada y escrita, finalmente con las obras y socorros de la caridad, que de nuevo se tributen al
Corazón de Cristo, así en los corazones de todos los hombres como en la familia y en la sociedad, el amor, el
culto y el imperío que son debidos a su divina realeza.
La misma finalidad también ha de tener la santa batalla-«pro aris et focis»-que se ha de emprender, y la
lucha que se ha de dar en muchos frentes en favor de los derechos que la sociedad religiosa y la doméstica, la
Iglesia y la familia tienen, de Dios y de la naturaleza, en la educación de los hijos. Finalmente, a lo mismo
tiende todo ese conjunto de iniciativas, instituciones y obras, que constituyen la Acción Católica que Nos es
tan estimada.
Todas estas formas y obras de bien, así como otras muchas que sería largo enumerar, no sólo se han de
mantener con firmeza, sino que se han de desarrollar más aún, con fervor siempre creciente, según lo permitan
las cosas y las personas. Tarea ésta ardua, que a Obispos y fieles podrá parecer difícil: pero no es menos
necesaria, y se ha de colocar entre los principales deberes del ministerio pastoral y de la vida cristiana. Y por
las mismas razones aparece evidente-sobraría toda aclaración-la íntima conexión existente entre todas aquellas
obras y la
tan deseada instauración del reino de Cristo y el retorno de la paz cristiana, exclusiva únicamente de
este reino: La paz de Cristo en el reino de Cristo.
Clero y seglares 23. Y querernos ahora, Venerables Hermanos, que digáis a vuestros sacerdotes
que-pues -conocemos bien, corno testigo y colaborador, no mucho ha, tantos trabajos valientemente
emprendidos en pro de la grey de Cristo-siempre hemos apreciado y apreciamos en su alto valor el celo
admirable que despliegan en sus generosas fatigas así corno su afán en ingeniarse métodos siempre nuevos,
acomodados a las nuevas exigencias de los tiempos, decidies que tanto más estrecha será su unión con Nos y
tanto mayor será Nuestro paternal afecto hacia ellos, cuanto más rendida y más estrecha sea su adhesión a
vosotros, como a Cristo en persona, mediante su propia santidad de vida y su obediencia.
Innecesario es, Venerables Hermanos, que os digamos nada sobre la confianza especial que en el clero
regular ponemos para la realización de Nuestros designios y de Nuestros proyectos: bien sabéis cuánto
contribuye ese clero a extender y robustecer el reinado de Cristo, tanto en nuestros paises como fuera de ellos.
Siendo pectiliar en ellos la observancia y la práctica, no sólo de los preceptos sino también de los consejos
evangélicos, los miembros de las familias religiosas, así los de la vida contemplativa como los de vida activa,
al mostrar con su propia vida realizado el ideal de las virtudes cristianas, así como al consagrarse por
completo al bien común, renunciando para ello a todos los bienes y comodidades de la tierra a fin de gozar
más abundantemente los bienes espirituales, son constantemente un vivo ejem-
plo para los fieles que se mueven a aspirar a cosas mayores, y con singular eficacia lo consiguen cuando
a su apostolado añaden las obras admirables de la cristiana beneficencia que atiende a todos los sufrimientos
así del alma como del cuerpo.
Y a tanto han llegado en este punto, movidos por la caridad divina, según lo enseña la historia
eclesiástica, que en la predicación del Evangelio dieron su vida por la salvación de sus almas, y con su propia
muerte, al propagar la unidad de la fe y de la caridad cristiana, dilataron cada vez más el reino de Cristo.
Recordad también a los seglares que cuando, unidos a vosotros y a vuestro clero, trabajan en público y
en privado para que jesucristo sea conocido y amado, es cuando sobre todo merecen ser llamados linaje
escogido, sacerdocio real, nación santa, pueblo rescatado 11. Es entonces cuando, estrechamente unidos a Nos
y a Cristo, propagando con su celo y diligencia el reino de Cristo, prestan los más excelentes servicios para
restablecer la paz general entre los hombres. Porque sólo en el reino de Cristo está en vigor y florece una cierta
igualdad de derechos y de dignidad entre los hombres, pues todos se hallan ennoblecidos con la misma
preciosa sangre de Cristo, y los que parecen presidir a los demás, siguiendo el ejemplo dado por el mismo
Cristo nuestro Señor, con razón se llainan, y lo son en realidad, administradores de los bienes comunes, y, por
lo tanto, siervos de todos los siervos de Dios, especialmente de los más humildes y de los más pobres. Pero
estas mismas transformaciones sociales, que han motivado o aumentado la necesidad de la indicada
cooperación del clero y de los seglares en las obras del apostolado, han creado también peli-
-4 1 Pet. 2, 9.

gros nuevos y mas graves. Pues, apenas acabada la tremenda guerra, la agitación de los partidos
políticos vino a perturbar la vida de los Estados: del corazón y de¡ espíritu de los hombres se han apoderado
pasiones tan desbordadas y opiniones tan perversas que es muy de tenler que aun algunos de los rriejores
cristianos, y hasta sacerdotes, atraídos por espejismos de la verdad y del bien, lleguen a inficionarse con el
funesto contagio del error.
modernismo social 24. Numerosos son, en verdad, los que admiten la doctrina católica sobre la
autoridad civil y el deber de obedecerla, sobre el derecho de propiedad, los derechos y deberes de los obreros
agrícolas e industriales, sobre las relaciones internacionales, así como entre los obreros y los patronos, sobre
las relaciones del poder religioso con el poder civil, los derechos de la Santa Sede y del Romano Pontífice, los
privilegios de los Obispos, finalmente los derechos de Cristo, Creador, Redentor y Señor, sobre todos los
hombres y sobre todos los pueblos. Pero esos rnísmos, luego hablan, escriben, y, lo que es peor, obran como si
ya no hubieran de seguirse, o como si ya estuviesen anticuadas, las enseñanzas y prescripciones, tantas veces
inculcadas por los Sumos Pontífices, especialmente por León XIII, Pío X y Benedicto XV.
Todo ello constituye una especie de modernismo moral, jurídico y social, que reprobamos enérgicamente
lo mismo que el modernismo dogmático.
Por lo tanto, hay que devolver su vigor a las enseñanzas y prescripciones referidas, preciso es despertar
en todas las almas la llama de la fe y de la caridad divina, indispensable para la plena inteligencia de tales
doctrinas y para su fiel cumplimiento. Y ello se ha de realizar principalmente en todo cuanto toca a la
educación de la juventud, sobre todo de aquella que tiene la dicha de formarse para el sacerdocio, no sea que,
en este cataclismo social y en tal perturbación de ideas, ande fluctuando, como dice el Apóstol, y se deje llevar
de aquí para allá por todos los vientos de opiniones, por la malicia de los hombres y por la astucia con que
seduce el error II.
unidad religiosa 25. Cuando, desde lo alto de esta Sede Apostólica, como desde un atalaya y casi
fortaleza, abrazamos con Nuestra mirada todo el horizonte, todavía vemos, Venerables Hermanos, un
demasiado número de quienes, o por ignorancia total de Cristo o por infidelidad a su doctrina íntegra y
auténtica, así como a la unidad mandada por él, no forman parte aún de este redil, al cual, sin embargo, Dios
les destina. Por ello, el que hace las veces del Pastor eterno y que tiene sus mismos deseos, no puede menos de
usar aquellas mismas expresiones, breves -ciertamente-pero llenas de amor y de tierna compasión: También
aquellas ovejas las tengo que recoger% y asimisnio recordar, con el corazón desbordado de alegría, aquella
predicción de Cristo: Y oirán mi voz, y ya no habrá sino un solo rebaño y un solo pastor 57. Quiera
Dios-como se lo suplicamos en Nuestras preocupaciones y oraciones, comunes con las vuestras y las de
vuestros fieles-que podamos cuanto antes ver realizada esta consoladora e infalible profecía del divino
Corazón.
11 - Eph. 4, 14.
lo. 10, 16. ¡bid.

Un feliz augurio de esta unidad religiosa pareció como brillar en aquel extraordinario acontecimiento,
que todos bien conocéis, de los últimos tienipos-acontecimiento tan ftiesperado para todos como desagradable
para algunos, y para Nos gratísirno-: esto es que la mayoría de los prínci es y gobernan' tes de casi das las
nacioneis~ corno movidos to S, profundamente por un mismo impulso y deseo de paz ' corno a porfía, han
querido o renovar la antigua amistad o estrecharla por primera vez, en sus relaciones, con esta Sede
Apostólica. Lo cual Nos sirvió, de gran gozo, no sólo por el prestigio realzado de la Iglesia, sino más aún,
porque constituye el homenaje más completo de¡ reconocimiento de la maravillosa virtud que sólo la Iglesia
posee para asegurar toda la prosperidad, aun la material misma, de la sociedad humana.
De hecho, la Iglesia, en virtud del mandato de Dios, tiene como objeto propio los bienes espirituales y
eternos; pero, por una cierta conexión de las cosas, tanto ayuda aun a la prosperidad terrena de los individuos
y de la sociedad, que no podría ya* más, si a aquélla hubiera de tener que servir directamente.
Así pues, la Iglesia ni quiere ni debe inmiscuirse, sin justa causa, en la dirección de las cosas
estrictamente humanas, pero tampoco puede perinitir y tolerar que el poder político tome pretexto de ello,
mediante leyes o disposiciones injustas, para causar daño alguno a bienes de orden superior, para faltar a la
constitución divina de la Iglesia o para violar los derechos de Dios mismo en la sociedad civil.
Por lo tanto, hacemos Nuestras, Venerables Hermanos, las palabras que Benedicto XV, de f. m.,
pronuncio en su última alocución, en el Consistorio del 21 de noviembre del año pasado, a propósito de los
pactos solicitados u ofrecidos por diversos Estados: iNada toleraremos, en tales convenios, que se oponga a la
dignidad y a la libertad de la Iglesia, pues es de la máxima importancia, aun en beneficio mismo del progreso
de la civilización, el que ella-la Iglesia-tenga una vida cada vez ¡irás próspera y goce de aniplia libertad».
Independencia y libertad del Pontificado, en su Sede 26. Así las cosas, innecesario es deciros cuán vivo
es Nuestro dolor, al contemplar cómo entre las numerosas naciones que mantienen relaciones de amistad con la
santa Sede falta Italia-Italia, Nuestra patria muy amada, escogida por Dios, que con su providencia gobierna
el ordenado curso de los tiempos, para en ella colocar la Sede de su Vicario en la tierra; y así esta augusta
ciudad, asiento en otros tiempos de un imperio muy extenso pero limitado a determinadas fronteras,se
convirtió en capital del mundo entero, p es, al ser la sede de un principado divino, que por su naturaleza
trasciende los confines de todas las razas y nacionalidades, abarca en sí a las naciones y pueblos todos. Ahora
bien, así el origen y naturaleza divina de este principado como el sacrosanto derecho de los fieles todos,
repartidos por el universo mundo, exigen que este sagrado principado no parezca depender de potencia alguna
humana, ni de ninguna ley-aunque ésta prometiera la libertad, con ciertas garantias, del Romano Pontífice-,
antes bien, debe aparecer manifiestamente independiente en sus derechos y soberanía.
Eran otras las garantías de libertad, con las que la divina Providencia, señora y. árbitro de las
contingencias humanas, había fortalecido la autoridad del Romano Pontífice, y ello sin daño, antes bien, con
sumo provecho para la misma Italia: garantías aquéllas, que durante tantos siglos habían respondido
curnplidamente al designio divino de salvaguardar dicha libertad, y a las cuales ni la divina Providencia ha
indicado ni los proyectos de los hombres han encontrado hasta ahora compensación conveniente. Dichas
garantías fueron aniquiladas por la violencia enemiga, y, actualmente, continúan violadas, colocando al Sumo
Pontífice en unatsituación indignasde él, y que sin cesar en ristece a las alma de todos los fieles del mundo
entero.
Por todo ello, Nos, herederos así de la mente como del deber de Nuestros Predecesores, investidos con
la misma autoridad, la única competente para resolver en cuestión tan importante, Nos protestamos, corno
ellos protestaron, contra un tal estado de cosas y renovamos aquí las reivindicaciones que ellos formularon
para defender los
derechos y la dignidad de esta Sede Apostólica, moviéndonos a ello no una cualquier ambición de
dominio temporal-cuyo menor influjo Nos haría enrojecer-sino el pensamiento de Nuestra muerte y de la
severa cuenta que hemos de dar al juez divino.
27. Italia, por lo demás, nada tiene o tendrá que temer por parte de la Sede Apostólica, porque el
Rornano Pontífice, quienquiera que fuere, se mostrará siempre tal que pueda decir sinceramente con el profeta:
Mis pensamíentos son de paz, y no de aflicción 58, pensamientos de paz-decimos-, de paz verdadera y, por lo
tanto, nunca separada de la justicia, de suerte que con razón pueda añadirse: La justicia y la paz se dieron el
beso 11. A la omnipotencia y misericordia de Dios corresponde hacer que amanezca día tan alegre; a los
hombres prudentes y de buena voluntad, recibirlo: día que será el más fecundo así para la instauración
de¡ reino de Cristo como para la paci-
ler. 29, 11. Ps. 84,. 11.
ficación de Italia y del mundo. A todos los buenos corresponde trabajar con diligencia pat -a que no
quede frustrado.
