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Medialuna, una y una.

Receta para la vida en Nueva Génesis.

No había nada en el aire que me impidiera partir. No había tampoco nadie que me extrañara
una vez fuera, pero me quedé. Me quedé por necesidad vital y por la comida.

Vivía en un precioso barrio de casas antiguas en la calle De la Croix número 2013 en la ciudad
de Nueva Génesis. Todos en el barrio nos conocíamos, se habían tejido historias de amores,
comidas, y navidades al aire libre en compañía de velas y vecinos alegres. No soy
particularmente sociable, pero aquí se vuelve difícil evitar sonreír a gente que te saluda con
tantos ánimos al pasar por tu lado. Precisamente, al salir de casa me encontré con uno de mis
vecinos, Bastián, quien venía en carrera a consultarme un asunto de suma importancia.

● ¡Tito!
● Bastián, tantas lunas.
● ¿Ya haz sabido algo?
● No, amigo mío. Vas a tener que esperar una semana más.

Bastián llevaba años consultándome a la vuelta de mis viajes a ​Medialuna si había visto a Bruno,
su perro. Evidentemente no podía verlo si estaba de viaje todo el tiempo, pero a Bastián le
parecía un detalle mínimo.

● Bueno, si lo ves me avisas, Tito. Es un perro muy fino.


● Sin duda, amigo mío. Suerte con Amelia.
● No conozco a ninguna Amelia –Replicó– Adiós, llevo prisa.

Amelia era la mujer del panadero, atendía la panadería todas las mañanas, y Bastián llevaba
largo tiempo intentando acercarse a ella, comprando cantidades inmanejables de pan cada día.
Los compraba de a uno. La visitaba tan seguido que debía comprar tres kilos de marraqueta al
día. El pan sobrante, que era casi todo el pan que compraba, se lo daba a una mujer pobre que lo
visitaba todos los días al atardecer. Un día, enterada de los movimientos de Bastián, la mujer
simplemente lo esperó afuera de la panadería. Bastián se sintió sumamente pasado a llevar,
regañando a la señora tenazmente. La mujer lo visitó luego de un par de días para pedirle
disculpas; tocó el timbre, y antes de que ella alcanzara a emitir un sonido, él le había entregado
todo el pan acumulado saludándola gentilmente, preguntándole dónde se había metido, que
porqué había dejado de visitarlo, e interrumpiendo las respuestas con un constante “¡Qué gusto
verla!”.
Permítanme decir que Bastián Brighton es un tipo especial. Es aficionado a los
encuentros casuales con la gente, y ha hecho de ellos una rutina. Una rutina que lo mantiene
ocupado desde el amanecer, hasta que el sol decide esconderse harto de tanto movimiento. Todas
las mañanas, excepto cuando he llegado yo de mis viajes, riega el pasto del antejardín y saluda a
Doña Fresia, su vecina (dueña de 19 gatos blancos y 12 negros), le comenta que trae buenas
noticias, ella lo invita a pasar, y luego de segundos (no exagero: segundos); vuelve a salir, entra a
su casa y retorna nuevamente donde Doña Fresia, con 5 kilos de alimento para gatos al hombro.
Ella lo adora y lo considera su único hijo ya que nunca tuvo uno.
Bastián es, además de todo lo anterior, flamante heredero del gran imperio hotelero de Nueva
Génesis, “Brighton Inn”. Y contrario a lo que se pueda pensar, no hace más que comprar pan,
comida para gatos y comer en restoranes de pacotilla. Adora las empanadas de la calle y lo
vuelven loco las sopaipillas con mostaza del carrito de la esquina. Su padre murió hace diez años
y legó a Bastián una fortuna que es manejada por un grupo de ingenieros, economistas y expertos
en mercado bursátil preocupados sólo de aumentar el capital a niveles ridículos.

