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Hacia dónde va el mundo: Fracasos y perspectivas hasta el 2025

Por Roberto Savio ∗

El siglo que hace poco dejamos a nuestras espaldas, si se valora por los hechos de violencia que
tuvieron lugar, es un siglo de horrores. Un siglo con dos guerras mundiales con más de sesenta
millones de muertos, la instauración de los campos de concentración, los Gulag, Auschwitz y el
Holocausto. El establecimiento en la escena política de dos ideologías totalitarias, el nazi-fascismo y
el estalinismo, se tradujo en una larga secuela de tragedias y sufrimiento. La lucha por la hegemonía
mundial, hizo de la posguerra un tiempo de tensiones y de peligro aún mayor: el exterminio nuclear.
La Guerra Fría afectó a las relaciones, al desarrollo y, en suma, ensombreció la política mundial.
Paradójicamente, también estableció un equilibrio y su fin conllevó a lo que lúcidamente había
previsto Brzezinsky, ante el gran asombro por parte de los analistas de Estados Unidos: los países
del Tercer Mundo, en particular los de África, que ya no son estratégicamente relevantes en la
competencia Este-Oeste, estallarían en conflictos no resueltos, con más millones de muertos para el
cierre del siglo.

De cualquier modo ha sido un siglo en que, además del progreso de la democracia y del desarrollo
como valores esenciales, se ha intentado ordenar las relaciones internacionales en un diseño
orgánico. Al concluir la Primera Guerra Mundial, nace la Sociedad de las Naciones. Al finalizar la
Segunda Guerra Mundial, las Naciones Unidas. Al término de la Guerra Fría (que en el plano de la
violencia no tiene nada que envidiar a las otras dos), no sólo no ha nacido nada nuevo, sino que se
ha buscado desmantelar lo ya existente. Este fue un siglo en que la ciencia permitió ver con claridad
en qué dirección estamos yendo a causa del cambio climático y la destrucción de la diversidad de las
especies, lo que condujo a la convocatoria en Río de Janeiro de la gran Conferencia sobre el
Desarrollo y el Medio Ambiente. Después de su celebración no se hizo nada al respecto. Un siglo en
que los datos de la pobreza y el hambre en el mundo han estado claros y precisos como nunca
antes. Sin embargo, el derroche continúa aumentando y actualmente los perros y gatos
estadounidenses ingieren más proteínas que todos los niños africanos, como nos informa el
UNICEF. Un siglo en que la conciencia de los privilegios se ha tornado clara, pero también la
decisión de no renunciar a ellos por parte de quienes los poseen. Un curioso símbolo de esta
contradicción es el candidato presidencial francés José Bové. Para los europeos, es un modelo


Fundador de Inter Press Service, Presidente de la Comisión de Comunicaciones del Fórum Social Mundial

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progresista, que defiende a los campesinos de las grandes transnacionales transgénicas; para los
campesinos del Tercer Mundo es, por el contrario, un modelo de los privilegios de la política agrícola
europea, que garantiza a cada vaca europea un subsidio de tres dólares diarios, más que el ingreso
de 800 millones de seres humanos. Obviamente, una vaca idéntica, pero nacida en el Sur del
mundo, no recibe nada y debe competir en el mercado con su hermana del Norte, quien al décimo
mes, al momento de ir al matadero, tiene ya una dote de 900 dólares…

Son tres los problemas fundamentales que estamos trayendo con toda su complejidad a este nuevo
siglo XXI, que abre a su vez, el nuevo milenio: el orden internacional, el medio ambiente y por último
el tema de los derechos humanos y la justicia. Un símbolo de este tránsito es la reunión sin
precedentes de los 147 Jefes de Estado y de Gobierno en la ONU (6 al 8 septiembre de 2000) para
adoptar los así llamados Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM), un solemne empeño de la
Humanidad por superar el siglo que dejamos atrás. Los expertos en símbolos nos alertan que se
trata de instrumentos esenciales para nuestra comprensión del mundo, cuya dicotomía esencial es
optimismo-pesimismo. Indira Gandhi, quien como todos los hindúes dominaba el mecanismo del
dualismo, sostenía que el optimista es un pesimista que no tiene toda la información. A siete años de
la Asamblea General del Milenio, comenzamos a tener suficientes datos para decidir si continuamos
siendo optimistas o no. Este análisis no puede más que comenzar con un examen a nivel global,
antes de pasar a los niveles regionales y nacionales y finalmente a Italia.

Según el conocido ensayista político brasileño Elio Jaguaribe, las generaciones políticas duran diez
años, a diferencia de los veinte que perduran las generaciones humanas. En uno de sus ensayos,
demuestra cómo diez años son suficientes para cambiar grosso modo los péndulos de la política.
Estas reflexiones se enmarcan en un espacio de veinte años, por lo que cubren dos generaciones
políticas en el nuevo siglo y estamos ya cercanos al fin de la primera, a sólo tres años de 2010.
Ciertamente, desde una óptica interna de los Estados Unidos, el paso de George W. Bush por este
primer decenio representa una confirmación de las teorías de Jaguaribe.

Veamos, por tanto, qué es lo que ha funcionado como bisagra entre el siglo pasado y este que se
abre, y así tratar también de anticipar qué puede suceder hasta 2020. De todos los factores, creo
que tres son los más útiles para un análisis: el Consenso de Washington, el unilateralismo como
base de las relaciones internacionales y la irrupción del fundamentalismo.

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El Consenso de Washington

Con este término se denomina la convergencia de políticas económicas que, contemporánea a la


caída del Muro de Berlín, el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial y la Secretaría
del Tesoro de los Estados Unidos han impuesto al mundo como nuevo modelo de desarrollo
económico, con todas sus implicaciones políticas. Numerosos estudios, entre ellos los del Banco
Mundial, han documentado ad abundantiam cómo las políticas de ajuste estructural han causado
grandes daños a las economías más vulnerables y a los sectores más débiles en todo el Tercer
Mundo, cuando al contrario, debían ser los beneficiarios del Consenso. La decisión de desmantelar
donde fuera posible las instituciones del Estado y su función reguladora, llevó a una reducción en el
gasto social, con graves déficit sanitarios y educativos y también a la eliminación de todas las redes
de seguridad social. Mientras tanto se abrían las fronteras aboliendo todas las tarifas de protección
para los productos nacionales. Esto en espera de las grandes inversiones privadas del extranjero
que debían acudir para apuntalar un mercado finalmente libre. El presidente de Tanzania Benjamín
Mkapa, resume muy bien la experiencia de muchos otros países, cuando señala a la Comisión sobre
los impactos sociales de la globalización, copresidida por él y la presidenta Haloneen de Finlandia y
convocada por la Organización Internacional del Trabajo (OIT): “Hemos privatizado lo poco que tenía
el Estado. Todo ha sido comprado por capital extranjero, ya que no teníamos capital nacional que
pudiera competir. Las empresas extranjeras han cerrado casi todas las empresas locales, para
transformarlas en empresas de distribución de los productos extranjeros, por no ser competitivas,
aumentando así el desempleo. Hemos abolido las tarifas aduaneras y hemos desmontado nuestras
barreras, provocando la invasión de productos asiáticos con costos muy inferiores a los nuestros,
que han hecho aumentar nuevamente el desempleo. Esto había sido previsto por los expertos del
FMI y del Banco Mundial, pero nos han dicho: ahora el flujo de las inversiones privadas (el famoso
FIP), llevará a la creación de nuevas empresas, competitivas y tecnológicamente actualizadas, base
de un desarrollo moderno y duradero. No nos llegó nada. Pero cuando veo que China recibe 33
veces más inversiones de las que recibe Brasil, ¿cómo puede sorprenderme el hecho de que el FIP
no sea equitativo?”.

Esto me ha hecho recordar la aparición de Ronald Reagan en la escena mundial. Su primer


compromiso internacional fue la participación en el Diálogo Norte-Sur, en Cancún, México, en 1981,
en la reunión de 21 Jefes de Estado, copresidida por López Portillo, de México, por el Sur y por
Pierre Trudeau, de Canadá, por el Norte. En esta ocasión Reagan, después de haber afirmado
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desvergonzadamente, que conocía a la perfección el Tercer Mundo porque como gobernador de
California había tenido que ver con muchos mexicanos, lanzó por primera vez el famoso lema trade,
not aid , “comercio, no ayuda”. El desarrollo económico de los EE.UU. dijo, no se había realizado
gracias a la ayuda, sino al comercio. Era un crecimiento llevado a cabo en su totalidad por el sector
privado, no por la ayuda estatal y mucho menos internacional. El gobierno de los EE.UU., confirmó
Reagan, quería reducir la ayuda al el desarrollo (APD) y reforzar el papel del sector privado. Y
terminó citando un proverbio chino: “lo importante no es darle un pez al que tiene hambre, sino
enseñarle a pescar”.

La Cumbre de Cancún había sido organizada deliberadamente sin protocolo, los participantes
hablaban en sentido horario, sin presidencia. El destino quiso que a un lado de Reagan se sentara
Julius Nyerere de Tanzania, quien se declaró partidario entusiasta de las teorías apenas
presentadas: “Tengo una sola duda, señor presidente. En las costas de mi país viven numerosos
pescadores y la misión de la FAO, de Noruega, de Holanda y de tantos países expertos en la pesca
siempre han pensado que mis pescadores, con lo que tienen, son extremadamente productivos y
competitivos. Pero faltan los caminos para llevar la pesca a la ciudad y al interior. Nos falta el
sistema de refrigeración para mantenerla por varios días y por consiguiente, las fábricas para
explotarla industrialmente. Si el señor Presidente conoce alguna empresa estadounidense que, para
invertir en una fábrica, construya también los caminos y el circuito de refrigeración, todas mis dudas
desaparecerán”. Reagan respondió entonces que era tarea del Estado crear las infraestructuras y
Nyerere observó que era exactamente lo que había sucedido en los EE.UU. Reagan objetó diciendo
que eso no era exacto y la conversación entró en un círculo vicioso.

El Premio Nóbel de Economía, Joseph Stiglitz, en sus memorias sobre su período como jefe de
economistas del Banco Mundial, observa que, muy frecuentemente, las decisiones eran tomadas
sobre la base de un modelo económico abstracto, sin atender a la realidad local. El muy discutido y
depuesto presidente de Haití, Jean Bertrand Arístide, encontraba incomprensible que las misiones de
los organismos financieros internacionales le expusieran como modelo de desarrollo para su
empobrecida isla el de una industrialización “a la mexicana” creando así las condiciones a empresas
maquiladoras, como aquellas de línea de montaje en la frontera de México con los Estados Unidos,
para sacar ventajas de la cercanía geográfica. El crecimiento industrial podía sólo venir después de
un mínimo desarrollo educativo y de infraestructura, para lo cual era necesaria una ayuda económica
significativa, repetía en cada ocasión. En otro país de la América Latina, Argentina, donde estas
condiciones existían, la aplicación mecánica del ajuste estructural, impuesta por el presidente Carlos
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Menem, condujo a la destrucción de la clase media y a un dramático empobrecimiento del país: una
crisis que sufrieron definitivamente los propietarios de capitales italianos que habían invertido en los
bonos del Estado cuando la venta de todas las empresas estatales condujo a una oleada de
crecimiento financiero.

Pocas veces en la historia de las teorías económicas y políticas, una de ellas ha conocido un apogeo
tan completo y una decadencia tan rápida, como la neoliberal del libre mercado y su cosmogonía
política, la llamada globalización neoliberal, propugnada por los economistas que se definen en esa
línea de pensamiento. Las viejas teorías liberales se radicalizaron y se superaron con vistas al nuevo
desafío que traía la integración mundial de los mercados. No es casual que el término “globalización”
comience a circular difusamente como teoría y práctica alternativa al capitalismo sólo después de la
caída del Muro de Berlín y del fin del comunismo. El elemento más singular de esta teoría económica
es que fue presentada durante todo un decenio no como un elemento de debate, sino como una
visión sin alternativas, en la que incluso la más pequeña modificación podía destruir tanta perfección.
Recuerdo, a propósito de esto, un seminario del Instituto para las relaciones entre Italia y África,
América Latina y el Medio Oriente (IPALMO) organizado en Milán, en el cual el entonces director de
la Organización Mundial de Comercio (OMC) dijo a un centenar de participantes que existían bloques
comerciales, como la Unión Europea, el MERCOSUR y el Tratado de Libre Comercio de América del
Norte, más conocido como NAFTA por sus siglas en inglés (North American Free Trade Agreement),
que en una veintena de años se fusionarían y que el mundo, por tanto, se transformaría. Habría una
moneda única mundial, no más guerras, “y el beneficio de la globalización llegaría a raudales a todos
los ciudadanos del mundo, realizando lo que la política del desarrollo no había jamás conseguido
cumplir”. Cuando hice la observación de que el fin ético del desarrollo era que los hombres fueran
“más”, mientras que el de la globalización era “hacerles tener más”, se me contestó que era hora de
abandonar “el humo de la ética por el fuego de la realidad”. Era también el momento en que teóricos
como Francis Fukuyama pensaban que debía ponerse fin a esa historia, e incluso políticos
normalmente cautos como Henry Kissinger, declaraban que “la globalización es en realidad otro
nombre para el rol dominante de los Estados Unidos”.

Hoy asistimos a la retirada de muchos de los antiguos defensores de la mano invisible del mercado.
Aparte de Joseph Stiglitz, el caso más notorio es el de Jeffrey Sachs, autor no sólo del duro plan de
ajuste estructural de Bolivia, sino sobre todo del brutal proceso de privatización de la economía de la
ex Unión Soviética y del nacimiento de la oligarquía del capitalismo salvaje ruso. Actualmente Sachs
trabaja para la ONU, específicamente en la realización de los Objetivos de Desarrollo del Milenio y
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subraya la importancia del Estado como elemento insustituible para las políticas sociales, educativas,
y sanitarias, como regulador del desarrollo económico. Este es también el nuevo lenguaje del Banco
Mundial, que ahora insiste nuevamente en el rol central del Estado, después de haberse pasado un
decenio financiando su desaparición.

Sin embargo, mientras que el Consenso de Washington ya no forma parte del debate económico y
político y es mantenido como estandarte sólo por unos pocos ideólogos, no se subestima el impacto
que tuvo y tiene en el mundo de la política y de la conciencia colectiva. Especialmente porque los
marxistas ya han desaparecido como proponentes creíbles de teorías económicas, y los así
llamados neokeynesianos, a pesar de que han logrado demostrar el fracaso de las teorías
neoliberales, no están aún preparados para proponer una alternativa actualizada y orgánica, capaz
de conjugar el mercado con la realidad social.

El “pensamiento único”

Mientras tanto se ha abierto camino aquello que Ignacio Ramonet ha definido como “el pensamiento
único”. Escribe Ramonet en 1995: “en la democracia actual cada vez más ciudadanos libres se
sienten empujados por una especie de doctrina viscosa, que insensiblemente termina por envolver
todo razonamiento rebelde, lo inhibe, lo turba, lo paraliza y termina por sofocarlo. Esta doctrina es el
pensamiento único, el único autorizado por una invisible y omnipresente policía de la opinión. La
repetición constante de este catecismo en todos los medios de comunicación, por casi todos los
políticos, de derecha y de izquierda, le confiere una fuerza tal de intimidación que sofoca cualquier
intento de reflexión libre y hace extremadamente difícil toda resistencia”. Quienquiera que haya
tratado en los últimos años de defender términos como justicia social, igualdad, participación,
solidaridad, sabe bien que es visto como un romántico pasado de moda.

