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La novia del poeta en Lima, Otilia Villanueva Pajares, ha

inquietado a biógrafos y críticos

César Vallejo y la musa esquiva de Trilce


Investigadores siguen el rastro de la amada que aparece citada en numerosos poemas del vate santiaguino.

Carlos Fernández y
Valentino Gianuzzi .

Durante años, lectores y críticos no han dejado de preguntarse por la identidad de “la
andina y dulce Rita / de junco y capulí”, la inspiradora de “Idilio muerto”, el conocido
soneto de Los heraldos negros. Diferente ha sido, sin embargo, la fortuna de la que
César Vallejo inmortalizara como “mi aquella / lavandera del alma”, en el menos
difundido, si bien no menos intenso, “Trilce VI”. Muy poco es lo que se ha escrito de
Otilia Villanueva Pajares, la novia de Vallejo en Lima, retratada en ese poema y en, al
menos, una veintena más de composiciones de la que para muchos es una de las obras
mayores de la lírica del siglo XX. Su nombre no se encuentra en el prólogo a Trilce de
Antenor Orrego, ni en el valioso trabajo biográfico con el que André Coyné sentó las
bases del estudio académico de la etapa peruana del poeta a fines de los años cuarenta.

La “lavandera del alma”, la que podía “azular y planchar todos los caos”, careció de
nombre propio hasta el año 1965. Debemos su recuperación, la de todas las
informaciones conocidas sobre su noviazgo con Vallejo hasta hoy y un puñado de
primeras versiones de Trilce –que revolucionaron la manera de entender la génesis y el
significado de la obra– a Juan Espejo Asturrizaga, quien rescató estos datos del olvido
en su biografía César Vallejo: itinerario del hombre (1892-1923). No obstante, lo
delicado del desenlace de la relación entre César y Otilia, que parece haberse visto
obligada a abortar tras la ruptura y ante la negativa de Vallejo al matrimonio, llevó a
Espejo a referirse a ella a lo largo de su obra por una de sus iniciales (O.). El nombre
íntegro de la musa de Trilce, sin embargo, podía encontrarlo el lector atento en dos
poemas de Vallejo publicados como apéndice de la biografía de Espejo: la primera
versión de “Trilce XV” y la de “Trilce XLVI”. Por lo que respecta a sus apellidos, el
paterno apareció por primera vez mencionado, hasta donde alcanzamos a ver, en un
ensayo de Juan Larrea publicado en el tercer volumen de la revista Aula Vallejo (1971).
El apellido materno se da a conocer aquí con la esperanza de que sirva para rescatar
nuevas informaciones y documentos sobre la musa secreta de Trilce.

Otilia Villanueva Pajares y César Vallejo Mendoza se conocieron en Lima en algún


momento todavía no determinado del año 1918, muy probablemente a través de Manuel
Rabanal Cortegana, colega de Vallejo en el Colegio Barrós. En septiembre de ese año,
tras la muerte del propietario del Barrós, Vallejo y Rabanal toman la administración del
colegio, rebautizándolo como Instituto Nacional. Semanas más tarde, el 25 de octubre,
Rabanal contrae matrimonio con Rosa Villanueva Pajares, hermana de Otilia. El
nombre completo de Rabanal y la fecha de su boda, en la que Vallejo ofició de padrino,
son informaciones desconocidas por la crítica, que hasta hoy solo tenía constancia del
matrimonio de Rosa, la hermana de Otilia, con M.R. o R., modo en el que se alude a él
en César Vallejo: itinerario del hombre. El pliego matrimonial confirma también dos
datos que proporcionaba Espejo Asturrizaga: que las hermanas vivían con su madre
(Zoila Pajares, viuda de Villanueva) y que la familia era oriunda del norte, de
Cajamarca.

Según Espejo, además de Rabanal, medió para que César y Otilia se conociesen otro
colega del Barrós, F. B. Tras estas iniciales se halla Flavio A. Becerra Suárez, como lo
prueban el pliego matrimonial, donde Becerra figura como testigo, y un artículo de
Jesús Angulo Caricchio (“Vallejo…, siempre Vallejo”), en el que se afirma que éste
perteneció al plantel del colegio. En ese artículo se reproduce una carta del 3 de octubre
de 1918,  aparentemente conservada por Becerra, en la que Vallejo solicitaba una
acreditación de salud y buena conducta al Subprefecto e Intendente de la Policía de
Lima, requisito necesario para que la Dirección General de Instrucción permitiese al
poeta convertirse en director del Instituto.

