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Publicado anteriormente en: Adolfo Chaparroy Christian Schumacher (eds.

), Racionalidad y
discurso mítico, Bogotá: Universidad del Rosario, 2003.

CONOCIMIENTO, DEMARCACIÓN Y ELECCIÓN DE


TEORÍAS

Pablo Quintanilla Pérez-Wicht


Pontificia Universidad Católica del Perú

Hasta hace relativamente poco tiempo, la discusión sobre el estatuto


epistemológico del discurso mítico solía esconder una pretensión demarcatoria.
Es decir, solía incorporar la búsqueda de criterios para demarcar entre, de un
lado, el discurso lógico supuestamente caracterizado por el razonamiento
deductivo y cuya epítome serían las ciencias y, de otro lado, el discurso mítico,
que sería el reino del pensamiento analógico, figurativo y simbólico. Es sabido
que esta distinción, así formulada, ha sido ampliamente superada en la filosofía
reciente. Difícilmente alguien podría pretender que se puede eliminar del
discurso científico el componente figurativo1 y, por otra parte, es indiscutible
que los mitos incorporan formas explicativas de la realidad que no deben ser
desdeñadas. Pero aunque la aspiración a demarcar entre ciencia y mito como
dos formas de razonamiento radicalmente diferente ha sido generalmente
abandonada, en ocasiones esa pretensión demarcatoria se ha reformulado en
términos de la búsqueda de criterios para distinguir entre el discurso científico y
el que no lo es. Es sobre esa pretensión demarcatoria que quisiera
concentrarme en esta ocasión, porque mi sospecha es que depende de un
remanente positivista del que bien haríamos en librarnos. Desarrollaré esta

1
idea tomando especialmente en consideración el criterio falsacionista de
demarcación de Popper, para mostrar los puntos donde sospecho que Popper
no se ha alejado lo suficiente del positivismo. Intentaré descubrir los residuos
positivistas en el proyecto mismo de Popper, que se evidencian en su versión
de la distinción entre oraciones observacionales y oraciones teóricas. Mostraré
cómo las objeciones contra esta distinción, propuestas en la filosofía reciente,
tienen como consecuencia minar las bases del proyecto demarcatorio mismo.
Así, sugeriré abandonar el problema de la demarcación para sustituirlo por la
pregunta por la elección de teorías.2 Este giro no implica consecuencias
relativistas, ya que puede haber criterios objetivos para determinar cuándo una
teoría es más explicativa que otra, en relación a ciertos objetos de estudio, pero
esa argumentación requerirá de más tiempo y la dejaré para otra ocasión.

Ahora nos detendremos un momento en el concepto mismo de


demarcación y en la pregunta sobre qué es exactamente lo que se demarca
respecto de qué, y con qué objetivo. Formulado de diversas maneras, el
problema de la demarcación atraviesa la historia de la filosofía occidental. Con
Parménides se plantea la pregunta sobre la distinción entre apariencia y
realidad, con Platón la diferencia entre opinión y conocimiento, con Kant la
demarcación entre un uso legítimo y uno ilegítimo de la razón, con Wittgenstein
la frontera entre el sentido y el sinsentido. En el terreno de la filosofía de la
ciencia, la pregunta se plantea en términos de cómo demarcar entre las
disciplinas que son científicas de aquellas que no lo son.

En casi todos los casos, sin embargo, la pretensión demarcatoria está


acompañada de una cierta consciencia de que, para hacer la demarcación, es
necesario estar más allá de los dos ámbitos a ser demarcados. Es una diosa la
que permite a Parménides acceder de la noche al día; según Platón son las
Ideas conocidas por reminiscencia las que permiten el conocimiento; el autor
de la Crítica de la Razón Pura es un sujeto trascendental; Wittgenstein hace la

1
Cf. Hesse, Mary, “The cognitive claim of metaphor”, en: Van Noppen, J.O. (ed.)., Metaphor and
Religion, Bruselas, 1984; Hesse, Mary y Arbib, M.A., The construction of Reality, Cambridge:
Cambridge University Press, 1987.
2
Desarrollé una idea semejante y con una argumentación parecida, aunque con pretensiones y
consecuencias diferentes, en mi artículo “La pregunta por la demarcación en la filosofía de la ciencia

2
demarcación desde la cima de una escalera, la cual es lanzada
inmediatamente después de que uno ha subido por ella.

El problema de la demarcación, tal como se plantea en la filosofía de la


ciencia actual, tiene sus orígenes en el presupuesto moderno de la unidad del
método. Como se recordará, Aristóteles era un pluralista metodológico: él creía
que no hay un método que compartan todas las ciencias ya que sus objetos de
estudios son diferentes. Aristóteles distinguía, por ejemplo, entre la silogística,
que es el método de las ciencias cuyo objeto de estudio es un género, es decir,
la filosofía segunda, y la dialéctica que sería el método empleado por las
disciplinas cuyo objeto de estudio no es un género, que serían la filosofía
primera, la ética y la doxografía. Así pues, si bien Aristóteles distingue entre los
diversos tipos de ciencias y sus diferentes objetos, no hay propiamente la
pretensión de demarcar entre disciplinas verdaderamente científicas y aquellas
que falsamente parecen serlo.

