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Corporación Universitaria Minuto de Dios

Nicol Julieth Rodríguez Urrea


Filosofía Actual I
El mundo como voluntad y representación II (Capítulos 1-7)
Schopenhauer
7 de octubre de 2019

Arthur Schopenhauer (1788 - 1860), fue un filósofo alemán que defendió el


idealismo kantiano y fue altamente reconocido por su pensamiento profundamente
pesimista, además era un ferviente crítico del materialismo, de la mayoría de los
pensadores postkantianos y de la dialéctica de Hegel. Su principal obra fue El
mundo como voluntad y representación (1818), la cual no tuvo mucho impacto
igual que el resto de su obra en sus comienzos, aunque posteriormente y antes de
su muerte comenzaría a adquirir la fama que le es caracterizada y la cual lo llevó a
perdurar en diferentes autores del siglo XIX y XX. Su punto de vista idealista partía
de la premisa de que “el mundo es una representación”, en la cual radicaba su
punto de fricción con Kant, a saber, que la intuición no era único resultado de la
actividad sensorial, sino que en ella interviene el intelecto con las leyes a priori, es
decir, nuestro autor cree que Kant tiene razón cuando dice que todo lo que vemos
son representaciones, pero estas no nos llevan a una cosa en sí, sino que al
contrario ellas mismas son expresión de la voluntad. En esto se basa su teoría del
conocimiento, de la cual analizaremos algunos puntos principales en el presente
texto.

Para lograr este objetivo hemos de hacer algunas precisiones dentro del
pensamiento general de Schopenhauer, por ejemplo que para él, lo más
importante era mirar la necesidad metafísica del hombre, la cual se podía
satisfacer a través de la religión, que es la metafísica del pueblo, o de la filosofía,
que aspira a trascender la razón y encontrar la verdad, es decir, el mundo de las
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cosas en sí; es aquí donde aparece el intelecto. Además de esto, es menester


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tener presente que en el presente texto no se abordará a profundidad la cuestión


de la voluntad, pero es necesario saber que hay una omnipresencia de ella en
todos los fenómenos naturales, desde los sujetos cognoscentes hasta los no
cognoscentes, es decir, ella es en sí misma la esencia de todo, en palabras de
Schopenhauer: es la única cosa en sí; de forma que toda la naturaleza es una
objetivación de la voluntad.

Profundizando un poco más en el tema de la voluntad, que es uno de los


ejes centrales del tema, hemos de aclarar que este concepto de voluntad en
Schopenhauer se debe fundamentalmente a la gran influencia del romanticismo
alemán durante la época, específicamente en su concepción de que el hombre
está unido plenamente con la naturaleza, lo que llevó a Schelling a afirmar que lo
irracional no existía, es decir, que la verdad y la falsedad existían en lo irracional
precisamente porque la vida misma es irracional, puesto que esta se afirma por
encima de la racionalidad. En efecto, cuando Schopenhauer habla de la voluntad,
se está refiriendo a la pasión que domina la vida, de hecho, aquí radica su crítica a
la razón, en el sentido de su pretensión de calcular o contar todo, pues él y todos
los románticos comprendieron que la vida no depende de la razón sino de las
emociones o pasiones, esto es, de la voluntad.

Ahora bien, un último punto que quisiéramos precisar antes de abordar


como tal las cuestiones principales de este texto, es la importancia de la historia
como autoconciencia de la humanidad en el pensamiento de este autor, pues “lo
que es la razón al individuo, es la historia al género humano” (Schopenhauer,
2003, p.20), en ella es precisamente que se puede comprender lo efímero que es
el individuo, pero también la eternidad de su esencia que es la voluntad que
constituye su ser verdadero.

Lo anterior ha sido expuesto como una breve contextualización del autor, la


cual puede ser mejor abordada por el lector acercándose a las obras del propio
Schopenhauer. Y, teniendo esto presente, el siguiente texto se comprende en tres
partes, cada una de ellas abordando tres elementos principales que se pudieron
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evidenciar en los capítulos del uno al siete de la obra El mundo como voluntad y
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representación II, a saber: el punto idealista de Schopenhauer, la intuición y la
representación y la relación esencial entre el conocimiento intuitivo y el abstracto.

Lo que se puede evidenciar en el pensamiento idealista de nuestro filósofo


debe enmarcarse también en las teorías fisiológicas del funcionamiento del
cerebro que se dieron durante su época, de forma que durante todo el escrito
encontraremos referencias directas a ello. Así, comenzamos diciendo que para él
lo primero es comprender los problemas fundamentales de la filosofía moderna, es
decir, sabiendo que todo es un fenómeno cerebral que implica diversas
condiciones subjetivas, tenemos el problema de la relación de la cosa en sí con el
mero fenómeno, o en otras palabras la relación entre nuestra conciencia y el
mundo exterior fuera de ello, entre la res cogita y la res extensa. El otro problema
que se encuentra es el de la libertado moral que no abordaremos en este texto.

