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Portoviejo, octubre 2010 • No. 25
Portoviejo, octubre 2010
No. 25

Ramiro Molina Cedeño • Director general

Revista cultural creada en el mes de marzo del año 2004 por Ramiro Molina Cedeño, con propiedad intelectual compartida con Alfredo Cedeño Delgado. Cuenta con el auspicio económico del M. I. Municipio de Portoviejo.

Consejo editorial

Ramiro Molina Cedeño Alfredo Cedeño Delgado Marigloria Cornejo Cousín Carlos Calderón Chico Edgar Freire Rubio Fernando Jurado Noboa

Colaboradores permanentes

María Fernanda Bravo de Dorigo Tonio Iturralde Cevallos Ángel Loor Giler Anita Mendoza Codeña Alfredo Román Murillo Manuel Andrade Palma

Corrección

Estela Guión Palumbo

Edición, diagramación e impresión

La Isla N27-96 y Cuba (593 2) 256 6036 edicioneslatierra@andinanet.net Quito-Ecuador

Portada: Instrumentos musicales en mazapán Autor: Eumeni Candelario Álava Párraga

Colaboran en este número

Michael T. Hamerly Álvaro Mejía Salazar Guillermo Arosemena Arosemena Javier Gómezjurado Zevallos Pedro Reino Garcés Martha Chávez Negrete

ISBN

978-9942-03-081-8

PROPIEDAD DE RAMIRO MOLINA CEDEÑO PROHIBIDA LA VENTA DE ESTA REVISTA DISTRIBUCIÓN GRATUITA

Portoviejo – Manabí Teléfonos: 052 441-461 y 052 935-002 Ext. 120 E-Mail: ramiro-molina@hotmail.es CENTRO CULTURAL “PORTOVIEJO” Trabajando por la cultura

“La visión de Alfredo es más hu- mana, más cercana a nosotros, más consistente como
“La visión de Alfredo es más hu-
mana, más cercana a nosotros,
más consistente como filosofía
de la Medicina, en fin, más for-
mativa de la personalidad profe-
sional del médico”
Dr. Jacinto Kon Loor
LA UNIVERSIDAD PARTICULAR
SAN GREGORIO DE PORTOVIEJO
VISIÓN: La Universidad San Gregorio de Portoviejo será una institución
de Educación Superior con acreditados procesos y desempeño académi-
co, con servicio profesional de calidad, que aporte de forma permanente
al desarrollo sustentable y sostenido de la provincia, la región y el país.
MISIÓN: Formar en la ciencia y humanismo a profesionales emprende-
dores de acuerdo a las demandas del desarrollo social, la investigación
científica y los avances técnicos y tecnológicos.
Formar en la ciencia y humanismo a profesionales emprendedores de
acuerdo a las demandas de noticias.
CONTENIDO
CONTENIDO

EDITORIAL

3

LA FAMILIA PIN DE JIPIJAPA:

INDIOS PRINCIPALES Y MAESTROS DE CAPILLA Ezio Garay Arellano

5

ENTENDIENDO AL PASADO:

LA ESTRUCTURA SOCIAL DURANTE LA COLONIA Álvaro Renato Mejía Salazar

21

¿FUE BOLÍVAR ESTADISTA? CONFERENCIA PARA PROYECTO BOLÍVAR Guillermo Arosemena Arosemena

33

LA MATANZA DEL 2 DE AGOSTO DE 1810 Javier Gomezjurado Zevallos

48

DE LOS OFICIOS DEL VERBO Y LA PACIENCIA Pedro Arturo Reino Garcés

55

EL HOMBRE DE LA LÁMPARA DE PETROMAX Cuento de Martha Chávez Negrete

56

EDITORIAL
EDITORIAL
EDITORIAL
EDITORIAL

E n este número, lleno de exce-

lentes trabajos, consta el del

gran historiador americano y

ecuatorianista como se autodenomina Michael T. Hamerley. En ese trabajo formidable, casi oculto, se refleja el estado real del de- sarrollo de las ciencias históricas en Manabí. Si se revisa la bibliografía empleada por Hamerley, cualquiera se puede dar cuenta que ha tenido que recurrir a archivos y bibliotecas variadas y que se apoya en fuentes de ensayos y libros publicados. Bien, ninguna de las bibliotecas y archivos están en Manabí, y de los libros y en- sayos aparecen de solo cuatro mana- bitas, que, aun así, no han sido publi- cados por ninguna entidad manabita. Más allá de que se produzca esa sensación de soledad que acompaña al historiador manabita en sus inves- tigaciones, queda claro que, para es- cribir sobre nuestro pasado, hay que buscar ese pasado en otras latitudes. En nuestra provincia, donde han flo- recido otros intereses, pocas veces ha existido el afán de implementar archi- vos, valiéndose de copias certificadas de documentos o de microfilmes. Se recuerda la buena gestión del obispo Ruiz Navas al adquirir las copias del archivo de nuestra Diócesis que repo- saba en Cuenca y el comodato entre el Banco Central y el Municipio de Por-

toviejo, para crear la hemeroteca que tenemos y nada más. Hamerley, en una de las aposti- llas que refuerzan la cita bibliográfica, menciona a Temístocles Estrada y dice

… Los tomos 3-9 constituyen una cuasi historia rica en detalles de los primeros cien años de la provincia de Manabí y de sus pueblos, inclu- yendo a Jipijapa y sus comarcas;

y, luego, agrega haber recibido como

obsequio del Dr. Wilfrido Loor unos documentos valiosos sobre la lucha comunal de Jipijapa.

Estas citas obligan a reflexionar

y a preguntarse: ¿cuándo se reedita-

rán todos los tomos de Las relaciones históricas y geográficas de Manabí del bahieño temístocles Estrada? ¿Cuán- do se reeditarán los libros del calce- tense Wilfrido Loor, especialmente Manabí desde 1822? ¿Qué institución manabita, que tenga que ver con la cultura, va a dotar de instrumentos de lectura de historiadores valiosos que escribieron con fundamentos nuestro pasado? Con ausencia de archivos, de bibliotecas, de libros de historiadores manabitas, hemos ido caminando y llenándonos de olvidos. Y el olvido es una condena que anula o modifica el pasado.

3

LA FAMILIA PIN DE JIPIJAPA: Indios principales y maestros de capilla Michael Hamerly
LA FAMILIA PIN DE JIPIJAPA: Indios principales y maestros de capilla Michael Hamerly
LA FAMILIA PIN DE JIPIJAPA:
Indios principales y maestros de capilla
Michael Hamerly
LA FAMILIA PIN DE JIPIJAPA: Indios principales y maestros de capilla Michael Hamerly

T oda historia tiene su historia. La historia de este ensayo co- menzó a fines de 1967 cuando

volví al Ecuador para investigar su emergencia como un país soberano e independiente, el supuesto tema de

mi

tesis doctoral. Durante el vuelo

leía

un libro que había sido recién pu-

blicado en aquel entonces, The King-

dom of Quito in the seventeenth century, por John Leddy Phelan. Tres de las conclusiones de Phelan (1967) eran:

1. que la población indígena de la

Costa sufrió grandes pérdidas a con- secuencia de la conquista española y la introducción de enfermedades con-

tagiosas contra las cuales los nativos tuvieron poco o nada de resistencia;

2. que los indígenas casi desapare-

cieron durante la primera mitad del período colonial; y 3. que fueron re- emplazados por negros como jorna- leros y labradores tanto en la ciudad de Guayaquil como en la cuenca del Guayas, epicentro del cultivo del ca- cao (pp. 46-47). No teniendo por qué

no creerle a Phelan, un destacado his- toriador y latinoamericanista, y uno

de los muy pocos norteamericanos

que había publicado un estudio his- tórico serio sobre el Ecuador; acepté sus interpretaciones referentes a los

* Historiador y ecuatorianista*

cambios supuestamente ocurridos en

la composición étnica de la población de la antigua provincia de Guayaquil

a lo largo del período colonial. Poco después de haber regresa- do a Guayaquil –parada obligatoria, siendo mi esposa guayaquileña, antes de subir a Quito, donde se supusiera que encontraría yo la mayor parte de

las fuentes indispensables para redac- tar una tesis doctoral sobre la inde- pendencia del Ecuador– me metí en los archivos locales y regionales, sin esperanza de encontrar mayor cosa, ya que casi todos los historiadores, incluyendo ecuatorianos, que había leído, estaban de acuerdo que poco

o nada de documentos de los perío-

dos de la Colonia y la Independencia habían sobrevivido en Guayaquil, debido, entre otras causas, a los mu- chos incendios que la ciudad puerto había sufrido. Estaban totalmente equivocados. Esas entradas iniciales en los repositorios de Guayaquil me revelaron un caudal de fuentes ines- peradas sobre el pasado del litoral y su antigua capital desde principios del siglo XVII en adelante. El corto tiempo que había pensado pasar en la ciudad puerto se convirtió en largos meses mientras yo rastreaba varios archivos, bibliotecas, colecciones par- ticulares y museos, para mi eventual

5

Historia social y económica de la antigua provincia de Guayaquil , 1763-1842 (1973, 1987), habien

Historia social y económica de la antigua provincia de Guayaquil, 1763-1842 (1973, 1987), habien- do yo, mientras tanto, cambia- do el tema de mi tesis. Durante los largos años y varios meses que he pasado en repositorios de Colombia (Bogotá), Ecuador (Guayaquil, Cuenca, Quito, Cotocollao, y Otavalo), Perú (Lima y Cuzco), y España (Madrid y Sevilla) –inicialmente entre 1967 y 1969, y subsecuentemente en 1971, entre 1974 y 1978, y en 1981, 1983, 1987, 1995, 1997, 2002, 2004, 2006, y 2008–, buscando fuentes sobre aspectos de- mográficos, económicos y sociales del pasado del Ecuador (y también del Perú y Bolivia), encontré varios padrones y censos de población que refutan las afirmaciones de Phelan en cuanto al aniquilamiento de los in- dios y su reemplazo por negros. 1 No solamente no desparecieron los in-

1 Desde luego, Phelan no se equivocó tampoco sobre el decaimiento de la po- blación indígena durante la primera mi- tad del período colonial. De acuerdo con los cálculos y datos de Newson (1995), los chonos, huancavilcas, y punaes, por ejemplo, cayeron de 370.230 a 2.530 entre cerca de 1530 y 1605. La equivocación de Phelan fue no tomar en cuenta la recu- peración de las poblaciones indígenas de lo que hoy en día son las provincias de Manabí y Santa Elena durante la segun- da mitad de la Colonia. Tampoco des- aparecieron por completo los indios en la cuenca del Guayas, especialmente en la futura provincia de Los Ríos. Inclusive hubo colonias de jipijapenses en Daule y Santa Lucía (AGL, 1801, 1802, 1803, y

1806).

en Daule y Santa Lucía (AGL, 1801, 1802, 1803, y 1806). Jipijapa 10 de agosto de

Jipijapa 10 de agosto de 1911. Tomado de Manabí a la vista, Ceriola

dios del litoral sino que algunas de su poblaciones se recuperaron, al menos en parte, durante la segunda mitad de la Colonia (Hamerly, 1970, 1973, 1987), tema refinado y desarrollado en las tesis doctorales de María Luisa Laviana Cuetos (1987) y Martin Vo - lland (1997). Empero, la población de la cuenca del Guayas sí se oscureció entre la conquista y la Independencia:

hacia 1790, 44,5% de la población total de la antigua provincia de Guayaquil, incluyendo la tenencia de Portoviejo, consistió de pardos y 5,8% de escla- vos negros, la mayoría concentrada en las provincias actuales del Gua- yas, Los Ríos y El Oro (Hamerly, 1970, 1973, 1987). Una de aquellas poblaciones in- dígenas fue San Lorenzo de Jipijapa, el escenario de la historia de la familia Pin, indios principales y maestros de capilla. Hoy en día, se sabe que Jipi- japa fue el pueblo no solamente más grande de indios en la Costa, llegan- do a tener solamente San Lorenzo de Jipijapa al menos 4.686 habitantes en 1804-1805 (Hamerly, 1970, 1973, 1987), 6.733 en 1825 (Hamerly, 1970, 1973,

1987), y 7.379 en 1848 (ACD/G, 1848), sino también el pueblo más prospero de indios en la antigua provincia de Guayaquil durante la mayor parte de la Colonia y las primeras décadas de la República, gracias a los estudios ya mencionados y, también, a la tesis de licenciatura de Maritza Aráuz (1999, 2000); y, la tesis doctoral de Carmen Dueñas de Anhalzer (1997). Otros dos estudios de suma im- portancia son la tesis doctoral de Sil- via Álvarez sobre la historia de las etnias en la península de Santa Elena, porque nos ha obligado a repensar las categorías de indio y cholo o mestizo, las relaciones entre sí, y la proble- mática del traspaso de indio a cholo

o mestizo (Álvarez Litben, 2001); e,

igualmente, el sugestivo ensayo de Stuart B. Schwartz y Frank Salomon sobre “New peoples and new kinds of people: adaptation, readjustment, and ethnogenesis in South American indigenous societies (colonial era)” (Schwartz y Salomon, 1999).

Antes de comenzar a reconstruir

la historia de la familia Pin, me toca corregirme a mí mismo. Tanto en mi tesis doctoral (Hamerly, 1970) como en las revisiones de ella (Hamerly, 1973, 1987), caractericé como “cholos

o mestizos” a los cuatro “cabecillas”

(Francisco Talca, Gonzalo Parral, Ma- riano Pin y Francisco Suárez) de la protesta de 1816 por parte de algunos jipijapenses contra el restablecimiento del tributo, que había sido suprimido por la Constitución de Cádiz en 1812. Me equivoqué tanto por el estado de la literatura antropológica y socioló-

No. 25 • Un encuentro con la historia

gica prevaleciente en aquel entonces, como por la confusión que reinaba y sigue reinando sobre lo que es una “etnia” y lo que es una “raza”. Fran- cisco Talca, Gonzalo Parral (sobrino nieto del cacique Manuel Guale), Ma-

riano Pin (miembro de la familia Pin),

y Francisco Suárez no fueron “cholos

o mestizos” sino indios legalmente y socio-económicamente por más “ladi- nos” que hubiesen parecidos cultural-

mente. En otras palabras, no obstante, el semblante de “cholo” o “mestizo” que los indígenas del litoral solían presentar al mundo “blanco”, sobre todo cuando andaban fuera de sus pueblos y comarcas porque les con- venía, seguían siendo y fueron iden- tificados como indios por sí mismos dentro de sus propios terruños y por las autoridades que levantaron los padrones de población de la época,

y que coleccionaron los tributos y las

primicias. No obstante la protesta de 1816, la Corona real y después los Estados colombiano (1822-1830) y ecuatoria- no (1830-) seguían cobrando tributo a los indios de la provincia de Manabí, inclusive los de Jipijapa, hasta 1831, al menos, si no hasta 1835, cuando el presidente Vicente Rocafuerte abolió definitivamente el cobro de tributos en todo el litoral. En 1831, se registra- ron 942 indios tributarios en el cantón de Jipijapa y 366 en el cantón de Mon- tecristi. En términos relativos, casi uno en cada seis indios en el cantón de Jipijapa estaba sujeto a tributo en aquel año (15,9% de la población in- dígena total del cantón), vis-a-vis casi

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tres en cada diez indios en el cantón de Montecristi (28,2% de la población indígena

tres en cada diez indios en el cantón de Montecristi (28,2% de la población indígena total del cantón) (AHBM/G, 1831). Y los “indígenas” seguían cons- tituyendo al menos 24% de la pobla- ción total de la provincia de Manabí –la mayoría residente en los cantones de Jipijapa y Montecristi–, hacia me- diados del siglo XIX (EC-IRE-1846). 2 El primer Pin que surge de la documentación conocida hasta ahora es Agustín Pin. Aparece en 1677 como uno de los ocho “nobles” de Jipijapa que protestaron el pago de las primi- cias y el “camerico” –uno de los cuan- tos servicios o tasas impuestos por doctrineros y curas parroquiales– pre- cisamente por ser “caciques, goberna- dores y principales” (RAHG, 1677); y, como tal, supuestamente exentos de tasas y servicios personales. Agustín Pin fue uno de los indios principales, no un cacique. Baso esta conclusión en el hecho de que Agustín Pin fue uno de los tres firmantes que no ante-

2 N.B. 1846 es el último año para el cual he encontrado datos sobre la composición “étnica” de toda la provincia.

3 Uno de los aspectos intrigantes de los pueblos/parcialidades subordinadas a Jipijapa es que uno(a) se llamaba “Alta” y otro(a) “Baja”. “El nombre Jipijapa tomó de un antiguo cacique. Había dos pueblos de este nombre, dos leguas distantes entre sí; el lugar que ahora se encuentra esta reducción se llamaba Jipi- japa la baja” (descripción de la Goberna- ción de Guayaquil, 1605, p. 46). Este es el único ejemplo de hanan y urin, si es que fue realmente equivalente, que se ha encontrado para la Costa del Ecuador.

4 Por desdicha ninguna de las fuentes co- nocidas identifica el idioma autóctono en cuestión.

puso “don” a su nombre y porque los Pin todavía no habían sido legados el cacicazgo de Aguasa: AN/Q, 1779. N.B. Todos los “caciques, gobernado- res y principales”, incluyendo Agus- tín Pin, que firmaron esta protesta, lo hicieron en su propio puño y letra. En otras palabras, estos ocho “nobles” jipijapenses (“Juan Martines del Jun- co”, “Joseph de Salvatierra y Castro”, “Don Joseph Gómez Cornejo”, “Don Juan García”, “Don Juan Ligua”, “Agustín Pin”, “Don Pedro Ligua”, y “Don Joseph Pillasagua”), fueron al- fabetizados. Con qué grado de facili- dad o dificultad podían escribir y leer, probablemente nunca vamos a saber. Parece que Aguasa fue una de las ocho a diez parcialidades o pue- blos pre-hispánicos que fueron re- ducidos al pueblo de Jipijapa a fines del siglo XVI por orden del virrey Francisco de Toledo. Uno de ocho a diez parcialidades o pueblos porque ni Aguasa ni Payache –al igual que Aguasa consta en varios documentos de fines del período colonial– apa- recen en la “Descripción de la Go- bernación de Guayaquil” de 1605, y porque Picalanseme, que sí figura en dicha descripción, no consta en las listas tributarias de Jipijapa de 1801, 1803 y 1806 (las otras siete “parciali- dades” de comienzos de la Colonia seguían existiendo a fines de la Colo- nia 3 ). Sospecho que fueron pueblos en sus orígenes porque según la misma “Descripción” de 1605 (p. 48), “Tenían diversas lenguas, cada parcialidad la suya: ahora hablan todos una que ha prevalecido, y más comúnmente ha- blan la castellana”. 4

Los Pin aparecen de nuevo en el escenario en el último cuarto del siglo XVIII, específicamente en un pleito que sostuvo Juan Fran- cisco Pin con Manuel Soledispa, en 1779, sobre el cacicazgo de Aguasa (AN/Q, 1779). Este cacicazgo había sido legado a Juan Francisco por un tío materno suyo. Empero, la fami- lia Soledispa, gobernaba a Aguasa y estaba fuertemente entroncada en el poder. Al menos tres Soledispa fueron caciques de Aguasa desde fines del si- glo XVII o comienzos del siglo XVIII en adelante: 1. Francisco Soledispa; 2. Antonio Soledispa (1709-1772), hijo de Francisco, de quien heredó el caci- cazgo en 1741 cuando Francisco mu- rió; y 3. Manuel Soledispa (n. 1739), nieto de Francisco e hijo de Antonio, a quien sucedió al cacicazgo cuando Antonio murió en 1772. Además de ser cacique de la parcialidad de Agua- sa, Antonio Soledispa fue gobernador de indios de todo el pueblo de Jipija- pa, oficio que quiso renunciar en 1743 (sin que las autoridades le permitie- ron), por interferir en su negocio de mercader que le rendía mucho más que el cargo de gobernador. Tanto Antonio como su hijo Manuel fue- ron involucrados en el comercio en- tre Manta y Lima, según testimonio del primer gobernador de Guayaquil Juan Antonio Zelaya y Vergara (1763- 1771) (AN/Q, 1779). Ahora bien, en cuanto a los Pin, lo que consta en el expediente en cuestión es que Juan Francisco Pin fue “visnieto de Dn. Pedro Acencio Villi- gua [Villegua], y de Da. María Pincay, casiques prinsipales que fueron de la

No. 25 • Un encuentro con la historia

que fueron de la No. 25 • Un encuentro con la historia Puente de Choconchá, Jipijapa,

Puente de Choconchá, Jipijapa, 1910. Tomado de Manabí a la vista, Ceriola.