Si las informaciones de las que disponemos sobre el inicio de la relación entre César y
Otilia son escasas e imprecisas, todavía lo son más las relativas a su noviazgo, que
Espejo describe como “apasionado, vehemente, incontrolable”. No se conoce ninguna
carta de Vallejo a Otilia, ninguna fotografía de ambos –ni tan siquiera de ella–, ni
ningún otro documento, al margen de los poemas de Vallejo, que nos permita
reconstruir su relación. A estos obstáculos hay que añadir la dificultad de desentrañar
los elementos biográficos en los poemas de Trilce, circunstancia que se pone de
manifiesto en el hecho de que, hasta que Espejo habló de la relación con Otilia, ningún
crítico fue capaz de inferirla de los propios textos. Los datos que puso en circulación
Espejo y su lectura referencial de los poemas amorosos de Trilce permitieron ver, en
buena parte de él, una suerte de cancionero moderno. No obstante, el impacto de la
vanguardia sobre la obra dificulta considerablemente la lectura en clave biográfica del
ciclo de poemas dedicados a Otilia; más fácil es leer referencias en aquellos poemas de
los que se conoce una primera versión, prevanguardista. Lamentablemente no sabemos
dónde obtuvo Espejo estas primeras versiones, que, en lo que respecta a las relaciones
de Vallejo con Otilia, podrían calificarse como la piedra Rosetta de Trilce. De entre las
tres conocidas cabe destacar este soneto en versos alejandrinos, en el que Vallejo parece
hacer un balance de su relación con Otilia: “En el rincón aquél donde dormimos juntos /
tantas noches, Otilia, ahora me he sentado / a caminar. La cuja de los novios difuntos /
fue sacada. Y me digo tal vez qué habrá pasado”.

Espejo Asturrizaga fecha la ruptura con Otilia hacia mayo de 1919. Luego de esta,
Vallejo fue despojado de la dirección del colegio por sus colegas Rabanal y Becerra.
Pero lo cierto es que su vínculo legal con el colegio parece extenderse hasta abril de
1920, en vísperas de su viaje a Trujillo. Ese mes se publica en la prensa una nota
firmada por el poeta que dice lo siguiente: “Pongo en conocimiento del público que,
teniendo que ausentarme de esta capital, he traspasado el plantel de enseñanza que con
el nombre de Instituto Nacional he dirijido, al señor Manuel Rabanal, quien ha asumido
el activo y pasivo de dicho colegio, según contrato especial que hemos firmado en la
fecha”.

Las pistas de Otilia se pierden aquí y se ignora si Vallejo volvió a tener algún tipo de
contacto con ella. Sin embargo, el recuerdo de esa relación quedó marcado en Trilce y
se ha convertido ahora en parte de nuestra literatura.
El dato: vallejianos. Carlos Fernández  y Valentino Gianuzzi son dos jóvenes
investigadores vallejianos que no cesan en hurgar los poemas del vate. Anteriormente
han publicado el libro César Vallejo: textos rescatados.

 Trilce VI
El traje que vestí mañana
no lo ha lavado mi lavandera:
lo lavaba en sus venas otilinas,
en el chorro de su corazón, y hoy no he
de preguntarme si yo dejaba
el traje turbio de injusticia.
Ahora que no haya quien vaya a las aguas,
en mis falsillas encañona
el lienzo para emplumar, y todas las cosas
del velador de tanto qué será de mí,
todas no están mías
a mi lado.

Quedaron de su propiedad,
fratesadas, selladas con su trigueña bondad.

Y si supiera si ha de volver;
y si supiera qué mañana entrará
a entregarme las ropas lavadas, mi aquella
lavandera del alma. Qué mañana entrará
satisfecha, capulí de obrería, dichosa
de probar que sí sabe, que sí puede
¡CÓMO NO VA A PODER!
azular y planchar todos los caos.

La República, 6 de noviembre de 2011, p. 38

http://www.larepublica.pe/06-11-2011/cesar-vallejo-y-la-musa-esquiva-de-trilce

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