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Protocolo de la clase del 25 de septiembre

Seminario de Modernidad y Posmodernidad


Presentado por Juan Camilo Restrepo Narváez

Una vez introducida la clase, así como leídos los protocolos de Alejandro y Katherine, se
hacen varios comentarios sobre ellos antes de comenzar de lleno con las exposiciones del
día, a cargo de José Gregorio y Juan Pablo. Acerca de la relatoría de Alejandro, el profesor
dice que le agradó que se recogiera la discusión, señalando que la intención es recopilar las
ideas, lo más pormenorizadamente posible. Solamente sugiere algo: conviene, en ocasiones,
dar una conclusión de la discusión, a manera personal, con el fin de encontrar una voz
propia. Debe haber una síntesis pública que también permita la autocrítica. Esta es, en
efecto, uno de los fines del seminario.
En Colombia hay una modernidad y también una posmodernidad, dice el profesor a partir
del protocolo de Katherine. ¿Cómo aterrizamos todo esto tan filosófico en el ámbito de la
literatura? Es decir, ¿qué entendemos como literatura posmoderna? He ahí la importancia
de lo residual de Raymond Williams. Esa idea de la literatura posmoderna se rompe, pues
esta época cuestiona la propia idea de ‘literatura’. No ha sido siempre claro, pero, al menos
en la historia existía cierta clasificación ‘canónica’. Al menos existían ciertas categorías
comunes de los textos literarios. El contexto contemporáneo pone en cuestionamiento esas
ideas modernas de lo literario: el carácter narrativo, la ficción, las formas literarias, etc.
Comenzamos, así, con José Gregorio, en su exposición del texto “Asedio a las narrativas
contemporáneas”, de Jaime Alejandro Ruiz. Comienza nuestro compañero diciendo que la
condición posmoderna puede entenderse como esa lucha utópica entre lo moderno y lo
posmoderno. Volviendo a Lyotard, la posmodernidad se pierde en el relato, en la historia.
Esos relatos han muerto. El filósofo francés habla del metarelato marxista, así como del
capitalista. Nos los venden como ideas utópicas. En esta última, por ejemplo, se nos dice
que todos vamos a lograr la felicidad por medio del capital. El relato del iluminismo, como
otro ejemplo, nos encandila con el mito de la razón. La posmodernidad, en cambio, es el
no-relato, la fragmentación de la historia. No hay historia, sino multiplicidad de ella. Esto
nos permite pensar que el posmodernismo es un discurso donde caben todos los discursos.
No hay totalización, sino deconstrucción de la historia. El mundo vislumbra el nacimiento
de una estética de la diferencia, en aquella lucha de las civilizaciones por construir su
propio relato. En la actualidad estamos viendo el asunto desde la historia. Hay un asedio de
lo que entendemos como contemporaneidad. Jaime Alejandro Rodríguez, desde la
literatura, observa este fenómeno desde tres categorías: la narración, la narrativa y la
narratología. Así, históricamente, traza la reflexión desde la novela moderna hasta la
narrativa digital, donde podemos presenciar la hibridación de los relatos.
Rodríguez comienza definiendo la narración: es una situación vivida que está puesta en
palabras y que se trata de cosas que se han vivenciado o imaginado. Esto, sin embargo, lo
puede hacer cualquiera. La narración es consecuencia de la actividad comunicativa básica,
es decir, la competencia narrativa que se muestra en capacidad del hombre de plasmar lo
imaginado desde muchos puntos de vista: la oralidad, la escritura, lo pictográfico, etc.
Rodríguez nos propone que la narrativa es un pacto que se establece a través de la lectura y
la interpretación de las narraciones. Compromete a narrador y lector, quienes pueden ser
uno mismo o diversas personas. De cualquier forma, hay una actividad creativa de ambos.
