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Historiadores chilenos frente al bicentenario

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Historiadores chilenos frente al bicentenario

Cuadernos Bicentenario
presidencia de la república

Historiadores chilenos
frente al bicentenario

Luis Carlos Parentini


Compilador

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historiadores chilenos frente al bicentenario

Primera edición: mayo de 2008


ISBN
Registro Propiedad Intelectual Nº

Editor: Marcelo Rojas Vásquez

Fotografías portada:
Palacio de La Moneda. Archivo particular de Francisco de la Maza.
Premios Nacionales de Historia en el encuentro.???????.
Archivo fotográfico de El Mercurio, gentileza de Daniel Swinburg.
Casa de Moneda de Santiago y presos de la policía.
Claudio Gay, Atlas de la historia física y política de Chile, 2ª edición,
6 Santiago, Ediciones de la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos,
Centro de Investigaciones Diego Barros Arana, Lom Ediciones
y Consejo Nacional del Libro y Lectura, 2004, tomo i.

Impresión:

Esta publicación no puede ser reproducida,


en todo o en parte, ni registrada o transmitida
por sistema alguno de recuperación de información
en ninguna forma o medio, sea mecánico, fotoquímico,
electroóptico, por fotocopia o por cualquier otro, sin permiso
previo, por escrito de la Secretaría Ejecutiva de la Comisión Bicentenario

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Correo electrónico: comision@bicentenario.gov.cl
www.bicentenario.gov.cl
Santiago de Chile

impreso en chile/printed in chile

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Historiadores chilenos frente al bicentenario

índice

Prólogo, Luis Parentini 13


Presentación, Comisión bicentenario 19
Presentación, Isabel Torres 21
Presentación, José Albuccó 25
Presentación, Álvaro Góngora 27
Presentación, Julio Retamal 29 7

Premios Nacionales de Historia

Pensamos nuestro Chile.


Ricardo Krebs. 1982 33
Innovación y continuidad.
Gabriel Guarda O.S.B. 1984 45
Nuestro pasado desde la reflexión.
Sergio Villalobos. 1992 51
Reflexiones de un prehistoriador sobre algunos
desafíos históricos de la nación.
El tema de la identidad multicultural.
Mario Orellana. 1994 61
En la senda del centralismo.
Mateo Martinic. 2000 69
Reflexiones sobre el bicentenario
desde una visión antropológica.
Lautaro Núñez. 2002 73
Chile profundo y latinoamericano.
Jorge Hidalgo. 2004 85

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historiadores chilenos frente al bicentenario

Fiestas centenarias en Chile: ¿ritos del eterno retorno?


Gabriel Salazar. 2006 91

Historiadores chilenos

Historia para la paz. La osadía de cambiar de rumbo.


José Albuccó 99
Reflexiones frente al bicentenario.
Patricia Arancibia 103
Desafíos y responsabilidades. Reflexiones inacabadas
sobre una conmemoración “de todos” y “de nadie”
al mismo tiempo (advertencia: quedan tres años...).
Santiago Aránguiz 107
Una mirada a la regionalización desde el mundo clásico.
Alejandro Bancalari 115
Reflexiones en torno al bicentenario.
Marciano Barrios 119
Historia y memoria de la nación: los pueblos indígenas
y la historiografía en el bicentenario.
Álvaro Bello 123
Algunas tendencias del catolicismo social en Chile:
reflexiones desde la Historia.
8 Andrea Botto 129
¿Crisis del bicentenario? Comentario a unas simples
y perennes críticas doctrinarias.
Andrés Brange 135
Universidad y escuela: una tarea aún pendiente para
la historiografía del siglo xxi.
Camilo Bustos 139
El índice infinito o Chile frente al segundo centenario.
Azun Candina 143
Doscientos años del cuerpo en Chile: deuda histórica
y metamorfosis frente a los nuevos tiempos.
Daniel Cano 147
Exclusión y prejuicio. La formación del Estado nacional.
Luis Carreño 151
“Santiago no es Chile”. Regionalismo versus centralismo
en Tarapacá (reflexiones en torno al bicentenario).
Luis Castro 155
Historia y bicentenario: ¿ilusiones o realidades?
La necesidad de considerar la historia.
Eduardo Cavieres 159
La memoria colonizadora: encubrimiento e historia.
Patricio Cisterna 167

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Historiadores chilenos frente al bicentenario

A propósito de una traducción chilena de la Eneida.


Nicolás Cruz 175
Recuerdos y proyecciones en torno al bicentenario.
Emma De Ramón 179
Quo vadis, Chile?
José De Toro 185
Chile visto desde afuera: la nueva visión del país
en los últimos cuarenta años.
José Del Pozo 189
Consolidando mitos.
Carlos Donoso 193
Redescubrir el pasado hacia el bicentenario:
antiguas visiones y nuevas perspectivas.
Lucrecia Enríquez 197
Civilización y desarrollo.
Joaquín Fermandois 203
La cultura política y las relaciones de género
a doscientos años de la independencia de Chile.
María Fernández 207
Tres puntos de fuga al bicentenario.
Rafael Gaune 215
Bicentenario real o simbólico.
9
Cristián Gazmuri 221
El bicentenario y las fiestas nacionales en Chile.
Milton Godoy 225
A las puertas del bicentenario:
el proceso de (re)creación de un referente.
Francis Goicovich 231
Re-pensando la democracia en el bicentenario.
Juan Gómez 235
Chile en el bicentenario.
Álvaro Góngora 243
Reflexiones en torno al bicentenario
de la independencia de Chile.
Cristián Guerrero 247
Chile ante Perú y Bolivia. Cambiar la lógica del vencedor.
Carlos Gutiérrez 255
Rescatando el valor de lo antiguo.
María Huidobro 259
Las mujeres del bicentenario: del “queremos educarnos
y votar en las próximas elecciones” a la primera Presidenta
en Chile.
Margarita Iglesias 263

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Retorno a doscientos años de la partida.


María Angélica Illanes 271
Pequeños protagonistas.
Ximena Illanes 277
La Antártica Chilena: entre el primer y segundo centenario
de la independencia nacional.
Mauricio Jara 281
Historiografía y bicentenario.
Issa Kort 285
Tinajas y “peso de la noche”
para que las instituciones funcionen.
Pablo Lacoste 291
La emergencia de la memoria
a través de una categoría histórica.
Martín Lara 299
Chile, 1810: las revoluciones de julio y septiembre.
Leonardo León 303
En torno a las relaciones laborales hacia el bicentenario.
Leonardo Mazzei 311
Chile 1810-2010. Entre la ilusión y la frustración.
René Millar 315
Historia del tiempo presente: tiempo histórico,
10 memoria y política como desafíos disciplinarios.
Cristina Moyano 323
Revisión histórica de los movimientos migratorios en Chile.
Carmen Norambuena 329
Apariencias “peligrosas” encargadas de una historia.
Mauricio Onetto 337
Imaginario mapuche.
Luis Parentini 341
El sistema o cómo un país ha cambiado
para que todo siga como era antes.
Alberto Paschuán 345
Historiar la música hacia el bicentenario.
Sergio Pastene 349
El Chile que nos espera: una mirada desde el territorio.
Abraham Paulsen 355
Espejos urbanos: centenario y bicentenario.
Fernando Pérez 359
Soy chileno porque espero.
Algunas reflexiones en torno al bicentenario.
Jorge Pinto 367
Bicentenario e historicidad de los grupos medios.
Gonzalo Piwonka 373

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Algunas huellas británicas presentes


en la identidad chilena: una mirada desde Valparaíso,
a propósito del bicentenario.
Michelle Prain 383
Carácter de una independencia:
¿mito; símbolo, realidad o ambos?
Patrick Puigmal 387
Historiografía “nacional” y los desafíos del bicentenario.
Fernando Purcell 393
¿A dónde vamos? Un ensayo sobre el bicentenario
desde la perspectiva de la historia ecológica.
Fernando Ramírez 395
Pensando la historiografía del mañana.
Julio Retamal A. 403
Nueve tendencias, nueve cambios.
Gonzalo Rojas 407
Para mirar la historia que nos mira.
¿Cómo enfocar el catalejo?
Pedro Rosas 411
La modernización de la sociedad chilena.
Un panorama de los siglos xix y xx.
Pablo Rubio 419
Reflexiones sobre el territorio de los chilenos
de cara al bicentenario. 11
Ricardo Rubio 425
Por un bicentenario sin exclusiones.
Carlos Ruiz 431
La ciencia en la historia de Chile.
Augusto Salinas 439
Asalariados, sindicatos y política.
Trayectoria del segundo centenario.
Augusto Samaniego 447
Portales tiene razón... aún hoy.
Karin Sánchez 455
La trinidad patrimonial: patrimonio, historia y memoria
en la formación de la identidad.
Olaya Sanfuentes 461
La identidad nacional chilena hacia el bicentenario:
¿el peso de la noche o el peso de una interpretación?
Carlos Sanhueza 467
La revolución digital del siglo xxi, el nuevo desafío para
los historiadores del futuro.
Gonzalo Serrano 471
Bicentenario.
Ana María Stuven 473

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Doscientos años de democracia.


Freddy Timmermann 481
El bicentenario desde el tiempo viejo.
Leopoldo Tobar 489
Historia de la educación chilena:
buscando un sitio de cara al bicentenario.
Pablo Toro 495
La obstinación de las primaveras.
Isabel Torres 499
Las fronteras que nos separan
y los caminos que nos acercan: honor y mecanismos
de exclusión en la sociedad chilena.
Verónica Undurraga 503
Apostillas del bicentenario.
Eliana Urrutia 509
Distorsiones de nuestra identidad:
sobre espej[ism]os culturales, acumulación protésica
y olvidos etnocéntricos.
Jaime Valenzuela 515
Bicentenario y memoria.
Patricio Zamora 521
Referencia de los autores 523
12

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Historiadores chilenos frente al bicentenario

Prólogo

E s cierto. Para mí, no todo comenzó “en aquel lugar de la Mancha de


cu­yo nombre no quiero acordarme”. Ni siquiera en aquel lejano 1810.
Tampoco comienza en alguna ruca sureña, ni en un palacio europeo, ni en
un campo verde de ésos que en primavera se llenan de flores amarillas. Y,
sin embargo, soy todo eso. ¡Cuántas sangres corren en mi sangre! Y en su
bullir transcurre la vida, ésa que de vez en cuando nos obliga a detenernos
un momento a pensar. A pensar sobre nosotros mismos, sobre los demás, 13
sobre el destino o los acontecimientos que se han ido desenvolviendo a lo
largo de nuestro caminar por este mundo. Incluso, algunos esclarecidos,
aprovechan con grandeza esos momentos para trascender, y tal como si
pudieran planear livianamente por encima del tiempo y los sucesos, son
capaces de levantar su pluma y dejar constancia de lo que es, de lo que fue
y lo que vendrá.
Y exactamente eso fue lo que hicieron numerosos ciudadanos france-
ses en 1989, cuando se dieron cuenta que ya llevaban doscientos años bajo
aquella primera declaración de principios: libertad, igualdad, fraternidad.
El debate fue amplio y acalorado y, en él, el papel que le cupo a los histo-
riadores fue clave. Lo mismo sucedió con España, cuando celebró cinco
centurias de haber llegado a este multicultural continente. Volvieron –al-
gunos por primera vez– a preguntarse sobre el papel que representaron
en la conquista de América. Historiadores lideraron las opiniones, pusie-
ron en los diarios y las noticias los hechos pasados y obligaron al público,
en general, a reflexionar sobre el tema y, por consiguiente, también a pre-
ocuparse por ellos mismos como personas, como país, como parte de una
historia mucho más grande que los incluía.
Esa capacidad de sacar una discusión de alto vuelo intelectual desde
las universidades a la calle, para ponerla al alcance de todos y así otor-
gar voz a quienes componen un país para que también puedan decir su
pensar sobre el devenir de la nación, nos pareció un ejemplo a seguir.
Aquello fue posible no sólo por la inteligencia de quienes dirigieron estos

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movimientos sino porque, fundamentalmente, el momento histórico se


los impuso. Es por eso que en Chile los historiadores, entre los cuales me
cuento, conscientes de que ese momentum ha llegado y la vida nos está
diciendo que aquí y ahora debemos parar, se levantan como pioneros en
América Latina en celebrar por todo lo alto sus dos siglos de vida indepen-
diente. Por ser los primeros seguramente cometeremos errores, pero sin
importar cuántos sean, ello no desmerecerá el esfuerzo que se refleja en
estas páginas y a través de las cuales queremos invitar a nuestros colegas
americanos a realizar este ejercicio de pensar y dialogar desde nuestra dis-
ciplina el papel y misión que nos compete en la formación de las naciones
de América.
Claro que este tipo de cosas tienen su pequeño gran tinte de hazaña
heroica. Porque este libro que hoy, querido lector, sostienes en tus ma-
nos, es poseedor de una muy noble y curiosa gestación. Todo comenzó
cuando, hacia mediados del año 2005, José Albuccó, director del Depar­
tamento de Humanidades y Educación Media de la Universidad Cató-
lica Silva Henríquez me propuso la idea de reunir a reflexionar sobre
el bicentenario, en torno a una mesa, en el Archivo Nacional, a todos
los premios nacionales de Historia. De inmediato me rehusé frente a
la difícil y titánica labor que eso significaba, pero José, con la sabidu-
ría que lo caracteriza, hizo despertar en mí ese pequeño Quijote que
todos llevamos dentro. Y ese despertar trajo como consecuencia final
una reunión que parecía imposible: juntos, en la misma mesa, todos los
premios nacionales de Historia: Ricardo Krebs, Sergio Villalobos, Mario
14 Orellana, Mateo Martinic, Lautaro Núñez y Jorge Hidalgo. El hecho es
aún más singular, pues Historia se constituyó en la única disciplina que
ha logrado un suceso de tal magnitud. Ello fue posible gracias a varios
amigos que también creyeron en tan noble proyecto, y que con su apoyo
y entusiasmo lo hicieron posible, como: Emma de Ramón, Julio Retamal,
Álvaro Góngora, Nicolás Cruz, Horacio Aránguiz, Leonardo León, Elia-
na Urrutia, Daniel Swinburn, Martín Lara, Daniel Cano y muchos otros.
Una vez concluido aquel evento, habló de nuevo el Quijote a través de
José Albuccó y propuso algo todavía más vasto: un libro que reuniera lo
que los maestros reflexionaron sobre lo que es Chile y, junto con ellos,
muchos otros historiadores que también se atrevieran a meditar sobre el
mismo tema.
El resultado está en tus manos y nuevamente ha sido posible gracias
a la confianza y amistad de quienes creyeron desde el primer momento
en esta apuesta. Nuestros más sinceros agradecimientos a la Comisión
Bicentenario y, en especial, a su directora de estudios, Isabel Torres Du-
jisin, quien hizo posible la publicación de este libro; a la Universidad
Católica Silva Henríquez, y, en particular, a José Albuccó, director del De-
partamento de Humanidades de dicha casa de estudios; a Julio Retamal,
director de Historia de la Universidad Andrés Bello y a Álvaro Góngora,
director de Historia de la Universidad Finis Terrae, quienes con gene-
rosidad y rigor académico auspiciaron y patrocinaron la obra. A Freddy
Timmermann, Ricardo Rubio y Amalia Castro quienes ayudaron desinte-
resadamente en la edición. A Martín Lara y Daniel Cano quienes duran-

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te meses con paciencia y esmero contactaron a los historiadores de las


diferentes universidades chilenas recolectando sus ensayos. A Patricio
Bernedo, director del Instituto de Historia de la Pontificia Universidad
Católica de Chile. A Marcelo Rojas Vásquez, por su infatigable labor de
editor y sus acertados aportes. Muy especialmente quiero agradecer el
entusiasmo y fundamental apoyo prestado, desde un comienzo y a lo
largo del proyecto, al profesor y amigo Cristián Gazmuri. No puedo ter-
minar estas líneas sin agradecer a Sergio Villalobos, quien con sus sabios
comentarios en largas conversaciones, propios de un maestro, inspiró
y le dio forma a este proyecto. Finalmente, agradecer a los autores que
se hicieron un espacio entre sus múltiples actividades para entregar su
aporte a este libro, que estamos ciertos, será un documento histórico en
el futuro para que otros, más adelante, perciban en estas páginas el pen-
sar y el sentir de los historiadores de comienzos del siglo xxi. Henos aquí,
ante las voces de más de ochenta historiadores que aceptaron el desafío
que nos impone la disciplina histórica, colaborando en el desarrollo de
la sociedad para formar comunidad.
Nuestra labor nos obliga a cultivar la memoria, siendo ella la base
fundamental de la unidad e identidad de los pueblos. Por sobre todas las
cosas, de nuestro pueblo, para que no dejemos caer en el olvido tantos
pequeños y grandes hechos significativos que se han sucedido a lo largo
de nuestra historia. Las lágrimas que alguna vez se vertieron, las risas que
nunca se han apagado, los abrazos, el almuerzo familiar de los domingos,
el caminar de los humildes y de los grandes, los que no dejaron huellas
y los que dejaron una demasiado grande... Todos los relatos caben aquí. 15
No importa si se habla de acontecimientos conocidos o desconocidos, si
figuran en los libros de Historia con nombres ilustres o sólo es el recuer-
do del dueño de la carnicería de tu barrio que te regalaba una galleta
cuando, de niño, acompañabas a tu mamá a hacer las compras.
Ésa es, precisamente, la gran riqueza de este libro: poder presentar
una multiplicidad de enfoques, perspectivas, especialidades y, sobre to-
do, reflexiones desde la propia experticia de los historiadores que escri-
ben en las siguientes páginas.
Lo maravilloso viene junto con esto, pues cada uno de los ensayos
que componen este texto tiene vocación de meditación y diálogo conti-
go, lector. No verás la rigurosidad histórica a la que parece hemos acos-
tumbrado al público en general. Más bien, pretende ser una narración
suavemente contada de historias compartidas entre amigos. Porque, de
momento, preferimos bajarnos de esa atalaya en la que, a veces, debe-
mos subirnos para mirar el entorno con menos interferencias. Hoy, el
tema no es objetivo ni imparcial. Hoy, podemos decir lo que pensamos
desde la Historia, pero también desde nuestro corazón, desde nuestra
propia historia –la que tantas veces debemos suprimir en orden a respe-
tar la objetividad e imparcialidad que la disciplina nos exige–.
Por otra parte, la publicación de este libro representa la oportuni-
dad, para los historiadores, de hacer una especie de mea culpa en cuanto
a las voluntarias omisiones, tergiversaciones y exageraciones en la que
muchas veces se cayó para satisfacer ciertas necesidades de Estado o gru-

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pos de interés a lo largo de doscientos años. Por lo mismo, para escribir


las siguientes páginas se invitó a todos los historiadores, sin importar su
tendencia historiográfica, política, edad o currículum. Por el número y la
diversidad de historiadores, atendiendo particularmente a su formación
y tendencias, se pensó que la mejor forma para que fuesen incluidos es-
tos nuevos trabajos era con la contribución de un ensayo sobre el tema,
sin citas ni pie de página, desde la especialidad de cada uno de ellos,
tomando como referencia sus últimas investigaciones o reflexiones. Las
únicas restricciones que se hicieron, fue que sus escritos no cayeran des-
medidamente en essais d’ ego-historie, ya que no era ésta la finalidad.
Por lo dicho anteriormente, el lector no encontrará un trabajo unitario o
una sistematización taxonómica de ideas, menos una férrea rigurosidad
de investigación. Ahí, precisamente, pensamos que también radica su
riqueza; por cuanto el texto cuenta y presenta un multiplicidad de enfo-
ques, perspectivas, especialidades y, sobre todo, reflexiones. Este libro
tiene vocación de pensamiento y diálogo con los lectores y, finalmente
con la sociedad.
En su aspecto novedoso, el libro es pionero en agrupar una gran can-
tidad de historiadores con la finalidad de poner en la palestra la cuestión
de la independencia o, si se quiere, la celebración del transcurrir de un
camino, aunque el trasfondo temporal es el mismo. Por ello, todo trabajo
que signa de inicio, asume el riesgo de cometer errores en cuanto a en-
foques y resultados. Pero como en todo acto iniciático, son riesgos que
hay que asumir. De esta forma, cada uno, al compás de su interés y de su
16 voluntad por pensar en Chile y por Chile, aceptó la convocatoria. La ofer-
ta fue abierta a todos, quien no quiso tomarla, fue por decisión propia.
Decisión que, por supuesto, respetamos desde estas páginas.
A veces, parece que no comprendiéramos, como país, que somos
producto de lo que ya pasó. Y que lo que hoy está ocurriendo le da forma
al futuro. En el presente relativo, en el cual vivimos, aparece este estudio,
que es una invitación a pensar. No solamente para los historiadores si-
no, también, para la comunidad entera, mostrándonos como somos, con
nuestros defectos y virtudes, con nuestras grandes victorias y nuestros
pequeños fracasos, con los errores y los aciertos, con todo, como si nos
enfrentáramos desnudos al ojo público. Por eso, este libro es, por sobre
todas las cosas, un homenaje a Chile, a su pasado y a su porvenir.
Todavía más. Esta obra pretende ser un homenaje a los maestros, a
los grandes historiadores que ya no están y a quienes les cupo la tarea
de formar a los que hoy escriben en este texto. Por eso, forman parte del
espíritu de estas páginas, como las de quienes ayudaron a formar nuestra
identidad, la que constantemente –y a veces, pareciera, de forma capri-
chosa– se hace y rehace.
Así que, por recordar a quienes ya no están con nosotros, es pasado.
Por sus autores, es presente. Y es futuro porque cada ensayo está escrito
pensando también en el mañana, en dejar un documento que muestre a
futuro la reflexión histórica de comienzos del siglo xxi. Por eso, se cons-
tituye en uno de esos raros puntos que concentran todos los tiempos
en uno. Y por ello, quien desee transitar desde aquí en adelante hacia

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el porvenir que a cada uno nos toca, deberá pasar por estas páginas en
orden a tener conciencia de la historia que carga sobre sus hombros. La
mirada que aquí se condensa, amplia, heterogénea y diversa, servirá de
prisma para observar la realidad de las futuras generaciones. Para que de
una vez por todas seamos capaces de cruzar el río y vernos a nosotros
mismos desde la otra orilla.

Luis Carlos Parentini Gayani


compilador

Santiago de Chile,
18 de septiembre de 2007

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PRESENTACIÓN

D esde sus inicios, la Comisión Bicentenario –creada por el presidente


Ricardo Lagos a través del decreto supremo Nº 176 del año 2000– ha
basado su trabajo en el convencimiento de que cumplir doscientos años
de vida republicana no sólo es una ocasión digna de conmemoración sino,
también, una gran oportunidad para revisar nuestras historias e identida-
des.
Es en este sentido que junto al historiador Luis Carlos Parentini, y a los 19
directores de las carreras de Historia de la Universidad Andrés Bello, Uni-
versidad Católica Silva Henríquez y Universidad Finis Terrae, presentamos
el libro Historiadores chilenos frente al bicentenario, un texto en el cual
han participado con sus interesantes reflexiones ocho premios nacionales
de Historia y más de setenta historiadores de diversas tendencias y gene-
raciones.
Esperamos que estas reflexiones, que desde distintas perspectivas teó-
ricas, metodológicas, generacionales y locales, que se plantean en el mar-
co del bicentenario, sean un balance histórico, tanto desde la larga dura-
ción como desde la historia reciente, que permita a futuras generaciones
recuperar principalmente un sentimiento, un estado anímico vivido frente
a este fecha simbólica. Y a la vez que sea un estimulo para que la ciudada-
nía examine su propia historia, una suerte de retrospectiva de cada uno de
nosotros y de cómo se visualiza el futuro.
Para alcanzar esto se debe partir por comprender lo que hemos vivido
durante el convulsionado y complejo siglo xx, que ha exigido revisar nues-
tra percepción como sociedad, reconocer nuestra diversidad y que en esta
diversidad está nuestra riqueza. Sostenemos que son los temas culturales
los que permanecen en la identidad de una nación y quizá hacernos cargo
de aquello es lo que nos permitirá enfrentar los desafíos en los próximos
cien años.

Comisión Bicentenario

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Presentación

Isabel Torres Dujisin


Directora de Estudios
Comisión Bicentenario

C uando Luis Carlos Parentini nos propuso publicar una compilación


que recogía las miradas de los historiadores chilenos frente al bicen-
tenario, nos pareció interesante, porque sin lugar a dudas, la conmemo-
21

ración del bicentenario es un buen momento para revisar la conciencia


histórica de los ciudadanos como, asimismo, los múltiples estudios e inter­
pretaciones existentes. En tal sentido, era importante dejar testimonio de
cómo pensó el país este gremio tan diverso y complejo en las proximida-
des de esta fecha.
Admitiendo que cada país es un invento en sí mismo, una idea, una
historia que se piensa siempre desde algún lugar y desde una perspecti-
va, que es un espacio territorial, en que una población comparte un sen-
timiento de pertenencia a una nación, como también es una manera de
representarse a sí mismo, la perspectiva de los que trabajan en investigar
el acontecer histórico, forman parte de aquella construcción nacional, que
puede estar cargada de mitos y silencios, pero que es parte de lo que se va
constituyendo en nuestra historia.
Un relato de Carlos Fuentes, que resulta muy ilustrativo de nuestra
condición, señala que la historia de Latinoamérica es la de un desenmasca-
ramiento gradual de identidades falsas, a fin de revelar nuestras verdade-
ras facciones en el espejo de una diversidad múltiple, generosa y exigente,
comparable al de las tropas de Emiliano Zapata que, al ocupar la ciudad
de México en 1915, fueron acantonados en las mansiones de la aristocracia
fugitiva, viéndose, allí, por primera vez, en espejos de cuerpo entero.
En tal sentido, podríamos decir que nuestra memoria como nación
está constituida por una superposición de capas geológicas de memorias,

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pero a la vez, y como señala Norbert Lechner: “la memoria es la herramien-


ta con la cual la sociedad se representa los materiales, a veces fructíferos a
veces estériles, que el pasado le aporta para construir su futuro”.
Podemos recordar porque tenemos un pasado y podemos proyectar-
nos porque tenemos un futuro, las sociedades se ven irradiadas por los
sentidos y construcciones del pasado y es a partir de aquello que constru-
yen las perspectivas de futuro, es decir, no hay creación sin tradición que
la alimente como tampoco ninguna tradición puede sobrevivir si no es
enriquecida por una nueva creación.
Latinoamérica nació de una aniquilación histórica, una conquista y co-
lonización de las tierras de los aborígenes por el imperio español; una
catástrofe que se tradujo en la destrucción física y cultural de gran parte
de las civilizaciones existentes, sin embargo, como dice la filósofa españo-
la María Zambrano, una catástrofe sólo es catástrofe si de ella nada nace.
De la catástrofe que representó la conquista de América descendimos nos­
otros. Tal es nuestra fuerza.
En ese sentido, la mirada histórica puede y debe constituirse incesan-
temente como una aproximación problemática, cargada tanto de peligros
como de oportunidades. El peligro consiste en considerarla como simple
relato de hechos y olvidar que es, sobre todo, un horizonte de posibilida-
des.
Por tal razón, entender el pasado y las lecciones de la historia, significa
volver al pasado no en búsqueda de formulas que nos impidan equivocar-
nos, sino asumir que para poder aprender de la historia, se requiere en-
22 frentar y no silenciar ni reprimir las preguntas y problemas no resueltos.
Planteado esto, se puede observar cómo, en las relecturas de un pasa-
do quizá lejano, surgen o adquieren significado algunas situaciones y he-
chos que pudieron estar ocultos bajo el manto de una mirada consagrada
por el tiempo.
La Comisión Bicentenario ha apoyado la publicación de esta compi-
lación tanto de los reconocidos con el Premio Nacional como del amplio
universo de los historiadoras e historiadores, porque creemos que es im-
portante reflexionar sobre aquello que nos relaciona con lo que somos.
No queremos, ni creemos razonable, que la conmemoración del bi-
centenario sea a lo Pirro –citando un poco a Carlos Fuentes–; debemos ser
capaces de plantearnos el para qué, preguntarnos acerca de aquello que le
da sentido a los proyectos que planteamos, y desde esta perspectiva, quie-
re decir que, si no sabemos lo que somos, quizá los esfuerzos que estamos
haciendo frente al bicentenario, se podrían quedar en el vacío
Las pregunta hecha a las historiadoras y los historiadores de cómo vi-
sualizan el bicentenario, no tiene que ver con una pregunta instrumental,
respecto de cómo ven la fecha misma, las conmemoración, la fiesta, entre
otras cosas, sino que es una pregunta que apunta a pensar acerca de nos­
otros como nación independiente.
Pensar el país, no es pensarlo a partir de los indicadores estadísticos,
producto interno bruto, etc., sino que es pensarlo simultáneamente des-
de la perspectiva económica, política, cultural, democrática y cívica, de lo
contrario se corre el riesgo de tener una visión precaria e incierta.

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Historiadores chilenos frente al bicentenario

Para historiadoras e historiadores, lo importante es la experiencia del


individuo en un determinado momento y en determinadas circunstancias,
entender por qué se dieron de determinada manera las cosas, entender el
contexto en que están integrados los hechos, las respuestas y acciones; tie-
ne relación con las particularidades y circunstancias del momento.
José Ortega y Gasset ha señalado que la vida es ante todo un conjunto
de problemas a los que damos respuesta con una galaxia de soluciones a
las que llamamos cultura.

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Historiadores chilenos frente al bicentenario

Presentación

José Nicolás Albuccó Henríquez


Director
Departamento de Humanidades y Educación Media
Universidad Cardenal Raúl Silva Henríquez.

E n noviembre de 2005 a cinco años de los doscientos años de vida re-


publicana, el Departamento de Humanidades y Educación Media pro-
pició uno de los espacios académicos más interesantes de la historiografía
25

chilena que existirán en esta década. La generosa aceptación de los pre-


mios nacionales de Historia a la fecha para compartir con la ciudadanía
sus miradas sobre el bicentenario fue la oportunidad de argumentar desde
sus distintas miradas la importancia de este acontecimiento y dejar como
legado hacia el año 2110 sus palabras en este libro.
Este texto se abre con las palabras de los premios nacionales y se com-
plementa con una diversidad de artículos sobre el pensamiento y el estado
del arte en la historiografía chilena presente. Si en cien años más alguna
persona abre estas páginas encontrará las principales temáticas que inte-
resaban a los académicos en el inicio del siglo xxi. La divulgación de estas
ideas en cada rincón del país y en las principales ciudades del mundo sig-
nificará un aporte para la relectura y reconfigurar a nuestro país.
La ciudadanía y su responsabilidad en dicho ejercicio, necesita la com-
prensión de los procesos pasados y presentes, la construcción de un pro-
yecto de país se realiza desde sus orígenes y con todos los involucrados,
sólo así los desafíos y los proyectos se hacen realidad. Este libro ha sido
uno de esos proyectos que contó con la confianza y responsabilidad de
instituciones académicas, gubernamentales, pero, sobre todo, con cada
uno de los que escriben y presentan en estas líneas.
La perseverancia por un mejor país era una de las cualidades que nos
enseñó el cardenal Raúl Silva Henríquez. Esta iniciativa académica ha sido

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historiadores chilenos frente al bicentenario

la perseverancia de unos soñadores con la voluntad de llevar a cabo esta


obra, que tiene como beneficiario al futuro ciudadano que tendrá mejores
herramientas para soñarlo y recrear el alma de nuestra patria.
Estas páginas pasan a ser parte de nuestra historia y del devenir que
cada uno construye al inicio de cada día. Desde mañana todos comenza-
remos a escribir la historia de cara al tercer centenario y en algún lugar
de nuestra existencia leeremos lo que se escriba en aquellos años sobre
nosotros.

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Historiadores chilenos frente al bicentenario

Presentación
Álvaro Góngora Escobedo
Director
Escuela de Historia
Universidad Finis Terrae

P ensar sobre Chile en el bicentenario. Ofrecer la oportunidad de ex-


presar libremente lo que sugiere o evoca una conmemoración tan sig-
nificativa, ha sido la tarea que se propusieron los organizadores de este
27

libro.
Hace más o menos cien años, un conjunto de intelectuales espontá-
neamente elaboraron ensayos interpretativos de la realidad que experi-
mentaba el país en los años próximos al “centenario de la república”. No
eran, profesionalmente, lo que se designa en la actualidad con la palabra
‘historiadores’, pero todos elaboraron sus interpretaciones o ensayos, re-
curriendo a la perspectiva histórica y no podía ser de otra forma. En to-
do caso, eran tiempos donde existía mucho más cultura histórica entre
los chilenos pensantes. Pertenecían a segmentos sociales diversos y eran
portadores de ideologías muy diferentes. Sin embargo, casi todos estu-
vieron motivados por las mismas preocupaciones: ¿cuánto y en qué había
cambiado el país en un siglo de vida republicana? ¿Qué identificaba a los
chilenos de entonces? ¿De haber existido progreso, en cuál aspecto de la
realidad nacional se podía apreciar? Hubo en ellos un común denomi-
nador: Chile estaba afectado por una crisis y existían carencias sociales y
culturales.
Estamos ad portas de conmemorar el segundo centenario de vida re-
publicana y durante el segundo siglo el país ha experimentado profundos
procesos de cambios en varios sentidos y la crisis más dramática de su his-
toria. Se cuenta con más medios para conocer el pasado y para difundir
los conocimientos adquiridos. De seguro, las condiciones de hoy son muy
diferentes a las del primer centenario. Sabemos más sobre nuestro pasado,

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historiadores chilenos frente al bicentenario

y el número de cultores de este conocimiento son muy superiores. Hoy ser


“historiador” es considerado una profesión y se enseña en una gama muy
amplia de centros de estudios.
Se ha convocado a historiadores a pensar sobre Chile de cara al bicen-
tenario de la república. Convocatoria que ha sido respondida masivamen-
te según lo testimonia esta obra. Los autores más destacados nos ofrecen
agudas visiones generales sobre la historia chilena, tanto desde la investi-
gación como de la experiencia personal y se refieren también a la identi-
dad, pero esta vez penetrando el tiempo hasta épocas que son accesibles
desde la Arqueología y considerando espacios que superan la geografía
propiamente nacional. Ciertamente, alguna de estas “miradas” reflexionan
críticamente sobre carencias, desigualdades e inequidades de la realidad
chilena actual y más críticamente todavía sobre la forma cómo se ha enten-
dido y construido el discurso historiográfico en Chile. La obra contiene,
además, una gama muy amplia de reflexiones, análisis y comentarios –en
casos con notable hondura y calidad–, sobre una variedad de aspectos de
diferente índole, como reflejo de todas las preocupaciones que existen en
el medio historiográfico nacional sobre nuestra historia, sobre la forma
como se escribe, advirtiendo los progresos alcanzados y los vacíos aún
existentes. Y así como se destacan rasgos de la nacionalidad, entendida
de muy diferentes modos, se cuestiona la falta de investigaciones sobre
problemas.
Se podría llegar a aceptar como un balance participativo y pluralista
acerca del “estado de la cuestión historiográfica nacional”. Más limitada-
28 mente – con excepciones importantes, por cierto–, como un balance crí-
tico de la historia de Chile durante el siglo que concluyó, como aquélla
que identificó los años del centenario. Es una obra muy significativa por
lo señalado y corresponde felicitar y agradecer a quienes tuvieron la ini-
ciativa y acogieron su publicación. Por todo, la Universidad Finis Terrae
estuvo dispuesta a apoyarla desde el momento que le fue propuesta y no
hizo otra cosa que actuar de acuerdo a una vocación que cultiva desde su
fundación.

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Historiadores chilenos frente al bicentenario

Presentación

Julio Retamal Ávila


Director
Programa Licenciatura en Historia
Universidad Andrés Bello

P resentar un libro siempre tiene dificultades, más aún cuando el libro


en cuestión es un megalibro, que contiene una inmensa cantidad de
artículos, ensayos y reflexiones escritas por una gran cantidad de autores.
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Sin embargo, de las dificultades que se enfrentan no podíamos que-


darnos al margen de una obra que vimos nacer cuando por iniciativa de
Luis Carlos Parentini se reunieron en el salón de lecturas del Archivo Na-
cional los premios nacionales de Historia. Esa reunión tenía como susten-
to el poder homenajear, en conjunto, a quienes las autoridades del Minis-
terio de Educación y los jurados escogidos ad hoc, habían nominado con
ese importante rótulo.
Los discursos que entonces pronunciaron los premios nacionales se pen-
só en ponerlos en papel y hacerlos libro, y Luis Carlos, con su pasión de
siempre, fue más allá, convocó a los que escriben y hablan de Historia en las
universidades chilenas a poner en papel lo que les sugería el bicentenario del
país y el cómo se haría historia en el futuro.
Al proyecto editorial se sumó la Universidad Andrés Bello con entusias-
mo, porque la convocatoria era abierta, pluralista y diversa, no se excluía a
nadie por sus ideas ni se le negaba el acceso al papel a quienes pensa­ban
de manera distinta a los más importantes conductores de la ciencia histó-
rica.
El resultado de esa gestión es este megalibro que presentamos. Los
artículos son muchos y deberá el lector, paciente y resignado, empeñar
en su lectura un gran esfuerzo intelectual porque se paseará por visiones
distintas, se enfrentará a los que piensan como él y a los que piensan dis-

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historiadores chilenos frente al bicentenario

tinto, verá cómo la Historia es una ciencia a la que se puede arribar desde
los más variados ángulos y concluirá, finalmente, que no aprendió nada y
que lo aprendió todo.
Como comprenderán los que lean esta presentación, quien la suscribe
no leyó todos los artículos, pero conoció muchos de ellos, tal vez los más
y de los que leí, doy fe que aportan a la reflexión historiográfica los más
de ellos.
Naturalmente, como era de esperarse, los escritos por los viejos y con-
sagrados cultores de la historia constituyen un valioso aporte, pero lo que
sorprende, gratamente al lector, son los escritos por jóvenes historiadores
porque ello presagia un futuro de la ciencia histórica que nos enorgullece
a los que servimos como profesores y guías de tesis.
La iniciativa que inició Luis Parentini y secundaron las universidades
que firman este libro, entre ellas la nuestra, ha llegado a su fin y se entrega
al conocimiento del público una obra que contiene el pensar de los culto-
res de la Historia que actualmente ejercen en las universidades chilenas.
Los resultados de estas entregas, a los que el lector accederá con ma-
yores o menores reparos, son una muestra de lo que somos, pensamos y
sentimos los historiadores chilenos, independientemente de cual sea el
camino que tomó para exponer sus ideas.
Vaya para todos los que participaron en este libro mis personales agra-
decimientos y los de mi universidad, por su entrega. A los que profundi-
zaron en un tema de su especialidad, gracias; a los que ensayaron sobre el
cómo será la historia del futuro, gracias; a los que abordaron temas histó-
30 ricos desde sus particulares ópticas, gracias.

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Premios Nacionales
de
Historia

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Historiadores chilenos frente al bicentenario

Pensamos nuestro Chile

Ricardo Krebs
1982

S e nos ha pedido pensar nuestro Chile. No es fácil formular sobre Chile


un pensamiento fríamente racional.
Es inevitable que en nuestro pensamiento sobre Chile influyan sen- 33
timientos, emociones y pasiones. Nosotros vivimos Chile, lo sufrimos, lo
gozamos, los criticamos, los alabamos, lo amamos. Nosotros no podemos
pensar a Chile sólo con la cabeza, también lo pensamos con nuestro cora-
zón. Por eso no quiero hacer un análisis fríamente racional de lo que ha
sido Chile o lo que Chile es hoy en vísperas de la celebración de su bicen-
tenario, sino, en forma muy personal, quiero relatar cómo he descubierto
a Chile, cómo se me ha revelado Chile y qué ha significado Chile para mí.
Empecé a descubrir a Chile en su geografía. Nací en Valparaíso donde
teníamos una casa en el cerro La Cárcel, en el Camino Cintura, la actual
avenida Alemania. Desde nuestra casa había una maravillosa vista sobre
la bahía y la cordillera. Sobre todo en un día de invierno, después de ha-
ber llovido y haber salido el Sol, se veían la bahía, con un mar de intenso
azul, la cordillera de la Costa, con sus dos cerros más altos, la Campana
y el Roble, cubiertos de nieve y en lontananza el majestuoso macizo del
Aconcagua.
En mi juventud pude conocer el centro y algunas partes del sur de
Chile. Posteriormente recorrí Chile de norte a sur, desde los desiertos de
Atacama hasta los hielos del sur. Y también tuve la oportunidad de cono-
cer una gran parte del resto del mundo y pude conocer lugares maravillo-
sos, como los glaciares de Canadá, los hermosos valles y las imponentes
cumbres de los Alpes o un lugar de tan inefable belleza como Taormina
en Sicilia. Pero siempre llegaba a la misma conclusión: Chile, con su loca
geografía, es el país más hermoso y fascinante del mundo.

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historiadores chilenos frente al bicentenario

Ya los españoles sintieron la especial belleza de Chile. Pedro de Valdi-


via en su conocida carta a Carlos V ponderó las bondades de las tierras y
del clima de Chile. Por algo un cronista calificó a Chile de “copia feliz del
Edén”. Y por algo Eusebio Lillo incluyó estas palabras en nuestra canción
nacional.
No cabe duda que la geografía de Chile forma un elemento constituti-
vo de su identidad. En todo momento tenemos la oportunidad de disfrutar
de sus hermosas playas, de sus monumentales montañas, de sus hermosos
e imponentes volcanes y de sus espectaculares glaciares. Es un privilegio
poder vivir en Chile. Es un don que Dios nos ha dado.
Pero todo privilegio impone deberes.
Al mismo tiempo de gozar de la belleza de Chile debemos saber que
tenemos que cuidar esa belleza. Debemos tomar conciencia de que en la
actualidad esta belleza corre peligro. Santiago se ve afectado por graves
problemas. Hay días en que el smog no permite ver la cordillera. Se están
contaminando nuestros ríos y nuestros lagos y están desapareciendo nues-
tros bosques nativos. Si queremos que Chile conserve su belleza debemos
cuidar nuestro país. Ésta es una de las grandes tareas para el nuevo siglo
de nuestra existencia como país independiente. La obligación de cuidar la
belleza de nuestro país no debe constituir el programa de un partido po-
lítico ni una consigna ideológica, sino que debe ser una responsabilidad
ante Dios que nos ha dado esta copia feliz del Edén.
Una segunda experiencia fundamental en mi vida es el hecho de que,
siendo nieto de inmigrantes alemanes, me haya podido integrar a la socie-
34 dad chilena y que ésta me haya aceptado plenamente. Tengo la satisfacción
de haber hecho el servicio militar en el ejército de Chile, de haber sido
nombrado profesor ordinario de la Pontificia Universidad Católica de Chi-
le y de la Universidad de Chile, de haber sido elegido como miembro de
número de la Academia Chilena de la Historia y de haber sido distinguido
con el Premio Nacional de Historia, la máxima distinción que pueda reci-
bir un hombre de ciencias en Chile. A través de mis actividades me he iden-
tificado plenamente con Chile. No soy solamente chileno de nacimiento,
sino que soy también chileno por convicción.
Me he permitido referirme a mi persona porque mi caso es uno típico
que se ha repetido a lo largo de la historia de Chile. Nuestro país ha sido
desde sus orígenes de inmigración. En los lejanos tiempos prehistóricos
hicieron su arribo de afuera los primeros habitantes que se avecindaron
en Chile. Siglos después llegaron del norte los incas, que establecieron su
dominio sobre el norte y parte del centro de Chile. Luego, se produjo la
llegada de los españoles, hecho histórico decisivo que marcó todo el de-
sarrollo posterior. Con la llegada de los españoles se produjo el choque
y encuentro entre pueblos y civilizaciones entre los cuales hasta entonces
no había existido ningún contacto y entre los cuales había radicales dife-
rencias.
Los españoles se encontraron en Chile con la feroz resistencia de los
araucanos que, con altos y bajos y con largas interrupciones, se prolonga-
ría hasta el siglo xix. Pero los demás pueblos indígenas, después de pre-
sentar una resistencia inicial, se sometieron luego al dominio español y,

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Historiadores chilenos frente al bicentenario

convirtiéndose en “indios de paz”, se incorporaron o fueron incorporados


al nuevo orden creado por los españoles.
En relativamente poco tiempo los españoles pudieron consolidar su
dominio, introducir la religión cristiana y los valores de la cultura greco-
latina, estableciendo las formas de su organización social y de su sistema
económico. Si bien se erigieron en clase dirigente, no se constituyeron
como una casta cerrada rígidamente separada de la población indígena.
Desde el comienzo se mezclaron con los indios y se inició un proceso de
mestizaje donde se formó una sociedad relativamente homogénea dentro
de la cual existía una cierta movilidad social, aunque se mantuvieron, cier-
tamente, marcadas diferencias y jerarquías sociales.
Los españoles no se sintieron en Chile como en tierras exóticas, sino
que se identificaron muy luego con su nuevo país. Junto con sus descen-
dientes echaron raíces en el país y lo sintieron como propio. Ellos habían
conquistado a Chile, pero Chile también los conquistó a ellos. Muy tem-
prano nace en la sociedad chilena un cierto sentimiento patriótico y el
convencimiento de que Chile se destaca por sus condiciones naturales y
las virtudes y grandes cualidades de sus habitantes. Manuel de Salas de-
clara:

“El reino de Chile (es) sin contradicción el más fértil de


América y el más adecuado para la humana felicidad... Los
chilenos son moderados, sencillos, sobrios, quietos, leales
y virtuosos. Sus únicos defectos son su pereza y desidia. Pe-
ro éstos quedan compensados con creces por su valor he- 35
roico, su sentido del equilibrio, su generosidad y hospitali-
dad y su espíritu de orden y moderación... Es un disparate
buscar la felicidad en este mundo. Pero si se puede buscar
algo semejante a la felicidad, está en Chile”.

Las tierras de América pertenecían a la corona de Castilla y en un co-


mienzo sólo los súbditos de los reinos de Castilla y León recibían autoriza-
ción para pasar a América. Sólo posteriormente se amplió la autorización
a los súbditos de toda España y también fueron autorizados súbditos de
otras monarquías católicas. Para Chile resultó particularmente importante
la llegada de los vascos. El gobierno republicano chileno estaba conven-
cido de que en Chile mismo no había suficiente gente competente para
promover el desarrollo de la joven república y se preocupó sistemática-
mente de contratar a personajes de gran talento y alta preparación como
Andrés Bello, Ignacio Domeyko, Rodolfo Amando Philippi y Claudio Gay.
Sin embargo, no bastaba con contratar a figuras prominentes, era necesa-
rio poblar y colonizar el país. Por este motivo abrió las fronteras y fijó una
política sistemática de inmigración. Dada la gran distancia entre Chile y el
Viejo Mundo y dado el alto precio de los pasajes la inmigración fue muy
inferior a la gran cantidad de inmigrantes europeos que llegaron a Brasil o
Argentina. No obstante, el alto prestigio de que gozaba Chile por su buen
gobierno atrajo a inmigrantes de alta calidad. Recibió a ingleses, franceses,
alemanes, italianos, españoles, suizos, polacos, yugoslavos, sirios y judíos.

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historiadores chilenos frente al bicentenario

Recibió a estos inmigrantes con gran generosidad. Les permitió con-


servar su lengua y sus costumbres y les permitió crear sus iglesias, sus
escuelas, sus hospitales, sus clubes sociales y deportivos y cualquiera otra
institución que le permitiera conservar y cultivar sus tradiciones culturales.
Los inmigrantes participaron plenamente en el desarrollo económico del
país e hicieron importantes aportes a su crecimiento. Luego, empezaron
a participar en las actividades políticas. Pero sus “colonias” mantuvieron a
través de las generaciones sus tradiciones culturales. Justamente la amplia
libertad de que gozaron los inmigrantes y sus descendientes hizo que ellos
sintieran gratitud y amor por el país que los trataba tan generosamente y
se identificaran como ciudadanos con la nación.
Este fenómeno nos parece natural y lógico. Empero, en la historia na-
da es natural. Las formas de convivencia que se han desarrollado en Chile
no son, de ninguna manera, naturales y podrían haber sido distintas.
Si pensamos en los problemas de las minorías étnicas y culturales de la
Europa centro-oriental, si pensamos en los problemas que produce la dis-
criminación en Estados Unidos, si pensamos en los problemas que afron-
tan España, Francia e Italia a raíz de la inmigración de los africanos, nos
damos cuenta de que la inmigración y la existencia de minorías y colonias
constituyen grandes desafíos con respecto a los cuales muchos pueblos no
han podido dar respuestas satisfactorias.
Chile, en cambio, ha sabido resolver con mucha sabiduría el problema
que planteaba la llegada de nuevos elementos étnicos y culturales y los
ha incorporado orgánicamente al cuerpo nacional. Ha sabido desarrollar
36 formas de convivencia que han permitido reconciliar la libertad de las per-
sonas y de los grupos con los intereses de la nación. En Chile no importa
ser negro, amarillo o blanco. En Chile no se discrimina por razones confe-
sionales. En Chile, los italianos pueden tener su Scuola Italiana, los des-
cendientes de los alemanes su Deutsche Schule, los hijos de los franceses
su Alliance Française. El Ministerio de Educación exige que estos colegios
cumplan con el programa oficial de contenidos mínimos, pero les permite
desarrollar sus propios programas pedagógicos con el fin de enriquecer
con sus experiencias el sistema nacional.
Estas formas de convivencia no han sido el resultado de un proceso
natural, sino que constituyen un logro que ha requerido de esfuerzos y
sacrificios. Este proceso tampoco se ha completado del todo. La “pacifica-
ción” de la Araucanía ha puesto fin a los conflictos violentos con los arau-
canos, pero no ha significado la integración de éstos a la sociedad chilena.
La solución satisfactoria de este problema constituye una de las grandes
tareas que debemos abordar en el presente y en el futuro. Pero el hecho de
que en el curso de nuestra historia hemos sabido integrar orgánicamente
a los grupos más heterogéneos en el cuerpo nacional nos permite tener
la certeza que también lograremos dar una solución satisfactoria a este
problema.
Me he permitido partir de mis experiencias personales para pensar
nuestro Chile. Otra experiencia fundamental que me permitió descubrir
rasgos esenciales del ser de Chile fue el servicio militar. En los tres meses
de verano del año 1937 hice el servicio como estudiante en el Regimien-

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Historiadores chilenos frente al bicentenario

to de Infantería Nº 3 de Playa Ancha en Valparaíso. Para mis compañeros,


mis suboficiales y oficiales siempre fui el gringo y se reían un poco de mi
acento germánico. Pero me respetaban y me aceptaban. Por mi parte, tuve
en un comienzo grandes dificultades para entender el lenguaje de los sub-
oficiales. Usaban palabras soeces que nunca había escuchado. Pero rápida-
mente enriquecí mi vocabulario y me integré al mundo militar.
El servicio era exigente y sumamente duro, pero llegué a sentir respeto
por los suboficiales, los oficiales y la institución. Tomé conciencia de la alta
calidad del ejército chileno. A raíz de mi experiencia empecé a estudiar el
papel que las fuerzas militares y la guerra han desempeñado en la historia
de Chile.
En el conjunto de los dominios españoles en América, Chile ocupó un
lugar especial, fue “tierra de guerra”. Este hecho fue destacado muy pron-
to por los contemporáneos. Alonso de Ercilla dedicó a este tema su gran
poema. El padre Diego de Rosales, en el siglo xvii, llamó a Chile “Flandes
In­diano”. Los cronistas dedicaron la mayor parte de su obra a la guerra de
Arauco.
Historiadores posteriores han destacado la importancia fundamental
de este hecho. Jaime Eyzaguirre ha idealizado sus aspectos heroicos y ca-
ballerescos. Álvaro Jara ha analizado el problema de la guerra desde el
punto de vista de la historia económica y social. Mario Góngora, en su
importante Ensayo histórico sobre la noción de Estado en Chile en los
siglo xix y xx señala que: “la imagen fundamental y primera que de Chile
se tiene es que constituye, dentro del Imperio Español en las Indias, una
frontera de guerra”. Por otra parte, no se detiene en el período colonial y 37
no se limita a la Guerra de Arauco, sino que hace ver que Chile indepen-
diente siguió siendo “tierra de guerra” y que en el curso del siglo xix cada
generación tuvo su guerra. Chile independiente aceptó la guerra como
una realidad histórica que, por dura, costosa y trágica que pudiera ser,
debía ser enfrentada.
Los patriotas recurrieron a las armas para conquistar la independencia.
Diego Portales no vaciló en movilizar las fuerzas militares y navales del
país para deshacer los planes de Andrés Santa Cruz. Claramente sostiene
la legitimidad del uso de las armas en la conocida carta a Manuel Blanco
Encalada con ocasión de la designación de éste como comandante del
ejército que se debía dirigir a Perú: “Va Usted, en realidad, a conseguir con
el triunfo de las armas, la segunda independencia de Chile”.
Posteriormente Chile recurrió a las armas para dirimir el conflicto que
se produjo con Bolivia y Perú por las provincias nortinas.
La guerra forma, pues, parte integrante de la historia chilena y el chile-
no no rehusó emplearla, en ciertos momentos, para afrontar determinados
problemas. Al respecto se podría decir que ello, en sí, no constituye nada
peculiar, ya que la guerra ha sido un fenómeno constante en la historia y
que no hay pueblo que no se haya visto involucrado en hechos bélicos.
Sin embargo, lo importante es la actitud que Chile ha asumido frente
a la guerra. El chileno recuerda, ciertamente, los triunfos de sus fuerzas
armadas y conmemora con orgullo las victorias de Maipú, Yungay y Mira-
flores. No obstante, en la memoria colectiva se han grabado más profunda-

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historiadores chilenos frente al bicentenario

mente las derrotas y los desastres. Se recuerda el desastre de Rancagua, la


muerte de Arturo Prat, la batalla de la Concepción.
Ello no significa quitar méritos al triunfador, pero, sí, se reconoce que
el heroísmo máximo se produce al vencer, no al adversario, sino la propia
pequeñez humana, al vencer el miedo, al sacrificar la propia felicidad y la
vida en bien de la patria.
Si se ha formado la imagen de Chile como un país guerrero cabe agre-
gar que el guerrero aparece fundamentalmente como una figura moral.
No se rinde culto a la fuerza, sino que se destaca el heroísmo como virtud.
Chile, si bien se puede sentir orgulloso de los hechos de guerra, no puede
ser calificado de país belicista. Nunca ha incurrido irresponsablemente en
aventuras militares. Ha aceptado la guerra como un hecho ineludible, ha
sabido hacer la guerra y ha sabido hacerla bien, pero nunca ha empleado
la guerra como una acción salvaje, como medio para satisfacer ambiciones
personales o anhelos irracionales de expansión imperialista o de domina-
ción de otros pueblos. La nación chilena aceptó la guerra, pero la subordi-
nó a fines y principios superiores, le confirió un sentido ético y es por eso
que recuerda con orgullo a aquéllos que han luchado con dignidad y que
han muerto con valor.
Las fuerzas militares han cumplido con las funciones que el Estado les
ha asignado: estar preparadas para asumir la defensa del país. Han tenido
una importancia fundamental para la formación de la nación. Han desa-
rrollado una importante labor educativa entre amplios sectores de la so-
ciedad. La racionalidad que caracteriza la institución militar ha contribuido
38 a que en nuestro desarrollo político y social se hayan impuesto normas
racionales que constituyen una característica del desarrollo constitucional
e institucional de Chile.
Sólo en contadas ocasiones, como en 1973, las fuerzas militares han
desempeñado actividades políticas y han asumido la dirección del país. El
prolongado gobierno de las fuerzas militares y los excesos cometidos du-
rante esos años han dejado profundas heridas. Se cometieron violaciones
de los derechos humanos. Muchos murieron y muchos tuvieron que huir
y exilarse. Pero espero que el dolor y el deseo de castigo no se traduzcan
en una condenación general del ejército como institución. Chile puede
y debe sentirse orgulloso de sus fuerzas militares. El presidente Ricardo
Lagos en los momentos de dejar su cargo y la nueva Presidenta, Michelle
Bachelet, han formulado palabras conciliatorias y han celebrado el hecho
de que las relaciones entre el poder civil y el poder militar se están nor-
malizando. Me parece que la reconciliación definitiva es otra de las tareas
importantes para el futuro. Puede ser que la celebración del bicentenario
y la conmemoración de José Miguel Carrera y Bernardo O’Higgins y de las
batallas de Rancagua y Maipú contribuyan a renovar la confianza en nues-
tras fuerzas militares y a reforzar los vínculos entre la dirigencia política y
la dirigencia militar.
Otra experiencia personal que me permitió descubrir y conocer as-
pectos fundamentales del ser y del desarrollo de Chile fue la actividad que
realicé en el campo educacional. Muy joven, a los veinticuatro años, fui
nombrado profesor de Historia Universal de la Escuela de Educación de la

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Historiadores chilenos frente al bicentenario

Universidad Católica, fue fundada en el año 1942. En 1945 di mi examen


de profesor extraordinario de Historia Universal Moderna de la Universi-
dad de Chile. En 1966 fui nombrado jefe del Departamento de Historia
y de Ciencias Sociales del Centro de Perfeccionamiento del Magisterio y
en 1985 fui designado presidente del Fondo Nacional de Investigaciones
Científicas y Tecnológicas. A través de la cátedra y del Fondo Nacional de
Desarrollo Científico y Tecnológico pude conocer bien el sistema universi-
tario chileno. Nunca ejercí la enseñanza en la educación primaria o secun-
daria, pero mi actividad en el Centro de Perfeccionamiento me permitió
conocer los problemas fundamentales de la educación escolar.
Con la fundación de la Escuela Normal de Preceptores por el presi-
dente Manuel Bulnes en el año 1841, de la Escuela Normal de Preceptoras
por el presidente Manuel Montt en 1854 y del Instituto Pedagógico bajo
la presidencia de José Manuel Balmaceda en 1889, Chile creó un sistema
educacional que fue en muchos aspectos ejemplar. El profesor normalista
fue un verdadero maestro que no sólo supo instruir a sus alumnos sino
que los supo educar y formar. El liceo contó con excelentes profesores
que, al mismo tiempo de ser eruditos en su especialidad, también fueron
grandes educadores. La carrera tanto del profesor primario como del se-
cundario gozó de prestigio social. Del Instituto Nacional emergieron mu-
chos alumnos que después desempeñaron un papel destacado en la histo-
ria nacional. El liceo fue la gran institución en que se pudieron formar los
hijos de la clase media que empezó a surgir en el siglo xix. Gracias al liceo
se formó en Chile una clase media culta que dio al país grandes poetas
y escritores, competentes profesionales y destacados dirigentes políticos. 39
Esta clase media se identificó con la tradición republicana y con los valores
fundamentales de la tradición intelectual de la antigua clase dirigente y, a
la vez, supo introducir las reformas necesarias al sistema político y renovar
y enriquecer la vida intelectual con nuevos elementos. Podemos sentirnos
orgullosos de la labor realizada por el maestro normalista y por el profesor
de liceo, podemos sentirnos orgullosos de nuestras instituciones educa-
cionales.
Sin embargo, al mismo tiempo debemos tomar conciencia de que hoy
la educación en Chile se encuentra en crisis.
La reforma educacional realizada bajo la presidencia de Eduardo Frei
Montalva fue un intento de renovar la educación conforme a las exigen-
cias planteadas por la civilización contemporánea. Tuvo el mérito de pro-
longar la educación básica, de ofrecer posibilidades educacionales a toda
la juventud, de erradicar casi totalmente el analfabetismo y de introducir
importantes modificaciones curriculares. Empero, en la mirada retrospec-
tiva, a casi medio siglo de distancia, debemos constatar que la reforma,
con todos sus beneficios innegables, también adoleció de graves defectos.
La masificación de la educación tuvo un carácter fundamentalmente cuan-
titativo, pero bajó la calidad. Se perdió el liceo con su gran tradición. Se
modificó la estructura creando los ochos años de educación básica y los
cuatro años de educación media, pero no se estudió a tiempo un sistema
de formación de profesores correspondiente a esta nueva realidad escolar.
La sabia medida de descentralizar la educación y entregar responsabili-

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historiadores chilenos frente al bicentenario

dades educacionales a las municipalidades no ha producido los efectos


deseados, porque no se ha dotado a los municipios de los instrumentos
necesarios para que pudieran cumplir con su nueva responsabilidad. Se
liquidó la prestigiosa Escuela Normal y se entregó la formación del profe-
sor de básica a la universidad. Se dictó un estatuto docente que ha hecho
muy difícil la renovación del profesorado. Los promotores de la reforma
educacional procedieron con un gran entusiasmo y una verdadera mística
y se propusieron objetivos ambiciosos. Sin embargo, debe reconocerse
que muchas medidas se tomaron en forma precipitada y que muchas refor-
mas quedaron en el papel sin llegar a las aulas. Desde entonces el sistema
educacional ha vivido un proceso de permanentes reformas. El currículum
ha sido modificado innumerables veces. Se han cambiado los textos de
enseñanza.
Se debe reconocer que en los últimos años también se han tomado
muchas medidas positivas. Se han construido numerosos edificios nuevos
de buena calidad. Se han aumentado los sueldos de los profesores. Se ha
establecido la jornada escolar completa. Chile se ha sometido a medicio-
nes internacionales. Se ha fomentado la investigación en educación.
Pero hay consenso de que la educación actual en Chile sigue adole-
ciendo de graves defectos. Y los sistemas de medición demuestran con
datos objetivos que los niveles son bajos, que muchos alumnos son inca-
paces de comprender los textos que leen y que no dominan las más sim-
ples operaciones matemáticas. En los últimos cincuenta años todos los
gobiernos han prometido resolver los problemas de la educación, se han
40 dictado numerosas medidas y se han invertido sumas considerables. Pero
los resultados no han sido satisfactorios.
Quizá el principal defecto ha consistido en dictar las reformas desde
arriba, en dar preferencia a las reformas estructurales y en creer que las
innovaciones curriculares podían modificar la realidad en las aulas.
La buena calidad que tuvo la educación chilena en el siglo xix se debe
en gran parte al hecho de que se crearon excelentes establecimientos para
la formación de los profesores. La figura central en un sistema educacional
es el profesor. No bastan las medidas tomadas por las autoridades educa-
cionales. Toda reforma educacional debe centrarse en el profesor y debe
realizarse con el profesor.
El problema es extraordinariamente complejo. Es fácil detectar los ma-
les y es difícil encontrar soluciones. Se sabe que la educación escolar inci-
de solamente en un 40 % en la formación del niño. El 60 % se compone de
factores extraescolares, principalmente de los factores socioeconómicos.
Pero los factores negativos no eximen de la obligación de perfeccionar
la educación. Nunca en la historia la educación ha sido tan importante co-
mo ahora. La civilización científico-técnica contemporánea requiere de un
alto nivel de preparación intelectual. La sociedad que no es capaz de dar a
su juventud una educación adecuada está condenada a mantenerse en el
subdesarrollo y la miseria.
Sólo podemos celebrar el bicentenario con la conciencia tranquila si
hacemos un máximo esfuerzo para elevar el nivel educacional de nuestra
juventud.

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Historiadores chilenos frente al bicentenario

Mis experiencias personales se vinculan ante todo con la enseñanza


superior. Durante mi larga carrera académica he podido participar acti-
vamente en el desarrollo del sistema universitario chileno. En los años
en que inicié mi actividad en la universidad, la universidad chilena era
un conjunto de escuelas profesionales. Y se debe reconocer que cumplía
en forma plenamente satisfactoria con su función de proporcionar a la
sociedad profesionales bien formados en los cuales se podía tener plena
confianza. Los abogados, ingenieros, arquitectos y agrónomos que egresa-
ban de las universidades chilenas eran excelentes profesionales que tenían
estatus internacional.
En los años cincuenta se inició un cambio importante. En algunas uni-
dades académicas algunos profesores no se limitaron a la docencia, sino
que empezaron a dedicarse a la investigación. En medio de las turbulen-
cias que se produjeron en los años de la reforma universitaria se impuso
el criterio de que la universidad debía ser pensada desde la ciencia y para
la ciencia. Debía mantener su función tradicional y formar a profesionales
competentes, pero tenía que asumir como nueva función la investigación.
Como toda investigación demanda fuertes recursos y como las universida-
des no disponían de los medios para financiar la investigación, el gobierno
decidió hacer los aportes necesarios y creó instituciones especiales para
subvencionar la investigación como Comisión Nacional de Investigación
en Ciencia y Tecnología y Fondo Nacional de Investigaciones Científicas y
Tecnológicas. Muchos profesores chilenos siguieron cursos de posgrado y
se doctoraron en las mejores universidades de Estados Unidos y de Euro-
pa. Los investigadores chilenos empezaron a asistir a los congresos cientí- 41
ficos internacionales y a publicar los resultados de sus investigaciones en
las mejores revistas científicas internacionales.
Hoy podemos constatar con satisfacción que la investigación univer-
sitaria chilena está en un buen pie y que goza de prestigio internacio-
nal. Chile, país pequeño y con escasos recursos, ocupa después de Brasil,
México y Argentina el cuarto lugar en la producción científica de América
Latina. Y si se establece una relación entre el número de investigadores y
los recursos disponibles, el investigador chileno es el que tiene el mejor
rendimiento.
A pesar de estos resultados satisfactorios no nos podemos dar por sa-
tisfechos. En el mundo científico, América Latina ocupa un lugar insigni-
ficante. Todos los países latinoamericanos juntos aportan sólo el 1 % a la
investigación científica y tecnológica. En un 99 % dependemos de lo que
se descubre e inventa en Estados Unidos, Europa y Asia.
El proceso del desarrollo de la investigación es lento y no se puede
esperar que nosotros revolucionemos la ciencia y la técnica de un día para
otro. Pero debemos seguir intensificando la investigación, debemos seguir
desarrollando los centros de investigación en nuestras universidades y de-
bemos lograr que nuestras grandes empresas estatales y privadas partici-
pen activamente en su desarrollo. Si queremos salir del subdesarrollo y de
la dependencia debemos fortalecer nuestra propia capacidad creadora.
Una última reflexión. Mi ya larga vida se ha desarrollado en una épo-
ca de la historia caracterizada por rápidos y radicales cambios. Recuerdo

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que en mi niñez teníamos una caballeriza y caballos en nuestra casa en el


cerro. Mi padre montaba a caballo acompañado por un mozo para dirigir-
se a su oficina en la avenida Brasil en el plano de Valparaíso y para volver
a casa. Recuerdo la revolución que significó la compra del primer auto o
la compra de la primera radio. Desde entonces se han producido los más
espectaculares cambios. Hemos entrado a la época del computador, quizá
el invento más trascendental desde la imprenta de Johannes Gutenberg.
Juntamente con los revolucionarios descubrimientos e inventos científicos
y tecnológicos se han producido profundos cambios económicos, sociales
y políticos. Se ha producido la explosión demográfica. Se ha formado la so-
ciedad de masas. Se han formado las gigantescas metrópolis. Para grandes
sectores de la población ha mejorado la calidad de la vida. Pero también
subsisten la miseria y el hambre para millones de seres humanos. El siglo
xx se inició en un ambiente de optimismo. Los hombres creyeron en el
progreso y estuvieron convencidos de que sería posible crear un mundo
de paz y justicia. El desarrollo político interno de los pueblos estaría carac-
terizado por una progresiva democratización y por la afirmación definitiva
del Estado constitucional de derecho. La progresiva globalización garanti-
zaría una paz internacional permanente. Pero la realidad histórica resultó
muy distinta. Se produjeron violentas y sangrientas revoluciones. Se es-
tablecieron funestos regímenes totalitarios. La brutal dictadura de Josef
Stalin, la forzosa colectivización, los campos de concentración y la masiva
hambruna hicieron morir a unos veinte millones de personas en Rusia. El
holocausto del régimen nacista de Adolfo Hitler produjo seis millones de
42 víctimas. A raíz de la Primera Guerra Mundial murieron veinte millones; a
raíz de la Segunda Guerra Mundial, sesenta millones.
El siglo xx, que prometía ser una época de felicidad y bienestar, ha sido
una de las épocas más trágicas de la historia.
Nuestro Chile se libró en el siglo xx de las grandes tragedias. Cierto
que amplios sectores de la población vivían en condiciones miserables que
producían graves males. Lo mortalidad y, en particular la mortalidad infan-
til, seguían siendo espantosas. Hacia 1920 la mortalidad en Valparaíso era
peor que en Calcuta. En 1934 la mortalidad infantil alcanzaba a un 24%. El
13% de la población adulta sufría de sífilis. El 85% de la población mascu-
lina había sufrido de gonorrea. En Santiago había más prostitutas que en
París. El 30% de los niños que nacían en Chile eran ilegítimos. Pero estos
males quedaban compensados por el hecho de que Chile experimentaba
un desarrollo político que tenía carácter ejemplar, que podía llenar de
orgullo al chileno y que causaba admiración en el resto del mundo. Chile
había logrado establecer una democracia que funcionaba efectivamente de
acuerdo con las normas establecidas por la Constitución y las leyes com-
plementarias.
Cito palabras de Gonzalo Vial:

“Piénsese que en Chile todas las elecciones generales, or-


dinarias y extraordinarias celebradas entre 1932 y 1973 se
efectuaron el mismo día que correspondía según la Cons-
titución. No un día antes ni un día después. Es un récord

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que muy pocos países en el mundo pueden hacer valer. Ni


Italia, ni Francia, ni España, ni Alemania podrían decir: sí,
tuvimos una Constitución que rigió durante 41 años y, en
este lapso, cada elección, de cualquier especie, de la más
grande, como la del Presidente de la República, hasta la más
pequeña, como la efectuada para reemplazar a un regidor
fallecido en cualquier pueblecito perdido en el sur, todas se
efectuaron el día señalado por la Carta Fundamental”.