Yo por mi parte, me mantenía ocupado con mis viajes. Recuerdo el día en que conocí
aquel lugar.
Comenzaba a caer la noche sobre la ciudad. El hastío de la soledad, el fuego y el olor a
leña impregnado en mi sillón, me determinaron a buscar un bar donde ahogar con ron añejo mi
ansiedad.
Nueva Génesis me parecía un buen lugar para vivir; apacible. Pero a ratos lo apacible, lo
amigable, la vida de barrio y la buena gente no son la mejor de las compañías. Muchas veces la
buena compañía no existe, y por tanto no se extraña. Y muchas otras lo mejor es quedarse solo o
escapar. Escapar a ​Medialuna​. ​Medialuna y su ron añejo. ​Medialuna y sus mujeres viejas con
bandejas de plata, mal vestidas; repartiendo tragos a tipos aún más viejos, ermitaños que no
encontraron lugar para aislarse entre tanta bondad y buenos momentos; entre tanto movimiento,
regadas de pasto, préstamos de tacitas de azúcar, de mantequilla; préstamos de mujeres, sábanas
y hasta de afectos como con Bastián y Doña Fresia. Ermitaños que necesitan tiempo para el
malestar, tiempo para sentirse poca cosa. ​Medialuna ​era el albergue contra la tormenta de vida
sana reinante en Nueva génesis.
Decir que visitaba el lugar frecuentemente no basta. Todas las noches visitaba ​Medialuna,​
desde aquella primera de hastío y ansiedad hasta hoy. Bebía hasta encontrarme partícipe de una
orgía de alientos y salivas derramadas sobre el piso. Bebía hasta apagar la llama de voluntad y
servicio que encendía en mí Nueva Génesis al despertar nuevamente al día, ya pasada la mañana;
sobre mi cama, en mi barrio, en un lugar donde no se podía sino ser feliz.

● Recuerdo una historia en la cual un hombre llega de la guerra y encuentra todo distinto
–Dijo una voz. Estaba en ​Medialuna.​ Me ardían los ojos al no parpadear mientras pensaba.
Un tipo rojizo y rollizo de ojos danzantes y muy ebrio me habló desconcentrándome– ¿La
conoces? –preguntó.
● No sé de qué me habla. –Contesté algo perdido.
● El tipo llegaba de la guerra y todo era distinto. –Dijo.
● Qué conmovedor. –Dije notoriamente hastiado.
● Aún no termino, pero sí, es usted inteligente. Es una historia conmovedora.
● …
● Como sea. El tipo comienza a mirar las casas, los árboles, a la gente y todo había
cambiado. Al llegar a su casa, estaba pintada de otro color, tenía un piso más y había un
jeep muy llamativo estacionado en la entrada.
● Evidentemente su esposa se había vuelto a casar. –Dije.
● Efectivamente, se había vuelto a casar.
● Y eso qué tiene de conmovedor. –Pregunté.
● Lo interesante es que se había casado con un tipo igual a él.
● Igual a él en qué forma.
● En todas las formas. Era su doble. Era igual, te digo.
● Eso es imposible. –Pedí otro trago.
● Por lo mismo es una historia. En fin. Le preguntó al tipo quien era, y como era de
esperarse, este respondió amigablemente “Soy tú”.
● Seguramente.
● “Si tú eres yo, ¿Quién soy yo?” preguntó nuevamente al tipo. Pero la mujer le interrumpió:
“Eres quien ha dejado de ser, y ha vuelto a ser”
● Qué estupidez –Contesté.
● Bah, eres un idiota. –No podía creer que me llamara idiota luego de aquella pérdida de
tiempo.
● Caballero, usted me ha hecho perder mi tiempo de descanso en pura palabrería barata, me
ha hablado estupideces durante un buen rato, y ahora me ha insultado. Sería razonable
molerlo a golpes pero le daré la oportunidad de disculparse. –Me miró como a un vegetal
en un mostrador; detenidamente, examinándome de cerca. Sentía su aliento a ron.
● Mira chiquillo, –Se volvió hacia su metro cuadrado– tienes suerte de que no sea yo quien
te mate a golpes a ti. –Continuó– Es simple. El tipo acababa de llegar de la guerra y todo
había cambiado, como era de esperarse.
● No empiece con eso nuevamente.
● Es como esta ciudad. Cada uno cumple un respectivo rol. Nadie la deja, nadie escapa, ni tú
ni yo podemos. Estamos atados a nuestra función. Somos ingredientes de un platillo
sabroso y amigable.
● Ya veo, y qué tiene que ver esto con la historia minimalista. –Pregunté con evidente
sarcasmo.
● Tiene todo que ver. La comida, hombre. Un espagueti no funciona sin espagueti.
● Tiene sentido, un espagueti no funciona sin espagueti. Sigo sin entender una sola palabra
de lo dice. –Contesté, harto de su estupidez.

