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Victoria Rivelli de Oddone

DE DIOS
QUIERO SABER
Temas que los niños
preguntan sobre Dios
1ª Edición.

Ilustraciones: Mónica Paola Oddone Rivelli


Dibujo de tapa: Montserrat Araceli Oddone Rivelli
Se terminó de imprimir en Asunción, diciembre 2007.

Ficha técnica:
Edición: Lic. Gisella Lefebvre
Diagramación: Visualmente
Impresión:

Derechos Reservados por el autor.


Prohibida su reproducción total o parcial.
A mis padres: María Victoria y
Miguel Angel, por ofrecerme
un hogar donde sintiéndome
amada aprendí a relacionar-
me con Dios.

A mis hijos: Marcelo, Mónica


y Montserrat, por inspirarme
permanentemente, por ense-
ñarme a disfrutar la belleza del
amor y proponerme estos es-
pléndidos desafíos.

A José Luis Caravias, sj.:


amigo y consejero, por haber-
me animado a concretar esta
experiencia de madre en el
papel.
Índice
Presentación 7

Introducción 8

I. Dios nos acompaña en el Camino 11


Algunas pistas de ayuda 14
El Antiguo Testamento 15
El Nuevo Testamento 20
La Comunidad Familiar 27

II. Buscar el Arcoiris 33


Tesoro heredado 35
La Alianza 36
A través de la palabra 36
Al abrigo del amor 37

III. Hablar de Dios con los niños pequeños 39


La creación 41
El misterio de Dios 43
Presencia de Dios 47
A imagen y semejanza 49
El Pesebre y los Reyes Magos 51
Jesús 53
Dolor y Sufrimiento 57
Pascua y Esperanza 59
La unión familiar 59

IV. La voz de nuestros pequeños 63


Poema: Alguien me habló de vos 67
Presentación
Este material surge de las inquietudes y exigencias –y
también podría decir de las enseñanzas- de mis hijos.
Intenta responder a sus preguntas y adecuar el conoci-
miento de Dios al lenguaje y experiencia infantiles.

He recopilado de mis hijos algunas de sus inquietudes,


de cuando eran pequeños y se iniciaban con candor y
entusiasmo en «las cosas del Padre». Por tanto es bue-
no que, antes de continuar, les presente a mis hijos, quie-
nes han tenido buena parte de responsabilidad en la ges-
tión de este material. Ellos son: Marcelo, con ahora 12
años, Mónica de 8 años y Montserrat, de 6 años.

Quiero compartir con los lectores mi experiencia acerca


de cómo fomentar la vivencia espiritual en la comunidad
familiar, la cual tiene sus raíces en una espiritualidad que
hemos cultivado con Sergio, mi esposo, queriendo cre-
cer en la fe de forma integrada a nuestra vida cotidiana,
buscando acercarnos simple y espontáneamente a la
gracia de Dios, que nos llenó de esa ansia de responder
con vigor a su propuesta de ser plenamente hijos suyos.
En otras palabras, queremos transmitir a nuestros hijos
una experiencia de profundo amor a Dios, de descubrirlo
en la creación, de sentirlo poderoso y protector, cariñoso
y cercano a la vez. Tarea que antes hicieron nuestros
padres con nosotros!

Debo confesar que esta labor se vio beneficiada por la


oración diaria, por haber disfrutado tan intensamente los
Ejercicios Espirituales de San Ignacio, que los realicé en
la vida ordinaria bajo la dirección de José Luis Caravias,
sacerdote jesuita.

Es bueno que cada uno formule su camino, al igual que


Dios Padre se nos presenta a cada uno en particular
como hijo. Este ensayo pretende aportar algunas pistas
que pueden servir de motivación y ayuda para construir

De Dios quiero saber 7


Introducción
Nosotros, papá o mamá, vemos con agrado el desarrollo
de materiales que nos orienten en la tarea de ser padres,
que nos ayuden a estimular tempranamente su inteligen-
cia y cultivar sus habilidades en todas las áreas que pu-
dieran ser de su interés, teniéndolos en cuenta, sabién-
dolos como sujetos activos y ya críticos dentro de la
sociedad y buscando hablarles en un lenguaje acorde a
su capacidad de asimilar o partiendo incluso desde sus
experiencias infantiles.

Creo que de la misma manera y con el mismo afán tene-


mos que estimular en nuestros hijos una relación espon-
tánea y cotidiana con Dios. Así mismo, ir descubriendo
e incorporarlos a la vivencia de una rica espiritualidad
como miembros que somos de la Iglesia. Esta es una
propuesta en ese sentido: dar inicio a un diálogo sobre
cómo acompañar el desarrollo espiritual de nuestros hi-
jos pequeños, de 3 a 6 años.

La organización de este material está estructurada en


dos grandes bloques. Una primera parte, como guía, que
nos aporta algunas ideas según los textos bíblicos, que
permitiría delinear la intervención con nuestros hijos en
cuanto a Dios y Jesús; y la segunda, que trae al tapete
algunas de las preguntas más inquietantes que formulan
los niños en esta época, incluyendo propuestas de cómo
encarar las respuestas, intentando darle seriedad al ar-
gumento.

Comparto también, un relato, «Buscar el arcoiris», que


simboliza las múltiples posibilidades que Dios ha puesto
en cada uno de nosotros y que por medio de la comunión
con Él se pueden poner en vigencia; el tesoro que tene-
mos que descubrir en cada uno de nosotros, padres e
hijos y que debemos desplegarlos en el medio que nos
rodea porque así damos colorido y valor a nuestra vida, a
nuestro mundo.

8 De Dios quiero saber


Este pequeño reflexionario ciertamente no agota la viva
curiosidad y la riquísima imaginación de los niños. Ellos
saben llevarnos a nuevos desafíos y nos dan la posibili-
dad de seguir creciendo como padres. No es que tenga-
mos que saber todo, más bien dejar transcurrir natural-
mente esas ganas que tienen por conocer más a Dios,
pues de allí surge y se acrecienta el amor hacia el Pa-
dre.

Qué sucedería si recibimos las preguntas de nuestros


hijos con fastidio o temor? Ellos podrían interpretar que
Dios está definitivamente lejos de nuestras actividades
diarias y aún más de nuestro cariño. Hagamos que sea
una experiencia de vida gratificante, enriquecedora, «in-
vitante», que estimule a buscar más, a ponernos al servi-
cio, a amar más.

De Dios quiero saber 9


1. Dios nos acompaña
en el camino
Muchos padres y madres sentimos la necesidad de afian-
zarnos junto a nuestros hijos pequeños, ya que creemos
que la solidez de sus primeros años les dará fortaleza e
integridad en su desenvolvimiento social.

Para esto nos ayudan diversos materiales que aportan a


nuestra tarea educativa, pero por sobre todo, una de las
primeras lecciones es la cercanía con los hijos, compar-
tir sus diálogos, estar atentos a sus necesidades e in-
quietudes y escuchar sus planteamientos.

Alrededor de los 4 años los niños comienzan a hacer


tantas preguntas sobre Dios y «sus cosas» que muchas
veces nos dejan sin aliento. Algunas logramos respon-
der sin tanta duda, pero otras nos llevan a meditar sobre
qué modelo de Dios estamos hablando.

Si queremos conocer más profundamente a Dios y lo


que nos propone, hemos de buscar en la forma como
nos habla en la Biblia; cómo se ha ido manifestando a lo
largo de la historia según la capacidad de entender de
los pueblos, ayudándonos con buenos libros y sobre
todo reforzar nuestra cercanía con El a través de la ora-
ción.

Por más empatía que haya con una persona en el primer


encuentro, hay que frecuentarla y perseverar en el diálo-
go para realmente saber como es. Así también pasa con
Dios, quien se dio a conocer paulatinamente, a través de
los siglos. Eso lo podemos analizar a través del Antiguo
Testamento: se mostró firme ante los sufrimientos y ne-
cesidades de su pueblo, que lo sintieron nítidamente en
los momentos más difíciles. De allí comenzó un vínculo
fuerte que constituye el núcleo de fe de ese pueblo, el
cual se ha ido actualizando según las circunstancias que
se presentaban a lo largo de la historia, ampliando la
visión y el conocimiento de ese Dios, que se iba hacien-
do más cercano, se iba aclarando la percepción del pue-
blo en cuanto a su presencia y a sus palabras, se iba
notando o marcando una diferencia con respecto a los

De Dios quiero saber 13


otros dioses de la antigüedad, hasta llegar a la revela-
ción cumbre: la encarnación de Jesús.

De aquí queremos sacar inspiración, empuje y luz para


adentrarnos con nuestros hijos en su senda.

Intentemos asimilar nosotros este conocimiento, para


luego trasmitir a los niños, éste es un punto fundamen-
tal: ellos heredarán la misma imagen que tengamos no-
sotros de Dios. Por tanto, tenemos que empezar por
aclararnos nosotros padres cuál es la relación que man-
tenemos con Dios.

«Quién soy yo para tí?», en Lc. 9, 20 Jesús formula esta


pregunta a cada uno de nosotros. Qué sabemos de él,
cuál es el modelo que seguimos?

1. 1 Algunas pistas de Ayuda

Los niños van conociendo de a poco todo lo que atañe a


su entorno. Muchas veces nos sorprendemos diciendo
«no se les escapa nada». Dios tampoco podría estar
ajeno a eso. El se ha dado a conocer a los creyentes,
según las necesidades y sobre todo según la cultura de
los pueblos en las distintas épocas, de modo que gra-
dualmente lo pudieran conocer y entender mejor. Esto
es lo que se llama revelación progresiva de Dios, la cual
nos deja ver la primera pista para nuestra misión.

De la misma forma tenemos que hablar de Dios a los


niños, según su edad, su capacidad de entender y ser
concretos al responder sus preguntas. Debemos evitar
embarullarlos, sin dejar de atender a su reclamo. En eda-
des tempranas, no interesan las teorías. Luego, los años
nos llevan a necesitar otro tipo de información que nos
permita profundizar nuestro cristianismo y conocer me-
jor a Jesús y a Dios Padre.