La narrativa es consciencia que permite indagar sobre el uso de las palabras y los signos, en
cómo usarlos. Es la consciencia de que hay algo qué narrar, hecha con cierta estructura,
como dice el estructuralismo. La narrativa la hace el que cuenta, quien llama la atención,
quien debe pensar quién recibe la narración. Así, es un proceso dialógico. Esta nos permite
pensar que hay también una narratología, es decir, un conjunto de estudios y métodos
creados para comprender objetiva y científicamente las narraciones, lo cual, además, nos
permite crear nuevas narraciones. Es una sistematización de técnicas y estudios sobre los
relatos, un estudio teórico orientado a descubrir los secretos de la narración, para leerlos y
aplicarlos.
José Gregorio prosigue presentando ciertos aportes provenientes de la escuela de la estética:
Jauss, Iser, Van Dijk. Todo esto permitirá que el estudio de la literatura se pueda ver
seriamente como un estudio científico, donde se tome el narrador y el lector de forma
integral. Hay interpretación y análisis en ambos sentidos. Al final se trata de entrañar una
comprensión del relato y de su análisis, a partir de la identificación de los procedimientos
propios de cada lengua. Es necesario, sin embargo, antes del análisis, tener en cuenta
aspectos importantes. Esta deconstrucción lleva un esfuerzo narrativo, en el cual se
involucran los usos sociales. Se debe dar cuenta, así, de los fenómenos narrativos. Una cosa
es la narración y otra son sus elementos y sus procedimientos específicamente lingüísticos.
Así nacen los relatos que estaban ocultos y marginados, como el feminismo. Otro aspecto
que debe tenerse en cuenta antes del análisis: lo socio-cognitivo que permite la producción
y la recepción. Aquí, tiempo y espacio son importantes. Lo socio-cognitivo permite una
interpretación diferente, lo cual pone de manifiesto los usos sociales de la narración. Para
Kristeva hay un límite de la novela, el cual pone en abismo el posmodernismo. Desde lo
contemporáneo se debe abordar esta literatura desde diferentes herramientas y desde
distintas perspectivas. Otro enfoque es el ejercicio híbrido de la narrativa literaria
posmoderna, descrita por el paso de la novela tradicional a la narrativa multimedial:
literatura y cine, literatura y otras cosas, etc. Hay qué observar los problemas de la
narración mediática como posibilidad de narrar y de tener consciencia narrativa. La
pregunta que nos planteamos aquí es: ¿cómo se problematizan las narraciones a partir del
discurso? Desde la escritura ya hay un uso tecnológico, una mediación de la imaginación,
lo cual mediatiza a su vez a la literatura desde varias dimensiones de la existencia.
De esta manera, existe una problemática más amplia del uso social de la narración: por
ejemplo, la etnoliteratura o la relación entre literatura y terapia. Todo esto nos lleva a la
idea que ahora tenemos de novela posmoderna. Cuando hablamos de narración este análisis
debe dar cuenta de muchos y numerosos procesos, fenómenos y cambios que exceden lo
puramente narrativo. Lo que más se ve afectado es lo moderno cuyo orden se ve
trastornado. Después de la novela moderna se inaugura el dialogismo, cambia la manera en
que contamos las historias: se busca siempre algo moderno, diferente, novedoso. Hay una
mutación de cómo contar las historias. Joyce nos muestra ese asunto de lo moderno: la
destrucción del lenguaje. En Beckett, por ejemplo, hay una suplantación de la escena. El
happening, el híper texto, lecturas hípermediales: el lector debe ser aquí parte del conjunto
productor. Se inaugura una consciencia creadora del lector intérprete. ¿Cuáles son los
límites? La novela se proyecta en el abismo.
En este punto termina propiamente la exposición de José Gregorio. El profesor Sergio toma
la palabra: si la novela es término moderno, hablar de novela posmoderna es una
contradicción. Viene, así, la respuesta de Gregorio: el posmodernismo busca desestabilizar.
