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XX Congreso Nacional de Arqueología Argentina

LA FORMACIÓN DEL PATRIMONIO JESUÍTICO-GUARANÍ. EL DEBATE SOBRE EL


PÓRTICO DE SAN IGNACIO MINÍ A PRINCIPIOS DEL SIGLO XX

Alejo Ricardo Petrosini

Secretaría de Posgrado FFyL-UBA CP 1440. apetrosini@gmail.com

Palabras clave: patrimonio – monumento – agencia – materialidad – misiones


Keywords: heritage – monument – agency – materiality – missions

El trabajo propone – en el marco de la protección del patrimonio cultural – realizar un abordaje


interdisciplinario sobre el patrimonio jesuítico-guaraní, mediante la antropología, la arqueología y
la historia del arte. Nociones como la agencia, la materialidad y la ontología son importantes para
ensayar algunas respuestas ante determinados dilemas: el rescate y conservación de restos materiales,
como contrapunto de su destrucción y desgaste. Es necesario plantear si estos eventos se deben a la
intervención de humanos, o de agentes no humanos, las cualidades materiales y los ambientes. La
presentación deconstruye el mecanismo del patrimonio mueble, en el cual es factible el traslado de
fragmentos en diversos ámbitos. Finalmente, se presenta un caso específico de Argentina: el debate en
el periódico El País sobre la tentativa en 1900 de transportar el pórtico de las Ruinas de San Ignacio
Miní (actual Provincia de Misiones) a un paseo público de Buenos Aires.

Consideraciones teóricas
Tim Ingold (2000) explica que las formas edilicias y el paisaje no están dados en el mundo, sino que
emergen en procesos de transformación. Como los árboles, las casas y las iglesias tienen biografías
o historias vitales [life-history]: el despliegue de un campo de relaciones con constructores humanos
y componentes no humanos del ambiente, desde que la primera piedra es puesta. Ingold sostiene que
el proceso no se detiene cuando su forma coincide con el modelo conceptual, sino que continúa en el
ambiente, con seres humanos y seres vivientes, vegetales y animales, incorporados y modificados en
sus actividades vitales [life-activities]. Un edificio es sujeto a las fuerzas orgánicas y meteorológicas de
desgaste y descomposición. La preservación de la iglesia en su forma existente y terminada -sustancial
en sus materiales y construcción- requiere esfuerzos continuos en el mantenimiento y reparación. Una
vez que decae esta entrada humana, la edificación es expuesta a la fortuna de otras formas de vida y
del clima, pronto cesará de ser tal para convertirse en una ruina. Según la teoría de la estructuración
(Giddens 2011), los humanos desde la modernidad se consideraron agentes intencionales, con acciones
en un espacio-tiempo específico; es decir, seres capaces de obrar de otro modo: de intervenir en el
mundo, producir una diferencia en un estado de hechos preexistentes. En su teoría Art Nexus, Alfred
Gell (2016) define a la agencia como sucesos causados por actos mentales, voluntad, intención, en
lugar de concatenación de hechos físicos. Dario Gamboni (2007) asocia el patrimonio con la memoria,
al definirlo como un proceso dual mediante el cual ciertos objetos se seleccionan y preservan –y se los
transforma-, mientras que otros se excluyen –no necesariamente son destruidos, sino abandonados a
fuerzas que puedan ocasionar su alteración, deterioro o desaparición. Un objeto puede –según Gamboni
(2014)- desempeñar simultánea o sucesivamente varias funciones, al ser factible que estos cambios
-paulatinos o brutales- contribuyan a su conservación (y modificación) o su destrucción. Los artefactos
considerados actualmente obras de arte, monumentos o ‘propiedad cultural’ -y conservados, por esta
razón- deben a esa transformación su actual rango y el hecho de seguir existiendo. Gamboni advierte
que, frecuentemente este proceso es definido como ‘desfuncionalización’, aunque es un cambio en la
redistribución de funciones y usos.

