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EL OPUS DEI, Jean Saunier (Libro)

EL OPUS DEI

Jean Saunier

Primera Edición 1976 (de la francesa de 1973)

Ediciones Roca, México

NOTA: Está agotada la versión española de esta obra. La colocamos aquí sólo con fines
didácticos y mientras no se ponga de nuevo a la venta.

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El fenómeno “Opus Dei” llama progresivamente la atención tanto de políticos como


de historiadores contemporáneos. A punto de entrar en prensa este libro [1975-1976], una
de las organizaciones políticas más moderadas de la Unidad Popular chilena, desalojada del
poder por la fuerza de las armas, ha hecho una denuncia pública de lo más interesante,
vinculando a esta organización religiosa con todo el drama que sufre el pueblo chileno.
Parece como si el Opus Dei representara actualmente en Chile el papel de “eminencia gris”
de la Junta Militar que avasalla a este país. Y también progresivamente se van conociendo
más informaciones acerca de los esfuerzos de la Obra para ir penetrando en círculos de la
vida económica, cultural, universitaria y social de los restantes países latinoamericanos.
Los miembros conocidos o desenmascarados de la Obra afirman con toda unanimidad
que sus actividades en el mundo de la política, de la economía o de la vida universitaria
tiene un carácter rigurosamente personal y privado, ajenas por completo a los propósitos
específicos de la misma. Sin embargo, un examen más a fondo saca a la superficie toda una
serie de evidencias que confirman la existencia, en el Opus Dei, de objetivos que van más
allá de un perfeccionamiento cristiano de sus adeptos. Bastaría remitirse al significado y
composición de los últimos gobiernos de España bajo la dictadura del general Franco, para
comprender que allí donde nació y es más fuerte y cohesionada esta organización, no puede
negarse la existencia de un trasfondo que evidencia el significado más genuino y
trascendente de la Obra.

Este trabajo de Jean Saunier, en realidad una investigación acuciosa acerca de los
antecedentes, génesis y desarrollo del Opus Dei, nos alerta sobre sus verdaderos objetivos,
así como de los peligros que una preponderancia de la Obra en nuestros países
latinoamericanos entrañaría para las luchas reivindicativas de la soberanía nacional y del
libre desenvolvimiento económico en que todos estos países están empeñados.

¿Se trata, pues, de una sociedad secreta moderna? ¿Hasta dónde llegan sus
aspiraciones? ¿Qué métodos de penetración y desarrollo emplea? ¿De dónde emanan sus
directivas? ¿Se trata, tal vez, de alcanzar una especie de imperio económico transnacional?
Muchas preguntas más podríamos hacernos, pues el fenómeno es tan complicado como
complicado es hoy el mundo en que vivimos, en el que unas fuerzas caminan hacia su
desaparición por el imperio del desarrollo histórico y otras emergen en función de su propia
significación histórica. Este libro de Jean Saunier viene a hacer luz sobre un fenómeno
interesadamente oculto y que es necesario conocer para luchar contra peligros ciertos.

(Tomado de la solapa del libro.)

—oOo—

INDICE

Prólogo a la edición española

Un lance tenebroso

Los años oscuros

La Compañía del Santo Sacramento

La Congregación de los Caballeros de la Fe

La red secreta de la “Sapiniére”

Integrismo y clericalismo
La ideología de Camino

Una organización “desorganizada”

La conquista de la élite intelectual

El imperio financiero de la Obra de Dios

El Opus Dei y el poder

¿Obra divina o humana?

Las Constituciones del Opus Dei

Apéndice: El Opus Dei y la enseñanza en México

—oOo—

PRÓLOGO A LA EDICIÓN ESPAÑOLA

Como es sabido, la historia de España es imprevisible, y el autor de este libro lo


puede atestiguar por sí mismo.

Apenas aparecida la edición francesa, en diciembre de 1973, un audaz atentado


conocido como “Operación ogro” puso fin a la vida del almirante Carrero Blanco,
considerado como un ferviente defensor del Opus Dei y piedra angular para la sucesión de
Franco. Muchas cosas que parecían aseguradas, comenzando por la preponderancia del
Opus Dei en el aparato gubernamental español, se han desvanecido. Y la Falange
franquista, que parecía eliminada, vuelve a la escena política, desquiciando las reglas del
juego.

Y cuando se prepara la edición en lengua española de este libro, nos enteramos de la


muerte, el 26 de junio de 1975, de José María Escrivá de Balaguer, fundador de la Obra y
“padre” venerado de todos los opusdeístas.

¿Continuará la Obra, después de la desaparición de Escrivá de Balaguer, el mismo


camino? ¿Intentará cambiar, bajo una nueva dirección? ¿Quién la conducirá mañana?
Preguntas sin respuesta.

Sin respuesta, pues se trata del destino mismo de España -marcado desde hace
muchos años por una abominable certidumbre, la dictadura-, que se presenta hoy como un
inmenso interrogante.

Es notorio que ahora España entera vive en la espera de acontecimientos -y el menos


importante de éstos no será la muerte del Caudillo- que pueden modificar con-
siderablemente el curso de su historia.* Se esbozan discretas actividades políticas, desde
el general Díez Alegría al conde de Barcelona, desde la Junta Democrática a las
Comisiones Obreras, y el sorprendente ejemplo portugués muestra que el destino de los
pueblos, a pesar de la dureza de la represión, pertenece siempre a ellos mismos.

Todo esto explica la dificultad que existe actualmente para sentar un juicio firme
acerca del destino del Opus Dei en España y en el mundo.

Mas, si por el momento se debe renunciar a predecir el futuro de la Obra, se hace


imprescindible completar este libro con algunas informaciones complementarias sobre la
expansión del Opus Dei en los países de América Central y del Sur.

En efecto, muy pronto el Opus Dei intentó establecerse en México, y se conoce una
edición de Camino en ese país ya desde 1949, incluso antes de que la Obra se estableciese
en Francia, Italia o los Estados Unidos.

Por otra parte, México ha sido el primer país en que el Opus Dei haya penetrado en
América Latina, seguido de Perú, Venezuela, Colombia…

Según Jesús Ynfante, a partir de 1970 la Obra ya había fundado en México las
siguientes instituciones: la Residencia Universitaria Panamericana; el Centro Lati-
noamericano de Estudios Universitarios; la Escuela Superior de Administración de
Instituciones; el Centro de Capacitación para Empleados Domésticos (Alhucema); el
Instituto Superior de Cultura y Arte (en Yucatán); el Patronato Montefalco (granja-escuela
para campesinos); el Patronato Hogar y Cultura; la Librería Ibis (libros y exposición de
arte), y otros. Se afirma que los efectivos del Opus Dei en México alcanzan la cifra de
9,000 miembros (entre los cuales, hombres de negocios como Azcárraga, agente de la
Chrisler para México), y son conocidos los esfuerzos para establecerse seriamente en todo
el continente sudamericano.

Algunos de los miembros del Opus Dei forman parte de organismos oficiales: en
Perú, de la Oficina Nacional de Racionalización de la Administración Pública; en
Venezuela, de la Oficina Central de Coordinación y Planificación; en Colombia, de la
Escuela Superior de Administración Pública.

Las denominaciones de estos organismos muestran palpablemente que la Obra


intenta implantarse en grupos comparables a los que, en España, le han permitido ejercer
tanta influencia.

A la Obra se la encuentra también en otros campos, como en el de la enseñanza


superior, y en el último de los países citados, Colombia, cuenta con Octavio Arizmendi en
el Ministerio de Educación Nacional, que le ha ayudado a hacerse presente en los medios
universitarios. Esto ocurre también en Caracas y Santiago de Chile, en donde intenta
influenciar a la juventud universitaria.

Más poco importa citar aquí lugares y nombres: por todo el mundo el Opus Dei
prosigue la misma labor, con los mismos medios que se describen en este libro.
Sería de desear que este trabajo permita comprender los reales peligros que la tal
Obra representa para la libertad de los pueblos.

París, 4 de julio de 1975

JEAN SAUNIER

——

* Sin duda el lector comprenderá que los últimos acontecimientos políticos acaecidos en España en las
últimas semanas a partir de la enfermedad y posterior deceso del general Francisco Franco, dejan fuera de
actualidad determinados comentarios o previsiones respecto al futuro político de este país, en particular
teniendo en cuenta la velocidad con que se suceden los cambios tácticos tanto de parte de las fuerzas en el
poder como de la oposición democrática. A la vez aprovechamos la oportunidad de esta nota para llamar la
atención del lector en cuanto a que por la época tan fluida políticamente en que fue escrito este libro y su
aparición en lengua francesa, algunos elementos informativos que se dan en él hubieran sufrido ciertas
modificaciones o aclaraciones, si la obra hubiese aparecido algunos meses después; sin que ello reste en lo
absoluto el menor valor a este libro, importante para contribuir a difundir verdades ignoradas por el gran
público y de importancia sustancial para comprender muchos fenómenos que sin esa información parecerían
oscuros e incluso incomprensibles (N. del Ed.).

—oOo—

“Si, por un lado, la conspiración que pretendo desenmascarar resulta inquietante en razón
de sus avances, por el otro tiene un carácter enteramente original. Las confabulaciones de esta
índole suelen planearlas hombres execrables que se valen de medios ruines. Pero la que aquí
menciono ha sido urdida por hombres píos en el marco de lo sagrado.” (FRANCOIS DE
MONTLOSIER, Memoria para consulta en torno a un sistema político y religioso que pretende
destruir la religión, la sociedad y el trono, 1826.)

UN LANCE TENEBROSO

MATESA

Tres sílabas de significado un tanto oscuro, pero que no entrañan misterio alguno
cuando advertimos que corresponden a las siglas de una firma comercial española:
Maquinaria Textil del Norte de España, S. A. Sí, a decir verdad, nada extraño hay en ellas.
La sociedad se constituyó el 20 de julio de 1956, con un capital escriturado que, en 1968,
era de 600 millones de pesetas. Tenía su sede en Pamplona, y su director general era don
Juan Vila Reyes. Una empresa como otras muchas en Europa. No obstante…

EL ESCANDALO FINANCIERO

Desde el verano de 1969, para los millones de españoles y para cuantos en el mundo
se interesan por lo que ocurre en España, MATESA es, antes que nada, “el escándalo
MATESA”, o lo que muchos llaman, también, “el asunto del Opus Dei”.

¿Qué relación puede existir entre una empresa industrial que explota una patente
francesa de telares y una organización religiosa que proclama como fin el “difundir en la
sociedad contemporánea, y en especial en los ambientes intelectuales, los principios de la
perfección cristiana”? 1

En apariencia, ninguna. Eso en circunstancias normales. Pero si seguimos los cauces


que van del escándalo financiero al contexto político, y de este último al papel que
desempeñan algunos miembros del Opus Dei en el actual gobierno español, veremos que no
por estar encubierta dicha relación es menos manifiesta.

El mecanismo financiero del “asunto MATESA” es sencillo. Con todo, a pesar de que
la prensa internacional se ocupó del mismo con bastante detalle, bueno será rememorarlo a
grandes rasgos.

Hemos dicho que la mentada firma explotaba la patente francesa de un telar sin
lanzadera. A tal efecto, la empresa creó numerosas filiales en España y el resto del mundo
(más de setenta). En lo relativo a España se trataba de contribuir a la descentralización
económica pregonada por el Plan de Desarrollo español, y de cara al exterior se pretendía
conquistar para la industria española un puesto en el mercado mundial. MATESA vino a
erigirse en el símbolo de una España nueva, abierta al desarrollo económico y capaz de
hacer frente a la competencia internacional, tarea muy encomiable, por lo demás, si no
mediaran algunos detalles que empañan el cuadro de estas aspiraciones.

En realidad MATESA exportaba pocos telares. Su principal actividad consistía en


transferir capitales españoles al exterior, lo cual le permitía adquirir participaciones en
sociedades extranjeras. Para decirlo de forma más clara: dichos capitales eran créditos
oficiales destinados precisamente a subvencionar a las empresas exportadoras. Así pues,
nos hallamos ante el caso singular de una firma que, lisa y llanamente, se dedicaba a
exportar fondos públicos que, en principio, tenían que destinarse a la exportación de
material y productos industriales. Está claro que se trata de una malversación de fondos
públicos y de una acción fraudulenta. Tal como se hace constar en un informe oficial citado
por Christian Rudel, las filiales de MATESA tenían que “atender el pago de las letras
presentadas por el Banco de Crédito Industrial por la supuesta compra de telares que, en
realidad, se habían canjeado por una participación de la sociedad en las mentadas empresas.
El problema se solventó de la forma más sencilla del mundo, adoptando la norma de sacar
fuera de España maletas llenas de billetes de mil que, una vez convertidos en divisas,
retornaban en buena parte a su país de origen en concepto de pago” . 2 Ni qué decir tiene que
estos fondos sustraídos al pueblo español beneficiaban a unos pocos y que a veces, como se
verá, tuvieron extraños destinos.

Digamos a este respecto que el importe de los créditos obtenidos por vía fraudulenta,
casi siempre a través del Banco de Crédito Industrial, se elevaba a casi 10,000 millones de
pesetas; o sea, 800 millones de francos nuevos, o bien 80,000 millones de francos antiguos.

En consecuencia, la estafa era de envergadura, y por muy acostumbrado que uno esté
hoy a los escándalos de toda especie: falsificación de facturas, fraudes en materia de
exportación -que no son, por supuesto, privativos de España únicamente-, surge de forma
obligada la pregunta de cómo fue posible que un fraude de tales proporciones pudiera pasar
inadvertido durante tanto tiempo.
Esa misma pregunta se formuló la opinión pública española a través de numerosos
órganos de prensa que, de repente, se volvieron muy prolijos en la reseña del caso. Por
ejemplo, La Vanguardia 3 indicaba que “la estafa se apoya en la falsificación de
documentos que han pasado cientos de veces por oficinas, organismos e instituciones
oficiales. Cuesta creer que haya podido pasar inadvertida por espacio de tanto tiempo’ .4

COMPLICIDADES INDUDABLES

De ello a presumir la complicidad de los organismos financieros del Estado y de


ciertos medios gubernamentales no mediaba más que un paso, y el paso se dio.

La prensa española, que como es sabido está sometida a la estrecha tutela del
Gobierno, empezó a subrayar las múltiples relaciones personales que unían a ciertos po-
líticos con los ambientes financieros vinculados a MATESA. Y lo más curioso del caso era
que los políticos, banqueros y economistas complicados en el embrollo tenían que ver con
la organización religiosa conocida por el Opus Dei: la Obra de Dios, o simplemente la
Obra, en español.

Vemos, en efecto, que la compleja figura de don Juan Vila Reyes, principal dirigente
de MATESA, estaba relacionada con numerosos políticos de primera fila.

Y, sin embargo, hacía años que Vila Reyes se dedicaba a la exportación clandestina
de divisas; antes, incluso, de que estallara el escándalo MATESA. En efecto, quedó
demostrado que en fechas anteriores Vila Reyes había transportado a Suiza 103.510,428
pesetas en maletas llenas de billetes nuevos de mil pesetas.

Financiero ambicioso, relacionado con los medios financieros internacionales, Vila


Reyes era conocido también por haber contribuido con una cantidad a subvencionar la
primera campaña de Richard Nixon. Por cierto que, últimamente, se han descubierto
algunas irregularidades en el trasfondo de dicha campaña que permiten suponer la
existencia de extrañas complicidades.

Por otra parte, Vila Reyes también era amigo personal de Laureano López Rodó, una
de las figuras más prominentes de la política española y miembro del Opus Dei. 5 López
Rodó, que marca un hito capital en la evolución del régimen franquista, pasa por ser el
principal consejero del almirante Carrero Blanco, quien durante muchos años ha sido la
eminencia gris de Franco y que hoy se encuentra abiertamente instalado al frente del
gobierno español.

Vila Reyes era, también, uno de los principales consejeros de José Luis Villar Palasí,
a la sazón ministro de Educación Nacional y, como López Rodó, muy vinculado al
almirante Carrero.

Ello motivó que se estableciera una relación directa entre MATESA y el Opus Dei, y
entre el Opus y el Gobierno.
Pero no era éste el único vínculo. Dijimos con anterioridad que las asignaciones de
créditos oficiales a MATESA se hacían por intermediario del Banco de Crédito Industrial.
Pues bien, el ex director general del banco en cuestión, José González Robatto, era
miembro militante del Opus Dei, como lo eran Joaquín Planell, presidente del Consejo de
Administración, y Ángel de las Cuevas González, ex subsecretario del Ministerio de
Industria, hombre de confianza de López Bravo, opusdeísta notorio y ministro de Asuntos
Exteriores desde 1969 a 1973.

Dado que estas estrechas relaciones entre miembros del Opus Dei y financieros tenían
por marco buen número de entidades bancarias, oficiales y privadas, fueron muchos los que
llegaron a la conclusión de que la Obra era uno de los principales núcleos aglutinantes de la
oligarquía española, a la vez que uno de los instrumentos de que ésta dispone para imponer
decisiones políticas de signo neocapitalista.

En el inicio de la década de los sesenta, aflora en algunos medios financieros


españoles la idea de un “ambicioso proyecto económico”, consistente en industrializar al
país e integrarlo en la órbita del Mercado Común, pretensión acompañada de la firme
voluntad de perpetuar, tras la muerte de Franco, el régimen político autoritario instaurado
en 1939.

A la vista de esta situación, uno se pregunta qué hay de cierto en las acusaciones
lanzadas contra el Opus Dei a raíz del escándalo MATESA, o lo que es lo mismo: si el
Opus Dei es en verdad una de las fuerzas político-económicas que dominan la España
actual, si es incluso la más poderosa y, sobre todo, si es cierto que este dominio se ejerce
por cauces encubiertos y, en fin de cuentas, ocultos. Por último, cabe preguntarse si es ver-
dad que sus ramificaciones internacionales le confieren el carácter de una verdadera
“potencia” europea y hasta mundial.

Nuestro libro trata, por supuesto, de dar respuesta a todas estas preguntas; pero ya
desde ahora el lector debe tener en cuenta que si hemos iniciado la exposición con la
mención de una escandalosa y monumental estafa, ha sido de forma intencionada. Con o sin
razón -el lector tiene la palabra-, nos resulta extraño que la cuestión de saber lo que es el
Opus Dei -organización religiosa- en la práctica, se haya planteado de tal modo ante la
opinión pública.

Por lo demás, esta consideración nos induce a establecer una distinción importante
entre lo que es fruto principal de la idiosincrasia política e histórica españolas y lo que
dimana de un problema de porte más general el papel que desempeñan algunos grupos
político-financieros vinculados a la Iglesia Católica.

EL CONTEXTO POLITICO DEL CASO

Por lo que a España se refiere hemos de decir, en honor a la verdad, que el asunto
MATESA no ha sido ni con mucho el primer caso de corrupción que se registra tras la
instauración del régimen franquista. Este último, caracterizado por la colusión pura y
simple de los grupos dominantes en lo económico con los cargos políticos, ávidos de
prebendas, ha conocido en efecto una larga serie de asuntos comprometidos. Se dice
incluso que Manuel Arburúa, un alto, cargo del Banco de España, dio su nombre a la
corrupción de los funcionarios, designada con el término de “arburismo”, circunstancia que
por lo demás no impediría a tan singular personaje convertirse en ministro de Comercio y
disfrutar de la plena confianza del Jefe del Estado, quien lo nombró “procurador nato”,
representante personal suyo en las Cortes.

Pero el caso MATESA es, precisamente, mucho más que un simple chanchullo de
malversación de fondos y corrupción si se sitúa en un contexto como el aludido.

Tal como dijimos, la prensa divulgó el escándalo en agosto de 1969. Ahora bien: en
julio del mismo año concluyó lo que algunos llaman la “operación Juan Carlos”, es decir, ni
más ni menos que el ensamblaje de todo el aparato constitucional de la sucesión de Franco,
objeto de las más encarnizadas pugnas entre los diversos grupos en el poder. El Caudillo, 6
“responsable ante Dios y ante la Historia”, dando al traste con todas las incertidumbres que,
como oportunista consumado que era había mantenido hasta entonces, decidió instaurar la
monarquía en España.

Vistas las cosas desde el ángulo puramente jurídico, existían por lo menos dos
alternativas para la inevitable fase posfranquista: república o monarquía. No cabe duda de
que, en el primer caso, la fórmula republicana hubiera sido la mejor garantía de una
auténtica liberalización del régimen, o al menos eso cabía esperar.

Las posibilidades que brindaba la fórmula monárquica llevaban implícito el rechazo


del sufragio universal para designar al Jefe del Estado. Con todo, habida cuenta de la
complejidad de la cuestión monárquica en España, la “elección del rey” era en sí un asunto
delicado que presentaba a su vez una doble alternativa: la de restaurar en el Trono a los
Borbones españoles en la persona de don Juan, conde de Barcelona e hijo del último rey de
España, Alfonso XIII, derrocado en 1931, o bien optar por uno de los pretendientes
carlistas, herederos también de querellas seculares; pero, en virtud precisamente de ello,
“pretendientes históricos” al Trono de España. Así, Javier de Parma, aun siendo francés, se
proclamó rey en 1952, y su hijo, Hugo de Borbón-Parma, también hizo valer sus
pretensiones al Trono. Sin embargo, uno y otro fueron expulsados de España en diciembre
de 1968.

Franco, empero, que había descartado sin ambages la opción republicana, no escogió
entre don Juan o los pretendientes carlistas, sino que recurrió a una tercera solución y eligió
al príncipe Juan Carlos 7

Este es sin duda descendiente “legítimo” de los Borbones, pero en todo caso no
deberá su corona a los derechos de la Casa Real española, sino a la persona de Franco. En
este sentido no cabe hablar de una restauración de la monarquía, sino más bien de una
instauración por concesión graciosa del Caudillo. Por lo demás, no faltan quienes apuntan
que, de todos los príncipes disponibles, Juan Carlos era el más mediocre y el más
manejable, y que su elección permitiría prolongar el actual estado de cosas.

En consecuencia, el 23 de julio de 1969, en el curso de una asamblea extraordinaria


de las Cortes, Juan Carlos era proclamado sucesor legal de Franco.
Los dirigentes políticos que inspiraron esta elección, los verdaderos artífices de la
operación política, no fueron otros que López Rodó y el almirante Carrero Blanco, el
primero de ellos miembro militante del Opus Dei, y el segundo, simpatizante de la Obra.
Esta elección, a la par que frustraba las esperanzas de los republicanos de todas las
tendencias, daba al traste con los planes de la Falange para erigirse en paladines del orden
surgido de la “Cruzada” que fue la guerra civil.

Movimiento “nacionalsindicalista” de ideario nebuloso, pero con un lenguaje teñido a


veces de una especie de “revolucionario” (en 1968, por ejemplo, se desgajó de ella una
facción opuesta al régimen, al que acusaban de pactista con el clero y el capitalismo), la
Falange fue durante mucho tiempo uno de los pilares del régimen, como lo fueran el
Ejército y la Iglesia. Pero la decisión de Franco la eliminaba del poder y le negaba todo
papel en la sucesión.

Eliminada, según sus dirigentes, en beneficio exclusivo de “la gente del Opus Dei”.
De aquí que al estallar el escándalo MATESA, la Falange tal vez pusiera más empeño que
la propia oposición en lanzar la ofensiva contra el Opus, haciendo alarde de una violencia
inusitada en España tratándose de ministros de Franco, actitud que permitió afirmar a un
observador lúcido y valeroso de los asuntos españoles, la duquesa de Medina-Sidonia, que
la denuncia del escándalo fue “el último regalo de la Falange a la opinión pública”.8

Cuando tuvo lugar el reajuste ministerial de 1969, los que la opinión pública llamaba
opusdeístas”, lejos de ser alejados del poder, coparon de forma masiva los ministerios
clave, hasta el punto de que llegó a hablarse de un gobierno “monocolor”. Desde entonces,
hasta el ajuste ministerial de 1974, dirigieron abiertamente la política española, y todo
indica que a pesar de su eliminación del equipo ministerial de Arias Navarro, los opus-
deístas no han renunciado a jugar su papel, sobre todo cuando se produzca la inevitable
sucesión.

Si se tiene en cuenta que el Opus Dei tiene en España unos treinta mil socios y que
carece por completo de respaldo popular, uno se pregunta cómo ha podido alcanzar tal
preeminencia en el marco de la cosa pública.

Es aquí donde parece que los presupuestos políticos específicamente españoles deben
dar paso a cuestiones de porte mucho más general relacionadas con el papel que
desempeñan, de forma más o menos clandestina, determinados grupos católicos en el
ámbito político, económico, financiero y, también, docente, y siempre bajo una apariencia
cándida de orden puramente espiritual.

Nos hallamos, en efecto, ante una organización dotada de un estatuto canónico oficial
-el de “Instituto secular”- que reconoce como fin “la difusión de los principios de la
perfección cristiana” .9

Durante muchos años los observadores apenas repararán en su existencia. En ella todo
reviste gran sencillez, por no decir mediocridad. Faltan las prédicas ante vastos auditorios,
las publicaciones de prestigio, las ideas brillantes y, según todos los indicios, faltan también
hombres situados en primer plano. Sin embargo, los observadores no se daban cuenta de la
lenta pero metódica y organizada penetración de la Obra en los ambientes universitarios
frecuentados por los retoños de la alta y media burguesía, y sobre esta base, de la
penetración en los medios políticos y económicos integrados por la generación de la
posguerra.

Mientras la Falange se dedica a exaltar el recuerdo de los antiguos combatientes


nacionalistas, el Opus Dei va urdiendo la trama entre los jóvenes profesores universitarios,
investigadores y empresarios que desean una nueva España orientada hacia objetivos de
expansión económica en beneficio de las clases pudientes de las que ellos mismos
proceden. Y estos lazos, esta connivencia y, quizá, como en el caso MATESA, esta
complicidad son tan poderosos que los comentaristas, deseosos de informar acerca del
Opus Dei, utilizan, refiriéndose a la Obra, expresiones tales como “una francmasonería ca-
tólica”, “una sinarquía tecnocrática” o, incluso, “una Santa Mafia”… 10 En este concierto de
adjetivaciones no falta una expresión muy francesa y, también, muy cara a Eugéne Pottier:
la de “Santa Camarilla”.

En las páginas que siguen tendremos ocasión de comprobar si resulta o no pertinente


aplicar estas calificaciones al Opus Dei, tarea tanto más difícil cuanto que, aun hoy, el tema
es objeto de encendidas polémicas, como traslucen los títulos de las obras que hemos
citado, a las que habría que añadir un gran número de artículos aparecidos en la prensa
internacional, a veces suscritos por ilustres personalidades.

Pero el Opus se defiende con tenacidad, bien directamente, bien -y no sin habilidad-
por medio de escritos periodísticos o por el intermedio de testimonios que no parecen tener
relaciones con la Obra. En Francia, por ejemplo, uno de los más recientes contraataques lo
constituye la obra de Jean-Jacques Thierry,11 para quien el Instituto es todo inocencia y
santa humildad.

El lector puede estar seguro de que en este libro prestaremos igual atención a todas las
tesis, o por mejor decir, a cada campo, ya que tratándose de España no debe perderse de
vista que la confrontación política es en extremo violenta. Ya Antonio Machado escribió
unos versos para cada nuevo español venido al mundo:

“[...] te guarde Dios,

que una de las dos Españas

ha de helarte el corazón.”

El caso es que, para bien o para mal, el Opus Dei se encuentra hoy en el núcleo
mismo de esta guerra civil que continúa oponiendo sin tregua a las dos Españas.

Por otra parte, conviene tener presente que los problemas planteados por la propia
existencia de una agrupación de esta índole rebasan con mucho el marco de la historia
española contemporánea. Aun suponiendo que las precedentes afirmaciones fueran
exageradas -cosa que todavía está por demostrar-, no es menos cierto que en el caso del
Opus Dei plantean el problema general de las sociedades secretas de inspiración católica.

¿UNA SOCIEDAD SECRETA DE INSPIRACION CATOLICA?

Conviene hacer notar que todos aquellos que hoy se declaran de forma manifiesta
enemigos del Opus Dei, incluidos los que hacen profesión de fe anticlericalista, tienen buen
cuidado de diferenciar al Instituto de la jerarquía religiosa ordinaria: obispos, clero regular,
las órdenes religiosas en sentido “tradicional.” como son los jesuitas, dominicos,
franciscanos, etcétera.

Es ésta una distinción que tiene su valor, por cuanto apunta menos a la referencia
religiosa de signo católico que a la existencia, real o supuesta, de métodos y maniobras
ocultos.

Lo más curioso, empero, es que los defensores del Opus Dei tratan con porfiado
empeño de realzar, por una parte, la singularidad de la institución, que no es una orden
religiosa, ni una orden tercera ni, en última instancia, un instituto secular, y, de otra parte, la
ausencia de secreto en cuanto a sus actos y organización.

Pese a lo que digan sus miembros, la cuestión estriba en saber si el Opus Dei es o no
una sociedad secreta católica. Si no lo es, ¿a qué viene esta aureola de misterio que lo
envuelve, y por qué se niega a publicar sus, Constituciones? Si, por contra, es una sociedad
secreta, ¿constituye el primer ejemplo de una sociedad de esta índole? Por lo demás, ¿cómo
explicar su innegable éxito?

Los hechos políticos e históricos expuestos con anterioridad pueden hacer que la
noción de “sociedad secreta católica” parezca paradójica, e incluso contradictoria. En
efecto, ¿cómo es posible acusar a una agrupación de llevar a cabo una acción política a
través de algunos de sus miembros que ocupan cargos ministeriales y, por lo tanto, de
naturaleza esencialmente pública, y reprocharle al mismo tiempo el constituir una organi-
zación oculta?

En realidad, la contradicción es sólo aparente, ya que el Opus Dei no cesa de reiterar


y pregonar a los cuatro vientos que sus miembros gozan de plena libertad de actuación en el
orden temporal, y que sus actos y opiniones sólo comprometen al individuo, no a la Obra.

Sin embargo, es precisamente en este punto de la argumentación donde surge una


cuestión determinante: ¿dónde comienza y dónde termina la libertad de pensamiento y
acción de un hombre comprometido por entero en una “empresa apostólica” tan dinámica y
original como es el Opus Dei?

Creo que nadie en su sano juicio admitiría que el hecho de entregarse por entero a una
organización pareja, con objeto de “santificar” la propia vida, en todos sus aspectos activos
y contemplativos, carezca de todo influjo en la eventual acción política del individuo afec-
tado.
Como escribe uno de los últimos turiferarios del Opus Dei, los miembros de esta
institución “reciben una completa formación en la vertiente humana, ascética, profesional,
científico-religiosa y apostólica que consolida la unidad de vida y se traduce para todos, y
con mayor razón para los sacerdotes, en una integración de los conocimientos especulativos
en la vida práctica. El estudio progresivo de la teología, acompañado de actividades
profesionales y apostólicas, las informa y a la vez procura un sentido práctico, fruto del
contacto con la vida, muy útil llegado el momento de dar el consejo más oportuno y
adecuado”.12

¿Acaso el sesgo claramente religioso de esta argumentación puede hacernos creer que
esta “unidad de vida” y el “consejo más oportuno y adecuado” dejan de existir en el
instante mismo en que un socio del Opus pasa a ejercer responsabilidades administrativas,
económicas y políticas?

Las tesis fundamentales del Opus Dei giran, en efecto, en torno a la idea de una
“santificación del trabajo” de todos los hombres y de cada día, bien se trate de un abogado,
bien de un taxista, un ingeniero, etc. Pero nos preguntamos si son también aplicables al
caso de un alto funcionario, de un banquero, de un economista o de un político. Creemos
que la respuesta es un “no” rotundo. La espiritualidad de la Obra es demasiado rica,
demasiado completa -por no decir “totalitaria”- para que la acción de todos los que
participan de ella no esté, en la práctica, amplia e inevitablemente condicionada por la
ideología del Instituto.

Es obvio que el problema tiene su importancia y que no cabe soslayarlo mediante la


afirmación pura y simple de que los miembros de la Obra actúan siempre por su cuenta y
riesgo de cara a sus diversos compromisos externos.

De aquí que tengamos derecho a preguntarnos, sin ideas preconcebidas, si detrás de


una fachada de religiosidad, por lo demás remozada y, al parecer, perfectamente adaptada a
la sensibilidad española, la Obra asume la dirección oculta de unas fuerzas político-ad-
ministrativas que en modo alguno desean mostrarse a plena luz.

Para dar respuesta a estos interrogantes nos parece oportuno, ante todo, volver sobre
las grandes líneas y las principales etapas de su existencia, tan discreta durante años. Es
preciso darse cuenta de que antes de verse hostigada en la palestra pública y de tener minis-
tros en su seno, la Obra practicó durante decenios una lenta penetración en medios
diversos; una penetración casi invisible, consumada en cierto modo por “capilaridad”.

Y puesto que ya conocemos las líneas maestras de la trayectoria del Opus Dei,
conviene examinar si en los anales de la historia eclesiástica existen precedentes
comparables y si este cotejo puede potenciarse referido al caso concreto de la Obra.

Ello nos lleva de forma obligada a evocar la existencia de asociaciones católicas tan
reservadas, e incluso secretas, como la Santa Liga y la Compañía del Santo Sacramento, o
también la famosa Congregación de principios del siglo XIX, y ya más próximo a nosotros,
el núcleo integrista conocido como la “Sapiniére”. Por lo demás, resulta curioso observar la
falta de información que acompaña a las citadas organizaciones, mientras se publican gran
número de libros en torno a otras sociedades que, en ocasiones, no tienen la menor
trascendencia

Por esta vía, conociendo detalles concretos sobre las que fueron sin duda auténticas
sociedades secretas de signo católico, podremos abordar con más holgura el estudio de la
organización del Opus Dei en España y en el mundo, el sistema de captación de miembros
que utiliza, la ideología que profesa, sus métodos de acción, y ofrecer en última instancia
una respuesta clara al dilema de saber si se trata de una honesta asamblea de hombres que
sólo aspiran a la santidad o de otra cosa.

——
1
Esta definición, que encontramos en el Gran Laroosse Enciclopédico, no tiene ningún carácter crítico
y corresponde a la que el Opus Dei ofrece de sí mismo.

2
Christian Rudel, en La Croix, 2-3 de agosto de 1970.

3
Periódico de Barcelona sin una ideología política muy definida.

4
Citado por Jacques Georgel en Le Franquisme, Du Seuil, pág. 180, París, 1970.

5
López Rodó ocupó el cargo de Ministro de Asuntos Exteriores de junio de 1973, a enero de 1974.

6
Como es sabido, el término “Caudillo” es el equivalente al de “Führer” y al de “Duce”.

7
Nieto de Alfonso XIII, hijo de don Juan, nacido en 1938. Está casado con la princesa Sofía de Grecia.

8
Véase el artículo que bajo este título publicó Le Monde el 9 de junio de 1970.

9
En la actualidad dicho estatuto canónica es objeto de controversias. Con todo, basta saber que el Opus
Dei fue aprobado como tal por la Santa Sede.

10
Son dos los autores que han utilizado la expresión “Santa Mafia”. Uno es Jesús Ynfante, autor de un
libro capital: La prodigiosa aventura del Opus Dei: Génesis y desarrollo de la Santa Mafia, Ruedo Ibérico,
París, 1970. El otro es Yvon Le Vaillant, en Sainte Maffia, le dossier de l’Opus Dei, Mercure de France, París,
1971.

11
Jean-Jacques Thierry: L’Opus Dei, mythe et réalité, Hachette-Littérature, París, 1973.

12
J. J. Thierry, . ob. cit., pág. 55.

—oOo—

LOS AÑOS OSCUROS

En los inicios y a lo largo de toda la historia del Opus Deii topamos siempre con la
poderosa y un tanto enigmática personalidad de un sacerdote: don José María Escrivá de
Balaguer y Albás, que ostenta además, desde 1968, el título de marqués de Peralta. 1
Estas ínfulas nobiliarias, insólitas en un sacerdote de años al que cabría suponer
desligado de las efímeras vanidades terrenas, ponen de relieve las dificultades que debe
afrontar quien intente trazar una biografía completa del fundador de la Obra. Este detalle
tan insignificante trasluce no sólo el afán de hallar una especie de refrendo público a su
éxito social, sino también la decisión de crear la imagen de un personaje prestigioso y, por
esta vía, poder mostrar la otra cara de la moneda. Resulta sorprendente, dicho sea de paso,
comprobar que todas las biografías oficiales u oficiosas de Escrivá de Balaguer no sólo
abundan en inexactitudes y puntos oscuros, sino también -sobre todo por lo que respecta a
sus años mozos- en contradicciones. Ya tendremos ocasión de ver cómo algunos
historiógrafos lo han investido de todo género de funciones y dignidades, muy halagadoras
pero de imposible comprobación, cosa muy intrigante tratándose de un personaje que es
objeto de una auténtica veneración en el seno de la Obra.

INTRIGANTES INCERTIDUMBRES

El fundador del Opus nació el 9 de enero de 1902 en Barbastro, población de la


provincia de Huesca, en Aragón. Su padre, don José Escrivá de Balaguer y Corzán, lejos de
ser hombre de alcurnia, era propietario de un pequeño comercio que debió resultarle
ruinoso, puesto que incluso se vio obligado a marcharse del pueblo. En cualquier caso,
hacia 1915 la familia se instala en Logroño, donde el joven José María termina su ba-
chillerato para emprender luego los estudios eclesiásticos en Zaragoza, la capital regional.

Muchas veces se ha dicho que en los países con neto predominio católico y escaso
desarrollo económico la carrera religiosa, al igual que la militar, es uno de los contados
medios de promoción social de que disponen los jóvenes con ambiciones de las clases
medias o, incluso, populares.

Es cierto que nada nos permite impugnar la sinceridad de la vocación religiosa del
joven Escrivá; pero debemos señalar que, según parece, era hombre de gran ambición que
por lo demás se sustentaba en opciones inteligentes y decididamente modernas. En efecto:
en una época en que la mayor parte del clero hispánico muestra el mayor desdén hacia las
disciplinas y ciencias “profanas”, el joven Escrivá alterna sus estudios religiosos en el
seminario de Zaragoza con los estudios jurídicos en la Facultad de Derecho2

Sin embargo, es en esta época de su vida cuando aparecen las contradicciones


biográficas a las que hicimos alusión. Así, por ejemplo, Carlos Escartín afirma que su héroe
“recibió la tonsura clerical de manos del cardenal Soldevila, arzobispo de Zaragoza, que lo
nombró Superior del Seminario”. Otro biógrafo, Javier Ayesta Díaz, escribe que Escrivá se
convirtió en abogado antes, incluso, de que fuera ordenado sacerdote, trámite que tuvo
lugar el 28 de marzo de 1925, cuando contaba veintitrés años.

La combinación de estas dos afirmaciones nos lleva a insospechadas conclusiones si


tomamos en cuenta una fecha sobre cuya veracidad no cabe la menor duda: la del 4 de junio
de 1923, día en que los anarquistas asesinaron al cardenal Soldevila.3

Por lo tanto, si Escrivá fue tonsurado por el cardenal (la tonsura equivale al ingreso en
la carrera sacerdotal), ello tuvo que ocurrir antes de la fecha en cuestión, cosa muy posible
tratándose de un muchacho que contaba a la sazón veintiún años. Pero, en tal caso, ¿cómo
admitir que se encomendara la dirección del seminario a un muchacho tan joven que
todavía no había sido ordenado sacerdote?

Daniel Artigues, por su parte, indica que Escrivá asumió la dirección del seminario de
San Carlos, en Zaragoza, después de su ordenación4

De todos modos, el problema subsiste en su integridad, ya que sabemos con certeza


que tras la obtención de la licenciatura en Derecho, antes incluso de su ordenación
sacerdotal, aquel mismo año de 1925 Escrivá fue destinado a una parroquia rural compuesta
por dos aldeas.

¿No son éstas muchas y excesivas actividades para un muchacho joven en el breve
lapso de unos meses?

Sin embargo, cuando uno ha logrado con esfuerzo poner un poco de orden en el
cúmulo de afirmaciones contradictorias, surge una nueva dificultad. Hasta el momento,
todos los historiadores, favorables o adversos al Opus, estaban conformes en que Escrivá
permaneció en Aragón por lo menos hasta 1926, año en que se instala en Madrid. Pero he
aquí que Jean-Jacques Thierry afirma ahora que en 1925 su héroe estuvo empeñado en la
tarea “de agrupar en torno suyo, en Madrid, donde era rector del Real Patronato de Santa
Isabel, a un pequeño círculo de estudiantes [...]“.

En tal caso, si Escrivá se ordenó sacerdote el 28 de marzo de 1925, ¿cuándo y por


cuánto tiempo desempeñó sus funciones en una parroquia rural? ¿Dónde obtuvo su diploma
de abogado y en qué Facultad, Zaragoza o Madrid, se doctoró? En resumidas cuentas, ¿a
quién debemos prestar oídos?

Estas incertidumbres y contradicciones son menos insignificantes y menos superfluas


de lo que pudiera parecer en un principio.5 Tal vez alguien se pregunte qué importan estos
detalles ante la magnitud de la empresa espiritual. Sí, tal vez carecieran de relieve de no
reflejar la existencia de un método de actuación.

Por supuesto, los defensores del Opus Dei se lamentan amargamente de que muchas
personas ajenas al Instituto lo conciben y presentan en sus escritos como rodeado por un
aura de misterio. Comprendemos muy bien el pesar y la indignación que los embarga, pero
nos preguntamos por qué no arrojan ellos mismos un poco de luz sobre ciertos aspectos
elementales, tanto más cuanto que el principal protagonista sigue con vida.

Alegan entonces que si su venerado fundador diera por sí mismo los datos que se
solicitan, pecaría contra la “santa humildad” a que le obliga su condición de sacerdote. Por
desgracia, el argumento se nos antoja carente de valor. Baste recordar -lo contrario nos
parecería deshonesto- que esta tan cacareada humildad no impidió a Escrivá solicitar, en
una fase tardía de su vida, la rehabilitación de vanos títulos de nobleza. Pero todavía hay un
argumento más concluyente, y es que nos hallamos ante un sacerdote que, como veremos,
da a entender sin rodeos, y en todo caso permite decir y escribir a los suyos, que la
fundación de la Obra obedece a un especial favor divino, ya que Dios le inspiró la idea, lo
cual no nos parece en modo alguno una prueba de excesiva humildad; eso es lo menos que
puede decirse respecto.

Resulta, pues, que ese mismo personaje, alegando razones de humildad, no puede
responder a preguntas Elementales y, a mayor abundamiento, perfectamente legítimas. Es
lógico, pues, que tal actitud dé pie a todo tipo de cábalas y especulaciones, a cual más
aventurada. En tal caso, ¿por qué repudian la expresión “aura de misterio” aquellos mismos
que la han acuñado, cuando tan sencillo sería dar a conocer una biografía honesta -es decir,
fácilmente comprobable- de los años mozos de monseñor Escrivá de Balaguer y Albás,
marqués de Peralta.

LOS AÑOS OSCUROS DEL OPUS DEI

Sea como fuere, el caso es que en 1925 ó 1926 el joven sacerdote se traslada a Madrid
para vivir en familia al lado de su madre viuda, su hermano Santiago y su hermana Carmen.
Aquí se nos presenta de nuevo la imagen de un hombre desbordante de actividad que da
clases en colegios particulares, anima círculos recreativos en los barrios suburbiales,
fomenta reuniones de estudiantes, etc. Daniel Artigues, al que no podemos considerar en
modo alguno un incensario del Opus, indica con cautela que, según parece, por esta época
“el padre Escrivá enseña también en la Escuela de Periodismo que funciona bajo los
auspicios del influyente periódico católico El Debate, otro órgano de influencia sobre la
juventud intelectual”.

Es éste un dato interesante, ya que de hecho El Debate pertenecía a la Asociación


Católica Nacional de Propagandistas (ACNP), organización fundada en 1909 por el jesuita
padre Ayala; y animada durante más de veinte años por Ángel Herrera. La Asociación,
quería ser el instrumento de una especie de reconquista de la élite universitaria española, y
en este sentido bien puede afirmarse que prefigura con bastante fidelidad lo que sería el
Opus Dei después de la guerra, civil.

La Universidad, relegada durante mucho tiempo y desdeñada por el clero


reaccionario, se había transformado bajo el influjo de la Institución Libre de Enseñanza, 6
integrada por hombres de tendencias liberales, racionalistas, agnósticos de un laicismo a
ultranza y marxistas, muchos de ellos profesores de sólido prestigio.

En los medios católicos intransigentes que por aquel entonces frecuentaba el padre
Escrivá, habían comenzado las críticas contra la Institución, a la que se calificaba de
instrumento de la judeomasonería en términos de una ramplonería y estupidez sin límites
(al igual, por otra parte, que en Francia, Alemania e Italia bajo los regímenes que no es
preciso nombrar) que auguran con claridad la sangrienta “Cruzada” franquista.7

Es más que probable que la atmósfera de exaltación apostólica, avivada por la crisis
político-social que experimentó España bajo la dictadura del que fuera capitán general de
Cataluña, Miguel Primo de Rivera (del 13 de septiembre de 1923 al 30 de enero de 1930),
tuviera mucho que ver con la nueva vocación que el joven sacerdote sintió nacer en su
interior. ¿Por ventura Dios no le había elegido (junto con Franco) para salvar a la santa
España?
En respuesta a la pregunta de un periodista sobre esta vocación y sobre los inicios de
la Obra, Escrivá contestó con un arte inimitable para oscurecer las cosas más sencillas: “Yo
no tuve y no tengo otro empeño que el de cumplir la voluntad de Dios. Permítame que no
descienda a más detalles sobre el comienzo de la Obra -que el amor de Dios me hizo
barruntar desde el año 1917-,8 porque están íntimamente unidos con la historia de mi alma
y pertenecen a mi vida interior. Lo único que puedo decirle es que actué en todo momento
con la venia y la afectuosa bendición del queridísimo obispo de Madrid, donde nació el
Opus Dei el 2 de octubre de 1928.9

Al parecer, aquel día, mientras celebraba la misa en honor de los Santos Ángeles
Custodios, al llegar el momento de la consagración el padre Escrivá tuvo la revelación del
destino de la Obra que él estaba llamado a fundar. Incluso hay quien habla de una visión.

A decir verdad, esta circunstancia no entraña ninguna originalidad, ya que en los


inicios de casi todas las fundaciones pías encontramos alusiones semejantes. Pero hay dos
hechos destacables en las afirmaciones del fundador. El primero es su intención notoria de
invocar el padrinaje del obispo de Madrid. Si releemos el párrafo citado con anterioridad,
sacamos la impresión de que el obispo de referencia conocía desde el principio los
proyectos del padre Escrivá, a los que dispensó inmediata y favorable acogida. Sin
embargo, por lo que ha podido saberse hasta el momento, este prelado, monseñor Leopoldo
Eijo y Garay, obispo de Madrid-Alcalá –que por lo demás tenía fama de sgr un acérrimo
partidario del franquismo y los regímenes fascistas en general-, no concedió una especie de
refrendo oficial al Opus Dei hasta marzo de 1941, cuando lo erigió en asociación diocesana
bajo el epígrafe de “Pía Unión de Fieles”. Además, parece que en esta época los miembros
del Opus Dei no llegaban a quinientos.

Por consiguiente, todo induce a pensar que desde el comienzo el joven sacerdote
rindió cuentas de sus iniciativas y esperanzas a su obispo, pero sin que pueda hablarse en
puridad de principios de una aprobación canónica referida a la fecha de 1928. Y aquí surge
el segundo factor destacable que mencionábamos más arriba: ¿qué es lo que se aprobó
exactamente?

Monseñor Escrivá y sus discípulos insisten de forma taxativa en que la fundación del
Opus se remonta al año 1928, cuando no a 1917… Pero ¿quién es capaz de demostrar que
en 1928, 1929 ó 1930 la Obra era algo más que un sueño del padre Escrivá? ¿Quién puede,
incluso, atestiguar que estaba ya en su mente?

Durante muchos años los cronistas más o menos oficiales de la Obra (¿quién es en
definitiva el portavoz del Opus Dei?) han dado a entender que desde un principio el padre
Escrivá estuvo acompañado en su tarea por un reducido grupo de seguidores, una docena a
lo sumo, e incluso circularon algunas listas de nombres. Daniel Artigues, por ejemplo,
escribe que “datos no comprobables, como los precedentes por lo demás, señalan entre los
fieles de primera hora a Pedro Casciaro, José María Hernández Garnica, José Luis
Marquiz10 y Álvaro del Portillo, los cuales recibieron más tarde el sacerdocio. Álvaro del
Portillo fue y sigue siendo, como veremos, uno de los personajes clave de la Obra. Parece
que uno de estos doce discípulos fue el célebre arquitecto Miguel Fisac, que luego se alejó
un tanto del Opus, así como el ingeniero de ferrocarriles Isidoro Zorzano, fallecido en
Roma, en 1943, y actualmente en proceso de beatificación.”

Jesús Ynfante añade otros nombres a esta lista, nombres que, como es lógico, nada
dicen al lector francés: Juan Jiménez Vargas, Federico Suárez Verdeguer, Alfonso Balcells,
Angel Santos Ruiz, Ignacio Orbegozo, etcétera.

Es obvio que lo importante no es tanto la relación de nombres como el saber si la


fundación del Opus Dei data de 1928 y quién fue su creador. Hasta ahora, incluso los
adversarios de la Obra estimaban como probable -por no decir exacta- la fecha en cuestión.
Pero el reciente libro de Jean-Jacques Thierry -también “inspirado de lo alto”, a juzgar por
las trazas, y en el que su autor trata de presentar una imagen remozada del Opus Dei (sin
refutar jamás los argumentos de sus detractores)- cambia una vez más los presupuestos del
problema. Nos hallamos, en efecto, ante un autor que en el instante de entregar el
manuscrito a la imprenta experimenta la necesidad de realizar la siguiente precisión: “El
afán de proporcionar una información exacta -escribe en una nota- me obliga a introducir
una rectificación de última hora. Se trata de que cuando monseñor Escrivá fundó el Opus
Dei, en octubre de 1928, no agrupaba en torno suyo a doce personas. Sus funciones como
capellán de estudiantes extendían su apostolado a un círculo mucho más amplio. El primer
socio de la Obra, Isidoro Zorzano, no oyó hablar de lo que más tarde sería el Opus Dei -por
aquel entonces la asociación ni siquiera tenía nombre- hasta el mes de agosto de 1930,
asociándose al mismo meses más tarde. Entre ambas fechas, monseñor Escrivá estuvo,
pues, completamente solo.”"

Esta nueva versión de la fundación del Opus Dei es interesante en cuanto que justifica
las dudas manifestadas en torno a los relatos más o menos fantasiosos y extendidos, no sin
complacencia, por los miembros de la Obra.

No obstante, subsiste el hecho de que para formar una asociación de cualquier tipo se
necesitan por lo menos dos personas. Por consiguiente y según confesión de un defensor
del Opus Dei, nada demuestra que este último se fundara antes de 1930.

Por otro lado, tampoco acaba de verse muy claro por qué dicha organización adoptó la
denominación oficial de “Sociedad sacerdotal de la Santa Cruz”, con la cual figura en el
Anuario Pontificio, y tampoco sabemos gran cosa de una pretendida “rama femenina” de la
organización que, al parecer, se creó en el transcurso del mismo año de 1930.

Hay que esperar hasta 1934 para tener una idea, bastante somera, de las actividades
apostólicas de la institución, con la salvedad de que las informaciones proceden de algunos
miembros del Opus que oyeron hablar de ellas, pero que no fueron testigos directos de las
mismas. Si hemos de ser sinceros, dichas informaciones no presentan ninguna originalidad
desde el punto de vista pastoral. Parece que en el año 1934 el padre Escrivá escribió y
publicó un pequeño opúsculo de carácter pío titulado Consideraciones espirituales.12 Según
afirma su autor, dicho opúsculo constituye un esbozo de su obra capital, Camino, de la que
nos ocuparemos más adelante.
En el curso de aquel mismo año, o en 1935, se abre la primera residencia de
estudiantes en Madrid, en un edificio de la calle de Ferraz situado en un barrio residencial
próximo al Paseo de Rosales y al Parque del Oeste. En esta residencia el padre Escrivá
vive, de hecho, rodeado de su familia y de algunos estudiantes a los que, posiblemente,
dirigía espiritualmente, pero sobre cuyo número nadie ha dado precisiones. Habrá que es-
perar al fin de la contienda civil para obtener algunos informes sobre las actividades y la
composición del Opus.13 Es muy poco lo que se sabe del padre Escrivá durante él periodo
que va desde 1928, supuesto año de la fundación de la Obra, hasta 1939.

La residencia de Madrid quedó destruida en los momentos iniciales del combate. Tras
permanecer oculto por algún tiempo, el padre Escrivá emprendió un periplo sobre el que se
sabe muy poco y que al parecer lo llevó a Valencia y a Barcelona (y, por tanto, a la zona
republicana), y de allí pasó a Andorra. No tardaría en dirigirse a Burgos, capital de los
rebeldes nacionalistas y franquistas, cuya causa abrazó con ardor, e incluso con violencia.
Fue sin duda en aquel Burgos trepidante y superpoblado donde trabó relación con gentes
que luego, una vez concluida la guerra, le ayudarían a propulsar su obra, y donde reflexionó
sobre los medios necesarios para conquistar y atraerse a la élite intelectual, que sería
preciso reconstituir.

Lo único que sabemos con certeza es que al cabo de poco tiempo de terminada la
guerra publicó en Valencia, en 1939, la primera edición de Camino, el conocido repertorio
de 999 máximas y sentencias llamadas espirituales que, hoy, los adeptos de la Obra
consideran muy superior a los Ejercicios espirituales, de San Ignacio, o a la Introducción a
la vida devota, de San Francisco de Sales, aun cuando en muchos aspectos sea producto de
una ideología netamente marcada por el sello de la cruzada franquista.

Por espacio de algunos años todavía, la Obra mantiene una vida precaria. Ya tuvimos
ocasión de ver que cuando monseñor Eijo y Garay, obispo de Madrid-Alcalá, la erigió en
Unión Pía, en marzo de 1941, sólo contaba con unos centenares de miembros (entre 400 y
500).

La siguiente fase en su evolución se inició en 1947, al ser promovida a la categoría de


Instituto secular, promoción auspiciada en buena parte por la instalación en Roma -en
1946- de monseñor Escrivá, del secretario general, Álvaro del Portillo, y de la sede de la
organización. A partir de aquel momento, el destino del Opus Dei tomaría un rumbo muy
distinto.

Por lo demás, este motivo es el que nos movió a exponer en su integridad lo poco que
sabemos de los primeros años de la Obra. Las actividades a que hemos hecho referencia
(muchas de las cuales todavía no están al alcance del historiador) no nos hablan de ningún
empeño extraordinario; todas se sitúan al nivel del apostolado puramente individual o casi
individual, y no rebasan el marco de un reducido grupo de estudiantes o de alguna
institución benéfica suburbial.

Pues bien, menos de veinte años después surgirá de este núcleo una organización que
logrará imponer sus criterios al gobierno español. ¿Cómo explicar hecho tan insólito?
UNA GRAN AMBICIÓN

En realidad, la desproporción entre una cosa y otra se nos antoja excesiva. Con todo,
rogamos al lector lea con atención los distintos apartados de las Constituciones secretas de
la Obra, tal como fueron redactadas en 1947, y en especial el artículo 3, donde se indica la
razón de ser y la finalidad del Instituto:

“Art. 3.1.-El objetivo general de la finalidad del Instituto es la santificación de los


miembros por medio del ejercicio de los consejos evangélicos y por la observancia de estas
Constituciones.

“3.2.-Pero lo específico sea el esforzarse con todo empeño en que la clase que se
llama intelectual y aquella que, o bien en razón de la sabiduría por la que se distingue o
bien por los cargos que ejerce, bien por la dignidad por la que se destaca, es directora de la
sociedad civil, se adhiera a los preceptos de Nuestro Señor Jesucristo y los aplique in
praxim; y asimismo favorecer y difundir entre todas las clases de la sociedad civil la vida
de perfección en el siglo e informar a hombres y mujeres para el ejercicio del apostolado en
el siglo”.

Este documento prueba bien a las claras que no conjeturamos nada al preguntarnos si
el Opus Dei desempeña o ha desempeñado un papel político-social importante en España
después de la guerra civil. Sus propias Constituciones indican bien a las claras que se ha
impuesto por misión la conquista de la clase intelectual y de la clase dirigente. Todo parece
indicar que sólo se trata de difundir los principios evangélicos, y esta afirmación puede ser
garantía de la renuncia a toda ambición terrena. Por desgracia, la historia nos demuestra que
el candor evangélico no excluye el afán de dominio, y la historia española tanto o más que
cualquier otra. Veamos algunos ejemplos escogidos al azar:

“No puede haber más pacificación que la de las armas; conviene extirpar toda la
podredumbre de la legislación laica”… (cardenal I. Gomá, primado de España).