Es ese atacar esos grandes relatos y al final volver a hacer un proceso de interpretación y
producción. El autor plantea que hay un juego permanente. Dice este mismo: la novela
posmoderna tiene la consciencia de la inestabilidad de la cultura contemporánea. Sus
formas estables han empezados a ser asimétricas, a ser desordenadas. El posmodernismo
nos saca de esta estructura. Destruye el concepto de simetría. Esto es lo que entendemos
como ‘nueva estética’. Se corrigen las pretensiones modernas, rompiendo los límites entre
la realidad y la ficción. Estas herramientas posmodernas nos llevan a juzgar las obras. Pone
el ejemplo de Truman Capote. Hay una realidad vista desde la ficción. El narrador es un
instrumento para movilizar el relato. Se buscan técnicas más atrevidas y fuertes en la
búsqueda del límite de la ficción. Esto nos lleva a pensar en la textualidad del mundo: la
verdad depende de cómo se muestre y cómo se reflexione sobre esos relatos de la realidad.
La escritura posmoderna descree de la narrativa moderna. Junto a la descentralización del
narrador aparecen todo tipo de juegos narrativos.
Se admite, no solo la intertextualidad, sino que la novela posmoderna permite el plagio, la
cita irónica, los juegos narrativos que hizo Borges, etc. Estos juegos textuales van a ser
estos recursos que permiten el estilo múltiple de la posmodernidad y su doble
productividad. Hay una literatura como testimonio: hay un escritor con consciencia de
técnica, pero se busca el vínculo con la realidad.
El profesor Sergio hace una nueva pregunta: ¿Cuáles son las razones que tiene el autor para
abordar la literatura posmoderna desde las categorías que lo hizo? ¿Cómo contribuye al
análisis? José Gregorio responde: lo clave del asunto es la consciencia del creador. Este es
quien tiene la posibilidad narrativa y sabe que con esos aspectos lo que construye es un
discurso. Esto permite la fracturación de estos discursos a partir de incluir más recursos que
en esencia minarán el gran relato. Tiene un efecto, un juego textual, la realidad se vuelve
texto, ¿qué es la realidad? La relación entre literatura y la oralidad revela cómo se dio esa
tecnificación. La posmodernidad da a luz a un lector mayor, que tiene múltiples discursos y
puede producirlos.
El profesor Sergio vuelve a intervenir: esto abre un universo distinto. Hay una superación
de las limitaciones de la novela. Aquí está la superación de lo moderno. Investigar literatura
necesita afrontar la crítica para analizar el texto literario. Aquí de nuevo está Lyotard: la
crisis de las narraciones es una crisis a nivel estructural. He aquí la relación necesaria entre
posmodernismo y posestructuralismo.
Con esta última intervención se da pie a la exposición de Juan Pablo: este comienza
diciendo que le parece que el asunto central radica en el papel de la narración y la narrativa
en la posmodernidad. Esta adquiere un valor nuevo y preponderante. La narrativa es un
concepto dúctil, que se presta para muchas cosas, más allá de la literatura. La narración es
una tensión entre discursos, así como el vehículo para situaciones de exclusión que lo
necesitan. Esta extrapolación la lleva al campo de otras ciencias, ampliando así el concepto
de narración.
Como maestro de lenguaje a niños, Juan Pablo nos recuerda que es importante el tema de la
narración en su desarrollo, es algo visceral. Sobre el texto, nos dice que le llamó la atención
la conclusión: el giro posmoderno nos obliga a decir que el discurso narrativo es más
poderoso que el pensamiento paradigmático, lo cual deja en evidencia el papel de las
narrativas dentro de la economía del conocimiento. Aquí hay un desplazamiento. La
posmodernidad mueve las cosas de lo erudito a lo popular, desde la unidad a lo
fragmentado. Esto permitió a la narración entrar a muchos y distintos campos. Como
construcción moderna, la novela es limitada. Para Kristeva se debe superar la crisis de la
novela posmoderna como contradicción, como crítica de la modernidad. La novela es
invento exclusivo de la modernidad y se debe aquedar allí. El profesor Sergio se cuestiona
aquí sobre si esto era realmente así. Juan Pablo no cree que la novela desaparezca. Debe
mutar como novela posmoderna, dice Kristeva. Pero Juan Pablo no cree que desaparecerá.
Debe haber reformulaciones y críticas a partir de la advertencia de la problematicidad de la
novela. Esta debe abrir camino a la inter-textualidad y dar pie a que haya una hibridación.
