You are on page 1of 8

‘La conspiración de Acuario’

INTRODUCCIÓN

A comienzos de los años setenta, cuando me encontraba prepa-


rando un libro sobre el cerebro y la conciencia, me sentí pro-
fundamente impresionada por descubrimientos científicos que
atestiguaban la existencia de capacidades humanas mucho más
allá de las que consideramos «normales». En esa época, la cien-
cia no se preocupaba fundamentalmente de las implicaciones
sociales de este tipo de investigación, y el público las ignoraba
por completo. Se trataba de investigaciones especializadas, di-
seminadas en diversos campos, escritas en lenguaje técnico, y
que se publicaban, dos o tres años después de realizadas, en
revistas que se encuentran raramente fuera de bibliotecas espe-
cializadas.

Mientras que la ciencia, siguiendo su modo objetivo de proce-


der, iba acumulando datos sorprendentes sobre la naturaleza
del hombre y de la realidad, yo me daba cuenta que cientos de
miles de individuos se estaban tropezando, por su parte, con
experiencias subjetivas sorprendentes. Por medio de explora-
ciones sistemáticas de la experiencia consciente, valiéndose de
métodos muy variados, han ido descubriendo fenómenos men-
tales como el aprendizaje acelerado, la conciencia acrecentada,
el poder de la visualización interna para curar y para resolver
problemas, o la capacidad de recuperar recuerdos olvidados...
A consecuencia de lo intuido en tales exploraciones veían mo-
dificarse sus valores y relaciones personales. De ahí en adelante
abrían sus antenas en busca de cualquier información que pu-
diera ayudarles a encontrar un sentido a sus experiencias.
Tal vez por haber sido uno de los primeros intentos de síntesis
en este campo, mi libro The Brain Revolution: The Frontiers of
Mind Research me convirtió en una especie de oficina central,
no oficial por supuesto, a donde acudían, por un lado, investi-
gadores que adivinaban las implicaciones de sus descubrimien-
tos, por otro, individuos deseosos de contrastar sus impresio-
nes, o bien periodistas de todo género interesados en encon-
trar datos de base con que nutrir el creciente interés por el es-
tudio de la conciencia. A fin de satisfacer esa aparente necesi-
dad de conexión y comunicación, comencé a publicar a fines
de 1975 un boletín quincenal, el Brain/Mind Bulletin, para dar
cuenta de investigaciones, teorías e innovaciones relativas al
aprendizaje, a la salud, la psiquiatría, la psicología, estados de
conciencia, sueños, meditación, y otros temas relacionados.

El boletín resultó ser un auténtico pararrayos para una energía


que yo había subestimado en gran medida. Efectivamente, la
respuesta inmediata vino en forma de una avalancha de artícu-
los, de correspondencia y de llamadas, confirmando que un
número de personas que crecía rápidamente y sin parar estaba
explorando este nuevo territorio, en el campo más radical de la
ciencia, de la experiencia subjetiva. En mis viajes por todo el
país, dando conferencias o asistiendo a coloquios, encontraba
pioneros semejantes en todos lados. Y las nuevas perspectivas
estaban comenzando a ponerse en marcha. El activismo social
de los años sesenta y la «revolución de la conciencia» de los
primeros años setenta parecían converger en una síntesis histó-
rica: el advenimiento de una transformación social como con-
secuencia de la transformación personal, cambio de dentro
afuera.

En enero de 1976, publiqué un editorial con el título «El mo-


vimiento sin nombre». Reproduzco aquí parte de su contenido:
"Está ocurriendo algo que merece consideración; algo se está
moviendo a una velocidad vertiginosa, algo que no tiene nom-
bre y que escapa a todo intento de descripción.

A medida que el Brain/Mind Bulletin ha ido informando de


nuevas organizaciones, grupos cuyo interés converge en nuevos
enfoques de la salud, educación humanística, nuevas formas de
gestión política o administrativa, nos hemos ido sintiendo sor-
prendidos por la cualidad indefinible del Zeitgeist1. El espíritu
de nuestra época está cargado de paradojas. Es al mismo tiem-
po pragmático y trascendental. Aprecia a la vez el esclareci-
miento y el misterio..., el poder y la humildad..., la interdepen-
dencia y la individualidad. Es simultáneamente político y apolí-
tico. Entre sus protagonistas y fautores se encuentran indivi-
duos que, sin dejar de pertenecer impecablemente
al establishment, se entienden con radicales que en otro tiempo
acaudillaban manifestaciones portando pancartas.