A fin de que esta universal pacificación sea concedida cuanto antes a los hombres, férvidamente
exhortamos a todos los fieles para que unan sus fervientes oraciones, sin cesar, con las Nuestras,
singularmente en estos días de la Navidad del I?ey Pacífico, cuya entrada en el mundo fué saludada por las
milicias angélicas con este nuevo cántico: Gloria a Dios en lo más alto de los cielos y paz en la tierra a los
hombres de buena voluntad 61.
Prenda, finalmente, de esta paz sea, Venerables Hermanos, Nuestra Bendición Apostólica, que lleve toda
clase de felicidad a cada uno de los miembros de vuestro Clero y de vuestra grey, a las naciones y a las
famillas cristianas, así corno de prosperidad para los vivos y de reposo en la eternidad feliz para los difuntos:
Bendición que a vosotros, a vuestro Clero y a vuestros fieles damos de lo más íntimo de Nuestro corazón.
Dado en Roma, junto a San Pedro, el 23 de diciembre de 1922, año primero de Nuestro Pontificado.
-- Luc. 2, 14.

PIO XI - NON ABBIAMO BISOGNO LE. 29 junio 1931


POR LA ACCION CATOLICA [DE ITALIAJ 0 ES NECESARIO, Venerables HerNmanos, anunciaros
los acontecimientos, que en los últimos tiempos se han desarrollado en esta ciudad de Roma, Nuestra Sede
episcopal, y en toda Italia, que es decir, en Nuestra propia circunscripción Prirnacial, acontecimientos que han
tenido tan amplia y profunda repercusión en el mundo entero, y con mayores efectos, en todas y cada una de
las diócesis de Italia y del mundo católico. Pocas y tristes palabras las resumen: Se ha intentado herir de
muerte todo cuanto allí era y será siempre lo más querido por Nuestro corazón de Padre y Pastor de almas...-y
podernos bien, y aun debemos, añadir: «y más ofende aún el modo».
En presencia y bajo la presión de estos acontecimientos sentirnos Nos la necesidad y el deber de
dirigirnos -y por decirlo así, venir en espíritua cada uno de vosotros, Venerables Hermanos, ante todo para
cumplir un grave y ya obligado deber de gratitud fraterna; en segundo lugar, para satisfacer un deber no
menos grave y no menos apremiante de defender la verdad y la justicia en una inateria que, por referirse a
vitales intereses y derechos de la Santa Iglesia, os toca también a todos y cada uno de vosotros, dondequiera
que el Espíritu Santo os haya colocado para gobernarla en unión con Nos; en tercer lugar, queremos exponeros
las conclusiones y re-
flexiones que los acontecimientos Nos parecen imponer; en cuarto lugar, queremos confiaros Nuestras
preocupaciones para lo por venir, y, finalmente, os invitaremos a compartir Nuestras esperanzas y a rogar con
Nos y con el mundo católico por su realización.
1. DEBER DE GRATITUD 2. La paz interior, esa paz que nace de la plena y clara conciencia de estar
del lado de la verdad v de la justicia, y de combatir y sufrir por ellas, esa paz que solamente puede darla el
Rey elivino, y *que el mundo es completamente incapaz de dar y quitar, esa paz bendita y bienhechora, gracias
a la bondad y misericordia de Dios, no Nos ha abandonado ni un solo instante, y abrigamos la firme esperanza
de que, suceda lo que suceda, no Nos abandonará jamás, pero bien sabéis vosotros, Venerables Hermanos, que
esa paz deja libre acceso a los más amargos sinsabores. Así lo experinientó el inflamado Corazón de Jesús, lo
mismo experimentan los corazones de sus fieles servidores, y Nos también hemos experimentado la verdad de
aquella misteriosa palabra: Ecce in pace amaritudo mea amarissima 1. Vuestra intervención tan rápida como
profundamente generosa y afectuosa, que no Is. 38, 17.

ha cesado todavía, Venerables Hermanos, los sentimientos fraternos y filiales, y, por encima de todo, ese
sentido de alta y sobrenatural solidaridad, de íntima unión de pensamientos y de sentimientos, de inteligencias
y de voluntades que respiran vuestras comunicaciones tan llenas de amor, Nos han llenado el alma de
consuelos indecibles y muchas veces han hecho subir de Nuestro corazón a Nuestros labios las palabras
de¡ salM02: Secundum multitudinem dolorum meorum in corde meo, consolationes tuae laetificaverunt
animam meam. De todos estos consuelos, después de Dios, os damos gracias de todo corazón, Venerables
Hermanos, a vosotros, a quienes también Nos podemos repetir la palabra de Jesús a los Apóstoles, vuestros
predecesores: Vos qui permansistis rnecuní in tentationibus meis 1.
Sentimos también y queremos cumplir el deber tan dulce para el corazón paternal de dar las gracias
junto con vosotros, Venerables Hermanos, a tantos de vuestros buenos y dignos hijos que, individual y
colectivamente, en su propio nombre o en el de las inás diversas organizaciones y asociaciones consagradas al
bien, y en rnayor núrnero, de las Asociaciones de Acción Católica y de la juventud Católica, Nos han enviado
tantas y tan filialmente afectuosas expresiones de condolencia, de devoción, y de generosa y eficaz
conformidad a Nuestras normas directivas, como a Nuestros deseos. Singularmente bello y consolador para
Nos ha sido el Contemplar a las «Acciones Católicas» de todos los países, desde los más próximos hasta los
más remotos, contemplarlas -decimos-reunidas en torno al Padre común, animadas y como impulsadas por un
mismo espíritu de fe, de piedad 0 Ps. 93, 19.
1Luc. 22 28.
filial, de generosos propósitos el¡ los que se expresa unánimemente la penosa sorpresa de ver perseguida
y herida la Acción Católica precisamente en el Centro del Apostolado jerárquico, allí donde más razón de ser
tiene---esa Acción Católica que en Italia, como en todas las partes de¡ mundo, según su auténtica y esencial
definición y según Nuestras asiduas y vigilantes normas tan generosamente secundadas por vosotros,
Venerables Hermanos, ni quiere ni puede ser otra cosa sino la participación y colaboración de los seglares en
el Apostolado jerárquico.
Vosotros mismos, Venerables Hermanos, llevaréis la expresión de Nuestra paternal gratitud a todos los
hijos vuestros y Nuestros en jesucristo, que se han mostrado formados tan bien en vuestra escuela y tan
buenos y piadosos hacia su Padre común, que Nos hacen exclamar: Superabundo gaudio in tribniatione
nostra4.
3. A vosotros, Obispos de todas y cada tina de las diócesis de esta querida Italia, a vosotros os debemos
no sólo la expresión de Nuestra gratitud por los consuelos que en noble y santa porfía Nos habéis prodigado
tan generosamente con vuestras cartas durante todo el pasado mes y singularmente en este mismo día de los
Santos Apóstoles con vuestros delicados y elocuentes telegramas, pero también os debernos dirigir el pésarne
por todo cuanto cada uno de vosotros ha sufrido, al ver cómo de repente cala devastadora la tempestad sobre
las parcelas más ricamente floridas y prometedoras de los Jardines espirituales que el Espíritu Santo ha
confiado a vuestra solicitud y que veníais vosotros cultivando con tanto celo y con tan gran provecho para las
almas. Vuestro corazón, Venerables Hermanos, se ha vuelto en seguida hacia el Nuestro para participar en
Nuestra pena, en la cual sentíais converger como en su centro, encontrarse y multiplicarse todas las vuestras:
es lo que Nos habéis mostrado en los testimonios rrás claros y afectuosos, y por ello con todo corazón os
darnos las gracias. Particularmente os agradecernos el unáninic y verdaderamente grandioso testim nfla que
habéis dado • la Acción Católica italiana y precisamente • las Asociaciones Juveniles, por haber per-
- 2 Cor. 7, 4,
manecido fieles a Nuestras normas y a las vuestras que excluyen toda activIdad politica de partido. Al
mismo tiempo damos las gracias también a todos vuestros sacerdotes y fieles, a vuestros religiosos y
religiosas, que se han unido a vosotros con tan gran impulso de fe y de piedad filial. Damos las gracias
especialmente a vuestras asociaciones de Acción Católica, y en primer lugar a las juveniles de todas las
categorías, hasta las más pequeñas Benjaminas y los más pequeflos niños, tanto más queridos cuanto más
pequeños son, en cuyas plegarlas tenemos especial confianza y esperanza.
Vosotros habéis comprendido, Venerables Hermanos, que Nuestro corazón estaba y está con vosotros,
con cada uno de vosotros, sufriendo con vosotros, orando por vosotros y con vosotros, a fin de que Dios, en su
infinita misericordia, Nos socorra y aun haga salir de este gran mal, desencadenado por el antiguo enemigo del
bien, una nueva floración de bienes, y de grandes bienes.
11. LA A. C. NO ES POLITICA 4. Satisfecha ya la deuda de gratitud por los consuelos recibidos en
medio de dolor tan grande, debemos satisfacer las obligaciones que el ministerio apostólico Nos impone para
con la verdad y la justicia.
injustas acusaciones Ya muchas veces, Venerables Hermanos, de la manera más explícita y asumiendo
toda la responsabilidad de lo que decíamos, hemos significado Nos y hemos protestado contra la campaña de
falsas e injustas acusaciones que precedió a la disolución de las Asociaciones juveniles y Universitarias de la
Acción Católica, disolución ejecutada por vías de hecho y con procedimientos que daban la impresión de que
se actuaba contra una vasta y peligrosa asociación delincuente. Y, sin embargo, se trataba de jóvenes y de
niños que son ciertamente los mejores entre los buenos, y de los cuales tenemos la satisfacción y el orgullo de
poder tina vez más dar ?ste testimonio. Parecía como si aun los mismos ejecutores (no la mayoría, pero sí
muchos) de tales procedimientos tuvieran asimismo esta impresión y no la ocultaran, empleando, en el
cumplimiento de su cometido, expresiones y delicadezas con las cuales parecían pedir excusa y querer hacerse
perdonar por lo que se les obligaba a hacer: Nos los hemos tenido en cuenta y les reservamos especiales
bendiciones.
Pero, como por dolorosa compensación, ¡cuánta crueldad y violencia, hasta las heridas y la sangre,
cuántas irreverencias de prensa, de palabras y de hechos contra las cosas y coatra las personas, incluso la
Nuestra, han precedido, acompañado y seguido a la ejecución de la repentina medida policíaca! Y ésta con
gran frecuencia se ha extendido, por ignorancia o por un celo malévolo, a ciertas asociaciones e instituciones
ni siquiera comprendidas en las órdenes superiores, como los oratorios de los niños y las piadosas
congregaciones de las Hijas de María.
Todo este lamentable conjunto de irreverencias y de violencias tenía que ser con una tal intervención de
miembros e insignias de¡ partido, con tal uniformidad de un extremo a otro de Italia y con tal condescendencia
de las Autoridades y de las fuerzas de seguridad pública, que necesariamente hacian pensar en disposiciones
venidas de arriba. Fácilmente admitimos, como era fácil de prever, que estas disposiciones pudieron y hasta
debieron necesariamente ser sobrepasadas. Hemos debido recordar estas cosas antipáticas y penosas, porque
se ha intentado hacer creer al público y al mundo que la deplorable disolución de las Asociaciones a Nos tan
queridas se había llevado a cabo sin incidentes y casi como una cosa normal.
5. Pero la realidad es que se ha atentado muy de otro modo y en las
más vastas proporciones contra la verdad y la justicia. Si no todas, ciertamente las principales
falsedades y verdaderas calumnias esparcidas por la prensa hostil de partido-la única libre, y con frecuencia
mandada o casi obligada, para hablar de todo y atreverse a todo-han sido recogidas en un mensaje, aunque «no
oficial» (cautelosa calificación) y suministradas al público por los más poderosos medios de difusión que al
presente se conocen. La historia de los documentos, redactados no para servir a la verdad y a la justicia sino
para ofenderla, es una larga y triste historia, y Nos debemos decir, con la más profunda amargura, que en los
muchos años de Nuestra actividad de bibliotecario rara vez hemos encontrado un documento tan tendencioso y
tan contrario a la verdad y a la justicia con relación a la Santa Sede, a la Acción Católica y más
particularmente a las Asociaciones Católicas, tan duramente castigadas. Si calláramos, si dejáramos pasar, es
decir, si permitiéramos creer todas esas cosas, vendríamos a ser aun más indignos de lo que ya somos, de
ocupar esta augusta Sede Apostólica, indignos de la filial y generosa devoción con la cual siempre Nos han
consolado y Nos consuelan hoy más que nunca Nuestros queridos hijos de la Acción Católica, y más
particularmente aquellos Nuestros hijos e hijas, tan numerosos, gracias a Dios, que por su religiosa fidelidad a
Nuestros mandatos y normas tanto han sufrido y tanto sufren, honrando tanto más así la escuela en que se han
formado como al Divino Maestro y a su indigno Vicario, cuanto más luminosamente han demostrado con su
cristiana actitud, aun frente a las amenazas y a las violencias, de qué lado se encuentra la verdadera dignidad
de carácter, la verdadera fuerza de alma, el verdadero valor y aun la misma civilización.
