Sie sind auf Seite 1von 432

HISTORIA DE LA IGLESIA

DESDE SUS ORÍGENES HASTA NUESTROS DÍAS

PUBLICASE BAJO LA DIBECCION DE

AUGUSTIN FLICHE Y VÍCTOR MARTIN

II

DESDE FINES DEL SIGLO II


HASTA LA PAZ DE CONSTANTINO

POR

JULES LEBRETON JACQUES ZEILLER


DECANO D E LA FACULTAD D E T E O L O G Í A DI R E C T O S D E E S T U D I O S E N LA ESCUELA
D E L I N 3 T I T U T O CATÓLICO D E P A H I S D E ALTOS E S T U D I O S (SORBONA)
Y MIEMBRO DEL INSTITUTO

BUENOS AIRES
EDICIONES DESCLEE, DE BROUWER
Versión castellana de
JAIME DE LEZAUN, O. F. M. Cap.

Nihil Obsta!
S E B A S T I Á N B E G O S I , O. F. M . Cap.

Imprimatnr
J U A N E V A N G E L I S T A D E M U R U E T A , O. F. M. Cap.
Comisario Provincial

Imprimatur
M o n s e ñ o r Dr. R A M Ó N A. NÓVOA
• Provicário General del Arzobispado
Buenos Aires, 5 de marzo de 1953

ES PROPIEDAD. QUEDAN HECHOS


EL REGISTRO Y DEPÓSITO QUE
DETERMINAN LAS LEYES DE
TODOS LOS PAÍSES,

PBINTED IN ABGENTINA

Única versión autorizada del original francés:'


Hisloire de l'Eglise, II. De la fin du II* siecle
á la paix constanlinienne
TODOS LOS PEBECHOS BESERVADOS

COPYRIGHT BY DESCLÉE, DE BBOTTWEB Y CÍA., B U E N O S AIBES, 19 68


CAPITULO I

LA CRISIS GNOSTICA Y EL MONTAÑISMO

§ 1. — La crisis gnóstica C1)

ORIGEN DEL GNOSTICISMO AI estudiar los tiempos apostólicos tropeza-


mos ya con la gnosis, anterior según vimos,
al cristianismo ( 2 ) . Los cultos y las supersticiones de aquellas naciones de
Oriente que, por las conquistas de Alejandro se fundieron en los grandes
reinos de Seléucidas y Lágidas y que dos siglos después fueron subyugadas
por los romanos, se difundieron por todos los pueblos del Mediterráneo.
El mundo helénico entró en contacto con Persia y se dejó seducir por la
teología dualista y por sus doctrinas sobre jerarquías celestes. Estas especu-
laciones parásitas fermentaron, ya antes de la era cristiana, en Alejandría,
en Siria, en todo el oriente helénico, infiltrándose en todas las religiones,
sobre todo en las de mayor vitalidad. Fueron u n a amenaza para el judaismo
y no bien apareció la religión cristiana, quisieron hacer presa en ella: es la
lucha de Simón Mago contra San Pedro y de Bar-Jesús contra San Pablo.
Por las epístolas del apóstol hemos podido b a r r u n t a r el daño creciente de
este contagio: ataca el dogma cristiano, negando, por desprecio a la carne,
la realidad de la encarnación de Cristo; y, paralelamente, la resurrección de
los cuerpos; ataca la moral, considerando el matrimonio como una bajeza o
tolerando, por el contrario, con orgulloso desprecio, todas las demencias de
la carne. Más tarde son las epístolas de San Juan y las cartas de San Ignacio
las que denuncian la virulencia de aquella gangrena.

LA CRISIS GNOSTICA Son los síntomas de la gran crisis que estalla mediado
el siglo segundo. Los últimos sobrevivientes de la
edad apostólica tienen la impresión de que es u n a lucha totalmente nueva y
extremadamente dolorosa para ellos: "¡Dios mío, exclama San Policarpo, en
qué tiempos me habéis hecho vivir!". Ciertamente que la edad apostólica había

(*) BIBLIOGRAFÍA. — E. DE FAYE, Introduction a l'étude du gnosticisme, París, 1903;


Gnostiques et gnosticisme. Elude critique des documents du Gnosticisme chrétien aux
II' et IIIe siécles, 2' edic, París, 1925; W. BOUSSET, Hauptprobleme der Gnosis,
Gottinga, 1907; J. P. STEFFES, Das Wesen des Gnostizismus und sein Verhaltnis
zum Katholischen Dogma, Paderborn, 1922. Se encuentran los principales textos có-
modamente reunidos en el libro de W. VCELXER: Quellen der Geschichte der christli-
chen Gnosis, Tubinga, 1932; F. C. BURKITT, Church and Gnosis, Cambridge, 1932;
H. LEISEGANG, Die Gnosis, Leipzig, 1924; E. BONAIUTTI, LO gnosticismo. Storia di anti-
che lotte religiose, Roma, 1907; y Frammenti gnostici, Roma, 1923; V. SORO, La Chiesa
del Paracleto. Studi su la gnosticismo, Todi, 1922. Para todo el período estudiado en
este volumen puede leerse U. MORICCA, Storia delta letteratura latina, vol. I, Turín,
1923. Para una sucinta información léese con provecho B. STEIDLE, Patrología seu
historia antiquce litteraturm ecclesiasticce scholarum usui accommodata, Friburgo de Br.,
1937.
(2) Cf. supra, t. I, pp. 227-229.
7
8 HISTORIA DE LA IGLESIA

conocido herejes, bien lo saben ellos; pero en aquel entonces trabajaban en la


sombra, escondidos en sus guaridas ( 8 ) ; mas, apenas murieron los apóstoles, se
muestran a la luz del día y organizan sus sectas ( 4 ) . Hegesipo atribuye con
razón tanta osadía a la desaparición de los apóstoles y de los últimos sobrevi-
vientes de su generación; pero hubo otras causas que contribuyeron a dar a la
crisis gnóstica u n a virulencia desconocida hasta el momento en el seno de la
Iglesia cristiana. Es u n a secuela del desarrollo mismo de la Iglesia. El evange-
lio ha penetrado en las esferas más cultas del mundo helénico y del mundo
romano; los polemistas paganos reaccionan, y frente a ellos se alzan los apolo-
gistas. Pensadores y literatos dirigen en los dos bandos la contienda. E n este
mun.do nuevo para ella, la Iglesia encuentra al mismo tiempo defensores y
adversarios; pero encuentra asimismo discípulos perjudiciales que se enamo-
ran de su doctrina, y llegan a deformarla. Así, por ejemplo, Taciano, dis-
cípulo de Justino, apologista como su maestro y luego sectario y jefe de
secta.
El peligro es tanto mayor cuanto que en la misma Iglesia hallamos cóm-
plices: los heresiarcas recluían sus discípulos entre los inquietos y los ambi-
ciosos, a los que u n momento conquistó la verdad; pero conocieron la seduc-
ción de la gnosis y sucumbieron a ella sin resistencia.

LA REACCIÓN CRISTIANA Todos estos peligros nuevos, nacidos del rápido


crecimiento de la Iglesia y de su penetración
en el mundo de los filósofos y literatos, constituían, a partir de la mitad del
siglo segundo, u n a crisis grave y dolorosa; se la siente correr como u n esca-
lofrío a través de todas las iglesias, t a n estrechamente unidas: el peligro, al
aparecer, provoca la misma reacción en todas partes; la autoridad episco-
pal se afirma, los lazos de la catolicidad se estrechan y la Iglesia de Roma
toma la dirección de todas las Iglesias y les da u n a dirección eficaz; todos
los cristianos, agrupados en torno a sus jefes, se enlazan por medio de
ellos con los apóstoles, testigos y legados de Cristo, fundadores de las iglesias.
La teología de la tradición, elaborada por San Ireneo, queda grabada en
fórmulas enérgicas por Tertuliano; se organiza con todo rigor la disciplina
de la iniciación cristiana, imponiendo la Iglesia a los candidatos al bautismo
u n catecumenado largo y severo y encubriendo sus misterios con el velo del
arcano; y la liturgia, hasta ahora dejada a la libre improvisación según es-
quemas tradicionales, se ajusta a formularios redactados por la autoridad que
los impone a todos los fieles. Así la Iglesia se organiza en todo, formula su
oración y su credo, codifica sus leyes, pero su autoridad dócilmente obede-
cida, no ahoga la voz del Espíritu. Frente a la división y la multiplicidad
de las sectas, la Iglesia resplandece más que nunca como cuerpo de Cristo,

(3) Cf. HEGESIPO citado por EUSEBIO, Hist. Eccl., III, xxxn, 7: "Hasta entonces (fin
de la edad apostólica) la Iglesia permaneció como una virgen pura y sin mancha;
en las tinieblas y como en una guarida trabajaban los que intentaban alterar la
regla sana de la predicación saludable".. .
{*) HEGESIPO, ibíi.; cf. CLEMENTE DE ALEJANDRÍA, Strómata, VII, xvn, 106: "La
enseñanza de Nuestro Señor durante su vida, comienza con Augusto y termina hacia
la mitad del reinado de Tiberio; la predicación de los apóstoles, hasta el final del
ministerio de Pablo, acaba bajo Nerón; los heresiarcas, por el contrario, han comen-
zado mucho más tarde, en tiempos del rey Adriano (117-138), y han continuado hasta
la época de Antonino el Viejo (138-161); así Basílide's, aunque se jacte de haber
tenido por maestro a Glaucias, que dicen ser intérprete de Pedro. En cuanto a Marcos
perteneció a la misma época y vivía con ellos como hombre de más edad entre más
jóvenes y, después de él, Simón ha sido poco tiempo discípulo de Pedro".
CRISIS GNOSTICA Y MONTAÑISMO 9

como madre de todos los cristianos: "Porque donde está la Iglesia, allí
está el Espíritu de Dios; y donde está el Espíritu de Dios, allí está la Iglesia
y la gracia toda. El Espíritu es verdad. Los que n o pertenecen a ella, n o
reciben alimento de vida de sus pechos maternales, n i beben de la fuente
que se desborda del cuerpo de Cristo" ( 5 ) .

LAS FUENTES HISTÓRICAS U n a de las mayores dificultades con que se


tropieza en el estudio del gnosticismo pro-
viene de que los escritos de los gnósticos, sobre todo los de sus jefes, h a n des-
aparecido en gran parte. Las noticias más precisas y detalladas que poseemos
provienen de los adversarios del gnosticismo. Ahora bien, los Padres no se
propusieron informar a la posteridad, sino únicamente librar del peligro a
los fieles. Ponían de manifiesto el lado más vulnerable del gnosticismo y
atacaban con predilección a los herejes, sus coetáneos, que a u n vivían y tra-
bajaban, m á s bien que a los herejes de los tiempos pretéritos. De ahí que las
noticias de Ireneo, t a n precisas, nos informan mucho mejor sobre los valen-
tinianos del segundo siglo que sobre el mismo Valentín o sobre Basílides ( 6 ) .

CER1NTO Los gnósticos de la era apostólica, Cerinto, Satornil y Cerdón, no


h a n dejado apenas otra huella en la historia que sus nombres.
Cerinto, sin embargo, había causado notable turbación en las iglesias del Asia
Menor. E l vigor con que S a n J u a n lo combate, muestra q u e la cristología
doceta que sostenía el heresiarca, era para los cristianos de Asia u n verdadero
peligro ( 7 ) .
Estos primeros herejes podían ser perjudiciales para las comunidades cris-
tianas, pero su influjo fué insignificante. No parece que ninguno de ellos
haya escrito y, por lo demás, el gnosticismo que representan es judaizante;
o mejor, provocado por las especulaciones corrientes en el judaismo, sea aco-
modándose a ellas, sea como reacción contra las mismas.

(B) IRENEO, Adversus fuereses, III, xxiv, 1.


( 6 ) Estas consideraciones han sido expuestas con gran fuerza por E. DE FAYE
(Gnostiques et gnosticisme, 1925, pp. 3-32), pero este historiador ha cometido un grave
yerro al rehusar por completo el testimonio de los controversistas católicos y construir
toda su historia sobre los fragmentos gnósticos que poseemos; se vio obligado a acentuar
y prolongar las líneas* para delinear el diseño del edificio; ha sido condenarse, por
temor a los prejuicios, a hacer un trabajo de pura imaginación con demasiada fre-
cuencia (Cf. infra, p. 14, n. 30). Los historiadores más recientes se han curado de
esta excesiva desconfianza y los descubrimientos hechos en el curso de estos últimos
años, de textos gnósticos importantes, han confirmado el testimonio de Ireneo {Cf.
K. SCHMIDT, Pistis Sophia, 1925, p. XC; J. LEBRETON, Histoire du dogme de la Tri-
ráté, t. II, p. 103). En la breve exposición que sigue, nos atendremos a los textos de
los mismos gnósticos; pero acudiremos también a la información que nos propor-
cionan sus adversarios, sobre todo cuando podamos comprobar su exactitud.
(7) Cf. Histoire du dogme de la Trinité, t. I, pp. 483, s. y 484, n. 1; K. SCHMIDT,
Gespráche Jesu mit seinen Jüngern, pp. 403-452. Schmidt concluye (p. 452): Cerinto
no ha sido un judaizante sino un gnóstico; su actividad ha tenido por campo el Asia
Menor, donde ha dejado recuerdos profundos que son atestiguados por tres testigos
independientes: Ireneo, los álogos y el autor de la Epístola Apostolorum- Véase en
el mismo sentido LAGRANGE, Saint lean, pp. LXII y ss. Cerinto distinguía entre
Jesús y Cristo: Cristo, uno de los Eones superiores, había descendido sobre Jesús,
hijo del Demiurgo, y lo había dejado luego para volver al Pleroma. HARNACK, en su
afán de hacer a los gnósticos precursores de los grandes teólogos, escribe a este pro-
pósito (Dogmengeschichte, t. I, 271, n. 2): "Así Cerinto es el padre de la doctrina
de las dos naturalezas". Esto no pasa de ser una pirueta, que no se puede tomar en
serio.
10 HISTORIA DE LA IGLESIA

A partir del reinado de Adriano la gnosis cambia de aspecto; la influencia


helénica llega a ser en ella predominante y sus representantes no son sec-
tarios iliteratos sino escritores, filósofos, exegetas, muchos de ellos no faltos
de talento ( 8 ) .
A mayor abundamiento esta gnosis tiene su foco, no en alguna provincia
lejana del Asia Menor, sino en los grandes centros intelectuales del imperio,
sobre todo en Alejandría y Roma; y los hombres que se apasionan por ella
no son únicamente espíritus supersticiosos, deslumhrados por la magia, sino
que según hará constar Orígenes "son espíritus cultos, ávidos de comprender
las enseñanzas del cristianismo" ( 9 ).

BASIL1DES De estos nuevos maestros el primero que conocemos es Basílides.


Enseñó bajo Adriano ( 1 0 ) , en Alejandría ( u ) , y escribió obras,
al parecer considerables ( 1 2 ), pero de las cuales sólo algunos fragmentos se
nos han conservado ( 1 3 ).
El problema capital en sus investigaciones y en las de los gnósticos pos-
teriores es el problema del origen del m a l ( 1 4 ).
"¿De dónde procede el m a l y cómo y por qué existe?" ( 1 5 ). Siguiendo a
Platón, trata Basílides de resolver este problema fundamental y angustioso,
por medio de una especulación metafísica.
En u n largo fragmento, reproducido por Clemente, discurre Basílides sobre
los padecimientos de los mártires, padecimientos que a veces constituían u n
escándalo para los paganos ( l e ) , e intenta defender la providencia de Dios,
afirmando que nadie padece sin haberlo merecido. Si se le objeta que muchos
mártires eran inocentes, responderá que no h a b í a n pecado, pero tenían al
menos una disposición para el pecado; si se le urge, se refugia en la me-

( 8 ) SAN JERÓNIMO, a quien no se le puede atribuir indulgencia excesiva para con


los herejes, escribirá (In Oseam, II, x): "Nadie puede urdir una herejía, si no brilla
en él la llama del talento y de los dones naturales; pero uno y otros son obra de
Dios. Así Valentín y Marción, de quienes leemos que fueron muy sabios. Así Bar-
desanes, cuyo talento admiran los mismos filósofos".
(9) Contra Celsum, III, xn: "Habiéndose manifestado la grandeza del cristianismo
no solamente como quiere Celso, a almas serviles, sino también a muchos espíritus
cultos entre los griegos, fué inevitable que surgieran herejías, no siempre a conse-
cuencia de rivalidades y celos, sino porque muchos de estos espíritus cultos sentían
gran avidez por comprender las enseñanzas del cristianismo. De ahí que, al ser inter-
pretadas diversamente unas mismas verdades, nacieran las herejías, las cuales toma-
ron su nombre de aquéllos que se aventuraron a formular interpretaciones diversas,
6egún las diversas apariencias de verdad". Un poco más adelante (ibíd., III, x m ) .
concluye Orígenes con esta frase atrevida: "Pablo ha escrito admirablemente: con-
viene que haya herejes, para que aparezcan quiénes son probados entre vosotros;
porque así como en la medicina o en la filosofía se tienen por versados aquellos que
han estudiado las diferentes escuelas... así yo miraría como el cristiano más
sabio aquél que hubiese penetrado atentamente las herejías del judaismo y del cris-
tianismo".
(10) CLEMENTE, Strómata, VII, xvn, 106.
i11) IRENEO, Adversus hcereses, I, xxiv, 1.
( 12 ) Un largo fragmento citado por CLEMENTE (Strómata, IV, xa, 81) está tomado
del libro XXIII de la Exegética, de Basílides.
( l s ) Estos fragmentos se encuentran la mayor parte en Clemente; un fragmento
importante, se lee en los Acta Archelai, LXVH (Cf. infra, pp. 12-13);
(14) EPIPANIO, Hcereses, XXIV, vi. "Esta secta malvada surgió de la investiga-
ción y explicación del origen del mal".
(18) TERTULIANO, De pratscriptione hatreticorum, vn: "Unde malum et quare".
( 16 ) Así en Lyón, después de la muerte de los mártires, decían los paganos: "¿Dónde
esté su Dios y de qué les ha servido la religión que han preferido a la vida?"
CRISIS GNOSTICA Y M O N T A Ñ I S M O 11

tempsicosis, sosteniendo que el mártir por una gracia que Dios le hace, expía
las faltas de u n a vida anterior. Cuando finalmente se le arguye con los
padecimientos de Cristo, afirma con audacia imperturbable: "Si se me acosa,
diré que todo hombre, cualquiera que sea, es siempre u n hombre, en tanto
que sólo Dios es justo. Porque, según está escrito, nadie está limpio de
m a n c h a " ( 1 7 ).
Esta especulación que ante nada se detiene, hace presentir ya el carácter
del gnosticismo: n i a la vista de la cruz de Cristo retrocede Basílides; su
filosofía es para él más querida y sagrada que su religión: Cristo padece,
luego ha pecado.
Esa explicación del dolor, como fruto del pecado personal, hace pesar
sobre toda la h u m a n i d a d u n a dura sentencia de condenación. Pero en esta
masa pecadora distingue siempre Basílides u n a élite; y a imitación suya
harán una semejante distinción todos los demás gnósticos: uno de los atrac-
tivos de su doctrina radica precisamente en la pretensión de formar casta
aparte del resto de los hombres. Solamente ellos llegan a la verdad, no por
instrucción y magisterio, sino por intuición n a t u r a l ; para Basílides esta intui-
ción n a t u r a l es la fe; para los discípulos de Valentín, la fe será la herencia
de los simples y la gnosis el privilegio de los perfectos; pero unos y otros
estarán de acuerdo en esto: en que los dones superiores provienen de u n a
diferencia de naturaleza. La fe, como objeta Clemente a Basílides, no será
ya la disposición racional de u n alma libre ( 1 8 ).

LAS EMANACIONES Los problemas de la teología moral llamaron la aten-


GNOST1CAS ción de Clemente más que los otros; pero Basílides
no se limitó a ellos. Heredero de la gnosis pagana,
traslada a la teología cristiana el sistema de las emanaciones ( 19 ) y, mientras
Valentín asimila y adapta todas estas abstracciones divinizadas, él las presenta
en progresión individual: en lo más alto un principio único que se llama Pater
agennetos, luego la Nous, el Logos, Phronesis, Sophia, Dynamis, justicia v
Paz ( 2 0 ).
Todas estas abstracciones personificadas habían invadido en aquel enton-
ces el panteón helénico y el panteón romano: se adoraba la Paz, la Concordia,
la Victoria y, sobre todo, la Fortuna. Los paganos veían en ellas no solamente
alegorías divinizadas, sino verdaderas divinidades a las cuales, como a otros
tantos dioses y diosas, ofrecían sacrificios, dedicaban altares y consagraban
ex votos ( 2 1 ). Los gnósticos, con Basílides a la cabeza, se dejan arrastrar por
esta corriente y, a ejemplo de los paganos, gustan de honrar a estas divinida-
des abstractas, cuya personalidad les parece lo bastante firme para ser objeto

(17) Este texto es resumido y comentado por E. DE FAYE, op. cit., pp. 41-44, quien
ve aquí "un gran avance sobre los cristianos eclesiásticos de su tiempo".
(18) Strómata, V, i, 3, 2; Cf. Strómata, II, ni, 10; IV, xnl, 89; Cf. LÍECHTEN-
HAHN, Die Offenbarung im Gnosticismus (Gottinga, 1901), pp. 87, 99); DE FAYE,
op. cit., p. 49.
(19) Este punto no puede ponerse en duda: la Ogdóada de Basilides es mencionada
explícitamente por CLEMENTE (Strómata, IV, xxv, 162, 1); DE FAYE mismo (op. cit.,
p. 54) lo reconoce y añade, lo que es verosímil, que esta especulación "formaba parte,
sin duda, de la instrucción más secreta reservada a los iniciados".
(20) Cf. Histoire du dogme dé la Trinité, t. II, pp. 95 y ss.
(21) Sobre el culto de las divinidades abstractas en esta época, cf. J. TOUTAIN, Les
cuites paiens dans VEmpire romain, t. I, pp. 413-437; "WISSOWA, Religión der Romer,
pp. 83, s. y sobre todo 327-338; L. DEUBNER, art. Personifikationen en Lexicón da
ROSCHER, t. III, col. 2067-2169, y también Histoire du dogme de la Trinité, t. II, pp. 3-9.
12 HISTORIA DE LA IGLESIA

de un culto y centro de una leyenda y, al mismo tiempo, lo bastante etérea


como para no herir los espíritus delicados con la apariencia de un antropo-
morfismo grosero. Los avatares de la Sophia no serán más divinos que los de
los dioses homéricos, pero aparecerán más lejanos, envueltos en una gasa de
ensueño, nunca en una epopeya ingenua y totalmente humana.
No era sólo la religión romana, abstracta y pálida, la que daba alientos a
la fértil imaginación de los gnósticos; éralo mucho más la gnosis pagana que
nació de las religiones orientales y se extendió por todo el mundo helénico.
Ya en el primer siglo de nuestra era, Plutarco, en Isis et Osiris, al tratar de
exponer la religión de Zoroastro, describía los dos grandes dioses rivales:
"Horomazes (Ormuz), nacido de la misma luz pura, y Areimanios (Ari-
mán), nacido de las tinieblas"; al primero, definido como dios bueno, seguía
una corte de seis dioses menores creados por él: el dios de la Benevolencia,
el de la Verdad, el de la Justicia, el de la Sabiduría, el de la Riqueza y el
dios de los goces honestos; tras de estas seis primeras emanaciones venían,
en rango inferior, otras veinticuatro. Ya tenemos los treinta eones del pleroma
gnóstico ( 22 ).
La religión de los egipcios podía inspirarles también ideas semejantes; la
ogdóada primitiva se encuentra en los dos sistemas rivales de Heliópolis y
de Hermópolis ( 23 ). Adoptada por Basilides, quedará en los sistemas poste-
riores como el núcleo que todos tratarán de desarrollar en sus especulaciones.

EL BIEN Y EL MAL En todas estas gnosis, las emanaciones interpuestas


entre el Dios soberano y la materia son otros tantos
intermediarios o eslabones que unen estos dos términos infinitamente dis-
tantes. El dios soberano no puede mancharse por el contacto con el mundo
material; y, sin embargo, este mundo tan impuro y deleznable no está ente-
ramente separado de la divinidad. De nuevo surge el problema angustioso:
¿de dónde procede el mal?
Platón había explicado en el Timeo la mezcla de males y bienes en el
mundo por la acción de dioses secundarios. Esta explicación mítica pre-
valeció durante mucho tiempo en el pensamiento helénico y constituye dogma
fundamental de la gnosis; pero los gnósticos, particularmente Basilides, se
dejan influir por la corriente dualista que fluía en el texto de Plutarco,
arriba citado. El antagonismo entre el bien y el mal, entre la luz y las
tinieblas, es el origen de todo; esta lucha que persiste en derredor nuestro
y dentro de nosotros, es fatal y eterna. Tal concepción que la mitología
iraniana interpretó tan estrictamente, pesará siempre sobre la gnosis; no
sólo sobre las brillantes especulaciones de Basilides, de Valentín y de sus
discípulos, sino también sobre la pobre y rígida teología de Marción, y, a
partir del siglo tercero, sobre el maniqueísmo y sobre todas las sectas que
de él se deriven. Merced a un tratado antimaniqueo se ha conservado un
largo fragmento de Basilides en que se revela este dualismo.
En su libro XIII, Basilides, buscando el origen del bien y del mal, lo
explicaba de esta manera, según una teoría que tomó de los "bárbaros":
"En el principio existían la luz y las tinieblas. Como tenían su origen
en sí mismas, no fueron engendradas por ningún otro principio. Vivían a
su modo y según sus propiedades respectivas. Pero he aquí que, cuando se
conocieron, las tinieblas desearon la luz y la persiguieron para poder par-
ticipar de ella. La luz, por el contrario, no deseaba participar de las tinie-
( 22 ) Isis y Osiris, x m . Cf. Histoire du dogme de la Trinité, t. II, p. 96 y n. 2.
( 23 ) Cf. AMÉLINAU, Essai sur le gnosticismo égypcien, París, 1887, p. 294.
CRISIS GNOSTICA Y M O N T A Ñ I S M O 13

blas sino solamente verlas. Las vio como en u n espejo y u n reflejo de luz
cayó en las tinieblas. Las tinieblas se apoderaron así, no de la luz, sino de
una apariencia de luz.
"He aquí por qué no existe en este mundo el bien perfecto, y, si algo existe,
es insignificante. Sin embargo, gracias a este reflejo de la luz, las tinieblas
pudieron engendrar u n a apariencia que lleva esta mezcla de luz que habían
concebido. Y ésta es la criatura que nosotros vemos" ( 2 *).
Bajo el velo discreto del mito, Basílides presenta la solución del problema
del m a l ; es el antiguo dualismo iranio, el antagonismo fatal que opone
eternamente la Luz a las Tinieblas y es también el profundo pesimismo que
impregnará estas doctrinas: h a y algún bien aquí abajo, pero es t a n p o c o . . .
No es mas que u n reflejo de la Luz, visto u n instante y desaparecido para
siempre.
Los Simonianos decían también: los hombres n o pueden alcanzar sino
una imagen parcial de la Sabiduría, no la Sabiduría en sí misma ( 2 5 ).

EL ARCONTE Arrastrado por este dualismo, llega Basílides, como se lo


Y SUS ANGELES reprocha Clemente, a hacer del demonio u n dios ( 2 e ).
Al dios supremo opone el Arconte, jefe de los ángeles
malos y dios de los judíos ( 2 7 ). El día del bautismo de Jesús, este Arconte
quedó herido de terror al oír la voz del cielo y ver la inesperada aparición
de la paloma, y este terror fué para él, como dice el texto sagrado, "el prin-
cipio de la sabiduría" ( 2 8 ).
Por todos estos rasgos la gnosis de Basílides se emparenta con el marcio-
nismo: la misma oposición en ambos entre el dios supremo y el dios de los
judíos, la misma aparición inesperada del Mesías que aterra al Arconte, cuyos
dominios son súbitamente invadidos por el dios supremo.
Con estos datos Basílides y sus discípulos tejieron m i l fantasmagorías: de
Sophia y Dynamis nacieron los primeros ángeles, los cuales hicieron el primer
cielo; de los primeros nacieron otros que formaron el segundo, y así sucesi-
vamente hasta constituir los 365 cielos que son, según los gnósticos, la razón
de que el año tenga 365 días. Artificios literarios semejantes pueden leerse
en la gnosis pagana C29).
Sólo fragmentariamente conocemos la teoría de Basílides; pero conocemos
lo suficiente para determinar su carácter religioso. A primera vista puede
deslumhrarnos la riqueza de elementos cristianos. E n la Ogdóada se habla
de u n Verbo, u n a Sabiduría, u n Poder; en otros pasajes aparece Cristo, se
habla de su bautismo, de su muerte, de sus mártires, de la fe. Todas estas
reminiscencias cristianas rozan apenas la. sobrehaz del sistema, pero sin
llegar al fondo, que es totalmente naturalista y pagano. El Dios supremo
queda relegado a una lejanía inaccesible; entre él y el m u n d o la cadena de
intermediarios, cadena frágil, eslabonada de fantasías, sin virtud para guiar

(24) Este texto está citado en los Acta Archelai, LXXVII. Aquí hemos resumido el texto
que se puede leer íntegramente en Histoire du dogme de la Trinité, t. II, p. 97, n. 2.
( 25 ) Recognitiones, II, xii: "Pro qua (sapientia) inquit, Greeci et barbaré confli-
gentes, imaginem quidem eius aliqua ex parte videre potuerunt, ipsam vero ut est
penitus ignorarunt, quippe quse apud illum primum omnium et solum habitaret deum".
(2«) Strómata, IV, M I , 85, n. 1.
(2T) IRENED, Adversus fuereses, I, xxiv, 4.
(2S) CLEMENTE, Strómata, II, vm, 36, 1; cf. xxvni, 2, y Excerpta Theodoti, xvi.
(29) p o r ejemplo en Plutarco (De defectu oraculorum, 21-22) el mito egipcio de
los 183 mundos dispuestos en triángulo en torno a la llanura de la verdad. Cf. "Histoire
du dogme de la Trinité, t. I, p. 78.
14 HISTORIA DE LA IGLESIA

nuestra fe, sostener nuestro espíritu y dar eficacia a nuestra oración. Aquí
abajo queda el mundo material, sin más claridad que u n reflejo fugitivo de
la luz visto momentáneamente en u n espejo. Los gnósticos son los únicos que
pueden abrirse paso entre estas tinieblas cerradas; conocen el camino por u n
don n a t u r a l y por lo mismo es naturalmente fatal la ceguera de todos los
demás. El orgullo puede sentirse halagado con este privilegio; pero la religión
no encuentra aquí nada que la eleve hacia Dios, o que la incline hacia los
hombres.

VALENTÍN Prosiguió y desarrolló estas especulaciones de Basílides u n hom-


bre que fué para los gnósticos del siglo segundo el teólogo de
mayor influencia: Valentín (").
"Llegado a Roma en tiempos de Higinio, floreció en los días del papa
Pío y permaneció hasta los de Aniceto" ( 3 1 ). Estuvo, pues, próximamente
unos treinta años (136-165). Por este dato se colige cuál era, ya entonces,
la influencia decisiva de l a iglesia romana; todos los jefes de secta buscan
ante todo conquistarla o al menos atacarla, bien seguros de que su acción
irradiará de ella a todas las otras iglesias. Es indudable que durante la
segunda mitad del siglo segundo y primeros años del tercero, la más nu-
merosa y pujante de todas las sectas fué la secta valentiniana ( 3 2 ). Se debió,
sin duda, esta difusión al brillante talento del maestro, pero también a su
artero proceder. Ya Basílides distinguía, entre sus discípulos, los profanos
de los iniciados, reservando para éstos los misterios de la gnosis. Con los
valentinianos se acentúa esta distinción; la enseñanza común se cubre con
apariencia de cristianismo ortodoxo: en toda la carta de Tolomeo a Flora
no se encontrará elemento alguno de la gnosis esotérica C 33 ). Los adversa-
rios de los valentinianos, Ireneo y Tertuliano ( 34 ) denuncian la perfidia de
esta táctica: "Cuando los valentinianos, dice Ireneo, tropiezan con personas
de la verdadera Iglesia, los atraen, hablando el mismo lenguaje que nos-
otros; se lamentan de que les tratemos como excomulgados, siendo así, dicen,
que es idéntica la doctrina; luego intentan hacerles vacilar en la fe, y a
aquellos que no resisten, los hacen discípulos suyos y los toman aparte
para exponerles el misterio inenarrable del Pleroma". Tertuliano añade:
"Si les rogáis con toda sencillez que os expliquen sus misterios, responden
con el rostro alargado: «¡son m u y profundos!». Si les urgís más, enuncian

( 30 ) DE FAYE no encuentra palabras suficientes para ensalzarlo, cf. Introduction á


l'étude du gnosticisme (1903), pp. 81-85; Gnostiques et gnosticisme (1925), pp. 57-74:
Poeta y metafísico, Valentín es a la vez el moralista cristiano más profundo y el pen-
sador de más altos vuelos. "Recuerda al apóstol Pablo... con esta diferencia: que
el autor de la epístola a los Colosenses.. . permanece profundamente judio; su espe-
culación no traspasa ciertos límites y se subordina al punto de vista moral y psicoló-
gico. Sería impropio llamarle intelectualista. Por el contrario, Valentín apenas co-
mienza a especular se remonta libremente por las esferas del pensamiento. Saturado
de helenismo, o mejor de platonismo, crea maravillosos símbolos metafísicos".
Sorprende el ardor de este panegírico, que no se justifica por lo que de Valentín
conocemos.
(31) IRENEO, Adversus hcereses, III, iv, 3; TERTULIANO (Adversus Valentinianos,
iv) cuenta que "Valentín esperaba el episcopado, pues era elocuente y de gran talento;
pero se prefirió a otro, que tenía la recomendación de su martirio. Valentín, indignado,
rompió con la Iglesia ortodoxa".
(32) Lo atestiguan TERTULIANO (Adv. Valent., i) y ORÍGENES (In Ezechielem Ho-
milías, II, v).
( M ) Cf. infra, pp. 20-21.
( 34 ) IRENEO, ibid., III, xv, 2; TERTULIANO, Adv. Valent., i.
CRISIS GNOSTICA Y M O N T A Ñ I S M O 15

la fe común con fórmulas equívocas. No confían sus misterios ni a sus


mismos discípulos, antes de tenerlos incondicionalmente suyos; tienen el
secreto de persuadir, mejor que el de instruir". Añadamos que los gnósticos
no ejercieron su propaganda entre los paganos, sino que buscaron única-
mente embaucar a los católicos. No deben por tanto sorprendernos ni la
dureza de sus adversarios, n i las vacilaciones de los historiadores, cuando
tratan de reconstruir una doctrina que siempre fué escurridiza, que revistió
las formas más variadas y que sólo conocemos por algunos fragmentos de
libros gnósticos o por las refutaciones de los autores católicos.

EL PROBLEMA DEL MAL Valentín intenta, lo mismo que Basílides, re-


solver el problema del mal y busca la solución
en la hipótesis de u n germen espiritual sembrado en la materia.
Dice Valentín textualmente: "Así como en la formación (del hombre) el temor se
apoderó de los ángeles cuando le oyeron proferir cosas extraordinarias, insospechadas
antes de esta creación, por causa de aquél que puso en el hombre un germen de natu-
raleza superior, que le daba esta audacia; de la misma manera que. entre los hombres
que habitan este mundo sus obras causan miedo a los mismos hombres que las reali-
zaron, por ejemplo: las estatuas, las imágenes y todo, lo que los hombres modelan en
el nombre de Dios; porque Adán, formado en el nombre del Hombre, que existía
antes que él, imprimió el terror del Hombre, como si realmente estuviese presente en
6u carne, y (los ángeles) se espantaron y se apresuraron a destruir su obra" ( 3B ).
Aparecen aquí los elementos mitológicos que Basílides había ya explotado:
u n germen superior depositado en este mundo material; los ángeles, orgu-
llosos de su obra, se sienten desconcertados por esta naturaleza superior
cuya excelencia les aterra. Se percibe también el dualismo que domina
la gnosis: frente al Dios supremo cuya influencia es bienhechora, pero
rarísima e imprevisible, los demiurgos, ángeles, arcontes, son fuerzas se-
cundarias que dominan el mundo material y le envidian esa partecita divina
que aparece súbitamente en él. Finalmente se puede advertir en este frag-
mento el mito del Hombre, prototipo de Adán y de toda la h u m a n i d a d ;
esta leyenda de origen oriental y m u y difundida en el judaismo, se en-
cuentra también en la gnosis posterior y sobre todo en el maniqueísmo ( 3 6 ).

LA MUERTE Y LA VIDA El mundo material contiene, pues, u n a imagen


del mundo divino; pero u n a imagen imperfecta
y lejana: "Cuanto es inferior, afirma Valentín, el retrato a la persona, otro
tanto lo es el mundo del Eón viviente. ¿Cuál ha sido, pues, la causa de la
imagen? La majestad del rostro que proporcionó el modelo al pintor y le
dio renombre". En los elegidos la imagen es visible, este germen vive; la
raza privilegiada de los que son salvos debe luchar contra la muerte que
les amenaza, no de parte de Dios, sino de parte del demiurgo; pero triun-
fan de ella haciéndola morir en ellos y por ellos:
Dice Valentín en una homilía textualmente: "Desde el principio sois inmortales,
sois hijos de la vida eterna y habéis querido tener parte en la muerte, para despojarla
y para que. muera en vosotros y por vosotros. Porque desde el momento que vosotros
os despojáis del mundo, sin dejar de existir en él, sois los dueños de la creación y de la
corrupción entera" ( 3 7 ).

(85) Strómata, II, vm, 36, 2-4.


(36) Sobre esta especulación del judaismo, véase: BOUSSET-GRESSMANN, Die Religión
des Judentums, Tubinga, 1926, p. 352, s.; sobre su origen oriental, ibíd., p. 489.
(37) Strómata, IV, xin, 89-90. Este texto y el precedente son comentados por
16 HISTORIA DE LA IGLESIA

También San Pablo había predicado esta lucha entre la muerte y la


vida en el cristiano y había dejado entrever, como el término de toda
aspiración, la muerte absorbida por la vida; pero en tan parecidas expre-
siones, ¡qué profunda divergencia de ideas! Para San Pablo la vida que
debe triunfar de la muerte es la vida de Cristo, que toma posesión del cris-
tiano en el bautismo y que, poco a poco, desaloja a la muerte. Para
Valentín es u n germen superior, depositado en los elegidos en el día de su
creación, y que, por su virtud n a t u r a l da muerte a la muerte; el Apóstol
nos revela una redención, la gnosis u n a cosmología. De este dualismo, siem-
pre en guardia contra la materia, nace el docetismo cristológico profesado
por Valentín. Dice en su carta a Agatopo: "Aunque Jesús experimentó todas
las cosas, alcanzó la divinidad; comía y bebía de u n modo que le era propio;
era tal su continencia que el alimento no sufría corrupción en él; porque
no tenía principio alguno de corrupción" ( 3 8 ) .

EL PLEROMA Estas enseñanzas no constituyen, en la teología de Valentín,


más que la doctrina común explicada a todos los discí-
pulos ( 3 9 ) ; pero en u n segundo plano se ocultaba la revelación reservada
a los iniciados. E n él, como en Basilides, es objeto principal de la doctrina
esotérica el Pleroma, es decir, el m u n d o divino constituido por los Eones.
En u n largo fragmento citado por San Epifanio, comienza así la exposición
de estos misterios ( 4 0 ) :

CLEMENTE en este capítulo. Cf. PREUSCHEN, op. cit., pp. 399-400; DE FATE, Gnostique
et gnosticisme, p. 60.
( 38 ) Strámata, III, vu, 59. Es preciso reconocer que esta extraña teoría no es
reprobada por Clemente, que se contenta con añadir: "Abrazamos, pues, la continencia
por amor del Señor y por su belleza propia (de la virtud)". El mismo desarrolla
en otras ocasiones ideas parecidas: "Comía, pero no para mantener su cuerpo que era
mantenido por una fuerza santa, sino para no despertar las sospechas de quienes
con El vivían". El autor de Acta Johannis extremó aun más estas extravagancias.
(39) De la doctrina común forma parte la teoría de las pasiones. CLEMENTE (Stróm.,
II, xx, 112-114) nos da a conocer el pensamiento de Basilides, Isidoro y Valentín
sobre este punto. Para Basilides, las pasiones son fuerzas extrañas y adventicias que
se injertan en el alma y le inspiran instintos bestiales de lobo, de mono, de león,
de chivo. Según esta concepción, dice Clemente, el hombre es como un caballo de
Troya, que lleva dentro de sí un ejército de espíritus diferentes.
Isidoro corrige esta teoría; porque podría excusar todos los crímenes con sólo
alegar: "he sido forzado", y se acoge como los pitagóricos a la teoría de las dos almas.
"En cuanto a Valentín, él mismo escribe textualmente en una carta: Uno solo es
bueno, quien da la fuerza, manifestándose por medio de su Hijo; sólo por El puede
ser puro el corazón y expulsados todos los malos espíritus; porque los malos espíritus
que lo ocupan, y son muchos en número, no le permiten purificarse, sino que cada
uno persigue su objeto, manchándose con malos apetitos. El corazón me parece una
caravanera: se horada, se cava, se la llena de basuras; todos se portan sin consi-
deración ninguna, porque no es casa de nadie. Así es maltratado el corazón. Cuando
no es objeto de la divina providencia, es impuro, lo habitan los demonios; pero
cuando el Padre, quien es bueno, pone sus ojos en él, queda santificado, y resplan-
dece lleno de luz; quien posee un corazón semejante es feliz, porque ve a Dios."
Cf. PREUSCHEN, op. cit., p. 401; SCHWARTZ, ZU Clemens. Tís ó cca^ó/iaros wXoí>(7ios,.
en Hermes, t. 38 (1903), p. 96. Esta teoría ha sido más desarrollada por los valenti-
nianos. Philosophumena, VI, xxxrv. De donde, según Valentín, si el corazón está
invadido por los malos espíritus, es porque la Providencia no vela sobre él. Clemente
pregunta: "¿Por qué causa esta alma no ha sido desde su origen objeto de la Provi-
dencia? Que nos respondan a esto". Y luego demuestra que la salvación no es producto
de una necesidad natural, sino que. es una conversión del alma que obedece a Dios.
(40) SAN EPIFANIO, Hcereses, XXXI, v-vi. HARNACK (Geschichte der altchristliche
CRISIS GNOSTICA Y MONTAÑISMO 17

"Voy a hablar de misterios inefables, supracelestes, que no pueden comprender ni


las Potestades, ni las Dominaciones, ni las Fuerzas subordinadas, ni nadie (que pro-
venga) de composición, sino que solamente han sido revelados al pensamiento del
Inmutable" ( « ) .

LA TEOGONIA E s t a t e o g o n i a m i s t e r i o s a se p a r e c e a l a d e B a s í l i d e s ; p e r o
se d i f e r e n c i a d e e l l a e n dos a s p e c t o s : l a v i d a d i v i n a se p r o -
p a g a e n el P l e r o m a , n o p o r p r o c e s i o n e s i n d i v i d u a l e s , s i n o p o r p a r e j a s ; e n
s e g u n d o l u g a r , a los o c h o p r i m e r o s E o n e s , s u c e d e u n g r u p o d e d i e z y otro
d e doce. E n esta g u i s a e l P l e r o m a e s t á c o n s t i t u i d o n o sólo p o r l a O g d ó a d a ,
sino t a m b i é n p o r l a D é c a d a y l a D o d é c a d a ( 4 2 ) . Se n o s d a el n o m b r e sa-
g r a d o d e los t r e i n t a E o n e s , n o m b r e s y a f a m i l i a r e s e n l a s e s p e c u l a c i o n e s d e
l a gnosis p a g a n a a l e j a n d r i n a , s e g ú n s a b e m o s y a p o r P l u t a r c o ( 4 3 ) .
E n esta l e j a n í a b r u m o s a , c u y o m i s t e r i o p r e t e n d e p e n e t r a r V a l e n t í n , el
P l e r o m a n o es a p r e h e n d i d o s i e m p r e c o n los m i s m o s c a r a c t e r e s . E n el o r i g e n
d e todas l a s cosas otros t e x t o s n o p o n e n l a p a r e j a Byzos ( B y t h o s ) y S i g é ,
sino el P a d r e I n g é n i t o , s o l i t a r i o , q u e u n d í a q u i s o e n g e n d r a r y f o r m ó la
D y a d a p r i m i t i v a : N o u s y Alezeia ( A l e t h e i a ) ( 4 4 ) . Los diferentes textos
v a l e n t i n i a n o s q u e h a n l l e g a d o h a s t a n o s o t r o s t i e n e n este c a r á c t e r c o m ú n :
d e s c r i b e n l a p r o p a g a c i ó n d e l a v i d a e n el P l e r o m a bajo el i m p u l s o de l a
concupiscencia (irpoviuxia).
Los E o n e s , p u e s , se u n e n , se f e c u n d a n y d a n a l u z n u e v o s E o n e s , q u e ,
como los p r i m e r o s , son a n d r ó g i n o s y a r d e n e n p a s i o n e s ( 4 5 ) . F a n t a s í a s p a r e -
cidas nos d a r á l a g n o s i s m a n i q u e a , p e r o e n ésta a l m e n o s n o s e r á n E o n e s
divinos, sino d e m o n i o s , a r c o n t e s i m p u r o s , m a c h o s y h e m b r a s a l a v e z , q u e
se d e j a n s e d u c i r p o r l a V i r g e n d e l a L u z ( 4 6 ) . G n o s i s t a n a m b i c i o s a , l l e v a con-
sigo l a t a r a de o r i g e n y m e z c l a f a n t a s í a s l ú b r i c a s c o n e n s u e ñ o s m e t a f í s i c o s ( 4 7 ) .

Literatur, bis Eusebius, t. I, p. 178) ve en este texto un fragmento auténtico de Valentín.


PREUSCHEN (op. cit., p. 398) cree más bien que es obra de los discípulos de Valentín:
HOLL, en su nota sobre. Epifanio (p. 390), reconocía en este texto "una de las fuentes
más antiguas del valentinianismo". Esta teogonia ha sido traducida, y comentada por
DIBELIUS en Zeitschrift. N. T. Wissensch., t. IX (1908), pp. 329-340. Cf. Histoire du
dogme de la Trinité, t. II, pp. 105 y 110, n. 3 ; VÓLKER, Quellen, p. 60.
( 41 ) Valentín pretendía conocer estos misterios por una revelación del Logos: "Va-
lentín afirma que vio u n niño recién nacido, y al preguntarle quién era respondió
que era el Logos; continúa con un mito, argumento digno de una tragedia y em-
prende la elaboración de su herejía" (HIPÓLITO, Philos., VI, XLII, 2 ) . Cf. LIECH-
TENHAHN, Die Offenbarung im Gnosticismus, p. 24.
( 42 ) Cf. SEUDO TERTULIANO, X I I : Valentín enseña que ante todo existían Byzos y
Sigé, de los cuales nacieron Nous y Alezeia; de éstos proceden Logos y Zoé y de éstos
Anthropos y Ecclesia. Estos últimos producen doce eones y Logos y Zoé otros diez.
' Así tenemos en el Pleroma los treinta Eones, que forman la Ogdóada, la Década y
la Dodécada". Sobre este tratado del Seudo Teituliano, cf. HARNACK, Chronologie, t. II,
pp. 221-223; D'ALES, Saint Hippolyíe, pp. 73-77.
( 4 3 ) Isis et Osiris, XLVII.
( 44 ) Así en una exposición que se lee en Hipólito, VI, xxix, 5-xxx, 9. Este texto está
traducido y comentado en Histoire du dogme de la Trinité, t. II, pp. 107-109.
( 4 5 ) Es doctrina del texto valentiniano citado por Epifanio, Hcer., xxxi, 5, 7 (cf. su-
pra, p. 16, n. 40). H e aquí cómo describe el origen de la Década y de la Dodécada:
"Por voluntad de Byzos, que lo abarca todo, Anthropos y Ecclesia se unieron y produ-
jeron la Dodécada de individuos macho-hembras. . . Después Logos y Zoé también
dieron el fruto de su unión; se unieron y su unión era la voluntad y, estando unidos,
produjeron la Década de concupiscentes, también macho-hembras". Cf. Histoire du
dogme de la Trinité, t. II, p. 110, n. 3. >
( 4 e ) Cf. CUMONT, Recherches sur le Manichéisme, Bruselas, 1908, t. I, pp. 54 y ss.
( 4T ) ORÍGENES escribe (Contra Celsum, VI, x x x v ) : "Los valentinianos llaman
18 HISTORIA DE LA IGLESIA

Esta teogonia se completa con la leyenda de la caída original; el último


Eón, Sophia, cae y debe ser reparado. En el texto valentiniano citado por
Hipólito, se describe así la caída:

"El último Eón, Sophia, considerando toda esta serie de emanaciones, llegó hasta su
origen el Padre y averiguó que los otros Eones habían engendrado por parejas, mien-
tras que el Padre engendró solo. Quiso imitarle, olvidando que no era improducida
como él, pues en el no producido se encuentran reunidos todos los principios genera-
dores; pero en los seres producidos, el principio femenino emite la esencia y el princi-
pio masculino le da su forma. Sophia produjo lo que únicamente pudo: una esencia
amorfa y confusa, que es lo que Moisés significa cuando dice que: «la tierra era sin
forma y sin luz». El nacimiento de este aborto turbó todo el Pleroma; todos los Eones
suplicaron al Padre que tuviese piedad de Sophia. Entonces, por orden del Padre,
Nous y Alezeia emitieron a Cristo y al Espíritu Santo, para dar al aborto una forma
determinada y consolar a Sophia a fin de. que cesase en sus lamentaciones. Luego el
Padre solo produjo un Eón, Stauros (la Cruz) u Horos (el límite), para que fuera
frontera del Pleroma" ( 4 8 ).

Se ve por el texto citado cómo la especulación gnóstica, que se desen-


vuelve toda en u n mundo de fantasía, gusta de adornarse con la teología
cristiana y recuerdos bíblicos; pero no es más que eso: u n adorno. El relato
bíblico del Génesis sobre los orígenes de la tierra y el caos informe no
tienen nada evidentemente de común con la aventura de Sophia n i con
el nacimiento del aborto; "a fortiori" los dos Eones supernumerarios, Cristo
y el Espíritu Santo, no son producto de una profunda inspiración cristiana;
acusan, sin embargo, el recuerdo d ^ t dogma católico y el deseo de u n i r el
Evangelio con la Gnosis. Jesús aparece también, pero, como en muchos
sistemas gnósticos, es distinto de Cristo. Mientras que Cristo es u n Eón
supernumerario, producido por el Padre sin intervención de n i n g ú n otro,
Jesús es fruto común de los treinta Eones del Pleroma, se une a Sophia, todavía
oscurecida, manchada por su c*aída y la purifica de sus pasiones ( 4 9 ).

"PISTIS SOPHIA" Sobre este fondo de la caída de Sophia bordaron muchas


fantasías otros autores gnósticos. Se encuentran sobre todo
en la "Pistis Sophia" C 50 ), libro que data probablemente de fines del siglo

"Prounikos" cierta sabiduría, nacida del libertinaje de Sophia, cuyo símbolo sería la
hemorroisa; Celso, que. mezcla confusamente todo lo que dicen griegos, bárbaros y
herejes, ha escrito: Una fuerza que deriva de cierta Virgen Prounikos". En este papel
tan importante que atribuyen los valentinianos a la concupiscencia, Bousset ve un
vestigio de la religión de la "Gran Madre": "Así en el sistema de estos gnósticos,
esa Madre, tan pronto es diosa grave y austera, la madre que habita los cielos, como
la diosa licenciosa del amor, la gran cortesana (Prounikos) que, en el sistema simo-
niano, por ejemplo, reviste la forma de Helena, la prostituta, cuyo culto se celebra
con toda clase de ritos obscenos" (art. Valentinus en British Encyclopedia, p. 853).
(48) HIPÓLITO, Philos., VI, xxx, 6; xxxi, 6. Hemos abreviado el texto, demasiado
largo para traducirlo íntegramente. Sobre esta concepción gnóstica de Stauros, cf.
BOUSSET, Platons Weltseele und das Kreuz Christi, en Zeitschrift für N. T- Wissen-
schaft (1913), t. XIV, pp. 273-285, sobre todo pp. 281 y ss. Estas especulaciones guar-
dan dependencia con la teoría platónica del alma del mundo. Cf. JUSTINO, Apología,
I, LX, refiriéndose a Platón, Timeo, xxxvi. Cf. Histoire du dogme de la Trinité, t. II,
pp. 108-109 y n. 1.
(49) Una de estas pasiones, el temor, constituye "esencia psíquica", y para los
gnósticos es un Demiurgo, la Hebdómada, intermediario entre la Ogdóada —a que
pertenece la Sophia y de la cual procede—• y el mundo material, del cual es De-
miurgo. Cf. HIPÓLITO, op. cit., VI, xxxn, .5-9.
C50) Este libro, escrito originariamente en griego, no se conoce más que en la
traducción copta. El texto copto ha sido editado por K. SCHMIDT, en la colección
CRISIS GNOSTICA Y M O N T A Ñ I S M O 19

tercero. Cristo resucitado cuenta a sus apóstoles su Ascensión: revestido con


una túnica de luz que llevaba escritos los nombres de los trece Eones, atra-
vesó los cielos; encontró debajo del decimotercero Eón a Pistis Sophia, que
había caído por haber aspirado a la luz suprema; herida por los celos de
sus compañeros, sobre todo de Authades, cayó precipitada en el Caos. Im-
ploró entonces la luz suprema y le impusieron trece penitencias, tantas
como Eones. Jesús repite a sus discípulos las lamentaciones de Sophia y uno
de sus discípulos reconoce en cada uno de sus cantos algún salmo o himno
de la Biblia. Es una prueba más del esfuerzo de los gnósticos por relacio-
narlo todo con la revelación cristiana; por interpretar los salmos, los himnos
y hasta las Odas de Salomón como lamentaciones de Sophia y por garan-
tizar esta exégesis con la autoridad de Jesús. En estas plegarias h a y detalles
patéticos, pero el conjunto es pesado y poco grato.

LA REVELACIÓN La teogonia, que hemos expuesto según la mente de


SEGÚN LA GNOSIS Valentín, se presenta acreditada por u n a revelación.
Vamos a comentar este último aspecto. Valentín n o
es sólo u n metafísico, se presenta también como profeta. A este propó-
sito podemos citar el salmo valentiniano que Hipólito ha recogido ( 5 1 ). El
autor de Philosophumena inserta primeramente el célebre texto de la se-
gunda carta de Platón: " E n torno del rey de todos los seres están todos
los seres; él es el fin de todos, la causa de todas las cosas hermosas. La
segunda en torno a las segundas y la tercera en torno a las terceras". Jus-
tino^ 5 2 ) y Atenágoras ( B3 ) h a n explicado este enigma, y Valentín, a su
vez, ensaya una explicación nueva: "El rey de todos es el Padre, Byzos,
Sigé (padre) de todos los Eones; las cosas segundas son los Eones que
están fuera de Horos y las cosas terceras todo el universo que está fuera
de Horos y del Pleroma." Valentín h a descrito brevemente este universo en
un salmo, procediendo de lo más bajo a lo más alto y no de lo más encum-
brado a lo menos, como Platón. Dice así:

Veo a todos los seres suspendidos en el espíritu,


los concibo a todos arrebatados por él,
la carne suspendida en el alma
y el alma arrebatada fuera del aire,
el aire suspendido del éter,
los frutos brotando del abismo,
el niño saliendo del seno materno.

"Esto se traduce así, prosigue Hipólito: la carne es para ellos la materia,


suspendida del alma del Demiurgo; el alma es arrastrada fuera del aire,
es decir, del espíritu que está fuera del Pleroma; el aire es arrebatado fuera
del éter, es decir, la Sophia exterior fuera de la Sophia que está en el interior
del Horos y de todo el Pleroma. Del Abismo germinan los frutos equiva-
lentes a todos los Eones que provienen del Padre" ( 5 4 ).

cóptica, dirigida por H. O. Lange, Copenhague, 1925; trad. alemana por Schmidt,
2» edición, Leipzig, 1925; trad. inglesa de MEAD, Londres, 1921, y de G. HORNER, 1924.
(51) HIPÓLITO, Philos., VI, xxxvn, 7.
(52) Apol-, I, vni y LX.
(53) ATENÁGORAS, Legado pro Christianis, xxm.
( M ) Sobre este salmo cf. D' ALES, Hippolyte, p. 97: "Entre las producciones que
se atribuyen a los herejes hay algunas que nadie se atreverá a creer inventadas a
20 HISTORIA DE LA IGLESIA

La interpretación de Hipólito es verosímil; pero, cualquiera que sea su


verdadero sentido, la existencia misma del salmo es interesante y está con-
firmada por Tertuliano y por el fragmento de Muratori, que h a b l a n de
salmos valentinianos ( 5 5 ) .
Sobre esta cuestión del conocimiento religioso y de su origen debemos
recoger a ú n u n dato de Clemente:
Valentín, el corifeo de los que dicen que (la revelación religiosa) es común a todos,
habla así textualmente en una homilía sobre los amigos: "Muchas de las cosas que
están escritas en los libros públicos, se encuentran escritas en la Iglesia de Dios;
porque las cosas comunes son estas palabras que nacen del corazón; la ley escrita en
el corazón; he ahí el pueblo del Amado, que es (amado) de él y que le ama".
Llama biblias públicas tanto a las Escrituras de los judíos como a las de los filósofos
y considera la verdad como patrimonio común ( S 6 ).
Así desaparece el carácter privilegiado del judaismo y del cristianismo:
la revelación es siempre la causa de la verdad religiosa; sin embargo, por
tal se entiende u n a revelación que no nos llega necesariamente a través de
Cristo y de la Iglesia, sino que ha sido otorgada, sin intermediario, a deter-
minados hombres. La h u m a n i d a d está repartida en tres grupos: pneumá-
ticos, psíquicos e hylicos ( 5 7 ) . Los últimos están condenados a la esclavitud
de la materia; los segundos pueden salvarse trabajosamente por la ascesis;
los primeros son la raza escogida; poseen u n germen divino depositado en
ellos a ocultas del Demiurgo y de sus ángeles; se salvan por la gnosis que
viene de u n a iluminación de Dios.
Esta concepción de u n a raza elegida, dominará toda la gnosis; para los
espíritus orgullosos es u n gran aliciente; para los discípulos del Evangelio
es uno de los caracteres más manifiestamente anticristianos.

TOLOMEO Entre los discípulos de Valentín h a y dos que destacan sobre los
otros: Tolomeo y Heracleón. Su estudio es interesante porque
nos permite calar en la exégesis gnóstica, que los fragmentos de los grandes
maestros no bastan a dilucidar.
La carta de Tolomeo a Flora ha sido transcrita enteramente por San
Epifanio ( 5 8 ) . Harnack la editó con gran cuidado en los Informes de la
Academia de Berlín (1902), subrayando su interés en la introducción que le
precede ( 5 9 ) . La doctrina esotérica no está expuesta en ella; apenas si apa-
rece en u n a perspectiva lejana: podrá ser revelada más tarde a Flora, si se
hace digna de esta revelación. Lo que Tolomeo expone en su carta es u n a
interpretación del Pentateuco. Distingue tres inspiraciones diferentes y en
dependencia con estas tres distintas fuentes, señala tres elementos de des-
igual valor. Ciertas leyes h a n sido dictadas directamente por Dios, por ejem-
plo el Decálogo; son sagradas e inmutables de manera que n i u n a "iota"
puede ni debe cambiarse. Otras h a n sido dictadas por Moisés, por ejemplo

capricho; por ejemplo el salmo naaseniano lleva un sello de autenticidad no menos


seguro que el ininteligible salmo valentiniano". La interpretación de Hipólito es
adoptada por LIECHTKNHAHN, op. cit., p. 108.
(B5) TERTULIANO, De Carne Christi, xvii; Muratorianum, txxxi.
(56) Stróm., VI, vi, 52, 3-4. Cf. ZAHN, Geschichte des neutestamentlichen Kanons,
Erlangen, 1892, t. II, p. 953, s.
( 57 ) Cf. DE FAYE, op. cit., pp. 67-68.
(58) Hmreses, XXXIII, m-vii.
( 59 ) Está en P. G., VII, 1282-1292, DOUPOUROQ la traduce en parte en su Irénée,
79, s.; DE FAYE le dedica algunas páginas, op. cit., pp. 103-107.

*
CRISIS GNOSTICA Y MONTAÑISMO 21

la ley del talión y, aunque generalmente buenas, son, sin embargo, imperfec-
tas y tienen mezcla de elementos malos. Finalmente h a y otras que proceden
de los ancianos del pueblo judío: son en particular, las leyes rituales que
atañen a los sacrificios, al sábado, al ayuno, los ázimos; estos preceptos
tienen sólo u n valor simbólico. Tolomeo, por esta doctrina, se emparenta
con la exégesis de la epístola de Bernabé; pero se esfuerza por justificarla
con la enseñanza de Jesucristo, tal como la conocemos por los sinópticos.
Se pregunta cuál es el Dios que ha inspirado parcialmente el Pentateuco y
se responde que no es el Dios Supremo, n i el demonio, sino el Demiurgo,
que es el medio entre los dos principios extremos y que es el dios justo, el
dios de la justicia.
En verdad, todo esto responde a la tesis marcionita.
De Tolomeo poseemos también, resumida por Ireneo, u n a interpretación
del prólogo de San Juan ( 8 0 ). Este texto tiene ya u n carácter distinto del
de la carta a Flora; en él campea la doctrina esotérica. En el Evangelio
se revela la teogonia valentiniana, que Tolomeo descubre al dar a las ex-
presiones empleadas por San J u a n el valor que pretendían los gnósticos; u n
extracto bastará para darse cuenta del método adoptado:

" . . .Lo que ha sido hecho en El —dice— es vida. He aquí indicada la sicigía (unión
de Eones), pues dice que todo ha sido hecho por El, sólo la vida en El. Esta, que está
en El, está mucho más estrechamente unida con El que todos los seres que han sido
hechos por El; está con El y ha sido fecundada por El. Y, como añade: Y la Vida era
la luz de los hombres, nombra expresamente al Hombre y con él implícitamente a la
Iglesia, dándonos a entender con el empleo de una sola palabra la unidad de la sicigía.
"De Logos y de la Vida nacen el Hombre y la Iglesia... En estas palabras Juan
enseña claramente, entre otras cosas, la segunda tetrada y al mismo tiempo deja
entrever la primera tetrada. Al hablar del Salvador y decir que todo lo que es fuera
del Pleroma ha sido hecho por El, dice, por consiguiente que El es fruto de todo el
Pleroma... Y el Logos se hizo carne y habitó entre nosotros y hemos visto su gloria,
gloria como la que un hijo único (recibe) del Padre: con plenitud de Gracia y de
Verdad- He aquí expresamente la primera tetrada: el Padre, la Gracia, el Unigé-
nito y la Verdad. Juan habla, pues, de la primera Ogdóada, madre de todos los
Eones; pues nombra al Padre, a la Verdad, a la Gracia, al Unigénito, al Logos, Vida,
Hombre, Iglesia."

De cuatro palabras, tomadas al azar, del texto de San J u a n y combinadas


artificiosamente, resulta todo el sistema valentiniano; exégesis m u y cómoda
en verdad, pero demasiado frágil.

HERACLEON La misma exégesis de Tolomeo encontramos en Heracleón.


Discípulo de Valentín como Tolomeo y hombre de la misma
generación, escribió u n comentario a los Evangelios. Clemente recoge u n
fragmento de Heracleón sobre San Lucas ( 6 1 ). Orígenes, en sus obras so-
bre San Juan, cita conflrecuencia el comentario de Heracleón para criticarlo.
Sus transcripciones, que son numerosas y bastante extensas, no nos permi-

í 60 ) Adversus tuereses, I, vm, 5. Cf. Histoire du dogme de la Trinité, t. II, pp. 112-
113. DE FAYE, op. cit., p. 140.
(61) Stróm., IV, ix, 71-72 (sobre Le- 12, 11, s.), fragmento 50 de la edición de BROOKE.
En este fragmento, Heracleón expone cómo el cristiano debe confesar a Cristo en toda
su vida. Clemente, después de citar el texto, hace notar cómo Heracleón se expresa
ortodoxamente y tan sólo le reprocha el no reconocer el valor de una confesión que,
aunque no ha sido preparada a lo largo de la vida, se alza y se afirma ante la muerte.
Véase el comentario de DE FAYE, op. cit., pp. 78-79.
22 HISTORIA DE LA IGLESIA

ten reconstruir totalmente el libro perdido, pero nos sirven para tener u n a
idea de él y conocer su método exegético ( 6 S ) .
La carta de Tolomeo a Flora distinguía tres principios: el Dios Supremo,
el Demonio y entre ambos el Demiurgo. Heracleón hace que este mismo
esquema teológico aparezca en el Evangelio de San Juan, por ejemplo, en
el episodio de la Samaritana. El Dios Supremo, el Padre, es el Dios Espíritu
que debe ser adorado en Espíritu y en Verdad (fr. 20, s.); él Dios de los
judíos que se adora en Jerusalén, es el Demiurgo, y el que se adora sobre
el monte de Samaría es el demonio.
El Demiurgo desempeña u n gran papel en esta exégesis: Juan Bautista,
humillándose ante Jesús, es el Demiurgo y el calzado de Cristo es el
mundo (fr. 8 ) . También hemos de ver al Demiurgo en el régulo de Cafar-
n a ú m (Ion. 4, 46). No es más que u n régulo; porque su reino es efímero y
pequeño y pide al Señor que cure a su hijo, es decir al mundo material
que él creó; sus criados son los ángeles, que, como él, creen en el Salvador,
según lo que dice el texto: " y creyó él y toda su casa" (fr. 40). Es también
el Demiurgo el ejecutor de las sentencias de Cristo (Ion. 8, 50; fr. 4 8 ) ; San
Pablo lo enseña cuando dice: "que no en vano lleva espada" (Rom. 13,4) ( 6 3 ) .
El demonio está simbolizado, según hemos dicho, por el monte de Sama-
ría (fr. 2 0 ) ; a él rendían culto los hombres antes de la Ley y a u n hoy se
lo dan los gentiles; tiene pasiones, pero no tiene voluntad (fr. 4 6 ) , todo en
él es engaño (fr. 47).
Así como hay tres principios soberanos y tres cultos, h a y también tres
castas de hombres: los espirituales, los psíquicos y los materiales. Los espi-
rituales h a n sido formados por el Logos; h a y en ellos u n a semilla espiritual
y son consustanciales con Dios ( ? 4 ) ; su naturaleza es incorruptible (fr. 47).
Antes de la venida del Salvador estaban en u n estado de ignorancia sin ver-
dadero culto y El los salvó (fr. 17 y 19). La fe les es connatural (fr. 2 4 ) , son
apoyo y salvación para los psíquicos y son el "agua que salta hasta la vida
e t e r n a " (fr. 17 y 27). En el último día serán, al parecer, esposas de los
ángeles del Salvador: son las bodas figuradas en las bodas de Cana ( 6 5 ) .
Los psíquicos simbolizados por los judíos (fr. 19) adoran a los ángeles
(fr. 2 1 ) . Son m u y numerosos, en tanto que el grupo de los espirituales es
m u y reducido; están unidos a la materia, sumidos en ella; pero pueden
salvarse, aunque no entran en el Pleroma, como los espirituales (* 8 ). Su
símbolo es el número siete: entre el seis, que es el símbolo del mal, y el
ocho, que es el de la Ogdóada ( 6 T ). Pueden, si para m a l suyo lo quieren,
convertirse en hijos del demonio, en tanto que los materiales lo son por
naturaleza (fr. 4 6 ) .
Estos textos, que se podrían multiplicar ( 6 8 ) , bastan a revelarnos el mé-
(62) Los fragmentos han sido recogidos y editados por BROOKE, The Fragments
of Heracleón. Textes and Studies, I, 4 (1891). Los ha estudiado DE FAYE, op. cit.,
pp. 79-102. Cf. Histoire du dogme de la Trinité, t. II, pp. 113-116.
(63) Fr. ig^ cf_ l a n o ta que remite a Excerpta Theodoti, L; Philos., VI, xxxiv;
Stróm., IV, xm.
(64) Fr 24; cf. n. C, p. 106. Se admite aquí la doctrina platónica refutada por
JUSTINO, Diálogo, iv.
(65) pr 12, cf. Excerpta, LXIII; IRENEO, Adv. hcer., I, vn, 1.
(66) Fr. 37, cf. Excerpta, un, Fr. 13, 11; cf. Excerpta, LVIII.
(67) Fr. 40; cf. fr. 16: En los cuarenta y seis años de la construcción del templo
(Ion. 2, 20), Heracleón ve todo un misterio. El rey Salomón es tipo del Salvador,
el número seis significa la materia; cuarenta es el símbolo de la tetrada soberana y
trascendente, de donde procede la semilla espiritual depositada en la materia.
(68) Se podrían recoger de los gnósticos refutados por IRENEO, en particular en

f.
CRISIS GNOSTTCA Y MONTAÑISMO 23

todo exegético d e los g n ó s t i c o s ; p e r o h a b e r n o s d e c o n f e s a r e n s u d e s c a r g o ,


q u e t a l e s f a n t a s í a s e r a n m u y d e l g u s t o d e l a é p o c a : a s í , p o r e j e m p l o , los
estoicos e n c o n t r a b a n t o d a s u física e n l o s p o e m a s d e H o m e r o ; su exégesis
era t a n l i b r e c o m o l a d e T o l o m e o o H e r a c l e ó n . P e r o l o s católicos j a m á s se
c r e y e r o n a u t o r i z a d o s a t r a t a r l a B i b l i a c o m o l o s estoicos a H o m e r o . O r í g e n e s
aplicó l a exégesis a l e g ó r i c a a l A n t i g u o T e s t a m e n t o y a u n a l E v a n g e l i o ; p e r o lo
h i z o d e m a n e r a m u y d i s t i n t a d e l a d e l o s g n ó s t i c o s ( e 9 ) . L a s Héxaplas pro-
c l a m a n m u y a l t o c o n q u é p i a d o s a d i l i g e n c i a se esforzó e n fijar e l t e x t o y
el s e n t i d o d e l o s l i b r o s s a g r a d o s ; e l s e n t i d o a l e g ó r i c o q u e i n t e n t a d e s c u b r i r
en ellos se a p o y a e n e l s e n t i d o l i t e r a l , l a m a y o r p a r t e d e l a s veces s i n des-
t r u i r l o ; y los m i s t e r i o s q u e esta exégesis a l e g ó r i c a d e s c u b r e s o n m i s t e r i o s
cristianos q u e l a B i b l i a r e v e l a y q u e l a t r a d i c i ó n oficial d e l a I g l e s i a p r o -
p o n e p a r a q u e se c r e a n . L o s g n ó s t i c o s , p o r e l c o n t r a r i o , u s a n d e l a m á s
absoluta l i b e r t a d e n l a e l a b o r a c i ó n d e s u s f a n t a s í a s , i n s p i r a d a s a v e c e s e n
tradiciones p a g a n a s q u e , luego, i n t e n t a n a r m o n i z a r c o n l a Biblia, a fin
de a u t o r i z a r l a s p o r m e d i o d e artificiosos c o n t a c t o s q u e s o n s o l a m e n t e m a -
labarismos mentales.

LAS ESCUELAS GNOST1CAS H a s t a ahora h e m o s h a b l a d o d e los maestros


d e l a g n o s i s ; p e r o n o s o n ellos solos, p u e s y a
desde su m i s m o o r i g e n l a secta se d i v i d i ó e n e s c u e l a s r i v a l e s , c u a n d o c a d a
u n o se t o m a b a l a l i b e r t a d d e d o g m a t i z a r p o r su c u e n t a : " L o s v a l e n t i n i a n o s ,
recalca T e r t u l i a n o , se h a n t o m a d o l a m i s m a l i b e r t a d q u e V a l e n t í n ; y l o s
marcionitas la m i s m a q u e M a r c i ó n , y h a n modificado l a fe a su t a l a n t e " ( 7 0 ) .
La herejía v a l e n t i n i a n a se e s c i n d i ó e n dos r a m a s : l a d e o c c i d e n t e , l l a m a d a
por H i p é l i t o i t á l i c a ( 7 1 ) y q u e se e x t e n d i ó n o s o l a m e n t e p o r I t a l i a , s i n o
también por el s u r d e l a G a l i a ; — a ella p e r t e n e c e n T o l o m e o y H e r a c l e ó n y
es l a q u e d e o r d i n a r i o t i e n e p r e s e n t e I r e n e o — ( 7 2 ) , y l a e s c u e l a o r i e n t a l , a
la q u e se r e d u c e n A x i ó n i k o s y B a r d e s a n e s ( 7 3 ) y q u e se d i f u n d i ó p o r e l

Adv. hcer., I, i, 3, buen número de ideas y de rasgos idénticos a los citados de


TOLOMEO y HERACLEÓN. Cf. Histoire du dogme de la Trinité, t. I I , p. 116, n. 1.
( 69 ) No puede decirse, pues, con DE FAYE (op. cit, p . 79): " E l método empleado por
nuestro gnóstico es el alegórico y desde este punto de vista no h a y diferencia alguna
entre él y Orígenes".
( 70 ) De prcBScr. hcEret., XLII, 8. Cf. IRENEO, Adversus hcereses, I, xi, 1: "Veamos
ahora la inconstancia de su opinión; porque donde h a y dos o tres, y a no se ponen
de acuerdo sobre u n determinado punto, sino que se contradicen con las palabras y
con los hechos".
( 71 ) Philos., V I , xxxv, 6.
( 72 ) IRENEO, Adversus hcereses, I, x m , 1 y s. L a doctrina que Ireneo quiere exponer
es la de los partidarios de Tolomeo: I, prazf., 2; sin embargo ataca también a veces
a los seguidores del gnosticismo oriental, por ejemplo a Marcos.
( 73 ) Bardesanes nació en Edesa en 154 y murió en 222. Tenemos de él solamente
un Diálogo sobre el Destino, escrito en siríaco por su discípulo Felipe en los últimos
años del siglo segundo o primeros del tercero. Este libro (Bárdeseme l'asírologue. Le
Livre des lois du pays, editado y traducido por F . Ñ A U , París, 1899) y en Patr. Syr.,
I, 2 (1907), no contiene las tesis gnósticas que los heresiólogos atribuyen general-
mente a Bardesanes; es u n a discusión sobre el libre arbitrio; intenta probar que los
actos del hombre pueden provenir de tres principios: la naturaleza, el destino, la
voluntad. El autor exagera la influencia de los astros sobre la voluntad humana.
ÑAU concede que se engañó "sobre la influencia de los astros, origen, composición y
muerte del cuerpo humano y finalmente sobre el cuerpo de Cristo"; pero niega que
hubiese sido u n verdadero gnóstico, en el sentido que se da generalmente a esta
palabra (Patr. Syr., I I , p. 535). Cf. F. Ñ A U , Une biographie inédite de Bardesane Vas-
trologue, París, 1897; A. BAUMSTARK, Geschichte der syrischen Literatur, Bonn, 1922,
24 H I S T O R I A DE LA I G L E S I A

Egipto y Siria; en ella nos encontramos con magos como el mago Marcos,
atacado por Ireneo. Las artes de este charlatán no merecen u n estudio de-
tallado, pero nos indican a qué profesiones tan poco dignas se dejó arras-
trar esta gnosis tan orgullosa.

§ 2 . — El m a r c i o n i s m o ( 7 4 )

MARCION Marción, el adversario más temible de la Iglesia en el siglo


segundo, pertenece a la misma generación que los grandes
gnósticos Basílides y Valentín, aunque de más edad que ellos ( 7 5 ).
Su fuerza no es la de u n metafísico o la de u n profeta; en esto no se
parece nada a Valentín o a Montano; es u n hombre de acción, u n jefe que
supo crear, organizar sólidamente y relacionar estrechamente entre sí nu-
merosas iglesias y arrastró en su seguimiento a sus "compañeros de desgra-
cia" ( 7 6 ) , de los cuales muchos confesaron su fe cristiana hasta el martirio.
Mutiló la Biblia y elaboró una teología pobre e inconsistente. La nueva
secta que se lanzó al campo con energía retadora emprenderá la conquista
del m u n d o y opondrá a la Iglesia una resistencia encarnizada.

SU ORIGEN Marción nació en Sínope. En la provincia del Ponto, los cris-


tianos eran numerosos y bien organizadas las iglesias ( 7 7 ) .
Según el relato de Hipólito, el padre de Marción era obispo y excomulgó
a su hijo ( 7 8 ) , quien, enriquecido en su oficio de armador, dejó el Ponto y
vino al Asia Menor; allí debió enfrentarse con San Policarpo, que veía en
él al hijo "primogénito" de Satanás. Cuando en 154 el viejo obispo de Es-
m i r n a llegó a Roma, aprovechó su estancia en la ciudad para reducir a la
Iglesia a muchos de los discípulos de Valentín y de Marción ( 7 9 ).

pp. 12-14. G. LEVI DELLA VIDA, II Dialogo delle leggi dei paesi, Roma, 1921; L. TON-
DELLI, Mani. Rapporti con Bardesane, S. Agostino, Dante, Milán, 1932. Se ha atri-
buido muchas veces a Bardesanes el Himno del alma, pero aun está por demostrarse.
A. A. BEVAN (The Hymn of the Soul, Cambridge, 1897) tiene esta opinión por muy
probable (p. 6); pero la mayor parte de los historiadores no la han seguido. F. HAASE
(Zur Bardesanischen Gnosis, 1910) concluye (pp. 89-90) que Bardesanes fué segura-
mente hereje y que sufrió la influencia de la gnosis, sin ser propiamente gnóstico. Sus
recursos principales son la astronomía y la astrología y manifiesta una gran influencia
de la filosofía griega. Algunos términos han pasado de su obra al lenguaje teológico
siríaco. Tiene poca importancia para la historia general y para la historia de las
religiones, pero mucha importancia para la historia de la civilización.
( 74 ) Sobre Marción véase: A. VON HABNACK, Marción Das Evangelium vom frem-
dem Gott, Leipzig, 1924; Neue Studien zu Marción, Leipzig, 1923; A. D'ALES, Marción,
la reforme chrétienne au IIe siécle en Recherches de Science religieuse, t. XIII (1922),
pp. 137-168. Cf. Histoire du dogme de la Trinité, t. II, pp. 122-131. E. BUONAIUTTI,
Marcione e il Nuovo Testamento latino, en Ricerche religiose, II (1926), pp. 336-348;
M. ZAPPALÁ, Etica ed escatologia in Marcione, ibíd., III (1927), pp. 333-355.
( 75 ) CLEMENTE, Stróm., VII, xvn, 106: "Marción perteneció a la misma época que
Basílides y Valentín; pero era ya anciano, cuando ellos eran aún jóvenes".
( 76 ) Así llamaba Marción a sus discípulos; cf- TERTUL.., Adv. Marc, IV, ix y xxxvr.
(7T) Cf. Carta de Plinio a Trajano (supra, vol. I, p. 241, s.). Recuérdese lo que dice
de las diaconisas cristianas (ibíd. p. 311).
( 78 ) Se encontraba este dato en Syntagma, de Hipólito, de donde lo tomó Epifa-
nio. La excomunión habría sido motivada por la violación de una virgen. Parece que
Tertuliano desconocía esta acusación y, por lo mismo, es poco verosímil. Quizá se
fulminó la excomunión contra él por enseñar doctrinas heterodoxas; y ésta pudo ser
la violación de que habla Hipólito. Cf. HARNACK, Marción, 23-24. ,
( 79 ) IHENEO, Adversus hmreses, III, ni, 4, citado por EUSEBIO, Hist. Eccl., IV, xiv, 6;
CRISIS GNOSTICA Y MONTAÑISMO 25

SU DEFECCIÓN Marción, efectivamente, había venido a Roma y se pre-


sentó en ella como u n cristiano fiel, según lo atestiguaba
un documento escrito que se conservaba en la iglesia de Roma ( 8 0 ) , y en
el fervor de su primer momento donó a la iglesia romana doscientos m i l
sestercios ( 8 1 ). "Vivió al parecer en la oscuridad, madurando su doctrina y
trabajando por fundamentarla sólidamente, preparando sus Antítesis y su
texto de la Escritura ( 8 2 ) .
Cuando este trabajo de elaboración estuvo acabado, Marción se presentó
a los presbíteros y les rogó que le explicasen algunas sentencias evangélicas
que le parecieron particularmente significativas: u n árbol bueno n o puede
dar más que frutos buenos (Le. 6, 4 3 ) ; no se pone el vino nuevo en odres
viejos (ibíd. 5, 3 6 ) : No le satisficieron las explicaciones propuestas y apos-
tató. La Iglesia de Roma rechazó entonces el dinero y al que lo había en-
tregado ( 8 3 ) .
Esta ruptura fué para los marcionitas el comienzo de u n a nueva era:
Cristo había aparecido en la tierra el año decimoquinto de Tiberio; ciento
quince años, seis meses y medio después Marción fundó su iglesia ( 8 4 )-
Si se supone que el año decimoquinto de Tiberio es el año 29 y se toma
como punto de partida el comienzo de este año, el cómputo marcionita
nos lleva al año 144, mediado julio.
El desarrollo de la nueva secta fué m u y rápido; hacia el 150 escribía
Justino: "Marción del Ponto, que enseña a ú n h o y , profesa la creencia de
un Dios superior al Creador; con la ayuda de los demonios propaga su
blasfemia por el m u n d o " ; y más abajo: "Son muchos los que aceptan su
doctrina y se ríen de nosotros. . . Estúpidos, como ovejas arrebatadas por el
lobo, son presa del ateísmo y de los demonios" ( 8 5 ).
Hacia el fin del siglo siguiente escribía Tertuliano: "La doctrina de
Marción h a llenado el m u n d o entero" ( 8 6 ) .

cf. ibíd., 7: "El mismo Policarpo a Marción, que acercándosele le preguntó: ¿Me
reconoces? le respondió: Reconozco al primogénito de Satanás". Este encuentro pudo
tener lugar en» Asia o en Roma. La permanencia de Marción en Asia está atesti-
guada por Papías en el prólogo: in ev- Ion., ed. WORDSWORTH-WHITE, Testamentum
Domini Nostri Jesu Christi latine, part. I, fase. IV, p. 490, s.; HARNACK, op. cit., 97.
C80) TERTULIANO, De carne Christi, n : "eo magis mortuus es, quo magis non es
christianus; qui cum fuisses, excidisti, rescindendo quod retro credidisti, sicut et
ipse confiteris in quadam epístola, et tui non negant et nostri probant". Cf. De prcescr.
hmret. xxx; Adv. More, I, xx. KATTENBUSCH, Apost. Symbol., II, p. 86, s., p. 322, s.
HABNACK, op. cit., p. 25, 20.
( 81 ) Adv. Marc, IV, iv. De prcescr. hazret., xxx.
(82) HARNACK (op. cit., p. 26) hace notar que la preparación del texto expurgado de
las Antítesis exigió reflexión y tiempo y, como el texto que sirve de base a estos
trabajos está más atestiguado en occidente que en oriente, se puede concluir con
verosimilitud que fué en Roma donde se realizó este trabajo durante los años que
precedieron a la ruptura con la Iglesia (144).
(83) TERTULIANO, Adv. Marc, IV, iv.
(84) Ibíd., I, xix: "Anno XV Tiberii Christus Jesús de ccelo manare dignatus est,
spiritus salutaris Marcionis. Salutis + qui ita voluit quoto quidem anno Antonini majo-
ris de Ponto suo exhalaverit aura canicularis, non curavi investigare. De quo tamen
constat, Antonianus hsereticus est, sub Pió impius. A Tiberio autem constat usque
ad Antoninum anni fere CXV et dimidium anni cum dimidio mensis. Tantumdem
temporis ponunt Ínter Christum et Marcionem". Cf. HARNACK, Ckronologie, t. I,
p. 297, s.; p. 306, s.; Marción, p. 18*.
( 85 ) Apol., I, xxvi y LVIII.
(86) TERTULIANO, Adv. Marc, V, xix. La fecha de la muerte de Marción nos es
desconocida; pero no puede prorrogarse más allá del 160 (HARNACK, Marción, 25).
26 H I S T O R I A DE LA I G L E S I A

OPOSICIÓN DE LOS Se comprenderá mejor u n éxito tan rápido, si se re-


DOS TESTAMENTOS cuerda la turbación que experimentaban ciertos cris-
tianos poco prudentes o m a l instruidos ante algunos
pasajes del A. Testamento y, sobre todo, ante su legislación. El autor de
la carta de Bernabé no quería ver en estas leyes sino símbolos de reali-
dades espirituales: jamás pensó Dios en exigir a los judíos u n templo de
piedra, n i la circuncisión, n i el descanso sabático ( 8 T ). La carta de Tolomeo
a Flora dará esa misma solución ( 8 8 ) ; pero, desde luego, h a y que reconocer
que a juicio de los espíritus no predispuestos esto era violentar el sentido
de la Biblia. Marción combatió esta exégesis: nada de símbolos; la letra
es todo. Pero esta letra es indigna de Dios: el Dios de los judíos, el Creador,
no es el Dios de los cristianos, n i el Padre de Cristo. Este es el dogma
fundamental del Marcionismo y en torno suyo se empeñó la lucha.
Para hacer más sensible esta oposición que creía ver entre los dos Testa-
mentos, compuso el libro de las Antítesis. Esta obra, la única que escribió
Marción ( 8 9 ), fué para sus discípulos regla soberana de fe ( 9 0 ). Se com-
ponía fundamentalmente de textos del Antiguo y Nuevo Testamento, con-
trapuestos los unos a los otros para hacer aparecer su oposición y, por con-
siguiente, la existencia de dos dioses. Los doctores católicos gustaban de
componer colecciones de textos bíblicos o "testimonios", que daban a los fieles;
para ayudarles a conocer, a propagar y a defender su fe ( 9 1 ), Marción quiso
también formar su antología, no para establecer la armonía entre la Ley y
el Evangelio, sino para poner de manifiesto su oposición ( 9 2 ).
El libro se ha perdido, pero la refutación detalladísima de Tertuliano y
de los demás polemistas nos permite seguir las huellas de Marción a través
de los dos Testamentos ( 9 3 ). Marción lee en Isaías (55, 7 ) : "Soy yo quien
envía los males". Ahora bien, Cristo nos ha dicho que u n árbol bueno no
puede dar más que frutos buenos; si, pues, el Creador es el m a l árbol que
da malos frutos, es preciso reconocer la existencia de otro Dios, árbol bueno
que dé frutos buenos ( 9 4 ).
Y, efectivamente, en todo el Antiguo Testamento aparece u n Dios que no es
el del Evangelio: al precepto de la Ley "ojo por ojo, diente por diente",

Según TERTULIANO (De prcescr. fueret., xxx) habría querido reconciliarse con la Igle-
sia; se le impuso que redujese a sus seguidores y murió sin poder hacerlo.
(87) Cf. tomo I, pp. 283-824.
(88) Cf. supra, p. 20.
(89) No hablamos aquí de su edición del Nuevo Testamento, que no es un original
suyo, sino una edición mutilada del Evangelio y de San Pablo.
(90) TERTULIANO, Adv. More, I, xix: "Separatio legis et evangelii proprium et
principale opus est Marcionis, nec poterunt negare discipuli eius, quod in summo
instrumento habent, quo denique iniciantur et indurantur in hanc haeresim. Nam
hae sunt Antitheses Marcionis, id est contrariae oppositiones, quae conantur discoridiam
evangelii cum lege committere, ut ex diversitate sententiarum utriusque instrumenti
diversitatem quoque argumententur deorum". Se ve por este texto que para los mar-
cionitas las Antítesis son un documento de autoridad soberana, "summum instru-
mentum" (cf. la expresión "utriusque instrumenti" aplicada a los dos Testamentos).
Se sirven de él para la iniciación bautismal, como se sirve la Iglesia del símbolo de
la fe. Cf. HARNACK, op. cit., p. 70.
( 91 ) La más conocida de estas colecciones es la de San Cipriano: Testimonia; pero
no es la primera.
(02) No se limitó a transcribir los textos, sino que los acompañaba de breves expli-
caciones en que exponía y defendía su pensamiento. Cf. HARNACK, op. cit., pp. 72, s.
( 93 ) HARNACK, op. cit., pp. 68-134, ha realizado con sumo cuidado este trabajo de re-
composición. De él tomamos la mayor parte de los datos arriba citados.
( 94 ) TERTULIANO, Adv. More, I, ii; cf. II, xxiv.
CRISIS G N O S T I C A Y MONTAÑISMO 27

contrapone el Evangelio: " S i alguien t e golpea e n u n a mejilla ( 9 5 ) , presén-


tale t a m b i é n l a o t r a " . E l i a s h i z o b a j a r f u e g o d e l cielo c o n t r a l o s soldados
q u e q u e r í a n a p r e s a r l e ; C r i s t o se o p o n e a q u e s u s d i s c í p u l o s o b r e n d e l a
m i s m a m a n e r a ( 9 6 ) . E l i s e o a r r o j a osos c o n t r a l o s n i ñ o s q u e se m o f a n d e
é l ; Cristo d i c e : " d e j a d q u e l o s n i ñ o s v e n g a n a m í " ( 9 7 ) . M o i s é s e l e v a s u s
b r a z o s e n e l m o n t e p a r a q u e I s r a e l p u e d a e x t e r m i n a r a s u s e n e m i g o s ; Cristo
extiende sus m a n o s e n l a cruz p a r a salvar a los pecadores ( 9 8 ) . Josué d e -
t i e n e e l sol p a r a q u e c o n t i n ú e l a m a t a n z a ; " e l S e ñ o r dice q u e e l sol n o se
p o n g a sobre v u e s t r a c ó l e r a " ( 9 9 ) .

EL DIOS DEL E n estos t r a z o s r á p i d o s y n e r v i o s o s se a d i v i n a


ANTIGUO TESTAMENTO al hombre q u e u n día, saliendo d e su oscuridad,
d e m a n d ó a l o s p r e s b í t e r o s : " E x p l i c a d m e esto: e l
árbol b u e n o n o d a m á s q u e frutos b u e n o s " , y q u e luego, aferrándose a u n
l i t e r a l i s m o e s t r e c h o , se d e d i c a a s o r p r e n d e r e n m i l f a l t a s a l D i o s d e l a j u s -
t i c i a y a s u s p r o f e t a s . Y , c o m e n z a n d o p o r e l p e c a d o o r i g i n a l : ¿ c ó m o si D i o s
es b u e n o , p r e v i s o r y p o d e r o s o , n o s u p o p r e v e n i r e l p e c a d o d e A d á n ?

"¿Cómo h a consentido que el hombre hecho a imagen y semejanza suya, más aún, de
su sustancia por la naturaleza del alma; cómo h a consentido que, engañado por el
demonio, desobedezca a su ley y se, acarree su muerte? Si es bueno, no pudo consentir
tal desgracia; si ve en el futuro, tuvo que. conocerla de antemano. Si es omnipotente,
debió evitarla; y así esta catástrofe jamás habría sobrevenido, porque los tres atribu-
tos de la majestad divina se oponen a ello. Si, efectivamente, h a sobrevenido, es por-
que este Dios no tiene n i la bondad, n i la previsión, n i el poder" ( 1 0 ° ) .

Siguiendo p o r la historia judía, Marción continúa su requisitoria. Este


dios, dice, es i n c o n s t a n t e : p r e s c r i b e e l d e s c a n s o s a b á t i c o y m a n d a l l e v a r e l
arca d u r a n t e ocho días consecutivos e n derredor d e Jericó ( 1 0 1 ) . P r o h i b e l a
idolatría y m a n d a fabricar l a serpiente d e bronce, los q u e r u b i n e s y los
serafines ( 1 0 2 ) . P r o t e s t a q u e n o n e c e s i t a sacrificios y se c o m p l a c e e n l o s
sacrificios d e A b e l y d e N o é ( 1 0 3 ) .
Escoge a S a ú l y se a r r e p i e n t e ( 1 0 4 ) , r e c h a z a a S a l o m ó n ( 1 0 5 ) ; a m e n a z a a
los n i n i v i t a s c o n c a s t i g o s q u e l u e g o n o l l e v a a efecto ( 1 0 6 ) . E s i g n o r a n t e :
p r e g u n t a a A d á n d ó n d e está y t i e n e q u e b a j a r a S o d o m a y G o m o r r a p a r a
saber q u é p a s a e n e l l a s ( 1 0 7 ) . E s c r u e l : M o i s é s d e b e c o n j u r a r l o p a r a q u e
perdone y contenga s u cólera ( l o s ) . Es parcial y despótico: endurece a
F a r a ó n , a h o g a a l o s e g i p c i o s y e x t e r m i n a a l o s c a n a n e o s . " J o s u é con-
quistó la tierra santa, i m p o n i é n d o l e u n a d o m i n a c i ó n despótica y c r u e l ;
Jesucristo prohibe toda d o m i n a c i ó n y predica l a misericordia y l a p a z " ( 1 0 9 ) .

(Ȓ) TERTULIANO, Adv. Marc, I I , x v m ; cf. IV, v i ; ADAMANTIUS, I, xv.


(96) TERTULIANO, Adv. Marc, IV, x x m .
(97) TERTULIANO, Adv. Marc; ibíd., ADAMANTIUS, I, xvi.
(98) ADAMANTIUS, I, x i .
(") ADAMANTIUS, I, x i n .
(loo) Texto citado por TERTULIANO, Adv. Marc, I I , v.
(íoi) TERTULIANO, Adv. Marc, II, xxi.
(!<>2) Ibíd., I I , XXII.
(ios) Ibíd., I I , XXII.
( 1 0 4 ) Ibíd., I I , xxni-xxrv.
(W5) Ibíd., I I , x x m .
(106) Ibíd., I I , XXIV.
(10T) Ibíd., I I , XXV
(108) Ibíd., I I , XXVI.
(109) ORÍGENES, Hom. in librum Jesu Nave, X I I , 1. Cf. HARNACK, op. cit., p. 96.
28 HISTORIA DE LA IGLESIA

Y n o es solamente la historia judía; toda la creación levanta Marción


contra su autor: es el dios de las langostas y de los escorpiones ( n o ) ; la
carne, sobre todo, está cargada de vergüenzas y miserias en el ejercicio de
sus funciones naturales, en el acto de la generación: "el matrimonio es
algo impúdico y malvado" ( m ) . Tertuliano nos presenta a estos herejes
"perorando con la mayor amargura sobre las manchas e impurezas del
nacimiento y de la infancia, y sobre la vileza de la carne" ( 1 1 2 ).
Estos recursos oratorios son fáciles y debieron impresionar a los discípu-
los de Marción. Pero, si la fogosidad bastaba para conmover los ánimos, n o
podía fundamentar u n a doctrina. Sus adversarios pudieron replicarle fácil-
mente: si tomamos a la letra las inventivas de Marción, ¿cómo podemos
ver en este Dios de Jos judíos u n dios justo? ¿Cómo leer el Evangelio, por
m u y mutilado que esté, si no se reconoce en Cristo u n a carne real? ( 1 1 3 ).

LA BIBLIA DE MARCIÓN Para dar a esta doctrina u n fundamento escri-


turístico, Marción compuso su Biblia: rechazó el
Antiguo Testamento; del Nuevo se quedó con el Evangelio de San Lucas, del
que suprime los dos primeros capítulos y todos los pasajes que no están de
acuerdo con su teología, y con diez epístolas de San Pablo, rechazando las
Epístolas pastorales y la Epístola a los Hebreos; a u n en las diez que admite,
borra todo lo que le parece que tiene sabor judaico y que debe achacarse
a los falsos apóstoles ( 1 1 4 ).
Esta Biblia no es el resultado de u n esfuerzo crítico, sino consecuencia
de u n a tesis teológica preestablecida ( 1 1 5 ). A Marción le era t a n indife-
rente la exégesis como la especulación metafísica; no fué más que u n hom-
bre de acción, que sólo vio en la Biblia u n "instrumentum" que quiso que
fuese manejable y resistente.
Así armado, emprende la institución de su dogma y de su iglesia. Ima-
gina u n dualismo que divide todo lo existente en dos esferas: el mundo
visible y el m u n d o invisible. El mundo invisible es obra del Dios supremo
que mora en el tercer cielo, conoce a su vez el universo entero, pero sólo
es conocido por el mundo invisible. El mundo visible h a sido creado por
el Demiurgo, que es su señor y se tiene por el solo señor ( 1 1 6 ) ; de aquí
estas protestas y manifestaciones del Antiguo Testamento, todo inspirado
por el Demiurgo: "Yo soy el único Dios y no h a y otro sobre m í " . Vese,
pues, claramente, que este dualismo no supone oposición entre los dos
dioses, sino solamente u n a distinción de personas y de naturalezas y divi-
sión de dominios, y en el dios inferior total ignorancia acerca del Dios
soberano.
Este dios inferior no es el dios del m a l , sino que es u n déspota que
colocó al hombre en este mundo material, lleno de miserias, y le dio con
su soplo u n alma que procede de su propia sustancia. Esta sustancia imper-

(110) TERTULIANO, Adv. More-, I, xvn; IV, xxvi.


( i " ) Ibíd., I, xxix.
("2) Ibíd., IV, xxi.
( i " ) Ibíd., III, xi; IV, xxi.
(H4) Sobre estas correcciones en el texto de San Pablo, cf. HARNACK, op. cit., pp. 41-
48; y en San Lucas; ibíd., pp. 48-57. Motivos que inspiraron estas correcciones, cf.
ibíd., pp. 60-61.
(US) Cf- HARNACK, op. cit-, p. 68.
(H6) Cf. TERTULIANO Adv. More, I, xvi: "Como no vemos el otro mundo ni a
su Dios, tienen que dividir las dos clases de seres, visibles e invisibles, entre los dos
dioses y reservar así a su Dios el mundo invisible".
CRISIS GNOSTICA Y M O N T A Ñ I S M O 29

fecta y pobre h a sido unida a la materia y h a quedado manchada con su


contacto. Sin embargo, el Demiurgo tuvo celos de esta criatura contrahecha
y le negó el conocimiento del bien y del m a l y le arrojó del paraíso te-
rrestre ( m ) .
Y continúa desde entonces la historia de esta raza caída, sometida a u n
gobierno despótico.
El pueblo judío, el más perverso de todos, fué el pueblo del Demiurgo,
que por su medio defraudó y exterminó a los pueblos rivales. Recibió u n a
ley que contiene, sin duda, preceptos justos y honestos; pero de u n a bondad
estrecha y mezquina; y así los ritos prescriptos —la circuncisión es uno de
ellos— son reflejo de la creación y, por lo mismo, tarados con los mismos
defectos: necedad, debilidad y, a veces, indecencia. Los profetas no fueron
sino enviados del Demiurgo y todos, sin exceptuar a J u a n Bautista, desco-
nocieron totalmente a Dios.