El problema es que no se trata solamente de un debate entre conocedores. El “pensamiento único”


ha creado sus Tablas de la Ley, grabadas en piedra y las que estamos todos llamados a observar,
como sostiene Riccardo Petrella, o al menos los seis mandamientos fundamentales. El primero
decreta como irreversible e inevitable la globalización de las finanzas, del capital, de los mercados,
de las empresas y de sus estrategias. El segundo incorpora las “revoluciones científicas y
tecnológicas” de los últimos treinta años en el campo de la energía, de la biotecnología y sobre todo
de la información y de la comunicación. Es preciso aceptar las aplicaciones comerciales lo más a
fondo posible, porque están cambiando la sociedad humana para dar vida a una nueva era, a la de la
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sociedad de la información que asegura el crecimiento económico, el empleo pleno, y una sociedad
estable. El tercero teoriza que, como el mercado es la base del desarrollo y de la sociedad, cada
individuo, cada grupo social, cada comunidad territorial debe ser la mejor, la más fuerte, la
vencedora. Si no eres competitivo, otros lo serán y tú serás eliminado. Esta obligación no perdona a
nadie: no se limita a las empresas, sino que se extiende también a las naciones, a las ciudades, a las
regiones, a las universidades, a la investigación. El cuarto mandamiento deriva de los tres primeros:
se necesita liberar los mercados nacionales para arribar a un espacio único mundial, en el cual
circularán libremente mercancías, capitales y servicios (pero no personas). Por tanto, todo
mecanismo proteccionista debe ser condenado como “herético”. El quinto: se necesita liberalizar
todos los mecanismos de dirección y de orientación de la economía. No es tarea del Estado fijar
normas o principios de funcionamiento a través de las instituciones representativas elegidas o
designadas. Por tanto, el sexto sería: es necesario e indispensable la privatización de toda la
economía y donde sea posible, también de los sectores sociales.

Estos mandamientos y sus consecuencias están presentes ahora y permanecerán todavía por largo
tiempo, no obstante los escándalos de la Enron y de la Parmalat debido a la brecha creciente entre
los estipendios de los dirigentes de las empresas (sin relación con la productividad, como el Wall
Street Journal ha demostrado) y el de los trabajadores de la misma empresa, que ha pasado de una
relación de 35 a 1 en 1965 a una relación de 414 a 1 en 2001.

De alguna manera, la Iglesia católica ha tratado de mantener al hombre en el centro de la sociedad


en lugar del mercado y no se puede decir que haya tenido mucho éxito. Es significativo que USA
Today ha publicado los resultados de una encuesta entre los estudiantes de tercer año de las
grandes universidades económicas americanas como Harvard, en la que el 61% afirma que será
millonario antes de los 35 años. Mientras que en una época hacer filantropía era considerada una
obligación moral por un millonario, hoy los 60 estadounidenses más ricos (la denominada lista Slate
60) exceptuando a Bill Gates y Warren Buffet, han devuelto sólo siete billones de dólares por
concepto de filantropía, de un capital total de 630 billones. Este aumento del respeto por la codicia se
hace cada vez más incomprensible, si tenemos en cuenta que cuando los intereses de los capitales
pasan de cierta cantidad, se hace imposible su uso y por tanto la acumulación no tiene ya ningún
sentido. En su análisis de Slate 60, el profesor Austan Goolsbee de la Business School de Chicago
ponía el caso del fundador de Oracle, Lawrence Ellison, quien “valía” 16 billones de dólares en 2005.
Con un simple interés del 10% Ellison debe gastar más de 30 millones cada semana, sólo para evitar
acumular más dinero. Y gastar no significa adquirir casas o bienes pues esto enriquece el
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patrimonio. Significa gastar en comida o en ropa. Y como el señor Ellison es soltero, no podrá jamás
gastar 183 mil dólares cada hora por lo que podría perfectamente dar algo para beneficencia, lo que
sería muy bien visto. Por otra parte, una encuesta del Consumer Finances del gobierno hecha en
1992, reveló que sólo el 4% de los estadounidenses más ricos, ve en la herencia para los hijos una
de las primeras cinco razones para acumular.

Indudablemente, en los últimos años, las declaraciones que vienen del mundo de los negocios abren
un nuevo capítulo en las relaciones entre este y el resto de la Humanidad. Se trata de toma de
posiciones que no pueden sino sorprender a quien viene de un mundo basado en las instituciones
ciudadanas. Yo dudo que en el pasado un administrador delegado de una fundación creada para
“impulsar el éxito empresarial”, el conocido Carl J. Schramm, se atreviera a publicar un editorial en
el cual sostuviera que “el capitalismo trae la libertad aun cuando la democracia se tambalea. Es la
exportación del capitalismo de empresa, más que la exportación de la democracia, lo que puede
producir una nueva era de paz y de libertad… si el capitalismo decantado por Adam Smith pudiera
expandirse por cualquier parte… la mano invisible sería el secreto para lograr una paz global” (USA
Today, junio 2006). Con respecto a esto, el señor Joseph Carducci de Pittsburg escribe en una carta
al editor del New York Times, el mes pasado, sobre problemas encontrados por el ejército
norteamericano en Iraq: “Iraq necesita de un poco de Coca-Cola diplomacy. No obstante los
problemas de América, prácticamente todo el mundo quiere relaciones con el Occidente, la música
rock, los blue-jeans, o los Big Mac (Donald) que nosotros proveemos. La mejor manera de combatir
una ideología es con otra”. Como se ve, hemos llegado a identificar en el Big Mac una “ideología”,
que puede hacer lo que ni el Presidente ni el ejército están en condiciones de hacer. ¿No tendrá
quizás razón Ramonet, cuando expresa su preocupación por las consecuencias del “pensamiento
único”?

No podemos preocuparnos al escuchar que en un seminario del American Enterprise Institute (el
think tank de la derecha norteamericana) se esgrima la tesis de que no existe la responsabilidad
intergeneracional: podemos utilizar todos los recursos a nuestra disposición, sin sentirnos obligados
hacia las futuras generaciones. El director de la American Fisheries declaró que sabía perfectamente
que se estaba pescando demasiado, pero este no era un problema de su incumbencia. Su
compromiso era con los accionistas y no con el futuro de la Humanidad. Y Robert Putman, en su
imprescindible Bowling alone, respecto a las causas de la desaparición del asociacionismo
estadounidense, señalaba que en la decadencia de las instituciones culturales locales se origina la
desaparición del sentido de pertenencia a la comunidad de las empresas financieras y económicas
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ciudadanas, en una época locales, pero ahora globalizadas. Prueba de ello es el testimonio del gran
comentarista William Pfaff del International Herald Tribune, quien en una entrevista con el director
ejecutivo de la mayor compañía de seguros estadounidense, la AETNA, al referirse al caso de la
CBS que había fundado una gran orquesta sinfónica como un ejemplo de responsabilidad
corporativa, le respondió que, por el contrario, ese era un caso de traición hacia las ganancias de los
accionistas.

No se puede concluir este punto sobre la herencia del Consenso de Washington, sin tocar el tema de
la información como un instrumento privilegiado de transmisión. Se está llevando a cabo un
importante proceso de concentración de los medios de comunicación, facilitado por la liberalización
de las medidas puestas en vigor (tanto en los Estados Unidos como en Italia), para defender el
pluralismo editorial. Por todas partes se están desmantelando estas medidas, con resultados
negativos para la democracia moderna. El número de titulares se va reduciendo cada año y la
relación entre editoras, economía y política se hace cada vez más lábil. Un magnífico libro de Eric
Alterman, What liberal media demuestra cómo el público de los Estados Unidos recibe más o menos
un 86% de mensajes idénticos. Todavía hoy, cerca del 50% cree que Saddam Hussein estuvo
involucrado en los atentados a las Torres Gemelas. El problema es que quien compra los diarios es
porque tiene los medios para hacerlo y, obviamente, tiene casi siempre el mismo punto de vista. El
International Herald Tribune del 26 de marzo pasado, publica un trabajo sobre Samuel Zell, un
magnate del sector inmobiliario (valorado en 4.5 billones de dólares) quien quiere comprar la cadena
Tribune Company (Los Angeles Times, The Chicago Tribune, The Baltimore Sun y otros 17
periódicos, además de 23 estaciones televisivas, el equipo de béisbol Chicago Cubs). ¿El motivo del
señor Zell? “No siento especial afecto ni interés por los periódicos. Los compro para hacer dinero”.
Las malas lenguas dicen que es por competir con otro magnate de las inmobiliarias, Morton
Zuckerman, quien posee el Daily News en Nueva York y el U.S. News & World Report. Es obvio que
la cadena del Tribune Company ahora se alineará con la misma visión del mundo que tiene U.S.
News & World Report.

Esta concentración se hace para vender un periodismo cada vez menos analítico, cada vez más
dirigido a los acontecimientos y no a los procesos. Un periodismo que escoge como protagonistas a
personajes famosos, usa un vocabulario cada vez más pobre, y persigue hechos excepcionales y
noticias cada vez más breves. Los criterios están tan estandarizados, que hacen que los diarios sean
similares unos a otros en cuanto a lo que se elige y al tratamiento que dan a las noticias. En un
mundo globalizado, donde poder comunicar al lector los procesos económicos, sociales y políticos se
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vuelve imperativo, la prensa reduce el espacio para los asuntos internacionales y el número de
corresponsales en el extranjero. En 1976 había 72 corresponsales extranjeros en Nairobi, hoy hay
cuatro. Un estudio de la Universidad de Londres sobre el Times demuestra que desde que este fue
comprado por Rupert Murdoch, el vocabulario utilizado se redujo en un 15%.

El ímpetu por vender se ha convertido en la única prioridad del proceso de concentración (y de


competencia) en curso. Claro que no se trata de un fenómeno nuevo y desde siempre los periódicos
se han basado en sus ventas. Pero no creo que hayamos llegado jamás a lo que afirma Patrick Le
Lay, director de TF1 (el más importante canal de televisión francés, también obviamente privatizado)
en su libro Les dirigeants du changement: “La labor de TF1 es ayudar a la Coca Cola, por ejemplo, a
vender sus productos. Ahora, para que un mensaje publicitario sea recibido, hace falta que el
cerebro del telespectador esté disponible: quiere decir divertirlo, relajarlo, para prepararlo entre dos
anuncios publicitarios. Lo que nosotros vendemos a Coca Cola es el tiempo del cerebro humano
disponible”. Y he aquí que ahora nosotros, los lectores, nos hemos convertido en la mercancía. Si
pensamos que en 2015 los gastos de publicidad en el mundo por ciudadano superarán los de la
educación, deberíamos preocuparnos por nuestra identidad intelectual pues el “pensamiento único”
continuará su curso en el mercado, sin ninguna defensa para el lector.

El regreso al unilateralismo

Pasemos ahora al segundo aspecto en consideración. Sobre este tema existe ya bastante
información y conciencia para hablar detalladamente. Bastará recordar que una de las
consecuencias más inmediatas del fin de la Guerra Fría fue la pérdida de importancia estratégica del
Tercer Mundo. Durante ésta, el equilibrio entre los dos bloques, Este y Oeste, obligó a todos a firmar
acuerdos internacionales con el objetivo de aislar al contrincante. Hasta países modestos como
Somalia se volvían importantes (hay que ver cómo terminó esta después de la Guerra Fría) y podían
moverse entre los dos bloques. En realidad, el verdadero propósito eran las acciones contra el
enemigo, no los valores comunes, tanto es así que el Occidente ha apoyado una serie de regímenes
absolutamente antidemocráticos y anticomunistas, al igual que el Oriente se alió a una serie de
regímenes ni siquiera progresistas. Sin embargo, en aras de evitar una guerra, que se habría
convertido en nuclear y debido al consiguiente “equilibrio del terror” que se derivó, la meta
fundamental de la política internacional eran sólo alianzas y por tanto acuerdos.

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Con la caída del Muro de Berlín, en 1989, a pocos años del final del siglo, la idea de la alianza como
instrumento de política exterior sigue siendo válida sólo para los más débiles, o para las naciones
que como las europeas, continúan viendo en la guerra un instrumento extremo y de discutible
eficacia. No se puede olvidar que el primer político que declaró que las Naciones Unidas no eran un
instrumento indispensable fue Ronald Reagan, quien ya veía una disminución de la amenaza
soviética y comenzó a cuestionar el sistema de la ONU como organismo de consenso democrático.
Los Estados Unidos rehusaron prácticamente los compromisos adquiridos en el momento de la
creación de las Naciones Unidas, abriendo por primera vez una discusión sobre el valor ponderado
de su voto. No consideraba lógico que un país que paga el 25% del presupuesto de la ONU, tuviese
un voto equiparable a un pequeño país con una cuota irrisoria. Los Estados Unidos no aceptaban
estar a expensas de mayorías que contaban en papeles, pero con poco peso a nivel mundial.
Después de haber amenazado con salir de cinco agencias que se declaraban en contra de los
intereses de los Estados Unidos, acabaron retirándose efectivamente de una, la UNESCO, como
siempre seguidos por Gran Bretaña. Desde entonces, los Estados Unidos han iniciado un lento
camino de retirada de los organismos internacionales que, con la administración de Bush, ha llegado
a su tope. Se trata de hechos demasiado conocidos para que valga la pena dedicarles espacio, si no
fuera porque debemos recordar que la estrategia del unilateralismo se ha conjugado con una
personalidad, la de George W. Bush, quien ha mantenido la misma conducta vertical hasta en su
política interna. No debe pasarse por alto que en el famoso documento The National Security
Strategy de 2002, que postulaba el nacimiento de un “siglo americano” y el derecho de los Estados
Unidos a intervenir preventivamente dondequiera que despuntara una amenaza a su supremacía, ya
se decía explícitamente que el poder ejecutivo debía tener más poderes en la práctica que el
establecido por el legislativo, precisamente para poder garantizar los objetivos indicados.

No se puede ignorar el inmenso poder que el grupo de los necon ∗ ha tenido en la formulación del
“siglo americano”, pero es preciso decir que la singular personalidad del Presidente, despertada y
legitimada a partir del 11 de septiembre, ha jugado un papel muy superior, por ejemplo, al de
Reagan, quien estuvo en posiciones políticas y culturales sustancialmente análogas.

No es fácil tropezarse en la historia con un país más convencido de su “destino manifiesto”, que los
EE.UU., el país elegido por Dios para suministrar la democracia y la libertad al mundo. Pocas veces
antes se había visto, como es el caso de George W. Bush, a un Presidente hablar siempre “on behalf
of the American people and the Humankind” (en nombre del pueblo americano y de la Humanidad);


Apócope de neoconservadores.
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declarar a los cadetes militares que, en la crisis mundial, los Estados Unidos eran el único ejemplo
sobreviviente de civilización; dividir al mundo en ejes del bien y del mal, con él como juez supremo.
Por otra parte, no se había visto a un Presidente, mucho menos en el siglo XX, declarar: “I trust God
speaks through me. Without that, I could not do my job” (4 de julio, 2004) (Yo creo que Dios habla a
través de mí. Sin eso, yo no podría hacer mi trabajo). Y mucho menos se había escuchado a un Jefe
de Estado, para el cual es fundamental escuchar a sus electores, declarar que nunca leía los
periódicos, ni miraba los noticiarios televisivos, porque para su trabajo era necesario tener
información objetiva, por lo que se informaba sólo a través de su personal. Decenas de citas
textuales demuestran cómo Bush se considera dotado de un destino personal diferente al de los
demás. Sólo la historia nos dará una respuesta objetiva de cuánto todo esto ha influido en conformar
el sentimiento de excepcionalidad de los Estados Unidos, el que acompaña a su pueblo desde que
los grupos de fieles escapaban de las religiones imperantes en Europa y llegaban a suelo americano
como la Tierra Prometida.