Procuraremos ser muy breves al rectificar las fáciles afirmaciones del aludido mensaje. Y decimos
fáciles por no decir audaces, pues les constaba que el gran público se encontraba en la casi imposibilidad de
comprobarlas en modo alguno. Seremos breves, tanto más cuanto que muchas veces, sobre todo en los últimos
tiempos, hemos tratado asuntos que vuelven apresentarse hoy, y Nuestra palabra, -Venerables Hermanos, ha
podido llegar hasta vosotros y por vosotros a vuestros y a Nuestros queridos hijos en jesucristo, como
esperamos sucederá con la carta presente.
El mensaje en cuestión decía, entre otras cosas, que las revelaciones de la prensa, que era contraria del
partido, habían sido confirmadas casi en su totalidad, en sustancia, por lo menos, precisamente por el
Osservatore Romano. La verdad es que el Osservatore Romano ha demostrado, cuando la ocasión lo requería,
que las pretendidas revelaciones eran otras tantas invenciones o en todo y por todo, o al menos en la
interpretación dada a los hechos. Basta leer sin mala fe y con la más modesta capacidad de comprensión.
El mensaje decía también que era una tentativa ridícula la de hacer pasar a la Santa Sede como víctima
en un país donde miles de viajeros pueden dar testimonio del respeto mostrado a Sacerdotes, a Prelados, a la
Iglesia y a las ceremonias religiosas. Sí, Venerables Hermanos, desgraciadamente sería una tentativa harto
ridícula, como lo sería la de quien quisiera derribar una puerta abierta, porque los millares de viajeros
extranjeros, que nunca faltan en Italia y en Roma, han podido, desgraciadamente, ver con sus propios ojos las
irreverencias frecuentemente impías y blasfemas, las violencias, los ultrajes, los vandalismos cometidos contra
lugares, cosas y per
sonas en todo el País y en esta Nuestra misma Sede episcopal, cosas todas ellas deploradas por Nos
varias veces después de informaciones ciertas y precisas.
ingratitud: ¿de quién?
El mensaje insiste en la *negra ingratitud* de los Sacerdotes que se ponen contra el partido, el cual ha
sido -dice-para toda Italia la garantía de la libertad religiosa. El Clero, el Episcopado y esta misma Santa Sede
nunca han dejado de apreciar la importancia de todo cuanto en estos años se ha hecho, en beneficio de la
religión, y frecuentemente han ipanifestado vivo y sincero reconocimieñto por ello. Pero con Nos, el
Episcopado, el Clero y todos los verdaderos fieles, y hasta los ciudadanos amantes del orden y de la paz, se
han llenado de pena y preocupación ante los atentados sistemáticos, comenzados demasiado pronto, contra las
más sanas y preciosas libertades de la Religión y de las conciencias, a saber, todos los atentados contra la
Acción Católica y contra sus diferentes Asociaciones, sobre todo contra las juveniles, atentados que
culminaron en las medidas policíacas realizadas contra ellas y en las formas ya indicadas; atentados y
medidas, que hacen dudar seriamente de que las pri-, meras actitudes benévolas y bienhechoras provinieran
exclusivamente de un sincero amor y celo por la religión. Si se quiere hablar de ingratitud, la ingratitud ha sido
y sigue siendo-para con la Santa Sede-la de un partido y la de un régimen que, a juicio del mundo entero, ha
sacado de sus relaciones amistosas con la Santa Sede, en la nación y fuera de ella, un aumento de prestigio y
de crédito que a intichos en Italia y en el extranjero les parecían excesivos, como les parecía de-
masiado grande el favor y demasiado amplia la confianza por parte Nuestra.
6. Cumplida ya la medida policíaca y cumplida con aquel aparato y con aquel séquito de violencias,
irreverencias y--desgraciadarnente-de tolerancia y connivencia de las autoridades de seguridad pública, Nos
suspendimos tanto el envío de un Cardenal Legado Nuestro a las fiestas centenarias de Padua corno las
procesiones solemnes en Roma y en Italia. Disposición que era evidentemente de Nuestra competencia y para
la cual teníamos motivos tan graves y tirgentes que Nos creaban el deber de adoptarla, aun sabiendo los
grandes sacrificios que con ella imponíamos a los fieles, y que a nadie resultaba tan dolorosa como a Nos
mismo. Pero ¿cómo podían celebrarse, según costumbre, aquellas alegres y festivas solemnidades en medio del
duelo y pena tan grande, en que estaban sumergidos el corazón del Padre común de todos los fieles y el
corazón maternal de la Santa Madre Iglesia en Roma, en Italia, y hasta en todo el mundo católico, con,o se ha
demostrado luego por la participación universal y verdaderamente mundial a cuya cabeza, Venerables
Hermanos, figuráis vosotros? Y ¿cómo podíamos no temer por el respeto e incolurnidad misma de las personas
y de las cosas más sagradas, dada la actitud de las autoridades y de la fuerza pública ante tantas Irreverencias
y violencias?
Doquier que pudieron llegar Nuestras disposiciones, así los sacerdotes como los buenos fieles tuvieron
las mismas impresiones y los mismos sentimientos; y, affl donde no fueron intimidados, amenazados o peor
todavía, dieron pruebas magníficas, y para Nos muy consoladoras, sustituyendo las solemnidades exteriores
por horas de oración, de adoración y de reparación, en unión de sufrimientos y de intenciones con el Santo
Padre, y ello siempre con un concurso del pueblo como jamás se había visto.
Sabernos bien cómo se desarrollaron las cosas allí donde Nuestras disposiciones no pudieron llegar a
tiempo, con la intervención de autoridades que destaca el mensaje, aquellas mismas autoridades del gobierno y
del partido que ya habían asistido 0 muy en breve habían de asistir mudas y tolerantes a la realización de
hechos netarnente anti
católicos y antirreligiosos; pero de esto calla el mensaje. Dice, en cambio, que hubo autoridades
eclesiásticas locales que se creyeron en el deber de «no te~ ner en cuenta» Nuestra prohibición. Nos no
conocemos autoridad alguna eclesiástica local que haya inerecido la afrenta y la ofensa que tales palabras
envuelven. Pero sabemos muy bien y Oeploramos vivamente las imposiciones, a veces llenas de amenaza y de
violencia, hechas o dejadas hacer contra las autoridades locales eclesiásticas; conocernos impías parodias de
cánticos sagrados y de sacras procesiones, completamente consentidas con profundo dolor de todos los buenos
fíeles y con verdadera angustia de todos los ciudadanos amantes de la paz y del orden que a la una y al otro
veían indefensos y aun peor, precisamente por parte de quienes en defenderlos tienen un deber tan gravísimo
corno vital interés.
El iriensaje recuerda la comparación, pregonada ya tantas veces, entre Itaba y los demás Estados en los
que la Iglesia se halla realmente perseguida, y contra los cuales no se han escuchado palabras corno las
pronunciadas contra Italia donde (dice) la Religión ha sido restablecida. Ya hemos dicho que guardamos y
guardaremos perenne gratitud y niemoría por todo cuanto en Italia se ha hecho en beneficio de la Religión,
aunque también en beneficio, si no simultáneo al menos no menor, y tal vez mayor, del partido y del régimen.
Hemos también dicho y repetido que no es necesario ( a veces seria asaz nocivo a los fines deseados) el que
todos sienten y sepan lo que Nos y la Santa Sede por medío de Nuestros representantes y Nuestros hermanos
en el Episcopado, venimos diciendo y demostrando doquier que los intereses de la religión lo requieren, y en la
medida que juzgamos necesario, principalmente donde la Iglesia se halla verdaderamente perseguida.
7. Con indecible dolor vemos cómo en Italia, y aun en esta nuestra Rorna, se desencadena una
verdadera y real persecución contra lo que la Iglesia y su jefe consideran como más precioso y más querido en
materia de su libertad y de sus derechos, libertad y detechos que son también los de las almas, y más
especialmente los de las almas de los jóvenes, particularmente confiados a la Iglesia y a su Cabeza por el
Divino Creador y Redentor.
Como es notorio, repetida y solemnemente hemos Nos afirmado y declarado que la Acción Católica,
tanto por su naturaleza y su esencia (participación y colaboración del estado seglar en el apostolado
jerárquico) corno por Nuestras precisas y categóricas normas y prescripcilones, está fuera y por encima de
toda política de partido. Al mismo tierripo hemos afirmado y declarado que sabíamos de ciencia cierta que
Nuestras normas y prescripciones habían sido fielmente obedecidas y curnplidas en Italia. El mensaje dice que
la afirmación de que la Acción Católica no ha tenido un verdadero carácter político es completamente falsa.
No queremos poner de relieve todo cuanto de irrespetuoso hay en semejante afirmación; hasta los motivos que
el mensaje alega demuestran toda su falsedad y la ligereza, que en verdad podría decirse ridícula, si el caso no
fuera tan digno de llorarse.
pretextos especiosos La Acción Católica tenía-dice el mensaje-banderas, insignias, tarjetas de adheridos
y todos los demás signos exteriores de un partido político. Como si las banderas, las Insignias, las tarjetas de
adheridos y otras parecidas formalidades exteriores no fuesen hoy día comunes, en todos los países del mundo,
a las más variadas asociaciones y
actividades que nada tienen ni quieren tener de común con la política: deportivas y profesionales, civiles
y militares, comerciales e industriales, escolares hasta de niños pequeños, religiosas con religiosidad la más
piadosa y devota y casi infantil, como la de los Cruzados de la Eucaristía.
S. El mensaje ha comprendido toda la debilidad e inconsistencia del motivo aducido; y como tratando de
defender su argumentación, aún añade otros tres nuevos motivos.
El primero es que los jefes de la Acción Católica eran casi todos miembros y hasta jefes del Partido
Popular, que ha sido-dice-uno de los más acérrimos enemigos del partido fascista. Esta acusación ha sido
lanzada más de una vez contra la Acción Católica Italiana, pero siempre en términos generales y sin precisar
nombre alguno. En cada caso hemos invitado a que se dieran nombres precisos; pero en vano. Tan sólo un
poco antes de las medidas de policía tomadas contra la Acción Católica y en evidente preparación para
aquéllas, la prensa enemiga, dependiendo sin duda de los informes de la policía, ha publicado algunos hechos y
algunos nombres: tales son las pretendidas revelaciones a que alude el mensaje en su preámbulo, y que el
Osservatore Romano ha desmentido y rectificado plenamente, lejos de confirmarlas, como afirma el mensaje,
engañando lastimosamente al gran público.
Por lo que a Nos toca, Venerables Herinanos, además de las informaciones reunidas desde hace tiempo y
de investigaciones personales hechas ya mucho antes, hemos creído que era Nuestro deber el procurarnos
nuevas informaciones y proceder a nuevas investigaciones, y he aquí, Venerables Hermanos, los resultados
positivo! obtenidos. Ante todo hemos comproba-
do que, cuando aun subsistia el Partido Popular-y cuando el nuevo partido no existía en modo alguno-,
según disposiciones publicadas en 1919, quien hubiese ocupado cargos directivos en el Partido Popular no
podía ocupar al rrfismo tiempo funciones directivas en la Acción Católica.
También hemos comprobado, Venerables Hermanos, que los casos de exdirigentes locales (seglares) del
Partido Popular, llegados a ser más tarde directivos locales de Acción Católica, entre los señalados-como más
arriba hemos dicho-por la prensa enemiga, se reducen a cuatro, repetímos, cuatro: exiguo número, comparado
con las 250 juntas Diocesanas, 4.000 Secciones de hombres católicos y más de 5.000 Círculos de la juventud
Católica masculina. Y aun debemos añadir que en los cuatro casos notados se trata siempre de individuos que
jamás dieron lugar a. dificultad alguna y de los que algunos simpatizan francarnente con el régimen y con el
partido fascista, siendo bien vistos por éstos.
Y no queremos ornitir aquella otra garantía de religiosidad apolítica de la Acción Católica que bien
conocéis vosotros, Venerables Hermanos, Obispos de Italia: la de que la Acción Católica estuvo, está y estará
siempre dependiendo del Episcopado-de vosotros-, a los cuales pertenecía siempre la elección de los sacerdotes
«Consiliarios» y el nombramiento de los «Presidentes de las juntas Diocesanas»; de donde aparece claro que,
al poner en vuestras manos y al recQmendaros las asociaciones perseguidas, no hemos ordenado ni dispuesto
nada nuevo sustancialmente. Disuelto y desaparecido el Partido Popular, los que ya pertenecían a la Acción
Católica, continuaron perteneciendo a ella, sometiéndose con perfecta disciplina a su ley fundarnental, es decir,
absteniéndose de toda actividad política; y esto mismo hicie
ron los que entonces solicitaron afi-
liarse a aquélla.