“Benditos sean los cañones si en las brechas que abren florece el Evangelio”…
(monseñor Díaz Gomara). Otro ejemplo:

“Pregunta: ¿Hay libertades nefastas?

“Respuesta: Sí. La libertad de enseñanza, la libertad de propaganda y la libertad de


reunión.

“Pregunta: ¿Y por qué son libertades nefastas? “Respuesta: Porque permiten enseñar
el error, propagar el vicio y conspirar contra la Iglesia”… (de un catecismo oficial).

Esta serie de citas, que podríamos multiplicar al infinito, ilustran de manera bastante
que en ocasiones la enseña evangélica puede enmascarar realidades que no son en modo
alguno desinteresadas y que derivan, pura y simplemente, de compromisos temporales.
Pero también sirven para mostrar que, en definitiva, la empresa del Opus Dei -recordemos
que su fundador bebió en fuentes ideológicas franquistas durante su estancia en Burgos- se
desarrolló precisamente después de la guerra civil, y que apunta a la clase dirigente y a los
intelectuales que se quedaron en España.

Téngase presente una vez más que muchos intelectuales, profesores y maestros
tomaron partido por la República por cuestión de ideología, pero también porque era la
forma de gobierno legalmente constituido y vigente en el país. Las destituciones, las
ejecuciones, la prisión y, sobre todo, el exilio mermaron de forma considerable los
efectivos de esta categoría, particularmente aborrecida por los franquistas.14

LA ÉPOCA DE LA ACCIÓN

Uno de los campos predilectos del Opus Dei después de la guerra fue la Universidad y
la enseñanza escolar, que el nuevo régimen tenía que reconstituir. Favorecido por las leyes
promulgadas en 1943, el Opus consiguió que algunos de sus miembros accedieran a puestos
claves. Esta preferencia del padre Escrivá por la acción en el medio estudiantil se manifestó
también en la creación de numerosas residencias y, por último, en la fundación de una
Universidad patrimonio exclusivo de la organización: la Universidad de Navarra, en
Pamplona. Es fácil suponer que tales circunstancias trajeron como consecuencia todo un
entramado de amistades en los medios intelectuales. La acción dirigida a la conquista de las
clases intelectuales y dirigentes de la sociedad civil se completó, en 1947, con la
penetración en los medios financieros a través de hombres vinculados al Banco Popular
Español.

Como consecuencia lógica, y paralelamente a esta penetración intelectual y


financiera, tiene lugar la aparición en el plano gubernamental de algunos miembros del
Opus Dei que se autodenominan “técnicos apolíticos”. En 1956, López Rodó15 asume las
funciones de secretario técnico de la Presidencia del Gobierno. Muy pronto se le
encomendaría la estructuración del primer Plan de Desarrollo español, para pasar a ejercer
en fecha posterior altas funciones ministeriales.

Ni que decir tiene que cada etapa arrastra consigo todo un cortejo de seguidores o
simpatizantes de la Obra, cosa por lo demás perfectamente natural si aceptamos el hecho de
que a todos nos gusta rodearnos de las personas que conocemos o a las que profesamos
estima y que comparten nuestras ideas.

Varios capítulos posteriores de este libro se consagran al análisis de la penetración del


Opus Dei en los medios intelectuales, financieros y políticos, así como a las pruebas de que
se dispone.

Con todo, el cambio repentino que se opera en el rumbo del Opus Dei justifica de por
sí un nuevo y sucinto examen de los métodos de penetración que las organizaciones
católicas deseosas de influir en las clases dirigentes han venido utilizando tradicionalmente.

Ya dijimos que la historia de Francia nos ofrece algunos ejemplos de sociedades


católicas que, como mínimo, comparten con el Opus ese afán de aglutinar e influenciar a
los laicos que gozan de un prominente -a veces eminente- status social. No debemos
ignorar estos precedentes, tanto más si tenemos en cuenta que algunos autores que se han
ocupado del Opus Dei han establecido comparaciones, pero sin mostrarse nunca demasiado
explícitos, con lo que a los misterios que ya entraña la propia Obra se suman los propios de
otras organizaciones que la precedieron en el tiempo, y nunca alcanzamos a saber si la
comparación resulta o no pertinente.

Así, Jesús Ynfante 16 alude de forma sumaria al precedente de la “Sapiniére”. También


Yvon Le Vaillant 17 le consagra una página y traza, en otra, un rápido bosquejo de la
Compañía del Santo Sacramento. En cuanto a Robert Casanova,18 notable historiador de la
Restauración, no resiste la tentación de definir a la “Congregación” denunciada por el
conde de Montloisier como “una especie de Opus Dei de la época”. Cierto que otros
autores, a veces -pero no siempre- partidarios del Opus Dei, ponen en tela de juicio estas
vinculaciones. En tal caso, será preciso admitir que si el Opus Dei es capaz de suscitar
controversias a propósito de sociedades tan antiguas como la Compañía del Santo
Sacramento, debe ser porque se trata, en verdad, de una institución excepcional, y eso solo
ya justifica el afán de querer clarificar las cosas.

——
1
Jesús Ynfante indica que Escrivá solicitó, también, la rehabilitación del título de Barón de San Felipe.
Escrivá murió en Roma, como consecuencia de una crisis cardíaca, el 26 de junio de 1975.

2
Nos atenemos a lo que se dice en la biografía oficial de

Escrivá, donde se precisa que obtuvo el título en Madrid, aunque otros creen que fue en Zaragoza.

3
Este asesinato ha sido atribuido a Durruti y Ascaso, que consideraban al cardenal como “el principal
artífice de la reacción”. Ambos intentaron ya, con anterioridad, el asesinato -frustrado- de Alfonso XIII, en
1921. Más tarde, Durruti se convertiría en uno de los “héroes populares” de la guerra civil.

4
Daniel Artigues, El Opus Dei en España, vol. 1, 1928-1957, pág. 9, Ruedo Ibérico, París, 1968. Ver
también la edición española: El Opus Dei en España, 1928-1962. Su evolución ideológica y política: de los
orígenes al intento de dominio, pág. 17, Ruedo Ibérico, París, 1971.

5
Estas incertidumbres son tanto más insidiosas cuanto que, según el biógrafo oficial de la Obra,
Florentino Pérez-Embid, “la historia del Opus Dei es la propia biografía de su fundador”. Así, tal como suena.

6
Fundada por Giner de los Ríos, en 1876.

7
El autor tiene interés en precisar que el anacrónico término de “Cruzada” no es objeto de polémica,
sino que traduce con fidelidad la imagen que la propaganda oficial española dio de la guerra civil, de las
ejecuciones sumarias subsiguientes y que todavía acontecen.

8
¿Qué significa esta referencia al año 1917? Escrivá tenía a la sazón quince años. Debemos entender
que fue en estas fechas cuando tomó conciencia de su vocación sacerdotal?

9
Entrevista con Pedro Rodríguez, en Palabra, octubre de 1967. Esta entrevista, al igual que otras que
citaremos a lo largo de esta obra, fue recogida en un libro titulado Conversaciones con Monseñor Escrivá de
Balaguer, SEPAL, París, 1969 (editado en España por Rialp), al que en adelante aludiremos con el título de
Conversaciones.
10
Otros escriben “Múzquiz”. Daniel Artigues, ob. cit., pág. 21.

11
J. J. Thierry, ob cit., pág._ 19.

12
Según J. Ynfante ob. cit., pág. 17 no es posible encontrar hoy ningún ejemplar de esta obra.

13
Como es bien sabido, la guerra civil duró desde el 18 de julio de 1936 hasta fines de marzo de 1939.

14
Un general franquista, Millán Astray, pronunció estas atroces palabras en Salamanca, dirigidas contra
Miguel de Unamuno: “¡Abajo la inteligencia! ¡Viva la muerte!”

15
Profesor de Derecho, López Rodó recibió la misión de dirigir los estudios de todos los miembros del
Opus Dei.

16
J. Ynfante, ob cit., pág. 21.

17
Y. Le Vaillant, ob. cit., págs. 278_279.

18
R. Casanova, Montlosier et le partí prétre, Laffont, París, 1970.

—oOo—

LA CÓMPAÑIA DEL SANTO SACRAMENTO

Una de las más notables organizaciones secretas a las que por cierta tendencia natural
se suele comparar con el Opus Dei, al objeto de descubrir hipotéticas similitudes, es sin
discusión la “Compañía del Santo Sacramento del Altar”. También es indudable que, aun
hoy, esta sociedad se nos presenta impregnada de misterio en muchos aspectos, lo cual no
quita para que reconozcamos el importante papel que desempeñó a lo largo de casi todo el
siglo XVII en Francia.

Sus orígenes parecen remontarse a la extraordinaria aventura que fue la de la “Santa


Liga”, a finales del siglo precedente. Sabemos que ésta fue fundada en 1576 por el duque
de Guisa para defender la fe católica contra el protestantismo.

Comentando un curioso documento de 1594, titulado “Diálogo entre el maestro y el


villano”, Roland Mousnier escribe que dicha liga se presentaba “como un grupo de elegidos
de Dios que, guiados por el Santo Espíritu, se reclutaron mediante cooptación para asegurar
el triunfo en Francia del puro y ferviente catolicismo romano sobre todas las herejías o
reblandecimientos de. la religión”.1

Debemos retener cuatro elementos de esta definición, ya que los encontraremos en


todas las sociedades secretas católicas. Además del secreto, están la, inspiración divina, la
cooptación de sus miembros y el activismo religioso o lo que ahora se denomina
integrismo..

En el caso de la Liga, el secreto estaba perfecta mente organizado por un directorio


oculto compuesto de nueve o diez personas que tomaban todas las decisiones en común.
Los restantes miembros del grupo eran agentes ejecutivos y, sobre todo, de información que
se mezclaban con los habitantes de cada barrio y que daban cuenta de sus averiguaciones al
Consejo.

El “Diálogo” a que antes aludíamos precisa que estos agentes tenían encomendado
muy en especial el frecuentar el trato de las “personas de bien” y “si los veían bien
dispuestos se presentaban, aunque sin decir nada de su asamblea [...] y según la resolución
que tomaran y conociendo las voluntades daban cuenta de ello a este pequeño consejo”.

Este último era el que decidía aceptar al nuevo miembro, al que no podemos
considerar como un candidato, ya que había sido elegido sin que él tuviera conocimiento de
ello. Esta técnica de la insinuación es característica de todas las auténticas sociedades
secretas, y se encuentra aquí perfectamente aplicada.

Además, la Liga cubría todo el territorio mediante una red centralizada inspirada por
las decisiones del consejo, sin que éste diera nunca la cara, animando la actuación de otros
consejos provinciales de cuya existencia se tenía noticia, pero que en realidad carecían de
autonomía y se limitaban a obedecer.

Volveremos a encontrar muchos de estos métodos en la Compañía del Santo


Sacramento, así como las líneas generales del programa de la Santa Liga que consistía en
“la lucha contra la herejía y las sectas contrarias a la religión [...], reformar los vicios,
impiedades, injusticias y males que poseen a Francia en todos sus estamentos [...] “.

Unos decenios más tarde, entre 1625 y 1627, un par de Francia, Henri de Levis, duque
de Ventadour, tuvo la idea de crear la Compañía, al parecer instigado por su confesor, el
capuchino Philippe d’Angoumois y, sobre todo, por el padre Charles de Condren2 Este
último, autor místico que predicaba una doctrina de inmersión total de la criatura en Dios,
fue en su época un personaje importante y, en especial, sería el sucesor de otro místico, el
cardenal Pierre de Bérulle, a la cabeza de la famosa congregación del “Oratorio”, y él fue
quien dio sus estatutos a esta organización de sacerdotes sin jerarquía que vivían libremente
en comunidad sin que formaran una orden religiosa propiamente dicha .3

Sabemos que el Oratorio (en el siglo xvn) contaba entre sus afiliados a gran número
de personajes ilustres, pero sobre todo hemos de subrayar que durante mucho tiempo las
delegaciones provinciales de la Compañía se reunieron en las residencias pertenecientes a
esta congregación y que muchos de los miembros del Oratorio lo fueron también de la
Compañía con los mismos derechos que los laicos.

También es interesante señalar que, en materia política, Bérulle y numerosos


oratorianos fueron decididos partidarios del llamado partido Marillac, es decir, los par-
tidarios de la alianza con España, hasta el extremo de que el mismo Bérulle entró en abierto
conflicto con Richelieu. Ello obedecía a que esta congregación religiosa estimaba que todo,
incluidos los intereses del Estado, debía sacrificarse a la lucha contra la herejía, tanto en el
interior como en el exterior del país.
Combatir la herejía en todas sus formas era también el objetivo de la Compañía del
Santo Sacramento, pero no era el único. Sus estatutos, en efecto, eran muy ambiciosos: “La
Compañía -decían- no tiene más límite, medida ni restricción que los dimanantes de la pru-
dencia y la razón en la acción. Opera no sólo en las obras benéficas ordinarias de los
pobres, enfermos, prisioneros y afligidos, sino también en las misiones y seminarios, en la
conversión de los herejes y en la propagación de la fe en todas las partes del mundo, en la
supresión de todos los escándalos y actos impíos”.

En una palabra, se trataba según otra formulación de “promover la gloria de Dios por
todos los medios”, aunque fuera convirtiéndose en lo que podríamos llamar una verdadera
“orden tercera de la represión”.

¿Cómo estaba organizada, pues, la Compañía para llegar a la consecución de sus


fines?

SECRETO ABSOLUTO

El principio fundamental de la organización de toda la institución era el secreto. Ante


todo, debemos decir que cada grupo instalado en una ciudad de provincias dependía
únicamente del comité de París y no tenía ninguna posibilidad de actuar sin atender las
consignas de este último: “Dado que la Compañía de París, viene a ser la instancia superior
y principal de todas las restantes compañías del reino, no podrá arbitrarse ningún plan para
crear otras compañías sea donde fuere, ni dar a conocer los estatutos y reglamentos sin la
autorización expresa de dicha Compañía de París, a la cual se le facilitarán de manera
previa todas las informaciones con objeto de obtener la mentada autorización”.4 Vemos,
pues, cómo tomando como base París, al igual que en tiempos de la Santa Liga, se organiza
toda una red provincial bajo el signo de la clandestinidad. Las instrucciones del grupo de
París no cesan en ningún momento de recordar en todos sus despachos la necesidad de
guardar el secreto.

En la resolución del 3 de abril de 1658, por ejemplo, se dice: “Con objeto de preservar
el secreto, que es la esencia de la Compañía, se ha tomado la resolución de no remitir
correspondencia a las compañías, sino sólo memorándum y notas, sin firma, fecha del día,
lugar y año”…

La resolución del 1 de junio de 1658, rezaba: “Siendo el secreto el alma de la


compañía será celosamente guardado y aquellos que lo violen serán advertidos, la primera
vez amigablemente, en particular por el Director.; la segunda vez por el Director y el
Superior conjuntamente, y si no se enmiendan, serán citados en público por el Superior”.

Al propio tiempo se toman las mayores precauciones en lo que respecta a los


documentos de la Compañía: “Los registros, estatutos y documentos sólo se darán a
conocer por orden de la compañía, y aquellos a quienes sean confiados quedarán impuestos
del contenido, los devolverán tan pronto sea posible y no guardarán copia alguna de ellos,
para que la Compartía se mantenga más en secreto”…
Como podrá observarse, el secreto no es aquí una invención de historiadores en busca
de sensacionalismos. Los documentos de la Compañía no cesan de evocarlo, lo que por lo
menos resulta sorprendente tratándose de personas que, en apariencia, se dedican
exclusivamente a actividades benéficas.

Esas almas candorosas evitan mencionar, sin embargo, que sus asambleas tienen un
carácter muy misterioso. Por lo general se celebran cada quince días, en principio el jueves
a primera hora de la tarde, pues se considera este día como el de la institución de la Euca-
ristía, a la cual la Compañía, como su nombre indica, tributa una ardiente devoción. Pero
como las reuniones de diez, quince o veinte personas pueden llamar la atención, sobre todo
en las pequeñas poblaciones de provincia, los estatutos prevén de manera explícita que no
deberán celebrarse más de tres veces en el mismo lugar.

Por lo demás, en sus instrucciones, el grupo de París insiste una y otra vez en esta
necesidad de cambiar el lugar de las reuniones y su periodicidad a la menor sospecha,
venga de donde venga, sin excluir a las jerarquías del clero regular.

La obsesión del secreto es tal que se prevén todas las situaciones en las que puede
encontrarse un afiliado para evitar que los documentos sean leídos por personas extrañas a
la organización. Así, se arbitra una detallada serie de disposiciones para el caso en que
sobrevenga la muerte de algún miembro de la Compañía. Véase, si no, esta resolución de la
Compañía de París, que alcanzó amplia repercusión en todos los grupos provinciales: “Ha-
biendo la Compañía de Blois solicitado también instrucciones a ésta [la Compañía de París]
a efectos de saber por qué medios evitar que los archivos y todos los documentos relativos a
sus asuntos caigan en manos de personas ajenas a la misma, cuando el secretario o
cualquier otra persona que esté al cargo muera sin haber tenido tiempo de disponer sobre
ellos, se decide que cada Compañía tenga un arca con los mentados archivos y documentos,
sobre la que se hará constar: «El presente cofre y cuanto hay en el interior pertenecen y me
ha sido entregado en depósito por X, el cual tiene la llave».

“En cuanto al depositario de los mentados registros y documentos tendrá buen


cuidado de escribir lo mismo que ha escrito en el arca en su diario o en cualquier otro
escrito que pueda ser hallado tras su fallecimiento. A 4 de agosto de 1644.”5

Tales precauciones podrán parecer como una excepción, pero lo cierto es que son
moneda corriente en los documentos, publicados o inéditos, de la Compañía y de sus
numerosas ramificaciones en provincia. Así podríamos reproducir cientos de notas y
documentos, en todas las cuales se recomienda mantener el más absoluto secreto. Y es que
la Compañía del Santo Sacramento fue una auténtica sociedad secreta católica.

SILENCIOS INQUIETANTES

Así las cosas, nos vemos en la necesidad de dedicar unas líneas a consideraciones que
no por ser de orden más general revisten menos importancia.

La historia de esta organización cubre, poco más o menos, todo el siglo XVII, el siglo
del famoso “hombre de bien” que tantas lucubraciones ha promovido en el ámbito de las
escuelas secundarias. Lo que durante un tiempo se llamó “humanidades” destinaba un lugar
preponderante al estudio de esta edad clásica por excelencia.

En consecuencia, cabe preguntarse qué puede saber un “hombre de bien” que hizo
una carrera de humanidades, sobre lo que sabe de una empresa que es, sin discusión
posible, oculta y católica, a través de las enseñanzas que recibió y a través de las obras que
estaban fácilmente a su alcance.

De un modo general puede afirmarse que aquel que no haya sentido un profundo y
genuino interés por Moliére (más adelante veremos por qué) apenas sabe nada de la
Compañía del Santo Sacramento del Altar, de su acción o, incluso, de su misma existencia.
Ello nos parece un hecho inquietante, tanto más cuanto que en la actualidad no hay editor
que no exhiba hasta en los quioscos de las estaciones innumerables libros que abundan en
revelaciones sobre pretendidas sociedades secretas que han gobernado sin cesar el mundo,
desde sus orígenes hasta nuestros días, y todo por unos pocos francos.

Así, se sabe todo sobre tal o cual grupúsculo compuesto por cien afiliados que por
espacio de unos meses se agruparon en torno a unos magos de salón para sorber un “brebaje
de inmortalidad”, que, al igual que un coctel, estaba integrado por sendas partes de
gnosticismo y nazismo, de alquimia y de Zen, sin olvidar el “gran tercio” de catarismo y la
cáscara de exotismo que otorga su incomparable aroma a todo “archisecreto”.

Pero si transcurrido el momento de la ironía y superada la época del cartesianismo


abstracto, nuestro hombre de bien, impulsado por el único afán de la verdad y presto a
recelar de sus propios sueños, quiere informarse sobre las auténticas sociedades secretas,
empezando por la Compañía del Santo Sacramento, ¿qué es lo que podrá encontrar con
facilidad en la oferta al público?

Prácticamente nada.

Es verdad que abundan los trabajos de gente erudita, al menos durante una época
concreta: a principios de siglo. Aquí hemos sacado provecho de ellos y en la bibliografía se
da una referencia de las obras más importantes que merecen ser consultadas. Sin embargo,
se trata de estudios que resultan de difícil acceso, y de poco sirven al “hombre de bien”,
quien no suele mostrar interés excesivo en frecuentar la Biblioteca Nacional.

Esta observación, que por lo demás también es válida para las restantes
organizaciones ocultas católicas, nos lleva a observar que todo apunta, incluso en las pu-
blicaciones más sesudas, a minimizar el papel, es decir, a negar la existencia de las
sociedades secretas católicas.

Si, volviendo al caso realmente ejemplar de la Compañía del Santo Sacramento, se


recurre a la importante Historia del catolicismo en Francia, a la que se vinculan los
nombres de los profesores Latreille, Palanque, Rémond y el canónigo Delaruelle, todos
ellos hombres de una notable e indiscutida erudición, nos encontramos con las frases
siguientes, dignas de ser mencionadas en su integridad: “El [el funcionamiento de la
Compañía] permaneció ignorado de los historiadores hasta los albores del siglo xx, y así,
cuando Dom Beauchet-Filleau dio a conocer los primeros documentos sobre ella, en 1900,
los investigadores rivalizaron en ingeniosidad para rastrear su pista e interpretar su papel,
real o supuesto. Raoul Allier, al lanzar la expresión que hizo fortuna de la «cábala de los
devotos» (1902), quiso ver en ella una gran máquina que permitía a un grupo de fanáticos
no exentos de hipocresía tirar de los hilos de todos los protagonistas de la escena religiosa y
política. Exageración habitual en todos los historiadores de las sociedades secretas, pero
que aquí debemos rebatir seriamente”.6

Esta última frase no deja de ser cáustica cuando uno conoce el papel preponderante
que desde hace más de un siglo y medio han tenido los historiadores católicos en la
elaboración de lo que cabría llamar la mitología de las sociedades secretas, en especial para
luchar contra la francmasonería, ¡y a instigación del propio Santo Padre! 7

Pero lo realmente grave es que autores singularmente respetables soslayen el


problema de un plumazo: “Exageración habitual”…

¿Dónde está en el caso que nos ocupa la exageración? Por lo demás, ellos mismos son
los primeros en admitir:

- que la Compañía cuajó con mucha rapidez en provincias y en más de cincuenta


ciudades;

- que reclutó las personalidades más notables de la época;

- que funcionó por espacio de medio siglo;

- que intervino directamente, sin la mediación de las autoridades oficiales y las


jerarquías eclesiásticas, en un sinnúmero de problemas políticos, públicos o privados…

A buen seguro que uno estará de acuerdo con dichos autores a la hora de admitir que
resulta muy difícil “evaluar los resultados de su actividad”… Pero si esta ponderación es
dificultosa, ello se debe al hecho de que nos encontramos en presencia de una verdadera so-
ciedad secreta.. . y esta particularidad impide liquidar la cuestión de un plumazo al afirmar
que nuestros conocimientos son resultado de “la exageración habitual de todos los
historiadores de las sociedades secretas”…

En el caso que nos ocupa, lo que sabemos nos permite afirmar sin “exagerar” que el
púdico “manto de Noé”, que los historiadores católicos oficiales han querido arrojar sobre
la Compañía, resulta por lo menos tan sospechoso como las “exageraciones” no
demostradas a las que aluden.

Según hemos podido ver, la Compañía hizo cuanto estuvo en su mano para
permanecer en la clandestinidad y para desvirtuar la verdadera índole de sus actividades.
No es de extrañar, por lo tanto, que los historiadores hayan encontrado muchas dificultades
en encontrar un resquicio de luz a su respecto. ¿Quién será capaz en el año 2050 de
comprender lo que fue entre 1958 y 1972 la “red” política y policíaca de la V República,
camuflada tras la fachada de un orden caballeresco y con innumerables complicidades en
los distintos medios administrativos, financieros y culturales, sin olvidar, a veces, el
inevitable “medio”?

Es indudable que en un asunto de esta índole es mejor prescindir de cualquier


comparación excesiva… Lo importante, en el caso que nos ocupa, es la aptitud de una
organización cualquiera para engañar acerca de la verdadera naturaleza de sus actividades.

En este sentido, la Compañía del Santo Sacramento se salió por completo con la suya.
Veamos cuáles fueron, pues, las actividades de esta organización.

De forma sucinta cabe distinguir entre dos tipos de objetivos que se ponen bien de
manifiesto en el extracto ya mencionado de sus estatutos:

- “las obras ordinarias de los pobres, los enfermos, los prisioneros, los afligidos”; o
sea, actividades benéficas o filantrópicas;

- “la conversión de los herejes y la propagación de la fe”; es decir, aspiraciones


ideológicas que desembocan en última instancia en una actividad de censura de la moral
pública y privada.

LA “BENEFICENCIA” Y “EL GRAN REPLIEGUE”

En todas las ciudades donde logró desarrollarse, la Compañía siempre situó en el


primer plano de sus afanes la creación de órganos de asistencia para todas las categorías de
infortunados. Así nos lo demuestra Raoul Allier basándose en un material de archivo
irrecusable, a propósito de Marsella:

“Resulta chocante leer en la Histoire das hópitaux de Marseille, de Agust:n Fabre,


que en una época determinada los magistrados municipales (échevins) tuvieron la idea de
levantar un asilo de alienados, cuando sabemos que los cofrades 8 estuvieron durante años
sugiriendo esta idea. Los casos equivalentes son numerosos. El hospital de los
convalecientes se creó en 1654, pero fue consecuencia de los impulsos decididos en el seno
de la Compañía y que empezaron a manifestarse en 1643. Se dice, asimismo, que el Monte
de Piedad se estableció a raíz de un ciclo de prédicas por el país en 1672, pero la verdad es
que los cofrades tenían en la mente llevarlo a cabo desde 1644 y creyeron estar a punto de
conseguirlo en 1645, pues incluso habían obtenido las patentes reales. Bien se trate de la
«Pequeña Misericordia, del «Refugio para mendigos», de la «Sociedad carcelaria., de la
«Compañía de propagación de la fe., del «Hospedaje de caminantes» o del de los
«Miserables», así como de cualquiera otra obra de cualquiera índole fundada en Marsella
durante los dos tercios del siglo xvii, es siempre la Compañía del Santo Sacramento la que,
sin dar la cara abiertamente, lo instiga todo, lo inicia todo y lo concluye todo.”

Estas afirmaciones de Raoul Allier, lejos de ser “exageraciones de historiador de las


sociedades secretas”, se asientan, para ser exactos, en cerca de quinientas páginas de
documentos reproducción integral de los debates verbales de 1273, “conferencias”
mantenidas por los miembros de la Compañía de Marsella.

Como puede observarse, las actividades “benéficas” de la Compañía fueron muy


numerosas y variadas, y esta afirmación vale para todas aquellas poblaciones donde
extendió su influjo.

Sin embargo, el secreto y la centralización extremos de la organización nos llevan a


preguntarnos cuál era la exacta naturaleza de esta actividad ben¿f ca. Comprobamos que, en
París, Aix, Marsella, Montpellier, Toulouse, por todas partes en suma, la idea conductora,
la “idea prioritaria” de la Compañía es la “concentración de los indigentes mendigos”.

Así, por ejemplo, en Toulouse, un santo sacerdote llamado Arnaud Baric, ejecutando
las decisiones de la Compañía, obtuvo en 1647 de los Capítulos la concesión de un local y
la autorización para recoger “a las pobres mendigas, busconas y chicas vagabundas para ser
conducidas al Refugio de la Grave, sito en el barrio de San Cipriano, junto con los
pordioseros, miserables indigentes capaces de valerse y enfermos para separarlos y pro-
ceder a la elección, expulsar a los impedidos y quedarse con los aptos para trabajar y con
los enfermos para alimentarlos y mantenerlos a expensas de las limosnas, obras de caridad,
donaciones y legados píos en favor del mencionado refugio, para instruirlos en el temor de
Dios, en los misterios de nuestra fe y religión”.9

Este caso que se dio en Toulouse se produjo asimismo en muchas otras poblaciones
bajo la denominación de Hospicio general o Limosna general, cuyo rasgo común era la
política de la “gran agrupación”.

Engañados por la ornamentación piadosa y equívoca sutilmente erigida en torno de


“Monsieur Vincent” y soslayando con toda cautela todo lo referente a su acción política,
nuestros contemporáneos pueden tener tendencia a ver sólo en esta actividad benéfica una
iniciativa del todo desinteresada, fruto exclusivo de la “bondad de espíritu” y de la
alternativa de una ascesis espiritual.

No cabe duda de que esta consideración es posible en el plano de lo individual, pero


ocurre que tiene una significación muy distinta al nivel de la sociedad considerada de una
manera global.

En efecto, la sociedad del siglo XVII, que en muchos aspectos es una sociedad
arcaica, se caracteriza por la existencia de disparidades económico-sociales de gran
amplitud. Sus posibilidades tecnológicas no le permitían aferrarse a la esperanza de una
“expansión económica”, concepto que por lo demás era totalmente desconocido en aquella
época. Así las cosas, el mantenimiento del orden social suponía de forma inevitable:

a) una distribución más justa de la riqueza producida entre los diversos grupos
sociales en presencia; o sea, también la modificación de las jerarquías sociales. En una
palabra: una revolución;
b) o bien, en el caso de que se excluyera toda redistribución de la riqueza, una
represión sistemática de las aspiraciones y exigencias de los grupos dominados.

Estas dos políticas extremas no podían ser llevadas a la práctica de una forma integral,
por lo que la sociedad del siglo XVII practicará a la vez un poco de una y un mucho de la
otra.

En cuanto a la “beneficencia”, lejos de ser tan sólo un factor de santificación


individual, fue precisamente en el plano social el instrumento de una transferencia parcial
de la riqueza producto de una rigurosa represión de las “clases peligrosas” consistente en la
“gran convocatoria”.

¿En qué consistía esta última, a cuya realización la Compañía del Santo Sacramento
consagró una gran parte de su actividad?

En la primera mitad del siglo XVII encontramos un poco por todas partes, pero sobre
todo en París, una serie de refugios que dan cobijo de forma indiscriminada a locos,
indigentes, enfermos, gentes sin trabajo, individuos salidos de correccionales. Entre ellas
recordemos la Salpétriére, Bicétre, la Pitié, la Maison de la Savonnerie y muchas otras.

En 1656 las autoridades decidieron la creación de un asilo general al que serían


adjudicados todos los bienes de los establecimientos preexistentes. Por lo demás, veinte
años más tarde se extiende la misma provisión al conjunto de ciudades del reino mediante
un edicto del 16 de junio de 1676. Lo que aquí interesa retener es el carácter profundamente
represivo y policial de la institución, cuyos directores y los llamados “alguaciles del
hospital” están investidos de toda la autoridad para decidir el internamiento de un
individuo.

Michel Foúcault, en su notable Histoire de la folie, pone de relieve de un modo muy


oportuno la naturaleza última de este sistema: 10

“Digamos, ya de entrada, una cosa que aparece muy clara: el Hospital general no es
un establecimiento médico, sino más bien una estructura medio legalizada, una especie de
entidad administrativa que decide, juzga y ejecuta de forma paralela a los poderes ya
constituidos y al margen de los tribunales. A tal efecto, los directores tendrán en el mentado
hospital postes, argollas, celdas y calabozos y dependencias anejas al mismo como estimen
conveniente, sin que haya recurso alguno contra las ordenanzas que ellos dicten en el seno
de dicho Hospital. En cuanto a las que se refieran al exterior, serán ejecutadas según su
forma y tenor y al margen de las protestas, y su cumplimiento no será diferido.”

Como se ve, soberanía casi omnímoda, jurisdicción sin apelación, derecho de


ejecución contra el que nada puede prevalecer. El Hospital general es un extraño poder que
el rey establece entre la policía y la justicia en los límites de la ley: “la orden tercera de la
represión”. Cuando uno piensa que el Hospital va a ejercer esta jurisdicción indiscutida
sobre una población adulta numerosa (más del 1 por ciento de la totalidad de la población
parisiense), sin recursos y de una extraordinaria variedad social, se aprecia con claridad que
la institución pretendía algo más que objetivos puramente filantrópicos.
El propio Michel Foucault hace notar a este respecto que el internamiento tiene,
además, una finalidad políticoeconómica: 11

“Ya no se trata de internar a los que carecen de trabajo, sino de dar un quehacer a los
que allí están recluidos y utilizarlos en beneficio de todos. La alternancia es clara: mano de
obra barata en época de pleno empleo y salarios elevados, y, en periodo de paro, absorción
de los ociosos y protección social contra la agitación y las revueltas.”

¿Qué relaciones existen, pues, entre este vasto plan social y la devoción al Santo
Sacramento que es en teoría la base de la Compañía? Cierto que la política de la gran
redada no es privativa de Francia. En la misma época Inglaterra tiene la Workhouse y
Alemania su Zuchthaus, que vienen a ser también una especie de campos de trabajos
forzados para los pobres, y a este título, sería muy simplista pensar que la Compañía fue la
única que aplicó la práctica del gran encierro.

Este último es el resultado de la interferencia entre la voluntad real, los votos


eclesiásticos (sobre todo de la Gran Limosnería y la acción de San Vicente de Paúl) y las
aspiraciones de la burguesía mercantil y manufacturera.

En consecuencia, la importancia de la Compañía se sustenta en el hecho de que


penetra en todos estos medios separados entre sí, proporcionándoles una ideología común
que tiene el mérito de saber conciliar de forma ventajosa las aspiraciones a la santidad
individual y las exigencias del mantemiento del orden social.

UNA POLICIA RELIGIOSA PARALELA

Sin embargo, en la práctica nos damos cuenta de que la realización de tan ambiciosos
planes sociales se traduce en una vigilancia que puede calificarse de policial de la vida de
cada sujeto, vigilancia ejercida por una red perfectamente clandestina de hombres. Y nada
lo demuestra mejor que algunos extractos del registro de las deliberaciones de la Compañía
de Marsella, en una época por lo demás tardía, cuando teóricamente la organización se
hallaba disuelta, pero que, en la práctica, continuaba con su táctica de delaciones. Veamos
lo que dicen las actas de la 1010 conferencia, celebrada el 4 de mayo de 1684:

“En cuanto al escándalo producido en una casa situada más arriba de los Récollets, M.
de Colongue tratará de indagar más a fondo lo ocurrido.

“Respecto al caso de la mujer que continúa prostituyendo a sus hijas, MM. Ripert y
Cauvet, se seguirá «investigando».

“Ultimo de mayo de 1684. M. Nojaret se cuidará del caso enunciado respecto de las
imágenes que los chiquillos usan en sus juegos y que profanan, y hablará de ello al Vicario
Superior, y también de las desnudeces y otras cosas profanas que suele haber en las
alfombras que se ponen en los templos.
“24 de agosto de 1684. M. Bayn indagará acerca del vecino de M. d’Oraison que al
parecer es hugonote y que come carne los días prohibidos y ha dejado de asistir a la santa
misa.

“3 de febrero de 1685. El señor Superior hablará con el señor obispo para que los
sacerdotes vayan a la Opera..

“16 de agosto de 1685. M. de Vento tendrá la bondad de imponer un correctivo a las


mujeres que escandalizan en la Place Neuve.

“4 de julio de 1686. M. de Audiffret tendrá buen cuidado de hablar al señor vicario de


Saint-Martin en compañía de M. Rosset para informarse sobre el señor de Portail, con
objeto de averiguar por qué se ha separado de su mujer y para que cumpla con su
obligación y, si no entra en razón, advertir entonces a los magistrados del municipio.

“15 de mayo de 1687. En torno al asunto de esa joven seducida que vive en casa de
M. Garnier, M. de Ventou hablará con éste, autor del hecho, para terciar y ver de
recomponer las cosas.

“4 de septiembre de 1687. El señor Director se encargará de presentar una solicitud


para impedir el matrimonio del hombre que vive en la calle Neuve”.. .

Y así podríamos multiplicar los ejemplos de este tipo de intervenciones de la


Compañía. Con todo, nada resulta tan ilustrativo como las actas de las discusiones
correspondientes a la última asamblea de la Compañía de Marsella de la que tenemos
noticia, celebrada el 10 de agosto de 1702:

“M. de Lalongue y el señor canónigo Butin han sido comisionados por los vicarios de
las parroquias de la ciudad para entregar a cada uno de ellos un informe con todos los
desórdenes y escándalos que se produzcan en su parroquia.”

Salta a la vista el vasto alcance de la actuación de la Compañía, la cual pretendía


controlar toda la vida pública y privada de una población mediante una especie de
inquisición laica y secreta. Esta “policía paralela” somete a especial vigilancia a los
hugonotes, curanderos, magos, agrupaciones artesanales (“compagnonnages”) y a los
libertinos de toda índole.

Uno de los más célebres personajes considerados como libertinos, objeto de dicha
persecución por parte de los fieles de la época, fue el propio Moliére, quien sostuvo
frecuentes escaramuzas con estos hombres, muy bien representados por la Compañía del
Santo Sacramento.12

Vemos cómo, en efecto, a partir de 1643 el “Ilustre Théatre”, de reciente fundación,


fue desalojado de la parroquia de Saint-Sulpice, la más grande de París por aquel entonces,
a instancias de M. Olier, del cual se dice que desempeñó un papel nada desdeñable en la
constitución de la Compañía. Pero este hecho fue un simple escarceo comparado con el
escándalo que provocó la creación y representación del Tartufo.

Cuando en abril de 1644 se propaló el rumor de que Moliére se disponía a “ridiculizar


a los beatos”, como, se decía en aquel entonces, el marqués de Laval reunió en su casa a sus
cofrades y acordaron poner en juego todos los medios a su alcance para impedir la
representación de tan “perversa comedia”.

A pesar de ello, el día 12 del mes de mayo siguiente Moliére consiguió dar ante el rey
una primera versión en tres actos que nos es prácticamente desconocida. El mismo
delegado pontificio no encontró nada reprensible en la obra. Sin embargo, tan virulentos
fueron los ataques, que la pieza teatral no pudo representarse. Entonces, Moliére decidió
apelar al monarca, y en una súplica fechada el 31 de agosto de 1644, explica: “Sire, creí
prestar un gran servicio a todos los hombres de bien de vuestro reino escribiendo una
comedia que descubriera a los hipócritas y pusiera de manifiesto, como corresponde, todas
las bellaquerías encubiertas de estos falsificadores de moneda con disfraz de hombres píos
que tratan de atrapar a los demás con celo pervertido y caridad postiza”.

A pesar de sus alegaciones, por espacio de varios años Moliére tuvo que contentarse
con ofrecer unas pocas representaciones privadas de su obra.

En agosto de 1667 se atrevió, una vez más, a ridiculizar de forma pública a los fieles
de la Compañía del Santo Sacramento y presentó una nueva versión, muy atemperada, a la
que dio el título de Panulfo o el impostor, que alcanzó un éxito considerable. Sin embargo,
aprovechando la ausencia del rey, el presidente Gillaume de Lamoignon, miembro él
mismo de la Compañía (al igual que el arzobispo Hardouin de Péréfixe), volvió a prohibirla
al día siguiente del estreno. Todavía serían precisos muchos acuerdos y discusiones a lo
largo de casi dos años para que, al fin, Tartufo pudiera representarse sin ninguna traba el 5
de febrero de 1669.

A decir verdad, la incesante pugna de la cofradía secreta contra la libertad intelectual


y cualquier otro tipo de libertad era ya un combate de retaguardia, puesto que en 1660 el
Parlamento parisiense adoptó una resolución que prohibía a “cualquier persona, al margen
de su condición y bajo ningún pretexto, agruparse sin autorización del rey”.

Esta decisión afectó muy en especial a la Compañía, la cual se vio en la precisión de


tener que disolverse, al igual que todas las asociaciones no reconocidas por la ley.

De todos modos, continuó actuando de forma clandestina en diversas ciudades hasta


finales de siglo, cuando el núcleo parisiense trató incluso de reestructurarse, sin demasiado
éxito por cierto. Por otro lado, es innegable que los cofrades conservaron en el seno de la
nobleza y de la burguesía una situación y unas relaciones que les permitían ejercer un vasto
influjo sin necesidad de encuadrarse en sociedad alguna.

Fue así cómo, discreta y calladamente, la Compañía del Santo Sacramento terminó
por extinguirse en tanto que organización estructurada. Si bien no pudo culminar sus
proyectos, es indiscutible que logró permanecer oculta por espacio de casi un siglo, lo cual
no es poco.

——
1
Roland Mousnier, Les Hiérarchies sociales de 1450 á nos jours, pág. 45 y ss., PUF, París, 1969.

2
El Oratorio fue el núcleo de lo que luego se denominó “la escuela francesa de espiritualidad”.

3
La flexibilidad de esta fórmula evoca la organización del Opus Dei.

4
Esta misma cláusula la volvemos a encontrar en el Opus Dei, que prohibe la divulgación de sus
estatutos y reglamentos.

5
Sólo hemos modernizado la ortografía del texto en cuestión.

6
Histoire du catholicisme en France, tomo II (“Sous les rois trés chrétiens”), pág. 317, SPES, París,
1963.

7
Cf. Jean Saunier, Les Francs-Magons, en la misma colección.

8
Los cofrades son los miembros de la Compañía.

9
Abbé Auguste, La Compagnie du Saint-Sacrement a Touiouse, pág. 62, Picard, París, 1913.

10
Michel Foucault, Histoire de la folie, pág. 56, Plon, París, 1961.

11
Michel Foucault, ob. cit., pág. 66. 58

12
Por lo demás la Compañía se disolvió en 1645.

—oOo—

LA CONGREGACION Y LOS CABALLEROS DE LA FE

A principios del año 1826 apareció en París un libro de apariencia jurídica titulado,
sin excesivas pretensiones literarias, Memoria para consulta sobre un sistema religioso y
político tendente a destruir la religión, la sociedad y el trono.

Este libro, al que habían precedido varias cartas publicadas el pasado otoño en el
periódico Le Drapeau Blanc, cuyos destinos presidía el extraño barón d’Eckstein, contenía
una serie de sorprendentes acusaciones contra una organización oculta de signo religioso y
político.

ANGELES, SABIOS Y DEMONIOS.

“El misterioso poder que bajo el nombre de Congregación aparece hoy en la escena
del mundo se me antoja tan confuso en su composición como en su objeto, y en éste como
en su origen. Tan difícil resulta explicar de forma precisa lo que es, como mostrar su
progresiva gestación, evolución y organización en el pasado. Y digo organización con la
salvedad de que, a veces, se muestra de cuerpo entero, con un tronco y unos miembros
visibles, mientras que en otras ocasiones desaparece parte de estos miembros y diríase que
el cuerpo está incompleto. El propio cuerpo está constituido de tal forma que, si le
conviene, puede esfumarse como una sombra, y entonces uno se pregunta si en verdad
existe una Congregación.

“Su objeto es tan difícil de precisar como su, naturaleza. Cuando se estime necesario
se presentarán como una simple asamblea de hombres píos y diríais que se trata de ángeles.
Otras veces actúan como senado, al modo de una asamblea deliberante, y uno cree estar en
presencia de gentes sabias, y por último, cuando así lo exijan las circunstancias, será un
antro de intrigas, espionaje y delación: nos encontramos en presencia de demonios.

“Una condición tan etérea, que escapa de nuestras manos cuando queremos
aprehenderla, revela en sus dirigentes no ya una sutileza ocasional, una inteligencia de
sesgo individual, sino un arte profundo, perfeccionado por antiguas tradiciones, un arte que
realza el genio particular de un cuerpo constituido con vigor y organizado con inteligencia.”

El autor de estas afirmaciones, aun cuando se muestra muy prudente, al objeto de


evitar un posible proceso -lo cual consiguió-, dio, no obstante, una serie de asombrosas
precisiones en cuanto a la organización de esta congregación. Algunas merecen
reproducirse, aunque sólo sea para poder establecer comparaciones útiles:

“Se intentó, de forma simultánea, incorporar los ministerios a la Congregación y ésta


a los ministerios. Correos, la Policía de París, su Dirección general dependían ya de los
cofrades.1 Sólo faltaba integrar en ella, en bloque, a los principales ministerios [...].

“A la Congregación no le basta con haberse adueñado de Correos, de las dos policías


y haberse posesionado en cierto modo de los ministerios. Su difusión por todo el reino
originó un nuevo sistema de vigilancia. Antes, el espionaje era un menester que retribuía la
astucia con dinero. Ahora se le ha convertido en una cuestión de conciencia. En virtud de
los deberes que la Congregación impone, se asegura que se trata de un problema moral y se
pretende otorgarle patente de nobleza [...].

“A este respecto algunos estamentos sociales inferiores fueron tratados igual que las
clases superiores. A través de la llamada Asociación de San José, hoy todos los obreros
están encuadrados y sometidos a una disciplina; en cada barrio hay una especie de
centurión que es un burgués notorio dentro del distrito [...].

“Ni siquiera la colocación del servicio doméstico escapa a su control. En París he


conocido a doncellas y lacayos que decían contar con el beneplácito de la Congregación
[...].

“En la Cámara de Diputados, el pasado mes de abril, había una concurrencia de 130
miembros de la Congregación unas veces y 150 otras. Pude hablar con un adepto de la
Congregación y me dijo que sólo eran 105. Se afirma que desde entonces su número se ha
incrementado [...].”
Vemos, pues, cómo el poder oculto que denuncia Montlosier -ya que de él se trata-
abarcaba en su esfera de influencia todos los aspectos de la vida pública francesa durante la
Restauración.

También debemos mencionar con mayor detalle los mecanismos mediante los cuales
este “contrapoder”, que pasó de las parroquias a los castillos, y de los castillos a los
salones, en defensa del poder (establecido), pero con la idea de adueñarse de él, se instaló
también en el mismo seno de las clases dirigentes.

Vemos así cómo el vizconde de Carné relata en sus memorias la entrevista que
sostuvo con un alto funcionario del ministerio de Asuntos Exteriores, al término de la cual
éste le dio la mano con cordialidad, pero “enlazó sus dedos con los míos de una forma que
me sorprendió y a la que yo no atribuí ningún significado especial”. Al cabo de unos días el
vizconde mencionó el detalle a un hombre que estaba muy al corriente de los hábitos de los
altos cargos de la administración, el cual se lamentó diciendo: “¡Desdichado! Era la
cadena… teníais que haber introducido el pulgar en el anillo. Habéis dejado pasar vuestra
oportunidad.”

Así pues, había toda una red de personajes que laboraban en beneficio de una empresa
que sólo ellos conocían, pero en la que tomaban parte gentes de todos los medios sociales.
A través del testimonio de Montlosier ya vimos que intervenían tanto los obreros como el
personal doméstico, y hemos de creer que éste no lo había soñado puesto que el propio
Chateaubriand tuvo buen cuidado de escribirle: “Pienso lo mismo que vos de la religión,
aborrezco como vos a la Congregación y a sus hipócritas asociaciones que hacen de mis
criados espías y que buscan en el altar un pretexto para hacerse con el poder.” (Carta del 3
de diciembre de 1825, anterior a la publicación de la “Memoria”.) 2

¿Quién era entonces el que según Montlosier impulsaba este formidable poder y esta
red de espionaje?

La “Memoria” nos resulta muy explícita al respecto.

“Según un informe, las fuerzas que apoyan a la Congregación son inmensas. Ante
todo está el partido jesuítico, cuyo centro está en Roma, en la Escuela de la Sabiduría.
Después del partido jesuítico, otro ferviente sostenedor de la Congregación es el partido
ultramontano. Junto a él hay otro grupo que aunque se asemeja en otros aspectos, no es en
modo alguno de la misma índole. Es el que podríamos llamar el partido clerical, integrado
por todos aquellos que, contra viento y marea, quieren poner a la sociedad en manos de la
casta sacerdotal. Sus prosélitos piensan que el poder del Papa no es de primer orden, sino
que tiene un carácter subsidiario. Se declaran prestos a desechar en cualquier momento la
doctrina de la supremacía de Roma sobre los reyes con tal de que éstos reconozcan la suya
[...]. Es en este terreno donde arraigan con fuerza las raíces de la Congregación. Y más
fuertes son todavía sus raíces en las conciencias, por los sentimientos religiosos que
profesa, y en las opiniones, por sus doctrinas monárquicas. Sobre todo, su influjo se
extiende a las autoridades civiles y políticas, que en buena parte siguen sus directrices.”
A fuer de sinceros hemos de decir que cuándo Montlosier pone en entredicho a los
jesuitas y al partido clerical uno no puede menos de pensar que la Congregación que él
denuncia es, una vez más, fruto de ciertas obsesiones antijesuíticas. En realidad, el
personaje, por interesante que se nos aparezca, no acaba de inspirarnos absoluta confianza.

“UN ESPIRITU ABIGARRADO HECHO DE FRAGMENTOS Y


PORCIONES”…

Es en verdad desconcertante el destino de Francois Dominique de Reynaud, conde de


Montlosier (1775-1838), quien se define a sí mismo como un hombre singular.
Desconcertante en virtud de las numerosas contradicciones de que dio prueba. Es de nuevo
Chauteaubriand el que, confesando “el placer que produce su heteróclita persona”, nos lo
describe como “feudalmente liberal, aristócrata y demócrata, espíritu abigarrado hecho de
fragmentos y porciones [...] “.

De otro lado, Stendhal alude a él como un “volcán en actividad y como un hombre


“de espíritu maniático de nobleza y medio loco en lo demás”.

Por halagadores que puedan ser, estos testimonios no dejan de convertir en algo
sospechosas las afirmaciones de Montlosier. De hecho, el decimosegundo vástago de una
familia auvernesa de la pequeña nobleza, que de muy joven tuvo una vida sentimental
agitada, puede aparecer como un testimonio poco digno de crédito. Imbuido por el
magnetismo y el mesmerismo (más adelante abriría en Londres un consultorio como
médico), iluminista y un algo vidente, apasionado por la geología y siempre impregnado
del espíritu de su Auvernia natal, fue, por lo demás, un continuo oposicionista. Emigrado,
tras haber sido representante de la nobleza en la Constituyente, no soporta en modo alguno
los conciliábulos y mentalidad cerril de la emigración. Siendo monárquico, permanece al
margen de la Restauración; católico ferviente, considera su deber atacar las pretensiones del
clero del mismo modo que, siendo de noble linaje, atacó antes las de la nobleza. “Mi
destino -escribirá- fue el de atacar y a veces ofender, aun sin desearlo, a los hombres por los
que sentía más consideración”.

Habiendo prestado su apoyo a la causa imperial y tras mantener una correspondencia


secreta con el emperador, Montlosier fue muy mal visto por los ultras de 1825, a los que
conocía demasiado bien para que este hecho le fuera perdonado.

Por consiguiente, su vocación de panfletario es en él una cosa innata, y en su caso no


era tanto la expresión de un odio como la de un amor frustrado. Creer en los principios de
la aristocracia y hallarse rodeado de nobles mediocres y ridículos, creer en la religión y
encontrarse sólo con clérigos sedientos de poder, justifica todos los excesos de lenguaje.
Pero ¿se trata realmente de excesos más que de pudor? Montlosier, inquieto y dolorido, no
dio nunca su brazo a torcer. “Vos no podéis creer que este dolor que es en mí fruto de un
sentimiento herido en lo más hondo, sea respeto”, se lamentó en una ocasión.

Pero lo cierto es que durante más de tres años, este original historiador acumulará los
documentos que darán lugar a encendidas polémicas y a un sinfín de artículos.
Además de su Memoria, ya mencionada, aquel mismo año de 1826 publicó una
Denuncia ante los tribunales reales, más tarde una Petición a la Cámara de los Pares. En
1827, dio a la luz una “Memoria” al señor conde de Villéle, a la que tituló Los jesuitas, la
Congregación y el partido clerical. Por último, en 1829 publicó un estudio de conjunto:
Sobre el origen, la naturaleza y los progresos del poder eclesiástico en Francia.

En esta última obra, dicho sea de paso, Montlosier habla de forma muy clara sobre la
continuidad de las tentativas clericales para hacerse con el poder, y hay que reconocer que
sus análisis todavía hoy sirven para buen número de países, entre los cuales posiblemente
España ocupe la primera plaza, sobre todo si llamamos “príncipe” a los responsables en el
orden político.

“El plan de la facción clerical se ejecuta por lo general en dos direcciones. Unos se
ocupan de esclavizar a los pueblos mediante los reyes, y otros de someter a los reyes a
través de los pueblos. Si un príncipe tiene sentimientos religiosos, no tardan en hacer
palanca desde este terreno. En una religión tan hermosa como la religión cristiana,
susceptible de fomentar tan bellos sentimientos y que tanto se presta a nobles impulsos de
elocuencia, se rodea con habilidad a un príncipe, se le engaña con artificios, se le imbuyen
inclinaciones devotas, y pronto, si ello es posible, se le arrastra a la vida devota.

“Si un príncipe no tiene inclinaciones piadosas, no se desesperan por ello. Se le


presentan consideraciones de tipo político. En vez de los placeres de la vida eterna, se le
habla de las delicias del poder absoluto, se le convence de que siendo Dios y los asuntos
sagrados lo más importante, es preciso conceder la mayor atención a los clérigos, soldados
de vanguardia en la conquista de un vasto poder.

“Con respecto a los pueblos, el plan de dominio sacerdotal funciona del mismo modo.
Una vez las mujeres han sido subyugadas por el amor de Dios y las clases inferiores por
todo lo que las ceremonias religiosas tienen de ostentoso, se intenta en otros estamentos
captar a los débiles por el terror de los dogmas y a los fuertes por el temor a los gendarmes.
Si es que por azar ha habido una revolución en este país que haya causado múltiples
infortunios, es un texto inagotable. A muchas nulidades que sé dicen hombres de Estado se
les asusta con la revolución y los jacobinos; a otros imbéciles presos en las supersticiones
se les atemoriza con el infierno y el diablo. ¿Podría encontrarse un medio más idóneo?”

Tal vez alguien se pregunte qué tienen que ver estas vaguedades, audaces en la época,
durante el reinado del beato Carlos X, con el caso concreto de la Congregación. Uno tiene
derecho a preguntarse si Montlosier, hombre un poco dado a las fantasías, puede
considerarse como testimonio fidedigno. A este respecto diremos que está muy lejos de ser
el único que denunció la influencia del “partido clerical’3 Incluso algunos publicistas, hoy
olvidados, le precedieron en esta senda. Es cierto que la “psicosis antijesuítica” imperó por
doquier bajo el Antiguo Régimen y que, de otro lado, las antiguas querellas entre galicanos
y ultramontanos permanecían vivas. Pero ya hemos visto que Chateaubriand, cuya obra El
genio del cristianismo anunció en 1802, año del Concordato, una renovación de la vida
religiosa en Francia, compartía por entero el punto de vista de Montlosier.
Otros autores, y no de segundo orden, dan fe de lo mucho que preocupó a la opinión
pública el complot congregacionista.

Así, Stendhal, que en su Courrier Anglais se hizo eca de. las protestas indignadas de
Montlosier, hará alusión más de una vez a la conjuración en Rojo y Negro, aparecida en
1830. Por otro lado vemos cómo Frilair, el gran vicario, se enfrenta con éxito al marqués de
la Mole, a su vez hombre notable e influyente. Asimismo, encontramos en diversas:
ocasiones la sombra de la Congregación en la obra de Balzac. En el Cura de Tours (1832),
el padre Troubert, simple vicario general; pero el personaje más influyente’ de la provincia,
donde representa a la Congregación, impone una sutil pero implacable -dictadura. En
Contrato de matrimonio (1825) y en Los Empleados (1838), la Congregación cobra un
sesgo temible.

Pero con el mismo derecho podemos preguntarnos si la extraña cofradía secreta que
aparece en Reverso de la Historia Contemporánea (que contiene dos relatos: “El Iniciado”
y “Madame de la Chanterie”) y que Balzac llama la “Orden de los Hermanos de la
Consolación” no es una especie de Congregación que ha degenerado en Un complot
político y que por esta circunstancia permanece fiel a su vocación espiritual.

Digan lo que digan estos testimonios literarios, la cuestión que nos interesa de verdad
es saber en qué medida puede concederse crédito a Montlosier cuando describe la actuación
de la Congregación. Pues bien, aun teniendo razón completa, parece que a este respecto co-
metió un error de magnitud.

