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UNIVERSIDAD AUTÓNOMA DE COLOMBIA

FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS

LITERATURA MEDIEVAL

Nombre: Juan Carlos Velasco Peña Carrera: Historia 2° Semestre

RESUMEN CAPÍTULOS XI Y XII – TEORÍA DE LA LITERATURA

Capítulo XI – Los estudios de historia y crítica literarias

La concepción de los estudios de historia y crítica literaria se remonta hacia los


comienzos del siglo XIX gracias a la llegada del romanticismo, este movimiento
impondría una concepción histórica del hombre y de sus actividades, transfiriéndolos
del espacio abstracto y permanente en que el orden clásico los situaba, a espacio y
tiempo concretos y mudables. Es gracias a autores como Herder que se haya
efectuado un principio de argumentación que es necesario, el cual es estudiar el
fenómeno literario desde un punto de vista histórico-genético, de modo que se
comprenda lo que existe de individual tanto en un autor como en una obra o una época.
Los fenómenos literarios presentan un desarrollo orgánico, y el historiador debe
procurar conocer en profundidad ese proceso de crecimiento, desde los estadios
germinales hasta las fases del descenso. Otro autor qué destacaría sería Mme. De
Stael, el cual demostró que la literatura es íntimamente solidaria con todos los aspectos
de la vida colectiva del hombre, comprobándose que cada época tiene una literatura
peculiar, de acuerdo con las leyes, con la religión y las costumbres propias de tal
época. Se proclamaba también la necesidad de estudiar los hechos literarios a la luz de
sus relaciones con otros fenómenos de la civilización y de la cultura de cada periodo
histórico. Otros autores románticos defendieron igualmente que la historia de la
literatura no podía ser confiada a eruditos que vivían encerrados en colegios y
seminarios ignorando la vida y la sociedad y como la literatura se articula con ellas.

La literatura se define como una cosa vivida y dinámica, llena de ímpetu, en al cual
se hace presente la revelación de las almas y la cotidianidad de las sociedades. Por un
lado, la historia literaria se relacionó íntimamente con la filología; la crítica literaria, por
otro lado, se asoció frecuentemente a la poesía y a la creación literaria en general.
Sainte-Beuve representa una de las cimas de la crítica romántica europea. La literatura,
para Sainte-Beuve está tan visceralmente ligada al hombre, que resulta imposible
estudiar y juzgar una obra literaria independientemente de su creador. En esta
perspectiva, la biografía adquiere papel primordial, pues la indagación crítica se
concentra absorbentemente en el autor. A partir de un largo y paciente trato con los
escritos de un autor, el crítico debe proponerse aprehender los elementos básicos y
característicos de la individualidad del artista. El crítico debe tener siempre presente
que la literatura es un juego de espejos en que todo es susceptible de distorsión.

Esta crítica literaria científica se desarrollaría en la época positivista, periodo cultural


que podemos fechar a mediados del siglo XIX y que tiene como principal exponente a
Augusto Comte, sus postulados se resumen en: primacía de los hechos, actitud
racionalista, creencia en el determinismo científico, recusación del subjetivismo. La
crítica literaria ha de implicar, por tanto, un análisis psicológico riguroso y sistemático,
pues le incumbe descubrir la facultad-maestra de un escritor. Pero la crítica no se
puede detener en el dominio de la psicología, exige la penetración en otros dominios
del saber, particularmente en el dominio sociológico. Son tres las fuentes que producen
ese “estado moral elemental”: la raza, el medio y el momento. Por un lado la raza se
define como el conjunto de “disposiciones innatas y hereditarias” que diversifican a los
pueblos entre sí, sin embargo, vive siempre en un medio determinado; la raza, fuerza
interior, y el medio, fuerza externa, producen una obra, y esta obra condiciona a la obra
siguiente. Por otro lado, el momento representa la velocidad adquirida, la interacción de
las fuerzas del pasado y del presente, las relaciones que se instauran entre el elemento
precursor y el elemento sucesor en cualquier proceso de carácter histórico.