Cualquiera que haya frecuentado a sus ciudadanos, o leído su prensa, queda siempre sorprendido
por este sentimiento de excepcionalidad con que se ven a sí mismos. Como están convencidos de
que su país es el más avanzado y democrático del mundo, la seguridad de que lo que esté bien para
ellos estará bien para cualquier ciudadano del mundo, es fuerte y sincera. En una de las ceremonias
concebidas con motivo del bicentenario de la independencia, se otorgó la ciudadanía a un individuo
proveniente de cada país del mundo. Para obtener la ciudadanía, fue preciso hacer un juramento
público, en un acto presidido por el entonces Presidente de la Corte Suprema, Earl Warren. La
fórmula del juramento es sin dudas única, porque quien jura se compromete a olvidar los propios
orígenes y su historia pues renace como estadounidense. Un hecho semejante es inconcebible, por
ejemplo, para los vecinos canadienses. El discurso del juez Warren fue significativo. Dijo
textualmente, antes de pedir a los candidatos que pronunciaran en coro el juramento sobre la Biblia:
“Bienvenidos al único país libre y democrático del mundo”, lo que llevó a preguntarme qué pensarían
en ese momento los candidatos de países como Suiza o Suecia, mientras juraban olvidar sus
orígenes.

La administración de Bush ha sabido utilizar el drama de las Torres Gemelas para reunir a su
alrededor al pueblo de los EE.UU., y en general a la opinión internacional. We are all Americans ha
sido el grito de los ciudadanos europeos, así como de los brasileños. El ejecutivo ha considerado
esto como una muestra de apoyo general y se ha movido en consecuencia. En resumen y para
cerrar este capítulo archiconocido, se ha pasado de la idea guía de que las relaciones
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internacionales se basan en el derecho internacional y por tanto en la reciprocidad y el consenso, a
un regreso al unilateralismo como idea guía de la política internacional. En otras palabras, nos
remitimos a antes de la guerra de Suez, en 1956, cuando fue precisamente Estados Unidos quien
frenó el desembarco anglo-francés dirigido a reconquistar el Canal de Suez, expropiado por Egipto al
consorcio europeo que lo manejaba. Se considera esta fecha como significativa del momento de la
historia moderna en la que la fuerza de la artillería no era ya más el elemento con la cual resolver los
conflictos: se necesitaba, en su lugar, abrir el camino de las negociaciones, de los acuerdos y de los
tratados, camino que los Estados Unidos nuevamente cerrarían 50 años después.

La irrupción del fundamentalismo

El fundamentalismo cristiano

Malraux predijo que el Siglo XXI vería una vuelta a la religión. Ciertamente no lo parecería, si
tenemos en cuenta que las grandes religiones están perdiendo feligreses; aunque en países donde
la práctica estuvo prohibida, como en China y en Rusia, se registra un aumento de fieles. Vemos dos
fenómenos paralelos y concomitantes: la gran expansión de sectas protestantes, ayudadas del
televangelismo y otros rituales sugestionadores, dentro del mundo cristiano y el surgimiento de
grupos militantes del mundo islámico, listos al sacrificio extremo de la vida. Estos dos fenómenos
representan un condicionamiento de la política, que es quizás el elemento más visible del
ensamblaje entre los dos siglos.

Comencemos con el fundamentalismo cristiano. En 1993 el Vaticano publicó un documento titulado


La interpretación de la Biblia por la Iglesia que contenía esta vigorosa condena del fundamentalismo:

"El enfoque fundamentalista es peligroso, porque se espera de la Biblia una respuesta inmediata a
los problemas de la vida… en vez de reconocer que la Biblia no contiene necesariamente una
respuesta inmediata a cada problema. El fundamentalismo invita a una especie de suicidio
intelectual. Inyecta en la vida una falsa certeza, porque involuntariamente confunde la sustancia
divina del mensaje bíblico con las que son en realidad sus limitaciones humanas".

Lo que es cierto es que el gran florecimiento de las sectas protestantes en los Estados Unidos,
también ayudadas por los predicadores televisivos -un vuelco colosal en los negocios valorado por

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encima de los 200 mil millones de dólares- está financiando la exportación del fundamentalismo
cristiano a todo el Tercer Mundo, y en particular a África y América Latina.

El fundamentalismo cristiano nace formalmente en 1910, cuando un grupo de fieles que vieron en las
instituciones y en las ideas modernas una erosión de las bases de la fe cristiana, publicaron doce
libros, Los fundamentales, agrupando en 1919 a 6.000 cristianos conservadores, en la Asociación
Mundial de los Cristianos Fundamentalistas. Su interpretación directa de la Biblia como guía para la
vida cotidiana, siempre estuvo orientada a rechazar el modernismo y cada tentativa del Estado de
intervenir en la vida de los ciudadanos. El historiador George Marsden lo ha llamado "evangelismo
protestante militante antimodernista." Pero debemos decir que sus practicantes han utilizado las
nuevas tecnologías, el mercado y todos los instrumentos de la modernidad en las comunicaciones
como ningún otro grupo social. En este aspecto han aprovechado fehacientemente la desregulación
que el Presidente Reagan introdujo en la Federal Communication Commission (FCC) que, desde su
creación en 1934, vigiló que las licencias de las frecuencias fueran distribuidas con criterios dirigidos
a defender el " interés público." Reagan debilitó la FCC a un punto tal de convertirla en inoperante;
redujo los comisarios de siete a cinco y el presupuesto a menos de la mitad. Nombró un presidente
que proclamó públicamente que "la televisión no es diferente de una tostadora": vale decir, que para
él, la televisión era sólo otro aparato doméstico y el impacto cultural de la radio y la televisión,
irrelevante.

Es el mercado, no la política, el que determina quién controla la TV y la radio. El resultado fue que en
corto tiempo unas pocas corporaciones compraron muchas estaciones y todos los programas,
incluyendo deportes, noticias y hasta la meteorología devinieron comerciales. El interés privado logró
ventaja sobre el interés público. Los fundamentalistas aprovecharon al máximo esta oportunidad.
También ayudados por el estado de exención de los impuestos, crearon redes nacionales y algunas
de las organizaciones televangelistas se hicieron rápidamente gigantes multimillonarios. Y cuando la
FCC en 1975 tocó el tema de la radio y la TV religiosas, recibió más de 30 millones de cartas de
protesta, por lo que se cuidó mucho desde entonces de intervenir en este asunto. Hoy hay 1.600
estaciones de radio "cristianas" y 250 estaciones de TV similares.

El impacto en los Estados Unidos ha sido inmenso. Un sondeo de Gallup de 2004 reveló que el 55%
de los estadounidenses cree que la Biblia es literalmente verdad, incluyendo la historia del arca de
Noé y la creación del mundo en seis días. Pero aún más preocupante es, que el 71% de los
cristianos evangélicos, como se llaman formalmente los fundamentalistas, cree que el mundo
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acabará en una lucha apocalíptica entre Cristo y el anticristo. No se trata de un debate abstracto: las
tentativas de cambiar los programas escolares para eliminar la teoría de la evolución ya existen, de
hecho, en casi todos los estados de la Unión.

También Europa ha visto una migración de masas hacia las sectas, pero no con un nivel de
fundamentalismo siquiera comparable. Una parte importante de la comunidad fundamentalista quiere
realizar un cambio profundo en el gobierno estadounidense. Pat Robertson y su grupo llamado los
Dominionistas, se han destacado por la campaña permanente para que Estados Unidos se convierta
en una teocracia bajo su control.

Ellos han expresado varias veces que la democracia es una terrible forma de gobierno, a menos que
sea dirigida por los Dominionistas. Su ayudante, Gary North, describe así la acción a desarrollar:
"nosotros debemos usar la doctrina de la libertad religiosa hasta que nazca una generación que sepa
que no existe un gobierno civil neutral. Esta generación, por fin, construirá un orden político, social y
religioso basado en la Biblia, que rechazará la libertad religiosa de los enemigos de Dios". North llega
a demandar ejecuciones públicas para las mujeres que cometen aborto y para aquellos que lo
aprueban. Una parte importante del pueblo estadounidense ve el tema del Medio Oriente sólo en
términos bíblicos. Su referencia al momento en que Israel haya ocupado todos los territorios como el
instante de la llegada del anticristo y, por consiguiente, la vuelta de Cristo, ocupa un lugar recurrente
en cualquier enfoque político sobre el asunto.

Los análisis sobre las trends electorales estadounidenses revelan que hoy el fundamento sólido del
Partido Republicano ya no son los conservadores socialmente conscientes como los Rockfeller.
Según Stanley Greensberg, el pollster de Clinton los evangélicos son el 40% del electorado del país
pero constituyen el 60% del electorado republicano. Esto también explica el apoyo de los
Dominionistas a Bush, ya que éste ve el mundo de modo análogo, siempre en una dicotomía: los
enemigos de la libertad y los amantes de la libertad; el mal y el bien. Vacilar y cambiar políticas, sería
tentar al favor divino. Lo que parece testarudez, es coherencia ética. Según Greensberg, la llegada
del fundamentalismo ha cambiado el panorama político de los Estados Unidos de modo irreversible.

La misma oleada se ha esparcido por todas partes. En África, la relación entre grupos religiosos
fundamentalistas y regímenes dictatoriales es la causa de numerosos conflictos que han
ensangrentado el continente, de Liberia a Uganda.

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En Brasil, los evangelistas han presentado un candidato en las elecciones contra Lula, considerado
como "el candidato del Diablo." En Guatemala han tenido un presidente de la República durante un
sangriento período dictatorial, Efraín Ríos Montt y en numerosos países han elegido alcaldes,
diputados y senadores. Se calcula que si continuaran con el mismo ritmo de crecimiento de los
últimos diez años, en 2025 superarían a los feligreses de la Iglesia católica.

El fundamentalismo islámico

Amplio ha sido el estallido del fundamentalismo musulmán. Entre los expertos, está naciendo un
consenso sobre el hecho que se trata también aquí de una reacción ante el modernismo, o mejor
dicho, ante los desafíos que el progreso y la modernidad contraponen a una interpretación literal del
Corán. El mundo musulmán, que en la Edad Media tenía un nivel cultural y científico superior al
cristiano, se vio rezagado en su desarrollo. Es importante recordar que desde la Reconquista,
concluida por los Reyes Católicos en 1492 con la expulsión de los árabes (y de los hebreos) de
España, las relaciones entre la cristiandad y el islam siempre han concluido con la conquista y
colonización de este último.

Esto de por sí no basta para explicar el bloqueo económico y tecnológico del islam. La colonización
ha tenido desarrollos diferentes para las ex colonias asiáticas; tampoco para África las cosas han ido
nada bien. Y la América Latina con su independencia a principios del siglo XIX, se ha liberado casi
150 años antes que el resto del Tercer Mundo. Debemos subrayar que la frustración del mundo
islámico ha sido mucho mayor: desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, el llamado proceso de
descolonización permitió a las antiguas potencias coloniales situar a estos países, objeto de
balcanización, bajo sus esferas de influencia. El status de inferioridad de los países islámicos ha
sido impactante. La escuela orientalista inglesa encuentra en la falta de instituciones democráticas
su causa principal. Se atribuye a la supuesta tendencia teocrática del Corán la falta de estas
instituciones; aunque esto es objeto de debate hoy entre los estudiosos. Pero lo que es cierto y
evidente es que un menor desarrollo económico se acompaña de un menor desarrollo de la
democracia y a un mayor desarrollo económico (Malasia es un caso emblemático de ello) mayor
florecimiento de las instituciones democráticas y de la sociedad civil. No debemos olvidar que el
mundo árabe sólo representa el 30% de todo el mundo musulmán. No se debe al azar que en
Malasia y en general en Asia, los partidos islámicos no hayan logrado nunca tener un peso decisivo
en la política. Los casos de Turquía y Túnez son emblemáticos: Ataturk y Bourguiba han
acompañado el proceso de modernización de sus países con un significativo esfuerzo por reformar
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sus instituciones públicas, ya que los dos estadistas han querido reconducir la religión bajo el Estado
y no por encima de éste, cambiando la sharia por un sistema de leyes y educación que combina la
modernidad con la tradición y la ética islámica.

Debemos recordar que el fundamentalismo islámico empezó a echar raíces donde la falta de
democracia se acompañaba de una carencia de desarrollo social y económico. Esto es válido no
sólo para los países del Maghreb y para Egipto, sino también para los países del Golfo y para Arabia
Saudita, donde la gran riqueza y la corrupción de las clases gobernantes condujo a ver en el islam
un camino de igualdad social. Los grupos fundamentalistas islámicos han sido los únicos en
ocuparse de la asistencia social, educación y salud, en ausencia del Estado, convirtiendo la denuncia
de las desigualdades en su bandera distintiva. La reacción, desde Egipto hasta Argelia, ha sido
situarlos fuera de la ley, con el apoyo del mundo occidental. No es, por lo tanto, sorprendente que el
fundamentalismo islámico perciba a Occidente como el gran enemigo que trata de mantener el status
de dependencia, para robar las materias primas y ante todo el petróleo. La trágica suerte de los
palestinos, en diáspora en muchos países y bajo una ocupación israelí permanente, se ha convertido
en el símbolo de este diseño occidental en el imaginario colectivo. Las declaraciones de algunos
líderes occidentales, a tono con una nueva cruzada después del 11 de septiembre y, sobre todo, con
fines internos, lo confirman. Los medios de comunicación occidentales prácticamente han ignorado el
gran debate originado en torno al proyecto de ley sobre la explotación del petróleo en Iraq. Antonia
Juhasz, del Oil Change International, publicó el 14 de marzo en el International Herald Tribune un
análisis sobre cómo se pasa de un modelo estatal, como el de los otros países árabes, a un modelo
totalmente privado, abierto a las compañías internacionales con la consecuencia de que Iraq
National Oil Company tendría el control de sólo 17 yacimientos petrolíferos de un total de 80. Las
compañías extranjeras tampoco reinvierten sus utilidades en la economía iraquí; no crean joint
ventures con compañías locales, para emplear obreros iraquíes, o compartir sus tecnologías.
Muchas otras cláusulas no han sido aceptadas hasta ahora por los otros países del Medio Oriente y
las cinco Federaciones de Trabajadores de Iraq han solicitado la solidaridad de todos los sindicatos
del mundo islámico. Por otra parte tenemos la negativa occidental a tratar con partidos que participan
en la vida democrática, como Hamas en Palestina (originalmente favorita de Israel en su función anti
OLP) o Hezbollah en Líbano y el apoyo a los militares argelinos para que anulen elecciones
democráticas e impidan al Frente islámico llegar al poder.

