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El comienzo de la vida

Recientemente, Giovanni Sartori, en el Corriere della Sera, intervino en términos


filosóficos en el tema de los embriones y el inicio de la vida, citando copiosamente la
postura conocida como "creacionista" de Santo Tomás de Aquino.

Se trata de una postura ya recordada en los últimos tiempos por algunos autores laicos
(por ejemplo, yo mismo hablé de ella en una columna de septiembre de 2000), pero
-curioso, ¿verdad?- nunca retomada en los ambientes católicos fundamentalistas.

La posición de Tomás (que en el transcurso de los siglos la Iglesia nunca ha negado


expresamente, condenando en cambio la opuesta a ella, de Tertuliano) es la siguiente:
las plantas tienen un alma vegetativa, que en los animales se asimila al alma sensitiva,
y en los seres humanos estas dos funciones se asimilan al alma racional, que es la que
produce al hombre dotado de inteligencia y que define a una persona como "sustancia
individual de naturaleza racional".

Tomás tiene una visión biológica de la formación del feto: Dios introduce el alma
solamente cuando el feto adquiere, gradualmente, primero el alma vegetativa y luego
el alma sensitiva. Sólo en ese punto, en un cuerpo ya formado, se crea el alma racional
(Summa Theologiae, I, 90). El embrión tiene solamente alma sensitiva (Summa
Theologiae, I, 76, 2 y I, 118, 2). En la Summa contra gentiles (II, 89) se dice que hay
una generación gradual, "a causa de las formas intermedias de las que viene dotado el
feto desde el inicio hasta su forma final".

Y por eso, en el Suplemento a la Summa Theologiae (80, 490) se puede leer esta
afirmación, que hoy suena revolucionaria: después del Juicio Universal, cuando el
cuerpo de los muertos resurgirá para que también nuestra carne participe de la gloria
celeste (cuando según Agustín, revivirán en la plenitud de su belleza adulta no sólo los
nacidos muertos sino, en forma humanamente perfecta, también las burlas de la
naturaleza, los mutilados, los engendrados sin brazos o sin ojos), en esa "resurrección
de la carne" no participarán los embriones. En ellos aún no se había infundido el alma
racional, y por lo tanto no son seres humanos.

Se podría decir que la Iglesia, casi siempre de manera lenta y subterránea, ha


cambiado tantas de sus posiciones en el transcurso de su historia que también podría
haber cambiado ésta. Pero es singular que nos encontremos ante la tácita
desaprobación, no de una autoridad cualquiera, sino de la Autoridad por excelencia, el
pilar que sostiene la teología católica.

Las reflexiones que nacen a propósito de este tema conducen a curiosas conclusiones.
Sabemos que desde hace mucho tiempo la misma Iglesia Católica se ha resistido a la
teoría de la evolución, no tanto porque parecía desmentir el relato bíblico de los siete
días de la creación (sobre esto ya estaban de acuerdo los antiguos comentaristas: la
Biblia habla metafóricamente, y con expresiones poéticas, por lo que siete días
también podrían significar siete millones de años), sino porque cancelaba un salto
radical, la milagrosa distinción entre las formas de vida prehumanas y la aparición del
hombre, anulaba la diferencia entre un simio, que es un animal bruto, y un hombre,
que ha recibido un alma racional.

Luego, lentamente, la Iglesia llegó, no digo a sostener, pero sí a admitir el darwinismo


con la condición de que, en la continuidad de la cadena de la vida, desde el primer ser
unicelular hasta Adán, se reconociera la existencia de una grieta, un hito, el momento
en que se le confiere alma inmortal a un ser vivo. Sólo los fundamentalistas
protestantes (y algunos tenaces asesores del Ministerio de Instrucción Pública italiano)
siguen sintiendo horror de la hipótesis evolucionista.

Ahora, la batalla, por cierto neofundamentalista, sobre la supuesta defensa de la vida,


según la cual el embrión ya es un ser humano porque en el futuro podría llegar a serlo,
parece llevar a los creyentes más rigurosos a la misma frontera de los viejos
evolucionistas materialistas de antaño: no existe fractura alguna (aquella que definió
Santo Tomás) en el curso de la evolución que va desde los vegetales a los animales y a
los hombres; la vida tiene toda ella igual valor.

Y de hecho, en su polémica, Sartori se olvida de esa fractura, o confunde un poco la


defensa de la vida con la defensa de la vida humana, porque defender a cualquier
costo la vida en todas sus manifestaciones, en cualquier forma en que se manifieste,
podría llevar a definir como homicidio no sólo el hecho de verter el semen con fines no
fecundativos, sino también el de comer pollo o matar mosquitos, por no hablar del
respeto debido a los vegetales.

Conclusión: las actuales posiciones neofundamentalistas católicas no son sólo de


origen protestante (eso sería lo de menos), sino que producen un estancamiento del
cristianismo en posiciones materialistas y panteísticas, y en esa forma de
panpsiquismo oriental que hace que ciertos gurúes viajen con una gasa sobre la boca
para no matar microorganismos con su respiración.

No estoy emitiendo juicios de mérito sobre un tema sin duda muy delicado. Estoy
señalando una curiosidad histórico-cultural, un curioso vuelco de posiciones. Debe ser
la influencia de la new age.