Parcialidad de Aguasa reducida en [Jipijapa]” (AN/Q, 1779, f. 1r). Y que según el testimonio de Gregorio Ba- que:

yndio deste d[ic]ho pueblo de edad

al parecer de setenta años

d[ic]hos Villiguas no save porq[u]e rason, no administraron su casicas- go, solo si tiene presente q[u]e eran mui pobres, en demasia, y q[u]e tal vez por esto no ynstarian sobre su cazicasgo, tambien dice q[u]e saue q[u]e por muerte de dn. Eusebio Villigua [nieto de Pedro Asencio Villegua] este en testam[en]to publi- co, hiso donacion del cazicasgo ala casa, del d[ic]ho d[o]n Juan fran[cis] co Pin su sobrino, por no tener [h] erederos lexitimos pues vno q[u]e tubo, fue demente y murió despues (AN/Q, 1779, f. 7r).

que

Ambas de estas aseveraciones fueron confirmadas por varios de los otros testigos en el pleito. Llegó un momento dado en que Juan Francisco Pin decidió no seguir con el reclamo, probablemente por falta de fondos –todos los testigos de su parte enfatizaron la pobreza extre- ma en que había caído la familia Pin–

Pozo de Choconchá, destinado para lavar ropa, Jipijapa, 1910. Tomado de Manabí a la vista
Pozo de Choconchá, destinado para lavar ropa, Jipijapa, 1910. Tomado de Manabí a la vista

Pozo de Choconchá, destinado para lavar ropa, Jipijapa, 1910. Tomado de Manabí a la vista, Ceriola.

y también, quizá, porque reconoció que no podía ganar. Sin embargo, nos gustaría saber de dónde sacó el di- nero para los gastos legales que tuvo que enfrentar, que no debían haber sido insignificantes, en vista de que la disputa llegó a manos de ????? y fue resuelta por las más altas autoridades de la Presidencia de Quito. De acuer- do con el auto de la Real Audiencia, expedido el 1 de diciembre de 1779, y aprobado por el presidente Juan José Villalengua y Marfil ese mismo día, Manuel Soledispa fue confirmado como cacique de Aguasa (AGN, 1779, ff. 53-54). Quizá saldrán los costos de este juicio algún día. Sospecho que Juan Francisco Pin supo desde el principio que no podía ganar. También creyó que Juan Fran- cisco Pin estaba intentando manipu- lar el sistema judicial para conseguir que le declaren “indio principal” y, como tal, exento del pago de tribu- tos y cualesquiera servicios persona-

5 No dicen las fuentes encontradas si los Pin habían vivido alguna vez en Aguasa.

les. Aunque Juan Francisco no parece haber conseguido que le exima del pago de tributos en vista de que su hijo Pío Pin pagó seis pesos de tributo por año, en al menos cuatro años en la primera década del siglo XIX (AGN, 1803, 1804, 1805, y 1807), sí parece haber sido liberado de la obligación de servicios per- sonales por decisión de Real Acuerdo del 29 de noviembre de 1779 (AGN, 1779, fol. 50) (un Real Acuerdo fue la Audiencia y el Presi- dente actuando en conjunto como un solo cuerpo). Uno de los aspectos curiosos de este pleito es que los Pin no vivieron en la parcialidad de Aguasa sino en la de Pillasagua. 5 De acuerdo con el re- gistro de tributarios de 1801, por ejem- plo, de los 20 tributarios de Aguasa, 13 fueron de apellido Soledispa y nin- guno de apellido Pin. Nueve de los 20 tributarios de la parcialidad de Pilla- sagua en ese mismo año, en cambio, fueron Pin (Juan Evangelista, Juan Monserrate, Vicente de Agustín, Vi- cente de Mariano, “Pío de Juan Fran- cisco Pin” [i.e., hijo del Juan Francisco del reclamo de 1779], Remigio de la Cruz, Manuel de Ylario, Leandro de Rosa, y Juan José) (AGN/L, 1803). Dos años más tarde, 14 de los 20 tri- butarios de Aguasa seguían siendo Soledispa; y, 12 de los 24 tributarios de Pillasagua, Pin (AGN/L, 1805). Y en 1806, 13 de los 27 tributarios de Aguasa fueron Soledispa; y, 12 de los 19 tributarios de Pillasagua, Pin (AGN/L, 1807). Desde luego, casi to- dos los Soledispa y Pin que constan

No. 25 • Un encuentro con la historia

en los registros de 1803 y 1806 fueron los mismos que aparecen en el regis- tro de 1801. 6 Estos datos demuestran que lo que se llama ayllu en quichua/ quechua tenían vigencia tanto en la Costa como en la Sierra. También es otro indicio de que los naturales de Jipijapa seguían siendo indios. Los Pin desaparecen del esce- nario hasta 1810, cuando surgen de nuevo, con excepción de su inscripción en los registros de tributarios de Jipijapa y la par- ticipación de un “don Manuel Pin” en el cabildo abierto del 21 de enero de 1810 (Garay Are- llano, 2010, p. 13). 7 Entre 1810 y 1811, un nuevo Pin, llamado José, sale a la vista, reclaman- do los puestos de maestro de coro y coristas (i.e. músicos y cantantes) en la iglesia parro- quial de San Lorenzo de Jipija- pa para él y sus tres hijos (Juan de Dios, Mariano, y Francisco Solano) (BN/L, 1810), reclamo que sería re- anudado por Juan de Dios Pin en 1822 (ACD/G, 1822), y de nuevo, y proba- blemente por última, por Miguel Pin a fines de los 1860 (ACD/G, 1867). Desconozco el grado de parentesco

6

El registro de indios tributarios corres- pondiente a 1802 no especifica las par- cialidades en que vivían los indios co- brados (AGN, 1804).

7

No sé si se trata del mismo “Manuel de Ylario Pin” que aparece en los registros de tributos cobrados.

8

Silvestre Cantos fue tan “pana” de Vive- ro, que hasta fue nombrado regidor del Cabildo de Jipijapa gracias a las interfe- rencias del cura en asuntos que no debie- ran haberle incumbido (BN/L, 1814).

entre Juan Francisco Pin y José Pin; sin embargo, parece que José Pin fue hijo o sobrino de Pío Pin y, como tal, nieto de Juan Francisco Pin. José Pin tuvo al menos 50 años de edad en 1810: el año siguien- te constó como “reservado, por su edad”, y como tal ya había pasado a los 50 (BN/L, 1810, f. 8r). Él y sus tres hijos habían sido músicos y cantantes

8r). Él y sus tres hijos habían sido músicos y cantantes Iglesia de Jipijapa, 1910. Tomado

Iglesia de Jipijapa, 1910. Tomado de Manabí a la vista, Ceriola.

de la iglesia parroquial de San Loren- zo de Jipijapa por varios años, bajo el antiguo maestro de capilla Bartolomé Pilay. Después que Juan José Vivero (a veces escrito Bibero en las fuentes y la literatura) asumió el puesto de cura párroco, trajo a dos músicos mestizos, Gregorio Arévalo (m. 1808) y Silvestre Cantos, de Quito, para que sirviesen de maestro de capilla y corista mayor, dejándoles a los Pin en puestos me- nores –desafortunadamente el expe- diente no especifica cuándo esto suce- dió (BN/L, 1810, ff. 5r–6v). 8 José Pin también había sido alcalde del pueblo de Jipijapa por tres años consecutivos durante la primera década del siglo

XIX (el expediente tampoco especifica cuáles) (BN/L, 1810, ff.10–16r). En aquel entonces José Pin gozó

XIX (el expediente tampoco especifica cuáles) (BN/L, 1810, ff.10–16r). En aquel entonces José Pin gozó del favor del cura párroco Juan José Vivero, quien intervino en la elección de los cabildantes. Subsecuentemente

en la elección de los cabildantes. Subsecuentemente Salón de lectura de la Sociedad Unión y Progreso,

Salón de lectura de la Sociedad Unión y Progreso, Jipijapa 1910. Tomado de Manabí a la vista, de Ceriola.

José Pin fue depuesto como alcalde por desentendimiento, si no enemis- tad, con el teniente gobernador de Portoviejo Francisco de Paula Villavi- cencio y con el cacique Manuel Parral y Guale, premiado por Villavicencio con el nombramiento de gobernador de indios (BN/L, 1810, ff. 10-11). Pro- bablemente es significativo que Ma- nuel Parral y Guale parece no haber firmado la petición del

cacique Gobernador don Juan San- tos Ligua y Soledispa (n. 1741?), de- más caciques, principales, Cabildo Regimiento, y común del pueblo de San Lorenzo de Jipijapa

9 No puedo estar del todo seguro de que Manuel Parral y Guale no firmó esta petición por estar trunco el expediente. Obviamente faltan algunos folios al final además de cuatro al principio.

del 3 de diciembre de 1811 a favor de la separación de Silvestre Campos de la maestría de capilla y el nombra- miento de José Pin y sus tres hijos como maestro de capilla, músicos y cantantes (BN/L, 1810, ff. 33-35v). 9

Tanto José Pin como el pro- tector de indios de la provincia de Guayaquil, el Dr. Bernabé Cornejo y Avilés (n. 1783), argumentaron que José y sus tres hijos debieron habérseles dados preferencia por ser indios y naturales de Jipijapa y que debiesen estar eximidos “de tasa [i.e., tributo] y servicios perso- nales”, por ley y costumbre (BNL, 1810, ff. 7r-8r). No les sirvieron de nada, sin embargo. Y es significati- vo que en este caso se consideraron

a los mestizos Gregorio Arévalo y Sil- vestre Cantos miembros de la repúbli- ca de españoles en vez de la república de indios. Aunque José Pin no logró ser nombrado maestro de capilla en 1810-1811, su hijo primogénito Juan de Dios Pin, organista y cantor, de 32 años de edad, en 1810, de acuerdo con el liber status animarum de 1848 (ACD/G, 1848), no se dejó vencer. Siete años después, el 5 de octubre de 1817, Juan de Dios Pin y sus tres hermanos menores Mariano, arpista

y cantor, Francisco y José Vidal –este

último evidentemente menor de edad en 1810 y por eso no aparece en el pleito de 1810-1811– violinistas, con- siguieron los puestos deseados de maestro de capilla y coristas por nom- bramiento del obispo de Cuenca José Ignacio Cortázar y Lavayen, quien se

encontraba de paso en su visita ad li- mina obligatoria a su Diócesis (ACD/G, 1867). 10 Mientras tanto el padre de ellos José Pin había dejado de tocar

y cantar, y comenzó a ser mantenido

por sus hijos, especialmente Juan de Dios Pin (ACD/G, 1822). Felizmente

el nuevo cura de Jipijapa, José Joaquín

Ortiz y Ortega no se opuso a sus nom-

bramientos y, evidentemente, retuvie - ron los puestos de maestro de capilla

y coristas por algunos años. Antes de ser nombrado maestro

de capilla y coristas, Juan de Dios Pin

y sus tres hermanos fueron entrena-

dos en Guayaquil por uno o varios músicos y cantantes de la ciudad puerto, probablemente empleados de sus iglesias y conventos, en vista de que no parece haber habido enseñan- za formal de música en todo el país fuera de la Iglesia (ACD/G, 1867; Ste- venson, 1963, 1980). Los Pin induda- blemente se mantuvieron tocando y cantando en fiestas eclesiásticas, pú- blicas, y particulares. Las fuentes no especifican cuánto tiempo pasaron los cuatro hermanos en la ciudad puerto.

Mariano fue un analfabeto. Su padre José tuvo que firmar por él la

petición que los cuatro hermanos pre- sentaron al obispo Cortázar y Lava- yen (ACD/G, 1867). Y el cura párroco Vivero mantuvo respecto a Mariano

que:

10 El depuesto Silvestre Cantos no se per- judicó, ya que se trasladó a San Grego- rio de Portoviejo “en donde se mantiene con el mismo empleo en la Santa Iglesia de dicha ciudad en unión de su familia” (ACD/G, 1822, f. 22).

No. 25 • Un encuentro con la historia

Le enseñó tocar de memoria porque no sabe ni leer los tonos que gus- tan los indios en sus fandangos el maestro de capilla Gregorio Arévalo (BN/L, 1810, f. 12v).

Éste es el mismo Mariano Pin que participó en la protesta del 8 de septiembre 1816 por la reanudación del cobro de tributos. De acuerdo con los testigos “expresó resolutiva- mente que no quería pagar por nin- gún motivo, por haberle dado el Rey la libertad (BN/L, 1816, f. 1v.) Tanto Mariano Pin como las otras cabeci- llas” (Francisco Talca, Gonzalo Parral, Mariano Pin, y Francisco Suárez), de este mini disturbio, parecen haber sido politizados durante las revueltas que hubo en 1814 por la abolición de la Constitución de Cádiz (Hamerly, 1973, 1987; Hidrovo Quiñónez, 2007). Obviamente Mariano Pin no quiso se- guir rindiendo tributo, meta que con- siguió en 1817 al ser nombrado uno de los coristas de la iglesia parroquial de San Lorenzo de Jipijapa, al menos mientras seguía en servicio del culto. Uno de los datos interesantes que surge del expediente de 1867 es que los maestros de capilla recibieron todos los años una cabeza de gana- do de cada cofradía que había en el pueblo. Menos mal, ya que Juan de Dios Pin y sus hermanos no fueron exonerados de “la cesión que hacen de las reses que les corresponden por tres años a beneficio de la Iglesia” (ACD/G, 1867, f. 2r). No consta en las fuentes hasta qué año Juan de Dios Pin y sus tres hermanos siguieron de maestro de

Calle y plaza principal de Jipijapa, 1910. Tomado de Manabí a la vista , Ceriola.
Calle y plaza principal de Jipijapa, 1910. Tomado de Manabí a la vista , Ceriola.

Calle y plaza principal de Jipijapa, 1910. Tomado de Manabí a la vista, Ceriola.

capilla y coristas. De repente, en 1828, empero, el puesto de maestro de ca- pilla y organista quedó vacante. ¿Fue por la incapacidad o muerte de Juan de Dios? No sabemos. No ha de sor- prender, en cambio, que todavía otro Pin, Juan Valentín, fue nombrado al puesto no solamente para servir a la iglesia parroquial de San Lorenzo de Jipijapa sino también a la ayuda de pa- rroquia de Paján (ACD/G, 1867, f. 10). Otro Pin que figura en los anales de Jipijapa es un Valerio. Valerio Pin consta como uno de los vecinos prin- cipales de Jipijapa que firmaron una representación en favor de la candi- datura a la presidencia del país del general Francisco Robles en 1856 (Es- trada, 1930-1942: V, pp. 78-79). Faltan todavía cuatro Pin más, Vidal –cuyas fechas quedan por de- terminar–, a quien sucedió su hijo Miguel Pin como maestro de capilla; y, sus hermanos (?) Atanasio de la Cruz Pin, y José Ángel Pin, que en 1868 habían estado desempeñando las funciones de “músicos, cantores y organista” junto con Feliciano Cal- derón y Anacleto Sancar de la iglesia

parroquial de San Lorenzo de Jipi- japa por algunos años. Empero, el 15 de diciembre de dicho año, el síndico Evaristo Suárez le quitó la llave del coro a Miguel Pin, que se autoidentificó como “indio” para dársela a Gregorio Muriyo [i.e., Murillo], mestizo y natural de Montecristi (ACD/G, 1867, f. 11). Desconozco los grados de parentesco entre Miguel, Atana- sio de la Cruz y José Ángel Pin, pero no cabe duda alguna que los lazos fueron cercanos –o fueron her- manos o primos–, y que todos fueron descendientes de la misma familia Pin que había estado sirviendo a la iglesia parroquial de San Lorenzo de Jipijapa desde fines del siglo XVIII o comienzos del XIX. No puede haber otra interpretación de la declaración de Miguel Pin de diciembre de 1868 o enero de 1869, que:

desde mis abuelengos hemos servi- do a esta Santa Iglesia con todo el pundonor y… nadie nos ha dispu- tado esta preminencia [sic] de ser maestro de capilla…

(ACD/G, 1867, f. 12). Y si esto no fuera prueba suficiente, Miguel Pin presentó traslados del nombramien- to de sus “abuelengos” como maes- tros de capilla, comenzando con lo de Juan de Dios Pin (probablemente su bisabuelo), en 1817. 11 Y el mismo cura párroco de Jipijapa, Manuel Salazar, afirmó el 9 de marzo de 1869,

11 Según el diccionario de americanismos de la Asociación de Academias de la Len- gua Española, “abuelengos” quiere decir “antepasados, en especial los abuelos”.

No. 25 • Un encuentro con la historia

que por muerte y fallecimiento de Vidal Pin, maestro de ca- pilla propietario de esta Santa Iglesia llamó a Miguel Pin para que ejerciera interinariamente [sic] las funciones de maestro de capilla, reemplazando la persona de su finado padre (ACD/G, 1867, f. 13.)

Lástima que el padre Sala- zar no nos dice en qué año murió Vidal (solo que fue antes de junio de 1867), ni mucho menos de cuál de los Pin, Vidal fue hijo o nieto. Aunque no consta exactamente dónde figura Vi- dal Pin en la línea de la familia Pin en las fuentes consultadas, no cabe duda de que él también fue descendiente de José Pin y Juan Francisco Pin. Habiendo comenzado esta his- toria con un pleito no debe sorpren- der que termine con un pleito. Miguel Pin, descendiente directo de Juan de Dios Pin y José Pin, apeló a la Vicaría Capitular de Guayaquil para que le quitara a Gregorio Murillo la maes- tría de capilla y la devolviese a Mi- guel Pin. Esta vez no sirvió de nada el argumento de que Miguel Pin tenía mayor derecho al puesto que Grego-

12 Muchos de los cambios en la legislación referentes a ellos y el tratamiento que tanto el Estado como el mundo “blanco/ mestizo” acordó a los indígenas están expuestos en las Contribuciones a Clark y Becker, 2007, una antología excelente sobre los indios de la Sierra y el Estado en el Ecuador desde 1820 en adelante. Desafortunadamente no hay un estudio parecido para la Costa.

13 Comunicación personal de Carmen Due- ñas S. de Anhalzer (18.IV.2009). Según Dueñas, Murillo fue un “mulato”.

(18.IV.2009). Según Dueñas, Murillo fue un “mulato”. Industria de sombreros de paja toquilla en jipijapa. 1910.

Industria de sombreros de paja toquilla en jipijapa. 1910. Tomado de Manabí a la Vista de Ceriola

rio Murillo, por ser Miguel “indio” y Gregorio “mestizo”, habiendo habido tantos cambios en el estado legal de los indígenas en los 1850 y 1860. 12 La falla que rindió el vicario capitular y obispo auxiliar de Guayaquil, monse- ñor doctor Luis de Tola el 29 de marzo de 1869 reza así:

Que ni la antigüedad [sic] de los tí- tulos que figuran en este expediente ni la descendencia de los antiguos indígenas no dan derecho a la pro- piedad de esa maestría de capilla, que es un destino del libre remoción

(ACD/G, 1867, fols. 13v–14r).