Es entonces que la militancia política y el enfrentamiento al poder aparecen bajo la forma ideológica
religiosa y el fanatismo como su manera de expresión. Eso explica por qué los jóvenes van a la
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muerte en una suerte de guerra santa. Es un hecho sin precedentes que centenares de personas se
inmolen cada año y que por cada mártir aparezcan más dispuestos a hacerlo. Sería iluso pensar que
se pueda solucionar tal fenómeno sólo con medidas represivas, ya que esto no haría más que
aumentar el conflicto y el terrorismo.

Para cerrar este punto recuerdo que, por iniciativa del primer ministro español, José Luís Rodríguez
Zapatero y del primer ministro turco Recep Tayyip Erdogan, las Naciones Unidas han convocado a
un Grupo de Personalidades que reúne desde Desmond Tutu a Mohammad Khatami, llegando
sustancialmente a estas conclusiones: el informe presentado en diciembre de 2006 al secretario
general indica que no estamos ante un conflicto entre civilizaciones, sino de un conflicto en las
civilizaciones. De hecho, los fenómenos más conocidos como aquel de los cartoons daneses y de la
camiseta de un ministro italiano no fueron dirigidos al mundo árabe, sino a un debate interno sobre la
libertad de criticar a las religiones, o sobre el trato a los inmigrantes. Igualmente, los numerosos
atentados en varios países musulmanes indican el choque entre modernismo y tradicionalismo
dentro del islam: Pakistán es un claro ejemplo de ello. No sería exagerado quizás concluir que
estamos frente a una de las consecuencias de la globalización, que ha llevado a relaciones directas
y sin precedentes entre las distintas realidades del mundo. Y, ya que además del fundamentalismo
cristiano e islámico hay también un aumento del fundamentalismo budista, hebreo e hinduísta, así
como del animismo africano, la profecía de Malraux sobre el resurgir de religiones en este siglo debe
observarse a largo plazo. No está de más tener en cuenta que el acuerdo para un gobierno de
coalición entre protestantes y católicos en Irlanda demuestra que la paz siempre viene al final de
procesos largos y sangrientos, cuando los conflictos han llevado al agotamiento de la militancia.

El cambio de las relaciones en el marco de la gobernabilidad internacional

El emerger de "Chindia" como futura potencia mundial

¿Cuáles son los cambios fundamentales que nos esperan en el siglo apenas iniciado? Es posible
afirmar que en los próximos veinte años, el predominio no será ni estadounidense, ni europeo, sino
asiático. Se debate en la actualidad si será China o la India la futura potencia mundial. Por el
momento, no existen dudas sobre la ventaja China.

En los últimos 25 años, China ha logrado mediante un programa de reformas económicas, la


combinación de políticas nacionales e iniciativa privada a nivel local, utilizando trabajo eficiente y
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calificado con una economía abierta al comercio internacional, lo que ha promovido la inversión
extranjera y la importación de tecnologías. En 2006 China atrajo 60.300 millones de dólares, con
respecto a los 4.600 millones de la India. La tasa de alfabetización de China, según el PNUD, es de
90,9% frente al 60% de la India. El proclamado desarrollo indio tuvo en los últimos seis años un
respetable aumento del índice de productividad del 4,1% como promedio, pero el de China fue de
8,7%. La India, que tuvo el 2,2% de participación del comercio mundial en 1947, bajó al 1% en 1980,
y todavía está por debajo del 2%. En los últimos 15 años la tasa de empleo en el sector de los
servicios en China se ha triplicado, mientras en la India sólo aumentó en un 20%. Para alcanzar el
nivel de desarrollo de infraestructuras de China, la India tendría que invertir al menos 150 mil
millones de dólares.

El partido indio (al que perteneció el economista Milton Friedman) ve de otra manera las cosas. La
India tiene la ventaja de tener empresas que siempre han estado integradas a la economía
internacional, desde que la British East India Company la colonizó, como lo demuestran las ofertas
recientes de Mittal Steel por Arcelor o Chacha Steel por Corus. La India es, en todo caso, el segundo
país del mundo en crecimiento económico, después de China, con un producto interno bruto (PIB) de
3.611 mil millones de dólares. Según las proyecciones del Banco Mundial, Japón ocupará el tercer
lugar dentro de diez años. Desde 2002, la tasa de las exportaciones ha crecido un 20% anual y
alcanzará los 92 mil millones de dólares. A pesar de que la mayoría de la población tiene un nivel de
enseñanza bajo, la India es, sin embargo, el primer país del mundo en número de ingenieros y de
científicos, y se ha convertido en el centro mundial del outsourcing para la informática y los servicios
telemáticos. Cada año gradúa el doble de ingenieros que los Estados Unidos. Antes de la mitad del
siglo, el Fondo de Población de Naciones Unidas (FNUAP), calcula que superará a China en el
crecimiento demográfico. Ocupa ya el cuarto lugar en el mundo en la producción farmacéutica y tiene
grandes ventajas con relación a los costos de mano de obra. El componente de costo de mano de
obra es de 8-9% en un auto, contra el 30-35% de los otros países en desarrollo, incluida China. La
India ya tiene una clase con poder adquisitivo estimada en 400 millones de personas, y en
crecimiento continuo.

China tiene problemas internos crecientes, debido a su desarrollo desigual, lo que provoca más de
70.000 manifestaciones de descontento al año, según cifras del Ministerio del Interior chino. El país
podría, por lo tanto, disgregarse, o por lo menos entrar en una gran inestabilidad política ante una
eventual caída del Partido Comunista, el único capaz de dirigir el complejo proceso chino. La India
por su parte, ha demostrado su capacidad para superar difíciles crisis de gobernabilidad. Finalmente,
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la población china está envejeciendo rápidamente, como resultado de la política de un hijo a lo sumo
por familia, introducida para controlar la explosión demográfica. Peor aún es que una gran parte de la
población está en riesgo de no contar con un sistema de seguridad en la vejez, lo que crea presiones
sociales graves. Mientras, la India continúa siendo un país de jóvenes: cuando los costos de trabajo
aumenten en los dos países como consecuencia del desarrollo económico e industrial, la India
tendrá mano de obra disponible, mientras que China tendrá problemas para mantener el crecimiento
industrial y de servicios, situación que ya se percibe.

Gran parte de la población china cree que el crecimiento indio no es tal, sino que es sólo una
invención que sirve para minimizar los avances chinos y contraponerlo al papel de primera potencia
mundial que aspira a tener China para 2025. ¿De qué otra forma se explica el hecho de autorizar a la
India a desarrollar la industria nuclear y posiblemente también de armas atómicas, sin control,
mientras que una política opuesta es aplicada a Irán? Ante todo, China tiene seis mil años de historia
centralizada y es mucho más homogénea étnica y culturalmente; la falta de una democracia formal
impide que la India pueda tomar decisiones e implementarlas oportunamente. Para los chinos la
desaparición de un poder central pudiera significar un serio problema para todos y la política del
Partido Comunista está encaminada a evitarlo. Por tanto, esperar que China se disgregue o que la
India pueda superarla son sólo expresiones de un temor no declarado.

Es el crecimiento de China lo que provoca temor en el mundo occidental y por eso se quiere
contener. Hoy China tiene reservas por un trillón de dólares, frente a los 470 de la India. En 1975, el
PIB de la India fue superior en 9% al de China, mientras que hoy está al 40% del chino. El número
de pobres en China que, según el PNUD, fue de 320 millones en 1978 ha bajado hoy a 60 millones.
Al mismo tiempo, el número de pobres en la India se ha reducido de 320 a 300 millones, pero aun
así el porcentaje de pobreza es seis veces más elevado que en China. El número de los
subalimentados en China desde 1979 a 2000 se redujo de 304 a 119 millones, una disminución del
60%, mientras en la India ha quedado igual en el mismo período. Hoy la India tiene un cuarto de los
subalimentados de todo el mundo, aunque el 10% de los más ricos es siete veces más elevado que
el 10% de los más pobres, mientras que en China es 19 veces más alto. El coeficiente de
desigualdad (Gini) aumentó el 50% en los últimos veinte años, con respecto al 40% de la India. En
China, la expectativa de vida es de siete años más que en la India, debido a que destina 224 dólares
a la salud de cada habitante, contra los 80 dólares de la India; en China el empleo del teléfono está
cuatro veces más extendido que en la India y el acceso a Internet es tres veces superior, a pesar de
las restricciones de la censura. En otro orden de cosas, los chinos preparan las próximas
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Olimpiadas, que deberán ser las más grandes de la historia, como aseguran. En las últimas
competiciones olímpicas el equipo chino logró 63 medallas mientras que la India consiguió sólo una.
Hoy hay 460.000 estudiantes chinos en 103 países y 275.000 indios, de éstos el 93% se autofinancia
sus estudios. China se ha convertido en un motor fundamental de la economía mundial. Cada año
recicla el superávit de 124 billones de dólares de comercio con los Estados Unidos, en obligaciones
estadounidenses, convirtiéndose en el segundo poseedor de la deuda del Tesoro de los Estados
Unidos. En 2006 representó el 7% del consumo mundial de petróleo, el 27% del acero, el 31% del
carbón y el 40% del cemento y producirá el 30% de los textiles a fines de este año. En 2010 prevé
exportar automóviles por 50 billones de dólares, y ha comprado este año la última fábrica inglesa, el
MG Rover. China está acelerando el proceso de urbanización y se prevé que 400 millones de
campesinos se trasladarán hacia la ciudad antes de 2020, pasando del actual 41,8% al 75% de
población urbana.

Si Japón salió en 2003 del estancamiento económico, ello se debió a las importaciones chinas de 60
billones de dólares, con un aumento del 44%. China es hoy el principal destinatario de las
exportaciones asiáticas, de las que absorbe el 31%, mientras que Japón ha bajado del 20 al 10%.
Pero el caso de África es el más emblemático con respecto al papel creciente de China. Desde 2000
el comercio con África ha aumentado cinco veces, alcanzando los 50 billones de dólares en 2005.
Ochocientas empresas chinas han invertido 5,5 billones de dólares en 43 países, alcanzando el
tercer lugar después de los Estados Unidos y Francia. Esta política económica, a diferencia de las
posiciones europeas, ha ido acompañada de un total desinterés hacia los aspectos políticos de los
regímenes africanos -respeto a los derechos humanos y corrupción- llegando a establecer relaciones
incluso con Sudán y Darfur.

Al respecto los chinos replican que Francia ha mantenido regímenes corruptos como el de Omar
Bongo en Gabón o el del Congo Brazaville, mientras que los Estados Unidos lo han hecho con
regímenes dictatoriales como el de Teodoro Obiang de Guinea Ecuatorial y Eduardo dos Santos de
Angola: por lo tanto el Occidente no está en condiciones de dar lecciones a nadie. Para el
Departamento de Análisis Internacional del Partido Comunista chino, las señales de preocupación
sobre su creciente papel, no pasan inadvertidas. Cuando Paul Wolvowitz era aún subsecretario de
Defensa de los EE.UU., declaró al New York Times: “El camino tomado por China es inquietante.
Este país se está transformando en una superpotencia. Esto no quiere decir que China
necesariamente se convierta en una amenaza, pero si la dejamos hacer, podría llegar a serlo”. En el
documento estratégico de 2002 sobre el siglo americano de la administración de Bush, se lee: "El
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crecimiento de la potencia militar de los Estados Unidos en Asia Oriental es la llave para enfrentar la
ascensión de China como gran potencia." Richard Holbrooke ex embajador ante la ONU y consejero
del candidato democrático John Kerry en las últimas elecciones, se expresó en estos términos: "Así
como el siglo pasado fue marcado antes por la lucha contra el nazismo y el fascismo, y después
contra el comunismo soviético, las relaciones chino-estadounidenses dejarán su marca en este
milenio." Y Ángela Merkel, al comentar las relaciones chino-africanas dice: “No podemos dejar África
a la República Popular china… La política europea hacia China no debería basarse en argumentos
de caridad, como en el pasado, sino en nuestros intereses fundamentales."

La reacción china ha sido minimizar su papel internacional. En conversaciones privadas, los


ejecutivos chinos opinan que sólo cuando China haya solucionado los problemas internos, no antes
de 2025, podrá ocuparse de la política exterior. Por ahora, China sólo quiere comerciar, ayudar al
desarrollo económico de los otros países mediante la inversión y el comercio. Ha rechazado toda
tentativa de EE.UU. de discusión sobre sus políticas económicas y comerciales, e ignora
sistemáticamente cualquier discurso sobre el problema de los derechos humanos y la democracia
interna. "Nosotros creemos que la cuestión de los derechos humanos debe dejarse a los gobiernos
nacionales", ha dicho Hu Jintao. La teoría de la no injerencia en los asuntos internos de un país
sigue siendo la esencia de la política exterior china.

Esto abre una cuestión importante: si esta fecha tentativa de 2025 se vuelve realidad, China estará
destinada a desempeñar de todas maneras un papel de potencia mundial, más allá de sus
intenciones. “No porque un elefante se crea gacela, debe pensar que los otros animales lo verán
como tal”, dijo Nelson Mandela, hablando de China. También debido a su crecimiento económico
Beijing necesita una enorme cantidad de materias primas, en particular petróleo, del que importa el
70% de los 5,5 millones diarios de barriles, que es su demanda actual. Esta cantidad se cree que
pueda hasta duplicarse y es difícil pensar que esto no la sitúe en contradicción con los Estados
Unidos, que con relación al tema son particularmente sensibles. En conversaciones privadas, Hu
Jintao ha subrayado que con los actuales ritmos de deuda con China, los Estados Unidos en 2025
no podrán ejercer ninguna presión sobre ellos. Tampoco cree realista la hipótesis de un conflicto
militar, en el que los Estados Unidos no podrían vencer. China posee reservas por 680 billones de
dólares: bastaría con transformarlos en euros para poner de rodillas a la economía estadounidense.
Los actuales dirigentes del país del Norte replican que se trata de una hipótesis absurda, ya que
China está tan atada a su economía y al dólar, que cualquier iniciativa dirigida contra los Estados
Unidos, rebotaría contra el país asiático. Hu Jintao plantea que mientras los EE.UU. se comporten
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bien, ésta es una tesis aceptable: pero si se colocaran en un plano conflictivo, una maniobra
económica contra el Tesoro estadounidense siempre costaría menos que una guerra.

Es evidente que los Estados Unidos no podrían gestar una guerra contra China sin el apoyo de la
India. En Beijing, el acuerdo nuclear de los Estados Unidos con Delhi es considerado con esa
perspectiva: ayudar al gigante indio a alcanzar un nivel militar de contención a su homólogo chino. La
reacción ha sido la clásica: comerciar más, para aumentar la dependencia recíproca. Los
intercambios entre los dos países ahora son de 20 billones de dólares al año, pero Beijing quiere
duplicarlos en cuatro años, y ha ofrecido ayuda en el desarrollo nuclear indio. Con respecto a Delhi,
Hu declaró: "El camino que emprendemos y el ritmo de nuestro desarrollo tienen grandes
implicaciones para la paz y el desarrollo de Asia y del mundo. La India y China tienen un interés
común en el avance de la multipolaridad en el mundo y en democratizar las relaciones
internacionales." Los observadores han encontrado significativo que la única vez que Hu ha hablado
de multipolaridad y de democracia en las relaciones internacionales (una clara referencia a la teoría
del Siglo americano y su unilateralismo) lo ha hecho refiriéndose a los intereses comunes de China y
la India. Estaríamos entonces en los inicios de una nueva entidad geopolítica, la "Chindia", donde
más de 2 billones de personas se convertirían en un bloque sin precedentes en la historia. ¿Para qué
luchar entre ellos -y mucho menos por otros- si aliándose, el resto del mundo deviene irrelevante?
Puesto que la India tiene exactamente los mismos problemas energéticos y de falta de materias
primas que China: o administran juntos este problema, o un conflicto será inevitable,
independientemente de cualquier maniobra externa.

