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Renacer1

Por: Aurora Seldon

1
Kurt Leblanc colgó el teléfono y miró con aprensión la puerta cerrada del dormitorio. Alain
estaba allí desde hacía bastante rato y se estaba empezando a preocupar, pero su madre lo había
retenido al teléfono casi veinte minutos y no lo había dejado colgar hasta arrancarle la promesa
de celebrar la Navidad como todos los años, en familia.
Eso suponía una nueva preocupación. ¿Cómo lo tomaría Alain? Era el quince de diciembre del
2001 y aunque faltaban varios días, quería tener el suficiente tiempo para decírselo.
El joven ingeniero de veinticinco años suspiró, se acomodó las gafas y se miró en el espejo,
que le devolvió la imagen de un hombre que aparentaba veinte, bajo y un poco delgado. Su
rostro no llamaba la atención, su cabello era negro y corto y siempre parecía estar despeinado.
Sus ojos verdes casi siempre estaban ocultos tras las gafas de aumento y sus labios eran
delgados. No tenía nada que lo hiciera atractivo y lo sabía. Lo único que lo diferenciaba del
común de las personas era algo que no se apreciaba a simple vista: Kurt tenía una inteligencia
bastante superior al promedio.
Aunque a veces habría preferido no ser tan inteligente y ser un poquito más atractivo. Sobre
todo cuando pensaba en Alain Villiers.
Alain… hasta su nombre era hermoso. Kurt evocó su rostro perfecto, sus ojos azules, sus
rubios cabellos de ángel y su atractiva figura. Pensó en Alain cuando reía celebrando un nuevo
éxito académico, porque su rubio Dios lo tenía todo: belleza e inteligencia. Siempre creyó que
Alain podría tener el mundo a sus pies.
Ahora no estaba tan seguro.
Habían estudiado juntos en el colegio y luego en la universidad. Llevaban algunos cursos
juntos porque Kurt estudiaba ingeniería de sistemas y Alain ingeniería electrónica. Se habían
hecho amigos. Alain admiraba la inteligencia del niño genio, como conocían a Kurt en la
facultad, pero jamás había reparado en la devoción con que Kurt lo miraba, hasta que en el
último año, alguien se lo hizo notar mientras charlaban en la cafetería.
Para Kurt fue el episodio más bochornoso de su vida, porque Alain se lo había quedado
mirando con tal expresión de incredulidad que sus amigos habían comenzado a reír y tuvo que
irse, avergonzado.
Desde ese día, evitaba a Alain y lo veía poco.
Luego vino el trabajo de la graduación y la tesis y Kurt supo que Alain había viajado a
Londres con un grupo de la universidad y que se había quedado allí una temporada.
Cuando volvió, era otro.
Parecía que Alain deseaba vivir lo que no había vivido en toda su vida. Y no era que le
hubiesen faltado amigos y reuniones. Alain siempre había sido muy popular, pero después de su
viaje a Londres, se entregó por completo al desenfreno. Estuvo así casi dos años, y de pronto, un
accidente se lo truncó todo.

1 Esta historia es un spin-off de la saga Hellson, con dos de sus personajes secundarios, Kurt y Alain. La línea temporal de

esta historia es mucho antes del inicio de Hellson 1: Sinergia.


Kurt se había enterado por unos amigos de que Alain se hallaba internado en un hospital
militar, y había corrido en su busca.
Esos habían sido los momentos más difíciles de su vida. Alain yacía en una cama, con las
piernas destrozadas y sin deseos de vivir. Sus amigos lo visitaban con frecuencia los primeros
días, pero poco a poco fueron desapareciendo y sólo quedó Kurt.
El joven ingeniero había estado allí cuando Alain lloraba y culpaba a todos de su accidente, y
había estado allí cuando le dijeron que no volvería a caminar. Kurt había soportado gritos e
insultos, pero se había mantenido firme en su convicción: Alain era un sobreviviente. Y debía
hacer que la vida que le quedaba valiera la pena.
Alain se había burlado de él y le había increpado su devoción sin límites, pero Kurt no se
había rendido y día tras día había vuelto al hospital hasta que su presencia se hizo habitual y el
rubio comprendió poco a poco la inutilidad de su amargura.
Finalmente, cuando Alain fue dado de alta, Kurt le ofreció llevarlo a su casa y cuidar de él
todo el tiempo que fuese necesario.
Por eso Alain ocupaba ahora su dormitorio, mientras que Kurt dormía en el sofá.
Llevaban quince días viviendo juntos y por momentos Alain recobraba el buen humor que
solía tener, pero había ocasiones en las que se deprimía, y aunque eso era normal según los
médicos, Kurt sentía que le estaba fallando.
Y ahora, venía la Navidad y con ella, sus padres.
Kurt esperó unos momentos ante la puerta del dormitorio y luego llamó.