Sí, teníamos pleno motivo para sentirnos orgullosos de nuestro régi-


men político y pensábamos que nuestra democracia estaba tan firmemente
consolidada que la podríamos mantener y seguir perfeccionando en me-
dio de las conmociones y las tragedias que estaban azotando el mundo.
Pero en la agitada época contemporánea Chile también quedó sumido
en una profunda crisis. La “Revolución en Libertad” no alcanzó sus obje-
tivos. El experimento socialista fracasó. El régimen militar suprimió los
elementos básicos de un régimen democrático.
Hoy, hemos entrado en una nueva fase. Los regímenes totalitarios ya
sean fascistas, nacistas o socialistas se han derrumbado, han fracasado y
han demostrado que no son capaces de resolver los problemas de la socie-
dad contemporánea. El único sistema político que ha aprobado el examen
ante la historia es la democracia representativa. La experiencia internacio-
nal y la propia nuestra nos han demostrado que debemos resolver nues-
tros problemas sociales y políticos en forma democrática. Podemos contar
con la ventaja de que tenemos una gran tradición democrática. Con oca- 43
sión del bicentenario vamos a celebrar el nacimiento del Estado chileno.
Recordemos que el Estado es la obra más grande que ha creado la nación
chilena en el curso de su historia. Según nuestro gran historiador Mario
Góngora, es el Estado que ha creado la nación. Basándonos en nuestra
gran tradición democrática, sigamos creando la nación.
Termino diciendo: mientras más pienso Chile, más amo a Chile.

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Innovación y continuidad

Gabriel Guarda O.S.B.


1984

L a celebración del bicentenario de la constitución de nuestra primera


junta de gobierno no tiene sentido sin la debida valoración del período
anterior. La madurez cívica que hayan demostrado quienes la hicieron po- 45
sible es deudora de ese período, de una larga gestación que parte desde el
siglo xvi y que, con altos y bajos, llega a su maduración a fines del siglo xviii,
floreciendo en las manifestaciones políticas que culminan en septiembre
de 1810. Todos los actores de nuestra independencia se formaron cultural
y políticamente en el período español.
Superada la visión simplista de gran parte de la historiografía del siglo
xix, marcada por un encendido patriotismo, los numerosos estudios elabo-
rados con más amplitud de criterio a lo largo del siglo xx, hasta el presente,
junto con esclarecer diversos aspectos de la realidad, explican aquella ma-
duración que se concreta en la efeméride que celebramos.
Mi incursión preferente en diversos aspectos del período llamado virrei-
nal o colonial, me fuerzan a detenerme en aquellos antecedentes que, desde
esta perspectiva, invitan a no olvidarlos, pues, en último término, constitu-
yen su explicación. Enseguida, pasamos revista a los aspectos más visibles en
cuyo estudio nos ha tocado incursionar.
Extinguida la guerra de Arauco, que desde dos siglos paralizaba casi
del todo su crecimiento, desde mediados del siglo xviii se verifica en Chile
un notable proceso de avance en los planos económico, político, social y,
sobre todo cultural, del que no está ajena la Ilustración como agente inno-
vador y aglutinante.
La población venía experimentando desde 1760 un aumento soste-
nido, arrojando los censos medio millón de almas; al fin del período, se
cuentan setecientos setenta y dos núcleos urbanos, doscientos sesenta de

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origen español –veintisiete ciudades, cuarenta y cuatro villas, treinta y cua-


tro “plazas” y sesenta y cuatro “lugares”–, siendo los restantes agrupacio-
nes aborígenes preexistentes; a ellas se agregan noventa y una reducciones
de indígenas, configurando estas cifras un proceso urbanizador sorpren-
dente dentro del continente, determinando, especialmente el desarrollo
del comercio, la minería y la agricultura, un aumento de la circulación
de bienes. El uso de la ruta del Cabo, con las medidas liberalizadoras de
Carlos III, sobre todo el decreto de libre comercio, de 1788, benefician
nuestros puertos, los primeros que encuentran los navíos al ingresar al
mar del Sur; junto con el comercio, reciben los últimos aportes culturales
de Europa.
La capital ofrece las notas más sobresalientes: en 1802 se le asignan
treinta mil almas y dos mil novecientas doce casas; cuenta con buenos edi-
ficios públicos, plazas y paseos, seis parroquias, veintiocho conventos y mo-
nasterios; diez hospitales; catorce capillas en edificios reales; nueve ermitas
y ciento cuarenta y un oratorios privados; en total ciento noventa y nueve
iglesias y capillas lo que, fuera de su incidencia en el plano espiritual o esté-
tico, constituye un índice de riqueza; calles empedradas, redes de agua po-
table y riego, una veintena de fuentes, servicios de aseo, alumbrado, abastos,
estanco de carne, pescado y nieve, guardias para el comercio, y bomberos;
fuera de hospitales para hombres y mujeres, farmacias, cementerio fuera
de poblado, cárceles de hombres y mujeres, asilos para “recogidas”, huér-
fanos, ancianos e inválidos, y desde 1803, un hospicio suponen, dentro de
los cánones de la época, la cobertura de todas las necesidades de una gran
46 ciudad. Además, exhibe tres alamedas, plaza de toros, reñideros de gallos,
juego de pelota vasca, de bolas y “casas de trucos”, lotería, y baños públicos;
sobresale el Puente Nuevo, inaugurado en 1778, a juicio del marqués de
Lozoya, el más bello de América del Sur. La impresión que Santiago ofrece a
los viajeros es óptima.
En la esfera de la administración, dentro de la política general de la
monarquía ilustrada, las época coincide con la reforma de las instituciones
de gobierno y la creación de otras nuevas, se aplican en forma segura y ar-
mónica, con notorio efecto en el plano económico.
A la vez, se renueva la judicatura, se reorganizan el ejército y las mili-
cias, implantándose en 1784 el régimen de intendencias; aparte de la Real
Audiencia, hay tribunales de Minería, de Cuentas, Consulado y juzgado de
rematados; una prestigiosa burocracia atiende las oficinas de la contadu-
ría, correos, tabacos, aduana y casa de moneda; surge un auténtico ethos
administrativo, que se manifiesta desde la dignidad de sus oficinas a los
uniformes de los funcionarios; servir a la monarquía no sólo constituye un
prestigio sino asimila en algún grado a la majestad real.
En lo económico, los rubros citados entonan la hacienda pública y
las fortunas privadas, elevando el nivel de las clases populares y generan-
do obras públicas, comunicaciones, puentes y caminos. La exportación
de trigo se duplica entre 1778 y 1799, determinando el abaratamiento del
pan y de otros alimentos básicos, produciendo la rebaja de los productos
importados; el aumento del tonelaje de los barcos incide en la baja de los
fletes, estimándose que las aspiraciones por la total libertad de comercio

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no constituyen en 1810 un antecedente para luchar por la independencia,


puesto que el comercio exterior no sólo no tiene barreras sino que llega a
saturar el mercado; el resultado fue el abaratamiento, no sólo de los artí-
culos de primera necesidad “sino de los objetos de lujo, trajes, carruajes y
hasta los embelecos de la moda”. El fin del siglo xviii ve surgir actividades
diversificadas, expendiéndose gran parte de los artículos usuales en esta-
blecimientos especializados.
Las exportaciones aumentan el ramo “de balanza”, cedido por el Rey
para obras públicas, con lo que éstas toman gran desarrollo. El mejora-
miento urbano produce plusvalía, y el traspaso de algunos bienes fiscales
a particulares, casi en la categoría de gracia, les produce fáciles ganan-
cias, motivándolos a invertir en construcciones, iniciativas de bien público,
obras asistenciales y de servicio u ornato.
En la esfera de la educación y la cultura, el Rey dota escuelas de primeras
letras, estableciendo, además, institutos superiores, en La Serena, Valparaíso,
San Felipe, Concepción y Valdivia, sosteniendo otras las órdenes mendican-
tes. A fines del período hay en la capital cincuenta y seis escuelas y colegios
y veintinueve establecimientos de estudios superiores: en 1779 se funda la
Academia de Leyes y Práctica Forense, con la de Santa Bárbara, de Madrid,
como modelo; antes había sido creada una Academia de Matemáticas, a la
manera de las de Barcelona, Ceuta y Cádiz; en 1797 abre sus puertas la de
San Luis, aunque la más importante sigue siendo la Universidad Real, erigida
en 1738, con Salamanca y Alcalá como modelos; con diecinueve cátedras,
certámenes públicos y brillantes funciones académicas, la frecuentan no sólo
habitantes del país sino de Paraguay, Tucumán y Río de la Plata, reconocién- 47
dose en pleno siglo xix que fue “un foco de luz que despertó muchos talen-
tos, que excitó un saludable calor por las distinciones y polémicas literarias y
contribuyó poderosamente a disipar la oscuridad de la ignorancia”.
Las bibliotecas del seminario, los conventos y de la universidad, permi-
tían la consulta del público; la Audiencia, el Consulado, el Protomedicato,
los tribunales, la Presidencia, las cajas reales y los cabildos tienen librerías,
mereciendo especial mención las de los oidores y vecinos ilustrados, con
ejemplares de reciente edición en Europa, al día con los autores y títulos
más en boga; hay un fácil flujo de escritos ilustrados y aun de teólogos
protestantes, al extremo de poder afirmarse que en muchos sentidos la
Ilustración prende más en Sudamérica que en la propia España.
En la esfera de las ciencias se cuenta desde mediados del siglo xviii con
un laboratorio y un gabinete de Física donde se experimenta con electri-
cidad; en 1785 se recibe el primer diseño de telégrafo y al antiguo obser-
vatorio astronómico de los jesuitas se agrega desde 1790 otro privado; el
obispo Francisco José Marán tiene el suyo en Concepción, siendo el gabi-
nete de Historia Natural, de la Academia de San Luis, el primer museo; la
universidad cuenta desde 1808 con un anfiteatro anatómico, y dos años
después, con un laboratorio químico-mineralógico; en el cultivo de las
Matemáticas destacan a lo menos veintiún ingenieros militares, autores de
obras públicas, arquitectura civil y religiosa.
Después de siglos de estrecheces y limitaciones, el auge señalado, así
como encuentra la expresión de su pensamiento en la Ilustración, su mar-

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co formal lo halla en la arquitectura neoclásica, militando sus más desta-


cados representantes en una elite a la vez funcionaria, intelectual y social;
el estamento eclesiástico, las autoridades de gobierno, los ministros de la
Audiencia y del Cabildo, la burocracia real y la “nobleza”, constituyen su
nervio.
Varios de los postreros presidentes son apreciados por su cultura y
saber, con virtudes reconocidas, aun, por la primera historiografía repu-
blicana; de los oidores, algunos dirigen la Academia de Leyes, otros son
escritores, reuniendo en sus salones cultas tertulias: independientemente
de sus funciones, la audiencia constituye un senado de notabilidades que
otorgan la mayor jerarquía al grupo social y al mundo de la cultura. Dentro
de la burocracia regia, resplandecen por sus luces diversas personalidades,
al igual que en el mundo eclesiástico, donde el obispo Manuel de Alday
funda en 1788 la primera biblioteca pública, detentando varios canónigos
el rectorado de la universidad o del convictorio.
La gran autoridad en el plano científico, aunque no está en Chile, es
Juan Ignacio Molina; aparte de sus trabajos en ciencias naturales, sus cono-
cimientos en Geografía, Historia, Cartografía, Filosofía, Crítica y Lenguas,
lo hicieron merecedor de aprecio por parte de célebres academias euro-
peas. En la esfera de las ciencias exactas destaca Miguel de Lastarria, rector
del convictorio, colaborador de Félix de Azara y de Alejandro Malaspina;
Lázaro de Rivera es autor de un certamen o tesis matemáticas y de la Car-
tilla Real, impresa en Madrid en 1796; Antonio Martínez de Mata lo fue
de una Cosmografía y Trigonometría esférica, y un Tratado de geometría
48 especulativa; Manuel Chaparro y Domingo de Soria, son notables médicos
que ensayan la vacuna antivariólica desde 1778, antes de la venida a Amé-
rica, en 1803, de la expedición oficial de Balmis. Los adelantos experimen-
tados en Europa, llegan con sorprendente rapidez, renovándose terapias
para la locura, el alcoholismo y diversas epidemias.
En Filosofía un cronista sintetiza que “se encuentran en Chile hom-
bres que poseen el sistema newtoniano, otros el de Cartesio y no pocos
que discurran fundadamente lo que en uno y en otro sistema se debe
corregir”. Dentro de la época están activos los autores del Catecismo Po-
lítico-Cristiano, del Diálogo de los Porteros y de El Chileno consolado,
importantes obras publicadas después de 1810, que presentan la idea de
la monarquía plural y la dependencia de los reyes, y no de España, tesis
sostenida por los filósofos de la llamada segunda escolástica.
En los temas teológicos destacan los ex jesuitas expatriados en Italia: en
sagradas escrituras y, aun más allá, Manuel Lacunza, junto con el abate Juan
Ignacio Molina, la personalidad más sobresaliente de su época, a la vez que
el autor más citado. La enseñanza teológica tiene como principal tribuna la
universidad y los colegios de las órdenes. En el área humanística hay poetas
y autores puramente literarios, correspondiendo a la historia el puesto de
honor, estando activa la tríada de los más reputados de todo el período, Vi-
cente Carvallo Goyeneche, José Pérez García y Felipe Gómez de Vidaurre.
En el estudio de las lenguas destacan Bernardo Havestadt y Andrés Fe-
brés, fallecidos en 1781 y 1790, respectivamente; habían sido cultores de
la lengua aborigen, especialidad que continúa Antonio Hernández Calza-

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da; el dominico Sebastián Díaz es un notable políglota, autor de una nueva


Ortografía y Fonética chilena, mientras Ramón Olaguer Feliú publica en
1806, su Uso de la lengua vulgar en el estudio de las ciencias, en que pos-
tula la sustitución del latín, hasta entonces reservado en exclusividad para
el lenguaje académico. Pedro Nolasco de Toro regenta en Alcalá la cátedra
de Hebreo, y Antonio Fernández de Palazuelos, es un fecundo traductor,
con media docena de obras publicadas y otras inéditas, incluida una his-
toria de la China, en doce volúmenes; Felipe Gómez de Vidaurre revelará
que: “no pocos chilenos se han aplicado a las bellas letras de la poesía,
tanto latina como española, a la retórica, al conocimiento de las lenguas
de Europa [...], en fin, un sabio y erudito europeo encontrará muchos en
aquel rincón del mundo con quien conversar sabiamente”.
Los ilustrados más prominentes son José Antonio de Rojas –dueño de
un gabinete de Física y de la principal biblioteca privada y uno de los pri-
meros próceres de la independencia–, Juan Egaña, Juan Martínez de Ro-
zas, igualmente líder del movimiento independentista, o José Ignacio de
Andía y Varela, multifacético coleccionista.
En lo que se refiere a la elite social, el abate Juan I. Molina dirá que:
“hasta los títulos de condes, marqueses, etc., han pasado allá con todas las
demás modas europeas”; en ello ha sido vista una característica propia de
los criollos, en quienes, “su aspiración no se dirigía sólo a conseguir los
cargos de la administración, sino también a alcanzar los altos estratos de
la jerarquía social”, aspecto que debe tenerse en cuenta a partir de los su-
cesos de 1810. Las vías por las que se materializa esta pasión son cursar en
los institutos en que se necesitaba probar nobleza, y los títulos de Castilla; 49
entre 1780 y el final del período español, ciento diecisiete sujetos cursan
en los primeros, o se alistan en las órdenes militares; los títulos, entre na-
cidos y activos en el reino ascienden a cuarenta y nueve; esta nobleza pro-
mueve iniciativas culturales y construye mansiones ricamente alhajadas,
pero, aunque abierta a las luces, con honrosas excepciones, representará
en 1810 un frente más cauteloso y conservador.
Papel importante desempeñan las expediciones científicas: en medio
siglo incursionan en Chile sobre sesenta y ocho, con óptimos resultados
en los más diversos campos; las de Hipólito Ruiz y José Pavón, de los her-
manos Christian y Konrad Heuland o de Alejandro Malaspina; las de extran­
jeros como Jean François Galaup La Pérouse o Louis Antoine Bougainville,
constituyen hitos en el panorama científico universal. Se ha dicho que la
Ilustración entra aquí por la vía de estas misiones; sus componentes com-
parten con las elites intelectuales que en las tardes, al suspenderse las ob-
servaciones de la naturaleza, ofrecen su hospitalidad en salones y tertulias;
gracias a estas expediciones se introducen cambios en las explotaciones
mineras y agrícolas, se configura con precisión la realidad geográfica del
país y los interesados se familiarizan con los últimos inventos traídos del
viejo mundo; se ha observado que las expediciones también influyeron en
el proceso de la independencia.
Muy relacionado con las expediciones aflora la pasión por las colec-
ciones; estimulada por el ejemplo del propio Monarca: el gabinete de Mi-
neralogía y muchas de las bibliotecas citadas se entienden a la luz de esta

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modalidad, en que entran obispos como Francisco José Marán, magistra-


dos como Benito de la Mata Linares –cuya colección de ochenta y cinco
volúmenes de manuscritos conserva la Real Academia de la Historia de
Madrid–, o magnates como el conde de Maule, que en 1796 va juntando
“pinturas exquisitas” y esculturas romanas.
En cuanto a las bellas artes, en el momento tratado coinciden por lo
menos veinticuatro pintores; en escultura persisten los imagineros ligados
a la tradición llamada quiteña, y a la de los jesuitas bávaros; en música, la
catedral, con su capilla de música, desempeña un papel relevante, imita-
do en otras iglesias y tertulias; en 1796 se crea una academia particular,
interpretándose en algunos salones conciertos de cámara y teatro, que
culminan en el teatro de palacio, durante el gobierno de Luis Muñoz de
Guzmán; la audiencia tiene su propio “Salón de Comedias”, datando de
1792 el teatro de Valparaíso, y de 1802 el de Santiago.
La arquitectura militar está representada por robustas construcciones
de fortificación abaluartada, en que su funcionalidad no impidió alardes
de sensibilidad. La arquitectura religiosa, hasta 1780 en la esfera del barro-
co, es severamente enjuiciada por el academismo; y cambia definitivamen-
te con el arribo, en 1780, del arquitecto romano Joaquín Toesca; egresado
de las academias de San Lucas de Roma, y de la Real de San Fernando, de
Madrid; discípulo de Francisco Sabatini, fue llamado para la terminación
de la catedral de Santiago, construyendo además el cabildo, el hospital, va-
rias mansiones, y los nuevos tajamares; su obra cumbre fue la casa real de
Moneda, significativamente, más tarde sede del gobierno republicano.
50 El impacto de su producción frente a todo lo precedente tiene el carác-
ter de una verdadera epifanía del clasicismo, creando un digno escenario
para las celebraciones oficiales, sociales o eclesiásticas; con su obra y las de
sus sucesores cambia el rostro de Chile; sus edificios, todos emblemáticos,
manifiestan el espíritu de una nueva época, manifestado en el plano de las
ideas por sus principales gobernantes, funcionarios públicos y actores so-
ciales. Interrumpido este proceso por los sucesos de la emancipación cuyo
bicentenario celebramos, ya estabilizada la república, en un sorprendente
proceso de continuidad, a partir de 1830 se recuperará todo lo rescatable
del período estudiado.

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Historiadores chilenos frente al bicentenario

Nuestro pasado desde la reflexión

Sergio Villalobos
1992

E n primer lugar, quiero agradecer a Luis Carlos Parentini que ha teni-


do esta interesante iniciativa y a Julio Retamal Ávila, que la ha apoya-
do. Deseo agradecer también a la directora del Archivo Nacional, señora 51
María Eugenia Barrientos, por la recepción y haber facilitado esta sala,
donde hemos vivido tantas horas silenciosas en el placer de la investiga-
ción.
Se nos ha convocado a raíz de la próxima conmemoración del bicente-
nario, que es un motivo para reflexionar sobre el país desde el ángulo del
pasado. He entendido esta tarea como un acto responsable; no como una
disertación ligera y de paso.
Me parece que se trata de interpretar la gran historia del país, consi-
derada globalmente en las tendencias dignas de destacarse. Antes que to-
do, debe ser una meditación selectiva de lo esencial, como corresponde a
quienes han sido galardoneados con el Premio Nacional. Esas tendencias
mayores no pueden ser la microhistoria de pequeños conglomerados, per-
didos en los siglos, sino los temas esenciales de la transformación nacio-
nal, dinámica y creadora. Fuera debe quedar aquello que no ha significado
un aporte verdadero al trayecto de la nación.
Cuando se interpreta la historia, necesariamente se aplica un criterio
selectivo, dejando fuera aspectos de interés más reducido, que no por cu-
riosos y pintorescos tengan que ser incluidos.
Un criterio relativo también debe estar presente. Cuando se habla de
algún fenómeno, está implícita la comparación con fenómenos parecidos
o similares en realidades cercanas a la nuestra. Si digo, por ejemplo, que
las fortunas en Chile nunca han sido realmente grandes, no es porque
dentro del ámbito nacional no hayan ofrecido un contraste notorio, si-

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historiadores chilenos frente al bicentenario

no porque en comparación con otras realidades nacionales parecidas a la


nuestra, son más bien moderadas.
Quiero hacer un esfuerzo personal en busca de la objetividad, aunque
ella es difícil de lograr. Deseo hacer un recuento de la historia sin mitos,
sin falsificaciones, que suelen ser tan frecuentes.
Vivimos en un mundo en que la realidad histórica es deformada por
corrientes conceptuales provenientes del pensamiento filosófico, las doc-
trinas y la política. Se trata de utilizar la historia para cimentar posiciones
y, por qué no decirlo, para obtener algún objetivo personal. Esas posicio-
nes se propagan, se transforman en frases hechas y consignas y aparecen
públicamente como verdades indiscutibles. Aun los intelectuales caen en
esa ligereza.
Voy a comenzar con un hecho singular, pero altamente significativo.
Estamos en Colton, un lugarejo cerca de Chillán, año 1879. Dos cam-
pesinos, pobrísimos y de la misma edad, acaso calzando sólo ojotas, se di-
rigen a la ciudad a ofrecer sus servicios al regimiento, porque ha estallado
la Guerra del Pacífico. Son mestizos, seguramente con acentuados rasgos
indígenas, que son impulsados por un principio moral: dicen que van a
ayudar al gobierno por el asunto del norte. No tienen idea exacta de nada.
Cuando hablan del gobierno están pensando quizá en el Estado, la patria,
el país o la comunidad.
Son personajes del bajo pueblo que, al decir de muchos, era manejado
por los grupos superiores sin que tuviesen conciencia; pero ellos tienen
iniciativa propia, no hay coerción. Van a hablar con el comandante del
52 regimiento, que para ellos debió ser una figura muy superior y están deci-
didos porque reconocen su chilenidad, su pertenencia a una comunidad
que tiene historia.
El país está en un momento difícil y ellos están alertas para defenderlo.
Para mí, ésta es la mejor expresión de la calidad humana del tipo chileno,
que se había formado desde los años de la Conquista y que perdura hasta
nuestros días. Uno de ellos era Hipólito Gutiérrez, al parecer un payador,
por la forma en que escribe. Sabe leer y escribir a pesar de la humildad de
su posición; es decir, ha disfrutado de uno de los bienes culturales esen-
ciales que el grupo dominante del país ha otorgado a todos los sectores
sociales.
Hipólito Gutiérrez escribe las memorias de sus campañas, en una acti-
tud que cabe destacar porque representa la categoría alcanzada por nues-
tro pueblo. Existen cinco o seis relatos sobre la Guerra del Pacífico, escri-
tos por hombres de extracción modesta, mientras en Perú no hay ni uno y
temo que en Bolivia tampoco.
Nuestro hombre redacta su escrito una vez concluida la lucha, dándole
inicio a la manera de los payadores: “En el nombre sea Dios y del Carmen
soberana voy a narrar mis campañas por mar, por tierra y quebradas, por
desiertos y arenales”.
El relato rebosa entusiasmo y vitalidad. Está lleno de vivas a Chile,
desprecio por el peligro, “porque nadie se muere el día antes” y el autor
siempre yendo adelante, contento y lanzando epítetos terribles contra los
peruanos, que la dignidad académica me impide recordar.

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Historiadores chilenos frente al bicentenario

Si pensamos que un hombre escribe sus recuerdos porque tiene con-


ciencia de haber participado en hechos importantes y haber contribuido a
las tareas de su sociedad, evidente que Hipólito Gutiérrez está expresando
una ética superior y que se identifica con su país. En él confluyen la reli-
giosidad, el patriotismo y un sentido poético.
Esa calidad humana es el resultado de una historia creativa y dinámi-
ca. Pienso que el pueblo chileno tiene una unidad acrisolada, tanto en lo
físico como en las actitudes mentales, en la manera de ser y sentir. Es un
mestizaje orientado por la cultura dominante.
La nación se formó en el mestizaje. No tengamos la menor duda de
que casi todos los chilenos son mestizos, incluso los de las familias más
aristocráticas. Los Lisperguer, esa familia tan orgullosa de la Colonia en el
siglo xvii, tenía no sólo sangre indígena sino, también, negra.
En esa forma se creó el arquetipo físico del chileno y también unas
formas culturales propias. El mestizaje es un fenómeno de la mayor impor-
tancia que une el aspecto físico con el espiritual. Desde luego, el aspecto
físico significa una fusión que ayuda a la integración y unidad de un pue-
blo. Además, el aspecto físico lleva improntas culturales, que ayudan a la
comprensión, pese a los roces y las actitudes anímicas. Pero cuanto más
intenso y uniformador es el mestizaje, como en el caso de Chile, mayor es
la identidad nacional y la eficacia creadora de un destino propio.
También hay que incluir a los extranjeros que llegaron en el siglo xix,
aunque su número no ha sido muy crecido. La integración de los inmi-
grantes a la sociedad chilena ha sido variable según la nacionalidad. Ale-
manes, ingleses y franceses se mantuvieron segregados, en un comienzo, 53
mediante una endogamia, escuelas, asociaciones y clubes, y también el
cultivo de su lengua y sus costumbres. En cambio, los españoles, que fue-
ron los más numerosos, y los italianos, se adaptaron con rapidez.
Los miembros de las naciones más prestigiosas y exitosas, fueron los
que más demoraron en incorporarse; en cambio, los provenientes de na-
ciones menos importantes, como españoles e italianos, no tuvieron reti-
cencia para mezclarse con los hijos del país y participar en sus formas de
vida. En el caso de los españoles ayudaron las similitudes y en el de los ita-
lianos, el parecido cultural, al extremo de que los descendientes de ellos
llegaron a ignorar el idioma originario.
Parecida ha sido la situación de los croatas, sirios y palestinos, que a
pesar de la diferencia idiomática, se han mezclado con la sociedad chile-
na, a causa de la pobreza inicial y el nivel modesto de sus costumbres y
cultura.
Finalmente, todas las nacionalidades, cual más, cual menos, se han in-
tegrado a la comunidad chilena, de modo que las antiguamente llamadas
“colonias” carecen de real significación.
Por otra parte, las etnias del pasado se han diluido en el mestizaje, fun-
diéndose en el bajo pueblo, aunque subsisten pequeñas agrupaciones en
algunos distritos, y los descendientes de los araucanos con una presencia
algo más extensa.
El mestizaje físico y cultural recorre toda la escala, pero se marca más
notoriamente en los primeros peldaños. El grado de integración de los

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araucanos es muy grande. La mayoría vive en las ciudades, mientras los


más ancianos y rutinarios permanecen en las tierras ancestrales. En gene-
ral, han recibido una educación sistemática, hay profesionales y parlamen-
tarios y ha habido ministros de Estado. Pocos son los que hablan su idioma
y entre los jóvenes hay un desapego de su vieja cultura, mostrando interés
por las cosas del mundo moderno. Inquietos y ambiciosos, procuran tener
los mismos bienes que el resto de los chilenos y el mismo nivel de vida.
La existencia nacional, orientada por la cultura dominante, con todas
sus relaciones e intercambios ha incorporado a los descendientes de arau-
canos al ser nacional.
Esa realidad ha sido tergiversada por los indigenistas, los antropólo-
gos, los políticos, los periodistas y las influencias llegadas del extranjero.
Tenemos una unidad cultural dada por una cultura dominante, la cris-
tiana occidental, con sus viejas y nuevas raíces, iniciada en Grecia con sus
aportes fundamentales.
De allí vinieron la dignidad del individuo, su participación en la políti-
ca, el razonar filosófico, la inquietud científica, el conocimiento de la siquis
y de la conducta, la armonía del espíritu y el arte equilibrado. Basta pensar
en la cantidad de palabras y raíces griegas que conforman nuestra habla
corriente, para comprender lo que es el aporte de una gran cultura. No se
trata de tal o cual término curioso sumido en el folclore, como ocurre con
expresiones indígenas, sino de la esencia del gran espíritu creador.
Después de la alborada griega la cultura occidental se nutrió de apor-
tes constantes y renovados, a impulsos del cristianismo, el racionalismo, el
54 llamado “espíritu fáustico”, el desarrollo de la ciencia y la técnica, que en
su carácter universal han conformado el gran trayecto del hombre.
Ésa es la cultura que nos envuelve y ha trazado nuestro destino histó-
rico.
La unidad cultural de Chile se palpa en todos los aspectos y se expresa
en el uso casi exclusivo del idioma castellano. Puede recorrerse el país de
norte a sur y en todas partes se escucha el castellano. Sólo por excepción en
el vericueto de las quebradas cordilleranas de Tarapacá o Antofagasta o en
los lugares apartados de la Araucanía se escucha hablar retazos de las len-
guas autóctonas. Más aún, quienes pueden hacerlo rehúsan hacerlo, porque
no quieren reconocer su origen y desean parecerse al chileno común.
Hace algunos años, en el gobierno de Eduardo Frei Ruiz-Tagle se hizo
una encuesta en todas las comunidades de antiguo origen araucano sobre
sus aspiraciones de sentido económico, social, cultural y político, y el re-
sultado fue sorprendente: sólo algo más del 2% señaló interés en el cultivo
del mapudungún. En otra encuesta quedó especificado que únicamente el
16% habla esta lengua.
Estos hechos deben interpretarse como efecto de la gran incorpora-
ción a la cultura dominante y el deseo de pertenecer a ella. Queda en
claro, a la vez, que las voces que se escuchan en defensa de la lengua
araucana, su enseñanza y un bilingüismo, provienen de personas y grupos
indigenistas movidos por actitudes personales, a veces interesadas, y que
presionan a descendientes de araucanos. En menor medida ocurre el fe-
nómeno en otras áreas, como la aymará y pascuense.

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Historiadores chilenos frente al bicentenario

Los indigenistas son antropólogos, etnohistoriadores, sociólogos, polí-


ticos en busca de éxito y periodistas impulsadores de escándalos.
También debe considerarse como elemento unitario a la religión ca-
tólica, traída por los conquistadores y difundida a todos los ámbitos de la
sociedad, desde los niveles más elevados a los más modestos.
Debe entenderse a la religión como una gran categoría conceptual,
que da sentido al ser social, aunque sus principios sean violados de ma-
nera desaprensiva en todos los trajines de la vida. Los códigos éticos son
una referencia permanente en las acciones colectivas e individuales y no
pierden vigencia por las trasgresiones.
Nuestra historia tiene también una orientación geográfica que ha en-
marcado al hombre en espacios sucesivos de dominio a través de epopeyas
colectivas que lo enorgullecen.
La cuna fue la región central desde el valle de Aconcagua hasta el río
Biobío. Fue el primer núcleo de dominación, donde se forjó el arquetipo
del chileno en medio de las tareas agroganaderas del campo y la molicie
de la vida. Clima privilegiado, llanos, ríos, cerros y el marco poderoso de la
cordillera, formaron a un hombre de tierra adentro que consolidó a la na-
ción. La colectividad, segura de sí misma, ordenada y con una prosperidad
dinámica, amplió luego su presencia a los ámbitos con ocupación precaria,
pero que le correspondían por viejos títulos.
Cronológicamente, la Región de Magallanes y la Antártica Chilena fue
in­corporada mediante un esfuerzo valiente y sufrido y con una significati­
va participación de inmigrantes, que terminó incorporándose al ser nacio-
nal. 55
La Araucanía, recia, arisca y orgullosa, al cabo de tres siglos aparece so-
metida a las armas, el comercio, la cultura dominante, y las formas de vida
de campesinos, hacendados y aventureros.
En la Región de los Lagos, la colonización alemana, junto con chilotes
y gente llegada de la región central, forjan otro segmento del país.
Hacia los desiertos del Norte Grande se desborda la pujanza de la eco-
nomía de la región central, con su caravana de pioneros, obreros, empre-
sarios, técnicos y comerciantes, derivando al fin al conflicto con Bolivia y
Perú. El territorio pasa a ser chileno y ahí campean la bandera, la cueca y
el lenguaje del roto.
Por último, ya en el siglo xx las tierras de Aysén ven estrecharse los la-
zos con el centro de Chile.
Todo ha sido una tarea larga, una verdadera epopeya nacional, marca-
da por el éxito, el entusiasmo, y no carente de sufrimiento.
En el sentido espacial es necesario aclarar un mito que han cultivado
los círculos navales, los escritores y los poetas: la gran presencia de Chile
en el mar. Ésa es una leyenda hermosa y atractiva; pero si se analizan los
hechos resulta que jamás la vida nacional se ha volcado realmente a los
horizontes marítimos. Existen episodios que recuerdan tal o cual tarea
mercantil en el gran océano, aventuras en los archipiélagos australes y
la actuación heroica y audaz de la Marina. Sin embargo, la verdad es que
difícilmente nos hemos separado del litoral inmediato y que nunca parti-
cipamos de manera continua y sostenida en el tráfico del Gran Pacífico.

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Es sorprendente que menos del 1% de nuestro comercio en el siglo xix


correspondiese a ese movimiento, incluyendo el Asia, la Oceanía y la Poli­
nesia.
Desde el punto de vista de las empresas navales, la falta de dominio tu-
vo momentos desesperantes. Durante los años de la Independencia hubo
que improvisar todo, desde la adquisición de naves a la contratación de la
marinería y la oficialidad. No fue mejor la situación al enfrentar a la Confe-
deración Perú-Boliviana en 1836 y la situación no había mejorado cuando
España manifestó su poder y su arrogancia en 1865. Sólo con posteriori-
dad fue notorio el robustecimiento del poder naval.
Dentro del país las diferencias regionales son de carácter natural más
que humanas. Creo que hay carencia de regionalismos reales, aunque no
deja de haber connotaciones propias de las distintas localidades, que no
nos diferencian profundamente ni crean antagonismos graves como los
existentes en países de las cercanías.
Son muy claras, también, la unidad cultural del país y su identidad, que
puede palparse de norte a sur. Existe una comunidad humana que involucra
a la gente desde el plano consciente hasta las actitudes espontá­neas y aními-
cas. Frente a una contingencia que amenace al país, sea de orden físico o hu-
mano, interna o internacional, el chileno vibra como uno solo. Así ocurrió
en los conflictos bélicos del siglo xix y ello explica el éxito obtenido.
El patriotismo es una tendencia que caracteriza al chileno en los asun-
tos grandes y pequeños y que lo lleva a actuar de manera unitaria y com-
prensiva. En los tiempos más recientes, el embate de las corrientes univer-
56 sales y los conflictos internos de carácter político y social parecieran haber
debilitado al sentimiento patrio. Dígase lo que se diga, el chileno sigue
siendo patriota, y pese a doctrinas antagónicas, pasada la mayor conflicti-
vidad y restablecida la convivencia, la conciencia de una tarea en común
ha vuelto a abrirse paso.
Un problema: ¿universalismo o nacionalismo?
La disyuntiva se la plantearon tempranamente los organizadores de la
república en su esfuerzo por orientar todo el quehacer nacional. Se desea-
ba encontrar el camino propio, pero sin desechar las luces que iluminaban
al mundo y señalaban horizontes promisorios.
En los comienzos hubo una intención universalista muy marcada, por-
que las luces de la razón habían superado al “súbdito” de tal o cual país,
y habían exaltado al “hombre abstracto”, que debía ser el nuevo “ciudada-
no”. Ya no era tanto la comunidad de tal o cual nación la que interesaba,
sino la humanidad.
Para el caso de Chile, las nuevas intenciones llegaban profundamente
renovadoras y se despreció lo colonial, lo español y cuanta cosa venía del
pasado tradicional.
La admiración por lo nuevo, que llegaba tan sugerente desde Europa,
planteado de manera tajante. En un comienzo, tenía que ceder a una ma-
yor reflexión y muy luego se buscó el equilibrio mediante la valoración del
sentido de lo propio.
Andrés Bello, con la enorme sabiduría que tenía, planteó el tema con
toda claridad desde su alto sitial en la Universidad de Chile. Creía que

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existía un pensamiento universal, filosofía, ciencia y técnica, que debía ser


tomado en cuenta y debía guiar los pasos del país; pero a la vez había que
tener en cuenta la realidad natural y humana de Chile, que era distinta y
obligaba a estudiar lo nacional adaptando el saber universal a ese objeto,
que al fin es lo concreto e insoslayable.
El Código Civil representa de manera adecuada la fusión de lo uni-
versal y lo nacional. Andrés Bello y las comisiones redactoras unieron en
forma equilibrada la tradición del Derecho Romano, la impronta de las ins-
tituciones y costumbres castellanas, la realidad jurídica y social del período
colonial y el espíritu racional de la modernidad, todo en consonancia con
el estado de la sociedad chilena, aún marcada por un fuerte sentido con-
servador. Tal amasijo de tendencias es considerado en Latinoamérica como
un éxito por el aglutinamiento de todos esos factores.
El cultivo de la historia empleando métodos modernos se inició en la
década de 1840, representando un debate entre la especulación abstracta y
la precisión de los hechos concretos. Es bien conocido el planteamiento de
José Victorino Lastarria sobre la interpretación del pasado desde las catego-
rías filosóficas, y la posición de Andrés Bello que prescribía la investigación
de los hechos para llegar a un conocimiento exacto antes de entrar en espe-
culaciones. Este último criterio, que se impuso en la primera generación de
historiadores chilenos, fue expresión de un sentido nacional que buscaba en
el pasado, sin distorsiones, la imagen verdadera de la comunidad chilena.
La formación de la nación fue un proceso nítido de hechos reales en
muchas esferas.
Mario Góngora en su célebre Ensayo histórico sobre la noción de Es- 57
tado en Chile en los siglos xix y xx, planteó que en el siglo xix el Estado
había formado a la nación, una opinión desconcertante, en cuanto se ha
estimado que la nación es anterior al Estado y que éste es la expresión de
la nación jurídicamente constituida. Con todo, no podemos desentender-
nos del papel consolidador del Estado.
Creo que nosotros nos constituimos como nación antes que el Estado
republicano, aunque en forma paralela a la institucionalidad colonial y la
respectiva cultura. Con la llegada de Pedro de Valdivia y la simbología del
palo de la picota clavado en medio de la plaza de Armas –símbolo del orden
y la justicia– comenzó a actuar el Estado junto con los primeros pasos de
la nación. Ya los conquistadores tenían hijos mestizos, los hijos de los cris-
tianos a que alude Pedro de Valdivia en sus cartas, que luego formaron una
masa que creció sin límite, formando el elemento humano de la nación.
Al mismo tiempo el Estado desarrolla su papel formativo, que es decisivo
y dará, luego, paso al Estado republicano, con todas las variaciones que se
quiera.
En el trayecto republicano y nacional las elites fueron los grupos orien-
tadores esenciales. Su papel ha sido denostado por tendencias ideológi-
cas extremas, que tienen representantes entre los investigadores, sin com-
prender la orientación superior de los procesos históricos y tal como ellos
fueron en las distintas épocas. No hay sociedad que no tenga sus elites,
de cualquier color que sean, porque ellas representan un ordenamiento
y una eficacia.

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Las elites chilenas moldearon el Estado republicano y señalaron rum-


bos a la nación. Ellas tenían el poder, la riqueza y la cultura superior, sien-
do el único sector con capacidad gubernativa.
El destino unitario del país se formó desde el comienzo: poder cen-
tralizado y fuerte, una sola ley, una sola voluntad. Todo gravitaba hacia el
centro: la concentración de la población, la prosperidad agrícola, la mejor
tierra y hasta las condiciones climáticas.
Cuando surgieron los regionalismo, ellos no prosperaron. El supuesto
antagonismo entre Concepción y Santiago se resolvió en nada y es curioso
que algunos movimientos penquistas fuesen estimulados por los políticos
de la capital. Movimientos surgidos en Copiapó y La Serena carecieron de
una dinámica poderosa.
Cuando en 1826, debido a la influencia conceptual foránea se procuró
constituir un sistema federal y se señalaron siete provincias con sus res-
pectivas asambleas y autoridades, pasado el entusiasmo y desvarío inicial,
surgieron problemas irremediables. Dos de ellas comenzaron una dispu-
ta por sus límites y aprestaron sus milicias, había gente verdaderamente
preparada para llenar las asambleas, la elección de autoridades, incluidos
jueces y curas, provocaba tensiones y, lo peor de todo, algunas provincias
del sur no tenían riqueza para financiar nada. El gobierno del centro era el
gran redistribuidor geográfico de la riqueza nacional.
El sistema se derrumbó por sí mismo y desde las provincias sureñas se
pidió su término.
Desde entonces, el regionalismo ha tenido poco desarrollo. La Constitu-
58 ción de 1825, entre sus disposiciones programáticas dispuso la creación de
asambleas provinciales, con escaso poder resolutivo, y jamás se establecie-
ron porque no se dictó la ley correspondiente. Durante el gobierno militar
se dieron algunos pasos hacia la regionalización, tal como existe hoy día.
Pero el hecho esencial es que ha predominado la tendencia centralista.
Las elites, dentro de su intención orientadora de la nación, tuvieron
gran interés por la educación en todos sus niveles. Hubo una etapa fun-
dacional durante los gobiernos de Manuel Bulnes y Manuel Montt y lue-
go continuó el impulso incluyendo áreas especializadas y la formación de
maestros y profesores, a la vez que se perfeccionó el marco institucional.
El Estado docente fue el marco propulsor y orientador dentro de un espí-
ritu nacional modernizador. La educación privada también se desarrolló
notablemente, a pesar del estrecho margen de libertad de que disfrutaba.
Por sobre todo, me interesa señalar el profundo interés de los altos
sectores por entender la educación como elemento del perfeccionamiento
intelectual, moral y social, que debía llegar hasta la gente más humilde.
Es realmente conmovedor encontrar en los papeles que se resguardan en
este Archivo, la correspondencia de las autoridades luchando por implantar la
educación en todos los rincones. El intendente de Atacama, en oficio dirigido
al gobierno, solicita con empeño que se asigne un maestro para establecer
una escuelita en Freirina, porque los vecinos la solicitan y están dispuestos a
asignar dos salitas, en una vieja casa, para que funcione.
Se comprende, de esta manera, que Hipólito Gutiérrez, aquel pobre
campesino de Colton, escribiese sus recuerdos de la Guerra del Pacífico

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ejercitando su pobre pluma. Pero en ello había mucho más que una ha-
bilidad: estaba la identificación con la nación y el deseo de unirse a su
epopeya.
Desde la elite se ejercía una influencia que iba mucho más allá de la
educación. Había una ética y un estilo de vida que se transmitían de mane-
ra inconsciente y traspasaban a la clase media en su desarrollo. Y alcanzaba
también al bajo pueblo. Los ideales cívicos, la conducta moral pública y
privada, la manera de comportarse y aun la vestimenta, eran imitados en
el afán de mejorar de condición y parecer dignificados. Todo ello hasta que
los movimientos políticos y sociales de la primera mitad del siglo xx crea-
ron paradigmas propios del sector medio y del bajo pueblo.
La imitación había sido poderosa y quizá nunca ha desaparecido por
completo.
Durante el siglo xix, la separación sicológica de los de arriba y los de
abajo, aunque era pronunciada, no se manifestó en la vida pública hasta
la última década de aquella centuria. Y llama la atención la iconografía
de la época, en las fotos y los grabados, cómo se producía un encuentro
espontáneo que superaba las diferencias. Damas y caballeros, hombres y
mujeres pobres, aparecen confundidos en las celebraciones, en la Alame-
da de Santiago y en el Campo de Marte. Posteriormente, en las salitreras,
los obreros, con su mejor arreglo, en ropas de ciudad, bailan con las es-
posas de los jefes.
Existe una fotografía del gremio de la construcción Fermín Vivace-
ta, donde su directorio aparece correctamente sentado y de pie, con sus
miembros en traje de calle, zapatos y corbata, imitando el estilo del alto 59
grupo social.
La iconografía muestra acercamiento y una convivencia, que la docu-
mentación escrita suele ignorar poniendo el énfasis en lo conflictivo. Na-
die podría ignorar la injusticia del sistema social y las tensiones existentes
en él, que tuvieron manifestaciones trágicas, pero al mismo tiempo debe
tenerse en cuenta la convivencia y la comprensión, que una historiografía
tenebrosa ignora de manera absoluta.
Los aspectos negativos y dramáticos, basados en los “archivos de la re-
presión”, dominan toda la escena en las décadas de contacto de los siglos
xix y xx.
Pese a la conflictividad social, un aire de comprensión y entendimiento
recorre toda la historia del país, dándole un carácter evolutivo en términos
generales, que es efecto y causa a la vez, de una gran unidad nacional. En
ello han intervenido muchos factores, como la movilidad social, la forma-
ción de una clase media, la política social del Estado, el desenvolvimiento
económico, la conciencia de una historia exitosa y la vivencia de una tarea
en común.
Deseo, por último, plantear una paradoja: Chile ha sido un país pobre.
Ha habido una digna pobreza, que ha sido fuente de virtudes, considerado
el asunto en forma global.
En los siglos de la dominación española fue una pobre colonia, esca-
samente productiva y que debía ser mantenida con el aporte de la Coro-
na. El “real situado” enviado para la subsistencia del Ejército, constituyó

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una columna esencial de financiamiento. Sin embargo, esa pobre colonia,


llegados los días de la Independencia, pudo afianzar su destino y llevar la
emancipación al todopoderoso virreinato peruano. Para ello fue necesario
esquilmar al país apurando la miseria al extremo. Pero se había ganado li-
bertad, prestigio y confianza en el futuro.
Una vez en el trayecto republicano, hubo que echar las bases de una
economía moderna, avanzando con esfuerzo y lentitud, porque no hubo
ninguna riqueza esplendorosa deparada por la diosa Fortuna, contraria-
mente a lo que afirman los mitos. Hubo una expansión, trabajosamente
obtenida, en que se empeñaron pioneros y empresarios, a veces con mu-
cha audacia, y en que el campesino y el obrero trabajaron con sacrificio y
en situación dura e injusta.
En todo caso, se había obtenido un primer desenvolvimiento, que ase-
guraba un mejor futuro.
Luego vino la riqueza del salitre, que trajo holgura y dio mayor pro-
yección a todo el quehacer nacional. El país se apartaba un tanto de su
tradicional modestia y los viejos valores de sobriedad experimentaron un
ablandamiento. La vida de la elite se hizo relajada y dispendiosa, mientras
la “cuestión social” golpeaba con violencia.
Concluida la riqueza del salitre, hubo que volver al trabajo esforzado
y sistemático de toda la colectividad para obtener un pasar nada deslum-
brante.
La pobreza histórica debe ser entendida como fenómeno general del
país, sin atender a los desniveles internos. Debería ser una consideración
60 del ingreso per cápita o del producto interno bruto.
También hay que relacionarla de manera comparativa con otros países,
como Argentina, Perú y México.
En Chile ha existido y sigue existiendo una concentración de la riqueza
en los sectores superiores, pero nunca ha alcanzado el grado de acumu-
lación como en los países señalados. Es decir, la distribución ha sido más
pareja. Nunca ha habido sectores plutocráticos tan realzados como los ar-
gentinos, peruanos y mexicanos. Ello se ha debido a la carencia de una
riqueza espectacular y a cierto sentido de prudencia.
El Estado y la relación con él también estuvieron dentro de una ética
aceptable. La hacienda pública fue manejada de manera equilibrada y den-
tro del más estricto cumplimiento de las obligaciones. Los contratos con el
Estado no traspasaron los límites de la honestidad, y el desempeño de las
autoridades fiscales fue honesto hasta hace algunas décadas.
Esta revisión somera de nuestra historia ha pretendido exhibir los ras-
gos esenciales de una construcción exitosa, caracterizada por la unidad y
el esfuerzo, con una identidad clara en la conciencia, que me lleva a pensar
en Chile con una sola bandera y lanzado al futuro.

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Historiadores chilenos frente al bicentenario

Reflexiones de un prehistoriador sobre


algunos desafíos históricos de la nación.
El tema de la identidad multicultural

Mario Orellana
1994

“Acaso el pasado, visto de cierta manera, no es transformable en futuro. 61


P. Teilhard de Chardin, Cartas de viaje

N uestra perspectiva para observar y reflexionar sobre los acontecimien-


tos pasados, presentes e, incluso, para imaginar y a lo sumo conje-
turar el futuro más próximo de nuestra nación, corresponde a la de un
prehistoriador. Es decir, a un investigador del pasado humano que trabaja
principalmente con el registro arqueológico y sus múltiples asociaciones,
haciendo uso de técnicas, métodos y teorías propias tanto de su disciplina
como de otras ciencias sociales y naturales.
Si nuestro interés científico es lo que ocurrió, cómo y por qué en el
pasado más antiguo de los hombres, sería legítimo preguntar qué nos au-
toriza para meditar sobre el desarrollo histórico presente y el de los años
venideros.
Expongamos en forma sucinta cuáles son nuestras razones epistemo-
lógicas. El primer criterio que usaremos es el binomio conceptual “tiem-
po-conocimiento”. Pensamos que, no sólo el tiempo personal dedicado al
estudio del pasado sino todo lo logrado por la disciplina, hacen posible
alcanzar información científica e interpretarla. Pero, además, el conoci-
miento permite lograr una visión profunda no sólo del pasado sino, tam-
bién, de nuestro presente, en cuanto éste es, en parte, consecuencia de lo
ocurrido con anterioridad.
Es el saber logrado a través de la vida dedicada a la investigación de un
tiempo prehistórico el que permite “ver” más allá de los hechos singulares

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historiadores chilenos frente al bicentenario

pasados y así lograr la inteligibilidad buscada que nos permitirá conocer


los grandes desarrollos que llegan al presente y que, incluso, pueden bos-
quejar el porvenir.
Son muchos los ejemplos que se pueden dar sobre las instituciones or-
ganizadas en el pasado, que continúan actuando en el presente con cam-
bios indudables que se han producido; por ejemplo, los antiguos cabildos
del siglo xvi que, transformados en municipios, siguen haciendo muchas
labores: de salud, de educación, económicas, de aseo, etc. Relacionado
con el papel que cumplían estos “cabildos” cuando eran “abiertos” o re-
uniones de todos los miembros de la ciudad, continúa el espíritu de par-
ticipación de los habitantes en los asuntos públicos que hoy día llamamos
comportamiento “democrático”.
Basten estos dos ejemplos para mostrar como no sólo las instituciones
continúan a través del tiempo sino el espíritu de ellas, su objetivo social y
comunitario, de participación en los asuntos de la “res-pública”.
Un segundo criterio es el siguiente: algunos sucesos, algunos hechos
del pasado, producen repercusiones, consecuencias, creando a través del
tiempo nuevas realidades, nuevos cambios sociales y culturales. Cierta-
mente los hechos del pasado que ayudan a generar instituciones, ideolo-
gías, acciones políticas, etc., son para más de un pensador los verdaderos
“acontecimientos” que deben ser seleccionados y estudiados por los histo-
riadores entre tantos miles de hechos pasados (Eduard Meyer).
Pero, ¿cómo saber entre miles y miles de acciones de hechos ocurri-
dos, cuáles son históricos y deben ser estudiados por los especialistas del
62 pasado? Aunque hay muchas respuestas, ahora nos interesa recordar la afir-
mación del historiador alemán Eduard Meyer quien escribió “es histórico
aquello que produce o ha producido efectos”.
Pero como él mismo reconoce, el número de acontecimientos concre-
tos sigue siendo infinito. Lo que nos permite conocer los acontecimientos
del pasado que producen efectos, consecuencias en el presente, es el inte-
rés histórico de los estudiosos que viven en un tiempo determinado.
Por ejemplo, nuestra preocupación por la situación de las diferentes
etnias y culturas que viven en nuestro país, nos hace preguntarnos cuáles
son los hechos que explican cómo se originaron los actuales problemas de
“convivencia” entre ellos y nosotros los chilenos. Esto demostraría que la
investigación del pasado histórico siempre tiene como base la deducción
de “efecto a causa”. Al reconocer estos hechos como históricos (como cau-
sa de otros) los aceptamos como sucesos perdurables en sus consecuen-
cias, así lo manifiesta Eduard Meyer en La teoría y la metodología de la
Historia: “la premisa es siempre la misma: el apreciar la realidad de un
efecto, para investigar partiendo de él, sus causas”.
El uso de esta premisa cognitiva nos lleva a pensar que nuestros cam-
bios presentes, producto de las creaciones de sus hombres, han recibido
algunos aportes del pasado. Si, como lo referiremos a continuación, existe
una estrecha vinculación entre los tres tiempos históricos, es posible pen-
sar que el futuro próximo se está gestando en parte en la contemporanei-
dad y que los problemas que ahora nos preocupan, si no son soluciona-
dos, van a contribuir posiblemente a “un mañana” inestable.

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Historiadores chilenos frente al bicentenario

Un tercer y último criterio es el recién mencionado y que postula la es-


trecha relación entre los tiempos pasado, presente y futuro. Aquí de lo que
se trata es de usar el binomio conceptual “tiempo-cambio”, que permite
reconocer los tiempos por el devenir de los acontecimientos humanos.
El constante hacer del hombre hace posible la identificación de los
tres tiempos, los que se suceden en una invariable continuidad. Todo en el
tiempo se realiza sobre la base de hechos que fueron nuevos en el pasado
y que crearon otras acciones sobre las cuales, a su vez, se construirá el fu-
turo humano. Así, según san Agustín en Confesiones, los acontecimientos
en un tiempo pasado, van creando una trama de nuevos sucesos, en un
tiempo presente, algunos de los cuales formarán parte de los próximos
años.
A partir de los criterios epistemológicos expuestos avanzamos en nues-
tras reflexiones.
Como arqueólogo dedicado a la prehistoria de Chile, intento bosque-
jar y, si es posible, precisar los procesos culturales de las sociedades que
habitaron nuestro territorio antes de la llegada de los conquistadores espa-
ñoles. Pero también, como precisaremos más adelante, nos ha interesado
estudiar los contactos de todo tipo que se produjeron entre los conquis-
tadores y los “habitantes de la tierra” (aborígenes), especialmente en el
siglo xvi.
Los arqueólogos, como se sabe, estudian los artefactos, los instrumen-
tos y todo tipo de cultura material, obtenida en las excavaciones y en las
recolecciones. Pero cuando se presenta la oportunidad de aproximarnos a
las ideas, a los pensamientos, a las creencias, a los valores de los hombres 63
de la sociedad autora de esta cultura material, no vacilamos en hacerlo.
Incluso, no ha faltado el prehistoriador que ha afirmado que descubre un
mundo de pensamientos en los materiales arqueológicos que estudia, co-
mo Vere Gordon Childe en Reconstruyendo el pasado. Sin lugar a dudas
la cultura material no es muda; hay que saber interrogarla para que nos
hable, para que nos cuente su “historia”. Y las preguntas las hacemos no-
sotros, en nuestro presente, de acuerdo con los temas que nos interesan y
a los problemas que aspiramos resolver.
Pensamos que así como los historiadores identifican redes de aconteci-
mientos de diferentes clases, también los prehistoriadores pueden usar el
concepto de acontecimiento (hecho del pasado que produce consecuen-
cias tanto en su presente como en su futuro), en sus esfuerzos por conocer
lo que sucedió y la relevancia de algunas acciones ocurridas.
Por ejemplo, cuando se iniciaron los primeros experimentos para fa-
bricar tiestos de barro, ¿no se estaba abriendo una corriente de consecuen-
cias que transformarían parte de la vida de las comunidades prehistóricas?
¿Y qué decir de los primeros experimentos de cultivos y de selección de
plantas, y de sus efectos económicos y sociales?
Pues bien, las relaciones entre el prehistoriador y el historiador son
múltiples. Tanto el uno como el otro, cuando estudian el período del “Des-
cubrimiento y Conquista de Chile” no pueden dejar de conocer los pue-
blos y culturas que ocupaban el territorio que fue invadido por los con-
quistadores españoles.

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historiadores chilenos frente al bicentenario

Se trata de un “período-puente” entre el último desarrollo agro-alfa-


rero, que se había desenvuelto desde aproximadamente el 1100 d.C. y los
primeros poblamientos españoles que se hicieron desde 1541 en adelan-
te. En el siglo xvi se produjo un contacto, violento la mayoría de las veces,
entre conquistadores y aborígenes, imponiéndose en algunas regiones los
rasgos culturales europeos. Esta imposición cultural y biológica (asimila-
ción) inició un proceso de mestizaje especialmente en el valle central y
una disminución de la población indígena que continuó en los siglos pos-
teriores. En cambio, en los valles y quebradas del Norte Grande (Tarapacá
y Antofagasta) se conservaron algunos grupos nativos, ocurriendo lo mis-
mo en los territorios al sur del río Biobío.
Entonces, en el estudio del siglo xvi el prehistoriador combina los
estudios arqueológicos y etnológicos con la investigación de las fuentes
escritas y de los cronistas; de la misma manera como el historiador, de-
berá trabajar con la información entregada por las disciplinas antropo-
lógicas.
Si al pasar de los siglos el proceso de mestizaje biológico y cultural
entre chilenos y aborígenes se acrecentó, sin dejar de tener presente otros
mestizajes que ocurrieron entre chilenos y europeos, podemos preguntar-
nos, ¿cuántos de los pueblos aborígenes, aunque mezclados, continúan en
sus usos y costumbres, en su lengua, en sus ceremonias, etc.? En algunos
casos hay poblaciones indígenas muy debilitadas y prácticamente desapa-
recidas; otras se han incorporado en muchos aspectos al estilo de vida
urbana, pero otras insisten en mantener y defender sus costumbres y, en
64 general, su “cultura tradicional”.
Esta realidad verificada por antropólogos, sociólogos e historiadores
nos lleva a averiguar si existe una identidad cultural y biológica en nuestro
país, ¿qué es lo propio de nosotros?
Participamos de un espacio geográfico, de un territorio nacional, de
un paisaje que reúne características especiales; tenemos una educación
donde el conocimiento de nuestro pasado histórico es muy importante;
reconocemos como nuestras algunas tradiciones folclóricas y “fiestas” re-
ligiosas (música, baile, religiosidad popular) y algunos símbolos como la
bandera, el himno nacional; y nos gobierna una constitución, que pode-
mos modificar si mayoritariamente lo decide la nación.
Ahora bien, recorriendo nuestro país también se comprueba que hay
costumbres, tradiciones, fiestas, folclore, tipos antropológicos físicos, que
caracterizan las diferentes regiones de Chile. En algunos casos las ciuda-
des, los pueblos y sus habitantes se han adaptado no sólo a un paisaje
natural haciéndolos distintos entre sí sino, también, se diferencian por su
pasado histórico.
Por todo lo expuesto, que ha sido contrastado empíricamente, defi-
nimos nuestra “identidad” como una multiidentidad caracterizada por
costumbres y usos, lenguajes, creencias, tradiciones, poblaciones, que
matizan y enriquecen nuestra realidad mayor que llamamos, por razones
históricas, Chile, nombre que se conoce y usa desde el siglo xvi.
Y lo afirmado por nosotros (esta variación de rasgos de la realidad na-
cional) ocurre también en muchos otros países del mundo donde se viven

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Historiadores chilenos frente al bicentenario

problemas de convivencia, algunos por conflictos entre sus etnias; otros,


por enfrentamientos religiosos, etcétera.
Afinando nuestro pensamiento con mayor precisión, definimos, a nues­
tra nación como multicultural, con presencia de un mestizaje, que tiene
distintos orígenes y con diferencias sociales y económicas importantes. El
problema que se nos presenta entonces es, ¿cómo alcanzar una interac-
ción más enriquecedora entre realidades culturales, sociales, económicas
y biológicas diversas?
Sin duda que este problema es uno de los muchos desafíos relevantes
que tiene nuestra nación. ¿Cómo contribuir a la solución de él? Como no
somos políticos ni legisladores sólo podemos ofrecer nuestras reflexio-
nes.
Esperamos que las políticas que se apliquen estén alejadas de solucio­
nes de fuerza, donde se pretenda integrar por medios coercitivos en nues-
tra sociedad nacional a grupos étnicos y poblacionales que se resisten a
perder sus tradiciones, costumbres, creencias, lenguaje, etcétera.
Alguna vez, en nuestro Antropología e historia de la isla de la Laja,
recomendamos que para estrechar la relación entre nuestra sociedad na-
cional y algunas sociedades tradicionales aborígenes, debe darse por parte
de las autoridades un trato cuidadoso, respetuoso e informado. Refirién-
donos a algunas comunidades pehuenches (de Cauñicú, de Callaqui, de
Pitril, etc.) escribimos:

“Esta sociedad tradicional no se opone a trabajar junto a


los chilenos, en las orillas del Biobío (en las represas hidro­ 65
eléctricas), pero pide no perder contacto con sus familia-
res, con sus comunidades. Quieren mantener sus tradi-
ciones y costumbres; saben que su futuro los conduce a
vincularse cada vez más con los chilenos, con sus leyes,
con sus instituciones, pero quieren hacerlo desde su rea-
lidad pehuenche, aportando su saber, sus creencias, sus
formas de vida; que obviamente no son las mismas que
nos dieron a conocer los cronistas y viajeros de los siglos
xvi y xvii, pero que se mantienen en parte importante, in-
corporando en los últimos siglos rasgos de otras culturas
aborígenes y de la chilena”.