A diferencia de Aristóteles, los filósofos que inauguran la modernidad,


Bacon y Descartes, postulan un solo método para todas las ciencias.
Argumentan que ya que es una la razón (pues una es el alma), uno debe ser el
método, pues éste es coextensivo con la razón y no es sino un desdoblamiento
de ella. De igual manera, la ciencia debe ser sólo una y universal (la Mathesis
Universalis), porque es el producto de la aplicación del método a la realidad.
Así es como los filósofos modernos dirigieron sus esfuerzos a buscar ese
método que tendrían en común todas las disciplinas científicas, y que nos
permitiría demarcar entre ciencia y no ciencia. Encontrar el famoso método
resulta fundamental para aquellos filósofos que además presuponen que
ciencia y conocimiento son coextensivos; esto es, que todo conocimiento es
necesariamente científico y que no hay formas no científicas de conocimiento.
Para ellos el psicoanálisis, el arte, la metafísica o la religión, por ejemplo, no
constituyen en sentido estricto conocimiento. Estas actividades eventualmente
podrían proporcionarnos intuiciones valiosas o sugerentes, pero no
conocimiento; el único conocimiento verdadero sería el que puede ser
verificado mediante los criterios empíricos usuales de las ciencias naturales.

actual”, publicado en Juan Carlos Tafur (ed.), La Ciencia y el saber psicoanalítico, Lima: Instituto

3
Pero, como será notorio, se utiliza aquí como criterio de fundamentación del
conocimiento en general los criterios de verificación de algunas ciencias en
particular, lo cual constituye una obvia falacia de composición.

¿Cuál debe ser, entonces, el criterio de demarcación? Evidentemente la


correspondencia de las teorías con la realidad no puede serlo, pues ninguna
teoría resultaría siendo científica, ya que todas las teorías científicas del
pasado han sido superadas por las del presente. Si la correspondencia fuera el
criterio que buscamos tendríamos el paradójico resultado de que ni Aristóteles,
ni Copérnico, ni Galileo, ni Newton fueron científicos, sino solamente aquellos
con cuyas opiniones coincidimos.

Así pues, si la corrección no puede ser un criterio de demarcación, ¿cuál


podría serlo? Durante muchos años la pregunta por la frontera entre lo
científico y lo no científico tuvo una fácil respuesta. Científica es, se decía,
aquella disciplina que hace uso del método científico, y el método científico es
el ejercicio de la inducción y la experimentación. El inconveniente es que la
inducción genera serios problemas de justificación. En primer lugar, en tanto
inferencia lógica la inducción es evidentemente inválida, pues a partir de un
conjunto de casos individuales no se puede deducir válidamente una
proposición cuantificada universalmente. ¿Qué justificación tenemos, entonces,
para confiar en la inducción? La paradójica respuesta es que la justificación de
la inducción es la inducción misma. Ya que la inducción suele servir
exitosamente para predecir el curso futuro de la naturaleza, inferimos por
inducción que va a ser igualmente exitosa en el futuro. Pero esta es
evidentemente una justificación circular, y no hay otra. ¿Será, entonces, que
todo el edificio de la ciencia reposa en última instancia en un método cuya
justificación es circular? Por otra parte, aun si la inducción funcionara como
criterio demarcatorio, ella es incapaz de explicar la aparición de hipótesis
científicas creativas. El inductivismo se basa en el supuesto de que la
elaboración de una hipótesis científica se produce simplemente a partir de la
generalización de casos particulares, de manera que la experiencia genera la
teoría. Sin embargo, como Popper mostró en su crítica a éste, no es que la

Cultura Abierta, 1990.

4
observación empírica posibilite la construcción de hipótesis; en muchos casos
es al revés, primero surgen las hipótesis y luego estas son corroboradas o
falsadas por la experiencia.3

En el caso de la filosofía de la ciencia de corte positivista, sin embargo,


la demarcación entre ciencia y no ciencia se pretendía hacer desde el interior
de lo demarcado, incurriendo en lo que Karl Popper llamó la ‘falacia naturalista’.
Esta falacia radica en utilizar los criterios de verificación propios de las ciencias
naturales para demarcar entre las disciplinas científicas y las que no lo son. La
falacia en cuestión ya había sido señalada por Dilthey, con la finalidad de
preservar a las ciencias humanas de la imposición del método de las ciencias
naturales. Pero el objetivo de Popper, a diferencia del de Dilthey, no es separar
las ciencias humanas de las ciencias naturales, sino postular un nuevo criterio
de demarcación entre ciencia y metafísica. Afirma Popper:

Llamo problema de la demarcación al de encontrar un criterio


que nos permita distinguir entre las ciencias empíricas, por un
lado, y los sistemas ‘metafísicos’ por otro.4

Como es sabido, Popper objetó el inductivismo y el principio de


verificabilidad de los positivistas lógicos como criterios de demarcación entre
ciencia y no ciencia, para proponer a cambio el principio de falsación. Es
materia de discusión, sin embargo, si al hacer eso Popper realmente se liberó
de los presupuestos positivistas o simplemente los reformuló de una manera
diferente. En todo caso, La Lógica de la investigación científica de Popper
apareció en 1934 para sugerir una nueva manera de demarcar entre ciencia y
no ciencia. En esto, ciertamente Popper representa una superación del
inductivismo como criterio de demarcación, pero aún presupone la necesidad
de una demarcación.

El libro de Popper se hizo materia de la más alta preocupación para


aquellos dedicados a disciplinas que o bien se encontraban claramente en la

3
Cf. Popper, Karl, Conjeturas y refutaciones. El desarrollo del conocimiento científico, Madrid: Paidós,
1983.
4
Popper, Karl, La lógica de la investigación científica, Madrid, Tecnos, 1982. Los subrayados son del
autor.

5
clandestinidad respecto de la ciencia (expectorados del ámbito de la
racionalidad por los positivistas lógicos) o, en mejor de los casos, se discutía su
situación, como el psicoanálisis y el marxismo, desterrados al ostracismo al
mismo nivel que la hechicería y la astrología. Las ideas de Popper permitieron
someter a crítica la epistemología positivista y devolver las esperanzas a los
que se hallaban excomulgados. Si bien Popper tampoco aceptó la cientificidad
del marxismo o del psicoanálisis, su mérito consiste, entre otras cosas, en
haber diagnosticado la falacia consistente en suponer que el problema de la
demarcación pertenece a las ciencias naturales. Los positivistas lógicos
suponían que la epistemología debía ser una ciencia como cualquier otra, una
"ciencia de la ciencia". Pero, como ya vimos, Popper afirmó que hay una falacia
naturalista en suponer que una ciencia, con su propia metodología, pueda
servir de criterio para confeccionar la metodología de la ciencia y, más aún,
pueda incorporar un criterio de demarcación.

Los positivistas suelen interpretar el problema de la demarcación


de un modo naturalista: como si fuese un problema de la ciencia
natural. En lugar de considerar que se encuentran ante la tarea de
proponer una convención apropiada, creen que tienen que
describir una diferencia -que existiría, por decirlo así, en la
naturaleza de las cosas- entre la ciencia empírica por una parte y
la metafísica por otra. 5

Por tanto rechazo la tesis naturalista: carece de visión crítica; los


que la sostienen no se percatan de que, por más que crean haber
descubierto un hecho, no han pasado de proponer una
convención. 6

Popper también rechazó el criterio de demarcación positivista, basado


7
en el principio de verificabilidad, y propuso su criterio de falsación: una teoría
es científica si sus hipótesis son falsables y una disciplina es científica si
contiene teorías cuyas hipótesis son falsables. Esto es, si en principio es

5
Popper, op. cit., p.35. Subrayados del autor.
6
Ibid. P. 51. "Sobre las fuentes del conocimiento y de la ignorancia", en: Conjeturas y Refutaciones..
En el mismo libro p. 315, en las notas a pie de página 13 y 18, Popper la denomina 'falacia esencialista' en
lugar de 'naturalista', por razones que expone en su Miseria del Historicismo, Madrid, Alianza Editorial,
1981.
7
El verbo 'falsar' ya tiene carta de ciudadanía en castellano. Siguiendo a Víctor Sánchez de Zavala,
traductor al castellano de La lógica de la Investigación Científica (LIC), usaré 'falsar', 'falsación',
'falsable', para traducir 'to falsify'. Sánchez de Zavala afirma, y yo me aúno, que 'falsificar' o 'falsear'
tienen otro sentido en castellano. Cf. LIC nota a la página 33.

6
posible imaginar para ella un contraejemplo que de ocurrir la mostraría como
falsa. Una teoría para la cual no se pueda imaginar un caso falsador, un
potencial contraejemplo, no es científica pues lo explica todo bajo sus propios
criterios, presupone su inobjetabilidad y carece de una forma de controlar la
correspondencia de sus aseveraciones con los hechos del mundo. Para Popper
una teoría tienen más contenido informativo en la medida en que sea más
falsable, i.e., en tanto excluya más hechos del mundo. Por ello, la tarea de los
científicos deberá ser poner a prueba ingeniosamente las hipótesis teóricas, si
éstas soportan con éxito las pruebas serán aceptadas provisionalmente como
científicas.