LA CONGREGACION NO ERA “LA CONGREGACION”

Tal vez nos sorprenda este enunciado, pero lo cierto es que tiene plena justificación.
El complot- ultraclerical es sin duda un hecho histórico, y todas las acusaciones de
Montlosier son exactas. No obstante, esta conspiración no fue obra de una sociedad que
ostentara el nombre de “Congregación sino de otro grupo distinto oculto tras ella y que era
en realidad la Orden de los Caballeros de la Fe. A decir verdad y desde la época de la Revo-
lución, sobre todo bajo el Imperio, se asistió al surgimiento de toda clase de sociedades
realistas y católicas .que,. por, necesidad, desplegaban sus actividades de forma clandestina.
A este respecto se hace remontar a 1790 la, constitución de uno de los primeros “Institutos
seglares”., del tipo del Opus Dei .4 Al parecer un antiguo jesuita, el padre Cloroviére, tuvo
la idea de crear para los sacerdotes y laicos un tipo de sociedad distinta de las órdenes,
religiosas que permitía a la vez una gran obediencia. por parte de sus miembros y una
auténtica clandestinidad.

Unos años más tarde, otro antiguo jesuita, el padre Delpuits, creó en 1801 la
Congregación, asociación pía destinada; a los jóvenes de familias nobles o burguesas que.;
deseaban desarrollar su devoción a la Virgen María y dedicarse a la práctica de obras
benéficas.

Hacia esta época asistimos a una especie de renovación religiosa, favorecida por una
cierta normalización de las relaciones del Estado francés con el Vaticano. De este modo
vemos cómo se desarrollan empresas de índole pía que, por otro lado, tienen un trasfondo
polí. tico, como las “Sociedades de los Buenos Libros”, la “Sociedad de San José”, etc. La
Congregación participa en esta -renovación religiosa al nivel de la juventud y reúne a
estudiantes de Derecho y Medicina, alumnos del Politécnico y jóvenes de la buena
sociedad.

Con, estos medios escasos, pues sus miembros son sólo unos centenares, participa en
la resistencia ideológica y en las ideas revolucionarias adoptadas de nuevo por el Imperio.
Sobre todo desempeña un papel en la difusión de la bula de excomunión que Pío VII había
lanzado contra Napoleón, y que el emperador quería mantener en secreto.

Las pesquisas policíacas llevadas a cabo en este momento y cuyas conclusiones


publicó Bertier de Sauvigny, revelan que en aquella época existía toda una urdimbre de
pequeñas organizaciones secretas que hoy llamaríamos “integristas” y que abarcaban todo
el territorio, grupos como el “Aa”, el de las “Amistades” o la “Sociedad del Corazón de
Jesús”.5

Tal como escribe Bertier de Sauvigny, “entre todos estos grupos más o menos
secretos se adivinan conexiones invisibles”. El mero hecho de que en la base de todos ellos
se encuentre un antiguo jesuita resulta bastante sintomático. De hecho, tanto el padre
Cloriviére como el padre Delpuits eran antiguos miembros de esta orden. Cuando en 1809
estas asociaciones fueron disueltas, fue también un antiguo jesuita, el padre Ronsin, quien
cinco años más tarde insufló nueva vida a la Congregación. Esta se instaló entonces en el
seminario de las misiones extranjeras, en la rue du Bac. Como antaño, la Congregación está
formada por aristócratas y miembros de la alta burguesía y se dedica a la práctica de obras
pías.

Es indudable que no puede afirmarse que fuera neutra desde el punto de vista político.
La marejada de la revancha clerical se dejó sentir con auténtico furor durante la
Restauración. Las misiones predicadas con ostentación y destinadas a fomentar el temor en
los espíritus, los múltiples y variados autos de fe, las leyes de carácter excepcional
represivas de las “impiedades”, y la voluntad de tomar de nuevo las riendas de la enseñanza
fueron el objetivo esencial de la política del partido devoto, y es más que probable que
ciertas congregaciones participaran alegremente en tales excesos. Y, sin embargo, no puede
decirse que la Congregación resucitada por el padre Ronsin encaje, pieza por pieza, en el
perfil que Montlosier trazara de ella en 1826.

Ya hemos dicho, empero, que a pesar de todos los pesares Montlosier tenía razón: la
Congregación propiamente dicha no era la llamada Congregación, sino la orden de los
Caballeros de la Fe.

LOS CABALLEROS DE LA FE

Aun cuando la Congregación quede exonerada de culpa, no por ello dejó de servir de
tapadera a una organización oculta de matiz esencialmente político denominada la
“Asociación de los Estandartes”, pero que en realidad era la orden de los Caballeros de la
Fe, fundada en 1810. Los trabajos de Marie de Roux sobre la Restauración y, sobre todo, la
tesis de que Guillaume de Bertier de Sauvigny consagró a su antecesor en 1848 hacen que
hoy no tengamos ya ninguna duda sobre la naturaleza de lo que podríamos llamar la
“verdadera Congregación”. Este autor, en efecto, en su obra Un tipo de ultrarrealista: el
conde Ferdinand de Sauvigny y el enigma de la Congregación, describe de forma mi-
nuciosa la empresa de los singulares caballeros.

Es sabido que Ferdinand de Bertier, junto con su hermano Benigne, frecuentó a un


tiempo la masonería y distintas organizaciones secretas ultrarrealistas.6

De la primera conservó la afición al ritual caballeresco y a la organización de los


afiliados en una jerarquía secreta. Así, por ejemplo, la orden de la que fue fundador
comprendía un escalafón de cuatro graduaciones: asociado de caridad, escudero, caballero
hospitalario y caballero de la fe, grado este último al que se accedía a través de una
iniciación casi medieval. En efecto, sólo las personas que habían obtenido este título podían
hacerse una idea cabal de la organización y de las finalidades auténticas de la orden; los
restantes grados creían simplemente formar parte de una sociedad benéfica, tal como lo da
a entender por lo demás la denominación de las tres primeras clases de jerarquía. Al frente
de la orden figuraba un Gran Maestre que durante mucho tiempo fue el duque Mathieu de
Montmorency, el cual también había sido francmasón bajo el Antiguo Régimen. Asimismo,
fue uno de los numerosos e infortunados amantes de Mme de Stael. Par de Francia,
desempeñó la cartera de Asuntos Exteriores en el Gobierno Villéle, quien en 1817 entró
también a formar parte de la orden.

El propio director general de policía Franchet-Desperey pertenecía a la organización,


que de este modo estaba eficazmente protegida contra cualquier tipo de delación. Por lo
demás, en la lista de afiliados figuran personajes notorios, como Sosthéne de La
Rochefoucauld, Adrien de Ronjé, el duque de Cars, Mathieu de Noailles, etcétera.

El consejo de nueve miembros que se encontraba en cabeza de la orden tenía


autoridad sobre los “pendones” de Caballeros, o sea los grupos locales que entraban en el
cuadro de un departamento.

Pero el pendón o estandarte más importante en el plano político era el de la Cámara,


en especial en la época de la cámara llamada “inencontrable”, elegida en octubre de 1815 y
disuelta en septiembre de 1816.

En la residencia del marqués de Puyvert tenían lugar de manera periódica reuniones


secretas que permitían a la orden dominar de manera real la política de la Asamblea. Pero
una vez quedó reducido su número, los ultras, siempre estimulados por los Caballeros de la
Fe, continuaron haciendo la vida difícil a Decazes primero y luego a Richelieu, al que por
otra parte indujeron a presentar la dimisión, en 1821.

Así, pues, no es posible desconocer la importancia de esta organización que ya bajo el


Imperio había urdido toda una red de corresponsales en el ámbito de todo el territorio
nacional. Instrumento de propaganda contra Napoleón y contra las ideas revolucionarias,
desempeñó un papel irrefutable en la restauración de los Borbones y, también, en la política
del periodo de la Restauración.
. Su llegada al poder le fue fatal en la medida en que los caballeros se dividieron entre
Bertier y Villéle. Tal como escribe Robert Casanova: “A este último le era imposible
gobernar sin el apoyo de la facción de la Cámara, pues ésta podía fácilmente colocarle en
situación difícil aliándose a la oposición de derechas o de izquierdas. Para obtener este
apoyo, Villéle tuvo que hacer frecuentes concesiones, pero en 1824 logró dirigir con
autoridad indiscutible los ciento a ciento veinte diputados de la orden”.

El mismo autor ofrece un ejemplo bastante insólito de la eficacia de los métodos de


los Caballeros de la Fe: “Le bastaba [a Villéle], por ejemplo, hacer una señal con su
abrecartas de marfil para que estos singulares caballeros empezaran a toser y a sonarse
todos a una y apagar de este modo la voz de algún orador incómodo”.

La orden se había convertido en lo que ahora llamaríamos una “correa de


transmisión” del Gobierno y, como dice Montlosier, se había conseguido “incorporar la
Congregación al ministerio y el ministerio a la Congregación”.

Perd parece que Bertier de Sauvigny se lamentaba de que su orden ya no tuviera


apenas que ver con las aspiraciones religiosas que se impuso como objetivo. Lo cierto cs,
empero, que su profundo desacuerdo con Villéle le impulsó a poner término a la empresa.

En enero de 1826, el Gran Capítulo de los Caballeros de la Fe decidió la disolución


pura y simple de la orden. Menos de un año después, la rama de la Cámara dejó de ejercer
todo influjo político.

***

Esta fue, pues, la historia de la “auténtica Congregación”. No hay duda de que todavía
quedan muchos aspectos por esclarecer. Es muy probable que en el mundillo de las cliques
y camarillas ultrarreaccionarias de la época el extraño desdén de Montlosier fuera motivo
de regocijo, ya que éste acusaba a una asociación inocente de las fechorías de otra muy real.
De esta forma, al desviar sin pretenderlo la atención de la gente, secundaba a fin de cuentas
los planes de la sociedad secreta.

Pero de todo lo expuesto conviene retener sobre todo el hecho de que una vez más,
una sociedad secreta católica se había impuesto como objetivo encuadrar y dirigir una
porción de la élite políticosocial de su época. Su existencia y su acción no son fruto de la
exageración de los historiadores de las sociedades secretas, sino que son, por contra,
incontestables e incontestadas, aun cuando algunos prefieran que no se hable de ellas.

En este sentido, la historia de los Caballeros de la Fe y la de la Compañía del Santo


Sacramento resulta útil para la comprensión de la naturaleza profunda del Opus Dei y de
sus métodos. Sin embargo, vamos a ver en seguida que no sólo hay que buscar elementos
de comparación en el pasado lejano, puesto que ha existido en el siglo XX otra sociedad
secreta católica que en ciertos aspectos tal vez ha prefigurado lo que sería la “Obra de
Dios”.
——
1
Dichos cofrades eran: Doudeauville (Correos); Franchet Desperey (Dirección General de Policía) y
Delavaux (Prefectura de Policía).

2
Memorias de Ultratumba libro X, pág. 179, Ediciones del Ministerio de Educación Nacional, París,
1972. 68

3
Así, en 1824, Dumesnil denunció también el poder oculto y corrompido.

4
Fundó dos sociedades: la “Sociedad del Corazón de Jesús” y las “Hijas del Corazón de María”. Cf.
Jean Beyer: Les Instituts séculiers, Desclée de Brouwer, París, 1954.

5
Lammenais formaba parte de uno de ellos, en Saint-Malo

6
De 1801 a 1807, F. de B. fue miembro de la logia “La Perfaite Estime”.

—oOo—

LA RED SECRETA DE LA “SAPINIERE”

A fines del siglo XIX y principio del XX, el mundo católico se vio profundamente
conmocionado por lo que se dio en llamar la “crisis modernista”.

Todo un movimiento intelectual preconizó en aquel periodo una nueva concepción de


las doctrinas y creencias católicas tradicionales más de acuerdo con las exigencias del
pensamiento científico moderno. Alfred Loisy en Francia, Hermann Schell en Alemania,
George Tyrell en Gran Bretaña, Romolo Murri en Italia, todos se erigieron en jefes de fila
de una renovación de las perspectivas teológicas, históricas o sociológicas que transformó
todas las disciplinas religiosas.

Como resultado de ello se produciría una polémica de vastos alcances que


involucraba todo un ideario político no explicitado pero de profundo arraigo. Tal como
escribe Emile Poulat en un libro fundamental:1 “Se ponía en la picota al modernismo social
de los clérigos demócratas, del Sillon y de su jefe Marc Sangnier, el modernismo ascético,
el mismo modernismo literario e incluso la Biblia francesa de Crampon. Loisy era para sus
detractores otro Renan, peor que el primero, mientras que sus defensores evocaban a su
respecto el proceso de Galilea o incluso otro caso más próximo y molesto: el caso
Dreyfus”.

Esta última comparación, evocada con mucha frecuencia (“el caso Loisy es el caso
Dreyfus del Estado Mayor teológico”, escribiría el padre Birot), no resulta exagerada en la
medida en que se asistió a una rigurosa bipolarización de la opinión católica. 2 Dos
facciones entraron en liza (y en algunos aspectos siguen hoy enfrentadas): la de los
“modernistas” y la de los “integristas”, estos últimos amparándose en las condenas
fulminadas por el Vaticano contra cualquier concesión al pensamiento científico. En efecto,
el 4 de julio de 1907, un decreto del Santo Oficio condenó setenta y cinco proposiciones
doctrinales modernistas, y el 8 de septiembre del mismo año, una encíclica de Pío X
conocida con el nombre de Pascendi afirmó que el modernismo era “la encrucijada de todas
las herejías”.

Esta definición tiene un extraño parecido con ciertas condenas esgrimidas contra la
masonería, y no por mero azar, pues muchos dignatarios eclesiásticos estaban (y a veces
siguen estando) convencidos de que el modernismo, como el liberalismo o el progresismo
-y, en suma, todas las ideas modernas- tenían su origen en la francmasonería. De un modo
concreto, Pío X afirmaba en 1910 (o sea, tres años después de la condena) que “los
modernistas no han cesado de agruparse en una asociación secreta de nuevos adeptos”.3

En realidad, la única sociedad secreta de la que hallamos traza en esta época es la de


unos hombres que se autodenominan “católicos integrales”.

EL ARZOBISPO Y EL COMPLOT

Por lo demás, la existencia de esta organización salió a colación en octubre de 1914, a


raíz de la elaboración de un documento casi oficial: la memoria que recibió el cardenal
Ferrata, a la sazón secretario de Estado de Benigno XV, de manos de monseñor Mignot,
arzobispo de Albi.4 Este documento merece una cita de cierta extensión, ya que resulta muy
ilustrativo.

“En estos últimos tiempos ha surgido en las naciones católicas de Europa, un poco por
doquier, un podar al margen de la jerarquía legítima que se ampara tras la égida de algunas
personalidades y que pretende imponer sus ideas y deseos a los obispos, a los superiores
generales de las órdenes, al clero regular y secular. Este poder irresponsable, anónimo y
oculto, disponía de dos medios para reducir a los que se negaban a inclinarse ante sus
caprichosas exigencias: la prensa y la delaci5n. En París, Viena, Bruselas, Milán, Colonia,
Berlín y otros lugares han aparecido casi al mismo tiempo unos boletines semanales, sin
talento y sin lectores la mayoría de ellos, que parecen obedecer a una misma instigación.
Bajo la cobertura de una ortodoxia empecinada e intransigente, sus redactores no suelen
hacer otra cosa que dar satisfacción a sus rencillas personales”.

Y refiriéndose a esta prensa en particular, monseñor Mignot añade: “No exageramos


si afirmamos que estos periodistas han ejercido en el mundo católico europeo una tiranía
que produjo en los creyentes con una conciencia sensible una impresión de auténtico terror
[...]“.

Pero el arzobispo de Albi no se contenta con analizar el fenómeno, sino que, además,
plasma el resultado de sus investigaciones en cuanto al origen de estas campañas de prensa.

“Los que han estudiado de cerca esta cuestión -escribe- no han tardado en darse
cuenta de que todo obedece a las directrices que imparte una personalidad residente en
Roma que, desde allí, tira de los hilos que mueven a todas estas marionetas que tiene a sus
órdenes. Un monseñor cuya crecida ambición se vio frustrada durante el pontificado de
León XIII se toma el desquite vapuleando a todos los que sometidos con la mente y el
corazón a la Sede Apostólica, pero inmersos en la vida y sus dificultades, tratan de adaptar
los principios eternos a las exigencias de la realidad.”
¿Quién era, pues, el que así impulsaba tan vasta empresa?

Monseñor Mignot no vacila en responder: “Monseñor Benigni, gran artesano de esta


iniciativa de desmoralización, tras haber visto fracasar su intento de monopolizar la prensa
católica mediante la Correspondencia Romana, suprimida por la autoridad superior a
instancia del encargado de Negocios de Alemania, se decidió a fundar en Viena, París,
Gante, Colonia, Milán y otros puntos una red de periódicos de los que era inspirador, si no
el dueño y señor [...]“.

El tal monseñor Umberto Benigni (1862-1934) era, según Emile Poulat, del que
tomamos aquí numerosas referencias, un “personaje fuera de serie”.5 De temperamento
entero y combativo, de una poderosa vitalidad, impulsará por sí, mismo múltiples
actividades. Hombre instruido, amante de registrarlo todo y manejar expedientes, hombre
de mundo, curioso de todo e informado sobre todos, por una doble vocación que fue en
verdad una pasión, desde su juventud hasta su vejez, se convirtió en periodista e historiador
fascinado por el papel social y la política internacional de la Iglesia.

En realidad, Umberto Benigni propulsó diversos periódicos, empezando por la


primera revista social católica italiana, la Rassegna Sociale, que fundó en 1892, ocho años
después de haber sido ordenado sacerdote. Profesor de Gramática, agregado en la
Biblioteca vaticana, trató de dar la medida de su valía en un puesto relativamente
importante de la Santa Sede: la Congregación de los Asuntos Eclesiásticos Extraordinarios,
de la que fue subsecretario desde 1906 hasta 1911.

Siendo la administración vaticana un capítulo de difícil acceso, nos resulta


sumamente difícil saber qué tareas le fueron confiadas a Benigni en dicha época. Pero a
buen seguro que sus responsabilidades fueron importantes, puesto que el cargo que
desempeñaba lo situaban en quinto lugar dentro de la jerarquía de la secretaría de Estado.

Un documento extremadamente raro, del que el Vaticano publicó pocos ejemplares y


conocido como la “Memoria Antonelli”,6 por ser obra del religioso de este nombre a raíz
del proceso de canonización de Pío X, deja entrever que Benigni, encargado en especial del
servicio de prensa, era una personalidad importante. Da cuenta de que “Monseñor Benigni
tenía también adversarios directos en el campo de la política de altura. Así, Aristide Briand
le profesaba gran hostilidad, sabedor de que monseñor Benigni había conseguido, en más
de una ocasión, frenar y dar al traste con sus maniobras. Entonces Briand empezó a
presionar a la secretaría de Estado para que eliminara a este ilustre personaje. A este res-
pecto tal vez convenga mencionar también la confrontación que en la misma fecha se
produjo entre monseñor Benigni y el cardenal Gasparri, y que duraría hasta el fin de sus
días. Sea como fuere, el 7 de marzo de 1911, monseñor Benigni cesó en su cargo en el de-
partamento de Asuntos Eclesiásticos Extraordinarios, y el mismo día ocupó su lugar el que
en aquel entonces era monseñor Eugenio Pacelli.” (O sea, el futuro papa Pío XII.)

Y añade el padre Antonelli: “A partir de aquel momento, monseñor Benigni, libre de


sus obligaciones burocráticas, dedicó todas sus energías a sus diversas organizaciones para
proseguir la lucha ya iniciada contra toda clase de modernismo, manifiesto o encubierto”.
Más adelante volveremos sobre el tema de estas “diversas organizaciones” y de la
Correspondencia Romana de que habla la memoria de monseñor Mignot, ya que antes es
preciso completar el retrato de este paladín del integrismo católico.

Con, el cargo de “Protonotario apostólico’, este prelado continuaría ocupándose de la


prensa ultramontana. Fue, asimismo, autor de una monumental Storia sociale de la Chiesa,7
pero, sobre todo, sería más tarde uno de los principales teóricos del antisemitismo italiano y
uno de los más fervientes partidarios del régimen de Mussolini en los medios eclesiásticos.

No se pierda de vista, por ejemplo, que en su historia de la Iglesia dedica largos


párrafos a los “crímenes rituales” que se imputaban a los judíos, y el docto monseñor
concluía solemnemente afirmando “el empleo incontestable de sangre cristiana por los
judíos”.

Vemos con todo lo dicho cuál era la índole de su ideario. En estas condiciones poco
puede extrañar que monseñor Mignot, tras haber denunciado el papel de los espías de
Benigni en la prensa católica, se creyera en el deber de denunciar una serie de prácticas
todavía más graves.

“He aquí cómo el poder irresponsable y oculto en el seno de la propia Iglesia, paralelo
a la jerarquía oficial y suplantándola a veces, ha puesto la prensa a su servicio para llevar a
término sus planes de intimidación y dominio. Pero disponía de otro medio aún más eficaz
y temible que éste, y me entristece tener que tocar este tema. No obstante, voy a hacerlo, ya
que está en juego la dignidad de todo el estamento eclesiástico. Estimo que el hecho no
debe ser ocultado a vuestra Eminencia. En un gran número de diócesis de Francia y del
extranjero se observó la aparición de un sistema de espionaje organizado. Los obispos,
sacerdotes, hombres de empresa, rectores y profesores de universidad eran objeto de
vigilancia. Se denunciaban sus escritos, sus discursos, sus menores palabras en las
publicaciones de la Camarilla o a la autoridad suprema. Sabemos que estas denuncias eran
a menudo secretas y anónimas. Pero testigos dignos de crédito han revelado que solían pro-
venir de laicos desequilibrados, de sacerdotes enemistados con sus superiores o de
religiosos turbulentas que se prestaban a las mezquinas pasiones de partido y a los rencores
de facción. Las palabras y acciones más inocentes, odiosamente tergiversadas, se
presentaban como traiciones a la fe o a la jerarquía. La víctima terminaba por claudicar,
pues le resultaba imposible acreditar su inocencia ante un calumniador anónimo y secreto.”

Vamos a dejar aquí la cita de la extensísima memoria de monseñor Mignot, que


constituye una auténtica panorámica sobre la situación de la Iglesia francesa en 1914

Hemos visto que formula una serie de acusaciones muy concretas y detalladas sobre
el “poder oculto” dirigido por Benigni, pero que hasta el momento no ha recibido ninguna
denominación.

No parece, empero, que esta memoria tuviera ninguna consecuencia. Es cierto que,
probablemente, su destinatario, el cardenal Ferrata, no tuvo ocasión de leerla dado que
murió de repente el 10 de octubre de 1914. Tampoco se sabe nada de lo que pensó de ella
su sucesor, el cardenal Gasparri, quien, como hemos apuntado, no se encontraba en buenas
relaciones con monseñor Benigni.
A lo que parece debemos llegar a la conclusión de que esta denuncia del “poder
oculto” ha ido a engrosar el cúmulo de secretos que se amontonan en los archivos del
Vaticano, y nadie hubiera ten’ do conocimiento de ello si no hubieran concurrido una serie
de insólitas circunstancias que más parecen un relato de espionaje.

LA MEMORIA DEL ABATE MOURRET

En efecto, algunos meses después de iniciada la Primera Guerra Mundial, un


periodista alemán llamado Heins Brauweiler, redactor jefa del Düsseidarfer Tageblatt,
llamaba la atención del barón Oscar von Der Lancken-Wakenitz, jefe del servicio pó ícico
de la administración militar alemana en la Bélgica ocupada (nos encontramos en marzo de
1915), sobre las maniobras antialemanas de algunos grupos católicos.

Mencionaba de manera especial la existencia de un movimiento integrista y afirmaba


que había podido con• sultar una parte de los archivos secretos de dicha organización, la
AIR: Agence Internationale Roma. Según él, este movimiento religioso en apariencia era en
realidad el instrumento de las maquinaciones de Francia y Rusia contra las potencias
germánicas. Sugería que se llevara a cabo una investigación en el domicilio de un abogado
de Gante, hombre de confianza de Benigni.

El abogado en cuestión se llamaba Alphonse Jonckx (1872-1953). Como Benigni, era


un hombre excepcional.

Durante la Primera Guerra Mundial desempeñó un papel nada despreciable en el


“Consejo de Flandes”, que proclamó la autonomía de esta provincia belga bajo la
protección de Alemania. Condenado a prisión perpetua en 1920, acusado de alta traición,
permaneció exiliado hasta 1936. Flamenco en cuerpo y alma, reincidió durante la segunda
ocupación y volvió a ser condenado en 1945.

Pero en la época que a nosotros nos interesa, la administración alemana realizó un


registro en su casa el 18 de mayo de 1915, apoderándose de gran número de documentos
cuyo estudio se encomendó al periodista Brauweiller y a un sacerdote, el padre Hóner.

La administración alemana apenas utilizó estos documentos, cuyos originales, por


cierto, no han aparecido, pero sí se conservaron las copias y fotografías tomadas en la
época que fueron guardadas y publicadas por Emile Poulat en 1969.

Una vez más los secretos del poder oculto católico hubieran podido entonces
permanecer dormidos en cualquier archivo de no ser por la intervención de un religioso,
antiguo abogado, llamado Fernand Mourret, que tuvo conocimiento de las copias
conservadas en el gran seminario de Ruremonde, en Holanda.

Tras la consulta de estos documentos, Mourret escribió una memoria de cinco puntos
que durante muchos años fue conocida como la Memoria anónima y que por espacio de
varios decenios ha sido la única fuente de las “revelaciones que han podido hacerse sobre la
Sapiniére”.
A partir de la difusión de este texto en Bélgica, Suiza, Francia y Holanda, se
desataron diversas campañas de prensa. Pero, sobre todo, este documento fue amplia-mente
utilizado por un alto funcionario particularmente informado de los intríngulis de la política
vaticana. Nos referimos a Louis Canet,8 quien en 1928 publicó bajo el :seudónimo de
“Nicolás Fontaine” una obra titulada Santa Sede, Acción Francesa y Católicos integrales,
consagrada a la condena de Maurras y de la Acción Francesa, intervenida en 1926 por el
Vaticano.

Es sabido que esta condena supuso una crisis muy grave para la derecha de
inspiración maurrasiana, y la intención de Canet era denunciar la concepción del cris-
tianismo que realizaban entonces integristas y maurrasianos.

Veamos qué revelaba exactamente la Memoria anónima (obra de Mourret) sobre esta
organización. Para saberlo, bastará con dar lectura a los importantes extractos que
ofrecemos a continuación.

“En el acto de la firma de la paz, el gobierno belga, a solicitud de Jonckx, ha exigido


la restitución de los documentos, pero la autoridad alemana sacó fotografías y al no
encontrar a buen seguro nada que sirviera a sus fines, los remitió a R. P. Hóner. Al morir
este último en 1920, las fotografías pasaron a ser propiedad de M. Guerts, profesor de
Historia en el Gran Seminario de Ruremonde y antiguo redactor en jefe del Tijd. El examen
de estos documentos permitió la redacción de la presente memoria, cuyas aseveraciones
pueden demostrarse todas mediante unos textos de indiscutible solvencia”.

I. Organización de la sociedad secreta

Desde 1909 a 1914, una sociedad secreta radicada en Roma, o mejor, una asociación
de sociedades secretas, funcionó en la sede del Corso Umberto, 466, en el domicilio de
monseñor Benigni, y en el Corso Umberto, .113. Sus ramificaciones se extendían de
manera aproximada por casi toda Europa. Uno de los principales centros era el de Gante,
cuyo jefe único era monseñor Benigni. Varios centenares de cartas, postales y telegramas
suyos dan fe de que intervenía de modo personal en todos los engranajes de la sociedad o,
como solía de,cirse, de la “Organización”.

Esta “Organización” (“Quintín”, en lenguaje secreto) parece que tuvo su origen en la


Correspondencia de Roma (Nelly), y luego se afianzó ya con el respaldo oficial en el
“Sodalitium Pianum”, o Liga de San Pío V, cuyo programa, muy ortodoxo pero muy vago
(la defensa de las directrices pontificias) fue aprobado por Pío X, el 5 de julio de 1911 o el
8 de julio de 1913, y más tarde por carta de la Consistorial del 23 de julio de 1913. Estos
documentos permitirán a monseñor Benigni y a sus asociados pretender que su
organización cuenta con la aprobación de la Santa Sade y del Consistorio cardenalicio.

Pero junto a esta “Organización primitiva” (la “Sapiniére” o la S.P.) no tardan en


organizarse:

1) Las conferencias de San Pedro (los dulces), “compuestas por amigos de la S.P., y
que no era ni una sociedad ni una obra”.
2) Una oficina consultiva que recoge y centraliza cuantas informaciones le son
solicitadas, todo dentro del secreto más absoluto.

3) La Agencia Internacional Roma (AIR, Air, Airelle, Hirelle), encargada de “recoger


los informes estimados como demasiado fuertes para la Correspondencia de Roma y que se
alega obstinadamente que es independiente de esta última”.

4) Una asociación de periodistas integrales cuyo lazo y órgano es un boletín secreto


llamado Borromaeus.

De otro lado, la propia “Sodalitium Pianum”, aprobada por el santo padre, se


convierte en una sociedad secreta.

Los afiliados -que hacia 1912 alcanzan el millar no pueden revelar nada de lo que
ocurre en ella. Sus estatutos reciben el complemento de un programa muy extenso y
detallado en el que se declara la intención de denunciar en todas partes y del modo que sea
el interconfesionalismo, el feminismo, el democristianismo, el sindicalismo explícita o
implícitamente anticlerical, la manía o la debilidad de tantos católicos de querer parecer
conscientes o evolucionados, siempre optimistas por sistema, etcétera.

Los asociados (CC.SS.) se constituyen en diversos grupos, pero también existen


CC.SS. aislados. Los órganos de información recomendados son: la Correspondencia de
Roma, la Agencia Internacional Roma, Roma y el mundo, los Cuadernos católicos ro-
manos, la Correspondencia católica de Gante, La Vigile de París, el Mysl Katolica de
Polonia y Rusa. Pero a los iniciados más cualificados se les recomienda muy en especial
Paulus, que “indicará los medios prácticos para impulsar el comercio”.

II. Medios de acción de la sociedad

La esencia de la sociedad es el secreto, que es recomendado con la mayor insistencia.


Los documentos más importantes son siempre los que ostentan la mención “sub sigillo”.
Hay que sonsacar a los demás, mantenerse en un plano reservado y denunciar todos los
movimientos de modernistas y modernizantes, aun cuando no sean modernistas en modo
alguno. Al objeto de dificultar la búsqueda, monseñor Benigni utiliza doce rúbricas dis-
tintas: Ars, Charles, Arles, Charlotte, Lotte, Kent, Jéróme, Ringer, Amie O., Gus, Diéte de
la Sapiniére, Lolps y Dierereich.

El Papa es Michel, y Michealis la baronesa Micheline.

El secreto debe guardarse, por supuesto, frente a 103 obispos, de los cuales se recela
siempre. Se les llama las “tías”, mientras que los sacerdotes son los “sobrinos”.

En una circular se habla de una “protesta general de tías, sobrinos y otros liberales”.
Se consideran sospechosos todos los obispos de Alemania, “excepto el cardenal Kopp y
monseñor Korum”.
También se oculta el hecho al cardenal Merry del Val y al Papa Pío X. Cuando el
primero pide en nombre de Pío X que la Correspondencia de Roma se limite a su condición
de revista documental, y más tarde la supresión de la misma, monseñor Benigni, que se
quejaba a menudo de que el cardenal Merry del Val “tiene un miedo atroz”, “tiene mieditis”
(sic), “agarrota a la corte romana como un baúl de viaje”, exclama: “Así tendremos más
libertad, Airelle no tiene protector”.

III. Fin de la sociedad

El fin declarado es la defensa del catolicismo integral. Mirando bien las cosas, se
observa que ese objetivo sólo intentó conseguirse por medio de las denuncias. En realidad,
la sociedad es una vasta empresa de denuncias centralizadas por monseñor Benigni.

IV. Auxiliares de monseñor Benigni

A partir del 16 de enero de 1910 y hasta una época que resulta difícil precisar, las
circulares de Roma fueron remitidas a los diversos grupos por el padre Gustavo Verdesi,
calificado de “excelente eclesiástico” cuya “correspondencia es segura”. El tal Verdesi
apostató en marzo de 1911, ingresó en la orden metodista y lanzó graves acusaciones contra
su confesor, el padre Bricarelli, y contra el Papa.

Entonces monseñor Benigni confiesa que Verdesi, al “tiempo que cumplía con su
ministerio, “se vestía de paisano y se iba al teatro”.

En Alemania, un agente activo de la Organización es la madre Gertrude, que tras


salirse de su convento, fundó junto con una hermana también exclaustrada, una nueva
congregación. Según la carta de un sacerdote alemán, antiguo párroco de Saint-Castor, en
Coblenza, el cardenal Fischer llamaba a la madre Gertrude “la fatalidad de la diócesis de
Tréves”.

En Alemania los restantes principales auxiliares y propagandistas de monseñor


Benigni son: M. Henri Fournelle, de Berlín; en Bélgica, M. Jonckx y M. Maignen, de los
Hermanos de San Vicente de Paúl; en Francia, el padre Ricard (Miglietti, P. Salvien, Rod),
el padre Boulin (Roger Duguet), en cuyo domicilio reside monseñor Benigni cuando se
desplaza a París, o a SaintPouange, en Vichy, donde también se hace dirigir su
correspondencia.

Los ataques más porfiados y virulentos son los que monseñor Benigni dirige contra la
Compañía de Jesús. Veamos una muestra. En una carta del 4 de mayo de 1912, que tal vez
sea de 1914, los llama “figuras enharinadas”.

“Una carta de abril de 1913 declara que hasta este día los jóvenes belgas se agrupaban
bajo el nombre de «zuavos pontificios». Hoy, los jesuitas educan escutistas católicos.
“Sendas cartas de mayo, julio y agosto de 1913 (V. el propio original) solicitan
informes sobre el Instituto teológico de Enghien, dirigido por el Rvdo. padre Michel
d’Herbigny. Dirigir las cartas al padre Boulin, quien las hará llegar a monseñor Benigni.

“Una carta del 3 de diciembre de 1913 denuncia a los jesuitas de Austria, los cuales,
de acuerdo con los cristiano-sociales «llevan a cabo sin escrúpulos una campaña contra los
católicos integrales».

“Una carta de enero de 1914 denuncia el silencio de los Stimmen y de Maria Laach
sobre la encíclica Singulari, del padre Sauer, jesuita alemán, y del padre Lepke, jesuita
polaco. Este último es propagandista del «democristianismo y tenaz defensor del Sillon».

“Otra carta de 1914 habla de las divisiones entre los jesuitas franceses a propósito de
la Acción Francesa, de una circular del padre Pouiller para pacificarlos y para sostener a la
«Action Populaire» de Reims.

“En Italia se señala como jesuitas sospechosos a los padres de Santi, Bricarelli, Tachi-
Venturi y Leanza. En cuanto a los jesuitas franceses de los Etudes «han metido la pata en el
plato, los nuestros están advertidos Una carta del 4 de mayo de 1912 dice que la Civillá
cattolica sigue con sus ataques contra los católicos integrales.

“Una carta autógrafa de M. Miglietti (padre Salvien, abate Ricard, Rod) alude a la
inercia de la orden en Alemania ante las directrices pontificias, de una carta del Provincial
en la que trata de justificar esta inercia por el deseo de obtener el voto del centro en favor
del retorno de los jesuitas a Alemania. «Esta carta es estrictamente confidencial». Una
circular de Paulus, el boletín más secreto de la asociación, dice con fecha 24 de marzo de
1912 «que los jesuitas alemanes tienen orden de no abrir boca», de «mantenerse en razón
como la mayor parte de sus cofrades de Francia». Por último, una carta sin fecha de
monseñor Benigni: «He aquí a lo que hemos llegado con los Nasly9 Quieren destruirnos y
hemos de defendernos. El golpe bajo de Boan (Viena) deben, en cualquier caso, pagarlo
caro».

“Monseñor Benigni pide dinero. Los Trapistas de Wattou le han entregado mil
francos. «Vaya miseria -se lamenta-; ahora que necesitaría millones». Entre los personajes
de los que es preciso recelar se señala al canónigo Bernard Gaudzau, tachado de
«indeseable», M. Edouard Bernaert, «condenado por delitos de derecho común» y también
los dirigentes de la Action Francaise, que por un lado resultan muy útiles, pero que quieren
monopolizar el movimiento en provecho propio.”

Este extenso documento contiene, pues, acusaciones graves y precisas que con
posterioridad han podido ser prácticamente todas comprobadas. No hay duda de que hoy
muchos de los nombres no nos dicen gran cosa, en la medida en que denunciados y
denunciadores pertenecen por lo general al mundo eclesiástico. Por otra parte, la fama de
muchos de estos hombres no ha pasado la frontera de sus respectivos países, aun cuando los
especialistas en asuntos religiosos consideren a algunos de ellos como muy importantes.
Queremos hacer notar, empero, que entre los colaboradores de monseñor Benigni
figura el padre Boulin, alias Roger Duguet, alias Pierre Colmet, según hace constar la
Revue Internationale des sociétés secrétes.10 Este sacerdote, cuyo papel en relación con la
cuestión de la Sinarquía ya mencionamos, fue, al igual que monseñor Benigni, uno de los
grandes difusores del mito judeomasónico.

Como puede verse, los hechos son muy precisos. La consulta de las copias de los
documentos originales muestra que la descripción hecha por Mourret, el autor de la
“Memoria”, es exacta, pese a que muchos puntos demandan mayor número de precisiones.

Es cierto que haría falta un aparato crítico de gran envergadura para situar en el lugar
adecuado a cada una de estas personalidades. A este respecto, Emile Poulat dio unas
indicaciones preciosas para todo aquel que quiera profundizar más en este asunto. De todos
modos, lo que interesa retener es que el análisis realizado por monseñor Mignot en 1914 se
ve así confirmado: la “Sapiniére”, creación de Umberto Benigni, influía sobre la prensa y
recurría a la denuncia. Pero ¿cuál era la índole de la Sapiniére? 11

EL CÓDIGO SECRETO DE LA SAPINIÉRE

Esta denominación, utilizada en el seno de la organización, es característica del


lenguaje en clave utilizado en la correspondencia y que era llamado “lengua Roich”. Este
último nombre estaba formado, al parecer, por las primeras letras de la divisa de Pío X:
Restaurare Omnia in Christo.

El nombre latino “Sodalitium Pianum” (“Sodalité” o “Ligue de Pie”) dio la asonancia


fonética de “Sapiniére”, del mismo modo que “Cor. de R.” (Correspondencia de Roma)
cuajó en nombres como “Corder”, “Cadre”, “Cidre” y, por último, “Cédre”. Por otro lado,
resulta curioso observar a este respecto que la editorial que todavía hoy publica la revista
La pensée catholique, notoriamente integrista y que con frecuencia ha salido en defIrnsa de
la memoria de la Sapiniére, se llama “E3ition du Cédre`.

Digamos, a mayor abundamiento, que entre la documentación aprehendida a Jonckx


se encontró un diccionario de más de cuatrocientos términos convencionales, y que muchas
de estas palabras están formadas por asonancia o por asociación de ideas. Así, “Andin”
significa “América” por su remisión a la cordillera de los Andes. “Nasly” equivale a
jesuitas por referencia a Ignacio de Loyola; la “cancillería de los Breves” se designa con el
nombre de “Pepino”, en relación con “Pepino el Breve”, etcétera.

Este lenguaje cifrado, las numerosas recomendaciones a guardar secreto que


monseñor Benigni no cesa de prodigar en sus cartas, las indicaciones para que nunca se
haga en ellas mención de las fuentes encuentran perfecta plasmación en una circular
interior de mayo de 1910, de la que ofrecemos un extracto:12 “Recibirá usted algunas cartas
de M. Jéróme, un burgués de Ginebra. Es una prueba de la confianza que le tiene a usted.
No hable absolutamente con nadie del origen, directo o indirecto, de estas cartas. Es para
usted un deber dé conciencia y de honor. En cuanto a las nuevas contenidas en estas cartas,
las utilizará usted para su orientación personal. En un caso de apuro puede mencionar
algunas de ellas, con gran reserva, a personas de toda confianza, pero sin dejar entrever
nunca su procedencia”.

Con posterioridad se fundaron los boletines diarios o semanales de que habla la


memoria de Mourret, como Borromeus o Paulus, boletín confidencial denominado
“Correspondencia amistosa entre publicistas católicos”:

El objetivo, como puede verse, era el de coordinar la acción de los periodistas


integristas y de introducir las ideas integristas en determinados periódicos.

Por otra parte, algunas ramificaciones de la empresa nunca han llegado a esclarecerse
del todo. Por ejemplo: resulta sorprendente ver que algunas cartas de la Sapiniére están
escritas sobre papel de carta con membrete de la “Banca Commerciale Italiana”, a la sazón
uno de los bancos más importantes de Italia y que controlaba varios periódicos13 en los que
Benigni tenía amigos bien situados…

Por lo demás, ¿será posible aclarar algún día la verdad sobre tales “relaciones”, en un
terreno donde concurren el secreto financiero y el eclesiástico?

Pero lo cierto es que la lucha contra el liberalismo bajo todas sus formas, y en especial
en el terreno político y religioso, justificaba todas las convergencias. Es en este punto
donde conviene recordar que Benigni fue un ardiente partidario del fascismo mussoliniano.

En cuanto a la verdadera naturaleza de la Sapiniére, en los medios vaticanos circula


hoy una tesis oficial: la de los celadores de Pío X, ya canonizado, la cual se encuentra muy
bien sintetizada en la “Memoria Antonelli”, citada por el padre Dulac, integrista notorio.
Merece analizarse, pues abre horizontes interesantes.

1. Según la idea primitiva de su fundador, la S.P. debía ser una organización


internacional que formara un verdadero “instituto seglar” dependiente de la Santa Sede,
radicado en Roma y con una serie de filiales fuera de esta capital.

2. El objetivo era el de “apoyar con energía la obra de Pío X, no sólo contra el


modernismo en su sentido estricto, sino también contra todas sus manifestaciones en todos
los sectores de la vida católica”.

3. Esta finalidad debía alcanzarse por medio de:

a) Una vida personal por parte de los miembros que se atuviera de forma estricta al
“catolicismo integral”.

b) Una información continua de la Central sobre todos los movimientos del


modernismo en el mundo entero.

4. Para proteger la persona y la acción de los asociados, en especial contra los


enemigos interiores (liberales, demócratas, modernizantes), se consideró indispensable
observar “un cierto secreto respecto de todos los extranjeros, pero, nunca con relación a la
Central y, por medio de ésta, respecto de, la suprema autoridad eclesiástica”.

5. La S.P. recibió de Pío X escritos de encomio, por su labor, una contribución


financiera anual y, también, una “aprobación genérica en cuanto a la idea general, pero
nunca la aprobación formal y definitiva”.

6. “Las acusaciones formuladas contra monseñor Benigni y la influencia de los


integristas bajo Pío X y sucesores son en sustancia exageradas y falsas”, sobre todo el cargo
de “espionaje y delación organizados carece pura y simplemente de fundamento”.

7. “Considerada en sí misma, la S.P. tenía que ser un importante órgano para servir a
la Iglesia según las directrices emanadas del papa Pío X. Tal vez su concepción pecara de
ser un tanto quimérica para plasmarse sin los defectos productos de la humana flaqueza,
pero no por culpa de su estatuto ni por su programa” (pág. 238). “La idea original y
primitiva de la S.P., tal como monseñor Benigni la concibió, era, sin lugar a dudas, hermosa
y de elevadas miras: un gran instituto laico extendido por todo el mundo para la ejecución y
defensa del programa de Pío X” (pág. 292).

LA SAPINIÉRE Y EL OPUS DEI

Conviene, pues, no perder de vista que la Sapiniére fue concebida como Instituto
secular, es decir, como una organización pararreligiosa del mismo tipo que el Opus Dei.

Hay dos puntos sobre los que debemos insistir de forma especial: la afirmación
relativa a la existencia de un “cierto secreto”, y la concerniente a los enemigos “internos”.
En cuanto a la negación de la existencia de las denuncias y actividades de espionaje, carece
de fundamento, una vez examinados los escritos de monseñor Benigni.

La Sapiniére fue una sociedad secreta, sin paliativos de ningún género, menos
numerosa en la práctica de lo que indica la “Memoria Mourret”, donde se afirma que
contaba con un millar de afiliados, cifra en verdad muy exagerada. 14 Hubo, sin embargo,
algunos prelados romanos que no se dejaron engañar y se negaron en todo momento a darle
un respaldo oficial. Benigni, por ejemplo, anduvo porfiadamente tras el cardenal de Lai, se-
cretario de la Sagrada Congregación consistorial, insistiendo casi a diario para obtener la
aprobación de los estatutos y el programa de la Sapiniére. Por fin, en 1913, recibió una
carta del cardenal en la que se le comunicaba que Su Santidad veía con gusto la idea y
bendecía de buen grado su iniciativa, pero reservándose la aprobación ulterior del estatuto.

Los defensores de la Sapiniére suelen hacer referencia a esta carta, que consideran
como una sanción oficial de la organización. Pero en el reverso de dichos estatutos el
cardenal de La¡ no vaciló en escribir la siguiente anotación: “Les he advertido, empero, que
la S.G. (Sagrada Congregación) no puede aprobar ni una sociedad secreta ni un cuerpo
inquisitorial que esté por encima de los obispos. Así ha quedado convenido, pero [...]” 15
Sería difícil dar de la Sapiniére una definición más ajustada que la de Su Eminencia
Reverendísima.

Otro cardenal, Donato Sbaretti, prefecto de la Congregación del Concilio, interpeló en


1921 a Umberto Benigni con palabras que nada tenían de equívocas: “¿A qué obedece este
secreto riguroso, incluso frente a las autoridades eclesiásticas, en cuanto a la actividad de
esta asociación?”

El presidente de la Sapiniére dio una larga explicación que, al parecer, no logró


convencer a las jerarquías eclesiásticas, ya que el 25 de noviembre del mismo año se le
obligó a disolver el Sodalitium Pianum, lo que se llevó a efecto en el mes de diciembre.

Así culminó la controvertida peripecia de esta intrigante organización internacional.


Ahora empezaba su historia pública que, aún hoy, dista mucho de haber sido escrita en su
totalidad, pues son muchos todavía los elementos que permanecen en la oscuridad.

Por lo demás, determinados aspectos de la misma entroncan directamente con el


problema del Opus Dei.

Algunos autores se han planteado -de forma muy sumaria, todo hay que decirlo- las
posibles semejanzas que existen entre la Sapiniére y el Opus Dai, tanto en el tiempo como
en la inspiración.

Jesús Ynfante, por ejemplo, resalta la coincidencia en el tiempo de los avatares por
los que atravesó la Sapiniére bajo el pontificado de Benedicto XV y la circunstancia de que
monseñor Escrivá sitúe los orígenes del Opus Dei, o por lo menos sus “presentimientos” en
torno a la obra que iba a fundar, en esas mismas fechas. De todos modos, tal similitud se
nos antoja bastante superficial.16

Más interesantes nos parecen, en cambio, las alegaciones de Antonio Tovar, rector de
la Universidad de Salamanca, quien afirma de forma explícita que “en Roma, en ambientes
no alejados de la Curia y de las dos embajadas de España, nos informaron personas bien
enteradas de que monseñor Escrivá había bebido para su fundación en las doctrinas de un
grupo, precisamente sacerdotal [...] y tuvo por emblema un abeto, por lo que se llamaba la
Sapiniére”.

Resulta evidente la dificultad que entraña verificar tales afirmaciones. Sin embargo,
parece probado que a pesar de que uno de los colaboradores más allegados a Pío X, el
cardenal Merry del Val, fuera español y que hubiera un partido español (de filiación
carlista) que se autodenominara “integrista”, la Sapiniére no tuvo ramificaciones directas en
España.

De todos modos, no debe perderse de vista que la pugna del Sodalitium Pianum
contra el modernismo pudo ser conocida por numerosos sacerdotes hacia 1929. En esta
fecha se publicó en España la obra de Maximiliano Arboleya-Martínez, sacerdote español,
titulada La otra masonería: el Integrismo contra la Compañía de Jesús y contra el Papa.
Es innegable que el libro de referencia iba en contra de la empresa de monseñor Benigni,
pero contenía numerosos documentos, empezando por la memoria de Mignot y la del padre
Mourret, y es muy posible que tales documentos pudieran “dar ideas” a hombres que
también deseaban luchar contra el modernismo, como el entonces joven padre Escrivá.

En este sentido el título del libro de Arboleya-Martínez, La otra masonería, se nos


antoja muy sintomático. Muchos autores han observado que en esta materia los católicos
integristas estaban como obsesionados con la francmasonería, o cuando menos con la idea
que se hacían de su omnipotencia, hasta el extremo de que nunca dejaron de soñar en una
especie de “contramasonería”, calcada de la anterior con objeto de combatirla con sus
propias armas. Esta es la tarea que llevó a cabo la Sapiniére, y es posible que también haya
sido la que monseñor Escrivá pretendió llevar a la práctica.

Dijimos ya que Escrivá, al igual que monseñor Benigni, consagró mucha atención a
los problemas de la prensa -de una prensa que aspiraba a ser católica en su integridad-
como profesor en la Escuela de Periodismo patrocinada por El Debate, órgano de la Aso-
ciación Católica Nacional de Propagandistas, en la cual se pretendía formar a los mandos
directivos de una prensa católica militante, como la que soñara Umberto Benigni.

Todas estas presunciones no bastan, evidentemente, para establecer la menor relación


entre la Sapiniére y el Opus Dei. Sin embargo, continúa siendo necesario preguntarse
acerca de la semejanza que pueda existir entre las tres sociedades secretas descritas y lo que
se sabe de la organización española.

——
1
Emile Poulat, Histoire, dogme et critiques dans la crise moderniste, pág. 21, Casterman, París, 1962.

2
Esta época es también la de la separación de la Iglesia y el Estado (3 y 7 de diciembre de 1905).

3
Motu Propio de 1 de septiembre de 1910.

4
Eudoxe Irénée Mignot (1842-1918) era arzobispo de Albi desde 1900. Parece que la memoria fue
redactada por su vicario general, padre Louis Barot (1863-1936).

5
Emile Poulat, Intégrisme et catholicisme intégral, Casterman, París, 1969.

6
El título completo de este documento es: Disquisitio cisca quasdam objectiones modum agenti servi
Dei respicientes in Modernisimi debellatione una cum Summario additionaii ex officio compilato, Tipis.
Poligl., Vaticano, 1950. La traducción de este pasaje es del padre Raymond Dulac, en La Pensée catholique,
No. 23, pág. 92, Ed. du Cédre, París, 1952.

7
Historia social de la Iglesia, Milán, 1907-1933.

8
Louis Canet (1883-1958), consejero de Estado, fue asesor técnico en cuestiones religiosas del
ministerio de Asuntos Exteriores, de 1921 a 1946.

9
En lenguaje secreto los “Nasly” son los jesuitas.
10
C f. Jean Saunier, La Synarchie, pág. 195, en la misma colección.

11
E. Poulat, ob. cit., pág. 85.

12
El tal Jérôme es un personaje evidentemente ficticio con el que se alude a Benigni.

13
Se trataba de la Tribuna, del Corriéra delta Sera y del Giornale d’Italia.

14
En una memoria elaborada para defenderse, Benigni afirmaba en 1921 que sus prosélitos apenas
pasaban de cien.

15
E. Poulat, ob. cit., pág. 115.

16
E. Poulat, ob. cit., pág. 21.

—oOo—

INTEGRISMO Y CLERICALISMO

“En la historia de España resulta imposible separar ambos poderes, el eclesiástico y


el civil, ya que uno y otro concurren siempre en la realización del destino asignado por la
Providencia a nuestro pueblo”. (Franco).

Hasta aquí, el Opus Dei se nos ha mostrado con la imagen que de él sé ha configurado
en la escena política española contemporánea. Primero bosquejamos sus orígenes y líneas
generales de actuación a partir de la compleja personalidad de su fundador. Seguidamente,
nos planteamos algunos interrogantes en torno a ciertas organizaciones secretas católicas
del pasado que, con o sin razón, nos parecieron si no “antecesoras” directas, sí al menos
una prefiguración de lo que sería la Obra.

Estas confrontaciones tan dispares de una misma realidad exigen, sin duda, una
ordenación, y ésa es la tarea que ahora vamos a emprender para poder determinar la exacta
naturaleza de la “Obra de Dios”.

A decir verdad, no es por azar por lo que hemos operado con realidades históricas tan
diversas. Lo más importante es averiguar si el Opus Dei es una organización católica y a
qué especie pertenece; si el Opus es una organización política y dónde debemos encua-
drarla; si es una organización secreta que pretende subordinar lo político a lo religioso, y si
es una especie de sinarquía a la vez teocrática y tecnocrática, como se ha dicho algunas
veces.

LAS LECCIONES DEL PASADO

Hemos recurrido para ello, y no en vano, a los ejemplos del pasado. Pero debemos
reconocer, si queremos analizar seriamente el problema, que no es posible yuxtaponer cada
uno de los rasgos distintivos del Opus Dei a los que presentan las tres sociedades
genuinamente secretas esbozadas de un modo general con anterioridad.
Incluso cabría decir que, atendiendo a las -circunstancias de tiempo, lugar y contexto
social, las diferencias son considerables. ¿Qué pueden tener en común la España franquista
de 1969, de una parte, y el siglo XVII de Luis XIV, la Restauración en Francia e, incluso, el
primer cuarto del siglo XX en Italia, Bélgica y Francia, de otra?

¿No sería una imprudencia comparar la sensibilidad político-religiosa española con la


francesa, al margen de cualquier consideración de época? Por último, si admitimos que las
tres organizaciones antes mencionadas tenían un carácter secreto, el Opus Dei no cesa de
proclamar su “inocencia” cada vez que es objeto de una acusación de este tipo.

Lo que es indiscutible es que estos argumentos de carácter general obligan a proceder


con cautela a la hora de formular comparaciones y semblanzas históricas, muy tentadoras
por un lado, pero que corren el riesgo de resultar tanto más erróneas cuanto más satisfagan
la índole del sistema.

Este último, empero, no resiste un análisis en profundidad. El hecho de que una


agrupación cualquiera niegue tanto la existencia de intenciones secretas como el carácter
oculto de su organización o de algunas de sus ramificaciones, no tiene ningún valor
probatorio. Precisamente desde este ángulo es como la historia de la Compañía del Santo
Sacramento, la de los Caballeros de la Fe y la de la Sapiniére ofrecen un notorio interés.

Tan destacada fue la labor de la Compañía en este extremo durante el siglo xvü,’que
jamás fue denunciada como una organización formalmente constituida, aunque no es menos
cierto que nadie -desde Boileau a Colbert, y desde Moliére a Saint-Simon- ignoraba la
existencia de un “partido devoto”. Baste recordar el “Discours au Roi” de Boileau (1664)

“Pues aun cuando encubren su flaqueza con un falso celo,

todo el mundo ve que, en efecto, la verdad les hiere,

y poseído el ánimo de un despreciable orgullo

se arropa con el manto de la virtud austera.

Pera su conciencia, que se conoce y evita la luz,

si bien se mofa de Dios, teme a Tartufo y a Moliére”.

No obstante, los contemporáneos ignoraron siempre la amplitud y el grado de


organización que alcanzó la Compañía, incluso cuando la combatían. Ellos creían luchar
contra ideas y opiniones, pero no contra una organización. Por lo demás, se negó y todavía
se sigue negando con pasión la existencia de la Congregación y del “partido sacerdotal”.

No hace muchos años Alee Mellor intentaba en vano desacreditar las “obsesiones” del
conde de Montlosier;1 pero ya vimos como G. de Bertier de Sauvigny, apoyándose en
documentos irrecusables heredados de su antecesor, dejó bien sentado la existencia de la
organización secreta de los Caballeros de la Fe. La Congregación, en efecto, era inocente…
salvo que estaba impulsada, por no decir de un modo más familiar, pero no menos veraz-
“manipulada” por la facción de las “Banniéres”.

En cuanto a la Sapiniére, todavía aparece con frecuencia en las querellas entre


católicos progresistas e integristas, en las que cada grupo se acusa mutuamente de constituir
una organización secreta.

Ya tuvimos ocasión de ver que el Sodalitium Pianum era, sin la menor duda, una
sociedad secreta, cosa que sus afiliados y sucesores siempre han rechazado de plano.

