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RETOS PARA LA TEOLOGIA A PARTIR DE VERBUM DOMINI

A partir de las palabras de San Jerónimo «desconocer las Escrituras es desconocer a Jesucristo»1 podemos
entender muy exactamente la relación entre la Sagrada escritura y Jesús, el Señor, y comprender porque
el Santo Padre reitera en la exhortación “Verbum Domini” a todos los cristianos a "esforzarse para tener
cada vez más familiaridad con la Sagrada Escritura". Partiendo de esto, podemos percibir aquello que
refiere al misterio de Cristo y renueva la Teología a partir de esta Exhortación:
En primer lugar, hay que reconocer a Dios que se ha manifestado en Jesús y nos habla a través de la
Palabra: todo el Antiguo Testamento se nos presenta ya como historia en la que Dios comunica su Palabra,
pero esto se cumple de manera insuperable con la encarnación del Verbo, es decir, la Palabra eterna, que
se expresa en la creación y se comunica en la historia de la salvación, es Cristo que ha nacido de una
mujer. Por tal motivo, hay que afirmar, que se comienza a ser cristiano por el encuentro con un
acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva.
Por esto, la exhortación manifiesta claramente que Cristo, Palabra de Dios encarnada, crucificada y
resucitada, es Señor de todas las cosas; él es el Vencedor, el Pantocrátor, y ha recapitulado en sí para
siempre todas las cosas. Además se subrayar que la fuerza divina que viene de la Palabra, da esperanza y
gozo y es éste en definitiva el contenido liberador de la revelación pascual.
En segundo lugar, hay que remarcar la misión del Hijo y la del Espíritu Santo, pues son inseparables y
constituyen una única economía de la salvación: el mismo Espíritu que actúa en la encarnación del Verbo,
en el seno de la Virgen María, es el mismo que guía a Jesús a lo largo de toda su misión y que será
prometido a los discípulos. El mismo Espíritu, que habló por los profetas, sostiene e inspira a la Iglesia en
la tarea de anunciar la Palabra de Dios y en la predicación de los Apóstoles; es el mismo Espíritu,
finalmente, quien inspira a los autores de las Sagradas Escrituras. Así pues, aunque el Verbo de Dios
precede y trasciende la Sagrada Escritura, en cuanto inspirada por Dios, contiene la palabra divina en
modo muy singular. Esto debe llevar a que todo creyente sienta atracción y ame la Sagrada Escritura como
lo indica esta exhortación.
Lo anterior nos lleva a resaltar, en tercer lugar, la importancia de educar y formar con claridad al Pueblo
de Dios, para acercarse a las Sagradas Escrituras en relación con la Tradición viva de la Iglesia,
reconociendo en ellas la misma Palabra de Dios. Pues, la Palabra de Dios, expresada en lenguas humanas,
se hace semejante al lenguaje humano, como la Palabra del eterno Padre, que asume nuestra débil
condición humana, y se hace semejante a los hombres. En este sentido, contundente san Agustín dice:
«Recordad que es una sola la Palabra de Dios que se desarrolla en toda la Sagrada Escritura y uno solo el
Verbo que resuena en la boca de todos los escritores sagrados»2.
En cuarto lugar, es decisivo, nos dice la exhortación, desde el punto de vista pastoral mostrar la capacidad
que tiene la Palabra de Dios para dialogar con los problemas que el hombre ha de afrontar en la vida
cotidiana. Jesús se presenta precisamente como Aquel que ha venido para que tengamos vida en
abundancia (cf. Jn 10,10). Por eso, los creyentes debemos hacer todo esfuerzo para mostrar la Palabra de

1 Citado por Benedicto XVI, Exhortación Apostólica Postsinodal “VERBUM DOMINI”, 2010, No 30.
Obtenido de http://vatican.va
2 Ibíd., No 18.
Dios como una apertura a los propios problemas, una respuesta a nuestros interrogantes, un
ensanchamiento de los propios valores y, a la vez, como una satisfacción de las propias aspiraciones.
Desde luego, es también importante educar a los fieles para que reconozcan la raíz del pecado en la
negativa a escuchar la Palabra del Señor, y a que acojan en Jesús, Verbo de Dios, el perdón que nos abre
a la salvación.
En quinto lugar, la exhortación resalta que el objetivo fundamental es renovar la fe de la Iglesia en la
Palabra de Dios y por eso es necesario mirar allí donde la reciprocidad entre Palabra de Dios y fe se ha
cumplido plenamente, o sea, en María Virgen, en este sentido, contemplando en la Madre de Dios una
existencia totalmente modelada por la Palabra, también nosotros somos llamados a entrar en el misterio
de la fe, con la que Cristo viene a habitar en nuestra vida. San Ambrosio nos recuerda que todo cristiano
que cree, concibe en cierto sentido y engendra al Verbo de Dios en sí mismo: si, en cuanto a la carne, sólo
existe una Madre de Cristo, en cuanto a la fe, en cambio, Cristo es el fruto de todos.3
En sexto lugar, la hermenéutica bíblica del Concilio Vaticano II debe ser redescubierta a fin de evitar un
cierto dualismo de la hermenéutica secularizada, que podría dar lugar a una interpretación fundamentalista
o espiritualista de la Sagrada Escritura. La recta hermenéutica exige la complementariedad del sentido
literal y espiritual, una armonía entre fe y razón. En este sentido la Constitución dogmática “Dei Verbum”
señala tres criterios básicos para tener en cuenta la dimensión divina de la Biblia: 1) Interpretar el texto
considerando la unidad de toda la Escritura; esto se llama hoy exegesis canónica; 2) tener presente la
Tradición viva de toda la Iglesia; y, finalmente, 3) observar la analogía de la fe.4
En séptimo lugar, debemos tener presente la unión vital entre la Sagrada Escritura y los sacramentos, en
particular, la Eucaristía. En la celebración de esta, es importante el Leccionario y la proclamación de la
Palabra y el ministerio de lectorado, pero sobre todo una buena preparación de la homilía, por eso, se ha
de tener presente la Palabra de Dios, y debe destacarse la importancia de la animación bíblica.
En octavo lugar, se debe tener presente la Palabra de Dios en relación con su compromiso en el mundo,
pues los cristianos estamos llamados a servir al Verbo de Dios en los hermanos más pequeños y, por tanto,
a comprometernos en la sociedad para la reconciliación, la justicia y la paz entre los pueblos. En este
sentido, la Biblia debe ser mejor conocida en las escuelas y universidades y en todos los medios de
comunicación social para que a través de ellos se anuncie a Jesús, el Señor, que es la Palabra de Dios
encarnada.
Finalmente, a modo de conclusión, dice Hugo de San Víctor: «Toda la divina Escritura es un solo libro y
este libro es Cristo, porque toda la Escritura habla de Cristo y se cumple en Cristo»5, por eso, puedo decir,
partiendo del concepto de fe de la carta a los Hebreo6 que creo en la Sagrada Escritura porque creo en
Jesucristo, y creo en Jesucristo, porque creo que Dios ha dejado un testimonio en la Sagrada Escritura,
porque en ella me encuentro con Él y me uno a Él.

3 Ibíd., No. 28.


4 Ibíd., No. 34.
5 Ibíd., No. 39.
6 “Fe es certeza de lo que se espera y convicción de lo que no se ve”. (Hebreo 11,1)