Un sistema debe ser considerado científico si hace afirmaciones


que puedan entrar en conflicto con observaciones; y la manera de
testar un sistema es, en efecto, tratando de crear tales conflictos,
es decir, tratando de refutarlo. Así, la testabilidad es lo mismo que
la refutabilidad y puede ser tomada igualmente, por lo tanto, como
criterio de demarcación. 8

Habrá teorías bien testables, otras apenas testables y otras no


testables. Estas últimas carecen de todo interés para los
científicos empíricos. Se las puede llamar metafísicas.9

La característica distintiva de los enunciados científicos reside en


que son susceptibles de revisión (es decir, en el hecho de que
puedan ser sometidos a crítica y reemplazados por otros
mejores.10

Popper aclara sin embargo que las teorías no falsables, aunque no son
científicas, son perfectamente significativas. La metafísica o el psicoanálisis
son discursos con sentido, aun cuando no sean científicos. Esa es una
diferencia de fondo entre el positivismo lógico y Popper; para los positivistas el
criterio de significatividad de los enunciados se identifica extensionalmente con
el criterio de demarcación, para Popper, en cambio, se trata de dos criterios
completamente distintos.

Pero aunque Popper es un áspero crítico del positivismo lógico es


innegable que está muy influido por ellos. Algo que comparten es el sentirse

8
Popper, Conjeturas y Refutaciones (CyR), p. 312.
9
Ibid., p.313.
10
Popper, LIC, p. 48.

7
obligados a desenmascarar los discursos supuestamente no científicos y
organizar una cruzada contra ellos. Esta vocación policíaca de la filosofía de
las primeras décadas de este siglo dirigió considerables baterías contra el
marxismo y el psicoanálisis. De este último escribe Popper:

Las dos teorías psicoanalíticas mencionadas (la de Freud y la de


Adler, P.Q.) se encontraban en una categoría diferente.
Simplemente no eran testables, eran irrefutables. No había
conducta humana concebible que pudiera refutarlas. Esto no
significa que Freud y Adler no hayan visto correctamente ciertos
hechos. Personalmente no dudo de que mucho de lo que
afirmaron tiene considerable importancia, y que bien puede formar
parte algún día de una ciencia psicológica testable. Pero significa
que esas "observaciones clínicas" que los analistas tomas,
ingenuamente, como confirmaciones de su teoría no tienen tal
carácter en mayor medida que las confirmaciones diarias que los
astrólogos creen encontrar en su experiencia. En cuanto a la
épica freudiana del yo, el super yó y el ello, su derecho a
pretender un status científico no es substancialmente mayor que
el de la colección de historias homéricas del Olimpo. Estas teorías
describen algunos hechos pero a la manera de mitos. Contienen
sugerencias psicológicas sumamente interesantes, pero no en
una forma testable.11

Es difícil negar lo tremendamente moderno, y en ocasiones ingenuo, que


es este párrafo. Aunque critica el dogmatismo de los positivistas lógicos,
Popper comparte algunos de sus presupuestos principales. Uno de ellos es la
distinción entre términos observacionales y términos teóricos, distinción que
sustenta el monismo metodológico positivista y que es el presupuesto de
cualquier forma de empirismo.

Para la epistemología tradicional, un enunciado es observacional si ha


sido extraído directamente de la experiencia sin mediar teoría alguna y sin
estar contaminado de presupuestos. Estos son los enunciados que constituyen
los protocolos de los investigadores. Los enunciados teóricos, en cambio, sólo
pueden ser comprendidos en el contexto de una teoría determinada, sus
términos se definen en esa teoría y normalmente son de uso técnico. Términos
teóricos serían por ejemplo 'electrón', 'masa' o 'inconsciente'; pues enunciados
tales como "la masa es invariable" o "tal es la órbita del electrón" sólo se

11
Popper, CyR, p. 62. El paréntesis es mío.

8
entienden en el contexto de ciertas teorías y son verdaderos de acuerdo con
las observaciones aceptadas como tales por las teorías en cuestión. La
epistemología tradicional solía aceptar que los términos observacionales tienen
la función de controlar la veracidad de los enunciados teóricos, es decir, los
enunciados teóricos deben explicar los sucesos del mundo real valiéndose de
la evidencia de los términos observacionales. Los enunciados observacionales
reflejan los hechos del mundo y las teorías científicas, que son sistemas
constituidos por enunciados observacionales y enunciados teóricos, ordenan y
explican tales hechos.