LAS PROTESTAS DEL OPUS DEI

Bien es verdad que toda esta serie de afirmaciones no demuestran nada positivo
cuando se trata del Opus Dei. No obstante, tienen importancia en cuanto al método
Utilizado, puesto que de todas las organizaciones ocultas que han existido, son las católicas
las que mejor han sabido escamotear la presa a los ojos de sus contemporáneos.

Por todo ello, las negaciones de los seguidores del Opus Dei deberían tomarse en
consideración mientras no se demuestre su falsedad, pero también hay que acogerlas con
una reserva que se asienta en la experiencia de épocas pasadas.

Se nos argüirá que aquí desempeñan un papel, en apariencia decisivo, los argumentos
que sustentan la radical diferencia entre la situación española actual y los ejemplos elegidos
en el cuadro de la historia de Francia.

A decir verdad, aun cuando estamos dispuestos a admitir que los contextos políticos,
económicos y culturales difieren contemplados en su conjunto, si centramos la atención en
las realidades económicas, políticas y religiosas, es evidente que las intenciones de las
distintas organizaciones están a menudo muy próximas unas de otras.

El Opus Dei anterior a la guerra civil se desarrolla, como la Sapiniére, en un medio


hostil o, en todo caso, indiferente a la fe y en rápido proceso de descristianización. Tanto
uno como otro pretenden erigirse en núcleos de reconquista de los medios intelectuales,
bien se trate de la Universidad o del periodismo. En lo referente a este punto, pudimos
comprobar que la Sapiniére era una auténtica agencia de prensa, y vimos también el interés
del padre Escrivá en esta materia, subrayado por su acción como profesor de Deontología
en la escuela de periodismo patrocinada por El Debate. A buen seguro que no se trataba de
una coincidencia fortuita.

Después de la guerra civil española, el Opus Dei florece en los medios católicos, los
cuales, con el ánimo bien dispuesto ya que no evangélico, lo sacrifican todo a su afán
revanchista.

Evoquemos el caso de Francia bajo la Restauración. En el contexto que nos ocupa, la


comparación es menos superficial de lo que podría parecer a primera vista. En ambos casos,
el afán de reconstruir la sociedad se inspira en el mismo impulso y se manifiesta en el
mismo terreno: recristianizar la sociedad a partir de la enseñanza media y la Universidad.
Ahora bien, el cristianismo que sirvió de impulsor no fue, tanto en Francia como en España,
una práctica de bondad y perdón, sino de la más atroz represión inquisitorial, y en este
punto el “integrismo” de la Sapiniére, de los Caballeros de la Fe y de la Compañía del
Santo Sacramento se refleja con meridiana claridad en el Opus Dei.

Siempre teniendo en cuenta las diferencias entre la sociedad española contemporánea


y la sociedad francesa del siglo XVII, no podemos menos de asimilar la organización que
fundara el duque de Lévis con la obra de monseñor Escrivá.

En efecto, tanto una como otra desempeñan el papel de una minoría dinámica que
pretende adaptar el cristianismo a las exigencias de los nuevos tiempos, en beneficio de las
clases dirigentes de la sociedad; o sea, de la aristocracia de nuestros días, pero, también, de
la burguesía intelectual o comercial de tinte moderno, sin excluir por ello al “plebeyo” o al
“pobre” de turno.

Tanto en un caso como en otro estas minorías tratan de influenciar un poder que,
llegado el caso, se ejerce por la fuerza sobre una comunidad en trance de mutación. En la
España de hoy, como antaño en la Francia de Luis XIV, se pretende imponer la norma
cristiana a una sociedad civil cada vez más indiferente a la religión. Entonces nos damos
cuenta de que las consideraciones que, en principio, parecían excluir cualquier tipo de
comparación entre el Opus Dei y las antiguas sociedades secretas católicas, no son, cuando
se analizan, impedimentos dirimentes, a excepción de un aspecto concreto, que es el
contexto económico.

En efecto, la sociedad española actual, en la que ejercen su acción algunos miembros


del Opus Dei que desempeñan funciones de gobierno, se caracteriza por la creciente marea
de un capitalismo moderno que no tiene precedentes en el pasado. Es indudable, pues, que
esta situación político-económica tiene unas consecuencias ideológicas que difieren por
completo de la coyuntura en que se desenvolvió la Compañía del Santo Sacramento, los
Caballeros de la Fe e, incluso, en algunos aspectos, la Sapiniére, cuyos miembros, por lo
demás, nunca ostentaron cargos políticos.

Esta diferencia tiene su precio, y veremos las consecuencias que reviste en otro
apartado, cuando nos refiramos a los hechos sobre el papel político y económico de algunos
afiliados a la Obra.

Por el momento y con el objeto de aclarar mejor la vertiente religiosa del Opus Dei,
objeto de los dos capítulos siguientes (consagrado uno a la “espiritualidad” de la Obra, y el
otro a su organización), interesa determinar qué es lo que confiere singularidad a las orga-
nizaciones católicas ocultas en relación con las que cabría denominar formas “ordinarias”
del clericalismo.

LA IGLESIA Y LAS SOCIEDADES SECRETAS


No es fácil establecer una distinción al respecto, ya que el mundo eclesiástico obedece
a unas reglas dimanantes de una lógica muy particular. Ello es doblemente cierto cuando
abordamos el universo cerrado que forman las “redes” de clérigos y laicos independientes
de las órdenes religiosas clásicas y de las jerarquías públicas.

Un buen ejemplo de esta lógica nos lo ofrece el libro, sobremanera curioso, que el
padre Emmanuel Barbier 2 consagró a principios de siglo a las Infiltraciones masónicas en
la Iglesia (1910). He aquí cómo expone el buen clérigo la actitud de la Iglesia ante el
problema de las sociedades secretas:

“El católico es hijo de la Luz. El más elemental sentido común indica que si, so
pretexto de dirigirse de forma más libre y segura hacia su objetivo, opta por las vías
clandestinas o secretas, llegará fatalmente un día en que haga su andadura al lado de los
hijos de las tinieblas, con el riesgo de que éstos lo conduzcan hasta un laberinto del que
sólo ellos poseen los secretos.

“La tentación de recurrir a organizaciones secretas, sean religiosas, o políticas y


religiosas a la vez, puede llegar a ser muy fuerte en el caso de mentes activas e inquietas
durante épocas de caos social y opresión jacobina, en que la libertad del bien se ve
obstaculizada de mil maneras, y en que las potencias externas se coligan para arruinar
cualquier tentativa de reacción, saludable.

“Pero aun en tales casos, el principio de toda conducta católica permanece invariable:
hay que caminar a cielo abierto; todo lo demás es ilusorio.”

Nuestro autor comenta acto seguido las decisiones pontificias, y afirma que todas las
sociedades secretas están condenadas, exijan o no un juramento, porque son contrarias a lo
que él llama el “derecho natural” que, al igual que el derecho divino, sólo reconoce dos
sociedades independientes y perfectas: la Iglesia y el Estado. Así pues, las restantes
sociedades deben vincularse a una de ambas.

Prosigue diciendo que una sociedad oculta, “por el mero hecho del secreto, se
independiza de la Iglesia y del Estado, que no tienen medio de controlar su organización,
fines y actividades”. En consecuencia, concluye el clérigo, una sociedad de esta índole no
tiene su origen ni en el derecho natural ni en el derecho divino revelado, para terminar
afirmando que “la autoridad que la gobierna no proviene de Dios, sino del demonio, y es
enteramente ilegítima”.

Estos textos resultan muy ilustrativos. En primer lugar, por razones históricas, ya que
tan doctas declaraciones no impidieron en absoluto que el padre Barbier se embarcara en la
misma nave que monseñor Benigni en todo el asunto de la Sapiniere.

En el plano de los principios, subrayan lo que antes llamábamos “la lógica peculiar
del mundo eclesiástico” toda sociedad, dice Barbier, ha de estar subordinada a la Iglesia o
al Estado. Sabemos cómo puede obtener sanción legal una organización cualquiera en el
marco de un Estado democrático. Así, en Francia, basta abrir las páginas del Boletín Oficial
o de un directorio jurídico para saber quién dirige una asociación constituida al amparo de
la ley de 1901 o una sociedad comercial. Pero ¿qué ocurre en el seno de la Iglesia?

Ya vimos en el caso de Pío X y la Sapiniére cómo en ocasiones basta la aprobación


pontificia o simplemente arzobispal -en ocasiones concedida de forma sumaria- para que un
grupo crea de veras encontrarse en el ámbito de la jurisdicción eclesiástica.

A este respecto, no cabe la menor duda de que los miembros de la Compañía del
Santo Sacramento tuvieron el pleno convencimiento de que constituían una asociación
lícita a los ojos de la Iglesia, en cuánto que estaban persuadidos de que su misión contaba
con su benevolencia y beneplácito.

Este equívoco subyace en todos los órdenes de las estructuras eclesiásticas. La Iglesia,
conceptuada como “entidad mística”, nunca se considera vinculada por los actos de tal o
cual grupo católico. Así, el Opus Dei tiene existencia canónica (según el derecho de la
Iglesia), pero en opinión de los religiosos, la Iglesia jamás se sentirá vinculada y, mucho
menos, comprometida por las iniciativas que pueda tomar la Obra.

En el seno del Instituto encontramos la misma argumentación. Un miembro del Opus


actúa en todo instante bajo su propia responsabilidad y no puede nunca “comprometer” a la
organización, argumento reiterado una y mil veces en las publicaciones de la Obra siempre
que se alude a las actividades políticas de sus miembros.

De esta concepción derivan las razones por las que tan difícil resulta penetrar en la
actuación de las sociedades ocultas católicas. Dichas razones se asientan en dos silogismos:

1) Una sociedad secreta es una asociación que no depende de la Iglesia ni tampoco del
Estado. Todo lo que, de una forma u otra, emana de la Iglesia, es decir, de una instancia
vaticana, no puede constituir una sociedad secreta. Luego no existen “sociedades secretas”
católicas.

2) La Iglesia, considerada en su conjunto, no es responsable de la actividad de un


grupo concreto de cristianos católicos pertenecientes a su jurisdicción. Asimismo, tampoco
una estructura canónica específica (orden, instituto, congregación, etc.) puede considerarse
vinculada por los actos de sus miembros.

Estas disquisiciones de porte general no impiden, empero, que el clericalismo sea una
realidad sociopolítica indiscutible, sobre todo en España, y en este punto coinciden hasta
los historiadores menos sospechosos de partidismo. ¿Cómo podría ser de otro modo cuando
el propio “Caudillo” repite una y otra vez que “en la historia de España resulta imposible
separar los dos poderes, eclesiástico y civil?”.

Es por ello por lo que Jacques Georgel3 ha podido escribir que la Iglesia católica,
integrada al Estado inmediatamente después de la Restauración de 1874, que puso fin a la
efímera Primera República, persiste en vincular su suerte a la de las clases dirigentes: “Es el
brazo espiritual del Estado, pero esta alianza se salda con la falta de entendimiento entre
pueblo y clero” 4

Por lo demás es ésta una situación harto conocida para insistir con exceso en ella. Sin
embargo, en el caso de España se plantea un interrogante: ¿Por qué se estimó necesario
crear una “sociedad secreta” o, en todo caso, una organización independiente de la jerarquía
en un Estado donde la Iglesia es uno de los más firmes pilares del régimen?

LA RAZON DE SER DEL OPUS DEI

En este punto reside todo el meollo del problema.

El clericalismo, en efecto, puede configurarse como un sistema político-


administrativo en el cual el clero, secular o regular, trata de hacerse con el control absoluto
de la vida pública y privada de un Estado. Los medios desplegados para la consecución de
este fin pueden ser manifiestos o soterrados. Tal ocurre con el religioso convertido en el
influyente confesor de un monarca, o con la congregación que domina un amplio sector de
la enseñanza. En ambos casos es obvio que el poder lo ejercen individuos que pueden
identificarse con facilidad desde el exterior, en cuanto tienen un estatuto social específico y
no ocultan su filiación religiosa.

Pero no ocurre lo mismo en los distintos casos que hemos tenido ocasión de examinar,
en que un gran número de laicos (muy devotos sin duda, pero sin una responsabilidad clara
en el orden canónico) toman parte en estas empresas.

Movidos por un ideario genuinamente “teocrático”, negándose a reconocer la más


pequeña autonomía a “lo profano” en relación con “lo sagrado”, agrupados en
organizaciones discretas repartidas por todo el orbe, “desde los salones hasta los tugurios”
-por decirlo con palabras de una de dichas organizaciones-, independientes de la jerarquía
oficial, estos grupos de laicos han pretendido con frecuencia formar auténticos “comandos
de evangelización” en el marco de las sociedades civiles. Pero así como muchos fracasaron
en su empeño, todo parece indicar que el Opus Dei se ha salido con la suya.

Ello nos conduce a estudiar seguidamente lo que es la Obra en el plano religioso; o


sea, su ideología o, si se quiere, su espiritualidad, su estatuto canónico, su organización, con
el fin de intentar poner en claro si se trata en verdad de una institución religiosa a la que las
circunstancias confirieron relevancia pública, o si esta apariencia religiosa fue desde el
principio una máscara para encubrir el afán de dominio.

Aclarado este extremo, podremos ocuparnos con calma de la actividad y del influjo
del Opus Dei en España y en el resto del mundo.

——
1
Alee Mellor, Histoire de Vanticléricalisme frangais.
2
E: Barbier (1851-1924): adversario encarnizado del “modernismo”. Dirigió una revista: La critique
du libéralisme. Mantuvo relaciones continuadas con Benigni.

3
Jacques Georgel, Le franquisme, pág. 243.

4
Estas relaciones entre Iglesia y Estado están actualmente en plena transformación; pero lo dicho es
válido para los años del “ascenso” del Opus Dei.

—oOo—

LA IDEOLOGIA DE “CAMINO”

La ideología que sustenta la actuación del Opus Dei ha de estudiarse a través de las
distintas fases de su evolución y al nivel de los distintos sectores en cuyos ámbitos ha
desplegado su actividad y que van desde las escuelas para la formación de empleadas
domésticas hasta la responsabilidad en las tareas de gobierno.

La configuración de estas diferentes actividades nos permitirá matizar cuanto sea


preciso las observaciones que merezca, de entrada, esta ideología.

Con objeto de atenernos a un método racional, debemos empezar por examinar lo que
el Opus Dei pretende ser, a través, sobre todo, del más importante libro del padre Escrivá,
Camino, considerado por los celadores de la Obra como un auténtico “maná”.

Por ello conviene no perder de vista que, procediendo así, sólo ponemos de manifiesto
un aspecto de la ideología en cuestión: la versión oficial, que puede ser muy distinta de la
ideología real del Opus en relación con las demás corrientes del pensamiento español
contemporáneo y, en definitiva, del catolicismo mundial. ¿Cuál es, por consiguiente, el
ideario del Opus Dei? O, más exactamente, ¿cómo presenta este ideario?

LO QUE EL OPUS DEI PRETENDE SER

A este respecto hay que señalar que Camino fue concebido como un repertorio de
máximas y reflexiones y que no constituye, por lo tanto, un conjunto didáctico. Por otra
parte, antes de proceder a su análisis, conviene tener una idea de los objetivos de la Obra a
través de la formulación oficial del propio padre Escrivá. El fundador ha concedido
frecuentes entrevistas a la prensa. Consideramos de interés referirnos a la que realizó Peter
Forbarth, corresponsal de Time (Nueva York), el 15 de abril de 1967. Como los defensores
del Opus Dei tienen por costumbre lamentarse de que los comentaristas cortan o deforman
el sentido de los textos, debemos evitar este reproche y citar con extensión algunos párrafos
de esta entrevista que, por lo demás, no difiere de otras similares.

“La actividad principal del Opus Dei consiste en dar a sus miembros, y a las personas
que lo desean, los medios espirituales necesarios para vivir como buenos cristianos en
medio del mundo. Les hace conocer la doctrina de Cristo, las enseñanzas de la Iglesia; les
proporciona un espíritu que mueve a trabajar bien por amor de Dios y en servicio de todos
los hombres. Se trata, en una palabra, de comportarse como cristianos: conviviendo con
todos, respetando la legítima libertad de todos y haciendo que este mundo nuestro sea más
justo.

“Cada uno de los socios se gana la vida y sirve a la sociedad con la profesión que
tenía antes de venir al Opus Dei, y que ejercería si no perteneciese a la Obra. Así, unos son
mineros, otros enseñan en escuelas o universidades, otros son comerciantes, amas de casa,
secretarias, campesinos. No hay ninguna actividad humana noble que no pueda ejercer un
socio del Opus Dei. El que, por ejemplo, antes de pertenecer a nuestra Obra trabajaba en
una actividad editorial o comercial, sigue haciéndolo después. Y si, con ocasión de este
trabajo o de cualquier otro, se busca un nuevo empleo, o decide, con sus compañeros de
profesión, fundar una empresa cualquiera, es cosa en la que le corresponde decidir
libremente, aceptando él personalmente los resultados de su trabajo y respondiendo
personalmente también.

“Toda la actuación de los Directores del Opus Dei

se basa en un exquisito respeto de la libertad profesional de los socios: éste es un


punto de importancia capital, del cual depende la existencia misma de la Obra, y I que por
tanto, se vive con fidelidad absoluta. Cada socio puede trabajar profesionalmente en los
mismos campos que si no perteneciera al Opus Dei, de manera que ni el Opus Dei, en
cuanto tal, ni ninguno de los demás miembros tienen nada que ver con el trabajo
profesional que ese socio concreto desarrolla. A lo que los socios se comprometen al
vincularse a la Obra es a esforzarse por buscar la perfección cristiana con ocasión y por
medio de su trabajo, y a tener una más clara conciencia del carácter de servicio a la
humanidad que debe tener toda vida cristiana.

“La misión principal de la Obra -ya lo he dicho antes- es, pues, la de formar
cristianamente a sus socios y a otras personas que deseen recibir esta formación. El deseo
de contribuir a la solución de los problemas que afectan a la sociedad, y a los cuales tanto
puede aportar el ideal cristiano, lleva además a que la Obra en cuanto a tal,
corporativamente, desarrolle algunas actividades e iniciativas. El criterio en este campo es
que el Opus Dei, que tiene fines exclusivamente espirituales, sólo puede realizar
corporativamente aquellas actividades que constituyen de un modo claro e inmediato un
servicio cristiano, un apostolado [...]” 1

Por una parte lamentamos haber tenido que abrumar al lector con la cita de un texto
tan tedioso. De todos modos, conviene indicar que todas las declaraciones públicas del
Opus Dei revisten este mismo tono, calculado a buen seguro para desanimar a los simples
curiosos.

El texto que acabamos de citar es característico de la ideología de la Obra, en el


sentido de que intenta poner en relación los principios de la institución con la práctica
cotidiana de sus miembros, enfocada aquí desde el ángulo de su actividad profesional.

Pero ¿qué es lo que encontramos en el momento en que intentamos definir, a partir de


esta base, los principios que rigen la institución?
El primer párrafo habla del afán de “vivir como buenos cristianos”, de dar a conocer
la doctrina de Cristo, las enseñanzas de la Iglesia, a trabajar por el amor de Dios y “en
servicio de todos los hombres”. Y en el último párrafo, hallamos la declaración de los fines
exclusivamente espirituales del Opus Dei y el afán de apostolado. Si examinásemos todos
los textos del Opus Dei, no encontraríamos otra cosa que lo que bien podríamos calificar de
trivialidades religiosas.

Todos los temas desarrollados en los textos conocidos, tales como el desapego,
sacrificio, abnegación, trabajo incansable en favor de las almas, afán de santificación
personal, oración, vida de entrega, renuncia silenciosa a todo egoísmo, etc., todos esos
temas, decimos, han sido enunciados, poco más o menos, por todas las instituciones
religiosas católicas, bien se trate de órdenes religiosas, congregaciones, institutos o
asociaciones pías.

Más aún, muchas asociaciones repartidas por el mundo, incluso sin ser católicas,
podrían alegar que también ellas adoptan “iniciativas que revierten en beneficio de la
sociedad”, y que están “abiertas a todos, sin discriminación de raza, religión o ideología”.

¿Dónde buscar, pues, lo que algunos llaman pomposamente “el espíritu de la Obra”?
¿Debemos pensar que ocurre lo mismo que con su teología, de la que José Luis Aranguren
escribió una vez que no es ni buena ni mala, porque no existe? 2

A ello se opone la afirmación de un teórico de la Obra, José Luis Illanes,3 quien


estima que “el espíritu del Opus Dei no ha surgido como resultado de una reflexión
teológica, sino como una realidad formada bajo la impulsión del espíritu, que es Vida. Sólo
en una fase posterior se convierte en reflexión y análisis”.

Esta observación tiene su importancia, porque pone de relieve el carácter empírico de


la doctrina opusdeísta. No cabe duda de que el término merece una matización, ya que,
según vimos, el padre Escrivá creía obrar por inspiración del propio Dios. Por otra parte,
los miembros de la Obra no admiten que esta doctrina sea un mero fruto de la experiencia.

Cuando se observa la importancia que en todas las declaraciones oficiales del Instituto
se atribuye a la vida profesional de los asociados y la indigencia de los presupuestos
teóricos del Opus Dei, hay motivos para pensar que su ideología reside en definitiva en una
“práctica” o, si se quiere, en una cierta “forma de ser”.

UN NUEVO KEMPIS

Estos rasgos de la ideología opusdeísta encuentran plena plasmación en Camino, la


obra del padre Escrivá, que el editor no vacila en calificar de “Kempis de los tiempos
modernos”. Para apreciar todo el alcance de esta comparación, debe tenerse en cuenta que
el Kempis, escrito en el siglo XV es, sin duda, uno de los más célebres tratados de mística
cristiana. Está dividido en cuatro libros consagrados a “La Vida interior”, “La Vida
espiritual”, “El Consuelo interior” y una “Devota exhortación a la Santa Comunión”. Este
librito ha sido objeto de infinidad de exégesis y, según ciertos autores, ocupa el primer
puesto entre los tratados espirituales al mismo nivel que las obras de Ignacio de Loyola y de
Francisco de Sales.

Para determinar la fecha exacta en que se escribió Camino, sólo contamos con el
testimonio del padre Escrivá, quien al parecer redactó buena parte del texto en 1934, a
modo de resumen de su experiencia sacerdotal concebido como una guía para las -almas
que tenía a su cargo.4

Lo que sí sabemos con seguridad es que la primera edición no se publicó hasta 1939,
en Valencia, con un tiraje de 2,000 ejemplares. Debemos hacer hincapié en que el dato de
la fecha es muy interesante, pues son muchas las máximas de Camino que acreditan el
espíritu de la “cruzada” franquista. Por lo demás, es muy probable que monseñor Escrivá,
al término de la década, remozara estos textos de 1934 en función de sus propias
experiencias durante la guerra civil.

Subrayemos que todos los textos conocidos del Opus Dei abundan en trivialidades.
Camino, por ejemplo, contiene numerosas máximas de escaso contenido, impregnadas de
un sentimiento facilón que Yvon Le Vaillant llama -con tino, por cierto- el “estilo
lamartiniano”.

Esta observación, empero, no debe entenderse sólo en el plano de la simple polémica.


Decir que Camino, el libro guía del Opus Dei, contiene muchos comentarios gratuitos no
soluciona el problema, sino que lo suscita, pues ¿cómo explicar, en estas condiciones, el
éxito del librito y del Opus Dei?

Sin duda podríamos salir al paso de la dificultad diciendo que aquellos que consideran
este libro como “el Kempis de los tiempos modernos” se engañan a sí mismos porque
sienten la necesidad de engañarse. Pero si este afán es tan intenso y compulsivo, ¿cómo
explicar que haya encontrado plasmación en un libro cuya falta de consistencia en el plano
teórico es por demás evidente? Por nuestra parte, somos del parecer de que se ha venido
prestando una atención desmedida al aspecto “teórico del problema, ya que una cosa es
analizar -como han hecho muchos y bien- el sentimentalismo, la beatería, el paternalismo,
el tinte “clerical-autoritario”, etc., de Camino, y otra cosa comprender por qué la eficacia de
un librito de esta especie nada tiene que ver con sus indiscutibles defectos teóricos. No cabe
duda –y el autor de esta obra ha tenido ocasión de comprobarlo, incluso en personas sin
ninguna relación con el Opus Dei- que este librito posee un prestigio (en el sentido de
“atractivo”, de “artificio de seducción”) o, mejor aún, ejerce un influjo en el que desempeña
un papel importante el estilo de su redacción y, en especial, el cambio de “persona” que
utiliza el padre Escrivá.

Para comprender este fenómeno, examinemos dos ejemplos que ilustran a la


perfección el método seguido.

El primero es un extracto de la introducción:

“Unos y otros -todos-; cada cual siguiendo su propia vocación han encontrado en
Camino luz y calor, para la intimidad de su vida sobrenatural de unión con Dios. Bien se
puede decir, por eso, que este libro -«Kempis de los tiempos modernos», como se le ha
llamado- ha cumplido muy bien el fin para el que fue escrito.

“Pero precisamente porque ese fin es sobrenatural, quien leyese estas páginas con
pobre visión humana -pretendiendo encontrar en su contenido fines y motivos terrenales-
no haría otra cosa que desvirtuar, deformar y degradar el libro.

“Para sacar provecho de Camino, y aun para entenderlo, se requiere en el lector un


mínimo de formación cristiana, de vida, de piedad y de experiencia apostólica, de
sacrificada preocupación por las almas.

“Si eso no te falta, si alguna vez -aunque sea en años quizá lejanos- puso el Señor en
tu alma algo de hambre y sed de Dios, ten por seguro que no habrás abierto en vano este
libro. Y hasta es muy posible, por muy metido que estés en negocios del mundo, que por
encima del rumor de la calle y de la muchedumbre, vuelvas a oír la voz poderosa de Cristo
que te dice: Festinans descende, quia hodie in domo tua oportet me manera (Luc. XIX, 5);
o sea: «Baja de prisa, porque conviene que yo me hospede hoy en tu casa».” 5

Este primer extracto de Camino nos permite encararnos con un presupuesto


fundamental de la ideología opusdeísta: la afirmación de que cualquier hombre, sea cual
fuere su actividad profesional, puede alcanzar la santificación (” [...] por muy metido que
estés en negocios del mundo”). No resulta difícil imaginar cuán tranquilizadora resulta esta
aseveración para un laico. Sin embargo, por el momento debemos posponer esta vertiente
del problema, sobre el que hablaremos con más atención, para centrarnos en el análisis del
estilo de Camino. El extracto en cuestión nos muestra que el autor del libro utiliza dos
métodos. El primero es el de las afirmaciones “objetivas”: la finalidad sobrenatural del
Opus Dei y la necesidad de poseer tal o cual requisito si se quiere sacar provecho del libro.

El segundo consiste en el tuteo de que es objeto el lector: “[ ...] si alguna vez puso el
Señor en tu alma [...]” Se trata de una técnica redaccional que hallamos a lo largo de toda la
obra, y que sin duda influye en esta especie de fascinación que ejerce Camino sobre mu-
chos de sus lectores.

Con objeto de mejor calibrar este ascendiente, nos parece esencial transcribir aquí un
capítulo completo del libro. Muchos de los que han procedido a un análisis de Camino han
optado por agrupar las máximas atendiendo a su objeto, ayudados en la tarea por un índice
alfabético de los ciento treinta y cinco temas principales que, poco más o menos, contiene
el repertorio, y que van desde “acción de gracias” a “voluntad”, pasando por “ambición”,
“fuerza”, “presencia de Dios” y “tentaciones”. Este método, plenamente justificado para
detectar las líneas maestras del pensamiento del padre Escrivá, no confiere, sin embargo,
ninguna idea sobre el singularísimo estilo de su escritura.

El capítulo que hemos optado por reproducir ostenta el título de “Táctica”, y está
integrado por veintidós máximas. No tiene nada de particular y con igual razón hubiéramos
podido optar por otro cualquiera. En realidad, lo importante es leerlo como si se tratara de
una página abierta al azar.
“831- Eres, entre los tuyos -alma de apóstol-, la piedra caída en el lago. Produce con
tu ejemplo y tu palabra un primer círculo.., y éste, otro.., y otro, y otro… Cada vez más
ancho. ¿Comprendes ahora la grandeza de tu misión?

“832- ¡Qué afán hay en el mundo por salirse de su sitio! -¿Qué pasaría si cada hueso,
cada músculo del cuerpo humano quisiera ocupar un puesto distinto del que le pertenece?

No es otra la razón del malestar del mundo. -Persevera en tu lugar, hijo mío: desde ahí
¡cuánto podrás trabajar por el reinado efectivo de Nuestro Señor!

“833- Viriliza tu voluntad para que Dios te haga caudillo. ¿No ves cómo proceden las
malditas sociedades secretas? Nunca han ganado a las masas. -En sus antros forman unos
cuantos hombres-demonios que se agitan y revuelven a las muchedumbres,, alocándolas,
para hacerlas ir tras ellos, al precipicio de todos los desórdenes… y al infierno. -Ellos
llevan una simiente maldecida.

Si tú quieres…, llevarás la palabra de Dios, bendita mil y mil veces, que no puede
faltar Si eres generoso…, si correspondes, con tu santificación personal, obtendrás la de los
demás: el reinado de Cristo: que omnes cum Petro ad Jesum per Mariam.

“834– ¿Hay locura más grande que echar a voleo el trigo dorado en la tierra para que
se pudra? -Sin esa generosa locura no habría cosecha.

Hijo: ¿cómo andamos de generosidad?

“835- ¿Brillar como una estrella…, ansia de altura y de lumbre encendida en el cielo?

Mejor: quemar, como una antorcha, escondido, pegando tu fuego a todo lo que tocas.
-Este es tu apostolado: para eso estás en la tierra.

“836- Servir de altavoz al enemigo es una idiotez soberana; y, si el enemigo es


enemigo de Dios, es un gran pecado. -Por eso, en el terreno profesional, nunca alabaré la
ciencia de quien se sirve de ella como cátedra para atacar a la Iglesia.

“837- ¡Galopar, galopar!… ¡Hacer, hacer!… Fiebre, locura de moverse…


Maravillosos edificios materiales…

Espiritualmente: tablas de cajón, percalinas, cartones repintados… ¡Galopar!, ¡hacer!


-Y mucha gente corriendo: ir y venir.

Es que trabajan con vistas al momento de ahora: «están» siempre «en presente».
-Tú… has de ver las, cosas con ojos de eternidad, «teniendo en presente» el final y el
pasado…
Quietud. -Paz. -Vida intensa dentro de ti. Sin galopar, si la locura de cambiar de sitio,
desde el lugar que en la vida te corresponde, como una poderosa máquina de electricidad
espiritual, ¡a cuántos darás luz y alegría!…, sin perder tu vigor y tu luz.

“838- No tengas enemigos. -Ten solamente amigos: amigos… de la derecha -si te


hicieron o quisieron hacerte bien- y… de la izquierda -si te han perjudicada o intentaron
perjudicarte.

“839- No cuentes hechos de ‘tu» apostolado como no sea para provecho del prójimo.

“840- Que pase inadvertida vuestra condición como pasó la de Jesús durante treinta
años.

“841- José de Arimatea y Nicodemus visitan a Jesús ocultamente a la hora normal y a


la hora del triunfo.

Pero son valientes declarando ante la autoridad su amor a Cristo -audacter- con
audacia, a la hora de la cobardía. -Aprende.

“842- No os preocupe si por vuestras obras «os conocen». -Es el buen olor de Cristo.
-Además, trabajando siempre exclusivamente por El, alegraos de que se cumplan aquellas
palabras de la Escritura: «Que vean vuestras obras buenas y glorifiquen a vuestro Padre que
está en los cielos».

“843- Non manifeste, sed quasi in occulto -no con publicidad, sino ocultamente: así
va Jesús a la fiesta de los Tabernáculos.

Así irá, camino de Emaús, con Cleofás y su compañero. -Así le ve, resucitado, María
Magdala.

Y así -non tamen cognoverunt discipuli quia Jesus est- los discípulos no conocieron
que era El, así acudió a la pesca milagrosa que nos cuenta San Juan.

Y más oculto aún, por Amor a los hombres, está en la Hostia.

“844- ¿Levantar magníficos edificios? … ¿Construir palacios suntuosos?… Que los


levanten… Que los construyan…

¡Almas! -¡Vivificar almas…, para aquellos edificios… y para estos palacios! ¡Qué
hermosas casas nos preparan!

“845- ¡Cómo me has hecho reír y cómo me has hecho pensar al decirme esta
perogrullada!: yo… siempre meto los clavos por la punta.
“846- De acuerdo: mejor labor haces con esa conversación familiar o con aquella
confidencia aislada que perorando -¡espectáculo, espectáculo!- en sitio público ante
millares de personas.

Sin embargo, cuando hay que perorar, perora.

“847- El esfuerzo de cada uno de vosotros, aislado, resulta ineficaz. -Si os une la
caridad de Cristo, os maravillará la eficacia.

“848- Quieres ser mártir. -Yo te pondré un martirio

al alcance de la mano: ser apóstol y no llamarte apóstol, ser misionero -con misión- y
no llamarte misionero, ser hombre de Dios y parecer hombre de mundo: ¡pasar oculto!

“849- ¡Hombre! Ponle en ridículo. -Dile que está pasado de moda: parece mentira que
aún haya gente empeñada en creer que es buen medio de locomoción la diligencia… -Esto,
para los que renuevan volterianismos de peluca empolvada, o liberalismos desacreditados
del XIX.

“850- ¡Qué conversaciones! ¡Qué bajeza y qué… asco! -Y has de convivir con ellos,
en la oficina, en la Universidad, en el quirófano…, en el mundo.

Si pides por favor que callen, se te burlan. -Si haces mala cara, insisten. -Si te vas,
continúan.

La solución es ésta: primero, encomendarles a Dios y reparar; después…, dar la cara


varonilmente y emplear «el apostolado de la mala lengua». -Cuando te vea ya te diré al
oído un repertorio.

“851- Encaucemos las imprudencias providenciales» de la juventud.”

Si se lee atentamente el texto, nos daremos cuenta de que, aquí, el tuteo tiene el aire
de una plática con el director espiritual. Se trata de “consejos susurrados al oído”, de una
especie de insinuación penetrante. Desde este punto de vista, es probable que muchos de los
hechos triviales que se mencionan y que sirven de pretexto para el adoctrinamiento
espiritual tengan su origen en la actividad apostólica del fundador. Tal vez los primitivos
incondicionales del Opus Dei se vean reflejados en el texto. Pero esto no es lo esencial.

Consideramos que este tuteo es, en definitiva, susceptible de dos clases de


interpretación. La primera y más elemental es el examen de la dualidad autor-lector.

El autor, erigido en director de conciencia, sabe lo que más le conviene al lector y se


lo indica a través de una relación que podríamos llamar de dominio. Pero hay una segunda
manera de leer estas máximas, y en ella es el propio lector el que se tutea y se reconoce,
identificándose con el autor.
Por consiguiente, muchas páginas pueden leerse a dos niveles: en unos casos, la
máxima se considera como un consejo proveniente de otra persona; y en otros, es lo que
uno se dice a sí mismo con motivo de un examen de conciencia. Ahora bien, la
superficialidad que con frecuencia apreciamos en los consejos que nos vienen de otras
personas adquieren nuevo valor si los viviéramos como realidad que uno descubre en su
propio interior. Interesa destacar a este respecto, una vez más, que los miembros del Opus
Dei con los cuales el autor se ha entrevistado (nos referimos a los que por lo menos han
querido interrogarse y dejarse interrogar acerca de su adscripción a las ideas de Camino) y
muchas otras personas que, sin ser socios de la Obra, manifiestan interés por este librito,
todos han admitido que “estas cosas que te susurro al oído confidencialmente, como un
amigo, un hermano, un padre”, según escribe monseñor Escrivá, ellos las sienten realmente
como algo que se dicen a sí mismos.

Estas consideraciones sobre el método de Camino facilitan la obtención de una


perspectiva en profundidad sobre el pensamiento del fundador del Opus Dei.

«ELITISMO» Y DOMINACIÓN

Indudablemente no resulta fácil captar este pensamiento, matizado con frecuencia por
un tono autoritario y fascistoide:

“16- ¿Adocenarte? ¿¡Tú… del montón!? ¡Si has nacido para caudillo! Entre nosotros
no caben los tibios. Humíllate y Cristo te volverá a encender con fuegos de Amor.”

Otras veces, el pensamiento de Escrivá parece impregnado de una humildad


profundamente religiosa:

“484- Sé instrumento: de oro o de acero, de platino o de hierro…, grande o chico,


delicado o tosco…

“Todos son útiles: cada uno tiene su misión propia. Como en lo material: ¿quién se
atreverá a decir que es menos útil el serrucho del carpintero que las pinzas del cirujano?

“Tu deber es ser instrumento.”

En consecuencia, llegado el momento de configurar los rasgos más destacados de


Camino y del Opus Dei, es preciso distinguir por lo menos cuatro aspectos fundamentales.

El primero es un indiscutible fervor religioso y, sobre todo, una aguda conciencia de


apostolado. La expresión “salvar las almas” aparece con frecuencia en las máximas, y
también la exaltación del amor divino.

Este elemento tiene como contrapartida una especie de totalitarismo teocrático que
hace que cada acción y cada pensamiento estén, de hecho, subordinados a un inmenso afán
de proselitismo.
El segundo rasgo característico, ya mencionado con anterioridad, es la gratuidad de
un gran número de máximas. Para ilustrar esta afirmación, basta leer la primera y la última
del libro:

“1- Que tu vida no sea una vida estéril. -Sé útil. -Deja poso. -Ilumina, con la luminaria
de tu fe y de tu amor.

“Borra, con tu vida de apóstol, la señal viscosa y sucia que dejaron los sembradores
impuros del odio. -Y enciende todos los caminos de la tierra con el fuego de Cristo que
llevas en el corazón.”

“999- ¿Qué cuál es el secreto de la perseverancia? El Amor. -Enamórate, y no «le»


dejarás.”

Es indudable que estas recomendaciones no son exclusivas del Opus Dei. Podríamos
también hallarlas en la obra de cualquier autor religioso o, simplemente, de un moralista.

Más interesante resulta, en cambio -y éste es el tercer rasgo del pensamiento del padre
Escrivá- la acusada tendencia a un cierto elitismo de resonancias fascistoides, que encaja a
la perfección con la teoría franquista del “caudillaje”.6

Por otra parte, en un capítulo anterior ya encontramos claramente plasmada en las


Constituciones del Opus Dei, la intención de conquistar a la élite, y tendremos ocasión de
observar que buena parte de sus actividades se han orientado en tal sentido.

“7-… No vueles como un ave de corral, cuando puedes subir como las águilas.”

“22- Sé recio. -Sé viril. -Sé hombre. -Y después… sé ángel.”

“28- El matrimonio es para la clase de tropa y no para el estado mayor de Cristo. [...]”
“32- [...] Tú serás caudillo si tienes ambición de salvar todas las almas.”

Debemos indicar, una vez más, que no es posible reproducir aquí todos los textos
ilustrativos de este rasgo de la ideología opusdeísta; pero sí debemos hacer constar que
impregna todo el ideario de la Obra. A veces, parece como si el fervor religioso
enmascarara otra cosa, una especie de libido dominandi, o pasión de dominio, plasmada en
la creación de un modelo de “superhombre cristiano”.

Ello nos conduce a examinar el cuarto rasgo característico de la ideología del Opus
Dei; o sea, la decisión de salvar al mundo por y con los medios que el mundo ofrece.

Esto parece contradecirse con el rasgo anteriormente apuntado. Este potencial


superhombre cristiano, llamado por algunos el Homo Opus Dei, menosprecia el mundo y,
en un primer momento, se desprecia a sí mismo. Veamos:
“592- No olvides que eres… el depósito de la basura [...]. Humíllate: ¿no sabes que
eres el cacharro de los desperdicios?” 7

“593- Cuando te veas como eres, ha de parecerte natural que te desprecien.”

“677 -Oro, plata, joyas…, tierra, montones de estiércol. -Goces, placeres sensuales,
satisfacción de apetitos…, como una bestia, como un mulo, como un cerdo, como un gallo,
como un toro.

“Honores, distinciones, títulos…, cosas de aire, hinchazones de soberbia, mentiras,


nada.”

Así pues, ¿cómo salvar a este mundo despreciable y a este ser infecto que es el
hombre?

Los teólogos responderían que por la gracia de Dios, según manda la ortodoxia…
Otros dirían, sin reticencias, que puede lograrse, sobre todo, a través del Opus Dei. Algunos
consejos de monseñor Escrivá al respecto se nos antojan bastante originales, como
demuestra la siguiente máxima:

“387- El plano de santidad que nos pide el Señor está determinado por estos tres
puntos: la santa intransigencia, la santa coacción y la santa desvergüenza.”

Pero el “Plano de santidad” del Opus Dei no reside tan sólo en algunas
recomendaciones morales; en el supuesto de que la desvergüenza típica del hombre que no
se sonroja ante nada haya sido reconocida alguna vez como virtud moral.

Lo substancial de la ideología de la Obra y lo que explica en parte su éxito es el


componente de eficacia y pragmatismo que contiene.

En este sentido, Camino contiene algunas normas insólitas, habida cuenta de que era
aquélla una época poco dada a exaltar los valores del laicado.

“332- Al que pueda ser sabio no le perdonemos que no lo sea.”


11
335-’Una hora de estudio, para un apóstol moderno, es una hora de oración.”

“336- Si has de servir a Dios con tu inteligencia, para ti estudiar es una obligación
grave.”

“340- [...] Si has de ser sal y luz, necesitas ciencia, idoneidad. [...]“

“359- Pon un motivo sobrenatural a tu ordinaria labor profesional, y habrás


santificado el trabajo.”
“365- Si sientes impulsos de ser caudillo, tu aspiración será: con tus hermanos, el
último; con los demás, el primero.”

“372- Si tienes un puesto oficial, tienes también unos derechos que nacen del ejercicio
de este cargo, y unos deberes.

“-Te apartas de tu camino de apóstol, si, con ocasión -o con excusa- de una obra de
celo, dejas incumplidos los deberes del cargo. Porque perderás el prestigio profesional,
que es precisamente tu «anzuelo de pescador de hombres».”

Creemos que esta última frase es, de por sí, bastante elocuente.

Por otra parte, el decreto del Vaticano 8 que daba la aprobación definitiva al Opus Dei,
en 1950, indicaba de forma explícita que los socios de la Obra “ejercen con el mayor ardor
todas las profesiones civiles honestas, y, por profanas que sean, tratan en todo momento de
santificarlas por medio de una pureza de intención renovada de continuo por el deseo de
acrecentar la propia vida interior, por una constante y gozosa abnegación, por el sacrificio
de un trabajo duro y tenaz que debe ser perfecto desde todos los ángulos”.

UNA ESPIRITUALIDAD “MODERNA”

De ello se desprende que los socios del Opus Dei han de ser en todo momento los
mejores para dar respuesta a “su vocación de almas contemplativas en medio del mundanal
ruido”.

Por lo demás, entre los teóricos que han desarrollado la doctrina opusdeísta, algunos
han consagrado sus trabajos a esta moderna forma de espiritualidad. Ya los títulos de sus
obras resultan sintomáticos. Así, Jesús Urteaga escribió, en 1952, El valor divino de lo
humano, y en 1965, Juan Bautista Torelló publicó La espiritualidad de los laicos .9 La
misma cuestión aborda P. Rodríguez en su estudio: “Camino” y la espiritualidad de los
laicos.10 Recordemos, también, el estudio de José Luis Illanes: “La santificación del trabajo,
problema de nuestro tiempo”.

Podría parecer a primera vista que, una vez el Concilio Vaticano II hubo subrayado el
papel de los laicos en el seno de la Iglesia, este aspecto de la ideología opusdeísta resulta,
también, relativamente superficial y vacuo. La verdad, empero, es que la cuestión es más
compleja.

Ante todo, interesa saber que el Opus Dei desempeñó un papel destacado en la
inserción del tema del laicado en el orden del día conciliar, aunque sólo fuera porque la
comisión preparatoria “De laicis” y la comisión conciliar “De disciplina cleri et populi
christiani” estuvieron presididas una, e inspirada la otra, por Álvaro del Portillo, secretario
general del Opus Dei para más detalles.
Hay que señalar que, pese a su inconsistencia, la filosofía del Instituto es, al decir de
los socios del mismo, un aglutinante en extremo eficaz de personas que, por otro lado, son
en teoría libres para escoger la ideología política que más les plazca.

Por lo demás, situando las ideas de monseñor Escrivá en el contexto español de la


posguerra, resultan a fin de cuentas más “modernas” de lo que puede parecer, sobre todo si
se tiene en cuenta que en un primer momento iban dirigidas a intelectuales nacidos en el
seno de la alta y media burguesía. Incluso cabe afirmar que constituyen un auténtico
“desbloqueo” de la situación anterior.

La promoción del laico y el realce de los menesteres profesionales rompen de forma


singular con la bien arraigada idea de que los “estados de perfección” religiosa (es decir,
frailes, sacerdotes y monjas) son superiores a la condición del laico. La concepción del
padre Escrivá permite al seglar aspirar a la misma santificación que el religioso, y para ello
basta realizar en forma adecuada el propio menester, tanto si se trata de un taxista, de un
cirujano o de un profesor de Derecho.

A esta descongelación de las mentes hay que añadir otra todavía más importante que
viene a reforzar este culto a la eficacia que impregna todo Camino. Se trata del “afán de
poder” profesional en sí, hasta entonces considerado como un vano apego a los bienes
terrenos y convertido ahora en un medio de apostolado y de santificación.

Así lo ha hecho notar con muy buen criterio la duquesa de Medina-Sidonia al referirse
al caso concreto de un ex ministro español: “Si intentáramos advertir a los seguidores del
Opus -dice- que el señor Villar Palasí, ministro de Educación, elimina sistemáticamente de
los puestos dependientes de su ministerio a todos los [cargos] que no están vinculados a la
Obra, los portavoces del Opus se encogerían de hombros y nos dirían que la
Administración necesita de hombres eficaces y que el proceder del ministro no hace sino
demostrar que el Opus Dei transforma al individuo de forma totalmente positiva”.11

Pero ¿de qué transformación, de qué eficacia se trata en el fondo?

Hay que decir que ninguna publicación del Opus expresa con claridad este punto, y
nos atreveríamos a decir que ni siquiera con sinceridad.

En el presente capítulo hemos citado con profusión, de forma intencionada, una serie
de textos oficiales del Instituto. Es indudable que no servirán para saciar la curiosidad del
lector, el cual se preguntará tal vez: ¿Son ésos todos los secretos del Opus Dei? Sin
embargo, aunque hubiéramos transcrito cien textos más, continuaría su enojo e
insatisfacción… Y es que la ideología del Opus Dei carece de importancia a los ojos de sus
dirigentes. Sin duda les es indispensable formular ciertas proposiciones en el plano de la
teoría, cosa que por lo demás realizan con prolijidad excesiva; pero su objetivo primordial,
llámese “apostolado” o “dominación”, tiende a convertirse en una pura práctica.

Ello explica el éxito que ha obtenido en una España anclada durante largo tiempo en
los mitos religiosos y militares de la “cruzada”, pero que ahora siente el deseo de conocer el
desarrollo económico y los placeres de la sociedad de consumo.
Pues bien, el Opus Dei es el instrumento de este apostolado del desarrollo económico.
Y ello enjuiciándolo no por el tenor de sus proclamas, sino en virtud de su organización,
sus sistemas de captación y su expansión internacional. Sin embargo, como está visto que la
lógica opusdeísta sólo obedece a sus propias leyes, interesa saber que, según la concibe su
fundador, la Obra es “una organización desorganizada”. Así, tal como suena.

——
1
Conversaciones…, págs. 49-50, Sepal, París, 1969.

2
En la revista Esprit, abril de 1965.

3
La santificación del trabajo, problema de nuestro tiempo, Sepal, París, 1968.

4 Conversaciones…, págs. 66-67. 119

5
Se refiere a Zaqueo, el jefe de los publicanos. El párrafo de este fragmento bíblico, reza: “Zaqueo,
baja pronto porque hoy me hospedaré en tu casa.”

6
Es la teoría del líder, del caudillo, comparable al Führerprinzip alemán.

7
Aquí percibimos algunos aspectos masoquistas de la mística cristiana: insignificancia extrema de la
criatura humana frente a Dios.

8
Decreto Primum inter Instituta. Ver cap. siguiente.

9
Sepa], París, 1973.

10
Idem.

11
Le Monde, 9 de junio de 1970.

—oOo—

UNA ORGANIZACIÓN “DESORGANIZADA”

“Nuestro Instituto es, ciertamente, una familia; pero es además una milicia. Una
familia, sin cargar con los inconvenientes del afecto carnal, y una milicia, con la fuerza, la
más apta para la lucha, de una disciplina más severa.

“El modo y la organización de la vida de la Institución imita la organización y modo


de la familia cristiana, más bien que los de una comunidad religiosa formal.”

Los artículos 197 y 198 de las Constituciones del Opus Dei, que acabamos de citar,
subrayan el constante afán de los dirigentes de la Obra por evitar una estructura rígida, para
que el instrumento que es la Institución conserve una flexibilidad que le permita adaptarse a
cualquier situación. Eso no quiere decir, ni muchísimo menos, que el ejercicio del poder en
el seno del Opus Dei no sea autoritario; incluso puede afirmarse que posee un centralismo
de corte militar. Lo que ocurre es que algunos de los medios utilizados, sobre todo cuando
se trata de técnicas de captación, excluyen toda clase de formalismo, hasta el punto de que,
hoy, los dirigentes de la Obra se resisten a encuadrar su asociación en las normas canónicas
oficiales de la Iglesia.

Por otro lado, el mismo monseñor Escrivá, en respuesta a unas preguntas que le
formuló Jacques Guillemé-Brúlon, afirmaba: “No piense en una organización potente,
capilarmente extendida hasta el último rincón. Figúrese más bien una organización
desorganizada”.1

UNA FAMILIA Y UNA MILICIA

Esta definición tiene el inconveniente de que resulta muy difícil formarse una idea
exacta de lo que es una organización desorganizada cuando no se dispone de datos
concretos sobre una sociedad tan original. No obstante, el Opus Dei se niega
terminantemente a proporcionar datos verificables acerca de su organización, sus miembros
y sus métodos.

Todo lo que sabemos del Instituto se ha obtenido con grandes esfuerzos, gracias al
trabajo de investigadores (muchas veces enemigos políticos de la Obra), a los que se intenta
siempre desacreditar recurriendo a los viejos argumentos ad hominem, del género “ya
vemos de quién proceden estas acusaciones”, lo cual permite, como es obvio, no responder
a las preguntas que verdaderamente interesa esclarecer. Y si las afirmaciones del adversario
son precisas y bien fundadas, la Obra no vacila en negar lo que afirmaba el día antes o en
proclamar vaguedades insustanciales. Una de las más típicas, referente a la organización, es
la teoría de que “el Opus Dei se modifica de continuo”, teoría que permite justificar toda
clase de contradicciones y piruetas. Por ejemplo: como el hecho de que la Obra se defina
como una milicia podría alejar a eventuales simpatizantes en virtud de la resonancia casi
medieval del vocablo, los dirigentes del Instituto creyeron necesario matizar que “en la
práctica cotidiana, el Opus Dei está más cerca de una empresa de gestión descentralizada
que de una milicia”.

Es interesante observar que la referida matización aparece sobre todo en el libro de


Jean-Jacques Thierry, que constituye una especie de respuesta a las diversas obras escritas
por los adversarios del Opus Dei.2

Se trata de un hecho digno de consideración, por cuanto las obras en cuestión han:
aportado una serie de precisiones sobre el Opus Dei que éste siempre se había negado a
facilitar.

Ya tuvimos ocasión de ver que la noción de “milicia” figuraba en letras de molde en


las Constituciones de la Obra. Estas datan de 1947, y constituyen un extenso documento de
ciento setenta y nueve artículos, a veces redactados de forma muy confusa, agrupados en
cuatro partes: “Del Instituto y de sus miembros”, “De la vida en el Instituto’, “De la
dirección del Instituto”, “De la sección de mujeres”.
Resulta un tanto sorprendente que estas disposiciones, cuya intención apostólica
debiera constituir la mejor garantía de su pureza, hayan de mantenerse en riguroso secreto
por prescripción de los autores del texto. A pesar de lo que digan los celadores del Opus, el
artículo 193 resulta inequívoco:

“Estas Constituciones, las instrucciones publicadas 3 y las que puedan publicarse en el


futuro, así como los demás documentos no han de divulgarse; más aún: sin licencia del
Padre [el Superior del Instituto, a la sazón monseñor Escrivá de Balaguer], aquellos de
dichos documentos que estuviesen escritos en lengua latina ni siquiera han de traducirse a
las lenguas vulgares.” Extraña y sospechosa precaución en verdad. De aquí que los
dirigentes del Opus Dei precisen, por intermedio del citado Jean-Jacques Thierry, que
“estas normas sobre la no divulgación de las Constituciones no son exclusivas del Opus
Dei. No hacen más que aplicar una praxis general de la Sagrada Congregación de los
Religiosos a todos los Institutos que dependen de ella. En estas Constituciones de 1947, el
Opus Dei no ha hecho otra cosa que atenerse a esta praxis general”.

Es posible que así sea; en todo caso, el hecho merecería una explicación
suplementaria. Pero la que ahora nos interesa destacar es que el Opus Dei no se ha preo-
cupado de ofrecer estas justificaciones hasta después de que los adversarios de la Obra
dieran a conocer sus Constituciones. El libro de Jesús Ynfante contiene el texto íntegro de
las mismas traducido, no sin gran esfuerzo por lo demás, del latín al español .4

Dado que no era posible impugnar la veracidad de estas Constituciones, los


seguidores del Opus se vieron obligados a rizar el rizo con un sinnúmero de matizaciones, a
cual más falaz. Pero ello no altera el hecho de que el Opus Dei quiso ser, y sigue siendo,
una milicia. Aun cuando se eche mano de clichés más o menos pomposos, tales como el de
“caballería de los tiempos modernos” o el de “hombres de hoy que viven como los
primeros cristianos”, etc., lo cierto es que la organización se concibió y realizó como arma
de lo que podría llamarse una “guerra civil espiritual”.

Así lo reconoce a su modo, en un supremo arranque lírico, el autor de Camino: “Un


secreto; un secreto que debe proclamarse a voces: las crisis mundiales se deben a la falta de
santos. Dios quiere un puñado de incondicionales suyos en cada una de las actividades
humanas.”

Y el Opus Dei está organizado, en efecto, de manera que pueda reclutar y operar con
una “élite de Dios”, situada en los puntos neurálgicos o estratégicos de la organización
social

Volvemos a encontrar en la Obra la vieja obsesión de los integristas católicos; la


misma que animaba a la Compañía del Santo Sacramento, a los Caballeros de la Fe, a la
Sapiniére, pero también, más cerca de nosotros, a la “Ciudad católica” 5 o a una asociación
tan reservada y operante como la “Oficina de formación cívica y de acción doctrinal según
el derecho natural y cristiano”, desconocida del gran público (¡con ese nombre!), pero muy
capaz, en caso necesario, de movilizar contingentes a escala europea.
Aun cuando, en apariencia, parece que nos alejamos otra vez del tema del Opus Dei,
es indispensable detenerse con objeto de intentar definir esta obsesión integrista, ya que
constituye la esencia misma del proyecto de recristianización, o en términos españoles, de
“reconquista”, al que apunta el Opus Dei.

Una obra editada por el anodino “Club Jean-Louis Richard. Centro de estudios
empresariales” (que muy bien podría estar conectado con determinados opusdeístas)
explica con toda claridad la metodología -la misma que aplicó la Obra- mediante la cual se
intenta “proponer el esquema de un dispositivo de estimulación humana con vistas a una
acción general de carácter intergrupal, flexible y armoniosa”… (sic).

“En el escalón superior, el acuerdo… (más o menos riguroso, según las posibilidades
psicológicas).

“Luego, en los escalones inmediatamente inferiores, encontrar, suscitar, formar


animadores capaces, a su vez, de generar y fomentar organizaciones de influencia, sin
espíritu de partido, sin ambición unitaria, sin totalitarismo, en las áreas de orientación
privilegiadas, en las disputas más importantes.

“Lo que, habida cuenta de la diversidad de tareas, de la imbricación entre las redes, de
la importancia tan dispar de los organismos [...], puede representar [...] de veinte a treinta
hombres de primera línea; cuarenta o cincuenta de segundo orden; trescientos o
cuatrocientos de tercer grado, y quinientos o seiscientos de cuarto grado. En total, así por
encima, unas mil personas.

“Insignificante, pensarán los que sólo conciben la acción en porcentajes estadísticos y


electorales.

