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Vladimir Nabokov Lolita

Rosato, Emil
Schelenker, Lena
Scott, Donald
Sheridan, Agnes
Sherva, Oleg
Smith, Hazle
Talbot, Edgar
Waing, Lull
Williams, Ralph
Windmuller, Louise

¡Un poema, un poema, en verdad! Qué extraño y dulce fue descubrir ese
«Haze, Dolores» (¡ella!) en su especial glorieta de nombres, con su guardia de
rosas, una princesa encantada entre sus dos damas de honor. Trato de analizar
el estremecimiento de deleite que corre por mi espinazo al leer ése nombre entre
los demás. ¿Qué es lo que me excita casi hasta las lágrimas (ardientes,
opalescentes, espesas lagrimas de poeta y amante)? ¿Qué es? ¿El sutil
anonimato de ese nombre con su velo formal («Dolores») y esa trasposición
abstracta de nombre y apellido, que es semejante a un par nuevo de pálidos
guantes o una máscara? ¿Es «máscara» la palabra clave? ¿Es porque siempre
hay deleite en el misterio semitraslúcido, la lumbre a través de la cual la carne y
los ojos –que sólo yo he sido escogido para conocer– sonríen al dejarme solo? ¿O
es porque puedo imaginar tan bien el resto de la clase abigarrada, en torno a mi
dolorosa y brumosa amada: Grace y sus granos maduros; Ginny y su pierna con
aparato ortopédico; Gordon, el ansioso; Duncan, el payaso hediondo; Agnes, de
uñas comidas; Viola, con sus espinillas en la piel y el busto vigoroso; la bonita
Rosaline; la morena Mary Rose; la adorable Stella; Ralph, que fanfarronea y
roba; Irving, a quien tengo lástima. Y allí está ella, perdida entre todos, royendo
un lápiz, detestada por los maestros, con los ojos de todos los muchachos fijos
en su pelo y en su cuello, mi Lolita.
Viernes. Anhelo algún desastre terrible. Un terremoto. Una explosión
espectacular: su madre eliminada de manera horrible, pero instantáneamente y
para siempre, junto con todo ser viviente en millas a la redonda. Lolita salta a
mis brazos. Su sorpresa, mis explicaciones, demostraciones, ululatos. ¡Vanas e
insensatas fantasías! Un Humbert osado habría jugado con ella de una manera
más repugnante (ayer, por ejemplo, cuando entró de nuevo en mi cuarto para
mostrarme sus dibujos escolares); podría haberla sobornado... y acabar con la
cosa. Un tipo más simple y práctico se habría atenido sobriamente a varios
sucedáneos..., pero si ustedes saben adonde ir, yo no sé. A pesar de mi aire viril,
soy horriblemente tímido. Mi alma romántica se vuelve trémula y viscosa ante la
sola idea de recurrir a alguna inmundicia. A esos obscenos monstruos marinos.
Mais allez-y, allez-y! Annabel sosteniéndose sobre un pie para ponerse
pantalones cortos, yo mareado de rabia, sirviéndole de pantalla.
(La misma fecha, después, muy tarde). He prendido la luz para disipar un
sueño. Tenía un antecedente indudable. Durante la comida, Haze anunció
benévolamente que puesto que el pronóstico anunciaba un fin de semana con
sol, iríamos el domingo al lago, después de la iglesia. Mientras yacía en mi cama,
entre meditaciones, urdí un plan final para aprovechar el picnic anunciado. Sabía
que mamá Haze odiaba a mi amada porque era gentil conmigo. De modo que
planeé el día junto al lago de manera que satisfaciera a la madre. Le hablaría
sólo a ella, pero en un momento apropiado diría que había olvidado mi reloj
pulsera y mis anteojos negros en algún lugar, y me hundiría con mi nínfula en el
bosque. En ese instante, la realidad se desvanecía, y la busca de los anteojos se
transformaba en una tranquila orgía... A las tres de la mañana tomé un
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