El tipo hizo una pausa, bebió al seco su enésimo vaso de ron y se preparó a regañarme.

● Mira hijo, –Habló con tono pedante– somos como la comida, somos ingredientes. Debes
verlo de esa manera.
● Prosiga, por favor. –Le dije casi rogando, ya que no tenía mejor cosa en ese minuto que
entender de qué estaba hablando.
● El tipo venía de la guerra. Por lo tanto, mientras dure la guerra, él como ingrediente no
estaría disponible.
● ¿Y bien?
● Al no estar disponible, suplantarlo era la única opción.
● Podría haberlo suplantado cualquiera. –Repliqué.
● Te equivocas. Debía ser él mismo.
● Bueno entonces, al llegar él de la guerra no habría problema en retomar su lugar.
● ¡Imposible! Ya estaba todo cocido ¡La comida tenía otra consistencia! –Empuñó otro
vaso– ¡como este ron! ¡Salud! – y bebió todo de una vez.
● Viejo estúpido.
● Púdrete. – Dijo reponiéndose del trago– Acabarás muriendo aquí. Lo mejor que puedes
hacer es irte de esta inmunda ciudad y volver para ver quién ocupa tu lugar. –Dijo
escupiendo las palabras y llenándome de desagrado.
● Vete a dormir, inútil. –Le di un certero golpe en la sien que no le hizo daño, pero lo aturdió
lo suficiente para que dejara de molestar. Tomé un último trago, pagué y me largué de allí.

Al volver a la noche siguiente, me sentía especialmente intranquilo, descubrí que ​Medialuna ya


no podía calmar mi ansiedad. Me daba terror aceptarlo, pero ya no pertenecía a ese lugar. Esta
vez había superado cualquier hastío antes experimentado. Luego de estar sólo unos minutos,
partí sin haber probado siquiera el ron. Vagué por el único lugar desagradable que restaba de la
ciudad: el vertedero. Pateé latas y restos de pan duro un buen rato. El olor había impregnado
cada centímetro de mi garganta y sentía como aquellos líquidos mezclados se arrastraban por las
paredes de mis pulmones. Ni ​Medialuna, ni nadie más que yo, podrían sobreponerme a este
nuevo estado de languidez. Había alcanzado mi cenit.
Los días siguientes pasaban implacables. La rutina consumía mi insomnio ahora que
Medialuna​ reservaba un lugar vacío esperando por mí.
Una tarde febril, algo realmente inesperado sucedió. Bastián iba ya en su segundo kilo de
pan, cuando Amelia súbitamente se lanzó sobre él y le robó un largo y tierno beso. Debo aclarar
que desde ese momento, la rutina de Bastián sufrió una ligera modificación. Comenzó a visitar la
panadería sólo una vez al día y sólo por las mañanas, ya que el panadero salía a hacer las
compras y volvía al atardecer. Ahora Bastián compraba un kilo de pan por día, y así era mucho
más fácil ocuparse exclusivamente del amor de Amelia en las mañanas. El tiempo libre por las
tardes me lo dedicaba a mí, para contarme siempre la misma historia de cómo se había
abalanzado Amelia sobre él aquella primera vez. Amenizábamos el rato jugando ajedrez, damas,
una partida de naipes o algo por el estilo. Así fui encontrando una vía para concentrar mi
ansiedad en las visitas de Bastián, y a decir verdad escucharlo hablar como metralleta me
ayudaba bastante.
Francamente no hubiera vuelto a extrañar jamás ​Medialuna de no ser porque
paulatinamente, con el correr de los días, las visitas de Bastián se hacían cada vez menos
frecuentes, hasta el punto en que dejó de venir por completo. Confieso que a pesar de lo
desagradables que eran muchas veces sus visitas, me hacía una falta enorme la compañía del
buen Bastián.
Así fue como nuevamente, los días se arrastraban y mi angustia aumentaba. Ya había
contado todos y cada uno de los maderos del techo del primer piso en un intento ya desesperado
por liberarme de la inercia. 368 en el comedor, 524 en el living, 282 en la cocina, 318 en el
escritorio y un apreciable número en el baño: 101. Hasta había visitado a Doña Fresia un par de
veces, quien no paraba de hablar de la ausencia de Bastián.
Por mi parte, tampoco dejaba de pensar en dónde se había metido. Vigilaba durante todas
las noches su casa y el panorama era siempre el mismo. No notaba movimiento alguno. Me
rehusaba a tocar el timbre por temor a su reacción, o más bien por temor a sentirme en extremo
dependiente de un encuentro con él. Una mañana llamaron a la puerta despertándome muy
temprano. Al abrir, respiré aliviado.