“Estos «mil» no constituirán ni un movimiento ni un partido [...], sino una sólida


trama intergrupal cuya cohesión apuntaría más a la unidad de espíritu y método [...] que al
lazo material de una organización permanente y estructurada. Tal sería el papel asignado a
esos «cimentadores» indispensables para la recomposición de las sociedades naturales [...].
Animadores, consejeros, integrados en sus redes organizativas que asumen la tarea de
mantener por todas partes la ortodoxia social, cristiana, y técnicos que utilizan el más
seguro de los métodos.” 6

Si el lector nos permite una cita más, resulta de interés resaltar que la obra de la que
acabamos de citar unos párrafos se ampara en una declaración del actual pontífice: “Tenéis
que planear y constituir una nueva generación de directores de fábrica y de empresarios a
los que pueda atribuirse con todo merecimiento el título de cristiana, título que en el orden
terreno consideramos equivalente al de excelente jefe”.7

Las dos citas que hemos reseñado parecen habernos alejado, en principio, del Opus
Dei; pero, en realidad, compendian con mucho acierto, cada una a su modo, las intenciones
y los principios de organización de la Obra. Para que Dios pueda contar con “este puñado
de incondicionales en cada una de las actividades humanas” y con hombres que, según los
anhelos del Papa, sean “excelentes jefes”, monseñor Escrivá y sus huestes, empezando por
el eminente secretario general del Opus Dei, don Álvaro del Portillo, han sabido crear en
España y en todo el mundo este “sólido vínculo intergrupal cuya cohesión tiende a la
unidad de espíritu y de método”.

En el capítulo anterior pudimos ver en qué consistían este espíritu y este método.
Examinemos ahora cómo se traducen en el plano de los hechos y en el plano de la
organización.

UNA JERARQUIA RIGUROSA

La milicia llamada Opus Dei está organizada de forma rígida, y sus socios han de
cumplir unas obligaciones prescritas con minuciosidad por las Constituciones. En este
sentido debemos distinguir: la organización del Instituto en tres ramas diferenciadas; su
organización a tenor de los países y regiones, y, por último, la jerarquía de los grados a que
pueden acceder los distintos miembros de la sociedad.

Existen cuatro grados, y las condiciones para acceder a cada uno de ellos pueden
resumirse como sigue: en el pináculo de la jerarquía están los socios numerarios, hombres
célibes, con estudios superiores equivalentes al nivel de un doctorado, aspecto físico
irreprochables 8, dentro de lo posible, con un amplio círculo de amistades y relaciones
sociales.

Primeramente pronuncian unos votos temporales y, luego, durante un largo periodo


(por lo general, entre cinco y seis años) siguen estudios teológicos. Concluidos éstos, se les
permite pronunciar los tres votos perpetuos de pobreza, castidad y obediencia. Llegado el
caso, pueden ser ordenados sacerdotes, pero de cualquier forma continúan ejerciendo su
profesión.

El artículo 15 de las Constituciones, que enuncia esta misma prescripción, resulta por
lo demás muy revelador en cuanto al afán de monseñor. Escrivá para atraerse a esta élite de
la Obra. En efecto, esta norma dispone que los numerarios asumen o conservan sus
funciones en la Administración pública, la enseñanza en las universidades, o también
dentro de profesiones como la abogacía, medicina y otras. El artículo 18 alude al
apostolado de los numerarios, que presupone siete obligaciones:

-santificar el propio trabajo;

-ofrecer a los demás ejemplo de vida cristiana; -esforzarse en la formación espiritual,


religiosa y profesional de los jóvenes, y en particular de los estudiantes;

-propagar la fe católica por todos los medios; -ejercer los cargos públicos con
fidelidad ejemplar; -divulgar las obras de los católicos en todos los países;

-ayudar a la Iglesia allí donde sea objeto de persecución.


Entre la clase de los numerarios figuran los llamados Inscritos (inscripta), designados
por el mismo “Padre” en el curso de una ceremonia particular. Los Inscritos tienen
encomendadas las tareas de dirección del Instituto. De entre estos miembros, aquellos que
disfrutan de voz activa en la elección del Presidente General -tras la muerte de Escrivá,
presidente ad vitam- se llaman Electores (artículo 15-3). Por lo general, conviven en las
diversas residencias del Instituto, de lo cual sólo pueden ser dispensados según lo prescrito
en las Constituciones.

La segunda categoría de miembros está constituida por los oblatos, hoy llamados
adherentes. Lo que distingue a los miembros de una y otra clase es, en esencia, que los
segundos no necesitan estar en posesión de estudios universitarios; pero, por lo demás,
guardan el celibato como los primeros, reciben también una formación teológica y se
entregan por entero a la Obra.

Los socios supernumerarios sólo pronuncian votos compatibles con su estado.


Pueden, por ello, contraer matrimonio y no tienen obligación de dedicar todo su tiempo a la
Obra.

Los cooperadores no son, a decir verdad, socios del Opus Dei, ya que no pronuncian
votos. Son meros simpatizantes de la Obra que tienen como director espiritual a un
sacerdote del Instituto. Incluso los hay que no son católicos.

Jesús Ynfante indica que en los Estados Unidos muchos afiliados a las logias
masónicas cooperan con el Opus Dei.

En la práctica, esta variedad de socios permite llegar a personas pertenecientes a todos


los estamentos sociales y vincularlas de un modo u otro a la organización.

Pero lo más destacable es, sin duda, la importancia que se otorga al hecho de poseer
estudios superiores, auténtica obsesión de monseñor Escrivá, lo cual demuestra con toda
claridad que el Opus concede prioridad a la captación de miembros entre las clases altas de
la sociedad.

Por lo demás, los distintos grados son de aplicación tanto a los hombres como a las
mujeres. En este sentido hay que señalar que el Opus Dei se compone de tres ramas:

-La Sociedad sacerdotal de la Santa Cruz, que comprende a los sacerdotes de la Obra,
hayan sido ordenados antes o después de su ingreso en la misma (los sacerdotes de la
propia Obra se reclutan entre los numerarios laicos, y en algún caso entre los oblatos o
adherentes).

-La rama masculina.

-La rama femenina, la mayor parte de cuyos efectivos está al servicio de los restantes
miembros de la organización. En efecto, al lado de las asociadas numerarias en posesión de
un título universitario, incluye a otras numerarias auxiliares (las llamadas numerarias
sirvientes), entregadas a tareas domésticas en las residencias de la Obra.

Desde 1946, fecha en que monseñor Escrivá se instala en Roma, las tres ramas del
Opus Dei tienen su sede en esta ciudad. Concretamente, la sociedad sacerdotal y la rama
masculina se encuentran en el número 73 de Viale Bruno Buozzi, y la sección femenina en
el 36 Via di villa Sachetti.

Estos estados mayores tienen al frente a un mismo superior: el Presidente general, hoy
nombrado con carácter vitalicio.9 Se trata, por supuesto, de José María Escrivá de Balaguer,
al que asisten un secretario general y un consejo general integrado en la actualidad por
personas de catorce nacionalidades distintas. Existe pluralidad de cargos directivos:
administrador general, procurador general, prefecto de estudios, consultor.

Este esquema organizativo se repite a nivel regional. El Opus, instalado en unos


setenta países, tiene regiones que abarcan, a veces, más de un Estado.

La discreción de que hace gala el Opus Dei dificulta la obtención de datos en esta
materia. En cualquier caso, existen unos consejos regionales a la cabeza de los cuales figura
un consejero general (también llamado “consiliario”). Se conocen los nombres de estos
últimos; pero resulta mucho más difícil determinar la composición exacta de los consejos.
Por otra parte, interesa saber que, con frecuencia, la actividad de ciertos grupos opusdeístas
se ejerce bajo el caparazón de asociaciones legales ordinarias. Así, en Francia, la llamada
Asociación de Cultura Universitaria y Técnica (ACUT) es, como tendremos ocasión de ver,
uno de los principales medios de acción con que cuenta el Instituto.

Este esquema de la organización demuestra con claridad que, lejos de ser una
“organización desorganizada” o una “empresa descentralizada”, el Opus obedece a una
concepción muy rígida que, contrariamente a los asertos de sus dirigentes, deja escaso
margen a la iniciativa de los miembros o grupos. Por otra parte, las Constituciones de la
Obra insisten demasiado en el principio de obediencia para que pueda ser de otro modo;
obediencia que ha de ser “general, pronta y jubilosa”. Por otra parte, los poderes del
presidente general, del “Padre”, son prácticamente absolutos y se extienden a todas las
regiones, centros y bienes de la Obra. El artículo 329 de las Constituciones precisa que la
potestad del Padre es ordinaria, social, gubernativa y prescriptiva sobre sus subordinados,
de tal suerte que tiene poder para dictar disposiciones para imponer penitencias por las
transgresiones de las normas y para “ordenar todo aquello que estimare necesario u
oportuno para la recta dirección del Instituto”. Vemos, pues, que el Padre es sin duda el jefe
supremo de una organización poderosa, estructurada y concebida como una milicia y que,
en efecto, ha llegado a serlo. Veamos ahora qué representa dicha milicia a los ojos de la
Iglesia.

LAS INCERTIDUMBRES DEL ESTATUTO JURIDICO

Ya dijimos con anterioridad que monseñor Escrivá anduvo en permanente intriga con
las autoridades eclesiásticas para el reconocimiento oficial de su asociación.
En 1941, el arzobispo de Madrid-Alcalá concedió a la misma el título de Pía Unión
Diocesana. Más tarde, en 1943, la Santa Sede autorizó la transformación de esta Pía Unión
en “Instituto comunitario sin votos públicos Pero eso no bastaba al padre Escrivá para
llevar adelante sus ambiciosos proyectos. La Obra tuvo la fortuna de que, al término de la
Segunda Guerra Mundial, el Vaticano se preocupara de precisar los criterios en torno a una
nueva fórmula de santificación a la que se dio el nombre de Instituto Secular, entendido
como una “sociedad de clérigos o laicos cuyos miembros formulan el voto de practicar en
el mundo los preceptos evangélicos con vistas a lograr la perfección cristiana y a entregarse
por entero al apostolado”,

“En el mundo”: este es el punto esencial. Por lo demás, es lo que justificaba la


aplicación del calificativo “secular” a dichas organizaciones y lo que las diferencia,
además, de las órdenes religiosas, pues sus miembros no visten ningún hábito determinado
ni tienen, por lo general, obligación de realizar vida comunitaria, por lo que, llegado el
caso, viven una vida familiar y profesional semejante a la de los demás laicos.

El 2 de febrero de 1947, la Santa Sede promulgó la constitución apostólica Provida


Mater Ecclesia, completada en el transcurso de los años siguientes por el motu proprio
Primo feliciter (12 de marzo de 1948) y la instrucción Cum sanctissimus (19 de marzo de
1948). Los referidos textos definen el estatuto jurídico de los miembros de estos institutos
que desean realizar un “apostolado en el mundo y con los instrumentos del mundo”.

Se ha dicho que por esas fechas los socios del Opus Dei desempeñaron un papel
importante en la redacción de los referidos textos, sobre todo Álvaro del Portillo, actual
secretario general, cuyo influjo en el Concilio Vaticano II ya mencionamos con
anterioridad. Igual acontece con Salvador Canals, eminente prelado y opusdeísta, quien por
espacio de muchos años fue miembro de la Sagrada Congregación de Religiosos. En
cualquier caso, sabemos con seguridad que apenas publicada la constitución apostólica del
2 de febrero de 1947, la rama sacerdotal del Opus recibió una aprobación provisional y que
al cabo de veintidós días obtuvo la sanción oficial, como si todo obedeciera a un plan
previamente concertado. Dicha aprobación lleva el nombre de “Decreto de Alabanza”
(Primus Institutum), y adquirió carácter definitivo el 16 de julio de 1950.

Por consiguiente, en teoría, el Opus Dei es sin duda un instituto secular, y según
palabras de Pío XII, el “modelo” por excelencia entre los de su clase.

Sin embargo, con el paso del tiempo las concepciones de los dirigentes del Opus han
experimentado una clara transformación. Las dificultades con la jerarquía episcopal, la
hostilidad de algunos medios religiosos como la Compañía de Jesús, el afán de sacudirse la
tutela de algunas congregaciones romanas, son factores que sin duda han desempeñado un
papel no despreciable en la serie de cambios que se han operado. No es misión nuestra
analizar aquí las sutiles distinciones canónicas esgrimidas como argumento, que en
ocasiones han motivado polémicas de un bizantinismo exacerbado. No obstante, es preciso
ofrecer algunas precisiones en esta materia sobre la base de los estudios llevados a cabo por
algunos teólogos de la Obra.
Estos últimos, sobre todo Vicente M. Encinas y Julián Herranz, hacen notar que la
mayor parte de los restantes institutos seculares tienden cada vez más a identificarse con las
órdenes religiosas. Algunos imponen a sus miembros la formulación pública de sus votos;
otros visten un hábito distintivo o prescriben la vida comunitaria, e incluso los hay que
exigen a sus miembros guardar el secreto. De una manera general, cabe decir que en estos
institutos se observa la tendencia a prescindir de la “secularidad”, que es, sin embargo, su
auténtica razón de ser. En cambio, el Opus Dei quiere permanecer fiel a la línea teológica y
jurídica que se trazó desde un principio. Y si a la vista de esta situación se insiste en llamar
“institutos seculares” a unas organizaciones que son en realidad congregaciones religiosas,
la Obra prefiere renunciar a esta denominación para adoptar el título de “Asociación de
fieles”.

Por otra parte, conviene no confundir al Opus Dei con una asociación de fieles
ordinaria o con un simple “movimiento de apostolado” de los ya existentes. A este respecto,
Julián Herranz escribe que “el Opus Dei constituye una asociación de fieles, de régimen y
extensión universal’.10

En realidad, el Opus Dei no puede ni quiere otra cosa que parecerse a sí mismo.
Organización de una especie original (dentro de la Iglesia), dirigida con nuevos métodos y
provista de objetivos ambiciosos, sigue siendo una organización sui generis, como lo era la
Compañía del Santo Sacramento.

Extraña, sin embargo, que después de jactarse tan reiteradamente de haber creado la
noción de instituto secular, los dirigentes del Opus Dei hayan puesto tanto empeño, a partir
de 1960, en mostrar que su organización no es un instituto de este género.

Esta nueva contribución pone de relieve la mentalidad de sus dirigentes. En efecto,


para ellos el fondo del asunto carece de interés comparado con la necesidad de saber cuál es
el poder efectivo alcanzado por la organización.

EFECTIVOS Y RECLUTAMIENTO

Sabemos que, en 1941, el Opus Dei agrupaba a sólo unos centenares de miembros.
Apenas transcurridos treinta años, sus asociados y simpatizantes de todo el mundo suman
decenas de millares.

¿Cuál es su número en realidad?

Ante todo hay que decir que se han barajado cifras muy dispares, lo cual no tiene nada
de extraño. El número de socios es uno de los secretos mejor guardados. En la oficina de
información de la Obra en la calle Vitruvio de Madrid, se nos dice con evidente hipocresía
que de este modo se evita cualquier brote de “triunfalismo” u “orgullo de cuerpo”. Con
todo, lo que ya se ha expuesto acerca de los distintos grados y dignidades existentes en el
seno de la Obra explica la dificultad de contar con cifras fidedignas, sobre todo a causa de
los miembros “cooperadores”, es decir, de los amigos y simpatizantes del Instituto, cuyo
número no resulta fácil contabilizar. La Asociación de Amigos de la Universidad de
Navarra, 11 por ejemplo, supera los 10,000 miembros, todos los cuales han de considerarse,
en principio, como simpatizantes del Opus Dei. ¿Hay motivos para pensar que se hallen
encuadrados como socios del Instituto?

En relación con este asunto de los efectivos, la revista americana Life indicaba, en
marzo de 1957, que ascendían a 72,000 miembros, distribuidos como sigue: 7,000
numerarios, 12,000 oblatos (o adherentes), 2,500 supernumerarios y 50,000 cooperadores.
En 1964, el New York Times mencionaba la cifra oficial de 50,000 miembros, menos de la
mitad de los cuales eran españoles.

Al año siguiente, M. Lapierre señalaba en la Revue politique et parlementaire unos


efectivos de 72,000 miembros para todas las categorías. Hasta 1969 no se apunta una cifra
casi oficial. En efecto, tras la celebración de su congreso general, en octubre de 1969, el
Opus Dei publicó un comunicado oficial en el que se afirmaba que el número de socios era
de 50,000, y que pertenecían a 76 nacionalidades distintas.12

En 1970, la agencia Fiel hablaba de una cifra de 37,000 socios sólo en la Península
Ibérica, de los que 12,000 eran mujeres. Por esas mismas fechas, parece que en México
había 8,000 socios, 1,000 en Francia, 500 en Chile (no se incluyen en estas cifras los socios
cooperadores). A la vista de estos guarismos podemos admitir que, hoy, el Opus debe de
contar con unos 60,000 afiliados “plenos” en todo el mundo, más un número indefinido,
pero sin duda importante, de simpatizantes. Lo único seguro es que no hay que confiar en
los datos facilitados por los opusdeístas, puesto que no son comprobables, detalle que no
constituye por supuesto ninguna novedad.

Ya se ha dicho que los criterios seguidos por el Opus para clasificar a sus miembros y,
sobre todo, la importancia que se concede a la posesión de estudios superiores en el caso de
los numerarios y de los adherentes (oblatos), tienen por efecto inmediato situar en el
pináculo de la jerarquía y en los puestos directivos a individuos pertenecientes a los estratos
sociales más elevados.

La exigencia de estudios superiores equivale a situar en los puestos de dirección -y en


España más aún que en Francia- a los miembros de la alta y mediana burguesía, y de forma
excepcional a unos pocos individuos de extracción popular en vías de integración a los refe-
ridos estamentos sociales. El hecho se nos antoja tan evidente que nos parece innecesario
insistir en ello. Por lo demás, casa a la perfección con las intenciones que el Opus Dei
expresa abiertamente en sus Constituciones.

Baste recordar el artículo 3, ya mencionado, de las Constituciones, donde se fija como


objetivo específico de la Obra, el recristianizar a la clase intelectual y directora de la
sociedad civil. Tanto en la teoría como en la práctica, el Opus Dei tiene intenciones
manifiestas… tal vez demasiado.

Ello ha inducido a la Obra a ofrecer una imagen opuesta de lo que es en realidad, y


para conseguirlo ha procedido a “suscitar” innumerables opiniones inspiradas por el mismo
patrón, con las que se intenta conferir al Instituto si no un tinte proletario si, al menos, un
cariz más popular. Si compilásemos estas opiniones estamos seguro de que contaríamos
con una notable antología de lo que podríamos llamar, imitando a Camino, la “santa
desvergüenza”. Prueba de ello la tenemos en el siguiente artículo, publicado en la Hoja del
Lunes: 13

“La mayor parte de los miembros del Opus Dei son gente de modesta condición:
obreros, campesinos [...].” O bien este lastimero comentario aparecido en El Alcázar,14
periódico vinculado a la Obra: “Se insiste en la brillante posición de algunos de sus
miembros y se olvida a la inmensa mayoría restante: campesinos, madres de familia,
empleadas domésticas, maestros y taxistas.” Pero en este terreno la palma tal vez
corresponda al diario Madrid por una serie de entrevistas publicadas en marzo de 1970, por
las que vemos desfilar a un taxista, un banderillero, un oficinista, un guardia municipal, un
telefonista, un peluquero, un camarero, la dueña de una churrería… gente a cual más
humilde y que, desde luego, no estaban en condiciones de intentar siquiera la conquista de
ningún Estado.

No puede negarse que el Opus Dei cuenta en su seno con un determinado número de
personas de origen modesto cuyas funciones equivalen a las de los hermanos legos en otras
instituciones religiosas; pero no es menos cierto que estos ejemplos, aireados con tanta
insistencia, no bastan para disimular la verdadera naturaleza del Opus Dei, que recluta el
grueso de sus efectivos en los ambientes de la aristocracia y de la alta y media burguesía.

Por lo demás, la opinión pública española no se ha dejado engañar, e ironiza en


especial sobre el modo en que los socios del Opus Dei entienden la “santa pobreza”,
instalados como están en lujosas residencias o en sus confortables hogares. En efecto, la
pobreza tal como la entienden los adeptos de la Obra consiste en vivir al nivel que exige el
medio social al que uno pertenece, pues se estima que un exceso de ascetismo podría
escandalizar a este medio y, en consecuencia, disminuir las posibilidades de apostolado.

El obrero, pues, debe vivir como tal, y el burgués como lo que es. Esta concepción de
la ascesis tiene la ventaja de que no traumatiza a nadie, y, en el plano colectivo, de que
contribuye de modo eficaz al mantenimiento de las estructuras sociales existentes.

Sería difícil describir al socio tipo del Opus Dei mejor de lo que lo hace la duquesa de
Medina-Sidonia en su célebre novela La Huelga, al presentarnos el personaje de don
Alberto, el juez, que “gusta de buscar en la obra del padre Escrivá una máxima que pueda
aplicar en cada trance difícil de su vida”.

Tal vez sea la suya una visión literaria, como lo fueron las de Maliére, Stendhal o
Balzac, y también es posible que su ironía resulte un tanto forzada; pero, de todas formas,
ofrece una idea cabal del hombre que goza de un status social y que pertenece a la Obra en
España.

“Don Alberto era un hombre recto. Toda su persona, desde la corbata a los zapatos,
denotaba rectitud ante la opinión de las gentes [...].

“Casó joven con una mujer poco agraciada, enferma, de la que cuidaba
personalmente. Tuvo una hija para demostrar que podía ser padre, tras lo cual se dedicó a
convencer a su infortunada compañera de los beneficios eternos que podía reportarles el
voto de castidad. Será un sacrificio común que nos acercará a Dios. El nos recompensará
mostrándose a nuestros ojos después de la muerte.

“La recompensa no se hizo esperar mucho. En los años de la posguerra 15 no habían


muchos jueces sumisos. El era uno de ellos. Se le ofreció un ascenso de difícil consecución
habida cuenta de su edad y de las bajas calificaciones obtenidas en los exámenes. De una
ciudad a otra, don Alberto ascendió con rapidez en el escalafón de su profesión. Cada día,
en cualquier lugar que se encontrara, se le veía comulgar en la misa de nueve. No olvidaba
visitar alguna que otra iglesia y al párroco que la regentaba. Iba al cine cuando sabía de
seguro que la película era de una moralidad irreprochable, y acudía también a los actos
oficiales a los que tenía obligación de asistir, pero nunca bailaba ni bebía [...].

“Era miembro de las cofradías más importantes, y por el bolsillo de su saco asomaba
en todo momento un librito de los Evangelios, que jamás abandonaba. Su imagen era la de
un hombre gris, metódico y correcto, que soportaba con estoicismo el calor y que huía cada
año de la playa, al llegar el verano, porque en ella es más fácil ofender a Dios.

“Algunos lo tenían por un santo, y es que, a decir verdad, don Alberto tenía una
moral. Su moral, perfectamente encuadrada en el principio Dios. El Dios de Camino, por
supuesto, ya que Dios siempre está del lado de la razón. Aquel que puede tener a Dios
como sostén en la vida triunfa, porque Dios es todopoderoso y nadie puede luchar contra él.
Así, los que triunfan, es decir, los ricos, son los amigos de Dios. Habida cuenta de que Dios
es justo, no puede tener amigos injustos. Por lo tanto, los poderosos son justos.” 16

Como es lógico, este testimonio literario de indudable calidad no pone de relieve toda
la diversidad que forma la base de reclutamiento de la Obra, cuya organización se concibió
enteramente para permitir la penetración en los medios más diversos.

Con todo, el libro tiene interés, por cuanto muestra, sobre todo cuando se analiza el
comportamiento de don Alberto en el transcurso de la narración, la ambigüedad de la
institución. Entonces resulta que, con el pretexto de la santificación individual -sobre este
punto debe reconocerse la sinceridad de muchos opusdeístas-, la Obra se configura como
una empresa sociopolítica, de una índole peculiar si se quiere, pero perfectamente
identificable…

A través de la biografía de monseñor Escrivá, así como del estudio de la ideología y la


organización del Opus Dei, hemos glosado con amplitud los aspectos religiosos de la
institución. Ahora debemos examinar cuál fue la actitud de la Obra una vez terminada la
guerra civil española, tanto en España como en los demás países donde está introducida.

Por lo demás, sus actividades son consecuencia directa del afán inicial que impulsó a
su fundador; o sea, la recristianización de la enseñanza en general y de la enseñanza
superior en particular, y la reconquista de la élite intelectual.

Pero las iniciativas de algunos opusdeístas han ido mucho más lejos, puesto que han
incidido en el terreno económico, financiero y político.
De esos tres aspectos vamos a ocuparnos acto seguido.

——
1
Le Figaro, 15 de julio de 1966.

2
J. J. Thierry, ob. cit., pág. 49.

3
En la versión original española se utiliza el término “publicadas”, término totalmente inadecuado en
el caso de que se trata. Hemos de entenderlo como “difundidas” en el seno de la Obra.

4
Jesús Ynfante, ob. cit., pág. 397-452.

5
La noción de “organización capilar” que leemos en algunas máximas de monseñor Escrivá,
pertenecen en realidad al vocabulario de “La Cité catholique”.

6
Louis-Marie Ferrier e Yves le Penquer, La Technocratie et les libertés, pág. 44, CLC, París, 1968.

7
S. S. Pablo VI, alocución del 7-2-1966. 140

8
Se aplican los mismos criterios que en el sacerdocio: no se admiten defectos como la tartamudez ni
taras como la cojera, gibosos, etcétera.

9
En la actualidad, el privilegio de nominación vitalicia sólo lo detenta el General de los jesuitas.

10
“El Opus Dei,” en Nuestro Tiempo, julio-agosto 1962. Se trata de una revista muy ligada al Opus
Dei.

11
Sobre la Universidad, véase el capítulo siguiente.

12
Le Monde, 12-13 de octubre de 1969.

13
Hoja del Lunes, 11 de junio de 1962, Madrid. 14 El Alcázar, 6 de febrero de 1964.

15
Se alude, naturalmente, a la guerra civil española.

18
Isabel Álvarez de Toledo, duquesa de Medina-Sidonia, La Grave, Grasset, París, 1970.

—oOo—

LA CONQUISTA DE LA “ELITE” INTELECTUAL

A partir de la Revolución Francesa y del Imperio, todos los gobiernos de la época


moderna han pretendido sustentarse en la enseñanza, la cual se ha visto tanto más
controlada cuanto mayor era el afán autoritario de dichos gobiernos.

El franquismo no constituye ninguna excepción a esta norma, e incluso cabe decir que
ha desarrollado todas sus posibilidades, desde la destrucción sistemática de todas las
fórmulas docentes anteriores al régimen, hasta la reconstrucción metódica de otra
Universidad, adaptada a sus necesidades.

La destrucción se produjo durante la contienda civil: ejecución de profesores


universitarios, como en Granada; suspensión de empleo a todos los niveles educativos y
exilio de gran número de profesores. La Universidad era republicana y, en algunos
aspectos, era incluso la espina dorsal de la República. En consecuencia, los vencedores le
depararon la misma suerte que a esta última. De aquí que, concluida la guerra civil, hubiera
que proceder a reconstruirla por entero.

Fue entonces cuando el padre Escrivá y su reducido grupo de seguidores supieron


aprovechar la “oportunidad” que se les brindaba, la cual vino muy facilitada gracias a la
acción de dos hombres que durante la guerra permanecieron largo tiempo refugiados en la
embajada de Chile en Madrid. Uno fue José María Albareda, profesor universitario,
compañero de viaje de José Ibáñez Martín,1 también profesor y antiguo procurador en
Cortes que fue nombrado ministro de Educación Nacional, cargo que ocupó por espacio de
más de once años.

Una de las primeras medidas que adoptaría fue la creación del Consejo Superior de
Investigaciones Científicas, verdadero “caballo de Troya” utilizado por el Opus Dei para el
asalto a la Universidad.

EL CONSEJO SUPERIOR DE INVESTIGACIONES CIENTIFICAS

El Decreto-ley de 24 de noviembre de 1939 que instituyó el Consejo era resultado


directo de los planes conjuntos de Ibáñez Martín y del opusdeísta Albareda. Este último,
por lo demás, fue nombrado ya de entrada secretario general del nuevo organismo, cargo
que ocupó hasta su muerte, acaecida en 1966.

Es obvio que el control por el Opus Dei de una institución oficial de esta índole
suponía un medio de acción de vital importancia. Daniel Artigues analiza con profundidad
y acierto esta primera conquista, cuando escribe que el Consejo “permitió al Opus Dei
pasar de la conquista individual de las minorías al control de un organismo oficial que
gozaba de una posición privilegiada para ejercer un influjo decisivo en la orientación de la
intelectualidad española. El C.S.I.C. presentaba la ventaja de ser una creación ex nihilo, en
donde el Opus Dei podía desenvolverse con relativa libertad de movimientos sin topar con
la influencia ya consolidada de los jesuitas, la Acción católica, los “propagandistas” o
cualquier otra asociación análoga. El C.S.I.C. abría toda clase de posibilidades de actuación
en el ámbito universitario. Por último -last but no the least-, el C.I.S.C. contó desde el
principio con un presupuesto autónomo, lo que ofreció por vez primera al Opus la
oportunidad de encauzar los fondos del Estado en una dirección ajustada al ideal de la
Obra.”

A decir verdad, la dotación de medios fue considerable. El Consejo recibió, en efecto,


los bienes de las antiguas organizaciones universitarias que habían quedado disueltas: la
Junta de Ampliación de Estudios y la Fundación Nacional de Investigaciones Científicas.
Pero no cabe duda de que la fuente de ingresos más importante fue el presupuesto público.
Hoy disponemos de algunos datos sobre la cuantía e estas asignaciones.

Sabemos, por ejemplo, que entre los años 1945 y 1950 el Consejo recibió más de 480
millones de pesetas. Durante este mismo periodo, las escuelas primarias recibieron 84
millones.

Estos datos resultan muy significativos si se tiene en cuenta que España todavía no se
había repuesto de los estragos de la guerra civil. El Consejo distribuye becas de estudios
para España y el extranjero, subvenciona los trabajos de catedráticos e investigadores y
contrata a eminentes profesores del extranjero. Por otra parte, coordina y financia la
actividad de los institutos científicos de todo tipo y, en fin, publica una revista, Arbor, que
ocupa un puesto de primer orden entre la clase Intelectual.

No es difícil imaginar que la concesión de becas y subvenciones, siempre con un


pretexto científico, imposible de comprobar por toda persona ajena al Consejo, fue un
medio singularmente eficaz para hacerse con Una auténtica “clientela” adicta a los gestores
de la institución.

Con todo, uno se pregunta cómo fue posible que las otras tendencias dentro del
franquismo, sobre todo la Falange, permitieran el auge de una organización semejante sin
ponerle obstáculos.

Ante todo hemos de precisar que, en la fase inicial, el Opus Dei no aparece de forma
clara como impulsor del proyecto; intervención real no se haría patente hasta mucho
después.

En segundo lugar, la existencia del Consejo era demasiado útil al régimen para
prescindir del mismo. El franquismo, acusado de fascista, repudiado durante años por la
UNESCO, tenía necesidad de un movimiento intelectual que, en cierto modo, le servía de
coartada.

En cuanto al Opus Dei, encontró su primer instrumento para proceder a la tarea de


recristianizar la cultura española.

Con todo, por muy eficaz que fuera dicho instrumento, resultaba a todas luces
insuficiente. Subordinado al ministerio de Educación, el Consejo Superior de In-
vestigaciones Científicas seguía siendo un organismo con limitado campo de acción. Hoy
agrupa a más de tres mil personas, de las cuales mil se dedican a la investigación en los más
variados campos del saber. Representa, por consiguiente, una formidable fuerza intelectual,
aunque insuficiente para asegurarse un verdadero control sobre el conjunto del mundo
universitario.

Así pues, la Universidad fue objeto de una doble y metódica penetración: una que
afectaba al reclutamiento del profesorado universitario, y otra relativa a la propaganda en el
medio estudiantil.
. En cuanto al reclutamiento de catedráticos, los nuevos prohombres intelectuales de
España supieron sacarle provecho al antiguo sistema selectivo conocido por el nombre de
“oposiciones”.

En época de la República, el candidato tenía que demostrar su competencia ante un


tribunal integrado por cinco miembros, tres pertenecientes a la disciplina del opositor, y
otros dos nombrados por el ministro.

En tales condiciones, el difícil empeño de la “oposición” conservaba su carácter


intelectual en tanto que criterio valorativo de los conocimientos del candidato, un poco al
modo de lo que es el doctorado en Francia. Cuando, en 1943, Ibáñez Martín, ministro de
Educación Nacional, redactó la ley fundamental sobre la enseñanza superior, la llamada
Ley de Ordenación Universitaria, decidió que fuera el propio ministro quien designara a los
cinco miembros del tribunal.2

Como se observa, Ibáñez Martín, aun sin ser personalmente socio del Opus Dei,
favoreció en todo momento, influido por Albareda, el desarrollo del Instituto.

Es verdad que no favoreció sólo al Opus. Su objetivo era fomentar en el ámbito de


toda la enseñanza superior “un ambiente de piedad que contribuya a desarrollar la
formación espiritual en todos los actos de la vida del estudiante”. En estas condiciones,
cualquier candidato clerical tenía bastantes posibilidades de ser promovido.

Lo cierto es que todos los intelectuales del Opus Dei que gozan de un cierto prestigio
se beneficiaron del sistema instaurado por Ibáñez Martín. No quisiéramos dar aquí una lista
demasiado larga de nombres poco conocidos en Francia, excepto en los medios especiali-
zados; pero debemos precisar que entre los personajes que ocuparon puestos importantes en
el medio universitario figuran: Calvo Serer, Jesús Arellano, Pérez-Embid, Suárez
Verdeguer, Ponz Piedrafita, Palacio Atard, Alvaro D’Ors, José Orlandís, González Álvarez,
Millán Puelles, Alberto Ullastres,3 todos ellos filósofos, historiadores, juristas y biólogos
que se contaban entre los más eminentes de la España contemporánea. Nadie discute la
competencia profesional de estos hombres, pero debemos subrayar el hecho de que todos
ellos están dentro del sistema y que todos se beneficiaron -pues ni tan sólo puede hablarse
de confrontación- del silencio, la clandestinidad o el exilio a que se vieron relegados los
demás intelectuales. ¡Y Dios sabe lo que significa en España la palabra silencio desde
1939!

Resulta muy difícil saber cuántos opusdeístas lograron por esta vía infiltrarse en el
campo de la enseñanza media y superior española. El porcentaje varía según las épocas. Al
parecer, hubo momentos en que alcanzó el 40 por ciento de los efectivos; hoy, en cambio,
se asegura que no pasa del 20 por ciento, lo que sigue siendo un número muy crecido.

Sea lo que fuere, el caso es que esta “infiltración” en el cuerpo profesoral no hubiera
bastado por sí sola para atraerse a la élite intelectual de no haber ido acompañada de una
acción metódica sobre el medio estudiantil.
La naturaleza misma de este medio exige una acción multiforme. En el transcurso de
su experiencia personal, el propio Escrivá de Balaguer se percató de los diversos aspectos,
aunque sin dejar de manifestar una cierta predilección por la residencia en común. Ya
tuvimos ocasión de ver que, mucho antes de la apertura de la residencia de la calle Ferraz
en Madrid, Escrivá tenía la costumbre de recibir a numerosos jóvenes en su propia casa.

Es probable que el empeño de los opusdeístas se viera facilitado por la circunstancia


de que la ley de 1943, elaborada por Ibáñez Martín, obligaba a los estudiantes a inscribirse
en alguno de los llamados Colegios Mayores, cuyo origen se remonta casi a la Edad Media
(como antaño los de la Sorbona, Oxford y Cambridge). El objeto de estos colegios era
aglutinar en un mismo centro la formación intelectual y la formación espiritual de los
estudiantes. Entre los colegios mayores fundados por el Opus Dei, el más conocido es la
residencia de La Moncloa, en Madrid; pero la Obra tiene asimismo otros centros en
Granada, Sevilla, Santiago de Compostela, etcétera.

En lo que atañe a los colegios mayores de Barcelona y Zaragoza, es interesante


señalar que a diferencia de los citados con anterioridad, fundados de un modo oficial por el
Opus Dei, surgieron como ramas de una anodina Sociedad de Cultura Universitaria y
Técnica. Cuando el Opus Dei quiso instalarse en Francia, veremos que lo hizo bajo el
disfraz de una asociación que ostenta exactamente el mismo nombre.

Este afán por enmascarar las cosas no es producto de una simple afición a la
clandestinidad, innecesaria por demás en un régimen como el franquista, sino un auténtico
método, debidamente experimentado y puesto al servicio de los objetivos particulares de la
Obra.

La idea consiste, en efecto, en atraerse a la élite, pero no en alistarla formando


compactos regimientos. El; Opus Dei no se ha propuesto asistir a un desfile de compactos
batallones, al modo del fascismo más pedestre, ni quiere tampoco enarbolar un estandarte o
una bandera. Lo que de verdad interesa al Opus es captar para sí a hombres competentes
que ocupen puestos de relieve.

Este empeño explica la afición inmoderada a las tertulias, los retiros y las salidas
colectivas, que permiten calibrar a los jóvenes y atraerlos a su órbita. De aquí, también, los
notables esfuerzos imaginativos que despliega para animar grupos de estudiantes. El arte
supremo es, en todo momento, el de saber convencer lentá, cautelosa, pero eficazmente, al
joven codiciado como presa de que Camino es la única garantía de triunfo en este mundo y
de salvación en el otro, y de que debe a la Obra el ser lo que es.

Lo más curioso es observar que tanto los miembros que se han desligado del Instituto
tras una estancia en alguna de sus residencias, como los que le permanecen fieles, se
muestran acordes en la valoración de estas métodos.

Por otro lado, interesa señalar que algunas de las endencias que se observan en esta
acción resultan un tanto inquietantes: la residencia de La Moncloa, en Madrid, fue por
espacio de mucho tiempo uno de los baluartes más notorios y firmes del movimiento
fascista “Joven Europa”, que entroncó en Francia con los de “Jeune Nation” y la O.A.S., y
más tarde con el movimiento “Occident”. Su último avatar fue el de “Ordre Nouveau”,
disuelto en junio de 1973.4 Los mismos lazos le unían, como es de suponerse, con el
Movimiento Social Italiano, de corte neofascista.

De todos modos, estas actividades del Opus no son suficientes para dar una idea
completa de los esfuerzos realizados para la captación de la élite intelectual. Falta
mencionar la revista Arbor, la Universidad de Navarra y las equívocas realizaciones para
consumo del pueblo.

ARBOR“, LA UNIVERSIDAD DE NAVARRA… Y EL PUEBLO

Tal como indica Daniel Artigues, la revista Arbor, cuyo primer número
(correspondiente a los meses de enero-febrero) apareció en marzo de 1944, nació como
órgano de oposición a la revista Escorial, fundada en 1940 por Dionisio Ridruejo y Pedro
Laín Entralgo, de inspiración católica a la vez que resueltamente falangista.

Entre los fundadores de Arbor (cuyo precedente fue la revista Síntesis) se encontraban
Raimundo Pániker, Ramón Roquer y Rafael Calvo Serer. Oficialmente la revista es el
órgano general del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, pero en realidad
constuye la vía de expresión de un grupo de intelectuales del Opus deseoso de crear una
“tercera fuerza” política.

Calvo Serer,5 que pese a ser un opusdeísta convencido milita en las filas de la
oposición al régimen, era por aquel entonces uno de los intelectuales más destacados de la
Obra.

Teórico de la misión de España, escribió dos obras importantes: España sin problema
y Teoría de la Restauración, en las que se declara católico convencido. “Sólo el catolicismo
-dice- es capaz de vertebrar a España”. Pero al mismo tiempo pretendía allanar el camino
para lograr la síntesis entre catolicismo y ciertas ideas modernas. Así, escribía: “La
experiencia nos demuestra que el hecho religioso es en España una realidad nacional. Por
ello no podemos desfallecer en la lucha contra los elementos que la tradición nacional
ortodoxa no puede asimilar” (España sin problema); pero añade de inmediato: “La única
síntesis posible debe hacerse sobre la base de la más rigurosa ortodoxia, asimilando todas
las aportaciones válidas del campo opuesto, cuidando al propio tiempo de distanciarse de lo
que pueda haber de perecedero en la tradición cristiana”. Junto a Calvo Serer, autores como
Florentino Pérez-Embid -presidente desde 1951 del Ateneo madrileño, el viejo cubículo
liberal-, erigido en paladín del régimen y director de una colección en Ediciones Rialp,6 y
también Ángel López Amo (autor de La monarquía de la reforma social) trataron de
inocular en la clase intelectual española una doctrina de inspiración opusdeísta.

Pero, en 1952, el Opus, tras un periodo muy fructífero por lo que a la captación de
miembros se refiere, se vio en la precisión de tener que variar su política universitaria.

El año 1952 fue, en efecto, el año de la fundación del Estudio General de Navarra, la
actual Universidad del mismo nombre. El colegio mayor Aralar de Pamplona, instalado al
principio en un viejo caserón, se convirtió en una gran Universidad integrada por veinte
facultades que imparten su enseñanza a más de 6,000 alumnos. Además, dependen de la
Universidad dos importantes institutos: el Instituto Superior de Secretariado y de
Administración de San Sebastián, y el Instituto de Estudios Superiores de la Empresa
(I.E.S.E.) en Barcelona. Según sus impulsores, la fundación de la Universidad respondía a
una necesidad de descentralización en provecho de la vieja Navarra. Su régimen no difiere
mucho del de otras universidades pontificias, como la célebre Universidad de Lovaina, en
Bélgica. Por lo demás, para lograr el reconocimiento oficial de los títulos otorgados por la
Universidad de Navarra (objetivo conseguido en 1962), el Opus tuvo que pugnar durante
diez años sosteniendo frecuentes polémicas en torno a la interpretación del Concordato de
1953 entre España y el Vaticano. Los dirigentes del Opus Dei, empezando por monseñor
Escrivá, siempre han afirmado con calor que la conversión del Estudio General en
Universidad de la Iglesia no va dirigida en modo alguno contra la Universidad oficial.

Parece que en este punto se muestran sinceros, ya que el Opus Dei no ha levantado su
propia Universidad para acabar con la Universidad oficial, sino porque esta última no
quería tratos con la Obra. Veamos lo que nos dice a este respecto José Luis Aranguren, 7
uno de los hombres que mejor conocen el tema de la Universidad española:

“Desde un punto de vista sociológico es interesante observar que la facción intelectual


del Opus Dei manifestó desde el final de la guerra española, un evidente afán por adueñarse
de la Universidad. Por espacio de algún tiempo pareció que iba a lanzarse a tan ambicioso
proyecto, por anacrónico e ilusorio que fuera tratar de recristianizar España de arriba abajo
a partir de la Universidad y de la juventud. De todos modos, me complace reiterarlo, esta
tentación constituía una noble ambición que, si bien irrealizable en su totalidad, hubiera
podido llevar a la universidad una presencia católica de extrema eficacia. La precipitación o
el ansia de poder dieron al traste con el proyecto, que era realizable si se hubiese planteado
con modestia y discreción. Pero con una innegable falta de responsabilidad se improvisó un
cuadro de profesores cuyo sentir católico, falto de competencia o vocación, o de ambas
cosas, chocó contra los fines que perseguía.”

Esta afirmación es sólo una hipótesis; pero lo cierto es que al abandonar Ibáñez
Martín el ministerio de Educación, se amplificó la resistencia contra el Opus y sus
simpatizantes en todo el ámbito universitario, como anticipo de una oposición cada vez
mayor al régimen franquista que se afirmaría con nitidez en la década de los sesenta.

Se comprende, pues, que el Opus quisiera procurarse una especie de “base” adicta,
sobre la que pudiera ejercer absoluto control. Y para llevar a efecto la idea escogió Navarra,
viejo coto carlista y, por espacio de muchos años, una de las provincias más reacciona-,¡as
de España. Ello no impidió que la Universidad de Navarra, dirigida oficialmente por el
Opus Dei, continuara recibiendo importantes subvenciones, bien del Estado, bien de la
diputación de Navarra. La concesión de estos fondos originó en 1968 un tormentoso debate
en las Cortes, en cuyo transcurso se reveló que las subvenciones concedidas al Opus Dei
por el Estado español suponían más del 60 por ciento del total de créditos otorgados a la
enseñanza.

Por otro lado, los recursos de la Universidad de Navarra proceden de la Asociación de


Amigos de la Universidad de Navarra, que aglutina a numerosos cooperadores, y de las
donaciones y subvenciones otorgadas por generosos industriales, así como de la ayuda
internacional, en particular de algunas universidades norteamericanas. Hay quienes piensan,
empero, que las donaciones de las fundaciones yanquis proceden en definitiva del
presupuesto de la CIA.

Así pues, el Opus dispone de medios influyentes para hacer sentir su acción en los
ambientes intelectuales. Completaremos el cuadro en un capítulo subsiguiente consagrado
al imperio financiero de la Obra, donde se pone de manifiesto su acción en el sector
editorial y de los medios informativos.

Con anterioridad dijimos que el Opus Dei aparentaba dirigirse a todas las clases
sociales. Por ello, sus dirigentes han hecho siempre gran ostentación de algunas obras
sociales que, en realidad, son simples pretextos para enmascarar las restantes actividades de
la Obra. Una de las más conocidas es el centro Tajamar, situado en los aledaños de la
capital, en el populoso barrio de Vallecas, camino de Valencia. Es éste un distrito de opo-
sición en el que menos de un 1 por ciento de la población se declara católica practicante. Es
fácil adivinar el valor simbólico que revestía para el Opus, que instaló en Vallecas un
centro de formación profesional para hijos de obreros con capacidad para 1,500 alumnos.
Por lo demás, el centro está dirigido por un antiguo “rojo”, Bernardo Perea Morales, hoy
militante en las filas del Opus Dei.

La Obra posee también algunos centros para jóvenes de uno y otro sexo,8 sobre todo
escuelas del hogar, donde puede desplegar a sus anchas una especie de paternalismo.
Veremos más adelante que este tipo de actividades está muy desarrollado en los países de
Iberoamérica.

Hacia 1962, la Obra intentó una acción dirigida no a los hijos de los obreros, sino a
los obreros mismos, por medio de los Ateneos populares o Ateneos obreros. Este
apostolado se saldó con un completo fracaso, lo cual no debería extrañarnos si se tiene en
cuenta que la captación de miembros por parte del Opus opera de forma principalísima en
los círculos de la alta y mediana burguesía, y está demostrado que los objetivos de la Obra
son los mismos en todo el mundo.

LA ACCIÓN OPUSDEÍSTA EN EL MUNDO

No resulta fácil esbozar un cuadro de las tentativas de penetración de la Obra en los


distintos países. Una de las principales razones de tales dificultades radica en la habilidad
de los discípulos de monseñor Escrivá para fundar sociedades o asociaciones de apariencia
anodina en cuya denominación el nombre del Opus Dei no aparece por parte alguna.

Por otro lado, los dirigentes del Instituto no pierden ocasión de afirmar que la Obra,
lejos de reducirse al ámbito nacional español, tiene, en realidad, vocación universal.

El propio Escrivá dijo en una ocasión, en respuesta a la pregunta que le fue formulada
sobre la situación actual del Opus Dei en el mundo:
“El Opus Dei se encuentra tan a sus anchas en Inglaterra como en Kenia, en Nigeria
como en el Japón, en los Estados Unidos como en Austria, Islandia, México o Argentina.
En cada lugar es el mismo fenómeno teológico y pastoral el que arraiga en el espíritu de las
gentes del país. No está anclado en una cultura específica ni en una determinada época de la
historia. En el mundo anglosajón, el Opus Dei, gracias a la ayuda de Dios y a la
colaboración de numerosas personas, mantiene obras apostólicas de diversas clases:
Netherhall House, en Londres, acoge sobre todo a los estudiantes afroasiáticos; Hudson
Center, en Montreal, cuida de la formación humana e intelectual de las muchachas; el
Nairana Cultural Center acoge a los estudiantes de Sydney… En los Estados Unidos, donde
el Opus inició sus actividades en 1949, podemos citar: Midtown, centro obrero en el mismo
corazón de Chicago; Stonecrest Community Center, en Washington, destinado a la
formación de mujeres sin una especialización profesional; Trimount House, residencia
universitaria en Boston, etc. Una última observación: la influencia de la Obra, según se dé
en cada caso, es siempre de orden espiritual y de carácter religioso, nunca temporal.”

En esta respuesta, monseñor Escrivá sólo alude de manera confusa a unas pocas
realizaciones notorias de la Obra. Y la verdad es que algunas han constituido auténticos
“logros”. Pero si examinamos la cuestión más de cerca, observaremos que por lo menos un
80 por ciento de las mismas se desarrollan en los medios universitarios; es decir, que
apuntan a los futuros ejecutivos de los países afectados.

Si se procediera a realizar una clasificación metódica por continente y por país,


veríamos que en todas las regiones del mundo la proporción entre residencias que acogen a
la élite burguesa y centros populares es siempre la misma.

No entra dentro de nuestros planes ofrecer aquí una relación general de las
realizaciones del Opus Dei. Sería una tarea tediosa e incompleta por definición, ya que nos
obligaría a dar la vuelta al mundo: Alemania, Gran Bretaña, Irlanda, Italia, Portugal y Suiza
en Europa; los Estados Unidos, Canadá y, sobre todo, Iberoamérica. En efecto, en Chile,
Perú, Colombia, Venezuela, México, etc., el Opus mantiene residencias de estudiantes, al
igual que en Kenia, Japón, Australia y Filipinas.

Por otra parte, ¿de qué serviría elaborar un catálogo de esta especie? El método es
siempre el mismo en todas partes: captación de la élite y, para que el empeño no resalte en
exceso, creación esporádica de alguna escuela del hogar o un centro de formación
profesional para consumo del pueblo.

Así pues, el Opus Dei afirma por todo el mundo una “vocación cultural” abierta a
todos, sin discriminación de clase, etnia o religión (al modo masónico a juzgar por las
apariencias) ; pero esta vocación envuelta en un espíritu apostólico apenas esconde un mal
disimulado afán de captación de unos hombres atraídos al seno de la Obra que, bien por su
origen, bien por su formación, están llamados a dirigir la vida intelectual, económica y
política de sus países respectivos.

Sin duda conviene hacer notar que el aparente desinterés con que la Obra efectúa su
labor, encaja mejor en los países en vías de desarrollo que en los países con una tecnología
avanzada. Así, la Escuela de Hogar y Cultura Palmares de Guadalajara (México), la
Escuela de Secretariado de Caracas, el Centro de Iniciación a la Informática “Orgarape”, en
Asunción (Paraguay) pueden ayudar de manera efectiva al desarrollo de los países
afectados, esto nadie lo niega.

Pero ¿cuál es la faz del Opus en Europa y, de una manera concreta, en Francia?

No cabe apenas duda de que el plan del Opus no presenta una fachada de actividades
benéficas y desinteresadas, sino que aparece como es en esencia, como una máquina de
guerra cultural. Y esta afirmación es particularmente cierta en el caso de Francia.

EL OPUS DEI EN FRANCIA

La expresión que acabamos de utilizar puede parecer inspirada en un ánimo


peligrosamente polémico, y es normal que suscite recelos. Sin embargo, las propuestas
sostenidas por los defensores del Opus Dei la justifican sobradamente. Así, por ejemplo,
Jean-Jacques Thierry, que ha querido demostrar demasiadas cosas, termina por confesar al
escribir a propósito del desarrollo de la Obra en nuestro país:

“En Francia, profesores de instituto, algunos agregados universitarios, ejecutivos de


empresa e intelectuales católicos aportan al Opus su colaboración y, algunos, su adhesión.
Aquí, la mayor parte de los socios son jóvenes recién salidos de la Universidad o de los
politécnicos. Y es que en nuestro país la Obra está en sus inicios y se asemeja a lo que era
en España en 1940, declaran los responsables. Jóvenes agregados, socios del Opus en
Francia, enseñan en la Universidad de Grenoble, en la Sorbona e incluso en la Facultad de
Nanterre.” 9

Apresurémonos a decir que si el mentado autor ofrece esta serie de precisiones, ello se
debe a que gracias a ciertas afortunadas filtraciones, el público tuvo conocimiento de
algunos nombres. Estamos ante el método habitual.

Pero si nos detenemos a reflexionar sobre estas frases, nos daremos cuenta de que no
hemos hablado en balde de “máquina de guerra cultural”.

En primer lugar comprobamos que en Francia la captación de miembros se limita de


forma muy específica a la clase intelectual, o parafraseando las Constituciones del Instituto,
a la que se distingue por los puestos que ocupa en la sociedad civil (ejecutivos de empresa).
El hecho de que se trate de jóvenes recién salidos de la Universidad merece de por sí una
consideración: la de que es garantía de que estos muchachos han sido “reclutados” para las
necesidades de la causa y, como ve, remos, también en nuestro país las “residencias de
estudiantes” son uno de los medios de acción del Opus.

Pero lo que más llama la atención en las palabras de Jean-Jacques Thierry es la


comparación de la situación actual del Opus en Francia con su situación en la España de los
años cuarenta.
¿Es que Francia acabaría de atravesar por una guerra civil y, en tal caso, toda su
Universidad necesita ser reconstruida? ¿Es en este sentido como debemos interpretar la
frase de que …”incluso en la Facultad de Nanterre?”

O dicho sin tapujos: ¿espera el Opus Dei una especie de Ibáñez Martín francés? Es
decir, un ministro de Educación Nacional que le abra de par en par los portales de la
enseñanza superior, empezando por el Centre National de la Recherche Scientifique…
¿Debemos pensar, también, que el Opus trata de establecer núcleos de forma sistemática en
la Universidad y en la Administración como lo hizo en España, circunstancia que hoy nadie
pone en duda? Nosotros desearíamos que todas estas preguntas tuvieran respuesta negativa,
pero, en tal caso, ¿por qué el Opus viene a implantarse en Francia?

Según monseñor Escrivá, todo estaba dispuesto ya para esta implantación en 1935,
pero la guerra civil no permitió la culminación de este proyecto. Al parecer se efectuó otra
tentativa en 1938, sobre la cual no sabemos gran cosa. Por no saber, ni tan siquiera sabemos
con exactitud la fecha en que el Opus envió emisarios estables a nuestro país. Se ha dicho,
en orden de sucesión, que fue en 1952, 1954 o 1955.10

En todo caso, el primer grupo de opusdeístas enviado a Francia desde España estuvo
integrado por un sacerdote -Fernando Maicas- y tres estudiantes: un licenciado en letras, un
biólogo y un jurista, a los que se sumaron más tarde unos cuantos estudiantes de Medicina.

En 1955 este grupito fundó una asociación que ostentaba un nombre en apariencia
anodino pero que, según dijimos con anterioridad, era una trasposición al francés del
nombre de una de las sociedades españolas que regía diversas residencias universitarias: la
Asociación de Cultura Universitaria y Técnica (A.C.U.T.), cuya sede se halla desde
entonces en el 199 bis del bulevar Saint-Germain. Los estatutos del A.C.U.T. reflejan la
más cándida inocencia: “Favorecer la estancia y estudios en Francia de los estudiantes
oriundos de los países de lengua francesa y de los países latinos, ayudar a su formación
cultural, organizar todas las actividades culturales, científicas, deportivas o de otro género,
destinadas a los jóvenes de todas las edades y condiciones sociales [.. .], ejercer aquellas
actividades relacionadas con este fin o que permitan su realización, tales como la creación
de residencias o casas de estudiantes, clubes, organización de cursos y conferencias,
establecimiento de centros de documentación, etcétera.”

En la práctica, hoy el A.C.U.T. dirige varias residencias y centros de reunión. Entre


los más conocidos figuran (además, por supuesto, de la residencia matriz del bulevar Saint-
Germain) : 11, rue Saint-Dominique (centro cultural) ; 122, bulevar Bineau, en Neuilly
(residencia femenina) ; 104, rue du Théatre (residencia universitaria); 357, bulevar
Michelet, en Marsella, así como una residencia en la avenida del Maréchal-Randon, en Gre-
noble, junto con el “Centre international de rencontres”, en el castillo de Couvrelles
(Aisne).

