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LA RELACIÓN TEXTO-CONTEXTO:
FUNDAMENTO DE LA HERMENEUTICA
Xavier Vargas Beal
Guadalajara, México
Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente
( Para críticas, comentarios, sugerencias, etc., xvargas@iteso.mx )
4 Febrero 2011

Recuento histórico

La modernidad se inicia con una gran ruptura epistemológica al librarse, la


construcción del conocimiento, de los presupuestos fundamentalistas que
contenía en la Edad Media como principios teológicos al mismo tiempo que
como métodos de reflexión. De Copérnico a Newton y a través de dos siglos,
este movimiento, acompañado por otras formas análogas de poner en cuestión
el mundo conocido (renacimientos tardíos, la reforma de la iglesia, la revolución
geográfica) a pesar de la contra-reforma, desemboca en el siglo de las luces y
culmina con el triunfo absoluto de la razón sobre cualquier otra forma de
construcción de conocimiento. Deístas, racionalistas, empiristas,
enciclopedistas e idealistas, a la par de dos grandes movimientos sociales –la
independencia de los Estados Unidos y la Revolución francesa-, así como el el
advenimiento ya imparable de la tecnología debido a la revolución industrial,
harían del positivismo –durante el siglo XIX y principios del XX- la panacea
epistemológica del mundo. Aún las universidades, fundadas en la baja edad
media, se mueven, durante la época napoleónica, de la teología hacia las
disciplinas y de ahí a la ciencia, no quedando sobre occidente como
contrapunto sino un tímido suspiro de oposición: sólo el sensualismo francés,
con Bonnot de Codillac, Charles Bonet, Maine de Bian y Pierre Canabis,
reaccionarían contra el racionalismo, pero no lo suficientemente como para
contener el embate de la recién encontrada objetividad del mundo. La hipótesis
como formulación lógica se erige entonces como salvadora del ignorante
hombre medieval, y la comprobación experimental, con mediciones directas o
estadísticas -mediante el tradicional método científico-, se impone con sus
fundamentos y propósitos. En este nuevo horizonte epistemológico, aparece
para la sociedad en general una recompensa inobjetable: el control aparente de
la naturaleza y la promesa utópica de un futuro maravilloso sólo para el placer y
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el esparcimiento del hombre, y sin embargo, el sueño no duraría; no mucho


después, la fenomenología, la filosofía de la existencia y el personalismo nos
previenen de las falacias de esta postura ingenua y maniquea. La
fenomenología lo hace destruyendo la idea de una realidad como una cosa en
sí misma independiente del sujeto; la filosofía de la existencia llamando nuestra
atención para que volvamos a los problemas fundamentales del hombre
dándole una renovada importancia a la experiencia y la existencia como
fuentes primarias de conocimiento por encima de la religión y el
conservadurismo, pero también de la ciencia y la tecnología; y el personalismo,
señalándonos el enorme riesgo de aceptar sin más reflexión el individualismo
que no le da ninguna importancia a los demás miembros de la especie como
co-constitutivos del hombre. La ciencia y el positivismo, frente a estas
corrientes críticas, trastabillean, pero no desfallecen lo suficiente. De ahí que
sean más bien los antropólogos de fines del XIX y de principios del XX quienes
comienzan a renunciar en los hechos a los postulados positivistas y a sus
métodos radicales para poder observar y entender las culturas de una manera
más natural, y por tanto, con más sentido que solo hacer mapeos
generacionales, levantamientos poblacionales y registros puramente
descriptivos de ritos y tradiciones. Es a partir de ellos que un paradigma
emergente toma la escena del mundo científico para declarar el inicio de una
profunda crisis epistemológica, crisis que aun hoy continúa revolucionando las
ciencias sociales al margen del racionalismo ilustrado, produciendo con ello,
entre otras cosas, la llamada postmodernidad. En el corazón mismo de esta
crisis, el llamado paradigma hermenéutico o interpretativo, cuya metodología
cualitativa ya no busca relaciones causales, sino estructuras sistémicas de la
realidad humana y social, toma su lugar en los territorios de la ciencia. La
cultura es el centro de su reflexión y así van emergiendo los distintos marcos
conceptuales de esta nueva aproximación a la realidad. Esos marcos darían
origen, en cada caso, a los distintos métodos de investigación de las llamadas
ciencias sociales: el método hermenéutico, el etnográfico, el etnometodológico,
el fenomenológico, el interaccionismo simbólico, la teoría fundamentada, la
investigación teórica, la investigación-acción y otros, todos ellos
contraponiendo sus modos de registro cualitativo a los registros cuantitativos
positivistas del método experimental y estadístico. Al modo hipotético-deductivo
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de la ciencia tradicional para construir conocimiento, se contrapone ahora el


