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Como a

un
hermano.
Observó sus manos como si nunca antes las hubiese visto, como si fueran las de un alien en
lugar de las suyas, no podía creer lo que había hecho con ellas, ni las consecuencias que
esto había causado. ¡Pero estaba tan harto ya! Sus ojos encolerizados recorrieron la
habitación, como queriendo quemar todo a su paso, todo rastro de que alguna vez él
perteneció a los Black, pero era imposible, pues ese apellido estaba grabado en su sangre,
como su venerable madre siempre le recordaba.

¿Y qué si era un Black? Un muggle perfectamente podría tener ese apellido y no sentirse
más que los demás. ¿Y qué si su familia era noble y ancestral? ¡Podían irse todos al carajo!
¡Todos juntos con su noble y ancestral trasero!

Como un vendaval y sin cuidado, convocó uno a uno los objetos que más necesitaba y que
más apreciaba, sabía que después de la afrenta de esa tarde, nada iba a ser igual y prefería
poner pies en polvorosa antes de que terminara lanzándole -accidentalmente- un Avada
Kedavra a su propia madre. No sabía a dónde iría, ni qué sería de él, tampoco le importaba.
Prefería pudrirse en la miseria a seguir vanagloriando su estúpida sangre y por eso se iba.
Tenía el baúl repleto de sus cosas de la escuela, libros, túnicas, su escoba, fotografías...

Se dio la vuelta mirando a la pared cuyos estandartes ni él mismo podía despegar, ahí
donde yacía su fotografía más preciada, incluso más que las de las chicas en bikini: sus
amigos, sus verdaderos amigos le sonreían y saludaban desde allí. La tomó tratando de
despegarla en vano, incluso se lastimó un poco las uñas al querer despegarla por la fuerza,
pero ésta no cedió ni un ápice, tan buenos fueron sus encantamientos.

No extrañaría nada de ahí, ni a su madre, ni al molesto de Kreacher, ni a Regulus, pero por


alguna extraña razón, extrañaría esa foto. Ésa que le daba un poco de fuerzas al despertarse
y verla, para afrontar las horribles palabras de su familia. Fuera donde fuera, ellos no
estarían allí.

Avanzó hacia la puerta con aire decidido, quizás no estarían ahí, pero se verían en
Hogwarts y eso era más que suficiente. No lloraría, no se lamentaría, ése no era su estilo.
¿Qué más daba? ¡Igual ya encontraría algo que hacer!

—¡Me largo, madre! —vociferó, al tiempo que caminaba dando tumbos por el pasillo y la
escalera, sin importarle realmente si molestaba a alguien, es más, era lo que buscaba.

Kreacher asomó su fea cabeza por una de las habitaciones.

—¿Que el amo... se marcha? —inquirió, retorciéndose el mugroso trapo que usaba como
ropa, entre divertido y asustado—. El maldito traidor, amigo de los sangre sucia por fin nos
deja.

—¡Exactamente! —rió Sirius, entornando los ojos grises con alegría, por si veía a su madre
acercándose, sin embargo, eso no pasó—. Ahora, quítate de mi camino, Kreacher.
Apuntó con su varita directo al corazón: no planeaba matarlo, solamente aturdirlo. Le
complacía bastante ver que al menos -podía- descargar un poco de su ira en él.

—¡Dile a mi madre que me largo! ¡Díselo!

No supo exactamente cómo salió de ahí, o por qué coincidentemente Kreacher terminó en
el suelo, rumiando improperios que hasta él mismo desconocía, de lo único que se dio
cuenta fue del aire golpeando su rostro y de la imprudencia que cometía yendo en escoba
por todo Londres. Dejando atrás cada uno de los malos recuerdos, de las estúpidas reglas,
avanzando hacia una libertad deseada, infinita, eterna.

—Si James viera esto me envidiaría —le comentó al aire, como si fuese su más íntimo
confidente y amigo, con las comisuras de sus labios temblando al querer contener una
sonrisa—. ¡Eso es, James!

Debía ir a verlo... Quizá hasta podían fugarse juntos y conocer algunas veelas. La idea le
entusiasmaba, viajar por todo el mundo junto con su mejor amigo, sin nada que los atara a
las reglas de la sociedad... Soltó una carcajada que se perdió entre las nubes al imaginarse
la cara de su madre cuando se enterara de su fuga. ¿Por qué no se le había ocurrido eso
antes?

James miró al azulado y aburridísimo cielo azul de aquél día con el ceño fruncido, como
reprochándole que tuviera la culpa de su poca actividad social. Faltaba todavía un mes para
regresar a Hogwarts y ya no podía aguantar más la espera. Allí no podía hacer nada
divertido, no tenía con quién para empezar. Golpeó la quaffle con desgana y la vio botar
hacia un árbol cercano, que se estremeció dejando caer una gran cantidad de manzanas.
Quizá podía jugar al quidditch de manzanas. No... no era divertido solo.

Quidditch de manzanas. Qué estupidez. Sus labios formaron una sonrisa al rememorar
cómo lo habían descubierto y la sensación de satisfacción cuando las manzanas se rompían
al golpearlas. Sirius, Peter, Remus y él. Quedaban dos años...

Bufó al aire y se decidió a echarse una siesta en su cama cuando un enorme ¿Proyectil?
¿Pájaro? ¿Avión? Empezó a dirigirse hacia él con una velocidad de vértigo. ¡Joder! ¿Qué
ya era el fin del mundo? ¡Y él ni siquiera había conseguido un beso de Lily!

La cosa negra siguió acercándose con velocidad, como si su punto de gravedad fuese James
y nadie más, para ese tiempo el Gryffindor ya tenía planeado lo que haría. Tomó su bate
con ambas manos y dirigió su mirada de halcón hacia la trayectoria que hacía dicho objeto,
si calculaba bien podría mandarlo muy lejos. ¡Y no habría más fin del mundo para nadie!

—Uno, dos... ¡Tres! —el bate salió volando de sus manos y fue a estrellarse contra el árbol,
que resentido dejó caer más de sus preciados frutos. James lo había soltado al ver que -la
cosa negra-, no era otra más que Sirius.
—¡Serás...! —gritó Sirius, dando un salto de su escoba hasta posicionarse a su lado—. ¡Por
poco y me matas!

James le dirigió una sonrisa que pretendía ser de disculpa, aunque el muchacho ya le
conocía demasiado bien como para creer que era del todo sincera.

—Pero, ¿qué haces aquí Canuto? ¡Ya te dije que no te ayudaré a quitarte las pulgas nunca
más! —se encogió de hombros como si los recuerdos le causaran escalofríos—. ¡Puedes ir
ya a pedirle ayuda a Remus! ¡Traumalo a él! —entonces reparó en que el chico llevaba su
baúl del colegio y un montón de cosas más y comprendió, aunque un poco tarde, lo que
había pasado, pero decidió no decir nada por el bien mental de su amigo.

James lo abrazó por un breve segundo, como al hermano que nunca tuvo y el muchacho se
quedó de piedra. Luego, Potter le pegó un puñetazo en el hombro, como si nada hubiera
sucedido, a pesar de que aquella muestra de afecto hablaba más de solidaridad que de otra
cosa.

—¿Y qué? ¿Dónde voy a dormir? —preguntó Sirius con hastío, poniéndose de puntitas
para mirar hacia el interior de la casa—. ¡Si no quieres que te pegue las pulgas vas a tener
que conseguirme una cama!

James reprimió una sonrisa. El resto del verano prometía ser mucho más divertido.