Para desarrollar una amistad con Dios hay que conocer-


lo, así se acrecienta el interés por reproducir su modelo

14 De Dios quiero saber


y uno se afianza en el amor. También así podremos evitar
mostrar o seguir presentando a un Dios que nos sirve de
excusa para no esforzarnos en nuestras tareas o que
aparecerá para levantarnos por los aires ante un resba-
lón. El nos ha dado la inteligencia, la fuerza y el empuje
para poder hacernos cargo de nuestra vida.

1. 2 El Antiguo Testamento

He recogido algunos versículos, como pinceladas de un


espectro mucho más amplio y complejo, para introducir-
nos hacia ese camino de infinita bondad con que nos
mira Dios Padre.

Gen. 1, 28: «Tengan hijos y llenen la tierra».

El mismo Dios nos ha encomendado esta tarea, que en


general asumimos con alegría, con responsabilidad y al-
gunas veces con preocupación, pues queremos hacer
bien las cosas. Al acunar a nuestros hijos, sentimos la
grandeza de ser padres y también el desafío que esto
implica, porque desde que son pequeñitos vamos llenan-
do sus hojas en blanco. De nosotros depende que sean
felices!.

Ciertamente, nosotros cristianos, sabemos que Dios nos


guía en esta misión.

Al encargarnos la tarea de la maternidad y paternidad,


prolonga de manera providencial su mayor obra: dar vida,
de las variadas formas que se puedan expresar; va más
allá del vientre materno: es cobijar, alimentar, proteger,
enseñar, servir, aliviar y otras maneras creativas de cola-
borar con su plan fecundo.

Gen 17, 7: «Pacto mi alianza contigo y con tu descen-


dencia después de ti: ésta es una alianza eterna. Yo
seré tu Dios y, después de ti, de tu descendencia».

De Dios quiero saber 15


Para colaborar con su plan de hacer crecer un Reino de
hermanos podemos asimilarnos al patriarca Abraham al
ponernos a disposición de Dios. El nos da una herencia
de descendientes y nos compromete a cuidar y hacer
crecer a sus hijos, a mostrarles el camino del Señor.

No es una tarea fácil, requiere de paciencia, sabiduría,


ternura, firmeza y oración perseverante para conocer el
mejor camino, para dar a luz los dones y talentos confia-
dos tanto a hijos como a padres.

Gn. 22, 1 – 19:

En la lectura del sacrificio de Isaac los escritores del


Antiguo Testamento recogieron antiguas tradiciones para
enseñar sobre el Dios – Yahvé que se mostraba a los
israelitas de ese entonces, como diferente a los otros
dioses, para quienes se hacían sacrificios.

No hay que quedarse en el pedido que ponen en boca de


Dios (para ofrendar la vida de Isaac), sino en que si bien
prueba primero a Abraham, se declara luego contrario a
ese tipo de sacrificios. Los escritores bíblicos resaltan el
final diferente más acorde a ese proceso de inserción
cultural de Dios misericordioso en la paulatina compren-
sión del pueblo.

Gen. 22, 12 a: «No toques al niño, ni le hagas nada».

Este es el final que decíamos en el párrafo anterior, Dios


no está de acuerdo con ese tipo de ofrendas. Este pasa-
je, que al leer a primera vista siempre me impresiona,
creo que intenta decir que afinemos nuestro discernimien-
to para aclararnos con respecto a lo que Dios nos pide.

Muchas veces nos puede confundir que ciertos hábitos


estén tan arraigados entre nosotros, en la sociedad y
que sea más fácil seguir la corriente que contrariarla.
Esto es de gran provecho en nuestra tarea de padres y
madres: ¡Cuánto nos preocupa que los niños se dejen

16 De Dios quiero saber


llevar por lo que otros dicen, hacen o tienen y puedan
dejar de lado nuestras enseñanzas!.
Dios sale al paso en forma vehemente para asegurarnos
que cuida de nuestros hijos como a la niña de sus ojos.
Entonces, no los descuidemos nosotros.

Ante determinadas situaciones que nos inquietan o pre-


ocupan, tratemos con sinceridad de buscar y discernir lo
que es mejor para nuestros hijos y si tenemos seguridad
en nuestras propuestas debemos mantenernos firmes
aunque veamos que la mayoría hace o dice otra cosa;
sigamos adelante por un bien mayor, que así será. ¡Que
alegría y fuerza nos da meditar sobre estas lecturas!!.

Muchas veces el lenguaje del Antiguo Testamento nos


parece confuso; en realidad hay que hacer una lectura
más detallada, averiguar de la historia y la cultura de ese
entonces, reconocer que fue escrito en circunstancias
muy diversas a las de nuestro tiempo. Al final descubri-
remos que las actitudes de las personas son muy simi-
lares a las nuestras y podremos actualizar la reflexión
según nuestras nuevas coordenadas y sobre todo reco-
noceremos la actitud de fidelidad de Dios que ha busca-
do desde entonces involucrarse con nuestra
cotidianeidad.

Is. 43, 4: «Tu vales mucho a mis ojos».

Vale la pena el esfuerzo por ser mejores personas, mejo-


res padres, para el beneficio de quienes más amamos.
Hacer sentir a nuestros hijos que les queremos, que les
respetamos, que disfrutamos con ellos. Este es el mo-
delo que seguirán en su trato con Dios y con las demás
personas, porque quieren responder con manifestacio-
nes de cariño al amor con que se los cría.

Is.66, 13: «Como un hijo a quien consuela su madre, así


yo los consolaré a Uds.»

De Dios quiero saber 17


Siempre se nos muestra con bondad y misericordia. Sabe
de nuestros sufrimientos, categóricamente no vienen de
El, ni los quiere. Al contrario nos empuja, como a Moi-
sés, a responsabilizarnos por los más pequeños, por
aquellos que necesitan. Nos asiste en todos los proyec-
tos de bien.

Muchas veces los padres nos desanimamos porque hay


tantos estímulos externos que parecen oponerse a los
valores que inculcamos dentro de la casa, sin embargo
los hijos vendrán a comentar sus dilemas con nosotros
si confían en que estamos para acogerlos, y ese será el
momento para reforzar nuevamente lo que de pequeños
les hemos enseñado.

Prov. 13, 24: «El que ahorra el castigo a su hijo no lo


quiere, el que le ama se dedica a enderezarlo».

Los hijos necesitan atención de nuestra parte, sentir


nuestro amor, así como también no podemos descuidar
sus faltas. Debemos estar atentos a corregirlas
precozmente para evitarle sufrimientos posteriores y so-
bre todo para que desarrollen una vida armónica en co-
munidad. Conocer también las estrategias para una me-
jor intervención con los hijos, no se trata de hablar de
castigo sino proporcionar –antes- reglas claras y límites
en cuanto a las responsabilidades y conducta esperada.

Creo que es de mucha ayuda estar atentos a su desen-


volvimiento y ser disciplinados con los pequeños, a ve-
ces se escucha decir «son chiquitos, ya habrá tiempo
para que aprendan», sin embargo lo que se enseña e
insiste desde chiquitos es lo que más cosecha da.

Nuestros hijos necesitan por igual la mano firme que los


guíe con entereza y saber que sus padres les sostienen,
así como la dulzura en el trato aún cuando se hayan
equivocado, que no crean que les retiramos nuestro amor
por eso.

18 De Dios quiero saber


Eclo 11, 7: «No reprendas antes de examinar, reflexiona
primero y después reprende».

Tenemos que indagar el modelo de actuación de los


mayores del hogar y el tipo de respuesta a las situacio-
nes conflictivas que tienen nuestros hijos a la vista, no
sustituir el diálogo por el castigo, evaluar también el mé-
todo y el momento adecuados, no como un desahogo
nuestro, sino buscando sobre todo su bien.

¿No será que necesitan más presencia, más actividades


compartidas, más momentos para escucharles y menos
palos? Necesitan de nuestra paciencia y creatividad.

Sal 127, 3: «Un regalo del Señor son los hijos».

Dios comparte con nosotros algo de lo más íntimo de su


ser: su amor fecundo.

Quien ha experimentado el ansia de tener hijos, de sen-


tirlos dar brincos en el vientre o desearlos con todo el
corazón, de acunarlos, alimentarlos y acariciarlos, com-
prenderá estas palabras del salmista y además, estoy
segura, se habrá sentido colaboradora de Dios en la ta-
rea de la creación.

A través del Antiguo Testamento podemos ver el largo


camino recorrido por los creyentes en su proceso de
madurez, de crecimiento en la libertad y en la fe hacia un
Dios que se presenta antes que nada como responsable
de sus criaturas: las rescata de padecimientos diversos,
es firme, consolador y mil veces perdonador. Son las
actitudes de un verdadero Padre, aunque esta denomi-
nación recién nos la ofrezca Jesús y ése es el modelo
que intentaremos reproducir en nuestra vida.

Podemos asimilar esta experiencia para aplicarla con


nuestros hijos: a Dios se le va conociendo de a poco,
según la edad del niño, según su desarrollo evolutivo.
Así, primero los niños se afirman con su propio yo, en-

De Dios quiero saber 19


tonces sus preguntas giran mucho en torno a lo que Dios
es y siente hacia ellos, hacia el mundo físico de Dios;
también sus oraciones son expresiones de su mundo y
de sus necesidades. En la medida que entablan relacio-
nes afectivas más significativas y nuevas experiencias,
lentamente van incorporando a los demás a su mundo y
a sus oraciones.

Lo que cuenta es que los niños busquen acercarse a


Dios y se vaya impregnando su vida de fe.

A veces nos desanima no ver los frutos de nuestra ges-


tión educativa, nuestros hijos se pelean y les cuesta el
perdón, no aceptan el compartir, tienen pereza para orar.
Pero hay que seguir adelante, hay que insistir. Esta es
una tarea para enriquecer nuestras vidas, la de hijos y
padres y eso no tiene un tiempo limitado de acción.

1.3 NuevoTestamento de la Mano de Jesús

«El Padre se nos da a conocer a través del Hijo», (Mateo


11, 27), con lo cual nos remitimos a escudriñar en los
Evangelios para sacar las pistas de ayuda, luces de apo-
yo en nuestro caminar.

Tenemos que confrontar nuestra experiencia diaria con


el estilo de ser papá (o mamá) de Dios, es el modelo que
los padres cristianos queremos seguir. Este conocimiento
nos proporcionará firmeza, nos ayudará a superar los
errores y a tomar aliento para construir cada día a la
manera de Dios.

