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Aún cuando me parece un estupendo distractor deliberado de los grandes

temas actuales de la política nacional, considero importante razonar antes que


expresar emociones o posiciones ideológicas respecto a la pena de muerte.
Desde fines de los años setenta vengo escuchando a los socialistas pretender
dar solidez académica a sus afirmaciones, anteponiendo el estribillo de que
“existen estudios que demuestran…” . Lo cierto es que dichas estudios rara vez
existen, y los pocos que se pueden exhibir carecen de rigor científico, siendo
poco más que un compendio de afirmaciones circulares redundantes de un
grupo de sacha expertos que piensan igual. Los mismos que hoy se aplauden y
condecoran entre sí.
En primer lugar, no sé de ningún ejecutado que haya reincidido o cometido
otro delito. Respecto a las dudas sobre el carácter disuasivo de la pena de
muerte, cuidado, que la misma duda puede usarse válidamente sobre el
carácter disuasivo de las penas de cárcel.
El argumento de la inconstitucionalidad y la sujeción a tratados internacionales
tampoco es sólido, pues existen mecanismos claros para modificar la
Constitución y denunciar (salirse de) los tratados internacionales. Respecto al
temor al cacareo internacional, valdría la pena recordar que Estados Unidos
(por el mundo libre) ni Cuba (meca del socialismo latinoamericano) son
suscriptoras de la Convención Americana sobre Derechos Humanos la (la
Venezuela adorada por Glave y su banda, se retiró el 2012), así que solvencia
moral para el cacareo no hay.
En términos absolutos, la pena de muerte ha cumplido con eficacia a lo largo
de la historia con la doble función de asepsia social de predadores bípedos
irrecuperables y disuasión de potenciales delincuentes. Pero antes de entrar en
el debate acerca de los delitos para los que debe o no aplicarse (homicidio
premeditado y terrorismo encabezarían tal análisis) es necesario analizar la
realidad de la justicia peruana.
La corrupción, potenciada geométricamente por el narcotráfico, está presente
en los tres poderes del Estado. La palanca del dinero y el poder es de doble filo:
puede ser utilizada, y lo viene siendo, tanto para liberar al culpable como para
encarcelar al inocente. Durante los últimos 17 años los “periodicazos”, la
insistencia de la prensa televisiva y radial, y el dictamen de una comisión
investigadora del Congreso vienen pesando más que el más riguroso análisis
legal de un fiscal sobre un caso. Así se termina con los huesos de alguien en
prisión por periodos que se extienden más allá de lo racionalmente aceptable.
A lo dicho en el párrafo anterior hay que añadir la corrupción y deficiente
preparación y equipamiento policial para la investigación, y la evidente
penetración ideológica de amigos de Sendero y el MRTA. Y también a los
cómplices bolivarianos de la dictadura cubana en el Ministerio Público y el
Poder Judicial, en previsible y absoluta coherencia con la prevalencia
contemporánea del conflicto asimétrico, cuyo desconocimiento vienen
pagando muy caro los miembros de nuestras FF. AA. y PNP que enfrentaron el
ataque subversivo, por no terminar de asumir que la naturaleza del conflicto ha
mutado.
Hablando en términos de gestión empresarial, para los lectores no abogados la
pena es el proceso final del proceso de justicia. Si los anteriores (prevención,
policía, Fiscalía, Poder Judicial) realizan procesos deficientes, es irracional
esperar que la pena cumpla con lo que esperamos de ella.

Primero por que la vida humana tiene que tener un precio ( No economico, por
que es imposible poner una cifra a una persona). La cárcel no es suficiente
compensación para la víctima,ni su familia, así que lo más justo es una vida por
otra o a quien a hierro mata a hierro muere.

Segundo, si a un perro con la rabia se le sacrifica, lo mismo vale para un


asesino, ya que no es útil a la sociedad.

Tercero, no es justo que un asesino tenga más derechos que la víctima, una
buena defensa con los mejores abogados, un juicio justo, un trato digno, apoyo
de su familia y amigos,una vida, aunque sea en la cárcel,etc.

Cuarto, estando la economía mundial como esta, la pena de muerte ayudaría a


aliviar las arcas del estado, ya que cada preso que está en la cárcel cuesta unos
1500 € mensuales, entre alimentación, luz, agua, vigilancia 24/7, medicina,
psicologos, etc, sin contar los gastos policiales y jurídicos,más el pago del paro
al finalizar su pena.

Quinto, si alguien asesinara a alguien de mi familia, yo querría al asesino


muerto (Se que nada me devolvería a mi familiar) pero a mi me aliviaría parte
de mi pena y rabia. Es más si pudiera yo sería el verdugo, quizás sea por ser
ateo y no creo en que pagase su culpa en el más allá ( Llamese infierno o
purgatorio) y aunque así fuera, en caso de que me equivoque en mi creencia
ateísta, tardaría demasiado en pagar y no sería suficiente castigo.

Aunque no estoy por la pena de muerte, se me ocurren 5, pero cabe destacar


que también hay buenos y válidos argumentos en contra de esos mismos
puntos:

1. Reduce el gasto de mantener a un asesino en la cárcel con comida y


cama y vigilancia etc.
2. Le disuade a la gente de cometer crímenes graves.
3. Es el castigo adecuado para ciertos crímenes.
4. Los allegados de la víctima quieren justicia, y la pena de muerte en
algunos casos es justa.
5. Editado (sugerencia de Ruben Mata): Un criminal muerto no podrá
volver a cometer el crimen.
Eso es todo. Creo que ningún argumento arriba se puede considerar un buen
argumento, pero una justificación no obstante.

Hay que diferenciar dos cosas, la condena a pena de muerte y la ejecución de


esa condena.

Para mí la situación ideal es la que tuvo Bélgica durante muchos años. Existía la
condena a pena de muerte, pero no sé ejecutaba a nadie. Los condenados a
pena de muerte permanecían en la cárcel indefinidamente y sin beneficios de
ningún tipo, por supuesto.

Algo parecido ocurre en Japón, pero hace poco acaban de ejecutar al


responsable de atacar el metro de Tokio con gas sarin hace años.