Y parece que Gregorio Murillo fue confirmado como maestro de ca- pilla.

Aquí termina la historia de la fa- milia Pin. Reconozco que faltan mu- chos datos, sobre todo en cuanto a su comienzo y su fin. Quizá aparecerán algún día en uno que otro archivo del Ecuador, del Perú, de Colombia, o de España. Documentos de la naturaleza analizados aquí se encuentran en el momento menos esperado, casi por azar. Lo que no me sorprendería es que se encuentran algunos expedien-

13

tes relevantes en los archivos civiles y eclesiásticos de Jipijapa y Portoviejo. Empero, muy a

tes relevantes en los archivos civiles y eclesiásticos de Jipijapa y Portoviejo. Empero, muy a mi pesar, esa investi- gación tendré que dejar a otros. Solo falta comentar sobre el significado del esfuerzo por varios miembros de la familia Pin conseguir

y retener la maestría de capilla de

San Lorenzo de Jipijapa generación tras generación. Aunque los Pin no parecen haber sido descendientes de caciques en línea directa, sí lo fueron en línea indirecta. Sin embargo, como hemos visto, nunca parecen haber llegado a ser reconocidos como caci-

ques, y, como tales, exentos de tribu -

to

y servicios personales. No por eso

dejaron de reclamar y reafirmar su es- tado como indios principales aunque tampoco parecen haber conseguido su “liberación” por completo, em- pleando esta estrategia. De no haber sido indios principales, Agustín Pin no hubiera sido uno de los firmantes de la protesta de 1677, Juan Francis- co Pin no hubiera podido reclamar el cacicazgo de Aguasa en 1779, José Pin no hubiera podido ser nombrado

14

Otros dos Pin que figuran como indios principales de Jipijapa son doña Juana Paulina Pin y Ávila (1766-1816?) y su pa- dre Victoriano Pin (n. 1741) (Garay Are- llano, 2010, p. 9).

15

Sobre la importancia de la música en la cultura indígena durante y después de la era colonial y el estatus de músicos, véa- se los estudios de Baker (2008), Schechter 1992) y Stevenson (1963 y 1980).

16

Aparte de este modesto ensayo, so- lamente existen los aportes de Garay Arellano (2010), Lenz-Volland y Volland (1985), y Szászdi (1988).

y servido como alcalde por tres años en la primera década del siglo XIX, y tampoco Valerio Pin hubiera figurado como uno de los vecinos principales de Jipijapa en 1856. 14 Aunque Juan Francisco Pin no logró ser reconocido como cacique de Aguasa –siguió en manos de la fa- milia Soledispa–, uno de sus descen- dientes José Pin y los hijos de José no se dieron por vencidos. Simplemente se cambiaron de estrategia. Se dedica- ron a la carrera de músicos y comen- zaron a bombardear a las autoridades civiles y eclesiásticas con petición tras solicitud, durante la segunda década del siglo antepasado, hasta conseguir los puestos de maestro de capilla y co- ristas de la iglesia parroquial de San Lorenzo de Jipijapa para sí y sus her- manos e hijos. A pesar de que José Pin no logró los puestos deseados por él y sus hijos, en 1810-1811, su hijo Juan de Dios Pin sí los consiguió al reanudar la intenta en 1816. Una vez logrados los puestos aspirados, la familia Pin los retuvieron al menos hasta 1869, generación tras generación. Como músicos solidificaron su estado como indios principales y lo- graron ser exentos del tributo y ser- vicios personales, más no del pago de primicias y otros recargos de la Igle- sia. 15 También gozaron de ingresos más o menos favorables como músi- cos. Espero haber aportado algo a la historia de Jipijapa y a la de los caci- ques e indios principales de la Costa, un tema casi olvidado en la historio- grafía del Ecuador. 16

Referencias Fuentes primarias 17

ACD/G. 1822. Testimonio de los documentos que comprueban la legitimidad del empleo de maestro de capilla de la Iglesia de Jipi- japa de Juan de Dios Pin.1822. Archivo de la Curia Diocesana de Guayaquil, Asuntos Judiciales, XXI, doc. 5.

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1851-1867.

AGN/L. 1803. Cobranza del Pueblo de Jipijapa de lo devengado en todo el año de 1801, que se practicó en el Siguiente de 802. 1803. Archivo General de la Nación (Lima), Real Hacienda: Guayaquil, 1804(1).

AGN/L. 1804. Cobranza del Pueblo Gipijapa del año de 1802… 1804. Archivo General de la Nación (Lima), Real Hacienda: Guaya- quil, 1804(1).

AGN. 1805. Lista de los tributarios cobrados en los dos tercios de San Juan y Navidad de 1803, pertenecientes a la Doctrina del Pueblo de Jipijapa. 1805. Archivo General de la Nación (Lima), Real Hacienda: Gua- yaquil, 1805(2).

AGN. 1807. Razon de los Yndios que han pagado el 3.º de San Juan de 806 segun aparezen por los Padrones formados por D. José Manuel Millan Apoderado Fiscal de la Vi- sita de ellos… 12.I.1807. Archivo General de la Nación (Lima), Real Hacienda: Gua- yaquil, 1807(1).

17

Siendo los archivos sujetos a pérdidas además de reorganizaciones, no respon- do por el paradero actual o la clave de localización de estas fuentes.

18

Este es el mismo documento que Dueñas cita como: Autos de proclama de don Manuel de Soledispa con Juan Francisco Pin. 1779. ANH/Q, Corte Superior de Justicia, Cacicazgo, 77.

No. 25 • Un encuentro con la historia

AHBM/G. 1831. Archivo Histórico de la Biblioteca Municipal de Guayaquil. Tenencias, Juz- gados, Censos, 1831.

Este tomo contiene varios empadrona- mientos de los Cantones de Portoviejo, Jipijapa, y Montecristi. Distinguen entre “blancos” (incluyendo “mestizos”), “escla- vos”, y “indios” en aquel orden y registran los indios contribuyentes (i.e., “tributa- rios”) por separado.

AN/Q. 1779. Autos de proclama de Dn Juan

Fran[cis]co Pin, con Dn Manuel Soledispa, yndios sob[r]e el casicasgo de la Parciali- dad de Aguasa en el Pueblo de Gipijapa

en Guayaquil y en q[u]e se exime de ser-

vicio de mita y otros servicios p[o]r ser desendiente de casique. 1779. Archivo Nacional (Quito), Cacicazgos 43, vol. 95. 18

BN/L. 1810. Expediente sobre el nombramiento

de José Pin y sus hijos como maestro de

capilla y coristas de la Iglesia Matriz de Ji- pijapa.1810. Biblioteca Nacional de Lima,

D.10265.

BN/L. 1814. Informe sobre desordenes en Jipijapa

y Portoviejo (8.VI.1814). Biblioteca Na-

cional de Lima, D. 12416. Publicado en Revista del Archivo Histórico del Guayas 3:5 (junio 1974): 95-100.

BN/L. 1816. Expediente sobre la negativa de los indígenas de Jipijapa a pagar el tributo. (8.IX.1816). Biblioteca Nacional de Lima, D. 12416. Publicado en Revista del Archivo Histórico del Guayas 3:5 (junio 1974):101-

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BN/L. 1817. Sumario de la pesquisa contra Fran- cisco Talca, Gonzalo Parral, Mariano Pin, y Jacinto Suárez. 1817. Biblioteca Nacional

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riores . Quito: Imprenta de Joaquín Terán, [1846?]. 1 9 RAHG. 1677. “El cura de

riores. Quito: Imprenta de Joaquín Terán, [1846?]. 19

RAHG. 1677. “El cura de Xipijapa y los caciques so- bre el no pago del camerico” (12.XII.1667), Revista del Archivo Histórico del Guayas, 2a. época (3-4) (II sem.–I sem. 2008): 155- 156. Transcripción de Susana Loor Java. El original reposa en el fondo de Escribanos Públicos del AHG (EP/P.132, f. 27v-28).

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19

Debe haber ejemplares en el Archivo del Ministerio de Gobierno, el Archivo o Bi- blioteca del Ministerio de Relaciones Ex- teriores, y en el Archivo y Biblioteca de la Función Legislativa. Yo lo consulté en la Biblioteca del Congreso de los EE.UU., o en el Archivo y Biblioteca de la Función Legislativa del Ecuador, no me acuerdo cual, hace treinta y pico de años.

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Relaciones históricas y geográficas de

Manabí, Guayaquil.

Los tomos 3-9 constituyen una cuasi his- toria rica en detalles de los primeros cien años de la provincia de Manabí y de sus pueblos, incluyendo a Jipijapa y sus co- marcas. En los primeros dos tomos exis- ten algunos datos de interés en cuanto a

la colonia y el período de la Independen-

cia. También se encuentran en el tomo 3 (pp. 4-7) unos documentos sobre la confirmación de tierras de comunidad

de los indígenas de Jipijapa, específica- mente los autos de 1805 y 1806, hechos

a pedimento del cacique y gobernador

de indios Manuel Inocencio Parrales y Guale, y reproducidos de traslados que se encontraron en el Archivo de la Secretaría Municipal de Jipijapa en 1866 y 1890, y refrendados en 1898.

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20

Detalla la disputa entre Montecristi y Jipijapa sobre sus respectivos linderos. Jipijapa disputó no solamente con Mon- tecristi sino también con Santa Elena sobre tierras, un capítulo de su historia que queda por escribir [Autos sobre las tierras comunales de Jipijapa], un expe- diente que abarca casi un siglo (1797- 1894), copiado de varios traslados que se encontraban en el Archivo de la Secreta- ría del Concejo Municipal de Jipijapa, y que fue verificado por el señor secretario del municipio como copia fiel el 21 de septiembre de 1927. Cedido al autor muy gentilmente por el mismo Dr. Loor hace treinta y pico de años.

No. 25 • Un encuentro con la historia

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ENTENDIENDO AL PASADO: la estructura social durante la Colonia Álvaro Renato Mejía Salazar * E
ENTENDIENDO AL PASADO: la estructura social durante la Colonia Álvaro Renato Mejía Salazar * E
ENTENDIENDO AL PASADO: la estructura social durante la Colonia Álvaro Renato Mejía Salazar * E
ENTENDIENDO AL PASADO: la estructura social durante la Colonia Álvaro Renato Mejía Salazar *
ENTENDIENDO AL PASADO: la estructura social durante la Colonia Álvaro Renato Mejía Salazar *
ENTENDIENDO AL PASADO:
la estructura social durante la Colonia
Álvaro Renato Mejía Salazar *

E n muchas ocasiones, personas

que gustan de la historia, de su

investigación o lectura, encuen-

tran en legajos de archivos o en libros de bibliotecas, conceptos o términos cuya compresión resulta dificultosa, pues en su mayoría no forman parte del vocabulario común de nuestros días. Para comprender cabalmente un libro o documento sobre historia, es necesario conocer el contenido y al- cance de tales conceptos, en especial, cuando de entender a una sociedad o a sus miembros se trata. Por ello, con- sideramos útil explicar varios de los términos utilizados por los autores especializados, lo cual también nos permitirá entender la manera en que nuestras sociedades se vieron con- formadas a través de las centurias. Iniciamos esta labor a partir del siglo XVI, esto es, a partir de la época del descubrimiento y conquista de Amé- rica. En esta etapa histórica nos refe- riremos tanto a la sociedad española, de la que se ocupa esta primera parte, cuanto a la sociedad indígena, que será materia de una futura entrega. El modelo de sociedad española del siglo XVI, diferenciaba a dos grandes grupos sociales, a saber: los hidalgos – donde incluimos a la nobleza– y los pecheros. También existía dos grupos adicionales, reducidos en cuanto a su

20

número, pero con una determinante importancia social: el clero y los mi- litares. Los hidalgos eran aquellas per- sonas que por servicios prestados al reino, o por una alta posición social de origen remoto, poseían una serie de privilegios legales y sociales. En su mayoría, estos privilegios eran co- munes a todos los miembros de este estado, 1 pero en ocasiones especiales también existían privilegios extraor- dinarios. Entre los privilegios legales se encontraban la exención del pago de impuestos, la imposibilidad de ser juzgados por jueces ordinarios, el no poder recibir castigos o penas vergon- zantes, el tener derecho para acceder a ciertos cargos administrativos, en- tre otros. Entre los privilegios socia- les estaba el llamado derecho de paso,

* Riobamba (1982). Abogado, historiador

y catedrático universitario.

1. Justamente con el término estado se de- finía a la clase social en aquella época, es decir, uno podía pertenecer al estado hi- dalgo o al estado llano –plebeyo, peche- ro, pueblo común–. En este sentido defi- ne el Diccionario de la Real Academia de

la Lengua –en adelante DRAE– a la pala-

bra estado: “Cada uno de los estamentos en que se dividía el cuerpo social; como el eclesiástico, el de nobles, el de plebe- yos, etc”.

en virtud del cual un hidalgo podía movilizarse por doquiera fuera su vo- luntad y
en virtud del cual un hidalgo podía movilizarse por doquiera fuera su vo- luntad y

en virtud del cual un hidalgo podía movilizarse por doquiera fuera su vo- luntad y los demás viandantes debían retirarse de su camino; el derecho de reserva de las mejores localidades en iglesias, auditorios, plazas, etc. Como hemos anotado, existían también privilegios extraordinarios que eran concedidos de forma espe- cial por el monarca solo a ciertos hi- dalgos. Un ejemplo de estos privile- gios extraordinarios fue el derecho de pernada, en atención al cual a un señor feudal se le permitía arrebatar la virgi- nidad a las doncellas antes de llegar al matrimonio. Este instituto medieval, que ha sido recordado al colectivo a través de la cinematografía estadouni- dense, 2 existió efectivamente en Espa- ña. Don Lope García de Salazar (siglo XV), fue pariente mayor de su Casa y cabeza de su bando; tal fue su poderío que incluso gozó del citado derecho de pernada. Otro ejemplo de privile- gio extraordinario, esta vez mesurado y cercano a nuestra realidad, fue el go- zado por José de Grijalva y Recalde, cuyas ejecutorias dictaminaban que si alguien de su linaje era tomado preso, solo podía ser encadenado con gri- llos de plata. Tal canonjía fue exigida

2. En la película Corazón Valiente, dirigida y protagonizada por Mel Gibson, toma un rol protagónico este privilegio ex- traordinario de un señor feudal, lo cual exacerbó los ánimos de quienes siempre critican los tiempos pasados bajo una óp- tica actual y no bajo la óptica de la época criticada.

3. Este pasaje de nuestra historia social lo recordó Cristóbal de Gangotena en su obra Al margen de la historia.

No. 25 • Un encuentro con la historia

por José cuando fue hecho prisionero por el asesinato de su esposa. La Real Audiencia tuvo que observar el privi- legio de Grijalva, disponiendo la con- fección de los singulares grillos a costa del hidalgo, eso sí. 3 Ahora bien, ya que hemos men- cionado a la Ejecutoria –o Carta Ejecu- toria–, indicaremos que estos eran do- cumentos a manera de certificaciones, que constituían a una persona como hidalgo o que la reconocían como tal. Ya que los derechos o privilegios de un hidalgo se los hacía valer princi- palmente ante los cabildos de las vi- llas –exención de pago de tributos, ha- bilitación para la obtención de cargos administrativos, etc.–, ante tales cor- poraciones edilicias debían empadro- narse los hidalgos, demostrando su calidad mediante la presentación de sus Cartas Ejecutorias. Si la hidalguía de una persona era notoria, por ejem- plo si se trataba de un noble titulado, el cabildo no exigía la presentación de las ejecutorias para registrarlo en el padrón de hidalgos. Como vemos, en la mayoría de los casos la Carta Ejecutoria era necesaria para que una persona pudiera exigir se observen los privilegios que le asistían; no obstan- te, durante los siglos XVI, XVII y XVIII fue recurrente el hecho de que hidal- gos venidos a menos desde el punto

de vista económico o social, no po- seían sus acreditaciones por extravío o descuido del

de vista económico o social, no po- seían sus acreditaciones por extravío o descuido del documento. 4 Si esto ocurría e interesaba a la persona el ser reconocido como hidal- go, debía acudir a una de las Reales Chancillerías, los cuales eran altos tribunales que estaban en capaci- dad de certificar la hidalguía de una persona, luego de un proce- so judicial. En España fueron dos las Reales Chancillerías existentes para la época materia de nuestro análisis, la de Granada y la de Va- lladolid. En estas cortes de justicia existía una Sala de Hijos dalgo 5 don- de una persona podía litigar su hi- dalguía, esto es, demostrar que sus antepasados fueron hidalgos y los privilegios de los que gozaron. El contradictor en el juicio era un fis- cal, que, a nombre del reino, tenía por tarea el demostrar que el deman- dante no pertenecía al estado hidalgo. La labor del fiscal se encaminaba a precautelar que personas sin legítimo derecho, pudieran ser consideradas como parte del estrato social privile- giado. Finalmente cabe indicar que en derecho nobiliario, el hidalgo es con-

4.

No era raro en esas épocas que la gente no conservara documentos. No era raro tampoco que, de una a otra generación, la importancia de una familia hubiera decrecido de tal manera, que los hijos o nietos de un hidalgo conocido, ya no tuvieran la legitimación social y fueran tomados por pecheros.

5.

Sinónimo exacto de hidalgo.

6.

Persona que posee un título de nobleza.

7.

Archivo A.R. Mejía Salazar, Quito.

siderado como el gran género social de la clase dominante, al ser el primer peldaño de la nobleza. De allí que to- dos los titulados 6 sean hidalgos, aun- que no todo hidalgo sea titulado. Al

sean hidalgos, aun- que no todo hidalgo sea titulado. Al Ilustración de un Códice Medieval español.

Ilustración de un Códice Medieval español. 7 Se representan las clases sociales de la época:

Los hidalgos y militares –caballero–, los pecheros –campesino– y el clero –monje–.

formar parte del estado hidalgo, la nobleza titulada se diferencia de los hidalgos comunes por los títulos, po- derío o riquezas que ostentaban, lo cual, ciertamente, les dotaba de ma- yores privilegios. El reino de España reconocía y reconoce los siguiente títulos: Caballero, Señor, Barón, Viz- conde, Conde, Marqués, Duque y Príncipe. Originalmente los títulos de nobleza eran conferidos por el mo- narca, como reconocimiento a una persona por grandes servicios presta- dos. De igual manera, en un inicio, la concesión del título comportaba la en- trega del señorío sobre un territorio. Con el paso del tiempo, la corona fue

sirviéndose de la concesión de títu- los de nobleza con finalidades menos preclaras. Para el siglo XVIII, el mo- narca español incluso llegó a conferir títulos a cambio del pago de elevadas sumas de dinero, es decir, los títulos se redujeron a una mercancía a la ven- ta –pese a ciertos formulismos que se establecieron para aparentar una con- cesión meritoria, verdaderamente se comercializaron, al mejor postor, mer- cedes nobiliarias–. El otro gran segmento social y de hecho el más representativo numéri- camente hablando eran los pecheros, también conocidos como el pueblo, estado llano o la plebe. El nombre de pechero proviene de la calidad tribu- taria de las personas que no pertene- cían al estado hidalgo. Pecho era un impuesto que se pagaba a la corona, al señor feudal o a la villa. Para tales fines fiscales, los pecheros también debían inscribirse en padrones de las villas. En todo caso, se debe tener en claro que el pertenecer al estado lla- no no dependía del nivel de riqueza que poseyera una persona, de allí que pechero podía ser el pobre labriego, así como el acaudalado comerciante. Solo con los avances sociales del si- glo XVII, surge visiblemente la clase que podríamos considerar como bur-

8. No confundir época moderna con época contemporánea. Historiográficamente hablando, la época moderna comienza con el descubrimiento de América en 1492, y se extiende hasta la Revolución francesa.