En pocos años, ha contaminado a la medicina, la educación, las


ciencias sociales, las ciencias exactas, e incluso el gobierno y
todo lo que implica se han visto contaminados por «él». Se ca-
racteriza por operar a través de organizaciones fluidas, opuestas
a todo dogma, y que se resisten a crear estructuras jerárquicas.
Se guían por el principio de que el cambio solamente puede
ser facilitado, no decretado. Es parco en manifiestos. Parece
dirigirse a algo muy antiguo presente en todo y en todos. Y tal
vez, al tratar de integrar la magia y la ciencia, el arte y la tecno-
logía, consiga triunfar donde hasta ahora todos los empeños
anteriores habían fracasado."
Tal vez, escribía yo, le esté llegando ahora el momento a esa
fuerza indefinible, y sea ya lo suficientemente robusta para re-

1
1. En alemán en el original: espíritu de la época. (N. del T.)
cibir un nombre. Pero, ¿cómo caracterizar a esta marea de fon-
do?

La respuesta de muchos lectores al editorial y la petición que


muchas revistas me dirigieron, pidiéndome permiso para re-
producirlo, me confirmaron que había mucha gente que estaba
viendo y sintiendo esas mismas fuerzas.

Algunos meses más tarde, cuando estaba tratando de esbozar


un libro aún no titulado sobre las alternativas sociales que están
emergiendo, reflexionaba una vez más sobre la forma peculiar
que reviste este movimiento: su estilo directivo atípico, la pa-
ciencia e intensidad de sus seguidores, sus éxitos improbables.
De pronto, caí en la cuenta de que por el hecho de estar com-
partiendo unas mismas estrategias, por los lazos existentes en-
tre ellos, y por su recíproco reconocimiento por medio de sig-
nos sutiles, los participantes no se estaban limitando a cooperar
unos con otros. Estaban siendo cómplices. Ese «algo», ese mo-
vimiento, ¡era una conspiración!

Al principio me resistía a usar este término. No quería convertir


en sensacionalismo lo que estaba ocurriendo. Además la pala-
bra conspiración tiene, por lo general, connotaciones negati-
vas. Por entonces tropecé con un libro de ejercicios para el
espíritu, del novelista griego Nikos Kazantzakis, en el que decía
que deseaba hacer una señal a sus camaradas, «como a conspi-
radores», a fin de que se uniesen para salvar el mundo. Al día
siguiente, el periódico Los Angeles Times daba cuenta resumida
de un discurso del primer ministro canadiense, Pierre Trudeau,
ante una comisión de las Naciones Unidas reunida en Vancou-
ver. Trudeau citaba un pasaje del sacerdote y científico
francés Pierre Teilhard de Chardin, en el que éste urgía la ne-
cesidad de una «conspiración de amor».
Conspirar, en sentido literal, significa «respirar juntos». Es una
unión íntima.2 Escogí la referencia a Acuario, a fin de dejar cla-
ra la naturaleza benévola de esta unión. Aunque no estoy fami-
liarizada con los arcanos astrológicos, me sentía atraída por el
poder simbólico de esa idea difundida en toda nuestra cultura
popular: el que tras una era violenta y oscura, la de Piscis, en-
tramos en un milenio de amor y de luz, «la era de Acuario»,
época de la «verdadera liberación espiritual». Esté o no escrita
en los astros, lo cierto es que parece estarse aproximando una
era diferente; y Acuario, la figura del aguador en el antiguo
zodíaco, símbolo de la corriente que viene a apagar una anti-
gua sed, parece ser el símbolo adecuado.

Durante los tres años siguientes, período de búsqueda, re-


flexión y revisión incesante de este libro, el título comenzó a
divulgarse poco a poco. Invariablemente provocaba reacciones
de sorpresa y regocijo en los propios conspiradores, que se re-
conocían a sí mismos como tales y admitían su complicidad en
procurar el cambio de las instituciones sociales o nuevos modos
de resolver los problemas o de distribuir el poder. Algunos fir-
maban sus cartas como «co-conspiradores», o ponían «A la
atención de la Conspiración de Acuario» en la correspondencia
dirigida a mí. La etiqueta parece apropiada al sentido de soli-
daridad e intriga anejo al movimiento:

A medida que sus redes se extendían, la conspiración se revela-


ba más y más real al paso de cada semana. Por todas partes en

2
En su obra La energía humana, Teilhard de Chardin define así la palabra
“conspiración”: «En principio supone la aspiración común ejercida por una
esperanza. Puede decirse que una conspiración reúne a individuos que respiran
el mismo aire y aspiran a unos mismos objetivos. (N. del T.)
el país, y también fuera de él, parecían estarse organizando
grupos de forma espontánea. En sus proclamas exteriores y en
sus comunicaciones internas, todos expresaban la misma con-
vicción: «Estamos asistiendo a una gran transformación...», «en
este período de despertar cultural...» Los conspiradores me
ponían en contacto con otros conspiradores: políticos, ejecuti-
vos de la empresa pública o privada, celebridades, profesionales
que intentaban cambiar de profesión, y gente «corriente», que
estaban realizando auténticos milagros de transformación so-
cial. Estos, a su vez, me ponían en contacto con otros y con sus
redes.