En conjunto a esta orientación científica de los estudios literarios, comenzaría a


cobrar importancia una ciencia literaria preocupada casi exclusivamente de la
compilación y depuración rigurosa de los hechos, cultivadora de la más estricta y
desinteresada objetividad y muy desconfiada ante las impresiones personales y las
explicaciones carentes de base documental segura, dicha orientación científica se
definiría como el método de esta ciencia es el histórico-filológico.
A partir de los últimos años del siglo XIX, se extendería por toda Europa una fuerte
reacción contra la cultura, el arte y el espíritu del periodo anterior, la filosofía vitalista de
Nietzsche y las filosofías intuicionistas e irracionalistas de Bergson y de Croce, las
cuales exaltan la intuición, el inconsciente, el instinto, en detrimento de la razón. El
universo, que el pensamiento racionalista había considerado diáfanamente inteligible y
científicamente explicable, se puebla de misterios y de analogías intraducibles
lógicamente. Se defienden los derechos de la subjetividad, del inconsciente y del
ensueño, valorizan el símbolo, el mito y las analogías sutiles, reafirman el arte como
visión y conocimiento irracional. Esta reacción adquirió carácter sistemático y se
transformó en profunda reelaboración de los fundamentos y objetivos de los estudios
literarios, con los tres grandes movimientos críticos que dominaron la primera mitad de
nuestro siglo: el formalismo ruso, la estilística y el new criticism norteamericano. Es fácil
discernir algunos principios comunes que inspiran a todos los que se oponen a la
historia literaria positivista.

El primer principio es el de reacción contra el factualismo y contra el historicismo:


ridiculizan y censuran en la historia literaria la acumulación desmesurada y estéril de
hechos de todas clases en torno a la obra que se pretende estudiar. El hombre,
observa Anatole France, nunca consigue salir de sí mismo, y de esta incapacidad
radical del hombre para considerar objetivamente la realidad resulta que toda crítica es
necesariamente subjetiva y proyección autobiográfica. El yo que genera la obra es un
yo diferente del que manifiesta el escritor en su vida social, en sus hábitos y en sus
vicios. Para Valéry la literatura es ejercicio del lenguaje, búsqueda rigurosa del lenguaje
puro y esencial, construcción de un mundo de palabras que, sustraído al acaso, se
afirma como ser autónomo. Autores de gran calibre como Edgar Allan Poe ya había
defendido la misma concepción de la creación literaria- ejercicio de rigor, actividad
regida por un sistema de leyes y principios universales, reinvención continua, a través
de un sabio juego combinatorio, del lenguaje verbal.

La obra literaria, producto de este ejercicio, de esta actividad, es esencialmente un


ente de lenguaje, absoluto e intemporal, no la confesión de un autor o el resultado de
una experiencia histórico cultural. La personalidad que es perceptible para los
biógrafos, nada explica del fenómeno de la creación poética, la crítica literaria tiene que
ocuparse de lo real del discurso. Charles Péguy, con su estilo torrencial, condena en la
historia literaria la acumulación ciclópea de hechos y de informaciones de todas clases
so pretexto de estudiar una obra dada, pero sin preocuparse nunca efectivamente de
analizar esa obra. Estos ataques de Proust, Valéry, etc contra la erudición y el
factualismo de la historia literarias muestran también el camino exacto que la crítica
literaria debería seguir el estudio del texto, el análisis de la obra como creación
artística.

El segundo principio es el de reacción contra el ciencismo que infectaba la historia


literaria: una distinción nítida entre los métodos y los objetivos de las ciencias naturales
y los de las ciencias históricas, tanto la estilística como el formalismo ruso y el new
criticism se proponen estudiar la obra literaria como entidad artística; reaccionan contra
el historicismo y la erudición.