¿Cómo será entonces el mundo de 2025? ¿Un mundo multipolar, con China y la India como
potencias mundiales, o sólo China a la cabeza? Este es el debate interno del Departamento
Internacional del Partido Comunista chino. Es significativo que en la edición de noviembre de 2005
se publicó un ensayo de un funcionario, Wu Wang, titulado: "Es nuestro interés no sacudir la
hegemonía americana." En este estudio se indicó que los Estados Unidos están destinados a
convertirse en una potencia regional como Europa. Pero para esta, las relaciones exteriores son
menos problemáticas que las de los estadounidenses con la América Latina, que no tiene ningún
sentido de lealtad hacia los Estados Unidos. Es mejor, por lo tanto, que este paso de potencia
mundial a regional se haga gradualmente y sin grandes saltos, para no provocar una crisis en el
país, cuya economía está en buena medida a merced de China. Lo que cuenta son las relaciones
comerciales, la época de la dominación militar ya se acabó, porque es demasiado cara y poco
eficiente. La prioridad para China es reforzar su cooperación asiática.
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Estamos, por lo tanto, ante la eventualidad de un tipo de hegemonía diferente de la de Estados
Unidos, siempre basada en la imposición de determinados valores y de un estilo de vida. No parece
hasta el momento, que China quiera imponer al mundo su propio modelo político o su propia comida,
música o modo de vestir. En la historia china ha sido proverbial la falta de interés por cuanto ocurre
más allá de sus propias fronteras. El imperio medieval fue el centro de la armonía, afuera estaban los
bárbaros, contra los que se construyó una muralla gigantesca. Estaremos bien delante de un gran
imperio comercial, donde es probable que según la cultura china tradicional, los intereses chinos se
antepongan a cualquier otro, con un total desinterés por la justicia social internacional, o por la suerte
de los más débiles. O quizás, la globalización pudiera llevar a China a marcar otras pautas.

La crisis de la hegemonía estadounidense

De cualquier manera, está por verse si los Estados Unidos aceptarán este cambio de leadership sin
luchar, incluso con medidas apocalípticas como el empleo de la fuerza atómica. Esto dependerá de
si el conocido como hombre de la calle admite el fin de su "destino manifiesto", de la excepcionalidad
histórica de los Estados Unidos, con la llegada de un líder sin religión y con una visión diferente de la
sociedad, que lleve inevitablemente a un cambio en su estilo de vida.

Los Estados Unidos hoy, con el 4% de la población mundial, utilizan el 20% de los recursos del
mundo. Sin hegemonía, esto sería imposible. Y ya la hegemonía está en crisis, aunque los
estadounidenses no se hayan percatado. La famosa supremacía militar se ha desmitificado en Iraq.
De las declaraciones de Rumsfeld, cuando apenas había sido nombrado ministro de Defensa, según
las cuales los EE.UU. podrían desarrollar simultáneamente más de una guerra, se ha pasado a
aceptar que abrir otro frente en Irán sería muy peligroso: se podría a lo sumo, bombardearlo. El
problema no es vencer en una guerra, es controlar el territorio ocupado. Por otra parte, desde la
Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos no ha vencido en ninguna de las guerras emprendidas,
desde Corea hasta Vietnam.

Gorbachov destaca que los estadounidenses, en los conflictos, tienen similar comportamiento al de
los cocodrilos que, cuando regresan al agua hacen exactamente el mismo recorrido realizado para
salir de ella, facilitando la tarea del cazador. En la Segunda Guerra Mundial vencieron a los
enemigos, Japón y Alemania, impusieron un gobierno, introdujeron la democracia y la economía de
mercado y todo les salió bien. Pero Iraq, y mucho menos Irán o Afganistán, no son ni Alemania ni
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Japón y es risible que piensen en poder hacer lo mismo en China. También es inconcebible que
puedan seguir aumentando indefinidamente los gastos militares. Mc Clatchy ∗ informa que según el
último presupuesto, el gasto militar es el más alto desde la Segunda Guerra Mundial. Si se aprueban
los cien billones adicionales para Iraq y Afganistán, se llegará a un gasto de 630 billones de dólares,
con los que se financia una maquinaria militar de 300.000 soldados, presentes en 78 países del
mundo, la mitad de ellos en Iraq y Afganistán. Este ejército profesional tiene serios problemas de
reclutamiento. Para alcanzar las cuotas necesarias ha tenido que recurrir a la moral exception, es
decir a aceptar reclutar a personas con antecedentes penales o individuos alcohólicos que son
alrededor del 5%. Son éstos los responsables de muchos crímenes en la ocupación de Iraq, según
un informe del Pentágono de enero de 2007. La tasa de alcoholismo en el ejército ha aumentado un
30% de 2002 a 2005 y una cuarta parte de los entrevistados ha declarado "beber mucho", es decir
más de cinco copas de una sentada. Pero la espiral de los costos sigue en ascenso. El Pentágono
tiene una estructura elefantiásica: según el inventario de 2005, posee 737 bases militares en el
mundo, con una superficie total de 2.202.735 hectáreas y esto no incluye las 106 guarniciones
militares de Iraq y Afganistán ni los enclaves en Israel, Qatar, Kirghistan, Uzbekistán y Turquía. El
Pentágono cuenta con 32.327 edificios en sus bases y alquila otras 16.527 instalaciones.

A esta hipertrofia no productiva de la maquinaria militar (según la General Accounting Office del
Congreso estadounidense, se han disparado 22.000 tiros por cada guerrillero muerto en Iraq) se
acompaña una progresiva decadencia de la hegemonía económica y financiera estadounidense. En
1950 los Estados Unidos aportaban el 50% del producto bruto mundial, contra el 21% actual; el 60%
de la producción de manufacturas, contra el 25% de 1999. Nueve de cada diez de las más grandes
compañías electrónicas y eléctricas no son de Estados Unidos. Ocho de cada diez de los fabricantes
de automóviles y compañías de gas; siete de diez de las más grandes refinerías de petróleo; seis de
cada diez compañías de telecomunicaciones; cinco de diez compañías farmacéuticas; cuatro de seis
compañías químicas; cuatro de siete compañías de aviación. De los 25 bancos más grandes del
mundo, 19 no eran estadounidenses. De las 100 corporaciones internacionales más extendidas, 23
eran del país norteño. Desde 1971 (excepto 1973 y 1975), los Estados Unidos han tenido un déficit
creciente en la balanza comercial de bienes. Desde 1990 la balanza de inversiones extranjeras, que
siempre fue positiva, ha ido invirtiendo esta tendencia: desde 2002, por primera vez los Estados
Unidos pagan al exterior por inversiones foráneas más de lo que reciben de sus propias inversiones
en el extranjero. En 2002 se vieron obligados a tomar en préstamo del extranjero 503 billones de
dólares, casi el 5% del PIB. Hoy los bienes y los títulos de extranjeros son 2.5 trillones de dólares


McClatchy Newspapers.
25
más que lo que poseen en el exterior. A mediados de 2003 estaba en manos extranjeras el 41% de
la deuda de mercado del Tesoro del país, el 24% de todos sus títulos corporativos y el 13% de las
acciones. Los Estados Unidos están perdiendo la mayor parte de los casos de competencia
internacional dirimidos por la OMC. Hasta en América Latina, atada a Washington por la Doctrina
Monroe (que hace de ella una región reservada a sus intereses), en 2000 de las 25 más grandes
compañías extranjeras, 11 eran estadounidenses y 24 europeas. La situación empeoró con la
administración de Bush, que heredó un presupuesto en activo de la de Clinton, ya que con
gigantescos recortes de impuestos y gastos militares ha llevado a un déficit de 450 billones de
dólares a partir de 2004. La visión ideológica de esta administración ha buscado, al mismo tiempo,
reducir la maquinaria pública, también aumentando los cortes a los Estados, a los que han sido
adosados muchos gastos sociales. El resultado es que los Estados prevén un déficit para el próximo
año de 60-80 billones de dólares, que pueden equilibrar sólo reduciendo los gastos en educación,
seguridad, cultura, ambiente, etc. La tasa de desigualdad interna ha crecido de modo significativo en
2005, con el 1,1% de los estadounidenses más ricos (entrada de al menos 348.000 dólares) con la
más grande participación en la renta nacional desde 1928. En otras palabras, los 300.000
estadounidenses más ricos tienen la misma entrada que los 150 millones de sus conciudadanos más
pobres; la distancia entre ricos y pobres se ha duplicado desde 1980. El 10% de los estadounidenses
ha recibido el 28,5% de todos los ingresos de 2005. La cifra para este grupo era de 49,3% en 1928,
gracias a las políticas de igualdad fiscal adoptadas por las diversas administraciones, para
interrumpirse bruscamente con Reagan, que la encontró al 33%. El "déficit gemelo" del comercio
exterior y del presupuesto motivó una visita al secretario del Tesoro por parte del director general del
Fondo Monetario Internacional, del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y del Banco Mundial
(los organismos del acuerdo de Bretton Wood) para expresarle sus preocupaciones. La respuesta de
John Snow fue que la economía de su país escapa de las leyes económicas generales, porque todos
han invertido en los Estados Unidos y no es interés de nadie verlos en problemas.

Los sondeos anuales sobre la imagen de los Estados Unidos en el mundo, del Pew Global Attitudes
Project, PGAP, evidencian una historia diferente. La reelección de Bush a la presidencia ha sido
percibida negativamente en los 16 países objeto de la encuesta, con excepción de Polonia. Y 11
países, incluyendo aliados tradicionales de Washington como Pakistán, Líbano y Jordania, han dado
votos más favorables a China que a los Estados Unidos. Donde han mostrado una imagen de
solidaridad, con la acción de ayuda a las víctimas del tsunami, la respuesta positiva sobrepasa el
15% de dos años atrás con un 38%. A la pregunta de si los Estados Unidos consideran otros
intereses cuando defienden los propios, sólo el 19% de los canadienses ha contestado
26
positivamente, contra el 23% de 2003; y sólo el 32% de los ciudadanos ingleses entrevistados, con
respecto al 44% de dos años antes. Significativamente, 7 ciudadanos estadounidenses de cada 10
han descrito a su país como generalmente "no querido en el extranjero", frente al 94% de los
canadienses y el 83% de los indios que han contestado a la misma pregunta. La baja valoración del
país se evidencia, cuando una mayoría en 15 naciones, desde el 51% en Canadá hasta el 85% en
Francia, ha declarado que el mundo sería mejor si un grupo de países emergiera como rival del
poder militar estadounidense. En contraste, el 68% de los ciudadanos estadounidenses consideran
mejor para el mundo que Washington sea la única superpotencia militar. Finalmente, una amplia
mayoría del mundo islámico se ha declarado preocupada sobre una posible invasión militar de
Estados Unidos.

¿Y Europa?

Mientras los datos indican una progresiva conversión de los Estados Unidos en superpotencia
solitaria y que su próximo presidente, de cualquier sector que provenga, retomará en alguna medida
el camino del multilateralismo (por ejemplo firmando el acuerdo de Kyoto), no es posible creer que en
poco tiempo, Europa logrará desempeñar un papel unitario en la escena internacional. Las
celebraciones por su cincuentenario, ricas en simbolismos y festejos por la perspectiva del tratado
constitutivo, no han logrado esconder el escepticismo de una parte significativa de los ciudadanos
europeos de relanzar el consenso sobre la necesidad de una constitución europea (aunque se
tratara más modestamente de un tratado). La realidad es que más allá del sacrificio individual, y del
bienestar colectivo, que ha significado la adopción del euro, Europa se ha detenido como diseño
político con la expansión a 27 países, proceso que debe continuar con muchos otros: Rumania,
Bulgaria, Croacia, Bosnia-Herzegovina, Serbia, Macedonia, Montenegro, Albania, Turquía, Ucrania y,
quizás, Moldavia y Bielorrusia después de esta última. Este proceso ya fue interrumpido por la
entrada de Gran Bretaña, tras el fracaso de su proyecto de una zona europea de libre cambio, y en
condiciones que parecen hoy inexplicables, tanto como la así llamada cláusula Thatcher, que hace
de los Estados Unidos un receptor neto de contribuciones cuando Gran Bretaña está
económicamente en mejores condiciones que muchos países fundadores.

El Reino Unido se ha incorporado decidido a convertir la Unión Europea en una zona de libre
cambio, pero no en un proyecto político. Londres no intenta abandonar su atlantismo y su función de
puente entre los Estados Unidos y Europa. Tuve ocasión de frecuentar a Lord Hume, y un día le
pregunté si alguna vez Gran Bretaña pudiera volverse realmente europeísta. Me preguntó si podría
27
sentirme por cinco minutos ciudadano inglés. Y entonces inquirió: "Mi querido conciudadano:
¿prefiere ser el segundo de Alemania o el segundo de los Estados Unidos?". He aquí por qué Blair
ha mantenido sin problemas una gran amistad desde Clinton hasta Bush, a pesar de diferencias
evidentes, y lo mismo hará su sucesor con el de Bush.

Poco antes de la entrada en Europa de los 15, la Sociedad Internacional de Desarrollo (SID) de la
que fui secretario general, organizó en el Instituto Diplomático de Viena una reunión, financiada por
el comisario para la Cooperación Paul Nielsen, a fin de presentar las políticas de apoyo a los países
del Tercer Mundo. A la reunión fueron invitados los presidentes de las Comisiones Extranjeras de los
Senados y las Cámaras de los Diputados de los países entrantes. Los parlamentarios llegaron todos
juntos, después de haber tenido una reunión interna y dijeron que el senador polaco había preparado
una declaración inicial en nombre del grupo. La intervención fue casi textualmente la siguiente:
"Nosotros habríamos preferido entrar en los Estados Unidos, a los que debemos la caída del
comunismo y nuestra libertad. Razones obvias lo impiden. Entramos por lo tanto en Europa, pero
sólo para tener los medios que nos hacen falta para llenar el gap que nos divide del resto de Europa,
que ha crecido mientras que nosotros estábamos bloqueados por la dominación soviética. Por tanto,
nada de ayudas al Tercer Mundo. Todos los recursos deben ser dirigidos a nosotros. Cuando la
separación entre las dos Europas sea eliminada, entonces volveremos a hablar de una política
exterior europea."

Antes que la Unión logre metabolizar a los nuevos integrantes, en un proceso todavía abierto, habrá
pasado al menos, una generación política. Ciertamente, la fuerza carolingia, que siempre ha sido la
base de Europa, con excepción de Gran Bretaña, tendrá la ventaja. Pero no por gusto Francia y
Alemania han retomado la línea carolingia por la que se han encaminado Alemania y Polonia para
encontrar un camino de diálogo. En todo caso la lógica de la historia y la economía al final logrará
componer una Europa unida. Pero mientras tanto el mundo habrá ido adelante y Europa habrá
perdido su ventana de oportunidad.