¿Con qué justicia, pues, y con qué caridad hubieran podido ser expulsados o no admitidos todos
aquellos que a las cualidades requeridas unían el someterse voluntariamente a aquella ley [de la apoliticidadj?
El régimen y el partido, que parecen atribuir una fuerza tan temible y tan temida a los miembros del Partido
Popular en el terreno político, debían mostrarse agradecidos a la Acción Católica, que ha sabido retirarles de
ese terreno, bajo su promesa formal de no ejercitar actividad política alguna, sino tan sólo religiosa.
Por lo contrario, Nos, la Iglesia, la Religión, los fieles cristianos (y no solamente Nos) no podernos estar
agradecidos a quien, después de haber disuelto el socialismo y la masonería, enemigos Nuestros (pero no sólo
Nuestros) declarados, les ha abierto una amplia entrada, como todos ven y deploran, haciéndose ellos tanto
más fuertes, peligrosos y nocivos cuanto más ocultos, a la vez que más favorecídos por el nuevo uniforme.
No raras veces se Nos ha hablado de infracciones de aquel compromiso empeñado; siempre hemos
solicitado nombres y hechos concretos, dispuestos Nos siempre a intervenir y proveer; nunca jamás se
respondió a Nuestra demanda.
9. El mensaje denuncia que una parte considerable de los actos y de la organización [en la Acción
Católica¡ eran de naturaleza política, y no tenían nada que ver con la «educación reí¡glosa y la propagación de
la fe*. Aparte la manera inhábil y confusa con que parece aludirse a los objetivos de la Acción Católica, todos
cuantos conocen y viven la vida contemporánea, saben que no existe iniciativa ni actívidad -desde las más
espirituales y cienti-
ficas hasta las más materiales y mecánicas-que no necesite organización y actos correspondientes, y que
ni éstos ni aquélla se identifican con la finalidad de las diversas iniciativas y actividades, al no ser sino medios
con que mejor alcanzar los fines que cada una se propone.
¿peligro para el Estado?
Pero (continúa el mensaje) el argumento más fuerte que puede emplearse para justificar la destrucción
de los círculos católicos de jóvenes es la defensa del Estado, la cual es algo más que un simple deber de
cualquier gobierno. Nadie duda de la solemnidad y de la importancia vital de tal deber y de tal derecho,
añadimos Nos, porque mantenernos, y queremos a toda costa poner en práctica, con todas las personas
honradas y sensatas, que el primer derecho es el de cumplir el propio deber. Pero todos los destinatarios y
lectores del mensaje se habrían sonreído incrédulos o en extremo estupefactos, si el mensaje hubiese añadido
que de los Círculos de juventud Católica perseguidos, 10.000 eran-mejor dicho, son-de juventud femenina, con
un total de unas 500.000 jóvenes y niñas; ¿quién puede ver ahí un serio peligro o amenaza real para la
seguridad del Estado? Y se debe considerar que sólo 200.000 jóvenes son asociadas «efectivas», más de
100.000 son pequeñas #aspirantes», y más de 150.000 - más pequeñas aún - son «Benjaminas*.
10. Quedan luego los círculos de la juventud católica masculina, esta misma juventud católica que en
las publicaciones juveniles del partido y en los discursos y circulares de los llamados «jerarcas» son
propuestos y señalados al desprecio y a la mofa (con
qué sentido de responsabilidad pedagógica---, por no hablar sino tan sólo de ésta, cualquiera lo ve)
como una turba de miedosos, sólo buenos para llevar velas y rezar rosarios en las procesiones; puede ser que
por tal motivo hayan sido en los últimos tiempos con tanta frecuencia y con valor tan poco noble asaltados y
rnaltratados hasta sangrientamente, abandonados sin defensa por quienes debian y podían protegerlos y
defenderlos, aunque sólo fuera por tratarse de quienes, inernies y pacíficos, eran asaltados por gentes violentas
y casi siempre armadas.
Si ahí está el argumento más fuerte para justificar la atentada «destrucción» (la palabra no deja duda
alguna sobre las intenciones) de nuestras queridas y heroicas asociaciones de jóvenes de la Acción Católica,
bien veis, Venerables Hermanos, que Nos podremos y deberemos felicitarnos, pues el argumento ya por sí
mismo aparece tan claramente increíble e insubsistente. Pero, desgraciadamente, debemos repetir que mentita
est iniquitas sibi 1, y que «el argumento más fuerte» en favor de la deseada «destrucción» ha de buscarse en
otro terreno: la batalla que hoy se libra no es política, sino moral y religiosa; exclusivamente moral y refiglosa.
Precisa cerrar los ojos a esta verdad y ver-mejor dicho, inventar-política allí donde no hay sino religión
y moral, para concluir, como lo hace el mensaje, que se había creado la situación absurda de una fuerte
organización a las órdenes de un Poder «extranjero*, el «Vaticano», cosa que ningún gobierno de este mundo
hubiera permitido.
Se han secuestrado en masa los documentos en todas las oficinas de la Acción Católica Italiana, se
contínita 6Ps. 26, 12.
(a este punto se ha llegado) interceptando y secuestrando toda la correspondencia sospechosa de alguna
relación con las Asociaciones perseguidas, y aun con aquellas que no lo son, corno los Oratorios. Pues bien,
que se Nos diga a Nos, a Italia y al mundo cuáles y cuántos son los documentos de la política, realizada y
tramada por la Acción Católica con peligro para el Estado. Nos atrevemos a decir que no se encontrarán sino
leyendo o interpretando conforme a ideas preconcebidas, injustas y en plena contradicción con los hechos y
con la evidencia de pruebas y testimonios innumerables. Si se descubrieran documentos auténticos y dignos de
consideración, Nos seríamos el primero en reconocerlos y tenerlos en cuenta. Pero ¿quién querrá, por ejemplo,
tachar de política, y de política peligrosa para el Estado, alguna indicación, alguna desaprobación de los
odiosos tratos con tanta frecuencia infligidos, en tantas partes, a la Acción Católica, aun mucho antes de los
últirnos acontecimientos? 0 ¿quién querrá fundarse en declaraciones impuestas y arrancadas, como Nos consta
que ha sucedido en algún lugar?
Por lo contrario, entre los docunientos secuestrados se encontrarán pruebas y testimonios, innumerables,
de la profunda y constante religiosidad y religiosa actividad, así de toda la Acción Católica como
particularmente de las Asociaciones juveniles y universitarias. Bastará saber leer y juzgar, como Nos mismo lo
hemos hecho innurnerables veces, los programas y los informes, las actas de los congresos, de las semanas, de
estudios religiosos y de oración, de ejercicios espirituales, de la frecuencia de sacramentos practicada y
suscitada, de conferencias apologéticas, de estudios y actividades catequísticas, de cooperación a iniciativas de
verdadera y pura caridad cristiana en las Conferencias de San Vi
cente y en tantas otras formas, de actividad y de cooperación misionera.
Ante tales hechos y ante tal documentación, o sea, con los ojos y las manos sobre la realidad, Nos
hemos dicho siempre, y lo volvemos a repetir, que el acusar a la Acción Católica Italiana de hacer política era
y es una verdadera y pura calumnia. Los hechos han demostrado qué se pretendía y se preparaba con ello:
pocas veces se habrá cumplido en proporciones tan grandes la fábula del lobo y el cordero; y la historia no lo
olvidará.
el Papa, «extranjero*
11. Por lo que toca a Nos, seguros hasta la evidencia de estar y mantenernos en el terreno religioso,
jamás hemos creído que pudiéramos ser considerados como un «poder extranjero», y menos aún por católicos
y por católicos italianos.
Precisamente por razón del poder apostólico que, a pesar de Nuestra grandísima indignidad, Nos ha
sido concedido por Dios, todos los católicos del mundo (muy bien lo sabéis vosotros, Venerables Hermanos),
consideran a Roma corno la segunda patria de todos y cada uno de ellos. No hace mucho que un hombre de
Estado, uno de los más célebres ciertamente, y no católico ni arnigo del catolicismo, declaraba en una
Asamblea política que no podía considerar como extranjero a un poder al que obedecían veinte millones de
alemanes.
Para afirmar, pues, que ningun gobierno del mundo hubiera dejado subsistir la situación creada en Italia
por la Acción Católica, es necesario ignorar u olvidar absolutamente que la Acción Católica subsiste, vive y
actúa en todos los Estados del mundo, incluso en China-imitando frecuentemente en sus líneas generales y
hasta el] sus Minimos detalles a la Acción Católica Italiana, y algunas veces, con formas y peculiaridades de
organización más acusadas aún que en Italia. En ningún país del mundo ha sido considerada jamás la Acción
Católica cOMO un peligro para el Estado; en ningún país del rnundo la Acción Católica ha sido tan
odiosamente perseguida (no encontramos otra palabra que responda mejor a la realidad y a la verdad de los
hechos) como en esta Nuestra Italia y en esta Nuestra misma Sede episcopal de Roma; y ésta sí que es
verdaderamente una situación absurda, no creada por Nos pero sí contra Nos.
Nos hemos impuesto un grave y penoso deber; Nos ha parecido un deber imperioso de caridad y de
justicia paternal, y con este espíritu lo hemos cumplido hasta el fin, el de volver a poner en su justa luz hechos
y verdades que algunos hijos Nuestros, tal vez no con plena conciencia, habían colocado en una falsa luz con
perjuicio para otros hijos Nuestros.
111. CONCLUSIONES Y REFLEXIONES 12. Y ahora una primera reflexión y conclusión: según todo
cuanto hemos expuesto y, sobre todo, según los acontecimientos mismos tal corno se han desarrollado, la
actividad política de la Acción Católica, la hostilidad clara o encubierta de algunos de sus sectores contra el
régimen y el partido, as¡ como también el refugio eventual y la protección de la aún subsistente y hasta aquí
tolerada hostilidad al partido bajo las banderas de la Acción Católica (cf. Comunicado del Directorio, del 4 de
junio de 1931), todo esto no es sino un pretexto o una acumulación de pretextos; más aún, Nos atrevemos a
decir que la misma Acción Católica es un pretexto; lo que se pretendía y
lo que se intentó hacer fue el arrancar a la Acción Católica, y por medio de ella a la Iglesia, la juventud,
toda la juventud. Esto es tan cierto que después de haber hablado tanto de la Acción Católica, se tomó como
blanco las Asociaciones juveniles, pero no se paró en las Asociaciones juveniles de Acción Católica sino que se
alargó la mano indistintamente a asociaciones y obras de pura piedad y de exclusiva formación religiosa, como
las Congregaciones de Hijas de María y los Oratorios; tan indistintamente, que con frecuencia se ha tenido que
reconocer su gran error.
Este punto esencial ha sido abundantemente confirmado aun por otra parte. Ha sido confirmado, sobre
todo, por las numerosas afirmaciones anteriores de elementos más o menos responsables y aun por los
hombres más representativos del régimen y del partido, y que tuvieron su más pleno comentario y su definitiva
confirmación en los últimos acontecimientos.
La confirmación ha sido aun más explícita y categórica-estábamos por decir, solemne a la vez que
violentapor parte de quien no solamente lo representa todo, sino que lo puede todo, en una publicación oficial
o poco menos, dedicada a la juventud, en declaraciones destinadas a la publicidad, a publicidad en el
extranjero antes que dentro del país, y también, aun muy récientemente, en mensajes y comunicados a
representantes de la prensa.
Otra reflexión y conclusión se impone inmediata e inevitablemente. Luego no se han tenido en cuenta
Nuestras repetidas afirmaciones y garantías, ni tampoco vuestras afirmaciones y garantías, Venerables
Hermanos, Obispos de Italia, sobre la naturaleza y sobre la actuación verdadera y real de la Acción Católica,
y sobre los derechos sagrados e Inviolables de las almas y de la Iglesia en aquélla representados y
personificados.
13. Decimos, Venerables Hernianos, los derechos sagrados e Inviolables de las almas y de la Iglesia, y
esta es la reflexión y conclusión que se impone antes qu¿ otra cualquiera, porque es también más grave que
toda otra. Ya en repetidas ocasiones, según es bien sabido, Nos hemos expresado Nuestro pensamiento, o
mejor, el de la Santa Iglesia sobre materias tan importantes y esenciales, y a vosotros, Venerables Hermanos,
fieles maestros en Israel, nada más hay que deciros; pero no podemos menos de añadir algo para esos queridos
pueblos que están en torno a vosotros, que por divino mandamiento apacentáis y gobernáis y que ahora ya casi
sólo por medio de vosotros pueden conocer el pensamiento del Padre común de sus almas.