LA VENIDA DEL SALVADOR El Dios soberano, ese "Dios extranjero", ex-


traño al mundo, que nada debía a esta hu-
manidad miserable, quiso salvarla: "El año decimoquinto de Tiberio César,
en los días de Poncio Pilato, Jesús bajó del cielo a Cafarnaúm, ciudad de
Galilea, y comenzó a enseñar en la sinagoga" ( 1 1 8 ). Así rezaba el principio
del evangelio de Marción.
El Demiurgo había prometido por sus profetas la venida de u n Mesías,
de la estirpe de David, ungido con el espíritu del Demiurgo; aun no h a
venido. Pero el Dios bueno envió a su Hijo, que no se distingue de El
más que por el nombre: "Nuestro Dios, decían los marcionitas, no se
reveló desde el principio n i en la creación, sino que se manifestó a sí mismo
en Cristo Jesús" ( 1 1 9 ).
Atravesando el cielo del Demiurgo, Jesús apareció entre nosotros sin tomar
cuerpo material; ya que la materia es esencialmente mala, sino sólo u n a
apariencia de cuerpo. No podemos, pues, hablar de nacimiento, n i de in-
fancia, ni de bautismo, sino solamente de aparición súbita, inesperada, en
la sinagoga de Cafarnaúm.
Cristo predicó e hizo milagros, sin oponerse formalmente al Demiurgo y
sin denunciar la distinción de dos dioses. E n torno suyo los discípulos del
Demiurgo alababan a su Dios por los milagros de Jesús y Jesús lo aguantó;
Pedro le reconoció por el Mesías, sin duda el Mesías del Demiurgo, y Jesús
le impuso silencio para que no se propagase el engaño ( 1 2 0 ).
El "Edicto de Cristo" son las bienaventuranzas en que exalta a los men-
digos y maldice de los ricos. Dejando de lado todos los textos del Antiguo
Testamento, en que Dios promete sus bienes a los pobres ( m ) , Marción
ve en esta predicación la antítesis de la predicación del Demiurgo. Los
que ahora son proclamados bienaventurados son los parias de la Antigua
Ley, los miserables y los pecadores ( 1 2 2 ).

(117) Cf. HARNACK, op. cit., pp. 146 y ss.


(118) HARNACK, op. cit., p. 165 *.
(119) TERTULIANO, Adv. Marc, I, n, xix; cf. HARNACK, op. cit., p. 162.
(120) TERTULIANO, ibíd., IV, xvni y xxi.
(121) TERTULIANO, ibíd., IV, xiv.
(122) TERTULIANO, ibíd., IV, xi: "Hace valer como argumento la elección de un
publicano por el Señor; es, a su parecer, la elección por el adversario de la ley de
un hombre extraño a la ley y al judaismo".
30 HISTORIA DE LA IGLESIA

LA REDENCIÓN Jesús se mostró con sus milagros y con su predicación


mucho más poderoso que el Demiurgo; mas no quiso
arrancarle sus dominios a viva fuerza; redimió a los hombres con su
muerte ( 123 ) y descendió a los infiernos para librar a cuantos el Demiurgo
tenía aherrojados.
Marción afirma que Caín y sus congéneres y los sodomitas y los egipcios y demás
gentes de su ralea y todos los paganos que vivieron encenagados en los vicios fueron
salvados por el Señor. Cuando bajó a los infiernos se presentaron ante El y El los
recibió en su reino. Mas ni Abel, Enoc y Noé, ni los justos y patriarcas del tiempo
de Abrahán, _ ni los demás profetas, ni todos los que fueron gratos a Dios, fueron
salvos; porque, como por experiencia sabían que Dios les tentaba en todo momento,
pensaron que ahora también quería tentarles, y no se presentaron delante 1 2de Jesús,
no creyeron en su mensaje y por esto sus almas quedaron en los infiernos ( 4 ).

Los apóstoles de Cristo no supieron mantener la grandeza n i la pureza


del Evangelio; predicaron al Demiurgo. El Salvador suscitó a San Pablo
para reemprender su obra y proseguirla; en la asamblea de Jerusalén los
apóstoles concordaron con él, pero luego se distanciaron y Pablo fué de
nuevo el único predicador del Evangelio, cuya esencia es la salvación por
la fe: basta creer y amar para ser salvo ( 1 2 5 ).

LA IGLESIA MARCIONITASolamente las minorías son capaces de mante-


nerse en estas alturas, como advierte Marción:
"El Demiurgo está con la multitud, el Salvador sólo con los escogidos" ( 1 2 6 ).
Jesús bajó a los infiernos y salvó a todos los que allí estaban, exceptuados
los justos del Antiguo Testamento; pero sobre la tierra su sangre y la pre-
dicación del Evangelio no pueden salvar más que a u n a porción escogida y
r a r a ; de manera que, de hecho, después de la Encarnación, la condición
de los hombres sobre la tierra es más desdichada y la salvación mucho
más difícil ( 1 2 7 ).
Esta contradicción repugna a todas luces; pero la pasión que domina a
los marcionitas les hace pasar por todo. Se gozan en la contemplación de
ese dios extranjero que aparece de súbito en este m u n d o miserable, que le
desconoce y al que él nada debe; les entusiasma también la existencia tra-
bajosa de los "compañeros de desgracia" que, sostenidos únicamente por la

(123)' Esta redención era para Marción de importancia decisiva; por ella deducía
que los hombres pertenecían a otro Dios distinto del Dios soberano, y que, por tanto,
era necesaria la muerte de Jesús para rescatarlos; interpreta esa redención no sola-
mente en Gal-, 3, 13, sino también en Gal., 2, 20, en que lee "que me rescató" en
vez de "que me amó" (HARNACK, op. cit-, p. 171).
( 124 ) IRENBO, Adv. hmr., I, xxvn, 3. HARNACK escribe (op. cit., p. 169): "Hemos
de hacer aquí un alto, pues este punto es el que pareció a los Padres de la Iglesia el
colmo de la malicia blasfema de Marción, y que todavía hoy nos llena de asombro;
y, sin embargo, ésa es la doctrina de Marción". Bueno será recordar el principio evan-
gélico tan caro a Marción: todo árbol bueno producé, buenos frutos.
(125) Tertuliano arguye contra Marción (I, xxvn): los marcionitas no quieren que
el Dios bueno sea temido; entonces ¿cómo resistir a la tentación y al placer? ¿Cómo
podrá aguantarse la persecución? ¿Habremos de comprar nuestra vida con la apos-
tasía? Absit, absit, réplica Marción. Añade HARNACK (op. cit., p.175): "Este «absit,
absit» es un documento religioso de primer orden". Acerca de ia admiración de Har-
nack por Marción, cf. Recherckes de Science religieuse, t. XV (1925), pp. 36Í-362.
( 126 ) CLEMENTE, Stróm., III, x, 69. Cf. HARNACK, op. cit., p. 173.
(127) HARNACK, op. cit., p. 173, n. 1, intenta resolver esta contradicción, subrayando
que se esperaba muy próximamente el fin del mundo, y que, por lo tanto, este
estado de cosas no había de durar mucho.
CRISIS GNOSTICA Y MONTAÑISMO 31

fe y el amor, pasan por este m u n d o malvado perseguidos por los celos del
Demiurgo, siempre fieles a su dios desconocido. Como los demás gnósticos,
también éstos se consuelan del escaso número de sus adeptos: ¿acaso no son
ellos los escogidos?
Marción impuso a sus discípulos u n a ascesis rígida y los organizó en
iglesias que se multiplicaron rápidamente y durante largo tiempo ( 1 2 8 ).
Al finalizar el siglo segundo, el marcionismo lo había invadido todo; en
todas las provincias era u n a amenaza para la Iglesia. F u é combatido por
Dionisio en Corinto, por Ireneo en Lyón, por Teófilo en Antioquía, por
Filipo de Gortina en Creta, por Tertuliano en Cartago, por Hipólito y
Rodón en Roma, por Bardesanes en Edesa. E n el siglo iv escribe Epifa-
nio ( 1 2 9 ): esta herejía está extendida " a u n ahora en Roma y en Italia, en
Egipto y en Palestina, en Arabia y en Siria, en Chipre y en la Tebaida, en
la misma Persia y en otros lugares ( 1 3 0 ). Todavía en el siglo v, hacia el 445,
el armenio Eznik la combatía y no como u n a herejía del tiempo pasado,
sino como u n a realidad siempre temible ( 1 3 1 ). Sin embargo, desde el siglo
tercero el maniqueísmo absorbió, primero en occidente y luego en oriente,
a las comunidades marcionitas.

SU INCONSISTENTE Esta difusión rápida y permanente del marcionismo


TEOLOGÍA se debió al vivo impulso que le dio su fundador; pero
esta tensión sentimental no alcanzaba a disimular su
pobreza teológica; el edificio de Marción estaba t a n débilmente fundamen-
tado, que cuantos venían a ocuparlo tenían que preocuparse de renovarlo
sin cesar, incluso sobre planos nuevos. Ya en el siglo segundo comienza
el desacuerdo: algunos permanecen fieles a las doctrinas del maestro y
admiten los dos principios divinos. Es el caso de Potito y Basilicos, de que
habla Rodón, el jefe de la Didascalia romana, según Taciano ( 1 3 2 ). Por
las mismas fechas Apeles no admitía más que u n principio ( 1 3 3 ) ; otros

(128) TERTULIANO, Adv. Marc, I, xiv, xxvm. Tertuliano se lo reprocha como una
inconsecuencia: "¿Para qué imponer a una carne tan débil y tan indigna una san-
tidad tan pesada y tan gloriosa? Cf. I, xxix; IV, xi, xvn, xxix, xxxiv, xxxvni; V,
vn, vin, xv, xvni; De Prcescr., x, xxx; HIPÓLITO, Philos., vil, xxix; HARNACK, Dog-
mengeschichte, t. I, p. 303, n. 1.
(129) Hcereses, XLII, i.
(130) Cf. HARNACK, Ausbreitung, pp. 931-932; Marción, pp. 153-160.
(131) Cf. L. MARIÉS, Le De Deo d'Eznik de Kolb, París, 1924, en especial p. 59, s.
(132) Hist. Eccl., V, xin, 3-4.
(133) RODÓN, íbíd., 5-7: "El viejo Apeles . . . decía que se debía dejar a cada uno
en su creencia, sin criticar cada palabra, y afirmaba que quienes creyesen en el
crucificado se salvarían, con tal que sus obras fueran buenas; pensaba que el pro-
blema más difícil de todos, según dejamos dicho más arriba, es el problema de Dios;
sostenía, como nosotros, que no hay más que un principio. . . .Como yo le dijese: ¿de
dónde sacas tú esta tesis?, ¿por qué dices que no hay más que un principio?, me
replicó que las profecías se refutan ellas solas, que no contienen verdad alguna; que
son contradictorias, engañosas y que se oponen unas a otras. Pero, y ¿por qué no hay
más que un principio? Confesó que no lo sabía, pero que se sentía impulsado a
decirlo; que ésta era su, impresión. Como yo le conjurase a que me dijese la verdad,
me juró que hablaba sinceramente al decir que, aunque lo creía, ignoraba cómo es
que no hay más que un Dios ingénito. Yo reí y le reproché el que se presentase?
como maestro, teniendo conciencia de no poseer lo mismo que enseñaba".
HARNACK (Marción, pp. 185-187) ha admirado grandemente estas palabras de Apeles:
este marcionita se ha adelantado a Kant y a Schleiermacher; ha visto en la espe-
ranza en el crucificado, la esencia de la religión; "ha desligado esta esperanza no
sólo de la ciencia, sino hasta de la fe monoteísta"; y concluye: "Apeles es, antes
32 HISTORIA DE LA IGLESIA

distinguían tres: Syneros, mencionado por Rodón ( 1 3 4 ), Lucanus o Luciano,


de quien habla Tertuliano ( 1 3 5 ) ; Prepon, q u e conocemos por Hipólito ( 1 3 6 ) ;
Megecio, personaje real o ficticio que sostiene en el diálogo de Adamantius,
De recta fide, la distinción de tres principios; mientras que otro marcio-
nita, Marcos, no admite más que dos ( 1 3 T ). Tres principios admitía tam-
bién el marcionismo atacado por Efrén ( 138 ) y Eznik ( 1 3 9 ). Los marcionitas
que admitían tres principios, ponían junto al Dios, Padre de Cristo, y al
Dios de los judíos, u n dios malo, que es el dios de los paganos. Esta con-
cepción, cada vez más corriente entre los marcionitas ( 1 4 0 ), encierra el dua-
lismo radical que Marción intentó evitar, pero a l cual el impulso ciego
dado a la secta le arrastraba, a pesar suyo. M u y pronto se perderá de vista
la figura imprecisa del Demiurgo, del Dios de los judíos, para no consi-
derar ya más que a los dos grandes dioses rivales: el dios del bien y el
dios del mal. Esta será la gran antítesis maniquea, que h a r á olvidar todas
las de Marción; éstas fueron las precursoras de aquélla ( 1 4 1 ).

§ 3 . — El montañismo (142)

CARACTERES El montañismo es u n a herejía m u y distinta de todas


DEL MONTAÑISMO las que hasta ahora hemos estudiado: el gnosticismo
es una invasión de elementos extraños, principalmente
helénicos y orientales, en el cristianismo. El marcionismo es la repudiación
de todo el Antiguo Testamento. El montañismo no es nada de eso; no quiere
admitir sino el cristianismo, y el cristianismo integral. E n su origen no es

de Agustín, el único teólogo cristiano con el cual podemos entendernos aún hoy sin
necesidad de una acomodación trabajosa". No podemos admitir tal entusiasmo, sino
como una humorada. Pero la confesión de Apeles es reveladora: esta religión ar-
diente y confusa es justamente la religión del tiempo de los Antoninos y de los
Severos. Cf. Histoire du dogme de la Trinité, t. II, p. 77, s-
( 134 ) RODÓN, ibíd., 4.
(135) £)e resurrectione, m. Cf. SEUDO TERTULIANO, vi; EPIFANIO, Hwr., XLIÍI.
13
( «) Philos., VII, xxxi.
(137) De recta ; n Deum fide, I, n.
(138) EFRÉN SIRIO, Opera omnia, Roma (1740), t. II, p. 444.
(139) Xrad. SCHMIDT, Viena, 1900, IV.
(140) E s t a distinción de tres principios existía también en otras sectas gnósticas
fuera del marcionismo, por ejemplo en Heracleón (cf- supra, p. 21).
(141) En la teología marcionita las contradicciones sobre el número de principios
son las más importantes, pero no son las únicas; en Cristología, por ejemplo: para
Marción, Cristo no tiene más que una carne aparente y Apeles sostiene, contra su
maestro, que Cristo tiene carne real, traída del cielo (Cf. TERTULIANO, De carne
Christi, vi y vin). Para Marción y la mayor parte de los marcionitas, Cristo es
la revelación del Dios bueno, y lo mismo será más tarde para los marcionitas fun-
didos con los sabelianos (por ejemplo Eustates, en SÓCRATES, Hist. Eccl., IV, xii;
SOZÓMENO, VI, xi) (Cf. HARNACK, Marción, p. 275*). Se encuentran, sin embargo,
marcionitas para los cuales Cristo es hijo del dios malo, al cual abandonó por el dios
bueno (EPIFANIO, XLII, XIV); cf. HARNACK, op. cit., p. 287*, cf. p. 207. Tales contradic-
ciones muestran que Marción no pudo asegurar la unidad de su secta.
( 142 ) Sobre el montañismo véase: P. DE LABRIOLLE, La crise montaniste; Les sources
de l'histoire du montanisme, 2 vol., París, 1913; A. FAGGIOTTO, L'eresia dei Erigí, Roma,
1924, y La diasporá catafrigia; Tertulliano e la nuova profezia, Roma, 1924; É. Buo-
NAIUTTI, II Cristianesimo nelVAfrica romana, Bari, 1928, pp. 8-14, 153 y ss.; A.
FERRUA, Di una comunitá. montañista sulV Aurelia alia fine del IV secólo, en La Civiltá
cattolica, 2 de mayo de 1936; W. M. CALDER, Philadelphia and montanism, en Bulle-
tin of the John Rylands; Library Manchester, VII (1923), pp. 309-354.
CRISIS GNOSTICA Y MONTAÑISMO 33

más que u n movimiento de fervor religioso, análogo al despertar protes-


tante; se presenta como una efusión del Espíritu, como el reino del Parác-
lito, anunciado por Jesús en San Juan. No predica n i n g u n a doctrina nueva;
sólo pretende agrupar a todos los cristianos, aislarlos del mundo y prepa-
rarlos para el reinado de Dios, cuyo advenimiento es inminente. Sin em-
bargo, estas pretensiones constituían u n nuevo evangelio; y frente a la
Iglesia que lo rechazará, los montañistas se verán obligados a erigirse a
sí mismos en Iglesia. Lo que en u n principio no fué más que u n grupo
de profetas y fanáticos degeneró m u y pronto en secta.

EL CARISMA PROFÉTICO Si se quiere comprender cómo apareció este mo-


vimiento, es preciso recordar qué representó el
carisma profético en la Iglesia ( 1 4 3 ). Sin necesidad de acudir a los Hechos
y a San Pablo, se ve en la Didaché el lugar que ocupan los profetas a
finales del siglo primero: "Coged y dad a los profetas las primicias del
lagar y de la era, de bueyes y de ovejas; porque son vuestros sumos sacer-
dotes" ( 1 4 4 ). Treinta o cuarenta años después, Hermas concede a los profetas
precedencia sobre los sacerdotes ( 1 4 5 ). A comienzos del siglo segundo hemos
encontrado el carisma profético en los grandes obispos y mártires Ignacio y
Policarpo; y se consideró también profetas a Cuadrato y a las hijas de Fi-
lipo ( 1 4 «), a Melitón de Sardes ( 1 4 7 ) y a Amnia de Filadelfia ( 1 4 8 ). No
eran casos aislados: San Justino, en su alegato contra Trifón, hace hincapié
en los carismas proféticos que existen en la Iglesia como u n a prueba de
que estos dones espirituales h a n sido transferidos de los judíos a los cris-
tianos ( 1 4 9 ). Hacia el año 180, San Ireneo habla en términos semejantes:
"Oímos decir que h a y hermanos que tienen en la Iglesia carismas pro-
féticos, y que por la virtud del Espíritu Santo h a b l a n toda clase de lenguas
y que por bien de los demás manifiestan los secretos de los hombres e
interpretan los misterios de Dios" ( 1 5 0 ). Estos dones se conceden en mayor
abundancia a los confesores de la fe; es uno de sus privilegios "el con-
versar familiarmente con el Señor" ( 1 5 1 ).
Tales comunicaciones proféticas, m u y comunes en las pasiones de los
mártires, aparecen también en la vida cotidiana de la Iglesia como dones
excepcionales, y los que gozan de ellos son seres privilegiados. Sin embargo,
los profetas cristianos forman como u n a cadena, una tradición: los mon-
tañistas quisieron prevalerse de ello ( 1 5 2 ), pero sus adversarios católicos,

( 143 ) Cf. P. DE LABMOIXE, La crise montaniste, pp. 112-123.


( 144 ) Didaché, xm; cf. xv.
(145) Pastor, Vis. ni, 1, 8. En los Mandamientos X, 12, Hermas describe al ver-
dadero profeta y da criterios para distinguirlo del falso profeta. Cf. ibíd., sobre el
falso profeta.
(«6) Hist. Eccl, III, xxxvn, 1.
( J « ) Ibíd., V, xxiv, 5.
(148) Ibíd., V, xvn, 2.
(149) Dial, LXXXII.
(ICO) Adv. harr., V, vi, 1; cf. II, xxn, 4. ". . .otros tienen presciencia de los sucesos
futuros y visiones y palabras proféticas", I, xm, 4; III, xi, 9; III, xxiv, 1; IV, xxvi, 5;
IV, xxvii, 2.
(151) Ésta expresión se encuentra en las actas de los mártires de Esmirna (n, 2),
de. los mártires de Lyón (Hist. Eccl., V, i, 56), de Santa Perpetua (iv).
(162) p DE LABMOIXE (op. cit., p. 123) ha subrayado justamente este carácter tra-
dicionalista del montañismo primitivo: "lo que admira en todo este período primero
de la secta es el espíritu tradicionalista de que estaban animados los seguidores de
los profetas y aun los mismos profetas".
34 HISTORIA D E LA IGLESIA

m u y lejos d e n e g a r ese h e c h o , h i c i e r o n d e é l a r g u m e n t o c o n t r a l o s d i s c í p u l o s
de los nuevos profetas: " S i , como lo p r e t e n d e n , después d e C u a d r a t o y d e
A m n i a de Filadelfia, las mujeres q u e rodean a M o n t a n o h a n recibido el
c a r i s m a profético p o r s u c e s i ó n , ¡que n o s m u e s t r e n a h o r a q u i é n e s , e n t r e l o s
d i s c í p u l o s d e M o n t a n o y d e s u s p r o f e t i s a s , h a n h e r e d a d o ese, d o n ! E l A p ó s t o l
piensa q u e debe p e r m a n e c e r el carisma profético e n la Iglesia hasta l a
ú l t i m a profecía, p e r o a n a d i e p u e d e n s e ñ a l a r c o m o p r o f e t a d e s d e h a c e
catorce años e n q u e M a x i m i l a m u r i ó " (153).

PELIGRO DE LOS Esta creencia e n la difusión d e l espíritu profético, n o


FALSOS PROFETAS estaba exenta d e peligros: los i l u m i n a d o s p o d í a n apa-
recer con dones q u e n o poseían; y, lo q u e era m á s gra-
ve, c h a r l a t a n e s d e s a p r e n s i v o s p o d í a n a b u s a r d e l a c r e d u l i d a d d e los c r i s t i a n o s ,
s i m u l a n d o profecías. E l p e l i g r o e r a t a n g r a v e q u e e n l a Didaché y e n e l Pastar,
d e H e r m a s , se p o n e sobre aviso a l o s fieles c o n t r a l o s falsos p r o f e t a s y se d e s -
c r i b e n las señales p o r las cuales p o d r á n reconocerlos.
E l peligro era m u c h o m a y o r e n los a m b i e n t e s a t o r m e n t a d o s p o r la expec-
t a c i ó n d e l ú l t i m o d í a . H i p ó l i t o , a c o m i e n z o s d e l siglo t e r c e r o , n o s r e f i e r e d o s
casos q u e a y u d a n a c o m p r e n d e r e l e n t u s i a s m o q u e p r o v o c a r o n l a s p r o f e c í a s
de Montano:

" U n obispo de Siria persuadió a sus fieles que saliesen al desierto, con sus hijos y
mujeres, a la espera de Cristo; anduvieron errantes por las montañas y a lo largo de
los caminos; faltó m u y poco para que el gobernador los hiciese prender como salteado-
res; su mujer, que era cristiana, pudo evitarlo. E n el Ponto, otro obispo, piadoso y hu-
milde, pero demasiado visionario, tuvo tres sueños y comenzó a profetizar; al fin dijo:
Sabed, hermanos míos, que el juicio tendrá lugar en el término de u n año; y si esto
no sucede, n o creáis en las Escrituras y obrad como os viniere en talante. E l vaticinio
no se cumplió; él quedó confundido; las vírgenes se casaron y los que habían vendido
sus campos quedaron en la mendicidad" ( 1 6 4 ) .

ORIGEN DEL MONTAÑISMO Los p r i n c i p i o s d e l M o n t a ñ i s m o l o s c o n o c e m o s


por u n tratado antimontanista dedicado a
Abercio (155) y citado bastante extensamente p o r Eusebio (1B6). Siendo
G r a t o p r o c ó n s u l d e Asia ( 1 5 7 ) , u n n e ó f i t o l l a m a d o M o n t a n o , y d e l q u e se

(153) A N Ó N I M O ANTIMONTANISTA, citado por EUSEBIO, Hist. EccL, V, x v n , 4.


( 1 5 4 ) In Danielem, I I I , XVIII-XIX. Mediado el siglo tercero, Firmiliano refiere la his-
toria reciente de u n a profetisa de Capadocia que, pretendiendo i r a Jerusalén arras-
tró toda u n a multitud tras de sí. Estos excesos eran particularmente temibles en Frigia,
en que el culto orgiástico de la Gran Madre había abierto camino al montañismo. Cf.
GRAIIXOT, Le Cuite de Cybéle, 1912, p. 404.
( 1 5 5 ) Este Abercio es el de la inscripción: LABRIOIXE, op. cit., p . 581, s.
( 1 5 6 ) Sobre este anónimo cf. LABRIOIXE, Les sources de Vhistoire du montanisme,
pp. X X , X X I X . La data de este escrito puede determinarse por esta indicación (Hist.
EccL, V, xxvi, 1 9 ) : " H e aquí que hace más de trece años que h a muerto Maximila
y ninguna guerra, n i general, ni particular, ha tenido lugar en el mundo; incluso
los cristianos, por u n a misericordia de Dios, h a n gozado de paz permanente". Estos
trece años de paz nos orientan hacia el reinado de Cómodo: la muerte de Maxi-
mila se podrá fechar en 179-180 y el anónimo en 193. Cf. LABRIOIXE, Histoire du
montanisme, p . 580, s.
(157) Ignoramos la fecha del consulado de Grato (LABRIOIXE, op. cit., p . 574"); E P I -
PANIO sitúa el origen del montañismo en el año 19 de Antonino Pió (157' (Hcer,
XLVIII, I ) ; EUSEBIO en el año 12 de Marco Aurelio (Crónica, cf. KARST, Eusebius
Werke, V (1911), p . 222; cf. LABRIOIXE, op. cit., p. 570). Esta segunda fecha es la
más probable.
CRISIS GNOSTICA Y MONTAÑISMO 35

decía ser u n gallus convertido ( 1 5 8 ), se dio a profetizar. Inauguró su acti-


vidad proselitista en Ardabau, en la frontera de Misia y Frigia, y m u y
pronto dos mujeres, Priscila y Maximila, comenzaron a profetizar como
él, hablando a los asistentes con acento impresionante: "El espíritu alababa
a algunos, que se regocijaban y se llenaban de necio orgullo, y les hacía
exaltar con la grandeza de las promesas; pero a veces reprendía también
de manera tan penetrante, que parecía digno de crédito. Pero fueron m u y
pocos entre los frigios los que se dejaron engañar" ( 1 5 9 ).

LA PROFECÍA MONTAÑISTA Ante la resistencia, los nuevos profetas se


agigantan: "El espíritu del orgullo enseña a
blasfemar de la Iglesia; porque el espíritu seudoprof ético no encuentra
en ella ni honor, n i cabida" ( 1 6 0 ). Pretendían ser los profetas prometidos
por Jesús y que el que hablaba por su boca era el mismo Dios:

Oráculo I: "Yo soy el Señor todopoderoso, que reside en el hombre."


O/II: "No soy un ángel ni un enviado. Yo soy el Señor Dios Padre que he venido."
O/IU: "Yo soy el que es el Padre, el Hijo y el Paráclito."
Maximila, oráculo XII: "He sido perseguido como UJI lobo que se quiere alejar de las
oyejas; no soy lobo, soy palabra, espíritu y poder."
O/XIH: "No me escucháis a mí, escucháis a Cristo."

Todo esto podrá entenderse según su teoría de la inspiración; pero Mon-


tano va más lejos ( 1 6 1 ): en el discurso de la Cena, Jesús había prometido
el Paráclito y he aquí que sus profecías se realizan; Montano es el Paráclito
y la nueva revelación sobrepasará a las anteriores, aun a la misma de Cristo
y de los apóstoles ( 1 6 2 ).

(158) SAN JERÓNIMO (Epist. XLI, iv) dice que era un eunuco. Sobre esta carta,
cf. Sources, pp. XCV, s. En la Dialexis, que P. DE LABRIOLLE (ibíd-, p. CVI) atribuye a
Dídimo, Montano aparece como sacerdote de Apolo. P. DE LABRIOLLE no interpreta
esta expresión al pie de la letra: "creo que el nombre de Apolo no está como deter-
minación precisa, histórica, sino como designación general de paganismo". Piensa
que Montano habría sido sacerdote de Cibeles (Histoire du montanisme, p. 20). Lo
mismo opina GRAILLOT, op. cit., p. 404. Los sacerdotes de Cibeles eran llamados 7<xXXoí,
por pertenecer a la población celta que, en el siglo n i a. C, había pasado de las orillas
del Danubio al Asia Menor.
(i»») Hisí. Eccl., V, xvi, 9.
(160) /¿¡'d.; 12: "éstos son, dicen, los que el Señor había prometido enviar a su
pueblo". Cf. Les sources, p. 73; cf. Mt. 23, 34: "He aquí que envío profetas."
(161) Oráculo V de Montano: "he aquí que el hombre es una lira y yo paso por
él como un plectro. El hombre duerme, pero yo velo- He aquí que Dios, que arroja
fuera de sí el corazón de los hombres, puede dar a los hombres un corazón nuevo".
GRAILIJOT (op. cit, p. 404): "así es como los Attis se identificaban con su dios".
(162) jjist_ Eccl, V, xiv: "Tenían el descaro de pretender que Montano era el
Paráclito y las mujeres que le acompañaban, las profetisas del Paráclito". HIPÓLITO,
Philos., VIII, xix: "Pretenden que el Espíritu Paráclito ha venido sobre ellas (Maxi-
mila y Priscila) y tienen como superior a ellas y también como profeta a cierto
Montano... declaran que no han recibido de ellos más que la ley, los profetas y
los evangelios. Reverencian a estas mujerzuelas y4 las tienen en más que los apóstoles
o que a cualquier otro carisma; hasta tal punto, que algunos llegan a decir que
hay en ellas algo más que en Cristo"; SEUDO-TERT., vil: "Todos repiten esta blasfemia:
que los apóstoles tenían el Espíritu Santo; pero no el Paráclito; y que el Paráclito
ha dicho por Montano más que Cristo en el evangelio; no sólo más, sino mejor y
más excelente". DÍDIMO, De Trinitate, III, XLI, 2: "como el apóstol ha escrito
.. .cuando llegue lo que es la perfección, entonces será evacuado lo imperfecto; dicen
que al venir Montano, trajo la perfección del Paráclito".
36 HISTORIA DE LA IGLESIA

LA PROPAGANDA Al mismo tiempo que se exaltaban en sus pretensiones,


MONTAÑISTA se iba constituyendo la secta. Sus fieles, ricos y pobres,
no dejaban de aportar su contribución. Se fundó u n a
caja que administraba cierto Teódotu y m u y pronto agentes escogidos y paga-
dos por Montano fueron enviados por todo el mundo. Se citan entre ellos:
"Alcibíades, obrero de primera hora; Themison, compañero de M a x i m i l a ;
Alejandro, el mismo sobre el cual pesaron duramente los ataques de los orto-
doxos; más tarde Milcíades, que tuvo u n empleo importante y de cuyo nombre
tomó el suyo la secta algunas veces" ( 1 8 S ). Esta propaganda se mantenía por
medio de escritos que se repartían profusamente, y de los cuales nos ha llegado
algún eco y alguna muestra: u n a colección de oráculos, salmos, la respuesta
al escrito de Milcíades ( 1 6 4 ), la carta "católica" de Themison y quizá ciertas
cartas a las iglesias de Roma y de Lyón ( 1 6 B ). Los católicos, en sus polé-
micas, les reprochaban sus pretensiones orgullosas, su venalidad y su vida
m u n d a n a ( 1 6 6 ).
Merced a este vigoroso impulso, el montañismo se extendió rápidamente:
aparece en Frigia en 172; desde 177 las iglesias de Lyón y Roma sufren
sus embates, contra los que reaccionan vivamente. En 179, al parecer, murió
Maximila y con ella las profecías; pero le bastaron siete años para invadir
el Asia: "No eran solamente las pequeñas localidades de la Frigia (Arda-
bau, Pepuza, Tymion, Comana, Otrous) las que le seguían; también ciu-
dades como Apamea, Hierápolis y Hierópolis estaban amenazadas. Y la
inquietud del peligro alcanzó hasta Siria, por el Sur; Galacia, al este, y
Lidia, al oeste; y atravesando la Propóntide, llegó a Tracia. No se amortiguó
su virulencia con los años, pues veinte después de la primera efervescencia
a u n estaba Ancira en plena crisis. Ciudades enteras, como Tiatira, se pasaban
a los novadores, y m u y pronto fué común hablar de iglesias de los profetas:
es decir, de comunidades totalmente ganadas por la profecía" ( 1 6 7 ).

RESISTENCIA DE LA Comprendieron los obispos el peligro. Podrían haber


IGLESIA EN ORIENTE sido tolerantes frente a u n ascetismo riguroso, que
se hubiera contentado con predicar los ayunos y
abstinencias, proscribir las segundas nupcias, exhortar a la castidad ( 1 6 8 ),
y a u n también con u n milenarismo como el de Justino e Ireneo, que, daba
lugar a u n a interpretación menos literal de las profecías del Apocalipsis ( l e 9 ) ;
pero no podían consentir u n mensaje que, so capa de profético, pretendía

(163) p. D E L A B M O I X E , op. CÍt; p. 27.


(164) Hay dos Milcíades empeñados en esta polémica; el uno montañista y el
otro antimontanista. Cf. P. DE LABRIOLLE, op. cit., p. 33.
(165) Sobre estos escritos, cf. DE LABRIOLLE, op. cit, p. 145, n. 2, y los otros luga-
res de su libro a que remite.
(166) Hist. Eccl., V, XVIII, 11, en él se cita a Apolonio.
(167) p. DE LABRIOLLE, op. cit., p. 146.
(168) Manifiéstase, por ejemplo, este rigorismo en la correspondencia de Pynitos,
obispo de Cnosos de Creta, con Dionisio de Corinto (Hist. Eccl., II, xxm, 7-8): Pynitos
fué exhortado por Dionisio "a no imponer a los hermanos la onerosa carga de la
castidad, y por lo demás a tener en cuenta la debilidad de la mayoría"; responde
Pynitos que "recibe admirado las palabras de Dionisio, pero le exhorta a dar final-
mente a su pueblo una alimentación más sólida por medio de escritos más perfectos,
por temor de que ese mismo pueblo, constantemente alimentado de leche, no caiga de
modo insensible en la infancia". Eusebio ingenuamente añade: "Puede verse en esta
respuesta la fe ortodoxa de Pynitos, el celo que guardaba hacia las necesidades de sus
ovejas y su comprensión de las cosas divinas". Cf. P. DE LABRIOLLE, op. cit, p. 149.
(169) Acerca de este milenarismo, cf. infra, pp. 54-55.
CRISIS GNOSTICA Y MONTAÑISMO 37

superar al Evangelio y rechazar la jerarquía. Convocáronse los sínodos, los


primeros que la historia menciona, y quedó condenada la herejía ( 1 7 0 ).
Eficaces fueron estas determinaciones: el consenso general consideró ex-
comulgados a los montañistas, y n i siquiera la persecución fué capaz de
quebrar esta severa consigna ( m ) . Merced a u n a estrecha unión, lograron los
obispos de Asia detener el contagio y alejar de la Iglesia a los secuaces de la
nueva profecía; desde fines del siglo segundo la batalla había sido ganada ( 1 7 2 ).

EN OCCIDENTE Menos importante fué el peligro en Occidente, y allí


también fué pronto conjurado. Consultados q u e fueron
en 177 los confesores de Lyón, dieron su parecer acerca del montañismo
y lo hicieron llegar a Roma. Y aunque se mostraron moderados y deseosos
de la paz de la Iglesia, quisieron sin embargo prevenir a los fieles frente a la
nueva profecía ( 1 7 3 ) ; San Ireneo, que fuera entonces portador del mensaje,
permanecerá siempre en t a l actitud ( m ) . El papa Ceferino condenó en Roma,
hacia el 200, al montañismo ( 1 7 5 ). E n Cartago, haría la secta u n a valiosa
adquisición con Tertuliano, si bien de n a t u r a l independiente: luego de
separarse de la Iglesia, verémosle alejarse de los montañistas para fundar
un reducido grupo de tertulianistas.
En el caso de los valentinianos y marcionitas ya hemos podido com-
probar semejantes secesiones. Volvemos a encontrarlas no sólo en Cartago,
sino también en el Oriente entre los corifeos de la nueva profecía: los
"secuaces de Proclo" opónense a los "secuaces de Eschino"; aquéllos caen
en los errores comunes a todos los montañistas; éstos identifican a l Hijo
con el Padre ( 1 7 8 ). M u y pronto Manes revivirá las pretensiones de Mon-
tano, diciéndose instrumento del Paráclito; pero lo que en Frigia sólo
había sido u n brote de entusiasmo convertiráse en Persia en u n a herejía
dualista que amenazará de forma harto peligrosa a la misma Iglesia.
(170) Hist. Eccl-, V, xvi, 10. Nárrase con bastante preciosismo la historia de estos
sínodos en el Lybellus synodicus de Pappus, citado por HEPELE-LECLERCQ, Histoire
des Conciles, t. I, p. 128; mas este documento del siglo ix no encierra autoridad;
cf. P. DE LABRIOLLE, op. cit., p. 30. Más importante es la carta de Serapión de An-
tioquía (190-211), de la cual Eusebio (Hist. Eccl., V, xix) transcribe algunos fragmen-
tos. Cf. P. DE LABRIOLLE, op. cit., pp. 152-155.
(171) El ANÓNIMO ANTIMONTANISTA escribe (Hist. Eccl., V, xvi, 22): "Cuando los
fieles de la Iglesia llamados al martirio por la verdadera fe se encuentran con márti-
res partidarios de la herejía de Frigia, apártanse de éstos y llegan hasta el fin sin
admitir ninguna relación con ellos, para no dar su asentimiento al espíritu de Mon-
tano y de las mujeres. Notorio es el hecho; y aun se dio en nuestros días en Apamea
sobre el Meandro, entre los que dieron su testimonio con Cayo y Alejandro de Eumenia".
(172) cf p DE LABRIOLLE, op. cit., p. 203.
(173) EUSEBIO, Hist. Eccl., V, ni, 4, no nos ha transmitido el texto de esta consulta,
mas nos dice que era "piadosa y muy ortodoxa"; acerca de este juicio cf. P. DE
LABRIOLLE, op. cit., p. 219 y ss. Las Actas de los mártires de Lyón expresan una
piedad ardiente, un gran respeto por las visiones y comunicaciones celestiales, pero
nada de esto significa montañismo. Por lo que se refiere a Alcibíades, ayunaba a pan
y agua; ¿era para él una práctica montañista? Nada lo prueba. Lo que hay de cierto
es que abandona el ayuno a instancias de Attalo que ha sido iluminado por una
visión. Cf. ibíd., pp. 220-230.
(17*) Cf. ibíd., pp. 230-242.
(175) Harto difíciles de interpretar son las indicaciones que suministra Tertuliano;
LABRIOLLE (op. cit., p. 275) concluye en punto a esto: "Conviene fechar las intrigas
de Práxeas entre el 198 y los primeros años del siglo ni, y es menester afirmar
que fueron tramadas en torno a Ceferino".
(176) SEUDO TERTULIANO, VII, y P. DE LABRIOLLE, Les sources, p. 51, e Histoire du
montanisme, p. 275, n. 2; BARDY, Didyme l'Aveugle, p. 237 y ss.
CAPITULO II

LA REACCIÓN CATÓLICA

§ 1 . — S a n I r e n e o (*)

LA LUCHA CONTRA Mediado ya el siglo segundo, toda la Iglesia sufrió


LA HEREJÍA una fermentación hervorosa: la gnosis, que hasta
entonces no había podido atrapar sino alguna oveja
descarriada, amenazaba ahora al rebaño entero. Muchas inteligencias atrevi-
das e inquietas se dejaron arrastrar a especulaciones temerarias, oponiendo y
prefiriendo tradiciones esotéricas a la enseñanza común de la Iglesia. Les
pareció demasiado tímida la moral predicada por los apóstoles y los obispos y
pretendieron sobrepasarla, para alcanzar una moral de selectos. Los discípulos
de Marción rechazaron el Antiguo Testamento, con sus profetas y su Dios,
adorando a ese Dios extraño que se reveló de súbito en u n Cristo, jamás
conocido por la Iglesia. Y para mayor complejidad, llegó de Frigia el eco
de u n a profecía que predicaba u n evangelio espiritual más divino que el
de Jesús.
Ante el peligro la Iglesia se apiña en torno a sus jefes y por su intermedio
se u n e estrechamente con los apóstoles, con Cristo, con Dios. La reacción
católica se manifestó pronta y enérgica en todos los órdenes: en la disci-
plina eclesiástica, en la teología, en la liturgia y en el culto. Luego entra-
remos en la descripción de este movimiento poderoso; pero antes hemos
de hablar de la obra personal del gran obispo, que en los días graves de
la tempestad tomó a su cargo, más que otro alguno, el combatir la herejía.

IRENEO EN LYON Lyón, año 177. La figura de Ireneo aparece en los


días terribles de la persecución. La iglesia lyonesa,
todavía poco numerosa, fué terriblemente diezmada: el obispo San Potino,

i1) BIBLIOGRAFÍA. — Obras: Adversus haereses, ed. MASSUET, París, 1710, reproducida
en P. G., VII; ed. N. W. HARVEY, Cambridge, 1857. La traducción armenia de los libros
IV y V ha sido publicada por ERWAND TER-MINASSIANTZ en los Texte und Untersuchun-
gen, t. XXXV, 2, Leipzig, 1910. Demostración de la verdad apostólica, publicada por
primera vez en traducción armenia por KARAPET TER-MEKERTTSCHIAN en los Texte
und Untersuchungen, t. XXXI, 2, Leipzig, 1907 y nuevamente en Patrología Orientalis,
XII, 5, pp. 659-731, seguida por una traducción francesa de P. BARTHOULOT (pp. 747-
802); esta traducción había aparecido primeramente en Recherches de Science reli-
gieuse, t. VI, 1916, pp. 361-432. Una traducción latina ha sido publicada por S. WEBER,
Friburgo, 1917, y una traducción inglesa por J. A. ROBINSON, Londres, 1920; la tra-
ducción holandesa es de H. U. MEYBOONI, Leyden, 1920; la italiana pertenece a U. FAL-
DATI, Roma, 1923.
Estudios principales: MASSUET, Prolegómeno, en P. G., VII, 173-382; FREPPEL, Saint
Irénée, París, 1861; A. DUFOUROQ, Saint Irénée, París, 1904; F. VERNET, art. Irénée,
en Dict. de Théologie Catholique, VII, 2 (1923), col. 2394-2533; LEBRETON, Histoire du
dogme de la Trinité, t. II, pp. 517-617; E. BONAIUTTI, Saggi sul cristianesimo primitivo,
Citta di Castello, 1923, p. 79, s.
38
LA R E A C C I Ó N CATÓLICA 39

de noventa años, murió en la prisión, víctima de los malos tratos; más de


cuarenta cristianos padecieron el martirio, y los que cayeron parecían ser
el apoyo insustituible de las comunidades galas ( 2 ).

EMBAJADA A ROMA Aquellos mártires, trabajados por la impresión de la


muerte próxima, no olvidaron los intereses de la Igle-
sia universal. Preocupados por la turbación que estaba causando la profecía
de Montano, escribieron a los hermanos de Asia y Frigia y a Eleuterio,
obispo de Roma: "Querían ser —dicen—• embajadores de paz en las igle-
sias" (Hist. Eccl. V, n i , 4 ) . Ireneo fué su representante ante el papa Eleu-
terio. Sus credenciales eran éstas:
"Hemos confiado las cartas, para que te las entregue, a nuestro hermano y compa-
ñero de padecimientos Ireneo, al cual te suplicamos que dispenses buena acogida, como
a celador del testamento de Cristo. Si creyésemos que el rango jerárquico es garantía
de justicia, te lo presentaríamos como sacerdote de la Iglesia, puesto que lo es" (Hist.
Eccl. V, iv, 2).
Embajada de paz es la misión de Ireneo y n i n g u n a otra le cuadraba
mejor; pues toda su vida fué el pacificador que mantiene o restablece la
paz entre las iglesias.

SU JUVENTUD Su formación le había preparado ya para este oficio. Hacia


el año 190, escribiendo a u n amigo de la infancia, Florino,
caído en la herejía, Ireneo apelaba así a los recuerdos de su juventud:
"Yo te he visto aún niño en el Asia inferior junto a Policarpo; brillabas en la corte
imperial y buscabas ser estimado de él. Recuerdo mucho mejor aquellos tiempos
que, sucesos recientes; porque lo que aprendí en la primera edad ha crecido con mi alma
y se ha hecho una cosa con ella. Puedo, pues, decir dónde se sentaba el bienaventurado
Policarpo para hablar, cuál era su porte, el modo de su vida, su aspecto exterior, cómo
hablaba con el pueblo, cómo refería sus relaciones con San Juan y los otros discípulos
que hablan conocido al Señor; cómo evocaba lo que había oído contar a propósito del
Señor, de sus milagros y de su doctrina, y cómo Policarpo había recibido todo esto de
los testigos oculares del Verbo de Vida y lo refería en absoluta conformidad con las
Escrituras. Todo esto, por la misericordia de Dios, lo escuché entonces con sumo cui-
dado y lo guardo en mi memoria; no en papel, sino en mi corazón. Por la gracia de
Dios continuamente lo rumio con cariño, y puedo atestiguar delante de Dios que si
aquel presbítero bienaventurado y apostólico hubiese oído cosas parecidas a éstas se
hubiera tapado los oídos, y bien estuviera de s pie, bien sentado, habría abandonado el
lugar en que tales discursos se. profirieran" ( ).

Este precioso texto nos da a conocer la juventud de Ireneo ( 4 ) y nos


revela no solamente este cuadro de su primera edad, sino sobre todo su carác-
ter moral y religioso: Ireneo será siempre, y ante todo, el testigo de la
tradición.
Esta tradición, que en Esmirna recogió de Policarpo y de los otros pres-
bíteros, Ireneo volvió a encontrarla en Roma. No nos ha contado él su
(2) Es la expresión de los confesores de Lyón (Hist. Eccl., V, i, 13).
(3) Hist. Eccl, V, xx, 5-7.
(4) Esto nos permite fijar con aproximación la fecha de su nacimiento; el martirio
de San Policarpo ha sido fijado en el 155; luego el nacimiento de San Ireneo no debe
fijarse en fecha posterior al 140. HARNACK (Chronologie, p. 333) concluye la discusión
de esta fecha en estos términos: "Ireneo nació poco antes del 142, puede ser que entre
el 135 y el 142. No se puede ir más allá del 130, fecha que es ya muy inverosímil".
ZAHN (Realencyclopadie für protest. Theologie, art. Irenaus, pp. 408-409) discute lar-
gamente esta fecha y la lleva más lejos, hacia el 115.
40 H I S T O R I A DE LA IGLESIA

estancia en esta Iglesia, pero muchos rasgos nos lo dan a entender: el re-
cuerdo que guardó de San Justino, el conocimiento que tiene de la iglesia
romana y de sus tradiciones ( 5 ). Fué en Roma con toda seguridad donde
se documentó sobre la herejía gnóstica, pues es m u y poco probable que
haya podido encontrar en Lyón datos t a n precisos y abundantes; probable-
mente en Roma también fué donde se familiarizó con la tradición pascual
que adoptó, pese a que era distinta de la de su iglesia de Esmirna ( 6 ).

SUS LIBROS Al enviarlo con una comisión a Eleuterio, los confesores lyo-
neses lo sustrajeron a la persecución y lo reservaron para u n
ministerio glorioso. En otro capítulo hablaremos del gobierno de la Iglesia
de Lyón por Ireneo y de su actividad misionera en la Galia ( 7 ) ; pero aunque
ahora no lo hagamos expresamente, siempre la misión pastoral del gran
obispo permanece inseparablemente unida a su obra teológica. Por estas
fechas Clemente enseña en Alejandría y prepara, para sus conferencias, los
Stromates, que m u y pronto publicará reunidos en u n libro. Lyón no es
Alejandría y el obispo misionero no tiene vagar y tiempo, como el gran
profesor. Escribe en el prólogo de su libro: "No busques en quienes vivimos
entre los Celtas y nos servimos con frecuencia de su lenguaje bárbaro en
el ministerio pastoral, ni el arte de la palabra, que no hemos aprendido; n i
la fuerza del estilo, n i ese arte de deleitar, que ignoramos" (Adversus hce-
reses, prsef., 3). Más adelante, al hablar de la fe de la Iglesia, se complace
en invocar el testimonio de aquellas cristiandades bárbaras, de los Iberos
y de los Celtas, del Oriente y del Egipto y de la Libia (ibíd. I, x, 2 ) ; no
tienen papel n i tinta, pero el espíritu ha grabado en su corazón el mensaje
de salvación (ibíd. III, iv, 2 ) .
La estructura de los libros de Ireneo llevará el sello del ambiente en
que se escribieron y de los trabajos urgentes que en más de u n a ocasión
interrumpieron al escritor; pero, al mismo tiempo, sentiremos el esfuerzo
del misionero que defiende enérgicamente, frente a la herejía, la fe de sus
neófitos, que él conquistó para Cristo y que ahora quieren arrebatarle.
Ireneo escribió mucho ( 8 ), pero sólo dos obras h a n llegado hasta nosotros:
Demostración y refutación de la falsa gnosis y Demostración de la predi-
cación apostólica. El primero, que se denomina generalmente con el título
de la traducción latina Adversus haereses, es el más importante; consta de
cinco libros, que n o se escribieron de u n a vez arreo y según u n plan preconce-

( 5 ) Puede añadirse a ellos la relación del martirio de San Policarpo, tal como se lee
en el manuscrito de Moscú (LIGHTPOOT, Apostolic Fathers, t. II, 2, p. 985; LELONG, S.
Ignace, p. 159), sobre su valor histórico, cf. ZAHN, op. cií., p. 409.
(6) Cf. HOLMES, A History of Christian Church in Gaul, pp. 46-47: "Ireneo ¿fué en-
viado a Lyón por San Policarpo?... Ireneo no estaba en Esmirna, sino en Roma cuando
el martirio de San Policarpo. Además no siguió a Policarpo en la costumbre pascual,
sino que siguió la regla adoptada por Aniceto y no nos dice una sola palabra que
indique su misión en Lyón como dependiente de Policarpo; no tenemos prueba alguna
segura de que las iglesias del Asia Menor la hayan intentado en la Galia... Nada
sabemos de Potino. Venía probablemente de Roma, lo mismo que Ireneo; pues el hecho
de llevar nombre griego no quiere decir que provenga del Asia Menor... El hecho
de acudir los cristianos de Lyón a Eleuterio y de que Ireneo, obispo de. Lyón, mire
la subsistencia de la tradición ortodoxa en la Iglesia, en dependencia estrecha con la
continuidad del episcopado romano, hace pensar que la misión de Lyón venía en última
instancia de Roma, si no era emanación directa suya.
(7) Cf. infra, p. 113.
( 8 ) VERNET, op. cit., cois. 2400-2410.
LA REACCIÓN CATÓLICA 41

b i d o y m e d i t a d o ( 9 ) . I r e n e o , v o l v e r e m o s a r e c o r d a r l o , n o es u n t e ó l o g o a p a -
sionado de la especulación, q u e lega a la posteridad u n a exposición y refu-
t a c i ó n d e l a g n o s i s , s i n o u n obispo q u e s i e n t e e n t o r n o s u y o l a s a l m a s t u r -
badas por u n a p r o p a g a n d a perniciosa, que quiere d e n u n c i a r y rebatir.

FINALIDAD E l p r i m e r esfuerzo d e I r e n e o se d i r i g e a d e s e n m a s c a r a r l a
g n o s i s , e x p o n i e n d o s u s s i s t e m a s a l a l u z d e l d í a . A s í se ex-
presa a l f i n a l d e l p r i m e r l i b r o :

"Para vencerlos, basta revelar sus sistemas. H e aquí por qué nos hemos esforzado en
sacar a la luz del día esta bestezuela malvada y astuta, para que la conozcan todos.
Pocos discursos serán necesarios para impugnar esta doctrina, cuando todos la conozcan.
Cuando una fiera se oculta en una selva y, protegida por ella ataca y hace estragos,
el que se dedica a aclarar la selva y dejar la fiera al descubierto facilita grandemente
la labor de los que la persiguen para cazarla.. . También nosotros, al publicar sus
secretos y sus ocultos misterios, ahorramos el trabajo de grandes discursos, para des-
truir sus m a l d a d e s . . . Refutaremos su doctrina en el próximo libro; no basta desen-
mascararlos, es preciso acorralar a la fiera, acosándola por todas partes" (I, xxxi, 4) ( 1 0 ) .

F r u c t i f i c ó el esfuerzo, y el é x i t o d e I r e n e o se p o n e d e m a n i f i e s t o e n l a s
n u m e r o s a s c i t a s d e su o b r a ; p u e s son t a n t a s l a s d e l l i b r o p r i m e r o , q u e h a n
b a s t a d o p a r a r e c o n s t r u i r l o casi í n t e g r a m e n t e c o n sólo y u x t a p o n e r l a s . H o y ,
p a r a nosotros, es el m á s i n t e r e s a n t e d e los c i n c o ; a u n q u e , m á s q u e el a l m a d e
S a n I r e n e o , se r e f l e j a n e n él l a s i n t e n c i o n e s d e s u s a d v e r s a r i o s , y e n t r e
éstos, m á s l a s d e los d i s c í p u l o s q u e l a s d e los m a e s t r o s . P r e c i s o es r e m o n -
tarse m á s a r r i b a si q u e r e m o s c o n o c e r l a s f u e n t e s d e l a gnosis. E l o b i s p o d e
L y ó n n o escribe p o r a f i c i ó n l i t e r a r i a , s i n o p o r l a s a l u d d e los fieles. H e c h a

( 9 ) Los dos primeros libros forman un conjunto apologético y precedieron a todos


los demás; el primero expone y el segundo refuta los sistemas gnósticos. El tercero
contiene las grandes tesis teológicas, sobre las que descansa todo el edificio: Escritura
y Tradición. En el cuarto, Ireneo se dedica a demostrar contra Marción la unidad del
plan divino en la historia de la revelación y de la salvación. El quinto trata de los
novísimos y, en particular, de la resurrección; demuestra que la carne no es u n prin-
cipio esencialmente malo, como pretendían los gnósticos, sino que es capaz de reden-
ción y de salvación. La fecha del libro tercero queda determinada con alguna apro-
ximación, al mencionar (III, m , 3) el pontificado de Eleuterio (175 a 189). El libro
segundo parece aludir a u n estado de persecución, que se comprende mejor en tiempos
de Marco Aurelio que en los de Cómodo; así como el libro cuarto (xxx, 1) se adapta
mejor a los tiempos de Cómodo; en que los cristianos gozaban de favor en el palacio
imperial, cuando la benevolencia de Marcia dio a los cristianos acceso al emperador.
La obra en su conjunto, podrá datarse en torno al año 180. Del texto griego ori-
ginal no poseemos más que fragmentos, conservados en citas de escritores posteriores,
sobre todo de Hipólito, Eusebio y Epifanio. Las citas del libro primero son m u y nu-
merosas y mucho más raras las de los otros libros; pero en ellas se encierran los
textos más import ntes. La traducción latina, que ha llegado hasta nosotros, es m u y
fiel y muy antigua por lo menos anterior a San Agustín, que la cita. Para algunos
críticos ha sido compuesta en el siglo iv; pero otros creen que en tiempos de San Ireneo
y en Lyón. Los libros IV y V los conocemos también en una traducción armenia, m u y
útil como instrumento de comprobación.
( 10 ) Este pasaje se completa con las explicaciones del prólogo: "Hemos juzgado nece-
sario adentrarnos en los escritos de los discípulos de Valentín, relacionarnos con algunos
de ellos y familiarizarnos con su doctrina, para poder revelaros esos misterios prodi-
giosos y profundos, que no todos pueden comprender; pues hay en el mundo pocos cere-
bros bastante capaces para ello. Esforzaos por comprenderlos, a fin de comunicarlos
a quienes viven con vosotros". Es también importante sobre este punto el prólogo del
libro cuarto, 2: "Nuestros predecesores, superiores a nosotros, no pudieron refutar
con éxito a los discípulos de Valentín; porque ignoraban su doctrina, que con gran
cuidado expusimos en el libro p r i m e r o . . . "
42 HISTORIA DE LA "IGLESIA

esta salvedad, no podemos menos de admirar el esfuerzo que supone la


exposición de este conjunto de sistemas heréticos, mucho más detallada que
otra alguna de su época.

EL PELIGRO GNÓSTICO Como ya dijimos, Ireneo debió reunir la mayor


parte de su documentación durante su estancia
en Roma; pero siente ya en torno suyo el peligro del contagio gnóstico que
amenazaba a aquellas cristiandades nuevas.
Después de describir los sortilegios del gnóstico Marco, escribe Ireneo:
"Los que hablan y obran así, han engañado ya, en nuestras mismas tierras del Ró-
dano, a muchas mujeres, que tienen la conciencia cauterizada; las unas hicieron peni-
tencia pública; otras se avergonzaron de hacerla y, encerrándose en su silencio, han
desesperado gradualmente de alcanzar la vida divina; algunas lo han dejado todo, otras
vacilan, y como dice el proverbio, no están ni dentro ni fuera. Ese. es el fruto que han
recogido de la siembra de los hijos de la gnosis" (I, xm, 7).

Siendo el contagio tan peligroso y tan próximo, no puede extrañarnos


que el obispo que lo combatía no sienta por aquellas doctrinas la misma
tolerante y desapasionada curiosidad de u n erudito del siglo xx. Con todo
el amor que tiene a su Dios y a sus fieles, con todo él detesta la herejía.
A veces su ironía es cáustica (I, iv, 4 ) , pero generalmente le domina la indig-
nación. Después de haber transcrito las fantasías de los discípulos de Marcos
sobre las letras del alfabeto y su significación misteriosa, escribe:
"Leyendo esto, amigo mío, seguramente que no podrás menos que reírte de esta
locura, que se estima sabiduría; pero en verdad es digno de llanto pensar que la san-
tidad de la verdad, que la potencia inefable, que las economías de Dios son torturadas
así y explicadas por el alfa y la beta y por los números" (I, xvi, 3).

Reprende y moteja sobre todo la inmoralidad de los herejes:


. . . "Hay muchos que se dan sin freno a los placeres de. la carne, alegando que hay
que dar a la carne lo que es de la carne y al espíritu lo que es del espíritu. Otros
corrompen en secreto a las mujeres, a quienes adoctrinan, y muchas de éstas, que han
sido engañadas y que luego se convirtieron a la Iglesia, han confesado tales faltas y
otros muchos errores. Algunos, arrojando todo pudor, hacen gala de sus vicios y se
unen a las queridas, que han arrebatado a sus propios maridos; otros, pese a las apa-
riencias de recato y vigilancia, y simulando vivir con esas mujeres como hermanos, se
traicionan a sí mismos, cuando la hermana queda encinta por arte y gracia del her-
mano" (I, vi, 3).

Para autorizar estas costumbres licenciosas, algunos gnósticos se esfuer-


zan por destruir los fundamentos de la moral. Así, los discípulos de Carpó-
crates enseñan que el m a l y el bien sólo difieren en la opinión de los hom-
bres y que es preciso experimentarlo todo en este m u n d o ; de lo contrario,
seremos condenados a tomar u n nuevo cuerpo en u n a nueva existencia
(I, xxv, 4 ) . Los cainitas, por u n sadismo incomprensible, toman por patronos
suyos a los peores criminales de la Biblia: Caín, Esaú, Coré, los sodomitas;
pero sobre todo a J u d a s . . . ¡Hasta fantasearon el evangelio de Judas! (xxxi, 2 ) .

LA FE DE LA IGLESIA A todas estas insanias opone Ireneo con persua-


siva serenidad la fe de la Iglesia:
"La Iglesia, extendida por todo el mundo hasta los confines de la tierra, ha recibido
de los apóstoles y de los discípulos la fe en un solo Dios, Padre omnipotente, que hizo
la tierra y los mares y cuanto hay en ellos; y en un solo Cristo Jesús, hijo de Dios,
LA REACCIÓN CATÓLICA 43

que se encarnó por nuestra salvación; y en un Espíritu Santo, que, por medio de los
profetas, anunció las economías y los aconteceres, el nacimiento virginal, la pasión
y la resurrección de los muertos y la ascensión corporal a los cielos del amado Cristo
Jesús, nuestro Señor y su parusía; cuando bajando de los cielos, aparecerá a la diestra
de Dios Padre, para restaurar y resucitar toda carne, a fin de que ante Cristo Jesús,
Señor nuestro, Dios Salvador y Rey, según el beneplácito del Padre invisible, se doble
toda rodilla en el cielo, en la tierra y en los infiernos y toda lengua le confiese; y
haya para todos un juicio justo, en que se fulminará la sentencia de fuego eterno
contra los malos espíritus, contra los ángeles prevaricadores, contra los apóstatas y con-
tra los hombres impíos, injustos, insubordinados y blasfemos; y se dará la vida impe-
recedera, la gloria eterna a los justos, a los santos, a los que guardaron los manda-
mientos, a los que han permanecido en su amor, bien desde su infancia, bien desde su
conversión" (I, x, 1).

De cuanto nosotros conocemos, este texto es el escrito teológico más anti-


guo, en el que aparece esta forma de argumentación "canónica": se apela al
símbolo, que se transcribe seguidamente como regla de fe, para juzgar y
condenar la herejía. A lo largo de treinta o cuarenta años se multiplican
los conflictos doctrinales y pululan las herejías; la Iglesia, frente a tanta
multiplicidad de errores, afirma y proclama la unidad de su fe:
"Esta es la predicación que ha recibido la Iglesia; ésta es su fe, la que hemos
expuesto; y aunque la Iglesia esté extendida por el mundo entero, la guarda cuidadosa-
mente, como si habitase una sola casa; y cree una sola fe, como si sólo tuviese un
alma y un corazón; y en tan perfecta consonancia la predica, la transmite y la enseña,
que parece no tener más que una sola boca. Las lenguas son, sin duda, muchas y muy
distintas en el mundo; pero la fuerza de la tradición es una e idéntica. Las iglesias
fundadas entre los germanos no tienen otra fe ni otra tradición; como tampoco las
de los iberos, celtas, gentes del Oriente, de Egipto, de Libia y del centro del mundo.
Así como el sol, esta criatura de Dios, es en todo el mundo uno e idéntico; así es tam-
bién la predicación de la verdad, que brilla en todas partes e ilumina a todo hombre
que quiere llegar a conocerla. Ni el más elocuente de los jefes de la Iglesia enrique-
cerá su contenido doctrinal —nadie está sobre el Maestro— ni el más premioso de
palabra le causará mengua. A la fe una e idéntica ni la enriquece el que habla mucho
sobre ella, ni la empobrece el que puede decir muy poco" (ibíd., 2).

Así la unidad de doctrina en la fe brilla, no sólo al comparar los pueblos


tan distintos convertidos al cristianismo, sino mucho más al comparar sabios
e ignorantes. La gnosis pretendía ser religión de los selectos; el cristianismo
es la religiór* de la h u m a n i d a d entera. Aunque infinitamente distantes de
Dios, a todos los hombres, sean quienes fueren, una misma revelación les
llama a la misma fe. Ello no obsta a la existencia de la teología en esta
religión. El mismo Ireneo afirma:
"La mayor o menor inteligencia de un hombre no se manifiesta ni brilla, por forjar
la hipótesis de un dios diferente del que es el Demiurgo, creador y conservador del
universo, como si El no nos bastase; o de otro Cristo u otro Unigénito; sino en el estu-
dio de lo que se ha dicho en parábolas, para la inteligencia de. la fe; y en la exposición
de la acción y de la economía de Dios, que ha tenido por objeto la humanidad: hacer ver
cuan magnánimo se mostró Dios en la apostasía de los ángeles rebeldes y en la
desobediencia del hombre; explicar cómo un solo y mismo Dios hizo lo temporal y lo
eterno, el cielo y la tierra; por qué este Dios invisible quiso dejarse ver de los profetas
y no bajo una misma forma, sino bajo formas muy distintas; por qué la humanidad ha
recibido más de un testamento y cuáles son las características de cada uno de ellos;
comprender con gratitud por qué el Verbo de Dios se hizo carne y padeció; por qué
vino el Hijo de Dios en los tiempos novísimos, es decir: por qué el que es el principio
apareció en el fin; aclarar cuanto contienen las Escrituras acerca del fin y de las cosas
futuras; explicar por qué las naciones condenadas han sido hechas por Dios coherede-
ras, miembros del cuerpo y de la comunión de los santos; exponer cómo esta carne
mortal se revestirá de inmortalidad, lo corruptible de incorruptibilidad y cómo podrá
44 HISTORIA DE LA IGLESIA

decirse: el que no era pueblo, ha sido hecho pueblo; la que no era amada, ha llegado
a ser querida y la abandonada ha llegado a tener más hijos que la que tenia marido.
Por estos misterios y otros semejantes, escribía el Apóstol: ¡oh profundidad de la riqueza
y sabiduría de Dios, qué inescrutables son tus juicios y qué ocultos tus caminos!"
(I, x, 3).

APARICIÓN DE LA TEOLOGÍA Este párrafo que acabamos de citar es m u y


interesante, pues nos da a conocer el primer
esfuerzo de u n gran doctor por distinguir la especulación teológica de la fe.
En los pasajes que le preceden inmediatamente y que tradujimos más arriba,
Ireneo opone vigorosamente a las múltiples fantasías de la gnosis la unidad
de la fe cristiana. ¿Habrá, pues, que prohibir a los cristianos toda especu-
lación sobre su fe? Imponerles esta violencia injusta, ¿no es empujarlos hacia
la gnosis? El peligro no era quimérico; el estudio de los alejandrinos, Cle-
mente y Orígenes, bastará para demostrarlo; los fieles instruidos por estos
maestros, exigen de ellos una explicación del dogma en armonía con su
cultura, y no solamente su ambición intelectual sino su "amor por Jesús",
exige algo más que u n a catequesis elemental ( u ) .
Era necesario dar a estas almas ávidas la libertad de investigación que
reclamaban; por eso Ireneo abrió este campo inmenso de la teología, cuya
fecundidad jamás se agotará, por laboriosas investigaciones que hagan los
doctores.
Notemos también que algunos misterios le parecen más dignos de estudio;
son los que la gnosis y el marcionismo ponen en tela de juicio: la unidad
de Dios, la unidad de Cristo, la unidad de la obra creadora del cielo y de
la tierra y de la revelación divina en los dos Testamentos; son también
los grandes problemas de la salvación que llevan la turbación a tantas
almas, y la cuestión propuesta por Diognetes: "¿Por qué Cristo ha venido
tan t a r d e ? " ; y los misterios de la predestinación y de la reprobación que
el Apóstol contempla y adora en la Epístola a los romanos.
Se presiente ya que la controversia no será nunca la única preocupación
de Ireneo; la lectura de la Biblia y sobre todo de San Pablo, el apostolado
misionero a través de mil peligros y obstáculos, la contemplación amorosa
de los misterios de Dios, abrirán de continuo a su fe y a su teología hori-
zontes nuevos, más luminosos y llenos de misterios a la vez.

LA TRASCENDENCIA El segundo libro está consagrado a la refutación


DIVINA de los errores gnósticos; se h a n señalado en él, y
con motivo, muchas observaciones finas y penetran-
tes ( 1 2 ). Esta controversia, sin embargo, tiene para nosotros u n interés m u y
lejano; pero está dominada por intuiciones teológicas profundas, que a u n
hoy nos dan luz. En el u m b r a l mismo del libro h a y esta afirmación de la
unidad de Dios:

"Conviene comenzar por la tesis principal y capital que tiene por objeto el Dios
Creador, que hizo el cielo y la tierra y cuanto se encierra en ellos. Este Dios que los
blasfemos miran como fruto de una degeneración; es preciso demostrar que no hay
nada sobr.e El, ni cerca de El; que no ha creado bajo una influencia extraña, sino

C11) ORÍGENES, In Joann., v, 8. Volveremos sobre este texto en el capítulo dedicado


a Orígenes.
(12) Este juicio es de uno de los historiadores que mejor han conocido la gnosis,
LIPSIUS, en su artículo del Dictionary of Christian Biography, col. 268, a.
LA REACCIÓN CATÓLICA 45

espontánea y libremente; porque El es el solo Dios, el solo Señor, el solo Creador,


soló Padre, único que contiene todas las cosas y da el ser a todas" (II, i, 1).
Esta afirmación de la unidad divina, tan vigorosamente expresada y
presente siempre en el pensamiento, da su pleno valor a los textos que
proclaman la divinidad del Hijo de Dios:
"El Padre es Señor, el Hijo es Señor. El Padre es Dios y el Hijo es Dios; porque
el que ha nacido de Dios es Dios. Así, pues, por la misma esencia y naturaleza de su
ser se demuestra que no hay más que un solo Dios; aunque según la economía de la
redención haya un Padre y un Hijo" ( 1 3 ).
Si se supone, como pretende Marción, la existencia de otro principio, el más
poderoso de los dos será el verdadero Dios (II, i, 2 ) ; además, se verá llevado
a la serie infinita, imaginando siempre otro Pleroma, otro Dios (jbíd. 4 ) ;
pues fuerza es admitir o u n Dios, creador de todo lo.que existe, o una multi-
tud infinita de dioses (ibíd. 5 ) .
No ha creado Dios ni por indigencia, ni por error, sino por designio de
una voluntad gratuita, y no mediante u n agente intermediario, sino por su
Verbo:
"El Dios soberano de nadie necesita; todo lo creó y lo hizo mediante su Verbo; no
tuvo necesidad del concurso de los ángeles, ni de una potencia inferior a El y des-
conocedora del Padre... El mismo, en sí mismo, en esa naturaleza superior a toda
expresión y a todo pensamiento, predestinó e hizo todo, como fué su voluntad... y
cuanto ha hecho, lo ha hecho en virtud de su Verbo incansable. Es propio de la sobre-
eminencia de Dios no tener necesidad de instrumentos distintos de sí mismo para
producir las criaturas; su propio Verbo basta para toda creación, como lo dice Juan,
discípulo del Señor: Todo ha sido hecho por El y sin El nada ha sido hecho" (II,
II, 4 - 5 ) .

Su acción es su pensamiento. "Apenas Dios concibió en su espíritu, lo que


concibió, se hizo" (II, n i , 2 ) . Creó libremente y de la nada ( 1 4 ).
Este Dios omnipotente, independiente en absoluto y trascendente con rela-
ción a toda criatura no es sin embargo el Dios desconocido que imaginaron
los gnósticos, pues su obra creadora nos lo revela:
"¿Cómo los ángeles o el Demiurgo podrían ignorar al Dios supremo, estando bajo
su dominio, siendo criaturas suyas y estando contenidos por El? Indudablemente podía
ser invisible, por su trascendencia; pero no podía ser desconocido, merced a su provi-
dencia. Podían estar, como (los gnósticos) dicen, inmensamente distantes de El; pero,
si su imperio llega hasta ellos, no pueden desconocer a su Señor, no pueden ignorar
que el que los ha creado es el Señor de todas las cosas. Su naturaleza es invisible; pero
es poderosa y hace sentir vivamente en toda alma su trascendencia omnipotente y
soberana. Ciertamente que nadie conoce al Padre, sino el Hijo, y al Hijo, sino el
Padre y aquellos a quienes el Hijo lo ha revelado; pero hay una verdad que conocen
todos los seres, pues la razón de que están dotadas las almas les conduce a ella: que
hay un Dios, Señor de todas las cosas" ( 1 5 ).
Este conocimiento natural de Dios, concedido a todos los hombres, es m u y
imperfecto; pero h a y otro conocimiento infinitamente más precioso, cuya
fuente es el amor que nos tiene Dios y la revelación es su instrumento:

(13) Demostración de la predicación apostólica, XLVII. Cf. Histoire du dogme de


la Trinité, t. II, p. 545.
(14) "Dios sacó de la nada cuanto existe y dio la existencia como quiso" (II, x, 2).
"Libremente y con su poder lo ha hecho, dispuesto y acabado todo y la substancia de
todas las cosas es su voluntad" (xxx, 9).
(15) II, vi, 1 y también: II, xxvn, 2; III, xxv, 1; IV, vi, 6. Cf. Histoire du dogme de
la Trinité, t. II, p. 528, s.
46 HISTORIA DE LA IGLESIA

"Si se considera su grandeza y gloria admirables, nadie, puede ver a Dios sin morir;
porque el Padre es incomprensible; mas en virtud de su amor, de su condescendencia
y de su omnipotencia ha concedido a los que ama este gran don de la visión de Dios,
como lo anunciaron los profetas. Porque lo que es imposible a los hombres, posible
es a Dios. El hombre por sí mismo no puede ver a Dios; pero Dios, porque así lo quiere,
puede ser visto por quien El quiere, cuándo quiere y cómo quiere; pues Dios lo puede
todo. Se hace ver proféticamente por el ministerio del Espíritu Santo; adoptivamente
por la encarnación del Hijo y paternalmente en el reino de los cielos" ( l e ) .
De este modo queda superado aquel obstáculo contra el que se estrellaron
el helenismo y la gnosis. Ávido de contemplar a Dios, el platonismo se em-
peñó vanamente por llegar a u n éxtasis superior a sus fuerzas; mientras
la gnosis privaba a la masa de los hombres de todo acceso a Dios, reserván-
dolo a los escogidos, que llevaban hasta ahí el privilegio de su naturaleza.
Todos estos sueños orgullosos quedan disipados: ninguna filosofía h u m a n a
puede por su propio esfuerzo llegar a la visión de Dios y n i n g ú n privilegio
de naturaleza puede pretenderlo. Sólo Dios, por medio de su Hijo, puede
convidar e introducir a los hombres al secreto de la gloria.
Estas verdades son fuente de nuestra esperanza y al mismo tiempo de nues-
tra humildad:
"Es mejor y más útil ser simple e ignorante y estar cerca de Dios por la caridad,
que brillar como muy sabio e ingenioso y blasfemar de su Señor. He aquí por qué
escribía San Pablo: la ciencia infla, mas la caridad edifica. Ciertamente que no incluía
en esta afirmación la ciencia de Dios •—sería ir contra sí mismo—, sino que sabía
muy bien que muchos se enorgullecen con pretexto de ciencia y pierden el amor de
Dios... Es mejor no saber nada, ignorar la causa de lo que existe y creer en Dios y
perseverar en su amor, que ser un sabio hinchado y decaer de ese. amor que da la vida.
Más vale abandonar toda investigación científica, para conocer a Jesucristo, Hijo de
Dios, crucificado por nosotros, que ser arrastrado a la impiedad por el estudio de cues-
tiones sutiles y minuciosas" (II, xxvi, 1).
Este texto completa y esclarece los anteriormente citados y nos hace com-
prender mejor el pensamiento de Ireneo sobre esta cuestión tan grave y deli-
cada de las relaciones de la investigación científica con la fe.
Su prudencia ponderada y grave, le pone en guardia contra toda pusilani-
midad y desconfianza excesiva; cuidando de recordar que hay u n a ciencia
de Dios y que San Pablo es en ella modelo. Sin embargo, ve en torno suyo
tantas pretensiones temerarias, que su esfuerzo se dirige más a refrenar el
orgullo que a fomentar la investigación. No tardarán los maestros alejan-
drinos, Clemente y Orígenes, presionados por preocupaciones m u y distintas,
en volver a plantear y resolver el problema, pero de otra manera. Sus nobles
ambiciones no estarán siempre exentas de temeridad; pero su esfuerzo no será
estéril, pues la Iglesia sabrá contenerlo y regularlo ( 1 7 ).
Por lo demás, la humildad que Ireneo exige al cristiano no es la inacti-
vidad sino, al contrario, el estudio perseverante bajo la dirección de Dios, su
Maestro; de manera que no solamente aquí abajo, sino también en la vida
futura, "Dios siempre deba enseñar y el hombre siempre deba aprender
de Dios" (II, XXVIII, 3 ) .

(16) IV, xx, 5. Cf. Histoire du dogme de la Trinité, t. II, p. 534.


(17) Cf. infra, p. 195 y ss. Cotéjese con este otro texto de Ireneo, Adversus hwreses,
II, xxvin, 1: "Ya que tenemos en la regla de fe la verdad misma y un testimonio claro
acerca de Dios, no nos deslicemos de explicación en explicación hasta perder el cono-
cimiento firme y verdadero de Dios; sino dirijamos todas estas explicaciones hacia
esta norma de fe; para ejercitarnos en el estudio del misterio y de los verdaderos
designios de Dios y así progresar en el amor de Aquél, que nos hizo y hace sin cesar
todas las cosas".
LA REACCIÓN CATÓLICA 47

LAS FUENTES DE LA FE: En los dos libros que acabamos de recorrer, Ire-
EL EVANGELIO neo mantiene con los gnósticos u n a polémica
cerrada; expone primeramente sus sistemas y
luego les opone la verdadera fe cristiana, insistiendo sobre todo en el dogma
capital de la existencia de Dios y en el conocimiento n a t u r a l o sobrenatural
que podemos tener de El.
Llevado probablemente por el éxito de los dos primeros libros, el contro-
versista se dispone a estudiar más detenidamente las fuentes de la revela-
ción cristiana: es el primer ensayo de teología fundamental en la historia
de la Iglesia. Por datar de los últimos años del siglo segundo y por tratarse
de u n maestro que recoge toda la tradición de Asia, Roma y las Galias,
tiene u n interés enorme.
Lo primero que se le ofrece al cristiano es el Evangelio, y por él comienza
Ireneo su estudio:
"Mateo, viviendo entre los hebreos, escribió en su lengua, el Evangelio que publicó
cuando Pedro y Pablo predicaban en Roma y fundaban ia Iglesia. Después de su
muerte, Marcos, discípulo e intérprete de Pedro, nos ha dejado por escrito sus enseñan-
zas. Lucas, a su vez, compañero de Pablo, ha consignado en un libro la predicación de
Pablo. Después Juan, el discípulo del Señor, el que reposó sobre su seno, publicó
también el Evangelio, cuando vivía en Efeso de Asia" (III, i, 1, 844) (!8).
Las indicaciones cronológicas son de interés secundario para Ireneo; lo
capital para él es la autoridad exclusiva de los cuatro Evangelios con el tes-
timonio que nos dan del Dios único. Son, a su parecer, completamente dis-
tintos de otros, los únicos canónicos; y los hace objeto de u n estudio, que
descubre su profunda conformidad y sus diferencias. Para el Evangelio de
San Juan este testimonio tiene u n valor particular por su origen ( 1 9 ).
Después de los Evangelios, Ireneo estudia la predicación de los apóstoles,
tal como se encuentra en los Hechos. Hace notar que San Pablo no predicó
una fe distinta de la de los otros apóstoles de Jerusalén; todos ellos cono-
cieron u n solo Dios y u n solo Señor.

LA TRADICIÓN Prosiguiendo su estudio de la Escritura, el obispo de


Lyón invoca la tradición de la Iglesia; sus mismos ad-
versarios le arrastran a ello:
"Cuando se les confunde con la Escritura, se vuelven contra las mismas Escrituras,
diciendo que tienen errores, que no contienen la verdad, que están en desacuerdo entre
sí, que. no se puede encontrar la verdad si se ignora la tradición. Porque, dicen, la
verdad no ha sido transmitida por la Escritura sino de viva voz... Pero, cuando apela-
mos a la tradición que viene de los apóstoles y que los presbíteros, sucediéndose unos
a otros, conservan en las iglesias, combaten la tradición y, más sabios que los presbí-
teros, más que. los mismos apóstoles, dicen que ellos han encontrado la verdad... y
así rompen con la Escritura y con la tradición" (III, n, 1-2) ( 2 0 ).

Para convencer del error a sus escurridizos adversarios, era preciso esta-
blecer la existencia de u n a tradición, irrefragable y universalmente recono-

(18) Sobre este texto y los comentarios que ha provocado, cf. L. DE GRANDMAISON,
Jésus-Christ., t. I, pp. 221-225; LAGRANGE, Saint Luc, p. xxv-xxvn
(19) Cf. A. CAMERUNCR, Saint Irénée et le canon du Nouveau Testament, Lovaina,
1896; J. LABOURT, De la valeur du témoignage d'Irénée dans la question johannine en
Revue Biblique, t. VII (1898), pp. 59-73; F. S. GUTJAHR, Die Glaubwürdigkeit des Ire-
náischen Zeugnisses über die Abfassung des vierten Evangeliums, Graz (1904); LA-
GRANGE, ' Histoire ancienne du canon du Nouveau Testament, p. 46, s.
(20) Cf. VAN DEN EYNDE, Les normes de l'enseignement chrétien (1933), p. 159, s.
48 HISTORIA DE LA -IGLESIA

c i d a . I r e n e o e n c u e n t r a l a g a r a n t í a d e e l l a e n l a s u c e s i ó n r e g u l a r d e los obis-
pos, q u e e n s u o r i g e n se u n e n l e g í t i m a m e n t e c o n los apóstoles y , p o r m e d i o
d e los a p ó s t o l e s , c o n C r i s t o :

"La tradición de los apóstoles está patente en el mundo entero y no h a y más que
mirarla en toda la Iglesia, para quien quiere ver la verdad. Podríamos enumerar los
obispos instituidos por los apóstoles y por sus sucesores hasta nosotros; ninguno da
ellos ha enseñado nada que se parezca a estas locuras; pero, como sería demasiado
largo transcribir la sucesión de los obispos de todas las iglesias, nos fijaremos en la
más grande y más antigua, conocida de todos, fundada y establecida en Roma por los
dos apóstoles más gloriosos: Pedro y Pablo; demostraremos que la tradición que ha
recibido de los apóstoles y la fe que predica a los hombres viene hasta nosotros a través
de la sucesión de los obispos; y confundiremos de esta manera a todos aquellos que de
cualquier manera que sea, por propia complacencia, por vanagloria, por ceguedad,
por error, recogen donde no deben ( 2 1 ) .
"Pues con esta Iglesia por la autoridad de su origen, debe estar de acuerdo toda otra
iglesia, es decir, todos los fieles provenientes de cualquier parte; porque en ella ha
sido conservada por estos fieles la tradición que viene de los apóstoles" (III, n i , 1-2) ( 2 2 ) .

I r e n e o c o p i a l u e g o e l c a t á l o g o d e los obispos d e R o m a d e s d e los a p ó s t o l e s :


L i n o , A n a c l e t o , C l e m e n t e ; se d e t i e n e p a r a h a c e r r e s a l t a r l a a u t o r i d a d d e este
t e s t i g o d e l a p r e d i c a c i ó n a p o s t ó l i c a y l a f u e r z a d e su t e s t i m o n i o , q u e lo e n -
c o n t r a m o s e n s u c a r t a a los C o r i n t i o s . C o n t i n ú a : E v a r i s t o , A l e j a n d r o , S i x t o ,
T e l e s f o r o , e l glorioso m á r t i r , H i g i n i o , P í o , A n i c e t o , Sotero y , p o r f i n , E l e u t e r i o .
D e s p u é s d e l a I g l e s i a r o m a n a , I r e n e o evoca l a s i g l e s i a s d e A s i a , t a n e s t r e -
c h a m e n t e r e l a c i o n a d a s c o n los apóstoles, y c o n o c i d a s p o r él m u y d e c e r c a , y ,
f i n a l m e n t e , l a s i g l e s i a s e s t a b l e c i d a s e n t r e los b á r b a r o s : " N o t i e n e n n i p a p e l
n i t i n t a , p e r o l a s a l v a c i ó n está escrita e n s u c o r a z ó n p o r e l E s p í r i t u S a n t o
y g u a r d a n d i l i g e n t e m e n t e l a vieja t r a d i c i ó n " .

"Ante pruebas tan manifiestas no es necesario buscar fuera la verdad; resulta


fácil encontrarla en la misma I g l e s i a . . . Y si se suscita alguna discusión, ¿no habrá
de recurrirse a las iglesias más antiguas, a aquellas en que vivieron los apóstoles,
y recibir de ellas una doctrina segura y clara sobre la cuestión debatida? Y, si los
apóstoles no nos hubiesen dejado las Escrituras, ¿no hubiese sido necesario seguir el orden
de la tradición que ellos confiaron a quienes entregaron las iglesias?" ( I I I , IV, 1 ) ( 2 3 ) .

E s t e t e x t o es d i g n o d e l a m a y o r a t e n c i ó n y h a s i d o objeto d e m u c h o s
e s t u d i o s . L a i d e a c e n t r a l es el v a l o r decisivo d e l t e s t i m o n i o d e l a I g l e s i a ,
eco fiel d e l a e n s e ñ a n z a de| los a p ó s t o l e s ; l a g a r a n t í a d e f i d e l i d a d es l a s u c e -
sión e p i s c o p a l , q u e u n e a los obispos d e h o y c o n los a p ó s t o l e s . E s t e t e s t i m o n i o
e x i s t e e n t o d a s p a r t e s , e I r e n e o n o t e m e i n v o c a r el t e s t i m o n i o d e l a s i g l e s i a s
b á r b a r a s . S i n e m b a r g o , d a r á la preferencia a las iglesias m á s a n t i g u a s , a las
m á s e s t r e c h a m e n t e r e l a c i o n a d a s c o n los a p ó s t o l e s : Efeso, E s m i r n a y , m á s
q u e n i n g u n a , l a I g l e s i a r o m a n a . D e j a n d o d i s c u s i o n e s d e d e t a l l e , se p u e d e
c o n c l u i r c o n D u c h e s n e : " E s difícil e n c o n t r a r u n a p r o c l a m a c i ó n m á s p r e -
cisa: 1) d e l a u n i d a d d o c t r i n a l d e l a I g l e s i a u n i v e r s a l ; 2 ) d e l a i m p o r t a n c i a
soberana, única, de la Iglesia r o m a n a como testigo, g u a r d i a n a y órgano de

( 2 1 ) "Praeterquam oportet colligunt." En este colligunt MASSUET ve una mención de


los conventículos de los herejes. Creemos que es u n eco de las palabras del Señor: "el
que no recoge conmigo, desparrama".
(22) Cf. V A N D E N E Y N D E , op. cit., pp. 173-179.
( 2 3 ) BATIFPOL, L'Eglise musíante, pp. 249-253, y los trabajos anteriores que cita (Har-
nack, Funk, Chapman, Boehmer); ROIRON en Recherches de Science religieuse, t. V I I I
(1907), y pp. 36-51.
LA REACCIÓN CATÓLICA 49

la t r a d i c i ó n a p o s t ó l i c a ; 3 ) d e s u s u p e r i o r p r e e m i n e n c i a e n t o d a l a cris-
tiandad" (2*).
Notemos q u e a propósito d e las iglesias b á r b a r a s , varía d e forma la argu-
mentación. Ireneo h a c e valer n o solamente la sucesión apostólica, sino t a m -
b i é n los frutos d e s a n t i d a d p r o d u c i d o s p o r e l E s p í r i t u e n l a I g l e s i a . E r a y a
el a r g u m e n t o d e S a n P a b l o ( 2 5 ) . I r e n e o , a t e n t o a l a s p e c t o v i s i b l e d e l a I g l e -
sia, n o p i e r d e d e v i s t a n u n c a e l e l e m e n t o i n v i s i b l e , í n t i m o , l a v i d a d e l E s -
píritu; y a él vuelve a l final del libro:

"Hemos demostrado y a que la doctrina de la Iglesia es la misma, siempre y en todas


partes, fundada en el testimonio de los profetas, de los apóstoles y de sus discípulos...
Esta fe hemos recibido de la Iglesia, y es como u n depósito de gran valor en u n vaso
precioso; el Espíritu llena de juventud continuamente y comunica su vida joven al
vaso que lo contiene. Es el don de Dios confiado a la Iglesia; él comunica el Espíritu
a las criaturas de Dios, de manera q u e sean vivificados cuantos participan. Aquí se
encuentra la comunión de Cristo, es decir, el Espíritu Santo, prenda de incorruptíbili-
dad, fundamento de. nuestra fe, escala que nos permite subir hasta Dios. Porque dicho
está: en la Iglesia es donde Dios h a establecido apóstoles, profetas y doctores y toda
operación del Espíritu Santo. N o tienen parte los q u e n o acuden a l a Iglesia, los q u e
se privan de la vida por seguir sus perversos pensamientos y sus malas obras. Donde
está la Iglesia allí está el Espíritu de Dios, y donde está el Espíritu de Dios, allí está
la Iglesia y toda gracia; y el Espíritu es verdad. Los que no tienen parte en la Iglesia
no reciben de sus pechos maternales el alimento de vida, n i beben en la fuente pura,
que brota del cuerpo de Cristo; sino q u e cavan para sí pozos en la tierra y cisternas
rotas, en las que beben aguas cenagosas; huyen de la fe de la Iglesia q u e quisiera ser
su guía y rechazan al Espíritu que podría instruirles" (III, 24, 1 ) .

La preocupación d e la controversia n o h a c e olvidar a Ireneo l a vida í n t i m a ,


la j u v e n t u d p e r p e t u a , q u e e l E s p í r i t u S a n t o i n f u n d e a l a I g l e s i a . A l con-
t r a r i o , esta p r o f u n d a i n t u i c i ó n t e o l ó g i c a d a a l a a r g u m e n t a c i ó n s u m a y o r
fuerza.
La tradición n o consiste ú n i c a m e n t e e n l a p e r p e t u i d a d d e l testimonio, q u e ,
p o r l a sucesión r e g u l a r d e l o s obispos, se r e m o n t a , h a s t a l o s a p ó s t o l e s y h a s t a
el m i s m o C r i s t o ; l a t r a d i c i ó n es t a m b i é n esa c a d e n a v i v i e n t e , ese t e s t i m o n i o
del E s p í r i t u q u e a t e s t i g u a y a f i r m a n u e s t r a u n i ó n c o n C r i s t o , n o s o l a m e n t e
p o r l a fiel a d h e s i ó n a s u d o c t r i n a , sino t a m b i é n p o r l a c o m u n i c a c i ó n d e s u
vida.
Esta p r o f u n d a v i s i ó n b r i l l a c o n m e n o s f u e r z a e n T e r t u l i a n o ; l a t e o l o g í a
de l a t r a d i c i ó n c o n s e r v a r á e n é l s u f u e r z a j u r í d i c a y s e r á e n m a n o s d e l o s con-
troversistas u n a r m a i n v e n c i b l e f r e n t e a l a h e r e j í a ; p e r o n o l l e g a r á a l a
fuente í n t i m a d e l a m o r d e l c r i s t i a n o p a r a c o n l a I g l e s i a ( 2 8 ) .

(24) D U C H E S N E , Les Eglises séparées, p. 119, citado por BATIFFOL, op. cit., p . 252.
Notemos que los tres grupos, cuyo testimonio invoca Ireneo, representan las iglesias a las
que ha pertenecido durante las tres épocas de su vida: Asia, Roma y Galia. Es.to no
resta valor al argumento: sus recuerdos personales h a n podido guiarle, pero no h a n dic-
tado su juicio; la importancia única, dada a la Iglesia romana, n o tiene su fundamento
en sus impresiones y recuerdos; de ser así, daría mucho más valor al testimonio de
Esmirna, que es para él el de su formación cristiana y que se relaciona con los após-
toles más inmediatamente; entre aquéllos y él mismo n o h a y más que u n interme-
diario, Policarpo; y, sin embargo, Esmirna queda en segunda categoría y no ocupa
en su argumentación el lugar que atribuye a Roma.
( 25 ) / / Cor. 3, 2.
( 26 ) BATIFFOL (L'Eglise naissante, p . 239) juzga así la teología de Ireneo: "Al refutar
los errores gnósticos, delinea la teoría de la Iglesia y su función doctrinal con tal fir-
meza y plenitud, que hacen, especialmente del libro tercero, u n verdadero tratado, el
más antiguo tratado «De Ecclesia»."
50 H I S T O R I A DE LA IGLESIA

LA EDUCACIÓN PROGRESIVA Debemos examinar aún en los libros de Ireneo


DE LA HUMANIDAD este depósito confiado a la Iglesia por Jesu-
cristo y que el Espíritu Santo vivifica con-
tinuamente. No podemos seguir aquí todo el desarrollo ( 2 7 ) ; pero, al menos,
debemos hacer mención detallada de la tesis capital de la controversia anti-
marcionita. Podían refutarse fácilmente las Antítesis de Marción, demos-
trando con textos de Jesucristo o de San Pablo la conformidad de la Ley con
el Evangelio;'Ireneo lo hizo en más de u n a ocasión y Tertuliano insistirá
más aún; pero esta refutación, que bastaba para hacer callar al adversario,
no daba entera satisfacción al entendimiento cristiano. A través del Antiguo
Testamento y aun más del Antiguo al Nuevo, ¡qué progreso religioso, qué
transformación t a n notable! ¿Cómo se explica esto? ¿Por qué el Dios de los
judíos no reveló en u n principio lo que después revelaría a los cristianos, si
efectivamente es uno mismo y único Dios el de los judíos y el de los cris-
tianos?
A esta apremiante cuestión responde Ireneo en su libro cuarto al exponer
el plan divino que, lenta y progresivamente, va educando a la humanidad.
"¿Por qué Dios —se pregunta— no ha creado al hombre desde el principio
en estado de perfección?"
Los herejes hablan de la impotencia del Demiurgo, incapaz de hacer u n a
obra acabada; esto es una impiedad, pues Dios es omnipotente. Pero la cria-
tura, por el mismo hecho de serlo, es necesariamente imperfecta y debe ser
llevada a la perfección gradualmente. De la misma manera que el niño se
desarrolla y el cristiano imperfecto llega a su perfección ( 2 8 ) ; así también
la h u m a n i d a d ha debido educarse progresivamente bajo la acción divina.
E n la creación, el término que Dios propuso fué hacer al hombre a su imagen
y semejanza y toda la educación providencial del hombre se dirige hacia ese
término lejano:
"Mediante esta educación, el- hombre producido, se conforma poco a poco a la ima-
gen y semejanza de Dios no producido; el Padre se complace y ordena, el Hijo obra y
crea y el Espíritu nutre y hace crecer, y así, dulcemente, el hombre progresa y sube
hacia la perfección, es decir, se asemeja al Dios improducido; pues el que no ha sido
producido es perfecto, es Dios. Era necesario que el hombre fuese primeramente creado,
y se. desarrollase y se hiciese hombre y se multiplicase y tomase fuerzas, y llegase
a la gloria y, llegando a la gloria, viese a su Señor. A Dios es preciso ver; la vista
de Dios hace incorruptible y la incorruptibilidad acerca a Dios" (IV, xxxvni, 3).

Al resplandor de esta luz divina, toda la historia de la h u m a n i d a d brilla


ordenada y luminosa. Dios nos creó sólo por amor, pues no necesitaba de
nosotros:
"No creó a Adán por indigencia, sino para tener a quien conceder sus beneficios;
y si nos manda servirle, no es porque necesite nuestros servicios, sino porque quiere
salvarnos; servir al Salvador, es tener parte en la salvación; servir a la luz es vivir
en la luz; los que estén en la luz, no le dan mayor refulgencia, sino que son iluminados
por ella... Así, en el principio creó al hombre por amor; escogió a los patriarcas
para salvarlos; educó en el servicio de Dios a un pueblo indócil; suscitó sobre la tierra
profetas, para habituar al hombre a llevar consigo al Espíritu y a estar en comuni-
cación con Dios. No tenía necesidad de nadie; pero ofreció la gracia de estar en comu-
nión con El a aquellos que lo necesitaban. .. y de mil maneras preparó al género

( 27 ) Sobre el dogma de la Trinidad en Ireneo, cf. Histoire du dogme de la Trinité,


t. II, pp. 517-617.
(28) Es una alusión a lo que San Pablo escribía a los corintios: "Os he dado leche
y no alimento sólido; porque aun no podéis tomarlo" (IV, xxxvni, 2).
LA R E A C C I Ó N CATÓLICA 51

humano a recibir la salvación. He aquí por qué dice San Juan en el Apocalipsis: su
voz es como voz de muchas aguas. A ellas efectivamente se parece el Espíritu por
su riqueza y por la grandeza del Padre. Y en medio de estos hombres pasa el Verbo,
colmando de bienes a los que se someten a El y dando a la creación una ley digna de
ella" (IV, xiv, 1-2).

LA LEY La Ley no es la obra de u n Demiurgo ciego, ni el Dios bueno


vino a abrogarla, puesto que la Ley dispuso a los hombres a la
venida de Cristo. Lo que Jesús pide a los que quieren seguirle, es, primero,
que observen los mandamientos y, luego, que lo dejen todo y que le sigan
(IV, XII, 5). En el sermón de la Montaña no abolió la Ley, sino que la per-
feccionó, proponiendo una justicia más íntima y perfecta:
"Porque la ley, escrita para esclavos, formaba el alma exteriormente, sujetando
el cuerpo y llevando el alma como con cadenas a la observancia de los mandamientos;
para que el hombre aprendiese a servir a Dios. El Verbo libertó al alma y por medio
de ella enseñó al cuerpo a purificarse voluntariamente. Para esto era preciso libertar
al hombre de las cadenas, que se había acostumbrado a llevar y enseñarle a servir a
Dios sin cadenas; pero era preciso también que los mandamientos de libertad mantu-
viesen nuestra sujeción a nuestro rey, a fin de que nadie se volviera atrás y se hiciera
indigno de su liberador. Tenían que tener los hijos para con el Padre de familias,
tanta piedad y obediencia como los servidores-y los esclavos, pero una confianza mucho
mayor; tanto más cuanto que la actividad voluntaria es mucho más noble y gloriosa
que la sumisión servil" (IV, xm, 2) ( 2 9 ).

LA ACCIÓN DIVINA Con estas bellas palabras inspiradas en San Pablo, se


EN EL HOMBRE nos quiere hacer comprender todo el beneficio de la
nueva alianza, de la libertad de los hijos de Dios;
pero sin detrimento de la Ley. Entre una y otra no existe antítesis, sino
progreso; el progreso de u n a educación que Dios se propuso desde el prin-
cipio y en cuya prosecución jamás ha cesado: "Los dos Testamentos son,
pues, la obra de u n mismo Padre de familia, Nuestro Señor Jesucristo, que
habló a Abrahán y a Moisés y que, en la nueva alianza, nos dio la libertad e
hizo sobreabundar la gracia" (IV, ix, 1).
Desde la creación, el Padre celestial va realizando su obra no por medio
de agentes subalternos, sino "por sí mismo, es decir, por medio del Hijo y del
Espíritu Santo" ( 3 0 ), que son, en frase de Ireneo, las dos "manos" del Pa-
dre ( 3 1 ). En el día de la creación hizo Dios al hombre por medio del Verbo
y del Espíritu Santo y ya jamás lo ha abandonado; "Adán no pudo h u i r
de las manos de Dios" (V, i, 3 ) , y " a l cumplirse los tiempos, el Verbo de
Dios, uniéndose a la antigua sustancia de que Adán fué formado, produjo
un hombre viviente y perfecto, unido al Padre perfecto •—capientem Patrem
perfectum"— (ibíd.). Bien se considere la creación del hombre, bien su san-
tificación, la obra divina se realiza por la acción común de las tres personas:
(29) Cf. Demostración de la predicación apostólica, xcvi.
(30) "Fecit ea per semetipsum, hoc est per Verbum et Sapientiam suam" (II, xxx, 9).
Cf. IV, xx, 1: No nos formaron los ángeles; pues los ángeles no pueden hacer una ima-
gen de Dios; nadie lo pudo, sino es el Verbo del Señor; no un poder existente fuera del
Padre del universo; Dios no tiene necesidad de ellos, para hacer lo que determinó
hacer, como si El no tuviese sus manos. Siempre están en El el Verbo y la Sabiduría,
el Hijo y el Espíritu, por quienes y en quienes lo ha hecho todo espontánea y libre-
mente; a ellos habla, al decir: hagamos al hombre a imagen y semejanza nuestra".
Nótese la identificación de la Sabiduría con el Espíritu Santo; es un rasgo por el que
Ireneo se emparenta con su contemporáneo San Teófilo; cf. Histoire du dogme de la
Trinité, t. II, p. 567, s.
(31) Sobre esta expresión, cf. Histoire du dogme de la Trinité, t. II, p. 579, s.
52 HISTORIA DE LA IGLESIA

"Dios es inteligente y por eso ha hecho todas las criaturas por medio del Verbo.
Dios es Espíritu y por medio del Espíritu embellece todas las c o s a s . . . El Verbo pone
la base, es decir da a los seres su sustancia y les hace la gracia de la existencia, y es
el Espíritu el que proporciona a estas diferentes fuerzas su forma y su hermosura"
(Demostración, v ) .