2
Alain miraba por la ventana del apartamento y veía gente que caminaba, que conducía sus
vehículos, que corría o que simplemente paseaba. Hombres, mujeres y niños, todos tenían algo
que él jamás volvería a tener. Todos podían sostenerse en ambas piernas e ir a cualquier lugar.
No tenían que quedarse confinados en una casa, dependiendo de otros para poder hacer algo tan
simple como vestirse o levantarse de la cama.
No quería pensar en su accidente. Se había amargado ya lo suficiente durante el tiempo que
pasó en el hospital, pero la inactividad lo estaba matando, lo hacía sentirse un trasto inútil y sólo
tenía veinticinco años.
Entonces, oyó que Kurt tocaba la puerta.
«Querido Kurtie, ¿qué habría hecho sin ti?», pensó con una dulce sonrisa. Kurt le había
hecho notar que en el mundo había más cosas por las cuales vivir. Que había más batallas que
librar y retos que vencer. Y que él estaría a su lado para apoyarlo mientras lo necesitase.
Durante el tiempo pasado en el hospital, Kurt se había vuelto parte de su vida. ¿Cómo no
hacerlo? Era brillante y tenía tanta confianza en sí mismo que Alain se preguntaba cómo no
había reparado antes en él. Pero claro, estaba ocupado disfrutando de su corte de admiradores,
que se esfumó luego de algún tiempo, cuando fue de conocimiento público que no volvería a
caminar.
A Kurt no parecía importarle. Seguía mirándolo con la misma adoración de siempre y eso
hacía que Alain se sintiera halagado.
Era su ángel guardián. De no ser por él, Alain no habría tenido cómo cuidar de su persona,
pues había roto con su familia a los diecinueve años y desde entonces vivía solo. Lo quería
muchísimo, admiraba su inteligencia y su voluntad inquebrantable, pero en ocasiones le
incomodaba el halo de misterio que rodeaba sus actividades. No tenía idea de cómo se ganaba
Kurt la vida.
Los golpes sonaron más apremiantes y Alain se alejó de la ventana.
—Adelante —dijo.
El menudo ingeniero entró, sonriéndole con afecto.
—Llamó mamá —empezó—. Todos los años, en Navidad, voy a cenar con mis padres. Este
año, como tú estás aquí, han pensado venir y pasarlo con nosotros.
Alain negó con la cabeza. Los padres de Kurt eran encantadores y lo habían tratado muy bien
en sus visitas previas, pero no se sentía preparado para una celebración navideña.
—Oh, no. No te preocupes por mí, ve con ellos. Yo me quedaré.
—Alain…
—Lo siento… yo no celebro la Navidad. Soy ateo.
—Lo sé y yo también lo soy —repuso Kurt con dulzura—, pero mis padres no, y todos los
años celebramos la Navidad juntos, cenamos e intercambiamos obsequios. Yo lo veo como una
celebración de familia y me agrada pasarla con ellos.
—Entonces pásala con ellos, querido. Yo no soy de la familia.
Kurt sacudió la cabeza y en su rostro se dibujó esa expresión que Alain conocía tan bien y que
lo hacía sentir como un niño malcriado.
—Sabes que eso no es cierto. Te conozco desde hace años y ahora vives aquí. Claro que te
consideramos de la familia. Decoraremos la casa y mis padres traerán la cena… ya verás, lo
pasaremos bien. No digas nada más y ve pensándolo, luego hablaremos de eso.
Alain iba a replicar, pero entonces sonó el teléfono y Kurt corrió a contestar. Al poco rato,
volvió al dormitorio con el abrigo puesto.
—Tengo que salir, no tardaré. Aprovecharé de comprar algunas cosas.
—Déjame adivinar… tu misterioso jefe te necesita.
—Algo así —dijo Kurt—. Regreso enseguida.
—¿Y cuándo me dirás en qué trabajas? —preguntó Alain. En el tiempo que llevaba con Kurt,
todo lo que sabía era que éste se dedicaba a dar soporte técnico a la empresa de alguien
bautizado con el original y poco creíble nombre de Martin Hellson, de cuya autenticidad Alain
dudaba.
—Ya sabes en qué trabajo —contestó Kurt y luego de besarlo en la frente, salió.
El rubio se quedó meditando e hizo rodar su silla hasta el salón desde donde se veía la puerta
cerrada del estudio de Kurt, que según su colega, tenía información confidencial aunque Alain
estaba convencido de que lo decía para darse importancia. Como no tenía nada que hacer,
dedicaba las horas a inventar absurdas teorías sobre Kurt involucrado con sociedades secretas y
misterios arcanos, sabiendo que lo más probable era que la empresa en cuestión se dedicara a
enlatar sardinas y que Kurt fuera el encargado de arreglarles las computadoras.