Esta lista dista mucho, por lo demás, de ser exhaustiva, ya que existen otras
residencias impulsadas por el Opus Dei, pero que están disimuladas tras “fachadas” de la
más completa trivialidad.
Las personas que regentan el consejo del A.C.U.T. (asociación legalmente registrada
desde el 28 de febrero de 1956) no tienen ningún prestigio especial. Por contra, se ha tenido
el cuidado de dotar a esta sociedad de un “comité de patrocinio” compuesto por
personalidades entre las que destacan: M. Jean Fourastié; el antiguo ministro Maurice
Schumann; el barón Guy de La Tournelle, embajador de Francia; René David y André
Magdelaine, profesores de las facultades de Derecho y de Ciencias, y según el testimonio
de Yvon Le Vaillant, entre las personalidades que animan las reuniones que organiza
A.C.U.T. están Jacques de Bourbon-Busset, Paul Chauchard, Georges Vedel, Georges
Hourdin, Hubert Deschamps, etcétera.

De paso observamos que un buen número de las personalidades citadas están


estrechamente ligadas a las fuerzas políticas de la V República y que, de un modo general,
pertenecen a los medios “bienpensantes” más que a los medios “progresistas”.. .

A este respecto, un trabajo muy documentado que apareció en 1962 en la revista del
Gran Oriente de Francia, ponía ya de relieve ciertos vínculos entre el Opus Dei y algunos
medios políticos franceses. Su autor, muy enterado de algunas interioridades, escribía
entonces que la influencia indirecta del Opus Dei “se halla muy extendida tanto en el
mundo político como en el de los negocios, y podemos mencionar sin comprometernos
demasiado los nombres de Robert Schumann, Triboulet, así como Duchet y Antoine Pinay,
supernumerarios, al igual que el reaparecido Paul Baudoin, ex ministro de Pétain
(Ministerio de Asuntos Exteriores) en 1940 y en fecha todavía reciente consejero personal
del protestante Baumgartner, ex ministro de Finanzas.11

De entrada llama la atención la muy interesante alusión a Paul Baudouin, que en su


tiempo fue acusado de “sinarquismo”. Pero hay otras peculiaridades sobre su persona -que
merecen reseñarse. Paul Baudoin, director muy joven de la Banca de Indochina, fue
considerado durante mucho tiempo como uno de los técnicos financieros más brillantes.
Pero este “hijo mimado de la República” no tardó en revelarse como un conservador más
fanático que liberal.12 Admirador de Mussolini, Paul Baudoin va a dar libre curso a un
temperamento místico bastante infrecuente en un gran financiero, pero que hoy nos permite
con todo derecho compararlo al de algunos opusdeístas.13

La admiración que muchos partidarios de Vichy sentían por el franquismo viene con
toda seguridad a completar el cuadro.

Pero si nos atenemos a los aspectos actuales de la investigación publicada por el


boletín del Gran Oriente de Francia, se observará que varios de los personajes citados
pertenecen a una facción del conservadurismo liberal vinculado, bien al antiguo
Movimiento Republicano Popular, bien al Centro Nacional de los Independientes, que más
o menos se transformó en el actual partido de los Republicanos Independientes, presidido
por Valéry Giscard d’Estaing.

Lo curioso, empero, es comprobar -y sobre este punto insistiremos en los próximos


capítulos- que existe un indudable parentesco entre las ideas de algunos dirigentes de los
Republicanos Independientes y las de los técnicos de la facción política del Opus Dei, en
especial en lo que atañe a la economía.
En cualquier caso, lo que es seguro es que las capas sociales que sostenían o sostienen
a los movimientos políticos que acabamos de mencionar, corresponden con bastante
exactitud a los estamentos que el Opus Dei quiso atraerse con innegable éxito en España,
cierto, pero también en todo el mundo.

Pero, en conjunto, la influencia del Opus Dei no sólo se ha manifestado en los medios
políticos aludidos. Al parecer este influjo fue bastante notable en determinados círculos
tradicionalistas o integristas, en especial en aquellos que constituyeron la “Ciudad católica”
de la década de los sesenta, bajo la dirección de Jean Ousset.

Esta asociación que se disolvió, por lo menos oficialmente, se transformó en la


“Oficina internacional de obras de formación cívica y de acción doctrinal según el derecho
natural y cristiano”, aglutinando en el marco europeo la acción de múltiples organizaciones,
círculos, librerías y revistas de inspiración integrista. 14

Y, sobre todo, este mismo influjo se dejó sentir en gran número de otras capillas
integristas, constituidas aquí y allá en torno a alguna personalidad eclesiástica o laica con
ansias de recristianización.

Cierto, esto no quiere decir que todos estos grupos estén más o menos manipulados
por el Opus Dei. Por contra, el espíritu de camarilla se ha exacerbado en ellos hasta tal
punto que con frecuencia la Obra aparece como un competidor, pero como un competidor
rodeado con el halo de su triunfo.

En Francia, el integrismo católico es un fenómeno que viene de lejos y que comporta


diversas corrientes. A este respecto posee una doctrina completa que desde luego nada tiene
que envidiar a la ideología del Opus. Pero no puede afirmarse que haya obtenido muchos
éxitos intelectuales o políticos, aspiración máxima del integrismo en cuestión.

Por el contrario, el Opus Dei, pese a lo reciente de su instauración, ha sabido rebasar


con holgura el estadio de la mística y la pura investigación intelectual, y ha entrado en la
acción práctica con notorio éxito, bajo fórmulas modernas y a veces audaces a los ojos de
los católicos tradicionalistas.

En este sentido es lógico que fascine a los sacerdotes, militares, ejecutivos,


intelectuales y miembros de las profesiones liberales afectos a las tesis integristas, pero que
no llegan a poner a punto un sistema de acción. Algunos comentarios publicados en
periódicos como La France catholique resultan particularmente reveladores a este respecto.

Tan consciente era el. Opus Dei de sus posibilidades en este terreno, que en 1958
quiso hacerse con un instrumento de acción suplementario adquiriendo La Table Ronde,
revista bien conocida de un amplio sector y que desapareció en 1969, y cuya redacción y
edición se confiaron a otra sociedad filial del Opus Dei, la S.E.P.A.L. (Sociedad de
ediciones y de publicaciones artísticas y literarias, Condrand, Tuzet y Cía., 23, rue du
Renard, París).15 El redactor en jefe, Henri Cavanna, era un miembro notorio del Opus, pero
fiel a sus métodos habituales, el Opus Dei se guardó mucho de aparecer como el impulsor
de la empresa. Muchos artículos llevaban la rúbrica de opusdeístas, pero no constituían la
mayoría, con lo que se salvaban las apariencias de “objetividad”, a la vez que se permitían
sutiles infiltraciones.

Sin embargo, no parece que la adquisición de La Table Ronde aportara al Opus la


audiencia que esperaba, y entonces la revista dejó de publicarse pura y simplemente.

En el ínterin, la Obra decidió declarar su existencia legal en Francia, trámite que se


realizó el 2 de mayo de 1966 en la prefectura de policía a instancias de tres personas:
Agustín Romero, sacerdote, nacido en 1935, presidente del consejo de administración;
Denys Ducornet, ingeniero, nacido en 1944, tesorero, y Frangois Gondrand, ejecutivo
empresarial, nacido en 1935, gerente o administrador.16

A partir de esta fecha, el Opus tiene su sede oficial en el número 5 de la calle


Dufrénoy, en París, distrito 16, en un inmueble propiedad de A.C.U.T.

El hecho de que el Instituto tenga su propio engranaje en marcha no le impide


continuar impulsando, para mejor actuar, toda una serie de sociedades o asociaciones que
suelen ostentar nombres en apariencia anodinos con objetivos sociales también vagos y
triviales. Ya nos hemos referido a S.E.P.A.L., una editorial. En el mismo domicilio
funciona también S.A.I.D.E.C. (Sociedad Anónima de Inversiones para el Desarrollo
Cultural”), la cual pretende, asimismo, establecer y ‘explotar residencias de estudiantes,
centros de formación, etc. También está Alpha-France, creada por S.E.P.A.L.; una sociedad
suiza -Inter Alpha-Holding- con sede en Zurich, y distintas personas físicas todas ellas
miembros de la Obra. Esta sociedad tiene por objeto la enseñanza por correspondencia, la
edición de libros, el suministro de material pedagógico.

Y todavía hay que contar a todas las agrupaciones que el Opus impulsa bajo mano y
que los indagadores no han podido detectar.

Este breve esbozo de algunas de las actividades del Instituto en Francia muestran, en
efecto, lo más esencial de los métodos de penetración que utiliza, y cuyo carácter principal
es con seguridad la “santa inocencia”, al menos en apariencia, pues nadie puede afirmar que
mañana alguien acuda a la prefectura de policía para declarar la constitución de otra
asociación, o que se dé de alta en el registro mercantil otra sociedad comercial, con
distintos accionistas y administradores. En definitiva, serán propiedad del Opus Dei, el
cual, diga lo que se diga, será quien dé las directrices a seguir. Y esto en España, en Francia
y en cualquier parte del mundo.

Pero también se ha visto en el ejemplo que aporta Francia que el Opus actúa con
frecuencia por intermedio de firmas comerciales; de aquí que convenga plantear la cuestión
de sus relaciones con las altas finanzas y el mundillo económico en general.17

——
1
Ibáñez Martín era miembro del partido católico y fascistoide de Gil Robles, la CEDA (Confederación
Española de Derechas Autónomas).
2
Sólo hasta 1953, a instancias de Ruiz-Jiménez, se volvió a un sistema bastante parecido al de la época
republicana.

3
A la sazón, Ullastres es embajador de España ante la CEE.

4
“Jeune Nation”, “Occident”, “Ordre Nouveau” eran organizaciones abiertamente fascistas y racistas.
L’Organisation Armée Secrete (O.A.S.) era una organización terrorista constituida para mantener la presencia
francesa en Argelia.

5
Calvo Serer fue partidario de la restauración monárquica, y por lo tanto partidario del conde de
Barcelona en contra de su hijo Juan Carlos.

6
Ediciones Rialp está estrechamente vinculada a la Obra.

7
José Luis Aranguren, “El futuro de la universidad española”, en Cuadernos, julio de 1962, pág. 4.

8
Por ejemplo, “Los Tilos”, centro de formación de empleadas del hogar.

9
J. J. Thierry, ob. cit., pág. 79. 168

10
Cf. Yvon Le Vaillant, Sainte Maffia, pág. 142.

11
Bulletin du Centre de documentation du Grand Orient de France, No. 34-35, julio-octubre de 1962.

12
Cf. Jean Saunier, La Synarchie, CAL, París, 1971.

13
“Pertinax”, en Les Fossoyeurs, traza un bosquejo bastante singular de Paul Baudouin (Ed. du
Sagittaire, París, 1946). 172

14
En Francia está, por ejemplo, la revista Permanences y el “Club du Livre Civique”, en el número 49
de la calle Renaudes, París.

15
En el Consejo de administración figuraban: Jacques de Bourbon-Busset, Henri Cavanna, Yvan
Christ, Jean Fourastié,

Stanislas Fumet, Maurice Schumann, Marcel Sandrail y Philippe Sénart.

16
Estos nombres aparecen citados en el libro de Yvon Le Vaillant, pág. 158, y confirmados por J. J.
Thierry, ob. cit., pág. 99.

17
Ver la obra de Yvon Le Vaillant para información sobre todas las ramificaciones financieras de estos
grupos.

—oOo—

EL IMPERIO FINANCIERO DE LA OBRA DE DIOS

Acabamos de hacer mención, al referirnos a la acción cultural de la Obra, del


problema de la amplitud de sus recursos financieros y de los medios de que dispone para
financiar sus variopintas actividades. También hemos visto que no vacila en utilizar el
artificio de sociedades que, vistas desde el exterior, parecen no tener ninguna vinculación
con la Obra.

Este método, por lo demás, está previsto de forma explícita en las Constituciones de
la misma, cuyo artículo 9 prevé que “los socios del Opus Dei actúan, bien de forma
individual, bien al través de asociaciones que pueden ser de orden cultural, artístico,
financiero, etc., y que se denominan sociedades auxiliares. Por lo que atañe a su actuación,
estas sociedades también deben prestar obediencia a la autoridad jerárquica del Instituto”.
Nada nos cuesta imaginar la acción individual de un miembro del Opus Dei; pero ¿qué
ocurre cuando la acción se ejerce por medio de las “sociedades auxiliares”?

Ya hemos visto su proyección en el ámbito cultural (y en España su influjo llega muy


lejos). ¿Hay razones para pensar que ocurre otro tanto en el terreno económico y
financiero? Así se plantean a un tiempo el problema de los recursos de la Obra, el de su
actitud ante el dinero y los “bienes de este mundo”, el de su influjo en los medios bancarios
y, de un modo más general, el de su papel en la economía española contemporánea.

LOS RECURSOS Y EL VOTO DE POBREZA

El Opus Dei tiene fama de ser rico, y hasta muy rico.

Recordando que los miembros deben vincularse mediante los tres votos de pobreza,
castidad y obediencia, es preciso hacer notar que si nadie acusa a los opusdeístas de faltar a
los dos últimos, no ocurre lo mismo con el primero.

Es verdad que, en Camino, monseñor Escrivá no deja de prodigar consejos de


resonancias indiscutiblemente evangélicas. Así:

“631- Sepárate de los bienes de este mundo. Ama y practica la pobreza de espíritu;
conténtate con lo suficiente para una vida sobria y modesta. De lo contrario, nunca serás un
apóstol.”

Pero de inmediato aclara que esta pobreza de espíritu no implica una renuncia escueta
a la posesión de los bienes de este mundo:

“632- La auténtica pobreza no consiste en no poseer, sino en renunciar


voluntariamente al poder sobre las cosas. Por eso hay pobres que son realmente ricos. Y a
la inversa.”

Monseñor Escrivá ha renunciado a escribir de forma explícita, no sin cierto pudor, lo


que encubre esta expresión: “Y a la inversa”; es decir, que “hay ricos que son de veras
pobres”.

Y, sin embargo, aquí radica el meollo de la cuestión, y es lo que explica buena parte
del éxito obtenido por el Opus Dei con la burguesía española. Daniel Artigues ha puesto de
relieve con mucho acierto las consecuencias prácticas de esta concepción de la “santa po-
breza” cuando escribe que “el comportamiento práctico del Opus Dei en cuanto al
problema de los bienes de este mundo podría definirse, en el cuadro español, del siguiente
modo: el dinero es bueno con tal de que se ponga al servicio de una obra buena. La riqueza
es un instrumento que hay que buscar y utilizar. Actuar de otro modo equivaldría a negar
adaptarse a las condiciones del mundo de hoy: es preciso que el apostolado moderno pueda
disponer de un arma esencial, pues sería absurdo dejarla utilizar sólo a los adversarios de la
Iglesia”.1

El teólogo opusdeísta Juan Bautista Torelló, del cual ya mencionamos su estudio


sobre la espiritualidad de los laicos, afirma con una sinceridad singular que “la necesaria
exaltación de la pobreza ha conducido a algunos a un «miserismo» que se convierte con
facilidad en retórico y maníaco. Así pues, en la Obra conviene renunciar a este exceso.” 2

Daniel Artigues, el cual también cita este ejemplo bastante sorprendente de la moral
opusdeísta, añade: “Los miembros del Opus Dei no han caído desde luego en este defecto,
especialmente en España. Preocupados, ante todo de no distinguirse de las gentes de su me-
dio, muchos de los socios numerarios de la Obra viven con toda clase de comodidades. Así
se llega a la situación paradójica de hombres que en teoría no puedan hacer uso de su
fortuna pero que, sin embargo, frecuentan los mejores hoteles y restaurantes [...]. En cuanto
a los locales que pertenecen a la Obra, son por lo general confortables cuando no lujosos”.
De lo que se trata es de que un miembro del Opus, 3 sea cual fuere su origen o el rango
social alcanzado, no sorprenda con hábitos inadecuados a las gentes del medio que le es
propio, dando muestras de lo que vendría a ser considerado como una “pobreza ostentosa”
que le privaría de las posibilidades de apostolado.

Así, cualquier gran burgués miembro del Opus Dei tiene el deber de llevar el mismo
tren de vida que las personas de su círculo, y su mortificación consistirá precisamente en no
renunciar al lujo, aun cuando pudiera ser escandaloso, propio de las gentes de su posición
social.

Dicho esto cabe preguntarse de dónde proceden los recursos del Opus. Para sustentar
esta ética -sería difícil encontrar un medio más adaptable-, al mismo tiempo que las
residencias de lujo (que son en cierto modo propiedad colectiva de la Obra, los miembros
del Instituto se comprometen a entregar una parte de sus ingresos profesionales -según
parece, el mínimo es la centésima parte de dichos ingresos-. Según monseñor Escrivá, ésta
sería la fuente principal de financiación de las obras sociales en el mundo.

“Cada centro se financia de la misma manera que cualquier otro de su tipo. Las
residencias de estudiantes, por ejemplo, cuentan con las pensiones que pagan los residentes;
los colegios, con las cuotas que satisfacen los alumnos; las escuelas agrícolas, con la venta
de sus productos, etc. Está claro, sin embargo, que estos ingresos nunca son suficientes para
cubrir todos los gastos de un centro, y menos cuando se considera que todas las labores del
Opus Dei están concebidas con un criterio apostólico y la mayoría se dirigen a personas de
escasos recursos económicos, que -en muchas ocasiones- pagan por la formación que se les
ofrece cantidades simbólicas.”

Entonces, ¿de dónde provienen los fondos?


Monseñor Escrivá responde: “Para hacer posible esas labores, se cuenta también con
las aportaciones de los miembros de la Obra, que destinan a ellas una parte del dinero que
ganan con su trabajo profesional.4 Pero, sobre todo, con la ayuda de muchas personas que,
sin pertenecer al Opus Dei, quieren colaborar en unas tareas de trascendencia social y
educativa. Los que trabajan en cada centro procuran fomentar entre las personas in-
dividuales el celo apostólico, la preocupación social, el sentido comunitario que les llevan a
colaborar activamente en la realización de esas empresas. Como se trata de labores hechas
con seriedad profesional, que responden a necesidades reales de la sociedad, en la mayoría
de los casos la respuesta ha sido generosa. Usted sabe, por ejemplo, que la Universidad de
Navarra cuenta con una asociación de amigos con unos 12,000 miembros.

“La financiación de cada centro es autónoma. Cada uno funciona con independencia y
procura buscar los fondos necesarios entre personas interesadas en aquella labor concreta.5

En consecuencia, a juzgar por las palabras de monseñor Escrivá, el Opus Dei sólo
cuenta con los recursos de las aportaciones de sus miembros y “cooperadores” y amigos de
todo el mundo .6

Preciso es dejar constancia de que la Obra no ha dado más datos que los expuestos
acerca de sus necesidades y el presupuesto de sus centros y residencias; pero como sus
dirigentes insisten siempre sobre el origen modesto de gran número de sus componentes,
resulta obligado pensar que las cuotas de estos últimos no pueden ser muy considerables.
Habida cuenta del poder adquisitivo de los salarios en España – y en los países del Tercer
Mundo, “Manuel Salvador, el camarero”, “Asunción Rama, la telefonista”, o “Gala, la
peluquera por devotos y afectos que sean, seguramente no pueden procurar a la Obra los
miles y miles de pesetas que necesita. Si, por otra parte, es cierto que los centros,
residencias, colegios y clubes del Opus están abiertos a los más pobres, resulta imposible
esperar que ellos cubran la totalidad de su pensión.

En consecuencia parece que hay que contar, sobre todo, con los “cooperadores”.
¿Cuántos son en número? El Opus no da precisiones, del mismo modo que tampoco precisa
el número exacto de sus realizaciones. Pero si admitimos ‘ que estas últimas son por lo
menos trescientas en todo el ámbito mundial -lo que representa .unos gastos de instalación
y de gestión de varios centenares de millones de francos por “año- y si suponemos que los
cooperadores sean cerca de 100,000, sería preciso que cada uno de ellos aportara cada año
a la Obra mucho más de 10,000 francos.

Este razonamiento carece, claro está, de una base sólida. En cambio, lo que sí es
seguro es que los recursos del Opus provienen, con mucha mayor frecuencia de lo que
reconocen sus dirigentes, del erario público o de los organismos financieros con los cuales
y por razones políticas se encuentra en las mejores relaciones.

Ya vimos que la Universidad de Navarra contaba con una subvención mayoritaria


proveniente de los fondos públicos; pero no es la única realización del Opus Dei que esté en
el mismo caso. Así, por ejemplo, se ha demostrado que el centro Tajamar o sociedades
como S.A.R.P.E. (Sociedad Anónima de Revistas y Publicaciones Españolas),
pertenecientes al Opus Dei, han recibido participaciones considerables de organismos
financieros públicos tales como la Confederación Española de Cajas de Ahorro.

Pero, llegados a este punto, se aborda un nuevo aspecto de la actividad de la Obra:


estas participaciones, ampliamente discutidas, sólo han podido obtenerse gracias a las
“amistades” del Opus en organismos tales como el Instituto de Crédito de las Cajas de
Ahorro, Instituto de Crédito a Medio y a Largo Plazo y a la Banca de España. Y lo cierto es
que en la época a que aludimos todos estos organismos públicos tenían al frente a un mismo
hombre: Mariano Navarro Rubio, ex ministro de la Vivienda, gobernador del Banco de
España… y supernumerario del Opus Dei. Aquí tenemos la prueba de un nexo evidente
entre la Obra y las altas finanzas.

EL OPUS DEI, LA BANCA Y LA INDUSTRIA

Cuando se trata de saber lo que son las “amistades cooperativas” de que se beneficia
el Opus en el mundo de la banca y de la industria, los dirigentes de la Obra responden con
indignación que todas las imputaciones que se les reprocha en público no son más que
“difamaciones organizadas”.

Difamación sería el “caso Matesa”, que ya esbozamos al inicio de este libro para
poner de manifiesto su papel en la vida política española en 1969…

Difamación el caso “Ortega Pardo”, que deriva su título del nombre de este
opusdeísta, fundador de numerosas sociedades (como Lusofina, que contaba con el apoyo
de los gobiernos español y portugués) que entonces acababa de fundar oficialmente una
nueva residencia del Opus Dei en Venezuela, y al que le fueron hallados 225,000 dólares en
metálico y 40,000 dólares en joyas, producto de una gigantesca estafa.

Difamación, también, el “caso Meleux”, revelado por Le Canard Enchaîné en 1966


sin que fuera objeto de ningún mentís.7 Y puesto que este último caso hace referencia a
Francia, vamos a detenernos en él un instante.

Louis Meleux, socio del Opus Dei, era el director de una empresa que trabajaba para
el Estado, y que por tal motivo contaba con el respaldo de la Caja Nacional de Mercados.
Meleux fue hallado muerto en el bosque de Fontainebleau en marzo de 1965. Al propio
tiempo, una comprobación de las cuentas de la empresa mostraba un “agujero” de mil
quinientos millones de francos antiguos. Pues bien, las sumas desaparecidas por medio de
artificios contables habían sido invertidas en España. Por otro lado, esta evasión de
capitales había beneficiado indirectamente a una banca, que percibió en concepto de gastos
de representación más de tres millones de nuevos francos. Este banco, que era también uno
de los accionistas de la empresa Meleux, era ni más ni menos que la Banque des Intéréts
Francais. Ahora bien, en 1962, el Banco Popular Español, entidad controlada por el Opus,
adquirió más de 34,000 acciones en aquélla, y tiene su interés saber que el capital restante
perten_cía a medios muy próximos a la familia Giscard d’Estaing…

Todos estos “casos”, vinculados muy de cerca y de forma incontestable al Opus Dei,
son considerados por el Instituto como meras “difamaciones orquestadas”.
Tal vez sea cierto que algunos adversarios que de forma inexplicable tratan de dañar a
una asociación pía hayan exagerado la importancia de los mismos. Paro cualquier
asociación religiosa tiene un medio muy sencillo para no verse afectada por escándalos de
este género, y es la de no meterse en el terreno financiero, tanto más cuanto que es bien
sabido que los “casos” que llegan al conocimiento de la opinión pública son en esta materia
una nimiedad comparados con los “casos” que agitan el mundo económico.

Así pues, si se llega a aceptar que en los casos antedichos el Opus Dei ha sido víctima
de la maledicencia y encono de sus adversarios, debe tenerse en cuenta que sólo ha podido
exponerse a tales inconvenientes en la medida en que numerosos opusdeístas desempeñan
un papel muy importante en las altas finanzas, públicas y privadas. Después de haberse
defendido durante mucho tiempo, hoy el Opus ya no está en condiciones de negar este
hecho.

Tampoco podría hacerlo, puesto que dicha situación es la consecuencia lógica y


perfectamente natural de su política de captación. Durante años, la Obra se ha dirigido de
forma prioritaria a los universitarios y a los estudiantes de la alta burguesía. Es inevitable
que dichos estudiantes pasaran a desempeñar más tarde los altos cargos de la banca y de la
economía, y que buen número de ellos permanezcan en estrecha relación con sus
“directores espirituales” opusdeístas.

Por supuesto, no es posible plasmar aquí en detalle todas las ramificaciones bancarias
del grupo Opus Dei, con mayor razón si se tiene en cuenta que la mayor parte se asientan
en relaciones personales en las que el Opus, según tiene por costumbre, jamás aparece de
manera oficial.

Jesús Ynfante,8 por su parte, consagra cerca de ochenta apretadas páginas de su obra a
un estudio minucioso de este auténtico “imperio económico” organizado en torno a la Obra
gracias a verdaderas “redes de amistades y connivencias”. Este imperio se ha ido
construyendo de forma metódica a partir de un banco, el Banco Popular Español, y se ha ido
ampliando mediante, la adquisición de participaciones financieras en seis o siete . sectores
clave de la economía. A buen seguro que resultaría aburrido relacionar aquí la larga. serie
de empresas una parte de cuyo capital pertenece a miembros del Opus o está administrado
por ellos.

En el caso que nos ocupa tiene menos importancia el resultado de esta penetración
que los métodos que la han, facilitado. De todos modos, conviene pasar revista rápidamente
a los sectores de la economía en los que el Opus está presente por intermedio de sus socios.
El más importante y del que dependen todos los demás es el de la banca, las sociedades
financieras, las sociedades de crédito y las de seguros. Tras la adquisición del Banco
Popular Español, los miembros del Opus han penetrado así en el Banco Europeo de
Negocios, la Unión Industrial Bancaria, el Banco Atlántico, Vasconia, Banco, de
Andalucía, Banco de Salamanca, etcétera.

Por lo demás, esto no significa que el Opus sea el único capitalista en estas
instituciones. En el caso del Banco Europeo de Negocios o Eurobanco, por ejemplo, los
capitales españoles proceden del Banco Popular Español, pero también de la Caja de
Ahorros Provincial de Guipúzcoa y del Banco Zaragozano, junto con otros grupos
europeos, como la Banca de Indochina, la Société Générale de Banque, el First National
City Bank of Boston, o el Bayerische Vereinsbank.

El dinamismo financiero de los miembros del Opus es a este respecto innegable, y por
tal motivo encontramos a sus socios en compañías de seguros tales como La Previsión
Española, sociedades de crédito como Fiventas, sociedades de inversiones como
Popularinsa o sociedades de estudios y de análisis financieros como Dofisa. Pero, una vez
más, esta penetración -nada .tiene que ver con los objetivos religiosos del Opus Dei, sino
con la circunstancia de que la Obra ha sabido compaginar a las mil maravillas los intereses-
financieros de un sector de la alta burguesía.

Jesús Ynfante nos proporciona un buen ejemplo cuando escribe: “El Opus Dei,
orquestador de los intereses financieros de la economía capitalista española a través de la.
Banca oficial, y con influencia preponderante en los medios de la Banca privada, ha sido la
vanguardia que necesitaba la clase dominante en el proceso de concentración monopolista
en España.

“Los miembros del Opus mantienen una tupida red de conexiones dentro de la
oligarquía española, estrechando los lazos entre los distintos grupos oligárquicos y las
instituciones financieras. El contacto que mantiene la Santa Mafia con el Banco Central se
realiza por medio, de Juan Antonio Bravo Díaz-Cañedo, socio del Opus y miembro
destacado del Consejo de administración, del Banco Central. A niveles menos evidentes,
una hija de Fausto Blasco Oller, también consejero del Banco Central, está casada con un
Villalonga, y otra hija con José Vicente Puente, miembro militante del Opus Dei. Pedro
Armero Manjón, conde de Bustillo, fue, hasta su muerte, consejero del Banco Central,
presidente del Banca de Andalucía y acérrimo devoto de la Obra de Dios [...].9

Esta poderosa coordinación de los intereses y de los sentimientos de un crecido


número de grandes financieros se encuentra, como es lógico, en todos los sectores
económicos en que intervienen dichos bancos.

Uno de los sectores más pretendidos, el de los medios de información, obedece


también a la “voluntad apostólica” de rigor. Dicho sector comprende empresas editoras,
periódicos, radiodifusión, industrias gráficas y cine. En el campo editorial hemos aludido
ya a Ediciones Rialp y a la firma S.A.R.P.E., pero hay que añadir una distribuidora,
D.E.L.S.A., y numerosas empresas, como Altamira-Rotopress, S. A., Ecasa, Hispano-
Argentina de Libros, etcétera

En el campo de la radiodifusión, el grupo controla una de las más importantes cadenas


privadas: la S.E.R. En cuanto a las revistas y publicaciones periódicas en las que el Opus
tiene intereses más o menos importantes, debemos mencionar: Nuestro Tiempo, Telva
-revista para la mujer-, Mundo cristiano, Tria -revista de información agraria-, Actualidad
Económica y Desarrollo, ambas especializadas en temas de economía. Además, el
semanario Momento y una serie de periódicos provinciales tales como Diario de Navarra,
Diario de León, Diario Regional de Valladolid, etc., además de El Alcázar y Madrid,10 que
se editan en la capital, así como todas las publicaciones de la Universidad de Navarra.
Asimismo, encontramos al Opus en una decena de sociedades cinematográficas, al
igual que en el campo inmobiliario, publicitario, de empresas agrícolas, de turismo y hasta
de productos químicos. En cada uno de estos sectores la penetración ha tenido lugar desde
una “base de partida” estrechamente controlada, como, por ejemplo, Constructora
Cantábrica, S. A., en el campo inmobiliario.

Si se trata de obtener una vista de conjunto de este imperio económico, se llega a la


conclusión de que abraza sobre todo sectores industriales modernos, y en especial aquellos
que alcanzaron un gran desarrollo en los años de la década de los sesenta. Esto es cierto de
m9n’ra especial en España en todo lo referente a los negocios inmobiliarios y al turismo. Y
ello no por obra del azar, sino que una gran parte del desarrollo económico español se ha
estructurado con el concurso de los “tecnócratas del Opus”, auténticos promotores y
estructuradores del primer plan de desarrollo.

OPUS DEI Y “DESARROLLO”

No cabe duda de que resulta un tanto arbitrario destinguir en este terreno la acción
económica de la acción política del Opus Dei. En efecto, el 26 de enero de 1962, una
decisión gubernamental creaba el comisariado del llamado “Plan de desarrollo”, y fue
también una decisión política la que confió la dirección de esta oficina a Laureano López
Rodó.

No obstante, la distinción se justifica en la medida en que esta nueva política


económica, de la que el Opus es artesano, ha constituido el sustrato de su poder político al
que, por lo demás, precedió en el tiempo. López Rodó, nombrado en 1956 secretario
técnico de la Presidencia del Gobierno, aprovechó sus funciones para entablar relaciones
económicas con medios del exterior tales como el Banco Mundial, Fondo Monetario
Internacional, consejeros económicos del presidente de los Estados Unidos, bancas
americanas. A diferencia de otro miembro destacado del Opus Dei, Rafael Calvo Serer, hoy
en las filas de la oposición al régimen, López Rodó y otros opusdeístas como Alberto
Ullastres, a la sazón embajador de España ante la Comunidad Económica Europea,
evolucionaron hacia un tipo de economía pragmática cuyo único objetivo era lograr que
España pudiera acceder a un nuevo estadio del capitalismo que la acercara al nivel de otros
países europeos.

Así, el 20 de julio de 1959 se tuvo noticia simultánea en Washington, París y Madrid


de la admisión de España en la O.C.D.E., al tiempo que se instituía un “nuevo rumbo
económico” gracias a un plan de estabilización antinflacionista.

Todos los discursos que se pronunciaron en aquel entonces por boca de los dirigentes
económicos vinculados al .Opus Dei, como Ullastres o Navarro Rubio, insisten en la
necesidad de terminar con los viejos hábitos autárquicos que marcaron el reinado de la
Falange.

Aun cuando desde el año 1954 España obtuvo una ayuda considerable por parte de los
Estados Unidos (muy poco desinteresada por cierto, ya que tenía como contrapartida la
instalación de bases militares), la agricultura continuaba asentada sobre bases latifundistas,
11
y la industria en especial estaba anticuada en su equipamiento. Así, en 1958, las tres
cuartas partes de la maquinaria e instalaciones metalúrgicas eran anteriores a 1930 y. su
renovación habría requerido una inversión superior a los cinco mil millones de pesetas, e
igual ocurría en casi todos los restantes sectores.

Por esta razón los dirigentes económicos llevaron a cabo una política en dos fases: a
partir de 1959, el plan de estabilización tenía por objeto preparar la integración de España
en el mundo capitalista moderno, lo que acarreó una vasta especulación en la que tomaron
parte importantes masas de capital extranjero (se estima que en el término de un año, desde
julio de 1959 hasta julio de 1960, las inversiones del exterior alcanzaron los 160 millones
de dólares). Sin embargo, este plan acarreó de forma paradójica una disminución del ritmo
de crecimiento económico, el alza de los precios y el déficit de la balanza comercial. En
consecuencia, había que atenerse a una política más dinámica. Por ello se procedió.. en
1962, a la creación del Comisariado del Plan, que se confió a López Rodó. Asimismo se
llevó a cabo la reforma de la Banca (en provecho de los grupos simpatizantes con el Opus)
y se solicitó la admisión en el seno del Mercado Común. En efecto, en febrero de 1962 el
embajador Castiella presentó la solicitud oficial a Maurice Couve de Murville, presidente
en funciones del Consejo de ministros de la Comunidad. Aquel mismo año de 1962 se
constituyó, en el mes de julio, un nuevo gobierno en el que la influencia del Opus se
manifestó de manera más clara .12

Pero lo más importante es que se estructuró un primer plan de desarrollo que anunció
López Rodó en Bilbao, en 1963, y para pasar de la estabilización a la etapa desarrollista se
tomaron como base los modelos franceses (es interesante señalar que el 19 de abril de 1963
Valéry Giscard d’Estaing visitó por aquel entonces España invitado oficialmente).

Más de treinta comisiones, en cuyo seno figuraban numerosos tecnócratas


opusdeístas, prepararon el mentado plan, que se presentó a la prensa el 16 de noviembre de
1963, y en el cual hallamos todos los objetivos y filosofía de los planes franceses. Veamos:

“El Plan posee un carácter indicativo para el sector privado, lo que significa el respeto
a la libre iniciativa, y un carácter obligatorio para el sector público”. Esto significaba, como
en Francia, que el sector público asumiría la dirección de los sectores poco rentables de la
planificación, en tanto que el sector privado quedaría con las manos libres para las
actividades lucrativas y especulativas.

De una manera global, el objetivo del Plan establecido por los opusdeístas era el de
incrementar en un 6 por ciento la renta nacional por año. Entre 1964 y 1967, se previó un
incremento de la renta per capita de 360 a 460 dólares anuales. Pese al alza de los precios,
se alcanzó este objetivo y se rebasó el umbral de los 500 dólares, gracias al ritmo de
industrialización y a los beneficios derivados del turismo 13 y de los fondos remitidos por
los emigrantes (en 1967 todavía trabajaban en diversos países de Europa más de 700,000
españoles).

Por otra parte, es indudable que las empresas dirigidas o controladas por el Opus Dai
desempeñaron un papel nada despreciable en la realización de este plan de desarrollo, así
como en la consecución de los inmensos beneficios resultantes producto de la especulación.
¿Cabe entonces hablar de un boom o de un “milagro económico”? Y si es que puede
hablarse de éxito, ¿a qué debemos imputarlo?

Tales preguntas equivalen de hecho a averiguar si los opusdeístas han sabido -como
se ha dicho- aglutinar en torno a ellos una “nueva clase dirigente” formada por tecnócratas.

OPUS DEI Y TECNOCRACIA

Que la política arbitrada en el Plan de Desarrollo ha sido un éxito es algo que no


puede ponerse en duda a la vista de los datos globales; o sea, sin aludir a la distribución de
los frutos del desarrollo entre las distintas categorías socioprofesionales.

Esto es particularmente cierto para los primeros años de la política de planificación.


Sólo en el año 1964, el producto nacional bruto se incrementó en un 6.7 por ciento, la
producción industrial aumentó un 11 por ciento y las exportaciones en un 25 por ciento. Por
otra parte se crearon polos de expansión industrial de carácter regional en La Coruña,
Valladolid, Sevilla, Zaragoza, como contrapeso de los antiguos polos de desarrollo de
Cataluña y del País Vasco. Se instaló una serie de industrias nuevas, en especial en el
campo de la petroquímica.

Sin embargo, el segundo Plan, correspondiente al periodo 1968-1971, tuvo que


aplazarse de forma momentánea, y en 1971, la tasa de incremento del producto nacional
bruto fue sólo de 4.6 por ciento en vez del 6 por ciento previsto.14

Este “milagro español” se ha traducido, en suma, en un desarrollo espectacular de


ciertos sectores industriales impulsados por un capitalismo remozado. Pero el milagro en
cuestión tiene también su “reverso, generador de graves tensiones sociales. De un lado,
porque se consiguió gracias a una disminución del aumento salarial, y de otro lado, porque
ha provocado tendencias inflacionistas que no han dejado de agravarse.

De 1959 a 1965, el alza del costo de la vida rebasó el 50 por ciento, y sólo en el año
1965, en cuyo transcurso empezaron a dejarse sentir los primeros síntomas de
estancamiento del desarrollo, el porcentaje fue del 18 por ciento.

Por otro lado y de conformidad con la política especulativa seguida por los grupos
privados, los equipamientos colectivos escasa o nulamente rentables, empezando por la
vivienda, no progresaron en modo alguno al mismo ritmo que las inversiones de gran
rentabilidad.

Todos estos fallos de la política económica opusdeísta son tan evidentes que los
propios sindicatos oficiales, que todavía hoy no son más que simples correas de transmisión
del poder, han solicitado un cambio de política. Así, un sindicalista, a principios de 1973,
dijo a López Rodó: “Señor ministro, queremos que se distribuya la riqueza porque ya
sabemos demasiado bien lo que es la distribución de la pobreza”.15
Para que el presidente del Consejo Nacional de Trabajadores, Santiago Álvarez
Abellán, que es uno de los hombres destacados del régimen, llegue a decir una cosa así
después de diez años de desarrollo, es preciso sin duda que el “milagro económico” esté
lejos de ser tan completo como parece a primera vista. Y es que, en realidad, este
“desarrollo” es el resultado enteramente lógico de una concepción tecnocrática de la vida
social: prioridad a la economía; o sea, en el caso concreto que nos ocupa, al desarrollo de
las empresas, evaluado en términos de provechos inmediatos y rentabilidad del capital
invertido; prioridad a la eficacia, favorecida por el mantenimiento de las estructuras
estatales constrictivas puestas al servicio de los que detentan el capital.

Es verdad que estas dos prioridades las hallamos en la evolución de todas las
sociedades económicas del mundo occidental con las que España admita comparación. Por
lo demás, se entremezclan con este otro carácter de la tecnocracia llamado por algunos
“analfabetismo superior”, y cuya versión española lleva el nombre de “crepúsculo de las
ideologías”; es decir, que todas las ideologías que asignan a la sociedad unos fines
“filosóficos”, tales como la liberación de los hombres, la democracia, la cultura, se
consideran arcaicas o peligrosas. Sólo cuenta el desarrollo económico dentro del orden.

Este carácter tecnocrático de la política seguida por los opusdeístas resulta bastante
sorprendente si recordamos que la ideología oficial del Instituto se proclama cristiana y que
a veces incluso tiene resonancias integristas.

Sin embargo, los hechos que mencionamos están aquí y todos los observadores de la
economía española están de acuerdo en este punto: en la gestión económica de un López
Rodó, por ejemplo, no hay nada que se amolde a la práctica cristiana. Por contra, todo está
en la línea más ostensible de la práctica capitalista más implacable y menos generosa. Es
verdad que no nos corresponde en este libro formular juicios sobre este tipo de capitalismo,
sino ver que la política opusdeísta en materia financiera y económica no difiere en modo
alguno de la que practica cualquier otro grupo capitalista con un poder y unos recursos
comparables.

El afán de desarrollar a toda costa la economía española ha provocado todas las


consecuencias habituales de una política de este género, consecuencias que van desde la
degradación pura y simple del paisaje 16 (en razón de las exigencias de un urbanismo
especulativo al servicio de los turistas) hasta la creación de tensiones sociales muy acusadas
entre la clase dirigente y los estratos sociales que no se benefician en modo alguno de los
frutos de la expansión.

Por otro lado, ésta es la causa que motivó el inicio de las grandes luchas sociales de la
España actual en el año 1962, al agruparse los obreros por primera vez en la historia del
régimen franquista en organizaciones clandestinas de lucha llamadas “Comisiones obreras”.
Por lo demás, esta prioridad concedida al desarrollo ha acarreado otras consecuencias
bastante paradójicas en la política exterior del régimen. Mientras que la economía es
ampliamente tributaria de los grandes intereses norteamericanos (por los que vela la CIA,
muy arraigada en España y además ampliamente representada en el gobierno), la
diplomacia opusdeísta se ha abierto al comercio con todos los países comunistas sin
excepción. En efecto, a los técnicos del Opus les importa poco que se considere al
comunismo -al igual que cualquier forma de progresismo- como una lacra social en lo que
atañe a la política interna, si por otro lado sus intereses comerciales hacen indispensable la
cooperación con los estados socialistas del Este. Por este motivo, los opusdeístas no
vacilaron en crear sociedades especializadas de importación-exportación, y en un plano
general, un ministro como López Bravo, que en fechas recientes ocupaba la cartera de
Asuntos Exteriores, se entregó a esta política de apertura a diestro y siniestro.17

Vemos, pues, cómo en el plano económico y financiero, el Opus Dei (o por lo menos
un número importante de sus miembros) ha sabido constituir a un tiempo un imperio
financiero de tipo monopolístico y, de otro lado, inspirar una política de conjunto
susceptible de liquidar la vieja doctrina corporativista asentada en los dogmas de la
Falange.

En el primero de estos aspectos, el éxito es indiscutible, incluso si el Opus continúa


negando, aunque cada vez con menos empuje, todo hay que decirlo, la existencia de sus
ramificaciones financieras.

El segundo aspecto plantea en sí el problema de las relaciones entre el Opus y el


poder político.

En efecto, para numerosos ministros opusdeístas, el éxito del Plan de Desarrollo


acarrearía ipso facto una liberalización de la vida política española. Esta liberalización tuvo,
como era de suponer, un puesto preponderante en el vocabulario político a partir de 1962:
el régimen iba a perfeccionar las estructuras de lo que llama la “democracia orgánica”,
transformar la organización sindical. Iba a prestar más atención a las aspiraciones de la
opinión pública, y en palabras del propio Manuel Fraga Iribarne “favorecería su legítima
expresión por medio del diálogo y de la información”; o dicho de otra manera: podría
existir una oposición en el seno del propio régimen a condición de no ponerlo globalmente
en entredicho.

Así pues, el espejismo de la liberalización corresponde al puesto de primer plano que


el Opus pasó a ocupar en la escena política española. Por otro lado, había venido precedido
de una larga maduración matizada por la voluntad de crear una “tercera fuerza”, a la que se-
guiría el ejercicio efectivo del poder.

En consecuencia, corresponde examinar ahora cómo el Opus Dei se hizo con el poder
en España y de qué modo lo ha utilizado.

——
1
Como sabemos, salvar el mundo con los medios que el mundo ofrece es la preocupación dominante
del apostolado tal como lo concibe la Obra de Dios.

2
J.B. Torello, La Espiritualidad de los laicos, Rialp, Madrid, 1965.

3
Se trata, en esencia, de los numerarios agregados y supernumerarios. D. Artigues, El Opus Dei en
España, pág. 97:
4
Recordemos que los socios siguen desempeñando sus actividades profesionales.

5
Entrevista realizada por Tad Szulc para el . New York Times, 7 de octubre de 1966.

6
Cf. Conversaciones…, pág. 81.

7
Cf. Le Canard Enchainé de 13 de abril de 1966. Yvon Le Vaillant publicó en su libro (pág. 319) un
resumen del caso.

8
J. Ynfante, ob. cit., págs. 215: a .285

9
J. Ynfante, ob. cit., pág. 243.

10
Como es sabido, el diario Madrid fue suspendido posteriormente ante la actitud oposicionista al
régimen de su director y propietario, socio mayoritario de la empresa, Rafael Calvo Serer. (N. del E.)

11
En 1955, un número estimado en 51,283 personas poseían la mitad de las tierras; 823,955
propietarios compartían la otra mitad. Todo ello sobre una población agrícola de 4.780,000 personas.

12
Por aquellas fechas la atención del mundo se centraba en Madrid, donde el 20 de abril moría
asesinado, tras una parodia de proceso, el líder comunista Julián Grimau.

13
En 1966, 17 millones de turistas extranjeros aportaron a España 1,135 millones de dólares en divisas.

14
De todos modos, las estimaciones -oficiosas en el momento de escribir estas líneas- correspondientes
al año 1972 arrojan una cifra del 7.5 por ciento.

15
Cf. Sindicalismo en España, No. 5, marzo-abril de 1973.

16
De este modo se ha desfigurado de forma irremediable gran número de regiones litorales de la mitad
norte de España.

17
Por lo demás, López Bravo tuvo que sufrir los ataques de la extrema derecha en razón de su política
exterior.

—oOo—

EL OPUS DEI Y EL PODER

En el transcurso de los años 1964 y 1965, la Universidad española fue escenario de


una serie de huelgas y manifestaciones en el transcurso de las cuales los estudiantes
pusieron en entredicho las estructuras y el funcionamiento del S.E.U. (Sindicato Español
Universitario). Muchos profesores se mostraron solidarios con las reivindicaciones
estudiantiles, aun cuando el poder decidió excluir de la Universidad a varios de aquéllos, y
no de los menos prestigiosos. Así, por ejemplo, se excluyó a perpetuidad a Enrique Tierno
Galván, profesor de Derecho Político de la Universidad de Salamanca, y representante
ilustre de la izquierda socialdemócrata. Los otros dos profesores revocados fueron José
Luis Aranguren y Agustín García Calvo.
Esta medida dio lugar a violentas polémicas, en las que conviene detenerse, ya que
afectaron muy de cerca al Opus Dei. Por lo demás, siendo la prensa española lo que todo el
mundo sabe, las polémicas encontraron amplio eco en la prensa francesa, sobre todo en el
periódico Le Monde, en agosto de 1965. Nos atendremos de un modo especial a las
opiniones de Tierno Galván y a la respuesta que le dio J. Burillo, profesor de la Universidad
de Murcia.

En opinión de Tierno Galván, las sanciones adoptadas por el gobierno español se


inscribían en un proceso de extrema gravedad que él consideraba como “una lenta pero
inexorable reducción de la vida pública española al nivel casi vegetativo de una pasividad
sin futuro. Se pretende reducir cualquier tensión dialéctica a una simple relación mecánica
entre gobernantes y gobernados”.

Para el líder socialista, la principal responsabilidad ante esta situación incumbía por
entero al gobierno, que tras el reajuste ministerial de julio de 1965, estaba controlado por el
Opus Dei, implicado directamente en las declaraciones del catedrático. Así, según Tierno
Galván, el gobierno presentaba dos rasgos destacados: “a) Por un lado se trata del gobierno
más homogéneo que el país había tenido desde la guerra civil, llegándose incluso a poder
afirmar que las personas que llevan las riendas del poder están todas prácticamente
sometidas a una misma disciplina, religiosa, moral y tal vez incluso política: me refiero al
Opus Dei.

“b) Este gobierno presenta la mayor concentración de poderes jamás conocida. Todas
sus funciones se hallan supeditadas a un esfuerzo principal: el Plan de Desarrollo y el
refuerzo de las bases económicas de la clase dirigente. Para realizar este empeño, trata de
intensificar el turismo y realizar un nuevo sistema de «apuntalamiento, gracias a las
inversiones de capital extranjero.”

Sobre la base de estas afirmaciones, Enrique Tierno Galván pone de relieve los cuatro
principios fundamentales de la política opusdeísta o neofranquista:

“1) Una firme voluntad de no aceptar ningún movimiento social espontáneo. Las
fuerzas sociales no san «auténticas» más que cuando es el gobierno quien las dirige. Los
movimientos de opinión no dirigidos por el poder serán considerados como ilegítimos y
punibles por la ley.

“2) La firme voluntad de no conceder ninguna opción al país. En efecto, los


españoles deben aceptar lo que existe y no tienen derecho a expresar sus divergencias.

“3) La firme voluntad de permanecer sordos a una evolución democrática, con la


pretensión de tomar la curva hacia la democracia partiendo de una evolución del sistema
actual. Es obvio que la evolución del sistema no hará más que aquilatar estos defectos y no
los corregirá en modo alguno. En efecto, persistir en el error no parece constituir una
manera lógica de triunfar.
“4) La firme voluntad de gobernar sin oposición. Parece que el sueño de una
oposición institucionalizada, primer paso en la andadura democrática, -se haya esfumado
por completo.”

Este diagnóstico severo, que en definitiva atribuye al Opus Dei unos principios
políticos muy distintos de los de otros extremistas de derecha españoles, suscitó por
supuesto la indignación de los miembros de la Obra. Pero ya no tenían el recurso de
aferrarse a su antigua argumentación de afirmar que el Opus no se mete en política y que
cada uno de sus miembros es del todo libre de sostener las opciones políticas que se le
antojen, lo que conlleva así un auténtico pluralismo en el seno de la Obra.1

La respuesta de Burillo fue más sutil, y consistió en realzar el carácter liberal de la


política opusdeísta.

“Ningún miembro del Opus Dei ha dirigido un ministerio de carácter netamente


político bajo Franco:. Secretaría General del Movimiento, con los sindicatos únicos;
Información, que controla todos los medios de comunicación social; Asuntos Exteriores
[...]. Por contra, es cierto que en el transcurso de estos últimos años algunos ministerios
económicos o técnicos han sido dirigidos por socios del Opus Dei. En mi opinión, su acción
se ha desarrollado en un clima de neoliberalismo y en un sorprendente neutralismo político
que contrasta con la ideología oficial del régimen. Otros políticos, miembros del Opus Dei,
franquistas o de la oposición, están disconformes con esta acción a causa de su asepsia
tecnocrática.2 Sin embargo, es posible afirmar que estos ministros, vinculando la economía
española a los organismos internacionales, han aportado una corrección apreciable a las
veleidades autocráticas del régimen.”

Estamos, pues, muy lejos de las afirmaciones de monseñor Escrivá en el sentido de


que la “asociación jamás ha tenido ni puede tener ninguna actividad en -los terrenos
político y económico”. En realidad, lo que se discutía en aquella fecha de 1965 con toda
claridad era el resultado de una larga evolución que se inició en 1947, el mismo año en que
el Opus se convirtió en una institución eclesiástica oficial.

OPUS DEI, “NUEVA GENERACIÓN” Y “TERCERA FUERZA”

Recordaremos, en efecto, que el Opus Dei, al partir hacia la conquista de la


Universidad por intermedio del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, creó en
1947 una revista, Arbor, que tenía por objeto principal atraer a los intelectuales
insatisfechos por las escasas revistas de la época, como Escorial, de inspiración falangista,
o la Revista de Estudios Políticos, dirigida por Francisco Javier Conde.

Durante algún tiempo, Arbor estuvo dirigida por un religioso, fray José López Ortiz,
más tarde obispo, y fiel compañero de viaje del Opus Dei. Pero muy pronto tomó el timón
Rafael Calvo Serer, en colaboración con intelectuales de la Obra, tales como Ramón
Roquer, Raimundo Pániker, Florentino Pérez-Embid, Rafael de Balbín Lucas, etcétera.

En torno a esta revista intentará reagruparse la nueva generación que, después de


haber conocido la guerra civil y el descarado triunfalismo del régimen franquista, desea
elaborar una doctrina política diferente a un tiempo del nacional-sindicalismo y del
“nihilismo de derechas” 3 en boga por aquel entonces.

Profesor de Historia Moderna en Valencia, más tarde de Filosofía de la Historia en


Madrid después de 1942, Rafael Calvo Serer, numerario del Opus Dei, ha sido sin duda una
de las personalidades más destacadas de este movimiento y de la llamada “generación da
1948″.

Daniel Artigues muestra de manera cabal el papel que desempeñó en la gestación de


una nueva mentalidad española cuando escribe que “en 1947 participa en la fundación de
editorial Rialp, que aún hoy es la editora por excelencia del Opus Dei, la que tiene la ex-
clusiva de Camino. En el seno de Rialp, Calvo Serer dirige en persona una colección
fundamental llamada “Biblioteca del Pensamiento Actual”, que sigue apareciendo y que ha
publicado unos 150 volúmenes. Filosofía, historia, teología, ciencia y ensayos están
representados en la colección. Con tal de que no sean demasiado izquierdistas, en dicha
colección aparecen los nombres, españoles y extranjeros, más diversos. Pero, ante todo, la
“Biblioteca del Pensamiento Actual” comporta una serie de textos destacados debidos a lo
más granado, en el plano intelectual, de la Obra o del sector sometido a su órbita de
atracción. Así, encontramos en ella los nombres de Etienne Gilson y Karl Vossler,
Christopher Dawson y Jean de Fabregues, pero en esta colección publicarán también
algunos de sus títulos más significativos toda la flor y nata de la intelectualidad española
vinculada a la Obra: Suárez Verdeguer, López-Amo, Gambra, Álvaro d’Ors, Juan Vigón,
Millán Puelles, López Ibor, fray José López Ortiz.” 4

Pero Rafael Calvo Serer no se contenta con f losofar -aunque no se priva de ello en
obras suyas como son España sin problemas (1949) y La teoría de la Restauración (1952)-
sino que quiere, además, pasar a la acción.

Pasar a la acción significa para él, y para aquellos que siguen sus pasos, trabajar para
la restauración de la monarquía española según una línea de conducta que se opone de un
lado a la de los falangistas y de otro a la de las democracias cristianas (por ello se habla de
“tercera fuerza”, expresión que tiene aquí un sentido diferente del que posee en Francia,
donde designa a un bloque “centrista” de esencia demócratacristiana a caballo entre la
izquierda comunista y los “moderados”).

Por lo demás, el programa de esta “tercera fuerza” hace hincapié en la reforma del
Estado, y propugna la descentralización administrativa, reformas económicas, monarquía
popular, control de la gestión financiera de la Administración dentro del respeto a la
vocación católica, intangible, de España.

Calvo Serer ya había dado pruebas de un temperamento político fogoso, arriesgado, el


mismo que le induciría a escribir en su periódico, Madrid, un artículo famoso titulado:
“Hay que saber retirarse a tiempo”, en el que bajo el pretexto de comentar la retirada del
poder de Charles de Gaulle, Serer apuntaba en realidad a Franco. Los censores vieron por
dónde iban los tiros y Madrid tuvo que suspender su publicación.
Vemos, pues, cómo ya en la época de “la tercera fuerza” Calvo Serer manifestó un
inconformismo virulento. En un artículo titulado “La política interior de la España
franquista” y que apareció en septiembre de 1953 en una revista francesa de extrema
derecha, Ecrits de Paris, no vaciló en meterse respetuosamente, cierto, pero con firmeza,
contra el mismo Franco, al que emplazaba a asumir sus responsabilidades y a proceder a
una profunda reforma del Estado. Decir que en aquellos momentos Calvo Serer hablaba por
boca del Opus sería inexacto, pero el proceso que seguía a los dirigentes falangistas,
acusados de incompetencia, de confusionismo y sobre todo de ineficacia económica, era
bien cierto y, a su modo, la reducida minoría opusdeísta que seguía a Calvo Serer
anunciaba ya la llegada de los batallones tecnocráticos educados y formados por la Obra.
Sin embargo, por aquel entonces, el “Caudillo de España” todavía no estaba dispuesto a
dejarse llevar, fiel a su estrategia pragmática, que le ha permitido sobrevivir a cuarenta años
de pruebas políticas. . En apariencia, la “tercera fuerza” fue, por consiguiente, un fracaso.
En definitiva preparó una reforma estatal de la cual el Opus Dei iba a ser a un tiempo el ar-
tífice y el principal beneficiario.