Los niños preguntan, esperan, tienen interés y facilidad


para sintonizar con Dios; «son como la gente sencilla a
quienes El se presenta» (Mt. 11, 25 b) y pueden recibirlo
con entusiasmo.

Para conocer a una persona como Jesús tenemos que


saber de su vida, verlo a través de sus actitudes y escu-
char sus palabras para comprender su mensaje.

20 De Dios quiero saber


Leemos a continuación un panorama de la familia en la
que nació y creció Jesús, con situaciones similares a
muchas de las que suceden en nuestras familias, cons-
te que se mencionan solo pocas referencias en los Evan-
gelios.

JESUS en una familia concreta:

·Se habla poco de su familia, quizás porque era una fa-


milia sencilla, sin nada que llamase la atención, «si no
era más que el carpintero» (Mc 6, 3), pero lo más proba-
ble es que haya sido importante el clima familiar para
desarrollar posteriormente su misión: «el niño crecía y
se desarrollaba lleno de sabiduría». (Lc. 2, 40)

·Era gente de fe: «Yo soy la servidora del Señor» dijo


María al ángel (Lc. 1, 38); «Cuando José se despertó
hizo lo que el ángel del Señor le había ordenado» (Mt. 1,
24); se abrían y disponían a la acción de Dios en sus
vidas.

·Una familia que tuvo problemas graves: las dudas de


José con respecto a María, incluso «pensó despedirla»
(Mt. 1, 19); sufrió con todas las dificultades que rodearon
al nacimiento pobre, «lo acostó en un pesebre» (Lc 2, 7);
ellos tuvieron que soportar «la huida a Egipto» (Mt. 2,
13), como muchas personas que hasta hoy tienen que
migrar por diversos motivos y con toda la angustia que
eso genera.

Consciente de la realidad social: María dice en su himno


que «Dios deshace los planes de los soberbios, levanta
a los humildes, colma de bienes a los hambrientos»,
(Lc. 1, 51 – 53). Conoce los problemas de su entorno y
alaba que la acción liberadora de Dios se haya iniciado.

Una familia solidaria: «María va junto a Isabel» (Lc 1,


39). Acá no aparece que le haya pedido sino que parte
espontáneamente de la generosidad de María ir a acom-
pañar a su prima embarazada.

De Dios quiero saber 21


Una familia que manifiesta su esperanza en Dios: «mi
espíritu se alegra en Dios mi Salvador» dice María en
otro versículo (Lc 1, 47).

Respeta la vocación del hijo, aunque no lo entiendan:


«Su madre le dijo: ¿Hijo por qué nos has hecho esto?. El
les contestó: ¿No saben que debo estar en la casa de
mi Padre?. Pero ellos no comprendieron esta respues-
ta». (Lc. 2, 48 – 50).

Le dieron esa experiencia de amor, fundamental para que


luego El expresara su maravillosa parábola del hijo pródi-
go (Lc. 15). Por el amor del Padre, por el amor que expe-
rimentó con su familia de Nazaret, sabe con certeza,
que los padres están siempre pendientes de sus hijos,
aunque éstos los rechacen, los padres están anhelando
la reconciliación y festejan el retorno.

Superar las dificultades que podemos entrever en la fa-


milia de Jesús, supone mucho amor: diálogo, compren-
sión, mucha oración. Por consiguiente, la familia ideal
no es aquella en la que están ausentes los conflictos,
sino la que busca acoger a todos sus miembros según
las necesidades especiales de cada uno; enfrentar las
dificultades sin por ello perder la alegría, crecer en el
respeto y la tolerancia mutuos, fortalecerse en la fe y el
amor a Dios.

La familia ideal es aquélla que escucha el Evangelio, que


lo acoge y lo vive, aún en medio de situaciones proble-
máticas.

Todas esas vivencias son posteriormente apoyo para la


vida pública de Jesús, «feliz la que te dio a luz y te crió»
(Lc.11, 27). Esta frase pone de manifiesto que en el ac-
tuar de cada persona se nota la huella de su familia.

Jesús comprende, desde su realidad, la situación de la


mayoría de las familias, por esto su ayuda es eficaz para
nosotros.

22 De Dios quiero saber


Cada uno va imaginando a Dios según el vínculo afectivo
con su entorno. Los más significativos son de aquellas
primeras personas con las que el niño entra en contacto,
las de su ámbito familiar.

Jesús nos habla del PADRE:

El Padre es modelo del actuar de sus hijos y con amor


los guía. «El Hijo no puede hacer nada por su cuenta,
sino solo lo que ve hacer al Padre», (Jn 5, 19 – 20).

El Padre por amor a sus hijos, pone a disposición de


ellos todo lo que tiene: una forma de convivencia basada
en la compenetración mutua. En realidad se entrega a
los hijos día a día, de diferentes formas. «Hijo tu estás
siempre conmigo y todo lo mío es tuyo», (Lc 15, 31).

El Padre espera y perdona con alegría. «Había que ha-


cer fiesta y alegrarse, puesto que tu hermano estaba
muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido
encontrado», (Lc. 15, 32).

Ser buenos al estilo de Dios Padre, «Sean Uds. buenos


del todo como es bueno su Padre del cielo» (Mt. 5, 48).
Se trata de comprender que lo único que verdaderamen-
te educa a los hijos es la bondad de los padres hacia
ellos, en el trato diario, en la atención que se les brinda,
en cómo se les escucha, en cómo se valora la palabra
de ellos, en cómo se les ayuda para superar sus errores
y en cómo se aplauden sus logros.

Jesús sabe que el hecho de la familia es decisivo en la


experiencia y en la vida de los hombres. Por eso, habla
frecuentemente de las relaciones familiares como mode-
lo para explicar lo que es Dios o el reinado de Dios en el
mundo.

La familia es fuente de vida, es un espacio privilegiado


para cultivar el amor, la alegría, la generosidad, la res-
ponsabilidad y la fe.

De Dios quiero saber 23


Dar vida es también cuidarlos, jugar, ver sus dibujitos
preferidos en la TV, hacer las tareas, leerles cuentos,
mirar con ellos una tarde de cielo despejado, es desper-
tar en ellos la fe, hacerles sentir que Dios los ama y que
estamos hechos para ser felices. En suma, disfrutar la
vida con ellos.

Es bueno reflexionar sobre nuestro actuar como padres,


a la luz de la fe, ayudarnos en nuestro rol de educadores
primarios y sobre todo impregnar nuestra tarea de opti-
mismo.

La tarea de educar es principalmente de nosotros, ma-


dres y padres. A través de ella queremos trasmitir a nues-
tros hijos los más bellos valores, inculcar los más altos
ideales. Es importante contar con la información que nos
ayude a orientar mejor a nuestros hijos, por lo tanto tam-
bién podemos decir que la tarea es doble: ir educándo-
nos nosotros junto a ellos. También estamos llamados a
madurar en este camino, de ser responsables, de encar-
nar los valores evangélicos.

Hay desafíos constantes, por eso es fundamental el diá-


logo permanente con la pareja, con los hijos, con quie-
nes colaboran en su crianza, con sus educadores y si
podemos apoyarnos en pequeñas comunidades de igle-
sia, aún mejor.

Tantas veces escuchamos decir sobre la semejanza físi-


ca del hijo con uno de los padres, lo cual hace que el
afortunado se quede muy satisfecho. Pasa igual con al-
gunas habilidades, porque el padre o la madre se encar-
gan de adiestrar en lo que saben hacer, y también suce-
de con las actitudes: podemos vernos reflejados en nues-
tros hijos. Somos los padres y las madres los modelos
que ellos copiarán.

Por supuesto que la libertad de la persona, su inteligen-


cia y la gracia de Dios, hacen que aún en familias con

24 De Dios quiero saber


alto riesgo de vulnerabilidad, crezcan personas maravi-
llosas, llenas de generosidad y esperanza.

Para educar, tenemos que recordar que los medios para


lograr lo que nos proponemos, en todos los casos, son:

el ejemplo
la perseverancia
el esfuerzo por mejorar
el optimismo

Tener en cuenta que es importante lo que trasmitimos


con los gestos, con nuestras actitudes, no solo con las
palabras. Los niños interpretan bastante bien nuestras
actuaciones. Ellos ven y asimilan nuestro modo de rela-
cionarnos con la familia, con quienes trabajamos, cómo
conseguimos las cosas, cómo valoramos a las perso-
nas, cómo resolvemos dificultades.
Hagamos de nuestra vida de padres la mejor inspiración
para nuestros hijos.

De Dios quiero saber 25


«Felices los que aman al Señor
y siguen sus caminos.
Comerás del trabajo de tus manos,
esto será tu fortuna y tu dicha.

Tu esposa será como vid fecunda


en medio de tu casa,
tus hijos serán como olivos nuevos
alrededor de tu mesa.

Así serán benditos


el hombre y la mujer que aman al Señor.»

Sal. 128

26 De Dios quiero saber


1. 4 La comunidad familiar

Sé, por el relacionamiento cotidiano con muchas ma-


dres amigas, que ven necesario fomentar un desarrollo
espiritual en los hijos, ese interés es el que quiero refor-
zar animándonos a asumir este rol fundamental en nues-
tras familias.

Tiene mucho valor la influencia de los padres en la forma-


ción espiritual de los niños, creo firmemente que el ho-
gar es la primera escuela de fe.

Es cierto que muchas veces queremos tirar el fardo a


otros espacios, y eso pasa generalmente porque tene-
mos dificultades o limitaciones en nuestra tarea. Es como
cuando, a los 3 o 4 años, decidimos llevar a nuestros
hijos al jardín de infantes. En la casa puede suceder que
estén lo suficientemente estimulados y conozcan mu-
chas cosas, pero es también innegable la ayuda que
proporciona el jardín, ya sea en afianzar los conocimien-
tos, como y sobre todo, en el aprendizaje de las necesa-
rias reglas de socialización, en la posibilidad que les ofre-
ce de confrontarse con los demás niños. Entonces, am-
bos espacios se complementan y si trabajan en comuni-
cación y armonía solo pueden dar mayor y mejor benefi-
cio a los niños.

Ahora, es cierto, que también pueden aportar o suplir lo


que en la casa no estamos en condiciones de entregar.