9. Agradecemos esta información al Dr. Fernando Jurado Noboa (14-VIII-2010).

No. 25 • Un encuentro con la historia

guesa, la cual se consolida durante el siglo XVIII. Es así que esta clase so- cial se va a diferenciar claramente de la plebe, la cual pasará a identificarse definitivamente como la clase econó- micamente deprimida. El clero y la clase militar com- pletan la estructura social españo- la de la edad media y moderna. 8 La Iglesia gozó siempre de beneficios sociales y económicos. Legitimados por ser representantes de Dios en la tierra, por los conocimientos que es- taban en capacidad de adquirir, por el poder inquisitorial del que se en- contraban revestidos y por el peso específico que tenían en una sociedad teocéntrica, los sacerdotes constituían una élite social. En general, los altos prelados de la Iglesia española per- tenecían a familias hidalgas; pero, en algunas ocasiones, los pecheros lo- graron alcanzar solios importantes en la jerarquía clerical. Tal es el caso de Juan Martínez Guijarro (Villagarcía de la Torre, 1477-Toledo, 31 de mayo de 1557), también conocido como Cardenal Silíceo, quien pertenecien- do al estado llano, llegó a ser Arzobis- po de Toledo y Príncipe de la Iglesia católica. Citamos especialmente este caso, toda vez que Fernando Jurado Noboa ha descubierto la existencia de parientes de este Cardenal en nuestro país, a través de la familia Troya. 9 Los militares tuvieron una gran importancia en la España medieval y moderna. Durante tales épocas se re- conquistó la península de manos mu- sulmanas, se conquistó América y se defendieron los territorios europeos extrapeninsulares del reino, como

Flandes. Además, no debemos olvidar que la remota nobleza se la consiguió a través de

Flandes. Además, no debemos olvidar que la remota nobleza se la consiguió a través de los hechos de armas, pres- tando servicios al reino en batallas, principalmente como guerrero, aun cuando quienes auxiliaban con vitua- llas y bastimentos a los regimientos, también merecieron la gratitud en- noblecedora de la corona. En el Ejér- cito español, para formar parte de la oficialidad, se requería pertenecer al estado hidalgo, pero al igual que ocu- rría en el clero, los pecheros llegaron a ser grandes líderes militares. Es más, en la guerra franco-española (1635- 1648), la nobleza castellana mostró un criticable retraimiento militar, por lo que prácticamente solo pecheros de- fendieron el honor del reino. 11 De esta forma se encontraba es- tratificada la sociedad española de los siglos XV al XVII. No obstante, en América, la dinamia propia de la conquista, y posterior consolidación del coloniaje, llevó a que la estructura social tuviera ciertas particularidades que diferían de cómo se daban las cosas en la metrópoli. Antes de nada aclarar ese terrible y completo error que es considerar que todos los espa- ñoles que vinieron eran lacras socia- les, salidos de las peores cárceles. Esta afirmación, propia de ignorantes o fa- náticos reivindicacionistas, ha hecho mucho daño a nuestra población, a su

10 Imagen obtenida en http://es.wikipedia.

org/wiki/Juan_Mart%C3%ADnez_Gui-

jarro (15-VII-2009)

11 Ver http://revistas.ucm.es/ghi/02144018/

articulo

CHMO0404110111A.PDF

(30-

VI-2010)

identidad y autoestima. Lo cierto es que quienes vinieron en los primeros o más bien dicho en el primer viaje de Colón, fueron efectivamente de- lincuentes. Los siguientes ya fueron gente común y corriente de España. En este punto, invitamos a nuestros lectores a realizar un breve ejercicio de reflexión: ¿Si habríamos sido los

un breve ejercicio de reflexión: ¿Si habríamos sido los Juan Martínez Guijarro, cardenal Siliceo. De humildes

Juan Martínez Guijarro, cardenal Siliceo. De humildes orígenes –lo cual es inequívocamente confirmado por su heráldica–, llegó a ser Arzobispo de Toledo y Príncipe de la Iglesia. 10

católicos reyes españoles Fernando o Isabel, una vez que confirmado el descubrimiento de tierras nuevas de las cuales podríamos extraer ingentes riquezas, consentiríamos que viajen a tales territorios ladrones o bandidos que robasen nuestros recursos? La respuesta es obvia. Además, los do- cumentos y los fundamentados tra- bajos de historiadores como Fernan- do Jurado Noboa –historiador social por excelencia–, Federico González Suárez, Ricardo Descalzi del Castillo,

José Antonio del Busto Duthurburu, etc., demuestran inequívocamente que los españoles que poblaron nues- tras tierras no fueron seres execrables, aun cuando varios de ellos sí come- tieron abusos propios del conquista- dor vencedor; mismos abusos que ya antes habían sido cometidos por los incas, pero este será tema de nuestra siguiente entrega. Con relación a los grupos so- ciales a los que pertenecieron los conquistadores y colonizadores de nuestro territorio, valga señalar que en un porcentaje no reducido fueron hidalgos, pero que en España no po- seían medios para su subsistencia. 12 Al respecto, no debemos olvidar la grave crisis económica española rela- cionada con la reconquista, verdadero motivo de la expulsión de los judíos de la península en 1492. No obstante, el grupo social que forma el grueso de nuestros antepasados son los pe- cheros, muchísimos de ellos llovidos. Ahora bien, ¿qué era un llovido? Para contestar esta pregunta debemos co- menzar señalando que para pasar

12 Es decir, hace quinientos años ellos vi- nieron a estas tierras en busca de una mejor vida; ahora, es nuestra gente la que ha migrado hacia España en pos del mismo fin.

13 Quienes se interesen sobre el hermano de Santa Teresa de Ávila, pueden con- sultar las obras que al respecto ha escrito Fernando Jurado Noboa, por ejemplo:

“El Linaje de los Cepedas en el Ecua- dor”, primera parte, en Revista Museo Histórico , No. 50; y, de otros autores tales como Manuel María Pólit Laso, Diego Gómez-Menor Fuentes, Javier Ortiz de la Tabla Ducasse, etc.

No. 25 • Un encuentro con la historia

–migrar– legalmente a Indias desde España, se requería un pasaporte emi- tido por la Casa de Contratación. Este pasaporte se lo obtenía cumpliendo con requisitos sociales y económicos. Desde el punto de vista social, se de- bía probar que el aspirante era cris- tiano viejo, es decir, español sin mez- cla con moro, judío ni ninguna raza afrentosa, así como practicante ances- tral de la religión católica. En la Iberia de los siglos XV y XVI, ser cristiano viejo ya se consideraba en sí mismo, una legitimación social. El mestizaje de los ibero-godos con los pueblos árabes y judíos era indiscutible en regiones como Andalucía, calando en todo estrato social y provocando dolores de cabeza en los hidalgos que poseían líneas moras o judías. Al respecto podemos citar el caso de los Cepeda –Sánchez de Cepeda– de Toledo, linaje al que perteneció Teresa de Cepeda y Ahumada, quien profesó como Teresa de Ávila y con tal nom- bre fue elevada a los altares, y Loren- zo de Cepeda y Ahumada, hermano completo de la Santa, quien fue de los antiguos pobladores y encomen- deros de Quito, así como uno de los genearcas del Ecuador. 13 Los Cepeda en varias ocasiones fueron pública- mente tenidos por conversos, esto es, por judíos convertidos al cristianismo para evitar las persecuciones de fina- les del siglo XV. Es más, el abuelo pa- terno de Santa Teresa y Lorenzo, Juan Sánchez de Cepeda, rico mercader converso de Toledo, fue procesado por la Inquisición en 1485. A raíz de su condena, Juan Sánchez de Cepeda

decidió mudar de villa para empren- der nueva vida. Se trasladó con su fa- milia

decidió mudar de villa para empren- der nueva vida. Se trasladó con su fa- milia a Ávila, donde la familia gozó de alta posición socioeconómica, pero el fantasma de la conversión nunca los abandonó. 14 Regresando al tema de las mi- graciones españolas a América en la época de conquista y colonia, además

de los requisitos sociales, el aspirante

a obtener un pasaporte también debía

reunir requisitos económicos. Esto es, debía contar con dinero para costear su pasaje y demostrar la posesión de medios para su subsistencia en In- dias. En general, muchos españoles

y españolas pasaron formando parte

de las comitivas de los capitanes de la conquista y, luego, de los funciona - rios públicos que iban a desempeñar cargos en las distintas circunscripcio- nes territoriales fundadas. Ejemplo de este tipo de migraciones es la de Rodrigo Mexía Serrano, natural de Villafranca de los Barros en Extrema- dura, hijo de Alonso Serrano Mexía – quien también pasó a Indias en 1534,

14 Víctor García de la Concha, “Teresa de Jesús en su circunstancia históri- ca”, en El arte literario de Santa Teresa, Barcelona, Ariel, 1978, citado en la pá- gina: ‹http://www.tesionline.com/-

PDF/1306/1306p.pdf›.

15 Retrato considerado como único autén- tico de Santa Teresa de Ávila (Teresa de Cepeda y Ahumada). Imagen obtenida en: ‹http://michaelguth.com/myblog/ pictures/TeresaAvila.jpg› (15-VII-2009).

16 Archivo Fernando Jurado Noboa, Qui- to. Para profundizar, ver: Álvaro Rena- to Mejía Salazar, “Historia de un linaje ibérico”, en Detrás de nosotros, Colección SAG, No. 202, Quito, 2006.

Detrás de nosotros , Colección SAG, No. 202, Quito, 2006. Santa Teresa de Ávila (Teresa de

Santa Teresa de Ávila (Teresa de Cepeda y Ahumada) 15 De linaje converso, es “tía” de un extenso segmento de la población ecuatoriana

siendo jinete de Pedro de Alvarado y posteriormente regresara a Villafran- ca– y de Elvira Rodríguez. Rodrigo obtuvo pasaporte el 27 de febrero de 1597, para pasar a Nueva Granada como parte de la comitiva del licen- ciado López. Se radicó luego en San Juan de Ambato, donde fue próspero comerciante y propietario de casas con tiendas en la plaza principal del asentamiento. 16 Como vemos, el pasar a Indias en forma legal no resultaba fácil para un español. Por ello, muchos ibéricos migraron a América de forma irregu- lar, embarcándose primero en peque- ños navíos o botes hasta llegar a pru- dente distancia de los puertos, donde podían abordar las grandes carabelas trasatlánticas. En aquella época se comparó a los hombres y mujeres que se embarcaban ilegalmente, con la lluvia que caía en la cubierta de una

nave. De allí su denominación de llo- vidos. Como ya lo sospechará el lector, este sistema trajo riqueza a muchos capitanes de embarcaciones, quienes consentían llevar a Indias a personas que no poseían recursos sociales o económicos suficientes para obtener un pasaporte. Llegados ya a América, en época de la conquista quienes dominaron la élite social fueron los capitanes, ade- lantados y demás líderes de las fuer- zas militares. En este período no fue determinante el que un conquistador fuera hidalgo para alcanzar la cúspi- de de la estructura social. Para inicios del siglo XVI, en nuestros territorios tuvo principal importancia Francisco Pizarro, hijo natural de un hidalgo en una modesta plebeya. Su vida, antes del paso a Indias, se caracterizó por la pobreza y la oscuridad social. Sebas- tián de Benalcázar es otro ejemplo de líder militar de origen humilde, que llegó a ostentar poderío en Indias. No obstante lo anterior, las personas de origen hidalgo, aun cuando su impor- tancia haya mermado en la península, fueron quienes se hicieron del poder en las nuevas villas desde un inicio.

17

Álvaro Renato Mejía Salazar, “Reflejos de la conquista: heráldica en la colonia temprana”, en Historia próxima y remota, Colección SAG-SC, No. 18, Quito, 2010.

18

Fernando Jurado Noboa, “Los encomen- deros de Cuenca, su origen y papel en la sociedad del siglo XVI”, en Memorias del Noveno Encuentro de Historia y Realidad Económica y Social del Ecuador y América Latina, Cuenca, Ediciones de la Universi- dad de Cuenca, 2002, p. 119.

No. 25 • Un encuentro con la historia

Por ejemplo, en la Quito recién fun- dada, los vecinos principales fueron Rodrigo Núñez de Bonilla, Diego de Sandoval, Rodrigo de Salazar, Her- nando de la Parra, Martín de Mon- dragón, Pedro Martín Montanero, entre otros. Todos los reseñados eran hidalgos. Continúa nuestra duda so- bre la condición de Montanero; duda –no afirmación– que ya fuera expues- ta fundamentadamente en nuestro trabajo Heráldica en la Colonia tempra- na. 17 Como expusimos en tal inves- tigación, de los documentos existen- tes se deduce que Montanero no era hidalgo sino pechero –aun cuando letrado–. Fernando Jurado Noboa en su artículo Los encomenderos de Cuen- ca, su origen y papel en la sociedad del siglo XVI, también consideró a Mon- tanero como “un plebeyo del mismo Guadalcanal”. 18 No obstante, hoy en día se considera al mencionado con- quistador como hidalgo. Habrá que revisar las pruebas documentales –y no simplemente referenciales–, para confirmar el estado al que pertenecía Montanero. En todo caso, en la colonia tem- prana se mantuvo la influencia de la hidalguía, aun cuando sí existió la po- sibilidad de que los pecheros se des- taquen socialmente. En esta etapa di- ferenciamos socialmente con claridad a los conquistadores principales y su familia, muchos de ellos hidalgos, con experiencia militar o letrados; a los conquistadores medios o bajos, pecheros que formaban parte de las huestes; al pueblo llano, sobre todo artesanos o campesinos que empie- zan a migrar; a los indios principales,

especialmente caciques o familiares de la familia inca, que hasta el siglo XVIII mantuvieron una

especialmente caciques o familiares de la familia inca, que hasta el siglo XVIII mantuvieron una importante condición social; y, a los indios comu - nes. A muchos de los conquistadores principales la Corona premió con tie- rras y repartimientos de indios, sien- do éste su medio de subsistencia. Sin embargo, algunos conquistadores de la élite también se dedicaron a otras actividades, no consideradas como propias de hidalgos, en busca de acrecentar sus fortunas. Por ejemplo, Rodrigo Núñez de Bonilla se dedicó

a la minería y Diego de Sandoval se

dedicó al comercio. 19 El resto de los

estratos sociales vivía de su trabajo o del trabajo del indio que ciertamente fue explotado desde un comienzo. Con el pasar de las décadas, la socie- dad mantuvo una estructura similar

a

la anotada, conservándose el poder

en los descendientes de los conquis- tadores principales. Es más, mucha legitimación social existía en ser vás- tago de los primeros habitantes de una villa. Esto se desprende de varios documentos, donde descendientes de los conquistadores relevan tal calidad para solicitar privilegios a la Corona. En general, los descendientes argu-

19

Para profundizar ver: Álvaro Renato Mejía Salazar, “Reflejos de la conquista:

heráldica en la colonia temprana”, en Historia próxima y remota.

20

Para profundizar ver: Fernando Jurado Noboa, Los nudos del poder, Colección SAG, No. 203, Quito, 2006.

21

Para profundizar ver: Fernando Jurado Noboa, Los Mancheno en el Ecuador, 270 años de historia, Colección SAG, Quito,

1992.

mentaban los trabajos y sacrificios sufridos por sus antepasados, en la conquista de estas tierras a favor de España. A partir del siglo XVII, migran muchos españoles que van a formar parte del pueblo común, pero tam- bién algunos que sobre la base del tra- bajo y de matrimonios convenientes, llegan a colocar a sus familias en los más altos sitiales sociales. Un ejemplo de aquello, es el caso de Juan Miguel Villavicencio Bohórquez, tronco de su familia en Riobamba. Este anda- luz, que al parecer tenía algunas lí- neas hidalgas pero que en general lo consideramos pechero, llegó a tierras riobambeñas, donde trabajando como arriero logró amasar un buen capital, lo que le permitió posesionarse en cargos de cabildo y casar “bien” a sus hijos. 20 Otro ejemplo es el de Julián Mancheno Ayala –tronco indiscutido de su familia en el país–, migrado en el siglo XVIII. Hizo importante for- tuna a través del comercio, lo que le permitió casarse con la linajuda viu- da doña Rosa Maldonado-Sotomayor Palomino y Flores, hermana completa del sabio Pedro Vicente Maldonado y de Ramón Maldonado, marqués de Lises. 21 El casarse con una viuda hi- dalga o rica, fue una herramienta tí- picamente utilizada por los españoles que pretendían granjearse un elevado puesto social. Ahora bien, en estos siglos también vinieron hidalgos im- portantes, quienes buscaron estable- cer relaciones con las clases adinera- das y nobles de las villas indianas.

Podemos citar el caso del general

Nicolás de Larraspuru y Aranibar, un importante noble guipuzcoano –mal- criado y mimado–, quien cometió una serie de desmanes en Quito. Tanto así, que el presidente de la Audiencia, don Antonio de Morga, tuvo que ha- cer pedidos al Rey para que ordena- ra moderación a Nicolás o para que dispusiera que su padre, el almirante general don Tomás de Larraspuru y Churruca –quien estaba emparentado con San Ignacio de Loyola–, lo llama- ra a España. Nicolás había casado en Quito con uno de los mejores partidos de la Audiencia, doña María de Vera Mendoza y Bonilla, bisnieta de uno de los más importantes, sino el más importante, vecino fundador de Qui- to, don Rodrigo Núñez de Bonilla. 22 Para el siglo XVIII, la nuestra ya es una sociedad bien organizada, donde se logra identificar con clari- dad cada uno de los estratos sociales. Se desarrollan las artes, se impulsa cierto urbanismo, las casa mejoran, al igual que los usos y costumbres –aun cuando los sacerdotes comienzan a relajarse–. La clase alta sigue nutrién- dose con migraciones europeas hidal- gas y no hidalgas. Las viejas familias principales empiezan a ennoblecerse a través de la entrada de sus miem- bros a Órdenes de Caballería –las principales fueron la Santiago, Cala- trava y Alcántara–; o, incluso, a través de la adquisición de títulos de noble- za. Simplemente comprados fueron los marquesados de Miraflores, San José, Villaorellana, entre otros. El mestizaje en la clase alta era negado. Hoy en día, no hay familia ecuatoria-

No. 25 • Un encuentro con la historia

familia ecuatoria- No. 25 • Un encuentro con la historia Almirante general don Tomás de Larraspuru

Almirante general don Tomás de Larraspuru y Churruca. 23

A

través de su hijo don Nicolás, antepasado de un importante núme-

ro

de familias ecuatorianas.

na que no posea sangre india en sus venas y aun sangre negra, pese a que en la Sierra es escaso este mestizaje, que sí lo encontramos completamen- te difundido en todo estrato social en la Costa. La clase media se formaba por comerciantes, ilustrados, profe- sionales, ramas pobres de las familias principales o pequeños terratenien- tes. El pueblo estaba constituido por españoles haraganes, mestizos arte- sanos, indios importantes. También se identificaba una clase plenamente servil: los indios, empleados en tareas urbanas como los aguateros o en ta- reas del campo como la agricultura, los obrajes, etc., además de los escla- vos africanos.

22 Archivo A.R. Mejía Salazar, Quito. Para profundizar ver: Fernando Jurado No- boa, La familia Villagómez, Colección SAG, No. 179, Quito, 2002.