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El debate en la prensa gráfica


La iniciativa se gestó con una correspondencia de Eduardo Schiaffino (1900) a Adolfo Bullrich
-intendente de la Ciudad de Buenos Aires- en donde le adjuntó una fotografía del fragmento material
(Figura 1). Le manifiesta su propósito de salvar de la destrucción a la Puerta del Colegio, el “más
hermoso trozo arquitectónico de las ruinas de Misiones”. Asimismo, Schiaffino subraya otro objetivo:
adornar al parque público, tarea destinada a Carlos Thays, el Director de Paseos y Parques. Se imaginaba
la instalación de pórtico en Palermo, como un acceso a una calle de naranjos, recreativa del ambiente
misionero. Además de destacar la facilidad de su transporte, Schiaffino incluye la petición de Eduardo
Holmberg al gobierno nacional para autorizar esta operación, al ser la ruina una propiedad fiscal. En
efecto, Holmberg ofrecía el traslado del resto a la capital en quince días, bajo un gasto mínimo. Así
pues, Schiaffino destaca la preocupación de Holmberg en sus telegramas:
“… las ruinas de Misiones, abandonadas á [sic] su suerte, están condenadas á [sic] una destrucción
gradual, que las hará desaparecer en breve sin beneficio para nadie; la vegetación [sic] las ha invadido
con tal vigor, cual si quisiera borrar de la faz de la tierra, todo vestigio del ambicioso ensueño que
labró pacientemente aquellas piedras, las ordenó siguiendo un ritmo arquitectónico, en pos de un
pensamiento político. Cada piedra desprendida del edificio, disgregada por el empuje formidable de
aquellos troncos, cae al suelo y se pierde en la espesura cual si cayese al mar. No hay pues, tiempo
que perder, si queremos salvar una memoria interesante.”
Schiaffino estaba convencido de que esta iniciativa potenciaría el valor arqueológico y estético de este
pórtico. Así, lo valora como una reliquia histórica y una curiosidad arqueológica, “monumento vivo
de un pasado parco en manifestaciones artísticas”.
En Tercer viaje a Misiones (1896), Juan Bautista Ambrosetti destaca esta portada -ubicada en la esquina
suroeste del patio del Colegio- “toda esculpida, de un estilo raro”. Con una aproximación formal-
iconográfica, el naturalista expone que su ornamentación muestra “su sello propio, medio civilizado
y medio indio”. Concluye que esta:
“… puerta es una joya en aquellas ruinas y lástima que no se trate de conservar, despojándola un poco
de exceso de vegetación que pesa sobre ella, la que tiende a destruirla, pues ya una de las piedras se
ha zafado un poco y no será extraño que el día menos pensado se venga al suelo.”
Ambrosetti advierte que estas ruinas no duraran mucho tiempo: la naturaleza y los hombres -que las
consideran montones de piedras talladas, idóneas para obras de utilidad- concluirán la destrucción, a
menos que las autoridades tomen medidas para contrarrestar ese vandalismo. Sin embargo, Ambrosetti,
en un artículo (1900), considera a la extracción de piedras grabadas como un “sacrilegio arqueológico”
-en contraposición a Schiaffino- exceptuando su salvataje del fuego de unos santos de madera, material
perecedero. Sospecha que, luego del saqueo, las ruinas mostrarían el aspecto de escombros informes.
Ambrosetti subraya que la extirpación provocaría daños en el pórtico: demandaría el desmembramiento
en trozos para su traslación, además del derrumbamiento de las paredes anexas. Argumenta que esta
estructura arquitectónica en el paisaje porteño presentaría la apariencia de un adefesio, por sus diminutas
dimensiones. Su presencia sería insignificante, pasaría desapercibida, y ciertos intendentes estarían
tentados a la demolición en su afán de modernización. Ambrosetti sugiere la mejora del transporte hacia
Misiones y la puesta en valor de sus ruinas, antesala de las Cataratas del Iguazú. Propone controlar la
vegetación para emplearla como marco, con las construcciones cercanas. También agrega que, si se
desea presentar en Buenos Aires muestras de la arquitectura misionera, es posible realizar moulages
mediante procedimientos modernos, que “es lo que se hace en todas las naciones civilizadas”. Sentencia
que “Respetemos a las ruinas y no seamos barberinis”, en alusión a la expresión quod non fecerunt
barbari, fecerunt Barberini (“aquello que los bárbaros no lo hicieron, lo hicieron los Barberini”).
En otro artículo, Schiaffino (1900) reitera que el ambiente misionero —alejado de la civilización—
estaba habitado por agentes naturales y humanos destructores de las ruinas. Para el artista e historiador
del arte, la vegetación “ha invadido los espacios libres entre los muros y ensancha continua todas
las grietas operando lenta pero seguramente un trabajo de demolición silencioso y certero”. Como