En esta etapa, de 3 a 6 años, mucha responsabilidad


recae en nosotros, las madres y los padres. Los niños
no pueden esperar las charlas de primera comunión para
enterarse de Dios.

Si queremos revertir la figura clásica del cristiano reduci-


do a ritos, si queremos innovar con los letárgicos discur-
sos de las charlas pre-bautismales, si pretendemos que
nuestra familia acoja al Dios encarnado en la historia de
la humanidad, tenemos únicamente que abrir caminos,

De Dios quiero saber 27


poner tiempo y esfuerzo para sembrar, sabemos que
«Dios pondrá lo necesario para hacer crecer» (1 Cor. 3,
7).

El empeño significa, en actitud sincera y ferviente, bus-


car espacios de reflexión, aceptar las propuestas de cre-
cimiento que se nos ofrecen. Pero sobre todo significa
trasparentar nuestra relación con Dios, como muchas
veces me repitió humildemente mi madre: no es con los
libros que uno consigue acercarse más a Dios, sino con
el trato diario, basado en la oración. Es lo que marcará el
rumbo a nuestros hijos, de modo que se integre la fe a
nuestra vida diaria como un eje impulsor de todo lo que
hacemos y no como algo que solo sale a relucir cuando
hay misa o muere alguien.

Reconociendo que somos hijos de Dios, creados con


amor, busquemos en la fe nuestro sustento, nuestro ali-
mento, nuestra fuente inagotable de vida. Eso no pode-
mos aprender de libros sino al hacer camino de amistad
con el Señor. Así seremos, los padres y luego nuestros
hijos, testimonio de los valores evangélicos, en la casa,
en el trabajo, en la calle. Así aportaremos nuestro «gra-
no de arena» en construir de verdad comunidades fami-
liares más armoniosas, por tanto sociedades más jus-
tas, más hermanadas, más respetadas.

Dios nos quiere unidos. Este es un principio fundamen-


tal que desde pequeños debemos inculcar a nuestros
hijos. Tiene mucho valor la actitud que tenemos con los
demás, cómo nos ayudamos unos a otros, cómo pone-
mos nuestros talentos al servicio de los demás. Debe-
mos iniciarlos en la comprensión de la dimensión comu-
nitaria del hombre y que la fe debe movernos a mejorar
las condiciones de vida de las personas.

Lo que aquí nos ocupa está destinado a los niños peque-


ños, que inician y se interesan por las cosas de Dios
padre. Tomemos la iniciativa si no son ellos los que se
acercan. Démosle a saber a nuestros hijos desde tem-

28 De Dios quiero saber


prana edad que conocer a Dios es un legado valioso.
Aquí nuestra tarea no termina, cuando superen esta fase,
cuando crezcan y encuentren otros dilemas o confronten
estas enseñanzas con otras explicaciones -ya sean de
compañeros o de otros adultos- entonces tendremos de
nuevo que apuntalar ese paso que darán los hijos en su
crecimiento, buscando otras respuestas acorde a sus
nuevos elementos de juicio, confiados en que el mismo
Dios nos dará esclarecimiento.

¿A qué nos dedicamos?

En estos tiempos parecería que estamos obligados a


correr, a ser primeros, en una tarea alocada por competir
en el consumo y por hacer frente a la devaluación de
nuestros ingresos, confrontados con los altos costos de
la consumición básica familiar, lo cual nos lleva a cargar
a su vez con el desgaste y la agresividad que a veces
eso genera.

Llega un momento, en que hombres y mujeres nos sen-


timos agobiados, porque al hacer un balance parece que
es más lo que nos saca el trabajo que lo que nos da,
sobre todo en cuanto al poco tiempo que nos queda para
estar con la familia, para dedicarnos a los hijos, para
cultivar nuestra persona.

Después de una jornada habitual llegamos a la casa can-


sados, con poca paciencia y deseosos de encontrar todo
en orden para poder descansar tranquilos un buen rato.
De allí surgen los enfrentamientos con los niños, ya que
ellos también esperan ese momento de compartir con
sus padres, de jugar juntos, de revisar las tareas del día,
de escuchar algún cuento, de recibir una caricia. En esas
condiciones el poco tiempo que nos queda para ellos es
también malo en calidad.

Nuestra responsabilidad como padres-educadores mu-


chas veces queda un poco relegada, nosotros abruma-
dos por la incertidumbre y la tristeza de no abastecer

De Dios quiero saber 29


como quisiéramos y nuestros hijos, confundidos, pue-
den reaccionar de diferentes maneras, desde la indife-
rencia hasta la rebelión.

Coinciden en nuestros años jóvenes, las ansias y posibi-


lidades de un desarrollo profesional con la época de ma-
yor exigencia de nuestros hijos, porque aunque a veces
no saben expresar claramente, reclaman nuestra pre-
sencia y lo que es más importante: es el tiempo de sus
primeros aprendizajes, donde nosotros jugamos un pa-
pel preponderante, insustituible, solo nosotros padres
somos capaces de trasmitirles lo que creemos serán
sus herramientas para su buen desarrollo.

Además es una experiencia plena de alegrías, ir disfru-


tando de sus primeras conquistas y estar convencidos
que es el tiempo irrepetible de cimentar las bases de su
personalidad.

San Ignacio, de quien heredamos sus «Ejercicios Espiri-


tuales», fue un buen conocedor de los desasosiegos que
a veces pueden afligirnos. Propone formarse en el hábito
de evaluar cómo ha andado nuestro día con relación a
los compromisos que hemos asumido dentro del plan de
Dios, si nuestros pasos nos han acercado o alejado más
de ellos, y ser perseverantes con nuestros objetivos.

Es conveniente hacer un alto en el trajín, para evaluar las


opciones, así se descubre qué es lo que en cada etapa
requiere mayor cuidado, a qué o a quien se dedican los
mejores empeños, de qué manera se expresa el amor a
los hijos.

Puede a veces suceder que uno se llene de actividades


justamente para acallar esa inquietud que teme enfren-
tar.

Ciertamente no es fácil hacer frente a la presión social


que impone el modelo de ser exitoso fuera de la casa, de
hacer como los demás, también porque implica convic-

30 De Dios quiero saber


ción para no dejarse envolver por las necesidades que
nos crea la sociedad consumista, porque la decisión de
acompañar más de cerca el proceso de los hijos supone
muchas situaciones nuevas que asumir, muchas cosas
por descubrir en ese aprendizaje de ir creciendo juntos y
eso requiere disponibilidad de tiempo que puede signifi-
car renuncia a otros compromisos de parte de uno de los
padres.

Muchas veces decimos, «si yo pudiera cambiar tal situa-


ción...» y con nuestros hijos pasa eso, podemos, nos
debemos mucho. Es como tener ahora un tesoro grande
en las manos. ¿Por qué dejarlo escapar? Con una mayor
y sobre todo mejor atención de madres y padres, podrán
nuestros hijos desarrollarse en un clima de apoyo, de
cariño, de estímulo.

San Ignacio, fundador de la Compañía de Jesús, propone


en sus Ejercicios Espirituales, examinarse de modo a
dejar de lado todas aquellas «afecciones desordenadas»,
en suma, limitaciones que nos impiden hallar la mejor
manera de relacionarnos con Dios, las demás personas
y disfrutar de nuestra condición de hijos felices. Para
llevar a cabo nuestra tarea con más eficiencia, es nece-
sario conocer el equipaje que traemos, nuestra historia
personal, conocernos más a nosotros mismos porque
así podemos tener claro lo que nos ayudará (nuestras
habilidades) o lo que nos perturbará (nuestros apegos), y
eso nos permite ser más honestos en la relación con
nuestros hijos.

Y además enfatiza que «No el mucho saber harta y sa-


tisface el alma sino el sentir las cosas internamente».
No es lo mucho que le podamos enseñar a nuestros hi-
jos lo que los hará más felices o las variadas opciones
extracurriculares las que acrecentarán su persona, sino
el que puedan sentir nuestro amor, se sientan valorados,
respetados y por tanto sepan descubrir en otros también
ese bagaje de riqueza con que fuimos creados. Que ex-
perimenten su vida como una bendición, como una gra-
cia maravillosa del Padre.

De Dios quiero saber 31


2. Buscar el Arco Iris
El tesoro es aquello que nos ha sido entregado, como
dones, a cada uno de nosotros, padres e hijos, y que
debemos sacar a luz para compartir y enriquecer nues-
tra vida.

No se trata de cuantos juguetes haya acumulado un niño


o cuán ricamente adornadas estén nuestras paredes, sino
lo que perdura en los corazones es aquello que haya
sido compartido en familia, disfrutado, aquello que nos
enseñó, que dejó una marca imborrable, una sensación
de alegría y plenitud en nuestros años de infancia.

Generalmente la naturaleza nos ofrece muchas posibili-


dades de deleitarnos juntos, de aprender, de sentir la
grandeza de la creación, de buscar la armonía.

2.1 Tesoro Heredado

Seguro recordamos, cuando de niños, después de una


lluvia, era tan entusiasmante buscar el arco iris, escu-
char las leyendas contadas por padres o abuelos del te-
soro escondido en su extremo y contemplarlo tan mara-
villoso desparramando sus múltiples colores.

Ya siendo grandes, para muchos, esa misma emoción


nos acompaña cuando el arco iris se instala plácidamen-
te en el horizonte después de una tarde de lluvia.

Eso que nos dio o sigue dando tanto regocijo lo hemos


trasmitido a nuestros hijos, en esas tardes muy lluviosas
de verano, entre aburrimiento e inventos, cuando esperá-
bamos que acabe para mostrar a los niños, con gran
alboroto, el arco iris.

Para ellos, así como lo fue para nosotros en nuestra in-


fancia, de alguna forma ha sido heredar el tesoro escon-
dido en su fascinante abanico colorido.

De Dios quiero saber 35


2.2 La Alianza

Tiene además un simbolismo muy importante, ya que


desde la manifestación bíblica, el arco iris, representa la
alianza que estableció Dios con sus hijos a través del
tiempo.

Gen. 9, 12-13: «Esta es la señal de la alianza que esta-


blezco entre ustedes y yo, por todas las generaciones
que han de venir. Pongo mi arco en las nubes para que
sea una señal de mi alianza con toda la tierra».

Entonces es fidelidad y alegría, esperanza de tiempos


mejores después de la tormenta, saber que el amor per-
dura y todo lo renueva.

