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FIESTA EN EL BARRIO

Lo que me temía: el viejo empezó a hablar de una nueva mudanza. Es cierto que la casa
de Capurro, sin mamá, no era la misma. Pero, así y todo, era mi casa. ¿Dónde encontrar
otra habitación con una higuera que llegara a mi ventana? Capurro era mi barrio. Allí
estaban mis amigos, el Parque, la cancha de Lito. Sólo Juliska me apoyaba: ¿Para qué
mudanzo? Esta barria es bien linda. ¿Dónde van y consiguen un caso como esto?
Grande, barato, cinco piezos. Pero el viejo quería irse. Decía que cada rincón de la casa
le recordaba a mamá y él quería terminar de una vez por todas con aquel duelo
enfermizo. Me impresionó que dijera enfermizo. Quería vivir de nuevo, agregó.
Además, no sólo quiero cambiar de casa sino también de barrio. Yo le preguntaba, sin
mayor esperanza, ya que estaba verdaderamente tozudo: ¿Y no vas a extrañar la cocina
y el mate?. El mate lo llevo conmigo y cocina hay en todas partes. Sólo cuando me
convencí de que la cosa iba en serio, di comienzo a mis adioses. Al barrio, a la calle, a
los amigos. Para empezar, el sábado fui a la cancha de Lito. Jugaba el equipo local
contra Fénix, su vecino. Todo un clásico. La misma gente que jugaba noche a noche al
truco en los bares, compartiendo cervezas o grapas con limón, y festejando los aciertos
y las metidas de pata con grandes risotadas, allí en la cancha se odiaban con unción y
perseverancia y hasta podían llegar a las trompadas. Como suele suceder en estos
casos, nunca faltaba un apartador que por lo general recibía alguna piña perdida y a
pesar de ello les recordaba cuanto tenían en común. A regañadientes los rivales se
daban la mano y la paz reinaba por lo menos hasta el segundo tiempo. Esa tarde el Lito
batió ajustadamente al Fénix, mediante dos jugadas excepcionales. Primero fue el gol
antológico (así lo definió el cronista deportivo de El Diario, único órgano de prensa
que se ocupaba con cierto detalle de las divisiones inferiores) conseguido por el Ñato,
que eludió a siete u ocho adversarios y, enfrentado al golero, emitió un zurdazo
descomunal que dio en el palo, haciéndolo temblar, y luego, con el arquero ya
totalmente descolocado, introdujo con suavidad (con vaselina dijo el cronista de
marras) la globa junto al poste izquierdo. Sólo un minuto después llegó un contra-
ataque del Fénix, y el Lobizón derribó, hachazo mediante, al centreforward de ellos,
en medio del área penal y en las mismas narices del árbitro, quien no tuvo más remedio
que pitar con solvencia y señalar de inmediato el punto fatídico. El artillero del Fénix,
un infalible en la ejecución de la pena máxima, mandó el balón en forma impecable
hacia un ángulo del arco, pero el golerito litense, una reciente promoción de la cantera,
voló hacia aquel proyectil envenenado y lo bajó hasta su garganta, en medio de ese
griterío tan peculiar que suele estallar a continuación del pánico. Como faltaban apenas
siete minutos para el final, la hinchada del Lito invadió la cancha y hubo que esperar
un cuarto de hora para que se pudiera jugar ese brevísimo resto. Menos mal que los
hombres del Lito llevaron a cabo una impresionante retención de pelota, ya que el
golerito recién estrenado, como consecuencia de la incontenible efusión de los hinchas,
había quedado rengo y medio tuerto, condiciones que no suelen ser las ideales para un
guardameta. En cualquier partido normal, el entrenador lo habría reemplazado por el
suplente, pero ese domingo el Lito no tenía entrenador (su mujer estaba de parto
primerizo) ni golero suplente (en realidad, el atajapenales era el suplente, ya que el
titular había caído con rubeola, dolencia que entonces estaba de moda). De modo que el
único recurso era lograr que los codiciosos delanteros del Fénix no llegaran hasta el arco
del Lito. Y no llegaron. La algarabía barrial duró hasta la madrugada y en los bares de
la calle Capurro y alrededores, hubo un consumo extraordinario de caña, vino tinto y
hasta sidra, gracias a varias vueltas de las que se hizo cargo un platudo socio fundador
del club victorioso. Como broche de oro, a eso de la medianoche hizo su aparición el
entrenador primerizo, ya bien borrachito, que en mitad de la calle abrió los brazos y
gritó entre risas, hipos y estertores: ¡Fue varón, muchachos, fue varón!. Frente a esa
lotería de felicidades, al platudo socio fundador no le quedó otra alternativa que pagar
otra vuelta, esta vez de champán. Considerada asimismo como mi personal despedida
del Lito, aquella jornada no estuvo nada mal. Esta vez había ido a la cancha sin el viejo,
que aún no estaba maduro para nuevas emociones, y volví tardísimo a casa. Ya hacía
una semana que tenía llave propia, de modo que pude entrar discretamente y
escabullirme en silencio hasta mi habitáculo. Por otra parte el champán (yo también
había ligado dos copas) se me había subido al jopo y me hacía ver dos escalones por
cada uno de la escalera, de manera que si no me derrumbé en la subida fue porque Dios
y/o Lito son grandes. Solamente Juliska detectó al día siguiente mi calaverada: llegar
noche usted tardísima, me susurró mientras preparaba el desayuno. El viejo, que ya
estaba con su mate, la oyó (mamá siempre decía que el viejo tenía un oído de tísico) y
dibujó una sonrisa condescendiente, a los costados de la bombilla. Me imagino que
habrá ganado el Lito. ¡Qué escándalo! Me dolía un poco la cabeza, pero le conté
sumariamente las peripecias del partido (el gol del triunfo, el penal atajado) y de la
celebración, exceptuando naturalmente mis libaciones. Creo que disfrutó con el relato.
Aunque su adhesión intelectual era para Defensor, su corazón barrial todavía era del
Lito.

Mario Benedetti “La borra del café”.