Capítulo XII - La historia literaria


Tanto la historia y una de sus ramas que es la historia literaria, intentan comprender
y explicar el pasado, a partir de diferentes objetos de estudio. La historia atiende a un
pasado concluido y, la historia literaria a un pasado vivo, las obras literarias. Ambos
historiadores han de documentarse para aclarar la historia aplicando determinados
conocimientos. La historia estudia objetos únicos y, el historiador debe tener vivo el
sentido d ella singularidad. Pero la singularidad no es absoluta y es necesario el
estudio de los valores que la determinan. El historiador ha de preocuparse también de
los diversos elementos supraindividuales que condicionan la obra literaria.

Gusteve Lanson aboga por un estudio metódico de la literatura, subordinado a


determinadas exigencias de rigor y objetividad. Ésto no significa que Lanson condene
al lector que en la literatura busca una comunión espiritual o una depuración del gusto,
ya que el método no excluye tal lectura. Una obra literaria despierta reacciones en un
lector y no influye sobre su subjetividad. El ideal de Lanson radica en reconocer los
derechos de la subjetividad y de las impresiones, y así, someterlas a un mejor control
del método y de la inteligencia. La crítica impresionista, permanece dentro de sus
límites y traduce la relación de una obra con el lector de cierta época, sociedad y
cultura. El historiador literario, a través del análisis de una obra, se esfuerza en
disciplinar sus sentimientos y reacciones personales, es obligación del historiador
conocer la realidad distinta que supone saber y sentir, el saber sólo se legitima cuando
la conduce el saber. Lanson condena la crítica dogmática, facciosa y apasionada,
condicionada por el fanatismo, bajo sus erróneos criterios deforman la literatura. De
modo que hay que anteponer a esta crítica el conocimiento objetivo de autoras y obras.
La objetividad expuesta así por Lanson, representa una concepción demasiado
simplista de la naturaleza de la obra literaria y de los presupuestos y fundamentos de
todo proceso crítico. El lenguaje literario se crea mediante la destrucción de la
literalidad de las palabras, mediante la implantación de nuevos valores semántico-
formales sobre los valores inscritos en el código lingüístico, y que el crítico necesita
conocer, además del conocimiento literal del texto. Ningún crítico puede aceptar que el
significado objetivo de una obra literaria pueda ser establecido mediante el
conocimiento de la intención el autor al escribirla. Lanson sitúa al historiador en un
espacio y tiempo neutro cuando, el historiador es un hombre que puede estar marcado
por su entorno social y estar influenciado por él en el momento de elegir una obra con
el fin de estudiarla. Toda lectura es refracción, tanto la que se interesa por el objeto,
como la lectura estructuralista; tanto la que busca en la obra un asunto, como la
existencial y temática. Hasta la pluralidad semántica de la obra, legitima lecturas
diversas. Todas las creaciones literarias, suscitan lecturas diferenciadas. No todas las
lecturas son válidas ni coherentes, pero todas esclarecen algún aspecto de la obra.
Cuando una lectura o un método crítico se adjudican derechos totalitarios sobre una
obra, recaen en un error.

Lanson rechaza la subordinación de la historia literaria a la metodología de cualquier


ciencia, pues toda disciplina científica tiene que poseer un método propio e
inconfundible. La historia literaria, pide a la ciencia una actitud de espíritu científico. La
lección que debe extraerse de la metodología científica es, sobre todo, una lección de
honestidad intelectual y de obstinado rigor. La meta de la historia literaria es el
conocimiento de los textos literarios, sus relaciones con una tradición literaria, su
agrupamiento por géneros, su filiación en movimientos y escuelas, las conexiones de
todos estos fenómenos con la historia de la cultura y de la civilización. Y para ello, la
historia literaria, necesita la ayuda d otras disciplinas, como la filología y la lingüística,
la paleografía, etc., y cada cual contribuye según el problema que presente la obra o el
autor como objeto de estudio. Cada obra o autor, presentan perspectivas y rasgos
particulares, no siguiendo un esquema fijo común que se adapte a cualquier obra o
autor, aunque toda obra o autor, comporta cierto número de operaciones generales y
básicas, indispensables de conocer.