CAMINÓ HACIA EL PODER

Ante las innúmeras dificultades económicas y sociales de todo género con que topaba
España en aquellos momentos, era preciso, sin duda alguna, introducir unas reformas
profundas. Mientras Calvo Serer continuaba exponiendo, al parecer en vano, sus teorías,
surgió la figura de otro teórico. Así, en septiembre de 1956, apareció en Nuestro Tiempo, la
revista del entonces Estudio General de Navarra -la futura Universidad de Navarra del
Opus Dei-, un importante artículo sobre la reforma administrativa debido a un hombre de
36 años, numerario del Opus Dei, Laureano López Rodó, quien a primeros de diciembre
fue llamado por el almirante Carrero Blanco para ocupar una función, modesta en aparien-
cia, pero esencial en realidad, como “secretario técnico de la Presidencia del Gobierno”,
Este nombramiento preludiaba en realidad una serie de modificaciones decisivas en el
funcionamiento del aparato del Estado franquista. Así, originó la creación de un “Centro de
Formación y Perfeccionamiento de Funcionarios”, estructurado sobre el modelo de L’Ecole
Nationale d’Administration Francaise, y que, al igual que ésta, tiene fama de ser una
cantera de tecnócratas.

Pero veamos quién es Laureano López Rodó.

Hijo de un industrial de Barcelona, nacido el 18 de noviembre de 1920, pasó a ocupar


en 1945 una cátedra de Derecho Administrativo. Hombre de una extraordinaria precocidad
intelectual, como han reconocido incluso sus adversarios, se ligó desde muy joven al Opus
Dei por mediación de uno de sus colegas de la Universidad de Santiago de Compostela,
Amadeo de Fuenmayor. Es éste un detalle que no carece de importancia al decir de algunos
historiadores, puesto que Fuenmayor, sacerdote del Opus Dei y distinguido canonista, es
también un hombre muy vinculado a la trayectoria del almirante Carrero Blanco, al cual
prestó según parece valiosos servicios jurídicos, en el ámbito del derecho canónico.

Sin embargo, lo importante es que, al cabo de veinte años, López Rodó y Carrero
Blanco forman un “equipo gubernamental” monolítico. La llegada de López Rodó a las
esferas gubernamentales acarreó en seguida cambios importantes, y así, el 26 de febrero de
1957, la prensa anunció una profunda reorganización de la Administración central -que se
inspira en las tesis de jóvenes tecnócratas- y un reajuste ministerial. Esta último marca una
nueva etapa en el camino del Opus Dei hacia el poder, y el Instituto se encuentra entonces
en situación de dar entrada a muchos de sus miembros en la burocracia estatal. Ni que decir
tiene que este camino haca el poder no es una progresión sin problemas. Franco, fiel al
“juego del columpio” del que se ha valido siempre para no ser nunca prisionero de una sola
corriente política, dosifica astutamente cada gabinete y mantiene largo tiempo en sus
puestos a ministros de la Falange, sabedor de que ésta ve con malos ojos la llegada de
nuevos tecnócratas. A pesar de todo, se trata de una progresión regular. Así, el 10 de julio
de 1962, Franco forma su séptimo gobierno, en el cual el Opus ostenta por lo menos tres
carteras ministeriales. Menos de tres años después, en julio de 1965, López Rodó, hasta
entonces simple comisario del Plan de Desarrollo, accede al cargo de ministro sin cartera al
tiempo que sigue conservando la responsabilidad por el desarrollo económico. En torno a él
se aglutina un grupo de “hombres nuevos” muy vinculados al Opus Dei, como Faustino
García Moncó, ex director del Banco de Bilbao, que pasa a ocupar la cartera de Comercio;
Juan José Espinosa Sanmartín, administrador del Banco de Crédito Industrial, se hizo cargo
de la cartera de Hacienda, al tiempo que Federico Silva Muñoz, profesor de Economía
asume la cartera de Obras Públicas. Por su parte, Alberto Ullastres, ex ministro de
Comercio, pasa a ser nombrado embajador ante el Mercado Común.

Así, todos estos ministros próximos a la Obra arrastran tras de sí equipos completos
que asumen todas las funciones de los ministros y modifican profundamente el aspecto y la
política de la alta Administración, de la que eliminan todos los vestigios de fascismo a la
antigua usanza.

Por lo demás, la victoria del Opus Dei se verá netamente confirmada durante el
verano de 1967, cuando el capitán general Muñoz Grandes, que hasta el momento ejercía la
función de vicepresidente del Gobierno,5 es despedido sin más, con sólo las gracias por los
servicios prestados.

Muñoz Grandes formaba parte de los “azules”; es decir, de los que combatieron en la
División Azul en el frente oriental, junto a los nazis, durante la Segunda Guerra Mundial.
Condecorado con la Cruz de Hierro, falangista convencido, el capitán general pasaba por
ser un hombre hostil a un tiempo a la restauración monárquica y a la política de los
tecnócratas. A este respecto, su apartamiento revistió el carácter de símbolo y vino a
consagrar la preeminencia de los políticos de la Obra.

Como era de esperar, estos últimos continuaron negando que su asociación fuera una
fuerza política, y con toda razón Daniel Artigues considera muy característica la actitud de
Laureano López Rodó ante las críticas suscitadas por el comportamiento del Opus Dei en
España.6

López Rodó se niega a ver en estas críticas el ejercicio de un juicio libremente


expresado que, como todo juicio, es susceptible de error, y afirma que no son otra cosa que
infundios y calumnias orquestadas por unos conspiradores. Tal como declaró a Salvador
Pániker,7 la tesis según la cual el Opus Dei hace política, y una política oligárquica, es “una
perla cultivada”. “No ha surgido de forma espontánea. Tiene origen en unos señores, cuyas
intenciones todavía no entiendo, que se han dedicado, por sistema, a calumniar [ ... ] “.

Y, sin embargo, desde 1967 los dirigentes del Opus Dei ya no pueden negar en modo
alguno la importancia del papel político que desempeña el Instituto. Esto era ya cosa
sabida, pero hasta entonces siempre podía aducirse que la promoción de algunos miembros
era pura cuestión de competencia personal y de edad… en suma, una coincidencia.

Pero después de los reajustes de 1965-1967, ya nadie, ni siquiera el profano, tiene la


menor duda de que el Opus Dei detentaba el poder en España.

EL OPUS DEI AL PODER

Este hecho se confirmó de forma apabullante con motivo del nuevo reajuste
ministerial que se produjo el 19 de octubre de 1969; es decir, en el momento de la crisis
surgida del caso Matesa, y a raíz del cual falangistas notorios como José Ruiz Solís y
Manuel Fraga Iribarne fueron a su vez apartados de sus puestos.

Entonces vemos aparecer al frente de los puestos clave a hombres que forman parte
del grupo López Rodó-Carrero Blanco; hombres como López de Letona, Monreal Luque,
Allende García-Baxter, Mortes Alfonso, y otros que no esconden su pertenencia al Opus o
su adscripción a la política del Instituto.

Uno de los ministros más destacados promovidos por esta vía fue Gregorio López
Bravo, ya ministro de Industria y opusdeísta en ciernes. Este ingeniero naval, nacido en
1923, tiene fama general de ser hombre inteligente, dinámico y ambicioso. Ahora se le
encomienda la cartera de Asuntos Exteriores, que orienta de forma audaz hacia la
cooperación económica con todos los países, incluidos los Estados socialistas.

Si tratamos de bosquejar las líneas generales de la acción política llevada a cabo por
el Opus Dei desde el poder, veremos que corresponden a tres preocupaciones dominantes:

- tomar las riendas, de forma metódica, de todo el aparato estatal;

- asegurar la continuidad del régimen después de Franco;

-afrontar con vigor todas las manifestaciones de la oposición.

El control de toda la burocracia española es hoy un hecho consumado. Desde 1956; es


decir, desde el nombramiento de López Rodó como secretario técnico de la Presidencia del
Gobierno, el Opus pudo situar a los suyos en gran número de puestos de responsabilidad,
desde los cuales supieron hacerse indispensables gracias a la competencia adquirida con
todas las garantías en las residencias de la Obra como estudiantes o como dirigentes de los
bancos y de las empresas a ellos vinculadas.
El entramado administrativo y financiero que constituye el Opus Dei en España es
comparable en buena parte al que representan en Francia L’Ecole Polytechnique o L’Ecole
National d’Administration; pero en el primer caso la trama es más resistente todavía, ya que
al prestigio de este tipo de escuelas añade la fuerza del lazo político y, sobre todo, del lazo
espiritual.

El lazo político, dimanante del ejercicio del poder en el curso de muchos años, reposa
en una ideología que puede compararse bastante a la ideología del movimiento de los
Republicanos Independientes, llamado “giscardiano”. Pero en España se le añade la
circunstancia de que el Opus Dei sigue siendo una institución de carácter, religioso, lo que
le asegura un influjo considerable sobre la vida intelectual de sus miembros. Así se
comprende que los asociados con responsabilidades de índole administrativa o política,
están entregados por completo a la Obra sin que tengan conciencia de “estar haciendo
política”. Y ello es debido a que toda. su vida espiritual, intelectual, profesional y política
obedece a una lógica particular con respecto a la cual no tienen ningún “.retroceso”, ,

Este control del aparato estatal por los “tecnócratas neofranquistas” ha ido
acompañada de una asunción completa- del presente ‘y del futuro del régimen. En efecto,
desde 1966 los ministros opusdeístas preparan este, futuro haciendo prevalecer la idea de
una monarquía autoritaria. El famoso referéndum de 14 de diciembre de 1966 abocó en una
aprobación, masiva de la “ley orgánica’, que arbitra los mecanismos jurídicos de la
sucesión; referéndum tanto más notable y masivo cuanto, que el número de votantes fue
muy superior al del censo inscrito… ¡y que se procede a la detención masiva de los que
hacen campaña en favor de la abstención pura y simple! 8

Los opusdeístas no sólo fueron solidarios de esta acción gubernamental, sino que
además la orientaron de forma que pudiera llenar a la medida de sus deseos este marco
vacío que era la ley fundamental.

Aquí encontramos lo que se ha dado en llamar “la operación Juan Carlos”, llevada a
cabo en 1969 y de la que ya hicimos mención al comienzo de este libro. Era una operación
que el Opus venía preparando desde hacía tiempo.

Yvon Le Vaillant evoca con mucha oportunidad a este respecto que, en 1954, Franco
tomó la decisión de que Juan Carlos, hijo de don Juan, conde de Barcelona y nieto de
Alfonso XIII, recibiera en España una educación de príncipe que empezó con una estancia
en la Academia Militar de Zaragoza. Precisa, además, que “si don Juan, que era muy hostil
a estos proyectos, terminó por darles una respuesta también favorable, fue sobre toda
gracias a la intervención y a la persuasiva influencia de dos hombres del Opus que gozaban
de toda su confianza: Rafael Calvo Serer y Florentino Pérez-Embid” 9

El mismo autor precisa acto seguido que “desde el inicio de su- educación en España,
Juan Carlos tuvo como preceptor a uno de los hombres más devotos y más inteligentes del
Opus Dei: Ángel López-Amo.10 Primero en San Sebastián y luego en Madrid, López-Amo
tuvo a su cargo la educación política del joven príncipe., Entre los demás consejeros
directos de Juan Carlos figuran en todo momento representantes de la élite del Opus Dei:
Antonio Fontán, Federico Suárez Verdeguer, Juan Rodríguez Aranda… Cuando su
matrimonio con Sofía de Grecia suscita, también, remolinos (la novia es de religión
ortodoxa), los hombres del Opus Dei se ofrecen para resolver el caso, y, en efecto,
intervienen con eficacia ante el Vaticano para allanar las dificultades canónicas”.

De esta forma, el Opus Dei se había hecho con posibilidades únicas de intervención a
la hora de planear la sucesión de Franco. Pero incluso antes de que se suscitara esta
cuestión, supo ganarse a un hombre en el que Franco depositó toda su confianza y que
deberá desempeñar un papel decisivo el día en que el Caudillo abandone de forma
definitiva el poder: el almirante Luis Carrero Blanco.

El hombre que en 1967 pasó a sustituir al capitán general Muñoz Grandes ha sido
siempre descrito como una persona que trabaja entre candilejas y papeleo, una especie de
“eminencia gris”. Treinta años bajo la sombra de Franco le han entrenado en todos los
métodos de la política autoritaria.

Ahora bien, una vez escogido el futuro rey en 1969, el propio Carrero Blanco fue
designado a su vez como Presidente del Consejo, el 9 de junio de 1973, mientras Franco
retenía el cargo de Jefe de Estado.

En aquel momento, el Opus Dei podía considerarse instalado en el poder por largo
tiempo. No contaba con la excepcional audacia de la E.T.A., que realizó en pleno corazón
de Madrid un atentado extraordinariamente preparado y en el que Carrero Blanco encontró
la muerte. Este acontecimiento reavivó todas las contradicciones del régimen, y los
falangistas lo aprovecharon para recuperar la audiencia que habían perdido.

Franco, fiel a la política de “balance” entre las formaciones políticas que le ha


permitido mantener durante tan largo periodo su poder personal, no dudó en darles
seguridades a los “duros” y en eliminar a los opusdeístas…, lo que no significó, lejos de
ello, que estos últimos hayan renunciado a toda ambición cuando se trata de la política
española.

Vemos, pues, que la política opusdeísta tuvo como objetivo esencial terminar de una
vez con la incertidumbre relativa a la sucesión de Franco. Mientras la clase dominante
siguiera estando satisfecha con el régimen franquista, tanto más temía el fin de su reinado
que tan favorable le había sido. Pero el Opus también supo tranquilizarla en este terreno, ya
que en la práctica de cada día, todo el parloteo referente a una eventual “liberalización” del
régimen no ha tenido ningún efecto posterior.

A decir verdad, incluso los historiadores de los siglos futuros tendrán muchas
dificultades para comprender los matices entre opusdeísmo y falangismo en lo que atañe a
la represión policial de los movimientos sociales en el transcurso de los diez últimos años,
represión de la que los ministros opusdeístas son evidentemente tan responsables como los
colegas pertenecientes a otras tendencias políticas. Cuanto puede decirse es que el principal
de estos matices radica en el hecho de que el Opus Dei siempre ha sabido dar a entender,
cuando se han cometido y divulgado infracciones graves, que no estaban muy de acuerdo
con la política seguida por este o aquel ministro del Interior… Bien se trate del asesinato de
Julián Grimau en 1963, o del proceso “sumarísimo” de Burgos, en 1970, siempre ha corrido
el rumor de que algunos ministros opusdeístas reprobaban tales excesos, aunque nunca
llegaran a presentar la dimisión por ello.

Por otra parte, hay que decir que los grupos de extrema derecha que desfilaban
regularmente en Madrid saludando al estilo nazi y gritando: “¡Franco sí! ¡Opus no!”, o que
piden a voz en cuello “¡El ejército al poder!”, ayudaban mucho a conferir a los opusdeístas
una imagen positiva de hombres un tanto liberales.

En realidad, el Opus es el franquismo moderno. Por otro lado, su gestión ha venido


marcada por una brutalidad que conviene de forma admirable a los intereses económicos de
los patronos españoles. Es éste un hecho evidente si se tiene en cuenta la forma en que se
despachan las cuestiones obreras, incluyendo las más moderadas, relativas, por ejemplo, a
un mínimo vital que por lo; demás es muy bajo. Sin que sea nuestra pretensión dar una
relación exhaustiva, he aquí, tomados al azar, algunos recortes de prensa significativos del
periodo en que los discípulos de monseñor Escrivá estaban en el poder:

-Octubre, 1969: la población de Erandio (barrio suburbano del área de Bilbao) se


manifiesta contra la polución industrial. La policía realizó algunos disparos. Dos muertos.

-Julio de 1970: manifestación obrera en Granada. La policía dispara. Tres muertos.

-Diciembre de 1970: la población de Eibar (País Vasco) se manifiesta contra el


Consejo de Guerra a los militantes de E.T.A. en Burgos. La policía dispara. Un muerto.

-Septiembre de 1971: huelguistas del sector de la construcción distribuyen octavillas


en Madrid La policía realiza algunas detenciones. Un muerto.

-Marzo de 1972: manifestación de los obreros de los astilleros navales del Ferrol. La
policía dispara. Un muerto.

Octubre de 1971: reivindicaciones en Barcelona de los trabajadores de la SEAT (la


FIAT española). La policía carga. Un muerto.

-Abril de 1973: en San Adrián (área suburbana de Barcelona), los huelguistas ocupan
la empresa COPISA. La policía dispara. Un muerto.

Insistimos en que se trata de casos escogidos al azar en cuanto al tiempo y lugares. Si


se elaborara una relación completa, nos encontraríamos con una larga letanía de nombres
que no se recita en las residencias del Opus.

El hecho es que este último siempre se ha sentido, en los hechos, estrechamente


solidario con el régimen del cual formaba parte, a pesar de las “nubes de humo” ideológicas
con las cuales frecuentemente ha envuelto su acción a fin de lograrla asociación de España
con el resto de Europa. Pero incluso si durante un cierto tiempo la Obra no asume
abiertamente responsabilidades gubernamentales, quedará siempre el hecho de que el
número de sus técnicos, de .sus banqueros y profesores, y otros representantes de la
burguesía que ha formado e influenciado, ocupará inevitablemente un lugar en la historia de
España que ha de ser tenido en cuenta. A través de ellos el Opus Dei continuará existiendo,
aunque no sea más que indirectamente. ¿Qué corriente política representarán mañana los
hijos del padre Escrivá?

UN DESPOTISMO ILUSTRADO

Sin duda es difícil pronosticar cuál será el curso evolutivo de la política española en el
curso de los próximos años y, en consecuencia, predecir el papel que le está reservado al
Opus Dei.

Con todo, es probable que el control de la opinión pública, el uso intensivo de la


“policía armada” y la complicidad de numerosos gobiernos conservadores extranjeros,
empezando por Francia, pondrán al régimen al abrigo de convulsiones demasiado graves, lo
que no excluye evidentemente la posibilidad de enfrentamientos violentos aunque
esporádicos.11

Sin embargo, cuando se procede a un análisis de las fuerzas presentes en el terreno de


la política española, comprobamos que el Opus Dei carece singularmente de todo apoyo
popular.

No es éste el caso de la Falange, seguramente algo mermada en la actualidad, pero


que a través de los sindicatos y de las organizaciones que controla está, pese a todo,
enraizada en un sector de la población nacional. Tanto es así que, según piensa Clara
Zetkin, el fascismo no es sólo un movimiento militar de signo terrorista, sino también un
movimiento de masas con profundas bases sociales.

En cuanto al Ejército, se considera garante de la situación y, tal como dijo en una


ocasión el falangista Fraga Iribarne, “no será posible ninguna solución sin su
consentimiento”. Según los observadores enterados de la realidad española, el Ejército
constituye un grupo muy bien cohesionado, tanto más cuanto que es resultado de un
sistema de recluta relativamente amplio, ya que muchos “cadetes” son hijos de oficiales,
suboficiales y de policías. Sin duda, el precedente portugués, del cual lo menos que se
puede decir es que era inesperado, da que reflexionar. Pero debemos guardarnos de toda
asimilación apresurada: España no sufre el subdesarrollo económico de Portugal en las
vísperas del 25 de abril y, sobre todo, no está comprometida en guerras coloniales.

En cuanto a este último pilar del régimen que es la Iglesia española, se producen hoy
en su seno una serie de contradicciones que no permiten referirse a ella de un modo aislado,
y más si se tiene en cuenta que estas contradicciones le permiten llevar a cabo un sutil
doble juego. Así, el cardenal Enrique y Tarancón puede al mismo tiempo guardar distancias
con respecto a ciertos aspectos de la política opusdeísta… y ordenar nuevos sacerdotes del
Opus Dei, siempre, en ambos casos, para el mejor bien de las almas. En teoría también
deberíamos mencionar la situación de las diferentes tendencias que forman en el campo de
la oposición española, pero en realidad las posibilidades de acción del Opus Dei dependen
estrechamente de la supervivencia del propio régimen. Y en el supuesto de que la oposición
fuera capaz de abatir al régimen, el Opus Dei le seguiría fatalmente en su caída.
En efecto, no es fácil que la Obra pueda situarse en un régimen de esencia popular y
progresista, aunque algunos escasos personajes que son miembros de ella, como el profesor
Calvo Serer, estén incorporados hoy a la Junta Democrática. Pero es más que verosímil, en
la hipótesis de una evolución realmente democrática en España, que la mayor parte de los
opusdeístas estarían de parte de los elementos más reaccionarios.

Si, por el contrario, el régimen llega a sobrevivir a su fundador, todo hace pensar que
la Obra pueda llegar a ser capaz, a pesar de la ausencia de apoyo popular, de inspirar una
política que hiciera inútil una dictadura militar sin, no obstante, restaurar una verdadera
vida democrática.

Podría ser, entonces, en una España liberada de la vieja sombra de la guerra civil,
poner a punto esta ‘tecnocracia autoritaria, que sería como la transposición moderna del
“despotismo ilustrado”.

Si, por contra, el régimen sobrevive a su fundador, todo hace pensar que a pesar de su
falta de apoyo popular el Opus será capaz de llevar a efecto una política que invalidaría la
necesidad de una dictadura militar, siempre posible, aunque no por ello instauraría una
auténtica democracia.

Es posible también que, libre ya- del viejo espectro de la guerra civil, podrá instaurar
al fin esta tecnocracia autoritaria, especie de heredero de aquel despotismo ilustrado que
también España conoció en el siglo XVIII, en tiempos de Carlos III, Aranda, Campomanes
y Florida-blanca. 12

Porque no se olvide que el despotismo ilustrado se asemejaba a la “tecnocracia


autoritaria” en el sentido de que, siendo en esencia una forma de gobierno autoritario, fue
capaz de renunciar a las fórmulas dictatoriales demasiado estridentes.

Ahora bien, tal como escriben André y Francine Demichel en su notable obra Las
dictaduras europeas, esta tecnocracia autoritaria se ajusta a las exigencias del
neocapitalismo contemporáneo, “que tiene mucha necesidad de dejar a un lado los azares
de la discusión política (pues ya no existe una competencia entre pequeñas unidades libres
de la interferencia del Estado, sino proyectos económicos esbozados de forma global por
las grandes empresas y el -Estado), pero que prefiere limitar la represión, primero porque es
un derroche de tiempo, de dinero y de fuerzas, y en segundo lugar porque el proyecto
económico necesita la adhesión de todas las, clases. En el plano interno, -un régimen de
esta índole no tendría por qué introducir grandes cambios- en el derecho franquista. Los
tecnócratas instalados en el poder no tendrían más- que aplicar esta legislación- de forma
tolerante distinguiendo entre las impertinencias convenientes de la “oposición”, integrada
por gente de, la buena sociedad,- y la oposición, inadmisible, de los que quieren cambiar el
régimen”.13

Pero para llegar a una situación pareja, el Opus Dei deberá ser capaz de imponerse a
los otros adversarios en liza del campo conservador que hasta el momento han prestado su
apoyo al franquismo, sobre todo el Ejército y la Falange. Asimismo, será necesario que
pueda atraerse la confianza hacia una especie de “proyecto reformador” susceptible de
resolver los problemas económicos y, en todo caso, de “integrar” al sistema a la clase
obrera, a la sazón en el campo contrario. Si esta integración no fuera factible -cosa
probable-, sería preciso que los conservadores fueran capaces de organizarse políticamente
al estilo francés, tal como escribió un día Calvo Serer.14

Cabe preguntarse si el Opus Dei está en situación de llenar todas estas condiciones.

No es fácil contestar a una pregunta de este género, pero ¿quién habría sido capaz de
afirmar que la “Pía Unión” formada por unos pocos centenares de fieles y bendecida por el
arzobispo de Madrid-Alcalá en marzo de 1941, se convertiría un día en la potencia cultural,
financiera y política en que se ha convertido?

——
1
Hoy, esta afirmación no tiene ya ningún sentido, puesto que Alfredo Sánchez Bella, en 1960, y
Fernando de Liñán, después, han ocupado el cargo de ministro de Información y Turismo. En cuanto a López
Rodó es ministro de Asuntos s Exteriores desde junio de 1973.

2
En realidad, los ministros opusdeístas aprobaron la represión policial llevada a cabo por el gobierno
del que formaban parte.

3
Según Calvo Serer, la expresión “nihilismo de derechas” es aplicable al periodo comprendido entre
los años 1945 y 1951. En lo tocante a dicho autor, ver Franco frente al rey, pág. 12, París, 1972 (no consta el
editor).

4
D. Artigues, El Opus Dei en España, pág. 131.

5
Por estas fechas no existía aún el puesto de presidente del Gobierno, cuyas funciones recaían sobre el
propio Franco.

6
Daniel Artigues, El Opus Dei en España, pág. 217.

7
Cf. Salvador Pániker, Conversaciones en Madrid, pág. 229, Kairós, Barcelona, 1969.

8
En su Histoire de l’Espagne franquiste, Max Gallo indica que se solicitaron diez años de prisión para
Alfredo Fernández Antuna por haber hecho propaganda en contra del “sí”.

9
Y. Le Vaillant, ob. cit., pág. 329.

10
De López Amo debe destacarse su libro: La Monarquía de la Reforma Social. En 1966, La
Vanguardia publicó siete “Cartas al Príncipe” de sesgo claramente antidemocrático. López-Amo no reconoce
el sufragio universal ni la idea de soberanía popular.

11
Según algunos informes, la Guardia Civil parece que dispone en todo momento de municiones para
“resistir” cualquier ataque por espacio de un mes y medio.

12
.Cf.. Léo Gershoy, L’Europe des princes éclairés, 1763-1789, págs. 149 y ss., Fayard, París, 1966.

13
André y Fraricine Demichel, Les Dictatures européennes, pág. 354, PUF (París, 1793).
14
Franco frente al Rey, ob. cit., pág. 233.

—oOo—

¿OBRA DIVINA O HUMANA?

Cuando nos alejábamos de Pamplona por la carretera que conduce a Logroño,


descubrimos a unos kilómetros de los jardines de la Taconera el recinto de la Universidad
de Navarra, creada por el Opus Dei.

Tal vez no haya ninguna otra realización que simbolice de manera más gráfica el
éxito logrado por el Opus Dei. Y no sólo por el número de estudiantes cuidadosamente
seleccionados que reciben enseñanza diversa de un nivel indiscutiblemente alto, sino que
dicho símbolo lo encontramos también en los propios edificios, modernos y a la vez un
tanto anticuados, con un toque preciso de ambición y discreción. Cierto que se benefician
de la nitidez del cielo navarro, cuya luz da a la piedra grisácea unos reflejos dorados, y
también de un hermoso parque que imprime al conjunto un encanto notable.

Este logro tan palmario que se observa en Pamplona -también el hecho de volver de
nuevo a esta ciudad donde tenía su sede la firma Matesa constituye un símbolo- ¿es el fin
de lo que podríamos llamar el “expediente” del Opus Dei?

A buen seguro que no, en la medida en que la Obra viene marcada por un equívoco
que no es fácil desentrañar: si es la potencia político-económica que se ha descrito (con
documentos irrefutables), ¿por qué conserva apariencias religiosas que hoy son
perfectamente inútiles?

Y, por otro lado, si es ciertamente la institución religiosa que alega ser, ¿cómo se
explica que un tan crecido -número de socios -y siempre los más brillantes- se dedique a
tareas de orden puramente temporal? ¿Piensan de veras conseguir por esta vía el
advenimiento del “reino de Cristo Rey”?

No cabe la menor duda que sí, atendiendo a las palabras recientes de monseñor
Escrivá sobre la libertad:

“Si el mundo y todo lo que contiene es bueno (excepto el pecado), porque es obra de
Dios Nuestro Señor, el cristiano que lucha de continuo para no ofender a Dios -lucha
positiva, lucha de amor- debe entregarse a ello en todos los terrenos, codo a codo con los
restantes ciudadanos; debe defender todos los bienes que tienen su origen en la dignidad de
la persona. Pero hay un bien que deberá buscar siempre de un modo especial: el de la
libertad personal. Sólo si defiende la libertad individual de los demás, así como la responsa-
bilidad personal que le corresponde, podrá defender la suya propia del mismo modo, con
una honestidad humana y cristiana.

“[. .] Algunos de los que me estáis escuchando me conocéis desde hace muchos años,
y podéis atestiguar que toda mi vida he predicado la libertad personal con la
responsabilidad personal. Yo la he buscado y la busco en toda la Tierra, del mismo modo
que Diógenes buscaba un hombre. Y cada día la aprecio más, la estimo más que todas las
cosas terrenales. Es un tesoro que nunca sabremos apreciarlo bastante [...]“.

Es muy probable que estas palabras sean sinceras, y descubriremos en ellas un acento
casi patético cuando se emplaza como testigos a los que integran su auditorio, uh acento
que por lo demás hallamos a lo largo dé toda la historia española. Sin pretenderlo,
monseñor Escrivá se convierte en un portavoz de una de las frases más hermosas que
Cervantes puso en boca de Don Quijote: “La libertad es uno de los dones más preciosos que
los cielos hicieron a los hombres; ningún tesoro de los que oculta la tierra y el mar pueden
equiparársele; al igual que ocurre con el honor, podemos y debemos arriesgar la vida en pro
de la libertad”…

Lo singular del caso radica en que, siguiendo con su homilía, la libertad que exalta el
fundador del Opus Dei no debe, según él, plasmarse en hechos ni, sobre todo, en la realidad
política:

“Cuando hablo de libertad personal no hago alusión, con este pretexto, a otros
problemas perfectamente legítimos, pero que no corresponden a mis menesteres como
sacerdote. Sé que no es de mi incumbencia abordar temas seculares y contingentes que
pertenecen al ámbito de lo civil y lo temporal, cosas todas ellas que el Señor dejó a la libre
y serena controversia de los hombres [...]. Celebrarnos hoy la fiesta de Cristo Rey, y no
rebaso mis funciones de sacerdote si digo que cualquiera que considere el reino de Dios
como un programa político, no ha calado la finalidad sobrenatural de la fe y está dispuesto
a cargar a las almas con lastres que no son los de Jesús.” 1

Sin embargo, existe más vinculación de la que parece entre estas consideraciones de
alto vuelo sobre el reino de Cristo Rey y el neocapitalismo tecnocrático del cual él Opus
Dei fue promotor en España. Se trata de un hecho sorprendente y, casi con seguridad,
único, ya que suponía una asombrosa mutación de la religiosidad española considerada en
sus aspectos más rigurosos y más “totalitarios”; como si la antigua y tan temida Santa
Hermandad 2 hubiera sabido conservar ‘ a un tiempo su tradición y entrar con paso firme en
la era de los computadores.

Pues bien, si examinamos con atención todo lo que ahora sabemos sobre el Opus Dei,
tanto en sus concepciones como en su actuación, veremos que ha sabido aglutinar de forma
por lo demás notable algunas de las “imágenes” 3 que desde- hace siglos rondan la mente’,
humana tanto en el orden colectivo como en el orden individual. Quizás haya que buscar
aquí, también, una de las claves de su éxito en materia religiosa a la par que en el terreno
político-económico.

Estas “imágenes” son las del Padre, las del Dictador, el Rey y el Técnico.

Debemos precisar a este respecto que, en el curso de los últimos decenios, numerosos
movimientos políticos y escuelas ideológicas europeas han podido apoyarse en una u otra
de estas imágenes o sobre varias de ellas a la vez, aun cuando la combinación más
frecuente sea, por así decirlo, la del padre-dictador.
El sistema que ha puesto en marcha el Opus Dei tiene como rasgo característico que
ha sabido poner en marcha, de forma simultánea, todas estas imágenes.

El auténtico culto a la personalidad que se profesa al “Padre” Escrivá, sobre todo en


lo que toca a su ideario (prueba de ello es la constante exaltación de que es objeto Camino),
corresponde a una actitud bien conocida que encontramos en un gran número de
instituciones religiosas. En todas ellas, el fundador o la fundadora, por lo general dotados
de una fuerte personalidad, son objeto de una devoción ligada al hecho de que se les
considera como intermediarios entre Dios y el hombre común. En este aspecto, el caso del
Opus Dei no tiene nada de particular: monseñor Escrivá es uno más entre los muchos
hombres que han sido objeto de la “inspiración divina” cuando decidieron fundar un ins-
tituto religioso.

Otro tanto podría decirse respecto del papel político de los opusdeístas: la imagen
mítica del dictador y la del rey se ha utilizado con profusión en todos los países, y resulta
muy difícil ser un innovador.

No obstante, si se atiende a la situación española contemporánea, es preciso apuntar


que los políticos opusdeístas, y en especial López Rodó, han sabido establecer de forma
precisa una mediación difícil entre el viejo dictador y el joven y futuro monarca. La
personalidad intransigente del primero, la poca relevancia política del segundo (en muchos
medios españoles que no siempre son de la oposición, se alude comúnmente al príncipe con
el remoquete de “el pelele”) hacían difícil esta transición, tanto más cuanto que una y otra
imagen pertenecen a las tradiciones españolas más arcaicas y no eran del agrado del pueblo,
como se demostró de modo suficiente en la guerra civil.

Los hijos espirituales de monseñor Escrivá, impregnados de modernismo y


renovación, han sabido establecer esta asombrosa filiación y esta convergencia que han
sido puestas de relieve en numerosas declaraciones políticas del Caudillo y del Príncipe de
España. Así, Franco, al presentar ante las Cortes a su sucesor, diría en 1969: “Hoy no puede
decirse que las monarquías representen al sector conservador de los pueblos, ya que si
consideramos las monarquías de las distintas naciones del norte de Europa, preciso es
reconocer el progreso y la eficacia social que las distinguen [...]. La monarquía de los
Reyes Católicos que tantos años de gloria dio a la nación es ejemplo perenne de su
popularidad y de la defensa constante de los derechos sociales de nuestro pueblo.”

A esta justificación de la realeza en boca del dictador se añaden las declaraciones de


Juan Carlos de Borbón, cuando afirma que “la tradición no puede confundirse con el
inmovilismo, sobre todo en una sociedad que se transforma a un ritmo vertiginoso”, y
cuando dice que “la misión del rey es dirigir en un sentido social el desarrollo económico,
puesto que no podría satisfacernos una prosperidad que no afecte a la mayoría de los que
más necesidad tienen de ella”.4

Ni el Caudillo ni el Príncipe de España son miembros del Opus Dei, pero la Obra es el
nexo que une a ambos: Franco ha propiciado el desarrollo del Instituto, pero el Opus ha
hecho la fortuna de Juan Carlos.
En tanto que esta operación política sea, por consiguiente, capaz de tener una
incidencia real sobre el destino de España (cosa que no podrá comprobarse hasta que se
produzca la desaparición política de Francisco Franco), corresponde por entero a la
voluntad de la Obra asumir en su integridad el pasado español.

Pero es que, en su caso, el Opus Dei no sólo ha fundamentado su influjo en los viejos
pilares de la religión, la dictadura y la monarquía, sino que ha sabido utilizar también el
mito moderno del técnico, poseedor de los conocimientos y capaz de plasmarlos con
eficacia.

Vistas así las cosas, la concurrencia de todas estas imágenes en una misma política
explica que los ministros opusdeístas no desdeñen la utilización de los antiguos métodos de
la dictadura; o sea, la censura, la -represión, la multiplicación de las “fuerzas del orden”,
pero tampoco olvidan la práctica frecuente de la acción psicológica a través de los medios
de información y de la Universidad. La sutileza de esta convergencia, que les permite
desenvolverse por entre todas las ambigüedades y contradicciones de la sociedad española,
es sin duda la causa por la que ni la oposición de izquierdas ni las fuerzas de la derecha
“clásica” pueden frenar el actual predominio político de la Obra.

En tales condiciones, para comprender lo que es el Opus Dei ¿debemos considerar sus
finalidades religiosas como meras apariencias falaces?

Jean-Jacques Thierry, uno de los defensores de la Obra, estima por su parte que estas
finalidades constituyen la esencia y que, por contra, las consideraciones sobre la política
opusdeísta son fruto de un error de apreciación. En el epílogo de la obra que hemos
mencionado escribe, por ejemplo, que “los comentaristas que aluden al Opus Dei a
propósito de las tendencias políticas que se manifiestan en la sociedad española, caen,
muchas veces sin darse cuenta, en la trampa consistente en dar una interpretación política o
sociológica de un fenómeno puramente religioso. Por lo demás, eso no tiene nada de
extraño si tenemos en cuenta que ellos contemplan a la Iglesia dentro de la misma
perspectiva”.

Claro que hay una trampa… una trampa en la que Jean-Jacques Thierry y los
opusdeístas quieren hacer caer a los observadores: la de la existencia de un “fenómeno
puramente religioso”, del todo independiente de las demás realidades.

A fin de cuentas, el Opus Dei no es sino un fenómeno religioso. En este terreno, el


rasgo más característico es el de que ha sabido adaptar a un tiempo el sentimentalismo
religioso y la doctrina moral cristiana a las exigencias de las clases sociales dominantes, de-
seosas a su vez de modificar la economía española en función del progreso tecnológico.

Queremos decir con ello que no ponemos en tela de juicio la sinceridad individual de
los opusdeístas, sino que sólo afirmamos que en el ámbito colectivo carece de importancia.
Es evidente, en efecto, que la ideología colectiva que caracteriza la Obra es el culto de la
eficacia temporal, de la expansión económica de las empresas y del país.
Y es que en el terreno de los hechos, la gestión política y económica de los miembros
de la Obra, que quieren convertir a España en una nación moderna en el aspecto económico
neocapitalista (incremento del consumo, integración al sistema de las distintas clases
sociales, “apoliticismo tecnocrático”, entre otros rasgos) no presupone en modo alguno la
lectura de Camino. En efecto, en Italia y Japón, como algún día en el Irán; se han producido
los mismos procesos sin que las máximas de monseñor Escrivá hayan tenido nada que ver
en ello.

Estas últimas, sin embargo, han tenido su importancia en cuanto han facilitado una
especie de “desbloqueo mental”. Los antiguos reflejos religiosos, como los provenientes del
fascismo falangista, hacían difícil en efecto la aparición de las ideologías que el país
necesitaba para su resurgir económico.

En definitiva, tal como indican muy atinadamente André y Francine Demichel, el


Opus Dei ha sido capaz, sobre todo, de comprender que el crecimiento económico implica
que los diferentes estratos poblacionales obtengan unas mínimas satisfacciones materiales.
Ello explica su preferencia por un empresariado moderno, dispuesto a incrementar los
salarios de forma tal que los obreros puedan comprar televisión y electrodomésticos. Ello
también explica que los actuales dirigentes españoles den muestras de cierta indulgencia en
lo que atañe a los objetos de consumo que les solicita la juventud, como pueden ser la
música pop o la vestimenta “contestataria”…

Esta orientación que, pese a lo que se diga, no comporta en la práctica ninguna


consecuencia religiosa, explica toda la política actual de España. Lo haya pretendido o no,
importa poco, pero lo cierto es que el Opus Dei es mucho más que el símbolo, es el garante
de los intereses económicos de una burguesía que intenta mudar la piel. Por esta razón, la
Obra ha intentado vincular a su nombre una cierta idea de “liberalización” política.

Tal como escriben los autores que acabamos de mencionar, “conviene mantener la
integridad del régimen, ya que está fuera de duda que la clase dirigente acepte compartir su
poder. Es cierto que se aviene a introducir una pequeña dosis de «liberalismo» para reforzar
la idea de integración, de aceptación del régimen por el conjunto de la población; en suma,
del fin de la lucha de clases. Pero es obvio que no renuncia a lo esencial ni otorga derecho
de ciudadanía a una auténtica oposición. En este sentido, considera que en última instancia
es bueno conceder a la burguesía estudiantil unos medios, incluso legales, de encauzar sus
pataleos, pero que no puede darse autorización al Partido Comunista.

“Una vez más, también en este aspecto el Opus Dei se encuentra en situación idónea
para llevar a cabo esta delicada dosificación. Católico, integrista y conservador, este
movimiento es ajeno tanto al autoritarismo bullanguero y anacrónico de la Falange como a
su palabrería social, que podría resultar peligrosa. El afán de eficacia del Opus Dei le da a
entender la necesidad de una cierta «liberalización». Su rigurosa disciplina interna lo pone a
resguardo de los azares.” 5

En lo que a nosotros concierne, estamos plenamente de acuerdo con estos dos


profesores de la Universidad de Lyon, ya que ilustran de forma notable el tránsito del
“fenómeno religioso” al “fenómeno político” en cuanto a la acción efectiva de los
dirigentes opusdeístas.

Por último, queda pendiente un problema para comprender de forma integral lo que es
el Opus Dei. Se trata de saber si esta “tecnocracia autoritaria” ha sido impulsada por una
auténtica “sociedad secreta”.

Hay que decir que en este punto los miembros de la Obra siempre han reaccionado
con vigor, y a veces con indignación, ante una tal acusación. Así, monseñor Escrivá
declaraba a Jacques Guillemé-Brúlon: “Jamás he necesitado secreto alguno. Los socios de
la Obra desdeñan el secreto porque son fieles corrientes, personas exactamente iguales a las
otras”…

La verdad es que la cuestión no merece ser objeto de largas discusiones. El Opus Dei
siempre mantuvo en secreto sus Constituciones, que no pueden ser divulgadas por los
socios. Asimismo, y durante mucho tiempo, mantuvo oculto su número de afiliados y nunca
ha proporcionado información precisa sobre ellos, ya que la cifra global que dio en una
ocasión no nos sirve prácticamente de nada.

En cuanto a la biografía de su fundador, está cuajada de incertidumbres. Por no saber,


ni siquiera se sabe con exactitud en qué fecha se fundó la Obra y no permite que nadie
compruebe si tal o cual persona pertenece o no al Instituto. Por lo demás, vemos que los
socios y simpatizantes forman en el terreno financiero, político y universitario equipos,
auténticos núcleos entretejidos en definitiva que nunca aparecen de cara al exterior como
proyecciones de la Obra.

Por otro lado, no creo que se nos pueda tildar de suspicaz en demasía si afirmamos
que en lo relativo a las diversas etapas de la historia del Opus, su propio destino viene
marcado por una prodigiosa duplicidad: una modesta asociación de cristianos ordinarios
con ansias de santificación que de repente pasan a ocupar el primer puesto en la
Universidad, la Economía, el Gobierno…

¿Qué nos importa entonces si esta duplicidad -tomada en un sentido etimológico- fue
algo buscado y organizado de forma metódica? Lo importante es que existió, que sigue
existiendo y que está ligada a la naturaleza misma de este “fenómeno puramente religioso”.
Y aún tendríamos que ponernos de acuerdo sobre la noción de “pureza”.

Es fácil entender cuánto molesta a los sesudos miembros de la Obra que les cuelguen
el rótulo de “sociedad secreta`; pero de ellos depende que no les sea imputado. Bastaría con
que dieran respuesta a todos los puntos mencionados y proporcionaran todas las precisiones
necesarias. ¡Es una cuestión de honor y de justicia hacerlo cuando se pretende gobernar en
nombre de Cristo Rey!

¿Sociedad secreta o cándida asociación? ¿Obra divina o humana?


En el momento de dar por concluido este singular informe sobre el Opus Dei, proceso
que va siguiendo su evolución, encontramos la respuesta a estas cuestiones en estas mil
confidencias que nos musita al oído la otra España, aquella de la que los ministros
opusdeístas sólo se cuidaron de encerrar en las mazmorras de Soria o de Carabanchel;
confidencias también de españoles que ni siquiera militan en las filas de la oposición, que
sólo aspiran a vivir en paz y que, sin embargo, temen más al poder de los opusdeístas que a
la propia Brigada políticosocial. 6

Y es que para todos ellos el Opus Dei es una obra humana, demasiado humana,
fatídicamente humana; un poder imperioso capaz de acallar todas las voces por cualquier
medio, incluso los más violentos.

Cabe preguntarse, empero, si los hijos del “Caudillo” y del “Padre” Escrivá podrán
siempre reprimir la antigua voz del pueblo, la que un día oyera el poeta José Agustín
Goytisolo:

“Entre el tumulto

de las otras voces,

oí su voz, la única

que ansiaba.

Llegó

como un relámpago,

bruñida espada, pura

rosa perenne.

Yo

la esperaba, y ella,

la vieja voz del pueblo,

volvió a sonar en mí;

sonó, sonó, porque

también el sordo oye

la campana que ama.7


En España, la voz del Opus Dei no es, jamás lo ha sido, ni jamás lo será, la voz del
pueblo.

——
1
Homilía del 22 de noviembre de 1970. Ver el repertorio Es., Cristo que pasa, págs. 386-388, Rialp,
Madrid, 1973.

2
Las “hermandades” o “cofradías” fueron en el siglo XIII una federación de Aragón, León y Castilla
para luchar contra los abusos nobiliarios. Luego se convirtió en una milicia destinada a la captura de
malhechores. Por último, en el siglo XVI ya no era más que una “guardia civil”.

3
Sobre esta noción, de “imagen”, véase en especial Gérard Mandel, La Révolte contre le père. Une
introduction a la sociopsychanalyse, Payot, París, 1968.

4
Declaraciones hechas a la revista italiana Famiglia cristiana, diciembre de 1972.

5
André y Francine Demichel, Les Dictaturees européennes, PUF, col. “Thémis”, París, 1973.

6
La BPS es una sección policial particularmente temida por los métodos que utiliza en los
interrogatorios.

7
Ver la revista Papeles de Son Armadans, marzo de 1957, y Le romancero de la résistance espagnole,
Maspéro, París, 1962.

—oOo—

LAS CONSTITUCIONES DEL OPUS DEI

Las Constituciones del Opus Dei son un extenso y confuso documento redactado en
un estilo difícil por sus reiteraciones y circunloquios. La extensión del presente libro no nos
permite reproducir en su integridad el texto de las mismas, cuya versión más accesible es,
por desgracia, la que dio a conocer Jesús Ynfante. Con todo, para dar al lector una, idea del
contenido de dichas Constituciones, exponemos a continuación, de un lado, el índice de las
mismas con indicación del número de los artículos, y de otro, el primer capítulo, que tiene
un carácter introductorio.

INDICE DE LAS CONSTITUCIONES

Parte primera. Del Instituto y de sus miembros

I. De la razón de ser y finalidad del Instituto (1-12)

II. De los miembros del Instituto (13-31)

III. De la admisión al Instituto (32-45)

IV. De la incorporación al Instituto (46-63)


V. De la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz (64-96)

VI. De la separación del Instituto (97-106)

VII. Del despido de los socios (107-125)

Parte segunda. De la vida en el Instituto

I. De la instrucción de los miembros (126-146)

II. De las obligaciones comunes:

1. De la obediencia (147-155)

2. De la castidad (156-160)

3. De la pobreza (161-171)

4. De la observancia de las Constituciones (172-181)

III. Del espíritu del Instituto (182-233)

IV. De la observancia de las costumbres piadosas (234260)

V. De los deberes de devoción de los socios (261-272) VI. De la promoción a las


órdenes sagradas (273-279) VII. De los enfermos y los difuntos (280-292)

Parte tercera. De la dirección del Instituto

I. Del régimen general (293-298)

1. De la elección del Presidente del Instituto y de los Congresos generales (299-326)

2. Del Padre (327-340)

3. Del Vicepresidente (341-344)

4. Del Consejo del Presidente (345-365)

5. De la Administración general (366-377)

II. De la dirección regional (378-402)

III. De la dirección local (403-424)

IV. De las Semanas de Trabajo (425-436)


Parte cuarta. De la Sección de mujeres

I. De su modalidad, su fin y sus miembros (437-449)

II. De la dirección (450-479)

DE LA RAZON DE SER Y FINALIDAD DEL INSTITUTO (Capítulo I)

1. El Instituto, cuyo título es Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz y del Opus Dei,
pero con nombre abreviado Opus Dei, es un Instituto Secular consagrado a la adquisición
de la perfección cristiana en el mundo y al ejercicio del apostolado. La denominación de
Opus Dei corresponde al Instituto en su totalidad; sin embargo, hay en él una cierta
agrupación de miembros, a la que se da el nombre de Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz,
que consta de sacerdotes del Instituto y de algunos laicos que a juicio del Padre se
consideran mejor dispuestos para recibir en su día el sacerdocio.

2. La Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, con el espíritu que le es propio vivifica al


Opus Dei en su totalidad y lo informa de tal modo que lo hace clerical en el sentido de que
las principales funciones de la dirección se reservan en general a sacerdotes; (de que) la
categoría de los sacerdotes, como verdadero Instituto clerical en cuanto a todo aquello que
ataña a la vida clerical, y en fin, todo el cuerpo del Opus Dei queda equiparado a los
Institutos clericales, atendiendo solamente a las normas de estas Constituciones y
juntamente a las especiales prescripciones e indulgencias de la Santa Sede que fueron
concedidas al Instituto o que más adelante puedan concedérsele, y aún más, que por la
misma causa los socios laicos disfrutan como individuos de los derechos y privilegios de
los clérigos y no están subordinados a los cargos clericales.

3.1. El objetivo general de la finalidad del Instituto es, la santificación de los


miembros por medio del ejercicio de los consejos evangélicos .y por la observancia de estas
Constituciones.

3.2. Pero lo específico sea esforzarse con todo empeño en que la clase que se llama
intelectual y aquella que, o bien en razón de la sabiduría por la que se distingue o bien por
los cargos que ejerce, bien por la dignidad por la que se destaca, es directora de la sociedad
civil, se adhiera a los preceptos de Nuestro Señor Jesucristo y los aplique in praxim; y
asimismo favorecer y difundir entre todas las clases de la sociedad civil la vida de
perfección en el siglo e informar a hombres y mujeres para el ejercicio del apostolado en el
siglo.

4.1. Este fin se consigue por medio de la santificación del trabajo ordinario y por
medio del ejercicio del cargo profesional o de otro equivalente, cargo que los miembros no
abandonan, ya que justamente persiguen por medio de él la santificación.

4.2. Por ello el Instituto exige de sus propios alumnos un exquisito cultivo del
espíritu, así en los deberes de la devoción como en las disciplinas ya eclesiásticas y pro-
fanas; fomenta en ellos un perfecto cumplimiento de las funciones profesionales y sociales,
incluidas las de la Administración pública, por las cuales ha de perseguirse la perfección
del propio status; promueve y dirige las instituciones y las obras que miran al cultivo de la
mente y al perfeccionamiento del espíritu, como las casas y residencias para estudiantes, las
casas de ejercicios espirituales y otras instituciones por el estilo.

4.3. Así pues, los medios que los miembros del Opus Dei prefieren y de los que deben
valerse con preferencia son: la vida de oración y sacrificio, según el espíritu del Instituto, y
una fidelidad lo mayor posible en el cumplimiento de la actividad o profesión social propia
de cada uno.

5. Los miembros del Instituto profesan la perfección evangélica, de tal modo sin
embargo que no han de pronunciar votos religiosos ni llevar consigo en sus personas o
casas signo alguno externo que indique una familia religiosa sino que los clérigos llevan el
vestido clerical común del lugar en que residen y los laicos las vestimentas acostumbradas
entre las clases de la misma o semejante profesión o condición social.

6. El Opus Dei profesa una humildad colectiva, por lo cual no puede editar hojas ni
publicaciones de cualquier género con el nombre de la Obra, a no ser internamente para uso
de los socios; sus miembros no llevan signo alguno distintivo; hablan cautamente del Opus
Dei con los extraños; pues la acción debe ser modesta y no ostentosa; el Opus Dei, como
pluralidad, no interviene en ningún acto social ni es en él representado.

7. El Opus Dei no tiene en general una forma específica de actividad colectiva


externa. Ante todo debe procurar la formación espiritual y apostólica de los miembros. En
cuanto al apostolado, los miembros lo realizan por medio del ejercicio de las funciones y
los cargos públicos o bien por medio de asociaciones legítimamente constituidas, según
parezca que lo exigen las circunstancias de tiempos y lugares, y guardan suma reverencia
también para con las leyes legítimas de la sociedad civil.

8. Los socios del Opus Dei emplean su actividad en tres obras, cada una de las cuales
está constituida bajo patronos, a saber:

1º. Obra de San Rafael y de San Juan, para cultivar a los jóvenes; este trabajo es el
más propio del Opus Dei y como semillero del Instituto.

2º. Obra de San Gabriel y de San Pablo, para instruir a los socios Supernumerarios y
fomentar la observancia por parte de éstos, para fortalecerla y para hacerla más profunda
cada día, así como también, con ayuda de los mismos miembros Supernumerarios, para
imbuir a las diversas clases de la sociedad civil de un criterio católico, profesional y social.

3º. Obra de San Miguel y de San Pablo, para promover la formación de los
Numerarios y de los Oblatos, y para buscar la solución más oportuna a las cuestiones
académicas, sociales, profesionales, etc., con vistas al bien de las almas.

9. Los socios del Opus Dei actúan ya individualmente, ya por medio de asociaciones
que pueden ser bien culturales o bien artísticas, pecuniarias, etc., y que se llaman
sociedades auxiliares. Estas sociedades están igualmente, en su actividad, sujetas a
obediencia a la autoridad jerárquica del Instituto.

10.1. El Instituto, a no ser que otra cosa se estime necesaria, para sostener o fomentar
los servicios y las obras, no tendrá ninguna Iglesia propia, no fomentará ninguna asociación
de fieles propia; no recibirá estipendios por misas ni pago alguno por el ejercicio del
ministerio sacerdotal, incluso cuando haya sido ofrecido espontáneamente, ni
compensación de los gastos que por razón de viaje haya de soportar alguno de los
miembros. Solamente pueden los sacerdotes del Instituto recibir hospedaje y alimentación
con ocasión de algún servicio espiritual. Sin embargo, el Opus Dei acepta legados de
cualquier género destinados a perseguir la finalidad del Instituto; pero él de por sí no posee
bienes inmobiliarios ordinariamente.

10.2. Si entre todas estas cosas pareciere oportuno en el Señor admitir por graves
causas alguna excepción, el Padre según voto deliberativo del Consejo, hasta tanto que
perdure la necesidad o la gran utilidad, puede decretar esa excepción.

11. Si las circunstancias del caso exigen que el Opus Dei o la Sociedad Sacerdotal de
la Santa Cruz, en las diversas regiones, se constituya en sociedad civil, el Consiliario
regional podrá designar a su arbitrio un órgano directivo o consejo nacional, constituido por
un director, un secretario y tres vocales. De la incumbencia de este Consejo será procurar
que el Opus Dei observe siempre fielmente las leyes de la región o nación y que se
mantenga o actúe dentro de los límites por ellas establecidos; recoger y proporcionar los
medios económicos necesarios para atender a los gastos anuales del Opus Dei; asimismo
cumplir con diligencia y fielmente otros deberes que puedan serle impuestos por el propio
Consiliario regional.

12. La Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz y el Opus Dei tienen como patronos, a
los que veneran con singular devoción: a la Bienaventurada siempre Virgen María a quien
el Instituto adora como Madre; a San José esposo de la citada Bienaventurada Virgen
María; a los Santos Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael; a los Santos Apóstoles Pedro,
Pablo y Juan, a quienes se consagran especialmente la Institución entera y cada uno de los
tipos de actividad de la misma.

APÉNDICE: EL OPUS DEI Y LA ENSEÑANZA EN MEXICO

Por Walter Beller Taboada

En México el Opus Dei es un siniestro fantasma que irrumpe en todos los lugares
imaginables, que domina y contamina las mentes de miles de hombres y mujeres,
adolescentes y adultos, y cuya virtud principal es pasar inadvertido para la inmensa mayoría
de la población. Ha elegido, para penetrar, consolidar y multiplicar su incontenible
influencia, dos puntos estratégicos: la educación, en todos los grados de escolaridad, y la
administración y control de empresas privadas y estatales. Ambos cauces llegan, tarde o
temprano, al poder político. Conseguir éste se presenta como finalidad a corto o a largo
plazo. El Opus Dei avanza y avasalla. Su presencia intangible alarma a todo aquel que se
acerca para investigarlo y analizarlo.
Consideremos primero la labor del Opus Dei en las instituciones de enseñanza.

El Opus Dei, a través de las innumerables instituciones que posee, va introduciendo,


unas veces velada y otras directamente, su particular concepción de la sociedad, de la
historia, del cosmos. Ha ido forjando hombres y mujeres con la misma mentalidad, con los
mismos intereses, con las mismas fobias. Hombres y mujeres hechos a la imagen y
semejanza de los intereses defendidos por el Opus Dei. De las incontables escuelas que el
Opus controla -muchas de las cuales examinaremos más adelante- egresan, y han egresado,
los cuadros profesionales y técnicos más calificados. Precisamente aquellos que tienden a
dirigir al país.