Decíamos sagrados e inviolables derechos de las almas y de la Iglesia. Trátase del derecho de las almas
a procurarse el mayor bien espiritual bajo el magisterio y el trabajo formativo de la Iglesia, de tal magisterio y
de tal trabajo única mandataria divinamente constituida en este orden sobrenatural fundado en la sangre del
Dios Redentor, orden necesario y obligatorio a todos a fin de participar en la Redención divina. Trátase del
derecho de las almas así formadas a hacer que participen de los tesoros de la Redención otras almas,
colaborando así en la actividad del Apostolado jerárquico. Ante la consideración de este noble derecho de las
almas es por lo que Nos decíamos poco ha estar alegres y enorgullecidos por combatir la buena batalla por la
libertad de las conciencias, pero no (como alguno, tal vez, inadvertidamente, Nos hizo decir) por la libertad de
conciencia, frase equívoca y de la que se ha abusado demasiado para significar la absoluta independencia de
la conciencia, cosa absurda en el alma creada y redimida por Diol.
Trátase, además, de] derecho no menos inviolable de la Iglesia a cumplir el imperativo mandato divino,
que le otorgó su Divino Fundador, de llevar a las almas, a todas las almas, todos los tesoros de verdad y de
bien, doctrinales y prácticos, que El mismo había traído al mundo 6. Y qué lugar debieran ocupar la infancia y
la juventud en esta absoluta universalidad y totalidad del mandato, lo muestra El mismo, el Divino Maestro,
creador y redentor de las almas, con su ejemplo y con aquellas palabras singularmente memorables pero
también particularmente formidables: Dejad que los niños vengan a mí y izo queráis impedírselo... Estos
pequeños que (como por un divino instinto) creen en Mí, a los cuales está reservado el reino de los cielos, y
cuyos ángeles tutelares y defensores ven siempre la faz del Padre celestial; íay del hombre que escandalizare a
uno de estos pequeñosl «Sinite parvulos venire ad me et nolite prohibere eos... qui in me credunt... istortini est
enim regriuni caelorum; quoruni Angel¡ seniper vident faciem Patris qui in caelis est; Vae! hornini illi per quem
unus ex pusillis istis scandalizatus fuerit» 7.
Henos, pues, aquí en presencia de todo un conjunto de auténticas afirmaciones y de hechos no menos
auténticos, que ponen fuera de toda duda el proyecto-ya en tan gran parte realizado-de monopolizar por
completo la juventud, desde la más primera niñez hasta la edad adulta, en favor absoluto y exclusivo de un
partido, de un régimen, sobre la base de una ideología que declaradamente se resuelve en una verdadera y
propia estatolatría pagana, en contradicción no menos con los derechos naturales de la Mat. 28, 19-20. Mat.
19, 13 ss.; 18, 1 ss, familia que con los derechos sobrenaturales de la Iglesia. Proponerse y promover
semejante monopolio, perseguir con tal pretexto, como se venía haciendo largo tiempo ha, clara o
encubiertarnente, a la Acción Católica; atacar con tal finalidad, como últimamente se ha hecho, a sus
Asociaciones juveniles, equivale verdadera y propiamente a impedir que la juventud vaya a Cristo, porque es
impedir que vaya a la Iglesia, y donde está la Iglesia allí está Cristo. Y se llegó a arrancar la juventud, por la
violencia, del seno de la una y del Otro.
Iglesia y Estado, en la enseñanza 14. La Iglesia de jesucristo jamás ha discutido al Estado sus derechos
y sus deberes [los de éste] sobre la educación de los ciudadanos y Nos mismo los hemos recordado y
proclamado en Nuestra reciente Encíclica sobre la educación cristiana de la juventud; derechos y deberes
incontestables, mientras se mantengan dentro de los límites de la competencia peculiar del Estado,
competencia que a su vez se halla claramente delimitada por los fines propios del mismo Estado-fines, que
ciertamente no son tan sólo corpóreos y materiales pero que por sí mismos se hallan necesariamente
contenidos dentro de los limites de lo natural, de lo terreno, de lo temporal. El divino mandato universal, que la
Iglesia ha recibido del mismo jesucristo incomunicable e insustituiblemente, se extiende-en-cambio-a lo eterno,
a lo celestial, a lo sobrenatural, orden éste de cosas que por una parte es obligatorio estrictamente a toda
criatura racional y al que por otra parte todo lo demás debe subordinarse y coordinarse.
La Iglesia de jesucristo está ciertamente dentro de los límites de su di
vino mandamiento ¡lo sólo cuando en las almas deposita los primeros principios indispensables y los
elementos de la vida sobrenatural, sino también cuando promueve y desarrolla esta vida según las varias
circunstancias y capacidades, en las formas y con los medios que ella juzga más apropiados, y ello aun en su
intento mismo de preparar esclarecidas y animosas cooperaciones al apostolado jerárquico. De jesucristo es la
solemne declaración de que El ha venido precisamente para que las almas tengan no sólo algún principio o
elemento de vida sobrenatural, sino para que la tengan en la mayor abundancia: Ego ven¡ ut vitam habeant et
abundantius habeantEs jesucristo mismo el que estableció los primeros comienzos de la Acción Católica,
cuando El mismo escogió y formó en los Apóstoles y en los discípulos los colaboradores de su divino
apostolado, ejemplo imitado inmediatamente por los primeros santos Apóstoles, como lo atestigua la Sagrada
Escritura.
Por consiguiente, es una pretensión injustificable e inconciliable con el nombre y con la profesión de
católicos la de que unos simples fieles vengan a enseñar a la Iglesia y a su jefe lo que basta y lo que debe
bastar para la educación y formación cristiana de las almas y para salvar y promover en la sociedad,
principalmente en la juventud, los principios de la Fe y la plena eficacia de los mismos en la vida.
15. Pretensión injustificable que viene acompañada por una clarísima revelación de la absoluta
incompetencia y de la completa ignorancia de las materias en. cuestión. Los últimos acontecimientos han
debido haber abierto los ojos a todo el mundo, pues hasta la evidencia han demostrado o lo. 10, 10.
cuánto ¡la venido perdiéndose en pocos años y destruyéndose en tilateria de verdadera religiosidad, así
corno de educación cristiana y cívica. Por vuestra experiencia pastoral sabéis vosotros, Venerables Hermanos,
Obispos de Italia, cuán grave y funesto error es el Creer y el hacer creer que la labor desarrollada por la
Iglesia en la Acción Católica y mediante la misma Acción Católica sea reemplazada o resulte superflua por la
instrucción religiosa en las escuelas y por la presencia de capellanes en las asociaciones juveniles del partido y
del régimen. Una y otra son muy ciertamente necesarias; sin ellas, la escuela y dichas asociaciones
inevitablemente y muy pronto, por una fatal necesidad lógica y psicológica, se paganizarían. Necesarias, por
lo tanto, pero no suficientes; de hecho, mediante aquella instrucción religiosa y con la dicha asistencia
eclesiástica la Iglesia ¡lo puede realizar sino sólo un mínimum de su eficacia espiritual y sobrenatural, y ello en
un terreno y en un ambiente que no depende de ella, predominados por otras muchas materias de enseñanza y
por ejercicios los más variados, sujetos inmediatamente a autoridades que con frecuencia son poco o nada
favorables y que no raras veces ejercitan influencia contraria así de palabra como con el ejemplo de su vida.
Decíamos que los últimos acontecimientos han acabado por demostrar, sin duda alguna, todo cuanto en
pocos años se ha podido no ya salvar sino perder y destruir, en materia de verdadera religiosidad y de
educación, no decimos ya cristiana, sino sencillamente moral y cívica. Efectivamente; de hecho hemos visto en
acción una religiosidad, que se rebela contra las disposiciones de la Suprema Autoridad Religiosa, y que
impone o alienta el que no se cumplan; una religiosidad, que se convierte en persecución y que
pretende destruir lo que el jefe Supremo de la Religión más claramente aprecia y más tiene en el
corazón; tina religiosidad que se excede y deja excederse en insultos de palabra y de hecho contra la Persona
del Padre de todos los fieles hasta gritar contra El iabajol y Imueral : verdaderos aprendízajes para el
parricidio. Semejante religiosidad no puede conciliarse en modo alguno con la doctrina y con la práctica
católica; antes bien es lo más opuesto a la una y a la otra.
La oposición es tanto más grave en si misma y más funesta en sus efectos, cuanto que no es tan sólo la
de hechos exteriormente perpetrados y consumados, sino que también es la de los principios y máximas
proclarnados como programáticos y fundamentales.
Una concepción del Estado que obligue a que le pertenezcan las generaciones juveniles enteramente y
sin excepción, desde su primera edad hasta la edad adulta, es inconciliable para un católico con la doctrina
católica; y no es menos inconciliable con el derecho natural de la familia. Para un católico es inconciliable con
la doctrina católica el pretender que la Iglesia, el Papa, deban limitarse a las prácticas exteriores de la religión
(misa y sacramentos), y que todo lo restante de la educación pertenezca al Estado.
Las doctrinas y máximas erróneas y falsas, que acabamos de señalar y de lamentar, ya se Nos
presentaron muchas veces durante los últimos años; y, corno es sabido, Nos no hemos faltado jamás, con la
ayuda de Dios, a Nuestro deber apostólico de examinarlas y contraponerlas con justos llamamientos a las
verdaderas doctrinas católicas y a los inviolables derechos de la Iglesia de jesucristo y de las almas redimidas
con su sangre divina.
Pero, no obstante los juicios, las previsiones y sugestiones que de diversas partes, aun muy dignas de
toda con-
sideración, llegaban ¡¡asta Nos, siem pre Nos abstuvimos de llegar a conde naciones formales y
explícitas: aun más, llegamos a creer hasta posibles, y favorecer aun por parte Nuestra, compatibilidades y
cooperaciones que para otros resultaban inadmisibles.
Hemos obrado así porque siempre pen sábamos y más bien deseábamos que siempre quedase siquiera la
posibilidad de la duda de que se trataba de afír rnaciones y actitudes exageradas, es porádicas, de elementos
sin la debida representación-en resumen, de afir maciones y actitudes imputables en su parte censurable más
bien a las perso nas y a las circunstancias que a una sistematización verdadera, y propia+
mente programática. j~
í~ - , 16. Los últimos acon teci in lentos, y las afirmaciones que los han precedído, acompañado y
comentado, Nos quitan la tan deseada posibilidad: y tenemos ya que decir y decimos que no se es católico sino
por el bautismo y el nombre-en contradicción a las exigencias del nombre y a las promesas mismas de]
bautismo-cuando se adopta y se desarrolla un programa que hace suyas las doctrinas y las máximas tan
contrarias a los derechos de )a Iglesia de jesucristo y de las almas, que desconoce, rombate y persigue a la
Acción Católica, esto es, a cuanto notoriamente tienen por más caro y más precioso tanto la Iglesia corno su
jefe. Y ahora Nos preguntáis ya vosotros, Venerables Hermanos, qué se debe pensar y juzgar, a la luz de
cuanto precede, de una fórmula de juramento 1 que aun a niños y niñas les impone el cumplir sin discusión
algunas órdenes que-lo hemos visto y lo [«Giuro di eseguire senza discutere gli ordini dei Duce e (li difendere
con tutte le rnie forze e se necessario col rnio sangue la cauqa della RiVOluzinne Fascista.- 1

hemos vivido-pueden mandar, contra toda verdad y justicia, la violación de los derechos de la Iglesia y
de las almas, ya por sí mismos sagrados e inviolables, así como el servir con todas sus fuerzas, hasta con su
sangre, a la causa de una revolución que a la Iglesia y a jesticristo les arranca las almas de la juventud, que
educa las fuerzas jóvenes en el odio, en la violencia, en la irreverencia, sin excluir a la misma persona del
Papa, corno tan cumplidamente lo han demostrado los últimos acontecimientos.
Cuando ya la pregunta ha de plantearse en tales términos, la respuesta, desde el punto de vista católico
y aun meramente humano, es inevitablemente única, y Nos, Venerables Hermanos, no hacemos sino confirmar
la respuesta que ya os habéis dado: Tal juramento, tal como está formulado, no es lícito.
Y henos aquí en Nuestras preocupaciones, gravísimas preocupaciones que-bien Nos damos cuenta de
elloson también las vuestras, Venerables Hermanos, y especialmente las vuestras, Obispos de Italia.
Inmediatamente Nos preocupamos, ante todo, por tantos y tantos hijos Nuestros, aun jovencitos y jovencitas,
inscritos y obligados por tal juramento. Nos compadecemos profundamente de tantas conciencias
atormentadas por dudas (tormentos y dudas de los cuales Nos llegan muy ciertos testimonios) precisamente
sobre aquel juramento, tal como está concebido, y más aún después de los hechos sucedidos.
Conociendo las múltiples dificultades de la hora presente y sabiendo que la inscripción en el partido y el
juraniento son para muchísimos condición indispensable para su carrera, para su pan y para su vida, Nos
hemos buscado un medio que devuelva la paz a las conciencias, reduciendo al míniniuni posible las
dificultades exteriores. Nos parece que ese medio, para los que están ya inscritos en el partido, podría ser el
hacer personalmente ante Dios y ante su propia conciencia esta reserva: «a salvo las leyes de Dios y de la
Iglesia*, o también: «a salvo los deberes de buen cristian^ con el firme propósito de declarar aun exteriormente
esta reserva cuando llegara a ser necesario.