modo heurístico-inductivo de esta nueva ciencia. Así, ya no sólo se busca lo
universal sino también lo esencial, ya no sólo cuantas son, cuanto miden y
cuanto pesan las cosas del mundo, sino cuál es su carácter, es decir, cuales
son las características que constituyen sus estructuras poniendo en relación las
partes entre sí y éstas con el todo, en especial en todo aquello las que tienen
que ver con lo humano y lo social. Ya no sólo la búsqueda de la verdad objetiva
sino también –y quizá principalmente- la construcción de sentido.

He hecho este breve recuento histórico del modo como se han transformado
los presupuestos de la epistemología y sus etapas en el pasado, para tratar de
explicar, de manera sucinta, por qué el punto de partida de la hermenéutica
actual –como paradigma- no es el mero capricho de unos cuantos iniciados o
místicos del conocimiento, sino consecuencia lógica de una reacción
epistemológica profunda de grandes alcances. Reacción producida, en mucho,
debido a las insuficiencias de la modernidad y su racionalismo exacerbado para
dar cuenta de aquellas realidades fundadas en algo distinto al mundo físico-
natural para el que el positivismo es inmaculadamente efectivo. Me refiero a la
cultura y sus infinitas formas de transformar el mundo en sistemas de
significación mediante la codificación de los objetos y los hechos.

La hermenéutica como método y como paradigma

Permítanme ahora regresar al pasado remoto para ubicar las raíces más
lejanas de la hermenéutica a fin de aprovecharlas –como características
metafóricas propias- en la explicación, primero del método como marco
conceptual para entender la realidad físico-cultural e incluso existencial del
mundo y los seres humanos, y luego, del paradigma en que este método acabó
convirtiéndose.

Lo primero que debemos rescatar, por más que sea sólo un mito, es esa raíz
antigua del término cuya naturaleza nos lleva al Dios griego Hermes, el
mensajero de los dioses. Era él quien llevaba a los hombres aquello que los
dioses del Olimpo querían comunicarles, es decir, un mensaje. Luego, la
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hermenéutica se desentiende del mito griego y da un brinco histórico para


ubicarse en la exégesis bíblica con el fin de interpretar adecuadamente los
textos sagrados, y más adelante, esta forma de interpretación, del mismo modo
que escapó del mito griego, se escapa ahora de los teólogos para darse a la
tarea de descifrar cualquier texto antiguo. Así va expandiendo su naturaleza
hasta llegar a nuestros tiempos, convertido en un método que permite la
interpretación de los textos de cualquier tipo: teóricos, periodísticos, literarios,
etc., etc. Es el texto pues y su interpretación lo que se encuentra en el corazón
mismo de la hermenéutica y le otorga su estatus como método de investigación
y su potencia como un nuevo modo de construir conocimiento.