El historiador literario, necesita conocer la bibliografía relativa a los autores y a las


obras que pretende estudiar, ya que a través de ellos se revelan lo que se sabe o lo
que no se sabe sobre la materia, y los problemas que puede representar. Además, el
estudio de la biografía, sitúa al investigador, al estudiante, dentro de una dinámica de
adquisición cultural y científica. El individuo recibe de otros predecesores, los
conocimientos y con su trabajo, alistarse a la cadena secular. En el área de los
estudios literarios, la información bibliográfica no es fácil debido a la proliferación de
libros y artículos, tanto a nivel nacional como internacional. Hay obras y autores que se
estudian en todo el mundo, así como también hay universidades e instituciones, que
ofrecen a través de revistas y otras publicaciones, un inventario más o menos completo
de lo que se edita sobre materiales de literatura, a nivel mundial. Todo historiador
literario debe conocer bibliografías retrospectivas. Los manuales de historia literaria
incluyen bibliografías más o menos desarrolladas, proporcionando al estudioso una
primera selección bibliográfica. Diferentes presentaciones, recogen una bibliografía
minuciosa, de la materia que tratan. El historiador literario, también debe conocer
bibliografías corrientes, que permiten actualizar bibliografías retrospectivas, renovando
el astado actual del conocimiento sobre un autor, una obra, una época, etc. En síntesis
de las más valiosas bibliografías, tanto retrospectivas como corrientes son provenientes
de las principales literaturas románicas como la portuguesa, española, francesa e
italiana.

Para estudiar una obra el historiador literario debe averiguar si un texto es auténtico
o apócrifo. Aunque existen obras sin nombres, atribuir la autoría de una, constituye un
problema. Toda obra forma parte de un sistema literario, y está relacionado con un
contexto social y cultural, expresa una visión determinada del mundo etc., de modo
que, el conocimiento del autor contribuye al conocimiento de estos elementos. La
dificultad de la atribución de una autoría, resulta más difícil en los textos antiguos,
aunque los medievales presentan incertidumbres. Hay manuscritos que no presentan el
nombre del autor, y en ese caso, las obras atribuidas a un autor, pueden no ser
asignadas correctamente. Caso evidente es el de Lazarillo de Tormes, 1554, atribuida
a Diego Hurtado de Mendoza y, de la que hoy, se desconoce el autor. En la literatura
portuguesa se dio el mismo caso de atribución errónea a la égloga Crisfal, y el mismo
caso hallamos con las obras de Shakespeare. Para enunciar la autoría de un texto, el
historiador puede acudir a datos externos, documentos, cartas, etc., o a datos internos,
es decir, elementos sacados de la propia obra. En el caso de ausencia de toda prueba
documental, los análisis lexicológicos y estilísticos, son fundamentales.

La transmisión de una obra literaria produce transformaciones y corrupciones de su


texto. Por eso es importante averiguar si un texto ha sufrido alteraciones, y establecer
un texto lo más conforme posible a la voluntad del autor. La crítica textual enfunda
diversos problemas y, exige gran conocimiento de la lengua y de su historia, y de la
tradición literaria de una época determinada. La crítica textual representa una
operación indispensable para la sólida fundamentación de cualquier estudio literario. El
análisis sincrónico de una obra, el examen de sus metáforas, símbolos y mitos, la
indagación de sus fuentes y modelos, etc., tienen que basarse en un texto libre de
deturpaciones, errores o lagunas, etc., ya que de ellos depende un resultado viciado.
La edición crítica procura devolver a un texto la voluntad del autor, limpiándolo de
deformaciones y cualquier otra alteración que presente el escrito. Y para llevar a cabo
dicha labor, hay una serie de pautas que la edición crítica debe seguir, para poder
esbozar un árbol genealógico. Dichas pautas van desde la reunión de manuscritos y
ediciones de la obra en cuestión; cotejar dichos manuscritos y ediciones, y finalmente
establecer las diferencias entre manuscritos y ediciones.