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notamos, se concibe a las ruinas como escenario de agentes conflictivos: la naturaleza es caracterizada
como un actor hostil ante la resistencia de los restos materiales. Para Schiaffino, tal es la conducta del
follaje de la selva, que requeriría “de un regimiento de serruchos para talarla”. Se pregunta si su amigo
desearía este destino para “la más bella pieza de arqueología argentina”. Schiaffino recalca que la única
opción era instalar el pórtico en Palermo, para salvarlo de la destrucción y favorecer su conservación.
Considera a la ciudad como un lugar seguro y estable para alojar esta estructura arquitectónica, alejada
del “desierto” de las ruinas. Cuestión llamativa, si se tiene en cuenta al museo como ámbito ideal
para conservar restos. Presumimos que las dimensiones de la estructura limitarían su alojamiento
dentro de un hipotético museo, aunque podría adaptarse a la fachada exterior. De manera que, en un
espacio abierto, el objeto estaría afectado por la injerencia de agentes: podríamos imaginarnos a una
Buenos Aires con viento, lluvia, microorganismos, radiación solar (presentes también en Misiones),
transeúntes, automóviles, hollín, palomas, insectos y acciones físicas-químicas. Así pues, Schiaffino
valora la conservación de ruinas en Europa, explicando dos procedimientos: cuando la ruina es parcial
y cercana a una población, se efectúa su restauración; cuando la ruina es total y lejana, “…entonces
se salva como de un naufragio todo aquello que es posible salvar”.
En su artículo, María Magdalena Holmberg de Nirenstein (1900) postula que su emplazamiento en
Buenos Aires -contrariamente a Ambrosetti- aumentaría la concurrencia del público. Es curiosa su
afirmación de que en “…el dilema de que la portada desaparezca por la malévola y estéril acción de
los transeúntes ó [sic] de la benéfica del gobierno, estoy por lo segundo”, posiblemente aludiendo
al destino conjeturado por Ambrosetti. Aprecia al British Museum, como sitio apropiado para reunir
objetos y evitar su dispersión en Grecia, que dificultaría la afluencia de visitantes turísticos. Con
respecto a los paseos públicos, estima al Obelisco de Luxor, instalado en la Place de la Concorde
de París. Sobre las condiciones artísticas del pórtico, la autora le responde a Ambrosetti que es una
cuestión de “habilidad y gusto para disponer las cosas”, cualidades atribuidas a Schiaffino, director
del Museo Nacional de Bellas Artes.
En un decreto del 7 de noviembre de 1901, el presidente Julio A. Roca denegó la solicitud de Bullrich.
En la tentativa de evitar su destrucción, la iniciativa de traslado del pórtico enfrentaba obstáculos, como
la cantidad de materiales involucrados en la construcción, la distancia ante la costa y la ausencia de
medios de transporte en Misiones. El documento expone los siguientes considerandos:
“Que la circunstancia de hallarse éste en el sitio que se destina á [sic] la plaza principal de la colonia
San Ignacio, facilitará su conservación y cuidado;
Que el valor de los monumentos históricos se halla vinculado íntimamente á [sic] los lugares donde
fueron levantados;
Que es conveniente no privar a las distintas regiones del país del atractivo que ofrezcan las obras de
que el arte ó [sic] la naturaleza las hayan dotado, puesto que ellos pueden contribuir al conocimiento
de los hechos históricos, las costumbres y los diversos caracteres que los han distinguido en todas
las fases de la vida nacional.”

Conclusión
Este debate deja entrever diversas ontologías de la modernidad: el accionar de ciertos agentes
influirían en la materialidad del pórtico, especialmente su durabilidad: la conservación, el desgaste
y la destrucción. Como agentes primarios, los protagonistas del debate efectúan conjeturas sobre los
potenciales destinos de este resto material, según los ambientes; exponen el riesgo latente del pórtico
de desaparecer, al pasar desapercibido: sin la capacidad de manifestar una visibilidad, efectuar una
acción, de transformar o producir una diferencia. Sus posiciones intentaban demostrar cuales agentes
serían propicios para la activación de este resto como agente secundario. Si se lo trasladara e instalara
en ambientes diferentes (ruinas y ciudad), con sus respectivos agentes, este resto como objeto hubiera
sido distinto en cada caso, al efectuarse una redistribución de sus atributos. Esta estructura arquitectónica
era una mediación espacial y mostraba una cualidad ornamental, sin ninguna cualidad portante. Si