Llegamos, así, a los hipertextos y a las narrativas digitales. Aquí es donde el autor
considera que hay una ruptura, una cosa distinta. La cultura libresca debe superarse. El
lector debe adquirir nuevas funciones, de tal modo que pueda sumergirse en las cosas
nuevas. Hace falta otro tipo de formación. El lector debe pasar de ser pasivo a tomar un rol
activo. Debe pasar de ser simple lector a ser co-creador y editor. Se debe redefinir, así
mismos, el concepto de ‘comprensión de lectura’. Subyace aquí el problema del mundo-
texto, así como aquel del texto como juego o interactividad. El lector puede ahora participar
en las narrativas digitales, donde tenemos posibilidades de interacción superiores a las que
ofrecía la novela clásica. Esto da una posibilidad al lector para moverse en un ambiente
distinto.
La literatura debe analizarse como conectada con otros fenómenos. Antes había una
literatura pura. Ahora, en cambio, se habla de un enriquecimiento, no de contaminación. La
literatura y la narrativa se ven potenciadas mutuamente. Se da una reevaluación de la
relación entre la literatura y la oralidad. Hay un lenguaje textual, con la cual se escribe
ciencia. Este es un lenguaje cuidado. Ahora, la oralidad difiere por sus posibilidades: a esta
le imprimimos emocionalidad, sentidos sobrentendidos, giros, comunicaciones dobles, etc.
La literatura se ubica entre ambas cosas. Otro híbrido es el periodismo y la literatura. Lo
literario se asimiló en el uso y actuar del periodismo, hasta el punto de que se confunden
muchas veces. Debemos adaptarnos: estamos en unos grises. No hay instancias puras.
El profesor Sergio comenta: esto lo resalta el tema del desplazamiento. Lo que percibe el
autor es eso. Juan Pablo prosigue: una nueva relación, la relación entre literatura y cine. En
la hibridación no hay desterritorialización, pero sí nutrición común. En la cultura mediática
esto se resalta al darle responsabilidad a esta por cómo se recibe y se expresa la realidad.
Hay que comenzar a pensar en nuevas formas que permitan ganar nuevas posibilidades. El
papel de esas narrativas puede ser positivo o negativo. Esta debe ocuparse de crear
discursos críticos. Así, Rodríguez ofrece recomendaciones a la publicidad y la tv. Otro
asunto que usa el autor es la existencia de discursos excéntricos. Estos quedan tras la
muerte de los meta relatos. El desplazamiento genera una visibilización de estos. Estos son
los indomables, el símbolo de la inversión posmoderna de los valores, la cual produce una
desconexión aparente del hombre. Otro espacio importante es cuando hace referencia a la
crítica dialógica. No hay lecturas neutras, así, esta es un desenmascaramiento, donde sale lo
más profundo: como el discurso ideológico. Es importante generar una crítica dialógica que
reconozca la existencia de un universo conflictivo y cruzado. Lo que se busca es desnudar
las luchas tras los textos de la cultura. Es una crítica que se extasía más bien en ver cómo
funciona en tanto que crítica, como diálogo abierto y dual, más que dogmatizar.
Finalmente, continúa Juan Pablo, se pone también en el texto de manifiesto la relación de
narración e historia. Recuerda él nuestro seminario de novela histórica con el profesor
César Valencia. Allí habíamos visto cómo la narración cambia la historia, así como en qué
medida esta última necesita de una narración. ¿Hasta dónde puede llegar, entonces, la
pretensión de pureza de la literatura? También podemos encontrar una relación entre
narración y antropología en la posmodernidad. Esta considera la realidad como texto que
debemos entender. Se plantea, igualmente, cómo puede existir una mediación sin ideología.
La emergencia del etnotexto o la oraliteratura se refiere a la literatura liberada de las
condiciones o rasgos que la anclan a la modernidad. Ahora hay una literatura flexible, en
juego con lo oral. La narración, vista así, también sirve como construcción de lo nacional,
pero también de las perspectivas globalistas. Este es el aspecto utilitarista de la narración, el
cual podemos ver también en el uso de la narración como terapia.