Los manuscritos pueden ser autógrafos escrito de mano del mismo autor o
apógrafos que son aquellos textos que se copian de un manuscrito original, siendo el
autógrafo el que confiere una mayor confianza y, el que ofrece un gran interés para el
conocimiento del proceso creador del artista, pero, sin restar dicha confianza a los
apógrafos en ausencia de un autógrafo con el que contrastarlo, es decir, siendo la
única fuente de trabajo. Hecha la elección del manuscrito o edición impresa, se
establece como texto base y el editor inicia su labor de corrección, bien sea de erratas,
omisiones, etc. Anteponiendo a la reparación una buena dosis de prudencia y de buen
sentido. Las variantes que presentan dichas correcciones quedan reflejadas en la obra
bien a pie de página, o bien en sus páginas finales. En esas anotaciones se
manifiestan las razones que mueven a editor a efectuar dichas variantes de corrección.
Así como las diferentes fases por las que ha pasado dicho texto, desde su manuscrito a
la primera edición, y ediciones posteriores. Los manuscritos y ediciones que se usan en
la preparación de una edición crítica son denominados por siglas, eligiéndose para ello
las letras del alfabeto. La elección de las letras está relacionada con la biblioteca o la
ciudad donde se conservan los manuscritos o ediciones. El editor debe elaborar una
tabla aclaratoria que indique a qué manuscritos o ediciones corresponde cada letra.

Un aspecto que se ha de considerar por el historiador literario es la fijación de la


fecha el texto. Frecuentemente, la fecha en que se escribió la obra está indicada por el
autor, a veces no lo está, y otras veces puede ser falsa. Es importante conocer la fecha
de cada una de las partes de una obra cuya elaboración se extiende durante un largo
tiempo. En esos casos hay que tener presente una regla de Lanson: “En principio, un
pasaje fechado no sirve para fechar otros: no es forzoso que su fecha sirva para un
texto más extenso”. Estos problemas de cronología son importantes, ya que la obra
tiene que situarse en su tiempo, ser conocida e interpretada en función de su contexto
histórico, y que está relacionada con los ideales, las corrientes de sensibilidad, etc., de
una época determinada. Establecer la fecha de creación de una obra, o de sus partes,
tiene gran importancia para el examen de otros problemas en su elaboración como las
influencias, la evolución estilística, etc. Los elementos de que dispone el historiador
literario para fechar una obra pueden ser de dos tipos, de orden interno o de orden
externo. Los internos pueden ser referencias de la obra a hechos históricos,
personajes, etc. Los externos pueden ser escritos, hechos o documentos tanto del
autor como de otros autores. El examen de los manuscritos de un autor son
importantes para de la obra. La fecha de los manuscritos puede aparecer falseada en
los textos impresos. Es de gran interés conocer cómo se engendró y plasmó una obra,
desde los borradores hasta la versión definitiva. El análisis de las distintas redacciones,
proporciona indicaciones sobre el gusto, los ideales estéticos, la formación, la evolución
y las influencias que ha recibido el autor. Al analizar las variantes no se perderá de
vista su relación con los motivos nucleares de la obra.

Para el método de la historia literaria, establecer el sentido literal de un texto es otro


momento importante. El historiador ha de recurrir a sus conocimientos filológicos y
lingüísticos para esclarecer los diferentes significados de un texto. Dilucidando
referencias de cualquier tipo en la obra, para que sea inteligible. El conocimiento de
literalidad de un texto, representa una condición para el conocimiento de literalidad el
mismo, y sólo una crítica no cualificada, puede ponerla en duda. Para que un crítico
revele una función de una obra, como la literaria o la simbólica, es necesario que
conozca el significado literal de la referencia mítica que el texto contiene. Así, se
defiende la necesidad de un saber objetivo, apoyado en disciplinas organizadas, y que
constituye el pilar sobre el que se edifica otro saber.