3
Cuando Kurt volvió, cargado de libros, un olor a café recién hecho llenaba el pequeño
apartamento y encontró a Alain en el salón. Pero lo que lo desconcertó por completo fue ver a
su acompañante.
—Mira quién vino a verte —dijo el rubio, señalando triunfal a Martin Hellson, que sonreía
complacido.
—Me estaba preguntando por qué tardabas tanto —dijo él, apresurándose a ayudarlo con los
libros que depositó sobre la mesa—. Alain me comentaba lo mucho que se aburre.
Kurt lanzó una mirada suspicaz a Martin y otra no menos suspicaz a Alain. El rubio lucía
entusiasmado y eso era bueno, aunque conociendo a su jefe, Kurt esperaba que lo que fuera que
había sugerido no pusiera en peligro la vida de Alain. Porque Martin tenía un trabajo peligroso,
y más de una vez sus asistentes se habían visto involucrados en alguno de sus enredos. La
empresa de Martin, Hellson Unlimited, dedicaba a investigar fenómenos paranormales, a dictar
conferencias sobre la materia y a veces, a traficar con reliquias misteriosas a través del Círculo,
una organización para la que Kurt había trabajado antes de que Martin lo reclutase.
Martin sabía sobre Alain y su accidente y presentarse así en su apartamento para ofrecer ayuda
era muy propio de él.
—No sabía que era tan aburrido —dijo Kurt con un mohín.
—No lo eres, querido —se apresuró a decir Alain—. Pero necesito sentirme útil y me gustaría
poder ayudarte.
—Siempre te estás quejando de que tienes demasiado trabajo —intervino Martin—. Y como
Alain está viviendo aquí y es ingeniero, pensé que podría servir y le ofrecí el puesto de experto
en comunicaciones.
—¡Ese puesto no existe!
—Acabo de crearlo.
Kurt comprendió entonces la insistencia de Martin al enviarlo a buscar libros de ocultismo en
la biblioteca privada de uno de sus amigos. Se trataba de una treta para poder presentarse en su
casa y conocer a Alain. El menudo ingeniero se quedó sin palabras por un momento, mientras
su colega y su jefe lo miraban expectantes. Hacían un extraño contraste. Alain llevaba los rubios
y largos cabellos atados prolijamente en una coleta y Martin, que tenía los suyos, rubios
también, atados en forma más descuidada, que coincidía con su aspecto indómito.
—¿Alain sabe qué tipo de trabajo hacemos aquí? —preguntó.
—Por supuesto. Se lo he explicado todo, pero los detalles técnicos se los darás tú.
—¿Y cuándo comienzo? —preguntó el rubio.
—Esta misma noche —repuso Martin—. Mañana tendré una reunión a primera hora con una
sacerdotisa haitiana. Necesito un informe detallado respecto a rituales vudú.
—Lo sabía —se quejó Kurt—. ¿Vas a viajar a Haití?
—No lo sé todavía. Todo dependerá de lo que logre averiguar, aunque no lo descarto. María
Dessalines es una auténtica belleza.
—Tú nunca cambiarás —le reprochó Kurt.
—Temo que no —dijo Martin, levantándose—. Ya me tengo que ir. Gusto en conocerte,
Alain, y gracias por el café. Espero el informe mañana a las seis, niño genio. Hasta pronto.
—Hasta pronto. —Los ojos de Alain siguieron a Martin hasta que la puerta se cerró. Luego se
volvió hacia Kurt—. ¿No es magnífico? ¡Tengo trabajo!
El menudo ingeniero rió, meneando la cabeza.
—Espero que después de esta noche no te arrepientas. No sabes cómo deseo que Martin esté
fuera en Navidad.