● ¡Tito! –Exclamó.
● ¡Bastián! ¡No sabes qué gusto me da verte! ¿Jugamos ajedrez, o talvez una partida de
naipe español? Pasa por favor, revisa en ese cajón creo que ahí están. Mientras, voy por un
café.
● No tengo tiempo. Vine a despedirme.
● ¿Despedirte? ¡Pero, Bastián, compañero! Haz de estar bromeando, ¿cierto?
● No, Tito. Me caso con Amelia, dejo Nueva Génesis.
● Pero viejo, Amelia está casada –Dije, ya comenzando a entender.
● Se divorció hace un mes. Nos mudamos a la capital, me instalo con un nuevo hotel allí.
Tenemos en vista una casa y hemos acordado comprarla. ¡Vamos a tener un perro igual a
Bruno! ¡es perfecto!

No podía comprender que el mundo estuviera lo suficientemente retorcido como para que llegara
el día en que Bastián dejara la ciudad que lo vio nacer; dejar el lugar donde adquirió todas sus
mañas y donde creció hasta convertirse en el amante de la vida de barrio que solía ser. No sabía
qué decir. Tenía el ánimo por el suelo y un extraño temor se apoderaba poco a poco de mi
cuerpo.

● ¿Te sientes bien, Tito? –Preguntó Bastián notando mi repentino cambio de ánimo.
● Sí, compañero. –Me armé de fuerzas y agregué con tono esperanzador– ¡No os preocupéis,
amigo mío! ¡Me encuentro maravillado con la noticia, sólo eso!
● Si, bueno –Dijo enervando una sonrisa– Es repentino, lo sé. Pero esta ciudad no tiene más
que ofrecer.

¿Qué le había sucedido? El tipo había cambiado por completo. Tenía apenas visos del Bastián
que solía conocer. Ahora hablaba con tono diplomático, planeaba su futuro, “​Esta ciudad no
tiene nada más que ofrecer”​. Cómo podía decir algo así, cuando esta ciudad lo era todo para él.
Sin Nueva Génesis no había Bastián.
Así de repentino fue como Bastián, el tipo extravagante y con tiempo de sobra para hablar de
cualquier tema con cualquier persona, se marchó dejando una tarjeta de presentación con el
número de su secretaria en caso de emergencias.

La idea de volver a ​Medialuna ya no era en absoluto atractiva. Simplemente ya no había