Pero aquí aparece el problema de la 'variación de significado'. Algunos


autores afirman que los términos teóricos adquieren un significado en una
teoría, significado que cambia cuando cambia la teoría, lo cual las convierte en
inconmensurables. Así, por ejemplo, el enunciado "la masa es invariable" en un
contexto newtoniano y "la masa es variable" en un contexto relativista no serían
contradictorios porque el significado del término 'masa' no es el mismo en
ambas afirmaciones. En su versión más fuerte, la tesis de la 'variación radical
de significado', defendida entre otros por Kuhn y Feyerabend, conduce a
aceptar que las teorías son inconmensurables. Los críticos de estos dos
filósofos12 suelen decir que la tesis de la variación radical del significado es
indeseable porque conduce a que sea imposible confirmar o falsar una teoría
sobre la base de observaciones. Tales críticas presuponen, sin embargo,
exactamente lo que Kuhn y Feyerabend rechazan. No será necesario
adentrarse en la discusión sobre la variación de significado, bastará tenerla en
cuenta como un argumento adicional contra la tesis del monismo
13
metodológico.

Hay muchas razones por las cuales es discutible que existan términos
absolutamente asépticos de presupuestos, sean estos científicos o no. Las
teorías seleccionan los hechos que estas consideran pertinentes cuando se
trata de corroborar o falsar una hipótesis, y esta selección de hechos se lleva a

12
Por ejemplo Kordig, The justification of scientific change, Dordrecht, Reidel, 1975.
13
Para Carnap ("The methodological character of theoretical concepts". En: Minnesota studies in the
philosophy of science, Vol 1, Minneapolis, University of Minnesota Press, 1956 editado por Feigl y
Scriven), aunque el significado de los términos teóricos cambie, el significado de los términos
observacionales permanece invariable.

9
cabo, naturalmente, utilizando los criterios de selección de la teoría. Así, una
teoría se corrobora a sí misma recurriendo a supuestos objetos
observacionales que tienen existencia previa y distinta a la teoría, pero que en
la práctica han sido configurados y seleccionados por ella.14 Cualquier
enunciado observacional, por inocente que parezca, presupone ciertas
concepciones acerca del mundo, y resulta imposible preguntarse si esas
concepciones son científicas o no, pues estamos justamente en un momento
de la discusión en que no puede introducirse semejante distinción. Para los
positivistas lógicos los enunciados observacionales son el cimiento de la
ciencia. Si se rechaza la distinción no hay manera de afirmar que las teorías
hablen acerca del mundo, pues éstas resultarían siendo sistemas de
enunciados teóricos emitidos sobre otros enunciados teóricos. Popper, sin
embargo, criticó la distinción asestando un golpe a la epistemología tradicional.
El argumento de Popper es que los términos observacionales no son otra cosa
que 'disposicionales'. 15 Un reciente crítico lo expone claramente:

(…) para Popper, al aceptar el más modesto de los enunciados de


observación estamos implícitamente aceptando alguna teoría, y
no podemos sentirnos más justificados al creer en un enunciado
observacional que en los enunciados teóricos pertinentes." 16

Pero Popper no es el único en criticar la distinción 'enunciados


teóricos/enunciados observacionales'. Otro de los pioneros es Norwood Russell
Hanson,17 y también lo hace Stephen Toulmin.18 Por otra parte, Imre Lakatos,

14
Una teoría obtiene sus criterios de selección y corroboración de la matriz disciplinar a la cual pertenece.
Las relaciones entre una teoría, la matriz disciplinar y las otras teorías en vigencia, constituyen un
problema demasiado complejo para tratarlo en estas pocas páginas. Cf. Brown, Harold, La nueva filosofía
de la ciencia, Madrid, Tecnos, 1983. En La estructura de las revoluciones científicas Kuhn utilizaba
indiscriminadamente el término 'paradigma' en muchos sentidos distintos. Margaret Masterman en "The
nature of paradigm" (en: Criticism and the growth of knowledge, compilado por Lakatos y Musgrave),
encontró veintidós usos distintos. Esto condujo a que el propio Kuhn en un trabajo posterior "algo más
sobre paradigmas" (en: La tensión esencial) haya acuñado nuevas expresiones para algunos sentidos
específicos importantes. 'Matriz disciplinar' es una de ellas y se refiere a los elementos que una
comunidad científica comparte en un momento dado de la historia de su ciencia y que los hace colegas de
problemas comunes. Estos elementos comunes también son llamados por Kuhn 'generalizaciones
simbólicas'. Harold Brown (op.cit.) ha aislado dos sentidos generales de 'paradigma': 1° logros
concretos que sirven de guía a posteriores investigaciones, y 2° matriz disciplinar: conjunto de sistemas
de creencias que una comunidad científica comparte. Este segundo sentido tiene, a su vez, dos
subsentidos: uno epistémico y otro sociológico.
15
Los términos disposicionales son aquellos que expresan tendencias. Por ejemplo, 'soluble en agua' o
'combustible'.
16
Newton-Smith, W.H., La racionalidad de la ciencia, Barcelona, Paidós, 1981.
17
Russell Hanson, Norwood, Patrones de descubrimiento-Observación y explicación, Alianza
Universidad, 1977. Publicado originalmente en inglés como Observation and explanation: a guide to