Quisiéramos, además, que llegara Nuestro ruego al lugar de donde parten las disposiciones y las
órdenes-el ruego de un Padre que quiere mirar por las conciencias de tan gran número de hijos suyos en
jesucristo-, para que tal reserva fuese introducida en la fórmula del juramento; a no ser que se haga todavía
algo mejor, mucho mejor: es decir, omitir el juramento, que por sí es siempre un acto de religión, y que no está
ciertamente en su lugar más converiente, en un «carnet* de un partido.
17. Hemos procurado hablar con calma y serenidad, pero 'tanibién con toda claridad. Sin embargo, no
podemos menos de preocuparnos de que no seamos bien comprendidos. No Nos referimos, Venerables
Hermanos, a vosotros, tan unidos siempre, y ahora más que nunca, a Nos por el pensamiento y el sentimiento,
sino a los demás, en general. Y por ello, añadimos que con todo cuanto hemos venido diciendo hasta aquí, Nos
no hemo6 querido condenar ni el partido ni el régimen como tal.
Hemos querido señalar y condenar todo lo que en el programa y acción de ellos hemos visto y
comprobado que era contrario a la doctrina y a la práctica católica y, por lo tanto, inconcillable con el nombre
y con la profesión de católicos. Y con esto Nos hemos cumplido un deber preciso del Ministerio Apostólico
para con todos aquellos hijos Nuestros que pertenecen al partido, a fin de que puedan salvar su propia
conciencia de católicos.

Nos creemos, además, que hemos hecho una obra útil a la vez al partido mismo y al régimen. ¿Qué
interés puede tener, en efecto, el partido, en un país católico como Italia, en mantener en su programa ideas,
máximas y prácticas inconciliables con la conciencla católica? La conciencia de los pueblos, corno la de los
individuos, ataba siempre por volver sobre sí misma y buscar las vías perdidas de vista o abandonadas por un
tiempo más o menos largo.
Ni se diga que Italia es católica, pero anticierical, aunque lo entendamos tan sólo en una medida digna
de particular atención. Vosotros, Venerables Hermanos, que vivís en las grandes y pequeñas diócesis de Italia,
en contacto continuo con las buenas gentes de todo el País, sabéis y veis todos los días hasta qué punto son, si
no se las excita ni se las extravía, ajenas a todo anticiericalismo. Todo el que conoce un poco íntimamente la
historia de la Nación sabe que el anticlericalismo ha tenido en Italia la importancia y la fuerza que le
confirieron la masonería y el liberalismo que lo engendraron. En nuestros días, por lo demás, el entusiasmo
unánime que unió y transportó de alegría a todo el país hasta un extremo jamás conocido en los días del
Tratado de Letrán, no hubiera dejado al anticlericalismo medios de levantar la cabeza, si ya al día siguiente de
estos Convenios no se le hubiera evocado y alentado. Además, durante los últimos acontecimientos,
disposiciones y órdenes le han hecho entrar en acción y le han hecho cesar, como todos han podido ver y
comprobar. Y, sin duda alguna, hubiera pasado y bastaría siempre para tenerlo a raya la centésima o la
milésima parte de [as medidas prolongadamente infligidas a la Acción Católica y coronadas recientemente de
la manera que todo el mundo sabe.
IV. PREOCUPACIONES PARA LO POR VENIR 18. Otras, y muy graves, preocupaciones Nos
inspira el porvenir próximo. Desde un lugar oficial y solemne como ningún otro, inmediatamente después de
los últimos acontecirnientos contra la Acción Católica, tan dolorosos para Nos y para los católicos de toda
Italia y de¡ mundo entero, se hizo oír esta declaración: «Respeto inalterado para la religión; para su jefe
suprerno», etc. «Respeto inalterad^ o sea el mismo respeto, sin cambio, que hemos experimentado; es decir,
este respeto que se manifestaba por tantas medidas policíacas-tan vastas como odiosas-, preparadas en
profundo silencio como hostil sorpresa, y aplicadas de repente, precisamente en la víspera de Nuestro
cumpleaños, ocasión de grandes manifestaciones de simpatía por parte del mundo católico y aun de¡ no
católico; es decir, ese mismo respeto ¡que se traducía en violencias e irreverencias que se perpetraban sin
dificultad alguna! ¿Qué podemos, pues, esperar, o mejor dicho, qué es lo que no hemos de terner? Algunos se
han preguntado si esa extraña manera de hablar y de escribir en tales circunstancias, inmediatamente después
de tales hechos, ha estado enteramente exenta de ironía, de una bien triste ironía, que en lo que Nos toca
preferimos excluir por completo.
En el mismo contexto y en inmediata relación con el «respeto inalterado» (por consiguiente, con
referencia a los mismos) se hacía alusión a «refugios y protecciones* otorgadas al resto de los adversarios
de¡ partido y se <iordenaba a los dirigentes de los nueve mil fascios de Italia* que inspirasen su actuación en
tales normas directivas. Más de tino de vosotros, Venerables Hermanos, Obispos de Italia, ha experirnentado
ya, y de ello se Nos han
enviado- noticias que hacen llorar, el efecto de tales insinuaciones y de tales órdenes en una reanudación
de odiosas vigilancias, de delaciones, de amenazas y de vejámenes. ¿Qué Nos prepara, pues, el porvenir? ¿Qué
es lo que Nos no podemos y debemos esperar (no decimos temer, porque el temor de Dios elimina el temor a
los hombres) si, como tenernos motivos para creerlo, existe el designio de no permitir que Nuestros jóvenes
Católicos se reúnan, ni aun silenciosamente, bajo pena de severas sanciones para los dirigentes?
¿Qué Nos prepara, pues, y con qué Nos amenaza el porvenir? De nuevo Nos lo preguntamos.
19. Precisamente en este extremo de dudas y de previsiones, a que los hombres Nos han reducido, es
cuando toda preocupación, Venerables Hermanos, se desvanece, desaparece, y Nuestro espíritu se abre a las
más confiadas y consoladoras esperanzas, porque el porvenir está en las manos de Dios, y Dios está con
nosotros, y... si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? 10.
Un signo y una prueba sensible de la asistencia y el favor divino, Nos lo vemos ya y lo experimentamos
en vuestra asistencia y cooperación, Venerables Hermanos. Si estamos bien informados, recientemente se ha
dicho que ahora está la Acción Católica en manos de los Obispos y que no hay nada que teilier. Y hasta aquí
todo va bien, muy bien, salvo aquel <,ya nada*, como si antes hubiera habido algo que temer; y salvo aquel
«ahora», como si antes y ya desde el principio la Acción Católica no hubiera sido esencialmente diocesana y
dependiente de los Obispos (como también lo hemos indicado más arriba); y también por esto, precisamente
por esto, hernos tenido 1 - Rom. 9, 3 1.
Nos siempre la más absoluta confianza de que Nuestras normal también se seguían y se secundaban.
Por este motivo, además de por la promesa infalible de¡ socorro divino, estamos y estaremos confiados y
tranquilos siempre, aun cuando la tribulación-y digamos la verdadera palabra: la persecuclón-continúe
intensificándose. Sabemos Nos que vosotros sois, y que sabéis que lo sois, Nuestros hermanos en el
Episcopado y en el apostolado; sabemos Nos, y lo sabéis vosotros, Venerables Hermanos, que sois los
sucesores de aquellos Apóstoles que San Pablo llamaba con palabras de vertiginosa sublimidad gloria
Christill; sabéis vosotros que no ha sido un hombre mortal-ni aunque fuera jefe de Estado o de Gobierno-sino
el Espíritu Santo quien os ha colocado, en la parte que Pedro os señala, para regir la Iglesia de Dios. Estas y
otras tantas cosas santas y sublimes que de cerca os tocan, Venerables Hermanos, evidentemente las ignora o
las olvida quien os llama y os juzga a vosotros, Obispos de Italia, 4uncionarios del Estado*, de los cuales tan
claramente os distingue y separa la misma fórmula del juramento que al Rey habéis de prestar, cuando dice y
declara previamente de este modo tan expreso: i(cual conviene a un Obispo católico».
También es para Nos verdaderaniente grande e ¡limitado motivo de esperanza el inmenso coro de
plegarias que la Iglesia * de jesucristo eleva desde todas las partes del inundo hacia si¡ divino Fundador y
hacia la Santísima Madre [de Este] por su Cabeza visible, el Sucesor de Pedro, exactamente como cuando,
hace ahora veinte siglos, la persecución alcanzaba a Pedro mismo en su persona: oraciones de los sagrados
pastores y de los pueblos, del clero y de los fieles, de los religiosos -1 2 Cor S, ~~«i
y de las religiosas, de los adultos y de los jóvenes, de los niños y, de las niñas; oraciones, en las formas
más delicadas y eficaces de santos sacrificios y comuniones, rogativas, adoraciones y reparaciones, de
espontáneas inmolaciones, de sufrimientos cristiaríamente sufridos; oraciones, de las que en todos estos días e
¡ni-nediatamente despues de los tristes acontecimientos Nos llegaba de todas partes su eco muy consolador,
nunca tan fuerte y tan consolador como en este día solemnemente consagrado a la memoria de los Príncipes de
los Apóstoles y en el que quiso la divina bondad que pudiéramos terminar esta Nuestra Carta Encíclica.
A la oración todo está prometido por Dios; si no llegare la serenidad y la tranquilidad en el
restablecimiento de¡ orden, en todos habrá cristiana paciencia, santo valor, alegría inefable de padecer algo
con Jesús y por Jesús, con la juventud y por la juventud que tan querida le es, y así hasta la hora escondida en
el misterio del Corazón divino, infalibiemente la más oportuna para la causa de la verdad y el bien.
Y porque de tantas oraciones debemos esperarlo todo, y porque todo es posible a aquel Dios que lo ha
prometido todo a la oración, tenemos Nos la confiada esperanza de que El se dignará iluminar las mentes
hacia la verdad y convertir las voluntades hacia el bien, de suerte que a la Iglesia de Dios, que nada disputa al
Estado en aquello que le corresponde al Estado, se dejará de discutirle lo que a ella le corresponde, la
educación y formación cristiana de la juventud-no por concesión humana, sino por divino mandato-, y que ella,
por consiguiente, debe siempre reclamar y reclamará siempre con insistencia e intransigencia que no puede
cesar ni doblegarse, porque no proviene de concesión o criterio humano ni de humanas ideologías mudables
según la diversidad de lo,s tienipos y de lugares, sino de una divina e inviolable disposición.
Nos inspira también confianza aun el mismo bien que indudablemente se derivaría del reconocimiento
de tal verdad y de tal derecho. Padre de todos los redimidos, el Vicario de aquel Redentor que, después de
haber enseñado y mandado a todos el amor a los enemigos, moría perdonando a los que le crucificaban, no es
ni será jamás enemigo de nadie: así harán todos sus buenos y verdaderos hijos, los católicos que quieren
conservarse dignos de tal nombre, pero nunca podrán compartir, adoptar o favorecer máximas y normas de
pensamiento y de acción contrarias a los derechos de la Iglesia y al bien de las almas y por ello mismo
contrarias a los derechos de Dios.
Muy preferible seria, a esta irreductible división de los espíritus y de las voluntades, la pacífica y
tranquila unión de los pensamientos y de los sentimientos, que felizmente no podría menos de traducirse en una
fecunda cooperación de todos para el verdadero bien común de todos: ¡esto sí que merecería la simpatía y el
aplauso de los católicos del mundo entero, en vez de su universal censura y descontento, como acontece ahora!
Al Dios de toda la misericordia pedimos por intercesión de su Santísima Madre, que muy recientemente nos
sonreía con sus pluriseculares esplendores, y por la de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo, que Nos conceda a
todos el ver lo que conviene hacer y a todos dé la fuerza para cumplirlo.
Nuestra Bendición Apostólica, auspicio y prenda de todas las divinas Bendiciones, descienda sobre
vosotros, Venerables Hermanos, sobre todo vuestro Clero, sobre vuestros pueblos, y así perrnanezca siernpre.
Roma, en el Vaticano, en la solemnidad de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo, 29 de junio de 1931.

PIO XI FIRMISSIMAM CONSTANTIAM EE. 28 marzo 1937


AL EPISCOPADO MEJICANO NS FS MUY CONOCIDA, Venerables Her',nanos, y para Nuestro
corazón paternal gran rnOLivo de constielo, vuestra constancia, la de vuestros sacerdotes y la de la mayor
parte de los fieles mejicanos en profesar ardicntemente la fe católica y en resistir a las imposiciones de
aquellos que igno rando la divina excelencia de la religión de jesucristo y conociéndola sólo a través de las
calumnias de sus enemigos se enganan creyendo no poder hacer reforruls favorables al pueblo si no es
combatiendo la religión de la gran mayoría.
2. Pero, por desgracia, los enemigos de Dios y de jesucristo han logrado atraer aun a muchos tibios o
tirnidos, los cuales, si bien adoran a Dios en lo íntimo de sus conciencias, sin embargo, sea por respeto
humano, sea por temor de males terrenos, se hacen, al menos materialmente, cooperadores de la
descristianización de un pueblo que debe a la religión sus mayores glorias.