Una vez captado el sentido literal del texto, hay que pasar a establecer su sentido
literario, poniendo de manifiesto los valores en la obra. Hay que analizar el estilo y los
recursos expresivos de los que el autor hace uso, captando la intención más profunda
del artista. Esta fase del método histórico-literario es muy delicada y está sujeta a
riesgos, escribe Lanson: “debe conocerse primeramente en la época en que nació, en
relación con su autor y con esa época. La historia literaria debe ser tratada
históricamente: es una verdad manifiesta, pero no una trivialidad”. Estos aspectos del
método histórico-literario de Lanson, exigen algunos comentarios y suscitan algunas
reflexiones. En primer lugar, hay que reconocer que a veces el historiador olvida que la
obra de la que se ocupa es una creación artística. Incluso, aquellos historiadores más
sensibles que no practican o desconocen procedimientos de análisis, revela una
carencia de instrumentos adecuados para el análisis. La estilística y otros métodos
afines, proporcionan al historiador la conciencia de que su materia de estudio es un
objeto artístico. Los historiadores contemporáneos, revelan el influjo beneficioso de la
estilística, sin descuidar las exigencias del método histórico-literario. En segundo lugar,
los principios propuestos por Gustave Lanson, fueron aceptados en el siglo XIX y las
primeras décadas del siglo XX, pero plantean problemas en el contexto de la crítica
actual. Diferentes corrientes de crítica como el new criticism o la nouvelle critique, no
tratan de condenar la historia literaria, sino de excluir la perspectiva histórica del
estudio de la literatura, es decir, explicar la literatura a través de la historia.

De la génesis de la obra literaria, también se ocupa la historia de la literatura,


intentando conocer todas las circunstancias que hayan contribuido en la concepción y
el desarrollo de la obra. En este punto, el historiador literario, ha de prestar atención a
la biografía del artista, para descubrir así, el sustrato humano. La importancia de la
biografía se estableció a partir de Sainte-Beuve, y se relaciona con una teoría
expresiva de la creación literaria. Siguiendo el ejemplo de Sainte-Beuve, muchos
historiadores se preocuparon de explicar las obras literarias a partir de la biografía de
sus autores, y de reconstruir las biografías de éstos. Este biografismo fue criticado y
censurado por Gustave Lanson, quien subraya la diferencia entre las confesiones
constantes de una carta auténtica, o unas memorias verdaderas, y las confesiones que
puedan aparecer en una obra de literatura. Los errores y excesos del biografismo,
contribuyeron a ataques desde principios del siglo XX, lanzados en contra de la historia
literaria. Los horizontes desvelados por Freud y por la psicología moderna, situaron
sobre nuevas bases el problema entre la biografía y la creación artística en general.

Hay otros momentos a destacar, uno de ellos sería clave en el esclarecimiento de


la génesis de la obra literaria, dicho momento es el estudio de las influencias y las
fuentes que un autor utiliza. La búsqueda de fuentes e influencias compone una labor
de erudición. Algunos historiadores y críticos dirigen esta actividad a denunciar de un
autor un episodio, una metáfora, una reflexión, que habrían sido tomados de otro autor,
confundiendo fuentes e influencias con plagio e impotencia creadora. Hay que distinguir
entre fuente e influencia. La fuente es un hecho, episodio, descripción, etc., en que un
autor se ha inspirado. La influencia es la visión del mundo, la forma de sensibilidad,
procedimientos de realización artística que un escritor recibe de otros. Las fuentes
pueden ser clasificadas en orales o escritas, literarias o extraliterarias. En ciertos
autores son particularmente importantes, como fuentes y modelos, obras de las artes
plásticas. El estudio de tales fuentes, que implica el análisis de las correlaciones y de
las interferencias comprobables entre la literatura y las artes plásticas es complejo,
dadas las diferencias entre los materiales y los procesos utilizados. Cuando la
indagación de fuentes e influencias se refiere a autores pertenecientes a más de una
literatura nacional, tales estudios se sitúan en el dominio de la literatura comparada.
Una forma particular del estudio de fuentes la constituye el análisis de los tópicos, los
esquemas de pensamiento, de sensibilidad, de argumentación, etc., que pasan de una
literatura a otra, de generación en generación, y que tienden a plasmarse como
estereotipo o cliché. Relacionada con el estudio de fuentes e influencias está la
tematología, el estudio del origen, de la transmisión y de la metamorfosis de los temas
literarios.