El profesor Sergio interviene de nuevo: la tensión entre modernidad y posmodernidad
constituye el objeto de nuestra clase. La condición posmoderna, si bien es producto de una
crisis, desemboca en una riqueza que abre un mundo diferente. Así, podemos decir que está
de acuerdo con la posmodernidad. Posmoderno se usa para entender la contemporaneidad.
Otros son críticos ante lo posmoderno, mantienen tensión. Encuentran aquí un discurso
tramposo. Jaime Alejandro está en el primer grupo, aunque comienza denominándola como
crisis. Pero, al final, dice que esta crisis enriquece. Ya no hay una sola idea de cine, novela
o periodismo, por ejemplo. Rodríguez percibe varios aspectos: 1) la crisis en las estructuras
de los relatos; 2) los productos de los usos narrativos, lo que permitió que la narración se
convirtiese en un atributo de solo los literatos para desplazarse a otras áreas. Hay qué ver,
sin embargo, en qué consisten estos aspectos de los desplazamientos estructurales, de qué
tratan estos nuevos usos. Se debe renovar la disciplina. En este sentido, el texto es un mapa
de posibles investigaciones. Deja abierto el camino, pero sin catequizar.
Santiago interviene para decir que le parece interesante la crítica dialógica. Esta representa
un acercamiento a lo posmoderno desde la multiplicidad. No existe ya una búsqueda de la
verdad como en el universalismo, sino que se tiene en cuenta la contradicción. El profesor
Sergio problematiza: pero, ¿cómo relacionar esto con el desplazamiento?
Gustavo toma la palabra para decir que tuvo muy presente a Nicolás Gómez Dávila, porque
gran parte de sus escolios se dedican a la modernidad. Gustavo los aplica a la
posmodernidad: la modernidad se sentía fuerte e inextinguible, como los dinosaurios, y tal
vez esto sucede con la nueva época. A veces a Gustavo le daba la sensación de una
sobrexposición del discurso. Una grandilocuencia muestra que no sabemos, en realidad,
hacia dónde va el discurso.
El profesor Sergio replica: en el caso de Gómez Dávila, crítico de la posmodernidad,
reaccionario, hay que percibir la doble tensión. Para los instigadores del posmodernismo no
se puede escribir una novela moderna, porque vivimos en un mundo distinto. Esto sería
nostalgia del pasado. Lo que conviene es asumir la noción y la condición posmoderna, sin
decir que es un entregarse sin más. Esto implica la adopción de una postura crítica. Esta
condición posmoderna enriquece la discusión. Ya no tenemos la verdad, pero debemos
partir precisamente de ese hecho. También piensa el profesor Sergio que asumir esa postura
crítica no supone la nostalgia del pasado. Tal vez, ese perseverar hace parte de lo residual,
lo que es lo importante. No hay grandes relatos, pero estos siguen operando de alguna
manera. ¿En qué consiste, así, el desplazamiento? No es cuestión de pensar en el discurso
posmoderno como un discurso efectista, sino como un discurso que no resuelve mucho.
Debe ponerse la contradicción en el tema. No es fácil, sin embargo, porque esta situación
está en crisis.
En ese punto, Francisco toma la palabra: encontró que se habló mucho del derrumbe. Esto
crea una mirada de la decadencia constante. Juan Pablo nos hablaba de cómo el gran
discurso literario, casi un dogma, se desvaneció ante el concepto de posmodernidad. Esto le
trae, en nuestro país, decadente de continuo, Jaime Manrique. Cuando salió su novela la
opinión de la prensa dijo que era una ‘noveleta’ sin estatus. Es corta, pero no deja a nadie
ileso. Es explosiva. Ve allí mucho al posmodernismo. Lo dice porque hay destrucción de la
figura patriarcal, de nuestra ideología imperante. Se le ofende a la figura patriarcal de todas
las maneras. La posmodernidad viene siendo nuestro ‘logo’, porque esta es la época de la
re-transformación, la decadencia. Es un volvernos a plantear el mundo y nuestros ideales.