10
discípulo de Popper, da al experimento y la observación un papel mínimo en el
control de las teorías filosóficas sobre la ciencia.19 Lo que todos ellos están
discutiendo es la existencia de ese "suelo de la observación" al cual se refería
Herbert Feigl,20 que sería el fundamento último de toda teoría científica. En
general, puede afirmarse que en torno a la distinción entre enunciados teóricos
y observacionales son por lo menos cuatro las posiciones importantes:

1. La aceptación total de la vigencia de la distinción. Por ejemplo, la ortodoxia


del positivismo lógico. 21
2. El rechazo de la distinción. En su versión más radical esto supondría una
identificación entre teoría y observación.
3. Suponer una diferencia cuantitativa -y no cualitativa, como en la primera
posición- entre enunciados observacionales y teóricos. Esta postura la
asume, por ejemplo, Newton-Smith. 22
4. Por último, la propia posición de Popper, que se analizará
inmediatamente.23

Aunque rechazó la distinción, Popper introdujo a cambio la noción de


'enunciados básicos' que cumplen la función de "corroborar nuestras teorías"
y a los que llamó "falsificadores potenciales de la teoría", porque son los que en
última instancia conectan nuestras teorías con el mundo real. Para la mayoría
de críticos, empero, lo que hizo Popper fue expulsar los enunciados
observacionales por la puerta y abrirles luego la ventana. El ejemplo que pone
de enunciados básicos es: "hay un cuervo en la región espacio temporal K".
Aunque con otra nomenclatura, y a pesar de sus objeciones, la distinción está

philosophy of science. Patterns of discovery-An inquiry into the conceptual foundations of science,
Cambridge University Press, 1958.
18
Toulmin, Stephen, La Comprensión Humana, Alianza Universidad, 1977. Publicado originalmente
como: Human Underestanding, Vol I: The collective use and evolution of concepts. Princeton
University Press, 1972.
19
Lakatos, Imre, The Methodology of scientific research programmes, Cambridge University Press, ed.
Por J. Worrall y G. Currie. 1978; Historia de la ciencia y sus reconstrucciones racionales, Madrid,
Tecnos, 1982.
20
Feigl, H., "The orthodox view of theories" p. 6 En: Radner y Winokur, Minnesota Studies in the
Philosophy of Science IV, University of Minnesota Press, Minneapolis, 1962.
21
Cf. Carnap, Rudolf, "Testability and meaning" En: Readings in the Pilosophy of Science, ed. por Feigl
y Brodbeck, Nueva York, Appleton-Century-Crots, 1953.
22
Newton-Smith, Op. Cit., p.38.
23
El lector interesado en el debate puede revisar: Suppe, The structures of scientific theories (comp.),
Chicago, University of Illinois Press, 1974.

11
presente. La única diferencia radica en que para Popper depende de una
convención en la comunidad científica de determinada época el aceptar o no un
enunciado como básico, a diferencia de los empiristas lógicos para quienes el
significado y estatuto de los enunciados observacionales es inmutable. Pero,
para Popper una vez aceptado un enunciado básico tiene rango de "falsador
potencial".

Naturalmente, esto conduce a que las decisiones respecto de


enunciados básicos sean las que decidan la vigencia de las teorías. Afirma
Popper que si bien su filosofía es en cierto sentido convencionalista, se
diferencia de otros tipos de convencionalismo, como el de Duhem o el de
Poincaré, en que para ellos son las proposiciones universales las que
dependen de la convención, mientras que para Popper la convención no afecta
más que a proposiciones singulares.

Pero, ¿por qué era tan importante para la filosofía de la ciencia


tradicional mantener la distinción entre teoría y observación? Porque para esa
epistemología el mundo es una colección de hechos atómicos y las teorías
científicas son construcciones conceptuales que pretenden explicarlo
mostrando la regularidad de tales hechos. Para esta epistemología, es
absolutamente necesario que los hechos sean independientes y previos a las
teorías y que su estatuto ontológico no dependa de ellas. Desde el punto de
vista del positivismo lógico, los hechos son objetivos, válidos para cualquier
observador independientemente de su posición teórica; de ahí que si dos
teorías entran en conflicto, la correcta será aquella que tenga mayor apoyo
observacional. Si se disuelve la distinción, serán las teorías las que propongan
sus propios objetos de estudio en la medida en que no hay un control
observacional externo que muestre cuándo una teoría está explicando objetos
del mundo real, y cuando está explicando objetos construidos por ella misma.