Baste lo expuesto para concluir que una interpretación correcta de lo


que hemos denominado identidad multicultural, obliga a los chilenos a
reconocer que nuestro ser nacional es múltiple en rasgos culturales, bio-
lógicos y sociales. A partir de esta evidencia debemos construir soluciones
y políticas justas sin perder la visión de un futuro común, de un “proyecto
país”, donde se respeten las costumbres y creencias de los grupos cultura-
les minoritarios.
No hay que temer a esta compleja realidad; todo lo contrario. Ella debe
alentarnos a buscar procedimientos adecuados y argumentos racionales pa-
ra lograr en lo posible una inclusión de los grupos culturales tradicionales
a nuestra sociedad nacional. Tal vez estas políticas de integración no siem-

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historiadores chilenos frente al bicentenario

pre tengan éxito; lo importante, sin embargo, es que se muestre un rostro


generoso hacia los otros y se comprenda por ambas partes que la defensa
de lo propio no es contradictorio con el enriquecimiento e incorporación
de nuevos rasgos culturales exógenos. Recordemos a Hernán Godoy en
su libro La cultura chilena donde escribe: “es la cultura lo que convierte
a una pluralidad de personas en una comunidad específica, con identidad
propia, con un universo mental, moral y simbólico compartido”.
Entonces, no es imposible pensar que nuestra nación debe sustentar-
se, entre otras realidades, en una pluralidad de comunidades que, sin du-
da, enriquecen nuestro universo cultural y hacen más solidaria a nuestra
sociedad nacional.
Es probable que algunas personas duden de lo expuesto por nosotros.
¿Acaso no es una contradicción afirmar, por una parte, que somos una
“nación” y, por otra, que debemos reconocer que somos una pluralidad de
pueblos y culturas?
Si entendemos por “nación” al país compuesto por una población que
tiene un mismo origen, que habla un idioma, que tiene una tradición cul-
tural común y que se rige por una constitución y un mismo gobierno, no
deberíamos dudar en incorporar a nuestro ser nacional las culturas abo-
rígenes, que están en nuestro origen nacional, y que aún continúan parti-
cipando creativamente en nuestra vida de país. En Chile hay etnias de di-
ferentes orígenes, que deben incorporarse a nuestra nación. No debemos
olvidar que el concepto de etnia define a una población humana que tiene
afinidad de origen biológico, de lengua, de historia y es poseedora de una
66 cultura material y espiritual.
En nuestro territorio, nadie puede dudarlo seriamente, hay etnias abo-
rígenes y también etnias provenientes del Viejo Mundo, algunas de ellas
muy mezcladas, viviendo intensos procesos de aculturación; muchas de
ellas se reconocen como pueblos aborígenes. Nuestra “historia” explica su
sobrevivencia; entonces debemos reconocer e incorporarlas a nuestra rea-
lidad actual nacional. Un reconocimiento constitucional de estas culturas
y pueblos puede, en el futuro, enriquecer a nuestro Chile y hacerlo más
solidario.
Pensamos que el estudio del pasado más antiguo y también del más
reciente, invita a nuestros gobernantes a reconocer la pluralidad cultural
de nuestro país. Sólo esta actitud impedirá problemas étnicos en el futuro
próximo, que nadie debería querer para nuestra nación chilena.
Nuestro país se caracteriza por ser rico en expresiones culturales, en-
tre ellas se encuentran las de las “colonias” extranjeras y las de los “abo-
rígenes”. ¿Por qué aceptar unas y no las otras? ¿Dónde está la razón que
explica el rechazo a lo aborigen, por parte de algunas personas? ¿Por qué
son pueblos indígenas?, ¿por qué no desarrollaron una “alta cultura”?, ¿por
el color de su piel?
Si reflexionamos alrededor de este tema, observaremos que lo “na-
tivo”, lo “indígena”, lo “aborigen” son conceptos que provocan rechazo
en algunos. Sin embargo, nuestra historia nos muestra que lo “chileno”
proviene de la mezcla biológica y cultural de muchos pueblos. Bastaría
recordar que los primeros grupos de españoles, jóvenes y solteros, en el

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Historiadores chilenos frente al bicentenario

siglo xvi, estaban compuesto en una mayoría abrumadora por hombres.


Por esta razón las mujeres indígenas fueron las compañeras de estos con-
quistadores –Sergio Villalobos, para fines del siglo xvi, en el tomo 2 de su
Historia del pueblo chileno da siete mil quinientos veinticinco hispanos y
criollos; veinte mil mestizos; tres mil negros y sus mezclas; ciento sesenta
mil indios sometidos y libres–.
Por supuesto que a través de los siglos el mestizaje fue adquiriendo
mayor cantidad de genes europeos. Por esto es que nuestro historiador
Diego Barros Arana, en 1875, en “Apuntes sobre etnografía de Chile” pu-
blicado en el tomo xlvii de los Anales de la Universidad de Chile, creía en
la unidad racial de los chilenos; una población blanca donde predominaba
“el elemento europeo más o menos puro”.
Sin negar que la composición genética de los chilenos tiene una ma-
yoría de genes provenientes de muchos pueblos europeos, se descubre en
parte de nuestra población campesina y en algunos estratos sociales urba-
nos denominados pobres, la presencia de algunos rasgos físicos propios
de poblaciones aborígenes.
Incluso, algunos de aquellos estudiosos que desconocen el pasado in-
dígena, que caracterizó a Chile en su tiempo más antiguo y también en
los períodos de la Conquista y de la Colonia, no deben olvidar que tienen
antepasados que debieron vincularse con esta realidad biológica y cultural
aborigen.
No nos parece una conclusión científica el desconocer el aporte abori-
gen prehistórico en nuestro territorio: la configuración del ambiente natu-
ral que hicieron los diferentes grupos de cazadores, recolectores, pescado- 67
res y agricultores; el uso de nuevas tecnologías descubiertas y aplicadas a
través de los milenios y siglos; la elaboración de bienes culturales y artísti-
cos en el seno de las comunidades aldeanas y agroalfareras.
Algunos especialistas sólo reconocen el papel histórico de los espa-
ñoles, que nadie duda que fue muy importante, en la organización de la
nación chilena. Sin embargo, no debe olvidarse que el nombre mismo de
nuestro país, y de tantos lugares de él, es aborigen; igualmente en nuestro
idioma español, en el lenguaje común, hay muchas palabras de induda-
ble origen nativo. También muchas costumbres, creencias, fiestas, conoci-
mientos medicinales, son de herencia de culturas anteriores a la conquista
española y contemporáneas a ella.
Por todo lo anterior, la contribución cultural de los diferentes pueblos
aborígenes debe ser estudiada científicamente por los prehistoriadores e
historiadores.
Además, la educación en nuestro país debe formar a los niños y jóve-
nes en su pasado histórico, sin desconocer nuestro pretérito aborigen y
los procesos de aculturación que se produjeron en los períodos de la Con-
quista y de la Colonia.
Nuestra nación, que es mayoritariamente blanca y con una tradición
cultural europea, no debe desconocer que parte de su pasado, que aún
perdura por el efecto de sus acciones, está constituido por pueblos y cul-
turas originarios, que desde los comienzos de la historia de nuestro país
fueron parte de los acontecimientos más significativos de nuestro pasado.

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historiadores chilenos frente al bicentenario

Creemos que no se es menos chileno ni menos científico si se recono-


ce esta valiosa herencia aborigen.
Si esto es así, entonces deberemos asumir esta realidad antropológica
y cultural sin prejuicios; reconociéndonos como producto de una larga
historia, de encuentros y desencuentros de pueblos, que nos ha hecho
fuertes y algo sabios.
Sería hermoso pensar que cuando se cumplan doscientos años de la
instauración de la Primera Junta Nacional de Gobierno, en 2010, nuestro
país se definirá como una gran nación, compuesta de muchas culturas y
pueblos, que pueden en la diversidad lograr la unidad ciudadana.
Para terminar, reconozcamos que dejando a un lado problemas de in-
tegración cultural y, en algunos casos, sociales, los chilenos somos una
nación que vivimos en un país que es una realidad unitaria, sobre todo
cuando se mira en su pasado histórico. Este pasado nos muestra, a veces,
conflictos políticos, sociales y económicos. Pero cada vez, el país, con su
gente, se estrecha más, intentando vivir en relativa armonía. Siempre, sin
embargo, habrá pequeños grupos que aprovechándose de las injusticias
existentes, o aspirando a cambios estructurales extremos, intentarán per-
turbar nuestra sociedad nacional.
Una mirada hacia adelante, hecha por un estudioso del pasado, debe-
ría mostrar los caminos a seguir. El respeto de unos a otros; la aceptación
de que siendo diferentes, podemos dialogar e intentar resolver nuestros
problemas, nuestras injusticias. Son senderos de la razón que nunca de-
bieron ser abandonados; sólo así, el año 2010 y los siguientes, serán tiem-
68 pos de “adviento”, de esperanza y de amor para nuestra nación.

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Historiadores chilenos frente al bicentenario

En la senda del centralismo

Mateo Martinic
2000

D eseo agradecer en primer lugar a las instituciones que han organiza-


do este encuentro, al Archivo Nacional, a la Universidad de Chile y a
la Universidad Andrés Bello, también a la Academia Chilena de la Historia y 69
al diario El Mercurio, que nos han invitado a una reflexión conjunta acerca
del bicentenario, a pensar en nuestro Chile en vísperas de ese aconteci-
miento.
Mi reflexión deseo hacerla en representación de cuantos viven en la
periferia geográfica del país, de las regiones distantes del centro. Como
hombre de la Patagonia soy porfiadamente regionalista, pero chileno ade-
más y primero, reivindicando para ello la chilenidad originaria de la tierra
magallánica, pues por allí fue descubierto Chile, por allí este país ingresó
a la Geografía y a la Historia. Esto me da una inspiración particular para
desarrollar la reflexión.
Hay muchas razones para sentirnos satisfechos de cómo va Chile cami-
no al bicentenario de la república. El presidente Ricardo Lagos dijo hace
algunos días con entera propiedad, que cuanto ocurría en materia de go-
bierno era como una carrera de postas. Es cierto, así ha sido nuestro desa-
rrollo histórico desde los inicios de la República hasta ahora; una carrera
de postas donde, claro, cada carrera depende del vigor del corredor y de
las circunstancias en que la misma se desarrolla, pero finalmente una ca-
rrera de postas donde hemos ido de menos a más. Soy de los que miran el
estado actual del país con tranquilidad y con optimismo; creo que hemos
adelantado mucho, sobre todo en los últimos lustros y vamos camino a
seguir mejor. Esta complacencia en la reflexión no impide que tengamos
claridad como para ver dónde tenemos todavía algunas carencias, dónde
podemos enmendar y revisar lo acontecido en nuestra historia, a modo de

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experiencia que debe ser recogida. Sabemos que hay desigualdades de gé-
nero que tenemos que superar; que tenemos inequidad en la distribución
del ingreso, situación que debemos cambiar obligatoriamente, en tanto
sea posible, lo que, por cierto, no es una tarea fácil. Sabemos que hay ta-
reas pendientes en el orden de la salud y de la educación pública, no obs-
tante, todo lo que se ha adelantado estos últimos años, como la hay en la
indispensable reforma de la previsión social, para hacerla más justa y favo-
rable para cuantos han vivido prácticamente de sus remuneraciones. Hay,
además, deudas pendientes que afectan a la nación chilena y entre ellas
ciertamente la más importante es la que se refiere a la desigualdad que se
ha dado y se da en la evolución y desarrollo de las diferentes regiones de
la república, que es la consecuencia directa de la concentración de poder
y de recursos en el centro metropolitano del país.
Lo acontecido en Chile en la materia que interesa, deriva del suceso his-
tórico ocurrido hace tres siglos, como fue el cambio de la dinastía de los Aus-
trias a los Borbones en el gobierno del imperio español. Con los Borbones
se inició en España, en sus colonias o reinos indianos americanos el desarro-
llo fuerte y sostenido del centralismo gubernativo y administrativo que, en
el caso de Chile, marcaría fuertemente nuestra evolución y nuestra vida re-
publicana. Constituimos al independizarnos un Estado unitario, pero al mis-
mo tiempo tremendamente centralizado, una república donde se aprecia la
macrocefalia de su capital, Santiago, que no deja crecer demográficamente,
así como en riqueza, poder e influencia. Basta venir acá de tanto en tanto
para maravillarse con los cambios que se producen y para comparar cómo
70 es de diferente en el resto del territorio nacional, con distintos matices.
No es justo que eso suceda, no es justo que eso sea así y pienso que ca-
mino al bicentenario tenemos que reflexionar acerca de cómo enmendar
esa inequidad. La historia nos muestra cómo en diferentes momentos se
intentó reaccionar contra ese mal, contra esa práctica equivocada y viciosa:
así el intento federalista de 1826, la ley de la comuna autónoma de 1891,
que no pasó de mera declaración, como fue la propuesta de creación de
asambleas provinciales en la Constitución de 1925. Pero, bien se sabe,
todas resultaron fallidas como experiencias debido a diferentes razones,
principalmente por falta de decisión para eliminar ese mal desde la raíz.
Afortunadamente, en tiempos más recientes, de veinticinco años a esta
parte, se ha ido desarrollando la regionalización. Se ha adelantado en eso,
aunque desde mi punto de vista ni tan rápido ni tan intensamente como se
debiera, incluso hasta con retrocesos puntuales, como sucedió con la dis-
posición constitucional de 1980, que asignó numerales a las regiones chi-
lenas, para los efectos de su identificación siguiendo el régimen castrense
que entonces nos regía, inspirado, al parecer, en las legiones romanas, y
que condujo al fin a una preterición de los antiguos y queridos nombres
histórico-geográficos, contribuyendo a la progresiva pérdida de la indivi-
dualidad de las regiones nacionales. Afortunadamente, y de ello nos ale-
gramos, de manera especial, la reciente enmienda constitucional de 2005
eliminó la asignación numeral de marras.
La gran tarea inconclusa de cara al bicentenario de la república es la
de saldar la deuda que se mantiene con las regiones chilenas. Creo que

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Historiadores chilenos frente al bicentenario

es la tarea trascendente que se impone a partir de ese acontecimiento.


Repensar la regionalización y avanzar decididamente sobre nuevos esque-
mas, claros y eficaces como para conseguir los objetivos de un desarrollo
equilibrado, o más equilibrado y armónico para el país, según se viene re-
clamando desde distintas regiones con planteamientos constructivos que
deben ser valorados y recorregidos. Debemos superar los viejos temores
que nos vienen del pasado a propósito del federalismo. La modernidad
constitucional nos ofrece alternativas dignas de consideración y, por qué
no, de imitación. Europa, que es tan sabia en esta materia, ya nos está
dando lecciones con lo acontecido en países unitarios. Veamos así el caso
de España, con sus autonomías regionales y que no han llevado al quie-
bre del Estado español; también los casos de Italia y Francia, países en los
que se está imponiendo una razonable autonomía regional. Es decir, en
el concepto inamovible del Estado unitario pueden introducirse reformas
profundas, incorporando –y haciendo efectivamente eficaces– los propios
de la desconcentración, la descentralización en la gestión administrativa y
económica para llegar a tener una razonable vida autonómica.
Desarrollar las autonomías regionales significa la posibilidad de desa-
rrollar con vigor sus propias personalidades que se han venido formando
sobre marcos geográficos, pero respondiendo a seres históricos diferen-
ciados. Y entonces vamos a recuperar y reafirmar las distintas individua-
lidades culturales de cada región y este país al fin siempre será unitario,
pero con una rica diversidad regional, nunca con la uniformidad impuesta
desde el centro. Ése es el Chile que queremos mirando desde la periferia.
Esperamos que así el esfuerzo concentrador de la macrocefalia de hoy 71
se diluya progresivamente y se transforme en el vigor que se transmita a
las regiones para superar definitivamente su anémica evolución histórica.
Queremos que el caminar de esta república hacia su tercer centenario sea
diferente, señalado por la armonía en el desarrollo, por la valoración de
la diversidad de sus formas culturales y de sus tradiciones históricas, por
la gestión gubernativa, administrativa y económica con una razonable, pe-
ro eficaz autonomía, para romper la desigualdad que existe hasta hoy en
nuestro país.

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Historiadores chilenos frente al bicentenario

Reflexiones sobre el bicentenario


desde una visión antropológica

Lautaro Núñez
2002

“Patria, naciste de los leñadores,


de hijos sin bautizar, de carpinteros,
73
de los que dieron como una ave extraña
una gota de sangre voladora...”

Pablo Neruda, “Dulce Patria”, 1949

S e comprenderá que como arqueólogo mis reflexiones están impregna-


das de una cronología larga, donde el bicentenario es sólo un segmen-
to que involucra al desarrollo del Estado nacional, sin considerar al país
como un proceso cruzado por la herencia indígena y colonial, al interior
de una historia de trece mil años, construida por indígenas, afroameri-
canos, españoles, mestizos, criollos e inmigrantes. Desde esta pluralidad
de sujetos que constituyen la chilenidad, surge un país multicultural y
pluriétnico, con paisajes culturales e históricos-regionales, marginados de
las así llamadas historias generales e ignorados por la homogenización de-
cimonónica al servicio de las elites y su poder asociado. Se esperaría que
dos siglos de vida independiente fueran suficientes para percibir nuestras
relaciones internas y externas de un modo más descolonizador y tolerante
a la vez, en lo concerniente a las entidades diferenciales localizadas a lo lar-
go del país a través de paisajes culturales tan contrastados como el mundo
huaso, chilote, salitrero, patagónico y tantos otros.
Quisiéramos seguir aportando con los métodos arqueológicos los tes-
timonios desde los materiales prehistóricos a los basurales de las salitre-
ras, incluyendo, por qué no, el registro del holocausto revelado en las
fosas de la dictadura. Es cierto, no son textos escritos, pero junto con las

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memorias orales y los restos patrimoniales, establecen una integración ho-


lística que nos acerca a aquéllos que decidieron no escribir sus historias,
y otros que sabiéndolo hacer fueron marginados de las historias oficiales
por ser indígenas y en tanto no respondían a los intereses hegemónicos
del Estado y sus idearios clasistas.
Se podría aceptar que los cronistas españoles no reconocieron bien
desde los inicios los logros indígenas, porque no estaban calificados pa-
ra comprender la complejidad de los pensamientos y tecnologías de se-
res diferentes. Desde aquí proviene esa cierta simplicidad “salvaje” con
que se debería asociar a gentes que vivían en la “barbarie”. Es decir, los
así llamados “nativos” por el colonialismo mundial, avasallados por el ré-
gimen “civilizador”, no deberían competir con los ingenios tecnológicos
europeos. Se vieron acequias, plantas, chacras, huellas, trueques, minas,
pucaras, ranchos, dioses del demonio y carneros de la tierra, donde hoy
sabemos que se habían desarrollado prácticas hidráulicas, control gené-
tico-botánico, agricultura, sistemas viales, operaciones de intercambio a
larga distancia, procesos minero-metalúrgicos, ciudades, aldeas, escultura
y ganadería, respectivamente.
Para trastocar el estigma de la inferioridad sociocultural nos interesa
un modelo explicativo más antropológico en torno a la reconstitución y
comprensión de nuestros pueblos, donde el documento que emerge al
interior de la arqueología prehistórica en su tránsito hacia la industrial
y contemporánea, a través de un proceso de continuidades y cambios,
nos acerque a los estudios etnohistóricos, antropológicos-sociales e his-
74 tóricos, etnológicos, sociológicos y “patrimoneológicos”. Esta integración
ideal de documentos escritos, artefactuales, monumentales y orales, uni-
dos, afianzarían un nuevo paradigma académico en cuyas propuestas, los
más desposeídos ya están alcanzando también su espacio como sujetos de
la historia, con suficiente contrastación empírica. Los testimonios escritos
y no escritos en cuanto reflejan conductas humanas, no están exentos de
ser sometidos a la crítica interna antes de constituirse en hechos debida-
mente legitimados. Al respecto, las sabias intuiciones de los poetas que se
han liberado de las historias cortas y que recogieron las epopeyas indíge-
nas anteriores a la invasión europea, dan cuenta como Pablo Neruda, de
su preocupación por concebir la noción de patria desde sus orígenes más
remotos para revelar: “los contenidos de nuestra propia tierra”. En este
sentido, nadie sobra en este país para reconocerse así mismo como cons-
tructor del país, independientemente de la escala de sus aportes.
En los inicios éramos cazadores-recolectores-pescadores que hacia el
fin de la edad glacial penetramos en la finis terrae sudamericana en sucesi-
vos viajes sin retorno, descubriendo aquello que sería Chile antes de Chile.
No eran cavernícolas ni trogloditas. Crearon distintos modos estacionales
de apropiación de recursos, con campamentos multifuncionales bajo una
intensa ritualidad, estableciendo vínculos inteligentes con la explotación
de la flora y fauna, cuando el paisaje se estabilizaba desde el desierto a
los espacios subantárticos. Domesticaron plantas, animales y sus propios
lugares, construyendo sus asentamientos semisedentarios asociados a las
expresiones de ritos rupestres y escenarios sacralizados. Sus respuestas fue-

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Historiadores chilenos frente al bicentenario

ron fundacionales y sus restos cubren al país a lo largo y ancho de lo que


hoy somos. Pudieron creer que nadie más los reemplazaría en sus domi-
nios, pero desde ellos mismos surgió una nueva sociedad que asumió otras
preocupaciones, aspiraciones y liderazgo, esta vez desde los nuevos logros
agrarios, hortícolas y ganaderos, entre esa delicada complementariedad con
los aportes de los pioneros que los antecedieron. Ocurrió que fueron estos
pueblos sedentarios, los que en este mismo territorio decidieron continuar
con los idearios de arraigo, en un marco de interacción más estrecho con la
diversidad ambiental y sus más amplias y ricas fuentes subsistenciales. Fue
entonces que a lo largo del país emergieron pueblos, al margen de las ex-
plicaciones difusionistas, porque la sociedad cazadora-recolectora, aquella
fundacional, había logrado expresiones culturales y socioeconómicas de
alta complejidad, dando lugar a un poblamiento arcaico singular junto al
litoral, en los lagos interiores, a lo largo de valles transversales y longitu-
dinales, aun al pie de los Andes. Se podría decir que nuestro territorio
era como un largo tren donde muchos se subían, pero pocos se bajaban,
“amontonándose” los pueblos en el decir de Benjamín Subercaseaux, esto
es, con movimientos de gentes en un ir y venir por prácticas trashumánti-
cas, caravaneras y, aun, migracionales cuando otros pueblos alcanzaron a
esta tierra, desde los inicios de la era, cohabitando con quienes ya lo habían
hecho suyo junto a los primeros logros civilizatorios creados y compartidos
por los pueblos andinos del sur: cultivos, recolección y caza especializada,
incluyendo los avances en la crianza de camélidos y las artesanías comple-
jas. Sabían que sus territorios, incluso, escasamente demarcados entre et-
nicidades embrionarias, eran definitivamente suyos y seguirían siendo sus 75
pertenencias apretadas entre los Andes y el Pacífico.
Cuando los pueblos así llamados “formativos”, al interior del proceso
de neolitización, creían que nadie más los reemplazaría de sus espacios
legitimizados por sus cementerios, aldeas y lugares de cultos, estables y
duraderos, desde el desierto al centro-sur, surgieron otras poblaciones
que acotaron sus límites territoriales en torno a elites y subordinados, aso-
ciados a nuevas identidades regionales. Durante estos primeros siglos de
nuestra era, estas comarcas autónomas y sus logros agropecuarios los ha-
cían más comunitarios, entre autoridades capaces de conducir sus pueblos
hacia la constitución de un mundo indígena mayor, a través de alianzas y
del reconocimiento del otro. Así lo creían, pero el mundo indígena estaba
cruzado por rumores de la llegada de otras gentes provenientes de Esta-
dos e imperios lejanos por el norte y de traslados migracionales por el sur,
que hacían temblar esta historia antes de la “historia”. Sin embargo, aqué-
llos que desde los trece mil años antes de nosotros decidieron radicarse
dando lugar a esta breve y larga historia, dejaron sus descendientes aquí
y no fueron reemplazados ni marginados por el estado Tiwanaku ni por
el imperio inka. Pactaron por el norte y lucharon en el sur frente a estas
expansiones panandinas, coexistiendo con los inkas en ese alongado es-
pacio donde vivían aquéllos reconocidos como los de “Chile”, con las cer-
tezas que por sus discursos y acciones habían sobrevivido con dignidad y
que sus idearios estaban intactos hasta ese otro rumor desde el norte que
anunciaba esta vez la invasión europea.

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La militarización del conflicto colonial a lo largo del centro-sur del


país, con fronteras más o menos amigables, sumado a todos los parlamen-
tos de la resistencia, no fue suficiente para reconocer el proceso social
preexistente ni menos aceptar sus arengas que aspiraban a legitimar sus
historias autónomas asociadas a sus vocaciones de independencia. Cuan-
do sucedió la liberación colonial, a comienzos del siglo xix, se pensó que
el nuevo ideario republicano debería recoger ese espíritu indio, libertario
y arraigado a la tierra. Sin embargo, otra vez la militarización a través de la
“pacificación” (sic) no sólo creó el síndrome de la “reducción” de la socie-
dad indígena sino, derechamente, las matanzas de exterminio, quedando
claro que la voces de los que debían morir jamás serían reconocidas por
las elites que desde la capital aplicaron un modelo estatal homogéneo y
racista.
Ahora, en los inicios del siglo xix, junto con la modernización sociopo-
lítica del Estado, cuando los abusivos regímenes autoritarios se han cues-
tionado en todo el mundo: ¿se aceptará que las mayorías étnicas del país,
hoy minorías, puedan por fin explicar y decidir sobre la naturaleza de sus
propias historias? ¿No creen que entre los 10.500 a.C. a los 2.006 d.C., no
ha pasado ya un tiempo suficiente para que ellos junto a nosotros poda-
mos reencontrar las viejas alianzas? Aquéllas que nos permitan entender
los procesos históricos y socioculturales, y acercarnos a las visiones inte-
grativas con el reconocimiento del uno y del otro.
Permítanme enfatizar esa porfiada voluntad por la construcción social
del áspero y sobrio territorio chileno a través de trece mil años de fracasos
76 y éxitos en términos de hacerlo habitable desde su impresionante y loca
diversidad “insular”, del desierto al polo... entre dos murallas blancas y
azules que nos han mantenido de pie en una larga cohabitación modelada,
como los herreros, con talento y sudor, apegados a una naturaleza a veces
sólida, a veces apenas prendida en el aire de las ciudades muertas, como
las salitreras del desierto. Sí, somos en verdad una sociedad constructora
de asentamientos en los ambientes más gratos e ingratos del hemisferio;
con los hijos y los pies derechos siempre listos para la erección de la lu-
garización del paisaje, en tantos actos fundacionales anónimos y formales,
que terminaron así por amansarlo a la medida de nuestras necesidades. Es
esa vocación de arraigo y la notable redundancia habitacional heredada de
los indígenas fundacionales que hacen de estos doscientos años republi-
canos el casi nada, no más allá de la vida de tres ancianos sucesivos, en la
interfase mercantilismo-capitalismo-neoliberalismo, con algunos intentos
opcionales de nuevos estilos de vida y desarrollo. Pero es un cumpleaños
memorable y Chile es un país de brindis y buena mesa. Quien sea el anfi-
trión de la fiesta, recuerde siempre que los comensales a lo largo del país:
comen, beben, visten, aman, hablan, sueñan, riñen, caminan, cantan y se
saludan de maneras distintas, y que sus rostros demuestran con certeza la
diversidad de los orígenes de todos los hacedores del país.
En este sentido, la búsqueda de unidad es una cuestión política y tam-
bién social, pero no debería olvidarse que tanto en ciencia, cultura y arte
el exceso de unidad puede conducir a la impotencia. Queremos decir que
al interior de la unidad en la diversidad, es la pluralidad la que ilumina

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el reconocimiento de la alteridad como derivado del retorno de la de-


mocracia. Los indígenas herederos de la larga historia patria, no en vano
han sido valorados jurídicamente en estos tiempos. Nadie sobra desde el
interior de los procesos históricos, nadie es inferior ni superior desde las
diferenciaciones y papeles protagónicos como sujetos o comunidades hu-
manas constructoras del país, independientes de los “big man”, aquéllos
poderosos que se desarrollan desde la exaltación de la desigualdad. Claro
está, nadie con o sin pasados epopéyicos podría legitimarse incendiando
con combustible fundamentalista la cohabitación milenaria heredada des-
de los orígenes. Las acciones étnicas derivadas de la exclusión no podrían
justificar el incendio de esta casa antigua, pero quien no haya vivido la
desesperanza heredada durante cinco siglos, no le será fácil comprender
la estrecha y sinuosa separación entre la vida y la sobrevivencia.
Hay que reconocer que en todo el mundo hay una cuota de fundamen-
talismo étnico y Chile no está exento de esto, sobre todo por el siniestro
hábito de arrinconar a los indígenas en el patio trasero del país. En con-
secuencia, toda resistencia, toda voz frenética que surja de los hermanos
indígenas tiene relación con su no reconocimiento constitucional y mar-
ginación histórica. Por eso creo, firmemente, en cualquier esfuerzo que se
haga para dignificar, y generar desde el Estado y desde las comunidades y
familias étnicas, condiciones favorables de desarrollo cultural, político, ri-
tualístico y socioeconómico. Aun así, no debe olvidarse que otras minorías
pobres, descendientes del heroico proletariado chileno, con humillacio-
nes y matanzas, aquél que levantó y sustentó el capitalismo decimonónico,
por ejemplo, también requieren de protección y dignidad. Ciertamente, 77
hay que saber separar aquellas conductas que surgen de la desesperación,
donde todo el mundo o es indígena o no es nada. Pienso que en la medida
que las relaciones entre la sociedad indígena y no indígena no se eduquen
y comprendan, al margen de la pigmentocracia tan chilena, no se atenua-
rán las tensiones y ni se comprenderán las reivindicaciones de todos los
desposeídos del país.
Este proceso de valoración del ideario indígena es relativamente nue-
vo. Tiene que ver, por una parte con el retorno de la democracia y el res-
peto por el otro, por el repudio al racismo y su aliada la segregación. A
partir de las comisiones indigenistas, y la propia Corporación Nacional de
Desarrollo Indígena, hay toda una sucesión de hechos –incluyendo la Co-
misión de Nuevo Trato– orientada a cómo el Estado en el marco de mutua
tolerancia podrá reconocer al indígena con sus propias percepciones.
Debería aceptarse que la sociedad indígena originaria es la creadora
de trece mil años de patrimonio cultural y natural, entre bienes tangibles
e intangibles, muebles e inmuebles, constituyendo la más larga y frágil ca-
dena de testimonios no escritos, conformando con los ancianos sabios el
patrimonio etnológico más vivo del país. Esta herencia cultural no ha sido
debidamente socializada y muy parcialmente incorporada al proceso edu-
cacional, de modo que los valores indigenistas no se han difundido como
se esperaría, dificultándose su inserción en la sociedad nacional.
Es muy importante observar en nuestros programas educacionales, có-
mo se han tratado a las sociedades que constituyen los pueblos urbanos,

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rurales y étnicos, desde una perspectiva diacrónica, plena de vacíos, in-


coherencias, despropósitos y carencias de rigor, ignorados de la historia.
Por cierto, no se han considerado sus propias percepciones del proceso
sociocultural y político, sin siquiera reconocer sus prácticas etnoecológi-
cas donde, por ejemplo, la valoración de la madre tierra pudo, desde mu-
cho antes, ser parte sustantiva de la cultura y religiosidad, esta vez al inte-
rior del proyecto país. Fuera de dudas, el desconocimiento de las minorías
étnicas es el resultado de un modelo educativo enajenante que por largo
tiempo nos introdujo en un país imaginado por las elites y sus frondas aris-
tocráticas, cuyas genealogías pervivientes aún aspiran a normar cómo debe
pensarse este país desde la cúspide de la pirámide social. No fuimos bien
ilustrados y llegamos a creer que nos habían descubierto los españoles,
aunque estábamos aquí varios miles de años, y que fue invasión y guerra y
que, en términos de dominio hegemónico, fueron los ejércitos de la Nueva
República los que terminaron la sucia tarea colonialista frente al extermi-
nio y reducción indígena. Tampoco supimos que la “limpieza” civil y étnica
de las “ligas patrióticas”, sobre lo que hoy es el norte de Chile, atormenta-
ron a sus habitantes peruanos y bolivianos sometidos al dilema: expulsión
o integración, durante las campañas protofacistas de la “chilenización” del
desierto. Por supuesto, sabíamos más de Alejandro Magno que del inka
Pachacutec, más de guerreros españoles y chilenos, siempre vencedores,
sin que nadie nos leyera el Cautiverio feliz para conocer al otro. Los ataca-
meños recién hoy saben que a lo menos ganaron en la primera batalla del
pukara de Quitor. Claro está, no fuimos educados para comprender que
78 con la muerte de cada anciano étnico a lo largo del país, entre aquellos
“amautas” sabios, se siguen quemando las “bibliotecas” que jamás podre-
mos “leer” por esa intolerancia tan nacionalista conducente al desprecio
de los seres diferentes. Bienaventurados aquellos miles de mapuches, ay-
maras, quechuas y kawésqar que recién se les reconoce su bilingüismo, pe-
ro ya es tarde para los atacameños y diaguitas castigados a olvidar el kunza
y el kakán, respectivamente; y más tarde aún para los changos, selk’nam y
aónikenk, cuyos cementerios constituyen hoy sus últimos testimonios de
vida olvidada de toda memoria.
Los arqueólogos del desierto hemos logrado probar que las actuales
sociedades étnicas son herederas directa o indirectamente de procesos ci-
vilizatorios muy importantes. Lograron domesticar sus paisajes, a través de
prácticas agrícolas, ganaderas, metalúrgicas, artesanales y asentamientos
eficientes entre tantos otros logros. Ha sido favorable para la sociedad in-
dígena de hoy saber que sus ancestros, en este mismo desierto, constituye-
ron procesos culturales complejos. Eso les ha servido para mirar el mundo
con mayor dignidad, con mayor certeza que ellos no son una historia ni
marginal ni agregada, sino que se inserta en un largo historial regional. Y
eso, por supuesto, los sitúa frente al desafío de cómo hoy podrían incre-
mentar el proceso de domesticación, creando más cultura, tecnología y
sabiduría ancestral en todos sus actos. Más respuestas constructivas aso-
ciadas a sus iniciativas de reindigenización, se esperarían para buscar y for-
talecer identidades perdidas, ocultas, inventadas, perseguidas o recreadas,
al servicio de una mejor calidad de vida étnica.

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En verdad, la sociedad del desierto logró crear sus propios logros civi-
lizatorios a través del desafío de ganarse el afecto de la Reina de los Desier-
tos, ese paisaje magro, áspero, pero lleno de recursos ocultos y difíciles,
apto para pioneros y soñadores profesionales, capaces de culturizarla con
delicadeza, hasta hacerla su única tierra posible. De ellos recibimos esta
tierra mansa y culta, completamente poblada de cordillera a mar. Del sen-
dero a la pirca, de la pirca a la aldea, de la aldea a la ciudadela, de allí a las
ciudades y aldeas de hoy, hay sólo un paso, y que después de tantos miles
de años, sea la insensatez de una modernidad mal entendida la que ponga
en riesgo toda esta tierra por una explotación irracional de sus recursos.
Se trata de proteger sus gentes y sus obras patrimoniales, aquellos mate-
riales como las viejas arquitecturas urbanas que nos ampararon, las ruinas
de tantos pueblos en el medio de la nada, aquéllas del espíritu intangible,
entre tantos cuentos vividos y recogidos por los escritores y cantores que
saben escuchar las voces anónimas de nuestros pueblos.
Sabemos cada vez más que las tierras del norte se tornan más desér-
ticas; no conocemos bien el origen de nuestras aguas subterráneas y, por
lo tanto, el incremento a gran escala de su consumo nos conduce a una
crisis de relativo corto plazo. Las nuevas tecnologías permiten, ahora, lo-
grar más aguas subterráneas, pero el costo ambiental es desconocido. La
legislación pensada en los ríos del Chile central ha puesto el agua a precio
de mercado, se vende como si fuera cualquier producto. En consecuen-
cia, el recurso de agua utilizado hoy y en los próximos cuarenta años en
los megaproyectos mineros, involucra una cuestión ética más que eco-
nómica. Las grandes interrogantes son: ¿cuánta agua será necesaria para 79
la gran minería?, ¿cuánta para las ciudades que crecen cada vez más? y
¿cuánta para las culturas campesinas y étnicas del desierto más estéril del
planeta, hacia aquella agricultura y ganadería que perdurará después de
los impactos mineros? Que nunca más se saquen tuberías con agua de los
débiles ríos del desierto. Por cierto, los indígenas fueron los primeros en
humanizar este paisaje y como tal sostienen un derecho ancestral sobre
sus aguas. A la hora de abordar este problema en serio, los que creen de
verdad en la equidad y el respeto por las sociedades étnicas, preexistentes
a la industrialización del desierto, deberían reflexionar cual será el papel
“modernizador” del Estado. El agua para los andinos es el equivalente
a la tierra con sus bosques de las etnias del sur: ambos enraizados en la
tierra donde más se acentúa el impacto a través de una modernidad ex-
cluyente.
Los sucesos precoloniales de exclusiva naturaleza indígena perdura-
ron desde los once mil quinientos años antes de Cristo al siglo xvi, consti-
tuyendo con su permanencia actual la más larga trayectoria histórica des-
conocida o mal escrita por ser ajena a las elites enclavadas en las urbes
“civilizatorias”. El proyecto colonial durante tres siglos creó la dicotomía:
integración o extinción, mientras que la propuesta republicana en sus dos
siglos incrementó la reservación y “pacificación” (sic) para una misma so-
lución final: integración o marginación y de paso el exterminio hasta don-
de sea posible. Hoy, la apertura democrática y los tiempos de reconoci-
miento de la alteridad nos acercan a un nuevo orden, cuyo camino inédito

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nos acerca gradualmente –entre el riesgo al error– a los acuerdos en un


marco de interacciones de tolerancia y cohabitación.
Ya es la hora de reconocer que primero fuimos admitidos como “sal-
vajes” americanos, después súbditos o “vasallos” del proyecto colonial en
calidad de “contemporáneos primitivos”, para luego en esta república no
más que “subdesarrollados” y económicamente “inferiores” en un mundo
de tercera categoría. ¿No será ya el tiempo de rupturar los sometimientos
a los resabios del actual espíritu neocolonial interno y externo, con sus
modelos foráneos de desarrollo y estilos enajenantes de vida? Si efectiva-
mente creemos en la autoestima histórica y antropológica en el contexto
de un pensamiento identitario latinoamericano, al interior de procesos
socioculturales comunes, entonces, ¿por qué esperar ser aceptado por
el primer mundo, una vez que sólo seamos parecidos a ellos? ¿Es que la
mitad del país: urbana, rural y étnica, tiene espacio en el modelo neoli-
beral como para creer que ahora las desigualdades serán a lo menos ate-
nuadas?
Sin duda, este país se ha conducido por un espíritu republicano sólido,
pero varias veces interrumpido por la intolerancia y casi siempre controla-
do por las elites que han percibido este hábitat-país, construido por todos,
como una prolongación de sus propiedades particulares, disponiéndolos
como ocultos en aras de la homogenización racial y cultural de esta “Ingla-
terra de Sudamérica” (sic). Extraña y oportunística receta sostenida por las
elites: continuidad para el poder y los cambios, los menos posibles, para
los estamentos emergentes. Si el espíritu republicano es el respeto por la
80 institucionalidad, obviamente que tal dedicación es compatible con aper-
turas reformistas que coloquen la noción republicana en un contexto del
mundo de hoy y del futuro, al margen de la torpe reproducción del poder
por el poder. Si las frondas feudalistas y aristocráticas dominaron las eli-
tes decimonónicas, las frondas y linajes derivados ahora de la revolución
industrial y tecnológica, del más pleno neocapitalismo, están en el medio
del debate sobre los nuevos escenarios de equidad y humanización que
exige la sociedad civil. La evolución social es lenta, pero alcanza su clímax
en paz o rebeldía cuando nadie lo espera.
En verdad, los chilenos somos una fauna esencialmente política y ad-
vertimos a tiempo cuando ingresa a nuestra selva un encantador de ser-
pientes. Se necesitan líderes políticos que separen el talento de la frivo-
lidad y ayuden a construir progresivamente un nuevo país que desde la
revolución neolítica, industrial, tecnológica e informática ha sobrevivido
con cierta dignidad en el centro de la desigualdad. A más democracia per-
feccionada, más cercanía a soluciones vitales. Éstas no llegan en paracaí-
das, los arqueólogos lo sabemos, suben desde la tierra y sus gentes, donde
la economía política se percibe desde las culturas y el civismo participativo
al margen del mesianismo político. El progreso y la evolución social existe,
que duda cabe, desde la revolución neolítica a la informática... la cuestión
es que bajo este ideario aquellos pueblos marginados de sus logros se
segregan como inferiores. No basta una generación para ver los cambios
deseados, pero sí la certeza que la trayectoria va en esa dirección correcta,
en contextos valóricos, educacionales y culturales estimulantes.

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El pasado indígena hoy está lejos de representar lo que los eurocen-


tristas e investigadores trasnochados han querido propagar bajo los térmi-
nos del buen o mal salvaje. Claro, la historia antigua debía comenzar con
el montaje de Grecia y Roma, ocultando sus orígenes civilizatorios desde
el África septentrional y del Medio Oriente, del mismo modo como había
que ocultar los logros civilizatorios de nuestros pueblos multiplicados y
culturizados al margen de la xenofobia “occidental”.
Así, se entiende que moleste la ausencia de pobreza extrema en las
sociedades prehistóricas del país, a pesar de que el desarrollo de elites,
estratificación y desigualdad ya estaban presentes desde antes de los espa-
ñoles. Decir que el Estado está en deuda con la pervivencia de la pobreza
–y doblemente cuando es étnica– y por el crecimiento irracional de la ri-
queza, sería una frase común. La gran deuda ética es no haber reconocido
a tiempo en cada pobre su potencial cultural, religioso, creativo, su deli-
cada laboralidad, aquella riquísima oralidad, civismo innato y orgullo esta-
mentario, aspectos útiles para construir un país sin exclusiones, con ellos
al interior de los procesos históricos, donde la historia se enriquece junto
a las miradas antropológicas y sociológicas.
Observado el país desde un prisma social, la herencia indígena no sólo
dio lugar a la colonización prehistórica total del territorio sino a la emer-
gencia de logros civilizatorios sorprendentes como el aldeanismo, prácti-
cas agropecuarias, lingüísticas, hidráulicas, tecnologías alimentarias y arte-
sanales, ritualísticas, complejas redes de intercambio, y otros avances que
en suma entregan a los invasores españoles un territorio manso. Quién
podría dudar de la otra identidad del régimen colonial capaz de constituir 81
un reyno que transitará a sangre y resistencia entre vencedores y vencidos,
hasta tocar la epopeya de la liberación. Cómo no recordar las repercusio-
nes del talento de la revolución industrial inglesa y de los tempranos focos
del capitalismo inserto en economías feudales, dando lugar a los nuevos
estamentos proletarios al servicio de las elites y de las viejas desigualdades
que marcarán el destino contradictorio de un país tironeado por intereses
opuestos al límite del conflicto y de la martiriología intermitente. Si hemos
logrado, en suma, sobrevivir al imperio inca, español, británico y estado-
unidense, incluyendo las frondas propietarias del país, con tanta dignidad
y cohesión social, cómo no sentir orgullo por decidir hace milenios que
esta tierra debía ser la única posible y que sus habitantes desde la más ín-
tima lealtad territorial asuman ahora un bicentenario como un derecho a
la vida plena.
En verdad, los arqueólogos observamos la evolución de la sociedad
en su totalidad, sus vidas y cosmovisiones cotidianas además de aquéllos
que la representan y conducen. Por esto que aquí no enfatizamos exclu-
sivamente los papeles legítimos o no de la secuencia de distintos tipos de
elites, recurrentes en la historia del proceso social. Como se complejiza
la sociedad en todos los sentidos y los eventos transicionales son nues-
tras tesis de mayor tratamiento, allí hurgamos, entre cambios deseados e
indeseados y, por cierto, más que atributos catastróficos los cambios son
dialécticamente aquéllos opuestos que permiten la superación de las con-
tradicciones de cada tiempo. Las respuestas a las transformaciones, como

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historiadores chilenos frente al bicentenario

semillas latentes en las sequías, pueden germinar en cualquier momento,


abriendo nuevos espacios para la sociedad subordinada y sus aspiraciones:
la democracia no fue un regalo del Olimpo. Si las ciencias sociales tuvie-
ran cierta capacidad predictiva, quizá se podría imaginar el futuro, pero la
sociedad es más ancha que el mar y que sus islas, decía Pablo Neruda... y
no estaremos exentos de vivir entre la paz y el conflicto, como torrentes
intermitentes, a veces con instituciones al borde del naufragio, con idea-
rios obsoletos, entre modelos socioeconómicos epigonales e innovativos
emergentes, al tira y afloja, con más o menos suspicacia frente a la globali-
dad, entre los cortoplacistas depredadores de ambientes y gentes y, los lar-
goplacistas, incomprendidos, propiciando desde la inteligencia cambios
trascendentales como la revolución de la acuicultura o la neolitización del
mar, junto a propuestas autónomas surgidas de la madre tierra andina o
de los dioses que viven en los bosques del sur. No es fácil leer el futuro
desde el pasado y presente, pero si logramos ser una sociedad culta, habrá
continuidades que cambiarán y cambios que continuarán, en esa exquisita
visión de la esperanza cervantina en torno a lo posible de lo imposible.
Esa porfiada naturaleza chilena de reponerse ante las tragedias y volver a
reconstruir los actos amados, como si fuéramos membrillos que mientras
más nos apalean somos más sabrosos. La mitad más desvalida de Chile es-
tá atenta a estas transformaciones como sujetos y objetos de la esperanza.
Los arqueólogos sabemos que cuando los pueblos se tornan en ruinas y
los pájaros de la soledad anidan sobre las sepulturas, ya es demasiado tar-
de para anunciar la buena nueva de los inicios de un nuevo orden.
82 Para nadie es un misterio que cruzamos por visiones de país donde el
desconocimiento de los procesos sociales, y el debilitamiento de las cien-
cias sociales, históricas y antropológicas, no se han recuperado de su estig-
matización derivada de la dictadura. La globalización versus las identida-
des y voluntades locales con tradiciones territoriales y culturales propias,
conducen a preguntarnos de qué equidad e igualdad estamos hablando
como para asumir que los cambios a escala humana serán aquéllos que la
sociedad aspira. En verdad, el modelo neocapitalista y liberal vigente: ¿está
en condiciones de resolver las contradicciones sociales y culturales de los
desposeídos de los inicios del siglo xxi? ¿Son los principios filosóficos y éti-
cos de este tiempo los que iluminarán las relaciones con los desposeídos
y sus percepciones sobre aquellos cambios deseados? ¿Cuáles serán los
principios que permitirán acercarnos a las minorías étnicas con un estado
que marque diferencias con sus antecesores? Desde nuestras disciplinas
no sólo deberíamos evaluar la naturaleza de estas nuevas relaciones do-
blemente críticas, a juzgar por la pobreza en un contexto de segregación
étnica, sino, también, comprender a cabalidad cuál es y cómo se encuen-
tran los testimonios patrimoniales materiales e intangibles que deberían
sustentar a la sociedad indígena actual. En relación con estos testigos vi-
sibles, esta vez de todos los segmentos societarios que construyeron este
país: ¿cómo aquellos descendientes del mundo indígena y no indígena lo
harán suyo, orientado a fortalecer sus conciencias sociales e históricas? Sin
duda que esos objetos insertos en sus obras son también archivos consti-
tutivos de historias sustanciosas. En efecto, ha ocurrido una selección de

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ciertos eventos históricos “oficiales” que han permitido justificar que en


estos dos siglos el país se haya construido sólo por visiones jerárquicas y
excluyentes. Por lo mismo, nos interesa definir y comprender el proceso
societario largo, con una base crítica de explicación para captar el curso de
nuestra trayectoria, identificando aquellas instituciones que las sociedades
complejas han creado para fijar las desigualdades sociales y, por supuesto,
la emergencia de movimientos orientados a superarlas.
No estamos tan seguros de pertenecer a un nuevo mundo americano
tutelado por el supuesto de uno viejo y occidental. Sí, en verdad, cuando
España era habitada por cazadores, lo mismo ocurría en el cono sur ameri-
cano. La neolitización afectó magníficamente a ambos mundos y el feuda-
lismo no fue tan diferente a los reinos preespañoles andinos. Sin embargo,
nos quisieron ver como “menores de edad” para que ellos sean nuestros
“hermanos mayores”, conduciéndonos hasta discernir y decidir por noso-
tros. Si de este proceso, la praxis americana única e irrepetible, pudiera
recoger de las memorias del pasado la suspicacia para segregar entre los
cambios deseados y denegados, presionados desde el primer mundo que
nos envuelve, entonces, bien sabemos por nuestra carga colonialista, que
no todo lo que brilla es oro y que sólo al interior de nuestras propias res-
puestas derivadas del viejo proceso social, nos sentiremos unidos a los
hermanos latinoamericanos, en el sentido de modelar nuestra patria-ha-
bitación de acuerdo con las expectativas creadas a lo largo de estos trece
milenios.
Está bien, no existe el hoy sin su pasado y tampoco identidad sin dis-
tintas pertenencias donde la suma de lo local es el todo patrio. Por supues- 83
to, tantas identidades como distintos fundadores y tradiciones entre los va-
riados paisajes culturales conducen al multiculturalismo, interculturalidad
y cohabitación. En esta búsqueda de actores y movimientos sociales para
aprehender un modelo de vida más armónico, que nos aleje de la lujuria
neocapitalista, no quisiéramos ser atrapados en esa morbosa categoría de
ciudadanos del mundo, como si aceptáramos, de buenas a primera, vernos
perdidos en la noche posmoderna de la historia. ¿Cómo separarnos de esa
racionalidad inventada por aquéllos que imaginaron una Europa superior
sin el otro, más lejos aún de aquellos neocolonialistas trasnochados y, por
cierto, más cerca de la esperanza de un nuevo trato inventado por noso-
tros? ¿Cómo transitar desde el centro de la desigualdad hacia las más gran-
des transformaciones sociales y políticas, sin martiriología... con idearios
posibles y necesarios que desde la revolución francesa están por ahí giran-
do bajo el cráter de aquellos marginados de los procesos históricos.
Para lograr una relativa cohesión social desde los distintos ethos enrai-
zados en la diversidad regional, es necesario sostener el proceso de cons-
trucción identitaria con “la suma de las partes” que se expliquen al inte-
rior de propuestas cargadas de sabiduría. Ahora se les llama sueños, antes
eran doctrinas, por qué no llamarlos el Arco Político de las Alianzas entre
las elites y sus subordinados, para que la memoria del país, de naturaleza
fragmentada, dinámica, siempre haciéndose y olvidándose, variables en
espacio, tiempo y culturas, sea reconocida y compartida. En este marco se
debe destacar ese carácter nacionalista medio oculto entre lo perverso y lo

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tutelar, como un instrumento del bien y del mal, imposible de predecirlo,


como si estuviera latente y vigilante entre nosotros para que nadie nos
destruya ni humille este hábitat patrio, hecho a punta de sacrificio, coraje y
milenios. Tal sobredimensión de chilenidad heredada de los intelectuales
decimonónicos, cercanos al culto de las razas superiores, estimulados por
el eurocentrismo, se desahogó brutalmente frente a las “razas inferiores”.
No es fácil diluir los estigmas sobre los desposeídos étnicos. Así, la legisla-
ción indígena tiene que perfeccionarse mucho más y también las normas
relacionadas con respecto al patrimonio cultural. ¿Cómo es posible que
empresas del Estado, todavía cometan errores frente a la conservación del
patrimonio? Yo diría más, hay un desconocimiento de la existencia de un
patrimonio cultural indígena porque nunca nos educaron sobre este tema
y, por otra parte, la legislación ambiental es de reciente data. De la misma
manera como no se deben instalar antenas en la cumbre de un cerro sa-
grado donde los incas dejaron sus vestigios, es de esperar que tampoco se
acepte transformar una fortaleza prehispánica en una feria... ignorancia y
lucro son aliados del desconocimiento y el resultado suele ser, más que
una falta de respeto, la ausencia de educación patrimonial frente a la valo-
ración del patrimonio de todos y de todo el país.
La gran patria latinoamericana, con identidades fundacionales com-
partidas, fue descubierta y poblada hace miles de años por emigrantes pro-
toasiáticos. Otros después tropezaron con ella, pero retornaron o se extin-
guieron en el anonimato. Otros antepasados del mundo indígena, criados
aquí, la caminaron hasta el arraigo, amansándola a su medida. Después,
84 se sabe que otros diferentes la conquistaron y dominaron al servicio de la
civilización occidental. Por fin, un puñado de jóvenes idealistas de aquí la
liberaron, para que otros parientes más cercanos y modernos la hicieran
suya como si fueran los únicos herederos de un patrimonio legado por to-
dos los que la antecedieron en esta larga canción de gestos y gestas cuyas
letras no deberían olvidarse jamás.
Hemos llegado al final y quisiera decirles que escuchamos con tanta
atención las palabras del profesor Ricardo Krebs. Cómo no sentirme orgu-
lloso de estar a su lado, después de “sentir” su visión sobre esa decisión
sin retorno, cuando los emigrantes de su patria originaria hacían del sur
su tierra prometida. Estoy seguro que él también estará orgulloso que un
mestizo asumido y comprometido con la valoración indígena, como yo,
juntos, desde su amor a esta tierra, y desde nuestra vocación por intro-
ducir a todos los actores en la construcción de una historia en plural, po-
damos compartir hoy en plena armonía el gran cumpleaños de la Madre
Patria...

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Historiadores chilenos frente al bicentenario

Chile profundo y latinoamericano

Jorge Hidalgo
2004

Q uisiera agradecer esta invitación a participar en esta mesa a los orga-


nizadores de esta reunión. También mi reconocimiento a los anterio-
res expositores. La verdad es que no he tenido el tiempo necesario para 85
pre­parar una exposición formal, sin embargo, tengo algunas notas y me
voy a permitir consultarlas, porque de alguna manera, allí se plantea una
po­sición coincidente y al mismo tiempo divergente con algunos de los
planteamientos que se han hecho.
Pienso que la construcción y la invención de Chile se inician muy lejos
en el tiempo, con las primeras familias paleoindias que pisaron este suelo,
aquéllas que iniciaron su reconocimiento y domesticación cultural. Luego,
hay numerosos hitos que van marcando la delimitación territorial y cultural
del país, donde surgen historias paralelas, lenguas, culturas, etnicidades y
naciones. Chile hoy, es un país diverso y centralizado. Sin duda este último
proceso se inicia con el control de Chile central y la fundación de Santiago
por la colonización hispana y el sometimiento de los pueblos indígenas al
estado colonial hispano, pero esto no autoriza a afirmar que entonces nace
Chile, que es la interpretación clásica que pertenece a Jaime Eyzaguirre, ol-
vidando el aporte prehispánico y el valor de esas historias en sí mismas.
Por otra parte, la reunión de hoy, con ocasión del bicentenario no ten-
dría sentido, pues deberíamos celebrar los cuatrocientos sesenta y tantos
años desde esa fecha. Más aún, creo que pensar que Chile nace con Pedro
de Valdivia implica saltarse todo el proceso colonial, es olvidar que en ese
período en Chile se formaron sociedades muy distintas a la prehispánica y
muy distintas a las sociedades republicanas. La colonial fue una sociedad
de castas con fuertes diferenciaciones sociales, con diferenciaciones más
profundas incluso que las que existen hoy entre los diversos grupos, pues

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estaban reguladas legalmente, con espacios geográficos donde la sociedad


indígena mapuche conservaba su autonomía. Por ello, sugerir en medios
de prensa, como se ha hecho recientemente, que los indígenas que enfren-
taron a los conquistadores estaban luchando contra Chile, constituye un
absurdo histórico inaceptable.
Entre las preguntas que nos formularon los organizadores estaba refe-
rirnos a la idea de identidad nacional. Una de las metodologías para defi-
nir la identidad es una visión relacional. Uno se identifica con quienes se
siente más cercano y se separa de aquéllos que aprecia como distintos, y
en este sentido tenemos una identidad nacional que nos distingue de los
países vecinos, pero aún nos separa más de otros conjuntos sociales que
integran otras realidades culturales continentales. Dentro de ellas hay al-
gunas más o menos afines según sean los criterios culturales, económicos
o políticos que se apliquen. Entonces, desde una perspectiva macroscópi-
ca, creo que tenemos una identidad latinoamericana. Los chilenos, a mi
juicio, somos un tipo especial de latinoamericanos, y esto se siente muy
claramente cuando nos encontramos con latinoamericanos en otros conti-
nentes. Rápidamente se descubre el sentimiento enorme de identidad que
existe. Allí nuestros mejores amigos son peruanos, bolivianos, mexicanos,
brasileños, hondureños, u otros que comparten las mismas raíces milena-
rias en este espacio indoamericano, incluidos los procesos de occidentali-
zación, cristianización y, recientemente, los mismos intentos o modelos de
desarrollo así como las mismas dependencias.
De esa oralidad y de compartir costumbres y culturas similares, origi-
86 nadas en procesos históricos compartidos, surge que los problemas actua-
les en otros países son muy parecidos a los nuestros, dado que comparti-
mos rasgos comunes en muchos temas, aun cuando hay diferencias. Por
ello, por ejemplo –coincidiendo con Ricardo Krebs, cuando mencionaba
los índices bajos de la investigación científica en América Latina–, se pue-
den reconocer, además, otros aspectos comunes tales como que en nues-
tros países quien invierte mayoritariamente en investigación es el Estado.
En cambio, los privados tienen una escasa presencia que no supera el 20%
de la inversión total. Esto pasa en México, Brasil y en Chile. Situación
inversa a lo que sucede en los llamados países desarrollados donde los
privados aportan el 80% de los recursos para la investigación y desarro-
llo. Si pensamos en los sectores segregados por la pobreza y la desigual
distribución del ingreso entre los más ricos y los más pobres, veremos
situaciones similares en toda América Latina, y si analizamos los orígenes
raciales y el mestizaje, encontraremos las reiteraciones de las mismas vo-
ces raciales de origen colonial, en buena parte de América Latina, porque
no son sólo procesos propios. Creo que es importante pensar en términos
de estos grandes temas cuando tratamos de entender la nacionalidad y la
identidad. Es necesario pensar cómo debiéramos entender las historias
nacionales. ¿Podemos seguir pensando que somos una isla en el continen-
te? ¿Debiéramos mirar sólo lo que nos separa y no lo que nos une? ¿Cómo
debemos concebir nuestro futuro, aislados o integrados?
Es indispensable replantear nuestra historiografía. Serge Gruzinski,
historiador francés, me decía que los historiadores estamos atrasados en

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relación con lo que está pasando en este continente; la mayoría de los his-
toriadores siguen haciendo la historia de Francia, Italia, España. Cuando
hay que pensar en una historia europea, los políticos y los pueblos nos han
superado. Hay que pensar en los grandes procesos que afectan al conjunto
de estos países; uno puede estudiar la historia de España, pero pensando
en los procesos generales, lo que está ocurriendo allí y en qué se dife-
rencia de otros países. Comparto estos juicios historiográficos de Serge
Gruzinski. Adoptar esa perspectiva renovadora, menos descriptiva y más
analítica, menos chauvinista y más integradora, sería, creo, mucho más in-
formativa y nos permitiría entender mejor los procesos de globalización,
así como las realidades locales. Aprenderíamos mucho percatándonos que
los problemas de derechos humanos, por ejemplo, aun cuando afecten a
un pequeño grupo son hoy problemas universales. Así como la explota-
ción de la naturaleza y la defensa del ambiente, son, asimismo, temas glo-
bales, también ayudaría una toma de conciencia, de que lo que viene en el
futuro es una defensa corporativa de recursos de los países latinoamerica-
nos. Es probable que en el futuro si hay conflictos de intereses no vaya a
ser por el petróleo, sino por el agua. En una visión planetaria esto implica
deberes con el ambiente que cada día se tornan más apremiantes en un
mundo que sigue creciendo demográficamente, y aun cuando hay países
ricos que casi han detenido su crecimiento interno vegetativo, no pueden
evitar que la pobreza de otros atraiga inmigrantes, generándose en el ám-
bito mundial sociedades multiculturales. La interdependencia es cada día
mayor y es bueno que sea así, sin embargo, esto conlleva el respeto por
las minorías. No es legítimo, aun que pueda ser legal, que las mayorías 87
puedan avasallar los puntos de vista ajenos. Tales conductas nos alejarían
de la democracia que hemos aprendido a valorar como el espacio para el
desarrollo de la ciudadanía.
En esta perspectiva, también se pueden mirar las diversidades internas
del país. Hay discursos que enfatizan la alteridad y la exclusión abierta,
así como otros que la minimizan y que, a lo más, reconocen a mestizos.
Hay sectores sociales que miran mal a los “otros internos” y se expresan
de ellos con desdén, bordeando el racismo o cayendo abiertamente en él.
Otros, sin que se les pida, pretenden hablar a nombre de los subalternos
cuando son ellos, los grupos indígenas, los que deben hablar a nombre
de sí mismos. Los descendientes de poblaciones originarias han levantado
en las últimas décadas un discurso que defiende su alteridad y han pro-
movido verdaderos procesos de etnogénesis o de redescubrimiento de
sus identidades originarias. Es un fenómeno nuevo, en este sentido, aun
cuando sus bases culturales sean muy antiguas. En los mismos grupos ori-
ginarios hay discursos diversos que no es el caso tratar acá.
En el norte de Chile, por ejemplo, hay aimaras urbanos y rurales don-
de es más frecuente encontrar un discurso étnico explícito entre los habi-
tantes de las ciudades que han sufrido de la discriminación en las escuelas
y que les ha permitido descubrir sus diferencias, defenderlas y sentirse
orgulloso de ellas. Por otra parte, al visitar un pueblo de la precordillera,
superficialmente, se podría tener la impresión que la impronta cultural
andina hubiese desaparecido, al menos en lo religioso. Sin embargo, si se

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conversa con el fabriquero o sacristán de la iglesia, con mayor confianza,


podrían salir los temas de las divinidades tradicionales, sin que dejen de
sentirse profundamente católicos, como el culto a los cerros o los “apus”,
o los ritos vinculados con el “sireno”, entidad, mitad hombre y mitad pez,
que consagra los instrumentos musicales. Este tipo de aimara tradicional
convive diariamente con un imaginario cristiano y andino. Puede que to-
dos los días esté limpiando las imágenes de los santos y barriendo la igle-
sia, pero a la vez participe en algún tipo de “tradición” o culto a una serie
de divinidades regionales, a pesar de trabajar en la iglesia católica, o sea, la
diversidad cultural no es un concepto que sea contradictorio con el mes-
tizaje biológico o con la participación en instituciones nacionales públicas
o privadas.
Hay que tener presente, además, que las identidades cambian y así
como se pueden distinguir aimaras tradicionales, también los hay protes-
tantes y de otras orientaciones. Lo importante es el tipo de construcción
simbólica que se estructura en el lenguaje social e histórico, que constitu-
ye una identidad dentro de una sociedad mayor o dominante, sin que esta
última tampoco tenga que ser una sociedad homogénea. Rara vez lo son.
Esto hace que las sociedades contemporáneas modernas no resultaran en
un puré étnico o cultura única sincrética y mestiza, como se pensó que
sería el resultado de la modernidad y de la escuela en particular; lo que ha
resultado es una ensalada donde los elementos que la componen, en este
plato nacional, son aún reconocibles y como hemos visto, algunos desean
mantener esa diferencia.
88 Una muestra de lo señalado en el párrafo anterior son los procesos
sociales de reetnificación, que son contemporáneos e igualmente respe-
tables. Hay una variedad de situaciones e historias diversas que deben ser
investigadas y valoradas en sus méritos. Es también un fenómeno de la
globalización, y en este sentido para algunos estudiosos no están necesa-
riamente vinculados en una continuidad con las historias prehispánicas,
aun cuando algunos actores deseen volver a fórmulas religiosas o de pen-
samiento que ya desaparecieron hace mucho tiempo. En esta orientación
a veces se escuchan discursos cercanos al fundamentalismo. Lo que surge
es contemporáneo, pues, en primer lugar, tiene que ver con problemas de
la modernidad y del cotidiano vivir, de la relación con el Estado. Hay pro-
blemas urgentes como el del acceso a la tierra, en el caso de los mapuches,
y al agua, en el caso de aimaras y atacameños; problemas vinculados con
reivindicaciones históricas donde la memoria representa un papel central.
Pero también hay demandas de educación de mejor calidad y con respeto
a aquellas tradiciones que hoy se desean rescatar o conservar. La lucha por
las lenguas autónomas parece caso perdido en algunos lugares y en otros
se trata de revivir las lenguas ya desaparecidas hace más de un siglo. Otros
pretenden rescatar los saberes étnicos, como su conocimiento del ambien-
te, de la botánica medicinal, de los relatos de los viejos, etc. También exis-
te la aspiración de reconocimiento constitucional y a mejorar la relación
con el poder político, a mantener contactos internacionales, participando
en encuentros con otros movimientos del continente o de organizaciones
donde aportan y aprenden del uso de los derechos de segunda y tercera

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generación, así como de los tratados suscritos por los Estados y que favo-
recen esos reconocimientos. Todo esto sería, además, impensable sin una
herramienta como Internet.
Aparecen discursos en los cuales algunos de estos pueblos se identi-
fican con el concepto de nación y sus reivindicaciones adoptan un giro
donde se enfatizan temas como la autonomía y la independencia del Es-
tado-nación chileno. Hay semillas de conflictos profundos que se ven ali-
mentados por la falta de atención y la postergación de sus problemas por
parte de los gobiernos y la incomprensión de sectores ciudadanos. Tam-
bién existe el riesgo que algunos dirigentes no evalúen adecuadamente
sus fuerzas y no aprecien las posibilidades de diálogo que ofrece la demo-
cracia y la posibilidad de llegar a acuerdos. Es un tema delicado que debe
resolverse en un proceso de diálogo y con mucha altura de miras. El país
nunca ha tenido un solo componente sociocultural como tampoco una so-
la clase social, al menos desde períodos muy antiguos en la prehistoria; en
tiempos muy recientes ha superado crisis dramáticas y ha venido amplian-
do su democracia e incorporando un mayor número de ciudadanos, de
sectores postergados y marginados al diálogo y a la participación política.
El diálogo intercultural requiere una mayor reflexión de la clase política y
de los movimientos indígenas contemporáneos.
Las identidades, como hemos señalado, no son esencias permanen-
tes, son fluidas y esencialmente históricas. En consecuencia, la identidad
nacional es un fenómeno de hoy; el día de mañana no sabemos cómo va
a ser. Como todos los que están aquí, evidentemente me identifico con
algunas de las ideologías y representaciones de mi tiempo y experimento 89
las emociones asociadas a los símbolos y valores unitarios de esta patria
diversa y desigual: como la bandera, la canción nacional, el respeto por
la Constitución y las leyes, la memoria del paisaje, las canciones y sones
de la infancia, la fiestas populares y los grandes ritos y mitos nacionales.
Sin embargo, todo ello es histórico, cambiante. Fuera de los fenómenos
geológicos profundos que cambian muy lentamente, que se expresan en
la orografía; el resto: la vegetación, la fauna, el cauce de los ríos, todo ha
sido modificado por nuestros antepasados y contemporáneos que traje-
ron nuevas especies o modificaron los espacios de los árboles nativos o
las disposiciones paisajísticas. Hasta la atmósfera ha sido modificada. Del
mismo modo, la construcción de una nacionalidad es un gesto histórico y
no un fenómeno natural. Tiene, por cierto, una realidad absoluta en nues-
tras conciencias, quién lo puede negar, pero, ¿quién nos puede asegurar si
nuestros descendientes van a tener el mismo tipo de nacionalidad o ésta
habrá evolucionado en formas culturalmente distintas? ¿Quién nos podría
asegurar que nuestros antepasados pensaran Chile como lo estamos pen-
sando hoy? Como decía un historiador francés, somos más parecidos a
nuestros contemporáneos que a nuestros antepasados.
Ahora, mirando un aspecto de la realidad histórica, como es la cons-
trucción del Estado, coincido con mucho de lo que acá se ha dicho. En Chi-
le ha habido una construcción de un Estado excesivamente centralizado,
ordenado y fuerte. Hubiese sido deseable una mayor descentralización,
una mayor participación del Estado para corregir desigualdades aberran-

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tes y para construir una sociedad más equitativa y participativa, sin que
ello signifique proponer una igualdad mítica y populista carente de las je-
rarquías basadas en la meritocracia. No obstante, creo que la construcción
de la república es un fenómeno positivo que ha permitido que se creen los
caminos para la inclusión de sectores que fueron marginados por nume-
rosos procesos. Pero esta inclusión no es una regalía desde arriba, desde
la elite ilustrada; es el producto de luchas políticas, de esfuerzos organiza-
tivos de sectores que han ido cada vez adquiriendo más conciencia de sus
derechos y que en algunos casos discuten con el tejo pasado. ¿Quién no lo
haría, enfrentado a la insensibilidad, a la falta de diálogo, de participación,
a la disminución de los recursos, al aumento de la inequidad? En este sen-
tido, la aparición de conflictos, es inevitable y necesaria.
Los movimientos sociales no son fenómenos recientes, han estado lar-
vados o manifiestos por siglos en distintas instancias históricas. He podi-
do apreciar, por ejemplo, en documentación colonial del norte de Chile,
que en pequeños pueblos andinos, los pacíficos aimaras, en el siglo xviii,
se planteaban programas políticos de conquista de derechos, limitados
a las condiciones de su tiempo, para defender sus tierras y aguas. En las
condiciones coloniales se permitieron estructuras de organización de los
pueblos indígenas que les permitieron mejorar sus formas de gobierno y
sus relaciones con los grupos dominantes y el Estado. Es el caso de Pica,
donde los indígenas fueron capaces de derrocar a sus caciques, acusándo-
los de borrachos, analfabetos y de favorecer los intereses de los españoles
antes que aquéllos de la comunidad indígena. Este tipo de episodio lo po-
90 demos descubrir en la historia de todos los pueblos pasados y presentes, y
se van a seguir produciendo en el futuro. Si no deseamos comprarnos con-
flictos endémicos, debemos ser lo suficientemente razonables para crear
mecanismos que permitan resolver estos conflictos, para escuchar a los
que no han tenido voz, para atender y entender las visiones de otros y para
respetar que sean los sujetos históricos los que decidan cuál es el futuro
que le corresponde a este Chile diverso que tanto queremos.