Ahora bien, el método, convertido con los años en un marco de entendimiento


de los textos, acaba por postular, precisamente, la naturaleza textual de la
realidad y así pasa entonces a ser ahora todo un paradigma. La realidad, así
entendida y definida, es lenguaje: lenguaje humano y social. Para la
hermenéutica, la realidad en sí misma en cuanto una realidad pura, no es lo
que le interesa, porque al fin todo aquello que conocemos de ella se transmite
a través del lenguaje que la describe, aún la realidad físico-natural, realidad
ésta que hasta fines del siglo XIX había sido territorio exclusivo del positivismo.
De ahí que de un simple método de interpretación, la hermenéutica, pase a
convertirse de pronto en el gran paradigma emergente. A veces se le denomina
con ese mismo nombre: paradigma hermenéutico, pero a veces se le llama:
paradigma interpretativo. Es en resumen, el nuevo modo de comprender la
realidad, en especial la cultural, y ya no es su propósito controlar la naturaleza
o la propia cultura, sino simplemente compartir sus múltiples hallazgos a partir
de una aproximación a ambas realidades entendiéndolas como estructuras
sistémicas.

Como quiera que sea, lo más importante de este paradigma es el hecho de


cómo considera –en oposición al positivismo- que la realidad es un texto, un
lenguaje, que debe ser interpretado, decodificado, descifrado en base a sus
características y ya no sólo medido, pesado, contado, etc. De ahí que, a
diferencia del positivismo que cuenta primordialmente con una metodología
cuantitativa, cuyos métodos necesitan del número, el paradigma hermenéutico
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cuenta con una metodología cualitativa cuyos métodos necesitan más bien
identificar con precisión las características de la cosa que se desea
comprender. Aquí es, precisamente, donde comienza para la hermenéutica su
problema epistemológico fundamental, porque al enunciarse de esa forma,
debe aclarar cómo se construye el conocimiento del texto que no sea
midiéndolo, pesándolo, contándolo, etc., pues el texto tiene un modo
radicalmente distinto del modo positivista para ser develado. Este modo
precisamente, que no es el modo positivista, es el que voy ahora a tratar de
explicar en detalle.

Código y significado

Permítanme iniciar esta explicación echando mano de un ejemplo ubicado en el


lenguaje común y cotidiano: la palabra mano. Esta palabra tiene, según la
semiótica, 34 significados distintos, lo que nos lleva a preguntarnos de
inmediato: ¿cuál de todos esos significados es el que debemos atribuirle a la
palabra mano? A esta pregunta, el positivismo no puede dar respuesta, porque
–dado su método fundamentalmente cuantitativo- no le sirve en absoluto contar
las letras de la palabra o descubrir en una estadística microscópica que de
todas sus letras, dos son vocales y dos son consonantes; esa información no
da con el significado de la palabra mano. Tampoco puede pesarla pues sus
letras sólo son grafitos en un papel, además que de nada le serviría. ¿Medirla?
¿Cómo? ¿De dónde a dónde y para qué? Podría echar mano de un diccionario
para encontrar la definición pero tendría un nuevo problema: convalidar el
diccionario, para lo cual tendría que contestar primero la pregunta: ¿cómo se
confeccionó ese diccionario y por qué es ese y no otro el modo de definir las
palabras? La respuesta a esta pregunta, lo llevaría de regreso al mismo
problema que no pudo resolver antes debido a sus postulados. El positivismo
no puede por tanto hacer absolutamente nada para comprender y explicar la
palabra. Es la hermenéutica, haciendo su trabajo en el corazón mismo del
lenguaje español la que puede dar cuenta de su significado. Veamos cómo.