23 Archivo A.R. Mejía Salazar, Quito.

Esta fue pues, la estructura so- cial y algunas de las instituciones que reglaron la

Esta fue pues, la estructura so- cial y algunas de las instituciones que reglaron la vida ibérica desde los si- glos XV al XIX. Continuaremos en una siguiente entrega con la estructu- ra social de este mismo período, pero desde la realidad india. San Francisco de Quito, 15 de agosto de 2010

Fuentes

A nuestros lectores habrá extra- ñado que el presente artículo no po- sea el riguroso detalle de las fuentes que sustentan nuestras afirmaciones, lo cual ha sido parte fundamental de todos nuestros trabajos. Al respecto, es necesario aclarar que ello ocurre ya que el presente artículo es un re- sumen basado en los conocimientos adquiridos a lo largo de los años, a través de la investigación y estudio de un sinnúmero de libros y docu- mentos. En esta ocasión, no hemos ci- tamos literalmente a autor alguno ni hemos recurrido a la revisión de tra- bajos preexistentes al momento de la redacción. Respetando el derecho a la duda de nuestros lectores, citamos a continuación un listado de libros don- de se podrán verificar los contenidos de nuestro trabajo:

• Cristóbal de Gangotena, Al margen de la his- toria, Quito, FONSAL, 2003.

• Fernando Jurado Noboa, por ejemplo: “El Linaje de los Cepedas en el Ecuador”, pri-

mera parte, en Revista Museo Histórico, No.

50.

• Víctor García de la Concha, “Teresa de Jesús en su circunstancia histórica”, en El arte lite- rario de Santa Teresa, Barcelona, Ariel, 1978.

30

• Álvaro R. Mejía Salazar, “Historia de un lina- je ibérico”, en Detrás de nosotros, Colección SAG, No. 202, Quito, 2006.

• Álvaro Renato Mejía Salazar, “Reflejos de la Conquista: Heráldica en la colonia tempra- na”, en Historia próxima y remota, Colección SAG-SC, No. 18, Quito, 2010.

• Fernando Jurado Noboa, “Los encomende-

ros de Cuenca, su origen y papel en la socie- dad del siglo XVI”, en Memorias del Noveno Encuentro de Historia y Realidad Económica y Social del Ecuador y América Latina, Cuen- ca, Ediciones de la Universidad de Cuenca,

2002.

• Fernando Jurado Noboa, Los nudos del Po- der, Colección SAG, No. 203, Quito, 2006.

• Fernando Jurado Noboa, Los Mancheno en el Ecuador, 270 años de historia, Colección SAG, Quito, 1992.

• Fernando Jurado Noboa, La familia Villagó- mez, Colección SAG, No. 179, Quito, 2002.

• Gonzalo Argote de Molina, Nobleza del An- dalucía, libros I y II, Jaén, Instituto de Estu- dios Giennenses, 1957.

• José Santiago Crespo Pozo, Blasones y Lina- jes de Galicia, Santiago de Compostela, En- ciclopedia Gallega, Editorial de Bibliófilos Gallegos, 1964.

• Peter Boyd-Bowman, Índice Geobiográfico de 40.000 Pobladores Españoles de América, Bogotá, Instituto Caro y Cuervo, 1964.

- Fernán Mexía, Nobiliario Vero, Jaén, 1497.

- Rafael Sánchez Saus, Linajes Sevillanos Me- dievales, Sevilla, Real Maestranza de Caba- llería de Sevilla.

- Tomás Marqués de Castro, Compendio His- tórico Genealógico de los Títulos de Castilla, España.

- Francisco Piferrer, Nobiliario de los Reinos y Señoríos de España, Madrid, 1857.

- Vicente de Cadenas y Vicent, Repertorio de blasones de la Comunidad Hispánica, Espa- ña, Instituto de Salazar y Castro.

- Francisco Piferrer, Armas, timbres y blasones de nuestra ilustre nobleza, España, 1863.

- Julio de Atienza, Nobiliario español, España.

- Modesto Costa y Turell, Tratado completo de la ciencia del blasón, Madrid, 1858.

¿FUE BOLÍVAR ESTADISTA? Conferencia para Proyecto Bolívar Guillermo Arosemena Arosemena
¿FUE BOLÍVAR ESTADISTA? Conferencia para Proyecto Bolívar Guillermo Arosemena Arosemena
¿FUE BOLÍVAR ESTADISTA?
Conferencia para Proyecto Bolívar
Guillermo Arosemena Arosemena
¿FUE BOLÍVAR ESTADISTA? Conferencia para Proyecto Bolívar Guillermo Arosemena Arosemena

R evisar la historia con objetivi- dad es saludable para las nue- vas generaciones, es común en

los

países del primer mundo, donde,

en

algunos, hay procedimientos para

hacerlo sistemáticamente. En Estados Unidos, periódicamente, se reúnen

historiadores para escuchar las revi- siones que colegas proponen, y deci-

dir sobre ellas.

Mi primer análisis de revisión histórica fue la Revolución juliana, evento eminentemente económico, originalmente interpretado por his- toriadores que desconocían de econo- mía. Mi interpretación es totalmente

diferente a la de ellos, sobre las causas que motivaron los problemas econó- micos contribuyentes a la citada re- volución, y la motivación central de Luis Napoleón Dillon, su ideólogo.

Mi propuesta fue plasmada en un ar-

tículo controversial publicado en la revista Cultura del Banco Central y posteriormente en el libro La Revolu- ción juliana, evento ignominioso en la historia de Guayaquil.

La segunda revisión histórica es la que analizaré en mi intervención y cubre el período de la Independencia de Guayaquil y luego de Ecuador. Los libros de historia que tuve que estu- diar hace más de medio siglo y los que se usan en la actualidad en escue-

de medio siglo y los que se usan en la actualidad en escue- Simón Bolívar las

Simón Bolívar

las y colegios están llenos de mitos, cuyos historiadores han idealizado

a personajes y sobredimensionando

sus logros. Entre ellos se encuentra

el de Simón Bolívar, que lo describe

como un superhombre, un héroe de proporciones épicas lleno de hazañas extraordinarias. Seguramente los au- tores de los mismos conocen el viejo refrán que dice que los países deben tener héroes, y si no existen es nece- sario crearlos.

Todo movimiento de indepen- dencia tiene un fin común para mejo-

31

rar el nivel de vida de los ciudadanos: terminar con el pasado oprobioso que incluyen

rar el nivel de vida de los ciudadanos:

terminar con el pasado oprobioso que incluyen malas prácticas políti- cas y económicas. Éste fue el patrón seguido por Estados Unidos, Cana- dá y Australia; y, durante los últimos cincuenta años, los países asiáticos, como Singapur, Malasia, India y otros. En todos, el camino que traza- ron los padres de la patria y primeros gobernantes de esos países fue cómo llegar a la prosperidad en la forma más rápida. Unos lo consiguieron en 40 años, otros, como India, les tomará más tiempo, pero van por el camino correcto. Los resultados están a la vis- ta. De ser naciones con renta por ha- bitante muy inferior a la ecuatoriana, actualmente es hasta diez veces supe- rior en algunos casos. América Latina, que debió ser el referente para las colonias asiáticas que se independizaron en el siglo XX, sigue sumergida en el desgobierno, pobreza y frecuentes luchas ideoló- gicas. El entorno presente de los paí- ses es resultado de su pasado, por lo que quien se interesa en entender el comportamiento de la sociedad en la actualidad, obligadamente necesita repasar la historia. Es esa anomalía histórica la que me llevó, hace dos décadas, a buscar los determinantes del subdesarrollo de Ecuador, y, en el transcurso del tiempo, a publicar más de cuarenta libros describiendo mis conclusiones. A fines del 2009, con motivo del Bicentenario del 10 de Agosto de 1809, el Banco Central y la FLACSO organi- zaron mesas redondas en Guayaquil,

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Quito y Cuenca, en las que fui uno de

los panelistas. Mi tema trataba sobre

la economía ecuatoriana en tiempos

de la dependencia. Como éste era un período que no consideraba mi fuer- te, dediqué seis meses a buscar fuen-

tes primarias; mi esfuerzo se justificó, logré adquirir más de 30 libros escri- tos por actores de la Independencia, entre militares que sirvieron en los ejércitos de Bolívar y personas que tuvieron cargos elevados durante la Gran Colombia. Por ejemplo, en las memorias del general O´Leary se en- cuentra la correspondencia de Bolívar

y demás personajes de la época en

32 tomos. Con tan abundante biblio- grafía que incluye cartas, discursos y proclamas, no se necesita haber vivi- do en su tiempo para emitir un juicio sobre el Libertador.

No se puede escribir sobre la Independencia, sin referirse a Simón

Bolívar, por ser él quien inició los mo- vimientos independentistas en el no- roeste de la América del Sur. ¿Cómo era Bolívar? ¿Cuál era su personali- dad, su filosofía sobre la Independen- cia? Según él, ¿qué clase de gobierno debían tener las nuevas repúblicas, cuáles las metas y planes para el futu-

ro de ellas? En todos los libros consul-

tados, sus autores describen a Bolívar, algunos incluso detallan su físico, for- ma de vestir y hablar, defectos, abuso de poder, sus gustos y pasiones, in- cluyendo el baile y controversial vida

privada. Curiosamente los autores que lo conocieron y escribieron sobre él, lo hacen con más objetividad que los posteriores historiadores. A dife-

rencia de los historiadores modernos

y

contemporáneos que lo idolatran,

la

mayoría de los que escribieron en

su época, lo critican duramente por la forma cómo quería conducir la cons- trucción de los nuevos Estados. Bolívar fue un soñador por exce- lencia, se convenció de ser el ungido para la salvación de la América es- pañola, muy controversial, de enor- me ego, brillante militar, tomador de grandes riesgos, audaz, ambicioso, con enorme capacidad de trabajo y carismático. Pero le faltó lo más im- portante que debe tener un estadista:

coherencia y visión en sus decisiones. Quienes lo idolatran, seguramente, dirán que su legado es haber libera- do a cinco naciones. Quienes analizan objetivamente a este singular perso- naje concluyen que él dejó el caos y anarquía organizados, como legado. Para los críticos, se olvidó de diseñar los planos de la súper estructura – Gran Colombia– que creó, y dejó con- vulsionada a una región que después de 180 años de independencia sigue estándolo, al extremo de formar parte de la lista de los estados fallidos, pu- blicada anualmente. Bolívar tuvo grandes contradic- ciones, como el haber expresado en el discurso de Angostura de 1819, “¨… nuestros ciudadanos deben temer con sobrada justicia que el mismo ma- gistrado que los ha mandado mucho tiempo los mande perpetuamente”; y, luego, haber diseñado y promulgado la Constitución de Bolivia, tomada de la Constitución de Haití donde él se nombró Presidente Vitalicio. Otra

No. 25 • Un encuentro con la historia

fue escribir sobre la importancia de la institucionalidad y no poner en práctica lo que sostenía. Después de haber tenido correspondencia extensa con Jeremy Bentham, autor de leyes y tratados y consultor de gobiernos eu- ropeos y Estados Unidos; haber reci- bido sus obras y ser gran admirador

Unidos; haber reci- bido sus obras y ser gran admirador Monumento a Bolívar, parque El centenario,

Monumento a Bolívar, parque El centenario, Guayaquil.

del constitucionalista y jurista inglés al extremo de solicitarle que “… me adopte como uno de sus discípulos, como consecuencia de haberme ini- ciado en sus doctrinas…”; ordenó no usar los libros de Bentham en la ense- ñanza universitaria. Otra contradicción de Bolívar fue querer hacer cambios para sacar a nuestros países del atraso y pobreza con leyes obsoletas, copiadas de las españolas. Durante la Gran Colombia se mantuvo el sistema económico mo- nopólico. El estanco de sal que había

sido suprimido en Guayaquil, Bolívar lo volvió a poner en práctica al en- tregar su

sido suprimido en Guayaquil, Bolívar lo volvió a poner en práctica al en- tregar su explotación a un grupo de particulares que le ofrecieron pagar 51.000 pesos por año, durante cuatro años. El 50% de esos ingresos fueron usados por Bolívar para cubrir sus gastos militares. El sueño de Olmedo de libre comercio estipulado en el Re- glamento Provisorio, la Constitución de Guayaquil Independiente, no se hizo realidad. Bolívar estableció aran- celes y limitó el número de países con los que Ecuador podía mantener rela- ciones comerciales. Bolívar admite su fracaso, cuan- do una parte de su discurso de An- gostura lo dedica a reconocer la im- posibilidad de crear una nación como Estados Unidos, por ser una quimera la auténtica democracia en nuestros países. Dos décadas más tarde, lo re- afirma al terminar su vida pública. Un mes antes de morir, Bolívar acepta haber hecho un trabajo inútil. En carta a Juan José Flores del 25 de noviem- bre de 1830, se lamenta:

Usted conoce que he gobernado por veinte años y de ellos he llegado a pocas conclusiones: América es in- gobernable, para nosotros; aquellos que sirvieron a la revolución araron en el mar; lo único que se puede hacer en América es emigrar; este país caerá inevitablemente en ma- sas desenfrenadas y luego pasará casi imperceptiblemente a manos de pequeños tiranos de todos colo- res y razas; después de haber sido devorados por todos los crímenes y extinguidos con ferocidad total, los europeos no nos mirarán como ser

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dignos de ser conquistados; si fuera posible en alguna parte del mun- do regresar al caos primitivo, sería América en su hora final.

Muy duras palabras las de Bolí- var, quien escribe es un ser frustrado, deprimido, arrepentido y fracasado por haber invertido dinero, tiempo, tener una Gran Colombia que se cae en pedazos y cuatro pueblos que lo han rechazado. Así terminaba Bolí- var a los 47 años de edad. Su esfuer- zo inútil no debe interpretarse que se debió exclusivamente a la forma de ser de los sudamericanos, Bolívar no tuvo tiempo o no le interesó reflexio- nar sobre las verdaderas causas de su derrota, en cómo pudo evitarla. ¿Cuánto pesó su personalidad y su falta de experiencia en administrar países? La Gran Colombia fue el sueño de Bolívar, pero él mismo no contri- buyó a hacerlo realidad. Fue teórico, sus discursos estaban llenos de prin- cipios democráticos y liberales; sin embargo, no pudo convertirlos en realidades. La meta central de Bolí- var, el fin que perseguía, debió ser crear una forma de gobierno capaz de conducir a los países a la prosperidad, por medio de leyes modernas, sólido estado de derecho, estabilidad social, política y económica, pero hizo redac- tar la Constitución en Bolivia, nom- brándose Presidente Vitalicio. Lo hizo por estar convencido de que las sociedades de los países que había liberado, por haber estado mol- deadas durante siglos de un régimen colonial, corporativo, esclavista y es-

No. 25 • Un encuentro con la historia

tamental, no estaban en condi- ciones de gobernarse, por no estar preparados para la de- mocracia. No supo construir la gran nación. Por su forma de ser, per- sonalidad impredecible y ac- titudes dictatoriales, no sentó las bases de la institucionali- dad ni logró la unión de los pueblos. Veamos los comen- tarios de tres personas que lo conocieron o vivieron durante su época. José María Samper, en su obra Apuntes para la historia publicada en Colombia en 1858, comenta:

para la historia publicada en Colombia en 1858, comenta: Monumento a Bolívar, Plaza del Congreso, Perú

Monumento a Bolívar, Plaza del Congreso, Perú

William Tudor, cónsul de Esta- dos Unidos en Perú, en carta del 17 de mayo de 1826 al Secretario de Estado, comenta:

… ya no era de esperarse que este (Bolívar), embriagado por las adula- ciones de sus cortesanos de cuartel, las victorias i los testimonios de ad- miración alcanzados en el Ecuador, Bolivia i Perú, dejase de lanzar su atrevido genio en la empresa de ani- quilar la libertad de Colombia, va- liéndose del apoyo de la fuerza, del fanatismo que inspiraba su nombre i de las ventajas de su posición. De aquí la resolución que tomara

Bolívar de volver al ejercicio del Po- der Ejecutivo, tan funesta para su gloria como aciaga para la Repúbli- ca. […] el ídolo de los colombianos,

el

símbolo de las glorias nacionales

y

el orgullo de los veteranos de la

libertad, había degenerado tan vi- siblemente, merced a la obcecación de su espíritu, descaminado por la lisonja y la ambición, que su nombre parecía la personificación del despo- tismo y su poder se hacía cada vez más insoportable odioso.

La profunda hipocresía del general Bolívar ha decepcionado al mundo y a la mayoría de sus antiguos ami- gos, quienes lo han abandonado al descubrir sus verdaderas intencio- nes. Con la violenta disolución del Congreso se le ha caído su másca- ra…

Gabriel Lafond de Lurcy, en su libro Viajes alrededor del mundo, en 1843, escribe:

El general Bolívar parecía tener excesivo orgullo, lo que estaría en contradicción con su hábito de no mirar de frente a la persona con quien hablaba, a menos que ésta no fuese muy inferior a él. Pude con- vencerme de su falta de franqueza en las conferencias que tuve con él en Guayaquil, pues no respondía de una manera clara a mis proposicio- nes, sino en forma siempre evasiva. El tono que usaba con sus generales era extremadamente altanero y poco adecuado para conciliarle afectos.

En Repúblicas de Aire, escrita por el mejicano Rafael Rojas y de reciente publicación, el

En Repúblicas de Aire, escrita por el mejicano Rafael Rojas y de reciente publicación, el autor comenta que no hubo solo una agenda en la Indepen- dencia de nuestra región:

solo una agenda en la Indepen- dencia de nuestra región: Monumento a Bolívar, Quito Las revoluciones

Monumento a Bolívar, Quito

Las revoluciones de independencia en Hispanoamérica fueron, al mis- mo tiempo, un conflicto militar, un proceso de cambio político y una rebelión popular. Como toda revo- lución o toda guerra, quienes se in- volucraron en aquella experiencia lo hicieron por razones diversas y con- tradictorias. No pocos se levantaron en armas porque querían alcanzar un autogobierno criollo sobre los reinos y provincias del Imperio bor- bónico. Muchos lo hicieron porque, más que a Madrid, rechazaban la hegemonía de las ciudades capitales sobre su región. No faltaron quienes se levantaron en armas para prote- ger un modo de vida tradicional o para ascender socialmente a través de la guerra y la política.

Los diferentes intereses de los involucrados en los distintos países impidió la búsqueda del bien común. Cada uno tuvo en mente visiones dis- tintas en la construcción de la Gran Colombia. Se da el caso de la dura polémica mantenida entre Bolívar y

Rocafuerte, por oponerse este último,

al centralismo que Bolívar quería, en

vez de crear provincias para que cada una tenga su propia autonomía. En carta del 27 de septiembre de 1826, Rocafuerte escribe a Bolívar

para tratar de convencerlo cambiar de opinión. Le comenta haber oído que en Colombia hay apoyo para crear la federación compuesta de Venezuela, Cundinamarca y Quito. Esta división sería fatal porque cada sección es lo suficientemente grande para debilitar

al Gobierno central e incluso aspirar

a la independencia. Le sugiere que

sería mucho mejor dividir la repú- blica en doce provincias de acuerdo

a la geografía y condiciones locales.

También le recomienda la necesidad de mejorar las instituciones políticas

y

hacer la transición del centralismo

al

federalismo para poder ponerse a

la vanguardia de la civilización. Fi- nalmente, le advierte que, como hijo de la libertad, su responsabilidad es establecer la libertad en una manera apropiada para la ilustración del siglo en que viven.

El sistema de gobierno federal perseguido por Rocafuerte, otros gua- yaquileños y peruanos, en lugar del centralismo proclamado por Bolívar, fue causa de permanente inestabili- dad política, como sucedió en 1827,

cuando en Lima hubo una subleva- ción que perseguía la creación de un gobierno federal, y los guayaquileños se adhirieron. Este tema lo cubre Bo- lívar en una carta del 24 de agosto al Presidente del Senado de la Gran Co- lombia:

… ha favorecido el voto de algunos

imprudentes que desde el año pa- sado trabajan en Guayaquil por dar aquella forma a nuestro Gobierno, y a los cuales procuraré yo contener […] mi decisión por un Gobierno central más adecuado a nuestras ne- cesidades.