4
Después de una alegre cena en la que Alain no podía ocultar su entusiasmo, Kurt lo condujo por
fin al estudio, que llamaba su laboratorio.
La puerta era blindada, la habitación no era muy grande y estaba llena de equipos electrónicos.
En un mostrador pegado a la pared había un computador y un equipo portátil, a su lado había un
rack2 de comunicaciones y un servidor, y en una mesa central iluminada por un reflector, había
un portátil desarmado y multitud de tarjetas electrónicas.
—Mon Dieu —dijo Alain y la empresa enlatadora de sardinas desapareció para siempre de su
mente.
—Es un poco pequeño para los dos, y tendremos que hacer algunos arreglos, pero creo que
esta noche podremos pasarnos sin ellos.
Alain asintió, entusiasmado. Los equipos de comunicaciones tintineaban y se dijo que era el
sonido más bello que había oído. Sus ojos se dirigieron al mostrador y tomó algo en lo que Kurt
había estado trabajando.
—¿Un control de acceso? —quiso saber.
—Ajá. Pensé que sería conveniente tener la puerta de esta habitación mejor protegida y estaba
trabajando en un equipo que permitiera abrirla y cerrarla mediante códigos de autenticación.
—Interesante —dijo Alain y tras unos instantes de silencio, preguntó—: ¿Cómo haremos el
informe de Martin?
—Ah, eso… —Kurt condujo la silla frente al computador que estaba encendido y le mostró el
programa informático que utilizaba—. Se llama Knowledgeware y tiene una enorme base de
datos que será nuestro punto de partida. Luego, quizá sea necesario ingresar a alguna biblioteca
o centro de investigación. He diseñado un algoritmo que permite violar ciertos sistemas
informáticos sin dejar huella. Te enseñaré…
La noche pasó volando mientras ambos recopilaban la información para Martin. Kurt le
enseñó a su colega cómo entrar a la base de datos de La Sorbona y también ingresaron al Museo
Británico. La información pasó en cuestión de segundos hacia Knowledgeware, donde fue
clasificada e indexada.
—Eres asombroso —susurró Alain con los ojos brillantes y Kurt se sonrojó.
—Me gusta mi trabajo —dijo con sencillez y Alain le sonrió cálidamente.
—A mí también empieza a gustarme, querido. ¿Y dices que lo diseñaste tú solo?
Kurt comenzó a hablar de sus inicios con Knowledgeware, de cómo había concebido la idea y
comenzado la primera versión, las mejoras que había introducido para que Martin pudiera
utilizarlo y cómo se había convertido en una herramienta estratégica para Hellson Unlimited.
Mientras hablaba, Alain asentía entusiasmado y Kurt se maravillaba del cambio operado en el
rubio, que un poco a su pesar, tenía que agradecer a su entrometido jefe.
A las tres, el informe estuvo completo y se lo enviaron a Martin, pero no se acostaron. Pasaron
toda la noche hablando, revisando el programa e imaginando algunos ingeniosos dispositivos.
Se fueron a acostar casi a las cinco y Alain cerró los ojos apenas su cabeza tocó la almohada.
Kurt se quedó mirándolo con ternura y acarició brevemente los rubios cabellos, para luego
apagar la luz de la lamparita. Se estaba retirando, cuando movido por un impulso, volvió
silenciosamente y le robó un ligerísimo beso.

2 Rack: Un rack es un bastidor destinado a alojar equipamiento electrónico, informático y de comunicaciones. Sus medidas

están normalizadas para que sea compatible con equipamiento de cualquier fabricante.
5
Alain entreabrió los ojos apenas oyó cerrarse la puerta y se pasó los dedos por los labios… Kurt
lo había besado allí y había sido tan suave…
Kurt, su eterno admirador de la universidad, le había revelado esa noche, sin proponérselo,
que había en él más de lo que Alain jamás pudo soñar. Era increíble lo que Kurt había
construido, el modo en el que se infiltraba en los sistemas más protegidos, la estrategia que
utilizaba para disfrazar su identidad y desviar sospechas.
El dulce y querido Kurt era un hacker, un hombre que se transformaba por completo cuando
se hallaba en su medio tecnológico. Y se entendían tan bien… Cuando trabajaban, parecía que
pensaban al mismo ritmo, que los entusiasmaban las mismas cosas. Todo giraba en torno a la
tecnología y la tecnología tenía infinitas posibilidades que Kurt y él planeaban aprovechar.
Sonrió y por primera vez en meses, se durmió esperando con ansia el nuevo día y los nuevos
descubrimientos que traería. Había encontrado un alma gemela.