Para empezar, debemos caer en cuenta de que un signo o un símbolo, sea


éste objeto, hecho, imagen, grafito, texto, etc., no tiene significado alguno en sí
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mismo, fundamentalmente por dos razones: en primer lugar, porque el mundo


físico-natural, e incluso el físico-cultural, no está constituido de significados sino
de objetos y hechos, y en segundo, porque los significados los atribuimos sólo
los seres humanos una vez que ponemos los objetos y los hechos que
queremos decodificar en relación con los objetos y los hechos que lo rodean,
haciendo esto desde los esquemas de entendimiento y acción cargados de
contenido por la cultura, mismos que constituyen nuestra estructura
fundamental de interpretación del mundo, y por tanto, de adaptación a él. El ser
humano es, gracias a su complejo sistema de asimilación y acomodación –en
palabras de Piaget-, y a la cultura como proveedora de significados, un ser
interpretador. Heidegger diría: un ser comprensor.

¿Por qué digo que los significados sólo los atribuimos los seres humanos?
¿Acaso no identifican los animales los significados que las cosas tienen?
¿Cómo entonces un perro –por ejemplo- reconoce que al sonar la campana
vendrá la comida? Sabemos que lo reconoce porque comienza a salivar. El
positivismo ya demostró esto científicamente. Y decimos, precisamente que lo
re-conoce, porque conoció de ello una primera vez y así las siguientes lo re-
conoce. Pero me pregunto si este reconocimiento de la realidad ¿es un
reconocer basado en significados? No lo creo, porque los animales no
desarrollan durante su vida un lenguaje abstracto. Me parece que este
reconocimiento se funda en simples asociaciones concretas. El hombre
también asocia los objetos igual que los animales, más sin embargo tales
asociaciones concretas son convertidas, en él y por él, de inmediato, en
abstracciones, en ideas que son asimiladas a sus esquemas de entendimiento
de la realidad al acomodarse a ella. El hombre codifica y decodifica tales
asociaciones según las reglas de los distintos sistemas de comunicación en
que se desempeña, todos ellos dentro de la cultura, usando imágenes
ciertamente, pero también ideas. A este proceso de codificación y
decodificación basado en los sistemas de comunicación aprendidos durante la
vida dentro de la cultura en que se vive, es a lo que llamamos nosotros
significación de la realidad humana (que incluye el mundo físico-natural). Los
objetos y sus asociaciones en tanto fuentes concretas de la realidad -o
mediadas por el lenguaje de los demás-, son en sí mismos ya un “mensaje” o
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“significante”, que el hombre recibe como receptor, cuyos contenidos son los
significados. Sin embargo, tales significados no se encuentran en el mensaje o
significante sino de forma codificada, porque son los códigos los que permiten
al receptor adjudicar los significados, precisamente porque son esos códigos,
codificados –valgan la redundancia- por el emisor, los mismos que son de-
codificados por el receptor, y para lograrlo, no bastan las asociaciones, se
tienen que involucrar las ideas. Un perro puede observar el tiempo que quiera,
y tratar de darle significado a una frase escrita en una pared pero no podrá
hacerlo jamás, sencillamente porque esa frase, como hecho concreto, no es
sino una serie de grafitos sobre un fondo de contraste cuya naturaleza es ajena
todavía a la significación. Tales figuras sobre el fondo de contraste sólo son
códigos, y no está en ellos el significado porque éste es una adjudicación que
el receptor hace ulteriormente. Los jeroglíficos egipcios fueron códigos sobre
una piedra por miles de años hasta que tales códigos fueron de-codificados por
los arqueólogos, y no fue sino hasta entonces que tales códigos cobraron
significado. El significado no está pues en el código, sino que estos significados
están en los esquemas de entendimiento y acción del sujeto que recibe el
mensaje; y para fin de que tal transmisión suceda de forma completa, deben
primero codificarse por el emisor y de-codificarse después por el receptor. La
codificación sólo es el medio de transmisión, el lenguaje, pero en éste no están
los significados, porque los significados son ideas y no objetos, figuras o
sonidos, sean estos hechos de piedra, carbón, tinta u ondas sonoras. Los
significados solo los poseen los seres humanos y son ellos únicamente quienes
los comparten entre sí a través de las formas concretas en que los codifican y
de-codifican.