También porque Europa, más allá de solucionar su desafío hacia el exterior, tiene que solucionar uno
aún más difícil en su interior. Su población está envejeciendo rápidamente, casi igual que la de
Japón, más o menos como China. El problema de tener una población activa, que sustente las redes
de seguridad sociales de la vejez (jubilación, salud) es, ante todo, un problema de competencia
internacional. Uno de cada seis habitantes del planeta era europeo en 1950, excluida la Unión
Soviética. Serán uno de 14 en 2010 y uno de 17 en 2025; la edad promedio es ahora de 37,7 años,
28
en 2050 será de 52,3 años. En otras palabras, Europa no puede ser competitiva sin inmigraciones
sustanciales.

Las proyecciones de las Naciones Unidas calculan que tendrán que entrar un mínimo de 75 millones
de inmigrantes, para mantener viable a Europa. Estos inmigrantes vendrán todos del Sur del mundo,
y traerán culturas, religiones y tradiciones profundamente diferentes de la Europa cristiana, algo de lo
que tanto se discute. Hasta ahora, como es sabido, las experiencias europeas de asimilación, no han
funcionado muy bien.

Los dos caminos, aquel de la integración nacional de Francia y el del multiculturalismo de Holanda,
no han solucionado el problema de fondo: o se les da trabajo y dignidad a los inmigrantes, o es
inexorable que tiendan a encerrarse en ghettos. Canadá es el país más multiétnico que existe, en
proporción a su población original, aún más que los Estados Unidos. Pero siempre ha mantenido una
política controlada de inmigración, cerciorándose que los inmigrantes no sean marginados. En
Europa, la política de inmigración es impopular, porque en cada país existe un Le Pen o un Bossi
que usan el rechazo al inmigrante con fines puramente electorales. Como resultado, la política de
inmigración europea se limita a tratar de contener los daños, sin ninguna política cultural de
inmigración interior, a diferencia de cuanto ha ocurrido en Canadá, donde la población se ha
educado para ver en la inmigración una inevitable necesidad de vivir positivamente. No es azar que,
en las escuelas elementales, donde actualmente niños de todas las etnias se sientan juntos, el
problema de las diferencias no existe. Sí existe en la sociedad de los adultos, que querría que
Europa no cambiara. Una Europa donde no se hacen más niños, porque hoy representan un alto
costo y un serio sacrificio. Es cierto que hoy, debido a los así llamados "milleeuristas", --es decir, los
contratos a término por menos de mil euros netos mensuales--, para el 27% de la población europea
menor de 35 años, que no hacen contribuciones y no tendrán por lo tanto jubilación, tener hijos es
aún más difícil. Entonces no se hacen niños y hasta la catolicísima y conservadora Polonia tiene una
tasa de nacimiento negativa, se ve la inmigración como una destrucción de la identidad europea y se
va alegremente hacia una lenta decadencia del papel europeo, mientras que los Estados Unidos
siguen rejuveneciendo la población por una inmigración continua, pero planificada y controlada.

En todo caso, los europeos parecen ver más claramente su futuro de lo que se cree. Una encuesta
por los 50 años del Tratado de Roma, realizada por el International Herald Tribune y el canal
televisivo France 24, en Gran Bretaña, Alemania, Italia, España y Estados Unidos, revela cómo la
gran mayoría de los entrevistados cree que la Unión Europea estará viva y fuerte durante otros 50
29
años. El 50% de los italianos, el 49% de los españoles y el 34% de los franceses y de los alemanes
creen incluso que en 2057 Rusia será parte de la Unión Europea y porcentajes aún más altos dan
por segura la entrada de Turquía. Significativamente, mientras los ciudadanos franceses (85%),
italianos (84%), españoles (82%) y alemanes (76%) se declararon confiados de que Europa se
habría fortalecido y adquirido gran experiencia, el porcentaje de los ingleses bajó al 62%. Un gran
éxito para el euro: por amplia mayoría, el 93% de los españoles y el 76% de los ingleses, se declaran
seguros que el euro será la única moneda europea. Resulta interesante que una sólida mayoría, de
al menos dos tercios, espera una nueva guerra sobre el suelo europeo en los próximos cincuenta
años; desde el 83% de los ingleses al 71% de los franceses, creen que el inglés será dentro de 50
años la lengua europea. Los estadounidenses ven la calidad de vida en 2057 con menos optimismo
(31%) que Italia y España (47%) y el 72% de ellos cree que el euro será la moneda europea. Al
menos dos tercios de los entrevistados, de ambos lados del Atlántico, creen que dentro de 50 años
las relaciones entre Estados Unidos y Europa serán peores que hoy.

¿Qué se puede prever para África y la América Latina?

El conocido como continente negro se encamina a alcanzar los mil millones de habitantes. Ya lleva
tres generaciones de líderes después de la independencia. Mientras la primera de ellas fue de
visionarios y patriotas, la segunda y la tercera han estado caracterizadas por la corrupción y el poder
absoluto. Y la tercera generación ya está en fase de extinción. No es imaginable que Mugabe pueda
vivir mucho más. Si la cuarta generación realmente fuera de jóvenes, probablemente habría un
cambio en la política africana. Pero mientras que la naciente sociedad civil africana, surgida casi
siempre a la sombra de los antiguos poderes coloniales, no se fortalezca y lleve adelante con
energía las demandas de transparencia y participación, los valores de justicia, convivencia, paz y
equidad, África seguirá siendo sobre todo proveedora de materias primas, incapaz de competir con
productos que vengan del exterior. En Sudáfrica había 320.000 trabajadores en las fábricas de
zapatos hace 10 años. Hoy se han reducido a 50.000, después de las importaciones de zapatos
chinos. La apertura a los tejidos chinos provocará asimismo, el cierre de gran parte del sector textil.

Distinto es el potencial de la América Latina. Si lograra consolidar su proceso de integración regional


(aunque México y Centroamérica forman ya parte del área de influencia estadounidense) podría
tener mercado suficiente para su desarrollo interno. Pero si se hace énfasis sólo en la comunidad de
intereses políticos de algunos países sudamericanos, no habrá integración en su sentido más
abarcador. Y los productos latinoamericanos, sin un gran mercado interior, no tienen ninguna
30
posibilidad de competir con los asiáticos, como los pequeños productores de juguetes, zapatos y
tejidos han descubierto en estos últimos años.

Resumiendo, es posible afirmar que Asia se convertirá en el centro del mercado mundial y,
probablemente, en cierto tiempo China. Esta o encontrará un acuerdo con la India, (la "Chindia"), o
tendrá que afrontar una alianza entre India y Estados Unidos (probablemente Japón, entre otros
factores a causa del envejecimiento de la población, dentro de veinte años será un país en neta
decadencia). Comoquiera que sea, para los Estados Unidos comienza una erosión de su hegemonía
y el fin del sueño del siglo americano. Lo mismo ocurrirá en Europa, especialmente si no logra
expresar una política exterior común.

El paso del unilateralismo estadounidense al asiático está mediado por una ventana de
oportunidades no mayor de diez-quince años. En este punto entraremos en un área de conflicto o
hegemonía y tendremos una nueva crisis del multilateralismo, destinado a fortalecerse durante este
período. ¿Sabrá la comunidad internacional solucionar mientras tanto los temas más urgentes para
evitar que se conviertan en un elemento de conflicto en esta ventana que se abre? Creo que se
tienen que determinar al menos, tres áreas fundamentales sobre las que obrar con urgencia por un
mundo sostenible que logre absorber los destrozos que la actual globalización de capitalismo salvaje
está produciendo: lo que podemos definir como los ODM, los derechos humanos como base de las
relaciones internacionales y el tema del medio ambiente.

Los Objetivos de Desarrollo del Milenio

Se trata de objetivos totalmente insuficientes para solucionar los problemas de dos tercios de la
Humanidad, que no van a las causas de estos, sólo tienden a mejorar la situación. Sin embargo, se
trata del más grande acuerdo entre todos los países del mundo, suscrito solemnemente por los jefes
de Estado y Gobierno. Esta es una prueba importante no tanto por lo que producirá, sino porque
puede demostrar que la comunidad internacional es capaz de trabajar conjuntamente de modo
constructivo en un diseño global que no sea sólo económico, sino también social. En ese caso, el
proceso de construcción sería un experimento y un aprendizaje que podría cambiar las prácticas en
las relaciones internacionales. Tenemos experiencias más limitadas como la de la erradicación de la
poliomielitis y de la viruela, que demuestran que cuando hay voluntad política, la cooperación vence
sobre los criterios nacionales y los intereses locales. En cierto sentido, la lucha contra el sida y

31
contra el SARS (por sus siglas en inglés, Síndrome Respiratorio Agudo Severo), son caminos
parecidos a aquel de los ODM.

En septiembre de 2000, todos los países miembros de las Naciones Unidas, en la llamada Cumbre
del Milenio, se empeñaron en alcanzar en 2015 ocho grandes Objetivos de Desarrollo del Milenio, los
ODM (MDG en inglés) como son más conocidos. Ellos fueron: reducir la población afectada por el
hambre y la pobreza en el mundo; garantizar la educación primaria universal; promover la igualdad
entre los géneros y la autonomía de la mujer; reducir la mortalidad infantil en dos tercios y la
mortalidad materna en tres cuartas partes; combatir el sida, la malaria y otras enfermedades graves;
garantizar el uso sostenible de los recursos naturales; favorecer la creación de una sociedad mundial
para el desarrollo entre el Norte y el Sur. Para medir este proceso, se fijaron 18 objetivos y 48
indicadores. Estamos a la mitad del período acordado y todavía se está debatiendo sobre cómo
realizar la metodología y sus indicadores en una gran parte de los países donde no existen sistemas
estadísticos completos y confiables. Pero, aún más grave es que todavía está muy lejano el inicio de
los ODM. Los cálculos más optimistas indican que se prorrogará la meta al menos otros diez años, si
se mantiene el nivel de recursos actuales. Obviamente, mientras tanto el mundo irá cambiando en un
sentido negativo, si consideramos las tendencias actuales como un indicador. El informe del
Desarrollo Humano del PNUD evidencia cómo hoy 50 países están peor que hace diez años y la
brecha entre ricos y pobres está en progresión. Los niveles de ayuda internacional son la mitad con
respecto de 1960, a pesar del compromiso de los países industrializados de aportar el 0,7% del PIB
propio, compromiso que continúan eludiendo. Los Estados Unidos, por ejemplo, están cercanos al
0,2%, y su ayuda se agrupa sustancialmente en Egipto y Pakistán, por selección política. Mientras
tanto, a siete años de la Cumbre del Milenio, todavía hay 1.200 millones de personas que viven en la
pobreza, 100 millones de niños que no van a la escuela, un niño que muere de enfermedades
previsibles cada 3 segundos, una madre que fallece a consecuencia del parto cada minuto y
tenemos 13 millones de huérfanos a causa del sida. Para completar el cuadro, las transferencias
financieras netas del mundo pobre al rico, están cercanas a los 2.390 millones de dólares, contra una
media de 50 billones de dólares de APS.

En 2005, las Naciones Unidas realizaron la Cumbre Mundial, destinada a valorar el estado de
adelanto de los ODM. La reunión ha constatado que, con la excepción de pocos casos, sobre todo
de China, los ODM estaban tan alejados como en 2000. Esta concluyó sin que los países se
comprometieran con una fecha para alcanzar el famoso 0,7% de APS. El primer ministro de Jamaica,
P. J. Patterson, en su intervención en nombre del grupo de los 77, que reúne a 132 países del Tercer
32
Mundo, al hablar de la continua sangría financiera del Sur hacia el Norte, ha recordado que esta
continúa a pesar de los compromisos de los países industrializados de aumentar el APS, reducir la
deuda externa y el pago de las cuotas de intereses, abrir sus mercados a los productos de los países
en desarrollo y estimular las inversiones privadas. Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, los
diez países más ricos del mundo se han enriquecido 50 veces más que los 10 países más pobres.

Ciertamente, desde el año 2000 el presidente Bush y la política declarada de eliminar las estructuras
y los acuerdos internacionales, empezando por las Naciones Unidas, han asestado un golpe mortal a
la solidaridad internacional, dando prioridad al mundo de la economía y las finanzas. Bastará con
recordar que con la ley del US Foreign Sales Corporation (FSC), unas 6.000 compañías
estadounidenses evitan pagar hasta el 30% de impuestos, constituyendo subsidiarias para la
exportación en paraísos fiscales como Bermudas y Barbados, con un subsidio indirecto a las
exportaciones del gobierno de Estados Unidos. La OMC ha dado la razón a la Unión Europea, que
recurrió contra esta fórmula disfrazada de subsidio. Se calcula que los impuestos evadidos en los
paraísos fiscales están alrededor de los 250 billones de dólares, sin ninguna acción del Fondo
Monetario Internacional ni de los países que autorizan estas prácticas. Bastaría la mitad de estos
impuestos, para solucionar ampliamente el problema de todos los recursos de los ODM, pero para
muchos es más fácil escudarse detrás de los Estados Unidos. Mención aparte merecen las honrosas
excepciones de Noruega, Holanda, Suecia, Finlandia y Dinamarca, que a pesar de aportar incluso el
1%, han sido recriminados por tratar de destinar fondos a iniciativas que no son estrictamente
ayudas para el desarrollo.

Pero los que continúan siendo un escándalo son los subsidios agrícolas, que han alcanzado la
extravagante cifra de 378 billones de dólares en 2004. La Unión Europea es la que ha gastado más,
143 billones de dólares, seguida por los Estados Unidos con 109 millones de dólares. También aquí
en 1994 los países miembros de la OMC se comprometieron a una reducción universal de las
medidas proteccionistas del comercio y los subsidios. Desde aquel compromiso hasta 2004, los
países ricos no sólo han mantenido los subsidios sino que Europa los ha aumentado un 4,95% y los
Estados Unidos un gigantesco 60%.

Estos subsidios, según la organización no gubernamental OXFAM, permiten por ejemplo vender trigo
a un 34% de los costos de producción. Desde 1980 los precios del trigo han bajado un 45,2%, el
maíz un 41,6%, y el arroz un 61%. Se trata precisamente de los productos que reciben mayores
subsidios agrícolas. Los defensores de los subsidios sostienen que la reducción del precio de
33
alimentos beneficia a los pobres del Tercer Mundo, que pueden tener acceso a la comida más
fácilmente. Pero es un argumento de un cinismo vergonzoso. De los 1,2 mil millones de personas
que viven en la miseria absoluta, el 75% vive en las zonas rurales. Se trata de jornaleros agrícolas,
personas que viven del melocotón, de recursos forestales, de pequeñísimas parcelas de terreno.
Dentro de estos está el 80% de los 852 millones que sufren por hambre y malnutrición. Se trata, por
lo tanto, justamente de los beneficiarios previstos por los ODM, cuyo número debería disminuir antes
de 2015. Ya que la comida importada cuesta menos que el producto local, el número de trabajadores
que abandona el campo aumenta y también el número de los pobres urbanos. A esto se han unido
los efectos de las políticas de reparación estructural que, eliminando las barreras aduaneras, han
permitido a alimentos subsidiados entrar en el mercado y echar fuera a los pequeños e ineficientes
productores agrícolas, engrosando así el número de los pobres y los subalimentados. El resultado es
que en 1990 los países menos desarrollados, los más pobres, gastaron cinco veces más en importar
comida que lo que alcanzó el valor de sus exportaciones. Y a pesar que la producción de alimentos
va en constante aumento en el mundo, el número de los hambrientos y desnutridos llegó a 852
millones en 2005.