La encarnación del Hijo nos p r e p a r ó p a r a recibir al Espíritu de Dios:

"El Señor vino a nosotros, no según la capacidad total de su poder; sino tal como
nosotros podíamos verle; porque podía haber venido en su gloria incorruptible; mas
no estábamos preparados, como para soportar la grandeza de su gloria. Por esto, el
pan perfecto del Padre se nos dio como a niños pequeños en forma de leche: que esto
fué su presencia humana; quería que nutridos a sus pechos, con su carne, nos acos-
tumbrásemos a comer y a beber al Verbo de Dios; para que pudiésemos asimilar el
pan de inmortalidad, que es el Espíritu del Padre" (IV, xxxvin, 1).

La acción divina desciende, pues, a nosotros procedente del P a d r e , por m e -


d i o d e l H i j o e n el E s p í r i t u S a n t o ; p e r o si l a c o n s i d e r a m o s e n n o s o t r o s m i s -
mos, sentimos p r i m e r a m e n t e al Espíritu que nos revela al Hijo y nos lleva
a E l y luego al Hijo que nos lleva a l P a d r e ( 3 2 ) .
E s t e p r o c e s o n o c u l m i n a e n el m u n d o ; l a o b r a d i v i n a s i g u e s i e m p r e h a c i a
su f i n : f o r m a r a l h o m b r e a i m a g e n y s e m e j a n z a d e Dios ( 3 3 ) . D e esta t r a n s -
f o r m a c i ó n n o t e n e m o s t o d a v í a m á s q u e l a g a r a n t í a , l a s a r r a s p o r el E s p í r i t u
q u e h a b i t a e n n o s o t r o s y n o s h a c e e s p i r i t u a l e s , " a b s o r b i d o el e l e m e n t o m o r -
tal por la i n m o r t a l i d a d " y q u e nos hace g e m i r y c l a m a r al P a d r e .

"¿Si ahora por haber recibido esta prenda, estas arras, clamamos: «Abba, Pater»,
¿qué será, cuando resucitados, le veamos cara a cara? Cuando todos los miembros, acu-
diendo en muchedumbre, cantemos el himno de triunfo en honor de aquel que habrá
resucitado a los muertos dándoles la vida eterna? Porque, si ahora esta prenda y
fianza, apoderándose de él y transformándolo, le hace clamar: «Abba Pater», ¿qué
hará la gracia total del Espíritu, dada a los hombres por Dios? Nos hará semejantes a
El; nos hará perfectos según la voluntad del Padre, al hacer al hombre a imagen y
semejanza de Dios" (V, v m , 1 ) ( 3 4 ) .

(32) "Los presbíteros, discípulos de los apóstoles, describen así el camino de los que
se salvan y los grados de su ascensión: por el Espíritu ascienden al Hijo y por el Hijo
al Padre; y el Hijo entrega su obra al Padre, según lo enseña el apóstol" (V, xxxvi, 8).
Este doble aspecto de la acción divina queda esclarecido en u n hermoso texto de la
Demostración, v n : "Cuando somos regenerados en el bautismo, que se nos confiere
en el nombre de las tres personas, quedamos enriquecidos en este segundo nacimiento
por los bienes que son en Dios Padre, por medio de su Hijo, con el Espíritu Santo.
Todos los que llevan en sí el Espíritu de Dios son conducidos al Verbo, es decir al
Hijo; y el Hijo los toma y los presenta al Padre y el Padre les comunica la inco-
rruptibilidad. Así, pues, sin el Espíritu no se puede ver al Verbo de Dios; y sin el
Hijo no se puede llegar al Padre; porque el conocimiento del Padre es el Hijo y el
conocimiento del Hijo de Dios n o se obtiene más que por medio del Espíritu Santo;
pero es el Hijo el que tiene la misión de distribuir el Espíritu, según el beneplácito
del Padre, a aquellos que el Padre quiere y en la medida en que el Padre quiere."
(33) "Era preciso que apareciese primeramente la naturaleza; que luego el elemento
mortal fuese absorbido y vencido por el inmortal, el corruptible por el incorruptible
y que el hombre llegase a ser conforme a la imagen y semejanza de Dios" (IV, xxxvin,
4). "Por la efusión del Espíritu, el hombre se hace espiritual y perfecto, y así es ima-
gen y semejanza de Dios. Pero, si en u n hombre el Espíritu no está unido al alma, este
hombre es imperfecto, permanece animal y carnal; tiene la imagen de Dios en su
carne; pero no recibe la semejanza por el Espíritu" (V, vi, 1).
( 3 4 ) Sobre esta acción santificadora del Espíritu Santo, cf. A. D'ALES, La doctrine de
l'Esprit en Saint hénée, en Recherches de Science religieuse, t. 14 ( 1924), pp. 497-S38;
cf. también Histoire du dogme de la Trinité, t. II, pp. 604-614.
LA á E A C C I O N CATÓLICA 53

LA TEOLOGÍA DE Esta rápida ojeada habrá bastado para comprender el


SAN IRENEO carácter de la teología de San Ireneo. Se presenta, en
u n principio, como obra de controversia; pero sobre este
fondo elabora el gran doctor, libre de sus preocupaciones polémicas, u n
cuerpo de doctrina que propone a la consideración del lector.
A su resplandor se esfuma pronto el recuerdo de las ambiciosas construc-
ciones de Basílides y de Valentín y de las Antítesis de Marción. Esto es lo
que asegura a la obra teológica de Ireneo u n a vitalidad que desafía a los
siglos. La doctrina de la Iglesia, tal como él la expone, brilla "como u n
tesoro precioso, guardado en u n joyero de subido precio; el Espíritu le da
nueva vida y comunica su juventud al joyero que lo contiene".

LA SALVACIÓN Consideremos el último aspecto de la gran obra de Ireneo.


DE LA CARNE Hemos visto cómo el Espíritu santifica y prepara para la
visión de Dios. Pero el hombre no es solamente alma, tiene
también cuerpo; ¿habrá de considerarse el cuerpo principio malo, incapaz
de salvación? Este fué el error de los gnósticos; Ireneo los combatió con
todas veras en el libro quinto y último de su obra.
"Necias son esas gentes que desprecian la obra creadora de Dios, que niegan que la
carne pueda salvarse y no quieren ni pensar en su regeneración, porque la creen incapaz
de incorruptibilidad. Si la carne no puede salvarse, entonces el Señor no nos ha resca-
tado en su sangre, ni el cáliz de la Eucaristía es la comunión de. su sangre, ni el pan
que. partimos es la comunión de su cuerpo... Nos ha rescatado con su sangre, como
dice el apóstol. . . Y porque somos sus miembros y nos nutrimos de lo creado —El
nos ha dado todo lo que hay en la creación, El hace al sol levantarse y reparte la
lluvia, como quiere—; nos enseña que este cáliz que procede de la creación, es su san-
gre y alimenta nuestra sangre y este cuerpo, que procede de la creación, es su
cuerpo y alimenta nuestros cuerpos. Cuando el cáliz que ha sido mezclado y el pan
que ha sido preparado, reciben sobre sí la palabra de Dios y se hacen Eucaristía, Cuerpo
de Cristo, que nutre y mantiene la substancia de nuestra carne, ¿habrá alguno que
diga que la carne alimentada con el cuerpo y sangre de Cristo y que es miembro suyo,
no es capaz de la gracia de Dios que es la vida eterna?" (V, n, 2).

Por el espléndido párrafo transcrito se echa de ver cómo la teología de


la carne se fundamenta en el dogma cristiano. La creación, la encarnación,
la Eucaristía, todas estas santas verdades proclaman que la carne, la obra de
Dios, unida al Hijo de Dios, alimento y fuente de vida, no puede ser el
principio esencialmente malo que los gnósticos desprecian y condenan. Los
dogmas, así considerados, dan a la fe u n punto de apoyo inconmovible; son
dogmas irrefragables. Esta observación tiene u n valor particular en lo que
se refiere al dogma de la Eucaristía, que n i entonces n i en mucho tiempo
después ( 35 ) fué objeto de controversia, y no por indiferencia, sino por la
certidumbre que envolvía dicho dogma ( 3 6 ).
De todo esto concluye Ireneo que la carne es susceptible de salvación; de
lo contrario el Verbo de Dios no se habría hecho carne (V, xiv, 1 ) ; cierta-
mente que la carne puede ser entregada a la corrupción y condenada a la
muerte eterna, pero también puede resucitar para u n a vida incorruptible
y sempiterna.

(35) Las primeras controversias surgieron diez siglos más tarde, en tiempos de
Berengario.
(36) Ireneo alude en otros muchos pasajes de su obra al dogma eucarístico y siem-
pre con la misma energía: IV, xvn, 1; xvm, 3-4; XXXIII, 2.
54 HISTORIA D E LA I G L E S I A

EL MILENARISMO El libro termina con u n estudio de los novísimos: en


los cinco últimos capítulos la teología de Ireneo, siem-
pre mesurada y prudente, se deja embrollar, por influjo de Papías, en los
sueños milenaristas ( 3 7 ) : antes del juicio, los justos reinarán con Cristo du-
rante m i l años.
Esta creencia, m u y extendida en la escatología judía, pareció autorizada
a los ojos de los cristianos por las descripciones del Apocalipsis de San
Juan. Leían en los caps, xx xxn cómo se proclamaba el triunfo de Cristo: el
diablo será encadenado durante m i l años y encerrado en el abismo; los már-
tires resucitarán y reinarán con Cristo durante m i l años; después Satanás
saldrá de la prisión, engañará a las naciones, las lanzará contra Cristo y al
fin será vencido por Dios. Leían que la Jerusalén celeste descendería del
cielo revestida con la luz de Dios. San J u a n revestía estos símbolos, fami-
liares a sus lectores, de u n significado espiritual m u y superior a los sueños
de los judíos; pero a lo largo del siglo segundo, más de u n cristiano tropezó
en ellos y entendió literalmente los m i l años de felicidad mesiánica.
Incurrieron en este error los herejes, por ejemplo Cerinto, que le dio la
forma m á s grosera y más netamente judaica ( 3 8 ) ; también incurrió en él
Papías, presbítero estrechamente unido a la Iglesia y a la tradición ( 3 9 ) .
Justino en su Diálogo (LXXX), a u n reconociendo que otros no comparten
su opinión, afirma que muchos cristianos, "íntegramente ortodoxos", creen
como él en el reino de los m i l años. Ireneo va más lejos; por reacción contra
la exégesis alegórica, de que tanto abusaron los gnósticos, exageró la inter-
pretación literal, sosteniendo que había que atenerse a ella a riesgo de com-
prometer la fe ( 4 0 ) . Su autoridad arrastró a Tertuliano y a San Hipólito ( 4 1 ) .
Sin embargo, n i en el mismo siglo segundo admitían todos el milenarismo,
aunque fué creencia m u y generalizada ( 4 2 ) . No se encuentra en n i n g u n a

( 3 7 ) Sobre el milenarismo, cf. L. GRY, Le Millénarisme dans ses origines et son


développement, París, 1904.
38
( ) CATO, que escribía en Roma, a fines del siglo n i , decía así de esta doc-
trina: "Cerinto dice que después de la resurrección, Cristo remará sobre la tierra, la
carne .volverá a la vida en Jerusalén y se entregará al placer y a las pasiones. Ene-
migo de las Escrituras, quiere engañar a los hombres y dice que habrá mil años de
fiestas nupciales" (citado por EUSEBIO, Hist. Eccl., I I I , XXVIII, 2 ) ; su testimonio está de
acuerdo con el de DIONISIO DE ALEJANDÍA, en Hist. Eccl., V I I , xxv, 3.
( S 9 ) IRENEO, Adv. hter., V, x x x n i , 3-4: "Los presbíteros que h a n visto a Juan, dis-
cípulo del Señor, refieren que le oyeron explicar así la doctrina del Señor acerca de
los últimos tiempos: Días vendrán en que cada viña se cuaje de diez mil cepas y de
cada cepa broten diez mil brazos, y de cada brazo diez mil sarmientos y de cada
sarmiento colgarán diez mil racimos y cada racimo tendrá diez mil granos y cada
grano pisado dará veinticinco medidas de vino. Y, cuando alguno de los santos vaya
a coger u n racimo, otro racimo gritará: ¡Eh, que yo estoy mejor, cógeme a mí, ben-
dice por m í al Señor! De la misma manera el grano de trigo producirá diez mil espigas
y cada espiga llevará diez mil granos y cada grano dará diez libras de excelente
harina; y de la misma manera será la fecundidad de los otros frutos, simientes y
yerbas; y todos los animales, comiendo de este alimento que les proporcionará la
tierra, vivirán pacíficamente entre sí y estarán perfectamente sometidos a los hombres.
Este es el testimonio que Papías, discípulo de Juan, familiar de Policarpo, escribió en
el cuarto de sus cinco libros".
( 4 0 ) Adversus hcereses, V, xxxi, 1; V, xxxv, 1.
( 4 1 ) TERTULIANO, Adv. Marc, IV, xxxrx. En dos obras, que no h a n llegado hasta
nosotros, exponía estas mismas esperanzas: De spe fidelium y De Paradiso. HIPÓLITO es-
cribe en el mismo sentido en De Christo et antechristo y Capita adversus Gaium. Cf.
D'ALES, La Théologie de Saint Hippolyte, p . 198. A principios del siglo iv se encuentran
las mismas tesis en San METODIO, Banquete, I X , v.
( 4 2 ) GRY (op. cit., p . 66) piensa que "quiza" h a y rasgos de milenarismo en las plega-
LA K E A C C I O N CATÓLICA 55

tórmula de fe, y, exceptuado Justino, en n i n g ú n libro romano, ni en Cle-


mente, ni en Hermas ( 4 3 ), y, lo que es más notable, n i en la Demostración
de Ireneo. Su descripción de los últimos días (c. LXI) se inspira en una exé-
gesis alegórica del Apocalipsis y no ya en una interpretación literal, como
en el Adversus haereses ( 4 4 ).
A principios del siglo tercero, el milenarismo fué perdiendo terreno; en
Roma lo combatió Gaius, y en Alejandría, sobre todo Orígenes, y treinta
años más tarde San Dionisio. En el siglo cuarto hacen mención de él los
Capadocios, San Jerónimo y San Agustín, pero como opinión que ya nadie
sustenta ( 4 5 ).

LA DEMOSTRACIÓN Con ocasión del milenarismo hemos nombrado u n bre-


ve tratado de San Ireneo: la Demostración de la
Predicación Apostólica. Por mucho tiempo no se conoció esta obra sino por
una cita de Eusebio. Descubierta en 1904, en una traducción armenia, fué
publicada por primera vez en 1907 ( 4 6 ).
Posterior a Adversus haereses, a la que alude (c. xcix), es inferior en
importancia. En la cuestión de los novísimos la corrige, o, al menos, enseña
una doctrina más prudente y reservada. Este es el único rasgo propio, por
el que se distingue de Adversus haereses ( 4 7 ). Sin embargo, es para nos-
otros de mucho más valor; porque nos presenta al obispo de Lyón, no en su
papel de controversista y de doctor, sino en sus funciones de catequista,
exponiendo a todos y principalmente a sus fieles, la fe cristiana y sus
pruebas ( 4 8 ).

IMPORTANCIA DE LA OBRA Este rápido bosquejo nos ha permitido entre-


TEOLOGICA DE SAN IRENEO ver la riqueza excepcional de su obra; Har-
nack ha escrito m u y justamente que, si Ter-
tuliano dotó a la teología católica de gran número de fórmulas, fué Ireneo,
sobre todo, quien le dio su contenido ( 4 9 ).

rías de la Didacké, x, 5, y añade: "El autor de este librito es, por lo demás, partidario
convencido de una doble resurrección y parece tener reminiscencias del Apocalipsis"
vi, 6-8).
(43) GRY, op. cit., p. 89.
(44) Cf. LEBRETON en Revue ¿Le l'Institut catholique de París, t. XII (1907), pp. 140-
142. HARNACK (op. cit., p. 62) admite que del primer libro al segundo cambió de opi-
nión Ireneo; TIXERONT no lo admite, ni tampoco ROBINSON en sus notas a este pasaje.
(45) Cf. BARDY, art. Miüenarisme, en Dict. de Théol. cath., 1762-1763.
(46) Supra indicamos las distintas ediciones, p. 38. •
(4T) Podemos señalar también la idea de los siete cielos que parece reminiscencia
de la literatura judaica, en particular: Ascensión de Isaías, (cf. Revue de l'Institut
catholique, t. XII [1907], pp. 136-139). ROBINSON, op. cit., p. 77, cf. p. 41; el arcángel
que domina sobre la tierra es análogo al "ángel venerable" de Hermas (cf. Revue de
l'Institut catholique, t. XII, [1907], p. 139). Pero éstos son detalles secundarios que dan
la jmpresión de una tradición popular.
(48) Este tratado se parece a las apologías, en particular a la de San Justino; cf.
ROBINSON, op. cit., pp. 6-23.
(49) Dogmengeschichte, t. I, p. 556. Recordemos también este juicio de ZAHN (op.
cit, p. 410): "Ireneo. .. no se erige en filósofo, ni en maestro de una «filosofía bárbara»,
como los apologistas desde Arístides a Clemente; pero ¡cómo sobresale y les sobrepasa a
todos por la firmeza de juicio, vigor de pensamiento y claridad de expresión! Si es
verdad que un estudio diligente de los muchos elementos y documentos de la fe cris-
tiana, en los que brillaron Eusebio y San Jerónimo, no basta para hacer un teólogo, sino
que se requiere la visión sintética de conjunto, que establece las armonías entre Dios y
56 H I S T O R I A DE LA IGLESIA

Muchas veces h a y que hacer constar a lo largo de la historia de la Iglesia,


que los grandes doctores, no contentos con hacer frente y rechazar los ata-
ques de sus adversarios, hicieron brotar de la controversia una nueva fuente
de doctrina. Baste recordar los nombres de San Atanasio, de los Capadocios,
y en especial de San Agustín. Ireneo es también de su número: no se limita
a refutar a sus adversarios, que quieren derrumbar el edificio del dogma
cristiano, sino que levanta mucho más altos los muros de la gloriosa ciudad,
mientras cuida de asegurar su cohesión y solidez.
Comienza por ahondar en los fundamentos del dogma, fijando las rela-
ciones de la fe y la teología, el valor jf la condición de nuestro conocimiento
de Dios; luego estudia las fuentes de la revelación cristiana: Escritura y
Tradición; el Magisterio de la Iglesia y las grandes verdades cristianas: Tri-
nidad, Encarnación, Redención, Novísimos. Y emprende estos estudios con
u n a prudencia y una energía tales, que rara vez se verán n i en tanto grado
n i en alianza tan estrecha y continuada. Así, en la cuestión de las relaciones
entre la fe sencilla y la docta teología, Ireneo tiende ante todo a asegurar,
por una sumisión filial, la comunión con la Iglesia, de donde vienen al cris-
tiano los dones del Espíritu Santo y la unión con Cristo; en las oscuridades
de la vida actual, en el mundo, prefiere la caridad a la especulación; pero
tiene buen cuidado de fomentar el estudio teológico y de abrir u n campo
inmenso a la especulación. En la tradición cuida de fijar la sucesión epis-
copal, ligada a los apóstoles y por ellos a Cristo; pero insiste no menos en
el testimonio del Espíritu Santo, que vivifica el cuerpo de Cristo y renueva
sin cesar su juventud. En la teología de la redención centra el foco de sus
grandes luces en el fruto de la Encarnación, el Hijo de Dios, que recapitula
en sí todas las cosas ( 5 0 ), y proclama que Cristo nos redimió con su sangre.
Su teología de la Trinidad es la más firme y rica de los Padres antenice-
nos ( B 1 ). Contra Marción y los gnósticos reivindica con gran energía la
unidad de Dios; pero, al mismo tiempo, preludia la teología de los Padres
griegos sobre las personas divinas, señalando su intervención en la creación
y en la revelación. Finalmente, después de haber contemplado la acción
divina que se propaga del Padre, por el Hijo, en el Espíritu Santo, nos hace
ascender del Espíritu por el Hijo hasta el Padre; por esta "recapitulación" que
el papa San Dionisio, en el siglo i n , expondrá en su carta a los Alejandrinos,
tomando la doctrina y aun los mismos términos de Ireneo ( 5 2 ).
Si se busca de dónde viene a Ireneo esa; comprensión extraordinaria de las
grandes verdades y conceptos teológicos, se hallará que en su respeto y en
su amor a toda la tradición.
Nada de partidismos, n i de escuelas. Su escuela es la Iglesia, su partido
el de Cristo; venera a San Policarpo y a Papías y a los presbíteros de
Asia, pero no es menor su respeto para Justino, el apologista filósofo. En
la Biblia todo le es sagrado y familiar: la historia de los patriarcas, los libros
de los profetas, los salmos, los libros sapienciales. La doctrina de San Pablo,
de perfiles tan borrosos en la mayor parte de sus contemporáneos, tiene en

el mundo, inspirándose, en los principios de la fe cristiana, sólo Orígenes y Agustín pue-


den compararse con Ireneo. Ni Atanasio, ni Cirilo pueden entrar en parangón con estos
tres hombres, y en lo que respecta a liberar la teología de toda influencia extraña
Ireneo está sobre todos."
(50) Sobre la recapitulación en la teología de Ireneo, cf. D'ALÉS en Recherches de
Science religieuse, t. VI (1916), pp. 185-211.
( 51 ) Cf. Histoire du dogme de la Trinité, t. II, pp. 540-615.
(B2) Cf. infra, p. 286; sobre este doble movimiento de la acción divina, que des-
ciende a nosotros y de la santificación que nos eleva hasta Dios, supra, p. 52.
LA REACCIÓN CATÓLICA 57

él un relieve m u y grande, de la misma manera que el Evangelio de San


Juan, que en los apologistas no aparecía más que en u n segundo plano.
Ese espíritu tan amplio, esta formación tan completa, que brilla en todos
los escritos de Ireneo, se explica en parte por su misma vida: es asiático y
romano y obispo en las Galias; todo cabe y se armoniza en su gran caridad
y en. su alma verdaderamente católica. Es el embajador de paz, enviado a
Roma por los confesores de Lyón; doce años más tarde es el pacificador en
la querella pascual ( 5 3 ). De esta intervención guardó la Iglesia grato re-
cuerdo: celebra en él al controversista que pulverizó a los herejes y al mi-
sionero que evangelizó las Galias; pero encomia sobre todo al pacificador,
que apaciguó los conflictos entre Roma y Asia ( 6 4 ).

§ 2 . — La legislación canónica y la j e r a r q u í a eclesiástica

PROGRESO EN LA Por el estudio de Ireneo hemos podido percatarnos del


DISCIPLINA esfuerzo teológico, realizado por la Iglesia católica en
su lucha contra la herejía. Pero esto era deficiente; se
requería estrechar más los lazos que u n í a n a los cristianos entre sí y a los
cristianos con la Iglesia, y luego, por medio de u n a selección más severa y
de una preparación más cuidadosa, asegurar, en lo posible, la perseverancia
de los que se presentaban al bautismo.
Rajo la presión de estas preocupaciones, la Iglesia de fines del siglo n y
principios del m examina con mayor diligencia y exige mucho más de los
que pretenden pertenecer a ella, y los forma en una disciplina mucho más
rigurosa. Y en el seno del cristianismo se busca una mayor uniformidad
litúrgica. Se somete la penitencia a prescripciones canónicas, nuevas en
parte; se organiza el clero de manera más perfecta, pues queda bajo la
dirección del obispo el cuerpo de sacerdotes, diáconos, subdiáconos y clérigos
inferiores; finalmente, se trabaja por determinar con mayor precisión el
canon de las Sagradas Escrituras y las reglas de la tradición.
Este supremo esfuerzo de legislación canónica es sensible sobre todo en
Roma; pero se manifiesta en toda la Iglesia, y al mismo tiempo que cada
comunidad se organiza con u n a mayor cohesión, va estrechando sus lazos
con las demás comunidades cristianas, y, sobre todo, con la Iglesia Romana,
centro de la unidad;

LA ORGANIZACIÓN Sería absurdo buscar en esta época u n a cons-


DE LAS IGLESIAS LOCALES titución nueva, u n código de derecho canó-
nico, con unas leyes orgánicamente sistema-
tizadas. En los primeros siglos del cristianismo no se hacen las reformas
según las ordenanzas de u n legislador; por lo mismo, los documentos que
nos las dan a conocer, son documentos que atestiguan tales reformas, más
bien que crearlas. Así, a principios del siglo tercero, aparece en Roma y
Cartago u n a legislación del catecumenado y u n a disciplina del arcano, que
en ninguna parte se registran durante el siglo segundo ( 5 5 ). Estudiaremos

(<"») Cf. infra, pp. 79-80.


( M ) Eusebio escribía: "Ireneo lleva su nombre en su vida; fué siempre pacificador;
aconsejó y trabajó por la paz en las iglesias, y no solamente escribió a Víctor, sino
también a otros muchos jefes de iglesias, para darles los mismos consejos sobre la
cuestión debatida" (Hist. Eccl., V, xxiv, 18).
(55) Sobre el catecumenado, sobre todo, Dom B. CAPELLE, L'Introduction du caté-
58 H I S T O R I A DE LA IGLESIA

estas dos instituciones que, por su íntima conexión, exigen u n estudio de


conjunto.

EL CATECUMENADO ¿Qué preocupaciones e influencias provocaron esta


nueva legislación? ( 5 6 ). Las especiales condiciones
de vida de la Iglesia, su rápida propagación, las persecuciones, los peligros
que por todas partes creaba el señuelo de la h e r e j í a . . .
Durante mucho tiempo la Iglesia había conquistado sus adeptos alma por
alma y los había visto acudir avalados por cristianos viejos, que conocían
personalmente a los neoconversos. Ahora ya no es así: la Iglesia es la señal
levantada en medio de las naciones; los apologistas, y, sobre todo, las per-
secuciones, la h a n dado a conocer a todos; desconocidos, cada vez más nu-
merosos, llegan a ella. ¿Se les podrá bautizar por u n a simple profesión de
fe, como en otro tiempo Felipe al eunuco de Etiopía? ¿Se les podrá confiar
los misterios cristianos? ¿No será mejor imitar la reserva de Jesús, que no
se confiaba a los que venían a El porque sabía lo que h a y en el corazóp
del hombre?
Los motivos de esta actitud se aumentaban con el peligro de apostasía,
creado por la violencia de las persecuciones. El Pastor de Hermas nos hace
ver la angustia de la Iglesia romana por los hijos que desfallecen en la
prueba; si la reparación de la caída es tan difícil y el perseverar tan duro,
¿no será mejor guardar la gracia del bautismo para aquellos que con toda
verosimilitud la conservarán sin temor de apostatar?
El peligro de la herejía es ahora quizá más temible. San Ireneo describe la
inconstancia lamentable de aquellos cristianos, que resbalan en la herejía
y luego se convierten para volver a caer. De nuevo surge la preocupación
de los jefes de las iglesias. Cristianos tan frágiles, ¿pueden ser acogidos sin
dilaciones n i garantías? ( I57 ).

ADMISIÓN DE A vista de todos estos motivos, los jefes de la Iglesia,


LOS CATECÚMENOS antes de conferir el bautismo a los neófitos, los some-
ten a una larga preparación y a múltiples pruebas.
Para comprender el alcance de estas nuevas disposiciones, es útil recordar
chuménat á Rome en Recherches de Théologie ancienne et médiévale, t. V (1933),
pp. 129-154; Dom P. DE PUNIET, art. Catéchuménat en Dictionnaire d'archéologie chré-
tienne et de liturgie.
( 56 ) Dom CAPEIXE las describe así: "La gran expansión del cristianismo en el
siglo segundo —Tertuliano se gloriará poco después de que ya no quedan desiertos
más que los templos paganos— fué una de las razones más poderosas. Afluían los
conversos y era preciso formarlos cuidadosamente; su número extraordinario invitaba
a organizar esa instrucción. Fué, además, necesario prepararlos para los dos grandes peli-
gros: paganismo y herejía, que amenazaban constantemente. Del 150 al 200, la fer-
men:ación teológica fué muy intensa y la polémica continua. El cristiano debía estar
bien apercibido. Este parece ser el motivo de que, para ingresar ahora en la Iglesia,
se exigiera el plazo extraordinario de tres años, cuando antaño habría sido todo faci-
lidades. La crisis marcionita contribuyó, sin duda, mucho. Marción organizó fuerte-
mente sus cuadros eclesiásticos y fué ésta una de las causas de su éxito. La Iglesia
se apresuró a imitarle" (p. 150).
(57) A estos motivos, que son los más importantes, pueden añadirse otros. Dom
CAPEIXE (op. cit., p. 150) escribe: "Hay una última causa, no despreciable, y quizá
decisiva: la influencia indirecta de las religiones de los misterios". Hace notar en
Orígenes el vocabulario de los misterios y se podrían descubrir huellas aun más
claras en Clemente. Indudablemente, no podemos despreciar estos rasgos e indicios; pero
no exageremos su alcance: el empleo del lenguaje de los misterios en Filón, Clemente
y Orígenes es recurso literaria mucho más que actitud religiosa.
LA REACCIÓN CATÓLICA 59

qué era la iniciación bautismal en tiempos de Justino ( 5 8 ) : se exige a los


candidatos al bautismo'la profesión de fe y la promesa de conformar su vida
con la doctrina cristiana; "luego se les enseña a orar y a pedir a Dios con
el ayuno el perdón de los pecados, mientras los demás cristianos oran y piden
por ellos" (Apol. I, LI, 2 ) . Después se administra el bautismo ( 5 9 ).
Es verdad que este texto no describe más que la preparación inmediata
al bautismo, que supone u n a instrucción previa: los candidatos, antes de
prometer su fe a la doctrina de la Iglesia, h a n debido entrar en su conoci-
miento; pero no aparece u n a enseñanza organizada en común, n i se sabe
que la legislación de la Iglesia impusiera u n a duración determinada.
Además, y esto es m u y notable, la descripción que Justino hace de la
misa bautismal y de la misa dominical (*>) no contiene la distinción, t a n
clara en los documentos posteriores, entre la misa de los catecúmenos y la
misa de los fieles; el hecho mismo de que el apologista comunique a sus
lectores paganos la liturgia de los misterios dice claramente que a u n no
existía el arcano.
En tiempos de Tertuliano ya no era así. En su tratado de la prescripción,
el polemista, argumentando contra las herejías y en particular contra los
marcionitas, les reprocha que no distinguen a los catecúmenos de los fieles,
que conceden a todos el mismo acceso a los misterios y la misma participa-
ción en la oración, y lo que se hacía particularmente extraño, "aunque vi-
niesen los paganos, arrojarían las cosas santas a los perros y las perlas, verdad
que son falsas, a los puercos" ( 6 1 ) .
Por este tiempo, el catecumenado estaba bien organizado; precedía u n a
etapa de penitencia, durante la cual "los novicioli se ejercitaban en el re-
nunciamiento" y "como cachorrillos que comienzan a entrever u n poco de
luz" eran instruidos progresivamente en los misterios divinos ( 6 2 ) .
Los libros en que Tertuliano nos da estas noticias pertenecen a los tiempos
de su vida sacerdotal y son anteriores a su defección; datan todos de los
primeros tiempos del siglo tercero (200-206).
Poco después, hacia el 217, suele fecharse la Tradición apostólica de San
Hipólito ( e 3 ) . Dom Capelle, como antes Dom Connolly, se h a n esforzado
por llegar al texto de la Tradición a través de los documentos que de ella

( 5 8 ) Los textos los citamos supra, t. I, p. 298.


( B9 ) Dom CAPELLE (op. cit., p. 132) dice con mucha exactitud: "Este, tiempo de ora-
ción y de ayuno no tiene por objeto una iniciación progresiva; es una imploración
ritual y no m u y larga por lo mismo. La verdadera preparación había tenido lugar
antes. Justino no habla de enseñanza común a los catecúmenos; y es que, indudable-
mente, no existía oficialmente organizada. La forma y duración de la iniciación de-
pendía de los sujetos y de las circunstancias. La Iglesia, sin embargo, quería ciertas
garantías antes de proceder al bautismo. La apología menciona la promesa, que
debían prestar los candidatos. ¿En qué forma? Lo ignoramos".
(«0) Véase t I, p. 298.
( 6 1 ) De praescriptione, XLI, 2 ; cf. D'ALES, Théologie de Tertullien, pp. 317-321.
( 82 ) De pamitentia, vi, 1. Cf. De Baptismo, i y x x ; De Corona, n y m .
( e 3 ) Sobre este libro cf. infra, p. 94. Los trabajos de SCHWARTZ y D o m CONNOLLY
han restituido este tratado a Hipólito, no sin dejar planteadas muchas cuestiones críticas
e históricas. Fué compuesto este libro por Hipólito durante su cisma; pero Dom CA-
PELLE (op. cit-, p. 133) hace notar que Hipólito "era conservador y una de sus principa-
les acusaciones contra el papa legítimo fué precisamente el haber innovado. Se puede,
pues, pensar que no alteró notablemente el ritual bautismal, al adoptarlo". Digamos,
sin embargo, que Hipólito nos parece un legislador demasiado exigente y es posible
que haya impuesto a los miembros de su pequeña Iglesia normas más rigurosas que
las que estaban en vigor en la Iglesia romana.
60 HISTORIA DE LA IGLESIA

derivan: las versiones árabe, copta y etíope, los cánones de Hipólito, la ver-
sión latina, el Testamento de Nuestro Señor.
Sin entrar en los detalles de esta legislación canónica, hemos de señalar
ante todo que sólo son admitidos al catecumenado los candidatos en libertad
para disponer de sí mismos y que llevan una vida digna; los esclavos no
son recibidos, sino con autorización de su señor, y los esposos sólo cuando
viven en armonía; los escultores y pintores deben abandonar su oficio, y lo
propio deben hacer los empleados en los juegos del circo, los cazadores, los
pescadores, guerreros, cocheros, sacerdotes de los ídolos, astrólogos, magos,
magistrados, prefectos, adivinos, intérpretes de sueños, los que fabrican filtros
y amuletos ( 6 4 ), y finalmente, en lo posible, los maestros de escuela. Todo esto
nos muestra hasta qué punto el paganismo había invadido la vida pública,
y las precauciones que la Iglesia debía tomar, para preservar a sus hijos.
La duración del catecumenado se fija con precisión: "Los catecúmenos
dedicarán tres años a aprender la doctrina; pero si el catecúmeno es dócil
y de buena conducta, no se le impondrá u n tiempo determinado, sino que
se decidirá según su comportamiento" ( 6 B ).
Además el catecúmeno debe ser presentado solemnemente a la asamblea
de los fieles, en la cual se le interrogará por los motivos que le hacen desear
la fe, y después de recibir el testimonio de los que le presentan sobre su
aptitud para recibir la doctrina, se le preguntará por su vida y profesión ( M ) .
Antes del bautismo tendrá lugar u n nuevo examen, que versará sobre la
conducta del neófito durante el catecumenado:
"Cuando los catecúmenos han sido escogidos y están prontos para el bautismo, se
examinará su vida: si han vivido en el temor de Dios antes del bautismo, si han hon-
rado a las viudas, visitado a los enfermos, hecho bien a todos; si quienes los presentan
dan buen testimonio de ellos. Si se han portado dignamente, escucharán el Evangelio
desde el momento en que han sido elegidos y cada dia se les impondrá las manos y se
les instruirá. Al acercarse el día del bautismo, el obispo les hará prestar jura-
mento ( 6 7 ), para saber si son puros. Si alguno es hallado impuro, se le deja solo,
aparte; porque, no ha recibido con fe la doctrina y no es apto para recibir el bautismo...
Se advertirá a los bautizandos que el quinto día de la semana deberán lavarse y ser
exorcizados; si hay entre ellos alguna mujer en el período de las reglas, se le aplazará
la fecha del bautismo. Los bautizandos ayunarán el viernes; y el sábado los reunirá
el obispo a todos y los exhortará a orar de rodillas; y una vez que les haya impuesto
las manos, exorcizará a todo espíritu impuro, para que huya y no vuelva más.
"Terminado el exorcismo insuflará sobre ellos y les hará una lectura y una exhor-
tación" (68).

( 64 ) Cf. Cánones de HIPÓLITO, n. 62-78.


(*5) Se lee en los Cánones, 91: "Catechumenus, qui dignus est lumine, non impe-
diat eum tempus; doctor autem ecclesiae ille est, qui hanc questionem dijudicat." Sin
embargo esta duración de tres años se encuentra en las Constituciones apostólicas, VIII,
xxn, 16, en el concilio de Elvira, canon 42 (dos o tres años), en el Testamento de Nues-
tro Señor, ed. RAHMANI, p. 117; cf. art. Catéchuménat, col. 2583-4. Se. admite unánime-
mente que la buena conducta puede abreviar el tiempo de la prueba y la mala conducta
prolongarlo. ORÍGENES (Hom. 9 in Jesum Nave, IX) exhorta a sus oyentes a que abre-
vien con su conducta el tiempo de su noviciado.
( 66 ) Cf. Cánones, 60-62: "lili qui ecclesiam frequentant eo consilio, ut Ínter chris-
tianos recipiantur, examinentur omni cum perseverantia, et quam ob causam cultum
6uum respuant, ne forte intrent illudendi causa. Quodsi vero aliquis in fide vera adve-
nerit, recipiatur cum gaudio interrogeturque de opificio, instruaturque per diaconum,
discatque in ecclesia renuntiare satanás et pompas eius toti. Hoc autem observetur
omni tempore, quo instruitur, antequam cetero populo adnumeretur". Sobre esta pre-
sentación del candidato, cf. art. Catéchuménat, col. 2581.
67
( 68 ) Versión copta: "el obispo les exorciza".
( ) Cf. Cánones, 102-111. Este texto no difiere del que hemos seguido más que en
LA R E A C C I Ó N CATÓLICA 61

Tales normas nos revelan u n catecumenado con dos clases de catecú-


menos: audientes y competentes (o illuminati); a u n no se habla de la tra-
ditio symboli ( 8 9 ). El catecumenado que nos descubren estos documentos
está ya regido por una legislación canónica bastante detallada, y por ella
se distingue netamente de la preparación para el bautismo de que nos habla
Justino.

LAS FORMULAS LITÚRGICAS Siguiendo la lectura de los documentos ca-


nónicos, dependientes de la Tradición apostó-
lica de Hipólito, será interesante comparar la liturgia del bautismo y de la
eucaristía con la liturgia primitiva.
En San Clemente, en San Policarpo y en San Justino, las oraciones litúr-
gicas deben ajustarse a u n esquema tradicional, libremente desarrollado.
Así escribe Justino al hablar de la misa dominical: "El que preside hace
subir al cielo las plegarias y las acciones de gracias, eucaristías, cuanto le
es posible y el pueblo responde: amén".
Los documentos que comentamos ahora tienen ya otro carácter: Se pres-
criben fórmulas, a que deben atenerse los ministros de la Iglesia, para la
consagración de los obispos y la ordenación de los sacerdotes, diáconos, con-
fesores, lectores, subdiáconos, viudas, vírgenes; de la misma manera que
para la administración del bautismo y de la eucaristía ( 70 ) y para diversas
bendiciones, como las del aceite, queso, aceitunas.
Digna es de atención esta nota final: "En toda bendición dígase: A ti la
gloria, Padre e Hijo con el Espíritu Santo, en la santa Iglesia, ahora y
siempre y por todos los siglos de los siglos. A m é n " ( 7 1 ).
A pesar de su empeño por imponer una forma determinada a su liturgia,
Hipólito no puede desoír la tradición anterior: en una mención incidental,
concede al celebrante el derecho a orar más o menos largamente, según su
inspiración ocasional ( 7 2 ).

algunos detalles: canon 103: "tune confiteatur episcopo —huic enim soli de ipso est
impositum onus— ut episcopus eum approbet, dignumque habeat qui fruatur mys-
teriis" (en lugar del juramento o del exorcismo). 110: "Postquam autem finivit adju-
rationes eorum, in facies eorum sufflet signetque peetora et frontes, aures et ora eorum.
Ipsi autem tota illa nocte vigilias agant, sacris sermonibus et orationibus oceupati".
(69) Dom DE PUNIET, op. cit., col. 2584: "No hay ninguna alusión formal al sím-
bolo de los apóstoles y menos aún al acto litúrgico de la «traditio symboli»... Los
Cánones de Hipólito y la Constitutio egipcia ignoran totalmente la «traditio symboli».
En todo caso, los egipcios no la conocieron nunca y veremos más adelante que no se
hallan huellas de tal ceremonial en los rituales coptos y abisinios. Lo mismo se debe
decir de la costumbre romana de la «redditio symboli»: En las Constituciones, efecti-
vamente, las fórmulas del símbolo tienen el detalle de la «confesio fidei» del bau-
tismo, que diferia de la «redditio symboli»."
(™) Cf. Histoire du dogme de la Trinité, t. II, pp. 162 y 210.
(T1) Sobre esta doxología cf. Histoire du dogme de la Trinité, t. II, p. 622, s. Esta
mención de la Iglesia en la doxologia es característica de San Hipólito (Adversus hrnre-
úm Noeti, xvm); ocurre frecuentemente, en su liturgia; la frase imperativa, que copia-
mos antes nos da a conocer lo que había de nuevo y de artificial en esa liturgia; es
caso aislado en la historia litúrgica y desapareció con la iglesia de Hipólito.
(72) Este texto es bastante confuso; falta en los Cánones, 47; se lee bajo formas
distintas en el copto y en el etíope. Figura a continuación del ritual de la ordenación
sacerdotal de un confesor; pero como dice CONNOLLY (op. cit., pp. 64, s.), se refiere a la
liturgia eucaristica. He aquí el texto copto: "El obispo hará la eucaristía, como ante-
riormente se dijo. No es absolutamente necesario que recite las palabras que indicamos,
como si las recitara de memoria en su eucaristía a Dios; sino que cada uno orará,
según se le alcance. Si puede orar bien, y formular largas plegarias, perfectamente;
62 HISTORIA DE LA IGLESIA

Si no tuviésemos más que los documentos que provienen de la Tradición


apostólica podríamos interpretar esta legislación canónica como obra par-
ticular del jefe de u n a iglesia cismática en Roma; pero nos es fuerza reco-
nocerle una mayor importancia, así por la tendencia conservadora que se
afirma continuamente en la obra de Hipólito, particularmente en el prólogo,
como por la historia de los textos litúrgicos. Lietzmann ha demostrado que
todas las liturgias que poseemos se pueden reducir a dos tipos fundamen-
tales: la liturgia de Hipólito y la de Serapión ( 7 3 ). Siendo esto así, no po-
demos considerar dichas liturgias como dos creaciones aisladas sin conexión
con el pasado n i con el futuro, sino como enraizadas en u n a tradición firme
y como el punto de partida de una nueva evolución. Todo esto hace suponer
que esta liturgia, reglamentada, fruto de u n a larga costumbre, se impuso
en adelante en toda la Iglesia.

EL SÍMBOLO BAUTISMAL LO que acabamos de asentar acerca de la liturgia


eucarística, se confirma con la historia de la
liturgia bautismal y, en particular, del símbolo. No vamos a hacer u n a his-
toria detallada, que por lo demás está "ya hecha" ( 7 4 ) , sino solamente se-
ñalar las conclusiones, pues no carecen de interés para nosotros. El símbolo
bautismal es una fórmula litúrgica y es la historia de la liturgia la que
mejor nos puede ayudar a conocer su origen y desarrollo.
El origen del símbolo bautismal, como el de la liturgia eucarística, es u n
precepto de Jesucristo: es el mandato dado a sus apóstoles: "Id y enseñad a
todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre, del Hijo y del
Espíritu Santo". De este precepto nació la fórmula del bautismo y de él la
regla de fe ( 7 S ).
En u n principio este símbolo trinitario es m u y breve; es u n a fórmula
litúrgica, la profesión de fe de los neófitos, calcada en la fórmula bautismal;
su primera explicitación es breve, pero luego, a medida que surgen las here-
jías, va desarrollándose con mayor amplitud. Bajo la presión herética, la
Iglesia se apresura a dar forma definida a la regla de fe, incorporando al anti-
guo símbolo las fórmulas cristológicas ya consagradas por el uso litúrgico.
E n los dos primeros siglos, el símbolo conserva a ú n la plasticidad primi-
tiva; puede tomar formas diversas para oponerse a las herejías, y aun en
u n mismo teólogo, por ejemplo en Ireneo, podemos encontrarnos con redac-
ciones distintas ( 7 6 ). Esencialmente está constituido el símbolo por u n a
profesión en l a s t r e s divinas personas, a la cual siguen siempre los misterios
de Cristo; pero esta cristología va unida en Adversus haereses al tercer ar-
tículo y en la Demostración al segundo ( 7 7 ) ; y no se trata solamente de u n a

pero, si sólo recita una oración breve, no importa, con tal que sea ortodoxa". Cf. CON-
NOLLY, op. cit., p. 66: "Todo este pasaje es demasiado genérico y vago, para que deba
interpretarse como referido a la ordenación de una determinada clase de confesores;
sino que debe entenderse como párrafo independiente y con significación retrospec-
tiva". .. Cf. por el contrario, CABROL, art. Hippolyte en Dict. d'arch. chrét. et de liu,
col. 2413.
(73 ) Messe und Herrenmahl, p. 174, s.
(74) Cf. Histoire du dogme de la Trinité, t. II, pp. 141-173; Les origines du Symbole
baptismal, en Recherches de Science religieuse, t. XX (1930), pp. 97-124, y los libros y
artículos que se indican en estos trabajos.
( 73 ) Este origen está claramente indicado por TERTULIANO, De Prwscriptione, xni
y xx.
(76) Basta comparar Adv. hoer., I, x, 2 y Demostración, vi, para comprobar esta
diferencia; cf. Recherches, art. cit. pp. 103 y 105.
(7T) También se encuentra la mención del Espíritu Santo o la de la resurrección
LA REACCIÓN CATÓLICA 63

disposición diversa de los materiales, sino también de u n a distinta selección


de los mismos. Se toman elementos de u n a tradición teológica anterior, pero
generalmente diversos ( 7 8 ).
Cuando de Ireneo pasamos a Tertuliano o a Hipólito, advertimos que el
formulario litúrgico está ya más definido; de las dos obras podemos extraer
un mismo símbolo, el romano ( T 9 ). Esta fijación definitiva de las fórmulas se
debe en parte, probablemente, a la reacción contra las herejías trinitarias y
cristológicas que, a finales del siglo segundo, conmovieron toda la Iglesia
y sobre todo la Iglesia romana C 80 ); a ello contribuyeron probablemente las
circunstancias favorables de que ya hemos hablado: el uso litúrgico se su-
jetó entonces a una forma invariable, sancionada por la autoridad eclesiás-
tica, y el símbolo siguió esta misma ley.
Esta codificación de la liturgia se desarrolla dentro de las iglesias par-
ticulares; pero, sin embargo, las fórmulas adoptadas por u n a iglesia se ex-
tienden en general a toda su zona de influencia. Roma irradia sobre Car-
tago y África, pero además de estas iglesias, unidas a la Iglesia romana por
lazos especiales, toda la Iglesia universal siente la atracción de Roma y se
somete a su autoridad. Sin embargo, el uso litúrgico goza de una grande
autonomía, y la codificación, que hemos sorprendido en Roma, se llevará
a cabo en otras partes; pero con más lentitud y según tipos distintos; sólo
en la cuestión pascual Roma impondrá la unificación, la reducción de todas
las iglesias a u n mismo uso ( 8 1 ).

EL CANON DEL La constitución del canon del Nuevo Testamento


NUEVO TESTAMENTO es cuestión mucho más importante que la codifi-
cación de la liturgia, de la cual no es enteramente
independiente, porque obedece a unas mismas necesidades; frente ai los here-
jes que florecen en enseñanzas diversas, según la fecundidad de su imagi-
nación, la Iglesia quiere asegurar la pureza de su fe y, por lo mismo, deter-
minar con precisión las fuentes de ella ( 8 2 ).
Esta preocupación aparece claramente en Ireneo; domina en el tercer
libro, en que el obispo de Lyón afirma con fuerza extraordinaria que no
hay ni puede haber más que cuatro Evangelios. Era necesaria esta reacción,
pues desde esta fecha comenzaron a pulular los apócrifos. Por este mismo
tiempo presentaron al obispo Serapión, de Antioquía, en la iglesia de Rosón,
golfo de Isso, u n evangelio de Pedro del que no tenía noticia, y, por no
parecer severo, autorizó su lectura; pero más tarde lo leyó y comprendió
que era obra de los docetas y escribió a los fieles de Rosón, revocando el
permiso concedido C 83 ). Por aquellas kalendas comenzaron también a pro-
de la carne, con las fórmulas cristológicas, en TERTULIANO, De prasscr., xm; Adv.
Prax., II; De virg. vel., i.
(78) Puede estudiarse a este respecto el texto de la Demostración, vi: es un breve
comentario del símbolo, más que una transcripción literal; pero aun este comentario
está tejido de fórmulas tradicionales, cuyo estilo y rasgo podemos encontrar en Ber-
nabé, Justino, Hipólito; cf. Recherches, art. cit, p. 103, n. 10.
(79) Cf. DOM B. CAPEIXE, Le Symbole romain au IIe siécle, en Revue Bénédictine,
t. XXXIX (1927), pp. 33-34; LIETZMANTC, Symbolstudien, XIV, en Zeitschr. f. N. T.
Wiss. (1927), pp. 75-95; Histoire du dogme de la Trinité, t. II, pp. 162-168.
(80) QJ Histoire du dogme de la Trinité, t. II, p. 161; Recherches, art. cit., pp. 115 y s.
(81) Cf. infra, p. 78.
(82) Cf. LAGKANGE, Histoire ancienne du Canon du Nouveau Testament (1933),
sobre todo pp. 58-133.
(83) EUSEBIO cita un fragmento de esta carta, Hist. Eccl., VI, xn, 3-6. Cf. LAGRANGE,
op. cit., p. 32.
64 HISTORIA DE LA IGLESIA

pagarse y multiplicarse los "Acta apostolorum" apócrifos. Tertuliano nos


cuenta cómo los Hechos de Pablo y Tecla fueron compuestos por u n pres-
bítero, al cual degradaron por este motivo ( 8 4 ) ; y si el castigo no fué más
severo se debió a que el libro no contenía nada herético y a que su autor
protestó que lo había escrito por devoción al apóstol. Otros motivos inspi-
raron a otros autores libros enteramente heterodoxos o, al menos, sospe-
chosos ( 8 5 ) .
Además de esta literatura dudosa, evangelios, hechos, apocalipsis, florece
u n a literatura francamente gnóstica: Evangelio de María Magdalena, Re-
velación de Juan, Pistis Sophia ( 8 6 ) ; y estos libros se presentan como reve-
laciones del Señor, confiadas a los iniciados por medio de almas escogidas,
de almas privilegiadas.
En t a n enorme confusión, la Iglesia tenía el deber de preservar a los cris-
tianos, discriminando netamente los libros escritos bajo la inspiración del
Espíritu Santo de los que fueran simples fantasmagorías. La Iglesia, de la
que siempre y bajo su garantía habían recibido los cristianos los libros
inspirados, se veía forzada a intervenir ahora, recordando sus enseñanzas
de u n a manera clara y enérgica, con el fin de que nadie pudiera equivo-
carse n i se dejase engañar. También en este asunto la codificación llevada
a cabo en la liturgia preparó y dispuso la fijación canónica de la lista de
los libros del Nuevo Testamento.
Conocemos el texto de Justino sobre la misa dominical: "Se leen las
memorias de los apóstoles y los escritos de los profetas según lo permite el
tiempo" ( 8 7 ) . Líneas más arriba nos dice el mismo escritor que esas memo-
rias de los apóstoles se llaman evangelios ( 8 8 ) .
La costumbre de leer públicamente los libros y documentos sagrados se
remontaba a los mismos apóstoles. San Pablo, al escribir su primera epístola
a los Tesalonicenses-, manda que se lea a todos los hermanos (5, 2 7 ) ; y la
carta escrita a los Colosenses deberá leerse primero en Colosas y luego en
Laodicea; y de la misma manera, la carta escrita a los de Laodicea en Co-
losas (Col. 4, 16) ( 8 9 ) .
Estas lecturas públicas, como el resto de la liturgia, estaban sometidas a
la autoridad y vigilancia de la Iglesia y era preciso que u n a regla canónica
diese a conocer cuáles eran los libros sagrados y cuáles no lo eran.
La misma lectura privada debía conformarse al juicio de la Iglesia; lo
hemos visto en el episodio sobre el Evangelio de Pedro y tenemos u n a con-
firmación de lo mismo en las primeras versiones del Nuevo Testamento.
A fines del siglo n , la Iglesia, que ha rebasado las fronteras del helenismo,
tiene que proporcionar a sus nuevos fieles los libros sagrados en su propia
lengua; ya en esta época tenemos las versiones latina C90) y siríaca del Nuevo

( 84 ) De Baptismo, xvn. Cf. VOUAUX, Les Actes de Paul, pp. 29-31.


( 85 ) Los Hechos apócrifos están casi todos contaminados de gnosticismo o de dooe-
tismo; pero, a veces, es difícil determinar si esas influencias afectan a todo el libro
o solamente a fragmentos interpolados en un conjunto ortodoxo. Cf. infra, cap. XI, § 1.
(86) Cf. Histoire du dogme de la Trinité, t. II, pp. 119-122.
( 87 ) Apol., I, LXVII, 3.
( 88 ) Ibíd, LXVI, 3.
( 89 ) Hacia el 170, Dionisio de Corinto, escribiendo a Sotero, le dice que su carta
ha sido leída a los hermanos, en la reunión del domingo y que continuará leyéndose
lo mismo que la primera carta de Clemente (Hist. Eccl., IV, xxm, 11). La lectura pú-
blica de un documento es signo de veneración; pero no necesariamente de canonicidad.
Cf. LAGRANGE, op. cit., pp. 19-22.
( 90 ) Los mártires escilitanos (17 julio 180) reconocen en su interrogatorio que po-
LA R E A C C I Ó N CATÓLICA 65

Testamento ( 9 1 ) ; y en el siglo m las versiones coptas ( 9 2 ). Estas versiones


atestiguan la existencia de una colección fija de los libros sagrados ( 9 3 ). So-
bre todo por lo que respecta a los cuatro Evangelios, la concordancia estudia-
da y establecida por Taciano, hacia el año 170, supone lo que Ir éneo pro-
clamará más tarde: h a y cuatro Evangelios y solamente cuatro.
A todo esto es preciso añadir las controversias provocadas por la herejía:
Marción rechazaba todo el Antiguo Testamento, y del Nuevo sólo admitía
el Evangelio de San Lucas, mutilado a su talante y las Epístolas de San
Pablo. Este era el primer punto que había que discutir y que dominaba toda
la controversia con Marción. Por otra parte los montañistas abusaban del
Apocalipsis y del Discurso que Jesucristo pronunció después de la Cena, tal
como la trae San J u a n ; lo que hizo que en ciertos ambientes se desconfiase,
por reacción, del Apocalipsis y aun del propio Evangelio de San J u a n ( 9 4 ).
La codificación del canon no fué, pues, obra de u n solo hombre, sino que
fué la consagración por la Iglesia del juicio que siempre, desde el principio,
había emitido sobre los libros santos. Bajo la presión de los diversos factores
que hemos enumerado, esta consagración era indispensable. Para la mayor
parte de los libros no había dudas, n i dificultad n i n g u n a ; los cuatro Evange-
lios, lps Hechos y las Epístolas de San Pablo eran recibidos en toda la Iglesia,
sin controversia; pero menudearon las discusiones sobre el Apocalipsis, como
consecuencia de la reacción antimontanista y antimilenarista. La Epístola a los
Hebreos y las Epístolas católicas suscitaron muchas dudas y controversias
acerca de su origen y no fueron admitidas sino después de bastante tiempo
de discusión ( 9 5 ).
Por el contrario, en el siglo n , se acogen con gran favor libros sin autoridad
alguna: es u n ejemplo Serapión de Antioquía, admitiendo primero y recha-
zando luego el Evangelio de Pedro; y el Pastor de Hermas, que, resis-
tido muy pronto en las iglesias de Occidente, se mantiene durante mucho
tiempo en Egipto ( 9 6 ).
Estas vacilaciones locales, que duraron algunos lustros, oscurecen u n poco
la cuestión del canon, sombreando los bordes del cuadro, pero en el centro
brilla la luz viva e inmaculada.
Por lo demás, recordemos a propósito del canon de las Sagradas Escrituras
lo que hemos repetido a otros respectos, por ejemplo del símbolo bautismal:

seen: "venerandj libri legis divinae epístola? Pauli apostoli, viri justi". (ed. ROBINSON,
Texis and Studies, I, 2, 1891). Tertuliano utiliza y, a veces, discute estas traducciones
latinas. Cf. D'AIÍS, Théologie de Tertullien, pp. 232 y s.
(91) El Diatessaron de Taciano fué compuesto probablemente en griego, poco des-
pués del 170; y luego él mismo hizo la traducción siríaca. Cf. A. S. MARMARDJII, O. P.,
Diatessaron de Tatien (Beyrut, 1935), p. ix: "Estoy casi cierto ya de que Taciano
comenzó por componer su Diatessaron en griego... luego lo tradujo... Es, con toda
propiedad, una obra siríaca para los sirios."
(92) La versión sahídica puede datar de fines del siglo ni o principios del iv; LA-
GRANGE, Critique textuelle du Nouveau Testament. (París, 1935), t. II, pp. 322-324.
(93) La publicación de los papiros de Chester Beatty ha demostrado que ya en la
primera mitad del siglo tercero, los escritos del Nuevo Testamento los manejaban los
cristianos, reunidos en un Codex: The Chester Beatty Biblical Papyri, Londres, 1933,
introducción, p. 12.
(9«) Cf. KIDD, op. cit., t. I, pp. 268-272.
(95) Cf. LAGRANGE, op- cit., pp. 130-133, donde resume las conclusiones de su inves-
tigación.
(96) ORÍGENES (Comment. in Mt., xiv, 21) lo considera Escritura divina; pero reco-
noce que su sentir no es el de toda la Iglesia y no pretende imponerlo. Cf. Histoire
du dogme de la Trinité, t. II, pp. 346 y s.
66 HISTORIA DE LA IGLESIA

en Roma es donde primeramente se forja la fórmula y la ley, que luego se


extiende a las demás iglesias.
Efectivamente, en Roma, es donde por primera vez encontramos, en el u m -
bral del siglo n i ( 9 7 ), el catálogo de los libros sagrados; es el llamado "Frag-
mento Muratoriano" ( 9 8 ). ¿Es de Hipólito este texto? Muchos historiadores
lo creen y no sin motivo ( 9 9 ). Sin embargo la cuestión del autor tiene u n
valor secundario; lo verdaderamente importante es el carácter del documento.
Harnack escribe ( 1 0 °): "Este fragmento que es escrito autoritativo, destinado a
orientar a toda la cristiandad y proporcionarle u n ejemplo que debe seguir,
es con toda verosimilitud de origen romano." E n conclusión: " N o existen
en la Iglesia antigua documentos parecidos, por sus frases apodícticas y por
su juicio sin apelación sobre Hermas, si exceptuamos la excomunión de
Teódoto por Víctor, la exclusión de la unidad eclesiástica de los obispos asiá-
ticos por el mismo Víctor, la declaración dogmática de Ceferino en favor del
unitarismo ( 101 ) y el edicto perentorio de Calixto sobre la penitencia. Habrá
que d a r en adelante al obispo de Roma mucho mayor importancia en la crea-
ción o confirmación del Nuevo Testamento, que la que hasta ahora se le h a
dado." Este juicio de Harnack lleva el sello de las preocupaciones de su autor
contra los obispos de Roma, a los que acusa de monarquianismo; pero no, todo
es en él equivocado: el fragmento de Muratori es, a su manera, u n edicto
perentorio, como el edicto de Calixto, que m u y pronto examinaremos.

LA SUCESIÓN APOSTÓLICA Después de la Escritura, la tradición, segunda


fuente de la revelación. Ireneo, para determi-
n a r y establecer con firmeza las dos fuentes del dogma, discurrió y escribió
sobre ambas; porque contra las dos igualmente atentaban los gnósticos ( 1 0 2 ).
Desde el siglo n en adelante, a medida que se multiplican las controversias
doctrinales, se busca como criterio de verdad, la doctrina apostólica; y los mis-
mos gnósticos pretenden ampararse en ella. Para conseguirlo m u t i l a n la Escri-
t u r a ; la torturan con exégesis violenta; inventan escritos a los que atribuyen
origen apostólico e imaginan también u n a tradición secreta a través de la
cual la doctrina apostólica h a llegado hasta ellos.
Esta tradición se quiere autorizar a veces con el nombre de algún discípulo
real o ficticio de los apóstoles o del Señor: así Basílides, según Clemente ( 1 0 3 )
se apoyaba en Glaucías, del que decía era discípulo de San Pedro; pero según

( 9 7 ) Z A H N (Gesch. des N. T. Kanons, t. I I , p. 136) fecha el fragmento poco antes del


217; KIDD, (op. cit., p. 272) entre 175 y 200.
(98) El texto de este fragmento en Z A H N , op. cit., t. I I , 1, pp- 5-8; en LAGRANGE, op.
cit., pp. 68-70 y en muchas colecciones. Los comentarios más detallados son los de Z A H N ,
ibíd., pp. 1-143, y LAGKANGE, ibíd., pp. 70-84. U n excelente estudio es el de S. RITTER,
II Frammento Muratoriano en Rivista di archeologia cristiana, I I I (1926), pp. 215-263,
del que se sirvió H. LECLERCQ, art. Muratorianum, en Dictionnaire d'Archéologie chré-
tienne et de liturgie, t. XII, col. 543-560.
98
( ) LIGHTFOOT, Apostolic Fathers, t. I, 2, pp. 405 y ss.; ROBINSON, Expositor, t. I
(1906), pp. 481 y s.; Z A H N , Komment. zur Offenbarung Joh. (1924), p. 106; B O N -
WETSCH, Nachr. d. Ges. d. Wiss. z. Goett., 7 de junio de 1923; LAGKANGE, op. cit:,
pp. 78-84.
(100) Zeitschrift für N. T. Wissenschaft, t. X X I V (1925), pp. 1-16. E n este artículo
HARNACK rechaza la atribución del documento a Hipólito-
(101) j£l lector hará por sí mismo la critica que se impone sobre esta interpretación
de la declaración de Ceferino, que es enteramente ortodoxa y no aprueba en modo al-
guno el unitarismo.
( 102 ) IRENEO, Adv. hazr., I I I , n , 1-2, citado supra, p. 47.
(103) Stróm-, V I I , XVII.
LA « E A C C I O N CATÓLICA 67

Hipólito ( 1 0 4 ), Basílides y su hijo Isidoro pretendían que San Matías les


había comunicado los secretos que en forma de magisterio confidencial había
recibido del mismo Salvador ( 1 0 5 ).
Otras veces sin nombrar los supuestos autores de esta revelación, se con-
tentan con invocar u n a tradición secreta, que provendría del mismo Salva-
dor ( 1 0 6 ); pero a u n entonces afirman los gnósticos que el primer anillo de
esta cadena es u n apóstol ( 1 0 7 ).

LA TRADICIÓN CATÓLICA A estas tesis gnósticas se opone la doctrina de


la tradición, tal como la elaboró Ireneo ( 1 0 8 ),
de quien la recibió Tertuliano. Para convencer de error a adversarios t a n
escurridizos y sutiles como los gnósticos, se imponía la necesidad de establecer
la existencia de u n a tradición incontestable y umversalmente reconocida.
Para Ireneo es garantía de u n a tal tradición la sucesión de sus obispos, que
por su institución proceden legítimamente de los apóstoles y, por los após-
toles, de Cristo. En el año 95, San Clemente fundamentaba en la sucesión
episcopal la autoridad jerárquica católica y el mismo argumento nos garan-
tiza el origen divino, y por lo mismo, la veracidad de la doctrina de la
Iglesia:
"La tradición de los apóstoles brilla en todo el mundo y quien quiera saber la
verdad, no tiene sino mirarla en cada Iglesia. Podemos enumerar los obispos que han
sido instituidos por los apóstoles y sus sucesores hasta nosotros" (III, ni, 1).
Tertuliano dirá dirigiéndose a los herejes:
"Decidnos el origen de vuestras iglesias; mostrad la serie de vuestros obispos, que,
sin interrupción, se. enlace con un apóstol o con alguno de los hombres apostólicos,
que hasta el fin de sus días estuvieron en comunión con los apóstoles; porque así es
cómo las iglesias apostólicas presentan su historia..." ( 1 0 9 ).
Este argumento supone la existencia de catálogos episcopales, que permitan
a las distintas iglesias, o por lo menos, a las iglesias apostólicas, probar su
origen; el ejemplo más claro lo tenemos en la lista episcopal de Roma, trans-
crita por Ireneo en defensa de su tesis (III, iv, 1).

(K>4) Philos., VII, xx, 1.


(105) Se encuentran, a veces, leyendas parecidas en CLEMENTE DE ALEJANDRÍA, que
en esta cuestión de la tradición no se ha precavido bien de las influencias gnósticas; por
ejemplo Hipotiposis, fr. 13 (Hist. Eccl, II, i, 4): "Después de su resurrección, el Señor
comunicó la gnosis a Santiago el Justo, a Juan y a Pedro, quienes la trasmitieron a los
demás apóstoles y los apóstoles a los setenta discípulos, de los cuales era uno Ber-
nabé." Esta tradición secreta aparece al frente de las Homilías Clementinas, en la
carta de Pedro a Santiago y en la promesa solemne que Santiago obliga a hacer a
cuantos quieren recibir de él la doctrina de Pedro.
(106) Así en el himno de los naasenos: "Yo enseñaré los secretos del camino santo,
es decir la gnosis" (Philos., V, x, 2) y la carta de Tolomeo a Flora: "Cuando sea juz-
gada digna de la tradición apostólica, que también hemos recibido por sucesión, con esta
regla de ajustar todas nuestras palabras a la doctrina del Salvador."
(107) E s t a tradición secreta y anónima la encontramos también en la teología alejan-
drina, por lo menos en Clemente. En Orígenes se observa más reserva: admite que San
Pablo recibió revelaciones secretas, que trasmitió confidencialmente a Lucas o a Timo-
teo; pero no que estas revelaciones hayan llegado por secreta trasmisión hasta él.
(108) Ha estudiado modernamente esta doctrina D. B. REYNDERS, Paradosis. Le
progrés de l'idée de tradition jusqu'á saint Irénée en Recherches de Théologie, t. V
(1933), pp. 153-191 y P. VAN DEN EYNDE, Les Normes de l'enseignement ckréíien,
pp. 159-192.
(109) De prcescriptione, xxxn.
68 HISTORIA DE LA IGLESIA

Tales catálogos tienen para nosotros, en la presente cuestión, u n doble


interés: atestiguan el cuidado que en las iglesias existía, ya antes de Ireneo,
por determinar la sucesión de sus obispos y, por su medio, hacer patente su
origen apostólico. Mas no están aún estos catálogos especificados con fechas
que determinen el tiempo que gobernaron cada uno de los obispos; años ade-
lante se pretenderá suplir esta falta por medio de conjeturas, para satisfacer
u n a legítima curiosidad histórica ( 1 1 0 ).
E n la época que ahora estudiamos, tan cerca a ú n de su primer origen, no
se sentía esa necesidad de cronología y lo único que preocupaba, y a que se
quería dar solución perentoria, era el origen apostólico demostrado por la
sucesión legítima de los obispos. Las efemérides episcopales serán más tarde
los cuadros cronológicos de la historia de la Iglesia; empero, en su origen,
no son sino genealogías que permiten vincular las sedes apostólicas a los após-
toles, que las fundaron.
Con este carácter se nos presenta la sucesión apostólica, treinta años antes
de Ireneo, y es lo que impulsa a Hegesipo a determinarla en las iglesias que
recorrió y sobre todo en Roma ( m ) ; y lo que fundamentaba el argumento
de Aniceto contra Policarpo en la cuestión pascual por aquellas mismas
kalendas ( 112 ) suscitada. Ireneo no ha tenido que crear el argumento de la
tradición; se ha limitado a reunir los datos, pero ha sabido darle una fuerza
y una claridad mucho mayores. Tertuliano lo resume vigorosamente en esta
forma:
"Toda doctrina que esté de acuerdo con estas iglesias, madres y manantiales de la
fe, es verdadera; porque contiene indudablemente lo que dichas iglesias recibieron de
los apóstoles, los apóstoles de Cristo y Cristo de Dios" ( 1 1 3 ).

Añádase que el argumento de Ireneo, más completo que el de Tertuliano,


hace brillar y pone siempre de relieve el doble aspecto de la tradición: no
solamente la perpetuidad del testimonio que por la sucesión regular de los
obispos se remonta hasta los apóstoles y por éstos a Cristo; sino también esta
cadena viva, este testimonio del Espíritu Santo, que proclama nuestra unión
con Cristo, por la fiel adhesión a su doctrina y por la comunicación de su
vida ( " « ) .
La tradición es u n a fuente de verdad y de vida accesible a todos. Para
beber en sus aguas no es necesario pasar a través de u n a iniciación secreta,
n i entretenerse en investigaciones eruditas; basta recurrir a las iglesias y con
preferencia a las más antiguas, aquellas que vivieron con los apóstoles, y sobre
todo "a la más grande y más antigua, conocida de todos, la que fundaron
y establecieron en Roma los dos apóstoles más gloriosos, Pedro y Pablo" ( 1 1 5 ).

(110) Ha demostrado muy bien este carácter de las primeras listas episcopales
E. CASPAR, Die alteste romische Bischofsliste en Schriften der Konisberger Geleherten
Gesellschaft, t. II, 4 (1926); cf. VAN DEN EYNDE, op. cit., pp. 193-195.
(Hi) Hist. EccL, IV, xxn, 2-3. Cf. VAN DEN ETNDE, op. cit., pp. 72-75.
(112) Hist., EccL, V, xxiv, 16: Policarpo, discípulo inmediato de San Juan y de los
otros apóstoles se apoya en ellos y Aniceto, en los presbíteros, sus predecesores. Cf.
ibíd-, p. 75.
(113) £)e prcescriptione, xxi, 4.
(114) Recalca sobre todo este aspecto, cuando se refiere a las iglesias establecidas
entre los bárbaros. "Estos fieles no tienen papel ni tinta; pero el espíritu ha escrito
en sus corazones la salvación y guardan con toda diligencia la tradición antigua"
(Adv. hcer-, III, iv, 2); y más explícitamente, al hablar de la fuerza vivificante de la
enseñanza de la Iglesia (ibíd-, III, xxiv, 1). Cf. supra, pp. 47-49.
( 115 ) Ibíd., III, ni, 2. En todo este desarrollo de la. idea de tradición en el seno de
la Iglesia, no sorprendemos indicios de lo que CASPAR cree ver en los orígenes de ella:
LA REACCIÓN CATÓLICA 69

LA DISCIPLINA A lo largo de la primera mitad del siglo n i , la disciplina


PENITENCIAL penitencial va tomando u n carácter que no tenía antes:
la reconciliación de los pecadores está en adelante regida
por leyes canónicas, que hasta ahora no habían sido formuladas. Esta trans-
formación presenta u n a evidente analogía con la historia de la liturgia, la
formación del canon y la elaboración del concepto de tradición: la Iglesia
se organiza, define su jurisprudencia y la ley suplanta a la costumbre ( 1 1 6 ).
Para comprender todo el alcance de esta transformación, es útil recordar el
Pastor de Hermas y su predicación de la penitencia: ante los pecadores que
no supieron conservar la gracia, la rama verde de su bautismo, Hermas pro-
testa que tal defección es indigna de u n cristiano y que el bautismo debería
ser para todos la única penitencia definitiva. En adelante será así; en cuanto
al pasado, Dios quiere perdonar todavía y el ángel de la penitencia ofrece
la salvación a los pecadores. En toda esta predicación, se reconoce el esfuerzo
de u n cristiano fervoroso por mantener en su pureza el ideal cristiano; sin
querer arrojar, sin embargo, a los pecadores en brazos de la desesperación.
No se trata en modo alguno de u n "jubileo": se anuncia u n a gracia de remi-
sión. Si se desatiende la oferta, volverá a reiterarse por u n a sola vez; mas esta
gracia excepcional nunca se brindará de nuevo. Empero esta gracia no se
funda ni aparece en la promulgación de u n edicto de indulgencia, sino en la
exhortación de u n profeta cristiano ( m ) .
Esta exhortación pudo ciertamente ejercer u n influjo santo; pero evidente-
mente no podía resolver el problema moral: para encontrar la gracia perdida
y la esperanza de salvación, es necesario volver a entrar en la "torre", es
decir en la Iglesia, y sólo la Iglesia puede conceder o rehusar la acogida. La
predicación de Hermas supone la misericordia de la Iglesia, pero no es quién
para darnos la garantía auténtica n i las condiciones de esa misericordia.
Estas condiciones nos son casi desconocidas: la predicación de Hermas y el
posterior tratado de Tertuliano sobre la penitencia, escrito cuando a u n era
católico, atestiguan la misión de la Iglesia en la reconciliación de los peca-
dores ( 118 ) y nos lo confirman algunos episodios y detalles que ocasionalmente
han llegado hasta nosotros; por ejemplo la reconciliación de Marción ( 1 1 9 ),
la exomologesis de mujeres herejes y pecadoras de que habla San Ireneo ( 1 2 °);
pero no nos consta que en esta época existiera una ley canónica, que prometa
al pecador la reconciliación con la Iglesia y la absolución en nombre de
Dios ( 1 2 1 ), previas ciertas condiciones.
una tradición de escuela, análoga a la de las sectas filosóficas, en que la doctrina se
trasmite por tradición del maestro al discípulo. Cf. Recherches de Science religieuse,
t. XXI (1931), p. 604.
(116) No es nuestro intento estudiar al detalle la actitud de la Iglesia con respecto
a los pecadores, sino sólo señalar la transformación operada. De lo contrario necesi-
taríamos largas disquisiciones, que el lector puede encontrar en otros historiadores
diligentes y ponderados: A. D'ALES, L'Edit de Calliste (1914); P. GALTIER, L'Eglise
et la rémission des peches aux premiers siécles (1932); cf. C. D. WATKINS, A History
of Penance (2 vols., Londres, 1920), t. I, pp. 109-129.
(117) TURNER supone que esta predicación de Hermas, hermano del obispo Pío, in-
tenta sostener la autoridad episcopal con el prestigio del profeta (Journal of Theol. Stud.,
t. XXI [1920], pp. 193-194). Esta hipótesis no tiene en contra un argumento decisivo;
pero es absolutamente gratuita; nada hay en el Pastor que haga entrever un acto de
autoridad del obispo, que el profeta quiera apoyar.
(118) Este hecho, cuya importancia es capital, está bien demostrado en D'ALES,
L'Edit de Calliste, pp. 52-113 (para Hermas) y pp. 137-171 (para De Pamitentia).
("») Cf. D'ALES, op, cit., pp. 120 y s.
(120) Adversus hmreses, I, vi, 3; I, xm, 5. Ibíd., p. 121.
(121) Sin pretender dilucidar una cuestión tan oscura, podemos creer, por lo que
70 H I S T O R I A DE LA IGLESIA

EL EDICTO DE CALIXTO T o d o es l u z e n c a m b i o e n el e d i c t o p e r e n t o r i o ,
que tanto indigna a Tertuliano montañista: "El
s o b e r a n o p o n t í f i c e , l l a m a d o t a m b i é n obispo d e l o s obispos, d e c r e t a : «Yo, y o
p e r d o n o los p e c a d o s d e a d u l t e r i o y f o r n i c a c i ó n a los q u e h a c e n p e n i -
tencia»" (122).
E s t e " e d i c t o p e r e n t o r i o " , así lo l l a m a T e r t u l i a n o , es o b r a d e u n obispo y
p r o b a b l e m e n t e d e l a d v e r s a r i o d e H i p ó l i t o , d e l obispo d e R o m a , C a l i x t o ( 1 2 3 ) .

TERTULIANO Los Philosophumena no fueron compuestos por Hipólito


sino d e s p u é s d e l a m u e r t e d e C a l i x t o ; el De Pudicitia, por
el c o n t r a r i o , fué escrito p o r T e r t u l i a n o m o n t a ñ i s t a , e n t r e el 217 y el 2 2 2 ; es
l a p r i m e r a r e a c c i ó n d e l fogoso p o l e m i s t a c o n t r a el " e d i c t o p e r e n t o r i o " . A n t e s ,
c u a n d o e s t a b a d e n t r o de l a I g l e s i a , p r o f e s a b a , t a m b i é n él, q u e p o d í a n p e r d o -
n a r s e estos p e c a d o s ; p e r o a h o r a se g l o r í a d e h a b e r m u d a d o d e p a r e c e r :

"Que los psíquicos se aprovechen, para seguir acusándome de inconstancia. Romper


con u n grupo nunca se tuvo por pecado. Como si no hubiese mucha mayor probabili-
dad de engañarse con la turba, cuando la verdad es sólo patrimonio de la minoría.
No hay mayor deshonra en una inconstancia provechosa, que gloria en una inconstancia
perjudicial. No me avergüenzo de haber renunciado al error, sino que estoy encan-
tado de haberlo hecho; porque ahora soy mejor y más casto. Nadie se avergüenza de
progresar" ( 1 2 4 ) .

T e r t u l i a n o a d m i t e q u e Dios p u e d e p e r d o n a r los p e c a d o s ; p e r o n i e g a q u e
este p o d e r h a y a sido t r a n s m i t i d o a l a I g l e s i a . P o r c o n s i g u i e n t e , a q u é l q u e
se h a g a c u l p a b l e d e los t r e s p e c a d o s q u e él j u z g a i r r e m i s i b l e s — f o r n i c a c i ó n ,
h o m i c i d i o , a p o s t a s í a — d e b e h a c e r p e n i t e n c i a ; p e r o d e sólo D i o s p u e d e e s p e r a r
el perdón:

sabemos de la disciplina eclesiástica y de la liturgia en esta época, que los obispos


resolvían los casos que se le presentaban, según la costumbre tradicional; pero sin
sujetarse a una legislación canónica formalmente definida.
(122) De Pudicitia, i, 6.
(123) Esta cuestión ha sido bastante discutida. D E LABRIOLLE (intr. al De Pudicitia,
xvn) alude a ella: "Desde los primeros editores de Tertuliano se. admitía, en general,
la hipótesis de que se trataba del papa Ceferino. Ciertos críticos pensaron en algún
obispo cartaginés, pero el descubrimiento de los Philosophumena renovó la discusión."
D e Rossi intentó demostrar que el autor del edicto era Calixto y le siguió Harnack y "la
mayor parte de los críticos"; pero, al cabo de diez años, la hipótesis del origen africano
del edicto ha ganado a cierto número de críticos, que lo atribuyen a Agripino: así P.
GALTIER (Le véritable Edit de Calliste), artículo publicado en 1927 en Revue d'Histoire
ecclésiastique, t. X X I I I , pp. 465-488; y de nuevo en L'Eglise et la rémission des peches
(1932), pp. 141-183; G. BARDY (L'Edit d'Agrippinus en Revue de Sciences religieuses,
t. I V (1924), pp. 1-25), y algunos otros que se pueden ver citados en GALTIER. Muchos
otros, sin embargo, continúan considerando a Calixto como autor del edicto: HARNACK,
Ecclesia Petri propinqua en Sitzungsberichte des preuss. Akad., Berlín, t. X V I I I (1927);
BATIFPOL en Recherches de Science religieuse, t. X V I I I (1928), p. 38; D'ALES, t. X I
(1920), p. 254; H . KOCH, Kallist und Tertullian, Heidelberg (1920); Cathedra Petri
(1930), p. 6; GASPAR, Geschichte des Papsttums, t. I, p. 26; KIDD, op. cit., t. I, p. 374.
La cuestión por otra parte no tiene gran importancia para el estudio del desarrollo disci-
plinar. Que el edicto haya sido promulgado en Roma por Calixto o en África por Agri-
pino, indicaría igualmente el ejercicio en forma perentoria y soberana del poder epis-
copal (cf. GALTIER, op. cit., p. 174).

( 1 2 4 ) i, 10-11 (trad. francesa: P. DE LABRIOLLE). Sobre el alcance de esta declaración,


cf. D'ALES, op. cit., pp. 178-183. La comparación del D e Pwnitentia de Tertuliano católico
con el De Pudicitia confirma estas observaciones: "En el De Pudicitia acusa de false-
dad la doctrina católica de su tiempo y nos muestra con plena evidencia que esta
doctrina, que ataca ahora, es la misma que expuso en el De Pcenitentia", p. 180.
LA R E A C C I Ó N CATÓLICA 71

"La penitencia es estéril para los psíquicos, que quieren lograr una paz humana;
por el contrario nos aprovecha a nosotros, que tenemos presente que sólo Dios perdona
los pecados y por consiguiente los pecados mortales. Porque, abandonándose el alma
en las manos de Dios y postrada en su presencia, se esforzará tanto más eficazmente
por su perdón, cuanto que de sólo Dios lo implora y no cree que una paz humana
baste para expiar su pecado; y prefiere llenarse de rubor delante de la Iglesia a entrar
de nuevo en comunicación con ella. Sentado el pecador a su puerta, instruye a los
demás con el ejemplo de su oprobio, llama en ayuda suya las lágrimas de los fieles
y alcanza con su piedad mayor riqueza, que volviéndole a la comunión. Si no cosecha
aquí abajo, es que siembra delante del Señor..." ( 1 2 5 ).

HIPÓLITO Tertuliano no nos da a conocer más que una parte de la obra


disciplinar de Calixto: el edicto en que se promete la absolu-
ción de los pecados de adulterio y fornicación a los cristianos culpables que
hubieren hecho penitencia. Hipólito es más completo en sus informes; pero
no menos apasionado ( 1 2 6 ) :
"Calixto fué el primero que pensó autorizar el placer, diciendo que perdo-
naría a todos sus pecados"; y los pecadores afluyeron a su escuela. Definió
que u n obispo, aunque haya caído en falta gravísima, no podía ser depuesto
y argumentaba con las palabras de San Pablo: "¿quién eres tú para juzgar
al siervo de otro?" ( 1 2 T ). Permitía a las mujeres contraer matrimonio con
hombres de condición inferior y aun esclavos, sin recurrir al matrimonio
legal. "Se ha visto a mujeres, que se dicen fieles, emplear toda clase de
medios, para hacer perecer, antes que vea la luz, al hijo que concibieron
de u n esclavo o de u n marido indigno de ellas; su rango y su fortuna lo
exigían. Así Calixto ha enseñado a la vez el concubinato y el infanticidio. . .
En su tiempo por primera vez, sus partidarios osaron admitir u n segundo
bautismo. ¡He ahí la gran obra del famoso Calixto!"
Es difícil discernir en este alegato qué es lo verdadero. El caso más fácil
de interpretar es el de los matrimonios desiguales; la legislación romana, y en
particular los senadoconsultos de Marco Aurelio y de Cómodo, los prohi-
bían ( 1 2 8 ). Había una grave razón para hacer caso omiso de esta prohibi-
ción: en la aristocracia romana las conversiones eran m u y raras, sobre todo
entre los hombres; las mujeres cristianas podían suplicar a la Iglesia que
sancionase matrimonios que la ley civil no reconocía, y la Iglesia estaba en
su pleno derecho al hacerlo ( 1 2 9 ) ; pero estas autorizaciones, reclamadas por
el bien común, podían tener peligrosas consecuencias: aquellas mujeres, al
sentirse madres, podían verse tentadas a abortar, para ocultar su matrimonio;
si el caso se dio y Calixto absolvió a la mujer culpable, probaría que reco-
nocía el poder de absolver el pecado de homicidio, lo mismo que los pecados
de la carne ( 1 3 0 ).

(125) n l j 3_5 (trad. francesa: P. DE LABRIOLLE). Más adelante Tertuliano reconocerá


a la Iglesia, pero a la Iglesia montañista, el poder de perdonar los pecados; y aun
añadirá que la Iglesia rehusa el ejercicio de ese poder, para no dar ánimos a los peca-
dores (xxi, 7).
(126) Philosophumena, IX, xn. Este texto ha sido comentado y traducido por D'ALES,
op. cit., pp. 217 y s.
(127) Rom. 14, 4. Admitía en el clero obispos, sacerdotes y diáconos casados dos y tres
veces; permitía, además, que un clérigo guardara su puesto aun cuando se casara.
(128) Textos citados por DUCHESNE, Origines chrétiennes, p. 297.
(129) Tj n a inscripción publicada por D E ROSSI, Bull. (1881), p. 67 y recordada
por DUCHESNE (op. cit., p. 298, n.) menciona una "clarissima" casada con un es-
clavo o liberto.
(130) Son ciertamente las faltas de la carne, donde está el hito de este alegato y
en esto el testimonio de Hipólito confirma el de Tertuliano.
72 H I S T O R I A DE LA I G L E S I A

Es más difícil determinar su conducta ( 131 ) respecto a los clérigos y obispos


bigamos ( 132 ) o pecadores: el texto que se cita de San Pablo, y que es alegado
también por Tertuliano ( 1 3 3 ), podría ser m u y mal invocado; pero podía tam-
bién ser invocado legítimamente contra agitadores o envidiosos que buscasen
querellas con su obispo ( 1 3 4 ).
La cuestión del "segundo bautismo" es todavía más oscura. No puede tra-
tarse de bautismo conferido por Calixto a herejes bautizados anteriormente
en su secta; la posición tomada treinta años más tarde por San Esteban en la
cuestión del bautismo de los herejes, argumentando con la tradición cons-
tante de la Iglesia, no nos permite suponer que Calixto hubiese adoptado en
este punto la práctica contraria. La explicación más probable de este texto
es la que interpreta este segundo bautismo, como sinónimo de la absolución
solemne concedida a los pecadores por la Iglesia, para reconciliarlos ( 1 3 5 ).

ACTITUD DE SAN CALIXTO A pesar de la desconfianza que inspira la


tan apasionada acusación de Hipólito y de la
indudable dificultad que existe, para separar la realidad histórica de sus exa-
geraciones y deformaciones, parece que podemos adivinar, a través de todas
estas calumnias, la actitud de Calixto. Su pontificado (217-222) coincide
con Heliogábalo y los primeros meses de Alejandro Severo; y durante es-
tos cinco años no tenemos noticia de ninguna persecución violenta ( 1 3 6 ) ; es
por tanto para la Iglesia tiempo de paz y de rápida propagación. En tales
condiciones se comprende que en la legislación penitencial del obispo de
Roma no se haya previsto la reconciliación de los apóstatas ( 1 8 7 ), problema
que aparecerá con agudas estridencias en los días que siguieron a la persecu-
ción de Decio. En la época que historiamos, los apóstatas son, indudable-
mente, m u y pocos; pero los pecadores son muchos y se impone la necesidad
de dar una solución a sus conciencias. Calixto, a nuestro entender, no hizo
sino sancionar, con u n a legislación canónica, medidas tomadas en la Iglesia
antes de él; pero esta sanción canónica era ya algo nuevo y de gran impor-
tancia; la indulgencia que el Pastor de Hermas ofrecía como gracia excep-
cional, queda en lo sucesivo consagrada por edictos oficiales del obispo
de Roma.
Al garantizar con su autoridad medidas tan graves, Calixto ha tenido que
buscar una justificación en la Escritura: es preciso tolerar la cizaña en el
campo del padre de familia; la Iglesia es como el arca de Noé, que lleva
en su seno animales puros e impuros ( 1 3 8 ).

(131) Se trata de obispos que, antes de su consagración, habían estado casados dos
o tres veces y que, por tanto (I Tim., 3, 2), no podían ser elevados al episcopado.
(132) Tertuliano recuerda bigamos destituidos (De Exhortatione Castitatis, VII);
pero se lamenta en otras partes de la impunidad de algunos obispos escandalosos (De
Monogamia, xn). Cf. D'ALES, op. cit., p. 224, n. 1; DUCHESNE, op. cit., p: 296:
(133) De Jejunio, xv; De Pudicitia, n.
(134) San Cipriano y otros muchos fueron perseguidos por la calumnia.
(135) Qf. D E ROSSI en Bulletino di Archeologia Cristiana (1886), p. 30; BENSON,
Cyprian, Londres (1897), p. 336; D'ALES, La Théologie de Saint Hippolyte, pp. 63-64;
L'Edit de Calliste, p. 226.
(136) pUede ser que Calixto haya perecido víctima de un motín. Cf. DUCHESNE,
Histoire ancienne de l'Eglise, t. I, p. 320, n.
(137) KIDD (op. cit., p. 375) cree que Calixto concedió el mismo perdón a todos los
pecados, incluso la idolatría; es una interpretación legítima del texto de Hipólito;
pero no hay prueba de que debamos interpretar ese texto a la letra.
(138) Hipólito menciona estas citas escriturísticas, poniéndolas en boca de Calixto.
LA R E A C C I Ó N CATÓLICA 73

Esta iniciativa enérgica y necesaria se extenderá, después de las persecu-


ciones de Decio y Valeriano, a los apóstatas arrepentidos; pero no sin pro-
vocar nuevas resistencias y nuevos cismas.

LA DIDASCALIA La Didascalia de los apóstoles ( 1 3 9 ), posterior al epis-


copado de Calixto, pero anterior, según parece, a la per-
secución de Decio, no rehusa a n i n g ú n pecador la misericordia de la Iglesia.
y la reconciliación; evoca sí con gran fuerza el ideal cristiano de que el
bautismo debería ser la única penitencia: Notum est ómnibus, quod, si quis
peccaverit iniquum aliquid post baptismum, hic in gehenna condemnatur
(c. v ) . Sin embargo manda al obispo que reconcilie a los pecadores arre-
pentidos, aun a los idólatras y homicidas ( 1 4 °), e incluso a los adúlteros ( 1 4 1 ).
El obispo es en la Iglesia juez establecido por Dios con poder de atar y
desatar: "In Ecclesia sede verbum faciens, quasi potestatem habens judicare
pro Deo eos qui peccaverunt: quoniam vobis episcopis dictum est per evan-
gelium: Quodcumque ligaveritis super terram, erit ligatum et in ccelo" ( 142 )
(ibíd.). Su autoridad viene del cielo y hay que amarle como a padre, tenerle
como a rey y honrarle como a Dios ( 1 4 3 ).
Mas de autoridad tan elevada, nacen deberes m u y graves, particularmente
respecto a los pecadores que debe buscar y salvar, "como lo ha dicho el
Señor Dios Jesucristo, nuestro buen Maestro y Salvador: «Deja las noventa
y nueve sobre los montes y va a buscar la oveja perdida»" (c. v n ) . Estas
exhortaciones aparecen sobre todo en los capítulos sexto y séptimo, en los
cuales inserta el autor los textos de los profetas y del Evangelio que enseñan
a los pastores sus deberes de misericordia ( 1 4 4 ). Estas instrucciones son m u y
interesantes, no solamente por la disciplina penitencial, sino también por el
ideal pastoral que describen: palpita aquí el amor maternal de la Iglesia por
sus hijos, lo mismo que en el Pastor de Hermas, por ejemplo ( 1 4 5 ) ; pero la
Iglesia está personificada por el obispo, padre y pastor de los cristianos ( 1 4 6 ).

(139) Didascalia Apostolorum, ed. H. CONNOLLY, Oxford, 1929.


(140) Después de citar la oración de Manases, comenta: "Audistis, filioli dilectissimi
nobis, quomodo Dominus pessime ei qui idolatra fuit et innocentes interfecit, et penituit,
remisit, id est Manasseti; prassertim cum peiore peccatum non sit aliud idolatría?-
Sed locus pamitentice concessus est" (c. vm). Cf. F. X. FUNK, Didascalia et Consititutio-
nes Apostolorum, vol. I, Paderborn, 1906, pp. 88, 90-92 y 118, de donde ha sido extracta-
da esta cita y las dos subsiguientes.
( 141 ) Recuerda la absolución de la mujer adúltera y añade: "Si autem pamitentem,
cum sis sine misericordia, non susciperis, peccavis in Dominum Deum; quoniam non
es persuassus, nec credidisti salvatori Deo Nostro, ut faceres, sicut Ule fecit in ea
muliere quce peccaverat, quam statuerunt presbyteri ante eum, et in eo ponentes
judicium exierunt... (Ibíd.).
(142) L a misma concepción de los deberes del obispo y la misma afirmación de su
poder absoluto se contiene en la fórmula de la consagración episcopal de San Hipó-
lito. Cf. infra, p. 95.
(143) llle quidem qui diademam portal rex, corporis solius regnat, super terram
solum solvens aut ligans. Episcopus autem et corporis et animal regnat, ligans et
solvens super terram caúesti potestate: magna, enim, et ccelestis et deifica data est ei
potestas. Episcopum ergo diligite ut patrem, tímete sicuti regem, honorate ut Deum
(cap. ix).
(144) Muchos de estos textos han sido citados por D'AIAS, L'Edit de Calliste, pp.
360-364.
(145) En particular en la Visión, III, ix, 1: "Escuchadme, hijos míos: yo os he edu-
cado en gran simplicidad, inocencia y santidad, por la misericordia del Señor, que
ha derramado sobre vosotros la justicia gota a gota..."
(146) Este sentimiento aparece muchas veces en los documentos de la controversia
74 HISTORIA DE LA IGLESIA

LA UNIDAD CATÓLICA E n las páginas precedentes, hemos descrito el


desarrollo de la disciplina eclesiástica, dentro de
las comunidades locales; si ahora estudiásemos las relaciones de las comuni-
dades entre sí, comprobaríamos u n desarrollo paralelo en los principales órga-
nos del gobierno de la Iglesia ( 1 4 7 ).
Debemos repetir aquí lo que escribía Batiffol, al terminar su libro L'Eglise
naissante ( 1 4 8 ): "La rapidez de la propagación del cristianismo en los tres
primeros siglos, bajo la amenaza de la persecución imperial sorprende al
historiador; pero causa mayor admiración a ú n el desarrollo interior y orgánico
de la cristiandad. Lejos de ser, como quieren los historiadores protestantes,
una serie de crisis y transformaciones que no hubiesen producido sino diferen-
cias y dislocaciones, la cristiandad se desarrolla y es catolicidad, unidad y
homogeneidad; tal es, después de dos siglos de existencia."
En toda esta obra canónica, litúrgica, administrativa, que hemos bosque-
jado brevemente, se sienten la presencia y el esfuerzo de hombres impregna-
dos de moderación, de caridad, de ansias de unión. Los obispos h a n recibido
de los apóstoles el poder de enseñar y regir; pero al mismo tiempo, también
la gracia del Espíritu Santo; tienen el poder de atar y desatar; pero tienen
también instinto y solicitud paterna para todos los cristianos y tienen entrañas
de compasión para sus faltas y son fácilmente accesibles a todos los pecadores.
Cargados con el peso de las iglesias, los obispos y sobre todo el obispo de
Roma, sienten sobre sí u n a enorme responsabilidad. Algunos como Polí-
crates y Cipriano, pueden equivocarse sobre la tradición de que son guar-
dianes; pero siempre la caridad apacigua todos estos conflictos, que parece
van a desgarrar la Iglesia. En torno suyo, las sectas, apenas nacidas, se divi-
den y desmenuzan y hasta el marcionismo, de organización jerárquica firme
y rígida, queda roto en partidos rivales, al fin del siglo n . La Iglesia católica
se desarrolla y se extiende cada vez más, de día en día; y al mismo tiempo,
estrecha los lazos de su unidad. San Ireneo, testigo de esta vida pujante,
explica así el misterio: "Así como no es posible hacer sin agua, de muchos
granos de trigo u n a masa única, u n solo p a n ; tampoco nosotros hubiéramos
podido llegar a ser u n solo cuerpo en Cristo Jesús, sin esta agua celestial (del
Espíritu Santo). La tierra seca no lleva fruto, si no es regada; nosotros, leño
seco, no hubiéramos podido dar frutos de vida sin esta lluvia de lo alto" ( 1 4 9 ).

antinovaciana; por ejemplo en este fragmento de DIONISIO DE ALEJANDRÍA (ed. FELTOE,


p. 63): "Hacemos todo lo contrario (de lo que hacía Jesucristo): El, que es bueno
sube a las montañas en busca de la oveja descarriada; la llama, cuando huye, y, en
hallándola después de muchos trabajos, ia carga sobre sus hombros; nosotros, por el
contrario, cuando la vemos llegar, la arrojamos brutalmente a puntapiés".
(147) Haremos este estudio más adelante, cap. XVI y XVII.
( 1 4 8 ) L'Eglise naissante, p. 195.
( 1 4 9 ) Adversus hcereses, III, xvn, 2.
CAPITULO III

LAS CONTROVERSIAS ROMANAS A FINES DEL SIGLO II


Y PRINCIPIOS DEL III

§ 1. — La cuestión pascual (*)

LA ENTREVISTA DEPor todas partes, a finales del siglo n , se advierte u n


POLICARPO vivo esfuerzo por la codificación y unificación de
los usos de la Iglesia. Esta tendencia se manifiesta
n o sólo en la vida individual de las distintas iglesias, sino también en las
relaciones que las u n e n entre sí y las subordinan a la Iglesia romana. No
seguiremos al detalle este progreso en la concentración de las fuerzas cris-
tianas ( 2 ) ; pero el estudio de las instituciones litúrgicas nos pone ante una
grave controversia que es preciso referir; porque hace resaltar ese orden
de dependencia, que asegura la unidad de la Iglesia católica.
Al hablar de la vida de San Policarpo ( 3 ) , hemos contado, siguiendo a San
Ireneo ( 4 ) , el viaje que el anciano obispo de Esmirna hizo a Roma, bajo el
pontificado de Aniceto, el año 154 ( B ).
Los dos obispos tenían que arreglar algunas cuestiones de menor cuantía,
que m u y pronto quedaron zanjadas; pero había una cuestión capital, en que
no pudieron llegar a ese acuerdo: la cuestión pascual. En Asia se celebraba
la Pascua el 14 de Nisán, cualquiera que fuese el día de la semana, mientras
que en Roma se celebraba al domingo siguiente al 14 de Nisán. Esta diver-
sidad de fechas entrañaba diversidad de ritos y de fiestas: la pascua era para
los asiáticos el día de la muerte del Señor; por lo mismo, a y u n a b a n aunque
cayese en domingo, rompiendo el ayuno por la tarde; terminaban la solem-
nidad con la eucaristía y el ágape ( 6 ). Los romanos, por el contrario, consa-
graban al recuerdo de la muerte y de la resurrección del Señor el viernes,
sábado y domingo; los dos primeros días eran días de duelo y de ayuno y la

(!) BIBLIOGRAFÍA.-—Los principales documentos se encuentran en EUSEBIO, Hist.