Pueden haber tormentas, noches de pesadilla, temores,


pero hay siempre una mañana con sol, una luz que da
vigor, una mano amiga que anima, un abrazo reconfor-
tante.

El arco iris puede parecernos lejano, pero hay que desci-


frar sus colores; el tesoro no está oculto en el valle perdi-
do, está en cada uno de nosotros: en quien se alegra
porque irrumpe, en quien disfruta de su belleza, en quien
lo contempla alborozado, en quien recuerda la alianza,
en quien renueva su fe. Dios, por tanto no está allá arri-
ba, lejano, sino próximo, cercano, inmerso en nuestras
vidas, para quienes creen más allá de lo que ven.

2.3 A través de la Palabra

Medio indiscutible de esta herencia ha sido la palabra;


en tardes lluviosas se encontraron madre o abuela o pa-
dre con hijos, charlando animados, hallando consuelo,
rememorando infancia, acrecentando lazos. Así como
también Dios se da a conocer, «instala su carpa en me-
dio de nosotros» (Jn. 1, 14), nos busca, nos mueve a
encontrarlo. Se hace pequeño también, escudriña nues-

36 De Dios quiero saber


tros balbuceos y clarifica nuestros rudimentarios códi-
gos. Siente nuestro caminar cansino, nuestros pies
quejumbrosos arrastrándose y pone énfasis en la cerca-
nía, el consuelo, la esperanza.

2.4 Al abrigo del Amor

La historia sobre el arco iris, su descubrimiento y su sím-


bolo, ¿sólo pretendía aquietar nuestras tardes de infan-
cia, o era información que pudiese motivar nuestra curio-
sidad?.

Iba más allá. Era compartir los recuerdos, alegrarse jun-


tos, invitar a la esperanza a enseñorearse en nuestra
vida cotidiana.

Va más allá, sólo al abrigo de los brazos maternos esta


historia tiene sabor, conmueve y apasiona. Cobijados por
los brazos paternos, es como este relato obtiene verdad
y fuerza.

Es la presencia amorosa de la madre la que tranquiliza


en tardes de truenos, es un tibio chocolate ofrecido por
la abuela lo que reconforta y saca el frío, es la voz del
padre la que ahuyenta los fantasmas de las tinieblas.

El amor hace a un Dios empequeñecer, nacer en un hu-


milde pesebre, recorrer los caminos hecho hombre, abrir
los brazos desde el madero de la cruz, en señal de en-
trega amplia y eterna. El amor lo hace buscarnos.

Por eso cuenta más la vida que construimos con nues-


tros hijos, el Dios de nuestro hogar, que lo que podamos
ofrecer en cuanto a la historia de Dios.

De Dios quiero saber 37


«El hombre está más cerca de sí mismo
cuando consigue la seriedad del niño que juega.»

Heráclito, filósofo griego.


3. Hablar de Dios con
los niños pequeños
pequeños
Se trata de explicar algunos puntos fundamentales de
nuestra fe cristiana, en base a lo que preguntan los niños
de 3 a 6 años, y sobre todo simplificando, adecuando el
mensaje de Jesús a su entendimiento. No es que tenga-
mos que inventar las respuestas, claro que sí podemos
recurrir a la imaginación, por ejemplo cuando decimos
que Jesús jugaba de pequeño con los otros niños veci-
nos, es lógico pensar que así ocurrió, como cualquier
niño del mundo en cualquier época.

Cada familia tendrá su manera de expresar la fe, lo que


sí se puede afirmar es que desde pequeños el hogar es
un lugar propicio para iniciar esa amistad con Dios, ese
sentirlo Padre protector, ese asomarse al misterio de la
Trinidad.

He recogido aquí las preguntas e inquietudes de mis hi-


jos y otros niños curiosos y creativos. Aquellas que mo-
tivaron una larga reflexión y otras que siendo simples,
son básicas en este aprendizaje – relacionamiento.

Las respuestas son el resultado de una charla en familia,


con mi esposo, o leyendo con los niños algún pasaje de
la Biblia o recordando lo explicado en algún libro sobre
Dios y Jesús, sobre cada tema en cuestión, en el mo-
mento en que fueron planteados por ellos. No han sido
dadas tipo cátedra ni forzadas más allá del tiempo que el
niño o niña estaba dispuesto a escuchar. Otros comen-
tarios de los niños están recogidos simplemente como
anécdotas.

3.1 La creación

¿Quién nació primero en el mundo?. ¿Cómo se formó la


primera persona? Marcelo, 3 años.

A esta edad es fundamental que escuchen que Dios hizo


todas las cosas del mundo, se puede leer con ellos el
Génesis (1, 1 – 26), donde además se resalta su satis-

De Dios quiero saber 41


facción con todo lo creado. Podemos ver en la creación
un testimonio del amor de Dios por nosotros y por consi-
guiente tenemos que colaborar para que perdure.

Este es el paso inicial. Dios creó el mundo, El hizo que


todas las personas, los animales y las plantas estuvie-
ran en este lugar. Esta es nuestra casa, por eso tene-
mos que cuidarnos unos a otros y todas las otras cosas
buenas del mundo, para disfrutar de lo que nos regaló
Dios Padre!

El nos da la posibilidad de tener las cosas que sean


útiles para nosotros. Aún así pondremos cuidado en que
no confundan con las historias fantásticas, con los per-
sonajes de dibujos animados que tanta fascinación ejer-
cen sobre los pequeñines.

Hay que tratar de explicar lo más claro posible, el niño


tiene que identificar lo que se puede atribuir directamen-
te a Dios de lo que crea el hombre, poco a poco esta
versión se irá ampliando y corrigiendo según su edad de
comprensión.

Si les decimos que Dios dio el empuje inicial y la inteli-


gencia, el resto se lo irá explicando la ciencia cuando
ellos así lo precisen.

Después de esta charla, mi hija Mónica me dijo: «quiero


ya irme para ver la cara de Dios y preguntarle muchas
cosas que no entiendo». Lo expresó con tranquilidad,
aunque a mí me sorprendió, me entristeció y me costó
responder. Evidentemente tenemos tantas interrogantes.
Pero lo que ella manifestó es un poco de esa chispa por
el «más» que está dentro de nuestro corazón de cristia-
nos, por buscar encontrarse cara a cara con Dios y reci-
bir directamente de El su sabiduría.

42 De Dios quiero saber


3.2 El misterio de Dios

Marcelo, 5 años, preguntó: ¿Cómo nació Dios? Porque


tiene que haber una mujer para «hacerle nacer»!!

Dejar a Dios ser Dios. El es tan grande que nosotros no


podemos entender muchas cosas con respecto a El.

Varias veces he querido recurrir a sacerdotes muy ins-


truidos para que respondan a algunas preguntas más
complejas. Me siento maravillada de que tengan los ni-
ños la inteligencia de plantear esas cuestiones filosófi-
cas y de investigación teológica y por otro, me encanta
ver el interés que muestran por tener a Dios más presen-
te, más concreto en sus vidas, aunque sea a veces como
un cosquilleo extraño.
Y he encontrado que muchas de esas preguntas no tie-
nen una respuesta muy clara o fácil de entender, otras
simplemente no la tienen. Entonces los niños escuchan
lo que les podamos decir como una información, es algo
que les interesa pero no preocupa. En cambio, da más
beneficios compartir con ellos, mamá o papá, un mo-
mento de charla intimista sobre Dios, que agotar recur-
sos por conocer el lugar exacto de su casa o como nació
El mismo, porque en esencia para los niños se irá gra-
bando que Dios nos reúne en torno suyo, nos hace más
familia.

Tenemos también que ser prudentes, que las cosas de


Dios no las sientan como un peso aplastante, simple-
mente que ese misterio sea para ellos garantía de segu-
ridad en un ser superior.

¿Donde vive Dios?

1 Cor. 2, 9: «Ningún ojo vio, ningún oído oyó ni por mente


humana han pasado las cosas que Dios ha preparado
para los que lo aman».

De Dios quiero saber 43


A partir de esta pregunta podemos hacer aterrizar a Dios
entre nosotros, porque puede que los niños se imaginen
algo así como un Dios–globo, volando en las alturas. Sin
embargo procuremos sentir juntos a Dios impregnado en
nuestro día a día, en las personas con quienes nos rela-
cionamos. Y que aunque no sepamos donde vive, ase-
guremos nuestra fe de que Dios está con y en nosotros.

¿Dios es humano?

«Si no es humano es extraterrestre, o mejor, Dios es


cielorrestre», dijo Marcelo una vez.

La Biblia no describe los rasgos físicos de Dios. Nadie


ha podido verlo. Lo que de El se resalta es su modo de
actuar con las personas, guiándolas hacia el plan de fe-
licidad que propone para todos.

De igual manera para nosotros, lo que importa es el trato


que damos a la gente, cómo buscamos hacer realidad
un reino de hermanos: con respeto, amabilidad, com-
prensión. Sin dejarnos llevar por la apariencia de las per-
sonas. A partir de esta reflexión podemos enfatizar con
nuestros hijos, la acogida y el servicio a los demás.

¿Dios existe?

¿Dónde está?, que no se le ve. Fue la pregunta más


repetida por cada uno de los niños.

Jn. 8, 42: Jesús dijo: «Yo he salido de Dios para venir


aquí».

Hablemos de Jesús, el Dios que se hizo hombre, que


tiene un rostro y un cuerpo concretos, leer lo que dijo,
conocer su historia. Así les damos certeza de su exis-
tencia y eso les deja más tranquilos, ya que constante-
mente están buscando entender un poco más de «ese
alguien» que tiene una presencia tan fuerte en su casa
pero que no le ven.

44 De Dios quiero saber


Además es importante que desde pequeños reconozcan
que Jesús nos muestra el camino hacia el Padre.

Generalmente no hace falta dar largas explicaciones,


porque con poco dan por terminado el asunto. Necesitan
respuestas breves y claras. Cada niño, en realidad res-
ponde y se interesa de manera diferente.

Hay preguntas más complejas que otras, que no sabe-


mos qué responder. Es entonces cuando debemos re-
cordar que Jesús mismo nos prometió la ayuda del Espí-
ritu Santo, «pues el Espíritu escudriña todo, hasta las
profundidades de Dios» (1 Cor. 2, 10b), lo cual supone
que mediante nuestra lectura y oración constante, logra-
remos entendimiento o facilidad de acercarnos al miste-
rio de Dios.