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FIESTAS CENTENARIAS EN CHILE:


¿RITOS DEL ETERNO RETORNO?

Gabriel Salazar
2006

E n 1910, al cumplirse cien años de la instauración de la Primera Junta


de Gobierno, las máximas autoridades del país, aglutinadas entonces
en una abigarrada oligarquía parlamentarista, organizaron grandes fiestas
91

cívicas y publicaron múltiples, elegantes y voluminosos libros (de canto


dorado, editados principalmente en París y Londres) para dar cuenta de
la notable modernización alcanzada por Chile tras un siglo de vida inde-
pendiente. Pues, estimaron que, transcurrida una centuria, era el tiempo
adecuado para desencadenar a todos los vientos el hasta allí retenido or-
gullo nacional.

¿Orgullo de qué?

De lo que fuera. Lo importante era exhibir lo que habíamos logrado. Por


tanto, se pensó que era la ocasión precisa para fotografiar los ferrocarriles
(importados del hemisferio Norte) que recorrían estrepitosamente el país
a lo largo y a lo ancho (para desencanto de las fundiciones nacionales, que
no hallaban mercado para las locomotoras que fabricaban); o los impo-
nentes edificios públicos (escuelas, ministerios, tribunales, etc.) que ates-
tiguaban la majestad suprema del Estado (sin destacar el hecho de que tal
imponencia derivaba del impuesto a las exportaciones salitreras que, en to-
das sus fases, controlaban compañías extranjeras); o la belleza clásica de las
mujeres del patriciado local (sin resaltar, junto con ellas, el rostro famélico
de las mujeres que atiborraban con sus hijos los conventillos de la capital);
o las grandes industrias que jalonaban los bordes de las principales ciuda-

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des (levantadas por extranjeros empeñosos, sin proteccionismo estatal al-


guno) e, incluso, en un gesto condescendiente con la realidad, fotografiar
también (con ademán científico, antropológico y folclórico, por supuesto)
algunos de los personajes típicos del “bajo pueblo” (en representación de
los millones de chilenos que habitaban los conventillos urbanos, los ran-
chos de los suburbios y las rucas indígenas de tierra adentro, todos los cua-
les constituían los dos tercios de la sociedad nacional), etcétera.
¿Orgullo de qué? Pues, de haber adoptado e imitado (no ‘creado’),
hasta donde se pudo, la modernización industrial y cultural que llegó a
nuestras costas provenientes del hemisferio Norte, con un resultado ‘final’
que, en la perspectiva de la minoría que gobernaba el país, era altamente
satisfactorio. Satisfactorio, sin duda, para ella misma, que necesitaba sentir-
se parte natural de la sociedad parisina, londinense o bostoniana, en grado
de hermandad modernista, no como subproducto mestizo de una coloni-
zación expoliadora. Porque la elite nacional necesitaba ser miembro del
contingente imperial colonizador, no de la masa nacional colonizada. Es
que, después de todo, su identidad había nacido y crecido colgada –hasta
1820– de las hidalguías castellano-vascas, y después de 1850, de la opulen-
cia financiera de las burguesías anglosajonas del Tercer Imperio Francés y
de la muy británica Era Victoriana. Al principio, tramitando con esmero sus
‘hojas de servicios’ en la corte del rey católico, más tarde, gastando a manos
llenas los gloriosos pesos de cuarenta y cinco peniques (ganados en las ex-
portaciones de trigo y cobre) en la bohemia parisina y –contrapunteando–
en el recogimiento papal de las plazas de Roma. ¿Por qué, en consecuen-
92 cia, tenía ella, la orgullosa elite nacional, que construir su orgullo imperial
resolviendo los endémicos problemas que corroían al “bajo pueblo” (que
sumaba los dos tercios de la población)? ¿Por qué, si ella, convocada por el
orgullo universalizante de Occidente, no tenía razón para nacionalizarse
al extremo de anular su identidad? La “cuestión social’, por grave que fuera,
no podía criollizar las elites locales al extremo de romper el cordón umbi-
lical que las unía al hemisferio Norte, ni podía abolir de una plumada el
orgullo cosmopolita de la civilización, toda vez que la tal cuestión social no
formaba parte de la gran cruzada civilizadora y modernizadora que llevaba
a cabo la Cristiandad, sino de ese rezago bárbaro que necesitaba, todavía
–persistentemente– ser civilizado, cristianizado y re-colonizado. Como fue-
ra. Aunque fuera como al principio: a sangre y fuego.
El contraste entre el orgullo internacionalizado de las elites y la crio-
llista “cuestión social” – que no era orgullo de nadie– ¿implicaba la existen-
cia de una “crisis moral de la república”, como anunció Enrique Mac-Iver
en 1901? ¿O se trataba, por el contrario, de la falsa conciencia y el absurdo
desdoblamiento indentitario, ético y político de nuestra clase dirigente de
entonces? Se sabe que ésta nunca se sintió en crisis, pues consideró siem-
pre que la tal crisis era de ‘la nación’, de la “raza chilena” y, sobre todo, por
su inmoralidad congénita, de los “rotos” mismos (véanse las denuncias de
Francisco Antonio Encina y Nicolás Palacios o las pastorales del arzobispo
de Santiago). Sin embargo, los sectores más lúcidos y más afectados de la
sociedad civil (los estudiantes, los trabajadores, los profesores, los indus-
triales, los arrendatarios, los ingenieros y hasta los oficiales jóvenes del

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Historiadores chilenos frente al bicentenario

ejército) pensaron exactamente al revés: era la oligarquía mercantil-porta-


liana la que se había sumido en una crisis de impotencia, desorientación y
corrupción. Y que, por lo mismo, era necesario sustituirla y cambiar, en el
mismo trámite, el centenario, pero antidemocrático Estado de 1833. Pero
entonces, y como siempre, no importó lo que pensaba y quería la mayo-
ría de la sociedad civil, sino los caudillos que asumieron, a nombre de las
elites, los poderes fácticos: el autócrata-liberal Arturo Alessandri Palma y
el democrático-dictatorial Carlos Ibáñez del Campo, quienes, en postas, y
haciendo uso de distintos, pero convergentes poderes dictatoriales, insta-
laron, entre 1920 y 1938, a contrapelo de todos los movimientos sociales,
un sistema político que restauraba, en lo esencial, el caduco Estado Porta-
liano de 1833.
De modo que, hacia 1932, pudo afirmarse, como en el tango: ‘que
cien años no es nada’. Pues 1932 no era sino 1833. Y Arturo Alessandri era
Diego Portales revivido y los derrotados “sociócratas” del período 1919-
1925 no eran sino los aplastados “pipiolos” del período 1823-1829. Y así
como los derrotados en Lircay, en 1829, reaccionaron con fuerza en 1837
(mataron a Diego Portales), en 1851-1852 (se amotinaron contra el auto-
ritarismo portaliano de Manuel Montt) y en 1859 (lo mismo), hasta lograr
liberalizar el sistema político. Los movimientos sociales derrotados por
los poderes fácticos en 1920 y 1932 salieron a las calles después de 1936
(Frente Popular) y, luego de treinta años de lucha, obligaron al Estado de
1925 a implementar políticas desarrollistas y populistas, a pesar de que
eran contradictorias con su naturaleza constitucionalmente ‘liberal’. Po-
dría decirse que consiguieron democratizarlo, sólo que sin cambiar la 93
Constitución que lo estructuraba (‘clon’, a su vez, de la de 1833). Y se
hizo evidente que tal Estado no era el que se requería para implementar
ese tipo de políticas, razón por la que debía ser cambiado según lo exigían
las necesidades y la voluntad de la mayoría ciudadana. De modo que lo
que correspondía hacer en tales circunstancias, como imperativo histórico
ineludible, era un cambio revolucionario. Entre 1964 y 1973, los nuevos
“pipiolos” y los nuevos “sociócratas” se jugaron por ese cambio, pero cayó
entonces sobre ellos el tercer Lircay (en 1973), el tercer Portales (Augusto
Pinochet), y en 1980 se dictó, sobre lo que quedaba de ellos, la tercera
Constitución Portaliana tipo 1833.
Y así, de cien en cien, hemos llegado a las proximidades del año 2010,
con la creciente repetida doble sensación de que, por una parte, estamos
(ya) modernizados y, por otra, que la historia ha girado en círculos, fagoci-
tando en cada vuelta un siglo de vida inútil. Y de nuevo las elites dirigentes
preparan la celebración para el nuevo centenario. Y se perciben, en la su-
perestructura, las palpitaciones nerviosas del nuevo orgullo. Y ya se están
publicando libros señeros del nuevo período (sólo que sin cantos dorados
y sin sello editorial europeo). Y se están regalando a los niños pobres pa-
quetes de libros, para que lean –si se les antoja– sobre lo que (siempre) he-
mos sido y sobre lo que (siempre) seremos. Mientras se acicalan las calles
sombreándolas de verde y se taladra con gran estrépito la infalibidad de
las carreteras que dan vía libre a la velocidad automovilística. Cuando, en
dirección al Este, se construyen más y más torres faraónicas (que ya no son

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historiadores chilenos frente al bicentenario

escuelas y tribunales para majestad de los niños e imponencia del Estado,


sino malls y rascacielos para la perpetuación mercantil y financiera del
Mercado Global). Cuando la nueva elite invierte sus millonarios exceden-
tes (compuestos de cotizaciones expropiadas a los trabajadores a través de
las asociaciones de fondo de pensiones y las instituciones de salud previ-
sional, y de las ventas extraordinarias que le producen las quince millones
de tarjetas de crédito de consumo repartidas en los quintiles 1, 2 y 3, los
más pobres de la población) en paraísos tributarios extranjeros y en otros
países del hemisferio Sur. Cuando las elites disfrutan, en grado de éxtasis,
por fin, esa vieja aspiración aristocrática de ser parte orgánica, en herman-
dad modernista, del frenético e incontrolable circular del capital financie­
ro global, dueño absoluto, en el día de hoy, del viejo capitalismo y del
nue­vo mercado mundial. Esa golondrina volátil que ya no tiene alma pa-
risina ni londinense, ni birrete papal, sino superfluidad de resort tropical
(Cancún), de shopping mercachifle (Miami), de tour transatlántico (Costa
Azul), etc. Pues, ya no se trata de estirpes hidalgas, ni de culturas imperia-
les, ni de Occidente ni de Cristiandad, sino del universalizado exhibicio-
nismo consumista. Ni se trata, por supuesto, de criollismo o nacionalismo,
sino de globalismo desatado. Ni siquiera de la futurista modernidad, sino
de la presentista post-modernidad. Ni tampoco de pueblo o desarrollo,
sino de competitividad, de individuo contra individuo. Ni de proyectos
decenales de futuro, sino de small projects quemándose en el presente.
Las elites, una vez más –cien años después– están de nuevo satisfechas
(de sí mismas). Y ya lo estuvieron –¡y cómo!– en el siglo xix. Y lo estuvie-
94 ron, con sobresaltos, en el siglo xx. Y siguen estándolo, orgásmicamente,
en el xxi. ¿Cómo no habían de estarlo? Si tienen al bajo pueblo subjeti-
vando su derrota, puertas adentro, y endeudánse con la gran pulpería
del Mercado, puertas afuera. Ocupado, obsesivamente, en el consumis-
mo simbólico individual y en la violencia doméstica familiar. Si tienen,
además, la Constitución Política perfecta, hecha a mano en el laboratorio
profiláctico de la dictadura, sin tacha, exactamente a la medida de sus am-
biciones máximas. Si tienen a la mismísima coalición ‘democrática’ admi-
nistrando con eficiencia el sistema antidemocrático que la dictadura dejó
en herencia. Y si tienen, por añadidura, unas fuerzas armadas que, luego
de dejar en absoluta evidencia la enfermedad antidemocrática que las co-
rroe desde hace casi doscientos años, siguen allí, como si nada, o como si
todo, garantizando la permanencia del ‘eterno retorno’.

¿Y existe hoy, como en 1910, una “cuestión social”?

Según los anuncios oficiales, la pobreza ha caído desde el 45% registrado


en 1990 al 14% registrado en 2007. A tal extremo –lo que es digno de sos-
pecha–, que los mayores índices de pobreza, según la más reciente encues-
ta CASEN, se registran en las comunas más ricas (Las Condes, Providencia,
Vitacura), y que tenemos menos pobreza que España, por ejemplo. Razón
por la que, señoras y señores, ya no hay conventillos, ni callampas, sino
uno que otro campamento. Por eso, todos los pobres andan con zapatillas

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Historiadores chilenos frente al bicentenario

de marca y celulares en el bolsillo. Los automóviles se amontonan en las


calles y los buses-oruga no dan abasto para trasladar las masas de frenéti-
cos trabajadores. Somos los primeros en América Latina, en todo lo que
huela a Mercado. En todo lo que suene a dictadura eficiente. En todo lo
que suene a extremismo liberal (¡hemos firmado tratados de libre-comer-
cio con sesenta y ocho países del mundo!). ¿No es esto motivo de orgullo?
¿No hemos realizado en los últimos quince años las aspiraciones máximas
(algo frustradas) de los primeros cien? ¿No hemos llegado a la cima, no es-
tamos ingresando al codiciado G-8? ¿No somos ya Occidente puro?

Pero, ¿existe o no, actualmente, una “cuestión social”?

Paradójicamente –como concluyó el Programa de las Naciones Unidas para


el Desarrollo en 1998– tanta belleza tiene su lado oscuro: ese incómodo
“malestar interior” de los chilenos. Esa ‘revoltura mental’ que los induce
–según las frecuentes encuestas de El Mercurio Opina S.A.– a no tener
ninguna credibilidad en el Congreso Nacional (sólo 17% de los chilenos
piensa que ese poder del Estado tiene ‘algo’ de confiabilidad), ni en los
Tribunales de Justicia (sólo 12% cree en ellos), ni en los partidos políticos
(menos del 9% de los chilenos confía de ellos). Y si piensan eso del Esta-
do es porque están sintiendo que, sobre él, domina sin contratiempos el
mercado, ya que éste, en lugar de resolver los problemas de los pobres,
los crea y los agudiza. No rechazan al Estado y a los políticos per se, sino
porque están demostrando ser meros títeres de un monstruo (el Mercado) 95
que hace más daño que el que restaña. Pues, por ejemplo, el 80% de los
chilenos trabaja para las Pequeñas y Medianas Empresas, razón por la que
el 48% de ellos tiene trabajo precario (temporal, sin contrato o sin previ-
sión) o terciario (servicios varios). Razón misma por la que sólo la mitad
de la población hábil está activa (o sea, buscando trabajo), por la que el
31% de los ocupados gana menos de $113.000 al mes, y 68% menos de
$200.000. Y es por la fuerza de esa realidad que los chilenos evitan el ma-
trimonio (desde 1990 la tasa de nupcialidad ha caído en 66%, mientras el
porcentaje de niños huachos ha aumentado a 56% de los nacidos, que es
récord histórico). No es extraño que la violencia familiar cobre víctimas se-
mana a semana. Que muchas familias pobres, para pagar el endeudamien-
to en que incurren debido a las (generosas) ofertas de crédito de consumo
(deuda que, gravada por una tasa de 48% de interés anual, copa más del
50% de su ingreso anual), se integran a cualquier red de tráfico mercantil
ilegal (de drogas, comercio pirata, delincuencia, etc.), donde resuelven
autónomamente sus problemas, al paso que desarrollan identidades “cho-
ras” (agresivas, no pasivas, como las del trabajador asalariado actual), la
que se enfrenta sin tapujos, incluso a balazos, con la autoridad pública. Ni
es extraño que, ante la imposibilidad de integrarse laboral y valóricamente
a la sociedad moderna, debido a la descarada mercantilización de la edu-
cación y la salud –sin contar la expropiación de sus cotizaciones previsio-
nales por parte del capital financiero–, los sectores populares sientan que
no tienen otro camino que vivir desafiando la institucionalidad, las leyes

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historiadores chilenos frente al bicentenario

y la policía, creando al mismo tiempo mercados negros a su medida y ne-


cesidad, pese a que no tienen (aún) un proyecto político alternativo. En
este contexto, los niños y los jóvenes no sólo no están convencidos de que
tienen que portarse bien según las reglas del mercado y las evaluaciones
competitivas que se derivan del mismo, sino que, además, parecen más
motivados para hacer por sí mismos otra cosa. Cualquier otra cosa que
demuestre su descontento y exprese su verdadero sentimiento de identi-
dad. ¿Cómo explicarse de otro modo la sorprendente, inédita e inesperada
“revolución pingüina”?
¿Es esto, o no, una “cuestión social”? ¿Estamo viviendo, o no, lo mismo
que vivía el profesor Alejandro Venegas a comienzos del siglo xx, cuando se
decidió a escribirle al Presidente su demoledor Sinceridad. Chile Íntimo de
1910? Si existe hoy, como hace un siglo, una grave “cuestión social” ignora-
da o encubierta por las elites neoliberales que rigen el país, ¿existe también
una “crisis moral” en nuestra clase dirigente? De ser así, ¿no será tiempo de
levantar diversos movimientos “sociocráticos” como en 1919 y promover
el poder constituyente de la ciudadanía, como hicieron por entonces Luis
Emilio Recabarren, los estudiantes de la Federación de Estudiantes de la
Universidad de Chile, los trabajadores de la Federación Obrera de Chile, y
los profesores de la Asociación Gremial de Profesores de Chile.
Con todo, la cuestión central es: ¿debemos permanecer como meros
espectadores de la escenificación ritual de las fiestas centenarias? ¿Debe-
mos dejar pasar ante nuestros ojos los ciclos rituales del ‘eterno retorno’?
¿Qué, una vez más, cien años no sean nada en el recuento histórico de
96 la ciudadanía? ¿Debe continuar adomercido el orgullo ciudadano? ¿Debe
suicidarse de nuevo Luis Emilio Recabarren y quedar el campo libre para
que nuevos y nuevos caudillejos oportunistas –ésos que, en casos de apu-
ro, utilizan las ‘elites de siempre’– reconstruyan el fantasma constitucional
de 1833? ¿Estamos dispuestos a resucitar, por tercera vez, la misma estéril
politiquería parlamentarista? ¿De nuevo la juventud contestaria terminará,
al envejecer, integrándose al establishment y rindiendo pleitesía profesio-
nal y política a la ley dictatorial?
Si la historia se repite o gira en círculos maniáticos u obsesivos, no es
porque la soberanía popular y ciudadana esté ejerciendo su poder, sino
porque, al contrario, adormecida en su drama subjetivo, ha dejado el te-
rreno libre para la acción fáctica de las oligarquías. Es el autoritarismo y la
injusticia social los que tienen que repetir sus acciones abusivas, porque
ningún abuso se sostiene en el tiempo. Si los siglos, a la larga, son nada
para la ciudadanía, es porque han sido todo para las minorías abusivas. Es
porque éstas han repetido obsesivamente su mismo sketch histórico. Sólo
la injusticia retorna, maniáticamente, una y otra vez.
Es preciso cortar, de una vez, el nudo gordiano del ‘eterno retorno’.
Acabar con las sospechosas fiestas del centenario. Introducir, a como dé
lugar, el goce social y colectivo de la ‘fiesta cotidiana’. Aquélla que se en-
orgullece de cada día pasado, de cada día presente y de cada día por venir.
Pues ésa es la fiesta de todos.
Es necesario ajusticiar, por tanto, de una vez y para siempre, el fantas-
ma de Portales.

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chilenos

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Historiadores chilenos frente al bicentenario

Historia para la paz.


La osadía de cambiar de rumbo

José Albuccó
Universidad Católica Silva Henríquez

L a mirada del término de los doscientos años de vida republicana no


está exenta de los tradicionales debates en los ámbitos políticos, eco-
nómicos, con una presencia muy escasa de temas tales como tener un de-
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sarrollo sustentable y a escala humana para nuestro país, conceptos que


serán de curiosidad para los ciudadanos de 2010 en la preparación del rito
de celebración para ese momento.
La historiografía de mayor desarrollo en Chile en los últimos cien años
ha partido de relevar los principales conflictos en la construcción y divul-
gación en nuestra república y, sobre todo, en la educación de sus ciuda-
danos. Pero los primeros diez años del siglo xxi debieran ser el momento
propicio para dar inicio a una nueva forma de vivir y hacer la historia.
Muy poco conocida, pero no por eso menos valiosa en la construcción del
Chile del bicentenario es la historia de y para la paz, una nueva mirada de
nuestra nación.
El desafío es pensar la patria desde los códigos de los acuerdos, del
diálogo confluyente, desde la fraternidad, la resolución pacífica de los
conflictos y desde el desarrollo con rostro humano. El encuentro en la
diversidad de nuestra historia, resulta más relevante en la medida que
los procesos históricos pueden identificarse en términos de su resigni-
ficación, así como de la identificación de los elementos de permanencia
y cambio. En tal sentido, la resignificación debiera traducirse en releer
los símbolos que han sido utilizados por la cultura dominante de estos
doscientos años, los cuales han generado imaginarios (idearios menta-
les) proclives a la construcción de la realidad actual de nuestro país, que
tiene desafíos urgentes e impostergables sobre las zonas de exclusión

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historiadores chilenos frente al bicentenario

o integración que se han implementado en nuestros espacios físicos y


mentales.
Es necesario reconocer que esta lectura es un campo mínimamente
abordado por las responsabilidades universitarias y políticas. El aporte a
un país que se articula desde la construcción de la paz y del diálogo con-
fluyente y emprendedor enriquece nuestra vida comunitaria y, sobre todo,
el debate académico, pues requiere de un trabajo riguroso en la desarticu-
lación de los códigos y discursos de la violencia y un trabajo interdiscipli-
nario que aborde la complejidad de los procesos históricos y sus actores
hacia una construcción de comunidades de mujeres y hombres más hu-
manas.
Los actores de nuestra historia actual han tenido la experiencia de lar-
gos años de animosidad política cuya máxima expresión se vivió con la
institucionalización de la violencia, la tortura, el asesinato como forma de
resolución de conflictos, la exclusión y marginación física, emocional y
cultural de muchos de nuestros habitantes.
La vuelta a la democracia a veinte años del bicentenario representó la
irrupción de nuevas imágenes y percepciones en la construcción de nues-
tra patria y el ejercicio de la ciudadanía, no exenta en absoluto de los con-
flictos en la configuración y la aceptación de nuestra identidad mestiza y
cambiante, que desafía al Chile de los próximos cien años en la integración
y en la multiculturalidad de su construcción.
Sin embargo, construir la paz no puede ni debe ser alcanzada olvidan-
do lo suce­dido, por el contrario, la reflexión y el análisis de los códigos y
100 causas de la violencia, las que lamentablemente no son tan recientes como
el período al que hacemos mención, sino muy antiguas en nuestra historia
humana, resultan indispensables para su futura erradicación y desarticula-
ción. La constatación de esta experiencia vívida no puede sino plantearnos
frente a opciones muy distintas a las antes mencionadas, siendo ésta el
punto de partida para una relectura de nuestro pasado y una posibilidad
de escribir el futuro.
No obstante, existe siempre la tentación de seguir el camino más recu-
rrente que es considerar la violencia como algo inherente al ser humano
y característico de su evolución como especie. Cuando lo real es que la
violencia y sus diversas manifestaciones es un proceso adquirido cultu-
ralmente. De tal manera que la posibilidad de convivencia pacífica estaría
supeditada innegablemente a cambiar estos patrones de formación por
aquéllos totalmente opuestos a los consignados históricamente. Esto últi-
mo, supone no sólo un cambio de paradigma sino, también, una renuncia
a los privilegios ganados bajo estas formas.
La historia de la paz explora una visión distinta y esperanzadora, que
debiera basarse en rescatar a una gran cantidad de individuos y movimien-
tos que han basado su accionar en ideas pacíficas para la resolución de
conflictos, los que muchas veces han sido obviados por la historiografía
tradicional.
De cara a la construcción del tercer centenario, el rescate de aquellos
ciudadanos que han trabajado por la convicción de la resolución de con-
flictos con instrumentos pacíficos debiera significar una alternativa no sólo

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Historiadores chilenos frente al bicentenario

académica del problema sino una nueva forma de relacionarnos al interior


de nuestro territorio y con los vecinos, marcando un antes y un después
en las relaciones geopolíticas y culturales del siglo xxi.
La condición humana no es bélica ni pacífica en su origen, es a lo largo
de su historia que tiene la posibilidad de soluciones pacíficas o violentas. Es
en ese momento que opta por una u otra alternativa dependiendo de las va-
riables de la experiencia previa, conocimiento de sus opciones y conciencia
de su desarrollo. Es la posibilidad de construir una historia sin fragmentos,
distanciada de la noción individualista imperante en nuestra sociedad y que
enfrenta la imitación e implantación de modelos exógenos en la construc-
ción de la historia de las culturas hegemónicas occidentales del siglo xx.
Para cerrar esta reflexión uno de nuestros principales líderes morales
del siglo xx chileno, el cardenal Raúl Silva Henríquez señalaba que la paz
permite la convivencia real y es la única capaz de permitir el entendimien-
to en pos de disminuir sistemáticamente hasta eliminar las tan detestables
estructuras de la violencia, suerte de maldición que atenta contra el ser
humano, su dignidad y el desarrollo de un país con rostro humano. Todo
aquello que siendo evitable, obstaculiza la realización de las potencialida-
des humanas, y que se manifiesta o se revela en múltiples aspectos como la
violencia de los ejércitos, la desigualdad, el subdesarrollo, la degradación
ambiental, el control de la información; esto no permite el desarrollo de
una historia para todos y con todos como merece Chile.
Siguiendo el trazado que marcara don Raúl, por qué no relevamos en
nuestra historia y en la toma de decisiones las opciones que juegan a favor
de una real democracia que avanza y construye una sociedad que promue- 101
ve la integridad del bienestar humano, el desarrollo de los espacios para la
convivencia, la economía de la solidaridad, la valoración de nuestro patri-
monio material y simbólico. Cimentando, finalmente, el ejercicio de una
ciudadanía en el valor y respeto a la diversidad y la multiculturalidad.
Ésta es la historia que hay que escribir para los trescientos años y que
hoy es una deuda pendiente con nuestro bicentenario.

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Reflexiones frente al bicentenario

Patricia Arancibia
Universidad Finis Terrae

N o es necesario haber leído a Carlos Gustavo Jung para saber que tam-
bién los símbolos integran la realidad. En ciertas imágenes colectivas
hay, en efecto, un poder de sugestión capaz de trasformar lo que en sí 103
mismo es un concepto en un elemento de la existencia real. No es otra la
naturaleza del próximo bicentenario. Para mí es un símbolo que ordena
el decurso ordinario del tiempo y nos invita a repasar la trayectoria de la
nación chilena.
Por supuesto, el tiempo es un continuo cuya división en períodos más
o menos homogéneos, dotados de un sentido propio, es convencional.
El bicentenario, como realidad simbólica, sirve a ese propósito racional
de orden. Seguramente el 18 de septiembre de 1810 no fue percibido de
inmediato como un punto de inflexión definitiva. Muy distinta pudo ser la
suerte del movimiento independentista que, tras muchas vicisitudes, cul-
minó en la emancipación de Chile. Un proceso, cabe señalar, que forma
parte de otro más amplio: la disolución del imperio español. La decisión
adoptada aquel día por el cabildo de Santiago, esto es, crear una junta de
gobierno que resguardara en esta lejana posesión los derechos del Rey,
cautivo de Napoleón Bonaparte, sólo al ser considerada retrospectivamen-
te por el grupo rector de la sociedad chilena, fue aceptada como el punto
de partida de una etapa histórica diferente y superior a la anterior. Con
esto quiero indicar que perfectamente pudo haberse fijado el hito inicial
de nuestra república en la victoria alcanzada en Maipú o, incluso, en un
acontecimiento posterior, como Lircay. Reitero así que el bicentenario es
una realidad simbólica y, sin embargo, o por lo mismo, plena de validez.
Preocupada, más bien, de investigar y divulgar la historia reciente de
nuestro país, no me siento competente para esclarecer el punto vinculado,

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como está, a cuestiones del siguiente tipo: ¿fueron los dos siglos y medio
de la capitanía general una preparación de la república o tuvieron enti-
dad propia?, ¿qué desafíos o tareas colectivas siguieron siendo constantes?,
¿cuáles virtudes y defectos de la capa dirigente y de la masa popular per-
manecieron más o menos inalterables hasta muy avanzado el siglo xix?, ¿en
qué momento pasó a ser la nación chilena la protagonista de su historia?
Sobre el particular sólo puedo aventurar opiniones; mi campo de estudio
se inicia con el centenario. Baste lo dicho para justificar que mi comentario
se ciña a la última centuria.
Se ha debatido si la celebración del centenario fue obra exclusiva del
grupo social que hasta ese momento había dirigido a la república o impli-
có a la nación entera. Mi impresión es la última. Me parece esencial señalar
que el centenario convocó espontáneamente a todas las clases sociales en
torno a un sentimiento común que, ciertamente, no existía cien años atrás.
En 1910 el sentimiento nacional era ya una realidad poderosa, quizá el más
eficaz elemento de unidad –si no el único– entre todos los individuos que
componían Chile. Cosa distinta es estimar si se trató o no de un momento
de plenitud. Por el contrario, había demasiados indicios que apuntaban
al crepúsculo de un período por demás notable, cargado de glorias y de
progreso. La cuestión social, sin ir más lejos, o la crisis en que se debatía
un orden político paralizado porque sus fuentes se habían secado. Hubo,
pues, luces y sombras en el centenario, tal como ocurre hoy.
¿Qué celebraremos en 2010? Ante todo, cierta continuidad vital. Parece
obvio, pero no lo es. El siglo xx, en el ámbito mundial, fue una catástrofe,
104 una explosión de odio racial, religioso e ideológico que cobró millones de
víctimas inocentes. Nada similar ocurrió aquí. Luego, si observamos la tra-
yectoria de otros pueblos, salta a la vista hasta qué punto se alteraron sus
condiciones en el último siglo. Argentina, por ejemplo, parecía destinada
a contarse entre las diez potencias del mundo. Por el contrario, algunas re-
giones asiáticas parecían condenadas a ser meros apéndices coloniales de
alguna metrópoli. Las posibilidades de Chile, en cambio, se han conserva-
do constantes. Por supuesto, no siempre se aprovecharon, pero a la larga
primó el buen sentido y es lo que en definitiva cuenta.
Pasando una rápida mirada sobre estos últimos cien años, destacaría
que el cambio más intenso que ha tenido la sociedad chilena, estuvo mar-
cado por el ascenso de las capas medias de la población, que se llevó a ca-
bo de manera civilizada, sin exclusiones arbitrarias ni llamativos arrebatos.
Arturo Alessandri y Carlos Ibáñez, artífices de esa transformación, están
siendo reconocidos por la historiografía en tal carácter. En el debe, sin du-
da el papel exagerado que en tal proceso se asignó al Estado, en perjuicio
de la libertad de las personas y del reconocimiento al mérito individual,
se tradujo en la aceptación de cierto grado de mediocridad. El punto más
bajo lo constituye la década revolucionaria (1964-1973), que desintegró
la unidad nacional y se saldó inevitablemente con una intervención mi-
litar de carácter institucional. Quienes tienen por misión defender la in-
tegridad nacional cumplieron con su deber y evitaron –con costos, claro
está– una guerra fratricida de alcances inimaginados. Durante la década
siguiente se volvieron a levantar las bases de la convivencia y, rectificando

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lo que había sido un error, una vez más se puso a la persona por sobre el
Estado, limitando a este último a un papel subsidiario. No fue necesario
hacer más para dar paso a una fase de inigualado desarrollo. Yo diría que
en los años de tutela militar la sociedad aprendió de sus errores y horro-
res volviendo a reencontrarse consigo misma. Salvo una ínfima minoría,
anclados en la odiosidad y el ideologismo, los chilenos se asoman hoy al
porvenir con renovada confianza, apoyados en una institucionalidad reco-
nocida como legítima.
Mi visión del futuro es optimista. Apoyados en nuestras propias fuer-
zas los chilenos hemos sido capaces de resolver nuestros asuntos internos
y de salvaguardar nuestra soberanía, incluso, frente a potenciales adversa-
rios bien armados. Las condiciones de vida de la población son netamen-
te superiores a lo que eran para el centenario; la mentalidad del hombre
común ha cambiado, dejando de creer que la política puede resolverle
sus problemas; miramos al mundo como el mercado natural de nuestra
producción... Pero advierto síntomas preocupantes. Los resabios de cons-
tructivismo social que todavía permanecen en algunos círculos del poder
han frenado una marcha que pudo ser más exitosa. Las comunidades ma-
puches segregadas por ley, la incógnita energética, la corrupción guberna-
mental y el insólito Transantiago son signos del fracaso de una mentalidad.
Peores obstáculos hemos superado. Está abierta la posibilidad de un siglo
liberal y en él confío. El bicentenario es un símbolo de esperanza.

105

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Historiadores chilenos frente al bicentenario

DESAFÍOS Y RESPONSABILIDADES.
Reflexiones inacabadas sobre una conmemoración
“de todos” y “de nadie” al mismo tiempo
(advertencia: quedan tres años...)

Santiago Aránguiz Pinto


Universidad Diego Portales

107
H oy más que nunca, cuando Chile se apresta a cumplir doscientos años
de vida republicana, la historia y la disciplina histórica que estudia
los hechos del pasado, desde una perspectiva comprensiva más que des-
criptiva, son capaces de otorgar sentido a un pasado que, para la gran ma-
yoría de los chilenos, sino para toda, aparece deslucido, petrificado en la
amalgama narcisista de personalidades públicas –nos refe­rimos a jefes de
Estado, ministros y parlamentarios– de las cuales alguna vez se escuchó
hablar, especialmente en las lecciones escolares, pero de las cuales no te-
nemos conocimientos más allá de una circunscrita figuración política de
carácter más bien tibia e insípida. Pasado que, por lo demás, una y otra vez
requiere de un proceso de reelaboración de su significado político, social
y cultural en vistas a otorgar identidad a una nación que majaderamente se
rehusa todavía a dejar de ser un país del mal llamado Tercer Mundo, para
así, luego de un trabajo de introspección profundo, entrar de lleno en las
responsabilidades que demanda una nación moderna, pujante económica-
mente, comprometida con la historia, en perspectiva con el pasado, pero
también con el presente y, sobre todo, con un futuro que, para sorpresa de
todos nosotros, no está nada de lejos y que nos viene pisando los talones
desde algún tiempo, para desgracia de muchos y felicidad de pocos, de
muy pocos para ser exactos.
Pasado, tendríamos que agregar, además, siempre en tensión con un
presente a la vez esquivo y molesto para los individuos, incómodo y ajeno
para quienes no están acostumbrados a tratar con él de manera continua,

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historiadores chilenos frente al bicentenario

que actúa a veces como un aguijón de efectividad permanente, de la mis-


ma manera que la historia nos atemoriza de forma permanente, como si
quisiésemos huir de ella, pero no podemos, por más que se instauren “po-
líticas de la memoria” –que más parecen del “olvido”–, en un país donde
recordar equivale a desentrañar remisiones ocultas de las cuales no quere-
mos, por ningún motivo, hacernos cargo como país en su totalidad. Hoy,
por cierto, tiempo presente, que hace referencia a un tiempo pretérito,
pero, a su vez, a un presente sospechoso y a un futuro que nada sabemos
de él. Futuro, por lo demás, que se avecina en la medida que transcurren
los años, sin embargo, se aleja al mismo tiempo en la medida que los chi-
lenos no queremos pensar realmente en el bicentenario, en tanto nos pro-
voca una especie de temor solapado el saber (o el no saber) que ocurrirá
de nosotros en pocos años más. Por lo anterior, nos espanta todo aquello
que tiene el más mínimo asomo de mirar el pasado con responsabilidad
histórica, reconociendo los aspectos negativos y también los puntos bene-
ficiosos que, ya sea de una u otra manera, han implicado que los chilenos
asumamos una actitud de distanciamiento con respecto a la historia, como
si ésta nos fuera a morder o, en el peor de los casos, volviera a repetirse, y
se convirtiera en un karma, en una pesadilla insufrible, de la cual quere-
mos escapar, pero no podemos, pese a todos los esfuerzos desplegados.
Todos sabemos, o al menos así lo creemos, que lo anterior es impo-
sible de realizarse, al menos que el historiador realice el correspondiente
ejercicio intelectual, con la peligrosidad que ello conlleva. La historia, sa-
bemos también, acontece sólo una vez de manera única e irrepetible, aun-
108 que ocurren procesos históricos similares con características semejantes
que puedan extrapolarse a otras realidades, contextos y épocas, pero que
no confirman la aseveración generalizada de que la historia nos condena,
tanto por el hecho de su labor ejemplar como también por su repetición
en el futuro. Es ahí, creo, donde radica una de las motivaciones que pro-
vocan en el chileno el hecho de querer rehusar de un acercamiento hacia
la historia republicana del país, como si temiera un salto repentino de los
próceres o, ya bien, se sintiera amenazado por la impronta autoritaria de
Diego Portales, por la resurrección de los muertos en la matanza de Santa
María de Iquique en 1907, por la ineficiencia pasmosa de los parlamenta-
rios durante el llamado período parlamentario, que se pareció más a un
regateo político y económico que a una representación democrática de
los intereses de la población chilena en su totalidad. En fin, podríamos se-
guir enumerando largamente los “fantasmas” que sofocan la cotidianidad
del chileno, el cual es incapaz de expandir su conciencia depositando en
la historia su desinformación y desidia cultural. Así, la historia, en tanto
“bien” consumible y comprable a la vez, aparece como un monumento
que se puede recurrir a él de manera antojadiza cuando sienta necesidad
de un “baño cultural” que, contrariamente a la necesidad de quien la “uti-
liza”, sólo hace generar más hediondez en un ambiente saturado ya de
pesadumbre, cargado de rencillas y odios paridos.
¿Qué tenemos que decir los historiadores al respecto? Mucho y nada a
la vez, dependiendo de la perspectiva analítica que empleemos para exa-
minar la serie de problemáticas que nos presenta un tema tan delicado y

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peligrado, como es el de saber que pronto se nos avecina la celebración


de otro cumpleaños de nuestra república, pero no cualquier cumpleaños
ni menos cualquier tipo de celebración. ¿Estamos en condiciones de cele-
brar? ¿Queremos celebrar?, parecieran ser las preguntas pertinentes en es-
tos momentos de congestión vehicular, que nos ha impedido ver más allá
del Transantiago, el actual dolor de cabeza del gobierno,más aún cuando
actualmente las cosas no andan de lo mejor durante el primer año de go-
bierno de la cuarta administración concertacionista. ¿Preferimos, en cam-
bio, escabullirnos en la ignorancia y hacer como si nada ha pasado ni nada
va a pasar, pese a que se nos achaque –bien merecida, por lo demás– la
calificación de país inculto, poco apegado a nuestra historia? Mucho po-
demos decir los historiadores, en la medida en que seamos capaces de
remitirnos dialógicamente con una ciudadanía inactiva y sumisa frente a
la masificación del consumo de la tarjeta de crédito, que ha provocado es-
tragos desastrosos para quienes desean consumir a toda costa aquello que
no han podido gozar, hasta la aparición de las grandes casas comerciales
que otorgan esta posibilidad a prácticamente toda persona. Las diferencias
sociales ya no se expresan en cuánto y dónde comprar, sino en el acceso
de una educación de calidad y a niveles de crecimiento espiritual y cultural
sólidos.
Nada, a su vez, si no tenemos, precisamente, nada que ofrecer, lo que
equivale en breves palabras a darle la espalda a la misma historia que se
niega a olvidarse de nosotros, a una historia que persiste en recorrer los
siempre frágiles intersticios de la memoria y el olvido; a una historia, en
buenas cuentas, que si no es sistematizada, deja de ser historia y se trans- 109
forma en un pasado carente de sentido. Los historiadores no trabajamos
con el pasado sino que con la historia. No es ningún misterio, por lo de-
más, afirmar que la historia es el sustrato existencial de cada ser humano
y es, al mismo tiempo, la “materia prima” con la cual trabajamos los histo-
riadores, pero sí es necesario enfatizar el hecho de que la historia es capaz
de suministrar a las personas el insumo necesario para que éstas puedan
reconocerse a sí mismas en el flujo continuo de la historia y, al mismo
tiempo, reconocer que existe un depósito cultural ancestral que ha permi-
tido el nacimiento de civilizaciones y el asentamiento de formas expresivas
que reflejan las inquietudes religiosas y espirituales de cada individuo en
su esencia más profunda.
Creer que la conformación de una nación en términos identitarios se
establece de una sola vez y para siempre es un error que se comete reite-
radamente en perjuicio de impedir que se realicen debates públicos para
fortalecer la discusión entre los chilenos sobre cómo perciben el pasado
en relación con la importancia que tiene actualmente la celebración del
bicentenario. No es que la fecha misma sea decisiva en este asunto, sino
que ésta permite establecer un punto de demarcación para, ojalá así fuese,
estimular el interés de los chilenos en conocer con mayor profundidad los
procesos históricos que se han desarrollado durante las dos últimas centu-
rias; con la finalidad de establecer una efectiva participación del ciudadano
común con su nación y su patria, que se sienta identificado con las políti-
cas emanadas desde las instituciones estatales. Para afirmar, en definitiva,

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que tanto en 1810 y 1910, como en cuatro años más, él también fue y será
parte importante de las celebraciones que demarcan en primer lugar la
independencia de Chile respecto de la península Ibérica y la monarquía
española. Y luego la supuesta creencia enraizada de que Chile adquirió las
credenciales republicanas, con los derechos y deberes correspondientes
de un momento para otro, como casi sin quererlo, aunque deseándolo,
y hoy, en cambio, la plena convicción de que Chile es un país moderno
que puede llegar a ser parte –muchos lo sostienen, pero pocos lo cuestio-
nan– de las naciones más pujantes del planeta. En este podemos radica, a
mi entender, el trasfondo principal de la discusión sobre el tema, pues nos
confronta ante un escenario que muchas veces preferimos soslayar, pero
al cual necesariamente debemos recurrir de manera inexorable, si es que
aspiramos preguntarnos realmente cuáles son los significados del bicente-
nario y cuáles sus alcances.
Pues bien, ¿queremos en realidad ser un país desarrollado? ¿O prefe­­
rimos, en cambio, contentarnos con ser sólo los “jaguares” de América
Latina? Estas interrogantes encierran gran parte de las inquietudes que flo-
recen durante estas instancias, aunque están lejos de pretender resumir la
totalidad de las inquietudes de todos los chilenos, si es que podemos atri-
buirle dicho calificativo. Pues si hay algo que caracteriza a los individuos
que han vivido o nacido en Chile es su displicencia respecto de cuáles son
los deberes y los derechos que poseemos como ciudadanos y, a la vez, de
qué manera debemos posicionarnos cuando nos encontramos ante con-
memoraciones de trascendencia relativa, como es el bicentenario, según
110 sea el enfoque que se le dé. Pareciera ser que nos asustamos con mucha
facilidad, a la primera, que preferimos esquivar el tema o, bien, dar por
sabido qué estamos conmemorando, pero que en realidad no es sino una
muestra más, burda y brutal, de nuestra incultura que, lamentablemente,
es el elemento que aflora con mayor ahínco durante estos días.
No lo sabemos, puesto que esta incertidumbre es parte de la escasa
capacidad que tenemos los chilenos de identificar con exactitud qué cele-
braremos en 2010. De la misma manera como tampoco poseemos la sufi-
ciente información de los alcances culturales que se desprenden de esta
conmemoración, que tiene su origen, por cierto, en el centenario, donde
confluyeron una multiplicidad de percepciones tendientes a detectar un
ambiente de “crisis” unida a un sentimiento de inexplicable jolgorio. ¿Vol-
veremos a lo mismo? Puede ser, depende del prisma que se utilice para
analizar la situación.
Pues bien, ¿qué celebraremos en 2010? Tengo que partir primero con
la siguiente interrogante: ¿hay algo que celebrar? Seguramente una actitud
así genera de inmediato que a quien la pronuncia se le acuse de “aguafies-
tas” o de pesimista irremediable; en el mejor de los casos de crítico e ira-
cundo. Sólo algunos, muy pocos seguramente, valorarán el hecho de que
un historiador –que hoy abundan en el país, pero que lamentablemente
casi no escriben ni leen entre ellos– emita ácidos comentarios en contra de
una siempre deslucida autocomplacencia del chileno, que es incapaz de
mirar para el lado y percatarse de la realidad de naciones, como Argentina,
Perú o Bolivia, que, querámoslo o no, constituyen parte de nuestra propia

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realidad, la de ayer y la de hoy y, por supuesto, la del futuro, en tanto nos


remite a una historia común y a un pasado compartido, por más que algu-
nos se empeñen infructuosamente en hacernos creer que, afirman, “nada
tuvimos que ver con esos cholos de mierda, atrasados e incultos”. O bien,
ya para rematar aún más la grandilocuencia injustificada del chileno, “ti-
rar pinta”, aduciendo que Chile no se puede comparar con estas naciones
atrasadas que aún viven en la época neolítica. ¡Vaya a saber uno qué pien-
san (si es que piensan) al respecto!
En esta ocasión, sólo dejo constancia de un estado anímico compar-
tido entre la mayoría de los chilenos y, en forma precisa, de una primera
aproximación al tema de parte de un historiador que, pese a ser proclive
a las conmemoraciones, poco y nada ha hecho al respecto. Al menos hasta
el momento, aunque, en realidad, tampoco sé –para qué vamos a estar con
cosas– de qué manera puedo aportar al debate académico, historiográfi-
co o de políticas públicas, puesto que no existen instancias de discusión
sobre la materia ni tampoco el ánimo de parte de organismos estatales o
privados de invitar a los historiadores a participar activamente en la ela-
boración de un programa académico y cultural con vistas al bicentenario,
que corresponde a la fecha que oficialmente dicha se ha asignado a sí mis-
ma –y también a los chilenos– para celebrarse y aclamar al mismo tiempo
los doscientos años de vida nacional independiente, momento a partir del
cual Chile dejó (entrecomillas) de ser una colonia de la corona española
(aunque no lo logró realmente) y pasó a ser una república, si bien dejó
tras de sí algunos lazos que aún la amarraban a un pasado monárquico
en muchos aspectos, aunque en otros asumiría, en cambio, una actitud 111
emancipadora propia de quien todavía necesita de cobijo institucional, no
obstante su atávica condición de país insular y regido por naciones euro-
peas que harán de Chile una “angosta y delgada faja de tierra” que quiso
parecerse a una nación con altos estándares de estabilidad política y res-
guardo del orden público.
Y es que, sin duda, los historiadores también debemos asumir parte de
la responsabilidad en el hecho de que la sociedad chilena en su totalidad
sea incapaz de reflexionar críticamente y de manera constante sobre la
valoración que tiene la reflexión histórica responsable en la construcción
de la identidad nacional y de una sociedad democrática, dotada de ade-
cuados índices de calidad en materia educacional, en la eliminación de la
pobreza material endémica, en la creación de plazas de trabajo dignas y
permanentes, y así sigue y suma. Para qué decir de lo ocurrido en materia
cultural, donde sólo han brillado patéticos “carnavales culturales” tendien-
tes a degradar las manifestaciones culturales, a falta de políticas editoria-
les con perspectiva de trabajo a largo plazo, fomento a la investigación,
al trabajo académico, a la creación de revistas y periódicos, en fin, podría
seguir enumerando por largo rato más, pero con los ejemplos anteriores
queda explicitada la referencia a la cual queremos enfatizar. Lo central es
lo siguiente: la cada vez mayor alarmante situación en la cual se encuen-
tra el profesional-intelectual, especialmente el historiador, respecto de la
castración progresiva de instancias de reflexión, debate y exposición de
ideas relativas a la discusión histórica y al quehacer historiográfico chile-

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no. A nadie le importa la historia hoy en día, para qué vamos a decir una
cosa por otra. Menos aún, reflexionar de verdad sobre las implicancias del
bicentenario, desafíos y responsabilidades de por medio.
Son los llamados “temas pendientes” de la agenda presidencial los que
de manera majadera aún subsisten en echarle a perder todo tipo de acto
conmemorativo a Chile en su, a esta altura, eterno camino hacia la celebra-
ción del bicentenario, y que, de acuerdo con esa sensación generalizada
que cunde entre arquitectos, urbanistas e historiadores, se ha instalado
más como un problema del cual no queremos hacernos cargo todavía,
pese a que sólo quedan cuatro años para tal ocasión. ¿Temor? ¿Descon-
fianza? Todo esto y muchos más. Aunque, por cierto, también cautela por
no querer hacer las cosas apresuradamente, se dirá como excusa, aunque
2010 esté a la vuelta de la esquina. No nos vamos a dar cuenta cuando el
país se encuentre en aquella fecha, y ya será muy tarde y no sabremos qué
hacer. No podremos, pese a todo el empeño posible, puesto que esto no
se trata de una efímera voluntad pasajera, sino de una acción participativa
en conjunto entre el Estado y la ciudadanía, de manera sistemática y per-
sistente.
Intentaremos asumir una actitud de “compromiso”, pero ya es muy
tarde, lamentablemente. Festejaremos, pero no sabremos por qué ni bajo
qué consecuencias. Criticaremos, como es nuestra congénita costumbre
chilensis, y ahí todos se sumarán a una práctica habitual del chileno, con-
sistente en disentir de lo que no conoce y apoyar aquello que le es más
favorable a sus intereses, no importándole en lo absoluto qué se trae entre
112 manos cuando decide criticar, es decir, emitir una opinión fundamentada
sobre la base de conocimientos sobre un determinado tema. Participare-
mos en asambleas públicas, pero rehusaremos a dar una opinión, para
no caer en vergüenza cuando nos pregunten, ¿qué opina usted de esto?,
¿qué opina usted de esto otro? Y, de esta manera, no hacer una vez más el
ridículo ante escenarios que, francamente, no llevan años, sino siglos de
adelanto. Pero de lo que sí estamos seguros es de que al momento de asu-
mir una postura decidida sobre el acontecer histórico nacional, ahí se verá
complicado, y no sabrá qué decir. No será por falta de oportunidades, sino
por exceso de conformismo y, por qué no decirlo, por la latencia mono-
corde con que los chilenos solemos observar la realidad europea, dando
a entender que nada nos preocupa más que la situación de nosotros mis-
mos, y eso con suerte.
Es que, a decir verdad, Chile ya se encuentra en una situación clara-
mente desfavorable. “Se le pasó la vieja “, como se dice popularmente. No
lo digo yo solamente, ni muchos menos es una opinión elitista. Miguel
Laborde, en una crónica dominical de reciente aparición, también expresó
algo así como una especie de abulia de parte de las autoridades chilenas
para asumir con presteza la celebración del bicentenario, que se está con-
virtiendo más en una tara institucional para las autoridades de gobierno
que en un desafío nacional, que nos permita proyectarnos como nación
hacia un desarrollo económico equitativo y solvente, resaltando la nece-
sidad de ahondar en la educación humanista en los colegios e incentivar
la autoestima, la reflexión crítica, el análisis, la generosidad, el individua-

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lismo comunitario (pese a que pueda sonar como una incongruencia), el


interés por las manifestaciones culturales y espirituales. Por sobre todo, no
ceder ante la domesticación a la cual se nos acostumbra desde adolescen-
tes, apelando a eso de que todos tenemos que parecernos a todos, donde
nadie puede ser distinto al de al lado, como queriendo decir que en Chile
no se aceptan personas distintas a las que se permiten en un territorio
donde, paradójicamente, convivimos mapuches y aimaras.
¿Qué se ha hecho al respecto en materia de urbanismo y arquitectura?
No me detendré en esta ocasión a examinar este aspecto, tanto por mi
desinformación al respecto como por la magnitud del tema, que, de segu-
ro, será un aspecto de esencial relevancia durante los próximos años de
la administración de la presidenta Michelle Bachelet, considerando que el
proyecto “estrella” de los últimos años, el puente del Callao, que uniría
Chiloé con Chile peninsular, quedó en lo que quedan muchas cosas que
se planifican a la rápida, a la orden del día, como si estuviéramos en una
estación de servicio, y solicitamos un refresco y algo para comer, muy en
la línea del “pronto”, pero que en realidad no sacia el hambre, sino, más
bien, morigera en algo nuestra voracidad.
Me parece que en el aire se respira, al menos en las bibliotecas y ar-
chivos, como así también en las universidades –lugares donde se encuen-
tra depositado el “saber”, especialmente algunas más preocupadas de las
próximas admisiones que de fomentar el debate académico– un dejo de
insatisfacción y apatía, como queriendo decir que muchos no están “ni
ahí” con celebraciones anticipadas ni menos con algarabías de patriotismo
trasnochado. Hoy, en cambio, el ciudadano común y corriente quiere ver 113
arriba de su mesa de comedor los excedentes generados por la produc-
ción de cobre, que viene a ser, como lo fue el salitre hacia fines del siglo
xix y principios del siglo xx, algo así como el “sueldo de Chile”. ¿Alcanza-
rá para todos esta vez? ¿O tendremos, en su defecto, que conformarnos
nuevamente, como ocurrió en 1910, con que sólo unos pocos puedan be-
neficiarse de las ganancias obtenidas por las bondades de una economía
pujante? Como siempre, son los pobres los perjudicados, quienes sienten
que la celebración del bicentenario está muy lejos de representarlos,
La iniciativa académica dentro de la cual se inserta este ensayo, que se
establece como una instancia de reflexiones de parte de historiadores y
antropólogos sobre una temática de enorme importancia, como la que nos
convoca en esta ocasión, es, qué duda cabe, una excelente oportunidad
para seguir profundizando, desde el conocimiento histórico y la disciplina
historiográfica, en establecer vínculos con las autoridades de gobierno, po-
líticos, artistas, intelectuales, escritores y profesionales de todas las áreas,
con el objetivo de debatir en torno a un tema de enorme trascendencia
nacional, aunque no del todo asumido. Ésta tuvo su punto de arranque
en un seminario realizado en el Archivo Nacional de la capital donde se
reunieron varios premios nacionales de Historia para debatir y reflexio-
nar en torno a las implicancias culturales y sociales de la historia chilena
tomando como referencia tres fechas claves, unidas por cien años de di-
ferencia entre cada una de ellas: 1810-1910-2010, siguiendo un ejercicio
realizado por Marcos García de la Huerta.

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historiadores chilenos frente al bicentenario

Desde luego, este breve ensayo no pretende más que suministrar al


lector un enfoque adicional a los muchos que, seguramente, circularán de
un tiempo a esta parte, en el entendido de que, tal como lo expusimos en
los párrafos anteriores, los historiadores debemos asumir necesariamente
una predisposición distinta respecto de la enseñanza y difusión de la dis-
ciplina histórica. Darnos cuenta, además, de que es un deber asumir que
somos los historiadores los encargados de investigar, narrar y darle valor a
la historia, y, de esta manera, sustituir la falta de un relato histórico escrito
que dé sentido y significado a un pasado brumoso, que se nos aparece cer-
ca, pero que en realidad está cada vez más lejos oculto en la neblina de la
historia. Motivos no faltan, para qué vamos a decir una cosa por otra, pero
lo que escasea es una disposición franca y verdadera de encarar los desa-
fíos del desarrollo cultural del país como Dios manda, es decir, de frente
y con acciones concretas y efectivas, solicitando la opinión de quienes son
parte de las instancias culturales más relevantes del país, ya sea de univer-
sidades, centro de estudios o medios de comunicación.
Propongo en esta ocasión la necesidad de que sean los historiadores
los que asuman una disposición de apertura ciudadana efectiva hacia la
comunidad civil y política chilena, tendiente a establecer puentes comuni-
cativos entre el trabajo académico y la población en general, con especial
énfasis en el trabajo divulgativo que le corresponde realizar al historiador
por intermedio de la cátedra universitaria, la reflexión analítica, la colum-
na de opinión en diarios o revistas y, por último, a través de la televisión,
del cine y de otros medios de soporte que, al contrario de los anteriores,
114 a excepción quizá de los periódicos de mayor divulgación, están dirigidos
hacia un público más amplio, pero no por ello menos dispuesto para ab-
sorber una fuerte dosis de cultura y conocimientos. La importancia de los
historiadores en estos momentos salta a la vista con una asombrosa facili-
dad. Las humanidades y las ciencias sociales así lo requieren, en beneficio,
por supuesto, de un mayor espesor cultural de los individuos y, además,
de la creación de instancias de debate y diálogo
¿Desafíos? Muchos, pero inciertos. ¿Perspectivas? Algunas pocas, pero
igualmente inciertas, debido a la falta de un programa de trabajo de parte
de las autoridades estatales que, a estas alturas, puede ocasionar más pro-
blemas que enmendar la desidia hasta ahora prevaleciente. Sin embargo,
nunca es tarde para revertir las situaciones, más aún si está en juego nues-
tro propio crecimiento cultural e intelectual. Parece ser que tendremos
que conformarnos con algo más que buenas intenciones, aunque éstas
sean las más de las veces meras excusas para esquivar el bulto, hacer que si
nada ha pasado ni pasará, práctica muy común entre los chilenos, quienes
tenemos la costumbre de hacer vista gorda frente a los problemas centra-
les de la sociedad en su conjunto. Será para la próxima... si es que nos
acordamos que tenemos historia y un significativo capital cultural aún por
descubrir. ¿Cuándo? Quién sabe.

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Historiadores chilenos frente al bicentenario

Una mirada a la regionalización


desde el mundo clásico

Alejandro Bancalari
Universidad de Concepción

E l mundo clásico grecorromano, en su calidad de cultura primigenia y


en sus múltiples manifestaciones, ha legado al occidente modelos y
paradigmas que sirven de antecedente para la sociedad actual. Los griegos
115

tuvieron el mérito de concebir un sistema y forma de vida, basado en la


ciudad-Estado (polis, poleis), caracterizados por el respeto, la tolerancia,
la crítica y una sana convivencia y competencia donde se crearon las dife-
rentes formas de gobiernos, y donde el hombre desarrolló sus capacidades
reflexivas y racionales. En ellas, la vida se realizaba pública y abiertamente
y los hombres utilizaron su principal fortaleza: la “palabra” como instru-
mento efectivo de comunicación, de poder y desarrollo comunitario. Los
miembros de las poleis poseían mesura, equilibrio y un exacto término
medio, moderación (sophrosyne).
Así, el pensamiento racional y el uso de la palabra hizo de los griegos
una especie de “laboratorio histórico” que representa la conciencia mis-
ma de la realidad, es decir, los helenos experimentaron, hicieron su pro-
pia historia, la inventaron y perfeccionaron, fueron construyéndola y re-
construyéndola de acuerdo con sus propios intereses. Las ciudades-Estado
presentaron, además, cierta unidad y diversidad, sus antiguos habitantes
sentían que esta unidad estaba basada, sobre todo, en el plano cultural.
Sin embargo, al estudiarlos apreciamos su multiplicidad y variedad, par-
tiendo del hecho de que cada polis es una particularidad. En el fondo, hay
un respeto y una fuerte convicción a lo local y a sus propias costumbres y
tradiciones.
De esta forma, la diversidad de las ciudades-Estado helénicas, sus con-
federaciones y ligas (symmaquía) sirvieron de modelo en 1776 a la crea-
ción de Estados Unidos de Norteamérica. Sus padres fundadores y líderes

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estudiaron y se guiaron por estos ideales federados, al emanciparse las co-


lonias de la metrópoli de Gran Bretaña; Estado que nace descentralizado.
Roma, por su parte, ejemplo paradigmático de una “aldea global”, de
cómo la ciudad se convirtió en un mundo (orbis), nos ayuda también a
enfrentar el bicentenario desde una óptica descentralizada y regionalista.
Una vez construido el imperio –en el período republicano– producto de
enfrentamientos bélicos, le corresponderá al primer emperador Octavio
Augusto (27 a.C-14 d.C.) el mérito de realizar una primera gran división
regional de Italia. La península se subdividió en once regiones, utilizando
entre otros criterios, los antiguos pueblos, accidentes geográficos y diver-
sidades culturales y lingüísticas. Han pasado más de dos mil años de la
reforma de Augusto y hoy se mantiene casi íntegramente con la misma no-
menclatura, divisiones y cambios menores. Regiones que en la antigüedad,
como ahora, presentan para el caso itálico identidades propias y ciertas
autonomías que, sin ser contradictorio, sirvieron como elementos unifica-
dores y de identidad romano-itálica.
Nuestro país a lo largo de su historia experimentó variados sistemas
políticos y administrativos a través de su propio laboratorio histórico hasta
alcanzar el más “útil” y “mejor”. Recordemos el fallido intento del federa-
lismo (1826-1827), la obra y acción reformadora y reconstructora de Diego
Portales, los decenios conservadores, los gobiernos liberales, parlamen-
tarios, presidenciales y muchos otros hasta la actualidad. De todos estos
sistemas se obtuvieron experiencias amargas y otras valiosas que perduran
en el tiempo. Sin ir más lejos, el gobierno militar creó en diciembre de
116 1973 la Comisión Nacional de la Reforma Administrativa y al año siguien-
te implementó, a través de los decretos-leyes Nºs 573-575, el sistema de
regionalización, cuyo principal objetivo era una gradual descentralización
política-administrativa, un mayor progreso económico y con el tiempo una
participación ciudadana, autonomía regional y las posibilidades de desa-
rrollo de cada una de las doce regiones más la Metropolitana. Iniciativa
loable y de futuro, conservada por los cuatro gobiernos de la Concerta-
ción e incrementada en 1992 con la creación de los gobiernos regionales,
y a partir de 2007 con la puesta en marcha de dos nuevas regiones (la de
Los Ríos y Arica y Parinacota), pero que en la práctica, después de treinta y
cuatro años de su implementación, no ha generado una verdadera política
efectiva de regionalismo. Más bien son intentos de grupos de personas re-
gionalistas que visualizan el país con otros parámetros.
Hoy y hacia el bicentenario encontramos cada vez más sólo discursos
retóricos por parte de las cúpulas de poder y de muchos políticos, un
agudo crecimiento del centralismo, decisiones medulares para las regio-
nes tomadas en la capital y la ausencia real y práctica de una verdadera
descentralización. Qué mejor imagen que la que nos hemos grabado en
estos días, a propósito de la aguda crisis del Transantiago, donde para los
medios informativos capitalinos era la “gran noticia”. Más aún, las voces
apelando a que las regiones deberían ser “solidarias” con los habitantes de
Santiago, ilustran vivamente este centralismo exacerbado.
Otro ejemplo concreto de lo señalado es que en todo el período desde
el surgimiento de la regionalización hasta abril de 2007 se ha celebrado un

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Historiadores chilenos frente al bicentenario

sólo congreso: el de Concepción en 1988, siendo el primero de carácter


histórico. Todas las propuestas y tomas de decisiones se canalizaron por
los medios de gobierno. ¿Cuántos de aquellos compromisos se cumplie-
ron en forma cabal? Ahora mismo, recientemente entre el 12 y 13 de abril
del año 2007 se realizó en el salón de honor del Congreso Nacional de Val-
paraíso el segundo encuentro nacional de regionalización. Han transcu-
rrido diecinueve años desde el evento en Concepción y es de esperar que
los nuevos acuerdos tomados –como la elección directa de los gobiernos
regionales– no queden, una vez más, como falsas ilusiones, utopías y una
panacea que permanece en el tiempo. Es hora de que las autoridades res-
pectivas no sólo escuchen las demandas y propuestas de las regiones sino
que puedan materializarlas coherente y concretamente para lograr un de-
sarrollo armónico e integral. De hecho, la segunda cumbre de Valparaíso
tendió a revertir en forma sustancial la expresión antojadiza y centralista
de que “Santiago es Chile” por el nuevo lema: “todo Chile es Chile”.
Estamos de acuerdo con lo que expresa uno de los más reconocidos
exponentes nacionales del regionalismo, Claudio Lapostól, presidente de
la Corporación para la Regionalización del Biobío, al considerar que uno
de sus grandes problemas, es que “la descentralización no gusta a los par-
tidos políticos”, salvo pequeñas excepciones, de algunos parlamentarios
comprometidos realmente con sus regiones.
Podríamos seguir con muchos otros casos como uno de los problemas
transversales de nuestra historia e identidad. El Chile del centenario tenía
un poco más de tres millones doscientos cuarenta y nueve mil doscien-
tos setenta y nueve habitantes (según consta en el censo de 1907) y en 117
Santiago se concentraba el 10% de los habitantes del país; hoy, la Región
Metropolitana tiene más del 40% de la población –pensando en una mejor
calidad de vida y desarrollo profesional– un crecimiento desmesurado en
desmedro de las regiones.
Es de esperar que el Chile ad portas de su bicentenario pueda todavía
madurar y cimentar una sociedad más justa, menos individualista, una ver-
dadera equidad, una política local eficaz, valedera y con una activa participa-
ción ciudadana y comunitaria (como en las antiguas poleis), y una toma de
decisiones basada en la cosmovisión regional. ¿No sería factible proponer
que el presupuesto de cada una de las regiones sea definido por ellas, au-
mentando el poder de decisión y competencias de las mismas en diversas
materias de índole político (elección de intendentes), económico, social y
cultural? ¿Cuántas obras prometidas en las regiones como el teatro Penco-
politano que debería estar situado en la costanera del río Biobío quedaron
excluidas para 2010? Muchas otras fueron sólo promesas y proyectos no ma-
terializados y tristemente olvidados. Por último, terminar con la escandalosa
cifra, que el 73% de la inversión pública está decidida para Santiago o mejor
dicho sólo el 17% del gasto fiscal del país se destina a las regiones.
Debido a estas y otras desigualdades es imperativo que los objetivos
y propósitos de la regionalización puedan concretarse. Así, el proceso de
descentralización y su consecuente desarrollo regional dejarán de ser un
mito para convertirse en forma definitiva, en una realidad histórica concre-
ta. Por ahora estamos lejos de ello.