Eccl., V, XXIII-XXV. Añádanse los textos que citamos luego, en particular la Epís-
tola Apostolorum, cap. xv del texto etiópico (vm del copto); DUCHESNE, Les origi-
nes chrétiennes (litografiado), cap. XVI, pp. 237-246; La question de la Páque
au concile de Nicée, en Revue des Questions Historiques, t. XXVIII, 1880, pp. 5-42;
Histoire ancienne de l'Eglise, t. I, pp. 285-291; C. SCHMIDT, Gesprache Jesu mit seinen
Jüngern., Leipzig, 1919, Exkurs III, Die Passahfeier in der Kleinasiatischen Kirche,
pp. 577-725.
(2) Se describirá este progreso en el capítulo que trata de la unión de las iglesias
y primacia romana, a finales del siglo n y principios del ni.
(3) Cf. supra, t. I, p. 279.
(4) Citado por EUSEBIO, Hist. Eccl, V, xxiv, 16.
(B) Cf. LIGHTFOOT, Ignatius, t. I, p. 676; BARDY, en Recherches de Science religieuse,
1927, p. 496-501. No hay por qué hacer caso de la vida de Policarpo, atribuida a
Pionio, documento apócrifo ideado por algún sirio hacia mediados del siglo cuarto y
que no tiene ninguna autoridad. Cf- C. SCHMIDT, op. cit., pp. 705-725.
(6) Cf. C. SCHMIDT, op. cit, p. 699, s.

75
76 H I S T O R I A DE LA I G L E S I A

vigilia del sábado al domingo les preparaba para la fiesta de la resurrección,


que se celebraba en domingo ( 7 ) .
Esta diferencia litúrgica era tanto más desagradable cuanto que los asiáti-
cos eran muchos en Roma y en general seguían fieles a su propia tradi-
ción. Los obispos toleraban esta divergencia ( 8 ), pero deseaban vivamente
suprimirla.
Es indudable que Policarpo lo deseaba tanto y más que Aniceto; y es m u y
creíble que si, pese a sus ochenta años, se impuso este viaje a Roma, fué
para arreglar tan grave cuestión.
A pesar de la buena voluntad de los dos no pudieron ponerse de acuerdo,
"Aniceto no podía convencer a Policarpo que no siguiese aquella costumbre
que éste siempre había observado con Juan, el íntimo del Señor, y con los
demás apóstoles, con quienes había convivido. Policarpo, a su vez, no podía
traer a su observancia a Aniceto, que decía había que mantener la tradición
de los presbíteros, sus predecesores" ( 9 ) .
Los dos obispos, igualmente aferrados a sus tradiciones, no pudieron superar
este obstáculo. Pero al no lograr la uniformidad litúrgica, guardaron al menos
la paz y para dar u n signo patente y para manifestar al mismo tiempo su
veneración por Policarpo, concedió Aniceto al obispo de Esmirna el honor de
celebrar la eucaristía en la Iglesia ( 1 0 ).

LAS DOS TRADICIONES Al año siguiente moría mártir, Policarpo, y en


el 166, Aniceto dejaba, a su vez, este mundo. La
cuestión pascual no estaba resuelta; al contrario, la reunión de los dos obis-
pos puso más de relieve las tradiciones en que se apoyaban los dos usos
litúrgicos: los de Asia, se apoyaban no sólo en u n libro —el cuarto Evan-
gelio— sino en el mismo evangelista, en el discípulo amado ( n ) y en los
apóstoles que, como él, habían observado esta costumbre. Los romanos, por su
parte, enlazaban mediante la sucesión continuada de presbíteros con los fun-
dadores de su Iglesia, Pedro y Pablo ( 1 2 ). Nada debe sorprendernos que en
dos provincias distintas dos apóstoles o dos grupos de apóstoles h a y a n obser-
vado u n calendario litúrgico distinto y que así lo hayan legado a sus iglesias;
pero era casi imposible conseguir de una de estas dos iglesias que dejase la
tradición que había recibido de sus apóstoles.
(7) ¿Qué día celebraban los asiáticos la resurrección? Está muy oscuro. SCHMIDT
(op. cit., p. 705) cree, que se dejaba para el domingo siguiente a la Pascua.
(8) Es San Ireneo el que recuerda en 190 al obispo Víctor que los obispos, sus
predecesores, jamás arrojaron de la Iglesia a nadie por esta diversidad de costumbres
y enviaban la eucaristía a los cuartodecimanos (Hist. Eccl., V, xxiv, 15).
(9) Hist. Eccl, V, xxiv, 16.
( 10 ) SCHMIDT (op. cit-, p. 594) piensa que Policarpo se encontraba en Roma al
tiempo de la Pascua; aunque no cree, como ZAHN, que los dos obispos celebrasen
juntos lá fiesta: Aniceto, en este caso, habría dejado a Policarpo lo que él creía no
poder hacer; pero Policarpo habría celebrado para los asiáticos, cediéndole su iglesia
Aniceto. Es ingeniosa una tal interpretación, pero no convence, pues no parece demos-
trado que la discusión y el viaje de Policarpo hayan tenido lugar en tiempo de la
Pascua.
i11) Cf. sobre este punto las atinadas observaciones de SCHMIDT, op. cit., pp. 608 y ss.
( 12 ) H. KOCH, en su estudio sobre la Pascua en la Iglesia cristiana antigua (Zeist-
schrift für wiss. Theol., N. F., t. XX, 4, p. 301) sostiene que la Iglesia romana no cele-
braba la Pascua en tiempo de Aniceto. SCHMIDT ha refutado muy bien este error
(op. cit., p. 589, s.). Tampoco se puede sostener, fundándose en el texto de Ireneo, que
Aniceto se apoyara simplemente en la práctica de los presbíteros, sus predecesores, y
no en una tradición apostólica. El pensamiento de Ireneo está suficientemente claro en
Adversus hcereses, anterior ciertamente a la carta a Víctor.
CONTROVERSIAS R O M A N A S , SIGLOS I I Y I I I 77

Sin embargo, era necesario ceder: no se podia mantener en la Iglesia una


dualidad de usos que entrañaba no solamente diversidad de fechas, sino tam-
bién diversidad de interpretación en la fiesta pascual. Como ha dicho
Baumstark "en u n a parte faltaba el domingo de Pascua y en la otra el viernes
santo; en Asia, la Pascua era la muerte de Jesucristo y en Roma era su
resurrección" ( 1 3 ).
Independientemente de la tradición apostólica, Asia tenía en favor suyo
la fidelidad al 14 de Nisán, inmolación del cordero pascual y muerte de
Jesucristo, mientras que el uso romano se apoyaba en la liturgia de la semana,
ya familiar a los cristianos, que celebraba la muerte del Señor en viernes y
la resurrección en domingo ( 1 4 ).
U n apócrifo compuesto en Asia unos quince años después de la entrevista
de Policarpo con Aniceto, confirma lo que se decía acerca del origen y signi-
ficación del uso cuartodecimano. Jesús, hablando con sus apóstoles les pre-
dice la prisión de San Pedro, en los días de la Pascua:
"Celebraréis el aniversario de mi muerte, es decir la Pascua. Y se pondrá en prisión
a uno de vosotros por causa de mi nombre: lloraré y se lamentará, porque mientras
los otros celebran la Pascua, él estará en prisión y no podrá celebrarla con vosotros.
Y yo enviaré mi Potencia en forma de ángel y se abrirá la puerta de la prisión y
vendrá a celebrar la vigilia con vosotros... Y nosotros le dijimos: Señor, ¿no has
bebido tú el cáliz de la Pascua? ¿es necesario que también lo bebamos nosotros de
nuevo? y nos respondió: Sí, hasta que yo vuelva junto al Padre con mis llagas" ( 1 5 ).

La fiesta de Pascua, es pues, la conmemoración de la pasión de Cristo y la


Eucaristía que se celebra en ella recuerda al mismo tiempo la Cena, la muerte
cruenta del Señor y el cáliz que El bebió y que todos los mártires deben beber
a su vez ( 1 8 ).

£ 0 5 JUDAIZANTES Estos recuerdos y estas tradiciones eran auténtica-


DE LAODICEA mente cristianos; pero, so pretexto del uso cuartode-
cimano, se ve aparecer, hacia el 170, u n a tendencia
judaizante que lleva la turbación a algunas iglesias del Asia Menor y, en
particular, a la de Laodicea. Para hacer frente al peligro, Melitón escribe
sobre la Pascua "bajo Servilio Paulo, procónsul de Asia, el tiempo en que fué
mártir Sagar" ( 1 T ). Por la misma fecha, Apolinar de Hierápolis, adicto al
uso cuartodecimano como Melitón, tomó la pluma también contra los judaizan-

(13) Theologische Revue, t. XX (1921), p. 264, en una recensión de la obra de


SCHMIDT; BAUMSTARK añade (p. 265), para explicar el origen de esta doble tradición
apostólica: "En último análisis se ha intentado explicar esta diferencia por los diversos
recuerdos que Pedro y Juan tenían de los momentos de crisis que van desde la Cena
del jueves a la mañana de Pascua". Juan, testigo de la muerte de Cristo, el Cordero
pascual, hizo de ella el centro de la Pascua cristiana; Pedro insistió sobre todo en la
resurrección, de la cual era uno de los primeros testigos.
( 14 ) El uso cuartodecimano hacía necesariamente que la solemnidad de la muerte
de Jesús y el ayuno cayese muchas veces en domingo; esto ofendía a los otros cris-
tianos; cf. SAN AGUSTÍN, De Hasresibus, xxix: "non nisi quarta decima luna Pascha
celebrant, quilibet septem dierum ocurrat dies et, si dies dominicus ocurrerit, ipso die
jejunant et vigilant" (citado por SCHMIDT, op. cit-, p. 701, n. 3).
( 15 ) Epístola Apostolorum, xv.
(16) En 155, Policarpo habla así al Señor desde la hoguera: "Yo te bendigo, porque
me has juzgado digno de participar con los mártires del cáliz de tu Cristo". Cf. SCHMIDT,
op. cit., p. 702, y n. 1.
(1T) Estas líneas son extractadas por EUSEBIO del tratado de Melitón (Hist. Eccl., IV,
xxvi, 3), tratado que. constaba de dos libros y que se ha perdido.
78 HISTORIA DE LA IGLESIA

tes ( 1 8 ) . Clemente de Alejandría e Hipólito compusieron libros sobre la Pas-


cua, que no poseemos; pero que parecen también destinados a combatir
la práctica judaizante del cordero pascual. De todo esto concluye Du-
chesne que "en las iglesias de Asia, de Alejandría y a u n de Roma, se produjo
por este tiempo u n a reacción en favor de la costumbre judaica del cordero
pascual, y que tanto en la Iglesia de rito cuartodecimano como en las de
rito dominical, esta reacción fué combatida con el Evangelio de San Juan,
al cual los exegetas acomodaban el texto de los sinópticos" ( 1 9 ) .

BLASTO Esta fermentación y confusión que traían turbada a toda la Igle-


sia, hacían mucho más peligrosa la divergencia en la costum-
bre pascual, ya que por la práctica cuartodecimana podían sus partidarios
dejarse arrastrar a las prácticas judaizantes. El cisma de Blasto, en la misma
Roma, hizo todavía más sensible el peligro. Se explica así la enérgica inter-
vención del papa Víctor. Como lo hace notar Duchesne "ciertamente que u n a
cosa era la práctica cuartodecimana y otra el rito judaico del cordero; pero
no es menos cierto que aquélla daba a éste u n cabo al que a s i r s e . . . La
conducta del papa fué lógica y prudente y, prueba de ello, que le apoyó toda
la Iglesia" (2<>).

INICIATIVA DEL Al percatarse el obispo de Roma de la gravedad de la


PAPA VÍCTOR situación, promovió la reunión de sínodos provincia-
les ( 2 1 ) ; en todas partes, excepto en Asia, los obispos
"decidieron que el misterio de la resurrección del Señor de entre los muertos
no se celebrase sino en domingo, y que en este día, precisamente, terminá-
ramos el ayuno pascual" ( 2 2 ) . En el documento, dice Eusebio, figuran car-
tas de los obispos de Palestina, de los obispos reunidos en Roma, de los obispos
del Ponto, de las iglesias de la Galia, de que era obispo Ireneo, del obispo
de Osroenia, cartas particulares de Bagules, obispo de Corinto y muchas otras;
todas abundan en el mismo sentido ( 2 3 ) .

( 18 ) DUCHESNE (art. cit., p. 9)* cita este fragmento conservado en la Crónica Pas-
cual, proemio, P. G., XCII, 80: "Hay quienes por ignorancia provocan discusiones a
propósito de esto. Son excusables,» porque la ignorancia no es pecado; no conviene acu-
sarlos, sino instruirlos. Pretenden que el Señor comió el cordero el 14 con sus dis-
cípulos y que padeció el gran día de los Ázimos; explican a Mateo a su gusto. Pero
este sistema no se concilia con la Ley y pone contradicción en los Evangelios. El 14
es la verdadera Pascua del Señor, el gran sacrificio, en vez del Cordero el Hijo de
Dios..."
(19) Art. cit, p. 11.
(20) Art. cit., p. 13. Sobre, las relaciones entre el uso cuartodecimano y el judaismo,
cf. SCHMIDT, op. cit., p. 622, s. Acerca de BLASTO, véase el artículo de G. BARDY en el
Dictionnaire d'histoire et de géographie ecclésiastiques, t. IV, col. 162-163.
(21) Esta iniciativa romana la afirma expresamente Polícrates de Efeso con respecto
al sínodo de Asia: "Podría mencionar a los obispos que aquí están conmigo; me habéis
pedido que los convoque y lo he hecho" (Hist. Eccl., V, xxiv, 8). Los demás sínodos
mencionados por EUSEBIO (ibíd., xxm, 2-4) se han debido sin duda a la misma
iniciativa y fueron por las mismas fechas. Se ha supuesto que éstos fueron convocados
por el papa después de recibir la respuesta de Asia. El texto de Eusebio no
nos permite resolver esta cuestión secundaria; pero es mucho más probable que el
papa, conociendo desde el principio la actitud de Polícrates, haya tenido que apoyarse
desde un comienzo en las demás iglesias.
(22) Hist. Eccl, V, xxm, 2.
(23) Sobre estos sínodos. HEFELE-LECLERCQ, Hist. des Conciles, t. I, p. 150; BATIFPOL,
L'Eglise naissante, p. 271, s.
CONTROVERSIAS R O M A N A S , SIGLOS II Y III 79

RESISTENCIA F r e n t e a este a c u e r d o u n á n i m e d e l a s d e m á s i g l e -
DE LOS ASIÁTICOS sias c r i s t i a n a s los a s i á t i c o s m a n t u v i e r o n su p r o p i a
t r a d i c i ó n . P o l í c r a t e s , obispo d e Efeso, escribió e n su
n o m b r e a l obispo d e R o m a :

"Guardamos escrupulosamente la observancia pascual, sin añadir ni quitar nada.


"Es en Asia donde se extinguieron las grandes lumbreras que han de resucitar el
gran día de la parusía del Señor, cuando bajará de los cielos para buscar a todos los
santos: Felipe, uno de los doce apóstoles, que está enterrado en Hierápolis, así como
sus dos lujas, que han envejecido en la virginidad; una tercera que vivió en el Espí-
ritu Santo reposa en Efeso; Juan, el que descansó sobre el pecho del Señor, que fué
el sacerdote que llevó la plancha de oro, mártir y doctor, y que está enterrado en
Efeso; Policarpo, obispo de Esmirna y mártir; Traseas de Eumenia, obispo y mártir,
que está enterrado en Esmirna; debemos recordar a Sagar, obispo y mártir que está
enterrado en Laodicea, y el bienaventurado Papirio y el eunuco Melitón, que vivió
en el Espíritu Santo y reposa en Sardes, esperando que el Señor venga del cielo
en el día en que resucitará a todos los muertos. Todos ellos guardaron la fecha del
día 14, según el evangelio, sin desviarse en nada según la regla de la fe.
"Y yo, yo también, yo Polícrates, menor que todos vosotros, vivo como lo he apren-
dido de mis familiares, algunos de los cuales han sido mis maestros; ya que siete
de ellos fueron obispos y yo soy el octavo; y todos ellos guardaron el día en que el
pueblo se abstenía del pan fermentado. Yo, pues, hermanos míos, que cuento 65 años
en el Señor, que he conversado con los hermanos de todo el mundo y que he leído
las Santas Escrituras desde el principio al fin, no m e dejaré desconcertar por quienes
quieren atemorizarnos; pues mayores que yo han escrito: mejor es obedecer a Dios,
que a los hombres.
"Podría apelar a los obispos que están aquí conmigo; me habéis mandado convocarlos
y lo he hecho; si escribiese, sus nombres, la lista sería larga. Todos conocen mi ruin
condición; eso no obstante, han aprobado m i carta, pues no en vano llevo cabellos
blancos y saben además que siempre he vivido en Cristo Jesús" ( 2 4 ) .

E s t a c a r t a a n g u s t i o s a y a p a s i o n a d a r e v e l a l a g r a v e d a d d e l conflicto. E n
el a ñ o 154, e n l a v i s i t a c o n f i a d a d e P o l i c a r p o a A n i c e t o , a p e s a r d e l a v e n e r a -
c i ó n q u e el obispo d e R o m a s e n t í a p o r el obispo d e E s m i r n a , n o p u d o r e s o l v e r
el c o n f l i c t o ; e n el 190 l a i n t e r v e n c i ó n a p r e m i a n t e y a m e n a z a d o r a d e l p a p a
V í c t o r p a r e c e e s t r e l l a r s e t a m b i é n a n t e l a t e n a c i d a d d e P o l í c r a t e s y d e sus
colegas d e A s i a . Se m a n t i e n e n f i r m e s y e n R o m a m i s m o son sus d e f e n s o r e s
el g r u p o d e c r i s t i a n o s d e A s i a : B l a s t o q u i e r e r o m p e r c o n V í c t o r ; I r e n e o ,
a s i á t i c o , p e r o a t e n i é n d o s e a l u s o d e los r o m a n o s y p r e o c u p a d o p o r l a p a z
de l a I g l e s i a , e s c r i b e s u c a r t a a Blasto sobre el c i s m a ( 2 5 ) .

INTERVENCIÓN DE IRENEO P o r el m i s m o t i e m p o a p r o x i m a d a m e n t e y c o n
el m i s m o m o t i v o , e s c r i b i ó I r e n e o a l p a p a
V í c t o r y a otros v a r i o s obispos ( 2 6 ) . Bajo l a i m p r e s i ó n d e l a v e h e m e n t e c a r t a
de P o l í c r a t e s , el obispo d e R o m a q u e r í a e j e c u t a r sus a m e n a z a s y e x c o m u l g a r

( 2 4 ) Hist. Ecci, V, xxiv, 2-8.


( 25 ) Esta carta es mencionada por EUSEBIO (Hist Eccl, V, xx, 1), que la une a
la carta a Florino, así como da cuenta juntamente de la defección de Florino y de la
caída de Blasto (ibíd., V, x v ) . Es m u y verosímil que Blasto perteneciese, como
Florino, a la colonia de Asia en Roma; sin embargo, su caída no tuvo el mismo
carácter: Florino cayó en el gnosticismo e Ireneo le escribió "Sobre la monarquía, o
que Dios no es autor del m a l " ; a Blasto le escribió sobre el cisma; en efecto, el
Seudo Tertuliano (53) presenta Blasto como u n cuartodecimano judaizante. Cf. Du-
CHESNE, Origines chrétiennes, p. 244; L A PIAÑA, The Román Church at the End of the
Second Century, en Harvard Theol. Review (1925), p. 213; SCHMIDT, op. cit., pp.
620-622.
( 2 «) Hist. Eccl, V, xxiv, 11-18.
80 HISTORIA DE LA IGLESIA

como herejes a todas las cristiandades de Asia y a las iglesias circunvecinas.


Medida tan severa contra iglesias tan numerosas y venerables, que formaban
uno de los principales focos del cristianismo "no pareció bien a todos los
obispos". Muchos, cuyas cartas aun pudo leer Eusebio, escribieron amonesta-
ciones m u y enérgicas. "Ireneo, en nombre de los hermanos de la Galia, escri-
bió también; afirmaba en primer lugar que era preciso seguir la costumbre
romana y celebrar siempre en domingo el misterio de la resurrección del
Señor; pero luego exhortaba respetuosamente a Víctor a que no excomulgase
a tanta iglesia por su fidelidad a una antigua tradición"; recordaba por fin
los antecedentes que ya conocemos, la larga tolerancia observada por los
predecesores del papa Víctor, el encuentro fraternal y lleno de m u t u a defe-
rencia de Policarpo y Aniceto y urgía al papa que viviese en paz con los de
Asia; "si hay diferencia en la observancia del ayuno, decía, la fe es la
misma".

TERMINACIÓN DEL Víctor escuchó esta insinuación respetuosa y en ade-


CONFLICTO lante se honró de seguir el consejo del obispo de
Lyón y la Iglesia aun hoy debe estar reconocida a
San Ireneo por su lucha en favor de la paz ( 2 7 ).
¿En qué fecha se redujeron los asiáticos a la práctica romana? No lo sabe-
mos, pues en la historia no encontramos ya más huellas de esta controversia
surgida a finales del siglo n ( 2 8 ). Todavía habrá cuartodecimanos; pero serán
herejes, tenidos por tales en toda la Iglesia. La cuestión pascual que se debatió
en el concilio de Nicea fué ya m u y distinta; la celebración de la Pascua en
domingo era ya cosa admitida por todos; se trataba solamente de si, en el
cómputo pascual, se debía contar con los judíos, como se hacía en Antioquía,
o si se debía calcular con independencia de ellos, como se hacía en otras
partes, por ejemplo en Alejandría y en Roma. Se impuso este último método
y así la Iglesia quedó definitivamente liberada de la Sinagoga ( 2 9 ).
Este doloroso conflicto que acabamos de esbozar, nos ha mostrado, u n a vez
más, la adhesión de las iglesias a la tradición apostólica, y nos revela también
que el amor a la unidad es más fuerte, más imperioso que la fidelidad a las
costumbres tradicionales; cada vez se hace más patente que la garantía de la
unidad católica estriba en la comunión de las iglesias con la sede de Roma.

§ 2 . — Las controversias doctrinales y el cisma d e H i p ó l i t o

CARÁCTER En la segunda mitad del siglo n fueron muchos


DE LAS CONTROVERSIAS los herejes que se separaron de la Iglesia: los
DOCTRINALES A FINES gnósticos, los marcionitas, los montañistas. Estos
DEL SIGLO II ataques provocaron u n a reacción teológica y dis-
ciplinar. Al finalizar el siglo, nuevos peligros
dieron lugar a u n nuevo progreso doctrinal. Los heresiarcas que ahora ame-
nazan a la Iglesia no se separan voluntariamente de su comunión como lo

( 27 ) Con este elogio termina Eusebio el relato del conflicto (Hist. Eccl, V, xxiv,
18). La Iglesia aun hoy se hace eco de esta alabanza (oración de la fiesta de San
Ireneo).
(28) Es la conclusión del largo estudio de. SCHMIDT, op. cit., p. 725.
(29) DUCHESNE ha resuelto definitivamente esta cuestión en su artículo de la Revue
des Quest. Hist., t. XXVIII, pp. 16-42. Sobre el cómputo pascual de Hipólito, Cf. infra,
p. 92.
CONTROVERSIAS R O M A N A S , SIGLOS I I Y I I I 81

hicieron Valentín, Marción o Montano; quieren permanecer en su seno y pre-


tenden guardar su doctrina, pero interpretándola de manera que la destruyen.
Estos herejes forman dos grupos de inspiración m u y distinta ( 3 0 ) : los unos,
aferrándose al dogma cristológico, niegan la divinidad de Jesucristo, en el
que no ven más que u n hombre escogido y adoptado por Dios; se les llama
adopcionistas; los otros estudian el dogma trinitario y, para salvar la unidad
divina o, como ellos dicen, la monarquía, niegan la distinción de personas;
se les conoce con el nombre de monarquianos.

EL ADOPCION1SMO El adopcionismo ( 31 ) que rebajaba a Cristo a la cate-


goría de los dioses adoptivos imaginados por el paga-
nismo, hería de muerte a la fe cristiana. Podía encontrar apoyo no sólo en
los cristianos nuevos, cristianos a medias, sino también en los judaizantes:
Cerinto y los ebionitas de Palestina habían ya profesado este cristianismo
dimidiado ( 3 2 ) .
Aun fuera de estos ambientes heréticos el adopcionismo había sido u n peli-
gro para ciertos cristianos ignorantes e imprudentes; el lenguaje, sino el pen-
samiento de Hermas, revela ya dicho contagio ( 3 S ). Cuando, bajo el papa
Ceferino, los adopcionistas comenzaron a propagar en Roma su error (197-217)
intentaron darle origen apostólico: "Dicen que todos los antiguos y los mismos
apóstoles h a n recibido y enseñado lo mismo que ellos enseñan ahora, que
la verdad de la predicación se ha mantenido hasta el tiempo de Víctor, décimo-
tercero obispo de Roma, a partir de Pedro; pero luego, con su sucesor Ceferino,
se ha alterado" ( 3 4 ) .

(30) Esta profunda diferencia no impidió que muchas veces se apoyasen mutua-
mente: al negar los monarquianos la distinción de personas, favorecían el adopcio-
nismo. Lo veremos en la historia de Pablo de Samosata.
( 31 ) El adopcionismo lo conocemos sobre todo por HIPÓLITO, que lo combatió en
muchas de sus obras:
a) Syntagma (o resumen): contra todas las herejías; es anterior a los Philoso-
phumena, que hacen referencia a ella (I, Proem-, p. 1, 1. 20). Focio la menciona
(Bibl., códice 121); se ha perdido pero fué utilizado por el SEUDO TERTULIANO, EPIFANIO
y FILASTRIO. Sobre este libro, cf. D'ALÉS, Hippolyte, pp. 71-77; LIPSIUS, Zur Quellenkritik
des Epiphanios, Viena (1865), pp. 33-70. Sobre Teódoto y el adopcionismo, véase el
SEUDO TERTULIANO, Hcer., xxni; TERTULIANO, De Prcescript., LUÍ, EPIPANIO, Haer., LIV;
FILASTRIO, Liber de hceresibus, L. Para el examen y comparación de estas fuentes, LIP-
SIUS, pp. 235-237.
b) Philosophumena; sobre todo VII, xxxv; IX, ni, 12; X, xxm, 27. La mejor edición
de Philosophumena es la de WENDLAND, Refutatio omnium hceresium, Leipzig, 1916,
en la colección Die griechischen christlichen Schriftsteller der ersten drei Jahrhunderte,
t. XXVI.
c) Adversus hmresim Noeti, m (quizás formaba parte del Syntagma).
d) Contra Artemón (Hist. Eccl., V, XXVIII) ; sobre este libro cf. infra, nota 34.
(32) Efectivamente, con la escuela de los "gnósticos", de Cerinto y de Ebión, rela-
ciona HIPÓLITO la doctrina de Téodoto, Philos., VII, xxxv, 1. Sobre Cerinto, cf. su-
pra, p. 9.
(33 ) Cf. t. I, pp. 291-293.
( 34 ) Hist. Eccl., V, XXVIII, 3. Este texto lo toma EUSEBIO de una "obra contra la here-
jía de Artemón". La tal obra, que es muy aprovechada aquí por Eusebio, es también
citada por TEODORETO, Hwr. Fab., III, iv, 5, el cual la llama "Pequeño Laberinto".
Dicho texto, cotejado con una cita de Focio (Bibl-, códice 48), ha permitido atribuir
esa obra a Hipólito. Cf. D'ALÉS, op. cit, pp. XXXII-XXXIV y 108-109. Contra esta
identificación, BARDY (Paul de Samosate, p. 490, n. 2) ha hecho valer un texto del
concilio de Antioquía, que condenó a Pablo de Samosata y le invitó irónicamente a
enviar cartas de comunión a Artemón (Hist. Eccl., VI, xxx, 17). La objeción no pa-
rece decisiva: Artemón ha podido ser combatido por Hipólito al fin de su carrera
82 HISTORIA DE LA IGLESIA

A tales afirmaciones opone H i p ó l i t o "las d i v i n a s Escrituras" y los escrito-


res católicos, testigos d e l a t r a d i c i ó n m u y anteriores a Víctor: "Justino, M i l -
cíades, C l e m e n t e , T a c i a n o y m u c h o s otros."

"Todos estos escritores hablan de Cristo como de u n Dios. ¿Quién no conoce los libros
de Ireneo, de Melitón y de otros muchos que proclaman que Cristo es Dios y hombre?
¿Quién ignora los numerosos himnos y cánticos compuestos por hermanos fieles desde
el principio en los cuales cantan a Cristo como al Verbo de Dios y lo celebran como
a Dios? ¿Cómo se pudo admitir que el sentir de la Iglesia haya sido declarado
después de tanto tiempo y que quienes han vivido hasta Víctor hayan predicado en el
sentido que éstos pretenden? ¿Cómo no se avergüenzan de propalar semejantes men-
tiras contra Víctor? Saben perfectamente que Víctor excomulgó al corruptor Teódoto.
jefe y padre de esta apostasía negadora de Dios y que fué el primero en enseñar que
Cristo era un simple hombre" ( 3 6 )

TEODOTO T e ó d o t o , si h e m o s d e c r e e r a E p i f a n i o ( n v , 1) e r a u n c r i s t i a n o
i n s t r u i d o , q u e d u r a n t e l a p e r s e c u c i ó n h a b í a r e n e g a d o d e l a fe.
Era oriundo de Bizancio; mas, n o pudiendo soportar su deshonra, vino a Roma.
U n d í a , e n c o n t r ó a u n b i z a n t i n o q u e l e r e p r o c h ó su a p o s t a s í a ; é l r e p l i c ó : " N o
h e n e g a d o a Dios, sino a u n H o m b r e . " Forzado a explicarse, a ñ a d i ó q u e Cristo
n o e r a m á s q u e u n h o m b r e y q u e el r e n e g a r d e E l n o e s - d i g n o d e c o n d e n a c i ó n ;
p u e s q u e J e s ú s m i s m o h a d i c h o e n s u Evangelio: "Si alguien blasfemare del
Hijo del h o m b r e le será p e r d o n a d o : m a s al q u e blasfemare contra el Espíritu
S a n t o , n o se l e p e r d o n a r á . "
V í c t o r a r r o j ó a T e ó d o t o d e l a I g l e s i a ( 3 6 ) ; esta c o n d e n a c i ó n n o a r r e d r ó a
l a secta. F o r m a b a n c o m o u n a m i n o r í a d e oficiales s i n t r o p a , p e r o o r g u l l o s o s
d e s u c u l t u r a h a s t a l a e x a g e r a c i ó n ; b u s c a b a n e n l a s E s c r i t u r a s lo q u e p a r e c í a
f a v o r e c e r l e s y d e j a b a n d e l a d o l o q u e c o n d e n a b a s u e r r o r ( 3 7 ) . V a n m á s lejos
aún y " n o t e m e n corromper las divinas Escrituras y rechazar la regla de
fe" ( 3 8 ) ; y así, p a s a n d o s o b r e l a E s c r i t u r a y l a t r a d i c i ó n c r i s t i a n a , se r e f u g i a n
en sus propios razonamientos:

" N o les basta con lo que dicen las Sagradas Letras, sino que buscan trabajosamente
una forma de. razonamiento propia para sostener su impiedad. Cuando se les objeta
con u n a frase de la Santa Escritura, preguntan si se puede formar con ella u n silogismo
conjuntivo o disyuntivo. Dejando de lado las Sagradas Escrituras cultivan la geome-
tría; son tierra y hablan de la tierra y no conocen lo que viene, de lo alto. Euclides

literaria y vivir todavía 35 años más tarde. Cf. KIDD, op. cit., p. 365: "Artemas o
Artemón continuaba en Roma hacia el 235 la tradición de los dos Teódotos, y aunque
lo conocemos m u y poco, podemos considerarlo como lazo de. unión entre el adopcio-
nismo de los Teodocianos y el de Pablo de Samosata". Cf. A. D O N I N I , Ippolito di Roma.
Polemiche teologiche e controversie disciplinari nella Chiesa di Roma agli inizi del
III secólo, Roma, 1925, colección Ypaipí], t. V.
(35) Hist. Eccl, V, x x v m , 4-6.
( 3 6 ) HARNACK (Dogmengeschichte, t. I, p. 709) hace notar: "Es el primer caso, que
conozcamos al menos, en que un cristiano que se atiene a la regla de fe es sin em-
bargo tenido como hereje"; y añade en nota: "Es significativo que esto haya sucedido
en Roma". Nosotros no podemos ver en esta actitud una innovación ni una severidad
excesiva, propia de la Iglesia romana; recuérdese la actitud de San Juan, de San
Ignacio, de San Policarpo frente a la herejía.
(37) FILASTRIO: "Retienen los textos de la Sagrada Escritura en que se habla
de Cristo como de u n hombre y dejan de lado aquéllos que hablan de él como de
u n Dios." EPIFANIO ha conservado algunos fragmentos de esta exégesis; hay que
hacer notar que admiten los libros de San Juan; por lo tanto, ya en esta época se
ha impuesto el canon del Nuevo Testamento, a pesar de las negaciones esporádicas
de Cayo. Cf. HARNACK, Dogmengeschichte, t. I, p. 710, n. 1.
(38) Hist. Eccl, V, x x v m , 13.
CONTROVERSIAS ROMANAS, SIGLOS II Y III 83

geometriza entre ellos activamente, Aristóteles y Teofrasto son su admiración y algu-


nos casi adoran a Galeno. Abusan de. la ciencia de los infieles en favor de su herejía,
y alteran con criminal impiedad la fe sencilla de las Sagradas Escrituras... No temen
poner sus manos en ellas, so pretexto de corregirlas. El que lo desee puede comprobar
muy fácilmente que. no calumnio. Porque si se quiere comparar entre ellos sus ejem-
plares (de las Escrituras) se los encuentra muy distintos; los de Asclepíades no con-
cuerdan con los de. Teódoto... Algunos han tenido a menos hacer estas falsificaciones
y han rechazado sencillamente la ley y los profetas y, bajo pretexto de gracia (39)
se han precipitado hasta el fondo del abismo de una doctrina inmoral e impía" ( 4 0 ).

CARÁCTER RACIONALISTA Esta descripción del adopcionismo, es digna de


DEL ADOPCIONISMO atención, pues nos descubre en los umbrales
del siglo m u n a aguda crisis de racionalismo.
Ninguna de las herejías precedentes tuvo este carácter. Todas pretendían
una ciencia de Dios más sublime y querían autorizarse con revelaciones y
tradiciones secretas; ahora en cambio campea la ciencia helénica: Eucli-
des, Aristóteles, Teofrasto, los silogismos conjuntivos y disyuntivos ( 4 1 ). El
mismo racionalismo seco y orgulloso se encuentra en Pablo de Samosata y más'
tarde en los arríanos; es el carácter de u n cristianismo adulterado que no
ve en Cristo más que u n hombre.
Sin embargo, los discípulos del primer Teódoto; es a saber, u n otro Teódoto,
por sobrenombre el banquero, y Asclepiodoto, quisieron dar a su secta naciente,
forma de iglesia y comprometieron a u n confesor romano para que fuese obis-
po, por un sueldo de 150 denarios al mes ( 4 2 ) ; este malaventurado reprendido
en visiones no hizo caso; pero al fin, si hemos de creer a Hipólito, azotado
por ángeles se arrepintió y obtuvo con mucha dificultad su reconciliación ( 4 S ).

ARTEMON Después de los primeros partidarios del adopcionismo, Arte-


món es el representante de la secta hasta los tiempos de
Pablo de Samosata ( 4 4 ). En Occidente desapareció como secta; pero el racio-
nalismo que le dio el ser sobrevivió y a veces la hizo retoñar ( 4 5 ). En Oriente,
(39) GHAPIN suprime esta palabra "gracia", equivocadamente a nuestro parecer,
en su texto de Eusebio. Cf. HARNACK, Dogmengeschichte, t. I, p. 713.
(«) Hist. Eccl, xxvm, 13-19.
(41) Estos silogismos pertenecen a la lógica estoica: el silogismo conjuntivo (a£ícofia
avvrniiikvov) es de forma condicional; por ejemplo: "si es de día se ve con claridad".
El disyuntivo es el dilema: "o es de día o es de noche". Cf. J. VON ARNIM, Stoicorum
veterum fragmenta, II. Chrysippi fragmenta lógica, Lipsia, 1903, p. 68, s.
( t í ) Por este tiempo se encuentra en las sectas heréticas clérigos asalariados por
la comunidad; Apolonio se lo achaca a Montano: "Paga a los que enseñan su doc-
trina a fin de que la glotonería haga triunfar su palabra" (Hist. Eccl., V, xxvm, 2).
Cf. KIDD, p. 363. En tiempos de San Cipriano esta forma de salario está ya en uso
en la Iglesia católica (Epist. xxxiv, 4; xxrx, 5).
(4S) Hist. Eccl., V, xxvm, 8-13. HIPÓLITO (Philos., VII, xxxvi, 1) refiere que
Teódoto el banquero es autor de una nueva herejía: "Dice que Melquisedec es la
Potencia suprema, muy superior a Cristo, y que Cristo está hecho a su semejanza",
cf. EPIFANIO, Hmr., LV, Frag. de EUSTACIO de Antioquía, editado por Cavallera, S.
Éustathii in Lazarum homilía (1905), pp. XII-XIV: "Queriendo probar que Melquise-
dec es mayor que Cristo trae el texto de la Escritura que dice: eres sacerdote eterna-
mente, según el orden de Melquisedec. ¿Cómo, dicen, puede ser que Cristo sea más
grande que él si su sacerdocio es a imagen y según el orden de aquél? Otros dicen que
Melquisedec es el Espíritu Santo. Pero nosotros decimos que no es más grande que
Cristo ni que Juan Bautista y que en manera alguna es el Espíritu Santo". Cf. BARDY,
Melchisédech dans la tradition patristique, en Revue Biblique (1926), pp. 496-509
(1927), pp. 25-45; art. Melchisédéciens, en el Dictionnaire de Théologie catholique.
(**) Cf. supra, 81, n. 34.
(45) Recuérdese entre otros este texto de San AGUSTÍN, Confesiones, VII, xix, 25:
84 HISTORIA DE LA IGLESIA

esta supervivencia es mucho más clara, primero en Pablo de Samosata


y luego e n los arríanos. " E l arrianismo n o es otra cosa que u n compromiso
entre el adopcionismo y la teología del Verbo y este compromiso es u n a prueba
más de que desde finales del siglo n i , toda cristología que no reconociera
la preexistencia personal de Cristo era imposible en la Iglesia" ( 4 6 ) .

EL MONARQUIANISMO El monarquianismo ( 4 T ), fué para la Iglesia, a prin-


cipios del siglo m , u n peligro mucho mayor que el
adopcionismo. La doctrina de Teódoto chocaba con el sentimiento cristiano
y no podía ser popular en u n siglo de fe viva y profunda; el monarquianismo,
por el contrario, podía ser acepto a la masa del pueblo por su respeto a los dos
dogmas fundamentales: unidad de Dios y divinidad de Jesucristo.
Tertuliano ( 4 8 ) se irrita contra la pusilanimidad de los sencillos que temen
afirmar el dogma de la Trinidad y que creen que no pueden defender la
unidad divina sino apartándose de esta "economía"; Orígenes también habla
despectivamente de "la multitud de los que se consideran creyentes" y q u e
"conocen a Cristo solamente según la carne"; con más equidad hace notar
otras veces la seducción que el monarquianismo puede ejercer sobre los sen-
cillos: "No quieren que se piense que admiten dos dioses, n i quieren negar
la divinidad del Salvador; y así llegan a no admitir más que dos nombres y
u n a sola persona" ( 4 9 ) .

"Yo tenía a Cristo por un Hombre de una sabiduría eminente y por un hombre
único; sobre todo porque este Maestro, nacido milagrosamente de una virgen parecía
haber recibido de Dios una autoridad excepcional para enseñarnos con su ejemplo
a despreciar las ventajas temporales y a buscar la inmortalidad. Pero cuál fuese el
misterio de Dios hecho carne, no podía ni aun suponerlo".
( 46 ) HARNACK, Dogmengeschichte, t. I, p. 732.
(4T) Las fuentes principales son: HIPÓLITO (Adversus Nóetum hacia el 200-210;
Syntagma; Phílosophumena, después del 222) y TERTULIANO (Adversus Praxeam,
después del 213). Cf. HAGEMANN, Die Roemische Kirche und ihr Einfluss auf Disci-
plin und Dogma in der ersten drei Jahrhunderten, Friburgo, 1864, pp. 90-103, 119-123,
147-275; HARNACK, art. Monarchianismus, en Realencycl. f. protest. Theol., t. XIII,
pp. 306-336; Dogmengeschichte, t. I, pp. 697-753; D'ALES, Théologie de saint Hippolyte,
pp. 8-35; P H . KNEIB, Der Monarchianismus und die roem. Kirche im dritten Jahrh.
ex Katholik, 1905, t. II, pp. 1-15, 112-128, 182-201, 266-282.
( 48 ) Cf. TERTULIANO, Adv. Prax., III (Corpus Scriptorum Eccles. Lat., t. XLVII,
p. 230): "Todos los sencillos, por no decir torpes e ignorantes —siempre hay muchos
entre los fieles— consideran que la regla de fe nos hace pasar del politeísmo del siglo al
Dios único y verdadero; y no comprenden que. hay que creer en un Dios Único, pero
con su economía: se espantan creyendo que la economía supone número, que la trinidad
va contra la unidad; mientras que, por el contrario, la unidad haciendo brotar de sí
misma la trinidad no queda destruida sino organizada. También proclaman que nos-
otros predicamos dos y tres dioses, mientras ellos adoran un Dios único; como si no
fuese herejía el estrechar la unidad más de lo debido y no fuese la verdad mani-
festar la trinidad como es preciso. Mantenemos la monarquía, dicen; pues así se
expresan aunque hablen en latín, y lo dicen con tanta energía que cualquiera creería
que comprenden la monarquía tan bien como la vocean". En un contexto por otra
parte muy distinto, ORÍGENES se deja llevar de un juicio parecido contra los sencillos:
distinguiendo cuatro clases de personas que creen en Dios, pone en la primera cate-
goría "a los que participan del Logos, que era en el principio el Logos Dios"; pone
en segunda categoría a los "que no conocen nada, sino a Jesucristo y a Jesucristo cru-
cificado, pensando que el Logos hecho carne lo es todo, en cuanto el Logos sólo
conoce a Jesucristo según la carne; tal es la multitud de los que se consideran cre-
yentes" (In Joann., II, ni, 27-31). Sobre este texto, cf. infra, p. 318.
( 49 ) In Titum (P. G., XIV, 1304). Este texto, como los precedentes, es citado por
HARNACK, Dogmengeschichte, t. I, p. 735, n. 1 y 3.
CONTROVERSIAS R O M A N A S , SIGLOS I I Y I I I 85

En una época en que el lenguaje teológico está todavía m a l definido y en


que los términos que llegarán a ser técnicos: substancia, hipóstasis, persona,
tienen todavía el sentido impreciso que les da el lenguaje corriente, era impo-
sible evitar todo equívoco ( 5 0 ). Por la misma razón, el historiador no puede
dar hoy a los conceptos teológicos que se barajaron entonces, más valor que
el que de hecho tuvieron. Otra dificultad mayor aún proviene de las fuentes
de información y de su carácter ( 5 1 ) : no conocemos este conflicto más que a
través de Hipólito y de Tertuliano, dos controversistas apasionados: cuando
escribieron los libros a los que tenemos que acudir, Hipólito era cismático,
jefe de una pequeña iglesia de Roma; Tertuliano era ya montañista, adver-
sario violento de la iglesia de los psíquicos y del obispo de Roma. Oiremos
a estos testigos, los unióos que vertieron su pensamiento; pero no aceptare-
mos su testimonio sino después de una crítica detenida y severa; pero no
podemos concluir con ligereza por estas diatribas que el monarquianismo haya
sido la doctrina oficial de la Iglesia de Roma, durante u n a generación ( 5 2 ) .

NOETO Como el adopcionismo, la herejía monarquiana nació en Asia y de


allí fué trasplantada a Roma. Es Hipólito quien nos refiere su
origen (53). Después de decirnos que Noeto era de Esmirna ( 64 ) y que, lle-
vado de su orgullo, se creyó el Espíritu Santo, caracteriza así su doctrina:
"Cristo, dice, es el mismo Padre y el Padre es el que nació, padeció y murió; pre-
tendía ser tenido por Moisés y que su hermano era Aarón. Los bienaventurados pres-
bíteros le hicieron venir y le interrogaron delante de toda la Iglesia. En un principio
negó; pero, más tarde, ideó algunos equívocos, conquistó partidarios y trató de defen-
der abiertamente su doctrina. Los bienaventurados presbíteros lo llamaron de nuevo
y le rebatieron enteramente; mas él se defendía diciendo: ¿Acaso es pecado glorificar
a Cristo? Los presbíteros replicaron: también nosotros confesamos un solo Dios; con-
fesamos a Cristo, confesamos al Hijo que padeció, como ha padecido, que murió, como
ha muerto, que resucitó al tercer día, y está a la diestra de Dios Padre y ha de venir
a juzgar a los vivos y a los muertos. Lo decimos como lo hemos recibido. Entonces,
ya convicto,65lo arrojaron de la Iglesia; pero él se llenó de tanto orgullo, que fundó
una secta" ( ).
Nótese qué regla de fe se presenta a Noeto, con ocasión de este segundo

(*°) Bastará, para darse cuenta, leer en la traducción latina de RUFINO el texto de
ORÍGENES que acabamos de citar: " . . . u t i ne videantur dúos déos dicere, ñeque rur-
sus negare Salvatoris deitatem, unam eamdemque substantiam Patris ac Filii asse-
verant, id est, dúo quidem nomina secundum diversitatem causarum recipientes, unam
tamen upostasim subsistere, id est, unam personam duobus nominibus subjacentem".
(51) Advirtamos además que los dos testimonios no están plenamente de acuerdo
(cf. DALES, Saint Hippolyte, pp. 16-18); añadamos que Tertuliano no ataca direc-
tamente más que a Práxeas, de quien Hipólito no dice nada (cf. HARNACK, Dogmen-
geschichte, t. I, p. 734, n. 1). HAGEMANN (op. cit., pp. 234 y 256) resuelve esta dificul-
tad identificando a Práxeas con Calixto, pero esta identificación es muy violenta (cf.
DALES, op. cit., p. 19).
(52) Esta tesis ha sido sostenida por HARNACK, op. cit., t. I, p. 735.
(53) El libro Adversus Noetum, del que tomamos la cita, parece haber formado parte
de Syntagma, hoy perdido y que fué compuesto hacia el 200. Veinticinco o treinta
años más tarde en Pkilosaphumena, escrito después de la muerte de Calixto (222),
HIPÓLITO vuelve por dos veces a su polémica con el monarquianismo; más adelante
estudiaremos estos libros, que nos dan a conocer un pensamiento más maduro, pero
también un rencor, contra los obispos de Roma, Ceferino y Calixto sobre todo, que
aun no aparecía en el libro contra Noeto. Cf. D'ALES, Saint Hippolyte, pp. 22-23. Cf.
V. MACCHIORO, Vereda noetiana, Ñapóles, 1921.
( M ) Adv. Noet., I; P hilos, IX, vil. EPIFANIO le hace enseñar en Efeso (Hazr.,
LVII, 1). 1
(85) Adv. Noet., 1.
86 HISTORIA DE LA IGLESIA

comparecimiento ante los presbíteros: el símbolo bautismal, que proclama la


fe en u n solo Dios y la fe en el Hijo de Dios y en todos los misterios de su
vida ( 5 6 ) ; es la fe tradicional, que los presbíteros repiten tal como la h a n
recibido. Noeto no mantiene la discusión sobre este terreno. Los argumentos
que quiere hacer valer parecen ser, según Hipólito, los textos del Antiguo
Testamento: "Yo soy el Dios de vuestros padres; no tendréis otro Dios que y o "
(Ex. 3, 6; 20, 3). "Yo soy el primero y el último y no h a y otro fuera de m í "
(Is. 44, 6 ) ; palabras del Señor: "Yo y el Padre somos u n o " (Ion. 10, 3 0 ) ;
"quien a m í me ve, ve a mi Padre; ¿no creéis que yo estoy en el Padre y el
Padre está en m í " (ibíd. 14, 8-9). Por último, el texto de San Pablo " . . .los
patriarcas de quienes desciende el Mesías según la carne, El que es sobre todas
las cosas, Dios bendito por todos los siglos" (Rom. 9, 5 ) . De aquí la conclusión:
"El Padre es el Cristo, el Hijo, el que fué engendrado, padeció y resucitó" ( 5 7 ).
Los textos citados bastan para comprender el carácter y estilo de esta here-
jía: suprime en Dios toda distinción personal y en consecuencia desnaturaliza
el Evangelio. No solamente se opone a textos de la Escritura como los ale-
gados por Hipólito ( S 8 ), sino, sobre todo, al carácter más sobresaliente de la
religión de Jesús: su amorosa sumisión a la voluntad del Padre, su oración, su
sacrificio, toda la obra de la redención. Estas negaciones se hacían intolera-
bles a los cristianos instruidos y sagaces; los demás se podían dejar seducir
por u n a construcción teológica de apariencias sencillas en absoluto, y, sobre
todo, que se oponía de manera tan categórica al politeísmo de los paganos
y a la impiedad de los adopcionistas. Subrayemos esa oposición entre Noeto
y Teódoto: más tarde se u n i r á n ambas herejías y adoptarán los unitarios la
cristología de Teódoto y de Artemón. No fué así en u n principio. Noeto
creía defender con su teología el honor de Cristo y así, su primera respuesta
a sus jueces fué: "¿es pecado glorificar a Cristo?"

(56) La insistencia con que afirma la realidad de la pasión y de la muerte del


Hijo de. Dios, recuerda las profesiones de fe de San Ignacio: "Padeció realmente per-
secución bajo Poncio Pilato y realmente fué crucificado..." (Trall., ix).
(57) Además de estos textos escriturísticos, invocados por Noeto, parece que a través
de la refutación de Hipólito se descubren indicios de argumentación patrística; es
difícil no ver una alusión a San Ignacio y a San Ireneo en pasajes como éste: "Dicen
que es un mismo Dios el demiurgo y el Padre de todas las cosas, que quiso hacerse
visible a los antiguos justos aunque sea invisible; porque cuando no es visto es invi-
sible (cuando es visto es visible); incomprensible cuando no quiere ser comprendido;
y siguiendo el mismo razonamiento, es asequible e inasequible; inengendrado y engen-
drado: inmortal y mortal" (Philos., IX, x, 9-10; cf. X, xxvn, 1-2). Cf. IGNACIO,
Ephes., vil, 2, y Ád Pólyc, ni, 2; en estos dos textos, San Ignacio pone en contraste las
dos series de atributos que convienen a Jesucristo, según su divinidad y según su
humanidad (cf. Histoire du dogme de la Trinité, t. II, p. 294). Esta teología no era
monarquiana; pero esos contrastes podían ofrecer a Noeto el apoyo aparente que ne-
cesitaba su doctrina. Lo mismo sucede con los textos de Ireneo acerca de Dios,
naturalmente invisible, que se hace visible por la gracia: " . . .Lo que no es posible a
los hombres es posible a Dios; porque el hombre por sí mismo no puede ver a Dios;
pero Dios, porque así lo quiere, es visto por los que El quiere, cuando lo quiere y
como lo quiere; pues Dios lo puede todo" (IV, xx, 5). "Lo que es incomprensible
e inasequible e invisible se hace ver y comprender por sus fieles a fin de vivificar a
los que le comprenden y le ven" (ibíd.). Cf. Histoire du dogme de la Trinité, t. II,
pp. 534-5. Son muy significativas estas relaciones, pues nos descubren el influjo de
una teología asiática que Noeto falsificó indudablemente, pero que, siendo de Esmirna,
conoció y utilizó. Pero aun reconociendo estas relaciones, nos guardaremos de con-
cluir con LOOPS y KROYMANN que esta teología asiática fuese modalista. Cf. Histoire
du dogme de la Trinité, t. II, pp. 306-308. Notemos, finalmente, que estos textos
aparecen en Philosophumena, pero no todavía en Adversus Noetum.
(58) Adv. Noet., vil. Ha sido enviado por el Padre; va al Padre (816).
CONTROVERSIAS R O M A N A S , SIGLOS I I Y I I I 87

PRAXEAS Fué quien primero intentó propagar en Roma este error na-
cido en Asia; Hipólito no nos dice nada de él; Tertuliano
es quien nos lo da a conocer. Su libro escrito después del 213 nos remonta a
veinte años atrás, para contarnos las primeras tentativas del hereje. En Asia
había padecido por la fe. Después de pasar algún tiempo en la prisión y de
haber llegado a Roma, quiso hacer prevalecer su cualidad de mártir para exten-
der su doctrina y, lo que le hace más culpable a los ojos de Tertuliano, se hizo
adversario de los montañistas. Encontró al obispo de Roma en actitud favo-
rable hacia las profecías de Montano y consiguió hacerle volver de su actitud,
refiriéndole lo que conocía personalmente de los profetas y de sus iglesias
y recordándole las decisiones de sus predecesores. "Así Práxeas cumplió con
dos obras diabólicas: arrojó la profecía e implantó la herejía; ahuyentó al
Paráclito y crucificó a l Padre" ( 5 9 ).

PROGRESOS DE LA HEREJÍA De Roma, el error pasó al África («°) pero la


EN ÁFRICA simiente no fructificó, gracias a Tertuliano
todavía católico; Práxeas firmó una retracta-
ción que aun se conservaba en Roma cuando se publicó el Adversus Praxeam.
Después de algún tiempo de silencio, la herejía estalló de nuevo; en el inter-
valo, Tertuliano, según su manera de expresarse, "reconoció al Paráclito y se
separó de los psíquicos"; pero aun permanecía adherido a la doctrina de la
Trinidad y escribió para defenderla ( 6 1 ).

HIPÓLITO Y CALIXTO En Roma persistía el peligro; Hipólito nos describe


los progresos de la herejía en relatos mezclados con
requisitorias apasionadas contra los obispos Ceferino y Calixto. Noeto no vino
a Roma; pero su doctrina estaba representada por "su diácono y discípulo"
Epígono ( 6 2 ) ; "vivía en Roma y en ella propagaba su impía doctrina". A su
vez tuvo por discípulo a Cleomenes, el cual puso escuela. El obispo Ceferino,
a quien Hipólito presenta como avaro y como persona de poco talento, per-
mitió a cuantos se lo pidieron escuchar las enseñanzas de Cleomenes. Tenía
por consejero al diácono Calixto, blanco de todo el rencor de Hipólito. Pro-
tegido por el obispo y su diácono, la escuela herética consiguió muchos dis-

(59) L o s modalistas, al rechazar la distinción de personas, admitían en consecuen-


cia que el Padre había sido crucificado: de aquí el nombre de patripasianos.
(80) ¿Fué el- mismo Práxeas al África? Así piensa NOELDECHEN (Texte und Unter-
suchungen, t. V, 2, p. 162, n. 5); lo mismo KNEIB (Katholik, 1905, t. II, p. 3); Tertu-
liano no lo dice expresamente (cf. D'ALES, Tertullien, p. 68, n. 2).
(61) De la obra teológica de Tertuliano se hablará más adelante (pp. 149-156). El
relato que de Práxeas hemos hecho siguiendo a Tertuliano, nos explica el silencio
de Hipólito: la enseñanza de Práxeas en Roma es anterior a la actividald de Hipólito,
y el hereje se habia retractado para esa fecha; es un nuevo movimiento monarquiano,
unos veinte años después, el que hizo a Tertuliano evocar todos sus recuerdos. ¿Cuál
fué el obispo de Roma al que Práxeas habría engañado? HARNACK (Dogmengeschichte,
t. I, p. 742) afirma que Eleuterio, y concluye que durante cuatro pontificados consecu-
tivos (Eleuterio, Víctor, Ceferino y Calixto) el obispo de Roma ha sostenido la teolo-
gía modalista; más adelante nos ocuparemos de esta afirmación; digamos ahora que
nos parece que la persona de Eleuterio debe quedar fuera de. este conflicto. Práxeas
hizo valer ante el obispo de Roma, contra la profecía montañista, "la autoridad de sus
predecesores"; pero esto no quiere, decir que Eleuterio haya sido el primero que se vio
embarazado con la cuestión que tratamos.
í*2) ¿Habrá que tomar en su sentido técnico estas dos expresiones? No lo sabemos;
puede ser que Hipólito haya querido señalar solamente la dependencia de Epígono con
respecto a Noeto.
88 H I S T O R I A DE LA IGLESIA

cípulos, sobresaliendo entre todos por su audacia Sabelio, que más tarde fundó
la secta de su nombre. Calixto, al decir de Hipólito, hacía u n doble juego:
a los ortodoxos les hacía creer que era de su partido; y lo mismo decía a
Sabelio, a quien perdió por ese motivo; porque Sabelio, dice Hipólito, jamás
fué tan obstinado: "cuando le exhortábamos, no se mostraba obstinado; pero
apenas volvía a encontrarse con Calixto, se dejaba arrastrar a la doctrina
de Cleomenes, al oír de boca de Calixto que él también la sostenía". Ceferino
era gobernado por Calixto, que le hacía decir al pueblo: "No conozco otro
Dios que a Cristo Jesús y fuera de El n i n g ú n otro h a nacido n i podido pade-
cer"; y otras veces decía: "No es el Padre el que ha muerto, sino el Hijo."
Así no hacía sino difundir la discordia entre el pueblo.
Hipólito creía ver claramente este juego de su adversario; Calixto, irri-
tado, llegó a tratar a Hipólito y a los suyos de diteístas. A la muerte de
Ceferino, Calixto ocupó la sede de Roma (217-222); y comenzó por exco-
mulgar a Sabelio por temor a Hipólito y para darse aires de ortodoxo. Pero
como todo el mundo sabía, continúa Hipólito, cómo nos acusaba de diteísmo
y cómo por otra parte Sabelio le echaba en cara el haberle vuelto la espalda,
inventó la siguiente herejía:

"El Verbo es el Hijo y es también el Padre; es decir, no hay más que un solo espíritu
indivisible. No es el Padre una cosa y el Hijo otra, sino que los dos son una misma cosa,
el espíritu que lo llena todo, de lo más alto a lo más bajo. El espíritu, hecho carne
en la Virgen, no es distinto del Padre, sino una sola y misma cosa. De aquí las pala-
bras de la Escritura: «¿No creéis que yo estoy en el Padre y el Padre en Mí?» (Ion.
14, 11). El elemento visible, el hombre, ése es el Hijo; el Espíritu que reside en el
Hijo, ése es el Padre. No podemos hablar de dos dioses, Padre, e Hijo, sino de uno solo.
Porque el Padre que está en el Hijo, habiendo asumido la carne, la divinizó al unirla
a Sí y de tal manera la hizo una cosa consigo, que los nombres de Padre e Hijo se
aplican a un solo y mismo Dios. La persona de Dios no puede desdoblarse y por consi-
guiente el Padre ha padecido con el Hijo" ( 6 3 ).
"Como no quiere decir que el Padre ha padecido y que no hay más que una sola

( e3 ) Philos., IX, xn, 16-19; trad. D'ALES, p. 11; cf. trad. AMANN, Dict. de Théol.
cathol., col. 2507; KNEIB, art. cit., pp. 266-278. Hipólito reprocha también a Calixto
el perdón concedido a los pecadores. En el libro décimo vuelve sobre la doctrina
trinitaria de su enemigo: X, xxvn, 3-4: "Esta herejía (de Noeto) ha sido sostenida
por Calixto, cuya vida hemos referido exactamente en otro lugar, y además dio a
luz otra herejía: Dice que no hay más que un (Dios y Padre) Creador del universo; y
que este mismo Dios es Hijo en cuanto que recibe este nombre y apelativo; pero en
cuanto a la esencia (ousia) no hay más que uno (espíritu); porque, dice, Dios no es
un espíritu distinto del Verbo, ni el Verbo se distingue de Dios; no hay pues más
que una persona con distinción de nombre, pero no de esencia. El Verbo es el Dios
único que se encarnó. Lo que se ve y se palpa en la carne quiere que sea el Hijo,
y lo que habita en El, el Padre, cayendo unas veces en la doctrina de Noeto y otras
en la de Teódoto; mas nunca afirma nada fijo". Textos parecidos tenemos en TEB-
TULIANO, Adversas Praxeam, xxvn: " . . . (los monarquianos) forzados por esa distinción
de Padre e Hijo, distinción que nosotros, manteniendo no obstante la unidad, explica-
mos como la unidad del sol y del rayo de luz, de la fuente y el r í o . . . quisieran
interpretarla según su doctrina, de manera que en una misma persona puedan dis-
tinguirse el Padre y el Hijo; dicen que el Hijo es la carne, el hombre, Jesús; y el
Padre, el espíritu, Dios, Cristo. Y los que sostienen que el Padre y el Hijo son una
misma cosa, parecen más empeñados en distinguirlos y separarlos, que en unirlos.
Porque si es distinto Jesús de Cristo, el Hijo será distinto del Padre; porque el Hijo es
Jesús y el Padre es el Cristo. Parece que han tomado de Valentín esta monarquía"...
Ibíd., xxix: "Blasfemáis no sólo al decir que el Padre ha muerto, sino que ha sido
crucificado... El Padre no ha padecido con el Hijo. No queriendo blasfemar directa-
mente contra el Padre, piensan atenuar de esta manera la blasfemia —ahora se acuer-
dan que el Padre y el Hijo son dos—, diciendo que el Hijo padece y el Padre compa-
CONTROVERSIAS R O M A N A S , SIGLOS I I Y I I I 89

persona y quiere evitar la blasfemia contra el Padre, este hombre insensato se va de


un extremo a otro, inventando blasfemias, por sólo el placer de hablar contra la ver-
dad y no se avergüenza de caer unas veces en el error de Sabelio y otras en el de
Teódoto."

ACTITUD DE CEFERINO E n v i s t a d e los t e x t o s p r e c e d e n t e s , p r e c i s o s e r í a


Y DE CALIXTO d e t e r m i n a r l a a c t i t u d d o c t r i n a l d e los dos obis-
pos d e R o m a , C e f e r i n o y C a l i x t o . N o es fácil
e m p r e s a ; c o n t o d o se i m p o n e n a l g u n a s o b s e r v a c i o n e s . L a c o n d u c t a d e los dos
obispos es m u y d i s t i n t a c o n a l g u n o s d e los q u e H i p ó l i t o p r e s e n t a c o m o m o d a -
listas. S o n i n d u l g e n t e s c o n C l e o m e n e s y p e r m i t e n a los fieles f r e c u e n t a r s u
escuela y e x c o m u l g a n a S a b e l i o . P u e d e c o n c l u i r s e d e esto, q u e l a d o c t r i n a d e
ambos n o era la m i s m a : Cleomenes, del q u e Hipólito n o nos d a u n a informa-
ción p r e c i s a n i d e t a l l a d a , e r a c i e r t a m e n t e e n e m i g o s u y o ; n a d a p r u e b a q u e
h a y a s u s c r i p t o los e r r o r e s d e N o e t o y l a t o l e r a n c i a d e q u e h a sido objeto lo
h a c e m u y poco p r o b a b l e . C e f e r i n o n o p a r e c e h a b e r t e n i d o m u c h a a f i c i ó n p o r
las discusiones t e o l ó g i c a s ; si i n t e r v i n o , lo h i z o s o l a m e n t e p r e s i o n a d o p o r C a -
lixto y p o r o t r a p a r t e s u s i n t e r v e n c i o n e s s o n i r r e p r o c h a b l e s .
Sería m u c h o m á s i n t e r e s a n t e c o n o c e r l a p o s i c i ó n d o c t r i n a l d e C a l i x t o ; p e r o
la d i f i c u l t a d es d e m a s i a d o g r a n d e . E l t e s t i m o n i o d e s u e n e m i g o es m u y a p a -
sionado y n o p o d e m o s s u s c r i b i r l o a c i e g a s ; es c i e r t o p o r o t r a p a r t e , p o r ese
m i s m o t e s t i m o n i o , q u e C a l i x t o e x c o m u l g ó a S a b e l i o ; H i p ó l i t o n o s d i c e d e sí
m i s m o q u e fué t r a t a d o d e d i t e í s t a , a c u s a c i ó n q u e n o c a r e c e d e f u n d a m e n t o ;
pero n o dice q u e h u b i e s e sido c o n d e n a d o c o m o S a b e l i o , s i n o q u e p a r e c e q u e
se separó v o l u n t a r i a m e n t e . E s t a s e v e r i d a d p o r u n l a d o y a q u e l l a t o l e r a n c i a

dece. Esto sí que es necedad: porque ¿qué es compadecer sino padecer con otro? Si el
Padre es impasible, es también incompasible".
D'ALES (HippoL, pp. 16-18) hace notar a propósito de estos textos: "El Adversas
Praxeam apenas si es algo posterior a Ceferino, y, por consiguiente, Calixto no pudo
inventar durante su pontificado el patricompasianismo que es anterior a él". La des-
cripción del patricompasianismo no coincide exactamente con la de Philos., pues apa-
rece la divinidad, como tal, afectada por el sufrimiento. Si tomásemos a la letra lo
que dice Philos., Calixto habría retocado, dándoles u n sentido menos inaceptable, doc-
trinas ya condenadas como heréticas. La acusación de Tertuliano, al menos en cuanto
nosotros podemos entenderla, no afecta a Calixto. Por lo demás, ya sabemos que Ter-
tuliano, montañista, no tenía muchas simpatías por el clero de Roma, ni fué Calixto
tan bien tratado en De Pudicitia". A M A N N , por el contrario, escribe (col. 2508): "Esta
doctrina (de Calixto) es la misma que fué combatida por Tertuliano al fin de su tra-
tado contra Práxeas, y que FRANZELIN, con toda exactitud, califica de herética. Que
Calixto la haya defendido o no, es ya otra cuestión y sería demasiada parcialidad acep-
tar una acusación que proviene de un enemigo encarnizado y únicamente de él".
La divergencia que señala D ' A I Í S puede ser verdadera, pero no es bastante explícita
la exposición de Hipólito para poder afirmarlo con toda certeza. Por lo demás, las
dos doctrinas están de acuerdo: las dos se presentan como derivaciones del patripasia-
nismo de Noeto; las dos, manteniendo la unidad de personas, quieren fundar la dua-
lidad de sujetos en la encarnación; lo que se ve y se toca es el Hijo, Jesús, y lo que
habita en Él, el Padre, Dios, y como dice Tertuliano, el Cristo; las dos quieren evitar
la blasfemia contra el Padre y, por lo mismo, dicen que ha compadecido con el Hijo.
En esta doctrina, como en la de Noeto, se pueden recoger despojos de las doctrinas
anteriores: Dios, que desdoblándose llega a ser su propio Hijo, proviene sin duda del
gnosticismo, y de él también el dualismo cristológico que en el patricompasianismo
distingue entre Jesús y el Cristo. La ambigüedad del lenguaje teológico presta también
sus servicios al monarquianismo: "espíritu" puede significar persona y naturaleza
divina (cf. Histoire du dogme de la Trinité, t. I I , sobre todo las páginas 305-373). Pero
estos detalles no son más que argucias dialécticas; lo que da prestigio a su doctrina es la
monarquía, y1 eso es lo que quieren salvar siempre.
90 HISTORIA D E LA IGLESIA

por otro, no se pueden comprender, si Calixto sostuvo la doctrina que se le


atribuye ( 6 4 ) .

TEOLOGÍA DE HIPÓLITO El estudio de la doctrina de Hipólito es más fá-


cil merced a los libros suyos que se nos h a n
conservado ( 6 B ). Considerada en su conjunto, es la misma de la mayor parte
de los apologistas, v. g. la misma de San Justino; pero con algunos defectos
graves ( 6 6 ) . La generación del Verbo está estrechamente unida a la creación
del m u n d o y sobre todo a la encarnación; la describe en u n desarrollo pro-
gresivo, en el que se pueden distinguir tres tiempos. E n el principio Dios
estaba solo; pero " a u n estando solo, era múltiple; porque no estaba sin sabi-
duría, sin palabra, sin poder, sin consejo" ( 6 7 ) . Esta multiplicidad no implica
todavía distinción de personas; la personalidad del Logos no ha sido cons-
tituida sino en vistas a la creación: "como jefe, consejero e instrumento de
creación, Dios engendró al Logos. Este Logos que tenía en sí, en estado invi-
sible, se hace visible al pronunciar la primera palabra. Es u n a luz que nace
de otra l u z . . . De esta manera h a y u n otro con relación a Dios" ( 6 8 ) . Sin em-
bargo, esta generación a u n está inacabada; se realiza plenamente en la encar-
nación. "No es antes de encarnarse, como en sí mismo, cuando el Logos es
Hijo perfecto; aunque es perfecto Logos y Unigénito; y del mismo modo,
la carne no puede subsistir sin el Logos, porque en el Logos tiene su subsis-
tencia. Así es, pues, como se manifestó el Hijo perfecto de Dios" ( 6 9 ) .

( 64 ) DUCHESNE (Histoire ancienne de l'Eglise, t. I, p. 315), después de exponer el


patricompasianismo según Hipólito y Tertuliano, añade con razón: "La enmienda es
muy ligera y no se comprende que. Calixto, después de condenar a Sabelio, la hubiese
abrazado. Los polemistas tienden siempre a desnaturalizar las opiniones que combaten
y a comprometer a sus adversarios en filiaciones y parentescos doctrinales poco honrosos.
Por lo demás, es muy posible que la desconfianza que inspiraba la teología del Logos,
el temor al diteísmo, la preocupación dominante de la unidad divina, unido todo a la im-
perfección del lenguaje teológico, haya hecho llegar, en el campo ortodoxo, a concepcio-
nes no muy avenidas con la ortodoxia, y sobre todo, a expresiones criticables."
Recordemos también lo que dice HARNACK, Dogmengeschichte, t. I, p. 740, n. 2:
"Hipólito no oculta que la masa de la comunidad romana estaba con los obispos (IX,
xi); pero les acusa constantemente de hipocresía, rencor, adulación; mientras que
hoy podemos comprender que los obispos sólo quisieron preservar la unidad y la paz
de sus rebaños de la rabies theologorwn. Con esto cumplieron sencillamente el
deber de. su cargo y obraron según el espíritu de sus predecesores, en cuyo tiempo se les
exigía la admisión de. la profesión de fe breve y larga, y hecho esto, se les dejaba
en libertad. Se ve. que Hipólito tiene por simples y no cultos a Ceferino y a los
demás que no quieren lanzarse por la nueva ciencia y por su concepción «econó-
mica» de Dios."
(65) Los textos más importantes son los capítulos x-xv de Adversus Noetum y los
capítulos xxxn-xxxiv del libro X de los Philos. Cf. D'ALES, op. cit., pp. 20-31;
AMANN, art. Hippolyte, en Dict. de Théol. cathol., col. 2308. D'ALES compara entre
sí estos dos documentos, op. cit., p. 23, n. 2. En los Philosopkumena, escritos unos veinte
años más tarde del Adversus Noetum, encontramos un pensamiento más maduro, sobre
todo en los capítulos citados: forman la conclusión de la obra y tienen una redacción
más cuidada; aquí la teología de Hipólito aparece más acabada y resaltan mejor los
errores y lagunas.
(86) Cf. D'ALES, op. cit., pp. 24-31.
(67) Adv. Noet., x; cf. Philos-, X, XXXII y XXXIII, 1.
(68) Adv. Noet., x-xi; cf. Philos., X, xxxm.
(69) Se encuentra la misma doctrina al final de la Epístola a Diognetes, xi, 5;
sabido es que este final (cap. xi-xn) pertenece a un autor distinto que el resto de
la carta; muchos historiadores lo atribuyen a Hipólito y creen reconocer aquí la
última página de los Philosopkumena. Cf. D'ALES, op. cit-, p. 27, n. 1.
CONTROVERSIAS ROMANAS, SIGLOS II Y III 91

Esta concepción de la generación del Verbo, desarrollándose por etapas, in-


troducía en el ser mismo de Dios u n a sucesión y u n progreso que la Iglesia
no podía admitir; tenía también que rechazar otro error de Hipólito: el hacer
de la generación del Verbo u n acto de la libre voluntad de Dios, lo mismo que
lo es la creación: "Si hubiese querido hacer de ti u n Dios, te hubiese podido
hacer; tienes el ejemplo del Logos; pero te quiso hacer hombre y te ha hecho
hombre" ( 7 0 ) . Son ciertamente errores m u y graves; pero se cometería u n a
grave injusticia haciendo a Hipólito arriano antes que Arrio; puesto que no
solamente reconoce en Cristo al "Dios que reina sobre todas las cosas" ( n ) ,
sino que traza m u y netamente el límite entre las criaturas que h a n sido hechas
de la nada y el Logos "que es esencia divina y por lo tanto Dios" ( 7 2 ) . De
este principio capital, Hipólito podía haber deducido todo el dogma cristiano;
no lo hizo. La Iglesia suscribió el principio y sacó las conclusiones.
La doctrina del Espíritu Santo es más imperfecta todavía; inútilmente la
buscaríamos en la conclusión de los Philosophumena ( 7 3 ) . E n el libro contra
74
Noeto, las fórmulas trinitarias son m u y frecuentes ( ) y nos interesan en
cuanto manifiestan u n a fe ya recibida y que se apoyan en el uso litúrgico ( 7 S ) ;
pero no nos d a n a conocer el pensamiento propio de Hipólito. Todos los pasa-
jes en que éste aparece, presentan al Espíritu Santo más como u n a fuerza que
como persona; es particularmente notable que, a pesar del paralelismo a que
los textos antes citados debían arrastrar al autor, evita el poner a las tres
personas en el mismo plano ( 7 e ) . Todos estos detalles concurren a justificar
la acusación de diteísta lanzada por Calixto contra Hipólito ( 7 7 ) .

(70) Philos., X, xxin, 7. Este error era una consecuencia de la concepción cosmo-
lógica de la Trinidad: la relación imaginada entre la generación del Verbo y la
creación, hacía correr el peligro de concebir esta generación como un acto libre y
contingente, lo propio que la creación. Los apologistas del siglo segundo (cf. Histoire
du dogme de la Trinité, t. II, p. 461) se dejaron arrastrar hacia este error y más
aun TERTULIANO (Advers. Prax., iv y x; cf. D'ALES, Hippolyte, p. 27); HIPÓLITO cayó
en él manifiestamente. Cf. Adv. Noet., xvi.
(71) Philos., X, xxxiv, 5.
(72) Philos., X, xxxni, 8.
(73) DOELLINGER explica este silencio diciendo que la creencia en el Espíritu Santo
era esotérica. HAGEMANN (op. cit., p. 269) lo ha refutado con razón. En los otros
libros de Philos. se encuentran algunas menciones muy vagas del Espíritu Santo
(D'ALES, op. cit., p. 30, n. 4).
(74) Cap. vni: "Hay que confesar a Dios Padre todopoderoso y a Cristo Jesús,
Hijo de Dios, hecho hombre, al que el Padre ha sometido todo, excepto a Sí mis-
mo y al Espíritu Santo, y (confesar) que éstos son verdaderamente tres (rpia)".
xii: "Vemos el Logos encarnado; por El nos formamos idea del Padre, creemos en
el Hijo, adoramos al Espíritu Santo." xiv: "Hay el Padre que manda, el Hijo que
obedece, el Espíritu que instruye; el Padre está sobre todo, el Hijo por todo, el
Espíritu en todo. Y no podemos concebir un sólo Dios, si no creemos verdaderamente
en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo... El Padre ha querido, el Hijo ha hecho
y el Espíritu ha revelado. Por esta trinidad (rptáSos) es glorificado el Padre." xvín,
final del libro: "El es el Dios hecho hombre por nosotros, a quien el Padre ha sometido
todo. A El la gloria y el poder con el Padre y el Espíritu Santo, en la santa Iglesia,
ahora y siempre por los siglos de los siglos. [Amén!"
(75) Sobre las doxologías trinitarias en la obra de Hipólito, cf. supVa, p. 61, n. 71.
(76) Adv. Noet., xiv: "No diré dos dioses, sino uno solo; pero dos personas y en la
economía, un tercer lugar, la gracia del Espíritu Santo. El Padre es uno y hay dos
personas porque hay también el Hijo y, en tercera jerarquía, el Espíritu Santo". Ibid.:
"Los judíos glorificaron al Padre, pero no le dieron gracias, porque no conocieron al
Hijo; los discípulos conocieron al Hijo, pero no en el Espíritu Santo y por eso le
negaron".
(7T) Sobre la cristología de Hipólito, cf. la larga nota de HARNACK, Dogmenge-
schichte, t. I, pp. 606-608.
92 HISTORIA DE LA IGLESIA
V
MARTIRIO DE HIPÓLITO Este rápido recorrido por la teología de Hipó-
la DE PONCIANO lito nos hace entrever las muchas influencias
que h a n dejado en ella su rastro. Vemos el
subordinacianismo de los apologistas, más acentuado y peligroso; puédense
reconocer por otra parte rasgos de la cristología de Ireneo ( 7 8 ) ; y el método
exegético, por sus atrevimientos, nos hace presentir ya a Orígenes ( 7 9 ) . Aña-
damos que este polemista t a n desconfiado con respecto a la filosofía griega,
h a tomado muchos elementos del helenismo. Espíritu más bien flexible,
polemista apasionado, retórico brillante pero sin profundidad, Hipólito repre-
senta por sus cualidades y por sus defectos, la ciencia ambiciosa enfrentada con
la fe común; frente a los obispos de Roma, Ceferino y Calixto, que mantenían
cerca de sí agrupados a la gran masa de fieles, él se aisla, se separa, arras-
trando en su secesión a su pequeña iglesia.
La persecución de Maximino, al deportarle a Cerdeña junto con el papa
Ponciano, en 235, le volvió a su deber, reconciliándolo con su jefe legítimo.
Ponciano renunció a su cargo; Hipólito sin duda hizo lo mismo; los dos
murieron mártires y sus cuerpos trasladados a Roma fueron recibidos con
idéntico honor por la Iglesia i80).

VIDA Y OBRAS DE HIPÓLITO Hipólito, del que tanto venimos hablando en


las páginas que preceden, fué durante siglos
u n personaje rodeado de cierto misterio. Eusebio ( 81 ) y San Jerónimo ( 8 2 )
conocen su nombre y muchas de sus obras y saben que es obispo; pero n o
pueden decir de qué Iglesia. El papa Dámaso le hace partidario de Novaciano
y el poeta Prudencio, después de repetir lo mismo, añade el suplicio del hijo
de Teseo: Hipólito m u r i ó arrastrado por caballos C 83 ).
En 1551, se exhumó, en el terreno del antiguo cementerio de la vía Tibur-
tina, u n a estatua mutilada que se reconoció como la de Hipólito. " E n
los laterales de la silla está grabado, en caracteres griegos, u n ciclo pas-
cual que comienza en el año primero de Alejandro Severo (222) y com-
prende u n período de 112 años; en uno de los pies de la silla, u n catálogo
de o b r a s . . . Este catálogo, grabado en mármol en el siglo n i , tiene u n interés
excepcional para la historia de los orígenes del cristianismo" ( 8 4 ) . La estatua
erigida en vida del mismo Hipólito por sus admiradores, nos da a conocer
las obras por él compuestas hasta la fecha de su erección, es decir, según
parece, antes del 224 ( 8 5 ) .

(78) p o r ejemplo, en De Christo et Antichristo, ni, LXI; cf. D'ALES, op. cit., p. 38;
HARNACK, loe. cit., citando a OVEHBECK, Qucest. Hippol. specimen, Jena, 1864.
(79) Hipólito estuvo en relaciones personales con Orígenes; en presencia suya, dice
San JERÓNIMO (De viris illustribus, LXI), pronunció la homilía De laude Domini Salva-
toris. Cf. infra, p. 219.
C80) Cf. D'ALES, Hippolyte, p. 7.
(81) Hist. Eccl, VI, xx.
(82) De viris illustribus, LXI.
(83) Esta incertidumbre y las varias contradicciones están expuestas por D'ALES,
Théologie de Saint Hippolyte, introducción, pp. I-XLVI. Los textos antiguos que se
refieren a Hipólito han sido reunidos por H. ACHELIS, Hippolytstudien, Leipzig, 1897,
en la colección Texte und Untersuchungen zur Geschichte der altchristlicken Literatur,
t. XVI, 4.
( 84 ) D'ALES, op. cit., p. III; cf. p. XLIII y ss.
(85) Este ciclo pascual, que se atribuía a Hipólito, avanzaba cada año cinco horas
sobre el tiempo lunar: en el año 236, la diferencia era de dos días entre la luna
llena verdadera y la que indicaba el canon de Hipólito. Es muy poco probable que
hubiese sido grabada en mármol, cuando su inexactitud era ya manifiesta y menos
CONTROVERSIAS ROMANAS, SIGLOS I I Y III 93

LOS PHILOSOPHUMENA En 1842, Mynoides M y n a s trajo del monte Athos


a París los Philosophumena y Miller los editó
en 1851 como obra de Orígenes, según rezaba el manuscrito.
En 1859 Duncker y Schneidewin hicieron u n a nueva edición, pero atri-
buyéndola a Hipólito; después de algunas vacilaciones se impuso esta atri-
bución a los historiadores y así se hizo luz sobre u n a biografía, hasta entonces
t a n oscura.
Hipólito, presbítero romano bajo Ceferino, rompió con la Iglesia al adveni-
miento de Calixto (217). Bajo Maximino (235) fué deportado a Cerdeña al
mismo tiempo que el obispo Ponciano y allí murió. Con su martirio des-
apareció de Roma su cisma; sin embargo, a l g ú n recuerdo quedó de él,
pues más tarde hicieron a Hipólito partidario del cisma de Novaciano. Su
actitud y el que sus obras estuviesen escritas en griego, desviaron de él la
tradición romana. Acerca de su vida y de la sede que ocupó, continúa la
incertidumbre ( 8 6 ) .

LA TRADICIÓN APOSTÓLICA Entre las obras de Hipólito hemos mencio-


nado la Tradición apostólica sobre los ca-
rismas; y es preciso que hablemos ahora más detenidamente de este libro,
pues no h a y n i n g u n o en la obra de Hipólito, que h a y a costado tanto trabajo
identificar y que ofrezca m a y o r interés.
La Tradición apostólica h a sido conocida por m u c h o tiempo con el título
de Ordenación de la Iglesia de Egipto ( 8T ) y ha sido preciso desembara-
zarla de todo u n conjunto de colecciones canónicas de carácter disciplinar y
litúrgico y que datan en su m a y o r parte del siglo iv ( 8 8 ) .

aún que haya sido erigida la estatua después del 235, cuando la confesión de Hipólito
hizo olvidar su cisma y reconcilió a sus partidarios con la Iglesia. Por el contrarío,
en 222, fecha de la muerte de Calixto, a u n no aparecía la inexactitud del cómputo (no
será sensible hasta el 224) y el cisma mantenía violentamente, frente a la Iglesia, al
grupo de sus fieles con su obispo.
( 86 ) Algunos de estos datos están hoy fuera de duda; la fecha de su nacimiento
es uno de los más inciertos; TIXERONT la fija hacia el 170-175; es verosimil, pero si se
admite que conoció en Roma a Ireneo (antes del 177) es preciso retrasar esa fecha.
Los escritos más importantes son: De Christo et Antichristo, hacia el 200; in Da-
melem, del 200 al 204; Adversus Noetum, entre el 200 y el 210; Traditio Apostólica,
217; Philosophumena, después del 222; Adversus hmresim Artemonis, 230; Chronica,
después del 234; cf. D'ALÉS, op. cit., pp. XLVII-XLVIII.
( 8T ) No se nos ha conservado el texto original de este libro, pero poseemos varias
versiones, de las cuales la más antigua y la más fiel es una traducción latina conser-
vada en un palimpsesto de Verona, desgraciadamente mutilado; edición de HAULER,
Didascaliae apostolorum fragmenta Veronensia latina, Leipzig, 1900. Tres versiones
orientales copta, etíope y árabe nos dan otra recensión del libro. HORNER ha publicado
una edición inglesa de estas tres versiones, The Statutes of the Apostles, Londres, 1904.
Edición con texto latino e inglés: Dom CONNOIXY, The so-called Egyptian Church Or-
der and derived Documents. Texis and Studies, VIII, 4, 1916, pp. 175-194. Traducción
latina, según la versión copta, F Ü N K , Didascalia et Constitutiones Apostolorum, II
(Paderborn, 1905), pp. 97-119; DUCHESNE ha publicado en gran parte la Tradición
Apostólica en su obra Origines du Cuite chrétien, 5* edición, 1920, pp. 545-556.
(88) Estas colecciones son: Cánones de Hipólito, traducidos del griego al copto y del
copto al árabe. Traducción latina de Dom HAPJEBERG, Munich, 1870, reproducida y
comentada por ACHELIS, Die Aeltesten Quellen des orientalischen Kirchenrechtes,
Leipzig, 1891. Traducción alemana de RIEDEL, Die Kirchenrechtsquellen des Patriar-
chats Alexandrien, 1900, pp. 193-230.
Constituciones Apostólicas. Esta colección ha sido atestiguada por primera vez por
el SEUDO IGNACIO, Ad Tralh, vil, 3 y resumida por el escritor que interpoló las cartas de
San Ignacio a finales del siglo cuarto. Los seis primeros libros son un retoque, una
94 H I S T O R I A DE LA IGLESIA

El mérito de esta identificación pertenece sobre todo a Dom Connolly C 89 ),


el cual ha demostrado que la llamada Ordenación de la Iglesia de Egipto,
es en realidad la Tradición apostólica de San Hipólito y que de ella deri-
van, independientemente unos de otros, los Cánones de Hipólito, las Constitu-
ciones apostólicas, a que sigue el Epítome, y el Testamento.
Esta tesis recibida en u n principio con algunas dudas C90) fué ganando
poco a poco partidarios y por fin llegó a ser la opinión común ( 9 1 ). Tiene en
verdad a favor suyo argumentos decisivos ( 9 2 ) ; sin embargo, deben interpre-
tarse con ciertas reservas. Las colecciones canónicas están expuestas, más que
otra clase de obras, a las refundiciones; no llevan la marca personal de u n
escritor, presentan una legislación y u n formulario que por ciertos intereses
pueden modificarse. El libro que ahora nos interesa debe ser estudiado con
tanta más atención cuanto que no tenemos el original, que está representado
por dos grupos de versiones, de los cuales el uno es incompleto, y el otro,
poco fiel ( 9 3 ).
Al citar textos de Hipólito recurriremos a la versión de Verona o Epítome,
siempre que contenga fragmentos del original. Hechas estas observaciones,
estudiaremos, en sus partes principales, esta antigua liturgia.

LA LITURGIA DE HIPÓLITO La Tradición Apostólica de Hipólito es sin


duda la colección litúrgica más antigua que
haya llegado hasta nosotros. Como antes lo hicimos notar ( 9 4 ), las plegarias
de San Clemente, de la Didaché, de San Policarpo, no nos dan fórmulas litúr-
> gicas impuestas por la autoridad de la Iglesia; son plegarias de libre inspira-

refundición de los Didascalia Aposiolorum, cf. supra, p. 73; el séptimo es en gran


parte una reproducción de la Didaché; y el octavo, el único que nos interesa ahora,
depende de la Tradición Apostólica. Edic. FUNIS, Didascalia et Constitutiones Apos-
iolorum, t. I, 1905.
El Epítome, redacción abreviada de las Constituciones Apostólicas, pero que en la
ordenación del obispo y del lector reproduce el texto original de Hipólito, edic. FUNK,
op. cit., t. II, pp. 77-84.
El Testamento de Nuestro^ Señor -Jesucristo. Texto siriaco, edición de RAHMANI,
Maguncia, 1899.
( 89 ) Lo ha demostrado en 1916 en( la obra citada (p. 107, n. 2). Le habían prece-
dido por este camino, E. VON DER GOLTZ en 1906 y E. SCHWARTZ en 1910. Los tres tra-
bajaron independientemente. El libro de GONNOLLY es el más completo y el que ejer-
ció influencia decisiva.
(90) TIXERONT, Patrologie, p. 283, se mostraba reservado, y lo mismo WATKINS, op.
cit., t. I, p. 131.
( 91 ) D'ALÉS, Recherches de Science religieuse, t. VIII (1918), pp. 132-148; WILMART,
en Revue du Clergé francais, t. XCVI, pp. 95-116; AMANN, art. Hippolyte, en Dict.
de Théol. caih., col. 2503; CABROL, Dict. de Arch., art. Hippolyte, col. 2411; DUCHESNE,
en la quinta edición de sus Origines du cuite chrétien (supra, p. 93, n. 87).
( 92 ) El ayuno pascual no comprende todavía más que uno o dos días: es la antigua
costumbre; los Cánones y las Constituciones conocen ya el ayuno de cuarenta días.
La eucaristía es todavía recibida y conservada a domicilio. Se da a los neófitos en la
primera comunión, una mezcla de agua y miel. A estos rasgos que atestiguan la anti-
güedad del documento, hay que añadir los que guardan usos romanos o expresiones
familiares a Hipólito. Cf. Dom CONNOLLY, op. cit., sobre todo pp. 55-135.
( 93 ) Así en la traducción latina de FUNK, según el copto, so lee este símbolo que el
diácono hace recitar al neófito que va a bautizar: "Credo in Deum unum Verum, Pa-
trem Omnipotentem, et in Filium ejus Unigenitum, Jesum Christum, Dominum et
Salvátorem nostrum, et in Spiritum ejus Sanctum, omnia vivificantem, trinitatem con-
substantialem, deitatem unam". . . (edic. FUNK, p. 11Q). Nadie debe esperar encontrar
en Hipólito "trinitas consubstantialis".
(9*) Cf. supra, p. 61.
CONTROVERSIAS ROMANAS, SIGLOS II Y III 95

ción, que se ajustan a los temas tradicionales; las descripciones que San Jus-
tino nos ha dejado de las misas dominical y bautismal ( 95 ) atestiguan clara-
mente la parte que se dejaba a ú n a la improvisación del oficiante. En Hipó-
lito, ya no es así: tenemos en él el uso litúrgico codificado ( 9 6 ). Es verdad
que el libro que lo contiene ha sido redactado por Hipólito, ya cismático, con
destino a su pequeña iglesia; pero Hipólito, según ya lo hemos visto, no es u n
innovador; su posición es la de campeón de la tradición; y se puede admitir
que en su conjunto el uso litúrgico codificado es el uso tradicional; habría
modificado algunos detalles o acentuado las fórmulas, según sus preferencias
personales; pero ha respetado las líneas generales ( 9 7 ).
La primera función litúrgica que describe Hipólito es la consagración del
obispo: "el obispo es elegido por todo el pueblo. Cuando ha sido nombrado
y unánimemente aprobado, se convoca u n domingo al pueblo con el presby-
terium y a todos los obispos presentes. Con el consentimiento de todos (los
obispos) le imponen las manos en silencio, asistiendo el presbyterium en pie.
Oran todos en silencio, implorando la venida del Espíritu. Uno de los obis-
pos presentes, a instancias de los circunstantes, impone las manos al obispo
que quiere consagrar, diciendo esta oración:
"Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de las misericordias y Dios de toda
consolación, que habitas en lo alto de los cielos y ves todo lo que hay aquí abajo, que
conoces todas las cosas antes de su nacimiento... Tú, Padre, que conoces el corazón,
da a éste tu servidor que has escogido para el episcopado, apacentar tu santo rebaño,
hacer presente ante ti la primacía del sacerdocio, sirviéndote con fidelidad de día y de
noche; que sin cesar implore la clemencia de tu rostro, que administre según 9tus
mandatos, que desate lo que esté atado, según el poder que diste a los apóstoles ( 8 );
que te agrade por la mansedumbre y la pureza del corazón, ofreciéndote olor de suavi-
dad por tu Hijo Jesucristo, por quien es la gloria, poder y honor a ti Padre, Hijo
y Espíritu Santo, ahora y por todos los siglos de los siglos" ( 9 9 ).

Luego de esta consagración, el nuevo obispo es saludado por todos, dándose


el beso de paz y después celebra el sacrificio eucarístico. Al describir la misa
pontifical, Hipólito trae la anáfora eucarística. Este venerable texto merece
ser reproducido:
"Te damos gracias, oh Dios, por tu Hijo ( 10 °) muy amado Jesucristo, que nos has
enviado en estos últimos tiempos como Salvador, redentor y ángel (mensajero) de tu
voluntad; que es tu Verbo inseparable, por quien has hecho todo y en quien te has

(9B) Cf. supra, t. I, p. 298.


(96) En un pasaje, sin embargo, aparece aún la parte dejada a la inspiración personal.
Cf. supra, p. 61, n. 72.
(9T) Dom CABROL ha hecho con mucho detalle este estudio en su artículo Hippolyte
et son ceuvre liturgique, Dict. d'Arch., t. VI, 2, cois. 2409-2419.
(98) Nótese esta mención del poder de las llaves; prueba de que, si Hipólito se opuso
a las reformas de Calixto, no puso en duda el poder de los obispos de perdonar los
pecados.
(99) En esta doxologia, Cristo interviene dos veces: como Mediador ("por quien".. .)
y como objeto de la doxologia con el Padre y el Espíritu Santo. No parece del texto
primitivo esta repetición; habrá que imputarla a los traductores, etíope o latino. Cf.
Histoire du dogme de la Trinité, t. II, pp. 623-623.
(100) Como en el texto precedente traducimos por hijo la palabra latina "puer", que
traduce el griego 7roís. Este término, que significa también siervo, viene de los
Setenta, que lo aplican al Mesías "Siervo de Yahve"; de aquí pasó a algunos textos
del Nuevo Testamento, y luego a algunos Padres antiguos: Didaché, Atenágoras, Ber-
nabé, Clemente de Alejandría; cf. Histoire du dogme de la Trinité, t. I, p. 346; t. II,
pp. 180, 393, 496, 502. Cuando los escritores cristianos lo aplican a Cristo, tiene en
general el significado de "Hijo"; y ése es el que se le da en este lugar.
96 HISTORIA DE LA IGLESIA

complacido. T ú lo enviaste del cielo al seno de la Virgen, donde se encarnó y se


manifestó como Hijo tuyo, nacido del Espiritu Santo y de la Virgen; cumpliendo tu
voluntad y conquistándote u n pueblo santo, extendió las manos en la pasión para
librar del sufrimiento a los que creyeron en Ti. Y cuando se entregaba voluntariamente
a la pasión, para destruir la muerte, quebrantar las cadenas del demonio y hollar
el infierno, iluminar a los justos, fijar u n término, manifestar la resurrección, to-
mando el pan y dando gracias, dijo: «Tomad, comed, éste es m i cuerpo, que será
triturado por vosotros.» Del mismo modo el cáliz, diciendo: «Esta es 'mi sangre que
será derramada por vosotros; cuando hagáis esto, hacedlo en memoria mía.» Conme-
morando, pues, su muerte y su resurrección, te ofrecemos el pan y el cáliz, dándote
gracias; porque te has dignado permitirnos que nos presentemos delante de ti y te
sirvamos. Y te pedimos que envíes tu Santo Espíritu sobre la oblación de la santa
Iglesia; y que, reuniéndonos a todos en uno, concedas a todos los santos que comulgan,
estar líenos del Espíritu Santo, fortificados en la fe verdadera, para que te. alabemos
y te glorifiquemos por tu Hijo Jesucristo, por quien es la gloria y el honor a ti Padre e
Hijo, con el Espíritu Santo, en la santa Iglesia, ahora y por todos los siglos de los
siglos."

E n esta h e r m o s a p l e g a r i a p u e d e n r e c o n o c e r s e r a s g o s p e r s o n a l e s d e H i p ó -
l i t o ( 1 0 1 ) . E l c o n j u n t o es p r o f u n d a m e n t e t r a d i c i o n a l , es l a a c c i ó n d e g r a c i a s
« o eucaristía p r o p i a m e n t e dicha. E l beneficio m á x i m o p o r el q u e la Iglesia
d a g r a c i a s a D i o s , es e l b e n e f i c i o d e l a e n c a r n a c i ó n d e l V e r b o y d e l a r e d e n -
c i ó n q u e es s u f r u t o . E s t e r e c u e r d o d e l a p a s i ó n d e l S e ñ o r i n t r o d u c e el r e l a t o
de la Cena, e n q u e v a n las palabras de la consagración; luego en u n a a n a m -
nesis m u y breve recuerda la m u e r t e y la resurrección del Señor; por fin, la
o f r e n d a d e los d o n e s c o n s a g r a d o s y la epiclesis o i n v o c a c i ó n d e l E s p í r i t u
S a n t o : l a I g l e s i a p i d e q u e e l E s p í r i t u S a n t o , d e r r a m a d o sobre l a o b l a c i ó n ,
c o n s a g r e l a u n i d a d d e los c r i s t i a n o s y f o r t i f i q u e s u fe ( 1 0 2 ) .
Esta l i t u r g i a eucarística, t a n fuertemente enraizada e n el pasado, h a
ejercido g r a n influencia en la tradición litúrgica posterior, p a r t i c u l a r m e n t e
en Occidente ( 1 0 3 ) . Además de la consagración episcopal y de la anáfora
eucarística, debemos hacer notar a ú n la liturgia b a u t i s m a l de Hipólito. Este
t e x t o t i e n e u n i n t e r é s p a r t i c u l a r p o r q u e e n l a f ó r m u l a d e l b a u t i s m o se i n s e r t a
el s í m b o l o b a u t i s m a l ( 1 0 4 ) :

"(Que el catecúmeno descienda al agua y el sacerdote ponga la mano sobre él y le


pregunte: ¿Crees en Dios Padre todopoderoso? El bautizando responderá: creo). Te-
niendo la mano sobre la cabeza, le bautiza por primera vez.