De ninguna manera pretendamos abarcarlo todo, sino


más bien conducir serenamente a nuestros hijos, de la
mano y con respeto, hacia esa experiencia profunda de
amor; el resto vendrá por la misma gracia de Dios que
fue también el primero en darnos esa chispa, esa inquie-
tud por responder a su llamada.

Querer verlo es uno de los deseos más frecuentes que


plantean los niños. A mí no se me había ocurrido, pero
mi hija Mónica, después de una de nuestras pequeñas
charlas, guardando entre sus manos el crucifijo de un
rosario para dormirse, dijo: «Sé que Jesús está dentro
mío pero así puedo verle».

El cielo

Karen, mi ahijada, cuando tenía 5 años preguntó: Si el


cielo está arriba cómo Dios no se cae?.

Estábamos recolectando víveres para las personas ne-


cesitadas del Departamento de San Pedro y Marcelo (5
años) preguntó: ¿Jesús tiene comida en el cielo?. Por-

De Dios quiero saber 45


que si no, allí nos vamos a morir de hambre! Oh! qué
resurrección!

¿En el cielo se come?, preguntó un pequeño goloso.


Porque si no, yo voy a guardar un chocolate en mi bolsi-
llo cuando me vaya. Ese es el banquete prometido!!

Después de escuchar el relato de la Pasión, Luján, mi


sobrinita, a sus 3 años, comentó a su mamá que a Je-
sús le sacaron su ropa cuando estaba en la cruz, y a
continuación preguntó si El tenía ropa en el cielo.

¿En qué país queda el cielo? preguntó Mónica (5 años)


queriendo ampliar sus conocimientos de geografía.

El «país del cielo», es una frase tan bonita como inge-


niosa, sin embargo hay que, intentar por lo menos, acla-
rar que el cielo abarca a todo el universo, el cielo es lo
que vemos donde están el sol, la luna y las estrellas y
encima de todo eso está Dios, con esta idea básica tra-
tamos de darle a entender 2 conceptos: que Dios no
está en un lugar definido y por otro el de la grandeza de
ese Padre.

El Espíritu Santo

Ya sé quien es el Espíritu Santo, el que me lleva a mi


cama a la noche, cuando duermo en la de mis papás.
Marcelo, 4 años.

Es un poco así, con esa ingenuidad ha interpretado de


manera espléndida: una fuerza que ayuda y sostiene,
que reconocemos que está, aunque no podamos verlo.

Es la fuerza que nos va moviendo hacia Dios.

Sergio le había enseñado la larga oración al Espíritu Santo,


le gustó tanto a Marcelo que pegó por su mesita de no-
che para aprendérsela y pidió una copia para la profeso-

46 De Dios quiero saber


ra de grado. Luego, escuchándole, sus hermanas la han
aprendido e intentan recitarla todos juntos.

3.3 Presencia de Dios

«Lo que es y que no podemos ver ha pasado a ser visible


gracias a la creación del universo, y por sus obras capta-
mos algo de su eternidad, de su poder, y de su divinidad»
Rom. 1, 20

¿Me escucha Dios?

Apurado por hablarle de sus necesidades, José Mateo, 3


años, dijo: «Angel de la guarda, dulce cumpleaños...»

Cierto que los niños pedirán cosas materiales, expre-


sando sus deseos más que necesidades, pero lo que
más les interesa es saberse acogidos, tener la certeza
de que Dios está presente aunque no lo vean y les prote-
ge para así sentirse seguros como con mamá y papá.

Hay que enseñarles a hacer sus oraciones; ayuda la


noche, momento más tranquilo, acostados juntos, invitar
al niño a que vaya diciendo lo que quiere a ese Dios que
le escucha con agrado.

Es bueno intentar hacer algo propio, no sólo que repitan


fórmulas prestadas, sino que cuenten su día a Dios, así
como lo hacen con nosotros o aún con más detalles,
qué les gustó, por qué se enojaron. De esa manera tam-
bién van aprendiendo a hacer introspección, a agradecer
por el día, a revisar lo que hicieron y el modo de portarse;
de adultos estarán así habituados a confrontar su vida
con su compromiso cristiano, sabiendo que obran de una
manera determinada no porque hay amenazas o premios,
sino porque de ese modo se construye una comunidad
fraterna.
De esa manera aprenderán a creer en Dios, a pedirle, a
esperar que Él les proteja, les guíe, les dé fuerza para

De Dios quiero saber 47


apartar las cosas malas de la vida. Aprenderán a querer-
lo, a confiar en El, a sentirlo en sus vidas.

Esta edad es la etapa propicia para introducirlos a la


oración, ésa que sale de nuestro corazón, animarlos en
ese camino, sin atosigar, dejarlos obrar lenta y espontá-
neamente, de lo contrario parecería que Dios fuese un
detective que se mete en todos nuestros huecos aunque
no queramos. Hay veces en que los niños no quieren
hablar de sus cosas, y Dios respeta la libertad de cada
uno de sus hijos.

Es bueno tener en cuenta que educar a los hijos es tarea


para largo rato, no nos apresuremos, pero tampoco deje-
mos pasar el tiempo estérilmente.

Además de enseñarles las oraciones clásicas, el


Padrenuestro, Angel de la Guarda, Ave María, es muy
importante que se familiaricen con Dios, que se sientan
en confianza con El, que aprendan a comunicar lo que
ellos sienten y eso es oración.

Eso sí, hay momentos donde estando juntos en familia,


rezar algo bien conocido entre todos ayuda y reconforta,
como al empezar la jornada, al comer, al salir de viaje.
También enseñemos a nuestros pequeñines traviesos a
saber hacer y estar en silencio, a comprender que ésta
es una forma de comunicarse con Dios. Para esto tene-
mos que aquietar la marcha, preparar el lugar, disponer-
nos a disfrutar la calma.

Yo creo que el niño que vive en ese ambiente, de esa


mística de su niñez pasará a participar con entusiasmo
de las demás propuestas, a buscar nuevas formas de
relacionarse con el padre Dios, a través también de los
ritos de la Iglesia.

48 De Dios quiero saber


¿Dios me cuida en todo momento?

Si hacen esta pregunta, como lo han hecho mis hijos, en


cierto modo buscan una cercanía mayor con Dios, ex-
presan su temor y aprenden a pedir para sentirse segu-
ros.
Esta edad a la que nos estamos refiriendo, es pródiga en
mimos, es la que reclama nuestra presencia, es la que a
veces limita nuestro trabajo, porque les gusta que este-
mos con ellos, les gusta cobijarse con nosotros. Así tam-
bién es necesario repetirles que Dios está siempre aten-
to a nuestras necesidades, lo que prometió que nos con-
cedería: leer el envío del Espíritu Santo (Jn. 20, 22) y
descubrir sus dones: paz, alegría, fortaleza, entendimien-
to. Estos son los pilares de nuestro trabajo, de nuestros
logros, de nuestra vida diaria, son los valores con que
deberíamos apuntalar nuestro caminar, a partir de ellos
podemos concretar nuestros objetivos.

3.4 A imagen y semejanza

Papi, ¿Dios tiene cabello blanco? ¿El no se pone nervio-


so?

En esto se evidencia un poco eso de que los niños ima-


ginan a Dios según lo viven en su casa, por tanto experi-
mentan el amor de Dios a través del de sus padres y
hasta fantasean que podría parecerse a su papá.

Cuántas veces habremos repetido la frase que «nos sa-


can canas» con tantas pruebas de fuego a nuestra, mu-
chas veces, escuálida paciencia.

Bien vale recordarles el texto bíblico que dice que Dios


es «ternura y compasión, lento para enojarse y rápido
para perdonar» (Sal. 103, 8) y así darles tranquilidad,
que Dios no está para castigarnos sino para ayudarnos a
hacer bien nuestras tareas.

De Dios quiero saber 49


Esta es también la forma más práctica y efectiva de fa-
miliarizarse con la Biblia, cuando se hace presente en
nuestra conversación y sus mensajes dan vigor y credi-
bilidad a nuestra explicación.

¿Dios tiene fuerza?

Esta es la pregunta de un varoncito, tratando de conocer


el alcance del poder divino.

Lo que interesa es saber para qué queremos usar la fuer-


za. Por sobre toda la fuerza que tengamos lo más impor-
tante es que nos tratemos con cariño, escuchando y
hablando tranquilos, sin abusar de nuestra fuerza o de
nuestra inteligencia, porque a todos Dios nos dio un poco
de su poder para ayudar, para aprender y para amar.

Hay que recordar que vale la pena inculcar a nuestros


hijos otro tipo de fuerza o llamémosle fortaleza, aquella
que necesitamos para dejar de lado las cosas malas, es
la fuerza de la voluntad.

¿Por qué Dios no eligió a una hija?

Me preguntó Mónica, durante una semana santa, en


medio de tantas lecturas y películas sobre la vida de
Jesús y otros santos varones. A ella, al parecer por su
pregunta, le hubiese gustado ver o saber mayor
protagonismo de la mujer en la tarea de redención del
mundo. Es propicio para hablarles, en términos senci-
llos, del largo proceso de dignificación de la mujer, lo que
también Jesús redefine y le da un empuje, rescata deci-
didamente a las mujeres de su época del ostracismo en
que estaban recluidas.

A otras madres con hijas sabedoras de su capacidad,


les sugiero entonces buscar el protagonismo de las mu-
jeres descriptas en la Biblia, a más de María, y redescu-
brirlas en su justa valoración, saborear todo cuanto de
valioso podemos aportar las mujeres en nuestra condi-

50 De Dios quiero saber


ción de tales. Para ello ayudan libros que pueden ense-
ñarnos mejor sobre la figura de las mujeres en la Biblia.

3.5 El Pesebre y Los Reyes Magos

Armar el pesebre con los niños es la ocasión más agra-


dable de sentir ese relato evangélico en nuestra familia,
hacerse pequeños y disfrutar juntos es la mejor manera
de prepararse para la Navidad. Mientras, ir ayudando a
que se imaginen la escena real: no tenía Jesús un lugar
tan lindo para nacer, ni tantas ropitas, ni mucho menos
fotos, pero estaban allí los tres juntos y muy felices. En
verdad, con muy poquito Dios hace maravillas.