3. Contrastando con tales apostasias o debilidades, que Nos afligen profundamente, se Nos hace todavía
más laudable y meritoria la resistencia al mal, la práctica de la vida cristiana y la franca profesión de fe de
aquellos numerosísimos fieles que vosotros, Venerables Hermanos, y con vosotros vuestro clero, ilumináis y
guiáis, dirigiéndolos con la potestad pastoral y precediéndolos con el espléndido ejernplo de vuestra vida. Esto
Nos consuela en medio de Nuestras amarguras, y engendra en Nos la esperanza de días mejores para la Iglesia
mejicana, la cual, reanimada con tanto heroísmo y sostenida por las oraciones y sacrificios de tantas almas
escogidas, no puede perecer, antes bien, florecerá rnás vigorosa y lozana.
4. Y precisamente para reavivar vuestra confianza en el auxilio divino y para animaros a continuar en la
práctica de tina vida cristiana y fervo-
rosa os dirigimos esta carta, y Nos valemos de esta ocasión para recordaros cómo en las actuales
difíciles circunstancias los medios más eficaces para una restauración cristiana son, también entre vosotros,
antes de todo, la santidad de los sacerdotes y, en segundo lugar, una formación de los seglares tan apta y
cuidadosa que los haga capaces de cooperar fructtiosamente al apostolado jerárquico, cosa tanto más
necesaria en Méjico cuanto más lo exige la extensión de su territorio y las demás circtinstancias de] país por
todos conocidas.
5. Por eso Nuestro pensamiento se fija en primer lugar en aquellos que deben ser luz que ilumina, salva
Y conserva, fermento bueno que pénetra en toda la masa de los fieles: es decir, en vuestros sacerdotes.
6. En verdad, Nos sabemos con cuánta tenacidad y a costa de cuántos sacrificios procuráis la selección
y el desarrollo de las vocaciones sacerdotales, en medio de toda clase de dificultades, íntinlamente perstiadidos
de que as¡ resolvéis un problenia vital, mejor dicho, el inás vital de todos los problemas relativos al porvenir de
esa Iglesia. En vista de la imposibilidad casi absoluta de tener actualmente en vuestra patria seminarios bien
organizadosy tranquilos, habéis encontrado
en esta alma Ciudad, para vuestros clérigos, un refugio amplio y afectuoso en el Colegio Pío Latino
Americano, el cual ha formado, y sigue formando, en ciencia y virtud a tantos beneméritos sacerdotes, y que
por su labor inapreciable Nos es particularmente querido. Pero, siendo casi imposible en muchísimos casos
enviar vuestros alumnos a Rorna, habéis trabajado solicitamente para hallar un asilo en la hospitalidad de una
gran nación vecina.
Al felicitaros a vosotros por esa tan laudable iniciativa, que está ya convirtiéndose en consoladora
realidad, expresamos de nuevo Nuestra gratitud a todos aquellos que tan generosamente. os han brindado
hospitalidad y ayuda.
7. Y con esta ocasión recordamos con paternal insistencia Nuestra voluntad expresa de que se dé a
conocer y se explique convenientemente, no sólo a los clérigos, sino a todos los sacerdotes, Nuestra encíclica
Ad catholici sacerdotH, la cual expone Nuestro pensamiento en esta materia, que es la más grave y
trascendental entre todas las materias graves y trascendentales por Nos tratadas.
S. Formados así los sacerdotes mejicanos según el Corazón de jesucristo, sentirán que en las actuales
condiciones de su patria (de las cuales ya hablarnos en Nuestra carta apostólica Paterna sane sollicitudo, de¡ 2
de febrero de 1926), que son tan semejantes a las de los primeros tiempos de la Iglesia---cuando los apóstoles
recurrían a la colaboración de los seglares-, sería muy difícil reconquistar para Dios tantas almas extraviadas
sin el auxilio providencial que prestan los seglares mediante la Acción Católica. Tanto más cuanto que entre
éstos a veces la gracia prepara almas generosas, prontas a desarrollar la más fructuosa ac-
tividad, si encuentran un clero ducto y santo que sepa comprenderlas y guiarlas.
9. Así que a los sacerdotes mejicanos, que han dedicado toda su vida al servicio de jesucristo, de la
Iglesia y de las almas, es a quienes dirigimos este primer y más caluroso llamamiento, para que se decidan a
secundar Nuestra' solicitud y lá vuestra por el desarrollo de la Acción Católica, dedicando a ella las mejores
energías y la más oportuna diligencia.
Los métodos de una eficaz colaboración de los seglares a vuestra acción en el apostolado no saldrán
fallidos si los sacerdotes se emplean con esmero en cultivar el pueblo cristiano con una sabia dirección
espiritual y con una cuidadosa instrucción religiosa, no diluída en discursos vanos, sino nutrida de sana
doctrina de las Sagradas Escrituras y llena de unción y de fuerza.
Es verdad que no todos comprenden de lleno la necesidad de este santo apostolado de los seglares, a
pesar de que, desde Nuestra primera encíclica Ubi arcano De¡, Nos declararnos que indudablemente pertenece
al ministerio pastoral y a la vida cristiana. Pero ya que, corno hemos indicado, Nos dirigirnos a pastores que
deben reconquistar una grey tan vejada y en cierto modo dispersa, hoy más que nunca os recornendamos que
os sirváis de aquellos seglares a los cuales, como a piedras vivas de la santa Casa de Dios, San Pedro atribuía
una recóndita dignidad que los hace en cierto modo participes de un sacerdocio santo y real'.
10. En efecto, todo cristiano consciente de su dignidad y de su responsabilidad como hijo de la Iglesia y
miembro W Cuerpo Místico de Jesucristo-multi unum corpus sumus in ~ 1 Pet. 2, 9,
Christo, singuli auleni alter alterius membra 2~-, no puede menos de recoriocer que entre todos los
miembros de este Cuerpo debe existir tina comunicación recíproca devida y solidaridad de intereses.
De aquí las obligaciones de cada uno en orden a la vida y al desarrollo de todo el organismo in
aedificalionem corporis Christi,-. de aquí también la eficaz contribución de cada miembro a la glorificación de
la Cabeza y de si¡ Cuerpo Místico 3.
De estos principios claros y sencillos, ¡qué consecuencias tan consoladoras! ¡Qué orientaciones tan
luminosas brotan para muchas almas, indecisas todavía y vacilantes, pero deseosas de orientar sus ardorosas
actividades! ¡Qué impulsos para contribuir a !a difusión de¡ reino de Cristo y a la salvación de las almas!
II. Por otra parte, es evidente que el apostolado así entendido no provie¡le de tina tendencia puramente
natural a la acción, sino que es fruto de una sólida formación interior, es la expansión necesaria de un amor
intenso a jesucristo y a las almas redimidas con su preciosa sangre, que le lleva a imitar su vida de oración, de
sacrificio y de celo inextinguible.
Esta imitación de jesucristo suscitará multiplicidad de formas de apostolado en los diversos campos
donde las almas están en peligro o se hallan comprometidos los derechos de¡ Divíno Rey; se extenderá a todas
las obras de apostolado que de cualquier manera caigan dentro de la divina misión de la Iglesia, y, por
consiguiente, penetrará, no solamente en el ánimo de cada uno de los individuos, sino también en el santuario
de la familia, en la escuela y aun en la vida pública.
2 Ron¡. 12, 5.
CL Epli. 3, 12-16.
12. Pero la magnitud de la obi a no debe hacer que os preocupéis más de¡ número que de la calidad de
los colahoradores. Conforme al ejemplo del Divino Maestro, que quiso precediera a unos pocos años de su
labor apostólica tina larga preparación, y se limitó a formar en el Colegio Apostólico no muchos, pero si
escogidos instrumentos para la futura conquista del mundo, así también vosotros, Venerables Hermanos,
procuraréis, en primer lugar, que los directivos y propágandistas de la Acción Católica se formen por completo
en lo sobrenatural; y sin preocuparos ni afligiros demasiado porque al principio sean un pusillus greX4.
Y, pues sabemos que ya estáis trabajando en este sentido, os expresamos Nuestra complacencia por
haber ya escogido escrupulosamente y formado con diligencia buenos colaboradores que, juntamente con la
palabra y con el ejemplo, llevarán el fervor de la vida y del apostolado cristiano a las diócesis y a las
parroquias.
13. Este trabajo vuestro ha de ser sólido y profundo, ajeno a la notoriedad y al aparato, enemigo de
métodos ruidosos; trabajo, que sepa desarrollar su actividad en silencio, aunque el fruto se haga esperar y no
sea de mucho brillo, a manera de la semilla, que, soterrada, prepara con un aparente reposo la nueva planta
vigorosa.
14. Por otra parte, la formación espiritual y la vida interior que fomentéis en estos vuestros
colaboradores les pondrán en guardia contra los peligros y posibles extravíos. Teniendo presente el fin último
de la Acción Católica que es la santificación de las almas, según el precepto evangélico: Quaerite primum
regnum De¡ 1, no se correrá el Luc. 12, 32. Luc. 12, 31.

peligro de sacrificar los principios a fines Inmediatos o secundarios y no se olvidará jamás que a ese fin
último se deben subordinar las obras sociales y económicas y las iniciativas de caridad.
15. Nuestro Señor jesucristo nos lo enseñó con su ejemplo, pues aún, cuando en la inefable ternura de
su Divino Corazón que le hacía exclamar: Misereor super «turbam..., nolo eos remittere ieiunos, ne forte
deficiant in via 11, curaba las enfermedades del cuerpo y remediaba las necesidades temporales, ntinca perdía
de vista el fin último de su misión, es decir, la gloria de su Padre y la salud eterna de las almas.
16. Por consiguiente, no caen fuera de la actividad de la Acción católica las llamadas obras sociales en
cuanto miran a la realización de los principios de la justicia y de la caridad y en cuanto son medios para vanar
las mucheclumbres, pues muchas vece, no se llega a las almas sino a través del alivio de las miserias
corporales y de las necesidades de orden económico, por lo que Nos mismo así como también Nuestro
Predecesor, de s. m., León Xlil, las hemos recomendado muchas veces. Pero aun cuando la Acción Católica
tiene el deber de preparar personas aptas para dirigir tales obras, de señalar los principios que deben
orientarlas y de dar normas directivas sacándolas de las genuinas enseñanzas de Nuestras encíclicas, sin
embargo, no debe tomar la responsabidad en la parte puramente técnica, financiera o económica, que está
fuera de su incumbencla y finalidad.
17. En oposición a las frecuentes acusaciones que se hacen a la Iglesia de descuidar los problemas
sociales o ser incapaz de resolverlos, no ceséis de proclamar que solamente la doctrina y la obra de la Iglesia,
que está asistida por su Divino Fundador, pueden dar el remedio para los gravísimos males que afligen a la
humanidad.
18. A vosotros, por consiguiente, compete el emplear (como os esforzáis - Mare. 8, 2-3
ya en hacerlo) estos principios fecundos, para resolver las graves cuestiones sociales que hoy perturban
a vuestra patria, como por ejemplo, el problema agrario, la reducción de los latifundios, el mejoramiento de las
condiciones de vida de los trabajadores y de sus familias.
Recordaréis que, quedando siempre a salvo la esencia de los derechos primarios y ftindamentales, como
el de la propiedad, algunas veces el bien común impone restricciones a estos derechos y un recurso más
frecuente que en tiempos pasados a la aplicación de la justicia social. En algunas circunstancias, para proteger
la dignidad de la persona humana, puede hacer falta el denunciar con entereza las condiciones de vida injustas
e indignas, pero al mismo tiempo será necesario evitar tanto el legitimar la violencia que se escuda con el
pretexto de poner remedio a los males de las masas, como el admitir y favorecer cambios de maneras de ser
seculares en la economía social, hechos sin tener en cuenta la equidad y la moderación, de.manera que vengan
a causar resultados más funestos que el mal mismo al cual se quería poner remedio.
Esta intervención en la cuestión social os dará oportunidad de ocuparos con celo particular de la suerte
de tantos pobres obreros, que tan fácilmente caen presa de la propaganda descristianizadora, engañados por el
espejismo de las ventajas económicas que se les presentan ante los ojos, como precio de su apostasía de Dios y
de la Santa Iglesia.
19. Si aniáis verdaderamente al obrero (y debéis amarlo, porque su condición se asemeja más que
ninguna otra a la del Divino Maestro), debéis prestarle asistencia material y religiosa. Asistencia material,
procurando que se cumpla en su favor no sólo la jus
ticia conmutativa, sino también la justicia social, es decir, todas aquellas providencias que miran a
mejorar la condición de¡ proletario; y asistencia religiosa, prestándole los auxilios de la religión, sin los cuales
vivirá hundido en un materialismo que lo embrutece y lo degrada.