( 1 0 1 ) Por ejemplo, en la doxología, la adición de las palabras "en la santa Iglesia",


cf. supra, p. 61. Es propia de Hipólito la idea de que en la encarnación es donde apa-
reció como Hijo. Cf. Adv. Noet-, iv, y supra, p. 90. Cristo "extendiendo las manos
en la pasión" es una evocación m u y cara a Hipólito; lo mismo que la expresión " u t
resurrectionenr manifestet": cf. Philosophumena, X, x x x n i , 17.
( 1 0 2 ) Sobre esta epiclesis, LIETZMANN, Messe und Herrenmahl, pp. 80-81. Se leerá
también con interés la discusión sobre esta epiclesis, de J. W . TTHER y Dom CONNOIAY,
en Journal of Theol. Studies, t. XXV, pp. 139-150 y 337-364; asimismo, el artículo de
Dom CASEL, en Jahrbuch für Liturgiewissenschaft, t. IV, pp. 169-178.
(103) "Podemos afirmar que todas las liturgias se pueden reducir a dos formas pri-
mitivas: la liturgia romana de Hipólito y la egipcia. Este es el resultado más impor-
tante del estudio que precede" (LIETZMANN, Messe und Herrenmahl, p. 174). El punto
de partida para el estudio de estas liturgias es, por una parte, el texto de Hipólito,
y, por la otra, la anáfora de Serapión. En este volumen no podemos hablar de esta
anáfora que pertenece al siglo iv.
(104) Aquí, como siempre, el texto de Hipólito lo tenemos atestiguado bajo dos
formas principales: la una oriental, que se encuentra en la versión árabe, etíope y
copta; la otra occidental, en la versión latina. Esta última es más antigua y autorizada
y es la que seguimos. Presenta al principio una laguna, a consecuencia de las hojas
que faltan en el palimpsesto de Verona; el texto, reconstruido conjeturalmente por
medio de las otras versiones, lo hemos puesto arriba entre paréntesis.

i
i
CONTROVERSIAS R O M A N A S , SIGLOS I I Y I I I 97

"Luego diga: ¿Crees en Cristo Jesús, Hijo de Dios, que nació por obra del Espíritu
Santo, de la Virgen María, que fué crucificado bajo Poncio Pilato, murió, fué sepul-
tado, resucitó de entre los muertos, subió a los cielos, está sentado a la diestra de
Dios Padre, y vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos? y cuando responda, creo,
sea bautizado de nuevo.
"Después diga: ¿Crees en el Espíritu Santo, en la santa Iglesia y en la resurrección
de la carne?; que el bautizando, diga: creo, y se lo bautiza por tercera vez.
"Cuando sube del agua, el sacerdote le hace la unción con el óleo consagrado, diciendo:
Yo te unjo con el óleo Santo, en nombre de Jesucristo. Después de secarse, todos se
vistan y entren en la iglesia.
"Imponga entonces las manos el sacerdote, diciendo esta oración:
"Señor Dios que te has dignado perdonar a éstos sus pecados, por el baño de la
regeneración del Espíritu Santo, derrama sobre ellos t u gracia, a fin de q u e te sirvan
según tu voluntad; porque a T i es la gloria, Padre, Hijo y Espíritu Santo en la santa
Iglesia, ahora y por los siglos. Amén.
"Luego, extendiendo con su mano el óleo consagrado sobre la cabeza, diga: Yo te
unjo con el óleo santo en el nombre del Padre, Señor todopoderoso, y de Cristo Jesús
y del Espíritu Santo. Y signándoles sobre la frente, les dé el beso de paz, diciendo:
El Señor sea contigo. Y el que h a sido signado, responda: Y con tu espíritu. Lo hace
así con cada uno de ellos.
"En adelante, oren con todo el pueblo; pero antes de recibirlo todo, n o oren con los
fieles. Después de la oración dense mutuamente el beso de paz" ( 1 0 B ).

Esta f ó r m u l a l i t ú r g i c a n o s d e s c r i b e e n t o d o s s u s d e t a l l e s e l r i t o d e l b a u -
tismo: e l b a u t i s m o es a d m i n i s t r a d o o r d i n a r i a m e n t e p o r i n m e r s i ó n ( 1 0 6 ) ; esta
i n m e r s i ó n se r e p i t e t r e s veces ( 1 0 7 ) , p r e c e d i e n d o s i e m p r e u n a p r e g u n t a y u n a
respuesta; e l neófito profesa s u fe e n c a d a u n a d e l a s t r e s p e r s o n a s d e l a
Santísima T r i n i d a d , P a d r e , H i j o y E s p í r i t u S a n t o ( 1 0 8 ) .
E l rito b a u t i s m a l t e r m i n a c o n l a u n c i ó n c o n e l óleo c o n s a g r a d o . E l m i n i s t r o
del b a u t i s m o es e l s a c e r d o t e .
A continuación, i n t e r v i e n e el obispo: i m p o n e las m a n o s a los recién b a u t i -

(105) Qf. este texto en D o m CONNOIAY, op. cit., p . 185. Sobre el símbolo bautismal,
cf. Dom CONNOLLY, On the Text of the baptismal Creed of Hippolytus, en The Journal
of Theol. Studies, t. XXV, 1924, pp. 131-139; D . B- CAPEIXE, Le Symbole romean au
II* siécle, en Revue Bénédictine, t. X X X I X , 1927, pp. 33-34; Les origines du Symbole
romain, en Recherches de Théol. ancienne, t. I I , 1930, p p . 5-20, y nuestra Histoire du
dogme de la Trinité, t I I , p p . 162-166.
(106) Citamos antes (t. I, pp. 218) el texto de la Didaché, vil, que prescribe como
regla general el bautismo por inmersión; pero autoriza el bautismo por infusión cuando
falte agua para inmergirse. E n el siglo tercero se administraba el bautismo por infu-
sión a los enfermos y Cipriano defendió su validez (Epist. LXIX, 12-16); pero el
papa Cornelio, discutiendo el caso de Novaciano, estima que los que h a n sido bau-
tizados así no pueden ser admitidos e n el clero (EUSEBIO, Hist. Eccl., V I , XLIII, 1 7 ) ;
así también el canon 12 del concilio de Neocesárea (314-315) en M A N S I , I I , 542;
HEFELE-LECLERCX}, Histoire des Conciles, t. I, p. 333. Cf. D'ALÉS, De Baptismo, p . 39.
( 107 ) En el texto de la Didaché citado arriba (n. 106), se prescribe de la misma ma-
nera para el bautismo por infusión una triple infusión. E l rito de. la triple inmersión
es mencionado frecuentemente en los documentos de los siglos tercero y cuarto. Cf.
Histoire du dogme de la Trinité, t. I I , p p . 138-144.
(108) £ n e i texto de Hipólito n o se ve otra fórmula bautismal que estas preguntas
y respuestas. Dom DE P U N I E T , después de citar otros textos parecidos, concluye (Dict.
d'Arch., art. Baptéme, col. 342): "Se nos hace difícil resistir a la impresión de que
en algunas comarcas al menos, las interrogaciones de fide que contienen la mención
expresa de las tres Divinas Personas, h a n hecho veces de fórmula bautismal. Admitiendo
la hipótesis, en lo que respecta a los documentos antiguos, sería la m á s apta para
explicar la doble particularidad señalada más arriba". A. D'ALÉS observa que esta
opinión ha sido sostenida por liturgistas autorizados, Dom DU FRISCHE (1693) y Dom
LE NOOTKY (1724). Y añade: "Illa sententia, nuper instaúrate a P . de Puniet, nostro
judicio videtur posse defendi".
98 HISTORIA DE LA IGLESIA

z a d o s , u n g i é n d o l e s c o n óleo l a c a b e z a y s i g n á n d o l e s e n l a f r e n t e . E s el s a c r a -
m e n t o de la confirmación, conferido después del b a u t i s m o (109).

(109) £j D'ALES, Recherckes de Science religieuse, t. VIII, 1918, p. 137, n. 3. Subraya


entre otros rasgos romanos de esta liturgia "la distinción en el rito bautismal de dos
unciones, la una realizada por el sacerdote cuando el neófito sale de la piscina bautis-
m a l ; la otra, reservada al obispo después de la imposición de las manos, ^a primera
es u n rito secundario del bautismo; la segunda, el sacramento de la confirmación. Esta
distinción que se buscaría en vano en los documentos del África latina, aparece en
u n documento romano del año 416, la célebre decretal del papa Inocencio I a Decencio,
obispo de Igubio (Gubio). El primer testimonio nos lo da el texto de Hipólito dos siglos
antes". Cf. V A N DEN EYNDE, Baptéme et confirmation d'aprés les constitutions aposto-
liques, VII, 44, 3 ; Recherckes de Science religieuse, t. X X V I I , 1937, pp. 196-212, en par-
ticular pp. 205-208. Cf. P. GALTIER, Imposition des mains et bénédictions au baptéme,
ibíd-, pp. 464-466. Son nuevos estudios acerca de esta cuestión. — Los Excerpta litúrgica
de Hipólito han sido editados por J. QUASTEN, Monumenta eucharistica et litúrgica
vetustissima, parte I, Bonn, 1935, en la colección Florilegium patristicum, fase. VIL
CAPITULO IV

LA IGLESIA Y EL E S T A D O ROMANO D E S D E E L ADVENIMIENTO


D E SEPTIMIO S E V E R O H A S T A EL D E DECIO ( 1 9 3 - 2 4 9 ) (*)

§ 1. — La p e r s e c u c i ó n de S e p t i m i o S e v e r o

NUEVO CARÁCTER DE LAS El nuevo período que, en las relaciones de


RELACIONES ENTRE LA la Iglesia y el Estado romano, se abre con el
IGLESIA Y EL ESTADO reinado de Septimio Severo (193), en el pon-
ROMANO DESDE tificado del papa Víctor (189-199), sucesor
EL ADVENIMIENTO DE de Eleuterio, no vio la abolición del régimen
SEPTIMIO SEVERO (193) legislativo al que estaban sometidos los cris-
tianos desde hacía más de cien años. Si la
autoridad imperial tuvo actos de verdadera tolerancia, lo que sucedió por pri-
mera vez en tiempo de Cómodo, no se modificaron los principios n i se abrogó
la ley antigua. De la noche a la mañana, la justicia romana podía ser
puesta en movimiento contra los cristianos sólo por acusaciones privadas.
Septimio Severo adopta u n a nueva actitud que muchos de sus sucesores
imitarán: la autoridad pública toma, en ocasiones que por lo demás varia-
rán, la iniciativa en la persecución. La regla de Trajano: "conquirendi non
sunt", se abandona; comienza la era de las persecuciones por edictos; y corre-
lativamente la persecución por acusaciones privadas se va haciendo cada vez
más rara; quizá hasta llega a desaparecer; como si la actividad directa del
poder contra los cristianos amortiguase la de los particulares, al dejarla sin
(!) BIBLIOGRAFÍA. — La misma bibliografía general que para los capítulos VIII
y IX del tomo primero, anotando que los Ausgewáhlte Martyrerakten de KNOPFF
han tenido una tercera edición en 1929, revisada por G. KRÜGER.
Sobre la persecución de Septimio Severo se puede consultar A. DE CEULENEER,
Essai sur la vie et le régne de Septime Sévére, en Mémoires de la Académie Royal
de Belgique, t. XLIII, Bruselas (1880); C FUCHS, Geschichte des Kaisers L. Septimius
Severus, Viena (1884); M. PLATNAUER, The Ufe and reign of the Emperor Lucius
Septimius Severus, Oxford (1918); J. HESEBROCK, Untersuchungen zur Geschichte
des Kaisers Septimius Severus, Heidelberg (1921); FLUSS, Severus, en PAULY y
WISOWA, Real-Encyclopádie, serie segunda, t. II (1922).
Sobre Severo Alejandro: artículo Aurelius, n* 221, en PAULY y WISOWA, Real-Ency-
clopádie, t. II (1896); W. THIELE, De Severo Alexandro imperatore, Berlín (1909); A.
JARDÉ, Eludes critiques sur la vie et le régne d'Alexandre Sévére, París (1925).
Sobre el ambiente intelectual del tiempo de Severo y sus relaciones con el cristia-
nismo: J. RÉVILLE, La religión á Rome sous les Sévéres, París (1886); K. BIHLMEYER,
Die syrischen Kaiser zu Rom (211-235) und das Christentum, Rottemburgo (1916).
Sobre la persecución de Maximino, HOHL, articulo Julius, n ' 526 en PAULY y
WISOWA, Real-Encyclopádie, t. X (1917).
Sobre el reinado de los Felipe, STEIN, artículo Julius, n<°s. 386-387, ibíd.
Sobre la actitud general del Estado romano se puede añadir a los trabajos ya
mencionados en el tomo primero: G. COSTA, Religione e política nell'impero romano,
Roma (1923); E. CICOOTTI, II problema religioso nel mundo antico, Milán, Genova,
Roma, Ñapóles (1933); A. PINCHERLE, Cristianesimo e Impero romano, en Rivista
storica italiana, serie IV, vol. 4 (1933), pp. 454 y s.
99
100 H I S T O R I A DE LA IGLESIA

objeto, quitándole las ocasiones de ejercitarse o, como, si por el contrario,


n o hiciese otra cosa que renovar el fuego de aquéllas en vías de extinción.

TOLERANCIA DURANTE En los comienzos de este período coexiste el ré-


EL PRIMER PERIODO gimen antiguo con las primeras manifestacio-
DEL REINADO nes de la nueva política. Así, bajo Septimio
Severo, los cristianos viven sometidos todavía,
según las circunstancias y los lugares, a las diversas vicisitudes, característi-
cas del período anterior. El emperador no parecía personalmente m a l dis-
puesto; los cristianos tienen acceso al palacio, aunque a veces sean moles-
tados; pues que u n día el joven Antonino Caracalla, heredero del imperio
y cuya nodriza había sido cristiana ( 2 ), se quejaba de que uno de sus com-
pañeros de juego había sido azotado, por creérsele cristiano ( 3 ) . Las princesas
de la familia imperial, interesadas como sirias por todo lo religioso, pudieron
sentirse atraídas por el cristianismo; con todo no podemos afirmarlo más que
d e una sobrina del emperador, Julia M a m m e a ; y a u n de ésta, en el momento
e n que su hijo Alejandro subió al trono ( 4 ) . El mismo Septimio Severo se
opuso, según dice Tertuliano, a una manifestación popular de hostilidad con-
tra los cristianos ( 5 ). Pero todo esto no impidió que la legislación antigua
fuese a veces aplicada con toda crueldad: tres libros de Tertuliano, com-
puestos entre 197 y 202, Exhortatio ad martyres, Ad nationes y Apologeticum
respiran indignación por el espectáculo de tantos cristianos y cristianas con-
denados por la fe, en el África, por gobernadores que en más de una ocasión
parecen obrar arrastrados por el odio popular.

EDICTO CONTRA EL Entre el 200 y el 202 se produjo la nueva


PROSELITISMO CRISTIANO situación. El emperador, en el momento en
que abandonaba el Oriente, adonde le había
llevado en 197 la guerra contra los partos, resolvió cortar de una vez el
proselitisifío judío y el proselitismo cristiano. ¿Cuáles fueron las causas de
esta determinación? ¿Las impresiones recibidas durante su larga permanencia
en el Oriente, en donde tomó mujer, y el sentimiento, que en esta perma-
nencia fué arraigándose en él, de que amenazaba al imperio u n grave peligro?
El biógrafo de Septimio Severo nos da a conocer el hecho en términos concisos
y expresivos; pero sin indicarnos los motivos: "Prohibió bajo pena grave ha-
cerse judío, y tomó la misma determinación con respecto a los cristianos" ( 6 ).
La verdad es que respecto a los judíos nada se innovaba; pues la circunci-
sión de los que no eran de familia judía, hacía largo tiempo que estaba
prohibida; la novedad consistía en la prohibición del bautismo cristiano ( 7 ).
(2) Lacte christiano educatus, dice Tertuliano (Apologeticum, xvi).
(*) ESPARCIANO, Caracalla, i, 6, dice: ob judaicam religionem, lo que en esta época
puede designar tanto a un judío como a un cristiano.
( 4 ) Cf. infra, p. 103.
(5) Ad Scapulam, iv, cf. AUBÉ, Histoire des persécuiions de l'Eglise, t. III: Les
chrétiens dans VEmpire romain de la fin des Antonins au milieu du IIle siécle
(180-249), 2 ' edición, p. 92 y ss.
( 6 ) Historia Augusta: Severus, xvii: JudxEos fieri sub gravi pozna vetuit; Ídem
etiam de christianis sanxit.
(7) Es muy difícil fijar la fecha exacta. La Vita Severi, loe- cit., relaciona el edicto
con la estancia de Severo en Palestina, que data en el 202, después de recibir el
consulado en Antioquía. Pero como Severo hizo un viaje a Egipto antes de volver
a Roma, a principios de junio del 202, parece, que es preciso adelantar su perma-
nencia en Palestina hasta el 201 o quizá a finales del 200; cf. G. GOYAU, Chronologie
de VEmpire romain, París, 1891, p. 249, n. 10.
DE S E P T I M I O SEVERO A DECIO 101

¿Tratábase de todo bautismo, aun de los hijos de los cristianos? La relación


con la medida contra los judíos, nos inclina a pensar más bien que se refería
a las nuevas conversiones.

APLICACIÓN DEL EDICTO Si el edicto se hubiera impuesto a rajatabla


o se hubiese tratado de intimidar a los cris-
tianos, la propagación del cristianismo se habría interrumpido. No fué así
o quizá su aplicación no duró mucho tiempo; pues no parece que el movi-
miento de conversiones chocara con graves dificultades. Los autores cristia-
nos que relatan las actas de persecución de esta época no distinguen las
persecuciones que pudieron ser consecuencia del edicto severiano de las q u e
fueron efecto de la legislación anterior.
Pero es m u y probable que fué la ejecución del decreto lo que ocasionó la
desorganización de ese centro de enseñanza religiosa, célebre entre todos, la
escuela de Alejandría ( 8 ) . Su jefe, Clemente, se vio obligado a alejarse; el
discípulo de Clemente, Orígenes, cuyo padre Leónidas acababa de padecer el
martirio, habiendo intentado animosamente reorganizarla, fué perseguido,
pero consiguió escapar de la muerte; en tanto que muchos convertidos, ins-
truidos por él, fueron ejecutados. Hubo otros muchos mártires. Entre los m á s
célebres se cuentan la virgen Potamiena, que fué abrasada con su madre e n
un baño de pez ardiente, y uno de los ministros del prefecto, Basílides, decapi-
tado en Alejandría ( 9 ) .
La persecución llegó al África, donde hizo víctimas tan ilustres como las
mártires Perpetua y Felicidad. Eran dos jóvenes de Teburba (Thuburbo M i -
nus), la una matrona y la otra esclava suya; padecieron en Cartago con otros
cuatro cristianos: los jóvenes Saturnino y Segundo, el esclavo Revocato y su ca-
tequista Saturo, el 7 de marzo del 203, bajo el gobierno interino del goberna-
dor Hilariano que sustituía al procónsul. Perpetua escribió por sí misma el r e -
lato de sus últimos días. Cuando le llegó la hora de morir, u n testigo, que n o
parece ser otro que el mismo Tertuliano, terminó la emocionante narración a
la que añadió u n prólogo, ordenando luego las diversas partes y encuadrándo-
las en una exhortación moral y religiosa ( 1 0 ). No debe por tanto sorprender-
nos que la pasión de Perpetua exhale cierto perfume de montañismo. N o
existe ningún indicio serio, dígase lo que se quiera, de las visiones que Per-
petua tuvo en la cárcel, y que ella y sus compañeros hubiesen profesado
la misma fe que el narrador de sus suplicios. Aparecen sí como "espirituales",
cristianos de vida interior m u y profunda; pero siempre, a u n en la exaltación
del martirio, tienen u n sentido de moderación, u n gusto de humanismo, u n
aire de dignidad romana, que conmueve hasta lo más íntimo. El rasgo de
pudor de Perpetua, apresurándose a cubrir las desnudeces con los girones del
vestido destrozado por la vaca furiosa que lanzaron contra ella y luego reco-
giendo el cabello sobre la frente y ajustándolo con u n broche, no puede olvi-
darse; como tampoco el gesto de gracia maternal con que tiende sus manos

(8) Cf. t. I, pp. 311 y 352.


(9) EUSEBIO, Hist. Eccl, VI, v.
(10) Texto en P. L., III, 13-58; ARMITAGE ROBINSON, Texts and Studies, I, 2, Cam-
bridge, 1891; FBANCHI DE'CAVALIEM, Rómische Quartalschrift, Suplemento, fase. 5,
Roma, 1896; KJTOPF, Ausgewáhlte Martyrerakten, 2° ed., p. 42; trad. francesa en Dom
H. LECLERCQ, Les martyrs, t. I, pp. 120-139; J. VAN BECK, Passio sanctarum Perpetúes
et Felicitatis, Nimega, 1936; P. MONCEAUX, La vraie légende dorée, París, 1928,
pp. 159-188; G. SOLA, La Passione delle ss. Perpetua e Felicita, Roma, 1921, con versión
italiana de la pasión.
102 H I S T O R I A B E LA IGLESIA

a Felicidad, para levantarla del suelo, en que yace medio destrozada. El pue-
blo se conmovió por u n momento y pidió que aquellas dos mujeres saliesen de
la arena. Pero poco después volvió a llamarlas, exigiendo que se les diese la
muerte.
Las pasiones populares estaban todavía desatadas contra los cristianos. Lle-
garon a veces los amotinados a violar los cementerios que, al grito de "Areae
non sint" —"basta de cementerios para los cristianos"— ( 1 1 ) , pretendieron
destruir.
Hubo cierta tregua durante los proconsulados de Julio Asper y de Pudente;
luego, la persecución se desencadenó más terrible, bajo Scápula (211-213);
fueron teatro de dicha persecución la Numidia, la Mauritania y la provincia
Proconsular. Tertuliano intentó disuadir a Scápula con su carta, "mezclando
las razones con los ruegos y las amenazas" ( 1 2 ) , porque, decía, si la perse-
cución continúa, "¿qué haréis de los millares de hombres y de mujeres que
acudirán a ofrecer sus brazos a tus cadenas?" De hecho, la persecució¡n,
después de u n recrudecimiento de todas las violencias, se calmó antes de
terminar su proconsulado Scápula, con el nuevo emperador.
La persecución había llegado ya a otras provincias, además del África del
Norte y del Egipto. U n cristiano de Roma, por nombre Natal, confesó la fe
sin que por ello sufriese la muerte ( 1 3 ) . Hubo mártires en Capadocia, bajo
el legado Claudio Herminiano, que se mostró extraordinariamente riguroso,
aunque, según Tertuliano, víctima de grave enfermedad, casi se convirtió ( 1 4 ) .
U n obispo, Alejandro, estuvo mucho tiempo en prisión ( 1 5 ) y quizá fué ahora
cuando padecieron el martirio algunos cristianos de Frigia ( 1 6 ) .
En cambio, el martirio de San Ireneo, obispo de Lyón después de San Potino,
que habría que colocar bajo Septimio Severo, no es en manera alguna cierto.
La mención del nombre de Ireneo en el Martirologio jeronimiano no basta
para probar semejante suposición: puesto que en él figuran otros nombres de
obispos de Lyón que ciertamente no fueron mártires. Es verdad que San Jeró-
nimo llama, de paso, a Ireneo mártir en su Comentario a Isaías, pero no dice
nada de t a l martirio en De viris ülustribus, en que resume la vida de San
Ireneo.
E n fin, el silencio de Tertuliano que tanto h a hablado de Ireneo en sus
escritos y el silencio de Eusebio en nada favorecen la tradición del martirio
del segundo obispo de Lyón.
La noticia y las circunstancias del martirio de San Andeol, protomártir de la
fe en Viviers, en presencia del mismo Septimio Severo, nos parecerían más
ciertas si estuviesen garantizadas por u n documento más autorizado que los
martirologios de Adón y de Usuardo.
Es posible también que algunos mártires honrados en la región lyonesa,
Chalons, Tournus, Autún, tales como San Alejandro, Epipodio, Marcelo, Va-
lentín, Sinforiano, hayan padecido el martirio en la persecución de Severo,
pero no podemos afirmarlo con certeza.

C11) TERTULIANO, Ad Scapulam, ni.


( 12 ) P. MONCEAUX, Histoire littéraire de l'Afrique chrétienne, París, 1901, t. I, p. 47.
( 13 ) EUSEBIO, Hist. Eccl., V, xxvm, 8. El hecho se atribuye con verosimilitud a
esta persecución; sin embargo, Eusebio no nos transmite la fecha.
( 14 ) TERTULIANO, Ad Scapulam, ni.
( 15 ) EUSEBIO, Hist. Eccl., VI, xn, 5.
( 16 ) Los martirios de Cayo y de Alejandro (EUSEBIO, Hist. Eccl-, V, xvi, 22). La
fecha no se sabe con certeza.
D E S E P T I M I O SEVERO A DECIO 103

§ 2 . — L o s sucesores de S e p t i m i o S e v e r o

CARACALLA El gobierno de Caracalla significa la vuelta a la paz. Apenas


si se pueden citar como ejemplo de rigor contra los cristianos,
el martirio dudoso de u n tal Alejandro, obispo de Toscana ( 1 7 ) ; algunos actos
de hostilidad en Osroenia que pasó ahora a provincia romana y cuyos habitan-
tes cristianos, entre ellos el célebre Bardesanes ( 18 ) pudieron ser molestados
como cristianos y como partidarios del rey desposeído ( 1 9 ). En África conti-
núan las violencias del cruel Scápula. El legado de Numidia y el procurador
de Mauritania se limitaban a usar la espada, cuando se presentaba denuncia
contra algún cristiano; pero Scápula, acogiendo todas las delaciones multipli-
caba los suplicios y el número de cristianos enviados a las fieras ( 2 0 ). Al fin,
sea o no por influjo de la carta de Tertuliano, concluyó por amainarse, las acu-
saciones se hicieron más raras y la provincia pudo respirar tranquila. Desde
ahora, hasta finales del 249, podría gozar treinta y siete años de paz, apenas
turbados u n momento bajo Maximino.

HELIOGABALO El corto remado de Heliogábalo, perfectamente indiferente


para con la vieja tradición romana, no supuso ninguna
nueva amenaza para la Iglesia. Como campeón imperial del monoteísmo
solar, bajo la forma de su dios personal, el Baal de Hémesis, no podía sen-
tirse muy animoso para defender la antigua religión de Roma. Elio Lampridio,
biógrafo suyo en la Historia Augusta, asegura que manifestó deseos de deifi-
car en el Palatino u n Heliogabalum en el que confluyeran los símbolos de to-
dos los cultos, incluso el de la christiana devotio ( 2 1 ). Pero si u n día el cristia-
nismo se hubiese dejado absorber, de grado o por fuerza, por la religión
sincretista de Heliogábalo, sirviendo así a sus planes, la persecución hubiera
recrudecido con el triunfo ( 2 2 ). En 222 el joven emperador fué asesinado
por sus soldados amotinados en su palacio.

ALEJANDRO SEVERO Le sucedió su primo Alejandro Severo que no tenía


más que catorce años de edad. Su madre, Julia M a m -
mea, se interesaba por las cosas del cristianismo; había conversado con Orí-
genes í 2 3 ), e Hipólito le dedicó una obra sobre la resurrección. El mismo
Alejandro tuvo relaciones con el cristiano Sexto Julio Africano, quien formó

(17) La Passio Sancti Alexandri (AA. SS., Septembris, t. VI, pp. 230-235) (dice, que
este obispo fué presentado a Caracalla cuando estaba embelleciendo la villa imperial
de Baccano, a veinte millas de Roma, sobre la "Vía Claudia". No conocemos de aquella
época ninguna sede episcopal en dicha región; quizás se trate de un miembro del
"concilio" romano al cual se hubiera confiado, bajo la dependencia del obispo de Roma
y en representación suya, una porción de su territorio. Por otra parte, el descubri-
miento de ruinas de una villa imperial en Baccano ha permitido identificar con Cara-
calla el Antonino nombrado en las Actas de San Alejandro y ha dado mayor verosi-
militud a su relato. Cf. G. B. DE ROSSI, Baccano (Baccanas) sulla via Cassia. Scoperta
del cimitero di san Alessandro vescovo e martire con parte del suo antico altare
en el Bulletino di archeologia, serie II, año VI, 1875, pp. 142-152.
(18) Sobre Bardesanes, cf. supra, p. 23, n. 73.
(19) EUSEBIO, Hist. Eccl., IV, xxx; cf. infra, p. 111.
(*>) TERTULIANO, Ad Scapulam.
(21 ) ni, 3.
(22
23
) Cf.. Historia Augusta, Heliogabalus, ni.
( ) EUSEBIO, Hist. Eccl, VI, xxi, 3.
104 HISTORIA DE LA IGLESIA

para él la biblioteca del Panteón ( 2 4 ) y Eusebio llega a decir, embelleciendo


las cosas quizá u n poco excesivamente, que la casa imperial estaba en su ma-
yor parte compuesta de cristianos ( 2 5 ). Continúa el movimiento sincretista
que tiende a reunir todas las formas religiosas; pero con u n sincretismo bené-
volo, que busca u n a tolerancia y comprensión m u t u a de todos los cultos;
sin asimilaciones forzadas. Alejandro agrupa familiarmente en su capilla pri-
vada, junto a las imágenes de los emperadores, las de Apolonio de Tyana,
Alejandro Magno, Orfeo, Abrahán y Jesucristo ( 2 6 ). Soñó también, asegura.
su biógrafo, con levantar u n templo a Jesucristo e introducirlo oficialmente
entre los dioses ( 2 7 ). Hizo grabar en los muros de su palacio esta máxima
evangélica, según la forma de la Didaché: "No hagas a otro lo que no quie-
ras que te sea hecho" ( 2 8 ).
Lampridio h a conservado este detalle curioso ( 2 9 ) : queriendo someter a la
elección del pueblo los nombramientos de gobernadores, invocó, en apoyo de
su iniciativa, la práctica de los judíos y de los cristianos para el nombramiento
de sus sacerdotes.
En su tiempo no hubo posibilidad de persecución; hasta parece que la
legislación anterior fué considerada tácitamente como abolida; ya que el
autor de la Vita Alexandri en la Historia Augusta pudo escribir: "Chris-
tianos esse passus est" í 3 0 ) .
Primera manifestación y de las más significativas de las fluctuaciones del
poder en este período del siglo m : unas veces ordena la persecución y otras
parece dispuesto a admitir el cristianismo, como hecho consumado.
Las disposiciones en tiempo de Alejandro Severo fueron t a n favorables que,
según su biógrafo, y n o h a y razón para dudar de su testimonio, e n u n con-
flicto de propiedad entre los taberneros popinarii y el grupo cristiano (de
donde se deduce que habían llegado a poseer colectivamente), el príncipe
admitió la reclamación de los cristianos; lo que era reconocer, al mismo
tiempo que su existencia, su derecho a reclamar ante el tribunal y su capa-
cidad de poseer ( 3 1 ).

§ 3 . — La p e r s e c u c i ó n d e M a x i m i n o

EL EDICTO DE PERSECUCIÓN T a n feliz situación terminó con la muerte de


Alejandro (marzo del 2 3 5 ) , asesinado por
sus soldados en Germania. Tuvo por sucesor al instigador de su muerte Maxi-
mino el Tracio, personaje grosero, de origen bárbaro, que se dedicó a perse-
guir a los partidarios de su predecesor y por consiguiente también a los cris-
tianos. Fueron éstos objeto de u n edicto especial, que según Eusebio, sólo
se dirigía directamente contra el clero y en particular contra los jefes de las
Iglesias ( 3 2 ) ; aunque sabemos por Orígenes que también se quemaron edificios

( 24 ) GRENFEIX y H Ü N T , Oxyrhynch. Papyr., t. III, 1903, n° 412.


(25) Hist. Eccl, VI, xxviii.
( 26 ) Historia Augusta, Severus Alexander, iv, 29.
(2T) Jbíd., rv, 43.
(2») Ibíd., iv, 51.
(2¡>) Ibíd., iv, 45.
(30) Ibíd., iv, 22.
(31) Ibíd., rv, 49.
( 32 ) Hist. Eccl., VI, xxviii; Crónica, Olymp. 254. EUSEBIO dice que el edicto hirió
TOVS TÚV kxxKtffiüv apxovras nóvovs. Puede creerse que no se trata de los obispos
solamente, sino de todo el clero superior, incluso diáconos.
DE SEPTIMIO SEVERO A DECIO 105

religiosos ( 3 3 ). Dos de sus amigos, Ambrosio, simpleí diácono, antiguo pa-


gano convertido que había pasado por el gnosticismo y Protocteto, sacerdote de
Cesárea de Palestina fueron arrestados y para ellos escribió la Exhortatio ad
martyres. ¿Orígenes se ocultó, según se afirmó después? No parece haber
pesado sobre él ninguna amenaza grave ( 3 4 ). La verdad es que él y sus ami-
gos salieron indemnes por entonces.

LA PERSECUCIÓN EN ROMA En Roma afectó la persecución a muchos al-


tos personajes de la Iglesia. El papa Pon-
ciano y el doctor Hipólito que, por razones de doctrina y de disciplina ya
expuestas ( 3 5 ), se había separado, haciéndose jefe de u n a pequeña comunidad
disidente, fueron enviados a las minas de Cerdeña ( 36 ) donde el clima, al
menos en lo que se refiere a Ponciano, y los malos tratos, les causaron m u y
pronto la muerte ( 3 7 ). El martirio los reconcilió y el mismo Hipólito mandó
a sus fieles que volviesen a la Iglesia, la cual le inscribió entre los santos ( 3 8 ) .
Ponciano, ausente de Roma, renunció y le sucedió Antero que murió antes que
él, quizá mártir también ( 3 9 ).

LA PERSECUCIÓN Los obispos de otras grandes sedes eclesiásticas, Ale-


EN ORIENTE jandría, Antioquía, Jerusalén, Cesárea de Capadocia y
Cartago, parece que consiguieron ocultarse; pues no sa-
bemos que muriese ninguno. Sin embargo, la persecución en Capadocia y
en el Ponto, traspasó los límites del edicto. El legado de Capadocia no se
contentaba con perseguir a los miembros del clero, sino que persiguió indis-
tintamente a todos los cristianos.
Unos temblores de tierra, que causaron muchos desastres, hicieron revivir
el fanatismo de los paganos en esta región. Quizá las numerosas acusaciones
contra los cristianos y en virtud de la legislación anterior, no abrogada toda-
vía, fueron las que arrastraron a la autoridad a dictar sentencias capitales
contra los cristianos, independientemente de la aplicación del edicto de Maxi-
mino ( 4 0 ).
En el imperio, en general, parece que no fueron muchas las ejecucio-
nes sangrientas. La persecución no duró mucho y fué probablemente Maxi-
mino el primero en desinteresarse de ella. M u y pronto, en 238, murió a
manos de sus soldados; y sus sucesores, Pupíeno y Balbíno, no hicieron más
que pasar por el trono y luego Gordiano (238-243) y Felipe el Árabe (243-
249) no tomaron contra los cristianos, durante su reinado, ninguna medida
hostil.

(33 ) In Matth., 28.


(3Í) PALADIO (Historia Lausiaca, 147) cuenta que Orígenes se ocultó; pero EUSEBIO,
al que podemos creer mejor informado, parece insinuar que Orígenes no fué afectado
por esta persecución (Hist. Eccl., VI, xxvin); el Discurso de uno de sus discípulos más
célebres, Gregorio de Neocesárea, pronunciado en 238, parece que lleva a la misma
conclusión; dice que siguió durante cinco años las lecciones de Orígenes, sin insinuar
que haya habido interrupción alguna en esta enseñanza.
35
(36 ) Cf. supra, p. 87 y ss.
(3T ) Catálogo Liberiano en Liber Pontificalis (edic. DUCHESNE, t. I, p. 4).
( ) "Afflictus, maceratus fustibus, defunctus est", dice un pasaje del Liber Pontifi-
calis (edic. DUCHESNE, t. I, p. 145).
(38 ) Cf. infra, pp. 353-354.
(39) Catálogo Liberiano en Liber Pontificalis (edic. DUCHESNE, t. I, p. 5).
(W) Cf. FlRMILIANO DE CESÁREA, Epist., ap. CIPRIANO, Epist., LXXV, 10.
106 H I S T O R I A DE LA IGLESIA

§ 4 . — E l e m p e r a d o r F e l i p e y la Iglesia

EL CRISTIANISMO Más de u n a vez se ha podido preguntar si el mismo


DE FELIPE emperador Felipe no fué cristiano. La manera cómo
llegó al poder, haciendo m a t a r a su predecesor, no favo-
recería la hipótesis; pero Eusebio ( 4 1 ) refiere u n a tradición, que no se atreve
a garantizar, según la cuál el obispo de Antioquía habría impuesto la peni-
tencia al emperador, antes de dejarle entrar en su Iglesia el día de Pascua;
y San Juan Crisóstomo llega a precisar que este obispo era San Bábilas ( 4 3 ) .
Pero parece que u n acontecimiento como el de u n emperador cristiano debió
tener más resonancia que la que supone u n a tradición poco garantizada.
Eusebio conoció ( 4 3 ) cartas de Orígenes al emperador y a su mujer Otacilia
Severa, cartas que al parecer debían resolver el problema; no obstante, u n a
noticia t a n vacilante nos impone u n a discreta reserva. La correspondencia con
Orígenes es indicio, por lo menos, de los sentimientos cristianos u orientados
hacia el cristianismo del emperador y de la emperatriz. Y podría ser m u y
bien que estos sentimientos cristianos hayan sido los que indujeron a tenerlo
por cristiano. Añadamos que el obispo Dionisio hace igualmente alusión al
cristianismo de Felipe ( 4 4 ) y que su nacimiento en el H a u r á n , país que con-
taba en el siglo n i con muchos cristianos, lo haría u n tanto verosímil.
Pero, si Felipe era verdaderamente u n adepto de Jesucristo, y mereció
el título que le da San Jerónimo, de primer emperador cristiano ( 4 B ), preciso
es convenir que disimuló m u y bien su adhesión al cristianismo y no trascen-
dió a su vida pública. Felipe presidió los Juegos seculares, como príncipe que
guardaba a la religión antigua de Roma el mismo respeto que los empera-
dores, sus antecesores ( 4 6 ) . E n definitiva, quizá podemos creer que no tuvo
para el cristianismo más que una simpatía parecida a la de Alejandro
Severo ( 4 7 ) .
La Iglesia, bajo su reinado, gozó de u n a tranquilidad casi perfecta; permi-
tió él mismo —pues no se podía hacer sin autorización oficial— que el obispo
de Roma, Fabián, sucesor de Antero, trajese de Cerdeña el cuerpo de su pre-
decesor San Ponciano ( 4 8 ) .

MOVIMIENTOS POPULARES U n suceso vino, sin embargo, a demostrar,


CONTRA LOS CRISTIANOS en los últimos meses de Felipe, que la hosti-
lidad contra el cristianismo trabajaba sor-
damente en ciertos ambientes de la población del imperio y que de u n mo-
mento a otro podía estallar violentamente.
En Alejandría, la mayor ciudad del imperio, junto con Roma y la de
población más heterogénea y u n a de las más dispuestas para la agitación, se

(42
«) Hist. Eccl, VI, xxxiv.
( ) De s. Babyla contra Julianum et gentiles.
C43) Hist. Eccl, xxxvi, 3.
(44 ) EUSEBIO, Hist. Eccl., VI, xxxiv.
( 45 ) De viris illustribus, LIV: qui primus de regibus romanis christianus fuit.
(46) AURELIUS VÍCTOR, De caesaribus, XXVIII; EUTROPIO, Breviarium, IX, 3; EUSE-
BIO, Crónica, Olymp. 257. Sobre esta celebración cf. G. GACÉ, Recherches sur les Jeux
séculaires, III, 3; Le millénaire de Rome sous Philippe, en Revue des Etudes latines,
t XI, 1933, p. 412 y ss.
(4T) Contra el cristianismo de Felipe, K. J. NEUMANN, Der Romische Staat und die
allgemeine Kirche bis auf Diokletian, t. I, Leipzig (1890), pp. 245-250.
(48) Liber Pontificalis, Pontianus (edic. DUCHESNE, t. I, p. 145).
DE SEPTIMIO SEVERO A DECIO 107

produjo u n movimiento anticristiano en 249, debido a las instigaciones de


" u n malvado adivino y m a l poeta", según se expresa Dionisio, obispo de Ale-
jandría, en su carta a su colega de Antioquía; carta que ha sido conservada
por Eusebio ( 4 9 ). Algunos fieles fueron apresados, azotados y apedreados; la
virgen Santa Apolonia, después de destrozársele las mandíbulas, fué que-
mada viva; Serapión, quebrantados los miembros, fué precipitado desde lo
alto de su morada; innumerables casas fueron entregadas al pillaje. El
relato de Eusebio termina diciendo que la sedición acabó en u n a guerra civil,
sin que podamos saber si es que los cristianos se defendieron contra sus ene-
migos o es que tuvo que intervenir la autoridad.
Este brusco ataque contra los cristianos, por m u y trágico que hubiese sido,
fué ahora u n caso aislado; pero manifestó con qué violencia fermentaban
aún las pasiones populares contra ellos. Indudablemente que el éxito de la
infatigable propaganda del cristianismo explica en parte estos desencadena-
mientos intermitentes, puesto que el siglo n i es u n período de gran progreso
para la Iglesia.

(*») Hist. Eccl, VI, XLI.


CAPITULO V

EXPANSIÓN DEL CRISTIANISMO DESDE FINALES DEL SIGLO H


A PRINCIPIOS DEL SIGLO IV C1)

§ 1. — Palestina, Fenicia, Arabia, Egipto


PALESTINA Y FENICIA Palestina, cuna del cristianismo, no es, sin em-
bargo, el país donde se extendió más rápidamente.
La obra de la predicación encontró, sin duda, serios obstáculos y u n a fuerte
resistencia de parte de los judíos; y los judíocristianos, encerrados en su parti-
cularismo, no podían ser m u y capaces de irradiación ( 2 ). En las grandes
ciudades helénicas o helenizadas del litoral de la Siria Meridional, Cesárea,
Tolemaida, Tiro y Berito (Beirut), el cristianismo se presenta más conquista-
dor; mientras que sus adeptos permanecen escasos en los centros que se es-
calonan más hacia el sur, de Jafa a Gaza.
La historia de las cristiandades de las primeras ciudades citadas no aparece
hasta finales del siglo n , cuando u n concilio celebrado en Palestina, como en
otras muchas provincias, con ocasión de la controversia pascual, hacia
el 190 ( 3 ) , reunió a los obispos Teófilo de Cesárea, Narciso de Aelia Capitolina
(Jerusalén), Casio de Tiro, Claro de Tolemaida y otros de los que Eusebio,
que cita estos cuatro prelados, no dice ni los nombres n i las sedes. De estas
ciudades, unas como Jerusalén y Cesárea, pertenecían a Palestina y las otras
como Tiro y Tolemaida a Celesiria; la organización eclesiástica, por ende,
no estaba calcada sobre la administrativa, más artificial. Además, desde la
(*) BIBLIOGRAFÍA. — La misma bibliografía que para los capítulos VII y XII del tomo
primero. Añádase: Z. GARCÍA VIIXADA, Historia eclesiástica de España, t. I. El cristia-
nismo durante la dominación romana, Madrid, 1929, mencionado en las notas del pri-
mero de estos capítulos.
La obra fundamental es la de Ad. HARKTACK, Die Mission und Ausbreitung des
Christentums in den ersten drei Jahrhunderten, 2 vol., 4* ed., Leipzig, 1924.
Tanto los trabajos particulares, como las fuentes relativas al período aquí tratado,
se indican en las notas del presente capítulo.
Se puede añadir en lo que respecta a la penetración en los países de fuera del
Imperio desde el siglo n a principios del iv: J. TIXERONT, Les origines de VEglise
d'Edesse, París, 1888; RUBENS DUVAL, Histoire politique, religieuse et littéraire de
VEglise d'Edesse jusqu'á la premiere croisade, París, 1892; J. LABOURT, Le christia-
nisme dans VEmpire per se sous la Dynastie sassanide, París, 1904; F. TOURNEBIZE,
Histoire politique et religieuse de VArménie, París, s. d. (1920); J. MARKWART, Die
Entstehung der armenischen Bistümer en Orientalia Christiana, t. XXVII, 2 (septiem-
bre, 1932), pp. 1 y ss.; L. DUCHESNE, Autonomies ecclésiastiques: Eglises separées, Pa-
rís, 2 4 ed., 1905; J. ZEILLER, Les Origines chrétiennes dans les provinces danubien-
nes de VEmpire romain, París, 1918 (trata en la tercera parte de la evangelización de
los godos).
Los progresos de la evangelización de los tres primeros siglos pueden verse en los
atlas de K. H E U S S I y K. M U L E R T , Atlas zur Kirchengeschichte, 2* edición, Tubinga, •
1919, y de K. PIEPER, Atlas orbis antiqui christiani (Atlas zur alten Missions - und Kir-
chengeschichte), Dusseldorf, 1931. Vide el mapa del presente volumen.
( 2 ) Cf. t. I, pp. 321-323.
( 3 ) EUSEBIO, Hist. Eccl., V, xxm-xxiv.

108
E X P A N S I Ó N DEL CRISTIANISMO, SIGLOS II A IV 109

carta sinodal de los obispos fenicios y palestinenses, esta región eclesiástica


se orientó espontáneamente hacia la gran metrópoli egipcia, Alejandría, más
que hacia Antioquía; y esta orientación persistió.

ARABIA Fué de Palestina, sin duda, de donde el cristianismo se irradió


a la otra parte del Jordán, a la lejana provincia de Arabia. Esta
difusión debió de comenzar m u y pronto —siglo n — a juzgar por los éxitos
obtenidos antes de mediar el siglo m . Orígenes la visitó a principios del im-
perio de Caracalla (214), llamado, cosa digna de notarse, por el legado impe-
rial, que lo había suplicado a la vez al prefecto de Egipto y al obispo de
Alejandría, indudablemente para informarse de las creencias cristianas. Se
puede sospechar que este hombre, que había visto el cristianismo práctico en
su país, prefirió a las luces que podían prestarle aquellos cristianos, las que
esperaba de u n hombre de la notoriedad de Orígenes ( 4 ) .
U n poco más tarde, nos consta de la existencia de u n obispo en Bostra,
Berilo ( 5 ) , teólogo, autor de libros y de cartas u n poco afectados de modalismo;
lo que fué causa de discusiones con sus colegas, en las que intervino Oríge-
nes, que Consiguió reducirle a opiniones más ortodoxas. Hubo reuniones
conciliares en esta ocasión, bajo Gordiano, entre 238-244^ esto prueba la exis-
tencia de u n episcopado bastante numeroso en las provincias de Arabia. No
es pues nada de extrañar que el emperador Felipe y su mujer Otacilia Se-
vera, que eran originarios de aquí, estuviesen instruidos en el cristianismo y
hubiesen estado relacionados con Orígenes ( 6 ) .

EGIPTO Tenemos pocas noticias sobre la evangelización de Egipto, a par-


tir de finales del siglo n. Sabemos por Eusebio que la persecu-
ción ( 7 ) de Septimio Severo hizo numerosos mártires, no sólo en Alejandría,
sino también en la Tebaida, es decir, en el Egipto meridional. Cincuenta
lugares de Egipto, comprendida la Cirenaica, h a n tenido comunidades cris-
tianas antes del concilio de Nicea y en más de cuarenta hubo sedes episco-
pales ( 8 ) . El sínodo de Alejandría, 320 ó 321, vio reunirse u n centenar de
obispos ( 9 ). Por otra parte, cuando la persecución de Decio (250), aun en las
aldeas se concedieron certificados de sacrificio, escritos en papiro ( 1 0 ) ; aunque
es verdad que no sólo se concendió a los cristianos ( n ) ; pues se puede pensar
que muchos, por la más mínima sospecha que recayese sobre ellos, no ten-
drían inconveniente en someterse a una formalidad que no les concernía evi-
dentemente. De todas maneras, lo cierto es que los documentos martirológi-
cos posteriores prueban la existencia de numerosas aldeas cristianas a princi-
pios del siglo iv ( 1 2 ). El Egipto tiene derecho a ser considerado entre los
países más cristianos del imperio, pues a lo largo de los tres primeros siglos
se adhirió una gran parte de la población; pero los pasos gloriosos de esta
evangelización no los conocemos.

(45) EUSEBIO, Hist. Eccl., VI, xix, 15.


( ) ETISEBIO, Hist. Eccl., VI, xx, 2, y xxxm.
(«) Cf. supra, p. 105.
(?) Hist. Eccl, VI, I-III.
(8) La lista con la indicación de las fuentes que nos las dan a conocer: en HARNACK,
Mission und Ausbreitung des Christentums, 1. IV, cap. 3, sec. 3*, párrafo 7.
(9) HEFELE, Histoire des Concites, t. I, pp. 363-372.
(10) Cf. infra, p. 126 y ss.
(U) Cf. ibíd.
(12) Actas de San Pedro de Alejandría. Cf. SAN ATANASIO, Apología contra árlanos,
ixxxv.
110 HISTORIA DE LA IGLESIA

CIRENAICA La Pentápolis, al oeste del Egipto, había dadu a la Iglesia


algunos de los primeros fieles; sin hablar del cireneo que
ayudó a Jesús a llevar la cruz ( 1 3 ), muchos de sus compatriotas fueron testi-
gos del milagro de Pentecostés ( 14 ) y, si algunos se contaron entre los contra-
dictores de San Esteban ( 1 5 ), otros se convirtieron ( 1 6 ), como u n tal Lucio,
del que hablan los Hechos, y que debió de tener alguna importancia en la fun-
dación de la Iglesia de Antioquía ( 1 7 ). No es sorprendente que la evange-
lización hubiese comenzado pronto y con buena acogida en este país; para
la segunda mitad del siglo n i , cada una de las cinco ciudades, Cirene, Tole-
maida, Berenice, Arsinoe y Sozusa, parece que tenían su obispo. Estos
obispados, como los de Egipto, reconocían como cabeza y jefe al obispo de
Alejandría ( 1 7 b i s ) .

§ 2 . — Siria septentrional, Asia M e n o r y r e g i o n e s circunvecinas

SIRIA SEPTENTRIONAL El cristianismo había ya penetrado en el siglo n


fuertemente en Siria del norte y en su gran me-
trópoli Antioquía y los progresos de la evangelización continuaron cierta-
mente en el siglo n i , a finales del cual esta provincia se contaba entre las que
tenían suficiente número de adeptos, para poder rivalizar con las otras reli-
giones. Una historia como la de Pablo de Samosata demuestra ( 18 ) que el
obispo de Antioquía, en la segunda mitad del siglo n i , era u n a potencia en
la ciudad. Por otra parte, las firmas del concilio de Nicea demuestran que
no había menos de 22 obispos en Celesiria, a principios del siglo iv. Entre
ellos, figuran dos corepíscopos, x<¿peKÍ<rx<yKoi, es decir, obispos rurales ( 19 )
y la epigrafía confirma la existencia de cristiandades rurales en esta re-
gión (20). Se podría preguntar si, al contrario que en Occidente, no se dejó
muchas veces conquistar, al menos relativamente, de modo más fácil que las
ciudades donde la resistencia de las antiguas religiones era extraordinaria.
A pesar de la importancia de su cristiandad, la Antioquía que conocemos a
través de los escritos de Libanio, era aún, a mediados del siglo iv, u n o
de los centros de mayor resistencia del espíritu pagano ( 2 1 ).

EDESA El cristianismo que de Siria pasó al reino de Edesa u Osroenia,


como vimos antes ( 2 2 ), había ya hecho grandes conquistas, indu-
dablemente, antes de terminar el siglo n ; puede ser que se debiesen sobre
todo a los judíocristianos, de cuya actividad sería u n recuerdo la leyenda de
Addai, discípulo de Santo Tomás. Pero al principio del siglo n i , la joven igle-

( « ) Matth. 27, 32; Marc. 13, 21; Luc. 23, 26.


( « ) Act. 2, 10.
(15) Ibíd., 6, 9.
(i«) Ibíd., 11, 20.
( " ) Ibíd., 13, 1.
(17 bis) Según las cartas de Dionisio de Alejandría (EUSEBIO, Hist- Eccl., VII, xxvi).
(i») Cf. infra, p. 300, ss.
(19) Sobre los corepíscopos vide, infra, pp. 343-344.
(20) HAHNACK, Die Mission und Ausbreitung des Christentums, 2" ed., p. 111.
(21) Cf. SAN JUAN CEISÓSTOMO, De sanctis martyribus, sermo I, y Ad populum An-
tiochenum homilía XVIII, 1, 2; cf. ZEILLER, Paganus, París-Friburgo, 1917, p. 166, y
H. GRÉGOIRE, La "conversión" de Constantin, en Revue de VUniversité de Bruxelles,
1930, p. 231 y ss.
(22)' Cf. t. I, p. 236.
EXPANSIÓN DEL, CRISTIANISMO, SIGLOS I I A IV 111

sia de Osroenia se declaró filial de la de Siria, cuando el obispo Paluto de Ede-


sa recibió la imposición de las manos de Serapión de Antioquía i23). Este acon-
tecimiento es sensiblemente contemporáneo de la conversión del propio r e y
Abgar IX, que reinó del 179 al 214 ( 2 4 ) y después del cual este Estado fué
anexionado al imperio. "La conversión del r e y tuvo mucha influencia en el
desarrollo del cristianismo en los países del Eufrates. Ya en tiempo de la
controversia pascual (190) había varios obispos en Osroenia ( 2 5 ) ; y en Edesa,
la iglesia cristiana era u n edificio notable; pues, habiéndola destruido u n a
inundación, en 201, la menciona el relato de la catástrofe t a l como se con-
serva en la crónica ( 2 e ) local" ( 2 7 ). A partir de Abgar, el cristianismo ede-
siano, del que es gloria el poeta y filósofo Bardesanes ( 2 8 ) , tomó u n grande
incremento; y desde el reino de Edesa seguramente irradió el cristianismo a
las provincias occidentales del reino parto, donde se le encuentra establecido
a partir del siglo n i ( 2 9 ) y a la Armenia, donde llegó a dominar completa-
mente, al menos a principios del siglo iv ( 3 0 ) .

ARMENIA ROMANA Pero en cuanto a la Armenia romana, su propaga-


ción se remonta a tiempos anteriores; puesto que Dio-
nisio, obispo de Alejandría (mediados del siglo n i ) dirigió a las cristiandades
armenias, presididas por el obispo Meruzanes, u n a carta sobre la penitencia,
con ocasión del cisma de Novaciano ( 3 1 ).

ASIA MENOR Esta propagación venía verosímilmente del Asia Menor,


la región del imperio donde el cristianismo había hecho
progresos más rápidos; lo vimos en Bitinia desde principios del siglo n ( 3 2 ).
A fines de este mismo siglo, se reunieron sínodos en Frigia, con motivo de la
agitación montañista ( 3 3 ) ; y Dionisio de Alejandría dice, u n siglo después,
que esta región contaba con "las iglesias más numerosas" ( 3 4 ) . E l retórico
pagano Luciano de Antioquía hace gemir al seudoprofeta Alejandro de
Abonotica (Inebole) por el gran número de ateos y de cristianos que llenan

(23) 'W. CUKETON, Ancient Syriac documents relative to the Establishment of Chris-
tianity, Londres, 1864, p. 72.
(2i) EUSEBIO, Chron., ann. Abrah., 2234-5; SEXTOS JULIUS AFRICANUS, Chron.; M. J.
ROUTH, Reliquim sacras, Oxford, 1846, II, p. 307; BARDESANES, Libro de la ley del país
(W. CURETON, Spicilegium syriacum, Londres, 1899, p. 20); LANGLOIS, Collect. des
Historiens de l'Arménie, t. I, p. 92; ORTIZ DE URBINA, Le origini del cristianesimo in
Edessa, en Gregorianum, XV (1934), pp. 82-91, pone en duda sin gran fundamento la
conversión de Abgar IX, pues le parece que el calificativo de Upbv ávSpá no lo im-
plica necesariamente.
(25) EUSEBIO, Hist. Eccl., V, xxin. La pluralidad de obispos no aparece claramente
en el texto; pero sí, al menos, la de comunidades cristianas en Osroenia.
(26) Ed. HAIXIER, Texte und Untersuchungen, t. IX, i, p. 86.
(27) DUCHESNE, Histoire ancienne de l'Eglise, t. I, p. 451.
(28) Sobre Bardesanes, cf. supra, p. 23, n. 73.
(29) Sobre el período anterior, cf. t. I, pp. 235-236.
(30) Sobre la evangelización de Armenia, cf. infra, p- 123.
(31) EUSEBIO, Hist. Eccl., VI, XLVI. Meruzanes tenía su sede en la Armenia romana
y no en el reino de Armenia; porque la carta que le dirige Dionisio es motivada por
las defecciones de los cristianos en la persecución de Decio. Cf. DUCHESNE, L'Arménie
chrétienne dans l'histoire ecclésiastique d'Eusébe, en Mélanges Nicole, Ginebra, 1909.
pp. 105-107.
(32) Cf., t. I, pp. 232 y 250.
(33) EUSEBIO, Hist. Eccl., V, xvi.
(34) Ibíd., VII, VII.
112 HISTORIA DE LA IGLESIA

el Ponto ( 3 5 ) , ya en tiempos de Marco Aurelio; y hacia el 190, los obispo»


de esta región escriben al papa Víctor a propósito de la cuestión pascual ( 3 e ) .
Por el contrario, el Ponto interior no fué metódicamente evangelizado hasta
el siglo n i . Fedimo, el primer obispo conocido de Amasia, en la región del
Ponto, llamada Galática, pertenece a la primera mitad de este siglo. Encargó
la predicación de la fe en la región de Neocesárea, situada mucho más al este
en el Ponto Polemoníaco, a u n discípulo de Orígenes, Teodoro, por otro nom-
bre Gregorio, y a su hermano Atenodoro, hijo espiritual también del gran ale-
jandrino. Gregorio, cuya predicación persuasiva y cuyos milagros le conquis-
taron los nombres de Taumaturgo y de Grande, predicó en las ciudades y en
los campos con u n éxito inmenso. Una de las ciudades de la región monta-
ñosa del Ponto, Comana, juntamente con Amasia y Neocesárea, le pidió u n
obispo y nombró pastor de esta nueva diócesis a u n tal Alejandro ( 3 T ).
La Capadocia, en la parte central del Asia Menor tiene también cristian-
dades desde el siglo n . La famosa Legio Fulminatrix en la que servía, según
parece, en tiempos de Marco Aurelio u n número bastante crecido de soldados
cristianos ( 3 8 ), había estado acantonada aquí y en virtud de la leva regio-
nal, estaba reclutada en gran parte en la región de Melitene, hacia el
extremo oriental de esta provincia. Sin embargo, la metrópoli de Cesárea,
no comienza a figurar en la historia cristiana sino hacia el 200, en que su
obispo Alejandro, formado en la escuela de Alejandría, por Panteno y Cle-
mente, fué puesto en prisiones en tiempo de Septimio Severo ( 3 9 ) .

§ 3 . — P e n í n s u l a helénica. El Ilírico

PENÍNSULA HELÉNICA NOS falta la información sobre el desarrollo del


cristianismo, durante el siglo n i , en Grecia, Ma-
cedonia y Tracia. Puesto que poseían cristiandades organizadas ya en la
época apostólica, creemos que el progreso del siglo u continuó en el siguiente.
A principios del siglo iv, no se vieron representadas en Nicea, donde la mayo-
ría asiática era aplastante, menos de u n a decena de obispados de Tracia,
Macedonia y Grecia. Los de Filipos, Deulto, Anquialo, Nicópolis de Epiro,
Tesalónica, Berea, Larisa, Atenas, Corinto, Cencres, Lacedemonia y Bizancio
también proceden sin duda, unos del siglo i y los otros del siglo n ( 4 0 ) ; los
únicos nombres nuevos que encontramos en Nicea son los de' Stobi, en Mace-
donia; Eubea y Tebas, en Grecia, y Efesto, en Lemos. Podemos pensar
que en el siglo n i se habría establecido alguna sede además de esas cuatro;
pero nada más que a esto poco que hemos dicho se reduce lo que podemos
afirmar del desarrollo eclesiástico de la península helénica desde Septimio
Severo a Diocleciano.

ILIRICO En este mismo período h a y que fechar la fundación de las pri-


meras iglesias del Ilírico danubiano y de la Dalmacia; pues no
tenemos noticia de ninguna iglesia en tiempos anteriores. Puede ser que el
(35) Pseudomanticus, XXV.
(36) EUSEBIO, Hist. Eccl., V, xxiii-
(37) La biografía de San Gregorio Taumaturgo nos es dada por EUSEBIO, Hist. Eccl.,
VI, xxx; VII, xiv. Tenemos también un panegírico de San Gregorio de Nisa, que nos
da la tradición del Ponto sobre San Gregorio Taumaturgo en el siglo siguiente. Las
mismas obras suyas nos dan datos de su vida. Cf. infra, p. 290, ss.
C33) Cf. t I, p. 257.
(39) Cf. supra, p. 102.
( 40 ) Cf. t. I, p. 233.
DLSAR R O L L O DK LA P R L D I C A C

")IRLANDA/

OCÉANO
ATLÁNTICO
«» Tréyeris
®Cha!ons/
- f l - l ^ h ü ®Sens i . .
' — • RETI« T&Lorcn~~~.
) NORICA ©Scbrbantia
JOLyor
León®
tAstorgaG A / rSísc/o© élMursa
Calahorra®Narbona®l %,M.r a »^N &—* \ %ZX@ls2&a& Pitionte
E S P A Ñ A ®Zaragoza * Mes»fuíry'aSÍ£{
©/lfco/ó de Henares ¿Gerona ¿A , Atoíso© Marcianópolis©
•íédo ~<*jrcetono CÓRCEGA/
'Tarragona \ I \ ® / ^""X^Sord/ca© ^ ARMENIA
fc&o ^ H "
Pulí

ȣ&
tger^X ^ l a / ^
C7 # S

^ ^ MAR TIRRENO
«•
r— Nicomfli
P 6ALAClA®Seí,°^
Anc,r
* CAPADOCJA Í5
ftP»rgamo F iiomelio ©Conun* ASIRÍA
, iTWfcf A LICAONIA FíCíb ®Nisibe©Arbe,l0
Icofo Oarb»
Xpi'íoi*
FilaSallia L»tra_
Oto© Wfpona ^ S " í'í-ICIft 'Anlioquio
/1AURITANIA "SIRIA
NUMIDIA Salamma
CHIPRE "Cicio
CRETJT-OSS» e*to~ Ion» / ¡ I

Tiro®£3
MEDITERRÁNEO TolamaidaftáL © BoStra

"Stbastt
Tol*maÍd_ __>J»ru»alín
Lydda
.J*iéndrü

CIRENAICA

Comunidades cristianas existentes al fin del Siglo I.


Comunidades cristianas existentes al fin del Siglo
Comunidades cristianas existentes al fin del Siglo

AR
77
S
^

Regiones alcanzadas por el Cristianismo en el Siglo I

Regiones alcanzadas por el Cristianismo en el Siglo II

COPYRIGHT OESClEE. DE BROUWER, BUENOS AlpíS.


E X P A N S I Ó N DEL CRISTIANISMO, SIGLOS II A IV 113

cristianismo hubiese llegado a estas regiones anteriormente ( 4 1 ) ; pero el


fruto sazonado, que son las iglesias constituidas, no aparece hasta mediados
del siglo n i . Es verdad que entonces son muchas las iglesias y con u n a jerar-
quía bastante completa, para creer que nacieran la víspera.
Una de ellas, la de Pettau, en Nórica, tenía al frente, cuando estalló la per-
secución de Diocleciano, que lo hizo mártir ( 4 2 ) , u n exegeta de cierta repu-
tación, Victorino, que no parece que escribiera para convertidos apenas
salidos del catecumenado ( 4 3 ) . Venancio, obispo de Salona, metrópoli de Dal-
macia, debió de ser martirizado en u n a persecución local en tiempos de Aure-
liano ( 4 4 ). Por lo demás, los primeros testigos auténticos del cristianismo, víc-
timas de la persecución de Diocleciano (años 304 y siguientes), no nos dan
ninguna luz sobre u n pasado cristiano en la región ilírica, anterior a ellos.
Hay mártires de casi todas las provincias del Ilírico y de las profesiones más
diversas: en la Baja Mesia, los militares Julio, Hesiquio, Nicandro, Marciano,
Pasícrates y Valentión y quizá Dasio de Dorostorum ( 4 ñ ) ; en la Dacia Ripua-
ria, el exorcista Hermes; en Panonia oriental, el obispo Ireneo, el diácono
Demetrio y el jardinero ermitaño Sinerotas, u n a mujer Anastasia y vírgenes
cuyos nombres se ignora, en Sirmio; en la Panonia occidental, el obispo Qui-
rino de Siscia; en Nórica, Victorino de Pettau y Floriano de Lauriacum,
ex jefe de la cancillería del gobernador de la provincia; en Recia, la peni-
tente Afra, de Augusta Vindelicorum (Augsburgo); en Dalmacia, el obispo
Domnio, de Salona; y en la misma ciudad, el presbítero Asterio, el diácono
Septimio, el batanero Anastasio, así como Félix, Victorico, Antoniano, Pauli-
niano, Gaiano y Telio, de oficio y condición desconocidos ( 4 6 ) .

§ 4 . — Las Galias

PROGRESO DE E n la Galia, el siglo m señala u n esfuerzo impor-


LA EVANGELIZACION tante en la expansión cristiana. A las iglesias de
A FINALES DEL SIGLO II la cuenca del Ródano se van sumando otras de
las regiones más apartadas del Mediterráneo.
Después de la tormenta del 177, uno de los sacerdotes más justamente pres-
tigiosos de la comunidad lyonesa, Ireneo, oriundo, como Potino, del Asia Me-
nor y discípulo de Policarpo de Esmirna, sucedió al anciano obispo mártir.
Se sabe ( 4T ) que rigió la iglesia de Lyón hasta Septimio Severo. Mas no era
(«) Cf-, t. I t pp. 230-231.
( 42 ) SAN JERÓNIMO, De viris ülustribus, LXXIV.
(43) El comentario de Victorino sobre el Apocalipsis ha sido publicado por J. HAUS-
SLEITER en el Corpus, de Viena, t. XLIX, 1916. Otros fragmentos de Victorino en P. L.,
V, 281-316.
(44) J. ZEILLER, Les origines chrétiennes dans les provinces danubiennes de l'Empire
romean, p. 49 y ss.
(45) La pasión de Dasio de Dorostorum (publicada por F. CUMONT en Anallecta
Bollandiana, t. XVI, 1897, pp. 5 y ss.), condenado a muerte por haber rehusado hacer el
papel de rey de las Saturnales que debian terminar, se supone, con su inmolación;
parece que no se trata más que de una piadosa leyenda. Pero la existencia de un mártir,
Dasio, está fuera de duda. Cf. ZEILLER, op. cit., p. 110 y ss.
(46) Cf. J. ZEILLER, op. cit., pp. 53-128, donde se da la indicación de las diversas
pasiones. El P. DELEHAYE (Ñouvelles fouilles de Salone, en Anallecta Bollandiana,
t XLVII, 1929, p. 77 y ss.) ha demostrado que la cualidad de soldados, a veces atri-
buida a Antoniano. Gaiano, Pauliniano y Telio, proviene de una mala interpretación
del Martirologio Jeronimiano (se ha confundido, como más de una vez, "milites", sol-
dados, con "miliaria", piedras miliares).
(4T) Cf. supra, p. 102. Sobre la personalidad de Ireneo y su destacada influencia en
la historia del pensamiento cristiano, p. 38 y ss.
114 HISTORIA DE LA IGLESIA

hombre que se contentase con mantenerla tal como la encontró, cuando le


fueron confiados sus • destinos; y quizá tengamos que atribuir a u n movi-
miento de evangelización, iniciado por el propio Ireneo, la aparición de
cierto número de cristiandades nuevas, cada vez más distanciadas de Lyón;
v. gr.: Tournus, Chalons, Autún, a menos que existieran ya antes de su epis-
copado. Se ha encontrado en A u t ú n u n a inscripción, joya de la epigrafía
cristiana, llamada de Pectorio ( 48 ) que es uno de los monumentos más expre-
sivos de la fe eucarística; por lo menos, u n a de sus partes —pueden distin-
guirse dos— data del siglo n o principios del m . La cristiandad de A u t ú n
tiene, pues, u n origen m u y antiguo. Dijon, Langres, Besancon y quizá la
región del Rhin h a n sido evangelizadas en esta época. ¿No dice Ireneo que
los germanos h a n escuchado la palabra de Cristo? ( 4 9 ) No puede tratarse,
parece, sino de las provincias separadas del territorio galo primitivo y que
llevaban el nombro de Germania.
Las tres primeras ciudades citadas, Tournus, Chalons, A u t ú n tuvieron sus
mártires, y sus nombres nos son ya conocidos ( 5 0 ) : Alejandro, Epipodio, Mar-
celo, Valentín, Sinforiano ( 5 1 ), que pudieron ser contemporáneos de Ireneo.
Pero n i se excluye que esos mártires sean de época posterior n i tampoco
de la misma que los mártires de Lyón, merced a la irradiación de esta iglesia
durante el pontificado de Potino. Sin embargo, la carta de la iglesia lyonesa
no alude a otros mártires; y esto en nada favorece la segunda hipótesis, si
bien las diversas "pasiones", de época ya desgraciadamente u n poco lejana,
y con ribetes de leyenda, que relacionan algunos de estos mártires con Ire-
neo ( 5 2 ) pudiera ser que encerraran u n fondo de realidad, y, por lo menos,
es de notar que ninguna de esas "pasiones" hace de ninguno de dichos már-
tires n i obispo n i organizador de nuevas cristiandades; lo que reflejaría la
verdadera situación de las Galias, y podría ser m u y bien la misma de los
tiempos de San Ireneo, que continuaba en el siglo n i . Si había diversas comu-
nidades en la Galia, u n solo obispo estaba al frente de todas: el de Lyón;
no entran en cuenta las comunidades de la Galia Narbonense.

LYON, ÚNICO OBISPADO Esta es la tesis defendida por Duchesne y que


DE LA GALIA tiene a su favor m u y sólidos argumentos ( 5 3 ).
HASTA EL SIGLO III Hasta mediados del siglo n i no nos consta de
n i n g ú n obispado en las Galias, exceptuada la
Narbonense y litoral mediterráneo, salvo el de Lyón. Este estado de cosas sería

( 48 ) Cf. J. B. PITRA, Spicilegium Solesmense, t. I, París, 1852, p. 554 y ss.; Corpus


inscriptionum grmcarum, IV, 582. Se encontrará abundante literatura sobre esta ins-
cripción en el Dictionnaire d'Archéologie chrétienne, de CABHOL-LECLERCQ, artículo
Autun, t. I, 2, cois. 3194-3198, y en Handbuch der altchristlichen Epigraphik, de C. M.
KAUPFMANN, pp. 178-180. Cf. también Monumento eucharistica et litúrgica vetustis-
sima, parte I, seleccionados por J. QUASTEN, Bonn, 1935, en la colección Florilegium
patristicum, t. VII.
( 49 ) Adversus hatreses, I, x, 2.
(50) Cf. supra, p. 102.
(B1) La pasión de San Sinforiano lo hace, sin embargo, mártir en tiempos de Aure-
liano. Aunque, como después se verá, no hubo en este remado persecución organizada;
pudieron no obstante producirse hechos aislados de persecución, cuya tradición se
habría conservado en las Galias, donde muchos mártires son atribuidos por las pasiones
a los tiempos de Aureliano; si bien es preciso reconocer que estos documentos marti-
rológicos merecen poca fe. Cf. G. BAKDT, Les martyres bourguignons de la persácution
d'Aurélien, en Anuales de Bourgogne, VIII (1936), pp. 321-348.
(52) DUCHESNE, Fastes épiscopaux de la ancienne Gaule, t. I, pp. 45-46.
(63) Fastes épiscopaux de Fancienne Gaule, t. I, pp. 45-46.
i EXPANSIÓN DEL CRISTIANISMO, SIGLOS II A IV 115

! parecido al de Italia del Norte, donde en el curso del siglo n al m n o se ven


I otros obispados que los de M i l á n y Ravena ( 5 4 ) . E l sabio obispo Teodoro de
1 Mopsuesta, en Cilicia, escribe en u n tratado compuesto antes de su elevación
| al episcopado (392-393) ( 5S ) que en la Iglesia primitiva no había en u n
i principio más que u n obispo por provincia; m á s tarde, dos o tres o más, y
que este uso se extendió en Occidente. Es verdad que a esto h a respondido
i Harnack en su obra Mission und Ausbreitung des Christentums in den ersten
drei JahrhundeTten ( 6 6 ) que el testimonio de Teodoro de Mopsuesta queda
I demasiado alejado de los hechos para ser decisivo. Pero casi u n siglo antes,
Eusebio, enumerando en su Historia eclesicistica ( 5 7 ) las cartas escritas hacia
el 196, con motivo de la cuestión pascual, menciona u n a rüv xará rákXiav
rapoLxiMV &s Elpr¡valos beundnru , lo que parece q u e quiere decir "las diver-
sas comunidades de la Galia de que Ireneo es obispo" ( 5 8 ) . A u n se puede
objetar a la tesis de Duchesne que e n la Iglesia antigua sólo el obispo consagra
la Eucaristía y que la vida litúrgica no se concibe sin él: ¿cuál hubiese sido,
por lo tanto, la de las diversas iglesias galas que existían fuera de Lyón, si no
tenían más verdadero pastor que el obispo de dicha ciudad? ¿Será necesario
admitir la existencia de otras prácticas litúrgicas que nacieron según las cir-
cunstancias e impuestas por ellas y de las cuales n o nos h a n quedado vestigios
en los textos? U n argumento en este sentido podría ser la situación de la Igle-
sia de Egipto, e n la q u e hasta el siglo m no había más q u e u n obispo, el de
Alejandría, aunque existían muchas cristiandades ( 5 9 ) . Queda siempre como
argumento el silencio de los textos sobre sedes en la Galia con la excepción de
la Narbonense y Lyón antes del siglo m y la analogía de esta situación con la
de otras provincias, p o r ejemplo, las de la Italia septentrional. Y debemos
añadir que los catálogos episcopales de la Galia, de que venimos hablando, n o
nos permiten llegar como punto de partida de la historia de las diversas igle-
sias más allá de las proximidades del 250, en los casos más favorables ( o ü ) ,
salvo Lyón y la Narbonense, y que u n autor galorromano, como lo es Sul-
picio Severo, habla de la evangelización tardía de su país "serius trans Alpes
Dei religione suscepta" ( 6 1 ) .
Repitamos u n a vez m á s que esto n o se refiere a toda la Galia; pues en las
costas provenzales, la evangelización pudo inaugurarse al terminar la edad
apostólica y la Iglesia de Lyón estaba y a constituida indudablemente hacia
el 150; pero fuera de estas zonas privilegiadas, retrasóse u n tanto la siembra
da la palabra evangélica.

( M ) Cf. supra, t. I, p. 319.


(65) TEODORO DE MOPSUESTA, In epistulas sancti Pauli commentarius, edic. SWETE,
Londres, 1882, t. II, p. 124.
(58) Segunda edición, pp. 373-395.
(87) V, XXIII, 3.
(B8) HAKNACK (loe. cit.) quiere que nap)ucía signifique diócesis, pero éste, es
un sentido que no adquirió sino a lo largo del siglo cuarto. Cf. P. DE LABRIOLLE, Pa-
rveóla, en Archivum latinitatis medii tevi. Buüetin du Cange, 1927, pp. 196-205, y
Recherches de Science religieuse, t. XVIII, 1928, pp. 60 y ss. K. MUIAER (Kleine Beitráge
zur Altengeschichte, 18: Parochie und Diócese im Abenland, en Zeitsch. für die neutes-
tamentlich. Wissenschaft, XXXII, 1933, pp. 149-185) apoya también la interpreta-
ción de Duchesne.
(*») Cf., t. I, pp. 309-310.
(*°) DUCHESNE, Fastes épiscopaux de Vancienne Gaule, pp 3-29.
(81) Chronicon, II, xxxn.


116 HISTORIA DE LA IGLESIA

NUEVAS SEDES Quizás porque a mediados del siglo n i pareció, no sin


EPISCOPALES razón, que la evangelización de las Galias estaba u n
EN EL SIGLO III poco retrasada, se juzgó necesario u n esfuerzo misional
profundo y metódico. El obispo historiador del siglo vi,
San Gregorio de Tours, en su Historia Francorum ( 62 ) nos dice que bajo
el consulado de Decio y Grato (250) vinieron siete obispos de Roma y fun-
daron, respectivamente, Gaciano la iglesia de Tours, Trófimo la de Arles,
Pablo la de Narbona, Saturnino la de Tolosa, Dionisio la de París, Austre-
monio la de Clermont y Marcial la de Limoges. Este grupo de obispos, cuyo
número septenario resulta ya sospechoso, es ciertamente legendario. En la
misma fecha que la tradición gregoriana señala a Trófimo como obispo de
Arles, Arles tenía ya obispo por nombre Marciano, citado en una carta de
San Cipriano ( 6 3 ) , como u n partidario de Novaciano. Pero no era éste el pri-
mer obispo arlesiano: desde el siglo v la tradición da este título a San Tró-
fimo ( 6 4 ) que, sin tener el carácter apostólico que las tradiciones locales quie-
ren atribuirle ( 6 5 ) , debió de vivir antes de la segunda mitad del siglo m .
Caso parecido es el de la Iglesia de Vienne, la cual después de separarse de
Lyón, dando por supuesto que en u n principio estuvo unida a ella ( 6 6 ), tuvo
sucesivamente cuatro obispos, antes del concilio de Arles, en 314: Crescente,
Zacario, Martín, m á r t i r probablemente en la persecución de Diocleciano, y
Vero; el primero de ellos la habría regentado entre el 200 y el 250 ( 6 7 ). Por
otra parte, si la pasión de San Saturnino de Tolosa ( 88 ) confirma, al parecer, la
fecha de San Gregorio, fijando en el 250 el comienzo de la misión del
fundador de la iglesia tolosana, es más probable que esta fecha sea la de su
martirio; pues no parece verosímil que se conservara u n recuerdo tan pre-
ciso del comienzo de sus trabajos apostólicos. Así los obispados de Arles y
de Tolosa tendrían u n origen más antiguo, que el asignado por Gregorio de
Tours y sería m u y n a t u r a l admitir que la sede de Narbona, dada la impor-
tancia de esta ciudad, fuera por lo menos tan antigua como la de Tolosa. La
fundación de la diócesis de París podría fecharse, según los catálogos episco-
pales, a principios de la segunda mitad del siglo n i . Lo mismo se ha de decir
de las sedes de Reims y de Tréveris, cuyo cuarto obispo, respectivamente, asis-
tió al concilio de Arles (314) ( 6 9 ). Así se explicaría mejor u n pasaje de San
Cipriano que ha sido interpretado de manera distinta en la controversia entre
Duchesne y Harnack. Cipriano, en su carta LVIII, dice que Faustino, obispo
de Lyón, escribió hacia el 258 al papa Esteban en su nombre propio y en el
de los "ceteri episcopi nostri in eadem provincia constituti". Duchesne piensa
que se podría tratar de los obispos de la Narbonense; pero ¿cómo y por qué
Lyón era cabeza y jefe con relación a la Narbonense? Todo se explica senci-
llamente, si se admite la existencia de otras sedes episcopales en la Galia, a
partir de la mitad del siglo n i , además de las de la Narbonense y Lyón. Sin
embargo, las de Limoges y Tours no parece, utilizando los mismos medios
de cómputo cronológico, que sean anteriores al año 300 y la de Clermont

(62) I, XXVIII.
(63) Épist. LXVIII, hacia el 254.
( « ) Cf., t. I, p. 231.
(65) Cf. ibíd.
(6«) Cf. ibíd-, p. 255, s.
(67) DUCHESNE, Fastes épiscopaux de Vancienne Gaule, t. I, 2* ed., p. 204. Dijimos
antes que Crescente, discípulo de, Pablo, pudo evangelizar la Galia, sin que por esto
sea preciso ver en él al fundador de la Iglesia de Vienne.
(68) RUINART, Acta martyrum sincera, p. 110.
(69) DUCHESNE, Fastes épiscopaux de Vancienne Gaule, 2* ed., t. I, pp. 8-16.
E X P A N S I Ó N DEL CRISTIANISMO, SIGLOS II A IV 117

podría datar de los últimos años del siglo n i ; pues su cuarto obispo murió en
el 384 ó 385 ( TO ).
El grupo de siete obispos, indicado por Gregorio de Tours es, pues, u n a
invención ( 7 1 ) ; pero es u n hecho el mayor progreso de la evangelización de
la Galia en el siglo n i y es natural que Roma se haya interesado; lo cual
parece confirmarse por u n pasaje de Fortunato que dice, como Gregorio de
Tours, que Saturnino vino de Roma a Tolosa ( 7 2 ).
La evangelización cristiana alcanzó, pues, desde entonces, a muchas de las
ciudades galas más alejadas de la cuenca del Ródano, única región donde el
cristianismo había penetrado en el siglo u. París, Reims, Tréveris, tienen igle-
sias en el 250; el fundador de la sede de Rouen, primeramente obispo de
París, es anterior al 300; las sedes de Sens ( 7 S ), de Soissons y de Chalons tie-
nen parecida antigüedad ( 74 ) lo mismo que las de Bourges ( 75 ) y Bur-
deos ( 7 e ), al sur del Loira. Aunque el campo permaneció todavía refracta-
rio hasta que llegó San Martín, su apóstol, a fines del siglo iv, la cristianiza-
ción de la Galia, donde ya en el siglo n había alcanzado capas m u y hondas
en una parte de la población, según el testimonio de Ireneo ( 7 7 ), se encon-
traba m u y adelantada cuando en el 311 cesó la hostilidad del Imperio contra
la Iglesia.

§ 5 . — Bretaña y E s p a ñ a

BRETAÑA La Bretaña, Gran Bretaña de hoy, límite occidental de los domi-


nios de Roma y en donde las primeras misiones cristianas son
evidentemente posteriores a las de la Galia, fué también alcanzada por la
evangelización en esta época. Es demasiado legendario el relato de San
Beda ( 78 ) tomado del Líber Pontificalis, según el cual u n rey bretón lla-
mado Lucio, pidió misioneros al papa Eleuterio, a finales del siglo n , y se
convirtió con parte de sus subditos: ni había entonces rey en la Bretaña
romana ( T 9 ), n i u n jefe bretón independiente se hubiese llamado con el nom-

(™) DUCHESÑE, ibíd., p. 20. *


(71) Lo que en manera alguna obliga a rechazar como legendarios los nombres de
los fundadores tradicionales de las iglesias de Arles, Narbona y Tolosa, sin hablar de
las otras ciudades, como lo ha hecho G. DE MANTEYEH, Les origines chrétiennes de la
IU Narbonnaise, des Alpes Maritimes et de la Viennoise, Gap, 1924 (Extracto del
Bulletin de la Societé d'Etudes des Hautes-Alpes, 1923-1924). L. LEVILLAIN ( Saint Tro-
phime confesseur et métropolitain cT'Arles, et de la mission des sept en Gaule en Revue
SHistoire de l'Eglise de France, t. XIII, 1927, pp. 145-189) ha puesto en claro el
carácter totalmente arbitrario de esta tesis.
(7278) FORTUNATO, II, ni. Este detalle de su origen no consta en la pasión del santo.
( ) Su tercer obispo está atestiguado en el 475 (SIDONIO APOLINAR, Epist., VII, 5);
por lo tanto el origen de la Iglesia puede remontarse sin dificultad a fines del siglo
tercero.
(74) DUCHKSNE, Fastes épiscopaux de l'ancienne Gaule, t. I, pp. 8-16.
(™) Ibíd., 21-22.
C">) Ibíd.
( 7r ) Ireneo nos dice que tuvo que aprender a hablar la lengua céltica, lo que supone
un contacto prolnneado con los indígenas (Adversus hasreses, I, Prasfatio).
(™1 Hist. Eccl.,1, TV.
(n) Cf la critica de HARNACK. Der Brief der britischen Kónigs Lucius an den
Pavst Eleutheros, en Sitzungsberichte der K. Akademie der Wissenschaften zu Berlín,
1904 !, pp. 909-916. El hecho de una demanda de misioneros por un jefe indígena y la
conversión con todo su clan no tendría sin embargo rn sí nada de extraordinario. En
el siglo cuarto una reina de los Marcomanos (Bohemia actual), Fritigil, tuvo un gfsto
parecido escribiendo a San Ambrosio (San PAULINO, Vita Ambrosii, xxxvi) pidiéndole
ser instruida con sus subditos a fin de convertirse después.

*
118 H I S T O R I A DE LA IGLESIA

bre romano de Lucio. La verdad es que, poco después, Tertuliano enumera


la Bretaña entre los países que, inaccesibles a los romanos, h a n sido conquis-
tados para Cristo i80), y Orígenes, cuyo testimonio es más digno de crédito por
ser menos oratorio, habla de la Bretaña unos cincuenta años después, como
región que conoce el cristianismo ( 8 1 ). En todo caso, a finales del siglo n i
había diversas cristiandades que tuvieron sus mártires en la persecución de
Diocleciano; San Albano en Verulam y otros dos mártires en Legionum Urbs
(Caerleon) ( 8 2 ). Finalmente, el hecho de que diez años más tarde, tres
obispos, el de Londinium (Londres), Eboracum (York) y Colonia Lindien-
sium (Lincoln), asistiesen al concilio de Arles, revela u n a Iglesia bastante
organizada ya antes de terminar la era de las persecuciones.

ESPAÑA En España, la oscuridad se prolonga hasta la mitad del siglo n i .


San Ireneo ( 83 ) y Tertuliano ( 84 ) hablan ya de iglesias en esta
región; pero es necesario esperar otro medio siglo, para tener información más
precisa. La correspondencia de San Cipriano, obispo de Cartago, consultado
por la gran autoridad de que gozaba en todas partes, sobre el caso de dos
obispos españoles, Basílides de Legio (León) y de Asturica Augusta (Astorga)
y Marcial de Emérita (Mérida), apóstatas durante la persecución de Decio,
supone una organización eclesiástica ya m u y avanzada en las provincias es-
pañolas ( 8 5 ): no solamente vemos aparecer, además de los dos culpables, a
Félix de Ca?saraugusta (Zaragoza) y a u n tal Sabino cuya sede no se es-
pecifica, sino que también se hace alusión a u n numeroso episcopado que
celebraba ya sus concilios. Si se considera que tres años después, el sucesor de
Félix de Zaragoza, Fructuoso, padecía el martirio con sus diáconos en la
persecución de Valeriano; y que, medio siglo más tarde, en la de Diocleciano
corrió sangre cristiana en Calagurris (Calahorra), Hispalis (Sevilla), Corduba
(Córdoba), Complutum (Alcalá), Itálica (Antigua Sevilla), Barcinona (Bar-
celona), Gerunda (Gerona), y que en época inmediata, el primer concilio del
que tenemos información u n poco detallada, en los tiempos preconstantinia-
nos, reunía en Illiberis (Elvira) u n obispo de Galicia, dos de la Tarraconense,
tres de Lusitania, ocho de la Cartaginense, y veintiuno de la Bética, no po-
demos menos de concluir que toda España había sido ya evangelizada a lo
largo del siglo n i y aun cristianizada en buena parte. Es verdad que aquí,
como en otras regiones de Occidente, nuestros datos sólo se refieren a las
ciudades y que en éstas la importancia numérica de las comunidades escapa
a todo cálculo (*).

í 80 ) Adversus Judíeos, 7.
( 81 ) Homil. IV, 1, in Ezechielem.
(82) Mart. Hieron., 22 de junio, V, edic. D E ROSSI-DUCHESNE,- Act. SS-, Novembris,
t. II, 1, p. LXXV, edic. QUENTIN-DELEHAYE, Act. SS., Novembris, t. II, 2, p: 331; Ch.ro-
nica Minora, t. III, ed. MOMMSEN, Monum. Germ., Auctores Antiquisimi, t. VII, p. 31;
GILDAS, De excidio et conquestu Britannice, y BEDA, Hisí. Eccl., I, 7. Se ha objetado con-
tra la historicidad de estos martirios, que la persecución de Diocleciano no se extendió
a la Bretaña más que a la Galia gobernada por Constancio Cloro, que aborrecía la efu-
sión de sangre (cf. infra, pp. 397 y 398). Pero la indiscutible benevolencia de Constancio
para con los cristianos no excluye la posibilidad de algunas ejecuciones aisladas, mo-
tivadas por circunstancias particulares.
(83) Adv. hcer., I, iv, 2.
(84) Adv. Jud., vil.
(85) SAN CIPRIANO, Epist. LXVII.
(*) Cf. en el Apéndice, II, los nombres antiguos y modernos de. las comunidades cris-
tianas existentes en España al fin del siglo m, según ilustra el mapa del presente
volumen. (TV- d. E.)
EXPANSIÓN DEL CRISTIANISMO, SIGLOS II A TV 119

§ 6 . — África

EL CRISTIANISMO El martirio, que antes relatamos ( 8 e ) , de diez


SÓLIDAMENTE cristianos de Scillium ejecutados en Cartago
IMPLANTADO EN ÁFRICA en. e l 180, atestigua l a existencia d e u n a canW-
A FINALES DEL SIGLO II nidad cristiana, en u n a ciudad pequeña del
África proconsular, ya en tiempo de los últi-
mos Antoninos. El cristianismo, por lo tanto, estaba ya sólidamente implan-
tado en el África romana en la segunda mitad del siglo ir. Después de los
sucesos sangrientos de los comienzos del reino de Cómodo, parece que u n a
calma de más de veinticinco años facilitó el éxito de la predicación del
Evangelio. Cuando volvió a encenderse la lucha, hacia el 200, Tertuliano
habla "de millares de cristianos que se ofrecen a los trallazos de la persecu-
ción" ( 8 7 ). Llega hasta insinuar en el famoso pasaje sobre el número de los
cristianos que si se retiraran de las ciudades, quedarán éstas desiertas (gs)
porque la mayor parte de los habitantes de las ciudades profesan ya el cristia-
nismo. La exageración del retórico es evidente; pero n o puede ser t a l que
desfigure totalmente la realidad; lo que además n o podía hacer a n t e sus
lectores y compatriotas, que tenían la realidad ante los ojos. La extensión
de la acción represiva de los magistrados es también u n a prueba de que
había cristianos en toda el África del norte, Proconsular, Numidia y M a u r i -
tania; y pasiones de tanta garantía como la de Perpetua ( 8 9 ) nos d a n a
conocer u n a jerarquía eclesiástica completísima. Sabemos, en fin, por Tertu-
liano, que las cristiandades africanas se componían tanto de miembros de la
aristocracia, como de las clases humildes y de la población servil.

PROGRESOS EN EL SIGLO III El período de paz en África se prolongó hasta


el episcopado de San Cipriano, llevado a la
sede de Cartago la víspera de la persecución de Decio, 249, y sirvió a la Igle-
sia para realizar nuevos progresos. U n primer concilio de Cartago, reunido
probablemente algo después del 200 bajo la presidencia de Agripino, con-
gregó setenta obispos del África Proconsular y de la Numidia ( 9 0 ) . E n u n
segundo concilio, en tiempos del obispo Donato, contemporáneo del papa
Fabián (entre el 236 y el 248) hubo ya noventa obispos ( 9 1 ) ; y más o menos,
el mismo número, en el que convocó algo más tarde San Cipriano (otoño
del 256). Procedían de la provincia Proconsular, de la Numidia y de la M a u -
ritania ( 9 2 ). Es verdad que en este tiempo el número de obispos, con relación

(86) Cf. t. I, p. 258-


(«) Cf- supra, p. 100.
(88) Apologeticum, xxxvn.
(89) Cf. supra, p. 101.
(90) SAN CIPRIANO, Epist. LXXI, 4; LXXIII, 3. La fecha es controvertida. (Cf. HEFEIÍ:-
LECLEROQ, Histoire des conciles, t. I, pp. 154-155), sobre todo las notas. Dom Leclercq
preferiría una fecha anterior al 200. Sin embargo, la preocupación en las discusio-
nes del concilio acerca del bautismo de los herejes, cuestión candente en el siglo ter-
cero, y el silencio de Tertuliano en el De Jejunio, que es posterior al 213, sobre
los concilios africanos, recordando como gloria de las iglesias orientales sus síno-
dos, parece que obliga a fechar el concilio en fecha próxima al 220, como efectiva-
mente lo hace DUCHBSNB (Histoire ancienne de l'Eglise, t. I, p. 422).
(91) SAN CIPRIANO, Epist. LV, 10. Sobre el error de interpretación que ha hecho
creer que este concilio, donde fué depuesto un obispo de Lambesis, se tuvo en esta
ciudad y no en Cartago, cf. HEFELE-LECLEROQ, Histoire des Conciles, t. I, p. 162, n 2.
(92) SAN CIPRIANO, Epist. u . Cf. también HEFELE-LECLERCQ, op. cz'í., p. 165 y ss.
12U H I S T O R I A DE LA IGLESIA

a una misma población cristiana, era mucho más crecido en África que por
ejemplo en las Galias y en la Italia Superior; pero la multitud de apóstatas
en la persecución de Decio ( 98 ) y la muchedumbre de mártires diez años
después, bajo Valeriano ( 9 4 ), confirman también el notable progreso de la
Iglesia de África en el curso del siglo n i .

LA EVANGELIZACION Parece que el mensaje evangélico atravesó por este


MAS ALLÁ DE LAS tiempo las fronteras romanas al sur de las provin-
FRONTERAS ROMANAS cias africanas. Las fronteras del imperio romano,
por esta parte, estaban m u y mal definidas; más
de una tribu, nominalmente sometida a Roma, no lo estaba de hecho. Al oeste
de la Numidia, en las dos provincias de la Mauritania Cesariense (departa-
mentos de Argel y de Oran de hoy) y de la Mauritania Tingitana (Marrue-
cos) la dominación romana no se extendió nunca más que a u n a zona m u y
poco profunda, y las tribus indígenas, independientes o semiindependientes,
de moros y gétulos se extendían muchas veces hasta la costa, interponiéndose
entre las ciudades y los puestos fortificados de los romanos. Insensiblemente,
a través de ellas, se pasaba al borde exterior del desierto de Sahara. La predi-
cación cristiana debió pasar m u y pronto del África romana al África bárbara,
puesto que Tertuliano asegura que tribus de gétulos y regiones africanas de la
Mauritania conocían el Evangelio ( 9 5 ). Entre los innumerables obispados afri-
canos de que tenemos noticia, en el siglo siguiente, más de uno debió perte-
necer a localidades moras.
Pero no es fácil probar u n tal origen, ya que las fluctuaciones políticas, las
variaciones de la frontera romana, no han tenido, en cuanto nos permiten
conocer los monumentos epigráficos u otros, ninguna consecuencia desde el
punto de vista religioso. "Los moros h a n llegado al cristianismo al mismo
tiempo que las poblaciones r o m a n a s . . . Su evangelización no tiene una histo-
ria distinta de la del resto de África. No conocemos n i n g ú n apóstol de los
moros, n i iglesia, ni organización eclesiástica especial de este pueblo. El cris-
tianismo se infiltró poco a poco y los obispados se fundaron en medio de la
misma población, a una distancia más o menos grande del interior. En todo
caso, siempre fué la Iglesia de África" ( 9 6 ).

§ 7.—Italia
También en Italia el cristianismo debió progresar durante los períodos de
paz del siglo m .

ITALIA SUPERIOR Al alborear este siglo no h a y más que tres sedes estable-
cidas, o por lo menos conocidas, entre los Alpes y Si-
cilia: Roma, M i l á n y Ravena. Y aun para las dos últimas, el cómputo es
aproximativo, pues su origen se remonta aproximadamente a los últimos años
del siglo n ( 9 7 ). Este número duplícase casi en la Italia superior durante el
siglo n i . Aquilea, destinada como Milán y Ravena a ser u n día una gran

(»3) Cf. infra, p. 128.


(M) Cf. infra, p. 135.
M
( 9e ) Adv. Jud., vn: Getulorum varietates et Maurorwn multi fines.
( ) L. DUCHESNE, Autonomies écclésiastiques. Eglises séparées, 2* ed., París, 1905,
p. 286.
(") Cf. supra, t. I, pp. 318-319.
EXPANSIÓN DEL CRISTIANISMO, SIGLOS I I A IV 121

metrópoli eclesiástica, tuvo su primer obispo, que los catálogos llaman Her-
mágoras ( 9 8 ) , poco después del 250; pues el quinto obispo, Teodoro, suscribe
en el concilio de Arles, en 314. E n el concilio de Sárdica, en 343, constan
las firmas del sexto obispo de Verona y del quinto de Brescia; sus sedes,
por lo tanto, deben ser bastante anteriores al 300.

ITALIA PENINSULAR E n la Italia peninsular, el aumento de sedes episco-


pales, sin duda más numerosas que en la Italia sep-
tentrional con relación a la población cristiana, debió de ser m u y considera-
ble; pues bajo el papa Cornelio (251) se reunieron en u n sínodo de Roma
sesenta obispos ( " ) . No habrían acudido todos los convocados y.por lo mismo
se puede admitir u n mayor número para el territorio de que Roma era capital
eclesiástica; pero no poseemos medios para identificar sus sedes. Es probable
que Ostia tuviera su obispo antes de terminar la era de las persecuciones: El
Liber Pontificalis al tratar del papa Marcelo (336-337), y San Agustín ( 10 °)
hablan del privilegio del obispo de Ostia de consagrar al obispo de Roma.
Otros obispados suburbicarios, tales como Porto, Albano, T i b u r (Tívoli), tie-
nen quizás la misma antigüedad.
La creación de los diversos obispados no responde a u n nuevo esfuerzo de
evangelización en u n a región donde el cristianismo había penetrado en tiempo
de los apóstoles; sino que puede indicar u n crecimiento en la población cris-
tiana en los alrededores de Roma. Puede pensarse lo mismo, guardadas las
proporciones, del resto de Italia.
Parece cierto que Ñapóles tuvo su primer obispo, San Aspren, por lo menos,
a principios del siglo n i ; pues su octavo sucesor, Fortunato, es contemporá-
neo del concilio de Sárdica (343) y es probable que la Iglesia de Capua,
metrópoli religiosa de la Campania, no hubiese sido fundada precisamente
poco antes del 313, fecha en que la gobernaba Proterio, el primer obispo que
conocemos históricamente ( 1 0 1 ).
En cuanto al número de fieles de u n a iglesia t a n grande como la de Roma,
son preciosos los datos que nos proporciona la carta de Cornelio a Fabio de
Antioquía ( 1 0 2 ) ; según ella, esta iglesia tenía "cuarenta y seis presbíteros,
siete diáconos, siete subdiácpnos, cuarenta y dos acólitos, cincuenta y dos exor-
cistas, lectores y ostiarios, más de m i l quinientos viudas y pobres". Esto tíos
hace pensar en u n a comunidad de cuarenta m i l fieles, a mitad del siglo m .

LA EVANGELIZACIÓN E n Italia, como en general en Occidente, y salvo


DEL CAMPO, TODAVÍA excepciones, la evangelización sólo alcanza a las
POCO AVANZADA ciudades y a sus contornos. Los campos, menos
accesibles material y moralmente, porque las
viejas supersticiones tenían en ellos más hondas raíces, permanecen refracta-
rios y también son menos atendidos por la predicación: por ejemplo, en las
Galias, u n obispo apóstol del campo como San M a r t í n encontrará todo por ha-
cer, a finales del siglo iv. E n Oriente la situación es distinta. Todo induce a
creer —la proporción de las inscripciones cristianas, los escritos martirológicos,
( 98 ) Catálogos episcopales de Aquilea en D E RUBEIS, Monumento Ecclesiae Aqui-
leiensis, Estrasburgo (Argentinas), 1740, app. 6; Monumento Germaniai histórica,
Scriptores, t. XIII, p. 367-
(»») MANSI, I, 865-866.
(100) Breviculus collationis cum donatistis, m, 29.
(101) Qf. F. LANZONI, Le origine delle diócesi antiche d'Italia, 1» ed., p. 128 y ss,
p. 143 y ss.
(i«2) EUSEBIO, Hist. Eccl, VI, x u n , 7.
122 HISTORIA DE LA IGLESIA

la intensidad de las reacciones paganas y, por el contrario, en el intervalo en-


tre dichas explosiones, la participación de los cristianos en la vida de las ciu-
dades, donde ya son numerosos— que el Oriente conserva en el siglo m , como a
fines del n , su ventaja sobre Occidente; mayor o menor, según las regiones,
pero notable siempre ( 1 0 3 ), en la obra de la cristianización del mundo romano.