Así, centrándonos en el primer problema, comprendemos que ambos


mundos son distintos en su materia pero provienen de un mismo molde, este es
para Schopenhauer el intelecto, que es una función cerebral. Pero antes de
enfocarse en este tema, es importante saber que el logro de la filosofía moderna
para este autor fue descubrir que lo subjetivo es el punto de partida esencial y
único correcto, verdadero y apoyo de toda filosofía. Es por esto por lo que este
filósofo es un idealista, porque esta seguro de que lo verdadero se encuentra en la
propia conciencia, aunque más adelante expondrá la importancia del conocimiento
intuitivo dentro de toda su propuesta.

Teniendo en cuenta esto, para Schopenhauer entonces todo lo que


conocemos se encuentra en nuestra conciencia y de ningún modo puede haber
una existencia absoluta y objetiva en sí misma porque estará siempre en la
conciencia de un sujeto, por eso el objeto siempre estará condicionado a un sujeto
sus formas de representación. No obstante, cabe aclarar que una persona no es el
sujeto sino un individuo cognoscente, esto quiere decir que si este no existiera y
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no hubiera otro ser más que yo, por esta razón no se suprime el sujeto en el que
se encuentra la representación de los demás objetos, es decir, que el sujeto puede
ser cualquier individuo cognoscente.

Con lo anterior, esta representación de la que se habla es la mediación de


lo existente, porque lo único inmediato es el sentimiento general y la
autoconciencia que existen dentro de la voluntad, la representación siempre es
una existencia para otro, pues la cosa en sí misma nunca puede ser objeto, y esta
existencia condicionada por un cognoscente es la que implica el espacio, esto es,
que el objeto está doblemente condicionado por el sujeto: materialmente en la
representación y formalmente en el espacio, tiempo y causalidad que son
determinadas por el sujeto y no son más que funciones del cerebro, según nuestro
filósofo, es por esto que llegará a afirmar que “el centro de la realidad y gravedad
de la existencia recae en el sujeto porque el mundo es mi representación” (§ 17).

Ahora bien, un sujeto pensante tiene por objeto los conceptos, pero el
mundo como representación implica un mundo objetivo que necesita un sujeto
cognoscente y una materia bruta sin forma ni causalidad, estas son las
condiciones fundamentales de toda intuición empírica y son los “extremos
estáticos del mundo”, por esto es por lo que “el intelecto y la materia son
correlatos, el uno existe para el otro” (§ 19), y este es el fenómeno de la voluntad o
cosa en sí. La totalidad que abarca al sujeto y la materia es este mundo como
representación o fenómeno.

II

Teniendo en cuenta el punto idealista de Schopenhauer hemos de


considerar su concepción sobre el conocimiento intuitivo, o lo que el llamará el
entendimiento, pues, a pesar de la idealidad trascendental, el mundo objetivo
mantiene su realidad empírica, es decir, el objeto no es cosa en sí pero es real en
cuanto es empírico. Aquí aparece la ley de causalidad que relaciona los
fenómenos pero no lleva más allá de ellos, sin embargo permite negar la intuición
del mundo objetivo que es esencialmente intelectual y no solo sensual a pesar de
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que la cosa en sú sea desconocida.


No obstante, la intuición sensorial de la representación no se distingue de la
representación que hay a partir de ella, es decir, que no se presenta a la
conciencia una distinción entre objeto y representación. Percibimos con
inmediatez las cosas mismas ubicadas fuera de nosotros, esto se explicará porque
“los sentidos son simples prolongaciones cerebrales, por medio de las cuales este
recibe de fuera el material que elabora para la representación intuitiva” (§ 30), a su
vez, estos no son desagradables ni agradables porque dejan intacta a la voluntad
solo en un cuerpo que todo él es voluntad. Sin embargo, en el común si hay
agradables y desagradables y estos implican la dignidad relativa de los sentidos
que son más subjetivos que objetivos. Schopenhauer pone el ejemplo de la vista,
que es un sentido activo y es el sentido del entendimiento, el que intuye, y el
sentido del oído que es pasivo, el de la razón que piensa y percibe (§ 32), con esto
ya nos comienza a mostrar la relación que hay entre la intuitivo y lo abstracto.

Avanzando un poco más, encontramos que “lo que se manifiesta a la


percepción interna (a la autoconciencia) como auténtico acto de voluntad, es lo
mismo que se presenta inmediatamente a la intuición externa en la que se
encuentra objetivamente el cuerpo como acción del mismo y son simultáneos” (§
42), esto es que no es causal, incluso cuando en nosotros es natural conocer la
causalidad de todos los fenómenos, por eso para Schopenhauer la intuición es la
fuente de todo conocimiento y la filosofía no es una ciencia a partir de conceptos
sino en conceptos, por eso es necesario buscar el origen de estos y no solo
utilizarlos como si estuvieran en un catálogo de temas filosóficos por tratar 1.