De modo pues que el mundo no está conformado por significados porque éstos
provienen de las personas ubicadas en las culturas, son procesados por el
pensamiento y son vehiculados por el lenguaje mediante códigos. El que haya
en el mundo un cartel –por ejemplo- que anuncia Coca-cola mediante una
botella llena del refresco sobre un fondo rojo, no tendría significado alguno si
desaparecieran los seres humanos, porque ahí sólo habría códigos y no habría
nadie que los de-codificara asignándole significados. El cartel existiría, pero
sólo como un papel lleno de substancias químicas absorbiendo todas las
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longitudes de onda del espectro de luz a excepción de la onda correspondiente


al rojo; de la misma manera habría ahí una figura negra (el refresco) y sobre
ella unas figuras blancas (las letras de Coca-cola), pero carecerían totalmente
de significado pues sólo serían hechos, los hechos de los códigos en tanto
figuras sobre el papel. Sin seres humanos, no habría interpretación, es decir,
de-codificación y por lo tanto adjudicación de significado. La semiótica es el
campo del conocimiento que estudia y explica los pormenores de estos
procesos, la hermenéutica el paradigma epistemológico que permite la
interpretación y por tanto la construcción del conocimiento fundado en los
mensajes del texto cualquiera que éste sea.

Texto y contexto

Volvamos ahora a la palabra mano. Ya he explicado antes como ésta, igual que
todas las palabras, no puede ser decodificada y por tanto transmitir un
significado sino hasta que el término sea puesto por un ser humano, en
relación con otras palabras y así se devele el significado que el emisor codificó
en ese texto que se está interpretando. A estas otras palabras que rodean la
palabra interpretada, la semiótica las llama: “contexto lingüístico”. Permítanme
explicar cómo funciona esto, analizando algunas sentencias:

La mano
Vas mano
¡Oye, mano!
Échame una mano

Ahora podemos observar como la palabra cobra significados distintos en cada


sentencia. Podría enumerar más pero estas cuatro bastan para explicar lo que
me propongo.

En el primer caso, la palabra podría significar distintas cosas. Podría ser la


extremidad al final del brazo, pero también podría ser la piedra del metate con
que se muelen los granos, o aquella persona que va primero en un juego de
dominó. De hecho, en estricto apego a la semiótica y a la hermenéutica, no
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podríamos afirmar unívocamente cual de los tres significados le corresponde.


Para poder hacerlo, necesitaríamos de más contexto lingüístico. En el segundo
caso, la palabra significa “ir primero”, en el tercero, “amigo”, “cuate”, y en el
cuarto, “ayuda”. El significado del texto cambia pues por el contexto lingüístico.

Ahora observemos tres frases donde la palabra mano conserva su significado


sin cambio pero donde el significado total de la frase completa se modifica
gracias a agregar más contexto lingüístico.

Respeta la mano que te da de comer


No respetas la mano que te da de comer
Te irá mal si no respetas la mano que te da de comer

En los tres casos, el significado de la mitad de la frase “la mano que te da de


comer”, es el mismo, pero al cambiar lo que se encuentra subrayado, el sentido
de ese significado del texto se modifica y por tanto el significado total de la
frase completa también. En el primer caso es una orden, en el segundo es una
queja y en el tercero es una amenaza.

Vemos ahora como la adjudicación de significados al de-codificar el texto,


cobra sentidos distintos según se relacionan los propios significados
particulares y sus posiciones en el texto. El sentido, es, hermenéuticamente
hablando, lo que resulta de la adjudicación de los significados, pero tomando
en cuenta la interrelación de los mismos entre sí y éstos con la frase completa.