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Historiadores chilenos frente al bicentenario

Reflexiones
en torno al bicentenario

Marciano Barrios
Universidad Católica Silva Henríquez

E stas líneas solamente se proponen desgranar algunas ideas sueltas,


surgidas ante la invitación que hicieron los responsables de esta publi-
cación colectiva a un grupo de académicos dedicados al culto de Clío. No
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sé si responder a las exigencias de quienes la extendieron o a las expectati-


vas de quienes la lean. El hombre suele perder la perspectiva del acontecer
histórico y tiende a disminuir o aumentar sus verdaderas proporciones;
se queda en las simples apariencias que le impiden ver lo esencial de los
sucesos. Se preocupa de lo que ocurrió en el pasado para comprender el
ahora. Algunos se arriesgan, anunciando lo que nos traerá el mañana. Ol-
vida fácilmente que un acontecimiento es histórico, no por su calidad de
pasado, sino por su presencia y permanencia en el tiempo.
He tratado de encontrar los acontecimientos de nuestro pasado que
una vez se hicieron presentes y siguen vivientes en nuestros días. Des-
pués de mucho pensar concluí que todo tiempo vivido es una larga cade-
na de esperanzas, que despierta entusiasmos que se van desvaneciendo
lentamente, surgiendo crisis que desorientan individual y colectivamente
a quienes formamos la sociedad chilena. Cada uno se esfuerza para que
esta esperanza fructifique en algo concreto y duradero. Las sociedades van
desapareciendo y dejando una estela de agridulce nostalgia. Las personas,
en cambio, en lo íntimo de su ser se aferran a lo que, habiendo tenido una
presencia, se mantiene en forma permanente. ¿Qué es ese algo que triunfa
sobre el paso del tiempo? ¿Cómo se puede vencer a la muerte? ¿Existe algo
que nos trasciende y que nos hace esperar contra toda esperanza? Debe-
mos revivir la memoria y dejar libre la imaginación para que nos traiga al
inquieto presente el entusiasmo que despertaron tantas esperanzas en el

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historiadores chilenos frente al bicentenario

pasado. Todos los sueños se realizan si existe voluntad para encauzar las
energías de la juventud en pro del bien común.
Varias instituciones forjaron la patria que hoy tenemos. Pero solamen-
te deseo evocar tres que no han contado últimamente con estudios siste-
máticos de carácter histórico: la familia, la escuela y la Iglesia. Ojalá en la
alborada de un nuevo centenario recordemos estas tres instituciones y las
personas que hicieron de su vida una entrega amorosa y permanente en
bien de quienes son el futuro de Chile.
Nuestra fe cristiana nos dice que todo pasa y que el amor permanece y
engendra nueva vida. Esta afirmación debe destacarse al celebrar el bicen-
tenario, pues en momentos que la familia parece desmoronarse, es conve-
niente recordar que lo más importante de una sociedad son sus hombres,
y que crecen y se forman en un entorno hogareño. La familia se integra
con un varón, una mujer y los hijos. Pareciera que en siglos anteriores, la
subordinación de la mujer al marido no satisfizo plenamente a la primera.
Hoy ha logrado la equidad, pero inquieta la suerte de los niños en los pri-
meros años de su vida. Si éstos carecen del cuidado amoroso de quienes
dan prioridad al trabajo que permite acceder a los bienes que ofrece el
mercado, el fruto del amor queda postergado.
Durante las celebraciones del primer centenario todos recordaron la
libertad política, conseguida tras duro bregar contra la realidad o el miste-
rio del Infinito. Uno de ellos nos reveló que Dios es amor; que envió a su
Hijo quien se anonadó para salvar a todos sus hermanos, quien nos dejó
el mensaje de que para ganar la vida es necesario perderla, que para imitar
120 a su Padre es indispensable buscar el reino de la justicia y caridad, pues lo
demás vendrá por añadidura.
Muchos seguidores del maestro han insistido en que somos criaturas
dependientes, que se nos pedirá cuenta de lo que hemos hecho para per-
feccionar este mundo en que nos ha tocado vivir. La escuela debe insistir
en el potencial creador que posee todo ser que nos toca formar. Los méto-
dos y técnicas mejoran la educación, pero sin la fuerza de una motivación
que surja de una idea que impulse a la entrega entusiasta por una causa
noble y elevada, la apatía, el egoísmo se pueden imponer en el nuevo siglo
que iniciaremos en el año 2010.
Es indispensable forjar un mundo mejor con responsabilidad de hom-
bre maduro, con amor de novio enamorado que inicia una nueva etapa y
con la sabiduría que entrega la experiencia y el estudio. Todos estos ingre-
dientes pueden integrarse para conseguir la formación de un Chile nuevo,
donde familias estables, centros educacionales y las iglesias conjuguen la
innovación con el respeto a las tradiciones y comprendan la parcialidad de
nuestras interpretaciones limitadas.
Las tres instituciones fundamentales de la nación debieran contar con
el apoyo del Estado para imponer, a quienes manejan los medios de co-
municación social, un mínimo de exigencias. Falta actualmente en muchos
de ellos un grado elevado de honestidad, competencia y decencia del len-
guaje. Ellos ejercen casi sin control una influencia, a veces funesta, sobre
quienes por las injusticias sociales del pasado carecen de criticidad para
valorar sus informaciones.

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Historiadores chilenos frente al bicentenario

Siendo un medio de educación pública hay que exigirles respeto a los


principios básicos de toda pedagogía. Han mejorado los medios técnicos,
pero los fines que se proponen se han rebajado a un nivel ya insoportable
para quienes conocimos, en los diarios, en los periódicos, revistas, emi-
siones radiales y programas de televisión, a verdaderos educadores que
dignificaron su oficio y lograron elevar el nivel cultural de todos los ciu-
dadanos.
Creo que todos los chilenos, en momentos críticos de nuestra histo-
ria, vibramos con la frase de Juan Pablo II, “el amor es más fuerte”. Si es
necesaria la unidad interna, no lo es menos la externa. Ella se selló con la
imagen de Cristo Redentor en las alturas de los Andes. La unidad de las et-
nias que conviven en nuestro suelo se ha manifestado durante una historia
milenaria en la Madre Virgen. Para unos será la madre tierra, para otros es
María, madre de Jesús, el Hijo que nos reveló la infinitud del Padre.
La unidad y hermandad de quienes son criaturas del mismo Padre
constituyen lo positivo de nuestro patrimonio que debemos conservar y
acrecentar contra la arremetida de los egoísmos. Así la sociedad de consu-
mo alcanzará para todos y no para unos pocos.

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Historiadores chilenos frente al bicentenario

Historia y memoria de la nación:


los pueblos indígenas
y la historiografía en el bicentenario

Álvaro Bello
Universidad Católica de Temuco

El Centenario ha sido una esposición de todos 123


nuestros oropeles i de todos nuestros trapos sucios.
Julio Valdés Cange, Sinceridad: Chile íntimo en 1910

U na de las grandes preguntas del bicentenario es: ¿quiénes y cómo han


contribuido a edificar lo que hoy llamamos nación chilena? Por su-
puesto hay una respuesta retórica a esta pregunta que lo más probable
es que nos incluya a “todos” como esforzados constructores de la nación.
Pero la historia y la historiografía develan o, más bien, deben develar otras
posibles preguntas y, por cierto, otras posibles respuestas. El ejercicio his-
tórico debe contribuir a evidenciar las omisiones y las faltas, le correspon-
de alumbrar las zonas opacas de nuestro pasado desde todas las ópticas
posibles y pensables. Si no es así, el ejercicio historiográfico sólo puede
ser considerado como un servicio a una causa o a un sector de la sociedad
chilena cuyo único objetivo es la construcción de una historia unívoca,
interesada, sesgada e inútil que legitima la exclusión de vastos sectores de
nuestra sociedad como los pueblos indígenas.
En este breve ensayo planteo que la celebración del bicentenario es
una instancia propicia para revisar las perspectivas vigentes de la llama-
da “historia nacional”, entendida como relato hegemónico que excluye o
subordina otras miradas y otras historias. En esta perspectiva planteo que
una revisión del pasado y de la práctica historiográfica, que legitime e in-
corpore las “otras” historias, puede ayudar a comprender no sólo las com-
plejidades de la construcción de la nación en el pasado sino, también, la si-

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historiadores chilenos frente al bicentenario

tuación actual de exclusión y subordinación en que se encuentran, dentro


de esta nación bicentenaria, sujetos sociales como los pueblos indígenas.

Los pueblos indígenas:


¿sujetos históricos o sujetos de la historia?

En los años posteriores a la ocupación de la Araucanía lo que algunos lla-


maban el “problema mapuche” se creía terminaría por el simple hecho del
contacto cotidiano con la llamada civilización, representada entonces por
la escuela, el registro civil o el servicio militar. Se pensaba entonces que
eran los medios más adecuados para “aculturar” e integrar a los mapuches
a la nación. De hecho el concepto de aculturación, utilizado durante dé-
cadas por la Antropología y el Estado se difundió hacia otras áreas, como
la educación, por ejemplo, y se convirtió en la meta a alcanzar con el fin
de integrar o asimilar a la población mapuche. Era tal la confianza en el
proyecto civilizatorio y en la estrategia aculturativa que escritores, políti-
cos e intelectuales de los años treinta y cuarenta adelantaron la muerte y
desaparición de lo que entonces se denominaba “cultura mapuche” (se
utilizaba el concepto cultura como sinónimo de sociedad o grupo social,
pero con un criterio de inferioridad).
En aquella época, los cálculos (¿o expectativas?) señalaban que los ma-
puches pronto se mezclarían con la población campesina o, en su defec-
to, con la gente de las ciudades. Asimismo, se pensaba que sus “rasgos” o
124 “elementos” culturales, inventariados una y otra vez por los etnógrafos,
tales como la lengua, la religión, las “costumbres”, se diluirían hasta que-
dar como recuerdos “folclóricos” o “museológicos”. Tomás Guevara, por
ejemplo, rector del liceo de Temuco (hoy liceo Pablo Neruda), hombre de
vasta cultura letrada y profundo conocimiento sobre los mapuches, pu-
blicó en 1913 una de sus obras más importantes: Las últimas familias y
costumbres araucanas. En este texto se refería a los mapuches y su cultura
en tiempo pasado y hablaba de los mapuches contemporáneos como una
población que estaba siendo rápidamente absorbida por la civilización. No
obstante, era contrario a la idea vigente en su tiempo, la de “extinguir” por
la vía de campañas civilizatorias “a los viejos restos de la estirpe araucana”.
Por el contrario, decía que había que dejar que la civilización por sí sola,
en un proceso “natural”, se encargase de hacerlo.
La historia y quien la escribe son un importante punto de inflexión
no sólo del conocimiento sino, también, de las relaciones de hegemonía
y dominación. Para los pueblos indígenas la historia es un elemento muy
importante porque en tanto pueblos que han sido incorporados a los Es-
tados nacionales, de manera subalterna y subordinada, se les ha negado
la posibilidad de escribir su propia historia, en cambio, esta tarea ha sido
asumida por otros que han elaborado sus propias interpretaciones acerca
de los indígenas. Esto puede parecer obvio, excepto si se considera que
dicha escritura de la historia y del pasado indígena se ha inscrito dentro de
un marco mayor como es la “historia nacional”, donde la historia indíge-
na tiene un lugar subordinado e incompleto. La historiografía ha pasado

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Historiadores chilenos frente al bicentenario

a conformar una forma de representación de lo indígena en un momento


histórico específico como es el de la construcción del Estado nacional.
Michel De Certeau señala que la escritura de la historia, la historiografía
tal como la conocemos hoy, es parte de la modernidad que comienza una
creciente separación entre el presente y el pasado. Bajo este mismo meca-
nismo, la modernidad se separa de la tradición y la articula al pasado. La
escritura de la historia supone la separación entre dos ámbitos distintos,
lo que provoca la escritura (el “otro”, el hecho “real”) y quien escribe los
discursos sobre el “otro”. Así, la escritura de la historia se convierte en un
discurso con cierta autonomía y estabilidad en el tiempo, según su grado
de internalización y oficialización como discurso “oficial”.
La historia de los otros asume un carácter hegemónico cuando se escri-
be sobre una sociedad o grupo ágrafo, es ahí donde la escritura de la his-
toria por un grupo dominante adquiere mayor significación. Ésa es la tarea
que emprendieron cronistas y escribanos hispano-criollos a lo largo de la
época colonial. Sin embargo, el inicio de la historiografía sobre los indíge-
nas en Chile se produce con los trabajos de los grandes historiadores del
siglo xix, especialmente con la obra de Diego Barros Arana, quien asume
en su escritura el discurso de los grupos hegemónicos abocados a la cons-
trucción del proyecto nacional. Su obra, como la de Benjamín Vicuña Mac-
kenna y José Toribio Medina, se podría decir que se hace en ausencia del
sujeto descrito, ausencia no sólo física sino, además, temporal. La escritura
de la historia indígena se hace en tiempo pasado como si el sujeto descrito
ya no existiera. De esta manera, se produce una separación del sujeto social
indígena, el indio real y el indio imaginario; mientras el primero aparece 125
silenciado y ausente, el segundo es objeto de diversas representaciones que
van desde la idealización “positiva” (el indio guerrero y valiente) a la pre-
sentación negativa (el indio borracho, cruel y polígamo).
Aunque entre la obra de los historiadores decimonónicos y los estu-
dios actuales han ocurrido muchos cambios en cuanto a enfoques disci-
plinarios, intereses temáticos y perspectivas teóricas, es innegable la in-
fluencia que han continuado teniendo hasta hoy obras como las de Diego
Barros Arana, Francisco Encina o Jaime Eyzaguirre. Ello se refleja también
en una suerte de actualización o reciclado de visiones hispanistas que nie-
gan validez a la historia indígena y a los sujetos que la componen.
Por otro lado, a partir de los años sesenta se produce un importante
giro en los estudios históricos con la incorporación de un conjunto de
enfoques y técnicas destinadas a recuperar la historia de los sujetos y de
las pequeñas comunidades. Lo que nace como un movimiento social y
político se va a convertir, a la larga, en un ámbito de confluencia interdisci-
plinaria que tendrá como base la oralidad. La recuperación de la oralidad
en la historia es un elemento central en la reconfiguración no sólo de los
modos de hacer historiografía sino que en la nueva dimensión que adquie-
re el pasado para los sujetos subordinados. Se intenta recuperar una forma
de transmisión de la historia en sociedades donde la oralidad, por sobre la
escritura, ocupa un lugar central.
Así, dentro de la historia oficial, la indígena ha estado atrapada en un
discurso que se articula en torno a la historia de los grupos hegemónicos

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historiadores chilenos frente al bicentenario

y que, por lo tanto, insiste en darle un lugar subordinado, negando su va-


lidez como parte de un relato distinto, pero más legítimo de nación. Por
supuesto, esto no niega la contribución de los trabajos historiográficos de
los últimos años como los de Leonardo León, José Bengoa o Jorge Pinto,
por nombrar a los más conocidos, sin embargo, la importancia de esta
obra no ha resuelto el problema del lugar subordinado de la historia indí-
gena dentro del “relato histórico nacional”.

De la historia oficial
a una memoria de la nación

El bicentenario es, entonces, el momento, no el único, pero sí uno de los


más significativos, para correr el velo que encubre aquella acuciante pre-
gunta de, ¿quién y cómo ha construido lo que hoy se llama nación chilena?
Al poner las cosas en este plano pareciera ser que lo único que queda es
enfrentar el pasado oficial y deconstruirlo para rehacerlo en una historia
diferente, que acoja la diversidad de voces que han sido cubiertas por el
manto de aquella historia que se ha instalado en las aulas, en el sentido
común y en la idea de una identidad nacional que excluye otras identida-
des y otros pasados.
Pero la reconstrucción del pasado es posible a condición de incluir no
sólo al conjunto de actores y procesos que “aportaron” a la construcción
de la nación chilena sino, también, a aquéllos que han sido las víctimas de
126 este proyecto, los que quedaron en el camino y que hasta hoy son visuali-
zados por las visiones excluyentes como sujetos no integrados al proyecto
nacional predominante. De este modo, al pensar en una nueva historia
total, que contribuya a la elaboración de una memoria de la nación, se pre-
cisa desentrañar la historia y la memoria de los sujetos que han ingresado
a la historia oficial por una puerta trasera y que siguen siendo excluidos
por visiones que sólo toleran una única versión del pasado. Hacer este
ejercicio puede no sólo contribuir a cambiar y diversificar las visiones so-
bre nuestro pasado sino, también, puede y debe contribuir a cambiar las
visiones presentes sobre la idea de nación que ha perdurado por tanto
tiempo.
Pensar desde esta perspectiva significa ir más allá del desarrollo temá-
tico o disciplinario de una “historia indígena”, como podría pensarse en
este caso. Significa reflexionar en torno a las ambivalencias y las contra-
dicciones que la historia oficial esconde al borrar a los múltiples sujetos
y actores que conforman el gran mapa de la historia que ha contribuido a
crear la idea de nación chilena vigente. No se trata sólo de realizar un ac-
to simbólico de inclusión del “otro”, ese intento ya fue fraguado en torno
a la celebración del primer centenario con visiones como las de Nicolás
Palacios, Isidoro Errázuriz o Francisco Antonio Encina. Como se ha visto
en los últimos tiempos, tampoco es suficiente la retórica de una “verdad
histórica” si es que ella no contribuye a repensar el pasado y los efectos
que éste ha tenido para las personas de carne y hueso que hoy se siguen
identificando como indígenas. De lo que finalmente se trata es de pensar

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en una historia inclusiva que sea el fiel reflejo de una nación de ciudada-
nos diversos. Pero no se trata sólo de reescribir la historia sino que sobre
todo articular el gran texto de la historia escrita con el entramado de las
múltiples memorias que conviven en este país. En todo caso, es claro que
“los combates por la historia” van más allá de los buenos deseos o las bue-
nas intenciones. Una revisión del pasado implica una hegemonía distinta
que sea capaz de articular la filigrana del pasado diverso, del pasado su-
bordinado y excluido frente a un pasado oficial, naturalizado a través de la
historia oficial hegemónica.

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Historiadores chilenos frente al bicentenario

Algunas tendencias
del Catolicismo Social en Chile:
reflexiones desde la Historia

Andrea Botto
Pontificia Universidad Católica de Chile

P arece existir un lugar común en la historiografía que trata sobre el cato- 129
licismo chileno, que consiste en contraponer conservadores y liberales,
colocando a un lado las posturas tradicionalistas o integristas y, al otro, las
más progresistas. Según esta misma tendencia, los primeros habrían sido de-
rrotados al desintegrarse los paradigmas en los cuales se sustentaban, mien-
tras que los segundos, habrían triunfado con la adaptación del catolicismo
a los nuevos tiempos. Sin embargo, estos estereotipos pueden llevarnos a
errores de interpretación y a pasar por alto la gran cantidad de matices que
existen al interior del espectro católico chileno. Aquí proponemos descubrir
a un sector de católicos chilenos que han sido tachados de tradicionalistas
e, incluso, de retrógrados, pero que nos sorprenderán por sus novedosos
proyectos en el terreno del catolicismo social.
Las diferencias entre católicos progresistas y católicos tradicionalistas
están presentes en Chile ya en el siglo xix, pero se acentúan después de la
publicación de la encíclica Rerum Novarum (1891) y del llamado del Papa
a los católicos a hacerse cargo de la “cuestión social”. Sin embargo, cree-
mos que la división entre los católicos se profundizó en la década de 1930,
convirtiéndose en un problema complejo, lleno de matices aún no pro-
fundizados por los historiadores. Creemos, también, que la historiografía
ha puesto demasiado énfasis en el aspecto político de esta problemática,
dejando de lado el plano de las ideas. En este sentido, queremos afirmar
que las pugnas al interior del catolicismo se dieron, más bien, porque las
nuevas exigencias del social-cristianismo hicieron surgir una variedad de

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historiadores chilenos frente al bicentenario

posiciones en torno a lo que cada cual entendía por cristianismo social. Pa-
ra algunos, era necesario vincular el social-cristianismo con el poder polí­
tico, único vehículo para lograr resultados concretos. Para otros, se trataba
de desvincularse de la política para abocarse a la acción concreta en el pla-
no social. Estos últimos pensaban que la transformación de las conciencias
podía lograr un auténtico compromiso del hombre con los problemas de
su entorno. Las posiciones irán cambiando a lo largo de las décadas y, sin
duda, dependerán del contexto y de las circunstancias por las que atravie-
se el país a lo largo del siglo xx. Pensamos que una breve reflexión sobre
el significado de la “generación del 30” puede darnos algunas sorpresas
sobre lo que se ha entendido por catolicismo social y sobre quienes han
sido sus representantes.

El contexto en que nace


la generación del 30

Desde 1901, el Partido Conservador adoptó el “orden social-cristiano” co-


mo bandera oficial, formándose en su interior una corriente que vertía
sus esfuerzos en obtener leyes sociales. Pero en su mayoría, el partido era
económicamente liberal y pasivamente ineficaz ante los reales problemas
de la sociedad chilena. Rafael Luis Gumucio intentó redefinir las orienta-
ciones del partido en la Convención de 1931, señalando que: “debemos
desentendernos de los espíritus que desdeñan como quimérica la nueva
130 filosofía social católica e ir sinceramente, valientemente y obedientemen-
te a las soluciones integrales que nos enseñan los recientes documentos
pontificios”. No obstante, a la mayoría de los miembros del partido estas
tendencias le incomodaban, al igual que a gran parte de la jerarquía cató-
lica. Es decir, si bien el social-cristianismo estaba incorporado –al menos
conceptualmente– al conservadurismo, un grupo entendía que había que
llevarlo a la acción, mientras que otro prefería interpretarlo simplemente
como una serie de “principios guía”.
Ante la indiferencia de gran parte de la elite política chilena frente a los
problemas de los pobres, un grupo de jóvenes católicos, impulsados por
una generación de sacerdotes ocupados en difundir el social cristianismo
(Fernando Vives Solar, Guillermo Viviani, Oscar Larson, Jorge Fernández
Pradel, Martín Rücker, etc.) se unió a la Asociación Nacional de Estudiantes
Católicos para: “trabajar por la restauración de todo en Cristo, y con este
objeto desarrollar una intensa labor católica en todas las clases sociales, es-
pecialmente entre la juventud y los obreros”, según señalan sus estatutos.
Su epicentro fue la Universidad Católica y tanto ahí como en la Liga Social
formada por Fernando Vives, se convocaron los futuros líderes y dirigentes
del laicado católico chileno. A este grupo se le conoce también como la
“generación del 30”.

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Historiadores chilenos frente al bicentenario

Los políticos y los apolíticos

Esta generación nacida en la primera década del siglo xx, educada en los
principios socialcristianos de la Rerum Novarum, formada en la Asocia-
ción Nacional de Estudiantes Católicos, en los Círculos de Estudios, en
la Liga Social y en la Acción Católica, era portadora de un nuevo espíritu
de preocupación social que se vería respaldado y fortalecido por la pu-
blicación de la encíclica Quadragesimo Anno, en 1931. Predominaba en
estos jóvenes un tipo de formación y de acción social al margen de toda
actividad política. Esta prescindencia de la política se debía no sólo al des-
crédito en que habían caído los partidos políticos en la década del veinte
sino, también, al hecho de que muchos de los sacerdotes asesores de esta
juventud no estaban de acuerdo con la manera en que el Partido Conser-
vador estaba haciendo gala de su catolicidad.
El problema era que los conservadores exigían el ingreso de estos jóve-
nes a las filas del partido, única militancia posible para un católico en aque-
llos tiempos. Ante la negativa de sacerdotes y de jóvenes que clamaban por la
libertad de militancia, se interrogó a la Santa Sede y se obtuvo la famosa carta
del cardenal Eugenio Pacelli, de 1934, que dio la razón a los jóvenes y que
significó para siempre la pérdida de la exclusividad conservadora para los ca-
tólicos chilenos. De ahí en adelante, la juventud tomaría rumbos propios.
Hacia 1935, entonces, comenzaron a aparecer distintas tendencias al
interior de esta generación, una más espiritual, debido a su aproximación
más filosófica a la cuestión social: Armando Roa, Julio Phillipi, Jaime Eyza-
guirre, Clarence Finlayson, etc.; y otra más proclive a la acción: Bernardo 131
Leighton, Eduardo Frei Montalva, Radomiro Tomic, Francisco Bulnes, etc.
Por ende, podemos identificar dos grupos: uno, que pese a la oposición
de sus líderes espirituales, ingresará a la política formando parte de la Ju-
ventud Conservadora y luego se transformará en la Falange; y un segundo
grupo, férreamente apolítico, al cual llamaremos “ligueros” –el término fue
sugerido por Gonzalo Vial– porque creemos que son los más fieles defen-
sores del ideario de la Liga Social del padre Fernando Vives, a pesar de que
ésta se desintegró con la muerte del sacerdote, en 1935. La historia de los
“políticos”, formadores de la Falange y luego de la Democracia Cristiana en
1957, ha sido ampliamente tratada por la historiografía, al igual que su ses-
go progresista en lo social. Sin embargo, creemos que los apolíticos “ligue-
ros” han sido menos conocidos y que su influencia ha sido menospreciada
al calificarlos simplemente de integristas, tradicionalistas o retrógrados.
¿Quiénes son los “ligueros”? Se trata de aquellos jóvenes que habiendo
integrado la Liga Social al igual que los futuros falangistas, prefirieron no
involucrarse en la política contingente, según la línea establecida por los
sacerdotes Fernando Vives y Oscar Larson. Su postura era crítica de los po-
líticos conservadores, a quienes acusaban de mostrar una gran indiferen-
cia ante los problemas sociales; también pensaban que había que actuar en
forma más profunda, en el alma de la clase dirigente chilena, para abrirles
los ojos ante los reales problemas de gran parte de los chilenos.
El espíritu de la Liga Social y de Fernando Vives siguió vivo a través
de este grupo de hombres que se encargaron de dar a conocer la doctri-

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historiadores chilenos frente al bicentenario

na social de la Iglesia por los siguientes veinte años. La revista Estudios,


fundada en 1932 y desde 1934 bajo la dirección de Jaime Eyzaguirre, se
convirtió en su principal órgano de difusión y en una verdadera trinchera
de la avanzada social-cristiana. La labor de Estudios será continuada en los
años sesenta y comienzos de los setenta por la revista Dilemas, aunque en
un plano mucho más intelectual que su antecesora.
Lo que caracterizó a los “ligueros”, en el terreno del catolicismo social
al menos, fue la defensa del derecho de los católicos a hacer acción social
sin color político. Pero quizá su aspecto más novedoso y sorprendente
estuvo en lo avanzado de sus ideas y proyectos sociales. Bajo la bandera
de Quadragésimo Anno, abrazaron fervorosamente las nuevas temáticas
propuestas por ella –y que causaron espanto en parte de las filas conserva-
doras mayores–: el corporativismo, el sindicalismo, las nociones de salario
justo, de salario mínimo, de salario familiar, de dignidad de la vivienda
obrera, de educación popular, etc. ¿Quiénes participan de las propuestas
de Estudios? Entre otros, el propio padre Fernando Vives, Jaime Eyzagui-
rre, Julio Philippi, su madre Sara Izquierdo (suegra de Jaime Eyzaguirre),
Clemente Pérez, Roberto Barahona, Alfredo Bowen, Clarence Finlayson,
Alberto Hurtado, Manuel Larraín, Gustavo Fernández del Río, Eduardo
Frei Montalva, Osvaldo Lira, Emilio Tagle, Mario Góngora (en una segunda
o tercera etapa), etcétera.
¿Son conservadores? Sí en cuanto a su mentalidad, a la valoración de la
tradición y al rechazo de los principios de la Ilustración; en cuanto a que
consideran que el catolicismo no es sólo un fondo cultural sino el elemen-
132 to más importante de la vida y que debe empapar todos sus ángulos y, por
último, en cuanto pretenden retomar un catolicismo comprometido con
la existencia. Pero no son conservadores en sus posturas sociales, sino de
avanzada: no pretenden “conservar” esta sociedad, sino cambiarla. Sus pro-
puestas son progresistas, tal como se ve en la idea tantas veces propuesta
en Estudios, de efectuar una redistribución de la tierra subdividiendo los
grandes latifundios o, bien, de establecer un consejo económico y social
que dirigiera la economía del país. Además, la relación de los “ligueros”
con la derecha tradicional fue difícil, pues tenían profundas diferencias.
Los primeros proponían la intervención del Estado en la vida económica,
mientras que conservadores y liberales clamaban por el laissez faire. La
derecha también defendía el régimen de partidos, pero los “ligueros” eran
corporativistas y lo continuaron siendo durante mucho tiempo, a pesar del
desprestigio de este ideario como consecuencia de la actuación del Eje en
la Segunda Guerra Mundial.
Su progresismo social también se ve en otros frentes. La revista Es-
tudios modificó el concepto de caridad, aunque, sin duda, la ensalzaba
como virtud teologal, rechazaba la noción de “limosna” o “beneficencia”
como medio para tapar las faltas de la justicia. Leemos en sus páginas fra-
ses como: “Yo diría a muchos patrones que antes de ocupar su dinero en
gastos superfluos o en obras de beneficencia y caridad, atendieran prime-
ro a las necesidades de sus trabajadores”.
En lo concreto, podemos ver que este grupo no es un representante
ideológico de los sectores agrarios, tradicionalistas y de derecha –como se

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Historiadores chilenos frente al bicentenario

ha sostenido en cierta historiografía– sino, más bien, uno que promueve


reiterativamente medidas que causaban profundo rechazo en esos secto-
res: la sindicalización campesina, la formación de corporaciones patrona-
les-obreras, el accionariado obrero, el salario familiar, etc. Les sorprende a
los miembros de Estudios:

“la alarma que produce en todo chileno de alguna situación


social (...), todo lo que puede significar un gasto: buena ha-
bitación para el obrero, salario capaz de sustentarlo, sindi-
catos, todo eso parece novedad peligrosa (...). En el fondo
de la mente de muchos patronos, acaso de la mayoría y me
refiero a los católicos, existe la idea de que el producto del
trabajo pertenece primariamente a ellos y que al trabajador
sólo le corresponde lo necesario para mantener unida el al-
ma con el cuerpo. Y es lo curioso (...) que muchas personas
reconocen en teoría la justicia de la enseñanza pontificia y
en la práctica proceden en conformidad a su interés estre-
cho, sin espíritu de caridad ni comprensión del deber so-
cial”.

Para los “ligueros” no bastaban las normas abstractas o las leyes gene-
rales, sino que se hacía imperioso conocer la realidad concreta de Chile.
Así, varios artículos de especialistas nos entregan datos sobre vivienda,
salud, mortalidad higiene pública, salario, alimentación, educación, etc.,
de los chilenos. 133
Por motivos de espacio, no podemos hacer aquí un análisis del con-
tenido de Estudios ni del pensamiento de este grupo, sino simplemente
constatar su profunda cercanía –tradicionalmente catalogado de integrista
y conservador– al ideario social-cristiano.
Gonzalo Vial habla de “malabarismos dialécticos” para referirse a estas
etiquetas erróneas que sirven para encasillar a grupos e ideas. Lo cierto es
que estos encasillamientos no ayudan en nada a la comprensión de nues-
tro pasado histórico.
El grupo de los “ligueros” fue poco comprendido en su época, se les
criticó su abstencionismo político en momentos en que la derecha (a la
cual pertenecían por lo menos en cuanto a sus vinculaciones sociales)
perdía terreno. Con posterioridad, también se les calificó de retrógrados
y sectarios. Sin embargo, ninguno de esos calificativos tiene que ver con
lo que realmente eran: una generación de visionarios profundamente vin-
culados con un sincero sentimiento social-cristiano. Su independencia de
la política y –por ende– su reticencia a apoyar a las filas conservadoras;
sus propuestas atrevidas y controvertidas, sobre todo para los sectores de
derecha y su alejamiento de las posturas oficiales de la Iglesia después de
los cincuenta, nos hablan de un sector que quiso mantenerse al margen de
los factores de poder. Es interesante constatar esto, pues pareciera ser que
estamos frente a un laicado que optó por tomar sus propios rumbos.
El grupo liguero es también representativo de las rupturas en torno a
la forma de interpretar la doctrina social de la Iglesia. Los proyectos que

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historiadores chilenos frente al bicentenario

plantearon para el mejoramiento social, y que causaron más de una polé-


mica, son reflejo de la complejidad del catolicismo de mediados del siglo
xx. Sin embargo, el modelo de los “ligueros” descansaba en dos paradig-
mas que se agotaron en la segunda mitad del siglo: el de las corporaciones
naturales y el de la economía antiliberal. El nuevo catolicismo de fines de
siglo terminó adhiriendo a los principios que tanto combatieron: la econo-
mía social de mercado y la democracia liberal. No obstante, creemos que a
pesar del agotamiento del modelo, el espíritu “liguero” hizo mucho por re-
mover la conciencia de los chilenos en torno a las deficiencias económicas,
sociales y culturales del país desde una trinchera ajena por completo a los
partidos políticos y a la “politiquería”, y no por ello, menos comprometida
con la acción y con su presente.

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Historiadores chilenos frente al bicentenario

¿Crisis del Bicentenario?


Comentario a unas simples y perennes
críticas doctrinarias

Andrés Brange
Pontificia Universidad Católica de Chile

H abitualmente cuando se pide pensar una visión sobre 2010 lo prime- 135
ro que se viene a la mente es una crítica del mismo, es decir, hacer
un juicio de valor sobre esta situación –¡no podría ser de otra manera!,
sostendría más de alguno–. El procedimiento es bastante fácil, aunque no
menos sutil: nos situamos en el presente y analizamos si éste está bien
guiado hacia un futuro que, de antemano, idealizamos.
Estas visiones, a su vez, presentan el tópico común de ser general-
mente sombrías, siendo habitualmente ácidas, sarcásticas o melancólicas,
como cuando se dice junto a Horacio que no estamos a la altura de los
tiempos. Y es que el percibirse en una situación insuficiente –nuestro pre-
sente– para llegar a un estado mejor, que frecuentemente es arropado co-
mo ‘propuesta’, es la base de estos razonamientos. Sólo así entendemos la
insistencia de exponer 2010 como el tiempo de superación de las caren-
cias nacionales. El bicentenario sería el plazo de nuestros desafíos.
Ahora bien, si el tono negativo es el aglutinante de todas estas visiones,
no significa que éstas carezcan de diferencias. Claro que las hay, pero son
más bien doctrinales. Así, distinguiremos dos grupos de reacciones que,
creemos, abarcan gran parte de los discursos actualmente presentes, cuya
diferencia sustancial es, como decíamos, doctrinal. Veámoslas.
La primera reacción –es primera por orden de difusión cultural, ¡qué
no se crea, por favor, que es por adhesión personal!– es la que podríamos
llamar de los ‘afrancesados’ que, al igual que a comienzos del siglo xx,
existen en demasía en nuestro medio, pero son menos ingenuos y saben

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camuflarse mejor en nuestra idiosincrasia. Éstos canalizan sus ideas citan-


do con asombrosa frecuencia a Michael Foucault, como también, en el ca-
so de los más actualizados, a Simon Schama –a pesar de no ser francés, y
es que el espíritu afrancesado se define, como nos recuerda José Ortega y
Gasset en su primera obra, en función de la moda, que implica, más bien,
la avidez por lo nuevo–. Sus visiones sobre el bicentenario, a grandes ras-
gos, nos dicen que el Chile de 2007 sigue siendo un país de costumbres
tradicionales, como cuando sostienen que aún hoy se mantienen las imá-
genes antiguas de la usanza colonial, condición que impediría una mejor
situación actual. Creen de manera implícita que este escenario es lamenta-
ble, ya que, adaptados a las nuevas sensibilidades, tienen la suficiente pru-
dencia de no decir abiertamente que el país está podrido (virtud aprendi-
da de sus antiguos ancestros afrancesados, que quedaron tan mal parados
frente a nuestra historia, entre otras cosas, por la carencia de ésta).
En síntesis, para este primer grupo somos muy irracionales aún y por
eso padecemos de todos los males sociales y culturales imaginables. Sin
embargo, todo esto lo dirán desde la época de Cristóbal Colón hasta quién
sabe cuanto más allá del bicentenario, y es que no quieren entender que
por ser chilenos, poco más vamos a tener de semejantes a París o Londres
que el casco corroído de una Talca añeja. Así, si se señala todo esto ahora,
es por ocasión del bicentenario y no por causa del mismo.
El segundo grupo de reacción ante 2010 viene de los más conservado-
res, que no podían acusar escasez tanto en la difusión de sus ideas como en
la intensidad de la crítica al bicentenario. Éstos, al igual que los del primer
136 grupo, están de acuerdo en percibir sombríamente nuestro presente, pero
por una operación distinta. Si los primeros no están conformes con éste por
la falta de racionalidad o de modernidad –a pesar de que ellos mismos se
indignen al leer este concepto– los segundos lo critican justamente por lo
contrario. Hay tanta modernidad –o para los más ácidos ‘posmodernidad’–,
que ha destruido los modelos y las tradiciones antiguas. Su voz contiene ver-
daderos timbres melancólicos y sus períodos predilectos son la Antigüedad
Clásica y la Edad Media cuando buscan en el horizonte lejano, como el Ro-
manticismo cuando su mirada se detiene en el panorama contemporáneo.
Un prototipo de ellos fue Mario Góngora y, como él, ven en Edmund Burke
y Jean Jacques Rousseau más parecidos de los que realmente existen.
Éstos, los herederos de Andrés Bello, están considerablemente más
lejos de estar contentos con el mundo actual que los primeros y tienen
muchas razones para estar así: dirán que la modernidad tiene amenazadas
y ya casi liquidadas las instituciones fundantes de nuestra civilización occi-
dental, como la familia, la Iglesia y la patria –hoy identificada como nación
no sólo por ellos–. Atribuirán una influencia avasalladora a lo nuevo, cata-
logándolo como simples modas pasajeras. Acusarán de inconciencia histó-
rica a quienes no compartan esta opinión y sentenciarán que la creencia
en el progreso indefinido es de unos simples extravagantes a los que no
les quedó claro lo que trajo consigo 1914: la destrucción del orbe y la obra
de Oswald Spengler.
La conclusión inmediata que se puede desprender de todo lo ante-
rior es sencilla: que la crítica de tono negativo, con sus dos caras doc-

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Historiadores chilenos frente al bicentenario

trinales, siempre se ha expresado y es muy probable que se mantenga


también en los períodos posteriores al nuestro –y es que el presente
pocas veces conforma a sus contemporáneos–. En consecuencia, estos
puntos de vista ya se enunciaron en el centenario y hoy se están volvien-
do a presentar. Esto hace que, en principio, se parezcan mucho ambas
celebraciones.
Finalmente, además de la crítica similar, hay otra semejanza más entre
1910 y 2010, que hace prácticamente imposible intentar cualquier diferen-
ciación: ambas ocasiones lucen una obstinación por la conmemoración.
Hoy las autoridades junto con los intelectuales, en una complicidad pocas
veces vista –los ‘filósofos de la sospecha’ raudamente llamarán a esto coer-
ción manipuladora de la memoria oficial por parte del Estado–, han creado
con esta loable intención una vastedad de instancias de discu­sión como
revistas, proyectos y comisiones referidas al bicentenario. Las editoriales
de los diarios de Santiago publican reflexiones elocuentes de connotados
académicos que buscan hacernos ver, para que de una vez por todas tome-
mos conciencia, que hay un nuevo centenario nacional donde se pueden
medir nuestros desafíos. Son precisamente a estas instancias donde acu-
den a sentenciar sus diagnósticos sombríos los estudiosos antes señalados,
consagrados así en una especie de “vanguardia consciente” de la nación.
Otro aspecto que aseguraría una simple mimesis de 1910.
Si el ensayo terminara ahora, el bicentenario se presentaría como una
sencilla repetición del centenario. Esto dista mucho de ser así. Y es que
creemos que son muy distintos. Lo que sigue, por lo tanto, es intentar
distinguir las dos conmemoraciones, partiendo justamente de las mismas 137
fuentes, es decir, de las visiones que en ambas celebraciones formularon
–y que están formulando– sus intelectuales, que no son más que un reflejo
de sus respectivos períodos.
Distingamos entonces. Lo primero que podemos destacar aquí es que
cuando comparamos el conjunto de la crítica de 1910 con la de ahora,
a pesar de compartir las profundas similitudes analizadas anteriormente,
aparecen de inmediato intensas diferencias. En principio el nombre: hoy
ya no hay una ‘crítica’ del bicentenario, sino, más bien, ‘reflexiones’ en
torno a él. Y esto no es una mera cuestión semántica, pues indica instan-
táneamente el grado de intensidad del juicio: las reflexiones actuales son
más suaves que las de antaño, condición presente en todos los ámbitos; en
la amplitud de la crítica; en la pretensión consiguiente de la misma; en los
sujetos llamados a criticar y sus motivos para hacerlo; y hasta en la pasión
con la que se escribe. Analicemos esto.
En el centenario los ámbitos de la sociedad cuestionados eran práctica-
mente todos: el económico, el social, el político y el educacional o cultu-
ral. Hoy, en cambio, las reflexiones abarcan, mayoritariamente, un aspecto
mucho más reducido de ella: la esfera educacional o, si se quiere ampliar
un poco, la cultural. No en vano el sujeto llamado a criticar en nuestros
días es, a diferencia de 1910, concentradamente el historiador. Y es que su
actitud es, posando su mirada en el pasado, distinguir lo sustancial del ser
chileno para, desde ahí, dar una ‘propuesta reflexiva’, que generalmente
abarca el aspecto antes señalado.

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historiadores chilenos frente al bicentenario

De aquí se desprende la próxima diferencia: los críticos del centenario


pretendían redefinir completamente a Chile, diseñando cambios funda-
mentales en todos los aspectos de la sociedad. Hoy, en cambio, a pesar
de la existencia exigua de extravagantes con aquellas fantasías, se intenta
poco más que una ‘toma de conciencia’ del resto de la sociedad. Y es que,
a pesar de todos, la sombra de Francis Fukuyama está más presente que
nunca en estos días, al constatar que los grandes temas –políticos, econó-
micos y sociales– están ausentes. Paradójicamente, todo esto lo demuestra
justo el gremio que menos los desearía.
Más aún, el que sea el historiador el ‘crítico’ por antonomasia de 2010
hace que aparezcan dos diferencias más. La primera es que éste procura
eliminar de sí la vehemencia doctrinaria de los críticos de antaño. Los de
1910, presentando un proyecto y una interpretación personal de Chile,
buscaban ese cambio radical antes señalado. En cambio, el tono que he-
mos llamado ‘reflexivo’ del historiador dista mucho de aquél casi inconti-
nente de los críticos del centenario.
Lo segunda se basa en que el historiador frecuentemente concibe sus
reflexiones tratando de definir la esencia, sobre todo cultural de Chile. Es-
ta operación refleja, por lo tanto, que la importancia para 2010 es primero
definir nuestro pasado o identidad, a diferencia de 1910, cuando se prefe-
ría proyectar un futuro. Contraste sutil, pero muy importante.
Lo dicho hasta aquí no hace más que reflejar un clima, un contorno,
un tono distinto entre el ayer y hoy. En síntesis, para no dar espacios al
extravío, afirmamos que hoy no hay una crisis del bicentenario, justamente
138 porque no hay una crítica como la de antes. Además, es precisamente por
esto que el aniversario próximo se nos presenta, al contrario del percibi-
do hace cien años por los más insignes pensadores, como una verdadera
celebración.
Lo último que afirmamos no impide que en el bicentenario existan,
además de los problemas culturales que reconocen las ‘reflexiones’ ac-
tuales, esos otros problemas llamados ‘estructurales’. Claro que los hay,
pero el punto es que éstos se arrastran desde hace ya más de un siglo y
presentan, por lo mismo, una consistencia difusa, aunque permanente en
el tiempo. Ésta constatación hace que la celebración de hoy, en contraste
con la ocurrida hace cien años, no sea identificada específicamente como
un punto de crisis social. No se puede reconocer el bicentenario, a dife-
rencia del centenario, por esta característica del resto de nuestra historia.
Sólo así entendemos en su verdadera perspectiva que uno de los síntomas
más relevantes de 2010 es el mismo del que se quejaba Enrique Mac Iver
a comienzos del siglo xx, cuando sostenía que, a pesar de la modernidad
y del progreso, no había una plena felicidad, sentenciando casi lo mismo
que las conclusiones de las encuestas de los diarios actuales, que tanto sor-
prenden a los sociólogos. Pero nosotros no perdamos la vista panorámica:
sabemos que éste es un problema de larga data y no específico de hoy.
Nuestro bicentenario se nos presenta por todas estas razones, a pesar
de exhibir aparentes semejanzas con su antecesor, muy distinto del desde
ya legendario centenario nacional.

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Historiadores chilenos frente al bicentenario

Universidad y escuela:
una tarea aún pendiente
para la historiografía del siglo xxi

Camilo Bustos
Pontificia Universidad Católica de Chile

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A lgunos años antes de su trágica muerte, el historiador francés Marc


Bloch refería cómo el hijo de un cercano suyo... preguntaba a su pa-
dre “para qué sirve la historia...” siendo muy difícil hallar una respuesta
satisfactoria para aquella curiosidad infantil. Pues bien, aquella misma in-
quietud es la que ronda en la cabeza de cientos de escolares que no en-
cuentran en el estudio de la Historia un sentido práctico para efectos de su
propia vida cotidiana, siendo a veces frecuente que sólo sea asociada a una
memorización de una monótona sucesión de datos y fechas, generando
una sensación de cementerio de hechos y personajes sin vínculo concreto
con quienes la estudian... toda vez que el grueso del currículo escolar se
centra en el aprendizaje de hechos políticos y militares, que provocaban
esta sensación de alejamiento y sin sentido por parte de un sector impor-
tante de escolares que luego se convertirán en adultos.
Si bien, en el ámbito académico se han hecho grandes esfuerzos por
cambiar los enfoques del estudio historiográfico, destacando los esfuerzos
que emulan la senda fijada por los historiadores de la talla de Marc Bloch,
Lucién Febvre, Fernand Braudel, Johan Huizinga, Georges Duby, Philippe
Ariés, Jacques Le Goff, entre muchos otros; generando estudios centrados
no sólo en la historia política o económica sino expandiendo las obras ha-
cia temas de índole social, como el estudio de los juguetes, el bandidaje, la
vestimenta, las mentalidades, la religiosidad, las comidas, el transporte, la
sexualidad... y la vida privada y cotidiana en general, otorgando al estudio
historiográfico una guía hacia lo que Marc Bloch, Johan Huizinga y Lucién

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historiadores chilenos frente al bicentenario

Febvre señalaron como su verdadero objeto: el estudio del hombre. Mas,


aquello, existe la sensación, sólo parece haber quedado relegado al mun-
do netamente académico, puesto que la divulgación de estas obras sólo
parece cubrir a un cierto sector de la sociedad, generalmente, el grupo con
mayor acervo cultural, sea por su dinero o por su calidad de estudiantes
universitarios, quedando un amplio sector de esta misma sociedad un tan-
to olvidado en este sentido, que continúan nutriéndose con viejos manua-
les, muchos de ellos de dudosa calidad, centrados en los hechos políticos
y no en la realidad en su conjunto.
Parafraseando a Johan Huizinga, una cultura sana, donde la Historia lo-
gra cumplir su misión a cabalidad, se destaca por la existencia de un núme-
ro apreciable de lectores que no huyen aterrados de la rigurosidad objetiva,
la sobria exposición y las preocupaciones puramente científicas del estudio
historiográfico; por lo que si para encontrar clientes Clío necesita sacrificar
algo de los severos postulados que la Historia le impone como forma ade-
cuada del saber, eso quiere decir que algo no marcha bien en ambas cosas,
en la cultura por una parte y en la ciencia histórica, por otra.
Pues bien, resulta paradójico, y dañino a la vez, que los representantes
del ámbito universitario, y quienes se desempeñan en las escuelas se ha-
yan tan distantes unos de otros; no existiendo un diálogo fluido a través de
un intercambio de ideas y experiencias que ayuden, a través de trabajos en
conjunto, a un mayor desarrollo del estudio y aprendizaje de las diversas
disciplinas. Por el contrario, la universidad y la escuela se manifiestan co-
mo dos mundos apartes sin aparente conexión entre uno y otro: la prime-
140 ra, demasiado elevada, teórica, sin, al parecer, un asimiento en la realidad;
la segunda, demasiado pedestre, casi perezosa, preocupada de alcanzar si-
quiera los “contenidos mínimos” exigidos por el Ministerio, sin encontrar
un fuerte apoyo en la primera. Por lo que, podemos decir, que en nuestroa
realidad algo falla en el ideal promovido por el historiador holandés; y ello
es nada menos que una de sus bases fundamentales: la sociedad, que se
nos revela con una aguda desnutrición cultural y atiborrada hasta la socie-
dad de contenidos banales y efímeros.
Por lo que creemos que esta división, entre universidad y escuela, que
resulta tan perjudicial para nuestra sociedad, debe terminar. No es posible
que la escuela, considerada como espacio de aprendizaje y moldeamiento
cognitivo y social de la persona en su juventud, se halle separada del mun-
do universitario; es una tarea pendiente que debe ser abordada sin más
dilación, puesto que, consideramos, no es factible un desarrollo sustancial
de nuestra disciplina sin una correcta relación entre la universidad, repre-
sentada por el mundo académico de los historiadores, y la escuela, donde
se desempeñan los docentes y alumnos.
Se ha criticado a los historiadores, y a veces con justa razón, de cons-
tituir un círculo un tanto hermético, donde los conocimientos sólo son
transmitidos a un pequeño círculo de eruditos y, en forma esporádica,
a los alumnos que transitoriamente siguen sus cátedras. Por lo que, aun
cuando se realicen conferencias y mesas de discusión, los temas desarro-
llados por los investigadores no suelen expandirse más allá de los límites
de la universidad.

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Historiadores chilenos frente al bicentenario

En cuanto a las investigaciones se refiere, se ha dado la tendencia de


hacer historia con el fin de obtener el aplauso de los pares, repitiendo nue-
vamente el error de circunscribir el conocimiento de nuestra disciplina a
un círculo cerrado de eruditos, y no destinarla al servicio de la memoria
colectiva, que creemos, debe ser una de las finalidades más importantes
de la Historia: la construcción de una sociedad a través del conocimiento.
Obteniendo como resultado, que, salvo algunas obras, el resto quede rele-
gado a permanecer olvidadas en alguna revista que sólo algunos conocen.
Es el mismo problema que poseen las innumerables tesis de grado que se
encuentran olvidadas, prácticamente, en algún rincón de las bibliotecas
universitarias: fueron elaboradas, en su mayoría, con el fin de obtener una
calificación que permitiese la titulación (reconocimiento de la comunidad
académica), y a pesar de que varias de ellas son de gran calidad, perma-
necen olvidadas porque nadie se ha preocupado seriamente de su publi-
cación y divulgación, derrochándose un enorme esfuerzo investigativo e
intelectual que no logra ser aprovechado. Creemos que se debe incentivar
a los jóvenes historiadores no sólo a la investigación de diversas mono-
grafías que ayuden a desarrollar el conocimiento histórico sino, también,
a la publicación de sus trabajos, luego de haberlos “pulido”; para que los
resultados de su esfuerzo lleguen a la comunidad.
Debemos liberar a Clío, que al parecer se haya injustamente encerrada
en una cárcel de academicismo y llevarla a parajes en las que su presencia
resulta necesaria y por los que, al parecer, hace mucho tiempo dejó de
concurrir: la Princesa debe mezclarse con el pueblo “laico”. Y la escuela,
resulta ser el espacio ideal para que se produzca este “encuentro”. 141
Y en este sentido, los historiadores poseen una tarea muy grande que
cumplir.
Como lo dijimos anteriormente, se debe llevar la historia a los colegios,
no sólo a través de la educación tradicional y los contenidos exigidos en
los planes y programas del Ministerio sino a través de iniciativas que abran
las puertas de ambos “mundos” y generen un acercamiento más estrecho.
Las conferencias y charlas de temas históricos no presentados en la sala de
clases, pueden ser un buen aliciente para el desarrollo de nuestra discipli-
na, abriendo nuevos horizontes tanto a profesores como alumnos de las
distintas escuelas. La divulgación de libros en las escuelas, que den cuenta
de los constantes trabajos monográficos, son también otra herramienta
potencial que debe ser utilizada en la realidad. Añadiremos, por cierto, el
uso de los medios de información, que en la actualidad se hayan incom-
prensiblemente poco utilizados por los historiadores de nuestro país. Por
ejemplo, la televisión, que es una tremenda herramienta potencial, hay
que transformarla en un instrumento real para la divulgación de los nue-
vos planteamientos historiográficos y no limitarse a la creación de algunas
esporádicas series con aspiraciones históricas, que pueden ser muy válidas
–sobre todo si queremos que nuestro pueblo alimente su desnutrido esta-
do de cultura–, pero insuficiente en el sentido de no profundizar en una
historia académica.
Creemos, además, que el historiador debe escribir un poco más para
las masas, y existen temáticas interesantes para esta “nueva historiografía”

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historiadores chilenos frente al bicentenario

(que dicho sea de paso lleva casi cien años de existencia) que no llegan
a un público masivo debido tanto a los escasos espacios de divulgación
como a los propios códigos en los que sus trabajos están escritos. Cree-
mos que es tarea del historiador plantear sus ideas en un lenguaje más
“profano”, sin tantos giros técnicos, pero no por ello que eso signifique
que deba rebajar el nivel y el rigor de sus investigaciones. Creemos que
la masificación y la divulgación no deben porqué implicar el concepto de
vanalizar y vulgarizar el tema. El historiador debe hacer uso de la didáctica
para entregar su mensaje.
De esta forma, creemos, que no sólo se hace un bien a la divulgación
de nuestra disciplina sino, también, al propio esfuerzo de los historiadores,
para no mencionar el gran aporte comunitario que aquello depararía.
A las puertas de esta celebración del bicentenario, no está demás el
tratar de solucionar uno de los grandes problemas pendientes que, en el
ámbito de la cultura, posee el país: fomentar la divulgación de los trabajos
historiográficos y la relación con los espacios de las escuelas.

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Historiadores chilenos frente al bicentenario

El índice infinito
o Chile frente al Segundo Centenario

Azun Candina P.
Universidad de Chile

D ecir que la historia se refiere a procesos y no a fechas no es una ase-


veración muy original. Sin embargo, hay que reconocer a las fechas
–a ciertas fechas– su carácter de hitos, de nudos convocantes, como han
143

sido llamados por los estudios de memoria. Respecto de los centenarios,


sabemos que no son los años cuantitativos transcurridos los que nos con-
vocan; es qué ha ocurrido en esos cien años, qué procesos, qué proyectos,
qué sueños y qué fracasos podemos mirar desde ese hito que se convierte
en uno no por el hecho lato –si es que existe algo así como los ‘hechos la-
tos’– de que el tiempo pase, sino porque cien años abarcan muchas vidas
y muertes. Individuales y colectivas.
Chile en 1910 ya no era solamente un proyecto, una apuesta lanzada
en la mesa de un imperio que se derrumbaba. Podía preciarse de haber
medrado como colectivo agrupado bajo un nombre y un territorio; podía
exhibir el triunfo –por llamarlo de alguna manera– de que su bandera y su
escudo significaran algo para alguien. Cien años después de 1810, al me-
nos tenía eso para celebrar: Chile, como tal, existía, aunque esa existencia
estuviese llena de críticas y tareas incompletas, de miseria en los conventi-
llos, de epidemias, de mortalidad infantil, de problemas aun sin respuesta.
La nación imaginada ya era un imaginario.
Cabe entonces preguntarse, ¿qué conmemoraremos en 2010? ¿Qué
contiene para nosotros, nacidos en el siglo xx, esa palabra, Chile?. A cer-
canos y peligrosos ocho años del segundo centenario, el Informe del Pro-
grama de las Naciones Unidas para el Desarrollo ‘Nosotros, los chilenos’,
planteaba dudas importantes al respecto. Sí, somos un país con fronteras,
bandera, pasaporte, pero la mayor parte de los chilenos no tenía en el año

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historiadores chilenos frente al bicentenario

2002 un referente claro que lo diferenciara de otros pueblos. Eso es grave.


La pregunta sobre, qué somos ahora o qué hemos estado siendo, es muy
profunda y esencial. Y no por una suerte de temor provinciano a diluirnos
en el cosmopolitismo, en las carreteras de la información; no porque de-
see yo suspirar por una especie de Chile medio rural, de isleños buenos y
hospitalarios que vivían en un pueblito llamado Las Condes cantando to-
nadas y comiendo pastel de choclo –si es que ese Chile alguna vez existió–,
sino porque la pregunta de qué se asume como un proyecto colectivo re-
mite a qué hemos sido capaces de hacer como colectivo, y a qué seríamos,
por lo tanto, capaces de plantearnos como tarea conjunta, a construir para
y por todos y cada uno de nosotros en el futuro cercano.
Nuestro siglo xx –el siglo corto, para Eric Hobsbawm, el siglo quizá
más corto para nosotros los chilenos– puede ser leído desde allí. Siendo ya
un Estado unitario, habiendo neutralizado (a veces por el convencimiento,
a veces a sangre y fuego) el peligro de la desintegración en nuevos Estados
y regiones, los chilenos dedicaron gran parte de su vida política a contestar
pública y colectivamente los desafíos planteados en el primer centenario.
¿Dónde ir?, ¿cómo plantearse la construcción de un futuro? y ¿para qué? La
literatura de la llamada Crisis del Centenario quizá ha sido profusamente
estudiada por los historiadores porque fue eso: un rayado de cancha, un
poner los dedos en las llagas y desde ahí preguntarse hacia dónde y cómo.
¿Qué la oligarquía decimonónica retomara su obligación moral y salvara
al resto de la barbarie en que malamente subsistía? ¿Qué la austera clase
media tomara las riendas? ¿Qué lo hiciera el pueblo organizado? ¿Eran las
144 fábricas y usinas nuestra respuesta? ¿Nuestro camino era, acaso, la revolu-
ción socialista, o la nacionalista?
Si miramos a nuestro siglo xx desde esta perspectiva, da la impresión de
que lo ensayamos todo, o casi todo. Tuvimos –unos más, otros menos, algu-
nos con ciertas simpatías, otros con convicción casi religiosa– los ojos y las
manos completamente abiertos a lo que se hacía en otros lugares, a lo que
pudiesen proponernos o mandarnos. Como historiadora, me sorprende có-
mo el siglo xx chileno, cómo intelectuales, estudiantes, obreros, comercian-
tes o campesinos –es decir, hasta gente que de profesional de la economía o
las ciencias sociales tenía poco o nada– leyeron, escribieron, se ‘informaron’
de lo que pasaba en el mundo y tomaron partido, incluso mucho más que
hoy, en este supuesto mundo altamente interconectado y comunicacional.
La revolución rusa ocurría al otro lado del planeta, pero también estaba
aquí; las batallas de la Segunda Guerra Mundial se libraron geográficamen-
te muy lejos, quizá, pero la prensa chilena las siguió paso a paso en sus
periódicos. En los sesenta, la Revolución Cubana creció en los imaginarios
y en los proyectos políticos como una antorcha gigantesca o una amenaza
gigantesca, dependiendo de quién se hable. Y no solamente en lo político.
Los hombres chilenos adoptaron, algunos de ellos hasta el fin de sus vidas,
el bigotillo de Jorge Negrete y las rancheras mexicanas. La generación de los
treinta y los cuarenta creció y amó con tangos y boleros. El rock caló hondo,
de eso no cabe duda. No tiene nada de nueva, nuestra apertura al mundo.
En esas tareas, durante el siglo xx nos unimos, disputamos y también
nos asesinamos sobre la base de esos proyectos colectivos. Si algo no se

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Historiadores chilenos frente al bicentenario

puede decir de los chilenos del siglo xx, es que les faltó pasión. Pasión
romántica, creyente, altruista y hasta ingenua, en algunos casos, pero tam-
bién pasión destructiva, fanática, aterrada, en otros. Y no me estoy refi-
riendo sólo a los años más famosos, al cataclismo político del golpe de
Estado de 1973. Estoy pensando en ello, sí, pero también en la bella furia
de Vicente Huidobro, en Nicómedes Guzmán y Manuel Rojas, en la rabia
del Doctor Valdés Canje, en la masacre del Seguro Obrero, en la dignidad
combatiente de los pobladores que crearon La Victoria o La Legua, en los
encendidos discursos, incluso, de esa primera senadora y equívoca diri-
gente del Partido Femenino que fue María de la Cruz. En todos los que
dijeron alguna vez Patria o Muerte. El siglo xx se vivió y se peleó con la
camisa desabotonada. Como ha dicho el historiador Alan Angell, práctica-
mente todos los que llegaron al poder en el siglo xx, todos los que fueron
o quisieron ‘ser gobierno’, llegaron a la palestra con un proyecto colectivo,
con algo que iba a transformar el país, que nos iba a sacar definitivamente
de la miseria, la desigualdad, el subdesarrollo, la injusticia.
Cabe preguntarse, entonces, qué queda hoy de esa pasión, o en qué
se ha convertido. Da la impresión, a ratos, que nos agotamos un poco en
ella y por ella. Si algo pesa en este segundo centenario, es cierta cautela,
la falta de torrentes brutales y mortíferos de la palabra, la disolución de
una fe total y de los discursos unanimistas. Muchos de esos apasionados
del siglo xx miran su propio pasado con distancia y humor, y prefieren ad-
herir al discreto encanto del ‘por favor, no dramatizar’, ni en la política,
ni en los proyectos, ni en la vida cotidiana. Ya no está la pasión, o si está,
hay que moderarla, ocultarla o combatirla. El estilo políticamente correcto 145
–al menos entre los políticos profesionales– es hablar en tono suave, con
un dejo casi maternal, como para calmar a la fieras. Lo ‘comunitario’, la
‘ciudadanía’ es remitida a imágenes de amistad, casi puramente recrea-
cionales, artísticas; nada de combatientes ni militantes, nada de términos
como lucha o radicalización. No se habla ni de pueblo, ni de chusma: se
dice gente. Casi todos los días, en tono amable y cortés, nuestros políticos
nos llaman a construir un país mejor, más justo, más solidario, que sería
(como lo fue antes) tarea de todos. Pero cada día, también, parece estar
menos claro qué país sería ése. Parece definirse más por la negación que
por la afirmación. Un país sin campamentos, por ejemplo. Un país sin los
odios del pasado, también. Pero, ¿un país con qué?, ¿con amor por qué?,
¿unidos a partir de qué? Si las mediaguas de 2000 se promocionaron como
algo que no era una solución, sino un comienzo, ¿el comienzo de qué?
Por supuesto, la respuesta seudorromántica y demagógica sería decir
que el siglo xx pasó en vano. Que estamos como en 1910: no somos ni
fuimos plenamente socialistas, ni desarrollados, ni nos volvimos un tigre
del hemisferio Sur. Como en 1910, no somos el país más pobre del mun-
do, pero tampoco entramos al fino club de los más ricos. Ya no soñamos
con parecernos a París, pero tal vez sí: hay cantidad de gente que aún cree
que el parque Forestal es el barrio más lindo de Santiago. No somos los de
1910, es un hecho: nuestros niños ya no mueren a millares y el cólera no
asola los barrios pobres, por mencionar solamente dos importantes ejem-
plos. Lo raro es que parecemos sentirnos como en 1910.

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historiadores chilenos frente al bicentenario

Procesos, no fechas, como decíamos al comienzo de estas líneas. Creo


que aún no recuperamos el aliento tras nuestro apasionado affaire del
siglo xx, y creo que 2010 nos atrapará tan complicados como 1910. Pero
creo, también, que está bien que así sea. Una de las ventajas de saber que
nos hemos equivocado mucho, es que eso no soluciona nada, pero puede
ser el comienzo de las nuevas propuestas.
Tengo la impresión de que no tendremos que –como en el siglo previo
al primer centenario– inventar una nación, pero sí tendremos que re-in-
ventarla sobre las ruinas, no las catedrales, del siglo xx. Esta vez, tendre-
mos que asumir que su consigna será, acaso, la diversidad, no la sagrada
Unidad; los sujetos concretos, no el Pueblo abstracto; los hombres y mu-
jeres reales, no el Hombre Chileno ni la Mujer Chilena, así, con peligrosas
mayúsculas, como estatuas a las que debemos parecernos. Creo que nos
hará falta mucha pasión y mucho valor, nuevamente, para enfrentar que
nadie tuvo una varita mágica en el siglo xx, ni la tiene ahora. Que si logra-
mos construir un proyecto común, será reconociendo nuestras cicatrices,
diferencias y fracasos, y que no hay ningún misterioso vínculo que nos una
por el solo hecho de haber nacido en Chile y usar la misma colorida y di-
gital cédula de identidad.
Creo que deberemos emprender una larga ruta para descubrir cuáles
pueden ser ahora nuestros acuerdos, en un país donde los mapuches se
asumen mapuches y no buscarán dejar de serlo para ser reconocidos co-
mo ciudadanos con plenos derechos; donde hay mujeres que no quieren
ocultar que son jefas de familia como si se tratara de una vergüenza; don-
146 de habremos de aceptar que no fuimos ni seremos nunca la copia feliz del
Edén. Creo que lo peor que puede ocurrirnos, en esta tarea, es volver a
buscar el libro, o al político, o al grupo poseedor de la varita mágica, del
bálsamo milagroso que curará todas nuestras heridas. Lo mejor que pue-
de pasarnos es reconocer que somos variopintos, procaces, desordenados
y ordenados, emotivos y desconfiados a la vez, y qué. Es lo que hay, y no
otra cosa. Somos diferentes y no remamos todos para el mismo lado y no
tenemos ninguna obligación de hacerlo. El índice de nuestra historia es
infinito, y lo seguirá siendo, aunque nos angustie sobremanera. Es a partir
de eso que podríamos construir un lugar común, y no en contra de ello.
Nosotros, los chilenos.

