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Caso de Villavicencio

Por Roberto Martínez (13-Dic-1997).-

En toda América hay miles de personas que saben afrontar la vida y la muerte con fortaleza. La mayoría son aquellos héroes anónimos que sobreviven día con día a la opresión, la miseria y la violencia en situaciones que otros, con menos reciedumbre, optan por no aguantar y se entregan al suicidio. Otro grupo más pequeño lo conforman los que con plena conciencia defienden sus ideales, poniendo en riesgo a su persona y a sus familias y que con frecuencia son asesinados. Periodistas, políticos, militares, empresarios y sacerdotes son los oficios en los que uno está más expuesto y en los que la virtud de la fortaleza no debe faltar.

El pasado 9 de diciembre, Damuele Calderón fue asesinado y pasó a la historia como una víctima más de la tiranía de algunos grupos con ideologías materialistas que no respetan la vida y no toleran a los que defienden y promueven los derechos humanos. En Villavicencio, una población de Colombia, la guerrilla acribilló a este joven sacerdote de buenas maneras que trabajaba con los campesinos de la zona.

Para un guerrillero la vida de otras personas no es un derecho inalienable, porque su visión del mundo es materialista, por tanto todas las distintas realidades son meros objetos; recursos que si le sirven los acumula y si le estorban los destruye. La ideología contraria es la humanista que tiene como fundamento el respeto a la dignidad de las personas. Es irónico que un hombre muera por proclamar el amor a la vida, pero se entiende más cuando caemos en la cuenta de que el materialista, en el fondo, odia la vida con todos sus sufrimientos y dificultades, y busca acumular objetos como medio para sobrellevar lo mejor posible su propia existencia.

Por lo tanto, el hombre que busca el bien común y no sólo el bien particular, no puede prescindir de la fortaleza, porque rema a contracorriente. Es como tratar de entrar por la puerta de una escuela en el momento justo en que ha tocado la campana de salida en el último día de clases y en otras ocasiones es como correr en medio de una estampida de elefantes.

La fortaleza es el hábito de ser firme ante las dificultades y constante en la búsqueda del bien. Afirma nuestra decisión de superar los obstáculos y nuestras propias debilidades para alcanzar nuestro ideal. Esta virtud no da la capacidad de triunfar ante el temor, incluso al miedo a la muerte, y de afrontar los sufrimientos físicos y morales. Esta capacidad es más inquebrantable cuando la causa que defendemos es justa, porque nuestra conciencia tiene paz a pesar de las dificultades externas.

Así como el alpinista procura escalar sin voltear hacia abajo, las personas podemos aprovechar este mismo recurso para no perder la fortaleza. Con la mirada puesta en el ideal a alcanzar y no en el hielo y el lodo que dificulta nuestro andar, podemos llegar a nuestra meta sin caer presa de susceptibilidades que matan aquellos buenos propósitos que en un momento formulamos con grandes anhelos.

La fortaleza es tenacidad. No es una capacidad negativa, no se trata de desarrollar una vida reprimida, sino todo lo contrario. Es la habilidad de ordenar nuestro tiempo y nuestros recursos y orientarlos de manera que todo lo hacemos por alcanzar el ideal y no desperdiciamos nuestra vida en otra cosa, sobre todo si es algo que nos hace retroceder.

Tenacidad con buen ánimo. La vida se acepta como es y se conoce tanto el punto de partida como la meta. Así, siempre que conscientemente uno camina en la dirección de su ideal, su actitud es positiva y entusiasta, y si tropieza no se detiene a lamentarse sino que la misma fortaleza le ayuda a retomar cuanto antes el sendero.

No todos los días son extraordinarios, la mayoría de las veces son necesariamente rutinarios y ordinarios. Por eso, el hábito de esta virtud es indispensable para ser constantes cuando las circunstancias no son tan emocionantes, sino más bien arduas por poco novedosas. Por ejemplo, en la educación de los hijos es más importante dar un buen ejemplo diario, para lo que se requiere constancia, que tan sólo momentos de diálogo con los hijos sobre temas diversos de la vida. Los hijos viven más conforme a lo que vieron en sus padres que a lo que escucharon de ellos decir sobre cómo vivir.

Otra faceta de la fortaleza es la valentía. Un cobarde no tiene la reciedumbre de voluntad para hacer el bien a costa de su persona. Pronto traiciona a los suyos y se hace cómplice del enemigo. La práctica de esta virtud nos permite ser valientes porque antes tuvimos que jerarquizar las cosas para darles a cada una su importancia en tiempos de paz, y en tiempos de guerra esta sabiduría nos permite determinar con prontitud y firmeza aquello que vale la pena sacrificar por el ideal. Cuando la propia vida gira entorno a uno mismo no hay verdadera valentía porque en el fondo no hay disposición a renunciar a nada.

Volviendo al caso de Villavicencio, es lamentable que ante la proximidad del tercer milenio, con todos los avances de la humanidad, todavía haya hechos como éste que entristecen y desconciertan. Un guerrillero armado matando cobardemente a un sacerdote que ha renunciado a la vida egoísta por amor a las personas y que no ofrece ninguna amenaza ni está en posibilidad de defenderse. Más lamentable sería que no quedaran en el mundo hombres con la fortaleza necesaria para hacer el bien. Entonces sí, cada uno tendría que defenderse con sus uñas y no habría posibilidad de vivir en sociedad, prevalecería la anarquía y el materialismo radical.

Ojalá que la vida de Damuele, su fortaleza para hacer el bien en una comunidad oprimida por la guerrilla, nos sirva de ejemplo para que nosotros también trabajemos con tenacidad y buen ánimo por mejorar cada uno nuestro entorno. No para que nos maten, ni para que nos hagan una estatua póstuma, tan sólo para dejar a nuestros hijos un mundo mejor que el que hemos recibido. Bien vale la pena.