6
Dos días después, Kurt salió temprano para comprar algunas piezas que le permitirían armar un
computador para Alain, y volvía con ellas en el autobús, meditando sobre cambio operado en el
rubio. Durante esos días habían estado juntos, riendo sin parar de las ocurrencias de Alain… Un
Alain más parecido al despreocupado y brillante muchacho universitario que al joven
despechado que había vuelto de Londres.
Le agradaba el cambio y esperaba que siguiera así. Había tantas cosas que podrían hacer
juntos. Kurt no pensaba en una relación, pues no quería de modo alguno presionar a Alain y
todo lo del accidente era demasiado reciente como para que el rubio pudiera pensar en un
compromiso. Pero habían vuelto a ser amigos y confiaba en mantener una sana amistad.
Alain había hablado incluso de salir de paseo, pero para eso necesitaba un auto. Nunca antes
había pensado en ello, pues normalmente no salía mucho y el autobús era más que suficiente.
Pero no podía meter a Alain en un autobús con la silla de ruedas, tenía que darle comodidad…
Entonces la vio.
Una vieja furgoneta azul eléctrico estaba estacionada en una esquina y tenía un letrero que
decía: «Se vende».
Kurt no lo pensó dos veces, hizo detenerse el autobús y se bajó corriendo con las bolsas a
cuestas, para alcanzar al dueño del vehículo que en ese momento salía de una tienda.
Después de una larga conversación, llegaron a un acuerdo en el precio y Kurt dedicó el resto
de la mañana a realizar todos los trámites de la compra.
Volvió a casa casi a las dos, siendo el propietario del vehículo que obsequiaría a Alain por
Navidad, y que había ocultado en casa de Martin pues deseaba hacerle antes varios arreglos.
Alain lo esperaba para comer y después de lavar juntos los platos, lo llevó, orgulloso, hacia el
laboratorio, donde el sistema de control de acceso les facilitó la entrada.
—Todavía no está completamente terminado, pero funciona. Puedes sellar el laboratorio desde
adentro con un código de seguridad y también desde afuera. Si la puerta es forzada, se puede
hacer una llamada… tendremos que decidir si usamos a la policía o a una empresa privada.
Tendremos.
A Kurt no le pasó desapercibido el término. Alain había hecho un trabajo excelente diseñando
los componentes electrónicos y el programa para el control de acceso y eso le reafirmó la idea
de que estaba en franca recuperación.
Juntos planearon los últimos detalles del funcionamiento de la puerta y se encontraron luego
sumergidos en un proyecto para tener un mando a control remoto que permitiera a Alain desde
su silla, llevar a cabo algunas tareas como encender o apagar luces y aparatos de la cocina, sin
depender de Kurt.

7
Kurt ensambló el computador para Alain y le cedió un escritorio. También instaló un reflector
adicional en la mesa de trabajo, pero el ambiente era muy pequeño y la silla de ruedas ocupaba
mucho lugar.
Si tan sólo pudiera conseguir más espacio…
Fue el cuarto miembro del equipo Hellson quien le dio la solución. La tarde del diecinueve de
diciembre, Aristide d’Anjou les hizo una visita y simpatizó enseguida con Alain. El veterano de
Vietman era un hombre parco en palabras, pero cuando uno llegaba a ganarse su respeto, podía
ser leal hasta la muerte.
Alain le mostró el laboratorio y Aristide sugirió enseguida echar abajo una pared.
—No podemos —dijo Kurt—. Esa pared da a otro apartamento.
—Que está vacío —acotó Aristide—, desde hace meses.
—Sí. —Kurt no le preguntó cómo lo sabía. La ocupación de Aristide era enterarse de las
cosas, por eso Martin lo tenía en tanta estima. Aristide era en la calle lo que Kurt era en los
sistemas informáticos.
—Intentémoslo —sentenció Alain y eso fue el inicio de las negociaciones.
Esa noche, Kurt habló con el dueño del edificio y logró llegar a un acuerdo. Demolerían la
pared y dispondrían del dormitorio principal del apartamento contiguo. Kurt se haría cargo de
los gastos y el alquiler se incrementaría proporcionalmente.
Con eso, el problema del espacio quedaba resuelto.
Los días pasaban y la empatía entre Kurt y Alain iba en aumento. La tecnología les había
abierto una fuente inagotable de ideas y de proyectos que, combinados con los informes que
Martin les pedía, los mantenía ocupados.
En ese tiempo, habían aprendido a respetarse mutuamente y a reconocer sus fortalezas y
debilidades. Kurt era siempre amable y rodeaba a Alain de pequeñas atenciones, pero cuando
trabajaban, el menudo ingeniero asumía un liderazgo natural y aunque el rubio era habilísimo
con la tecnología, reconocía que el estratega era Kurt.
El veintidós por la noche, Kurt sacó a colación la cena y Alain se mostró mucho más abierto a
la idea. Incluso aceptó ayudar en la decoración.
Se acostaron temprano, porque al día siguiente querían levantarse a primera hora e iniciar otro
proyecto. Alain estaba muy animado y pidió a Kurt que se quedara.
—La cama es grande, querido —dijo—. No es justo que duermas en el sofá.
Kurt accedió y se comenzó a desnudar para ponerse el pijama. Era bajito y delgado, pero eso a
Alain ya no le importaba. Cuando miraba a Kurt, veía al hombre que le había mostrado un
nuevo mundo, veía al tecnócrata y al estratega que había en él y, sobre todo, veía al hombre que
lo amaba. Porque Kurt jamás había ocultado ese hecho.
Entonces el rubio sintió que algo crecía entre sus piernas y con asombro comprendió que
estaba experimentando una incipiente erección. Fue como experimentar una sacudida… los
médicos le habían dicho que su vida sexual no se vería alterada, pero él no había pensado en
ello, más preocupado por el estado de sus piernas. Esa erección fue el mejor de los
descubrimientos y un cálido sentimiento lo envolvió al saber que Kurt la había provocado.
El menudo ingeniero se metió a la cama y se acomodó, dándole espacio a Alain.
—Buenas noches.
Pero la mano del rubio buscó su mejilla y sus ojos se encontraron con los de Kurt. Se miraron
sabiendo que a pesar de ser distintos físicamente, sus mentes eran gemelas, y Alain susurró:
—Yo siempre devuelvo lo que me dan.
—¿A qué te refieres?
—Me robaste un beso. —El rubio se acercó para iniciar un beso, pero apenas sus labios
tocaron los de Kurt, éste lo detuvo, tomándole el rostro con ambas manos.
—Alain, no soy un niño con quien puedas jugar —dijo con suavidad—. Yo deseo esto, pero
nunca he pensado en ti como en algo pasajero. El día que decidas que puedes manejarlo, allí
estaré. Y si decides que no quieres esto conmigo, será tu decisión y la respetaré. Te amo
demasiado para pensar de otro modo…
El rubio se quedó helado y se apartó silenciosamente. Kurt se levantó y salió de la habitación.