La causa real del hambre es la falta de acceso a la comida y esto ocurre porque los pobres no tienen
el dinero para adquirirla. En otras palabras, el hambre es consecuencia de la pobreza. Devolver
espacio a la producción agrícola en las zonas rurales es fundamental para reducir el hambre. La
agricultura, especialmente aquella de subsistencia, es de gran importancia social. EL IFAD
(International Fund for Agricultural Development) ofrece cifras deslumbrantes: la agricultura garantiza
del 60 al 75% del trabajo rural; la comida de subsistencia emplea cerca del 62% de la tierra arable;
los pobres rurales son los que cuidan de su subsistencia. En 2004, el 57% de la población total del
Tercer Mundo dependió de la agricultura y el 49% de esta población dependió de una agricultura de
subsistencia. Obviamente, los beneficiarios de los subsidios agrícolas defienden la necesidad de
mantenerlos en la agricultura, ya que los grandes consorcios agroindustriales no podrían competir
sin subsidios. Pero un análisis de los subsidios agrícolas europeos nos revela una historia diferente:
58 campesinos han recibido en 2004 más de 27 millones de dólares de subsidios europeos. La reina
Elizabeth recibe cada año 700.000 dólares de subsidios y el Príncipe Grimaldi de Mónaco 300.000.
No se trata de ayudas a pequeños campesinos. Francia recibe más de un quinto de los subsidios:
pero el 15% de las compañías agrícolas francesas se benefician del 60% del total destinado a
Francia, mientras que los pequeños campesinos sólo reciben el 17%. Es alarmante que la Comisión
no pueda proveer la lista de los beneficiarios de estos subsidios por la sencilla razón que los países
se oponen, en particular Francia. El ministro de la Agricultura, Dominique Besserau, ha dicho: "si se
34
introduce la transparencia en la agricultura, tenemos que ampliarla a todos los asuntos europeos."
Aparte el hecho de aumentar la confianza de los ciudadanos en las instituciones europeas, está claro
que la publicación de los beneficiarios no tendría un efecto positivo sobre los ciudadanos quienes
comprobarían que están pagando impuestos a favor de las grandes compañías. No es casual que el
movimiento del Slow Food se haya pronunciado por la transparencia de los subsidios agrícolas,
porque les lleguen sobre todo a los pequeños labradores. Empieza a nacer una escuela de
pensamiento que reclama dejar de dar subsidios para producir alimentos destinados a la exportación
y sí beneficiar a los pequeños campesinos para que puedan mantener viva su identidad y la
producción de alimentos de calidad, orgánica, etc, eliminando así las distorsiones internacionales.

Por consiguiente, no se podrá progresar en la realización de los ODM sin un aumento de los
recursos –lo que no se divisa en el horizonte- y sin borrar las distorsiones internacionales que el
comercio actual crea. Mientras con las políticas de reparación estructural hemos logrado eliminar las
tarifas de protección de las frágiles realidades económicas del Tercer Mundo, seguimos defendiendo
los intereses del mundo industrializado. Evidentemente, esta interpretación de que la mano invisible
del libre mercado lo soluciona todo, no es válida para el Sur del mundo.

Según las Naciones Unidas la población mundial crecerá otros tres mil millones hasta 2050, sobre
todo en el Tercer Mundo. La demanda de comida en esos países aumentará sustancialmente. Esto
permitirá impulsar la creación de una agricultura local, alimentar al menos las poblaciones rurales,
crear industrias de transformación y estructuras de transporte hacia las ciudades, a cuyos mercados
no lleguen alimentos subvencionados. Es en esta hipótesis que trabaja el IFAD, la Cenicienta de las
agencias de las Naciones Unidas y que es vista con gran reserva por los grandes productores de
alimentos por sus análisis socioeconómicos ya que según sus críticos, escuchando a los pobres, se
contagian feas costumbres como aquella de tener percepciones diferentes de los ricos… y
ciertamente la percepción de quien mira por el cañón del fusil es diferente de aquel que ve por la
mira…

Derechos humanos

El otro desafío fundamental es hacer de los derechos humanos un hito de las relaciones
internacionales. La administración de Bush ha hablado mucho de ello y ha hecho poco o nada. Los
Estados Unidos no reconocen la Corte Internacional de Justicia, por temor a que un día pueda juzgar
a un ciudadano estadounidense. Han llegado al punto de retirar las ayudas bilaterales a los países
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que se han negado a firmar un tratado en el que se comprometerían a no juzgar a un soldado de ese
país, procesable sólo en cortes de Estados Unidos. Han introducido prácticas contrarias al Tratado
de Ginebra, del que los EE.UU. son firmantes, como la devolución de prisioneros a países en que la
tortura es normalmente ejercida, para tener así formalmente las manos limpias. Han abierto la base
de Guantánamo a los prisioneros acusados de terrorismo, para tenerlos en suelo propio y someterlos
así a los procedimientos establecidos en los Estados Unidos. El gobierno ha opinado abiertamente
que el Tratado de Ginebra sobre los prisioneros de guerra está obsoleto y no es aplicable a los casos
de terrorismo. Al mismo tiempo, se predica el respeto a los derechos humanos como un elemento
distintivo de la política exterior, pero se cierran los ojos por conveniencia sobre Chechenia y sobre
las minorías musulmanas en China. Este camino fue iniciado por Reagan, con el rechazo a
reconocer la autoridad de la Corte de La Haya, cuando esta condenó a los Estados Unidos por haber
minado los puertos de Nicaragua. Ahora se añade una simple enunciación: los Estados Unidos no
aceptan ser sometidos a ningún mecanismo legal que no sea nacional y los derechos humanos no
valen para los enemigos. Pero no es posible aplicar los derechos humanos con interpretaciones
nacionales. De ser así, China, Rusia y otros países podrían ampararse en las mismas excepciones
que Estados Unidos.

Se está abriendo un interesante debate en el seno del Consejo de los Derechos Humanos de la
ONU, sobre la posibilidad de incluir en los ODM, objetivos de aplicación de derechos humanos, con
los mismos mecanismos de control y medidas. Por ejemplo, Brasil propone introducir la eliminación
de la pena de muerte, de la tortura y del racismo. También debería incluirse la eliminación de la
discriminación religiosa, de género o con motivo de preferencia sexual, aunque sobre estos temas un
acuerdo está aún muy lejano, como declaró el delegado brasileño. Más fácil sería lograr un consenso
sobre la eliminación de formas modernas de esclavitud.

Se trata de un camino interesante: es evidente que si no se alcanza un acuerdo sobre los derechos
humanos, en breve tiempo, la ingobernabilidad aumentará en el futuro, especialmente teniendo en
cuenta el cambio que se produce en Asia. Se trata de una región sin tradiciones en esta materia, que
opuso una dura resistencia en la Conferencia de los Derechos Humanos de Viena de 1994, alegando
que ésa es una preocupación típicamente europea. Tenemos veinte años para lograr un acuerdo
internacional mientras Asia se encamina a convertirse en una nueva potencia. Por supuesto que los
acuerdos internacionales no rigen las guerras ni las dictaduras, pero en un mundo interdependiente
crean normas de comportamiento y puntos de referencia ética y jurídica para los ciudadanos. Y si
bien mantener ejércitos de ocupación siempre es caro y a la larga no funciona nunca, tener
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instrumentos jurídicos globales a los que referirse, es siempre una garantía de un mundo más
transparente y más consciente de cuál debe ser su orden ideal. Si este concepto forma parte del
patrimonio de los ciudadanos, llega a convertirse en un serio problema que las dictaduras y
hegemonías autoritarias pueden vencer sólo con una fuerza mayor, lo que conduce a reducir el
período histórico de la hegemonía, como demuestra el caso de la presidencia de Bush.

Medio Ambiente

El tercer desafío es, indudablemente, la solución de los problemas ambientales, de la biodiversidad,


de la energía, de todo lo relacionado con este tema. Al margen del criterio de las autoridades de
Estados Unidos, ya existe un 95% de los científicos en el mundo convencidos de que el cambio
climático tiene que ver con la actividad del hombre en el planeta. Parecería una afirmación obvia,
pero cuando el presidente Reagan dijo que no era la industria la que producía la polución sino los
árboles, las corporaciones de su país cerraron los ojos, para no poner en riesgo sus ganancias. Caso
emblemático es el de Exxon, que ha financiado el American Enterprise Institute, el think tank de la
derecha estadounidense, ofreciendo miles de dólares a cualquiera que escriba artículos en
contraposición con el último informe del Intergovernmental Climate Task Force, del que forman parte
2.500 científicos. Es sorprendente el elevado número de personas en puestos de poder que no
quieren ver adónde va el mundo a cambio de ganancias a corto plazo.

El paso de los años sólo puede aumentar el problema si no se aplican remedios drásticos, que la
política no está en condiciones de proponer. Baste pensar en el conocido caso de los Estados
Unidos, donde ningún gobierno ha intentado introducir un impuesto sobre los combustibles. Y donde
todos los edificios de oficinas quedan iluminados toda la noche, vacíos, porque aquél es el lifestyle
estadounidense. El lifestyle que el presidente Bush padre reclamó al declarar la guerra del Golfo: se
quiere cambiar nuestro estilo de vida, y "no lo toleraremos." El lifestyle por el que si yo compro un
Toyota híbrido de electricidad y gasolina, no tengo ningún descuento fiscal. Pero si compro un SUV
que quema 1 litro por seis kilómetros, entonces tengo un descuento, porque la gasolina es cara y el
Estado me ayuda a comprarla. No es por tanto casual que todo el equipo actual de Washington, de
Bush a Cheney, de Rice a González, haya trabajado para compañías petroleras…

La población del mundo sigue creciendo, aunque no como se temió en los 50. Donde ha llegado el
bienestar, el número de niños ha disminuido drásticamente. Ilustrativo es el caso de Canadá que ha
pasado de una media de 5 niños por familia a principios del siglo pasado a menos de dos en la
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actualidad. El crecimiento de la población se agrupará sobre todo en el Tercer Mundo. El cálculo es
que pasaremos de los actuales 6 mil millones a 9 mil millones en 2050. Las proyecciones del
Population Research Bureau para 2050 (no están disponibles para 2025, límite de estas reflexiones)
arrojan 1,6 mil millones para la India, seguida por China con 1,4 mil millones. Los Estados Unidos,
tendrán 420 mil millones. Indonesia 308 millones y Nigeria 307 millones. Rusia, hoy con 144 y Japón
con 128 millones, saldrán de la lista de los 10 países más poblados del mundo. ¿Y Europa? Es la
única región del mundo cuya población disminuirá, pasando de los 728 millones actuales a 668
millones en 2050. Si nos fijamos bien, aquí no se habla de la Unión Europea, sino de todo el
continente. Y para volver sobre estos datos comparativos, en Japón sólo el 14% de la población es
inferior a los 15 años y en Europa el 15%, mientras el 19% es superior a los 65 años. Pero el 50% de
Nigeria está por debajo de los 15 años y sólo el 3% supera los 65 años.

¡Qué fin de la explosión demográfica! Si la tasa de fertilidad quedara inalterada, lo que significa que
el actual cuadro de pobreza y subdesarrollo quedaría en el Tercer Mundo, en 300 años la población
mundial sería de 134 trillones de personas y la densidad por kilómetro cuadrado excedería la de
Hong Kong, con 100 personas por metro cuadrado. ¿Existe este debate en la política y en los
medios de comunicación? Sin embargo, si se redujera a algo más de dos niños por familia, dentro de
300 años el mundo tendría más de 36 mil millones de habitantes. Y si se disminuyera a menos de 2
niños por familia, dentro de tres siglos el mundo sólo tendría 2,35 mil millones de habitantes.
Obviamente, se trata de dos hipótesis de supervivencia muy diferentes, porque nadie es capaz de
prever cómo será la sociedad dentro de tres siglos. En el caso específico de Italia, si se quedara en
los actuales niveles de fertilidad dentro de 300 años pasaría de los actuales 58 millones a 600.000
habitantes.

Pero regresemos a nuestros tiempos. Las proyecciones de la FAO dicen que no hay problemas para
producir comida para 9 mil millones de personas: la dificultad, como siempre, radica en la
distribución, el acceso de los individuos a la comida. Recordemos que cuando se hizo en 2000 la
Conferencia de la FAO sobre la alimentación, los Estados Unidos aceptaron que se incluyera en el
documento final el derecho a la comida como un derecho humano, pero a condición de que no se
hiciera mención de ningún deber. Y aquí volvemos a los ODM. ¿Cómo es posible ver un mundo sin
conflictos si no se soluciona el problema del hambre y la miseria, con cambios demográficos
apropiados? ¿Si hoy tenemos 1,2 mil millones de personas que viven con menos de 1 dólar al día,
qué sucedería si, sobre la base de los datos actuales, se convirtieran en 2,1 mil millones en 2050?
Porque, como hemos visto antes, el aumento de la población tendrá lugar sobre todo en las áreas de
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pobreza rural, las más golpeadas por el actual sistema de intercambios comerciales y de subsidios
agrícolas.

Tomemos las relaciones entre los dos gigantes del futuro, India y China, la "Chindia", y su impacto
en el medio ambiente. Hoy los dos países están entre los cuatro mayores productores de óxido de
carbono, el mayor responsable del cambio climático. El Worldwatch Institute, especializado en
previsiones a mediano plazo, señala que lo que caracteriza la actual situación, es la actitud de
algunos países de mantener el desarrollo económico propio sin prestarle atención al medio
ambiente. Actualmente, los Estados Unidos consumen tres veces más cereales por persona que
China y 5 veces más que la India; las emisiones de óxido de carbono superan seis veces el nivel de
China y veinte veces el nivel de la India. Pero si la India y China consumieran semejante volumen de
recursos naturales y tuvieran el mismo nivel de contaminación de los Estados Unidos,
necesitaríamos dos planetas como el nuestro para sustentar las dos economías.

Veamos algunos de los problemas:

• Agua. China sola posee el 8% del agua del planeta, para el 22% de la población mundial. En la
India se prevé que la demanda urbana de agua se duplicará para 2025 y la industrial se triplicará.

• Energía. La India ha duplicado el consumo de petróleo de 1992 y China, que se autoabastecía


hasta 1990, es el segundo importador de petróleo en el mundo desde 2004. Son los dos únicos
países cuyo sistema energético es dominado por el carbón, que provee los dos tercios de la energía
que consume China y la mitad de la que usa la India.

• Alimentación. Si el consumo actual de cereales por habitante en China se duplicara, acercándose a


los niveles europeos, necesitaría el 40% de los cereales de todo el mundo.

Para explicar mejor cuánto el cambio climático afecta los asentamientos humanos, en una relación
de causa y efecto, pondremos dos ejemplos: el del impacto del aumento del nivel de los mares y el
problema del agua.

Existe obviamente un debate aún no concluido sobre cuánto se elevaría el nivel de los océanos
como efecto del derretimiento de los glaciares y de su desplazamiento. De momento, el dato seguro
es que hemos pasado de 51 km2 al año desde 2000 a 150 km2 al año. Existe en cambio un consenso
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sobre el hecho que estamos en el período más cálido del que haya datos de archivo. Se cree que,
para 2025, el nivel de los mares aumentará entre los 80 cm y un metro. Los más pesimistas hablan
de 3 metros.

