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De cómo las preferencias individuales, chocan con las colectivas y los

partidos políticos, mecanismos (a través de los Gobiernos) de


asignación de bienes públicos, no realizan una correcta provisión de los
mismos.

Atendiendo al criterio de Optimalidad de Pareto, que podríamos resumir como


“Situación de bienestar en la que no se pueda incrementar el bienestar de un individuo
sin que los otros vean reducido su grado de bienestar” y al hecho de que en escasas
situaciones las preferencias o el orden de preferencias individual son las mismas que las
de la colectividad o el conjunto de la sociedad. Podemos establecer diversos supuestos.

Si el nivel eficiente de preferencias implica que el bienestar general se alcanza en base


al óptimo de Pareto, pero nos encontramos con que existen una serie de derechos
garantizados o cubiertos por nuestra constitución como puedan ser […]Los españoles
son iguales ante la Ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de
nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia
personal o social.[…] […]Los poderes públicos promoverán las condiciones favorables
para el progreso social y económico y para una distribución de la renta regional y
personal más equitativa, en el marco de una política de estabilidad económica. De
manera especial realizarán una política orientada al pleno empleo[…] […]Todos los
españoles tienen derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada. Los poderes
públicos promoverán las condiciones necesarias y establecerán las normas pertinentes
para hacer efectivo este derecho, regulando la utilización del suelo de acuerdo con el
interés general para impedir la especulación.[…] y un largo etc…

Observaremos que en nuestra realidad, en nuestra sociedad existen colectivos que ven
mermados sus derechos constitucionales, bajo criterios sociales, que no legales, como
por ejemplo el entendimiento social de que el acceso de inmigrantes (es decir el primer
apartado de supuestos, casi en su totalidad) al mercado de trabajo hará disminuir la
cantidad de trabajo ofrecida para el conjunto, cuestión que no es real en la mayoría de
situaciones ya que estas personas no acceden a empleos cualificados que suelen ser los
que más demanda producen entre los Españoles.
Observamos también que existen determinados colectivos con elevadas rentas, que se
encuentran fuera del control de la hacienda pública, que existen mecanismos para no
declarar de forma real los ingresos anuales y los beneficios obtenidos en un curso o
varios, por lo que falla directamente el sistema de distribución de la renta.

Observamos que dada la situación actual, implica que hay determinada cantidad de
población que quiere acceder a una vivienda, pero el mercado marca un precio concreto
en base a la cantidad de viviendas que existen en el mismo, quedando gran cantidad de
viviendas por ocupar y un elevado número de la población sin poder cubrir sus
expectativas.

Todo ello hace que resulte prácticamente imposible que se de el Estado de Bienestar que
marca Pareto, es decir que estaríamos hablando de que existe un elevado índice de
población que vive en índices subóptimos de bienestar.

Al respecto de que la escala de preferencias individual no casa con la escala de


preferencias colectivas o del conjunto de la sociedad, nos encontramos con la escasa
utilización de mecanismos de acción colectiva por parte de los individuos, un
individualismo imperante que hace primar los intereses particulares por encima de los
del grupo social. Si vamos al dato concreto y atendemos a una escala nacional,
entenderíamos sociedad como el conjunto de la población española. Así pues, las
diversas políticas autonómicas (dependiendo del color del gobierno autonómico de
turno) priman intereses “particulares” o “individuales” de su autonomía por encima del
bienestar o interés del conjunto de la sociedad. Políticas educacionales que priman
lenguas concretas, asignaturas concretas o utilización de las mismas con fines
doctrinarios y particulares. Políticas sociales que entran en conflicto directo con
políticas estatales. Políticas económicas diferenciadas que priman a sectores
poblacionales por encima del resto de la sociedad, como pueda ser el cupo o el
concierto. Políticas de integración que se autoatribuyen competencias estatales y por
ende no entran jamás en funcionamiento creando sociedades paralelas. Coberturas
especiales a nivel sanitario que no son las mismas en todo el territorio del Estado.
Recursos de interés general como los Hídricos incluidos en gestiones particulares
utilizados como arma arrojadiza por parte de partidos concretos o autonomías concretas.
Estaríamos pues, ante un auge del concepto del free-rider gestionado por parte de los
nacionalismos y no nacionalismos, regionalismos, localismos y en menor medida por
parte de todos y cada uno de los individuos de esta sociedad. A los que por regla general
les interesa maximizar su bienestar aunque sea en detrimento del resto de los individuos.