8
Alain se quedó meditando. Era demasiado inteligente como para molestarse con la actitud de su
compañero, una actitud que le había hecho pensar por primera vez que podía ser tan importante
para alguien como para que quisiera una vida con él.
En Londres había conocido a una persona que le destrozó el corazón. Sasha Ivanov lo había
seducido como nunca nadie jamás había hecho. Le había mostrado el cielo, y luego, cuando
Alain estaba dispuesto a dejarlo todo por él, lo había desechado como si fuera una prenda
pasada de moda y Alain había vuelto a París con una amargura que le había hecho lanzarse al
desenfreno que acabó con el accidente que destrozó sus piernas.
Pero ahora tenía a Kurt.
Con Sasha sólo había pasión… En cambio, con Kurt había una sensación de bienestar, de
dualidad, de compañerismo. Podía amarlo… lo amaba un poco ya.
Decidió tomárselo con calma. Vería si las cosas marchaban y actuaría según la lógica.

9
Al día siguiente ninguno de los dos comentó el incidente y se comportaron con la misma
naturalidad de siempre, ocupados en terminar el tablero de control para la silla.
El veintitrés, Martin les anunció que partiría de todos modos a Haití con María Dessalines y
Aristide. Estaría allí hasta el veintisiete, aunque se mantendría en contacto por si necesitaba
algo. Kurt se quedaría, como siempre, con las llaves de la mansión Hellson, que era como su
propietario llamaba a la gran casa que había heredado de su abuelo.
Kurt dedicó ese día a hacer las últimas compras navideñas y llevó la furgoneta al
estacionamiento de su edificio. Aristide le había ayudado a quitar el asiento del copiloto,
adaptando unos soportes para la silla de Alain, además de una rampa que le permitiría subir sin
dificultad. El interior había quedado igual, porque quería que Alain decidiera cómo arreglarlo.
Alain estaba ocupado mejorando el algoritmo de infiltración de Kurt con una pequeña idea
que se le había ocurrido en una conversación. La perspectiva de la cena con los padres de su
colega ya no le parecía tan incómoda, pues ellos ya no verían al inútil inválido que su hijo había
recogido del hospital, sino a un hombre que había encontrado un nuevo motivo para vivir.
Por eso acogió con entusiasmo las compras de Kurt, que consistían en los tradicionales
adornos navideños y un enorme árbol que ocupaba la mitad del salón. Kurt le había explicado
que sus padres amaban la Navidad y quería hacerlos sentir lo mejor posible y eso le pareció muy
sensato al rubio ingeniero, sobre todo considerando que la cena solía hacerse en casa de los
padres de Kurt, pero habían decidido hacerla en el apartamento para evitarle a él un incómodo
traslado.