§ 8 . — P r o p a g a c i ó n d e l cristianismo fuera d e l i m p e r i o r o m a n o

Por el mismo imperativo geográfico, el progreso evangelizador es mucho


más notable fuera de las fronteras orientales que de las occidentales.

PERSIA A partir del siglo n i , o a finales del n , el Evangelio comenzó


a extenderse en Persia, donde hasta entonces apenas se había oído
hablar de él ( 1 0 4 ). U n Diálogo de Filipo, discípulo del edesiano Bardesa-
nes ( 1 0 5 ) supone que había penetrado la religión cristiana hacia el año 220
hasta las provincias orientales de la Persia ( 1 0 6 ) ; lo que significa que la
evangelización había comenzado a finales del siglo precedente. E l obispo
Dionisio de Alejandría, hacia el 250, hace alusión, en u n a carta, a las iglesias
de Mesopotamia ( 1 0 T ). Prisioneros cristianos fueron capturados en Siria por
el rey Sapor, después de su gran victoria sobre el emperador Valeriano (260):
internados en Mesopotamia y en Persia, debieron de ser colaboradores en la
evangelización de su lugar de destierro. Esta evangelización estaba y a enton-
ces bastante adelantada; puesto que diez años después vemos a los cristianos
persas polemizar con los maniqueos. Finalmente, en el último cuarto del
siglo n i , la capital del gran reino oriental, Seleucia-Ctesifonte, es sede episco-
pal ocupada por u n personaje perfectamente histórico, el arameo Papa bar-
'Aggai; y el proyecto que concibió, a principios del siglo iv, de federar todas
las cristiandades persas bajo la hegemonía del obispo de las ciudades reales,
prueba q u e a la sazón había varias sedes episcopales en el país. Resulta tam-
bién de las actas del concilio de Dadiso, celebrado en el siglo siguiente, que
Papa bar'Aggai había tenido predecesores en Seleucia-Ctesifonte. Cuando lle-
ga la hora de las persecuciones, cuenta ya la Iglesia de Persia con u n glorioso
pasado ( 1 0 8 ).
La amplitud de la primera persecución, dirigida por el r e y Sapor I I con-
tra los cristianos, por los días de la muerte de Constantino (a partir del 338),
acaba de convencernos que la predicación del cristianismo había ya alcanzado
en la población persa triunfos que sólo con el tiempo pueden lograrse.

GEORGIA L a Georgia también debió de ser evangelizada a fines del siglo n i ,


por los puertos del noroeste del Ponto Euxino; pues u n a de las
iglesias antiguas, representadas en el concilio de Nicea, es la de Pitionte ( 1 0 9 ),
al pie del Cáucaso.
(ios) Cf. supra, p. 108 y ss. e infra, pp. 411-412.
(10*) Cf., t. I, pp. 235-236.
( 105 ) Cf. supra, p. 23, n. 73.
(1°?) EUSEBIO, Prasparatio evangélica, VI, x, 46.
(i«7) EUSEBIO, Hist. EccL, VII, v.
(108) Sobre todo esto, cf. J. LABOURT, Le christianisme dans l'Empire perse sous
la dynastie sassanide, pp. 1-43.
(109) J J GELZER, Patrum Nicamorum nomina, Leipzig, 1898, p. LXXII. Sobre los
principios del cristianismo en Georgia y quizás entre los escitas en el siglo tercero,
cf. P. PEETEHS, Le debuts du christianisme en Géorgie d'aprés les sources hagiographi-
ques, en Anallecta Bollandiana, L (1932), pp. 5-58.
E X P A N S I Ó N DEL CRISTIANISMO, SIGLOS II A IV 123

ARMENIA La cristianización de la Armenia, verosímilmente iniciada a


principios del siglo n i , por misioneros sirios venidos de Edesa,
fué obra de San Gregorio el Iluminador, hijo del príncipe parto Anou o Anag
y cuyo nacimiento se fija en 257. La conversión de la nación armenia estaba
ya m u y adelantada antes del año 300; pero su coronación la puso el bautismo
del rey Tiridates y de la familia real, que debió de acaecer entre el 290
y el 310; y la organización de la Iglesia armenia pertenece a la historia ecle-
siástica del siglo iv ( n o ) .

INDIA Quizá el mensaje de Cristo llegó antes del 300 a esta región lejana
del Asia: según Eusebio ( m ) , el primer maestro de la escuela de
Alejandría, el siciliano Panteno, habría sido misionero de la " I n d i a " ; habría
encontrado también vestigios de u n a predicación mucho más antigua, la del
apóstol Bartolomé. Ya vimos más arriba ( 112 ) que no hay por qué edificar
sobre estas vagas "tradiciones apostólicas", insuficientemente garantizadas. La
misión de Panteno es por el contrario perfectamente admisible; pero no tene-
mos otra garantía que los datos concienzudamente recogidos por Eusebio.
En cuanto a la región misma que Panteno habría evangelizado, el nombre
de India en esta época tanto puede designar el Yemen actual, en Arabia,
o el reino de Axum sobre la costa de Abisinia, como la India propiamente
dicha. U n obispo del siglo cuarto, el arriano Teófilo, que precisamente pre-
dicó el cristianismo con poco éxito entre los homeritas o sábeos de la Arabia
meridional, era, según Filostorgio ( 1 1 3 ), "indio" de origen; y desde esta época,
había cristianos en su país natal, la isla de Dibous. ¿Se trata de Diu, de Soco-
tora (Dioscórides) o de una pequeña isla del litoral etiópico? Es difícil averi-
guar y decidir si son las costas del m a r Rojo únicamente o las costas próximas
de la India, o si es la India misma, donde la fe cristiana penetró antes del
siglo n i ( U 4 ) .

(lio) £,a vida de San Gregorio Iluminador, muy mezclada con los elementos legen-
darios, se lee en los Acta sanctorum Septembris, t. VIII, pp. 295-413. Sobre las fe-
chas de la vida de Gregorio, cf. HABNACK, Die Mission und Ausbreitung des Chris-
tentums, 2* ed, t. II, p. 171, y FR. TOURNEBIZE, Histoire politique et religieuse de
l'Arménie, p. 121 y ss. La conversión de la masa de nación armenia parece posterior
al año 300; pero anterior a la persecución de Diocleciano. SOZÓMENO (Hist. Eccl., II,
vm) no tienelaTWLV
másí que indicaciones bastante vagas. 'Ap/ievíovs 5é TTOXLV irpórepov
indonrp/ XP ' <TOil'- "Tengo noticias de que los armenios habían sido cristianizados
mucho tiempo antes." Se trata de. una anterioridad con relación al reinado de Constan-
tino; pero no dice si la cristianización había comenzado solamente o se había ya com-
pletado mucho tiempo antes de Constantino.
( m ) Hist. Eccl., V, x. SAN JERÓNIMO (Epist. LXX; De viris illustribus, xxxvi, 70)
ha amplificado las noticias de Eusebio y precisado que Panteno había sido enviado
a la India por el obispo de Alejandría, Demetrio, y que predicó a los Brahmanes;
pero esto no parece más que conjetura.
("2) Cf. t. I, pp. 211-212.
(U3) Los raros fragmentos conocidos hasta ahora (algunos acaban de ser descubier-
tos) de la Historia eclesiástica del arriano Filostorgio han sido publicados en P. G.,
t. LXV, p. 481 y más recientemente en el Corpus de Berlín por J. BIDEZ, Leipzig, 1913.
Historiador parcial, Filostorgio ha podido exagerar la obra de su correligionario Teófilo;
pero no ha inventado ciertamente.
(114) Habiendo evangelizado el obispo Frumencio en Abisinia a principios del
siglo cuarto (RUFINO, Hist. Eccl., I, ix) y habiendo sido calificado Teófilo de blemio,
nombre de un pueblo africano, por sus adversarios, parecería imponerse la hipótesis
abisinia; pero el nombre de Ató'oú, que no es más que la traducción de un término
de la lengua hindú, Dvipa, que significa isla, parece más natural que se trate de una
localidad del mar hindú más bien que del Golfo Arábigo.
124 HISTORIA DE LA IGLESIA

Los Hechos de Tomás ( n B ) que hacen a este apóstol evangelizador de la


India, son apócrifos indudablemente y no se les puede dar el menor crédito.
Pero u n texto recientemente descubierto y, en su género, de extraordinario
valor, aporta quizás u n argumento serio en favor de una eyangelización de
la India, al menos en el siglo i n . Es uno de los fragmentos de M a n i , encon-
trados en Egipto ( 116 ) en que el fundador del maniqueísmo habla así ( m ) :
"Al fin de los años del rey Arddescir salí a predicar. Sobre u n a nave llegué
al país de los indios; les prediqué la esperanza de la vida y escogí una por-
ción selecta. El año en que el rey Arddescir murió y en que su hijo Sapor I
subió al trono (él me hizo venir), volví en una nave del país de los indios
al país de los persas y del país de los persas vine al de Babilonia, Maisán y
Kuzistán..."
Parece indudable que se trata del contacto con la India, si se piensa, a lo
menos, en las estrechas relaciones entre el maniqueísmo y la religión h i n d ú ;
y parece también probable que estas declaraciones de M a n i implican una
evangelización anterior; pues se presenta en su predicación como apóstol de
Jesucristo, y debió entrar en contacto en primer lugar con los cristianos entre
los cuales seleccionó la "porción escogida"; pues tal se nos antoja el sentido
obvio de esas palabras. Las cristiandades que Cosme el Indicopleuta encontró
en el siglo vi en el Indostán, unidas a la Iglesia de Persia de la que eran
filiales ( 1 1 8 ), como quizá también las encontró en la isla Dioscórides, data-
rían, según lo dicho, de una época anterior al fin de las persecuciones en el
imperio romano.

PRIMERA EVANGELIZACION En el Oriente europeo fué también a partir


DE LOS GODOS de la mitad del siglo n i , cuando se realizó la
primera siembra evangélica entre los pueblos
fronterizos del Imperio. De los pueblos germánicos, cuyas tribus recorren y
se suceden por entonces al norte y noroeste del Bajo Danubio, es el más
importante el pueblo godo. Las incursiones de los godos en el territorio
romano van en aumento de Decio a Aureliano (250-270, aproximadamente).
Entonces, seguramente, oyeron por primera vez el nombre del cristianismo.
Comodiano, que parece que escribió por esta época, habla en su Carmen Apo-
logeticum ( 119 ) de los cristianos que después de la derrota y muerte de
Decio (251) fueron llevados cautivos por los godos, y dice que conquistaron
la simpatía de los vencedores y esta simpatía preparó sin duda su conversión.
El historiador católico Sozómeno ( 12 °) y el arriano Filostorgio ( 121 ) atribuyen
los mismos efectos a la invasión de los godos en el Asia Menor, bajo Vale-
riano. Los invasores llevaron cautivos a cristianos de Galacia y de Capadocia
y entre ellos también a clérigos que luego predicaron con mucho éxito la
religión de Cristo. San Basilio de Cesárea, en u n a de sus cartas ( 1 2 2 ), alaba por

(11B) Los Hechos apócrifos de Tomás son del siglo tercero. Cf. LIPSIUS, Die Apo-
cryphen Apostelgeschichte und Apostellegenden, Brunswick, t. I, 1883. Cf. infra
p. 256 y ss.
("«) Cf. infra, p. 272 y ss.
( UT ) Encabezando los Kephalaia publicados por C. SCHMIDT, Neue Originalquellen
des Manichdismus, Stuttgart, 1933.
( U 8 ) P. G., LXXXVIII, p. 88.
("») 810 y ss.
(»20) Hist. Eccl., II, vi.
(121) JJist. Eccl., II, v. Filostorgio designa aquí a los godos con el nombre de escitas;
pero no cabe engaño posible.
("2) Ep. CLXV.
EXPANSIÓN DEL CRISTIANISMO, SIGLOS II A IV 125

este apostolado al capadocio Eutiqués, que fué uno de tales prisioneros, con-
vertido en apóstol. El mismo célebre Ulfila, llamado apóstol de los godos, por-
que convirtió la gran masa del pueblo visigótico al cristianismo, pero al
cristianismo arriano del siglo iv, era nieto de los prisioneros capadocios
que ya en el siglo precedente habían comenzado a trabajar en la conversión
de sus raptores ( 1 2 3 ). Los resultados, es verdad, no fueron palpables hasta cien
años más tarde.

( 123 ) Sobre Ulfila y su obra, véase t. III Sobre este origen capadocio, cf. J. ZEILLEU,
Les origines chrétiennes dans les provinces danubiennes de l'Empire romain, p. 442.
CAPITULO VI

LAS GRANDES PERSECUCIONES DE LA SEGUNDA MITAD


DEL SIGLO III Y EL PERIODO DE PAZ RELIGIOSA
DEL 260 AL 302 C1)

§ 1. — La p e r s e c u c i ó n d e D e c i o

LECRUDEC1M1ENTO Tanto éxito del cristianismo no podía menos de


DE LA PERSECUCIÓN alarmar a u n poder que había visto siempre
AL MEDIAR EL SIGLO III en él u n enemigo, o por lo menos, u n peligro.
Septimio Severo intentó cortar el proselitismo
cristiano; pero la persecución terminó relativamente pronto; y la de Maxi-
mino fué u n episodio sangriento, pero breve. Gordiano I I I dejó l a Iglesia en
paz y Felipe el Árabe, o fué subdito de la Iglesia, o por lo menos, deferente
con ella. Pero con Decio, su sucesor, subía al trono u n representante de la vieja
tradición romana dispuesto a restaurarla. Por ello, casi fatalmente, tenía que
aborrecer al cristianismo.
Por vez primera la persecución es verdaderamente general y tiende abier-
tamente a la extinción de la sociedad cristiana: es u n duelo entre la Iglesia
y el Imperio.

EL EDICTO DE DECIO No conocemos el edicto de persecución en su texto,


pero su aplicación nos permite determinar bas-
tante exactamente su contenido ( 2 ) . Obligaba n o solamente a todo cristiano
(!) BIBLIOGRAFÍA. — La misma bibliografía general que para el capítulo cuarto de
este II tomo. En la nota que sigue y en la nota 44 de la pág. 133 están las fuentes
relativas a las dos grandes persecuciones de Decio y Valeriano.
En otras notas del capítulo indicamos las obras que se refieren a la materia aquí
tratada; lo mismo que al período de paz de la Iglesia y también a cierto número de
fuentes para diversos detalles.
Pueden consultarse, además: MONCEAUX, Histoire littéraire de l'Afrique ckrétierme,
t. II; Saint Cyprien et son temps, París, 1Ó02, WICXERT, art. Licinius, N* 173 (Va-
leriano), N* 84 (Galieno) en PAULY y WISOWA. Real-Encyclopadie, t. XIII, 1926, cois.
488-495 y 350-369; L. HOMO, L'Empereur Gallien et la crise de l'empire romain au
lll' siécle en Revue Historique, t. CXIII, 1913, pp. 1-22 y 255-267; De Claudio
Gothico romanorum imperatore, París, 1903 y Essai sur le régne de Vempereur Auré-
lien, París, 1904 (fascículo 89 de la Bibliothéque des Ecoles francaises d'Alheñes et
de Rome); P. DAMERAU, Kaiser Claudius II Gothicus, Leipzig, 1934; GROAG, art.
Domitius, N 9 36 (Aureliano) en PAULY y WISOWA, Real-Encyclopadie, t. V, 1903,
cois. 1347-1419.
(2) Existe abundante documentación sobre la historia de la persecución de Decio.
Nuestras fuentes son: 1) Las cartas (entre otras: Epist. vm, xxiv, xxxiv, LI, LVII)
y el tratado De lapsis de SAN CIPRIANO; 2) las cartas de DIONISIO DE ALEJANDRÍA
a Fabio de Antioquía (EUSEBIO, Hist. Eccl., VI, XLI-XLII), a Domiciano y a Dídimo
(ibíd., VII, xi, 20), a Germano (ibíd., VI, XL); 3) las pasiones de los mártires; pero
sólo la de Pionio (RUINART, Acta sincera, p. 120; KNOPF, Ausgewahlte Martyrerac-
ten, 2* ed., p. 56) y quizá también la de Carpo (Cf. infra, p. 130, n. 25) puede'h ser
utilizadas con confianza; 4) unos cuarenta papiros egipcios, contenipnrln certificados
126
PERSECUCIONES DEL SIGLO III - PAZ RELIGIOSA 127

sino también a toda persona sospechosa de cristianismo y quizá en principio


a todos los subditos del Imperio ( 3 ) , a realizar u n acto de adhesión al culto
pagano: participar en u n banquete sagrado, o hacer alguna oblación o sacri-
ficio, siquiera reducido a su mínima expresión como ofrecer unos granos
de incienso a la estatua del emperador, reconociendo la divinidad imperial,
símbolo a la sazón de la religión oficial de Roma. Así, el que era sospe-
choso de cristianismo, demostraba, por m u y fundada que fuese la sospecha,
que no había lugar a ella; y el cristiano, en virtud de la legislación de Tra-
jano, quedaba absuelto del crimen de serlo, al negar su fe. Lo que interesaba
era, no castigar el crimen, sino que el crimen no continuase y para con-
seguirlo, todos los medios, al arbitrio de los jueces, eran buenos: torturas,
prisión, tentativas de seducción; sólo se buscaba que negasen su fe. De
aquí esta frase de Orígenes: "Los jueces se disgustan si los tormentos son
sobrellevados con ánimo; pero su gozo no tiene límites si logran triunfar
de u n cristiano" ( 4 ) . Es decir, que la orden era hacer no mártires sino
apóstatas ( c ) .

LAS APOSTASIAS Fueron muchas: pues multitud de cristianos, debilitados


después de u n largo período de paz, no podían soportar
la idea del suplicio y a más de uno debió parecer que no estaba m a l librarse
del tormento con u n simple gesto que para la autoridad tenía el valor de u n a
retractación; pero que en su conciencia no era u n a abjuración formal. Según el
testimonio del mismo San Cipriano las apostasías fueron innumerables ( 6 ) : y
los apóstatas lo fueron de m u y diversas maneras.
Unos, a quienes se llama "sacrificati" ofrecieron realmente sacrificios a los
dioses; otros, "thurificati" solamente quemaron incienso ante imágenes de
los dioses y, en particular, ante la imagen del emperador; otros finalmente,
se hicieron inscribir en los registros civiles como si realmente hubiesen cum-
plido la ley o consiguieron a precio de oro certificados (libelli) dando fe de
que habían obedecido a las órdenes imperiales: fueron los "acta facientes" o
"libellatici".

MÁRTIRES EN ROMA Junto a estas defecciones hubo también intrépidos


confesores de la fe que pagaron con la vida, muchas
veces después de crueles suplicios, su fidelidad a Cristo. Uno de los primeros,
si no el primero, fué el obispo de Roma, Fabián, que fué martirizado cuatro
meses después del advenimiento de Decio, el 20 de enero de 250 ( 7 ) . Fueron
encarcelados miembros del clero romano y también muchos fieles de ambos
sexos, uno de los cuales, el africano Celerino fué libertado de las cadenas
después de algún tiempo por una inesperada clemencia del emperador ( 8 ) .
Otros murieron por las fieras como el sacerdote Moisés ( 9 ) y otros derramaron

de sacrificios concedidos por la autoridad romana a los apóstatas: su nomenclatura


y un estudio de su contenido en A. BLUDATJ, Die Aegiptischen Libelli und die Chrislen-
verfolgung des Kaisers Decius (27' Suplementheft de la Rómische Quartalschrift, 1931).
(3) En Egipto vemos a una sacerdotisa del dios Petesuchos pasar por la prueba.
Cf. BLUDAU, op. cit., p. 3, n. 3. Es verdad que esta sacerdotisa pudo inspirar sospechas.
(4) ORÍGENES, Contra Celsum, vin.
(8) Cf. SAN CIPRIANO, Epist. xxv.
(6) De lapsis, VII, ix; cf. EUSEBIO, Hist. Eccl., VI, x u .
(T) Catálogo Liberiano en el Líber Pontificalis, ed. DUCHESNE, t. I, p. 4; SAN
CIPRIANO, Epist. ni. Cf. F. GROSSI GONDI, San Fabiano, Roma, 1916.
(8) SAN CIPRIANO, Epist. xxxrv.
(9) SAN CIPRIANO, Epist. ZY; EUSEBIO, Hist. Eccl., VI, XLIII, 20.
128 HISTORIA DE LA IGLESIA

su sangre en el verano del 250, como Calocerio y Partenio, que según el mar-
tirologio jeronimiano, pertenecían a la servidumbre imperial ( 1 0 ).
Los martirologios inscriben bajo Decio la muerte en Roma de dos orientales,
Abdón y Senén ( u ) . A la persecución de Decio atribuyen también muchos
mártires italianos diversas pasiones como, por ejemplo, la de Ágata de Cata-
nia ( 1 2 ) ; pero no son de tal garantía que podamos aceptar su relato; con todo
es cierto que el cristianismo estaba ya m u y extendido en Italia, de modo
que los edictos imperiales pudieron hacer muchas víctimas fuera de Roma.

LA PERSECUCIÓN De su aplicación en las Galias no sabemos


EN LAS GALIAS Y ESPAÑA nada en concreto; pues si bien Saturnino de
Tolosa padeció bajo Decio ( 1 3 ) , sus Actas nos
lo presentan pereciendo en u n motín popular ( 1 4 ) ; mientras que San Dionisio
de París habría sido ejecutado quizá en tiempos de Valeriano ( 1 5 ).
Se ignora también qué mártires hubo en España, lo cual no significa que
no los hubiese. Si la_ Iglesia de este país puede avergonzarse de sus obispos
Basílides de Legio (León) y Asturica Augusta (Astorga), y Marcial de Eme-
rita ( M é r i d a ) , pues el primero adquirió de los magistrados u n certificado de
sacrificio y el segundo consintió en firmar una declaración de apostasía ( 1 6 ),
la indignación que su conducta levantó en toda España, es el mejor indicio
de que no todos los cristianos españoles hicieron tan triste papel.

ÁFRICA En África hubo defecciones de mayor o menor gravedad, tanto


entre los simples fieles como en el episcopado; y el gran obispo de
Cartago en aquellos tiempos, San Cipriano, se esforzaba en su inteligente
caridad por distinguir los que verdaderamente merecían el nombre de lapsi,
caídos, de los verdaderos apóstatas y los simplemente libeláticos. San Cipriano,
—que más tarde debería perder su vida en otra persecución, pero que ante el
espectáculo de pusilanimidad que ofrecía parte de su Iglesia juzgó que debía
permanecer al frente de ella y dirigirla—, también debió ocultarse para po-
der trabajar en la oscuridad. Mas no faltaron fieles que padecieron pri-
sión, en la que algunos murieron de hambre y otros fueron puestos en tor-
tura, pereciendo algunos de ellos, como Pablo, Fortunio, Baso, Mapálico y
sus compañeros ( 1 T ).

EGIPTO También en Egipto hubo muchos apóstatas y libeláticos. Los que


tenían puestos bien retribuidos eran los más propensos a sacri-
ficar ( 1 8 ) ; pero para mantener el honor de la Iglesia, no faltaron muchos
mártires: en Alejandría se levantaron las hogueras para los intrépidos confe-
sores; rodaron cabezas femeninas después de largas y crueles torturas y mu-
rieron también soldados, cuyo cristianismo se reveló a la hora del martirio
( 10 ) 19 de mayo.
( n ) Mart. Hier., 1 de agosto. Cf. RUINART, Acta sincera, p. 693. Las Actas de su
martirio no tienen valor histórico; pero puede admitirse que eran orientales y no
persas, como aquéllas dicen, pues el cementerio de Ponciano donde fueron enterrados
está en el centro de los barrios de los orientales, Cf. DUFOUROQ, Etude sur les Gesta
martyrum romains, t. I, p. 239.
(12) AA. SS. Februarii, t. I, p. 621.
( « ) Cf. supra, p. 116.
( 14 ) RUINART, Acta sincera, p. 110.
(1B ) Cf. supra, p. 116.
( 18 ) SAN CIPRIANO, Epist. Lxvn.
( 17 ) SAN CIPRIANO, Epist. vm y xxi.
(18) EUSEBIO, Hist. Eccl, VI, XLI.
i

PERSECUCIONES DEL SIGLO III - PAZ RELIGIOSA 129

de sus correligionarios ( 1 9 ). En ciudades y aldeas, la prueba del sacrificio,


impuesta a todos, junto con muchas apostasías C20) trajo también muchas sen-
tencias de muerte. Es verdad que a veces los aldeanos egipcios tenían ver-
dadero placer en sustraer los fugitivos a las pesquisas de la justicia; pues no
estaban m u y bien dispuestos para con los representantes de la autoridad de
Roma. Sucedió, por ejemplo, con el obispo de Alejandría, Dionisio, el cual,
imitando la conducta de San Cipriano, se ocultó, pero al ser descubierto, fué
libertado, a su pesar, por u n a tropa de aldeanos. Así pudo volver a su sede
y contar en sus célebres cartas ( 2 1 ) los principales sucesos de la persecución en
Egipto. Otro cristiano de nota no volvió y a nunca de su retiro, si hemos de
creer al menos a la edificante biografía compuesta por San Jerónimo: Pablo,
culto y rico habitante de la Tebaida, se refugió en los montes donde vivió
en u n a gruta, cerca de u n a fuente y encontró tal gusto en la soledad y en la
meditación que, habiendo dejado su casa cuando tenía veintitrés años, en
aquella soledad le sorprendió la muerte a los ciento trece. Fué el primer
eremita cristiano y el fundador del monaquisino ( 2 1 b i s ) .

ASIA Hubo también mártires en el Epiro ( 2 2 ) , en Grecia, en Creta, donde


quizá fué condenado el obispo de Gortina, Cirilo ( 2 3 ) y los hubo
también en otras islas helénicas; pero uno de los mártires más celebres de la
persecución de Decio pertenece a la Grecia del Asia: Pionio, sacerdote de
Esmirna, cuyo obispo Eudemón, indigno sucesor de Policarpo, había sacrifi-
cado. Es de notar que, según la pasión de Pionio, parece que en Esmirna, y
quizá también en otras partes, los judíos mostraron particular enemiga con-
tra los cristianos; no es que la pasión diga que h a y a n sido ellos los autores de
la prisión de Pionio; pero los paganos se mostraban mucho más benévolos y
hubiesen querido vencer la resistencia del mártir, para salvarlo. Pero éste,
encarcelado, requerido y casi suplicado por la multitud, por el magistrado
municipal y al fin por el mismo procónsul Julio Próculo Quintiliano, para que
sacrificase como lo había hecho su obispo, permaneció inconmovible y fué
entregado a las llamas ( 2 4 ).

(i») EUSEBIO, Hist. Eccl., VI, XLI.


(20) Cf. el estudio citado más arriba (pp. 126-127, n. 2) de BLUDAU, p. 19.
(21) Cartas citadas, a Germano y Fabio. de. Antioquía, en EUSEBIO, Hist. Eccl.,
VI, XL-XLII.
(21 bis) Cf. SAN JERÓNIMO, Vita Pauli. La historicidad de esta vida es muy con-
trovertida. No hay ningún testimonio que corrobore la existencia de Pablo de Tebas;
pero, sin embargo, el famoso Antonio no ha sido el primer solitario de Egipto; ha
habido ascetas antes de él en el desierto y él mismo se educó con uno de ellos. La
existencia de Pablo es, pues, verosímil. San Jerónimo na dicho probablemente sobre
él mucho más de lo que realmente podía saber; pero, indudablemente, no lo ha
inventado todo. Tenemos, pues, una historia novelada, pero no una pura novela.
Cf. P. DE LABRIOLLE, Vie de Paul de Thébes et vie de Hilarión, París, s. d.
( 22 ) El mártir Terino padeció en Butroto (Butrinto) bajo Decio, según el panegírico
de San Arsenio, cd. Lambros, 'K.tpKVpdixá. ávkxdoTa (Atenas, 1882, pp. 11-12, 20-22). Cf.
UGOLINI, 11 cristianesimo e l'organizazione ecclesiastica a Butrinto (Albania), en Orien-
talia Cristiana Periódica, II (1936), pp. 309-319.
( 23 ) Sus Actas (SURIO, Vitas Sanctorum, 9 de julio), que están lejos de inspirar
perfecta confianza, ponen su martirio bajo Decio; pero la colección hagiográfica griega
de las Meneas (9 de julio) lo pone bajo Dioclcciano, y, en fin, el martirologio jeroni-
miano lo hace de Egipto y no de Creta.
( 24 ) Las Actas de Pionio (cf. supra p. 126, n. 2) no son una relación inmediata a los
hechos sino que parecen ser un embellecimiento literario, no una deformación legendaria
de un original griego más sobrio. EUSEBIO las ha resumido (Hist. Eccl., IV, xv), y las
ha unido a las de San Policarpo, como si los dos mártires fuesen contemporáneos;
130 HISTORIA DE LA IGLESIA

Otras ciudades de la provincia de Asia tuvieron también sus mártires. Así,


Efeso, Lamsaco, Pérgamo, donde padeció el obispo Carpo ( 2 5 ) y lo mismo las
provincias de Bitinia, Ponto, Capadocia, Armenia romana ("Armenia M i -
n o r " ) . Esta última se honra con el nombre de Polieucto, aunque su martirio
no es ciertamente de aquellos cuyo ejemplo recomienda la Iglesia; ya que lo
provocó él voluntariamente al rasgar el edicto de persecución, fijado en
Melitene ( 2 6 ).
Muchos obispos de las grandes ciudades del Asia fueron condenados a
muerte o perecieron en los calabozos. Entre éstos podemos recordar al obispo
de Jerusalén, Alejandro, sucesor del obispo centenario Narciso, cuyo coadjutor
fué desde 212; él fué el creador, en su ciudad episcopal, de u n a célebre
biblioteca, y de acuerdo con el obispo de la metrópoli provincial, Cesárea,
fundó la Didascalia de esta ciudad, enaltecida por Orígenes después de haber
llenado de gloria la de Alejandría ( 2 7 ) . El obispo de Antioquía de Siria, San
Babilas, el mismo que habría impuesto la penitencia al emperador Felipe ( 2 S )
confesó la fe, no sabemos si con el martirio sangriento, como dice San Crisós-
tomo ( 2 9 ) , o en la tortura lenta de la prisión, según cien años antes escribió
Eusebio, verosímilmente mejor informado ( 3 0 ). Néstor, obispo de Magedo, en
Panfilia, fué primeramente interrogado con mucha cortesía por el irenarca
ante el consejo de la ciudad y luego conducido al legado que lo hizo torturar
y crucificar ( 3 1 ). Por el contrario, Acacio ( 3 2 ) que, según las Actas, de u n a
precisión histórica insuficiente, debió de ser obispo de Antioquía de Pisidia,
o corepíscopo, es decir, auxiliar para los fieles del campo, del'obispo de Antio-
quía de Siria ( 3 3 ) ; Acacio, repetimos, halló gracia en el emperador. El legado,
no pudiendo resolverse ante la serena firmeza del mártir, remitió el proceso
verbal del interrogatorio al emperador y éste le perdonó.
No es de extrañar que, deseando Decio no mártires sino apóstatas, u n doc-
tor de la autoridad de Orígenes fuese apresado en Cesárea, en donde a la sazón
daba lecciones, y encarcelado y sometido a la tortura para obligarlo a rene-
gar; pero, sometido muchas veces a los suplicios, permaneció impasible ( 3 4 ) .
error de identificación cronológica que se explica por la identidad del lugar. Aunque
las Actas no den la fecha, el mismo texto nos obliga a pensar en la persecución de
Decio y viene a confirmarlo la Crónica de Alejandría.
(25) EUSEBIO, Hist. Eccl., IV, xv, 48. AUBÉ ha publicado las Actas sin indicación
de fecha, L'Eglise et l'Etat dans la seconde moitié du III' siecle, pp. 499-506. Cf.
HARNACK, Die Ackten des Carpus, des Papylus und Agathonike, en Texte und Un-
tersuchungen zur Geschichte der altchristlichen Literatur, t. III, 3, 4, Leipzig, 1888,
p. 440 y ss, y DUCHESNE, Hist. anc. de l'Eglise, t. I, p. 266, n. 1, y 368, n. 1.
(26) Sobre el caso de Polieucto, cf. E. L E BLANT, Polyeucte et le zéle téméraire, en
Mémoires de l'Académie des Inscriptions, t. XXVIII, 1876, 2* parte, pp. 335-352.
B. AUBÉ encontró y publicó las Actas de Polieucto bajo la forma de una homilía del
siglo cuarto, Polyeucte dans l'Histoire. Etude sur le martyre de Polyeucte, d'aprés des
documents inédites, París, 1882.
(27) EUSEBIO, Hist. Eccl., VI, xxxix y XL.
( 28 ) Cf. supra, p. 106.
( 29 ) De sancto Babyla.
(3°) Hist. Eccl, VI, xxxix, 4.
(31) AA. SS. Februarii, t. III, p. 629.
( 32 ) RUINART, Acta sincera, p. 1304 y ss.
(3S) Tal es, por lo menos, la hipótesis de HARNACK (Die Mission und Ausbreitung
des Christentums, 2* ed., p. 183, n. 1).
( 34 ) EUSEBIO (Hist. Eccl., VI, xiv, 10 y xxxix, 5),, de quien tenemos estos detalles
sobre el cautiverio y los tormentos de Orígenes, dice, en el primero de estos pasajes,
que Orígenes llevaba el nombre de a5ani.VTi.os, que podría traducirse por "hombre
de acero"; sin embargo, no establece esa relación entre la resistencia intrépida en
las torturas y este nombre.
PERSECUCIONES DEL SIGLO III - PAZ RELIGIOSA 131

Salió de la cautividad hacia el fin del 251, después de la muerte de Decio;


pero no sobrevivió mucho a los suplicios.

DISMINUCIÓN Y CESE Para aquella fecha, la mayor parte de los pri-


DE LA PERSECUCIÓN sioneros estaban ya libres; la persecución se fué
suavizando desde finales del 250. En la prima-
vera siguiente pareció renacer la calma: los fugitivos regresaron a sus hogares
y los obispos pudieron ponerse abiertamente al frente de sus iglesias y vol-
vieron a comenzar las reuniones públicas. Deció murió al fin del verano y
entonces la tranquilidad fué completa; San Cipriano pudo reunir u n con-
cilio en Cartago ( 3 5 ) y la cristiandad romana, sin obispo desde el martirio
de San Fabián, pudo después de quince meses darle u n sucesor: Cornelio ( 3 6 ) .

SE RENUEVA LA No fué más que u n momento de calma. El


PERSECUCIÓN BAJO GALO sucesor de Decio, Treboniano Galo, volvió a
encender la persecución ( 3 7 ) por motivos m u y
distintos de los de su predecesor. Decio había intentado destruir el cristia-
nismo en nombre de u n a razón de Estado; Galo cedió a u n a corriente de
hostilidad popular, que surgió de súbito a consecuencia de u n a terrible peste
que comenzó a azotar el Imperio a finales del 251.
El nuevo papa Cornelio fué arrestado; pero los cristianos habían vuelto a
cobrar ánimo y los fieles se presentaron en masa ante el tribunal que debía
juzgar al obispo, para proclamar su fe. Esta impresionante manifestación de
fe ¿arredró tanto a las autoridades que llegaron a convencerse de la inutilidad
de los esfuerzos de Decio? Lo cierto es que Cornelio no fué más que desterrado
y solamente a algunas leguas de Roma, a Centumcellae (Civitavecchia).
Murió en el 253 y su sucesor Lucio fué también alejado de Roma, apenas
elegido; pero le repatriaron al año siguiente. Galo fué derribado por Emi-
liano, que no hizo sino pasar por el Imperio; pues fué suplantado a su vez
por P. Licinio Valeriano, que comenzó por mostrarse netamente favorable al
cristianismo.

FRACASO DE LA Concluyamos que la primera gran tentativa general, me-


PERSECUCION tódica, implacable según pareció al principio, para des-
truir el cristianismo, había fracasado. Largas filas de
cristianos, poco valerosos, se habían presentado ante los tribunales para sacri-
ficar y muchos habían obtenido, sin sacrificio real, u n documento de apostasía;
pero en manera alguna eran apóstatas de corazón; no pasaba su apostasía de
los labios. No sabemos cuál fué el número de los que escaparon, ocultándose
a las pesquisas de los magistrados y cuántos pasaron nada más que por sospe-
chosos . . . Lo cierto es que poco después se vio que el resultado de la persecu-
ción era casi nulo. La Iglesia se sintió m á s rejuvenecida y fortificada; los
mártires fueron lo bastante numerosos para que su ejemplo tuviese eficacia
estimulante: cuando Galo renovó la persecución, se comprobó esta nueva
fuerza. Más aún: ya en la persecución de Decio se advierte en el público
pagano la aparición de sentimientos de piedad y el horror a la sangre ver-
is5) SAN CIPRIANO, Epist. LII.
(36) Cf. DUCHESNE, Liber Pontificalis, t. I, p. CCLX.
(87) Cf. SAN CIPRIANO, Epist. LIX, 6, y DIONISIO DE ALEJANDRÍA, Epístola ai Her-
mammonem (en EUSEBIO, Hist. Eccl., VII, x), que constituyen las dos fuentes
referentes a esta reanudación de hostilidades, acerca de la cual hay muy pocos
detalles.
132 HISTORIA DE LA IGLESIA

tida ( 3 S ). Es verdad que estos sentimientos pueden mudarse con mucha faci-
lidad; pero indiscutiblemente manifiestan que la opinión pública comienza
a cambiar.

DIFICULTADES RELIGIOSAS La persecución de Decio dejaba a la Iglesia


NACIDAS DE LA u n a larga herencia de dificultades interiores.
PERSECUCIÓN. LA Los lapsi, arrepentidos a u n antes de que la
CUESTIÓN DE LOS LAPSI persecución hubiese cesado, pedían su reinte-
gración a las filas del cristianismo y en
África numerosos confesores, prevalidos de la autoridad que su heroísmo les
daba ante la Iglesia, no dudaban en darles cartas de perdón, libelli pacis,
que les dispensaban de hacer penitencia.
La autoridad no podía menos de oponerse a esta inesperada concordia de
apóstatas y mártires y a este exceso de indulgencia: San Cipriano se opuso
con tanta firmeza como mansedumbre; pero no pudo evitar u n cisma, cuyo
principal instigador fué el presbítero llamado Novato. El obispo de los disi-
dentes fué Fortunato; pero la secta tomó el nombre del diácono Felicísimo,
que había sido desde el principio uno de los propulsores del movimiento.
Como veremos después, el cisma duró m u y poco ( 3 9 ).
No podemos decir lo mismo, como veremos ( 3 9 b i s ) , del cisma que, por causas
distintas, estalló después de la persecución de Decio en Roma y en u n a gran
parte de la Iglesia. Cuando a los quince meses de la muerte de Fabián, fué
elegido Comelio, no faltaron contradictores; el partido de los rigoristas le
opuso u n sacerdote de mucho viso en el clero romano, Novaciano, escritor
distinguido y orador elocuente. Comelio prometía el perdón a los lapsi
arrepentidos y penitentes; Novaciano lo rehusaba a quienquiera que lo hu-
biese sido; extremista en el rigor, como Novato lo había sido de la indulgencia
en Cartago. Novaciano conquistó partidarios en gran parte del m u n d o ; fue-
ron muchos los que se declararon por esta Iglesia de los santos, de los puros
xadapoí, como se les llamó en Oriente, donde adquirió u n gran desarrollo.
Gran número de montañistas vinieron, con el tiempo, a engrosar sus filas
y perduró hasta el siglo vn.

§ 2 . — La p e r s e c u c i ó n d e Valeriano

VALERIANO, EN UN Los primeros años que siguieron a la perse-


PRINCIPIO, BIEN DISPUESTO cución de Galo fueron de paz completa para
PARA CON LOS CRISTIANOS la Iglesia. Si el nuevo emperador había sido
uno de los lugartenientes de Decio ( 4 0 ) , no
por ello participaba necesariamente de sus ideas; quizá, al ver el fracaso de la

(38) p o r ejemplo, el suplicio de San Carpo y sus compañeros en Pérgamo provocó


si no la protesta abierta, al menos la crítica y las murmuraciones. P. ALLAHD, Histoire
des pérsécutions pendant la prendere moiíié du lite siécle, 3* ed., París, 1905, p. 426
y ss., trae la indicación de los diversos textos de las Actas que contienen indicaciones
parecidas y las discusiones, sobre todo de orden cronológico, que han provocado. Léase
el pequeño volumen de S. COLOMBO, Atti dei martiri, I serie. Testi greci e latirá tradotti
con introduzione e note, Turín, 1928, en la colección Pagine cristiane antiche e mo-
derne, t. V, que presenta una excelente versión de las mejores Actas.
(89) Cf. infra, p. 168 y s.
(39 bis) Cf. infra, p. 168 y ss.
(40) La Historia Augusta cuenta que Decio dio a Valeriano el título de censor
con poderes que le hacían una especie de viceemperador; lo que sería un indicio de
PERSECUCIONES DEL SIGLO III - PAZ RELIGIOSA 133

tentativa contra el cristianismo, aprendió la lección. De 254 a 257 los cristia-


nos no pudieron sino alabar a tal soberano, y muchos de ellos fueron em-
pleados como funcionarios en el palacio, que se llegó a comparar con u n a
"iglesia de Dios" ( 4 1 ) . Las simpatías por los cristianos que sentía Salonina, mu-
jer de Galieno, heredero del Imperio, explican quizá en parte las disposiciones
indiscutiblemente favorables de Valeriano para con la Iglesia ( 4 2 ) .

SE RENUEVAN No tardaron en llegar los días tristes; aciagos eran


LAS HOSTILIDADES, aquéllos para el Imperio: asaltos de los bárbaros,
CAUSAS OCASIONALES francos, alemanes y otros germanos contra las
fronteras del Rhin y del Danubio; incursiones de
una audacia cada vez mayor, de los godos, en las costas del Ponto Euxino y
casi en las costas del Egeo; insurrección beréber en África, invasión de los
persas del rey Sapor, que penetró hasta Antioquía ( 4 3 ) . E n esta situación,
bastaban unos pocos fanáticos para soliviantar los ánimos del pueblo contra
aquéllos que a u n eran considerados como u n peligro público, aunque en
ciertos momentos el poder y la opinión parecían apreciar el valor de sus vir-
tudes. U n o de los consejeros del emperador, Macriano, adepto exaltado de
los cultos orientales, rivales encarnizados del cristianismo, parece haber sido
el promotor de la nueva persecución.
Quizá las grandes riquezas que se atribuían a la Iglesia, que en efecto
distribuía grandes limosnas y que poseía no escasos dominios, excitó la codi-
cia en u n período en que el Imperio pasaba por u n a grave crisis económica.
La persecución volvió a encenderse; y aunque sus procedimientos fueran
distintos de los que había puesto en juego Decio, no se mostró menos
implacable ( 4 4 ) .

PRIMER EDICTO DE Sin embargo, el ataque al cristianismo procedió por


PERSECUCIÓN etapas; quizás porque el emperador y sus consejeros
esperaron en u n principio alcanzar mejores resulta-
dos con medidas menos violentas y también porque pensaron que, dirigiendo
los primeros golpes a la cabeza, quedaría resentido todo el organismo cris-
tiano. El primer decreto, agosto del 257, no miraba inmediatamente más que
al clero superior, desde los obispos a los diáconos, obligándoles a sacrificar
a los dioses del Imperio; se prohibía la celebración del culto cristiano y la

identidad en sus puntos de vista; pero el testimonio aislado de la Historia Augusta,


cuyo mediocre valor es bien conocido, podría ser nada más que una fantasía extraña
a la realidad histórica.
( 41 ) DIONISIO DE ALEJANDRÍA, Epístola ad Hermammonem, en EUSEBIO, Hist. Eccl,
VII, x, 3.
(42) Las medallas de la emperatriz Salonina con la inscripción de Augusta in pace,
hacen pensar que se había convertido de hecho al cristianismo. La inducción es legí-
tima, pero no tal que llegue a darnos certeza del hecho; pues es muy posible que
Salonina haya profesado un sincretismo más o menos cristianizante.
(43) Es discutida la toma de Antioquía bajo Valeriano: Cf. TIIXEMONT, Histoire
des Empereurs: L'Empereur Valérien, n. x. Pero es indudable el empuje y la gra-
vedad de la invasión persa en Oriente.
(44) La información de la persecución de Valeriano nos la dan: 1) Las cartas de
San Dionisio de Alejandría a Hermammón (EUSEBIO, Hist. Eccl-, VII, x) y a Germano
(ibíd., VII, xi); 2) SAN CIPRIANO, Epist. LXXVI-LXXVII; 3) un número relativamente
elevado de pasiones que tienen un valor histórico, como las de San Cipriano, de los
santos Mariano y Santiago, de los mártires de la Masa Cándida en África, de San Fruc-
tuoso en España; 4) la vida de San Cipriano escrita por su diácono Poncio; 5) EUSEBIO,
Hist. Eccl., VII, XII.
134 H I S T O R I A DE LA IGLESIA

visita a los cementerios. El emperador no pretendía, sin embargo, impedir


a los cristianos honrar a su Dios en privado. He aquí u n a prueba bastante
clara de la influencia del sincretismo religioso en los organismos oficiales
del Imperio: el Dios de los cristianos figura entre las numerosas divinidades
que los subditos del emperador pueden adorar libremente, en privado; pero
la profesión privada de tal o cual religión debe conciliarse con la práctica
de los ritos oficiales. Si se desobedece a la prescripción del sacrificio: pena
de destierro; y en caso de infracción de las prohibiciones dichas: pena capital.
Sabemos cómo se aplicó el edicto en dos de las más célebres sedes episcopa-
les del Imperio, Alejandría y Cartago. San Dionisio y San Cipriano compa-
recieron ante los magistrados y, como rehusaron obedecer, los dos fueron
internados en los lugares que se les asignó. Casi al mismo tiempo, el legado
de Numidia condenó a otros obispos de África, a sacerdotes, a diáconos y aun
a simples fieles a trabajos forzados en las minas; lo que jurídicamente
era pena capital: evidentemente habían infringido la orden de no celebrar
asambleas.

SEGUNDO EDICTO M u y pronto los magnates del Imperio debieron pensar


que las primeras medidas de rigor habían sido inope-
rantes o, por lo menos, m u y poco eficaces. U n segundo edicto, en 258, pres-
cribió que todos los miembros del clero romano que hubiesen desobedecido
fuesen ejecutados sin dilación. Los laicos que tuviesen alguna dignidad serían
degradados y confiscados sus bienes y, si con este castigo no se enmendaban,
tendrían que sufrir la pena capital. Sus mujeres perderían también los bie-
nes y serían desterradas. Finalmente, los múltiples funcionarios de la casa
imperial, es decir, no sólo los empleados de palacio, sino también los que lo
estaban en los inmensos dominios de la corona, extendidos por todo el Impe-
rio, deberían sufrir confiscación y luego serían encadenados y condenados a
trabajos forzados en las explotaciones imperiales, en las minas o en el campo.

MÁRTIRES EN ROMA La aplicación del edicto fué inmediata y extraordi-


nariamente rigurosa. Las riquezas de la Iglesia de
Roma tentaron al fisco imperial; murieron el papa Sixto II y sus diáconos. Uno
de ellos, San Lorenzo, el que según u n a pasión, por desgracia de m u y débil
valor histórico, murió abrasado en u n a parrilla, por no haber querido entre-
gar los tesoros de la Iglesia ( 4 5 ), ha quedado en la memoria cristiana aureo-
lado con esplendores de inmarcesible gloria.

( 45 ) El documento más antiguo es un pasaje del De Officiis de San Ambrosio (I, 41),
visiblemente inspirado en una pasión ya en circulación en su tiempo, pero quizá
posterior en un siglo a los hechos. El P. H. DELEHAYE (Recherches sur le légendier
romain en Anallecta Bollandiana, t. LI, 1933, pp. 34-98) ha demostrado su carácter
legendario. El hecho que el suplicio de San Lorenzo por el fuego se encuentre
también en las inscripciones de San Dámaso (Damasi Epigrammata, edic. IHM, Leipzig,
1895, p. 37), y la difusión iconográfica del motivo de la parrilla (medallas, joyas,
mosaico del mausoleo de Gala Placidia en Ravena; cf. sobre ellos art. Gril y Laurent
(saint) en Dictionnaire d'Archéologie chrétienne, de CABROL-LECLEROQ, y ZEILLER, Sur
une mosaique du mausolée de Galla Placidia á Ravenne en Comptes-rendus de l'Aca-
démie des Inscriptions, 1934, pp. 43 y ss.) podrían inducirnos a un juicio más favorable;
pero el edicto de Valeriano parece que condenaba sólo a la muerte sin suplicios lentos.
Quizá la leyenda relativa a San Lorenzo se ha formado bajo la influencia del relato
sobre el martirio del diácono español Vicente, que fué acostado en un lecho enroje-
cido al fuego; como el mártir Attalo de Lyón había sido sentado en una silla ardiente.
Sobre estas relaciones con Vicente, Cf. Pío FRANCHI DE'CAVALIEM, San Lorenzo e ¡l
suplizio della graneóla, en Romische Quartalschrift, t. XIV, 1900, pp. 159 y ss. Obsérvese,
PERSECUCIONES DEL SIGLO III - PAZ RELIGIOSA 135

Fué entonces, sin duda, cuando al prohibirles el acceso a los cementerios


y hacerles imposibles las reuniones que en ellos se celebraban, retiraron
secretamente los cuerpos de San Pedro y San Pablo de los cementerios de la
"Via Cornelia", junto al Vaticano, y de la "Vía Ostiensis" y los depositaron
"Ad Catacumbas", donde todavía los cristianos pudieron darles u n culto dis-
creto ( 4 6 ). Algunos de ellos, q u e desafiaron la prohibición, fueron sepulta-
dos vivos en los subterráneos en que estaban orando ( 4 7 ) .

ÁFRICA La Iglesia de África se vio diezmada. Cipriano de Cartago fué


conducido ante el procónsul Galerio Máximo. Se nos h a conser-
vado el proceso verbal de su comparición ante el juez ( 4 8 ) . F u é m u y breve:
—"Los divinos emperadores m a n d a n que sacrifiques. —No lo haré jamás.
—Piensa en ti. —Haz lo que te h a n mandado. E n asunto t a n claro no h a y
por qué deliberar." El magistrado dicta la sentencia: "Ordenamos que Tascio
Cipriano muera a espada." "Deo gratias", respondió Cipriano. F u é condu-
cido a la muerte en medio de u n a multitud pagana cuyo respetuoso silencio
contrasta con los fieros gritos anticristianos de otros tiempos. Le seguía tam-
bién todo su pueblo que extendió en torno suyo lienzos para empaparlos
en su sangre. Al atardecer, se llevó su cuerpo entre himnos a u n sepulcro
particular. Pocas veces se h a visto u n a demostración mejor de lo que es el
amor de u n a cristiandad entera por su jefe, u n jefe que fué siempre u n padre.
A otros obispos anteriormente desterrados, se hizo comparecer, para entre-
garlos a la muerte. El diácono Santiago y el lector Mariano, arrestados cerca
de Cirta (Sirte) ( 4 9 ) fueron decapitados en Lambesis, donde residía el legado
de Numidia, junto con u n a multitud de simples fieles, condenados sin duda
por tener reuniones prohibidas.
Su pasión ( 5 0 ) , obra de u n compañero suyo, u n a de las mejores que h a n
sobrevivido entre tantas como h a hecho desaparecer el tiempo, dice que los
mártires eran tantos que las ejecuciones duraron varios días.
En Utica pereció u n grupo compacto de mártires, que recibieron el nombre
de Masa Cándida i61); al frente de ellos estaba el obispo Cuadrato, segiin
se desprende de u n sermón de San Agustín ( 5 2 ) . Hubo otros muchos mártires
en diversos lugares, como los clérigos Montano y Lucio y sus compañeros,
dos de ellos catecúmenos, en la provincia proconsular ( 5 3 ) .
sin embargo, que San Ambrosio compuso su libro hacia el 390, mientras que la noticia
de Dámaso (vale decir el único himno sobre San Lorenzo) es anterior al 385, y por
tanto más antiguo.
(«) Cf. supra, t. I, pp. 189-190.
(47) SAN GREGORIO DE TOURS, De gloría martyrum, I, 38.
(48) Acta proconsularia sancti Cypriani (RUINART, Acta sincera, p. 217 y ss.; KNOPP,
Ausgewáhlte Martyreracten, pp. 71 y ss.).
(49) Donde una inscripción célebre, pero en parte aun enigmática, llamada de los
"Martyres Hortenses", conserva aún su recuerdo grabado en la roca (Corpus inscrip-
tionum latinarum, VIII, 7324).
í 50 ) RUINART, Acta sincera, pp. 226 y ss. Ed. crítica de FRANCHI DE'CAVALIERI, Roma,
1900. Traducción francesa de MONCEUX, La véritable légende ¿oree, p. 202.
(51) Masa a causa de su multitud, Cándida por el blanco resplandor de su victoria
dice SAN AGUSTÍN (Sermo cccvi). Pero este nombre podría proceder de que fueron
enterrados en cal viva, como parece sugerir el relato, probablemente legendario, que
recoge el poeta PRUDENCIO, Peristephanon, xm, 76-87. Según éste, los mártires fueron
obligados a arrojarse a una fosa de cal viva.
(B2) Dom GERMAIN MORIN, La Massa Candida et le martyr Quadratus d'aprés deux
sermons inédits de Saint Augustin. Atti della Pontificia Accademia di Archeologia, ser.
III. Rendiconti, vol. III, ann. 1924-1925, Roma, 1925, pp. 289-313.
( s s ) RUINART, Acta Sincera, p. 223. Ed. crítica de FRANCHI DE'CAVALIERI, Roma, 1898.
136 HISTORIA DE LA IGLESIA

MÁRTIRES EN ESPAÑA España, entre otros muchos mártires, tiene u n o


Y EN LAS GALIAS particularmente glorioso en la persona del obispo
Fructuoso de Tarragona, quemado vivo con sus
diáconos Augurio y Eulogio ( 5 4 ) .
Las víctimas de la Galia son apenas conocidas; escasamente si podemos atri-
buir a la persecución de Valeriano, con probabilidad suficiente, el martirio
de Patroclo, decapitado en Troyes, en enero del 259 ( S 5 ) y el de Dionisio
de París, la fecha de cuyo martirio ya vimos que es a ú n incierta ( 5 6 ). E n
desquite, bandas de bárbaros alemanes que, bajo la dirección de u n t a l Cro-
co, asolaron la Auvernia, hicieron quizá perecer a algunos cristianos ( 5 7 ) , du-
rante el reinado de Valeriano, según afirmación de Gregorio de Tours.

ORIENTE No podía ser mejor la suerte del Oriente, adonde el emperador


en persona había ido a dirigir la guerra contra los persas.
En Palestina, los cristianos de los campos pudieron ocultarse; pero a u n fue-
ron numerosas las ejecuciones ( 8 8 ). De los mártires de Licia, h a n sobrevivido
los nombres de Paregorio y del asceta León ( 5 9 ) ; de Capadocia, el de Cirilo,
que era todavía u n niño C60).

FIN DE VALERIANO La catástrofe persa puso fin a la persecución:


Y FIN DE LA PERSECUCIÓN. Valeriano se dirigió en el 259 a Edesa, sitiada
EDICTO DE PACIFICACIÓN por los persas: la peste se cebó en su ejército,
DE GALIENO sobrevino la derrota y Valeriano pensó que
era prudente intentar u n tratado de p a z ; y
el rey Sapor aprovechó una entrevista para hacerlo prisionero. Macriano pudo
continuar algún tiempo con las medidas de rigor que él había inspirado; pero
Galieno, hijo y sucesor del emperador desaparecido, alimentaba sentimientos
m u y distintos q u e n o tardaron en manifestarse. Dio u n edicto, cuyo texto
no poseemos, por el que ordenaba el cese de la persecución. Después, a rue-
gos de los obispos, que lo vieron en t a n buenas disposiciones que se atrevieron
a pedirle la restitución de las iglesias y cementerios confiscados, concedió
rescriptos que confirmaban a los jefes de las iglesias en el libre ejercicio de
sus funciones ( 6 1 ) .

(B4) RUINART, op. cit., p. 220. En el Peristephanon de PRUDENCIO, VI, verdadera


corona lírica, se vuelve a narrar este martirio. Cf- SAN AGUSTÍN, Sermo CCXIII, 2 y
Sermo CCLXIII, 3.
(BE) AA. SS. Januarii, t. II, p. 342.
( 58 ) Cf. supra, pp. 116 y 128.
(5T) Historia Francorum, I, xxxii-xxxiv; ed. K. ARNDT en Monumento Germanice
Histórica, Scriptores rerum merovingicarum, t. I, Hannover, 188S, p. 49. La cuestión
controvertida de los "mártires de Croco" ha sido renovada por G. BARDY (Recherches
sur un cycle hagiographique. Les martyrs de Chrocus en Revue d'Histoire de VEglise
de France, t. XXI, 1935, p. 5 y ss.); concluye que podemos seguir a Gregorio de Tours,
bien informado de las cosas de Auvernia, su país, cuando coloca en tiempos de Valeriano
la invasión de Croco y habla de las víctimas que hizo entre los cristianos; pero
muy difícilmente podemos aceptar que haya entre sus víctimas un obispo de Mende,
San Privato. Es ciertamente muy posterior el establecimiento de una sede en Mende.
Cf. supra, pp. 114-117. (El nombre latino antiguo de Mende era Mimatum; actual-
mente es cabecera del departamento de Lozére y está situada en la margen izquierda
del Lot.)
(58) EUSEBIO, Hist. Eccl., VII, XII.
( 59 ) Acta de los santos León y Paregorio (RUINART, Acta sincera., p. 610).
( 60 ) RUINART, Acta sincera, p. 253.
(M) EUSEBIO, Hist. Eccl, VII, xm.
PERSECUCIONES DEL SIGLO III - PAZ RELIGIOSA 137

§ 3 . — P a z religiosa y p r o g r e s o d e l a Iglesia d e Galieno


a Diocleciano

TOLERANCIA DE GALIENO E l edicto y los rescriptos de Galieno consti-


tuían la primera declaración oficial de tole-
rancia respecto del cristianismo, publicada por la autoridad imperial. "Ordeno,
decía el rescripto dirigido a los obispos Pina, Dionisio y Demetrio, que se
extienda a todo el mundo el beneficio de m i generosidad; para que dejen libres
los lugares del culto; a fin de que podáis gozar lo q u e estipula m i rescripto,
sin ser inquietados por nadie" ( 6 2 ). Desde entonces comenzó a gozar la Igle-
sia de u n período de verdadera paz, que no tenía el carácter precario de
los precedentes, aunque la libertad de conciencia y de culto, como la deno-
minamos hoy día, no fué respaldada por ninguna afirmación de principio, lo
cual, en cambio, acontecería recién cincuenta años después. Esta paz duró unos
cuarenta años, turbada quizá aquí y allí por incidentes aislados difíciles de
evitar, con la amenaza algunas veces del retorno a la hostilidad imperial;
mientras que otras la actitud del poder llegaba hasta u n a clara benevolencia.

ACTOS DE HOSTILIDAD Con el edicto de tolerancia de Galieno, no


AISLADOS, BAJO GALIENO terminaron las medidas de rigor contra los
cristianos; pues Macriano se mantenía todavía
en Oriente, donde había hecho proclamar a sus hijos, emperadores. Así pade-
ció en Cesárea de Palestina, Marino, suboficial en vísperas de ser promovido
a centurión ( 6 3 ) .

BAJO CLAUDIO EL GÓTICO H a y cierto número de documentos martiriales,


de m u y mediocre valor, que nos podrían ha-
cer pensar que se vertió sangre cristiana en Italia bajo Claudio el Gótico; el
fanatismo popular que a u n aparecía a intervalos y la hostilidad del Senado
o de los magistrados, que siempre podían encontrar en las leyes anteriores
textos para justificar las ejecuciones, bastarían para explicar estos martirios
sin necesidad de acudir a u n nuevo edicto que abrogara expresamente el de
Galieno; pero los textos que refieren esos martirios son de m u y escasa
autoridad para forzarnos a sentar ninguna tesis.

AÜRELIANO MUERE ANTES E l emperador Aureliano (270-275) que in-


DE HABER FIRMADO UN tentó fusionar todos los cultos del Imperio
EDICTO DE PERSECUCIÓN en u n culto solar monoteísta, importado del
Oriente, y proclamarlo religión del Estado,
forzosamente tenía que llegar a la persecución contra los cristianos. E n u n
principio, dejó en vigor las disposiciones legislativas de Galieno y en confor-
midad con este reconocimiento legal del cristianismo recordaremos u n a deci-
sión suya, m u y significativa, de lo que habían llegado a ser en el Imperio
las relaciones entre la Iglesia y el Estado romano: el obispo de Antioquía,
Pablo de Samosata fué depuesto, como más adelante veremos ( 8 4 ), por herejía,
en u n sínodo; y de aquí surgió u n grave conflicto entre él y su sucesor, con
motivo de la posesión de la iglesia episcopal.
Se acudió al arbitraje del emperador, que residía entonces en Antioquía
y ordenó que fuese entregada al obispo reconocido por el de Roma y sus
(«2) EUSEBIO, Hist. Ecci, VII, xm.
(«3) Ibíd., xv.
(«•*) Cf. infra, p. 300, ss.
138 HISTORIA DE LA IGLESIA

colegas de Italia (272) ( 6 5 ). Los edictos de persecución no se prepararon


hasta dos años después, cuando Aureliano llevó a cabo su idea de reorgani-
zación religiosa: de grado o por fuerza, la religión cristiana debía entrar
en su sistema religioso o desaparecer. Pero antes de que los decretos fuesen
firmados, Aureliano pereció en Tracia ( 6 6 ) víctima de u n complot fraguado
por uno de sus libertos (275) ( 6 7 ).

LA PAZ BAJO LOS La paz que, por u n momento, pareció que


SUCESORES DE AURELIANO iba a ser turbada, salvóse providencialmente
Y LOS EMPERADORES y continuó durante u n cuarto de siglo bajo .
DE LA TETRARQUIA los sucesores inmediatos de Aureliano y
luego bajo Diocleciano y sus colegas de la
Tetrarquía imperial, Maximiano Hercúleo y los cesares Constancio Cloro
y Galerio. Con Diocleciano, la tolerancia llegó a ser régimen de favor, pues
se facilitó a los cristianos la armonía entre su conciencia y el desempeño
de los cargos públicos. Eusebio tiene buen cuidado de hacer notar que la
Iglesia gozó de u n a paz ( e 8 ) como nunca la había gozado. Los cristianos
pudieron llegar a ser gobernadores de provincia y a ejercer altas magistratu-
ras, pues se les concedió dispensa de sacrificar a los dioses a causa, llega a
decir Eusebio con evidente exageración, de "la gran inclinación que ellos
mismos (los príncipes) sentían hacia nuestras creencias".

SITUACIÓN FAVORABLE El porvenir se encargaría de demostrar que


DE LA IGLESIA EN esta inclinación no era t a n grande, al menos
TIEMPOS DE DIOCLECIANO en ciertos miembros del colegio imperial;
pero también es cierto que en el mismo pala-
cio se ejercían influencias m u y altas y poderosas en favor de la Iglesia. Parece
fuera de duda que la emperatriz Prisca y su hija Valeria eran, si no cristianas
bautizadas, al menos catecúmenas ( 8 B ). Quizá su conversión se debió a la
numerosa servidumbre cristiana de la corte de Nicomedia, en que a la sazón
residía Diocleciano; a no ser que ganadas ya antes por el cristianismo,
hubiesen sido ellas las que contribuyeron al reclutamiento de esa servidumbre
cristiana. Sea de ello lo que fuere, estos cristianos palatinos eran m u y bien
vistos. "¿Qué diré —escribió Eusebio ( 7 0 ) — de aquellos hermanos nuestros que
servían en el palacio y de sus señores? Estos dejaban a sus familiares abso-
luta libertad en su conducta religiosa, a u n en presencia suya; lo mismo era
respecto de sus esposas, hijos y servidumbre; casi les estaba permitido glo-
riarse de su fe y se les miraba con más favor que a los demás." Cita a Doroteo,
g r a n chambelán, a Gorgonio y Pedro ( 7 1 ), camareros del emperador, como
hombres de la intimidad imperial. Nombra entre los altos magistrados que
profesaban la fe cristiana a Filoromo, "juridicus" de Alejandría o gran juez
de Egipto ( 7 2 ) y a Adaucto, "comes rei privatae", superintendente de las pose-
siones privadas y de las finanzas imperiales ( 7 S ).

(«<*) EUSEBIO, Hist. Eccl, VII, xxx.


(««) Ibid.
( 67 ) Historia Augusta: Vita Aureliani, xxxv-xxxvi y XLI. Pudieron producirse hechos
aislados de persecución; cf. supra, p. 113, para la Iliria, y p. 114, n. 51, para la Galia.
(«8) Hist. Eccl, VIII, i, 2.
(*9) LACTANCIO, De mortibus persecutorum, xv.
(™) Hist Eccl., VIII, i.
( 71 ) Este último citado en otro pasaje (ibid., VIII, vi, 4).
(W) Ibid., VIII, ix, 7.
(*») Ibid, VIII, xi, 2.
PERSECUCIONES DEL SIGLO III - PAZ RELIGIOSA 139

Las prescripciones del concilio de Elvira (Illiberis, España) reunido hacia


el 300, del que hablaremos más adelante ( 74 ), en que se imponía una peni-
tencia, por otra parte relativamente benigna, a los culpables o sospechosos de
alguna comunicación con el paganismo en el ejercicio de sus funciones pú-
blicas, nos proporcionan una nueva prueba de la armonía que de hecho co-
menzaba a realizarse entre la Iglesia y la sociedad civil. Los cristianos de-
bían ser ya tan numerosos que cuando la situación cambió nuevamente, se
pensó en depurar el ejército, eliminándolos.
Al mismo tiempo, el movimiento de conversiones se intensificaba y era pre-
ciso construir nuevas iglesias. "¿Cómo —exclama Eusebio en su Historia ecle-
siástica ( 75 )— cómo describir este inacabable afluir de las gentes a la Iglesia,
y la multitud en las asambleas de cada ciudad y el extraordinario concurso
en la casa de oración? No podían contentarse con los edificios antiguos y en
todas las ciudades se hacen surgir vastas iglesias. No había odio que impidiese
nuestro progreso y cada día marcaba un nuevo aumento de nuestras filas."
Los cristianos pudieron creer entonces que iban a realizar por fin la conquista
pacífica del mundo romano, sin necesidad de sufrir nuevas pruebas; pero Dio-
cleciano había de causarles un grande desengaño, en los últimos años de
su reinado.

(M) CU p. 346.
(™) Hist. Eccl, VIII, i, 5-6.
CAPITULO VII

LOS ESCRITORES CRISTIANOS DEL ÁFRICA

§ 1.—Tertuliano (J)

ORÍGENES DE LA Si se e x c e p t ú a e l Octavio de Minucio Félix,


LITERATURA LATINA- c u y a f e c h a es i n c i e r t a ( 2 ) , l a l i t e r a t u r a l a t i n a
CRISTIANA cristiana comienza con las obras de Tertu-
l i a n o e n e l 197 ( 8 ) .
E f e c t i v a m e n t e , el g r i e g o c o n t i n u a b a s i e n d o e n esta é p o c a l a l e n g u a oficial

C1) BIBLIOGRAFÍA. — Ediciones: Patrología Latina, I-II. F . OEHLER, 1851-1854, ed.


min. 1854; Corpus Script. Eccl. Latín., t. XX, ed. REIFFERSCHEID y WISOWA, 1890: De
spectaculis, De idololatria, Ad Nation., De anima testim., Scorp., De oral., De baptismo,
De pudicitia, De jejunio, De anima; Ibid., t. XLVII, ed. KROYMANN, 1906: De patien-
tia, De resurrectione, Adversus Hermogenem, Adversus Valentinianos, De prcescriptione,
Adv. Praxeam, Adv. Marcionem. Cf. también el De pamitentia y el De pudicitia, ed. LA-
BRIOLLE, 1906, en la col. Textes et Documents; para el De prcescriptione, ibid., 1907, y
para el Apologeticum la edición de WALTZING, 1930, en la col. Les Relies Lettres; para
el De baptismo, ed. D'ALES, Roma, 1933, en la col. Textus et Documenta. Pueden consul-
tarse, además, los siguientes escritos de Tertuliano aparecidos en la colección Flo-
rilegium Patristicum de Bonn: De pwnitentia y De pudicitia, ed. G. RAUSCHEN,
fase. X I , 1916: De prcescriptione hoereticorum (con el Adversus haereses, lib. I I I , 3-4,
de San Ireneo), nueva ed. de J. MARTIN, fase. IV, 1930; Apologeticum, fase V I , 1933.
Añádanse, para el Apologeticum las ediciones italianas de F . RAMORINO, Roma, 1901,
en la colección V I Z Z I N I ; de S. COLOMBO, T u r í n , 1927; de G. MAZZONI, Siena, 1928.
Para el De corona militum, cf la edición de G. MARRA, Turín, 1927; para el De
cultu feminarum, ibid., Turín, 1930; para el De fuga in persecutione y el De palio,
ibid., Turín, 1933. Hacia fines del 1756, en Roma, preparóse una versión italiana de
las Obras de Tertuliano por S. BORGHINI; el De prwscriptione hoereticorum fué tra-
ducido por B. CORTASSA, Turín, 1912. I. GIORDANI tradujo también al italiano este
último opúsculo juntamente con gran parte del Apologeticum en su obra Tertuliano,
Seme di sangue o Scritti polemici, Brescia, 1935, perteneciente a la colección dirigida
por P. BARGELLINI: Polemisti adunati. Más reciente es la versión italiana, con in-
troducción, texto crítico confrontado y comentario del De palio por G. MARRA, Ña-
póles, 1937.
Estudios: MONCEAUX, Histoire littéraire de l'Afrique chrétienne, t. I, 1901; A. D'ALES,
La théologie de Tertullien, 1905; L'Edit de Calliste, 1914; P. DE LABRIOLLE, Histoire
de la littérature latine chrétienne, 1924, pp. 72-144; FREPPEL, Tertullien, 2 vols.,
1861-1862, J. TIXERONT, Tertullien Moraliste, en Mélanges de Patrologie, 1921, pp. 117-
152; U . MORICCA, Storia della letteratura latina cristiana, t. I, Turín, 1925, pp.
109-368; J. LORTZ, Tertullian ais Apologet, Bonn, 1927-1928, 2 vols. Cf., además F.
RAMORINO, Tertuliano, Milán, 1923 (en la colección II pensiero cristiano); E. BONAIU-
TTI, / / cristianesimo nelVÁfrica romana, Barí, 1928; G. CORTELLEZZI, II concetto della
donna nelle opere di Tertuliano, en el Didaskaleion, 1923; S. COLOMBO, Concetto
e forma nello stile di Tertuliano, ibid., 1926.
2
( ) Cf. supra, t. I, pp. 375, ss.
( 3 ) Las actas de los mártires escilitanos datan del año 180 (cf. supra, t. I, p. 258),
pero este precioso documento no puede considerarse como obra literaria. SAN JERÓNIMO
(De viris illustribus, L U Í ) : "El presbítero Tertuliano es el primero de los latinos
después de Víctor y de Apolonio." De Apolonio no tenemos nada que decir aquí; sus
140
ESCRITORES CRISTIANOS DEL ÁFRICA 141

de la Iglesia (*). Pero en Cartago no tuvo u n a difusión comparable a la de


Roma; las inscripciones griegas son aquí raras ( 5 ) . Las Actas de los mártires
escilitanos están en latín; y lo mismo las Actas de Perpetua; sin embargo, las
Actas de Perpetua están esmaltadas de palabras griegas ( 6 ) y el sacerdote
Saturo, al n a r r a r su visión nos presenta a Perpetua, conversando en griego
con el obispo Optato y el sacerdote Aspasio ( 7 ) . Tertuliano había redactado
en griego algunas de sus obras y las tradujo al latín para asegurar su éxito.
Lo que revelan estos datos nos lo confirma el estudio de los textos epigrá-
ficos: el griego, familiar a la gente culta y a los orientales, es casi ignorado
no solamente por la población indígena, sino también por la mayor parte
dé los colonos romanos ( 8 ) .
Este hecho nos hace ya presentir algunos caracteres de la literatura y de la
teología africanas. El helenismo apenas había penetrado en África; la con-
cepción del cristianismo tenía que tener matices que no tuvo en Roma y
menos en Alejandría. De u n a parte Clemente y Orígenes; de la otra, Tertu-
liano y Cipriano. ¡Qué contraste! Clemente era u n admirador de la filosofía
griega, don de Dios, pedagogo que orientó a los griegos hacia Cristo como
la Ley había encaminado a los judíos; Tertuliano exclama, por el contrario,
arrebatadamente: "¿Qué puede haber de común entre Atenas y Jerusalén,
entre la Academia y la Iglesia, entre los cristianos y los herejes? Nuestra
doctrina viene de Salomón, que enseñó que h a y que buscar a Dios con sim-
plicidad de corazón. Tanto peor para aquéllos que h a n inventado u n cris-
tianismo estoico, platónico o dialéctico" ( 9 ) .
El contraste es quizá mayor entre Orígenes y Cipriano; entre el teólogo
cuya ambición es siempre la contemplación de los profundos misterios de

Actas, que conoció EUSEBIO (Hist. Eccl, V, xxr), han sido halladas, en armenio, por
los mequitaristas de Viena, 1874) y en griego por los bolandistas (Anallecta Bollan-
diana, 1895, pp. 108-123). Parece que Jerónimo no los ha conocido sino por Eusebio
(BABDENHEWER, Altkirchl. Litteratw, t. II, p. 623 y ss.). De Víctor hablamos a
propósito de la cuestión pascual; la mayor parte de los documentos de esta contro-
versia fueron redactados en griego; por ejemplo, la carta de Ireneo, la del sínodo
romano mencionada por Eusebio (Hist. Eccl, V, XXIII, 3); pero parece que hubo
también algunos escritos latinos, que menciona San Jerónimo, De viris illustribus, xxxiv;
cf. MONCEAUX, op. cit., t. I, pp. 52-54. Es notable que el único obispo de esta época
que sepamos haya escrito en latín sea africano.
(4) KAUPMANN, Handbuch der áltchristlichen Epigraphik, Friburgo, 1917, p. 30:
"La difusión del griego en la Roma imperial de los siglos n y m explica que junto
a IJS textos latinos haya muchos textos griegos (en las inscripciones). Así es que
todos los obispos en la catacumba papal tienen epitafios en griego y parece que esta
lengua era entonces la lengua de la Iglesia" El epitafio del papa Cornelio, murrto en
253, está en latín, pero parece, posterior al siglo tercero; el de Cayo, muerto en 296,
está en griego.
P ) MONCEAUX, op. cit., p. 51 n. 2. Se nota una inscripción escrita en latín con ca-
racteres griegos (ibid., p. 50, n. 8); se encuentran en Roma otros ejemplos de este
empleo simultáneo de las dos lenguas o de los dos alfabetos (KAUPMANN, op. cit., p. 30).
(6) Cristo, recibiendo a Perpetua en el cielo, le. dice: "Bene, venisti tegnon". Sobre
la relación entre el texto latino y el griego de las Actas, cf. J. ABMITAGE ROBINSON,
The Passion of S. Perpetua, 1891, p. 2 y ss.
( 7 ) Cap. XIII, ibid., pp. 82-83.
(8) Y el mismo latín no se hablaba con pureza: Septimio Severo, a pesar de su
educación cuidadosa, revelaba siempre su origen —había nacido en Leptis—, por su
acento africano, y tenía que avergonzarse de sus familiares: "Habiendo venido a
visitarle su hermana, apenas si podía hablar el latín y le hacía ruborizarse; se apre-
suró entonces a llenarla de regalos y a volverla a enviar a Leptis con su hijo (ESPAB-
CIANO, Severus, xv, 7).
(*) De prwscriptione, vn, 9-11.
142 HISTORIA DE LA IGLESIA

Dios y el hombre de gobierno preocupado por la reforma de la vida. El


segundo podía repetir las palabras de Tácito: "Todos nuestros consejos,
todas nuestras acciones deben tender a conseguir u n a vida mejor" ( 1 0 ) . Entre
tanto oímos exclamar en Alejandría a Clemente: "Si en el cielo estuviesen
separados estos dos bienes inseparables de la beatitud y del conocimiento de
Dios y se me ordenase escoger, dejaría la beatitud y escogería el conocimiento
de Dios"; y en Cartago, Cipriano repite las palabras de Minucio Félix: " N o n
eloquimur magna, sed vivimus" ( n ) .
Recordemos que en África, a estas fechas, la predicación cristiana había al-
canzado casi solamente a la población latina ( 1 2 ) , superpuesta en este conti-
nente a una población indígena con la que tenía m u y poco contacto, constitu-
yendo como u n grupo superior, numeroso en Cartago; pero bastante escaso
en las otras partes. El cristianismo irradió en gran número de ciudades, al-
deas y dominios rurales, y en tiempo de Tertuliano u n concilio reunió a se-
tenta obispos ( 1 3 ) ; y en otro, presidido por San Cipriano, se congregaron
ochenta y siete.
Estas cifras nos dicen claramente que el cristianismo se había difundido
grandemente; pero no nos dicen cuál fué el número de fieles que se agrupa-
ban en torno a todos estos obispos. Cartago, cuya población total pasaba, sin
duda, del medio millón de habitantes, era la metrópoli de todas aquellas
aldeas y colonias agrícolas; su situación era comparable a la de Alejandría
en Egipto y m u y distinta de la de las ciudades de Asia que, a pesar de su
importancia t a n diversa, cada una tenía su historia, sus tradiciones y su
vida municipal ( 1 4 ) . Con las iglesias sucedía lo que con las ciudades; y así
el obispo de Cartago tenía sobre los otros obispos del África, sobre todo de la
Proconsular y de la Numidia, u n a autoridad indiscutible y única ( 1 5 ) .

TERTULIANO: Tertuliano nació de familia pagana ( 1 6 ) , entre el 150 y


¡SU FORMACIÓN el 160, probablemente en Cartago; su padre ostentaba el
INTELECTUAL cargo de "centurión proconsular". Tertuliano, cuando
gentil, había llevado u n a vida libre, de la que solía acu-
sarse siendo ya cristiano ( 1 7 ) ; frecuentó los "juegos crueles" del anfiteatro
( 1 8 ) , de lo que guardó t a n dolorosa impresión que más tarde dirá "prefiero
no hablar a renovar estos recuerdos" ( 1 9 ) .
(10) Dialogus de oratoribus, V.
(il) " N 0 e s nuestra elocuencia lo que es grande, es nuestra vida" (De bono pa-
tieníiee, m ) .
( 12 ) La predicación no llegó a las tribus bereberes sino tarde y superficialmente.
Cf. P. JAOQUIN, La mission chrétienne en Histoire genérale comparée des Missions,
publicada por DESCAMPS, 1932, p. 137 y ss.
(13) Este concilio presidido por Agripino parece contemporáneo del De Baptismo,
de Tertuliano, entre el 200 y el 206 (D'ALES, Saint Cyprien, p. 238); cf. Théologie de
Tertullien, p. 228. Cf. CIPRIANO, Epist. LXXI, 4 y LXXIII, 3; AGUSTÍN, De único
baptismo contra Petilianum, xni-xxii.
( 14 ) LECLERCQ, L'Afrique chrétienne, t. I, pp. 78-83.
( 15 ) La Mauritania aparecía como una tierra de misión y era atendida más direc-
tamente por Roma. Sobre propagación del cristianismo en África, cf. supra, pp. 119-120.
( 16 ) Apolog., xvín, 4: "También hubo un tiempo en que nosotros nos burlábamos de
estas doctrinas como vosotros. Procedemos de vuestras filas. No se nace cristiano, se
hace".
( 17 ) De resurrectione carnis, LIX: "Sé muy bien que es en la misma carne en la
que en otro tiempo cometí adulterios, en ía que ahora me esfuerzo por guardar
continencia."
( 18 ) Apolog., xv, 5.
( 19 ) De spectaculis, xix.
ESCRITORES CRISTIANOS DEL ÁFRICA 143

Como su contemporáneo y compatriota, Apuleyo, se había formado en el


arte de la palabra y ya cristiano y sacerdote se entretuvo en hacer u n alarde de
ingenio, hacia el 208 ó 209, escribiendo, el tratado De Pallio para explicar
a los papanatas por qué había cambiado la toga por el "pallium". "Este trata-
do no es más que u n juego de ingenio, una curiosidad literaria y no merecería
que nos detuviésemos a nombrarlo, si no nos descubriese la tiranía de la edu-
cación a u n en aquellas almas completamente entregadas al cristianismo" i20).
De más provecho que esta retórica le fué la ciencia del derecho, que tuvo in-
fluencia profunda en la formación intelectual de Tertuliano. Ella puso en ma-
nos del apologista armas que no sólo servían para lucimiento sino, sobre todo,
para la lucha; paganos y herejes lo habían de comprobar m u y a su pesar.
El argumento de la prescripción, tomado del lenguaje jurídico, dará a la tesis
de la tradición forma y eficacia nuevas ( 2 1 ).
De esta formación vino también a Tertuliano el afán por condensar su pen-
samiento en fórmulas; ya lo hizo notar Vicente de Lerins: " H a y en él tantas
sentencias como palabras." Y estas sentencias están tan enérgicamente forjadas,
que deslumhran con su fulgor y quedan grabadas en la memoria de manera
indeleble. ¿Cómo no evocar "la sangre de los mártires es semilla de nuevos
cristianos"? ( 2 2 ), y ¿quién no recuerda "el testimonio del alma naturalmente
cristiana"? ( 2 3 ).
Estos rasgos, tan frecuentes en Tertuliano, si bien se granjean la aten-
ción del lector, muchas veces acaban por fatigarle. U n buen conocedor de la
literatura latina ha podido escribir: "Es sin disputa el autor latino más difí-
cil; ninguno exige de sus lectores tal esfuerzo" ( 2 4 ).
Exige este esfuerzo, pero no sin premiarlo; porque m u y pronto se siente
que dentro de estas frases brillantes va encerrado, las más de las veces, u n
pensamiento vivo y elevado, que nos causa tanto más placer cuanto más nos
ha costado comprenderlo.

EL APOLOGÉTICO Tertuliano no nos ha contado su conversión; pero es


m u y verosímil que el motivo que le decidió sea el que
con más gusto hace valer después: la constancia de los mártires. Su conversión
era sin duda m u y reciente, cuando escribió Ad Nationes y el Apologético
(197). Estos dos libros, sobre todo el segundo, nos dan a conocer al apologista.
Añadamos Adversus Judasos, escrito entre el 200 y el 206 y Ad Scapulam, que
data de finales del 212.
El libro Ad Nationes es unos meses anterior al Apologético; en las dos
obras se defiende la misma tesis y no es extraño encontrar los mismos
ejemplos y los mismos argumentos; pero aderezados de manera distinta:
Ad Nationes, efectivamente, la destinaba al gran público; y el Apologé-
tico a los gobernantes de provincia: en el primero, para rechazar las acusa-
siones de los paganos contra el cristianismo, los vuelve contra la religión
pagana; en el segundo, busca ante todo demostrar la ilegalidad de las perse-
cuciones; el primero es u n grito de guerra contra el paganismo; el segundo,

(20) BOISSIER, La fin du paganisme, t. I, p. 258. Es digno de leerse el excelente


estudio que Boissier ha dedicado a este librito (ibíd, pp. 221-259).
(21) Es equivocado querer identificar a Tertuliano con un jurisconsulto que vivió
en el siglo segundo y que nos es conocido por el Digesto. Esta hipótesis defendida
por GEISELHART, en 1912 (Beitrage zur Kulturgeschichte aus Tertullian, Wurtemberg,
1912) ha sido muy bien refutada por LORTZ (op. cit., t. II, p. 223).
( 22 ) Apolog., i, 13.
(28) Ibíd., xvii, 6.
( 24 ) NORDEN, Antike Kunstprosa, t. II, p. 606.
144. HISTORIA DE LA IGLESIA

una defensa del cristianismo ( 2 5 ). Ciertamente que esta defensa toma a veces
una actitud agresiva; porque, para Tertuliano, defender es atacar; pero
lleva el debate a l terreno jurídico. Es el primero en hacerlo y por eso el
Apologético marca una fecha en literatura cristiana.
Desde las primeras palabras una serie rápida de antítesis pone en contraste
a los cristianos y los criminales de derecho común; comienza por la actitud
de los acusados:
"Los malhechores buscan ocultarse, aman la oscuridad; sorprendidos, tiemblan; acu-
sados, niegan; ni aun sometidos a torturas confiesan fácilmente ni siempre; conde-
nados, les invade, la desolación... no quieren ser autores de aquello que reconocen que
esté mal hecho. ¿Cuándo un cristiano ha hecho lo mismo? Ninguno se avergüenza,
ninguno se arrepiente, si no es de su tardanza en hacerse cristiano. Denunciado, se
gloria; acusado, no se defiende; interrogado, confiesa él mismo su fe; condenado, da
gracias" ( 2 8 ).

EL PROCEDIMIENTO En el proceso, los contrastes no son menos sorpren-


PAGANO dentes: a los criminales se les previene, para que
pe defiendan o se hagan defender por u n abogado;
se argumenta, se replica. Solamente a los cristianos se niega el derecho de
hablar; sólo una cosa se les exige: que confiesen que son cristianos. Son
pasmosas las contradicciones en la investigación de este crimen: según el res-
cripto de Trajano, no h a y que buscar a los cristianos; pero si se les acusa,
castigúeselos:
"¡Extraño dictamen, ilógico por necesidad! Como a inocentes no hay que buscarlos;
como a criminales, hay que castigarlos. Se evita encontrarlos y se usa de rigor con
ellos; se cierra los ojos y se los castiga... Si los condenas, ¿por qué no los buscas?
Si no los buscas, ¿por qué no los absuelves? Para perseguir a los bandidos hay en
cada provincia un destacamento militar designado por suerte; y contra los criminales de
lesa majestad y los enemigos públicos, todo ciudadano es soldado y la investigación
se extiende a sus cómplices y confidentes. Sólo con el cristiano no está permitida la
inquisición; pero se le puede llevar ante el juez, como si esa investigación tuviese
otra finalidad que la de llevar ante el juez. ¡Condenáis a un hombre que ha sido denun-
ciado, aunque se ha mandado que no se lo buscase!, pienso que, si merece castigo, no
es porque sea culpable; sino por el hecho de haber sido apresado" (u, 8-9).
No es esta la única anomalía en el procedimiento criminal:
"A los demás acusados, si niegan, se les aplica la tortura para obligarles a confesar;
sólo a los cristianos se la aplicáis para hacerles negar... Un hombre grita: ¡Soy cris-
tiano! El dice lo que es y tú, tú te empeñas en oír lo que no es. Vosotros, los que
presidis el tribunal para arrancar la verdad, sólo os esforzáis por oír de nosotros la
mentira. Me preguntas si soy cristiano —dice el acusado—: ¡lo soy! ¿Por qué me
das tormento con desprecio de las leyes de la justicia? Confieso y me das tortura: ¿qué
harás, si niego? Cuando los otros niegan, sabéis no darles crédito fácilmente; sólo a
nosotros, si negamos, nos creéis al momento" (n, 10-13).
Esta argumentación tan acosadora no es, sin embargo, más que u n pre-
facio; Tertuliano va a probar ahora positivamente la inocencia de los cris-
tianos. Se les acusa de crímenes clandestinos y jamás se ha podido comprobar
que haya alguna objetividad en estas calumnias infames. Si los paganos las
creen, es porque tienen conciencia de crímenes semejantes: los sacrificios
humanos ofrecidos por los cartagineses a Saturno, por ios galos a Mercurio,
por los romanos a Júpiter; los infanticidios, los abortos, los incestos, que

(25) MONCEAUX, op. cit., pp. 211-219, ha hecho con mucho detalle la comparación
entre las dos obras.
(26) i, 11-12.
ESCRITORES CRISTIANOS DEL ÁFRICA 145

tienen lugar entre los paganos, mientras que los cristianos son de costumbres
puras y h a y entre ellos quienes guardan continencia virginal; h a y ancianos
puros como niños, "senes pueri" ( n , 6-9).

ACUSACIÓN DE ATEÍSMO Descartadas estas calumnias, el apologista pasa


a las acusaciones de orden religioso (x-xxvn).
"No honráis a los dioses —nos decís— y no ofrecéis sacrificios a los empera-
dores." Esta acusación de ateísmo t a n popular y peligrosa, fué refutada mu-
chas veces; Tertuliano imprime a su defensa su sello personal, por la vehe-
mencia con que ataca el politeísmo y la idolatría, por la apelación al testi-
monio espontáneo del alma h u m a n a , "o testimonium animae naturaliter chris-
t i a n s ! " (xvn, 6 ) ; finalmente, por el cuidado que pone en explicar el dogma
cristiano, la teología del Verbo, la Encarnación (xxi). Las ideas aquí esbo-
zadas las volvió a tratar y completar en De animas testimonio y Adversus
Praxeam ( 2 7 ).

ACUSACIÓN DE A la acusación de lesa divinidad seguía otra, la más


LESA MAJESTAD peligrosa ante los magistrados romanos, la de lesa ma-
jestad (xxvin-XLV) .
La discusión de Tertuliano, vivamente interesante en este punto, nos revela
tanto sus cualidades más eminentes como sus extremismos más peligrosos.
Nos presenta la figura del cristiano, orando por el emperador: "Los ojos
alzados, las manos extendidas, porque son puras; la cabeza descubierta, por
que de nada tiene que avergonzarse; sin que se nos dicte lo que hemos de de-
cir, porque oramos con el c o r a z ó n . . . ¡Mientras oramos así, con las manos
alzadas, que nos desgarren uñas de h i e r r o ! . . . La sola actitud del cristiano
que ora, muéstralo dispuesto a todos los suplicios. Excelentísimos gobernado-
res: arrancad u n alma que ora a Dios por los emperadores. ¡El crimen
estará allí, donde el verdadero Dios y su culto!" (xxx, 4-7).
"Las Escrituras nos prescriben estas oraciones; oramos a ú n por nuestros per-
seguidores (xxxi); oramos por el Imperio ( x x x n ) ; vemos en el emperador
no u n dios, pero sí u n escogido de Dios y, como es nuestro Dios el que le ha
escogido, nos pertenece más que a n a d i e " ( x x x m ) . "Augusto, fundador del
Imperio, ni aun quería que se le llamase «señor», porque es nombre de Dios,
"íb daría al emperador el nombre de «señor», pero en su sentido vulgar («more
communi»); con tal que no se me fuerce a dárselo en el sentido en que se le
da a Dios. En lo demás, soy libre frente a él; no h a y más que u n solo Señor,
el Dios Omnipotente y Eterno, que es Señor también del emperador" ( 2 S ).
Estos textos son la expresión auténtica de la fe cristiana; lealmente some-
tidos al emperador, pero reservando la adoración a solo Dios. Tertuliano,
que comprende y defiende tan bien la actitud de la Iglesia, la traiciona en
otros pasajes con sus extremismos o sus provocaciones:
"Si quisiésemos obrar, no como vengadores secretos, sino como enemigos declarados,
¿no tendríamos la fuerza del número?. . . Somos de ayer y llenamos el mundo y todo
lo que es vuestro: las ciudades y sus barrios ( 20 ), los puestos fortificados, los munici-

( " ) Cf- infra, pp. 147 y 154.


( 28 ) Este texto es de los que mejor nos hacen comprender el peligro que creaba
para los cristianos el culto imperial y el cuidado que ponian en afirmar su lealtad
cívica, reivindicando al mismo tiempo su independencia religiosa. Cf. Histoire du dogme
de la Trinité, t. I, p. 30, n. 1.
( 29 ) Urbes et ínsulas. Waltzing traduce equivocadamente a nuestro parecer, les villes,
les iles.
146 HISTORIA DE LA IGLESIA

pios, las aldeas y los campos mismos y las tribus y las decurias y el palacio y el senado
y el foro; no os dejamos más que los templos. Podemos igualar vuestros ejércitos; los
cristianos de una sola provincia son más numerosos... Podríamos combatiros sin ar-
mas, sin revueltas, con sólo separarnos de vosotros. Porque si siendo tan gran multitud,
hubiésemos roto con vosotros, para trasladarnos a cualquier rincón de la tierra, la par-
tida de tantos ciudadanos, cualesquiera que ellos fuesen, habría cubierto de ignominia
a los dominadores del mundo; esta retirada bastaría por sí sola para castigarlos"
(xxxvn, 4-6).
U n poco más abajo, el apologista quiere demostrar que los cristianos no
podrían ser facciosos, fomentadores de bandolerías, y da esta razón: "Nada
nos es más extraño que los negocios públicos. No conocemos más que u n a
república común a todos: el m u n d o " (xxxviii, 3 ) ; y más adelante: "No
tenemos más que u n interés en este mundo: salir de él" (XLI, 5 ) .
E n el capítulo siguiente, Tertuliano se corrige: "Nos acordamos de que
debemos reconocimiento a D i o s . . . no rechazamos n i n g ú n fruto de sus obras.
Habitamos en este mundo con vosotros, con vosotros navegamos, servimos
en la milicia, trabajamos la tierra, comerciamos, cambiamos con vosotros
el fruto de nuestro arte y de nuestro trabajo. ¿Cómo podemos parecer inúti-
les a vuestros negocios, viviendo con vosotros y de vosotros? No lo com-
p r e n d o " (XLII, 2-3).
Protestaciones m u y prudentes; pero que no bastan a quitar el m a l sabor de
las declaraciones que preceden. Después de una última discusión sobre cier-
tos puntos del dogma cristiano o sus relaciones con la doctrina de los filó-
sofos ( 3 0 ) , Tertuliano termina con u n a brillante peroración:

"Vuestras más refinadas crueldades no sirven para nada; son más bien un atractivo
nuevo para nosotros. Nos multiplicamos, cuando segáis nuestras filas; ¡la sangre de los
mártires es semilla de nuevos cristianos!... Esta misma obstinación que nos repro-
cháis es una lección. ¿Quién no se siente conmovido ante, este espectáculo y no busca
la razón de todo esto? Y ¿quién que busque esa razón no se hace de los nuestros?
¿Quién que se una a nosotros no suspira por padecer, para obtener la plenitud de la
gracia de Dios, para merecer el perdón total a precio de su sangre? Porque no hay
falta que al mártir no se le perdone. He ahí por qué damos gracias en el momento de la
sentencia. He. ahí el contraste de las cosas divinas y las cosas humanas: cuando vos-
otros nos condenáis, Dios nos absuelve."

VALOR DEL APOLOGÉTICO Este es el libro más elocuente y eficaz de to-


dos los escritos por Tertuliano. Ninguna voz
se había levantado t a n poderosa y elocuente en defensa de los cristianos per-
seguidos; y éstos que, desde hacía tanto tiempo, sufrían y morían en silencio,
sintieron al oír este grito, esta voz, u n a inyección de valor, de alegría, de
juventud. Otros apologistas habían precedido a Tertuliano en Roma y en
Oriente ( 3 1 ) ; pero sus obras estaban escritas en griego y en iglesias lejanas

(30) La filosofía está desacreditada por la indignidad personal de los filósofos (XLVI,
10-18); lo mejor que contiene está tomado de la Biblia (XLVII, 1-4). El capítulo XLVIII
está consagrado a la resurrección de los muertos y al fuego eterno del infierno. Como
abogado que quiere llevar su defensa hasta el fin, añade Tertuliano: "Supongamos que
nuestra doctrina sea falsa y que no debamos ver en ella más que una opinión, pero
al menos es una doctrina necesaria; puede ser inepta, pero es útil: los que la admiten
se ven forzados a ser mejores, por el temor de un eterno suplicio, por la esperanza
de una eterna felicidad" (xux, 2). Aun en este rasgo se ve al hombre de más ins-
piración y elocuencia que juicio sereno.
(31) Se encuentran en muchos capítulos de Tertuliano los temas tradicionales de la
apologética griega del siglo segundo: la explicación evemerista de la religión helé-
nica (xn), inanidad de la idolatría (ibíd.), posterioridad de los filósofos con relación a
los profetas a los que han copiado (xix y XLVII), identificación de los dioses del
ESCRITORES C R I S T I A N O S D E L Á F R I C A 147

y, aunque rebosaban sinceridad, no tenían el vigor del Apologético. El


sello personal de Tertuliano aparece sobre todo en sus reivindicaciones vigo-
rosas, en nombre de la legalidad, en nombre de la equidad natural, en nom-
bre la virtud cristiana, a la que no se puede herir de muerte sin fecundarla.
Pero este vigor desgraciadamente llega a veces a exageraciones, sobre todo
en la tercera parte (XXVIII-XLV). Para refutar la acusación de lesa majestad,
Tertuliano toma dos posiciones difícilmente conciliables entre sí: tan pronto
habla de la sumisión de los cristianos que sirven fielmente y oran por el
emperador, como deja oír amenazas que más que el espíritu cristiano nos
descubren el carácter violento del autor: nuestra retirada será vuestra r u i n a ;
la república nos es extraña; somos ciudadanos del mundo y nuestro único in-
terés es salir de él.
Todo esto era peligroso para la seguridad de los cristianos y comprometía
la lealtad de su actitud. Presentimos en estas exageraciones el germen de la
moral montañista que quince años más tarde triunfará en Tertuliano de la
moral auténticamente cristiana ( 3 2 ). El Apologético es también u n bosquejo
de otras grandes ideas que Tertuliano desarrollará más tarde: en breves
líneas del capítulo XLVII, 10, esboza ya el argumento de la prescripción ( 3 3 ) ;
la teología del Verbo aparece en el capítulo xxi, 10-14, tal como la desarro-
llará en el Adversus Praxeam; el teatro es condenado (XXVIII, 4) lo mismo que
después en De Spectaculis; pero, sobre todo, los argumentos apologéticos
que más tarde expondrá en todo su desarrollo y a toda su luz están en esta
primera obra en forma más breve ( 3 4 ). La comparación entre esta obra y las
obras posteriores es m u y instructiva; pues nos descubre a Tertuliano, hombre
de espíritu tenaz, que desde el principio de su vida cristiana mostrará lo que
ha de ser siempre; si bien, en esta época, los extremismos de su moral los
vemos aún moderados por la prudencia de la Iglesia de la que diez años
más tarde se h a de separar.