Podríamos ahora añadir otro tipo de contexto para intentar interpretaciones de


nivel más complejo, es decir, el contexto concreto, y entonces, aún con el
mismo contexto lingüístico, el significado volvería a modificarse. Por ejemplo, si
en una junta de ejecutivos alguien dice que las ideas de fulano –por ser muy
brillante o tener mucho poder- “van mano”; ahora, aunque el significado original
proviene del contexto de un juego de dominó y significa, como palabra, lo
mismo: “ir primero”, su aplicación en una junta de trabajo en tanto contexto
concreto distinto al contexto de un juego de dominó, adquiere otros matices, y
así, puede verse que el significado original, aún siendo el mismo, cobra
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particularidades nuevas: el respeto a la brillantez o la sumisión al poder de


quién de habla y propone ideas. Estos ingredientes pues que acompañan el
texto, sean lingüísticos, físico-naturales o físico-culturales, por ser los que
rodean el texto, son lo que en el paradigma hermenéutico en su sentido más
amplio llamamos –simplemente- contexto, y es éste, precisamente el que nos
permite decodificar el texto y por tanto adjudicarle significado. La semiótica
define el contexto sólo en el ámbito del lenguaje escrito o hablando, la
hermenéutica en cuanto paradigma va más lejos, su ámbito es la cultura y el
lugar donde ésta ocurre pero incluyendo el mundo en su totalidad. La
hermenéutica en su más amplio sentido, más que un campo de conocimiento,
constituye un paradigma epistemológico.

Ahora bien, aunque los ejemplos que he usado han sido muy puntuales pues
los primeros estuvieron muy referidos a los procesos interpretativos del método
hermenéutico (análisis de textos), y los segundos a procesos de interpretación
más compleja, donde el método hermenéutico se usa para leer la realidad
misma (junta de trabajo) como texto, los principios interpretativos utilizados en
ambos casos se aplican de la misma manera aún cuando leamos la realidad
humana o social a un nivel mucho más amplio y complejo, es decir, haciendo
análisis socio-cultural.

La relación Texto-Contexto como fundamento epistemológico del


paradigma hermenéutico pero haciendo las interpretaciones con un
método distinto.

Como ya dije antes, lo expresado hasta ahora, a propósito de la hermenéutica


como método y como paradigma, ha sido referido sólo a ejemplos sencillos de
textos cortos y muy puntuales, es decir, la interpretación del significado de la
palabra “mano” y de la secuencia “la mano que te da de comer”, así como lo
referido a dos tipos de contexto: el lingüístico, ubicado en un lenguaje
cualquiera, y el concreto, ubicado en la realidad misma de una cultura. Lo he
hecho así, para facilitar la explicación de los principios fundamentales, tanto del
método como del paradigma, pero ambos, método y paradigma, pueden ser
usados a gran escala. La hermenéutica como método, por ejemplo, puede ser
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el fundamento del análisis textual de toda la obra de un autor como García


Márquez, Voltaire o Aristóteles, pero también como paradigma, puede
sustentar epistemológicamente y a este otro nivel, al análisis de una realidad
socio-cultural tan compleja como la vida romana durante el periodo histórico de
Cesar Octavio Augusto, o la caracterización de la vida sexual en las
comunidades huicholes, etc.

Es importante aclarar, sin embargo, que la hermenéutica como paradigma,


puede usar su propio método (el hermenéutico) cuando se trate de
fundamentar interpretaciones a partir de textos escritos (obras literarias,
discursos políticos, libros teóricos, etc.), pero puede, y de hecho debe,
sustentar la interpretación, mediante otros métodos -bajo los mismos principios
ya explicados- cuando se trate de realidades socio-culturales no mediadas por
textos escritos. Daré un ejemplo ahora de ello.

