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La ética es el conjunto de normas que hacen posible la convivencia entre

humanos. Erick Fromm refiere que hay dos tipos, la autoritaria, que es
impuesta al individuo por el Estado, la religión o la sociedad. La segunda, la
humanista, que nace de la reflexión del sujeto sobre lo que es mejor para él y
para los demás.

Los principios clave de la ética del humanismo, tomado del Manifiesto


Humanista (2000), nos señalan que la dignidad y autonomía del individuo es el
valor central. Y se compromete a maximizar la libertad de elección: libertad de
pensamiento y conciencia, el libre pensamiento y la libre investigación, y el
derecho de los individuos a seguir sus propios estilos de vida hasta donde sean
capaces y hasta tanto que ello no dañe o perjudique a otros. Esto es
especialmente relevante en las sociedades democráticas en donde puede
coexistir una multiplicidad de sistemas alternativos de valores. Por consiguiente
los humanistas aprecian la diversidad.

La ética humanista es una ética contenida y contingente, a escala


humana. La potencia de acción del hombre establece la verdadera medida de
la existencia humana, y como nada supera al individuo humano en valor ni en
dignidad, no hay fuerza externa ni Poder que legítimamente pueda constreñirle.
La ética autoritaria, por el contrario, niega al hombre la facultad de saber lo que
quiere, de valerse por sí mismo, de dominarse, porque su único anhelo es
dominar, castigar y coaccionar.

El humanismo reconoce nuestras responsabilidades y deudas con los


otros. Esto significa que no debemos tratar a los demás seres humanos como
meros objetos para nuestra propia satisfacción; debemos considerarlos como
personas dignas de igual consideración que nosotros mismos. Los humanistas
sostienen que «todos y cada uno de los individuos deberían ser tratados
humanamente». Aceptan la Regla de Oro según la cual «no debes tratar a los
demás como no quieras que te traten a ti». También aceptan por la misma
razón el antiguo mandato de que deberíamos «recibir a los extranjeros dentro
de nuestras posibilidades», respetando sus diferencias con nosotros. Dada la
multiplicidad actual de credos, todos somos extranjeros –aunque podamos ser
amigos– en una comunidad más amplia.