Otras cartas de Rocafuerte a Bo- lívar entre 1826 y 1828 tienen fuertes expresiones acusatorias hacia Bolívar. En una de ellas advierte:

… su conducta es alarmante para

la libertad y bienestar de las otras repúblicas de la América españo- la…Bolívar se ha quitado su disfraz de patriota y es capaz de cualquier cosa. En su delirio de ambición bien podría ofrecer a Colombia en su transacción maquiavélica, mientras sea reconocido como rey o presi- dente vitalicio de Colombia”. Este último tema se refiere a ayudar a España para nuevamente tomar control de México. Rocafuerte debió conocer sobre una carta que Bolí- var envió desde Jamaica a Maxwell Hyslop, poderoso empresario inglés proponiéndole financiar su revolu- ción y a cambio recibir Panamá y Nicaragua:

(…) Ventajas tan excesivas pueden ser obtenidas por los más débiles medios: veinte o treinta mil fusi-

No. 25 • Un encuentro con la historia

les; un millón de libras esterlinas; quince o veinte buques de guerra; municiones, algunos agentes y los voluntarios militares que quieran seguir las banderas americanas (…). Con estos socorros pone a cubier- to el resto de América del Sur y al mismo tiempo se puede entregar al gobierno británico las provincias de Panamá y Nicaragua, para que for- me de estos países el centro del co- mercio del universo por medio de la apertura, que rompiendo los diques de uno y otro mar, acerque distan- cias más remotas y hagan perma- nente el imperio de Inglaterra sobre el comercio.

La relación de Bolívar con Roca- fuerte no fue buena, a pesar de haber estudiado juntos en Europa. Después de más de veinte años de perder con- tacto entre ellos, el 10 de enero de

1821, desde Bogotá, Bolívar le escribe la siguiente carta:

Por fin tengo el gusto de escribir a Vd. ¿Se acordará Vd. que soy un an- tiguo amigo? Siempre me he acordado, y me acor- daré que Vd. lo es mío, y que no puede dejar de serlo; pues ¿por qué no me ha escrito Vd.? Vd. debía ser patriota, honrado y el hombre de la naturaleza, como yo lo he llamado. ¿Por qué es Vd. ingrato?

En esta carta se nota la persona- lidad dominante y prepotente de Bo- lívar. Lamentablemente las relaciones entre los dos se fueron deteriorando con los años al extremo de que po- cas semanas antes de fallecer, en co- municación a Flores, sabiendo que Rocafuerte llegaba a Guayaquil, le

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Monumento a Bolívar, España manifestó que éste último era el más rabioso federalista del mundo,
Monumento a Bolívar, España manifestó que éste último era el más rabioso federalista del mundo,

Monumento a Bolívar, España

manifestó que éste último era el más rabioso federalista del mundo, anti-

militarista y capaz de cualquier cosa,

y que tenía los medios para lograrlo.

Termina la carta comentando que Rocafuerte se ha convertido en su más implacable enemigo. Este mismo había acusado a militares venezola- nos y colombianos de ocupar los car- gos más importantes en Ecuador y de beneficiarse económicamente.

A diferencia de Olmedo, Roca- fuerte era como Bolívar: arrogante,

fuerte de carácter, personalidad des- bordante, autoritario con sus ideas, y sin problema alguno en enfrentar

a quien consideraba su oponente. Al-

fredo Luna Tobar en su obra Bolívar y Ecuador, después de mostrar cartas de afecto entre el Libertador y Rocafuer- te, admite que:

Unos años más tarde, sin embargo, no serían los mismos los sentimien- tos existentes entre el Libertador y quien fuere, según palabras del propio Bolívar el mejor amigo mío desde mi juventud.

Bolívar fracasó entre otras cau- sas por su idealismo, tratar de crear un gran país con obstáculos muy grandes casi imposibles de poder sal- tar, comenzando por la inhóspita geo- grafía entre países y dentro de ellos.

Para los guayaquileños les era más rá- pido y seguro ir a Lima que a Quito. En el primer caso les tomaba entre 4

y 5 días, mientras que en el segundo,

no menos de una semana, arriesgan- do la vida. Cuando Rocafuerte dejó Quito al terminar la presidencia, le tomó un mes llegar a Guayaquil a po- sesionarse como gobernador. Una ta-

bla de distancias de tiempo a caballo entre ciudades revela que de Popayán

a Quito tomaba más de 112 horas. La

geografía atemorizó a los represen- tantes de Ecuador para asistir a todos los congresos, situación que ocasionó perjuicios al país por haberse dictado leyes contrarias a los intereses ecua- torianos.

Además de la geografía hubo

otros obstáculos, entre ellos la falta de homogeneidad en las sociedades de Gran Colombia. Ésta era contraria a la concepción del Estado que se preten- día construir teniendo como referente

la Constitución de Estados Unidos. Al

respecto, Rojas comenta en su obra Repúblicas de aire:

Buena parte de los diseños cons- titucionales, codificaciones jurí- dicas, políticas fiscales, proyectos educativos, estrategias de escritura histórica, panteones heroicos, cere- moniales cívicos, manuales de ins- trucción moral y alianzas diplomáti- cas, impulsados por aquellas élites, contenían discursos y prácticas de

homogeneización republicana de la diversidad. A la heterogeneidad social se sumó, desde los prime- ros años poscoloniales, una rápida diversificación del campo político y la esfera pública, provocada por las tensiones legislativas, la rivali- dad entre caudillos, la formación de nuevas élites locales, la irradiación de logias masónicas y sociedades secretas, y los primeros brotes de guerra civil.

Bolívar fracasó entre otras cau- sas por su idealismo, tratar de crear un gran país con obstáculos casi im- posibles de poder superar, comen- zando por la inhóspita geografía entre países y dentro de ellos. Viajar de Guayaquil a Quito o de Quito a Bogotá tomaba semanas y el viaje- ro arriesgaba la vida. Cuando Roca- fuerte dejó Quito al terminar la pre- sidencia, le tomó un mes (incluyendo descansos) llegar a Guayaquil a pose- sionarse como Gobernador. Una tabla de distancias de tiempos a caballo entre ciudades revela que de Popayán a Quito tomaba más de112 horas. La geografía atemorizó a los represen- tantes de Ecuador para asistir a todos los Congresos, situación que ocasionó perjuicios al país por haberse dictado leyes contrarias a los intereses ecua- torianos. A pesar de haberse pasado reco- rriendo entre países, Bolívar no se dio cuenta de que además de la geografía había otros obstáculos para hacer rea- lidad su sueño, entre ellos la falta de homogeneidad en las sociedades de Gran Colombia. Al respecto, Rojas co- menta en su obra Repúblicas de Aire:

No. 25 • Un encuentro con la historia

Repúblicas de Aire: No. 25 • Un encuentro con la historia Falta pie de foto Buena

Falta pie de foto

Buena parte de los diseños cons- titucionales, codificaciones jurí- dicas, políticas fiscales, proyectos educativos, estrategias de escritura histórica, panteones heroicos, cere- moniales cívicos, manuales de ins- trucción moral y alianzas diplomáti- cas, impulsados por aquellas élites, contenían discursos y prácticas de homogeneización republicana de la diversidad. A la heterogeneidad social se sumó, desde los prime- ros años poscoloniales, una rápida diversificación del campo político y la esfera pública, provocada por las tensiones legislativas, la rivali- dad entre caudillos, la formación de nuevas élites locales, la irradiación de logias masónicas y sociedades secretas, y los primeros brotes de guerra civil.

Entre las características del buen estadista están: tener eficiente estruc- tura de organización en su gobierno,

optimizar y manejar las cuentas pú- blicas correctamente. En el caso de la Gran Colombia

optimizar y manejar las cuentas pú- blicas correctamente. En el caso de la Gran Colombia cuya dimensión era enorme, para triunfar en el proyec- to, se requería casi la perfección en la organización del gobierno: fluidez en las comunicaciones, efectividad en la implementación de decisiones, otor- gamiento claro de autoridad a fun- cionarios, definición de responsabili- dades, etc. Lamentablemente, en los departamentos de la Gran Colombia, la organización del gobierno fue muy pobre, prevalecía el caos y las cuen- tas se manejaban irresponsablemente. Bolívar no tuvo políticas económicas claras, actuó de acuerdo a lo dictado por su personalidad. En cuanto a la política fiscal fue más perjudicial que la española porque además de man- tener los mismos impuestos, exigió “contribuciones” a los empresarios y profesionales. Estos impuestos disfrazados tu- vieron severa oposición en Quito. Se desconoce cuánto se gastó durante la Independencia de Ecuador y el mon- to de lo aportado a la de Perú, además de si fueron bien invertidos los dine- ros. Lo único que se sabe es la asigna- ción de la deuda externa inglesa, va- lor que posiblemente fuera inferior a lo gastado con recursos ecuatorianos, particularmente guayaquileños. Bolívar, desde donde se encon- traba, enviaba comunicaciones para que del producto de las recaudaciones de la Aduana de Guayaquil se usaran los fondos para hacer pagos por com- pras de barcos u otros recursos béli- cos. La contabilidad del gobierno fue

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introducida recién en la presidencia de Vicente Rocafuerte. En el tema de Guayaquil, Bolí- var también mostró muy pocas dotes de estadista, le faltó habilidad diplo- mática para ganarse la confianza y respeto de todos los guayaquileños. Él veía en Guayaquil la fuente de ri- queza para financiar sus guerras en el resto del país y Perú, y puerto de entrada para sus tropas. A esa fecha, Guayaquil era la ciudad más rica de Ecuador y la principal generadora de divisas por tener el dominio de las ex- portaciones. Bolívar ya había hecho contacto con Olmedo, quien era la máxima autoridad en la provincia de Guayaquil, a raíz de que este último envió emisarios a Bolívar y San Mar- tín para hacerles partícipes del gran triunfo del 9 de Octubre de 1820. Pero la intención de Olmedo no era entre- garle la Provincia a ninguno de los dos. Las cartas de Bolívar a Olmedo fueron prepotentes y autoritarias, sin conocer Guayaquil se sentía dueño de la ciudad y con autoridad divina para decidir su futuro, como se aprecia en la carta del 18 de enero de 1822. En ella se expresa en duros términos de Francisco Roca, uno de los patriotas guayaquileños, hermano de Vicente Ramón Roca, quien sería presidente de Ecuador:

La copia que tengo el honor de in- cluir á V. E. manifiesta claramente los sentimientos del señor Francisco Roca miembro de ese gobierno. Ella no solo hace creer que el Sr. Roca es un declarado enemigo del Gobier- no de Colombia sino que induce a

conjeturar que lo es de la libertad de Guayaquil. Complacerse con la disolución de los cuerpos, con la di- vergencia de opiniones y en la de- bilidad de las fuerzas que deben re- sistir al enemigo de América; llamar tunantes á los oficiales que propen- den a la incorporación de Guayaquil

a Colombia, es mostrar o que desco-

noce la verdadera debilidad de su país o los derechos incontestables de Colombia o más bien es mostrar que cree que los esfuerzos de ese pueblo para recobrar su libertad, se han hecho para su engrandecimien- to personal, y para proporcionar un teatro á su ambición. Yo creo que esta carta debe despertar y llamar toda la atención de ese gobierno so- bre sus verdaderos intereses y sobre su verdadera felicidad; ese gobierno sabe que Guayaquil no puede ser un Estado independiente y soberano, ese gobierno sabe que Colombia no puede ni debe ceder sus legítimos derechos y ese gobierno sabe en fin que en América no hay un poder humano que pueda hacer perder a Colombia un palmo de la integri- dad de su territorio. Yo creo Señor Excmo., que ya es tiempo de obrar de un modo justo racional y con-

veniente á los intereses de esa pro- vincia demasiado tiempo expuesta

a vaivenes de la fortuna y a azares

de la guerra, pero oportunamente auxiliada y protegida por las armas

de Colombia.

Olmedo pretendió liberar al res- to de las provincias de Ecuador, sin la ayuda de nadie, para lo cual organizó la División Protectora de Quito, ejér- cito que lamentablemente sufrió una derrota en noviembre de 1820. Fue en ese momento en que Olmedo se vio

No. 25 • Un encuentro con la historia

en que Olmedo se vio No. 25 • Un encuentro con la historia Monumento a Bolívar,

Monumento a Bolívar, Ayuntamiento de Cádiz, España

obligado a pedir ayuda a San Martín

y Bolívar, mostrando más cercanía

con el primero. Esto se observa por el número de cartas suyas a los dos. Con Bolívar hubo un intercambio de co- municaciones muy limitado. Mientras Olmedo estuvo en su cargo destinó importantes capitales para financiar

la traída de los soldados colombia-

nos que marcharían a Quito, y luego

el

costo logístico para mantenerlos en

el

país hasta la batalla de Pichincha.

También financió el envío de tropas a

San Martín, uniformes y cacao, para

que con la venta del producto tuvie-

ra dinero para cubrir las necesidades

militares. Todo este gran esfuerzo no

fue reconocido por Bolívar, quien veía en Olmedo un serio obstáculo para apoderarse de Guayaquil. El inicio del fin de Bolívar fue pretender modificar la constitución peruana y colombiana adaptándolas a la boliviana, cuando él conocía que, por ley, durante diez años no se podía modificar la colombiana. En nume- rosas publicaciones de la época hay fuertes expresiones contra la actitud dictatorial del Libertador.

Incluso las noticias llegaron a Henry Clay, secretario de Estado de los Estados Unidos, quien

Incluso las noticias llegaron a Henry Clay, secretario de Estado de los Estados Unidos, quien lo exhor- tó a no dañar la buena imagen que el mundo se había formado de él. Pretender imponer su voluntad en tema tan delicado, le causó a Bo- lívar hacerse de enemistades en los cuatro países y resentir a personas influyentes como Olmedo, Rocafuer- te, Roca y Elizalde en Ecuador, y sus similares en las demás repúblicas. Hubo ruptura de amistad con más de un importante amigo. Los enemigos de Bolívar, sin ponerse de acuerdo, en sus respectivos países decidieron en- contrar la forma de “acabar con el po- der absoluto e indivisible que Bolívar quería para sí”. Simultáneamente sus amigos buscaron la forma de crear la monarquía constitucional, tomando en cuenta que el propio Bolívar ha- bía expresado en más de una ocasión los siguientes comentarios que se en- cuentran en el cuarto tomo de la His- toria de la Revolución Colombiana, mag- na obra de José Manuel Restrepo:

Colombia y toda la América españo- la no tenían otro remedio para libe- rarse de la anarquía que devoraba a sus pueblos, que establecer monar- quías constitucionales, y que si los habitantes de Colombia se decidie- ran por este camino de gobierno y llamaran a reinar a un príncipe ex- tranjero sería el primero que se so- metiera a su autoridad y le apoyaría con su influjo.

No hay espacio para transcribir todas las expresiones de personas cer- canas a Bolívar que con el tiempo se

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decepcionaron de él. Las de Henri Vi- llaume Ducoudray-Holstein son una muestra. Edecán y confidente del Li- bertador, escribió dos libros, Memorias de Bolívar sobre sus experiencias con él, y la Sociedad grancolombiana. El pri- mero publicado en 1830 y el segundo en 1855. Este franco-alemán, veterano de las guerras napoleónicas, fue conside- rado detractor en tiempos de Bolívar. En el segundo libro critica duramente la personalidad de Bolívar. Entre las páginas dedicadas a analizar la ges- tión de Bolívar, el autor se pregunta:

¿Quién en Colombia es capaz de producir buenas leyes? ¿Quién es capaz de hacer ver al pueblo la importancia de las buenas leyes y persuadirlo a que se deben cumplir a pesar de que ellas puedan ir en contra de sus intereses? Si Bolívar hubiera puesto el ejemplo de cum- plirlas, se hubiese logrado grandes resultados. Pero infortunadamente para Colombia y ciertamente para el resto de las nuevas repúblicas, Bolívar no tenía virtud, firmeza ni talento para levantarse sobre su es- fera de mediocridad, pasión, ambi- ción y vanidad. Él se encuentra muy distante de sentar los cimientos para buenas leyes, escuelas, instituciones útiles y comercio floreciente. Hubie- ra consultado a hombres de expe- riencia y virtud y rodeado de gente con talento y probidad. Pero, ¿qué ha hecho este hombre durante los últimos cuatro años, es decir, desde 1824, cuando Colombia se libró del último soldado español? En lugar de permanecer en su país para esta- blecer un sólido gobierno, lo vemos

tan temprano como 1822, buscando nuevos campos para su ambición, una nueva escena de lo que él con- sidera su gloria. Él va al Sur, se apo- dera de un país, destruye el Congre- so de Perú y se coloca como cabeza despótica de un gobierno militar y allí renueva las villanías dictatoria- les de 1823 y 1814 de Venezuela. Por la fuerza de las armas, él separa una porción de Perú y la llama república de Bolivia, de la cual él es su presi- dente y protector.

Ducoudray-Holstein continúa ana lizando todos los desaciertos que en su opinión fueron cometidos por Bo- lívar. Juan Carlos Vela, en su ensayo, El Bolívar desconocido, comenta que los libros le sirvieron a Karl Marx para es- cribir la biografía de Bolívar donde lo critica severamente (ver ‹http://www. simonbolivar. org/Principal/bolivar/ marx_bolivar.html›). También ‹http://www.marxists.

org/espanol/m-e/1850s/58-boliv.

htmhttp://www.marxists.org/es-

panol/m-e/1850s/58-boliv.htm›).

Las palabras de Ducoudray- Holstein contra Bolívar son muy fuer- tes. En ellas el autor no cuestiona la brillantez y capacidad militar, duda del Libertador como político y jefe de Estado. No siempre los grandes visionarios o militares tienen cualida- des de estadistas, ni son pragmáticos. Durante la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos tuvo dos excelentes generales: George Patton y Dwight Eisenhower. El primero fue extraor- dinario militar, se conocía las estra- tegias militares de los más grandes generales de la historia, incluyendo

No. 25 • Un encuentro con la historia

las de Alejandro Magno y Julio César, pero habiéndole correspondido ser el Comandante Supremo de las Fuerzas Aliadas, por antigüedad, Eisenhower fue electo, por manejarse con cualida- des de estadista; esto posteriormente lo ayudó a ser Presidente de Estados Unidos. Patton solo pensaba en guerrear, había nacido para ser soldado, era au- toritario y no tenía ningún tacto para tratar a sus subordinados. Las haza- ñas militares de este último, como el desembarco en Anzio y recuperación de Italia o la toma de Bastogne que evitó la arremetida de los alemanes, han quedado escritas en los libros de estudios militares. Eisenhower era diplomático, escuchaba y lograba consensos. La personalidad de Bolívar, que incluía fuerte temperamento, relación de amor y odio con sus amigos y cola- boradores, y gran prepotencia (como hacer el siguiente brindis: “Hoy hace treinta y nueve años que he nacido tres veces: para el mundo, mi gloria y la República”), además de su falta de experiencia política, lo llevó al os- tracismo. A los quiteños los tachó de bochincheros, de Sucre, su más cer- cano colaborador, no tuvo buenas ex- presiones e incluso pretendió quitarle méritos cuando comparó las victorias de Bomboná y Pichincha. En una carta enviada a Santan- der le comenta sobre ese tema:

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(…) Sucre tenía mayor número de tropas que yo y menos el número de enemigos

(…) Sucre tenía mayor número de tropas que yo y menos el número de enemigos (…). La victoria de Bom- bona es mucho más bella que la de Pichincha. La pérdida de ambos ha sido igual

y el carácter de los enemigos muy

desigual. El general Sucre no sacó más ven- tajas que yo (…), él se ha cogido la copia de nuestras conquistas.

