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Por los héroes caídos

Un año, eso es todo, un año. Los rostros de los héroes de guerra todavía muestran el
cansancio de quienes no pueden dormir, las heridas que no se ven siguen presentes en sus
almas. Un año, un año y aquel maldito dolor aún se niega a abandonarlos.

En la sala de la casa de Bill y Fleur se encuentra la reducida Orden del Fénix, algunos
miembros del Ejército de Dumbledore y unos cuantos profesores de Hogwarts. Muchos
todavía no saben bien que hacen ahí, celebrando el aniversario de una guerra, de una
victoria bañada en sangre (es enserio, ¡¿A quién se le ocurrió hacer aquella reunión?), unos
pocos mantienen positivas sus mentes, bajo la idea de que la única muerte en la que deben
pensar es la de Lord Voldemort.

Cerca de la ventana, Harry, se hunde en una depresión cada día más profunda, mientras
mira melancólico una copa de vino que no piensa tomar y una fotografía que lo destruye
por dentro (una en la que James abraza a Lily mientras Sirius les hace caras desde atrás,
Remus rueda los ojos ante la acción de Canuto, y Peter celebra la nueva relación de su
amigo). Se pregunta que hace ahí parado, celebrando la victoria en una guerra que se llevó
de por medio una gran amistad, cuatro legendarios merodeadores, una valiente pelirroja,
dos increíbles profesores y la sonrisa de un niño al que le arrebataron su vida (dos, piensa al
ver a Neville hablando con Luna, dos niños).

Andrómeda se encuentra en otra parte del salón, hablando con Molly Weasley, mientras su
nieto juega con un mechón de su cabello. Es increíble la amistad que forjaron ambas
mujeres para apoyarse mutuamente luego de la muerte de sus hijos, Andy siempre hablando
de Dora y sus ganas por ayudar, Molly enumerando cronológicamente las bromas de los
gemelos, Teddy observándolas con sus inocentes ojos grises.

En una esquina de la sala se encuentra George, alejado de todo y todos, solo en un rincón
que parece estar esquivando todo el mundo, solo en un rincón que, de hecho, está
esquivando todo el mundo. El ambiente a su alrededor es pesado, está cargado de
sentimientos y lágrimas que no piensa dejar en libertad, de esa necesidad de sujetarse a la
vida sin saber la razón, es justo el ambiente que esperas sentir en alguien que acaba de dejar
flores en la tumba de su hermano gemelo. Se lleva una mano a la cabeza y se revuelve el
cabello, justo como le hacía Fred cuando se preocupaba mucho, es para espantar los malos
pensamientos, le decía e, increíblemente, aquel gesto siempre conseguía tranquilizarlo (¿o
quizá era el simple hecho de que era Fred quien lo hacía?). Otra nueva punzada de dolor lo
hace estremecer, un año, piensa, ya llevamos separados un año.

La imagen de Fred no hace más que acosarlo, no desaparece por mucho que lo intente
(recuerda noches en las que se despierta gritándole a la nada, porque Fred no está ahí). Él
sabe que no es un fantasma, que está muerto, que Fred nunca lo atormentaría de aquella
forma, pero incluso ahora lo puede ver ahí, parado con su traje de piel de dragón, justo a su
lado (como debería ser siempre). Se lleva una mano al pecho, Fred (que no está ahí) lo mira
preocupado. Quiere gritarle, reclamarle por todos esos días que no estuvo con él,
preguntarle por qué se fue, por qué lo dejó solo, por qué siente que se llevó a su tumba
aquella parte suya que podía reír y disfrutar, George quiere gritar cuanto lo odia, pero sabe
que si comienza a gritarle a la nada todos los presentes lo tomarán por loco. (La imagen
baja su opaca vista)

Y es entonces cuando, mientras las diferentes personas en la sala se hunden cada vez más
en su tristeza, unos pasos presurosos comienzan a hacer eco por el corredor, a los pocos
segundos la puerta se abre con un estruendo y muestra a una histérica Ginny que llama a
gritos al mayor de sus hermanos. George y no-Fred miran la puerta al mismo tiempo (hacen
todo juntos, siempre hacen todo juntos), todos los invitados observan como la pelirroja
menor intenta dar algún incompresible mensaje a su hermano, quien voltea a todos lados
buscando ayuda. La confusión dura hasta que Hermione, casi tan histérica como Ginny,
entra y grita el mensaje más claro que su mente puede formular: "¡Rompió fuente!". A Bill
le toma dos segundos procesar eso como "ya va a nacer" y cerca de tres minutos terminar
de captar que iba a ser padre.