La disolución de la distinción tiene consecuencias importantes


concernientes al tema de la demarcación. Para los positivistas, si negamos la
existencia de enunciados observacionales, el contenido de las teorías no será
el mundo sino ellas mismas. Así las cosas, no tendría sentido proponer una
demarcación, pues ésta sólo es viable si se trata de distinguir entre disciplinas

12
que nos permiten conocer el mundo tal como es, versus actividades
especulativas que constituyen sus propios objetos de estudio. Ninguna teoría
podría considerarse más científica que otra, pues no existiría ningún criterio
externo, común a las teorías, para evaluar su objetividad.

Pero la disolución de la distinción conduce, sobre todo, al


replanteamiento de la noción de método científico, pues sugiere que cada
disciplina tiene sus propios criterios de cientificidad que dependen de sus
criterios de explicación, ninguno de los cuales puede ser extensivo a otras
disciplinas. Así, la pregunta por la frontera entre ciencia y no ciencia va
haciéndose poco interesante. ¿En qué nos basaríamos para decir que la física
o la química son más científicas que la metafísica o el psicoanálisis, cuando
son actividades que intentan explicar, valiéndose de distintos criterios de
explicación, objetos distintos? Las investigaciones actuales en física, por
ejemplo, están más lejos de la observación de lo que suele creerse y más
cerca de ser explicaciones de objetos teóricos. Y, ¿quién puede negar que
muchas prácticas de la hechicería se basan en rigurosas observaciones
empíricas y predicen con acierto el comportamiento de la naturaleza? Se
objetará que tales observaciones no están insertas en un corpus teórico más
general. En efecto, pero no se hallan insertas en un corpus porque pertenecen
a otra tradición cultural y no por otro motivo.

Lo que nos muestra los últimos cincuenta años de la filosofía de la


ciencia es un desplazamiento de un monismo metodológico empeñado en
demarcar los confines de la ciencia y explicitar la estructura del método, hacia
un pluralismo metodológico, consecuencia y rechazo de la tradición cartesiana,
en el que la pregunta por la demarcación se torna poco atractiva.

Siempre será un asunto a resolver por una convención o una


decisión el de a qué cosa hemos de llamar una "ciencia" o el de a
quien hemos de calificar de científicos.24

Constituye un último prejuicio positivista, presente en Popper, el


pretender evaluar todas las disciplinas mediante un solo criterio, la falsación

24
Popper, LIC, p.51.

13
empírica, que además es el criterio usual en un grupo de ellas. Así pues, la
pregunta por la cientificidad de las disciplinas debería abandonarse para ser
reemplazada por las preguntas: ¿qué hace que una teoría sea mejor que otra?
y ¿qué criterios deberíamos utilizar para escoger una teoría cuando se
produzca un conflicto entre teorías? Sobre estas preguntas se ha concentrado
la conversación en la filosofía de la ciencia actual. 25

Realmente carece de sentido tratar de articular un principio que


separe lo científico de lo no científico. Lo que importa es que
dispongamos de una concepción viable de qué es lo que hace
que una teoría sea buena. 26

La pregunta por la demarcación (como la pregunta por la virtud o por la


ortodoxia) sólo tiene sentido cuando se trata de censurar alguna actividad. Pero
la pregunta sobre qué hace que una teoría sea buena, tampoco es tan aséptica
como parece. Cualquier posible respuesta estará cargada de supuestos.
Newton-Smith menciona ocho características que hacen que una teoría sea
buena. Estas son:
1.- Anidamiento observacional.- La capacidad de preservar el éxito
observacional de sus predecesoras.
2.- Fertilidad.- La capacidad para producir nuevas y originales hipótesis
explicativas.
3.- Historial.- El éxito observacional continuado.
4.- Apoyo interteórico.- La capacidad de integrarse con otras teorías
previamente aceptadas.
5.- Adaptabilidad.- La capacidad de hacer ajustes ante el fracaso.
6.- Consistencia interna.
7.- Compatibilidad con creencias metafísicas bien fundadas.
8.- Simplicidad.27

25
Newton-Smith, "Las características que hacen que una teoría sea buena". En: La Racionalidad de la
Ciencia, op.cit. Radnitzky, Gerard, "De la fundamentación de teorías de la preferencia fundamentada de
Madrid, Alianza Universidad, 1982. Feyerabend, Diálogo sobre el método, en: Feyerabend, Radnitzky
teorías". En: Radnitzky, Anderson, Feyarebend et ali., Progreso y racionalidad en la ciencia, ,
Stegmüller et ali, Estructura y desarrollo de la ciencia, Madrid, Alianza Universidad, 1984.
26
Newton-Smith, op. Cit., p. 105.
27
Ibid., p. 245;