10
El veinticuatro por la noche, Adrien y Evangeline Leblanc, los padres de Kurt, hicieron su
aparición llevando la cena y cargados de paquetes.
Mientras su hijo acomodaba todo, Alain se quedó en el salón hablando con ellos y tratando de
explicarles en un lenguaje sencillo lo que Kurt y él habían estado haciendo.
—Hemos instalado sensores en varios puntos y muchos de ellos se comunican con esta caja
que ven en mi silla. Sirven para que pueda controlar algunas cosas sin hacer esfuerzo, como
encender o apagar las luces, abrir o cerrar puertas… Y si presionan aquí, las luces del árbol
siguen el ritmo de la música. —Hizo una demostración del último invento de Kurt y Evangeline
aplaudió, entusiasmada.
La velada se hizo más entretenida cuando Kurt apareció vestido de Santa Claus, y en medio
del entusiasmo general, le colocó un gorrito rojo a Alain, que él no rechazó porque por primera
vez en muchos años se sentía en familia.
Alain no pudo evitar recordar su infancia, cuando él y su hermano Maurice esperaban con
ansia la hora de abrir los regalos y cómo su padre reía con ellos ante sus exclamaciones de
alegría. Pero eso había quedado atrás, luego de que el general Raoul Villiers echara de su casa a
su hijo homosexual, cuando tenía diecinueve años.
En cambio, los padres de Kurt no habían tenido problema alguno con la homosexualidad de su
hijo y durante la alegre cena que siguió, Alain comprendió por qué: Adrien era un mecánico a
punto de jubilarse y Evangeline era ama de casa. Habían sufrido mucho para tener a Kurt y lo
habían cuidado como su más preciado tesoro, procurando no sobreprotegerlo. Sus éxitos
académicos los llenaban de orgullo y, como las personas sencillas que eran, aceptaban su
afición a las computadoras como una excentricidad. Él les tenía mucha confianza, y cuando en
secundaria les había contado que creía que era homosexual, lo habían tomado con calma y luego
lo habían aceptado. Los padres de Kurt admiraban la brillantez de su hijo y consideraban que su
orientación sexual era una manifestación más de su genio.
La cena estaba deliciosa y Alain en ningún momento se sintió incómodo, mucho menos
cuando Evangeline le llamó «hijo».
Pero su corazón fue completamente conquistado con los obsequios: ella le había
confeccionado un bellísimo suéter azul marino y había hecho otro verde para Kurt. Alain jamás
había tenido una prenda hecha a mano y le pareció el más maravilloso de los regalos.
Por su parte, había elegido junto con Kurt una colección de herramientas para Adrien y un
vestido para Evangeline, que ella agradeció, sonriendo.
Kurt saltó de entusiasmo cuando Alain le mostró el algoritmo perfeccionado que le
obsequiaba como regalo de Navidad y que permitiría reducir en varios segundos el tiempo de
infiltración.
—¿Cómo lo hiciste?
Alain le dio una explicación técnica que hizo que sus ojos brillaran mientras Adrien y
Evangeline los miraban sin comprender.
—Es genial… Eres genial… No se me había ocurrido —confesó Kurt—. Yo también he
preparado algo, pero no puedo dártelo aquí. Te lo mostraré más tarde.
Alain disimuló su decepción.
—Por supuesto.
Casi a las dos, los padres de Kurt anunciaron que ya se iban.
—Los acompaño abajo —dijo Kurt—. Alain, si deseas bajar, te mostraré tu regalo.
Él asintió, no con mucho entusiasmo. No imaginaba nada interesante en el primer piso del
edificio.
Los cuatro bajaron al estacionamiento y Kurt le mostró, con un gesto tímido, la flamante
furgoneta a la que había colocado una banda que decía: «Feliz Navidad, querido Alain».
—Mon Dieu, Kurtie… ¿cómo pudiste?
—¿No te gusta?
—¡Claro que me gusta! ¡Me encanta! Adoro ese color… Es perfecta. Pero… ¿cómo subiré
allí?
Kurt abrió la portezuela y demostró el sistema que había ideado con Aristide para la silla de
ruedas.
Alain estaba encantado y quiso subirse enseguida.
Después de dejar a Adrien y Evangeline, pasearon un rato por París antes de volver al
apartamento y cuando se acostaron, eran casi las cinco.