William Tudor, cónsul de Estados Unidos en Lima, refiriéndose a la re- lación de Bolívar con La Mar, expresa:

En ninguna otra instancia ha sido su hipocresía [la de Bolívar] más profunda que en el caso de La Mar. He visto cartas de Bolívar a él, ex- presándole su más profunda admi- ración y amistad y como persona indicada para ejercer la Presidencia del Perú […], mientras que ha usado toda su influencia para expulsarlo del Perú […], y lo ha llamado polí- ticamente cobarde.

El historiador Rafael Rojas, en su artículo El bicentenario y la tradición, publicado en el diario español, El País el 22 de enero 2009, comenta:

Para aquellos fundadores de la His- panoamérica moderna, el arquetipo

del estadista republicano era George Washington, quien en 1796, a pun- to de cumplir su segundo mandato presidencial, declinó postularse a una segunda reelección y se retiró

a la vida privada en Mount Ver-

non. Desde 1808, esos pensadores comenzaron a contraponer la figura de Washington a la de Napoleón, a quien vieron como una encarnación

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moderna del cesarismo que había malogrado la república romana. A partir de 1826, Bolívar comenzó a ser visto, también, como un nuevo César. Benjamin Constant resumiría ese desencanto hacia la figura del Li- bertador en un discurso ante el Par- lamento francés: “No, la dictadura nunca es un bien; la dictadura nun- ca es lícita. Nadie está lo suficiente- mente por encima de su país y de su tiempo para tener derecho a deshe- redar a sus ciudadanos” Si hace 200 años, los fundadores de Hispanoa mérica imaginaron repúblicas sin democracia, hoy, en América Latina, parecen construirse democracias sin república [….]. El ascenso del auto- ritarismo de izquierda en la última década desplazó el péndulo al otro extremo: reelección indefinida, con- trol de la sociedad civil y los medios de comunicación, capitalismo de Estado, caudillismo. A 20 años de la caída del muro de Berlín, todos los países latinoamericanos, menos Cuba, son democráticos, pero la de- mocracia vive amenazada por la cri- sis de los valores republicanos que decidieron la ruptura con la monar- quía absoluta Atribuir a Bolívar una “concepción democrática revolucionaria”, “anti- burguesa” o “anticapitalista”, como hizo el presidente Hugo Chávez en su discurso de toma de posesión, el 10 de enero de 2007, es, cuando me- nos, una burla a dos siglos de estu- dios bolivarianos en Iberoamérica. Ese Bolívar protomarxista no solo es cuestionable desde las conocidas ideas de Marx sobre Bolívar, sino desde los propios textos políticos y constitucionales del Libertador. Con el Bolívar de Chávez sucede como con el Martí de Fidel Castro: dos es-

tadistas republicanos del siglo XIX que terminan siendo desconectados de su propia tradición e incrustados

en las izquierdas marxistas del siglo

XX.

La desaparición de la Gran Co- lombia no cambió en nada la forma de gobernar y hacer política en la República de Ecuador y otras en la América Latina. Esta característica peculiar latinoamericana llevó a Ber- nardo O’Higgins a comentar: “Las re- voluciones y los gobiernos se suceden por nuestros países como el viento”; y, a San Martín,

“cuando uno piensa que tanta san- gre y sacrificio no han sido em- pleados más que para perpetuar el desorden y la anarquía, se le llena el alma del más cruel desconsuelo”.

Ecuador ingresó al siglo XXI sin lograr todavía hacer realidad el sueño de Bolívar y de los Padres de la Patria, grandes soñadores, pero muy poco prácticos.

No. 25 • Un encuentro con la historia

LA MATANZA DEL 2 DE AGOSTO DE 1810 Javier Gomezjurado Zevallos *
LA MATANZA DEL 2 DE AGOSTO DE 1810 Javier Gomezjurado Zevallos *
LA MATANZA DEL 2 DE AGOSTO DE 1810 Javier Gomezjurado Zevallos *
LA MATANZA DEL 2 DE AGOSTO DE
1810
Javier Gomezjurado Zevallos *
DEL 2 DE AGOSTO DE 1810 Javier Gomezjurado Zevallos * L uego del golpe del 10
DEL 2 DE AGOSTO DE 1810 Javier Gomezjurado Zevallos * L uego del golpe del 10
DEL 2 DE AGOSTO DE 1810 Javier Gomezjurado Zevallos * L uego del golpe del 10

L uego del golpe del 10 de Agos- to de 1809 e instalada la Junta Suprema, ésta terminó por des-

baratarse, no solo por la contrarrevo- lución que el depuesto presidente de la Audiencia Manuel Urriez, conde Ruiz de Castilla, había venido prepa- rando y que a mediano plazo surtió efecto; sino también por el errado ac- cionar político de la Junta, cuyos in- tegrantes –autores de la revolución– terminaron desertando de la misma, surgiendo la idea de algunos de sus vocales de retituir en el poder al de- crépito conde Ruiz de Castilla.

En efecto, luego de la renun- cia del marqués de Selva Alegre a la presidencia de la Junta a principios de octubre de 1809, así como de otros miembros –algunos de ellos nobles que no apoyaban las ideas radicales de autonomía e inmediata indepen- dencia–, los vocales que quedaron

* Historiador y Doctor en Sociología y Ciencias Políticas. Docente universitario. Miembro Correspondiente de la Acade- mia Nacional de Historia. Subdirector de la Sección Académica de Historia y Geografía de la Casa de la Cultura Ecua- toriana Matriz, y Miembro de la Casa de la Cultura Núcleo de Esmeraldas. Autor de varios libros y artículos monográficos sobre temas históricos, genealógicos, so- ciológicos y costumbristas.

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buscaron una solución intermedia para no dejar la Junta Suprema, la cual consistió en encargar su direc- ción al vetusto Conde, tomando en cuenta su ofrecimiento de no perse- guir a los revolucionarios. El pueblo, que no había sido tomado en cuenta, rechazó dicho nombramiento, y una multitud enfurecida invadió violenta- mente el palacio y reclamó a gritos su derecho para hacer tal designación. El nombramiento quedó sin efecto. Juan de Dios Morales y Manuel Rodríguez de Quiroga, cerebros del golpe de agosto, intentando salvar la revolución, optaron por el menor de los males, y propusieron a Juan José Guerrero y Matheu como reempla- zante de Selva Alegre. El inflexible Mariano Villalobos, patriota que des- confiaba de marqueses y de nobles, rechazó enérgicamente esta designa- ción; ello le costaría su vida en agosto de 1810. Sin embargo y dejando de lado los nombres propuestos por los líderes populares, tales como el del marqués de Villa Orellana y el de José Javier Ascázubi para conducir la Jun- ta, se terminó designando a Guerre- ro, quien lejos de ofrecer ventajas a la causa revolucionaria, sirvió más bien para precipitar los acontecimientos hacia el desenlace fatal.

Pues sí, y como nos cuenta el his- toriador Manuel María Borrero, Gue- rrero era
Pues sí, y como nos cuenta el his- toriador Manuel María Borrero, Gue- rrero era

Pues sí, y como nos cuenta el his- toriador Manuel María Borrero, Gue- rrero era hombre de acendrado espa- ñolismo, incapaz de reconocer ningún derecho al pueblo, a los que llamaba plebeyos, aferrado a su estatus social y económico; soberbio, vehemente e impulsivo; arrojó la máscara y dio el golpe de gracia a la revolución. Hizo perder la autonomía de la Junta, y con golpe artero y falaz desvirtuó por completo la naturaleza de la misma y anuló la esencia del movimiento re- volucionario y lo traicionó. Guerrero se hizo cargo de la Presidencia el 12 de octubre y en- seguida entabló negociaciones con Ruiz de Castilla, mientras que Juan Pío Montúfar salía de la ciudad en compañía del Dr. Luis Quijano. El 14 de octubre, Ruiz de Castilla escribió desde Iñaquito –donde el Conde se encontraba en una hacienda– a Juan de Salinas, pidiéndole su colabora- ción para que las cosas volvieran a su antiguo estado. Salinas, se ignora si presionado por las circunstancias o a motu propio, cometió la debilidad de

aceptar la entrega de las tropas al Con- de, para lo cual despachó a Machachi en son de avanzada o de vanguardia

a los militares de los que más descon- fiaba, poniéndoles al mando de Juan

y Antonio Ante, precisamente los más

opuestos a sus veladas maquinacio- nes, con lo cual allanó el camino para que el 24 de octubre fuera llamado a Iñaquito a conferenciar con el Conde, quien después de ello suscribió unas capitulaciones con la Junta y volvió al mando de la presidencia. Al día siguiente salió Ruiz de Castilla de su

No. 25 • Un encuentro con la historia

de Castilla de su No. 25 • Un encuentro con la historia Muerte de patriotas quiteños,

Muerte de patriotas quiteños, 2 de Agosto de 1810

confinamiento en Iñaquito y fue reci- bido en triunfo en Quito por el grupo español. La primera revolución esta- ba terminada. El 24 de noviembre arribaron las tropas de Lima al mando de Manuel Arredondo; Ruiz de Castilla disolvió las de Quito pues estaba fuerte otra vez y comenzó a maquinar su ven- ganza, a pesar de haber dado su pa- labra de honor de no proceder contra ningún ciudadano que intervino en el movimiento revolucionario. Las fuer- zas del Batallón Real de Lima, que llegaron casi al mismo tiempo que se reinstalaba el gobierno de Ruiz de Castilla, estaba conformado de qui- nientos hombres: doscientos vetera- nos y trescientos zambos, maleantes que habían sido liberados de las cár- celes de Lima. De nada le sirvió a Salinas el ha- ber jurado sumisión a la Junta Central de España –como en efecto lo hizo– y haber actuado con cortesía y agasajos hechos a Ruiz de Castilla, ya sea es- coltándolo desde Iñaquito al palacio, ó a través de gestos de lealtad demos-

trados al Conde; pues éste, una vez apoyado por las tropas limeñas, dio órdenes de

trados al Conde; pues éste, una vez apoyado por las tropas limeñas, dio órdenes de arresto contra los próce- res. Esta posición ambivalente adop- tada por Salinas, luego de las capitu- laciones, le hizo creer que no estaría en la mira de una posible revancha por parte de Ruiz de Castilla. Sin em- bargo Salinas se equivocó; mas no podemos tampoco acusar al Conde de toda la atrocidad que se cometería, pues era ya un anciano, que además se había convertido en títere de Arre- dondo. El 4 de diciembre de 1809, el prócer Salinas se hallaba en su casa situada en la Plaza Mayor, contigua al Ayuntamiento y oyó el rumor de gen- te alarmada. Se asomó con su familia

a la ventana y vio que atravesaban la

plaza escoltados los doctores Morales

y Juan Pablo Arenas, en dirección al

Cuartel Real. La misma escolta regre- só luego y en momentos en que Sali- nas se sentaba a la mesa del comedor, le fue presentada la orden de prisión. Con aspecto al parecer sereno, salió con los esbirros de Arredondo, ascen- dió al pretil de la Catedral para seguir al mismo cuartel y desde allí dirigió el último saludo de despedida a su atribulada esposa, que le miraba con ansiedad.

Por las calles, la gente veía tran- sitar a escoltas armados, rompien- do cerrojos, allanando habitaciones, capturando individuos y llevándolos presos a la cárcel, al presidio –fren- te al Carmen Bajo- o al Cuartel Real, ocupado por los pardos. En la po- blación había alarma, desconcierto,

los pardos. En la po- blación había alarma, desconcierto, Dr. Antonio Ante inquietud, desasosiego, y los

Dr. Antonio Ante

inquietud, desasosiego, y los ciuda- danos querían escapar donde sea o esconderse en cualquier lugar. Se cerraron las tiendas, se abandonaron los talleres, los negocios y las faenas. Todo quedó abandonado, las campa- nas se silenciaron y las calles estaban desiertas. Fue el día del hambre, del sobresalto, de las despedidas y de las lágrimas; y entre la gente se hicieron testamentos verbales y se dejaron ins- trucciones y disposiciones reserva- das.

Por su parte, el marqués de Sel- va Alegre escapó con su hermano Pedro Montúfar, su hija Rosa y su cuñada Nicolasa Guerrero; se ocul- tó en sus propiedades de Puñaví y Suyu, volvió unos días a Quito, y, en diciembre de 1809 y desde el obraje de Chillo, Montúfar huyó a sus pro- piedades que tenía en Angamarca. El gobierno realista lo atacó y fueron tomados presos su hermano Pedro y

su hijo Javier; el primero salió libre y

el segundo escapó justamente la tarde

del 2 de agosto por la quebrada del Cuartel. ¿Coincidencias? Entre otros, mandados a dete- ner, estaban en la lista: Manuel Ro- dríguez de Quiroga, el cura de Píntag

José Riofrío, el cura de San Roque José Correa, el coadjutor Antonio Castelo, Antonio Ante, Juan Ante, Javier Zam- brano, Mariano Cevallos, José Vinue- za, Nicolás Aguilera, Antonio Pineda, Luis Saá, José Corral, Antonio Busta- mante, Luis Vargas, Antonio Sierra, Mariano Villalobos, Joaquín Barrera, Pacho el organista, Manuel Angulo, José Javier Ascázubi, Nicolás Vélez,

y otros más. La misma noche del 4

de diciembre fueron capturados José Correa, Antonio Castelo, Juan Pablo Espejo y el cura Riofrío.

Persecuciones, enjuiciamientos

y prisiones también se hicieron en

Tulcán, Ibarra, Otavalo, Ambato, Rio- bamba, Guayaquil, Cuenca y Popa-

yán. Bastaba una carta recibida, una opinión vertida, una intriga o chisme,

o una sospecha para que se los consi- dere responsable.

En diciembre de 1809 se inició

el proceso judicial en contra de todos

los involucrados en el golpe del 10 de agosto, y por orden de Ruiz de Cas- tilla no se exceptuó estado, clase ni fuero. Quiroga rindió su declaración

el día 11, fecha en la que dijo: “No leí,

suscribí ni induje a nadie a firmar el Acta… Queda pues mi culpa reduci- da a que fui el penúltimo miembro de la Junta cuyo empleo lo ejercí en alivio de los afligidos, y en contribuir

No. 25 • Un encuentro con la historia

cuanto me fue posible a la tranquili- dad pública”; mientras Morales, lue- go de demostrar su vasta erudición en temas jurídicos, concluyó diciendo:

…Morir para mí no es otra cosa que una acción de la vida y quizá la más fácil. Tan frágil y miserable existen- cia no vale la pena de incomodarse, pero, me debo a la República y la juzgo interesada en mi vindicación.

El 12 y 13 de diciembre de 1809 Salinas rindió su declaración. Mani- festó:

…que estando ya desnudo en cama a más de las diez y más de la noche del 9 [de agosto], antes le llamaron de parte del pueblo que se había juntado…

Reconoció haber elaborado el Plan de defensa de Quito y sus pro- vincias, así como admitió el mando de armas que el pueblo le confirió para evitar derramamiento de sangre. La confesión de Morales de ser el úni- co autor del plan subversivo, permi- tió a Salinas negar su participación en él. A decir del historiador Carlos de la Torre, “… Si Salinas hubiere medita- do que al escribir su defensa estaba compareciendo ante el Tribunal de la Historia, jamás habría caído en una serie de vacuas justificaciones, que lejos de comprobar su inocencia, po- nen en tela de duda su integridad y su hombría de bien. El terror, las amena- zas que se cernían sobre su existencia, le hicieron vacilar y hasta tácitamente arrepentirse de su línea de conducta que ante la posteridad le ha rodea-

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do con los resplandores huidizos de la gloria. Estas grietas que parten la unitaria reciedumbre

do con los resplandores huidizos de la gloria. Estas grietas que parten la unitaria reciedumbre de su personali- dad, le colocan en un punto equidis- tante de la traición y el heroísmo, la humanizan en la plenitud de su des- asosiego. Eso es lo que fue Salinas: un hombre que sentía la luminosa llama- da del heroísmo y que a la vez se sen- tía enraizado a la tierra movediza en que el miedo a la muerte hace olvidar el amor a la gloria. El traidor es infra- hombre y el héroe un super-hombre. Salinas fue “nada menos que todo un hombre”. Las semanas subsiguientes se receptaron las declaraciones del resto de los detenidos. Defensas, alegatos y recusaciones iban y venían, así como los días transcurrían con los próceres presos en las malolientes y húmedas mazmorras del Cuartel Real. Las au- toridades reales mostraron siempre una parcialidad en contra de aquellos detenidos, y la sentencia, ansiosa- mente esperada, nunca se dio ya que los acontecimientos se precipitaron, en los que tuvo culpa el anciano Con- de quien tejió el trágico desenlace. Ante los rumores sobre una autorización concedida por Ruiz de Castilla para que saquearan la ciudad las tropas realistas, el 7 de julio de 1810 se produjo una asonada popular para protestar contra esas probables noticias, la cual fue apaciguada. A consecuencia de ello, Ruiz de Casti- lla y Arredondo ordenaron al capitán Fernando Bassantes victimar a los pa- triotas reducidos en prisión al menor indicio de insurrección pública. La muerte estaba ya decretada.

de insurrección pública. La muerte estaba ya decretada. Manuela Cañizares A la una y treinta de

Manuela Cañizares

A la una y treinta de la tarde del 2 de agosto de 1810, las campanas de la Catedral comenzaron a tocar a re- bato. Unos pocos civiles, desprovistos de armas de fuego, asaltaron el presi- dio frente al Carmen Bajo, tomaron de sorpresa a la guardia, se proveyeron de fusiles, y ante los desconcertados soldados, liberan a los presos. Libe- rados y asaltantes se dirigen hacia el Cuartel Real, donde se acantonaron los zambos limeños. Con la compli- cidad de algún guardia, los patriotas ingresan al cuartel. El capitán Nicolás Galup les sale al encuentro sable en mano y uno de los asaltantes le atra- viesa el corazón con la bayoneta del fusil y cae muerto. Era casi las dos de la tarde y comienza la intentona de liberar a los presos. Pero, ¿dónde se hallaban ellos? Hoy, los visitantes que acuden al Museo del Cuartel o Museo de Cera, se preguntan cómo en ese pe- queño sótano pudieron estar cerca de cuarenta personas y ser asesinadas. Pues la verdad reside en el hecho de

que el cuartel en aquel entonces tenía tres patios, dos calabozos, once cuar- tos altos y dos cuartos bajos, los cua- les fueron destinados a prisión. En el cuarto bajo del segundo patio estuvo

el cura Riofrío, y en la única celda del

tercer patio estuvo el doctor Arenas, considerados como los más peligro- sos de todos. En el resto de cuartos, altos y bajos, se ubicaron al resto de presos, algunos con grillos y en gru- pos de dos, de tres y de cinco, a tal punto que un mes antes de la tragedia había 38 presos.

Volviendo a los atacantes, éstos ingresan al Cuartel Real, y hubiera sido realmente un triunfo la libera- ción de los próceres, si los mulatos limeños no reciben el apoyo de los soldados auxiliares de Santa Fe, que se hallaban acantonados en el cuar- tel adjunto al Cuartel Real. Ingresa- da la tropa santafereña, se trabó un desigual combate con los asaltantes, quienes luchaban por salvar a los pa-

triotas presos. Antes de la llegada de la tropa auxiliar, apenas alcanzaron

a liberar al cura Antonio Castelo y a

Manuel Angulo, quienes escaparon. Penosamente no pudieron salvar a Vicente Melo, preso en un cuarto con- tiguo a los anteriores, y menos aún a

los encarcelados en la parte alta. Al- gunos de los asaltantes son asesina- dos y otros alcanzan a escapar; salen las tropas de los cuarteles y empiezan

a disparar como locos contra cuantas

personas veían en la Plaza Mayor. Matan a una india, un covachero y a un músico que iba hacia el Carmen.