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No todos estarán de acuerdo en la pertinencia de estos ocho criterios de
elección de teorías. Algunos, por ejemplo, objetarían el criterio número siete, al
no encontrar claro el concepto de creencia metafísica fundada. Pero no se
debe olvidar que la actividad científica misma reposa sobre creencias
metafísicas como, por ejemplo, el principio de la uniformidad de la naturaleza,
i.e., la idea de que la naturaleza sigue un curso regular que no es arbitrario; el
principio de que todo efecto tiene una causa, o la inducción misma. Son
principios metafísicos en el sentido de que no han sido extraídos de la
experiencia del mundo sino más bien son condición de posibilidad de la
experiencia. Además, son tres principios que se necesitan y justifican
mutuamente. Según Hume “todas las inferencias a partir de la experiencia
suponen, en sus fundamentos, que el futuro será semejante al pasado”.28 La
inducción asume que “las instancias de las que no tenemos experiencia, deben
se semejantes a aquellas de las que sí tenemos experiencia, y que el curso de
la naturaleza continúa siempre uniformemente de la misma manera”29
Análogamente, el supuesto de que el futuro será como el pasado reposa sobre
otro supuesto: la creencia en que el universo está gobernado por leyes que son
regulares, determinables y que no cambian o, por lo menos, no cambian
significativamente. Esto es lo que John Maynard Keynes en su Tratado de
Probabilidad ha llamado ‘el principio de la uniformidad de la naturaleza’.
Nicholas Rescher, por su parte, lo llama ‘el principio de la sistematicidad de la
naturaleza’.30 El principio es definido por Keynes como la creencia en que “la
misma causa produce, en cada caso, los mismos efectos”. Así, la inducción
asume que las leyes de la naturaleza carecen de excepciones. Desde esta
posición resulta pues evidente que el principio de la uniformidad de la
naturaleza está estrechamente vinculado con la creencia en la causalidad, i.e.,
la creencia en que todo efecto tiene una causa y que, además, hay una ley que
gobierna esa relación causal. Sin embargo, sobre este tema se ha producido
un encendido debate en los últimos años, porque muchos filósofos piensan que
hay relaciones causales que no están gobernadas por leyes. El ejemplo
paradigmático de esto podría ser la gran explosión creadora del universo.

28
Hume, Inquiry into Human Nature, Secc. II.
29
Hume, Ibid. Libro I, iii.
30
Rescher, On induction, Cambridge University Press, 1958.

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Ejemplos más cotidianos serían los estados mentales que causan nuestras
acciones.

Quedará claro, entonces, que las teorías científicas tienen presupuestos


metafísicos que no se pueden justificar en la experiencia. Con esto tendríamos
un argumento adicional para considerar problemático todo argumento que
pretendiese demarcar entre ciencia y no ciencia, dado que la ciencia tiene
presupuestos y fundamentos no científicos. Así pues, sospecho que la
pregunta por la demarcación debe ser abandonada y debe ser sustituida por la
pregunta por la elección de teorías. Esto, sin embargo, no tiene por qué
conducir a alguna forma de relativismo. Si se define el relativismo como la
posición según la cual no existen criterios objetivos para establecer los valores
de verdad de nuestras creencias, el relativismo colapsa al mostrar que
elegimos como criterio de verdad las teorías que resultan más explicativas y
que podemos incluso tener criterios que gozan de una gran objetividad para
elegir nuestras teorías. Esos criterios irían en la dirección de las ocho pautas
mencionadas anteriormente, y en este punto es irrelevante si tales teorías van
a recibir el calificativo de científicas o no. Por ejemplo, un psicólogo
suficientemente amplio de mente podrá utilizar un modelo psicoanalítico de
diagnóstico o terapia cuando este se muestra, en relación a un paciente
específico, como más exitoso que una interpretación y terapia cognitiva
conductual. Si se trata, digamos, de un paciente particularmente intuitivo,
ilustrado y con mucha capacidad de introspección. Pero es concebible que ante
un paciente con otras características, sea necesario emplear otra estrategia.
Como quedará claro, la pregunta sobre si el psicoanálisis es ciencia o no, será
totalmente irrelevante. De esta manera superaríamos el monismo metodológico
en favor de un pluralismo metodológico que no identificaría ciencia con
conocimiento.

Las ciencias son instrumentos que nos permiten explicar y predecir


exitosamente el curso de la naturaleza. Pero el conocimiento es mucho más
que eso. Hay formas de conocimiento que no necesariamente se identifican
con las ciencias sino quizá con el arte, la vida moral o la experiencia religiosa.
¿Pueden ese tipo de experiencias producir conocimiento o ser formas de
conocimiento? En tanto iluminan y esclarecen nuestra relación con el mundo y

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con nosotros mismos, no veo por qué no. Las ciencias constituyen sólo una
forma de adquirir conocimiento, aunque una particularmente eficiente para
predecir y controlar la naturaleza. Pero, como hemos visto, incluso al interior de
la ciencia no hay un método único sino diversos métodos y diversas formas de
explicar y entender la realidad.

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