11
—No había pasado una Navidad así desde que era niño —dijo Alain—. Gracias… no tengo
palabras.
—Me alegra, Alain. Me alegra muchísimo que te gustara.
El rubio le sujetó la mano y antes de que Kurt pudiera evitarlo, se la besó.
Estaban en el dormitorio y se miraron unos instantes.
—¿Recuerdas lo que dijiste? —susurró Alain—. Que me besarías el día que supieras que yo
podría manejarlo. El día ha llegado. Quiero que me beses.
Kurt protestó.
—Yo dije…
—Que no piensas en mí como en algo pasajero. Que si iniciamos algo, será duradero. Y
créeme, yo también lo quiero así.
—¿Es una declaración?
—Todavía no. —Alain rio—. No puedo ponerme de rodillas, pero espero que lo sepas
comprender. —Su voz cobró un tono solemne—. Kurt Leblanc, eres la persona más maravillosa
del mundo y quiero estar a tu lado… Oh, vamos, no pienso hacer una declaración cursi…
bésame ya.
El menudo ingeniero lo hizo y para Alain fue una nueva revelación. Había tanta pasión en los
labios de Kurt que se dejó envolver por ella sin un intento de luchar.
Luego, le devolvió el beso con igual intensidad.
Se siguieron besando y Alain comenzó, como jugando, a quitarle la ropa; sin embargo, le dejó
el gorrito de Santa Claus. Kurt apagó las luces y se las arregló para tenderlo en la cama,
desnudo, y se terminó de desnudar a su vez.
Abrazados en medio de la oscuridad, reconocieron sus cuerpos con lentas caricias que se
hicieron más audaces.
—Kurtie, tú tendrás que hacer el trabajo…
—Lo sé, mi amor.
No querían apresurarse, pero el ansia de estar unidos pudo más y Alain se dijo que tendrían
una vida para hacerlo lentamente. Rompió el beso que Kurt le estaba dando para pedir en un
susurro:
—Quiero hacerte el amor.
Kurt lo contempló con los ojos entrecerrados. Alain era a quien había amado toda la vida y
ahora lo tenía entre sus brazos, pidiéndole hacer el amor. Estaban juntos… lo estarían toda la
vida.
El menudo ingeniero acarició el pecho de su amante y bajó por su vientre hasta llegar a la
plena erección que se alzaba en una mata de vello rubio y la acarició lentamente, sintiendo su
tamaño, imaginando lo que sentiría al tenerla dentro.
—Oh, Kurtie… vamos…
Kurt se subió a horcajadas en el cuerpo del rubio y dejó que la experta mano de éste dilatara
su abertura con un poco de crema que sacó de debajo de la almohada.
—Lo tenías planeado… —susurró.
—Hace unas horas —jadeó Alain—. No pude resistir verte con ese disfraz…
—Pervertido…
—Por ti.
El rubio silenció a su amante con un beso y dirigió su erección hacia la dilatada entrada. Kurt
se estremeció.
—Tranquilo… no será tu primera vez de pasivo, ¿verdad?
Kurt no respondió, pero el gesto en su rostro era suficiente.
—Es tu primera vez…
Alain sintió una deliciosa emoción. Sería el primero… y pretendía ser el último. Con cuidado,
dirigió a Kurt mientras se adentraba en sus entrañas hasta llegar a la mitad del camino. Allí se
detuvo.
—¿Estás bien?
Su amante asintió entre jadeos e inició un lento movimiento circular mientras Alain sujetaba
sus caderas hasta empalarlo completamente.
—Oh, Kurtie… qué bocado eres.
Despacio, Alain comenzó a dirigir el ritmo y pronto Kurt se adaptó a él, gimiendo bajito y se
definió otro nivel de su relación: en materia tecnológica, Kurt era el líder indiscutible, pero en el
sexo, Alain era quien llevaba el control.
Sus movimientos se aceleraron conforme el orgasmo llegaba, y comenzó a masturbar a Kurt,
que susurraba su nombre y se movía ansioso, pues acababa de descubrir una nueva y deliciosa
faceta de su amado.
El orgasmo les llegó casi al mismo tiempo y los traspasó como una deliciosa saeta mientras se
miraban a los ojos, diciéndose cosas que las palabras no podían expresar.
Kurt acarició el perfecto rostro de Alain, con la luz del amanecer colándose por la ventana y
poniendo destellos dorados en su cabello. Ahora sabía que pasara lo que pasara, ellos habían
descubierto un nuevo mundo. Un mundo para ellos dos.
—¿Estás bien? —susurró, retirándose del cuerpo de Alain, y éste le respondió con una
sonrisa.
—Mejor que nunca.
Amanecía en París el día de Navidad y Kurt se levantó para asearse brevemente y asear a
Alain, antes de cerrar bien la cortina y volver a sus brazos.

12
Alain despertó pasado el mediodía y se quedó disfrutando de la deliciosa modorra del sexo.
Junto a él, Kurt dormía con su rostro de niño completamente relajado y lo besó brevemente.
Meses antes no habría imaginado que terminaría enamorado del niño genio de la universidad y
mucho menos que trabajarían como hackers para la empresa más insólita que había conocido.
Pero a Alain Villiers le gustaban los retos y estaba seguro de que la vida junto a Kurt sería un
reto interesante que quería descubrir.
Esa mañana de Navidad fue el primer día del resto de su vida.