No. 25 • Un encuentro con la historia

La plaza queda despejada y ya no hay contra quién combatir, pero hay todavía a quiénes asesinar. Aden- tro del cuartel se cumple la orden dada por Arredondo de matar a los

presos. Morales recibió varios balazos

y, en medio de su agonía, le trituraron

el cráneo con la culata de los fusiles. Salinas, moribundo, fue muerto en su cama con cuatro balazos en la cabeza

y varias cortaduras en el pecho. Agui-

lera, durmiendo la siesta y los demás clamando por confesión, fue atroz- mente sacrificado. Baleados y despe- dazados con hachas y sables lo fueron Juan Pablo Arenas, José Luis Riofrío, Juan Larrea Guerrero, Antonio de la Peña, Manuel Cajías y otros. A Ma- riano Villalobos y a Atanasio Olea les destaparon los sesos a sablazos y ha- chazos. Vicente Melo cae con un ba- lazo en la boca. La joven Isabel Bou fue también herida y empapada en la sangre de su marido Juan Larrea, ha- biendo éste caído muerto a sus pies. Una esclava de Quiroga, que estaba embarazada y que concurrió al cuar- tel en unión de las hijas de este pró- cer, fue victimada sanguinariamente por los mulatos. Salieron las hijas del prócer y rogaron al oficial por la vida de su padre; el cadete Jaramillo le dio un sablazo en la cabeza a Quiroga, quien fue ultimado con dos balazos más. Cerca de allí, José Vinueza había sido macabramente despedazado, a tal punto que al siguiente día su cadá- ver estuvo entre los no identificados.

Ninguno de los presos se salvó, salvo el ambateño Mariano Castillo, que fingió estar muerto y fue trans-

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portado entre los cadáveres que de- bían velarse en San Agustín, donde fue auxiliado por

portado entre los cadáveres que de- bían velarse en San Agustín, donde fue auxiliado por los curas agustinos. Nicolás Vélez había salido unos días antes cuando fingió estar loco y se salvó. Una vez terminada la matan- za les robaron todo, incluido sus ro- pas interiores, dejándolos desnudos. Consumado el sangriento sacrifico de los próceres, los soldados sedientos de venganza, muerte, saqueo y viola- ción, salieron a las calles y sembraron

el terror en la ciudad, bajo la orden del oficial Bassantes de matar quiteños. El resultado fue cerca de 300 muertos

y 200 heridos. Ese día fue el epílogo

de la primera gesta de independencia

que había iniciado casi un año antes,

el 10 de Agosto de 1809. Lo que ven-

drá luego, será ya otra historia.

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Fuentes

De la Torre, Carlos,

1990 La revolución de Quito del 10 de Agosto de 1809, Quito, Ediciones, BCE.

Borrero, Manuel María,

1960 La revolución quiteña: 1809-1812, Quito, Editorial Espejo.

Mena, Claudio,

1997 El Quito Rebelde: 1809-1812, Quito, Abya- Yala.

De Guzmán, Manuel,

2009 Quito Luz de América, Quito, ANH / UNAP.

DE LOS OFICIOS DEL VERBO Y LA PACIENCIA Pedro Arturo Reino Garcés *
DE LOS OFICIOS DEL VERBO Y LA PACIENCIA Pedro Arturo Reino Garcés *
DE LOS OFICIOS DEL VERBO Y LA PACIENCIA
Pedro Arturo Reino Garcés *
DE LOS OFICIOS DEL VERBO Y LA PACIENCIA Pedro Arturo Reino Garcés *

M e salisteis al paso a decirme que no estaba bien el “pa- recer” Que debía asumir el

“ser”, porque había suficientes pala- bras en la fuente del parque o de la plaza –metáfora del manantial que tiene la montaña– de las que estaba bebiendo la muchedumbre, nuestra muchedumbre que a veces es bandada que crece bebiendo de su propio vue- lo; y otras veces es rumor de viento que se agita entre las ramas de los últi- mos bosques. Si me miráis con buenos ojos, encontraréis que soy un matorral repleto de olores silvestres y un espa- cio para los nidos más seguros.

Tengo mis espinas heredadas de todas las generaciones de donde vengo, crecidas espontáneamente en días de sol y en los insomnios que es cuando germina la constancia. Pero también tengo mis flores para deleite de colibríes que aprenden a volar con la memoria, buscando el néctar sutil de la palabra, acomodándose a descu- brir pistilos, igual que los poetas des- cubren la vida en la gota de verdad, la que nos servimos, saboreando el encanto de un instante.

* Discurso de incorporación de Pedro

Reino como cronista vitalicio de la ciu- dad de Ambato. Viernes 27 de agosto de

2010.

Me salisteis al paso y me sor- prendisteis con los ojos llenos de tinta, y me obligáis a entender cómo

salen las luciérnagas a repartir la luz

a las estrellas. Os aseguro que me im- pactasteis en pleno vuelo, meditando

de qué parte de las palabras es que les nacen alas, y por qué los significados tienen la misma duración que la pa- ciencia. Yo sé que caminamos juntan- do muchos labios en espera de miel

y de vinagre. Y si así es la vida, estoy

decidido a compartirla de modo pú- blico, aceptando el hecho de que está matizada de certeza. Todo irá de la mano entre el ser y el parecer. Un proverbio chino dice que “Si no cambiamos la dirección de nues- tros pasos, terminaremos llegando allí, a donde nos dirigimos”. Tan solo caminar no es esforzarse. El parecer de lo que tengo vivido, frente a la pre- sente designación, se convierte en ser, porque acabáis de cambiar de direc- ción a mi destino. Y es que resulta peligroso tran- sitar por el camino del parecer. La apariencia es un disfraz de las ofertas. Puedo deciros que conmigo podréis poner nuevos faroles en la luna, pero para ello tendréis que recorrer el ca- mino de la poesía o del absurdo. Re- capacitemos en que la locura tiene su

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parte sublime y que al otro lado de esta medalla está la torpeza con sus

parte sublime y que al otro lado de esta medalla está la torpeza con sus vendas negras amarradas a la irre- flexión y al empecinamiento. Me habéis encontrado con los dedos llenos de tinta y con los ojos repletos de lontananzas. Me habéis descubierto, convertido en un ente que viene y va desde otras muertes;

y ahora puedo ser el que vuelve y se

aferra a otras vidas, incluyendo las del futuro. Desde siempre, y más aún ahora: todas las vidas me pertenecen, todas las vidas incluyendo sus res- pectivas muertes. Eso sí, nada tengo que ver con los cadáveres, porque en todas partes y en todos tiempos hue- len mal.

Soy y somos los prójimos de

todo aquel que siente. El que no sien- te no tiene prójimos. Y el que siente tiene dos opciones con las que acepta su mundo: se alegra, o sufre porque le duele. Siempre he sabido que al fin de cuentas, todos nosotros solo somos

y seremos palabras. Somos y seremos

los verbos que por un tiempo tene- mos carne y nervios, algún hueso pa- sajero y un corazón que procuramos que sea memoria perpetua de nuestra sombra. La ceniza y el barro en el labe- rinto de los enigmas se han vuelto nervios, como las nervaduras de las flores que llevan la savia desde la tierra hasta los pétalos o hasta las esencias que agradan al olfato. Allá volveremos a devolver a la tierra nuestras intrascendencias biológicas. Pero si no somos palabra, si no he- mos cultivado el verbo y la sustancia

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con la que los griegos vieron todo lo que en su gramática fue sustantivo, si no hemos sido capaces de cultivar un adjetivo de acuerdo a la edad que nos tocó experimentar las mareas de la vida, sencillamente no hemos exis- tido: amor, honradez, tolerancia, soli- daridad, respeto, vehemencia pueden ser cosechas de una siembra ontológi- ca. Lo demás será el ejercicio de una mentida agricultura: codicia, abuso, precio, esclavitud, violencia, torpeza, enriquecimiento ilícito, esbirrismo, autoritarismo, vanagloria, vanidad, vanavida y vanamuerte. Entendamos que la muerte tan solo es un límite, no es el resumen de nada ni de nadie. El balance es cosa de la memoria que queda flotando en los demás; y, hasta ahora, la memoria, que es his- toria, tiene la posibilidad de trascen- der como palabra, abstracción de los sucesos, constancia inverosímil que tiene vida de péndulo entre la acep- tación y el rechazo, la identificación o el repudio; y, otra vez, el ser y el pare - cer, porque así es la atmósfera que go- bierna nuestro imaginario. Es nuestro azul o nuestro gris; es nuestra agua cuando palpitamos como peces; y es nuestro aire cuando somos pájaros viajeros que creemos que volamos a lo que creemos que puede ser nuestro destino. Viviré, desde ahora más que des- de ayer, pensando en vuestras cons- tancias, dando testimonio de la luz y de la sombra. Seré como una estatua que hable cuando deba. Seré de carne y bronce, genio y figura. Procuraré ser más plural hasta sentir que me puedo

desintegrar en la muchedumbre razo- nable y sensible. Me habéis puesto a fabricar mi propia sombra hecha con las partícu- las de todo mi colectivo que camina a distintos ángulos del Sol y de los as- tros que son y parecen ser los que nos gobiernan cíclicamente. Habéis hecho de mi huracán de sangre, un camino interminable hacia los pergaminos de los memoriales. Es- pero que el manantial me sea propicio hasta cuando las palabras puedan se- guir fecundando sus alas en mis ojos.

Rondador

No. 25 • Un encuentro con la historia

Tócame también por este lado,

soy costilla flaca de mis indios. Tócame debajo de mi carne

y escucharás mi melodía de hambre.

Tócame en el carrizo de mis huesos

y gemirá este graderío de aire

que tengo clavado en mis adentros.

Tócame un yaraví tengo un vacío en mi costado. Entóname un danzante de combate para que suene el ala de mi cóndor

que es el último rondador que va en

el aire.

El viento suda frío por mi labio

y sube al monte, y baja al río,

todo por el camino de mi sangre que late antigua como mis libertades impalpables.

EL HOMBRE DE LA LÁMPARA DE PETROMAX Cuento de Martha Chávez Negrete
EL HOMBRE DE LA LÁMPARA DE PETROMAX Cuento de Martha Chávez Negrete
EL HOMBRE DE LA LÁMPARA DE PETROMAX Cuento de Martha Chávez Negrete
EL HOMBRE DE LA LÁMPARA DE PETROMAX
Cuento de Martha Chávez Negrete
DE LA LÁMPARA DE PETROMAX Cuento de Martha Chávez Negrete S iempre llevaba una cajetilla Full
DE LA LÁMPARA DE PETROMAX Cuento de Martha Chávez Negrete S iempre llevaba una cajetilla Full
DE LA LÁMPARA DE PETROMAX Cuento de Martha Chávez Negrete S iempre llevaba una cajetilla Full

S iempre llevaba una cajetilla Full

Speed pero nunca encendedor.

Recuerdo haber alargado mi

mano para darle fuego más veces de las que yo mismo fumaba. El lo hacía como si el cigarrillo no le significase cosa alguna. Apenas una excusa para detenerse y escuchar, como cuando ju- gaba con su anillo, sacándoselo y po- niéndoselo o haciéndolo girar suave- mente alrededor de su dedo. Algunos sostenían, en cambio, que el jueguito del anillo evidenciaba lo poco que le importaba llevarlo puesto; tal expli- cación me pareció pertinente sólo al principio, porque al conocerlo com- prendí que era absurdo buscar deta- lles que lo descubran; cualquier cosa que él hiciese, cualquiera, revelaba su desapego a ciertas convenciones. El gesto del anillo y el Full Speed acom- pañaron muchas de nuestras pregun- tas. Era como si el humo tuviese la propiedad de difuminar nuestras po- sibles torpezas para encarar verdades que para él eran tan naturales como el sentido común, tan simples y obvias como el girar de un anillo. Se le enviará la documentación ne- cesaria para sustentar su presentación, decía el comunicado de los organiza- dores. Lo leí con una sensación que no lograba entender, algo cercano al extrañamiento.

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El rostro de Leonidas acercán-

dose con un Full Speed en la boca fue, como era de esperarse, lo último que

vi

de él. Pero diez años después de

su

muerte, me topo con el nombre de

Leonidas en la portada de un nuevo

libro con la facilidad de quien agarra

el diario. Todos lo escriben y los co-

mités lo estudian y las universidades asumen que un título post mortem

celebraría su vida. Sólo te daré mi ra- queta en algún partido post mortem,

le

contestó un día Leonidas, frente a

la

mesa de ping-pong, a cierto inge-

nuo que quiso pedírsela prestada.

Y sonrió infantilmente ante nuestra

acostumbrada derrota, como si se dedicase al ping-pong y no hubiese derrotado a nadie ni nada más, como si no hubiese hecho que un trozo de nuestras vidas fuese extraordinario. Los documentos y libros me llegaron a los pocos días, junto a un preciso calendario de las activida- des a realizarse durante el home- naje. Confirmaban mi intervención, programada para las diez horas del

treinta y uno de agosto, calificándola

de valiosa y enriquecedora para el fin de

recordar una figura de la talla de… La fi- gura de tal talla era Leonidas, por lo menos ahí estaba su nombre a conti- nuación de la frase pero algo seguía sin encajar, yo seguía recibiendo las

notificaciones como si no estuviesen dirigidas a mi y al hojear los libros me parecían escritos en un idioma ajeno. Recuerdo la vez que la cara de Leonidas no se iluminó por mi encen- dedor sino por la lámpara de petro- max que oscilaba desde su brazo. Esa noche caminábamos hacia su casa algo rápido, pensé que por el frío que se multiplicaba desde el silencio del pueblo, aunque era yo quien iba más de prisa, por el deseo de ganarle a las dudas que me acompañaban desde

mi salida de la ciudad. Me provocaba

cierto alivio poder distinguir, según el vaivén de la lámpara, la intermitente aparición de las facciones de Leo- nidas, la permanencia de ese rostro precisamente cuando habría dado lo que sea por hallar razones para creer

en el mío, entonces tan desdibujado

que fragilizaba cada uno de mis pa- sos, haciéndome sentir que algo se me hundía con ellos cada vez que pisaba

la tierra húmeda, por eso los apuraba, escapaba de ellos, de aquel frío que

no era sólo del pueblo. Leonidas pa-

recía no percatarse de cómo yo tenía que correr para no hundirme pero to- dos los rostros, hasta los más convul- sos, cabían en la casa de Leonidas y apenas entramos, mis sacudidos vein- tisiete años se echaron en la hamaca mientras el hombre de la lámpara de petromax encendía un Full Speed y me aseguraba que, si lo necesitaba, tenía- mos hasta las seis de la mañana para hablar. Por restricciones de tiempo, le pe- dimos que limite su intervención a diez minutos. También había indicacio-

No. 25 • Un encuentro con la historia

nes sobre la vestimenta adecuada, el transporte para los invitados y las normas para la entrega de originales con el fin de publicar las memorias. Cómo podría vestirme de traje para hablar de Leonidas. ¿Diez años de muerto permitían que diez corbatas lo empaquetaran en diez minutos? Miré nuevamente los libros que me habían enviado. …para sustentar su presentación, como un apoyo a su invalo- rable experiencia. Qué tinta podría es- cribir a Leonidas, qué academia, qué homenaje, qué tiempo. ¿Diez minutos o diez horas? Había desafiado más de diez poderes y defendido diez o más muertos; tanto, que algunos hubiesen querido encarcelarlo por lo menos diez años. Faltan diez días para mi inter- vención. Hace meses leí en el diario la noticia del robo, Sustraen custodia del museo de las Conceptas, y nadie ha dado con la banda que se llevó trein- ta y tantos kilos de preciosas piedras muertas. Incalculable pérdida: 3500 gemas, un metro de oro y tres siglos. Cuando Leonidas propuso la venta de aquellos siglos inmóviles, lo trata- ron como si hubiese pertenecido hoy a la banda: cómo osaba proponer ese negocio despiadado, despojar nuestra ciudad de semejante joya de orfebre- ría, tesoro histórico y ante todo, pilar de fe. Por qué el desenfado de preten- der arrancárnosla, si fue hecha con la generosidad de nuestras abuelas que dejaron de adornar sus cuellos para celebrar a su Dios. Leonidas conocía por su nombre a la gente sin abuelas

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a quien la venta de la custodia po- dría servir, habría transmutado los diamantes en

a quien la venta de la custodia po- dría servir, habría transmutado los diamantes en cuerpos, los zafiros en brazos, los topacios en voces pero le dijeron que sería un descaro conver- tir sus siglos pétreos en vida, que se contente con que la custodia se exhi- ba en fechas sacras y no en fríos mu- seos, lejos de nuestra santa ciudad, que mejor se dedique a incitar a que las gentes la sirvan de rodillas y le murmuren cosas del Cielo, que para escuchar está el Cielo no nosotros; acaso no le parecía que cien libras de custodia lo representaban bastante bien; las esmeraldas sí saben prestar oídos compasivos a los piadosos y los rubíes logran dignificar las vidas de quienes les oran. Que no se atreva a denigrar la fe poniéndola en venta. Sí, un atrevimiento sin nombre; de nom- bre Leonidas. El lugar de la custodia aún exhi- be su vacío seco y yo pienso, Leoni- das, en lo que perdieron ya hace años, calculo el tiempo real que ese sitio lleva hueco; los adornos virtuales no son tan nuevos, aunque ahora mismo me abrume no comprender por qué me envían correo tras correo para que hable de ti, llenándome de precisio- nes para el correcto desenvolvimiento de tan magno evento; tantas, que ya hay un cerro de papeles en el tacho de re- ciclaje que me pesa un mundo a pesar de que ni siquiera lo puedo ver. Escu- cho el tono del icono titilante que me anuncia la llegada de nuevo material de apoyo y enseguida se me convierte en el suave golpeteo de una pequeña bola de ping-pong. Ignoro qué apoyo

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me podrían entregar, qué significa

esa palabra después de diez años de

tu ausencia. Tú apoyabas tu raqueta

desgastada en el mesón mientras pre- parábamos algo de comer entre parti-

das, nunca la dejabas hasta hacernos

trizas; tu cábala empezaba a conocer-

se, ni siquiera se atrevían ya a pedirte

la raqueta prestada. Mi escritorio se rebela; no permite que le imponga orden alguno y las anotaciones para

mi intervención se dispersan. Me en-

tran ganas de fumarme un Full Speed,

aunque sólo sea para ver si, por obra

de la gracia en la que eras experto, el

humo aparece con algo de tu claridad.

Faltan diez horas para la inaugu- ración de las jornadas de homenaje. Es verdad todo lo que dicen de

ti: una figura de la talla de. Soy testi-

go así que me toca hablarles, es bueno

que escuchen, podría contar la histo-

ria de la custodia, que resume la de tu

vida, pero no sé por qué sigo pensan-

do en cuánto nos reíamos al verte cus-

todiar tu vieja raqueta; es que no hay idea ni palabra que no me haga volver

a lo que no está en los programas ni

en los libros acumulados tristemente

sobre mi escritorio. Quizás si no me hubiesen hecho tantos envíos, como si me fueras desconocido. Cómo ex- plicarte desde un podium si eras un

cigarrillo, una partida de ping-pong

y la calidez de una lámpara de petro-

max. De pronto te extraño demasiado como para verte desaparecer detrás

de un honoris causa.

Faltan sólo cinco horas para mi intervención y la cancelaré.

Homenaje empañado por ausencia de… gritaron los diarios. Fui un in- sensible que traicionó el día de fiesta. Hasta los que alguna vez habían esta- do frente a esa mesa de ping-pong me cuestionaron y empezaron a llegar, llamada tras llamada, los insultos dis- cretos, el desconcierto y los reproches, a través de voces acongojadas que se autonombraban custodias de la me- moria de Leonidas. -El era ante todo un profeta y us- ted, negándose a hablar, lo traiciona en lo más hondo, dijeron al otro lado del auricular. Colgué. El profeta era enorme. Pero mi amigo era indecible. Arran- qué el cable telefónico, me eché sobre el sillón y, para que el silencio entien - da, encendí un Full Speed.

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