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Historiadores chilenos frente al bicentenario

Doscientos años del cuerpo en Chile:


deuda histórica y metamorfosis
frente a los nuevos tiempos

Daniel Cano
Pontificia Universidad Católica de Chile

C on la pronta llegada de la conmemoración del bicentenario, los histo- 147


riadores chilenos hemos querido rescatar, desde nuestra propia disci-
plina, diferentes reflexiones acerca de la fiesta que celebrará los doscientos
años de Chile como país “independiente”. Un avance en tales propósitos
se realizó el año 2006, cuando se reunió a cuatro de los premios naciona-
les de Historia, para debatir y compartir las diferentes visiones de Chile.
En el presente año, se ha buscado ampliar la invitación al resto de los aca-
démicos, con el fin de poner en conjunto las múltiples miradas respecto a
estos doscientos años de historia.
Probablemente, a lo largo de esta compilación de ensayos nos podre-
mos encontrar con diversos enfoques historiográficos a la hora de anali-
zar los procesos ocurridos desde ese 18 de septiembre de 1810, pero la
mayoría de ellos remitidos a esferas políticas, sociales, económicas, etc...
rescatando el valor del hito ocurrido en aquel tiempo, en algunos casos,
y criticando la relevancia del mismo en otros. También habrá quienes vo-
ciferen en contra de la sola celebración del bicentenario, por considerarla
un ensalzamiento autocomplaciente de la elite criolla y una ofensa al bajo
pueblo y sus descendientes contemporáneos. Por ello mismo, y al margen
de la opinión personal que me merecen los distintos enfoques, propongo
una reflexión de nuestro país desde una mirada diferente: su cuerpo.
El cuerpo tiene su propia historia, y así lo afirma el historiador Geor-
ges Vigarello en su última obra Historia del cuerpo. Según su hipótesis, el
cuerpo humano siempre ha constituido parte de la historia, ocupando un

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historiadores chilenos frente al bicentenario

lugar en la sociedad, teniendo presencia en el imaginario colectivo y en la


realidad, expresándose tanto en los grandes momentos como en la vida
cotidiana. Ahora, las preguntas que surgen por sí mismas son: ¿hay una
historia del cuerpo en Chile?, ¿cuál es, y cuándo comienza? La respuesta
inmediata a todas ellas debería ser: no sabemos. Sin embargo, se debe
mencionar que para el caso nacional, el historiador Julio Retamal Ávila
elaboró en los años noventa, un estudio histórico sobre las características
físicas del chileno en el siglo xvii. Al margen de aquel artículo, no contamos
con más investigaciones en ese campo.
Muchas disciplinas, como la Medicina, la Estadística, la Antropología y
otras más, han desarrollado avances en el estudio del cuerpo humano y su
relación con la sociedad en el tiempo, no obstante, la Historia se ha man-
tenido en silencio. Es por ello que los historiadores, tenemos una deuda
con el país respecto al tema. Si la corriente historiográfica está marchando
en esa dirección, es nuestro deber hacernos cargo de ello.
Sin embargo, con mayor detención, y bastante imaginación, debo ad-
mitir, es posible reconstruir –aunque sea una difusa silueta– de lo que
creemos entender por la historia del cuerpo en Chile.
Como primer supuesto, tenemos que la historia del cuerpo en Chile
no se inaugura el 18 de septiembre de 1810 ni tampoco el 12 de febrero
de 1818. Por el contrario, ha estado presente allí por más años de lo que
comúnmente pensamos; milenios diría algún destacado premio nacional
de Historia durante las ponencias realizadas el año pasado en las salas del
Archivo Nacional. Con la llegada de los primeros habitantes a nuestro te-
148 rritorio actual, podemos dar por comenzado el proceso. Esos hombres y
mujeres, cazadores nómades que cruzaron montañas y desiertos en busca
de alimento para subsistir, ya constituían un tipo de población con carac-
terísticas físicas únicas, que siglos más tarde llamarían la atención de con-
quistadores y cronistas. Ésos eran hombres de pequeña estatura, pero de
esqueletos robustos y gruesos. De piel oscura, casi rojiza, curtida por las
eternas caminatas bajo el Sol de la sierra andina. Si nos trasladamos con
nuestra imaginación a las ciudades del norte del país, podremos ver cómo
persisten aún aquellos hermosos rasgos entre la población chilena. Lue-
go, está la presencia mapuche, concentrada en su mayoría al sur del país.
Ellos también arribaron al territorio nacional mucho antes que se otorga-
ra la característica “nacional” a esa geografía. Contemplemos sus cuerpos
trabajando en la tierra bajo las intensas lluvias sureñas, seamos testigos de
su agilidad mientras presenciamos alguna batalla entre espesos bosques.
Fuertes y nervudos brazos toman la lanza presta para arrebatar al enemigo.
Raza guerrera diría Alonso de Ercilla en su poema La Araucana. Raza opri-
mida dirían los indigenistas de principios del siglo pasado.
Y para completar el cuadro, tenemos al “huinca” español. Es el tercer
elemento en la ecuación del mestizaje. A partir de su llegada, comenzó
una mezcla biológica sin precedentes, sobre todo si pensamos en el alto
porcentaje de contingente masculino que arribó desde Europa a nuestro
continente, sedientos de riquezas y “necesidades” que satisfacer. Las ca-
racterísticas fenotípicas de nuestra población comenzaron a variar con-
siderablemente. El intercambio de genes que se produjo desde los años

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Historiadores chilenos frente al bicentenario

de la Conquista, a lo largo de la Colonia y en los tiempos posteriores a la


República, fueron enormemente complejos y difíciles de descifrar. Sin em-
bargo, ya es un comienzo reconocer que las influencias fueron variadas y
significativas. No sólo españoles y mapuches fueron sustratos de futuras
combinaciones, también los había negros, indios huarpes de la provincia
de Cuyo, aimaras en el norte de Chile, colonos europeos que se apostaron
en las tierras del sur durante el siglo xix, etc... No debemos olvidar que
Chile es un extenso país de más de 4.200 km de longitud, con una rica
diversidad geográfica, cultural y étnica. Basta de centralismos mezquinos y
asumamos la realidad que nos rodea.
Por otro lado, no podemos olvidar a los “chilenos” de la Isla de Pascua,
quienes han sido postergados de la historiografía nacional de forma tajan-
te. Ellos también forman parte de este gran cuerpo. Al llegar a Rapa Nui,
se nota desde el momento en que se pisa suelo isleño, que no se está en
territorio nacional, ya por el solo hecho de observar a los “lugareños”. Sus
rasgos físicos los diferencian del resto de los pueblos indígenas, y del feno-
tipo promedio chileno. Altos, corpulentos, de facciones duras y cortantes,
muestran por medio de toda su corporalidad, la esencia de lo polinésico.
Ya los navegantes del siglo xviii quedaron asombrados por los portes y for-
mas de aquellos nativos asentados en el lugar más aislado del mundo. Lo
mismo sigue ocurriendo hasta el día de hoy con los turistas que visitan la
isla. Si bien, fue a partir de un evento político coyuntural, que Rapa Nui
pasó a formar parte de la república chilena, es un deber nacional terminar
con el aislacionismo.
Avancemos ahora en el tiempo, y observemos la radiografía del Chile 149
actual. ¿Qué cambios se vislumbran, y qué elementos de continuidad per-
sisten? Definitivamente lo que prevalece hasta los días presentes es la gran
pluralidad de tipos antropofísicos herederos de años y años de mestizaje.
Los cuerpos siguen iguales en sus desarrollos: nacemos, enfermamos y
perecemos. También las diferencias fenotípicas continúan entre habitantes
del norte, centro y sur del país, lo cual es un privilegio que debemos saber
valorar y potenciar. Por otra parte, existen numerosos cambios, como el ti-
po de enfermedades que nos aquejan. Con el arribo del conquistador espa-
ñol, llegaron también las nuevas enfermedades de carácter infeccioso, las
cuales dejaron sin respuesta al sistema inmunológico nativo. En cambio,
ahora, nos vemos atacados por un nuevo tipo de males: las enfermedades
crónicas y mentales. Estas nuevas patologías se reflejan en significativos
cambios corporales. Por ejemplo, ya no vemos las profundas cicatrices en
los rostros de hombres y mujeres afectados por la viruela, como ocurría en
los tiempos de la Colonia. En la actualidad, somos testigos de altos niveles
de estrés y depresiones, incluso, entre la población adolescente.
La alimentación ha sido otro factor que sufrió un sinnúmero de alte-
raciones con efectos directos en el cuerpo de los chilenos. Si a principios
del siglo xx, aún padecíamos como país, de un alto porcentaje de des-
nutrición calórico-proteica, especialmente entre la población infantil, en
la actualidad el 38% de la población tiene sobrepeso, y un 22% sufre de
obesidad. En suma, hay un 60% de compatriotas que viven diariamente
con un problema físico, que hace unos cuantos años atrás era inexistente.

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historiadores chilenos frente al bicentenario

Esos cambios son evidentes, lo interesante es explicar qué consecuencias


tienen en la sociedad, y cuál es su impacto en la calidad de vida. ¿Es mejor
que la que llevaban nuestros abuelos? Es difícil saber si es mejor o peor; lo
que sí sabemos, es que es mucho más larga. Las expectativas de vida en el
Chile de hoy, casi se asemejan a las de países desarrollados. En promedio
vivimos más, pero... ¿estamos viviendo mejor?
En función de estas interrogantes que nacen de la realidad presente,
los historiadores tenemos la responsabilidad de explicar desde nuestra
disciplina, los fenómenos relacionados con el cuerpo y sus vínculos con la
cultura. Suficiente tiempo ha permanecido bajo las sombras de la Historia,
y es hora de que se le otorgue el lugar que merece. No podemos prescin-
dir del estudio del cuerpo en la historia de nuestro país, por dos simples
razones: la primera, es que siempre ha estado ahí, y desde siempre ha sido
ignorada; y la segunda, es que dentro de los males que afectan a nuestra
sociedad, se encuentran la mayoría de ellos, impactando directamente en
la corporalidad de los chilenos. Obesidad, estrés, neurosis, como también
antiguos resentimientos y exclusiones a partir de la apariencia física. Es-
peremos que como historiadores podamos descifrar las causas del pasado
que expliquen las conductas del presente, en lo concerniente al cuerpo,
que en definitiva, significa la vida misma. El sujeto se involucra con la so­­
ciedad y con sus pares, por medio de su cuerpo. Por lo mismo, como profe­
tizó Georges Vigarello, el cuerpo se constituye hoy como sede de la meta-
morfosis de los nuevos tiempos. Hagámonos cargo como país de avanzar
en esa veta, cada uno desde su disciplina, para contribuir en la construc-
150 ción de un mejor Chile, a las puertas de su bicentenario.

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Historiadores chilenos frente al bicentenario

Exclusión y prejuicio.
La formación del Estado nacional

Luis Carreño
Universidad de Los Lagos

P roducto de las mal llamadas historias nacionales se aprecia en la his-


toriografía chilena del siglo xix, y primera mitad del siglo xx, una falta
de atención de los aspectos regionales. Desde distintos puntos de vista,
151

ya sea desde la política, la economía o lo social, nuestra historia ha estado


centrada en una serie de procesos que encuentran su referente espacial y
temporal en el centro político e histórico de nuestro país. Situación expli-
cable por cuanto la Historia ha privilegiado el quehacer político y las deter-
minaciones de los gobiernos, aspectos que han sido monopolizados por
la capital. Así, lo que hoy entendemos por Historia de Chile no es más que
la construcción hegemónica de un pasado de carácter nacional, frente al
cual estamos obligados a aceptar e internalizar una serie de generalidades
e interpretaciones que en muchos casos no tienen relación con la cons-
trucción histórica de las regiones.
En los estudios sobre la formación del Estado no siempre se ha histo-
riado lo que ocurría fuera de la capital y de su zona de influencia. En el
caso de Chile, la zona central, y donde los grupos sociales y los intereses
locales eran espectadores impasibles de una historia que se desarrollaba
solamente en los altos círculos del poder, donde muchas veces se privi-
legiaba modelos teóricos extranjeros que no tenían nada que ver con la
realidad del país.
Afortunadamente esta situación ha sido superada, y en los últimos
años en el ámbito nacional, el quehacer historiográfico ha avanzado, lle-
gando a renovar casi totalmente sus metodologías y entregando al historia-
dor nuevas herramientas. Desde esta perspectiva ha surgido el interés por
impulsar los estudios de carácter local y regional, logrando un papel prota-
gónico dentro de las temáticas de investigación histórica. Con el desarrollo

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historiadores chilenos frente al bicentenario

de las historias regionales se plantean nuevas opciones que han llevado a


considerar la totalidad del territorio, lo que ha significado que los hechos
de las regiones estén presentes en la historia nacional, posibilitando el
análisis e interpretación de lo que fue la realidad chilena en su totalidad.
La misma reflexión que hacemos frente a la historia regional, la apli-
camos al tema de cómo han sido abordadas las relaciones del mundo in-
dígena con el no indígena. La historiografía chilena hasta hace algunas
décadas, frente a las relaciones interétnicas presentaba un enfoque par-
cial y poco crítico, situación que obstaculizaba la percepción de algunos
problemas fundamentales. Las propuestas metodológicas del positivismo
y liberalismo del siglo xix, unido al destino del Estado nacional y la crea-
ción de una nación étnicamente homogénea, obvió la existencia de una
sociedad india. En otros casos, redujo sus referencias a juicios valóricos
altamente descalificativos. Si las antiguas concepciones nacieron ligadas al
positivismo y destino del Estado nacional, esa visión es la que hoy aparece
cuestionada. Así, la idea de la nación homogénea y excluyente comienza
a ser reemplazada por una concepción más amplia y pluralista capaz de
reconocer, aceptar y respetar las diferencias, sean sociales, de género o ét-
nicas. Cada época mira el pasado de maneras distintas, lo revisa, lo recrea
y lo reinterpreta.
En esta revisión, especialmente la referida a la Araucanía, los cambios
se han dado en el análisis del mundo indígena y sus relaciones con los
hispanocriollos en los siglos xvii y xviii, y chilenos en el siglo xix. Así, los
recientes trabajos de autores como Sergio Villalobos, Leonardo León Solís,
152 Patricia Cerda, Jorge Pinto, Luz María Méndez, José Bengoa y otros, sostie-
nen que en la Araucanía hay una sociedad rica y compleja que tiene poca
semejanza con la que conocieron los españoles al llegar a Chile en el siglo
xvi. La frontera era una realidad estable que separaba conflictiva y pacífica-
mente a dos pueblos: los hispanocriollos y los mapuches. Entre ellos había
comercio, contacto fluido, influencias de todo tipo. Su economía abarca-
ba un amplio espectro de actividades, pastoreo en diversas escalas, caza,
recolección, agricultura, producción artesanal, combinables en diferentes
grados y formas, lo que otorgaba una adaptabilidad. Un complejo sistema
de intercambio vinculaba a los distintos grupos indígenas entre sí y a éste,
en su conjunto, con el blanco, asegurando a los distintos grupos el acceso
a los recursos requeridos por ambos.
Frente a los pueblos originarios el prejuicio del indígena borracho ha
sido uno de los más persistente y perjudiciales, y en esto los cronistas y
viajeros tienen una buena parte de responsabilidad porque no entendie-
ron el comportamiento de los indígenas americanos ni consiguieron com-
prender la realidad. A los ojos de la cultura occidental los juicios sobre el
consumo de alcohol están asociados al paganismo, al primitivismo de los
bárbaros y a la flojera, situación que se ha prolongado hasta hoy.
El problema del consumo de bebidas alcohólicas por parte de los pue-
blos originarios de América debe situarse en su justo medio. Las bebidas
fermentadas han sido preparadas y consumidas por casi todos los pueblos
antiguos. Cada uno de ellos, en su área geográfica específica, identificaba
uno o varios alimentos de base y procedimientos adecuados a la fermen-

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Historiadores chilenos frente al bicentenario

tación y obtención de bebidas alcohólicas. Los indígenas americanos no


fueron una excepción, la elaboración y consumo de bebidas alcohólicas
estaba vinculado a sus dioses con el ciclo agrario de siembra y cosecha,
para favorecer el poder fecundativo de la tierra y el pedido de lluvias, con
ceremonias religiosas relacionadas con la fertilidad y en general a todos
los eventos colectivos.
El consumo habitual y la variedad de bebidas fermentadas sorprendió
a los conquistadores hispanos, que lo consideraron no solamente un vicio
que limitaba la capacidad productiva del indio sino que al estar fuerte-
mente relacionado con la vida religiosa, lo consideraron responsable de
idolatrías y el origen de todos los males. Cronistas y viajeros no capta-
ron la realidad acerca del consumo de alcohol por parte de los indígenas.
La chicha, palabra que a la bebida de frutas o granos fermentada de baja
gradación alcohólica que la mayor parte de los pueblos originarios con-
sumían antes del encuentro con los europeos, presenta una serie de am-
bigüedades, como su carácter de alimento y bebida al mismo tiempo y su
dimensión sagrada. La chicha es una fuente de energía que aportaba a la
dieta una cierta cantidad de calorías y, a veces también, una cantidad no
despreciable de minerales y vitaminas. No hay duda que desde este punto
de vista cumplía un papel importante en la alimentación, situación que
está frecuentemente documentada por los cronistas. Era costumbre entre
los mapuches mezclar la chicha con harina tostada, combinación altamen-
te calórica cuyo hábito de consumo perdura hasta nuestros días con el
nombre de chupilca.
Frente al consumo de chicha por los pueblos originarios, los cronistas 153
y viajeros lo interpretaron sólo porque son borrachos. Nunca entendieron
que además de ser un elemento de socialización y placer, era, sobre todo,
un instrumento para invocar la protección de los dioses en los ceremonia-
les, llamados para proteger siempre y garantizar, con buenas cosechas, la
alimentación, la salud y la fertilidad de los animales y de su núcleo fami-
liar. Era la seguridad que se buscaba en un mundo dependiente y acecha-
do de peligros. Con igual objetivo estaba presente en los ritos de pasaje
y en particular en la muerte, en esos casos se ofrecía chicha al difunto; lo
mejor que podía brindar como cocaví por su alma, en el viaje que debía
emprender.
Antes de la Conquista la chicha en América se preparaba de numerosas
especies amiláceas y de frutos y el producto obtenido era de bajo grado
alcohólico. Por esto, aunque bebían no llegaban a embriagarse, salvo en
las grandes ceremonias, para los cuales almacenaban y tomaban en ma-
yor cantidad. Los mapuches tenían una palabra para definir los efectos
del alcohol, chumeado, que significa haber bebido, pero sin estar ebrio.
Además, tenían muy claro los efectos y consecuencias del consumo de
aguardiente, motivo por el cual cuando se iba a consumir alcohol en una
ceremonia se hacía circular la orden de entregar todas las armas y se depo-
sitaban en un lugar seguro.
En la Araucanía el consumo de chicha estaba dado por las fuentes ali-
mentarias presentes en el área y su preparación sobrevivió durante la Co-
lonia y siglo xix. La conquista europea significó un cambio radical en lo so-

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historiadores chilenos frente al bicentenario

cial, religioso, económico y cultural de los pueblos originarios. En cuanto


a la preparación y consumo de bebidas alcohólicas tuvo un doble impac-
to. Por un lado, se observa una progresiva transformación de las bebidas
alcohólicas, de bienes de fabricación casera y autoconsumo a bienes de
mercadería. Por otro, el reemplazo de la chica de baja gradación alcohólica
por destilados de uva y de grano de alto contenido alcohólico, acarreando
como consecuencia el alcoholismo y la destrucción del tejido social, modi-
ficando la relación que existía entre el uso y el consumo de chicha y la vida
social y religiosa de los pueblos originarios.
El alcoholismo en forma patológica, aparece con la introducción de
los derivados de uva y, sobre todo, de destilados, ya de uva o de grano,
especialmente los últimos, que cuando son mal procesados, atacan el sis-
tema nervioso. El paso de bebida doméstica a mercancía acarreó no sólo
el alcoholismo sino que modificó la vida social y contribuyó a destruir las
relaciones comunitarias de los pueblos originarios.
Hoy, pensamos en una historia mucho más compleja, no excluyente,
menos metropolizada y centralista, más cercana a la realidad del país, don-
de estén presente las regiones y los diversos grupos étnicos.

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Historiadores chilenos frente al bicentenario

“Santiago no es Chile”.
Regionalismo versus centralismo
en Tarapacá
(reflexiones en torno al bicentenario)

Luis Castro
Centro de Estudios Interculturales y del Patrimonio

155

E l 25 de julio de 1922 el diario iquiqueño La Provincia tituló su portada


editorial con la frase “Santiago no es solamente Chile”. Con esta acla-
ración, el director de este medio de prensa hacía una directa y profunda
alusión crítica respecto al abandono que se encontraba Iquique por parte
del Estado central, a pesar de que vivía días de crisis económico-social por
la grave declinación de la industria salitrera.
Contrario a lo que se podría pensar, este enunciado no fue un exabrup-
to propio de un momento difícil, donde las pasiones afloran sin control.
Aquí se reflejó un proceso que venía desde mediados de la década de
1880, cuando el árido y salitroso territorio tarapaqueño fue anexado a la
soberanía chilena. En efecto, los propósitos de modernización y civiliza-
ción asumidos por el Estado de Chile y sus administradores (la oligarquía)
se tradujo –hacia fines del siglo xix– en la implementación de un mecanis-
mo eficiente de financiamiento: el rentismo salitrero. Este rentismo, que
implicaba el cobro de un impuesto específico a la exportación de salitre
y yodo, permitió situar tempranamente en distintos actores sociales del
puerto de Iquique una posición marcadamente distante y antagónica hacia
la zona central y la capital, toda vez que los beneficios no se compartían
equitativamente. De este modo, para muchos iquiqueños de comienzos
del siglo xx, Santiago y la administración estatal asentada en esta ciudad
pasaron a ser sinónimos de centralismo y rentismo, es decir, los “factores
causantes de todos los males de Tarapacá”.

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historiadores chilenos frente al bicentenario

Desde entonces, regionalismo y centralismo constituyen, en parte im-


portante, los cimientos de un largo derrotero todavía no resuelto y que,
por lo mismo, hasta hoy nutre aspectos tan arraigados entre los iquique-
ños (como el sentimiento de abandono, de deuda histórica y rivalidad)
que llega a condicionar, no siempre con buenos resultados, la política lo-
cal, como también la aprobación tácita de algunas demandas, como la in-
tegración económica con Bolivia, que porfían por mantenerse vigentes y
válidas, no obstante, entrar en conflicto en más de una ocasión con los
intereses del Estado-nación chileno.
No cabe duda, y por ello aquí está el origen del regionalismo desplega-
do por los iquiqueños a lo largo del siglo xx, el rentismo salitrero implicó
para la economía tarapaqueña el depender de un proceso de producción
capitalista básicamente de enclave, una estructura donde predominaron
los requerimientos monetarios exógenos y los intereses políticos centralis-
tas por sobre cualquier posibilidad de articular un modelo complementa-
rio de desarrollo económico regional cimentado en los sectores producti-
vos más potenciales de la zona.
Si hacemos un recuento histórico, podremos darnos cuenta que el ses-
go centralista está en la constitución más íntima del Estado-nación chileno,
sesgo que con los propósitos modernizadores desplegados hacia fines del
siglo xix, y el financiamiento a destajo aportado por la riqueza salitrera del
norte del país, alcanzó ribetes nunca imaginados. En este contexto, no cos-
tó mucho para que la elite dirigente se decidiera, como administradora del
aparato estatal, por una visión de crecimiento económico que concordara
156 de modo estricto sus intereses con los requerimientos de una estructura
fiscal en expansión. Los resultados en este sentido no pudieron ser más
exitosos y vertiginosos. Entre 1880 y 1890, la contribución de la minería
del salitre a la renta ordinaria de Chile creció de un 5,2% a un 52,06%. Aún
más, en el año 1903 del total de los ingresos percibidos por el Estado, que
llegó a los US$69.566.860, por concepto de gravamen a la exportación de
salitre y yodo capturó US$17.909.200, es decir, una contribución equiva-
lente al 25,74%. En contraste, lo recaudado en Impuestos Internos apenas
alcanzó a los US$636.500, cifra que representó menos de un 1%. En con-
clusión, la oligarquía a lo largo del ciclo expansivo del salitre prácticamen-
te no aportó a las arcas fiscales, capitalizando al máximo los beneficios de
esta política económica.
Acabada la opción de recaudar abundantemente la renta con la crisis
definitiva del ciclo expansivo del salitre hacia la década de 1930, la posibi-
lidad de que el Estado chileno cambiara rumbo y optara por un desarro-
llo territorial equilibrado se esfumó con rapidez. Las crisis se sucedieron
una tras otra hasta no quedar más opción, en los años 1950, que levantar
banderas negras a lo largo y ancho de Iquique. Desde este momento, se
afianzó en parte importante de los actores más activos de la vida pública
tarapaqueña una estructura conceptual que engarzó lo político: Estado y
Región, con lo reivindicativo: Centralismo y Regionalismo.
Sin temor a equívoco, es plausible sostener que la conducta centralis-
ta de la administración estatal terminó provocando a lo largo del siglo xx
cierta articulación del tejido social tarapaqueño posesionado a partir de

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Historiadores chilenos frente al bicentenario

la distinción entre la asimetría sistémica a la hora de satisfacer los reque-


rimientos fiscales respecto a dar cuenta de las necesidades locales. Con-
secuentemente, se desplegó un discurso regionalista (público y político)
con una marcada tendencia a la transversalidad. Así, la edificación de un
planteamiento político regionalista asociado al rechazo del centralismo fis-
cal, permitió consolidar la disociación Estado/Región como recurso reivin-
dicativo.
Lo que para el período del centenario de la república fue un inicio,
hacia el bicentenario es una evidente deuda no saldada. El regionalismo
sigue batallando y acrecentándose, aunque con otras formas, y el país evi-
dentemente tiene en el centralismo un cuello de botella para lograr un
pleno desarrollo. En el caso particular de Iquique, no sólo las actuales au-
toridades de la ciudad insisten en las conveniencias económicas que ten-
dría para la provincia un camino comercial hacia Bolivia, transformando
este aspecto integracionista en uno de sus planteamientos emblemáticos;
sino que también ocupa un lugar destacado en los requerimientos públi-
cos locales cierta crítica a los gobiernos de turno, que a veces se transfor-
ma en ataques retóricos virulentos, en razón de un ejercicio centralista de
la administración política.
Lo interesante de todo este asunto, es poder ver cómo lo que ocurre
hoy en la Región de Tarapacá es muy similar a lo que pasó en las primeras
décadas del siglo pasado. En estos términos pareciera –por lo menos a sim-
ple vista– que nada ha cambiado. Haciendo una suerte de paralelismo re-
saltan nítidamente un conjunto de aspectos coincidentes. Primero, cierta
intensidad del debate ante la posibilidad de una crisis económica después 157
de un lapso de crecimiento siempre inseguro. Segundo, la reiteración de
un conjunto de propuestas que no sólo convocan a los residentes sino que
enfrentan ciertos intereses estatales. Tercero, la búsqueda –en los argu-
mentos más serios y estudiados– de plataformas de desarrollo orientadas
al largo plazo y alejadas del uso simplista de las medidas de excepción.
El bicentenario amerita tomarse un tiempo y reflexionar sobre lo bue-
no y lo malo, como igualmente el despertar de los encantos de sirena. No
puede haber engaños: desde el Estado no es posible un viraje en oposi-
ción al centralismo; por lo mismo, el regionalismo todavía tiene (y tendrá)
una larga vida. Consecuentemente, todo proyecto de desarrollo regional
–y quizá aquí estuvo el error en el pasado al omitirlo– debe sostener cam-
bios en la médula misma del Estado-nación chileno. El regionalismo exige
una discusión política profunda de qué tipo de Estado queremos, más aún
cuando el centralismo (que está en las bases de la conformación de nues-
tro aparato estatal) no puede convivir con el regionalismo.

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Historiadores chilenos frente al bicentenario

Historia y bicentenario:
¿ilusiones o realidades?
La necesidad de considerar la historia

Eduardo Cavieres
Pontificia Universidad Católica de Valparaíso

¿Q ué es una celebración? ¿Balance del pasado, mirada hacia el futuro? 159


Individualmente, en términos generales, es acumulación de años y
deseos de que las cosas vayan mejor. Socialmente, no es muy claro, es ba-
lance del pasado, pero también construcción del futuro. ¿Qué es lo funda-
mental? En gran parte, más que el pasado y más que el futuro, las circuns-
tancias que están operando al momento de la celebración. Una primera
idea a tener en cuenta es el hecho de que también los balances históricos
y, por ello, la forma cómo los consideramos y de qué manera celebramos,
corresponden a construcciones interpretativas donde prima lo oficial y
donde la invención de imágenes explican el cómo las valoraciones de los
hechos no tienen que ver necesariamente con la situación original, sino
en cómo ella se presenta según las necesidades de cada presente. ¿Qué
hubiese pasado en 1991, con el centenario de la Revolución de 1891 y las
imágenes de José Manuel Balmaceda, si entonces todavía hubiese estado
vigente el régimen militar? Muy probablemente, en el mundo político e in-
telectual progresista del momento, el recuerdo del presidente Balmaceda
habría reforzado y habría dado variados contenidos a todos los esfuerzos
republicanos para recuperar la democracia. Es cierto que en el mundo aca-
démico historiográfico hubo más que un par de seminarios o congresos
que recordaron y reflexionaron sobre el acontecimiento y que, además,
surgió igualmente un par de publicaciones, pero en el ámbito nacional, el
regreso a la democracia –pero también la inauguración de una política de
consenso–, debilitaron la luz que venía proyectando anteriormente el Pre-

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sidente suicidado y que, para entonces, el horno no estaba para bollos. En


definitiva, el centenario pasó esquivando toda discusión que hubiese com-
prometido la inestabilidad política, el reordenamiento de las instituciones
y lo que se observaba como una frágil situación política institucional. En lo
demás, el sistema económico traspasó naturalmente el umbral del término
del régimen militar instalándose en el nuevo régimen democrático. Y ello
también había que cuidarlo. A menudo, la historia oficial se impone sobre
las inquietudes y los intereses colectivos. En los años 1980, de acuerdo con
cómo se venían produciendo los hechos, y en la cercanía del centenario de
la Revolución, José M. Balmaceda acrecentaba su figura que se oponía al
brillo que había recuperado Diego Portales. Como queda dicho, en 1991
las circunstancias habían cambiado y, en vez de nuevas luces, honores y
revalorizaciones, José M. Balmaceda comenzó casi imperceptiblemente su
vuelta al salón de los retratos de los personajes del pasado.
Podemos igualmente recordar lo que sucedió con el bicentenario de
la Revolución Francesa y con el quinto centenario del descubrimiento de
América. En el primer caso, durante muchos años previos, hubo un ma-
nifiesto interés para celebrar oficial y colectivamente lo que para muchos
es, todavía, el punto de inflexión más importante de la historia francesa.
A través de los esfuerzos desplegados por el ex presidente Mitterrand, es-
tadista de verdad e intelectualmente sólido y lúcido, la Revolución tuvo
ecos manifiestos en una serie de nuevas monumentalidades y en la captu-
ra de sus efectos institucionales y culturales sobre el devenir de la Francia
contemporánea de los siglos xix y xx. En la sociedad, una cierta actitud de
160 reforzamiento del orgullo de sentirse franceses más que herederos de la
revolución. En los intelectuales y en los historiadores, más bien una re-
lectura de la revolución propiamente tal, que más que glorificarla signifi-
có discutir sus verdaderos desarrollos y la naturaleza de cambios sociales
impuestos radicalmente. De hecho, durante la primera mitad del siglo xix,
fueron pocos los que hablaban de la Revolución, y, de hecho, ella comen-
zó a merecer consideraciones en la historia de Francia cuando la república
había comenzado a tomar definitivamente unas formas más distinguibles
de sí misma. Desde muchos puntos de vista, había mucho más para agra-
decer a la Revolución en el primer centenario que en el segundo. El buen
estudio de Eric Hobsbawm sobre el particular enfatiza las diferencias exis-
tentes entre el primer y el segundo centenario y, exceptuando el problema
de la democracia, hace un extenso análisis de lo sucedido, también ideo-
lógicamente, entre ambas fechas. El título escogido dice mucho, Los ecos
de la Marsella. Podemos agregar que, en 1989, la caída del muro sacudió
con tal fuerza las mentes y comportamientos de los ciudadanos europeos
que pensar en los conceptos básicos revolucionarios de igualdad, libertad
y fraternidad, especialmente si se habían impuestos por la fuerza, no ca-
bían mucho en las necesidades del momento. La historia que sucedía se
explicaba por otros hilos, lejanos para las preocupaciones de los revolu-
cionarios del siglo xviii.
Respecto al segundo caso, en América Latina, en general y en Chile,
en particular, hubo también grandes preparativos para recordar los signi-
ficados de la llegada de Cristóbal Colón a estos espacios. España lo sintió

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Historiadores chilenos frente al bicentenario

como una necesidad política de la madre agradecida que insiste en los


efectos civilizadores de la gesta y, por ello, buscó insistir en su obra de
civilización (ya no tanto, casi nada, en su obra de evangelización) abrien-
do parques, financiando grandes obras y centros culturales, desarrollando
importantes proyectos de investigación y publicación de series tendientes
a narrar nuevamente, desde el presente, el significado de los encuentros y
desencuentros del pasado. A pesar de los buenos propósitos, se chocó con
otros grandes preparativos, los de organizaciones sociales y comunidades
indígenas que volvieron a culpar el pasado lejano como causante directo
de su situación de marginalidad y exclusión actual. No resultó ni lo uno ni
lo otro y, en medio los historiadores, cada uno celebró o trató de celebrar,
a su modo, y según lo que querían recordar, un quinto centenario que lle-
gó desgastado y cansado al momento de apagar las velas. La fiesta no fue
tal. Cristóbal Colón obtuvo remozamiento de algunos de sus monumen-
tos y se pusieron coronas en la mayoría de ellos, pero no surgieron nue-
vos monumentos. Curiosamente, en cambio, el año del quinto centenario
comenzó a vislumbrar una presencia moderna, eficiente, avasalladora, de
una nueva España en América: la de las finanzas, de los seguros, de los
servicios. A diferencia de su primer arribo, éticamente tradicional, con la
cruz y la espada, este segundo arribo fue el del pragmatismo empresarial,
invisible, certero. Una acción muchísimo más exitosa y directa que la posi-
ble de pensar por intelectuales e historiadores. En Chile, el 12 de octubre
de cada año pasó a ser fiesta movible porque entre las necesidades de la
economía y los recuerdos del pasado es más importante lo primero y, por
lo demás, la historia también puede convertirse en simple crónica. El pre- 161
sente determina el real valor del pasado.
Una segunda idea tiene que ver con los contenidos y los significados
de la memoria, especialmente cuando ésta se refiere a la memoria del lar-
go tiempo. Los que intentan determinar la memoria, oficialmente, o tra-
tando de formar o recuperar un tipo de memoria específica, no siempre
pueden con el tiempo. Vana es la gloria si los hechos en sí mismos no tie-
nen la trascendencia necesaria que les permitan no sólo superar los inal-
canzables ritmos y aceleraciones del tiempo sino, además, mantenerse en
la mente y en la acción de los hombres sin que otros pensamientos, otras
acciones y otras circunstancias los superen, los distorsionen o les cambien
sus contenidos. Del mismo modo que las ideas, una parte importante de
las memorias colectivas igualmente se construyen, y ello siempre es una
relación poco clara entre lo que se mantiene (lo que se recuerda) y lo que
va quedando en el pasado (lo que se olvida).
Así entonces, ¿qué y cómo celebraremos el bicentenario? Tenemos tres
opciones principales: en primer lugar, recordar y celebrar el hecho fun-
dante, original, pensando, ¿qué nos queda de los revolucionarios de 1810,
de los Padres de la Patria, de los proyectos de la época? En segundo lugar,
revisar lo acontecido en el tiempo intermedio, es decir, la historia tal como
ha sucedido, pero sin olvidar el proyecto inicial. En tercer lugar, buscar
qué es lo que se quiere hoy, ¿somos sombra del pasado o definitivamen-
te creemos o simplemente pensamos que ya somos otros sujetos y que
vivimos otra historia? Esta última situación nos pone prácticamente en la

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historiadores chilenos frente al bicentenario

misma posición de los que pensaban la historia en 1810. De hecho, cada


ciertos tiempos, las sociedades, o sus dirigentes, se incomodan con lo que
son o con lo que tienen y pretenden y buscan des-atarse de su pasado
para emprender nuevos rumbos. Esto es importante, porque se trata de
emprender nuevos rumbos y no simplemente de seguir la conocida polí-
tica del gato pardo: que todo cambie, para que nada cambie. ¿Qué necesi-
tamos hacer? Cada vez más, las celebraciones públicas de grandes hechos
del pasado, ante la debilidad de las ideas, se inclinan más bien por la ma-
terialidad de los monumentos. La invención de las tradiciones del mismo
Eric Hobsbawm para el siglo xix se ha transformado en cotidianidad en la
historia que ha seguido, y en ello los demócratas no han quedado atrás de
los grandes dictadores. En Chile, para 2010, para celebrar el bicentenario
se nos viene anunciando una gran noticia y se nos viene ofreciendo una
gran obra material. Se nos viene diciendo que, finalmente, para 2010 sere-
mos una sociedad moderna, caminando al paso del siglo xxi. Se nos viene
ofreciendo una serie de obras que se sintetizan en una mayor: el Gran Par-
que Bicentenario, símbolo del Chile futuro. La república, que ama a todos
quienes cobija, entregará igualdad y bienestar y levantará nuevos espacios
y nuevos grandes personajes. Como nos acercamos muy rápidamente al
2010 y se siguen discutiendo los mismos temas profundos de hace veinte,
cuarenta o sesenta años, seguramente la gran noticia seguirá esperando
y ya no seremos subdesarrollados, país en vías de desarrollo, o sociedad
tradicional. Siempre habrá nuevos términos para construir otro proyecto
de futuro sin cambiar lo que efectivamente se necesita cambiar. En todo
162 caso, seguirá siendo necesario hacer algo en grande para la celebración,
y por ello seguramente sí habrá inauguración de obras bicentenario. Y
de allí, ¿qué?; ¿seguir esperando otro momento oportuno? Al parecer, se
hace necesario pensar en la historia y actuar históricamente. No hay que
olvidar que en la década de 1980 se anunciaba que se cruzaría el umbral
en el cambio de siglo y que en la década de 1990 y, más particularmente
en los últimos años, es cuando se construye la nueva imagen del Chile del
bicentenario.
Cuando pensamos en los revolucionarios de 1810, podemos volver a
citar un párrafo de su Ideas y políticas... que para mí no sólo es sugerente
sino, además, muy decidor:

“Los cabecillas criollos hablarían de derechos del hombre,


de gobierno representativo, de soberanía popular; y pensa-
ban eso que decían. Pero al mismo tiempo no dejaban –ni
podían dejar– de ser lo que fueron en el período colonial:
aristócratas, terratenientes, los conductores de la sociedad.
El efecto de esto en su teoría política, y sobre todo en la
aplicación de su teoría política, tenía que ser considera-
ble”.

Efectivamente, creo que el efecto más perdurable, hasta la actualidad,


de esa situación, fue la mantención irrestricta de dos principios del orden
colonial y de toda sociedad tradicional: estado patrimonial y despotismo

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Historiadores chilenos frente al bicentenario

ilustrado en los gobernantes. Resultado, una sociedad fuertemente centra-


lizada, disciplinada, poco o nulamente ciudadana. Nadie puede negar que
la democracia chilena (gobierno y dirigentes políticos) no intente, incluso
de buena fe, seguir insistiendo en los derechos del hombre, en el gobierno
representativo, en la soberanía popular, incluso, en los últimos años, en
el gobierno ciudadano. Por lo demás, es lo que queremos, pero no en el
discurso, sino en la práctica.
Puedo recordar algo que escribí anteriormente: un problema de fon-
do. La búsqueda de algo llamado democracia. En esto hay una larga his-
toria aún no superada. Puede partir con Diego Portales y su famosa carta
de 1822 en la cual declaraba que la república era el sistema que había
que adoptar, pero con un gobierno fuerte, centralizador, con hombres de
virtud y patriotismo para enderezar a los ciudadanos por el camino del
orden y de las virtudes. Sólo cuando ellos se hubiesen moralizado, “venga
el gobierno completamente liberal, libre y lleno de ideales, donde tengan
parte todos los ciudadanos”. Sesenta años después, el Presidente liberal
Domingo Santa María escribía a Pedro Pablo Figueroa y reconocía habér-
sele llamado autoritario. Entendía también el ejercicio del poder como
una voluntad fuerte, directora, creadora de orden y de los deberes de la
ciudadanía, ciudadanía que todavía tenía mucho de inconsciente y que era
necesario dirigirla a palos. Reconocía que se había avanzado mucho más
que en otros países de América, pero que no se podía entregar las urnas al
rotaje, a la canalla o a las pasiones insanas de los partidos, lo que significa-
ría el suicidio del gobernante. Decía: “Veo bien y me impondré para gober-
nar con lo mejor y apoyaré cuanta ley liberal se presente para preparar el 163
terreno de una futura democracia. Oiga bien: futura democracia”.
En abril de 1920, Arturo Alessandri, dando a conocer su programa de
gobierno, hablaba del espíritu de la Constitución de 1833 como absor-
vente y absoluta, una situación del pasado y ya no necesaria por el surgi-
miento poderoso y enérgico del progreso. No obstante, el 23 de abril de
1925, discutiendo el proyecto de Constitución de ese año, afirmaba que
el régimen que auspiciaba no era presidencialista ni parlamentarista, “sino
uno absolutamente peculiar, adoptado a nuestras costumbres políticas, y
orientado a corregir nuestros males... una terapéutica especial para Chile”.
Pasaron los años, y en 1973 el gobierno militar rescató la figura de Diego
Portales y proclamó una verdadera refundación institucional de la nación.
La Constitución de 1980 fue definida como el aparato institucional desti-
nado a preservar una democracia protegida. Desde 1990 en adelante, la
nueva democracia reforzó las libertades del mercado y los principios del
neoliberalismo, pero la expresión de que ella nos volvió a dejar hablar,
pero sin el derecho a ser escuchado, refleja la decisión de que una de las
funciones del Estado es seguir resguardando una democracia poco defini-
da y de escasa participación social. Existen muchas instituciones ciudada-
nas, pero la emergencia de una sociedad de ciudadanos sigue siendo tarea
pendiente.
Desde un punto de vista económico, la inserción actual de la econo-
mía chilena en los mercados mundiales no es situación original. Desde los
orígenes de la república, su economía ha sido tendencial o definitivamen-

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te liberal. En las décadas de 1840 y 1850 se firmaron muchos tratados de


libre comercio. En las décadas de 1860 y 1870, se alcanzaron crecimientos
económicos considerables. La dirigencia chilena acuñó la autosensación
de que los chilenos eran los ingleses de América. Efectivamente, Valparaí-
so fue primero en muchas modernizaciones. La crisis de los años 1873-
1876 y los años inmediatos a la Guerra del Pacífico volvieron sombríos los
horizontes que se consideraban abiertos a las sendas del reconocimiento
internacional, a las luces de la modernidad y a pavimentar las sendas del
progreso continuo. A pesar del salitre, la Revolución de 1891, la llamada
cuestión social y la literatura crítica de 1910, hicieron que la llegada al
centenario de vida independiente fuese motivo de regocijo, pero también
de reflexión. Chile volvió a reiniciar su camino, lo hizo con insuficientes
niveles de inversión y notable sacrificio social, pero intentó desarrollar un
nuevo paradigma tratando de combinar crecimiento industrial con grados
importantes de desarrollo social. Hubo desbalances, pero también un es-
fuerzo educacional que puso a los establecimientos fiscales a la par con los
establecimientos particulares. Hubo una sociedad más activa, pero tam-
bién cada vez más fragmentada en términos partidistas e ideológicos. Fal-
taron recursos y faltó tiempo. A pesar de los proyectos y del pensar el país
desde sus propias realidades, los presidentes Eduardo Frei Montalva y Sal-
vador Allende no pudieron detener el peso de una historia que se alejaba
de la búsqueda de una sociedad con eje en una economía de equidad para
pasar a la generalización de una economía de mercado. En una época de
profunda agitación social y política, el ex presidente Frei Montalva termi-
164 naba su último estado de cuenta del país ante el Congreso Pleno diciendo:
“Termino éste mi último Mensaje con una visión de Chile profundamente
alentadora. Veo con claridad qué grandes tareas y riesgos nos esperan,
pero también tengo plena confianza en la capacidad profunda del chileno
para tomar conciencia de su destino y salir adelante”.
Cada cierto tiempo, estos mensajes de confianza en la sociedad han
permitido retomar fuerzas para seguir pensando en un mejor futuro y
abrazar los contenidos de nuevos discursos, especialmente cuando uno de
los desarrollos estructurales de la economía chilena es pasar sucesivamen-
te por etapas de crecimiento a etapas de contracción sin lograr una estabi-
lidad madura y temporalmente sólida. En los últimos años, como resulta-
do de las actuales miradas optimistas sobre el futuro del país, el índice de
crecimiento económico se ha transformado en un nuevo paradigma y en
un objetivo en sí mismo que tiene el peligro de convertirse en obsesión,
especialmente si no cuentan los costos sociales que significan subir un
punto o dos. Nadie duda de que el país debe realizar sus naturales esfuer-
zos para conseguir el crecimiento económico necesario para poder asumir
sus transformaciones sociales. Sin embargo, si pese a ello, la inequidad,
la pobreza y la exclusión siguen siendo realidades permanentes, ¿no es
el momento de revisar, una vez más, las carencias ya visibles de la política
económica antes de seguir profundizando las diferencias?
En los últimos años, igualmente, se ha olvidado que para que una so-
ciedad se transforme, se requiere de una visión social de país y de proyec-
tos globales que partan del análisis profundo de las realidades. El país real

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ha sido intervenido en parcialidades y no con una política consistente que,


a la vez, enfrente los diversos problemas estructurales como un todo. Los
mensajes presidenciales, destinados a dar cuenta del estado de la nación,
han cambiado su orientación y los gobernantes ponen sus esfuerzos en
utilizarlos para presentar grandes reformas, ojalá muy espectaculares, que
ponen la misión del Estado en función de los llamados proyectos estrellas,
sin terminar los anteriores, sin alcanzar las metas tantas veces prometidas,
simplemente avanzando, dificultosamente, en espera de hacer historia, pe-
ro soslayando el peso de la historia. Quizá el mejor ejemplo tenga que ver
con la educación. Nadie puede negar los avances notables logrados en
cobertura educacional, pero igualmente nadie puede negar que la calidad
de la educación sea reflejo de profundas diferencias socioeconómicas y
culturales entre los diferentes sectores de la población, que son expresión
de que el problema no está sólo al interior del sistema educacional sino,
también, en sus contextos: la desigualdad social, la inestabilidad laboral,
la tremenda diferenciación en la distribución del ingreso, que lejos de me-
jorar se profundiza.
Se dice que cuando se habla de Chile en el exterior se habla de éxito
económico; se habla de estabilidad política; se habla de estándares inter­
nacionales que siempre son positivos cuando se trata de los grandes con-
textos. El gran empresariado domina parte importante de las políticas
económicas internas; se ha convertido en los ciudadanos de verdad. Sus
organizaciones gremiales participan de la política de decisiones. Repre-
sentan sus derechos y cumplen sus deberes previamente consensuados, ¿y
qué pasa con lo demás?, ¿y qué pasa con el resto? 165
A tres años del bicentenario, antes de la inauguración de obras y antes
de los anuncios sobre el fin del subdesarrollo, de la pobreza, de la socie-
dad tradicional; antes del anuncio de la entrada definitiva al mundo de las
comunicaciones y de la sociedad global, es necesario nuevamente entrar al
mundo de la historia, recorrer la historia, comparar, evaluar; darse cuen-
ta de que Chile siempre ha estado inserto en el mercado internacional,
que muchas veces ha sido exitoso en privilegiar el crecimiento económico
exigiendo sacrificios de la población y postergando reformas sociales de
fondo; que en muchos años e, incluso, períodos ha tenido índices de cre-
cimiento notables, pero cada vez que pasaron, la realidad social del país
volvió a emerger con sus mismos problemas, sus mismos desánimos, con
la misma sensación de otros tiempos perdidos.
A tres años del bicentenario, es necesario considerar la historia. La
historia profunda del país, la historia real, no en términos negativos ni pe-
simistas. Ha habido avances, pero también la historia universal ha tenido
avances y ello no significa que no haya una permanente actitud de preocu-
pación por el futuro. La historia, así como visualiza realidades y no sólo
discursos, tiene también el mérito de posibilitar una actitud esperanzadora
en el sentido de que sí las cosas pueden cambiar. Se habla actualmente de
muchos sinceramientos parciales frente a situaciones también parciales. La
llegada del bicentenario necesita el sinceramiento de la historia.
¿Qué vamos a celebrar en el bicentenario? ¿Un estado de ánimo de
2010 o los proyectos republicanos de los revolucionarios de 1810? Las

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historiadores chilenos frente al bicentenario

respuestas no surgen sólo de la discusión del índice de crecimiento econó-


mico para los próximos años, sino del conocimiento, de la reflexión y del
balance de la historia efectivamente transcurrida, pero no absolutamente
superada.

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Historiadores chilenos frente al bicentenario

La memoria colonizadora:
encubrimiento e historia

Patricio Cisterna
Universidad Bolivariana

“...en la metafísica, (occidental) el hombre siempre ha sido un hombre ‘blanco’


y portador de la luz y de sus conceptos solares. No podemos merecer nuestra vida
y nuestra muerte sin hacer duelo de la metafísica. Este duelo nos incita a plantear 167
de otro modo la cuestión de las tradiciones rechazadas”.
Abdelkebir Khatibi

“Los cartógrafos, los botánicos y los antropólogos conquistaron América


al mismo tiempo que los soldados, fueron introducidos por la conquista militar,
pero la guiaron con sus descubrimientos y después intentaron organizarla,
junto con los juristas y teólogos” .
Jacques Lafaye

E n la memoria no sólo radica la posibilidad que tenemos los seres hu-


manos para afirmar nuestra posición síquica/existencial, en un mun-
do constituido por los precarios tejidos de la realidad, siempre parcia-
les, fragmentarios, siempre imposibles, sino también ha constituido en la
historia de occidente la base y fundamento del dominio. Por ello, todas
sus genealogías nos conducen, tarde o temprano, a ese campo de batalla,
donde el yo –el ego occidental–, se inventa una identidad o una coheren-
cia a contrapelo de sus colonizados. La historia nos señala, entonces, una
cadena de tradiciones en colisiones, de las apropiaciones e invenciones,
que marcan el terreno de la presencia de occidente en el planeta con su
compulsiva desmitologización de la memoria. La historia, al igual que la
escritura, metafóricamente marca y marcha, y en este régimen que le es
propio, hunde sus raíces el mito cruzado. Éste se despliega en torno a los
otros, en unas prácticas de enfrentamiento, captura y de apropiación. De
esta manera, la primera escritura de la historia en nuestro continente, nos

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relatará esa marcha de occidente y los desgarradores enfrentamientos por


la memoria, que resultan de choques violentos, de diversas intensidades
en las que el moderno mundo colonial absorbió paulatinamente a diferen-
tes sociedades y orbes.
Desde el mito relatado por Platón en el Fedro, donde se condena la
exterioridad de la escritura en nombre del logos, se rebaja un tipo de me-
moria en desmedro de otra. Hasta la hermenéutica contemporánea posi-
bilitada por Martin Heidegger, cuyo presupuesto fundamental consistía en
el regreso a las “fuentes griegas” del conocimiento, se ha privilegiado un
orden, el griego, construido como el espacio original vital europeo. Este
modelo en su fase final no anticipó las sacudidas de tradiciones afroasiá-
ticas y semíticas que yacían ocultadas y deturpadas en la historia de la tra-
dición metafísica griega. A pesar de ello, ese constructo fue colocado por
los europeos como fin último del pensamiento. La memoria en tal lógica
ha sido producida por el ocultamiento histórico de tales tradiciones, y del
control al acceso de las fuentes escritas.
Una de las funciones de inscripción y representación social más signi-
ficativas de la memoria, y de allí su poder creador, se desprende del rela-
to de Simónides, a quien se le atribuye la invención de la nemotécnica y
quien es capaz de reconstruir a sus contertulios muertos e irreconocibles,
a través de su arte nemotécnico. El arte de la memoria ha servido –por lo
menos desde una oscura y poco estudiada tradición luliana– para captu-
rar el alma de los paganos y producir la conversión de los otros. Seguida
con fervor, los jesuitas implementaron estas nemotécnicas en la conquista
168 planetaria del Evangelio y del intelecto, a decir: los ejercicios del paisaje
o composiciones del lugar relacionadas con la vida de cristo, el infierno,
el mundo, los hombres, revelan en el propio fundador de la Compañía,
no una sino su mayor fuerza. Uno de los ejemplos extraordinarios, entre
otros, lo ha constituido el ideario del padre Mateo Ricci, quien pretendió
capturar la memoria y el imaginario en la China del periodo final de la
dinastía Ming, durante el siglo xvi. Con el arte de la manipulación de los
signos y de las huellas, logró influir y evangelizar entre los principales
taoístas, confucionistas y budistas de la época. ¿Cómo el arte de la memo-
ria se enlazó formativamente con algo así como una historiografía indiana?
Esa respuesta sólo la pueden dar las “primeras historias” que aparecen
durante la colonización de este continente. Joseph de Acosta o Diego Ro-
sales, evidencian esa tensión que se produce al capturar el imaginario de
los otros y provocar algo así como una memoria artificial de los gestos,
palabras, signos y símbolos que quedaron atrapados en la operación de
escritura ejercida por los hispanos.
1492 es donde está inscrito el acontecimiento del encubrimiento, cuyo
mecanismo es la inscripción/borradura, es decir, se toma posesión de estas
tierras borrando, porque se inscribe un idioma, una lengua, una memoria,
en los hombres y en el paisaje que se captura. El imperio español, con los
poderosos efectos económicos y políticos de la ocupación de Granada y
los eventos religiosos e intelectuales a partir de la creación de la gramática
de Antonio de Nebrija, se conduce a la implantación de un sistema colo-
nial mundial, donde religión, ciencia y tecnología serán acordes al fenó-

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meno bélico/colonial. Éste es el otro lado del renacimiento europeo, el de


la cruz y la espada.
La aplicación inmediata de la inscripción/borradura se dará en dos zo-
nas de densas tradiciones culturales, como lo fueron las sociedades que se
desenvolvieron en la meseta del Anahuac, fagocitada por el virreinato espa-
ñol, y del cual nace el actual México. Hacia el sur, el impresionante macizo
andino albergó también a una diversidad social. Sus habitantes le llamaron
Tawantinsuyu, un espacio diseminado de lenguas, símbolos y ritos; civili-
zaciones conteniendo civilizaciones, y donde unos flujos ininterrumpidos
de diversas tradiciones llegaron hasta su extremo más meridional. Los es-
pañoles le llamaron la finis terrae, la última frontera del imperio inca y es-
pañol. La capitanía general de Chile, significaba la dimensión bélica militar
que adquiría la última frontera para el imperio. La ocupación ibérica se
instaló como un calco en el que se inscribían los nombres y los hombres,
en un espacio que también contuvo a una pluralidad de poblaciones. Los
descendientes de los indígenas colonizados lo llaman actualmente, y con
propiedad, el wallmapuche (conjunto de la tierra mapuche).
Según la propia expresión ibérica, fueron tierras alzadas de resistencia
contumaz, levantadas por extraordinarias confederaciones de indígenas,
que al momento de la llegada del colonizador habían logrado desarrollar
y expandir por un amplio territorio una lengua “franca”, con observancia
en un sistema jurídico de normas y preceptos que les permitió no sólo
destacar como guerreros sino como hábiles políticos, que en su momento
más álgido lograron pactos y tratos con la corona española, como ningún
otro conglomerado indígena conocido en las “indias occidentales”. Hacia 169
1598, la retirada de los colonos españoles junto con la desocupación de
sus ciudades, marcó una victoria de la mayor trascendencia en las luchas
por la memoria. Se producía un pliegue en la escritura hispano-occidental,
en el sentido de que no siempre la historia le pertenece al vencedor, inau-
gurando unas formas de resistencia capilares que se ramificaron, lo cual
produjo efectos en lo económico, político y social, quedando tal proceso
contenido en la escritura de la historia.
Este horizonte de comprensión colonial –que acabamos de señalar en
gruesas líneas– ha sido reorientado por una forma de historiografía que
se ha instalado en el imaginario de la nación, y a través de ella se ha con-
tinuado la cuestión de la inscripción/borradura, resistencias y luchas que
involucran procesos de occidentalización que van más allá del contacto
hispano/indígena, porque en esa escritura se juegan los aspectos más rele-
vantes del tipo de sociedad que se ha constituido en el Estado nacional, de
las elites que lo construyeron y sus otros capturados en dicha memoria.
El terreno de indagación de esta historiografía hunde sus raíces en el
pionero trabajo del historiador Mario Góngora, cuyo opúsculo de 1966
fue referente de una profunda influencia en las investigaciones que se cen-
traron en el vagabundaje y las sociedades de frontera. Recae sobre esta pri-
mera investigación, el haber planteado la emergencia histórica y las parti-
cularidades que asumían los bandoleros en zonas de bordes a los Estados,
y de la capacidad de tal border line para producir tipos fronterizos y patro-
nes de comportamientos que se exhumaron del material documental; de

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un tipo de sociedad, no atendida hasta ese momento por la historiografía


chilena. No obstante, fue con las relaciones fronterizas en la Araucanía,
impulsada por Sergio Villalobos, que esta modalidad historiográfica se
proyectó a una narrativa de carácter nacional, no tanto por la inclusión de
otras memorias que entran al ruedo de la nación, sino por el efecto hege-
mónico que tradicionalmente ha producido la zona central del país sobre
la memoria histórica de la nación, y su inscripción en las estructuras curri-
culares de la enseñanza de la historia. En tal sentido, me importa destacar
el significado que adquirió esta narrativa, al encontrarse con las figuras
épicas más descollantes descritas por la literatura renacentista española
durante la colonización, y el eje desde donde se produce la invención de
Chile y los chilenos. El término ‘araucano’ moviliza a Chile en una cadena
de resignificaciones desde el imaginario colonial hasta el republicano. Con
él, nos introducimos en la compleja madeja tejida en parte por los prime-
ros colonizadores para referirse a una particular población que apareció
ensalzada en el poema de Ercilla. Pero también, para el efecto clasificador,
que cubrió al conjunto de otras poblaciones indígenas que fueron nom-
bradas largo tiempo en la historiografía bajo ese nombre. Tal problemática
de los nombres y de las identidades, llega de forma significativa hasta el
término ‘mapuche’, que es como se denominan a sí mismos hoy, los des-
cendientes indígenas del sur de Chile.
El sustrato teórico –a diferencia de Vagabundaje y sociedad fronteriza
en Chile– provenía de la utilización de una noción de frontera que arranca
principalmente del modelo anglosajón de Frederick Jackson Turner. En la
170 mayoría de los historiadores posdarwinianos del siglo xix, existía la férrea
idea de que los logros civilizatorios que alcanzaba la sociedad blanca se
desencadenaban a partir de estadios evolutivos, que semejaban una se-
cuencia geológica. Fue este esquema el que proporcionó a la ciencia un
poder clasificatorio sobre las especies y un orden que se expresaba en una
escala filogenética propicio para la clasificación de las razas. El efecto del
modelo fundamentalmente permitió una imagen del indígena por debajo
de la civilización. En el modelo turneriano, primero estaban los indios,
los cazadores, luego el comerciante, que es el centro de la mecánica co-
lonizadora y el que rasga el sendero hacia la civilización. El influjo del
mencionado modelo en el relato de la colonización del sur chileno es si-
milar, y se desprende de él que las áreas de fronteras eran preferentemen-
te tierras baldías, “desiertas”, “libres”, en las cuales los hombres blancos
llegaban trayendo el material genético y cultural que habría dado paso a
la civilización y al nacimiento de la nación, a partir de la ocupación y del
comercio.
Las relaciones fronterizas en la Araucanía toman como anatema el
vínculo de las formas bélicas y de las formas sociales durante la ocupación
colonial y, particularmente en la guerra de Arauco. La tesis de la guerra
como poder productor de sociedades, es reorientada a los efectos de la
convivencia fronteriza y del comercio desarrollado en el intercambio his-
pano-indígena. Los mundos en colisión dan paso a la existencia fronteri-
za; conchabo, comercio y, fundamentalmente, los mestizajes que, por últi-
mo, mutaron el rostro de los indígenas. Es la memoria de las instituciones

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hispano/criollas sobre el tejido social de la Araucanía: presidios, fuertes,


misiones, parlamentos y, en definitiva, las ciudades, que fueron núcleos
productores de la sociedad nacida en la frontera. Es el frente colonizador
civilizador que fagocita paulatinamente a las sociedades sin dios ni ley.
El relato de la frontera ha formado un denso campo discursivo para
referirse a los habitantes de la Araucanía, el cual ha funcionado como un
encubrimiento al centrar su argumentación sobre el indígena, en la no-
ción de “tribus bárbaras”, las cuales ejercían un nomadismo beligerante
en torno a los centros de civilización, encarnados por los asentamientos
españoles.
La historia fronteriza que surge de la ocupación española al rearticu-
lar el relato o los relatos que se desprenden de los agentes e instituciones
hispanas –y que se refieren a la población indígena–, tienden a reapropiár-
selos de dos maneras. En parte, siguiendo los patrones y los efectos del
discurso propiamente hispano/colonial, que en primera instancia propor-
ciona una imagen de éstos como behetría y, segundo, como resultado de la
acción combinada de una antropología y un modelo político de sociedad,
que se sustenta en el Leviatán de Thomas Hobbes. Esta determinación ini-
cial implica el modelo y la idea de sociedad que tienen en mente los histo-
riadores, y actúa también como un potente rebajamiento de las formas de
organización indígena capturadas por este razonamiento. Desde el juicio
heredado por este tipo de filosofía política, se constituye el discurso cuyo
referente son agrupaciones ideales que ejercitaban el primer estado de la
sociedad siguiendo la expresión de Thomas Hobbes, y hecha popular por
Marshall Sahlins: “la guerra de todos contra todos”. 171
Los efectos que produce la historiografía fronteriza en la construcción
de la memoria nacional no son nada despreciables. Lo que constituye su
mayor potencia, es que actúa como un centro de gravedad, desviando las
miradas disciplinarias que ingresan en la Araucanía y en el histórico sur
chileno. Después de todo, ella ha constituido y narrado los acontecimien-
tos históricos de por lo menos quinientos años, en una trama insalvable
para todo el que quiera adentrase en la frontera. Debido al ensamble que
hay que realizar para coligar los acontecimientos históricos establecidos, y
la búsqueda del indígena en tales acontecimientos, entronca con una etno-
historia que en gran medida es solidaria al fenómeno fronterizo, en el sen-
tido de que ésta también valida la guerra de todos contra todos, como un
tipo de atmósfera y piso de la organización social del indígena. También las
resistencias a este modelo han provenido de la Antropología histórica, la
cual ha interpretado el mismo material documental desde otra perspecti-
va, iniciando fricciones con el mencionado modelo historiográfico, al sos-
tener que el propugnado mestizaje y la disolución del mundo indígena en
él sólo sería el envés de una compleja y dinámica sobrevivencia histórica
de los indígenas frente a las presiones coloniales primero, y republicanas
después. Mediante la etnogénesis se podría seguir hasta el presente las
fluctuaciones política/culturales de la identidad de los mapuches.
No obstante, poco importa que definamos la idea del pasado, a partir
de grupos genéticamente continuos (razas), grupos sociopolíticos históri-
cos (naciones) o de grupos culturales (étnicos). Todos son modos de cons-

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truir la noción de pueblo en lo que acertadamente Eric Hobsbawm señaló


como la invención de la tradición, invenciones que se dan en el contexto
de apropiaciones de toda índole, pero que de manera más precisa, confi-
guran desde el presente una idea o imagen del pasado.
En los términos ‘araucano’ y ‘mapuche’, se agitan discursos de diversa
naturaleza y cadenas de significados, de expresiones tales como cacique,
cacicazgos, tribus, pantribalismo. Estas cadenas enunciativas de la frontera
siempre responden a formas de agenciamientos discursivos producidos
por el tipo de historia o antropología que intenta explicar el comporta-
miento político indígena, a partir, exclusivamente, de sus propios paráme-
tros. Sin embargo, las máximas tensiones en esta captura de la memoria se
expresan a través de los descendientes indígenas que se han visto comple-
tamente absorbidos, y trazados por el mencionado fenómeno fronterizo y
a la larga por todo este denso espesor de sentido que inauguran, en torno
a ellos, las disciplinas occidentales.
Las huellas dejadas por la “voz” indígena en la documentación, y de
la cual tenemos la certeza de que era traducida por el lengua y de allí al
escribano español, aparece descrita en la historia fronteriza como si fue-
ran entidades metafísicas, que a partir de su sustancia sonora, el indígena
hablara y controlara su propio discurso. La transformación del discurso
hispano, ahora escrito por criollos, provoca una nueva reapropiación. Se
genera aquí uno de los efectos más penetrantes de la frontera: el discurso
indígena. Una plataforma escritural portadora de las voces de los que nun-
ca durante la Colonia se expresaron en la escritura de tradición alfabética.
172 Un doble juego que une el fenómeno colonizador con nuestro presente y
de allí, a la memoria forzada.
La historiografía fronteriza reproduce los esquemas e ideas de una me-
moria hegemónica, la cual al relatar a los otros, los clasifica de tal manera
que quedan reducidos a un esquema binario, y presentados en la escritura
histórica con rótulos étnicos, ficticios. Sin embargo, esta forma historio-
gráfica no carece de utilidad. Nos ayuda a conocer más sobre la estructura
del sistema colonial, el funcionamiento y manejo de sus diversos órganos
fronterizos en ciertas circunstancias históricas, y la naturaleza de las alian-
zas hispano/criollas e hispano-criollas/indígenas que sustentaban la fron-
tera. Nos alerta entonces, de la contradicción entre las dos sociedades y
la complejidad de sus oposiciones y coaliciones mutuas. Lo que no puede
hacer, sin embargo, una escritura histórica de este calibre, es explicarnos
el desenvolvimiento y el papel que le cupo a la resistencia indígena, ya
que no reconoce, y menos interpreta, la contribución de estas sociedades
que considera debajo de la línea evolutiva de la civilización. Empero, nos
muestra con mayor fuerza el carácter ideológico de sus principales pre-
supuestos. Tratándose del indígena o de los indígenas, el relato de esta
forma historiográfica tiende a cerrar filas en una reducción de conceptos,
o metáforas, que en lugar de establecer protocolos de interacción socio-
cultural, produce una inevitable separación de la tradición a través de un
mecanismo de bloqueo que, en el ámbito del discurso, se expresa con
las fundamentales categorías del bárbaro versus civilizado. Asimismo, en
el descriptivo y argumentativo, se produce la “naturalización” del orden

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simbólico, esto es como la percepción que reifica los resultados de los


procedimientos discursivos en propiedades de la “cosa en sí”. El indígena
y sus características, y los nombres propios, son cosificados y naturaliza-
dos funcionando con unas categorías referidas al indígena inexistentes.
Por ejemplo, promaucaes y puelches aparecen en el argumento histórico,
provocando la idea de la presencia de una(s) etnia(s); y también, como ha
quedado suficientemente demostrado con el término ‘araucano’ y su ma-
siva utilización como grupo étnico durante el siglo xix y xx en el imaginario
del Estado/nación.
El indígena está atravesado simultáneamente por discursos que no son
los de ellos, pero que a la larga terminan por constituirlo desde las matri-
ces coloniales del conocimiento. Entre los discursos de la Historia, Antro-
pología, Lingüística, y de la Literatura en general, se encuentran hoy los
intelectuales indígenas que más o menos traspasados por éstos, intentan
reorientar su identidad sociopolítica y su lugar en el esquema del Esta-
do/nación, y definir sus estrategias en torno a la memoria expoliada. Este
clima desde donde extraordinariamente los otros hablan desde sí mismos,
es el que ha provocado los cambios experimentados en las Ciencias Socia-
les eurocentrada por largos siglos, y en particular en la historiografía de
la subalternidad que nos alerta continuamente de los mecanismos en que
los otros son utilizados y producidos, es decir, fabricados y puestos en el
teatro de las memorias dominantes.
Los acontecimientos ocurridos durante la colonización son la hebra
de un flujo de la tradición europea que se apodera del paisaje y del habi-
tante. Pero ellos también constituyen la posibilidad de nuestro presente 173
como dimensión dominante de la temporalidad histórica. Por esta razón,
la Historia y la forma historiográfica que asume la frontera, es como un
estrato donde se ha concentrado ese lenguaje que comprende desde ese
nivel, la totalidad del pasado. Por ello el desmontaje del presente, en que
el dominio como envío cifra su entronización histórica, es absolutamente
necesario. Se podría pensar que lo propuesto se perfila como el esquema
de la visión del vencido, donde se llevaría a cabo esta restitución del tiem-
po presente, de un pasado más o menos contradictorio. Y desde donde
podríamos, finalmente, alcanzar esa otra voz, o ese otro pensamiento, o
esa deslumbrante acción. Muy alejado de eso, no se piensa al vencido para
extasiarnos con voces y discursos de esas otras sociedades que descono-
cemos, pero que a pesar de ello se nos aparecen ya cifradas. Por tanto, el
análisis debiera establecerse en las secuencias y operaciones del discurso
histórico donde se genera la evidencia del sentido, y desde donde emer-
gen las imágenes y figuras del otro, al igual que en los topoi de la antigua
retórica utilizada por los primeros colonos. Es donde se construyeron los
lugares en los cuales los herederos de los que han vencido, continúan la
denominación del espacio y de sus habitantes, siendo ésa, precisamente,
la secuencia preponderante que ha imaginado y escrito al indígena.
En este preciso sentido, la memoria y la cultura no sólo de los pue-
blos que se desenvolvieron en el sur de Chile sino de todos los que han
sobrevivido al interior de los aparatos de apropiación/borradura, exhiben
los legados de tradiciones afectadas profundamente por los efectos co-

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loniales y sus envíos a lo que llamamos la nación. En esta perspectiva,


nuestra conciencia nacional no debe impedirnos aceptar las diferencias y
memorias de todos los otros que habitaron y aún habitan el territorio. El
gesto deconstructivo aquí nunca va a ser negativo, porque pretende abrir
las secuencias binarias en que se ha cristalizado la memoria, para provocar
efectos de retorno de un(os) patrimonio(s) sociocultural(es), que no –y
quizá nunca– se reducen a la memoria de la historiografía, y que de mane-
ra más corriente, nos pertenece a todos nosotros.