— Y ahora se jodieron —Grita desde la puerta de la entrada, listo para ir por su esposa—
Porque como mi hijo nazca hoy sus caras de miseria se las van a guardar para otro día, ni
sueñen que les dejaré estropearle los cumpleaños —Y el futuro padre sale corriendo,
dejando a todos con la palabra en la boca.

Durante horas la casa es un caos, Molly casi se desmaya al enterarse del nacimiento de su
primer nieto, Ginny y Hermione están con ella, mientras Andrómeda mece al pequeño
Remus que comenzó a llorar por la bulla. Luna parece no haberse dado por enterada, ya que
su conversación con Neville (quien está notablemente alterado) sobre esa cosa que los
muggles llaman "Atlántida" sigue su curso. Arthur está tranquilizando a su esposa junto a
Ron (que se muerde con nerviosismo las uñas), Harry (que en el fondo no tiene la más
minima idea de que debe hacer) y Percy (que, por fortuna, se mantiene con la cabeza fría).
George es el único que no se ha movido, que no ha hablado, que ni siquiera ha mostrado
una mínima expresión. George es el único cuya mente sigue sumergida en el dolor.

Las siete horas que Fleur está en trabajo de parto Bill se las pasa dando vueltas por en la
sala de espera, el suelo por el que ha pasado repetidas veces está notablemente más
desgastado que el resto y las enfermeras ya comienzan a estresarse ante la visión del chico
yendo de un lado a otro. Cuando por fin lo dejan pasar, Bill es un manojo de nervios con
cabello rojo.

Victoire, dijo Fleur con voz cansada, Bill, quiero que nuestra hija se llame Victoire. Él sólo
la besó en la frente justo antes de salir disparado a llenar la partida de nacimiento y, casi en
el mismo segundo, correr a buscar un teléfono para llamar a todos sus conocidos
anunciando el nacimiento de la pequeña. En la casa Weasley es Charlie (quien
sigilosamente había ido por algo para celebrar) el desafortunado que levanta el auricular y
recibe un grito directo al tímpano por parte de su hermano mayor.

— Dice que es una niña, que se llama Victoire y que "ya es padre, ya es padre, ya es
padre, ya es padre".

Las risas no tardan en aparecer ante la imitación de como Bill debía estar gritando y
saltando dentro de la cabina, cual niño de cinco años. Desde su oscuro rincón, George, los
observa reír y bromear, disfrutando el nacimiento de su pequeña sobrina. Mira a sus padres,
a sus hermanos, a sus amigos, mira a todos los invitados y, finalmente, mira las copas, llena
del vino que nadie ha tomado, sonríe.

— Quiero proponer un brindis —Todos voltean a verlo cuando alza su copa tan alto como
le permite el brazo—, por los héroes caídos —Algunos ojos pierden el brillo que
recientemente había vuelto— y las nuevas esperanzas.

En el silencio de la sala se puede escuchar como el pequeño Teddy Lupin aplaude y


balbucea sonidos que todavía no son palabras, como si supiera que se refieren a él. Las
sonrisas vuelven con lentitud junto con el brillo que la muerte les arrebató a quienes no
perdieron sus almas, los brazos se alzan en el aire y casi se puede sentir la calidez de la vida
cuando todas las voces exclaman a coro "¡Salud!".

Charlie se le cuelga del cuello mientras sonríe orgulloso, George mira de reojo la figura que
no está a su lado, la imagen de Fred le devuelve la mirada junto con una sonrisa que hasta
entonces no había mostrado, sus ojos brillan felices justo antes de dar media vuelta y
caminar, desapareciendo de la casa. George sabe que nunca podrá olvidar a Fred (porque
fue su hermano y su mejor amigo, su compañero de bromas y travesuras, porque siempre
estará ahí, encajado en su corazón), pero eso no significa que deba dejar de vivir.

Porque, pase lo que pase, ellos siempre serán los increíbles gemelos Weasley.