Recibí ayuda en las formas más diversas: asesoramiento en in-


vestigación, directrices, folletos de circulación interna de unos
u otros movimientos, libros y artículos, críticas y dictámenes de
especialistas a los diversos borradores del manuscrito, ánimo, y
colaboraciones de todo tipo, tratando de ayudarme a descubrir
toda la rica historia de la visión transformativa. Ninguno de
cuantos me ayudaron pidió a cambio reconocimiento alguno,
sólo querían que otros sintieran lo que ellos habían sentido,
que atisbaran el potencial que tenemos en común.

A fines de 1977, a fin de comprobar mi propia idea de la cons-


piración y las opiniones de sus seguidores, envié unos cuestio-
narios a doscientas diez personas implicadas en tareas de trans-
formación social en áreas muy diversas3.

Respondieron ciento ochenta y cinco personas representantes


de campos y modos de vida muy distintos. Aunque algunos son
bien conocidos, y unos cuantos incluso famosos, la mayoría es
gente cuyos nombres son fundamentalmente desconocidos

3
El Apéndice A al que se hace referencia no apreció en esta edición. (N. del
C.)
fuera de sus círculos habituales. Solamente tres solicitaron
guardar el anonimato; realmente, ésta es una «conspiración
abierta».

A pesar de todo, he procurado no identificar a los participantes


en conexión con sus respuestas al cuestionario, aunque apare-
cen en el texto los nombres de muchos de ellos que han expre-
sado también públicamente sus opiniones. No me parece con-
veniente asociar la conspiración a determinadas personalida-
des. Individuos que han estado trabajando en silencio en favor
del cambio, podrían encontrar duro seguir funcionando al des-
cubierto, una vez identificados. Y lo que es más importante, al-
guien podría empezar a establecer diferencias artificiales entre
quiénes son y quiénes no son conspiradores.

Focalizar la atención en los nombres sería hacer justamente lo


que no se debe hacer; cualquiera puede ser un conspirador.

Lo mismo que, al principio, cuando estaba componiendo los


primeros esbozos de este libro, dudaba si usar la palabra cons-
piración, también la palabra transformación me daba miedo.
Tenía una connotación de cambios demasiado grandes, tal vez
imposibles. Y sin embargo, el uso de esta expresión se ha hecho
muy común, y parece que hoy estamos todos convencidos de
que nuestra sociedad está necesitada de una remodelación y no
meramente de un arreglo. La gente habla hoy libremente de la
necesidad de transformar esta o aquella institución o este o
aquel procedimiento, y los individuos se recatan menos de
hablar de su propia transformación, ese proceso en curso que
ha cambiado el tenor de sus vidas.

Desde luego, atraer la atención hacia este movimiento, hasta


ahora anónimo, y que con tanta eficacia ha operado lejos de
toda publicidad, no deja de tener sus riesgos. Siempre existe la
posibilidad de que este vasto reajuste cultural sea asimilado, tri-
vializado o explotado por el sistema; efectivamente, eso ya ha
ocurrido en alguna medida. Y existe también el peligro de que
las insignias y símbolos de la transformación puedan ser toma-
dos por algunos como si fueran el mismo y difícil camino para
llegar a ella.

Pero sean cuales sean los riesgos que comporte su desvelamien-


to, esta conspiración, profundamente enraizada desde antiguo
en la historia humana, nos pertenece a todos. Este libro trata
de cartografiar sus dimensiones, tanto en favor de quienes, par-
ticipando de ella en espíritu, ignoran cuántos otros comparten
su sentido de lo posible, como en favor de aquellos que andan
desesperados pero estarían deseosos de comprobar alguna evi-
dencia favorable a la esperanza.

Como al fijar las coordenadas de una nueva estrella, el hecho


de poner nombres y de trazar un mapa de la conspiración lo
único que hace es hacer visible una luz que había estado ahí
todo el tiempo, pero que no acertábamos a ver porque no sab-
íamos bien a donde mirar.

MARILYN FERGUSON
Los Angeles, Californi