174

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A propósito
de una traducción chilena de la Eneida

Nicolás Cruz
Pontificia Universidad Católica de Chile

E gidio Poblete publicó su traducción de la Eneida de Virgilio en Valpa-


raíso en el año 1937, luego de haber trabajado en ella por varias déca-
das. A partir del año 1919 habría dedicado una gran cantidad de tiempo
175

a corregir y pulir su versión castellana. Esta traducción en endecasílabos


sueltos ha recibido varios elogios de los especialistas a través del tiempo,
si bien hoy resulta casi desconocida entre un público más amplio. En las
páginas siguientes intentaré señalar que la suerte corrida por la traducción
de Egidio Poblete es un reflejo de lo que ha sido la tensa relación de la cul-
tura chilena con los clásicos, así como, también, algunos problemas que se
han generado en nuestra cultura a partir de este desconocimiento.
Virgilio, en cuanto autor de la Eneida, tuvo con Chile una relación
temprana y especial, por cuanto hizo su primer “desembarco” en América
junto a Alonso de Ercilla, quien en un proceso similar al de aquel otro poe-
ta Luis de Camoes, recurrió al lenguaje épico para describir las acciones
militares de conquista realizadas, en lo que luego se ha dado en llamar el
sur de Chile. Y esos escritores épicos que abordaron escenarios diferentes,
encontraron en Virgilio un modelo, quizá el más decisivo entre los varios
antiguos que tuvieron a la vista. Alonso de Ercilla, por lo demás, fue explí-
cito en este punto al introducir en su obra una serie de motivos del huma-
nismo español relacionado con los clásicos latinos, y no sólo de aquéllos
señalados por Virgilio sino, además, por Lucano y Ovidio.
La permanencia de Virgilio en la cultura, estudios y letras chilenas ha
sido atestiguada de manera suficiente por muchos autores en un número
considerable de estudios. Su importancia se vio confirmada y acrecentada
durante buena parte del siglo xix por el primer pensamiento republica-

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no. A la hora de formar jóvenes ciudadanos republicanos, el héroe Eneas


parecía compendiar la devoción (pietas) a Dios, la familia y a los deberes
cívicos, destacando, además, el hecho de que también aquel troyano que
viajó a Italia fue actor de una sociedad que se empezaba a formar sobre
la base de los que se consideraban los valores más importantes de la cul-
tura. Eneas era presentado como un ejemplo de quien había pospuesto
cualquier otro interés al compromiso político destinado a concluir en el
establecimiento de una república. Una antología de los pasajes del poema
eran dados a conocer y explicados en los nacientes textos de estudio dedi-
cados a los estudiantes.
Durante la segunda mitad del siglo xix, los liberales impugnaron la im-
portancia que se le había concedido al estudio de la lengua y literatura de
los latinos en los planes republicanos de enseñanza humanista, término
este último que equivale a nuestra enseñanza media actual. La mayor crítica
provino de quienes argumentaban la necesidad de formar a los jóvenes en
las lenguas modernas, tal como correspondía a una república que busca-
ba relacionarse con el mundo. El objetivo de estudiar las lenguas era el de
permitir el acceso al comercio, la ciencia, la política y la cultura tal como se
desarrollaban en Europa, lugar hacia el cual se miraba de manera constante
desde América del Sur. Por esta vía, no sólo la enseñanza del latín sino, tam-
bién, los autores y temas de su literatura iniciaron el abandono de la escena
cultural chilena. Eduardo Solar unos pocos años después, en 1934 para
ser más precisos, nominó este proceso como “la muerte del humanismo
en Chile”, aunque quizá sea más preciso hablar de la interrupción de una
176 tradición cultural que había dado buenos resultados hasta ese momento y
cuya modificación afectó nuestro desarrollo hasta nuestros días.
Durante los años más álgidos de la polémica sobre la pertinencia y
conveniencia del estudio del latín en Chile en el sistema de enseñanza, na-
ció Egidio Poblete (1868) en la ciudad de Los Andes. Accedió a los estudios
habituales de la época: enseñanza elemental en su ciudad natal; estudios
de humanidades en el Seminario de Santiago a partir de 1882 donde fue
alumno de Manuel Román, un tiempo decisivo en cuanto a su estudio del
latín, y un interrumpido estudio de Derecho en la Universidad de Chile. La
etapa decisiva por lo que respecta a su futura labor como traductor de la
Eneida fue la del seminario, donde “estudió sobre todo, muy bien el caste-
llano y el latín”, lo que le permitió también dedicarse a futuras actividades
periodísticas y literarias. Fue en este contexto que empezó su traducción
del poema virgiliano.
La mencionada traducción parece haberle tomado un tiempo nada des-
preciable durante toda su vida. Podría reconstruirse el itinerario con las fechas
precisas, pero no es nuestro interés en este contexto. Basta con señalar que
las primeras noticias se refieren a la traducción de los dos primeros cantos ha-
cia 1891 y las últimas revisiones en las vísperas de la primera edición en 1937.
Toda una vida, según se puede apreciar, comprometida también con el pe-
riodismo, la literatura y la docencia. Esto último para decir que su traducción
fue, como la mayor parte de la creación nacional en esos años, un esfuerzo de
los fines de semana y de aquellas pocas horas que se podían agregar a un ya
extenso día de trabajo.

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Los comentarios de la traducción han sido invariablemente positivos,


tal como podemos apreciar en el prólogo de la primera edición a cargo del
académico de la lengua el padre Raimundo Morales, aspecto que vuelve a
señalar en más de una ocasión Raúl Silva Castro en su Panorama literario
chileno, y también según lo que ha establecido Giuseppe Bellini en la voz
correspondiente a Chile en la monumental Enciclopedia virgiliana, y co-
mo han señalado recientemente Antonio Arbea y Miguel Castillo Didier en
su trabajo sobre la tradición clásica en Chile. Giuseppe Bellini ha señalado
lo siguiente:

“Fue la única traducción de un autor chileno del poema


virgiliano, como destaca Román en el prólogo de la edición
de 1937. El resultado es notable, por su fidelidad al texto,
una fidelidad más de las ideas y de los sentimientos que de
las palabras. El verso es casi siempre grato, evita las formas
arcaicas, conserva la musicalidad, con algunas finezas eufó-
nicas, como aquellas de considerar no diptongos a algunos
nexos juzgados diptongos aparentes... Un trabajo en sus-
tancia bueno, si bien no paragonable al de Caro”.

Este comentarista italiano destaca la característica de una mayor fideli-


dad a las ideas y los sentimientos de Virgilio, cuestión que el lector puede
percibir con claridad en múltiples ocasiones en la traducción de Egidio Po-
blete. A veces donde Virgilio es escueto y directo en una descripción, Egidio
Poblete ofrece una traducción más amplia, aunque muy bien lograda, sien- 177
do uno de los ejemplos más ilustrativos la escena de la muerte de Priamo,
rey de la ciudad de Troya en el libro ii del poema. Se percibe en este extenso
e intenso trabajo la formación cultural del traductor, su tesón y un grado
importante de creatividad, todos elementos fundamentales para haber al-
canzado la meta propuesta.
La valoración que se ha hecho no se ha correspondido con las dificul-
tades editoriales. La primera edición de 1937 fue el resultado del apoyo
de sus amigos y conocidos, y de manera especial por la dedicación de Luis
Thayer Ojeda. Así se revirtió el desánimo de Egidio Poblete, quien pensaba
que su traducción permanecería inédita. Una segunda fue realizada en el
año 1994 por la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos de Chile, y
en la que sólo se agregaron unas palabras preliminares de Hernán Poble-
te Varas, su hijo y principal impulsor de la iniciativa. Es una lástima que
en esta nueva edición no se haya numerado el poema en forma debida y
precedido de un prólogo que dé cuenta de la importancia de la empresa
cometida. Todo esto ha dificultado su lectura y debilitado su consulta.
Parecen ser varios los elementos que han hecho de esta Eneida una
obra desconocida, además de las dificultades recién señaladas. No debe
extrañar, por lo demás, este desconocimiento y escasa valoración cuando
la Eneida misma es muy poco conocida, cosa que sucede con la mayor
parte de las obras más importantes de la literatura mundial escritas en ver-
so. Es tan desconocida como La divina comedia, El paraíso perdido y la
misma Araucana. Este desconocimiento se advierte en quienes han teni-

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historiadores chilenos frente al bicentenario

do doce años de escolaridad y unos cuatro o cinco de universidad. Puede


agregarse para el caso chileno que esta situación también se da entre quie-
nes han hecho sus estudios universitarios en Letras, Historia o Filosofía.
El desconocimiento de estas obras se relaciona con un rasgo de nues-
tra escasa cultura actual, la que encuentra uno de sus primeros orígenes
en un sistema educacional que ha venido, a lo largo de varias décadas,
reduciendo y eliminando de manera sistemática la lectura en los planes
educacionales. No concuerdo con aquel diagnóstico que señala que ésta
es una crisis de los últimos años, aunque sí resulte posible afirmar que
se ha agudizado. De modo tal que la expresión “antes se leía y ahora no”
puede complejizarse al preguntar, ¿qué era lo que se leía? El resultado con
que uno se encuentra es que antes los estudiantes leían resúmenes de las
grandes obras, síntesis hechas por otros autores y publicadas en grandes
tiradas por algunas prestigiosas casas editoriales, tanto así que resultaba
muy difícil encontrar una edición con el texto completo de aquellos libros
que habían ingresado en esa informal, pero muy clara categoría de “lectura
escolar”. Cabría decir que antes se leía mal y ahora ha dejado de practicar-
se casi del todo. Me interesa destacar que entre nosotros desde hace mu-
cho tiempo que no se leen las obras en su versión original.
En el período universitario la situación puede hacerse más compleja
en relación con la lectura, por cuanto se discute más sobre los autores y
las obras que dedicarse a la experiencia existencial de leerlas. Han sido
muchos quienes han reparado en esta situación, a la que Italo Calvino de-
dicó varios párrafos en su libro Para qué leer los clásicos, cuando señala
178 que “ningún libro que hable de un libro dice más que el libro en cuestión”,
pese a que se haga todo lo posible para hacernos creer de lo contrario. Y
agrega: “Por una inversión de valores muy difundida, la introducción, el
aparato crítico, la bibliografía hacen las veces de una cortina de humo para
esconder lo que el texto tiene que decir, y que sólo se puede decir si se
lo deja hablar sin intermediarios que pretendan saber más que él”. Pero, y
esto lo ha señalado Coetzee en un artículo reciente dedicado a este tema,
lo central es la experiencia personal de enfrentar en la lectura, en la visión
o en la audición, una de aquellas obras a las que otorgamos la categoría de
clásicos en nuestra trayectoria vital
Y lo que ya se estableció en el colegio y se reforzó en la universidad
resulta difícil modificarlo con posterioridad. Sabemos poco y esto es algo
que no nos importa. Educados sin el ejercicio de la lectura y de la crítica,
nos hemos vuelto impactables y manipulables, tal como podemos apre-
ciar de manera cotidiana a través del tratamiento que nos dispensan los
medios de comunicación. Y al debilitar nuestra resistencia ante la mani-
pulación perdemos libertad, asunto nada menor cuando nos acercamos
a la conmemoración de los doscientos años en que suponemos haberla
conquistado.

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Historiadores chilenos frente al bicentenario

Recuerdos y proyecciones
en torno al bicentenario

Emma De Ramón
Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos
Archivo Nacional de Chile

C uando a Armando de Ramón se le preguntaba respecto al proceso de


independencia de Chile, generalmente se refería a él en términos muy
críticos respecto a las interpretaciones tradicionales que, como todos sa-
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bemos, transforman este proceso en un desfile ininterrumpido de grandes


personalidades y acciones heroicas. Con su usual ironía, mediante la cual
transformaba las cosas más serias en un retrato hilarante y enternecedor
de nuestra chata cultura nacional, con una erudición notable, transforma-
ba el evento del 18 de septiembre y, aun, las más heroicas gestas de nues-
tros “libertadores”, en un teatro de errores y de malas decisiones políticas
tomadas apresuradamente, narradas de una manera tan graciosa que los
oyentes no sabían si estaba “hablando en serio” o se estaba burlando de
nuestra ignorancia.
La hipótesis que le oí repetir muchas veces partía con la senectud del
conde de la Conquista y de cómo Manuel de Salas y José Miguel Infante
habían caminado con él desde su casa en la actual calle Merced las tres
cuadras que lo separaban del Tribunal del Consulado donde se llevaría a
cabo el famoso Cabildo Abierto, convenciéndolo para que declarase la le-
gitimidad del interinato de la junta mientras durara la prisión de Fernando
VII. Según Armando, como Mateo Toro y Zambrano estaba tan anciano, y
como su carácter era y había sido siempre más bien pusilánime, se que-
daba con la última opinión que escuchaba de manera que los “patriotas”
se aseguraron en esto de tener la última palabra. Sólo así explicaba él que
un hombre tan conservador como el presidente de esa primera junta de
gobierno, hubiese estado a favor de tamaña revolución.

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historiadores chilenos frente al bicentenario

Continuaba su relato refiriéndose a la mediocridad de Bernardo


O’Higgins, particularmente a sus pocas dotes militares y agregaba que la
única razón por la que José de San Martín había ganado en la batalla de
Maipú era porque Bernardo O’Higgins estaba herido y no concurrió. A
esas alturas del relato, la risa generalizada hacia nuestros “héroes” era tan
grande que él, entusiasmado, agregaba antecedentes sobre el “desastre de
Rancagua” o sobre su sorpresivo ataque a las tropas españolas en Chaca-
buco sin mediar la autorización del jefe del ejército libertador. Casi me pa-
rece escuchar sus palabras: y se lanzó a mata caballo cerro abajo contra las
tropas españolas que estaban acampando en el llano pensando darles una
sorpresa, pero como la distancia era larga y el ruido del galope, el polvo,
trompetas y gritería de los atacantes dejaba ver su presencia a la distan-
cia, los atacados tuvieron tiempo para tomar posiciones. Cuando llegó al
combate, las tropas españolas hicieron estragos con su pequeño batallón.
José de San Martín debió socorrerlo y, seguramente, increparlo por haber
actuado por iniciativa propia, sin consultar a los demás generales parti-
cipantes y pasando a llevar las mínimas reglas de caballerosidad que por
entonces tenían tanta importancia en las fuerzas armadas.
A esas alturas, como la audiencia estaba fascinada por lo diferente de la
interpretación y por la facilidad de su palabra, Armando traía el problema
de la reconquista española en Latinoamérica y hablaba de esta suerte de
pugna por los mercados del cono sur de América, que se creó a partir de
las reformas políticas de los Borbones al modificar el sistema monopólico
comercial quitándole a Lima sus privilegios y entregándole al nuevo virrei-
180 nato de Buenos Aires una participación en el lucrativo negocio que antes
sólo había tenido a través del contrabando. En este punto preguntaba a la
concurrencia si, ¿alguno de nosotros podría creer que un país pobre como
la España de principios del siglo xix, que se había visto expuesta a severas
crisis políticas desde fines del siglo xviii y que se encontraba saliendo de
una cruenta guerra civil que había traído una de las hambrunas más cruen-
tas que la historia española recordaba iba a estar capacitada para enviar
un ejército que a pocos meses del término de la invasión francesa pudie-
ra reconquistar toda América? De allí seguía afirmando que el ejército de
Mariano Osorio, organizado por órdenes del virrey de Perú, Fernando de
Abascal, no era un ejército de “españoles”, sino de “peruanos” y que la ver-
dadera pugna que se escondía detrás de todo este período estaba dada por
Buenos Aires y Lima disputándose el territorio sobre el cual extender su
influencia económica y política, no la pugna de un país decadente, como
España, por reconquistar su imperio. Uno, entonces, veía cómo el papel
de los libertadores se mudaba de sentido y los decididos revolucionarios
cantados por Pablo Neruda pasaban a ser una mera pieza útil a los intere-
ses de los poderosos. Los protagonistas del conflicto, entonces, no eran
más el pueblo, Manuel Rodríguez, Bernardo O’Higgins o José Miguel Ca-
rrera. Eran los intereses imperialistas de los ingleses, apertrechados detrás
de los intereses de los comerciantes argentinos, es decir, la nueva era que
se enfrentaba a los antiguos tiempos del glorioso virreinato limeño.
Terminaba refiriéndose a la poca proyección política que habían te-
nido los “patriotas” al independizar al país de la corona española, pues,

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Historiadores chilenos frente al bicentenario

según este relato, cambiaron una dependencia colonial moderada, donde


la presencia española era ocasional y que correspondía (más o menos) al
sistema que actualmente relaciona a las diversas regiones españolas con
el gobierno central. En cambio, nos entregaron al más atroz sistema de
explotación y dependencia neocolonial respecto, primero de Inglaterra y
después de Estados Unidos quienes habían hecho de nuestros países me-
ros proveedores de materias primas y un espantoso teatro de rivalidades
y peleas por minucias fronterizas y otras banalidades. Incapaces de ver el
trasfondo de esta situación, los chilenos y latinoamericanos en general
celebrábamos nuestras fiestas de la independencia con los corazones hin-
chados de amor a la patria, sentimiento que siempre se reflejaba en símbo-
los erizados de bayonetas y sables, únicos elementos que garantizaban el
mantenimiento de esta absurda rivalidad que evidentemente no se corres-
pondían con los intereses comunes a toda Latinoamérica.
Aunque nunca supe (o supimos quienes lo escuchamos) si Armando
realmente creía y sostenía esta hipótesis sobre la independencia de Chile,
a partir de esta historia siempre me ha quedado una amarga sensación
respecto a este episodio de la historia de Chile, una cierta inquietud que
siempre me ha impedido “tragarme” la rueda de patriotismo con la que,
en este tema, las autoridades nos hacen comulgar apenas empieza sep-
tiembre o cada vez que conmemoramos alguna efeméride republicana.
Probablemente a muchos les ocurre lo mismo que a mí. A muchos les que-
da la sensación que detrás de tanta gesta y heroísmo algo más complejo
que el propio sacrificio y entrega generosa o desinteresada a los ideales
libertarios de la nación, se oculta, como siempre se ocultan, los pequeños 181
sabores y sinsabores de la vida, los egos, las ambiciones, las diferencias
irreconciliables, los anhelos utópicos, las generosidades, los errores, los
prejuicios y los juicios, las venganzas y toda la multitud de pasiones huma-
nas que sostienen cada uno de los hechos que conforman nuestra vida y,
desde luego, la vida de una nación.
Si cualquier hecho tiene tanto de grandioso como de pequeño, es de
comprender que esa interpretación no sólo es plausible sino, además, le-
gítima. Pero, más que nada, nos permite centrarnos en lo que es realmen-
te importante para la historia: las consecuencias que las interpretaciones
respecto de un suceso tiene al momento de referirnos a él, en este caso, al
tema del bicentenario.
Por lo general, pensar en los doscientos años de la independencia (el
cumpleaños de Chile como lo llaman los niños y niñas) me remonta al
contenido binario de la opresión versus la liberación (o la libertad) a que
recurre el público en general. De alguna manera ronda en nuestra imagi-
nación la información que los libertadores efectivamente “nos” liberaron
de algo: de la opresión que sostenía por casi trescientos años la tiranía del
rey de España (o de Castilla si se prefiere). Eso quiere decir que antes de
esos aciagos años, existía un mundo diferente, respecto del cual de alguna
manera participábamos (otra vez nosotros mismos). Una especie de utopía
o paraíso perdido donde todos los chilenos vivíamos libres de opresión en
una especie de limbo preexistencial. Liberados, entonces, renacimos, de
allí lo del cumpleaños.

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historiadores chilenos frente al bicentenario

Evidentemente pocos relacionan con ese locus amoenus el mundo


prehispánico sobre el cual, después de siglos de mestizajes entre los di-
versos pueblos indígenas, intervino con toda su prepotencia y falta de
respeto el mundo europeo, estableciendo un nuevo mestizaje, ni más ni
menos radical que el impuesto anteriormente. Es seguro que el Tahuan-
tinsuyo implementó sistemas coloniales más benignos para la salud física
y espiritual de los antiguos moradores del actual territorio chileno, pe-
ro, como cultura predominante, intervinieron en todos los aspectos a la
cultura local, modificando las bases de la religiosidad, sistemas políticos,
estructuras económicas, sociales y culturales. No podemos dejar de lla-
marlos “conquistadores” e igualmente “opresores”... Es obvio que la línea
de tiempo que nos remonta a los años en los que los primeros poblado-
res y pobladoras llegaron a nuestro territorio no representa una salida a
nuestro dilema binario. Aquí no hay unos a los que les asiste el derecho de
constituirse en la esencia de los que somos. En definitiva, no somos más
que una sumatoria de elementos distintos que vienen desde los millones
de años que tiene la humanidad mezclándose y desplazándose por el pla-
neta buscando un lugar donde vivir mejor. Lo originario no es la respuesta
tampoco a nuestra cuestión. Además, en una sociedad tan racista como la
que hemos formado, llevar en nosotros el ser de los indígenas liberados de
la opresión no nos alienta en lo más mínimo. Por el contrario, lo indígena
se transforma en otro mito que tampoco se relaciona con el mundo que
vemos a nuestro alrededor. El mapuche que hoy segregamos y condena-
mos a la pobreza no se encuentra simbólicamente relacionado con Lautaro
182 o Caupolicán. Estos personajes épicos descansan en sus glorias militares
cantadas por Alonso de Ercilla, no se vinculan con el indio que transita las
cumbres del altiplano o los barriales del sur.
Así que nuestro nacimiento independentista más que bastardo o “hua-
cho”, como gustan decir algunos de nuestros pensadores, es huérfano: no
tiene padre ni madre. Sus padres y sus madres se encuentran hundidos en
las nebulosas regiones del olvido, la confusión, el prejuicio y la ignorancia.
Nuestra sociedad desconoce su pasado, cualquiera sea y, como no tiene
memoria alguna y la poca que tiene se encuentra condenada a la discapa-
cidad permanente por el sinnúmero de contradicciones en las que se su-
merge cada vez que se piensa a sí misma, nuestra orfandad no tiene fondo.
De manera que la interpretación de Armando, la haya creído o no, tenía
la ventaja de ridiculizar toda esta mitología, haciéndonos ver que las cosas
no son como las dicen. Es posible, aun muy probable, que no hayan sido
como él las describía. Tal vez fueron de una manera totalmente diferente a
lo que él o yo o todos nosotros podamos creer. El punto es que mientras
no acordemos una postura que nos permita encontrarnos con honestidad
en nuestro pasado, la factibilidad de recuperar nuestra memoria y nuestra
identidad será imposible.
Sinceramente creo que Chile no nació el 18 de septiembre de 1810...
Nació o tal vez nacerá, cuando comencemos a darnos cuenta que nuestros
ancestros vivían y que nosotros vivimos en un lugar común y definimos
que esa comunidad es diferente a la de aquellos otros que viven allende la
cordillera o detrás del desierto o lejos después del mar. Comunidad quie-

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Historiadores chilenos frente al bicentenario

re decir que “no siendo privativo de ninguno, pertenece o se extiende a


varios”, como expresa la Real Academia Española de la Lengua. Por tanto,
caben en ella las interpretaciones históricas que den cuenta de nuestro des­
arrollo, pero especialmente cabe el respeto por todas ellas.

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Historiadores chilenos frente al bicentenario

Quo vadis, Chile?

José De Toro
Universidad Católica de la Santísima Concepción

A la hora de pensar en Chile y en los principales acontecimientos de su


historia, pocas veces nos detenemos a reflexionar cuándo comienza.
Probablemente no tenga mucho sentido e implique un debate sin fin y 185
sin solución. Pero puestos a celebrar el bicentenario de la Primera Junta
Nacional de Gobierno, parece pertinente, para considerarla en toda su di-
mensión histórica, hacer una pequeña consideración en torno a nuestras
concepciones sobre los orígenes del país.
Muchos han intentado, hasta ahora, determinar el problema. Así, las
primeras manifestaciones culturales de los pueblos amerindios, la llegada
de Diego de Almagro o de Pedro de Valdivia, el desastre de Curalaba, la Pri-
mera Junta Nacional, la independencia, la incorporación de la Araucanía y
otros, son algunos de los hitos que se han puesto como inicio de nuestra
historia. Ante ellos, por cierto, cabe preguntarse qué validez tienen en el
marco de un proceso ininterrumpido de poblamiento y de desarrollo en
el tiempo y el espacio. Aunque no se puedan dar respuestas claras, esta
cuestión no carece de valor. Y a pesar del interés que esta temática suscita,
parece que a medida que el tiempo avanza y se desarrolla la ciencia histó-
rica, Chile cada vez desconoce más sus inicios.
La historiografía relativa a la historia nacional se ha desarrollado mu-
cho en el último tiempo, y es conveniente examinar ahora qué importan-
cia tiene si se encuentra descontextualizada y aislada del devenir general
de la historia. En efecto, haciendo una mirada retrospectiva hacia los dos-
cientos años de vida republicana, no puede observarse sin pesar cómo la
historiografía chilena ha ido abandonando el estudio de sus raíces profun-
das. Ciertamente que la especialización y la concentración de los estudios
históricos en tópicos locales es una virtud, pero éstas no pueden llevarse

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a cabo de manera sólida dejando de lado el contexto histórico global. Y


todo parece indicar que este fenómeno se ha dado sin el resguardo nece-
sario. Por eso es necesario meditar si puede considerarse positivo desarro-
llar tanto la llamada “Historia de Chile”, abandonando y despreciando la
historia anterior, por ejemplo, la historia de los españoles que llegaron, la
historia del racionalismo francés que tanta influencia ha tenido en nuestro
país, o la historia del liberalismo europeo. Todo esto remite a la historia
europea, esa historia que cada vez se estudia y se conoce menos en nues-
tro suelo. Es muy interesante estudiar la separación de la Iglesia y el Estado
en Chile, pero cuánto valor le resta el hecho de no saber cuándo y por qué
se unieron, cosa que pasó mucho tiempo antes. Y a falta de estudio se di-
rá que fue en la “Edad Media”, omitiendo el fondo del problema y, lo que
es peor, tapándolo con un lugar común que más que explicar, enturbia
la comprensión histórica. Lo mismo puede decirse de la independencia,
cuando se considera como un fenómeno puramente decimonónico, desli-
gado de ideas y tendencias de muy larga data, y de muchos otros temas.
Por desgracia, este fenómeno va en aumento. Todo el desarrollo de la
historiografía de Chile tiende a hacerse, actualmente, en desmedro de la
historia europea antigua, llámese de Grecia y Roma, de los reinos germá-
nicos, de la época feudal, etc. El resultado no se deja esperar: escasez de
fundamentos y nula capacidad de integrar el saber histórico en un marco
amplio. Si hubiera de evaluarse, pues, la trayectoria de Chile entre 1910
y 2010, en este sentido, no podría menos que deplorarse la lamentable
pérdida de conciencia histórica y la consiguiente falta de cimientos histo-
186 riográficos.
Las causas no son fáciles de discernir. Probablemente se trate de un
círculo vicioso entre las motivaciones sociales y las estructuras académi-
cas. Pero los hechos son claros y manifiestos. Cuesta encontrar, hoy, un
programa de licenciatura en Historia en el que la historia de Grecia y de
Roma ocupe un semestre cada una. Por el contrario, prácticamente en to-
dos se han comprimido y reducido a un solo semestre. Situación compleja,
pero salvable si, avanzada la malla, se dieran cursos electivos o seminarios
relativos a esas áreas, pero esto es aún más difícil de encontrar. Y luego
se tendrá el tradicional curso de “Historia Medieval”, intentando con es-
fuerzos sobrehumanos no perderse en esos apretados mil años de historia
europea. Por otra parte, tampoco puede estudiarse el idioma de dichas
sociedades, puesto que el latín y el griego antiguo ya prácticamente no se
dictan en las universidades nacionales. Y en aquéllas en que todavía exis-
ten, los planes de lenguas clásicas se han ido reduciendo más y más. En
realidad, no podría esperarse otra cosa, una vez que se han eliminado en la
enseñanza escolar, y la falta de interés por ellas se convierte en un mensaje
en el ámbito del Estado. Además, estas lenguas están siendo consideradas
patrimonio de la Filosofía y de la Literatura, dado que más escasamente
todavía pueden encontrarse en las mallas curriculares de Historia. Otro
tanto ocurre en la enseñanza del Derecho, donde la tendencia a suprimir
el Derecho Romano es creciente y, peor aún, es vista como una moderni-
zación y un logro. Y a todo esto han de sumarse las exiguas posibilidades
que tiene un investigador de la historia europea, toda vez que importantes

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revistas nacionales de Historia han cerrado sus puertas a los artículos de


esas temáticas. No puede negarse que las revistas deben especializarse, pe-
ro cuando ello ha ocurrido en ese sentido, poco y nada se ha hecho para
abrir nuevos espacios y dar cabida a este género de investigaciones.
Las últimas décadas han mostrado, por tanto, una creciente falta de
interés por la historia europea antigua, lo que constituye una verdadera
traición a la nación, puesto que es absolutamente insoslayable reconocer
que nuestra gente tiene sangre europea, que nuestro idioma proviene en
un 90% de las lenguas clásicas, que la política no se inventó en Chile y los
problemas sociales tampoco. Ni siquiera se reconoce ya el valor de la pa-
tria, cosa que se pretende elogiar, al desconocer que la patria es el “lugar
de los padres”, lugar geográfico y cultural, y nuestros padres son tanto
americanos como europeos. Esta lamentable situación no es, efectivamen-
te, un motivo de orgullo y de celebración en este aniversario.
A pesar de todo, se pueden encontrar a lo largo de estos años ver-
daderos luchadores que han intentado frenar esta marea avasalladora y
destructora, y que han dado su vida por dotar a nuestra historiografía de
raíces profundas y sólidas. Por eso, no sería justo dejar de mencionar, por
ejemplo, al profesor Fotios Malleros (1914-1986), fundador del Centro de
Estudios Griegos, Bizantinos y Neohelénicos de la Universidad de Chile,
y al maestro Héctor Herrera (1930-1997), fundador, a su vez, del Centro
de Estudios Clásicos de la Universidad Metropolitana de Ciencias de la
Educación; instituciones que destacan hoy por su vigencia y calidad, pero
sobre todo, por conservar el espíritu de amor a las humanidades que sus
fundadores les imprimieron. Con todo el prestigio que ello les mereció, 187
ambos académicos comprendieron a cabalidad que nuestra historia no co-
mienza en la independencia, sino que pertenece a un largo proceso que
hunde sus raíces muy profundamente, para beber de las aguas del mar
Mediterráneo.
Esperamos que la gesta de los mencionados profesores no haya sido en
vano y que Chile asuma una nueva dirección. Sólo gracias al desarrollo y
a la enseñanza de la historia europea antigua, se puede revertir la degene-
ración historiográfica actual. Y es necesario decirlo porque, si se pretende
celebrar a nuestro país, primero hay que lograr, a través de una conciencia
amplia, hacer de él algo más que una palabra: una realidad histórica.

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Chile visto desde afuera:


la nueva visión del país
en los últimos cuarenta años

José Del Pozo


Université du Québec à Montréal (Canadá)

C uando comencé a aprender la historia de Chile, primeramente en mi 189


lejana infancia, en Viña del Mar, a través de los libros de la biblioteca
familiar, y con lo que me enseñaron en el liceo de Quilpué en los años
1950, una imagen se fue forjando: la de un país caracterizado por su es-
tabilidad política, que contrastaba con la situación de la casi totalidad de
los otros países latinoamericanos. Esto parecía confirmar la predicción de
Simón Bolívar en el lejano 1815, al redactar su célebre Carta de Jamaica:
Chile era uno de los raros países de la región que, una vez independiente,
podía ser libre. Su sistema político, que evolucionó hacia el multipartidis-
mo en el primer tercio del siglo xx, era el único en la región latinoamerica-
na donde podía darse una experiencia del Frente Popular europeo, lo que
había sido el caso en 1938. El país tenía una tradición de “asilo contra la
opresión”, que se había manifestado en la acogida a los que huían de la ti-
ranía de Juan Manuel de Rosas en los años 1840, y en el siglo xx a los apris-
tas peruanos y a los refugiados republicanos de la guerra civil española. La
opinión pública poco o nada sabía, en cambio, de la actitud negativa de
las autoridades de gobierno respecto a los judíos de Europa central en los
años 1930 que intentaban venir a Chile, muchos de los cuales habían sido
rechazados. El recuerdo de la intervención militar en política del general
Carlos Ibáñez en los años 1920, no parecía haber dejado huella, ya que ese
mismo ex dictador había sido elegido Presidente por una gran mayoría, en
1952. La imagen de los militares chilenos como “patrióticos y honestos”,
según las palabras del embajador de Estados Unidos en la época de la Se-

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gunda Guerra Mundial, Claude Bowers, estaba ampliamente difundida en


la prensa y en buena parte de la opinión pública.
A nivel de los índices económicos y sociales, Chile formaba parte, cier-
tamente, de los países considerados subdesarrollados, y el periodista John
Gunther, que visitó el país en 1940, quedó impresionado con el alto índi-
ce de mortalidad infantil y con la miseria de los mendigos, cuya condición
era la más lastimosa que le había tocado ver en sus viajes. Sin embargo, un
analista de prestigio como el francés Jacques Lambert consideraba a Chile,
en 1960, como un “caso particular”, muy cercano a Argentina y Uruguay,
los dos únicos casos de países relativamente avanzados en la región y por
encima de todos los otros Estados. La existencia de instituciones como los
liceos públicos y la Universidad de Chile constituían canales de movilidad
social gratuitos o a bajo costo, lo que daba esperanzas de progreso.
Social y étnicamente hablando, Chile mostraba un rostro relativamen-
te homogéneo. Habiendo recibido un aporte más bien escaso de la inmi-
gración europea o de otros continentes, lo que contrastaba con la marea
humana llegada a Argentina, Canadá, Brasil o Uruguay, el país estaba lejos
de constituir una nación de “transplantados”, según la terminología del an-
tropólogo brasileño Darcy Ribeiro. Éramos, más bien, un país mestizo, pero
que estaba lejos de constituir lo que este mismo autor llama un “pueblo
testigo”, dada la escasa influencia del elemento indígena en la cultura do-
minante. Así, predominaba la imagen según la cual “todos somos chilenos”,
sentimiento que se nutría en buena medida de los relatos sobre los hechos
heroicos del Adiós al séptimo de línea, durante la Guerra del Pacífico. No
190 teníamos muchos elementos de comparación con otros países, ya que la
emigración, no muy numerosa, se dirigía casi únicamente hacia Argentina
y no constituía un tema de debate público, seguramente porque implicaba
en gran medida a personas de origen rural, de provincias pobres del sur del
país. La presencia chilena en Europa o en Estados Unidos era, hasta 1960,
muy escasa, e implicaba de preferencia a intelectuales o a miembros de fa-
milias de la elite.
Estas imágenes y estas realidades someramente descritas han cambia-
do notablemente en las cuatro últimas décadas. La sucesión, en un breve
espacio de tiempo, de la “revolución en libertad”, seguido por la “transi-
ción hacia el socialismo”, luego por la dictadura que algunos bautizaron
como una “revolución capitalista” para llegar finalmente a la transición a
la democracia, convirtieron a Chile en un laboratorio político pocas ve-
ces igualado en la historia universal. La expresión más dramática de este
proceso había sido el fin de la estabilidad política, hecha trizas con el gol-
pe de 1973, con lo que Chile había pasado a ser uno más en la legión de
países sometidos a la dictadura, condición que antes casi siempre había
esquivado. Estas vicisitudes pusieron a Chile en la actualidad de la prensa
internacional. Analistas, periodistas, organizaciones no gubernamentales,
voluntarios de la cooperación internacional, refugiados que iniciaban un
retorno, estudiantes de doctorado venidos de los cuatro rincones del mun-
do, se interesaron en el país austral, motivados por la curiosidad de cono-
cer lo que era la primera experiencia socialista democrática del mundo y
luego para entender (y denunciar, en la gran mayoría de los casos) la que

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era la más odiosa de las dictaduras militares en el mundo. El país pasó a


ser objeto de un gran número de seminarios, tesis y ensayos, ocupando un
lugar preponderante en los estudios latinoamericanos de los programas
universitarios en América del Norte, Europa y otros lugares. Este contacto
cada vez más persistente con el exterior ha continuado después de la dic-
tadura, a través del gran número de tratados bilaterales de libre comercio
que Chile ha firmado en los últimos tiempos, de los acuerdos culturales y
de la recepción cada vez más abierta que se le hacía a las autoridades de-
mocráticamente elegidas del país que había logrado salir de la dictadura.
Los lazos con el resto del mundo han sido también el fruto de la emi-
gración masiva, forzosa a veces y voluntaria en otras, iniciado en 1973. Por
primera vez en la historia, los chilenos salían para dirigirse esta vez ya no
solamente a Argentina sino hacia destinos exóticos como Suecia, Holanda,
Australia, México, Canadá, Rumania, Cuba, Argelia y la ahora desapare-
cida Alemania del Este. Esta situación hizo que, por una parte, muchos
tuvieran la oportunidad de vivir bajo regímenes políticos y sociales que
hasta entonces conocían sólo a distancia o en forma esporádica, lo que
les permitió ampliar sus horizontes y dejar de lado los prejuicios, a veces
favorables, en otras negativos, que se tenía respecto a ellos. Por otro lado,
la presencia de chilenos en muchos países y continentes ayudó a mejorar
el conocimiento de Chile en el exterior. La obra de artistas y escritores exi-
liados, entre los cuales destacan Luis Sepúlveda, Isabel Allende y Roberto
Bolaño, ha sido parte importante de este proceso.
La presencia masiva de chilenos fuera del país ha dado lugar, además,
a la aparición de un nuevo tipo humano, el mestizaje de chilenos con per- 191
sonas de distintas culturas en otros países, resultado del cruce natural con
las poblaciones locales. El retorno, parcial y con altibajos, de parte de ese
contingente ha aportado algunos cambios a la fisonomía humana del país,
con la llegada de personas originarias de otras culturas y que hablan otros
idiomas. A esto se ha agregado, en los últimos diez o quince años, la pre-
sencia cada vez más notoria de inmigrantes venidos de países latinoame-
ricanos, en especial de Perú, pero también de Cuba, Ecuador, Colombia,
Bolivia y Argentina. Junto a algunos asiáticos, esta nueva inmigración ha
suplantado a los europeos, que hasta 1950 constituían la mayoría de los
nuevos venidos.
Esta apertura y este contacto cada vez más intensos con el exterior han
contribuido a definir una actitud más coherente con las tendencias inter-
nacionales en materia de políticas sociales más incluyentes y de temas va-
lóricos más flexibles. Así, desde la conmemoración del quinto centenario
del viaje de Cristóbal Colón, en 1992, la existencia de la población indí-
gena ha merecido un mayor espacio en los debates, en la enseñanza y en
la prensa, aunque se está aún lejos de darle todo el reconocimiento que
merece. La igualdad de derechos para la mujer y su acceso a todo tipo de
actividades, ha seguido avanzando. El respeto a las minorías sexuales, el
control del embarazo no deseado, aunque con lentitud, también han pro-
gresado. Después de larguísimos debates, se adoptó hace pocos años una
ley de divorcio, que derrumbó otro de los factores de la “excepcionalidad
chilena”, la carencia de una ley en esta materia, que era situación casi única

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historiadores chilenos frente al bicentenario

en todo el mundo occidental a comienzos del nuevo milenio. La difusión


y la ampliación de nuevas iglesias, en detrimento de la Iglesia Católica,
ha constituido otro elemento innovador en el paisaje cultural chileno. En
cambio, pese a los progresos materiales, las desigualdades sociales han
persistido y las mentalidades caracterizadas por el clasismo aún persisten.
Si bien la presencia de chilenos en el mundo se ha transformado en un
hecho permanente, ya no ligado única ni principalmente a los efectos del
golpe de Estado de 1973, y pese a algunos gestos de reconocimiento ha-
cia esa realidad, el Estado chileno aún no da el paso lógico que muchos
otros Estados europeos y latinoamericanos han efectuado, la de reconocer
a los ciudadanos chilenos que viven afuera el derecho a votar en las elec-
ciones.
Así, el Chile del bicentenario es un país que ha experimentado cambios
importantes respecto al Chile de mediados del siglo xx. Ya no se concibe
al país como un todo étnico homogéneo, y las minorías sociales y cultura-
les tienen algo más de espacio. Las duras experiencias vividas en materia
de historia política han hecho tomar más conciencia de que la estabilidad
y los progresos de la democracia no son eternos, sino conquistas que se
deben valorar y conservar. Se ha perdido la ilusión de la “excepcionalidad
chilena”, que hacía que muchos habían considerado como inmutable la
existencia de la democracia en Chile, creyendo que ni civiles ni militares
atentarían contra ella. Los contactos cada vez más intensos con el exterior
contribuirán a que Chile avance más en estas direcciones, sobre la base del
testimonio vivo de lo que es la experiencia histórica de otras sociedades,
192 de las cuales se puede aprender a través de la comparación y del diálogo.

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Historiadores chilenos frente al bicentenario

Consolidando mitos

Carlos Donoso
Universidad Andrés Bello

L a venidera conmemoración bicentenaria, tan auspiciosa en proyectos y


utopías, es también un buen momento para realizar un balance del pa-
pel de la historiografía en la configuración del ideario nacional. Necesario
193
como un elemento solidificador de voluntades del naciente país, la histo-
ria decimonónica se constituyó en un instrumento imprescindible para la
consolidación del Estado. Surgen en ese período gran parte de nuestros
mitos, leyendas y tradiciones cívicas, además de nuestros santos seculares.
Sometida a una forzosa influencia metodológica exterior, la historiografía
actuó al servicio del Estado, con el apoyo cierto de éste.
La historia pedagógica, educadora y formativa perduró inmodificada
en tanto existiese una necesidad perceptible de cohesión nacional. El ideal
comenzaría a esfumarse en la medida que el Estado consolidaba sus fron-
teras y, fundamentalmente, con la progresiva irrupción de sectores socia-
les tradicionalmente segregados, muy receptivos a principios rupturistas
en boga en el mundo. El quiebre en la estabilidad interna resultante de
la guerra civil, consolidado en la vorágine política iniciada en 1924, sor-
prendió a la menguada historiografía local sin elementos de análisis y, por
el contrario, claramente parcializada por alguno de los bandos involucra-
dos. Enfrentados ante un nuevo escenario, los escasos investigadores del
período reorientaron sus esfuerzos a la compilación y recuperación de
antiguas fuentes, labor alguna vez subvalorada y que hoy merece absoluto
reconocimiento.
La radicalización de las ideas en el mundo también alcanzaría nues-
tra modesta historiografía, la que, de la mano del redescubrimiento de la
crítica social de inicios del siglo xx, la orientó en torno a la interpretación
de luchas de clase, bajo parámetros que encerraban un trabajo intelectual
tan complejo como asertivo. La historiografía marxista, uno de los grandes

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historiadores chilenos frente al bicentenario

aportes a la historia de la ideas en Chile, hizo que la disciplina, al igual


como había ocurrido en el siglo xix, se convirtiera en un instrumento efi-
caz de integración haciendo a todos partícipes de un sueño, rescatando
los mitos impuestos por el positivismo, y usándolos para dar fuerza a sus
planteamientos.
El advenimiento de la dictadura permitió el surgimiento de una histo-
ria sin alma y servil, acorde a los requerimientos del régimen. La exaltación
de la historia militar, de héroes de dudosa trascendencia, no eran sino la
proyección de lo que los jerarcas pretendían heredar como imagen. El fal-
so entusiasmo nacionalista, el renacimiento de los símbolos y el adoctrina-
miento de las noveles generaciones dan cuenta de ello.
Hasta el retorno de la democracia, historiadores de todas las épocas y
de todos los períodos tuvieron un papel destacado en la conformación de
ideas, aun en su papel de relegados, manteniendo un margen de autentici-
dad y de honradez que incluso superaba el valor mismo de sus obras. Hoy,
en cambio, con desazón comprobamos que la historiografía no sólo se en-
cuentra estancada en metodologías y doctrinas traslucidas por el tiempo
sino, también, confrontada en una especie de conflicto civil en el cual las
distintas posiciones optan por denigrar en lugar de complementar, a quie-
nes, con intenciones académicas, se internan en áreas de estudio que cree
de su dominio excluyente. En lugar de actuar, como antes, de referentes
lúcidos que interpreten la actualidad sobre la base del pasado, nuestros
historiadores se han convertido en elementos accesorios, en meras bases
de datos de oficios que, sin rigor alguno, se aventuran en el análisis his-
194 tórico.
La situación se agrava al considerar una serie de factores puntuales: el
boom de la historia, reflejado en la irracional apertura de escuelas en casi
la totalidad de universidades del país, sólo ha contribuido a aumentar el
número de egresados. Esto no sería grave obviando el hecho que buena
parte de éstos de modo ocasional visitaron archivos, no investigan y me-
nos proyectan publicar. El desgano es suplido por la queja fácil de la falta
de oportunidades y la segregación intencional.
Ciertamente han aumentado las plazas de trabajo y las oportunidades
a través de becas o financiamiento, pero también es cierto que la renova-
ción académica ha sido lenta e injusta en algunos casos. Pese al tiempo
transcurrido, los íconos de la historiografía siguen siendo quienes preten-
den perpetuar métodos y orientaciones de hace treinta o cuarenta años
(sino más), y lo peor es que sus adherentes se multiplican. La historia eco-
nómica se estudia sin los mínimos rudimentos de la ciencia económica, co-
mo si todo se limitase a una lógica casual. La historia social no es más que
la caricatura de explotados y explotadores, la disputa novelesca de entre
buenos y malos, transformando la historia en una ficción con una trama
que se repite incansablemente. La historia política sigue y seguirá ligada a
hechos recientes, apasionando y encegueciendo a parte de sus cultores de
modo absurdo. La decadencia de las especialidades es larga. En cambio,
nuevas corrientes permanecen a la espera de ser reconocidas, sin que por
ahora, salvo contadas excepciones, cuenten con cátedras independientes
y con investigadores formados a conciencia en el área.

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Historiadores chilenos frente al bicentenario

Tenemos, en resumen, más de lo mismo. La incapacidad de renovar-


nos e, incluso, de tolerarnos, nos limita. La mística que alguna vez tuvo
la historiografía nacional ha desaparecido, y en su reemplazo ha surgido
una efectista, condescendiente con los becerros dorados de la disciplina,
ignorante tanto de conocimientos como de nuevas opciones de estudio.
Conformamos un grupo tan heterogéneo como desapasionado, renuente
a cambios.
La decadencia de nuestra historiografía se comprueba con la celebra-
ción misma del centenario. Todos y cada uno de los historiadores del país
saben bien que la formación de la Primera Junta de Gobierno no fue un
primer paso a la independencia, y que, por el contrario, testimonió la más
profunda adhesión de la gobernación al rey cautivo. Manteniendo la im-
portancia simbólica del hecho, hasta ahora ninguno de nosotros ha sido
capaz de afrontar la realidad, ayudando a disociar la posterior emancipa-
ción con un hecho mucho menos trascendente, como fue la junta. Por
omisión o ignorancia nuestro aporte, hasta ahora, sólo ha sido el poder
conservar principios de modelos historiográficos arcaicos y reflexionar en
esta obra, por separado, hacia donde no debe ir nuestra disciplina. Puede
ser un buen inicio.

195

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Historiadores chilenos frente al bicentenario

Redescubrir el pasado hacia


el bicentenario:
antiguas visiones y nuevas perspectivas

Lucrecia Enríquez
Pontificia Universidad Católica de Chile

L a preparación del bicentenario convoca a todos los sectores de la so- 197


ciedad. Prima en ella el carácter festivo, el anhelo de lograr una cele-
bración igualitaria y de renovarse en un proyecto de futuro como país. No
es, por otro lado, una celebración aislada. Se enmarca en un proceso que
abarca la totalidad del mundo hispánico, aquellos lugares que formaron
parte de la monarquía plural española.
Toda celebración debe incluir no sólo el relanzamiento de un proyecto
a futuro sino, también, una revisión del pasado que sustente la nueva pro-
yección. Los historiadores tenemos un papel fundamental en este proceso
y una posibilidad de ser escuchados por el interés que despierta la fiesta
en círculos más amplios que los académicos.
En este contexto hispánico incluimos a España y América. Esta última
abarcaba un territorio comprendido desde aproximadamente el centro de
Estados Unidos actual (California, Arizona, Texas, parte de Louisiana, Flori-
da), hasta el sur del continente. Todos estos territorios estuvieron envuel-
tos en una serie de movimientos políticos y sociales que desembocaron
en pocos años en la independencia. Por eso la revisión del pasado incluye
varios aspectos.
Uno de ellos es, sin duda, el análisis de lo que pasó en América y en
la Península a partir de 1808: la prisión del rey Fernando VII, los cabildos
abiertos, las juntas de gobierno, la contrarrevolución, la guerra y por fin la
independencia. La historiografía liberal del siglo xix marcó la imagen que
hoy tenemos de estos complejos acontecimientos interrelacionados. Sin

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historiadores chilenos frente al bicentenario

ánimo de desacreditar esta copiosa producción, es necesario revisar algu-


nas de las tesis fundamentales que propusieron sobre la disolución de la
monarquía hispánica y el proceso de formación de las naciones. Conside-
ramos que esta revisión debería incluir lo que los contemporáneos dijeron
que pasó, esto es, su propia visión sobre los sucesos, y la contraposición
con la construcción historiográfica que a lo largo del siglo xix se fue desa-
rrollando y formulando. Algunos aspectos fundamentales del proceso fue-
ron dejados de lado: la formación de las identidades locales en el seno de
la monarquía que se manifestaron como naciones en el siglo xix; se olvidó
la conexión entre las revoluciones americanas por una acentuación del ca-
rácter local de la revolución; la actitud de los indígenas ante el proceso; el
protagonismo de las elites coloniales en la mutación política y cultural; la
continuidad de la estructura social de la colonia pese a la independencia
política; el carácter más o menos popular de la crisis y la participación po-
lítica posterior del pueblo en la construcción de la nación; se contrapuso
el período colonial, visto como una época oscurantista, con la nueva era
surgida a partir de 1810: igualitaria, libre, etcétera.
Sin duda 1810 fue el principio de una nueva era porque se inició un
proceso que concluyó con la disolución del régimen monárquico. Disolu-
ción que se llevó a cabo paulatinamente a lo largo del siglo xix. De ahí que
los contemporáneos hablen de una lucha entre partidarios de un sistema
nuevo que quiere reemplazar a uno antiguo. Se trataba del reemplazo de
un régimen marcado por una sociedad de castas y por privilegios, por
otro moderno, libre e igualitario. Esta sustitución fue formulándose pau-
198 latinamente, no estaba en el principio del proceso al menos como motor
del mismo. Más largo aún fue la implantación de esa sociedad y la incor-
poración al orden republicano, con igualdad de derechos, de todos los
sectores sociales.
La visión decimonónica también ha distorsionado la comprensión de
algunos aspectos. Uno de ellos es la asimilación de la formación de las
juntas gubernativas en 1810 con la independencia. Si bien fue un acto de
asunción de la soberanía, esto no ocurrió en un sentido moderno (sobe-
ranía de la nación), sino que hunde su raíces en el pactismo tradicional
constitutivo de una monarquía según la tradición occidental que arranca
desde la Edad Media. Los manuales de educación básica y media recogen
esta asimilación que ha sido enseñanza por generaciones. Así en Chile,
por ejemplo, si se pregunta a una persona cuándo fue la independencia,
la respuesta habitual es el 18 de septiembre de 1810. Chile no es un caso
aislado, en muchos países de América sucede lo mismo. Esta situación de-
lata no sólo una visión tergiversada, también un desconocimiento. Améri-
ca fue parte de una monarquía que se desintegró, formada por diferentes
reinos generalmente comprendidos como unidades administrativas de un
imperio. Si perdemos la visión del reino no comprendemos en lo esencial
el movimiento juntista hispano.
Nos detendremos en un aspecto que estamos estudiando actualmen-
te y que se refiere a una de las tesis instaladas en la historiografía chilena.
Nos referimos a la que sostiene que el clero chileno apoyó la causa realista
durante la independencia. Esta afirmación también forma parte del cono-

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Historiadores chilenos frente al bicentenario

cimiento que un ciudadano medianamente formado tiene sobre la historia


de su país. La tesis fue formulada en el contexto decimonónico de la lucha
entre laicistas y conservadores. Se buscaba responder a una cuestión bási-
ca: ¿cuál fue el aporte de la Iglesia a la nación forjada a partir de 1810? La
identificación con la causa realista la dejaba automáticamente fuera. El fun-
damento de esta tesis se sustentaba en afirmaciones de contemporáneos
en momentos muy determinados. La más importante, la de un franciscano,
fray Melchor Martínez, encargado por el general Mariano Osorio durante
la reconquista de Chile de relatar los sucesos acaecidos durante la Patria
Vieja para enviar un informe al Rey y al Consejo de Indias. Según Melchor
Martínez: “El clero secular y regular en proporción de cuatro contra uno”,
era hostil al establecimiento de una junta de gobierno. Si bien esta afirma-
ción no puede ser descalificada, tampoco puede transformarse en el fun-
damento de una generalización que abarque a todo el clero chileno.
En primer lugar, Chile no se había independizado en 1810. La tesis se
construye entonces sobre la falacia a la que hicimos referencia. En segun-
do lugar, el dinamismo del proceso favoreció diferentes tomas de posicio-
nes ante los sucesos políticos, no sólo por parte del clero sino de todos
los sectores de la sociedad. Personajes como fray Camilo Henríquez o el
presbítero Isidro Pineda, no fueron excepciones a la regla, sino parte de la
realidad. Por último, sólo un estudio serio de la posición política adoptada
por cada miembro y comunidad del clero regular y secular podría susten-
tar esa visión, análisis que no encontramos en las obras de Diego Barros
Arana, Luis Amunátegui o Luis Barros Borgoño.
Un elemento siempre fascinante para los que estudiamos esta etapa es 199
el constante cambio de posiciones políticas. Hablando en términos gene-
rales, adhesiones claramente patriotas que se transforman en realistas. Me-
tamorfosis signada por quienes se hacen con el liderazgo de cada facción,
lo que nos debe hacer concebir el campo de lo social con una estructura
de red donde se enfrentan facciones políticas sustentadas en clanes fami-
liares. Las facciones más conocidas las formaban los Carrera enfrentados
con los Larraín. Cada una constituía una verdadera red familiar con miem-
bros en la administración, el ejército y el clero. Un estudio de la posición
política del clero no puede desconocer este aspecto. Lo más adecuado
para determinar la posición política del clero, finalmente adoptada, sería
situarlos dentro de las facciones políticas que se fueron formulando y en-
frentando a medida que transcurrían los acontecimientos.
Por otro lado, los términos ‘realista’ y ‘patriota’ resultan a veces de-
masiado amplios. Hubo etapas en las que se fue carrerista u ohigginista,
independentista o monarquista, siendo a la vez patriota o realista. En fun-
ción de la inteligibilidad, la explicación construida por la historiografía ha
tendido a simplificar los acontecimientos y a distorsionarlos, mucho más
cuando se los trata de hacer encajar dentro de un proceso que englobe las
independencias de América.
No se trata de transformar una revisión del pasado en una discusión
política actual, caeríamos en lo mismo que consideramos que hay que re-
visar, sino de mirar con desapasionamiento qué pasó. Tanto en la cele-
bración del centenario como en la del sesquicentenario se enfrentaron

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historiadores chilenos frente al bicentenario

intelectualmente, en torno a la supuesta adhesión al Rey del clero, his-


toriadores profesionales (liberales y marxistas) con representantes de las
órdenes religiosas que abordaron la problemática. El resultado fue toda
una línea de publicaciones que enfocan la participación de cada una de
las órdenes religiosas en la independencia. Una visión de conjunto de la
participación del clero secular en la revolución aún no ha sido abordada.
Lo más probable es que el clero no se haya pronunciado unánimemente ni
a favor ni en contra. Todo fue más complejo y cambiante.
Además, sobre la base de la posición política del clero del obispado de
Santiago, se generalizó con respecto a todo el clero de Chile. Esta visión
tan centralista deja de lado aspectos fundamentales de la problemática ta-
les como la activa participación del clero penquista en las juntas opuestas
a la de Santiago o el de los curas capellanes de los ejércitos patriotas en
todas sus etapas.
La historia se enriquece más si sumamos al estudio del proceso las ac-
tuaciones de los curas espías de los patriotas, como Juan de Dios Bulnes,
párroco de Talcahuano, o el decisivo apoyo de los franciscanos de Chillán
a la causa del Rey. Como toda la sociedad, el clero estuvo dividido ante los
cambios.
La situación se tornó más compleja por la problemática de los obis-
pos chilenos. El de Santiago, José Santiago Rodríguez Zorrilla, había sido
presentado al Papa por el Consejo de Regencia, considerado este último
ilegítimo por la mayoría de los territorios americanos (excepto México,
Cuba, Puerto Rico y Perú). El Papa lo nombró obispo, pero recién pudo
200 tomar posesión efectiva de la diócesis cuando el general Mariano Oso-
rio reconquistó el reino de Chile en 1814. El clero mismo se dividió en
cuanto a la aceptación de la legitimidad del nombramiento, que plantea-
ba un verdadero problema: si el Consejo de Regencia era legítimo (así lo
mostraba el Papa al aceptar la presentación) la Junta de Gobierno chilena
era la ilegítima. ¿Qué hacer? Aceptar a José S. Rodríguez Zorrilla era des-
conocer la autoridad de la Junta. No aceptarlo era desobedecer al Papa,
que había enviado las bulas, e implícitamente separarse de él. El proble-
ma más serio empezó en la República. Se llegó a una situación de tran-
sacción, José S. Rodríguez Zorrilla era el obispo titular, pero se lo separó
de la diócesis que fue gobernada por un eclesiástico designado para ello
por el cabildo eclesiástico, a veces, o por el gobierno otras. Sufrió este
Obispo tres exilios, el último en 1826 fuera del continente americano.
Murió en Madrid en 1832.
No podemos tampoco hablar de una posición oficial de la Iglesia como
institución formulada localmente ante el transcurso de los acontecimien-
tos. No existía esa concepción en la época, y los que actuaban como cabeza
de las diócesis chilenas tomaron posiciones personales.
El obispo de Concepción había apoyado abiertamente la invasión del
general Antonio Pareja del territorio chileno, por lo que se autoexilió en
1813 al ser vencido. Volvió a Concepción, muy desprestigiado ante el cle-
ro y la sociedad toda. Pidió al Rey ser trasladado de diócesis, lo que le fue
otorgado en 1816, cuando fue trasladado a la de La Paz y posteriormente
al arzobispado de Charcas. Desde allí fue finalmente exiliado por orden

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del mismo Simón Bolívar. Por lo tanto a partir de 1816 quedó en Chile y
en Sudamérica un solo obispo separado del gobierno efectivo de la dióce-
sis, José Santiago Rodríguez Zorrilla, a quien acudían desde los territorios
vecinos de Salta, Río de la Plata, Córdoba y Lima a recibir el sacramento
del orden sagrado.
Un análisis verdadero de la posición política del clero en la revolución
debería contemplar, por último, la relación de las diferentes instituciones
eclesiásticas con los gobiernos surgidos a partir de 1810. Los estudios sobre
el clero y la revolución americana de la época en otros países se centran so-
bre todo en los curas revolucionarios o en algunos obispos marcadamente
reaccionarios en lo político. Nada sabemos sobre los cabildos eclesiásticos.
Su tarea fue en realidad fundamental, ya que se convirtieron en la cabeza de
muchas diócesis ante la falta de los prelados que fueron exiliados o murie-
ron y no eran reemplazados por la vigencia del real patronato.
¿Hubo una toma de posición oficial romana ante la independencia de
América? La pregunta es pertinente y remite a la relación entre la Iglesia
americana y el Santo Padre. Era una relación mediada por el rey de España
y el Consejo de Indias, las consultas eran sencillamente imposibles por la
distancia y porque la comunicación directa era escasa. El Papa durante la
época colonial americana había intervenido en América en cuestiones doc-
trinales, litúrgicas y relativas al sacramento del orden.
Curiosamente el proceso independentista le permitió al Papa cono-
cer más directamente la situación americana e intervenir. Muchos obispos
exiliados por defender la causa del Rey acudieron a Roma para informar
directamente sobre su situación y la de sus diócesis. Los clérigos patriotas 201
también se comunicaron directamente con el Papa para denunciar los abu-
sos de los españoles a raíz de la restauración del Rey a partir de 1814 y la
reconquista de algunos territorios.
El papa Pío VII intervino condenando la revolución americana por me-
dio de una encíclica en 1816, cuando el rey Fernando VII estaba restaura-
do en su trono e instauraba nuevamente el absolutismo en España, con-
tando con el apoyo de la Santa Alianza. La rebelión americana, así era vista,
no podía poner en duda la alianza entre el papado y la corona española,
renovada en América durante el descubrimiento y la conquista del nuevo
continente. Desde la óptica europea era imposible que el Papa asumiera
otra actitud.
Pese a la explícita condena papal de la causa americana, los nuevos
gobiernos republicanos intentaron establecer una relación directa con la
Santa Sede. Una serie de delegaciones oficiales fueron enviadas a partir de
1818 desde América: del Río de la Plata, Chile, México, Colombia. Los emi-
sarios fueron escuchados y recibidos por el Papa no como representantes
diplomáticos de Estados independientes, sino como particulares. La razón
era muy simple: el Papa no quería indisponerse con el Rey. Estas delegacio-
nes abrieron la puerta de entrada de la Santa Sede a América: por primera
vez el Papa fue consultado en forma directa para resolver los problemas de
la Iglesia americana. Pero la nueva relación no fue tan fácil de entablar: la
misión del vicario apostólico Juan Muzi a Chile fue considerada un fracaso
tanto por el gobierno chileno como por Roma.