necesidad de escapar de nada. El barrio estaba muerto, en las calles no se movía una sola alma.
La gente regando había sido reemplazada por regadores automáticos. Doña Fresia ya no se
asomaba por su puerta. La señora del pan llegó una tarde y estuvo llorando hasta el anochecer
luego de encontrar una nota atada a una gigantesca bolsa de pan frente a la casa que solía ser de
Bastián. Sin más lágrimas se marchó, y no se le vio más por el barrio. La partida de Bastián
había dejado almas en pena en cada lugar.
Así volvían a arrastrarse temibles los días. La angustia y la ansiedad nuevamente en
aumento; cada uno de los segundos adquiría más y más presencia en el lugar, volviéndose más
concreto que el anterior. Del pasado sólo quedaba el presente, el futuro se divertía evitándome.
Desperté en medio de una noche cuya luna había quedado pintada a medias. Sin poder volver al
sueño miré el techo un largo rato. El silencio me nublaba la vista. Repentinamente, sentí un
agradable susurro helado en uno de mis brazos. Por mi ventana se coló una brisa extraña que me
animaba a salir. Me vestí rápidamente con lo que encontré y salí de casa. Me dejé guiar por
aquello que había en el aire. Comenzaba a amanecer. El alba se situó con el viento a mi favor
hasta llevarme a un sitio baldío, terroso, lleno de maleza. Ese era el lugar. Se escuchaban los
cantos de las aves, el ambiente fresco y el ladrido de un perro. Me sentía realmente a gusto en
aquel sitio. El ladrido del perro se hizo mas fuerte hasta que frente a mí se encontraba un perro
de raza fina, con collar y placa dorada. Lo acaricié y leí en la inscripción sobre el oro de su placa
“​De la Croix 2012”.​ No cabía duda que era Bruno. Una profunda melancolía me amasaba el
pecho ahora que no tenía cómo darle por fin noticias a Bastián de lo que siempre había esperado.
De alguna manera la llegada de Bruno animó un poco las cosas en el barrio. Doña Fresia pasó
por mi casa un día para preguntar qué tal estaba viéndomelas con el animal nuevo. Me dio varios
consejos a seguir sobre el cuidado de los perros. Decía haber tenido perros en su infancia, y que
por lo mismo prefería a los gatos. Estuvimos un buen rato sumidos en una apasionada
conversación que fue desde las mascotas hasta la literatura, pasando por el cine y la comida.
Sentí necesidad de devolver el favor que me hizo al venir de visita y alegrar mi existencia con su
compañía, de modo que partí al centro de la ciudad y volví con cuatro bolsas de 10 kilos de
alimento para gatos y una bolsa de 5 kilos para Bruno, e inspirándome en las buenas obras de
Bastián le regalé la comida para gatos a Doña Fresia. Adopté esto como costumbre, ya que
además ella era una grata compañía después de todo, y me ayudaba a no perder la cabeza con
tanta monotonía.
Un día salí a pasear a Bruno y al pasar por la panadería me di cuenta de que estaba por completo
remodelada y de muy colorida fachada. Me asomé por las puertas y por dentro era más espaciosa
que antes y se veía todo muy limpio. Había una gran cantidad de personas atendiendo. Busqué al
dueño entre los radiantes delantales y comprobé que era el mismo dueño de la antigua panadería,
a quien Bastián había robado su mujer. Dejé a Bruno bien atado a un grifo y compré unas
cuantas cosas para invitar a tomar el té al nuevo ocupante de la casa de Bastián. Era un tipo
bastante solitario, no se le veía mucho por el barrio, así que decidí integrarlo un poco más al
lugar. Al salir de la tienda me lo encontré justamente y lo invité antes de que desapareciera.

● Buenas, usted es el nuevo vecino. –Dije amablemente.


● Sí, así es. Mucho gusto. ¿Usted es quien vive al frente?
● Sí señor. Un gusto conocerlo por fin. No se le ve mucho por aquí.
● Sí, es verdad. Suelo viajar mucho.
● Un hombre de negocios, veo.
● No precisamente. –Dijo sonriendo y agregó– Creo que sería poco cordial de mi parte si no
lo invitara yo a usted a tomar el té, ya que el nuevo en el barrio soy yo.
● No tiene por qué molestarse.
● No es molestia alguna. Lo espero dentro de una hora en mi casa, usted sabe dónde es. Por
cierto, me llamo Valentín Villalba, encantado. –Dijo estirando la mano para que se la
estrechara.
● Tito. Encantado, ciertamente. –Dije contestando el saludo.