Pienso que es tan estimulante para el niño dejarlo prepa-


rar el pesebre, mientras narramos lo que dice la Biblia al
respecto del nacimiento de Jesús, allí aparecen la estre-
lla que guiaba y los Reyes magos. Recalcar la generosi-
dad con que los pastores, la gente sencilla del campo le
dio lugar y por lo tanto quienes reciben primero a este
niño Dios.

Con el relato de los Reyes Magos es bueno no quedarse


sólo en los regalos que llevaron y que seguimos
reinventando ese hecho para los niños, sino ir un poco
más y nuestros hijos lo pueden entender: hay que reco-
nocer que Jesús vino para estar con pobres (pastores) y
ricos (Reyes magos) o sea se hace uno en medio de
todos los que quieren recibirlo, los que viven cerca o los
que vienen de lejos. Basta buscarlo para estar con El.

¡Los Reyes Magos si tienen magia le han de traer regalo


a todos los niños!, es lo que exclamaron, con alegría e
ingenuidad, mis hijos en alguna ocasión.

Con el avance de los medios de comunicación y el mar-


keting, puedo comprobar que desde mi infancia hasta la
de mis hijos, el pesebre se ha ido opacando detrás del
Papá Noel, al que se lo ve agigantado ahora.

De Dios quiero saber 51


Sin embargo, de nosotros depende resaltar el valor cen-
tral del «pesebre» o lo que simboliza, en las fiestas navi-
deñas. Es cierto, es época de alegría, momento de en-
cuentro con la familia grande, con amigos, quizás vemos
o visitamos a quienes hacía mucho no les dedicábamos
tiempo. Y eso tiene mucho sentido para nuestros hijos,
resulta muy difícil apartarse de la parafernalia montada
para tirarnos al consumismo irreflexivo, pero si podemos
manejar la situación con inteligencia, el niño aprende lo
que vive en su casa, si entre todos participamos de la
preparación del pesebre, centramos nuestra idea en el
nacimiento de Jesús, el hijo de Dios que vino para ser un
niño como ellos y porque eso nos alegra, repetimos la
entrega de regalos (aunque Papá Noel sea el intermedia-
rio).

También por ese motivo, buscamos darle un poco de


nuestro tiempo a amigos o tíos que no vemos con fre-
cuencia, o junto con los niños preparamos regalitos para
los abuelos o para quienes trabajan en nuestras casas,
o para enviárselos a niños internados en un hospital, o
buscar una manera novedosa de que ellos ofrezcan algo
de bueno que tienen para los demás; entonces así al
compartir en comunidad, estaremos haciendo vivir la ale-
gría de ese Jesús, que nació, creció y siempre mostró lo
que Dios quiere de nosotros para nuestro bien mayor.

Sí creo que vale la pena ser «medidos» con los regalos,


austeros si cabe el término, con lo que se da a los niños.
Ese es un valor muy dejado de lado y sin embargo es
fundamental para ser solidario en una sociedad con tan-
tas necesidades económicas, con tantas personas
carentes. Y este es un aspecto que no debemos pasar
de largo con nuestros hijos, desde pequeños.

En realidad, cada mamá y papá que buscan las mejores


estrategias para sus hijos, sabrán conducirlos de la fan-
tasía de los Reyes Magos a la realidad, sin que eso sig-
nifique confusión en los niños, y será fácil, cuando he-
mos resaltado en toda circunstancia, el papel único e

52 De Dios quiero saber


irreemplazable de Jesús y las demás figuras mágicas
han sido solo mediadoras así como podemos serlo no-
sotros o como lo hacen muchos grupos de personas re-
cogiendo y entregando regalos a los niños carenciados
para que a muchos alcance. A través de cada uno de
nosotros actúa el amor de Jesús.

Esa experiencia marcará profundamente la actitud de


nuestros hijos en la Navidad.

3.6 Jesús

¿Qué jugaba Jesús?

Parece tan simple, pero cómo no estaría esta pregunta


entre las que los niños hacen, si para ellos el juego ocu-
pa absolutamente todo su tiempo y motivación, por lo
tanto si ellos saben que Jesús tuvo juegos, confirman
que de verdad fue niño.

Podemos pensar que Jesús cuando pequeño se portase


como los otros niños de su pueblo. Seguramente jugaba
mucho con ellos, corriendo de aquí para allá, a las es-
condidas, con juegos que inventaban porque en esa épo-
ca no habían juguetes como los de ahora, es probable
que le gustase jugar con la pelota. También es seguro
que le enseñaban a leer y escribir, a sumar y restar. Ayu-
daba a María con algunas tareas de la casa y aprendía
las cosas que José hacía en la carpintería.

Y además algo muy importante: rezaban juntos y le en-


señaban a escuchar a Dios.

Describir esta situación cotidiana de Jesús niño, facilita


a nuestros hijos en cuanto a su relación más cariñosa y
espontánea con El.

A los niños les entusiasma la idea que se hacen de un


Jesús niño igual que ellos, capaz de entender un poco

De Dios quiero saber 53


sus travesuras y también de animarlos al esfuerzo diario
de ser obedientes y aplicados en sus tareas.

¿Le quiere Jesús a los niños?

Esto sí que está escrito en la Biblia, pidió que los niños


vayan hacia él, los bendecía, (Mc. 10, 14 – 16), varias
veces Jesús mostró su cariño hacia ellos, aun cuando
alguna vez los mismos apóstoles querían impedir que
los niños se le acerquen.

Del mismo modo, ellos buscan ahora acercarse, noso-


tros padres favorezcamos ese encuentro de nuestros hi-
jos con Jesús y no lo impidamos con evasivas o indife-
rencia. Si para nosotros es motivo de alegría, hagamos
conocer esto a los niños, para que desde pequeños en-
cuentren en El inspiración para replicar, entusiasmo para
seguir, fe para creer.

Presencia concreta de Jesús en la realidad infantil

Al agradecer la mesa familiar, le dije a mi hija


Montserrat (4 años) que coma su almuerzo porque
Jesús nos da la comida. Entonces preguntó ¿dónde
está Jesús? y planteó esconderse debajo de la mesa
para que no la vea. Al decirle que estaba en su cora-
zón, ella con toda su inteligencia matemática, res-
pondió «Ahh!, no puede haber miles».

¿Cómo cura Jesús? (Mónica, 4 años)

Es otra interesante pregunta que plantea esta peque-


ña exploradora y da pie a que leamos juntas los rela-
tos sobre las curaciones, que afirman nuestra fe, aun-
que no sepamos cómo se dieron o sea muy difícil
explicarlas. Pero sí se puede hacer notar que en to-
dos los casos recibía con interés al enfermo que vivía
abandonado, discriminado, logrando que esa perso-
na se sienta aceptada.

54 De Dios quiero saber


Yo, que soy médica y realizo mi trabajo en un hospi-
tal público veo con mayor frecuencia que ese tipo de
relacionamiento con las personas afectadas produce
en ellas de por sí gran alivio, sobre todo con aquellas
enfermedades estigmatizantes, que como afectan la
piel producen rechazo de su entorno.

Los niños pueden aprender así que el aceptar a los


otros y ser amables derriba murallas entre los com-
pañeros, como ejemplo más concreto de su vida in-
fantil, hace amigos y trae alegría.

¿Jesús tiene hijos? ¿Por qué no se casó?, son pre-


guntas que hace Mónica, como es habitual en las
niñas, pensar en la maternidad y con más razón al
respecto de una persona que se hace sentir y querer
en nuestra familia.

Sucedió cuando acabábamos de hablar de todo lo


creado por Dios, que Montserrat le estironeaba el pelo
a su hermana, a lo que Mónica (3 años) lamentó: ¿Je-
sús por qué me diste pelo largo?

Fui a ver por qué Montserrat (3 años) lloraba estrepi-


tosamente y me dijo que era porque su hermana la
dejó solita. Aparece Mónica (5 años) y con cara de
arreglar las cosas dice: ¡Pero no se quedó solita, está
con Jesús!. Estos niños asimilan muy bien lo ense-
ñado sobre la cercanía de Jesús, sobre todo cuando
les conviene.

Mirando un pesebre, ya algo destartalado, Marcelo (5


años) resaltó: ¡ Encima que Jesús se murió, ahora se
le rompió el pie!

Este comentario vale para recordar que más impor-


tante que venerar a las imágenes, es creer firmemen-
te que Dios está en cada uno de nosotros y por tanto,
de grandes, se traducirá en las actitudes de nuestros
hijos.

De Dios quiero saber 55


Mónica me pedía prestado los anteojos, le expliqué
que yo los necesitaba porque mis ojos ven poco. Como
insistía en querer usarlos, pensé que sería bueno que
agradezca a Dios su buena vista y le dije:

- Mónica, Dios te dio unos ojos preciosos que ven


muy bien.

Sin pensarlo siquiera preguntó:

- ¿Y por qué a vos te dio unos ojos que no ven bien?

Por el momento callé para reflexionar sobre la forma


de encarar el asunto con una niña tan rápida. Tene-
mos que cuidar nuestras explicaciones, porque si
persistimos con la versión equivocada, cometemos
un error, ya que de allí viene la tentación de presentar
a un dios extraño, que a unos da buenas cosas y a
otros no.

A veces nos dejan sin respuesta. No sabemos dar


cabida a todas sus preguntas, porque mueven mucho
dentro de nuestras estructuras y Dios habla a través
de los niños, nos invita a descubrirlo, a re-conocerlo.

Esta serie de anécdotas o preguntas que detallé arri-


ba, nos muestran que tienen a Jesús en sus conver-
saciones, incluso sé que lo comentan con los
compañeritos de escuela.

No limitemos la relación con Dios a algunos rezos,


unos ritos y otras cuantas misas, lo primero es sentir
que nuestra fe está sembrando huellas en nuestros
hijos y después vendrán los símbolos y significados.

Para quien quiere seguir de verdad a Jesús, lo que


cuenta es el día a día, nuestras opciones, nuestro
compromiso con los valores evangélicos y no nos
abrumemos porque en la sociedad eso parece per-
derse en una nebulosa, entreguemos confiados a los

56 De Dios quiero saber


hijos nuestra herencia: nuestro ejemplo diario de vida,
donde nuestra fe ha marcado el rumbo y nos da la
fortaleza para contrariar muchas veces el torrente
mundano que incita a aligerar los propósitos.