Otro momento del método de la historia literaria lo compone el estudio del éxito
alcanzado por una obra o un autor, y la influencia que ha ejercido. Para conocer el éxito
de las obras hay que consultar biografías, ver ediciones y reimpresiones de las tiradas,
examinar los sectores sociales en que ha penetrado, auscultar los testimonios de los
lectores, comprobar las críticas y referencias, etc. Una obra deudora de una tradición
literaria, modificada, se convierte en centro de irradiación de nuevos valores artísticos.
La historia literaria se ocupa de estos aspectos estudiando cómo una obra o un autor
influyen sobre sus contemporáneos y las generaciones posteriores, el papel que ejerce
en la aparición de otras obras o en la génesis de movimientos literarios, así como por
las razones por las que son glorificados o condenados. Los procesos metodológicos
para estudiar la influencia de una obra o un autor, son los mismos que los del estudio
de las fuentes.

De la combinación de las operaciones anteriormente descritas, resulta un


conocimiento lo más exacto y completo posible de una obra o un conjunto de obras, y
de un autor. El historiador procura establecer afinidades entre una serie de obras, a fin
de reconstruir la historia de los géneros literarios; analiza ideas, sentimientos reflejados
en las obras, a fin de determinar las diversas corrientes a lo largo del tiempo; a través
del estudio de semejanzas de técnica, estilo y temática, elabora la historia de las
épocas de gusto. No se limita a una serie de monografías yuxtapuestas e
incomunicables entre sí, sino que, reconstruye e interpreta los factores que definen la
atmósfera cultural y existencial de un período histórico. Estos fines no se logran si el
historiador no concede audiencia a obras de menor calidad, que reflejan las corrientes
de sensibilidad y de gusto, un estilo en auge, y caracteres de un género literario
determinados de una época. Este tipo de obras permiten a la historia literaria conocer
el caldo de cultivo en el que se desarrolla una obra maestra. Por último, la historia
literaria completa su tarea con el análisis de las relaciones entre literatura y sociedad, al
final del método se encuentra la historia literaria con la sociología. Este campo es duro
y frágil, ya que no es suficiente ver la relación entre literatura y sociedad, sino que hay
que conocer las acciones y reacciones que van de una a otra.

El historiador debe tener presentes determinados principios que, referidos a la


actitud de espíritu que debe adoptarse y a las cautelas necesarias, constituyen la
garantía de objetos y seriedad de su trabajo, ha de ser fiel a los textos y no ir más allá
de los hechos establecidos, evitando errores con origen en alguna de estas causas: a)
Conocimiento falso o incompleto de los hechos, por no considerar suficientemente el
texto sobre el que trabaja, o conocimiento imperfecto de los estudios ya publicados de
la materia. El historiador ha de cotejar y examinar todos los materiales disponibles de la
obra. b) Establecer las relaciones inexactas, imponiéndose una disciplina que le
permita elaborar su trabajo de manera eficiente. No puede dar nada por hecho. c)
Determinar rigurosamente el sentido de los hechos, sin sacar más de lo que
propiamente muestra. d) Equivocación en el uso de los diversos métodos y confusión
de sus específicas esferas de atribución. El historiador literario debe valorar el grado de
verdad en las conclusiones y resultados que obtiene. No debe confundir probabilidad
con certeza, ni aproximación con explicación definitiva. En historia literaria la erudición
no representa un fin, sino un medio. La ficha es un instrumento al servicio de una
inteligencia y de una sensibilidad, pero no de convertirse en ídolo o en manía. La
historia literaria se esfuerza por garantizar una fundamentación sólida a los estudios
literarios, proporcionándoles un método seguro e insuflándoles un espíritu científico.