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historiadores chilenos frente al bicentenario

Recién después de las declaraciones de la independencia de México


y Perú, y de la derrota definitiva de las tropas españolas en la batalla de
Ayacucho (1824), Europa en general, y la Santa Sede en particular, se re-
lacionarán de otra manera con las repúblicas independientes americanas.
En este contexto fue más fácil para el Papa desentenderse de su tradicional
alianza con el Rey. Sin consulta previa, sin aplicar el real patronato, el Pa-
pa nombró en 1827 y 1829 obispos para las sedes vacantes americanas. La
presencia de Roma en América se fortaleció: intervino en el gobierno de la
Iglesia, nombró sólo obispos basada en información generada sobre cana-
les propios de contactos, se inició un proceso de tendido de nuevas redes
de vínculos que permitieran conocer más la realidad americana. Probable-
mente la situación formó parte de un proceso que se afianzó paulatina-
mente a lo largo del siglo xix: la romanización de la Iglesia universal. Pero
en la posindependencia la relación con la Santa Sede había que construirla
y en América, el proceso independentista favoreció que cualquier autori-
dad supralocal fuera rechazada. Luego de una larga tradición de tres siglos
de regalismo y patronato la pregunta era: ¿qué tiene que hacer el Papa en
el gobierno de la Iglesia local? ¿No son suficientes las autoridades civiles y
eclesiásticas locales para ello?
A esta altura nadie dudará de que el clero participó en los aconteci-
mientos políticos a partir de 1810 de una manera diferente que la que lo
sitúa sólo apoyando una causa. Un aspecto tan fundamental para la exis-
tencia misma de la Iglesia, como el del patronato, estaba redefiniéndose a
raíz de la ausencia del Monarca cautivo. Si el Rey, depositario del patronato
202 de la Iglesia americana, no estaba en condiciones de ejercerlo, fue natural
para las juntas patriotas considerarse herederas del patronato regio, ya
que gobernaban en nombre del Rey. Por otro lado, las juntas americanas
expresaban, en la más profunda tradición pactista hispana, que la sobe-
ranía había vuelto al reino. Las precedía un siglo de regalismo que había
afirmado que el patronato era inherente a la soberanía del Rey. Sin propo-
nérselo, los Borbones allanaron el camino que condujo a la afirmación de
la legitimidad del patronato republicano, heredero del regio.
Lo expuesto demuestra que la explicación de la participación del cle-
ro, en términos de adhesión o rechazo a la causa patriota o a la realista, es
muy simplista. El proceso político redefinió la existencia de la Iglesia en
América desde las bases mismas de su establecimiento. Éste es el tema que
hay que analizar y estudiar para dilucidar problemas adyacentes desde el
de la soberanía de las juntas de gobierno hasta la definición de un estado
confesional.
Nuevas perspectivas para temas aparentemente dilucidados deben
comprometer nuestra participación como historiadores en la celebración
que se aproxima. La nueva formulación de preguntas tan simples como
qué pasó y de qué manera, pueden guiar no sólo el estudio del pasado
sino el contenido de una fiesta de doscientos años.

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Historiadores chilenos frente al bicentenario

Civilización y desarrollo

Joaquín Fermandois
Pontificia Universidad Católica de Chile

L a “generación de la crisis”, en torno a 1910, fue en cierta manera la pri­


mera falange de chilenos que se transformó en una crítica consciente
acerca de las insuficiencias del Chile que, por otra parte, se jactaba de los 203
cambios y del progreso que habría experimentado el país desde 1810. Pun-
to y contrapunto de la historia a comienzos del siglo xx.

Punto de fuga

¿Qué expresaba aquella “generación de la crisis”? Era claro que tenían co-
mo metro de comparación no sólo a Argentina, país que mostraba la diná-
mica que podría haber hecho de ella la Australia del cono sur. Con todo,
la referencia esencial estaba dada por Europa. La famosa expresión pays
de sauvages, con la que algún chileno de clase alta habría espetado desde
su balcón al país popular, se pensaba siempre en relación con el metro, la
“civilización”, centrada en torno a París, pero que implicaba a los países de
Europa occidental. A lo largo del siglo xx, la referencia europea como para-
digma no ha cedido casi nada como fuente de las ideas para la sociedad chi-
lena. Es cierto que la percepción de la sociedad de masas ha provenido de
Estados Unidos, como ha sido una contraparte económica que a veces ha
eclipsado a Europa, además de su importancia como potencia planetaria.
Y la llegada de las potencias asiáticas para la economía chilena ha sido en
las últimas décadas otro elemento del horizonte del país austral. Todo esto
ha hecho más complejo aquello de la “civilización” de la que dependemos
como horizonte de un “deber ser”, en orden a apreciar el tipo de sociedad
que tenemos. El triángulo París-Londres-Nueva York sigue siendo la “fábrica

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historiadores chilenos frente al bicentenario

de ideas del mundo”, y de un cierto paradigma político-moral. Nuestro país


nació a la vida republicana al alero de las transformaciones traídas por las
“revoluciones atlánticas”, que incluían la creación de la política moderna.
Luego, esto tendría proyecciones planetarias. La historia ideológica del si-
glo xx tuvo una reproducción con intensidades insospechadas en este lugar
al “fin del mundo”, aunque no extrañas dada la filiación original.
La orientación hacia el mundo europeo, ¿no será una forma de “de-
pendencia”, de “subordinación poscolonial”, de ser presa de ideas “forá-
neas” o de enajenación propia a una “periferia” apisonada por las grandes
potencias o por la superpotencia? Éstas han sido formas corrientes de mi-
rar esta relación a lo largo del siglo xx, hasta la actualidad. Es un modo de
pensar la realidad histórica que ciertamente estará presente en el bicente-
nario, entre otras razones porque es muy popular entre los intelectuales
latinoamericanos.
Aquí me permito partir de otro supuesto, de que toda gran época his-
tórica, y ciertamente la modernidad lo es, se orienta hacia paradigmas,
modelos de proyección, que generalmente se desarrollaron en torno a
centros de poder. La creación de éstos puede también, en acto de apro-
piación, ser asumida por una sociedad “periférica” , que se constituye a su
vez en “centro”, de acuerdo con los criterios que permitan estar a la “altu-
ra de los tiempos”, según la acertada expresión de José Ortega y Gasset.
No es necesario acceder al grado de “potencia”, ya sea como unidad o en
coalición, para poder decir que un país como Chile pueda ser considerado
parte de un mundo deseable. A veces un entorno internacional desfavora-
204 ble constituirá una valla formidable, pero no parece ser un obstáculo in-
superable para nuestro país. En el sistema internacional contemporáneo,
el tamaño no dice mucho acerca del grado de civilización. Las dificultades
parten en nosotros mismos, de nuestra historia como sociedad, como gru-
pos y como personas. Llegar a constituirse en sociedad que no sólo sea
contemporánea a nuestro tiempo sino que esté a su “altura”, es justamente
el desafío de alcanzar los niveles de sociedad civilizada. Parte de ese ser
civilizado es el “desarrollo” tantas veces una entelequia o un fetiche, pero
no por ello menos deseado, y probablemente ineludible.

La idea de “civilización”

Ninguna civilización constituye una panacea, incluyendo a la civilización


moderna y esta “civilización universal” (Naipaul) que emerge ahora. Ese
paraíso perdido no se encuentra en el horizonte de la historia, y está bien
que así sea. El concepto de “civilización” en los siglos xviii y xix tenía una
resonancia optimista, casi mesiánica. Desde Sigmund Freud, por citar un
nombre, el uso común en las artes y en las letras lo ha identificado con la
“represión”, especialmente en la retórica autodenominada “posmoderna”.
Me permito enunciar un segundo supuesto. No cabe duda que una
civilización constituye una fuente de problemas y contradicciones. Es lo
que hace de ella origen de tensiones, un equilibrio precario entre valores
y sistemas, que en su amplitud y contradicción enriquecen la vida; asimis-

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Historiadores chilenos frente al bicentenario

mo, la presentan con amenazas, grandes o pequeñas. Todo sistema social


en la historia es una trampa y una promesa, y la modernidad no iba a ser
menos. Aquellos lenguajes que ponen el acento en la “dependencia” y en
la “crítica”, no constituyen menos una creación de la misma modernidad,
como los que llaman a una aceptación indefinida de la expansión material.
Vienen de un tronco común, aunque puedan mostrar autonomía. Para col-
mo, también estos lenguajes se han asociado a desenfadadas persuasiones
represivas, que esgrimieron el más sofisticado aparato conceptual y las
más exquisitas disquisiciones estéticas y filosóficas.
De las tensiones de la modernidad han surgido persuasiones diferen-
tes de lo que debe ser una civilización, diferentes en relación con el siste-
ma central, que nace en Europa occidental y América del Norte entre los
siglos xviii y xix. Basta con recordar al marxismo y al fascismo. La primera
tuvo alcance global; la segunda era más “europea”, en algunos rasgos ais-
lados, pero potentes se reprodujo mucho en el “tercer mundo”. Es decir,
provenir del centro de la civilización no constituye garantía de alcanzar el
“orden deseado” o “perfecto”, ni en lo material ni en lo moral. A lo largo
del siglo xx, en regiones culturales muy remotas al nacimiento de la mo-
dernidad, se acogieron con delirio persuasiones de la modernidad de in-
creíble pasión homicida, como el Gran Salto hacia Adelante y la Revolución
Cultural del maoísmo; el genocidio acometido por Pol Pot en Cambodia; y
la guerra de extermino desencadenada por Sendero Luminoso en Perú.
A la gran disputa entre totalitarismo y “democracia”, que le dio su ca-
racterística a la mayor parte del siglo xx, y que en cierta manera venía
anunciándose durante todo el siglo xix, le ha seguido la aceptación en 205
cuanto modelo universal, del segundo. Me gustaría llamarlo el “sistema
occidental”, por su cultura de discusión, la distinción Estado-sociedad, la
economía de mercado, la competencia de poder, todo ello enmarcado en
el “estado de derecho”. Esta descripción tiene aliento a embellecimiento,
a no ser por la famosa frase atribuida a Winston Churchill, “la democracia
es el peor de todos los sistemas, excepto todos los demás”. Después de la
Guerra Fría, entendida como período del sistema internacional, y en parte
como denominación de una época en la que Chile fue ejemplo destacado
de sus características centrales, ha habido un consenso de mayor o menor
grado en torno a las virtudes del “modelo occidental”. En la práctica, más
de la mitad de los sistemas políticos del planeta son “autoritarios”, eso sí,
desprovistos de un lenguaje universal.

El desarrollo en cuanto meta

Primo Levi, en su libro Si esto es un hombre, en un momento se olvidó de


la “lucha por la vida”, dice que: “en efecto, un país se considera tanto más
desarrollado cuanto más sabias y eficientes son las leyes que impiden al
miserable ser demasiado miserable y al poderoso demasiado poderoso”.
Lograr “el desarrollo” parece ser la suprema meta de la civilización mo-
derna, y no tiene nada de extraño. “Desarrollo”, “desarrollismo”, “vía no
capitalista de desarrollo”, son expresiones que pesaron mucho en la his-

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historiadores chilenos frente al bicentenario

toria de Chile. La reforma económica iniciada hace treinta y un años, que


significó un sacrificio de proporciones depresivas, fue asumida como el
punto de referencia para el Chile que surge desde fines de los años ochen-
ta. Que para el 2010, el bicentenario, Chile iba a ser “un país desarrollado”
era una consigna publicitada en los años noventa. Los chilenos han tenido
que sobrevivir a las promesas no cumplidas, porque es ilusorio que algo
así como “desarrollo” sea algo como planificar una nueva red caminera.
¿Pero, de qué estamos hablando?
Toda época tiene su metro. La era moderna ha entregado la posibilidad
de crear un “estado de derecho” que cumple uno de los requisitos estable-
cidos por Primo Levi, que nadie “se arranque con los tarros” y adquiera un
poder desmesurado; que el débil tenga una voz y las garantías mínimas.
La democracia moderna se asienta en este pilar; y tiene otro, lo que al co-
mienzo de la Revolución Industrial se llamó “mejoramiento”, es decir, que
las posibilidades materiales y físicas de cada ser humano iban en aumento,
hasta alcanzar a la inmensa mayoría, mientras que hasta entonces la pobre-
za era el destino de la multitud.
Así, se podría definir a las sociedades desarrolladas a las que han lo-
grado trasladar a la mayoría de su población, en proporción siempre cre-
ciente, a una condición de “clase media”. Ésta tendrá educación e ingresos
más o menos comparables a las que se consideran “desarrolladas”, aunque
la medida va cambiando de generación en generación. Si se da una con-
centración de la riqueza, existe un elemento de equilibrio al crecer la clase
media y su estilo de vida llega a ser el patrón general. Para que sobrevivan
206 los valores “aristocráticos” y “populares”, como es necesario que lo hagan,
deben fundirse con ese sustrato de “clase media”.
Para que el desarrollo sea “civilización” se requiere además “estado de
derecho”. No se trata sólo de elecciones, de parlamento y de partidos. El
ser humano promedio debe tener fe en que los tribunales lo ampararán;
que no sólo sea más seguro acudir a la policía que a las mafias (lo contrario
sucede en algunas partes de América Latina, y quizá en alguna de nuestras
poblaciones). Tiene que existir un grado de dinamismo en el debate pú-
blico. Si existe crisis de la política, que la hay, también se ha extendido el
ámbito que pertenece a lo público, que se relaciona con seres individua-
les, con la vida cotidiana, y con las pequeñas agrupaciones y asociaciones
de interés (legítimo). La violencia en las calles no puede ser más alta que
determinado grado, o el país no es “civilizado”. Se podrían enumerar mu-
chas condiciones necesarias. La unión de esta esfera pública y la vida mate-
rial hace el “desarrollo”, añorado como pocas veces de manera tan ansiosa
como por Primo Levi.
Se ha dicho que nuestra América se encuentra “entre la barbarie y la
civilización”. Sin histrionismos, la región concitará respeto cuanto más se
acerque al desarrollo y al orden civilizado. Es el horizonte hacia donde
debe mirar el país en momentos en los cuales nos aproximamos acelerada-
mente al bicentenario. Con la celeridad de la existencia humana, la fecha
de 2010 nos dejará atrás más pronto de lo que percibimos ahora. Es una
meta de largo plazo en cuyo logro se probará la universalidad de la civiliza-
ción iberoamericana, y del puesto de nuestra patria en ese mundo.

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Historiadores chilenos frente al bicentenario

La cultura política
y las relaciones de género
a doscientos años
de la independencia de Chile

María Fernández
Universidad de Chile

207

E l proceso de aprender a hacer política y el desarrollar formas de enten-


derla partiendo por comprender lo que se es, ha sido un largo camino,
aunque pareciera menos empedrado que el de otros países latinoameri-
canos, pero que aún no ha terminado, y tal vez nunca termine, debido al
dinamismo cultural propio de una sociedad. Después de casi doscientos
años, sin embargo, hay aspectos cada vez más definidos sobre los derechos
del individuo y con ello los derechos –y en ocasiones los “no derechos”–
de grupos étnicos, mujeres, hombres y lo que algunos llaman grupos “sub-
alternos”. En este ensayo propongo que, si bien Chile ha avanzado hacia el
progreso y la modernización en varios aspectos, los resultados parecen no
reflejar que los chilenos sean tan progresistas como el mundo de hoy lo re-
quiere. Para articular esta discusión en forma concreta utilizaré el análisis
de la reformas del Código Civil en Chile desde su creación hasta 2006.
Respecto a lo propuesto por el Derecho Civil en el cono sur latinoame-
ricano, por ejemplo, en Argentina, Uruguay y Chile, se sabe que definía
los derechos del individuo y los derechos familiares. También se ha com-
probado que cambió poco una vez lograda la independencia de España,
y que tampoco se alteró demasiado la regulación de los asuntos internos
de la Iglesia y su relación con el Estado. Entre 1858 y 1879, sin embargo,
Chile, Argentina y Uruguay renovaron sus sistemas jurídicos y los códigos
civiles adoptados se inspiraron en el Código Napoleónico y las leyes ingle-
sas, ambas muy admiradas por los legisladores de América del Sur. Estos

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nuevos códigos civiles restringieron los derechos de las mujeres casadas


severamente y de las mujeres menores de edad, lo que dio fuerza a un
sistema patriarcal en el que la autoridad de los padres y maridos tenían
pocas restricciones legales. Al pasar del tiempo y de que las naciones em-
pezaron a acercarse a los modelos europeos de industrialización y tecno-
logía, comenzó a cuestionarse la sabiduría de estas leyes. Al parecer, la
subordinación legal de las mujeres a los hombres como hijas y esposas, no
era compatible con el nuevo concepto de igualdad de los sexos que estaba
en boga en Europa y Estados Unidos, y mucho menos con el concepto de
‘progreso’ que esas naciones proponían.
Hay varios trabajos que explican que muchos temas en relación con el
género fueron considerados materias privadas de la familia y que el Estado
había confiado la protección de la familia a la Iglesia. Me atrevo a propo-
ner que consecuentemente, el Código Civil concedía la existencia de una
especie de “religión estatal,” reguladora de los eventos básicos de la vida:
el nacimiento, matrimonio y muerte. Por lo tanto, para redefinir primero
la personalidad jurídica de las mujeres dentro de la familia y la sociedad,
los juristas tenían que redefinir la relación entre la Iglesia y el Estado. El
Estado tenía que asumir un nuevo papel en el mando de sus asuntos y
secularizar varias instituciones. Ningún cambio de las relaciones entre los
sexos podría tener lugar hasta que ese problema estuviera resuelto. Por lo
tanto, desposeer a la Iglesia de su control sobre el matrimonio era una ta-
rea compleja. Chile emprendió esta labor entre 1884 y 1889 como parte de
un grupo de reformas planeadas y llevadas a cabo por una generación de
208 legisladores liberales y políticos. Estas reformas no estaban directamente
relacionadas a los derechos de la mujer, pero fueron consideradas como
esenciales para el proceso de modernización al estilo europeo y estado-
unidense, que el país estaba implementando. Las leyes que definían el
matrimonio eran la clave para determinar y controlar las relaciones de
género en la familia. El matrimonio, declaraba el Código Civil chileno,
era: “un contrato solemne con que un hombre y una mujer quedan indi-
solublemente unidos por el resto de su vida, para vivir juntos, procrear,
y para prestarse ayuda mutua”. Aunque un contrato legal, el matrimonio
era llevado a cabo por la Iglesia Católica y seguida por la ley canónica; los
sacerdotes realizaban la ceremonia y guardaban los archivos oficiales. Sólo
la muerte o una anulación especial podían separar a una pareja. Aunque
tal separación fue llamada “divorcio”, ésta obstruía segundas nupcias; y,
por lo demás, una disolución absoluta era extremadamente difícil de obte-
ner. Al parecer, el Código Civil reconoció sus bases canónicas y construyó
sobre ellas las obligaciones legales del matrimonio. Los esfuerzos por des-
mantelar las restricciones legales en los hombres casados y mujeres, im-
puestos por la Iglesia y sellados por el Código Civil, parece ser de primera
importancia para los/las feministas de ambos sexos.
Siguiendo las relaciones tan cercanas entre Iglesia y Estado, esto a pe-
sar del proceso de secularización, el Código Civil chileno les asigna a los
maridos un completo control administrativo sobre la propiedad de la es-
posa, incluyendo lo que ella poseía antes del matrimonio y lo que adquiría
después de él. La determinación de lo que era “suyo” y “de ella”, y de lo

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que era “de ellos,” era muy importante. Para retener dominio sobre su pro-
piedad, la mujer tenía que establecer legalmente lo que poseía antes del
matrimonio. De esta forma, su propiedad quedaba descrita y “separada”
de la comunidad conyugal. Además, no podían participar en una acción
legal, ni asumir o abandonar un contrato, vender o hipotecar su propiedad
así se haya casado con “separación de bienes” o no, a menos que contara
con una autorización de su marido, o bajo las pocas condiciones excepcio-
nales establecidas por el Código.
Otro tema de crucial importancia, era el control sobre los hijos. Ambos
padres eran responsables por criarlos y educarlos, pero la representación
legal era privilegio del padre. La patria potestad, es decir, los derechos
que la ley confiere al padre sobre la persona y propiedades de sus hijos
menores, sólo se le cedía a la madre en la ausencia del padre, por muerte,
abandono, abandono de deberes paternales, o cuando una mujer era el
único padre reconocido –madre de niños nacidos fuera del matrimonio.
Esta situación nos permitiría concluir que la pérdida de control sobre sus
personas y sobre sus hijos, sus propiedades y la habilidad de ejercer sus
propias decisiones, serían, principalmente, las fuentes de descontento de
las mujeres casadas al final del siglo xix. Por lo tanto, el sexo y el estado
civil, y no la clase social, colocaría a todas las mujeres bajo las mismas cir-
cunstancias. Ya sean obreras fabriles o profesionales universitarias, las mu-
jeres casadas se veían igualmente restringidas por la ley. Las discusiones y
debates en relación con lo que debían ser las reformas del Código Civil ga-
naron importancia en la primera década del siglo xx. Muchos argumentos
teóricos fueron discutidos en tesis de Derecho. Estos trabajos académicos 209
ilustran la dirección del pensamiento legal en los hombres más jóvenes.
Todos estaban en desacuerdo con el estatus legal que se le asignaba a la
mujer, y acordaban que como las mujeres habían logrado niveles más altos
de educación y eran una fuerza laboral importante en el país, debía poner-
se fin a su sometimiento legal. Estos postulados pareciera que provinieran
de representantes de diversas tendencias políticas; tanto así que socialistas
y liberales parecen haber compartido su interés por las reformas legales y
sociales. Cabe preguntarse aquí, ¿por qué hay tal apoyo entre grupos polí-
ticos tan disímiles? ¿Cuál es la verdadera agenda política que estaba en dis-
cusión, entonces? Probablemente, los hombres llevaron el estandarte de
las reformas legales porque ellos eran los únicos con el poder político para
hacerlo, sin embargo, a las mujeres no les faltaron opiniones en relación
con su condición. En 1910, en el primer Congreso Femenino Internacio-
nal en Buenos Aires, Ernestina López discutió el tema sobre subordinación
legal de la mujer al definir justicia. Si bien su postura buscaba cambios, su
propuesta es menos radical que la de las argentinas y brasileras, quienes
no dudaban ya de hablar de divorcio y aborto.
La ascensión de Arturo Alessandri a la presidencia de la nación en 1920
señaló el advenimiento de un populismo político y con él la intervención
del Ejecutivo en relación con reformas sociales. Éstas llegaron en 1925,
1934 y 1952. En la primera se concede a la mujer el derecho de actuar
como guardián, ejecutora y testigo, y concederle a la casada la libertad de
ejercer cualquier ocupación y administrar sus ingresos, a menos que su

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marido lo objetara. La segunda, planteaba que las casadas podían practicar


o aceptar cualquier empleo, al menos que sus maridos se lo prohibieran ex-
plícitamente. Si un juez obstruía una declaración de objeción del marido, la
mujer tenía el derecho de mantener el control sobre sus ganancias como si
estuviera legalmente “separada”. De esta forma, los empleadores que con-
trataban a mujeres estaban protegidos por la ley ante cualquier demanda
del marido, ya que sólo la propiedad de la mujer estaba expuesta a deman-
da. Paralelamente, la propiedad del marido no podía ser utilizada para el
pago de deudas de su esposa en una demanda. Las menores de veinticinco
años necesitaban autorización judicial para poner gravámenes sobre bienes
raíces. Las divorciadas en perpetuidad estaban en completo comando de su
propiedad. En este caso, además, el derecho a patria potestad era compar-
tido por ambos, pero los padres tenían precedencia sobre las madres a la
hora de nombrar un guardián o ejecutor. La reforma de 1952 plantea que
en caso de adulterio por parte de la mujer, pierde las ganancias de la socie-
dad conyugal, privándola, además, de la administración de sus bienes pro-
pios. Asimismo, la madre y el padre quedan sometidos al mismo régimen
en cuanto a la imposibilidad de designar guardador por testamento en el
caso de adulterio y posterior divorcio. Por otro lado, la mujer es incapaz de
ser guardadora y el marido no puede ser curador de su mujer si ésta está
casada con separación de bienes. Se define el concepto de capitulaciones,
ya que este señalaba que eran las convenciones que celebraban los esposos
antes de contraer matrimonio, relativo sólo a los bienes que aportaba el
marido. Y finalmente, tal vez, el artículo más importante de la reforma se
210 relaciona con que el marido no podrá enajenar voluntariamente, gravar o
arrendar los bienes raíces sociales sin la autorización de la mujer.
Por lo tanto, al parecer las revisiones del Código Civil de mitad del siglo
xx sufrieron una evolución importante de ser cianotipos para la igualdad
económica y expresiones de reconocimiento de la habilidad intelectual de
la mujer hasta llegar a reconocer la cierta igualdad entre mujeres y hom-
bres dentro de la familia y varias situaciones sociales. Habría que indagar
si una vez que los derechos de madre de la mujer casada se convirtieron
en un tema de análisis que necesitaba revisión, la reforma del Código Civil
se tradujo en un problema familiar. Podría ser que compartir la responsa-
bilidad de los hijos se convirtiera en un símbolo de igualdad de la mujer.
Por otro lado, hay que tener presente, siguiendo ciertos aspectos de la cul-
tura chilena, que el reconocimiento legal de los valores de la maternidad
reconocía la aceptación cultural de que ésta era la misión más importante
de las mujeres en la vida. Desde que las feministas comenzaron a escribir
sobre la reforma del Código Civil, a fines del siglo xix, parece ser que no
pretendían eliminar las diferencias sicológicas entre hombres y mujeres.
Su objetivo era compartir con los hombres los derechos que ellas necesi-
taban para realizar “los sagrados deberes,” esto es, ser mujer y madre. El
derecho a escapar del privilegio legal del marido, para controlar las ganan-
cias de la esposa, por ejemplo, se defendía como el derecho de la madre
para usar su dinero en la alimentación de sus hijos; el derecho para com-
partir la patria potestad se defendía como el derecho de las madres para
asumir su responsabilidad criando a sus hijos. Probablemente, muy pocos

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podrían desafiar que lo que se buscaba con la reforma del Código Civil era
lo que ellas planteaban. Sería interesante preguntarse, de todas maneras,
¿hasta qué punto las feministas manipularon estos conceptos que sabían
con certeza que serían aceptados y reconocidos por toda la sociedad –y no
sólo por los hombres– para lograr sus objetivos máximos?, que podrían
haber sido abrir el camino a la integración de la mujer en política y, en
este sentido, alcanzar los derechos plenos de todo ciudadano de Chile. Se
podría especular, por otro lado, que la mayoría de las feministas querían
la igualdad ante la ley para terminar con la situación de subordinación in-
telectual y económica en que la mujer se encontraba; y no necesariamente
para desasirse de los deberes de maternidad, ni para desafiar a los hom-
bres en aquellos papeles en que se sentían cómodos.
La última mitad del siglo xx, en cambio, podría ser caracterizada por
tres momentos históricos que explican las reformas al Código Civil. Estos
momentos son: la experiencia socialista de la Unidad Popular con el go-
bierno de Salvador Allende, donde se dan altas expectativas de progreso
en lo referente a derechos sociales; un segundo momento es el golpe mi-
litar de 1973, el cual provoca desilusión y pérdida de esperanzas de lograr
las expectativas de tiempos anteriores y el retorno a la democracia marca
otro hito que re-define, de alguna manera, nuestra percepción de la “de-
mocracia.” Las expectativas son aún mayores y el disgusto por los diecisie-
te años de gobierno militar parece dar fuerzas para exigir cambios.
Curiosamente, las últimas reformas al Código Civil se dan a fines de
siglo, entre 1989 y 2004. Sin embargo, no podemos obviar que en 1970 se
presenta un proyecto de ley que pretendía entregar plena capacidad a la 211
mujer casada. Pero ninguno de los cónyuges tenía derecho de enajenar vo-
luntariamente, ni gravar los bienes raíces adquiridos en el matrimonio. La
ley definitiva –después de muchos otros proyectos de ley– será promulga-
da en 1989, bajo el gobierno militar. Sus objetivos se pueden definir como:
dar plena capacidad a la mujer casada en sociedad conyugal; mantener el
régimen de sociedad conyugal como régimen legal; validar los actos de la
mujer casada, esto es, que ya no requieren autorización del marido, ni de
la justicia en subsidio, es decir, ahora sus actos no engendrarían obligacio-
nes, sino que siempre produciría obligaciones civiles; busca también man-
tener el derecho natural, donde la autoridad última en la familia la tendría
el marido. Claramente, si bien esta ley le da derechos a la mujer y deja de
lado el concepto de que tiene “obligación de seguir a su marido”, se reco-
noce que el que posee la autoridad en la familia es el padre. Por lo tanto,
se desconoce la igualdad de género, aspecto fundamental para demostrar
un avance propio de la modernización y la globalización. Sin embargo,
no hay nada inesperado en esta ley. Por un lado, se validan los actos de
la mujer casada para así favorecer al importante número de mujeres que
apoyaban la dictadura de Augusto Pinochet. Y, por otro, no se quiebra con
el concepto de familia paternalista que fervientemente compartían estas
mujeres. La posibilidad de una ruptura familiar es una de las razones que
las había llevado a tomar las calles en 1972 –la llamada movilización de la
ollas vacías– llamando a un golpe de Estado para salvar al país del “marxis-
mo comedor de hijos”.

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Desde el retorno a la democracia en Chile, se ha incorporado en las


agendas gubernamentales una preocupación por la equidad de género y
la situación de desventaja social de las mujeres con relación a los hom-
bres. Por ello, en 1991 se creó el Servicio Nacional de la Mujer, organismo
público responsable de colaborar con el Ejecutivo en la promoción de la
igualdad de derechos y oportunidades entre mujeres y hombres en el de-
sarrollo político, social, económico y cultural del país. Durante el primer
gobierno democrático (1990-1994), dicho organismo elaboró un plan para
conceptualizar, ordenar y coordinar las políticas necesarias para promover
el adelanto de las mujeres chilenas. El Plan de Igualdad de Oportunida-
des para las Mujeres 1994-1999 fue asumido como plan de gobierno en
1995 y se transformó en la principal herramienta para el cumplimiento de
los acuerdos de la Cuarta Conferencia Mundial sobre la Mujer, realizada
en Beijing durante ese mismo año. La intención general de este plan fue
promover la redistribución equitativa entre los géneros, de los recursos y
tareas sociales, derechos civiles y participación, posiciones de poder y au-
toridad y valoración de las actividades que realizan hombres y mujeres. En
el ámbito de la legislación de familia algunos de los logros más relevantes
han sido la aprobación de los siguientes cuerpos legales: ley de Violencia
Intrafamiliar; ley que reconoce la igualdad jurídica de los hijos/as nacidos/
as dentro y fuera del matrimonio y la ley sobre régimen de participación
en los gananciales y patrimonio familiar que posibilita un régimen alter-
nativo al de sociedad conyugal. Todas ellas buscan eliminar discriminacio-
nes vigentes en los cuerpos legales, fruto de una concepción excluyente y
212 normativa respecto de los arreglos considerados como “familia legítima”
así como proteger a los individuos –especialmente mujeres e hijos– que se
encuentran en una situación de desventaja al interior del grupo familiar.
Ésta es la primera vez en la historia de Chile que se pide la asesoría de un
organismo encargado de los asuntos de la mujer para tratar temas sobre la
mujer en la legislación chilena. En 1998 se aprueba otra reforma relacio-
nada con la filiación. Ésta modifica el Código Civil y otros cuerpos legales
en materia de filiación para reconocer la igualdad jurídica de todos los
hijos nacidos dentro y fuera de matrimonio. La ley posibilita, además, la
investigación de la paternidad o de la maternidad, incluyendo el derecho a
reclamar la filiación como imprescriptible e irrenunciable; también amplía
la patria potestad a la madre.
Finalmente, la ley Nº 19.947 es la más progresista que ha aprobado
el Congreso de Chile y se relaciona con un tema que provoca controver-
sia directa con la Iglesia Católica: el matrimonio civil, donde se acepta el
divorcio como un acto legal y se establece básicamente una nueva ley en
relación con el matrimonio civil. En ella se sustituye la Ley de Matrimonio
Civil de 10 de enero de 1884, por la siguiente: La familia es el núcleo fun-
damental de la sociedad; el matrimonio es la base principal de la familia.
Por lo tanto, regula los requisitos para contraer matrimonio, la forma de
su celebración, la separación de los cónyuges, la declaración de nulidad
matrimonial, la disolución del vínculo y los medios para remediar o paliar
las rupturas entre los cónyuges y sus efectos. Además, plantea que la facul-
tad de contraer matrimonio es un derecho esencial inherente a la persona

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humana, si se tiene edad para ello y dice que las materias de familia regula-
das por esta ley deberán ser resueltas cuidando proteger siempre el interés
superior de los hijos y del cónyuge más débil. Asimismo, es el juez quien
resolverá las cuestiones atinentes a la nulidad, la separación o el divorcio,
conciliándolas con los derechos y deberes provenientes de las relaciones
de filiación y con la subsistencia de una vida familiar compatible con la
ruptura o la vida separada de los cónyuges.
Si bien aprobar el divorcio es una medida progresista para un país
mayoritariamente católico, no lo es tanto si ponemos el caso chileno en el
contexto mundial. La mayoría de los países católicos en la actualidad, salvo
Malta –hasta 2004 se debe considerar Chile como la otra excepción– existe
el divorcio legal. Prácticamente la totalidad de los países occidentales han
adoptado el divorcio desvincular hace más de treinta años y sus mecanis-
mos para lograrlo son menos complicados y más breves en tiempo que lo
que ha plateado la ley chilena hoy.
Sabemos que en la práctica en Chile el divorcio desvincular viene apli-
cándose desde el año 1925 a través de la nulidad de matrimonio por in-
competencia del oficial del Registro Civil, que no es más que un divorcio
bilateral no regulado. De esta forma, nuestra jurisprudencia aceptó el di-
vorcio bilateral a través de la nulidad del matrimonio como una manera
de adaptar una legislación anacrónica a las necesidades de los ciudadanos.
Así y todo, dicho esfuerzo, que en su época era insuficiente lo era más aún
hasta el 2004, ya que colocaba a la parte que desea rehacer su vida en una
situación negociadora muy desmejorada. Así, la parte que no tenía ningún
interés en disolver el vínculo exigía una compensación superior a lo que 213
le correspondía recibir por sus probables derechos hereditarios. Este sis-
tema afectaba también a los más pobres, pues no contaban con los medios
para realizar este trámite, pagar a un abogado o, simplemente, subsidiar
las necesidades que el cónyuge –mayoritariamente, la mujer– exigía para
acordar una nulidad. Por lo tanto, la necesidad de legalizar este asunto no
surge con el regreso a la democracia, pues existía desde mucho antes, pero
hasta 2004 no hubo acuerdo para legislar sobre ello. Mas, es sólo en los
sesenta que hay débiles discusiones respecto a la necesidad de considerar
el divorcio como una alternativa en caso de ruptura matrimonial.
Esta última reforma, por lo tanto, demuestra que a pesar del disgusto
que pueda haber expresado la Iglesia Católica y el Partido Demócrata Cris-
tiano –uno de los más importantes miembros de la Concertación, es de-
cir, un partido de gobierno– Chile, a través de sus congresales aprueba la
reforma. Es decir, abiertamente el Estado y la Iglesia están en desacuerdo,
y el gobierno no hace nada por evitar el cambio. Aunque sí, se preocupa
por elaborar una ley bastante engorrosa que casi más por perseverancia
que por eficiencia se logra el divorcio matrimonial. Por otro lado, esta ley
plantea la igualdad entre hombres y mujeres casados. En otras palabras,
formalmente dentro del matrimonio la mujer y el hombre tienen los mis-
mos derechos y deberes, y el más “débil”, según plantea la ley, puede ser
cualquiera de ellos, y será a aquél el que se protegerá. El valor de esta ley
no se encuentra sólo en el tema de la igualdad en términos de protección
sino, también, en el derecho a pedir el divorcio y a considerar y tratar en

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forma paralela el adulterio, tanto del hombre como de la mujer. Asunto


que más que nada afecta al adúltero/a en términos económicos; sin obviar
tampoco, lo vejatorio que es ser culpado legalmente tanto de infiel como
de adultero/a en un juicio público.
Propongo, entonces, que las posturas tomadas en torno a las refor-
mas del Código Civil –los vaivenes entre lo que se quiere y lo que se de-
be en una sociedad conservadora y Católica– tienen directa relación con
la cultura y la cultura política del chileno. En el sentido amplio en que
utilizo aquí esa polivalente palabra, ‘cultura’, cultura incluye todo aquel
bagaje mental orientado al entendimiento y uso del mundo simbólico y,
en función de ello, a la producción y práctica de un conjunto de pautas o
patrones de comportamiento siempre en recomposición, que dan sentido
y condicionan la acción social de individuos y colectivos. En tanto, el con-
cepto de cultura política usado se relaciona con los valores, las creencias
y los símbolos que definen la situación en la cual se desarrolla la acción.
Sin embargo, no basta usar patrones institucionales para medir el cambio
en la cultura política, puesto que ellos no reflejan necesariamente toda la
realidad. Aquí se hace fundamental considerar factores culturales y con
esto relativizar otros conceptos. Se hace necesario, entonces, considerar
perspectivas teóricas de diversas disciplinas para entender el comporta-
miento social.
Para 2010 estaremos en mejor situación que lo que estábamos hace un
par de años, pero incluso en materias relacionadas con el ser y deber ser
en concordancia con nuestra exposición a la globalización y al neolibera-
214 lismo, aún estaremos a años luz de los que llamamos “nuestros pares”.

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Historiadores chilenos frente al bicentenario

Tres puntos de fuga


al bicentenario

Rafael Gaune
Pontificia Universidad Católica de Chile

E scribir, pensar o interpretar el bicentenario de Chile parece un descar-


nado lugar común. Sin embargo, los lugares comunes suelen ser ver-
dades que envuelven toda nuestra cotidianidad y se pueden simbolizar en
215

la “antipoesía” de Nicanor Parra que construye sus artefactos y letras con lo


común que circunda la vida cotidiana: lo real, lo efectivo. En ese sentido,
lo habitual que nos puede parecer escribir sobre la celebración que se nos
avecina, es un buen espacio que permite especular sobre lo que queremos
como país y, para efecto de este ensayo, cuál es el papel de la historiografía
sobre repasar nuestras autoimágenes del pasado y sus atribuciones en el
presente.
Además de ser un lugar común, la idea de “bicentenario” se ha trans-
formado más en una celebración gubernamental-oficialista, en una fanfa-
rria política, en una manipulación de la memoria oficial, en un ir y venir
de cortar huinchas de obras públicas que caen por su propio peso, que en
una fecha en que exista una verdadera conciencia ciudadana-republicana
de su significado. Es más, se adhiere toda una tendencia de palabra escrita
y hablada a favor de la conmemoración y otros que la reniegan preten-
diendo ser la reencarnación de los críticos de 1910. Pero esto no sólo se
queda aquí, pues apareció la “crítica de la crítica”; diatriba a los “unos y a
los otros”, pero sin propuestas ni fundamentos.
Pues bien. No pretendo convertir este ensayo en una panacea de las
proposiciones ni en una artillería de fundamentos. Tampoco el ácido críti-
co, ni el crítico de los críticos, ni el escritor de un ensayo con pirotecnia de
fundamentos y teorías, ni menos aún, un radical pesimista. Sólo procuro,
aunque también es un lugar común, digámoslo, reflexionar sobre el senti-

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historiadores chilenos frente al bicentenario

do del bicentenario desde tres puntos de fuga: la historia, como lo pasado


y la memoria; la historiografía y el oficio de historiador. Nada nuevo bajo
el Sol, pero necesario, creo. Demasiado ambicioso, dirán algunos, pero
necesario, creo nuevamente.

Primer punto de fuga

Octavio Paz contempló a la historia desde tres perspectivas en El laberinto


de la soledad; desde el “fuimos”, el “seamos” y un “querer ser”. No obs-
tante, para él, hay algo más importante que esa tríada y es el “entregarnos
al hacer” sin desconocer lo que fuimos. Siguiendo la argumentación “pa-
ciana”, es impensable meditar el bicentenario sin el reconocimiento del
pasado, pero tampoco lograremos darle forma y vida a los doscientos años
si no pensamos nuestra disciplina; si no conseguimos asignarle un sentido
real al oficio del historiador en sociedades que obstaculizan las melodías
pretéritas. Así, las búsquedas explicativas frente al bicentenario podemos
abordarlas desde diferentes temas históricos como la Independencia, la
política del siglo xix, la clase media en el siglo xx, la construcción de los
sujetos populares, temas de género, la identidad o no identidad chilena,
personajes tradicionales, vaivenes económicos, mentalidades colectivas e
individuales y un sinfín de micro o macrohistorias que permiten proveer
de significado lo que se nos avecina: todos objetos y sujetos de estudios
válidos que nos dan un entendimiento del pasado y permite “entregarnos
216 al hacer”.
La historia está llena de huellas, misterios, sombras, acontecimientos,
componiendo lo que se puede definir como lo pasado que llega al presen-
te a través de la memoria y escritura. Y es así como la reminiscencia nos
aclara que Chile ha existido más como Colonia que como República. Tres
siglos coloniales en contraposición a la proximidad de dos siglos de vida
republicana. Reconocer esto, ayudaría a percibir que en la actualidad múl-
tiples problemas se arrastran desde el pasado colonial, y no sólo encontra-
remos claves de comprensión desde los siglos xix y xx en adelante.
Esto, necesariamente, nos emplaza a precisar de mejor forma nuestro
acceso y comprensión del pasado, pues, aunque a casi nadie le gusta reco-
nocerlo, la importancia e impronta de los apellidos, por sólo citar un caso,
sigue siendo algo fundamental en el andamiaje social, al igual como suce-
dió en nuestra vida colonial. Prácticas históricas como el racismo y la dis-
criminación siguen adecuándose sin trabas en la realidad del Chile actual,
y para tener una acertada agudeza de estos fenómenos, debemos partir
hacia atrás lo más lejos posible y capturar lo medular de las problemáticas
raciales y discriminatorias, y eso, sin duda, nos remitiría a lo colonial. Jor-
ge Luis Borges escribió en El hacedor, “un hombre se propuso la tarea de
dibujar el mundo”, y a esto le agregaría dibujar el mundo reiteradamente;
trazar la historia nuevamente, capturando imágenes, texturas, lados oscu-
ros y reinterpretando fenómenos.
Por ejemplo, hay un sujeto de estudio que me llama profundamente
la atención y que ha sido esquivado por la historiografía nacional: los an-

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Historiadores chilenos frente al bicentenario

cianos. Para el bicentenario, seguramente, los problemas de los viejos van


a seguir existiendo: rechazo, abandono, no poder adecuarse a la rapidez
de la tecnología y seguir manteniendo puntos de vistas retrógrados sobre
el mundo que los hacen alejarse del movimiento histórico. Más aún, un
concepto como el de “tercera edad” los iguala; concibiéndolos como una
edad cohesionada, análoga, en un bloque totalizante que evita la singulari-
dad de cada anciano. Ahora la vejez se tiene que vivir según modelos (eco-
nómicos-sociológicos) impuestos por una categoría como el de “tercera
edad”; al contrario como en la Colonia o en el mismo siglo xix que habían
distintas maneras de vivir y percibir la vejez. En la actualidad se trata de
homogenizar con estadísticas, gráficos, infiltrando en la sociedad un sólo
ideal de vejez, que es bastante neoliberal por lo demás: una “excelente” ju-
bilación, bastantes ahorros manejados o manoseados por una Asociación
de Fondos de Pensiones y un Instituto de Salud Previsonal “por si acaso”.
Así, hay imágenes del pasado que deberían ser reconsideradas y reubi-
cadas en el presente por medio del ejercicio de la memoria que, poste-
riormente, se filtra por la obra historiográfica. Los ejemplos anteriores son
algunos silencios históricos existentes, y que se deberían investigar para
divisar nuestro devenir de mejor manera. No se puede contemplar el futu-
ro si todavía no se desenredan las tramas de lo pretérito.

Segundo punto de fuga

Ahora bien, pensar el bicentenario desde la historiografía, tendría que ser, 217
inevitable o majaderamente a esta altura, el acercamiento de la historia a
la ciudadanía. Si se trata de proporcionar al bicentenario un sentido his-
tórico y, más aún, que ese sentido se difunda en la sociedad, nuestra disci-
plina debería salir de los muros académicos, dejar el “gremio” y no seguir
circulando sólo entre historiadores y estudiantes. No obstante, creo que
este puede ser uno de los párrafos más escuchados, escritos y repetidos,
pero por algo será. El problema es que no lo hacemos e, incluso, nos con-
tradecimos constantemente. Seguimos refrendando esto hasta la saciedad,
pero sin cumplir lo que proponemos.
La historiografía también es parte de la narrativa, ya que el historiador
no sólo investiga, también escribe, siendo ambos los pilares fundamenta-
les en los que sustenta su obra y oficio. No obstante, la escritura no se pue-
de quedar solamente con el acercamiento hacia la gente no especialista a
través de una narrativa estilística, pulcra y sencilla, además debe ser crítica
y cuestionadora. Con dosis de narrativa y rigurosidad se puede entregar al
presente, de manera sutil y lúcida, los claroscuros del pasado. Se debe de-
jar el hermetismo de seguir reproduciendo la historiografía solamente en-
tre historiadores y abrirse más allá de los muros universitarios, sobre todo
para dar a conocer temas e investigaciones de vital importancia. Pero por
favor, no de forma paternalista; no subestimemos la capacidad de asombro
de las personas. No creamos que todo debe concentrarse en que es un “es-
fuerzo” por acercar la historia a la gente, a las masas, ni nos conformemos
con esto. Basta de héroes estereotipados, epopeyas chauvinistas, visiones

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historiadores chilenos frente al bicentenario

de nuestra historia surgidos de manuales escolares e interpretaciones ma-


niqueas de buenos versus malos. Basta de publicar “por publicar” artículos
y libros sin reflexión y, que tienen por objetivo, más que entregar respues-
tas o dejar preguntas abiertas, alimentar el ego y entregarse al mundo de
las apariencias. Tentación y vicio que nos persigue y en el que podemos
caer con mucha facilidad.

Tercer punto de fuga

El historiador en su proceso de creación se recluye en un diálogo con el


pasado, personajes y dificultades; encerrándose con sus propios demo-
nios. El problema es que muchas veces se queda únicamente en eso, des-
conectándose del presente. Si quisiéramos crear una estética del oficio de
historiador, probablemente, quedaría en la categoría de ser un personaje
absolutamente nostálgico. Pero aquí no se entiende a la nostalgia como
una tristeza que causa el recuerdo de algo perdido, pues el historiador
desconfigura esa definición, ya que al pasado no se accede de forma triste.
Además, la añoranza es sólo lo perdido; en el historiador es lo encontra-
do, lo recuperado de las inmensidades pretéritas, pero tienen un punto
donde confluyen: el recuerdo. De esta manera, la construcción histórica
sería una melancolía positiva de recordar, encontrar y acceder al pasado
para representar algún proceso, fenómeno o acontecimiento. Precisamen-
te, podemos definir a la nostalgia como la experiencia del des-olvido, que
218 permite que exista el recuerdo histórico. Lo nostálgico evita la indiferencia
hacia problemas históricos que influyen y se dejan sentir en el presente.
Aunque el atributo de un historiador es estar descubriendo el pasado
y ejercer su disciplina como una “forma espiritual rendidora de cuentas”
como estipula Johan Huizinga, podemos integrarle más funciones a esa
propiedad. Teniendo el bicentenario como antesala, el historiador debería
retomar su puesto como personaje con opinión crítica y aportes sobre el
mundo intelectual, cultural y político de Chile.
Eludir debates políticos, sociales, culturales e intelectuales, es una for-
ma de quedar recluido en el pretérito, siendo que en el presente son fun-
damentales las impresiones sobre la realidad de un historiador. Éste debe
actuar como un pintor de lo pasado, pero también como un hombre pen-
sante de la actualidad. Si no logra posesionarse en los debates citados, es
porque la historia también está devaluada como forma de reflexión que
puede ofrecer opiniones y posibles soluciones a problemas. Para ser jus-
tos, claro que los hay, pero pocos, totalmente identificados y que muchas
veces se vuelven repetitivos y con discursos preestablecidos que adaptan
para cualquier problema y coyuntura.
Una de las esencias de un punto de fuga es unir a través de una línea
dos sitios separados en el tiempo y en el espacio: dispersarse en el infinito.
Esa línea puede tener altos, bajos, regresiones, contradicciones, caminos
llanos, pero si no logra el objetivo de unir, perdería su propiedad. Eso es
lo que se debe realizar con el bicentenario: generar líneas desde el pasado
que le ofrezcan una forma definida a la celebración de los doscientos años.

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Historiadores chilenos frente al bicentenario

Y eso se puede concebir desde diversas categorías de análisis, incluso, re-


formulando la disciplina y el oficio de la historia. Es así como tres puntos
de fuga como historia, historiografía e historiadores, conectan el pasado,
el actuar presente del historiador y lo venidero. Líneas que se esparcen
en el infinito para buscar preguntas y respuestas; trazos absorbidos por el
pasado para suministrarle un sentido a un punto que nos mira fijamente
desde la lejanía del futuro y nos hace reflexionar. Bueno, no desde la leja-
nía, sino desde la brevedad de tres años.

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Historiadores chilenos frente al bicentenario

Bicentenario real o simbólico

Cristián Gazmuri
Pontificia Universidad Católica de Chile

E n el año 2010 celebraremos el bicentenario de nuestra Independencia.


Pero, ¿cuándo se produjo nuestra independencia? Lo que aprobó el Ca­
bildo Abierto de 1810, en lo fundamental, fue la lealtad al legítimo rey de 221
España en ese momento reemplazado por José Bonaparte, un corso francés
colocado en ese alto cargo por su hermano Napoleón (que, por otra parte,
no fue un mal Rey). Si algunos de los que estuvieron en ese cabildo pen-
saban en la independencia no lo manifestaron. Es cierto que la oligarquía
criolla, que fue la que participó en el cabildo, tenía motivos para estar re-
sentida con la nación española y su gobierno. Los peninsulares eran nom-
brados en los mejores cargos públicos y en general, tanto en España como
en Chile despreciaban a los “indianos”. Por otra parte, la expulsión de los
jesuitas en 1767 había debilitado mucho la lealtad al absolutismo borbón
y algunos comerciantes criollos deseaban la libertad de comercio que im-
pedía el sistema de monopolio impuesto por el gobierno monárquico ibé-
rico. Pero existía tanto contrabando, que esa causa no ha de haber pesado
mucho. La verdad es que el 18 de septiembre de 1810 no se habló de la
independencia de Chile. ¿Cuándo se insinúa la independencia? ¿Cuándo se
aprueba? Se insinúa ya con el primer gobierno de José Miguel Carrera en
1811, quien había vivido en Europa y, sin duda, conocía las ideas de la so-
beranía del pueblo y del gobierno republicano. El mismo caso, y aún más
claro, era el de Bernardo O’Higgins, que había pasado parte de su primera
juventud en Inglaterra, donde había tenido contacto con Francisco de Mi-
randa. Juan Martínez de Rozas y Camilo Henríquez parecen haber estado
en una posición parecida.
Pero el grueso de la oligarquía chilena no se hizo independista, sino
durante la Reconquista, debido a los duros abusos de los gobernadores es-

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historiadores chilenos frente al bicentenario

pañoles que el virrey de Perú había nombrado para dirigir Chile, especial-
mente Marcó del Pont. Con todo, Chile no fue, de hecho, independiente,
sino hasta la llegada del Ejército de Los Andes y la batalla de Chacabuco
(12 de febrero de 1817) o, si se quiere, después de la batalla de Maipú (5
de abril de 1818), que marcó la derrota definitiva en Chile central de los
realistas.
Más todavía, formalmente Chile no se declaró independiente hasta el
12 de febrero de 1818. Y aún así, partes no pequeñas del territorio de Chi-
le (como Chiloé) continuaron en manos realistas por varios años. ¿Enton-
ces, por qué celebrar el año 2010 el bicentenario de la independencia de
Chile? Creo que hay varias razones.
La primera no es de fondo, pero tiene gran importancia. El centenario
se celebró en 1910 y sería muy raro, incluso absurdo, que el bicentena-
rio se celebre en el año 2011, 2017 o 2018, si el centenario se celebró en
1910.
La segunda, si bien el Cabildo Abierto de 1810, no declaró la independen­
cia, sino la fidelidad al legítimo rey de España Fernando VII, no hay duda
que fue un acto de soberanía popular o en todo caso un acto de soberanía
oligárquico-popular, idea que tenía posiblemente varios orígenes, abrien-
do las posibilidades de una futura democracia a largo plazo.
¿Qué orígenes tenía? Como dice Jaime Eyzaguirre, entre otros, pudo
venir de los escolásticos españoles tardíos del siglo xvi, Francisco de Suá-
rez, Francisco de Vitoria, Juan de Mariana, y otros en el sentido de que la
soberanía retornaba al pueblo en caso de faltar el Rey legítimo.
222 También pueden haber influido las ideas de la Revolución Francesa,
aunque fue ampliamente rechazada en Chile; con posterioridad sus ideas
centrales se conocieron en el país y fueron aceptadas por algunos. Y no
sólo las surgidas al debate público, después de 1789, sino, también, las
ideas políticas de Las Luces, que estaban “socializadas” en Francia a partir
de 1770, aproximadamente, y que constituirían el ideario básico que se
implementaría institucionalmente después de 1789.
También pudo influir el ideario de la Revolución de la Independencia
de Estados Unidos. Los orígenes de ambos procesos fueron, en lo esen-
cial, diferentes (aunque quizá no tanto en materia de doctrinas políticas
en ellos involucradas), sin embargo, sus manifestaciones: constituciones,
declaraciones, leyes, etc., fueron bastante similares. Aunque distanciados
en el tiempo, el proceso estadounidense y el francés se retroalimentaron
como lo deja ver, entre otros Albert Mathiéz en La Revolución Francesa.
Por otra parte, que las ideas de la independencia estadounidense influye-
ron en la chilena parece fuera de duda. La Constitución chilena de 1812,
fue más que inspirada, elaborada, por el cónsul de Estados Unidos en Chi-
le Robert Joel Poinsett.
Se ha dicho también que parte del ideario de la independencia de Chi-
le se tomó de la Ilustración española, línea de pensamiento que creemos
pesó menos que la francesa o estadounidense. De los ilustrados españoles
sólo encontramos (aunque repetidamente) a fray Benito Feijoo en las bi-
bliotecas coloniales chilenas según Tomás Thayer Ojeda en “Las bibliote-
cas coloniales chilenas”; Walter Hanisch en “En torno a la filosofía en Chi-

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Historiadores chilenos frente al bicentenario

le: 1594-1810” y Jaime Eyzaguirre en Ideario y ruta de la emancipación


chilena; también sabemos que se conoció a Pedro Campomanes. Gaspar
Melchor de Jovellanos, Pedro Aranda, Francisco Cabarrus, mucho más cer-
canos a las luces francesas, nada concreto hemos encontrado. En todo
caso, en relación con la “ilustración católica” puede afirmarse lo mismo (y
con más fundamento) que con respecto al de la independencia estadouni-
dense. Se trató de una influencia política en muchos aspectos convergente
con la de las luces francesas. Sólo se apartaba abiertamente de este último
pensamiento en materias religiosas (o mejor dicho, antirreligiosas).
De modo que no sólo resulta difícil fijar la fecha del bicentenario. Ha-
cerlo para el año 2010, es más simbólico que real. El proceso de indepen-
dencia de Chile fue dinámico y se dio entre 1810 y 1818. De modo que se
produjo el reemplazo de Fernando VII por José Bonaparte y el cabildo del
18 de septiembre, quizá sólo sea una fecha en que tras su discurso, ambi-
guo en el mejor de los casos, había posiblemente otras razones.

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Historiadores chilenos frente al bicentenario

El bicentenario
y las fiestas nacionales en Chile

Milton Godoy
Universidad de La Serena

E n la historia de la humanidad, la fiesta es el momento de la reunión,


del encuentro, también es por antonomasia el espacio de la alegría y
la conmemoración. Momentos en que se quiebra la continuidad de lo coti-
225

diano, en que por motivos variados y diversos se convoca a la comunidad


a aunarse y rememorar en torno a una fecha en particular. Días especiales,
en que el rito se plasma y se manifiesta en una comunidad, marcando sus
tiempos y recordando un hecho fundacional que compromete su futuro.
En Chile, desde los primeros años de la naciente República la conmemora-
ción de la independencia fue un motivo importante de celebración. Tem-
pranamente se comprendió el valor que tenían que concentrar los habitan-
tes en torno a las celebraciones patrias y el estímulo que desde el Estado
nacional se debía realizar para insertar en los ciudadanos el sentimiento
de pertenencia a la nueva comunidad imaginada.
Por cierto, las primeras décadas de la temprana república estuvieron
marcadas por una nueva concepción del espacio festivo, reconociéndolo
como gravitante y necesario para insertar en los connacionales el compro-
miso con la patria, tendencia plasmada en la creciente importancia que los
gobiernos republicanos impusieron a las nuevas festividades nacionales, en
desmedro de las fiestas religiosas, política fundacional que buscaba consti-
tuir los nuevos rituales del Estado, en la medida que se trataba de imponer
una determinada interpretación del pasado, moldear la memoria y construir
la identidad nacional. La necesidad de construir una memoria colectiva, se
sustentaba en la intención de articular y representar un pasado compartido
por la comunidad nacional, un hecho que requería una selección de “hue-
llas” que permitieran leer ese pasado de esfuerzos, llevándonos al plano de

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una memoria selectiva, basada en hitos políticamente elegidos, que resulta-


ran aunadores e increparan su presencia y compromiso al connacional.
La manifestación más clara de la nueva política fue la intención de
acotar la profusión de fiestas religiosas que daban al calendario civil una
duración aproximada de doscientos cuarenta y un días, noventa y uno de
los cuales eran destinados a la celebración religiosa, con diversos niveles de
importancia dentro del ritual católico, que incluían los días de precepto de
guarda, medio precepto con obligación de asistir a misa, domingos, témpo-
ras, vigilias, celebración de bulas, etc. Para revertir esta realidad, las autori-
dades republicanas iniciaron en 1821 un proceso destinado a disminuir la
cantidad de fiestas, pues consideraban que impactaban negativamente en
el número de días de trabajo, produciendo, de paso, holgazanería y otros
vicios dañinos a la sociedad. Con este propósito, el Director Supremo soli-
citó al obispo Juan Muzzi –jefe de la primera misión apostólica en América
independiente– la reducción de los días de precepto, quien por un indulto
de agosto de 1824, finalmente las redujo. Así, Chile abordaba un problema
importante para el nuevo diseño de sociedad que gravitaba entre las autori-
dades republicanas. Por otra parte, el tema de la reorientación se plasmaba
en ejemplos tales como la supresión de la Fiesta de san Bartolomé, patrono
de La Serena, que se celebró hasta 1819, ordenándose que: “se invierta de
hoy para siempre en solemnizar la fiesta nacional del 12 de febrero”. En este
período también se dieron los primeros pasos legislativos para normar el de-
sarrollo interno de la fiesta, ordenándose, entre otras medidas regulatorias,
la supresión de las corridas de toro en 1824, el intento de eliminación de
226 las populares chinganas y la definición del derrotero de las procesiones al
interior de las villas y ciudades. No obstante, el ejercicio legislativo de la elite
no siempre se tradujo en la modificación esperada, pues las manifestaciones
culturales nombradas continuaron realizándose los días de fiestas, aunque
con el transcurso del tiempo y la persistencia del control, muchas de éstas
tendieron a declinar hasta definitivamente desaparecer.
¿Cuál era la principal preocupación en torno a las festividades patrias
por parte de las autoridades en la joven república? En primer lugar, aparece
como elemento preponderante la irrupción del estado republicano en el es-
pacio público, donde el uso de éste debía estar marcado por marchas y con-
memoraciones que consolidaban su presencia, produciendo el repliegue y
redefiniciones territoriales de las procesiones religiosas que en la Colonia
coparon el espacio público. Cada vez con mayor fuerza al avanzar el siglo xix
el espacio público, principalmente la plaza de Armas, será por esencia el lu-
gar de la presencia del estado nacional y su ámbito en el ejercicio del poder.
Probablemente, también existió la intención de instaurar un nuevo calen-
dario civil que articulara en un tejido festivo fundante lo sacro y lo secular,
tratando de conciliar los elementos de la cultura popular con los intereses
del boato oficial. Este lugar de configuración del ciclo festivo nacional se ma-
terializaba en la creación de un calendario que ensalzase el devenir de la na-
ción y los momentos más importantes de su construcción. Éste es, por esen-
cia, un espacio fundacional, donde el calendario deberá ser el contenedor
de la memoria, ciertas fechas que en el futuro deberían recordar los esfuer-
zos para construir la nación. El nuevo calendario proscribió fiestas e incluyó

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Historiadores chilenos frente al bicentenario

nuevas conmemoraciones, pero, principalmente, fijó los días para plasmar la


memoria –la presencia del pasado– mediante el rito y el ceremonial.
La configuración del calendario festivo de la república supuso tres mo-
vimientos importantes: en primer lugar, reducir el número de fiestas re-
ligiosas; en segundo lugar, controlar el carnaval como una fiesta pública,
por antonomasia símbolo del desorden, para llevarla a una fiesta intra-
muros, que abandonara el centro de las ciudades y que, paulatinamente,
dejara su transversalidad social para convertirse en un espectáculo. Final-
mente, realzar las fiestas patrias como las más importantes para consolidar
la integración nacional mediante la puesta en escena y el despliegue de
diversos recursos que impactaran a la comunidad.
Así, las festividades nacionales debían unir, homogeneizar a los habitan­­
tes y convertirlos en ciudadanos partícipes y comprometidos con la nueva
república. Pero este objetivo no era fácil, para eso se requería entre­gar a la
celebración del día de la independencia la unicidad y valor simbólico que
requería para increpar al habitante en cuanto celebración del nacimiento
de la patria. Este fue un tema no exento de dificultad, pues muchos ha-
bitantes del naciente Chile declaraban ser del país de Valparaíso, de Con-
cepción, Coquimbo u otra ciudad de origen, sintiéndose más identifica-
dos con el terruño donde nacieron, que con esta idea omniabarcante que
englobaba la nueva nación. Precisamente, una tarea como la emprendida
requería de un esfuerzo estatal de gran magnitud. Por esta razón, desde
las primeras celebraciones de la fiesta nacional, la parafernalia festiva y la
pirotecnia fueron de la mano con el enjalbegado de los frontis, la limpie-
za de las calles y el embanderado general. Coordinadas por el gobierno 227
central, fueron las autoridades locales quienes destacaron la necesidad de
realizar una celebración de la fiesta nacional como escribió un testigo en la
época “digna de los hombres que en él se recuerdan: inculcando al pueblo
los grandes esfuerzos y virtudes cívicas de nuestros héroes por legarnos la
hermosa vía de progreso y bienestar”.
En la percepción de quienes dirigían el país la necesidad de resaltar la
celebración nacional también estuvo ligada a asentar el futuro en un pasa-
do simbólico y aunador, donde sentirse heredero de la lucha mapuche fue
una condición. Esta admiración inicial por el valor indígena se manifestó
tempranamente en espacios tan diversos como fue la celebración del pri-
mer aniversario de la “revolución chilena”, donde dos mujeres represen-
tantes de la elite criolla asistieron al baile en la casa de gobierno y –a juicio
de un testigo– se “llevaron la atención” de todos porque para “realzar por
sobre todas su patriotismo asistieron vestidas de indias bárbaras”. Así, los
fieros “republicanos de Arauco”, como les llamó Simón Bolívar, anclaron
su historia en el pasado, aunque después de esta utilización inicial del
indígena como representante del valor nacional –una realidad también
plasmada en el himno nacional– su imagen devino en lejana e idealizada,
pues el indio de carne y hueso no servía para los intereses de la futura pa-
tria, dado que representaba la barbarie. Por ende, su imagen comienza a
ser abandonada, para volver a ella sólo cuando el argumento del pasado
requería solidez, más como un elemento museable que como una realidad
histórica.

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historiadores chilenos frente al bicentenario

Durante las primeras décadas existió un conjunto de celebraciones


que tocaban el mismo tema, hasta que en 1837 se determinó que las fiestas
cívicas que celebraban el proceso de independencia debían fusionarse en
un solo día, para eliminar los inconvenientes que la multiplicidad de cele-
braciones provocaba. Así, se decretó que la celebración del 12 de febrero
se reduciría a una salva de veintiún cañonazos, donde hubiese artillería,
y a un repique de campanas a mediodía, donde ésta no existiese, estable-
ciendo, además, que se debía enarbolar el pabellón nacional en todas las
casas. Desde allí en adelante, fue el 18 de septiembre el día fijado para la
celebración. Pero, ¿cuál fue la intención de fijarlo el 18?, ¿qué factores in-
cidieron para elegir una fecha y no otras? Aparentemente la irrupción de
esta memoria selectiva está asociada a recordar un espacio bastante más
conciliatorio (las demás eran todos recordatorios de batallas triunfantes),
pues las fechas de febrero 12 y abril 5, representan la confrontación. ¿Fue
éste un intento para unir a una oligarquía aún confrontada? Visualmente
la diferencia es considerable: mientras las imágenes de Chacabuco y Mai-
pú evocan las armas y la guerra, por ende, la fuerza; la instalación de la
Primera Junta Nacional de Gobierno recuerda el momento de la discusión
acerca de la regencia frente a la vacuidad de poder que la capitanía gene-
ral enfrentaba en 1810, donde un conjunto de personas respetablemente
sentadas hablan en un ambiente de parsimonia. Sin un viso de violencia,
el conjunto evoca un momento de acuerdo y concordia para pensar el fu-
turo, una imagen donde la razón privilegia el acceso al pasado.
Faltaba sólo el impulso para comprometer a los sectores populares,
228 objetivo para el cual no se escatimó esfuerzo. Diversos extranjeros fueron
testigos de las fiestas patrias chilenas durante el siglo xix; uno de ellos,