Comoquiera que sea, se trata del destino de 643 millones (actuales) de habitantes que viven en
zonas costeras. De los 180 países con población en zonas costeras de baja altura, el 70% tiene
conglomerados urbanos en esa costa. Para ser más precisos, las ciudades más grandes del mundo,
las que cuentan con más de 5 millones de habitantes, tienen un quinto de la población y un sexto del
territorio en zonas costeras bajas. Para dar una idea de las dimensiones a nivel global, las áreas
costeras bajas sólo representan el 2% de las tierras, pero en ellas habita el 10% de la población y el
13% de los centros urbanos. Por ejemplo, Bahamas, Holanda y Suriname tienen el 70% de la
población en riesgo; numerosas república-islas como las Seychelles, desaparecerían
completamente. Esta perspectiva ha llevado a los países en riesgo de extinción a reunirse en un
grupo informal con sede en la ONU, al que el ex embajador de Estados Unidos John Bolton, uno de
los halcones de los necon ∗ , ha liquidado diciendo: "son tan pocos que pueden irse a vivir todos en
cualquiera parte del mundo y nadie se daría cuenta de ello”.

Los datos del Intergovernmental Panel on Climate Change, IPCC, son conocidos. Nuevamente, el
mítico 2025 es la última fecha posible antes de que ocurran daños irreversibles. La emisión del
dióxido de carbono a causa de combustibles llega a la cifra récord de 6,25 millones de toneladas.
Sólo China crea una central de carbón con tecnología anticuada cada semana. Sin embargo, los
daños debidos a los cambios climáticos han implantado otro récord en 2006: 60 mil millones de
dólares. Esto debería hacer pensar que desde los tiempos de la revolución industrial a hoy la
temperatura de la tierra ha aumentado el 0,5%: si continuamos sin intervenir, al final del siglo el
aumento de temperatura será de un mínimo de 1,5% a un máximo de 4,5%. La desaparición
acelerada de los corales es la consecuencia más triste de esta tendencia.

Obviamente, todo esto se supo hace mucho tiempo aunque sin todos los datos que los 2.500
científicos del IPCC han recogido ahora. Ya en 1992, la Conferencia de Río de Janeiro sobre
Ambiente y Desarrollo no sólo analizó estos temas, sino que también adoptó un plan de acción, la
llamada Agenda 21. En Río, por primera vez en la historia de las Naciones Unidas participaron por
iniciativa del canadiense Maurice Strong, creador del Plan del ambiente de las Naciones Unidas,
20.000 representantes de la sociedad civil. Hasta George Bush padre, que como buen tejano


Apócope de neoconservadores
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relacionado con los negocios petroleros había ignorado las fases preparatorias, fue obligado a
participar en una decisión de último momento.

A fines de la presidencia de Clinton, se desarrolló la Conferencia de Kyoto, con un modesto proyecto


que consistía en llevar dentro de diez años las emisiones de dióxido de carbono al nivel de cinco
años atrás. George W. Bush se ha negado a suscribir el acuerdo, formando un círculo vicioso típico
de la crisis de gobernabilidad que atravesamos. Bush sostiene que no tiene sentido firmar el
acuerdo, si no lo firman también los países en desarrollo, en particular China y la India, que han
aumentado las emisiones de modo dramático. Estos contestan: ¿han construido hasta ahora el
desarrollo industrial sin ningún respeto al entorno, y ahora que han terminado, no quieren que
nosotros hagamos el nuestro? ¿Y los millones de pobres que tenemos que rescatar? Además,
ustedes siguen produciendo tercamente 17 veces más polución que nosotros. En medio de este
círculo vicioso, la política tiene excusas perfectas para seguir posponiendo soluciones, sin hacer
nada. Mientras tanto, 2.000 millones de personas en el mundo no tienen acceso a la electricidad,
continúa la deforestación y se usan combustibles de baja calidad y de alta polución como el
queroseno. Sobrevolar la isla de La Española es impresionante pues si normalmente las fronteras
desde un avión son invisibles, las que separan a Haití de la República Dominicana son evidentes: de
la parte haitiana no hay más árboles, todos son cortados para cocinar.

El agua es el otro ejemplo. Se empieza ya a hablar de posibles guerras por el agua, no sólo por el
petróleo. Hay en el mundo 1.200 millones de personas que no tienen acceso a una cantidad de agua
suficiente para cubrir las necesidades básicas. Si se dejan las cosas como están, para 2025, llegarán
a 3 mil millones. No se avizora cómo se pueden implementar los ODM, sin solucionar el problema del
agua. Políticamente se ha encontrado una “brillante solución”: se ha previsto privatizar, a instancias
del Banco Mundial, las viejas compañías municipales en todo el mundo cuya gestión es ineficiente,
porque no renovaron las instalaciones debido a que faltaba una economía a gran escala que sólo
grandes empresas internacionales podían aportar. Así, un bien común se ha convertido en un bien
de mercado (de hecho, hasta las partes del cuerpo humano descubiertas se están patentando
gracias al proyecto del Genoma) y se ha observado que los presupuestos de las grandes empresas
transnacionales han multiplicado en los últimos años sus ganancias. ¿Tienen los ciudadanos mayor
acceso al agua?

Ahora, solucionar el problema del acceso al agua tiene evidentemente un precio: 10 billones de
dólares al año. Es el costo de los gastos militares mundiales de 5 días. La guerra en Iraq habría
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financiado hasta ahora 30 años de agua para 1 billón 200 millones de habitantes sedientos en el
mundo. El Consejo de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas está promoviendo un estudio
sobre cómo regular el acceso equitativo al agua según las leyes internacionales de los derechos
humanos. Mientras tanto en Uruguay ya se está desarrollando una gran movilización en este sentido.
En los seis Foros Sociales Mundiales que han tenido lugar hasta ahora, de Porto Alegre a Mumbai,
de Caracas a Nairobi, el tema del agua ha reunido numerosas organizaciones, que bajo la guía de
Riccardo Petrella, han adoptado una plataforma de defensa del agua como bien común que no
puede ser regulado sólo por el mercado. Obviamente, en Davos esta plataforma ha sido vista con el
mismo entusiasmo con que los esquiadores miran los aludes, y mientras tanto nada se mueve sobre
este aspecto a nivel de acuerdos internacionales.

El déficit político

Por todo lo que se ha visto hasta ahora, es evidente que existe un serio déficit político. El problema
que tenemos se denomina con un eufemismo: falta de voluntad política, lo que nos hace pensar que
si los políticos quisieran, podrían.

Es lícito tener muchas dudas sobre esta proposición en un mundo globalizado. Mientras los
problemas estaban dentro de las naciones, la política podía resolver lo que decidía. Pero ahora, la
capacidad de la política es reducida por muchos factores. Ante todo, los problemas globales no
pueden ser solucionados a nivel local. Estas pueden tener efecto, sólo si forman parte de un plan
global. Sin ir muy lejos, el caso de los ODM es emblemático de los compromisos tomados
unánimemente por todos los Jefes de Estado. La realidad es que las finanzas han logrado ventaja
sobre la economía (el flujo de capitales que vagan por el mundo, entre la bolsa y las transacciones
financieras es 5 veces superior al flujo de los capitales de producción de bienes y servicios, en
cualquier día del año). No existen reglas ni controles para los flujos financieros: al menos para el
comercio de los bienes y servicios existe la OMC que, incluso con todas sus limitaciones, tiene poder
normativo sobre el comercio, aunque desequilibrado a favor de los fuertes. Nada parecido existe
para los capitales. Basta pensar que en los paraísos fiscales se evitan pagos de impuestos por 250
billones al año, según lo estimado por el Fondo Monetario Internacional, FMI. Alcanzaría con 100 de
ellos, para solucionar los ODM, incluyendo el tema del agua. Sin un acuerdo unánime, los paraísos
fiscales seguirán existiendo. Y si se mantienen, es porque ciertos países como los Estados Unidos,
donde el poder financiero tiene un peso decisivo sobre la política, se oponen a cada tentativa de
reglamentos y controles. Se calcula que la campaña electoral de un senador estadounidense cuesta
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2 millones de dólares a la semana y la del presidente de los Estados Unidos, 5 millones de dólares.
Como es improbable que todos los ciudadanos cuenten con este "tesoro de guerra", es inevitable
que la corrupción continúe.

Debemos añadir que una globalización sin reglas como la actual, está por encima de los países y de
los gobiernos, y no por debajo, como planteaban los acuerdos internacionales. Por consiguiente,
aunque de modo diferente para los países fuertes y los débiles, ha habido una erosión de la
capacidad de decisión de los parlamentos nacionales y por lo tanto de la política. La velocidad y la
fuerza de los acontecimientos son bien superiores a la máquina tradicional de la diplomacia y los
otros mecanismos con que los Estados pueden actuar en el mundo globalizado. Por fin, hay una
crisis profunda del concepto de Estado-nación, nacido de los tratados de Westfalia, que previeron el
poder del Estado sobre un territorio determinado y sobre los habitantes en él circunscritos. Sobre el
concepto westfaliano se ha alimentado el proceso democrático mediante el cual, en un debate de los
residentes en un lugar específico se arriba a un consenso sobre la gestión del Estado y sus
instituciones públicas, sindicatos, confederaciones industriales, partidos, asociaciones nacionales de
campesinos, de artesanos, etc. El Estado westfaliano no ha sido capaz de administrar los conflictos
de minorías étnicas y religiosas. La creación de fronteras artificiales en África, por ejemplo, a tenor
de acuerdos de reparticiones coloniales, es la base de casi todos los conflictos actuales, y no sólo en
África.

Para concluir, hay un problema nuevo para la política, y es su autorreferencia en ausencia de un


cuadro de amplia perspectiva histórica. En correspondencia con el marco histórico en que surgieron,
las ideologías desaparecidas tuvieron una visión integral y orgánica de un diseño último de la
sociedad. No hablamos sólo del nazismo y del comunismo, sino también del socialismo y de la
Democracia Cristiana. Los conceptos de "derecha" e "izquierda" indicaron no sólo diferentes modelos
de organización social, sino también compromisos y valores que movieron a los ciudadanos a un
compromiso profundo, a veces también de luchas. Esto se acompañó de la conquista del poder, y la
negación total del otro.

Hoy desaparecen las ideologías superadas por el pragmatismo, la política se encaminó, carente de
valores profundos, hacia un mecanismo de procedimientos para lograr acuerdos sobre las cuotas de
poder, que permitan administrar las crisis, que por otro lado, se presentan como recurrentes. La
política se ha basado cada vez menos en la participación, tendiendo a convertirse cada vez más en
una actividad autorreferente. En la actualidad los conflictos que la democracia está llamada a
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solucionar, son los de poder que ella misma ha creado, partiendo de la concertación de las fuerzas
políticas. Surge así un fenómeno que se repite: la solución propuesta ahora para resolver un asunto,
es el nuevo conflicto que hace falta solucionar en la etapa siguiente. Nace así un círculo vicioso,
difícil de romper: el círculo de los ajustes y reajustes del poder, dentro de una realidad cada día más
lejana de la vida cotidiana de la población. La bancarrota de las ideologías del siglo pasado, la falta
de su actualización, ha hecho que todas las instituciones políticas hayan entrado primero en la
moderación, luego en el escepticismo de los valores ideológicos, girando finalmente hacia el
pragmatismo de la acción política.

La disolución ideológica y el pragmatismo son dos elementos que impiden que los actores políticos
puedan leer adecuadamente la sociedad en sus múltiples dimensiones. Usted podría refutar que la
falta de ideologías permitiría una lectura más objetiva de la realidad sin la atadura de las
interpretaciones filosóficas y políticas que han dividido el mundo en el siglo pasado. Pero la
inteligencia necesita categorías y método intelectual para poder comprender la realidad. La dirigencia
política actual sostiene que el pragmatismo conduce al realismo, pero lo que hace el pragmatismo es
valorar la realidad en función de su funcionalidad, de su dimensión utilitaria. Todo lo que no obra de
acuerdo con los criterios de eficiencia del paradigma pragmático, queda excluido por definición.

Hemos así pasado, de la práctica a un pragmatismo utilitario, o utilitarista. Este lleva a que los
ciudadanos se sientan manipulados, se viva en un creciente escepticismo y nazca un sentimiento
generalizado sobre la inutilidad de la acción y la participación política. Hay que añadir que el hecho
de que las instituciones políticas sean maquinarias cada vez más cerradas ha dado lugar al
nacimiento del fenómeno masivo de la sociedad civil.

El pragmatismo y el idealismo

El surgimiento de la sociedad civil es un fenómeno singular y nuevo que trasciende el viejo


asociacionismo que estuvo siempre contenido dentro de un marco de referencia ideológica, como las
sociedades musicales, deportivas o recreativas. Está constituido por millones de ciudadanos, no sólo
jóvenes, que quieren contribuir a una acción social, pero no desean hacerlo dentro de las
instituciones políticas. Representa la reacción del idealismo entendido como aspiración a resolver los
problemas más perentorios del hombre, contra el pragmatismo utilitario, contra el mercado como un
valor que resuelve los problemas sociales. Trata de colocar al hombre como actor principal de la
sociedad. Lo hace muchas veces de forma confusa y poco productiva, no en la acción, sino en la
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relación con la gestión del poder político que es el instrumento final del Estado y la sociedad. Pero
sin voluntarios, los hospitales, por ejemplo, no funcionarían y los viejos quedarían abandonados a su
suerte. Sin voluntarios, desde los médicos hasta los expertos en agricultura, la vida de millones de
habitantes de las zonas más deprimidas del mundo, sería aún más penosa. Si se hiciera un estudio,
se vería que los voluntarios, la sociedad civil, han hecho más para alcanzar los ODM que lo que han
hecho los Estados. Por otra parte ¿qué sería de los ODM sin la campaña de la sociedad civil, sin
Bono, Soros y Bill Gates?

En esta perspectiva que hace falta trabajar si se quiere crear una verdadera gobernabilidad
internacional. Gobernabilidad que puede ser creada sólo sobre la base de valores que no es
necesario inventar, porque en el siglo pasado fueron considerados patrimonio común de la política:
los valores de solidaridad, justicia social, igualdad, participación, respeto por el otro, la coexistencia y
la tolerancia. Hoy los valores de la globalización son el provecho, la competición, el mercado, el
éxito. Son valores con un sentido y fuerza. Pero, son valores individuales, no sociales. Y si tenemos
que crear una gobernabilidad mundial y sostenible, también hacen falta valores sociales. Por
ejemplo, hace falta corregir el gran tema de la seguridad, la seguridad de los Estados, la del hombre,
que debe ser vista hoy de manera global, sobre la base de las reflexiones, de la información, de los
desafíos, que se esperan en los próximos veinte años.

La verdadera seguridad es dar a cada hombre trabajo, dignidad, educación, salud: en otras palabras,
hacer de los derechos humanos la piedra angular de la gobernabilidad mundial. Bastaría con dar el
1% de los gastos para la seguridad militar a la seguridad humana, para pasar de un mundo unipolar
a un mundo multipolar, de modo que se cree un cuadro de relaciones duraderas que venzan las
posibles dictaduras y hegemonías egoístas. Porque, se quiera o no, es el hombre quien hace la
historia y la dirige. ¿Seremos capaces de responder a este desafío, los 6 mil millones que somos
ahora? Si este redescubrimiento de los valores continuara, sería posible. De otro modo, cuando
seamos 9 mil millones, todavía será mucho más difícil, porque la escasez de bienes y recursos
aumenta los conflictos y no reduce los egoísmos.

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