Por otro lado y considerando la escasa participación del ciudadano en la política a lo


largo de las tres últimas décadas, relegada (por interés partidista, por desconocimiento,
por desinterés…) al mero hecho de votar (o no) en sucesivas elecciones como si de un
cheque en blanco se tratase. Los distintos partidos políticos, erigidos como mecanismos
de Gobierno una vez llegan al poder, han dejado de mostrar interés por las preferencias
tanto individuales como colectivas. Poco se diferencian hoy día los discursos
programáticos de los partidos mayoritarios, poco se diferencian sus medidas. Y poco
que ver tiene con los intereses reales de la ciudadanía.

Por ende, poco eficiente resulta la provisión de bienes públicos por parte de los
Gobiernos. Como ejemplo, existen numerosas quejas en la Comunidad Valenciana del
deficiente funcionamiento de la educación y la sanidad en lo que a Escuelas-Institutos y
Hospitales se refiere. Sin embargo, el interés del Gobierno Autonómico es promocionar
una imagen de Valencia concreta para favorecer un Sector Servicios, y Obras Públicas
para maquillar tasas de paro, ineficiente e ineficazmente gestionado, es decir caduco, a
costa de los ingresos de los ciudadanos.

¿Pero es esto culpa tan sólo de los partidos políticos y su ineficiente e ineficaz gestión?
No, es culpa también del ciudadano, volcado en su interés particular, en su problema
particular. La no utilización de los recursos que existen para trasladar su incomodidad y
la ausencia de coberturas a los Gobiernos para que actúen deriva en la perpetuidad de un
sistema de bienestar que lejos de ser óptimo, vulnera los derechos de todos y todas
como ciudadanos de este Estado.

Los partidos políticos se han erigido como gestores públicos, a nivel estatal,
autonómico, provincial y local. Lejos del interés de la sociedad, atesoran votos como si
daciones particulares a fondo perdido se tratara, su único interés es perpetuar su estancia
en el Gobierno, y ello ocasiona fallos del sector público. Unos fallos que se van
arrastrando desde lo local a lo estatal, que se intentan subsanar con mayores
contrataciones, con mayores controles burocráticos, con mayor regulación, y que a su
vez lo único que consiguen es engrosar el problema hasta límites insospechados.

No hemos de olvidar tampoco, que las preferencias individuales, en base a programas


políticos que no están en consonancia con la realidad, aunque se expresen de forma
mayoritaria, a través de elecciones, pasan por un filtro concreto que es nuestra actual
Ley Electoral (y las correspondientes leyes electorales autonómicas). Dicha Ley es un
mecanismo transformador de votos en escaños (un número concreto y determinado), un
mecanismo de corte, que por la forma en que está redactado termina discriminando
sentires minoritarios por no llegar a barreras mínimas de exclusión. Sentires tan válidos
en democracia como cualquiera de los que efectivamente llegan a ocupar los escaños de
un Parlamento concreto.

Por tanto, si sesgadas son en principio las preferencias individuales y poco tienen que
ver con las preferencias colectivas, poco tienen que ver la gestión de dichas preferencias
que se hace por parte de “ciertos” partidos políticos que no representan a la totalidad de
la ciudadanía. Es más, dicha desfavorecedora ley electoral prima ciertos partidos
minoritarios que se presentan en algunas circunscripciones concretas por encima de
otros que se presentan a nivel estatal, consiguiendo un desajuste real de lo que puede ser
el interés general de la ciudadanía. Encontrándonos que intereses individuales
(autonómicos) tienen mucho más peso que intereses generales (estatales), el ejemplo
actual sería CIU-ERC-PNV frente a partidos como IU o UPyD.

La complicada conjunción de variables expuestas nos lleva pensar en que nos


encontramos ante un sistema obsoleto. No existen niveles óptimos del bienestar, no se
respetan ni los intereses individuales, ni los colectivos, existe una tendencia a la
irrelevancia de los mecanismos de acción colectiva real y efectiva, y los partidos
políticos extendidos a los gobiernos como raíces partitocráticas que asfixian al estado
minan al conjunto de los ciudadanos, minan a los individuos, minan el estado, minan el
bienestar…