Para entender a cabalidad el profundo contraste cultural que significa –por


ejemplo- “vestirse de blanco” para la mujer hindú y occidental, se podría hacer
un análisis desde el paradigma epistemológico hermenéutico, pues en este
análisis serían aplicados los principios de interpretación texto-contexto ya
explicado antes, pero con un método distinto al suyo, pues no se analizarían
textos escritos sino las costumbres de ambas culturas referidas a la noción
“vestirse de blanco”: el método etnográfico, entonces, sería el apropiado ya que
éste método, precisamente, es el que se deriva del marco conceptual que
proporciona el conocimiento de cómo se estructuran las culturas en tanto
sistemas de significados que ponen en inter-relación ritos, tradiciones, prácticas
sociales, vestuario, música, educación, etc., etc., de una forma tal, que le es
exclusiva a un grupo social específico, y que, por ello, proporciona a sus
miembros la identidad que los diferencia de otros grupos sociales. Me refiero al
marco conceptual de la etnografía.

Con esto, estoy diciendo qué, si bien el paradigma hermenéutico constituye el


gran paradigma emergente hoy día en oposición al paradigma positivista,
aunque haya tomado sus principios del antiguo método hermenéutico y los
aplique ahora a todo el espectro de la investigación en ciencias sociales,
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paradigma y método son dos cosas distintas, y ambos se encuentran en dos


niveles distintos. El paradigma constituye la gran postura epistemológica desde
donde se construirá conocimiento, y los métodos son aquellos modos de
aproximación a la realidad, mismos que se derivan de los distintos marcos
conceptuales que intentan explicar lo que la realidad es. Para la hermenéutica,
la realidad como objeto es el texto, para la etnografía, la cultura de un grupo.

Ahora bien, volvamos a nuestro ejemplo: ¿qué tipo de reflexiones a nivel del
paradigma epistemológico hermenéutico podrían hacerse desde el método
etnográfico a propósito de la noción “vestirse de blanco” en la India en
contraste con occidente? Trataré de describirlo en lo general.

En occidente, “vestirse de blanco”, como texto, en el contexto social del género


femenino, refiere inmediatamente al matrimonio y su consabida boda, por lo
que el tipo de interpretaciones que podrían hacerse tendrían, muy
probablemente, que ver con realidades relacionadas con la felicidad, el inicio
de una nueva vida en pareja, el compromiso, la fidelidad prometida hasta la
muerte, etc., etc. Las particularidades de tales interpretaciones irían
constituyendo las categorías (nodos) y las relaciones de significado
(elementos) de la estructura de realidad que finalmente tendría que ser
develada y desde la que pudiera contestarse la o las preguntas de
investigación que se hubieran hecho como parte de un amplio proyecto de
construcción de sentido de la cultura occidental sobre este tema precisamente:
“vestirse de blanco”.

En la India, en cambio, la misma noción “vestirse de blanco”, también como


texto, en el contexto social del género femenino hinduista, referiría
inmediatamente a la terrible condición de las viudas que han perdido el soporte
social que su esposo les brindaba simplemente por ser hombre, esto, debido a
sus propias costumbres, donde es el sexo masculino el que da sentido social a
la vida de la mujer. Al enviudar, por tanto, las mujeres en la India, deben –
según lo espera la sociedad hindú, puesto que así ha sucedido por siglos-
echarse sobre la pira funeraria, en el momento en que el cadáver de su marido
se encuentre envuelto en llamas, para morir con él. Esta costumbre milenaria,
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comenzó a cambiar debido a las reformas legales emprendidas por Gandhi,


