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“Ser inmortal es baladí”

El pasado 25 de agosto se cumplió otro aniversario del nacimiento del gran escritor
argentino Jorge Luis Borges. El título que encabeza este texto es una pequeña
afirmación que viene en su cuento “El inmortal”, que se encuentra en el libro “El
Aleph” (1949). La primera vez que leí el cuento me atrajo mucho el tema y sobre todo
esa frase. El adjetivo “baladí” es raramente usado en el español rioplatense, y su origen
viene del árabe que influyó mucho en el castellano de la península ibérica. Significa “de
poca importancia” según la RAE. En árabe significa “nativo, nacional” y tiene un
sentido peyorativo.

El tema de la inmortalidad surca todas las culturas y civilizaciones, y es un tema de toda


la filosofía occidental, gracias, por un lado, a los escritos platónicos, y por otro lado, al
aporte que hace el judeo-cristianismo con su noción de Vida eterna. Lo que aquí me
interesa reflexionar es precisamente la diferencia entre estas dos concepciones y, a
consecuencia de esto, qué valoración podemos hacer de cada una.

Según el llamado “transhumanismo”, una especie de movimiento científico-filosófico,


alcanzar la inmortalidad humana es un logro científico inminente. El caso, tal vez más
resonante a nivel internacional, es el del biogerontólogo Aubrey de Grey de la
Universidad de Cambridge. Allí dirige una Fundación de Investigación de Estrategias
Diseñadas para una Senectud Insignificante (SENS, por sus siglas en inglés). Parece que
su tesis principal es reinterpretar la medicina en general, y dejar atrás un paradigma
considerado “antiguo” por él, el de la prevención, para pasar a nuevo y “mejor”
paradigma: el de la regeneración. "La geriatría trata de impedir que el daño cause una
patología —definió De Grey en el Daily Mirror—; la gerontología tradicional trata de
impedir que el metabolismo cause daño, y el enfoque del SENS consiste en eliminar el
daño periódicamente". El gerontólogo inglés habla directamente de reinventar el
envejecimiento. En una charla TED, que se puede ver aquí, propone sin ambages que
“el hombre que vivirá 1.000 años ya ha nacido”.

Retomando al escritor argentino, en una entrevista recogida por Roberto Alifano


(Biografía Verbal, 1988), leemos esta otra afirmación: “¿De qué otra forma se puede
amenazar que no sea de muerte? Lo interesante, lo original, sería que alguien lo
amenace a uno con la inmortalidad”. El autor de El Aleph no era ateo, pero tampoco era
religioso, y lo que intenta mostrar con estas provocativas frases es, según mi
interpretación, que la vida no tiene sentido en sí misma (su sentido viene de otro lado),
por lo tanto prolongarla, como quiere el científico inglés citado en el párrafo anterior, es
más bien una insensatez. “¡No! Permanecer y transcurrir, no es perdurar, no es existir
¡Ni honrar la vida! Hay tantas maneras de no ser…” canta sabiamente, Eladia Blázquez.

A mi me parece que Borges está más del lado del poeta Horacio: “carpe diem”. Lo
importante no es tener una vida larga, sino significativa. Y si no logramos encontrarle
un significado relevante (digamos también, trascedente) pues más vale vivir
intensamente cada momento, sacarle el jugo a cada instante de la existencia para
después aceptar que, inexorablemente, habrá un fin. Pues, todo parece indicar que una
vida sin fin es inhumana.
Evidentemente, lo que queremos decir citando el caso del transhumanista, es que
intentarle darle nosotros solos un sentido a la vida puede ser un callejón sin salida. Claro
también, que por otra parte es una tarea insustituible de toda persona buscarle un sentido
a su existir. Pero lo que nos enseña el literato argentino, es que pretender la
inmortalidad por sí misma es una vanalidad. Podemos arriesgar que vivir es buscarle un
sentido a la existencia, o mejor aún, esperar a que ese sentido acontezca en “alguna
parte”. En eso consiste la religión bien entendida, en creer que el sentido nos es dado
gratuitamente por el Dueño de la vida. No obstante, esto no nos releva de encontrarle
qué sentido le da el Dueño de la vida a mi vida. Así queremos poner de relieve algo que
muchas veces ignoramos: la religiosidad humana no resuelve mágicamente nuestras
vidas. Miles de casos enfrentamos cotidianamente de personas, amigos, familiares,
vecinos, que por más religión que practiquen, sufren, se enferman, padecen tragedias, se
deprimen, incluso desesperan.

En este sentido, volviendo a la reflexión del judeo-cristianismo, la Vida eterna no es lo


mismo que la inmortalidad (griego-platónica), reeditada hoy en clave científica por el
transhumanismo. La Vida eterna, vida después de esta vida, es una promesa de una Vida
bienaventurada, cuya bienaventuranza es también algo dado, algo que nosotros no
podemos darnos a nosotros mismos ni construir en un laboratorio de la Universidad de
Cambridge. Y de ese modo, una Vida que no podemos ni imaginar, pero que promete
algo distinto a lo que vivenciamos en esta. La Vida después de esta vida promete una
"significatividad saciativa", esto es, un sentido que una vez que se nos da, ya no
necesitamos nada más.

Si el Prof. De Grey, con su alquimia, pudiera asegurarnos un sentido para nuestra vida
que fuera más allá de lo material-biológico entonces diría que su investigación no es
baladí. Pero dejar de envejecer no me asegura ninguna bienaventuranza imperecedera.
Pues la bienaventuranza no se parece en nada a la inmortalidad.