EL TESTIMONIO DEL ALMA No podemos pensar en resumir aquí todas


las obras del brillante apologista; habremos
de contentarnos con indicar algunas de sus tesis predilectas. Comencemos por
el Testimonio del alma naturalmente cristiana. En sus páginas selectas de
Tertuliano, T u r m e l ha saludado con entusiasmo este breve libro: "La escuela
inmanentista no tiene más que u n solo patrono en la literatura eclesiástica:
Tertuliano" ( 3 5 ). Ch. Guignebert, pasando al extremo opuesto, estima "que es
una de las obras de menos valor de T e r t u l i a n o . . . no es toda ella más que u n

paganismo y de los demonios (xxn, XXIII). En este libro, como en los dos que le se-
guirán, Tertuliano se sirve de estas ideas, pero les da siempre su sello personal.
(32) CH. GUIGNEBERT ha resaltado todos estos extremismos en su obra Tertúllien,
etu.de sur ses sentiments a l'égard de l'empire et de la société civile, París, 1901. Este
crítico ve en ellos la manifestación del espíritu auténtico del cristianismo, que ya en
tiempos de Tertuliano habia sido adulterado por la Iglesia; concluye así al terminar
su libro (p. 593): "Desaparecía con él (Tertuliano) una de las columnas que sostenían
el ideal inaccesible y maravilloso de los cristianos de primera hora; y su obra es uno
de los esfuerzos más vigorosos para sostenerlo contra los hombres, contra la vida y,
en caso de necesidad, contra la Iglesia misma". Esta importante cuestión ha sido dis-
cutida con más precisión y equidad por LORTZ, op. cit., t. I, pp. 303-324.
(33) "A estos falsificadores de nuestra doctrina oponemos una objeción previa que
los deja fuera de discusión (expedite autem prazscribimus) y les decimos que la
sola regla de la verdad no es otra que la que viene de Cristo, transmitida por sus
mismos compañeros; es fácil probar que estos innovadores son muy posteriores a ellos".
(34) Sobre estas relaciones, cf. P. DE LABRIOLLE, op. cit., p. 99.
(35) Tertúllien (col. La pensée chrétienne), 1905, p. 39.
148 H I S T O R I A DE LA IGLESIA

estudio sofístico de frases hechas del lenguaje corriente" ( 3 e ) . El tratado no


justifica n i las ponderaciones del uno n i los juicios severos del otro. Es poco
original y encierra claras influencias estoicas ( 3 7 ) ; su interés principal para
nosotros se cifra en que nos revela las preferencias de Tertuliano: muchos
apologistas antes que él h a n extraído argumentos de los escritos de los filó-
sofos; su argumento es ineficaz; mucho más valor tiene el testimonio de u n
alma no cristiana y ajena a toda cultura. Que Tertuliano ha exagerado el
valor de este a r g u m e n t o . . . es innegable; pero tiene razón al invocar esos
gritos emocionados, esas voces espontáneas que en u n a hora determinada
suben del fondo del alma y revelan las aspiraciones religiosas que el mismo
Dios ha impreso en ella ( 3 8 ).

EL AD SCAPULAM En el Ad Scapulam se repiten algunos temas del


Apologético, con u n acento más imperioso. Tertu-
liano sostiene en primer lugar que la religión es asunto personal y que nadie
debe querer imponer por la fuerza u n culto, debiendo ser éste siempre total-
mente libre ( 3 9 ). Advierte al procónsul, a l que se dirige directamente, la res-
ponsabilidad en que incurre y los castigos a que se expone: Vigelio Saturnino,
que inauguró las persecuciones sangrientas, perdió la vida; Claudio Lucio Her-
miniano que, por vengarse de la conversión de su mujer, había maltratado a
los cristianos, gritaba atormentado por la enfermedad y abandonado en su pa-
lacio: "¡Que no se sepa, pues se regocijarán los cristianos!" Cecilio Cápela, a
su vez, exclamaba al tiempo de morir en Bizancio: "¡Cristianos, regocijaos!"
El mismo Scápula h a sentido ya la mano de Dios; recuérdelo. Este mismo
tema desarrollará Lactancio en la De marte persecutorum. Luego, volviendo
a insistir ahincadamente sobre u n argumento del Apologético, muestra al pro-
cónsul lo que supondría una proscripción de todos los cristianos de Cartago:

"¿Qué harás de tantos millares de personas, de tantos hombres y mujeres de toda


edad y de toda clase como se han de presentar a ti? ¿Cuántas hogueras y cuántas
espadas vas a necesitar? ¿Qué no padecerá la misma Cartago? Será preciso diezmarla.
Todos tendrán entre los condenados, amigos y compañeros. Veremos quizá hombres
y mujeres de tu clase, a los mayores personajes, a parientes y amigos de tus amigos.
Ten compasión de ti, ya que no la tengas de nosotros; ten compasión de Cartago, si
no la tienes de ti; ten compasión de tu provincia; porque desde que tu intención ha sido
conocida, está a merced de los atropellos de los soldados y de. los odios privados. Nues-
tro único Señor es Dios. Es superior a ti; nada se le puede ocultar; tú no puedes nada
contra El. Los que miras como señores tuyos, son hombres que morirán algún día.
No podrás destruir nuestra secta; sábelo bien; se la vigoriza cuando se cree haberla
quebrantado. A vista de tanto valor, muchos sienten inquietud y quieren ardiente-
mente saber de qué se trata; y apenas ven la verdad, son de los nuestros" (v).

(3«) Tertullien, p. 252, n. 6.


( 37 ) El mismo Marco Aurelio ha tomado argumentos de estas fórmulas del len-
guaje corriente: "La tierra ama la lluvia, el Venerable Éter gusta de ella también...
El mundo también quiere hacer lo que debe llegar a ser. Yo, pues, digo al mundo:
me desposo con tu amor. ¿No se dice también de una cosa que quiere llegar?" (Pen-
samientos, x, 21). Cf. v, 8, 1-3.
( 88 ) Cf. LORTZ, op. cit, t. I, pp. 233-245.
( 39 ) Ad Scapulam, LI: "Humani juris et naturalis potestatis est unicuique, quod
putaverit, colere, nec alii obest aut prodest alterius religio. Sed nec religionis est
cogeré religionem quee sponte suscipi debeat, non vi, cum et hostiae ab ani-
mo libenti expostulentur". PAMEL, en una nota a este pasaje, advierte al lector
que Tertuliano no autoriza la "licencia de las sectas y remite a Scorpiace. Efectiva-
mente, Tertuliano escribe en Scorpiace, n: "Ad officium hsereticos compelli, non illici
dignum est"; pero como se ve por el contexto, la fuerza de que se trata es la
de los argumentos, no la violencia física por vía de hecho.
ESCRITORES CRISTIANOS DEL ÁFRICA 149

. ¿Intimidó esta elocuencia a los perseguidores? No lo sabemos, pero indu-


dablemente conmovió a más de u n pagano y sobre todo dio a los cristianos
conciencia de su fuerza; y pese a la defección del apologista, la Iglesia le
guardará siempre gratitud por haberla defendido t a n valerosamente.

EL CONTROVERSISTA Tertuliano fué siempre u n luchador: sus obras apo-


logéticas nos lo h a n presentado en sus debates con
los paganos. Sus escritos teológicos son también escritos polémicos, son libros
de lucha contra los herejes: Marción, Práxeas, los valentinianos, los gnósti-
cos, en general. Este carácter de los estudios dogmáticos de Tertuliano los
distingue netamente de los libros alejandrinos, de Clemente y de Orígenes. Los
maestros de la Escuela Alejandrina sienten la preocupación de refutar el error;
pero sienten mucho más el ansia de contemplar la verdad; sus escritos no son
armas de combate, sino instrumentos de investigación. Tertuliano, por el con-
trario, afirma que no h a y nada que investigar; poseyendo la Iglesia toda la
verdad, nuestro esfuerzo debe tender a defenderla. No mantendrá siempre
principio t a n absoluto; pero jamás encontraremos en él, n i los titubeos de Orí-
genes ni tampoco las ardientes plegarias de Agustín, pidiendo a Dios que le
dé, con u n alma más pura, u n a vista más penetrante.
En esta controversia, Tertuliano se aprovecha grandemente de ideas aje-
nas: el libro Contra valentinianos depende totalmente de Ireneo; el tratado
De prwscriptione es más personal; pero tiene,- sin embargo, muchos elemen-
tos claramente tomados de otros. Con todo, en los libros de controversia,
al menos en los mejores, nunca falta lo que ya hemos admirado en las obras
apologéticas: el sello personal que imprime siempre al argumento tradicional,
dándole relieve y brillo de pensamiento original y propio. De todos estos
libros, los más importantes son: el tratado De la prescripción, los cinco libros
Contra Marción y el libro Contra Práxeas. El Contra Marción es la obra de
controversia más vigorosa, la más personal que haya compuesto Tertuliano;
pero la teología del autor aparece menos relevante que en el tratado De la
prescripción y en el Contra Práxeas. Nos referiremos, pues, con preferencia
a estos dos últimos libros ( 4 0 ) .

EL TRATADO Es este tratado ( 4 1 ) , junto con el Apologético, la


DE LA PRESCRIPCIÓN obra de Tertuliano que ha tenido éxito más brillan-
te y duradero ( 4 2 ) . La idea de la tradición es t a n
vieja como el cristianismo e Ireneo la había hecho valer contra los herejes;
Tertuliano le ha dado u n a forma jurídica. "Uniendo la teología y la juris-
prudencia, daba a la u n a todo el prestigio que la otra ejercía ya sobre los
entendimientos. Según el derecho, toda doctrina que fuese contra el credo
oficial de la Iglesia, estaba condenada por sí misma y no Jiabía por qué
admitirla a discusión" ( 4 3 ) .

(40) Sobre los libros contra Marción, cf. supra, pp. 24-32. Puede completarse este
rápido esbozo con D'ALES, Théologie de Tertullien, pp. 50-60, 162-185, 245-247; HAR-
NACK, Marción, 1924, pp. 328*-332*.
(41) Cf. la edición de LABRIOIXE; D'ALES, op. cit-, pp. 201-202; MONCEAUX, op. cit-.,
pp. 305-311.
(42) Sobre la historia del argumento de la prescripción después de Tertuliano, cf. P.
DE LABRIOIXE en Revue d'Histoire et de Littérature religieuses, X. XI; 1908, pp. 408-428
y 497-514.
(43) P. DE LABRIOIXE, op. cit., introduc, p. XXV. Como lo hace notar BATIFPOL
(L'Eglise naissante, pp. 326 y ss.), la prescripción invocada por Tertuliano no
se debe entender en el sentido restringido de "praescriptio longi temporis". Esta
150 HISTORIA DE LA IGLESIA

Lo que provocó este esfuerzo de Tertuliano fué la difusión de la herejía:


muchos cristianos cayeron en ella y no sin grave escándalo para los demás.
Tertuliano, que desde hace algún tiempo es sacerdote ( 4 4 ), siente en torno
suyo esta conmoción y quiere disiparla. Este celo sacerdotal da al libro su
carácter: no es una discusión de escuela; es el esfuerzo de u n sacerdote que
quiere conquistar las almas extraviadas y volverles la paz cristiana:
"Si un obispo, un diácono, una viuda, una virgen, un doctor, hasta un mártir se
separan de la regla de fe, ¿deberemos admitir la herejía como verdad? ¿Juzgamos de
la fe según las personas, o de. las personas según la fe? Nadie es sabio, ni fiel, ni grande,
si no es cristiano; y nadie es cristiano si no persevera hasta el fin" ( 4B ).

EL CRISTIANISMO Pero ¿de dónde nace la herejía? ¿quién le presta sus


Y LA FILOSOFÍA armas? La filosofía —responde el polemista sin vaci-
lar—. Valentín debe a Platón sus especulaciones sobre
los eones y Marción ha tomado de los estoicos su dios ocioso; de los epicúreos
h a n tomado la negación del alma y de todos los filósofos la negación de la
resurrección de la carne; y esta dialéctica que lo mismo sirve para edificar que
para destruir una misma verdad ¿de quién procede si no del "miserable Aristó-
teles"? (vu, 1-6). A través de esta requisitoria apasionada se vislumbra ya todo
el tema que más tarde volverá a ser tratado por Hipólito en sus Philosophu-
mena. Una vez más, vemos unidos a estos dos doctrinarios intransigentes;
indudablemente, que por su temperamento se explica en parte su intransi-
gencia; pero no podemos olvidar que en el medio siglo transcurrido desde las
Apologías de Justino, las intemperancias especulativas de los gnósticos y los
silogismos capciosos de los adopcionistas habían llenado el m u n d o ( 4 8 ). Ante
tanta pretensión filosófica como amenaza a la fe, Tertuliano recuerda los
avisos de San Pablo: "Velad —escribía a los colosenses—, porque nadie os
engañe con la filosofía... Es que había estado en Atenas." Y el fogoso pole-
mista exclama:
"¿Qué hay de común entre Atenas y Jerusalén? ¿entre la Academia y la Iglesia?
¿entre los herejes y los cristianos? Nuestra doctrina viene del pórtico de Salomón, que
enseñó que hay que buscar a Dios con toda simplicidad de corazón. ¡Malhaya a quienes
han dado a luz un cristianismo estoico, platónico, dialéctico! No sentimos necesidad
de curiosear después de Jesucristo, ni de investigación después del Evangelio. Creyendo
en El, no tenemos por qué creer en nada más; porque el primer artículo de nuestra
fe es que no debemos creer nada fuera de ella" (vil, 9-13).

LA REGLA DE FE Esta categórica condenación de toda investigación era


demasiado rígida para poder ser admitida íntegra-
m e n t e ; el mismo Tertuliano lo comprende así y después de muchos titubeos
y reparos, concluye: "Investiguemos, pues, entre nosotros, sobre lo que es
nuestro y solamente sobre aquello que puede discutirse, sin empañar la regla
de fe" (xn, 5). Y Tertuliano formula al momento esta regla de fe:
prescripción por posesión la vemos mencionada por primera vez en un escrito del
29 de diciembre de 199: "Es muy poco verosímil que Tertuliano haya trasladado
al lenguaje teológico un expediente de procedimiento tan nuevo y poco general en
las proximidades del 200. Tertuliano habrá tomado el término jurídico de prescrip-
ción en su sentido más antiguo, designando un argumento preliminar a la discusión,
por el cual la discusión judicial se ve ser innecesaria".
( 44 ) Este libro data de los años 200 a 206, es decir los primeros de la vida
sacerdotal de Tertuliano.
( 45 ) De prmscriptione, m, 5-6. Para esta cita y la mayor parte de las siguientes,
nos hemos servido de la traducción de P. DE LABRIOIXE.
( 46 ) Cf. supra, p. 80 y ss.
ESCRITORES CRISTIANOS D E L ÁFRICA 151

"La regla de fe. . . es aquella que consiste en creer esto:


"No hay más que un Dios, que es el creador del mundo; aquel que, por su Verbo
emitido antes de todas las cosas, ha sacado de la nada el universo; este Verbo se llamó
Hijo suyo; se apareció bajo diversas formas a los patriarcas, se hizo oír en todo tiempo
en los profetas y finalmente descendió pon el Espíritu y la virtud de Dios a la
Virgen María, se hizo carne y, nacido de ella revistió la persona de Jesucristo; predicó
una ley nueva y la nueva promesa del reino de los cielos, hizo milagros, fué crucifi-
cado, resucitó al tercer día; habiendo subido a los cielos, está sentado a la diestra del
Padre. Envió en sustitución suya la fuerza del Espíritu Santo, para conducir a los
creyentes. Vendrá en su gloria para tomar a los santos a fin de. darles el gozo de la
vida eterna y de las promesas celestiales, y para condenar a los profanos al fuego eterno,
después de la resurrección de los unos y de los otros y de la restauración de la
carne" ( « ) .

LA PRESCRIPCIÓN Después de haber transcripto esta regla de fe, Tertu-


liano añade: "Esta es la regla de fe que Cristo h a
i n s t i t u i d o . . . y que no podría levantar entre nosotros más cuestiones que la
que suscitan las herejías y fabrican los herejes" (XIII, 6 ) .
Salvada esta regla, se puede estudiar e investigar; pero a u n entonces, la
fe vale mucho más que la curiosidad: "¡Qué la curiosidad ceda a la fe!,
¡que la gloria ceda ante la s a l v a c i ó n ! . . . No saber n a d a contra la regla es
saberlo todo" (xiv, 5 ) . Si los herejes buscan siempre, es que no h a n encon-
trado nada.
Pero se dirá que argumentan con la Escritura.
Esta objeción hace surgir la cuestión capital:
"Hemos llegado a nuestro objeto principal: a este punto nos dirigíamos desde el
principio y lo dicho hasta aquí no era más que un preámbulo, para preparar lo que
vamos a decir. Vamos a luchar en el mismo terreno en que nos provocan los adver-
sarios. Ellos presentan las Escrituras... aquí, pues, sobre todo, queremos cerrarles
el paso, demostrando que no podemos admitirles a disputar sobre las Escrituras"
(xv, 1-3).
Esta táctica no es cobardía, ni timidez, es sabiduría; Cristo ha enviado a
sus apóstoles, que h a n fundado las iglesias:
"De estos hechos yo deduzco esta prescripción: Desde el momento en que Cristo
nuestro Señor ha enviado a sus apóstoles a predicar, no podemos admitir otros predi-
cadores que aquellos que Cristo ha instituido... pero, ¿cuál es la materia de su predi-
cación? . . . Aquí también establezco esta prescripción: que, para averiguarlo, es nece-
sario acudir a las mismas iglesias que esos apóstoles personalmente fundaron... En estas
condiciones es claro que toda doctrina que esté de acuerdo con la de estas iglesias,
madres y fuentes de la fe, debe ser considerada como verdadera; porque contiene
evidentemente lo que las iglesias han recibido de los apóstoles, los apóstoles de Cristo
y Cristo de Dios... Nosotros estamos en comunión con las iglesias apostólicas, porque
nuestra doctrina no difiere en nada de la suya: es el signo de la verdad" (xxi, 1-7).

La prueba es tan clara que ya el enunciado no admite réplica. En vano


responden los herejes: o que los apóstoles no lo supieron todo o que las igle-
(47) Si se quiere conocer el símbolo de Tertuliano, es preciso comparar este texto
con el De prazscriptione, xxxvi; De virginibus velaríais, i; Adversus Praxeam, n y
xxx. Cf. Histoire du dogme de la Trinité, t. II, pp. 166-168: D'ALES, Théologie de
Tertullien, pp. 256-258; Dom CAPEIXE, Le symbole romain au seconde síécle, en Revue
Bénédictine, 1927, pp. 37-39. Ninguno de estos textos da una transcripción literal
del símbolo, como su misma comparación basta a probarlo; pero esta comparación
nos permite también separar la fórmula tradicional de sus glosas y comentarios. En
De virginibus velandis, es donde la fórmula aparece más libre de glosas. Cf. A. M.
VELLIOO, O. F. M., que ha estudiado La rivelazione e le sue fonti nel "De prcescriptione
fuBreticorum" di Tertulliano, Roma, 1935, en la colección Lateranum, n. s., a. I, n. IV.
152 HISTORIA DE LA IGLESIA

sias ni recibieron, n i transmitieron fielmente la doctrina que les fué confiada.


Aunque concediésemos todas estas inverosímiles suposiciones, a u n les sería
necesario explicar el acuerdo de las diversas iglesias en la misma fe: "Esta
identidad en tan gran número no puede proceder del error, sino de la tradi-
ción" (xxvm, 3 ) . Y, lo mismo que la unidad, la antigüedad es garantía de
verdad: "¿Cómo explicar que haya habido cristianos antes de que se haya co-
nocido a Cristo? ¿que las herejías hayan existido antes que la verdadera doc-
t r i n a ? " (xxix, 4 ) .

"¿Dónde estaba entonces Marción, el piloto del Ponto, tan celoso por el estoicismo?,
¿dónde estaba Valentín, el discípulo del platonismo?... Si algunas herejías osan remon-
tarse a la edad apostólica, para parecer legadas por los apóstoles, con el pretexto de
que ya existían en la edad apostólica, estamos en nuestro derecho al decirles: Mostrad-
nos el origen de vuestras iglesias; exhibid la serie de vuestros obispos desde el prin-
cipio, de tal manera que el primero haya tenido como predecesor y garantía un apóstol
o un hombre apostólico, que haya permanecido hasta el fin en comunión con los
apóstoles. Así es cómo las iglesias apostólicas demuestran su historia. Por ejemplo en
la iglesia de Esmirna, Policarpo fué puesto por Juan; la iglesia de Roma demuestra
que Clemente fué ordenado por Pedro. Lo mismo, en general todas las iglesias
exhiben los nombres de aquellos que, establecidos por los apóstoles en el episcopado,
poseen los retoños que ha dado la siembra apostólica" (xxx, xxxn).
E n los tiempos apostólicos hubo también herejías, más groseras que las
de hoy; y nuestros herejes, emparentados con ellos en la doctrina, h a n sido
alcanzados también por la condenación que los hirió a aquéllos. Nuestra
doctrina, por el contrario, es la que los apóstoles h a n profesado. ¿Queréis
comprobarlo? Preguntad a las iglesias apostólicas:
"¿Vivís vecino a la Acaya? Ahí tenéis a Corinto. ¿No estáis lejos de la Macedo-
nia? Tenéis a Filipos y Tesalónica. Si vais a las costas de Asia, encontraréis Efeso.
Si estáis dentro de los confines de Italia, tenéis a Roma, cuya autoridad es un apoyo
también para nosotros. ] Feliz Iglesia! Los apóstoles le han entregado toda su doctrina
con toda su sangre. Pedro ha sufrido un suplicio parecido al del Señor; Pablo ha
sido coronado con una muerte semejante a la de Juan (Bautista). El apóstol Juan fué
sumergido en aceite hirviendo; salió indemne y fué relegado a una isla. ¡Veamos
qué es lo que ha aprendido le Iglesia!, lo que enseña, lo que certifica, al mismo tiempo
que las iglesias de África" (xxxvi, 2-4).
De nuevo Tertuliano recuerda el símbolo bautismal que resume breve-
mente y añade: "Esta fe la Iglesia la manifiesta con el agua, la reviste del
Espíritu Santo, la n u t r e con la Eucaristía, exhorta al martirio por ella y no
admite a nadie contra esta doctrina."
Los herejes no tienen, pues, n i n g ú n derecho sobre nuestro patrimonio:
"No siendo cristianos, no tienen ningún derecho sobre los escritos cristianos y merece
que se les diga: ¿Quiénes sois vosotros? ¿Cuándo o de dónde venís? ¿Qué hacéis en mi
casa, si sois de los míos? ¿Tú, Marción, con qué derecho haces talas en mi monte? ¿Qué
autoridad tienes tú, Valentín, para desviar mis fuentes? Apeles, ¿quién te autoriza
a mudar mis fronteras? Mi dominio me pertenece, lo poseo desde muy antiguo; lo
poseía antes que existieseis vosotros. Tengo los documentos auténticos, procedentes de los
mismos propietarios a que el bien perteneció. Yo soy el heredero de los apóstoles"
(xxxvii, 3-4).
El libro termina con una exhortación apremiante: "Estos hombres proce-
den de los espíritus del m a l ; esta lucha, que debemos m i r a r de frente ( 4 8 ), es

( 48 ) "Cum quibus luctatio est nobis, fratres, mérito contemplanda, fidei necessa-
r i a . . . " D E LABRIOLLE traduce: "...avec qu'il nous faut lutter, mes freres, et qu'il
nous faut done étudier. lis snnt nérfwmires á la foi. . ." Es un error. OriVenes v Dio-
ESCRITORES CRISTIANOS DEL ÁFRICA 153

necesaria a la fe, para que se manifiesten los elegidos y se descubran los


reprobos" (xxxix, 1).
Estos hombres tienen indudablemente talento y agudeza de ingenio; pero
las mismas cualidades tienen los plagiadores de Virgilio y Homero. Estas
perversiones de la doctrina las inspira el demonio, lo mismo que las imita-
ciones idolátricas que de los misterios cristianos se encuentran en el culto de
Mitra o en las supersticiones de N u m a Pompilio. La disciplina de las igle-
sias heréticas es también argumento de su inanidad: n i h a y en ellas autoridad
n i se distinguen los catecúmenos de los fieles; se hacen las ordenaciones al
azar: "Hoy tienen u n obispo, m a ñ a n a otro; hoy es diácono el que m a ñ a n a
será lector, y es sacerdote el que mañana será simple lego; los laicos se encar-
gan de las funciones sacerdotales" (XLI, 8 ) . No se preocupan de convertir
a los paganos, sino de pervertir a los católicos; incapaces de edificar, destru-
yen; la fantasía, que ha creado su doctrina, la destruye sin cesar, para darle
nuevas formas; "los más de ellos n i siquiera tienen una iglesia; sin madre,
sin casa, sin fe, exilados, errantes como vagabundos y desterrados" (XLII, 4 ) .
Finalmente, en una escena de una ironía áspera y terrible, muestra Tertu-
liano en el juicio de Cristo a los herejes excusándose porque n i Jesucristo
ni los apóstoles le h a n enseñado ni advertido lo bastante; y presenta luego
al mismo Señor, confesando ante los justos confundidos, que les ha engañado.
"¡He ahí lo que pueden imaginarse —exclama Tertuliano— los que se h a n
desviado, los que n o se guardan del peligro que amenaza a la fe!" (XLIV, 12).

TRASCENDENCIA DE LA Así es este libro, que, junto con el Apolo-


OBRA DE PRAESCRIPTIONE. gético, es la obra más vigorosa y de fama
LA TRADICIÓN más duradera de Tertuliano. En él encon-
tramos las tesis más caras a Ireneo sobre la
tradición y, en particular, sobre el valor decisivo del testimonio de las iglesias
apostólicas; pero estas tesis aparecen aquí desarrolladas y defendidas con u n
brillo y u n fulgor tal que adquieren nueva fuerza. La forma jurídica del
argumento pone más de relieve la fuerza de la demostración y la ironía del
estilo hace que penetre hasta lo más hondo. Pero si prestamos más atención
a las ideas, se advierte m u y pronto que muchas veces son menos ricas, menos
matizadas, menos exactas que las de Ireneo. H a y una indudable exageración
en la condenación de la filosofía y de toda investigación ( 4 9 ) ; Ireneo expone
mejor el argumento de los catálogos episcopales apuntado por Tertuliano
en el capítulo x x x u ; como también señala mejor el papel preponderante de la
Iglesia romana (capítulo xxxvi, 3 ) . Además, en el estudio de la tradición,
no brilla con tanta claridad en Tertuliano ese aspecto íntimo, esa vida que,
comunicada por el Espíritu de Dios, fecunda a la Iglesia y rejuvenece sin ce-
sar ( 5 0 ). Esta laguna es m u y considerable: la tradición crea sí u n derecho;
pero transmite una vida también, y de estos dos elementos de la prueba,
tan poderosamente expuestos por Ireneo, Tertuliano no ha retenido más que
el primero. Pero el celo sacerdotal que impregna todo el libro hace que el
lector se sienta conquistado y que perdone estas lagunas y estas exageraciones
Se trata ciertamente de una obra de controversia escrita por u n teólogo, para
defender el dogma contra los adversarios; pero es más aún el esfuerzo de u n
sacerdote, que quiere guardar a sus ovejas del escándalo y del contagio de la
herejía.
nisio de Alejandría pensaron sí que era necesario el estudio de las herejías; pero
Tertuliano jamás lo creyó y este texto no dice nada que se le parezca.
( 49 ) Caps, vn y xrv, a pesar de la corrección incidental del cap. xn, 5.
(BO) L a acción del Espíritu Santo esté indicada incidentalmente en el cap. xxvni, 1.
154 H I S T O R I A D E LA IGLESIA

LA TEOLOGÍA El tratado Contra Práxeas ( 51 ) tiene muchos rasgos de


DE LA TRINIDAD semejanza con el De la prescripción: el mismo empeño
en combatir las herejías; el mismo vigor en el ataque,
la misma riqueza y fulgor de estilo; pero las fórmulas de la teología trinitaria
tienen aquí tan poderoso relieve y muchas veces están tan felizmente escul-
pidas que, ya en el mismo u m b r a l de la teología latina, aparecen como defi-
nitivas; de manera que el concilio de Nicea no hará más que consagrarlas.
Sin embargo, si prescindimos de fórmulas aisladas, el tratado en conjunto,
debemos reconocerlo, es m u y imperfecto e inferior al Apologético y al tratado
De la prescripción.
La primera objeción contra el libro nos la sugiere la fecha de su compo-
sición: fué compuesto por Tertuliano después del 213, cuando estaba ya enro-
lado en las filas de Montano. Se palpa desde el primer capítulo: Tertuliano re-
clama contra Práxeas no sólo por su herejía trinitaria, sino más por su oposi-
ción a la profecía de Frigia. El nos asegura que, coaccionado por Práxeas, el
obispo de Roma condenó la profecía que hasta entonces aprobara. "Así Práxeas
ha hecho en Roma dos obras diabólicas: h a arrojado la profecía y ha implan-
tado la herejía; ha puesto en fuga al Paráclito y h a crucificado al P a d r e " ( 5 2 ).
No se puede olvidar, al leerse este libro, que el autor se h a separado de la
Iglesia y ha dado fe a las profecías que ésta condena; pero los errores a que
esto le lleva n o hacen inútil el estudio de su obra. Tertuliano, montañista,
permanece fiel al dogma trinitario y su exposición y su defensa nos permite
muchas veces entrar en contacto con una tradición auténtica, enunciada con
u n lenguaje vigoroso, firme y claro.
Podemos resumir esta doctrina así: no h a y más que u n Dios y u n solo
Señor y sin embargo hay tres, Padre, Hijo y Espíritu Santo, cada uno de los
cuales es Dios y Señor. Esta unidad se concilia con esta trinidad, porque entre
los tres h a y unidad de origen y unidad de sustancia ( B 3 ): el "Hijo es de la
sustancia del P a d r e " ( 5 4 ) ; es la misma fórmula de Nicea; el Espíritu es "del
Padre por el Hijo" ( 5 5 ), fórmula consagrada por la tradición y sobre todo por
los padres griegos ( B 6 ).
Estas relaciones de origen no implican ninguna separación. Algunos, abu-
sando del texto evangélico " h e salido del Padre y h e venido al m u n d o "
(Ion. 8, 49) separan al Hijo del Padre. Se equivocan: el hijo ha salido del Pa-
dre como el rayo del sol, como el arroyo del manantial, como la planta de la
semilla ( B 7 ). Las mismas comparaciones aplicadas al Espíritu Santo, demues-
tran que participa de esta unidad.
Así llegamos a la fórmula no sin razón preferida por Tertuliano: "Afirmo

(51) Cf. ed. de KROYMANN, en el Corpus de Viena, t. XLVII, 1906, y en la colec-


ción de KRÜGEH, 1907. Estudio teológico de A. D'ALES, Tertuüien, pp. 67-103.
(52) Má s adelante (xxx) se comprueba la adhesión a la "nueva profecía".
( 53 ) Cap. II, texto traducido por D'ALES, op. cit., p. 69: "Ante todo es menester
repetir que la unidad de Dios no se pone en duda, puesto que se admite una sola
sustancia divina en tres personas, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Tres personas, no
por la condición, sino por el grado; no por la sustancia, sino por la fuerza; no por
la potencia, sino por el aspecto; una sustancia, una condición, una potencia, porque
hay un solo Dios que se comunica en la diversidad de grado, de forma y de aspecto,
bajo el nombre de Padre, de Hijo y de Espíritu Santo".
( 84 ) Cap. iv: "Filium non aliunde deduco, sed de substantia Patris".
(55) Ibíd., "Spiritum non aliunde deduco quam a Patre per Filium".
(5«) Cf. T H . DE REGNON, Eludes de Théologie positive, t. IV, 1898, p. 80-88.
(57) Cap. xxn. Estas comparaciones eran ya clásicas (cf. JUSTINO, Dial., LXI, CXXVIII;
TACIATTO, Adversus Graecos, v; HIPÓLITO, Advérsus Noetum, xi) y seguirán siéndolo;
los Padres de Nicea repitieron: "Lumen de lumine".
ESCRITORES CRISTIANOS DEL ÁFRICA 155

siempre una sola sustancia en tres (sujetos) unidos entre sí" ( 5 8 ). Y estos
Tres reciben ya en Tertuliano el nombre de "personas" que la teología h a de
consagrar ( 5 9 ).
Quisiéramos hacer alto aquí, pero desgraciadamente la teología de Ter-
tuliano contiene otras muchas tesis no tan satisfactorias. Conocemos la des-
confianza con que San Ireneo miraba las analogías con que algunos teólo-
gos pretendían explicar la generación divina ( 6 0 ). Tertuliano no guarda esta
reserva; cree poder escrutar los secretos de la vida divina "antes de la crea-
ción del m u n d o ; hasta la generación del Verbo" (v). Ya estas primeras pala-
bras nos revelan motivos de inquietud que la prosecución del capítulo nos
ha de confirmar: la generación divina aparece como desenvolviéndose pro-
gresivamente: en el hombre la razón ("ratio") es concebida como inerte en
u n principio; bajo el esfuerzo de la reflexión, se desprende de ella el Verbo
("sermo"). Dios que ha concebido el mundo por su Verbo, prefiere exterior-
mente este Verbo y crea el mundo ( 6 1 ). Sólo entonces considera Tertuliano
la generación del Verbo como perfecta y al Verbo mismo como verdadero
hijo de Dios ( 6 2 ).
Ahora ya no podrá sorprendernos leer en algún pasaje ( 6 S ): "Hubo u n
tiempo en que no existía n i el pecado n i el Hijo y por consiguiente el Señor
no era ni juez n i padre" ( M ) .
En el mismo capítulo en que encontramos esta teología peligrosa, tropeza-
mos con las fantasías peligrosas de que Tertuliano jamás pudo desprenderse.
Queriendo probar que el Verbo es u n a sustancia, afirma que es cuerpo y la
prueba que da de esto es que Dios también es cuerpo: "¿Quién negará que
Dios es u n cuerpo, aunque sea espíritu? Porque el espíritu es cuerpo

(B8) Cap. xil: "Ubique teneo unam substantiam in tribus cohasrentibus."


(59) Cap. vil. Argumentando contra los modalistas, TERTULIANO escribe: "Tú no
quieres que el Verbo tenga carácer de sustancia, para que no pueda parecer una
realidad y una persona" (ne ut res et persona qusedam videri possit), y un poco más
abajo: "Cualquiera que sea la sustancia del Verbo, le llamo persona y reivindico
para El el nombre de hijo", (quaecumque ergo substantia Sermonis fuit, illam dico
personam et illi nomen filii vindico). Cf. cap. xn: "Alium quomo'do accipere. debeas,
jam professus sum, personas, non substantia? nomine". Este término ha sido tomado del
lenguaje jurídico. Cf. D'ALES, op. cit, pp. 82 y ss.
í 60 ) Adv. HCBT., II, xin, 8 y II, xxvm, 4-6. Cf. Histoire du dogme de la Triniíé,
t. II, pp. 551-553.
( 61 ) Cap. vi: "Cuando Dios quiso crear los seres que había concebido en si mismo
por la razón y el verbo de su sabiduría, en sus sustancias y en sus formas, profirió
el Verbo, conteniendo en sí sus dos compañeras inseparables, la razón y la sabiduría,
porque todo fué hecho por medio de aquél por cuyo medio habían sido concebidas..."
vn: "Entonces el mismo Verbo recibió su forma y acabamiento, el sonido y la voz
cuando Dios dijo que se haga la luz. Es el nacimiento perfecto del Verbo, procediendo
de Dios. Es primeramente producido por el pensamiento, bajo el nombre de Sabi-
duría: el Señor me ha hecho principio de sus caminos; luego es engendrado para
la acción: cuando hizo el cielo, yo estaba junto a El; por consiguiente, el que es el
Hijo por la procesión, se hace primogénito, como engendrado antes que todos, e hijo
único por ser el único engendrado por Dios".
(*2) Cf. cap. xii. Explicando la palabra divina en el momento de la creación del
hombre, "hagamos al hombre", dice: "Es que entonces había junto a El una segunda
persona, el Verbo, y una tercera, el Espíritu en el Verbo". Y un poco más adelante:
"Cuando el Hijo aun no ha aparecido. Dios dice: «hágase la luz», y se hizo la luz, es
decir, el mismo Verbo que es la verdadera luz que ilumina a todo hombre, viniendo a
este mundo".
( 63 ) Adversus Hermogenem, in.
(64) Sobre esta concepción de la procesión y de la generación del Verbo en Ter-
tuliano, cf. D'AIÍS, op. cit., pp. 84-96.
156 HISTORIA DE LA IGLESIA

sui generis, en su especie." Esta afirmación es desconcertante y prueba que


Tertuliano, tan despreciador de la filosofía griega, sufría, conscientemente
o no, la influencia de la física estoica: para los estoicos no existen más que
cuerpos y el espíritu es por definición u n cuerpo ( 6 5 ).
Arrastrado por estas imaginaciones materialistas, Tertuliano se representa
la divinidad como poseída por el Padre en su totalidad y por el Hijo sólo
parcialmente: "El Padre es toda la sustancia; el Hijo no es más que una deri-
vación y una parte, como El mismo lo afirma: el Padre es mayor que y o " ( 6 6 ).
En esta oscuridad la teología del Espíritu Santo es más confusa y borrosa
a u n que la del Hijo ( 6 7 ).
En la conclusión con que cierra el tratado (c. xxx), Tertuliano alude al
misterio cristiano; pero también a la "nueva profecía", recordando así las
dos fuentes de que ha extraído su doctrina: la auténtica tradición cristiana,
atestiguada por la fe del bautismo y los oráculos de Montano. Toda su teolo-
gía trinitaria lleva esta doble impronta: en algunas de sus ideas podemos
reconocer la fe de la Iglesia, expresada con elocuencia vigorosa; pero en otras
muchas no podemos reconocer más que especulaciones individuales de u n
genio ya desviado de la Iglesia y que, buscando al Espíritu Santo, olvidó la
gran máxima de su maestro Ireneo: "Donde está la Iglesia, allí está el
Espíritu de Dios."

EL MORALISTA Los tratados de moral de Tertuliano son numerosos ( 6 8 )


y se los puede estudiar bajo u n doble punto de vista: o
como testimonio de las comunidades cristianas del África, o como expresión
del pensamiento y de las tendencias del apologista. El primer aspecto es m u y
interesante; pero nos llevaría a u n largo estudio que no podemos hacer
aquí ( 6 9 ) ; por lo tanto a través de sus obras buscaremos la personalidad misma
de Tertuliano, más bien que la sociedad cristiana de su tiempo.

(65) "Para los estoicos todas las causas son cuerpos aunque sean espíritus" (Doxo-
graphi, ed. DIELS, p. 310); cf. Histoire du dogme de la Trinité, t. I, p. 88, n. 3.
( 66 ) Cap. ix: Estas palabras de Jesús (Ion. 14, 28) tienen un sentido muy distinto
del que les da Tertuliano: debemos alegrarnos de que Jesús vuelva a su Padre porque
el Padre es mayor que El; pero esta comparación se entiende no de la naturaleza
divina, sino de la naturaleza humana impaciente por subir cerca del Padre. Más
adelante (xxxvi) Tertuliano, comentando el pasaje, de la Anunciación, entiende, como
muchos Padres, "spiritus Dei" del Verbo; pero lo explica así: "No llamándole Dios
(sino espíritu de Dios), ha querido darnos a entender como una parte del todo, lo
que deberá recibir el nombre de Hijo", y más adelante, en este mismo capítulo, lo
representa aún como "una parte dei todo". Partiendo de esta imaginación errónea,
Tertuliano explica (xiv): "que el Padre es invisible a causa de la plenitud de su ma-
jestad y que el Hijo es visible porque su grandeza es derivada y limitada así como nos-
otros no podemos contemplar el sol en la totalidad de su sustancia que está en
los cielos, mientras que soportamos sus rayos y su claridad suavizada y parcial cuando
desciende sobre la tierra".
(67) Esta confusión es particularmente sensible en los textos en que Tertuliano expo-
ne la encarnación del Hijo de Dios (cap. xxvi y xxvu). Cf. D'ALES, op. cit, pp. 96-99,
quien concluye: "es lo cierto que la personalidad del Espíritu Santo no aparece sino
muy confusamente en el tratado Contra Práxeas". En otras obras (Adversus Mar-
cionem, rv, 8; De Baptismo, x ) t Tertuliano explica que "la porción del Espíritu Santo"
que estaba en Juan Bautista, le abandonó para concentrarse en Jesús; "ut in
massalem suam summam": es la concepción enteramente materialista de un Espíritu
que se divide y no puede concentrarse en Jesús, sino abandonando al Precursor.
( 68 ) Cf. D'ALES, Tertullien, pp. 262 y ss.; TIXERONT, Tertullien moraliste, en Mé-
langes de Patrologie, 1921, pp. 117-152.
( 89 ) Ha hecho un esbozo vivo y fiel P. DE LABWOLLE, op. cit., p. 108 y ss.
ESCRITORES CRISTIANOS DEL ÁFRICA 157

Considerada la obra en su conjunto, no se puede menos de admirar la eleva-


ción y pureza de ideales que se propone. En medio del mundo pagano tan
contaminado y de cuyas lacras él mismo no ha estado indemne, Tertuliano
siente pasar u n río de aguas vivas, que a todos los que se sumergen en él
los arrastra hacia la santidad misma de Dios. Esta experiencia, de que en
torno suyo ha visto tantas pruebas, le ha convertido, y hace de él u n
apóstol. Muchos de sus pequeños tratados de moral no son más que homilías
y se siente en ellos el celo de u n sacerdote que quiere arrastrar a los fieles
a la perfección que el Evangelio les propone. Entre otros, se puede citar con
preferencia el tratado De Patientia, escrito por Tertuliano, ya sacerdote, pero
aun no seducido por el montañismo (entre 200 y 206). Sus primeras palabras
son una humilde confesión que es grato citar:
"Lo confieso delante de Dios Señor, que es temeridad de parte mía y quizá impru-
dencia, el predicar la paciencia, virtud de la que soy radicalmente incapaz de dar ejem-
plo: no hay nada de bueno en mí y sería necesario que el que pretendiese enseñar
y predicar una virtud comenzase por ponerla en práctica y así adquiriría derecho a
predicarla por la autoridad de su ejemplo."
Para no avergonzarse de que sus hechos estén en contradicción con sus pala-
bras Tertuliano muestra el ideal de la paciencia en Dios, que soporta a los
criminales y no deja de hacerles beneficios; luego encuentra el mismo ideal,
ya más próximo a nosotros, en Jesucristo, cuya vida recuerda brevemente,
insistiendo en la pasión:
"No hablo de su crucifixión, pues a ello había venido; pero ¿no podía morir, sin
sufrir tantos ultrajes? Sin embargo, no quiso morir sino saciado de sufrimientos. Se
le escupe, se le flagela, se le hace objeto de irrisión, se le cubre de vestidos ignominio-
sos, y de una corona más ignominiosa todavía. ¡Admirable y constante igualdad de
ánimo! Quiso ocultarse bajo las apariencias de. hombre; pero en nada quiso imitar la
impaciencia de los hombres. Por este solo hecho, vosotros, fariseos, podíais haber
reconocido al Señor; porque tal paciencia es imposible que pueda tenerla un hombre.
Todos estos rasgos brillantes que a los ojos de los paganos son otras tantas objeciones
contra nuestra religión, pero que para nosotros la justifican y fortalecen, demuestran
con suficiente claridad a los que han recibido la fe, no por los discursos ni por los
mandamientos, sino por los padecimientos del Señor, que la paciencia es de la natura-
leza de Dios, que es efecto y manifestación de una cualidad que le es propia."
Este texto nos revela la fuente verdaderamente cristiana de la moral de
Tertuliano: imitación de Dios, imitación de Cristo. Es preciso reconocer, sin
embargo, que en la obra del polemista tales joyas son bastante escasas; que
convida pocas veces a su discípulo a la contemplación de este ideal tan sublime
y atractivo a la vez. Se afana por una ascesis severa y rígida; pero cuyo
mismo rigor es frágil, porque es humano. Se complace en la censura de los
vicios y de los defectos y lo hace con ingenio despiadado ( 7 0 ) ; para corregir-

( 70 ) Se puede leer el tratado De virginibus velandis, en particular el último ca-


pítulo, dirigido a las mujeres casadas: " . . . E l velo debe llegar hasta el vestido;
debe caer más que los cabellos, cuando están sueltos, y cubrir el cuello... Una de
nuestras hermanas fué reprendida en sueños por un ángel... Pero ¡qué castigo mere-
cerán aquellas que durante el canto de los salmos, incluso mientras se invoca a
Dios permanecen descubiertas! ¿Y las que para la oración se ponen sobre la cabeza
una puntilla o un pañuelo y se creen cubiertas, no nos dan ellas mismas la medida
de su cabeza? Algunas tienen esa puntilla o ese pañuelo menor que su mano; se pare-
cen al avestruz que. cree estar seguro, cuando tiene la cabeza a cubierto, teniendo des-
cubierto el resto del cuerpo. Todo debe ser comprendido, la cabeza y el cuerpo; así
veremos a las mujeres cubiertas como deben." Esta sátira es una gracia ligera; pero
hay otras crueles, como por ejemplo en el capítulo xiv, sobre las vírgenes que caen
158 HISTORIA DE LA IGLESIA

nos de ellos nos presenta u n ideal de virtud austera, más estoico que cris-
tiano y quiere arrastrarnos más que por el atractivo de u n ideal divino por la
fuerza de sus invectivas. Abruma con sus censuras cuando cree ver compro-
miso o simple tolerancia con el mundo pagano, en el que la superstición lo
h a invadido todo: vida pública y privada. Esta severidad se hizo notar desde
los primeros tiempos de su vida cristiana y, en parte, se excusa por la perse-
cución q u e sin cesar hiere o amenaza a la Iglesia: "todos los tiempos y sobre
todo los nuestros son de hierro y n o de oro, para los cristianos" ( 7 1 ) .
M u y luego se exasperó su carácter al contacto con el montañismo y llegó
a adquirir u n a acritud feroz: no solamente prohibe todos los espectáculos ( 7 2 ) ,
sino todos los oficios que están o pueden estar afectados por la idolatría: n o
se puede ser, huelga decirlo, fabricante de ídolos ( 7 3 ) ; pero n i siquiera maes-
.tro de escuela (había q u e enseñar la mitología) ( 7 4 ) ; no se puede ser soldado
(el q u e a espada hiere a espada morirá) ( 7 S ) ; no se puede ser comerciante
(la avaricia es idolatría) ( 7 6 ) . E n vano se quiere protestar contra estas prohi-
biciones que cierran todos los caminos de la vida y rechazan a todos los cris-
tianos a u n desierto; Tertuliano responde:
"Es demasiado tarde para hablar así. Antes del bautismo es cuando se debía haber
reflexionado, imitando la prudencia del arquitecto que antes de comenzar un edificio,
hace sus cuentas para ver si podrá hacer frente a los gastos. Además, debéis tener
delante las palabras y los ejemplos del Señor, pues vencen todas las excusas. Decís:
«Estaré en la miseria.» El Señor ha proclamado felices a los pobres. —«No tendré
qué comer.» El Señor nos ha dicho: No os preocupéis del alimento, y respecto del ves-
tido nos ha propuesto el ejemplo de los lirios. —«Necesito plata.» Hay que venderlo
todo y darlo a los pobres. —«Quiero pensar en mis hijos.» El que pone la mano al
arado y mira atrás, no es buen obrero. —«Estoy a servicio.» No se puede servir a dos
señores..." (De idololatria, x n ) .
Semejante argumentación manejada por u n jurista como Tertuliano es
capaz de cerrar la boca a cualquier contradictor; pero n o convence a nadie.
Con u n a argumentación, igualmente sofística, pretende demostrar q u e el
cristiano no debe h u i r de la persecución: Dios la h a querido, es sabio y bueno;
luego no se debe huir. Es omnipotente, luego n o es posible sustraerse a
ella ( 7 7 ). Cualquier cristiano hubiese podido decirle q u e Dios quiere muchas
veces la persecución para castigarnos; pero n o para condenarnos a muerte: es
la doctrina de San Pablo (II Cor. 6, 9) confirmada con su ejemplo: ¡Cuántas
veces n o huyó de la persecución en Damasco, en Tesalónica, en Efeso! Los
más grandes santos, como Cipriano y Atanasio, siguieron su ejemplo.
Pero mucho m á s peligroso q u e estas prohibiciones es el principio q u e las
dicta: Todo lo que Dios no permite expresamente, por el mismo hecho lo
prohibe ( 7 8 ) y del mismo modo, la Escritura niega todo lo que no afirma ( 7 9 ) :

y que muy luego tendrán que ocultar algo que. no es la cabeza: "Mérito itaque dum
caput non tegunt ut sollicitentur gloriee causa, ventres tegere cosuntur infirmitatis
ruina."
(71) De culta feminarum, n, 13.
( 72 ) Cf. De Spectaculis.
( 73 ) Cf. De Idololatria, cap. n i y s.
(7*) Cf. ibíd., x.
( 75 ) De Corona, xi.
( 76 ) De Idololatria, xi.
( 77 ) De fuga, vi.
( 78 ) De exhortatione castitatis, iv: Quod a Domino permissum non invenitur, id
agnoscitur interdictum. OEHLER lee así este texto; pero RIGAULT, reproducido por MIGNE,
(II, 919) lee: Quod a Domino permissum non invenitur, id ignoscitur.
( 79 ) De Monogamia, iv: "Negat Scriptura quod non -r.c*~*"
ESCRITORES CRISTIANOS D E L ÁFRICA 159

si Cristo no quiso la gloria ni la riqueza, "la rechazó, y si la rechazó la con-


denó, y si la condenó, es que no significa sino pompa del diablo" ( 8 0 ). Si-
guiendo la misma argumentación, si Dios no ha dado a las ovejas u n vellón
rojo o azul, es contra su voluntad el teñir la lana de estos colores ( 8 1 ). En
estos rasgos descubrimos influencias de la filosofía estoica y cínica ( 8 3 ) ; pero,
si Tertuliano se complace en reproducirlos, es porque en ellos encuentra satis-
fecho su placer y su afán de extremar las cosas hasta el último límite; y tra-
tando los mismos temas y haciendo las mismas afirmaciones, les da su impron-
ta de hombre apasionado.
Para Musonio todo este lujo con que los hombres se empeñan en adornar
y acicalar la naturaleza, es indecoroso; para Tertuliano es diabólico; el uno ve
una falta; el otro u n crimen, el crimen de la idolatría.

EL MONTAÑISMO Fué su temperamento exagerado y violento lo que arras-


tró a Tertuliano al montañismo ( 8 3 ). La profecía frigia,
que vio la luz en el 172 y que tan rápidamente se había extendido por ei
Oriente, aun no había tenido en Occidente más que u n eco m u y leve. La
Iglesia de Lyón, que estaba tan íntimamente relacionada con las cristiandades
de Frigia y de Asia, había intervenido en 177 para apaciguar el conflicto. En
Roma, donde los montañistas habían intentado hacer propaganda, fueron
rechazados por el obispo ( 84 ) y poco después Hipólito, en su Syntagma, cla-
sificaba el montañismo entre las treinta y dos herejías dignas de condena-
ción ( 8 5 ). Sin embargo, esta herejía de ecos tan lejanos y ya m u y sospechosa
debía seducir en Cartago al gran Tertuliano.
La sorpresa crece si recordamos qué adicto era el gran polemista a la tra-
dición y a la jerarquía, y cómo en el tratado De la prescripción había atacado
a las iglesias gnósticas y marcionitas por su anarquía; cómo, en fin, parecía
estar prevenido contra las influencias femeninas. Todo esto no podía con-
quistarle la simpatía n i la indulgencia hacia u n a secta que había sido con-
denada por los obispos de Asia y que se apoyaba en la autoridad de las pro-
fetisas.
Todos estos obstáculos eran considerables; pero no era imposible superar-
los. Tertuliano, en u n momento de pasión, era capaz de pasar por todo.

í 80 ) De Idololatria, xvni.
( 81 ) De cultu feminarum, i, 8: "Si Dios pudo hacer así los carneros y no quiso;
lo que Dios no quiso hacer no hay derecho a fabricar. Estas cosas no son naturalmente
buenas, ni proceden de Dios; proceden por lo tanto del demonio, corruptor de la natu-
raleza." Cf. TIXERONT, op. cit., pp. 148-149.
(82) WKNDLAND en su disertación Philo und die kynisch-stoische Diatribe, Berlín,
1895, ha estudiado este, tema de la condenación del lujo en nombre de la naturaleza;
hay en toda esa filosofía muchos rasgos que hacen presentir a Tertuliano; lo que el
gran polemista ha añadido es el carácter idolátrico y diabólico del lujo.
( 83 ) P. DE LABRIOLLE ha escrito el estudio más completo sobre Tertuliano montañista,
La crise montarúste, pp. 294-468. Los textos de Tertuliano sobre el montañismo son
estudiados por el mismo autor, Les sources de l'histoire du montanisme, p. LXXVTII-
LXXX, 12-50. En 1924 M. A. FAGGIOTTO, en dos folletos, L'Eresia dei Frigi y La Dias-
pora catafrigia, TertulUano e la nuova profezia, ha presentado una nueva versión de
esta historia: Tertuliano se habría opuesto a Apolonio, sin pasar al montañismo; pero
toda esta construcción es muy frágil. Cf. Recherches de Science religieuse, 1925,
pp. 373-375.
(84) Este obispo que Tertuliano no nombra (Adversus Praxeam, II) parece ser Cefe-
rino. "Las intrigas de Práxeas deben colocarse entre los años 198 y los primeros del
siglo ni y es preciso afirmar que el obispo a quien trataba de conquistar era Ceferino."
(P. DE LABMOLLE, La crise montaniste, p. 275).
(8«) Ibíd., y Sources, pp. XLVIII y s.
160 HISTORIA DE LA IGLESIA

Así sucedió ahora. Este severo moralista encontró frente a sí la autoridad


eclesiástica dispuesta a censurar su rigor; mas la nueva profecía le traía la
consagración de sus teorías con u n a autoridad que pretendía ser divina y
soberana: "La dureza de corazón h a reinado hasta Cristo, la debilidad de la
carne no reina más que hasta el Paráclito. La nueva ley ha suprimido el
divorcio, la nueva profecía las segundas nupcias" ( 8 6 ) .
El polemista encontrará también en esta autoridad del Paráclito u n a reve-
lación suprema, que acallará todas las herejías y apagará toda sed de nove-
dad ( 8 7 ). Por lo demás, no sólo le parece que el dogma cristiano no eé ata-
cado sino confirmado por la nueva profecía: "Montano, Priscila y Maximila
no predican otro Dios n i dividen a Cristo, n i alteran la regla de fe y de
esperanza" ( 8 8 ) .
Así el teólogo y el moralista se cree amparado por la máxima autoridad;
pero sobre todo, el hombre espiritual ve abrirse ante sí nuevas perspectivas ilu-
minadas por el Espíritu Santo. Tertuliano esperaba con nervosismo el fin del
mundo, la nueva Jerusalén, el reino de los mil años; y ahora oye, en nombre
del Paráclito, que los tiempos están próximos, que el Anticristo ha aparecido
ya, ( 8 9 ) , que la Jerusalén celestial, cuya aparición ha sido anunciada por el
Paráclito como el gran presagio ( 9 0 ) , h a sido vista en Judea: "Todas las ma-
ñanas, durante cuarenta días, se ha visto u n a ciudad suspendida en el cielo;
las líneas de sus muros se desvanecen cuando avanza el día; y l u e g o . . . nada.
Esta es la ciudad que ha sido ya preparada por Dios, para recibir a los santos
después de la resurrección" ( 9 1 ) . Cada vez su predicación se hace más apre-
miante, y su odio al mundo, a la carne, a la vida presente, se hace implaca-
ble: "¿Para qué queremos hijos? Si los tenemos, anhelamos que partan delante
de nosotros, a la vista de los tiempos terribles que se avecinan; y nosotros
mismos estamos impacientes por h u i r de este siglo detestable y acogernos
junto al Señor" (»2).

LA IGLESIA Esta seguridad que la profecía le da del próximo fin le


Y EL ESPÍRITU llena de u n gozo sombrío, pero a u n saborea más ansiosa-
mente el placer de la posesión del Espíritu que aquélla
le garantiza. Los católicos, a los que ha abandonado, no son para él más
que "psíquicos", es decir, cristianos de segundo orden; la verdadera Iglesia, la
suya, es el Espíritu: "La Iglesia es propia y esencialmente el mismo Espí-

(86) ¡)e Monogamia, xiv; ed. OEHLER, t. I, p. 784.


(87) "El Espíritu Santo ha disipado las ambigüedades y las palabras arbitrarias por
una explicación clara y límpida de toda la fe, por medio de la nueva profecía, que
procede del Paráclito. Si bebéis en estas fuentes, no tendréis sed de doctrina ninguna,
ni os quemará la sed de ningún problema. Bebiendo siempre de la resurrección de la
carne sentiréis una eterna frescura" (De resurrectione carnis, LXIII, ed. KROYMANN,
p. 125).
(88) De lejunio, i (ed. OEHLER, t. I, p. 851). Cf. Adv. Prax., n : "Hemos creído
siempre; pero más desde que el Paráclito, guía para toda verdad, nos ha esclarecido
con mayor luz."
(8») De fuga, xn (ed. OEHLER, t. I, p. 487).
(9°) Adversus Marcionem III, xxiv (ed. KROYMANN, p. 419).
( 91 ) lbid., cf. P. DE LABRIOLLE, op. cit., pp, 330 y s.
( 92 ) Ad Uxorem, I, v. En la Exhortación a la castidad, xn, vuelve sobre el mismo te-
ma. "El cristiano como el apóstol no debe tener más que un deseo, no la superviven-
cia en los hijos, sino dejar este mundo." Añade otras consideraciones más vulgares:
"Es preciso que las leyes obliguen a los hombres a tener hijos; pues ningún hombre de
talento los desea espontáneamente."
ESCRITORES CRISTIANOS DEL ÁFRICA 161

ritu" ( 9 3 ) ; ella y sólo ella tiene el poder de perdonar los pecados; pero
no quiere usarlo: "El mismo Paráclito ha dicho por medio de los nuevos
profetas: la Iglesia tiene el poder de perdonar los pecados; pero no lo hará,
para que no se cometan más faltas" ( 9 4 ). En esta pequeña iglesia el Espíritu,
así cree Tertuliano, se complace en derramar sus carismas. Por eso nos dice
con orgullo: "Tenemos entre nosotros u n a hermana que posee el carisma de
las revelaciones; durante las solemnidades del domingo las recibe en espíritu
durante sus éxtasis; conversa con los ángeles y muchas veces con el Señor:
contempla y oye verdades misteriosas; lee en los corazones, prescribe remedios
para las enfermedades. La lectura de las Escrituras, el cantar de los salmos, la
predicación, la oración, todo ofrece materia para sus visiones" ( 9 B ).
Arrastrado por estos espejismos, el gran polemista se apartaba cada vez más
de la Iglesia; y como los herejes que tan gallardamente había combatido, él
también fué hereje de la misma herejía que había abrazado; se separó de los
montañistas y creó el pequeño grupo de los "tertulianistas" ( 96 ) y acabó "no
teniendo Iglesia, sin madre, sin fe, exilado, errante como vagabundo y
desterrado".
Después de su muerte quedó en la Iglesia el recuerdo de u n gran hombre,
recuerdo doloroso de quien primeramente la sirvió con gallarda y arrojada
valentía y luego la atacó con verdadera crueldad. No se perdió la memoria de
sus escritos; se los leía, se los utilizaba; pero nadie osaba nombrar a su
autor. Esta especie de entredicho duró casi u n siglo; Lactancio es el primero
que nombra a Tertuliano; San Jerónimo le cita a veces y Vicente de Lerins
le dedica u n capítulo (xxiv) en su Commonitorium. Tertuliano es para él el
ejemplo de un gran talento que podía haber sido para la Iglesia una gran
fuerza y fué u n gran peligro ( 9 7 ).
El eco de las luchas montañistas se ha apagado hace ya siglos; pero la lec-
ción de Tertuliano es perfectamente actual. No podemos recordar las ambi-
ciones y los errores de Tertuliano, sin que nos venga a la memoria la doc-
trina de Ireneo:
"Donde está la Iglesia allí está el Espíritu de Dios; y donde, está el Espíritu de Dios
allí está la Iglesia y toda gracia. Así los que no participan de la Iglesia, no reciben
de sus pechos maternales el alimento de vida, no beben de la fuente pura que se
desborda del cuerpo de Cristo; sino que cavan para sí pozos en la tierra, cisternas
rotas y beben de aguas turbias. Huyen de la fe de la Iglesia que sería su guía
y rechazan al Espíritu Santo que quisiera instruirles" ( 98 ).
Este hombre, talento brillante y extraordinario y carácter generoso, tuvo
una ambición: poseer el Espíritu de Dios; pero lo buscó fuera de la Iglesia,
en una Iglesia-Espíritu que él soñó; y en estos sueños se perdió.
(993) De Pudicitia, xxi, 16.
( *) Ibíd., xxl, 7. Sobre esta cuestión de la penitenca ya recordamos antes (p. 70)
las dos posiciones contradictorias adoptadas por Tertuliano católico y por Tertuliano
montañista.
(93) De anima, ix. Cf. P. DE LABRIOLLE, Sources, p. XXI. Refiere en seguida Tertu-
liano que la vidente tuvo la visión corporal de un alma humana: "Parecía espíritu,
pero no desprovisto de consistencia y de forma; al contrario, parecía que se la podía
asir, suave, luminosa de color de aire, de forma idéntica a la del cuerpo humano."
Tertuliano se regocija de ver confirmados sus sueños materialistas por una visión.
( 96 ) SAN AGUSTÍN (De Hcereticis, LXXXVI), es quien nos los da a conocer: en su
tiempo tenían aún una basílica; pero después de una intervención del santo obispo
se reconciliaron con la Iglesia y cedieron la basílica a los católicos.
(,97) Vicente aplica el mismo juicio a Tertuliano y a Orígenes; pero entre estos dos
hombres hay una enorme distancia, como veremos en el capítulo siguiente.
(98) Adversus hmreses, III, xxiv, 1.
162 HISTORIA DE LA IGLESIA

§ 2 . — S a n Cipriano ( " )

PRESTIGIO S a n C i p r i a n o n o t u v o n i el t a l e n t o l i t e r a r i o d e T e r t u -
DE SAN CIPRIANO liano, n i la erudición teológica, n i las g r a n d e s concep-
ciones d e I r e n e o o d e O r í g e n e s ; s i n e m b a r g o , su p r e s -
t i g i o e n l a a n t i g ü e d a d es i n c o m p a r a b l e : e n Á f r i c a , su c u l t o es el m á s p o p u l a r
y d i o l u g a r , i n c l u s o , a a b u s o s q u e h u b o q u e r e p r i m i r ; su a u t o r i d a d , a p e s a r d e
sus o p i n i o n e s p a r t i c u l a r e s , i n e x a c t a s sobre ciertos p u n t o s , se i m p o n e a t o d o s ,
i n c l u s o a S a n A g u s t í n ; e n O r i e n t e , M a c a r i o el G r a n d e l e c e l e b r a c o m o
t a u m a t u r g o ( 1 < K ) ); l a c r e a c i ó n , e n A n t i o q u í a , d e l a l e y e n d a d e C i p r i a n o el
M a g o , m u e s t r a l a difusión d e l c u l t o d e S a n C i p r i a n o ( 1 0 1 ) .
Su autoridad era t a n g r a n d e en Constantinopla, en tiempos del segundo
c o n c i l i o , q u e los m a c e d o n i o s p r e s e n t a r o n con el n o m b r e d e l s a n t o el t r a t a d o
De Trinitate d e N o v a c i a n o , p a r a a c r e d i t a r sus e r r o r e s ( 1 0 2 ) . Estos t e s t i m o -
n i o s , q u e p o d r í a m o s m u l t i p l i c a r , se e x p l i c a n p o r l a g l o r i a d e su m a r t i r i o y p o r
l a a u t o r i d a d d e su s e d e ; p e r o m á s a ú n p o r el í n t i m o a s c e n d i e n t e d e esta a l m a
leal, elevada, soberana.

CONVERSIÓN Esta vida cristiana de resplandores t a n vivos y dilata-


DE SAN CIPRIANO dos fué m u y b r e v e : d u r ó a p e n a s d i e z a ñ o s . N a c i ó Ci-
p r i a n o a p r i n c i p i o s d e l siglo n i ; fué r e t ó r i c o y p r o f e s o r
d e r e t ó r i c a ( 1 0 3 ) y l e c o n v i r t i ó el s a c e r d o t e Cecilio. E l m i s m o , e n s u l i b r o a
D o n a t o , d e s c r i b e e n u n a p á g i n a l l e n a d e f r e s c u r a y d e v e r d a d sus p r i m e r a s
impresiones cristianas:
" A ciegas erraba por las tinieblas de la noche, sin rumbo en el mar agitado del
mundo; flotaba a la deriva, sin saber de mi vida, lejos de la verdad y de la luz. En-
tregado a mis hábitos de entonces, juzgaba m u y difícil lo que me exigía para mi salva-
ción la bondad divina. ¿Cómo podía un hombre renacer a una nueva vida?. . . Esto me
preguntaba muchas veces; porque me sentía preso en los mil errores de mi vida pasada.
¡No creía posible desembarazarme de ellos; tan esclavo era de los vicios contraídos!...
Tanta complacencia sentía por estos males míos, hechos ya mis compañeros y fami-
liares. Pero el agua regeneradora lavó todas las manchas de mi vida pasada y una luz

( " ) BIBLIOGRAFÍA. — Ediciones: HARTEL (Corpus Script. Eccles. Latin., I-III, 1868-
1871); Correspondance, texto fijado y traducido por BAYARD, París (1925), 2 v o l . —
Estudios: MONCEAUX, Histoire littéraire de l'Afrique chrétienne, t. II (1902); Saint
Cyprien (col. Les saints), 1914. — A. D'ALÉS, Théologie de Saint Cyprien ( 1 9 2 2 ) . —
P. DE LABRIOLLE, Histoire de la littérature latine chrétienne, pp. 176-225. — E. W . B E N -
SON, Cyprian, his Ufe, his time, his work, Londres, 1897; TIXERONT, Mélanges de
Patrologie, 1921, pp. 152-209. — BATIFFOL, L'Eglise naissante, pp. 399-484 (versión
castellana, Desclée, de Brouwer, Buenos Aires).
Fecha de las obras de San Cipriano según D'ALES, op. cit., p. X I I I :
Antes del 249: Ad Donatum; 249: Ad Quirinum Testimoniorum libri III; De ha-
bitu virginum; 251: De lapsis, De catholicw Ecclesiaz unitate; 252: De dominica ora-
tione; Ad Demetrianum; De mortalitate; 253: De opere et eleemosynis; 256: De bono
patientiaz, De zelo et livore; 257: Ad Fortunatum de exhortatione martyrii.
(loo) Apocriticus, ed. BUONDEL, 1876, t. III, xxiv, p. 109.
(íoi) DELEHAYE, Cyprien d'Antioche et Cyprien de Carthage, en Anallecta Bol-
landiana, 1921, pp. 341-322. "Pocos mártires Üegaron a una celebridad más univer-
sal" (p. 315).
(102) RUFINO, De adulteratione librorum Origenis.
(103) Esto es al menos lo que dice San Jerónimo. A. BECK, en su disertación R6-
misches Recht bei Tertullian und Cyprian, Halle, 1930, ha estudiado los conocimien-
tos jurídicos de Cipriano; no nos revelan a u n profesional como Tertuliano, pero sí
al menos a u n conocedor del derecho. Beck piensa que ha podido ocupar u n puesto
en la administración civil o municipal.
ESCRITORES C R I S T I A N O S D E L Á F R I C A 163

venida de lo alto inundó mi corazón ya purificado; el Espíritu bajado del cielo, me


mudó en un hombre nuevo por un segundo nacimiento. Al momento vi maravillado que
la certeza sucedía a la duda. Vi abrirse las puertas antes cerradas y la luz brillar
en las tinieblas; lo que antes encontraba difícil encontré ahora fácil, y posible lo que
antes creía imposible... Tú sabes qué es lo que me ha elevado y me ha traído
la muerte del crimen y la resurrección de las virtudes. Tú lo sabes, no me alabo
por esto. Alabarse a sí mismo es una odiosa jactancia. Pero no es jactancia recordar
lo que se atribuye, no a virtud del hombre, sino a beneficio de Dios; no pecar más es
el primer efecto de. la fe; los pecados pasados eran efecto del error humano. De Dios
viene toda nuestra virtud, de Dios viene nuestra vida y nuestra fuerza" ( 1 0 4 ).

Textos gratos a San Agustín, que tienen ya el acento de las Confesiones.


Pero mejor que los escritos, los hechos nos dicen lo profundo de su conver-
sión. Su vida es desde el principio una vida perfecta; ya antes de su bautismo
había hecho voto de continencia ( 105 ) y había distribuido a los pobres gran
parte de sus bienes. A este desprendimiento de la fortuna se unió otro más
raro en esta época, el desprendimiento de la literatura pagana. Novaciano
está absorbido por recuerdos virgilianos; Tertuliano, Lactancio, Agustín, Jeró-
nimo citan con gusto los autores profanos y a veces se inspiran en ellos. Ci-
priano quiere olvidarlos y no cita más que la Biblia; h a y otros libros también
que lee continuamente; pero de los que no transcribe n i n g ú n pasaje: son los
de su grande y desgraciado antecesor Tertuliano, cubiertos para él de u n
velo de luto ( 10 «).
Las revelaciones y las visiones ocupan en la obra de San Cipriano u n
lugar preeminente ( 1 0 7 ), lo que no fué bien visto por algunos de sus contem-
poráneos ( 108 ) y que aun hoy ha sorprendido a más de u n historiador. Si se
quiere juzgar con equidad, h a y que tener presente el admirable equilibrio
mental de este hombre, sus virtudes extraordinarias y también las dificultades
excepcionales que debió superar ( 1 0 9 ).

(104) Ad Donatum, m-iv. Cf. ibid., xiv-xv; MONCEAUX, op. cit-, pp. 204 y ss.
D'ALES, op. cit., pp. 21-23.
(105) Este, dato nos lo ha dejado PONCIO, diácono y biógrafo de Cipriano, Vita, n.
Sobre esta vida, cf. MONCEAUX, op. cit., pp. 190-197. Esta resolución es tanto más
notable cuanto que Cecilio, el sacerdote que lo convirtió y lo bautizó, estaba casado
y, al morir, le dejó el cuidado de su mujer y de sus hijos. Hay que decir, por otra
parte, que el caso de Cecilio es excepcional en esta época en África. "No se en-
cuentra en toda la obra de Cipriano un solo sacerdote casado; a no ser el miserable
Novato, que hizo abortar a su mujer de un puntapié en el vientre" (Epist. LII, 2).
"¿Pero este hecho es posterior a la ordenación de Novato?" (D'ALES, op. cit., p. 315).
(106) MONCEAUX, que ha puesto de relieve esta reserva de Cipriano, añade muy
justamente (op. cit., p. 208): "Afectó ignorar toda la literatura contagiada de ido-
latría . . . aun la retórica, que había sido su luz en el mundo. Pero la retórica tomó
su desquite: el pensamiento del gran obispo se liberó de ella, pero no su estilo".
(107) L o s trozos más notables han sido reunidos por D'ALES, op. cit., pp. 80-82.
HARNACK ha consagrado a esta cuestión todo un artículo: Cyprian ais Enthusiast en
Zeitsckrift für N. T. Wissenschaft, 1902, pp. 177-191. Hay algunos graves errores en
este estudio, por ejemplo: "Cipriano es, por su unión del episcopalismo y del entu-
siasmo, el primer papa, por así decirlo, y ha sido preciso mucho tiempo para que
apareciese un sucesor". Parece que confunde la infalibilidad con la inspiración.
(108) Así Florencio, a quien Cipriano respondió (Epist. LXVI, 10): "Ya sé que
algunos encuentran los sueños ridículos y las visiones absurdas; pero son precisa-
mente aquellos que más quieren pensar contra los obispos que creer a un obispo. No
podemos extrañarnos de ello, pues los hermanos de José decían también de él:
He aquí que viene nuestro soñador, matémosle; y el soñador vio más tarde reali-
zados sus sueños y sus asesinos y vendedores quedaron confundidos..."
(109) Recuérdese el ejemplo de tantos de sus contemporáneos, aun entre los más
grandes y más sabios, por ejemplo de Dionisio de. Alejandría. Cf. infra, p. 278 y ss.
164 H I S T O R I A DE LA IGLESIA

CIPRIANO, OBISPO Desde su bautismo Cipriano estuvo en primer plano


en la Iglesia de Cartago. Todo contribuía a ello: su
jerarquía social, su fortuna, su talento, su virtud sobre todo. M u y pronto fué
ordenado de sacerdote, y en los primeros meses del 249 ( n o ) , a la muerte del
obispo Donato, fué elegido obispo. Rehusó en vano; pero la voluntad casi
unánime de los sacerdotes y de los fieles de Cartago le obligó a aceptar. Sin
embargo, había algunos que se oponían; entre ellos, cinco sacerdotes a quienes
m u y pronto veremos trabajar contra Cipriano, celosa y obstinadamente.
El nuevo obispo encontró u n a Iglesia numerosa; pero adormecida por una
larga paz. El mismo ha descrito sus flaquezas en el tratado sobre los após-
tatas:
"No se pensaba en otra cosa que en aumentar el patrimonio, olvidándose de lo que
los creyentes habían hecho en tiempo de los apóstoles y deberían hacer siempre. Ardíase
en insaciable avaricia y no se trabajaba más que para acrecentar la fortuna. Sin devo-
ción en los sacerdotes, sin fe en los ministros del culto, sin misericordia en las obras,
sin disciplina en las costumbres. Los hombres se teñían la barba, las mujeres se aci-
calaban; se alteraba la obra de Dios, pintándose los ojos, tiñéndose los cabellos. Para
engañar a los corazones sencillos se empleaba el engaño y el fraude y no se retrocedía
ante la estafa para defraudar a los hermanos. Se unían a los infieles por los lazos
del matrimonio y se prostituía así a los Gentiles los miembros de Cristo. No sólo se
juraba temerariamente, sino que aun se perjuraba; se despreciaba orgullosamente a
los jefes de la Iglesia y se les injuriaba con palabras llenas de veneno y vivían sepa-
rados el uno del otro por odios irreductibles. La mayor parte de los obispos que
debían dar ejemplo, despreciaban sus divinas funciones y se hacían intendentes da
los grandes de este mundo. Dejaban su cátedra, abandonaban su pueblo para viajar
por provincias extranjeras con el fin de enriquecerse con un comercio lucrativo. Mien-
tras sus hermanos padecían hambre en la Iglesia, querían tener plata en abundancia,
se apoderaban de los bienes inmueblesmpor medio de la astucia y del fraude y aumen-
taban sus ganancias con la usura" ( ) .

En u n a descripción de este género se puede suponer la exageración propia


de los moralistas y de los oradores; pero no puede negarse todo. En vísperas
de la persecución de Decio, otros documentos se hacen eco de esta página de
San Cipriano ( 1 1 2 ) ; ciertos rasgos como los que pintan al obispo usurero, son
demasiados precisos para que no respondan a u n a realidad. ¿No tenemos u n
reflejo de esto en lo que la Iglesia de Antioquía debería sufrir quince o
veinte años más tarde con su obispo Pablo de Samosata?

LA PERSECUCIÓN El gran pontífice de Cartago contemplaba con tris-


Y LAS DEFECCIONES teza la situación de su pueblo. Dios le hizo ver u n
día el castigo que disponía contra él: le mostró en
una visión al Padre de familias teniendo a su derecha a su Hijo, que parecía
triste y descontento; a la otra parte aparecía u n personaje con una red que
se preparaba a lanzar sobre el pueblo ( 1 1 3 ). M u y pronto, efectivamente, todo
el pueblo romano sería cogido en una redada: el edicto de persecución de
Decio, al advenimiento al trono (250), alcanzaba por primera vez a todos
los subditos del Imperio y les obligaba a sacrificar ( 1 1 4 ).
En la aurora que siguió al imperio de Felipe el Árabe, que tan favorable
había sido al cristianismo, esta súbita proscripción fué para los cristianos u n
despertar horrible. En Cartago se registraron muchas apostasías:
("O) Cf. Epist. LIX, 6.
(ni) De lapsis, vi, trad. MONCEAUX, op. cit., pp. 16-17.
(ll 2 ) En particular en Orígenes: Homil. in. Jerem-, IV, m ; cf. infra, pp. 218-219.
(US) Epist. xi, 4.
("4) Cf. supra, pp. 126-132.
ESCRITORES CRISTIANOS DEL ÁFRICA 165

"Hubo quienes no esperaron a ser apresados para subir al Capitolio, ni a ser interro-
gados para apostatar. Vencidos antes del combate, atemorizados antes del asalto, mu-
chos ni siquiera se acogieron a la excusa de parecer que habían sacrificado obligados
por la violencia. Ellos mismos corrieron al Foro, se apresuraron por llegar a la muerte,
como si éstos hubiesen sido sus deseos desde mucho tiempo atrás, como si ahora hubie-
sen alcanzado una ocasión por la que largo tiempo habían suspirado. ¡Cuántos magis-
trados, visto lo avanzado de la hora, tuvieron que dejarlo para el día siguiente! ¡Cuán-
tos oyeron súplicas de que n o se difiriese su m u e r t e . . . ! Y muchos, no contentos con
dársela a sí mismos, se exhortaban mutuamente a la perdición y se ofrecían la copa
mortal. Y para que se colmase la medida viéronse niños, llevados o arrastrados por
sus padres, perder en su primera edad lo que habían recibido al venir a la vida" (De
lapsis, v m - i x ) .

Otros sin s a c r i f i c a r , c o m p r a r o n u n c e r t i f i c a d o d e sacrificio. Y lo q u e es m á s


doloroso a ú n , los confesores se d e j a b a n l l e v a r d e l e s p í r i t u d e l s i g l o :

"¡Qué castigo no mereceremos, cuando los mismos confesores, que, deberían dar
a todos ejemplos de buenas costumbres no se conducen como deben! Así, porque algunos
se dejan llevar de la jactancia orgullosa y descarada de su confesión han venido tor-
turas, en que el verdugo no termina, la condenación no llega a fin, la m u e r t e no
consuela, torturas que no llevan rápidamente a la corona; sino que atormentan hasta
que abaten; a menos que la divina bondad no provoque el arrepentimiento en medio
de las torturas, o no lleve a la gloria; no poniendo fin al suplicio, sino apresurando
la muerte" ( 1 1 5 ) .

HUIDA DE SAN CIPRIANO Cipriano, m á s a m e n a z a d o q u e n i n g ú n otro,


conociendo q u e su m u e r t e dejaría sin direc-
ción a l a I g l e s i a d e C a r t a g o , se o c u l t ó a p r i n c i p i o s d e l 2 5 0 y p e r m a n e c i ó lejos
d e su c i u d a d h a s t a l a p r i m a v e r a d e l 2 5 1 . O b r ó s i n d u d a m u y p r u d e n t e m e n t e ,
pero su s i t u a c i ó n e r a m u y d e l i c a d a f r e n t e a los confesores, a los c u a l e s t e n í a
q u e r e p r e n d e r , s i n h a b e r él p a d e c i d o . S u s é m u l o s , q u e d e s d e su e l e c c i ó n
h a b í a n i n t r i g a d o c o n t r a él, a p r o v e c h a r o n estas n u e v a s d i f i c u l t a d e s : q u i s i e -
r o n suscitar u n c o n f l i c t o , p a r a i m p e d i r q u e C i p r i a n o v o l v i e s e a C a r t a g o ; p e r o
sus m a q u i n a c i o n e s se e s t r e l l a r o n c o n t r a l a f i d e l i d a d d e l a m a y o r p a r t e d e
los cristianos: se v i e r o n a i s l a d o s , c o m o e x c o m u l g a d o s p o r sí m i s m o s ; consi-
g u i e r o n , sin e m b a r g o , r e t r a s a r l a v u e l t a d e l obispo ( 1 1 6 ) .
N o c o n t e n t o s c o n i n t r i g a r e n C a r t a g o , b u s c a r o n a p o y o e n R o m a ; el p a p a
Fabián había m u e r t o m á r t i r (20 de enero del 250) y la persecución era t a n
violenta q u e , d u r a n t e q u i n c e m e s e s , fué i m p o s i b l e l a e l e c c i ó n d e s u sucesor.
M i e n t r a s la sede e s t a b a v a c a n t e , e j e r c í a n l a a u t o r i d a d los p r e s b í t e r o s , s i e n d o
u n o de los m á s n o t a b l e s N o v a c i a n o , q u e d e b í a o p o n e r s e a C o r n e l i o e n su elec-
c i ó n y h a c e r s e c i s m á t i c o . P a r e c e q u e fué él q u i e n r e s p o n d i ó e n n o m b r e d e l a
Iglesia de R o m a a l a s d e n u n c i a s d e C a r t a g o . E s a u t o r d e u n a a l m e n o s d e
las c u a t r o c a r t a s e n v i a d a s d u r a n t e estos q u i n c e m e s e s p o r l a I g l e s i a d e R o m a
a la de C a r t a g o ( m ) .

( 113 ) Epist. xi, 1. En otras cartas también reprende San Cipriano el orgullo en los
confesores (Epist. x m , 4 ) , las relaciones imprudentes entre hombres y mujeres
(ibíd., 5), las rivalidades y las querellas (ibíd., 5), la insubordinación con respecto a los
sacerdotes y a los diáconos (xiv, 3 ) .
( 116 ) Epist. XLIII, 1: "La malignidad de algunos sacerdotes ha conseguido pri-
varme de la posibilidad de llegar a vosotros antes de la Pascua". Toda esta carta
va tapizada de quejas contra el diácono Felicísimo y los cinco sacerdotes que ya
antes ha visto en una visión como cómplices de los magistrados perseguidores.
( 117 ) Sobre esta correspondencia, cf. HAKKACK, Die Briefe des rómischen Klerus
aus der Zeit der Sedisvacanz im Jahre 250 en Theologische Abhandlungen Cari von
Weizsacker gewidmet, Friburgo, 1892, pp. 1-36; D'ALÉS, op. cit., pp. 141-146.
166 HISTORIA DE LA IGLESIA

El clero romano, prevenido por las malévolas relaciones llegadas de Car-


tago, juzgó severamente la conducta de Cipriano: el buen pastor da su vida
por sus ovejas, el mercenario las abandona; "queremos, carísimos hermanos,
que haya entre vosotros, no mercenarios sino buenos pastores" (Epist. v m , 1).
La carta no llevaba nombre ni del destinatario n i del autor de la misma y cayó
en manos de Cipriano que quedó dolorosamente afectado y preguntó a Roma
si era auténtica (Epist. i x ) ; y les dio prueba suficiente de que durante el
destierro no había perdido de vista a su rebaño: "Lo que he hecho, mis
cartas os lo dicen, estas cartas que he enviado en diversas ocasiones (son
trece) y que os he remitido. Consejos al clero, exhortaciones a los confeso-
res, admoniciones a los desterrados cuando eran necesarias, llamamientos
a todos los hermanos para obtener la misericordia de Dios; nada he dejado
de hacer de lo que mi humilde persona ha podido intentar según las reglas
de fe y del temor de Dios."
Escrita esta carta, mejor informado el clero romano, se juzgó con más justi-
cia la conducta de Cipriano; en Roma se disipó toda prevención y en Cartago,
aunque no había desaparecido toda la oposición, el obispo se esforzaba y tra-
bajaba activamente. En u n principio se hizo representar en la ciudad episco-
pal por el sacerdote Rogaciano. Comprobando que su autoridad no era sufi-
cientemente respetada, instituyó u n consejo ( 118 ) compuesto de dos obispos,
Caldonio y Herculano, y de dos sacerdotes, Rogaciano y Numídico, y por
medio de ellos administró su Iglesia. Por fin, en la primavera del 251 pudo
volver a entrar en su ciudad episcopal.

LOS LAPSI Se encontró con u n a situación m u y delicada. La cuestión más


grave era la de los apóstatas o lapsi ( 1 1 9 ). Muchos cristia-
nos habían cedido en la persecución y sin esperar al juicio del obispo sobre
su reconciliación, pretendieron imponérsela. Se apoyaban en el clero hostil
a Cipriano y sobre todo en los cinco sacerdotes que se habían opuesto a su
elección, y también en los confesores que hacían valer en su favor u n derecho
de gracia ilimitado y autoritario. En tan delicadísima situación, Cipriano
tuvo que obrar en unión estrecha con el episcopado africano y con Roma.
Su línea de conducta estaba ya netamente trazada en sus cartas del des-
tierro. Con respecto a los apóstatas, guarda u n a prudente reserva; al clero
da sabios consejos seguidos de severos avisos (Epist. x v í n ) ; a los confesores
trata con grandes elogios entreverados de llamamientos a la prudencia:
"Veo que la desvergüenza de algunos fuerza vuestra reserva y la violenta. Yo os
suplico con toda la insistencia de que soy capaz, que os acordéis del Evangelio y que
consideréis cómo ery el pasado se han portado los mártires, vuestros predecesores, cuál
ha sido su circunspección en todas las cosas; os pido que penséis con cuidado y con
prudencia vuestras peticiones; sois los amigos de Dios, juzgaréis un día con El; juzgad
pues, los actos, las obras, los méritos de cada uno; reflexionad, pues, sobre la natu-
raleza y calidad de las faltas, no sea que siendo vuestras promesas inconsideradas y
nuestra indulgencia excesiva, haya nuestra Iglesia de avergonzarse ante los mismos
paganos" (Epist. xv, 3).

Tiene cuidado de transmitir sus decisiones a los obispos de África- (Epist.


xxv-xxvi) y al clero romano, entonces sin obispo (Epist. xxvn, xxvm, xxx
xxxi, xxxvi). Al clero de Cartago dio a conocer sus diligencias en Roma y la
respuesta recibida (Epist. xxix y x x x n ) . Estos documentos deberán ser comu-

("8) Epist. s u , 1.
( 119 ) Encontraremos la misma cuestión en Alejandría, cf. infra, pp. 280-281.
ESCRITORES CRISTIANOS D E L ÁFRICA 167

tricados a todos los obispos y a todo individuo del clero de otra iglesia que los
solicite. Esta decisión madurada, con tan serias reflexiones y apoyada en tan
altas autoridades, se hizo irrevocable: "Ha sido decidido de una vez para
siempre, tanto por nosotros mismos, como por el clero y los confesores de la
ciudad, por todos los obispos, tanto los residentes en nuestra provincia como
los de la otra parte del mar, que nada se cambie en la suerte de los apóstatas
hasta que, reunidos todos y de común acuerdo, sin sacrificar n i la miseri-
cordia ni la disciplina, se tome una decisión definitiva" (Epist. XLII, 3 ) .

LA PENITENCIA A su vuelta a Cartago, Cipriano reunió en u n concilio


a los obispos de África y se tomaron decisiones que des-
pués dio a conocer y comentó en su tratado De lapsis. Los "sacrifican" debe-
rán hacer penitencia y ser reconciliados solamente en la hora de la muerte.
Los "libellatici" son admitidos a la penitencia y pueden ser reconciliados.
Finalmente los que sin llegar al acto externo, se h a n dejado vencer del pensa-
miento de la apostasía, deben acusarse ante u n sacerdote, quien les impondrá
la penitencia conveniente ( 1 2 °).
En el concilio del 252, los obispos, temiendo la renovación de la persecu-
ción que hizo presentir el edicto de Trebonio Galo y queriendo disponer
a todos los fieles de buena voluntad, concedieron el perdón a los apóstatas
que después de la caída habían hecho penitencia (Epist. LVII).
En Roma el papa Cornelio, elegido en marzo del 251 observaba la misma
conducta que Cipriano ( 1 2 1 ). Pero en Roma y en Cartago los cismáticos pro-
testaron contra las medidas adoptadas: en Roma, Novaciano rehusaba el per-
dón a todos y reunía en torno suyo a los rigoristas; en Cartago, Novato con-
cedía la reconciliación a todos los apóstatas.
Estos dos hombres, de opiniones extremas y opuestas, se unieron contra
Cipriano y Cornelio; sorprendente coalición del laxismo y del rigorismo en
evidente comunidad de resentimientos y de ambiciones.

EL CISMA DE NOVATO En Cartago cinco sacerdotes se habían opuesto a la


elección de Cipriano y persistieron en su oposi-
ción. No quiso el santo obispo arrojarlos de la Iglesia y al fin, ellos mismos
la abandonaron (Epist. XLIII, 1). A la cabeza estaba el sacerdote Novato, que
había ordenado de diácono a su satélite Felicísimo (Epist. LII, 2 ) , el agen-
te más activo del cisma. Durante el destierro de Cipriano, este intri-
gante, abusando de su oficio de diácono, llegó a declarar que cualquiera que
recibiese auxilios de Cipriano sería considerado como excomulgado; a lo que
el obispo respondió que "le sea aplicada la sentencia que él mismo h a dado:
que sepa que está separado de nuestra comunión" (Epist. XLI, 2 ) ; y como el
inquieto diácono intentase atraerse a los apóstatas con la promesa del perdón,
Cipriano les advirtió que si se pasaban al partido de Felicísimo "no podrían
volver a la Iglesia, n i entrar en comunión con los obispos y el pueblo de Jesu-
cristo" (Epist. XLIII, 7). El concilio de 251 confirmó la sentencia de excomu-
nión dada contra los cismáticos (Epist. XLIX, 14). Felicísimo se dirigió enton-
ces a Roma para encontrar u n apoyo; Cipriano protestó contra este viaje de
Felicísimo a Roma y escribió al papa Cornelio, para ponerle al corriente de

(120) j)e lapsis, XXIII-XXVIII. Algunos meses más tarde, Cipriano expone de nuevo
estas decisiones en su carta a Antoniano (Epist. LV); cf. D'ALÉS, op. cit., pp. 282-297:
( 121 ) Cartas a Cipriano (Epist. XLIV y L, en la correspondencia de Cipriano); carta
a Fabio de Antioquía (Hist. Eccl., VI, XLIII).
168 H I S T O R I A DE LA IGLESIA

todo lo sucedido (Epist. X L I X ) ( 1 2 2 ) . Al mismo tiempo hacía saber a los exco-


mulgados que no podrían forzar las puertas de la Iglesia: "Si h a y quienes
creen poder entrar en la Iglesia, no por medio de súplicas sino de amenazas;
si piensan forzar el acceso no por medio de lamentaciones y de actos de repa-
ración, sino por el terror, estén seguros de que para los tales está cerrada la
Iglesia de Dios. El campo de Cristo inaccesible, fortificado, defendido por el
mismo Dios, no cede a las amenazas. El sacerdote de Dios que guarda el
Evangelio y los preceptos de Cristo, puede ser muerto, pero no vencido"
(Epist. LIX, 17).

EL CISMA DE NOVACIANO Mientras que el cisma de Felicísimo se desen-


volvía en Cartago lentamente, estallaba en
Roma otro cisma de consecuencias mucho más graves.
Al mismo tiempo que San Cipriano volvía a su sede ( 1 2 3 ), Roma elegía
por fin su titular en la persona de Cornelio. Hacía quince meses que San
Fabián había padecido el martirio; el odio de Decio era tan violento, que
"habría preferido oír que u n emperador rival se alzaba contra él, que ver
en Roma a u n obispo de Dios" (Epist. LV, 9 ) . En estas circunstancias fué ele-
gido Cornelio: "Ocupó sin temor su sede episcopal, cuando el tirano enemigo
de los obispos de Dios arrojaba fuego y llamas" (ibíd.). El nuevo papa debía
encontrar una oposición menos violenta indudablemente, pero mucho más
dolorosa que la del poder imperial: la del cisma suscitado y sostenido por
el presbítero Novaciano.
Durante la sede vacante, Novaciano había sido el miembro más destacado
del clero romano ( 1 2 4 ). Escritor distinguido, al que debemos u n tratado sobre
la Trinidad ( 1 2 S ), antes de la elección de Cornelio juró de la manera más
solemne que no quería el episcopado. "De pronto, escribe Cornelio, apareció de
obispo en medio de nosotros tamquam ex machiru¿' ( 1 2 6 ).
Desde el primer momento, el nuevo cisma se reveló con u n a violencia terri-
ble; y luego esta súbita explosión se convirtió en inmenso incendio que
alcanzó a Italia, al África, a las Galias y al Oriente. "No habiendo por insti-
tución de Cristo más que una Iglesia dilatada en multitud de miembros por
todo el mundo, u n episcopado único representado por u n gran número' de
obispos unidos entre sí, se esfuerza a pesar de la enseñanza de Dios, a pesar
de la Iglesia católica cuyos miembros están unidos y ligados entre sí, en hacer
u n a Iglesia h u m a n a ; y envía por las ciudades nuevos apóstoles, escogidos
por é l . . . Y a pesar de que en cada ciudad h a y obispos legítimamente orde-
nados, de edad avanzada, de fe íntegra, fieles en la prueba, proscritos en la
persecución, osa crear otros, que son falsos obispos" (Epist. LV, 24).

(122) Qf también Epist. XLV, 4; LII, 2.


(123) Cipriano no pudo volver a Cartago antes de la Pascua de 251 (25 de marzo),
y Cornelio fué elegido papa a principios de marzo.
( 124 ) Es él quien había escrito a Cipriano la carta xxx en nombre del clero ro-
mano. Cf. supra, p. 165.
(125) Este tratado ha sido editado por W. YORKB FAUSSET, Novatiaris Treatise the
Trinity, Cambridge, 1909. Sobre Novaciano y su teología, cf. D'ALES, Novatien,
París, 1925.
(126) Carta de Cornelio a Fabio de Antioquía (Hist. EccL, VI, XLIII, 7). Esa carta
es de gran valor por los datos que nos da sobre la Iglesia y el clero de Roma en
esta época, cf. supra, p. 121. No se deben tomar muy a la letra las acusaciones que
Cornelio lanza contra la vida anterior y la ordenación de su rival; pues no podría
hacerse sin que algo de ello alcanzase a San Fabián, que había elevado a Novaciano
al presbiterado.
ESCRITORES CRISTIANOS DEL ÁFRICA 169

Esta carta data de los primeros meses del 252: apenas hace u n año que
ha nacido el novacianismo y ya se difunde rápidamente lo mismo que u n
siglo antes el marcionismo. Expresándonos con los mismos términos que
Cipriano, diremos que era u n a Iglesia h u m a n a frente a la Iglesia católica.
En Cartago, el concilio de primavera (251) se había reunido poco después
de Pascua, verosímilmente en abril. La carta por la que Cornelio notificaba
su elección fué recibida por Cipriano que la dio a conocer a la asamblea
(Epist. XLV, 2 ) . Al mismo tiempo, le llegó u n a carta de Novaciano a la
que rehusó dar lectura (ibíd.). Sin embargo, el concilio envió a Roma dos
obispos, Caldonio y Fortunato, para que se informaran sobre la elección
papal; y se resolvió esperar hasta su regreso, antes de dar u n juicio definitivo
sobre el litigio (Epist. XLIV, 1). Esta decisión fué la última palabra del
concilio sobre el asunto ( m ) .
Algún tiempo después llegaron los enviados de Novaciano, anunciando su
ordenación episcopal; pero a la vez que ellos llegaron dos obispos, Pompeyo
y Esteban, trayendo en favor de la elección de Cornelio "testimonios y datos
decisivos" (Epist. XLIV, 1). Los enviados de Novaciano fueron entonces defi-
nitivamente despedidos, "refutados, abrumados, convencidos de ser cismá-
ticos" (ibíd., 2 ) .
Rechazados por Cipriano, los cismáticos no abandonaron el campo: se esfor-
zaron por engañar al pueblo, "yendo de puerta en puerta, de localidad en
localidad, a fin de reclutar cómplices para su revolución" (ibíd., 3 ) .
En Roma, Novaciano sostenía una disciplina implacable contra los apósta-
tas; y sin embargo hizo alianza con Novato de Cartago, partidario del
laxismo ( 1 2 8 ). Esta extraña alianza es testimonio patente del verdadero carác-
ter del cisma: si Novaciano se alzó contra el papa Cornelio, mucho más
que por el interés de una disciplina más rigurosa fué por su enorme ambición
personal ( 1 2 9 ).
Desde principios del 252 hemos visto a Cipriano denunciar el envío, por
Novaciano, de sus "apóstoles" a numerosas ciudades y la creación de falsos
obispos, frente a los obispos legítimos.
Pero Cipriano no permaneció inactivo ante tales maquinaciones: en África
conquistó a los que aun dudaban en su adhesión al papa Cornelio ( 1 3 0 ) ; en
Roma intervino ante algunos confesores que se habían dejado ganar por el

(127) Así se desprende del incidente de Adrumeto, explicado por Cipriano a Cor-
nelio (Epist. XLVII). Los sacerdotes y diáconos de Adrumeto que gobernaban la
Iglesia en ausencia del obispo Policarpo, habían dirigido antes sus cartas al obispo
de Roma, Cornelio; pero después que San Cipriano pasó por su Iglesia, las dirigieron
no a Cornelio, sino a los sacerdotes y diáconos de Roma. Cornelio se quejó a Ci-
priano, quien le respondió que el clero de Adrumeto había obrado de acuerdo con
las decisiones del concilio que Cipriano les había dado a conocer. Cf. KOCH, Cypria-
nische Untersuchungen, p. 125 y ss.
(128) Cornelio (Epist. L) denuncia a Cipriano la presencia de Novato en Roma y sus
intrigas para con Novaciano. Cipriano en su respuesta (Epist. ni) le cuenta al detalle
las maquinaciones del sacerdote cismático: en Cartago, Novato ha ordenado contra la
voluntad del obispo al diácono Felicísimo; "y como en Roma, en razón de su importan-
cia, quiso hacer más que en Cartago, cometió crímenes mucho mayores y más graves:
aquí había hecho un diácono contra la Iglesia, allí es un obispo lo que ha hecho".
Según esta carta la división del clero romano y la elección de Novaciano se deberían
principalmente a Novato.
(129) Antes de su elección, Novaciano había hecho presentir su rigorismo (Epist.
xxx) pero sólo reservando la elección del caso de apostasía al obispo que. fuese ele-
gido. Cf. D'ALES, Novatien, p. 144, s.
(130) Larga carta a Antoniano (Epist. LV) que, adherido en un principio a Cornelio,
según las indicaciones que da Cipriano, se dejó convencer por las intrigas de Novaciano,
170 HISTORIA DE LA IGLESIA

cisma y m u y pronto tuvo el gozo de saludar la vuelta de aquéllos "a su madre,


es decir, a la Iglesia católica" ( 1 3 1 ).

EL TRATADO SOBRE LA Los cismas que desgarraron entonces la Iglesia


UNIDAD DE LA IGLESIA de Cartago y la de Roma dieron ocasión a que
Cipriano publicase u n tratado sobre La unidad
de la Iglesia ( 1 3 2 ). El libro había sido redactado durante el destierro, antes de
su vuelta a Cartago y dado luego a conocer en el concilio de la primavera
del 251 al mismo tiempo que el De lapsis. Los dos escritos fueron enviados
a Roma, poco tiempo después de la elección del papa Cornelio ( 1 3 S ).
Este librito no es u n tratado de teología, sino una exhortación apremiante
dirigida por el obispo a sus fieles, turbados por las intrigas de Novato y Feli-
císimo. Aun no había cedido la persecución; pero los cristianos debían tener
presente que el perseguidor no es el único adversario y que deben temer
más aún a los enemigos interiores que atacan solapadamente. El diablo, viendo
a los hombres abandonar la idolatría y desertar de sus templos, "ha inven-
tado herejías y cismas a fin de arruinar la fe, corromper la verdad, desgarrar
la unidad". Para resistir a este demonio que se transforma en ángel de luz,
basta recordar la fuente de la verdad. El Señor dijo a Pedro: "Yo te lo digo,
t ú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del
infierno no prevalecerán contra ella; yo te daré las llaves del reino de los
cielos, y lo que atares sobre la tierra, será atado en los cielos, lo que desatares
sobre la tierra será desatado en los cielos."
"La Iglesia está construida sobre u n o . . . ( 1 3 4 ) . Quien no está adherido a
esta unidad de la Iglesia, ¿puede creer que mantiene su adhesión a la fe?
Quien se opone y resiste a la Iglesia ¿puede afirmar que continúa en la
Iglesia?" ( 1 3 5 ).