Muchos de los egresados de estas instituciones se van infiltrando en los centros de


decisión y de poder político y económico. Una vez colocados, su tendencia será imponer
aquella ideología cuidadosamente aprendida y asimilada. El Opus Dei interviene en la vida
del país de dos maneras: una es directa, por medio de sus propios miembros; la otra, a
través de sus indoctrinados alumnos. Tal intervención está llena de contradicciones,
ilegalidades, abusos, y saturada de un profundo sentimiento antidemocrático.

El Opus Dei, que en México maneja más de una veintena de colegios importantes, en
sus finalidades, mantiene un conflicto gravísimo e incompatible desde el punto de vista del
derecho mexicano: contraviene el orden constitucional en materia de educación. En efecto,
el artículo tercero constitucional, tan manido, tan satanizado, tan reformado, establece, con
respecto a la educación, en su fracción primera:

“Garantizada por el artículo 24 la libertad de creencias, el criterio que orientará


dicha educación se mantendrá por completo ajeno a cualquier doctrina religiosa y, basado
en los resultados del progreso científico, luchará contra la ignorancia y sus efectos, las
servidumbres, los fanatismos y los prejuicios”

La letra de la ley contrasta con la realidad cotidiana de los colegios del Opus Dei. Por
principio, una educación que se “mantenga por completo ajena a cualquier doctrina
religiosa” no es la educación que se imparte en los colegios del Opus Dei. En éstos,
contraviniendo el precepto constitucional, la enseñanza es exclusiva y excluyentemente
religiosa. La orientación religiosa invade e infecta todas las asignaturas; nada escapa: ni la
ética, ni la filosofía, ni la sociología, ni la biología, ni la lógica, etc. Los sacerdotes del
Opus Dei son los únicos encargados de establecer los criterios rígidos, inflexibles,
incuestionables sobre los puntos a tratar en las clases. Los programas de la Secretaría de
Educación Pública son despreciados, cuando no ignorados, tranquilamente: Educar sin Dios
es, para ellos, una aberración, una perversión que combaten momento a momento. En
realidad lo que están combatiendo, se dencuenta o no, es a la misma Constitución
Mexicana. Sus objetivos son incompatibles con el ordenamiento de la Carta Magna. Y, sin
embargo, continúan educando bajo una orientación religiosa, severamente católica. Las au-
toridades correspondientes no lo ignoran; las labores educativas del Opus Dei violan,
pública y notoriamente, la Constitución. Todo el mundo lo sabe; todo el mundo lo calla.

Asimismo, no existe pedagogía más alejada y contraria a los “resultados del progreso
científico” que la de las escuelas del Opus Dei. Verdaderamente en lo que se basan, para
educar a las futuras generaciones dirigentes, es en los textos bíblicos, o cuando menos, se
inspiran en ellos. Niegan, por ejemplo, al evolucionismo; son enemigos personales de
Darwin, no por razones científicas, sino teológicas. Impugnan neciamente a Freud por su
“grosero pansexualismo”. Pugnan esforzadamente por abolir los estudios de sexología; ex-
perimentan una paranoia inocultable, pues todo lo referente al sexo lo encuentran
peligrosamente cercano al pecado y, por lo tanto, lo quieren alejar de las mentes juveniles,
aunque las mentes juveniles no lo olvidan por el simple hecho de que se les ordene.

La única ciencia aceptada y difundida es aquella que, desde el punto de vista de su


ideología, les conviene.

En historia ocurre otro tanto. Critican áspera e infundadamente a Hidalgo y a Morelos


(malos ejemplos para los jóvenes); aceptan únicamente las interpretaciones de Lucas
Alamán. Son, además, rabiosamente antijuaristas. Las más de las veces emiten juicios
negativos sobre el gobierno mexicano, al que toleran, pero desearían un gobierno de mano
dura, que someta a ‘ “todos aquellos rebeldes propiciadores del caos”.

Desde el ángulo de la sociología las cosas no varían mucho. Las lecciones sobre los
fenómenos sociales son invariablemente remitidos tanto a la noción de “bien común”, de
armonía social -negando la oposición y la lucha de clases- como a la vaga noción de
transitoriedad del hombre en este mundo, que lo obliga a fijar sus ojos devotos en lo
sobrenatural. Una sociedad que no acepte esto último es una sociedad depravada e inmoral;
así, identifican como “Estados totalitarios”, curiosamente a aquellos que son socialistas.
Comunista y demoníaco son lo mismo para educadores y educandos. Afirman que las
únicas instituciones “perfectas” son la Iglesia -obviamente- y el Estado; pero como ambas
están manejadas por hombres, y como los hombres son los imperfectos, dichas instituciones
no funcionan bien. Por lo tanto, debemos prepararnos -dicen- para perfeccionarlas. Para lo
cual es menester llegar a conseguir el poder político; esto no lo dicen, pero lo dejan
inequívocamente implícito.

La educación impartida en todas las escuelas del Opus Dei es anticientífica (en todo
aquello que les conviene). La ciencia deja de ser la explicación racional y objetiva del
universo, para convertirse en una metafísica dogmática, cerrada e indiscutible. Por eso,
aquello de que “luchará contra la ignorancia y sus efectos, las servidumbres, los fanatismos
y los prejuicios”, queda en palabras, bellas sin duda, sin sobrepasar las buenas intenciones.
Es bastante sabido, por otra parte, que en los diversos institutos escolares del Opus Dei se
fomenta reiteradamente el antisemitismo (aún no olvidan la pretendida crucifixión de Cristo
por los judíos).

Por otro lado, la defensa perpetua de la Iglesia católica, de sus dogmas y tradiciones,
ha llevado a los miembros de la Obra a caer, lo acepten o no, en un fanatismo escandaloso y
temible. Estos hombres han sido caracterizados como intolerantes, inquisidores, inexpli-
cablemente disciplinados, en búsqueda de un Dios salvador y bondadoso con sus hijos
predilectos y escogidos: los miembros del Opus Dei. La gran mayoría de éstos llegan a un
fanatismo peligroso, que los mueve a actuar con violencia extrema si lo consideran ne-
cesario.
No es infrecuente encontrar muchachos mexicanos, imbuidos en el machismo
regional, que podrían, en ciertas circunstancias, suscribir las palabras de un correligionario
suyo, quien sostiene:

“¿Tolerancia?… ¡Debilidad! ¿Transigencia con el error?… ¡Prostitución de la verdad!


….

Mas nosotros declaramos a quienes quieren transigir, a esos embaucadores, que antes
que alguien ose poner la mano sobre Jesús para prenderlo, nosotros los fieles de Cristo
habremos arrasado el mundo. Si los hombres de este mar rojo y violáceo de envidia y de
rencor, quieren sangre para apagar su odio y su mentira, que sepan que los cristianos de este
siglo están dispuestos a morir matando.” 1

Por lo que se refiere a la servidumbre, son inmejorablemente elocuentes las palabras


de Escrivá de Balaguer, su fundador, contenidas en Camino;

“592.-No olvides que eres.. , el depósito de la ba. sura, Por eso, si acaso el Jardinero
divino echa mano de ti, y te friega y te limpia.., y te llena de magníficas flores, ni el aroma
ni el color que embellecen tu fealdad, han de ponerte orgulloso. Humíllate: ¿no sabes que
eres el cacharro de los desperdicios?”

La práctica contraria al imperativo constitucional es habitual para el Opus Dei.


Legalmente no puede ejercer sus funciones mientras dicha reglamentación exista. ¿Acaso
sus miembros piensan en un futuro próximo. reformar la Constitución para actuar dentro de
la ley? ¿Podrán hacerlo? Es imprevisible. En todo caso, también se verían obligados a
derogar la fracción cuarta del mismo artículo, que a la letra dice

“Las corporaciones religiosas, los ministros de los cultos, las sociedades de


acciones, que exclusiva o predominantemente, realicen actividades educativas, y las
asociaciones ligadas con la propaganda de cualquier credo religioso, NO
INTERVENDRAN EN FORMA ALGUNA en planteles en que se imparta educación
primaria, secundaria y normal, y la destinada a obreros y campesinos.”

Las restricciones impuestas por la Constitución mexicana son muy claras como muy
clara es su violación. Las escuelas del Opus Dei no son, por desgracia, casos aislados; la
educación privada está en manos del clero, y sólo en pequeñísima escala en manos de
particulares no religiosos.

Debido a que en el año de 1940 la demanda de educación excedía a las posibilidades


del Estado Mexicano, éste comenzó a expedir permisos para el funcionamiento de las
escuelas particulares. Desde entonces, y con la creciente demanda, han proliferado
irrefrenablemente dichos permisos y han sido aprovechados en forma artera y reiterada por
el Opus Dei. La educación privada en manos del clero mantiene una serie de coincidencias,
a pesar de sus inevitables diferencias, con la Obra. Sus rasgos distintivos son:
Clasista. Hecho que queda confirmado por las costosas colegiaturas que cobran y
cuyos datas concretos daré más adelante (al Opus le importa de manara especial la pequeña
y gran burguesía, aunque se ocupe, secundariamente, de campesinos o de obreros) ;

Piramidal y jerárquica. Cada maestro depende de un jefe de grupo, y los jefes de


grupo dependen a su vez de un consejo directivo (en el caso del Opus Dei este consejo se
reúne mensualmente y discute la conducta de los alumnos que le pueden servir o
perjudicar);

Represiva, autoritaria y antidemocrática. Estas rasgos quisiera ejemplificarlos, con la


venia del lector, con una experiencia personal: En el último año del bachillerato, junto con
unos amigos, decidimos editar una revista, cuyo nombre sería Nueva Generación.
Estábamos muy entusiasmados, con ese entusiasmo fresco, juvenil. Hicimos todo el trabajo:
redacción, imprenta, publicidad. Y llegó el día esperado: nuestra primera incursión en el
mundo periodístico. Y cuando nos disponíamos a vender nuestra revista en los salones, el
jefe de piso, que luego pasaría a ser director de la Preparatoria, nos detuvo agresivamente.
Las difamaciones de que fuimos objeto fueron: apoyar el movimiento estudiantil de 1968
(porque en la portada aparecía una mano haciendo la “V” de la victoria; lo que nuestros
acusadores nunca se fijaron fue en las nubes, que aparecían detrás de la mano, semejando
un rostro femenino y otro masculino próximos a un beso; para nosotros aquella portada sig-
nificaba sólo, pero candorosamente, “amor y paz”) ; también se nos culpó de hablar del
innombrable Alejandro Jodorowsky (judío y extravagante) y de haber publicado y
recomendado en un artículo una obra de teatro en la cual se mostraba el eterno peregrinar
de los israelitas. Nueva Generación moría antes de nacer. Hubo escándalo. Muchos
alumnos y profesores se enteraron. El autoritarismo y el paternalismo contraproducente fue-
ron desenmascarados. Ante la presión imperceptible pero real del alumnado, la revista se
vendió. Pero para poder venderla en los salones teníamos que soportar la compañía de este
jefe de piso, quien previamente hablaba a los grupos mencionándoles una serie de reco-
mendaciones y restricciones respecto del contenido de nuestra revista. Aparentemente
habíamos triunfado. Inmediatamente después, iniciamos los trabajos para sacar un segundo
número. El jefe de piso se enteró y nos mandó llamar. Vino el chantaje y el intento de
corrupción; nos ofreció dinero para cubrir nuestros gastos ya que la revista no iba a salir
más.

Esto no sucedió en ninguna escuela del Opus Dei, sino en la Universidad La Salle. El
director general de Nueva Generación me escribió poco después: “Soy una pequeña semilla
/ que se encuentra sembrada / en la profundidad de la tierra / El agua casi no me llega / La
tierra es arcilla / que me impide germinar / y una pesada capa de rocas / tarde o temprano /
me han de asesinar.” Y yo me pregunto ahora cuántas semillas en las escuelas del Opus Dei
habrán sido -y seguirán siendo- asesinadas.

LAS DIFERENTES ESCUELAS DEL OPUS DEI

Antes de enumerar las diversas escuelas, institutos y universidades controladas por la


Obra, es necesario establecer algunos puntos aclaratorios.
Nuevamente la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos restringe de
manera expresa al. Opus y a instituciones análogas. El artículo veintisiete ordena en su
fracción segunda:

“Las asociaciones religiosas denominadas iglesias, cualquiera que sea su credo, no


podrán, en ningún caso, tener capacidad para ‘ adquirir, poseer o administrar bienes
raíces, ni capitales impuestos sobre ellos… Los obispados, casas curales, seminarios,
asilos o colegios de asociaciones religiosas, conventos, o cualquier otro edificio que
hubiese sido construido o destinado a la administración, propaganda o enseñanza de un
culto religioso, pasarán desde luego, de pleno derecho, al dominio directo de la Nación,
para destinarse exclusivamente a los servicios públicos de la Federación o de los Estados
en sus respectivas jurisdicciones”

Conclusión: el Opus Dei no puede poseer, de jure, ningún colegio o escuela. Sin
embargo, de facto, posee más de una veintena de ellos. Naturalmente que éstos aparecen
siempre a nombre de una sociedad, de un patronato o de algo similar. Jamás a nombre del
Opus Dei, aunque seguramente lo desea con fervor.

Una vez más el Opus Dei se burla y evade la Constitución. Pero, paradójicamente,
está reconocido de manera oficial por la Secretaría de Industria y Comercio (cualquiera
puede comprobarlo en los registros de esta Secretaría). Entonces es y no es a la vez.
Aunque, desde luego, los centros de enseñanza no figuren entre sus propiedades.

Las escuelas de la Obra son: 2

CENTRO ESCOLAR CEDROS Cedro 97 y Tecoyotitla 364 Kinder, primaria y


secundaria.

MARGARITA DE ESCOCIA, A.C. A. Bello 28

Escuela para niñas.

ACADEMIA MADDOX

Circunvalación Poniente 38 y Circuito Pensadores en Ciudad Satélite

Primaria y carrera comercial (niñas y señoritas).

INSTITUTO DE CULTURA SUPERIOR “TERESA DE AVII,,A”, S. de R. L.

González de Cosío 230

Bachillerato y arquitectura de interiores (señoritas).

INSTITUTO “TERESA DE CEPEDA Y AHUMADA” Camino Nacional de


Calaiocaya 4 (anteriormente en Plaza de la Angostura 36) Escuela para niñas.
CENTROS CULTURALES DE MEXICO Tecoyotitla 364 y 366

(anterormente ubicados en Av. Juárez 104-B)

CENTRO ESCOLAR “ALBATROS”

Fraccionamiento “La Herradura` Estado de México

(parece ser que este centro cambió de razón social).

ESCUELA DEL VALLE DE MEXICO Liverpool 75

(anteriormente en Nápoles 67)

Escuela para secretarias, que aclara: “ESTA ESCUELA NO TIENE ESTUDIOS


RECONOCIDOS POR LA SECRETARIA DE EDUCACION PUBLICA” (¿un reto más al
Estado Mexicano? Pero asegura contundentemente la obtención de trabajo).

ESCUELA DEL VALLE DE MEXICO Denedé Secretarial College Circuito


Misioneros 51 Ciudad Satélite

Obviamente, colegio para secretarias.

DENEDE FASHION COLLEGE Liverpool 75

Estilista (sic) en modas.

ESCUELA MEXICANA DE TURISMO Plaza Río de Janeiro 65 Jóvenes y señoritas.

También son mencionadas como del Opus Dei, sin que se pueda comprobar, dos
escuelas: una para niñas, ubicada en Cafetales 140, y otra, con dos direcciones: Frontera 60
y Francisco Sosa 116.

En todas estas escuelas, y otras más, se repiten impecablemente cada una de las
características señaladas arriba. Los métodos pedagógicos se mantienen invariables. No es
cuestión de personas, sino de sistemas, y los sistemas del Opus Dei, independientemente de
ser considerados como dañinos y deshumanizantes, han sido acogidos con entusiasmo por
la clase media y la clase dominante. Inclusive muchos, muchísimos hijos de funcionarios
públicos, se educan en las escuelas de la Obra; algunas veces los padres ignoran esta
circunstancia, pero también se dan casos contrarios, y con todo conocimiento de causa
envían a sus hijos a estas escuelas.

Las inscripciones en esas escuelas fluctúan entre los 700 y 800 pesos para primaria, y
mensualidades de 600 y 700 pesos mensuales. Es lógico que, en un país como es el nuestro,
tales colegiaturas resulten prohibitivas para la mayoría de la población. Así, ¿cuál es el
sentido caritativo de esas escuelas e institutos?
Las condiciones propias de México han hecho posible el tremendo éxito del Opus Dei
en materia educativa. Aquí, la religión católica es, nadie lo oculta, la religión
abrumadoramente mayoritaria. En consecuencia, las escuelas que ofrecen una enseñanza
dentro de los límites de la religión católica tienen asegurado el triunfo y la preferencia
sobre otras que, siendo particulares o estatales, imparten enseñanza laica.

Por otro lado, corre el mito de una educación cualitativamente mejor impartida en
dichas escuelas. Tal aserto es, por lo menos, discutible. Sin embargo, las mentes estrechas
no tienen la menor duda ni la menor discrepancia. Implícitamente están reconociendo,
aquellos que mandan a sus hijos a tales escuelas, su complacencia respecto de métodos,
objetivos e ideología pedagógicos.

Además, de los centros de enseñanza del Opus Dei son extraídos los futuros socios de
la Obra. Mediante un plan estudiado de antemano, y cuyos resultados han podido ser mil y
mil veces comprobados, los sacerdotes reclutadores de la Obra deciden tirar la red y pescar
a alguien, previamente seleccionado.

Todos los relatos que escuché coinciden con las palabras de Yvon Le Vaillant, quien
nos dice: “La selección se hace entre los colegiales, los bachilleres, los estudiantes. Estos
pueden haber sido «elegidos» desde la edad de trece años y, a partir de este momento, son
objeto de estrecha solicitud por parte de los ag:ntes reclutadores de la Obra, quienes tienden
alrededor de ellos sus redes cada vez más apretadas. Se les invita a los círculos, a las
reuniones, a las excursiones…

“En seguida se le asignará al candidato un director espiritual, un sacerdote


universitario.” 3

La elección que menciona Yvon Le Vaillant se efectúa generalmente entre aquellos


que consideran más idóneos. ¿A quién pueden considerar idóneo? ¿Qué requisitos debe
cubrir para poder ser candidato? Elementalmente, muchachos (o muchachas) tenidos por
ecuánimes, apacibles, domesticables; por ende, no se ocupan de los rebeldes ni de los
iconoclastas.

Otro importantísimo requisito deben cubrir: ser inteligentes, tener capacidad


intelectual. Se fijan en aquellos que obtienen las mejores calificaciones y de com-
portamiento irreprochable.

Quienes reúnen estas exigencias, un día, tarde o temprano, entablan una conversación
privada con el sacerdote confesor de la escuela en cuestión. La plática empezará por un
punto -totalmente ajeno a las intenciones del sacerdote- la mayor de las veces trivial, pero
que tenga algún interés para el interlocutor. Después de haber creado la atmósfera propicia,
de “camaradería” (“No me llames padre, dime Juan Manuel”), vienen las palabras unidas a
los símbolos: “Tú estás destinado a hacer cosas verdaderamente importantes,
trascendentes”. Si el o la joven se entusiasma en forma inmediata, el primer paso ha sido
alcanzado. Posteriormente vendrán los folletos, los libros, las pláticas sobre las lecturas. En
cada entrevista se renovarán los halagos y las promesas: “Ahora sí, tu vida empieza a tener
un sentido correcto: la salvación «eterna» depende de ti”; Luego, invitaciones a “retiros”
espirituales. Conferencias, ejemplos, anécdotas, conversaciones con iniciados, visitas
repetidas a una de las residencias y, sobre todo, lectura permanente hasta la memorización
de las frases de Camino, el libro del fundador.

Hasta que un día, una vez que el prospecto ha introyectado el misticismo de la Obra,
es invitado a incorporarse íntegramente al Instituto. Desde ese momento, aquel joven
ingenuo y cándido, estudiante en alguna de las escuelas del Opus, dedicará sus acciones,
sus obras, incluso sus pensamientos más íntimos, a la búsqueda constante, y angustiante, de
su “santidad personal”. Santificación que habrá de realizar -según dicen ellos en la oración,
en el apostolado y en el mundo. (Para los socios del Opus Dei existen dos ámbitos perfecta-
mente diferenciados: el de la Obra, vivido y vivenciado en sus hogares diversos, y el
“mundo”, la cotidianidad de todos los otros que no pertenecemos a su organismo.)

Y desde ese momento todo cambiará vertiginosamente: su carácter, sus intereses, sus
actividades, sus conversaciones.., su vida. Y se volverá arrogante e inconmovible con
respecto a sus directores; maleable y despreciativo para con los demás. La principal
metamorfosis se verá en su mentalidad, que se volverá dogmática, imperiosa y soberbia.
Esta mentalidad, coincidente con otras de antaño, quedó magníficamente plasmada en las
palabras agudas de Federico Nietzsche: “… imaginémonos al enemigo tal y como lo
concibe el hombre del resentimiento [el hombre del Opus para nosotros] -y justo en ello
reside su acción, su creación: ha concebido el enemigo malvado, el malvado, y ello como
concepto básico, a partir del cual se imagina también, como imagen posterior y como
antítesis, un bueno- ¡¡él mismo!!…”

En efecto, los malvados, los pervertidos, aquellos que sufrirán del fuego eterno del
infierno, somos los del “mundo”. Por antítesis aparecen los miembros del Opus Dei,
resplandecientes de virtudes y de méritos suficientes como para alcanzar una dicha eterna.
En ello se resumen todos los trabajosos esfuerzos de los miembros de la Obra: alcanzar la
salvación individual, pero sin perder los privilegios y las comodidades de este “pervertido”
mundo.

Y al mismo tiempo esta hipotética joven aprenderá las restricciones: autoprohibirse


cualquier relación sexual no santificada, no leer más que los autores previa y ¡ debidamente
autorizados. Un renegado del Opus Dei me comentó sobre esta última prohibición. Se
trataba de un muchacho notoriamente culto, inteligente, nacido de una familia de
intelectuales y con un tío muy conocido y muy nombrado debido a sus oportunísimos aná-
lisis de la política nacional. Pues bien, dicho personaje decía que su “truene”, su
rompimiento con la Obra fue motivado por el impedimento de leer a los “otros autores
Cuando le pregunté cuáles eran, su respuesta me sorprendió muchísimo. Eran José Ferrater
Mora, J, L. Aranguren, José Porfirio Miranda, Georg Lukacs… y, por supuesto, todo autor
comunista. Este mismo muchacho me comentó que -¡en pleno siglo veinte!-, algunos
miembros de la Obra se flagelan.

Charlas y discusiones que mantuve con gente joven del Opus me hicieron. darme
cuenta de su terror a salirse de ciertas problemáticas. Sus pretendidas refutaciones parecían
siempre prefabricadas. Trataban de aniquilar, por ejemplo, a Sartre sin conocerlo, pero no
se atrevían a leerlo por el inocultable prejuicio de ser un pensados ¡ateo! Sus
argumentaciones procedían de los juicios emitidos por algún dirigente. Nada más. Pero
nada menos.

Leían con avidez, eso sí, las revistas recomendadas, distribuidas y publicadas por el
mismo Opus Dei: Itsmo (revista de circulación interna entre sus miembros) y Resumen.
Itsmo es una revista de inmejorable presentación, bimestral, y publicada por Editora de
Revistas, S. A., ubicada en Floresta No. 20 (en el año de 1974 era director el licenciado
Carlos Llano Cifuentes, quien además, en la misma época, dirigía el IPADE, del que
hablaremos más adelante). Resumen: revista que tiene conexión con la ideología
indeclarada del Opus Dei. Resumen -dice su consejo editorial- “cree en la iniciativa privada
y la defiende: mercado libre, propiedad privada, gobierno limitado.”

Aquel que entra al Opus Dei pierde toda esperanza de pensar y actuar por sí mismo;
habrá siempre alguien que le dicte su “mejor” proceder. La impres’ón de una persona que
estuvo bastante cerca de estas gentes es elocuente de suyo: “Parecen aut5mates; se someten
al gusto y criterio del director espiritual o del dirigente secular; se dejan voluntariamente
manipular… ¡es increíble!”

Un ejemplo de sus aviesas tácticas es la historia de Antonieta (omito nombres y


algunas circunstancias a petición de la familia interesada). Muchacha de reconocida
inteligencia y brillantez, conoció, y se hizo novia, de un joven en la ciudad de Monterrey
-romance en ciernes vivido en unas vacaciones-. Antonieta regresó al Distrito Federal y
aquél prometió escribirle con urgencia y continuidad. Al principio cumplió, pero luego,
inexplicablemente, sus cartas eran más espaciadas y menos emotivas. La última coincidió
con una enfermedad penosa y larga de Antonieta. Abatida por la enfermedad, sonó el
timbre del teléfono: una voz que se identificaba siempre con el nombre de Alejandro pedía
hablar con Antonieta para darle informes del novio. Así una y otra vez. A ella nunca le
pasaron las llamadas, porque la familia ignoraba quién era el tal Alejandro… Alejandro
resultó ser un sacerdote secular, del Opus Dei, que un buen día se apareció en la casa de
Antonieta y se identificó como tal. Llegó para hablar con Antonieta. Le explicó, con
palabras tranquilas y pausadas, que su novio era un muchacho con vocación religiosa; que
ella debería comprender y, si en verdad lo quería, tendría que demostrárselo y olvidarlo y
resignarse “con espíritu cristiano”. El sacerdote, además, invitó a Antonieta a un “centro
recreativo para muchachas católicas”, cuando estuviese reestablecida, para que se distrajera
un poco.

Como se trataba de un sacerdote, los padres accedieron a que Antonieta fuera a una
casa del Opus en la colonia Clavería. La muchacha, que contaba entonces con dieciséis
años, empezó a asistir, primero los sábados, posteriormente sábados y jueves, luego los
lunes, jueves y sábados. Después, toda la semana. Hasta que un día avisó a sus padres que
se iba a vivir a una de las casas del Opus Dei. Trataron de disuadirla inútilmente: su mente
había sido programada para no aceptar razones. Ingresó a la Obra. Profesó los votos de
obediencia, castidad y pobreza; alcanzó el grado numerario.

La familia comentó que, debido a su probada inteligencia, fue comisionada por la


Obra para formar, en un país centroamericano muy cercano a México, una filial femenina.
Y desde hace veinte años Antonieta es directiva de esa filial que se encuentra en constante
expansión. Asimismo, Antonieta es un recuerdo incomprensible y entristecedor para su
familia. Los medios del

Opus Dei son malignos, maléficos y mefistofélicos.

EL CASO DE LA ESDAI, SIMILARES Y CONEXAS

Un artículo reciente, publicado en El Heraldo de México, trataba el tema del Opus


Dei con el siguiente título: UNA OBRA NI SECRETA NI OSTENTOSA. (La obsesión de
los miembros del Opus es, precisamente la de presentarse sin secretos, y pobres… Los
hechos demuestran, invariablemente, lo contrario.)

En el artículo, la autora, Ada Irma Cruz, afirmaba, entre otras cosas, que aquí -se
entiende que en el Distrito Federal- funciona “la Escuela de Administración de
Instituciones (ESDAI), obra en la que la sección de mujeres del Opus Dei trabaja en
beneficio de muchísimas personas”. La cuidadosa autora empezaba su escrito con la
pregunta y contestación siguientes:

¿A qué se dedica el Opus Dei?

“Y tras la pregunta, generalmente hecha con mala intención (nótese su complejo de


persecución), surge el comentario de los enterados (?) que afirman que el Opus Dei, la
Obra, como se le conoce familiarmente, tiene nexos por demás oscuros y misteriosos como
si se tratara de una organización secreta.

“Las versiones que circulan son -continúa Ada Irma— más bien obra de los
ignorantes (sic) o de quienes, sabiéndolo, tienen evidente mala fe. Porque el Opus Dei tiene
una clara y abierta (subrayado por nosotros) tarea de apostolado y labor social que realiza
en todos los continentes, bajo la luz del sol, expuesta a las miradas de los interesados y de
los curiosos, de los simpatizantes y de sus enemigos.” 4

Muy bonito, muy sincero. Veamos ahora los hechos:

a) La ESDAI no aparece registrada en el directorio telefónico de la ciudad de México.


¿Omisión grave? ¿Error por parte de Teléfonos de México? La ESDAI, pues, no aparece
diáfana; más aún, no aparece.

b) Por lo que se refiere a que la citada escuela “trabaja en beneficio de muchísimas


personas”, es claro que nunca, nunca aclaran con datos concretos y verificables cuál es ese
proclamado beneficio. Hablan de ayuda “espiritual”, de apostolado, pero en forma tan
abstracta y tan equívoca, que ellos mismos dan pie a las especulaciones por parte de los
“ignorantes” o de sus detractores.

c) La labor del Opus Dei en la ESDAI resulta, desde el punto de vista de la salud
mental, más un maleficio que un beneficio. En la ESDAI preparan exclusivamente a
muchachas para la administración de hoteles; hospitales o de cualquier “empresa estatal o
privada; además es internado. ¿Existe algo malo en ello? De ninguna manera. Lo
perjudicial estriba en las técnicas pedagógicas utilizadas como medios para llegar a tan
loable fin. La atmósfera que se respira allí es de absoluta represión. Debido a que la Obra
está dividida en “dos secciones: una de varones y otra de mujeres, las’ dos con el mismo
espíritu, pero totalmente independientes”, enmascaran con ello una concepción de las
relaciones intersexuales. Las educadoras y maestras pertenecientes a la sección femenil del
Opus que operan en esta y en otras escuelas, ven en cualquier instinto un fenómeno de
perversidad congénita, lo acepten o no.

Las medidas disciplinarias de la ESDAI lo único que consiguen es producir en las


alumnas una inhibición del carácter que llega a lo patológico. Las consecuencias son:
parálisis de su vida afectiva en los órdenes sexual y social, inferior capacidad para la lucha
por la existencia, y dificultades con- la imagen de sí mismas. Esta represión se atempera un
tanto en las alumnas externas, que no sufren toda la rigidez de las internas.

En la ESDAI se organizan fiestas con alguna frecuencia. A ellas no pueden asistir,


muchachas acompañadas de varón si no están comprometidas (con anillo de compromiso y
todo) o no son casadas. Les exigen, en todo tiempo, usar la falda a nivel de la rodilla. No
pueden ataviarse con pantalones, ni aun para hacer deportes. Asimismo, obligan a las
internas a confesarse y a comulgar con frecuencia, so pena de ser expulsadas de la
residencia. Últimamente la ESDAI ha impuesto a sus alumnas un prefectorado que consiste
en lo siguiente: toda alumna tiene la doble obligación de escoger a una maestra (asociada
del Opus, claro) y tener con ella, sin excusa ni pretexto, seis entrevistas a lo largo del
semestre. En éstas tiene que contarle, con detalle, cualquier inquietud, cualquier
pensamiento; si alguna alumna se rebela -con todo derecho a que se metan en su vida
íntima, la pueden expulsar ipso facto o bien no le otorgan el derecho a examen. De está
forma reafirman el control sobre vida y pensamiento de las muchachas.

Por último, y para que se vea más palpable el sentido del “beneficio”: inscripción,
3,000 pesos. Muy beneficioso… para la escuela y para el Opus Dei.

Para comprobar que tanto la ESDAI como otros organismos del Opus sí tienen nexos
oscuros y misteriosos, examinemos la relación de aquella con la industria hotelera.
Cualquier alumna destacada de la ESDAI puede conseguir, con una facilidad que dejaría
pálido a un estudiante de la UNAM, becas para ir a estudiar a cualquier parte del mundo; la
industria hotelera mexicana le paga los gastos. (Sabemos demasiado bien que esta industria
está, en su mayor parte, en poder de compañías transnacionales norteamericanas y, sobre la
índole misteriosa, verdaderamente tenebrosa de estas compañías sobran los comentarios.)

Algunas de las escuelas para hoteleros en el mundo, propiedad del Opus Dei son:
Scuola Alberghiera, en Italia; Nullamore Staff Training Center, en Irlanda; Chateau de
Couvrelles, en Francia, y en México: la Escuela de Hogar y Cultura Palmares, en
Guadalajara, 5 la Escuela Mexicana de Turismo y la multicitada ESDAI, en la capital de la
República.

La tarea abierta y clara del Opus Dei en México no es tan clara ni tan abierta, pese a
lo que diga la articulista Ada Irma Cruz, así como tampoco está “espuesta a las miradas de
los interesados y de los curiosos, de los simpatizantes…”, etcétera… (es más, intente usted,
lector, conseguir bibliografía sobre la labor “apostólica y social” del Opus Dei en México.
Prácticamente no la hay, lo que hace pensar que no ha de ser tan, tan importante ni tan
notoria como pretenden persuadirnos).

Públicamente la perniciosa ESDAI se ubica en el CENTRO LATINOAMERICANO


DE ESTUDIOS UNIVERSITARIOS HOGAR Y CULTURA, A. C., con domicilio en
Canteras Oxtopulco 16. Esta es una residencia en la que reciben muchachas socias de la
Obra, y muchachas que no lo son y que en su mayoría vienen de provincia. Allí se realizan
las actividades da proselitismo, bajo el amparo de un reglamento rigurosísimo. Ningún
hombre puede entrar a visitar a alguna muchacha; cuando más, lo dejan entrar a una salita
de recibir. El único hombre que tiene permitido entrar es el director espiritual, que es un
sacerdote de la Obra. Las encargadas de las residencias para mujeres son monjas o seglares
femeninas de rango numerario. El Opus Dei es extremadamente sexista.

La versión masculina del Opus Dei tiene un internado, de proporciones


impresionantes, denominado RESIDENCIA UNIVERSITARIA PANAMERICANA, con
domicilio en Hortensias 238, Colonia Florida, en México 20, D. F. Desde luego aquí no
entra ninguna mujer, a no ser las madres de los muchachos, o sus hermanas -y sólo en
ciertas ocasiones-. Residencias como ésta, pero de menores dimensiones, existen en
Guadalajara, Monterrey, San Luis Potosí… Todas del Opus Dei. Todas regidas por los
mismos principios pedagógicos e ideológicos. Todas con las mismas calamidades. En la
memoria de actividades del periodo 1968-1969 de la RUP, se consigna, entre otras lindezas,
que fue invitado de honor a la ceremonia de inauguración de cursos, el conocido y
polifacético arquitecto Pedro Ramírez Vázquez. Asimismo, informa de la presencia en ese
lugar de personas, a nivel de conferencistas, como el doctor Marcos Moshinski, director de
la División de Estudios Superiores de la Universidad Nacional Autónoma de México (sic),
del doctor Johann Schaeuble, vicepresidente -en aquella época- de la Sociedad
Internacional de Antropología y el mencionado arquitecto Ramírez Vázquez, entre otros
muchos. Presidente del Patronato Fundador de la residencia fue el señor Gastón Azcárraga.

El Opus Dei tiene, además, una Universidad, con estudios reconocidos por la
Universidad Nacional Autónoma de México. Es el INSTITUTO PANAMERICANO DE
HUMANIDADES (IPH) en Tecoyotitla 366, en México 20, D. F., a espaldas del Centro
Escolar Cedros, anteriormente señalado. Las carreras profesionales que se pueden seguir en
este instituto son: licenciatura en Pedagogía (incorporada a la UNAM el 25 de octubre de
1967, acuerdo núm. 591); en Filosofía (con incorporación del 17 de febrero de 1970,
acuerdo núm. 133), o en Derecho (incorporada el 25 de septiembre de 1970, acuerdo núm.
878), sobre la cual hablaremos más tarde y, además, bachillerato (que se incorporó el 9 de
enero de 1970, acuerdo núm. 5). En el IPH estudian los miembros de la Obra, obtienen su
título -reconocido, como ya dijimos, por la UNAM- y posteriormente se van a estudiar al
extranjero -a la Universidad de Navarra, en España, por ejemplo, que también es del Opus-,
y regresan a México con un título de doctor en algo -teología, tal vez- y se disponen a
trabajar como maestros en alguna de las escuelas aquí mentadas. Aquí está la, trampa: los
del Opus Dei saben o presienten que las autoridades gubernamentales podrían, alguna vez,
obligar a que se cumpla la Constitución Mexicana, y ellos quedar desprotegidos. Por ello
han construido y establecido sus escuelas, sus universidades, con sus programas y sus
temas, pero han tenido, al mismo tiempo, la precaución de tener reconocidos oficialmente
sus estudios. Si el gobierno llegara a cambiar de opinión, ellos podrían ejercer
profesionalmente, puesto que tienen títulos reconocidos. No se les va una.

El IPH, es decir, el Opus Dei, tiene en Augusto Rodín 498 la sección de Derecho. El
edificio donde se ubica esta sección del IPH es deslumbrante; se trata de una edificación del
siglo XVIII que debe valer varios millones de pesos. Su director es el licenciado Felipe
González. Son maestros de esta sección los licenciados Jesús Rodríguez Tovar, Felipe
Gómez Mont, Elías Rizk y Juan Soto -mencionado como director general del IPH-, entre
otros. Varios de ellos realizaron sus estudios en la Escuela Libre de Derecho. También es
profesor Isaac Guzmán Valdivia, autor de varias y diversas obras como El conocimiento de
lo Social (Editorial Jus), El Destino de México (publicado en 1939), Notas para una teoría
de las ciencias sociales, Reflexiones sobre la administración, y otras. Fundador de una
preparatoria en Torreón y de la Asociación Mexicana de Administración Científica,
catedrático en la Escuela Libre de Derecho y muy ligado al desarrollo y expansión
ideológicos y materiales del Opus Dei. Capellán general del IPH es el doctor Guillermo
Porras.

La única filosofía admitida y apreciada es la aristotélico-tomista; el autor más


estudiado y defendido es el doctor Angélico (sic), Sto. Tomás de Aquino. Leen igualmente
a Jacques Maritain, a C. G. Jung y, por supuesto, a Escrivá de Balaguer. Aceptan de mala
gana, sin dejar de reconocer su “reformismo”, a Teilhard de Chardin.

En todas las instituciones del Opus, tanto escuelas como residencias, brilla y
enseñorea lo moderno, lo moderno en muebles, arquitectura, decorado: el american way of
life. Todas las casas, sin excepción, son confortables, agradables, acogedoras, y ello
contribuye a su inconmensurable éxito.

ESCUELAS DE ADMINISTRACION A ALTO NIVEL

El INSTITUTO PANAMERICANO DE ALTA DIRECCION DE EMPRESA, con


domicilio en Floresta 20, en el Distrito Federal, encargado de enseñar las técnicas y los
métodos más avanzados en la dirección de todo tipo de empresas, y al cual concurren tanto
personas de la iniciativa privada como del gobierno, es una institución del Opus Dei.

Por supuesto que si alguien pregunta sobre la relación del IPADE con el Opus,
obtendrá una respuesta poco satisfactoria: no lo niegan, pero tampoco lo afirman. Sostienen
que su labor es exclusivamente científica y técnica, que no existe nexo entre el aprendizaje
y la ideología de la Obra. La propietaria del IPADE es, desde el punto de vista jurídico,
puesto que al Opus Dei se lo impide el obstáculo Constitucional, la SOCIEDAD
PANAMERICANA DE ESTUDIOS EMPRESARIALES, cuya dirección es Floresta 20, la
misma de su filial.

Por el IPADE han pasado -según confesión propia de uno de sus directores-
ejecutivos y empleados de más de mil quinientas compañías (gubernamentales y privadas,
grandes y pequeñas, de la capital y de la provincia, nacionales y extranjeras).6
Los cursos impartidos por el IPADE -justo es reconocerlo- son de un altísimo nivel,
serios y rigurosos. Muchos de los cursos han sido preparados en los Estados Unidos de
Norteamérica, concretamente en Harvard. Dichos cursos son muy diversos, variados y de
diferentes grados de complejidad. Existe un curso, por ejemplo, que dura ocho meses, dos
veces a la semana, con un costo total -incluidas las comidas- de 48,000 pesos.

El 10 de marzo de 1972, El Día publicó un artículo de J. M. Tellezgirón que causó


vuelo y revuelo. Decía refiriéndose al IPADE: “Todo ahí es high, very high. Se ofrecen
cursos muy especiales a empresarios de muy alto nivel, los cuales pagan cantidades
astronómicas por asistir. El Opus Dei sostiene así en IPADE [...]

“Pero, además, esa santa casa -continúa Tellezgirón – funciona también como centro
recreativo o club para multimillonarios. Hay salones tan privados que a la servidumbre sólo
le está permitido explicar a algún curioso que se les destinan a `asuntos empresariales re-
servados». ¡Ah, si las paredes hablaran! Jure usted que ahí se han decidido las grandes
cuestiones económicas del país, más de una vez. Es decir, aquellas cuestiones que
corresponde decidir a los económicamente poderosos.” 7

El IPADE posee además una filial denominada ICAMI, o sea, INSTITUTO DE


CAPACITACION Y ADIESTRAMIENTO DE MANDOS INTERMEDIOS, cuya
dirección es 2da. Cerrada de Floresta 10, en México 16, Distrito Federal, que es algo
similar al IPADE, pero para capataces, supervisores, etc.: los directivos medios de las
empresas. Naturalmente que con el mismo rigor y la misma seriedad de aquél.

En ambos institutos existe un gran número de becarios, muchos de los cuales han sido
alumnos del Opus en otras escuelas, o son miembros de la Obra, con aspiraciones. Todo
queda en familia.

Los cursos que se enseñan en dichos institutos tienen varios presupuestos


fundamentales, los mismos del sistema capitalista: unos trabajan y otros son dueños de la
empresa; todo director de empresa, sea o no sea el propietario, debe lograr óptimos
rendimientos de los recursos materiales y humanos de la empresa (o sea, generar mayor
plusvalía, pero de manera más racional). Asimismo suponen, en todo momento, la
estabilidad política del Estado en cuestión, que es tanto como decir: los ricos seguirán
siendo ricos y los pobres, pobres, y el gobierno encargado de mantener el statu quo.

Con otras palabras dicho: los institutos del Instituto secular denominado Opus Dei, no
son de ninguna forma independientes ni inocentes dentro del sistema capitalista. Muy por el
contrario, el Opus a través de sus institutos (IPADE, ICAMI), tiene una función específica,
definida e inobjetable: ensanchar y aumentar la tasa de beneficios del capital. Si esto no
fuera así, no tendrían razón de ser las enseñanzas de dichos institutos. De esta manera el
Opus Dei es hijo favorito, fiel y disciplinado del sistema capitalista. Naturalmente que los
socios de la Obra se empeñan neciamente en sostener lo contrario -necedad que de por sí es
significativa-: “que el Opus Dei no tiene ninguna actividad de fines políticos, económicos e
ideológicos: ninguna acción temporal”. Lo extraño es, si aceptamos sus palabras, que la
Obra no opera en ningún país socialista; ¿se deberá a su “neutralidad” política?
Y, por otro lado, como el capitalismo dependiente mexicano ha necesitado de la
participación del Estado, los miembros del Opus se han entronizado en éste para nutrir el
desenvolvimiento de aquél. Esta hermandad conquistada por los socios de la Obra
concuerda -dicen ellos- con el dogma de Cristo. Pero es rechazada, precisamente en nombre
de un espíritu verdaderamente cristiano, por Sergio Méndez Arceo, por Helder Cámara, y
por todos aquellos seglares y clérigos orientados en la llamada “Teología de la Liberación”,
o del movimiento de “Cristianos por el Socialismo”.

Volvamos ahora a los cursos.

Un estudio sobre los directores y ejecutivos que han aprendido y asimilado los
sistemas y métodos de estos institutos y otros similares fue publicado sucintamente en un
suplemento dominical. A continuación transcribiremos algunas de las conclusiones del
estudio, en la inteligencia de que nos servirá para comprender mejor cuál es la labor oculta
-ideológica- que realizan estos institutos: 8

“1) Los administradores y ejecutivos estudiados desarrollan un sistema ideológico


rígido. La función más importante de este sistema ideológico consiste en incrementar la
cohesión interna del individuo, que le es absolutamente necesaria para seguir funcionando,
pero que es constantemente amenazada por las propias percepciones de las condiciones
reales del país.

“2) El sistema ideológico funciona así, como una pantalla protectora que distorsiona
las percepciones cotidianas de la realidad; al mismo tiempo, provee al individuo de
racionalizaciones -socialmente aceptadas- para lograr mantener esa cohesión interna.

“6) Es difícil esperar de ellos una consciencia de su responsabilidad… Menos aún,


esperar que pudiesen aceptar cambios importantes en función de las necesidades reales
del país. Políticamente, se puede quizás esperar que «aguanten» ciertos cambios socio-
económicos, pero sería ingenuo pensar que podrían entender cambios estructurales
importantes, pues éstos pondrían en peligro la cohesión interna que les permite funcionar.

“7) La estructura ideológica [funciona para] reforzar la cohesión interna del


individuo, nutrir esos rasgos de carácter que son constantemente energetizados por el medio
socio-económico en el que viven. En muchos casos de jóvenes mexicanos que observan ya
actitudes de grandiosidad, de prepotencia y sadismo con los subordinados e incluso en la
vida diaria exterior.”

Obviamente ésta es una interpretación psicologista de la situación, pero que nos es


útil para llegar a otras proposiciones.

a) Los institutos (IPADE, ICAMI) proveen a su clientela de una concepción


-ideológica- no sólo de las actividades empresariales, sino de la vida cotidiana y política de
México. Tal ideología es marcadamente reaccionaria y proimperialista e inculcada con
inexorable tenacidad.
b) Todos y cada un de los cursos presuponen determinadas creencias, valoraciones y
representaciones sobra el entorno social. Y son éstas las que, de una u otra forma, intentan
justificar idealmente la estructura material de explotación económica del país. La misión de
estos institutos, políticamente hablando, se concreta en difundir la ideología de la clase
económicamente dominante, y así perpetuar el estado de cosas actual.

c) Al Opus Dei le interesa difundir y reiterar dicha ideología, pues con ello tiene
garantizado el mantenimiento de las tradiciones, hábitos, costumbres y prerrogativas que
ferozmente defiende. Si el Opus Dei, por mediación de estos institutos, asesora y guía a
ejecutivos y directivos del gobierno y de la iniciativa privada, intenta así orientar las
direcciones políticas y económicas del país hacia los objetivos que defiende: la Iglesia, la
religión católica y las “libertades” del sistema capitalista.

La penetración del Opus y de su ubicua ideología es imponderable. Los altos puestos


que son controlados por asesores egresados del IPADE o del ICAMI, tanto en la iniciativa
privada como en el gobierno, son indirectamente controlados por el Opus. En todas las
“plazas importantes”, en los centros de decisión, está allí, sin que se note, fantasmal pero
realmente, el Opus Dei, inclinando la balanza y favoreciendo una cierta política.

Sin embargo, el poder ideológico no representa una garantía absoluta ni es decisiva.


Por eso los del Opus Dei han ido infiltrando su propia gente en puestos claves. Y, como es
sabido y reconocido, los miembros de la Obra están inmejorablemente instruidos, son los
más indicados, idóneos para ocupar altos puestos en la administración de empresas y en la
administración pública. El círculo se cierra: si los miembros del Opus se encuentran en
puestos de influencia, lógicamente tratarán de ayudar lo más posible a sus compañeros que
se dedican a la enseñanza e instrucción de muchos mexicanos y, al mismo tiempo, irán a
ocupar puestos de importancia; de esta manera el Opus Dei se reproduce y se eterniza en
suelo mexicano.

Inescudriñable es el poder y la influencia del Opus Dei.

El 10 de noviembre de 1966 el diario El Universal dio la noticia de que la señora


Guadalupe Borja de Díaz Ordaz acudió al fin de cursos de las campesinas de la hacienda de
Montefalco, en el Estado de Morelos. La señora Amalia López Negrete de Corona y la
señorita “Pita” Sánchez Navarro, eran presidenta del patronato y directora de relaciones
públicas de la citada hacienda al momento de la visita de la entonces esposa del Presidente
de la República. Montefalco es propiedad del Opus Dei desde el año de 1951, cuando la fa-
milia García Pimentel les donó las tierras en las que se levanta. A nadie escapa que, durante
el sexenio de Gustavo Díaz Ordaz, fue muy favorecido el Opus Dei.

Su prepotencia y su influencia no se evidencian exclusivamente en sus relaciones con


el poder civil. También son palpables en las más altas esferas eclesiásticas. Prueba de ello
es la iglesia de la Santa Veracruz, la que está junto al teatro Hidalgo, en el rumbo de la Ala-
meda Central. Esta iglesia, construida en 1568 por orden de Hernán Cortés y restaurada en
el siglo XVIII, fue confiada en 1965 a los sacerdotes del Opus Dei por el señor arzobispo
primado de México, Miguel Darío Miranda. El arzobispo -como salta a la vista- no va a
otorgar semejante concesión si no está convencido del poder y la influencia del Opus Dei.
La iglesia de la Santa Veracruz, como es del dominio público, es el cuartel central,
por así decirlo, de la Obra. Párroco de ella fue, por encargo del mismísimo arzobispo, el
doctor Ernesto Santillán. Actualmente se encuentra como conductor de la misma un
sacerdote joven y jovial, afable, dinámico, un típico junior executive, que responde al
nombre de Juan Francisco López Félix, quien es simultáneamente un alto dirigente regional
del Opus en México. Este joven sacerdote también incursionó en las lides periodísticas.
Escribió y publicó en el diario El Universal 9 una serie de artículos, aparecidos entre los
días 12 y 16 de febrero del año de 1970, en donde explicaba, con toda claridad, las
actividades múltiples de la Obra. Artículos explicativos llenos de falacias, de lugares
comunes, de mentiras. Ellos son siempre los buenos, los inocentes, los incomprendidos, los
que mejor interpretan el cristianismo, etcétera.

Además de los colegios y escuelas de administración anotadas anteriormente,


podemos señalar las siguientes:

- El Centro Agropecuario Experimental “EL PEÑON”, en el Estado de Morelos, para


campesinos.

- El Centro Cultural Obrero, en el estado de Sinaloa.

- El Instituto Chapultepec, en Culiacán, Sinaloa. Este colegio de enseñanza secundaria


imparte clases vespertinas a obreros.

- El Centro de Capacitación Hotelera (de nueva cuenta los hoteles entre las
preferencias del Opus Dei) en Jaltepec, Jalisco.

- Una editorial: EDICIONES RIALP MEXICANA, S. A., en la avenida Álvaro


Obregón 273-103, México 7, D. F.

- EL CENTRO INTERNACIONAL DE ESTUDIOS SUPERIORES, en Augusto


Rodín 475 (muy cerca del IPH, sección Derecho), en el Distrito Federal. Se trata de una
residencia para jóvenes.

- Otra residencia para varones en la calle de Latacunga 852: el CENTRO


CULTURAL LINDAVISTA, en el D. F.

LÍMITES Y POSIBILIDADES DEL OPUS DEI EN MÉXICO

¿Cuántos mexicanos pertenecen al Opus Dei? ¿Quiénes son? ¿A qué se dedican?


Muchos son los nombres que se mencionan; los rumores son fantásticos, inverosímiles. Se
señalan abogados y notarios públicos (egresados de la Escuela Libre de Derecho), políticos,
contadores públicos, administradores, gerentes y directores de bancos; se nombra a un alto
directivo de la empresa TELEVISA, cuyo apellido está conectado directamente al
desarrollo de la televisión en el país; también se habla de presidentes, actuales y pasados,
de las diferentes cámaras de comercio de la ciudad de México, y presidentes de grupos
empresariales de Monterrey; igualmente es mencionado un directivo muy importante de la
cadena High Life.

Las listas de los socios del Opus Dei son un verdadero misterio. Sólo un grupo de
privilegiados las conocen; inclusive muchísimos miembros de la Obra las desconocen. Aquí
en el Distrito Federal son controladas y manejadas, entre otras personas, por la señorita B.
Sosa M. y por el conciliar de la región, el citado Juan Francisco López Félix. Fuera de un
reducido número de personas que saben de tales listas, el resto de la humanidad lo ignora.

El resto de la humanidad ignora también a cuánto ascienden las utilidades de la Obra.


Si consideramos que en México las escuelas y colegios están exentos de impuestos, las
ganancias obtenidas deben alcanzar y sobrepasar cualquier cifra intuible. Además, como
vimos anteriormente, los institutos de la Obra encargados de enseñar técnicas y métodos de
administración de empresas cobran colegiaturas elevadísimas (cualquiera que se acerque al
IPADE se dará cuenta inmediatamente de la enorme inversión que supone la compra del
terreno y edificio donde se domicilia dicho instituto).

Por lo que se refiere al poder político, hay que hacer notar que el Opus Dei instala,
aquí como en el resto de América Latina, un imperio económico y financiero como primera
meta. Después vendrá lo político. Aquello del voto de pobreza queda en broma hipócrita,
en coartada burda.

Toda la energía del Opus Dei se reconcentra en la educación y control de la clase


media y la burguesía. Sus presas favoritas: la intelectualidad pequeño-burguesa y, por
supuesto, los señores que forman la oligarquía mexicana. Jamás realizan una labor de
masas. Algunos autores estudiosos del Opus, como es el caso de Yvon Le Vaillant,
sostienen que se trata de una organización sectaria, cien por ciento elitista y, por tanto,
despectiva en cierta forma hacia las clases populares. Consecuencia lógica de los intereses
históricos y sociales que defiende el Opus Dei. Los señores de la Obra no olvidan que son
precisamente las masas trabajadoras los agentes del cambio radical, pero ellos tratan, por
todos los medios posibles, de alejar a obreros y campesinos de su misión histórica,
transformando algunos de ellos en élite.

España es un ejemplo sólido y claro. Allí el Opus Dei tuvo, merced al franquismo,
prerrogativas, prebendas, beneficios, hasta subsidio. En España nació, se desarrolló,
consiguió medios de sustento y de expansión el Opus Dei. Siempre a la sombra del régimen
tiránico de Franco, apoyándose mutuamente como dos hermanos, o mejor, como dos
amantes.

Sin embargo, después de tener el control absoluto de España, y el gobierno mismo, el


Opus Dei ha tenido altibajos. La mayoría pide cambios, ruptura democrática, libertad,
inhumación de tradiciones obsoletas.

Desde su llegada a México en 1949, el Opus Dei se ha expandido vertiginosamente.


Su poder incalculable, desde el punto de vista económico, y aun político, no es definitivo ni
eterno, ni irremediable. En México el Opus Dei está aliado, lo diga o no, lo quiera o no, con
los grupos contrarrevolucionarios; su estructura, finalidades y medios, lo conducen
fatalmente a los dominios de la reacción más oscura.

De este trabajo y de mí, podrán decir los señores del Opus Dei en México las cosas
usuales: que estoy equivocado, errado o errático; que mi nombre es un seudónimo, etc. Sin
embargo, todos los datos usados corresponden a sus propias fuentes de información.

Lo cierto es que en México el Opus Dei es un siniestro fantasma que irrumpe en todos
los lugares imaginables, que domina y contamina las mentes de miles de hombres y
mujeres, adolescentes y adultos, y cuya virtud principal es pasar inadvertido para la
inmensa mayoría de la población.

——
1
Le Vaillant, Yvon, La Santa Mafia. Traducido por José Fernández Valencia, Editores Asociados, S.
de R. L., México, 1972, pág. 29

2
Las escuelas aquí citadas aparecieron en un anuncio publicado en la prensa nacional, cuyo
encabezado es este:

“EL INSTITUTO SECULAR «OPUS DEI» se permite informar que a partir del día 15 de marzo
quedarán abiertas las inscripciones en sus centros de, enseñanza:” (Véase: Agachados. Núm. 124. Ed. Posada.
1973).

3
Le Vaillant, Yvon, ob. cit., págs. 64-65.

4
Cruz, Ada Irma, “El Opus Dei. Una obra ni secreta ni ostentosa”, El Heraldo de México, 20 de enero
de 1976.

5
Le Vaillat. Ivon, ob. cit., páf. 91. Véase también: “¿Que es el Opus Dei?” en L’Observatore della
domenica, entrevista con José María Escrivá de Balaguer, por Enrico Zuppi y Antonio Fugardi, Ediciones
Rialp Mexicana, México, 1968.

6
Carta del señor Carlos Llano Cifuentes publicada en El Día, 15 de marzo de 1972. En esta carta el
entonces director del IPADE confiesa que el ICAMI es una filial de aquél; véase, en el folleto, Cristianos en
medio del mundo, algunos aspectos del trabajo apostólico del Opus Dei en México.

7
Consúltese los subsiguientes artículos de J.M. Tellezgirón entre el 22 y el 24 de marzo de 1972 en el
mismo periódico.

8
Artículo de Sara Moirón aparecido en “Diorama de la Cultura” suplemento dominical de Excélsior el
15 de diciembre de 1974.

9
Artículos recopilados en el folleto: ¡Este mundo nuestro! Ediciones Rialp Mexicana México, 1970.

FIN