Ahora hay una consciencia de que cualquiera puede ser artista. El artista ya no es un
arquetipo heroico. Esta es una directa implicación de la democratización del arte. Es el fin
de un mundo, el fin del arte.
El profesor Sergio repone: si se compara con Cien Años de Soledad, donde es la historia de
Colombia, que es un mundo en sí mismo ¿Se podrá escribir algo así de nuevo? Ya esas
novelas universales como La Casa Verde o El Siglo de las Luces no se pueden hacer. Pero,
si alguien lo hace, ¿no resultaría desafiante? La situación cambia de época en época. La
idea de la nación literaria se fue agotando, hasta el punto de que parece ya un anacronismo.
¿Esto sería una actitud moderna o una actitud posmoderna? Todo cabe dentro de las
posibilidades. Trae el profesor el caso de Alfredo Molano con su obra Trochas y Fusiles, la
cual se adelanta veinte años a la obra de Aleksiévich. En esta, Molano busca entrevistas de
la violencia, entre las cuales encuentra homologías y crea personajes de ficción que
encarnan esos relatos en su generalidad.
Carolina interviene sobre este punto: cuando ella piensa en la novela posmoderna, piensa en
la hibridez, en la mixtura de las mismas. Ese afán por salir de lo moderno lleva a querer
crear cosas nuevas, queriéndose aprovechar de lo nuevo para acercarse al lector: este es el
caso del cine, la publicidad, la multimedia, etc. Esta es la marca característica de lo
posmoderno. Pensó en Los Derrotados de Pablo Montoya con la idea de mezclar géneros
para reinventar la novela.
El profesor Sergio responde: él piensa que la idea de la novela posmoderna para Jaime
Alejandro es la que juega con los elementos clásicos. El atributo de posmoderno tiene que
ver con esa complejidad paradigmática de la novela. Tal vez se conserva es ese espíritu de
desplazamiento. Santiago propone que en Platón o en Kant encontramos el final para el
escritor, pero el inicio para el lector. Ahí hay un quiebre: no nos tenemos que ceñir solo a lo
académico o a lo clásico.
El profesor Sergio replica: con la aparición de las redes sociales la interactividad se
convirtió en una necesidad. En el XIX no importaba si uno leía o no leía en Colombia, esto
no importaba. Los letrados eran solamente los que estaban en condición de poder. En Cien
años de Soledad, Aureliano es un escritor; en La Vorágine el narrador es un poeta. No
poder escribir y leer, ahora, es que se le niegue la posibilidad de participar del Mundo. No
basta solo aprender a leer, sino también a escribir. Nuestro contacto con la escritura es
permanente. Todo el tiempo escribimos. Nos sentimos con el imperativo de opinar. Eso
transforma nuestra visión de la lectura. Ahora, nuestra opinión debe ser bien escrita. Todo
esto, en su conjunto, conllevó a que el aura de autoridad del escritor desapareció. Gregorio
apunta, para finalizar, desde Zabala, que la posmodernidad ha puesto de manifiesto una
aproximarse diferente a la diversidad.
De esta manera, la clase puede resumirse en cómo la posmodernidad, desde el punto de
vista de la literatura, se muestra como una reconsideración de lo moderno. No existe aquí
un espíritu de destrucción, sino más bien una transformación dialéctica: se mira hacia el
pasado, pero siempre desde una posición más adelante en la escala evolutiva. Ahora, esta
evolución no es unívoca, no corresponde a una deontología, sino a un desarrollo
determinado por el propio crecimiento de la sociedad, el desenvolvimiento de los discursos
y el avance tecnológico. Esto, en literatura, de manera particular, ha renovado el concepto
de narrativa, alejándola, de hecho, cada vez más de los libros. ¿Existe, acaso, todavía una
posibilidad para el ‘imperio de la letra impresa’, de la linealidad discursiva del texto llano?
Esa es una pregunta que podría englobar el quid del problema de la literatura posmoderna.
Desde el tronco de la novela moderna ha florecido el prisma de la narrativa posmoderna.