Desaté a Bruno y me dirigí a casa. Una vez cumplida la eterna hora de espera salí ansioso de
conocer a aquel tipo. Llamé a la puerta y él abrió saludándome cordialmente e invitándome a
pasar. Era la primera vez que entraba a aquella casa. Siempre me pregunté cómo sería la casa de
Bastián, y la verdad no distaba mucho de lo que era la mía. Se respiraba un aire de tranquilidad
muy agradable.
La mesa estaba muy bien servida, me invitó a tomar asiento y por fin habló.

● Este barrio tiene un aura extraña, ¿lo ha notado?


● No… a qué se refiere. –Respondí sintiendo algo de nerviosismo.
● Es raro, acabo de llegar, pero he notado por mis viajes que me produce un profundo
aburrimiento vivir aquí.
● Ah, eso. Ya pasará. –Contesté con la intención de tranquilizarme a mí también.
● ¿Usted también pasó por algo parecido?
● A decir verdad, sí. Sólo al principio. Creo que ya lo he superado.
● ¿Nunca le dieron ganas de irse? –Me preguntó.
● Sí. Al principio nada más. Como le dije.
● ¿Y qué lo hizo quedarse aquí?
● La verdad no había nada en el aire que me impidiera partir. No había tampoco nadie que
me extrañara una vez fuera, pero me quedé. Me quedé por necesidad vital y por la comida.
● ¿Cómo por la comida? –Preguntó algo aturdido– ¿Es buena la comida aquí?
● No, sí. No lo sé… No tiene que ver con que sea buena. –Comenzaron a darme ganas de no
seguir en aquel lugar.
● Ahora sí no entiendo. –Replicó.
● No tiene importancia –Dije mirando mi reloj en señal de incomodidad.
● Por favor, explíqueme. Me encantaría escucharlo. –Insistió.
● Todo a su tiempo. Ahora, si me permite, debo ir a alimentar al perro. –Y rápidamente me
levanté.

Envuelto en una maraña de preguntas inconexas, Valentín abrió la puerta. Apenas alcanzó a
despedirse de mí en la carrera. Crucé a zancadas a la mía y me preparaba a abrir cuando vi que el
portón de entrada lo había dejado abierto al generar tantas ansias por conocer a aquel pelmazo.
Me vi en la obligación de llamar a su puerta nuevamente para preguntarle si había visto a Bruno.
Me abrió en seguida.

● ¡Tito! ¿Por qué te fuiste así como así? Pensé que no volverías.
● ¿Haz visto a mi perro? –Dije rápidamente.
● No, ¿sucedió algo?
● Se escapó de casa mientras estaba aquí.
● ¡Es terrible!
● ¡Sí que es terrible! ¡Era de raza muy fina!
● Qué lástima, compañero. Si lo veo, ten por seguro que te lo haré saber.

No le di tiempo de preguntar nada y con algo de remordimiento –pues Valentín no me parecía


tan desagradable ahora que mostraba interés– corrí de inmediato al sitio baldío donde había
aparecido Bruno alguna vez.
Sólo escuchaba trituradoras de cemento, autos y gentío. Grité su nombre hasta el
cansancio, lo busqué por todos los alrededores. Volví a preguntarle a Valentín, y agradeciéndole
esta vez, me devolví sin noticias a casa.
Me recosté sobre la cama y miré el cielo por la ventana hasta que oscureció. Comenzaba a pensar
en qué haría al día siguiente, recordando que debía regar el pasto, luego visitar a Doña Fresia y
entregarle el alimento para gatos. Si Valentín no se encontraba de viaje debía preguntarle si había
visto a Bruno. Compraría algo para tomar el té… de pronto un ruido desgarrador dividió mis
pensamientos.
Riiiiiiiiiiiing…
Riiiiiiiiiiiing…
Riiiiiiiiiiiing…

Contesté el teléfono ​¡Tito! ¡Tito! Haciendo un esfuerzo por recordar caí en la cuenta de que era
Bastián. Estaba de visita en Nueva Génesis y quería ir a tomar algo conmigo. Accedí, dado que
el encuentro me parecía casual. Lo vería dentro de una hora en ​Medialuna.
FIN

Santiago Nicolás Ramírez.