20. No menos grave ni menos urgente es otro deber, el de la asistencia religiosa y económica a los
campesinos, y, en general, a aquella no pequeña parte de mejicanos, hijos vuestros, en su mayor parte
agricultores, que forman la población indígena. Son millones de alinas redimidas por Cristo confiadas por El a
vuestro cuidado, ~ de las cuales un día os pedirá cuenta; son millones de seres humanos que frecuenternente
viven en condición tan triste y miserable, que no gozan ni siquiera de aquel mínimo de bienestar indispensable
para conservar la dignidad humana. Os conjuramos, Venerables Herrrianos, por las entrañas de jesucristo, que
tengáis cuidado partícular de estos hijos, que exhortéis a vuestro clero para que se dedique a su cuidado con
celo siempre más ardiente ' y que hagáis que toda la Acción Católica mejicana se interese por esta obra de
redención moral y material.
21. No podemos dejar de recordar aquí un deber cuya importancia va siempre creciendo en estos
últimos años: el cuidado de los mejicanos em -grados, los cuales, arrancados de s,i tierra y de sus tradiciones,
muy fáci -mente quedan envueltos entre las ir -sidiosas redes de aquellos emisarios que pretenden inducirlos a
apostatar de su fe.
Un convenio con Wiestros celosos hermanos de los Estados Unidos de América os daría por resultado
una asistencia más diligente y organizada por parte del clero local, raseguraría para los emigrados
mejicanos .o beneficios de tantas instituciones econó-
micas y sociales que tan grati desarrollo han alcanzado ya entre los católicos de los Estados Unidos.
22. La Acción Católica no puede dejar de preocuparse de las clases más humildes y necesitadas, de los
obreros, de los campesinos, de los enligrados; pero en otros campos tiene también deberes no menos
imprescindibles: entre otros, debe ocuparse con solicitud muy particular de los estudiantes que un día,
terminada su carrera, ejercerán influencia grande en la sociedad y quiza ocuparan también cargos públicos. A
la práctica de la religión cristiana, a la fortnación del carácter, que son principios fundamentales para los
fieles, debéis añadir, para los estudiantes, una especial y cuidadosa educación y preparación intelectual,
basada en la filosofía cristiana, es decir, en la filosofía que con tanta verdad lleva el nombre de «filosofía
pererme». Pues hoy día-dada la tendencia cada vez inás generalizada de la vida nioderna hacia la
exterioridades, la repugnancia y la dificultad para la reflexión y el recogimiento, y la propensión, en la misma
vida espiritual, a dejarse guiar por el sentitniento más bien que por la razón-se hace mucho más necesaria que
en otros tiempos una instrucción religiosa sólida y esmerada.
23. Deseamos ardientenlente que se haga entre vosotros, a lo menos en el grado que os sea posible, y
adaptando la instrucción a las condiciones particulares, a las necesidades y pcis¡~ bilidades de vuestra patria,
lo que tan laudablenlente hace la Acción Católica en otros países por la formación cultural y para lograr que la
instrucción religiosa tenga la primacía intelectual entre los estudiantes y profesores católicos.
Gran esperanza de algún porvenir mejor en Méjico Nos hacen concebir los jóvenes universitarios que
trabajan en
la Acción Católica, y estamos seguros de que no defraudarán Nuestras esperanzas. Es evidente que ellos
forinan parte, y parte importante, de esta Acción Católica, que tan dentro está de Nuestro corazón, sean cuales
fueren las formas de su organización, va que éstas dependen en gran parte de las condiciones y circunstancias
locales y varían de región a región. Estos universitarios no solamente forman, como acabarnos de decir, la rnás
firme esperanza de un mañana mejor, sino que ya ahora in¡-mo pueden ofrecer efectivo servicio a la Iglesia y a
la patria, ya sea por el apostolado que ejerciten entre sus compañeros, ya sea dando a las diferentes ramas de
la Acción Católica directivos capaces y bien formados.
24. Las singulares condiciones de vuestra patria Nos obligan a llamar vuestra atención sobre el
necesario, imperioso e imprescindible cuidado de los niños, a cuya inocencia se tienden asechanzas, y cuya
educación y formación cristiana están sometidas a una prueba tan dura. A todos los católicos mejicanos se les
imponen estos dos graves preceptos: el primero, negativo, de alejar, en cuanto sea posible, a los niños de la
escuela impia y corruptora; el segundo, positivo, de darles una esmerada instrucción religiosa y la debida
asistencia para mantener su vida espiritual. Sobre el primer punto, tan grave y delicado, recientemente tuvimos
ocasión de manifestaros Nuestro pensamiento. Por lo que hace a la instrucción religiosa, aunque sabemos con
cuárita insistencia vosotros mismos la habéis recomendado a vuestros sacerdotes y a vuestros fieles, a pesar de
todo, os repetimos que, siendo éste en la actualidad uno de los más importantes y capitales problemas para la
Iglesia mejicana, es necesario que lo que tan laudablemente se practica en algunas diócesis se extienda a todas
las demás, de manera que los sacerdotes y miembros de la Acción Católica se apliquen con todo ardor, y sin
aterrarse de ningún sacrificio, a conservar para Dios y para la Iglesia estos pequeñuelos, por los cuales el
Divino Salvador mostró predilección tan grande.
25. El porvenir de las nuevas generaciones (os lo repetimos con toda la angustia de Nuestro corazón
paterno) despierta en Nos la más aprerniante solicitud y la ansiedad más viva. Sabemos a cuántos peligros se
halla expuesta, hoy más que nunca, la niñez y la juventud en todas partes, pero de un modo particular en
Méjico, donde una prensa intnoral y antirreliglosa pone en sus corazones la semilla de la apostasía. Para
remediar mal tan grave y para defender vuestra juventud de esos peligros, es necesario que se pongan en
movimiento todos los rnedios legales y todas las formas de organización, como, por ejemplo, las Ligas de los
padres de familia, las Comisiones de nioralidad y de vigilancia sobre las publicaciones y las de censtira de los
cinematógrafos.
26. Acerca de la defensa individual de los niños y jóvenes, sabemos por los testimonios que Nos llegan
de todo el inundo que el militar en las filas de la Acción Católica constituye la mejor tutela contra las
asechanzas del mal, la más bella escuela de virtud y de pureza, la palestra más eficaz de fortaleza cristiana.
Estos jóvenes, entusiasmados con la belleza del ideal cristiano, sostenidos con la ayuda divina que alcanzan
por medio de la oración y de los sacramentos, se dedicarán con amor y alegría a la conquista de las almas de
sus compañeros, recogiendo una consoladora cosecha de grandes bienes.
27. Esta misma razón constituye tina nueva prueba de que, ante los
graves problemas de Méjico, no puede decirse que la Acción Católica ocupe un lugar de secundaria
importancia; y, por lo tanto, si esta institución, que es educadora de las conciencias y formadora de las
cualidades morales, fuese de algún modo pospuesta a otra obra extrínseca de cualquier especie, aunque se
tratase de defender la necesaria libertad religiosa y civil, se incurriría en una dolorosa ofuscación, porque la
salvación de Méjico, como la de toda sociedad humana, está, ante todo, en la eterna e inmutable doctrina
evangélica y en la práctica sincera de la moral cristiana.
28. Por lo demás, una vez establecida esta gradación de valores y actividades, hay que admitir que la
vida cristiana necesita apoyarse, para su desenvo Ivi ni lento, en medios externos y sensibles; que la Iglesia,
por ser una sociedad de hombres, no puede existir ni desarrollarse si no goza de libertad de acción, y que sus
hijos tienen derecho a encontrar en la sociedad civil posibilidades de vivir en conformidad con los dictámenes
de sus conciencias.
Por consiguiente es muy natural que, cuando se atacan aun las más elementales libertades religiosas y
cívicas, los ciudadanos católicos no se resignen pasivamente a renunciar a tales libertades. Aunque la
reivindicación de estos derechos y libertades puede ser, según las circunstancias, más o menos oportuna, más o
menos enérgica.
29. Vosotros habéis recordado a vuestros hijos más de una vez que la Iglesia fomenta la paz y el orden,
aun a costa de graves sacrificios, y que condena toda insurrección violenta, que sea injusta, contra los poderes
constituidos. Por otra parte, también vosotros habéis afirmado que, cuando llegara el caso de que esos poderes
constituidos se levantase¡¡ contra la justicia y la verdad hasta destruir aun los fundamentos mismos de la
autor¡dad, no se ve cómo se podría entonces condenar el que los ciudadanos se unieran para defender la nación
y defenderse a sí mismos con medios lícitos y apropiados contra los que se valen del poder público para
arrastrarla a la ruina.
30. Si bien es verdad que la solución práctica depende de las circunstancias concretas n todo es deber
Nuestro recordaros co igu ~¿ S a prin cipios generale., que hay que tener siempre presentes, y son:
1) Que estas reivindicací ne tie-
lo Is rl nen razón de medio o de fin relativo, no de fin último y absoluto.
2) Que, en su razón de medio, deben ser acciones Ucitas y no intrínsecamente malas.
3) Que si han de ser medios proporcionados al fin, hay que usar de ellos solamente en la medida en que
sirven para conseguirlo o hacerlo posible en todo o en parte, y en tal rnodo, que no proporcionen a la
comunidad daños mayores que aquellos que se quieran reparar.
4) Que el uso de tales medios y el ejercicio de los derechos cívícos y políticos en toda su amplitud,
incluyendo también los problemas de orden puramente material y técnico o de defensa violenta, no es manera
alguna de la incumbencia del clero ni de la Acción Católica como tales instituciones; aunque también, por otra
parte, a uno y a otra pertenece el preparar a los católicos para hacer uso de sus derechos y defenderlos con
todos los niedio legítimos, según lo exige el bien común.
5) El clero y la Acción Católica, estando, por su misión de paz y de amor, consagrados a unir a todos
los hombres in vinculo pacis 1, deben con-
1 Eph. 4, 3.

tribuir a la prosperidad de la nación principalmente fonientando la unión de los ciudadanos y de las


clases sociales y colaborando en todas aquellas iniciativas sociales que no se opongan al dogma o a las leyes
de la moral cristiana.
31. Por lo demás, la actividad e¡vica de los católicos mejicanos, desarrollada con un espíritu noble y
levantado, obtendrá resultados tanto más eficaces cuanto en mayor grado posean los católicos aquella visión
sobrenatural de la vida, aquella educación religiosa y moral y aquel celo ardiente por la dilatación del reino de
Nuestro Señor jesucristo, que la Acción Católica se esfuerza en dar a sus miembros.
Frente a una feliz coalición de conciencias que no están dispuestas arenunciar a la libertad que Cristo
les reconquistó s, ¿qué poder o fuerza humana podrá subyugarlas al pecado? ¿Qué peligros ni qué
persecuciones podrán separar a las almas, así templadas, de la caridad de Cristo? 1.
Esta recta formación del precepto cristiano y ciudadano, cuyas cualidades y acciones todas quedan
ennoblecidas y sublimadas por el elemento sobrenatural, encierra en sí también, como no podía menos de ser,
el cumplimienfo de los deberes cívicos y sociales. San Agustín, encarándose con los enemigos de la Iglesia, les
dirigía este desafío, que es un encomio de sus fieles, diciendo: Los que dicen que la doctrina de la Iglesia daña
al Estado, que me den tales ciudadanos, tales maridos, tales esposos, tales padres, tales hijos, tales amos, tales
criados, tales reyes y tales jueces... cuales manda la religión católica que sean, y atrévanse entonces a decir de
ella que es enemiga - Gal. 4, 3 1.
- Cf. ROM. 8, 35.
del Estado: antes bien habrán de reconocer que, si tal doctrina se siguiera, ella sería la salvación del
Estado 10. Siendo esto así, un católico se guardará bien de descuidar, por ejemplo, el ejercicio del derecho de
votar cuando entran en juego el bien de la Iglesia o de la patria; ni habrá peligro de que los católicos, para el
ejercicio de~ las actividades cívicas y políticas, se organicen en grupos parciales, tal vez en pugna los unos
contra los otros, o contrarios a las normas directivas de la autoridad eclesiástica: eso serviría para aumentar la
confusión y desperdiciar energías, con detrimento del desarrollo de la Acción Católica y de la misma causa que
se quiere defender.
32. Ya hemos indicado algunas actividades que, aunque no le son contrarias, caen fuera del campo de la
Acción Católica, como serían las actividades de partidos políticos y las de orden puramente económico-social.
Pero existen otras muchas actividades benéficas que se pueden agrupar en torno al núcleo central de la Acción
Católica, cuales son las Asociaciones de Padres Oe Familia para la defensa de las libertades escolares y de la
enseñanza religiosa, la Unión de Ciudadanos para la defensa de la familia, de la santidad del matrimonio y de
la moralidad pública; pues la Acción Católica no cristaliza rígidamente en esquemas fijos, sino que sabe
coordinar, como en derredor de un centro irradiador de luz y de calor, otras iniciativas e instituciones
auxiliares, que, aun conservando una justa autonomía y conveniente libertad de acción, necesarias para lograr
sus fines específicos, sienten la necesidad de seguir las reglas generales y las comunes normas programáticas
de la Acción Católica. Esto tiene una aplicación especial --- Ep. 138 ad marcellinum 2, 15.