pero aún hoy día en ese país -aunque la mujer puede decidir legalmente no
morir junto con su esposo-, los incendios accidentales en las viviendas
hinduistas habitadas por viudas, son, estadísticamente hablando,
significativamente más numerosos que en occidente, lo que sugiere la
intervención intencionada de los familiares del esposo muerto para provocar los
incendios, y por tanto, la muerte de la viuda. Si ella se niega a esta demanda
cultural, pero quiere seguir siendo miembro de sus tradiciones ancestrales,
sobre todo en las zonas rurales donde las cosas todavía no han cambiado del
todo, será rapada de la cabeza y “vestida de blanco” para ser llevada a los
lugares donde las viudas viven –muy precariamente- de limosnas. “Vestirse de
blanco” para la mujer en la India, como texto en este contexto que he narrado,
refiere inmediatamente a la condición de una viuda en desgracia (las mujeres
se casan de rojo), por lo que el tipo de interpretaciones que podrían hacerse,
tendrían que ver muy probablemente con realidades relacionadas con el dolor,
exigencia de la propia muerte, abandono, pobreza, destierro social, etc., etc.
De nuevo aquí, las particularidades de estas interpretaciones irían
constituyendo categorías y relaciones de significado, hasta develar una
estructura de la realidad social propia, sin embargo, esta estructura sería ahora
totalmente distinta a la develada en occidente. “Vestirse de blanco” en la
cultura hindú, no sería, en modo alguno nada parecido -como estructura de la
realidad social estudiada- a lo que se podría develar sobre el particular en
occidente.

En busca de la verdad objetiva o la afirmación de sentido

Por último, así como en el paradigma positivista la realidad se cuenta, se mide,


se pesa, se describe objetivamente, etc., para poder procesar estos
levantamientos bajo los métodos propios del positivismo, como podrían ser el
experimental, el estadístico o el de la lógica formal (los más usados), y llegar
así a aceptar o rechazar el planteamiento de una hipótesis; en el paradigma
hermenéutico, la realidad proporciona los distintos códigos para que estos sean
de-codificados bajo el principio texto-contexto y bajo los métodos propios del
paradigma, como podrían ser el hermenéutico, el fenomenológico, el
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etnometodológico, el etnográfico, etc., etc., y llegar así a develar la estructura


de la realidad estudiada, respecto de la cuál se formularon, al inicio de la
investigación, uno o varias preguntas, mismas que ahora pueden ser
contestadas.

En general, la unidad fundamental del positivismo es el número, en tanto que


de la hermenéutica lo es la característica. Las operaciones matemáticas que
resuelven el proceso de los datos levantados en el positivismo, son los
múltiples algoritmos físico-matemáticos (expresados generalmente en
fórmulas) en tanto que en la hermenéutica, son las de-codificaciones hechas
mediante la herramienta fundamental de poner el texto en su contexto para
poder asignar significados. El positivismo construye conocimiento encontrando
verdades objetivas, y la hermenéutica lo hace, construyendo afirmaciones de
sentido.

Ahora la pregunta final que con frecuencia se hace: ¿Produce la hermenéutica


como paradigma, conocimiento igualmente generalizable como lo hace el
positivista? No. Porque los códigos, los textos y los contextos son locales y
referidos a una cultura específica, en cambio los números y los algoritmos
físico-matemáticos, son universales.

A manera de epílogo

Una última palabra. Lo escrito en este ensayo podría parecer que sugiere que
la carga de significados que un emisor pone en un mensaje codificando lo que
desea comunicar, será la misma que descargará el receptor al decodificarla,
dando por hecho que este proceso de significación y re-significación es unívoco
e infalible. Nada más lejos de mi pensamiento. Cada emisor codifica los
significados de manera totalmente personal a pesar de que las reglas socio-
culturales para hacer esto sean las mismas para todos, y cada receptor de-
codifica también de manera totalmente personal, lo que implica un nuevo
problema para el paradigma hermenéutico. La intersubjetividad y la
interculturalidad que se produce al comunicarse los seres humanos. Este
problema no ha sido nuestro tema, pero lo reconocemos plenamente. Es la
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dimensión existencial humana del proceso de comunicación cuyo campo


pertenece, me parece a mí, a la filosofía de la existencia. Me quiero imaginar,
por ejemplo y sólo como una invitación a la reflexión sobre este asunto, a dos
mujeres: una occidental recién casada y la otra hindú que recién ha enviudado,
conversando, en algún encuentro casual, sobre “vestirse de blanco”, o peor
todavía, sobre la noción: “hasta que la muerte nos separe”.