(131) Epist. XLVII, 1. La carta XLVÍ va dirigida a los confesores cismáticos; por
respeto al obispo de Roma, Cipriano da como consigna al portador el remitirla a sus des-
tinatarios sólo en el caso de. que Cornelio lo juzgase conveniente (Epist. XLVII).
( 132 ) Sobre este libro y su teología, cf. D'ALES, op. cit., pp. 97-140; CHAPMAN,
Studies on the early Papacy, Londres, 1928, pp. 28-50; VAN DEN EYNDE, La double
édition du De Unitate de Saint Cyprien en Revue d'Histoire ecolésiastique, t. XXIX,
1933, pp. 5-24. Sobre la cuestión particularmente estudiada en este artículo, cf. LE-
BRETON; La double édition du De Unitate de Saint Cyprien en Recherches de Science
religieuse, t. XXIV, 1934, pp. 456-467.
(133) Este envío es anterior a la carta LIV, en la que Cipriano escribe a los cis-
máticos reconciliados que deben gustar más este libro. Esta sucesión de hechos nos
da a conocer la finalidad del tratado: cuando Cipriano emprendió su redacción tenía
presente no el cisma de Novaciano, que. aun no había estallado, sino el de Feli-
císimo. Cf. Recherches de Science religieuse, t. XXIV, 1934, pp. 457-458.
(134) El texto que transcribimos añade, en este lugar: "Después de la resurrec-
ción ha dado a los apóstoles parecido poder, diciéndoles: «Como el Padre me ha
enviado a mí, así os envío yo a vosotros. Recibid el Espíritu Santo; serán remitidos
los pecados a quienes vosotros se lo perdonareis, serán retenidos a quienes se los
retuviereis». Sin embargo, para señalar la unidad, ha hecho que esta unidad tenga
su fuente en uno. Ciertamente que todos los apóstoles eran lo que era Pedro, parti-
cipando del mismo honor y del mismo poder; pero la unidad existe desde el prin-
cipio, para demostrar que la Iglesia de Cristo es una. Esta Iglesia es la que el
Espíritu Santo designa en el Cantar de los Cantares, cuando hablando en el nombre
del Señor, dice: «Es mi paloma, mi perfecta; única para su madre, elegida para
el que la ha engendrado»".
% (135) Junto a este texto que hemos traducido, hay otro, atestiguado también por
antiguos testimonios y por muchos manuscritos. Después de citar a Mt. 16, 18-19,
dice este texto: "Y al mismo (a Pedro) después de su resurrección (el Señor) le
dice: «apacienta mis ovejas». Sobre él edificó la Iglesia, a él da a apacentar las ove-
ESCRITORES CRISTIANOS DEL ÁFRICA 171

Los obispos tienen el deber de salvaguardar esta unidad: "el episcopado


es uno e indiviso", en el que cada obispo tiene solidariamente su parte ( 1 3 e ).
Es u n árbol que extiende sus ramas por toda la tierra, es una luz que irradia
por todo el mundo, es u n río cuyos brazos se dilatan llevando a todas partes
su fecundidad; "pero no h a y más que u n jefe, no h a y más que u n a fuente,
no hay más que una madre; de su seno nacemos, su leche nos alimenta, su
espíritu nos da vida".
Se vive en estas fervorosas afirmaciones la adhesión de Cipriano a la u n i d a d
de la Iglesia; pero a través de estos símbolos se presienten también otras fuer-
zas que h a n de presionar sobre su espíritu. Esta posesión solidaria del
gobierno de la Iglesia por todos los obispos ¿es suficiente para salvar la uni-
dad? Cuando haya graves divergencias que dividan entre sí a los miembros
del episcopado, ¿quién podrá imponerse a todos y resolver el conflicto? Desde
la publicación del tratado sobre La unidad de la Iglesia apunta ya la con-
troversia que pronto h a de surgir entre Cartago y Roma, entre San Cipriano
y San Esteban ( 1 3 T ).

CIPRIANO Y CORNELIO En la época en que estamos, tales amenazas


eran aún lejanas; podía surgir alguna mala
inteligencia ( 13S ) entre San Cipriano y San Cornelio; pero pronto se disiparía;
pues entre los dos grandes obispos existía la más estrecha unión. La Iglesia
guarda u n recuerdo de esta concordia en sus dípticos donde nombra a Ci-
priano junto a Cornelio. Los dos dirigen la lucha contra Novaciano, lucha
que se extiende a toda la Iglesia. Treinta y cinco años antes, el cisma de
Hipólito había dividido a la Iglesia de Roma; pero no tuvo eco en el resto
de la Iglesia; Novaciano es más emprendedor: es la verdadera figura del
antipapa. Intentó incluso, aunque en vano, hacer valer su causa ante Dioni-
sio de Alejandría ( 1 3 9 ).

jas. Y aunque El concede a todos los apóstoles parecidos poderes, sin embargo esta-
blece una sola cátedra y funda con su autoridad el origen y el carácter de la unidad.
Los demás eran lo que era Pedro. Pero la primacía se ha dado a Pedro, y nos ha
hecho ver que la Iglesia es una, que la cátedra es una. Todos son pastores; pero
no hay más que un rebaño, que todos los apóstoles apacientan de unánime acuerdo.
¿El que no mantiene su adhesión a esta Iglesia, puede creer que mantiene su adhe-
sión a la fe? ¿El que abandona la cátedra de Pedro, sobre el cual está fundada la
Iglesia, puede tener esperanza de permanecer en esta Iglesia? Siendo así que el
bienaventurado Pablo nos da esta doctrina y manifiesta el misterio de la unidad,
diciendo: «Un solo cuerpo y un solo espíritu y una sola esperanza de vuestra voca-
ción, un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo y un solo Dios»". Sobre el origen
y el alcance de estos textos, cf. infra, pp. 355-357.
( 136 ) Son dignos de notarse estos textos jurídicos: Ut episcopatum unum et indi-
visum probemus. . . episcopatus unus est, cujus a singulis in solidum pars tenetur (v).
Se reconoce en esta teología un hombre al que es familiar el derecho romano.
( 137 ) En el capítulo xi, Cipriano niega la validez del bautismo conferido por los
cismáticos (texto citado, infra, pp. 174-175). Y más abajo ataca (cap. xix) a los que des-
precian la tradición de Dios para instituir una tradición humana. Lo mismo hace
en la carta XLIII, 6: "Rechazan el mandamiento de Dios y se esfuerzan por esta-
blecer su tradición". Por otra parte, durante la sede vacante, la pluma de Nova-
ciano, aun católico, escribió esta máxima que seis años más tarde será repelida por
Esteban contra Cipriano: "Nihil innovandum" (Epist. xxx, 8). Cf- D'ALES, Nova-
tien, p. 148.
(138) El incidente de Adrumeto hirió a Cornelio, y Cipriano a su vez se sintió
herido cuando en 252 los cismáticos cartagineses que fueron a Roma encontraron
acogida por un momento en Cornelio (Epist. LIX). Sobre esta carta, cf. D'ALES, Cyprien,
pp. 160-163.
(139) L a c a r t a de Novaciano no ha llegado hasta nosotros; pero EUSEBIO nos ha
172 HISTOEIA DE LA IGLESIA

Pero, al menos, consiguió conquistar a Fabio de Antioquía e introducir la


lucha en Oriente. San Cornelio se vio obligado a informar y a llamar al
orden al obispo de Antioquía, por medio de una carta llena de vehemen-
cia ( 1 4 °). Fabio murió m u y pronto y Heleno de Tarso convocó u n concilio
en Antioquía, al que fué invitado Dionisio de Alejandría para ponerlo en con-
tacto con miembros destacados del concilio, especialmente con Cesáreo d e
Capadocia y Teoctisto de Cesárea de Palestina.
Hubo en el concilio quienes "intentaron sostener el'cisma" ( 1 4 1 ) ; pero fue-
ron convencidos de su error y todo el Oriente quedó apaciguado en l a ' u n i d a d
católica. San Dionisio, el gran pacificador, tuvo el gozo de comunicar al p a p a
San Esteban que la paz estaba asegurada ( 1 4 2 ).

ESTEBAN Y CIPRIANO En Occidente, los remolinos de la gran tempestad


agitaban aún la Iglesia. San Cornelio había muerto
en el destierro (junio de 253); su sucesor Lucio apenas si duró u n año en e l
cargo; pues, vuelto a Roma, después de u n corto destierro, murió a 5 de
marzo de 254: le sucedió San Esteban que debía gobernar la Iglesia poco
m á s ' d e tres años (mayo de 254-agosto de 257).
E n sus relaciones con San Cipriano se siente desde el principio una m a l a
inteligencia, que m u y pronto llegará a ser u n grave conflicto.
El p r i m e r hecho que puso en evidencia las discrepancias de los dos pontí-
fices, nació de la defección de dos obispos españoles ( 1 4 3 ), Basílides, obispo-
de León y Astorga, y Marcial, obispo de Mérida, que aceptaron certificados
de apostasía y cometieron otros graves errores ( 1 4 4 ). En consecuencia, los dos
fueron depuestos de sus sedes; pero Basílides acudió a Roma y consiguió
engañar al papa. Su degradación, por lo demás, estaba impuesta por la deci-
sión del papa "Cornelio, nuestro colega, hombre pacífico y justo, a quien
Dios ha concedido el honor del martirio: él ha decidido que tales hombres
pueden sin duda ser admitidos a la penitencia; pero debían ser separados
del clero y de la dignidad episcopal" ( 1 4 5 ).
conservado (Hist. Ecch, VI, XLV) la respuesta de Dionisio. Es modelo de firmeza y
de dulzura: "Dionisio al hermano Novaciano, salud. Si es verdad que has sido
arrastrado, como tú dices, contra tu voluntad, lo demostrarás volviendo espontánea-
mente. Efectivamente, es preciso soportarlo todo antes de desgarrar la Iglesia de
Dios. No es menos glorioso padecer el martirio por no llegar al cisma que por no
adorar los ídolos; aquello es, a mi parecer, mucho más grande, pues en un caso
se da la vida por la propia alma, en el otro por toda la Iglesia..." Estas últimas
palabras recuerdan a Cipriano, De Unitate, xrx. Es muy probable que este tratado
enviado a Roma haya llegado también a Alejandría.
( 14 °) Así lo cuenta Eusebio, Hist. EccL, VI, XLII, 5-22. Cf. supra, p. 168, n. 126.
(141) EUSEBIO, Hist. EccL, VI, XLVI, 3, según una carta de Dionisio a Cornelio.
( 142 ) Carta citada por EUSEBIO, Hist. EccL, VII, v, 1, ed. FELTOE, p. 41. Más tarde
Dionisio expresaba de nuevo al papa su juicio sobre Novaciano: "Ha dividido la i,
Iglesia, ha arrastrado a algunos de nuestros hermanos a la impiedad y a la blasfemia;
ha introducido una doctrina blasfema sobre Dios y ha acusado a nuestro caritativo
Señor Jesucristo de falta de misericordia; pero más aún, ha rechazado el santo
bautismo, ha trastornado la fe y la confesión que le preceden y ha arrojado al
Espíritu Santo de. aquellos que lo han recibido, aunque haya alguna esperanza de
que permanece en ellos y aun también de que vuelva" (carta citada por EUSEBIO, Hist.
EccL, VII, vn, 6-8).
( 143 ) Sobre este asunto, cf. GARCÍA VIIXADA, Historia Eclesiástica de España, t. I,
pp. 183 y ss.
( 144 ) Basílides confiesa haber blasfemado de Dios; Marcial ha participado du-
rante mucho tiempo de los banquetes de un colegio pagano y ha hecho enterrar a
«us hijos entre los paganos.
(145) Todas estas quejas y razones están tomadas de la carta LXVII, dirigida por
ESCRITORES CRISTIANOS DEL ÁFRICA 173

En todo esto, Cipriano no ataca directamente a Esteban; tiene cuidado de


•excusar su error y hacer recaer la culpa sobre los que le h a n engañado. H a y ,
sin embargo, u n a oposición clara entre el criterio de Roma y el de Cartago
y los elogios dirigidos a Comelio parecen una lección indirecta para Esteban
su sucesor. La carta, suscrita por los obispos reunidos en el concilio en el otoño
de 254, es posterior en seis meses a la elección de Esteban, que había sido
proclamado el 12 de mayo. A este mismo año de 254 o a los primeros meses
del año siguiente pertenece la carta LXVIII enviada por Cipriano a Esteban.
El obispo de Lyón, Faustino, había hecho varios viajes a Cartago y los obispos
de la provincia gala escribieron a Roma varias cartas, para denunciar al
obispo de Arles, Marciano, culpable de haberse adherido al cisma de Nova-
ciano y al partido del rigorismo, y con esta ocasión Cipriano dicta al papa
la conducta que ha de seguir:

"Debéis escribir claramente a nuestros colegas de la Galia, a fin de que no con-


sientan por más tiempo a Marciano, que es terco, orgulloso, enemigo de la piedad
divina y de la salvación de nuestros hermanos, que insulte a nuestro colegio. . . Enviad
en seguida a la Provenza y a los fieles de Arles una carta en virtud de la cual quede
Marciano excomulgado y ocupe otro su lugar, a fin que el rebaño de Cristo, dis-
persado, herido, disminuido, pueda volver a reunirse" (Epist. LXVIII, 2-3).

Apoya estas exigencias en el deber de los pastores para con sus ovejas y en
las anteriores decisiones del episcopado, en particular de Cornelio y de Lucio.

"Esta ha sido la manera de pensar de todos y en todas partes. No podemos tener


parecer distinto nosotros, en quienes hay un solo Espíritu; es evidente que no tiene la
verdad del Espíritu Santo, quien siente de manera distinta de los demás. Hacednos
saber quien ha de ser nombrado para la sede de Arles en lugar de Marciano, a fin
de que sepamos a quien debemos dirigir nuestros hermanos y a quien tendremos
que escribir" (Ibíd., 5).

Esta carta nos muestra u n a vez más la independencia de Cipriano; pero


al mismo tiempo, nos da a conocer el papel que se le reconocía ya, al obispo
de Roma: si se le pide que obre, es que n i n g ú n otro puede hacerlo; ni
Faustino de Lyón, n i Cipriano, ni nadie puede suplir al obispo de Roma ( 1 4 6 ).
Nótese también la afirmación de la unanimidad de sentimientos, necesa-
riamente garantizada por la común posesión del Espíritu Santo: es una de
las ideas más caras a Cipriano.

EL BAUTISMO U n problema mucho más grave que los precedentes


DE LOS HEREJES iba a poner a prueba esta concepción de la Iglesia
y revelar dolorosamente sus quiebras. La cuestión de-
batida fué la validez del bautismo conferido por los herejes ( m ) .

Cipriano y otros treinta y seis obispos al clero y fieles de las Iglesias de León y
Astorga y de la Iglesia de Mérida.
(14S) ¿Se le pide que mande nombrar un obispo o que lo nombre él mismo? Es
dudoso; pero tenemos en esta época nombramientos episcopales hechos por el papa:
Cornelio anuncia a Cipriano (Epist. L, 13-15) que Evaristo, pasado al cisma, ha
sido depuesto y reemplazado por Zeto, y escribe con más claridad a Fabio de
Antioquía (cf. EUSEBIO, Hist. Eccl., VI, XLIII, 10), que ha elegido dos obispos en
lugar de los consagradores de Novaciano; finalmente, Novaciano, que actúa como
obispo de Roma, envía a diversas iglesias obispos de su partido (Epist. LV, 24). Cf.
D'ALÉS, op. cit., p. 181.
(147) Qf_ D'ALES, art. Baptéme des hérétiques en el Dictionnaire apologétique,
t. I, col. 390-418.
174 HISTORIA DE LA IGLESIA

Desde finales del siglo n existía esta cuestión en muchas iglesias: las here-
jías pululaban y muchas almas engañadas algún tiempo planteaban al conver-
tirse a la iglesia católica, u n caso de conciencia que era preciso resolver.
En Roma, se seguía la tradición antigua y se admitía que el bautismo confe-
rido por los herejes podía ser válido ( 1 4 8 ) ; se limitaban en este caso a recon-
ciliarlos con la imposición de las manos. En África, por el contrario, se
afirmaba que jamás u n hereje podía administrar u n bautismo válido: Tertu-
liano había defendido esta tesis en su De Baptismo (xv) y por las mismas
fechas, a principios del siglo n i , u n concilio de Cartago, presidido por Agri-
pino, abundó en las mismas ideas. Las iglesias de Frigia y de la Siria del
norte, empeñadas en la lucha contra el montañismo, habían rehusado reco-
nocer el bautismo de estos herejes ( 1 4 9 ) ; y en verdad, el bautismo montañista
era inválido por la misma forma; pues los montañistas invocaban en vez del
nombre del Espíritu Santo el del profeta o el del mismo bautizante: " E n
el nombre del Padre y del Hijo y de M o n t a n o " ( 1 B 0 ). Pera en esta época la
teología de los sacramentos está todavía sin elaborar y a u n no se ha llegado
a una distinción neta de los distintos bautismos heréticos: así, Dionisio de
Alejandría admite como válido hasta el bautismo de los herejes montañis-
tas ( 1 5 1 ) ; e inversamente, los africanos rechazan todo bautismo de los here-
jes, no porque la forma sea inválida, sino porque su ministro no era digno:
como éste no tiene el Espíritu Santo, no puede comunicarlo a nadie.
Esta manera de razonar era especiosa y peligrosa; no tiene en cuenta que
la gracia del sacramento no procede del ministro que lo confiere sino de
Cristo: El es el que bautiza, sea el ministro Pedro, sea Judas. Otro africano,
San Agustín, defenderá dicha doctrina contra los donatistas ( 1 5 2 ) y la esta-
blecerá con tanto vigor que n i n g ú n teólogo podrá ya jamás olvidarla. En la
época que historiamos, esta precisión teológica estaba m u y lejos de ser posi-
ción conquistada. El papa Esteban invoca la tradición ( 1 B 3 ); pero Cipriano
cree ver en ella u n error inveterado, que es preciso corregir: "No h a y que
dejarse vencer por la costumbre, sino vencer con la razón" (Epist. LXXI, 3 ) .
T a l es el objeto del conflicto que durante muchos años va a turbar profun*
damente la paz de la Iglesia.
Ya en 251, en su tratado sobre La unidad de la Iglesia (c. xi) Cipriano
había afirmado con gran fuerza la tesis africana. Hablando de los herejes
cismáticos de Cartago, escribía:
"No pudiendo haber otro bautismo que el bautismo único, creen bautizar; han
abandonado la fuente de la vida y prometen la gracia del agua vital y saludable.

(148) Era preciso que la fórmula empleada fuera la que la Iglesia ha recibido del
Señor. Así San Basilio acusa a San Dionisio de haber admitido la validez del bau-
tismo de los montañistas: "¿Cómo admitir el bautismo de aquellos que bautizan en
el nombre del Padre, del Hijo y de Montano o de Priscila? Los que han sido bau-
tizados con un rito que no nos ha sido enseñado, no están bautizados (Epist. II,
CLXXXVIII).
( 149 ) Epist. LXXI, 4; LXXUI, 3; LXXV (carta a Firmiliano), 7. DIONISIO, carta a
Filemón, en EUSEBIO, Hist. Eccl., VII, vn, 5.
( 150 ) BASILIO, citado en la nota 148.
( 151 ) El testimonio de San Basilio, que acabamos de citar, es un testimonio
formal. Está equivocado, pues, SAN JERÓNIMO (De Viris iUustribus, LXIX) al colocar
a Dionisio entre los adheridos "a la doctrina de Cipriano y del sínodo de Cartago".
En esta cuestión, como en otras muchas, parece que Dionisio tuvo presente el salvar
la paz, aun a precio de. la más amplia tolerancia. Cf- FELTOE, Dionysius, pp. 40-59.
(152) £)e Baptismo contra donatistas libri VII; Contra epistolam Petiliani libri III;
Contra Cresconium libri IV, y accidentalmente en otras de sus obras.
( 153 ) Cf. D'ALES, art. cit., col. 415.
ESCRITORES CRISTIANOS DEL ÁFRICA 175

Los hombres con ello no quedan lavados, sino manchados; los pecados no quedan
borrados sino aumentados. Este nacimiento no da hijos de Dios, sino del diablo. Los
que. nacen de la mentira no pueden pretender las promesas de la verdad."

Cuando San Cipriano se expresaba así, se fijaba solamente en el cisma de


Felicísimo; pero m u y pronto el cisma de Novaciano multiplicaría por todo el
mundo los bautismos de los cismáticos ( 154 ) y la Iglesia contemplará la con-
versión de muchos de ellos que, disipado el error, h a n abrazado la verdad.
En este caso, Cipriano es terminante:
"No existe más bautismo que el bautismo único" ( 1 5 5 ).
En Roma, la tradición no está de acuerdo con este criterio de Cipriano y se
atiende a la tradición; y no solamente en Roma sino también en Alejandría
y en Palestina ( 1 5 6 ). En África, la decisión promulgada por el concilio de
Cartago presidido por Agripino había sido aceptada por todo el episcopado de
la Proconsular y de la N u m i d i a ; pero la Mauritania, menos relacionada con
Cartago y más sensible a la influencia de Roma, parece que seguía el uso tra-
dicional que Roma había conservado.
Esta oposición no podía níenos de doler a Cipriano y a los suyos. U n laico,
Magno, le consultó sobre el bautismo de los Novacianos. La respuesta fué
categórica:
"Siguiendo el sentimiento que nos inspira la fe de que somos capaces, tanto como
la santidad y la verdad de las divinas Escrituras, declaramos que los herejes y cis-
máticos no tienen poder ni derecho ninguno" (Epist. LXIX, 1).

Después de haber justificado largamente este su sentir, concluye Cipriano:


"Yo doy mi parecer, pero no impido que algún jefe de la Iglesia decida lo que
a él le parece bien; dará cuenta de su conducta al Señor" (Ibíd., 17).

LOS CONCILIOS DE CARTAGO En el concilio dé Cartago (otoño del 255), en


el que tomaron parte treinta y u n obispos
de la Proconsular, Cipriano hizo u n a consulta sobre dicha cuestión a die-
ciocho obispos de N u m i d i a ; la respuesta, hecha en nombre de todos, es categó-
rica (Epist. LXX). Poco después, respondiendo a Quinto, obispo de Mauritania,
Cipriano le hace conocer la consulta precedente y acentúa su alcance; y se
asombra de que otros obispos sean de distinto parecer. Se a m p a r a n en la
costumbre; ahora bien: ésta es la razón que hay que vencer; Pedro ha cedido
ante Pablo: "El nos enseñó a no adherirnos con obstinación; sino más bien
a apropiarnos, cuando están conformes con la verdad y con la justicia, las
ideas buenas y saludables que nos pueden ser sugeridas por nuestros hermanos
y colegas" (Epist. LXXI, 3 ) .

(154) En esta cuestión, ni Cipriano ni sus contemporáneos distinguían cismáticos


de herejes.
(155) Sobre este punto abundan los textos de Cipriano. Han sido reunidos por
D'ALES, Théologie de Saint Cyprien, p. 230, n. 1.
(166) Sobre Alejandría, cf. supra, pp. 173-174; la tradición palestina está implí-
citamente atestiguada por Eusebio. En el relato que hace de la controversia bautismal
(Hist. Eccl., VII, II, n i y ss.) presenta el uso romano como universalmente aceptado:
"El primero de sus contemporáneos, Cipriano, pastor de la Iglesia de Cartago, pen-
saba que no había que recibir más que a aquellos que habían sido purificados pre-
viamente de la herejía mediante el bautismo; pero Esteban, pensando que no había
que innovar nada dentro de la tradición en vigor desde el principio, se opuso viva-
mente" (Hist. Eccl, VII, ni).
176 H I S T O R I A DE LA IGLESIA

En el concilio de primavera del 256, setenta y u n obispos de la Proconsular


y de la Numidia confirman su precedente juicio sobre la cuestión bautismal
y además decretan que los clérigos que vuelven de la herejía a la Iglesia no
pueden ser admitidos más que a la comunión laica.
Comunicaron sus decisiones al obispo de Roma, añadiendo: "No pretende-
mos hacer violencia, n i dar leyes a nadie; cada obispo tiene libertad en la
administración de su iglesia, salvo la cuenta que tendrá que dar al Señor"
(Epist. LXXII, 3 ) . Se transmitía al mismo tiempo al papa las dos cartas pre-
cedentes. Esta comunicación, en particular de la carta LXXI, le debió parecer
al papa m u y poco grata; pero Cipriano no tenía más que u n a preocupación:
hacer triunfar la verdad, cueste lo que costare, y para esto hacerse oír (-157).
Por el mismo tiempo, Cipriano respondió a la consulta de u n obispo de la
Mauritania, Jubayano. Le remitió los documentos de la controversia, cartas,
decisiones conciliares, refutando algunos argumentos que aquél le oponía.
Algunos de ellos están tomados de u n tratado De Rebaptismate escrito proba-
blemente por u n obispo de la Mauritania y que quiere hacer valer teorías
m u y aventuradas, algunas de las cuales perjudican más que favorecen la tesis
romana, que el autor pretende defender ( 1 B 8 ). Otros argumentos están toma-
dos de u n tratado anónimo, quizá de origen romano.
A través de estas discusiones, se siente el ardor de la controversia que con-
mueve a toda la Iglesia y sobre todo al África. El concilio de otoño del 256,
que se reunió el día primero de septiembre en Cartago, congregó el mayor
número de obispos hasta entonces conocido: asistieron ochenta y siete, de los
cuales cincuenta de la Proconsular y al menos treinta de la Numidia; los
obispos de la Mauritania, pocos en número, son para nosotros desconocidos. Se
nos h a n conservado las Actas de este concilio ( l s 9 ) : se abren con la alocución
del obispo de Cartago; Cipriano, después de haber hecho leer la carta de Ju-
bayano y su respuesta añade:
"No nos queda más que comunicar a todos nuestro parecer; sin pretender juzgar
a nadie, ni excomulgar a los que no participan de nuestras ideas. Porque ninguno de
nosotros está constituido en obispo de los demás; ninguno debe tiranizar a sus co-
legas, ni aterrorizarles, para arrancar su asentimiento, puesto que todos los obispos
son libres para ejercitar su poder según su criterio; y ni puede ser juzgado por otro
ni puede juzgar a otro. Pero todos debemos esperar el juicio de Nuestro Señor Je-
sucristo, ai cual únicamente pertenece, confiarnos el gobierno de la Iglesia y juzgar
nuestra conducta" ( 16 °).
Al hablar Cipriano en esta forma a sus colegas de África, quería recordar
su independencia y mostrar que no intentaba ejercer presión ninguna sobre
sus colegas; pero es imposible no ver aquí la lección que se dirige a otro
obispo, cuya autoridad, mayor que la del obispo de Cartago, se afirmaba ya
con una insistencia que inquietaba a los africanos. En la discusión, el obispo
de Roma no es nombrado más que u n a vez, e incidentalmente ( I 6 1 ) ; pero su
recuerdo está siempre presente y algunos obispos no guardaron la reserva
discreta de Cipriano ( 1 6 2 ).
(157) Cf. D'ALÉS, Théologie de Saint Cyprien, p. 190.
(1B8) Cf. D'ALÉS, ibíd.
( 159 ) Sententim Episcoporum numero LXXXVIII de hcereticis baptizaríais (ed.
HARTEL, pp. 435-461).
(leo) Qf comentario en D'ALÉS, op. cit., p. 197.
(l'6l) p o r Crescente de Cirta que menciona la carta de Cipriano a Esteban (vni).
(162) Así Terapio de Bulla (LXI): "¿El que concede y abandona a los herejes
el bautismo de la Iglesia, no es un Judas para la esposa de Cristo?" Zósimo de Tarassa
(LVI) recuerda el ejemplo de Pedro: "Practicaba la circuncisión y luego cedió ante Pa-
blo, que predicaba la verdad".
ESCRITORES CRISTIANOS D E L ÁFRICA 177

LA RESPUESTA ROMANA Apenas el papa tuvo conocimiento de estas deli-


beraciones conciliares ( 163 ) envió a Cartago u n a
carta severa y perentoria, cuyo texto no nos h a sido conservado; pero cono-
cemos u n fragmento por la carta de Cipriano al obispo Pompeyo:
"Además de otras cosas, o escritas con orgullo, o ajenas al asunto, o llenas de con-
tradicciones, todo ello escrito con torpeza y poca prudencia, añade esto: Si los herejes
vienen a nosotros de cualquier secta que sea, no se innove nada, sino que se siga
la tradición, imponiéndoles las manos para recibirlos a la penitencia; así como loi
mismos herejes de cualquier secta, a los que llegan a ellos no les bautizan según su
rito particular, sino que simplemente los admiten a su comunión."

INTERVENCIÓN DE Las palabras de Cipriano que acabamos de citar dela-


FIRMILIANO tan sobradamente su dolorosa emoción. Sin embargo,
dispuesto a luchar en defensa de lo que él creía ser
la verdad y a no ceder jamás, y, en oposición con otra decisión igualmente
irrevocable, envió a su diácono Rogaciano con todas las piezas del debate
a u n obispo oriental de extraordinaria autoridad, Firmiliano de Cesárea de
Capadocia.
En Capadocia se seguía el uso de Asia, idéntico al de África, sancionado por
los concilios de Iconio y Sínada. Añadamos que Firmiliano era discípulo de
Orígenes, devoto fiel de su teología y que quizá tenía prevenciones contra
Roma, por la severidad de ésta con su maestro. Existía además otro motivo
de queja contra Esteban: que éste despidió con una negativa a la comisión
de los obispos orientales venida a él ( 1 6 4 ). Su respuesta llevó a Cipriano la más
completa adhesión y al mismo tiempo u n juicio severísimo contra Esteban,
formulado con una violencia que Cipriano había evitado siempre ( 1 M ) .
Después de haber comparado al obispo de Roma con Judas (LXXV, 2) le
interpela así, al final de la carta:
"¡Qué querellas y qué disensiones habéis provocado en toda la Iglesia! ¡Qué gran
pecado habéis cometido al separarnos de tan gran parte del rebaño! ¡Vos os habéis
separado voluntariamente, no os engañéis; el verdadero cismático es el que se aparta
de la comunión y de la unidad de la Iglesia! Habéis pensado excomulgar a todo el
mundo y vos solo sois el que ha quedado excomulgado."

ACTITUD DE SAN CIPRIANO La excomunión de que habla aquí Firmi-


liano, ¿fué realmente lanzada por el papa?
Es cuestión discutida (lw). Parece evidente que el rescripto de Esteban a
Cartago, a juzgar por las cartas LXXIV y LXXV, contenía una amenaza for-
mal de excomunión ( 1 6 7 ). Ciertamente, San Cipriano, no se sometió; pero
puede admitirse con toda verosimilitud que San Esteban murió (agosto
del 257) antes de dictar la sentencia de excomunión. El sucesor de Esteban,
Sixto, estuvo ciertamente en comunión con Cipriano ( 188 ) y con los obispos

(163) Había recibido la carta de Cipriano mencionada por Crescente de Cirta.


Esta carta es la carta LXXII O quizá una carta posterior (BAYARD, Saint Cyprient Co-
rrespondance, II, p. 279, n. 2).
(164) Epist. LXXV, 25.
(165) Esta carta escrita en griego, nos ha sido conservada en una traducción latina
debida, sin duda, a San Cipriano (Epist. LXXV).
(166) cf. D'ALÉS, op. cit., p. 206. Aquí puede verse la bibliografía sobre la cuestión.
(167) L a misma amenaza había sido lanzada contra los obispos orientales, que
rebautizaban a los herejes. Carta de Dionisio, en EUSEBIO, Hist. Eccl., VII, v, 4.
(168) Se ve por la carta en que Cipriano da cuenta a los fieles del martirio del
papa, Epist. LXXX, 1.
178 H I S T O R I A DE LA IGLESIA

orientales (16g) y n a d a hace suponer q u e h a y a precedido u n a absolución o u n a


r e t r a c t a c i ó n . D i o n i s i o p a r e c e h a b e r d e s e m p e ñ a d o e n esta ocasión e l m i s m o
p a p e l d e p a c i f i c a d o r q u e I r e n e o h a b í a d e s e m p e ñ a d o a n t e s c o n el p a p a V í c t o r
en la cuestión pascual (17°).
R o m a d e b í a m a n t e n e r , es v e r d a d , c o n s u d i s c i p l i n a y s u d o c t r i n a l a u n á -
n i m e adhesión de las iglesias; pero debía t a m b i é n saber esperar con inagota-
b l e p a c i e n c i a . E n esta c o n t r o v e r s i a , l a c u e s t i ó n d e h e c h o es g r a v e y o b s c u r a ;
p e r o l a c u e s t i ó n d o c t r i n a l es m u c h o m á s e s p i n o s a y difícil d e r e s o l v e r . ¿ C ó m o
u n obispo t a n celoso d e l a u n i d a d d e l a I g l e s i a se a f e r r ó a u n a oposición t a n
peligrosa? N o e r a é l u n e s p í r i t u l i g e r o ; sufrió h o n d a m e n t e ; p e r o m a n t u v o
h a s t a el f i n d o c t r i n a s q u e a él l e p a r e c í a n s e g u r a s y q u e se r e v e l a r o n v a c i -
l a n t e s e n l a difícil p r u e b a . E s m u y d e l i c a d a l a i n t e r p r e t a c i ó n d e e l l a s , p e r o
como se h a h e c h o n o t a r c o n j u s t i c i a , l a s d i v e r g e n c i a s d e a p r e c i a c i ó n p r o -
v i e n e n m u c h a s veces m á s q u e d e los d a t o s d e l p r o b l e m a , d e los p r e j u i c i o s
confesionales ( 1 T 1 ) .
D e estos d a t o s , a l g u n o s , los q u e m á s se d e s t a c a n , l l e v a n a l l e c t o r h a c i a u n a
c o n c e p c i ó n e p i s c o p a l i a n a : c a d a obispo es i n d e p e n d i e n t e e n s u esfera y n o d e b e
d a r c u e n t a s i n o a D i o s . H e m o s e n c o n t r a d o esta a f i r m a c i ó n e n v a r i o s t e x t o s
c i t a d o s e n este c a p í t u l o , a los c u a l e s p o d r í a m o s a ñ a d i r otros ( 1 7 2 ) . S i n e m -
b a r g o , m u c h o s d e estos m i s m o s t e x t o s n o s r e v e l a n q u e esta i n d e p e n d e n c i a
t e n í a s u s l í m i t e s : esta a u t o r i d a d n o p u e d e ejercerse l e g í t i m a m e n t e m á s q u e
d e a c u e r d o c o n t o d o el e p i s c o p a d o : " E s t a b l e c i d o q u e e l l a z o d e l a c o n c o r d i a
subsiste y q u e persevera la fidelidad indisoluble a la u n i d a d d e la Iglesia
c a t ó l i c a , c a d a obispo r e g u l a s u s actos p o r sí m i s m o . . . c o m o a é l l e p a r e c e "

( 1 6 9 ) Carta de Dionisio, en EUSEBIO, Hist. Eccl., VII, v, 1.


( " 0 ) Cf. supra, pp. 79-80.
( l n ) La observación es de LABRIOLLE, op. cit., p. 193: "El mismo Koch, en su
introducción, distribuía los críticos anteriores a él, en tres grupos: los que pretenden
que Cipriano admitía explícitamente la primacía de jurisdicción del obispo de Roma;
los que hacen de él el representante de un episcopalismo caracterizado, excluyendo
toda especie de primacía; finalmente, los que, adoptando una posición media, piensan
que Cipriano reconoció a la Iglesia Romana, si no una primacía jurídica, por lo
menos la autoridad de un centro real de unidad para la Iglesia universal. Así Otto
Ritschl es partidario de la primera sentencia con Dom Chapman; Ehrhard y Tixe-
ront se codean con Loofs y Benson en la segunda, y tenemos la sorpresa de ver
asociados en la tercera a Harnack, Funk y Batiffol".
(172^ Así en la carta a Antoniano (Epist. LV, 2 1 ) : "A condición de que el vínculo
de la concordia subsista y se mantenga la indisoluble fidelidad a la unidad de la
Iglesia católica, cada obispo ordene por sí mismo sus actos y su administración a
su mejor entender, salvo la cuenta que de ellos debe dar a Dios " A Cornelio (Epist. LIX,
14: "Hemos determinado de común acuerdo. . . que las causas deben ser oídas allí donde
se ha cometido el delito; una porción del rebaño ha sido concedida a cada uno de
los pastores para que la conduzca y la gobierne, salvo la cuenta que debe dar de
su conducta a Dios". A Magno (Epist. LXIX, 17): "No me opongo a que el
jefe de una Iglesia decida según su parecer, salvo la cuenta que ha de dar a Dios
de su conducta". A Esteban (Epist. LXXII, 3 ) : "No pretendemos hacer violencia ni
dar leyes a nadie; cada obispo tiene libertad total en la administración de su Iglesia,
salvo la cuenta que ha de dar a Dios de su conducta". A Jubayano (Epist. LXXIII, 2 6 ) :
"Yo no quiero prescribir nada a quien sea, ni impedir que cada obispo haga lo que
quiera: tiene absoluta libertad de decisión". Alocución presidencial en el concilio de
otoño del 256 (Sent. Episc, p. 436): "Todo obispo es libre de ejercer su poder, según
su juicio, y no puede ser juzgado por nadie, ni juzgar él mismo a n a d i e . . . " Sobre estos
textos y su interpretación, cf. D'ALÉS, op. cit-, p. 164 y ss.
A estos textos h a y que añadir u n texto romano de Novaciano, escrito en nombre
del clero de Roma (Epist. xxx, 1): "Son dignos de doble alabanza los que, sabiendo
que no deben someter su conciencia más que a Dios, desean sin embargo que. su
conducta sea sometida a la aprobación de los otros hermanos."
ESCRITORES CRISTIANOS D E L ÁFRICA 179

(Epist. LV, 21). E n conformidad con esta regla, Cipriano no vacila en juzgar
y a veces en oponerse a los juicios dados por sus colegas ( 1 7 3 ).
Tixeront concluye de cuanto precede que "los actos de Cipriano no h a n
correspondido fielmente a su teoría" ( m ) . Quizá sería más exacto decir que su
teoría no es ese episcopalismo, que creemos sorprender en algunas de sus
sentencias.
La independencia de cada obispo es para él sagrada; pero con la limitación
de que se salve la unidad de la Iglesia y la m u t u a armonía. Todo obispo
que falte a esta armonía y concordia, debe ser reducido de grado o por fuerza.
Dentro de la provincia de África, el concilio, presidido por el obispo de Car-
tago, mantiene esta unidad; pero ¿quién la garantiza en la Iglesia universal?
Para Cipriano, el obispo de Roma desempeña el papel de primera figura
en orden a esta unidad; pero sus prerrogativas están encerradas dentro de
ciertos límites, que Esteban no reconoció y que el juicio definitivo de la
Iglesia tampoco h a reconocido. Aquí estaba el punto vivo del debate. Tra-
temos de hacer luz.
La sede de Roma es la sede de Pedro y los obispos de Roma son los suce-
sores de Pedro ( 1 7 5 ) ; ahora bien; Jesucristo h a querido fundar la Iglesia sobre
Pedro y es éste u n hecho evidente, que Cipriano afirmó siempre ( 1 ? 8 ) ; y si
ya en su origen quiere Jesucristo fundar su Iglesia sobre Pedro y sólo sobre
Pedro, es que quiere hacer sensible, por la unidad del fundamento, la unidad
que deberá ser siempre característica esencial de su Iglesia ( m ) .
Más tarde, Jesús confirió a todos los apóstoles los poderes que antes había
dado sólo a Pedro. ¿Habrá q u e concluir de aquí que Pedro n o tiene frente
a ellos más privilegio que el de prioridad y que su elección, anterior a la de
( 1 7 3 ) En nombre del concilio, probablemente del otoño de 251, Cipriano reprende
al obispo Terapio de Bulla por haber reconciliado al sacerdote. Víctor antes de la
expiración de la penitencia canónica (Epist. LXIV, 1 ) . E n esta misma carta dirigida
al obispo Fido, Cipriano, en nombre del concilio, le comunica u n a decisión, con
respecto al bautismo de los niños, contraria al parecer que él había emitido (ibíd., n ) .
D'ALES recuerda otros casos parecidos (op. cit., pp. 165 y ss.). Finalmente, los obispos
apóstatas son depuestos, y si quieren volver a sus sedes se oponen los otros obispos.
Así Privato de Lambesis, condenado por u n concilio de noventa obispos, censurado
por el papa Fabián y por el obispo de Cartago, Donato (Epist. LIX, 10), y lo mismo
sucede con Fortunaciano de Asura (Epist. LXV, 1 ) .
(174) Théologie anténicéenne, pp. 387-388. Tixeront añade: "Se h a hecho notar
no sin motivo que, centralizando en sus manos el gobierno d e la Iglesia d e África,
y preparando para Cartago el título de sede, primada, dio a sus declaraciones en favor
de Roma centro de la unidad católica, u n comentario q u e no fué desaprovechado y
que contribuyó a fomentar la tendencia cada vez más pronunciada del mundo cris-
tiano a agruparse en torno del sucesor de San Pedro". Estas observaciones n o son
enteramente justas. Las intervenciones de Cipriano en diócesis extrañas, no se re-
dujeron al interior de la provincia de África.
( 1 7 5 ) Ad Fortun-, x i ; Epist. LV, 8; Epist. LIX, 14; cf. D'ALES, op. cit., p . 121; F m -
MILIANO, Epist. LXXV, 17; ibíd, 2.
( 1 7 6 ) N o solamente en los primeros tiempos de su episcopado (De habitu virgi-
num, x; De bono patientice, i x ; Epist. XLIII, 5; Epist. LIX, 7; De unitate ecclesice,
iv, en las dos redacciones; Epist. LXVI, 8 ) , sino también en tiempos de la cuestión bau-
tismal (Epist. LXX, 3 ; Epist. LXXI, 3 ; Epist. LXXIII, 7 y 11). La misma afirmación se
encuentra en FIRMILIANO, Epist. LXXV, 16 y 17, y en las Sententiae episcoporum, x n
(Fortunato de Tucabori).
(177) Esta tesis está expresamente en De unitate ecclesice, iv, textos citados ante-
riormente, p. 170, n. 134 y 135, y consta e n las dos redacciones; pero sobre todo en la
africana ( A ) , como también en la Epístola LXXIII, 7: "Es a Pedro, sobre el que
ha edificado la Iglesia y en el que ha- establecida y mostrado el origen de la unidad,
a quien el Señor confió en primer lugar el privilegio de ver desatado lo que él
desatase sobre la tierra".
180 HISTORIA DE LA IGLESIA

aquéllos, no tiene en orden a la unidad de la Iglesia más que u n valor sim-


bólico? ¿O habrá que ver por el contrario en la cátedra de Pedro el funda-
mento permanente de la unidad? ( 1 7 S ). La respuesta no puede ser dudosa:
Cipriano reconoce en Pedro y en su sucesor, el obispo de Roma, no sola-
mente cierto derecho de primogenitura, fundado en la prioridad cronológica
de la vocación de Pedro, sino una verdadera primacía. Así se deduce de los
textos ( 1 7 9 ) ; pero aun más claramente de los hechos.
E n el año 251, Cipriano tiene frente a sí, primero el cisma cartaginés y
luego el cisma romano, y es de notar que el cisma romano desde que brota se
presenta a sus ojos con u n relieve de extraordinaria gravedad que jamás había
revestido para él el cisma cartaginés: es que ataca a la Iglesia católica ( 1 8 °),
a la Iglesia universal ( 1 8 1 ). Puede esto explicarse en parte por su rápida
propagación; pero ésta es una explicación insuficiente: cuando escribió la
carta XLIV, el cisma podía parecer puramente local; y sin embargo, Cipriano
lo denuncia desde entonces como u n atentado contra la Iglesia universal;
porque ataca a la Iglesia romana "ecclesiae catholicae matrix et radix" ( 1 8 2 ).
Por esta razón, la cuestión de la elección episcopal romana es tan grave y
el concilio de Cartago, guiado por San Cipriano, tomó tantas precauciones
antes de dar su adhesión a uno de los dos candidatos ( 1 8 3 ). Por el mismo
motivo se indigna tan violentamente Cipriano contra las diligencias hechas
en Roma por los cismáticos cartagineses: "Osan pasar el mar, para venir a
la sede de Pedro y a la Iglesia principal, de donde ha nacido la unidad
episcopal" ( 1 8 4 ).

(178) L a primera interpretación ha sido defendida, sobre todo por H. KOCH, Car
thedra Petri, 1930, pp. 32-154; la segunda por D'ALES, op. cit., pp. 91-140 y 389-395,
y por B. POSCHMAPÍN, Ecclesia Principalis, 1933.
(179) El texto más explícito se lee en una carta a Cornelio. Hablando de los
cismáticos cartagineses que han ido a intrigar a Roma, Cipriano escribe (Epist.
LIX, 14): " . . .Osan pasar el mar para venir a la sede de Pedro y a la Iglesia principal,
de donde ha nacido la unidad episcopal y osan llevar cartas de los cismáticos y profanos.
¿No reflexionan que son los mismos romanos, cuya fe alaba el apóstol y en los cuales no
puede tener acceso la perfidia?" BAYAHD, en su nota sobre este texto, lo interpreta
así: "En todo este pasaje, si no me engaño, Cipriano entiende que con la sede de
Pedro la Iglesia romana continúa la primera Iglesia, de la que todas las iglesias
han derivado genealógicamente (cf. Ad Fortunatum, xi) y que Cristo, por las pa-
labras dirigidas a Pedro, ha fundado sobre Pedro y sobre él solo esta elección antes
de hacerle vinculo fundamental y tipo de la unidad episcopal y de la Iglesia (cf.
Epist. LXXIII, 7; De unitate ecclesiae, iv). De aquí la importancia que se atribuye,
en orden de la unidad, a la Iglesia gobernada por el sucesor de Pedro; pero sin
sacar siempre, en particular en esta carta, las consecuencias prácticas que se derivan
de las premisas que sienta".
(180) E s ta expresión "Catholica Ecclesia" aparece por primera vez en Cipriano en
la carta XLIV, 1, que se refiere al cisma de Novaciano; desde esta fecha "no hay
una carta dirigida contra Novaciano donde no aparezca el término «catholicus»", ob-
serva KOCH, Cathedra Petri, p. 119.
( l s l ) Cf. D'ALES, op. cit., p. 159; Recherches de Science religieuse, t. XXIV,
1934, p. 459.
(182) Epist. XLVIII, 3: ". . .Para que puedan llegar a Roma, sin encontrar tro-
piezo ninguno, les hemos exhortado a que vean en ella la matriz y raíz de la Iglesia
Católica y se adhieran a ella". Se trata de saber cuál es el verdadero obispo de
Roma, Cornelio o Novaciano, y esto tiene importancia capital por el hecho de que
esta Iglesia es "Ecclesiae catholicae matrix et radix". Esta expresión es un eco de
lo que Cipriano dice de la Iglesia primitiva, fundada sobre Pedro: "Mater, origo et
radix, quae ecclesias septem postmodum. peperit, ipsa prima et una super petram
Domini voce fundata" (Ad Fortunatum, xi).
(183) Cipriano explica y justifica estas precauciones en su carta a Cornelio (XLVIII).
( 184 ) Epist. LIX, 14; cf. supra, nota 179.
ESCRITORES C R I S T I A N O S D E L Á F R I C A 181

Y expresó la misma indignación contra el obispo Basílides que intentó


engañar al papa Esteban ( 1 8 5 ).
La cuestión de los obispos españoles y de Marciano de Arles es m u y signi-
ficativa: las iglesias de León-Astorga y de Mérida, al escribir a Cartago, no
esperan de los obispos africanos más que consuelo y asistencia; y Basílides pide
al obispo de Roma una sentencia; esta sentencia, a los ojos de Cipriano, no pue-
de tener efecto; porque ha sido obtenida fraudulentamente; pero no discute el
derecho de Esteban. E n cuanto a Marciano, el mismo Cipriano requiere la
intervención del papa; no lo hace con muchos miramientos; pero esta misma
intimación, por imperiosa que sea, atestigua el derecho, cuyo ejercicio se
suplica ( 1 8 e ).
La independencia que reclama Cipriano en la cuestión del bautismo de. los
herejes ¿es una inconsecuencia o quizá u n cambio de posición, debido al ardor
de la polémica? No parece tal. Leal y reflexivo, Cipriano ha obrado como
creyó que debía obrar; no ha sido inducido a error por la pasión; h a sido
víctima de u n a concepción incompleta de la unidad de la Iglesia y de su
gobierno. Para él, la autoridad pertenece solidariamente al colegio episco-
pal ( 1 8 T ); todos los obispos participan de él y las defecciones individuales
deben ser rectificadas por los miembros que lo componen. A su cabeza está el
obispo de Roma; su cátedra es la de Pedro, es la "ecclesia principalis" fuente
y centro de la unidad católica.
Sin embargo, y aquí está la falla de la construcción teológica de Cipriano,
no se ve que Cipriano haya reconocido al obispo de Roma el poder de impo-
ner sus decisiones de manera definitiva e indiscutible, sea de orden disci-
plinario, sea de carácter doctrinal.
Cuando se equivoca, se aisla de la comunidad católica y los otros obispos
deben, por medio de advertencias y de amonestaciones, conseguir que reco-
nozca su error. No tiene él el juicio supremo y definitivo, sino el Espíritu
Santo que obra en la Iglesia y la dirige ( 1 8 8 ).
El peligro de esta concepción es evidente y la experiencia se encargó de
demostrarlo en la cuestión bautismal: para llegar a u n a solución, Cipriano
cuenta con la acción colectiva del episcopado, asistiendo e iluminando al
sucesor de Pedro. Este espíritu suyo es el que le hace repetir: " u n obispo n o
está solamente para enseñar, está también para aprender". Esperando que la
luz triunfe, se agita y lucha, sin considerar prácticamente esta idea: que h a y
un límite, en el que el propio parecer del cristiano debe abdicar ante la acción
personal de Pedro, primer pastor de la Iglesia. Las consecuencias tenían que
ser desastrosas. La dictadura del propio criterio, ejercida por u n hombre sin
ana garantía superior, llega fácilmente a la tiranía; pero dividida en una
colectividad, aunque ésta sea de obispos, engendra fatalmente la anarquía. La
Iglesia del siglo n i tuvo dolorosa experiencia de esta verdad ( 1 8 9 ). Este error
de Cipriano, cuyas consecuencias para él fueron poco gloriosas y pudieron ser

i1»5) Episí. LXVII, 5. Cf. supra, pp. 172-173.


(180) Sobre estas dos cuestiones, cf. D'ALES, op. cit-, pp. 175-184.
(187) "Episcopatus unus est, cujus a singulis in solidum pars tenetur" (De Cath.
Eccl. Unit., v). Esta tesis, capital en la eclesiologia de San Cipriano, está enunciada
en términos jurídicos que precisan su alcance. Cf. D. O. CASEL, Eine missverstandene
Stelle Cyprians en Revue Bénédictine, t. XXX, 1913, pp. 413-420; D'ALES, op. cit.,
pp. 131 y ss. ' ,
(188) Recuérdese que Cipriano escribía acerca de Marciano de Arles (Epist. LXVIII,
5): "Es evidente que no está asistido del Espiritu Santo aquel que es de sentir dis-
tinto que los demás".
(189) D'ALÉS, op. cit., pp. 131 y ss.
182 HISTORIA DE LA IGLESIA

fatales para la Iglesia, se explica en parte por su formación demasiado rápida


(de simple neófito, fué elevado inmediatamente a los más altos cargos de la
Iglesia), por la influencia de Tertuliano, y por la excesiva importancia que
concedió a veces a la inspiración privada ( 1 9 °). Si hubo falta de su parte,
esta falta, como escribió más tarde San Agustín ( 1 9 1 ), quedó gloriosamente
compensada con su martirio.

SOLUCIÓN DEL CONFLICTO Este conflicto que mantenía en lucha con


la Iglesia de Roma, no solamente a Cartago
y al África, sino también a muchas iglesias del Oriente, quedó solucionado por
la acción pacificadora de San Dionisio de Alejandría, por la paciencia del
obispo de Roma San Sixto, "el pontífice bueno y pacífico" ( 192 ) que sucedió
al papa San Esteban (agosto de 257 - agosto de 258) y sobre todo por la
persecución de Valeriano que provocó en todo el mundo cristiano ( 193 ) la
más fraternal unión.
Esta persecución cuenta entre los episodios más gloriosos el martirio del
obispo de Cartago que conocemos por las Actas proconsulares y por la relación
que nos legaron escrita los fieles de su Iglesia.

MARTIRIO El treinta de agosto de 257 Cipriano compareció ante


DE SAN CIPRIANO el procónsul Paterno, que le intimó la orden imperial
de abrazar la religión romana. Al rehusar obedecer,
fué condenado al destierro en Curubi; el procónsul le pidió los nombres de
sus sacerdotes; pero el obispo no quiso denunciarlos y partió para Curubi.
Desde su destierro sostiene la fe de los confesores condenados a las minas
(Epist. LXXVI). M u y pronto se promulgó u n nuevo decreto que Cipriano
comunicó a Suceso, dándole a conocer el martirio de San Sixto (Epist. LXXX).
El procónsul le mandó comparecer en Utica; pero Cipriano no quiso ir a
esa ciudad; porque quería morir en Cartago, en medio de su pueblo. Se
retira, pues y explica a sus fieles el motivo de su conducta en la carta LXXXI,
la última que de él tenemos. El procónsul vuelve a Cartago y Cipriano sale
de su retiro; Galerio Máximo le hace venir al Ager Sexti; se aloja en la
casa de u n oficial: ante sus puertas se agolpan los cristianos. Cipriano, siem*
pre celoso de sus deberes pastorales, ordena que se vele sobre las vírgenes.
En la m a ñ a n a del catorce de septiembre compareció ante el procónsul; des-
pués de u n interrogatorio sumarísimo, Galerio pronunció, "no sin pena", la
sentencia: "Ordenamos que Tascio Cipriano sea ejecutado a espada." Y Ci-
priano respondió: "Deo gratias." Fué conducido al Ager Sexti, rodeado de
una gran multitud de cristianos.
"Se quitó el manto, dobló las rodillas y se prosternó para orar a Dios. Luego, se
despojó de la túnica y la entregó a los diáconos, y, vestido con una túnica de lino,
esperó al verdugo, al cual mandó dar veinticinco monedas de oro. Los hermanos
arrojaron lienzos junto a él. El bienaventurado Cipriano se vendó a sí mismo los
(190) Pensaba que los obispos, permaneciendo fieles a esta inspiración, no podían
menos que vivir en la verdad y en la mutua armonía; en plena crisis bautismal,
poco después del concilio de la primavera de 236, escribía: "No quiero prescribir
nada a nadie, ni impedir que cada obispo obre como le cumpla... No queremos
tener altercados con nuestros colegas y coepíscopos... Con paciencia y dulzura,
conservamos la unión de las almas, el honor del colegio, el lazo de la fe, la con-
cordia del episcopado" (Epist. LXXIII, 26).
( 191 ) Epist. xcm, 10.
(192) Así le llama el diácono y biógrafo de Cipriano, PONCIO, Vita Cypriani, xiv.
( 193 ) Sobre esta persecución, cf- supra, pp. 132-136.
/

ESCRITORES CRISTIANOS DEL ÁFRICA 183

ojos; mas como no pudiera atarse las manos, lo hicieron el presbítero Juliano y el
subdiácono Juliano. Así padeció el bienaventurado Cipriano. Para sustraer su cuerpo
a la curiosidad de los gentiles, se le depositó no lejos de allí, y al llegar la noche,
entre cánticos y antorchas, lo trasportaron a la finca del procurador Macrobio Can-
didiano, en la vía Mapala, cerca de los piscinas, en medio de un entusiasmo triunfal."

Es efectivamente u n sacrificio triunfal la muerte de este obispo, víctima


voluntaria, asistido de sus sacerdotes y de sus diáconos, rodeado de todo su
pueblo, con la misma majestad con que en medio de ellos había ofrecido el
sacrificio de la Eucaristía tantas veces. Los mismos .paganos se sintieron domi-
nados por el prestigio del santo obispo: el procónsul se resuelve a condenarle
con harta pena suya; el verdugo parece vacilar antes de dar el golpe; es
preciso que el mártir, asistido por sus clérigos, se vende los ojos y se ate las
manos. Entre la multitud ni u n solo grito de hostilidad; solamente destácase
la admiración y la veneración de sus fieles. Asombra ver el terreno que el
cristianismo ha conquistado desde el martirio de Santa Perpetua y si se qui-
siera comparar con tiempos anteriores cotéjese esta escena con la del martirio
de San Policarpo: en Esmirna la veneración de los fieles por su obispo no
es menor; pero en torno suyo no se oye más que a la multitud que ruge.
Del 155 al 258 la Iglesia ha conquistado no sólo la atención, sino también el
respeto y la simpatía del pueblo. Podrán todavía intentar vencerla con nue-
vos ataques; pero el triunfo está ya logrado.
CAPITULO VIII

LA OPOSICIÓN PAGANA

§ 1. — E l sincretismo (*)

LOS EMPERADORES Hacia el fin del siglo n y la primera mitad


SIRIOS Y EL CRISTIANISMO del n i , se ve invadido el paganismo por una
corriente poderosa de simpatía hacia el
Oriente. La actitud del gobierno romano y sobre todo del mundo helénico con
respecto al cristianismo está relacionada en la influencia de esta evolución.
En tiempo de Nerón y de Domiciano las persecuciones estallan como violen-
tos accesos de cólera; la opinión pagana apoya la severidad imperial y no
tiene más que odio y desprecio para la nueva secta. Bajo los Antoninos,
sobre todo hasta la muerte de Marco Aurelio, el poder se obstina en su polí-
tica de represión; el m u n d o de las letras comienza a interesarse y los escrito-
res Luciano, Frontón, Celso toman parte en la guerra contra la Iglesia.
A partir del reino de Cómodo (180-192) y sobre todo bajo los Severos
(193-235) esta oposición cesa a veces; pero más aún cambia de carácter: los
sirios h a n invadido el imperio detrás de Julia Domna, emperatriz con Sep-
timio Severo. Con ellos triunfa su dios, el dios solar Elgabal; durante su
imperio todos los otros cultos están llamados a desaparecer ( 2 ) ; el cristianismo
encuentra en estos príncipes una simpática curiosidad ( 3 ) .

LA VIDA Uno de los libros, en que se refleja mejor el


DE APOLONIO DE TYANA sincretismo de los tiempos de los Severos es la
Vida de Apolonio de Tyana ( 4 ) escrito por Fi-
lóstrato a petición de Julia Domna, mujer de Septimio Severo. Apolonio, que
vivió en el siglo i de nuestra era, había dejado fama de filósofo pitagórico y
de. mago ( 6 ). Esta reputación, bastante confusa, se transforma a lo largo del

(!) BIBLIOGRAFÍA. — TOUTAIN, Les cuites paiens dans Vempire romain, t. II, 1911,
pp. 227-257.
(2) El origen de este sincretismo se encuentra en las religiones orientales; su di-
fusión se debió en gran parte a los funcionarios imperiales y a los oficiales depen-
dientes de ellos. Sobre todo a finales del siglo segundo y en la primera mitad del
siglo tercero es cuando se difundió este sincretismo: "Las inscripciones fechadas se
escalonan principalmente por los reinos de Marco Aurelio, de Cómodo, de Septimio
Severo, de Gordiano y durante la primera mitad del siglo tercero" (op. cit., p. 256).
Cf. J. RÉVILLE, La religión á Rome sous les Sévéres", 1886.
(3) Cf. supra, pp. 99-104.
(4) Ed. WESTERMANN, París, 1849, en la colección de las Obras de Filóstrato y
Calístrato, pp. 1-194. En la versión francesa (CHASSANG, París, 1862) el traductor
ha intercalado una útil introducción pero no se le puede seguir en su equivocada
cronología: hace nacer a Filóstrato "bajo el reinado de Nerón", aunque añade, lo
que es exacto, que éste escribió la Vida de Apolonio a pedido de "la emperatriz
Julia Domna, mujer de Septimio Severo" (p. II. n. 1).
(B) LUCIANO le satiriza (Alejandro, v); APULEYO le menciona, según parece, entre
184
LA OPOSICIÓN PAGANA 185

siglo n i y el mago es celebrado como taumaturgo y luego venerado como u n


semidiós: Caracalla, Alejandro Severo y Aureliano le dieron culto ( 6 ) . E n el
libro de Filóstrato, escrito a principios del siglo, no es todavía u n semidiós, n o
es más que u n hombre: u n a sombra pálida que apenas se distingue de
la nube brillante que más le vela que le ilumina. Es el pitagórico ideal, ves-
tido de lino, que no bebe más que agua y no se n u t r e más que de frutos
de la tierra ( 7 ) ; rehusa los sacrificios sangrientos y adora al sol, ofreciéndole
sacrificios de incienso ( 8 ) ; predice el porvenir ( 9 ) , arroja los demonios y hace
milagros (1<y).
Al mismo tiempo es u n gran viajero, ávido de conocer la sabiduría de
todos los pueblos: va a Babilonia, a la India, a Etiopía. Toda esta novela d e
aventuras tiene muchas analogías con ciertos Hechos apócrifos de los após-
toles, especialmente con los de Tomás ( n ) . Todos estos narradores sufren
la fascinación del oriente lleno de misterios. También Plotino intentó pene-
trar en él ( 1 2 ) ; mientras M a n i funda por entonces sus primeras iglesias ( 1 3 ) .
Los Brahmanes, cuya sabiduría alaba Apolonio, son también alabados p o r
Clemente de Alejandría ( 1 4 ) el cual llega a decirnos que su maestro Panteno
estuvo entre ellos ( 1 5 ) . Este gusto por lo maravilloso y lo lejano atormenta*
más que nunca, la imaginación popular. No es extraño que Filóstrato y su
héroe encandilasen a sus lectores. El contenido religioso de la obra era suma-
mente pobre y palidísimo. Jerocles intentó más tarde hacer de Apolonio u n
rival de Jesucristo ( l e ) . Fué ésta u n a apuesta que los paganos no pudieron
sostener mucho tiempo: el pitagórico y el novelista volvieron m u y pronto a
su oscuro rango y hoy ya no nos interesan más que como testigos de los
ensueños de u n a época lejana.

CARACTERES DEL Entre las religiones orientales y las gnosis que enton-
SINCRETISMO ees se disputaban el m u n d o romano, el sincretismo se
presentaba como u n a conciliación y u n a protección:
acogía a todos los dioses en su templo y hacía de todos los dioses u n a misma

los magos (Apología, xc); este texto es, sin embargo, poco seguro. La edición VA-
LETTE (París, 1924) en lugar de Apollonius trae Apollobex.
( 6 ) Caracalla le consagró un "Heroon" (DIÓN CASIO, LXXVII, 18); Alejandro le
dio un lugar en su lararium: cf. supra, p. 104. Se apareció en sueños a Aureliano y le
mandó perdonar a Tyana; el emperador, que había visto su estatua en los templos,
le obedeció (VOPISCO, Aurelianus, xxrv, 3).
C) Vida, I, xxxn, 2.
(8) Ibíd., I, xxxi, 2.
( 9 ) Ibíd., IV, xx y xxiv; VI, xxvn.
( 10 ) Va en un instante de Esmirna a Efeso y allí triunfa de un demonio que
sembraba la peste (IV, x). Vuelve a la vida a una joven que se creía muerta y el
padre, reconocido, le da la dote de la joven (IV, XLV).
(") Cf. infra, p. 257.
(12) Cf. infra, p. 188.
(13) Cf. infra, p. 273.
< (") Stróm., I, xv, 68, 1; 70, 1; 71, 5; 72, 5; III, v m , 60, 2.
(I5) Cf. infra, p. 197.
(i*) Esta tentativa de Jerocles nos es conocida por la refutación de Eusebio. No-
temos que, según el mismo Eusebio (Contra Hieroclem, 1), es Jerocles el primero
que osó oponer Apolonio a Jesús; Filóstrato había sido más reservado: "Tuvo la
habilidad de no hacer ninguna alusión directa al cristianismo... y sugerir las con-
clusiones que él tenía cuidado de no formular" (P. DE LABMOLLE, La réaction paienne,
p. 188). Hizo una refutación de Jerocles, MACARIO DE MAGNESIA, Apocriticus, ed. BIX>N-
DEL, pp. 52-66. A partir de esta fecha el nombre de Apolonio se hizo odioso a los
cristianos y lo fué durante mucho tiempo.
186 H I S T O R I A DE LA IGLESIA

divinidad ( 1 7 ). Sólo el cristianismo no podía fundirse en esta mezcla anó-


nima; pues su Dios era el único Dios ( 1 8 ).
Este sincretismo podía ser una nueva amenaza para el cristianismo, u n
nuevo motivo de persecución; pero sobre todo, podía ser u n a tentación y u n
peligro en la vida ordinaria del cristianismo.
En el mundo helénico, durante tanto tiempo despectivo 'para la nueva
religión, se comienza a sentir de parte de los intelectuales aproximaciones
que podían ser una grave tentación para los cristianos.

NUMENIO De esos intelectuales, el que mejor conocemos es Numenio ( 1 9 ).


Vivió en el siglo n y se proclamó partidario de 'Platón y de
Pitágoras; pero afirmaba al mismo tiempo que "era preciso oír a las naciones
más nobles y citar sus iniciaciones, sus dogmas, sus instituciones, que están
enteramente de acuerdo con Platón; así, por ejemplo, los brahmanes, los
judíos, los magos y los egipcios" ( 2 0 ). Y decía también: "¿Qué es Platón sino
u n Moisés que habla en griego?" ( 2 1 ). Reconocía que Moisés era hombre de
gran influencia ante Dios con su oración; pero creía también que los sacer-
dotes egipcios, Janné y Jambré, habían conjurado con su ciencia mágica las
plagas infligidas por Moisés ( 2 2 ). Interpretaba alegóricamente a los profetas
judíos y u n rasgo'de la vida de Jesucristo, sin nombrarle a El, y estas alego-
rías no disgustaban a Orígenes que las citó contra Celso ( 2 3 ).
Este filósofo, tan acogedor para los judíos y aun para los cristianos, era
implacable contra los escépticos y los filósofos de la Nueva Academia, Arce-

( 17 ) Hipólito ha conservado este himno cantado a Attis por sus adoradores: "¡Bien-
aventurado hijo de Cronos o de Zeus, o de la gran Rhea; salud Attis, nombre cruel
para el corazón de Rhea! ¡A ti es a quien llaman los Asirios el deseadísimo Adonis!;
todo el Egipto, Osiris; la sabiduria griega, Creciente celeste de la Luna; Samotracia,
el venerable Adán; los hemonios, Coribanto; los frigios, unas veces Papas, otras
Cadáver, o Dios o el Estéril, Cabrero, Espiga verde segada, Tocador de flauta que
produjo la almendra fecunda!" (Philos., V, ix, 8).
Ireneo refiere lo siguiente: "(Simón) enseñó que él era el que había aparecido
entre los judíos como Hijo, y había descendido a Samaría como Padre y que había
venido a otros pueblos como Espíritu Santo. Decía ser la Potencia más alta, es
decir, el Padre, que está sobre todas las cosas, y que consiente en ser llamado con
cualquier nombre que le den los hombres" (Adversus hmreses, I, xxm, 1). La diosa
siria se identifica de parecida manera con todos los dioses, lo mismo que Isis (APU-
LEYO, Metamorfosis, xi, 1 y vm, 25); cf., además, Histoire du dogme de la Trinité,
t. II, pp. 16 y s.
( 18 ) Cuando, en la persecución de Valeriano, 257, compareció Dionisio de Ale-
jandría ante el prefecto de Egipto, Emiliano, requerido para que adorase a los
dioses, y respondió que adoraba al Dios único, Creador de todos los seres, Emiliano
le replicó: "¿Quién te impide adorarlo, si es Dios, junto con los dioses que lo son
por naturaleza? Por tanto, te ordenamos adorar a los dioses y a los dioses que todos
reconocen." Dionisio respondió: "No podemos adorar a ningún otro" (Hist. Eccl.,
VII, xi, 8-9). Cf. FELTOE, Dionisyus, p. 31.
( 19 ) No poseemos de él más que fragmentos, citados la mayor parte por EUSEBIO en
Preparación Evangélica; algunos los conocemos por STOBEO y PROCLO, In Timosum.
CLEMENTE le menciona (Stróm., I, xxn, 150), así como ORÍGENES (Contra Celsum,
I, xv; IV, LI). Los fragmentos han sido reunidos por MUIXACH, Fragmenta philo-
sophorum Grcecorum, t. III, pp. 152-174, París, Didot, 1879; el editor ha añadido
algunas notas, pp. 183-184.
( 20 ) Citado por EUSEBIO, Prep. Evang., IX, vil; Frag. p. 165.
(21) Ibíd., XI, x; CLEMENTE, Stróm., I, xxn, 150, 4; Frag,, p. 166.
(22) Ibíd., IX, vm; Frag., p. 165.
(23) Contra Celsum, I, xv; IV, LI.
LA OPOSICIÓN PAGANA 187

silao ( 2 4 ), Caméades ( 25 ) y demás. Construyó una filosofía religiosa, en


que la divinidad era inmaterial ( 2 6 ). Reconocía u n primer dios simple; el
segundo y el tercero son u n o ; el primero es el padre, el'segundo el demiurgo;
se puede comparar el primero al agricultor y el segundo al obrero que planta;
el primero' derrama la semilla de toda alma, el segundo dispone y distribuye
estas semillas; el segundo procede del primero como u n a antorcha que se
enciende en otra ( 2 7 ). Es difícil formarse con estos datos de Eusebio una
idea fija y precisa; pero al menos se ve sin esfuerzo la influencia cristiana
y gnóstica: la comparación de la antorcha era familiar a los apologistas ( 28 )
y la identificación del segundo dios con el demiurgo pertenece a Basílides y 'a
Marción ( 2 9 ). Pero, sobre todo, con la tesis de la identidad de doctrina entre
Moisés y Platón daba pie a los apologistas para sus afirmaciones sobre los
plagios de los griegos. Esta concesión debía provocar de parte de los mante-
nedores rígidos del helenismo una vigorosa reacción.

§ 2 . — El n e o p l a t o n i s m o ( 3 0 )

PLOTINO El centro de'esta reacción fué la escuela neoplatónica, fundada


a principios del siglo n i por Ammonio Saccas. Esta escuela debía
recibir de Plotino el impulso y la doctrina y suscitar después a Porfirio, el
enemigo 'más encarnizado del cristianismo.
El antagonismo que más tarde existió ( 31 ) entre ambas doctrinas y sus parti-
darios no apareció durante los primeros años del neoplatonismo: Orígenes
siguió los cursos de Ammonio Saccas; Porfirio le reprochará el haber deser-
tado del helenismo, para vivir según la ley de los cristianos, aunque conti-
nuaba pensando como griego ( 3 2 ). Más tarde volveremos sobre este texto de
Porfirio y señalaremos sus errores e injusticias; pero nos interesa como
recuerdo del tiempo en que Ammonio y Orígenes trajabaron de común acuerdo
y porque nos da a conocer qué adversario tan temible era para el neopla-
tonismo, el maestro de Alejandría ( 3 3 ). Orígenes había dejado ya Alejandría

( 24 ) EUSEBIO, Prep. Evang., XIV, vi,- Frag., pp. 155-158.


( 26 ) Ibíd., XIV, VIII,- Frag., pp. 161-163. Eusebio reconocía, sin embargo, en él
"un salteador y un engañador más hábil que Arcesilao".
(26) ¡bíd., XI, x,- Frag., pp. 166-167.
(2?) Ibíd., XI, XVIII; Frag., pp. 167-170.
(2*) Cf. supra, t. I, p. 368.
(29) Cf. supra, pp. 13 y 26.
(30) BIBLIOGRAFÍA. — C. SCHMIDT, Plotins Stellung zum Gnosticismus und kirchlichen
Christentum, Leipzig, 1901 (Texte und Untersuchungen, XX, 4). BIDEZ, Vie de Por-
phyre, Gand, 1913. La obra capital para la época que historiamos, es el tratado de
Plotino "contra los que dicen que el demiurgo del mundo es perverso y que el
mundo es malo" (Enn., II, ix); la obra que Porfirio había compuesto en 15 libros
contra los cristianos, se ha perdido; se conocen algunos de sus argumentos por la
refutación de Macario de Magnesia, ed. BLONDEL, París, 1876. Cf. P. DE LABRIOLLE, La
réaction páienne, París, 1934, pp. 223-296.
(31) Esta oposición no excluye los contactos ni las mutuas prestaciones intelec-
tuales. Becuérdese. en occidente a Mario Victorino; en oriente al Seudo Dionisio;
y a los neoplatónicos que, tanto o más que. los cristianos, se han servido de las
doctrinas de sus adversarios. Estas prestaciones se encuentran visiblemente, por ejem-
plo, en Proclo, en su angelología y en su teología de la oración.
(32) Hist. Eccl, VI, xix, 7. Cf. infra, p. 220.
(33) N 0 e r a e l único cristiano entre los oyentes de Ammonio Saccas; había sido
precedido por Heraclas (Hist. Eccl., VI, xix, 13). Cf. infra, p. 220, n. 14.
188 H I S T O R I A DE LA IGLESIA

cuando llegó Plotino, hacia el 233 ( 3 4 ) ; aquí frecuentó Plotino 'diversos maes-
tros y ninguno lo satisfizo hasta que u n amigo lo llevó a Ammonio: " H e aquí
el hombre que yo ' buscaba" —exclamó)— y siguió sus cursos durante
once años.
En el 244, a la muerte de Ammonio, queriendo conocer la filosofía de
los persas y de los hindúes, siguió al emperador Gordiano que dirigía enton-
ces una expedición contra los 'persas; pero esta expedición terminó en u n
desastre y Plotino se acogió primero a Antioquía y luego a Roma, donde fijó
su residencia. Tenía entonces cuarenta años. Era el primer año de Felipe
el Árabe (244-249) y Plotino se percató de que la Iglesia cristiana, que había
comenzado a conocer en Alejandría, gozaba del favor del emperador. Su
obispo era tan poderoso que Decio, después del martirio de San Fabián (250),
declaró que le disgustaría menos u n pretendiente al imperio que u n obispo
de los cristianos ( 3 5 ). Ya sabemos con qué terrible persecución intentó el
nuevo emperador aplastar a esta Iglesia para él tan temible ( 3 8 ).
Por entonces Plotino que no era ciertamente amigo de persecuciones san-
grientas ( 37 ) abría en Roma su escuela; pero era u n ferviente partidario
del helenismo; y en la gran lucha que se libraba en torno suyo, creyó que
tenía u n a misión que cumplir y se sintió con fuerzas para ella. Su filosofía
no se reducía a la pura especulación: el entusiasmo religioso con que se'había
entregado á Ammonio Saccas, fué creciendo a lo largo de sus estudios y de
sus meditaciones y se consideraba lo mismo que los iniciados de los miste-
rios, depositario de u n secreto. Durante largo tiempo rehusó dar a conocer
las doctrinas de su maestro; pero cuando otros discípulos de Ammonio rom-
pieron el secreto, al que todos se habían obligado, Plotino se creyó desligado
de su promesa ( 3 8 ) y unos años más tarde inició su vida como escritor.
Sus primeros escritos, de forma literaria descuidada, no fueron más que
discusiones de escuela, dirigidas a sus confidentes ( 3 9 ). Todo su esfuerzo
tendía hacia la ciudad ideal, u n a Platonópolis, que esperaba Plotino fun^
dar en la Campania con la ayuda del emperador Galieno y de su mujer
Salonina ( 4 0 ).

EL TRATADO Sin embargo, Plotino sentía que a u n en torno


CONTRA LOS GNÓSTICOS suyo su autoridad era combatida. Algunos le
oponían a Numenio, al que decían había pla-
giado ( 4 1 ) ; otros eran cristianos "sectarios procedentes de la filosofía antigua":
"Engañaban a muchos porque se engañaban a sí mismos, creyendo que Pla-
tón no había penetrado hasta el fondo de la esencia inteligible. Plotino los

( 34 ) Plotino habia nacido en Licópolis (Assiut) hacia el 205 y tenia 28 años cuando
vino a estudiar a Alejandría (cf. su vida por PORFIRIO, II-III).
(336
<¡) Cf. supra, p. 168.
( ) Cf. supra, pp. 126 y ss.
(3T) SCHMIDT (op. cit., p. 12) piensa que el edicto de tolerancia de Galieno y su
carta a los obispos de Egipto se debió a la influencia de Plotino; pero esta suposi-
ción parece enteramente gratuita.
( 38 ) Vita Plotini, ni.
(39) "El décimo año de Galieno (264), cuando yo le conocí, llevaba escritos
veintiún tratados; yo tuve estos tratados, que sólo eran confiados a un pequeño
número de personas. No era entonces fácil lograr que se confiasen y nos diesen
conocimiento de esas cosas y se seleccionaba cuidadosamente a aquellos que habían
de recibirlas" (Vita, iv).
(4«) Vita, v.
I*1) AMELIO les contestó en un tratado sobre La diferencia entre los dogmas de
Numenio y Plotino (Vita, xvn).
LA OPOSICIÓN PAGANA 189

refutó en sus lecciones y escribió contra ellos u n tratado, que he intitulado


Contra los gnósticos. Nos dejó que nosotros examinásemos a los demás ( 1 2 ).
Este tratado de Plotino es documento capital para la historia religiosa del
siglo n i . Ningún otro escrito nos revela más profundamente el antagonismo
entre el cristianismo y el helenismo. Es verdad que el cristianismo que Plo-
tino ataca, está saturado de la mitología gnóstica que ,1a Iglesia reprobó siem-
pre; pero, lo que la filosofía neoplatónica rechaza con más energía no son ]a:¡
imaginaciones y los ritos mágicos de los gnósticos, sino su concepción del
mundo, del hombre y de la salvación; que en sus rasgos esenciales es la con-
cepción cristiana ( 4 3 ).
Los adversarios, en que pensaba Plotino, se habían adherido al gnosticismo,
antes de llegar a él, y él no pudo liberarles de esa doctrina; y esto le aflige
y le indigna; "pero es a mis discípulos y no a ellos a quienes se dirigen
mis discursos" (x, 8 ) . Estos hombres se sirven de los libros antiguos y sobre
todo de Platón, sin comprenderlo:

"Llegados después de los antiguos, han tomado muchas cosas de ellos; pero no
han fabricado más que impropiedades indignas al intentar contradecirles. Admiten en
el inteligible, generaciones y corrupciones de toda clase; blasfeman del universo sen-
sible; consideran castigo de una falta la unión del cuerpo y del alma; critican al que
gobierna el universo; identifican al demiurgo con el alma y le atribuyen las mismas
pasiones que. a las almas particulares" (vi, 55).

Sus elucubraciones son palabras vacías de sentido: "son invenciones de quie-


nes desconocen la vieja cultura helénica" (vi, 6 ) .
Dejando de lado los rasgos propiamente gnósticos ( 44 ) señalemos ante todo
la concepción del mundo, de su unidad, de su origen. "Este m u n d o n i ha
tenido principio n i tendrá fin" (vn, 1 ) ; "preguntar por qué el m u n d o ha
sido hecho, es preguntar por qué hay u n alma y por qué el demiurgo produce.
Es por lo mismo admitir u n principio en lo que ha existido siempre; es
también creer que h a llegado a ser la causa de su obra después de h a b e r
sufrido él mismo modificaciones" ( v m , 1). El mundo sensible no debe ser
despreciado; pues es imagen tan perfecta, como posible y única del m u n d o
inteligible ( 4 B ).

(42) Vita, xvi: Estos sectarios que eran los gnósticos, contaban con muchos escri-
tos, sobre todo apocalipsis; PORFIRIO replicó al apocalipsis de Zoroastro. Cf. infra,
p. 192 n. 49.
( 43 ) E. BRÉHIER lo hace notar en su edición de las Enéadas, II, p. 108: "Lo que
Plotino critica sobre todo en ellos (los gnósticos) es el carácter fundamentalmente
antihelénico de su doctrina y, podría decirse, su carácter cristiano" Insiste, como
conclusión (pp. 109-110), sobre el alcance de esta polémica: "Este tratado tiene una
profunda significación que trasciende por su interés a la época en que fué escrito.
Es una de las protestas más hermosas y más valientes del racionalismo helénico
contra el individualismo religioso que. invadía en esta época el mundo grecorroma-
n o . . . " No podemos suscribir este elogio, pero sí debemos reconocer en este tratado
de Plotino la reacción del helenismo contra el cristianismo.
(*4) Las emanaciones no son como ellos las imaginan, sino necesariamente "eter-
nas (ni); la concepción de la caída del alma es insostenible (iv, x), lo mismo que
su magia (xiv) y su concepción de la iluminación en las tinieblas (xn).
(45) "No hay que concluir que este mundo es malo, porque hay en él cosas
malas; es querer darle un valor excesivo; es creer que este mundo es idéntico al
mundo inteligible, siendo así que no es más que una imagen. ¿Pero qué imagen
podría ser más bella que él? ¿Podría otro fuego distinto del nuestro ser imagen
del fuego inteligible de manera más perfecta? ¿Hay una esfera más perfecta y de
movimiento más regular, exceptuando el mismo mundo inteligible? ¿Hay, después
del sol inteligible, un sol superior al sol visible?" (iv, 22). Cf., vm, 16; xvi, 1; xvn, 1.
190 HISTORIA DE LA IGLESIA

E n este m u n d o s e n s i b l e lo m á s h e r m o s o y d i v i n o son los a s t r o s ; n e g a r l a


i n t e l i g e n c i a d e l sol es a b s u r d o m a n i f i e s t o (v, 1-15): " ¿ P o r q u é a t r i b u i r n o s
una sabiduría superior a la suya? ¿Cómo admitirlo a no estar loco?" ( v m ,
3 8 ) ; " l a s a l m a s d e los astros t i e n e n m u c h a m á s i n t e l i g e n c i a y b o n d a d , y e s t á n
e n c o n t a c t o con los i n t e l i g i b l e s m u c h o m á s q u e l a s n u e s t r a s " ( x v i , 9 ) . " A h í
t e n é i s a estos h o m b r e s q u e n o se d e s d e ñ a n d e l l a m a r h e r m a n o s a los h o m b r e s
viles y n o q u i e r e n d a r ese n o m b r e a l sol, a los a s t r o s , a l a l m a d e l m u n d o "
( x v n i , 17; cf. x x x v n ) .
D e s d e el p u n t o d e v i s t a m o r a l , este m u n d o es b u e n o ; t i e n e sus t a r a s i n d u -
d a b l e m e n t e ; p e r o el sabio s a b e m u y b i e n c ó m o h a d e c o n d u c i r s e :

" U n hombre es asesino; otro, por debilidad, es vencido por el placer. ¿Qué hay de
sorprendente en estas faltas que no proceden de la inteligencia, sino de almas débiles
e infantiles? Si hay lucha hay vencedores. ¿Cómo n o proclamar que esto es u n bien?
¿Os ha hecho alguno mal? ¿Qué hay de. terrible en ello para la parte inmortal de
vuestra alma? Os a s e s i n a n . . . he ahí precisamente lo que queríais. Por otra parte,
si os quejáis tanto de este mundo, nadie os fuerza a que continuéis viviendo en él."
(ix, 11-17).

A estas c o n s i d e r a c i o n e s c o m u n e s a l e s t o i c i s m o , P l o t i n o a ñ a d e o t r a s s o b r e
l a s e x i s t e n c i a s a n t e r i o r e s : " L o s h o m b r e s p a g a r á n f á c i l m e n t e a los dioses sus
d e u d a s . . . p o r q u e d a n a todos, e n l a s u c e s i ó n a l t e r n a d a d e sus v i d a s , el
d e s t i n o q u e les c o n v i e n e y q u e es l a c o n s e c u e n c i a d e l a s v i d a s a n t e r i o r e s "
(ibíd., 2 2 - 2 5 ) .
L a m u l t i p l i c i d a d d e dioses c o n t r i b u y e a l a b e l l e z a d e l u n i v e r s o :

"Después del alma bienaventurada, es preciso cantar a los dioses inteligibles y, por
encima de todos ellos, al gran rey de los inteligibles, que proclama su grandeza por
la misma pluralidad de los dioses. No restringiendo la divinidad a uno solo, haciéndola
ver así multiplicada, es como Dios nos la manifiesta efectivamente; esto es conocer
la potencia de Dios, que, permaneciendo lo que es, puede producir multitud de dioses,
que existen por él y vienen de él" (ibíd., 32-39).

H a b i e n d o t a n t o s seres, ¿ c ó m o p u e d e s o ñ a r el h o m b r e e n m a n t e n e r rela-
ciones p r i v i l e g i a d a s c o n D i o s ? D e b e c o n t e n t a r s e con su p u e s t o :

"Este mundo sensible existe también por obra de Dios y tiende hacia El lo mismo
que todos los dioses, cada uno de los cuales da a conocer al hombre por la revelación
y la profecía sus afinidades con él. Que no sean el mismo Dios supremo, es natural;
pero si queréis despreciarlos, si queréis envaneceros de no ser inferiores, os diré que
se es mejor cuanto se es más benévolo con todos los seres como con los hombres. Ade-
más es preciso estimarnos con mesura y no torpemente, considerándonos más elevados
que lo que nuestra naturaleza nos permite; hemos de pensar que hay lugar para
otros más, cerca de Dios; no debemos ponernos a nosotros solos junto a El; no sea que
soñando volar en torno suyo, nos privemos de llegar a ser dioses, en cuanto lo puede
ser el alma humana. Esto es posible en la medida en que sea guiada por la inteli-
gencia; superar la inteligencia es, en verdad, decaer . . . G r a n d e es la presunción de
los hombres; aunque antes fuesen humildes, desde que oyeron decir: «Tú, tú eres
hijo de Dios, los demás que admiras tanto no son hijos de Dios, ni siquiera los
astros que se honran por tradición; tú eres, sin necesidad de nada más, superior al
mismo cielo»; luego los otros aplauden (Ibíd, 39-60).

Se c r e e n objeto d e u n a p r o v i d e n c i a e s p e c i a l y o l v i d a n q u e la p r o v i d e n c i a
es u n i v e r s a l y a l c a n z a a t o d o s los seres:

"Si Dios ejerce su providencia en favor vuestro, por qué va a olvidar al mundo
en el que vosotros vivís? . . .Los hombres, diréis, no tienen necesidad de que Dios mire
por el mundo. Sí, pero el mundo la t i e n e . . . " (Ibíd., 64-70).
LA O P O S I C I Ó N P A G A N A 191

¿Es piedad negar que la providencia llega a este mundo y a todas sus
cosas? ¿Es estar de acuerdo consigo mismo? Porque si pretenden que la
providencia se ejerce únicamente en favor suyo, ¿ha sido esto cuando es-
taban allí arriba o ahora que están aquí? En el primer caso ¿cómo han
descendido?; en el segundo, ¿cómo permanecen aquí? ¿Cómo Dios mismo
no está aquí abajo?; si no está ¿cómo sabe que ellos lo están? ¿Cómo sabe
que en su interior no le h a n olvidado, que no se h a n hecho malvados?
(xvi, 14-22).
Aunque la providencia sea como vosotros queréis, en todo caso, el mundo
posee algo que procede de Dios; y no ha sido abandonado n i lo será jamás.
La providencia vela por el bien total más que por sus partes y el alma del
todo participa de ella más que los demás; la prueba es su existencia y una
existencia llena de sabiduría. ¿Quién de estos insensatos que se creen sobre
toda sabiduría, tiene la bella y sabia regularidad del universo? Sólo estable-
cer la comparación es ridículo y fuera de lugar, y sería impío; a no ser por-
que lo hacemos forzados por la discusión (ibíd. 27-36).
La última acusación que lanza contra los cristianos y no la menos grave
es que carecen de ciencia moral:
"No tienen doctrina alguna de la virtud; han dejado este problema completamente
de lado; no nos dicen ni qué es, ni cuántas virtudes hay. Ignoran las numerosas y
bellas consideraciones de los antiguos; no nos dicen cómo se adquiere la virtud, cómo
se la posee, cómo se sana y se purifica el alma. Es inútil decir: mirad a Dios, si no
se nos dice cómo hay que. mirarle; efectivamente, podría demostrarse qué contradicción
hay entre mirar a Dios y no abstenerse de ningún placer y no reprimir la cólera.
¿Qué impide el que invoquemos a Dios continuamente y estemos dominados por las
pasiones, sin intentar librarnos de ellas? Los progresos en la virtud interior del alma
acompañados de prudencia, son los que nos hacen ver a Dios. Sin verdadera virtud
Dios no es más que vana palabra" (xv, 28-40).

La oposición de las dos filosofías queda así resumida por Plotino:


"La filosofía que nosotros buscamos nos da con los otros bienes la simplicidad de
costumbres y la pureza de pensamiento; quiere gravedad y no arrogancia; la con-
fianza que nos da en nosotros mismos es racional, llena de seguridad; pero también
de prudencia y de una extraordinaria circunspección. La doctrina de los adversarios
está en completa oposición con la nuestra. Es mejor no hablar ya de ellos" (xiv,
38-45).

Este tratado que puede datar del año 264 ( 46 ) no es el único en que apa-
recen tales preocupaciones polémicas ( 4 7 ) ; pero sólo en éste le absorben total-
mente; lo cual da a esta obra u n interés excepcional. No h a y documento de
su época en que se nos manifieste tan claramente la oposición entre el hele-
nismo y el cristianismo. Todo este pasado está tan lejos, que no comprende-
mos, al leer únicamente a los autores cristianos, la oposición que encontraban
no sólo entre los políticos y la masa del pueblo, sino aun entre los espíritus
más reflexivos y selectos. Esta religión del mundo, de los astros, del sol, que
u n siglo más tarde intentará Juliano renovar, se derrumbará por su propio
peso, porque habrá perdido actualidad; pero en el año 260, a ú n tenía vida
pujante: la tradición enseña, los filósofos reconocen y los paganos piadosos
adoran este mundo poblado de dioses. Juzgarse objeto de una providencia
particular de parte de Dios, creerse su hijo, más querido de El que los astros

C4!6) Cf. SCHMIDT, op. cit., p. 31.


( 47 ) Podemos recordar los siguientes pasajes: Enn., II, i, 4, 14-43; III, vil, 13,
49-53; III, ii, 8, 20-41; III, n , 9, 10-19. Cf. SCHMIDT, op. cit., pp. 68-81. Sobre la
tesis que los gnósticos son atacados como cristianos, cf-, p. 82 y ss.
192 H I S T O R I A DE LA I G L E S I A

y que el sol, es para Plotino u n absurdo tal que prefiere no discutirlo ( 4 8 ) .


Además, estos hombres vulgares, salidos del pueblo, que jamás h a n estudiado
la ética, creen que con la oración y el amor de Dios les basta para ser virtuosos.
Para cuando Plotino se indignaba así, hacía más de veinte años que Orí-
genes había respondido a Celso. Esta respuesta no la conoció Plotino; él
no sabe del cristianismo más que por la gnosis; y Juliano, u n siglo más tarde,
lo verá deformado por el arrianismo (49).

PORFIRIO Plotino se limitó a revelar la oposición fundamental entre la


gnosis cristiana y el pensamiento helénico; Porfirio fué el que
emprendió la lucha y la llevó adelante con encarnizamiento ( 5 0 ) .
¿Nació Porfirio en el seno del cristianismo? Aunque lo afirma el histo-
riador Sócrates, parece m u y dudoso ( 5 1 ) . Pero es indudable que, nacido o edu-
cado por lo menos en Tiro ( 5 2 ) , se encontró en su juventud con Orígenes ( 5 3 )
y conoció el cristianismo, m u y floreciente entonces en la costa fenicia. Su
enorme curiosidad le llevaba a estudiar todas las religiones orientales que
florecían en torno suyo ( 5 4 ) ; y al parecer también el cristianismo despertó su
interés, y lo estudió algún tiempo con simpatía ( B 5 ).
Pero todo esto se desvaneció m u y pronto: a finales del 249, Felipe el Árabe
era asesinado por Decio; al favor imperial sucedía la persecución; los campos
quedaron divididos: Porfirio tomó partido decididamente por el emperador
y sus dioses. Era a ú n joven cuando escribió su Tratado sobre los oráculos
en el que Geffcken reconoce "la más repugnante superstición" (° 6 ). No se
contentó con escribir; nos dice que arrojó u n demonio llamado por las gentes
del país Causatha ( 5 7 ) .
Encontrándose en Roma, en el año 263, a los treinta años, se asoció a Plo-

( 48 ) Para responder a Plotino basta recordar aquella sentencia de San Juan de


la Cruz: "Un sólo pensamiento del hombre vale más que todo el mundo; por con-
siguiente, sólo Dios es digno de él".
(49) Plotino no se contentó con escribir contra los gnósticos; sino que animó a
sus discípulos al mismo trabajo: "Nos dejó, dice Porfirio, que nosotros examináse-
mos a los demás. Amelio escribió hasta cuarenta libros contra el de Zostriano. Por
mi parte hice numerosas críticas al libro de Zoroastro y demostré que era un
apócrifo reciente, fabricado por los fundadores de la secta para hacer creer que los
dogmas que defendían eran los del antiguo Zoroastro" (Vita, xvi).
(80) Cf. J. BIDEZ, Vie de Porphyre, Gand, 1913; DE LABRIOLLE, La réaction páienne,
pp. 231-296.
( 51 ) SÓCRATES, Historia Eclesiástica, III, xxm, 37. Cf. BIDEZ, op. cit., p. 7; DE
LABRIOLLE, op. cit., p. 231.
( 52 ) En 232-233.
( 53 ) El mismo lo afirma en un texto citado por EUSEBIO, Hist. Eccl., VI, xix, 5.
(54) "Debía hablar el idioma de su país y quizás se vanagloriaba de comprender
el hebreo. Era versado en los misterios de Caldea, de. la Persia y del Egipto. Describe
e interpreta una especie de jeroglífico y maneja los libros sagrados y la literatura
profana de los judíos y de los fenicios. La India atrajo también su curiosidad y a ella
se dirigió para demostrar la inautenticidad de ciertos escritos gnósticos publicados con
el nombre de Zoroastro" (BIDEZ, op. cit., pp. 9-10).
(55) BIDEZ escribe, no sin alguna exageración, op, cit. p. 13: "Su naturaleza dulce
y delicada no podía menos de ser atraída por la nobleza y la infinita suavidad de
las palabras de Jesús; comprendió su belleza como comprendió la grandeza de la
Biblia. Durante mucho tiempo guardó una sincera veneración hacia la persona de
Jesucristo".
(56) Ausgang des Heidentums, p. 59, citado por P. DE LABRIOLLE, op. cit., p. 233.
Se puede comprobar este juicio recorriendo el capitulo que consagra Bidez a este
tratado y los fragmentos que cita (op. cit., pp. 17-28).
(5T) BIDEZ, op. cit., p. 15.
LA OPOSICIÓN PAGANA 193

tino; este hecho fué para su vida y su pensamiento de una influencia decisiva.
Recuérdese el atractivo que había ejercido sobre Justino la filosofía platónica:
"La inteligencia de las cosas incorpóreas me cautivaba de manera extraordi-
n a r i a ; la contemplación de las ideas daba alas a m i pensamiento; en poco
tiempo me creí ya sabio; fui lo bastante necio para creer que llegaría inme-
diatamente a ver a Dios; porque éste era el fin de la filosofía de Platón
(Dial., I I , 6 ) .
Tales aspiraciones religiosas eran más vivas a ú n en la escuela de Plotino.
Porfirio nos dice:
"Gracias a esta iluminación, demoníaca que nos lleva a veces hasta el primer Dios,
hasta el más allá, siguiendo la vía prescripta por Platón en el Banquete, él vio a
Dios, que no tiene forma ni esencia; porque está más allá de toda inteligencia y de
lo inteligible. Este Dios al que yo, por mi parte, no he. llegado a estar unido con
él sino una sola vez en mi vida, cuando tenía sesenta y ocho años. Plotino tuvo la
visión del hito, del objeto, de una manera inmediata. El fin, el término, significaba
para él la unión íntima con Dios, que está sobre todas las cosas. Mientras yo viví
con él, cuatro veces llegó a este fin, gracias a un acto inefable... A veces, dice el
oráculo, los dioses enderezarán tu caminar desviado, para hacerte, ver el rayo de
su luz" (58).

Esta tensión ardiente agotó los nervios de Porfirio. Pensó suicidarse; Plo-
tino que vivía con él, se dio cuenta: " m e dijo que m i deseo de suicidio no
era en manera alguna racional, sino que provenía de u n a enfermiza melan-
colía y me invitó a viajar" (ibíd., xi). Era el año 15 del reinado de Galieno,
268 (ibíd., v i ) . Porfirio se retiró a Sicilia, al Lilibeo y no vio más a Plotino
que siguió enviándole la continuación de la Enéadas (ibíd., vi). En el 270
moría Plotino; el retórico Longino que había sido antes maestro de Porfirio
dejó Atenas, a la que los godos acababan de asolar, y se acogió a Palmira,
junto a la reina Zenobia; allí llamó a Porfirio y le pidió que llevase libros
(ibíd., xix). Porfirio permaneció en Sicilia y fué mejor para él; pues el 272",
Aureliano, vencedor de la reina Zenobia, hacía ejecutar a sus consejeros y
entre ellos a Longino.
En Sicilia, Porfirio se fué curando poco a poco de su neurastenia; des-
cansó vulgarizando la filosofía; sobre todo la Lógica de Aristóteles ( 5 9 ) ; pero
m u y pronto volvió a la polémica anticristiana, a que Plotino le había arras-
trado: Aureliano, a su regreso de Oriente, soñaba con implantar en Roma
el culto del dios Sol y hacerlo religión única de todo el imperio. En el
año 274 levantó en el Quirinal u n templo magnífico al "Sol invencible". Por
aquel entonces compuso Porfirio sus quince libros contra los cristianos ( 6 0 ).

EL LIBRO En los siglos iv y v, los emperadores cristianos


CONTRA LOS CRISTIANOS prohibieron diversas veces este libro, que por fin
pereció; pero no sin haber apasionado durante
mucho tiempo a la opinión. Fué refutado por Metodio de Olimpo, por Euse-
bio, por Apolinar de Laodicea y por Macario de Magnesia. Esta última obra
es la única que nos ha llegado y a u n incompleta ( e l ) . Por la refutación de
(58) vita Plotini, xxm.
( 59 ) "Chrysaorio, un senador a quien en otro tiempo había dado lecciones en Roma,
intentó leer las Categorías de Aristóteles y no entendió nada. En este atolladero escri-
bió a Porfirio"; éste compuso la Isagoge. Este tratadito es el que ha dado su reputa-
ción a Porfirio. (Cf. BIDEZ, op. cit., pp. 60 y s.)
( 60 ) RIDEZ, op. cit., p. 67; P. DE LABBIOLLE, op. cit-, p. 242:
( 61 ) Macarii Magnetis qum supersunt ex inédito códice, ed. RIXXNDEL, París, 1876.
La obra comprendía cinco libros; el manuscrito publicado por Blondel comienza en
194 HISTORIA DE LA IGLESIA

Macario de Magnesia es como mejor podemos apreciar la argumentación de


Porfirio (« 2 ).
Dicha argumentación es totalmente distinta de la de Plotino: no consiste
en u n a tesis filosóf