Si nos sentimos satisfechos de nuestro trabajo ho-


nesto, de nuestro servicio a los necesitados, de nues-
tro aporte al bien común, hagamos hincapié para que
nuestros hijos crezcan robustecidos por esa su his-
toria familiar centrada en Dios.

3.7 Dolor y sufrimiento

Por qué se muere alguien?, es una pregunta que, con


más razón viniendo de los niños, nos golpea, así como
es de dura y dolorosa esa realidad que también forma
parte de nuestra experiencia humana.

Si es la muerte de una persona querida o muy cercana,


hay que enfrentar este desafío con los hijos, aun peque-
ños, dar lugar al proceso y tiempo del duelo, manifestar
el dolor que uno tiene, que tienen los niños y buscar los
medios para hacerles sentir seguros, de modo que aun
al experimentar el miedo al abandono, no se dejen arra-
sar por ese temor. Y, sobre todo, reconfortarlos con la
esperanza de Dios, de la resurrección, del triunfo del amor
sobre toda forma de abandono, sobre toda tristeza o do-
lor.

Aprendamos a valorar nuestra vida, a cuidarnos, a disfru-


tar, pero así también a confiar en la vida eterna.

Cuando hablamos sobre la muerte, intentemos evitar fra-


ses que acusen a Dios del hecho, tal como «Dios se lo
llevó», porque eso puede generar rechazo hacia quien
nos arrebató un ser querido. Hay que buscar una expli-
cación que puedan comprender: una enfermedad, un ac-
cidente y por otro lado que sepan que Dios sufre con el
dolor de sus hijos y nos reconforta, y que no es El cau-
sante de los males del mundo.

De Dios quiero saber 57


¿Dónde se va el que muere?

Con esta pregunta es como si el niño buscase saber de


un refugio, intentar saber si hay algo más después.

2 Cor 5, 1: «Dios nos tiene reservado un edificio no le-


vantado por mano de hombres, una casa para siempre
en los cielos».
Si bien no lo sabe nadie, a los niños puede asustarles un
Dios que ofrece algo desconocido, entonces esta frase
bíblica es reconfortante, para darles la certeza de que
nos dará algo muy bueno, mucho más de lo que noso-
tros podemos imaginar o conocer.

Con lo que los chicos se darán por satisfechos... al me-


nos por un tiempo.

58 De Dios quiero saber


3.8 Pascua y Esperanza

Lo mismo que para otros hechos significativos de nues-


tro cristianismo, puede decirse de Semana Santa., que
es el momento de estar en familia, de aprender a rezar
juntos, de pensar como portarnos cada día para que
nuestro hogar sea feliz, y así, aunque el huevo de pas-
cua haga su estruendosa irrupción, vayan los niños abrién-
dose al misterio de ese Jesús, hombre y Dios, y que por
su Pascua de resurrección en El creemos.

Con los niños conviene analizar la pasión de Jesús y


reforzar la idea de la resurrección, aunque no la com-
prendan, pero dejar en claro que revivimos algo de lo más
poderoso que hizo Dios.

En cierto modo, creo que algo se puede rescatar de este


cambio de comportamiento con respecto a la Semana
Santa y es que cuando muchos de nosotros padres éra-
mos chicos, no debíamos hacer ruido ni correr en viernes
santo, eso nos quedó grabado y de ese modo crecimos
con el acento puesto en ese pobre Jesús muerto, al que
no debíamos molestar en su dolor y que con tanto la-
mento del Vía Crucis nos atemorizaba y creo que pasa-
ba más desapercibida la resurrección. Por eso ahora con
nuestros hijos podemos aprovechar la algarabía de los
chocolates, para enfatizar la fiesta del triunfo definitivo de
Jesús, lo cual marcará también otro acento en el desa-
rrollo de la espiritualidad de nuestros niños.

3.9 La unión familiar

«Si Dios está con nosotros, no pueden haber peleas»


(*), afirmaron en una ocasión mis hijos. Parece tan sim-
ple y fácil esa catequesis, pero nos cuesta bastante en
la práctica.

No aumentemos las culpas cuando tenemos conflictos


familiares, ni de nuevo carguemos a Dios el bastón mági-
co para resolverlas. Las situaciones de discordia, de en-

De Dios quiero saber 59


frentamiento son bastante frecuentes, aún en familias
que procuran madurar en su fe.

Si pensamos como la frase del inicio (*), o porque nues-


tros hijos más de una vez nos lo han planteado, pode-
mos dejarnos llevar por la tentación de abandonar nues-
tro empeño por el diálogo y la reconciliación. Sin embar-
go, Dios nos muestra y orienta hacia un camino de aper-
tura al otro, nos invita a dejar nuestra terquedad y supe-
rar esas rencillas.

Cierto, que de Dios vienen la paz, el gozo, la alegría y


debemos profundizar nuestra oración, nuestra comuni-
cación con El para aclarar así nuestro rumbo. Entonces
no nos desanimemos ante una pelea, sino vayamos al
abrazo del otro. Lo que nuestros niños más valoran es
ver a los padres reconciliados y cariñosos entre sí, por-
que saben que eso vuelve hacia ellos y asegura su fami-
lia.

Esto les ayudará a crecer con la certeza que mediante la


oración, que es sintonía con Dios, mediante el crecimiento
personal y la búsqueda del bienestar común, uno apren-
de a respetar al otro y que si se dan rencillas o tensiones
es posible buscar y dar el perdón, haciéndose humildes

60 De Dios quiero saber


4. La voz de nuestros
pequeños
«Yo te bendigo, Padre, porque has ocultado estas cosas
a los sabios e inteligentes y se las has mostrado a los
pequeños. Si, Padre, así te pareció bien.» Lc 10, 21 –
22.

Cuánta riqueza podemos tener cuando con humildad nos


disponemos a escuchar la voz de los pequeños del reino
con quienes estamos a diario, los niños, nos ayudan a
entender las palabras de Jesús.

Una ayuda maravillosa me dio mi hija Mónica cuando


estaba por nacer, debido a que tuve que hacer un mes de
reposo absoluto, me regaló la posibilidad de disfrutar de
mucho tiempo para la oración, de aprender a regocijarme
con el silencio, cuando mi temperamento me llevaba an-
teriormente a estar en constante actividad, eso me per-
mitió centrarme y redefinir mis prioridades y las estrate-
gias para fortalecer mi familia, para lo cual yo necesitaba
primero crecer y madurar.

Otra gran ayuda provino de mi hijo, cuando tenía 4 años,


ya se había habituado a rezar antes de dormir, y estando
una noche acostada con él, mientras yo intentaba con-
vencerlo de que también diga las gracias por el día, reci-
tó su formula: «Jesús que no sueñe cosas feas» y sin
más vueltas se durmió.

En ese momento me sentí conmovida y pude imaginar


que a Dios le bastaría escuchar eso de Marcelo, en ese
momento ese hijo suyo le demostraba una total confian-
za, al poner su miedo en las manos del Padre él ya se
sentía aliviado para dormir. Imaginaba a Dios contento de
sentir «cómo los niños se le acercan».

A partir de esa situación cotidiana con mi hijo, pude asi-


milar más claramente lo que significa ser como niños,
abandonarse en las manos de Dios, esa seguridad que
uno siente cuando se sabe acogido con amor, cuando se
sabe protegido, cuando confía en que Dios, papá y mamá
le cuidan. Cuando uno sabe que hay alguien que puede

De Dios quiero saber 65


responder a nuestro reclamo, atender nuestra necesi-
dad, fortalecernos en nuestra fragilidad. Así yo también
podría caminar hacia donde El me dirija, sabiendo, al
hacerme como niña, que guía mis pasos con amor y
entera fidelidad.

Dios Padre tiene un lenguaje que solo puede entenderse


desde el amor que uno también vive y así mis hijos me
ayudan enormemente. Hay que dejarse enseñar por los
niños.

Las palabras de Jesús resonaron fuerte en mi corazón:


«Dejen que los niños vengan a mí y no se lo impidan,
porque el Reino de Dios pertenece a los que son como
ellos» (Mc. 10, 14).

Para hacer sintonía con Dios hay que aquietar un poco


la marcha.
Para disfrutar con nuestros hijos, hay que prestarles un
poco de atención, estar con ellos.
Para hacer que nuestros hijos sean amigos de Dios hay
que hacerlo presente.

66 De Dios quiero saber


Alguien me hablo de vos

Dios, alguien me dijo que te hable con confianza,


como si fuera a conversar con una amiga muy querida.
Que no tenga miedo de hacerte preguntas,
que si me hiciese silencio te podría oír bien fuerte.
Quiero conocerte o por lo menos escucharte,
me dijeron que solo me disponga,
que es fácil encontrarte,
que tu charla es siempre fecunda.
Quiero quererte mucho más
y como si fuera niña dejarte tomarme la mano,
necesito que aligeres mi carga
como lo habías prometido alguna vez.
No sé si podré callar porque se me agolpan las ideas
y es más fácil hablarte en voz alta.
Es cierto, estoy sentada en el jardín,
perseverando en mi búsqueda esta semana,
a pesar de no entender para qué,
hoy voy sintiendo que la calma se apodera de mi persona.
Hoy ya disfruto el estar aquí,
se disipan la impaciencia y la angustia.
Ahora comprendo lo que es hacer silencio.
Creo que estás por aquí cerca,
siento los latidos que agitan mi corazón.
O será así tu voz, de trueno?.
Creo que te escucho.

Victoria Rivelli, Asunción.

De Dios quiero saber 67


Victoria Beatriz
Rivelli González

Nació en Asunción el 7 de
setiembre de 1966.

Recibió su titulo de Doctor


en Medicina y Cirugía en el
año 1990.

Está casada con Sergio


Oddone Costanzo desde
1992.

Es madre de tres hijos.

Además de su trabajo
profesional como dermatólo-
ga, realizó cursos sobre
Temas bíblicos. Es miembro
de la CVX (Comunidad de
Vida Cristiana).

Ha colaborado con numero-


sas publicaciones
dermatológicas nacionales y
extranjeras, así como tiene
escritos sobre realidad
social y familia en Revista
ACCION y Revista
COOMECIPAR.

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