Ahora bien, hablando de la ley de causalidad se ha de entender que solo


las formas cambian y la materia permanece, de manera que la pregunta por la
causa siempre hace referencia a su forma o esencia y no a su materia o
existencia. Por esta razón, la cadena de causalidad, que es infinita hacia adelante
y hacia atrás, deja intactos a la materia y a las fuerzas naturales, que son idénticas
a la voluntad en nosotros, y la materia es la visibilidad de esa voluntad (§ 52). Por
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Esto hace referencia a la crítica a la filosofía que hace Schopenhauer, pues él piensa que esta
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nunca se ha preocupado por trabajar a fondo los conceptos, sino que los ha abordado
directamente a través de la tradición como si existiera un “catálogo” que determinara qué es lo que
se tiene que trabajar en la filosofía. Esto lo dice a lo largo del capítulo tres del libro.
esta línea, Schopenhauer nos dirá que los animales tienen entendimiento pero no
razón, de modo que poseen un conocimiento intuitivo pero no abstracto, es decir,
no piensan los conceptos, ellos solo tienen el conocimiento inmediato que parte de
la intuición de la realidad, lo cual los hace sujetos sintientes e intuitivos aunque no
sean racionales, y por tanto, más adelante nos dirá este autor que esa es la
verdadera sabiduría, la que proviene de la intuición; mientras nosotros poseemos
el conocimiento mediato, es decir, la racionalidad.

III

“Solo una cosa no está sometida a la desaparición instantánea de la


impresión, ni al gradual de su imagen. Y por tanto es libre del poder del tiempo. El
concepto” (§ 67). El concepto conserva la esencia de las cosas intuidas o
sentidas, es decir, en él puede verse claramente la complementariedad que tiene
la representación y la intuición, estos a su vez tienen una jerarquía que va de lo
más próximo a la realidad del individuo: el realismo escolástico, al nominalismo
que es lo más alejado del mismo. Así, hay una estrecha relación entre el concepto
y la palabra, y ello reside en la atemporalidad y temporalidad de estos
respectivamente, esto es que “la palabra es el signo sensible del concepto, y en
cuanto tal, el instrumento necesario para fijarlo, es decir, hacerlo presente en la
conciencia ligada a la forma del tiempo, y así establecer una conexión entre la
razón y la conciencia” (§70), por esto, la palabra y el lenguaje son los medios
indispensables del pensamiento claro, aunque también se convertirá en un
obstáculo al impedir que se exprese la totalidad del concepto, lo cual se soluciona,
según nuestro autor, con el aprendizaje de varios lenguajes, en especial las
lenguas clásicas.

Las intuiciones entonces son las representaciones primarias, y los


conceptos las representaciones secundarias. Según este filósofo, comparar
conceptos con intuiciones es producto de genios, aquellos que tienen uso de la
imaginación que les permite crear algo importante, pero a su vez tienen pleno
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entendimiento del mundo intuitivo; por eso para Schopenhauer la verdadera


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sabiduría es algo intuitivo y no abstracto, porque en la práctica el conocimiento


intuitivo del entendimiento es capa de dirigir inmediatamente nuestra conducta,
mientras que el conocimiento abstracto no puede. Esto se reforzará con la vida
real, en la cual no podemos reaccionar en todo momento bajo la reflexión del
pensamiento abstracto, es absolutamente necesaria la representación intuitiva
para poder alcanzar la sabiduría en la vida cotidiana.

Tal vez por lo anterior es que Schopenhauer aborda aquí el tema de la


erudición de algunos individuos, estos, por estar leyendo infinidad de libros y
aprendiendo lenguas clásicas desde temprana edad que les embotan el
pensamiento, olvidan cultivar este pensamiento intuitivo que les brindaría una
verdadera sabiduría, es decir, una mayoría de edad, logrando valerse de su propio
pensamiento sin necesidad de recurrir al de muchos otros que ya han pensado tal
vez por ellos mismos. Para nuestro autor esto denota una esclavitud del espíritu,
que se empeña en buscar afuera aquello que no puede pensar por sí mismo, lo
cual denota una falta de imaginación y de entendimiento.

Así, concluye el séptimo capitulo del Mundo y la representación de


Schopenhauer, luego de exponer sus tesis principales, llegamos a la conclusión
de que para este autor una de las cosas más importantes es la representación, y
no solo aquella que proviene de una conciencia interna sin más, sino aquella que
está estrechamente ligada al intelecto, y con este a las representaciones primarias
que nos permitirán formar los conceptos y con ellos el pensamiento abstracto. Otro
de los aspectos importantes para él es indudablemente el tema de la voluntad,
pues esta es la verdadera cosa en sí, es el vitalismo visceral que a su vez es lo
fundamental de la realidad, por lo tanto para él es necesario que el ser humano
vea el mundo de manera más pasional.

Bibliografía

Schopenhauer, A. (2009). El mundo como voluntad y representación II.


Madrid: Editorial Trotta, S.A.
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