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determinados elementos arquitectónicos desmembrados fueran recontextualizados o reensamblados


(Latour 2008), su agencia secundaria se reconfiguraría, al desarrollarse otros funcionamientos. Si se lo
hubiese instalado en el paseo porteño, el pórtico desplegaría la espacialidad y la ornamentación estética,
además de la capacidad estructural para descargar fuerza gravitatoria, dependiendo de su emplazamiento
y su localización. En cambio, si se lo hubiera desmembrado en fragmentos para exhibirse en museos,
provocaría conductas como la contemplación estética hacia los espectadores o recipients (Gell 2016).
Así, nos situamos ante el dilema: ¿Agencia o contingencia? ¿Intencionalidad o azar? ¿Asimetría del
agente humano como activo frente a lo no humano como pasivo? ¿Simetría de diversos agentes en un
ambiente? Lo que subyace en el debate es si el aspecto de las ruinas se debe a la injerencia de agentes
adversos o al abandono humano. Gamboni identifica el azar con la providencia divina: aquello que
escapa del control humano, considerando la definición de Voltaire: el azar es la causa desconocida de
un efecto conocido”; o la de Antoine Counat: “el azar es el resultado del encuentro de dos o más series
independientes de causas”. La agencia sería entonces la suma de efectos en un contexto. Así, la suerte
biográfica del pórtico tuvo otro desenlace: después de cuatro décadas, San Ignacio Miní fue objeto de
acciones a nivel estatal para su restauración y conservación -como Ambrosetti había sugerido- aunque
bajo el precio del desmonte de la vegetación selvática (Figura 2).

Figura 1. Fotografía (AGN) del Pórtico


de la Sacristía o Colegio de las Ruinas
de San Ignacio Miní, Provincia de Figura 2. El pórtico en una visita durante julio de
Misiones, República Argentina. 2018

Bibliografía
Ambrosetti, J. B. 1896. Tercer viaje a Misiones. Buenos Aires.
1900. “Las ruinas artísticas de Misiones: no deben sacarse de dónde están”. El País, Buenos Aires, n.
65, p. 5, 6 Marzo.
Gamboni, D. 1999. “Fabrication of accidents: factura and chance in Nineteenth-Century Art”. En: Res:
Anthropology and Aesthetics, Cambridge, MA, n. 36, p. 205-225.
2005. “Stumbling Over/Upon Art”. En: Cabinet Magazine, New York, n. 19, [s.p.],
2007. “En busca de la posteridad”. En: IV Congreso Internacional de Teoría e Historia del Arte Y XII
Jornadas del CAIA. Buenos Aires: CAIA. p. 9-21.
2014. La destrucción del arte. Cátedra: Madrid.

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Gell, A. 2016. Arte y agencia. Buenos Aires: SB.


Giddens, A. 2011. La constitución de la sociedad. Buenos Aires, Amorrortu
Holmberg De Nirenstein, M. M. 1900. “Las Ruinas de Misiones: traslación de la “portada” á [sic]
Buenos Aires. Una nueva opinión”. En: El País, Buenos Aires, n. 66, p. 5, 7 Marzo.
Ingold, T. 2000. The perception of the environment. New York: Routledge.
Latour, B. 2008. Reensamblar lo social. Buenos Aires: Manantial.
Schiaffino, E. 1900. “Las ruinas de las Misiones: su restauración en Buenos Aires”. En: El País, Buenos
Aires, n. 67, p. 6, 8 Marzo.

Fuentes inéditas
Decreto, de 7 de noviembre de 1901, folio 1, nº del expediente 692, legajo 4 Buenos Aires: Ministerio
del Interior. A.EG1.1900, Departamento de Archivo Intermedio, AGN.
Schiaffino, E. [Carta]. Buenos Aires, 2 marzo 1900 [para] Adolfo Bullrich, Buenos Aires: Ministerio
del Interior. A.EG1.1900. Departamento de Archivo Intermedio, AGN, folios 10-14, nº del expediente
692, legajo 4.

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